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Las manos

Lucas 5:12-13

15 agosto 2010 Juan Carlos Hoy San Mateo

Lucas 5:12-13 Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. 13 Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él.

¡Qué imagen tan vívida! Quedó registrada acerca de la misericordia, compasión y sobre todo el amor de Dios. Un amor que fue demostrado no sólo con palabras sino con hechos. Un amor que fue demostrado no importando el que diría la gente, la cual, estupefacta veía lo que hasta esos entonces nadie en esa sociedad se había atrevido a hacer. ¡Tocar a un leproso!

Nuestro Señor, utiliza en está ocasión una parte de su cuerpo físico, no únicamente para sanar, sino para amar, para mostrar no lástima, sino compasión, interés y aceptación por la persona en esa condición.

Cosa que a veces no hacemos los seres humanos, como que hemos olvidado un asunto tan vital, que es lo que nos da aliento, fuerzas y ánimo para levantarnos ya sea de la tristeza, la angustia, la enfermedad, la soledad, el dolor, y situaciones en verdad desesperantes.

Tal vez no tengamos idea de la importancia que tienen las manos a la luz de las Escrituras, la Biblia es muy descriptiva en este asunto, del cual les pido nos asomemos a él, en este día.

Usted puede mirar al mundo como está carente de una mano bondadosa, de una mano misericordiosa, compasiva. En nuestras manos, está el llevarlos a esas Manos, que aun siguen tocando no nada más a los leprosos, sino a la gente que quiera acercarse a Él. A Jesús.

Hay una piedra preciosa que algunas veces se le llama el ópalo de la simpatía.

Si viéramos uno de estos ópalos en el aparador de un joyero, preguntaríamos: ¿Por qué está allí?

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Es opaco, sin lustre, y sin hermosura. Pero si lo colocamos por un instante en la mano, brillará exhibiendo todos los colores del arco iris. Necesita el calor de la mano humana para poder lucir su hermosura.

En el mundo hay muchas vidas que son sombrías, sin hermosura y sin cariño, que están esperando el toque de una mano amiga y la simpatía de un corazón humano; esperan que las comuniquemos con Aquel, que puede transformarlas hasta que brillen cual joyas en su corona eterna.

Es lo que hizo Jesús, con personas que la sociedad había colocado la etiqueta de “repugnantes”, como el leproso.

Nuestro Señor Jesucristo hombre diestro en el trabajo, no piense que tenía las manos muy suavecitas, el era un hombre de trabajo, era carpintero y usted puede mirar las manos carpintero el día de hoy, y a pesar de que tienen herramientas eléctricas que les facilitan su trabajo, aun así todavía puede mirar en ellos las manos callosas, Jesús así las tenia, manos fuertes, ásperas, sin embargo, a pesar de la callosidad que pudiese haber en sus manos el las utilizaba para amar, consolar, fortalecer, levantar, sanar y en este caso tocar.

Él utilizó sus manos para bendecir, manos que en ocasiones utilizamos para otros intereses. Contemple sus manos por un momento, mírelas bien al revés y al derecho, palpe, toque la una con la otra, sienta su muñeca, sus dedos, sus palmas, y así mirándolas, pregúntese o mejor dicho preguntémonos:

¿En que hemos estado utilizando nuestras manos?

Todos nosotros, sabemos y aprendemos que las manos son muy apropiadas para la supervivencia. ¡Es un miembro de nuestro cuerpo de expresión emotiva!

La misma mano puede ayudar o perjudicar, lastimar o sanar, puede extenderse para señalar, para condenar, para criticar o para bendecir. Puede levantarse en actitud de oración o para expresar maldición. Puede extenderse para tocar o hacerse un puño para golpear. Pueden extenderse para dar o para robar. Abrirse para ser generosas o cerrarse para ser cicateras. Puede levantar a la persona o empujarle para que caiga.

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Puede acariciar al cónyuge o golpearle. Puede amar a los hijos o lastimarles. Puede tocar a nuestros seres amados o rechazarlos.

Si en estos momentos, nos proyectaran una película en dónde se mostrara lo que hacemos con nuestras manos ¿seríamos capaces de salir con la frente en alto?

Tal vez habría escenas en que la mano se extiende para obsequiar algo, para colocar el anillo de compromiso o el de la boda, tal vez curando heridas, preparando la comida, acariciando el rostro de los hijos, de los padres, de la pareja, o tal vez nuestras manos aparezcan plegadas en oración.

Pero también pudieran mostrarse otras escenas:

Dedos señalando, dedos acusando, el puño crispado en un arrebato de ira, manos que toman más de lo que dan, manos que exigen en lugar de ofrecer, manos lastimando en lugar de estar consolando. El poder de nuestras manos dejémoslas sin control, y se convierten en armas para arrebatar poder, manos que estrangulan manos que matan, manos que seducen por un momento de placer.

Manos que se utilizan para traicionar, para dar la puñalada por la espalda:

2do Libro de Samuel 20:8-10 Y estando ellos cerca de la piedra grande que está en Gabaón, les salió Amasa al encuentro. Y Joab estaba ceñido de su ropa, y sobre ella tenía pegado a sus lomos el cinto con una daga en su vaina, la cual se le cayó cuando él avanzó. 9 Entonces Joab dijo a Amasa: ¿Te va bien, hermano mío? Y tomó Joab con la diestra la barba de Amasa, para besarlo. 10 Y Amasa no se cuidó de la daga que estaba en la mano de Joab; y éste le hirió con ella en la quinta costilla, y derramó sus entrañas por tierra, y cayó muerto sin darle un segundo golpe. Después Joab y su hermano Abisai fueron en persecución de Seba hijo de Bicri.

¿Cuántas veces no se abrazará a la persona fingiendo gran afecto, cuando en realidad lo que se quisiera es apuñalearle? ¿Cuántos no abran apuñaleado a sus conocidos levantado sus manos contra ellos, ya sea chismeando, calumniando hablando mal detrás de las personas?

Esa mano que se levanta para hablar de otros, tarde o temprano se levantará contra quién le escucha.

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Manos que se levantan para lapidar a los seres humanos, manos que se levantan para aventar piedras, manos que se crispan para maldecir, manos que se levantan para arremeter sin misericordia contra el que ha caído oh ha sido depuesto de su autoridad o de su liderazgo:

2do. Libro de Samuel 16:5-7 Y vino el rey David hasta Bahurim;

y he aquí salía uno de la familia de la casa de Saúl, el cual se

llamaba Simei hijo de Gera; y salía maldiciendo, 6 y arrojando piedras contra David, y contra todos los siervos del rey David; y

todo el pueblo y todos los hombres valientes estaban a su derecha

y a su izquierda. 7 Y decía Simei, maldiciéndole: ¡Fuera, fuera, hombre sanguinario y perverso!

Simei utilizó sus manos para maldecir y para herir. Sin embargo, si cabe el comentario, él, al menos tuvo el valor de tirarle piedras a David de frente. Muchos tiran la piedra y esconden la mano, como aquel que echa pedradas a espaldas de las personas, porque es muy valiente para hablar a escondidas de su prójimo y cobarde para dar la cara.

Cuando alguien cae en el pecado, la mayoría de las personas son prestas para lapidar al caído, para darle con todo, no considerando ellos mismos su condición de pecadores, la única diferencia entre los pecadores es que a algunos ya se les hizo público y otros los tienen bien ocultos, pero no desespere, ya que dice la Biblia que no hay nada oculto que no salga a la luz, Marcos 4:22 Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz.

Mientras se puede seguir navegando con bandera y con cara de santo. Mientras puede seguir levantando sus manos o cerrando sus ojos, dizque para adorar a Dios.

Pero, cuando llegue el momento de que todo salga a la luz ¡cuidado! Porque Dios le juzgará así como usted ha juzgado. Mateo 7:1-5 No juzguéis, para que no seáis juzgados. 2 Porque

con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido. 3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? 4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? 5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar

la paja del ojo de tu hermano.

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Recuerda a aquella mujer que fue sorprendida en adulterio ¿qué querían hacerle? Si, querían apedrearle. Todos habían ya levantado su mano con piedras para lapidarle, más Jesús los puso en su lugar. (Juan 8:1-10) Juan 8:7-9 Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. 8 E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. 9 Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.

Así que antes de levantar su mano, para arrojar la piedra, primero examínese, no vaya a ser que usted mismo se tenga que dar de rocasos.

No levante su mano para señalar, para estar acusando o amenazando con sus manos, si se acostumbra a hacer esto, es que todavía no le a resplandecido la luz de Cristo, y no creo que le vaya muy bien en su vida diaria.

La lepra del pecado en este caso el de la soberbia, o el de una falsa santidad, a veces nos enceguece a tal grado de no ver que nosotros estamos peor de aquel que juzgamos.

Se llega a juzgar a personas por pecados antiguos, de los cuales ya se arrepintieron, y los que juzgan siguen de cizañosos. De calumniadores, de antropófagos, comiéndose a su prójimo. Se creen superiores porque no fornican o no se drogan, pero traen entre sus dientes a su hermano en Cristo, todavía comiéndoselo.

Quien esto hace todavía está en tinieblas, en brazos del diablo. Porque los que son de Dios, no juzgan. Isaías 58:9-11 Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. Si quitares de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador, y el hablar vanidad; 10 y si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía. 11 Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan.

Si usted se dedica a estar acusando y amenazando, está en tinieblas. Y se parece más al diablo que ha Dios:

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Apocalipsis 12:10 Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía:

Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche.

Hay personas que utilizan sus manos para pellizcar, para darles zapes, coscorrones o golpes en la cabeza o en la espalda a los hijos, aun a la esposa, utilizan las manos para dejar moretones, para picar los ojos, para jalarles las orejas, para aventar la sartén, la plancha, otros utilizan sus manos para romper la ropa de su familia o de la ajena, para arañar el rostro, los brazos, para jalar los cabellos, otros para rallar los cuadernos de sus compañeros, para hacer señas obscenas.

Mire lo que dice Dios respecto a aquellos y tristemente ya también a aquellas, que hacen este tipo de manifestaciones:

Proverbios 6:12-15 El hombre malo, el hombre depravado, Es el que anda en perversidad de boca; 13 Que guiña los ojos, que habla con los pies, Que hace señas con los dedos. 14 Perversidades hay en su corazón; anda pensando el mal en todo tiempo; Siembra las discordias. 15 Por tanto, su calamidad vendrá de repente; Súbitamente será quebrantado, y no habrá remedio.

Yo no sé, querido hermano, en qué utiliza usted sus manos, para restaurar o para juzgar, para perdonar o condenar, para señalar o para cubrir, para hacer tropezar o para levantar:

Decía una mamá: Que un día uno de sus hijos, al ir caminado por un lugar de hoyos sin darse cuenta, tropezó y casi cayó en uno de ellos.

Pero, gracias a Dios, pudo estirar su mano y aferrarse a la suya. Lo tomó y caminaron juntos por un rato sintiéndonos relacionados

el

uno al otro en amor.

Y

concluye diciendo:

Considero que a veces las dificultades que enfrentamos en nuestro transitar por la vida se parecen mucho a estos hoyos en el suelo. Siempre están allí, provocando nuestro tropiezo y a veces nuestras caídas. Es bueno saber, sin embargo, que siempre podemos estirar la mano y tomarnos de la de nuestro Padre Celestial.

Él siempre está a nuestro lado esperando levantarnos y afirmarnos. Siempre está preparado para que tomemos Su mano y caminemos junto a Él en amor para siempre.

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La próxima vez que tropecemos y caigamos en nuestra travesía por la vida no dejemos de estirarnos y alcanzar la amorosa mano de Dios. Y una vez que la tomamos, no la soltemos.

¿Usted tendrá este tipo de manos, qué levantan? ¿Oh, tendrá ese tipo de manos que en lugar de levantar, hace pedazos al caído?

Las manos también se suelen utilizar para sustraer de lo ajeno, para robar, despojar, Judas aquel que traicionó a nuestro Señor lo hacía. Juan 12:4-6 Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: 5 ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? 6 Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella.

Podríamos seguir enumerando citas y citas, del mal uso que solemos dar a nuestras manos, y esto no es cosa que debamos minimizar, ya que para Dios es de vital importancia el que les demos buen uso, incluso nos dice que si nos les damos buen uso, mejor es nos las cortemos:

Marcos 9:43-44 Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, 44 donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.

Mateo 5:30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

Pero si manejamos bien nuestras manos, llegarán a ser instrumentos de gracia y bendición.

No solo llegarían a ser instrumentos en las manos de Dios, sino que serían las mismas manos de Dios, rindámoslas al Señor y esas dos manos se convierten en las manos del cielo, eso fue lo que hizo nuestro Señor Jesucristo, el rindió por completo sus manos a Dios.

De él, no hay escenas de sus manos codiciando, acaparando, ni dedos señalando sin base, lo que si hay y en abundancia, escenas en las que miles de personas anhelan fervientemente su toque compasivo.

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Miramos a los padres llevándole a sus hijos, al pecador llevando su aflicción, al enfermo llevando su enfermedad, al hambriento llevando su hambre, al angustiado llevando su angustia, al necesitado llevando su necesidad, al temeroso llevando su temor,

al

perdido buscando salvación.

Y

cada uno de ellos que acuden a Él, El los recibe dándoles un

toque de compasión, un toque de amor y cada uno que es tocado cambia.

De manera que Dios nos está pidiendo el día de hoy que revisemos el cómo estamos utilizando nuestras manos. Debemos utilizarlas para bendecir, cómo no le enseña la Palabra Lucas 24:50 Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. ¡Dios nos pide manos que bendigan; a la familia, a las personas que nos rodean!

¡Nunca volveré a ver mis manos de la misma manera!

El abuelo, con noventa y tantos años, sentado débilmente en la banca del patio. No se movía, solo estaba sentado cabizbajo mirando sus manos. Cuando me senté a su lado no se dio por enterado y entre más tiempo pasaba, me pregunté si estaba bien. Finalmente, no queriendo realmente estorbarle sino verificar que estuviese bien, le pregunté cómo se sentía.

Levantó su cabeza, me miró y sonrió. “Sí, estoy bien, gracias por preguntar”, dijo en una fuerte y clara voz.

“No quise molestarte, abuelito, pero estabas sentado aquí simplemente mirando tus manos y quise estar seguro de que estuvieses bien”, le expliqué.

“¿Te has mirado alguna vez tus manos?” Preguntó. “Quiero decir, ¿realmente haz mirado tus manos?” Lentamente abrí mis manos y me quedé contemplándolas. Las volteé, palmas hacia arriba y luego hacia abajo. No, creo que realmente nunca las había observado mientras intentaba averiguar qué quería decirme. El abuelo sonrió y me contó esta historia:

“Detente y piensa por un momento acerca de tus manos, cómo te han servido bien a través de los años. Estas manos, aunque

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arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado toda mi vida para alcanzar, afianzar y abrazar la vida.

Ellas pusieron comida en mi boca y ropa en mi cuerpo. Cuando niño, mi madre me enseñó a plegarlas en oración. Ellas ataron los cordones de mis zapatos y me ayudaron a ponerme mis botas. Han estado sucias, raspadas y ásperas, hinchadas y dobladas. Se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi hijo recién nacido. Decoradas con mi anillo de bodas, le mostraron al mundo que estaba casado y que amaba a alguien especial.

Ellas temblaron cuando enterré a mis padres y a mí esposa y cuando caminé por el pasillo con mi hija en su boda. Han cubierto mi rostro, peinado mi cabello y lavado y limpiado el resto de mi cuerpo. Han estado pegajosas y húmedas, dobladas y quebradas, secas y cortadas. Y hasta el día de hoy, cuando casi nada más en mí sirve, siguen trabajando bien, estas manos me ayudan a levantarme y a sentarme, y se siguen plegando para orar.

Estas manos son la marca de dónde he estado y la rudeza de mi vida. Pero más importante aún, es que son ellas las que Dios tomará en las Suyas cuando me lleve a casa. Y con mis manos, Él me levantará para estar a Su lado, y allí utilizaré estas manos para tocar el rostro de Cristo”.

Nunca volveré a mirar mis manos de la misma manera. Pero recuerdo que Dios estiró las Suyas y tomó las de mi abuelo y se lo llevó a casa.

Cuando mis manos están heridas o dolidas, pienso en el abuelo. Sé que él ha recibido palmaditas y abrazos de las manos de Dios. Yo también quiero tocar el rostro de Dios y sentir Sus manos en el mío.

Nuestras manos son una genuina bendición… de hecho, basta imaginarnos el vernos privados de ellas o su uso, para darnos cuenta de cuán importantes son.

Otra cosa que la historia de hoy me hizo pensar fue lo que hacemos con esas manos en cuanto a nuestras relaciones con los demás: ¿Las usaremos para abrazar y expresar cariño y afecto o

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las esgrimiremos para exhibir ira y rechazo? Espero que el pensamiento de hoy nos ayude a elegir con sabiduría. Enviado por Ricardo Hinestroza

Jesús tocó al leproso y la condición del leproso privada de la sociedad parece rigurosa, innecesaria. Pero se tenía que hacer. Sin embargo, el antiguo oriente no ha sido la única cultura que ha aislado a sus heridos, a sus leprosos.

Nosotros tal vez no construyamos colonias, leprosorios, ni nos cubramos la boca en su presencia, pero ciertamente muchas veces construimos paredes, y apartamos los ojos de aquellas personas que a veces nos son molestas.

La

persona no tiene que ser necesariamente leprosa para sentirse

en

cuarentena. Sabe a qué me refiero ¿verdad?

En ocasiones llegamos a tener actitudes muy agrias, muy feas e incluso groseras hacía las personas que nos rodean, hablando mal de ellas, criticándoles, haciéndonos a un lado, ignorándoles, esquivándoles, escondiéndose, cambiando de acera, durmiendo solos, rechazando, negando un abrazo, una caricia, una atención cómo si la otra persona fuese leprosa.

Esa persona pudiera ser aquella que ya nos cansamos de atender, cuidar, ahí se pudiese incluir a mamá a papá, al tío a la tía, a la abuelita al abuelito, al hijo que por su enfermedad demanda más

horas de atención, al vecino a la vecinita que atendemos, o aquella persona que aunque de manera personal no nos ha hecho nada no

la

soportamos.

O

cuando se sabe que nuestro familiar, nuestro amigo, nuestro

cónyuge es un vicioso, pensamos que está infectado como un leproso y lo hacemos a un lado de nuestro entorno, no queremos saber más nada de él, lo echamos fuera de nuestro poblado, de nuestro corazón, de nuestra presencia, de nuestro diario vivir.

La persona divorciada, rechazada, abandonada, repudiada, conoce

estos sentimientos.

El

poco agraciado de igual manera.

El

que está atrapado en algún vicio también lo sabe. El que tiene

escasa educación. El que tiene poca cultura. Las madres solteras.

Las madres abandonadas. Los padres de hijos conflictivos. El desempleado. El de escasos recursos.

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Y

¿qué me dice de la persona que cayó en fornicación o adulterio?

Y

¿Qué me dice de la personas que cayó en prisión? Nadie se

quiere juntar con ellas porque están leprosas por el pecado.

Suele darse que mantenemos nuestra distancia de los deprimidos, de los enfermos y desahuciados.

Hoy usted puede mirar cómo a algunos ancianitos se les recluye en un asilo, o en su defecto en una recámara solitaria. Cuando llegan las visitas, al anciano se le deja olvidado aun sabiendo que el ancianito todavía desea ser tocado, acariciado o por lo menos darle un momento de atención. O de plano se utilizan las manos para ir a abandonarlos en la calle.

¿Acaso pensamos que con la edad se terminan las necesidades de atención y afecto? ¡No! Al contrario, estas crecen.

El enfermo tiene necesidad de afecto, necesidad de ver una mano

que le ayuda y sobre todo que le consuela.

Lo mismo que los criminales que están en prisión ¿quién sería capaz de darle un abrazo al pozolero, aquél que se deshacía los cuerpos de sus víctimas con ácido? ¿Quién se atrevería a darle una palabra de aliento, de ánimo?

Apenas oyen su nombre o su apodo y corren diciendo: Ahí viene el

borracho, el fornicario, el adúltero, el mariguano, el drogadicto,

el pozolero y ¡Pies para que los quiero! Se les aplica la misma ley

que a los leprosos.

Recordemos:

Las manos son un instrumento maravilloso, genial diseño de Dios. Con ellas se puede empuñar un hacha o un bisturí. Se puede pintar a brochazos un gallinero o, con un delicado pincel, un cuadro como «La Última Cena». Con las manos se puede proporcionar el puñetazo más violento al enemigo, o la caricia más dulce al ser amado. Se puede con ellas robar descaradamente lo ajeno, o con honradez proveer el pan de la familia. Y con ellas se puede bendecir al necesitado.

A

veces uno está leproso en su temperamento, principalmente en

el

mal genio, y los que nos rodean huyen, y no se dan cuenta que

al

hacer eso, se acrecienta esa lepra y que el remedio muchas

veces es una aceptación total para el leproso.

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¿Cuántos leprosos habrá en San Mateo o aun incluso en la misma iglesia?

¿Cuántos de nosotros quedamos recluidos como leprosos por algún pecado? ¿Cuántos de nosotros parecemos leprosos por la falta de perdón de nuestra pareja, porqué se hizo algo indebido y eso fue motivo para que el esposo o la esposa ya no se acerquen? ¿Cuántos manos a un se alzan condenando o acusando a la persona por un pecado ya confesado y perdonado? ¿Cuántos hijos no tendrán imágenes vívidas de un padre encendido en ira levantando la mano para lastimarle?

No digamos de los hijos que reprueban o que no quedan en la escuela por falta de promedio, o por falta de lugar, algunos padres incluso los maldicen, los rechazan.

Cuando un padre está alabando constantemente al hijo aplicado hace sentir al hijo reprobado como un leproso, como una vergüenza.

Hay infinidad de individuos que viven vidas calladas, solitarias, infectadas por sus temores de rechazo, ya que la última vez que intentaron abrazar, acariciar, fueron despreciadas, por eso ya no se atreven ni siquiera acercarse.

Efectivamente hay muchos leprosos que necesitan ser tocados. Tal vez el pecado nos hizo leprosos, en la Biblia la lepra es sinónimo de pecado, ¿recuerda a Giezi, al rey Uzías, a María hna. de Moisés? Quedaron leprosos por su pecado.

No sé qué tipo de lepra tenga usted, yo sé la mía. Pero lo que sí sé, que aunque uno esté leproso hay Alguien, que no sólo nos puede limpiar, sino que también nos quiere tocar, y no nada más eso, sino que nos quiere dar su misma presencia dentro de nosotros a través de su Espíritu Santo. Si está, en lo correcto se llama Jesús.

Y es que Dios tiene manos que es cierto que corrigen, pero que también bendicen, levantan, restauran, sanan y perdonan. Tal vez en las manos de otros no valgamos ¡Absolutamente nada! Pero en las de Dios valemos mucho.

Manos en manos de quién Una pelota de basquetbol en mis manos vale unos $150.00 pesos.

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Una pelota de básquetbol en las manos de Michael Jordan vale alrededor de $33,000.00 Una raqueta de tenis en mis manos, no sirve para nada. Una raqueta de tenis en manos de Pete Sampras, significa el Campeonato en Wimbledon.

Una honda en mis manos es un juego de niños.

Una honda en manos de David es el arma de la victoria del Pueblo

Dios.

Dos panes y cinco peces en mis manos son un par de tortas de pescado. Dos panes y cinco peces en manos de Jesús son el alimento para miles.

de

Unos clavos en mis manos pueden servir para construir un gallinero. Unos clavos en las manos de Jesucristo producen la Salvación de toda la humanidad.

Como hemos visto, todo depende de en manos de quién está el asunto.

Depositemos nuestras preocupaciones, nuestros miedos, nuestros deseos, nuestros sueños, nuestros fracasos, nuestros pecados, nuestras debilidades, nuestras necesidades, nuestra familia nuestra condición, nuestra lepra en manos de Dios. Él sabrá tocarnos.

Y No olvidemos "Todo depende de en manos de Quién está el asunto".

Con el Señor no tenemos ningún problema, ¿cayó en adulterio? ¿Cayó en fornicación? ¿Cayó en el vicio? ¿Se sabe enfermo por el pecado? Para usted es la promesa, si usted se cree muy bueno, muy santo, no podrá ser atendido:

Mateo 9:11-13 Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores? 12 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. 13 Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.

De manera que con Él, no hay ningún problema, en que nos acepte siendo leprosos, porque su especialidad es perdonarnos, limpiarnos, amarnos, sanarnos.

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El problema está entre los mismos leprosos, porque a veces un leproso se cree menos enfermo que el otro.

Usted debe saber que jamás podremos curar heridas que no sentimos. Jesús no sólo sanaba leprosos, no sólo los tocaba, sino que incluso comía con ellos:

Marcos 14:3 Pero estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza.

¿Podríamos tener compasión de aquel que cuando le mira decae nuestro semblante? ¿Podríamos atender decentemente a aquel que habla mal de nosotros? Hoy saliendo de esté lugar o incluso aquí dentro vamos a ser probados, en nuestra compasión y amor al prójimo ¿pasaremos la prueba?

¿Qué pasó con el leproso? El toque no sanó la enfermedad, sino fue el pronunciamiento de Cristo:

Mateo 8:3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.

La lepra desapareció por la palabra de Jesús.

La soledad y aceptación sin embargo fue tratada por el toque de Jesús.

¿No ha experimentado usted ese toque? La maestra que secó nuestras lágrimas. La mano que sostuvo la nuestra en un funeral. El hermano en Cristo que sobre su regazo lloramos. La mano sobre nuestro hombro en el momento de prueba. La mano extendida para levantarnos de nuestra caída. Un apretón de manos dándonos la bienvenida.

Un apretón de manos dándonos ánimo en medio del dolor. Un fuerte abrazo y una tierna caricia para consolarnos. Una mano sobre nuestros hombros levantando una plegaria a nuestro favor.

El hermano asistiéndonos en nuestra necesidad. ¿No hemos conocido el poder de un toque divino?

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Si usted se considera un leproso, por haber mal utilizado sus manos ya sea por el pecado, por algún mal hábito, por algún vicio, por algo oculto que le hace sentir así, por su temperamento agrio, tal vez por la amargura, por la falta de perdón, por el resentimiento, por el odio, por algo que se hizo en el pasado y aun que ya se arrepintió siente culpa, por el fracaso en la familia, ya sea como esposos, como padres, o por el rechazo de las personas, o por su soledad, por sentirse confinado en el olvido de la gente y de Dios.

Si usted está necesitando un toque de Dios. El perdón de Dios, su aceptación, su consuelo, sus amorosos brazos, su fuerza su aliento, su toque tierno y compasivo.

Dígale con sus propias palabras en lo profundo de su corazón como se siente, dígale que es lo que le avergüenza, lo que le atormenta, lo que le aflige, lo que le preocupa y extienda sus manos y deje que Dios le toque.

¡Olvídese del hermano de junto! Hoy el Señor está aquí para tocarnos, para sanarnos, para amarnos, para consolarnos, ya no cargue en sus débiles manos cargas innecesarias, el Señor hoy quiere quitárselas ¿lo dejaremos?

Así en esa misma actitud le pido de favor, si es que usted tiene necesidad de ese toque de Dios, que se ponga en pie y poniendo mucha atención a la letra de este cántico lo entonemos, diciendo al Señor: ¡Tócame! Y al ir cantando vaya colocando sus cargas en sus amorosos brazos. Cantico:.Tócame… Qué tu gloria…

Usted y yo hemos experimentado un toque divino, pero ¿acaso usted y yo no podemos hacer lo mismo? Mire una vez más sus manos, y pregúntese en este día ¿La utilizaré para bendecir o para maldecir, para golpear o acariciar, para dar o para robar, para levantar al caído o para lapidarlo, para consolar al enfermo o para rechazarlo, para mostrar gratitud o ingratitud?

De manera que, si manejamos bien nuestras manos, llegan a ser instrumentos de gracia y de gran bendición.

No solo llegarían a ser instrumentos en las manos de Dios, sino que serían las mismas manos de Dios, rindámoslas al Señor y esas dos manos se convierten en las manos del cielo, uno a veces se

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pregunta: ¿Por qué parece que Dios no interviene para remediar

los males del hombre? Una reflexión para pensar

Y actuar.

Las manos de Dios

Cuando observo el campo sin arar; cuando los aperos de labranza están olvidados; cuando la tierra está quebrada y abandonada me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

Cuando observo la injusticia, la corrupción, el que explota al débil; cuando veo al prepotente y pedante enriquecerse del ignorante y del pobre, del obrero, del campesino carente de recursos para defender sus derechos, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos

de Dios?

Cuando contemplo a esa anciana olvidada; cuando su mirada es nostalgia y balbucea todavía algunas palabras de amor por el hijo que la abandonó, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios? Cuando veo al moribundo en su agonía lleno de dolor; cuando observo a su pareja deseando no verle sufrir; cuando el sufrimiento es intolerable y su lecho se convierte en un grito de súplica, de misericordia, de paz, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

Cuando miro a ese joven antes fuerte y decidido, ahora embrutecido por la droga y el alcohol; cuando veo titubeante lo

que antes era una inteligencia brillante y ahora harapos sin rumbo

ni destino, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

Cuando a esa chiquilla que debería soñar en fantasías, la veo

arrastrar su existencia y en su rostro se refleja ya el hastío de vivir, y buscando sobrevivir se pinta la boca, se ciñe el vestido y sale a vender su cuerpo, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos

de Dios?

Cuando aquel pequeño a las tres de la madrugada me ofrece su periódico, su miserable cajita de dulces sin vender; cuando lo veo dormir en una puerta titiritando de frío; cuando su mirada me reclama una caricia; cuando lo veo sin esperanzas vagar con la única compañía de un perro callejero, me pregunto: ¿Dónde estarán las manos de Dios?

Y me enfrento a

Señor? Para luchar por la justicia,

él

y le pregunto: ¿Dónde están

para

dar

tus manos,

una caricia, un

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consuelo al abandonado, rescatar a la juventud de las drogas, dar amor y ternura a los olvidados.

Después de un largo silencio escuché su voz que son gran amor y ternura me susurró:

"Hijito, no te das cuenta qué tú eres mis manos: Atrévete a usarlas para lo que fueron hechas, para dar amor y alcanzar estrellas".

Y comprendí que las manos de Dios somos "tú y yo", los que tenemos la voluntad, el conocimiento y el coraje de luchar por un mundo más humano y justo, aquellos cuyos ideales sean tan altos que no puedan dejar de acudir a la llamada del destino, aquellos que desafiando el dolor, la crítica y la blasfemia se retienen a sí mismos para ser las manos de Dios.

Señor, ahora me doy cuenta que mis manos están sin llenar, que no han dado lo que deberían de dar, te pido ahora perdón por el amor que me diste y no he sabido compartir, las debo usar para amar y conquistar la grandeza de la creación.

El mundo necesita de esas manos llenas de ideales, cuya obra magna sea contribuir día a día a forjar una nueva civilización que busque valores superiores, que compartan generosamente lo que Dios nos ha dado y puedan llegar al final habiendo entregado todo con amor. Y Dios seguramente dirá: ¡esas son mis manos!

¿Usted y yo podremos ofrecer lo mismo?

Muchos

enfermos, tocan a los enfermos.

ya

lo hacen,

oran por

los

enfermos, ayudan a los

Pero otros no lo hacen, nuestros corazones son nobles, pero a veces se dejan llevar por malos recuerdos y eso hace olvidar cuán significativo puede ser un toque.

Hay muchos leprosos que han quedado aislados, confinados a la soledad, al olvido, al desprecio, hay muchos leprosos que en estos momentos están solos, y ¿sabe? Pudiera ser nuestro propio cónyuge, o tal vez nuestros hijos o nuestros hermanos en Cristo, muchos en este día y en todo el mundo están esperando un toque.

Aun el mismo Jesús cuando estaba en agonía por el sufrimiento que le esperaba bajó un ángel y le tocó para ser fortalecido.

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¿Podría abrazar al ancianito? ¿Al enfermo? ¿Al necesitado? ¿Al difícil? ¿Al que ha hablado mal de usted?

Tal vez, un abrazo, un cariño, un apretón de manos no solucione nuestra problemática, pero al menos nos ánima, nos consuela.

Ahora:

¿Podría tomar sus manos entre las suyas y por gratitud abrazar a aquel que de una o de otra manera le ha bendecido? Vea las manos de su padre, de su madre, de su esposo, de su esposa que están calludas por servirle, por proveerle lo necesario. Tome las manos de su hermano, de su cuñado, de su cuñada, de la persona que le ha extendido una mano, para ayudarle a salir adelante.

¿Lo hará o la esconderá?

Nuestro Señor Jesucristo dijo: ¡Quiero! Y le tocó. Y el leproso lo agradeció ¿Hará usted lo mismo? ¡Ah! y no olvidemos a los que están en casa.

Pastor: Juan Carlos Hoy Romero

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