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HIGINIO GIORDANI

SIGNO DE CONTRADICCIÓN

TRADUCCIÓN ESPAÑOLA de la segunda edición italiana por M. LLAMERA, O. P. Doctor en Sagrada Teología

«El que está cecea de mí está cerca del fuego» (de los «Logia Jesu»)

Junio 1936

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CENSURA DE LA ORDEN

NIHIL OBSTAT. Fr. Antonius Huguet, O. P. Fr. Josephus M.ª de Garganta, O. P.

IMPRIMATUR Fr. Arsenius S. Puerto, O. P. Prior Provinclalis

CENSURA DEL OBISPADO

NIHIL OBSTAT Agustín Mas Folch, C. O. Barcelona, 8 junio de 1936.

IMPPRÍMASE † Manuel, Obispo de Barcelona Por mandado de S. Excma. Rma., Doctor Ramón Baucella Serra, canónico, canciller-Secretario.

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ÍNDICE

AL LECTOR ESPAÑOL..............................................................................................6 DESBROZANDO EL CAMINO................................................................................15

LOS TÉRMINOS DE LA REVOLUCIÓN

CRISTIANA................................................................................................................32

EL NUEVO ORDEN..................................................................................................45 LA SANGRE DE CRISTO.........................................................................................59 LA CRUZ Y EL REINO.............................................................................................72 CRISTIANOS, SEMICRISTIANOS, ANTICRISTIANOS.......................................75 LA MADRE................................................................................................................86 EL PAPA.....................................................................................................................92 LA IGLESIA.............................................................................................................104

ROMA.......................................................................................................................118

LA ANTI-ROMA......................................................................................................131 LA DESERCIÓN DE LOS MONJES.......................................................................146 LOS COLABORADORES DE DIOS.......................................................................156 EVOLUCIÓN DE LAS VIRTUDES........................................................................175 SIGNO DE CONTRADICCIÓN..............................................................................204

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A CRISTO JESÚS

«NUEVO REY DE LOS TIEMPOS NUEVOS» EN EL XIX CENTENARIO DE LA REDENCIÓN

novus Christus ... Jesus » Tertuliano, Adv. Marcionem, III, 19

«

...

solus

Rex novorum

aevorum

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AL LECTOR ESPAÑOL

Es tan amable la paz, lector cristiano y español, que el gozo de poseerla hace aborrecible la guerra, mas el deseo de conseguirla, cuando falta, la hace en gran manera deseable por ser la guerra precio y conquista de la paz. Una aspiración y un intento de paz alientan en este libro de contradicción y a la pacificación de los espíritus españoles lo dirijo yo como proclama de guerra. Arenga guerrera para la reconquista de nuestro patrimonio cristiano que será la reconquista de nuestra paz.

Lo más lleva consigo lo menos. La suprema paz, posesión y sosiego del supremo orden, es condición y garantía de todas las demás. Son tempestades del cielo las que conturban la tierra, y en la serenidad del cielo hay que buscar la paz que para la tierra ansiamos, según aquel lema de pacificación que nos enseñaron los ángeles: gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. No hay paz si no hay gloria de Dios. ¿Cómo puede haber paz sin restauración del orden? Y el orden se restablece de arriba a bajo. Primero el reino de Dios y su justicia; lo demás por añadidura. Primero hacer la voluntad de Dios; después el pan de cada día. Por no atender a la voluntad de Dios nos disputamos el pan como fieras.

La paz está vinculada al reino de Dios. La Humanidad no disfrutará de ella mientras no conspire a realizarlo. Al fin ese es su destino y esa es la primera y más alta razón de la Historia; tanto, que para asegurar y dirigir su realización se constituyó el mismo Dios cabeza de la Humanidad incorporándose a la historia del hombre. La encarnación del Verbo representa la incorporación de Dios a la historia humana para rescatarla, enderezarla y dirigirla. Esa asunción de nuestra naturaleza lo es también nuestro de nuestro destino histórico en orden al eterno destino de la Humanidad. ¿Hacia dónde nos guiará el Hombre-Dios sino hacia Dios? La Redención es empresa de reconciliación con la Divinidad, de aumento del reino de Dios, y, consiguientemente de pacificación. Ya lo dijo San Pablo en aquel gran pensamiento: “En Él quiso hacer morar toda plenitud, y

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reconciliar consigo mismo todas las cosas, pacificando por la sangre de su Cruz, tanto lo que está en el cielo como lo que está en la tierra” (Colos. I).

Según esto la cruz es el trono de la paz; el Crucificado es el “príncipe de la paz”; su reinado la seguridad de la paz en el restablecimiento y sosiego del orden. Pero a precio de sangre. El reino de Cristo fue para Él y es para nosotros objeto de conquista. Con su victoria mereció para la Humanidad el que pudiera conquistar. No es punto de partida, es meta de realización. Es la paz que hay que conquistar para acabar con las guerras. Entretanto, es la contienda de todas las contiendas, el signo de toda contradicción, la inquietud perenne e incoercible que explica todas las revoluciones. En el fondo de todas las contiendas humanas se agita la de la primacía del espíritu redimido por Cristo; y este primado del espíritu es inseparable del reino de Dios y uno y otro son inseparables de la paz.

El mundo, acaba de escribir el marqués de la Eliseda, gira alrededor de dos polos contrapuestos. Revolución y Contrarrevolución. —Esos dos polos contrapuestos tienen muchos nombres circunstanciales y dos perennes y adecuados que son Cristo y Anticristo. Cristo en el orden individual significa señorío del espíritu sobre la materia, sumisión del en- tendimiento a la verdad divina, de la voluntad a la justicia y a la caridad, concepción de la vida como medio y no como fin, ideal eterno y no temporal. Anticristo en ese mismo orden significa dominio del cuerpo sobre el alma, rebelión contra la verdad, superposición del egoísmo y del odio a la justicia y al amor, concepción de la vida como término y de sus goces como único paraíso. Y esta es la primera lucha que todos tenemos que sostener.

Es también la primera y la más importante batalla que tenemos que ganar. La redención es social por redundancia. Una sociedad de cristianos es necesariamente cristiana. El bien como el mal, la paz como la guerra, derivan de los individuos a las sociedades; el desequilibrio que en éstas lamentamos es trasunto del que existe en las almas. “Por el catolicismo, escribía Donoso Cortés, entró el orden en el hombre y por el hombre en las sociedades humanas”. Y escribió también: “El orden pasó del mundo religioso, al mundo moral, y del mundo moral al mundo político.” El desorden, debemos añadir, sigue la misma trayectoria. La emancipación de las conciencias de los frenos religiosos desata las voluntades de trabas morales, porque sin religión, qué es la justicia para con Dios, toda otra jus- ticia carece de fundamento y de sentido. No hay deberes si no hay derechos absolutos que condicionen la rectitud de las humanas

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determinaciones. Y esa base eterna de los deberes humanos no se da si no se da en Dios, porque nada hay en el hombre superior al hombre si se suprimen los dictados del deber que reflejan los derechos divinos. Si la razón no reconoce a Dios la voluntad no reconoce el imperio de la razón ni el apetito los dictámenes de la voluntad razonable. Y el hombre sin razón es una bestia. De la primacía de lo religioso se sigue, pues, el principado del espíritu en la vida, y de la emancipación religiosa la tiranía de la materia. Y así como lo moral es una proyección de lo religioso, lo político es una proyección de lo moral; por lo cual el orden y la paz en la vida política y social están condicionados por el señorío la religión en las almas. Cristo y el Anticristo disputan la victoria en los individuos y la suerte de esta contienda repercute en las sociedades.

Lo que en ellas se discute es también la primacía del espíritu que Cristo vino a reponer en la dirección de la vida y de la Historia. El matrimonio cristiano es el amor señoreado por el espíritu, sometido a sus exigencias. Lo contrario del amor libre, que es la bestia sin riendas. Para el cristiano el amor es súbdito de la voluntad de la razón y de Dios que le hacen servir a fines específicos, no individuales. El amor libre no acata esas jerarquías; no se guía por normas de espíritu, sino de concupiscencia. Lo demás se sigue solo: divorcio, matrimonios a prueba, métodos anticoncepcionistas, procedimientos abortivos, instrumentaria de lascivia, alardes de impudor y desvergüenza como los presenciados por Madrid en los días en que esto escribo.

En el régimen de los pueblos el anti-espíritu o Anticristo es el liberalismo, subversor de todas las jerarquías. Comenzó por derrocar las jerarquías religiosas con el protestantismo, que no es otra cosa, en frase del gran pensador hispanoamericano Antonio Cuadra, que un liberalismo religioso. Este anticristo de los tiempos modernos tiene tres nombres:

Lutero, Rousseau, Marx, enlazados entre sí como dos premisas y una conclusión, que es el comunismo. Lutero substituyó la infalibilidad de la verdad religiosa por el libre examen; Rousseau la razón por la voluntad; Marx el espíritu por el estómago. Si la verdad es la que cada uno piensa, el bien es el que cada uno quiere, porque sin verdad absoluta no hay bien absoluto. La voluntad, por consiguiente, se constituye en norma de justicia y en fuente de derecho. Mas como nada es ya ilícito en principio, nada es más lícito que la demagogia, consecuencia práctica de la democracia teórica. Colocados en el precipicio lo natural es no parar hasta el fondo. Un abismo llama a otro abismo. Y el abismo que reclama el sistema liberal es el comunismo. ¿Igualdad de derechos y clases sociales desiguales? ¿Por

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qué rechazar como injusta la igualación económica? Sin contar, que no pueden subvertirse las jerarquías sin invertirlas. Los sin Dios tienen por Dios al propio vientre, como diría San Pablo. La Humanidad ha de estar regida por el espíritu o por la materia, ha de estar orientada por un ideal religioso o por un ideal económico. Carlos Marx se limitó a llevar a sus últimas consecuencias el liberalismo religioso al señalar en el estómago el centro de la Historia. En pos de esa bandera, las masas, ignorantes de sus deberes, conscientes de sus derechos, ebrios de odio contra cuanto simboliza un obstáculo a sus reivindicaciones, acuciadas además por el hambre, se abalanzan con arrollador impulso hacia la imposición de su jerarquía: hacia la dictadura del proletariado. Las fórmulas liberales no las podrán contener, porque no puede el río contener sus aguas, ni la hoguera sus llamas.

Rotos los diques del espíritu, el torrente de la barbarie azota ya con oleaje embravecido los muros de la civilización cristiana. Y las gentes, como despertando de un sueño, se percatan, al fin, de que el gran problema de esta hora histórica es el de pobres y ricos. Hace casi un siglo que escribía Donoso en su Memorial a María Cristina: “Esa enfermedad, que es contagiosa, que es endémica, que es única, se reduce a una sublevación general de todos los que sufren hambre contra todos los que padecen hartura.” Pero Donoso diagnosticaba las enfermedades asignando sus causas: “Dios no permite la criminal impaciencia de los pobres, sino para castigar el egoísmo insolente de los ricos.” Y es que esta tremenda contienda es efecto de otras anteriores en que la causa de la civilización cristiana llevó la peor parte. Las ideas anticristianas han hecho creer al justo y no insolente su egoísmo; y esas han hecho creer al pobre que era justo y no criminal su rebelión. Y el anti-Cristo que triunfó en los unos y en los otros los enfrenta hoy en una lucha gigantesca, cuyo desenlace, al no ser justa la causa de los unos ni de los otros, poco nos podría importar a los que sólo perseguimos el reinado del espíritu, si no fuera este reinado el que se debate en los dos bandos en guerra. Pero triunfe el uno o el otro, triunfarán la injusticia y el odio contrarios a la justicia y a la caridad de la Cruz; prevalecerá la materia sobre el espíritu. Porque aquí está la explicación de esta lucha: la concepción materialista de la vida que impera en las conciencias de los pobres, que dirige al capital y al trabajo. Todos quieren poseer la Tierra porque ni creen ni esperan el Cielo, que es herencia prometida al espíritu. Y sin esta esperanza carece de razón el sacrificio que impondría la caridad a los ricos, la paciencia a los pobres, la justicia a todos; sin esta esperanza ni los ricos tienen por qué dar lo que

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pueden retener, ni los pobres por qué respetar lo que puedan arrancarles. La justicia, la caridad, tienen su apoyo en Dios y sólo reinan donde reina Cristo.

Esa concepción materialista de la vida no es sólo causa de las terribles convulsiones que estremecen hoy a todos los pueblos, sino también de los inacabables conflictos que los revuelve a unos contra otros. Solamente el espíritu puede unificar a las naciones porque no tiene otro patrimonio común la Humanidad. ¿Cómo puede un ideal materialista ar- monizar los intereses contrapuestos o impedir que el derecho de los débiles sucumba ante el atropello de los fuertes, si el derecho se mide por la fuerza y el mutuo temor es la única garantía de paz y de equilibrio entre los pueblos? El mutuo amor sería mejor instrumento de pacificación y de humana convivencia; pero ninguna fraternidad humana tiene sentido y eficacia sino la que se funda en Dios, primero y común origen, último y común destino de la Humanidad. También para las naciones es la Cruz la bandera de la paz. De las máximas evangélicas dedujo un fraile español el Derecho Internacional. Y este derecho regirá en paz las naciones, cuando la unidad y la catolicidad que el reinado de Cristo establece entre todas las almas funden la unidad y la catolicidad que armonicen a todos los pueblos.

Al proclamar el universal reinado de Cristo, el Humanidad el secreto de la paz.

Papa señaló a la

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Cuantos en estos momentos sean capaces de sentir la preocupación de los destinos del mundo y de cooperar con su esfuerzo a prepararle un porvenir de ventura, deben reforzar con su voz, para que resuene en todos los ángulos de la Tierra, esa proclamación del secreto de la paz. El dolor de la Patria nos obliga hoy a denunciar ante nuestros compatriotas que la Antipatria que la desgarra es el Anticristo que en la España Católica se sobrepone a Cristo. Es divorcio de Cristo el que nos divorcia de la paz.

Hundida la mirada en nuestra historia, un escritor nuestro que la lleva en el alma, llamó a la España de nuestros padres Novia de Cristo. Es efecto del divorcio que se viene tramitando desde siglos este desbarajuste de nuestra casa. ¡Esposa de Cristo! Él la acarició y crió desde la cuna de nuestra historia y ella confundió con los de Cristo sus destinos poniendo su espada al servicio de su cruz, al servicio del espíritu en el Mundo. De este consorcio nacieron todas nuestras grandezas. “Toda Historia española, dice Eugenio Montes, es en el más ambicioso sentido del vocablo, historia

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eclesiástica.” En el Libro de las Coronas, observa Lorenzo Riber, España es ya para Prudencio lo que será en todo el curso de la historia: la devota, la católica España. Esas coronas son el regalo nupcial que España hace a Cristo: homenaje de sangre a su Cruz. La unidad en la religión del Crucificado, asociando en un solo ideal a conquistadores y conquistados, creó nuestra unidad nacional en la España visigótica, en la de San Isidoro, en la de los Concilios de Toledo. Y desde entonces fue la cruz la bandera común de los pueblos hispanos. La cruz dio unidad y convergencia a los esfuerzos disociados en aquella lucha tantas veces secular de la reconquista, que lo fue de cielo más que de tierra, de espíritu más que de terreno: de imperio de la Cruz contra el imperio de la Medialuna. Bandera de Pelayo y de Alfonso el Batallador, de Fernando el Santo y de Jaime el Conquistador. Bandera de Covadonga y de Clavijo, de Los Navas y del Salado, de Valencia y de Granada. Bandera de nuestra Reconquista y bandera de nuestro Imperio. ¿Qué grandeza tenemos que no esté cobijada bajo esa enseña divina? Por ella y para ella, inspiradora eterna de conquistas, ensancharon nuestros antepasados las fronteras del Mundo, soñando a través de los mares con infinitas tierras para el Rey, con infinitas almas para Dios. Con los mundos que arrancaron al misterio de tantos siglos, formaron un Imperio para España y para Cristo, y crearon la Hispanidad, unión de razas innúmeras en una sola fe y en un solo ideal de catolicidad.

Toda nuestra gloria es cristiana. Cristianas las hazañas de nuestra espada y los triunfos de nuestra pluma. Cristianos el coraje de nuestros guerreros, el heroísmo de nuestros evangelizadores, la genialidad de nuestros juristas, la preeminencia de nuestros teólogos, la inspiración de nuestros poetas y de nuestros artistas, la sublimidad nunca igualada de nuestros místicos. Nuestras Leyes de Indias, nuestro Derecho de Gentes, nuestro Teatro, nuestra novela, cuanto enseñamos al Mundo, nos lo enseñó la Cruz. Ella guió nuestros destinos históricos y los poseímos en paz mientras no perdimos su orientación.

Desde que la perdimos, desde que nos empeñamos en cerrar los ojos a su luz, vamos sin rumbo fijo por el mar de la historia, azotados por todos los vientos, a merced de todas las tempestades. Llevamos doscientos años extraviados, empeñados en ser lo que no somos, mendigando ideales extraños los que recibimos de la Cruz la más alta misión de la Historia. La Cruz nos enseñó a no reconocer otras fronteras a nuestra acción que las fronteras del Mundo, por nosotros agrandado, y olvidada esa lección nos convertimos en admiradores y plagiarios de los que un día admiraron

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nuestros superiores destinos. “La nación entera —dice Ramiro de Maeztu — ha estado pendiente de lo que disponía el extranjero para saber lo que tenía que vestir, que comer, que beber, que leer, que pensar.” Hoy, escribía Menéndez y Pelayo, “presenciamos el lento suicidio de un pueblo que engañado mil veces por gárrulos sofistas, empobrecido, mermado y desolado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, y corriendo tras vanos trampantojos, de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su propio espíritu, que es lo único que redime y ennoblece a las razas y a las gentes, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la historia nos hizo grandes, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyos recuerdos tienen virtud bastante para retardar nuestra agonía”. ¿Cómo no habíamos de caminar hacia el precipicio caminando a ciegas, sin la luz de nuestra historia? La causa de nuestra desespañolización ha sido y es nuestra descristianización. Cristo fue la causa de toda nuestra grandeza y el Anticristo la causa de nuestra ruina. Las ideas liberales extranjeras que suplantaron nuestro pensamiento tradicional cristiano nos robaron el Imperio, minaron nuestra unidad nacional informada por la unidad de creencias, incubaron la Revolución que lleva camino de entronizar la hoz y el martillo donde reinó siempre la Cruz. ¡De caballeros de la Cruz a esclavos de la hoz y del martillo! ¡De campeones de la civilización del espíritu a mercenarios de un ideal rastrero y materialista! ¡De señores del Mundo a gentes sin Dios y sin Patria!

De la deserción de nuestro pasado de gloria no ha querido Dios que llegáramos todavía a esa situación de miseria. Pero hacia ella vamos irremediablemente si en la vuelta a nuestra tradición cristiana no buscamos pronto y eficaz remedio. Si como tememos, es ya tarde para rescatar el presente, a tiempo estamos para recobrar el porvenir. Tuvimos profetas que nos anunciaron la cautividad y no les dimos oídos. Oigamos a los que nos prometen y a los que nos compelen hacia la liberación. Oigamos sobre todo el clamor de nuestra historia que nos incita a luchar por la Patria luchando por la Cruz. Quizás permita Dios que la hoz asiática siegue todas las cruces que plantaron nuestros padres; pero nos queda la esperanza de que la sangre de nuestros mártires las hará brotar de nuevo. El cantor de nuestros antiguos héroes cristianos abrigaba ya esta esperanza:

La limpia sangre que bañó tus puertas

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por siempre excluye la infernal cohorte.

* * *

Todo parece indicar, escribía Maeztu a principios del pasado año, que el mundo intelectual está en vísperas de una gran polémica en la que llevarán la iniciativa del ataque los escritores de ideas cristianas y que será tan intensa, que las gentes van a entender de nuevo el significado de aquélla gran palabra en que Nuestro Señor decía “que no había venido al mundo a traer la paz sino la espada”. Esta gran polémica entre el pensamiento cristiano y anticristiano es una manifestación circunstancial de la perpetua contienda entre Cristo y el Anticristo que se disputan la dirección de la Vida y de la Historia. Por depender de las andanzas de esa lucha —como dejamos dicho— las tan desconsoladoras que afligen hoy a España y por ende a los mejores de sus hijos, les ofrezco este libro de un capitán adiestrado en esos combates, es decir, de uno de los más ilustres adalides con que cuentan hoy en el mundo las ideas cristianas. Porque no es menor la representación de Higinio Giordani en la nobilísima lucha por el espíritu servida hoy por tantos y tan ilustres escritores católicos.

Alma creyente, que ha puesto al servicio de la fe y de la civilización cristiana su talento privilegiado, su inmensa cultura, su profundo conocimiento de la literatura polémica del cristianismo primitivo y de la influencia de la Iglesia en el mundo; espíritu batallador, enamorado de altos ideales, que no sabe amarlos sin defenderlos, que no comprende que haya quien los ame y no los defienda; que los defiende con verbo iluminado, vibrante, valentísimo. Su pluma destila poesía al describir lo que ama y se desata en invectivas terribles contra lo que combate: caricia para la verdad, dardo contra el error. En la una mano la cruz y en la otra la espada. Ingenuo ante el Cristo e intrépido ante el Anticristo. El catolicismo de Gior-dani es revolución, su fe trofeo de conquista, su vida cristiana continuado batallar. Discute en el periódico, refuta en la revista, polemiza en la tribuna, defiende y ataca en el libro. Una novela escribió: “America Quaternaria”— y ni en ella supo o quiso sustraerse a la intención apologética. Joven todavía —42 años—, lleva quince de ininterrumpida batalla que le ha merecido el concepto unánime de campeón de la Fe. Las ideas anticristianas o semicristianas no tienen hoy más temible fustigador. Desde el año 1930 es director de la revista Fides, órgano de la Obra Pontificia para la preservación de la fe, convertida por él en una de las mejores revistas católicas. Está al frente del Ufficio del Catálogo y de la

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Escuela de Biblioteconomía de la Biblioteca Vaticana. Colabora en diversas publicaciones: Osservatore Romano, Italia, Vita e Pensiero, Tradizione, Studium, Comvaonwal Special Libraries, etc., etc.

Es Giordani escritor fecundísimo y de extraordinaria prestancia. De la fecundidad de su ingenio dan testimonio más de quince volúmenes y de su mérito la valoración crítica que le ha señalado como al más completo y representativo de los escritores católicos de la Italia de hoy.

Entre todas sus obras, esta del Signo de Contradicción ha conseguido los mayores éxitos y ha suscitado los mayores entusiasmos. Por ella la voz del gran militante católico ha merecido encontrar eco en las lenguas de numerosas naciones y traspasando las fronteras de su patria habla a la Cristiandad. No corresponde menor universalidad a la universalidad del autor, del pensamiento que informa su obra, de la verdad que explayan sus páginas. El autor es un católico que defiende su fe; el tema, la persistencia y perennidad de la revolución cristiana; la verdad, la del propósito de Dios que estableció la Cruz como eje de los siglos, como bandera del espíritu, como guía de los humanos destinos.

En la interpretación de este libro de polémica, escrito con estilo personalísimo, con léxico sobreabundante, con literatura de avanzada, no abrigamos otra pretensión que la de contribuir a la pacificación de las almas españolas mediante la reconquista de nuestra civilización cristiana.

MARCELIANO LLAMERA, O. P.

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DESBROZANDO EL CAMINO

I

Después de diecinueve siglos de Redención, el observador se encuentra ante este hecho: el movimiento religioso más perceptible es el movimiento antirreligioso. Parece paradoja, mas no lo es, puesto que el ateísmo de Estado tiende a constituirse en una especie de Iglesia autoritaria e infalible. Una Iglesia al revés, en la cual es entronizado Satanás en su verdadera efigie de mona de Dios.

Este movimiento presenta a nuestra generación el más tremendo dilema religioso y, por tanto, también social: si la conciencia debe atender todavía a Dios, o más bien a un pseudocoronel mejicano, a un profesor prusiano, a un comisario moscovita; si la sociedad está todavía obligada a la aceptación de un principio religioso, autónomo y superior, o hasta la religión ha de ser absorbida por la política. En otros términos: si es razón que exista una Iglesia, y un Estado, o simplemente un Estado-Iglesia, ateo e idólatra.

Entre los dos extremos del dilema, fuera de la Iglesia Católica y a menor o mayor distancia de la Anti-Iglesia pagana, se verifica una compleja y vasta labor de descomposición del principio religioso, en pro- vecho exclusivo del Anticristo. En medio de él avanza, a saltos, el movimiento religioso, hacia un sincretismo de tinte filosófico como hacia un barracón de estilo “racional” donde se amalgaman los más disparatados ingredientes de la religiosidad; ideogramas de Lao-Tse, diálogos de Platón, tomos de Kant, Tríplice demismo, Freud y Mrs. Eddy. Falta allí Dios: pero funciona como lubricante un cristianismo “racionalizado”.

Una especie de inmenso almacén americano, donde todos lo encuentran todo, y a precio reducido: iglesias postizas, credos elásticos, combinaciones filosóficas, vaselinas espirituales muy digeribles; substituciones de imitación acabada: teísmo por Dios, teosofía por teología, espiritismo por espíritu, idealismo por ideal, modernismo por mo- dernidad, religiosidad por religión, evangelicalismo por Evangelio, salvacionismo por salvación, y acá y allá, racionalismo por razón ...

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Entretanto, en obsequio a la estética moderna, se representa a Cristo en hábito de deporte, desbarbado y con un diente de oro; el buen Pastor se transforma allí en un caprípedo pagano.

La religión, dogma y moral, pierde allí de su rigor y aspereza; se torna llana y fácil: un credo al “baño de María”; fe y ciencia están conciliadas; la moral es justificadora de las costumbres; nada turba ya las conciencias, sometidas a linimentos que las adormecen; la “experiencia” constituye, para cada uno, la medida de lo verdadero y de lo falso, y las inteligencias quedan libertadas del tormento de la duda, pues se filtra en los intersticios una solución de parálisis general.

El drama del cielo y de la tierra, del bien y del mal, está resuelto; las grandes contiendas que estremecieron a profetas y poetas han terminado sobre los escenarios de Hollywood; de los dos se ha hecho uno, y ha venido a quedar sin razón la razón de combate.

Prepararon el camino a este sincretismo, sectas que secularizaron la Iglesia; príncipes que reclutaron teólogos para encubrir la prepotencia del César con los derechos de Dios; profesores de religión comparada que redujeron el cristianismo a una notable expresión de teísmo semítico complicado de filosofía griega y estructurado por el derecho romano; filósofos que sustituyeron a Dios por el Yo; semicristianos que, en veinte siglos, día por día, abandonan jirones de dogma y de moral por compromisos con el anticristianismo.

Diluida la enseñanza de Jesucristo en el miscelánea del paganismo, del compromiso, no causa estupor que haya quien proclame la extinción de los fermentos de aquella revolución cristiana que cambió la faz del mundo; o que nieguen, sin rodeos, que haya existido jamás.

Y son en tanto número los que afirman que el cristianismo está moribundo o muerto, que muchos, por denotar originalidad, se aventuran a negar que haya alguna vez nacido: el que era cristianismo, no era él; era otro.

Es la moda en ciertos ambientes; tanto que, entre denominaciones protestantes diversas, no faltan ministros del culto, los cuales, por aparecer al día como señoras fatuas, se suman a los negadores, y predican desde el pulpito la eliminación de un Señor que persigue el estipendio; mientras ciertos vividores que fueron bautizados en el rito católico, hablan, por mimetismo, de superación del cristianismo y del próximo advenimiento del dios Instinto y de su vicegerente Sexo.

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Sólo con que se diesen cuenta que estas negaciones audacísimas de hoy son tan antiguas como el propio cristianismo, sobre cuyo tronco han parasitado en todo tiempo, disminuiría no poco la hinchazón de su vanidad. Porque negadores y perseguidores tienen esto de común: que con diferentes nombres son tristemente los mismos desde Caifás, el pontífice que mató a Cristo, hasta Calles, que asesina sacerdotes y pregona libertad; desde el profesor Celso hasta el ''obispo” anglicano Barnes. Es una pena.

Mas nosotros no nos dejamos llevar de la corriente; no nos conven- cen un punto las razones de esta negación.

Vemos, por el contrario, que en el corazón de la civilización antigua, a la hora en que más sólida y vastamente se organizaba, estalló una decisiva revolución espiritual, social y religiosa que la volvió del revés, con la acción de nuevas y originales fuerzas, cuya eficiencia continúa operante. Y en tal grado opera que, a diecinueve siglos de distancia, se siente la necesidad de desencadenar sobre ella batallones de profesores, de esbirros y de financieros.

La revolución cristiana subsiste. No está extinguida; antes bien, todos aquellos espíritus que no reducen la existencia a comer y pasárselo bien, que sienten la atracción de más altos intereses, batallan hoy, como dieciocho siglos hace, en pro o en contra del cristianismo. Hay todavía gobiernos que vejan sacerdotes, clausuran iglesias o niegan la libertad a los católicos; que realizan una obra antirrevolucionaria, reaccionando contra fuerzas de las cuales se conceptúan vitalmente amenazados. No se ahorca a las sombras, ni se da fuego a castillos en el aire; ni siquiera se echa de casa a los viejos decrépitos.

Hay quien ataca y hay quien defiende. El que estos hechos nota, es el último de entre centenares de miles de cristianos que han debido resistir en todo tiempo a los ataques de los adversarios; los cuales —nótese— se hallan también sumergidos en la vital atmósfera del cristianismo integral y de ella se benefician, como hasta los noctámbulos se benefician del sol.

Al indagar los términos de la antítesis con el mundo antiguo, escribía en el libro La primera polémica cristiana: “La religión naciente tropieza, al desarrollarse, con oposiciones diversas:

1) como Iglesia, choca con el Estado; 2) como fe, con la filosofía; 3) como monoteísmo, con la idolatría; 4) como cristianismo, con el judaísmo;

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5) como ortodoxia, con el agnosticismo.”

Aunque desarrollados y empeorados, los términos permanecen en gran parte los mismos. Permanece el Estado pagano, la filosofía anticristiana, la idolatría de las cosas terrenas y los batiburrillos teosóficos del neognosticismo. En algunas partes permanece también, aunque bastante debilitado como antagonista, el judaísmo.

Estos contrastes, a los que la civilización contemporánea sobreañade otros, constituyen un hecho tristemente necesario, y en él constantemente se verifica la profecía de Cristo, según la cual había de ser el Evangelio un fermento de contradicción, un acero clavado en el corazón vivo de la humanidad con una herida siempre sangrante. De ahí que venga a ser el cristianismo una conquista de cada día, con victorias y víctimas, con sangre no siempre metafórica, con desgarros en el espíritu y no pocas veces en las carnés, en una lucha indomable y sin tregua. Cada palmo de terreno ha costado sudores y lágrimas y ha sido toda conquista de almas una violación de los vínculos de raza, de familia, de tradiciones, de historia, de intereses y de afectos; a su vez ha sido toda apostasía una mutilación en la carne viva del cuerpo divino, que es la Iglesia. La historia del cristianismo es la más abundante en patíbulos: ¡comienza en una cruz! Todos los regímenes inferiores no han hecho otra cosa que reafirmarse en su propia vileza, escupiendo e hiriendo de nuevo a Cristo en la Iglesia, tratándola con la espada o con el fusil, ¡como a indefensa!

Y esta lucha dramática la lleva en sus entrañas, por la imposibilidad de conformarse con el mundo, siendo su negación; o lo conquista o será por él conquistada; que no hay medio posible, militando los dos a las ór- denes de dos irreconciliables potestades, Cristo y Satanás.

Por personal experiencia pudo constatar Ignacio Teóforo, cuando era conducido a un circo de Roma, custodiado por diez soldados, más crueles que leopardos, que “el que está cerca de la espada, está cerca de Dios”. La raza de leopardos no está extinguida; sigue atormentando en la marcha hacia Roma; mas tampoco la raza de teóforos ha desaparecido. Si ya no utilizan los circos, con un populacho embrutecido, a las órdenes de senadores obesos y de matronas lascivas, ahí están sus substitutos, cuya crueldad, aunque se manifieste menos ostensiblemente, es en cambio más redomada. Por esto, la fe no es hoy en día, ni lo ha sido nunca, poltrona donde reposar, sino —si se me permite la expresión— un instrumento de tortura.

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Así, pues, la dialéctica del cristianismo entraña una lucha continua. El que no se resigna a dejar que le golpeen la fe, sino que devuelve los golpes, es, sin más, condenado por la mayoría de los adversarios. Porque atacar los dogmas, los ritos, los sacramentos, a eso se le llama “filosofía”; salir en su defensa, a eso se le tacha de “insolencia clerical”, con el fin de reducirla al silencio.

II

Esta aceptación de la lucha como consecuencia de la dialéctica del cristianismo, revolución operante, no es comprendida por numerosos cristianos, para los cuales la Iglesia, como milicia, es poco más que una figura retórica. La polémica les parece lesiva de la caridad; y ésta es la esencia del cristianismo.

Mas es cosa fácil —y lo es de todos los días— confundir la virtud con sus imitaciones, y así la adulteración de la prudencia no es otra cosa que cobardía, la del silencio indebido complicidad, y la del amor sentimentalismo. Y, pues ha dicho el luminoso San Francisco de Sales que con una gota de miel se prenden más moscas que con todo un tonel de vinagre, gran número de escritores cristianos han creído, sin más, que era cuestión de ponerse todos a la caza de moscas, con las cocciones de una prosa melada.

La caridad es una cesión de los propios recursos para compensar las deficiencias del hermano; pero un tal ofrecimiento no está necesariamente ligado con la industria sacarífera ni obedece a exigencias de melindrería; no excluye que se separe lo justo de lo injusto, lo verdadero de lo falso aunque sea preciso llamar pan al pan y neopaganismo al neoidealismo. En ningún pasaje evangélico —en su texto auténtico al menos— se encuentra la obligación de permanecer neutrales frente a la cotidiana contienda del bien y del mal.

La caridad no exige rehuir la polémica y los ademanes de fuerza; la fuerza es un don del Espíritu, y la polémica ha sido la primera literatura cristiana. Puede discutirse la oportunidad y manera de su empleo, mas no condenarla, so pena de repudiar también las invectivas de Nuestro Señor contra escribas y fariseos. Y los discípulos enviados no hablaron con menor energía. Santiago, el apóstol, flagelaba a los ricos, amadores del dinero, con recriminaciones apocalípticas. La fe es la fe, y no puede pasar por amiga de la antife. Ni el lenguaje ha de ser un salvoconducto para traspasar acá los productos de allá.

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Bajo pretexto de caridad se toleran atentados contra la Iglesia y estupros contra la moral, se disculpa indistintamente todo y a todos.

Pablo de Tarso dio del amor aquella definición que sólo podía dar quien se había introducido con violencia (“el reino de los cielos lo arrebatan los violentos”) en el más profundo misterio de la revolución cristiana; quien, por amor del hombre, había afrontado lapidaciones, naufragios, cárceles, hambres e injurias; pero aquella definición, que se cuenta entre los más originales himnos de la literatura nueva, va inserta en un documento de reprensión y de polémica; y la primera escrita por él —la dirigida a los Gálatas, que es el primer escrito del cristianismo—es toda ella una vehemente polémica para separar, cortando por lo sano, lo viejo de le nuevo, dirigida a espolear a los nuevos conversos en la lucha contra el pecado. Porque la vida del cristiano es milicia sobre la tierra.

Poeta del amor, como quien no vivía en sí, más vivía Cristo en él, Pablo manejaba contra los adversarios malvados, la invectiva y la ironía, y hasta casi la injuria.

“El saludo de mi puño y letra, Pablo. Si alguno no ama al Señor Jesucristo, sea anatema.” Así concluye la primera carta a los Corintios, en la cual va engastado el arcangélico himno al amor. Al amor a Cristo, se entiende. ¿Se pretende acaso cambiar los papeles y proceder de manera que no seamos anatematizados de los enemigos de Cristo?

Es la verdad que rechaza el error.

“El Evangelio

por mí

anunciado no ha

sido

y

no;

ha

sido

el

auténtico sí, personificado.” No es la fe artículo indiferente; es “semilla” de muerte para los unos, de vida para los otros. Jesús es causa de salvación y de ruina; el que no está por Él está contra Él. O sí o no; el ni equivale a rechazo.

Si los evangelizadores no hubieran tomado de frente

al mundo

pagano, con aquella tenacidad que, por sí sola, parecía un crimen a

funcionarios del tipo de Plinio, se hubieran ahorrado persecuciones y

muertes ....

y aun hoy reinaría el paganismo.

Fue Juan el que definió a Dios, Amor; pero fue también el hijo del trueno, quien, contra disidentes y negadores, se alzó fulminante como un antiguo profeta y sobre las grupas de los perseguidores desenfrenó los caballos del Apocalipsis.

Una cosa importa y es terminante: que el móvil del combate no sea el odio, sino el amor al hombre, al hermano; que esto es lo que distingue al

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cristiano del pagano; y con esto se vuelve al punto de origen, que hace de la polémica cristiana una lucha de la caridad. Esto da tono a la casi totalidad de la literatura antigua (cartas de Clemente, Ignacio, polémica an- tijudaica, antipagana, antiherética), instrumento de propagación de ideas, que tropezaban con un sistema consolidado por las tradiciones y la política, y empeñaban —como radicalmente revolucionarias— un combate de vida o de muerte.

III

Paréceme oír: —¡La polémica está ya superada!— Como si la Verdad se hubiera al fin desposado con la Mentira o se hubiese establecido la indiferencia universal.

Si la polémica está o no agotada, puede verse en un Museo de los ateos militantes o en una colección de libros y opúsculos de la “tercera confesión”, que trabaja en Alemania por extraer una teología aria, de la tierra y de la sangre; sobre todo de la sangre.

Nunca como hoy ha estado en cuestión la existencia de la fe cristiana. En otros tiempos se trataba de una lucha entre el cristianismo y las religiones paganas, entre el catolicismo y las denominaciones protestantes, entre la Cruz y la Medialuna; lucha entre dos religiones, que reconocían entrambas a un Dios del cielo. Hoy se sostiene la lucha entre la Religión y el Ateísmo, y, pues éste, sea en su forma marxista (Rusia), sea en su forma racista (Alemania), sea también en su forma petrolera (Méjico), se presenta como una religión del siglo XIX, puede decirse que la lucha está entablada

entre el Cielo y la Tierra

¡Es más que polémica! Es guerra.

... Y es la inevitable herencia del auténtico cristiano.

El bautizado que no acepta las consecuencias del bautismo es un juglar; o un conservador con pantuflas que lleva por descuido una insignia revolucionaria; ya que el bautismo le compromete a vivir una nueva vida con una total adhesión del espíritu y del cuerpo.

Una tal vida de fe sólo era conocida del mundo antiguo en algunos ejemplos ofrecidos por el único pueblo monoteísta, que era el de los israelitas, y aun éstos, en no pocas ocasiones, hasta con Moisés y David, se conciliaron con la idolatría; pero en los cristianos se generalizó en proporciones imponentes, y abarcó con implacable asedio instituciones y tendencias; tanto que los antiguos, habituados a una religión puramente externa, cuyas ceremonias no iban de ordinario más allá del convite, cuyas

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abluciones no pasaban de la epidermis, se encontraron, no sin indignación, ante una muchedumbre que hacía de la religión el pensamiento y la acción principal de la vida, posponiendo a segundo plano todo otro pensamiento y actividad.

Esta santidad de vida no se ha debilitado con el correr de los siglos; más bien se ha acrecentado. La indiferencia es su antagonista más temible; una antagonista que no lucha, que rehúye el combate, y abandonando el campo se agazapa en los linderos para consumar el rancho.

La marcha del cristianismo es difícil y lenta; no sólo por los obstáculos que encuentra, sino también por las muchas deserciones. Porque son demasiadas almas las que se dan de baja, las que se adormecen en la mediocridad, en el ocio del espíritu, por librarse de la cotidiana fatiga de tener que dominar los sentidos y renunciarse a sí mismo para darse a los demás.

Ciertamente, los que niegan la vitalidad actual del cristianismo tienen en la indiferencia de los cristianos el más vistoso argumento. Hay iglesias protestantes cuya actividad parece reducirse a la propaganda de la indiferencia religiosa. La Iglesia católica reacciona con vigor; sin embargo, la indolencia de muchos de sus hijos ha permitido muchas veces, en el curso de los siglos, que hombres desalmados, ya sean políticos o militares, la agrediesen y tratasen de eliminarla; y que llegaran a infamarla los más distanciados de su ley moral. Aun hoy, ha consentido que un virulento gobernante mejicano se metiese a regular, a golpes de decretos grotescos, la dirección de las conciencias, legislando lo que no le incumbe, disponiendo de propiedades ajenas, violentando a su antojo personas e instituciones.

Con harta frecuencia, merced a esta pasividad, volvió a verse Cristo “capturado”, en su Vicario y en sus ministros, y la propia fe —la fe de la mayoría de los ciudadanos— se ha visto en países católicos sometida a la discriminación por una minoría de politiqueros. La santa Rusia se ha dejado convertir por una minoría en campo experimental de la cultura del ateísmo; y la España de los caballeros y de los místicos ha presenciado los horrores anticristianos de Asturias. Culpa de los ateos, claro está. ¿Pero quién ha formado esos ateos? ¿De qué escuela han salido tales discípulos?

Esta abulia tiene en la ignorancia religiosa su causa o, al menos, su

facilitación.

El

cerebro

del

indiferente,

debido

a esta ignorancia,

únicamente se alimenta de las impresiones de la calle: las de la mediocridad que le circunda, la de un periodismo burlón y grotesco, las de

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una literatura erótica con languideces místicas o, a lo más, de una crítica de reportaje.

Cuando las ideas religiosas penetran en forma de retazos, citaciones, lecturas incoherentes, van aglomerándose con materiales heterogéneos sin posible fusión, sin coherencia ni profundidad de pensamiento. Puede el indiferente ser un excelente ingeniero, un afamado zoólogo, un experto filólogo, un hábil abogado, o un arqueólogo que ha estudiado las civilizaciones más extrañas; pero en punto de religión es el dogmatizante del tópico, siempre llevado de la opinión corriente, amigo del teólogo heterodoxo de moda; puesto a dar su juicio, cacarea el criterio vulgar y la frase manida con gran superficialidad. Afirma o niega según las ideas en boga.

La

moral.

indiferencia

religiosa

engendra,

lógicamente,

la indiferencia

Pero hay una indiferencia más astuta, la cual simula exteriormente el mayor acatamiento a la religión y a los mandamientos: y es el agnosticismo enmascarado del coqueteo sensiblero que, en nombre de Dios, que es caridad, torna de color gris cuanto toca: vicio y virtud, yerro y razón, Iglesia y mundo. Es el que, con el pretexto del amor, se retrae de la lucha; y amparándose en razonamientos retóricos justifica su actitud neutral. Vive y deja vivir, es su lema. No tenga miedo que se le estropee la digestión. Si hay que participar en una manifestación callejera, será el primero en ponerse los distintivos y rebosando satisfacción marchará a la cabeza o se subirá al estrado; pero en cuanto la manifestación tome mal cariz, será el primero en retirarse a su casa, dejando a los demás que se rompan las costillas. Luego que alguno resulte vencedor acudirá presuroso para chocarle la diestra.

A los ojos de los agnósticos, de los indiferentes, las personas que se desviven por establecer el primado del espíritu, que se acaloran y luchan por una idea, aparecen ante ellos como cabezas calenturientas, míseramente vulgares, que buscan camorras y se hacen merecedores de las consecuencias de todas las contiendas: descalabros o algo peor. Y así afirmando los derechos de la cobardía o no afirmando nada, permiten que por los caminos de media Europa y América se desparramen los emisarios de las Ligas de ateos militantes: militantes contra cristianos inermes; y que en una inmensa región, como Rusia, y en un país católico, como Méjico, sean vejadas las conciencias y ligado el cuerpo de la Iglesia a una rueda dentada a la que sirve de lubricante la inercia de millones de bautizados.

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Pero la dialéctica de los acontecimientos desencadenados por la última guerra, lejos de fomentar la indiferencia, nos ha forzado a optar, con una lógica intuida por el mismo Lenin, entre el cristianismo auténtico (católico) o el ateísmo. Y siendo esto así, ¿qué les resta a los del medio, a los neutrales, sino servir de mediadores del Anticristo, aun cuando por salvar las apariencias vayan a Misa algunos domingos? Queda bien claro que el que no se decide a estar activamente por Cristo, está pasivamente contra Él.

IV

También la indiferencia, por imposición de la naturaleza humana, tiene su substrato religioso, con dogmas y templos. En sus frontispicios ostentan la inscripción: “al Dios desconocido”; mas en las interiores capillas hay un ídolo presuntuoso e inhumano: el Yo, ante el cual todos los días se postran sus fieles. Dispone también de teólogos, para los cuales la integridad cristiana llevada a la práctica es simple intolerancia, residuo de endemia medieval, vencida hoy más por la ciencia. Custodios de la tolerancia a todo trance, mandarían a la horca, si les fuera posible, a quien ose afirmar que una cosa puede ser verdadera y otra falsa, debiendo ser todo neutral, y una tal aberración como ésta hace para ellos de dogma y anatematizan sin escapatoria posible al que así arguye como antisocial y enemigo de la ciencia. En asunto de tolerancia resultan intolerantísimos. Hasta dan por bueno el cristianismo con tal que desista de enseñar cosa alguna.

Así las cosas, el católico atraviesa entre los fuegos entrecruzados de dos sectores: de una parte lanzan contra él la acusación de intolerancia, de la otra le arrojan, si a la mano les viene, trozos de carbón y tiestos de botellas, como a los fieles que se trasladaban al Congreso Eucarístico de Dublín. En América los neomaltusianos pretenden imponer a la fuerza las prácticas contraceptivas, mientras que los católicos sostienen que no deben aceptarlas: los primeros, como tolerantes, reclama al unísono, una ley coercitiva contra la Iglesia; los segundos, como intolerantes, no maquinan persecuciones contra nadie. El “obispo” anglicano de Birmingham tiene por evidente que el hombre es un descendiente del mono y que el pecado no es más que un vestigio de los instintos del mamífero, haciendo sarcasmo del dogma como es de ley en un tolerante de pura cepa; pasando a la práctica, veja de diferentes maneras a los ministros de su diócesis que se permitan tener fe en la Real Presencia. La Iglesia católica no toca a

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nadie lo más mínimo, limitándose a usar de sus espirituales recursos con amigos y enemigos; por eso es intolerante; no pocos gobiernos la han perseguido y aun hoy dan muerte a sus hijos y echan por tierra sus altares:

por eso son tolerantes, y lo que es más, actúan en nombre de la libertad. En España, por ejemplo, serían intolerantes los jesuitas despojados de sus propiedades; serían, en cambio, tolerantes los burgueses que, contraviniendo a su propio principio de la propiedad inviolable, los despojaron poniéndoles en trance de expatriación. La derrota de Alfredo Smith como candidato a la presidencia de los Estados Unidos, en las elecciones de 1928, tuvo por causa —como le echaron en cara en la convención de Chicago de 1932— el estar enclavado en la cruz de la intolerancia; ciertos metodistas y bautistas, con los miembros del Ku- Klux-Klan se lanzaron al ataque contra él, por ser católico, y contra la Iglesia con furia nunca vista de libelos y aun de medios coercitivos, tanto que, en su comparación, un acatólico, Nicolás Butler, conceptuó como bagatela a la Inquisición española. Mediante este procedimiento se impidió el acceso de un católico a la dirección del gobierno.

En resumen, los cristianos íntegros son intolerantes en teoría; los otros lo son en la práctica. La intolerancia católica se extiende a la esfera de lo sobrenatural; la intolerancia anticatólica, teniéndole esto sin cuidado, desciende al terreno de la vida ordinaria y en él ejerce su furor. A fin de cuentas, el que va a galeras o muere asesinado, es siempre el cristiano que toma en serio su fe.

El equívoco, que chorrea sangre, fue engendrado por la polémica anticatólica de los reformadores, y mantenido por historiadores interesados o superficiales durante los últimos cuatro siglos, en los cuales la cultura entabló proceso a la Iglesia. Hasta historiadores modernos, no todos acatólicos, nos presentan a la Reforma como el paraíso de los librepensa- dores; sin percatarse que de cada árbol, o poco menos, pende un anabaptista o un católico o un no conformista; en cambio nos presentan a la Contrarreforma como una especie de monstruosa cárcel, en cuyo recinto, enrojecido por las antorchas, corpulentos verdugos vigilan a los esqueléticos condenados que arrastran sus cadenas y recitan rosarios ante el pavoroso tribunal, presidido por un dominico colérico y un impasible jesuita, que bajo un crucifijo sombrío y frente a una hoguera llameante, fulminan sentencias de muerte; cuando en realidad, todos los castigados de todas las inquisiciones, no llegan, en total, a la quincuagésima parte de las víctimas católicas, inmoladas por príncipes reformados anticatólicos, en nombre de la libertad evangélica o de la libertad de pensamiento. También

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aquí, desgraciadamente, la frase hecha, el prejuicio, la calumnia propagada, satisfacen y dan pie a la pereza científica de mucha gente, apoyada sobre el eslogan machaconamente repetido. Pasa así desde el año 30; las autoridades romanas matan a los cristianos, y ésos son los enemigos del humano linaje.

Toda esta intolerancia se reduce a que el católico no tolera que la verdad sea equiparada con el error; como el matemático no tolera que dos más dos sean más ni menos que cuatro. De hecho, así piensa cada uno acerca de lo que tiene por verdad. Acaece aquí lo que Bernardo Shaw pone de relieve respecto de la infalibilidad que es hermana de la intolerancia: el Papa la reivindica para sí, mas no usa de ella sino con circunspección extrema, rarísimas veces y en materia de su particular competencia; los otros —diplomáticos, financieros, políticos, profesores— la rechazan de palabra, pero hacen de ella uso cotidiano, y muchas veces en asuntos que desconocen absolutamente. Sin decir que la verdad del católico, con ser para él revelada, está sancionada por siglos de profesión uniforme, por prueba de generaciones; y es objetiva, no subjetiva, esto es, no expuesta a oscilaciones, sino claramente formulada e inmodificable; mientras las verdades por los otros opuestas varían de persona a persona, en tal modo, que si la intolerancia de los católicos suma mil, enfrente de ella las intolerancias de los otros suman cien mil.

La intolerancia católica lanza sus dardos contra el error, pero compadece, beneficia, busca a los que yerran, y en la dispensación de su caridad no indaga si el otro profesa o no la fe, está o aquella. Las intolerancias anticatólicas aparentan conmiseración con los que conceptúan que están en el error, pero se ensañan de buen grado con los que ellos, despreciándolos y excluyéndolos con frecuencia del derecho a ser tratados según la ley general. ¡Cuántas veces las reivindicaciones de los católicos han consistido en demandar ser tratados conforme al derecho común, después de verse marginados por el Estado civil o socialmente! Esto reclamaba Tertuliano bajo Septimio Severo; esto demandaba Lacordaire bajo Luis Felipe; esto reclama el arzobispo Rodríguez bajo Ruiz, y el cardenal Faulhaber bajo Hitler.

Muy al contrario de lo que generalmente se cree, la intolerancia, trasladada del orden de los principios a la práctica de la vida, ha sido, si no rigurosamente suscitada, al menos robustecida teológicamente por el principio luterano y calvinista del determinismo moral, por el cual la voluntad, incapaz de elegir entre el bien y su contrario, va conducida a

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ciegas, como un sonámbulo, por una fuerza extraña y superior. El católico se cree en posesión de la verdad, porque se profesa capaz de discernirla del

error; el fatalista se juzga incapaz de distinguirlos, y por eso

condena a

... cuantos no piensan como él. La antinomia es dramática: libertad de interpretar la Biblia según la conciencia individual; mas el albedrío esclavo, incapaz de actuar según la conciencia individual; de donde, para evitar de la anarquía y para compaginar los dos contrarios principios, se impone el postulado de una autoridad que refrene las voluntades discordantes o sostenga las individuales impotencias con la espada y la galera, suprimiendo implacablemente a los disidentes del dogma oficial. Actualmente la espada y las galeras ya no se emplean comúnmente para estos menesteres; pero la intolerancia se ha adherido a la filosofía rezumada de la Reforma.

Lutero abogó por el ejercicio de una autoridad armada contra los disidentes, eximiéndola de dudas con la convicción de que no es el príncipe sino el “mismo Dios quien suspende, agarrota, decapita y es- trangula”. Recuérdese que las represiones de la revuelta de los aldeanos, desencadenada como consecuencia de las predicaciones del libre examen,

él las quiso y él las hizo ejecutar a los príncipes, imputándoselas a

Dios.

... Decía crudamente: “La autoridad debe confiar los pérfidos herejes a su

legal patrono Mastro Hans”. Mastro Hans era el verdugo.

El laico Calvino dedujo de su personal interpretación de la Biblia la anulación de la libertad del querer y la matanza o el destierro de cuantos negasen su infalibilidad. El 22 de octubre de 1548 escribía al duque de Somerset, regente de Inglaterra: “Por lo que entiendo, Monseñor, tenéis en

ésa dos tipos de rebeldes, que se han alzado contra el rey y contra el régimen: personas fantasiosas los unos, que con pretexto del Evangelio querrían ponerlo todo en confusión; los otros, personas obstinadas en las supersticiones del Anticristo de Roma. Bien merecen unos y otros ser reprimidos con la espada que se os ha encomendado, pues no solamente se

insurreccionan contra el rey, sino también contra Dios.” Dios era

el dios

... de Calvino, que se había ganado a Somerset. Con este desprecio de la libertad de conciencia, hizo el reformador en Ginebra el experimento de una política inspirada en su peculiar teología: en el solo intervalo de 1542 a 1546, sobre unos catorce mil habitantes dictó cincuenta y ocho sen- tencias de muerte, y setenta y seis decretos de destierro. Más tarde, mientras pasaba por las cárceles la mitad de la población, eran muertos el poeta Jacques Gruet, reo de apellidar a Calvino “el gran hipócrita”; el patriota Daniel Berthelier, después de ser torturado por imaginarios

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indicios; los dos hermanos Comparet, por haber susurrado contra el dictador, a cuya orden fueron descuartizados y sus sangrantes miembros suspendidos de los muros de Ginebra; y, por último, pues la lista se haría

interminable, el célebre Miguel Servet, quien atraído con cartas anónimas y otros engaños a la ciudad, fue quemado el 27 de octubre del año 1553. Calvino imprimió una apología de los métodos empleados. Melanchton y Bucero, amigos de Lutero, aprobaron la ejecución del “hereje”, sorpren- diéndose de que pudiera haber reformado que la desaprobara. Mas los humanistas que formaban el partido de los académicos reprobaron el crimen, y Calvino se justificó echando mano de un Salmo, deduciendo de él su deber de quebrantar cráneos, incendiar sembrados y exterminar ciudades de herejes; y, a buen recaudo, se guardó las espaldas desterrando

y matando a ...

los protestantes que protestaban.

Se ha dicho que fue propósito suyo organizar a Ginebra como un falansterio 1 o un burgo comunístieo. Con un ejército de delatores reguló hasta los actos de la vida íntima, conceptuando como cosa monstruosa que el individuo pudiese tener opiniones propias.

Su discípulo y sucesor, Teodoro Beza, nuevo campeón opuesto al dogmatismo romano, remachó en un aforismo las ideas reformadas: “La libertad de conciencia es un dogma diabólico.” Los teorizantes de las

Landesschulen nazis, y de los sin-Dios rusos y mejicanos dicen que es “un

dogma burgués”. La burguesía substituta del diablo

Entonces, como

... ahora, un tal principio como éste, imponía —por decirlo con el mismo

reformador suizo— la obligación de “alancear virtuosamente a aquellos monstruos disfrazados de hombres” que eran los disidentes, merecedores

de ser tratados como “perturbadores y crueles bandoleros de la Iglesia de

Dios”, esto es, de

...

Beza.

Decía también: “Mejor un tirano, por cruel que sea, que permitir el

que cada uno proceda al dictado de su fantasía.” La fantasía era

el libre

... examen.” “Pretender que no es preciso castigar a los herejes, es como pretender que no se dé muerte a los asesinos del padre y de la madre, pues los herejes son infinitamente peores.”

Estos extractos del pensamiento original de los reformadores son aducidos sin ningún propósito de polemizar con los protestantes modernos,

1 Comunidades rurales utópicas de vida en común, que fundaban en la idea de que cada individuo trabajaría de acuerdo con sus aptitudes y no existiría un concepto abstracto y artificial de propiedad, privada o común. Todo estaba reglado, todo debía seguir un orden muy particular, incluso el amor y el sexo. (Nota del Editor)

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pues los más inteligentes y serenos entre ellos, no menos que nosotros, condenan las incandescencias de aquel espíritu tiránico. Se aducen tan sólo, para demostrar cuánto tiene de convencional y arbitrario el concepto corriente de la revolución protestante como de una revolución de la libertad de conciencia. La única libertad garantizada fue la de la inquina contra la Iglesia de Roma, mientras la autoridad del Pontífice era sustituida por la más reducida en extensión y mucho más cruda en intensidad de minúsculos “papas” y “papisas” que surgieron a la cabeza de cada uno de los estados insurgentes contra Roma.

Los teólogos católicos, por el contrario, prosiguiendo la polémica de los apologistas del segundo y tercer siglo contra la sociedad pagana, no omitieron la defensa de aquella libertad de albedrío, en la que se enlaza la personalidad humana con la autonomía del querer. Y los jesuitas, presentados comúnmente como agentes de la constricción de las conciencias, fueron los más tenaces sostenedores de los derechos del libre querer, frente al determinismo de derivación calvinista, profesado por los jansenistas, con la sugestión de la piedad y el prestigio de los escritos. Estos son los hechos.

Y en los siglos de la Reforma, cuando en las teorías reformadas se escudaban los príncipes protestantes para encastillar el régimen en un absolutismo absorbente, y cuando los mismos príncipes católicos se aprovechaban de los protestantismos balbucientes que se llamaron galicanismo, lusitanismo, josefismo, etcétera, tomaban pie para hacer otro tanto, una sola potestad hubo, y ésta espiritual, que pusiera límites a su omnipotencia de cada día más infatuada: el Papado. Ancianos inermes se alzaron contra reyes proveídos de armadas prontas al saqueo, de diplomacias altaneras y de recursos monetarios capaces de comprar conciencias y urdir traiciones hasta en el Sacro Colegio.

El Papado salió ciertamente malparado por los ataques sufridos de las armas y de las doctrinas de los poderosos del mundo, durante dos o tres siglos de rozamientos: pero se rehízo, habiendo salvado para el espíritu humano, la autonomía de la conciencia religiosa, a despecho de lo autoridad civil. Y aun, durante la lucha, llovieron sobre él las acusaciones de represor de las libertades galicanas y de las libertades humanas, en virtud de aquella volteriana deformación de las cosas, que entraba en la provisión de la lucha del absolutismo primero y del anticlericalismo después.

Es también un hecho secular que todas las iglesias acatólicas,

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protestantes y ortodoxas, no sólo no se opusieron al engullimiento de todas las potestades en la sima del absolutismo, sino que cooperaron a él con paliativos de decoro religioso, haciendo del jefe del Estado el jefe efectivo de la Iglesia (cesaropapismo), privando a las conciencias de todo asilo, hasta del asilo de los altares. Y entre, tanto, a lo largo de esos siglos, no hizo otra cosa la Iglesia que luchar magnánimamente, hasta ver en destierro y prisiones a sus obispos y a sus papas. La conciencia humana le ha hecho justicia, otorgándole nuevo crédito cuando parecía agonizar bajo los templos profanados y las cruces despedazadas, al reconocer que a través de la lucha, la potestad espiritual había circunscrito a la potestad temporal impidiendo el que se sobrepasase tiránicamente.

Verdad es que, precisamente de esta acción del papado, deducen, de buena fe, muchos espíritus, los motivos para condenarlo: el papado habría hecho política e invadido la esfera de competencia del César.

De aquí toma pie el pretexto político para privar a los católicos de las libertades comunes que les amparan diversas legislaciones, tanto en países católicos (Méjico, España), como en países protestantes (Escandinavia).

En la cámara de los Comunes, en octubre de 1647, dos diputados, Selden y Marten, tuvieron el valor de proponer la tolerancia de culto aun para los católicos, a los que la negaba el mismo Milton por razones políticas. “No intento yo —decía en 1644— que se tolere el papismo; como él destruye los poderes religiosos y políticos, debe a su vez ser destruido.” Y en 1658 recalcaba: “En cuanto a los papistas, puedo decir brevemente que no se puede acordar su tolerancia. Mientras más se considera su religión, más se ve que no es una religión, sino un principado romano, el cual con otro nombre y bajo el velo de la religión católica, se esfuerza en conservar su antigua dominación universal.”

Con las debidas salvedades, éste era el lenguaje de los teólogos y juristas de Caifás, de Decio, de Sapur, de Felipe el Hermoso, hasta Stalin, Calles y Goering: el pretexto político, desde que la Iglesia no tolera la mezcla de ambas potestades en manos de uno solo: del jefe del Estado.

Cristo fue crucificado porque pretendía hacerse “rey”, y los cristianos fueron martirizados por “enemigos del Estado”. De aquí tomó Locke el sofisma que los modernos anticlericales han elevado a norma de gobierno:

“Ninguna tolerancia para los intolerantes.” Lo mismo que se nos decía al principio. Con enorme insensatez, razonaba Rousseau: “Quienquiera ose profesar que fuera de la Iglesia no hay salvación, debe ser expulsado del Estado.” Con la pequeña diferencia de que el que profesa no haber

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salvación fuera de la Iglesia no niega siquiera el saludo, antes, llegado el caso, usa de mayor cortesía con el que no cree; mientras Rousseau y los legisladores modelados según su Contrato, quita al que hace aquella profesión los bienes, la patria, la libertad. Siempre en nombre de la tolerancia.

El

tránsito

de

lo

espiritual

es

atrevido,

pero

hecho

con

esa

desenvoltura inoculada en tanta filosofía política moderna, no se aprecia. “La libertad: —escribía un hijo intrépido de Rousseau en los Annales

de la jeunesse laique (sep. 1902):— ¡La libertad no existe! Cuando se encuentra un perro rabioso, se mata, y esto es todo.” Y otro librepensador

explicaba lo del perro; “¡Contra el cura todo está permitido!

Es el perro

... rabioso al que todo caminante está en derecho de matar para que no muerda y contamine. Destierro, ostracismo, cárcel perpetua, baño penal y celular, todo es lícito contra él. ¿Discutir? No. ¡Amordazarlo, matarlo!”. ¡Y esto en un periódico que se intitulaba Raison! (21 dic. 1902). ¡La razón! De hecho la razón de la tolerancia anticatólica ha venido a consistir en los sobredichos procedimientos: destierro, ostracismo ...

Podría alguno pensar que semejantes preocupaciones no tienen razón de ser en países como Italia, donde el laicismo anticlerical está descartado, y el Estado reconoce como suya la religión católica.

Esto es verdad. Pero, en cuanto cristianos, sentimos como a nosotros personalmente inferidas, las heridas causadas a la Iglesia en cualesquiera partes de su cuerpo: no sufre un miembro sin padecimiento y riesgo de los otros; aparte de que un Estado es religioso en la medida en que se mantienen religiosos sus ciudadanos, defendiendo la fe hasta de infiltraciones capilares. No es viable un Estado religioso en una nación atea. Y aun allí donde están bien defendidos los confines, el anticristianismo se mueve y se cuela por entre las grietas. Por eso nos aca- loramos.

Orilladas las más probables objeciones a un trabajo de esta naturaleza indaguemos serenamente los términos de esta revolución cristiana, frente a la cual los personajes aludidos no fueron o no son otra cosa que reaccionarios empeñados inconscientemente en restablecer el orden de cosas derrocado por el Evangelio; y veamos si hoy, como hace diecinueve siglos, es Cristo el signo de contradicción, enarbolado en el deslinde de dos corrientes de vida y de muerte.

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LOS TÉRMINOS DE LA REVOLUCIÓN CRISTIANA

“Con la encarnación o la asunción de la humana naturaleza, dio comienzo la historia de la santa revolución de Cristo.” (P. Tosti).

Comenzó, en efecto, la sociedad nueva a contar, desde ese momento, los años de un ciclo secular que se desligaba del antiguo para recorrer su propia órbita.

El autor de esta revolución expresó claramente el carácter de su obra de destrucción y reconstrucción, y no disimuló los riesgos. Dijo que había venido a traer la guerra y no la paz, a enfrentar los hijos contra sus padres y a los maridos con sus mujeres. Empezó Él mismo a contrastarse con los magnates de su pueblo, a desafiar las castas dominantes de escribas y fariseos, a dividir en dos la estirpe judaica. Siguiendo su ejemplo, innumerables hijos e hijas abandonaron, superando oposiciones a veces muy trágicas, la casa paterna.

Pablo —crecido en la escuela de los fariseos— atravesó como un renegado la diáspora de sus connacionales; en todas partes era asaltado, maltratado, golpeado, encarcelado, bajo la acusación de subvertir las tradiciones recibidas y las leyes del Estado; y cuando llegó a Roma le hicieron presente los príncipes de la Sinagoga que habían oído hablar del Evangelio con ocasión de los tumultos que había suscitado en muchos centros del Imperio. En el siglo II Autólico, Cecilio, Diognetes, Elio Arístides, sofistas y magistrados, lo poco que conocían del cristianismo es que era un fermento de desórdenes.

El mundo antiguo se fracciona en dos: uno que penetra y avanza, otro que se defiende y acusa. Cuando Celso, después de refutar a su modo la doctrina de Jesús presentada como una stasis, una revolución, invita a los cristianos a volver como buenos patriotas al orden constituido, rehaciendo la unidad venerada y gloriosa rota por ellos, recoge el voto de los más clarividentes sostenedores del sistema pagano. El populacho no se entre- tiene en refutar, pero irrumpe en las plazas y demanda a voz en grito la

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muerte de los cristianos, “enemigos de Roma”, hostes publici y del género humano. Su tenor de vida, sus doctrinas aparecen en tal manera inusitadas, que los emperadores condenan como innovadores o revoltosos a los que las exponen, mientras el nombre de cristiano ya es suficiente para constituir un reato de lesa majestad y lesa religión, y el vulgo les imputa un sinnúmero de crímenes contra la naturaleza.

Cuantas veces un César, al tomar las riendas del Estado, considera

como un deber patrio, para consolidar el Imperio, el perseguir la nueva secta, y llegar hasta exterminarla. Porque el ejército estaba desunido, quebrantada la unidad familiar, se despreciaban los símbolos de la patria,

se olvidaba su historia

...

Parecía una deserción en masa.

Tan radicalmente distintos eran los cristianos de los paganos, que Clemente Alejandrino llamaba a la conversión una deserción peligrosa, aunque grata a Dios; y Justino la apellidaba el mayor de los combates.

La joven matrona cartaginesa, Perpetua, resistía a las caricias y a los malos tratos de su padre pagano; se dejaba pisotear, pero no tornaba a la

religión de los lares y de la ciudad, aun cuando le había dado un nieto,

continuador de la estirpe; complacerle.

y le desgarraba

el corazón

por no poder

Hasta los esclavos, cosa nunca oída, osaban sustraerse a la religión de sus amos: ellos, que le pertenecían como el caballo o la copa de alabastro. María respondía a su ama que su dominio se extendía al cuerpo pero no al alma, y Euelpisto contestaba al juez que era esclavo de César pero liberto de Cristo.

—¿Por qué –preguntaban los jueces vibrando de amor patrio–, habéis abandonado los usos romanos, para abrazar los cristianos? Deseos tenía Tertuliano de demostrar que no existía tal contraste entre cristiandad y romanidad sino entre cristiandad y paganismo; pero los romanos no estaban entonces para distinciones.

En esta imposibilidad, se hablaba de un nuevo pueblo, de una nueva raza, de una nueva ciudad; y en la nueva ética se rescindían los vínculos religiosos que sujetaban los súbditos al jefe del Estado, sustrayéndole una inmensa zona de su señorío —la del espíritu— para ponerla en manos de un israelita, condenado al patíbulo por un funcionario romano.

La doctrina era propagada como palabra nueva, y a su aceptación antecedía este mandato: —¡Arrepentíos!— Esto es: —¡Reformaos! Hasta

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ahora habéis sido así; en adelante sed otros. El mundo vive como vive: “no conforméis vuestra vida a la de este mundo”.

La vida social se manifestaba en asambleas, fiestas familiares y cívicas, iniciadas y acompañadas con ritos idolátricos, connaturales al sistema de ideas y de vida de la generalidad: y los cristianos abandonaban las asambleas, no comían la carne de los ídolos, molestaban al huésped o a la comunidad con sus negativas, se abstenían del circo, del anfiteatro, del teatro, del ágora, por no contaminarse, condenando ostensiblemente lo que todos practicaban. En cambio, se reunían en sus propias asambleas, siendo así que la ley negaba, fuera de algunos casos bien definidos, el derecho de asociación y de reunión.

¡Eran enemigos de la patria! Tiberio, Nerón y Domiciano, ayudados por los soplones y delatores, habían hallado un campo virgen de acción, a quienes poder culpar de todas las desgracias que acontecían, y poder así recibir los aplausos de la turba enloquecida. Se comenzó entonces la persecución y ha proseguido hasta hoy. Durante la Reforma fueron tachados los católicos de hostilidad a la nación, de enemigos de la raza, de servidores de un soberano extranjero, por cuanto residía en Roma. Y, como tales, se les vejó en el Kulturkamp ayer, en Méjico hoy. ¡Los von Rom! —“¡Heitmatlos!”, era llamado Windthorst 2 por Bismarck. Desertor del eslavismo era considerado Soloviev porque no juzgaba a la Roma católica extraña a la fe cristiana; semiextranjeros son considerados aún hoy los católicos por los anglicanos y episcopalianos más conservadores, y a todo un cardenal Faulhaber han pretendido darle lecciones de patriotismo unos plumíferos de Munich y Maguncia, militantes hasta ayer en 1as filas de la Internacional.

Las alharacas anticatólicas de los últimos decenios, no han sabido encontrar más original grito que éste, lanzado hace tantos siglos sobre las graderías de los anfiteatros del Imperio. Y no van del todo descaminados, porque en pie permanece el contraste entre la espiritualidad de los unos, delimitada por la raza y el suelo, y la espiritualidad de los otros que no reconoce barreras. Pablo, Basilio, Agustín no se sentían menos romanos que los otros; pero apreciaban de diferente modo su romanidad, cuyo valor habían transformado. En el aspecto étnico, el cristianismo anulaba los factores sociales. El primer resultado de la conversión de gran número de judíos fue su absorción en la comunidad católica romana, en la cual no

2 Ludwig Windthorst (1812 – 1891), fue un político alemán del Partido Centro Católico, el más notable oponente del Canciller Otto von Bismarck. (N. del E.)

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contaba ya la circuncisión.

* * *

Nadie esperaba la revolución cristiana; pero un cambio profundo que instaurase un nuevo orden, puede decirse que era esperado por todos, con aquella expectación temblorosa que precede a los cataclismos. Los pueblos iránicos suponían que de los Avesta emanaría la esperanza de un héroe benéfico que transformase el mundo. Virgilio evocaba en su cuarta égloga una aspiración semejante, recogida de grupos de iniciados y de la intuición popular. El pueblo judío se hallaba en inquieta tensión aguardando con el milenario un régimen de justicia nueva que reparase 1as iniquidades del presente. Se esperaba un Salvador, es decir, alguien que trajese la salud. — Todo el cuerpo está enfermo, había sentenciado Hipócrates—. Todo el organismo social estaba enfermo. Varios generales se habían presentado como soteres, salvadores, pareciéndoles ser ésta la más elevada ambición de un conductor de pueblos. Poetas y filósofos se habían dedicado a idear procedimientos sanitarios y catárticos. Procedentes de los puertos del Egeo y del Ponto Euxino, acudían por todas las escalas del Mediterráneo multitud de embaucadores, magos, inventores de religiones purificatorias, sabedores de abluciones sagradas. Gran necesidad existía de lavado, pues la culpa a través del cuerpo manchaba el espíritu, solidificando sobre él sucísima corteza. Las pobres gentes se sometían a toda suerte de lavatorios; algunos dejaban que de una malla lloviese sobre ellos la sangre de un toro degollado, y, convencidos de su renacimiento, comían por algún tiempo papillas de leche, como infantes rehechos; otros, con menor embarazo, descargaban sus pecados sobre el cuerpo de un cabrito inocente o de un mendigo engordado, y lo purificaban en un río sacro.

Pero evidentemente no era cuestión de lavatorios, y el agua toda del Mediterráneo no hubiera enjuagado la psiquis de una matrona de uno solo de sus adulterios, que le pesaban con los años. Existía, no obstante, la necesidad de una palingenesia 3 , es decir, de un nacer de nuevo.

Y se satisfizo

en el bautismo.

Era éste un signo exterior de una

esencial renovación interior, por el cual se sepultaba el hombre en una tumba, como Cristo, para resucitar transformado. Se decía “nuevo”, “renacido”, “rescatado”. Era el cristiano el hombre nuevo, que había roto todo lazo con el pasado y entraba a formar parte de una nueva sociedad.

3 Procede de las palabras

E.)

griegas palin (de nuevo) y génesis (nacer). (N. del

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Poco importaba que fuese o no ciudadano de Roma, tanto es así, que ninguna manifestación cristiana de alborozo acogió el edicto de Caracalla que extendía la ciudadanía a casi todos los habitantes del Imperio. Lo que importaba realmente es que el cristiano fuese ciudadano de la ciudad celestial.

De esta forma, el cristianismo se enfrentó contra el Imperio — mientras éste forzaba a la idolatría—, siendo perseguido de momento, pero estando seguro de que le derrotaría en el porvenir.

La

economía

nueva

de

la

* * * humanidad

sobrenatural con la encarnación de Dios.

se inició en el mundo

Por contraste, en la mitología se contaba de los dioses que asumían provisoriamente formas humanas para captar el amor de alguna doncella. La operación inversa, la de hacer al hombre dios, se cumplía más frecuentemente. El Senado deificaba a toda marcha; primero a César, después a su mujer, después a sus consanguíneos y colaterales. Desaparecido el Senado y los Césares, se continuó deificando a los po- seedores del dinero y a sus mujeres.

El mundo nuevo traído por el cristianismo procede del acto de Dios, que de su Hijo hace un hombre: un verdadero hombre. Tremendo acto, que el espíritu, atiborrado de lecturas frívolas y de conversaciones fútiles, no siempre sabe apreciar; pero que tuvo consecuencias eternas, y dividió la historia del hombre en dos sectores: el de la esclavitud y el de la libertad. Pensamiento éste que hacía derramar lágrimas de emoción a los Padres llegados a la Iglesia de la idolatría. Encadenados primero al pecado, se sentían liberados gracias a la cruz.

La

humanidad

era

más

o

menos

consciente

del

peso

de

esta

servidumbre de pecado. Los profetas de vez en cuando le devolvían la

esperanza con los anuncios de una emancipación mesiánica.

Al llegar la plenitud

de los tiempos,

Jesús, el Hijo de Dios hecho

hombre, cargó sobre sí con los pecados de todos; y con esta carga de

culpas ajenas, ofreció su sangre al Padre en expiación.

Dice Schaw, que ésta es una doctrina mercantilista establecida por Pablo, la cual, al establecer ese fácil traspaso de los pecados, del que los comete al que es inocente, constituiría un principio de iniquidad rayando en la irresponsabilidad. Pero jamás dijo esto San Pablo. Enseñó que Cristo

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tomó sobre sí los pecados del mundo, pero imponiendo a la vez la ley de imitarle, de nunca más pecar, retirando en caso contrario la fianza.

Vino Él como hijo del hombre, trabajó con sus manos, se sometió a los escarnios, a los salivazos, a la muerte. No era esta la forma en que la humanidad lo esperaba: el Libertador vendría de forma refulgente como un guerrero majestuoso, erguido en su carroza, que haría morder el polvo a sus enemigos espantados con sola su presencia. No podían concebir la idea de un Dios crucificado, de un Dios que a la vez era un provinciano privado de la ciudadanía romana; esta idea soliviantaba a los nobles romanos y a las matronas; echaba por tierra cuanto ellos sabían sobre la divinidad.

Su enseñanza fue anunciada a todos, comenzando por los pobres; lo que no hubieran hecho ni Platón ni Séneca, que jamás soñaron en comunicar sus doctrinas a los escitas ni de explicarlas a los esclavos, estando reservada la sabiduría, entre los antiguos, para las personas de bien, conviene a saber: a las personas pudientes, sanas y nobles de la propia ciudad.

Su enseñanza fue, además, expresada en un lenguaje sencillo y corriente, para que fuese conocido por todos, muy al revés de los hinchadas sentencias morales de los maestros pre y post-kantianos. Y pues perseguía la creación de un ordenamiento peculiar, su Ley constitucional contenía sólo dos artículos —dos preceptos— reductibles el uno al otro:

1) Ama a tu Dios sobre todas las cosas; 2) Ama a tu prójimo como a ti mismo.

El primer mandamiento partía de la unidad de Dios, en una época en que pululaban multitud de dioses: cada estado tenía los suyos, y asimismo, cada región, cada familia, cada ciudad; elementos de dispersión y de desunión. El culto estaba topográficamente ligado a la estirpe y al lugar, por manera que cualquiera que se alejase de ellos, se convertía en tránsfuga. Al servicio de este culto estaban los hieródulos, hombres y mujeres dedicados como esclavos al culto de los dioses.

Y todo esta diversidad de deidades venía a ser suprimida por un monoteísmo universalista intransigente, en el cual los hombres todos, de todas las razas y familias, se reencontraban, unificados como hijos de un solo Padre, borrando de una vez la diferenciación antigua entre griegos y bárbaros, con todas las otras de casta y de política.

Ni se hablaba de simple adoración. Se hablaba de amor, que era otra novedad incomprensible. Los estudios etnológicos han descubierto huellas

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de amor en las plegarias al Ser supremo únicamente en los pueblos muy primitivos, indicio de una revelación originaria. Mas los paganos de uno y otro lado del Tigris y del Danubio, y en la práctica los mismos israelitas, ofrecían a la divinidad hogazas y ganados, vino e inciensos, con una intención eminentemente mercantilista de dar para recibir. La divinidad, en contrapartida, debía conceder provisiones, riquezas, victorias, larga vida, curaciones y otros palpables servicios.

La práctica de la magia, que era la forma de religión popular más difundida, consistía en captar a un dios con fórmulas de encantamiento, y utilizarlo como ejecutor de los propios quereres, revanchas, enamoramientos, negocios ...

Cristo, en cambio, preceptuaba la entrega del corazón, esto es, un absoluto sacrificio del ser entero; un no cuidar de sí por darse a Él, traspasando a Otro, fuera y por encima de sí mismo, los afectos hasta entonces concentrados en el propio yo; y esto no durante media hora o en fechas memorables, con sacrificio de volátiles y de mamíferos ajustado a tradicional rito, sino en los momentos todos del día y con espontánea donación. El centro de los afectos era trasladado del hombre a Dios:

cambiado totalmente el término de referencia. Consiguientemente todo se subordinaba a Dios: campos, negocios, mujer, patria, empleos; los hombres y sus cosas se reducían a Él, como a principio y fin. Y su Ley, sobrepasando a la humana, la invalidaba en cuanto le fuera disconforme.

El vaciamiento que de sí mismo debía hacer el cristiano para ser colmado del temor y del amor de Dios era una renuncia loca para el paganismo, en el cual el hombre se servía a sí mismo, idolatrando sus deseos y pasiones. El pagano hacía a sus dioses semejantes a sí, prestándoles sus pasiones, nombres e historias. Los cristianos se hacían en cierto modo semejantes a Dios, cumpliendo su Ley.

Parecía también loco renunciamiento el del amor debido, — entiéndase bien: debido, un débito, una deuda u obligación— al prójimo: a los parientes, a los lejanos, al enemigo, al centurión, a los simpáticos, a los antipáticos, a los acreedores mismos, a los usureros mismos, hasta al verdugo, hasta a los enemigos del otro lado del Danubio y del Eufrates; y debido, para prevenir equivocaciones, en la misma medida que para nosotros usamos, esto es, sin medida. No era ya el prójimo un chusma de rivales que porfían por conseguir un puesto y por disputarse las mujeres, ni una turba de forasteros o desconocidos que como cortesanos ambicionan ciertos bienes; era una más grande familia: —la Familia—; de donde la

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aun más repulsiva consecuencia, de que todos, por pertenecer a una misma casa con un Padre común, eran allí iguales, por ser todos hermanos; el esclavo, hermano del César; el desarrapado cliente, hermano del patrono; la peinadora siria, hermana de la patricia romana. Y, lo que es peor, una tal parentela no quedaba reducida a ficciones de filosofía humanitaria como sucedía con algunas ideas filantrópicas de Séneca, sino que pretendía traducirse en obras.

Celso y Juliano reflejaban los resquemores de toda una casta resentida, cuando se alzaban contra semejante familia, que llegaba hasta acoger andrajosos y libertos, artesanos y pastores, la hez urbana y la plebezuela rústica; mientras las más respetables religiones se cuidaban de reclutar sus adeptos entre las clases altas. Nadie más que un loco podía abrazar un programa de tamaña degradación; y Pablo, que lo comprendía, no sólo no despuntó las púas, sino que calificó ingenuamente el programa de escándalo para los hebreos, y de necedad para los gentiles. Pero esta locura era presentada como sabiduría, mientras se hundía a su choque el orgullo racial, los privilegios de casta, las diferencias burocráticas. Por eso, el hombre viejo que detentaba los privilegios, reaccionó. Y claro está, que el hombre viejo no murió con el cristianismo: por eso dura la reacción, como dura la revolución. ¡Decrepitud contra juventud!

Justo es añadir que la acción demoledora del cristianismo contra el antiguo orden se limitó a combatir las antítesis irreductibles; mas, cuando le fue dado, custodió y con discreción incorporó los elementos aprovechables que la razón natural, la especulación y la experiencia habían acumulado en el seno de la civilización pagana. Les dio el crisma de Cristo; bautizó en cierto modo a Platón y a Séneca, y asoció a sus filas a Sócrates y a Musonio; sometió a su proceso de elevación a Dios las más puras tendencias del alma humana de todos los tiempos. De manera que Cristo no sólo separó sino que coaligó a la vez los dos mundos; los distinguió y los saldó en su propia persona. En la cumbre de las dos vertientes plantó la cruz, y ella fue como señal de reconocimiento para el pasado y para el futuro. La misma destrucción no fue llevada a cabo por medios violentos; no se metió con las instituciones políticas y sociales; actuó en la raíz de los pensamientos, con la sola fuerza de la persuasión:

persuasión no tanto de discursos cuanto de amor. Un odio al mal la impulsaba; pero para los hombres, sólo piedad, como de Padre a hijos.

Y este fue el infinito don de Cristo: otorgar de nuevo a los hombres la paternidad de Dios.

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Era la tierra una inmensa Siberia, donde una parte de la humanidad era empujada hacia adelante como un rebaño, por la otra parte que, látigo en mano, hacía de carceleros. Explotados y explotadores, siervos y amos, prisioneros y esbirros marchaban, yuxtapuestos los unos a los otros, desconfiados unos de los otros, en un país extraño, bajo un cielo implacable, atraídos por una ilusión o por un destino, al cual los dioses mismos se rendían impotentes. El estoico oponía al infortunio una actitud de resignación, pero, si llegaba a la desesperación, recurría, como una liberación, al suicidio; el platónico y el judío helenizante habían soñado en un Dios lejano, esfumado sobre los cielos, extraño a la suerte de los hombres, cuyos suspiros no le alcanzaban. Y así se caminaba, cuidando cada cual, si se podía, de arrebatar en la marcha algún bocado de más.

Según algunos críticos, las ideas de Platón, de Aristóteles, del

epicureísmo, del estoicismo, del neopitagorismo

habrían concurrido

... substancialmente a la formación de la doctrina cristiana. Pero, por nobles que fuesen los ideales religiosos de los griegos, distaban enormemente del ideal de los cristianos. Faltaba allí la Providencia, la paternidad, la gracia de Dios y el amor al prójimo. Incluían, en cambio, el endiosamiento idealístico del hombre, el materialismo, el fatalismo, el miedo a la divinidad, el egocentrismo. Eran dos sistemas que giraban alrededor de dos ejes independientes, aunque en sus órbitas tuvieran parciales y momentáneos contactos. Cuando la filosofía religiosa del siglo III trató de suscitar un substituto de Jesús e idolizó la figura del neopitagórico Apolonio de Tiana, le atribuyó virtudes y milagros que remedan los del Evangelio; mas, a fin de cuentas, terminó por crear un egocéntrico, ocupado en hacer ostentación de sí mismo, e indiferente a la suerte de los hombres.

Sin Cristo los hombres quedaban solos e impotentes contra la fortuna ciega, la Heimarmene, que los tenía oprimidos, y esa creencia se veía reforzada por las doctrinas astrales de los “caldeos”. Frente a un destino implacable, el espíritu trataba de evadirse de él mediante la magia y el ocultismo, que se apoyaban en deidades libertadoras. Y aun aquí se establecía una especie de adulteración del Libertador, el Redentor de los cristianos. ¡Mas, cuán grande divergencia de concepciones!

Para valorar la espiritualidad del cristianismo en comparación con el materialismo del paganismo, basta recordar que la salud cristiana era la salvación del pecado, en tanto que la pagana lo era del destino y de los astros. Verdaderamente el astro de Bethleem ponía en fuga el Zodíaco, que

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tenía como embrutecida la conciencia de los hombres. Cristo deshacía la Heimarmene, y su reino de liberación destruía el férreo reinado de la Necesidad. Una liberación semejante rastreaban los misterios “literarios” paganos: pero, ante todo, estaban reservados a minorías selectas; porque la sabiduría, como la ascesis religiosa, seguía siendo patrimonio de ricos, de los otiosi, y el ideal del hombre se reducía a una bondad, cifrada en la salud, en la riqueza, en la hermosura. Para los menos pudientes y trabajadores, existían misterios populares, cultuales, de acción preferentemente exteriorista, que sólo más tarde se enriqueció con doctrinas salvíficas. Un complejo, en suma, de dramáticos forcejeos de liberación. Liberación del hado, de la muerte y, sobre todo, de la des- consolada tristeza que, a pesar de las apariencias, gemía en el fondo del alma antigua, para la cual mitos y amores, vinos y fiestas, acción y gnosis, no eran otra rosa que tentativas y pretextos para olvidarse. Bajo aquel exterior regocijo, gemía una tristeza inconsolable, con el sentimiento de un cautiverio sin otro rescate que el de la muerte, la cual, unida a la fatalidad, enlutecía de desesperación la corta vida.

En contraste, el Evangelio fue el anuncio de la liberación y del gozo. De aquí que Pablo exhortaba a los cristianos a estar alegres.

Del rebaño de deportados, Cristo formó una familia, reavivando la esperanza y el gozo aun viviendo en un páramo glacial; descubriendo una vida nueva. Hizo que el uno viese en el otro, hasta en el galeote y en el esbirro, el semblante del hermano.

Para el discípulo de Jesús, aquel caminar en tierra de destierro no era la vida: era apenas un episodio infinitesimal de ella. La vida estaba en otra parte.

Por aquellos años, Horacio había expuesto en versos latinos la preocupación anacreóntica del vivir al día, rimada de nuevo en italiano al renacer del paganismo:

Chi vuol esscr lieto sia:

(Esté alegre el que lo quiera):

del doman non v'è certezza.

(del mañana no hay certeza).

Cuando para el cristiano,

es justamente

al

revés.

El

hoy

es

el

inseguro. Vas por tu camino y la carroza de un magnate o el auto de un distraído te atropella, o te mata un síncope o una descarga eléctrica. El mañana, en cambio, es la única cosa segura, dada a todos en la visión de

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Dios o en la tortura del fuego eterno. Con el cristianismo, el hombre no había de vivir ya para el hoy, para los veinte, cincuenta, cien años, asig- nados a la descomposición de su endeble organismo; debía vivir para mil veces mil años, para la eternidad. Y después del sacrificio del Cristo, dependía del arbitrio de cada uno el procurarse un destino sin fin. Hechos sujetos de una responsabilidad infinita, hasta los esclavos de las minas, hasta los braceros hambrientos, podían sobreponerse a la angustia económica y sentirse libres.

Por proporcionar al hombre una auténtica libertad interior, el cristianismo ha sido combatido por el Estado pagano de entonces y de después; intentaron adulterarlo con las herejías que negaban el libre albedrío del hombre, para reducirlo a ser un mero juguete en manos de un Dios antojadizo, o un vil utensilio en manos de los poderosos de la tierra; intentaron halagarlo con regalos e inducirlo a vegetar en dorados y viciados recintos. Y la Iglesia, que no quiso doblegarse, se vio durante siglos y se verá por largo plazo escupida, maldecida y crucificada cada día, como Cristo, cuyo cuerpo místico es, por querer renovar en todo tiempo la obra de liberación que Él nos trajo.

* * *

El cristianismo, nada más nacer, emprendió inmediatamente una vehemente polémica contra la idolatría. Y se comprenden sus consecuencias políticas y sociales, cuando se piensa que la vida de los antiguos, esencialmente atea, estaba ligada, en fuerza de la superstición y la costumbre, con el culto de los ídolos, símbolos de la patria y de la familia, expresiones plásticas de una peculiar concepción de la existencia. Idolatría no eran tan sólo las divinidades de mármol, bronce o leño; era también todo un sistema basado en el culto del propio egoísmo, en cuya comparación los preceptos principales de los cristianos sonaban como clamor de alienados.

Profesaban los cristianos que la salvación se obtenía por los méritos de Cristo, haciéndose sus seguidores hasta el punto de convertirse cada uno en otro Cristo, aún a riesgo de terminar como Él en un patíbulo. Este condenado a muerte se proclamaba a sí mismo como la Vida, la Luz, la Verdad y el Camino; pero los paganos entendían por vida y por luz una muy diversa manera de brillar y vivir la vida; la mayoría de la gente lo entendía como la mejor forma de procurarse los bienes tangibles, bien lejana del renunciamiento que Cristo imponía a los suyos, y que en vez de

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iluminar, parecía que ensombrecía de tristeza la existencia del hombre. En cuanto a la verdad, para los paganos era una ocupación de filósofos, y, en la práctica, la verdad era la que a cada uno le parecía serlo, como entre los neoidealistas de hoy. Acerca del camino, se disponían leyes, costumbres y legiones para abrirlo según lo que más convenía.

Y a todo esto, ¿qué Vida era Cristo, cuándo enseñaba que la muerte es la vida, y el fin el principio? Decía más: —El que ama la vida la perderá; y el que la odia en el tiempo, la conquistará en la eternidad—. ¿Qué significaba “la vida es Cristo y la muerte una ganancia”, sino la aberración de un loco o un engaño?

“La fuerza se manifiesta plenamente en la debilidad”: ¡el débil es el fuerte!”

“(Dios) ha llamado

a

los necios

del mundo para confundir a los

sabios; a lo que débiles para confundir a los fuertes.” ¿Podía una tan flagrante subversión del sentido común ser aceptada por quien hacía depender de la espada, del dinero y de la retórica el éxito de la fuerza? Era para ellos natural que estas doctrinas las aceptasen los débiles, los vencidos, los marginados, a quienes, por fin, se les hacía justicia.

Pero tan lejos estuvo Cristo de ensombrecer de tristeza nuestra vida, que a los puntos de su programa moral los llamó bienaventuranzas, los cuales sirvieron para confortar a millones de seres atribulados. Se trataba de una bienaventuranza o felicidad interior, muy distinta de la felicidad bullanguera a la que aspiran los hombres mediocres, siempre ruidosa y superficial.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra—. En cambio, los latifundistas, sean senadores o militares, apoyados en su prepotencia, disputaban a los colonos la poca tierra de que disponían, obligándolos a cederla del todo y a sujetarse a ellos como semiesclavos.

Bienaventurados los pobres de espíritu—, esto es, los que saben despegar el corazón de los bienes de la tierra, señoreándolos sin ser de ellos señoreados.

¡Bienaventurados los misericordiosos!—. Séneca recomendaba la clemencia, pero sin la piedad, pues ésta le parecía un atentado contra la justicia y una debilidad.

Bienaventurado el que tiene hambre y sed de justicia—, en una sociedad sostenida sobre injusticias políticas, sociales, jurídicas y sexuales.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos

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de Dios.

Esta concepción de la felicidad desquiciaba a los paganos. Para Homero, para los egipcios y los asirios, eran denominados hijos de Dios los caudillos de la guerra, y en Roma lo eran los generales más valerosos o más intrigantes, favoritos del emperador. Era predilecto de los dioses el que había dado muerte a mayor número de enemigos. Mas si esta concepción de la felicidad censuraba los intereses y las ideas de los dirigentes de una sociedad implantada, no sobre el amor, sino sobre la fuerza, llegaba en buen hora a la masa ansiosa de paz y arruinada por la economía de guerra. El imperio se iba convirtiendo poco a poco en una industria cuyas ganancias, en su mayor parte, eran consumidas en las guerras. No quedaban ya por conquistar países ricos como Egipto, el Asia y las Galias. Quedaban tierras pobres como la Germania, la Sarmacia, la Dacia, que suponían, a la larga, un ruinoso derroche de riquezas y de vidas humanas. La guerra había constituido la fortuna de Roma; ahora, como Saturno, comenzaba a tragársela de nuevo.

Aún más antítesis:

—Los primeros serán los últimos; los últimos serán los primeros. —El que entre vosotros quiera ser el mayor, sea vuestro servidor.

Ser el mayor, poder mandar, al revés de la concepción universal, significaba servir; servir a los súbditos. Cristo, ante todo, había venido a servir. Gran motivo de orgullo para los esclavos.

El que comete una ofensa debe repararla; el que la recibe debe perdonar setenta y siete veces siete, esto es, siempre en la práctica. Y el perdón era el correctivo heroico, la resolución constante en la paz de una serie de injusticias que reclamaban una serie de venganzas, por cuya causa las relaciones humanas paraban con harta frecuencia en duelos desleales y despiadados.

De

este

modo,

por

una concatenación

lógica,

el

orden

nuevo,

espiritual, fundado en valores sobrenaturales, se proyectaba en las relaciones sociales, abarcando las manifestaciones todas de la vida.

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EL NUEVO ORDEN

La sociabilidad cristiana es una ordenada y armoniosa convergencia —un retorno— al Uno, a Dios. Importa, por consiguiente, autoridad, unidad, concordia, igualdad, libertad. Estos ideales se abrieron paso hasta en la esfera política, venciendo resistencias sostenidas con hipocresías y múltiples compromisos, aun en los siglos cristianos. Aun hoy, están lejos de su realización completa. La autoridad no es una prerrogativa otorgada a un particular para sus personales usos y abusos; es un ministerio, una servidumbre, y como proveniente del Creador, y al igual que las demás servidumbres sociales, recibió del cristianismo un carácter sagrado, en cuya virtud fue colocada por encima del despotismo de un césar-dios. Recíprocamente, la obediencia, a la que como autoridad tiene derecho, no es una imposición ni una hipocresía, sino un sentimiento avalorado por la conciencia del bien social.

La concordia nace de la conciencia

del

fin

común

a todos:

la

salvación del alma. Cuanto le es opuesto, debe ser rechazado. Por eso la autoridad es para los dependientes de ella, y no éstos para la autoridad. Por eso toda suerte de sociedad va dirigida a facilitar y no a estorbar la consecución del fin de todos y cada uno, sin que le sea lícito atropellar el supremo interés de ninguno, ni siquiera del ínfimo entre sus miembros. Tienen las sociedades fines propios altísimos y perfectos, pero en orden al fin supremo son medios tan sólo.

La igualdad nace de ser todos hijos de un mismo Padre, Dios, y de tener todos un alma inmortal. Discutían los filósofos si tenía también alma el esclavo. Pero la tenía igual que el amo. Y en el orden del espíritu —en la Iglesia, por ejemplo— no existía diferencia entre el pobre y el rico, el escita y el griego, el varón y la mujer, borrada ya todas las distinciones del registro oficial. Santiago, “hermano” de Jesús, recriminaba ásperamente en su carta, a los cristianos que en la asamblea cedían el asiento al rico dejando en pie al pobre. La idea de que Dios no es aceptador de personas es motivo dominante del Nuevo Testamento en su acción demoledora de loa prejuicios de casta, trasladados en su sentido fraccionario al orden

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religioso.

Mas la igualdad, desde el orden espiritual, impulsaba hacia el orden temporal, y sigue impulsando con irreprimible tendencia, como hacia una plasmación exterior de la caridad y de la fraternidad.

La dependencia de Dios, el primado del espíritu sobre la materia, libertó a los hombres del miedo a la fuerza física. Cristo emancipó a todos los hombres, y su verdad sigue libertando al que le sigue. Algunos cristianos entendieron en sentido material esta promesa, y decidieron alzarse contra amas y funcionarios. Mas la libertad tenía más hondo alcance. Podía el amo entregar al gladiador, mandar al ergástulo 4 o encadenar a su esclavo; pero no podía posesionarse de su alma. Podía partirle el espinazo; pero no doblegarle el espíritu. Éste era libre aún antes del libelo de emancipación. Ya ningún semejante inducía miedo. Podía sentirse respeto, piedad, amor hacia él; miedo no, porque en Dios todos eran libres y todos iguales. Cuando las castas dominantes y las clases sojuzgadas se dieron cuenta de esta verdad, iniciaron la disolución de los sistemas de separación y diferenciación. Y aquella conciencia gravitó y gravita hacia una siempre más perfecta libertad del espíritu, contra todo el arsenal de cadenas y barreras, de pertrechos y de agentes, inventado para oprimirla, y para someter el espíritu a seres distintos de Dios, a fines que no sean el de su retorno a la Divinidad.

Ideas semejantes revoloteaban en la mente de algunos filósofos. Mas aquí, eran difundidas entre el pueblo, entre todas las categorías sociales y fundamentadas en lo Eterno.

* * *

No se encuentra en el Nuevo Testamento una doctrina económica. Mas en cuanto la economía atañe a las relaciones entre los hombres o influye en la actividad espiritual, secundándola, entorpeciéndola o deformándola, establece él preceptos, a los cuales el mundo antiguo y el mundo moderno —el paganismo que, en diferentes formas, persiste como sistema de conservación antirrevolucionaria— le opuso y le opone la más astuta resistencia, amontonando negaciones, sofismas y transacciones.

La riqueza no es de suyo ni buena ni mala, o, por mejor decir, en cuanto forma parte de la creación es originariamente buena. Y en verdad

4

Se

llamaban ergástulos a

la prisión donde

encerraban

a

los esclavos en

la Antigua Roma. Al prisionero allí encerrado se le llamaba ergástulo. (Nota del

Editor).

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su verdadero amo es Dios. Al hombre le pertenece solamente su admi- nistración temporal, ejerciéndola de manera que la haga concurrir al único fin, al que todo converge: la conquista del Paraíso. Lo que quiere decir que la ejerce con sujeción al doble precepto del amor a Dios y del amor al pró- jimo. La riqueza se convierte en perniciosa cuando el hombre pone en ella el corazón y hace de ella su dios, porque entonces se transforma en idolatría y sustrae el alma de los deberes para con Dios y para con los hermanos. Por lo cual al rico pegado a su oro le es difícil la entrada en el reino de los cielos. También le es difícil al pobre, si se revuelve contra su pobreza, si es un rico frustrado. Quien acumula dinero por el dinero, es un idólatra; el avaro es un idólatra. El oro es un medio, no un fin. Bienaventurado por tanto, el que vende sus bienes y da su precio a los po- bres. Él alcanza la heroicidad evangélica. Y muchos la alcanzaron, cooperando a reparar las injusticias económicas.

En la relatividad de la vida humana frente a la eternidad, la riqueza debe servir a las necesidades, no al derroche, no a la sobreabundancia: lo sobreabundante pertenece al que tiene de menos. Esta verdad la llevaba San Juan Crisóstomo a sus últimas consecuencias, afirmando que lo que se tiene de sobra representa un robo, en perjuicio del que no tiene, y estigmatizando las frías palabras “mío” y “tuyo”. —¡Dad lo superfluo a los pobres!

Pero, ¿qué es lo superfluo? Con pretexto de que no se puede fijar en números, muchos cristianos se dispensan de obedecer el mandato evangélico. Entretanto la dialéctica de las diferencias económicas obliga a los Estados a desposeer a los ricos de parte de lo superfluo, para acudir a la indigencia de los pobres, cumpliendo por la fuerza lo que el cristianismo pide que se haga de buen grado, lo que voluntariamente cumplido constituiría un mérito incomparable, una manera de colocación al mil por uno en el Banco del Divino Banquero que no quiebra. Ha de recordar el rico que es hermano del pobre, y en consecuencia no debe tolerar diferencias lesivas de la unidad y del amor familiar. El ideal sería que de hecho no existiesen diferencias. La iglesia madre de Jerusalén puso en práctica la comunidad de bienes, que permitía a los ricos gozar de los beneficios espirituales de la asistencia a los pobres. En cierto modo eran los pobres quienes hacían limosna a los ricos, dándoles ocasión de transformar el oro inerte en riqueza religiosa.

Es, pues, consejo heroico el de venderlo y darlo todo a los pobres. Es precepto general, el de dar lo superfluo a los pobres.

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San Pablo decía claramente que esta cesión de lo superfluo tendía a restablecer la igualdad, aun material, a la que aspira como a ideal el amor cristiano.

En uno

y otro

caso, la

donación debía

y debe ser espontánea, no

impuesta coercitivamente. Es asunto de conciencia, y se resuelve ante el

tribunal de Dios, no ante el del magistrado.

Así nació la beneficencia cristiana, mediante la cual un haber inmenso fluyó como en incontables arroyuelos, de los palacios y castillos, de los cofres de los privilegiados y de los más poderosos, a las manos de los indigentes, ayudando, durante siglos, a las clases necesitadas, a superar sus ahogos, y sirviendo de lazo de aproximación entre los unos y las otras.

Las fuentes principales de la riqueza eran la guerra, la usura, las magistraturas. Tres modos de expoliar al adversario, al deudor, a los administrados.

Las

fuentes

secundarias

industria y el comercio.

eran

el artesanado, la agricultura, la

La guerra era un acto de violencia, de carnicería y de rapiña. El cristianismo la condenaba, en principio, como condenaba la ambición de poder, el homicidio y el hurto.

La usura era el ejercicio favorito, no sólo de banqueros y publicanos, sino también de cesares, senadores, patricios y libertos. Prestaba Mecenas, prestaba Séneca y prestaba Plinio; y el filósofo era quizá el más rapaz de los tres. Más de una expedición militar llevada a cabo a expensas del erario público, iba dirigida a rescatar créditos e intereses de particulares. Tenía aquí lugar el empleo del oro por el oro; el culto de la moneda, la avaricia:

idolatría para el cristiano, y como tal, abominable. Abominable sobre todo si se procedía a punta de lanza sin entrañas para el deudor. El Evangelio hace solamente alusión a casos de pequeños préstamos, y aun aconseja que no se insista demasiado en la restitución, por considerarlos como una asistencia caritativa. En todo caso el usurero era un agente de Satanás, y no podía estar de acuerdo con el Evangelio ni en comunión con la Iglesia, que luchó durante siglos contra la usura, como contra un parasitismo innatural e inmoral.

Las magistraturas, de suyo peligrosas por las relaciones idolátricas que su ejercicio implicaba, se hacían condenables cuando eran desempeñadas con espíritu de rapacidad. Era caso de todos los días el de funcionarios, gente del fisco, que expoliasen las provincias. Verres era uno de tantos, pero cometió la torpeza de no untar las cuerdas vocales del

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célebre orador, abogado de abastecedores y publicanos. Félix, gobernador de Siria, que tuvo a Pablo en prisión durante dos años con la esperanza de poder cobrarle la libertad, era uno de los numerosos buitres que caían sobre las provincias conquistadas. En realidad el cristianismo no condenaba las magistraturas, fuesen civiles o militares, condenaba sus abusos; exigía de los magistrados que no procediesen con violencia o con rapacidad, que cumpliesen su deber con justicia y caridad.

El trabajo manual era objeto de profundo desprecio entre los pueblos antiguos, exceptuado el judío. Y el verdadero régimen de trabajo era la esclavitud. Para Cicerón, artesanos y bárbaros, estaban en el mismo plano. Platón y Aristóteles los excluían de sus repúblicas. Figuraban en los triunfos como material de masa, incapaz de participar en la vida política. Restos de este desprecio perduran hasta nuestros días. Ni se puede decir que hayan desaparecido.

No eran sólo las clases pudientes las que despreciaban el trabajo:

eran los mismos que lo ejercían y que preferían el ocio, alimentado con donativos gratuitos o semigratuitos. En Roma, con pretexto de que eran señores del mundo, vivían como mendigos públicos 200.000 romanos. Y Juvenal lamentaba que la avaricia de los ricos forzase a ciudadanos libres al trabajo manual.

En el cristianismo, heredero de las mejores tradiciones hebreas sobre el trabajo, Cristo y los apóstoles —el Fundador y los dirigentes— eran trabajadores manuales. Pablo, siendo docto y teniendo derecho a vivir de su ministerio, trabajaba de noche para no ser gravoso a nadie y para ayudar a los más necesitados que él. Y él fue quien sintetizó la ética social del trabajo cristiano en la máxima: El que no trabaja que no coma. La cual quiere decir que a todos es obligatorio el trabajo. De este modo fue ennoblecido el trabajo por el ejemplo de Cristo y de los apóstoles. Y el ocio, ideal apetecido de los antiguos, fue condenado. Esta innovación fue de capitales efectos en la sociedad nueva.

Correlativo al trabajo es el salario: el que trabaja necesita comer; y es justo que por su trabajo obtenga lo suficiente para sustentación suya y de los suyos. El salario defraudado al obrero clama venganza a Dios. Si al- guno, por justo impedimento, no puede trabajar, debe ser mantenido por los otros; si no encuentra trabajo se le debe procurar.

La Didache, a fines del siglo I, regulaba ya el problema del trabajo en las comunidades cristianas; comunidades integradas principalmente de pobres, salidos de la indigencia merced a la solidaridad cristiana y por ella

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libertados de la pesadilla del hambre. Cuando la carestía se encrudeeía en Jerusalén, mandaban socorros a los pobres de su Iglesia hasta las de Acaya, Macedonia y Siria. Se distribuía el trabajo y se repartían sus beneficios para que no se diese el caso de que comiendo un hermano, otro quedase en ayunas.

De manera que cuando los Papas León XIII y Pio XI intervenían en los problemas económicos, abogando por soluciones de solidaridad humana, no tomaban una nueva iniciativa; hacían lo que la Iglesia había hecho desde sus principios. Cristo, antes que nadie, tuvo compasión de las turbas y socorrió su hambre milagrosamente.

* * *

Si se contrastan las ideas de ascesis enunciadas por Pablo, por Tertuliano y Orígenes, con el ideal de la vida moldeado en dísticos por Ovidio o expresado en luminosos escorzos por las pinturas pompeyanas, podría creerse —como fue creído— que el cristianismo hacía de apagador de las luces del paganismo; que sustituía las marmóreas plazas esclarecidas de sol, de sonrisas de divinidades, de hermosura de doncellas, por las catacumbas goteantes de humedad, olientes a resina, por los cubículos invadidos de escuálidas sombras; que introducía la muerte en el lugar de la vida, el dolor en el del gozo. Nunca faltan periodistas insensatos que describen la guerra desde un refugio de cuarta línea, y fervientes poetas que cantan la vida por un frasco de Frascati.

A la venida de Jesús, el mundo romano había sufrido el estrago de una cincuentena de guerras civiles, acompañadas de mortandades, incendios, saqueos, despoblación. La predicación del Evangelio y el desenvolvimiento de la primitiva Iglesia se verificaron cuando el despotismo fortalecía el Imperio encadenando las conciencias; al tiempo en que la locura de algunos cesares ahogaba las iniciativas en las voluntades y la sonrisa en los labios, y la poesía enmudecía por no sucumbir a mano airada como el joven Lucano, o se desahogaba en sátiras amargas con Juvenal, en sarcásticas remembranzas del pasado con Persio y Marcial (quien se rebajaba a llamar “nuestro señor dios” a un domiciano). La riqueza económica se agotaba por incapacidad administrativa del gobierno y por la concepción del trabajo, de la propiedad y del placer, y las diferencias sociales llevaban al borde del abismo, tanto que el gobierno se vio precisado a sujetar los aldeanos a la gleba, los comerciantes a la barra, los artesanos al taller.

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Estatuas de oro y de mármol hacían de sí mismas magnífica ostentación. Por fortuna se conservaron algunas de ellas, merced a la costosa solicitud de los obispos. Desde sus pedestales, más miserias contemplaban que alegrías. Los armoniosos ensueños de Platón no estaban mal para los libros de texto; pero la realidad de la vida era otra cosa. El mismo filósofo había concebido una ciudad de utopía con vistas a orillar las pendenciosas competencias, en las cuales se deshacían la riqueza y la alegría de los helenos. El triunfo de la democracia llevaba consigo un loco despilfarro de los bienes de los ricos; el triunfo de la aristocracia se llamaba libertad porque restablecía el señorío de los óptimos sobre la multitud. En la ciudad platónica, mujeres y trabajadores eran sometidos a una esclavitud anónima para regocijo de guerreros y politicastros.

Reducidos los ciudadanos a simples números del fisco y a instrumentos de reproducción, que asegurasen nuevos contribuyentes al erario y nuevos soldados al ejército; extinguido en ellos el interés político y el ideal patriótico, vivo en las épocas republicanas y bajo el mando de algún que otro emperador, en Grecia primero y en Roma después, los padres se rebelaron por el único modo viable: no procreando más. Y así, los Estados helénicos y el Imperio romano murieron principalmente por agotamiento de la prole; no debido solamente, como se cree, a la degradación y al egoísmo, sino también, y sobre todo, al espanto, que helaba los espíritus, ante la idea de engendrar candidatos a una vida de incertidumbre y desesperación.

Esta era la realidad del paganismo.

El turista que contempla el Palatino, cubierto de laureles y abrasado del sol, o el Coliseo, puede soñar en bellezas soberanas y en la fuerza dominadora. Y sobre los acueductos que cruzan la campaña romana puede montar los caballetes de pintura. Pero no haría mal en darse cuenta de cuántas lágrimas y cuánta sangre soldaron aquellos muros reticulares y amasaron aquellos bloques de tibertino; de cuánto material humano fue empleado con mayor desprecio que los ladrillos timbrados y las piedras pulimentadas; de la inmensa aglomeración de covachas o tugurios que entre los foros y palacios eran fácil pasto de las llamas, y alojaban las degradantes miserias de un proletariado sin dignidad. Podía Goethe componer elegías sobre las ruinas y Carducci estrofas sáficas sobre el Galileo de rubia cabellera destinado a cargar una cruz sobre Roma; pero la verdad es que fue Roma la que cargó una cruz sobre las espaldas de Jesús, y después, por una tiranía que formaba parte de su sistema de gobierno, so-

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bre las espaldas del Cirineo. Y ella fue la que sobre la cruz enclavó a Cristo, por Justo; a millares de hebreos, por patriotas, y a innumerable muchedumbre de esclavos, porque anhelaban vivir como hombres.

Estos escritores que sólo ven las piedras, residuo de los palacios de los césares, de los generales y de los plutócratas, contemplan la historia desde un mirador burgués, a la manera de los sociólogos que estudian la cuestión obrera a la mesa del capitalista.

La riqueza, contra la cual tronaban los cristianos, era monopolio de unos cuantos. Los capitalistas la relegaban a las arcas, y la derrochaban en objetos de lujo, sustrayéndola a la circulación, privando de su fruto a quien la necesitaba. Las tierras alrededor de Roma se tornaban pantanosas e insalubres; todo un anillo mortífero en torno a la cabeza del mundo. Los carros que transportaban las mercancías de Asia y de Egipto, volvían descargados, a través de aquellos latifundios en que se oían los gemidos de los esclavos. Los Antoninos se decidieron a conjurar el proceso mortífero, pero no impidieron la indigencia, ni el descenso de la natalidad. Y después de ellos se puso fin al desgobierno con una más cruel tiranía, en cuyas garras se extinguió gradualmente el gallardo corazón de Roma.

Una cosa es la poesía y otra la historia. O quizá fuera mejor poetizar también el reverso de la medalla. Las legiones cada día más desmoralizadas luchaban en las fronteras cuando no se apoderaban del Estado, nombrando nuevos emperadores para arrancarles mayores salarios; mas los romanos en Roma y los ciudadanos libres en las ciudades de provincias, luchaban por arrebatar bonos para conseguir un puñado de habas o de harina, ocasionando tumultos. El ideal de todos era disfrutar el trabajo ajeno, viviendo según el clásico carpe diem 5 , que es la filosofía materialista, nacida no del goce sino de la desesperación, es decir: del pavoroso sentimiento de incertidumbre ante el mañana. Sabiduría de una gente a quien inquieta el porvenir y no sabe de una Providencia a quien confiarse. Saboreo de estupefacientes, embriaguez, por no mirar más allá de sí mismo. Egoísmo y corrupción que no fueron bastantes a contener los decretos de Augusto. Las propias mujeres de éste adulteraron vergonzosamente; y arriba y abajo se repetían los dísticos eróticos de Ovidio con preferencia a los anámetros heroicos de Virgilio. No era luz solar aquella luz, era luz de mortecinas lucernas. No era alegría aquella

5 Carpe diem es una locución latina que literalmente significa 'toma el día', que quiere decir “aprovecha el momento”, “disfruta del hoy”, dejando a un lado el futuro que es incierto. Fue acuñada por el poeta romano Horacio (Odas, I, 11). (N. del E.)

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alegría, era frenesí sensual que consumía las energías de Roma. Al cristianismo le quedaba poco que apagar: más bien reavivó la esperanza, decentó los lechos, devolvió la alegría a la familia, la satisfacción del trabajo, desterró el temor de la muerte, que henchía de desaliento las elucubraciones de Marco Aurelio y se traducía en maldiciones, en desesperados epitafios de proletarios. Y sobre todo, infundió una esperanza y procuró un subsidio a millones de seres hacinados bajo los palacios y en las callejuelas, agonizantes en los ergástulos y en las minas.

Hacia éstos ningún poeta había vuelto la mirada. Y Séneca, que se ocupó de ellos con palabras humanas, nada hizo por mejorar su suerte. El dulce Virgilio no tuvo una nota de piedad en aquella su lira que cantó al piadoso Eneas. Cantó, sí, los campos, pero los campos bien concertados, vistos desde la ciudad, de los cuales, el “dios” que le había hecho propietario, había arrojado a los legítimos poseedores, obligados a la mendicidad o al bandidaje o a servir a los amos intrusos.

En el campo, los esclavos no duraban útiles por más de ocho años; después eran arrojados como material inservible: el trabajo, los vicios, el látigo y las cadenas los agotaban rápidamente. La guerra producía cada día menos. Los particulares para proveerse, llegaban a atracar a los viandantes, recluyéndolos en tahonas y cárceles. Los condenados a las minas, entre ellos numerosos cristianos, arrastraban, bajo el látigo y la fatiga, una vida horrenda, como de bestias feroces enjauladas. En este ambiente, ve- rosímilmente, lanzó el hijo del trueno el Apocalipsis, como misterioso programa de revolución. Respuesta al “Carmen soeculare” 6 .

En la ciudad había esclavos que lo pasaban soportablemente, y alguno hasta lujosamente: pero a precio de delaciones, con las que destruían a las familias de la antigua y nueva nobleza, o a precio de aun más innobles servicios. De los griegos —los descendientes de Pericles— se decía que no había servicios que no supiesen prestar; y, a corta distancia, les seguían frigios, sirios, egipcios, eunucos, pederastas, concubinarios, rufianes, envenenadores, danzantes, hechiceros, intrigantes y aun peor.

Los monumentos clásicos nos transmiten expresiones de regocijo más bien que de amargura. Pero se comprende. El regocijo era la destilación de un anónimo proceso de sufrimientos ajenos; y el que sufría

6 Carmen seculares (Himno secular), conocido a veces como el Carmen, es

un himno escrito

por

el

poeta Horacio.

Fue

romano Augusto en el año 17 a. C. (N. del E.)

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encargado

por

el emperador

no aparecía en los monumentos ni erigía estatuas a Sición. Tan sólo algún tímido trazo, esculpido a escondidas y en la desesperación, ponía de manifiesto algún vago eco del drama. Los dioses se paseaban en las cimas del Olimpo. Abajo, en las minas, gemían los condenados ad metalla 7 . Y los regocijados del Imperio suministraban expósitos para el prostíbulo y gladiadores para el circo.

En una palabra. El otro aspecto escapaba y escapa a los poetas cortesanos. Por suerte no le pasó desapercibido al cristianismo, que sabía de desgracias. Y no es que él realizase la revolución social, imposible en un cuerpo extenuado y perseguido; pero dio cima a una más vasta y pro- funda revolución, por cuanto no se limitaba a un problema circunstancial sino que abarcaba las aspiraciones todas del espíritu, que perduran y renacen siempre. Y la llevó a cabo sin perturbar la resquebrajada estructura de la sociedad, pero infundiéndola en su mismo centro espiritual.

7 Ad metalla es la fórmula con que se designaba uno de los más crueles castigos que se aplicaban a los que profesaban el cristianismo. Calistrato lo califica de pena proxima morti. In ministerium metallicorum era la frase con que se expresaba el destino de los condenados; estos, lo mismo hombres que mujeres, jóvenes que viejos, eran amontonados en las minas en monstruosa confusión, de modo que se daba el caso de hallarse un obispo y sacerdotes entre doncellas en lugares donde sólo y aun confusamente, se percibía la humareda de las antorchas. Antes de ser encerrados en las minas eran sometidos a varios y cruelísimos tormentos; en 257, en África, se les azotaba con varas y se les estigmatizaba la frente, se les roblaba con vigas los pies, que probablemente tenían juntos, al igual de los esclavos de presidio, por una cadena corta que les subía hasta ceñir el cuerpo a la altura de los riñones e impedía todo intento de fuga. En 307, en Palestina, Silvano, sacerdote de Gaza y sus compañeros no partieron a la condena sino después de haberles sido quemados con hierro candente los nervios de una de las corvas, mientras que otros sufrieron varios tormentos humillantes. Al año siguiente el procónsul Firmiliano de Cesarea, al pasar por esta ciudad la cadena de condenados que de las minas de pórfido de la Tebaida iban a las de cobre de Palestina, les hizo abrasar las articulaciones del pie izquierdo y, obedeciendo, según sus palabras, a una orden del emperador, les hizo sacar a todos el ojo derecho a puñetazos; luego les cauterizó las órbitas con hierro candente; varios fieles de Cesárea sufrieron el mismo tormento. En el desempeño de su tarea, los penados arrastraban la vida más miserable: una ración deficiente de pan, absoluta carencia de vestidos y por cama tenían el suelo, con privación absoluta de celebrar la misa.

Ejemplos de minas explotadas por cristianos, mezclados con frecuencia con condenados por crímenes de otros órdenes, los tenemos en Palestina, cuyas minas, según parece, eran las más horrorosas, así como en el Quersoneso, en Cilicia, en la Tebaida, en Egipto, en África y en Cerdeña. (N. del E.)

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Tan lejos estuvo el cristianismo de extinguir la vida, que más bien anuló la muerte. Cristo se llamó a sí mismo la Vida. Su Resurrección fue un triunfo sobre la muerte. Y a su resurrección fueron por El asociados todos los hombres.

Para el paganismo el muerto, muerto estaba; y poetas y filósofos no tenían palabras bastantes para condenar la crueldad de la Parca 8 , cuya inminencia trataban de rehuir desesperadamente.

“Muertos”, en el lenguaje cristiano, es palabra que o se entiende metafóricamente, o en realidad no se entiende.

Cuando

el

cristiano

recuerda

a

sus

muertos,

no

puede

representárselos con otro sentimiento que el impreso hasta en las más antiguas lápidas de la epigrafía cristiana, donde el concepto terrorífico de la muerte se convierte en el de traslado, en el de reposo, en el de sueño y refrigerio; un paso, en fin, a mejor vida.

Una inscripción del siglo IV encontrada en Roma, referente a un inocente pequeñuelo, dice de él que ha “vuelto a la Iglesia”. Nosotros decimos que se permanece en la Iglesia universal, la cual engloba en la vida eterna el fragmento de aquí abajo.

La concepción pagana y la concepción cristiana, están grabadas en claro latín en gran número de inscripciones. De los epígrafes de los paganos se deduce que para la mayoría la vida había terminado de hecho, habiéndose reducido toda ella a aquellos años, meses, días y cargos ho- noríficos, de los que se exhibe un más o menos exacto inventario. De las de los cristianos se deduce, por el contrario, que la vida empieza precisamente en ese punto, en la muerte, conceptuada como un umbral. O como un declive, donde para los unos la otra vertiente —la del misterio— declina hacia la obscuridad; para los otros se abisma en la luz.

8 En la mitología romana las Parcas (en latín Parcae) eran las personificaciones del Fatum o destino. Controlaban el metafórico hilo de la vida de cada mortal e inmortal desde el nacimiento hasta la muerte. Incluso los dioses temían a las Parcas:

el propio Júpiter estaba sujeto a su poder. Las parcas son las diosas del destino. Son tres hermanas hilanderas que personifican el nacimiento, el matrimonio y la muerte. Escribían el destino de los hombres en las paredes de un enorme muro de bronce y nadie podía borrar lo que ellas escribían. Se llamaban Nona, Décima y Morta. Las tres se dedicaban a hilar; luego cortaban el hilo que medía la longitud de la vida con una tijera y ese corte fijaba el momento de la muerte. Ellas hilaban lana blanca y entremezclaban hilos de oro e hilos de lana negra. los hilos de oro significaban los momentos dichosos en la vida de las personas y la lana negra, los periodos tristes. (N. del E.)

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Esto es, para los paganos la muerte, por lo común, es la muerte; para los cristianos, por lo común, es la vida.

Por eso aquellos relieves figurativos de la partida, que rememoran la tragedia de Eurídice, son de una tristeza desoladora en los sarcófagos paganos. Verdaderamente la muerte era la entrada en el reino de las sombras; era el fin de la alegría; el ocaso sin ulterior amanecer del sol.

Presentan sus inscripciones un balance retrospectivo, hecho en tono de soberbia y de jactancia: la lista de puestos ocupados, la reseña de su poderío monetario, militar o burocrático; angustioso esfuerzo por enraizarse todavía en la tierra, —en la vida— con el deslumbramiento de aquellos títulos ostentosos capaces de hacer parar a la gente que pasa y de hacer menear la cabeza de admiración; necesidad de precisar en algún modo la propia personalidad como para revivir, acogiéndose al recuerdo del que lee.

Y, naturalmente, cuanto la existencia abundó más en bienes, tanto es su terminación más traidora. El enriquecido mercader de granos, L. Annio Octavio Valeriano, esculpe en su sarcófago (ahora en Letrán) un adiós que suena a sarcasmo y vela el despecho en el desprecio:

ESCAPÉ, HUÍ; ESPERANZA Y FORTUNA, OS SALUDO:

NO TENGO MÁS QUE VER CON VOSOTRAS:

BURLAD AHORA A OTROS.

En la larga pared del Lapidario Vaticano, entre la multitud de inscripciones que recuerdan ahora, a unos pocos estudiosos, orgullos y victorias, potencias y prepotencias, tristezas y derrotas, hay una cortada por dos brazos levantados al cielo, con los puños cerrarlos: brazos de una joven hambrienta de vida, y arrebatada por una cruel deidad, a la que maldice:

LEVANTO CONTRA TI LAS MANOS, OH DIOS, QUE INOCENTE ME RAPTASTE...

Y este sentimiento de rebelión y de impotencia, se explaya en manifestaciones de un dolor profundo, trágico —característico del alma antigua—, cuya expresión encontramos en los epígrafes populares, revueltos con los huesos en la atormentada tierra.

Ahora, el contraste con una concepción bien diferente, se hace por sí solo, en aquella alargada galería donde los epígrafes de ambas religiones se afrontan por las dos largas paredes. Ante la imprecación de la joven

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pagana puede leerse la seguridad o el augurio de paz de alguna jovenzuela cristiana, que no prometiéndose del mundo más de lo que suele dar, se abandona en Dios, dándole gracias, y apenas se cuida de mostrarse.

Ningún rasgo de vanidad afea estos primitivos epígrafes cristianos; y no solamente porque pertenecen de ordinario a clases humildes. A la provisional descomposición del cuerpo, candidato a la resurrección, se paga frecuentemente con el solo nombre personal. ¿Qué importan los pronombres, los apellidos, los consulados, el linaje, los lugares y los años? ...

Saben que aun dando más pormenores, pasados unos años, pocos o ninguno recordaría sus rasgos físicos: basta, pues, el nombre con la invocación al descanso, o sin ella. Muchos nombres están esculpidos o rasguñados al sesgo, sin más. Puede leerse un

BICTORIA

sólo, sobre la piedra. Nada más.

Son epígrafes pobres, en un latín popular o en un griego inculto, que se adornan a veces con símbolos ingenuos, mal trazados pero empapados de aquel sentimiento de abandono del alma, al umbral de la muerte, en los brazos del Señor.

CAUDENCIA EN PAZ —SABINA EN PAZ LEÓN EN PAZ — FLORA EN PAZ...

Siempre aquel insistente voto y aquella afirmación de paz, expresado de cuando en cuando en latín con caracteres griegos o en griego con caracteres latinos.

DUERME EN

PAZ...

— VIVE EN EL SEÑOR...

Vive finalmente, que la así llamada vida de aquí abajo no ha dado más que abrojos. Esta vida la pasó tratando de coger las migajas que caían de la mesa del Epulón, o tratando de pasar desapercibidos y ser tolerados por la oligarquía sin entrañas, por la burocracia odiosa o por el ejército usurpador. Perseguidos a causa de la fe religiosa, relegados al ostracismo por soplones, pretorianos, pordioseros asalariados y ladrones de toga. Mandados al destierro o entregados a la muerte por la turba ebria de odio ... La muerte, al fin, liberta; da, al fin, el reposo; da la verdadera vida.

Una solidaridad entre los vivos y los difuntos, destructora de la

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barrera de la muerte, la constituía la oración por los muertos. Y este mismo hecho que los reformadores presentaron como una invención papista, encuentra su confirmación en la arqueología. Es apenas del siglo II una

inscripción lateranense —o sea de las más antiguas llegadas a nosotros—, en la cual se suplica a los fieles una plegaria por el difunto: Vos pretor o fratres orare huc quando venitis ...

Y por aquel tiempo, Perpetua rogaba en la cárcel por el hermanito muerto hasta que tuvo la visión de la terminación de sus penas. Y, desde la tumba, demandaba sufragios para sí el obispo Abercio, en su famosa estela.

Demanda plegarias el que está vivo, no el que está muerto.

El martirio,

en

el

cual a hierro

y fuego se extinguía

un cuerpo,

equivalía en el culto y en el afecto, al nacimiento.

Y así, en las catacumbas, sobre un baptisterio fueron inscritos dos versos, conservados por la Silloge de Verdún, en los cuales se reafirmaba el principio de vida, en cuya virtud los cristianos, rebelándose contra un principio de muerte, se atrincheraban bajo la tierra.

Conseguid de la sagrada fuente la eterna vida:

Éste es el flujo de la fe, donde la sola Muerte muere.

¡Qué pensamiento revolucionario: la muerte cristiana, muerte de la Muerte!

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LA SANGRE DE CRISTO

A pesar de los incendios de las iglesias —respaldados por la masonería española— ocurridos recientemente, y a pesar de los fusilamientos de católicos, de las crueldades y cremaciones perpetrados por los nazis teutónicos para incinerar la fe de Cristo y reavivar la de Odín, Cristo permanece siempre en el centro del pensamiento y de la acción. Porque el que le niega y el que le impugna, a Él se refiere y de Él depende en la negación y en el ataque. Y no hay medio. O con Él o contra Él.

El hebreo Ludwig escribe de él; el comunista Barbusse narra su vida,

por llevarlo a su partido; el profesor Drews lo relega entre los mitos de la

raza judía, y el pastor Krause lo adjudica a la estirpe aria

Tentativas

... penosas, pero significativas. Mas al fin, no están con Cristo más que los cristianos.

Años atrás, varios doctos germánicos, seguidos servilmente, como de costumbre, por un conglomerado de estudiosos de otros países, en el empeño de decir cosas nuevas y sorprendentes, se propusieron como tesis de demostración que el cristianismo no poseía originalidad; en otros términos, que el cristianismo no era él: era otro. O mejor, una muchedumbre de otros: una especie de bazofia euroasiática, cuyos ingre- dientes fueron entresacados de filósofos de Grecia, juristas de Roma, rabinos de Judea, astrólogos de Asiria, quirománticos de Egipto y mistagogos de los países limítrofes.

Y esta mercancía se introdujo entre los productos de la religión comparada; y fue el fruto de un método excelente: como sería el de negar un descubrimiento científico por la poderosa razón de que los elementos de los preparativos estaban ya antes en venta; o menguar la originalidad de la Divina Comedia o de Shakespeare por la no menos valiosa de que similares epítetos y rimas, situaciones y escenarios, aparecen ya en autores que les precedieron; o rechazar igualmente como un plagio la Novena Sinfonía porque sus notas se encuentran todas en la escala sinfónica.

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Ayer se reducía el cristianismo a un plagio de los Misterios paganos, siendo cierto que éstos, aunque bastante tarde, plagiaron del cristianismo sus dogmas de salvación.

Hoy se investigan sus antecedentes entre los Mandeos. Es su hora. Entretanto, para privar de originalidad al cristianismo sería preciso privarle de Cristo. Operación un tanto difícil.

Sin embargo, han puesto manos a la obra; la escuela de mitólogos alemanes y franceses no se para en barras. Algún que otro plagiario de entre nuestros connacionales llega jadeante con los acostumbrados veinte años de retraso creyendo descubrir insospechadas maravillas. Esta escuela parte del presupuesto —ciertamente comprobado en ella misma— de que un organismo puede nacer y crecer sin cabeza. El cristianismo habría nacido y se habría propagado a manera de relámpago, es decir, que no tuvo quien lo produjera: Jesús no existió. Verdad es que millares de testigos oculares unos, de oído otros, dijeron que existía; mas para estos señores no existió: y los documentos son producto subjetivo, y la historia es de quien la hace y es como cada uno se la hace. Hoy, que sin cabeza no se logra concertar, aun con años de esfuerzos, no digo una arenga política, pero ni siquiera una excursión que llegue a salir de casa, se opina y se escribe que en la época romana, cuando el idealismo se cotizaba aún menos que ahora, centenares de miles de personas abandonaron sus ocupaciones, su vida tranquila, sus comodidades, sus parientes, su patria, para inscribirse en una sociedad que nadie había fundado; que se había fundado así, a la buena de Dios, por una especie de contrato social de algunos judíos y helenistas.

Cosa extraña que semejantes operaciones no se hayan repetido.

Algún que otro crítico —por aquellos parajes se llama crítica a lo que es mera invención de novelistas frustrados— ensaya divergencias para salir del paso: separa a Jesús del Cristo, o si a mano viene, al Cristo de la Iglesia. El segundo elemento habría sido yuxtapuesto por los apóstoles para consolarse a sí mismos y tratar de ilusionarse. Divergencias que se basan, no en documentos escritos, pues en ellos Jesús, Cristo y la Iglesia coexisten y se aúnan inseparablemente, sino en la arbitraria emancipación de los textos sagrados. Se está repitiendo en daño de la Biblia la vivisección pseudocientífica aplicada ya a los poemas homéricos, aunque venga a resultar que después de un siglo de cuestión homérica, se vuelve a hablar de revalorización del antiguo Homero. El estrago partió, como siempre, de la Alemania exluterana, de los centros donde se fraguan las más descabelladas teorías sociales, que llegan, en estos días, hasta diseñar

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una fe religiosa de gabinete.

Pero es precisamente la personalidad de Cristo la que hace a su religión inconfundible e inasimilable con otra cualquiera. Un Dios que se hace hombre era un absurdo para los semitas, una insensatez para los greco-romanos: repugnaba. Ni los unos ni los otros lo hubieran podido crear. El cristianismo es Jesús. Y Jesús, como analogía, derivación o plagio, se echa de menos por completo en la literatura religiosa helénica y en las misteriosofías asiáticas.

El substituto Apolonio de Tiana, fantaseado por los neopitagóricos en el siglo III, no era un dios; encarnación de toda la sabiduría extracristiana se presenta como un fatuo, sin entrañas para el prójimo dolorido.

El cristiano es aquel que se vacía de sí mismo para colmarse de Cristo. Copia a Cristo hasta poderse llamar alter Christus. Pero nadie copió jamás a los dieses o diosas euro-asiáticos, que eran o demasiado altos o demasiado extraños a la humanidad o demasiado inferiores a ella. Y nunca fundador alguno de religión impuso una imitación en tal grado heroica que se entraña hasta la raíz del pensamiento y dirige la vida toda. Jesús dio la enseñanza con la vida y la sancionó con la muerte, vertiendo la sangre, la sangre suya, no la de los demás, que era la que derramaban todos los héroes, míticos e históricos, de la era precristiana. Y es otra nota característica, en desavenencia con cuanto se pensaba y se sentía en todos los contornos, del Mediterráneo a los Océanos.

Un Dios que acaba en una cruz, como los esclavos capturados por Craso 9 , soliviantaba el sentido religioso pagano de Asia y de Europa: por mucho tiempo los escritores cristianos tuvieron que sufrir y tratar de transformar esta repulsa.

No faltaban en los elencos del politeísmo misteriosófico dioses muertos en medio de tormentos; pero la divinidad la habían recibido después de la muerte; y su función de salvadores de las almas fue introducida más tarde.

Frente al propio mosaísmo, el cristianismo posee una originalidad neta, no obstante los lazos que el Evangelio estrechó con los profetas y la Iglesia con el Antiguo Testamento. El Deuteronomio llamaba maldito al que pende de la cruz. Y por algo el distanciamiento de las dos religiones,

9

Marco

Licinio

fue

la era

un

más

conocido como Craso el Triunviro. Aplastó la revuelta de los esclavos liderada

por Espartaco. (N. del E.)

61

el de la nueva de la antigua, fue una empresa sangrienta. En la nueva religión, por la virtud de Cristo, el menor de los bautizados era mayor que el mayor de los profetas. El contraste práctico fue tal, que el judaísmo actuó como antagonista, no como modelo del cristianismo: él fue, no la autoridad de Roma, quien tramó la muerte de Jesús. Y la oposición, y la revolución, se personificó en Pablo que antes de convertirse era el fanático de la Ley, del Templo, del Sanedrín, el joven de carrera brillante que persigue y mata, reverenciado y temido; después de la conversión es el hombre de la gracia, de la cruz, de la Iglesia, el tejedor que vive de su trabajo manual, calumniado, sometido a tribulaciones e injurias, y al fin degollado. Un cambio radical: para los judíos un impío, para los gentiles un loco.

La locura del cristianismo tenía un nombre: amor. Una relación nueva que en orden a Dios acortaba las distancias acumuladas recientemente por el judaísmo, el cual había reducido la condición del hombre ante Dios a una esclavitud tremebunda; que en orden al prójimo desmantelaba, sin valerse de armas, todos los elementos de división: casta, raza, lengua, ley, economía y clima; que tomaba de Dios la fuerza, después de entronizar al Creador en lugar del hombre, al Cielo en lugar de la Tierra, trasladando el máximo interés de la vida a la del más allá, del cuerpo al alma.

Ideas claras, puras, precisas. No especulaciones estéticas, para solaz de la flor y nata, sino principios vitales para todos, doctos e indoctos. Trastrueque de los valores corrientes: mandar, en el nuevo vocabulario, significaba servir; los primeros pasaban a ser los últimos; los trabajadores eran constituidos apóstoles; al que daba una bofetada se le ofrecía la otra mejilla; la riqueza —afán de todas las generaciones— era conceptuada como la antítesis efectiva de Dios; se restituía la salud a los enfermos, se iba en busca de los menesterosos, se premiaba con el martirio a los más fieles, y una humilde doncella de una aldea de mal nombre era constituida madre de Dios. Descartados los medios en uso, trocadas las ideas corrientes; reducida la riqueza a una misión entre modesta y peligrosa; rehuido el honor, abandonado el mundo, abrazada la cruz, perdonado el enemigo, preferidos los desechos sociales. Más que suficiente para rebelar a cualquier mediocre alumno de la civilización mediterránea.

Y, en efecto, el mundo —cabeza vacía encaramada a un vientre lleno — reaccionó, y del año 30 en adelante, hizo junta desesperada de fuerzas para batallar contra aquel subversor divino, que violaba las leyes vigentes

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de la vida y de la muerte. Y aún sigue entablada la batalla en pro y en contra, arriba y abajo. Tan sólo los inconsistentes, los invertebrados, los frívolos, los vendedores de bagatelas, se desentienden de la lucha, y se suman al carro del triunfador.

En plan de combatirlo se montaron los más refinados patíbulos, se alistaron adiestrados verdugos, se soltaron sabuesos astutísimos; y los más lerdos evacuaron amazacotados ensayos de negaciones, montones de sombras y montañas de espantajos, para lanzarlos, como barricadas, contra su nombre, contra su luz.

Surgieron también soberbios negadores y temibles heresiarcas, en los cuales realizaba Satanás un exasperado esfuerzo de reconquista desde adentro. Pero la prosapia de éstos tiende a desaparecer. Hostigadores de la envergadura de Arrio, Nestorio, Lutero, no se dan ya; les sustituye al exterior un anónimo ateísmo, que no tanto arguye cuanto aprisiona y mata, y así no necesita de más razón; y al interior hace sus veces una plaga de gacetilleros que combaten a Cristo sin nombrarlo, ofreciendo excusas y saludando sombrero en mano a las sagradas imágenes. Impugnan el dogma sin conocerlo. Y llevando el paganismo en los tuétanos y no pudiendo re- chazar el cristianismo por no desentonar, o no dando, por ignorancia, con la manera de hostigar a Cristo, descienden a lanzar pestes contra la guardia suiza.

Los

más

radicales

subversores

de

adentro

en

las

últimas

generaciones, no han tenido el valor de declararse; ateos en el cerebro y destructores en sus escritos anónimos, fue preciso que el Santo Oficio les pusiese en la calle después de muchos años de vestir sotana y de dirigir

pláticas a las educandas. Provenían de la casta de Judas: de un Judas reblandecido por la arrogancia alemana y la vanidad latina. Estos, sin embargo, aunque adulteraban los textos, al menos los conocían, y no de cualquier modo.

En cambio, los que más alborotan son los escribas frustrados que no saben la Ley ni antigua ni nueva ni siquiera de oídas. Y el miles gloriosus 10 que flagela a Jesús maniatado se llama Combes 11 ; semejante al antiguo en

  • 10 Miles gloriosus o El soldado fanfarrón es una de las obras más conocidas del dramaturgo latino Plauto. (Nota del Editor)

  • 11 Hijo de padres pobres, Émile Combe entra a los doce años en el seminario gracias a un tío suyo, el cura Gaubert, que se ha hecho cargo de él. Va a París a otro seminario donde obtiene la licenciatura de Letras y poco después comienza los estudios de teología en el seminario de Albi, donde fue tonsurado, pero sin llegar a recibir las órdenes menores. En 1857 deja el seminario y en 1860 renuncia a su idea

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que también él, amordazando a la Iglesia, la abofetea valientemente, arrastrando en pos de sí la sombra gris de escuálidos y torpes imitadores en España, Méjico, China, Rusia y aledaños. Detestan a quien se hace matar:

prefieren matar; al menos lo intentan. Incapaces de construir, destruyen. Es falta de aliento lo que les mantiene fuera y contra la Iglesia, obligándoles al aire viciado de la secta.

La gloria en púrpura y oro de generales y cortesanas la suplantó Jesús por la humildad, donde poder fundamentar la piedad, la solidaridad y el amor. Llamó así a todos los atribulados, y unificó a todos los hombres pisoteando los distintivos de casta y de color. Esto llenaba de sobresalto a los satisfechos y acomodados de la época.

Por todas estas razones, el mundo antiguo que disponía de sierras y potros, dagas y cuerdas y los creía arneses para embridar y resquebrajar las conciencias, le dio muerte, consiguiendo con ello que la sangre purísima de Jesucristo fuese derramada para curar a la humanidad enferma.

Sangre.—La humanidad, desligada de Cristo, no sabe hacer otra cosa que reclamarla y verterla. Aborrece la vida y quiere derramar el licor que la sustenta. Su historia es un tejido de generales, de expediciones, y sobre todo, de guerras; sus triunfos se cuentan por las carnicerías que acarrea. Sus poetas se extasían describiendo los ríos ensangrentados, las ciudades devastadas, las mujeres violadas, los mozos desollados, los reyes arrastrados con garfios a los labios. Y los intervalos de las guerras están entretejidos de narraciones de suplicios y crueldades: hermanos asesinados, personajes desangrados. Sobre todo esto, tormentos suplementarios, ingeniosas aplicaciones de tortura. La carnicería se con- vierte en un arte refinado. Dar muerte es poco; se siente la necesidad de

de ser sacerdote. Ese mismo año obtiene el doctorado en Letras, mientras trabaja como profesor en diversos colegios religiosos. En 1862 se casa con una joven, Maria Dussaud, de la pequeña ciudad de Pons, y decide estudiar medicina en París, obteniendo el doctorado en 1868. Instala su consulta de médico en Pons y allí comienza su actividad política. Ingresa en la masonería en 1869. En 1902, con sesenta y siete años de edad, llega a ocupar el cargo del presidente del Consejo de Ministros. Gracias a su política anticlerical en poco más de un año más de 10.000 colegios religiosos fueron cerrados. En 1904 aprobó una ley que prohibía a los religiosos enseñar o dirigir un colegio. Combes explicó en la Cámara de Diputados que no se podía confiar la educación de los niños y de los jóvenes a las órdenes religiosas porque estaban "formadas únicamente para reaccionar contra los principios de la Revolución". Dos tercios de los colegios religiosos (es decir, 2.200) fueron cerrados. En esta campaña anticlerical Combes se convierte en su símbolo y en su héroe para todos los que atacan a la Iglesia. (N. del E.)

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precederla con todo un proceso de enganches, alanceamientos, desgarros, infibulaciones, empalamientos, distensiones, cegueras, asamientos. Lenguas amputadas, pechos despedazados, vientres despachurrados, pies desconyuntados en cepos, carnes destrozadas con clavos, con argollas, con cadenas, con ruedas. Y siempre por esta sed cruelísima de sangre, que electriza y emborracha más que todos los alcoholes. Más aún, parrillas, potros, mutilaciones, y botones de fuego, graduados con exquisito ensañamiento, para que la víctima sangre y se horrorice pero no muera; para que pueda dar aún nueva sangre, nuevos gemidos, nuevos estertores ... Y todas estas atrocidades perpetradas tal vez en nombre de la justicia, y aun en presencia de un Crucifijo, dilacerado en las carnes de las víctimas. Para la moral nietzscheniana, este arsenal de herramientas contra el espíritu es sinónimo de voluntad y de fuerza, como en la moral de las inscripciones asiro-babilónicas.

Y es sintomático —es corroboración— que en cuanto un orden social se desliga del cristianismo y se rebela contra Cristo, siente la necesidad de proporcionarse pociones de sangre humana. El culto de la diosa Razón de los franceses, el Mito de la colectividad rusa y el de la Raza aria de los alemanes, son por un tiempo, mero batiburrillo de filosoferías antropológicas y de tiramiras sociales; pero toman de repente forma concreta en cuanto son empapados de sangre. Había dicho Harnack que con Cristo terminan los sacrificios humanos. Así es. Pero, basta quitar a Cristo, para que se reanuden. El paganismo es idolatría; y, por serlo, es sed de sangre.

Decid a una muchedumbre que es preciso sanear el presupuesto, despertar la conciencia ciudadana, restaurar los valores espirituales, etc., y la mayoría bostezará; decid, en cambio, que es necesario tomar venganza, triturar enemigos, hacer correr la sangre, y miles de almas se encenderán ante la visión embriagadora, y prorrumpirán en aplausos, vitoreando a quien promete muerte.

Instiga un poco al hombre animal, y verás que ve rojo, que apetece sangre. Y a la vista del rojo líquido del hermano se aplaca su cólera, como si satisficiera una sed frenética. Por eso no dio oídos a las razones de Pila- tos, a la contraoferta de Barrabás, a la ley romana y a la ley mosaica; no escuchó sino la propia ardiente ansia de glóbulos rojos, puros, calientes. Y obtuvo sangre. Sintió verdaderamente que la propia vida dependía de su muerte. Y se aplacó cuando lo vio desgarrado en cruz, convertido en pálido harapo, salpicado de grumos, y que a intervalos brotaba sangre de la

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macilenta piel contraída: y quedó ebrio, como si la bebiese. —¡Sangre!— demanda Catalina, para el cuerpo anémico de la cristiandad.

Ciertamente todo el cuerpo social, viciado y corrompido, sentía sed de sangre hacia el año 30; y a impulsos de ella, quiso propinarse la sangre del más puro de los hombres —el más puro por ser Dios— y de cinco llagas, anheloso de salud, bebió el bermejo licor que se le daba graciosamente.

Los judíos la ansiaban de tal modo que, por conseguirla, no reparaban en hacerse romanos: y así declara: “No tenemos otro rey que el César”. La sed les abrasaba más que el odio nacional. Cuando Pilatos se resistió a derramarla, reclamaron a gritos que cayese sobre ellos y sobre sus hijos.—¡Y cómo recayó!

Aquella sangre se transfundió a las arterias del organismo enfermo, el cual fue regenerado por ella. Regenerado, pero no de tal suerte que no siguiese circulando en las venas parte del antiguo tóxico, a causa de la resistencia opuesta por tantos hombres a aquella acción saludable de resaneamiento energético. Sangre devoradora, que destruía con su llama escorias y máculas. Pero este proceso de purificación amedrentó a unos y enfureció a otros. El médico fue rechazado por muchos. Prefirieron arrastrar sus flácidos miembros, inficionados de corrupción.

Y desde entonces la acción regeneradora de aquella sangre virgen, se vio limitada y contrarrestada en el cuerpo del hombre, por la resistencia de las bacterias de la decrepitud.

Era una nueva llama que desarticulaba la antigua estructura espiritual. Y ésta se resistía. Derrocados sus ídolos, siguieron infiltrándose en sus repliegues los fermentos del miedo, del egoísmo y del odio, y a ellos obedecieron los ataques a veces furibundos, a veces encubiertos.

Introdujo aquella sangre una energía que disolvía y reedificaba, célula a célula, miembro a miembro: esta energía es el amor. Encendió una hoguera y en ella comenzó a devorar troncos y raíces, a destruir reptiles y fieras, preparando el humus para una vegetación exuberante.

Pero el virus antiguo le opuso violentas resistencias. Tendía el amor a abrasar el universo, y de todos los escondrijos surgieron bomberos a extinguir el incendio, entablándose la fragorosa dramática lucha entre el amor nuevo y el odio antiguo.

De este modo al esfuerzo por iluminar y reunir almas, por destruir todo el complejo tinglado de linajes y fanfarronerías, se opuso con férrea

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obstinación el esfuerzo por mantener erguido el diminuto yo en el pequeño círculo exclusivista: clan, collegium, polis, casta. El amor transfería el individuo a la universalidad; el odio enrollaba la universalidad a manera de embudo, al servicio del individuo. El uno quiso la paz, el otro la guerra; el uno la igualdad de todos los hermanos en la casa del Padre, el otro el predominio del prepotente sobre los demás.

Continuó el odio, mientras pudo, despojando, matando, ocasionando llantos; prosiguió el amor, paciente, vistiendo, restableciendo la vida, restaurando la alegría. El uno fue la irrisión de la Muerte; el otro la caricia de la Vida.

En cuanto el odio reclutó mercenarios, recobró terreno y tuvo a su servicio leguleyos y pseudofilósofos, escritores y demagogos, salió de su ocultamiento y arrojó algunas de sus máscaras. Aprendió a proceder con cautela y emplazó sus cuarteles en las grandes urbes, dentro de las universidades, en las asambleas políticas…

Llamado a decidir entre Cristo y Barrabás, se decide por éste, en mérito, a lo que parece, de que le ha robado algo o asesinado a alguno de los suyos, mientras Cristo se limitó a compadecerse, curar enfermos y perturbados, sordomudos y paralíticos ...

El odio prefiere la violencia y el embrutecimiento ruidoso que curar heridas y enseñar humildemente al que no sabe.

Si le es posible da muerte a aquéllos y liberta a los barrabases en curso. Quizá obrando así, cede inconscientemente a la sed de sangre inmaculada que arrastró a la turba enloquecida por los sanedritas ante las puertas del pretorio, a demandar la crucifixión del primer Justo, y sigue procurándose inyecciones de glóbulos rojos para curar la materia purulenta de que se siente apestada.

Le mataron, pues, entonces, y tratan de matarle también ahora. La secta orgullosa, el nacionalismo fanático, excitando la piratería política., han tratado siempre de repetir esta operación que les librase por un tiempo de la enojosa presencia de Cristo; pero llegada la tarde, la humanidad vuelve a sentir la tristeza y la desilusión, hasta que viene de nuevo Jesús a caminar a su lado, como hizo con los peregrinos de Emaús, infundiendo en su desfallecido corazón el vigor y la esperanza de una nueva juventud.

Porque dándole a Él muerte, se mató “al autor de la vida”, como lo proclamó Pedro ante los dirigentes del judaísmo jerosolimitano, que se abstenían hasta de pronunciar su nombre. “Aquel hombre”, decían.

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Se

dio

muerte

a

la

vida:

y,

sobre

un

escenario

de

muerte

sobrevinieron los cuatro jinetes del Apocalipsis. Cuatro zafios provincianos, imbuidos de sectarismo, cuales podían ser Pablo, Juan, Cefas y Mateo, se decidieron un día desde los cuatro puntos cardinales, aun sin saber el uno de la existencia del otro, y se dijeron: —¿Vamos a fundar el cristianismo? (¿Vamos a descubrir la América?)

Y dicho y hecho. Quien desde Jerusalén, quien desde Antioquía. quien desde Roma, quién desde Acaya, esbozan una nueva religión y a los muchos ídolos añaden otro; luego dando por real lo que les había sugerido una fantasía telepática se hicieron matar por aquel ídolo, bien diferentes en esto del helénico Alejandro de Abotónica que hizo trizas al suyo.

Cual fuese la compensación para dejarse matar de esa manera, no se comprende: por eso está pendiente de ser estudiado por los profundos eruditos.

Por lo demás, admitiendo que un mercader, un pescador, un publicano y un fabricante de esteras, por añadidura fariseo furiosamente anticristiano, pudiesen de buenas a primeras, garrapatear una religión y todos, fundamentalmente, la misma, y por las propias ficciones dar la vida; está claro que nos hallamos ante un desacostumbrado fenómeno de imbecilidad; y lo está también que un tal fenómeno no tiene que ver con quien hubiera inventado una religión maravillosa.

Para

la

gente

instruida

el

cristianismo

es

hijo

de una ilusión

pandémica, de una hipnosis exorbitante, de un trueque subjetivo de un muerto por un vivo, de considerar milagros a lo que no son más que hechicerías, por gente tan estúpida y crédula que da fe a lo que no es más

que un fantasma, a lo ideado por cuatro cerebros.

Porque aquí está el equívoco. Muchos profesores de Tubinga y Berlín, y sus glosadores de París, Roma y Oxford, no han considerado suficientemente que si en el siglo I no se practicaba la crítica textual y la crítica histórica como hoy se estila, no significa esto en modo alguno que en la época del refinamiento romano-helénico, de la elaboración exegética alejandrina, de la sofística galo-asiática, de la glosa rabínica, de los recelos nacionales y de los cambios mediterráneos, hombres como los apóstoles —esto es: cerebros esquinados, positivos, que no creen si no ven, que no dan fe a la noticia del resucitado si primero no le meten el dedo en las llagas; semitas habituados a cavilar por un comino, a regatear dos horas por medio as, desconfiados por naturaleza y refractarios por temperamento a la esencia del Cristianismo— que hombres, digo, como éstos, entre ellos

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un emisario del Sanedrín, pudieran ser groseramente embaucados, prontos a dar fe a cualquier petulancia, hasta a un grotesco “mito del siglo XX”, por ser opuesto a las creencias.

El punto capital es éste: ¿Jesús resucitó o no?

Si resucitó, es Dios; y todos estamos obligados a ser cristianos y a cumplir todos sus preceptos, hasta el de perdonar a los enemigos.

Cuando fue arrestado y sometido a proceso, los discípulos, como de costumbre, se desperdigaron dominados del miedo. —¿Jesús?— Pedro que era el más valiente de todos, juró y perjuró ante la muchacha de servicio que ni por sueño lo había conocido.

Es lo que suele ocurrir. Pero suele ocurrir también que no se sigue el partido de un muerto, es decir, de quien ya no cuenta; y muerto por añadidura en el infamante patíbulo de los desertores, objeto de la repulsión de los romanos, tanto como de la aversión de las jerarquías hebreas. En nuestro caso se trata, además, de semitas, pues lo eran los discípulos, los cuales, ciertamente, no hubieran comprometido sus negocios por los antojos de un muerto —de un muerto vencido, de un muerto embustero, que había logrado crédito con sus fanfarronerías, que se arrogaba el poder de resucitar y quedó sepultado bajo la pesada losa; de un muerto que se había jactado de poder destruir el Templo y había sido crucificado por un procurador romano y pospuesto a un salteador de caminos; de un muerto que habiendo prometido un reino y le habían hincado en las sienes una corona de espinas ...

Pero la lógica de ciertos doctos, como alejada de la vida, juzga priori 12 la imposibilidad de lo sobrenatural. Había Él anunciado que

a

12 Las expresiones a priori (en latín: previo a) y a posteriori (en latín: posterior a) se utilizan para distinguir entre dos tipos de conocimiento: el conocimiento a priori es aquel que, en algún sentido importante, es independiente de la experiencia; mientras que el conocimiento a posteriori es aquel que, en algún sentido importante, depende de la experiencia. Por ejemplo, el conocimiento de que «no todos los cisnes son blancos» es un caso de conocimiento a posteriori, pues se requirió de la observación de cisnes negros para afirmar lo establecido. Los juicios a posteriori se verifican recurriendo a la experiencia, son juicios empíricos, se refieren a hechos. Tienen una validez particular y contingente. Ejemplos: «los alumnos de filosofía son aplicados», «los ancianos son tranquilos». En cambio, el conocimiento de que «ningún soltero es casado» no requiere de ninguna investigación para ser establecido como verdadero, por lo que es un caso de conocimiento a priori. Tradicionalmente, el conocimiento a priori se asocia con el conocimiento de lo universal y necesario, mientras que el conocimiento a posteriori se asocia con lo particular y contingente. (N. del E.)

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resucitaría. Se trataba para los israelitas de una prueba decisiva. Pero estos doctos, incapaces de entender que la omnipotencia de Dios pueda ser superior e su incredulidad, niegan el hecho referido por los testigos que estaban más cerca en tiempo y en espacio y transmitido por los historiadores. Si hubiesen dicho los evangelistas que Cristo no resucitó, lo hubieran creído; dijeron que resucitó y no los creen: ¡esto es lógica! Mas la historia se funda en documentos y en testimonios. Y son de este tenor: — Jesús resucitado “fue visto por Pedro, y luego por los doce. Después, fue visto por más de quinientos hermanos a la vez, muchos de los cuales todavía viven”. (I. Cor. XV, 5, 6). Testimonios oculares, por consiguiente, a quiénes podía consultar quien quisiera: ¿todos alucinados?

La hipótesis de la alucinación constantemente reiterada crea más dificultades de las que soluciona. Es más lógico suponer que los alucinados son los que ven un mito donde hay un hombre con agujeros en pies y manos.

Fácil es imaginar la irónica y amarga sonrisa que reservaría Pablo para el esfuerzo de estos profesores afanados en reducir a Dios a su medida y lo sobrenatural a su experiencia.

Pero quizá es inútil discutir sobre este tema. La religión es un hecho religioso, no lingüístico.

Es realidad viva, de todos los días, no manuscrito del pasado. Pertenece al templo, no al gabinete. Cuando se llega a ella con la presunción de que es falsa, es claro que no se la puede entender. Colón no hubiera indagado la nueva ruta de las Indias si por adelantado hubiese negado su existencia. El que busca encuentra: Dios se manifiesta a quien lo busca. Y el que lo ha encontrado se maravilla de que haya quien lo niegue. Pero, —fuera de un milagro— ¿cómo puede persuadirse quien a priori lo niega?

Cristo ante ellos, como ante los petulantes sabiondos exegetas del Sanedrín, permanece mudo.

Lucas era médico. Y un médico —cualquier profesor de lingüística debería comprenderlo— y por añadidura helenista, no es propenso a admitir la resurrección de un cuerpo cuya composición anatómica conoce, si al menos no le consta con pruebas fehacientes. Los conspicuos saduceos del Sanedrín como los doctos de Grecia abrigaban hacia la doctrina de la resurrección la misma repulsiva antipatía que hacia la pena de la crucifixión. Pues bien: cuán grande fuese en Lucas la convicción del prodigio, está patente en el breve y encantador cuadro de los peregrinos de

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Emaús. Y nosotros somos como aquellos peregrinos: vamos conversando sobre la muerte, por los trillados caminos de lo mediocre y de lo circunscrito, y el Señor —la Vida— camina a nuestro lado: basta saberlo mirar para que también nuestro corazón se enardezca por sus palabras.

Tan cierta era la resurrección de Cristo que, precisamente por este hecho, con el cual se cerraba la Redención, los apóstoles se pusieron en marcha por los caminos del mundo, lo abandonaron todo y consagraron su existencia al resucitado. Pablo encabezaba en su nombre sus cartas, que explicaban a griegos y romanos la buena nueva; y en su nombre, que había hermanado a griegos y judíos, Justino unía la especulación con la religión, identificando a Jesucristo con el Logos, iluminador de filósofos y de profetas, el centro del pasado y del porvenir.

Emaús. Y nosotros somos como aquellos peregrinos: vamos conversando sobre la muerte, por los trillados caminos

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LA CRUZ Y EL REINO

Cristo, como rey de los judíos, fue crucificado. Pero resucitado, reinó, como rey universal, cabeza de un pueblo nuevo. Sólo que —como escribe Tertuliano con intuición paulina— “Cristo Jesús nuevo rey de los tiempos nuevos, elevó la enseña de su potestad sublime sobre sus espaldas, y fue ella una cruz”.

Ningún movimiento, pues, ostenta un origen más revolucionario que éste, producido por un ajusticiado, cuando estaba en plena eficiencia la potestad, de la que había partido la condena. Desde un patíbulo, no desde un trono o desde un corcel. Él, muerto para los más, atrajo a sí durante siglos y difundió por el mundo las más generosas ideas y las más generosas almas, ofreciendo en compensación de dolorosas ofrendas, una carrera de renuncias, coronada, como privilegio, con la muerte:

emperadores puestos a su servicio, reinas que se descalzan por Él, millones de almas que abandonan la vida fácil para trepar con Él al Calvario, movimientos de reinos y pueblos, cruzadas, guerras, arte, poemas, riquezas, despojos, diademas, muchedumbres anónimas y genios solitarios. Y atrae cada día aspiraciones y lágrimas, oro y fango, fundiéndolos en crisma de vida. Hoy el ajusticiado es con mayor convicción proclamado rey, después de haber arruinado la guerra algunos de los más sólidos reinos; Rey de un reino que el Gotha 13 no registra y que los más rechazan, al cual, sin embargo, no puede renunciar ningún cristiano consciente, aun a precio de cualquier sacrificio. Es un reino insólito, sin insignias y galones, que se dilata, lentamente, en profundidad, en las almas difundiendo un espíritu de paz que puede conciliarse y puede también enfrentarse con la política de los reinos temporales.

La cruz pone de relieve la realeza de este Fracasado. Un trono que es una cruz. He aquí una realidad cuyo valor puede hacernos olvidar la costumbre. Piénsese en una muchedumbre congregada en adoración en torno a un Crucifijo; o en una asamblea de doctos presidida por Él: se

13 Gotha es un municipio alemán del Bundesland de Turingia (Estado Libre de Turingia). (N. del E.)

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dirigen súplicas a un Ajusticiado, se medita en un Patíbulo. Como si una sociedad se reuniese en torno a un ahorcado ...

Aquellas llagas no han cesado de manar desde la cruz, enseñándonos a unos y a otros lo que es la compasión. Si toda nuestra naturaleza se siente atraída por el mal, la cruz nos impulsa con vehemencia hacia el lado opuesto, la caridad. Es la caridad que nos reconcilia con el sufrimiento de esta vida.

Bajo la augusta dulzura de aquella mirada —mirada de un Dios sangrante—, la vida se torna seria, el amor se convierte en un deber, el renunciamiento en una necesidad. El alma orgullosa recobra su libertad; vuelve en sí misma, y se da cuenta de que nada puede, de que nada es; se despoja de todos sus disfraces, y se siente en su realidad, abandonada, desnuda; y en la plena conciencia de su nulidad, se postra toda absorta en la adoración de su Creador, vilipendiado y maltrecho por su causa.

A las plantas del Dios en cruz todo lo que es accesorio se anula, las cosas se reducen a sus verdaderas proporciones. Quedan a solas el Crucificado y el alma a sus pies; el juez y el reo; la expiación y la culpa. Y en este estado se esfuma la vanidad de las cosas. El mundo exterior se acalla y no se oyen sus reclamos.

Todo lo llena el misterio sobrecogedor del Dios crucificado. El alma se postra en adoración, anodadada ante tan gran misterio. Anonadamiento que nos sumerge en el Infinito. El orgullo se deshace, como se deshiela la nieve ante el sol. El alma siente el amor de su Dios. Bajo la luz de la crucifixión conoce uno lo que es el pecado.

La cruz, pues, desde la cima del Calvario secciona la historia humana en dos vertientes. Toda la historia gira alrededor de Él.

Las

gotas

de

sangre

que

caen

de

las

cinco

llagas

del

divino

Ajusticiado, transforman el dolor humano y lo hacen fecundo. La

humanidad dolorida avanza, entre trabajos y angustias, cayéndose y levantándose, camina esperanzada hacia la Vida.

La Cruz, el Árbol de la Vida, se yergue victoriosa sobre la muerte. La muerte no es un término, sino un tránsito. El Hijo de Dios ha dado su Vida por mí.

La Cruz de Cristo nos pone en nuestro sitio: no nos dejemos ya absorber por lo pasajero, no tomamos ya demasiado en serio el que seamos ricos o pobres, poderosos o débiles, sanos o enfermos, listos o ignorantes ... lo que realmente cuenta es el Amor.

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* * *

¿Qué significado más tremendo que este de un Dios inmolado sobre un patíbulo infamante? Las gentes se clasifican hasta por la forma de morir en los patíbulos. Los gentilhombres venecianos se procuraron el privilegio de ser ahorcados con un lazo de oro. Los ciudadanos romanos eran decapitados. A los desertores y a los bárbaros se les crucificaba: y sus ca- dáveres, por el mismo hecho quedaban degradados, en el colmo de la infamia. Pero la cruz, perpendicular entre las dos vertientes, concentró y concentra las antítesis entre el cristianismo y el paganismo. O de acá o de allá. O Cristo o el Anticristo.

Con buen acuerdo la Iglesia despaganizó los monumentos paganos, enarbolando la cruz en la cima del Coliseo, del Panteón, del Foro ...

El genio de Tomás de Aquino se deshacía en amor a los pies de la Santa Cruz. Y es que la cruz conforta y anonada.

La Cruz encierra un misterio que no admite sutilezas: o con ella o contra ella. ¡Cuántas veces ardió a sus pies el fuego de la lucha! ¡Cuánta enronquecida oratoria se ha propalado contra ella! ¡Cuántas filosofías corrosivas han tratado de destruirla! El tiempo de los cruzados, que esculpían la señal sobre sus armas y lo diseñaban sobre sus pechos, para marchar a luchar contra los infieles, ya ha pasado; pero no ha pasado el tiempo de acoger el sagrado emblema sobre nuestro corazón para exterminar todo indicio de pecado, que nos hace infieles al amor de Dios.

Cuando el alma

se disfraza de hipocresía

y

se

sumerge

en

la

sensualidad, basta reclinarse sobre el Crucifijo para tomar conciencia de

tamaña esclavitud.

La Cruz nos enseña que cualquier hombre —cualquiera que sea y donde quiera que esté— es un hombre que ha sido redimido con la misma sangre de Jesucristo.

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CRISTIANOS, SEMICRISTIANOS, ANTICRISTIANOS

Por una de esas paradojas de las que está como empedrado el camino de la fe, el nombre de "cristianos" les fue impuesto por desprecio a los secuaces de Jesús, como para designar una facción de la política o del hi- pódromo capitaneada por un no mejor calificado Cristo o Cresto, a la manera como se decía pompeyanos, cesarianos, herodianos. Cristo y ... César, la mera comparación debía provocar risa.

El nombre, pues, nació como distintivo de irrisión. En pocos años se convertiría en distintivo de odio.

El cristiano es una pálida copia de Cristo en cruz, rodeado de una turba de burlones. A la cruz él mismo se condena, dando su nombre a Cristo. De clavarlo en ella se cuidan los demás.

Quien se decide a vivir integralmente el Evangelio, se convierte en apóstata del justo medio, en desertor de lo mediocre y de ser un cualquiera, que es la pragmática sanción impuesta por los dirigentes, no oficiales, pero sí autorizadísimos, de todos los reinos y repúblicas: y a los desertores se les aplica todavía la cruz.

“Os torturarán y os darán muerte; y seréis odiados de todas las gentes por mi nombre. Muchos se escandalizarán, y unos a otros se traicionarán y se odiarán.”

Y ved el cumplimiento: “Dondequiera encuentran un cristiano, es costumbre insultarle, provocarle, burlarse de él, tratarle de insulso, de necio, de villano y de estúpido”.— Esto lo advirtió San Agustín polemizando con los tiranuelos que cometían crueldades en su tiempo.

Las consecuencias se corresponden con los principios, ya que éstos imponen el credo de un Dios personal cuando, idealísticamente hablando, es mucho más útil no creer en otro dios que en sí mismo o simular creer en los ídolos creados por uno mismo. El cristianismo establece una Iglesia madre, desbaratando todo individualismo; preceptúa una moral

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heterónoma 14 , siendo así que es mucho más cómodo tener una moral autónoma, que deja hacer lo que a cada uno le conviene.

Al cristiano que lleva la cruz, no le faltará tampoco la corona de espinas, que le puede ser aparejada por los cristianos que llevan la cruz en la solapa por puro ornato, o sobre su seno, como las concubinas de los reyes cristianísimos, que se confabulaban con el turco para hacer capitular al Papa.

El cristianismo existe. Los que no existen muchas veces son los

cristianos. Con harta frecuencia paseamos el atributo de cristianos con la

misma inconsideración que el de europeos o burgueses

Y sin embargo,

... graba este atributo en el alma un estigma de fuego; nos injerta en un linaje sacerdotal —como decían los escritores del cristianismo primitivo—:

tercera raza de la humanidad, después de los bárbaros (judíos) y después de los helenos (paganos). La raza nueva. Pero es precisamente esta novedad la que nos arredra. Es esta originalidad con la que negociamos, tornando a estados de servidumbre.

Implica este atributo la aceptación de los postulados revolucionarios del cristianismo: renuncia al mundo y santificación en Dios; un desfilar como peregrinos bajo la mirada de los mundanos, sin dejarse cautivar con los afectos por las bellezas que se contemplan a la vera del camino; todos cautivados por el afán de lo Eterno, por el amor de Cristo, considerando nuestro cuerpo, no como consumidor de lascivia, sino como templo ha- bitado por el Espíritu Santo; subordinándolo y orientándolo todo — intereses, patria, trabajo y hasta miserias— al Absoluto.

Tremendo cometido y maravillosa mudanza que nos desata de las ligaduras del momento fugaz, de las exigencias tiránicas, de las injusticias inevitables; por el cual esta breve jornada no se enzarza en peleas, rivalidades e inquietudes por el pan y por la carne, sino que, con la esperanza puesta en lo Eterno, saborea ya las primicias de las dichas de la inmortalidad. La carne muere, pero el espíritu permanece; y éste —y no aquélla— tiene razón de fin.

Restituidos a nuestra condición eternal, los hombres que antes vivían como animales ya no nos amedrentan por las miserias de esta vida: sus vejaciones afectan al elemento que perece, al cuerpo, pero no pueden menguar la independencia y la entereza del alma. Libertad en la alegría y en la gracia, con la perspectiva de la liberación final. Este es el plan de vida del cristiano, según aquel gran cristiano que se llamó Pablo.

14 Sujeta a un poder externo o ajeno. (N. del E.).

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Despojado el hombre viejo, revestido el hombre nuevo —ya que todo en el cristianismo tiende a la innovación contra la nociva influencia de las costumbres y leyes del mundo—, reformados a imagen de Cristo los que éramos a manera de monas de Satanás, entramos en una comunión de almas, donde no hay ya “ni griegos ni judíos, ni circuncisos ni incircuncisos, ni bárbaro ni escita, ni esclavo ni libre”, ni agente de banca ni explotador insolente, “sino Cristo, todo en todos ” ...

La cita es vulgar. Pero en cita se queda demasiadas veces; porque cuando se trata de llevarla a efecto, se ponen toda clase de rémoras y pretextos para seguir persistiendo en nuestras divisiones y diferenciaciones terrenas, por las cuales colocamos al escita y al bárbaro, al incircunciso y circunciso, sobre Cristo en todo y en todos.

De este modo se trueca la locura de la Cruz por aquella sabiduría del

mundo que se nutre de estipendios y de cargos y se desquicia en cuanto se la toca en su ídolo de oro y de vanidad. Mientras tanto, la llamada locura de la Cruz ofrece la única solución a los problemas que los hombres con sus solas fuerzas —como se ha visto en sangrientas experiencias— saben muy bien provocar, pero no aciertan a resolver. Es un derrumbamiento radical que no puede hacerles gracia a los adoradores de lo palpable, de lo contingente, a los realistas del momento, a cuantos se regodean sobre la humanidad que sufre, reputándose felices con su condumio, con su

automóvil, con sus pensiones

Y sin embargo no es así. Porque estos tales

... son esclavos del propio cuerpo, de la propia vanidad, del propio rango,

estremeciéndose por la inquietud del mañana, por la inestabilidad

inherente a todo lo humano

No es vivir el suyo: es una ilusión de vida; es

... un morir por vivir; es un agonizar espasmódico.

El que pone por obra el renunciamiento cristiano, el que pisotea el mundo con sus plantas haciendo de él senda para caminar al Infinito, plataforma para saltar sobre estos tugurios de argamasa, éste llega a ser libre, y éste defiende la libertad aun a costa de su sangre. Nuestra más pura gloria son las legiones de mártires, de vírgenes, de cuantos se negaron al goce de un instante para ofrendarse al amor de Dios. Ellos con su inmolación desencadenaron y desencadenan un torrente de espiritualidad, que trastoca este mundo materialista y lo regenera.

Por Cristo se abandonan carreras tenidas por envidiables, o el frívolo comercio sexual; y por Cristo, cuya sangrante imagen les parece ver en el prójimo que padece, se ocultan en lejanas o infestadas tierras, en hospitales, en escuelas, en claustros, para aliviar con su propia tribulación

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las ajenas, entregando la vida por los otros.

El odio mata, incendia, depreda, y asimismo la codicia. La caridad vivifica, refrigera, cicatriza, y asimismo la renuncia.

El héroe del mundo empuña una brillante espada pero sangre humana gotea de sus manos; manifestando furor en sus ojos, atraviesa por devastadas regiones, llenas de ruinas, en las que sólo se oyen los gemidos de los moribundos y el llanto de las madres y el de sus pequeñuelos.

El héroe del cristianismo lleva una cruz en la mano y una sonrisa de compasión en el rostro; y sobre las huellas del exterminador, que la historia burguesa dará a conocer a sus vástagos con enojosas listas de batallas, va curando a los heridos, reparando los estragos, acudiendo al hambre y apagando la sed, seguido de la bendición de los vejados. La distraída superficialidad ignorará su nombre si bien se beneficiará de sus obras.—Muerte y vida.

Y el cristianismo forma legiones de seres semejantes: fundadores de órdenes, monjas heroicas, misioneros que se extinguen en leproserías,

padres y madres que inculcan en sus hijos ideales de bondad

...

:

la gran

reserva moral, la levadura que, al fin, disolverá el odio, cargado como

nublado devastador sobre la tierra; alma pura en el cuerpo contaminado del mundo.

Estos

son

los

cristianos

consecuentes,

y,

por

tanto,

los

verdaderamente heroicos. Mas a su lado militan muchedumbres de

cristianos rutinarios, cuyo cristianismo es una etiqueta puramente social.

Hoy en día se da una violenta contienda de sistemas, en la cual hace astillas un mundo que perece y un nuevo orden forcejea por formarse.

El antagonista más radical y más explícito del cristianismo es el ateísmo militante, como queda dicho. Hasta ahora no había constituido nunca el ateísmo un movimiento social. Se había presentado comúnmente como una concreción esporádica de individuos aislados. Pero hoy se presenta como un movimiento misional, como una milicia, dispuesta a luchar y a vencer, dispuesta a levantar sobre los escombros de la religión una religión nueva, monstruosa y atea: una ateocracia, como se la ha llamado, donde Dios es suplantado por un Mito; el cual ya provenga de la raza (nazismo), ya de la colectividad (comunismo), o de cualquier otra excusa terrena… es simplemente materialismo que se alza contra el espíritu. ¿Y qué es lo que oponen la mayoría de los cristianos a la irrupción

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audaz o a la penetración capilar de semejante adversario? Más lamentaciones que obras ...

La Iglesia es una y si padece en un punto, padece toda entera. En nuestra fe a medias, en nuestros laicismos, en nuestros modernismos y similares compromisos, destinados a ser barridos, es preciso ver los signos que señalan el avance de la tempestad. ¡Ay si ella descargase sobre una Iglesia que adormece en la pasividad!

Son cristianos, pues, piadosos, pero poco activos; no militantes.

Entre ellos y la desbocada cuadrilla de sabuesos de la carne, se interpone una zona gris internacionalizada de cristianos neutros, de cristianos a medias, de cristianillos, que merodean todo el día entre las dos fronteras, balanceándose entre Cristo y el Anticristo, rociando con agua bendita las inmundicias con que se enlodan por fragilidad o por malicia. Desean el cielo pero agarrándose bien a la tierra; creen con el ápice del corazón en el Eterno y en su ley, pero con ambas ventrículos palpitan por los intereses del momento, pretendiéndolos, no como medios de subsistencia, sino como fin de la existencia. En suma: el paraíso, existirá sin duda; pero es más indudable que existe también la tierra. Y a la hora de partir de ella, besan el Crucifijo, pero no sin refunfuñar porque no les deja todavía por aquí abajo aunque sea con la uremia y los demás achaques; y suspiran cuando hablan de volar al cielo porque prescindirían de buen grado de semejante ascensión.

Si dan un céntimo, les parece empobrecer; y están amurallados como con hormigón en su egoísmo, reforzado con hipócritas excusas; si es que, consciente o inconscientemente, no consideran, ante todo, a la religión como un muro suplementario para defensa de su caja de caudales, o no conceptúan a la Iglesia como una especie de partido conservador de sus terrenales privilegios.

Es la retaguardia atiborrada de comestibles, que opone barricadas de sofismas al fluir del espíritu; que tiene pavor a las exigencias de la religión; que nunca pierde el equilibrio, nunca se compromete, nunca marcha a la cabeza, nunca toma la iniciativa; que acumula avara y chismorrera, sórdida, fraternizando con el hermano y pactando con el masón, que guiña con sus ojos impuros citando para el burdel. Ejército muelle de la Mediocridad.

El heroísmo, que es innato al cristianismo y constituye su condición esencial en la práctica, lo desvirtúan ellos con supersticiones, con una mo- ral laxa, a merced de las circunstancias y de las propias conveniencias.

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Ante la desenfrenada neopaganización de la vida tendríamos que llevar el seguimiento de Cristo hasta sus extremas consecuencias, resistir a

toda costa, dejarse matar antes de ceder en un ápice

Pero ¡ya! Veréis que

... estos con palabras melosas, aduciendo hasta razones espirituales, se justifican en su postura. Pero no pasan de ahí. Cuando se trata de llegar a las obras, esto es, de actuar, de ir contra corriente, de ponerse en riesgo, de sacrificarse, entonces se agazapan tras los parapetos de su carnal prudencia, se escudan en su propia casuística, aguardan a que mejoren las circunstancias. Y si salen fuera, proceden cautos, con pies de plomo, escurren el bulto, contemporizan, se acomodan, lamiendo los pies al mundo y haciendo carantoñas a sus dirigentes. De este modo salvan la situación, su propia situación, que se sostiene del favor de los de arriba y de las finanzas. Así caminan con aire de triunfo, cabeza en alto, sonriendo picarescamente.

A la acción de los principios, a la fuerza de lo divino, a la honestidad de la coherencia y otras cosas más de no menos quilates, no se niegan — con el estómago lleno, por supuesto—; pero en realidad fiando más de la astucia humana que de la gracia para salir de las situaciones difíciles. Porque, astutos como Herodes el pequeño, se ponen a sí mismos a salvo, si no siempre, muchas veces, y, en todo caso, de frente a los obstáculos, reducen su actuación a una aparatosa y desvaída inacción que no los compromete, y piensan —o simulan— que la fe está asegurada y el deber cumplido.

Mientras el cristiano es cristiano antes que nada y, por tanto, pone a Cristo en primer lugar y después y por debajo todo lo demás, sin parecerle demasiado ningún sacrificio por su amor, estos cristianos mediocres lo son todo antes que cristianos, y no sólo no abandonan por Cristo ni vida ni familia ni posesiones, sino que aún se creen en derecho de exigir de Él, en compensación de alguna que otra jaculatoria, la protección de la salud, la guarda del depósito, la prosperidad en el negocio y el éxito en la carrera. Primero, la digestión, el horario, el honorario, lo material; luego alejado, el último después del último pensamiento, Cristo. Primero la clientela, después Dios; primero la partida, después la Misa; primero el paseo, después la confesión; primero la propia comodidad, después la oración. Invierten el orden de los factores: realizan la antirrevolución.

* * *

Y éstos, después de todo, no obstante todo el peso de inconsecuencia

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y de vileza tomada por prudencia, y a pesar de todos los tapujos de hipocresía tomada por educación, bien o mal, aun son capaces de tener, de cuando en cuando, algún pensamiento de remordimiento que les inquieta en medio de la placentera mediocridad con que viven.

Pero estas intermitencias de remordimiento están ausentes en los llamados falsos cristianos. Son aquellos para quienes el bautismo no fue más de un pretexto para un paseo festivo, y los demás sacramentos, si por ventura los han recibido, ocasiones de un poco de juerga y de tributo a los mayores. Cristianos en los registros, paganos en sus pensamientos.

Son los que ignoran o proceden como si ignorasen la diferencia entre el bien y el mal; los que para enriquecer o para lucrarse no reparan en modos ni en sus jolgorios reconocen límites; los que, transfiriendo todos los intereses al cuerpo, apacientan el espíritu con lo que el cuerpo rechaza:

con los desechos. Al frenesí del goce no le sirven de barreras ni la decencia ni la amistad. No ven en la mujer un alma, sino un instrumento para divertirse, y esto logrado ponen los pies en polvorosa, burlándose de la propia deslealtad, de los padres hundidos, de los maridos traicionados, de los amigos afrentados. ¿Qué importa el honor, el porvenir de una doncella, cuya fascinación está precisamente en su virginidad y en su mo- destia? Hay quien reduce las preocupaciones de la existencia a la carrera, a las mujeres y bien vivir, sin preguntarse jamás si el hombre no habrá sido creado para cosa más seria.

Estos paganos desprovistos de moral, son engañosos en los negocios, explotadores con el prójimo, idólatras consigo mismos. De entre ellos salieron aquellos capitalistas que metódicamente han ido acumulando moneda, defraudando y destrozando incontables cuerpos humanos, fríamente mirados como bestias de excavación o de transporte. Amos de minas, de plantaciones, de oficinas, de talleres, de haciendas, se han enriquecido materialmente a fuerza de condenar a prolongada agonía o de explotar sin entrañas el hambre de millones de seres anónimos; ofreciendo el sarcástico espectáculo de sus rostros mofletudos, de sus mancebas enjoyadas ante los extenuados mozos y las enflaquecidas mujeres. Y luego, como en Méjico, han expoliado a sus víctimas hasta de las iglesias, hasta de los sacerdotes, hasta del abrigo de las cosas sagradas. Capitanes de aventura, que han saqueado las campiñas trabajadas con ruda fatiga de largos meses, único recurso de millares de familias desvalidas. Feudatarios que han traficado con tierras y almas por una partida de caza, o han tronchado inocentes cuerpos temblorosos por un capricho. Tiranos que han

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confiscado y deportado por el antojo de una concubina inhumana o por la satisfacción de la propia crueldad que apetecía, en su furor, desmembramientos de cuerpos, aullidos de dolor y gemidos de hambre. Obispos y sacerdotes simoníacos, impuestos por poderes extraños, que administraban las cosas sagradas sin un solo pensamiento para lo divino, violando los sagrados preceptos cuyas fórmulas quizá repetían salmodiando con sus bocas adúlteras. Usureros que han despojado al aldeano hasta de la despedazada camisa quedando sus hijos desnudos. Cuantos han estuprado o mal traficado; cuantos han cerrado su corazón a la solidaridad y a la caridad; cuantos han sacrificado al débil, al huérfano o a la viuda o han abusado de la amistad; cuantos se han valido de las cosas más santas, de la religión, de la patria, de la familia, para encubrir rapiñas, sordideces y venganzas; cuantos en misión de hacer justicia, han hollado a los buenos, violentando las conciencias o sirviéndose de su función para personales logros; todos aquellos en suma que sin arrepentimiento han violado la ley religiosa, natural y moral: todos éstos, integran la mala casta de los pseudocristianos, que deberán rendir una cuenta harto más dura que los mismos idólatras ignorantes del cristianismo y que los mismos caníbales ignorantes de la civilización.

Mayor es todavía su responsabilidad cuando exhiben su cinismo y sus obras, para alimento de los otros, difundiéndolas en revistas y libros que corrompen y agotan la fuerza física y moral del pueblo, con una literatura que con más o menos descaro señala como meta de aspiración el prostíbulo, promoviendo la anarquía moral en los jóvenes. Porque tales producciones penetran por las más sutiles comisuras en las estancias de las doncellas y de los jovenzuelos, en casas honorables, en los hoteles, en los centros sociales, y, corrosivas como son, desvigorizan poco a poco el nervio de la voluntad, del sacrificio, de la honestidad; asfixian los entendimientos con su una frivolidad idiotizante; destruyen los principios en los que se fundamenta y se nutre una sociedad. Son los vendedores de opio en forma de poesía, de novelas y cuentuchos, con menos riesgo y más ganancia que los otros expendedores de estupefacientes.

Vampiros de la bolsa ajena, que transforman las inmundicias en dinero con una alquimia de fantasías putrefactas y trabajan el estiércol con la pluma y con el pincel; que se mofan de la fidelidad conyugal, de la vir- ginidad, de la religión, y presentan como modelo sus bajezas.

Al lado de éstos están los psudofilósofos, profesores de filosofía y de otras disciplinas, también bautizados, que se mueven al margen de las

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fortificaciones de la ética cristiana, si es que no las combaten. Discurren sobre la moral como si el cristianismo no tuviera ni voz ni voto en la materia, o con la petulante pretensión de suplantar los principios de Cristo por los que toman nombre de uno de tantos apellidos como desfilan por el recinto universitario a la manera de cabezas de turco en los barracones de playa: se suceden unos a otros y llegados al centro, los derriba un golpe o los empuja el títere siguiente.

Estos son los que, acompañando a su orgullo un mediano éxito, vociferan la antinomia entre ciencia y fe y se pasan al bando de los anticristianos, en el cual situados, aunque no dejan de tributar sus zalamerías a la fe de los abuelos, se ponen en lugar de Cristo y se hacen pregoneros de un nuevo orden: anuncian un nuevo dios, tantos dioses como pregoneros, tantos dioses como creyentes, restableciendo el más ridículo, el más caótico politeísmo, no atemperado siquiera por la socarrona incredulidad de los antiguos, sino exasperado por un fanatismo de especuladores.

Hubo un tiempo en que los anticristianos se reclutaban de las otras religiones: y en cierto modo les excusaban su ignorancia. Puede admitirse, a falta de razón por dar gusto a los tardíos apologistas de los persegui- dores, que el sentimental Marco Aurelio procediera de buena fe al dar muerte a los mejores ciudadanos para la salud del imperio, y después de todo, estaban frente a frente dos concepciones integrales irreductibles, y el emperador defendía la suya. Pero más tarde los secuaces de Nerón se alistaron de entre los mismos cristianos: renegados que repitieron con los hermanos, la hazaña de Judas, salvo el ahorcarse como él hizo.

* * *

En contraste con un Calles, surge una Teresa de Jesús; y su encantadora sencillez echa por tierra el repugnante engreimiento de un Combes. Millones de almas leen sus escritos, cuando, a la vuelta de unos años, apenas si algún estudioso examinará la asfixiante prosa de los anti- clericales mejicanos y españoles y los aparatosos ensayos de los teorizantes anticristianos de Prusia; como sólo algunos estudiosos, por serles obligado, deshojan hoy los escritos de los diversos Waldeck- Rousseau, depredadores de la libertad y de la propiedad ajena en nombre de la libertad y de la fraternidad terciadas con la igualdad.

Los petroleros que en Méjico expolian la propiedad de la Iglesia, han

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ocasionado una nueva floración de mártires en aquellas lejanas tierras. Por ellos, el cristianismo tendrá también en la América latina los testimonios recientes que tuvo la Europa en los comienzos de la fe. Y los espadachines teutónicos que, servidos por gravísimos profesores, han creído salvar los derechos de la raza conculcando por mil maneras los de la Iglesia, dando muerte a sus representantes, no han hecho otra cosa que proporcionar a las tierras de la Reforma un nuevo bautismo de martirio.

Idéntico resultado obtienen los perseguidores de Rusia, ateos —y por ende, diría Tertuliano—, violadores de la libertad religiosa. Pero en el otro mundo nos veremos. El hecho de que no crean no les librará del forzoso comparecimiento; y la divina justicia les recompensará con una Siberia y con unas islas Marianas donde el frío y el calor los tendrán sin fin. El calvinista Monod, dirá que esto es paganismo: en realidad, el primero en amenazar con la Gehena fue ¡Jesús!

* * *

Caín se potenció en Judas: el uno dio muerte al hermano, el otro la procuró a Dios. Del hermano a Dios no es corto el camino, pero es recto.

La maldición de ellos nos acompaña y pende sobre nosotros como una sombra. Caminamos penando, y a punto de dominar la cima se perfila sobre las rocas del sendero la carcajada del traidor, desde el borde de una hoya: da un empellón y nos arroja a la hendedura y se ríe de nuestra desgracia. Es la condena adjunta al pecado original; y es nuestra expiación. Dura sin fin. Finaliza con la muerte.

Judas se sienta a tu mesa, bebe tu sonrisa, te cubre de besos, te lisonjea y adula; es amigo de los tuyos, conoce los secretos de tu familia,

te acompaña a la Iglesia, te ofrece el agua bendita, te acompaña de nuevo a

casa, te escribe “hermano” precipita en la sima.

...

Mas cambiada la fortuna, da el empellón y te

Tú le habías alimentado, calzado, refugiado; él te envenena la mesa, te despoja cínicamente, te lanza de la casa que es tuya: delator, flagelador, es acusador como Satanás, de quien es ministro, porque tiene hambre de tu reputación y sed de tus lágrimas y de las lágrimas de los tuyos ...

Tenía un semblante dulzón; te sonreía y te halagaba. En la hora de infortunio se yergue contra ti, con mirada de odio y de codicia. Parecía desprendido, y descubre un hormiguero de apetitos; parecía humilde, y se encoleriza con orgullo satánico; parecía manso, y se hincha de desprecio;

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se te arrodillaba cuando estabas en pie, y te pisotea ahora que te ve en tierra; sumiso cuando servía, petulante ahora que manda.

Te roba la mujer ante la cual se arrastraba reverente; te envenenan los hijos, en cuyas inocentes pupilas alabó tus méritos. Cuando la desgracia se abate sobre ti y le pides ayuda, no encontrarás en él más que a Judas. Si el mundo te persigue, enseña la oculta senda al enemigo para que se te meta en tu casa y te destruya.

El cristiano tropieza siempre al doblar la esquina con el falso amigo que le acomete, pero le es forzoso levantarse y reanudar la marcha.

Es un nunca acabar, hasta que a Dios place.

Judas tiene mil caras, mil nombres, incontables resortes, Dispone de pasaportes hábilmente falsificados y de autorizadas recomendaciones. Es cristiano, más, apóstol: uno de los Doce; tiene la caja de la comunidad; y siendo tal, puede ser a la vez propagandista de ideales. Hace dinero hasta de la liturgia, hasta de los sacramentos, hasta del mismísimo Cuerpo de Cristo. Es hipócrita hasta el punto de encubrir la traición en un caso de conciencia, en un servicio a la causa del bien, en un entretenimiento poético, en una disquisición teológica. Puede revender la Iglesia, haciéndose el santurrón. Está dispuesto a desertar, a cambia de bandera, ante los ataques audaces de los hijos de Satanás.

El reino

de

la

tierra

está sujeto

a los Caínes y a los Iscariotes,

entrometidos en la familia humana. Judas, consciente de su fuerza, asegurado en una tradición milenaria de éxitos y de intentonas, se adiestra y refina con la cultura, con la política y con la ciencia: es el teólogo que hace fácil el cristianismo aligerándolo del dogma y de la moral; es el mi-

nistro que despoja a la Iglesia para que no pueda cumplir su misión.

Mas los cristianos que no quieran pasar por juglares, poseen, aun en medio de los despojos, las estafas y los rechazos, los medios para vencer, y para rehusar con firmeza la adoración del ídolo. Judas podrá echarlos a la calle, pero nunca tocar sus almas, mientras ellos no quieren.

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LA MADRE

Otra originalidad de Jesucristo fue el reunir a todos los cristianos, muertos, vivos y venideros, en un cuerpo social, vivo, humano y divino.

No faltaban sociedades religiosas en el Imperio romano, las cuales tenían por fin dar culto a diversas deidades, celebrar banquetes, y, más comúnmente juntar y administrar ahorros para proveer a los socios de una tumba. Y ahí terminaba el deber religioso: en unos ritos, en unos platos y en un nicho. Fuera del culto y fuera del festín, los miembros volvían a ser del todo independientes en sus relaciones mutuas. En cambio el deber religioso de los cristianos no terminaba allí: allí comenzaba. Estaban vitalmente ligados unos a otros dentro y fuera del templo, en las horas todas del día, en todo lugar y condición; y era la sociabilidad suya absorbente y universal. Nacía del Eterno y se arqueaba, a manera de puente, sobre el más remoto futuro.

De ahí derivó un organismo de nueva estructura, que se llamó, con vocablo renovado por la democracia ateniense, Ecclesia, Iglesia.

Cristo había dicho que la construía sobre la piedra. De dar oídos a cierta crítica, Él habría edificado sobre la piedra un castillo en el aire, una sociedad invisible: habría escogido la piedra para base de sombras ...

Dicen también que la Iglesia no la edificó Cristo, sino los apóstoles, para compensarse del fallido reino escatológico. —¡Mas el reino de los cielos está ya dentro de vosotros!— dijo Él, a los que esperaban un Mesías triunfador que los librase del yogo romano. Pero para que se realizase ya en la tierra, rogó hasta en la última tarde que sus seguidores permaneciesen siempre unidos, como sarmientos a la vid, formando cuerpo con El, y, por El, con el Padre. Una pequeña sociedad le acompañaba ya en vida: los Doce, los Setenta y dos, las piadosas mujeres. Con su muerte no se dispersaron los miembros, sino que, fieles a su enseñanza, se reunieron en el piso superior de una casa, haciendo vida en tal modo común que podría parecer comunista. Sólo que su autoridad directiva fue ejercida por Pedro (“Simón y los que estaban con él”, dicen los sinópticos), y su presencia estaba garantizada por la de su Madre.

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Pedro y María.

Para deshacer la iglesia o para volatilizarla, como ha sucedido fuera del catolicismo, ha sido preciso quitar del medio a María y a Pedro: Dos factores esenciales.

El escritor protestante Jungnickel, observaba en el año 1919 con ternura y perspicacia impresionantes: “La Iglesia evangélica muere de frío; necesita una Madre, María; ella puede recalentarla.”

Y Lortzing, otro pastor protestante, coleccionaba un volumen de testimonios acatólicos en favor del culto a María. En 1934 se readmitía con timidez su nombre en la colección de himnos metodistas americanos; y el calvinista francés Suyol, a propósito de Lourdes, indicaba a las igle- sias reformadas si no era llegada la hora de reexaminar su posición acerca del dogma de la maternidad de María. Y no eran voces aisladas.

Renace el deseo de la Madre; sobre todo en una hora grave como la presente que con mayor intensidad nos hace sentir nuestra condición de huérfanos. No es la Iglesia un club moderno. Es una casa, una familia; y si tenemos al Padre, necesitamos también a la Madre. De lo contrario, es fría, como un albergue.

La presencia de María en la Iglesia es fuente de consuelo para todos los cristianos, pues provienen del corazón de una Madre Inmaculada, tan pura y tan bella.

Pero donde mora la Madre, no se entra cargado de odio: es preciso dejarlo al umbral, y abandonarse, aligerados, a sus maternas caricias. El camino del cristiano es largo y escabroso, y se va adelante, tropezando y gimiendo; dominados por el cansancio, no tenemos otro reposo que la casa de Dios, donde esta doncella, soñada por los profetas, preparada ab aeterno en el divino consejo, solicitada por la confusa expectación de las gentes, hace para todos de madre, y acoge en su seno a todos los desilu- sionados, a todos los crucificados en sus afectos, como lo hizo con su Hijo sin mancha.

María: basta pronunciar su nombre en su cristalina transparencia para que se sofoque la cólera, para que cese toda contienda.

Toda la poesía acumulada por los profetas de la antigua alianza y por los poetas de la nueva ha captado apenas una pequeña parte de la belleza que en sí Ella atesora. Dos mil años viene María repartiendo dulzura, alegría y consuelo entre sus hijos los cristianos. En la férrea edad media, donde abundaban las guerras y las rapiñas, su presencia ablandó

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paulatinamente la dureza de las almas, haciendo florecer el arte y la poesía inspirados por su espiritual belleza, y despertando, en sí misma, el aprecio por la mujer. En la época actual, su bondad, su abandono en Dios y su pureza inmaculada —cuya afirmación dogmática ha sido recientemente definida en este siglo materialista— abaten nuestro orgullo atiborrado de cultura y de egoísmo, y nos invitan a ser sencillos y a vivir en familia.

Desde hace dos mil años, millones de almas cotidianamente la invocan, una, diez, ciento cincuenta veces cada una, con la salutación del arcángel; y a cada invocación se acercan a Ella, pero sin nunca alcanzarla; así como nunca la alcanza, próxima como está y alejada, ninguna representación artística. Su hermosura sobrepasa, sin parangón posible, cuantos tipos de belleza han fantaseado pintores y poetas: y sus efigies no la llegan, por más que se aproximen, como los cálculos matemáticos no llegan a la medición perfecta de la esfera. Con todo, este incansable anhelo de fijar su inexpresable belleza, es una manera de plegaria, y eleva los espíritus.

Los viejos adalides de la fe nueva se les inflamaba el corazón y prorrumpían en acentos de ternura defendiendo el honor de esta proletaria divinamente privilegiada con una maternidad virgen; y los guerreros, supervivientes de reñidas campañas, le llevaban al altar el humilde homenaje de su ofrecimiento votivo y de un corazón contrito. De hinojos ante Ella, virgen, humilde, se suavizaban sus crudezas y tosquedades.

La piedad del pueblo artesano la erigió estupendas basílicas y puso bajo su protección las jóvenes repúblicas, por Ella fortalecidas. En las curvas de los caminos peligrosos, sobre las intransitables cimas, en las encrucijadas de los senderos solitarios, bajo las arcadas de los antiguos acueductos, le erigió el pueblo agrícola un pequeño altar o encajó en el muro, sobre el césped y entre flores, su imagen sagrada, y la veneró madre virgen, en la alegría del hogar y en el dolor de la Pasión. Aquel rostro sonriente o aquella mirada dolorida de mujer modera la dureza del hombre y le suscita en su corazón anhelos de perdonar y sentimientos de volver al hogar; por muy solo que uno se encuentre, basta la imagen de la Virgen, aunque sea en una senda de montaña o en un camino aspero y tortuoso, para sentirse acompañado y recobrar la alegría de vivir.

Ella acude a todas las desventuras, invocada en todas las dificultades de la vida, como madre. Las pobres mujeres del pueblo no tienen con demasiada frecuencia a quien confiar, fuera de Ella, su penar sin tregua, y de Ella, y del ejemplo de aquel que a Ella le dio, reciben fuerza vigorosa

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para seguir adelante, para criar cinco y diez hijos, para trabajar en las faenas del campo bajo la lluvia, la nieve y el sol, para soportar carestías, sequías y enfermedades. Su nombre, su recuerdo, las levanta del suelo donde, agobiadas, se doblegan bajo haces de leña o de heno; no tienen otro aliento.

Es la más cercana: con un acercamiento real y constantemente experimentado por quien la invoca, desde hace dos mil años: por eso es implorada y honrada sobre toda criatura; y también por eso la más fácilmente maldecida por la ingratitud del hombre, en los momentos de embrutecimiento satánico.

Odiada hasta por reacción al beneficio recibido, por la pureza que Ella refleja, por la fascinadora bondad con que envuelve el mundo. Los más fanáticos escribas talmúdicos de los primeros siglos, no le perdonaron el haber concluido con el nacimiento de Jesús el tiempo de la ley y agotado su misión de glosadores. Tentaron de infamarla en lo que, en Ella, virgen de Israel, era el más bello tesoro: la pureza. Pero el delito, estampado en algunos fragmentos de la Mishna, fue compensado por la conciencia cristiana que reconoció en Ella la más perfecta criatura salida de las manos de Dios, y vio en su vida la más tersa expresión de candor, pureza y humildad. Pero una humildad que agradó a Dios en tanto grado, que quiso colmarla con su mismo poder y destinarla a la más alta misión que jamás fue dada y jamás se dará a una criatura: la generación humana de su Hijo. Y Ella, recogiendo desde entonces las aspiraciones de los pueblos que habían precedido y que debían seguir a la Epifanía de Cristo, anunció, con la emoción de una doncella inspirada por el Espíritu Divino, el triunfo de la humildad inerme sobre la altanería e hinchazón de las armas, identificándose con la potencia de Dios que abate a los soberbios y exalta a los humildes.

Aquel su canto del Magnificat compensa y asegura a todas las generaciones de atribulados y de anónimos, con la exaltación de una jubilosa e inexorable revolución, que invertirá los términos de las categorías sociales. Y por esta causa, aquellos versos entonados por la joven nazarena en el umbral de una casa proletaria, hacían enfurecer a todos los impíos y volterianos.

Las ráfagas de niebla pasan, y la serenidad de la Virgen vuelve a sonreír hasta sobre las almas más endurecidas.

No

es raro,

aun entre

los acatólicos,

el juzgar

que

si

Jesús

es

el

Cristo, María no podía dejar de ser la Virgen Madre de Dios, digna de

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veneración, por redundancia de la adoración dada al Hijo, como exige el mismo orden natural de las cosas. Los sectores más íntegros de las iglesias protestantes, las cuales hablan repudiado el culto a María amañando el vocablo ofensivo de Mariolatría, han vuelto a él tímidamente, reponiendo su imagen en sus templos, o, si esto no pudieron, restableciéndola en sus casas. Y aun esta nueva alegría obtenida en la fría desnudez de su fe por el hechizo de la Virgen les hará quizá gratos a la Iglesia que siempre se dejó prender de este embeleso y que en las horas sombrías y trágicas de la historia —pestes, guerras, invasiones, aluviones—, condujo siempre los pueblos a Ella, dada a todos por Madre.

Esta veneración no tiene, en el pensamiento de la Iglesia, el alcance de una substitución o de una substracción del honor debido a Dios, temida tan sólo por quien finge en Dios un déspota celoso, un dueño exclusivista, que estima menguado su honor por el que se tributa a sus familiares. Fue Dios el que, más que todos los santos, honró a esta mujer e hizo de Ella manantial de alegría para los querubines en el cielo y para los hombres en la tierra, dispensadora de gracias, cual mediadora, por aquella su condición de criatura encumbrada a los confines de la Divinidad por la Humildad.

Hay una plegaría a Ella señaladamente grata, la cual rememora en su honor un ciclo de misterios de la vida de Jesús: el rosario. Mas como esta práctica es sencilla y accesible a todos y extendida especialmente entre al- deanos y mujeres del hogar, la mentalidad impregnada de prejuicios sociales y saturada de los sabidos brebajes volterianos —aquella gran retórica de la mediocridad irracional que se llamó anticlericalismo racionalista—, aun aceptando en parte las prácticas cristianas, desdeñó esta manera de plegaria como propia de mujerzuelas y de rústicos, y vio en el rosario un singo de incultura religiosa.

Pero ese rosario que ase en su mano el hijo del pueblo, le restituye la serenidad en las horas cansadas y ardientes de la tarde, en las horas aciagas de la vida, y le reanima para esperar en el mañana y para reanudar la tarea; esa ruda sarta de perlas de cuatro cuartos, infunde corrientes de vida sobrenatural en las almas oprimidas por la fatiga de la lucha y de las miserias de la vida.

En manos de una doncella, robustece y aviva su pureza; en manos del hombre de acción, infunde en su corazón —hinchado tal vez de cierta vanidad— la humildad y las ansias de santidad a través de los pequeños detalles; en manos del hombre de estudio, repleto de glosas y de teorías, aclara las ideas e esclarece lo fundamental de lo accesorio. Este pobre

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rosario, en todo caso, nos reincorporas

al

pueblo,

del cual todos

provenimos —o vilmente huimos—, llevándonos a tomar asiento cerca de la gente humilde, librándonos del peso de soberbia y de la cicatería de casta.

Entrelazado en las manos del difunto, comunica también a los vivos

la esperanza volver a eternidad.

encontrarnos en la casa del Padre,

por toda la

Porque el cristiano se encomienda a Ella durante toda la vida, pero particularmente en aquella hora, tremenda hora del tránsito, cuando todo lo humano nos huye, dejándonos solos e impotentes ante el negro misterio de la muerte; y entonces, como chiquitos aterrorizados, para afrontar la negrura y el frío, demandamos la mano tierna y acogedora de la Madre:

nosotros que gracias a una madre vinimos al mundo. Y pedimos que en la muerte, nos reengendre Ella a la segunda vida.

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EL PAPA

Pedro es el Papa, el cual, en nombre de Cristo, dirige la Iglesia.

No se concibe la Iglesia sin Papa, como no se concibe un cuerpo sin cabeza y una sociedad sin jefe. Dicen que el jefe es Cristo, y basta. Ciertamente. Pero en su visible ausencia, alguien deberá hacer sus veces. Quitad a este alguien, y en lugar de una tendréis ciento, trescientas iglesias, cuyo solo número —por decirlo con los pancristianos— constituye la traición viviente del cristianismo, que es uno y único, como uno es Cristo y uno es Dios.

Ningún Estado se rige con veinte, ciento, mil autoridades autónomas. El pueblo de Israel alcanzó un período de poderío y gloria cuando abolió los jefes de tribu y se dio un rey; comenzó a decaer al dividirse en dos rei- nos, fácil presa de sus enemigos. En Roma había dos cónsules: pero en períodos de gravedad gobernaban un día cada uno; y cuando el Estado se dilató, se impuso la monarquía por exigencia de vida.

En cuanto la pequeña comunidad jerosolimitana comenzó a vivir, comenzó el Sanedrín a maquinar contra su vida. ¿Cómo? Arrestando, para darle muerte, en primer lugar a Pedro, después a los demás apóstoles. Y lo- gró matar algunos; pero Pedro se les escapó repetidas veces de entre las manos. Gamaliel se levantó en el Sanedrín para pronunciar una grave sentencia, recomendable a los sanedritas rusos, arios y mejicanos: —No persigáis a esta gente; si la suya es obra de hombres, perecerá, como todas perecen; si es obra de Dios, permanecerá.

Y permaneció.

Desde entonces el primer blanco de los ataques contra la Iglesia, por ser el más alto, es Pedro, o sea, el Papa. Ni hay hombre sobre la tierra que sea objeto de mayor amor ni de mayor odio. Santa Catalina de Sena le llamó “dulce Cristo de la tierra”. Una profusa literatura anglo-sajona se revolvió como en remolino, en torno al tema del Anticristo. Lutero, abrasado en sus entrañas de antipapismo, repitió hasta el fin aquella su amenaza ebria de odio: “Pestis eram vivus, moriens ero mora tua, Papa”

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(Mientras vivía era tu peste, al morir seré tu muerte, Papa). Bastaba pronunciar su nombre para suscitar peregrinaciones y cruzadas; bastaba el grito de “No Popery” para desencadenar tormentas de persecuciones contra los católicos. Aun después de las investigaciones arqueológicas y de las concesiones de tantos estudiosos protestantes, muchos entre ellos siguen negando impertérritos el apostolado y martirio de Pedro en Roma, no por odio a él, sino por el que tienen a la serie de sus sucesores, del cual se nutren como de licor excitante y estupefaciente.

Por los tiempos en que yo era muchacho, cualquier mequetrefe se creía en deber de escupirle encima: como a Jesús de Nazareth; patriotas furibundos, que salvaban semanalmente la patria denunciando hasta enron- quecer los maleficios de los pontífices contra Italia y la civilización, persuadían al enardecido auditorio de la inminente catástrofe del Papado, vergüenza —decían— sin nombre. “Es necesario que perezca uno para salvación del pueblo”, declaraban los jefes israelitas; y es necesidad siempre urgente, de opinar como los rabinos de los modernos fariseos.

En Italia la conjura está desbaratada, quedando reducida a los estrechos márgenes del anticlericalismo alimentado por el espurio protestantismo local, desde que la guerra estalló también con fuerza sobre los estrados de la demagogia anticlerical, y todos los tribunos clerófobos cayeron con su retórica sobre túmulos de heno. No faltan, sin embargo, biliosos denunciadores del papado en las crónicas internacionales, de Moscú y de Londres, donde el decano de San Pablo, no sabiendo que más decir contra el Papa, le censura de ser un cura “italiano” sacando a colación la raza donde no hay griego ni judío ...

Para compensación, en Sidney millares de cristianos, y hasta de no cristianos, sienten cotidianamente la necesidad de acudir a Roma para prestar homenaje al Pontífice, en quien reconocen una paternidad y una autoridad, de la cual se benefician o desearían beneficiarse.

Tiene, pues, el primado de honor ante Dios,

y de injuria

ante los

hombres, siendo éste, prueba y confirmación de aquél. Le acaeció otro

tanto a Cristo.

Cuando se obscurecen los límites de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal, surge el Papa, y su misma persona hace de signo vivo de discriminación. La lucha por el ateísmo impulsada por Moscú y la lucha por el amoralismo impulsada por las metrópolis de América y de Europa tienen por primer blanco y punto de referencia al Papa: él es el obstáculo. Derribarlo equivale a derribar la Iglesia por su vértice. Quitad al Papa, y en

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la sociedad perfecta, que guarda inalterado el depósito de Cristo con las tradiciones de los Apóstoles, se introducirá desde el techo con estrépito la anarquía. Derrocad al conductor, y se desbandará la Iglesia militante, fraccionándose en compañías oportunistas entregadas al bandidaje.

Los mayores admiradores del Papado deberían registrarse entre los que niegan su institución divina, esto es, el origen divino de la Iglesia misma; porque éstos, mas que nadie, deberían apreciar las ventajas, al menos sociales y morales de una dinastía, la cual, siendo electiva y estando integrada por soberanos diversos en origen, casta y educación, logró mantener viva, desarrollar y robustecer una sociedad compleja e inmensa, al tiempo en que todas las demás instituciones sucesivamente se desfiguraban y las demás dinastías gradualmente se extinguían, promoviendo la unidad y la continuidad con su beneficiosa influencia hacia un ideal de perfección en medio de conmociones de todo orden.

En el cristiano consecuente está limitada esta admiración por la persuasión del poder divino que a los papas asiste, por el cual no puede la Iglesia perecer. Puede ocurrir que los papas caminen errantes de ciudad en ciudad, y no hallen sitio donde celebrar un conclave, o que los partidos traten con las armas o con el dinero de adjudicar la tiara a un encubridor, y puede acaecer que para concluir un conclave sea preciso desmontar la te- chumbre y aun que resulte un papa nepotista, un Alejandro VI por ejemplo. Pero, ¿a qué obedece que a pesar del daño causado por estos perniciosos apóstoles la Iglesia no muere?

La Iglesia no murió cuando estaba compuesta por una centena de discípulos y de doce apóstoles; uno traicionó a Cristo: no se podrá decir que de cada doce papas uno traiciona a la Iglesia.

Más bien, el que no es consecuente debería admirar al papado teniendo en cuenta estas heridas, pues siendo bastantes para matar cualquier otro organismo no han impedido en cambio un acrecentamiento de poder y de estimación en el primer cristiano.

Y Alejandro Borja

Cuando pretenden desvirtuar la admiración por

... el pontificado romano, nos echan en rostro, como una insidia, el nombre de este linajudo español, ligado a la corrupción de su siglo. Un escritor in- glés ha intentado reconstruir de él una biografía decente hasta hacerlo un padre ejemplar y un honrado sacerdote. Bien puede ser que la leyenda, recargada por el anticlericalismo, que ha sido ante todo una forma de grosera adulteración histórica, haya exagerado el colorido al pintarnos su retrato; mas a mí, a decir verdad, no me produce ni frío ni calor el que

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haya sido un canalla, digno padre de sus hijos: para mí su caso confirma que también los papas son hombres —cosa sabida aunque se olvide— y como hombres sujetos a todas las humanas flaquezas y fragilidades (homo sum, como el que viene detrás); pero su caso —que, como es claro, escandaliza tanto precisamente por ser excepcional en la larga serie de pontífices— confirma la regla; y confirma a la vez que la Iglesia posee tal santidad intrínseca, divina, que enmienda sin morir, hasta los ponzoñas Borja.

Un cristiano que se encara con el Papa y condena su proceder, o, lo que es peor, toma de ahí pretexto para rebelarse contra la Iglesia, es un inconsciente: porque el Papa no es tan sólo el jefe de una familia a la cual como miembro vivo pertenece todo cristiano, sino que, más o menos, es la más fiel representación de esta familia. Una cristiandad buena produce un clero excelente y por ende óptimos obispos y óptimos papas; una cris- tiandad túrbida produce los papas de Marozia 15 ; y una cristiandad

15 Marozia (892–955), noble romana. Fue una de las mujeres más influyentes de su época desde que, en 907, se convirtió en la amante del papa Sergio III y pasó a dominar la política papal durante un periodo de unos veinticinco años. En dicho periodo influyó en la elección de hasta seis papas y ordenó la muerte de algunos de ellos.

Marozia contrajo matrimonio en tres ocasiones con altos personajes de la nobleza. Su primer marido, Alberico I el Mayor, marqués de Camerino y duque de Spleto, la desposó en el año 909 cuando estaba embarazada de la relación que mantenía con el papa Sergio III. El hijo que nacería en 910 fue legitimado por Alberico y se convertiría en el futuro papa Juan XI. De este primer matrimonio nacería, hacía el 912 Alberico II que jugará un papel protagonista en la futura caída de su madre.

En 924, Marozia y Alberico I intentan hacerse con el poder absoluto de Roma y se enfrentan a Juan X pero fracasan y Alberico es asesinado. Marozia se encuentra entonces en una situación de debilidad que resuelve casándose con el marqués Guido de Toscana, de cuya unión nacería Berta de Lucca (mujer de Estéfano, emperador bizantino). En ese mismo año, el trono de Italia quedó vacante al fallecer Berenguer I. La elección de su sucesor provocó un nuevo enfrentamiento entre Marozia y el papa Juan X, ya que mientras el papa apoyaba como candidato al trono a Hugo de Borgoña, Marozia prestó su apoyo a Hugo de Arlés, hermanastro de su segundo marido.

El enfrentamiento se resolvió esta vez a favor de Marozia y de su marido Guido, el cual se dirigió a Roma al frente de un ejército y tras deponer al papa lo encarceló hasta su muerte. En 929 fallece Guido de Toscana y Marozia decide casarse con su cuñado, el hermanastro de su difunto marido y rey de Italia, Hugo de Arlés, para lo cual deben anular el matrimonio de Hugo ya que éste se encontraba casado.

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corrompida produce, de su matriz de lascivias y sangre, un Borja, máximo exponente de un clero que suministró los más entusiastas colaboradores al desastre de la Reforma, y de un laicado, que en política se desligaba de la fe, en literatura se inspiraba en Ovidio, en la conducta se repaganizaba con frivolidades y crímenes.

Por otra parte la Iglesia —organismo joven y puro—se restablece prontamente de un papa mediano con dos excelentes. De la misma familia Borja, no tardó en dotarse de un gran santo, mucho más edificante, paran- gonado con su antepasado, que éste escandaloso.

Pero el parangón se establece sin salir de la línea de los papas mismos, esto es, de los hombres más expuestos que ningún otro al vértigo de la vanidad y del poder en aquel vértice de honor: porque si se confronta el número de los nepotistas y de los otros de no muy santo proceder con el de los noventa papas canonizados y el de los otros de santa o al menos honesta vida, se encuentra que ninguna dinastía, ninguna sucesión de presidentes aun de republiquillas sin suficiente prestancia para motivar engreimientos, puede ostentar un balance tan imponente de personas respetables.

En veinte siglos, a veces con papas perversos, no hay uno entre ellos que haya incurrido en herejía: los obispos de Roma han rectificado heterodoxias incontables; jamás las han suscitado.

El Papa

es Padre, pero

como jefe

de

una sociedad es

también

legislador y ejecutor: ejercita por consiguiente la sanción.

Sólo que, por otra característica que no ofrece ninguna otra grande sociedad, leyes y sanciones son de orden espiritual, sin policías y sin prisiones. Y por este carácter, puede haber almas rastreras que le rehúsen la obediencia, acostumbradas a confundir la adhesión con el miedo, la ley con las argollas; pero en cambio y precisamente por este carácter, numerosas almas aceptan su jurisdicción, que obra el milagro de un organismo armonizado por la fuerza impalpable del amor. Los mismos que

La anulación matrimonial la consiguió fácilmente ya que el papa que entonces regía la Iglesia era Juan XI, el propio hijo de Marozia.

El nuevo matrimonio se celebra en 932 y provocó la rebelión del otro hijo de Marozia, Alberico II el Joven, el cual expulsó de Roma a su nuevo padrastro, tomó el poder y mandó encarcelar, en el castillo de San Angelo, a su madre y a su hermanastro el papa Juan XI. En dicha prisión permanecerá hasta la muerte, en 954, de Alberico II de donde fue trasladada a un convento donde falleció en 955. (N. del E.)

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dan del Papado la explicación simplista de que se trata de una prolongación de la autoridad imperial romana, no podrán negar que se trata de una prolongación anormal en gran manera, pues se opone en principio y en hecho a la idea de la autoridad imperial, inseparable del ejercicio de la espada, y lo que es más, simbolizada por la espada. Un emperador sin armas es un contrasentido; un papa con armas un contrasentido también. Así, pues, más que de una prolongación, debieran hablar de una oposición, aun cuando en algunas formas exteriores vistiera el hábito del tiempo, que era de estilo romano. Ya sé que en algunas ocasiones, el Papa, convertido en jefe de un Estado, o mejor dicho, obligado a defender la vida de la Italia inerme, hizo también uso de las armas: pero fueron las circunstancias históricas las que le indujeron a una función extraña, para evitar a la Península abandonada y explotada por emperadores de Oriente y Occidente, o al Lacio infestado de malhechores y bandidos, los desastres del saqueo, del hambre y de la guerra. En otras circunstancias, llamó a las armas a Europa, para alejar de sus confines a la Medialuna. Y por lo demás, como autoridad temporal, fueron siempre muy modestas sus fuerzas, pues en la época de mayores apariencias, no logró conjurar el sa- queo de Roma.

* * *

Mas el Papado —añade cierta crítica de las fuentes—es de origen humano y representa la usurpación de los obispos de Roma en perjuicio de los demás obispos.

Quisiera yo por un momento pasar por alto el Evangelio y la historia y admitir esta aserción, para poder preguntar: —¿Y qué mal se sigue? De usurpación nacieron excelentes monarquías y gobiernos, con frecuencia los mejores: ¿qué inconveniente se nos seguiría de que la autoridad papal fuese fruto de usurpación dado caso que ella asegura la unidad de la Iglesia, impidiendo un desmembramiento que sería inevitable desde el punto y hora en que los obispos particulares quedasen desvinculados de un centro único de inspiración y disciplina? Sin Papa tendríamos tantas iglesucas cuantos obispos: no la Iglesia universal de Cristo, sino las denominaciones parciales de Ticio y Cayo: un monstruo de mil cabezas.

Pero no es así. Newman, en su ardorosa juventud y primera madurez, pretendió indagar en la historia los títulos de la usurpación papal y de los abusos romanos; mas como indagaba sinceramente la verdad, los encontró donde estaban: en el césaropapismo, en las religiones reformadas, entre los

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herejes e innovadores que se habían atribuído una función directiva en la Iglesia sin haber recibido la investidura de quien la puede dar. No se

demuestra que Jesús llamase a Focio, o a Lutero, o a Wesley, o a la misma

Mrs. McPherson y les dijese: —Tú eres Focio y sobre esta

...

(¿qué?)

edificaré mi Iglesia—. Las iglesias disidentes llevan su condena en el origen mismo de su disensión: en su origen hay un hombre, no está Jesús; y no puede el arroyo elevarse por encima de su fuente. En cambio, en el manantial de la Iglesia está Jesús: Dios.

La

divinidad

del

Papado,

como

institución,

va

implícita

en

la

constitución de la Iglesia verificada por Jesús; es parte de la divinidad

institucional de la Iglesia consecuente a la naturaleza divina del Fundador:

si Jesús es Dios, su Iglesia es divina.

Cuando El apareció

sobre la ribera

del lago

de Tiberiades, los

discípulos se fueron hacia Él en la barca. Pedro “se arrojó al mar”. Y a él le preguntó por tres veces Jesús si le amaba; y tres veces le encomendó:

“Apacienta mis corderos”; y con los corderos, las ovejas.

Después de la ascensión, es Pedro quien toma la iniciativa de elegir el sucesor de Judas (si uno se va, no por eso se detiene la Iglesia): él toma el puesto de Jesús en la predicación, salvo que no habla por sí, en su nombre, sino en el de Jesucristo; él hace los milagros (“en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda” dice al cojo de nacimiento). Al pasar Pedro, procuran los enfermas que les alcance al menos su sombra para quedar curados, como hacían con Jesús, en cuyo nombre y por cuya virtud actúa.

En suma, la

acción de Jesús no cesa un momento:

después de su

ascensión prosigue en Pedro, según la estricta promesa.

“Tú eres Pedro (piedra)

...

Sobre esta piedra está levantada la Iglesia.

Como cualquier otro edificio, si se quita el cimiento se derrumba.

Este pasaje ha hecho desesperar e la crítica protestante. Partiendo del presupuesto que había que quitarlo del medio a toda costa, recurrió a una doble artimaña: o tergiversar su significación, u orillarlo como peñasco que estorba.

Siempre que un pasaje evangélico no engrana con la crítica racionalista (así llamada porque vuela sobre la fantasía), en lugar de amputarse ella, amputa el pasaje; en lugar de acomodar sus apreciaciones a los documentos, acomoda los documentos a sus apreciaciones: y de este modo cada cual puede forzar y refundir la escritura en la línea destrozada con los entrantes y salientes de la propia psiquis, primero en un plano

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exegético, después en un plano moral.

Admitamos que el sobredicho texto fuera interpolado: no se simplifica con ello el problema, sino que se complica enormemente:

¿Quién y cuándo lo introdujo en el contexto? ¿Y los contemporáneos del interpolador se tragaron el embuste? ¿Y los textos genuinos fueron suprimidos? ¿Por obra de quién? ¿Eran, por tanto, una pandilla de bobos aquellos cristianos del siglo II, comprendidos los procedentes de la sofística filosófica, de la literatura rabínica, de la literatura helénica?

Basta la enunciación de estas preguntas para convencerse de que se trata también en este caso de un error burdísimo; pero no de quien custodiaba religiosamente los textos sirviéndole de norma para regular la

vida

y la muerte, de quien, entre una y otra persecución, y en espera del

... martirio, cortaba con inflexible energía de la joven planta de la Iglesia la

vegetación parasitaria del libre examen gnóstico, que fue la primera y más peligrosa tentativa para extraer del Evangelio el paganismo; luego de quien violenta los textos a su capricho.

Y aun cuando este testimonio de Jesús hubiera sido interpolado en un cuarto de hora de general aturdimiento de las inteligencias esparcidas por todo el Imperio, quien lee el Nuevo Testamento se percata de que en las deferencias de Cristo, tiene siempre Pedro una posición preeminente. Examinando los cuatro Evangelios, Turner, profesor de Oxford y miembro de la High Church, quedaba impresionado “más que nada por la convergencia de sus testimonios en afirmar la preeminencia otorgada a Pedro”; y observa que en ellos es él nombrado 195 veces, mientras, en segundo puesto, Juan es nombrado apenas 29, y todos los demás apóstoles juntos, 130 veces: señal también ésta de la superior autoridad de Pedro, cuya alma de bondadoso y recio temple era nacida para la dirección.

Y la asumió en Jerusalén y luego peregrinando por el mundo y viniendo a morir a Roma. También la muerte en Roma fue negada cuando la cuestión de la fe se reducía a una tarea de negaciones y se trocaba la originalidad de estudio por el derribo de la tradición; pero también esta negación vino a estrellarse contra las piedras de la arqueología. Porque en hecho de crítica neotestamentaria y de las fuentes, precisamente las ciencias filológicas e históricas puestas en juego para desmantelar el depósito transmitido, han terminado excavando materiales de refuerzo: las modificaciones aportadas se refieren a aspectos indiferentes o de poca monta en la tradición oficial; con cuyo nombre entendemos un sistema de verdades y de hechos celosamente transmitidos por las edades antiguas

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bajo el control de la Iglesia; no las leyendas populares que son muy otra cosa.

El hecho es que a los pocos años de la muerte de Pedro, una Iglesia consagrada por dos cartas de san Pablo —la de Corinto— apelaba a Roma por disensiones internas; esto es: desde el principio se admitía y se soli- citaba la actuación del primado romano. Este aparece en clara y pacífica actuación en tiempo de San Ireneo, o sea, en la segunda mitad del siglo II. Empezó a ser esquivado cuando sobre el espíritu de humildad, de caridad, de fraternidad, prevalecieron el orgullo asiático, la sofística helénica, la altanería feudal romano-bárbara. Mas cuando Ignacio, obispo de Antioquía, encarnación de las virtudes apostólicas, escribió en su viaje de martirio a la comunidad romana, reconoció en ella un primado de amor; y el amor, según la enseñanza de Pablo, es la virtud constitutiva de la fe.

Iglesia la de Roma privilegiada por los mártires y por la asistencia prestada a quienquiera que en el Imperio sufriera en la fe o por la fe, intervino por boca de los papas o de los legados pontificios en las juntas donde se definía el dogma, y su parecer zanjaba las dudas. Cuando en un concilio ecuménico habido en Oriente, en tiempo en que la capital era Constantinopla y Roma antigua se hallaba agonizante, fue leída la respuesta de León, discriminación de recto sentido latino en la aglo- meración de discusiones bizantinas, toda la asamblea de los padres, en su mayor parte orientales, aplaudió puesta en pie; y la resolución del Papa fue recibida como inspirada y definitiva.

Era este primado, un ejercicio de dirección espiritual y disciplinar. Mas como no agradaba al creciente absolutismo de los emperadores fue primeramente puesto en tela de juicio, y luego, apenas se ofreció pretexto, rechazado. Esto se llevó siempre a cabo sacrificando el interés de la religión al de la dinastía, o, como hoy se dice, de la política, cuyo resultado es siempre el cisma.

Del cisma de Oriente —dice Soloviev— derivó el mahometismo, que fue su castigo. El cisma de Occidente —dice Chesterton— fue un amotinamiento de cristianos durante una invasión de musulmanes. Antes el turbante turco que la tiara latina, decían los almirantes y los monjes que franquearon Constantinopla a las tropas de Mahomed II. ¡Los cismáticos al servicio del turco! Si se lograse hacer el balance de los beneficios procurados a la Iglesia por los soberanos protectores suyos, temo se en- contrará un déficit tal, como para hacer desear que su Protección no hubiera nunca existido. Cismas y herejías son producto de un principio

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asentado por algún teólogo en el orden teórico y utilizado por algún monarca en el orden práctico: maniobras de política con ingredientes de teología. La población de Rusia y de los Balcanes nada sabía, y en su gran masa nada sabe, de los motivos que indujeron a sus soberanos a separarla de Roma; y los pueblos germánicos nunca hubieran admitido que se pudiera ejercer la palabra de Dios sembrando la cizaña en la cristiandad, si sus príncipes no se lo hubieran metido en la cabeza con las armas y la impostura.

* * *

Los adversarios del papado tienen, en contra de él, no se sabe bien cuántos derechos de la libertad que redimir, ni cuántos agravios de monarquismo centralizador que asaetear. No obstante, cejarían en su animadversión, con sólo considerar el argumento, no a la medida de sus dogmas personales, sino a la de la cruda realidad. Se trata de salvar la Iglesia; porque salvando la Iglesia se preserva la integridad de la fe, es, a saber, aquel cristianismo tan necesario al viejo mundo como el oxígeno a un cuerpo enfermo. Y el cristianismo, en tanto se preserva en cuanto permanece uno: el promulgado por el Innovador y encomendado a personas libremente escogidas; si se despedaza se tienen dos, tres, ciento o trescientos cristianismos, de los cuales, por la esencia unívoca de la religión cristiana, como lo entendieron los más allegados a Jesús —los apóstoles, los escritores apostólicos y los primeros apologistas—, doscientos noventa y nueve son espurios y abusivos. Proclaman estos enemigos el cristianismo del individuo; el cristianismo, en cambio, no fue predicado por el individuo A, o por el individuo B; lo fue por una persona históricamente definida que se llamó Jesús. O se acepta el del Fundador o el de un intérprete desautorizado: en todo caso tratase de dos cosas distintas.

Los intérpretes autorizados fueron los apóstoles, y los que les sucedieron a lo largo de los siglos hasta el día de hoy. Entre éstos no se encuentra ciertamente el nombre de los reformadores acatólicos. Hegesipo, un palestino intrigado en establecer la línea de sucesión apostólica en las diversas iglesias, poco más de cien años después de la muerte de Jesús, se puso en viaje para Roma: en el curso del viaje investigó en diversos centros para asegurar si esta sucesión se mantenía, presuponiendo de acuerdo con los polemistas antiheréticos del siglo II que el criterio positivo diferenciador entre la ortodoxia y la heterodoxia era cabalmente la

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fidelidad a la tradición garantizada por la sucesión legítima e ininterrumpida de los obispos. Un criterio lógico y sin embozos. Pues bien, en Roma, y en otros centros, halló esta transmisión regular de poderes y de doctrina.

Pero Roma tenía la transmisión de San Pedro, y por ende sus mismos poderes: entre ellos el de dirigir la comunidad entera de los fieles: ovejas y corderos. Un obispo debía poseer este primado de responsabilidad, para que la unidad pudiera concretarse y mantenerse.

Carácter del cristianismo es la universalidad; pero —como importa la misma etimología— la universalidad es un movimiento hacia el uno, que gira en torno al uno. No hay esfera sin centro: no hay Iglesia sin unidad. Un Padre, un Hijo, una Iglesia, un Pastor ...

Esta unidad ejerce también su influjo en las relaciones de los pueblos tendiendo a informarlas unitariamente, transfundiendo en ellas el sentimiento de solidaridad que procede del común destino y del débito de universal caridad. Cuando continentes y naciones se amurallan y atrincheran con sus aduanas y la entrada en un minúsculo Estado constituye un complicado problema de policía y burocracia, y entre bastiones enfurece la lucha de razas, de clases y de comerciantes, con ímpetu traidor encruelecido y satanizado por los progresos de la ciencia al

servicio del homicidio; cuando ni en este pequeño reducto, que es Europa, es posible ponerse de acuerdo; no nos queda sobre esta tierra volcánica más que un afecto en que reconocernos y un lugar donde encontrarnos: el cristianismo y la Iglesia; ni nos queda más que un hombre ante el cual nos sintamos hijos y entre nosotros hermanos: el Padre de los casi cuatrocientos millones de católicos, esparcidos, como fermento, en las más diversas zonas de los cinco continentes. Suprímase ese punto de reunión, ese centro viviente y operante de fraternidad, esa su casa de reclamo; suprímase a quien concreta y unifica este último interés colectivo, y tendremos un rebaño de bípedos atacados de locura en tierra extraña,

donde cada uno se mueve guiado del propio instinto

Y después de todo,

... ya Él nos unifica de hecho, amigos y adversarios, ortodoxos y herejes, tradicionalistas y modernistas; a los unos por el amor, a los otros por el odio, por lo cual a unos y a otros pertenece, sirviendo de común punto de encuentro.

Después de la guerra se vio más crudamente cómo se torturan los hombres por la incapacidad de hallar de nuevo el hilo conductor de su unidad y si no desesperan todavía, es por el rescoldo de espiritualidad

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común, que a pesar de cesaropapismos y herejías seculares, alienta todavía en el fondo de las almas.

Cuando la enfermedad colectiva nos bulle en la sangre, podemos todavía alzar los ojos hacia una cúspide que no ha sufrido cambio, que no se ha englobado en el cataclismo general; hallar una persona que no ha sido atacada por el frenesí pandémico de odio; podemos, por encima de las trincheras, contemplar la cabeza encanecida del Padre, recuperar en él la orientación, y reconocernos en él unos a otros después que la supuración y el fango nos han desfigurado, y proseguir bajo su dirección, desde el punto por el infernal espíritu destruido. Con su amor ofrecido indistintamente a hombres de todas las razas y condiciones, rellena El los surcos abiertos: re- duce las pausas, junta de nuevo los cabos de la urdimbre. Y el dedo de Dios prosigue tejiendo la trama de nuestra historia.

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LA IGLESIA

Este nombre Iglesia (ecclesia) era un vocablo muerto. Un pueblo nuevo le dio nueva vida: un pueblo, que congregado y organizado para las relaciones con Dios y con el prójimo, se sintió uno, como un cuerpo místico, animado por un fin divino.

Esta constitución de un organismo sobrenatural y natural, era un hecho tal, que colmaba ya de admiración y gratitud a los apóstoles. Pablo —el escritor más antiguo del cristianismo, en la generación en que vivían los oyentes de Jesús— identificaba ya a la Iglesia con Cristo; y después de él los escritores la contemplaron y la amaron como a madre y virgen, muriendo por Ella, en quien Cristo vivía.

Abundaban las sociedades en el mundo antiguo: políticas, económicas, culturales, más o menos separadas entre sí. Y he aquí que una masa polimorfa, traspasando los márgenes de sus divisiones perseguía una superior unidad, en una zona hasta entonces señaladamente individualista:

la del espíritu; pero del Espíritu Santo, que a todos acogía, como a supervivientes de llorosas peregrinaciones. No hubo arma que no se manejara contra esta ensambladura social, desde su nacimiento; y no hay en la historia una sociedad, que amando la paz, se haya visto sometida a una más trágica y continua serie de luchas.

Se puede ser agnóstico con respecto al cristianismo: pero es difícil mantenerse neutral con respecto a la Iglesia, —la sociedad organizada bajo el principado de Cristo representado por el Papa, con misión de salvaguardar el depósito de la fe contra todas las incursiones de la gnosis y de la materia. De aquí las melodramáticas distinciones entre Iglesia y cristianismo: porque si éste es susceptible de adulteración, en ella no se abren brechas. O se permanece en su comunión como nos es debido o se nos manda afuera: y allá afuera se ladra a sus almenas coma los perros a la luna.

A la Iglesia, para comprenderla, es necesario contemplarla en la integridad de doctrinas, institutos, lugares y tiempos, y no por sectores. Es necesario ver su jefe, que es Cristo, y no tan sólo a los hombres que de ella

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forman parte.

Quien la critica a trozos, hace labor de araña. Ve un papa corrompido y apunta una tacha; un instituto que anda en vedados tráficos y apunta otra; ve un personaje responsable rodeado de pasividad y extrae otro hilo. A fuerza de filamentos teje un capullo: y creyendo tener dentro a la Iglesia, el que está dentro es él. Le parecen estos filamentos telarañas pendientes de los capiteles del templo, y en realidad están extraídos de los fondillos de su soberbia.

La Iglesia —como Dios de quien es imagen— tanto más pura se ve cuanto más tersa es nuestra pupila interior: si descubrimos sombras, no están en ella sino en nuestra retina. Si fuéramos todos cristianos perfectos, no encontraríamos lunares en su rostro; no encontraríamos reparos ni en la organización ni en las jerarquías. Sin contar que esta censura ejercida sobre la Iglesia es una labor de corrosión sobre una sociedad de la que so- mos miembros responsables y de cuyas deficiencias somos cómplices. Cuando uno estima que la Iglesia anda mal, tiene un medio muy sencillo para enderezarla: santificarse. Que esta es la única reforma posible, la que de nosotros parte y en nosotros se cumple, no la ajena, que es presunción de donatistas y cátaros, esto es: de cismáticos, profanadores e hipócritas.

En el enjuiciamiento de papas y prelados se deja de considerar con harta frecuencia el fondo del ambiente de donde unos y otros procedieron, siendo así que estaban a tono con lo que se merecían los cristianos de su época.

Un monasterio de santos no elige un abad díscolo. Un papa débil es la expresión culminante de una cristiandad deslavazada: revigorizad los monjes, y tendréis un Gregorio VII.

En la época de Lutero el clero estaba corrompido y él pretendió reformarlo. Lo hubiera conseguido si, como San Francisco y San Ignacio, hubiera hecho de sí mismo un cristiano reformado; pero no lo hizo, y confundió la reforma con la revuelta.

Cuando San Francisco quiso recobrar una sociedad que amenazaba posponer lo eterno a las piezas de lana florentina y de brocado oriental, se despojó, y con un saco y un cordón, buscó a cuantos agitadores compar- tiesen su pensamiento: pero no pretendió hacerse maestro de nadie, esto es, no quebrantó la humildad que es la marca de fábrica de la verdadera santidad. De este modo realizó una reforma cuyos efectos perduran. Los falsos reformadores se reconocen infaliblemente en esto: en que tanto peor hablan de los otros cuanto mejor hablan de sí.

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* * *

Cuando el cristiano se ha percatado de estas verdades, no puede pensar en la Iglesia sin emoción, sin sentir la caricia de su maternidad. Virgen y madre como la Madre de Dios, aúna cuanto de más puro y más dulce puede concebir la mente humana en su cotidiana reacción contra la impudicia y la perversidad que la asedian: criatura perfecta cual pudieron crearla las manos puras de Cristo y conservarla el influjo omnipresente del Espíritu.

Enemigos de dentro y de fuera tentaron de infamarla; mas si alojó en su casa a rufianes y concubinas, no se manchó con su miseria, y con su hálito saludable ha continuado purificando a los hombres. Transcurrieron edades entenebrecidas en la zona del espíritu, sin más ley que la pasión torva y la acción de rapiña; y mientras los hombres en sus tugurios temblaban de terror o preparaban el saqueo, Ella, sola, sin decaer en su ánimo, siguió iluminando con su blanca luz y siguió llamando; y cuanto sobrevivía de aprovechable refluía, a su casto regazo, para con nuevo vigor resplandecer entre la negrura.

Sólo la hinchazón de montanistas y puritanos podía concebir que se manchase Ella aceptando en su seno a los réprobos, a los desechados y a los débiles, a todos los desterrados en suma de las categorías sociales que componen la predominante mayoría de la humanidad: como si se envileciese la madre por acoger al hijo desnaturalizado vuelto de su emancipación; como si se mancillase la pureza de Jesús por el contacto con publicanos, adúlteras, mercaderes y ladrones. ¿Para qué olvidarse de aquella su invitación tremendamente irónica: —el que esté limpio lance la primera piedra?

La más lógica actitud hacia la Iglesia es la de aquellos millares de muchachos y doncellas, que abandonan las seducciones del mundo y se ponen a su servicio: a un servicio oscuro, de ruda disciplina, que a ti con

alma de artista te lanza a montañas intransitables, a sucios villorrios, entre gente burda como la corteza de las rocas; o te encierra tal vez en claustros sin atractivos de vanidad, en hospitales, inclusas, a escuchar ayes y

gemidos, en continentes bárbaros, en barriadas malsanas

...

:

porque con tu

pureza, con tu espiritualidad, con tu dolor, quiere curar el mundo

circunstante, oponiendo a sus densas exhalaciones el aliento sutil de tu alma.

La apresaron con manos rapiñadoras reyes bandoleros, ministros insidiosos, linajudos y demagogos; la han profanado hasta aquellos que

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más directamente tenían encomendado su honor; y le han abierto fosas bajo los pies etéreos de teólogos asalariados e infamadores; y Ella, pensativa e intangible, ha continuado repitiendo la palabra de Cristo, distribuyendo el pan de vida, irradiando la caridad, deshaciendo el odio que petrifica el mundo.

El

paganismo,

que

se

agita

en los subterráneos de nuestras

instituciones y en las sinuosidades de nuestra conciencia, la asedia con flujos corrosivos; pero Ella está fundada sobre la roca de Pedro —este pescador impulsivo, que en su instintiva generosidad fue el primero en intuir en Jesús al Cristo, y apresuradamente se lo declaró.

Vivían todavía él, Juan y Pablo, y ya la armaban asechanzas pequeños pseudocristos y enjambres de profetas fallidos. Se ocultaba en las catacumbas y mandaba a la arena a sus mejores hijos, y ya los obispos de Roma, de Antioquía, de Cartago, tenían que defender la unidad y la disciplina contra infatuados y secesionistas, que presumían sustituirla por iglesucas, en beneficio personal. Los zahería por ello Tertuliano:

Construyen panales hasta las avispas:

construyen iglesias hasta los marcionitas.

Y no obstante, vino él a parar en avispa; y otros muchos espíritus quisquillosos o extremados o frívolos se volvieron contra Ella, aliándose con sus enemigos: avispas. Antes que Enrique VIII no pocos defensores de la fe le clavaron el aguijón en cuanto dejó de plegarse a sus exigencias.

Pero no se permanece en la casa saliendo de ella.

En cadenas la tenían todavía, y anidaba de definir la doctrina contra las humaredas del docetismo y del gnosticismo, aquella especie de protestantismo tempranizo empeñado en disipar el Evangelio en las brumas de las religiones euroasiáticas existentes; y al mismo tiempo enviaba subsidios a los prisioneros, pan a los hambrientos, confortación a los vejados, abriendo al pobre las arcas del pudiente, poniendo al esclavo en el mismo nivel moral del maestro, del magnate y del liberto, comunicando a todos los decepcionados y explotados un alma nueva y, en lo alto, una esperanza.

Paso a paso impregnaba a la sociedad con su ética; y destrozada, quemados sus libros sagrados, dispersos sus sacerdotes, salía vencedora y obligaba al Estado a reconocer la autonomía de lo espiritual.

Pero no cayó en letargo. Todo lo contrario. Convertida en religión

del pueblo, todas las potencias de la política,

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de

la

casta y del dinero

resolvieron servirse de ella como se habían servido del paganismo, precedente religión del Estado. Y empezó una lucha, a las veces sorda, a las veces abierta, precisada a defender en ella, con nuevos mártires y llenando de nuevo las galeras, su propia independencia y por ende la independencia del espíritu, ahorrando a la conciencia humana de ser aherrojada con las férreas prisiones de la sobrepotencia del acero o del oro. Lucha sin tregua, en la cual se valieron sus enemigos de la espada, del halago, del soborno, del sofisma, de la ciencia y hasta de la teología. Comenzaron los sucesores de Constantino, quienes, metidos a teologizar con la ayuda de obispos débiles o simoníacos y de las cárceles de Bizancio, terminaron por doblegar la jerarquía oriental a su propio cesaropapismo, que es la convención religioso-política en la cual los jefes del Estado se constituyen en jefes de la Iglesia.

Mientras se defendía de la opresiva protección de Oriente, arrostraba en Occidente a longobardos, suevos, Capetos, Tudor, Borbones, Lorena, Hoheazollern, Ausburgo, Romanof, Repúblicas. Sola siempre y siempre inerme contra vejadores coronados, mariscales fanfarrones, déspotas con penacho, ministros con colbac 16 , zares sanguinarios y emperatrices degeneradas, que la golpeaban con la manopla por no avenirse “a prostituirse con los reyes”; sola contra las incursiones del liberalismo que no reconocía la libertad cuando se trataba de Ella y de los suyos; sola contra las revanchas de apóstatas que simulaban crisis de conciencia para arrancar un estipendio a los enemigos y una mujer a los amigos; y contra filósofos, historiógrafos y críticos, que al no poder disparar contra otros blancos, se revolvían contra Ella que no disponía de agentes, plegando a sus miras la lógica, la historia y la honestidad; sola contra las per- secuciones de los sin-Dios de Rusia, de Méjico y de otras partes; sola contra las lesiones capilares del modernismo. Y todos estos adversarios la agredían tal vez a un tiempo, o en tal modo se sucedían de no dejarla un momento de respiro.

Cismas, herejías, galicanismo, josefismo

Los reyes cristianísimos,

... no pocas veces, se apellidaban así para mejor asegurar sus pretensiones, queriendo también ellos, como los colegios acatólicos, impartir con el

16 El colbac es un gorro o morrión de pelo de animal con forma cilíndrica a menudo más ancho en su parte superior. Habitualmente salía de la misma una manga de tela que caía en un lado e iba rematada con una borla. También se adornaba con un penacho o una pluma. El colbac tuvo su gran momento durante las Guerras Napoleónicas y era propio de la caballería; en especial los regimientos de húsares y de algunas unidades de artillería montada. (N. del E.)

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estipendio a los sacerdotes la doctrina a los fieles.

Por eso la Iglesia es militante, muy a despecho de quien la concibe como tenedora de pensiones para clases medias, débiles devotas, y profesores aniñados. Siempre en combate. Es madre y es virgen, dulce, pura, mansa; pero contra la gentuza en de frac o con la tizona del Anticristo, es valerosamente combativa, terrible como ejército en orden de batalla, según el versículo bíblico que frecuentemente susurramos pensando en la luna. Y no cede. Y si algún día cediera habría terminado, sobre todo, para la civilización que nos sostiene en pie. Porque donde está Ella de guardia, atraviesa el meridiano que separa el mal del bien: lo secciona.

Inerme, con la sola fuerza de jovenzuelos, de monjas, de sacerdotes que no tienen licencia de armas, contra formaciones de ejércitos, reforzados por baterías de desalmados, entre los cuales arengan para mantener en alto la moral perjuros y legistas asalariados; sometida a una asidua presión en los flancos para que entrara en la burocracia gubernamental; con duques, condes, reyezuelos, vasallos y entrometidos muchas veces entre sus obispos, dentro de sus monasterios, para comprar a Cristo. Y con todo esto, extendió sin cesar su acción benéfica: amansó sucesivamente todas las razas que venían a situarse en el radio de su influencia desenvolviendo bajo sus armaduras cargadas sobre la carga aun mayor de sus instintos bestiales, el delicado tallo de las almas; conteniendo invasores o reduciéndolos al círculo de los pueblos civiles; sosteniendo los ánimos en las horas tremendas de la desesperación, cuando, siendo inminente el sentimiento de la catástrofe universal, los más se hubieran visto inducidos a vender a sus hijos o a darse muerte con ellos como en la hora aquella en que al ser asolada la romanidad terrena, entre incendios y estremecimientos, se les helaba el corazón en el pecho a los nietos de los Cornelios; y convertía la Europa septentrional y oriental, ingleses, normandos, vikingos, eslavos, lituanos y sajones, y transformaba a sus jefes de horda en evangelizadores. Sobre las planicies devastadas por las yeguas bárbaras y sobre los collados humeantes de las invasiones, erigía los refugios del espíritu —los monasterios— asilos de la vida huida de la barbarie, congregando a los fugitivos, componiendo familias, acaparando a los sinhogar, a los hambrientos, a los proscritos, restituyéndoles una casa, un campo, un pedazo de pan, reverdeciendo la esperanza en las almas a la par que las comarcas desiertas reverdecían con inusitadas mieses re- floreciendo y fructificando bajo la dirección y bajo las manos de los monjes, de les mismas manos que, en las celdas solitarias, se afanaban en

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copiar los autores clásicos y los santos padres, transmitiendo casi ileso a través de las ruinas de la edad media, el tesoro del pensamiento antiguo.

Entonces fue, cuando, en un impulso genial, para organizar el pueblo de Dios alrededor de un eje visible y firme de unidad, como lo había unificado en una familia religiosa sobre el charco de sangre de las invasiones y de las interminables guerras, resucitó el Imperio, y dio una vez más al mundo occidental una unidad maravillosa, en la cual el teutón fue unido al latino y al normando. Y después, cuando los instintos feudales y bárbaros rebrotaron desfogándose en luchas fratricidas, creó la caballería, que enderezó aquel ímpetu guerrero a fines de caridad y de idealidad; y estableció aquellos paréntesis de salud que fueron las treguas de Dios y los lugares de asilo. Y más tarde, con las cruzadas, encauzó el desbordamiento de armados y aventureros a la defensa de la civilización amenazada por la irrupción de los turcos. Entretanto en las universidades, por Ella fundadas y sostenidas, suministraba a los entendimientos el alimento de nuevas especulaciones, preparando los materiales de las Sumas y de la Divina Comedia; y a las masas les procuraba, en iglesias y plazas, canciones de alabanza y entretenimiento de sagradas representaciones.

Madre, es suma. Vino después la Reforma, e hijos rebeldes, contrariando a la Palabra de Cristo que había garantido una continua y viva asistencia del Espíritu Santo a su Iglesia, pretendieron que durante diez o quince siglos había estado privada de ella, ejerciendo aquella labor de división, que las Escrituras adjudican a Satanás.

Y se apagó en muchos horizontes de la Iglesia la sonrisa de su regocijo; y nubló los espíritus el obscurecimiento del fanatismo; palideció el Renacimiento que había iluminado el genio católico de Miguel Angel y de Rafael y sobrevino la mediocridad monótona y rencorosa del libre examen. La unidad hecha trizas se desmenuzó en el individualismo atómico, y los hombres no sintiéndose ya hermanos vivieron yuxtapuestos como galeotes en la traílla.

El Renacimiento —disipado el prejuicio anticatólico lo reconocen hoy los estudiosos— habla sido obra de espíritus cristianos, con los medios puestos a su disposición por los archivos de los monasterios. Se produjo como manifestación extrema de la obra de elegancia y refinamiento desarrollada por la Iglesia en las razas nuevamente asomadas a la Romanidad, allí donde los obispos habían defendido las murallas y salvada las ciudades y las habían robustecido con las corporaciones organizadas en

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torno al templo. Cuando la riqueza por ellas acumulada permitió gastar en cosas de arte se tuvieron las iglesias nuevas, los palacios, las obras pictó- ricas y escultóricas.

La reforma restó empuje a esta acción altamente civilizadora, al menos en Europa (ya que entonces la Iglesia dirigió sus cuidados con mayor solicitud al Asia además de al Nuevo Mundo); amortiguó la religión, con el resultado de debilitar su influencia en la sociedad, que embocó por un camino de progresiva descristianización. Volvieron a pulular aquellas doctrinas, sociales y éticas que hoy llamamos neopaganismo; decayó el arte sagrado, y debilitados los institutos religiosos, se aparejaron los materiales para el ateísmo.

Rota la unidad religiosa, la Iglesia fue barrida de gran parte de la Europa septentrional; y al propio tiempo los cesares bizantinos eran barridos por los turcos, los príncipes luteranos, calvinistas y anglicanos, se convertían en papas en sus territorios, y los reyes cristianos se dejaban cautivar por veleidades protestantes, para tener en el puño al episcopado, y llevaban adelante compromisos pagano-cristianos; y cardenales mundanos acudían al levantarse del rey, y a hacer reverencias a sus concubinas.

Con estas laceraciones externas e internas, llegó la Iglesia a la Revolución francesa en un estado tal de depresión que la cáustica mediocridad de un Voltaire pudo infundir miedo y de enciclopedistas e iluministas pudo ser diagnosticada como moribunda. Pío VI se trasladaba, como “peregrino apostólico” a Viena para soportar allí la humillación hipócrita de los ministros de los Ausburgo; y después marchaba a morir en el destierro.

Pero en mérito de la debilitación de la Iglesia se perpetró entonces la más hipócrita y sanguinaria violación de las conciencias. El Estado sin Iglesia implantó el Terror, y en el lugar de la cruz levantó la guillotina. Na- poleón trocó los ciudadanos en soldados echando mano hasta de la última reserva personal que no había sido tocada ni aun por el Rey Sol, y transformó el tablero de Europa en una plaza de armas.

Con los fermentos disolventes de la Reforma, los filósofos prusianos transfirieron los atributos de la divinidad al Estado, haciendo de él un ídolo irresponsable que más bien que tutelar devorase los derechos personales, naturales, del hombre, defendidos por la Iglesia con su inserción en la jerarquía de las libertades inalienables, ordenadas a su perfeccionamiento. Y nacieron teorías que canonizaron el odio, la selección y la lucha, de las cuales surgieron clamores orgiásticos que, sobre todo en la postguerra,

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parecieron precipitar a Europa en el torbellino del siglo y o en pleno frenesí pagano. La gente estaba o desorientada, o medrosa, o enloquecida, e iniciaba una gran marcha harapienta y tumultuaria hacia la Muerte — ídolo verdadero y absorbente del monoteísmo politeísta renaciente.

Mas entonces precisamente, la Iglesia, libertada de las coacciones de reyes luteranos en Alemania, restituida a la libertad en Inglaterra, desligada de la protección (que era la de la cuerda al ahorcado) de reyes sedicentes apostólicos, exonerada, en suma, de presiones y alianzas embarazadoras, reasumió su libre misión de amor, y reapareció rápidamente en su virginal belleza. La creían agonizante: y numerosos escritores de fines del diecinueve y principios del veinte habían certificado pomposamente que era ya un cadáver, y la estaban viendo renacer. Creían que su potencia descansaba sobre los tronos del absolutismo: y, por el contrario, se realzaba sobre su derrumbamiento. Había presenciado el ocaso de dinastías y regímenes en el pasado, podía presenciar el de otros en el presente.

Los estados liberales no admitieron su derecho de magisterio, y la persiguieron con el pretexto de ignorarla. Le negaron las libertades comunes, la desposeyeron de las casas de estudio y de oración, mientras prestaban reconocimiento legal a las de delincuencia y se dejaban controlar por sociedades secretas; y luego de tratarla como a enemiga y de reducirla a una condición de minoría con pretexto de que hacía política, la culparon de no estar de su parte; esto es, de que no la hacía, tomando pie de aquí para nuevos abusos y atropellos, hasta confiscarle su patrimonio, violando con suicida inconsciencia los mismos principios de propiedad y de igualdad sobre los cuales descansaban las clases burguesas como sobre asiento de la sistematización absoluta y perfecta: y a pesar de todo, marginada, constreñida a la defensiva, se extendía y fructificaba como la vid que podada rebrota con más lozanos pámpanos e invade las cercas del viejo mundo hostil y los muros del mundo nuevo que se desarrolla, coronándolos de racimos. A una sociedad que da de sí reyes del petróleo y del pugilato, que asiste a horrendas carnicerías de pueblos, furibundas competiciones comerciales, con crisis pavorosas de riqueza y de producción, en desenfrenada carrera de armamentos, le proporciona Ella los santos, héroes de renunciamiento y edificación. Al odio predicado opone la santidad practicada; entre el estruendo de pseudofilósofos materialistas y egoístas disfrazados de idealismo —de un idealismo que diviniza el apetito individual y luego atropella a quien pretende satisfacerlo contra el montaje policíaco de un Estado laico—, Ella recuerda los ele-

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mentos constitutivos de la ética, sin los cuales la sociedad se disipa, y da al Estado el sostén de las virtudes morales y cívicas de los ciudadanos, harto más eficaz que todas las constricciones exteriores. Predicadores insol- ventes o desconocedores de bien y de mal, prepararon la disolución de la familia, el ejercicio desenfrenado de los antojos eróticos, como un hallazgo de activismo nuevo, exento de todo límite de ética religiosa o natural: y la Iglesia se opone a la corriente y salva el instituto nuclear de la sociedad, recordando a grandes y a pequeños la dependencia de lo sobrenatural:

sobreelevándonos a todos mediante una luz que lo es, sobre todo, de idealismo, de combate y de poesía.

Sin esta resistencia se sumergiría en pocos años en la contienda del atletismo, del industrialismo, del erotismo. Y se extinguirían en el cielo de Europa y de América y de los demás países de civilización occidental, los últimos destellos de belleza.

Entretanto, al sentimiento de inquietud, de incertidumbre, del cual apostados tras los parapetos aduaneros, están lacerados todos los pueblos, como aguardando el colapso universal, opone Ella su optimismo inalterado y las energías de su esperanza, apoyada sobre el pasado de 1900 años y sobre el porvenir que por derecho le pertenece; rememora los títulos de su fraternidad y pide a Dios que disipe a las gentes que aman la guerra.

Europa tiene hoy ante sí dos caminos: el que le marcan los instintos suicidas suscitados en la sociedad moderna por su divorcio con la Iglesia que le dio vida y protección, y el que la Iglesia le señala acreditado ya en el pasado de ser eficaz para sacarla de aprietos en las horas críticas. Si no sigue a la Iglesia, se precipitará en otra guerra, y en ella se romperá el cráneo y se desangrará. No habrá ni vencedores ni vencidos. Habrá un aniquilamiento suicida. Y entonces, el indio o el americano abordará a las playas de Europa para merodear, Baedeker en mano, entre las malezas crecidas sobre los monumentos de la civilización nuestra, indagando las huellas del que fue un mundo floreciente, como hoy hace en las llanuras de Mesopotamia y en las riberas del Nilo y del Río Grande.

* * *

La Iglesia vivifica, cual Madre que reconstituye todos los días la vida por los otros destruida.

Y tras pasar el día entero agobiada en descubrir miserias, subir escaleras, visitar hospitales, descender a subterráneos, penando con sólo pensar que alguien sufra ignorado, a la noche, en recompensa, le conducen

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al umbral a sus hijos agredidos a la vera del camino o tiroteados a sangre fría entre cuatro muros, y granujas que comieron su sopa (o son nietos de los que la comieron) se adelantan a darle lecciones de civilización, a intimarle que se quite del medio o a inculparla de ocio. Y en la prensa, cuatro plumistas que nunca han leído los anales de su historia y han convertido el escribir en ejercicio de compraventa, proclaman el derecho de confiscación de su patrimonio, que es de los pobres, o llevan su petulancia hasta señalarle un nuevo tenor de vida. En los últimos tiempos se ha visto a sodomitas altamente situados impartiéndole lecciones de corrección civil.

Hasta los ateos, hasta los historiadores liberales, hasta los filósofos racionalistas, a la vez que niegan su misión, exigen de Ella su parte de servicios, pues todos se conceptúan entre sus acreedores, y más los más hostiles; el diplomático le demanda una determinada política; el filósofo, una determinada filosofía; el semicreyente, una determinada doctrina; el banquero, una determinada suma.

Quien menos da, más pretende: exactamente como hijos díscolos. Todos quieren mandarla cuando todos deberían obedecerla. Ciertos miembros atrofiados, que en orden a su propia santificación y a la de sus hermanos, no han abrigado nunca un pensamiento ni han renunciado nunca a un capricho, la acosan reclamando de Ella prestaciones humillantes. Y, en todo caso, los únicos que podrían hacerla objeto de críticas y pretensiones, son los santos, pues la conocen y la sirven. Y ya lo hacen, pero al modo cristiano; santificándose y sirviéndola más.

Existe una postrera y aún más frenética rebelión en fermento; y, como de costumbre, se manifiesta por los pródromos infalibles de la intolerancia, de la opresión, del calabozo y de la horca. Y es señal de que Ella sigue siendo la antagonista de semejantes instintos y procedimientos; y es que bajo sus ojivas, al amparo del Tabernáculo de Dios, se refugian siempre aquellos derechos primordiales de la independencia espiritual frente a la fuerza física, reivindicados por el Evangelio.

Es sintomático que para combatirla no se eche mano de sólo la cultura. La cultura que se lanzó al campo con plumas de ganso y estilográficas en ristre, bombardeando la fe con entendidos volúmenes, en cuanto de la retórica pasó a una investigación seria, terminó por hacerse o indiferente, o aliada de la religión. Hoy es de lamentar en quien la impugna, no tanto el abuso cuanto el desuso de la razón, sustituida por el dogmatismo del absurdo, por el sentimentalismo o por el tópico común.

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Pero, sobre todo, se maneja contra ella la violencia y la calumnia.

Una turba de parricidas la rodean ladrando como perros. Escritorzuelos de poco pelo, por un miserable jornal, la gargajean en rostro y citan enronquecidos los estribillos de su inmarcesible Necedad; y doctores que han hecho de la filosofía una criada de callejuela al servicio del que paga, menean gravemente las cabezas reclamando de Ella —la Virgen— que se ponga también en venta.

Herejes, para los cuales Cristo no es más que un sujeto de filología o de mito, demandan en nombre del Evangelio los derechos del Sanedrín, siquiera para crucificarla, recrucificando en ella al Cristo, cuyo cuerpo es en la tierra.

Se tropieza con gente que la vendería por bastante menos de treinta siclos, sin riesgo de ahorcarse por desesperación.

Y se tropieza con cristianillos ayunos de catecismo, que mirándola a través de la propia cobardía, atiborrada de egoísmo, anticipan excusas para rehusarle el acatamiento, discuten con aire de suficiencia sus derechos y pretenden enseñarle los cometidos de maestra y de madre, queriéndola cada cual reducirla y plegarla a su talante. Esclava, para darnos de patadas cuando se les suba el humo a sus estrechos cascos; muda, cuando tenga que recordar el Decálogo; sorda, cuando ellos proclamen sus teorías depravadas; ciega, cuando ellos, siguiendo el rastro de sus apetitos, actúen sobre el mundo como sobre un campo de pillaje. Si el liberalismo relegaba la religión a los asuntos privados, el ateísmo la reconoce un interés público más para despellejarla como enemigo o para disfrutarla como una prostituta.

* * *

Considerado con la contabilidad de escuela, el balance es en esta parte muy triste.

Es

en

cambio

muy

consolador

si

se

aplica

otra manera de

contabilidad: la que calcula los valores en profundidad más bien que en superficie y busca las almas escondidas más que a los marchamados 17 sin- Dios.

Cuando el martirio se extiende y la fe expone al que cree a riesgo, el que cree, cree de verdad: no por conveniencia, por lucro, por rutina.

17 Marchamar: marcar en la aduana los bultos o fardos. Marchamo: Marca de reconocimiento que se pone a ciertos productos. (N. del E.)

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Los cristianos son la sal de la tierra; y en un convite no puede ser todo sal. Todo toma sabor de la sal.

Violencias, caballetes, confiscaciones, atrocidades, herejías de analfabetos religiosos, vejaciones patentes o encubiertas, representan la decrepitud del mundo; pertenecen a la prehistoria de la civilización; vuelven a la superficie como carne de cadáveres indigestos; no es dado todavía eliminarlos, y es una pena; pero al fin nada tienen que ver con la ley del amor, introducida por Cristo a través del camino averiado del paganismo; y al fin, todo este tinglado monótono, deteriorado, maltrecho, con todo ese doctrinarismo contradictorio, es como una estacada que sostiene una valla de cartelones impresos, alzada contra el viento, contra el aire y contra el sol para estorbar su flujo o irradiación; detendrá alguna ráfaga, desviará alguna corriente; pero los rayos de sol, el aire y la vida pasan por el lado, por encima, por el medio, hasta desbaratar y echar por tierra todos estos armatostes de miseria.

Son representantes de la decrepitud del espíritu humano, que antes de descomponerse eructa hacia fuera las flatulencias estomacales; que si ha perdido los dientes ha endurecido como colmillos las encías, para morder. Para morder por hambre, y para morder desgarrando. Pero eso no impide que no produzca náusea.

Eso no impide —y aquí está su senil derrota— que no cause ya miedo. Antes bien, el cristiano verdadero se ha sobrepuesto a toda su provisión de garfios y grillos y sabe muy bien que semejante frenesí es producto de miedo; de un miedo loco. Pero él ha hecho donación de su alma a la Iglesia, y allí no hay sofisma laico ni agente bolchevique o nazi que penetre. Aun después que mejicanos y rusos hayan abrasado todas las casas de oración y hayan lanzado al cielo un manto funerario para encubrir la azul visión, y hayan trabado en cepos las manos y pies del último mártir, quedará en su corazón una catedral, alta de la tierra al cielo, y en su centro el Corazón de Dios que no muere.

Esto, naturalmente, se dice por decir. No hemos llegado a este punto, gracias a Dios. La Iglesia aumenta en fuerza, a pesar de que aumenten sus enemigos: y en sus filas, existe un adiestramiento, una selección de conciencias, de inteligencias y de obras, merced a las cuales su potencia ahonda las raíces en la carne viva de la humanidad. Se advierte ya por magnificas señales, que el pensamiento y el arte, después de rumorosas deserciones, vuelven a pedirle la piedra por fundamento y el infinito por inspiración, y sobre todo, aquella autonomía del espíritu, sin la cual la

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inteligencia palidece.

Se dice para reconvención de los unos —la retaguardia pagana de las cortes anticlericales y ateas—; y para advertencia de los otros —la vanguardia cristiana de la verdad que hace libres.

Por más que se resistan a morir aquéllos, ante la conciencia cristiana están de cuerpo presente; y, como es claro, apestan.

117

ROMA

Uno de los caracteres revolucionarios de la nueva religión, se mostró inmediatamente en el choque con las autoridades políticas, en Palestina primero y en Roma después.

De Jerusalén se trasladó el centro de la cristiandad a Roma, cuando impulsados por una vocación divina y humana, los apóstoles llegaron a ella, para ponerse a salvo de le hostilidad judaica y ser allí martirizados.

Donde está Pedro, allí está la Iglesia.

En Roma, las relaciones

entre la

Iglesia y el Estado, se llamaron

persecuciones; y fueron las primeras persecuciones religiosas efectuadas por el Estado romano, el cual hasta entonces había parecido tolerante.

Tiempo atrás, cuando el Senado había decidido derribar un templo de Isis, construido sin autorización en el pomerio 18 , no se había hallado un albañil que osase levantar el pico contra el edificio. Deorum injurioe diis curoe: en los asuntos divinos debían entender los dioses.

Con el cristianismo, el Estado romano se reveló como constitucionalmente era: intolerante. Hasta entonces había consentido la inmigración de dioses alienígenos porque éstos se ponían al servicio de la ciudad conquistadora. De enemigos o extraños se convertían para Roma en patronos —o, por mejor decir, en clientes, según la mentalidad antigua en cuyo concepto la conquista de un territorio llevaba consigo la anexión de sus númenes, esto es, de nuevos protectores. El Estado, en otros términos, los toleraba porque constituían instrumentos de gobierno; mas en cuanto preveía en sus adeptos o en su culto intenciones antirromanas o propósitos inmorales, los proscribía sin piedad. O sea, que el Estado juzgaba las religiones desde un punto de vista estatal: si le aprovechaban, bien; si no,

18 Pomerio: estrecha franja de terreno que constituía el límite sagrado que rodeaba Roma. En el pomerio estaba prohibido entrar llevando armas. Tampoco se podía construir templos dedicados a las divinidades extranjeras dentro de su recinto, que se consideraba reservado a los dioses nacionales. Sólo se hacían ciertas excepciones con las divinidades procedentes de pueblos itálicos, no así con las de procedencia griega u oriental. (N. del E.)

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fuera. El cristianismo, por razones que atañen a la esencia del Estado antiguo, estimó que no le aprovechaba: le pareció un enemigo; y contra él empeñó una larga lucha que terminó con la victoria de la Iglesia al tiempo en que la autoridad imperial se trasladaba de Roma a Bizancio.

En cierta ocasión me fue propuesta una pregunta bicorne: “¿Es verdad en absoluto que el cristianismo ni en la más mínima parte ha sido causa de la caída del Imperio romano? ¿Es un deshonor para el cristianismo el afirmar que fue él la causa de la caída de un imperio basado en el paganismo?” La pregunta atormenta a no pocos espíritus que temen comprometidos los títulos históricos de su patriotismo.

El nacimiento del cristianismo coincidió con el nacimiento del Imperio, o sea, con el esfuerzo desplegado por Roma para organizar unitariamente las numerosas gentes y las diversas razas sometidas por las legiones a su yugo. Precisaba encontrar una levadura de unificación, que no podía ser ni la lengua sola, que nunca fue hablada en todo el Imperio, ni la legislación sola, que al menos en los primeros siglos respetó las autonomías locales y nacionales; que fue, como siempre, la religión, en la forma concreta del mito de Roma y de Augusto, en los cuales, si Roma representaba una idea, Augusto, que era el emperador en funciones, representaba una fuerza, viva y vigorosa. Esta religión, que las diversas idolatrías nacionales adoptaron sin reparo por la elasticidad de su politeísmo, fue propagada por los funcionarios romanos, al tiempo mismo en que la religión exclusivista, monoteísta, intransigente del Evangelio, era propagada por los fieles cristianos, desproveídos, en su mayor parte, de ciudadanía romana.

Pero el cristianismo no podía compaginar con su divinidad la del Imperio: y siendo así, claramente se ve que venía a crear un núcleo de súbditos y de sentimientos que se sustraían a la acción unitaria, por Roma considerada —y lo era desde su punto de vista— necesaria y meritoria.

Los cristianos podían orar por el emperador, pero no al emperador. En el orden religioso, su jefe era Cristo, no César; y su patria espiritual era la mansión de los bienaventurados, no Roma. Mas con esto, frustraban los fines perseguidos por el Estado; y a sus ojos venían a constituir una parte, un partido, actuante fuera y en contraste con la política gubernativa: fuera y contra el Estado. Por eso el Estado los condenó (vetuit esse christianos), y los trató como a reos de lesa majestad; hoy se diría como a enemigos de la patria.

Desde el punto de vista del derecho, dada su evolución en la sociedad

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moderna, no

lo

eran: pero este

derecho es cristiano,

no pagano, pues

implica

la

libertad

de las conciencias desconocidas del cesarismo

centralista, que quería cuerpos y almas. Pero lo eran desde el punto de

vista romano.

Los cristianos procuraron defenderse distinguiendo entre religión y política, entre Dios y el César; mas la distinción no cuajaba en la polis pagana, que en mérito de ella había castigado antes a Sócrates y castigaba ahora a les cristianos. Deseosos estaban los apologistas de dar explicación:

entre ambas mentalidades no había acuerdo posible; eran, en tal grado irreductibles que la solución tan sólo podía lograrse con la victoria radical de la una sobre la otra.

A pesar de los esfuerzos dialécticos de Justino y de los otros apologetas griegos que apelaban a la razón, y a pesar de las habilidades jurídicas de Tertuliano y de otros escritores latinos que apelaban al derecho, ni los unos ni los otros podían desmentir el hecho de que los cristianos dificultaban la obra unitaria, actuando clandestinamente como una especie de comunistas en el Estado moderno —si vale el parangón, meramente exterior.

De

esto se percataban ellos

mismos al definirse

tertium genus,

separados por una parte de los hebreos, y por otra de los paganos.

Y la separación empezaba en la vida familiar y se extendía a la vida pública.

La familia, núcleo del Estado, estaba en quiebra por obra del cristianismo. Perpetua anteponía a Cristo a su anciano padre y a su hijito de leche. Había mujeres cristianas que se separaban de sus maridos, para defender la propia castidad y religión. Había esclavos que rehusaban practicar actos idolátricos o deshonestos por respeto a Cristo, cuando en la sociedad antigua era incuestionable que les era obligado tener como suya la religión y la moral de sus amos. De los ritos domésticos que reunían la familia, se ausentaban los miembros cristianos, como gente que menospreciase las glorias y usos de los antepasados.

El ejército —nervio del Imperio— los cristianos lo miraban con difidencia, distinguiendo, tal vez, entre soldados de Dios y soldados de muerte (los de César); y ciertos legionarios arrojaban al suelo la corona y rehusaban el servicio, haciéndose reos de verdadera deserción, tanto más grave cuanto más ingente urgía en los confines la presión bárbara.

Para el romano

la

patria

era

el lugar

donde se

permanecía, y

permanecía allí incardinado con los dioses domésticos, las memorias, los

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intereses, las ambiciones, defensor de las leyes y vinculado de la poesía; para el cristiano la patria era el lugar por donde se pasa, y cuando en un sitio se está de paso, o más bien de peregrinación —en expiación, en destierro, como extranjeros— y el corazón emigra a otros parajes y ha colocado más allá su estación de reposo, claro está que es indiferente un lugar u otro. Para el romano el exilio era el forzoso alejamiento del hogar, del agua y del fuego: una muerte civil: Ovidio en Tomo; para el cristiano el exilio era la ocasión para propagar la Buena Nueva en tierras nuevas, ya que en destierro se sentía siempre, en cualesquier fragmento del planeta:

Juan en Patmos.

Este sentimiento truncaba la romanidad tradicional, y habría destruido cualquier estado paganamente organizado, aun sin levantar contra él una daga o esquilmarle un as de impuesto. El Estado omnipotente, absorbente, era reducido a una entidad transeúnte, sujeta a modificarse y aun a perecer (y esto contra el dogma romano de la Roma eterna); la ciudad terrena era distinta de la ciudad celeste y subordinada a ella.

Los cristianos se retiraban frecuentemente de los cargas públicos; y las gentes los llamaban con desprecio infructuosi; no tomaban parte en los juegos del circo, del anfiteatro, del estadio, y las gentes susurraban de reuniones clandestinas habidas, a su parecer, para perpetrar crímenes contra natura. De buen grado se hubieran ellos disculpado. Pero era un hecho que no asistían a las manifestaciones públicas, o como hoy se diría, patrióticas. Y a las imágenes de César les negaban juramentos y sacrificios, comportándose como quien hoy no participase en las fiestas nacionales y rehusase descubrirse ante la bandera.

Al refutar la doctrina de los cristianos, Celso cierra su Discurso de la verdad con una conmovida invitación a volver a la lealtad patriótica ni más ni menos que si hubiesen traicionado las instituciones y la patria. Para Celso, tipo de conservador antiguo, las habían traicionado en efecto: Cristo estaba en pie contra César.

Por eso hasta Constantino, los cristianos viven en el Imperio como gente ex-lege (ilegales), a veces tolerados y a veces perseguidos, nunca legalmente aceptados.

Dos obispos asiáticos, Melitón y Teófilo, fueron los únicos en acariciar una conciliación o cuando menos un acuerdo entre la Iglesia y el Estado pagano; pero Tertuliano encontraba utópica la idea de un César cristiano o de un cristiano César. Hasta los más mansos escritores, correa

121

Atenágoras, hablaban de la “Roma vuestra”, patentizando una marcada separación en el sentimiento; y en Tertuliano relampaguea claramente la posibilidad, o al menos la capacidad de un levantamiento armado, de no haber sido cristianos, mientras el Apocalipsis, los Cantos Sibilinos, Taciano y Comodiano, reflejan un estado de abierta o sorda oposición a Roma (en Salviano de verdadera rebelión), como a la Nueva Babilonia enemiga de los hijos de Cristo.

El mismo Agustín, estando en manos de cristianos el régimen del Imperio, escinde todavía la ciudad de Dios de la de Roma, y no acepta la Romanidad sino en cuanto cristianizada o en vías de cristianizarse.

Hay, después de Constantino, numerosos cristianos de sentimiento romano más hondo que el de los paganos; pero el Imperio va ya a la deriva; su centro se desvía hacia otra parte; y sólo el poeta entusiásticamente patriota, el español Prudencio, contemporáneo del español Teodosio que hizo del catolicismo la religión del Estado, ve las cosas bajo reminiscencias virgilianas.

Se cumplió entonces la conciliación augurada por Melitón de Sárdica; pero no sobre los rieles por él diseñados de un sincrónico desenvolvimiento del Imperio y de la Iglesia, procediendo concordes sobre dos paralelas; sino más bien en dos direcciones opuestas, ya que cuanto la Iglesia se dilata tanto se abrevia el Imperio. Este proceso de encogimiento

del uno y de desarrollo de la otra, tiene también su resultante —y es natural— en la literatura. Frente a inútiles retóricos paganos cinceladores de frases y cláusulas sin vida —Frontón, Claudiano, Imerio, Temistio,

Libanio

—surgen,

reverdeciendo las lenguas griega y latina con

... pensamiento nuevo y poderoso Minucia, Tertuliano, Cipriano, Lactancio, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Prudencio, en Occidente; Clemente Ale- jandrino, Orígenes, Atanasio, Eusebio, Basilio, los dos Gregarios, Crisóstomo, en Oriente. Y es de notar que esta literatura —hasta el 311— es por su mayor parte polémica con respecto al Estado, esto es, de lucha.

El afecto de los fieles se volvía ya hacia Roma, pero no hacia la ciudad de los Césares, de los foros y de los arcos, sino hacia la consagrada por el recuerdo de los apóstoles, de los mártires, de las catacumbas, de los papas; hacia una Roma destinada a sobrevivir al Imperio; hacia la Roma, en fin, no de Rómulo y Remo sino —como dirá León Magno— de Pedro y Pablo, más vasta ahora por las conquistas de la pax christiana que por las del bellicus labor. Sobrevino una romanidad cristianizada, espiritualizada.

Hay más todavía. Si es verdad que Constantino, con una intuición

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genial de la utilidad pública de una proyección de la universalidad católica sobre el aglomerado del Imperio para unificarlo cambió la orientación de la política general del Estado para apoyarse en una masa más orgánica y

vasta, lo es también que, aun en esta parte, no tardó en encontrarse —y más que él sus sucesores— con el contrapeso de partidos discordes, pendencieros por propensión, como los maniqueos, donatistas, pelagianos,

arrianos, nestorianos, eutiquianos

...

:

partidos que dislaceraban la

ensambladura cristiana y perturbaban la convivencia pública; que, sobre esto, por la naturaleza propia de las herejías, contenían un germen de revuelta particularista, nacionalista, ruinosa para el universalismo del Imperio.

Todo esto para concluir que el cristianismo, a su pesar, hizo de cuña que fractura la solidez del Imperio, y contribuyó, por lo tanto, a su ruina. No intentó, de ordinario, hostilizar a Rima cuya obra de pacificación y de organización administrativa —tan útil al apostolado del uno al otro confín del Imperio— apreciaba y celebraba, sino al paganismo; esto es, adversó al Estado en cuanto pagano. Como una masa de ciudadanos que hostilizase a un Estado europeo en cuanto liberal: puede terminar por destruirlo, y en todo caso, trabaja y contribuye a su destrucción.

Con esto, por lo demás, no se pretende afirmar rotundamente que el cristianismo fuera la única o la principal causa de la caída del Imperio, ni que “el galileo de rubia cabellera” cargase sobre las espaldas de Roma una cruz intimándole “Llévala y sirve”, con todas las demás truculencias que puede inspirar, después del agua de Clitumno, el vino de Espoleto. Tamaña pesadilla no se apoderó ni aun del cerebro de Juliano.

En el derrumbamiento del Imperio, influyeron con fuerzas muy diferentes, muchas otras causas: económicas, sociales, étnicas, politices, militares, administrativas; disolución de la pequeña propiedad y constitución del latifundio con la servidumbre de la gleba y los bagaudas 19 , anulación de la iniciativa privada en el comercio y en la industria sustituida por un régimen de reglamentación coercitiva, sistema monetario

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