Sei sulla pagina 1di 30
UNIVERSIDAD PARA LOS MAYORES 2012 / 2013 Asignatura: HISTORIA DE ESPAÑA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA Profesor:

UNIVERSIDAD PARA LOS MAYORES 2012 / 2013

Asignatura: HISTORIA DE ESPAÑA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA

Profesor: Carlos Nieto Sánchez

MODERNA Y CONTEMPORÁNEA Profesor: Carlos Nieto Sánchez INTENDENCIAS EN EL VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA

INTENDENCIAS EN EL VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA

SIGLO XVIII CARLOS III

Alumno: Pedro Miguel Ortega Martínez

Curso 2º A

Octubre / Noviembre 2012

INDICE:

Preámbulo…………………………………………………………….

Pág. 3

Modificación colonial española bajo Carlos III……………

Pág. 4

La provincias del Río de La Plata.………………….…………

Pág. 6

Iniciación del sistema de intendencias………

………

Pág. 9

El establecimiento del sistema de intendencias

en el Virreinato del Río de la Plata………………………………

Pág. 10

El intendente y el virrey…………………………………………

Pág. 11

El intendente y la Real Hacienda…………….…………………

Pág. 11

El intendente y la administración pública………………………

Pág. 12

El intendente y los indígenas……………………………………

Pág. 14

El intendente y el cabildo………………………………………

Pág. 18

El intendente y la audiencia……

….…….……………………

Pág. 22

El intendente y la revolución……………

……………………

 

Pág. 24

Conclusión…………………………………………………………

Pág. 26

Bibliografía………………………………………………………

 

Pág. 30

Preámbulo:

Hace pocos años hicimos un viaje familiar por México. Allí tuvimos oportunidad de conocer la sede del Virreinato, muy cerca del D.F.

Posteriormente, otro motivo familiar nos llevó hacia América del Sur, donde pudimos recorrer Argentina. Viajamos desde el Brasil a la Tierra de Fuego. Y nunca me informaron de que allí hubo el último virreinato colonial.

Ha sido en una clase de nuestro profesor, Carlos Nieto Sánchez, cuando me llegó noticia importante de este evento carolino. Soy gran admirador de la figura del buen rey Carlos III, el mejor alcalde que hemos tenido en Madrid.

Desconocía también el tema de las Intendencias, y ha sido un placer investigar sobre esta materia histórica entre unos siglos tan decisivos (XVIII al XIX) para nuestra historia moderna.

Durante días me he volcado en investigar por las bibliotecas de la Facultad de Historia y Geografía, así como en la Biblioteca de Retiro, que es mi barrio. El material es inmenso, como corresponde a esta parte de la historia citada en España.

Me ha podido más la pasión del estudio, tomando notas y apuntes, por lo cual no he sido capaz de sintetizar este trabajo. Porque cuando me he extendido así, es como si me quisiera confirmar a mí mismo que similares problemas de índole político, económico, cultural e histórico, me parecen seguir latentes en nuestro siglo XXI.

Las intendencias, los intendentes, procuraron nivelar las diferencias y establecer mejores relaciones entre tantas instituciones como hubo en el Virreinato del Río de la Plata. El derecho, por el mero hecho de ser personas, naturales de la tierra colonizada, se ponía en tela de juicio a favor de unos intereses más inclinados al enriquecimiento personal, de los propios colonizadores, que a dar lustre y orgullo a una colonia del imperio español.

Otro sí, tal y como hoy se observa, corresponde a la tristemente famosa burocracia, en contra de cuantas reformas hubo para mejorar la administración, la justicia, y el aprovechamiento de los recursos naturales (especialmente las minas de metales preciosos, en detrimento de las provincias menos afortunadas) cuando todos los gobernados por la ilustración de Carlos III merecían las mismas posibilidades, el mismo trato.

Agradezco desde estas líneas la idea recibida de nuestro profesor, dejándonos plena libertad para escoger un tema, un hecho histórico, del que me siento bien orgulloso; por el progreso que pudo suponer a unos habitantes sometidos a tribus más esclavizadoras. Honor a todos quienes obraron honradamente.

MODIFICACIÓN COLONIAL ESPAÑOLA BAJO CARLOS III

MODIFICACIÓN COLONIAL ESPAÑOLA BAJO CARLOS III La tradición de los Borbones era centralista, y se convino

La tradición de los Borbones era centralista, y se convino que el mejor medio para conseguir el restablecimiento de España era, por medio de una monarquía poderosa, haciendo desaparecer todo asomo de independencia y eliminando todos los privilegios sociales, eclesiásticos y municipales ajenos a la corona.

El verdadero secreto de su éxito residía en una singular inspiración para seleccionar sus consejeros y ministros. Un pequeño e ilustrado grupo de hombres cuya aparición en la segunda mitad del siglo XVIII fue el rasgo más sobresaliente de la vida pública española. Roda, ministro de Justicia; Floridablanca, procurador del Consejo de Castilla y después ministro de Relaciones Exteriores; Aranda, presidente del Consejo de Castilla; Campomanes, procurador del Consejo de Castilla; Gálvez, ministro de Indias, son los hombres que suministran las ideas y abren el camino de la reforma en

los círculos gubernamentales. Carlos III fue suficientemente sensato para conferirles la necesaria libertad de acción.

sensato para conferirles la necesaria libertad de acción. Un selecto grupo de filósofos, economistas, prelados y

Un selecto grupo de filósofos, economistas, prelados y hombres de letras, base de la opinión progresista en que se apoyaban los ministros y en la que ellos mismos se habían formado, tuvo importancia en la promoción del movimiento de resurgimiento económico y científico. Favorecían la reforma económica.

promoción del movimiento de resurgimiento económico y científico. Favorecían la reforma económica. Página 5 de 30

Se examinaron diversas medidas: impuestos equitativos, industrialización, expansión del comercio con las colonias y el extranjero, mejoramiento de las comunicaciones mediante la apertura de canales y la construcción de caminos.

Surgieron numerosas juntas, comisiones, institutos y sociedades, para estudiar los problemas del desarrollo económico racional. Su finalidad era simplemente la prosperidad del país.

Al monarca le parecía más urgente tomar un nuevo ru mbo en los asuntos coloniales que en la Península. Siempre que supiera extraerlas, España tendría realmente riquezas en sus posesiones ultramarinas. La reforma colonial ocupará un lugar preferente en el programa de Carlos III. La base de toda su política fue la supervivencia de nuestro país como poder colonial y, en consecuencia, como potencia que debía tenerse en cuenta en Europa.

El intercambio de España y las Indias fue limitado a los puertos metropolitanos de Cádiz y Sevilla y a los americanos de La Habana, Veracruz, Cartagena y Porto Bello, en un intento de monopolizar todo el comercio americano con España, y para protegerlo contra los ataques de los incursores extranjeros.

Aun cuando teóricamente el imperio español estaba encerrado en una inmensa estructura monopolista, el mecanismo para hacerla observar era lamentablemente inadecuado. Le Ley era tan perfecta que no se la podía cumplir.

Hemos de considerar dos aspectos de la reforma colonial española bajo Carlos III: el económico, para un comercio más liberal, y el estratégico, que se tradujo en varias medidas defensivas.

LAS PROVINCIAS DEL RÍO DE LA PLATA

En los primeros años del siglo XVIII las provincias del Río de la Plata, pobres en minería y alejadas de las rutas comerciales entre España y las Indias, ofrecían al mundo un espectáculo poco atractivo. Languidecían en la periferia del imperio, con sus puertos cerrados al comercio directo con la Península y sus importaciones canalizadas a través de la remota Lima.

Esta carencia de metales preciosos era el factor más importante en la economía de la región. Una colonia sin plata tenía poca utilidad a los ojos del gobierno español y escaso atractivo para los pobladores de nuestra nacionalidad. En consecuencia, la madre patria la descuidó, los emigrantes la eludieron y, en general, tuvo que defenderse sola.

La naturaleza del terreno fue otro factor más que determinó la vida económica del país. El ganado llegó a ser el bien más preciado de la colonia. Por lo tanto,

la región litoral de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes era una zona exclusivamente ganadera, completamente distinta, tanto en lo económico como en lo social, de las regiones del interior. Las provincias interiores del Río de la Plata se convirtieron en proveedoras del Alto Perú.

interior. Las provincias interiores del Río de la Plata se convirtieron en proveedoras del Alto Perú.

La actividad industrial se realizó en pequeña escala en toda América hispana, más esta industria aumentó en el siglo XVII, a pesar de todas las leyes contrarias a ella. Lo hizo en parte a consecuencia de la declinación de la industria española, en cuyo favor se habían promulgado dichas leyes, y también, en parte, por las restricciones impuestas al sistema de intercambio.

Pero la variedad económica en la vida de la colonia no podía ocultar sus modestas proporciones. Se asignaba al Río de la Plata un papel muy humilde. Ignorados por España y subordinados sus intereses a un sistema imperial en que desempeñan un papel servil, los criollos o españoles nacidos en las colonias del Río de la Plata estaban apenas ligados a nuestro país por débiles lazos de simpatía, mientras su aversión por los monopolistas del Perú era solo un punto menor que la que sentían por los españoles peninsulares.

España no valoró la ruta natural de América del Sur pero otras naciones europeas sí. Atraídos por las riquezas de Potosí, convergieron sobre el Río de la Plata ingleses, portugueses y holandeses. A través de Buenos Aires se desplegó uno de los comercios de contrabando más florecientes de toda América.

Ante la perspectiva de ser eliminada comercialmente por Gran Bretaña, y

deseosa de promover un resurgimiento de sus propias manufacturas, España

tuvo que seguir

más liberales con sus propias colonias.

los pasos de sus rivales y desarrollar relaciones económicas

El ganado, hasta entonces apenas explotado, adquirió valor comercial y tuvo salida a los mercados externos; este incentivo fue el causante del desenvolvimiento de las famosas vaquerías del Río de la Plata.

Al desaparecer las rutas comerciales artificiales por la vía de Panamá y Lima, el consumidor colonial podía conseguir entonces sus efectos más directamente y más baratos. Por consiguiente se inició la emancipación del Río de la Plata del dominio económico de Perú.

Comenzaba así, para la colonia, un período de comercio sin precedente; entraba mayor cantidad de mercaderías europeas y mejores precios, y su riqueza era estimulada por la demanda de su propia producción. La aparición del Río de la Plata como factor primordial en la política colonial española no fue tanto fruto de la comprensión de sus posibilidades económicas como de su importancia estratégica.

En 1765 Gran Bretaña consiguió una base en las Malvinas. Hasta mediados del siglo XVIII, Buenos Aires había sido considerado mero apéndice del virreinato del Perú, pero antes de la creación del virreinato del Río de la Plata la capital bonaerense comenzó a adquirir autonomía de facto respecto del Perú.

Por tanto, el fomento de la riqueza del Río de la Plata ya no era simplemente una aspiración local sino, también, un interés esencial del gobierno central. Ninguna colonia hispanoamericana recibió más protección económica que el virreinato naciente. Tales condiciones provocaron, inevitablemente, nuevos problemas administrativos. De esta manera surge el tercer elemento de la política española del citado período: la preocupación por una mejor administración colonial. El valor económico y estratégico del nuevo virreinato dependía en último grado de su orden interno y de su seguridad.

Así es como adquiere todo su significado la decisión de Carlos III de aplicar al Río de la Plata el sistema administrativo de las intendencias.

INICIACIÓN DEL SISTEMA DE INTENDENCIAS

Como tantas otras reformas introducidas por los Borbones, durante el siglo XVIII, en España y América, la que supuso mayores cambios institucionales no fue de origen puramente español. Los intendentes franceses aparecen escasamente en la primera mitad del siglo XVII, y en España se precisaba de una nueva organización gubernamental, que combinara una acción efectiva en la administración central y la total subordinación a la autoridad central. Fue Felipe V quien se dirigió a Francia, por sugerencia del cardenal Portocaerrero, solicitando de Luis XVI que enviara a España un experto para reformar la administración de la hacienda. Fue por tanto Orry y sus colaboradores los instigadores de la pronta introducción del sistema de intendencias en nuestro país.

En 1718 uno de los colaboradores de Orry, y notable administrador, José Patiño, fue nombrado primer intendente del ejército en Extremadura y luego en Cataluña. El éxito de esta experiencia alentó entonces al monarca a colocar un intendente al frente de cada provincia; así dio a lo que hasta entonces era un cargo puramente funcional, una aplicación absolutamente territorial, con total autoridad en los ramos de justicia, administración, hacienda y guerra. Esta novedosa legislación produjo una reacción tan fuerte en la clase burócrata existente que hubo de suspender su vigencia por decreto del 1º de marzo de 1721. Luego se restablecería en 1749, y ya en adela nte se consolidó.

Ambas clases de intendentes, de ejército y de provincia, se fueron asimilando mutuamente de forma gradual y, como en Francia, el nuevo funcionario tomó sobre sí el mayor peso de las tareas de gobierno.

Una real instrucción del 30 de julio de 1760, que concedía al Consejo de Castilla el derecho de supervisar y examinar las cuentas anuales de los municipios y creaba una contaduría general, ejemplo típico de la expansión de la intervención centralista bajo el gobierno de los Borbones, también proveyó a

la formación de una junta municipal de propios y arbitrios o comisión de hacienda, en toda población.

Una nueva expansión de este sistema se inicia con la famosa visita de José de Gálvez a Nueva España en 1767. Gálvez estaba orientado hacia la posible aplicación del sistema de intendencias en Nueva España. La opinión más revolucionaria fue la de Aranda, quien abogaba con elocuencia por una incorporación más genuina de los americanos, tanto indígenas como criollos, a la vida política española en América, especialmente aceptándolos en los cargos públicos, para los que debía aplicarse, como único criterio, el mérito personal.

Esto supondría aún mayor posibilidad de conflictos de jurisdicción y mayor necesidad de definir con precisión los límites de competencia, para evitar conflictos con los virreyes, gobernadores y audiencias. El virreinato del Río de la Plata gozaría de los privilegios de iniciar el s istema perfeccionado. El sistema de intendentes superó la etapa de la reforma parcial y funcional, y se convirtió en una institución orgánica, con una acabada aplicación territorial.

EL ESTABLECIMIENTO DEL SISTEMA DE INTENDENCIAS EN EL VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA

La Ordenanza de Intendentes dividió el virreinato del Río de la Plata en diversas unidades políticas. Sobre éstas se podía ejercer la supervisión real con mayor seguridad. Respecto a su organización territorial, al establecerse este sistema de intendencias se culminó una integración jurisdiccional y administrativa que el gobierno español había intentado durante varios años.

Este gobierno provincial, establecido desde tanto tiempo atrás, fue modificado en dos sentidos por dicha Ordenanza de Intendentes. Se le concedió la claridad y uniformidad que hasta entonces le faltab a y, especialmente, se otorgó a sus funcionarios un mayor campo de acción. La Corona adoptó numerosos recursos para lograr un alto nivel en esos funcionarios, reservando el derecho de poder nombrar los intendentes.

El virrey podía designar un intendente solo ante una vacante repentina por fallecimiento, y en ese caso sería temporal hasta que llegara el señalado por el rey.

La composición social de la clase de intendentes en el Plata, venían de la clase media o entre los rangos menores de aristocracia, fuente tradicional de abastecimiento de los funcionarios administrativos españoles.

EL INTENDENTE Y EL VIRREY La Ordenanza de Intendentes trató de definir y delimitar los

EL INTENDENTE Y EL VIRREY

La Ordenanza de Intendentes trató de definir y delimitar los poderes del virrey y del intendente. El superintendente general del ejército y de la real hacienda actuaría con absoluta independencia del virrey en los problemas financieros y económicos, mientras que el segundo continuaría ejerciendo todos sus otros poderes, de acuerdo con las leyes de Indias.

Los virreyes cambiaban y su capacidad no era siempre la misma, mientras que la audiencia proporcionó el elemento de la permanencia más importante en las instituciones coloniales españolas.

Si bien es verdad que la mano del virrey podía ser refrenada por muchos organismos, el nuevo sistema de intendencias se presentaba como una amenaza mayor que todas las otras para su autoridad.

EL INTENDENTE Y LA REAL HACIENDA

Las finanzas fueron la piedra de toque de la política de los Borbones, el objeto común que impulsaba todo el esfuerzo reformista de los gobiernos españoles del siglo XVIII.

En el transcurso de dicho siglo, y especialmente con el estímulo de Carlos III y sus ministros, se modificó la real hacienda colonial en todas las partes del imperio.

Uno de los métodos de la reforma financiera en que tuvo gran confianza el monarca, fue la visita o inspección general de un virreinato, por un comisionado especial de la corona. La obra de José de Gálvez en Nueva España fue el ejemplo más destacado de esta práctica y, alentado por ese precedente, el gobierno nombró en marzo de 1776 a José Antonio Areche, fiscal de la audiencia de México, como visitador general del Perú; éste se concentró en la reforma de la real hacienda, y se empeñó en eliminar la corrupción administrativa, la evasión de impuestos y en imponer una mejor organización para la recaudación de la renta.

una mejor organización para la recaudación de la renta. EL INTENDENTE Y LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA El

EL INTENDENTE Y LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA

El intento de mejorar el nivel de la vida en las colonias siguió dos vías principales: la del fomento de la industria y la ganadería colonial y la del mejoramiento de las condiciones de vida urbana, mis iones específicamente señaladas a los intendentes.

Las visitas de inspección siempre formaron parte de los deberes de los gobernadores coloniales constantemente encomendadas por reales órdenes pero se cumplían en forma deficiente. La Ordenanza de intendentes ordenaba específicamente que los intendentes visitaran sus provincias cada año para fomentar el progreso económico.

Además de la creación de nuevos centros urbanos, los intendentes se preocuparon por mejorar los existentes y el nuevo régimen fue testigo de una resurrección de las obras públicas.

No siempre pudieron los intendentes organizar de forma directa los trabajos públicos porque sólo residían en la capital de cada provincia. Fueron los cabildos quienes dirigieron en general las obras de los pueblos dependientes, bajo la inspección del intendente.

Fue en Buenos Aires donde se obtuvieron los resultados más grandiosos con el régimen de intendentes. Hasta mediados del siglo XVIII Buenos Aires presentó al mundo un aspecto de irremediable desaliño.

El progreso de la vida urbana en época de los intendentes no se redujo a los edificios públicos. Incluyó también cierta clase de servicio social que halló su expresión en la fundación de hospitales, instalación de graneros públicos, y sobre todo en la provisión de mejores medios educacionales.

Sin

universitaria.

embargo,

los

intendentes

tuvieron

poca

influencia

en

la

educación

Lo que no podía esperarse de los intendentes era que modificaran la política; simples administradores, la política se elaboraba en Buenos Aires y en Madrid. La causa radial del atraso agrario en el territorio bonaerense fue la política de la tierra pública.

El retraso agrícola se acentuó por la rivalidad económica entre el comercio y el campo. La creación del consulado o tribunal de comercio de Buenos Aires, en 1794, y en su doble carácter de tribunal judicial en la jurisdicción mercantil y de junta de protección y desarrollo del comercio, significó un intento del gobierno para aunar ambos intereses.

La provincia de Buenos

la

expansión creada con las reglamentaciones de 1777 y 1778, la exportación de cueros aumentó enormemente.

principales materias primas

importante productora de las

Aires

fue

la

más

exportables del país: cueros

y carne. Con

Había por otra parte una falta de homogeneidad en la estructura económica del virreinato del Río de la Plata. Mientras la industria ganadera respondió rápidamente a la apertura del país al comercio exterior, para las provincias del interior, como Córdoba y Salta, el comercio libre fue una calamidad que pronunció la sentencia de muerte en sus industrias.

EL INTENDENTE Y LOS INDÍGENAS La política de España respecto de los indígenas fue condicionada

EL INTENDENTE Y LOS INDÍGENAS

La política de España respecto de los indígenas fue condicionada por los motivos que la llevaron a colonizar. “Hemos venido para servir a Dios, y también para enriquecernos”; frase famosa de Bernal Díaz, soldado y cronista de la expedición de Hernán Cortes a México, que subrayó el impulso económico y religioso que respaldaba la empresa his pana en el Nuevo Mundo.

El sistema de encomiendas suscitó muchos abusos y fue objeto de más de un

ataque legislativo, ya para impedir el surgimiento de una poderosa clase feudal en las colonias, ya para proteger a los naturales. Pero esos ataques no siempre fueron efectivos y el sistema echó raíces profundas. Fue un problema que las autoridades coloniales del Río de la Plata trataban de solucionar en el siglo

XVIII.

Desde principios del siglo XVIII la corona hizo algunos intentos por reglamentar las encomiendas del Río de la Plata, Tucumán y Paraguay, especialmente para impedir la prestación de servicios personales en ve z del tributo, pero siempre la presión local de las partes afectadas impidió que las autoridades coloniales lo convirtieran en realidad.

Las encomiendas continuaron en su integridad en los primeros años del régimen de intendentes. En 1784 se ordenó al virrey que pusiera en vigencia la prohibición del servicio personal, pero que asimismo se asegurara que los indios trabajasen por un salario. En 1800 otro virrey informaba que la política

real casi no había progresado en los últimos 190 años y que en Paraguay aún existía el sistema de encomienda con todos sus abusos.

En el Alto Perú la cuestión del trabajo indígena adoptó una forma distinta, y los intendentes tuvieron problemas más agudos que tratar. Las autoridades locales reclutaban a los indígenas por turnos en forma compulsiva y se les ponía a trabajar para el estado, la iglesia o empleadores privados, a cambio de salario y condiciones reglamentadas de ocupación.

En las provincias del Río de la Plata, donde no había minas importantes, el turno se aplicó a los indios de encomienda que realizaron servicio personal para sus patrones durante cierto período de cada año.

El índice de mortalidad era elevado. Una vez cumplido el servicio, buena parte de los nativos no regresaban al hogar: los que no m orían eran retenidos por la fuerza con distintos pretextos.

La política española trató de mantener adecuados re cursos de mano de obra nativa e igualmente convencer a los nativos de la frontera que se asentaran en comunidades permanentes y habitaran en pueblos y ciudades para facilitar la labor de someterlos a la supervisión real y convertirlos al cristianismo.

a la supervisión real y convertirlos al cristianismo. Se podría incluir a los indígenas en encomiendas,

Se podría incluir a los indígenas en encomiendas, pero éstos no debían perder sus derechos de poseer tierras propias. El sistema creado por los jesuitas del Paraguay, fue el más organizado en cuanto a reducciones. En poco más de 150 años los religiosos fueron extendiendo gradualmente su influencia sobre

las tribus del Amazonas, occidente boliviano, en Chiquitos, Chaco, Paraguay y las pampas.

El sistema fue bruscamente interrumpido por la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles en 1768. En adelante la situación de los indios de Paraguay y Uruguay fue una preocupación constante para las autoridades centrales de Madrid y para el gobierno virreinal de Buenos Aires.

de Madrid y para el gobierno virreinal de Buenos Aires. En principio el desacostumbrado papel de

En principio el desacostumbrado papel de las autoridades españolas, como defensoras de la libertad, fue más teórico que práctico. A falta de todo otro plan que lo remplazara, continuó el sistema jesuítico de gobierno y se mantuvieron las comunidades. Cada pueblo tenía funcionarios indígenas subordinados: dos alcaldes, cuatro regidores, un alcalde provincial, dos alcaldes de la Santa Hermandad y un secretario, pero el administrador presidía todas las juntas municipales. Este sistema de administración secular, que teóricamente no distaba del régimen jesuítico, resultó desastroso en la práctica. Los nuevos funcionarios no solo fueron menos eficaces que los jesuitas, sino más interesados y miraron su labor como un medio de obtener beneficios personales.

Por otra parte, el nuevo sistema no proporcionó a los indios dirección económica ni protección. Los indios alzados y pandillas de portugueses y contrabandistas españoles les robaron despiadadamente los ganados.

La consecuencia natural del nuevo estado de cosas fue la deserción de los nativos y la población de las misiones declinó rápidamente a medida que los

indios comenzaban a dirigirse a Brasil, a Buenos Ai res, a Montevideo, a Paraguay, a Santa Fe, a Entre Ríos y a Corrientes.

La preocupación del gobierno de los virreyes y de los intendentes por el problema indígena, creado por la expulsión de los jesuitas, atestigua las buenas intenciones más que la verdadera habilidad de los administradores españoles.

Por falta de una política positiva y de precisas definiciones administrativas, poco pudieron hacer los intendentes, salvo informar sobre los males de la nueva distribución. Resultaba evidente que la administración secular no supliría la eficiencia ni la integridad de los jesuitas y que debía hallarse una nueva dirección.

En 1779, después de condenar el sistema jesuítico por esclavista, y la administración civil que lo remplazó, por expoliador e ineficaz, el virrey pasó a la acción principal, o sea la necesidad de abolir el sistema comunitario y el principio de la propiedad comunal y de reemplazarlo por la libertad individual y el comercio recíproco.

El proyecto falló como todos los anteriores. Teóricamente era magnífico distribuir las tierras comunitarias, el ganado y demás bienes entre los indígenas en propiedad particular; pero en la práctica se tropezó con grandes dificultades porque la propiedad comunal se hallaba gravada por demasiadas deudas, después de la desastrosa administración de los funcionarios comunales.

por demasiadas deudas, después de la desastrosa administración de los funcionarios comunales. Página 17 de 30

EL INTENDENTE Y EL CABILDO

En diciembre de 1807 el cabildo o ayuntamiento de Buenos Aires, consciente del prestigio conquistado en la reciente defensa de la región contra las expediciones británicas que invadieron el Río de la Plata, solicitaba a la corona le concediera el título de “Defensor de la América del Sur y Protector de los cabildos del Virreinato del Río de la Plata”.

Aunque conviniéramos en que las grandes reformas de Carlos III dieron a los intendentes la iniciativa en el gobierno comunal, ello no significa que tomara la decisión de los cabildos, porque no podían tomar lo que los cabildos no tenían.

Es sumamente difícil la generalización respecto de los cabildos del imperio español, particularmente en lo referente a elecciones municipales: las condiciones variaron de época en época y de ciudad en ciudad. Se sabe que en las poblaciones mayores, los cabildos constaban de doce regidores, mientras que en otros hubo, generalmente seis. Pero la forma de elección de esos concejales es otro asunto.

Teóricamente, pues, dentro del marco de las limitaciones de una monarquía absoluta está suficientemente definida la posición legal de los cabildos. La ciudad nombraba sus jueces, administraba sus bienes y ejercía sus moderadas funciones locales.

No podía esperarse de estos cuerpos una vigorosa política local. No formaba parte de la política de una monarquía absoluta fomentar ayuntamientos vigorosos y ni en la teoría ni en la práctica se protegía la independencia. Esta dependencia de autoridades superiores estimuló un s ervilismo y una inercia, que puede leerse en las de las actas de los cabildos.

En la mayoría de las provincias no se asistía con regularidad a las reuniones de los cabildos. Muchas veces el cabildo se vio obligado a multar a vecinos remisos que se rehusaron a aceptar los cargos a los que habían sido electos. Si la situación fue mala en ciudades como Buenos Ai res, fue aún peor en los pueblos más pequeños y atrasados. San Luis y La Rioja, en la provincia de Tucumán, no tenían regidor; simplemente había dos alcaldes ordinarios y un síndico procurador.

Ya se ha hecho notar la intrusión directa de los gobernadores en las elecciones municipales; con esta rémora al parecer el sistema de intendencias, fue en aumento. Al mismo tiempo, los virreyes reafirmaron en términos nada ambiguos su derecho de confirmar las elecciones y de asegurar los mismos derechos para sus subordinados, los gobernadores.

Fueron perdiendo también el poco gobierno que tuvieron sobre sus propios miembros. En teoría, y a menudo lo hizo en la práctica, el gobernador podía suspender a un capitular por considerarle culpable de un crimen civil.

Los cabildos podrían haber resistido esta presión cada vez mayor contra su posición si hubieran gozado de una sólida base económica, pero la misma ausencia de toda influencia financiera fue probablemente la causa más fundamental en su inocuidad en este período. La pobreza de los cabildos fue endémica.

El control financiero significa poco, allí donde hay escasas finanzas que gobernar. No era solemne, pues, el cuadro que presentaron los cabildos en el tercer cuarto del siglo XVIII. Una ocasional protes ta pareció indicar que aún alentaba la llama de la independencia, pero fue un grito de desesperación y de impotencia.

Toda manifestación de fuerza o independencia por parte de los cabildos fue anormal y efímera. Entre 1800 y 1810, en casi todas las ciudades principales del virreinato del Río de la Plata, vigorosos cabildos se hallaban en conflicto con las autoridades políticas locales.

en conflicto con las autoridades políticas locales. Es verdad que la política centralista de Carlos III

Es verdad que la política centralista de Carlos III y sus ministros nada bueno auguró para los cabildos. El municipio de Buenos Ai res evidenció el deseo de participar en el aumento de poderes políticos conferidos a la zona con la creación del nuevo virreinato en 1776. El cabildo de dicha capital tuvo pretensiones políticas y financieras. En 1778, en n ombre de todos los intereses

y clases de la ciudad, lanzó un genuino grito de aflicción por la partida de un virrey a quien atribuyó todo el progreso reciente en los asuntos de la provincia.

Los cabildos no tuvieron motivo para recibir con júbilo la extensión, y menos aún la puesta en práctica del sistema de intendencias por la Ordenanza de Intendentes de 1782. Se sostuvo que los cabildos perdieron parte de su autoridad porque los alcaldes y regidores nombrados en ellos, debieron ser confirmados en el cargo por el intendente pero, en realidad, no hubo cambio sustancial.

No obstante, en la práctica hubo muchos menos abusos con el nuevo régimen. Entre 1784 y 1789 los intendentes de Salta confirmaron con regularidad las elecciones en Santiago del Estero sin instrucción alguna. En Santiago, la disminución de la ya débil base representativa del cabildo no se originó por obra de la presión del intendente sino por propia iniciativa del cabildo. El de Buenos Aires fue el que mantuvo mayor vigilancia sobre su composición agraviado por la interferencia no solo del intendente sino de las más altas autoridades políticas; al mismo tiempo se aseguró un mayor control sobre sus propios integrantes.

Los municipios, ni antes ni después de 1782, cuestionaron a cualquier autoridad política más elevada, el derecho de inspeccionar y confirmar sus elecciones. Mientras en las primeras etapas del período de los intendentes las elecciones capitulares estuvieron menos sujetas a la intromisión de las autoridades superiores, su base financiera se hizo cada vez más segura.

a la intromisión de las autoridades superiores, su base financiera se hizo cada vez más segura.

Buenos Aires excedió por completo los recursos financieros existentes y allí la situación requirió no solo una recaudación de los impuestos, sino la creación de otros, totalmente nuevos. No fue una historia de progreso constante. En enero de 1792, a instancias de algunos ciudadanos, el virrey suspendió el impuesto a los ocupantes de tierras comunales, a pesar de una fuerte protesta del cabildo.

La historia de Córdoba, durante el gobierno de su primer intendente, revela una actitud de fortalecimiento y mutua cooperación con el cabildo. En la colindante intendencia de Salta del Tucumán puede distinguirse un esfuerzo similar, por parte del intendente, para estimular la actividad municipal aunque los planes resultaron menos definidos y la política menos vigorosa.

En la época de las intendencias, al menos en Buenos Aires, la justicia capitular realizó grandes progresos técnicos; pero esto debe atribuirse a una inevitable respuesta al aumento de la población y a la mayor complejidad de los problemas judiciales más que aún estímulo directo de los intendentes.

En 1789 el cabildo de Salta de Tucumán denunció los buenos servicios del intendente en todos los ramos del gobierno, y pidió al rey se prolongara su ejercicio en el cargo. El cabildo de La Paz demostró particular disposición en apoyar el sistema de intendencias y se preocupó realmente porque en esa distante provincia no estaba funcionado con pleno provecho. El de Asunción de Paraguay remitió en 1798 un largo informe sobre el intendente, al que describía como “prudente y zeloso gobernador”.

Esta reacción de los cabildos del virreinato del Río de la Plata, frente a la actividad de los intendentes, puede confirmarse en un cuerpo testimonial aún más llamativo, del virreinato del Perú. Un cabildo que critica intendentes es capaz de dar su verdadera opinión cuando los elogia y por ello estos testimonios son convincentes, precisamente porque son bien claros.

En Córdoba el feliz período de cooperación entre el intendente y el cabildo concluyó a fines de 1798. En una nota fechada en 1804 el virrey informó al cabildo que no era más que un cuerpo económico, incapaz de determinar algo por sí mismo, sin la intervención del gobernador.

Una tensión comparable existió también en La Paz, donde el origen de la revolución de 1809, que depuso al intendente, se co ncertó una buena parte de la actividad del cabildo. Pero la defensa más vigorosa de la libertad municipal y la oposición al gobierno arbitrario vinieron del cabildo de Buenos Aires.

El vigoroso ejemplo dado por Buenos Aires en estos años gustó a las otras poblaciones del virreinato porque despertaba una conciencia cada vez más lúcida de sus derechos y deberes en los otros cabildos; llegó a ser considerada como dirigente y protectora de la política de los municipios.

EL INTENDENTE Y LA AUDIENCIA

EL INTENDENTE Y LA AUDIENCIA Juan de Solórzano, uno de los más grandes jurisconsultos españoles, definió

Juan de Solórzano, uno de los más grandes jurisconsultos españoles, definió las audiencias de las Indias como “los castillos roqueros de ellas, donde se guarda justicia, los pobres hallan defensa de lo que es suyo con derecho y verdad”

A menudo los virreyes debieron confiar a la audiencia la ejecución de resoluciones emanadas de Lima, a la vez que en época de crisis, tales como disturbios en Potosí o Paraguay, el virrey nunca ejerció la autoridad inmediata sobre las asuntos oficiales sino que la delegó invariablemente en la audiencia.

Las órdenes de la audiencia cubrían un distrito que era el más extenso de toda América. Antes de la creación del virreinato del Río de la Plata, en 1776, su jurisdicción se expandía desde el Atlántico al Pacífico, desde Arica a Montevideo. Abarcaba los gobiernos del Tucumán, Buenos Aires y Paraguay, limitada por Brasil, Cuzco y Arequipa, por una parte, y Atacama y Cuyo por la otra.

A mediados del siglo XVIII la independencia de la audiencia de Charcas llegó a tal grado que los virreyes de Lima hicieron esfuerzos desesperados por restringirla. En general, sin embargo, la audiencia se mantuvo firmemente aferrada a su terreno. Pero al cabo de pocos años dos nuevas instituciones desafiaban el poder y las pretensiones de este histórico tribunal. La creación de las intendencias en 1782 y de la audiencia de Buenos Aires en 1785, inició una nueva era en la historia de la audiencia de Charcas.

Aunque la audiencia de Charcas perdió así su tradicional ascendiente no depuso sus ambiciones ni su prestigio social. La Ordenanza de Intendentes

reconoció la posibilidad de conflicto entre las dos autoridades cuando encargó

a las audiencias que auxiliara a los intendentes y no pusiera trabas en su camino.

Pronto surgieron discordias entre los intendentes y la audiencia de Charcas. En

algunos casos fueron rencillas legales sobre límites de jurisdicción aunque, con mayor frecuencia, se trataba de simples choques políticos nacidos del celo de

la audiencia por la pérdida de su monopolio político del Alto Perú.

por la pérdida de su monopolio político del Alto Perú. La tensión entre la audiencia y

La tensión entre la audiencia y los intendentes del Alto Perú puede remontarse al mismo comienzo del sistema de intendencias, y continuó con violencia y acritud cada vez mayor; se extendió a todas las intendencias y abarcó gran variedad de tópicos caracterizándose con frecuencia por un claro oportunismo político por parte de la audiencia.

No solo se vio restringido el poder de la audiencia de Charcas por el establecimiento del sistema de las intendencias en 1782, sino por la creación de la audiencia de Buenos Aires en 1785. Desde el primer momento la nueva audiencia adquirió prestigio y, en razón de su inte gridad judicial, llegó a ejercer influencia en el gobierno del virreinato, como saludable compensador de la autoridad virreinal.

EL INTENDENTE Y LA REVOLUCIÓN

Aunque el régimen de intendentes se destino a proporcionar una mayor estabilidad política, y a asegurar en forma más definida el control real sobre las lejanas posesiones de España, cayó en 1810 cuando las provincias del Río de la Plata derribaron al gobierno español y establecieron su independencia. La ocasión tuvo poco que ver con el sistema de intendencias.

Durante la época de los intendentes hubo ciertos anuncios dispersos de la próxima tormenta. Definir estos fenómenos como “intentos de independencia” es quitarles su verdadera proporción, pero son importantes porque ponen de manifiesto el carácter de los criollos. La rebelión de Tupac Amaru, entre 1780 y 1781, fue simplemente una reacción nativa contra los abusos del sistema de repartimiento y las costumbres opresoras de los corregidores.

En mayo de 1784 el presidente intendente de Chuquis aca advirtió al virrey el descontento de los criollos del Alto Perú. Pronto habría mayores testimonios de esa animadversión. El levantamiento de Chuquisaca no tuvo importancia política. No fue un movimiento libertador contra la opresión colonial: no hubo intento de derrocar las autoridades; fue simplemente una violenta expresión de odio de los mestizos por los europeos y especialmente por la guarnición de tropas regulares del ejército.

por la guarnición de tropas regulares del ejército. Desde Cochabamba, el intendente informó al virrey que

Desde Cochabamba, el intendente informó al virrey que circulaban rumores de una próxima rebelión indígena, provenientes de Sicasica y Mohaza en la jurisdicción de La Paz. Ante ese panorama de intranquilidad, las autoridades

hispanas en el Alto Perú también se agitaron por los conflictos internos entre ellas mismas que, como ya se ha dicho, se concretaron en una guerra fría entre los intendentes y la audiencia de Charcas, y que cu lminaron en la tensión entre la audiencia y su propio presidente intendente en 1808.

De nuevo los ingleses intentan una expedición al Río de la Plata, que fue derrotada en julio de 1807, y parió de regreso en septiembre. El gobierno virreinal se restauró en un héroe de la Reconquista. Pronto, sin embargo, los intendentes serían sometidos a pruebas más duras al llegar al virreinato noticias de acontecimientos increíbles en España. En marzo de 1808 Carlos IV abdica a favor de su hijo Fernando.

marzo de 1808 Carlos IV abdica a favor de su hijo Fernando. Las provincias, en la

Las provincias, en la persona de sus intendentes, proclamaron lealmente a Fernando, a la vez que los intendentes permanecían fieles a la autoridad y conducción virreinal. Más pronto se vio que semejante actitud era falsa. Fernando estaba recluido y no gobernaba realmente a España. Las brechas dentro del gobierno español eran demasiado anchas, como para que las medidas tomadas en las colonias pudieran cerrarlas. La represión tuvo un éxito momentáneo en sofocar la revuelta de la Paz; fue un movimiento aislado.

Sin embargo, en Buenos Aires, la gente sabía qué quería y fue de la capital desde donde se dirigieron los hechos. Ya antes de q ue llegaran de España las últimas noticias del desastre, se había imbuido el espíritu revolucionario y organizado sus métodos: “En Buenos Aires, en los primeros meses de 1810, la revolución ya se había llevado a cabo en la mente y en el corazón de los jefes criollos.

Aunque el régimen de intendentes cayó de esta forma en 1810, en el Alto Perú, la revolución no conquistaría una zona que jamás conseguirían retener las provincias del Río de La Plata. Fue durante muchos años un campo de batalla, en que las fuerzas realistas y revolucionarias lucharon por conseguir el mando.

CONCLUSIÓN

El sistema de intendencias, producto de la inquietud oficial, de la discusión e investigación en la mejor tradición del servicio hispano, provocó igualmente hostilidades y cayó inevitablemente bajo el fuego de los elementos de la administración colonial, resentidos con todo cambio en el orden establecido.

Por otra parte, en las funciones especiales que les eran inherentes, los intendentes no consiguieron justificarse; era deber suyo promover la agricultura, el comercio, la industria y la minería, pero en estos campos no se realizó el menor progreso.

Todo mejoramiento en las rentas reales procedía no de una mejor administración financiera por parte de los intendentes, sino del nuevo sistema contable por partida doble. Por último, la actitud altanera de los intendentes frente a los cabildos había malquistado por completo los cuerpos colegiados.

Lo que más se pareció a una crítica provino de la audiencia de Charcas, en el Alto Perú, y tiene importancia que siguiera los mismos moldes que la del virrey del Perú: resentimiento de una institución establecida desde antiguo contra la intrusión del recién llegado. Desde otras partes del impero, y en particular desde Nueva España, se envió testimonio a favor del sistema intendencial. El régimen también tuvo sus defensores en Madrid. Los elementos responsables del gobierno sostuvieron que los males del sistema de los corregidores eran demasiado recientes para permitir su establecimiento, y que todas las quejas contra los intendentes se originaban simplemente en la no observación de las reglas.

Los intendentes llevaron a cabo una labor de valor permanente en el virreinato del Río de la Plata. En estas provincias, foco de no acostumbrada atención, un nuevo espíritu animó la administración. Hubo una reacción en contra del vetusto sistema, tanto tiempo asociado con Perú: “Es necesario –dijo un futuro intendente de Potosí- luchar con fuego y espada contra el espíritu de lucro que anima Perú.

El sistema de intendencia adquirió gradualmente prestigio no sólo con el gobierno metropolitano sino con el pueblo del virreinato. Consiguió ser reconocido como un medio potencial de progreso con que un distrito podía recibir la atención que deseaba.

Pero al aguardar el progreso agrícola y comercial del régimen intendencial, la prosperidad de que gozó el Río de la Plata, a partir de 1776, fue consecuencia de las reglamentaciones del libre comercio y no obra de los intendentes.

En realidad, las reformas de Carlos III no surgiero n de un solo cuerpo y, en consecuencia, los intendentes se hallaron muchas ve ces desprovistos de todo auxilio. Luego de veinte años de acción fue visible que el sistema no producía los resultados que de él se esperaba y que, salvo en los primeros años del régimen, no se lograba un aumento apreciable de las rentas reales.

La introducción de los intendentes tuvo un efecto quebrantador sobre las instituciones hispanas existentes en el virreinato del Río de la Plata, y tendió a romper la unidad del gobierno colonial en un momento crítico. Si fue inesperado el impacto del sistema intendencial sobre el gobierno superior del virreinato, no fue menos sorprendente su efecto sobre el gobierno local.

No formaba parte de la política española fortificar el gobierno municipal en las colonias. El sistema de intendentes no suponía descentralización alguna: los intendentes fueron, precisamente, agentes de la autoridad real designados para subordinar todo el territorio al control central.

Los intendentes fueron una fuerza benéfica para el gobierno local; los mejores se atrajeron la cooperación y estima de los cabildos, mientras que los tiránicos, precisamente porque carecían de mayor poder, estimularon una saludable reacción de los políticos locales. Ya antes de 1810 los cabildos estaban malquistados con los representantes locales.

políticos locales. Ya antes de 1810 los cabildos estaban malquistados con los representantes locales. Página 27
La actitud de los cabildos fue sintomática del deseo general de los criollos por obtener

La actitud de los cabildos fue sintomática del deseo general de los criollos por obtener una mayor participación en su propio gobierno. El sistema de intendentes se lo negó. No son los totalmente oprimidos quienes provocan las revoluciones, sino los que han gustado la libertad y desean más. Al dar a los americanos la visión de un gobierno mejor, las reformas de Carlos III, tanto en su aspecto administrativo como en el comercial, contribuyeron a precipitar la caída del régimen imperial que debían prolongar.

El sistema de las intendencias, instrumento de una monarquía absoluta, padeció sus defectos de origen y las limitaciones inherentes a la cuidadosa distribución de las reformas por un gobierno paternalista.

Un comentario sobre los intendentes de Potosí, bien podría aplicarse al sistema de intendentes en general y aun a todo el programa de reformas de Carlos III:

“Procuren los gobernadores de Potosí mantener las cosas baxo un pie durable, sin violentarlas, por ilustrar su época con unas brillanteces pasageras, que son como la viva luz del relámpago, que nos ilumina un momento para dejarnos después en maiores tinieblas”.

Los elementos que caracterizaron la reforma ilustrada en España fueron fundamentalmente la centralización y la racionalización del aparato administrativo. El refuerzo del poder decisivo del rey y del Consejo de Indias fue tan severo que a los virreyes sólo les quedó el nombre y el prestigio de un cargo devaluado; al mismo tiempo la fragmentación del virreinato del Perú con la creación de los virreinatos de La Plata y de nue va Granada degradó los virreinatos al nivel de gobernaciones.

La conocida exclusión o discriminación de los criollos, que ha sido descrita como la principal causa de los movimientos emancipadores, no era nueva en el siglo XVIII, pero era distinta. Se hizo más pesada, pues las reformas rompieron mecanismos tradicionales de comunicación e intercambio.

En términos generales, el virreinato ya no era un instrumento adecuado, sino un obstáculo, la presencia de virreyes garantizaba la persistencia de la división de los reinos y el mantenimiento del modelo de separación y por esa razón su mantenimiento se situaría en el centro de las discusiones.

La creación del virreinato de Buenos Aires, fue una medida que iba más allá de las figuras pensadas para gobernarlo y aún de las razones indicadas hasta ahora, aun cuando en algunas de ellas se dejan entrever ya esas razones profundas. La decisión estaba enraizada en la política de renovación y cambio desarrollada por los Borbones, impuesta desde Felipe V y acentuada con toda enjundia por Carlos III y sus ilustrados servidores.

impuesta desde Felipe V y acentuada con toda enjundia por Carlos III y sus ilustrados servidores.

BIBLIOGRAFÍA

DEL PINO, Fundación Rafael, Jornadas virreinales del Río de la Plata, 2002.

LYNCH, John, Administración colonial española 1782-1810. El sistema de intendencias en el Virreinato del Río de la Plata. Edit. Universitaria de Buenos Aires, 1962.

RIVERO RODRIGUEZ, Manuel . La edad de oro de los Virreyes. El virreinato en la Monarquía Hispánica durante los siglos XVI y XVII. Ediciones Akal, 2011.