Sei sulla pagina 1di 6

PROCESOS JUVENILES FRACTURADOS

¿UNA GENERACIÓN PERDIDA? (*)

José Antonio Pérez Islas (**)

Cd. Universitaria, Octubre 2009

La generación actual de jóvenes mexicanos nació entre 1980 y 1995, su vida ha estado marcada en la niñez, por la crisis en las postrimerías del sexenio de López Portillo y la adopción de la apertura comercial, junto con el empequeñecimiento del Estado realizado por Miguel de la Madrid a partir de 1982; aunque no vivieran en el centro del país fueron marcados por el sismo de 1985, quizá lejanamente supieron de los comicios siempre dudosos de 1988; y, lo que experimentaron (y aún experimentan) en carne propia fue el Tratado del Libre Comercio de 1994 (TLCAN), que se gestó en paralelo con el levantamiento zapatista, año que culminó con el asesinato de Luis Donaldo Colosio, uno de los eventos más recordados por esta generación.

Precisamente, cuando estaban estudiando primaria y los mayores secundaria, los sorprendió el “error de diciembre de 1994”, años más tarde muchos de ellos participaron o cuando menos atestiguaron la huelga de la UNAM de 1999, así como los anuncios milenaristas de fin del mundo por el cambio de siglo, y por supuesto del cambio de partido en el gobierno federal en el año 2000, provocado en gran medida por su voto. Se desilusionaron seis años después y no creen más en el “Presidente del empleo” y ahora enfrentan una nueva crisis estructural, global y cuya recuperación económica nacional se ve aún lejana, sobre todo porque la cartera de emergencia que durante años fue el petróleo está en proceso de extinción, a lo que se añade la crisis por el agua y sumemos el no menos importante, por sus consecuencias sociales, incremento de la violencia generada por la guerra contra el narcotráfico, todo lo cual los coloca en una experiencia vital acotada por severas restricciones institucionales, por promesas nunca cumplidas y solidaridades fracturadas.

Pero a la vez crecieron como una generación vinculada a la caída del Muro de Berlín y el fin de la “guerra fría”, pudieron seguir casi en tiempo real lo que sucedía en la primera Guerra de Golfo y ya con menos interés la segunda. Las comunicaciones electrónicas inmediatas producidas por la televisión, la computación, el Internet y el teléfono celular, han sido una extensión de su cuerpo y de su sociabilidad; vieron “en vivo” el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y conocieron por primera vez un nuevo Papa, al morir Karol Wojtila; se olvidaron pronto de los diskettes y de los CD para usar los

(*) Texto publicado en : UNAM (2010), México Frente a la Crisis. Hacia un Nuevo Curso de Desarrollo, UNAM, pp. 189 197. (**) Coordinador del Seminario de Investigación en Juventud de la UNAM.

1

1

USB y los ipod; por lo cual la música ya no sólo se oye, también se ve, y esa misma música que les ayudó a su autonomía motriz, pues permitió llevarla y traerla a todas partes, ahora funciona para levantar barreras con el que camina junto a ti en la calle o con quien viaja al lado en el mismo transporte colectivo. Pero más recientemente, esta generación ha aprendido lo que puede provocar “una simple” epidemia de gripe y “un simple catarrito económico” que se convirtieron en una muy compleja crisis del capitalismo nacional globalizado. En síntesis, esta generación no sólo tiene que enfrentar los conflictos de distribución de los bienes sociales y económicos, marcados ancestralmente por la desigualdad, sino que además enfrentan el desafío del dividendo de los daños que los mantiene permanentemente en peligro y signados por la incertidumbre.

Es la vivencia de esta generación que nació con el adjetivo de bono demográfico, pues en lo cuantitativo alcanzaría el mayor contingente 1 en la historia del país (casi 38 millones) y representarían más de la mitad de la población en edad de trabajar durante 2009 (CONAPO, s/f); experiencia que está a punto de perderse sin mayor gloria pues en 10 años más, durante su plena adultez (en 2020 según el CONAPO se empezará a perder esta “ventana de oportunidad”), comenzarán a soportar una carga económica mayor, pues además de buscar sustento para ellos mismos y sus hijos, tendrán que ayudar a sus padres y abuelos; con agravantes como: nunca haber tenido un empleo estable, ni la posibilidad de poseer una vivienda diferente a la de sus padres, ni tener una seguridad social que les permitiera enfrentar enfermedades, accidentes o hasta embarazos debidamente protegidos, y por supuesto, sin una pensión digna que les permita vivir con decoro los últimos años de su vida.

La información más reciente sobre esta generación es de 2005, cuando su promedio de escolaridad era de 10.1 años (mientras que para la población total -15 y más años- era de 8.2 años promedio) y cerca de la mitad de estos jóvenes todavía se encontraban estudiando (49%). Pero esta ventaja escolar en relación a generaciones pasadas, no se traduce en una adecuada retribución en términos de nivel de ingresos, pues en promedio estos jóvenes obtienen menos de tres salarios mínimos. De los jóvenes que trabajaban en ese año (11.5 millones), que representaban más de la tercera parte de la fuerza laboral, para el 43.6% era su primer trabajo (un poco más de cinco millones) y de ellos el 28.1%, tenía menos de 20 años y sólo un poco más del 40% de estos mismos había logrado superar la barrera de la secundaria. Tener un origen socioeconómico bajo o muy bajo hacía que esta incorporación al mercado de trabajo antes de los 15 años fuera más probable para el 61.4% de estos jóvenes, y sólo para el 32.7% si se pertenece a la clase media o media alta. Pero si se es mujer esta incorporación temprana se modifica, incrementándose al 68.4% para las que provienen de un origen socioeconómico bajo o muy bajo, y reduciéndose sustancialmente si las jóvenes provienen de un origen medio o medio alto, pues sólo el 27.5% se encuentra en

1 Cuando se mencione información cuantitativa se referirá a los grupos de edad 12 29 años a menos que se diga explícitamente lo contrario.

2

2

esta condición; en pocas palabras, las jóvenes pobres se van a trabajar mientras que las de las clases medias se quedan más tiempo en la escuela (superando a sus pares varones). Estas diferencias de sexo se aprecian mejor cuando vemos que del 22.1% del total de jóvenes que no estudian ni trabajan, el 81.7% son jóvenes mujeres que equivalen a 6.1 millones, que en el periodo más productivo de su vida se dedican en una gran proporción a los quehaceres del hogar (ENJUV-05).

Estos datos que son sólo una muestra de las grandes diferencias que tiene la actual condición juvenil en nuestro país, comparten en alguna medida, y a nuestro modo de ver, tres procesos que son el indicio de una ruptura que imposibilitará su plena incorporación a la sociedad mexicana, perdiéndose una generación entera.

a) La ruptura del proceso de emancipación

La condición juvenil por sus mismas características es una condición temporal, sus límites se modifican en función de las posibilidades de desarrollo que puedan y quieran las sociedades, generalmente nacionales, proporcionar a las nuevas generaciones. Por lo mismo, su límite superior se incrementará cuando las opciones de formación y de desarrollo personal y grupal se amplíen, y se acortará, cuando estas expectativas sean muy limitadas.

Un elemento que particularmente influye en la calidad de la condición juvenil es el trabajo, no sólo como disponibilidad de empleo, sino como contexto para que la actividad económica llevada a cabo por los jóvenes, sirva como mecanismo de satisfacción social y personal, y el ingreso obtenido permita en algún momento alcanzar la autonomía económica, base para la conformación adecuada de un núcleo familiar propio con independencia de los espacios habitacional, cultural y social.

Sin embargo, este estatuto normativo se ve fracturado por el proceso de precarización del empleo, donde la desocupación y subocupación juvenil se mantienen persistentemente, agravada por los bajos niveles de estabilidad, nula condiciones de seguridad social y bajos salarios, convirtiéndose en un obstáculo para lograr la emancipación y convertirse finalmente en autónomos financiera y territorialmente, pues permanecen por más tiempo en el hogar de origen, rompiéndose la sincronización entre la función y el hecho para lo cual fueron preparados, es decir ser adultos-ciudadanos.

De esta manera, la así llamada incorporación al empleo se produce muy escasamente, siendo sustituida por lo que se podría denominar como “posicionamientos laborales”, los cuales se producen intermitentemente, pueden estar acompañados de largos y/o constantes periodos de inactividad económica y las trayectorias dejan de ser escalafonarias para volverse horizontales o erráticas, difuminándose la incorporación a la vida productiva, pues no se sabe si se están en ella o no. Esto finalmente conduce a que la instrucción o la experiencia pierden importancia en la valorización de la fuerza de trabajo juvenil, y son sustituidas por la incertidumbre y el riesgo, como nuevas formas para

3

3

incrementar el ingreso, convirtiéndose atractivas las ocupaciones vinculadas a lo paralegal, extralegal o francamente ilegal; donde por el menor esfuerzo se puede obtener dinero fácil

y rápido, aunque en ello se arriesgue la vida o la libertad. Así, lo que en algún momento se piensa como excepcional, se convierte en normal, en cotidiano, porque es lo único que tiene.

b) La ruptura en el proceso de toma de decisiones

Una segunda ruptura que se está produciendo en la actual generación de jóvenes está vinculada con la anterior, pues ellos y ellas cada vez toman menos decisiones reales pues tienen pocas opciones sobre las cuales actuar; en este sentido, se convierten en “hijos de la necesidad”. Las instituciones sociales (la familia, la escuela, el empleo, la política, etc.) que en un momento dado servían para encauzar o dar significado a muchas de estas acciones, cada vez son menos atractivas a los ojos juveniles y ya no les sirven como referencia.

Por eso muchos jóvenes vuelven la vista al único espacio que en cierta medida sigue

a su alcance: su cuerpo; que se ha convertido en “centro de cuidado y experimentación”

(Martín-Barbero, 2008), sea por obsesión hacia la salud y la belleza, sea porque mediante él se identifican por el estilo de vestirlo, marcarlo, mostrarlo o llevarlo a extremos, o bien por el total descuido produciendo serios problemas de obesidad y enfermedades añadidas. Total, la sociedad los ha dejado sin espacios para reunirse o convivir; la calle, antes su espacio preferido se ha privatizado o se ha vuelto muy peligrosa y ellos son siempre sujetos sospechosos por sus vestidos, peinados, tatuajes o gustos musicales, únicos aspectos sobre los cuales pueden decidir aunque sea a contrapelo del mundo adulto.

Pero contradictoriamente esta no-toma-de-decisiones, no quiere decir inmovilidad, sino que su vida se vuelve paralela a muchos de los tiempos sociales, donde el vértigo siempre es bienvenido (“la vida es corta y además no importa”), de ahí que por su misma edad, el cuerpo se convierte en mercancía para el consumo, pero también para la manipulación de grupos delictivos que usan a los jóvenes como carne de cañón. Así el riesgo, sello de nuestro tiempo, para las nuevas generaciones se vuelve peligro, porque en la mayoría de los casos los jóvenes no participan en las decisiones, elemento central cuando se toma un riesgo, y al no participar solo queda el peligro que se produce externamente a ellos pero con mucha probabilidad que los toque.

c) La ruptura en el proceso de reflexividad y planeación de futuro

Una tercera fractura está también vinculada con las escasas probabilidades que un gran sector de jóvenes tiene de obtener una fuente permanente, estable y digna de ingresos, lo que genera que cada vez sea más difícil pensar en construir proyectos ya no digamos de largo plazo, a veces ni a mediano plazo, pues se corre el riesgo de sufrir la frustración continua por las limitaciones que se enfrentan, lo que implica vivir en una constante visión del presente sin horizonte de futuro, donde lo más distante a planear será lo que se pueda

4

4

hacer en la próxima semana. La implicación de lo anterior es un proceso que descarta procesos reflexivos y compromisos sociales o comunitarios que permiten construir acciones colectivas y participación en proyectos políticos y de transformación, en cambio, solo se aceptan proyectos de riesgo donde al no tener nada que perder, se buscan las ganancias inmediatas y sin esfuerzo.

La crisis actual ha empujado a muchos de los jóvenes a ser pragmáticos como una forma de sobrevivencia, pero también los ha llevado a tomar actitudes conservadoras que se resisten a cualquier cambio que ponga en peligro los escasos asideros axiológicos que todavía tienen. Las cosas “les suceden” como llegadas del cielo (dejan la escuela, los corren del trabajo, se embarazan, los agarra la policía), y se autoculpan de ello, porque no comprenden su entorno y los orígenes de eso que les acontece. La desconfianza marca muchas relaciones que establecen, se huye del trabajo en equipo y el miedo al futuro los inmoviliza. Dejarlos por su cuenta y sin opciones reales significa un proceso de implosión sobre ellos mismos, dada su frustración, aislamiento y soledad; y dado que “el solitario no es solidario”, da pie a la intolerancia y a la distancia del “otro que no es igual a mí”. Así las socialidades juveniles se erigen alrededor de mediaciones tecnológicas (el celular, el chat, el email) donde se puede obviar el “cara a cara”, que no comprometa.

Estas tres transformaciones o rupturas que inciden con mayor fuerza en las nuevas generaciones producto de la crisis actual, son consecuencia de una desinstitucionalización, extensa en el tiempo e intensa por sus causas y consecuencias, de lo público, entendido según Habermas (1986) como ese espacio donde los ciudadanos por su propia voluntad se relacionan, bajo la garantía de que pueden expresar libremente opiniones sobre asuntos de interés general. Por el contrario, la política concebida como lugar de acuerdos es inservible, la legalidad se ha vuelto totalmente corruptible y la(s) ciudad(es) intransitable(s). Esta primera generación del siglo XXI se encuentra con la difuminación de fronteras de los Estados nacionales, pero a la vez con nuevos Estados “fantasma” como llamaría Derridá al narcotráfico y al contrabando; el gigante con pies de barro llamado neoliberlismo, comenzó a desmoronarse, pero dejó y profundizó sus consecuencias de exclusión y pobreza.

Si bien en la trayectoria hacia la adultez tradicional los procesos de individuación se vieron como un camino hacia la emancipación, por la conquista de la independencia, en la actualidad ello puede tener un doble carácter destructor: por una parte este proceso ya múltiples veces mencionado de desafiliación, donde las instituciones pierden sentido para los sujetos juveniles; pero por otra parte, la independencia se vuelve peligro, pues paulatinamente se van quedando solos, sin instituciones que los respalden con nuevas y pesadas cargas y, sin claridad de hacia dónde van. Por todo esto, puede ser que estemos ante un cambio de sentido de la condición de lo juvenil con procesos que puede alargar en el tiempo esta categoría, o por el contrario, compactarla a situaciones especiales como la permanencia en la escuela. En cualquier escenario, estamos frente a un replanteamiento de la transición a la vida adulta, por lo que habrá que repensar lo juvenil como central en el

5

5

contexto de una reestructuración económica que puede transformar la hegemonía que hasta hace poco tenía el empleo asalariado, que por lo que se puede apreciar solo los pauperizará más, por distintas formas económicas que garanticen no sólo la reproducción social.

BIBLIOGRAFÍA

CONAPO (2008) Informe de México: el cambio de México, el Envejecimiento y la Migración Internacional en México, Comité Especial sobre Población y Desarrollo, XXXII Periodo de Sesiones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) Santo Domingo, Rep. Dominicana, 9 al 13 de Junio. CONAPO (s/f) Estimaciones de la Población, México HABERMAS, Jürgen, (1986), “La esfera de lo público” en Fco. GALVÁN DÍAS (comp.), Touraine y Habermas: Ensayos de teoría social, UAP-UAM-A, México, pp. 53-61 IMJ-CIEJ (2006) Encuesta Nacional de Juventud 2005 (ENJUV-05), México. INEGI (2009) Agenda Estadística de los Estados Unidos Mexicanos, Aguascalientes, Ags. MARTÍN BARBERO, Jesús (2008) “Reconfiguraciones de la comunicación entre escuela y la sociedad” en Emilio TENTI FANFANI (comp.), Nuevos temas en la agenda política educativa, UNESCO-Siglo XXI, Buenos Aires, pp. 65-99.

6

6