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sexybondi

Washington Cucurto

sexybondi

Peripecias de una vida en cuatro ruedas

Washington Cucurto sexybondi Peripecias de una vida en cuatro ruedas
Washington Cucurto Sexybondi : peripecias de una vida en cuatro ruedas . - 1a ed.

Washington Cucurto Sexybondi : peripecias de una vida en cuatro ruedas . - 1a ed. - Buenos Aires : Interzona Editora, 2011. 128 p. ; 22x13 cm.

ISBN 978-987-1180-69-1

1. Narrativa Argentina. I. Título. CDD A863

Fecha de catalogación: 15/05/2011

Washington Cucurto, 2011

©

interZona editora, 2011 © Pasaje Rivarola 115 (1015) Buenos Aires, Argentina www.interzonaeditora.com info@interzonaeditora.com

Edición: Mariel Mambretti Diseño de maqueta: Gustavo J. Ibarra Diseño de tapa y composición: Hugo Pérez Imagen de tapa: Hugo Pérez Corrección: Mariana Ruocco

isbn 978-987-1180-69-1

Impreso en la Argentina. Printed in Argentina Libro de edición argentina

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fo- tocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Esta es la historia de Juan, un hombre al cual conocí, un hombre que disfrutaba horriblemente vivir sobre cuatro ruedas. Esta es la enternecedora historia de un hombre hambriento fugaz, solo, que en la vida no tenía otra cosa que un bondi. ¡Ni su propia vida, tenía! Estos son los contados días, novelescos

y atolondrados del yirear sin rumbo por la ciudad.

Pero esta historia es mucho más que eso aún, es la historia de los

días de un instrumento de la velocidad, de una carcacha,

como se dice en estas páginas. Es la historia de una cosa, la más romancera de todas las cosas, más que la cama, la cocina, el ropero. ¡Ay bondi, tanto más alegre que la mesa y la cama! Estos son, por ende, los días de la música de un pueblo

a orillas de un río.

Un pueblo que penó y bailó con el bondi. ¡Es la historia de un río! Esta es la historia de mil personas, de mil vidas, de mil viajes felices y andariegos,

de todos los que una vez subieron a un bondi. Esta es, por último, la historia que vive en mi cabeza

y espero que algún día viva en la de ustedes. Esta es la historia de lo que pasó. ¡El nacimiento del amor en bondi! ¡Esta es la historia del sexybondi!

¡Qué lindo recordar la primera salidita!

En barra, uno detrás de otro, con la cabeza bien en alto nos metíamos en esos parajes sin Dios. Había que ver las caruchas cuando entrába-

mos con los bondis, las luces a todo trapo, meta bocinear, parecíamos el grupo Karimba: ¡qué festival de motores, caños de escape, bielas, radiadores y carburadores sonando armónicos en el barro que ya se transparentaba! ¡Qué gran entrada de Boca Juniors a la Bombonera!

Y tas, tas, a las cuadritas nomás, como un vómito del diablo, el

malandraje del barrio caliente nos contestaba con itakas y ametralla- doras. ¿De dónde mierda sacan ametralladoras estos negros? Ni Dios

ni mi abuelito saben. Fuz, que te echaban Raid en la sangre y te volvían al pene de tu padre, ¡rapidísimo, por favor! Por esos días fue que se soltó el paquete y se volaron los patos: los micros se llenaban de gente. La gente comenzaba a subir a nuestros micros. ¡Súper genial negocio nacido del coraje de meternos en el barro! Éramos también las únicas luces que había en las barriadas a esas horas; la gente veía nuestros faroles prosperar en la noche como las alas de un ángel salvador. Y así, sin querer queriendo, delatábamos alumbrando en la oscuridad los atracos a punta de picos de botella o de pistola. Televisores, camas, colchones, minicomponentes, sacados de las casas por las ventanas, con los dueños llorando en sus casas.

Y ¡zas!, aparecíamos nosotros con nuestros faroles y a toda rumba

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con nuestras bocinas. Y así, sin querer, nos fuimos haciendo de un nombre y de una manada de numerosos adeptos, fieles y fans incon- dicionales que veían en nosotros la representación más fiel de un Robín Hood o de un Juan Perón, y proporcionalmente a la inversa ocurría en el mundo delictual, donde nuestras cabezas cotizaban a precios exagerados. Ni delatar chorros ni ayudar a pobres almas. Nosotros queríamos hacernos de ese billete que los pobres cuen- tan con moneditas y los chorros desprecian. Ese gastado, gris o ama-

rillezco billete flotante entre la realidad de nuestros sueños y la fan- tasía de la mierda. La gente tenía una necesidad gorda de salir de esos barriales olvi- dados por Dios y el diablo. La gente encerrada en sus casas no sopor- taba más esos gritos de corridas de aquellos a los que no salvará ni Magoya y ya deben estar cantándole a Gardel con el cuerpo magulla- do por tantas cuchilladas. Con las semanitas comenzó a subir la juventud resplandeciente, con ese aire característico de los 15 años, con ese parapimpompán que llevan a donde van. Salíamos con los bondis llenos de guainas de la Hulla Funes o el Zanjón de la Encarnacena, con ganas de vivir, de deshojar margaritas o mandar mails picantes con algún músico de cumbia. Salimos siempre dispuestos a perdernos, a disuadirnos, a espu- marnos, a divagar en el tren de cobre de los hechos fortuitos. Sin pen- sar ni jota en los actos concretos íbamos a todo tren, secuestraditos al antojo de nuestros labios, pulso, piel y flora. ¡A divagar siempre! Sin divagues estamos condenados a la recta firme de la honestidad,

la verdad y la realidad, ¡y eso es peor que morir! ¡A nacer, a yirear y llantear con todo, chicas queridas! Me río, me río, me río por el rail del reír cobrizo de la vida. En

bondi. Yendo directísimamente al Zanjón de la Encarnacena. Regre- sando de las calles sucias de Constitución y del río y del cielo, che,

y de las luces de las bailantas con mi bondi vacío. ¡Qué gran acto!

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Volver con mi carrichanga sonando acompasadamente al son de los Tekis del Perú. ¡A reírse! ¡A zonzo reír, guainos!

Salgo a todo trote de las callecitas alumbradas y numeradas de

la

Gran Carcha Metropolitana del Plata. Salgo riendo como un loco,

y

así entre pensamientos choclos, entre polkas sonantes allá lejos,

entre luces pizpireteantes que terminan siendo iglesia, club, rancho

y pueblo; voy pensando en charritas, en carreteras montañosas como

Me voy que-

dando solo, a kilos de la Cortada de la Infanta, del Pasaje del Amor

vi en películas yanquis. Voy saliendo

voy naciendo

Inmigrante, ya bordeando el Río de la Plata, voy riéndome, feliz, jun-

to al río

Me río

El río y yo nos reímos juntos La noche me empalaga con tantas luces, con tantas explosiones mudas, con tantos escándalos multicolores en lo alto, arriba de las

ramas

que por momentos se angosta como una vena a punto de cortarse.

El Belgrano es una venita roja, adolescente y la noche, con su filo de

beso de yiro, en cualquier momento la corta. —Desclavate, concha tu madre, o pensás estar ahí colgado toda la vida —le digo al Cristo de madera que tengo en el espejo—. Yo soy diablito, soy gusano envenenao, pazpuerco y uno de estos días te pianto por la ventana. Al Cristo cursiento ése lo puso doña Flora, la esposa de don Lu- cio. ¡Un polvorín siempre a punto de explotar! Grandes gomas como dos torcazas envueltas en un pañuelo, saltonas, subibajeñas pidiendo siempre manos peludas de Gengis Kan, o de tano almacenero violen- to. Siempre a la caza florida y alegre de un groncho o un buscarroña con agua en el marote y vidrios en la nuca, que la faje bien fajada an- tes de inundarle el ombligo, antes de emperimbombársela y dejarle el vientre blanco. Y bien que encuentra a rolete esta buscadora la ración semanal de sus apetencias sexuales de morcillas, butifarras, beren- jenas, mondongos, peronchas, gansos, cabeza de pala o la popular

Y así como voy, me meto en el camino General Belgrano,

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poronga; y todos los nombres que la imaginación popular pueda en-

dilgarle, ¡bienvenidos sean! En las estaciones, en el supermercado, en

el locutorio, en la calle, y por cualquier infierno al cual mira ¡enrola

machos en su ejército con miradas picantes, y lengüitas humectantes del labio superior izquierdo! ¡Ustedes tendrían que tomarse la molestia de ver a esta mujerona de 40 pirulos largos buscar trancas a granel, mujerona de firmes an- cas, “clown” de esas tantas infernales que brillan en las películas de Tinto Brass! ¡Y vaya si la señora es un ejemplo carnal de la liberación de las mujeres, porque se le anima a todo y en “cualquier parte”, la doctora! ¡Hasta derrite bondis con sus ganas de culear, la trompacita! No le

hace asco a nada y desconoce el precepto básico de la discriminación:

¡con negros, con mulatos, con coyas, con jujeños, con rascas, con crio- llos y hasta con pelirrojos va al frente, la patrona! ¡Nada le da miedo y se le anima hasta a un camión cervecero con tres o cuatro negros cargadores de Quilmes Imperial! Ganas y fuer- zas le sobran a este torbellino en carne y hueso. Qué monumento

y qué flor de ejemplo al eje femenino nacional y a la democracia

liberadora de las mujeres de la década del 90, gloriosa época del des-

pilfarro y del dólar uno a uno. Ganas, deseos, antojos, apretadas, rebusques, “fleteadas”, encares

en zaguanes o en cortadas de telos, locuras que ella, nuestra jefecita, exhibe en su cara como una cartelera del Maipo, ¡a todas luces! Observen, muchachos, este adelanto de la sensibilidad, la percep- ción y la locuacidad en dos piernas y con varios agujeros lubricados.

¡Muchachos!, agujeros que ustedes no conocen ni se imaginan

¡Mu-

chachos!, ni se imaginan lo que es embambinarse una hembra como tal. ¡A tararear al son ritmero del compadraje y a rezar que en la próxima vuelta les toque a ustedes! Arma alborotos en el tránsito con el andar de esos cachos de nal- gas llenos de puntitos celulíticos. ¡Cuántos vagos de barrio, cuántas panzas de pijas se habrán descubierto durmiendo la siesta arriba de

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esos puntitos, acunados en el matorral de su vellitud! ¡Amanecer del boxeador viendo puntitos estrellados! Lo cual demuestra que con la trompacita hay una guerra constante que librar, una batalla que ganar, y camisones, cubrecamas y sábanas hechas bollos. Cómo me emociono con la señora, con sus tetazas barderas, locas por esconderse en el matorral que cubre una morcilla gruesa, rabiosa

y hambrienta. De esas se prende la morcillera; para ellas se apiltrafa,

se pinta, se solaza y dizque se desnuda, la degustadora de la carne criolla, provinciana y baja. ¡Le gustan los gronchos a la “labios de acero”! Y lo cuernea al marido de lo lindo, con todo el choferío, que es lo que más tiene a mano, y con todo lo que posea el don supremo de las tres patas. Su predilección: el negro Benítez, correntino, camione- ro devenido colectivero, conductor del interno 6. Este morochazo tie- ne una tranca pa’ destapar zanjas del litoral y de esto damos fe todos, ya que todos se la vemos diariamente fanfarronear en el vestuario, de acá para allá, en un nunca tan merecido “en bolas”. —Zanjuda, la patrona —decía el negro en la garita de los choferes, llevándose la mano a la bragueta, relatando sus peripecias sexuales con la señora. ¡Cómo calentaba la pava, cómo hervía el agua en el mate, de mano en mano, en ronda de mateadas! —La mía le bailaba. Y eso que hay que “portar” —dice ahora, ha- ciendo rodar la bola de la imaginación popular y enrollándose con saliva la mata gruesa de sus bigotes negros—. Ahí bailan tres como la mía y sobra espacio pa’ firuletear —insiste acomodándosela en la madera del banquito. Pará, che, negro descomedido, que la imaginación barrial ya es una ardillita porreada en el bosque de las sexopateces. Pero dejemos un poco de lado a la patrona de ciénaga insondable,

y a sus machotes, que hay pa’ escribir un libro. Dejémosla por un rato con mucha expectativa y con la firme convicción y promesa de volver a ella.

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De Avellaneda para allá

Cuando me faltaba un par de calles nomás pa’ sacarme de encima esta Carcha harapienta llamada Reina del Plata; cuando me faltaban dos- cientos metros para alejarme de la zona de Constitución, Barracas, La Boca, San Cristobal, el puente de la Boca, agarré el puente Pueyrredón hacia el acceso Sudeste, que antes se llamaba Cachatore, la Bagley, la Montes de Oca más arbolada y oscura que nunca, hasta subir el empal-

me del primer puente piquetero del mundo, el puente Pueyrredón, y de ahí no paro más hasta el infinito. Cómo cambia Buenos Aires, la Pro- vincia aparece en el paisaje, de Avellaneda para allá, por la Mitre hasta la Zapiola, hasta el cruce de Sarandí y empalmando por la Calchaquí. Cómo cambian las calles, los edificios, cómo aparecen árboles y olor a sábalos de río y vendedores de garrapiñadas y repasadores de las calles. Por Mitre al 1500, pasando un poquito el Coto Avellaneda, un pa- trullero me prende las luces. ¡Qué pasa, vieja, si vengo lo más bien cantando con el diablo metido en el upite! Mando al bondi contra una empalizada y, casi subiéndome a la vereda, lo estaciono putean- do bajo. El gordo de un locutorio salió a la vereda para ver lo que pasaba, lo mismo la gente que se detiene, unas pendejitas divinas se ríen y cuchichean entre ellas. Es raro que los ratis paren un bondi lleno de gente. “Qué pasa, cuál pintó.” Como no hice ninguna, me quedé en el molde y esperé que me suban al bondi.

grises los árboles, grises los corazones, todo gris,

grises los carteles anunciadores de bailantas

El

La ciudad gris

Gris, azul, bordó

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bosque distante piensa en mí. La luna se vuelve azul, azulina, y me recuerda una aventura que viví con Miriam. La turca trabajaba con- migo en el supermercado Carrefour. Yo era repositor, ella, balancera (pesaba las verduras). Nos mirábamos, nos decíamos bromas con in- tenciones todos los días, hasta que un día quedamos en encontrarnos afuera. Caminamos por la avenida Figueroa Alcorta y llegamos al Parque Tays. ¡Adonde me fui! Casi de noche, nos sentamos en un banco a mirar el cielo, a besarnos. Franeleamos a lo loco. Hacía ca-

lor, ella se tiró sobre el pasto y se bajó el lompa azul del laburo y me dijo “Subite”. Subí. Fue mi primer viaje sin pagar boleto. ¡Ay, Miriam, balancera divina!, ¿cuántos críos tendrás ahora?, ¿seguirás viviendo en Morón? Ojalá que estés bien, esta noche me acuerdo de tus ojos. ¡Ay, putilonga capaz de cambiar el mundo, de hacerme sentir feliz reponiendo una góndola de mierda en un supermercado esclavista! Sé que en un lugar del descampado una ardilla se despertó sobre- saltada de un mal sueño. ¿En qué mierda estaba? Ah, sí, en mi dulce y risueña Miriam, ojalá estés bien… No güey, bajá, estabas en que los

ratis te tocaban bocina

El colectivo, la guagua, el bus, el bondi, el blanquito, el 159, el 168 por Griveo, el celestito 277, la combi, la liebre, la chata, la carcacha, la carrindanga, la bacha, la lata, la 148 llena de gente, influenciado por la sobrecogedora fuerza de los culos temblando. De a ratos, mando unas aceleradas terroríficas para dar el guelcam al cinturón de la Ciu- dad, al manto tiñoso crepusculaticio choborra escandaloso de miel de los colores del atardecer del sur de Buenos Aires. ¿Íbamos o salía- mos del baile? No me acuerdo, cabro, es lo mismo ir o volver, llegar que padecer, partir que rajar, tomárselas que saltar por el balcón, si igual todo es un círculo. Si igual a la larga todo termina en lo mismo. Me ruboricé como si sintiera vergüenza por cagarme encima. Sí, qué dispersión, en esa estaba, con el bondi a punto de inundar- se de tickis y vaguitos entretenidos, cuando aparecen con la sirena a todo trote esos cortamambos de azul, esos pazguatos de porquería. ¡Justo cuando el pasillito del micro era una pista de cachengues,

El alma de la ardilla soy yo

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che! ¡Y se había armado una buena, una linda carrerita de negros y negras de kartings a control remoto! ¡Curepí!, bailar es jugar carreras también. Carretear es saber quién

es el más rápido. ¡Y pobrecitas, cómo quedan fuera de competición las viejitas de pami! ¡Y las estudiantes anteojudas de Derecho! Salvo estas dos suplentes, todos somos titulares en el equipazo invencible maradoniano de la cumbia. ¿Y este guaino que acaba de subir por la fábrica de plástico Plas- tex? Este señor de largo aliento, bolso de gabardina negra y bigotes largos, ¿pinta pa’ d.t. de este equipo formidable? ¿O será un mensa- jero de la justicia, un rati, un cabo muerto de hambre, esperando la hora de botonearnos? Pensando: “Cómo los voy a mandar al muere,

o: “Déjenme dormir tranquilo, negras,

que mañana monto guardia en una esquinita modernosa de Palermo

¿Y este otro que ahora se va a sentar al fondo y

nos mira con desprecio? ¡Matecopio! ¿Qué le pasa a este bondicito de la mala suerte y qué le picó a la noche mala onda que nos llena de

tipos extraños con bigotes? ¿Será que ninguno paga el boleto, o será que la muerte nos está anunciando algo, y nos manda sus promotores personales? Mejor dejo de darme rosca, y los expulso de mi cabeza y me pierdo en las letras cursis de una cumbia. ¡Qué hincha cocos, qué rompe guindas! A unos metritos nomás, raspando la banquina, se me aparece pizpireteante, metereta, rim- bombante, la luz mala de la Policía Federal. El patrullero me hace señas para que me detenga a un costado. El bosque sigue lejos, silba, piensa en mí Me hago el gil, el sordo a las directivas policiales:

chorritos, trolitas del orto

cheto Hollywood

—Disculpe, oficial, pero la música fuerte no me dejó oír la sirena. Igual, voy cumpliendo el recorrido de la Empresa. —Sos un pija, ¿no?, vos guacho, querés que te caguemos a sopapos. Bajame al negrerío, ya. ¿Y toda esta pendejada emborrachada? —me dicen desde el patrullero, carrasqueando los dedos. La vieja de pami acusaba a cuanta minifalda veía. Minifaldas,

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vestimentas del mal. Minifaldas despertadoras de la saliva de Fal- safaz. Minifaldas inducidoras al pecado carnal. Minifaldas que in- ventó el Turco cruel pa’ afanarnos más guita. ¿Que quién es el Turco? No jodan que lo conocen bien, los gobernó diez años y todos los vo- taban por una heladera o un lavarropas. Gracias a él aparecieron las singaderas, los restaurantes peruanos, los shoppings españoles, los supermercados franceses súper explotadores, las bailantas, la mú- sica tropical, las baratijas importadas, los “Todo por dos pesos”, los bancos privados, los cartoneros. Igual, hacen que no saben, que no lo conocen, ya les voy a contar más tarde, ya les voy a refrescar la me- moria con un balde de agua helada y envenenada. Sigo con los ratis. La futura abogada quiso meter la cuchara hablando de los derechos humanos. El cabo la calló con dos gritos. Volaron los lentes del miedo. Llenos de miedo se hicieron pedazos contra el suelo. Lentes cagones, lentes videntes del mal que se avecinaba. Una mano de dedos gronchos, burlones, los levanta. Hay humillación. El aire se llena de desprecio. Serpentea la vibración endiablada de las razas: la estudiante de Dere- cho y el cabo grasa se miran. La manada hace cola al costado de la ruta. Los hombres de bigote y bolsos de tela de avión desaparecen. “Vamos a requisar. ¡Todos contra el chasis!” A chasear, chusear, chutear, chasisear de lo lindo. Documentos, billetes arrugados de dos pesos, monedas, cédulas extranjeras, boletos, cortaplumas, almana-

quitos con minas en bolas, volantes de bailantas. Todo a manos poli- ciales. La policía elige. Van dándole el pire a los vaguitos y a las tickis más feas. Pami y abogadita, chau urgente. Hasta que finalmente que- dan las tres tickis más lindas del mundo universal del respirar gratis.

A mí también me dan el pire. “Circule, y espere la multa a la

Empresa.” Subí tranquilo y continué con el recorrido. A las cuadritas nomás,

otra vez el bondi lleno de gente. Música, alegría, taconcitos de chiris, minis, tetras, camisas colori- das, vida, vida, vida

Al rato me acuerdo de ellas. ¿Estarán detenidas en una comisaría?

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¿Seguirán sanas y salvas aquellas tres quinceañeras fanáticas de la cumbia? ¿O seguirán detenidas por no detenerse al bailar la cumbia, por no parar ni medio de girar en falsete? ¡Si les avisé bien clarito que todo es un círculo, che! Al otro día el negro Benítez vino con El Popular bajo el brazo y me dijo:

—Encontraron tres guainitas violadas y muertas al costado de la ruta. Me escalofríe. Supe que eran ellas. Verde esmeralda, gris perla, los ojazos de una de ellas, la que se sabía al pelo todos los temas. Esa que me clavaba su mirada en la nuca. Ojazos verdes mosquitero sónico. Esa, aquella, la que no, la que no pudo ser, la que se apagó antes de tiempo, la que pudo haber sido pero no fue, la que… ¿la que qué?, ¿la que no?, ¿la que pudo?, ¿la que fue? Pero, sin embargo, fue, ¡y cómo! ¿La cómo?, ¿la saborida?, ¿la gris?, ¿la perla?, ¿la que no paraba de sol- tar felicidad por la boca? Ella, esa mujer, esa ticki, esa heroína de cum- bia, ¿sabía que la ladina que vive en cada noche de descontrol, escu- chaba la pirotecnia de su risa de Condorina y su música de cumbias? Ca, cachacos, Cachacho, ¿sabía esa mujer de quince años, esa cosi- ta inédita de Karimba que estaba próxima a la muerte? ¿Y para qué me miró? Pa’ engancharme en todo este rollo Otra vez la muerte y la yuta nos metían la mano en los bolsillos, en nuestras mudas intensiones de mi sentir. ¿Y yo? ¿Por qué no pude ser? ¿Por qué me subí a la barca esmeralda de sus ojazos gris perla? Juan, Juan, Juancito, ¿vas a dejarte llevar por delante otra vez más? ¿Vas a hacer el lavaje de manos y obedecer a pierna encubridora? ¿Vas a hacer que nunca pasó nada? Ay, muchacho

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