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Archivo General de la Nación Volumen CXLVIII

Raymundo González

De esclavos a campesinos

Vida rural en Santo Domingo colonial

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Santo Domingo

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Edición: Tomás Castro Burdiez Diagramación y diseño de cubierta: Fundación Educarte Ilustración de portada: Área de Fotografía Miguel A. Holguín-Veras Roulet, Archivo General de la Nación (AGN)

1ra. edición: noviembre, 2011

© Raymundo González

De esta edición

© Archivo General de la Nación (vol. CXLVIII), 2011

ISBN: 978-9945-074-40-6 Impresión: Editora Búho, S. R. L.

Archivo General de la Nación Departamento de Investigación y Divulgación Área de Publicaciones Calle Modesto Díaz, Núm. 2, Zona Universitaria, Santo Domingo, República Dominicana Tel. 809-362-1111, Fax. 809-362-1110 www.agn.gov.do

Impreso en República Dominicana / Printed in Dominican Republic

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Índice

Nota preliminar

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§ I. Esclavos negros y mundo rural

La visión del mundo rural dominicano cambió

 

a

lo largo del siglo xviii

15

Frontera ganadera y dispersión rural caracterizaban el siglo xviii dominicano

18

Autonomía de la vida rural fue una característica de la sociedad dominicana en el siglo xviii

20

Esclavos «ocultos» fueron fuente de conflicto durante la colonia

23

Vida de los esclavos en el siglo xviii

26

Motín de esclavos del año 1723 impidió fueran devueltos a la colonia francesa

29

Principal motivo de los esclavos franceses para huir

a

la parte española de la isla era lograr su libertad

32

Esclavos reclamaron su libertad en los tribunales de justicia

34

Libertos en la sociedad

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§ II. Propiedad del suelo y reformismo borbónico

Comisión del siglo xviii fue origen de «amparos reales» sobre tierras Hacendados de Santo Domingo del siglo xviii se opusieron a composiciones de tierra El fomento de la colonia sirvió de argumento contra la reforma de la propiedad de la tierra en el siglo xviii Propietarios de tierras carecían de títulos durante el siglo xviii en la Isla Española En torno a la composición de realengos se enfrentaron propuestas sobre fomento en la parte española de la isla Documentos detallan compra de terrenos en Santo Domingo para fundación de San Carlos Haciendas de Santo Domingo estaban recargadas de hipotecas y gravámenes Censos y capellanías eran las principales cargas que tenían las haciendas de la colonia española de Santo Domingo

Censos y capellanías eran las principales cargas que tenían las haciendas de la colonia española de
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56

60

65

§ III. Reformismo borbónico y los campesinos dominicanos

Fracasaron los proyectos borbónicos en la parte española de

Santo Domingo

71

Memorial revela que en el año 1767 había 29 ingenios en cercanías de Santo Domingo

75

Quejas por falta de brazos de la población campesina fueron comunes en el período colonial tardío

80

Gobernador Solano y Bote fue proclive a la expansión del

comercio de tabaco con España

83

Inquietud rural y persecución de «vagos» precedieron el proyecto de código negro

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Instrucciones ordenaron persecución de vagos en la parte española de la isla de Santo Domingo

89

Informe del siglo xviii pedía reglamentar explotación de los bosques en la isla

93

Reformismo esclavista borbónico: un esfuerzo tardío

96

El proyecto de código negro expresa consenso sobre fomento de la colonia de Santo Domingo

100

Campesinos y proyecto de Código Negro Carolino

103

Revés de la Instrucción de 1789 alertaba sobre papel político de la población negra

106

Aristocracia y plebe en Santo Domingo del siglo xviii

108

§ IV. Crisis financiera y papel moneda

La primera emisión de papel moneda ocurrió en la isla de Santo Domingo en el año 1782

113

Papel moneda que circuló en Santo Domingo provocó quejas que llegaron hasta la corte

116

El impacto del papel moneda alcanzó actividades rurales

118

«Papeleta mató a menú [

121

§ V. Hato y campesinado

Sillas de montar criollas fueron preferidas en el siglo xviii

125

Diversos factores agudizaron crisis del hato en el siglo xviii

128

Campesinado en zonas hateras se desarrolló con la crisis del hato ganadero a finales del siglo xviii

130

Crisis social provocó resurgimiento sociedad hatera como imagen contrapuesta al modelo de plantación a principios del siglo xix

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Crisis del hato incrementó abigeato en la zona fronteriza

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§ VI. Campesinos y violencia en la sociedad colonial

El «Comegente» atacaba personas y propiedades cerca de las poblaciones

141

Para capturar al «Comegente» comisionó la Real Audiencia a uno de sus oidores

149

«Hay tres clases de gentes en la campaña [

152

«Comegente»: tradición, literatura e historia

156

Bibliografía

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Procedencia de los artículos recopilados

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Índice onomástico

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Nota preliminar

A mediados de los años 80 me aproximé como estudiante al tema de la historia de nuestras clases populares y la con- formación de la nación dominicana. Intentaba comprender cómo aquellas clases, que habían cumplido un importante papel en el proceso de construcción nacional iniciado desde finales de la colonia, se habían quedado «sin historia», ya que apenas recibían atención por parte de nuestra historiografía. Esta preocupación provenía entonces de una lectura atenta de los escritos de Pedro Francisco Bonó, el cual había obser- vado de cerca las transformaciones sociales de nuestras clases rurales durante el siglo xix, poniendo el acento en las caracte- rísticas económicas, sociales, culturales de aquellos cambios, así como en los retos políticos que aquellas aportaciones plan- teaban –según él los entendía– a la configuración nacional de su tiempo. En esos años, siendo estudiante de economía, me desempe- ñaba como asistente en proyectos de investigación histórica dirigidos por el profesor Roberto Cassá, quien me adentró en lecturas fundamentales. Con él tuve la oportunidad de traba- jar en el Archivo General de la Nación, con manuscritos del siglo xix y en la revisión de la prensa del último tercio de esa centuria y de la primera mitad del siglo xx. Más tarde, con mo- tivo del V Centenario del Descubrimiento y Evangelización de América, participé –junto a Genaro Rodríguez– en el equipo

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Nota preliminar

de investigación dirigido por fray Vicente Rubio, O.P., cuyo ob- jeto era formar una amplia colección documental del período colonial de nuestra historia a partir de expedientes originales del Archivo General de Indias. Gracias a la ayuda generosa de esos dos maestros historiadores, quienes me orientaron en el estudio y me guiaron en la investigación dentro de los archivos mencionados, conseguí ampliar mis conocimientos y mi pers- pectiva del problema esbozado por Bonó en el siglo antepasa- do. Ahora se presentaban ante mí varios nudos problemáticos, entre los que se encontraba la propia formación del campesi- nado como clase popular.

Comencé a colaborar con artículos periodísticos de tema histórico en El Caribe, gracias a la amable invitación que me hi- ciera doña María Ugarte, entonces directora del «Suplemento Sabatino» de ese diario matutino. Me encontré ante la posibili- dad de dar forma a algunas reflexiones y publicarlas en forma breve. Escogí el siglo xviii en cuyo estudio me había concen- trado durante mi permanencia en Sevilla. Debido a mis dudas, más que por alguna elección particular, preferí indagar de modo «indicial» –a la manera de los microhistoriadores–, si- guiendo el rastro de algunos documentos de archivo que tenía

a la mano, en los cuales entendía podía hallar componentes

significativos del mundo rural a finales de la época colonial.

He organizado esas breves reflexiones en torno a seis temas;

a saber: 1)Esclavos negros y mundo rural; 2)Reforma de la pro- piedad del suelo; 3)Reformismo borbónico y los campesinos dominicanos; 4)Crisis financiera y moneda de papel; 5)Hato

y campesinado; 6)Agitación y rebelión campesinas. Al final se

ha añadido, siguiendo la división temática, la bibliografía bási-

ca de cada uno de los apartados. En resumen, los artículos que siguen son el resultado provi- sional de reflexiones sobre el problema de la formación histó- rica del campesinado dominicano durante la colonia, las cuales he querido plasmar en pequeños fragmentos a partir de leer y releer documentos, unos conocidos y otros menos conocidos,

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recabados en colecciones documentales, archivos dominicanos y españoles. Así fueron surgiendo, como materiales de trabajo, los artículos reunidos en esta selección, cuya problemática es- pero retomar más adelante en un trabajo de síntesis de mayor alcance. Se reproducen aquí sin más cambios, con la esperan- za de que sirvan para introducir nuevas preocupaciones en la enseñanza-aprendizaje de nuestra historia, y a la vez alentar a jóvenes investigadores a indagar la historia de nuestra «gente sin historia».

* * * Todos los artículos de esta recopilación aparecieron en las páginas del «Suplemento Cultural» del periódico El Caribe entre los años 1991 y 1999, entonces dirigido por doña María Ugarte. Según eran publicados se me acercaron personas para saludar la iniciativa y colaborar con su difusión en cursos y talleres. Fue im- portante conocer a investigadores e investigadoras con quienes comparto desde entonces ideas, libros, documentos y una buena amistad. José Antinoe Fiallo está entre los entusiastas de prime- ra línea. Contagió a mis compañeros y compañeras del Centro Poveda que los utilizaron en varias actividades. Recibí entonces muchos comentarios y sugerencias favorables. Si ahora se ofrecen estos artículos en forma de libro es más que nada para dar testi- monio de mi agradecimiento a todas estas personas. En particu- lar a mis maestros y maestras, a amigos y amigas de toda la vida, a compañeros de trabajo, a otros muchos que no puedo enumerar en aras de la brevedad y para no cometer una injusticia; a las per- sonas que los leyeron y me animaron a continuar escribiéndolos. Va en esta última línea mi especial agradecimiento al Archivo Ge- neral de la Nación en la persona de su director Roberto Cassá y de todo el equipo que ha hecho posible esta publicación.

16 de agosto de 2011, 148º aniversario de la Restauración.

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§ I. Esclavos negros y mundo rural

La visión del mundo rural dominicano cambió a lo largo del siglo xviii

La imagen del mundo rural dominicano cambió de manera significativa a lo largo del siglo xviii. Hasta entonces en la parte española de Santo Domingo la campiña era vista como una prolongación de la ciudad. Era el lugar de las haciendas y los esclavos de campo cuyos propietarios vivían en las ciudades, y producía para ellas y sus exportaciones. También era el refugio para los habitantes de la ciudad en caso de ataque, o de los fugitivos perseguidos por las leyes de la ciudad; o simplemente era el lugar de descanso de las fatigas y las enfermedades contraídas en el ambiente citadino. Incluso, podía ser la guarida de negros alzados, aunque esto último debió igualmente entenderse como algo esporádico y ajeno al discurrir de la vida social. En los hechos, la imagen predominante de la sociedad se había estructurado siguiendo la configuración de la colo- nización española que otorgó una centralidad absoluta a la ciudad. Durante el siglo xviii el mundo rural irrumpe en la vida so- cial de la colonia. Dejó de ser visto entonces como una mera prolongación, un apéndice de la vida de la ciudad, para tener entidad propia. Este cambio de imagen expresaba transforma- ciones sociales que venían produciéndose con cierta celeridad en la formación social dominicana. Y, en efecto, la conciencia de los cambios verificados en la sociedad rural pasó a ser una

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preocupación permanente de propietarios y autoridades des- de la segunda mitad de dicho siglo. Las manifestaciones más importantes de las transformaciones mencionadas pueden referirse a dos tendencias: primero, al crecimiento de la población libre y su dispersión en las zonas ru- rales; segundo, su vida independiente y muchas veces al margen de las reglamentaciones oficiales de la economía y la sociedad. Estas dos tendencias estaban creando en el medio rural un modelo de vida campesina con fuertes rasgos de autarquía, cuyas formas arcaicas habían cristalizado para esa centuria en los campesinos conuqueros y monteros. Tan pronto comenzaron las gestiones de las autoridades y los hacendados de la colonia española para el fomento de la economía –estimulados como estaban por las riquezas que acumulaban la vecina colonia francesa con sus plantaciones esclavistas– este tema fue objeto de especial atención. Así en la Junta de Fomento reunida por el gobernador Joseph Solano en 1772, se solicitó al Rey que aprobara la reducción, en pue- blos formados a este propósito, de los negros libres dispersos por los montes, lo que entonces fue rehusado aduciendo la falta de población blanca para garantizar tales reducciones. El fiscal de Consejo de Indias, don Pablo Agüero, argumentó en su dictamen acerca de esta proposición:

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que no puede negarse la utilidad pública de las pobla-

ciones, que será tanto mayor, quanto los vagos y dispersos que se congregan en ellas necesiten más de la sociedad para su freno y su enseñanza y el país que se pueble de trabajadores para su cultivo y vecinos para su defensa [ Que tampoco es disputable que pueda V. M. obligar y compeler semejantes vasallos a que se reúnan en pueblos para evitar los muchos desórdenes que lleva consigo una vida montaraz y salvage; pero se dudará con razón si es conveniente que se formen aldeas, o villas de negros con las presupuestas calidades. Que el fundamento es porque

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a razón de sus cortas luces no se consideran libres si no se constituyen en una perfecta ociosidad, madre de los demás vicios; que del mismo principio viene que conservan con obstinación aquellas impresiones depravadas que se radi- caron en su ánimo, de manera que aun quando viven en la esclavitud, y bajo el azote, ningún castigo basta a desarrai- gar los malos hábitos que una vez se contrageron; y consi- dera Agüero que no se pueden entresacar de las ciudades, villas y lugares tantos sugetos blancos como era menester para sugetar los negros dispersos que viven derramados por la Ysla.

El concepto que retoma el fiscal del Consejo, resume muy bien la visión del campo desde la óptica de la sociedad colo- nial. Toca sus principales elementos. La ruralía es asimilada a la barbarie y el salvajismo, lo que estaría justificando las reduc- ciones que solicita la Junta. Pero, sin embargo, la propuesta no progresó en aquel momento. Una nueva oportunidad se presentó con el Proyecto de Có- digo Negro; entre 1783 y 1784 los puntos de vista recogidos por el oidor Agustín de Emparán, encargado de redactar el texto, otra vez se centran sobre esta cuestión, sin duda de primordial importancia para autoridades y hacendados. La solución sería nuevamente aplazada por el Consejo de Indias. Mientras tanto los campos aumentaban en número de po- bladores, libertos y sus descendientes, casi sin sujeción a la autoridad. De esa manera se convierte este tema en preocupa- ción constante de los gobernadores y hacendados, que temían que el «mal ejemplo» de estos «vividores» de los campos termi- nara por impedir el incremento de las haciendas agrícolas que utilizaban mano de obra esclava. Yendo más lejos, tras el estallido de la insurrección de los esclavos de la parte occidental de la isla, el Arzobispo de San- to Domingo señaló en 1791 que aquellos formaban ya «nues- tros principios de brigantes». Y al hacerlo sacaba a flote un

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último elemento de aquella visión, que consiste en el temor oculto de propietarios y autoridades que, desde muchos años antes, veían en el mundo rural una amenaza contra el orden colonial.

Frontera ganadera y dispersión rural caracterizaban el siglo xviii dominicano

A lo largo del siglo xviii cambiaron las condiciones de re- producción de la economía en la colonia española de la isla de Santo Domingo. El fin del enfrentamiento armado con los pobladores de la parte occidental y el desarrollo de una econo- mía de plantación sin precedentes en esa colonia francesa del oeste, acompañaron variaciones en la vida económica y social de la parte española. Las de más importancia fueron quizás los cambios verificados en los patrones de asentamiento y uso del suelo, estrechamente relacionados con la variable demográfica. Se trata de que tales variaciones debían ser compatibles con el tamaño de la pobla- ción, la cual si bien creció de manera relevante no alcanzó el dinámico crecimiento de la población en el oeste, favorecido por el fuerte impulso económico. Sin embargo, la dinámica demográfica de la colonia española ofreció peculiaridades de mucha trascendencia en lo social: una fue la dependencia del crecimiento de la población blanca de la inmigración canaria; y otra que los incrementos poblacionales se produjeron en un contexto de disminución relativa del número de esclavos, mientras aumentaba la proporción de la población liberta de negros y mulatos. Se pueden establecer tres hechos fundamentales en relación con los patrones de poblamiento y uso del suelo en el siglo xviii: a) El establecimiento de una «frontera ganadera» en el extremo oeste colindante con la parte francesa; b) el fomento de haciendas agrícolas para exportación en los alrededores de

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las principales ciudades; c) la dispersión rural de gran parte de la población dedicada a la subsistencia. Los dos primeros pasaron a ser objeto de orientaciones oficiales, en distintos momentos de su desarrollo. El terce- ro, fue un fenómeno silencioso, aunque de crucial impor- tancia desde el punto de vista social. Esto último y el pri- mero representan manifestaciones nuevas del mundo rural dominicano. El establecimiento de una «frontera ganadera» supuso el fenómeno de algunas poblaciones (San Rafael, San Miguel, Hincha) así como de una multitud de pequeños y medianos hateros que se acercaron a la colonia francesa que constituyó su principal mercado a lo largo de dicha centuria. Además, la frontera ganadera impidió efectivamente el avance territorial de los franceses mediante el comercio de ganado, aunque a la postre definió una dependencia con respecto al vecino francés no prevista por las autoridades de la colonia española. Con el fomento de las haciendas agrícolas para exportación y el sustento de la población alrededor de las principales ciu- dades, se pretendía dos cosas al menos: asegurar el suministro de las ciudades y el comercio con la metrópoli, y, al mismo tiempo, se buscaba desincentivar el contrabando de estos fru- tos hacia la parte francesa. Ambos tuvieron inicialmente un carácter espontáneo. Res- pondiendo a coyunturas específicas, tanto los habitantes como las autoridades coincidieron en el fomento de hatos hacia la parte de la frontera, dejando las actividades agrícolas de ex- portación en las cercanías de las principales ciudades, Santo Domingo y Santiago. Mas, entrada la segunda mitad del siglo, dicha regulación era ya materia de gobierno. En 1785 el gobernador don Isidro de Peralta y Rojas se refe- ría a ello en los siguientes términos:

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está graduado, y así conviene, que los terrenos limí-

trofes, especialmente los del centro en que se comprende

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San Rafael con su valle de Guava sean para pastoreo de ga- nados, utilíssimo a sus poseedores, y al cultivo de los frutos de subsistencia; y para la agricultura los que proporcionan la facilidad de las cosechas y su conducción a esta capital, que es y debe ser el primer objeto del fomento, para atraer con los preciosos frutos de exportación a nuestro comercio nacional, y que abastecida por él con abundancia, la comu- nique a todo lo interior, que es el medio para la felicidad y desarraygar del todo el contrabando.

Por último, el tercer hecho citado arriba remite al problema de la población rural dispersa por montes y valles. El proble- ma fundamental estriba en que eran brazos que se liberaban de la esclavitud, pero que no se integraban como trabajadores libres en las explotaciones agrícolas o ganaderas. Prefirieron más bien labrarse una vida autónoma, silvestre, como era la de los monteros. No cultivaban más de los que necesitaban para su subsistencia y dedicaban parte de su tiempo a la caza de ganado cimarrón. En algunos casos podían vivir en los al- rededores de algunos hatos, sirviendo en ellos ocasionalmente como peones, a la manera de agregados. De todos modos estos pobladores eran un prototipo del campesino arcaico domini- cano y, desde luego, del fenómeno de la dispersión rural de ese siglo.

Autonomía de la vida rural fue una característica de la sociedad dominicana en el siglo xviii

En el transcurso del siglo xviii el dinamismo y los conflictos de la sociedad colonial dominicana parecían desplazarse hacia las zonas rurales. Si hasta entonces el eje de la vida colonial había sido la ciudad, donde residían la autoridad y los propie- tarios de haciendas, ello se justificaba en alguna manera en el hecho de que la vida de los campos se comprendía como un

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apéndice de la primera. Había una suerte de correspondencia entre el entorno rural y las ciudades, que era roto sólo con las insurrecciones de esclavos en las plantaciones. A partir de dicho siglo, sin embargo, las relaciones entre campo y ciudad tomarían rumbos diferentes. Tanto así, que puede afirmarse que es en este siglo cuando se configura en la parte española de la isla la contraposición social entre ambos. Una de las primeras manifestaciones del desplazamiento referido se encuentra en la tendencia de la población de los campos a labrarse una vida independiente de los centros urba- nos. Criollos, blancos, negros y mulatos prefirieron trasladarse a los campos y hacer una vida más autónoma; aunque actua- ron impulsados por diferentes motivos. Por un lado, pequeños propietarios de estancias y ganados comenzaron a hacer vida permanente en los mismos lugares donde tenían sus haciendas (hatillos y labranzas de víveres y tabaco). Sólo irían a las ciudades con el propósito de vender sus productos y comprar otros, pero incluso en algunos luga- res el contrabando hacía innecesaria estas visitas. A la ciudad se iba entonces en ocasiones de cumplir con los preceptos de la Iglesia. La pobreza general de la colonia impelía a estos pequeños propietarios a mudarse a sus fundos o manumitir, a cambio del pago de un peculio, a sus esclavos. Muchos de estos poblado- res rurales hicieron posible la fundación de nuevas villas en la región fronteriza y en otras regiones. Más importante fue el crecimiento de la población de negros manumisos y descendientes de libertos que se dispersaron por toda la geografía, propagando modos de vida hasta entonces propios de reducidos grupos que vivían relativamente aislados del conjunto en las zonas rurales. Tal es el caso de la montería y el conuco, que durante este siglo se convirtieron en patrones pre- dominantes de reproducción de estos grupos sociales de cam- pesinos arcaicos. El denominador común de tales actividades

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es la autarquía que propician. Eran modos de vida autónomos con relación a las ciudades, aun en el caso de que los poblado- res estuvieran obligados a pagar una pensión por el uso de las tierras para montear o para labrar sus conucos. Es interesante al respecto una definición que da Sánchez Valverde en el capítulo xvi de su libro Idea del valor de la isla Española, donde se refiere al «conuco» identificándolo con la agricultura de los negros:

«Conuco» se llaman en Santo Domingo las labranzas de frutos del país, que en cierto número de varas de terreno hacen regularmente los negros libres, etc., o los Esclavos jornaleros.

Algunos de estos libertos, negros y mulatos, vivían próximos a las ciudades, en los campos de sus alrededores, pero otros vi- vían totalmente alejados y dispersos. A tal extremo que en una carta fechada el 25 de mayo de 1793, el Arzobispo de Santo Domingo, fray Fernando Portillo y Torres, constató casos de gentes:

que han salido de sus chozuelas y bogíos, en donde

vivían sin que los conocieran las legítimas potestades (y tanto, que no ha muchos días que se dexó ver vna fami- lia con nietos que ignoraban dónde estaban de pies, y sin idea de soverano alguno) en las quebradas de los montes y campos de muchas leguas despoblados, según los ví y noté en mi visita.

] [

Conforme crecía esta población, aumentaba el temor de las autoridades por el escaso control que ejercían sobre ella. Se había roto la correspondencia entre ciudades y campos que el orden colonial había asegurado mediante una estricta subor- dinación del segundo. De ahí que la sujeción de los negros y mulatos, libres o esclavos, que habitaban en los campos haya

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sido una de las preocupaciones principales de las autoridades

y grandes propietarios de la colonia, sobre todo desde la se- gunda mitad de aquella centuria.

Esclavos «ocultos» fueron fuente de conflicto durante la colonia

Mientras se mantuvo el sistema esclavista en la colonia espa- ñola de Santo Domingo, los amos buscaron por diversas vías

contrarrestar los esfuerzos de los negros esclavos para conse- guir su libertad. Ello envolvía intereses privados, pero también de orden público, por cuanto el estado colonial estaba organi- zado sobre la base de una sociedad esclavista. Para garantizar ese orden el estado se comprometía en cos- tosas empresas de persecución de esclavos alzados y atacaba los enclaves donde éstos vivían libremente, procurando reducirlos

a la esclavitud. Tal es el caso de los asentamientos reconocidos

de negros cimarrones, como los manieles de Ocoa y Neiba, que fueron objeto de ataques en varios momentos. En una de estas operaciones, por ejemplo, llevada a cabo en el maniel de Ocoa en el siglo xvii, fueron restituidos: «Treinta y ocho piezas de esclavos que se trajeron de Maniel, que eran de diferentes vecinos de esta ciudad» de Santo Domingo. Estas acciones son corrientemente referidas en los estudios sobre la esclavitud en Santo Domingo, puesto que formaron parte de las ejecutorias de los diferentes gobiernos coloniales. Son menos conocidas las acciones emprendidas por los amos, en defensa de sus intereses privados, para contrarrestar las luchas de los negros por alcanzar su libertad. A nivel cor- porativo, como dependencia de los cabildos locales encarga- dos de la gestión colectiva de los intereses privados, actuaba la Santa Hermandad en los alrededores de las principales villas y ciudades. Pero también hubo otras iniciativas privadas que for- maron parte de la vida cotidiana en la sociedad esclavista. Estas

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respuestas se correspondían con las condiciones de pobreza que caracterizaron la colonia en los siglos xvii y xviii. Una de estas modalidades fue la de formar patrullas de «bus- cadores», las que en una misma localidad podían estar com-

puestas de las mismas personas y encabezadas por un «capitán de buscadores» de reconocida valentía y fuerza. Estas patrullas podían actuar con permiso de los ayuntamientos para seguir

a los grupos de negros esclavos o a uno solo que haya sido de- nunciado como escapado por su amo; los «buscadores» a cam- bio recibían una recompensa por la captura de los mismos. No siempre los amos cumplieron con el pago estipulado, por lo que en diversas ocasiones los «buscadores» se enfren- taron a los dueños de esclavos para reclamar ante los tribu- nales la paga a la que se consideraban acreedores. Este fue el caso de Francisco Dionisio, «buscador» vecino de Bayagua- na, quien demandó a varios vecinos de dicha villa por haber «ocultado» a los esclavos capturados por él y haberse negado

a pagar el precio de su captura. Refirió ante el juzgado de

gobierno que «los negros alzados» los «cogió en una ranche-

a su riesgo, por ir sólo con un negro que le acompañó;

ría

y los dueños de dichos esclavos los ocultaron, y pidió se le pagase su trabajo». El recurso de la «ocultación» fue un mecanismo muy soco-

rrido por los amos de la colonia española de Santo Domingo en los siglos xvii y xviii. Este consistía en que un esclavo o es- clava, denunciado como escapado ante la autoridad local, era restituido al trabajo en una hacienda de campo por su amo u otro cualquiera, sin que mediara el castigo establecido por la ley ni tampoco el pago de su rescate. La «ocultación» implica- ba la frustración del intento de escapar por parte del esclavo,

y aunque aquella no ofrecía ventajas para él o ella, al menos le

servía como aliciente el hecho de que por lo común se veían exentos de castigos drásticos. A la inversa, el interés de los amos era decisivo. Las dificul- tades para adquirir esclavos, ya sea por su escasez o por su alto

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costo, eran razones muy poderosas para «ocultar» esclavos. Va- rias reclamaciones contra hacendados que mantenían traba- jando en sus propiedades esclavos ajenos, dan cuenta de la re- currencia al mecanismo de la «ocultación». Así, por ejemplo, en el año 1670, Manuel González Payano, vecino en la ciu- dad de Santo Domingo demandó a Juan Arráez de Mendoza, vecino de la de Santiago, «sobre de que se entregase, dentro de breve término, un esclavo nombrado Lucas, vaquero de su hato, que le tenía oculto», pidiendo además que se le devolvie- se «con los jornales, y en su defecto, setecientos pesos». Tam- bién otra causa del año 1769, ante el tribunal de gobierno, se refería el pago de los jornales de otro esclavo «oculto», como si se tratara de un alquiler forzoso del esclavo. La demanda la presentó doña María Piñeyro, viuda de don Diego Franco de Quero, contra doña Elena Henríquez Pimentel, por «averle ocultado un esclavo que se le había huido, pidiendo que se le mandase entregar con los jornales». Muchos casos hablan del aprovechamiento de estos esclavos «ocultos» y de los conflictos que generó dicha práctica tanto entre los mismos amos como entre dueños de esclavos y «bus- cadores». En el caso de tener que restituir un esclavo a su an- tiguo amo, el hacendado que lo mantuvo «oculto» podía arre- glárselas para hacer ver que sólo lo retuvo por poco tiempo, y evitaba así el pago de los jornales exigidos por reclamantes, que era calculado de acuerdo con el precio estipulado para los esclavos ganadores o jornaleros (4 reales diarios). El perdedor fue el esclavo, quien veía frustrado su intento de acceder a la libertad que le auguraban los montes despoblados de la parte española de la isla.

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Vida de los esclavos en el siglo xviii

Juan Joseph había venido a la ciudad de Santo Domingo la noche del 28 de septiembre de 1726 desde la hacienda de campo donde trabajaba, acudiendo al llamado de su amo Jo- seph Betancourt. Este último le había avisado que vendría a «marchar» a la ciudad, al parecer refiriéndose a ejercicios que implicaban el servicio de las milicias de pardos y morenos que se habían organizado desde algunos años atrás en la colonia española en Santo Domingo. No sabemos cuál era su procedencia africana, aunque lo más probable es que se tratara de un negro criollo, como era ya buena parte de los esclavos que habitaban en la colonia es- pañola. Tenía unos 25 ó 26 años de edad y estaba casado con Isabel, esclava como él, pero de diferente dueño. Con ella ha- bía procreado un hijo, el cual para aquella fecha era todavía un niño de pecho. Después de presentarse en casa de su amo Betancourt, se dirigió inmediatamente a la casa adonde vivían su mujer y su hijo, quienes eran propiedad de Antonio Mañón, otro hacen- dado como su amo; con la mala suerte de haber encontrado al pequeño llorando y la madre ausente. Al preguntar por ella se enteró de que su esposa se encontraba en la casa del fiscal por órdenes del amo, según le informaron otras criadas esclavas que allí estaban. Juan Joseph salió entonces a buscarla a casa de dicho fiscal. Habiendo preguntado en varias puertas, reci- bió al parecer una indicación errónea de su ubicación, pues entró por equivocación por una puerta donde fue atacado y herido con su propia arma, dejándolo sin un dedo en su mano derecha y varias heridas de machete en el mismo brazo a la altura del hombro. Aquella noche del 28 de septiembre de 1726, Juan Joseph, un negro esclavo, había sido víctima de la violencia cotidiana que se expresaba en la sociedad colonial. Mas podemos de- cir que tuvo suerte doblemente, pues, exceptuando el dedo

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de su mano que perdió en la ocasión, las demás heridas del cuerpo iban a curarse, y porque su caso iba a ser objeto de un expediente judicial, cosa que no pasaba con frecuencia.

Es un ejemplo de ello el que ilustra la situación de su esposa y su hijo, quienes sufrían igualmente la violencia de la sociedad esclavista que era la colonia española de Santo Domingo en el siglo xviii. En las declaraciones que ofreciera ante el tribunal de go- bierno sobre este caso, Antonio Mañón dijo haber escucha- do a Juan Joseph cuando llegó herido a la casa del Fiscal «haziendo el negro lamentaciones de que los blancos que- rían matar a los negros». Y ciertamente, esta idea debía estar presente en la representación social de los negros, esclavos

o no, por fuerza acostumbrados a todo tipo de vejaciones y

maltratos de parte de los blancos a causa de su condición racial.

Este último hace referencia a la manera en que era vivida

la violencia por parte de los esclavos. La vida de los esclavos

en las plantaciones ha sido comparada por Moreno Fraginals con un sistema carcelario: estrictos controles, horarios in- flexibles, rígidas reglamentaciones y castigos corporales a la más mínima transgresión de las reglas. El gobernador debía velar porque en todas las haciendas estuvieran disponibles los cepos, grilletes, cadenas, látigos y otros instrumentos de castigo, puesto que era un requisito de las leyes bajo pena de severas multas. Esta era parte de la violencia institucional. Desde luego, esta violencia tenía su «racionalidad económi- ca» en cuanto obedecía a los rigores de la producción de bienes para el mercado capitalista mundial. Al lado de esta violencia, sin embargo, surgió otra indisociable de aquella violencia institucional de la plantación, pero distinguible por su extensión a otros ámbitos de la sociedad esclavista. En este sentido, si bien la plantación no era la sociedad, la violencia contra los negros tampoco se limitaba a los esclavos de las plantaciones.

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La vida de los esclavos fuera de las haciendas, de los domés- ticos y jornaleros, así como los negros libertos, estuvo perma- nentemente limitada por las imposiciones de las leyes colonia- les y el sistema esclavista imperante. Este era un sistema por su origen y naturaleza violento. Pero la violencia cotidiana se expresaba especialmente en las relaciones raciales, ya basadas en el prejuicio del color. Ella se mostraba en todos los aspectos de la vida social y reclamaba de los negros una estricta subor- dinación a todos los blancos, a los cuales debían reconocer como amos en cualesquiera circunstancias. Esta era la base de una «pacífica correspondencia entre amos y esclavos», según las reglamentaciones de dicha sociedad. En este otro ámbito la violencia no respondía en modo algu- no a una lógica económica del sistema. Dicha violencia cotidia- na tuvo por contrapartida el temor a una reacción igualmente violenta de los esclavos, que en muchos lugares conllevó un sentido muy desarrollado del miedo y la protección por parte de los amos. Por ejemplo, en un estudio sobre la ciudad de Lima en la segunda mitad del siglo xviii, Alberto Flores Galin- do subraya esta característica de la violencia contra los negros:

tenía como contrapartida el temor de los blancos, tanto es así que las casas donde vivía la aristocracia limeña de finales del siglo xviii se hallaban adornadas con todo tipo de enrejados, y el autor llega a decir que Lima entonces pudo llamarse «la ciudad de las rejas». Pero, en Santo Domingo colonial, aunque no de la misma manera, como en otras partes, los negros como Juan Joseph no dejaron de pensar en su opresión y se esforzaron por con- seguir de diferentes formas su libertad.

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Motín de esclavos del año 1723 impidió fueran devueltos a la colonia francesa

A consecuencia de la implantación hacia fines del siglo xvii del sistema de plantación esclavista en la colonia francesa de la parte occidental de la isla Española –la cual fue tomando cuer- po después de mediados del siglo xvii– se desarrollo también la resistencia de los hombres y mujeres que eran trasplantados

a dicha colonia desde sus distintas naciones africanas para ser- vir como esclavos a los amos del Caribe que producían para el mercado capitalista europeo.

Una de las formas de resistencia a la que apelaron conti- nuamente los esclavos y esclavas de la parte francesa fue la de huir a la parte española de la isla. Esto implicaba, en primer lugar, haber aprendido los límites entre ambas colonias, y, en un segundo momento, las ventajas de las diferencias socioeco- nómicas existentes entre ambas colonias. Todavía podría agre- garse otro elemento más referido a las diferencias políticas y jurídicas envueltas en su nueva situación de «escapados» de la colonia francesa, que los mismos esclavos contribuyeron a desarrollar con su comportamiento, lo que de alguna forma puede advertirse en las acciones y declaraciones de dichos ne- gros a las autoridades españolas cuando eran capturados. Tal situación provocó, desde luego, la reacción de los pro- pietarios esclavistas franceses, quienes no cesaron de acusar

a los colonos españoles de atraer a sus esclavos e incitarlos

a huirse a la colonia española, con el pretexto de que así

conseguían los brazos que les hacía falta para el cultivo de sus haciendas. Las quejas de dichos plantadores fueron aten- didas por las autoridades francesas quienes por diversas vías reclamaron a las autoridades españolas, tanto en la isla como en la metrópoli, la devolución de dichos esclavos huidos. Así es como se originaron varias disposiciones reales que orde- naban la captura y restitución de los esclavos escapados de la colonia francesa.

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El 13 de agosto de 1722, siendo gobernador, presidente y ca- pitán general de la colonia española don Fernando Constanzó y Ramírez, se despachó una real orden con el expreso mandato de que fueran devueltos los negros de esta calidad que se hallaban retenidos en la colonia. Esta medida fue protestada por el cabildo de la ciudad de Santo Domingo, el cual pidió que se suspendiese la entrega de los negros, pues aspiraba a que dichos esclavos en- traran a formar parte de sus escasas dotaciones como venía suce- diendo desde unos años atrás. Sin embargo, en aquella ocasión, se impuso el criterio del fiscal de la Audiencia, don Juan Carrillo Moreno, «fundado en ser materia de mero govierno y estarle pri- vativamente cometida la ejecución del real despacho». Se comenzaría por reintegrar a sus antiguos dueños los ne- gros que se hallaban «asegurados en las reales cárceles», y para ello el fiscal, previendo la lógica oposición de los esclavos a tal entrega, «vsó de la prudente precausión de haser aquartelar en la plaza mayor en que hase frente la cársel, sesenta hombres devajo las órdenes de dos capitanes de presidio». Pese a esta disposición, «no llegó a tener efecto la referida entrega», ya que los negros se amotinaron para impedirlo. En efecto, en la cárcel se hallaron «los negros cargados de pie- dras y palos y algunos hierros y cuchillos cortos». Ante la situación declarada, se presentó allí el gobernador Constanzo y Ramírez.

entrando con los dos capitanes en la misma cársel a

ver si su presencia podría contenerlos; (pero) antes fue al contrario porque le perdieron el respeto con voces desme- didas, amenasándole de muerte.

] [

Salió el Gobernador de la cárcel para no dar lugar a otro acto temerario de su parte, y mandó que entrasen 20 hombres de tropa para reducirlos a obediencia, sin que obtuvieran al- gún resultado, pues «viendo la resolución de los negros» no entraron todos y los primeros que lo hicieron salieron pronto, e incluso otros, que se hallaban de guardia en la plaza mayor a

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la espera de su oportunidad para entrar en acción, se retiraron a la catedral. En ese momento el Gobernador nuevamente salió a la pla- za para animar a los soldados, «tratando de reforzar la gente, mandado serrar por fuerza la puerta de la cárcel». Y en hacien- do esto último:

Lo que sucedió fue el verse desamparado de toda ynfante- ría que se retiró a la yglesia cathedral quedando solos con

él los dos capitanes y algunos oficiales menores y tal qual

soldado [

ron a abrir la puerta de la cársel y atropellaron la misma persona del Presidente, Governador y Capitán General, disparando piedras que no dejaron de alcansarle a la casa- ca, se entraron en la misma yglesia no quedándole más que

hacer [

que los negros, por la mayor fuerza, violenta-

];

]

que retirarse a estas Reales Casas de su avitación.

El narrador de estos hechos, que no es otro que el presi- dente, gobernador y capitán general entrante, don Francisco de la Rocha Ferrer, en carta a Su Majestad fechada en Santo Domingo el 14 de febrero de 1726, no deja de lamentarse por esta afrenta de que fue objeto su antecesor en dichos cargos:

abandonado de los suyos, atropellado y aun ajado de

unos viles negros esclavos, expuesto a que le quitasen la vida, y en peligro notorio de ello, y finalmente soportando al des- aire que se deja considerar por sus empleos y persona.

] [

No obstante los temores del gobernador de la Rocha, los ne- gros habían ido a buscar refugio (junto con los soldados) en la iglesia a sabiendas de que bajo la jurisdicción eclesiástica esta- rían mejor resguardados, por lo menos hasta tanto se buscara una solución que no implicara el ser devueltos a la colonia francesa, de donde habían escapado huyendo a los «muchos y rigurosos castigos que en ellos executavan sus amos».

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De esa manera el motín de los esclavos de 1723 debe enten- derse como un esfuerzo más por conservar de alguna manera la posición que habían conseguido al escapar de sus amos fran- ceses. Para ellos la esclavitud no había terminado aún, pero no pocos consiguieron más tarde desenvolverse dentro de un modo de vida distinto al de la plantación, aunque todavía en el seno de una sociedad esclavista como lo era la colonia espa- ñola en Santo Domingo.

Principal motivo de los esclavos franceses para huir a la parte española de la isla era lograr su libertad

Fueron muchas las circunstancias que motivaron a los ne- gros esclavos de la colonia francesa de Saint Domingue a esca- parse de las plantaciones donde estaban obligados a trabajar e internarse en la colonia española de Santo Domingo. Una muestra de esta variedad de circunstancias se puede apreciar a través de las declaraciones tomadas a doce de es- tos negros huidos de la parte francesa, que fueron capturados en la colonia española, traídos a la cárcel real de la capital e interrogados en el tribunal de gobierno entre los meses de diciembre de 1723 y julio de 1724. De este grupo once eran hombres y sólo una mujer. En el documento no constan los nombres de los esclavos interroga- dos, pues se trata de un resumen para cuantificar la «entrada de negros desertores» de la colonia francesa. El interés de las autoridades estaba orientado a identificar cuatro variables: los dueños franceses, la población o lugar de donde procedían, el tiempo que llevaban escapados y en menor medida, los moti- vos de su huida. Con todo, estas informaciones escuetamente recogidas por el escribano Agustín de Herrera y Calderón, nos bastan para tener una idea de las motivaciones que tuvieron los miembros de este pequeño grupo para pasar a la parte oriental de la isla.

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No todos los interrogados sabían el nombre de sus amos; tres no pudieron darlo o quizás prefirieron no decirlo. Entre los amos identificados por sus nombres uno era mujer. En cuanto al lugar de procedencia, 5 correspondían al Guarico (Cabo Haitiano), 2 a Jacmel, 1 a Leogane, 1 a Saint Louis (cer- ca del Guarico), 1 a Cul de Sac y 2 no supieron responder. Otro dato de interés es el tiempo que llevaban escapados. Este varía desde dos meses hasta más de cuatro años. En tres casos no se consigna el tiempo que tenían de haber huido. Resulta igualmente curioso que tres de los declarantes se refi- rieran al tiempo midiéndolo en «lunas» en lugar de meses. Los motivos ofrecen también cierta variedad, aunque la ma- yor parte se refirió de alguna manera a los castigos que les pro- pinaban su amos: «Por los vigorosos castigos», «por los muchos azotes», que su amo lo amenazó con «ajorcarlo». Uno declaró sencillamente que escapó «por venirse a los españoles». Pero otros se refirieron con detalle al régimen de vida en las plan- taciones: «el continuo trabajo de noche», «el mucho trabajo, la poca comida y demasiados castigos», constituían los motivos de su fuga. También aparecen los que vinieron inducidos por sus compañeros: «de ver que los otros negros se huían y por los muchos castigos que le hacían», «a persuaciones de otros negros». Además, los que esperaron un momento propicio:

«por haberse muerto dicho amo hizo fuga». Todas estas motivaciones parecen tener un común denomi- nador en la huida del régimen de explotación esclavista de plantación. Pero sobre todo por el deseo de libertad de estos hombres y mujeres que tuvieron la desgracia de vivir bajo el yugo de la esclavitud. De hecho los dichos doce esclavos que estaban presos en la cárcel de la ciudad intentaron de diversas maneras huir de las autoridades españolas. Uno logró esca- parse mientras era trasladado al pueblo de Los Mina, a don- de había sido confinado bajo la custodia del Gobernador de dicho pueblo. Otro de ellos fue puesto en una celda de mayor seguridad y poco tiempo después se quitó la vida lanzándose al

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pozo de la cárcel. Los demás serían trasladados al mismo pue- blo de Los Mina o asignados a algunos amos españoles para que trabajaran en sus haciendas bajo custodia de capataces. Quizás desde allí alguno de los diez restantes consiguió esca- par a los montes despoblados de la colonia española de Santo Domingo, para llevar una vida autónoma como la de otros mu- chos negros libres que formaban desde el siglo xviii un sector importante de la población rural dispersa.

Esclavos reclamaron su libertad en los tribunales de justicia

Pese a las limitaciones que imponía la sociedad esclavista a la integración de los negros libertos, la población esclava de

Santo Domingo realizó todo tipo de esfuerzos por alcanzar su libertad a lo largo del período colonial. Si bien las cimarrona- das y los establecimientos permanentes en las montañas fueron hasta finales del siglo xvii los medios típicos de conseguir ese objetivo, en el siglo xviii la importancia de tales medios parece haber cedido en favor de las manumisiones por ahorramiento

u otras vías, sin que se excluya la recurrencia a dichos medios

tradicionales, aunque en menor medida. De alguna manera ese cambio estuvo asociado a la nueva situación socioeconómica de las colonias españolas caracteriza- da en el último siglo mencionado, de un lado, por la consolida- ción de la economía del hato (que implicaba menores requeri- mientos de mano de obra con relación a la plantación) basada en aquel momento en un importante comercio de ganado en pie con la colonia francesa del oeste, cuya contrapartida era el contrabando de manufacturas; y de otro lado, por el desplaza- miento rentista de la explotación esclavista, a través de la ex-

pansión de la esclavitud jornalera. Así, la transformación de las exigencias económicas que recaían sobre los esclavos favoreció

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sus amos un precio de «coartación» hasta conseguir «ahorrar- se» y quedar en libertad. Este mecanismo parece haberse convertido en un fenó- meno importante en el siglo xviii, aunque desconocemos su alcance cuantitativo. Contra él los amos, en general, no opusieron reparos, y si así lo hicieron fue tras beneficios adicionales que tal negocio les proporcionaba. En aquellos casos en que los amos no quisieron entregar la carta de aho- rramiento que los acreditaba como libertos o manumisos, los esclavos se encontraron ante el dilema de resignarse o rebelarse ante el abuso, o reclamar contra su amo por las vías legales. Lo primero contaba con altas posibilidades, por la historia, pero sobre todo, por la violencia en que se ba- saba el sistema; mas lo segundo, aunque pueda sorprender, no estuvo ausente. Quizás hasta tomó cuerpo en este siglo en cuanto alternativa individual. En efecto, los esclavos pa- recen haber incrementado en este tiempo su capacidad de actuar dentro del marco legal de la colonia, como lo mues- tran diversas fuentes. Es así como el diario de la real audiencia de Santo Domin- go correspondiente al primer semestre de 1790, registra unas doce causas que fueron conocidas en grado de apelación (sin contar las que quedaron pendientes), lo que significa que los tribunales ordinarios debieron fallar otras en primera instan- cia. En el citado diario que fue remitido a la corona con carta de la real audiencia fechada el 25 de junio de 1791, aparecen, entre otras, las siguientes causas de libertad:

18-ene-1790 Sto. Dgo. El negro «Yumi» vs Juan Labrose. 20-ene-1790 Idem. El negro Antonio de la Asención vs. Lo- renzo Daniel. 24-mar-1790 Azua. El negro Joseph Lucena vs. Josef Ant. de Rosas. 5-jun-1790 Sto. Dgo. La negra María del Rosario vs. herede- ros de don Juan de Quevedo.

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16-jun-1790 Idem. La negra Thereza Fernández vs. Eme- lenciana de Soria.

Otros hombres y mujeres esclavas y esclavos de distintos puntos de la colonia y en distintos puntos de la colonia y en distinto año sin duda hicieron lo mismo. No sólo reclamaron su libertad, sino también el pago de jornales u obligaron a los amos a que los vendiera a otro dueño. Estas causas de esclavos eran atendidas por abogados de oficio que la Audiencia nom- braba al efecto como «abogados de pobres», dado que estas personas no podían sufragar las costas de un proceso. Nos faltan estudios que abarquen los diversos aspectos de este interesante fenómeno. Aunque nos veamos tentados a proponer, a título de hipótesis, y para concluir este breve artí- culo, dos implicaciones cualitativas que parecen desprenderse del mismo. La primera hace referencia al tipo de resistencia que hacen los esclavos, que pasa de una expresión colecti- va (alzamientos y cimarronadas) a una forma individual. El acuerdo de coartación con el amo, el «ahorramiento» mismo, son actos individuales, aún en el caso de que el fenómeno se haya generalizado. En segundo lugar, se introduce una aceptación de los meca- nismos establecidos por la sociedad esclavista para conseguir la libertad. Se da un consentimiento de las formas que, por supuesto, no significan que aceptasen en todas sus partes el funcionamiento de la sociedad colonial esclavista, pero si que estaban dispuestos a emplear los medios a su alcance dentro de la misma que permitieran o acercaran su objetivo de con- vertirse en libertos. Aunque después, en muchos casos, prefie- ran aislarse del ámbito de la sociedad esclavista internándose en los montes despoblados para vivir en el arcaísmo de una economía natural.

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Libertos en la sociedad esclavista

Si los negros libres sintieron y sufrieron el peso del sistema esclavista fue sobre todo porque la opresión con que operaba tal sistema trascendía los límites de la jornada de trabajo de los esclavos, para abarcar otros muchos aspectos de la cotidiani- dad. La esclavitud no se detenía en los negros esclavos como ingenuamente podría creerse. Y eso lo comprendieron muy bien los negros libres de la sociedad colonial dominicana en el siglo xviii. Para estos últimos conseguir la libertad mediante su «ahorra- miento» o manumisión no constituía ninguna garantía de en- trar al juego de la sociedad como tales individuos libres, a gozar de su derecho recién adquirido. Antes al contrario, fue motivo de nuevas vejaciones a las que muchas veces no pudieron esca- par sino abandonando el ámbito de dicha sociedad esclavista. El hábito de mando de los amos se había fijado como sistema de valores que sustentaba la estructura de poder colonial. Y este sistema de valores implicaba el rechazo y no la aceptación de los libres de color. De ahí que no pocos libertos encontraran motivos, al igual que otros esclavos, para buscar medios con qué organizar una vida independiente, al margen de la socie- dad esclavista. Cosa que consiguieron huyendo a los montes, en aquellos tiempos posible gracias a la despoblación de gran parte de la colonia española de la isla y a la inexistencia de caminos reales que merecieran ese nombre, lo que dificultaba o hacía muy costosa su persecución. Otros espacios de socialización se revelaron entonces insu- ficientes. Tales consistían principalmente en las cofradías de negros y mulatos que existieron en la isla Española desde el siglo xvi. Eran lugares de integración social, en el contexto de la sociedad esclavista, desde donde podían expresarse con identidad propia. Sus devociones y sus fiestas, los ahorros que formaban como un fondo común para realizar actividades para Semana Santa o patronales, u otras actividades regulares,

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constituían formas de solidaridad social de estos grupos de negros y mulatos. No es una casualidad que estos espacios se abrieran bajo la tutela de la Iglesia, la que también legisló en varios de sus sínodos provinciales para que los esclavos pudie- ran trabajar para sí los domingos y días feriados; debido a ello algunos estudiosos, entre los que destaca Herbert Klein, atri- buyeron a este comportamiento de la iglesia católica, junto a la protección legal de la corona, el crecimiento de la población libre, casi como un hecho independiente de la dinámica pro- pia de los diversos contextos. Pero aun en la forma arriba enunciada, eran espacios limi- tados. Fuera de los ambientes festivos donde todos se confun- dían, primaban jerarquías muy sólidas que diferenciaban radi- calmente la aristocracia de la plebe. Esas diferencias afectaban incluso aquellos que habían conseguido acumular alguna fortuna y cuyos antecedentes esclavos se remontaban a varias generaciones. Tenían vedado por una barrera racial el acceso al cabildo, a la universidad, a las prebendas eclesiásticas y a la burocracia. Aún más: estuvieron prohibidos para ellos estos cargos, aun cuando habían asimilado el sistema de valores vi- gentes y estuvieran dispuestos a llamarse «blancos de la tierra». No hay que descartar las razones económicas. Igualmente no fue un aliciente para los pequeños grupos acomodados descendientes de negros y mulatos, la nivelación de las fortu- nas que parecía provocar la pobreza general de la isla desde mediados del siglo xvii. Bien puede decirse, contra la idea que concibió el liberalismo del siglo xix de que las distancias so- ciales se redujeron en virtud de este empobrecimiento, que aconteció más bien lo inverso. Como señala Hoetink, «a veces es precisamente la nivelación económica la que hace más rígi- das las líneas divisorias sociales». Para los grupos más pobres de negros libres en las ciudades la situación se hizo aún más difícil, limitados como estaban para ejercer oficios mecánicos que tenían prohibido y frente a la competencia de los esclavos jornaleros. En el último tercio

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del siglo xviii, los suburbios de la ciudad de Santo Domingo estaban repletos de estos pobres. Es en esa fecha cuando el Arzobispo solicitó al Rey la creación en la ciudad de una casa para los niños expósitos, pues su número iba en aumento; a lo que respondió la corona en 1772 con varias reales cédulas ordenando la formación de una Junta para tratar el asunto y

la asignación de 500 pesos anuales en el situado que se remitía

desde México, se instaló poco después una sala de expósitos en

el Hospital San Nicolás de Bari.

Entre los pobres se hallaban sin duda los propios oficiales de pardos y morenos, los cuales solicitaron donativos a la coro-

na para pagar deudas contraídas por el alquiler de sus bohíos.

Y otros que, sin contar con la prohibición que pesaba sobre

ellos, ejercieron precariamente varios oficios mecánicos, como zapateros, talabarteros, carpinteros, brindando servicios entre

su propia gente para conseguir su sustento. Así fue como para aquellos que vivieron en las villas y ciu- dades, todos estos espacios eran verdaderas «brechas» dentro de una sociedad esclavista hostil. Fueran de carácter legal o clandestino, tales brechas aumentaron las tensiones entre los propios libertos, en competencia por oportunidades escasas, así como con los esclavos jornaleros. Y en competencia además con los sectores acomodados de mulatos que buscaban el favor de la aristocracia criolla o la burocracia peninsular.

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§ II. Propiedad del suelo y reformismo borbónico

Comisión del siglo xviii fue origen de «amparos reales» sobre tierras

En plena época republicana, a finales del siglo xix y princi- pios del xx, los «amparos reales» de la época colonial fueron exhibidos ante los notarios por los propietarios rurales tra- dicionales para justificar la posesión de sus fundos frente al apetito de tierras desatado por el capitalismo agroexportador. Autores como Alcibíades Alburquerque y Manuel Ramón Ruíz Tejada, en sus respectivos estudios, situaron sus orígenes en los siglos xvi y xvii, además de llamar la atención sobre «hijuelas» y otros documentos que se tomaban por tales amparos. Sin em- bargo, el hallazgo reciente de ciertos expedientes sobre «com- posiciones de tierras realengas» en tiempos coloniales parece apuntar con mayor certeza a establecer la fecha de dichos am- paros en la posesión de tierras dentro de la segunda mitad del siglo xviii. Mientras el carácter realengo hace referencia a aquellos terrenos que por no estar afectados por ninguna concesión real se mantienen dentro del dominio de la corona, las composiciones se refieren a un arreglo o contrato de venta de los mismos a particulares. Los expedientes mencionados fueron localizados en el Ar- chivo General de Indias (Sevilla), aunque sólo comprenden una primera parte de los trabajos realizados en la materia. No obstante, los mismos resultan congruentes con otros deposita- dos en el Archivo Real de Higüey –cuya importancia ya ha sido puesta de relieve por José María Ots Capdequí–, actualmente

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conservado en el Archivo General de la Nación. Este último autor se refirió a la Real Instrucción sobre tierras de 1754 como «una verdadera reforma agraria» en el curso que dictara en la Universidad de Santo Domingo sobre el Régimen de la tierra en la América Española. Tratándose de una orden ge- neral, todos los propietarios de cualesquier calidad debieron presentarse ante la autoridad competente para revalidar sus títulos de propiedad y aquellos que se encontraran ocupando de forma irregular tierras que no eran de su propiedad debían hacerlo igualmente para tratar sobre su «composición», que comprendía diversos arreglos de arrendamiento, o su venta legítima. A este fin se concedían los amparos reales, para que en lo adelante tanto propietarios como ocupantes no fueran molestados por las autoridades. En efecto, dichos amparos reales resultan de las sentencias definitivas de los juicios de amparo que por orden del Rey ejecutara un juez de realengos comisionado al efecto. Por lo menos durante cinco años estuvo vigente la comisión del juez subdelegado de realengos en la parte española de la isla de Santo Domingo, de acuerdo con los datos que hemos recaba- do en torno a la aplicación de la Real Instrucción sobre com- posiciones y ventas de tierras dada en 1754. Debieron pasar trece años, desde la data de esta última orden soberana, para que se diera curso a la misma por parte de las autoridades de la colonia; el juez encargado del cumplimiento de esta real disposición fue don Ruperto Vicente Luyando, quien fuera nombrado por el presidente de la Real Audiencia y goberna- dor de Santo Domingo, don Manuel Azlor, en el año 1767. Este juez se desempeñaba como oidor y alcalde del crimen de la Real Audiencia de Santo Domingo; había llegado a la isla en el mismo año de 1767, y estará desempeñando la comisión de marras hasta su traslado a la Audiencia de México en 1773. El «juicio de amparo» es una figura jurídica que todavía subsiste en algunos países de Latinoamérica, como México, aunque para el caso de bienes mostrencos en el nuestro fue

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desplazado por la legislación republicana francesa y la de tie- rras moderna de tradición anglosajona, como es el caso del australiano sistema Torrens. Andrés Lira González ha estudia- do el amparo colonial en México y su continuidad en el juicio de amparo, refiriéndose al primero, dice:

] puede definirse como una

] dictada para prote-

ger los derechos de una persona frente a la agresión actual

],

sin resolver sobre el fondo del asunto, sino limitándose a

defender el agraviado [ terceros en general.

] y dejando a salvo los derechos de

o futura que en su detrimento realizan otras personas [

El mandamiento de amparo [

disposición de la máxima autoridad [

Es interesante advertir que desde sus comienzos los am- paros reales resultantes de la comisión del oidor Luyando beneficiaron no sólo a grandes propietarios de hatos y ha- ciendas, sino también a medianos propietarios y aun aquellos que poseían en común tierras heredadas de padres y abuelos. Incluso, en varios casos grandes propietarios fueron despoja- dos de tierras que usufructuaban y declaradas realengas por el juez, dado que no estuvieron en condiciones de presentar los títulos, mercedes o pruebas legítimas en que sustentaban su posesión. A la inversa, la Comisión del juez Luyando be- nefició a muchos medianos propietarios que se avinieron al pago de las composiciones que resultaron de la medición de las tierras que poseían sin título alguno y que fueron muchas veces denunciadas por ellos mismos como realengas. Y toda- vía los no propietarios se beneficiaron de los arrendamientos y ventas que encontraron un nuevo impulso con la mentada Comisión. La comisión de Luyando debió vencer numerosos obstá- culos, principalmente los interpuestos en su camino por los intereses creados de sectores privilegiados que se beneficiaban

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del statu quo en materia de propiedad territorial. Su trabajo de inició en mayo de 1767, y ya a finales de octubre informaba de las primeras sentencias definitivas de amparo, además de otras tantas declaraciones de tierras realengas y avisos de com- posiciones. El expediente que hemos mencionado reúne diez (10) de estas sentencias pronunciadas entre los días 10 y 20 de octubre del mismo año. He aquí, a manera de ejemplo, una de ellas. A cada una de estas sentencias de amparo se les dio popularmente el nombre de «amparo real»:

Sentencia) Vistos estos autos, y el mérito que de los mismos resulta: Fallo que devo amparar y amparo a María Salgado, vezina de la villa de San Carlos, en la pocessión de la ca- vallería de tierra que vendió María del Castillo a Ygnacio Martínez de Abréu, cita en los términos de esta ciudad, y en la vera del río arriva de la Ysavela, que confronta con vna parte de la vanda del sur con tierras de Domingo Ve- tancur, y las de Juan Martín Milián, y tiene por linderos vn tocón de capa y tres árboles de hovo, que están en el fon- do de vna cañada, que está en medio de vna y otra tierra, siguiendo vna palizada de armásigo, y otra de aguacates, hasta encontrar con el Camino real del embarcadero, que llaman de don Pedro Polanco, hasta el mismo río, y por el poniente tiene otro Camino real, que sale del embarcade- ro de Camacho hasta llegar frente del dicho tocón de capa; cuya cavallería de tierra fue de Juan Rodríguez Fiallo de éste pasó a Manuel y María Castillo de éstos a Ygnacio de Abréu y de éste a la sobre dicha María Salgado, y en su con- sequencia devo declarar y declaro que la dicha cavallería de tierra ha pertenecido y pertenece a la nominada María Salgado y para que quede con la mayor seguridad mando que el agrimenssor Pedro Bernal mida la referida cavalle- ría de tierra y le ponga los mojones que sean necessarios, caso de no conservar las confrontasiones expresadas en la escriptura presentada en estos autos; y haviendo tierra

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sobrante deverá declarar dicho agrimensor la que sea y su valor para componerla con la sobredicha Salgado, prese- diendo el entrego de la cantidad de su importe en Cajas Reales, y la aprovación de la Real Audiencia y Chansillería, librándose a favor de la nominada Salgado el testimonio correspondiente de estas diligencias y declaración de am- paro que en nombre de Su Magestad (que Dios guarde) hago a la sobredicha Salgado de la arriva expresada ca- vallería de tierra; y hágasele saver que caso de no tenerla cultivada lo execute en el término precisso de tres meses con apersevimiento de que pasado y no lo haziendo, se le lanzará de dicha tierra y de ella hará gracia y compossición a otra persona que cumpla con dicha obligación. Y por este que su señoría el señor don Ruperto Visente Luyando del Consejo de Su Magestad, su oydor y alcalde del crimen de la Audiencia y Chansillería Real que en esta ciudad reside, proveyó difinitivamente; juzgando assí, lo mandó y firmó en Santo Domingo, a trece de octubre de mil setecientos sesenta y siete años de que doy fee.= Ruperto Visente de Luyando.= Ante mí Diego de Sossa.

Hacendados de Santo Domingo del siglo xviii se opusieron a composiciones de tierra

Los proyectos de fomento de la colonia española de Santo Domingo formulados por el Cabildo de la ciudad –corpora- ción edilicia que reunía los principales hacendados– y la Junta de Fomento –que incluía además de los miembros del Cabildo a oficiales reales– se orientaron hacia la petición de créditos y exenciones para importar esclavos. Con ello se perseguía in- crementar la producción de bienes y restablecer el comercio con la metrópoli, con rubros como el tabaco, el cacao, y otros productos agrícolas. Sin embargo, la perspectiva de la Corona incluía otros renglones que los hacendados de Santo Domingo

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enfrentaron astutamente al tratar con las autoridades reales de la colonia. En efecto, entre los diversos motivos que la Corona tenía para favorecer el fomento de Santo Domingo en la segunda mitad del siglo xviii, se encontraba, desde luego, el siempre presente interés económico –expresado en la posibilidad de

reducir las cargas del situado, si la colonia era más provechosa para la metrópoli–, y, aún más importante, el interés general referido al firme restablecimiento de la autoridad real sobre el conjunto de la colonia, cuyo desenvolvimiento económico estaba plagado de violaciones a las leyes que regían el movi- miento de la Real Hacienda. Este último había sido uno de los empeños de las denomi- nadas reformas borbónicas, que algunos autores caracteriza- ron como intento de pasar de «la impotencia (del siglo xviii)

a la autoridad». De ahí el interés de la Corona en incorpo-

rar a la economía legal la producción del tabaco, que hasta entonces era enteramente consumida por el contrabando, como también la persecución de este último por medio de las

prácticas corsarias de los criollos y vigilancia de las fronteras con la colonia francesa. Aunque en ambos casos la iniciativa de las autoridades tropezó con límites eficaces impuestos por los intereses de los sectores dominantes de la colonia, en los que no pocas veces las mismas autoridades se encontraban envueltas. Un asunto relevante que enfrentó los intereses de los hacen- dados criollos con las autoridades de la Corona fue el tema de

la propiedad del suelo. El punto de partida de una política de

fomento desde la óptica metropolitana estaba dado por el or- denamiento de la propiedad de la tierra. Para ese fin, había repetido órdenes en distintas reales cédulas, la última de las cuales fue dada en San Lorenzo el Real, el 15 de septiembre de 1754. En ella se mandaba al Presidente de la Audiencia nombrar un «juez subdelegado» para la composición de

realengos, que se encargaría de la declaración de los mismos

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y del conocimiento de las causas a fin de dar cumplimiento a

la real orden. No se ejecutó de inmediato esta real cédula, ya que en el año

1754 el Cabildo de Santo Domingo solicitó se suspendiera la medida. Trece años más tarde, en 1767, tocó al presidente y gobernador Manuel Azlor nombrar el dicho juez de realengos, quien lo hizo en la persona del oidor Ruperto Vicente de Lu- yando. Este ministro había llegado a la isla el año anterior, pues su título había sido expedido el 6 de abril de 1766 y hasta julio no recibió la cédula que le ordenaba dirigirse a su destino. Desde sus comienzos los trabajos de la comisión del Juez subdelegado de realengos constituyeron una fuente de con- flicto en la colonia que se expresó en las múltiples dificultades

y tardanzas que confrontó para llevar a cabo sus tareas. Ya en su carta del 30 de octubre del mismo año 1767, donde daba cuenta de su nombramiento como «juez subdelegado», se quejaba este Oidor de que pese a todas la diligencias que había iniciado, «no se ha conseguido dar el más mínimo paso en ella hasta ahora». Razona el Oidor al respecto:

No obstante que desde principios de este siglo son

repetidas las reales zédulas que han llegado a esta ciudad para que se verificara la composición de Realengos, y a to- das ha burlado su cavildo por el medio de representar a los comisionados, como conmigo lo [h]a [h]echo, plagas in- justificables, pobreza incierta, y en una palabra que estan- do acostumbrados a que no se cumplan semejantes reales resoluciones, se les haze duro (no precisamente al pueblo, que es dócil y resignado, sino a los yndividuos del cavildo como principalmente ynteresados en no descubrir el cómo posehen) que tenga efecto [h]oy la Real resolución.

] [

Al parecer antes de un año dicha comisión quedaría suspen- dida; la última fecha que se refiere a las actuaciones del oidor Luyando como juez subdelegado, corresponde a abril de 1768

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y se halla en documentos que se conservan en el Archivo Real de Higüey. Quedaría probablemente incorporada a las tareas de la Junta de Fomento que Carlos III ordenó formar dos años más tarde, por real cédula de 1769. De esa manera quedó sin efecto inmediato, aunque se volverá a mencionar el expedien- te de la composición de tierras entre los arbitrios que propuso el Fiscal de la Audiencia de Santo Domingo para conseguir elevar los recursos de la Real Hacienda, a propósito de las con- clusiones de la Junta de Fomento de 1772.

El fomento de la colonia sirvió de argumento contra la reforma de la propiedad de la tierra en el siglo xviii

Los meses finales del año 1767 fueron muy movidos en el ambiente político de la ciudad de Santo Domingo. Apenas iniciados los trabajos de declaración de tierras de la corona en manos de particulares en calidad de «realengos», llovieron las quejas y enfrentamientos. La agitación política de esos me- ses era fruto de la reacción de los grandes propietarios de la capital de la colonia, frente a la aplicación de una real orden que disponía una reforma de la propiedad que databa del año 1754 y que en otras ocasiones el Cabildo de la ciudad había conseguido suspender. Ni cortos ni perezosos, los miembros del Ayuntamiento sorprendidos por la prontitud con que se puso en práctica aquella real orden, comenzaron a mover los resortes legales que tenían a su disposición. Comenzaron por recusar al escri- bano que actuaba en la comisión a cargo del oidor Luyando, al tiempo que protestaron el término de quince y treinta días que dicho ministro había puesto como plazo para presentar los títulos de propiedad, entre otras quejas y protestas. Esta vez el Cabildo apeló directamente al Rey para conse- guir la suspensión de la comisión para declarar las tierras rea- lengas. En un breve resumen de los motivos de su petición con

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que se inicia la comunicación que dirigieran al monarca en fecha 14 de diciembre de 1767, expresa dicha corporación:

El Cavildo secular de Santo Domingo de la Española ynfor- ma a Vuestra Majestad del exercicio de la Real orden des- pachada en el año de 1754 sobre la aberiguación de tierras realengas; y se quexa de algunas providencias del juez subde- legado, suplicando a Vuestra Majestad se digne reformarlas, y mandar suspender la execución de la citada Real orden, por los motivos de equidad que expone y restituir los costos que yndebidamente se han causado a estos vecinos, o que se subdelegue la comisión a otro juez más equitativo.

Los cabildantes se referían en esta carta a la pobreza de la colonia, al «consuelo» que han recibido de la corona movi- da por «la aflicción de estos vasallos en sus repetidos ynfortu- nios»; así como a la «compasión más enternecida» mostrada por el soberano ante «cualquier calamidad de estos vasallos», poniendo de relieve los méritos que les ha hecho acreedores de «particular estimación, de la fidelidad, valor y zelo con que se portaron en quantas ocasiones se ha ofrecido el servicio de Vuestra Majestad». Ya el oidor Luyando se había encargado de refutar estos argumentos, señalando en una carta dirigida al Secretario de Gracia y Justicia de Su Majestad el 30 de septiembre del mis- mo año, que el Cabildo pretextaba «pobreza incierta» y otras calamidades para impedir que se llevara a cabo la real orden. Más allá de estos alegatos, los miembros del cabildo reorien- taron sus motivos recuperando líneas centrales del discurso reformista metropolitano que comenzaba a hacerse sentir en las colonias americanas:

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Que nada podrá ser más contrario al real agrado e yn-

tenciones de Vuestra Majestad que el que se practique la

con

commición de realengos en el presente sistema[

]

Vuestra Majestad que el que se practique la con commición de realengos en el presente sistema[
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los crecidos costos, inquietudes y pérdidas que causa el

exercicio de la commición, quedará reducido el país a una miseria que no remediará en muchos años; y este efecto se opone directamente el fomento de la Ysla que pareze es el objeto del maior anhelo de Vuestra Majestad. Esta respe- tuosa atención ha sido la que más influyó a el movimiento

(de oposición)que hizo el cavildo en la materia [

].

Puede decirse que esta carta representa un cambio de los grandes propietarios de Santo Domingo con relación al discurso reformista. Se replantean los términos de la comi- sión de realengos contraponiéndolos a lo que consideraba era el objeto de la real medida: el fomento de la colonia. De esta manera no sólo el Cabildo le salía al paso a las re- futaciones del oidor Luyando, sino que abría la posibilidad de proponer sus puntos de vista sobre dicho fomento de la colonia. El movimiento de oposición del Cabildo de Santo Domingo tuvo su efecto: En 1768 la comisión dada al oidor Luyando disminuyó en su celeridad, mientras que en 1769 dos reales cé- dulas parecían anunciar su suspensión definitiva: Una, despa- chada en Madrid el 15 de julio, pedía informes confidenciales al gobernador, la audiencia y oficiales reales, sobre algunas pe- ticiones concretas del Cabildo, y otra, fechada en San Lorenzo el 29 de octubre, ordenaba al Gobernador formar una «Junta para tratar y hacer un plan para el mayor fomento de las cose- chas de añil, cacao y demás frutos que produzca aquella Ysla».

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Propietarios de tierras carecían de títulos durante el siglo xviii en la Isla Española

Una vez que el gobernador Manuel Azlor, en octubre de 1767, nombrara como «juez subdelegado» para la composición de tierras al oidor Ruperto Vicente de Luyando, éste dio inicio a su comisión. Nombró, a su vez, a un «defensor de realengos» como asistente para la realización de todo el trabajo, al tiempo que daba «las órdenes combenientes para la manifestación de títulos por todos los que se dizen hazendados de cualesquiera especie y calidad». En breve tiempo el oidor Luyando pudo percatarse de la imposibilidad de los grandes propietarios de la colonia de pre- sentar los títulos que avalan sus haciendas. En su carta del 30 de octubre de 1767, señaló específicamente que a «los indivi- duos del cavildo» «se le haze duro», y que son los que están «principalmente interesados en no descubrir el cómo pose- hen». La comisión afectaría primero las grandes propiedades ya que ellas podían rendir mayores beneficios al fisco. Así las cosas, competía continuar su comisión declarando aquellos terrenos realengos y llamando a sus poseedores ante la mesa del juez subdelegado para arreglar las composiciones de tales terrenos. Pese a las oposiciones y dificultades creadas con el fin de im- pedir que muchas tierras ocupadas quedaran declaradas rea- lengas, en dicho aspecto la comisión del mentado Juez avanzó tanto que, puede decirse, dejó pasmados a los miembros del Cabildo. A principios del mes de diciembre del mismo año, se- gún certificaciones de los trabajos de la mencionada comisión, la declaración de tierras realengas presentaba el siguiente es- tado:

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se han denunciado los terrenos siguientes: las tierras

nombradas el Copey, las de Tabra, las de la Siénaga, Cai- guaní, Fondo Negro, el Agua de los Puercos, todas en la

] [

de Tabra, las de la Siénaga, Cai- guaní, Fondo Negro, el Agua de los Puercos, todas
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jurisdicción de la villa de Asua y Neiba, que se ha presenta- do varios vezinos de estos partidos, tratando se les admita a su composición y venta. También se han denunciado dos caballerías de tierra en el parage nombrado Mendoza, me- dia caballería en el de Guagimía, en las ynmediaciones de esta ciudad. Asimismo, certificamos haberse declarado por dicho señor subdelegado, por realengos y de Su Majestad, dos caballerías de tierra que poseía el coronel don Nico- lás Guridi, en los sitios de Cambita, el Hato nombrado las Oes, jurisdicción de esta Ciudad; y también seis caballerías de tierras labraderas que poseía Manuel de la Consepción; media caballería de tierra que poseía Emenenciana de So- ria; dos caballerías de tierra que poseía Joseph Hernández; una caballería que poseía Andrés Rodríguez; media de Juan Lásaro; una caballería de Juan baptista Boruco; media peonía y dos mil varas de tierra que poseía Domingo Mar- tín; parte del terreno en que tiene fundado yngenio don Miguel Ferrer; cincuenta y ocho mil varas de terreno que poseía doña Luisa Pimentel. Y todo lo que comprehende lo que [se] llama la Loma de Cambita.

El profesor español Antonio Gutiérrez Escudero, investi- gador del siglo xviii dominicano, ha destacado el hecho de que «casi todos los integrantes del cabildo, cuyos miembros pertenecían a los grupos sociales distinguidos, poseían tierras, haciendas, ingenios, trapiches, etc.,» cuyo origen había estado en la facilidad que les daban las vicisitudes económicas de la colonia y el poder de esas familias con recursos económicos para «la ocupación indiscriminada de tierras», sobre todo en el período que siguió a las devastaciones de 1605 y 1606. Al plantearse la cuestión de si los hacendados tenían títulos de propiedad, el citado investigador se responde: «De la docu- mentación se deduce que muy poco los tendrían». Los datos de la comisión del oidor Luyando vienen a confirmar esta pre- sunción.

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En torno a la composición de realengos se enfrentaron propuestas sobre fomento en la parte española de la isla

Uno de los problemas de fondo planteados por la aplica- ción en el 1767 de la Real Instrucción sobre terrenos realengos dada en el 1754, radicaba en la cuestión de la dirección que le imprimió a la reforma rural que demandaban los sectores dominantes de la colonia. En ese sentido, tuvo razón el profesor e investigador español José María Ots Capdequí al subrayar la importancia de esta real cédula como una propuesta de «reforma agraria» impul- sada por la Corona. Anteriormente las esperanzas de los hacendados de Santo Domingo se habían cifrado en la autorización del comercio con la colonia francesa fronteriza y en la ampliación de éste con la gracia del libre comercio para los distintos puertos de la parte española. Pero ambas se perfilaban notoriamente limita- das ante los grandes objetivos que suponían la transformación agraria requerida a los ojos de los colonos de la parte española de la isla que miraban la riqueza de la colonia francesa como producto de la abundancia de la mano de obra esclava, por lo cual demandaban de la Corona facilidades para obtenerlos así como capitales para invertir en las plantaciones e ingenios azucareros. En efecto, en una comunicación del cabildo de la ciudad de Santo Domingo dirigida al gobernador don Manuel de Azlor en el año 1767, señalaba esta corporación:

Notoria es la fertilidad del terreno de toda ella (la parte es- pañola) para la producción de azúcar, tabaco, cacao, añil, café y algodón; buena prueba en la considerable cosecha que de estos géneros cojen los franceses en la parte que ocupan, que sobrepujan a todos los que producen nues-

tros dominios, y concluía su argumento:

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los que producen nues- tros dominios, y concluía su argumento: DeEsclavos20111212.indd 53 12/12/2011 08:50:57 a.m.
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lo mismo sucedería en la mayor extensión que mantene- mos si se penetrase a fondo el motivo de su poco adelanta- miento y el remedio del formal fomento de ella.

Esta última declaración deja ver que los cabildantes de San- to Domingo, quienes formaban el grupo más importante de los grandes hacendados de la colonia española, tenían una visión definida de los problemas que había que remediar y cómo resolverlos. Esta propuesta debió ser negociada frente a las autoridades de la Corona, tanto en Santo Domingo como en la metrópoli, por lo que ella está presente en la recomenda- ciones y peticiones de los hacendados en la Junta de Fomento reunida para este objeto en la segunda mitad del siglo xviii. Pero la aplicación de la real cédula sobre composición de tie- rras colocaría abiertamente al Cabildo en una posición subor- dinada en estas negociaciones. Ya el cabildo había logrado en una ocasión anterior detener la aplicación de la mencionada real resolución, cuando el juez de realengos era el fiscal de la Audiencia don Joseph Pablo de Agüero. Eso fue en el año 1754, y el Cabildo alegó las pérdidas sufridas por las haciendas a causa de los terremotos del año 1751. El nuevo juez subdelegado Vicente Ruperto de Luyan- do, comisionado en el 1767, no obtemperó a las peticiones del Cabildo de la ciudad, por lo que amenazaba seriamente la posición negociadora que tal corporación se había propuesto mantener frente a la Corona, que, de paso, aseguraba su au- toridad de cara a las restantes corporaciones y sectores de la sociedad colonial misma. Aunque no les agradara satisfacer las composiciones de las tierras realengas declaradas por el Juez subdelegado, esta razón parece tener menos importancia comparada con la que veni- mos refiriendo, debido a que tales composiciones se efectuaron, como bien señala el profesor Ruggiero Romano, mediante:

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efectuaron, como bien señala el profesor Ruggiero Romano, mediante: DeEsclavos20111212.indd 54 12/12/2011 08:50:57 a.m.
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a) evaluación del valor real de las tierras netamente infe- rior a la realidad; b) pago escalonado en varios años; [y] c) muy a menudo este pago fue interrumpido luego de algún tiempo.

Todavía más: en el caso de Santo Domingo, los términos de la Real Instrucción habrían sido moderados en el 1769 para favorecer a los propietarios que carecían de títulos, de acuer- do a una resolución del Consejo de Indias, sin que por ello el Cabildo abandonase su pretensión. Como ha señalado Ots Capdequí, el interés de la corona tampoco se limitaba a un mero asunto fiscal, sino que procu- raba echar las bases de la reforma rural. La propuesta de la corona pretendía fomentar la agricultura de la isla, pero para ello quería colocarse en una mejor posición al tener el control sobre un recurso clave, la tierra; ello le iba a permitir reasignar ese medio de producción básico, modificando la distribución ya existente, conformada en la «era de la impotencia», duran- te casi dos siglos de desarrollo de la élite colonial criolla. Ello constituía un problema social y no sólo económico y fiscal. Aceptar esa injerencia de la corona significaba para los miembros del cabildo, a lo menos, poner en peligro su calidad y jerarquía sociales, lo que de por sí no estaban dispuestos a colocar en la mesa de negociaciones. Obró en favor de la pos- tura de los cabildantes la flexibilidad de la política colonial española, que posibilitó la suspensión de la comisión en varias oportunidades. Con la aplicación de la real cédula de 1754, se comprometía sobremanera la dirección de la reforma que estaba a la base del fomento de la colonia. De ahí la resistencia tenaz que opu- sieron los hacendados representando al cabildo de Santo Do- mingo, quienes finalmente parecen haber conseguido que la misma quedara comprendida en las funciones de la Junta de Fomento mandada a formar por la real cédula de 1769.

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Documentos detallan compra de terrenos en Santo Domingo para fundación de San Carlos

Dos cartas de venta de tierras incluidas en el expediente for- mado en 1767 por el oidor Ruperto Vicente de Luyando, juez de realengos en esta colonia española de Santo Domingo, vienen a ratificar las informaciones de Carlos Esteban Deive y Antonio Gutiérrez Escudero sobre la compra de terrenos para servir de asiento a la población de San Carlos de Tenerife, extramuros de la ciudad de Santo Domingo. Los linderos descritos en ellas permiten identificar la actual localización del barrio de San Carlos, a pesar de las intervenciones recientes. Esta ubicación correspondió como señala Deive a la segunda fundación de este pueblo, el cual debió ser mudado de su original asiento durante la gobernación de Andrés de Robles, a causa de una epidemia de viruelas que se desató en aquel sitio, la cual provocó la muer- te de un significativo número de inmigrantes. Los documentos de venta mencionados corresponden al año 1689, esto es, cinco años después de la llegada de los pri- meros inmigrantes canarios; aunque consta en una de las car- tas de venta que ya éstos venían ocupando esas tierras desde antes de formalizarse la compra por parte de la Real Hacienda. A través de estos instrumentos conocemos los propietarios anteriores de los terrenos, así como la cantidad de tierras ven- didas por cada uno de ellos. El primero de los terrenos, el que corresponde a las dos caballerías de tierra en la parte inme- diata a la muralla por la llamada «puerta de Lemba» hasta la sabana hacia el oeste, tuvo por propietario al capitán Rodrigo Pimentel, quien la dejó en herencia a Esteban de los Santos, el cual aparece vendiendo a la Real Hacienda en 1689. El otro terreno, de una caballería de extensión, perteneció al capitán Juan de Vera, y fue comprado por los padres de la Compañía de Jesús, quienes actúan en la venta y otorgamiento de la mis- ma representados por su superior en la colonia, el padre Fran- cisco Cortés. En este último documento se hace referencia a

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que las tierras entonces cedidas ya estaban siendo labradas por los vecinos de la villa de San Carlos. El precio pagado por estas tierras fue el de 25 pesos la ca- ballería, por lo cual Esteban de los Santos recibió de la Real Hacienda cincuenta pesos y la Compañía de Jesús veinticinco pesos. Los canarios ubicados en el nuevo paraje en las proximi- dades de Santo Domingo expresaron su descontento con las autoridades que les impidieron hacer uso de las tierras que fueron compradas a nombre del Rey y entregárselas para vi- vienda y labranzas, cosa esta última que el Gobernador no les permitió a fin de facilitar la defensa de la ciudad en la parte cercana al pueblo de San Carlos. Al parecer estas quejas se re- ferían más a las tierras pertenecientes a las dos Caballerías de tierras inmediatas a la muralla, y no a las ubicadas en el «Alto de las tres cruces» que ya venían utilizando en la agricultura. Copiamos a continuación in extenso el primero de los dos documentos mencionados:

(A.G.I., Santo Domingo 978) f.1/(Papel sellado)

No.6

Sepan quantos esta carta de venta vieren como yo, Este- van de los Santos, vezino de esta muy noble y leal ciudad de Santo Domingo del Puerto de la Ysla Española de las Yndias del Mar Océano, otorgo que vendo realmente y con efecto para Su Magestad (que Dios guarde) y para la población de la villa de San Carlos de Tenerife extra muros de esta ciudad es a saver: dos cavallerías de tierra de los hornos de quemar cal y vna noria de agua con to- das sus entradas y salidas vsos y costumbres con todo lo a ellas anexo y perteneciente y que en ellas se comprehen- de cuyos linderos son desde la puerta y muralla que se ha desvaratado que llaman de Lemba, toda la muralla assí a el poniente hasta dar a la sabana y por la parte de arriua

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las estancias contiguas según que más largamente consta

y parece de las escrituras antiguas, que mencionan los lin-

deros de los posehedores que han sido de dichas tierras siendo el vltimo el capitán don Rodrigo Pimentel quien por cláusula de su testamento me las dexó graciosamente haviendo justificado la dicha cláusula por haverse hallado con vn equívoco con ynformación, que dí ante el presen- te escribano de que eran mías y me pertenecían las dichas tierras como de ella parece a que assi mismo me remito

las quales dichas tierras vendo por libre de los reales dere- chos de sen-/so e hipoteca haviendo ajustado su compra por su señoría el señor general de la artillería don Andrés de Robles, cavallero del orden de Santiago, Gobernador

y Capitán General de esta Ysla, y Presidente de esta Real

Audiencia en precio de cinquenta pesos, que de orden de su Señoría me da y paga realmente en plata doble en la Real Contaduría y yo resivo del señor capitán don Ge- rónimo Maldonado, thesorero juez oficial de la Real Ha-

zienda, de cuyo entrego y resivo yo el escrivano doy fee.

Y confieso y declaro, que los dichos cinquenta pesos es el

justo precio y verdadero valor de las dichas dos cavallerías de tierra y lo que a ellas pertenece y que no valen más y si más valen o pueden valer de la demasía y más valor (y si

alguno ay que confieso no haver) hago gracia y donación

buena, pu-/ra, perfecta e irrevocable en manos de Su Ma- gestad, que el derecho llama inter vivos cerca de lo qual renumpcio la insignuación de los quinientos suerdos y ley del ordenamiento real fecha en las Cortes de Arcalá de Henares, por el señor Rey don Alonzo que hablan sobre las cosas que se compran o venden por más o menos de la mitad o tercia parte de su justo precio y verdadero valor

y los quatro años en ellas declarados para resindir el con-

tracto y pedir suplemento del precio justo como en ellas se contiene y desde oy en adelante y para siempre me de- sisto y aparto y a mis herederos de la tenencia, pocessión,

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propiedad y señorío que a las dichas tierras tengo y me pertenece, y todo lo suerto, cedo, renumpcio y traspaso en manos de Su Magestad y en su nombre en la de los se-/ñores juezes oficiales de la Real Hazienda para que sean suyas como hazienda Real y para que tomen la po- cessión de ellas las tengo entregadas y están en pocessión de ellas las familias que Su Magestad se sirvió de embiar para el aumento de la población de esta Ysla y siendo ne- cessario les doy poder en forma para que dichos señores oficiales reales, para que tomen la pocessión de ellas la qual tomada la apruebo y ratifico como si yo mesmo se la diese y entregase, siendo presente y como real vendedor me obligo a la euición, seguridad y saneamiento de las dichas tierras en tal manera que serán ciertas y seguras, y que sobre ellas no será puesto pleyto por persona alguna, diciendo pertenecerle por algún derecho y si lo tal suce- diere sa[l]dré a la voz y defensa dentro de tercero día que

para ello sea requerido y / lo siguiré y acavaré hasta dexar en quieta y pasífica pocessión de las dichas tierras y no lo haziendo assí y saneárselas no pudiere, le volveré y resti- tuiré los dichos cinquenta pesos con más las costas, daños

y

menoscavos que sobre ello se siguieren y recrehecieren

y

para lo ansí cumplir, pagar y haver por firme, obligo mi

persona y vienes havidos y por haver. Y doy y otorgo ente- ro poder cumplido a todos y qualesquier justicias del Rey nuestro señor para que al cumplimiento de lo que dicho es me compelan y apremien por todo rigor de derecho y como si fuese por sentencia difini[ti]va de juez compe- tente pasada en authoridad de cosa jusgada. En guarda y firmeza de lo qual renumpcio las leyes, fueros y derechos de mi favor y la general en forma.

E yo, el dicho capitán don Gerónimo Maldonado, thesore-

ro de la Real / Hazienda, que presente soy al otorgamiento de esta escriptura la acepto en todo y por todo como en ella se contiene que es fecha en la dicha ciudad de Santo

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Domingo en doce días del mes de Agosto de mil seiscientos

y

ochenta y nueve años.

Y

los otorgantes a quienes yo el escribano doy fee conosco

assí lo otorgaron y firmaron, siendo testigos: Gerónimo de

Quesada y Torres Juan de Valladares, artillero, y Juan Luis, vezinos de esta ciudad. Estevan de los Santos. Don Gerónimo Maldonado. Ante mí: Antonio de Ledesma, escribano público.

E yo, Antonio de Ledesma, escribano público del número

de esta ciudad de Santo Domingo, por el Rey mi señor, pre- sente fuy a su otorgamiento, e hago mi signo = En testimo- nio de Verdad = Antonio de Ledesma, escribano público.

Haciendas de Santo Domingo estaban recargadas de hipotecas y gravámenes

En reacción a la comisión para la venta y composición de tierras que por orden de la Real Audiencia de Santo Domin- go ejecutara el oidor Vicente Ruperto de Luyando a partir de 1767, los integrantes del cabildo de Santo Domingo decidie- ron hacer una información para suplicar ante el rey Carlos III sobre la dicha comisión. Después de varios intentos infructuo- sos con el propósito de detener la medida que los obligaba a presentar sus títulos de propiedad o, de lo contrario, a satisfa- cer en la Real Hacienda de la colonia el pago correspondien- te a los inmuebles que poseían, los principales hacendados, para hacer valer su protesta, trazaron una nueva estrategia más acorde con las reglamentaciones coloniales, de manera que su oposición no apareciera como una abierta desobediencia o una obstinada resistencia a las reales órdenes. Es así como tuvo lugar el documento que copió don César Herrera en el Archivo General de Indias que lleva por título:

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«testimonio de la ynfoRmacion pRomovida poR el pRocuRadoR GeneRal del ylustRe ayuntamiento de esta ciudad e ysla españo-

la de santo dominGo año de 1768». Aunque en él no se hace referencia al conflicto mencionado arriba, las preguntas son suficientemente elocuentes de la estrategia que se trazó el Ayuntamiento:

Ytem. si saben que esta Ysla es muy expuesta a temblores y huracanes, que de tiempo en tiempo acometiéndole arrui- nan edificios y dexan destruidas las haziendas. Ytem, si les consta que por esta causa y por el ningún co- mercio y saca de frutos que tiene se ha mantenido siempre con grande pobreza. Ytem, si saven, que el año de sesenta y cinco por el mes de agosto huvo una tormenta tan fuerte que no sólo des- truyó en la ciudad las casas de palma de los vezinos sino también casi todas las haziendas las dexó inútiles extermi- nando los frutos, cosumiendo los ganados, poniendo en tierra los edificios y hasta robándose los ríos porción de tierra a algunos vezinos. Ytem. Digan si es verdad, que por esta causa y las ante- cedentes oy se haya la Ysla toda en la mayor miseria carga- dos los hazendados de tributos y empeños y generalmente faltos de reales y en gran pobreza.

Se trataba, en primer lugar, de demostrar cómo los constan- tes fenómenos naturales, huracanes y terremotos, constituían la causa de la miserable condición en que permanecía la parte española de la isla. Este argumento, de por sí, no era muy só- lido, ya que la colonia francesa también era afectada por los mismos siniestros, mientras, en contraste con la parte oriental de la isla, presentaba un evidente y continuo adelantamiento. Todavía más: el propio oidor Luyando, ya se había referido, en carta del 30 de agosto de 1767, a la «pobreza incierta» que ale- gaban los miembros del cabildo, a quienes «se les hace duro»

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aceptar el cumplimiento de la comisión de venta de tierras realengas. Los capitulares de Santo Domingo conocían la de- bilidad de este argumento, aunque, desde luego, confiaban en el efecto positivo que tendría para su causa la referencia al inmediato suceso de 1765. Por eso resulta más relevante el segundo argumento: «el ningún comercio y saca de frutos» de la colonia, es otra causa que mantiene a la parte española en la miseria. Cierto que el alegato no era nuevo, pero enlazado con el anterior, este viejo argumento cobraba fuerza. Así planteado era incontestable. Tampoco el oidor Luyando pudo refutar esa falta de comercio de la colinia. Y, en efecto, este fue uno de los puntos que trató la Junta de Fomento de 1772. En consecuencia, para 1786 se concederán nuevas gracias de ampliación del comercio libre, cuyo origen se halla en los reclamos de la corporación edilicia de Santo Domingo. Todavía hay un tercer argumento más importante que los dos precedentes: la pobreza de la colonia está asociada al he- cho de estar «cargados los hazendados de tributos y empeños». La rebaja de los censos fue una medida defendida por desta- cados miembros ilustrados del gabinete de Carlos III, entre los que cabe mencionar a Zabala, Campomanes y Jovellanos, a fin de desarrollar una vigorosa agricultura en la metrópoli. Es dudoso que fuera conocida esta opinión en Santo Domingo en fecha tan temprana, más bien parece probable que haya sido una iniciativa propia, ya que en el siglo xvii también se ob- tuvo una rebaja de los réditos a causa de la pobreza de la isla. Los procuradores del Cabildo, el doctor Del Monte y Nicolás de Heredia, no obstante, sí sabían del peso crucial que tenía este último argumento y agregaron al interrogatorio anterior el siguiente pedimento:

Otrosí, se ha de servir Vsía baxo la misma citación de man- dar que el Anotador de Hypotecas con inspección de los Libros de su cargo ponga una puntual certificación de los

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gravámenes conque están afectas las haziendas de los vezi- nos y fecha que se acomule a éstas diligencias.

Después de la aprobación de la información hecha en el tribunal del gobernador Azlor, los interrogatorios se iniciaron en septiembre de 1767. Entre los testigos figuran hacendados criollos que son, por sus apellidos y edad, de las personas de mayor prestancia de la ciudad de Santo Domingo: don Fran- cisco de Acosta (65 años), don Miguel Sánchez Valverde (66 años), teniente de milicias de Santo Domingo, don Ygnacio de Hinojoza (68 años), mayordomo de la ciudad, don Gaspar Caballero (66 años),Gregorio Pimentel (42 años), Juan Eme- regildo Ureña (55 años), don Lázaro Vizcaíno (60 años), te- niente de milicias. Entre las declaraciones sobresalen las que se refieren a la ruina de los cultivos de frutos de exportación; por ejemplo, Francisco de Acosta señaló: «es notorio que la hazienda de cacao que abrá cuatro años producía hasta 200 fanegas, en el presente no produce ni aun la quarta parte». Pero donde mayor énfasis pusieron los declarantes fue en la parte que se refiere a la sobrecarga de censos y otras hipotecas con que es- taban gravadas las haciendas de campo:

le consta ser cierto su contenido y el ser público el em-

peño de los hazendados; pues muy raro será el que no esté pencionado con tributos y muchos aun con más de lo que importan sus haziendas.

] [

Igualmente, don Gaspar Caballero, quien enfoca la situa- ción del lado de los mayordomos de los censos, dijo:

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ser igualmente cierta la miseria en que se halla la ysla,

siendo público que sus hacendados están bastantemente cargados de tributos y por la falta de reales se oyen común- mente clamores de los mayordomos, y administradores de

] [

por la falta de reales se oyen común- mente clamores de los mayordomos, y administradores de
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ellos, que los ynquilinos no satisfacen como deven sus co- rrespondientes réditos.

A lo que añade Gregorio Pimentel que

por la mucha miseria que en el día ay en esta ciudad,

los vezinos que tienen haziendas ni aun pueden soportar con sus frutos los réditos de las penciones a que estan afec- tas por no poderse juntar con real de plata.

] [

La certificación hecha por don Domingo Lorenzo de Zeva- llos, Anotador de hipotecas de la ciudad de Santo Domingo y su jurisdicción, confirmaba lo dicho por los testigos. Y aun se refería a que la situación de las hipotecas era peor que la descrita en los libros, ya que estaba

cerciorado el anotador, de que muchísimas escripturas

de sensos se hallan sin anotar, así por desidia de las partes, como por haverse pasado el término en que devieron ano- tarse. Y muchos testimonios traspapelados y solo pagan los réditos por la buena fee de los ynquilinos.

] [

No pocas veces esa omisión a que se refiere el Anotador de hipotecas se debía a que los valores envueltos eran insignifi- cantes, por lo que los contratantes consideraban que no valía la pena pagar los impuestos y derechos de una hipoteca. En lo sucesivo, la situación denunciada por los hacendados permaneció sin cambios, pues la reducción de los censos no se conseguirá sino hasta 1810, y en circunstancias totalmente nuevas, tras la reincorporación a España que siguió a la llama- da Guerra de Reconquista (1808-1809), la cual puso fin al do- minio francés que se iniciara en 1795 con la cesión a Francia de la parte española de la isla. Por otra parte, es un hecho que en la época colonial casi la totalidad de las haciendas de la parte española, grandes y

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pequeñas, estaban vinculadas a un tipo cualquiera de hipote- ca. Esta era una práctica tradicional, mediante la cual se finan- ciaban obras pías, que podían ser hospitales, hospicios, casas de expósitos, conventos, universidades u otras. Pero como refieren los propios hacendados, hacia el final de la época co- lonial tales compromisos financieros eran cargas demasiado altas para quienes apenas podían cultivar una parte pequeña de sus propiedades a causa del reducido comercio, por lo que no podían cumplir con los pagos que tales hipotecas exigían. Poco a poco, esta situación dio paso a la generalización de arrendamientos parciales y hasta precarios de esas haciendas a cultivadores en calidad de arrimados o a título de arrenda- miento, a fin de rentabilizar propiedades que de otro modo no rendirían ningún fruto. Por esta vía se integró un contingente de población rural de negros y mulatos criollos al usufructo de la tierra, contribuyendo así a la expansión de una forma de vida campesina de conucos y minúsculos criadores.

Censos y capellanías eran las principales cargas que tenían las haciendas de la colonia española de Santo Domingo

El hecho de que al final de la época colonial la casi totalidad de las propiedades estuviera gravada con algún tipo de hipote- ca, como lo da a entender el Ayuntamiento de Santo Domin- go en la información que hiciera 1767 sobre la condición en que se encontraban los hacendados de la parte española, no significa que entonces se contaba con un sistema de crédito hipotecario más o menos desarrollado. Contrario a lo que pudiera sugerir aquella información, la mayoría de estos censos constituían obligaciones cuasi perpe- tuas, convertidas en tales debido a antiguas deudas contraídas con ese carácter o que se tornaron incobrables, dadas las con- diciones económicas en que se desenvolvía la colonia. Aquellas

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deudas, o lo que es lo mismo, el entero de su capital o princi- pal, debían ser descontadas del valor de la propiedad al produ- cirse la venta o traspaso de la misma a otro propietario, quien así adquiría también la obligación de continuar con el pago de la pensión a menos que la redimiese en su totalidad, cosa que podía hacer llegando a un acuerdo con el dueño (o sus herederos) del capital o censuatario. Es común encontrar ven- tas de propiedades donde se hace mención de esos descuentos para establecer el precio de venta de una propiedad, como puede verse en los libros de protocolos que se conservan en el Archivo General de la Nación de los últimos años de la época colonial. Igualmente se debían al establecimiento de un tipo de renta anual para determinados conventos e iglesias, que arrendaban sus propiedades en forma de censos enfitéuticos (que impli- caba el otorgamiento de un derecho de uso de la propiedad, en general, territorial). Este tipo de censo resultaba muy favo- rable, ya que podía traspasarse a los descendientes, siempre que éstos cumplieran con el cánon, pensión o pago anual esta- blecido por el censuatario. Ciertamente, estos casos no debie- ron ser frecuentes, pero no fueron pocos los que por esta vía obtuvieron un derecho a usufructuar terrenos pertenecientes al estado eclesiástico. No deja de ser curioso el hecho de este último sistema sobreviviera en algunos lugares del país más allá de la época colonial, pues, aún sea en forma simbólica, hasta hace algunos años, se conservaba entre los campesinos de Monte Plata la práctica de pagar el censo de «un peso al año» a su iglesia parroquial. Por otra parte, hallamos también, aunque en menor medi- da, préstamos propiamente de capitales, los cuales se hacían hipotecando las propiedades rústicas o urbanas, aunque las ejecuciones por este tipo de deudas no parece que hayan sido frecuentes. Otra forma en que también quedaban gravadas las propie- dades era a través del establecimiento de una capellanía, que

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implicaba a cambio el cumplimiento riguroso de sufragios re- ligiosos que quedaban bien especificados en los contratos. En todo caso, se trataba generalmente de mandas testamentarias en las que se procuraba, con las oraciones y misas, favorecer el tránsito, haciéndolo más leve, del alma del testador, o de algún pariente cercano, por el purgatorio. Como se ve, algunas de las motivaciones que indujeron las cargas y gravámenes, están lejos de las motivaciones económicas actuales para hacer este tipo de hipotecas, generalmente circunscritas a un interés eco- nómico. La ruina de las propiedades suponía, por lo general, la pérdida del capital y el fin de la capellanía, a menos que se restableciera la misma sobre una nueva propiedad o con un capital líquido. Efectivamente, fueron ruinas sucesivas las que tuvieron las haciendas de la parte española desde la cesión a Francia en 1795. Aunque los libros en que se registraron las hipotecas y con- tratos de censos de la ciudad de Santo Domingo en la época colonial se hallan hoy irremediablemente perdidos, existen algunos testimonios, tomados de éstos y otros libros, que nos permiten aproximarnos a aquella realidad un tanto distante, como hemos dicho, en la que están entremezclados prácticas económicas y mentalidad religiosa. Este es el caso de un inventario de las rentas de los con- ventos de esta ciudad, hecho en 1815, con la finalidad de uti- lizar dichas rentas para la organización y establecimiento de un seminario conciliar en la ciudad de Santo Domingo. Los datos de este inventario están tomados de los libros manuales de los mismos conventos (San Francisco, Santo Domingo, La Merced, Santa Clara y Regina), entre los que se encuentran los registros de las propiedades, censos y capellanías cuyas rentas sostenían la vida material de esas casas religiosas. Una de las informaciones más interesantes se refiere a las propiedades que tenían en arrendamiento dichos conventos al finalizar el año 1795, fecha que servía de referencia, dado

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que fue el año en que se produjo la cesión formal a Francia de la colonia española de Santo Domingo. Además, el siguiente año se inició la emigración de las religiosas y religiosos. Aun- que la información se proporciona a veces en forma global, en el caso del Convento de Santo Domingo se ofrecen detalles importantes, en cuanto a las fincas rústicas que éste poseía y tenía arrendadas:

Tierras arrendadas a censo por el Convento de Santo Domingo (1795)

Arrendatario

Propiedad y ubicación de la misma

valor anual

Manuel

Martínez

Ingenio Frías. 30 caballerías:

«todas de labranzas»

-

-

Hato Cerro de Cabras

-

-

Hato de Esperanza, Bayaguana

-

Rudecindo

de Castillo

Hato Nuevo, Los Llanos

50 pesos

Manuel

Sánchez

Monterías de Ycagua, Sabana de la Mar 30 pesos

D. Manuel

Mejía

Monterías Cabeza de Toro

50 pesos

Lorenzo

Hato Viejo, Boyá

11 pesos

Santana

Hato Viejo, Boyá

11 pesos

-

Quita Sueño, al otro lado del río Jaina

50 pesos

D.

Bernardino San Mateo, Monte Plata

30 pesos

Contreras

Fuente: A.G.I., Santo Domingo 1110: Expediente sobre erección del Semina- rio Conciliar en Santo Domingo.

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Resulta significativo cómo en este pequeño cuadro apare- cen los principales tipos de haciendas existentes en la parte es- pañola de la isla: ingenios, hatos, monterías, estancias y sitios. Sólo faltan estos dos últimos en la descripción citada. Ello es un indicador de la diversidad de intereses que debieron des- plegar los miembros del estado eclesiástico para mantener sus respectivas comunidades y obras pías. Desconocemos por qué razón el ingenio Frías, arrendado a Manuel Martínez, no aparece con su respectivo valor de arriendo, aunque resulta llamativo el hecho de que se señalen las tierras de vocación agrícola que tenía: «todas de labranzas», puesto que podría estar sugiriendo que ya no se usaban exclusivamente para el cultivo de la caña de azúcar. Estas tierras, sin embargo, debe- mos considerarlas aparte, por el volumen que implica esta cantidad de 30 caballerías, es decir, unas 116 hectáreas de tie- rras de labor. Por lo que se refiere a los hatos Cerro de Cabras

y al de Esperanza, en Bayaguana, es probable que no se en-

contraran arrendados en el momento de hacer el inventario de 1795. Los demás, sin embargo, lo estaban con pensiones anuales que oscilaban entre 11 y 50 pesos. Estos son peque- ños censos en comparación con las cargas de 100, 200 y hasta 400 pesos que pesaban sobre otras «fincas urbanas» que figu- ran en el mismo inventario. Por lo mismo, el monto de estos censos habla de medianos arrendadores, que bien podían ser personas acomodadas de esas mismas localidades, ya que en varias ocasiones se refiere a dichos arrendadores como ve- cinos de allí. Esto tiene importancia, porque muchos de los principales propietarios eran absentistas, y vivían en la capi- tal. Desde luego, el tipo de censo de que venimos hablando si bien no fue el más frecuente, sí revistió importancia desde el punto de vista de la actividad económica rural. Fue así como la población rural pudo ir adquiriendo un derecho de uso

sobre la tierra que ya estaba sujeta a la propiedad de otros, ya fuera por merced, por compra o por herencia. Este derecho

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derecho de uso de la tierra siempre que se cumpliera con el pago anual estipulado. Y debió ser una vía nada despreciable para acceder a un medio de vida clave para la subsistencia en el mundo rural del siglo xviii.

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§ III. Reformismo borbónico y los campesinos dominicanos

Fracasaron los proyectos borbónicos en la parte española de Santo Domingo

Tres fueron las principales reformas generales que se inten- taron introducir en el régimen colonial de Santo Domingo español durante el período de los monarcas borbones en el siglo xviii. Todas terminaron –en nuestro país– si no fracasa- das, el menos en intentos fallidos con respecto a sus objetivos reformistas. La «gracia» del «libre comercio» fue la primera de estas re- formas con que la Corona favoreció a algunos puertos de las islas antillanas, Florida y Luisiana; medida al principio muy tímida y ampliada sólo tras la toma de La Habana por los in- gleses en 1762. Otra reforma se refiere a la propiedad de la tierra, que Ots Capdequí identificó con un gran proyecto de reforma agraria en el siglo xviii, para lo cual se envió a los reinos americanos, en 1754, una Real Instrucción que fue puesta en práctica en Santo Domingo a partir de 1767, y poco después suspendida debido a los múltiples conflictos que provocó. Por último, la tercera remite a la propuesta de reglamenta- ción general y reforma del régimen de la población negra de hispanoamérica, tanto esclava como libre, tema que recibió la atención de la burocracia metropolitana en el último cuarto del siglo xviii. Dichas propuestas de reformas se refieren a aspectos trascen- dentales del régimen colonial español y se hallan articuladas de

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manera directa al problema del fomento de las colonias que, en aquella época, tanto preocupaba a la metrópoli como a los colonos peninsulares y criollos. Por lo que toca a la libertad de comercio, aunque limitada por numerosas y menudas prohibiciones, debemos apuntar que su importancia radica en que chocaba con el viejo con- cepto monopólico dentro del cual se desarrollaba el tráfico intercontinental entre España y América; concepto cuestiona- do por las teorías económicas que abogan por el libre cambio, pero, lo que era más relevante para los árbitros de la política reformista española, por la institución del tráfico ilegal que socavaba el monopolio comercial; práctica ilícita y de jugosos beneficios –en la que estaban involucrados colonos y funciona- rios de la Corona– cuyo alcance, aunque desconocido en sus magnitudes exactas, se estima generalmente en una elevada proporción del comercio oficial: Esta era la oportunidad de convertir parte de ese comercio de contrabando en comercio legal y cobrar impuestos para la Real Hacienda. En nuestro caso, la colonia se benefició con un significa- tivo aumento en el tráfico comercial por dos de sus puertos principales, el de Montecristi –adonde llegaban los navíos del «sistema de correos»– y el de Santo Domingo –con los «navíos sueltos»– (el de Puerto Plata no sería reabierto al comercio hasta 1813); pero aun este crecimiento –alimentado funda- mentalmente por los cortes de madera– se vio muy pronto frenado por otras limitaciones que afectaron la producción interna (estanco de la venta de tabaco; falta de capitales para el desarrollo de nuevos cultivos; desastres naturales; crisis del hato ganadero) y que desalentaron la llegada de más barcos a estos puertos (los comerciantes radicados en los citados puer- tos no eran propietarios de barcos mercantes, a excepción de Antonio de Rojas, «único comerciante de la carrera de In- dias»). Aparte de otras restricciones a la navegación resultado de las guerras que enfrentaron a las potencias europeas en el Caribe en la segunda mitad de dicha centuria.

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Por otra parte, la propuesta de reforma de la propiedad en- frentaba los intereses de la metrópoli con los de las oligarquías esclavistas y/o terratenientes, en cuyas manos se encontraba el poder económico y social de las colonias. Sobra recordar que la tierra constituía el recurso más importante de poder social, así como para la producción de riquezas, y que, por tanto, la reorganización de su propiedad atentaba contra los «intereses creados» en casi dos siglos, tiempo durante el cual se habían consolidado los poderes criollos locales y, a través suyo, la do- minación colonial castellana en el continente. Máxime cuando tales derechos a la tierra de los grandes propietarios (peninsu- lares o criollos), amparados por los cabildos coloniales, se de- bían a la «tolerancia» de las autoridades metropolitanas, que vieron producirse las usurpaciones privadas, hechas a costa de las «tierras realengas» que debían custodiar. En ocasión de la puesta en práctica de esta reforma en la colonia española de Santo Domingo por el oidor comisiona- dos al efecto, Ruperto Vicente de Luyando, tuvo lugar uno de los enfrentamientos más importantes entre los representantes de la Corona y la oligarquía criolla, representada corporativa- mente a través del Ayuntamiento de Santo Domingo. En este caso, la Corona no aplicó la fuerza para hacer valer su autori- dad; tal vez decidió, como lo más conveniente, abandonar el proyecto de reforma de la propiedad. Lo cierto es que después de 1773 no se volvió a hablar de aplicar dicha reforma de la propiedad. Tal conflicto duró cinco años y, aunque la reforma fue suspendida, le costó el puesto al oidor Luyando, quien fue trasladado a la Audiencia de Santa Fe. En cambio, se ordenó formar una Junta de Fomento que en- vió sus conclusiones al monarca en 1772; en respuesta a las mis- mas el Rey hizo algunas concesiones por Real Cédula de 1786. En particular fue muy importante la libertad de extracción de maderas, que condujo al desarrollo de «cortes de madera» que ya en esos años fueron considerados excesivamente destructivos de los bosques existentes. Un poco antes, desde 1771, se había

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iniciado la exportación de tabacos dominicanos hacia España para sustituir a los que las Reales Fábricas de Sevilla compraban regularmente en Virginia, pero, aunque la factoría de tabacos resultó un pingüe negocio para productores locales y para la Corona, en los hechos funcionó bajo el desprestigiado esquema de «estancos», ya que no era permitido comercializarlo libre- mente y los precios y las cantidades eran arbitrariamente fijadas por la factoría de tabacos controlada por la metropoli. A todo ello se agregaron las dificultades de la guerra, que supuso la sus- pensión de los situados entre 1779 y 1783 y su llegada irregular en los años subsiguientes, lo que de paso afectaba la marcha de las medidas reformistas iniciadas. Por todas partes los esfuerzos reformistas chocaban con la realidad de políticas metropolitanas muy tímidas o desacerta- das, intereses creados locales y otros contratiempos, que im- pedían la recuperación de las Cajas Reales, a los ojos de las autoridades metropolitanas. Con tan pobres resultados para la Real Hacienda, no parecerá del todo extraño que, a la postre, en 1795, los directores de la política española tomaran la de- cisión de entregar la parte española de la isla para firmar las paces con Francia en la ciudad de Basilea. Pero los colonos españoles y criollos de Santo Domingo veían la situación de otra manera. Para ellos, como insisten- temente lo propusieron a la Corona, las limitaciones con que tropezaba la política de fomento en la colonia tenían una causa principal: la «falta de esclavos» para el trabajo. Por eso habían reclamado, primero, dinero a crédito y rebaja de aranceles para conseguir los esclavos; y cuando se convencieron de que la corona no podía satisfacer esta demanda pidieron, como segunda opción, una reforma rural. Esta última medida estaba llamada a cambiar las formas de vida de numerosos negros y negras que se desenvolvían al margen de la sociedad colonial, desentendidos de las urgencias productivas planteadas por el fomento de la colonia. Así lo pidió el Cabildo de Santo Domin- go, en 1767, al rechazar la aplicación de la Real Instrucción de

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1754 que produciría un reordenamiento de la propiedad del suelo. En este punto convergieron los intereses de la Corona con los intereses privados de los propietarios esclavistas del Santo Domingo español. Pero sólo por un tiempo. Esa coincidencia de los intereses locales y metropolitanos en la reforma de la población negra, esclava o libre, para hacerla una población «útil» a los fines del fomento que buscaban las demás refor- mas, es otro antecedente en el plexo de factores que llevó a la formación de un «Proyecto de Código Negro Carolino», cuya elaboración fue encargada a uno de los ministros de la Audiencia de Santo Domingo en 1783. Proyecto que fuera localizado en los archivos cubanos y publicado en nuestro país por el eminente investigador y profesor español, Javier Malagón Barceló, a quien debemos un enjundioso estudio de ese documento

Memorial revela que en el año 1767 había 29 ingenios en cercanías de Santo Domingo

Un breve memorial del cabildo de la ciudad de Santo Do- mingo dirigido al presidente, gobernador y capitán general de la parte Española de Santo Domingo, don Manuel Azlor, revela importantes cambios en el discurso y la actitud de esta corporación que reunía a los principales hacendados y fami- lias criollas de la colonia. Aunque no lleva fecha, como es propio de este tipo de docu- mento, dicho memorial fue remitido en los meses finales del año 1767. No por casualidad en ese tiempo el Cabildo también se había ocupado de pedir al Rey la suspensión de una medi- da, sobre declaración y composición de tierras realengas, que afectaría sus intereses, a la que había dado curso el Goberna- dor en septiembre de ese año.

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El citado documento presenta por lo menos cinco aspectos relevantes:

1. Ofrece algunos datos sobre la situación de la industria de la caña a mediados del siglo xviii en Santo Domingo, antes de iniciarse la política fomentalista propiciada por la me- trópoli.

2. Realiza un breve diagnóstico de la situación de la colonia española, ubica el problema del fomento de la producción en la «falta de brazos» o de la mano de obra esclava, para la mayor explotación de sus riquezas; y pide facilidades para adquirir negros esclavos.

3. Muestra un cambio en el tipo de petición, pues en lugar de solicitar permisos para «sacar» ganados o vender otros productos a la colonia francesa del oeste, como se acostum- braba se plantea el fomento y exportación a la metrópoli, valiéndose de comparaciones con los frutos que produce la colonia francesa en un menor territorio.

4. Supone un cambio de actitud en cuanto asume el discurso reformista metropolitano.

5. Reconstruye el mito de la «grandeza» de la isla a través de la referencia a la antigua riqueza azucarera del siglo xvi.

La letra de dicho memorial se reproduce a continuación:

Señor Presidente, Governador y Capitán General.

El cavildo, justicia y regimiento de la ciudad de Santo Do- mingo de la Ysla Española, reconocido y animado del sin- gular amor que Su Majestad en las providencias que desde su gloriosa aclamación se ha dignado conceder a estas yslas de Barlovento manifestando en todas ellas el deseo de su fomento en el cultivo de la agricultura y estimable futuro de azúcar, estimula su amor a la Patria e intereses de Su Majes- tad a proponer a Vuestra Señoría el modo que premedita

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al poner esta decaída ysla en estado correspondiente a las afectuosas intenciones de Su Majestad que Dios guarde. Notoria es la fertilidad del terreno de toda ella para la producción de azúcar, tavaco, cacao, añil, café y algodón. Buena prueba es las conciderables cosechas que de estos géneros cojen los franceses en la parte que ocupan, que sobrepujan a todos los que producen nuestros dominios lo mismo sucedería en la mayor extención que mantenemos

si se penetrase a fondo el motivo de su poco adelantamien-

to y el remedio del formal fomento de ella. La experiencia nos haze ver que sus vezinos sin el soberano amparo jamás arribarán a restablecerlas, antes bien conti- nuando su decadencia se haze tanto más sencible quanto más se representa la grandeza y cultivo que en otros tiem- pos gozó, pues sin contar los molinos de azúcar movidos por bestias, numeraba veinte y tres de agua que producían tanta azúcar que con otros frutos surtían los reynos de España de que sólo nos han quedado en sus bestigios la memoria para mayor sentimiento. En el día subsisten en las inmediaciones de esta capital diez y ocho yngenios de fabricar azúcar con treinta y cin- co o quarenta negros cada uno, equipados de las ofizinas precisas y correspondientes utencilios para su lavor, como Vuestra Señoría ha visto en los tráncitos que en algunos de

ellos ha [h]echo durante su visita de la Ysla, faltos única- mente de los negros que se requieren para lo que tienen trabajado, por cuya falta producen tan solamente de veinte

a veinte y dos mil arrobas de azúcar anualmente, quando

pudieran acender sus cosechas a setenta mil si sus dueños lograran doblar la fuerza de operarios. Onze yngenios más yacen en estas cercanías que por tener de doze a quinze peones cada uno y ocupar la fábrica de azúcar mayor nú- mero, se dedican a hazer mieles o melao: que si les duplica- sen las fuerzas de negros darían de ocho a diez mil arrobas de azúcar anualmente, con cuyas dos partidas aseguraba la

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ysla cargar los barcos de la Real Compañía y los registros de España, que se irían aumentando en esta carrera a propor- ción que la ysla fuera floreciendo. El fomento de esta fuerza es impracticable en el pre- sente estado de la ysla, no por falta de provisiones para introducir negros, que Vuestra Señoría en virtud de reales órdenes ha franqueado quantas se le han presentado, sí por la deficiencia y necesidad de dinero y frutos que tienen los hazendados, pues es notorio que el que más se avanza después de defalcados los presisos gastos de su familia y hazienda es a la compra de uno o dos negros en dinero al contado o en frutos sobrantes, cuya pequeña mexora sólo es considerable para el reemplazo del peón que muere

o embexese. En esta sencible cituasión solo Su Majestad

puede consolarla hasiendo a esta ciudad la gracia de re- mitirle, mil quinientos negros de su cuenta en tres años consequtivos a razón de quinientos negros en cada uno por que a disposición de Vuestra Señoría se vendan a los precios acostumbrados entre los hazendados de arraigo presisamente fiados, por un año, el qual cumplido y no pagado deverá de redituar un dos y medio porciento hasta su efectiva paga: y estendiéndose la real liberalidad de Su Majestad a revelar los frutos de esta ysla que sacaren para

España de los reales derechos pertenecientes a Su Majes- tad por tiempo de veinte años. Concidera este Ayuntamento esta gracia y merced como

la única que puede, según el estado de la ysla, con eficasia,

hazerla revivir en los preciosos frutos de azúcar, tavaco, cacao y añil, cuyos estimables ramos se atraerán el comer- cio de España lográndose por este medio lo que no se ha podido con sumas grandes de dinero que se han gastado en familias de ysleños para poblar la ysla, como se deve. La abundancia de frutos de un país entre las muchas ventajas que trae a su soberano no es la de menos considerazión. La de fácil modo de poblar, así se esperimenta entre los

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estrangeros que por este medio forman con la mayor aze- lerazión en cuatro días una rica colonia. Prueba de esta reflección es la ysla de Santa Cruz y otras de esta América que abrá pocos años sólo eran conocidas de los pilotos por el estudio de sus cartas y oi sin otro más auxilio que el de proveer su soberano de los negros que necesitan sus havitantes en la misma conformidad que lle- va propuesto este Ayuntamiento a Vuestra Señoría; contri- buye con los derechos correspondientes a doze navíos que salen cargados de azúcar anualmente de un puño de tierra estéril como lo es Santa Cruz y San Thomas, a vista de esto, ¿qué no podemos prometer con iguales auxilios de la ysla que con propiedad puede llamarse la fecunda madre del azúcar, tavaco y añil? Así la estiman los estrangeros, no es de admirar la condición tanto. En esta atención: A Vuestra Señoría suplica esta Ciudad, conceptuando esta fiel representación como único y eficas remedio para el fomento y restablecimiento de la ysla en su antigua lavor de azúcar y demás frutos propuestos y arre- glada a lo que Vuestra Señoría tiene visto y esperimentado en la inspección y visita que ha practicado en ella se sirva corroborarle poniéndola a los reales pies de Su Majestad con lo más que Vuestra Señoría tuviese por conveniente al fomento de estos decaídos paízes.

Antonio Dávila Coca y Landeche

Phelipe Guridi

Joseph de Guridi y Concha

Antonio Caro de Oviedo

Domingo de la Rocha Bastidas

Agustín Girón

Nicolás de Heredia

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Manuel de Heredia

Por ciudad: Esteban López de Vrtiaga, escrivano real, pú- blico y de cavildo.

Quejas por falta de brazos de la población campesina fueron comunes en el período colonial tardío

Ya en la última etapa de la época colonial, los hacendados de la parte española de Santo Domingo pidieron a las autori- dades metropolitanas se les concediese créditos y exenciones de impuestos para la introducción de esclavos negros a fin de suplir con mano de obra apropiada la transformación de sus haciendas. Esta era la manera de favorecer el fomento de plan- taciones de productos tropicales, al estilo de las existentes en las colonias francesas e inglesas del Caribe. Concretamente, este fue un reclamo reiterado del Ayunta- miento de Santo Domingo desde 1767. Este argumento aparece en casi todas las intervenciones del Ayuntamiento donde trata del fomento de la colonia, así como en peticiones individuales de propietarios de la isla, muchos de los cuales estaban vinculados a esta corporación. Es el caso de la Junta de Fomento mandada formar en 1769 mediante Real Cédula, donde además del Gobernador, la Real Audiencia y la Real Hacienda, fue consultado el Cabildo de esta ciudad, y cuyas conclusiones fueron remitidas a la me- trópoli en 1772. Allí se proponía constituir haciendas de añil, café, tabaco, cacao, azúcar y otros productos tropicales. La idea de volver a convertir a Santo Domingo en una colonia de plantación estuvo presente en un grupo de propietarios esclavistas, que vieron en ello la oportunidad de dar un salto que los acercaría a la riqueza, entonces mitificada, de los pri- meros tiempos coloniales.

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Para ello, sin embargo, no eran suficientes las medidas hasta entonces emprendidas por la metrópoli. Las peque- ñas aportaciones de población canaria, muchos de cuyos integrantes no tenían vocación agrícola, y de otra parte, los aportes en esclavos del asiento, los procedentes de la activi- dad corsaria o los escapados de la colonia francesa que re- cibía la parte española, resultaban mínimos con relación a las necesidades de una economía de plantación. En general, sobre esta base se formó la querella de la «escasez de mano de obra», las quejas sobre la «falta de brazos» expresadas por diferentes hacendados, independientemente de que fuera o no real esta necesidad. Los factores mencionados siempre son la corta población de la colonia, la pobreza ge- neral por la falta de comercio y la esperanza de transformar con la mano de obra esclava los campos vírgenes de la isla en grandes plantaciones. Ya en 1769 el Cabildo daba cuenta de la necesidad de po- blación esclava para servir en las haciendas, al margen de la población de negros libres que existía en la isla, los cuales des- de la gobernación de Manuel Azlor (1760-1771) comenzaron a ser perseguidos y obligados a trabajar en las cercanías de las poblaciones. En una carta fechada el 29 de octubre de 1769, la citada corporación edilicia expresaba su punto de vista respec- to a los vividores en los campos:

No tenemos que querellarnos de la desidia y pereza de los naturales, ni pretendemos escusarla, ni las abonamos, pero lo cierto es que aunque a todos los vagantes y nuevos aplicados se obligase al trabajo, como éstos son en corto número, sería también corto el adelantamiento.

Con esto último los miembros del cabildo santodominguen- se daban a entender la inutilidad de los esfuerzos hechos por los gobiernos de la colonia. De acuerdo con el criterio expues- to por el Ayuntamiento, las persecuciones llevadas a cabo por

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Azlor, continuadas luego en los gobiernos de José Solano y Bote (1771-1778) y de don Isidro Peralta y Rojas (1778-1785), quien las reglamentaría por medio de una Ordenanza, no iban a significar un paso de avance en la transformación de los cultivos. Para ellos lo que iba a marcar la diferencia dependía de la introducción masiva de esclavos. Pero el citado Cabildo modificará poco más adelante su actitud respecto a los pobla- dores de la ruralía. La otra cara de aquel reclamo lo constituye el proyecto (o utopía) de los hacendados agrícolas de convertir a la parte española de la isla en una colonia de plantación a semejanza de la colonia francesa del oeste. Una expresión privilegiada de ese proyecto se halla en la conocida obra Idea del valor de la isla Española, del hacendado y racionero criollo Antonio Sánchez Valverde, quien asumió el papel de portavoz de los intereses de los propietarios fundamentando sus reclamos de esclavos y comercio para el fomento de la colonia. Aunque dicha obra fue aprobada por el Consejo de Indias y se publi- có en 1785 en Madrid, sus propuestas fueron apenas tomadas en cuenta por las autoridades metropolitanas. Para este au- tor, la causa por la que la parte española de la isla era menos poderosa económicamente que su vecina colonia francesa radicaba, principalmente, en la diferencia de potencia que significaba la población esclava, de más de 400,000 en esta última frente a unos 12,000 en la primera. Llama la atención, no obstante, el hecho de que doce años después de las conclusiones de la Junta de Fomento, los ha- cendados estuvieran dispuestos a aceptar las persecuciones de los negros libres, como se deduce de las respuestas de algunos miembros del cabildo de Santo Domingo a la información he- cha por el oidor Emparán para elaborar el Proyecto de Código Negro de 1784. Tal cambio de actitud podría estar asociado al convencimien- to de que la Corona no estaba dispuesta o en condiciones de obtemperar a sus demandas de créditos y exenciones para la

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introducción de esclavos. Es así como los mismos propietarios de la isla se replantearon el problema de la reforma rural con vistas a reducir a un sistema de cuasiesclavitud a la población dispersa de negros y mulatos libres. Por eso, al lado de la que- rella por la falta de brazos, desarrollaron toda una mitología de la indolencia de los habitantes rurales de origen africano, con la que estigmatizaron a la población campesina no inserta en la economía comercial de la colonia.

Gobernador Solano y Bote fue proclive a la expansión del comercio de tabaco con España

Entre 1771 y 1776 la colonia española de Santo Domingo vivió un período de auge en sus exportaciones de tabaco ha- cia la metrópoli. El origen de este flujo estuvo en la autori- zación Real para hacer tales exportaciones, la que llegó con el envío del situado en 1765 de los primeros 25,000 pesos destinados a la compra de la hoja. Desde el punto de vista metropolitano esta decisión obedecía a un doble propósito:

la de realizar en Santo Domingo «un proporcionado expe- rimento» con los tabacos de la isla y, lo segundo, tener un respaldo para el suministro de la hoja para las reales fábricas de Sevilla, en lugar de depender del tabaco de las colonias inglesas de Norteamérica. Considerando la importancia que tomaba el cultivo de la hoja aromática en la colonia española, los gobernadores ve- nían solicitando desde años atrás que se permitiera el comer- cio de su producto con la metrópoli. La ocasión para esta so- licitud se presentó con la prolongación del dominio británico sobre el puerto de La Habana en 1762-63, que interrumpió momentáneamente el flujo de la hoja cubana para suplir las necesidades metropolitanas; lo que de alguna manera recon- vino a las autoridades españolas a tratar el asunto, dando por resultado la mencionada autorización de 1765.

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Tardó bastante más tiempo el inicio de este comercio debido a que no se mandaron a tiempo desde España las instrucciones para la formación de la factoría y el orden que debía seguirse en este negocio. Los envíos de tabaco desde Santo Domingo comenzaron en 1771 y no dejaron de crecer a grandes pasos. Le siguieron préstamos para la compra de esclavos y otros be- neficios y ayudas para los productores. Llegaban muy buenos informes desde las reales fábricas de Sevilla sobre la calidad de la hoja dominicana, la que se consi- deraba de igual calidad que las mejores del partido de La Ha- bana, aunque siempre se hacían reparos en relación al mejor tratamiento de la hoja para que se recibiera en óptimo estado en la península. Comenzaba así una época de bonanza para el comercio le- gal del tabaco dominicano. En la cresta de este movimiento expansivo, el gobernador don José Solano y Bote escribe entu- siasmado una proposición que por sí misma es una muestra de la magnitud y la valoración que para él tenía dicho comercio. Se trata del establecimiento de una factoría en Santo Domingo que respondiera a las necesidades del estanco oficial para el comercio del tabaco, cuyas proporciones futuras describe en los siguientes términos:

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viendo que los tavacos de esta Isla precisan ya el con-

cepto de tan buenos como los más excelentes de la de Cuba algunos, y los demás el de buenos para cigarros, y con lo que va aumentando mucho la siembra, y vendrá a ser un ramo de consideración muy en brebe; me ha pare- cido informar a Vuestra Excelencia que podrá proponer se destine a esta casa de gobierno y Audiencia a factoría de tavacos y el casi arruinado Palacio del Almirante proprio del Exmo. Señor Duque de Veragua, hermano de Vuestra Excelencia, a casa de aquéllos oficios, reedificándose de quenta de la Real Hacienda y con el requisito que Vuestra

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Excelencia tuviese a bien prevenirme. Su composición o avilitación costará a lo menos doce a quince mil pesos[

Dicha proposición se encuentra en una carta que dirigie- ra dicho gobernador a don Pedro Fitz-James Stuart y Colón, marqués de San Leonardo, fechada en Santo Domingo el 26 de enero de 1774. Sin embargo, el panorama auspicioso que entonces veía el gobernador Solano no iba a durar mucho tiempo. Aparecieron dificultades, allá y aquí, que impidieron muy pronto el desarrollo de esta nueva industria. En primer lugar, la orden dada en 1775 de limitación de las siembras, para reducir la cosecha a unas 12 mil arrobas de la hoja, que prolongaba en cierto modo las concepciones monopolistas hasta entonces predominantes en la península; a ello se agre- garon, en 1776, las protestas de los cosecheros dominicanos que pedían igual tratamiento para su producto que el tabaco cubano en términos de precios. Lo que se agravó más tarde, en 1782, cuando se empezó a pagar la mitad del valor en papel moneda. A partir de 1779, año en que termina el mandato del go- bernador Solano, los cosecheros de tabaco se encuentran sin estímulos para continuar sus siembras, y el tabaco vuelve a entrar en la órbita del contrabando hacia la colonia francesa del oeste. Ya para entonces, la propuesta de formar una gran factoría de tabacos que ocupara el espléndido edificio de la Real Audiencia, no era más que una fantasía del gobernador Solano, quien sin duda había contribuido –como el que más– a incorporar la industria del tabaco de Santo Domingo a la economía legal del imperio español.

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Inquietud rural y persecución de «vagos» precedieron el proyecto de código negro

Un año antes de que se enviara a la parte oriental de la isla Española la Real Orden del 23 de septiembre de 1783 que mandaba formar un código para «el gobierno moral, político y económico de los negros de aquella isla», el go- bernador de ella, don Isidro de Peralta y Rojas, había escri- to a don José de Gálvez –Ministro de Indias de S. M.– sobre las disposiciones que había tomado para enfrentar lo que él denominaba «la peste de gente ociosa» que azotaba la colonia española. En su carta fechada en Santo Domingo el 10 de septiembre de 1782, dicho gobernador se refería no sólo a los desertores y otros matriculados de la tropa, «sino también de los bagos y malentretenidos en este districto», término genérico con que hacía alusión a la multitud de negros libres que vivían disper- sos en los montes y valles despoblados de la parte española de la isla, aislados o casi aislados del contacto e intercambio con los centros urbanos y haciendas rurales de los colonos españo- les y criollos. A fin de poner coto a esta situación que estimaba perjudicial para la tranquilidad de la colonia, el gobernador Peralta y Ro- jas, de común acuerdo con el oidor decano de la Real Audien- cia de Santo Domingo, don Luis de Chávez y Mendoza, formó un reglamento de once capítulos, enviándolo luego a todas las justicias de los pueblos del interior. Dicho reglamento se con- feccionó de acuerdo a los capítulos de la «Real Ordenanza de Bagos de esos dominios» (de España) del 7 de mayo de 1775, que estaba dirigida a contener los brotes de bandolerismo en la península. No obstante, el reglamento confeccionado a partir de dicha Ordenanza de Santo Domingo, implicaba una política distin- ta a la aplicada hasta entonces por la Corona española en los

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reinos americanos, particularmente en casos similares al que se aplicaba dicho reglamento. En efecto, desde el siglo xvii el procedimiento más socorrido en tales casos había sido el de reducir a pueblos los tales negros y mulatos libres que vivían dispersos. Así se mandó al Virrey de Perú y a la Audiencia de Panamá por sendas reales cédulas fechadas en Madrid del 10 de abril de 1609 y del 26 de marzo de 1638, respectivamente. Por ejemplo, en la última de estas cédulas, el Rey mandaba puntualmente:

En quanto a lo que decís de los negros, mulatos, zambos y

sin oír

misa ni confesar ni bautizar los hijos que les nacen y sien- do ocasión de hurtos, robos y otras inquietudes, os orde- no y encargo mucho que con tanta atención como el caso

pide [

gente y que se reduzca a religión y vida política.

dispongáis lo más conveniente para quietar esa

mestizos, hombres y mujeres libres que andan[

]

],

Atendiendo quizás a este criterio de la Corona y del Con- sejo de Indias, los jueces del más alto tribunal de la Española se inclinaron por adoptar tibiamente el reglamento mandado guardar por el Gobernador. Aún más: llegaron hasta criticar sus disposiciones considerándolas «oprecivas de la livertad de estos naturales». Sin embargo, no se decidieron a resistirlas, mediante un recurso de fuerza, como tenía facultad para ha- cerlo dicha Real Audiencia. La fría acogida que recibieron los capítulos sobre persecu- ción de vagos por parte de los oidores, dio motivo a la queja expresada por el Gobernador al ministro Gálvez, pues según menciona en la citada carta, las justicias ordinarias por causa de la Real Audiencia «solo han condenado dos bagos» desde que comenzó a aplicarse el reglamento. Se quejaba además de la falta de correspondencia con sus esfuerzos, ya que los miembros de ese tribunal no parecían tomar en cuenta que

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muchos de los reos habían sido traídos a esta capital desde

lejanos parajes «[

caminos, desproporción de cárzeles y recursos para su segura

conducción».

vencidas mil dificultades de aspereza de

]

Peralta y Rojas trató de justificar la medida frente al Minis- tro de Su Majestad indicando los buenos resultados de la mis-

ha surtido el saludable efecto de tener acopiada en

las tres cabezas de partidos alguna gente baldía que vivía del contrabando, del robo y rapiña[ Subrayó en su argumentación que «convenía purgar de la Ysla» toda esa gente ociosa, señalando lo apropiado de que engrosaran los navíos de una escuadra de guerra española que se hallaba surta en la costa noroeste de la colonia, cuyo co- mandante general había solicitado desertores y otros vagos al gobernador Peralta y Rojas. No sabemos por cuanto tiempo se aplicaron los capítulos sobre persecución de «vagos» dados en 1782 y que en poco tiempo lograron la captura de «alguna gente baldía». Esta «gente baldía» eran precisamente los negros y mulatos libres a

que se refieren numerosos informes y testimonios de la época; gente que es tildada de vaga debido a su modo de vida silvestre

y disperso. Es probable que la Real Cédula de 1789 sobre el

buen gobierno de los negros dejara sin efecto aquellas me-

didas, pero también sabemos cómo fue resistida esta última cédula hasta impedir su observación. De todos modos, la medida del Gobernador y la oposición de la Audiencia constituyen un precedente de la orden real que mandó formar un proyecto de Código Negro en 1783.

Y más allá de esto, la persecución así iniciada de la «gente

baldía» debió convertirse en un ingrediente importante de la creciente agitación rural en los campos dominicanos a finales del siglo xviii.

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Instrucciones ordenaron persecución de vagos en la parte española de la isla de Santo Domingo

Aunque en América eran conocidas desde el siglo xvi dis- posiciones gubernativas contra los vagabundos y ociosos, las «ynstrucciones» dadas en la colonia española de Santo Domin- go en el año 1782 –ajustadas a lo estipulado por la Ordenanza sobre Vagos de 1775 para los reinos de España– significaban un giro especial en la normativa de Indias, por cuanto incluían entre los «vagos» no solo a desertores de la tropa y a individuos de «mal vivir» –como era la costumbre–, sino también a grupos sociales de negros y mulatos libres que habitaban los campos despoblados de la parte española de la isla. Estos últimos desarrollaron durante el siglo xviii un modo de vida basado en una economía natural, recolectora y caza- dora, acompañada de una precaria agricultura de conucos

y botados. De esta manera la mencionada instrucción vino a

agravar el clima de intranquilidad de los miles de campesinos

que vivían dispersos en las extensas zonas baldías del interior de la colonia española de Santo Domingo. Y resultó así porque ellos –además de sus familias, basadas sólo en uniones consensuales no reconocidas por la legisla- ción vigente– eran en primer término los afectados por las medidas que el gobernador mandaba observar en toda la par- te española de la isla. El documento que contiene dichas «ynstrucciones», al cual ya nos referimos, se conserva en el Archivo General de Indias,

y permanece inédito. A continuación transcribimos los once capítulos del mismo:

Ynstrucción a que deverán arreglarse las justicias en el re- cogimiento de bagos ociosos y malentretenidos que existan en sus respectivas juridiscciones.

Art. 1ro. Los alcaldes ordinarios de cada pueblo comenza- rán a practicar la leba o recogimiento de los bagamundos

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el día después que recivieren la orden de este superior go- bierno tomando los ynformes secretos de personas fidedig- nas en aquel día y formalizando sus deposiciones judiciales al inmediato con el escrivano de cavildo y en su defecto con dos testigos de asistencia.

Art. 2do. Serán reputados por bagos todos aquellos a quie- nes no se conociere oficio, aplicación a algún exercicio honesto de que puedan mantenerse sin distinción de natu- rales o forasteros, blancos, negros o mulatos, todos los que precedido el ynforme secreto, serán detenidos en la cárzel con la mayor custodia procurando las justicias de seguri- dad y la menor opresión que sea compatible con ella.

Art. 3ro. Verificado el arresto, o detención, se procede- rá a extender las declaraciones con citación del Síndico Procurador donde lo huviere y en su defecto con la del regidor más antiguo y hecho el examen de dos o tres tes- tigos se tomará su confessión al arrestado y concederán tres días para exepcionarse y justificar sus exepciones, los quales pasados se determinará definitivamente de- clarándolos bagos o absolviéndolos, según resultase de la sumaria.

Art. 4to. Las excepciones deverán contraherse a cierta ocupacíón o exercicio señalando el maestro en cuia casa trabajan, dueño o cultivador de la Estancia, yngenio, o labranza, a quien ayudaren en su labor y beneficio; me- nor edad de doze años, justificada por el aspecto y pru- dente ynspección de su rostro, estatura, o achaque, que evidente y manifiestamente lo inhaviliten para servir en los navíos de S. M.

Art. 5to. Providenciada la sentencia declaratoria de bago, se executará sin embargo de apelación o recurso, notificándose

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al ynteresado, a su padre, amo, o maestro, y al Procurador Síndico o rexidor en la forma prevenida y siendo absolu- toria, se hará también la notificación a los mismos y dará testimonio al Procurador Síndico, o rexidor para que pue- da reclamar a favor del público agravio de dicha Sentencia si lo huviere, pero también en este caso se excecutará la sentencia, sin embargo, de cualquier apelación poniéndo- le en livertad.

Art. 6to. La edad de dose hasta sinquenta (años) será la que deba regularse más o menos al prudente arvitrio de las justicias, según estimaren apto al bago para servir en los distintos exercicios de los navíos de S. M.

Art. 7mo. Dada la definitiva a todos los bagos de cada dis- tricto con certificaciones de su condena a servir a S. M. en su Real Armada a disposición del Exmo. Sr. Comandante General don Josef Solano, sin que dicha condena en los bagos y ociosos sea reputada por infamante, ni obste, a los que concluido su servicio se restituyeren a los pueblos de sus domicilios con las correspondientes lizencias, para que puedan allí obtener los oficios de rrepública y demás [h]onoríficos, se conducirán con la suficiente escolta y en- tregarán en la cárzel a las justicias de la cabeza de partido en donde esperarán las órdenes de este govierno, para la remisión a su destino, y los gastos moderados que se hicie- ren en dicha conducción desde el pueblo de su domicilio hasta el de la cabeza de partido, incluyendo en ellos un real diario, que se les dará su manutención en los días que estuvieren arrestados, se sacarán de qualquier multa que hayan echado las justicias o haya proporción de echar en aquellos días, y por defecto de este arvitrio del fondo de propios y por vltimo haciéndose repartimiento a los vezi- nos, manejándose en todo con la cuenta y razón que co- rresponda.

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Art. 8vo. De ninguna manera sean incluidos en la leba los casados que vivieren con sus mugeres, pues si tuvieren algu- nos vicios, deverán ser procesados en la forma ordinaria.

Art. 9no. Las justicias de Samaná y Sabana de Mar, Higüey

y Seybo y San Carlos embiarán a esta capital como a cabeza

de partido sus recogidos, y declarados por bagos, y lo mis- mo executará el comandante de las armas de Bany, a quien –por no haver justicia ordinaria de inmediata residencia– se le da la comisión por este govierno; y las justicias de los Llanos, Bayaguana, Monte Plata, Cotuy, Vega, Monte Chris- ti y Puerto Plata, remitirán a Santiago; y los pueblos de la vanda del Sur: Azua, San Juan, Neyba, Bánica, Caobas y San Rafael, reconocerán por cabeza de partido a la villa de Hin- cha, a cuias justicias se les remitirán los bagos por las de los pueblos que ban mencionados, desde cuias cabezas de partido todos los gastos que se hicieren en la conducción de destinados, hasta su efectiva entrega será de cuenta de la Real Hazienda, como gastos de reclutas.

Art. 10mo. Concluidos los autos de leba se remitirán por compulsa a la Real Audiencia con fee negativa de no quedar otros, a fin de que se examine en la Sala el procedimiento

de la justicia, si han guardado en él la forma substancial o

si han faltado, en cuio vltimo caso siendo con malicia, sufri-

rán dichas justicias malas resultas de su pasión y depravada malicia y serán condenados a la indemnisación de gastos,

daños y perjuicios.

Art. 11mo. Por el temor y sospecha de que sean desertores de los navíos de S. M. serán comprehendidos en esta leba todos los que huvieren venido sin pasaporte ni lizencia a los pueblos desde el mes de marzo próximo sin distinción de españoles europeos o americanos y sin diferencia de negros o blancos.

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Santo Domingo, diez y ocho de junio de mil setecientos ochenta y dos. Ysidro de Peralta y Roxas = Luis de Chaves = Francisco Ren- dón Sarmiento, secretario de Cámara y Gobierno.

Informe del siglo xviii pedía reglamentar explotación de los bosques en la isla

La relación sobre la parte española de la isla de Santo Do- mingo y los medios para su fomento redactada por el oidor Pedro Catani, decano de la Audiencia de Santo Domingo, fe- chada el 15 de noviembre de 1788 y dirigida al Ministro de Su Majestad, don Antonio Porlier, contiene un resumen de los principales problemas agrarios que confrontaba la colonia. Empieza refiriendo la despoblación de la misma como el marco en que se desenvuelven limitadas, cuando no precarias, explotaciones económicas. Distinguen siete actividades económicas en las que se ocupa su población: las haciendas de ganado o hatos, que constituían la principal riqueza; algunos ingenios de azúcar; algunos tra- piches para fabricar aguardiente de caña; pocas haciendas de cacao; el cultivo de tabaco; la explotación de la caoba; todas estas actividades en manos de propietarios grandes y medianos del país. Por último, el cultivo de frutos del país, al que se de- dicaban los sectores más pobres. Pese a que el informe considera, en general, que la colonia no estaba rindiendo todo el beneficio económico que de ella se podía esperar, llama la atención la preocupación manifiesta del autor sobre la indiscriminada explotación de los bosques, especialmente de la caoba. Esta era la principal novedad del informe. Importa destacar que la visión de Catani sobre el proble- ma tiene como sustrato el pensamiento económico de la

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época. La doctrina fisiocrática planteaba que los recursos ofrecidos por la naturaleza constituían la base de las rique- zas que la agricultura procuraba a la sociedad, de manera que el orden en la explotación de tales recursos debía jugar un papel relevante en el futuro desarrollo de las riquezas de un país. Antes de hacer sus señalamientos críticos, Catani pondera los elementos que hacían apetecible al comercio metropolita- no y extranjero este árbol maderable:

La cahova, fruto precioso que la naturaleza ha dado a este continente, es abundante. Su bondad, calidad, longitud y latitud de los palos lo hacen estimado y apreciado de las naciones.

Hacía apenas dos años que, mediante Real Cédula del 11 de abril de 1786, la corona había autorizado la libre extracción de la caoba en la colonia para favorecer su fomento. En su in- forme, el oidor de Santo Domingo resalta cómo las consecuen- cias de esta medida estaban acarreando graves inconvenientes para la economía de la isla al afectar al real erario y provocar la ruina de los bosques. Entre las causas citaba tanto el comercio clandestino como el afán de enriquecimiento de los propieta- rios que disfrutaban de concesiones para su explotación: «Han abuzado los naturales hasta ahora de esta gracia, de tal modo que los medios que se valen caminan a la destrucción de este fruto». Apoyaban su juicio en los siguientes argumentos:

Se ha concedido de algunos años a esta parte, un núme- ro conciderable de cortes que a toda fuerza se trabaja en desmontar los abundantes montes de esta especie que se hallan inmediatos a los ríos y costas del mar. Su extracción se hace no sólo por los medios lícitos del comercio, por los barcos españoles, sino también por los

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del contravando, así por éstos, como por los extrangeros, que concurren a la costa ha cargar de maderas prontas y listas para transportarlas[ De esto nacen muchos inconvenientes. El perjuicio de los derechos correspondientes al Real Erario en la extrac- ción clandestina; el perjuicio a los mismos extractores y vendedores aun por los medios lícitos, porque la abundan- cia del fruto disminuye su estimación y valor. El deceo de ganar dinero les induce ha cortar toda especie de palo que faltándoles aquellas dimensiones de longitud y latitud que

les da su principal estimación, no sólo pierden su vtilidad y su trabajo, sino que hacen perder el buen concepto que se merece su excelente especie. Otro inconveniente de más bulto: La multitud de los cortes es destructiva de este vegetable. A pocos años no se hallará palo útil en las inmediaciones de los ríos y del mar

Un palo cortado de esta naturaleza para ponerse en

estado de perfección necesita un siglo para reproducirse.

]. [

Razones de peso, muy atendibles a juicio de su autor, quien pedía que se reglamentara la actividad de los cortes para impe- dir la destrucción de esta riqueza:

Estos inconvenientes –concluía– sólo pueden evitarse po- niendo el govierno su atención en reducir los cortes a cier- to número y paraje y no permitiendo a sus propios dueños la total destrucción de ellos, sino un limitado uzo para su beneficio y provecho.

No obstante la gravedad de esta preocupación –la cual debió ser compartida por las principales autoridades de la Audiencia, entonces encargadas del gobierno interino de la colonia–, el informe fue recibido fríamente en la corte. Hasta el punto que se ordenó acumularlo al expediente sobre fomento de la Isla Española, que pendía en el Consejo, sin otra observación

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que la frase «no añade nada» con relación al estado de la colonia. Antes de cumplirse un siglo desde la redacción de este infor- me pidiendo la limitación de los cortes de caoba, Pedro Fran- cisco Bonó describía la situación existente en 1876:

],

maderas como «industria que no debería llamarse produc-

«[

es de pocas dimensiones [

y calificaba la extracción de

]

la caoba, agotada en los puntos de fácil embarque[

tiva, sólo destructiva[

]».

Reformismo esclavista borbónico: un esfuerzo tardío

La reforma del régimen «político, económico y moral» de la población negra, esclava y libre, en los dominios españoles de América fue la última de las reformas de mayor trascendencia intentada durante el siglo xviii por la Corona española. Por lo menos tres grandes intentos terminaron en las gave- tas de los ministerios y del Consejo de Indias. El primero fue ordenado por Carlos III mediante decreto del 9 de mayo de 1776, que mandaba formar un nuevo Código General a una Junta de Leyes, integrada por seis prominentes juristas, entre los que se hallaban don Antonio Porlier, futuro ministro de Estado y del Consejo de Indias, y don Joseph Pablo Agüero, quien había sido fiscal de la Real Audiencia de Santo Domingo y entonces servía en el Consejo de Indias. Este primer proyec- to avanzó muy despacio y finalmente fue abandonado tras los grandes acontecimientos antiesclavistas que cerraron aquella centuria. Mientras se preparaba aquel Código General, se creyó opor- tuno adoptar alguna normativa provisional. De ahí que el ministro del Rey don Joseph de Gálvez solicitara a las autori- dades de Santo Domingo la formación de un Código Negro «para el gobierno económico, político y moral» de los negros,

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a la manera del Código francés (existente desde finales del

siglo xvii). La Real Orden del 23 de diciembre de 1783 estaba dirigida al gobernador, don Isidro de Peralta y Rojas, pero el jurista encargado de su cumplimiento fue el vasco Agustín Ig-

nacio Emparán, como lo mostró en su día el profesor Malagón Barceló. Este constituye el segundo intento de reglamentación general de la predicha población negra de hispanoamérica. Como señala la historiadora Rosario Sevilla, el Proyecto de Código Negro fue aprobado por la Corona, aunque nunca se

promulgó. Si bien no precisa las causas de esta suspensión, la historiadora española las atribuye a la oposición de las familias poderosas de Santo Domingo, argumento que parece poco convincente para muchos investigadores. Un tercer intento del reformismo esclavista fue el que se plasmó en la «Real Cédula sobre educación, trato y ocupacio- nes de los esclavos en todos sus dominios de Indias e islas Fili- pinas», conocida como «Instrucción sobre esclavos de 1789». La redacción de este instrumento estuvo a cargo del ministro don Antonio Porlier, quien estuviera trabajando en la Junta de Leyes nombrada por Carlos III. No obstante lo resumido

y poco novedoso de esta Instrucción, por cuanto se recogían

muchos elementos dispersos de la normativa entonces vigente, algunos de sus capítulos provocaron reacciones vigorosas de los principales cabildos hispanoamericanos los cuales solicita- ron la suspensión de la misma, ante la amenaza de una su- blevación general de los esclavos. Las protestas desde Caracas, La Habana, Luisiana, Santo Domingo y Tocaima (en el Nuevo Reino de Granada, hoy Colombia) son mencionadas en la Re- solución del Consejo de Indias del 17 de marzo de 1789, que manda «suspender los efectos de la Instrucción de 1789». No deja de llamar la atención a cualquiera que se acerque con detenimiento al punto, el hecho de que, durante casi tres siglos, los negros y las negras arrancados del África no con- taron en su forzado destino con una legislación general que reglamentara su explotación y protegiera a esta población

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de los abusos y atropellos a que estaban expuestos; ya fuese ajustada a la condición de esclavos con que inicialmente eran traídos a servir en estas tierras americanas, ya a la condición de manumisos o libertos que alcanzaron muchos de ellos y ellas posteriormente –en virtud de haber comprado su libertad, o por los servicios hechos a sus amos o a la Corona–. Incluso el aspecto que recoge la Recopilación de Leyes de 1681, sobre el tratamiento que debían recibir los negros su- blevados en Panamá en la última parte del siglo xvi, tomada de las reales cédulas que se dieron entonces, se refiere más a la parte punitiva del comportamiento de los esclavos y no a la reglamentación de su vida y costumbres. Esto último se dejó siempre a los gobiernos locales, aun cuando debían contar con la aprobación real para su observación. En general, durante todo ese tiempo el régimen legal de la esclavitud en América se remitía a las leyes de Castilla, que a su vez conducen en este punto específico a la legislación medieval de las Siete Partidas. Y estas últimas ciertamente ya tenían poco que ver con la esclavi- tud tal y como se conoció en los reinos americanos del imperio español entre los siglos xvi y xix. Uno se pregunta a qué se debe este vacío legislativo, sobre todo pensando en la extraordinaria vocación de la burocra- cia metropolitana hacia la reglamentación de todo tipo de actividad económica y política: ¿Qué pasó ahí? ¿Acaso fue la dificultad de conciliar unas leyes esclavistas con los princi- pios de las Siete Partidas que reconocen explícitamente la con- dición libre de todo ser humano? Podrían hacerse muchas conjeturas al respecto. Pero lo cierto es que si lo comparamos con el temprano movimiento que significaron las Leyes de Burgos (1512) y las Leyes Nuevas (1542) con que se instituyó el régimen de subordinación de los pueblos indígenas a la Corona castellana –independientemente de si se cumplieron o no tales leyes–, el intento legislativo que procuraba la cons- titución de un código negro español se nos presenta como un esfuerzo tardío.

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¿Tal vez se trató de una concesión de los soberanos a las oligarquías coloniales a través de sus cabildos? Parecería que fue así, a juzgar por las ordenanzas municipales, únicas que reglamentaban de manera global la vida cotidiana de negros

y negras, fueran personas esclavas o libres. ¿O fue a causa de

la diversidad de etnias de procedencia o de los trabajos distin- tos que realizaban, que no se llevó a cabo tal obra legislativa, como alegaron los propietarios esclavistas a finales del siglo xviii? No lo creemos. Más cierto fue que al final del siglo xviii, el temor a una extensión del ejemplo revolucionario que dio

la población negra de la colonia francesa de Saint Domingue levantada en 1791 contra sus amos, se sumó a las numerosas objeciones de los esclavistas, disuadiendo al soberano español de realizar dicha reforma en sus reinos americanos. Debemos señalar, para terminar, que de todos los intentos reformistas de la esclavitud en la época borbónica, hubo una medida que después de tomada se mantuvo sin alteración en los reinos españoles. Se trata de la Real cédula del 4 de no- viembre de 1784 que puso fin al «carimbo» o marca con hierro candente que se hacía desde tiempo inmemorial en la piel de los esclavos, como señal de haber pagado los impuestos reales

y así tener el reconocimiento «de buena entrada». La cédula real indicaba que existían.

otros medios, de que usarán los ministros de Real ha-

cienda para impedir la introducción fraudulenta de los es- clavos, sin valerse del violento de la marca, como opuesto

a la humanidad[

] [

].

Dicha cédula, además, mandaba sacar de las Cajas Reales «las marcas llamadas de carimbar, y se remitan al Ministerio de Indias de mi cargo para inutilizarlas y que nunca pueda usarse de ellas». A juicio del profesor Lucena Salmoral, «la prohibición del carimbo fue la única reforma efectiva hecha por Carlos III en favor de los negros».

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El proyecto de código negro expresa consenso sobre fomento de la colonia de Santo Domingo

El Código Negro Carolino de 1784 fue el proyecto más am- bicioso hecho en la parte española de la isla de Santo Domingo para el gobierno de la población negra esclava o libre. Tenía dos precedentes cercanos: la ordenanza formada en 1768 por el Ayuntamiento (que se apoyaba en otras del siglo xvi del mis- mo municipio) y la instrucción para recogida de vagos dada por el gobernador Peralta y Rojas en 1782. Tanto la una como la otra fueron acogidas con poca simpatía por los jueces de la Real Audiencia. En 1768 el fiscal del alto tribunal de la isla, había reacciona- do escandalizado ante el proyecto de ordenanza sobre negros que preparara el Cabildo, puesto que allí se proponía –a juicio del fiscal– como ejemplo y modelo a seguir a las leyes francesas sobre negros; su veredicto, como señala Malagón Barceló, llevó a que la Audiencia desaprobara la nueva ordenanza y mandara observar las anteriores del siglo xvi. Por su parte, también el Gobernador de Santo Domingo se quejó ante el Rey y el Consejo de Indias de la poca colabora- ción que recibía de parte del mismo tribunal superior en la persecución de vagos que había emprendido por toda la isla, para conseguir el sosiego y tranquilidad públicas. En poco tiempo, sin embargo, se iba a producir un giro sorprendente en la actitud de estos ministros. De hecho, uno de sus togados será encargado, por orden real, de formar un código para el régimen económico, moral y político de los negros. No menos sorprendente fue el breve plazo en que se realizó dicha encomienda. La real orden tenía fecha del 23 de diciem- bre de 1783 y, como llama la atención Malagón Barceló:

El 14 de diciembre de 1784, antes de que se cumpliera

] y sólo ocho meses

el año de la Real Orden de S. M. [

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después de recibir el encargo, lo entrega el oidor decano, D. Agustín Emparán y Orbe.

Ambos hechos merecen una breve explicación. El cambio de ministros de la Audiencia de Santo Domingo

fue un factor favorable para que se produjera un acercamiento

a los criterios sostenidos por el Gobernador y el Ayuntamiento

de la ciudad. En efecto, en los años anteriores a 1784 habían llegado a la isla nuevos ministros, entre los que se encontra- ban: Luis de Chávez y Mendoza, oidor decano en 1781, Ramón Jover, Manuel Brabo, Pedro Catani y el propio Agustín Em- parán. Además, el primer Regente de la Audiencia de Santo Domingo, Andrés de Pueyo y Urríes, fue sustituido en el cargo por el ilustrado Francisco Javier Gamboa en mayo de 1784. Los nuevos ministros se mostraron más proclives a las ideas refor- mistas metropolitanas y menos dados a las disensiones con el gobernador. Por otro lado, el primer trabajo que realizara a su llegada en 1779 el oidor Agustín Emparán fue la preparación de un infor-

me sobre la agricultura de la parte española de la isla, el cual fue ordenado el mismo año mediante Real Cédula. Copia de ese memorial estuvo en poder del profesor Malagón Barceló y en base a él llegó a afirmar que Emparán, quien redactó más tarde el Proyecto de Código Negro Carolino, «conocía la Isla

y sus problemas». Pero más que cualquier otra razón, lo que explica el giro de la Audiencia y la rapidez con que se cumplió el encargo de for- mar el proyecto de código de que venimos hablando, está en el hecho de que para esas fechas en la colonia española de Santo Domingo ya existía un sólido consenso en los sectores domi- nantes locales (incluida la burocracia) acerca de los medios para conseguir el efectivo fomento de la colonia. Dicho con- senso es el responsable de que Emparán pudiera despachar su comisión en el breve término de ocho meses, aunque también lo es de algunos sesgos que aparecen en el mismo proyecto.

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Uno de estos deslizamientos se advierte en la misma estruc- tura del documento. El Código se halla dividido en tres partes, «que respondiendo al título que le da la orden de 1783, cada una (de las partes, R. G.) está destinada a uno de los tres aspec- tos que señala la citada disposición: moral, político y econó- mico». No obstante, más adelante, explica el propio Malagón Barceló en su estudio:

La segunda parte está dedicada al gobierno económico y político, rompiendo así la división tripartita (moral, econó- mica y política) que quiso dar en un principio al Código, pues en la parte tercera continúan las normas políticas y económicas.

Más allá de ser simple efecto de una cierta premura con que el oidor Emparán acometió su tarea, dando así lugar a una dislocación en el orden de los capítulos y leyes que forman las diversas partes, es posible que ese aparente desconcierto responda a algunos criterios suplementarios aportados por el oidor. Hasta parece que dicha ruptura está de acuerdo con los grandes componentes del consenso aludido, como intentare- mos describir en las líneas que siguen. El consenso en los sectores dominantes de la colonia hace referencia a la necesidad de una reforma rural en la parte española de la isla. Dicha reforma era entendida como el medio más idóneo de convertir en brazos útiles para la pro- ducción de riquezas comercializables a la presunta multitud de negros y negras, libres o esclavos, que se entendía vivían dentro de un sistema de relajamiento en sus costumbres y aplicación al trabajo; esto hacía que se convirtieran en un peligro potencial para la seguridad de la colonia, peligro que la reforma conjuraba. Aunque este era el componente principal de tal consenso, el mismo se extendía a la respon- sabilidad de los hacendados, quienes compartirían junto con el Estado los esfuerzos y los riesgos de la aplicación de

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la reforma. Este compromiso eludía las anteriores proposi- ciones sobre créditos y exenciones fiscales otorgados gra- ciosamente por la Corona, a fin de incrementar el número de esclavos, y se enderezaba más bien a reforzar el sistema esclavista imperante, utilizando la mano de obra de los ne- gros libres y de los esclavos explotados bajo el sistema de rentas o jornales. De este consenso es representativo la obra de Sánchez Valverde, Idea del valor de la Isla Española, publi- cada en 1785. De ahí provienen los criterios suplementarios del oidor Agustín Emparán: «felicidad, utilidad y seguridad». Figura ter- naria que actualiza y complementa la división tripartita «mo- ral, económica y política» contenida en la Real Orden:

Siendo, pues, –escribe el oidor Emparán– la felicidad, uti- lidad y seguridad del Estado (consideradas) bajo sus prin- cipales y respectivas miras, las partes que constituyen su buen Gobierno, serán también el norte de nuestras Leyes en cuanto puedan contribuir a su importante logro.

Esta declaración nos explica el cambio de plan que advirtió el profesor Malagón Barceló; pero el contenido de dicho plan nos remite al sólido consenso de los sectores dominantes que tenía por fundamento.

Campesinos y proyecto de Código Negro Carolino

Un aspecto poco tratado del proyecto del Código Negro de 1784, se refiere a la demanda de los sectores dominantes de la colonia española de Santo Domingo sobre la reglamentación de la vida de los habitantes libres en los campos. Se ha prestado mucho más atención a otras demandas de los mismos sectores acerca del régimen esclavista y el fo- mento de las haciendas; a la relación de este proyecto con el

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Código Negro francés, publicado un siglo antes, y, asociado a ello, las expectativas de fomento económico alentadas por las corrientes liberales que propugnaban en la metrópoli por el libre comercio, tras el fracaso de las compañías de comercio privilegiado. Estas expectativas parecían fundamentar espe- ranzas de obtener créditos para la instalación o ampliación de empresas de exportación y para la introducción masiva de esclavos, que la corona española no estaba en capacidad de

satisfacer. Siguiendo estas pistas, sin embargo, se ha puesto én- fasis sobremanera en la preocupación por la falta de esclavos y los deseos de fomento, lo que sin duda quitó el sueño a más de un propietario en aquellos años. Más una preocupación no menor expresada a lo largo de las opiniones recogidas en las «diligencias» para la confección del citado proyecto de código está dada por el régimen de vida de los campesinos, tema recurrente en las comunicaciones envia- das al oidor decano Agustín Emparán, encargado de la redac- ción del mismo. Incluso, podría argumentarse que el principal problema que exponen a la consideración de los oidores las personas consultadas, no es tanto el de los esclavos como el de la plebe extendida por los campos. La plebe estaba constituida por el conjunto de las clases populares: esclavos y esclavas de campo, domésticos o jorna- leros, así como los libertos que habitaban mayoritariamen- te en los campos, quienes representaban un modo de vida campesino alternativo al que podrían imaginar las clases do- minantes de las ciudades. Compartía, además, la plebe otro elemento y es que sus sujetos tenían una misma condición racial: eran negros y mulatos. Para entonces, la población de la parte española de la isla era predominantemente mulata y negra; un informe de oidor Pedro Catani del año 1778, describía la distribución racial de la población de la siguiente forma:

[ ] «Su populación se compone de las seis partes; las cinco

de negros y mulatos libres y esclavos, siendo los demás blancos españoles y criollos».

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La particularidad de los campos la daba la concentración en

ellos de la población liberta. Los esclavos se habían reducido

a poco más de un 10% de la población si tomamos las propor-

ciones que propone Sánchez Valverde al calcular un número de 14,000 esclavos dentro de un total de 120,000 habitantes. De este total, más de la mitad habitaba en zonas rurales. De esa manera, la situación de los campos definía un proble- ma grave sobre el cual los hacendados más importantes que-

rían llamar la atención de las autoridades. Antonio Mañón, uno de los hacendados consultados, aboga- ba porque «se les prohiba a los esclavos la facultad de liberar- se, sin el consentimiento de sus señores», y que se prohibiese «darles las fiestas de dos cruces, permitiéndoles que trabajen para sí». Esto último era un medio que tenían los esclavos para conseguir los ahorros que les permitía pagar su peculio

o precio y convertirse en libertos. Asimismo, pedía que se pro- hibiera «que los [negros] libres anden por los campos sin la [licencia] del señor presidente», como además «prohibirles

a los amos de las haciendas, el que arrienden sus terrenos a

negros libres». Todas estas prohibiciones encaminadas a impe- dir el crecimiento de la población liberta de los campos, eran justificadas por los hacendados en la supuesta inclinación de los dichos manumisos al vicio y la ociosidad una vez que se hallaban en libertad. Pero quien mejor resume la situación que tratan de conju- rar los hacendados es el coronel Joaquín García en su comuni- cación del 16 de marzo de 1784. Decía en ella:

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16 de marzo de 1784. Decía en ella: DeEsclavos20111212.indd 105 Son infinitos los negros y pardos

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Son infinitos los negros y pardos que habitan en los

campos en chozas dispersas, y sin más patrimonio que el que ellos o sus ascendientes trajeron de Guinea, y están contentos y bien hallados sólo porque son libres; no tra- bajan, si no es cuando tienen hambre y la matan a costa del vecino más cercano que tenga víveres o animales que hurtarle; con la misma industria y caudal le pagan al dueño

] [

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de la tierra que les permitió fundarse los cuatro o cinco pesos que estipularon de arrendamiento.

Y concluía en esta guisa:

Concibo la necesidad de que el Código y Reglamento abracen todas las clases que proceden de negros, dandoles su respectivo lugar en las leyes de él pues si solamente se determinase sobre los esclavos, quedaría (a mi entender) toda la dificultad en pie.

Con lo cual señalaba cuán importante era para los grandes propietarios de la colonia la cuestión de estos pobladores li- bertos de la campiña.

Revés de la Instrucción de 1789 alertaba sobre papel político de la población negra

Tuvo una suerte muy singular la legislación general que pre- tendía reglamentar la vida de la población negra en las colo- nias americanas pertenecientes al imperio español, cuando era ya muy difícil revertir a un mismo cauce modalidades distintas de sociedades esclavistas acomodadas a relaciones de subordi- nación específicas en cada región. Tampoco por la novedad de preocuparse la burocracia metropolitana por asuntos que les eran tan marginales como la alimentación o el vestido regular de los esclavos o esclavas, o aun de los negros y negras libres. En todo caso las pragmáticas o leyes generales del reino se encargaban de prohibirles vestidos lujosos, como impropios de su condición servil. Ni es el caso que se haya permitido –ya a fines del siglo xviii– la libre importación de esclavos y la trata incluso a los españoles, cosa en la que anteriores monarcas no habían consentido. Para ello pudo simplemente legislarse so- bre las condiciones en que se debía realizar tal comercio de se-

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res humanos. No es nada de eso lo que le da un sello particular

a dicha legislación. Más bien su singularidad radica en que tal

normativa, que se reveló impotente en las tierras americanas, apuntaba a un talón de Aquiles del imperio hispano. En su estudio sobre la esclavitud quiteña en el contexto del reformismo borbónico, el historiador Manuel Lucen