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Ecce Homo (1925) de Lovis Corinth Kunstsammlung Basel, Kunstmuseum Evangelio según San Juan 18,33b-37

Ecce Homo (1925) de Lovis Corinth Kunstsammlung Basel, Kunstmuseum

Evangelio según San Juan 18,33b-37

Lovis Corinth realiza esta pintura con la premoción de que iba a ser su última pin- tura. La pintó en apenas tres días. El modelo de Pilato fue su amigo escritor Michael Grusemann, el del soldado el pintor Paul Paeschke y para Jesús eligió a Leo Michelson, pupilo y curiosamente el único judío. Lovis era un hombre religioso, lector asiduo de la Biblia, incluso llegó a ser nombrado doctor teología en la Universidad de Königsberg en Prusia Oriental (hoy en Rusia). Según cuenta su interés es religioso: " Estoy a punto de comenzar una imagen grande. Será un Ecce Homo. Voy a terminarlo, pues el tiem- po de Pascua ha aumentado mi energía." Pero debajo del cuadro hay otras lecturas. Una más personal. Desde 1911 sufre una apoplejía que le paraliza la mano izquierda y limita los movimientos de la derecha. Esto le produce ciclos de depresión y tristeza. En cierta medida en las manos atadas de Jesús, colocadas en el centro geométrico del cuadro, ve las suyas. Él no obstante, con- sidera este hecho como su “memento moris”, como una llamada de atención de la vi- da para que abandone su vida de alcohol y desorden. Aún así sigue pintando, pudien- do sujetar a duras penas el pincel o mezclar los colores. Pero lo hace para domeñar su depresión. Es su época más productiva: más de 500 pinturas. Para él el Ecce Homo es una imagen de sí mismo. Frágil y maniatado, sufriente y humillado, pero lleno de vida, de creatividad, de pasión. Como él dice “"Nunca voy a permitir que mi talento, dado por Dios, sea destruido, voy a mantenerme firme y seguir produciendo .” Hay un dato curioso: en 1911, poco antes de su apoplejía, dibuja un cuadro titulado “Autorretrato como portaestandarte”, donde se dibuja con una armadura igual a la del soldado. Es una autoafirmación de orgullo y valor, siguiendo a Niesztche al que lee en esa època. En este cuadro, identificándose con Jesús, ya no la lleva. Su rostro refleja dolor y per-

plejidad, no hay seguridad en sí mismo o triunfo. No es el rostro del guerrero victorioso del superhombre de Nietzsche, sino más bien la de alguien que ha reconocido y acepta la precariedad de su condición humana. De hecho pinta la armadura de negro, sin vi- da (muerte), frente al rojo sangre (vida) de su Jesús. Y por ello, como él afirma, tras su apoplejía se abre a una vida más grande: “una vida que en esta batalla solitaria parecía más precioso ahora que cuando yo era joven y fuerte. Me vi obligado a tener en cuenta

a mí mismo.” Sus dos palabras a partir de ese momento fueron auto-conocimiento y

auto conquista, es decir superación personal. Y hay aún hay una lectura más social. Lovis Corinth había participado en los pri- meros años de la I Guerra Mundial del optimismo belicista. Con la sucesión de aconte- cimientos que acercan el horror de la más sanguinaria contienda jamás vivida hasta

entonces cambia de idea. Más aún, le pesa la humillante derrota de Alemania, mania-

tada por Francia e Inglaterra. Esto ha sumido en una gran depresión económica, moral

y política al glorioso imperio austro-húngaro. En ese Cristo maniatado y arrastrado

está su querido pueblo alemán. Sufriente e impotente ante los acontecimientos políti- cos. También es, como muchas pinturas de la época que aluden a la Pasión de Jesús, un retrato del sufrimiento y la degradación de los seres humanos a través de la violen- cia y la guerra. De hecho con él el arte comienza a dibujar al hombre de manera difu- minado, sin contornos precisos, como borrado por el peso de la historia. Un hombre que va perdiendo identidad, convertido casi en un fantasma de sí mismo. Nace así el impresionismo que trata de dibujar lo irreal, los sentimientos, las impresiones que ge-

nera la contemplación de la realidad y el hombre. La desnudez de las cosas. Y es curiosos que elige representar a Pilatos como un médico con bata blanca (se in-

tuye en fondoscopio en su cuello) junto al soldado vestido de negro. Quizás es una fija- ción personal, enfermo como era, con sus doctores, impotentes de poder curarle. De hecho el médico parece amonestarle y reprocharle su vida pasada. Son paradigmas de la ciencia y política, progreso y poder. Las dos prometían al hombre felicidad y progre- so y le han conducido al desastre. Hay incluso un poco de profecía en este cuadro. Ya en esa época, bajo las teorías del darwinismo se propugna primero en Inglaterra y luego en el continente, una mejora de la especie humana mediante la selección de los sujetos más fuertes. En un libro es- crito en 1920 por el jurista Karl Binding y el psiquiatra Alfred Hoche se aviva el debate de la eugenesia, afirmando que la humanidad debe ser depurada de sus elementos bio- lógicamente contraprodu-centes (enfermedades hereditarias, defectos congénitos, etc.), por la vía de su esterilización, voluntaria o forzosa, o inclusive de su eliminación física (muerte). Ese mismo año de 1925 Hitler escribió su Mein Kamp en la cárcel. Poco podía sospechar que años más tarde su cuadro iba a cobrar vida de una forma trágica:

los doctores de los campos de concentración nazis ayudados por sus carceleros llega- ron a experimentar, de manera sádica y sistemática, con miles de prisioneros.VIktor Frankl, sobreviviente judío aleman de los campos escribió: " En los campos de concen- tración, por ejemplo, en aquel laboratorio vivo, en aquel banco de pruebas, observába- mos y éramos testigos de que algunos de nuestros camaradas actuaban como cerdos mientras que otros se comportaban como santos. El hombre tiene dentro de sí ambas potencias; de sus decisiones y no de sus condiciones depende cuál de ellas se manifies- te. Nuestra generación es realista, pues hemos llegado a saber lo que realmente es el hombre. Después de todo, el hombre es ese ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas cámaras con la cabeza ergui- da y el Padrenuestro o el Shema Yisrael en sus labios."

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Basta leer en cuatro periódicos distintos la misma noticia para comprobar lo difícil que es averiguar y saber la verdad. Se ofrece puntos de vista, se subraya lo particular, se silencia lo molesto, se mezcla con opiniones… in-cluso se camuflan los hechos con pala- bras y al asesinato se le llama accidente. Como alguien señaló en una guerra la primera víctima es la ve-rdad. Y hoy la guerra es entre ideologías, poderes económicos, cifras de au-diencias… Como Pilatos en el Evangelio el hombre se pregunta hoy pregunta por la verdad. Pero no tiene ningún interés por desearla o buscarla. Ya tiene la suya. Y debe de- fenderla e imponerla. En cambio los que rezamos en el padrenuestro “Venga tu reino” somos buscadores de la verdad, porque no nos contentamos con el presente estado del mundo: esperamos, anhelamos y buscamos algo nuevo y distinto. Más humano. Más du- radero. Más pleno. Más aún, si alguien que no conociera el género humano eligiera nuestros periódicos para saber quiénes somos se llevaría una imagen equivocada de lo que somos. Penden- cieros, mentirosos, corruptos, asesinos, vociferantes… o guapos, ricos consumidores, bien vestidos, preocupados por la bolsa, habilidosos cantantes o futbolista. Entre tantas verda- des hemos olvidado la verdad de nosotros mismos. Quienes somos realmente. Como Pilatos tampoco el hombre de hoy tiene interés en escuchar la verdad o compartir su

su búsqueda. Sólo cree lo que ve con sus sentidos. No con su corazón. Ni mucho menos lo que ve en el rostro del otro que sufre. En cambio los que rezamos “venga tu reino”, so- mos admiradores de la verdad, allí donde se manifieste, porque descubrimos que el Reino nace y crece dentro de cada hombre, desplegando la riqueza de sus capacidades y talen- tos, recibidos como regalo y tarea por parte de Dios. Aunque es cierto que nunca como hasta ahora se habían desvelado tantos misterios del universo, del origen de la vida, de la identidad genética, biológica, psicológica, social del hombre… Sabemos más que hace 2000 años sobre nosotros mismos. Pero observa Lévinas la crisis de occidente es que, a pesar de las excelencias de la civilización científico- tecnológica, a pesar de los ideales de libertad y democracia que constituyen nuestra iden- tidad, es como si el amor a la verdad científica o estadística nos hubiera hecho olvidar el amor al prójimo. De nada sirve alcanzar la luna o el aislar el bolsón HIggs si somos inca- paces de acabar con el hambre en el mundo. O más cercano, tener un montón de ami- gos en Facebook si somos incapaces de dar unos buenos días al vecino de la escalera. Como Pilatos el hombre actual no desea respetar la verdad o confrontarse con ella. Él es juez y la acomoda a su antojo e interés personal. En cambio nosotros rezamos “venga a nosotros tu reino” , cooperando con la verdad porque el Reino de Dios viene, y crece, donde los hombres, en nombre de Dios, hacen este mundo más luminoso y santo, más humano y solidario. Frente a él Jesús no defiende unas verdades, ni demuestra unas razones, ni argu- menta con juicios de valor. No predica la verdad, sino que actúa la verdad. Él, delante de Pilatos, continúa reafirmando ser la Verdad. La Verdad del hombre, con un estilo de ser hombre, con una coherencia y fidelidad sobrehumana. Y a la vez, nos muestra la Verdad de Dios, con una forma de ser Dios, con un respeto y una cercanía profundamente humanas. Sin palabras delante de Pilatos se autoproclama la Verdad, el Camino, la Vida. Un Reino con mayúsculas, porque superan el esfuerzo ( y a veces la lógica ) humano. Y a la vez transcienden al hombre llevándolo a su plenitud y máxima realización. Jesús se ofrece como el Camino de Vida para ir descubriendo, buscando, aprendiendo lo que es en verdad ser hombre. Y bien que lo sabe Pilato cuando presentó a Jesús delante de la multitud diciendo: Ecce Homo, ¡He ahí al hombre!. Sólo eso. Un frágil, desarmado y des- nudo hombre. Y a la vez un auténtico, pleno y realizado hombre.

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Pilato pregunta por el Reino de Jesús. Tiene en mente poder, dinero, tierras, súbditos, saber… Esas son las pretensiones habituales de los hombres. Cada uno buscamos y lucha- mos por poseer nuestro pequeño reino. Pretendemos fundamentar nuestro valor sobre lo que poseemos más que sobre lo que somos y vivimos. El Reino de Jesús en cambio no es de éste mundo, porque en primer lugar, se fundamenta en Dios: en la manifestación de la misericordia y el amor de Dios para el hombre. Es el Reinado de Dios y Éste no viene a quitarle nada al hombre sino a darle una identidad; no le resta sino que le suma para construir sus relaciones humanas. Dios no desea reinar con poder, sino desde el respeto, la libertad y el diálogo. No quiere extensiones geográficas sino el interior humano, su co- razón, para curarlo, sanarlo, transformarlo. Aunque no se conforma con poco – un tribu- to, una reverencia, un servicio, una ofrenda, unos kilómetros cuadrados – lo quiere todo, mente, corazón y ser. Y ciertamente quien se abre al Reino de Dios deja de participar de la mentalidad de este mundo. Como dice con sentido del humor Chesterton:” el raciona- lista repite que Jesús de Nazareth era un hombre de su tiempo y que su ética no puede

ser aceptada como definitiva para la humanidad. El racionalista critica la ética de Jesús con argumentos plausibles diciendo que los hombres no pueden poner la otra mejilla, o que de- ben pensar en el mañana, o que la negación de sí es demasiado ascética o la monogamia muy severa. Pero los celotas del imperio o los legionarios romanos no estaban, como noso- tros, dispuestos a poner la otra mejilla. Los comerciantes hebreos o los recaudadores roma- nos pensaban en el mañana., como nosotros, o quizás más. No podemos pretender aban- donar una moral del pasado por otra del presente. La verdad es que la moral de Jesús no es una moral de otra época, sino una moral de otro mundo.” Pilato, familiarizado con la tolerancia religiosa romana y acostumbrado al politeísmo no ve ninguna amenaza real contra Roma en Jesús. Un Dios más o una verdad de menos no es importante. Jesús no quiere ni el trono del César, ni el gobierno de Roma, ni el vasallaje económico y militar de los ciudadanos… Pero si hubiera escuchado bien a Jesús hubiera descubierto que sí era una amenaza. Ya Marco Aurelio (principio siglo II) se percató de la real amenaza contra el Imperio que suponía el cristianismo: “El hecho de que los cristianos crean en el mensaje de este crucificado, dirigido preferentemente a los marginados y a los pobres (al 'polvo humano') y que predica la fraternidad universal (en una sociedad bien escalonada en forma de pirámide y considerada 'orden natural') es otra locura intolerable que causa fas- tidio , que lo trastorna todo. A los cristianos hay que eliminarlos como destructores de la civili- zación humana». De hecho en pocos siglos el cristianismo cambio la faz del Imperio. Incluso antes de que Constantino la declarase religión del Imperio. Para los cristianos el hombre y el mundo se hace tanto más verdadero cuanto más se acerca a Dios. El hombre se hace verda- dero, se convierte en sí mismo, si llega a ser conforme a Dios. Porque en segundo lugar el Reino de Dios es una forma nueva de entender las relaciones humanas, basado en el com- portamiento de Dios: amor, misericordia, fraternidad, igualdad, preocupación por el débil, servicio…. Jesús no hace depender ni identifica su mensaje con ninguna ideología, con nin- guna conquista social, con ningún poder terrenal, con ningún período histórico… vive en to- dos, alentando las luchas humanas, pero con ninguno se identifica plenamente. Como expli- caba Diogneto, cristiano del siglo II, “lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo… El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman tam- bién a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo.” Y aunque quizás el Reino de Jesús no sea de este mundo, sí es para este mundo. Necesariamente debe ser para este mundo, porque le abre horizontes de salvación y liberación. De autentica humanidad.

YoYoYoYo paraparaparapara estoestoestoesto hehehehe nacidonacidonacidonacido yyyy paraparaparapara estoestoestoesto hehehehe venidovenidovenidovenido alalalal munmunmunmundo;do;do;do; paraparaparapara serserserser testigotestigotestigotestigo dededede lalalala verdad.verdad.verdad.verdad. TodoTodoTodoTodo elelelel quequequeque eseseses dededede lalalala verdadverdadverdadverdad escuchaescuchaescuchaescucha mimimimi vozvozvozvoz

Pilatos, como buen romano, entiende que la verdad es lo que es, lo que los sentidos afir- man ver. Quizás sabe también que las apariencias engañan y conoce que la verdad en el mundo clásico era considerada “aleteia”, descubrimiento de lo que se oculta tras el velo de las apariencias. A lo sumo que llega Pilato es a emitir un juicio justo, porque sabe la falsedad de las acusaciones e incluso a mostrar cierta bondad y deferencia con Jesús. Pero él no tiene tiempo, porque su verdad es otra: el mundo es de los fuertes, de los que se adaptan, de los que vencen. Pilatos concibe al hombre como conquista, éxito, rendimiento, productividad. Y delante sólo ve a un hombre fracasado, vencido, derrotado, humillado. Lo más alejado de su concepción del hombre. No ve debajo, un Dios amoroso, misericordioso, fiel, solidario. No ve la verdad que defiende Jesús, la “emuná” hebrea, que dice que verdadero es lo que es fiel

a sí mismo, y por eso digno de confianza porque da seguridad. Y fiel y digno de crédito, sólo es Dios Amor. Porque sólo Él puede dar vida, consistencia y fecundidad a la existen- cia humana, a su historia, a sus relaciones. Se enfrentan en el fondo dos formas de entender la verdad del hombre. Una centrada en el la búsqueda del propio interés a cualquier precio, incluso la vida, felicidad o bienes- tar del otro. Y otra descentrada en la donación de la propia vida a favor de los demás. Una basada en acomodar la realidad en be-neficio propio, aferrándose a una parcela de poder o bienestar, con-denándose a la falsedad y el autoengaño. Otra que respeta la vi- da, la acepta, trata de mejorarla pero se siente libre ante cosas, personas, situaciones por- que vive de la tensión de la esperanza que le empuja siempre a ser más. Una que depen- de de la opinión de la mayoría y se deja arrastrar. Otra que es fiel a su conciencia, que es libre y responsable ante el bien y la verdad. Una que se desentiende de problemas, que se lava las manos y descarga sobre los demás su propia responsabilidad. Otra que se soli- dariza con los hombres, que lava los pies al pobre y al pecador, que se siente responsable de luchar contra el mal del mundo. Pilatos sabe que cuando condena a Jesús y le en-seña en el balcón señalándole como el “Ecce homo” (He ahí el hombre) la humanidad no va a decidir entre Jesús y Barrabás, sino entre él y Jesús. En-tre su verdad y la Verdad de lo que es un hombre auténtico. Y así se produce una gran paradoja: “la verdad es crucifica- da, y que Pilato es juzgado por esta verdad crucificada. «¡No eres tú el que pregunta por la verdad, sino la verdad pregunta por ti!».( Dietrich Bonhoeffer ). Des de entonces “ el débil Cordero no enseña la fortaleza, el Humillado da lecciones de dignidad, el Condena- do injusto ensalza la justicia, el Moribundo desarmado confirma la vida, el deshornrado Crucificado prepara gloria.” ( Mazzolari )

PilatoPilatoPilatoPilato lelelele dijo:dijo:dijo:dijo: «Conque,«Conque,«Conque,«Conque, ¿tú¿tú¿tú¿tú ereseresereseres rey?»rey?»rey?»rey?»

Pilato y todos los Pilatos de la historia nos lo preguntarán. Porque todos tenemos poder sobre los demás. Esposo o consagrados, amigos o familiares, compañeros o vecinos, leja- nos o cercanos. Toca decidir si lo utilizamos para servirnos de ellos, anularlos o herirlos, o más bien respetar su dignidad, ayudarles a crecer y cuidarles. Todos tenemos una parte de verdad. Descubierta, regalada, experimentada. Tiene mu- cho que ver con la belleza, la bondad, la humanidad. Toca decidir si la imponemos, la ab- solutizamos, la ocultamos, la disfrazamos o la negamos. O más bien la testimoniamos, la

ofrecemos, la compartimos, la vivimos

En el día de nuestro bautismo el sacerdote me declaró parte de un pueblo de Reyes. Fui ungidos como Rey, es decir amado y bendecido por Dios. Llamado a reinar en el Amor y la Bendición. Fui declarado Rey, es decir no esclavo de nada ni de nadie, sino li- bre y responsable de mi propia vida. Invitado a reinar no sobre los demás, sino al servicio de los demás. Ese es mi poder, esa es mi verdad.

y

la seguimos anhelando, buscando, admirando.