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FEDOR DOSTOIEVSKI

Diario de un escritor

(selección)

FEDOR DOSTOIEVSKI Diario de un escritor (selección) http://Rebeliones.4shared.com

Edición popular para la COLECCIÓN AUSTRAL Versión española de J. García Mercadal @ Cía. Editora Espasa Calpe Argentina, S. A. Buenos Aires, 1960 IMPRESO EN LA ARGENTINA PRINTED IN ARGENTINE

ÍNDICE

DIARIO DE UN ESCRITOR 1873

I. Introducción

II. Un capítulo personal

III: Bobok

IV. Cuadritos

V. Reflexiones sobre la mentira

DIARIO DE UN ESCRITOR 1876

I. El niño mendigo

II. El pobrecito en casa de Cristo el día de Navidad

III. El mujik Marei

IV. La centenaria

V.

Un hombre paradójico

VI

La muerte de George Sand

VII.

Dos suicidios

VIII. La sentencia

IX. ʺLos mejores ʺ

X. La tímida (Cuento fantástico)

XI. La moral tardía

XII. Afirmaciones sin pruebas

XIII. Anécdota sobre la vida infantil

DIARIO DE UN ESCRITOR 1879

I. El sueño de un hombre extraño (Relato fantástico)

II. La mentira se salva por otra mentira

III. La muerte de Nékrassov

IV. Puschkin, Lermontov y Nékrassov

V. El poeta y el hombre

VI. Un testigo en favor de Nékrassov

DIARIO DE UN ESCRITOR 1880

I. Discurso sobre Puschkin

DIARIO DE UN ESCRITOR

(1873)

I

INTRODUCCIÓN

El 20 de diciembre supe que todo estaba arreglado y que llegaba a ser director de la revista Grajdanine (El Ciudadano). Este acontecimiento extraordinario —al menos para mí— ocurrió de un modo bastante sencillo. Precisamente aquel mismo 20 de diciembre acababa de leer un artículo del Boletín de Moscú sobre el matrimonio del emperador de la China, que me produjo una gran impresión. Aquel maravilloso suceso, tan complejo, había ocurrido también del modo más sencillo, estando todo previsto, hasta en sus menores detalles, desde lo menos mil años antes, en los doscientos volúmenes del Libro de las Ceremonias. Comparando el importante acontecimiento que ocurría en China con mi nombramiento de director de periódico, me sentí de repente muy ingrato para con las instituciones de mi país, a pesar de que la autorización para publicar la revista me fue concedida por el Gobierno sin dificultad. Pensaba que para nosotros —me refiero al príncipe Mestchersky y a mí— hubiera sido preferible cien veces el editar El Ciudadano en China mejor que en Rusia. Allá lejos todo es muy claro; nos presentaríamos, el príncipe y yo, en el día fijado, en la Cancillería principal de la Imprenta. Prosternándonos, golpearíamos el suelo con nuestras frentes y después pasaríamos por él la lengua repetidas veces; luego, poniéndonos en pie, alzaríamos un índice cada uno, bajando respetuosamente la cabeza. Es indudable que el director de la Cancillería haría tanto caso de nosotros como de las moscas. Pero entonces surgiría un tercer adjunto de su tercer secretario, el cual, teniendo en la mano el diploma de mi nombramiento de director, nos recitaría, con voz noble, pero suave, la alocución de rigor sacada del Libro de las Ceremonias . Este trozo de elocuencia sería tan claro y tan completo, que daría gozo escucharlo. En el caso en que yo, chino, fuese lo bastante ingenuo, lo bastante niño para experimentar algún remordimiento de conciencia ante la idea de aceptar una dirección como aquélla sin poseer las condiciones requeridas, pronto me probarían que semejantes escrúpulos eran grotescos. ¡Qué digo! El texto oficial me convencería inmediatamente de una inmensa verdad; a saber: que si por una gran casualidad tuviera yo algún ingenio, lo mejor sería no emplearlo nunca. E indudablemente sería encantador oírse despedir por medio de estas deliciosas palabras: ʺVete, director; desde ahora ya puedes comer arroz y beber té con una conciencia más tranquila que nuncaʺ. El tercer adjunto del tercer secretario me entregaría entonces el lindo diploma escrito con letras de oro sobre rojo pergamino, el príncipe Mestchersky entregaría un copioso jarro de vino, y, volviéndonos los dos a nuestra casa, nos apresuraríamos a editar inmediatamente el espléndido primer número de El Ciudadano , mejor que todo lo aquí editado; ¡no hay como China para el periodismo!

En China, de todos modos, creería capaz al príncipe Mestchersky de hacerme una mala partida al bombearme como director de su periódico; no me proveería, quizá, tan finamente, más que con la sola intención de hacerse reemplazar por mí cuando se tratase de ir a a Cancillería para recibir cierto número de golpes de bambú en los talones. En cambio, quizá allá tendría la ventaja de no escribir artículos de doce a catorce columnas como aquí, e indudablemente tendría derecho a ser inteligible, cosa prohibida en Rusia, a no ser al Boletín de Moscú. Ahora, tenemos en nuestra casa, al menos hoy, un principio completamente chino: aquí también vale más no ser demasiado inteligente. Por ejemplo, antes en nuestro país la frase ʺno comprendo nada ʺ daba una reputación de necedad a aquel que de ella se servía. Ahora honra grandemente a quien la emplea. Basta pronunciar las tres palabras precitadas con un tono seguro, hasta altivo. Un señor os dirá orgullosamente: ʺNo comprendo nada de la religión, nada de Rusia, nada del Arte ʺ, y en seguida se le colocará sobre un pedestal. Somos chinos, si queréis, pero en una China sin orden. Apenas si comenzamos la obra que China ha realizado. Verdad es que nosotros llegaremos al mismo resultado; pero ¿cuándo? Creo que para llegar a aceptar como código moral los doscientos volúmenes del Libro de las Ceremonias , con el fin de tener derecho a no pensar en nada, todavía necesitaremos lo menos mil años de ininteligentes y desordenadas reflexiones; sin embargo, es posible no tengamos que hacer más que dejar pasar las cosas sin reflexionar nada, pues en este país, cuando ocurre que un hombre quiere expresar una idea, se ve abandonado por todos. No le queda más que buscar una persona menos antipática que la masa, halagarla y no hablar más que con ella, editando un periódico sólo para esta persona. Yo voy más lejos: creo capaz a El Ciudadano de hablar solo y para su propio placer. Y, si consultáis a los médicos, os dirán que la manía del monólogo es un signo seguro de locura. ¡He aquí el periódico que me he encargado de editar! ¡Adelante! ¡Hablaré conmigo mismo para mi propio placer! ¡Ocurra lo que ocurra! ¿De qué hablar? De todo cuanto me conmueva, de todo cuanto me haga reflexionar. Tanto mejor si encuentro un lector y, si Dios quiere, un contradictor. En este último caso, me veré obligado a aprender a hablar y a saber con quién y cómo debo hablar. Me aplicaré a ello, porque para nosotros los literatos esto es lo más difícil. Los contradictores son de diferentes especies: no se puede argumentar con todos de la misma manera. Quiero decir aquí una fábula que he oído estos últimos tiempos. Se afirma que esta fábula es muy antigua, y se agrega que quizá ha venido de la India, lo cual es muy consolador. Un día un cerdo riñó con el león y lo desafió. Al volver a su casa reflexionó y se sintió lleno de terror. Reunióse todo el rebaño, deliberó y dio su solución del siguiente modo:

ʺMira, cerdo, muy cerca de aquí hay un agujero lleno de basuras: vete allí, revuélcate bien dentro del agujero e inmediatamente después preséntate en el lugar donde el duelo debe celebrarse.ʺ El cerdo siguió este consejo. Llegó el león, lo olfateó, hizo un gesto y se fue. Largo tiempo después el cerdo se alababa de que el león había tenido miedo y se había escapado en lugar de aceptar la lucha. Indudablemente, entre nosotros no hay leones: se opone a ello el clima, y además sería para nosotros una caza demasiado majestuosa. Pero reemplazad al león por un hombre bien educado, y la moraleja será la misma.

Todavía quiero contaros algo sobre este asunto: Un día hablaba yo con Herzen y le elogiaba mucho una de sus obras, De la otra orilla, de la que, con gran satisfacción mía, Mikhaíl Petrovítch Pogodine había hablado en términos muy halagadores en un excelente artículo, muy interesante. El libro estaba escrito en forma de conversación entre dos personajes: Herzen y un contradictor cualquiera. —Lo que particularmente me agrada —hacía yo notar— es que vuestro contradictor es, como usted, un hombre de mucho talento. Confiese usted que más del una vez le pone en grave apuro. —Ese es todo el secreto de la cuestión —replicó Herzen, riéndose—. Oiga usted una breve historia: Un día, en la época en que vivía en Petersburgo, Bielinsky me llevó a su casa para

leerme un artículo por lo demás lleno de talento. Se titulaba: Diálogo entre los señores A y B y se ha reproducido en sus obras completas. En ese diálogo Bielinsky se mostraba sumamente inteligente y listo. El señor B, su contradictor, tenía un papel mucho menos brillante. Cuando mi huésped hubo terminado su lectura, me preguntó, no sin cierta ansiedad:

—¡Bueno! ¿Qué te parece? —Es excelente, excelente —le respondí—, y has sabido mostrarte tan inteligente como

eres. Pero ¿qué gusto has podido tener en perder el tiempo con semejante imbécil?

, Bielinsky se arrojó sobre el sofá, hundió su rostro en un cojín, y exclamó, reventando de risa:

—¡Me has matado! ¡Me has matado!

II

UN CAPÍTULO PERSONAL

Más de una vez me han empujado a escribir mis recuerdos literarios. No sé si lo haré. Mi memoria va siendo perezosa, y, además, recordar es triste. En general, me gusta poco

recordar. No obstante, algunas veces, ciertos episodios de mi carrera literaria aparecen por

mismos en mi memoria con increíble claridad. Por ejemplo, he aquí algo que recuerdo.

Una mañana de primavera había ido a ver a Iégor Petrovitch Kovalésky. Mi novela Crimen y castigo , que se estaba publicando entonces en el Mensajero ruso, le interesaba mucho. Se puso a felicitarme calurosamente, y me habló de la opinión que de ella tenía un amigo cuyo nombre no puedo dar, pero que me era muy querido. Interin, se presentaron, uno tras otro, dos editores de revistas. Uno de estos periódicos ha adquirido desde entonces un número de lectores ordinariamente desconocido de las revistas rusas, pero entonces estaba en los comienzos de su fortuna. Por el contrario, el otro acababa ya una carrera poco antes gloriosa; pero su editor ignoraba que su obra debiese terminar tan pronto. Este último me llevó a otro cuarto, donde estuvimos hablando. Se había mostrado muy amable conmigo en varias ocasiones, a pesar de que nuestro primer encuentro había sido tormentoso. Una vez, entre otras, me había enseñado versos suyos, los mejores que había escrito, y bien sabe Dios que su apariencia no sugería la idea de hallarse en presencia de un poeta, y, sobre todo, de un poeta doloroso y amargo. Sea lo que sea, entabló su conversación del siguiente modo:

—¡Bueno! ¡Le hemos vapuleado a usted un poco, en mi revista, a propósito de Crimen y castigo! —Lo sé, lo —respondí. —Y ¿sabe usted por qué? —Sin duda, cuestión de principios. —De ningún modo. Ha sido por culpa de Tchernischevsky.

Me quedé estupefacto. —El señor N —repuso—, que le ha maltratado a usted en su artículo, fue en mi busca

para decirme: ʺSu novela es buena, pero hace dos años no tuvo inconveniente en injuriar a un infeliz deportado y caricaturizarle. Voy a destrozar su novela.ʺ —¡Vaya! Ahí tenemos las simplezas que vuelven a comenzar por el asunto de El cocodrilo —exclamé, comprendiendo en seguida de qué se trataba—. Pero ¿ha leído usted mi novela titulada El cocodrilo? —No, no la he leído. —Pues todo eso proviene de una serie de chismes idiotas. Mas es preciso todo el ingenio,

y todo el discernimiento de un Boulgarine para encontrar en esa desdichada novela la

menor alusión a Tchernischevsky. ¡Si supiese usted lo idiota que es todo eso! Sin embargo, nunca me perdonaré no haber protestado, hace dos años, apenas lanzada, contra esa calumnia estúpida. Y hasta ahora todavía no he protestado. Un día no tenía tiempo, otro encontraba el chisme demasiado despreciable. Sin embargo, esta bajeza que me atribuyen ha llegado a ser, para muchas personas, un agravio contra mí. La historia ha corrido por los periódicos y las

revistas, ha penetrado en el público y me ha valido varios disgustos.

Es ya tiempo de explicar lo que hay en ella, pues mi silencio acabaría por confirmar aquella leyenda. La primera vez que encontré a Nicolás Gavrilovitch Tchernischevsky fue en 1859, durante el año que siguió a mi vuelta de Siberia; ya no recuerdo ni dónde ni cómo. Después nos hemos vuelto a encontrar, pero no con mucha frecuencia; apenas si hablamos, pero siempre nos tendimos la mano. Herzen me decía que su persona y sus maneras habíanle producido molesta impresión. Pero yo sentía por él simpatía. Una mañana encontré en mi puerta un ejemplar de una publicación que entonces aparecía con bastante frecuencia. Se llama La Joven Generación. Nada más inepto e irritante. Estuve todo el día molesto. Hacia las cinco de la tarde fui a casa de Nicolás Gavrilovitch. El mismo salió a abrirme la puerta, me acogió muy amablemente y me condujo a su gabinete de trabajo. Saqué de mi bolsillo la hoja que había encontrado por la mañana y pregunté a Tchernischevsky:

—Nicolás Gavrilovitch, ¿conoce usted esto? Tomó la hoja como una cosa para él perfectamente ignorada, y leyó el texto. Aquella vez no había más que unas diez líneas. —¿Qué quiere decir esto? —me preguntó, sonriendo ligeramente. —¡Bah! ¡Si serán idiotas esas gentes! —dije—. ¿No habría algún medio de hacerles renunciar a ese género de bromas? —Pero ¿se figura usted que tengo algo que ver con ellos, que colaboro con sus tonterías? —Estaba completamente seguro de lo contrario, y creo inútil asegurárselo. Pero me parece que debieran disuadirles de continuar su publicación. muy bien que usted nada tiene que ver con los redactores de esta hoja, pero usted los conoce un poco, y, para ellos, su opinión tiene mucho peso; ¿no podría usted? —Pero ¡si no conozco a ninguno de ellos! —¡Ah! ¡Si usted lo dice! ¿Habrá que hablarles directamente? ¿Acaso una queja procedente de un hombre de la situación de usted? —¡Bah! No produciría ningún efecto Todo eso es inevitable —Sin embargo, hacen daño a todo y a todos En aquel momento llegó un nuevo visitante y me marché. Estaba completamente convencido de que Tchernischevsky no era en modo alguno solidario de las bromas pesadas. Me había recibido muy bien y vino pronto a devolverme la visita. Pasó cerca de una hora en mi casa, y debo decir que pocas veces he visto un carácter más suave y más amable que el suyo. Nada me asombraba tanto como el oírlo tratar, en algunas partes, de hombre duro e insociable. Estaba cierto de que deseaba hacerse amigo mío, y no me molestaba por ello. Pronto hube de trasladarme a Moscú; pasé allí nueve meses, y, naturalmente, mis relaciones con Tchernischevsky no siguieron adelante. Un buen día supe la detención y después la deportación de Nicolás Gavrilovitch, sin conocer los motivos, que hoy todavía ignoro. Hace año y medio pensé escribir un cuento humorísticofantástico, por estilo de Nariz , de Gogol. Nunca había escrito nada de ese carácter. Mi novela no pretendía ser más que una broma literaria. Tenía que desarrollar en ella algunas situaciones cómicas. Aunque todo ello no tenga gran importancia, contaré aquí el asunto de mi cuento, para que se comprendan las conclusiones que de él se sacaron:

ʺHabía por entonces, decía mi novela, en Petersburgo un alemán que exhibía un cocodrilo mediante el desembolso de cierta cantidad. Un funcionario petersburgués, antes de salir para el extranjero, quiso ir a gozar de aquel espectáculo en compañía de su joven esposa y de un amigo. El funcionario pertenecía a la clase media; tenía algún dinero, era todavía joven, lleno de amor propio, pero tan idiota como el famoso ʺJefe Kovalov que había perdido su nariz ʺ. Se creía un hombre notable y, aunque medianamente instruido, considerábase como un genio. En la oficina pasaba por el ser más nulo que se podía hallar. Como si quisiera vengarse de aquel desdén, había tomado la costumbre de tiranizar al amigo que le acompañaba a todas partes, tratándole como a inferior. El amigo le odiaba, pero lo soportaba todo por causa de la joven esposa, a la que amaba infinitamente. Pues mientras esta linda persona, que pertenecía a un tipo completamente petersburgués —el de la coqueta clase media—, mientra esta linda persona se aturdía con las gracias de los monos que enseñaban al mismo tiempo que El cocodrilo, su genial esposo hacía de las suyas. Consiguió despertar y molestar al cocodrilo, hasta entonces dormido y tan inquieto como un leño. El saurio abrió una boca enorme y se engulló al marido. El gran hombre, por la más extraña de las casualidades, no había sufrido el menor daño, y, por efecto de su carácter, encontróse maravillosamente bien en el interior del cocodrilo. El amigo y la mujer, sabiendo que estaba a salvo por haberle oído alabarse de su felicidad en el vientre del reptil, fueron a dar cerca de las autoridades los pasos necesarios para obtener la libertad del involuntario explorador. Para eso, primero era preciso matar al cocodrilo, y después despedazarle delicadamente para extraer de él al gran hombre. Pero había que indemnizar al alemán, propietario del saurio. Este germano comenzó por enfadarse formidablelnente. Declaró, jurando, que seguramente su cocodrilo moriría de una indigestión de funcionario. Pero pronto comprendió que el brillante burócrata, tragado sin recibir daño podría procurarle grandes entradas en toda Europa. Exigió, a cambio de su cocodrilo, una suma considerable, más el grado de coronel ruso. Mientras tanto las autoridades se mostraban apenadas, pues ningún funcionario recordaba haber visto nunca un caso parecido. ¡No había precedente ninguno! Después se sospechó si el funcionario se habría metido en el cuerpo del cocodrilo para causar molestias al Gobierno. ¡Debía ser algún subversivo ʺliberalʺ ! Mientras, la joven viuda hallaba que su situación de ʺcasi viudaʺ no carecía de interés. El

esposo tragado —a través del caparazón del cocodrilo— acababa de declarar a su amigo que prefería infinitamente su estancia en el interior del saurio a su vida de funcionario. Su veraneo en el vientre de una bestia feroz atraía sobre él, por fin, la atención que en vano solicitaba, cuando quedaba alguna vacante, sobre sus ocupaciones burocráticas. Insistió para que su mujer diese veladas en las que apareciese su tumba viviente. Todo Petersburgo iría a sus veladas, y a todos los hombres de Estado les sorprendería el fenómeno. Él, el ʺtragadoʺ interesante, hablaría siempre a través de la escamosa coraza del cocodrilo, o mejor, por la garganta del monstruo: aconsejaría a sus jefes y les demostraría sus capacidades. A la insidiosa pregunta de su amigo, que le preguntaba qué haría si un

buen día se viese evacuado de su ataúd de una u otra manera respondió que estaría

, siempre en guardia contra una solución demasiado conforme a las leyes de la naturaleza ¡y que se resistiría a ello!

La mujer se sentía cada vez más encantada con su papel de falsa viuda: todo el mundo le

demostraba su simpatía; el jefe directo de su marido le hacía frecuentes visitas, jugaba a las cartas con ella, etc.ʺ Aquí terminaba el primer episodio de mi novela, que dejé sin terminar, pero que un día u otro habré de seguir. Sin embargo, he aquí el partido que han sacado de esta broma:

Apenas lo que había escrito de este relato apareció en la revista La Época (era en 1865), que el periódico Goloss (La Voz) entregóse a los más extraños comentarios sobre el asunto de la novela. Ya no me acuerdo exactamente del texto del memorial, pero su redactor se expresaba, al principio de su artículo, poco más o menos como sigue:

ʺEn vano es que el autor de El cocodrilo se ejercite en un género de humorismo nuevo para

él: no recogerá con ello ni el honor ni los provechos que busca ʺ etcétera; luego, después de

haberme infligido algunos pinchazos de amor propio bastante envenenados, el revistero recurría a embrolladas acusaciones, seguramente pérfidas, pero incomprensibles para mí. Una semana más tarde encontré al señor N. N., que me dijo: ʺ¿Sabe usted lo que creen en algunas partes? Pues bien, afirman que su Cocodrilo no es más que una alegoría: se trata de la deportación de Tchernischevsky, ¿verdad? ʺ Completamente consternado por semejante interpretación, juzgué, no obstante, despreciable una opinión tan fantástica; semejante ruido no podía hallar eco. Sin embargo, nunca me perdonaré mi negligencia y mi desdén en aquella ocasión, pues aquella tonta invención no hizo más que tomar cuerpo y adornarse cada vez más; mi mismo silencio ha dado ánimos a los comentadores. ʺ¡Calumniad! ¡Calumniad! ¡Siempre quedará algo! ʺ ¿Dónde está la alegoría? ¡Ah! Indudablemente, el cocodrilo representa la Siberia, y el funcionario presuntuoso e inútil no es otro que Tchernischevsky. Ha sido tragado por El cocodrilo sin renunciar a la esperanza de dar una lección a todo el mundo. El amigo débil y

tiranizado por él simboliza a los que le rodeaban, a los que creía regentar. La mujer linda, pero tonta, que se regocijaba con su situación de seudo viuda, es Pero aquí entramos en detalles tan sucios que no quiero mancharme continuando la explicación de la alegoría. Y,

sin embargo, quizá sea esta última alusión la que tuvo más éxito. Tengo mis razones para

creerlo. ¡Han supuesto que yo, antiguo forzado, no solamente he tenido la bajeza de alegrarme

pensando en la situación de un infortunado deportado, sino hasta la cobardía de publicar

mi regocijo escribiendo para ello un libelo injurioso! Pero ¿en qué terreno se colocan para

acusarme de semejante villanía? Pero traedme cualquier obra; tomad de ella diez líneas, y con un poco de buena voluntad podréis explicar al público que han querido retozar sobre la guerra francoprusiana, burlarse del actor Gorbounov o entregarse a todas las estúpidas bromas que os agrade idear. Recordad con qué espíritu examinaban los censores los manuscritos de los autores durante los años cuarenta. No había ni una línea, ni una coma, en que estos hombres perspicaces no descubriesen una alusión política. ¿Irán a decir que yo odiaba a

Tchernischevsky? He demostrado que nuestras relaciones fueron siempre afectuosas. ¡Dadme al menos una de las razones que hubiera podido tener para guardarle rencor por algo, fuese lo que fuese! Todo eso es mentira.

¿Querrán insinuar que esperaba ganar algo en ʺelevado lugarʺ el día en que publiqué esa bufonería de doble sentido? ¡Eso sería decirme que he vendido mi pluma, y nadie lo probará! Si vienen a decirme que me creí autorizado por causa de ciertos asuntos de familia que no importaban más que a Tchernischevsky, evitaré cuidadosamente defenderme de haber tenido un pensamiento tan abyecto, pues, lo repito, mi misma defensa me mancharía. Estoy enfadado por haberme dejado arrastrar a ocuparme de estos hechos personales. He ahí lo que ocurre yendo a buscar sus recuerdos literarios. No me sucederá más.

III

BOBOK

Esta vez hojeo el ʺcarnetʺ de otra persona. Ya no se trata de mí, en absoluto; es cosa de alguien de quien en modo alguno soy solidario, y me parece inútil todo prefacio más largo.

Carnet de ʺla persona ʺ

Semion Ardalionoviteh me dijo anteayer:

—Ivan Ivanitch, ¿no te emborrachas nunca? Pregunta singular que, sin embargo, no me ofendió. Yo soy un hombre plácido al que ciertas gentes quieren hacer pasar por loco. Hace poco quiso un pintor hacer mi retrato. Consentí en posar, y el lienzo ha sido admitido en una Exposición. Algunos días después leí en un periódico que hablaba de este retrato: ʺId a ver ese rostro enfermizo y convulso que parece el de un candidato a la locura ʺ No me enfadé por ello. No valgo lo bastante como literato para volverme loco por exceso de talento. He escrito una novela corta y no me la han publicado. He escrito un folletín, y me lo han rechazado. He llevado ese folletín a muchos directores de periódicos, y en ninguna parte me lo han querido tomar. Lo que escribe usted carece de sal, me han dicho. —¿De qué clase de sal? —he preguntado un poco irónicamente—. ¿Sal ática? No me han entendido. Entonces, con frecuencia, traduzco libros franceses para nuestros editores, y también redacto reclamos para los comerciantes: ʺ¡Atención, compradores! ʺ

Procúrense este artículo raro: el té rojo de las plantaciones de

Recibí una suma importante por un panegírico del difunto Piotr Matveievitch. He compuesto El arte de agradar a las damas, que me encargó un editor. He fabricado en mi vida cerca de sesenta libros de ese género. Tengo la intención de hacer una colección de las frases ingeniosas de Voltaire, pero temo que la cosa parezca entre nosotros un poco insípida. He ahí toda mi vida de escritor. ¡Ah! Me olvidaba de haber enviado más de cuarenta cartas a diversos periódicos y revistas para reformar el gusto literario de mi país, y gastado de este modo no sé cuántos rublos en sellos de correo. Creo que el pintor ha hecho mi retrato, más que por mi reputación literaria, con el fin de pintar una cosa bastante rara: un hombre provisto de dos lunares colocados simétricamente sobre la frente. Desde este punto de vista soy un fenómeno, y como nuestros pintores actuales carecen de ideas, buscan las singularidades. ¡Y cómo triunfan mis lunares en el retrato! Viven; diríase que están hablando. ¡Eso es lo que ahora llaman realismo! En cuanto a lo que a la locura se refiere, creo que han seguido una moda del año pasado. Entonces era cosa de buen gusto el que todos los escritores pareciesen locos. No se veía en los periódicos más que frases como ésta: ʺFulano tiene mucho talento; desgraciadamente, esa clase de talento le llevará, ¡qué decimos!, le ha llevado directamente a la locura. ʺ Sea lo que sea, vino ayer a verme un amigo, y sus palabras fueron: ʺ¿Sabes que tu estilo cambia? ¡Te vuelves obscuro, embrollado! ʺ

Mi amigo tiene razón. Y no solamente veo cambiar a mi estilo, sino que mi ingenio

también se modifica. Me duele la cabeza y comienzo a ver formas extrañas, a oír sonidos raros. No son voces las que entonces hablan. No puedo hallar más que una sola inflexión de voz; es como si alguien, colocado detrás de mí, repitiese a menudo: ʺ¡Bobok! ¡bobok! ¡bobok! ʺ ¿Qué es lo que podrá ser Bobok?

Para distraerme he ido a un entierro. Un pariente lejano, un consejero privado He visto a

la viuda y a sus cinco hijas, todas solteronas; cinco muchachas. ¡Eso debe costar caro, sobre todo de zapatos! El difunto tenía un bonito sueldo, pero ahora habrá que contentarse con una viudedad. En esa familia solían recibirme no muy bien. ¡Bah! He acompañado al cadáver hasta el cementerio. Se apartaban de mí; indudablemente, les parecía mi ropa poco elegante, En verdad que hacía lo menos veinticinco años que no había puesto los pies

en un cementerio; son lugares desagradables. Al principio, ¡se nota un olor Aquel día

habían llevado a dicho cementerio unos quince cadáveres. Hubo enterramientos de todas clases; hasta hube de admirar dos hermosos coches: el uno conducía a un general; el otro, a una señora cualquiera. He visto muchas cosas tristes, otras que fingían tristeza y, sobre

todo, una gran cantidad de rostros francamente alegres. El clero debió tener un buen día. Pero el olor ¡Oh, el olor! No quisiera ser sacerdote y tener siempre ocupación en aquel cementerio.

He mirado la cara de los muertos sin aproximarme demasiado. Desconfiaba de mi

impresionabilidad. Había allí caras bonachonas, otras muy desagradables. Frecuentemente

estos difuntos tienen una sonrisa nada buena; no me gusta contemplar esos gestos. Lo

vuelve uno a ver en sueños. Durante la ceremonia fúnebre, salí un momento; el día era gris; hacía frío, pues estábamos ya en octubre; marché errante por entre las tumbas. Las hay de diversos estilos, de distintas categorías; la tercera categoría cuesta treinta rublos. Es decente y nada caro. Las de las dos primeras clases se encuentran, las unas en la iglesia, las otras en el atrio. Pero eso cuesta una locura. En las de la tercera categoría han enterrado hoy seis personas, entre ellas, el general y la dama. He mirado en las tumbas: era horrible. Dentro de ellas había agua, agua verduzca. Después de esto aun salí otra vez durante la ceremonia. Estuve fuera del cementerio; muy cerca hay un hospicio, y casi al lado un restaurante. Este restaurante no es malo; se puede comer en él sin ser envenenado. En el comedor encontré a muchos de los que habían acompañado a los entierros. Reinaba allí dentro una alegría hermosa, una animación divertida. Me senté, comí y bebí. Volví en seguida a ocupar mi puesto en la iglesia y, más tarde, ayudé a llevar el féretro hasta la tumba. ¿Por qué los muertos se vuelven tan pesados en sus féretros? Dicen que es a causa de la inercia de los cadáveres; aun se cuentan una porción de tonterías acerca de ésta fuerza.

No asistí a la comida fúnebre; soy orgulloso. Si las gentes no me reciben más que cuando

no pueden hacer otra cosa, no experimenté necesidad alguna en sentarme a su mesa. Pero me pregunto por qué permanecí en el cementerio. Me senté sobre una tumba y me puse a soñar, como suele hacerse en tales lugares. Sin embargo, pronto se desvió mi pensamiento. Hice algunas reflexiones sobre la Exposición de Moscú y después diserté (en

!

mi interior) acerca del Asombro. Y he aquí mi conclusión: asombrarse de todo es,

seguramente, una gran tontería. Pero es más idiota aun no asombrarse de nada. Es casi no hacer caso de nada, y lo característico de la imbecilidad es no hacer caso de nada. —Yo tengo la manía de interesarme por todo —me dijo un día uno de mis amigos.

¡Dios mío! Tiene la manía de interesarse por todo. ¡Qué dirían de mí, si pusiera esto en mi artículo! Me olvidé un poco en el cementerio; no es que me guste leer las inscripciones de las tumbas; siempre son lo mismo Sobre una piedra funeraria encontré un bocadillo en el

que habían mordido. Lo tiré. ¡Oh!, no era pan, era un bocadillo Además, tirar el pan, ¿es

un pecado mortal o venial? Tendré que consultar al Anuario de Souvorine. Creo que estuve demasiado rato sentado; tanto tiempo, que creo haber acabado por tenderme sobre la larga piedra de un sepulcro Entonces, no sé cómo comenzó, pero seguramente que ruidos. Al principio no hice caso; pero luego los ruidos se transformaron en una conversación, en una conversación sostenida por voces sordas, como si cada uno de los interlocutores se hubiese tapado la boca con un almohadón. Me erguí, y me puse a escuchar atentamente. —Excelencia —decía una de las voces—, es absolutamente imposible. Ha tirado usted la sota de triunfo, tengo yo el rey, y ahora canta usted las cuarenta. Eso es una trampa. —Pero si no hay trampas, ¿dónde está el interés del juego? —No se puede jugar sin garantías, Excelencia. Eso es levantar un muerto. —¡Ah! ¡Un muerto! Aquí no hay nada de eso. ¡Palabras singulares, verdaderamente extrañas e inesperadas! Pero no cabe la menor duda: las voces salían de las tumbas. Me incliné y leí sobre la lápida de una de las sepulturas esta inscripción:

ʺAquí yace el cuerpo del general Pervoiedov, caballero de tales y cuales órdenes. Murió en agosto 57. Descansad, cenizas queridas, hasta el glorioso día ʺ Sobre la otra no había nada grabado. Seguramente que la tumba era la de un nuevo habitante del cementerio. Probablemente la inscripción no estaba aún redactada a gusto de la familia. Sin embargo, por apagada que fuese la voz del muerto, pensaba, pues soy perspicaz, debía ser un consejero de la Corte. —¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! —oí aún. Aquella vez estaba seguro de que era una nueva voz que salía a una distancia lo menos de cinco metros de la tumba del general. Miré la sepultura de donde se filtraba la nueva voz. Adivinábase que la tumba estaba fresca aún. La voz debía de ser, a juzgar por su rudeza, una voz enteramente pueblo. —¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

Y esto volvió a comenzar varias veces. De repente estalló la voz clara, altanera y despreciativa de una dama, evidentemente de alto copete:

—¡Es irritante verse ennichada al lado de ese tendero! —Entonces, ¿por qué diablos se ha acostado usted ahí? —respondió el otro. —Me han metido a pesar mío Ha sido mi marido ¡Oh, sorpresas horribles de la muerte! Yo, que no me hubiera acercado a usted ni por todo el oro del mundo, verme aquí a su lado porque no han podido pagar para mí más que el precio de la ʺtercera categoría ʺ.

—¡Ah! La reconozco en la voz. En el cajón de mi mesa había una buena factura que no me había usted pagado. —Es un poco fuerte y bastante idiota el venir aquí a reclamar el pago de una factura. Vuélvase usted allá arriba a quejársele a mi sobrina: es mi heredera. —Pero ahora, ¿por dónde saldría? Los dos estamos bien acabados, muertos los dos en pecado, iguales ante Dios hasta el Juicio final. —Iguales desde el punto de vista de los pecados; pero no de otro mudo —respondió desdeñosamente la dama—. Y no trate usted de entablar conmigo conversación, porque no he de sufrirlo. —¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! —volvió a gritar la voz ruda. De todos modos, el tendero obedeció a la dama. —¡Ah! —dijo el ʺconsejeroʺ—. ¿Y obedece por sí mismo? —¿Y por qué —dijo el general— no había de obedecer? —Pero ¿ignora, pues, Vuestra Excelencia que aquí las cosas no pasan como en el mundo que hemos abandonado? —¿Cómo pasan, pues? —Ahora, entre nosotros, ya no hay rangos ni consideraciones debidas, puesto que aseguran que estamos muertos. —Aunque estuviéramos mil veces más muertos todavía, no serían menos necesarias las preferencias, un orden social Aquellas gentes me consolaron. Si no son amigos en ese fúnebre subsuelo, ¿qué se le puede pedir al piso superior? Y continué escuchando.

—¡No, yo viviré! ¡No! ¡Le digo a usted que viviré! —exclamó otra voz también inesperada, que salía del espacio que separaba la tumba del general de la de la dama susceptible. —¿Lo oye usted, Excelencia? —Era la voz del consejero—. ¡Ahí tiene usted a nuestro hombre, que vuelve a comenzar! Tan pronto pasa los días sin decir palabra como nos carga continuamente con su estúpida frase: ʺ¡No, yo viviré! ʺ ¡Está ahí desde el mes de abril, y siempre acaba diciendo que va a vivir! —¡Vivir aquí! ¡En este sitio lúgubre! —Verdad es que el lugar carece de alegría, Excelencia Si usted quiere, para distraernos, vamos también a molestar un poco a Avdotia Ignatievna, nuestra susceptible vecina. —¡Yo, no! No puedo sufrir a esa altiva bachillera. —¡Soy yo la que no puede sufriros ni al uno ni al otro! —gritó bachillera—. Los dos son ustedes inaguantables. No mascullan más que tonterías. ¿Quiere usted, general, que le cuente algo interesante? Pues le diré de qué modo uno de sus criados lo arrojó de debajo de cierta cama, con una escoba —¡Oh, sois una criatura execrable! —rechinó el general. —¡Oh, madrecita Avdotia Ignatievna! —exclamó el tendero—, sacadme de una duda, os lo ruego. ¿Soy víctima de una ilusión horrible, o es real el atroz olor que me envenena? —¡Aun insiste! Pero si es usted el que desprende una peste horrible cuando se agita —Yo no me agito, querida señora, y no puedo exhalar olor alguno. Mis carnes están todavía intactas; me encuentro en perfecto estado de conservación. Pero el hecho, mi

madrecita, es que usted está ya un poco podrida. Esparce usted un olor insoportable, hasta para este sitio. Si me lo he callado hasta ahora, ha sido por delicadeza —¡Ah! ¡El ser repugnante! ¡Huele que apesta, y dice que soy