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Centro de Estudios Pastorales

Doctrina de la Revelación

Prof. C. Guzmán M.

Hacer lo que la Biblia dice o lo que funciona.

¿Debemos escoger entre ambas cosas?

POR TONY PAYNE En esta, la primera parte de un artículo en dos capítulos, la pregunta es cómo saber que la propia vida y ministerio son realmente bíblicos. ¿Es debido al método? ¿A los resultados? ¿A algún cálido sentimiento de seguridad? ¿Realmente necesitamos considerar la Biblia para pensar en cómo conducir un ministerio, o se trata de un área dónde el pensamiento pragmático es nuestra mejor herramienta?

PRIMERA PARTE

Al darle los últimos toques a este artículo, fui a dar con el siguiente titular de una revista cristiana: “Conferencia para Profesores: Doble su número de alumnos y discípulos”.

Siempre interesado en lograr más alumnos, seguí leyendo para descubrir con algo de desilusión que se ofrecía una conferencia en que los delegados podían descubrir cómo aumentar al doble el número de personas en su curso bíblico. La principal atracción era un orador internacional, administrador de red y consultor independiente llamado Josh Hunt, autor de Tu clase puede aumentar al doble en dos años o menos, quien en su calidad de pastor bautista había triplicado la asistencia en su última iglesia. En una columna destacada se incluían las recomendaciones de una venerable trinidad de gurús del crecimiento de la iglesia: Rick Warren, John Maxwell y Lyle Schaller.

¿Quién podría resistirse?

Más interesante fue para mí la pregunta ¿cómo decidir si este paquete era útil o no para el ministerio cristiano? ¿Cómo decide uno estas cosas?

¿Y cómo, entonces, evaluamos todos los demás paquetes de ideas, modelos, técnicas y programas que compiten por nuestra atención en el supermercado de crecimiento de la iglesia? ¿Cuál de ellos, si es que alguno lo era, sería la respuesta para nosotros? ¿Debemos hacer un peregrinaje a Bill Hybels en Willow Creek, o Rick Warren en Saddleback? ¿Y qué hay acerca del planteamiento de cursillo o Camino a Emaús? Además está Alfa, el Cristianismo Explicado, Evangelismo Explosivo y todo el resto. Sin mencionar, por supuesto, Matthias Media.

Todos tienen un paquete de ideas, un planteamiento, una metodología. Todos tienen la respuesta para Usted. Por cierto que ello no sólo se aplica a los programas de iglesia sino también a las soluciones entregadas a cada cristiano en su caminar diario, ya se trate de Neil T. Anderson y el camino de romper ataduras para alcanzar la sanidad y poder personal, o el Dr. Reginald Cherry y sus prescripciones para la vida sana. Para complicar aún más la decisión, cada paquete o planteamiento tiene fortalezas y aspectos que lo hacen recomendable: cada uno cuenta con sus devotos y con testimonios de vidas cambiadas; cada uno afirma haber funcionado en la práctica; y cada uno, por supuesto, dice ser “bíblico”.

Oh sí: bíblico. Todos deben ser bíblicos. Ya llegará el día en que un libro cristiano cubra la portada con: “Sin contar la Biblia, ¡esto simplemente funciona!” Entretanto, nos enfrentamos al desafío de dilucidar qué significa exactamente que un planteamiento, enseñanza o método sea “bíblico”, puesto que todos dicen serlo.

¿Qué significa realmente la palabra “bíblico”? Tomando un ejemplo cualquiera: si Rick Warren afirma que su filosofía de la “iglesia impulsada por un propósito” está “basada en la Biblia” o es “bíblica”, ¿qué significa esto? ¿Significa que el señor Warren derivó todo el concepto de su meditación en las Escrituras, que todo proviene de su lectura de la Biblia? ¿O significa que se trata de algo que llegó a pensar gracias a otras fuentes (por ejemplo, el sentido común o las técnicas modernas de administración de empresas) y para lo cual encontró un respaldo bíblico posteriormente? De ser este último el caso, ¿hay algo malo en ello? ¿Debemos limitarnos sólo a una orden o mandato expreso de las Escrituras, de tal modo que, tal como los amish, consideremos obras del diablo a los vehículos motorizados y los órganos de cañones?

Entonces aquí yace nuestro dilema (y el tema de este artículo en dos partes): queremos hacer algo que funcione, y al mismo tiempo queremos ser “bíblicos”. ¿Están ambas cosas realmente en conflicto? ¿Cómo se reconcilian ambos aspectos? ¿Es posible ser genuinamente bíblico y al mismo tiempo comprender nuevas cosas a partir de las técnicas

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del mundo (como por ejemplo la teoría moderna de liderazgo, administración o crecimiento personal)? O en otras palabras: ¿cómo debemos basar nuestras vidas y ministerios en la Biblia?

Estas son preguntas amplias, y sin duda no podremos resolverlas completamente en este corto espacio. Sin embargo, comencemos nuestra investigación considerando la idea misma de “hacer lo que funciona”, es decir, el pragmatismo.

El pragmatismo y la Biblia

El pragmatismo tiene mala reputación hoy en día. Existe en frases como “Bueno, sé que en teoría deberíamos hacer X, pero siendo más pragmáticos tendremos que conformarnos con Y”. Ser pragmáticos implica traicionar los principios personales y seguir el desagradable camino de la utilidad.

Sin embargo, existen buenas razones teológicas para ser pragmáticos. Dios ha creado un mundo ordenado, y defiende y sustenta constantemente en forma confiable y ordenada por medio de su poderosa palabra. Precisamente porque el mundo es la creación dependiente de un Dios bueno, racional y poderoso, es un lugar donde es posible dilucidar las cosas observando qué funciona y qué no.

Algunas situaciones o cursos de acción funcionan mejor en este mundo, debido a la forma en que Dios lo ha creado. Proverbios está repleto de esta clase de observaciones acerca de la vida:

Mejor es la comida de legumbres donde hay amor que de buey engordado donde hay odio. (Proverbios 15:17)

El que anda con sabios, sabio será; mas el que se junta con necios será quebrantado. (Proverbios 13:20).

La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor. (Proverbios 15:1)

Prepara tus labores fuera, y disponlas en tus campos, y después edificarás tu casa. (Proverbios 24:27).

Estas son apreciaciones astutas sobre cómo es la vida en el mundo de Dios. En un sentido, no provienen de una revelación especial de Dios. Cualquier observador inteligente puede ver que si pasa tiempo construyendo una casa antes de proveer una fuente de ingresos o alimento, se sentará en su hermosa casa y morirá de hambre. Cualquiera que haya observado la vida y haya pensado en ello, puede llegar a esta conclusión.

En su bondad, Dios nos ha puesto en un mundo bueno y habitable que no es caótico o impredecible. Nos ha concedido la capacidad (y el mandato) de darle un sentido al mundo, vivir en él, y gobernarlo, aunque sea en forma imperfecta.

El pragmatismo, por ende, tiene una base teológica. Es por el hecho de que esperamos que una cosa suceda a otra, (es decir que una sea causa de otra), que podemos inferir, establecer patrones, y desarrollar técnicas que “funcionen”. Hacer lo que “funciona”, especialmente en ausencia de otros criterios, es una respuesta perfectamente devota.

Sin embargo, existen problemas. El mundo en sí tiene sus fallas; es ordenado y bueno, pero además distorsionado, caído y sujeto a decadencia. No siempre se comporta en forma predecible. Más importante aún, la gente que lo habita no se comporta en forma predecible y confiable. Ello hace muy difícil la tarea de observación, inducción y predicción.

Sin embargo, no sólo lo que observamos y tratamos de comprender tiene sus defectos y distorsiones, sino que, como observadores, tenemos defectos y distorsiones del mismo modo. Cometemos errores, estamos bajo la influencia de nuestro propio pecado, y lo que es quizás más importante, no podemos verlo todo. Podemos ver orden, causa y efecto, y podemos predecir que ciertas cosas traerán ciertos resultados, pero no podemos trascender el momento y ver todo el complejo cuadro general. No podemos ver el futuro para comprobar si algo funciona a largo plazo.

Como forma de dilucidar qué hacer, el pragmatismo puro (simplemente hacer lo que funciona) es en última instancia desastroso, no sólo por ser poco confiable a corto plazo (debido a la naturaleza caída del mundo, los demás y nosotros mismos), sino más aún porque no podemos proyectar si funcionará a largo plazo o si tendrá otros efectos colaterales. Y para ese entonces ya es demasiado tarde.

Si seguimos los modelos de, por ejemplo, Willow Creek o Saddleback porque funcionan, tenemos varios problemas:

¿Cuán bien funcionan de hecho? ¿Podemos evaluar el crecimiento espiritual que está ocurriendo? En última instancia ello sólo es evidente en el cielo. Incluso al estar convencidos de que parece estar funcionando ahora, podemos predecir con algún grado de fiabilidad que estos modelos y filosofías pueden ser trasladados a otros contextos, dada

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la complejidad del mundo, y la naturaleza impredecible de las relaciones sociales? ¿Y podemos saber en absoluto si

funcionará a largo plazo? ¿Qué sucederá si surgen terribles consecuencias en quince años que nadie ha predicho aún?

No se trata sólo de un problema aplicable a la evaluación del liderazgo de la iglesia y los modelos de ministerio, sino

a todos los modelos y estrategias. Es también el problema con la administración de empresas y la productividad

moderna en la cual se basa mucha de la teoría de crecimiento de la iglesia. En lo que podríamos llamar el planteamiento “MBA de Harvard”, el objetivo es encontrar la forma más eficiente, en términos de costo y tiempo, de llegar del punto A al punto B. Sin embargo, ¿qué sucede si los pasos destinados a llegar de A a B nos impiden llegar de E a F en el futuro? No tenemos ninguna certeza del futuro, y no podemos tener en cuenta todas las variables que intervienen en nuestras decisiones. Es prácticamente imposible predecir los efectos dañinos que puede tener un cierto curso de acción, incluso si se trata de la opción más obvia y eficiente en la actualidad. El problema del Año 2000 es el ejemplo actual obvio.

Es en este punto que entra en juego la última técnica, paquete de ideas o movimiento cristiano. Quienes los proponen dirán invariablemente: “Todo esto realmente ha sido bendecido por Dios. Está cambiando vidas. He visto

a rudos criminales llegar a las lágrimas y dar su vida a Cristo. He tratado con toda clase de cosas pero esto realmente está trayendo resultados”.

Debemos responder: “¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes evaluar si realmente está funcionando? ¿Ves desde la perspectiva divina para saber qué fruto está naciendo realmente? Incluso si está ocurriendo un cambio real en las vidas de otros, ¿cómo sabemos que es tu nueva técnica la que está haciendo el trabajo? ¿No será quizás que Dios está obrando a pesar de la nueva técnica? ¿Y cómo puedes saber qué efectos secundarios o daño colateral traerá esta técnica (y sus consecuencias) a tu comunidad?

Este grado de pesimismo acerca de los límites de la sabiduría y de lo que podemos dilucidar mediante la observación se refleja por supuesto en la literatura sapiencial misma, en Eclesiastés y Job. En Eclesiastés vemos cómo la inestabilidad de la vida y el reinado indiscriminado de la muerte torna mucha de nuestra “sabiduría” en vacío y frustración. Y en Job, vemos como nuestra incapacidad de tener una perspectiva general, de ver las cosas desde el punto de vista del consejo celestial implica que no podemos comprender las caprichos y sufrimientos de la vida. Sólo Dios puede hacerlo. Y por ello debemos mostrar la humildad correspondiente de cara al sufrimiento, porque simplemente no lo sabemos. No podemos verlo todo. No somos trascendentes.

Es por esta razón que el temor del Señor es el comienzo de la sabiduría. Cualquier cosa que dilucidemos nosotros mismos debe comenzar por una profunda humildad con respecto a nuestra posición, y por un cierto pesimismo con respecto a lo que podemos lograr finalmente. Sólo Dios lo ve todo, y por ende, sólo Dios entiende a cabalidad qué debe hacerse con cada caso particular. Porque para comprender verdaderamente los casos particulares, cómo se relacionan entre sí y cómo “funcionan”, no sólo es necesario tener un panorama completo en toda su variedad, sino tenerlo a tiempo; es necesario ver la dirección que toman las cosas, y su propósito. Todo esto sólo es posible para Dios, y por ende sólo es posible mediante una revelación.

La revelación debe cumplir un rol fundamental al decirnos qué hacer, puesto que el simple seguir lo que en un momento parece “funcionar” (ello es, el pragmatismo puro) puede no funcionar en absoluto a final de cuentas, por todas las razones antes expuestas. Necesitamos la perspectiva divina del Dios sabio en todo que ve y conoce todo, y esto es lo que encontramos en las Escrituras.

En resumen:

- Puesto que el mundo ha sido creado y sustentado en forma ordenada por un Dios racional, el pragmatismo es apropiado. Podemos dilucidar ciertas cosas acertadamente por nuestra cuenta. Podemos diseñar planes y verlos dar fruto. Podemos percibir que algunas cosas funcionan y otras no.

- Sin embargo, existen serias limitaciones al espectro del pragmatismo debido a la complejidad y la condición caída del mundo y nuestra, y al hecho de que no somos capaces de percibirlo todo; tampoco el futuro.

- La real sabiduría, entonces, no es simplemente empírica, ni confía únicamente en la observación, la inteligencia y la buena administración. La real sabiduría teme humildemente a Dios y confía en su revelación como en la clave para una vida y ministerio exitosos.

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Hasta este punto no hemos dicho nada muy controversial, si bien la importancia de los fundamentos que hemos establecido pronto se hará clara. La pregunta sigue siendo, no obstante: si la Biblia debe guiar nuestros ministerios, si hemos de ser “bíblicos”, ¿cómo es que nos guía?

¿En qué forma exactamente se relaciona la revelación de Dios con nuestro pragmatismo? ¿Provee esta ciertos límites

o fronteras dentro de los cuales podemos operar libremente? ¿Estipula todo el programa a seguir, del cual no

debemos desviarnos, y al cual no debemos agregar nada? O bien, ¿ninguna de estas afirmaciones es correcta?

Para comenzar a explorar estas preguntas nos dedicaremos a dos casos de estudio o modelos de cómo la Biblia debe relacionarse con el ministerio cristiano. Abordaremos el primero en este artículo; el segundo, y las conclusiones a las que lleguemos al reflexionar sobre ambos, deberán esperar la segunda parte (en el siguiente número).

Modelo N° 1: El Principio Hooker

Richard Hooker (1554 - 1600) es considerado por muchos el teólogo anglicano por excelencia. Ciertamente, en círculos académicos, ha crecido la actividad de debate, análisis y descripción de la teología de Hooker. En parte debido a la gran envergadura y sutileza de su producción, y también debido a la motivación política de algunos de sus intérpretes, Hooker es una figura malinterpretada. Ha habido una tendencia de todas las posturas del anglicanismo a considerarlo su paladín, y a citarlo con el fin de resolver ciertas discusiones.

Los anglo católicos, por ejemplo, retrataron a Hooker como el arquitecto de la llamada vía media anglicana, según la cual la iglesia anglicana adoptó un tranquilo camino intermedio, con los fanáticos de la Ginebra de Calvino por un lado y la corrupción de Roma por otro. Sin embargo, tal como lo ha demostrado el saber académico reciente, este

retrato es una distorsión de Hooker puesto que obvia su ardiente protestantismo reformado. Hooker fue feroz en defender la “justificación por la fe”, y se suscribió a la teología común de Calvino en casi todos sus puntos, incluido

el considerar al Papa el Anticristo. De hecho, se acepta hoy en día el que Hooker tuvo mucho más en común con

Calvino y los reformadores europeos del continente que lo que hasta ahora se suponía.

Sin embargo, lo que nos interesa es la disputa de Hooker con los puritanos ingleses a fines del siglo XVI, porque en esencia trataba de la cuestión del pragmatismo y la Biblia que hemos explorado. Los puritanos (que, debemos recordar, eran anglicanos), argumentaban que la reforma de la Iglesia de Inglaterra no había tenido el alcance que debía. Desde su perspectiva, se habían retenido demasiadas ceremonias, vestimentas y estructuras eclesiásticas papales, de las cuales la más notoria era el episcopado. Su postura era que la Biblia exclusivamente debería dictar lo que hacemos en la iglesia y cómo esta es gobernada; de acuerdo con ello debía dictaminarse una forma de presbiterianismo.

El extenso argumento de Hooker en contra de las propuestas puritanas va incluido en su Leyes de Organización Eclesiástica [Laws of Ecclesiastical Polity], de ocho volúmenes. Es tarea difícil producir un resumen breve de su argumento con toda su sutileza sin distorsionarlo, pero la esencia de su línea de pensamiento es la que sigue.

El real problema de los puritanos, sugiere Hooker, es que no lograron entender acabadamente la relación entre “el modo de la gracia” y “el modo de la naturaleza”. De acuerdo con Hooker, Dios había establecido una jerarquía de leyes en todo el universo por las cuales se regían sus diversas partes. Las leyes de la naturaleza, por ejemplo, gobiernan la forma en que las criaturas actúan y se comportan, y cómo el mundo se mantiene en funcionamiento; la ley celestial, un segundo ejemplo, compromete a los ángeles del cielo y los controla. Cada ley tiene una naturaleza distinta, y sirve un propósito diferente.

En esta variedad de leyes, todas las cuales provienen de la fuente de sabiduría celestial, la ley de las Escrituras sólo conforma una. Este hecho es importante, puesto que sólo en las Escrituras puede encontrarse salvación mediante la unión con Cristo, y todo lo necesario para la salvación sólo puede encontrarse en ellas. Si bien la razón es utilizada como un instrumento para comprenderlas, y la tradición conforma el contexto en que les damos lectura, en cuestiones espirituales o divinas relativas a doctrina y fe, Hooker sostuvo que las Escrituras eran la fuente de autoridad suprema, exclusiva y suficiente.

De cualquier forma, la Escritura es aún una ley de espectro limitado. “La principal intención de la Escritura es entregar las leyes relativas a los deberes sobrenaturales”, los cuales no pueden ser alcanzados por la mente humana. No es el propósito de la Escritura hablar sobre todos los temas, y ciertamente no cubre aquellas materias ya cubiertas por otras secciones de la jerarquía divina de leyes, las cuales pueden ser descubiertas a la luz de la razón humana. Por ende en cualquier materia no necesaria para la salvación, los hombres están en libertad de hacer leyes que se

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agreguen a las de la Escritura; la mayoría de las leyes que gobiernan los asuntos de la iglesia caen en esta categoría. Siempre que tales leyes “no fueran contrarias” a la Escritura y hubieran sido establecidas correcta y razonablemente mediante la extensa práctica en la Iglesia (I mayúscula) de Dios, entonces estas cosas no debían ser modificadas. Mientras más tiempo fueran establecidas por el consejo de hombres razonables, más probable era que concordaran con la jerarquía de las leyes razonables de Dios que permeaban el universo. Por ende, Hooker concluyó, con respecto al estado de cosas en el anglicanismo isabelino, “la equidad y la razón, la ley de la naturaleza, Dios y el hombre, todos favorecen lo que existe”.

El argumento de Hooker era elocuente y sutil, y a los puritanos les resultó difícil y frustrante responder. Como ya hemos mencionado, el mundo es de hecho un lugar ordenado, creado de acuerdo con la sabiduría de Dios. Debido a la naturaleza racional y ordenada de la creación, nos es posible dilucidar ciertas cosas y llegar a conclusiones correctas, utilizando simplemente la observación y la razón. Y más aún, existen muchos aspectos de la vida sobre los cuales la Biblia dice poco o nada en forma específica. En tales casos, ¿no estamos en libertad de usar la razón, un don de Dios, para dilucidar las cosas?

En todo caso, los puritanos no se mostraron satisfechos con la respuesta de Hooker. Si bien compartían muchas de sus presuposiciones, quisieron argumentar no obstante que existía una diferencia entre algo que no contradice las Escrituras y algo que concuerda con ellas o las tiene como fundamento. Insistieron en que la voz de Dios en la Biblia no debe ser excluida o relegada a un reino espiritual en que ya no pueda hablar a cada situación. Por cierto, algunos puritanos se remitieron a una versión del “Principio Regulador”, el cual reza que sólo aquellas cosas explícitamente mandadas o asignadas en la Escritura debe tener su lugar en la estructura y formas de la iglesia.

Por razones en las que sería demasiado complejo ahondar en este espacio, los puritanos se esforzaron por argumentar en forma eficaz, y finalmente triunfó el orden establecido.

Al mirar atrás, no es difícil apreciar la influencia del “Principio de Hooker” dentro del anglicanismo. Al separar las cuestiones de orden y ceremonia de las de la fe, y considerando que las dos primeras se establecen mediante la luz de

la razón y respetando el peso de la tradición (la cual no es más que la práctica antiguamente establecida de la razón),

se torna muy difícil modificar las formas y estructuras del ministerio. Cambiar una forma o práctica establecida es desviar el curso de un caudaloso río de razón y práctica histórica. Todo el peso se inclina hacia mantener las cosas como están, y a menos que se descubra un mandato directo de las Escrituras (lo que en la mayoría de los casos es difícil o imposible), se mantendrá el status quo.

Ya sea que se recurra o no conscientemente a Hooker, este tipo de pensamiento está tan difundido en el anglicanismo a nivel mundial que constituye en sí mismo un status quo. Puede ser una fuente de enorme frustración para los evangélicos que persiguen la innovación en nombre del ministerio del evangelio. Si bien el cambio propuesto puede ser apropiado, obvio y bíblico, puede ser muy difícil obtener la aprobación oficial para este si la práctica existente es razonable, bien establecida y no contraria en sí misma a la Escritura.

¿Cómo debemos evaluar el principio de Hooker? Dada nuestra limitación de espacio, y la necesidad de simplificación, podemos decir que Hooker tenía una visión de la razón demasiado optimista, y una visión de as Escrituras demasiado limitada.

Con respecto a la razón, cabe destacar las palabras de Proverbios: “Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 16:25). Como ya vimos, hay límites reales al funcionamiento efectivo

de las facultades de la razón en el orden creado, y ello limita la efectividad de nuestro juicio para determinar el mejor

y más “razonable” curso de acción. No sabemos lo suficiente, ni acerca de las circunstancias actuales ni del futuro como para emitir juicios acertados siempre.

Más aún, nos engañamos si pensamos que nuestra “razón” es una facultad independiente, una especie de máquina de pensamiento interna que se entrega a nuestra disposición. Nuestra “razón” es parte de nosotros, y como tal participa en nuestra rebelión pecaminosa ante Dios. Nuestra razón sufre los efectos de nuestras decisiones y de nuestro comportamiento. No está aislada ni es independiente. Parece justo sugerir que Hooker comparte en este punto el error de Tomás de Aquino, al considerar nuestra razón como algo demasiado independiente del yo real. La razón, según esta perspectiva, puede no ser capaz de penetrar los misterios de la salvación, (de ahí la necesidad de la revelación divina), pero funciona perfectamente bien en relación con la vida cotidiana en el mundo. Esta no es la forma en que nos ve la Biblia. No somos esencialmente una voluntad acompañada de una razón casi incólume que

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está a nuestra disposición. Somos seres que razonan y tienen una voluntad, cuyas capacidades de razonamiento están sesgadas y distorsionadas por nuestras decisiones profanas (ver Juan 3:19) 1 .

En otras palabras, Hooker parece obviar el hecho de que los supuestos juicios razonables de las autoridades de la Iglesia en materia de ceremonia y orden no son imparciales, independientes y desinteresados. Reciben información y son conformados por toda clase de cosas, muchas de las cuales son presuposiciones teológicas subyacentes. Y estas presuposiciones pueden ser erróneas o no tener un equilibrio.

De este modo, la visión de la razón excesivamente optimista de Hooker se relaciona con su visión excesivamente limitada de las Escrituras. La comprensión que derivamos de la Biblia sobre Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo, el propósito de la vida, la naturaleza de la humanidad, la iglesia, etc., afectará nuestro juicio en mil maneras, incluso en aquellas áreas en que la Biblia misma no indica algo específico. La teología es invariablemente motor de la práctica. El Nuevo Testamento calla, por ejemplo, con respecto a la clase de vestimenta que el pastor o predicador debe llevar en una reunión de la iglesia. Y sin embargo sería erróneo sugerir que la Palabra de Dios viva y activa no tiene nada que decir al respecto. Para dar sólo dos ejemplos, los principios explícitos de unidad, respeto mutuo, amor y edificación de I Corintios 12-14, como asimismo la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes deben influir en nuestras decisiones de esta área. Cualquier propuesta para la vestimenta de un pastor reflejará y expresará en sí misma una teología particular de la iglesia y el ministerio.

La Biblia misma lo reconoce, y continuamente retoma los grandes temas de la teología con el fin de resolver cuestiones individuales y particulares asociadas al interés o la práctica pastoral. Por ende resulta muy difícil, si no arbitrario, trazar una línea entre la ley “sobrenatural” o “divina”, según figura en las Escrituras, y la ley “eclesiástica” diseñada por las autoridades de la Iglesia.

Seguiremos reflexionando más tarde sobre todo esto, pero primero debemos examinar otro modelo de gran influencia destinado a relacionar la Biblia con la vida y ministerio cristiano. Se trata de un modelo que al primer vistazo puede parecer diametralmente opuesto al anglicanismo isabelino de Hooker. Al ahondar en el, sin embargo, veremos que tienen mucho en común. Me refiero al uso moderno de la Biblia característico del movimiento de crecimiento de la iglesia.

1 Estoy consciente de que este párrafo introduce innumerables temas complejos relativos a la ley natural y la teología natural. Pido disculpas por no poder brindarles una atención apropiada en este espacio.

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Hacer lo que funciona.

SEGUNDA PARTE

Las órdenes de movilización de la Biblia

POR TONY PAYNE En la primera parte de este artículo (en el número anterior) revisamos las ventajas y desventajas del pragmatismo. Vimos que “hacer lo que funciona” es un camino legítimo a seguir, en un sentido, puesto que Dios ha creado un mundo ordenado. Y sin embargo el pragmatismo tiene sus limitaciones, como resultado de la naturaleza compleja y caída tanto del mundo como nuestra. En definitiva requerimos una revelación, una palabra externa que nos guíe. Pero ¿cómo nos guía el mundo? En nuestro último artículo revisamos un planteamiento: el llamado “Principio de Hooker”. Comencemos la segunda parte revisando una forma relacionada con la anterior, pero mucho más reciente, de utilizar la Biblia.

Método n° 2 El movimiento por el crecimiento de la iglesia

La premisa básica de lo que podríamos llamar el “movimiento por el crecimiento de la iglesia” es que las iglesias no crecen por accidente. Las iglesias que crecen comparten ciertas características, y estas pueden ser estudiadas, analizadas y generalizadas con el fin de ayudar a todas las iglesias a crecer. Los pioneros del movimiento de crecimiento de la iglesia como C.P. Wagner y Donald McGavran se hicieron un nombre estudiando cuidadosamente las iglesias exitosas, e identificando los principios y prácticas que las producían. Las iglesias que crecen tienden a hacer ciertas cosas: se focalizan en ciertos grupos en particular (el “principio de la unidad homogénea”); entregan un trabajo a los miembros; suplen las necesidades que sienten las personas que quieren alcanzar, etc.

Este no es el lugar para evaluar las fortalezas y debilidades del pensamiento dedicado al crecimiento de la iglesia (y existen fortalezas reales, como también debilidades). Lo que nos interesa es cómo el movimiento por el crecimiento de la iglesia emplea la Biblia, puesto que ciertamente la emplea. La mayoría de los expertos en el crecimiento de la iglesia sostienen que sus métodos y prescripciones son “bíblicos” o basados en la Biblia, y que la reflexión que los ha conducido a ellos ha incluido un intenso estudio de las Escrituras. Tomemos sólo un par de ejemplos recientes. (Quisiera enfatizar en este punto que no estoy haciendo ningún juicio sobre estos planteamientos en particular, sobre la devoción de aquellos que participan, la integridad de su ministerio, ni nada por el estilo - sólo estamos analizando como se relaciona la Biblia con la metodología).

En Redescubrir la Iglesia (publicado en 1995 y escrito con su esposa Lynne), Bill Hybels destaca algunas características del liderazgo cristiano. ¿Cómo saber si se tiene el don espiritual de liderazgo, el tipo de liderazgo que traerá las personas hacia ti y que hará crecer el ministerio? Hybels enumera ocho indicadores clave, pero la introducción de su lista reza:

Al considerar por medio de las Escrituras a aquellos que a lo largo de la historia han sido sin duda líderes fuertes, he notado ciertos patrones de comportamiento y actitudes que ellos parecen tener en común.

Luego enumera las ocho características (ideas como “los líderes tienen la capacidad de inspirar y motivar personas” y “los líderes asignan recursos en forma efectiva”). Sin embargo, sólo tres de ocho mencionan la Biblia o un ejemplo bíblico. Bajo “Los líderes tienen la visión de formular una visión”, Jesús es citado como ejemplo de un gran líder con una capacidad otorgada por Dios de entregar a la gente una visión del futuro, como por ejemplo al darle a Pedro su nombre (de “Roca”) y declarar que sobre él construiría su iglesia. Nehemías es el ejemplo bíblico bajo el título “Los líderes tienen la capacidad de unir a las personas”, fundamentándose en sus admirables esfuerzos para movilizar a la gente y reconstruir Jerusalén. Y Pablo es un campeón al “establecer valores esenciales”, al decir “a los demás líderes de su tiempo si quieren quedarse en Jerusalén y construir iglesias para quienes ya están convencidos, O.K! Pero yo quiero salir y construir iglesias donde Cristo no es conocido”.

Este pasaje de Bill Hybels es típico de mucha de la literatura de crecimiento de la iglesia, como puede dar fe quienquiera que la haya leído superficialmente. Hay una tendencia a utilizar la Biblia para ilustrar principios e ideas que realmente han derivado de otras fuentes tales como la sicología, la teoría de administración de empresas o sólo el

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sentido común. La presencia de la Biblia está dirigida de algún modo a legitimar las ideas que se presentan, aún cuando la forma en que se utiliza es muy a menudo forzada y arbitraria. (He notado, por ejemplo, que algunos

héroes bíblicos de la fe como Sansón y Ezequiel rara vez llegan a merecer una alusión como liderazgo ejemplificador

o atributos para el ministerio, mientras que otros, como Nehemías, Esdras y Pablo nunca dejan de aparecer).

Habiendo dicho esto, las ocho características de un líder expuestas por Bill Hybels son probablemente verdaderas y útiles. Sin embargo, los pasajes bíblicos utilizados para reforzarlas actúan en forma débil en el mejor de los casos, y son gravemente malinterpretados en el peor de ellos.

Encontramos una historia similar en el libro estimulante y útil de Rick Warren La Iglesia Impulsada por un Propósito. Es difícil no quedar impresionado por este libro; es inspirador, desafiante, y lleno de ideas prácticas para el ministerio y el evangelismo. Y sin embargo resulta interesante que nuevamente el uso de la Biblia en él es casi universalmente deficiente. Para dar sólo uno de muchos ejemplos, el capítulo “Elabore su estrategia” incluye una sección titulada “Sea pescador según las condiciones del pez”, donde se entrega el muy sensato consejo de ser flexibles y adaptarse al no creyente en lugar de que suceda lo contrario. Ello por cierto refleja la práctica y enseñanza de Pablo, según I Corintios 9 (allí citado). Pero aparentemente se requiere una mayor garantía bíblica y por ende se invoca la estrategia de ministerio de Jesús:

“En cualquier ciudad donde entréis, y os reciban, comed lo que os pongan delante” (Lucas 10:8) Al decir esto, Jesús no estaba dando consejos sobre una dieta, les ordenaba ser sensibles a la cultura local. Les ordenaba adaptarse a aquellos a quienes querían alcanzar. (P. 195).

No es necesario decir que no está nada claro según Lucas 10 que Jesús estuviera dando a sus discípulos consejos misioneros transculturales. Está lejos de ello. Abundan ejemplos de un uso similar de la Escritura: por ejemplo, el hecho de que Jesús a menudo supiera qué pensaba la gente se utiliza como exhortación para que nos pongamos en los zapatos de nuestros oyentes y comprendamos su mentalidad (p.188), o bien la muy inexacta traducción de Colosenses 3:15 (“Esta es su responsabilidad y privilegio como miembros de Su cuerpo”) se utiliza para demostrar que los creyente tienen tanto responsabilidades como privilegios en la iglesia, siendo que no encontramos ninguna de estas ideas en el texto original. Y sucede una y otra vez.

En mucha de la literatura sobre el crecimiento de la iglesia existe un deseo sentido y genuino de ser bíblico. Los pastores como Bill Hybels y Rick Warren no buscan apartarse de todo simplemente porque algo funcione; quieren participar en la obra de Dios en el mundo, completar su misión, hacer su voluntad. Y sin embargo, curiosamente, su actitud hacia la Biblia parece balancearse drásticamente entre un uso excesivo y un uso deficiente. En un nivel, hacen un uso excesivo de la Biblia al citarla en forma errónea y sin orden, para entregar ejemplos, ilustraciones y legitimidad a los principios por los que abogan. En otro nivel, sin embargo, el uso de la Biblia es pobre, y no se invierte mucho tiempo pensando en lo que la Biblia realmente puede estar diciendo sobre el ministerio y la metodología. En la literatura de crecimiento de la iglesia, la Biblia, al parecer, sólo provee parámetros muy amplios de acción (como la tarea básica de buscar que otros sean salvos), pero no cumple un rol activo en la conformación o fundamentación del ministerio. Lo que realmente lo impulsa proviene de otras fuentes: modelos de administración, análisis demográfico, investigación, experimentación, sentido común, sociología, sicología o lo que sea. Ciertamente Hybels no esconde su deuda hacia los gurúes de la administración de empresas como Peter Drucker, las teorías actuales de la sicología popular y los principios básicos de enseñanza del marketing y manejo de imagen modernos.

Todo esto es bastante similar al “principio de Hooker” (que la iglesia está en libertad de establecer leyes para su propio orden y ejercicio de su gobierno siempre que estas no sean “contrarias a la Escritura”). El movimiento por el crecimiento de la iglesia diría que siempre que no se transgreda ningún principio de las Escrituras, estamos en libertad de utilizar las técnicas y nuevos descubrimientos del mundo para tener mayor éxito en la iglesia. Ciertamente, este planteamiento se diferencia del de Hooker en otros puntos, básicamente porque pone mayor fe en

el poder del empirismo que en el del racionalismo. Cree que podemos descubrir lo que mejor funciona mediante la

observación y experimentación, y que esto es lo que debemos hacer, (mientras que para Hooker, el medio era la deliberación racional de los hombres en un cierto periodo de tiempo, quienes construirían a partir de principios originales las estructuras correctas para el gobierno de la iglesia).

Sin embargo, lo que Hooker y el movimiento por el crecimiento de la iglesia tienen en común es una visión limitada de la capacidad de la Biblia de conformar e impulsar las decisiones prácticas que tomamos con respecto al ministerio cristiano. Para Hooker, la Biblia es un corpus de leyes relacionado con un cierto ámbito (lo sobrenatural), y siempre que no transgredamos esas leyes, estamos en libertad de conformar toda clase de leyes en otras esferas. Del mismo modo, para los representantes del movimiento por el crecimiento (y si bien es muy probable que no lo expresen) la

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Prof. C. Guzmán M.

Biblia proporciona un grupo de parámetros amplios para proceder. Describe la cancha y los arcos, e indica el objetivo del juego, y luego uno debe dilucidar la mayor parte de la estrategia para ganarlo.

Tal como indicáramos en la Primera Parte, esta forma de pensar subestima la condición caída de la creación y sobrestima nuestra propia capacidad para dominarla. No comprendemos toda la historia. A no es consecuencia de B porque pensemos que normalmente ese debería ser el caso. El mundo no es la clase de lugar en que se puede conducir un experimento en 50 iglesias y luego llegar a conclusiones razonables sobre qué elementos lograrán los propósitos de Dios en la iglesia número 51. No es tan simple 2 . Hacer lo que funciona puede funcionar realmente en el corto plazo, o parecer hacerlo. Pero puede ser desastroso en el largo plazo.

¿Órdenes permanentes o de movilización?

Ello nos lleva directamente a la pregunta que hemos dejado pendiente todo este tiempo. ¿Qué hay en estos modelos que nos parece insatisfactorio? ¿Cómo debiera moldear la Biblia nuestras vidas y ministerios?

Los puritanos intentaron expresarlo en términos de no “excluir” la palabra de Dios. Se esforzaron por construir un argumento eficaz, pero hay una verdad real esta forma de expresarlo. La palabra de Dios está viva, activa y presente ante nosotros por medio de la obra de su Espíritu. Cuando escuchamos atentamente las Escrituras, escuchamos la voz del Buen Pastor. En este sentido, no se trata meramente de una ley, sino de un mandato personal. Se dirige a nosotros y nos exhorta a responder, a seguirlo, a someternos. Confinar la voz de Dios a una esfera en particular (la de lo sobrenatural) o tratarla como un libro de referencia de ilustraciones para principios de la administración de empresas, es ignorarla. A fin de cuentas, es construir el propio ministerio sobre la arena.

Es como la diferencia entre las órdenes permanentes y las de movilización. Las órdenes permanentes proporcionan las reglas y límites del comportamiento en una reunión, las fronteras, los parámetros amplios dentro de los cuales llevar una reunión. Son importantes, pero no determinan el programa. Las órdenes de movilización, por otro lado, nos indican hacia dónde debemos dirigirnos. No sólo nos entregan la misión general, sino que nos envían en una dirección particular, con ciertos mandatos y objetivos a lograr en el camino.

Tanto en Hooker como en la literatura de crecimiento de la iglesia, la Escritura parece funcionar como órdenes permanentes en lugar de órdenes de movilización. Brinda un contexto para la acción, un conjunto de fronteras, límites y reglas, y de hecho habla con autoridad en ciertas materias relativas a la salvación y la vida eterna. Sin embargo no moldea ni impulsa la programación en forma activa; no determina la metodología; no es el punto de partida. Ambas visiones son demasiado optimistas, según me parece, con respecto a nuestra capacidad de acertar; y demasiado pesimistas acerca del rol de la Escritura en entender lo correcto y proporcionar un programa que “funcione”.

¿El Nuevo Testamento nos entrega órdenes de movilización? ¿Cuánta instrucción existe en él relativa a la naturaleza de nuestra tarea y a los métodos que debemos utilizar? La respuesta es que existe mucha. Cristo nos encomienda una tarea en particular, y brinda amplias instrucciones, principios, ejemplos y estímulos para realizarla.

Es en este punto, sin embargo, que encontramos otra dificultad. ¿Cómo debemos leer la Biblia recibir estas supuestas órdenes de movilización? ¿Cómo evitar lo que podríamos llamar el “síndrome de Nehemías”, según el cual seleccionamos cuidado y arbitrariamente los relatos bíblicos para encontrar ejemplos adecuados de principios de ministerio o liderazgo?

La teología bíblica nuevamente al rescate

La respuesta está en leer la Biblia tal como nos ha sido entregada, es decir, como una revelación progresiva) (lo que a menudo se llama la forma de la teología bíblica de leer la Biblia). Debemos tratar la Biblia tal como es: como la Palabra de Dios pública, inspirada y preservada, que explica Sus propósitos a lo largo de la historia, y cómo estos han culminado en Jesucristo. La Biblia no es un libro de texto ordenado por tema, no es un manual, una enciclopedia, un reglamento o un conjunto de historias ilustrativas.

2 Es interesante que la teoría “de sistemas” de la administración de empresas moderna está comenzando a adoptar esta idea de que los sistemas de negocios son mucho más complejos de lo que podríamos pensar en un principio, y que nuestras acciones tienen toda clase de consecuencias intencionadas. Ver The Fifth Discipline de Peter Senge, un fascinante ejemplo reciente de los alcances actuales de la teoría administrativa.

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El todo nos indica como leer cada parte, y nos ayuda a aplicarla. Como discípulos de Cristo, recibimos nuestras órdenes de movilización para nuestra tarea como ministros o ancianos cristianos principalmente del Nuevo Testamento, porque es ahí donde nos encontramos dentro de la historia progresiva de los propósitos cósmicos de Dios.

Incluso el Nuevo Testamento mismo es una historia progresiva en que cumplimos un papel. Bajo riesgo de señalar lo obvio, repasemos brevemente lo que nos indica la naturaleza progresiva del Nuevo Testamento:

- Los Evangelios nos hablan de la venida de Cristo, cómo el cumplió lo que anunciaban los profetas, cómo inauguró el reino. Nos señalan cuáles son las buenas noticias. Y sin embargo incluso en los Evangelios hay

acción para el plan de salvación histórico de Dios: el mínimo versículo “Arrepentios, porque el reino de los cielos se ha acercado” de Mateo 4:18 se hace más completo en Mateo 28, porque en este punto el Cristo ha llegado a tener su autoridad, y envía a sus discípulos a predicar a las naciones. Vemos algo semejante en Lucas 24. Al acercarse el fin de los Evangelios, se sientan las bases de las buenas nuevas que serán proclamadas acerca de Cristo, el Salvador muerto y resucitado. También contamos con los fundamentos de las normas y valores (si es que cabe expresarlo de ese modo) que marcarán el ministerio cristiano, en particular el patrón de la cruz como paradigma de servicio y sacrificio por causa de los demás, el cual será un modelo constante de ministerio

y del estilo de vida cristiano en el resto del Nuevo Testamento. Al finalizar los Evangelios, se entrega la

comisión básica: difundir el Evangelio en las naciones, haciendo discípulos en nombre de Jesús y teniendo en cuenta el fin de los tiempos.

- Todo ello va a dar a Hechos (particularmente desde Lucas, por supuesto), donde el Mesías resucitado derrama el Espíritu prometido, y bajo el poder de este los apóstoles comienzan a proclamar la palabra; el arrepentimiento y perdón comienza a ser predicado a las naciones. En Hechos apreciamos la fundación de iglesias, y la obra del Espíritu dedicada a continuar la de Jesús, por medio de sus discípulos, mientras ellos esperan su regreso desde el cielo.

- Las Epístolas luego muestran al pueblo de Dios en acción en estas circunstancias, viviendo en los días

postreros, sufriendo, luchando por la santidad, repeliendo la herejía, organizando su vida colectiva, traspasando

el evangelio a la generación siguiente, etc. Nos muestran, en otras palabras, en nuestra situación actual, viviendo

entre dos etapas: el reino ya ha sido inaugurado, y sin embargo aún esperamos su consumación final. Los apóstoles escriben a las iglesias y líderes que viven en esta tensión, que esperan que todas las cosas sean reunidas bajo Cristo, de acuerdo con los propósitos de Dios.

Vemos cómo el gran alcance del plan revelado progresivamente aparece en toda clase de secciones de las

Epístolas, si bien las cartas pueden estar ligadas a una situación muy concreta y los problemas ser muy prácticos

y específicos. Se recurre constantemente al gran panorama teológico como base de todo, ya se trate del alcance

cósmico de las cosas de Efesios 1, o de Romanos 8 o Tito 2. Me atrevería a sugerir que las cartas pastorales son particularmente importantes (lo cual se opone a las actuales tendencias académicas), puesto que muestran como “se efectúa el pase” a la siguiente generación y entregan toda clase de instrucciones acerca de cómo proceder con el ministerio del evangelio y sobre cómo este debe ser organizado.

- En Apocalipsis vemos una imagen que abarca el ahora y llega hasta el fin mismo, sobre el alcance de la historia desde hoy hasta la consumación.

En esta historia en evolución, esta “teología bíblica del Nuevo Testamento”, como podríamos llamarla, se nos presenta un nítido programa: no sólo parámetros, fronteras y reglas, sino una agenda que surge de Cristo y su obra, y de los propósitos de Dios de reunir todas las cosas en él. Podríamos resumirlo así:

“Un ministerio del evangelio, predicado y vivido; que se ocupa del Cristo crucificado y resucitado, en su calidad de contenido central y modo de lo hecho, y el Cristo glorificado como objetivo de todo, de la mano con los propósitos de Dios de reunir en él todas las cosas. De este modo hacemos el trabajo de un evangelista, predicando el arrepentimiento y el perdón de los pecados en Cristo a todas las naciones, haciendo discípulos en su nombre, actuando en todo tiempo con sinceridad, honestidad, claridad y buen orden, y con una participación amorosa en las vidas de nuestros oyentes. Se trata de un ministerio construido tanto sobre la oración como la predicación y enseñanza de la Palabra a tiempo y destiempo, advirtiendo, alentando, formando y corrigiendo a todos para que vivan de acuerdo con la sana doctrina”.

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Es posible agregar elementos; y falta gran cantidad de detalles, pero estas son esencialmente nuestras órdenes de movilización. Cabe hacer notar que estas incluyen una metodología (por ejemplo, la primacía de la predicación de la palabra y de la oración, la importancia de la vida santa y el aliento diligente a los demás, etc.). Ello no es coincidencia, puesto que en última instancia la metodología surge de la teología, del plan.

Aún cuando emitamos juicios puramente pragmáticos acerca de lo que funcionaría en una situación dada, debemos hacerlo desde un punto de vista bíblico, con ciertos valores, prioridades y objetivos ya establecidos para nosotros por medio de las Escrituras. Esto es algo que tanto los planteamientos de Hooker como los del movimiento de crecimiento no reconocen. Siempre partimos de un conjunto de principios, ya sea en nuestros juicios racionales acerca de cómo las cosas deben estructurarse, o en nuestras conclusiones empíricas acerca de qué clase de programas forman iglesias exitosas. Ciertos supuestos y marcos de pensamiento ya han tomado su lugar, y afectan profundamente las conclusiones a las que llegamos. Me refiero a que es necesario que estos supuestos, presuposiciones, modelos mentales, valores (cualquiera sea la forma de llamarlos) sean extraídos de la visión bíblica de la vida cristiana y el ministerio. Es necesario que leamos constantemente las Escrituras bajo sus propios términos, en su calidad de revelación progresiva de la voluntad de Dios para su creación. Debemos permitir que la Escritura reforme y cuestione nuestros supuestos, puesto que nuestra teología siempre impulsará incluso nuestras decisiones más prácticas y mundanas.

Un clásico ejemplo en la literatura de crecimiento de la iglesia es el lugar de la “adoración” en el programa de la iglesia. Se analiza, discute, promueve y modifica toda clase de prioridades, ideas y programas relativos a cómo nuestros “servicios de adoración” cumplen el propósito del crecimiento de la iglesia. Y sin embargo en ninguno de los que he leído se encuentra un compromiso serio con lo que el Nuevo Testamento dice de hecho sobre la “adoración” y su relación con nuestras reuniones públicas. (Ver Briefings #236 y #237).

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Conclusiones

¿Y qué sucede entonces con el rompecabezas del pragmatismo? ¿Cómo contribuye todo esto a resolver algunas de las interrogantes prácticas con que empezamos? Permítanme sugerir tres ámbitos para sus implicancias.

EVITAR LA DISTRACCIÓN

En un cierto nivel, todo esto nos indica algo que simplemente debemos estar haciendo. Debemos cumplir nuestras órdenes. Esto es lo que debe impulsar y moldear nuestras vidas y ministerios. Este es nuestro deber, lo que nos ha sido encomendado. Ello debiera conformar nuestros criterios o bases para la acción, según los cuales tomamos nuestras decisiones diarias.

Por un lado, ello nos ayuda a evitar la distracción. Si esta es la dirección en que estamos marchando, y ya se encuentra fija en nuestras mentes, ello nos ayuda a negarnos cuando se nos quiere conducir a otro lugar, sin importar cuán útil, potencialmente exitosa parezca esa otra dirección, o cuanto parezca valer la pena.

SER PRAGMÁTICOS

El hecho de tener la clara agenda y métodos del Nuevo Testamento fijos en nuestras mentes nos ayuda también a ser pragmáticos en el sentido correcto. Esto es, son muchos los detalles acerca del modo particular de hacer las cosas que requieren reflexión. Nuestras órdenes de movilización están claras, y determinan muchos aspectos, pero aún queda gran libertad y flexibilidad a nuestra disposición. Rick Warren, por ejemplo, señala varias formas prácticas y útiles en que el principio de Corintios de flexibilidad en el ministerio y amor por causa de la salvación de otros puede aplicarse en la práctica. Tenemos el beneficio de su sabiduría y experiencia en esto.

Sería posible, entonces, construir algunos proverbios relativos al ministerio que simplemente son cuestión de sentido común y experiencia. Es posible beneficiarse de las ideas y sabiduría de otros, y con todas sus fallas, la literatura de crecimiento de la iglesia puede ser explotada para descubrir ideas en esta área.

Sin embargo, en última instancia, no existen técnicas secretas o a prueba de tontos para construir una “iglesia exitosa”. La pragmática y perfeccionamiento de la idea son simplemente eso: perfeccionamiento. Podemos pensar en cientos de situaciones, tiempos, contextos y estilos distintos de predicar la palabra, pero con todo la palabra aún debe ser predicada, y ello en forma directa, sin trucos o engaño. Los detalles y técnicas prácticas no deben determinar el plan, ni dictar las metodologías dominantes.

Es fascinante considerar como Hooker y el movimiento por el crecimiento de la iglesia, a pesar de tener mucho en común, producen enfoques pragmáticos muy diferentes de la estructura y vida de la iglesia. Para los representantes del movimiento por el crecimiento de la iglesia, casi todo está en subasta. Si algo da mejores resultados, haz el cambio. Al hacerlo, la tendencia es a bajarle el perfil o eludir las órdenes de movilización, y centrarse en la más reciente técnica par el éxito. El legado de Hooker, en contraste, es hacer el orden y estructura de la iglesia muy difíciles de cambiar, : “la equidad y la razón, la ley de la naturaleza, Dios y el hombre, todos favorecen lo que existe”, según la conocida cita. De este modo nos encontramos en la extraña posición de querer implementar un cambio que es útil o que contribuye al cumplimiento de nuestras “órdenes de movilización”, y sin embargo nos vemos bloqueados por quienes defienden el stato quo sobre la base de que “no es contrario a la Escritura”.

EVALUAR ALTERNATIVAS

¿Cómo evaluar entonces los programas y recursos sugeridos?

En primer lugar, no debemos aceptar una agenda o tarea básica distinta. Contamos con nuestras órdenes y con una metodología básica. Ello no es negociable. Es posible gozar el beneficio de toda clase de ideas y sugerencias a nivel de los detalles, pero estas no deben amenazar nuestra tarea esencial, o imponer sutilmente un programa distinto.

Este es el problema con situaciones como la bendición de Toronto, y muchas propuestas y tendencias nuevas que emanan del movimiento carismático. En ellas opera un programa básico distinto, un conjunto básico de suposiciones, valores y metodologías que difiere de aquellas a las que debemos abocarnos según el Nuevo Testamento. Es necesario ser cuidadosos al aprender de ellas.