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Wilhelm Reich - Materialismo histórico y psicoanálisis, 3 textos básicos

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Wilhelm Reich

Materialismo histórico y psicoanálisis

3 textos básicos

I N D I C E :

Materialismo dialéctico y psicoanálisis (1929)

I. Advertencia preliminar, 2 II. Las nociones materialistas del psicoanálisis y algunas deformaciones idealistas, 4

1. La doctrina psicoanalítica de los instintos, 5

2. La teoría del inconsciente y de la represión, 8

Para la aplicación del psicoanálisis a la investigación histórica (1934)

I, 22 II, 25 Notas a modo de apéndice de Ramón García, 30

(a), 30

(b), 32

(c), 32

(d), 34

(e), 35

(f), 36

(g), 37

La fuerza productiva viviente, la «fuerza de trabajo» de Karl Marx (1936-

44)

Introducción, 39 I, 41 II, 43 III, 46 IV, 49 V, 51

Glosario de términos, 54

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Materialismo dialéctico y psicoanálisis

Escrito en 1929. Digitalizado a partir de la versión en castellano incluida en Marcuse y el freudomarxismo. Materialismo dialéctico y psicoanálisis - Gaston Hocquard/Wilhelm Reich y otros, Ediciones Roca, México, 1973. Traducción de la edición alemana de Sex-Pol Verlag, Zurich, 1934. Se publica sin modificaciones con excepción de las traducciones de las Tesis sobre Feuerbach de Marx, que se han reemplazado conforme a la versión de R. Ferreiro publicada en el libro Hacia una autoliberación integral, 2006.

I. Advertencia preliminar *

La misión de este tratado es investigar si existen relaciones entre el psicoanálisis de Freud y el ma- terialismo dialéctico de Marx y cuál es su carácter. De la respuesta que se dé a esta cuestión dependerá que encontremos o no la base para una discusión acerca de las relaciones entre el psicoanálisis y la revolución proletaria y la lucha de clases.

Desde el momento en que se abandona el campo propio del psicoanálisis y, sobre todo, desde el momento en que se intenta aplicarlo a los problemas sociales, comienza a surgir una Weltanschauung, una concepción del mundo, una especie de filosofía. El psicoanálisis aparece entonces como un sistema psicológico, como un sistema que, al contrario del marxismo, predica el reino de la razón y pretende mejorar el desarrollo de los acontecimientos sociales a través de una reglamentación que tiende al dominio consciente de los instintos. Este racionalismo utópico que, además, refleja una concepción individualista de los fenómenos sociales, no es ni original ni revolucionario y, por otro lado, queda fuera de las atribuciones del psicoanálisis. Según la propia definición de su creador, el psicoanálisis no es más que un método psicológico que trata de describir y de explicar, por medio de procedimientos científicos, la vida psíquica considerada como un aspecto particular de la naturaleza. Al no ser un sistema filosófico, ni estar en situación tampoco de engen- drar uno, el psicoanálisis no puede remplazar ni completar la concepción materialista de la historia. En su calidad de ciencia natural, el psicoanálisis no tiene nada en común con las concepciones his- tóricas de Marx.

El verdadero objeto del psicoanálisis es la estructura psíquica del hombre en cuanto ser social. El psicoanálisis no se interesa por la estructura psíquica de las masas más que en la medida en que en ellas aparecen los fenómenos individuales (el problema del jefe, por ejemplo), en la medida en que, debido a sus experiencias con individuos, puede explicar las manifestaciones del "alma de las ma- sas", tales como el miedo, el pánico, la obediencia, etcétera. Parece, sin embargo, que el fenómeno de la conciencia de clase apenas si le resulta accesible. Otros, tales como el movimiento de masas, la política, la huelga, etcétera, de incumbencia de la sociología, escapan al método psicoanalítico. El psicoanálisis no puede oponerse a la sociología, como tampoco puede extraer de sí mismo una doctrina sociológica; aunque puede cumplir la función de ciencia auxiliar con respecto a la sociología, bajo la forma de la psicología social, por ejemplo. El psicoanálisis puede poner de manifiesto los motivos irracionales que impulsan a una naturaleza de jefe a incorporarse al socialismo y no al nacionalismo, o viceversa; también puede discernir del mismo modo la influencia de las ideologías sociales sobre el desarrollo psíquico del individuo. Por tanto, los críticos marxistas tienen razón cuando reprochan a muchos psicoanalistas que intentan explicar lo que no es explicable con la ayuda de este método, pero no la tienen cuando identifican el método con aquellos que lo aplican y cargan a su cuenta los errores cometidos por éstos.

Es obligado, por tanto, establecer una distinción necesaria -pero que no siempre aparece claramen- te en la literatura marxista- entre el marxismo-sociología (y, por lo tanto, ciencia), y el marxismo considerado como método y sistema filosófico 1 . La sociología marxista es el resultado que se obtiene

* Wilhelm Reich se esfuerza por demostrar las relaciones existentes entre el psicoanálisis de Freud y el materialismo dialéctico de Karl Marx. Escrito en 1929, cuando Reich acababa de afiliarse al Partido Comunista Alemán, el ensayo está escrito con carácter afirmativo, ajeno a los aspectos polémicos y críticos de otros trabajos posteriores suyos, a partir de su expulsión de la organización comunista alemana. (Ediciones Roca)

1 Naturalmente, el método y la ciencia no son aislables el uno de la otra, sino que se interpenetran. La distinción no sirve más que para una mejor comprensión de las nociones.

Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques - cica_web@yahoo.com - http://www.geocities.com/cica_web

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al

aplicar el método marxista a la vida social. En tanto que ciencia, el psicoanálisis es lo mismo que

la

sociología marxista: el uno trata de los fenómenos psíquicos y la otra de los sociales, y si se han

de asistir mutuamente, ello se da únicamente en la medida en que hay que investigar el hecho social a través de la estructura psíquica individual, y viceversa. El marxismo no puede explicar una neurosis o un trastorno de la sexualidad o de la aptitud para el trabajo. Algo distinto sucede con el materialismo dialéctico. En este caso existen dos posibilidades: o bien el psicoanálisis se opone al marxismo como método -en cuyo caso sería idealista y antidialéctico-, o bien es posible demostrar que, en su terreno, el psicoanálisis ha descubierto efectivamente el materialismo dialéctico y ha desarrollado las correspondientes teorías, por supuesto, de modo inconsciente, como tantas otras ciencias naturales. Desde el punto de vista lógico, el psicoanálisis no puede hacer otra cosa que oponerse al marxismo o coincidir con él. En el primer caso, es decir, si las conclusiones del psicoanálisis no son dialécticas ni materialistas, el marxismo debe rechazar esta teoría; pero, en el segundo caso, se trata de una ciencia que no está en contradicción con el socialismo.

Los marxistas han formulado dos objeciones contra el psicoanálisis en tanto que disciplina susceptible de aliarse con el socialismo:

1) El psicoanálisis es una manifestación de la burguesía decadente. Esta objeción denuncia una laguna en la concepción dialéctica del psicoanálisis. ¿Acaso no es también la ciencia social marxista una "manifestación de la descomposición" de la burguesía? El marxismo era una "manifestación de

la descomposición" en la medida en que nunca hubiera podido aparecer si no se hubiera dado una

contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción capitalistas; pero, al mismo tiempo, ha sido el reconocimiento y el germen ideológico del nuevo orden social que se desarrollaba en el seno del antiguo. Más tarde reconsideraremos la perspectiva sociológica del psicoanálisis. Por ahora, recabaremos el auxilio del marxista Wittfogel, quien refuta esta objeción

mejor de lo que nosotros podríamos hacerlo:

"Ciertos críticos marxistas -los «iconoclastas»- no se cohíben al aplicar su juicio sobre la ciencia actual. Con una voz y un gesto tajantes afirman: ¡ciencia burguesa! y, para ellos, estas dos palabras solucionan todo el problema. Tal método ¡si es que se le puede dar este nombre! trabaja con el instru- mento de los bárbaros. De Marx y de su pensamiento dialéctico no ha tomado, por desgracia, más que el nombre. El dialéctico sabe que la cultura no es un todo uniforme, sabe que todo orden social tiene contradicciones y que en su seno crecen los gérmenes de nuevas eras sociales. Por consiguiente, el dialéctico no considera como valores inferiores ni como inútil todo aquello que las manos burguesas han ido creando durante la época de la burguesía."

2) El psicoanálisis es una ciencia idealista. Un conocimiento más profundo del tema les hubiera ahorrado a los críticos este juicio. Si tuvieran un poco de objetividad, no olvidarían que en la sociedad burguesa, cualquier ciencia, por materialista que sea en su base, da lugar, y no le queda más remedio que hacerlo así, a deformaciones idealistas. Durante el periodo de formación de la teoría, en el cual nos alejamos necesariamente, por poco que sea, del empirismo, puede comprenderse una desviación idealista sin que por ello pueda prejuzgarse la naturaleza real de la ciencia. Jurinetz se ha esforzado considerablemente tratando de subrayar las deformaciones idealistas del psicoanálisis. Por supuesto que las hay y numerosas, pero éste no es el problema. De lo que se trata, en realidad, es de analizar los elementos de la teoría, las concepciones funda- mentales de los fenómenos psíquicos.

En la discusión de las corrientes reformistas en política se menciona muy a menudo el psicoanálisis. Se trata de sacar partido del hecho de que la filosofía idealista apela a él de buena gana; De Man, por ejemplo, ha explotado de modo reaccionario el psicoanálisis contra el marxismo. También yo puedo afirmar -y aquí me refiero a los marxistas de izquierda- que puede enfrentarse al "marxismo" contra el marxismo de una forma reaccionaria similar. Cualquier crítico que conozca realmente el psicoanálisis nunca llegará a la idea de establecer vínculo alguno entre el "psicoanálisis" de De Man

y el de Freud. Es cuestión de preguntarse lo que pueda haber de común entre el socialismo

sentimental de De Man y la teoría de la libido, incluso cuando él invoca un psicoanálisis que nunca

comprendió. En el último capítulo trataré de demostrar que, en manos de los reformistas, el psicoanálisis sufre el mismo destino que el marxismo ortodoxo, esto es, envilecimiento y licuefacción.

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Los temas que estudiaremos son los siguientes:

1. La base materialista de la teoría psicoanalítica.

2. La dialéctica en lo espiritual.

3. La posición sociológica del psicoanálisis.

II.

deformaciones idealistas

Antes de demostrar el gran progreso que, en un sentido materialista, representa el psicoanálisis con respecto a la psicología que le precedió, fundamentalmente idealista y formalista, es conveniente eliminar de una vez por todas una engañosa concepción "materialista" de la vida psíquica, concepción que aún se halla muy extendida incluso entre los marxistas. Se trata del materialismo mecanicista tal como lo propugnaron los materialistas franceses del siglo XVIII, así como Büchner y tal como aún sobrevive en la concepción materialista vulgar 2 . Según esta concepción, los procesos psíquicos no tienen nada de material en sí mismos; el materialismo con- secuente no encuentra en lo mental más que fenómenos físicos simplemente. Para ciertos materia- listas, la misma noción de "espíritu" es un error espiritualista y dualista lo que, por supuesto, cons- tituye una reacción extrema contra el idealismo platónico refugiado en la filosofía burguesa. Según ellos, lo que es real y material no es el espíritu, sino los datos físicos que le corresponden, es decir, los datos objetivos, mensurables y ponderables y no los subjetivos. El error mecanicista consiste en identificar con lo material aquello que es mensurable y ponderable, es decir, tangible.

algunas

Las

nociones

materialistas

del

psicoanálisis

y

"El defecto fundamental de todo el materialismo precedente -escribió Marx-, el feuerbachiano incluido, reside en que sólo capta lo que toma por objeto (Gegenstand), la realidad efectiva, la sensibilidad, bajo la forma de objeto o de contemplación, no como actividad sensible humana, como praxis; no subjetivamente. Por eso, el lado activo fue desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo; pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, como es natural, no conoce la actividad efectiva, sensible, en cuanto tal. Feuerbach quiere objetos sensibles, realmente distintos de los objetos conceptuales, pero no concibe la actividad humana misma como una actividad que puede ser tomada por objeto (gegenständliche). 3

Para Marx, la cuestión de la objetividad, de la realidad material de la actividad psíquica ("del pen- samiento humano"), es una cuestión puramente escolástica cuando se la aísla de la práctica. Pero:

"La doctrina materialista de que los seres humanos son producto de las circunstancias y de la educación, y de que seres humanos diferentes son producto de circunstancias y educación distintas,

2 "El materialismo del siglo pasado era predominantemente mecánico porque, por aquel entonces, la mecánica, y además sólo la de los cuerpos sólidos -celestes y terrestres-, en una palabra, la mecánica de la gravedad, era, de todas las ciencias naturales, la única que había llegado en cierto modo a un punto de remate. La química sólo existía bajo una forma incipiente, flogística. La biología estaba todavía en mantillas; los organismos vegetales y animales sólo se habían investigado muy a bulto y se explicaban por medio de causas puramente mecánicas; para los materialistas del siglo XVIII el hombre era lo que para Descartes el animal: una máquina. Esta aplicación exclusiva del rasero de la mecánica a fenómenos de naturaleza química y orgánica en los que, aunque rigen las leyes mecánicas, éstas pasan a segundo plano ante otras superiores a ellas, constituía una de las limitaciones específicas, pero inevitables en su época, del materialismo clásico francés." F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, págs. 23-24.

3 K. Marx, Tesis sobre Feuerbach. [Ha de observarse que, en la concepción marxiana, la distinción entre lo subjetivo y lo objetivo es reconocida como meramente instrumental o analítica, de manera que la realidad objetiva (gegenständliche) se define como aquello que el observador toma efectivamente por objeto a través de sus sentidos. Así, al mismo tiempo, la realidad que toma como objeto es también la realidad concreta (de ahí que ambas traducciones del concepto de Gegenständ -realidad objetiva o concreta- sean válidas, distinguiéndose éste, por esta significación más compleja, del concepto simple de Objetivität que designa simplemente algo no-subjetivo, en sí exterior al sujeto, y que etimológicamente proviene del latín) - Nota de R.

Ferreiro].

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olvida que son los propios seres humanos quienes transforman las circunstancias, y que el educador mismo debe ser educado." 4

En ninguna parte habla Marx de negar la realidad material de la actividad mental. Pero, si se reconocen como prácticamente materiales los fenómenos de la estructura psíquica humana, se está obligado a reconocer igualmente la posibilidad teórica de una psicología materialista, incluso aunque no explique esta actividad mental de los procesos orgánicos. Si no admitimos este punto de vista, no podremos discutir como marxistas sobre un método puramente psicológico. Pero al mismo tiempo, lógicamente, tampoco podremos hablar de conciencia de clase, de voluntad revolucionaria, de ideología religiosa, etcétera; tendremos que contentarnos simplemente con esperar a que la química haya fijado las fórmulas de los fenómenos físicos correspondientes o a que la reflexología haya descubierto los reflejos de que se trata. Pero como una psicología de este tipo tiene que estar necesariamente ligada a un formalismo causal, sin dar acceso al contenido práctico de las ideas y de los sentimientos, jamás alcanzará una más alta comprensión del placer, del sufrimiento o de la conciencia de clase. Estas reflexiones zanjan la cuestión: parece indispensable que surja una psi- cología dentro del marco del marxismo, capaz de analizar los fenómenos psíquicos por medio de un método psicológico y no orgánico.

Es evidente que no bastará con que una psicología se ocupe de los datos materiales de la vida mental para calificarla de materialista; será necesario, sobre todo, que declare si considera la actividad psíquica como un dato metafísico, es decir, situado más allá de lo orgánico, o como una segunda función, injertada en lo orgánico y ligada a su existencia. Según Engels en la obra ya citada, el idealismo y el materialismo se distinguen esencialmente el uno del otro en que el primero le concede la primacía al "espíritu" y el segundo a la materia (orgánica), a la naturaleza, y Engels subraya que él no emplea estas dos nociones en otro sentido. En Materialismo y empiriocriticismo, Lenin toma como objeto de sus estudios críticos una segunda diferencia: a saber, la actitud que ambos observan frente a la teoría del conocimiento: si el mundo es real, si existe fuera e independiente de nuestro pensamiento (materialismo), o si no existe más que en nuestro espíritu, como representación, percepción y sensación (idealismo). Hay una tercera diferencia, ligada a las dos anteriores, que consiste en determinar si lo orgánico determina lo mental o viceversa.

Todos estos son los problemas que se le plantean al psicoanálisis. En lugar de dar una respuesta general, comenzaremos por exponer las teorías fundamentales del psicoanálisis. No intentaremos justificarlo, pues ese fin superaría con mucho el marco de nuestro trabajo y, además, sería estéril. El lector encontrará las pruebas en su experiencia empírica personal.

1. La doctrina psicoanalítica de los instintos

La teoría de los instintos constituye el armazón de las doctrinas psicoanalíticas y, dentro de ella, el elemento más sólido es la teoría de la libido, de la dinámica de la vida sexual.

El instinto es una "noción límite entre lo psíquico y lo somático". Freud entiende por libido la energía del instinto sexual. Según él, la fuente de la libido es un proceso químico mal conocido todavía, que se desarrolla en el organismo, especialmente en el aparato sexual y en las llamadas zonas "erógenas", es decir, en las partes del organismo que son especialmente sensibles a la excitación sexual y donde ésta última se concentra. Sobre estos pilares se edifica la poderosa superestructura de las funciones psíquicas de la libido. Esta superestructura continúa ligada a la base, se modifica con ella, tanto cualitativa como cuantitativamente -por ejemplo, en la pubertad- y comienza a extinguirse con ella, como en la menopausia. En la conciencia, la libido se refleja como una tendencia física y psíquica a la satisfacción sexual. Freud expresó la esperanza de que algún día conseguiría ver al psicoanálisis situado sobre sus fundamentos orgánicos; la idea de la estructura química de la sexualidad tiene gran importancia en su teoría de la libido, a título de noción auxiliar; sea como sea, el psicoanálisis no puede abordar metódicamente los fenómenos orgánicos concretos, los cuales son el campo de estudio reservado a la fisiología. El carácter material del concepto de libido elaborado por Freud aparece claramente corroborado por el hecho de que los fisiólogos han confirmado posteriormente su teoría sobre la sexualidad infantil, comprobando procesos evolutivos hasta en el aparato sexual del recién nacido.

4 K. Marx, Tesis sobre Feuerbach.

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Freud ha acabado con la concepción según la cual, sólo en la pubertad se despierta el instinto sexual; ha demostrado que, desde el nacimiento, la libido pasa por etapas concretas de desarrollo, antes de alcanzar el estadio de la sexualidad genital; ha ampliado el concepto de sexualidad, incorporándole todas las funciones del placer que no están ligadas a la esfera genital, pero que, indudablemente, tienen carácter sexual, como las tendencias eróticas orales, anales, etc. Las formas infantiles "pregenitales" de la actividad sexual se subordinan más tarde a la preponderancia de lo genital, a la supremacía del aparato sexual propiamente dicho.

Cada fase de evolución de la libido -más adelante volvemos a hablar del carácter dialéctico de esta evolución- está determinada por las condiciones de existencia del niño; de este modo, la fase oral se inicia con la ingestión de los alimentos, la fase anal con el aprendizaje de la limpieza. La ciencia, repleta de moral burguesa, se ha limitado a olvidar estos hechos, confirmando la concepción popular de la "limpieza" del niño. Además, la represión sexual de origen social se había convertido en un obstáculo para la investigación científica.

Entre los instintos, Freud distingue dos grupos principales, psicológicamente indivisibles: así, el ins- tinto de conservación y el instinto sexual coinciden de este modo con la distinción popular entre el hambre y el amor. Todos los otros instintos -voluntad de poder, ambición, codicia, etcétera-, para Freud, no son más que formaciones secundarias derivadas de aquellas dos necesidades fundamenta- les. En otra parte, Freud declara que el instinto sexual aparece basado sobre el de alimentación; esta tesis llegaría a alcanzar una gran importancia para la psicología social si consiguiéramos encontrar analogías con tesis parecidas de Marx, según las cuales la existencia social, la necesidad de alimentación, constituye también el fundamento de las funciones genitales de la sociedad.

Más tarde, Freud opone el instinto sexual al instinto de destrucción y alinea el de alimentación dentro del eros, en tanto que función del amor del Yo (narcisismo de conservación del Yo). Aún no se han perfilado claramente las relaciones entre la nueva y la antigua teoría de los instintos. Los nuevos conceptos de la teoría de los instintos (instinto de eros e instinto de destrucción) se han definido por analogía con las dos funciones fundamentales de la sustancia orgánica: asimilación (construcción) y desasimilación (destrucción); el eros engloba todas las tendencias del organismo psíquico que edifican, coordinan e impulsan; el instinto de destrucción, por el contrario, todas las tendencias que destruyen, desorganizan y reconducen al estado originario. De este modo, el desarrollo psíquico sería el resultado de una lucha entre estas dos tendencias antagónicas, la cual es una concepción esencialmente dialéctica del desarrollo. Sin embargo, no es aquí donde reside la dificultad; mientras que la base física del instinto sexual y del de alimentación resulta evidente, al concepto de instinto de destrucción le falta un fundamento material tan claro como éste: en este caso, la invocación del proceso orgánico de desasimilación representa más bien una analogía formal que un parentesco de real contenido.

El "instinto de la muerte" no puede ser materialista más que en la medida en que una relación real lo vincule a los procesos de autodestrucción dentro del organismo. No se puede negar, sin embargo, que su contenido impreciso, así como la imposibilidad de considerarlo desde este punto de vista -como se hace con la libido, por ejemplo-, lo convierten fácilmente en un refugio de especulaciones idealistas y metafísicas sobre la vida psíquica. Ya ha originado más de un malentendido en la psico- logía, y conducido a teorías finalistas y a exageración de las funciones morales, lo que para nosotros es una desviación idealista del psicoanálisis. Según el mismo Freud, el "instinto de la muerte" es una hipótesis extraclínica; pero no constituye un azar el que se le maneje tan fácilmente y que haya abierto la posibilidad de especulaciones inútiles dentro del psicoanálisis. A fin de reaccionar contra la corriente idealista que se ha desarrollado en el psicoanálisis con la nueva hipótesis de los instintos, el autor de estas líneas ha tratado de concebir el instinto de destrucción como dependiente de la libido e incluso de alinearlo dentro de la teoría materialista de la libido. Este intento descansa sobre la observación clínica: es posible comprobar que el carácter destructivo de un individuo y su sentimiento de culpabilidad dependen, al menos en cuanto a su intensidad, de la situación de la libido; la insatisfacción sexual hace aumentar la agresividad, y la satisfacción la hace disminuir. Según esta concepción, el instinto de destrucción es una reacción psicológica contra la falta de satisfacción sexual, y su base material está constituida por el desplazamiento de la excitación libidinal, derivada hacia el sistema muscular.

Es también indudable que el instinto de agresión es un instrumento del instinto de alimentación y que se fortalece mucho más cuando no se satisface suficientemente la necesidad alimenticia. A mi

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juicio, el instinto de destrucción es una formación secundaria, tardía, del organismo, determinada por las condiciones en las que se satisfacen los instintos de alimentación y sexualidad.

El regulador de la vida instintiva es el "principio placer-dolor". El instinto busca el placer y tiende a evitar el dolor. La tensión desagradable causada por el deseo no se puede suprimir más que satis- faciendo la necesidad que la originó. El fin del instinto, por tanto, es el de suprimir la tensión, supri- miendo esta tensión en la fuente del instinto. Esta satisfacción proporciona placer. Una excitación fí- sica en la zona genital, por ejemplo, provoca una excitación que, a su vez, engendra una necesidad (un instinto) de suprimir la tensión creada. Una excitación física de los órganos de la alimentación engendra el hambre e impulsa a la ingestión de los alimentos. Esta consideración causal comporta la consideración final, ya que el fin a que tiende el instinto está determinado por la fuente de la excita- ción. En este caso, el psicoanálisis se opone por completo a la psicología individualista de Alfred Adler, de orientación exclusivamente finalista.

Todo lo que engendra el placer, atrae; todo lo que engendra el dolor, rechaza; de este modo, el principio del placer determina el movimiento y la transformación del estado de cosas existente. La fuente de esta función es el aparato orgánico de los instintos, en particular la estructura química de la sexualidad. Una vez satisfecha la necesidad, sobreviene un periodo de reposo, a cuyo final se recupera de nuevo el aparato de los instintos. En la base de esta tensión se encuentran fenómenos de asimilación y desasimilación.

Sin embargo, el modo de funcionamiento de las dos necesidades humanas fundamentales no adquiere su forma peculiar más que en la existencia social del individuo. Éste último, en efecto, limita la satisfacción de los instintos. Al enunciar el "principio de la realidad", Freud reunió en él todas las limitaciones y todos los temores sociales encaminados a rebajar las necesidades o a retardar su satisfacción. Este "principio de la realidad" se opone, pues, en parte al principio del placer, en la medida en que prohíbe completamente ciertas satisfacciones; pero también lo modifica igualmente, en la medida en que obliga al individuo a buscar satisfacciones complementarias o a retrasar una satisfacción determinada. El niño de pecho, por ejemplo, no puede absorber su alimento más que a ciertas horas; la joven púber en la sociedad actual no puede satisfacer inmediatamente sus necesidades sexuales naturales. Los intereses económicos (los burgueses dirían los "intereses culturales") la obligan a conservar su virginidad hasta el matrimonio, so pena de incurrir en el desprecio público o de no encontrar marido. El impedimento de la satisfacción directa del erotismo anal, tal como lo practica el niño, es también consecuencia del principio de la realidad.

Pero, la definición del principio de la realidad como una exigencia social, sigue siendo formal si no se añade concretamente que, el principio de la realidad, bajo la forma que reviste hoy día, es el principio de la sociedad actual. En el psicoanálisis se dan numerosas desviaciones en cuanto a la concepción del principio de la realidad. De este modo, a veces se lo presenta como un dato absoluto. Por adaptación a la realidad se comprende simplemente adaptación a la sociedad, lo que tanto en la pedagogía como en la terapéutica de las neurosis constituye indudablemente una formulación reaccionaria. Dicho claramente: el principio de la realidad en la época capitalista impone al proletario una limitación extrema de sus necesidades, no sin invocar a este fin las obligaciones religiosas de la humildad y de la modestia. También impone la forma sexual monogámica y muchas otras cosas, todo ello fundado sobre las condiciones económicas; la clase dominante posee un principio de la realidad que sirve para el mantenimiento de su dominación. Inculcar este principio al proletariado, hacérselo admitir como absolutamente valedero en nombre de la cultura, todo ello equivale a obligarle a suscribir su propia explotación, a admitir la sociedad capitalista. Es preciso ver con claridad que el principio de la realidad, tal como hoy lo conocen muchos psicoanalistas, corresponde a una actitud conservadora (aunque quizá sea inconsciente) que se encuentra, por lo tanto, en contradicción con el carácter objetivamente revolucionario del psicoanálisis. En su origen, el principio de la realidad tenía otro contenido, y se modificará en la medida en que se modifique el orden social.

Por supuesto, el contenido concreto del principio del placer tampoco es absoluto y se transforma con el modo social de existencia. Por ejemplo, en una época en que se concede una gran importancia a la propiedad, la satisfacción anal será más débil y la tendencia a esta satisfacción más fuerte que en una sociedad primitiva. Esta diferencia también se expresa cualitativamente en la formación de los rasgos de carácter dados. Pensemos solamente en la estética edificada sobre el erotismo anal y en los diferentes sentidos que poseemos, ya sea en la época burguesa, ya en la

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primitiva o en la medieval. Algunos elementos de la tendencia al placer quedan más acusados que otros; ello depende, naturalmente, de la clase a la que pertenece el niño. De este modo, las tendencias anales parecen estar más desarrolladas en la burguesía que entre el proletariado, en tanto que, inversamente, los impulsos genitales están más desarrollados en el proletariado. También hay que tener en cuenta, sin embargo, la educación y las condiciones de alojamiento.

No cabe duda de que la diferencia en las disposiciones biológicas no es ni muy grande ni deter- minante. Pero el medio social comienza a configurar el contenido del principio del placer a partir del nacimiento. Las investigaciones del futuro nos dirán quizá si las diferencias en las condiciones de ali- mentación no influyen sobre el mismo germen y no determinan la calidad de sus impulsos.

2. La teoría del inconsciente y de la represión

Freud distinguía tres sistemas en el aparato psíquico. En primer lugar, el consciente, que compren- de la función de percepción del aparato sensorial y el conjunto de las representaciones y de los sentimientos conscientes. Luego, el preconsciente, que engloba todas las representaciones inconscientes en un momento dado, pero que en cualquier momento pueden llegar a ser conscientes. Ambos sistemas eran ya bien conocidos en la psicología preanalítica. Lo que los investigadores no psicoanalistas clasifican como el "inconsciente" (paraconsciente, subconsciente, etcétera) forma parte integrante del sistema del preconsciente de Freud. El verdadero descubri- miento de Freud radica en el tercer sistema, el inconsciente, caracterizado por el hecho de que sus contenidos no pueden llegar a ser conscientes, ya que una censura "preconsciente" les impide el acceso a la conciencia. Tal censura no tiene nada de místico: se limita a tomar prestada del mundo exterior una serie de prohibiciones y prescripciones.

El inconsciente no solamente comprende los deseos y representaciones prohibidas, que no pueden llegar a convertirse en conscientes, sino también (presumiblemente) representaciones hereditarias a las que corresponden los símbolos. Pero el inconsciente también se modifica con el paso del tiempo. La experiencia clínica muestra, en efecto, que el desarrollo de la técnica crea nuevos símbolos; de este modo, durante la época de los globos Zeppelin, muchas mujeres soñaban con estos buques aéreos como representación del órgano sexual masculino.

Las investigaciones demostraron que el inconsciente contiene mucho más que la sola zona de la represión, por lo que Freud se decidió a completar su teoría sobre la estructura del aparato psíquico, distinguiendo entonces entre el Ello, el Yo y el Super Yo.

El Ello, por su parte, no se encuentra por encima de los sentidos, sino que expresa la parte biológica de la personalidad, otra de cuyas partes está constituida por el inconsciente en el sentido en que se le definía anteriormente, por la zona de represión propiamente dicha.

¿Qué es la represión? Es un proceso que se desarrolla entre el Yo y las aspiraciones del Ello. Cada niño trae ciertos instintos al nacer y, en sus tiernos años, adquiere deseos que no puede satisfacer, porque la gran sociedad y la pequeña (la familia) no se lo permiten (deseos incestuosos, anales, exhibicionistas, sádicos, etcétera). La sociedad, en la persona de su educador, exige del niño que reprima sus deseos. El niño, dotado de un Yo débil y obedeciendo preferentemente al principio del placer, no consigue reprimir los deseos más que desterrándolos de la conciencia, ignorándolos voluntariamente. Por la represión, los deseos se hacen involuntarios. Otro modo, también social, de supresión de los deseos irrealizables, es la sublimación, contrapartida de la represión: en lugar de reprimir el instinto, se le canaliza hacia una actividad social posible.

Vemos, pues, que el psicoanálisis no puede concebir al niño sin la sociedad; para él, el niño no existe sino en tanto que ser social. La sociedad ejerce sobre los instintos primitivos una acción con- tinua, limitadora, modificadora y aceleradora. Los dos instintos fundamentales se comportan, sin embargo, de modo diferente. El hambre es más rígida, más implacable y exige más imperiosamente que el instinto sexual una satisfacción inmediata; en cualquier caso, no se la puede reprimir como a éste. El instinto sexual es modificable, plástico, sublimable; sus rasgos constitutivos son transformables en sus contrarios; pero, sin embargo, no pueden renunciar por completo a la satisfacción. La energía invertida en las actividades sociales, comprendidas las que satisfacen el

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instinto sexual, provienen de la libido. Desde el momento en que ésta cae bajo la influencia de la sociedad, se convierte en el motor del desarrollo psíquico.

El motor de la represión es el instinto de conservación del Yo. El Yo domina sobre el instinto sexual

y del conflicto entre ambos resulta el desarrollo psíquico. Abstracción hecha de su mecanismo y de sus efectos, la represión es un problema social, ya que su contenido y sus modalidades dependen de la existencia social del individuo. Esta existencia se halla concentrada ideológicamente en un conjunto de fórmulas, de prescripciones y prohibiciones, esto es, en el Super Yo. Sin embargo, gran parte de todo esto es inconsciente.

El psicoanálisis remite toda la ética humana a las influencias de la educación, y de este modo, rehusa admitir un carácter metafísico propio de la moral, algo así, por ejemplo, como la noción moral de Kant. Analiza la moral con un espíritu materialista, relacionándola con la experiencia y el instinto de conservación, así como con el miedo al castigo. La moral aparece en el niño, ya sea por miedo al castigo, ya por amor al educador. Cuando Freud habla de una "moral inconsciente" y de "sentimientos inconscientes de culpabilidad", entiende solamente con ello que, con los deseos prohibidos, también se reprimen ciertos elementos del sentimiento de culpabilidad; es el caso, por ejemplo, de la prohibición del incesto. Jurinetz demuestra que no ha comprendido nada del concepto de sentimiento inconsciente de culpabilidad, cuando piensa que con él se admite disimuladamente una esencia moral originaria del Yo, una especie de error metafísico.

A pesar del psicoanálisis que aplican, y debido a quién sabe qué razones, ciertos analistas pueden

creer en la moral y en la divinidad original del hombre, pero no obtienen esta fe del psicoanálisis. Precisamente al contrario, el psicoanálisis destruye radical y científicamente una creencia tal, negán- dole a la filosofía el derecho a discutir de moral. Dejemos a cada analista resolver a su manera el

conflicto entre su creencia moral y en Dios y sus convicciones psicoanalíticas. No hay por qué inquie- tarse por el psicoanálisis, en tanto éste no comience a enredarse en especulaciones metafísicas. La teoría del sentimiento inconsciente de culpabilidad no refuta, pues, la teoría del inconsciente, como teme Jurinetz, ya que, por el contrario, remite la aparición de la moral a sus bases materiales.

Hasta el momento hemos demostrado que el Ello y el Super Yo se hallaban lejos de las construcciones metafísicas y que su contenido podía remitirse íntegramente a las necesidades y actividades reales del mundo exterior.

Cierto que la obra de Freud, Más allá del principio del placer, propendía a dar nacimiento a concepciones erróneas en el psicoanálisis. Su mismo autor, sin embargo, ha criticado este trabajo, tanto por escrito como oralmente, especificando que no se situaba en el terreno del psicoanálisis clínico. Si, no obstante, la obra ha servido como punto de partida para especulaciones completamente inconsistentes en relación con la hipótesis del instinto de muerte, ello se debe a que la teoría de la libido es bastante incómoda para la ideología burguesa y que ésta la cambiaría de buena gana por una hipótesis menos escabrosa.

Desde el momento en que la naturaleza del Yo está ligada a todo el sistema perceptivo de los ór- ganos sensoriales, no se puede poner en duda su naturaleza material. Además, como ya hemos dicho, para Freud el Yo deriva de la influencia de las excitaciones materiales sobre el aparato de los instintos. Para él, el Yo no es otra cosa que un aspecto particularmente diferenciado del Ello, un ta- pón, una especie de órgano de protección entre el Ello y el mundo real. El Yo no es libre en sus ac- ciones, depende del Ello y del Super Yo, es decir, de lo biológico y de lo social. Por tanto, el psicoanálisis combate el libre albedrío, y esta concepción coincide por completo con la de Engels: "El libre albedrío no es otra cosa que la capacidad de decidir con conocimiento de causa". El paralelismo es tan estricto que hasta se expresa en la concepción fundamental de la terapéutica analítica de las neurosis: al tomar conciencia de lo que está reprimido en él, retrayendo su inconsciente al consciente, el enfermo adquiere la posibilidad de decidirse con mejor "conocimiento de causa" que en aquella situación en la cual sus tendencias esenciales eran inconscientes. Por supuesto, no es éste el libre albedrío en el sentido en que lo entienden los metafísicos, sino que se halla siempre limitado por las exigencias de las necesidades naturales. Cuando los deseos sexuales se hacen conscientes, el enfermo no puede decidirse a reprimirlos de nuevo y también le resulta imposible decidirse por una continencia perdurable, aunque puede decidirse a vivir continuamente durante algún tiempo. Tras un análisis atinado, el Yo no ha sacudido el vínculo que lo subordina al Ello y a la sociedad, ha aprendido solamente a resolver mejor sus conflictos.

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Según las condiciones que determinan su aparición, resulta que el Yo (en parte) y el Super Yo (en su totalidad) comprenden en su contenido concreto cuestiones que se hallan relacionadas con el orden social. En la época platónica, el Super Yo femenino era esencialmente distinto del de la socie- dad capitalista y los contenidos del Super Yo se modifican en la medida en que, en el interior de una sociedad dada, se prepara ideológicamente la sociedad que habrá de seguirla. Este proceso es tan válido para la moral sexual como para la sacrosanta propiedad. También es diferente, por otro lado, según el lugar que el individuo ocupa en el proceso de producción.

Pero ¿cómo actúa la ideología social sobre el individuo? La sociología marxista hubo de descartar esta cuestión por no ser de su incumbencia; el psicoanálisis, en cambio, puede responder: la familia, completamente imbuida por la ideología de la sociedad, esa familia que constituye la célula ideológica de la sociedad, representa provisionalmente a esta última ante el niño, incluso antes de que haya entrado en el proceso de producción. La relación edipiana no implica más que actitudes instintivas; en efecto, la manera en que el niño reacciona ante el complejo de Edipo y lo supera está condicionada indirectamente tanto por la ideología social como por el puesto que ocupan sus padres en la producción; debido a esto, las soluciones del complejo de Edipo, como todo lo demás, dependen, en último término, de la estructura económica de la sociedad. Y aún hay más: el mismo hecho de la aparición del complejo de Edipo se le puede atribuir a la estructura particular de la familia, condicionada por la sociedad. En el próximo capítulo estudiaremos la naturaleza histórica no solamente de las formas, sino también de la existencia del complejo de Edipo.

Examinemos ahora un nuevo problema: el de si los conceptos materialistas del análisis han revelado igualmente la dialéctica de los procesos psíquicos. Antes de contestar a ello, recordemos los principios esenciales del método dialéctico tal como lo elaboraron Marx y Engels y lo aplicaron sus discípulos.

La dialéctica materialista de Marx apareció como la réplica a la dialéctica de Hegel, auténtico fun- dador del método dialéctico. Hegel consideraba la dialéctica de los conceptos como el primer factor del desarrollo histórico y no veía en el mundo más que el reflejo de las ideas o de los conceptos que evolucionaban dialécticamente. Por su parte, Marx transformó en un sentido materialista esta concepción del mundo; para emplear sus mismos términos: puso "sobre los pies" todo el edificio hegeliano, reconociendo en el fenómeno material el primer factor al que están subordinadas las ideas. Tomando prestada de Hegel la concepción dialéctica del fenómeno, barría al mismo tiempo con el idealismo metafísico hegeliano y con el materialismo mecanicista del siglo XVIII. Los principios esenciales del materialismo dialéctico son los siguientes:

1.- La dialéctica no se limita a ser una forma del pensamiento; existe en la materia independien- temente de aquél o, dicho de otro modo, el movimiento de la materia es objetivamente dialéctico. El dialéctico materialista no le atribuye a la materia lo que sólo se encuentra en su cerebro, sino que abarca directamente el fenómeno material de la realidad objetiva con ayuda de sus sentidos y de su pensamiento, el cual también está sometido a las leyes de la dialéctica. Es evidente que este punto de vista se encuentra exactamente en las antípodas del idealismo kantiano.

2.- El desarrollo, no sólo de la sociedad, sino también de todos los demás fenómenos, comprendidos los naturales, no se origina, como lo afirman todos los metafísicos, ya sean idealistas o materialistas, en un "principio de desarrollo", o en una "tendencia al desarrollo inherente a todas las cosas", sino que tal desarrollo es el resultado de una contradicción interior, de las contradicciones contenidas en la materia, de un conflicto entre esas contradicciones; conflicto imposible de resolver dentro del modo de existencia dado, de forma que las contradicciones lo rompen para crear otro, en el cual aparecen a su vez nuevas contradicciones, y así sucesivamente.

3.- Lo que objetivamente engendra el desarrollo dialéctico no es ni bueno ni malo, sino inevitable y necesario. En cualquier caso, lo que comenzó por favorecer el desarrollo puede acabar por paralizarlo. De esta manera, el modo de producción capitalista dio primeramente un enérgico impulso al desarrollo de las fuerzas productivas técnicas, para pasar a ser más tarde, por el juego

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de las contradicciones inmanentes, un obstáculo a aquel desarrollo. El modo socialista de producción libera de este estorbo al desarrollo.

4.- El desarrollo dialéctico, surgido de las contradicciones, hace que nada sea perenne. Todo lo que es lleva en sí el germen de su desaparición. Como lo ha demostrado Marx, una clase que quiere con- solidar su dominación no puede aceptar la concepción dialéctica, so pena de condenarse a sí misma a muerte. La aparición de la burguesía dio nacimiento a una clase, el proletariado, cuyas condiciones de existencia implican la desaparición del capitalismo. Este es el motivo por el cual únicamente la clase obrera puede reconocer práctica e íntegramente la dialéctica, mientras que la burguesía tiene que estancarse necesariamente en un idealismo absoluto.

5.- Todo desarrollo es la expresión y la consecuencia de una negación doble o negación de la negación. Tomemos una vez más un ejemplo de la evolución social. La producción de mercancías fue la negación del comunismo primitivo, en el cual no se producía otra cosa que valor de uso. El orden económico socialista es la negación de la primera negación; niega la producción de mercancías y, dando un rodeo, alcanza un estadio superior, la afirmación de aquello que fue negado, la producción de valor de uso, el comunismo.

6.-Las contradicciones no son absolutas, sino que se interrelacionan mutuamente. Al llegar a un punto determinado, la cantidad se convierte en calidad. Toda causa de un efecto dado es, al mismo tiempo, efecto de este último en su actuación como causa. No hay simplemente acción recíproca de unos fenómenos claramente separados, sino interpenetración de tales fenómenos, acción y reacción del uno sobre el otro. En ciertas condiciones determinadas, además, un elemento puede transformarse en su contrario.

7.- El desarrollo dialéctico es progresivo, pero, en ciertos momentos, avanza a saltos. Si se enfría progresivamente, el agua no se convierte en hielo poco a poco, sino que, al llegar a un determinado punto, la calidad agua se transforma en la calidad hielo. Sin embargo, de ello no se deduce que este cambio haya surgido de la nada bruscamente; se ha desarrollado, en efecto, poco a poco, dialécticamente, hasta llegar al salto. Así es como la dialéctica resuelve también, sin suprimirla, la contradicción evolución-revolución. La evolución prepara primeramente la transformación del orden social (socialización del trabajo, proletarización de la mayoría, etcétera), que después realiza la revolución.

Tratemos ahora de estudiar algunos fenómenos típicos de la vida mental revelados por el análisis, para poner de manifiesto su dialéctica, la que, repitamos, no hubiera podido aparecer sin el psico- análisis.

Tomemos primeramente como ejemplo la formación dialéctica del síntoma en la neurosis, descrita por primera vez por Freud. Según Freud, el síntoma neurótico nace del hecho de que el Yo, socialmente avasallado, se defiende al principio contra un impulso instintivo y después lo reprime. Esa represión de un impulso instintivo no constituye, en sí misma, un síntoma; para ello es necesario que el instinto reprimido intente salir de nuevo a la luz y reaparezca disfrazado de algún modo, ya convertido en síntoma. Según Freud, el síntoma contiene al mismo tiempo el impulso contra el que se defiende el sujeto y la misma defensa; el síntoma comprende dos tendencias opuestas. ¿En qué reside, pues, la dialéctica del modo de formación del síntoma? El Yo del individuo está sometido a la presión de un "conflicto psíquico". La situación contradictoria, compuesta de un lado por un impulso instintivo y, por otro, por la realidad, que rechaza y castiga la satisfacción, exige una solución. El Yo es demasiado débil para desafiar la realidad, demasiado débil también para dominar el instinto. Esta debilidad del Yo, consecuencia a su vez de una evolución anterior, en la que la formación del síntoma no representa más que una fase, constituye el marco dentro del cual se desarrolla el conflicto. Este último se resuelve del modo siguiente: obedeciendo a las exigencias sociales, en realidad, para no desaparecer o no recibir un castigo, es decir, por instinto de conservación, el Yo reprime el instinto en cuestión.

La represión es, por lo tanto, la consecuencia de una contradicción insoluble en ese estado de conciencia. El instinto se hace inconsciente y el conflicto recibe una solución temporal, bien es cierto que patológica. Segunda fase: tras la represión del deseo, negado y afirmado a la vez por el Yo, el mismo Yo se encuentra modificado: su conciencia ha perdido un elemento (el instinto) y ha ganado otro (el aplacamiento pasajero). Pero no por estar reprimido puede el instinto renunciar a su

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satisfacción; reprimido puede tanto menos, cuanto que ya no se encuentra sometido al control de la conciencia. La represión evoluciona hacia su propia desaparición: en efecto, libera una gran acumulación de energía instintiva que acaba por darse una salida rompiendo la represión. Este proceso nuevo es el resultado de la contradicción entre la represión y la acumulación de energía, del mismo modo que la represión era la consecuencia de la contradicción entre el deseo y el rechazo del mundo exterior (bajo condición de que el Yo sea débil). No hay, por tanto, una "tendencia" a la formación del síntoma; como hemos podido ver, el desarrollo es un resultado de las contradicciones del conflicto psíquico. Al mismo tiempo que nos encontramos con la represión, tenemos la condición que preludia su ruptura, esto es, la acumulación de energía resultante del instinto no satisfecho. ¿Regresamos al estadio primitivo a través de la ruptura de la represión en la segunda fase? Sí y no. Sí, en el sentido de que el instinto vuelve a dominar al Yo; no, en el sentido de que el instinto se encuentra ahora en la conciencia bajo una forma modificada, disimulada, bajo la forma de síntoma. Este último contiene el antiguo elemento (el instinto), al mismo tiempo que su contrario (la resistencia del Yo). En la tercera fase (síntoma), los elementos antagónicos del principio se reúnen en un solo y único fenómeno: la negación (ruptura) de la negación (de la represión). Detengámonos un momento para ilustrar mediante un ejemplo concreto la experiencia psicoanalítica.

Tomemos el caso de una mujer casada que temía que unos ladrones imaginarios la asaltasen provistos de un cuchillo. La mujer no puede quedarse sola en una habitación y en cada rincón cree encontrar odiosos criminales. El análisis revela lo siguiente:

Primera fase: conflicto psíquico y represión. Con anterioridad a su matrimonio, esta mujer había conocido a un hombre que la acosaba con proposiciones a las que ella hubiera cedido de buena gana, de no encontrarse impedida para ello por la moral. Pudo resolver el conflicto consolándose con la perspectiva del matrimonio; pero el hombre la abandonó. Ella se casó con otro, sin poder olvidar al primero, cuya imagen no cesaba de atormentarla. Tras haberlo encontrado de nuevo, la mujer cayó en un grave conflicto entre su deseo y su respeto a la fidelidad conyugal. En tales condiciones, el conflicto era insoportable e irresoluble, ya que su deseo era tan fuerte como sus principios morales. Comenzó a esquivar al hombre (resistencia) y pareció terminar por olvidarlo. No se trataba de un olvido auténtico, sino de una represión. Se creyó curada y ya no volvió a pensar más en él, al menos conscientemente.

Segunda fase: ruptura de la represión. Poco tiempo después, la mujer tuvo una violenta querella con su marido porque éste flirteaba con otra mujer. Como se pudo establecer más tarde, ella argumentó del siguiente modo durante la querella: "Si tú tienes derecho a hacerlo, yo sería muy im- bécil si no me lo permitiera también"; acababa de recordar la imagen del primer hombre amado. Pero la idea era demasiado peligrosa; quizá esto pudiera hacer renacer todo el antiguo conflicto. Desde entonces, dejó de preocuparle esta idea consciente: la había reprimido otra vez. Pero durante la noche siguiente hizo su aparición un estado de angustia; de repente tuvo la sensación de que un extraño se deslizaba hacia su cama para violarla. El instinto había vuelto a la conciencia bajo una forma disimulada, bajo el aspecto de su contrario directo: al extraño ya no se le desea; se le teme.

Este disfraz (fase tercera) era la base de la formación del mismo síntoma; interpretamos el hecho de que un hombre se deslice hacia la cama de una mujer durante la noche como la realización de un deseo reprimido, el de cometer adulterio. (El análisis reveló que, sin saberlo, la mujer había repetido la imagen de su primer enamorado: la estatura, el color de los cabellos, etcétera, eran idénticos.) El síntoma en cuestión, sin embargo, contiene también la resistencia, el miedo al hombre. Más tarde, el elemento "ser violada" dejó su lugar en el miedo al de "ser asesinada", en correspondencia con un nuevo disfraz del contenido del síntoma, hasta entonces excesivamente transparente.

Este ejemplo nos muestra no sólo la fusión de dos contradicciones primitivamente separadas en un solo fenómeno, sino también la transformación de un fenómeno en su contrario, del deseo en la angustia. Esta transformación de la energía sexual en angustia, uno de los descubrimientos primeros y más importantes de Freud, presume que, en condiciones determinadas, la misma energía produce un resultado exactamente contrario al que produciría en otras condiciones.

Hay otro principio de experiencia dialéctica expreso en nuestro ejemplo. Lo nuevo (el síntoma) contiene también lo antiguo (la libido); sin embargo, lo antiguo ya no es idéntico a sí mismo: se ha convertido al mismo tiempo en algo completamente distinto, a saber: la angustia. La contradicción dialéctica entre la libido y la angustia se resuelve también de otra manera, partiendo de la

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contradicción entre el Yo y el medio. Antes de abordar este tema, citemos algunos ejemplos para ilustrar aún mejor la dialéctica de la estructura psíquica. Tomemos el paso de la cantidad a la ca- lidad: la represión o el simple estrangulamiento de un impulso instintivo es, hasta cierto punto, agradable para el Yo, puesto que suprime un conflicto; mas, a partir de un cierto grado, el placer se transforma en dolor. La excitación ligera de una zona erógena, incapaz de dar lugar a la satisfacción final, es agradable; pero si la excitación se prolonga, el placer se transforma en dolor.

La tensión y el alivio constituyen fenómenos y nociones dialécticas. Nada lo pone más claramente en evidencia que el instinto sexual. La tensión de una excitación sexual aumenta el deseo, pero la satisfacción adquirida en el curso mismo de la excitación disminuye la tensión, que, al mismo tiempo, es un alivio. La tensión prepara de este modo el próximo alivio, de la misma manera que la tensión de un resorte prepara su distensión. Por el contrario, el alivio se produce cuando la tensión llega al máximo -por ejemplo, en el acto sexual o en el teatro, en las escenas que preparan el desenlace- al mismo tiempo que es el punto de partida de una nueva tensión.

El principio de identidad de los contrarios aparece en la noción de libido narcisista y libido del objeto. Según Freud, el amor a uno mismo y el amor al objeto no son sino contrarios; el amor al objeto proviene de la libido narcisista y, en cualquier momento, puede volver a su punto de partida; pero, en la medida en que los dos representan tendencias amorosas, son idénticos; muy a menudo llegan a una fuente común, el aparato sexual somático y el "narcisismo primitivo". Tomemos ahora las nociones de "consciente" e "inconsciente". Son contrarias, pero en la neurosis de angustia pueden ser a la vez contrarias e idénticas. Los enfermos que la padecen reprimen las representaciones del modo siguiente: se limitan a desviar su atención de ellas, a despojarlas de su aderezo afectivo; la representación "reprimida" es en todo momento consciente e inconsciente, es decir, que el enfermo puede producirla, pero ignora su significación. Las nociones de Yo y de Ello también expresan contrarios idénticos. El Yo no es más que una fracción particularmente diferenciada del Ello; pero, en ciertas condiciones, se convierte en su adversario, en su antagonista funcional.

El concepto de identificación corresponde no solamente a un fenómeno dialéctico, sino también a una identidad de contrarios. Para Freud, la identificación consiste en que el sujeto "se apropia" de su educador (o se "identifica" con él); a este educador se le ama y se le odia al mismo tiempo y el sujeto hace suyos los principios y cualidades de aquél. Generalmente, en este momento desaparece la relación de objeto. La identificación pone fin al estado de relación de objeto y, por tanto, es su contrario, su negación, aunque al mismo tiempo mantiene esa relación de objeto bajo otra forma y, por consiguiente, también constituye una afirmación. En la base de esta situación se encuentra el siguiente conflicto: "Amo a X, el educador; me prohíbe muchas cosas y por eso lo odio y quisiera destruirlo, suprimirlo; pero también lo amo y, por ello, quisiera conservarlo". Esta situación contra- dictoria, que no puede subsistir a partir del momento en que los impulsos antagónicos alcanzan una cierta intensidad, puede resolverse del siguiente modo: "Yo lo absorbo, me identifico con él, lo destruyo (es decir, destruyo mis relaciones con él) en el medio, pero lo conservo en mí, modificado; lo he destruido y conservado, al mismo tiempo".

Dentro de la noción psicoanalítica de ambivalencia, la del y el no concomitantes, se encuentra asimismo una gran cantidad de fenómenos dialécticos, de entre los cuales no señalaremos más que el más importante: el de la transformación del amor en odio, y viceversa. El odio puede significar amor; el amor, odio. Estas dos tendencias son idénticas en la medida en que tanto la una como la otra posibilitan intensas relaciones con el prójimo. La transformación en el contrario es una propiedad que Freud le atribuye a los instintos en general. No obstante, en esta transformación lo antiguo no desaparece; se mantiene íntegramente conservado en su contrario. De la misma manera, los contrarios perversión y neurosis se resuelven dialécticamente en cuanto que toda neurosis es una perversión negada y viceversa.

La represión sexual tradicional nos muestra un bello ejemplo de desarrollo dialéctico. Entre los pri- mitivos se da un violento antagonismo entre el tabú del incesto con respecto a la hermana (y a la madre) y la licencia sexual frente a las otras mujeres; pero la limitación sexual se extiende progre- sivamente, primero a las primas, luego a todas las mujeres del mismo clan y después, extendiéndose aún más, acaba por transformarse cualitativamente, dando lugar a una nueva actitud hacia la sexualidad en general: esto es lo que sucede con el patriarcado y especialmente, con la institución del cristianismo. A su vez, la represión acentuada de la sexualidad en general engendra

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su contrario, en el hecho de que se rompe realmente el tabú de las relaciones infantiles entre el hermano y la hermana. Debido a una represión sexual demasiado pronunciada, los adultos ya no saben nada de la sexualidad infantil, de forma que los juegos sexuales entre hermano y hermana ya no se consideran sexuales y se admiten como la cosa más natural en las familias más "distinguidas". El primitivo ni siquiera tiene el derecho de mirar a su hermana; en lo que se refiere a las demás, es completamente libre desde el punto de vista sexual; el civilizado agota sobre su hermana su sexualidad infantil; en lo que se refiere a las demás, se halla obstaculizado por severos principios morales.

Veamos ahora en qué medida ha revelado el psicoanálisis la dialéctica de la estructura psíquica en lo que concierne también al desarrollo general del individuo en la sociedad. A este respecto, tenemos dos cuestiones importantes que considerar:

En primer lugar, ¿puede la dialéctica de los fenómenos psíquicos retrotraerse a la contradicción primitiva, soluble también, entre el Yo (instinto) y el medio? En segundo lugar, ¿cómo se contradi- cen mutuamente las concepciones racional e irracional y, a pesar de todo, pasan de la una a la otra?

En el primer capítulo hemos expuesto ya la concepción del psicoanálisis freudiano, según la cual, psíquicamente el individuo viene al mundo como si fuera un conjunto de necesidades y de instintos que corresponden con ellas. Como ser social, se inserta de inmediato con sus necesidades en la so- ciedad, no solamente en la sociedad estrecha de la familia, sino indirectamente, por intermedio de los vínculos económicos de la existencia familiar, en la sociedad en el sentido amplio del término. Reducida a su más simple expresión, la estructura económica de la sociedad -gracias a innumerables lazos: clase social de los padres, etcétera-, actúa sobre el instinto del Yo del recién nacido. Si éste modifica su entorno, tal entorno modificado reacciona a su vez sobre él. La armonía reina en su estructura psíquica. Sin embargo, hay en gran medida una contradicción entre las necesidades instintivas y el orden social, cuyo representante, como hemos dicho, es la familia (y más tarde, la escuela). Esta contradicción aboca a un conflicto, punto de origen de modificaciones, y como el individuo es el adversario más débil, estas modificaciones se producen en su estructura psíquica. Conflictos similares a éstos, resultantes de contradicciones (que serían insolubles si el niño estuviera dotado de una estructura inmutable), surgen cada día, incluso cada hora, y constituyen auténticos elementos motores. Cierto que en el psicoanálisis se habla de disposición, de tendencias al desarrollo, etcétera, pero los datos que hasta el momento se conocen sobre el desarrollo de la primera infancia abundan únicamente en favor del desarrollo por contradicciones, de etapa en eta- pa. Se distinguen varias etapas en el desarrollo de la libido; se dice que la libido atraviesa por etapas de desarrollo, pero la observación muestra que, si no se produjera el rechazo de la satisfacción de los instintos, no habría etapa que pudiera preceder a la otra. De esta manera, y debido al conflicto que genera en el niño, el rechazo de la satisfacción del instinto se convierte en el motor de su desarrollo. Dejamos de lado la parte que corresponde a la herencia en ese desarrollo, porque resulta imposible calificar de tal, por ejemplo, la disposición de las zonas erógenas y del aparato de percepción. Esta parte aún constituye un campo obscuro de las investigaciones biológicas. El problema de la naturaleza de su dialéctica no se plantea aquí. Tenernos que contar con ella, pero de momento nos contentamos con la fórmula de Freud, según la cual, la disposición de los instintos tiene la misma parte que la experiencia en el desarrollo.

Las prohibiciones cumplen un papel de primer orden en tanto que factores del desarrollo, al lado de las satisfacciones de los instintos. La contradicción entre el instinto del Yo y el mundo exterior acaba por convertirse en una contradicción interna.

Justamente bajo la influencia del mundo exterior comienza a desarrollarse en el aparato psíquico un elemento obstaculizador, el Super Yo. Lo que primeramente era temor al castigo se convierte en impedimento moral. El conflicto entre el instinto y el mundo exterior se convierte en conflicto entre el Yo y el Super Yo. No olvidemos, sin embargo, que los dos son de naturaleza material, el primero porque se alimenta orgánicamente, el segundo porque se edifica en última instancia sobre el Yo, en interés del instinto de conservación. El instinto de conservación (narcisismo) limita la agresividad. De este modo, las dos necesidades fundamentales que primitivamente -en el niño de pecho y más tarde en multitud de ocasiones- no constituyen más que una, entran en oposición y, de conflicto en conflicto, impulsan el desarrollo y ello no al azar, sino precisamente a causa de la presión social. Si los conflictos interiores y exteriores determinan de una manera por completo general el desarrollo, la existencia social rellena con sus representaciones y contenidos reales tanto los fines instintivos

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como los impedimentos morales. El psicoanálisis puede confirmar, por tanto, la tesis de Marx, según

la

cual, es la existencia social la que determina la "conciencia", es decir, las representaciones, fines

e

instintos, ideologías sociales, etcétera, y no al contrario. El psicoanálisis da a esta tesis un

contenido concreto en lo que se refiere al desarrollo infantil; lo cual no excluye, sin embargo, que la intensidad de las necesidades (condicionada somáticamente) esté determinada por el aparato sexual, del mismo modo que las diferencias cualitativas en el desarrollo. No hay en esto "desviación idealista" -reproche que me han dirigido muchos marxistas-, sino completo acuerdo con la tesis de Marx, según la cual los hombres hacen su propia historia, pero sólo dentro de terminadas condiciones sociales. En una carta, Engels protesta contra la idea de que la producción y reproducción de la vida real constituyen el único factor determinante de la formación de ideologías; constituyen ese factor determinante, pero sólo en última instancia. 5

Traducida a la sociología, la tesis capital de Freud -la de la importancia del complejo de Edipo para

el desarrollo del individuo- significa simplemente que la existencia social determina ese desarrollo.

Las disposiciones e instintos humanos, formas vacías prestas a recibir un contenido social, sufren

una elaboración (social) en las relaciones con el padre, con la madre y los maestros, y solamente entonces adquieren forma y contenido definidos.

La dialéctica del desarrollo psíquico no se muestra tan sólo en el hecho de que un conflicto es susceptible, según la relación de fuerzas de las contradicciones en cuestión, de dar lugar a resulta- dos opuestos, sino también en el hecho, avalado por la experiencia clínica, de que los rasgos de carácter pueden transformarse en su contrario directo en conflictos determinados, contrarios que ya estaban presentes en la primera solución del conflicto. Un niño cruel puede convertirse en el más sensible de los adultos, no sin que un análisis penetrante deje de descubrir la vieja crueldad bajo la sensibilidad. El niño más sucio puede llegar a ser un maniático de la limpieza cuando llegue a ma- yor; el curioso se convertirá en el más escrupuloso de los discretos. La sensualidad se transforma fácilmente en ascetismo. Cuanto más intensamente se manifiesta una propiedad, tanto más fácilmente se transforma en su contraria en circunstancias dadas (reacción).

Lo antiguo no desaparece del todo con el desarrollo y la transformación. En tanto que una parte de

la cualidad se metamorfosea, para dar lugar a la cualidad contraría, la otra parte continúa intactan

-no sin que, con el correr del tiempo, sufra modificaciones morfológicas, debidas a las transformaciones de toda la personalidad. La noción freudiana de repetición tiene una gran importancia en la psicología del desarrollo mental y, ante un examen profundo, se revela como perfectamente dialéctica. En lo que se ha reproducido encontramos lo que es antiguo y lo que es nuevo por completo; lo antiguo viene cubierto con un nuevo hábito o revestido de una nueva función, como lo hemos visto en el síntoma. Lo mismo sucede con la sublimación. Tomemos un niño que jugaba de buena gana con los excrementos y al que, más tarde, le gustaba edificar castillos con la arena mojada y que, al hacerse adulto, acaba por manifestar una gran inclinación por la construcción; en las tres fases encontramos lo primitivo, aunque bajo una forma y con una función diferentes. La historia del cirujano o del ginecólogo nos proporciona otro ejemplo: el primero sublima su sadismo (cortar); el segundo, su placer infantil, visual y táctil.

La apreciación de estos hechos sólo puede ser obra de la crítica empírica y no de la crítica metodológica. Quien no halla analizado a un cirujano no tiene el derecho de negar esta afirmación. Pero, desde el punto de vista metodológico, se puede formular una seria objeción, a saber: que la actividad humana depende de las condiciones económicas de existencia. Lo único que pretende el psicoanálisis es que tal forma o tal otra funcionen en la realidad. Al lado del impulso subjetivo, la forma de la sublimación está, y no hace falta decirlo, enteramente determinada por las condiciones económicas. En efecto, lo que hará que un individuo sublime su sadismo como carnicero, como cirujano o como policía, es ante todo su posición económica. Tal sublimación puede llegar a ser imposible también por razones sociales; de donde se origina el descontento frente a la profesión im- puesta por las condiciones sociales. Desde el punto de vista metodológico, es necesario preguntarse también cómo se concilia el carácter innegablemente racional de la actividad con su sentido asimismo innegablemente irracional. El pintor pinta para ganarse la vida, esto es, por razones económicas, racionales; de la misma manera que el ingeniero construye, que el cirujano opera y que

el ginecólogo cuida. Por otro lado, el trabajo es un factor social y, por lo tanto, perfectamente

5 "Si se da la vuelta al asunto, presentando el factor económico como el único determinante, se consigue hacer de esta frase una frase abstracta, absurda y que no significa nada". (Engels.)

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racional. ¿Cómo es posible conciliar esto con la explicación psicoanalítica, según la cual, el individuo en su trabajo sublima un instinto que satisface dando ese rodeo? Muchos analistas no aprecian en su justo valor el carácter racional de la actividad humana. Entre ellos, existe una concepción filosófica que no quiere ver en los productos de la actividad humana otra cosa que las proyecciones de la satisfacción de los instintos. Por oposición, otro analista ha señalado irónicamente que un avión será, sí, un símbolo fálico, pero que también sirve para volar de Berlín a Viena.

El problema de las relaciones entre lo racional y lo irracional 6 se plantea también en otro orden de hechos. La labor de la tierra por medio de instrumentos de labranza, así como la siembra, se rea- lizan con el fin de producir alimentos, tanto para la sociedad como para el individuo; pero estos actos revisten del mismo modo el sentido simbólico de un incesto con la madre ("la tierra, madre nutricia") 7 . Lo racional atrae a lo simbólico, rebosa de sentido simbólico. La relación entre la actividad con el sentido irracional simbólico que ella posee se manifiesta en el ritmo de ambas funciones: penetración de un instrumento en una materia cualquiera, plantación de un germen y producción de un fruto por la materia así trabajada. De este modo, el simbolismo está justificado. El hecho de que la madre tiene que llevar sus frutos, como lo hace la tierra, tras haber trabajado con ayuda de un instrumento (símbolo fálico), demuestra que lo que parecía desprovisto de sentido lo posee, que todo el simbolismo se apoya sobre una base real. Muchos pueblos primitivos erigen falos -símbolo de la fecundidad- sobre los campos que han sembrado y este acto mágico, objetivamente inútil, ilumina un cierto aspecto de las relaciones entre lo racional y lo irracional: se trata de un intento mágico a fin de alcanzar más fácilmente un objetivo determinado, poniendo en práctica medios irracionales. No por eso, sin embargo, se abandona el acto racional, en este caso el arado y la siembra. La relación sexual que aparece en la agricultura como un elemento simbólico es coherente en sí y útil; sirve para la satisfacción de la necesidad sexual, al igual que el acto de sembrar sirve al instinto de conservación. Una vez más vemos que no hay contradicciones absolutas y que también la contradicción entre lo racional y lo irracional se resuelve de un modo dialéctico.

El hecho dialéctico de que exista lo irracional en lo racional y lo irracional en lo racional merece ser considerado más de cerca. La experiencia psicoanalítica permite proporcionar una respuesta a esta cuestión: muestra que las actividades humanas socialmente útiles pueden adquirir un sentido simbólico, pero que no lo adquieren obligatoriamente. Así sucede con el sueño, cuando, por ejemplo, aparece un cuchillo o un árbol; puede tratarse de un símbolo fálico, aunque no necesariamente, ya que el sujeto pudo haber pensado en un cuchillo o un árbol reales. Cuando el símbolo aparece en el sueño, tampoco queda excluido en modo alguno el sentido racional: en efecto, si se intenta averiguar por medio del análisis por qué al pene se le representa precisamente como un cuchillo o un árbol, en lugar de hacerlo por medio de un bastón o de otro objeto, en muchos casos se encuentra una explicación racional. Por esta razón, una ninfómana se masturbaba con un cuchillo que, sin duda, representaba un pene; pero la elección del cuchillo estuvo determinada por el hecho de que su madre le había lanzado una vez uno que le había herido. En la masturbación predominaba la idea de que con el cuchillo tenía que destruir su organismo. Este acto, que más tarde se hizo irracional, era en sus orígenes completamente racional y servía para la satisfacción sexual. A la luz de estos ejemplos, que podríamos multiplicar hasta el infinito, se ve que todos los actos que en el examen parecen irracionales han tenido un sentido racional en algún momento dado. Todo síntoma, que en sí mismo es irracional, posee un sentido cuando el análisis sabe relacionarlo con su origen. El resultado de esta concepción es que toda acción infantil- instintiva, que responde a una tendencia racional hacia el placer, se convierte en un acto irracional cuando ha sufrido la represión o algo parecido. El elemento primitivo, por tanto, es el racional.

Tomemos como ejemplo la construcción mecánica; hay en ella elementos irracionales, como la sa- tisfacción simbólica de un deseo inconsciente 8 . Ello quiere decir que, en la sublimación, una fuerza instintiva que en la infancia haya aspirado racionalmente a la satisfacción, se encuentra desviada de su objetivo primitivo por la educación y orientada en otra dirección. El impulso se convierte en irracional en el momento en que el sujeto ha renunciado realmente al fin primitivo, sin dejar de

6 "Racional" es utilizado aquí en el sentido de oportuno, sutil; "irracional", en el sentido de inoportuno e inútil.

7 Naturalmente, para el individuo que realiza el trabajo; no para la colectividad.

8 Siempre para el ingeniero aislado. (Estas notas serían superfluas -en efecto, en el primer capítulo he subrayado claramente que el objeto del psicoanálisis era el individuo- si tales tesis no se entendieran mal frecuentemente y no se aplicaran a la colectividad.)

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aspirar a él, en su imaginación. Si el instinto encuentra en la sublimación un objetivo nuevo, el antiguo impulso, ahora irracional, se confunde con la nueva acción racional y aparece por ello como una justificación irracional. Es lo que demuestra esquemáticamente el instinto del conocimiento, que se satisface más tarde, en la actividad de médico, por ejemplo.

Primera fase: el instinto sexual de conocimiento está racionalmente orientado hacia la observación del cuerpo y de los órganos genitales. Fin racional: satisfacción del instinto de conocimiento.

Segunda fase: proscripción de la satisfacción directa. Ya no se satisface el instinto, el impulso se transforma en irracional en las condiciones sociales que en cada caso se ofrezcan.

Tercera fase: el instinto encuentra una nueva vía de actividad que presenta una analogía de con- tenido con la primera. El sujeto se hace médico y contempla otra vez cuerpos y órganos genitales,

como antaño cuando era niño. Hace, pues, lo mismo y, sin embargo, es distinto; en la medida en que su actividad se remite a la situación infantil, es inútil e irracional; en la medida en que se remite

a su función social real, es sensata.

Esto significa que la función social decide del carácter racional o irracional de una actividad; del mismo modo, la transformación del carácter de una actividad, al pasar de lo racional a lo irracional,

y viceversa, depende de la posición social del individuo en un momento dado. El mismo acto del

médico, desprovisto de sentido en su consulta, se hace sensato en su vida privada, por ejemplo, en

el acto sexual; y lo que era sensato en su consulta pierde ese carácter en la situación privada.

Estas consideraciones autorizan a admitir que el psicoanálisis, gracias a su método -que le permite descubrir las raíces instintivas de la actividad social del individuo- y gracias a su teoría dialéctica de los instintos, está destinado a aclarar en detalle las repercusiones psíquicas de las relaciones so- ciales de producción, es decir, a explicar la formación de las ideologías "en la cabeza humana". Entre estos dos extremos, la estructura económica de la sociedad y la superestructura ideológica -de la cual ha explicado el conjunto de relaciones causales la concepción materialista de la historia-, la concepción psicoanalítica de la psicología del hombre social inserta una serie de escalones intermedios. Puede mostrar que la estructura económica de la sociedad no se transforma directamente en ideologías "en la cabeza humana"; la necesidad de alimentarse, en efecto -cuyas formas de expresión dependen de las condiciones económicas-, actúa, modificándolas, sobre las funciones de la energía sexual, que es mucho más plástica. Y esta reacción social sobre las necesidades sexuales, las cuales limita en sus fines, da lugar constantemente, bajo la forma de libido sublimada, a nuevas fuerzas productivas en el proceso del trabajo social: en parte indirectamente, bajo forma de resultados muy desarrollados de la sublimación sexual, tales como la religión, la moral en general, la moral sexual en particular, la ciencia, etcétera; en este sentido, se inserta el psicoanálisis racionalmente en la concepción materialista de la historia, en un punto completamente determinado: en el punto donde comienzan los problemas psicológicos, esos problemas evocados por Marx en la frase donde dice que el modo de existencia material se trans- forma en ideas en el cerebro. El proceso de la libido en el desarrollo social es, por lo tanto, se- cundario; depende de ese desarrollo social. Siempre interviniendo de modo definitivo, la libido subli- mada se convierte en fuerza de trabajo y fuerza productiva.

Si el proceso de la libido es el elemento secundario, precisa preguntarse cuál es el sentido histórico del complejo de Edipo. Sabemos que el psicoanálisis concibe de modo dialéctico, aunque inconscientemente, todos los procesos mentales; únicamente el complejo de Edipo parece ser como un islote fijo en medio de los fenómenos movedizos de la teoría. Cabe preguntarse si es que el complejo de Edipo se concibe de una forma no histórica, como algo inmutable, como un dato fijo de la naturaleza humana. ¿No será quizá la forma familiar básica del complejo de Edipo la que se mantiene relativamente fija desde hace siglos? Jones parece admitir la primera hipótesis. En una polémica con Malinowski sobre el complejo de Edipo en las sociedades matriarcales, afirma que tal complejo es la fons et origo de todo. No cabe duda de que esta concepción es idealista, ya que pretender presentar las relaciones del niño con el padre y la madre, relaciones que hemos descubierto en nuestros días, como si fueran idénticas en todas las sociedades, es admitir que el modo de existencia social es invariable.

Suponer que el complejo de Edipo es eterno es creer que la forma familiar que le sirve de apoyo es absoluta e inmutable, lo que equivaldría a pensar que, por naturaleza, la humanidad es tal cual

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nosotros la vemos hoy día. El complejo de Edipo existe en todas las sociedades patriarcales; sin em- bargo, tras las investigaciones de Malinowski, las relaciones entre hijos y padres son tan diferentes en las sociedades matriarcales, que no puede hablarse de un complejo de Edipo en tales sociedades. Para este autor, el complejo de Edipo es un hecho sociológicamente determinado, cuya forma se modifica con la estructura social.

En una sociedad socialista, el complejo de Edipo ha de desaparecer, porque su base social, la familia patriarcal, pierde su razón de ser y desaparece. En esta sociedad, la educación colectiva de los niños es de tal modo desfavorable al desarrollo de las ideas morales tal como hoy se muestran en la familia, y las relaciones de los niños entre ellos y con los educadores alcanzan tal multiplicidad y movilidad, que la noción del "complejo de Edipo" -con la significación de que se codicia a la propia madre y de que se quiere matar al padre, al rival- pierde su sentido. De lo que se trata es de ir más allá de las definiciones y de saber si se llamará "complejo de Edipo" al incesto real, tal como existía en los tiempos primitivos, o si se reservará esta expresión al deseo rechazado de incesto y a la rivalidad con el padre real. Esto significa solamente que una de las tesis fundamentales del psicoanálisis quedará con validez restringida a unas formas sociales determinadas. Significa al mismo tiempo que el complejo de Edipo está caracterizado como un hecho condicionado, al menos en su forma, socialmente y, en último análisis, económicamente. Habida cuenta de las divergencias entre los etnólogos, aún es imposible resolver realmente el problema del origen de la represión sexual. Freud, quien en Totem y tabú se apoya sobre la teoría darwiniana de la horda primitiva, hace del complejo de Edipo la causa de la represión sexual; ello no es correcto, por ejemplo, para el caso de la sociedad matriarcal. Desde el punto de vista de las investigaciones de Bachofen-Morgan- Engels, se abren posibilidades de concebir el complejo de Edipo y la forma familiar que constituye su base como una consecuencia de la represión sexual. Como quiera que sea, lo cierto es que el psicoanálisis se privaría de nuevas posibilidades de investigación en el campo social y pedagógico si quisiera negar la dialéctica que él mismo ha puesto de manifiesto en la vida mental.

Si tomamos al psicoanálisis como objeto de consideraciones sociológicas, se nos plantean las siguientes cuestiones:

1) ¿A qué hechos sociológicos debe su nacimiento el psicoanálisis? ¿Cuál es su significación so- ciológica?

2) ¿Cuál es su lugar real en la sociedad actual?

3) ¿Qué tarea le corresponde en el socialismo?

Respondamos a estas preguntas:

1.- Al igual que los demás fenómenos sociales, el psicoanálisis está ligado a una etapa determinada del desarrollo social; su aparición se sitúa en un momento dado de desarrollo de las relaciones de producción. Como el marxismo, es un producto de la era capitalista, aunque no está tan ligado como éste a la base económica de la sociedad -si bien se pueden poner de manifiesto los vínculos que le unen a ella. El psicoanálisis representa una reacción frente a la superestructura ideológica, a las condiciones culturales y morales que forman el ambiente del hombre social. Se trata, ante todo, de las condiciones sexuales, como las que resultan de las ideologías religiosas en la materia.

La revolución burguesa del siglo XIX terminó con la mayor parte del modo de producción feudal, oponiendo sus ideas liberales a la religión y a sus leyes morales. La ruptura con la moral religiosa se preparaba ya (en Francia, por ejemplo) desde la época de la revolución francesa. La burguesía parecía aportar el germen de una moral, concretamente de una moral sexual, opuesta a la de la Iglesia; pero una vez que hubo consolidado su poder, así como la economía capitalista, la burguesía se tornó reaccionaria, se reconcilió con la religión, de la que tenía necesidad a fin de mantener sujeto a la opresión al proletariado, aparecido entretanto, y recabó incluso, con una apariencia levemente modificada, pero intacta en el fondo, la moral sexual de la Iglesia. La condenación de la sensualidad, la monogamia, la castidad preconyugal y, por ende, la dispersión de la sexualidad masculina, alcanzaron desde entonces un nuevo sentido económico, capitalista esta vez. La

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burguesía, que había derribado al feudalismo, se apropió en gran parte de los hábitos y las necesidades de la feudalidad; además, tuvo que delimitarse frente al "pueblo" por medio de leyes morales propias, restringiendo de este modo, cada vez más, las necesidades sexuales primitivas.

Por razones económicas, dentro de la clase burguesa la libertad queda sofocada hasta el momento del matrimonio y la juventud masculina busca la satisfacción de los sentidos entre las mujeres y las hijas del proletariado. De este modo, ha reaparecido la doble moral sexual sobre una base capitalista. Esta moral descompone la sexualidad del hombre y destruye la de la mujer, de una mujer que, precisamente en virtud de su evolución, ha de permanecer "casta" en el matrimonio, es decir, fría, inatractiva, incluso repelente, lo cual viene a reforzar de nuevo la doble moral: el hombre continúa buscando la satisfacción entre las mujeres proletarias, a las que desprecia debido al sentimiento de clase, al tiempo que se ve obligado a guardar las apariencias de una "moralidad" irreprochable; interiormente se rebela contra su mujer, mas exteriormente hace ostentación de los sentimientos exactamente contrarios e inculca su ideología a su hijo y a su hija. Sin embargo, la represión, el envilecimiento sexual perdurable se transforma dialécticamente en un elemento destructor de la institución conyugal y de la ideología sexual. Es la primera etapa del hundimiento de la moral burguesa: las dolencias mentales se multiplican. La misma ciencia burguesa, imbuida de prejuicios, desprecia la sexualidad en tanto que objeto de investigación y mira con desdén a los autores a quienes estas cuestiones candentes absorben cada vez más intensamente.

Esta misma ciencia burguesa declara que las dolencias mentales, la histeria y el nerviosismo ge- neralizado no son más que el resultado de un exceso de trabajo. A fines del siglo XIX se perfila una reacción contra esta ciencia anquilosada en los impedimentos morales; se trata de la segunda fase, la fase científica de decadencia de la moral burguesa. Del mismo seno de la clase burguesa surge un sabio que afirma que el nerviosismo es la consecuencia de la moral sexual cultural 9 y que las neurosis en general son, por su carácter específico, enfermedades sexuales, cuyo origen radica en una excesiva restricción sexual. A este sabio, a Freud, se le desprecia, se le destierra de la ciencia, se le trata como a un charlatán.

Él, sin embargo, se aferra a sus posiciones y, durante decenas de años, combate solo. En esa época nace el psicoanálisis, causa de disgusto y de horror, no sólo para la ciencia, sino para todo el mundo burgués, ya que ataca las raíces de la represión sexual, que es uno de los pilares de numerosas ideologías conservadoras (religión, moral, etcétera). El psicoanálisis hace su aparición en la vida social en un momento en que, incluso en el mismo campo burgués, aparecen indicios de un movimiento revolucionario contra aquellas ideologías. La juventud burguesa protesta contra el hogar paterno y crea su propio "movimiento de la juventud", cuya disimulada intención es la tendencia hacia la libertad sexual. Al no aliarse al proletariado, ese movimiento se hace cada vez más insignificante y desaparece tras haber alcanzado sus objetivos de modo parcial. Los periódicos burgueses liberales habían comenzado a criticar cada vez más violentamente los prejuicios religiosos. La literatura burguesa comenzaba a adoptar puntos de vista cada vez más amplios en cuestiones morales. Todos estos fenómenos, que precedieron o acompañaron a la aparición del psicoanálisis, desaparecieron. En efecto, en cuanto las cosas se pusieron serias, nadie osó ir hasta el fondo del problema y obtener las conclusiones obligadas. Predomina el interés económico, que llega incluso a provocar una alianza entre el liberalismo burgués y la Iglesia.

Desde un punto de vista sociológico, la aparición del marxismo venía a demostrar que el ser humano comenzaba a cobrar conciencia de las leyes económicas, de la explotación de una mayoría por una minoría; del mismo modo, la aparición del psicoanálisis significaba que comenzaba a cobrarse conciencia de la represión sexual social. Es esta perspectiva social la que constituye el contenido fundamental del psicoanálisis freudiano. Existe, no obstante, una diferencia esencial: en tanto que una clase explota y la otra sufre la explotación, la represión sexual es un fenómeno común a ambas clases. Históricamente, la represión es incluso más antigua que la explotación de una clase por otra. Sin embargo, esta represión no es cuantitativamente igual en ambas clases. A comienzos del capitalismo no parece haber habido limitación o represión de la sexualidad en el proletariado, por lo menos a juzgar por El Capital, de Marx, y La situación de la clase obrera en Inglaterra, de Engels. La vida sexual del proletariado únicamente estaba influida y caracterizada por su lamentable situación social; por otro lado, lo mismo se puede decir hoy del lumpenproletariado. A

9 Freud, La moral sexual "cultural" y la nerviosidad moderna, así como los trabajos sobre la teoría de las neurosis.

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lo largo del desarrollo capitalista, cuando la clase dominante comenzó a tomar medidas sociales, en cuanto que lo exigían sus propios intereses, se inició un aburguesamiento ideológico continuo del proletariado. A partir de entonces, la represión sexual causó estragos en la clase obrera, sin que llegara a adquirir las enormes proporciones que tomó entre la burguesía, siempre más papista que el Papa y que observa el ideal moral de su modelo, la gran burguesía, más escrupulosamente que ella misma -quien en su fuero interno, hace ya mucho tiempo que desechó esta moral.

El destino del psicoanálisis dentro de la sociedad burguesa está, pues, vinculado a la actitud que la burguesía adopte frente a la represión sexual y a su eliminación.

2.- La cuestión planteada es la siguiente: ¿puede la burguesía tolerar el psicoanálisis sin sufrir per- juicios a la larga, bien entendido, naturalmente, que las fórmulas y nociones psicoanalíticas no se debilitarán ni irán perdiendo poco a poco toda su significación?

El mismo creador del psicoanálisis no predijo nada nuevo para el porvenir de esta ciencia. Pensaba que el mundo no podría tolerarlas y que reduciría de algún modo sus descubrimientos. Está claro que no hacía alusión más que a una parte de la sociedad: a la clase burguesa; el proletariado no sabe aún nada del psicoanálisis, todavía no ha aprendido a conocerlo. En tanto que no es posible aún saber cuál será su actitud frente al psicoanálisis, hay ya una cantidad suficiente de datos que nos permiten estudiar la del mundo burgués.

La significación social de la represión sexual explica por qué no se ha admitido el psicoanálisis. Y en la medida que no lo condena, ¿qué hace con él el mundo burgués? Tenemos dos vertientes para considerar: de un lado, la ciencia, ante todo la psicología y la psiquiatría, y de otro, el público profa- no. Tanto para la una como para el otro, puede aplicarse el dilema que, en forma irónica, expresaba Freud un día: si se acepta el psicoanálisis, decía, ¿será para mantenerlo o para destruirlo?

Cuando nos encontramos el psicoanálisis en manos de aquellos que no lo conocen realmente, no nos encontramos con la obra de Freud: la sexualidad, pase, pero pensad en las posibles

exageraciones

menos necesaria. Y cuando Freud se dedicó a edificar su psicología del Yo sobre su teoría sexual, el

mundo científico lanzó un inmenso suspiro de alivio: por fin comenzaba Freud a ponerle freno a sus absurdos: por fin se volvía a tratar de lo que hay de "superior" en el hombre, especialmente la

moral

En una

palabra, el psicoanálisis se hacía socialmente admisible.

"por supuesto, implícita". Se habló de una nueva era del psicoanálisis, de un Renacimiento

Y antes de poco tiempo ya no se hablaba más que del ideal del Yo, estando la sexualidad

¿Y qué hacéis de la ética humana? ¿El análisis? Correcto, pero la síntesis no es

No menos desoladora, aunque más repugnante, es la situación entre el gran público, el cual, bajo la presión de la moral sexual burguesa, se ha apoderado del psicoanálisis como de un medio que le permite satisfacer su lubricidad. Se analizan los complejos mutuamente; en el salón, a la hora del té, se habla del simbolismo del sueño. Se discute sin estar en posesión de los conocimientos más elementales. Se está a favor o en contra del psicoanálisis. El uno se entusiasma ante la grandiosa "hipótesis", en tanto que el otro está convencido de que Freud es un charlatán y su teoría una simple pompa de jabón. "Además -pregunta el «crítico»-, ¿qué quiere decir toda esa hipertrofia exclusiva de la sexualidad, como si no hubiera nada más elevado?" Por su parte, él no sabe hablar de nada más que de la sexualidad. En América se constituyen asociaciones y clubs de discusión psicoanalítica; la coyuntura es favorable; lo único que requiere es comenzar a producir beneficios:

se da salida a la propia sexualidad insatisfecha y, al mismo tiempo, se gana mucho dinero por medio de una práctica que se atreve a denominarse psicoanálisis. El psicoanálisis se ha convertido en un buen negocio.

Acabamos de examinar el estado de cosas fuera del psicoanálisis. ¿Y dentro del psicoanálisis mis- mo? Deserción tras deserción. Los investigadores no resisten frente a la represión sexual. Jung trastoca todo el sentido de la teoría psicoanalítica, tan sólida por otro lado, para hacer de ella una religión en la que la sexualidad ya no tiene importancia ninguna. De la misma manera, la represión sexual conduce a Adler a mantener la tesis de que la sexualidad no es más que una de las manifestaciones del instinto de poder, afirmación con la que rompe con el psicoanálisis. Rank, antaño uno de los alumnos más dotados de Freud, diluye el concepto de libido en la psicología del yo, llegando de este modo a la teoría del cuerpo materno y del trauma del nacimiento, y acabando por negar las nociones fundamentales del psicoanálisis. La represión sexual actúa sin cesar contra el

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psicoanálisis. El trabajo dulcificador, empequeñecedor, dado al compromiso, realizado por los medios psicoanalíticos, demuestra en qué medida se hallan estos últimos social y económicamente maniatados. Tras la aparición de la obra de Freud El Yo y el Ello, apenas si se ha vuelto a hablar de la libido, y lo que se trata es de reconducir toda la teoría de las neurosis al Yo; se proclama que el descubrimiento del sentimiento inconsciente de culpabilidad constituye la primera conquista real de Freud y que solamente ahora se llega al fondo de las cosas.

La tendencia al compromiso y a la capitulación ante la moral sexual burguesa aparece de la mane- ra más nítida en la terapéutica de las neurosis, donde se trata de aplicar prácticamente al individuo una técnica eminentemente revolucionaria dentro de la sociedad capitalista. La situación social del psicoanalista le impide explicar francamente que la moral sexual de hoy, el matrimonio, la familia burguesa, la educación burguesa, no pueden conciliarse con la cura psicoanalítica radical de las neurosis. De nada sirve reconocer que las condiciones familiares son desoladoras, que el entorno del enfermo es, por lo general, el obstáculo más grande a su curación, si se teme -por razones fáciles de comprender- obtener de estas comprobaciones las conclusiones necesarias. Lo que se consigue de este modo es desnaturalizar el sentido del principio de la realidad y de la adaptación a ella, entendiendo por tal la sumisión total a las exigencias sociales que han engendrado la neurosis.

El modo de existencia del psicoanálisis, dentro del capitalismo, lo estrangula tanto desde dentro como desde fuera. Freud tiene razón: su ciencia está en decadencia. Nosotros añadimos: solamente en la sociedad burguesa. Si no se adapta a esta sociedad. Si se adapta, sufre la misma suerte que el marxismo en manos de los socialistas reformistas, es decir, la muerte por degeneración y, ante todo, el abandono de la teoría de la libido. La ciencia oficial no quiere oir hablar de psicoanálisis, y antes de la adaptación mucho menos que después, puesto que su envilecimiento social le impide aceptarlo. Los analistas a quienes la extensión del análisis hace optimistas se equivocan lamentablemente. Precisamente esta extensión determina el comienzo de la decadencia.

Dado que el psicoanálisis aplicado sin atenuación alguna sirve de zapa de la ideología burguesa, y dado que, por otro lado, la economía socialista constituye la base de un despliegue libre del intelecto y de la sexualidad, el psicoanálisis no puede tener más porvenir que en el socialismo.

3.- Hemos visto que el psicoanálisis no puede elaborar una concepción del mundo, un sistema filo- sófico y, en consecuencia, que no puede reemplazar a ninguno de los sistemas filosóficos existentes. El psicoanálisis entraña en cambio una revisión de los valores. Si se aplica prácticamente al individuo, destruye la religión, la ideología sexual burguesa y libera la sexualidad. Estas son, por otro lado, las funciones ideológicas del marxismo. Éste destruye los antiguos valores a través de la revolución económica y de la filosofía materialista; el psicoanálisis hace o podría hacer lo mismo en el campo psicológico. Condenado, sin embargo, a ser socialmente ineficaz dentro de la sociedad burguesa, no puede alcanzar la eficacia si no es tras la revolución social. Muchos analistas creen que se puede transformar el mundo por vía de la evolución y remplazar de este modo a la revolución social; esto es una utopía, fundada sobre un desconocimiento absoluto de los asuntos económicos y políticos.

La importancia social futura del psicoanálisis parece concentrarse en tres campos.

1) En la exploración de la historia de la humanidad primitiva, en tanto que ciencia auxiliar en el marco del materialismo histórico. La historia primitiva condensada en los mitos, las costumbres y la vestimenta de las poblaciones primitivas actuales no le es accesible, desde el punto de vista metodológico, a la sociología de Marx. Este trabajo de exploración sólo será fecundo en el caso de que los analistas reciban una formación sociológica y económica muy sólida y renuncien a las concepciones individualistas e idealistas del desarrollo histórico.

2) En el campo de la higiene mental, que no se puede desarrollar más que sobre la base de una economía socialista. En una economía regulada se puede aspirar a una economía libidinal regulada, cosa completamente imposible para la masa en el régimen burgués y accesible sólo para algunos in- dividuos aislados. Únicamente en el socialismo puede encontrar un campo de acción digno de sí la terapéutica individual de las neurosis.

3) En el campo de la educación y en tanto que fundamento psicológico de la educación socialista. Hay que considerar al psicoanálisis como indispensable, debido a su conocimiento del desarrollo

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mental del niño. Como ciencia auxiliar de la pedagogía, el psicoanálisis está condenado a la esterilidad dentro de la sociedad burguesa, si no a algo peor. En esta sociedad no se puede educar al niño más que en el espíritu burgués; cambiar una educación por la otra es entregarse a una modificación ilusoria en tanto que el régimen subsista. Antes de la revolución, la pedagogía psicoanalítica no se puede aplicar de otra forma que en el sentido de la sociedad burguesa. Los pedagogos que intentan modificar esta sociedad corren el peligro de aquel cura que, habiendo ido a visitar a un agente de seguros en trance de muerte, salió de la habitación sin haberlo convertido, pero no sin firmar él mismo una póliza. La sociedad es más fuerte que las aspiraciones de algunos de sus miembros aislados.

Para la aplicación del psicoanálisis a la investigación histórica

Título original Zur Anwendung der Psychoanalyse in der Geschichtsforschung, publicado en la Revista de psicología política y economía sexual (Zeitschrift für politische Pyschologie und Sexualökonomie), 1934. Se toma de la versión incluida en Psicoanálisis y sociedad: apuntes de freudo-marxismo 2; Wilhelm Reich / Igor A. Caruso, Ed. Anagrama, 1971. Selección y notas a cargo de Ramón García. La división en dos apartados por números romanos es nuestra.

I

El estudio de la formación de la estructura psíquica constituye la tarea de la psicología científica. Como tal, no puede tratarse más que de una psicología que disponga de los métodos necesarios para comprender y exponer la dinámica y la economía del proceso psíquico. En mí trabajo sobre las relaciones del psicoanálisis con el materialismo dialéctico 10 , he intentado demostrar que el psicoanálisis constituye el germen a partir del cual puede desarrollarse una psicología materialista- dialéctica (a) # . Siendo así que la concepción burguesa del mundo de los saberes introduce constantemente concepciones deformadas y falsos principios en sus propias disciplinas, es necesario que todo intento de una psicología materialista y dialéctica comience por la crítica metodológica. Rechacé en ese trabajo, la posibilidad de extraer del psicoanálisis una sociología y esto porque el método de la psicología, aplicado a los hechos del proceso social, debe conducir inevitablemente a resultados metafísicos e idealistas, tal como de hecho ha ocurrido. Este punto de vista me ha valido duros ataques por parte de los psicoanalistas que practican la «sociología silvestre». Si bien para mi estaba claro, por aquel entonces, que un método psicológico no puede ser aplicado a los problemas sociológicos, era igualmente cierto que la sociología no puede renunciar a la psicología cuando se trata de cuestiones tales como la llamada «actividad subjetiva» de los hombres o formación de la ideología. Cuando finalmente encontré una fórmula provisional que intentaba mostrar cuál era el lugar que el psicoanálisis debía ocupar en la sociología, fui atacado por Sapir 11 , que me reprochaba el contradecirme: dado que yo negaba la utilización del psicoanálisis en sociología y, por otra parte, le asignaba un lugar determinado en ella, no era difícil sacar a luz una tal contradicción. Ciertamente, mis críticos tenían una tarea más fácil que la mía. Los unos continuaron preparando, despreocupadamente, su «sociología psicoanalítica», que recientemente terminó por triunfar con la tesis según la cual la existencia de la policía se explicaría por la necesidad de castigo de las masas 12 . Los otros tiraron por la borda la dificultad en su conjunto, sosteniendo simplemente que el psicoanálisis es una disciplina «idealista» (b) y que lo mejor que puede hacerse es despreocuparse de él, lo cual, claro está, no es sino dar pruebas del poco esfuerzo y de la escasa, disposición para esclarecer los problemas. Ciertos críticos, como Sapir por ejemplo, expresaron su propia contradicción cuando, al mismo tiempo, se sintieron obligados a admitir que el psicoanálisis ha hecho toda una serie de descubrimientos fundamentales, que constituía la mejor teoría sexual, que había descubierto el inconsciente, la represión sexual y, en consecuencia, el proceso psíquico, etc. Cuando yo pregunté cómo era posible que una disciplina idealista pudiera hacer descubrimientos

10 Materialismo dialéctico y psicoanálisis, en Unter dem Banner des Marxismus (Bajo la bandera del marxismo).

# Las letras (a), (b), (c)

11 Sapir, Freudismo, psicología, sociología, en Unter dem Banner des Marxismus, 1929-1930.

12 S. Laforgue, Psicoanálisis de la política, Psychoanalytische Bewgung, 1931. Este trabajo ya ha sido criticado por Fenichel desde el punto de vista metodológico y del contenido (Psychoanalytische Bewegung, 1932).

envían a Notas a modo de apéndice. (Véase al final de este trabajo.)

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importantes, se me dejó sin respuesta.

La discusión que hasta la actualidad ha venido desarrollándose respecto de la significación sociológica del psicoanálisis se ha caracterizado por la oposición de dos opiniones: una según la cual el psicoanálisis no es solamente una psicología individual, sino también una psicología social y, en consecuencia, es enteramente competente para dar explicación de los hechos sociales. Es necesario señalar que la discusión ha girado en torno de las palabras, sin que se haya intentado verificar las afirmaciones mediante hechos reales. Cuando en 1929 rechacé la aplicación del método psicoanalítico al dominio social, me basaba en las aplicaciones del método psicoanalítico a la sociología efectuadas hasta entonces por los psicoanalistas, aplicaciones que, estrictamente, contradecían al marxismo y se revelaban falsas. Estaba muy claro que el psicoanálisis tenia cosas importantes que decir en sociología; pero la cuestión era saber simplemente cómo podían evitarse los absurdos que hasta entonces habían resultado y descubrir el camino que debía seguirse para llegar hasta los tesoros que eran ciertamente visibles, pero provisionalmente inaccesibles.

En «Unter dem Banner des Marxismus» ciertamente yo había rechazado la aplicación del psicoanálisis a la sociología, pero al mismo tiempo encontré una formulación provisional que dio pie a Sapir para hablar de inconsecuencia. Yo escribía:

«Pero estas consideraciones autorizan a admitir que el psicoanálisis, gracias a su método -que le permite descubrir las raíces instintivas de la actividad social del individuo- y gracias a su teoría dialéctica de los instintos, está llamado a esclarecer en lo esencial las repercusiones psíquicas de las fuerzas productivas en el individuo, es decir, a explicar la formación de las ideologías "en la cabeza humana". Entre los dos extremos que son, de una parte, la estructura económica de la sociedad y su superestructura ideológica de otra, que la concepción materialista de la historia ha definido en el conjunto de las relaciones causales, la concepción psicoanalítica del hombre socializado inserta una serie de escalones intermedios. Ella puede mostrar que la estructura económica de la sociedad no se transforma directa e inmediatamente en ideologías en la "cabeza de los hombres"; la necesidad alimentaria, en efecto -cuyas formas de expresión dependen de las condiciones económicas del momento- actúa sobre las funciones de la energía sexual -mucho más plástica- modificándolas, y esta acción social sobre las necesidades sexuales que ella limita en sus fines, transfiere sin cesar nuevas fuerzas productivas, bajo la forma de libido sublimada, al proceso social del trabajo: en parte directamente, bajo la forma de fuerza de trabajo, y en parte indirectamente en forma de resultados altamente desarrollados de la sublimación sexual, tales como la religión, la . moral en general, la moral sexual en particular, la ciencia, etc.; esto significa que el psicoanálisis se inserta racionalmente en la concepción materialista de la historia en un punto totalmente determinado y adecuado: en el punto en que comienzan los problemas psicológicas evocados por Marx en aquella frase en la que dice que el modo de existencia material se transforma en ideas en el cerebro humano. El proceso de la libido en el desarrollo social es, en consecuencia, secundario; él depende de este desarrollo social, toda vez que interviene en él de manera decisiva, en la medida en que la libido sublimada deviene, como fuerza de trabajo, una fuerza productiva» 13 .

Actualmente yo podría formular ciertas cosas con mayor claridad y no presentaría la religión y la moral como sublimaciones instintivas. En aquella época tenía una vaga idea de un hecho muy simple, del que más tarde he podido apreciar su amplitud, a saber: que la estructura psíquica de una obrera cristiana que se adhiere al Zentrum ## o al fascismo, y cuya posición política no puede ser variada por un esfuerzo persuasivo corriente, debe ser de una especie particular y diferente de la estructura psíquica de una obrera comunista. Pienso, en este sentido, que su dependencia en el piano material y en el de la autoridad, frente a sus padres durante su infancia y frente a su marido en la edad adulta, la ha forzado a reprimir sus aspiraciones y deseos sexuales, cayendo en la ansiedad caracterial y en el temor sexual, estados que la convierten en absolutamente incapaz de comprender el discurso comunista respecto de la autonomía y de la libre determinación de la mujer. Estaba claro, además, que si la represión sobrepasaba cierta medida, o se producía de una manera determinada, convertía al individuo en un ser fuertemente atado a la Iglesia y al orden burgués e incapaz de ejercer la crítica (c). La importancia de esta cuestión no resulta únicamente del hecho de que existen millones de tales mujeres, sino más todavía de la constatación inevitable de que, un modo de pensar tal, no reposa de ninguna manera sobre el «embrutecimiento» o el «oscurantismo» por ejemplo, sino sobre una modificación fundamental de la estructura humana en el sentido del

13 Materialismo dialéctico y psicoanálisis, ob. cit. N.R.: el párrafo citado por Reich pertenece a la segunda parte, titulada La dialéctica en el psiquismo.

## Gran partido liberal en la Alemania prehitleriana.

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orden reinante. Ante la importancia práctica de esta cuestión y de otras análogas relativas a la psicología de masas, yo no estaba en condiciones de ceder ante mis amigos marxistas que me apremiaban a responder rápida y teóricamente a la crítica de Sapir 14 . Las discusiones teóricas son habitualmente estériles cuando no se las sitúa sobre el terreno de las cuestiones concretas y prácticas. Era necesario, a partir de cuestiones particulares del movimiento político, forzar la decisión sobre el hecho de saber qué importancia reviste el psicoanálisis para la lucha de clases. De hecho, esta vía se ha mostrado como la más fecunda, tanto desde el punto de vista de la crítica de las teorías metafísicas en psicoanálisis, como desde el punto de vista de la articulación teórica del psicoanálisis en la teoría marxista de la historia 15 .

Esta articulación debía tener como punto de partida la lúcida convicción de que las cuestiones sociológicas no pueden ser abordadas con un método psicológico. Por el contrario, y al mismo tiempo, el psicoanálisis podía abrir una gran posibilidad: hacer más fecunda la investigación marxista en historia y en política introduciendo sus conocimientos (no su método) en ciertos dominios tales como el de la formación de la ideología, el de la retro-acción de la ideología, etc. Esto cierra el paso hacia la sociología al psicólogo que no tiene cultura ni formación sociológicas algunas, y le fuerza a asimilar el método de la investigación histórica. Al mismo tiempo, esto fuerza al economista a reconocer su contradicción cuando habla de conciencia de clase.

Cuando, actualmente, ciertos analistas me dicen que he moderado mi demasiado estricto punto de vista concerniente a la exclusión del psicoanálisis de la investigación histórica, ya que yo mismo he abordado los fenómenos de masas según «puntos de vista» psicoanalíticos (d), yo les ruego que relean mi trabajo de 1929: ellos se convencerán de que ese no es el caso. Escribía yo entonces:

«El verdadero objeto del psicoanálisis es la vida psíquica del hombre socializado. No se interesa por el psiquismo de las masas más que en la medida en que allí aparecen fenómenos individuales (problema del jefe, por ejemplo), en la medida en que puede explicar, a partir de sus experiencias sobre el individuo, las manifestaciones del "alma de las masas", tal como el miedo, el pánico, la obediencia, etc. Pero parece que el fenómeno de la conciencia de clase apenas le sea accesible; y problemas tales como el movimiento de masas, la política, la huelga, que son de la competencia de la teoría social, no pueden ser objeto del método psicoanalítico. El psicoanálisis, no puede, pues, sustituir a la teoría social, ni tampoco extraer de sí mismo una teoría social» 16 .

Con las precedentes explicaciones se habrá visto claro que estas tesis están justificadas y no necesitan más que algunas precisiones. Hoy, al igual que ayer, no podemos interpretar los fenómenos sociales mediante el psicoanálisis, es decir, tales fenómenos no pueden ser el objeto del método psicoanalítico. La cuestión de la conciencia de clase estaba por aquel entonces poco clara y

En la actualidad podemos aportar formulaciones

fue por ello que se proponía el «parece que más precisas.

».

Apareció en el curso de la experiencia -cosa que no era más que sugerida en el trabajo aparecido en «Unter dem Banner des Marxismus» 17 - que la condición previa para una concepción psicológica del problema de la conciencia de clase es la distinción rigurosa entre su aspecto objetivo y su aspecto subjetivo. Por otra parte, apareció también que los elementos positivos y las fuerzas motrices de la conciencia de clase no pueden ser interpretadas de manera psicoanalítica, mientras que las trabas (inhibiciones) al desarrollo de tal conciencia, por el contrario, no pueden ser comprendidas más que de manera psicoanalítica, ya que ellas provienen de fuentes irracionales. Mis críticas eran y son con frecuencia precipitadas en sus juicios. Cuando la ciencia abre un nuevo dominio es necesario eliminar un buen número de viejas concepciones para así, sin presupuestos previos, poder mirar las cosas según un punto de vista nuevo. En sus primeros enunciados, presentará o formulará también, ciertamente, tal o cual aspecto de manera falsa. Pero es que, para desarrollar una psicología marxista correcta, era necesario antes que nada acabar con la aplicación de la técnica de interpretación psicoanalítica al dominio sociológico; sólo después de ello se pudo

14 Sapir, según he oído decir en alguna ocasión, ya no es considerado competente en la Unión Soviética, por cuanto que era discípulo de Deborine y, en consecuencia, "idealista".

15 Ver a este respecto: Psicología de masas del fascismo, 1933. N. R.: Véanse las notas (c), (d), (e), (f), (g) en "Notas a modo de apéndice", al final de este trabajo.

16 Prólogo a Materialismo dialéctico y psicoanálisis, 1929. Ver nota (a) al final del trabajo.

17 Se refiere a Materialismo dialéctico y psicoanálisis.

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determinar lo que había de racional y de irracional en la problemática de la conciencia de clase; dicho de otra manera: sólo así podía determinarse el lugar que debería otorgársele a la interpretación de los fenómenos irracionales. Si yo interpreto, para no tomar más que un ejemplo, la voluntad revolucionaria en todos los casos, incluso en la esfera sociológica, como una rebelión contra el padre, caigo en la ideología de la reacción política; pero si examino concretamente en qué medida la voluntad revolucionaria corresponde a una situación racional, en qué medida la ausencia de una tal voluntad es irracional, si examino los casos en que la voluntad revolucionaria corresponde verdaderamente a una rebelión inconsciente contra el padre, etc. he llevado ad absurdum a la ciencia burguesa «sin presupuesto», he cumplido un trabajo propiamente científico y, con ello, he rendido un servicio al movimiento obrero y no a la reacción política, ya que la ciencia marxista no es sino la inexorable puesta al desnudo de las interrelaciones reales.

II

La claridad metodológica relativa a la integración o articulación del psicoanálisis en la investigación histórica es de una importancia decisiva para el resultado de cualquier investigación. Precisamente por ello es importante que nos ocupemos con cierto detenimiento de la crítica que, en su trabajo Sobre el método y las tareas de una psicología social analítica 18 , hizo Fromm contra las formulaciones que presenté en mi trabajo Materialismo dialéctico y psicoanálisis y que anteriormente citábamos. Escribe Fromm:

«Es necesario intentar encontrar, con los medios puestos a nuestra disposición por el psicoanálisis, la significación y la razón secretas de los comportamientos que aparecen tan abiertamente irracionales en la vida social, tales como los que se expresan en la religión y en las costumbres populares, pero

Si él (el psicoanálisis) ha encontrado en la vida instintiva, en el

inconsciente, la clave de la comprensión del comportamiento humano, debe también tener el derecho y la capacidad de enunciar verdades esenciales sobre las razones profundas del comportamiento social. Ya que, en última instancia, la «sociedad» está compuesta de individuos particulares y vivientes que no sabrían estar sometidos a otras leyes psicológicas que aquellas que el psicoanálisis ha descubierto en el individuo. Es por esto que nos parece erróneo limitar el psicoanálisis, tal como lo hace W. Reich, al dominio de la psicología de la persona, proponiendo como principio su no utilización en los fenómenos sociales tales como la política, la conciencia de clase, etc. El hecho de que un fenómeno sea tratado por la teoría social no significa, de ninguna manera, que no pueda devenir objeto del psicoanálisis (del mismo modo que sería falso decir que un objeto que se estudia desde un punto de vista físico no puede ser estudiado, también, desde un punto de vista químico). Esto significa únicamente que este fenómeno no es objeto de la psicología, y en particular de la psicología social -la cual consiste en la búsqueda de las razones sociales profundas y de las funciones del fenómeno psíquico-, más que en la medida -pero, a su vez, en toda la extensión de esa «medida»- en que los hechos psíquicos juegan un papel en tal fenómeno.»

igualmente en la política, educación

Desgraciadamente, Fromm sólo ha citado lo que yo he excluido y ha dejado de citar, sin embargo, mis formulaciones inequívocas respecto del lugar que el psicoanálisis debería ocupar en la investigación histórica, lugar que sólo puede llegar a ocupar realmente mostrando cómo el momento material se transforma en la mente humana en momento ideal. Está claro que el psicoanálisis, y sólo el psicoanálisis, puede explicar los modos de comportamiento irracionales tales como, por ejemplo, los comportamientos religiosos y místicos de toda clase, porque únicamente él es capaz, de explorar las reacciones instintivas del inconsciente. Pero tal cometido no puede llevarlo a cabo, de una manera correcta, mientras no tome «en consideración» los factores económicos y se dé perfecta cuenta de que las estructuras inconscientes, que reaccionan de una manera irracional tal, han sido producidas ellas mismas por procesos históricos socio-económicos y que consecuentemente en ningún caso la motivación de los mecanismos inconscientes puede ser opuesta a la de los mecanismos económicos, sino que los mecanismos conscientes pueden ser solamente considerados corno fuerzas que actúan a título de mediación entre el ser social y los modos de reacción humanos. Pero cuando, más adelante, Fromm pretende además que el psicoanálisis es capaz de enunciar verdades esenciales sobre las razones profundas del comportamiento social, basándose en que la sociedad está compuesta de individuos particulares, hemos de advertirle una falta de precisión en la expresión, que abre de nuevo de par en par las puertas a todos los abusos de la psicología que, precisamente, Fromm quiere eliminar. En la medida en que se comprende bajo el término de «comportamiento social» el comportamiento del hombre en la vida social, la oposición entre

18 Zeitschrift für Sozialforschung, 1932, n° 1-2.

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comportamiento personal y comportamiento social no tiene sentido alguno, por cuanto que no hay otro comportamiento que el social. Incluso el comportamiento en el soñar despierto es un comportamiento social, determinado igualmente por realidades sociales y que se caracteriza por una relación de fantasía con los objetos.

Para esclarecer las cosas, esperemos que sea de un modo definitivo, debemos extender a la sociología psicoanalítica oficial, la crítica hecha a Fromm. No se trata de pequeñas sutilidades, sino de cosas gruesas. Existen un buen número de comportamientos sociales del hombre para los que la posición intercalar de los mecanismos instintivos inconscientes, que nosotros hemos descrito y que es tan decisiva en otros fenómenos, apenas juega un papel. Interesa que el comportamiento del pequeño ahorrador, por ejemplo, con ocasión de un crack bancario, o la revuelta de los campesinos ante la caída del precio de los cereales, no sean explicadas por motivaciones libidinales inconscientes o por la rebelión contra el padre. Es importante saber y reconocer que en casos semejantes la psicología no puede pronunciarse más que respeto a los efectos del fenómeno sobre el comportamiento, pero de ningún modo respecto a las causas y al fondo real de tal comportamiento. Se trata, en definitiva, de que el capitalismo no sea explicado por la estructura sádico-anal de los hombres, sino ésta por el orden sexual del patriarcado. Ya que la sociedad no está solamente compuesta por individuos singulares (una multitud, por ejemplo), sino por un gran conjunto de individuos cuya vida y cuyo pensamiento están determinados precisamente por relaciones de producción, totalmente independientes de su voluntad y también de sus instintos, que les relacionan entre sí y actúan sobre ellos; y esto se produce de tal manera que las relaciones de producción modifican precisamente la estructura instintiva en aquellos puntos decisivos tales como, por ejemplo, la reproducción ideológica y estructural del sistema económico, que más adelante trataremos.

Cuando decimos consecuentemente que podemos explicar el fondo y las razones profundas, debemos determinar exactamente cuáles son. Y lo esencial, lo que propiamente nos diferencia de las «psicologías sociales» corrientes que combatimos, es que nosotros somos conscientes de los límites y las dependencias de la psicología: sabemos que se pueden esclarecer únicamente los nudos o es- labones intermedios entre la base y la superestructura, únicamente el «proceso de intercambio material» que se efectúa entre la naturaleza y el hombre, en su representación psíquica. Es una ventaja suplementaria muy importante el poder, de este modo, explicar también la reacción de la ideología sobre la base a través de las relaciones de producción convertidas en estructura (e). ¿Por qué esta precisa delimitación es de una importancia tan excepcional? Porque marca la frontera entre la aplicación idealista y la aplicación materialista-dialéctica de la psicología en el dominio social. Los resultados que promete esta aplicación merecen que se fije una muy cuidadosa y laboriosa clarificación, clarificación que se resume en que precisamente no podemos decir nada -a no ser que queramos hacer causa común con la metafísica- sobre las razones profundas del comportamiento humano que se sitúan en el sector extrapsíquico, sobre las leyes económicas que determinan el proceso social y sobre las leyes fisiológicas que rigen el aparato instintivo.

Sobre otro punto que se refiere directamente a estas distinciones, debo contradecir tanto a Fromm como a otros amigos que habitualmente participan de mis concepciones. Fromm sostiene que mi rechazo a la aplicación del método psicoanalítico a fenómenos sociales tales como la huelga, etc., es una posición falsa. Por otra parte, algunos amigos marxistas me objetaron igualmente que se puede aplicar el método psicoanalítico a fenómenos sociales por cuanto es, en sus rasgos fundamentales, un método materialista-dialéctico. El propio Fromm piensa que he modificado mi punto de vista, «de manera feliz», en mis trabajos sociológicos empíricos. Pero no es este es caso. Ahora como antes, evito el aplicar el método psicoanalítico a las realidades sociales, y esto por la razón siguiente, razón que por ver primera yo puedo formular de una manera precisa. Es verdad que estudiamos los fenómenos sociales con la ayuda del método del materialismo dialéctico; es verdad que el psicoanálisis es un método de investigación materialista-dialéctico; en consecuencia, pensaría el lógico abstracto, el método psicoanalítico debería poder ser «lógicamente» aplicado sin provocar un desastre. Mis amigos caen aquí inconscientemente es una manera de pensar abstracta, del tipo de la lógica idealista. Tienen razón según las leyes de la lógica abstracta, se equivocan según las leyes de la dialéctica. ¿Sutilidades? No, sino una realidad muy simple: el método del materialismo dialéctico es un método unitario, cualquiera que sea el dominio al que lo apliquemos; la tesis de la unidad de los , contrarios, de la transformación de la. cantidad en calidad, etc., es válida en todos los casos. Sin embargo, la dialéctica materialista es diferente en química, diferente en sociología y diferente también en psicología. Ya que el método de investigación no flota en el

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aire, sino que es determinado en su naturaleza particular precisamente por el objeto al que se aplica. Es en ello, precisamente, que se revela la justeza de la tesis de la unidad del pensamiento y el ser. Y está ahí también la razón por la que no puede permutarse el caso, particular de la dialéctica materialista del método sociológico, con el otro caso, también particular, de la dialéctica del método psicológico. Quien sostiene el criterio de que, se pueden resolver correctamente las cuestiones sociológicas mediante el método psicoanalítico, acepta simultáneamente, lo vea o no, ese otro criterio según el cual se puede, por ejemplo, explicar el capitalismo mediante métodos de análisis químico. La argumentación sería la misma si se reconociese la validez del método psicoanalítico para las realidades sociales: ya que el proceso social indudablemente concierne a la vez a la materia, y a los hombres, ¿por qué no hacer un análisis químico si, sin problemas, se puede hacer un análisis psicológico? Se ve en este ejemplo a dónde nos conduciría el método de Fromm si se siguiese de una manera consecuente.

Fromm se equivoca cuando pretende que los psicoanalistas han llegado a resultados falsos en el dominio sociológico porque convirtieron el método analítico en sociología. No, ellos fueron enteramente consecuentes en la aplicación del método de interpretación de contenidos psíquicos significativos, de reducción de los fenómenos psíquicos a mecanismos instintivos inconscientes en el caso de fenómenos sociales tales como, por ejemplo, la organización capitalista o monogámica. Y es por ello, precisamente, por lo que pasaron de largo el objetivo, ya que la sociedad no tiene psique, ni inconsciente, ni instinto, ni Super Yo, tal corno Freud mismo lo admite en El malestar en la cultura. Así es como las verdaderas realidades, de las que depende la aplicación especial de la dialéctica materialista, fueron situadas en procesos de otra especie, donde objetivamente ellas no se encuentran, no resultando en consecuencia sino absurdos. No es verdad en absoluto, como Fromm mantiene, que un mismo y único objeto pueda ser examinado simultáneamente química y físicamente. La física no puede definir la composición química y la química no puede determinar la velocidad de caída de un cuerpo; las diferentes funciones o cualidades del mismo objeto son analizadas precisamente con métodos diferentes, que son ambos materialista-dialécticos. Ocurre lo mismo en sociología. Sólo un tipo determinado de malabaristas de la ciencia, bien conocido por otra parte, logran explicar el mismo hecho social de manera psicológica y socio-económica. Se corresponde con un eclecticismo de la peor especie. Examinar las diferentes funciones del mismo fenómeno con los métodos adecuados, y reconocer así la conexión y la interdependencia recíprocas de éstas funciones, es precisamente el cometido de la aplicación del materialismo dialéctico. Por ello, cuando Fromm adelanta que la psicología social «examina las razones sociales profundas y las funciones del fenómeno psíquico», se equivoca.

Veamos un ejemplo. Las razones sociales profundas y las funciones de la religión, de la moral, etc., son funciones sociológicas y económicas de una relación de clase, de la relación de producción obrero-capitalista; esta relación está determinada por la propiedad privada de los medios de producción, por las diferencias entre el valor de uso y el valor de cambio de la mercancía «fuerza de trabajo»; en consecuencia, por categorías sociológicas. Esta relación de producción se enraíza, a consecuencia de las medidas económicas constrictivas impuestas por la clase dominante, en la estructura psíquica de los miembros de la sociedad, particularmente de la clase dominada; modifica su estructura mediante instituciones particulares como, por ejemplo, la familia, después la escuela, la iglesia, etc., y la transforman en una formación que reacciona crónicamente de una manera típica (f). Estamos, entonces, en presencia de un fenómeno socio-psicológico, como por ejemplo la relación padre-hijo en su dualidad: sumisión a la autoridad, más rebelión contra la autoridad que reposa, en primer lugar, sobre la relación económica y, secundariamente, sobre la actitud afectiva irracional. Según la concepción psicoanalítica oficial, esta relación afectiva crea la relación padre-hijo y en consecuencia la aparición de la relación entre el capitalista y el obrero por ejemplo, mientras que, en realidad, la relación autoritaria, antes de existir en tanto que relación afectiva, existe sobre la base de la relación de clase. La investigación con los medios del psicoanálisis lleva al descubrimiento de sus derivaciones y, en consecuencia, no a la explicación de funciones sociales, sino a la explicación de su anclaje psíquico. Si se procede inversamente, si se considera esa relación entre individuos diferentes de dos clases como la relación de dos instancias psíquicas en el interior de un mismo y único hombre, se debe llegar entonces necesariamente, sin que por esto se sea un malnacido, a la idea que, en cierta ocasión, me comunicó un eminente analista, a saber: que la burguesía es precisamente el Super Yo, el proletariado el Ello del organismo social, y que la burguesía cumple únicamente la función del Super Yo controlando y frenando al Ello. Yo estoy convencido de que Laforgue es un hombre de buena voluntad, sin embargo, él debía necesariamente llegar a la conclusión de que la policía se explica por la necesidad de castigo de las

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masas, ya que estudia psicológicamente a la policía como institución social, en lugar de estudiar su psicología y sus efectos sobre los dominados.

Yo he aplicado, en diferentes trabajos sociológicos empíricos, los resultados psicoanalíticos a la sociología sin discutir de un modo particular las cuestiones del método aplicado. Quiero ahora esclarecer esta cuestión sirviéndome de un ejemplo.

La huelga es un fenómeno sociológico, en la fase capitalista de la evolución social. La sociología marxista analiza los procesos que conducen a una huelga sacando a la luz, por ejemplo, la relación de producción entre los obreros y el capitalista y la ley de la economía capitalista por la cual la mercancía «fuerza de trabajo» es comprada y consumida, como cualquier otra mercancía, por el propietario de los medios de producción; descubre otras leyes económicas por las que la competencia impulsa a los empresarios a reducir los salarios para aumentar las tasas de ganancia, etc. Esta huelga, sin embargo, se lleva a cabo por la voluntad y la conciencia de los obreros afectados, o dicho de otra manera: el hecho sociológico se reproduce psíquicamente de una manera determinada. En consecuencia, la psicología debe tener que decir algo a este respecto; ¿pero cómo? Porque de ese «cómo» depende lo que ella enuncie. Se mostrará inmediatamente que el psicoanálisis del inconsciente de uno o varios obreros huelguistas nada nos dirá sobre la huelga como fenómeno social o sobre sus «razones profundas» y bien poca cosa respecto de las motivaciones que llevaron al obrero a participar en la huelga. Incluso si recogemos lo que es común a estos obreros, haciendo de este modo psicología social, no determinamos el porqué hay huelgas; dicho de otra manera: la psicología social no explica la huelga. En realidad, el descubrimiento de los conflictos infantiles de los obreros con sus padres o madres nada tiene que ver con la huelga actual, sino que únicamente tienen que ver -y esto es exactamente lo que debemos retener- con el terreno histórico-económico común (estructura capitalista -es decir, de economía privada- de la sociedad), del que son resultados tanto la huelga como los célebres conflictos parentofiliales. Si se intenta, sin embargo, recurrir a los elementos que se encuentran en el [psico]análisis del obrero para explicar el fenómeno de la «huelga», se llega entonces a la conclusión de que la huelga es una rebelión contra el padre. El hecho de haber puesto en el mismo plano «la huelga» y «el comportamiento psíquico durante la huelga» pasa desapercibido. Sin embargo, esta diferencia es decisiva. Se la dejó escapar, bien sea por falta de claridad metodológica, bien sea por motivos reaccionarios conscientes o inconscientes, ya que la interpretación sociológica entraña consecuencias distintas de la interpretación psicológica -aquélla lleva al conocimiento de las leyes de la sociedad de clase, ésta a su ocultación.

La huelga puede imbricarse en el trabajo psíquico del inconsciente bajo la forma, por ejemplo, de un sueño en el que la huelga actúa como un resto diurno; pero es destacable que éso se produce con menos frecuencia que en el caso de otras realidades cuyo origen es la esfera sexual. Pero explicar la huelga a partir de esta realidad conduce a lo que hace el etnólogo oficial del psicoanálisis, Roheim: declaraciones sobre las culturas primitivas a partir de los sueños de los primitivos, en lugar de explicar el contenido conflictivo de los sueños a partir de las culturas primitivas.

Con la psicología descubrimos, en consecuencia, el comportamiento del obrero en la huelga; pero no la huelga misma. No obstante, en la medida en que el comportamiento del obrero determina el origen de la huelga, los «factores psíquicos entran en juego». Es algo muy distinto, sin embargo, cuando nos encontramos en presencia de una situación socio-económica que, a decir verdad, debería hacer estallar una huelga pero, a pesar de ello, no estalla. En este caso la investigación económico-sociológica es insuficiente si quiere encontrar una relación histórico-económica inmediata, ya que el desarrollo de un , proceso sociológico ha sido aquí perturbado por otro proceso. Este proceso es psicológico (realidad socio-psicológica o realidad psicológica de masa): falta de confianza del personal en los instigadores de la huelga y, consecuentemente, en su dirección, admiración hacia los líderes sindicalistas reformistas que boicotean la huelga, o miedo angustioso ante el empresario. En algunos casos, el miedo ante las dificultades materiales durante la situación de huelga puede ser decisivo. Pero incluso este comportamiento, que tiene naturalmente una influencia decisiva sobre el desarrollo de la lucha de clases, no debe ser explicado de nuevo tan sólo de una manera directamente psicológica, sino también y decisivamente de manera indirectamente sociológica. Porque la admiración a los lideres sindicalistas reformistas es, ella misma, el resultado de una relación determinada, en último análisis sociológica; en algunos casos la razón superficial puede estar en el miedo al despido, en otros la razón más profunda puede ser la angustia ante la rebelión contra la autoridad, que proviene de la admiración infantil hacia el padre. Pero, ¿de dónde

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proviene la admiración infantil hacia el padre y la angustia ante la autoridad? De nuevo, únicamente de la situación familiar que está, elle misma, determinada socio-económicamente. En consecuencia, no se trata, en la aplicación de la psicología, más que de llegar al conocimiento de las etapas intermedias, más o menos numerosas, existentes entre el proceso económico y la actuación de los hombres en dicho proceso. Cuanto más racional es el comportamiento, tanto más estrecho es el campo de las tareas de la psicología del inconsciente; y cuanto más irracional dicho comportamiento, tanto más ese campo se extiende y tanto, más la sociología tiene necesidad de la ayuda de la psicología. Esto es válido sobre todo en el dominio del comportamiento de las clases oprimidas en la lucha de clases. El hecho de que un obrero industrial o la clase obrera se esfuercen en hacer coincidir el modo de propiedad con el modo de producción puede, eventualmente, suscitar la nota suplementaria de que ellos siguen, en esto, las leyes elementales del principio del placer- displacer.

Pero el hecho de que grandes capas de la clase oprimida admitan e incluso sostengan la explotación bajo tal o cual forma, no puede ser comprendido directa e inmediatamente más que psicológicamente, aunque de forma indirecta pueda ser comprendido sociológicamente (g). El que hasta el presente la sociología analítica haya procedido a la inversa -es decir, haya intentado explicar la rebelión psicológicamente, admitiendo, por el contrario el cumplimiento de la obediencia como un dato que no tiene necesidad alguna de explicación-, obedece a su concepción del principio de realidad, según el cual el placer en el adulto es reemplazado por la adaptación a las exigencias de la realidad. Sin embargo, no es sólo la ley capitalista de la explotación la que pertenece a la realidad, sino también la conciencia propia de esa explotación que, siendo una conciencia dolorosa, entraña una no-adaptación. La concepción oficial explica la no-adaptación como un comportamiento infantil irracional. Aquí se opone una visión del mundo a otra visión del mundo. Ciertamente, no negamos, como lo hacen nuestros adversarios, nuestro punto de vista político. Pero mantenemos que la diferencia entre estas tomas de posición políticas reside en lo siguiente: una interpreta psicológicamente como disposición de la naturaleza humana lo que debe explicarse socio- económicamente y margina así lo que tendría que explicar, a saber el obstáculo al desarrollo de los procesos sociológicos y así -tanto en uno como en el otro caso- se desvía de la realidad; la otra toma de posición, por el contrario, no excluye nada, absolutamente nada, del alcance de las capacidades del conocimiento humano; tiene incluso un interés directamente opuesto, el de hacerlo entrar todo en el dominio de la ciencia, de llegar, mediante la aplicación fundamental del método del materialismo dialéctico, a todos los dominios, a una cosmovisión científica, y así hacer superflua la filosofía en la medida en que ella fue, hasta el presente, la ciencia de lo no-conocido.

Resumiendo podemos concluir en que la aplicación consciente o inconsciente del materialismo dialéctico al dominio de la psicología nos ofrece los resultados del psicoanálisis clínico, que la aplicación de estos resultados en sociología y en política lleva a una psicología social marxista, mientras que la aplicación del método psicoanalítico a los problemas de la sociología y de la política desemboca necesariamente en una sociología metafísica, psicologizante y además reaccionaria.

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Notas a modo de apéndice * - Ramón García

(a)

Dado que el ensayo de Reich que aquí se publica retorna frecuentemente -de manera explícita o implícita- a la discusión abierta con su cuaderno de 1929, Materialismo dialéctico y psicoanálisis, y teniendo en cuenta las muy escasas posibilidades que el lector español tiene de abordar la lectura del mismo, creemos importante transcribir en toda su extensión el propósito que guiaba a Reich, en 1929, al componer el citado cuaderno. Escribe Reich:

«¿Existen ciertas relaciones entre el psicoanálisis de Freud y el materialismo dialéctico de Marx y Engels? Responder a esta pregunta, desentrañar estas relaciones si existen, he aquí el objetivo que nos proponemos. Nuestra respuesta nos permitirá también decir si hay o no posibilidades de abrir la discusión sobre las relaciones del psicoanálisis con la revolución proletaria y la lucha de clases.

Las pocas contribuciones sobre el tema «psicoanálisis y socialismo» que existen hasta ahora en la literatura, tanto si proceden de la parte del marxismo como de la del psicoanálisis, pecan de falta de orientación adecuada. Desde el punto de vista marxista, la crítica de la aplicación de los conocimientos psicoanalíticos a la teoría social estaba en parte justificada. Las pocas contribuciones de los psicoanalistas a este tema estaban desorientadas en las cuestiones fundamentales del materialismo dialéctico y, por otra parte, olvidaban totalmente la cuestión central de la sociología de Marx, la lucha de clases. Precisamente por ello, tales contribuciones no eran de ninguna utilidad para un sociólogo marxista, de la misma manera que un ensayo sobre los problemas psicológicos no tiene significación alguna para el psicoanalista si olvida los hechos del desarrollo sexual infantil, de la represión sexual, de la vida psíquica inconsciente y de las resistencias.

El resultado más penoso en este género es el trabajo de Kolnaï, Psicoanálisis y sociología (1923), un autor que en este tiempo, sin haber sido jamás realmente analista, ha aterrizado en Scheler

después de haber sido desplazado oficialmente del psicoanálisis (

interpretaciones falsas, metafísicas e idealistas, de los hechos descubiertos por el psicoanálisis (

Por error, Jurinetz, que tomó el trabajo de Kolnaï como punto de partida para una critica del psicoanálisis, lo ha presentado como "uno de los discípulos más fervientes de Freud". No podemos entrar aquí en los detalles del trabajo de Jurinetz pero, para aclarar las cosas a nivel de los principios, debemos decir desde ahora que el rechazo que expresan los teóricos marxistas en su crí- tica del psicoanálisis queda justificado sobre dos puntos.

Su trabajo está lleno de

).

Desde el momento en que se abandona el terreno propio del psicoanálisis, desde que se intenta sobre todo aplicarlo a los problemas sociales, se hace inmediatamente una Weltanschauung, una concepción del mundo; el psicoanálisis toma entonces figura de sistema psicológico, de sistema que, contrariamente al marxismo, preconiza el reino de la razón y pretende mejorar la existencia social mediante una reglamentación racional de las relaciones humanas y una educación dirigida hacia el dominio consciente de la vida instintiva. Este racionalismo utópico -que revela, por otra parte, una concepción individualista del fenómeno social, no es ni original, ni revolucionario y sobrepasa además las atribuciones del psicoanálisis. Éste, según la definición misma de su fundador, es simplemente un método psicológico que, con medios científicos, intenta describir y explicar la vida psíquica considerada como un dominio particular de la naturaleza. No siendo un sistema filosófico (Weltan schauung), no siendo por otra parte capaz de engendrar un sistema tal, el psicoanálisis no sabría ni reemplazar ni completar la concepción materialista de la historia. Ciencia natural, él no tiene nada en común con las concepciones históricas de Marx.

El verdadero objeto del psicoanálisis es la vida psíquica del hombre socializado. No se interesa por el psiquismo de las masas más que en la medida en que allí aparecen fenómenos individuales (problema del jefe, por ejemplo), en la medida en que puede explicar, a partir de sus experiencias sobre el individuo, las manifestaciones del "alma de las masas", tal como el miedo, el pánico, la obediencia, etc. Pero parece que el fenómeno de la conciencia de clase apenas le sea accesible; y

* La primera y segunda nota consisten simplemente en largos extractos del artículo de Reich Materialismo dialéctico y psicoanálisis. Sin embargo, como se comprobará, existen diferencias sustanciales entre ésta versión y la versión de la Ed. Roca que hemos reproducido -diferencias entre las que están párrafos enteros que aparecen aquí y no en esa última, además de otros matices. Nota de R. Ferreiro.

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problemas tales como el movimiento de masas, la política, la huelga, que son de la competencia de la teoría social, no pueden ser objeto del método psicoanalítico. El psicoanálisis no puede, pues, sustituir a la teoría social, ni tampoco extraer de sí mismo una teoría social. No obstante, puede jugar respecto de la sociología el papel de ciencia auxiliar, en forma de psicología social por ejem- plo. El psicoanálisis puede descubrir los motivos irracionales que llevan a una naturaleza de jefe a alistarse en el socialismo en vez de en el nacionalismo, o a la inversa; puede igualmente aclarar la influencia de las ideologías sociales sobre el desarrollo psíquico del individuo. Las críticas marxistas tienen, pues, razón cuando reprochan a diversos psicoanalistas el querer explicar lo que, con ayuda de este método, no es explicable; pero se equivocan cuando identifican el método con aquellos que lo aplican y cuando cargan en la cuenta de aquél los errores cometidos por éstos.

Todo ello nos lleva a establecer una distinción necesaria -pero que no siempre aparece en la literatura marxista- entre el marxismo como sociología, esto es como ciencia, y el marxismo como método de investigación y como práctica fundada en una concepción del mundo (naturalmente, el método y la ciencia no son prácticamente aislables el uno de la otra; se interpenetran. La distinción no sirve más que a la inteligibilidad de las nociones). La sociología marxista es el resultado de la aplicación del método marxista al dominio del ser social. En tanto que ciencia, el psicoanálisis es el equivalente de la sociología marxista: el uno trata de los fenómenos psíquicos, la otra de los fenómenos sociales, y si mutuamente llegan a prestarse ayuda es únicamente es la medida en que el hecho social debe ser explorado en el psiquismo individual, o inversamente el hecho psíquico en el ser social. La sociología no sabría, pues, explicar una neurosis, un trastorno de la aptitud para el trabajo o de la actividad sexual. Pero es bien distinto si se trata del materialismo dialéctico. En este caso sólo hay dos alternativas: o bien el psicoanálisis se opone al marxismo como método -y sería en este caso idealista y antidialéctico-, o bien es posible mostrar que, en su dominio propio, el psicoanálisis ha aplicado efectivamente el materialismo dialéctico y ha desarrollado las teorías correspondientes -inconscientemente por otra parte, como tantas otras ciencias naturales. Desde el punto de vista metodológico, el psicoanálisis no puede más que oponerse al marxismo o estar de acuerdo con el. En el primer caso, es decir si los resultados psicoanalíticos no son dialécticos y materialistas, el marxismo debe rechazar esta doctrina; pero en el segundo caso, el marxismo sabrá estar en relación con una ciencia que no está en contradicción con el socialismo.

Dos objeciones han sido formuladas por los marxistas contra el psicoanálisis en tanto que disciplina que tiene su lugar en el socialismo:

1. El psicoanálisis sería un fenómeno de descomposición de la burguesía decadente. - Esta objeción revela una laguna en la concepción dialéctica del psicoanálisis. ¿La doctrina social marxista no ha sido, ella misma también, un «fenómeno de descomposición» de la burguesía? Ella ha sido «fenómeno de descomposición» en tanto que nunca habría podido aparecer sin la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción capitalistas; pero ha sido también el reconocimiento, y en consecuencia y al mismo tiempo el germen ideológico, del nuevo orden económico que se desarrollaba en el seno del antiguo. Volveremos más adelante sobre la posición sociológica del psicoanálisis. Por el momento, citaremos al marxista Wittfogel que refuta esta objeción mejor de lo que lo haríamos nosotros mismos:

"Ciertos críticos marxistas -los "iconoclastas"- apenas sienten la más mínima incertidumbre al dictaminar sobre la ciencia actual. Con voz y gesto incisivos afirman: «iCiencia burguesa!», y para ellos estas dos palabras dejan saldada la cuestión. Un , tal método (¡si a esto se le puede llamar método!), trabaja con el instrumento de los bárbaros. De Marx y de su pensamiento dialéctico no ha tomado, por cierto, más que el nombre. El dialéctico sabe que una cultura no es un todo uniforme como una fanega de guisantes. Sabe que todo orden social posee sus contradicciones y que en su seno crecen los gérmenes de nuevas épocas sociales, y no tiene por inutilizables en la sociedad futura lo que las manos burguesas han creado en la época de la burguesía" (Wittfogel: La ciencia en la sociedad burguesa, pág. 18).

2. El psicoanálisis sería una ciencia idealista. - Un saber algo más vasto habría evitado este juicio en las críticas; con un poco de objetividad no habrían olvidado que, en la sociedad burguesa, toda ciencia, por materialista que sea su base, da y debe dar lugar a deformaciones idealistas. En la formación de la teoría, momento en el que necesariamente se produce un alejamiento, aunque sea pequeño, de la experiencia, se concibe una desviación idealista sin que por ello se pueda prejuzgar de la naturaleza real de la ciencia. Jurinetz se ha esforzado sobremanera buscando justamente el

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destacar las deformaciones idealistas en psicoanálisis; ciertamente, tales deformaciones existen en abundancia, pero no está ahí el problema; están un entredicho, en realidad, los elementos de la teoría, las concepciones fundamentales de los fenómenos psíquicos.

Con mucha frecuencia, se alude al psicoanálisis en la discusión de las corrientes reformistas en política. Se saca el argumento de que la filosofía reformista se viene relacionando de buen grado con el psicoanálisis -De Man, por ejemplo, ha explotado de manera reaccionaria el psicoanálisis en contra del marxismo. Ahora bien, yo afirmo -y puedo aquí referirme a los marxistas de izquierda- que se puede, cuando se quiere, echar mano del "marxismo" contra el marxismo de una manera paralelamente reaccionaria. Pero un crítico que conociese realmente el psicoanálisis no habría tenido jamás la idea de establecer, como lo ha hecho Deborin (Una nueva campaña contra el marxismo. Unter dem Banner des Marxismus, año 2º, nº 1-2), relación alguna entre el "psicoanálisis" de De Man y el psicoanálisis de Freud. Uno se pregunta lo que el socialismo sentimental de De Man puede tener en común con la teoría de la libido, incluso cuando invoca al psicoanálisis, que nunca ha comprendido. En el último capítulo (titulado La posición sociológica del psicoanálisis), intentaré mos- trar que, en manos de los reformistas (y del economismo), el psicoanálisis sufrió la misma suerte que el marxismo viviente: envilecimiento y licuefacción.»

(b)

Extraemos de Materialismo dialéctico y psicoanálisis algunos párrafos en relación con el problema planteado en el texto (al final de la nota anterior ya se abordaba tal problema). En ellos, Reich toca la significación de fondo de las críticas al presupuesto «idealismo» psicoanalítico. Dice Reich:

«Antes de mostrar el gran progreso que, en el sentido materialista, representa el psicoanálisis en relación a la psicología especialmente idealista y formalista que le ha precedido, es conveniente clarificar de una vez una engañosa concepción "materialista" de la vida psíquica, concepción que incluso en los medios marxistas está todavía muy extendida. Se trata del materialismo mecanicista tal como fue defendido por los materialistas franceses del siglo XVIII y por Büchner, y tal como sobrevive en las concepciones del , materialismo vulgar. Según esta concepción, los procesos psíquicos no tienen nada de material en sí mismos; el materialismo consecuente no debe encontrar en lo mental más que fenómenos físicos exclusivamente. Para ciertos materialistas, la misma noción de "psique" aparece ya como un error idealista y dualista, lo cual es ciertamente una reacción

extrema contra el idealismo platónico que se perpetúa en la filosofía burguesa. No es el espíritu lo que es real y material -afirman- sino los datos físicos que le corresponden, es decir, los datos no subjetivos sino objetivos, mensurables y ponderables. El error mecanicista consiste en identificar lo material con lo que es mensurable y ponderable, es decir tangible

Marx, la cuestión de la objetividad, y en consecuencia de la realidad material de la

actividad psíquica ("del pensamiento humano"), es un problema puramente escolástico cuando se le aisla de la práctica. Pero "La doctrina materialista que quiere que los hombres sean productos de las circunstancias y de la educación y que en consecuencia los hombres transformados sean productos de otras circunstancias y de una distinta educación, olvida que son precisamente los hombres los que transforman las circunstancias y que el educador mismo tiene necesidad de ser educado. (Marx, Tesis sobre Feuerbach.) «Marx no habló en parte alguna en el sentido de negar la realidad material de la actividad mental. Pero si se reconoce como prácticamente materiales los fenómenos del psiquismo humano, se está obligado a reconocer igualmente la posibilidad teórica de una psicología materialista, aunque ella no explique esta actividad mental por procesos orgánicos. No admitir este punto de vista es negar la posibilidad de discutir en términos marxistas sobre un método puramente psicológico.»

« Para

(c)

La cuestión propuesta en el texto fue ampliamente desarrollada por Reich en su obra de 1934: La psicología de masas del fascismo. A este propósito, dice entre otras cosas:

«Comprenderemos inmediatamente por qué la familia es concebida por la economía sexual como

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el lugar de reproducción ideológica más importante del sistema social fundado sobre la economía privada, si tomamos el ejemplo de una obrera cristiana media. Ésta tiene tanta hambre como una mujer comunista, se encuentra pues en la misma situación económica; sin embargo, ella vota al Zentrum y más tarde al partido nazi. Si, por otra parte, intentamos explicarnos este hecho por la realidad de la diferencia en la ideología sexual entre la mujer media que tiene una conciencia de clase y la mujer cristiana media, reconocemos entonces la importancia decisiva de la estructura sexual: la inhibición moral, antisexual, no permite a la mujer cristiana tomar conciencia de su situación social y la encadena a la iglesia tan fuertemente que ésta le hace temer el "bolchevismo sexual".

Desde un punto de vista teórico, las cosas se presentan del modo siguiente. El marxista vulgar de pensamiento mecanicista, supondrá que la conciencia de clase, es decir, la comprensión de la situación social, debería ser particularmente acusada cuando a la miseria económica se le añade la miseria sexual. Según esta tesis, la masa de los jóvenes y la masa de las mujeres deberían tener una conciencia de clase mucho más desarrollada que los hombres. La realidad muestra justamente lo contrario y ante ella el marxista vulgar se siente totalmente desamparado. Encontrara incomprensible que la mujer cristiana se niegue incluso a prestar atención a programa económico. La explicación es ésta: la supresión de las necesidades puramente materiales produce un resultado distinto que el de la supresión de las necesidades sexuales. La primera empuja a la rebelión,

mientras que la segunda -por el hecho de que somete las exigencias sexuales a la represión, de que las sustrae a la conciencia y de que se enraíza interiormente bajo la forma de defensa moral- niega

Incluso la negación -en la forma de inhibición- de la rebelión es

la realización de la rebelión (

igualmente inconsciente. En la conciencia del hombre apolítico medio, no hallamos siquiera una disposición rudimentaria a la rebelión. El esquema que sigue servirá para explicar las relaciones:

).

Estado de clases
Estado de clases

Explotación

Supresión sexual

Estado de clases Explotación Supresión sexual Disposición a la rebelión Disposición a la rebelión Represión
Estado de clases Explotación Supresión sexual Disposición a la rebelión Disposición a la rebelión Represión
Estado de clases Explotación Supresión sexual Disposición a la rebelión Disposición a la rebelión Represión

Disposición a la rebelión

Disposición a la rebelión

Represión

sexual

rebelión Disposición a la rebelión Represión sexual Inhibición moral Necesidad alimentaria Necesidad sexual

Inhibición moral

rebelión Disposición a la rebelión Represión sexual Inhibición moral Necesidad alimentaria Necesidad sexual

Necesidad alimentaria

Necesidad sexual

«La represión sexual refuerza la reacción política no sólo con la ayuda del proceso descrito, que hace a los individuos de la masa pasivos y apolíticos. Ella crea, también en la estructura del hombre burgués, una fuerza secundaria, un interés artificial que sostiene activamente el orden dominante. En efecto, si, por el proceso de la represión sexual, la sexualidad es alejada de las vías naturales de satisfacción, toma los diversos caminos de la satisfacción sustitutiva. Así, por ejemplo, la agresividad natural se amplifica hasta convertirse en un sadismo brutal que constituye una parte esencial del fundamento psico-sociológico -o psicológico de masas- de la guerra, que es puesta en marcha por un pequeño número de personas con intereses imperialistas. Tomando otro ejemplo: el efecto del militarismo descansa, en lo esencial, desde el punto de vista de la psicología de masas, sobre un mecanismo libidinal; el efecto sexual del uniforme, el efecto de excitación erótica de los desfiles -puesto que se ejecutan siguiendo un ritmo-, el carácter exhibicionista del aspecto militar, ha sido puesto de manifiesto en la práctica con mucha mayor claridad, hasta el momento presente, por una mujer de limpieza o por una empleada media, que no por nuestros más cultos hombres políticos. Por el contrario, la reacción política sí que utiliza conscientemente estos intereses sexuales. No sólo fabrica para los hombres uniformes tan aparatosos como para pavos reales, sino que, como en América, hace que en el reclutamiento intervengan mujeres atractivas. En fin, recordemos

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todavía los carteles de reclutamiento de las potencias ávidas de guerra, cuyo contenido es más o menos: "si quieres conocer los países extranjeros, alístate en la marina real", y los países extranjeros están representados por mujeres exóticas. ¿Por qué estos carteles producen efecto? Porque la restricción sexual ha creado en , nuestra juventud un hambre sexual.

«Tanto la moral sexual, que inhibe la conciencia de clase, como las fuerzas que responden a los intereses capitalistas, sacan su energía de la sexualidad reprimida. Estamos ahora en mejor disposición para comprender un elemento esencial del proceso de la retro-acción de la ideología sobre la base económica: la inhibición sexual modifica estructuralmente al hombre oprimido económicamente, de tal modo que él actúa, siente y piensa en contra de su interés material. Lo que equivale a una asimilación a la burguesía.»

(d)

Este abordar los fenómenos de masas según «puntos de vista» psicoanalíticos quiere recordar el tratamiento que de los problemas hizo Reich en su libro La psicología de masas del fascismo, que vio la luz en 1933 y, por tanto, un año antes de que apareciese el artículo que aquí publicamos (La aplicación del psicoanálisis a la investigación histórica). La psicología de masas del fascismo es, como casi la totalidad de la obra importante de Reich, prácticamente desconocido entre nosotros; puede, pues, ser interesante intentar esbozar una introducción a su lectura.

En su versión original, la obra se compone de un prefacio y ocho capítulos dedicados a la ideología como fuerza material, la ideología de la familia en la psicología de masas del fascismo, la teoría racial, el simbolismo de la cruz gamada, los presupuestos de . economía sexual de la familia burguesa, la iglesia como organización internacional de política sexual del capital, las condiciones previas para la práctica de la política sexual en la lucha contra la religión y algunas cuestiones concernientes a la práctica de política sexual.

Los motivos, los propósitos, el contenido y la significación de La psicología de masas del fascismo están parcialmente puestos por Reich en el prefacio a la primera edición, fechado en septiembre de 1933 y del que extraemos algunos párrafos:

«La clase obrera alemana acaba de sufrir una grave derrota, y con ella la han sufrido también todas las fuerzas progresistas, revolucionarias, generadoras de cultura, que persiguen los antiguos objetivos de libertad de la humanidad trabajadora. El fascismo ha triunfado y consolida rápidamente sus posiciones con todos los medios que tiene a su alcance, especialmente mediante la transformación guerrera que impone a la juventud. Pero, contra la resurrección de la Edad Media, contra la política de rapacidad imperialista, contra la brutalidad, la mística y la esclavización de los espíritus y a favor de los derechos naturales de los trabajadores y de los creadores -duramente afectados por la explotación económica de un puñado de magnates financieros-, a favor de la abolición de este orden social criminal, el combate continuará sin descanso. Sin embargo, la cuestión no está sólo en que continúe; el problema es fundamentalmente saber si, cómo y en cuánto tiempo, conducirá a la victoria del socialismo internacional.

«El modo en que, se ha efectuado la toma del poder por el nacional-socialismo ha dado al socialismo internacional una lección que no se puede olvidar, a saber: que para dar al traste con la reacción política, se necesitan no frases sino un saber efectivo, no impulsos sino el despertar de un entusiasmo revolucionario auténtico, no aparatos de partidos burocratizados sino organizaciones de

trabajadores que practiquen la democracia interna y dejen el campo libre a toda iniciativa

se

necesitan tropas de combatientes convencidos. El modo en que la susodicha toma del poder ha sido efectuada nos ha enseñado que, desde el momento en que la lógica de acero del proceso histórico desvela la realidad, la falsificación de los hechos y las incitaciones por sugestión superficial conducen con certeza al desánimo de las masas.

;

«El trabajo sexológico y político que he efectuado durante años en el . seno de organizaciones de obreros, particularmente entre los jóvenes, me ha llevado a la convicción inquebrantable de que la clase que los dirigentes "enviados de Dios" del Tercer Reich califican de "subhumanidad" y hacen doblegarse bajo el yugo, encierra el porvenir de la humanidad, porque ella esconde más cultura, honor, moralidad natural y ciencia de la verdadera vida, que la que exigen todos los panfletos de la filosofía moral burguesa y las grandes frases de la reacción política; se trata con toda seguridad de

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otra cultura, de otro honor, de otra moralidad, caracterizados precisamente por no tener un sucio reverso en la práctica.

«Si bien actualmente millones de trabajadores, consternados, decepcionados, se abandonan a la resignación e incluso le alistan en el fascismo, además con convicción, no hay sin embargo motivo para caer en la desesperación. La convicción subjetiva con la que los millones de partidarios de Hitler creen en la misión socialista del nacional-socialismo, a pesar de los horrores y miserias que ahora caen sobre Alemania, no deja de ser una adquisición poderosamente positiva para el porvenir socialista (

«De lo que debemos hacer partícipes a las masas es de la convicción profunda de que existen

centros revolucionarios que, equipados de las armas de la ciencia, siguen con atención el proceso de nuestra época y están dispuestos, efectivamente, a librar ese último combate que tanto se ha

cantado (

con alegría que la juventud defiende será la fuerza más poderosa de la revolución (

La combatividad de la juventud está en realidad de nuestro lado; la voluntad de vivir

).

).

La ciencia es el enemigo mortal de la reacción política. Pero el científico que cree salvar su

existencia siendo prudente y "apolítico" y que, viendo incluso a los más prudentes perseguidos y encarcelados, no ha sabido sacar la lección, no puede pretender por más tiempo ser tomado en serio

y participar más tarde en la reconstrucción efectiva de la sociedad. Sus lamentaciones y su

inquietud por la cultura no son más que expresiones sin convicción, si él no sabe reconocer en los

acontecimientos que son, precisamente, su ciencia y su energía científica las que abandonan a aquéllos en los que él pone sus esperanzas en el momento de las catástrofes. Su apoliticismo es un elemento de la fuerza de la reacción política y al mismo tiempo de su propia ruina.

«(

)

«Quien encuentre evidentes los argumentos y el desarrollo entero de este escrito, debe pensar también que las fuerzas progresistas de la historia son, por la mayoría, abandonadas a su incultura, por lo que hay escasez de fuerzas debidamente formadas, y que los científicos se encierran en su aislamiento universitario con tal de no dejarse ponerse al paso. Yo deseo vivamente una crítica científica de esta obra, no por parte de quienes fabrican teorías sobre la existencia humana en un despacho, sino por parte de aquellos otros que extraen sus descubrimientos de la vida real de los hombres mediante un contacto íntimo con ellos, tal como yo he intentado hacerlo siempre.

«Este escrito ha sido elaborado en el curso de la ascendente ola reaccionaria que se ha producido en Alemania durante los años 1930-1933. Intenta ofrecer un mínimo de base teórica al joven movimiento sexual-político, todavía poco desarrollado, y a sacar del caos de la reforma sexual algunos de los puntos esenciales con los que pueda atacarse prácticamente el problema. Retorna a tentativas anteriores de desvelar el proceso de la economía sexual en nuestra sociedad; pero siendo así, que este proceso no es más que una parte de la dinámica global de la sociedad, nuestra investigación se refiere igualmente a los problemas del movimiento político general (

«(

)

En el caso de que la reacción política, para vengarse del contenido de este escrito, atacase

al psicoanálisis o a sus representantes, ella golpearía fuera de lugar. Freud y la mayoría de sus

alumnos rechazan las consecuencias sociológicas del psicoanálisis y se esfuerzan por no sobrepasar

el marco de la sociedad burguesa (

).

«Recordemos, por último, que, según una frase célebre, el arma de la crítica no sabría reemplazar a la crítica de las armas. Si este escrito es capaz de acortar la vía difícil que conduce a la crítica de las amas, habrá logrado su objetivo.»

(e)

Se trata de la acción de la superestructura ideológica sobre la estructura y del mecanismo de dicha acción. Esta acción en retorno o retro-acción de la ideología es tema fundamental en los escritos de Reich y hasta podría decirse con acierto que constituye el centro de la mejor significación de la teoría reichiana (piénsese no sólo en Reich, sino también en la escuela alemana y en las tesis educativas nacidas con él). A propósito de ésta cuestión dice Reich en La psicología de masas del fascismo:

«Cuando una ideología produce una retro-acción (o acción en retorno) sobre el proceso económico, es que se ha convertido en una fuerza material. Si una ideología deviene fuerza material

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desde el momento en que penetra y domina a las masas, debemos proseguir proponiéndonos la pregunta: ¿de qué manera se produce esto? ¿Cómo se hace posible la repercusión material de un estado de hecho ideológico, tal como por ejemplo de una teoría que entraña transformaciones históricas? Responder a esta pregunta es también necesariamente responder a la cuestión de la práctica de la psicología de masas.

«La ideología de cada formación social no tiene cómo única función la de reflejar el proceso eco- nómico de esa sociedad, sino también y muy especialmente la de anclarse en las estructuras psíquicas de los hombres de esa sociedad. Los hombres están sometidos a sus condiciones de existencia de dos maneras: de manera directa, por la repercusión inmediata de su situación económica y social, y de manera indirecta, por la estructura ideológica de la sociedad; deben, pues, desarrollar siempre en su estructura psíquica una contradicción que se corresponde con la contradicción que existe entre las repercusiones de su situación material y las repercusiones de la estructura ideológica de la sociedad. El obrero, por ejemplo, está sometido tanto a su situación de clase como a la ideología general de la sociedad burguesa. Pero dado que los miembros de las diferentes capas sociales no son tan solo objetos de estas influencias, sino que además las reproducen en si mismos como sujetos que actúan, su pensamiento y su acción debe, inevitablemente, estar tan lleno de contradicciones corno la sociedad de la que han nacido. En la medida en que una ideología transforma la estructura psíquica de los hombres, no sólo se reproduce

sino que, lo que es todavía más importante, se convierte en fuerza activa, potencia material a través de la especie de hombres que han sido, de tal manera, concretamente transformados y que actúan de un modo contradictorio, y en el sentido de tal transformación. Es de esta manera, y sólo de esta manera, como se hace posible el efecto en retorno de la ideología de una sociedad sobre la base económica, de la que ha surgido. El "efecto en retorno" pierde su carácter aparentemente metafísico

o psicológico, si puede ser aprehendido en su materialidad como estructura psíquica del hombre que

actúa. En tanto que tal, ésta es el objeto de una psicología científica, es decir, marxista. Con lo dicho se confiere una cierta precisión a la constatación según la cual la ideología se transforma más lentamente que la base económica. Del hecho de que las estructuras psíquicas -que corresponden a una situación histórica determinada- se forman, en sus grandes rasgos, durante la primera infancia

y tienen un carácter mucho más conservador que las fuerzas productivas técnicas, se desprende

que, con el tiempo, las estructuras psíquicas sufren un retardo respecto del desarrollo de las relaciones materiales de las que han surgido y que evolucionan más rápidamente, y se desprende, también, el que tales estructuras psíquicas entren en conflicto con las formas de vida ulteriores. Es éste el rasgo fundamental que define la naturaleza de lo que se llama la tradición ( )»

(f)

La crítica de la estructura autoritario-represiva de las instituciones burguesas -en primer lugar la familia- es un lugar común en la obra de Reich; y en relación con ello, la miseria sexual. La sexualidad «suprimida» y reprimida -esto es, la miseria sexual- es un fenómeno que se mantiene indisolublemente unido a la institución familiar, y uno y otra son parte integrante de la sociedad burguesa. El tema es central en su ensayo de 1930: Madurez sexual, continencia, moral conyugal. Crítica de la reforma sexual burguesa, ensayo que revisado y aumentado (1936: La sexualidad en el combate cultural. 1945: La revolución sexual) ha sido relativamente leído entre nosotros en su actual versión francesa (Plon y 10/18).

En La psicología de masas del fascismo, y abordando de nuevo el problema de la función social de la represión sexual, Reich escribe:

«El psicoanálisis nos desvela los efectos y los mecanismos de la supresión y de la represión sexuales y sus consecuencias patológicas. La economía sexual pregunta: ¿por qué razón sociológica la sexualidad es suprimida por la sociedad y llevada a ser reprimida por el individuo? La iglesia contesta: para la salvación del alma en el más allá; la filosofía moral mística dice: por la naturaleza ética eterna del hombre; la filosofía de la cultura freudiana pretende que las cosas ocurren así a causa de la "cultura" misma; uno es escéptico y se pregunta por qué razón el onanismo de los niños

o el acto sexual entre púberes ha de perturbar la construcción de gasolineras o la fabricación de

aviones. Uno presiente que esto no es una exigencia impuesta por la actividad cultural misma, sino por las formas actuales de esta actividad y está dispuesto a sacrificar de buen grado las formas, si de esa manera puede ser eliminada la inmensa miseria de niños y jóvenes. La cuestión es, desde

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ese momento, no ya una cuestión de cultura, sino de orden social. Al examinar la historia de la supresión sexual y el origen de la represión sexual, se encuentra que no aparecen en el comienzo del desarrollo cultural, y en consecuencia no constituyen el presupuesto de la formación de la cultura, sino que empiezan a formarse relativamente tarde, con la aparición de la propiedad privada de los medios de producción y el inició de la división en clases. Los intereses sexuales de todos empiezan a entrar al servicio de los intereses económicos de una minoría; este hecho se ha fijado en una forma organizativa: el matrimonio monogámico y la familia patriarcal. Con la restricción y la supresión de la sexualidad, el modo de sentir del hombre se modifica, aparece la religión como negación de la sexualidad y la clase dominante construye poco a poco una organización propia de política sexual: la iglesia con todos sus precursores que no tiene otra finalidad que la extirpación del placer sexual y con ello de ese poco de felicidad que existe sobre la tierra. Esto encuentra todo su sentido sociológico si se lo pone en relación con la explotación, desde entonces floreciente, de la fuerza de trabajo humano.

«Para comprender esta relación es necesario aprehender la institución social nodal en la que se hallan entremezcladas la situación económica y la situación de la economía sexual de la sociedad fundada sobre la economía privada. Si no se tiene en cuenta esta institución, es imposible entender la economía sexual y el proceso ideológico del patriarcado. El psicoanálisis realizado a personas de todas las edades, de todos los países y de todas las capas sociales, da el resultado siguiente: la conexión de la estructura socio-económica y de la estructura sexual de la sociedad y la reproducción ideológica de la sociedad se producen durante los cuatro o cinco primeros años de la vida y en el interior de la familia. La iglesia seguidamente no hace más que perpetuar esta función. Es así que el Estado de clases siente un interés inmenso por la familia: ella se ha convertido en su fábrica de estructura y de ideología.

«Hemos encontrado la institución donde se ajustan los intereses sexuales y económicos. Ahora debemos preguntarnos cómo se produce este ajustamiento y cuál es su mecanismo. Sobre este punto el análisis de la estructura típica del hombre burgués (incluido ahí el proletario) aporta una respuesta, suponiendo, claro está, se proponga este tipo de preguntas en el análisis individual. La inhibición moral de la sexualidad natural del niño, cuya última etapa está constituida por los graves prejuicios incorporados a la sexualidad genital del niño, le hace ansioso, tímido, temeroso ante la autoridad, obediente y, en el sentido burgués, amable y bien educado; todo movimiento (Regung) agresivo vendrá, de aquí en adelante, cargado de una fuerte angustia, que paraliza en el hombre las fuerzas de la rebelión y que, a través de la prohibición sexual de pensar, establece una inhibición del pensamiento y una incapacidad de crítica generales. En una palabra, su finalidad es la de fabricar un ciudadano que se adapte al orden fundado en la propiedad privada y que lo tolere a pesar de la miseria y la humillación. Como etapa previa en éste camino, el niño pasa por el estado autoritario en miniatura que es la familia, estructura ésta a la que el niño debe primero adaptarse, si quiere más tarde poder insertarse en el cuadro general de la sociedad. La reestructuracion (Umstrukturierung) del hombre -esto debe quedar claro- resulta esencialmente del anclaje de la inhibición y de la angustia sexuales en el material viviente de los instintos sexuales.»

(g)

Estamos nuevamente ante el problema de fondo de la retro-acción de la ideología. La cuestión es tratada extensamente en La psicología de masas del fascismo y ha sido ya repetidamente

comentada (Ver el último párrafo de la nota «c» y la nota «e»). Las palabras que siguen ayudarán a

hacerse cargo del planteamiento inicial de Reich respecto do esta cuestión:

«Lenin había sido ya sorprendido por un comportamiento curioso, irracional, de las masas antes de los levantamientos o en el transcurso de los mismos. Da el siguiente relato de los levantamientos de soldados en 1905 en Rusia:

"El soldado estaba lleno de simpatía hacia la causa de los campesinos; sus ojos brillaban ante la sola evocación del campo. Entre las tropas, más de una vez, el poder había pasado a manos de los soldados, pero casi nunca se vio una utilización firme de este poder; las soldados vacilaban; horas después de haber dado muerte a un superior que odiaban, devolvían la libertad a los otros, entablaban negociaciones con las autoridades, después se dejaban ejecutar, "

(Lenin, Sobre la

se ponían bajo la férula y permitían ser colocados de nuevo bajo el yugo religión.)

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«Cualquier tipo de mística explicará un tal comportamiento, aduciendo la naturaleza moral del hombre que frenaría una rebelión contra la institución divina de la propiedad privada, contra la autoridad del Estado y sus representantes; el marxista vulgar pasa al lado de estos fenómenos sin prestarles atención -por lo demás, no encontrará ni la comprensión ni la explicación de ellos, por cuanto que no pueden ser explicados directamente por la economía. La concepción freudiana se aproxima mucho más al hecho cuando reconoce, en un comportamiento tal, el efecto de un

sentimiento de culpabilidad en relación con figuras paternales, sentimiento que tiene su origen en la infancia de los hombres. Pero no nos dice nada acerca del origen y la función sociológicos de este comportamiento y, en consecuencia, no conduce a solución práctica alguna. Desconoce igualmente

la

relación que existe con el modo de vida sexual de las grandes masas. ( )

«(

)

Marx ha encontrado la vida social dominada por las condiciones de la producción económica

y

por las luchas de clase, que, a partir de un momento determinado de la historia, nacen de estas

condiciones. La dominación de la clase oprimida por parte de los propietarios de los medios de producción, no utiliza más que raramente los medios de la violencia brutal; su principal arma está constituida por su poder ideológico sobre los oprimidos, poder que es fuertemente sostenido por el aparato del Estado. Sabemos que Marx pone como primer presupuesto de la historia y de la política al hombre que vive, que produce con sus cualidades psíquicas y físicas. La estructura del hombre que actúa, lo que se llama el "factor subjetivo de la historia", ha quedado inexplorado porque Marx era sociólogo y no psicólogo, y porque en esa época no existía una psicología científica. El problema que ha quedado sin respuesta es el de saber por qué razón los hombres soportan desde hace siglos la explotación, la humillación moral, en una palabra, la esclavitud; y es que se tomaba conciencia sólo del proceso económico de la sociedad y del mecanismo de explotación fundado sobre la propiedad privada.»

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La fuerza productiva viviente, la «fuerza de trabajo» de Karl Marx

Escrito en 1936, pero prologado y publicado por primera vez en 1944. Se reproduce a partir de la versión publicada en folleto por el colectivo Etcétera (2002), tomada a su vez de la compilación: W. Reich, La plaga emocional en el trabajo, Ediciones Síntesis (Barcelona, 1980). Para esta edición se han realizado algunas correcciones mínimas y se han creado divisiones en números romanos conforme a las partes temáticas del texto.

"Pero adviértase que aquí sólo nos referimos a las personas en cuanto personificación de categorías económicas, como representantes de determinados intereses y relaciones de clase. Quien como yo concibe el desarrollo de la formación económica de la sociedad como un proceso histórico-natural, no puede hacer al individuo responsable de la existencia de relaciones de las que es socialmente un producto, aunque subjetivamente se considere muy por encima de ellas."

Karl Marx, El Capital.

Introducción *

Este artículo fue escrito en 1936, en una época en que las ilusiones sociológicas sobre la Unión Soviética habían tomado un carácter de status constitucional. No fue publicado en esa época. Y si es publicado ahora, es por una doble razón:

1) Esta sociedad miserable tiene necesidad de un pensamiento científico como en verdad nunca la tuvo antes. Los conflictos armados no harán cambiar un ápice la miseria. Incluso después de la victoria militar lograda sobre el fascismo alemán, la estructura humana fascista continúa existiendo en Alemania, en Rusia, en América y en todas partes. Esta estructura continuará prosperando de manera subterránea, buscará nuevas formas de organización política y conducirá inevitablemente a una nueva catástrofe, a menos que en el mundo entero grupos responsables decidan rápida y enérgicamente proteger y expresar la verdad, tal como hoy sólo la mentira política es protegida y expresada. Esto se puede predecir con certidumbre.

Partiendo desde un punto de vista científico -que es la única concepción posible del mundo-, puede suscribirse enteramente esta explicación: Karl Marx ha descubierto hechos vitales, de consecuencias sociales importantes, pero la realización de esas consecuencias no resulta posible, dado que el saber y la técnica no permiten aún conseguir un cambio suficientemente rápido en la estructura emocional del hombre. No habría nada que objetar a tal actitud, que encierra una esperanza para el porvenir. Se puede aprobar o condenar a Marx: es una cuestión de gustos. Pero no se puede bajo ningún pretexto, si se pretende ser honesto, referirse a Marx y al mismo tiempo deformar sus conceptos científicos a fin de hacerlos servir a maniobras políticas. No se puede deformar verdades establecidas sin convertirse, tarde o temprano, en cómplice del fascismo, viejo maestro en materia de engaños. Incluso si es imposible cambiar la condición humana para

* El ensayo La fuerza productiva viviente fue escrito por Wilhem Reich en 1936 y publicado en forma de artículo en la Internationale Zetschrift für Psychoanalyse. Con este ensayo, pretendió, por un lado, situar a Karl Marx en su justo lugar, reconociéndole su gran contribución al esclarecimiento de cómo funciona y se expande la dominación del sistema capitalista y, por otro, separar el minucioso y riguroso estudio crítico desarrollado por Marx de las ideologías demagógicas que, amparándose en él, sirvieron y aún sirven de cobertura a Estados despóticos y partidos autoritarios.

En 1927, mientras intentaba utilizar todo aquello que creía válido de la obra de Marx y del psicoanálisis de Freud, Reich aplicó por primera vez el concepto de plaga emocional al estudio de las relaciones humanas en el trabajo. La plaga emocional tiene un papel decisivo en la obra de W. Reich y designa el conjunto de síntomas neuróticos que con el denominador común de las tendencias sado-masoquistas se manifiestan esencialmente en el vivir social. Según lo definió en su obra Análisis del carácter: “La plaga emocional es ese comportamiento humano que, sobre la base de una estructura caracterológica biopática, se hace sentir en las relaciones interpersonales –es decir, sociales- y que se organiza en las correspondientes instituciones”. (Presentación de

Etcétera en la contraportada)

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conformarla a afirmaciones científicas verdaderas, la miseria de la vida cotidiana no debería, bajo ningún pretexto, conducirnos a romper la única esperanza humana: la verdad.

La plaga emocional afecta a la teoría de Marx de la siguiente manera: queriendo suscitar las emociones de las masas y ganárselas, los líderes del partido descuidaron el hecho de que la teoría del valor de la fuerza de trabajo está desnuda de contenidos emocionales. Estos líderes unieron al concepto de plusvalía sentimientos de rencor, de odio, de celos, y el deseo devorante de embolsarse esas ganancias. De manera que los descubrimientos prometedores y positivos de Marx se perdieron en el seno de una multitud de emociones irracionales, que no sólo no condujeron a ninguna realización práctica, sino que provocaron la ruina de todo el movimiento obrero.

Es cierto que la plaga emocional tiene el poder de contaminar a masas enteras, de conquistar naciones, de destruir poblaciones; pero es incapaz de engendrar una sola medida constructiva cuando se trata de mejorar la miseria económica. Es cierto que la plaga emocional es capaz de hacer pedazos, de quemar y destruir a millones de individuos. Pero ninguna dictadura sabría dominar el crecimiento de los árboles; nadie tiene el poder de forzar a un árbol a crecer más pronto y más alto. Por otra parte, la investigación científica aplicada a la arboricultura puede proporcionar los medios para impedir las enfermedades de los árboles y mejorar las condiciones de crecimiento. La búsqueda y el descubrimiento de los hechos por parte de la ciencia, corresponde al salvar los obstáculos que se oponen a la vida.

Este ejemplo muestra claramente la función biológica de la ciencia, por oposición a las funciones destructivas de todas las manifestaciones de la plaga emocional. Lo que ciertos grupos políticos de Europa y América combaten bajo el nombre de "marxismo", no tiene nada que ver con las enseñanzas económicas de Marx. Y de la misma manera, los diversos partidos pretendidamente "marxistas" que existen, no tienen nada en común con la ciencia marxista.

Hace alrededor de diez años, se reprendía severamente a quienes se arriesgaban a contestar una sola línea de los escritos de Marx, y se condenaba a quien declarara científicamente que la economía marxista tenía una urgente necesidad de ser completada por una psicología de masas científica. Sin embargo, el marxismo ha sido recientemente "revisado" en la Unión Soviética. Los economistas oficiales del gobierno han "descubierto" que Marx se había equivocado al pretender que en el socialismo no habría de producirse ni de acumularse una plusvalía, ya que la producción de plusvalía era una especialidad del capitalismo.

He aquí dónde reside la deformación: Marx no menciona en ninguna parte de su teoría económica que la producción de plusvalía dejaría de existir en el socialismo. Esta "revisión" no tiene sentido; es, por el contrario, un contrasentido, porque lo que se revisa no ha sido dicho nunca.

El problema fundamental de Karl Marx no consistía en saber si en el socialismo se produciría plusvalía o no; el problema consistía en la naturaleza de la plusvalía, en saber de dónde viene y a quien beneficia. La plusvalía se produce sobre la base del carácter específico de la fuerza de trabajo viva. E¡ nudo de la teoría económica de Marx, es la diferencia fundamental entre la fuerza productiva viviente y la fuerza productiva inerte.

Después de haber determinado la naturaleza de la fuerza de trabajo viva y, en consecuencia, el origen de la plusvalía, uno es conducido a plantearse esta cuestión de orden sociológico: ¿quién se apropia la plusvalía? Son siempre los que poseen los medios sociales de producción quienes se la apropian. En el capitalismo privado, son los capitalistas individuales; en el capitalismo de Estado, es el Estado; y en una libre democracia del trabajo 19 , es el conjunto de los trabajadores -como ocurría en las sociedades primitivas y como Karl Marx preveía para una futura sociedad verdaderamente democrática.

Poco importa la toma de posición respecto a esta constatación; se la puede aceptar con entusiasmo o detestarla, pero no se la puede deformar. Desplazar el problema de la producción de la plusvalía, dejando de preguntarse sobre su naturaleza, su origen y su forma de apropiación, para

19 La democracia del trabajo está fundada esencialmente sobre dos factores: a) es trabajador cualquiera que cumpla un trabajo socialmente necesario, no solamente el trabajador manual; y b) la responsabilidad social radica sobre la masa de los trabajadores y no sobre individuos privados o funcionarios del Estado. (Véase al final el glosario.)

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plantear la cuestión de si "la plusvalía existe o no", constituye una deformación inadmisible de un descubrimiento científico. Las correcciones que siguen no tienen nada que ver con opiniones políticas de ninguna clase, sino que proceden de un interés vital por salvaguardar las conquistas del saber científico. En nuestra época, no resulta superfluo subrayar que los problemas científicos no pueden ser resueltos por pelotones de ejecución, el medio más moderno para solucionar los diferendos.

2) La segunda razón que me persuade para publicar hoy este artículo es la concordancia entre el análisis marxiano de la fuerza de trabajo viva en el proceso de producción de la plusvalía y el estudio orgonómico de la actividad biológica humana. A partir de 1928, aproximadamente, la economía sexual no ignora que lo que Marx llama la fuerza de trabajo viva es idéntica a lo que la biofísica del orgón llama "función de trabajo de la energía biológica". Quisiera expresar aquí mi profunda satisfacción, sobre el plano humano y sobre el plano científico, de que un pensador y un investigador de la envergadura de Karl Marx haya hecho de una función vital específica el nudo de su "árida" teoría económica. El fue el primero en lograr esa proeza y la humanidad debe estarle agradecida. El hecho de que la humanidad casi lo haya dejado morir de hambre, que continúe ensuciándolo, que siga atribuyéndole cosas que jamás dijo, que se ampare en sus descubrimientos científicos prácticos sin atribuírselos, todo eso agrega una nueva y pesada deuda a la ya inmensa deuda que la humanidad tiene con él. No es culpa de Marx. Era mi deber de científico restablecer lo que una mentalidad social inconcebible intenta escamotear.

Wilhelm Reich

Orgonon ** , julio de 1944.

I

Durante el verano de 1927, mientras vivía con mi familia en Lans, cerca de Innsbruck, yo estudiaba El Capital de Karl Marx. Después de haber estudiado con pasión las cien primeras páginas, que tratan de la plusvalía, comprendí que Karl Marx es a la ciencia económica lo que Freud es a la psiquiatría. Su concepción de base era simple, evidente en sí misma, y se encontraba en contradicción con todos los conceptos tradicionales. En cambio, la economía pre-marxiana o no- marxiana, intentaba explicar la ganancia a partir del "valor natural" de la materia inerte, del capital existente o invertido, etc. Los economistas anteriores a Marx habían sostenido que el valor de las mercancías estaba determinado por la ley de la oferta y la demanda. Marx probó que esta ley no provoca más que ligeras fluctuaciones de los precios y que el valor de una mercancía está determinado por la "fuerza de trabajo" humano que la inviste. Un árbol, por ejemplo, no tiene ningún "valor" en sí mismo, es decir que no posee trabajo humano "agregado". Sólo cuando el árbol ha sido abatido, cortado, dividido en planchas o transformado en un mástil, adquiere un "valor" para el hombre. Esto se aplica a todo lo que tiene un "valor". El aire no tiene un "valor"; se lo obtiene gratuitamente, porque se lo puede consumir sin necesidad de agregarle la fuerza de trabajo del hombre. De la misma manera, la piel de un buey no tiene valor sino cuando la mano del hombre la ha transformado en zapatos.

Marx distingue el capital constante del capital variable. El capital constante consiste en materiales brutos inertes y en máquinas inertes. Estos no producen ganancias por sí mismos, sino a menos que el trabajo humano, el capital variable, los transforme en mercancías, en valor de uso. Dado que se puede prestar dinero con interés, el valor del capital parece ser determinado por el hecho de que este último produce aún más dinero, sea por la inversión en la industria -capital industrial-, sea por el préstamo -capital bancario-. Según Marx, el dinero no es más que papel fabricado sobre la base de una convención social para facilitar los intercambios comerciales. No tiene valor por sí mismo, sino el que le otorga la fuerza de trabajo necesaria para la fabricación de billetes y monedas de banco. Su valor real lo recoge únicamente de lo que representa, es decir, lo que se puede comprar con él, por ejemplo una mercancía. Sin embargo, no se compran solamente mercancías inertes, sino

** Orgonon era el nombre de la casa, laboratorio y centro de investigación de Wilhelm Reich en los EEUU, situado en el pequeño pueblo de Rangeley, en el estado de Maine. Allí fue enterrado y actualmente está abierto al público como Museo Wilhelm Reich. Nota de R. Ferreiro.

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también mercancías vivientes. El empresario paga al obrero por el uso de su mercancía, su "fuerza de trabajo". La fuerza de trabajo puede ser comprada y vendida como cualquier otra mercancía. Si yo soy zapatero, fabrico un par de zapatos y los vendo, éstos dejan de pertenecerme. La fuerza de trabajo que un tornero vende al propietario del capital, tampoco le pertenece. Lo mismo que el comprador de zapatos puede hacer lo que le plazca con el valor de uso de éstos, el empresario puede hacer lo que quiera con la mercancía que es la fuerza de trabajo que ha comprado; puede explotarla como le plazca. Esto no es "malo" por su parte, porque él actúa según las leyes del mercado, con toda legalidad.

Marx ha definido científicamente el concepto de "capitalista". Un capitalista no es, como se cree comúnmente, un hombre que posee mucho dinero, sino un hombre que, apoyándose en las leyes de la economía de mercado, puede, con su dinero, comprar y utilizar la fuerza de trabajo de otras personas. Si yo soy un médico competente, si obtengo buenos resultados terapéuticos, muchos enfermos vendrán a verme. Ellos pagarán por mi tiempo de trabajo, es decir, también el valor de mi fuerza de trabajo. Para hacer mi trabajo, yo debo recrear continuamente mi fuerza de trabajo. Pero esto no me resultará suficiente para hacer mi trabajo específico. Es necesaria además una formación particular que cuesta trabajo y dinero, un trabajo continuo para perfeccionar la formación, instrumentos, etc., en los cuales otros trabajadores, a su vez, habrán invertido su fuerza de trabajo. Yo he pagado por todo eso con una parte de mi fuerza de trabajo. El paciente debe pagar, pues, por el conjunto de la fuerza de trabajo y no solamente por la mía -la que empleo en mi trabajo con él. El paciente paga por medio de un valor sustitutivo, convencional, por medio del "dinero", lo que me permite a mi vez comprar los productos y la fuerza de trabajo de otras personas, como el alojamiento, la alimentación, la vestimenta, etc., es decir los valores de uso. En tanto que yo mismo trabajo, no soy un capitalista, cualquiera sea la suma que gane. Si, en cambio, yo empleara a cuatro médicos, pagándoles un salario fijo de 200 kronen 20 por mes, y utilizara su fuerza de trabajo ocho horas por día para que tratasen a los pacientes por mí, entonces sí sería un capitalista. En ese caso, yo "explotaría" la fuerza de trabajo de los otros y me apropiaría del valor de su fuerza de trabajo bajo la forma de dinero. En ocho horas de trabajo, yo sólo podría tratar a ocho pacientes, y ganar ochocientos kronen por cada veinticinco días laborables. Cuatro médicos, por el contrario, podrían ganar cuatro veces más, es decir tres mil doscientos kronen. Yo pagaría a los cuatro médicos un salario mensual total de ochocientos kronen, pero me embolsaría los tres mil doscientos kronen producidos por su trabajo. Así, habría adquirido dos mil cuatrocientos kronen sin haber trabajado yo mismo, explotando la fuerza de trabajo de los otros. Según las leyes de la economía de mercado, yo no sería un ladrón, sino que estaría actuando de conformidad absoluta con la ley. Nadie podría perseguirme o hacerme reproches.

El gran mérito de Karl Marx reside en el hecho de haber desvelado el secreto de la mercancía viviente que es la fuerza de trabajo, su carácter dicotómico. Y la diferencia entre el valor de cambio y el valor de uso de la mercancía llamada "fuerza de trabajo". Un par de zapatos no es un objeto de uso, ni un valor de uso para quien lo fabrica; para éste, sólo es un objeto de cambio. Si no puede utilizar los zapatos él mismo, puede cambiarlos por garbanzos, carne o dinero. Recibirá el equivalente aproximado del valor de la fuerza de trabajo que fue necesaria para la fabricación. La fuerza de trabajo se mide, pues, por el tiempo de trabajo, un tiempo de trabajo medio. Sin embargo, el comprador no compra los zapatos en tanto que valor de uso. Lo hace para satisfacer una necesidad, en este caso para proteger sus pies durante la marcha. Tiene derecho a recibir, bajo la forma de uso de los zapatos, el valor de cambio total de los zapatos, que ha pagado bajo la forma de dinero o carne. El valor de cambio y el valor de uso de una mercancía inerte en la cual se ha objetivado una fuerza de trabajo humano, son idénticos. En cambio, no ocurre lo mismo con la mercancía viviente, la mercancía de la "fuerza de trabajo", precisamente porque se trata de una forma viviente. Aquí, el valor de cambio y el valor de uso no son idénticos. Aquí el valor de uso es mucho más grande que el valor de cambio.

Cada tipo de trabajador, es decir, cada persona que ha creado valores de uso, vende su "fuerza de trabajo" al empresario, según las mismas leyes de la economía de mercado que un zapatero que vende un par de zapatos. Pero, a su vez, el obrero debe "recrear" su fuerza de trabajo comiendo, vistiéndose, alojándose. Para hacerlo, debe trabajar, digamos, tres horas por día, si se mide el valor de la alimentación, el alojamiento y la vestimenta sobre la base del trabajo medio necesario para la reproducción de la fuerza del trabajo. Según las leyes de la economía de mercado, esas tres horas

20 Moneda austriaca en uso hasta la segunda guerra mundial. (N. del T.)

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representan el valor de cambio de su fuerza de trabajo. Así, el capitalista no roba al trabajador cuando le paga, al valor de cambio de su fuerza de trabajo, el valor de tres horas de trabajo diarias. No le roba porque, según las leyes de la economía de mercado, la fuerza de trabajo humano es una mercancía que se vende y se compra como toda otra mercancía. Pero el comprador de la fuerza de trabajo, el propietario de una fábrica, por ejemplo, utiliza la fuerza de trabajo del obrero no sólo tres horas por día -es decir, el valor de las horas de trabajo necesarias para la reproducción de la fuerza de trabajo-, sino ocho o diez horas por día. Esto quiere decir que el trabajador invierte más en valor de uso de su fuerza de trabajo, que es más elevado -ocho horas de tiempo de trabajo-, que el valor de cambio que le es pagado -tres horas de tiempo de trabajo-. Es de esta diferencia, entre el débil valor de cambio -tres horas de trabajo-, y su valor de uso mucho más alto -ocho horas de trabajo-, de la mercancía llamada fuerza de trabajo, que nacen los beneficios en una economía de mercado.

Si un rico comprador de fuerza de trabajo compra la de millares o decenas de millares de trabajadores, utiliza otras tantas veces este valor de uso superior a su valor de cambio. Porque mil o diez mil trabajadores, adicionando mil o diez mil veces su fuerza de trabajo, transforman la materia inerte, el capital inerte, en mercancías. Su trabajo es colectivo, pero la apropiación del valor de las mercancías es individual -"capitalista". Si un artesano fabrica en su taller dos pares de zapatos por día, recibe el valor de cambio de dos pares de zapatos. Si, con máquinas más perfeccionadas, produce no dos, sino diez pares de zapatos por día, puede obtener el valor de cambio de diez pares de zapatos. Pero si trabaja en una fábrica de zapatos, que perfecciona constantemente sus máquinas, no recibirá un salario superior al valor de cambio de su fuerza de trabajo, pese al acrecentamiento de la producción. Porque éste será siempre de tres horas de tiempo de trabajo. La utilización de la fuerza de trabajo por el capitalista ha sido aproximadamente la misma, pero la "explotación" ha aumentado, porque ahora los valores de cambio -valores de uso-, de la mercancía que produce han aumentado considerablemente. Pero el trabajador no dispone del producto de su trabajo. Debe continuar vendiendo su mercancía, su fuerza de trabajo, conforme a las leyes de la economía de mercado, al precio del mercado -tres horas de tiempo de trabajo. Todo hombre que vive de la venta de su fuerza de trabajo, es un trabajador. Todo hombre que compra el valor de cambio de esa mercancía que es la fuerza de trabajo, y explota su valor de uso, aprovechando la diferencia entre el valor de cambio y el valor de uso de la fuerza de trabajo viviente, es un capitalista en el sentido marxista del término.

II

Desde el punto de vista de los principios marxistas estrictamente científicos, sería erróneo hacer responsables a los capitalistas de la explotación de quienes crean los valores. No es el capitalista en tanto que individuo, ni la clase capitalista, quienes se hacen 'culpables', como creen los socialistas extremos. La esencia de la explotación reside en la naturaleza de una sociedad fundada sobre la economía de mercado y que está dividida en clases económicas. Es esta sociedad la que permite a los individuos adquirir -de una u otra manera- suficiente capital para comprar la fuerza de trabajo de otras personas, y así embolsarse la diferencia entre el valor de cambio y el valor de uso de la fuerza de trabajo. La expoliación económica de los trabajadores reside en las condiciones de producción capitalistas y no en las intenciones humanas.

Para comprender la democracia natural del trabajo, es indispensable comprender la siguiente contradicción en el pensamiento y en la propaganda de los partidos marxistas. De una parte, su orientación era puramente económica; la estructura caracterológica de los hombres, tal como son en realidad, resultaba completamente excluida de sus pensamientos. Incluso mucho más tarde, toda toma en consideración de la estructura caracterológica del hombre en la lucha por una democracia auténtica, era violentamente combatida. Pero, por otra parte, la propaganda marxista no se apoyaba sobre los hechos "materiales" de la existencia biológica y social, sino esencialmente sobre las pasiones neumáticas, secundarias, tales como el odio, la envidia, la manía del poder, etc. Soy consciente del hecho de que esta constatación será percibida por los adeptos de los partidos marxistas como un grave insulto. No tengo la intención de insultar a nadie, sino sólo la de revelar los hechos que han contribuido a provocar la catástrofe. Quisiera ilustrar la diferencia entre la actitud de los políticos de los partidos marxistas y la actitud de los que tienden sus esfuerzos hacia una democracia del trabajo, hacia la libertad, con la ayuda de un ejemplo de mi práctica médica. Si debo ocuparme de un niño neurótico que sufre de insomnio y de problemas de aprendizaje, aparecerá ya en el curso de una entrevista superficial que la neurosis del niño proviene de una

Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques - cica_web@yahoo.com - http://www.geocities.com/cica_web

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educación errónea por parte de una madre neurótica. Sin embargo, sería estéril a todos los efectos condenar moralmente a la madre neurótica o suscitar el odio del niño respecto a su madre. Mi constatación en cuanto a la influencia nociva de la madre en la educación de su hijo no tiene más

que un solo objetivo: el de suprimir las neurosis del niño. El conocimiento de ese hecho me permite intervenir de manera benéfica; sin el conocimiento de ese hecho, y despertando el odio del niño hacia su madre, o manifestando una indignación moral revolucionaria, no podría ayudar ni al niño ni

a la madre. La madre enferma, que ha hecho un neurótico de su hijo, no es "mala" o "malvada"; no

es “represiva" ni "explota la debilidad del niño". Ella es el instrumento y, al mismo tiempo que su hijo, la víctima de una situación socio-sexual desastrosa.

Esto vale muy precisamente para el "capitalismo explotador" y el asalariado "explotado". Despertar el odio del trabajador hacia el capitalista, excitar la envidia, insultar a los capitalistas, pedir su muerte, etc., no cambiará la ley de la economía de mercado del capitalismo privado o del capitalismo de Estado. Esta ley dice: "Yo, poseedor del capital, te pago a ti, obrero, campesino, técnico, sabio, etc., 30 a 50 dólares por semana para permitirte a ti y a tu familia nutrirse, vestirse y alojarse. En otros términos, a fin de que puedas reproducir el valor de cambio de tu mercancía, de tu fuerza de trabajo. Tú, a cambio, me vendes tu mercancía, tu fuerza de trabajo, a razón de ocho horas por día, sin tener en cuenta la importancia del valor de cambio sobre el valor de uso que puedan tener las mercancías que tú produces durante esas ocho horas, incluso si este valor de cambio es tres o cuatro veces más alto que el valor que tú debes producir y usar en un día para subvenir a tus necesidades y a las de tu familia". El poseedor del capital, tanto como el asalariado, no entran en una relación mutua en tanto que seres humanos que actúan a su libre arbitrio, relación que podrían modificar a su gusto. Están los dos sometidos a una determinada situación social que funciona independientemente de su voluntad, sobre la base de un desarrollo histórico, y que les domina a los dos.

La comprensión del lector en lo que concierne al desarrollo de la sociología de la economía sexual

y de la psicología de masas -que conducen al descubrimiento de la democracia natural del trabajo-,

depende enteramente de su capacidad de aprehender el análisis marxiano de las leyes de la economía de mercado desde un punto de vista ni ético ni moralizador, o haciendo intervenir sentimientos de odio o de amor, sino desde un punto de vista objetivo y científico. En primer lugar,

se trata de hechos y de leyes de funcionamiento, no de ideales y aspiraciones. Las aspiraciones reales no pueden reposar más que sobre la constatación de hechos reales.

Una de las principales razones de esta miseria insensata en la que la humanidad cae constantemente, es que los políticos fundan sus ideales y sus objetivos -sean buenos o malos-, no sobre los hechos, sino a menudo sobre juicios de valor irracionales, emocionales. Todos los que conocen mis escritos saben que he subrayado siempre la importancia de las emociones, pero solamente de las emociones y las aspiraciones fundadas sólidamente sobre hechos reales; siempre he combatido los objetivos y los ideales no fundados, ilusorios e irracionales.

El descubrimiento de la ley de la economía de mercado y de la contradicción particular, inherente

a la mercancía viviente -valor de cambio inferior al valor de uso, al contrario de la mercancía inerte, cuyo valor de cambio iguala al valor de uso-, es un descubrimiento científico; no es ni bueno ni malo; es solamente verdadero. No tiene nada que ver con la ética o la moral. El capitalista que paga el valor de cambio de la mercancía de un trabajador, su fuerza de trabajo, y que utiliza su valor de uso, que es más elevado, no actúa así en razón de malas intenciones. Personalmente, puede ser un crápula o un hombre bueno. Frecuentemente, ni siquiera conoce el mecanismo al cual debe su riqueza. Él mismo está inmerso en el proceso y está sometido a todas las consecuencias de la ley de la economía del mercado, tales como la competencia con otras empresas o trusts, el curso de las crisis económicas, etc.

Yo no combato ni defiendo el capitalismo. No ocultaré qué, personalmente, no aprecio el carácter del capitalista típico, cuyos pensamientos, acciones y sentimientos no tienden más que a ganar dinero, porque el poder del dinero reemplaza el amor natural; que es un verdadero artista cuando se trata de tomar y un mero aficionado cuando se trata de dar, porque es incapaz de comprender la alegría de dar. Pero esto no debe impedirnos distinguir entre las características humanas de un capitalista individual y las leyes de la economía de mercado, de las que éste se ha convertido en agente por herencia o por enormes esfuerzos personales.

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Por otra parte, no quisiera ocultar el hecho de que considero el descubrimiento de esta ley económica por parte de Karl Marx como una de las mayores hazañas jamás realizadas por el espíritu humano. Es cierto que la ley de la economía de mercado, tal como fue descubierta e ilustrada por Marx, se aplica a los 300 últimos años de la civilización del maquinismo capitalista; pero su alcance llega mucho más atrás, a los tiempos primitivos de la sociedad, a los tiempos oscuros del pasado, cuando la sociedad humana abandonó de manera creciente la producción de valores de uso para producir cada vez más valores de cambio, es decir, mercancías. Este proceso se produjo al mismo tiempo que la transformación de la "economía natural" en "economía monetaria". Y, a la par, la afirmación de la sexualidad, que garantizaba una regulación natural de la energía sexual, se cambia en negación de la sexualidad y en plaga emocional. El descubrimiento de Karl Marx cambió por completo el rostro de la sociedad sobre este planeta. Hizo que millares de economistas y sociólogos tomaran conciencia de una economía llamada hoy economía social moderna. Hay muchísimos economistas y sociólogos que no han leído jamás a Marx, e incluso hay quienes lo refutan; pero, sin embargo, muestran su influencia y llevan la marca de la teoría económica y sociológica de Marx en sus trabajos prácticos. No fue Ricardo, ni Smith, sino Marx, quien llevó al nivel de la conciencia humana general las leyes del desarrollo técnico moderno. Las numerosas organizaciones liberales y socialistas no hubieran estado jamás a la altura de ese desarrollo si no hubieran caído conscientemente bajo el encanto de la sociología de Marx. Se por experiencia que hay numerosos capitalistas responsables que tienen a Marx en gran estima y que lo comprenden mejor que muchos políticos de los partidos socialistas.

Las cualidades positivas de la hazaña de Marx no cambian en nada el hecho de que su sociología -lo que resulta comprensible- contiene serias omisiones, ante todo una incomprensión del enraizamiento biológico del hombre y del hecho que sea gobernado por sus pasiones. Los políticos de los partidos ponen en ese lugar a factores éticos no científicos, consignas libertarias sin fundamento y "organismos de libertad" formales, burocráticos. No se puede, sin perder de vista el propio camino y los propios objetivos, reemplazar nociones científicas por consignas, ideologías, ilusiones y teorías. No sé cuantos economistas de la Unión Soviética son conscientes del hecho de que, según los muy precisos criterios de la teoría del valor de Marx, una economía de mercado existe siempre, con todas sus particularidades, con la oposición que ella implica entre valor de cambio y valor de uso de la fuerza de trabajo -es decir, la explotación del trabajo humano. Resulta lo mismo que sea el "Estado" o el "capitalista" quien explote. Lo que importa es saber si la sociedad está organizada por quienes simplemente usan la fuerza de trabajo ajena, sean el Estado o el capitalista. 21 Durante veinte años no he oído a un sólo economista soviético mencionar ese hecho. Según los principios marxistas, no hay socialismo en la URSS; es decir, allí no hay abolición de la economía de mercado, sino otro tipo de capitalismo. O, más precisamente, un capitalismo de Estado sin capitalistas individuales.

No son el capitalista individual o el Estado los responsables, sino la función de la economía de mercado. Es solamente cuando se comprende esto de una manera plena y clara, que se pueden juzgar los efectos sociales de la economía de mercado sobre la vida humana, que uno puede preguntarse si sería posible, y cómo, abolir esta economía de mercado, que tiene una antigüedad de millares de años, y reemplazarla por una economía de uso. Un sistema planificado, en el que la economía se desarrolla cada vez más, favorece automáticamente la transición de una economía de mercado a una economía de uso. Se producen los géneros que resultan necesarios y no los que se pueden vender con mayor beneficio. En la medida que la economía soviética ha sido una economía planificada, ha engendrado una economía de uso; pero como se ha comprometido con el comercio exterior, participa necesariamente de una economía de mercado. Estos hechos no son ni buenos ni malos; son procesos reales. No fue un trabajo de política partidista, sino el trabajo de Marx en el dominio de las ciencias sociales, quien dio la orientación necesaria para poner la sociología y la economía sobre sus propios pies, a fin de que pudieran operar de una manera nueva.

Una vez más, quisiera señalar que el elemento fundamental del descubrimiento marxiano de la teoría del valor y, con ella, de la esencia del trabajo humano en general, es de naturaleza biológica o bio-social. Este hecho fundamental escapa a la atención de los políticos de los partidos. Es

21 El "Estado" y la "sociedad" designan dos entidades sociales fundamentalmente diferentes. Existe un Estado que se sitúa por encima o contra la sociedad, y del que el mejor ejemplo es el Estado totalitario fascista. Existe una sociedad sin Estado, como en las sociedades democráticas primitivas. Existen formas de organización del Estado que trabajan esencialmente en favor de los intereses de la sociedad, y otras que hacen lo contrario. Lo que hace falta subrayar es que el "Estado no es la sociedad".

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únicamente la fuerza de trabajo viviente -el capital variable-, quien crea los valores, y no el capital inerte.

Se puede preguntar porqué me convierto aquí en un defensor encarnizado de la teoría marxiana del valor. No es ciertamente en razón de algunas orientaciones políticas o de un conocimiento

personal de la miseria social, sino por la única razón de que no conozco otra sociología que, como la

de Marx, pueda armonizarse con mi propio descubrimiento de las leyes de la energía biológica. La

organización natural del trabajo en tanto que hecho biológico -y no en tanto que exigencia moral o política-, lo mismo que los descubrimientos de la biofísica del orgón, exigen que se reconozca la existencia de la especificidad de la mercancía viviente, la fuerza de trabajo. Tales hechos adquieren una importancia considerable y una influencia decisiva cuando son apuntalados científicamente por dos partes, independientes la una de la otra. Poco importa si son aceptadas por un místico, un capitalista o un socialista no científico que se pretende liberador.

Recapitulemos: la producción de bienes en la sociedad es colectiva; su apropiación es individual en el capitalismo privado, y en el capitalismo de Estado es éste último quien se apropia de los bienes de producción, no la colectividad. El que produce los bienes no dispone del producto de su trabajo. Es un trabajador asalariado, es decir, pagado según la ley por el valor de cambio de su mercancía, su fuerza de trabajo. En lo que se refiere a las relaciones sociales, tenemos por una

parte al capital, en tanto que poder social bajo la forma de propiedad privada -o del Estado-, de los medios de producción, de las tierras y los inmuebles; por otra parte, tenemos el trabajo asalariado.

A esto corresponden las clases económicas: los poseedores del capital y los trabajadores

asalariados. Sus intereses son antagónicos. Está en la naturaleza del capital querer ser "rentable".

Pero no lo es a menos que rinda interés. Y no lo puede obtener sino mediante la "plusvalía", a partir

de las diferencias entre el valor de cambio y el valor de uso de la fuerza de trabajo. El trabajador,

por supuesto, desea que su salario aumente. No menos naturalmente, el capitalista desea no aumentar e incluso disminuir los salarios. De esta manera, las dos clases sociales tienen relaciones

de

hostilidad. Son las leyes socio-económicas de la economía de mercado las que están en el origen

de

esta situación y las que la mantienen mediante instituciones específicas.

III

Sin ninguna duda, la teoría económica de Marx es a la economía lo que la teoría de la vida psíquica inconsciente de Freud es a la psicología. Las dos teorías presuponen una concepción, basada en los hechos, de leyes que gobiernan la vida humana de hoy. La teoría funcional de la vida

no

puede ser comprendida si no se está familiarizado con sus condiciones preliminares.

La enseñanza de Marx, como todos los grandes pensamientos humanos, presenta todos los signos

de

una apertura sin límites. Que esta apertura haya sido reemplazada por la estrechez de espíritu de

los partidos políticos, cuando el temperamento ardiente de Marx no podía ya ejercer su influencia,

es también en sí un problema de la sociología marxiana. Incluso antes de que esto ocurriera, Marx

había tomado sus distancias respecto a sus discípulos, cuando declaró: "¡Yo no soy marxista!".

Tampoco yo soy marxista, pero creo haber entendido a Marx en toda su grandeza y en todas sus pequeñas debilidades. Volvamos a sus grandes ideas e investigaciones. Él fue muy consecuente consigo mismo; y debió pagarlo con el exilio, la pobreza extrema y las persecuciones.

Antes de Marx, se creía que era el hombre quien "hacía la historia". Es decir, que la hacía el jefe, o el genio. Pero Marx apagó definitivamente los últimos reflejos de esta ilusión. Por cierto, el hombre hace la historia: ¿quién sino? ¡Seguramente no las máquinas! Pero el hombre no puede hacer la historia sino en ciertas condiciones a las que está sometido. La voluntad de los hombres y la realización de sus objetivos dependen del nivel de desarrollo que la sociedad haya alcanzado, y del punto a que haya llegado su dominio técnico de la naturaleza en una época determinada. Dédalo e Ícaro quisieron volar, pero no pudieron. Les faltaban los conocimientos y las técnicas que permiten fabricar gasolina y motores susceptibles de elevar un peso en el aire. Es verdad que la imaginación y la actividad humana son la fuente de todos los impulsos sociales, pero incluso la imaginación y la actividad humana están limitadas y determinadas por la época. Copérnico y Galileo no podían arrebatar a los hombres el sentimiento de que la tierra es grandiosa y única. Fueron severamente castigados porque su época no podía aún hacer ningún uso práctico de sus descubrimientos. No

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había ni astrónomos ni pilotos de la estratosfera a quienes el conocimiento de la rotación de la tierra alrededor del sol resultara imprescindible. Si uno aprecia la vida, más vale no estar demasiado avanzado en relación a su tiempo. Veremos que es sólo a través de Marx mismo que podremos comprender porqué no fue aceptado mientras estuvo vivo y porqué su movimiento, 50 años después de su muerte, sufrió una derrota fatal, bajo el efecto de una idiotez generalizada. Sin Marx, no podríamos comprender ni a Marx ni al marxismo y, en consecuencia, la manifestación extrema de la metafísica: el fascismo.

Todos los hombres que trabajan y actúan están deseosos de mejorar la vida. Si, como los metafísicos pretenden, el hombre hace la historia por su "libre elección", hace mucho tiempo que tendríamos el paraíso en la tierra. El hecho de que estemos todavía lejos -y que, al contrario, estemos asfixiados por el infierno-, prueba que es la sociología científica quien dice la verdad: los hombres han creado entre ellos relaciones y condiciones "inconscientes" que ahora les rigen. Han creado máquinas para producir más y con mayor facilidad. Luego han sido diezmados por las máquinas; deben afrontar el hambre y caen en la miseria. El hombre ha descubierto la técnica cinematográfica y numerosos actores se han encontrado sin empleo. El film mudo ha dejado su lugar al film hablado y millares de músicos se han quedado sin empleo. Mientras más fácil y rápidamente se pueden construir casas, más hombres deben vivir apretujados en sus alojamientos. Mientras más trigo y café se cosecha, más se tira al mar y millones de personas tienen menos para comer. He aquí un absurdo que merece ciertamente un examen científico atento. La economía capitalista es una economía de ganancia. Produce mercancías y no géneros destinados al uso. La economía no sirve para satisfacer necesidades, sino que las necesidades son creadas, reprimidas o mitificadas según las leyes de la economía de beneficio. La economía mundial no se pregunta cuántos chinos o negros van con los pies desnudos, pero organiza congresos anuales para aportar tal o cual ligera modificación a los zapatos de hombres y mujeres a fin de promover una nueva "moda de zapatos" como una necesidad vital e indispensable. La industria del cine no pregunta que problema pedagógico, médico o técnico de la humanidad podría ser representado para "elevar el nivel de cultura". En cambio, excita sentimientos sádicos y perversos en los hombres, con el único fin de lanzar al consumo productos bien rentables. Esta industria jamás produjo film alguno que resolviera un sólo problema humano. Un pequeño número de ellos despiertan problemas vitales, y la mayoría provocan aspiraciones patológicas. Las películas no están al servicio de la humanidad, sino al del beneficio.

La economía del beneficio trata de eliminar a la competencia. La competencia, llamada libre empresa, destruye a las empresas pequeñas y reúne a las grandes en trusts cada vez más pujantes. "El capital se concentra en manos de un pequeño número" y el empobrecimiento de las masas se acrecienta. Los trusts de los zapatos han arruinado al viejo zapatero, las máquinas agrícolas han arruinado al campesino que se servía de una carreta. El gran capitalista destruye al pequeño, después de haber aplastado al artesano. Los artesanos libres de antaño se han transformado en un ejército de especialistas técnicos asalariados o de peones no cualificados.

La racionalización de la economía, en lugar de reducir la duración del trabajo, ha creado el paro. Si los negocios marchan bien, si la demanda es fuerte, se produce más y más, de manera incontrolada. Los capitalistas del mundo entero hacen lo mismo para ganar más dinero, para no dejarse desbordar por los otros, para no ceder un paso. Cuando las necesidades se han agotado, la coyuntura comienza a deteriorarse, los capitalistas tienen stocks enormes que pueden vender cada vez con más dificultad. Es el comienzo de la crisis económica y su terrible círculo vicioso. Los empresarios despiden a los obreros, lo que disminuye el poder de compra de la población. La bancarrota del comercio monetario y mercantil provoca la bancarrota de los bancos. Esto arruina a las pequeñas fortunas, lo que reduce aún más el poder de compra. La reducción del poder de compra de la población agrava el estancamiento de la distribución, lo que provoca nuevos despidos, etc. Se reducen los salarios, se aumenta todo lo posible la duración del trabajo sin aumento paralelo de los sueldos, o bien se reduce la jornada laboral reduciendo en consecuencia los salarios. Ni el empresario ni el trabajador comprenden realmente lo que sucede. Tales eran los efectos de las condiciones objetivas de la producción en 1930.

La sociedad no es simplemente la suma de individuos que viven y trabajan juntos. La vida social está determinada por la resultante de todas las fuerzas que están en el hombre y entre los hombres. Las relaciones mutuas de interdependencia son factores determinantes. El "estado legal bien ordenado" es un sueño y no una realidad. Es una completa ilusión, tanto como la "armonía de la

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personalidad acabada" de la antigua psicología ética. Dado que las gentes no tienen más que un conocimiento muy parcial de sus relaciones mutuas, son incapaces de gobernarlas o de cambiarlas. Es por esto que las relaciones entre personas tornan la apariencia de un destino inexorable. El individuo medio ve su situación social de esta manera. Los que ven con claridad la red de las relaciones de dependencia social y el mecanismo de la explotación, adquieren una "conciencia de clase", tanto el burgués poseedor de capital como el trabajador que posee la fuerza del trabajo. El primero puede, entonces, explotar mejor y de manera más hábil; el segundo puede combatir la explotación con mayor éxito. Tal era la teoría de los partidos marxistas. Esta contradicción no puede ser resuelta en el seno del sistema capitalista. O bien son los productores del trabajo los que poseen los medios de producción, o bien son los poseedores del capital. Es inconcebible que ambos puedan poseer los medios de producción al mismo tiempo. La voluntad de explotar la fuerza de trabajo de los demás no puede, en ningún caso, aliarse a la voluntad de no dejarse explotar. Toda tentativa de una unión semejante no podría hacerse sino en perjuicio de la conciencia del proceso de la explotación. El capital y el trabajo no pueden coexistir 'pacíficamente', salvo que la explotación aparezca enmascarada a los ojos de los explotados, El que no admite ese engaño y lucha contra él es calificado de "agitador comunista". Marx fue el más grande de los "agitadores comunistas", porque nadie ha demostrado más claramente lo que es la creación de valores a partir de la mercancía llamada "fuerza de trabajo".

El mismo Marx ni se pregunta cuál será la actitud de los oprimidos y de los explotados cuando se les muestra su explotación y su opresión. Los marxistas no dudan de que los explotados aceptarán con alegría la toma de conciencia y el anuncio de la liberación. Desde un punto de vista racional, esto es exacto. Desgraciadamente, los pensamientos y las acciones del hombre no están siempre determinados de manera racional. También hay pensamientos y acciones irracionales, desprovistas de sentido y erróneas. Tal hecho ha sido establecido por Freud. Nadie sospechaba entonces que esta cuestión plantearía alguna vez un problema central y crucial al movimiento obrero. Alrededor de Marx y de Freud se formaron dos campos enemigos, que competían entre sí para que se reconociesen sus respectivas interpretaciones de la vida social. Ese fue el punto de partida de mi tentativa de unificar esas dos teorías. Una tentativa que fracasó, por cierto.

La sociología de Marx revelaba los procesos económicos que determinan las relaciones entre personas, es decir, las relaciones sociales. En cambio, la psicología de Freud revelaba las fuerzas inconscientes, es decir, y en último análisis, las fuerzas pulsional-biológicas que dominan los pensamientos y las acciones de los hombres. Así, tenemos una junto otra, o mejor una frente a otra, una interpretación sociológica científica y una interpretación psicológica científica de la existencia humana.

Las condiciones y los procesos socio-económicos, objetivos, independientes de la voluntad consciente, determinan tus pensamientos y tu ser: esto es lo que había descubierto Marx.

Las fuerzas pulsionales psíquicas, independientes de la voluntad humana consciente, y que en último análisis tienen sus raíces en fuentes de energía aún desconocidas, determinan tus pensamientos y tu ser: esto es lo que había descubierto Sigmund Freud.

Las condiciones socio-económicas, las fuerzas productivas marxianas, actuaban por encima del aparato biopsíquico del hombre, es decir a mitad de camino: por ejemplo, el desarrollo técnico, las condiciones de trabajo, las condiciones familiares, las ideologías, las organizaciones, etc. En cambio, las fuerzas pulsionales psíquicas de Freud actuaban bajo las profundidades del aparato biopsíquico. Estas fuerzas escapan tanto a la voluntad consciente del hombre como las fuerzas productivas socioeconómicas de Karl Marx.

Estas dos interpretaciones científicas de la existencia humana parecen contradecirse y excluirse mutuamente. En consecuencia, las escuelas sociológicas y psicoanalíticas eran muy hostiles entre sí. Los economistas marxistas, que habían tenido una influencia fundamental en la vida pública de Alemania y Austria, consideraban el psicoanálisis como una competencia peligrosa e indeseable en la interpretación de la existencia social e individual. Lo mismo le ocurría al psicoanálisis en relación al marxismo.

Sin embargo, las dos escuelas tenían un terreno de reencuentros: las dos investigaban y describían el proceso objetivo que, fuera de la consciencia, produce en última instancia los

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fenómenos superficiales de la ideología, los juicios de valor, la ética y las exigencias sociales. Actuando así, las dos escuelas procedían de manera verdaderamente científica, asemejándose en ello a la física, que investiga detrás de cada fenómeno del movimiento, o detrás de la chispa de un acumulador, las leyes funcionales de la invisible energía eléctrica. Las dos escuelas se desprendían del psicologismo y del moralismo de ciertos métodos de análisis económico, al mismo tiempo que de una psicología sólo atenta a los fenómenos superficiales.

Esto constituyó una inmensa hazaña del intelecto humano; significó dejar de actuar a partir de exigencias vacías y de juicios morales, no fundados objetivamente -aunque fuesen bien intencionados-, para ir a la esencia de los procesos reales. Solamente a partir de tales hechos, y no de exigencias vacías, podía desarrollarse una práctica conforme a la realidad, no utópica, sino sólida, capaz de mejorar la vida individual y social.

IV

Los economistas, los filósofos y psicólogos de la época de Marx, siguieron aferrados a la teoría metafísica que preconizaba que el destino del hombre depende de su "libre arbitrio". No podían desprenderse de ella, porque esta concepción ofrece un consuelo ilusorio frente al caos de los acontecimientos naturales. Como sabemos, las ilusiones siempre han resultado más gratas que la realidad tangible a la sensibilidad humana. La ilusión del libre arbitrio del hombre es una determinación sobrenatural, de una providencia y de una fatalidad de la vida, que cumple dos funciones irracionales: en primer lugar, esas ilusiones hacen olvidar al hombre su debilidad frente a la naturaleza, incluidas su propias pasiones; y en segundo lugar, ocultan su sentimiento de impotencia y su miedo, dándole el sentimiento de ser igual a Dios. La manifestación extrema de esta función fue la plaga emocional desencadenada por el hitlerismo. Como hoy sabemos -y como ignorábamos en 1928-, esta plaga fue la obra de un individuo que había fracasado completamente en todo trabajo racional.

La segunda función de la teoría del libre arbitrio comporta un nudo racional, pero que finalmente nos induce al error. Es la función que consiste en dar a los hombres el coraje de luchar para vivir, incluso cuando se sienten débiles, pequeños, desarmados e impotentes, ya que carecen del conocimiento de los hechos y de los procesos. El hombre debe vivir en todo caso, con o sin el conocimiento; por eso, tiene necesidad de emociones que le procuren ilusiones. Las ilusiones no son, pues, simples formaciones irracionales: son también actitudes generadoras de fuerza. De allí el proverbio según el cual "la fe mueve montañas". El éxito del misticismo, que se apoya en emociones, tiene una acción social mucho más poderosa que el conocimiento científico.

Admitimos, pues, que la ilusión está justificada y es necesaria; pero sólo mientras el hombre no haya llegado a un saber efectivo. Si condenamos la ilusión como tal, de manera absoluta y mecánica, podríamos deslizarnos fácilmente hacia una posición de intolerancia respecto de las realizaciones fundadas sobre ilusiones. Las realizaciones de la Unión Soviética respecto a una reconstrucción económica y una eliminación de las injusticias sociales más flagrantes, son el resultado de una ilusión según la cual se estaba "construyendo el socialismo". La ilusión de la ciencia mecanicista, que en su lucha contra la religión y el misticismo consistía en descubrir la "esencia del alma", condujo a grandes descubrimientos en el terreno de la psicología y de la química coloidal.

Pero el peligro y nocividad de las ilusiones es mucho más grande que su utilidad real. Las realizaciones que éstas inspiraron no consiguen igualar a las realizaciones prácticas inspiradas por el conocimiento efectivo de los hechos y los procesos. Sin cesar, desde el origen de la historia, las visiones ilusorias del mundo aparecen en oposición a los esfuerzos racionales que hace el hombre para reducir el dominio de lo desconocido y extender el campo del conocimiento. Las ilusiones conducen, regular e inevitablemente, a instituciones sociales reaccionarias y regresivas. Esto se demuestra por la evolución de la Unión Soviética, tanto como por una ciencia mecanicista que actúa como freno al conocimiento de las funciones vitales. Así pues, si se ha demostrado aquí una función racional de la ilusión, eso no quiere decir que no sea necesario tener constantemente en alta estima la lucha ardiente por una extensión científica del poder del hombre. Si fallo de una pierna, deberé utilizar una muleta que me permita desplazarme. Pero rechazaré la muleta una vez que haya recuperado la movilidad natural de mi pierna.

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Los metafísicos y los místicos de todas las clases, en razón de una satisfacción emocional que las ilusiones procuran a su conciencia de sí, han continuado oponiéndose violentamente al marxismo y al freudismo. Pero por más que proclamen: "Soy libre, superior, semejante a Dios, dueño de mí mismo y de la naturaleza", no han cambiado su dependencia respecto al irracionalismo psíquico, por una parte, y a los procesos socio-económicos, por otra. Esta trágica dependencia encuentra su expresión, de manera clara y evidente, en la catástrofe mundial del último decenio. Marx y Freud, que erigieron sus ciencias sobre leyes bio-sociales y biológicas, continúan ignorados hasta hoy.

Toda la concepción socio-económica de Marx reposa sobre la naturaleza viva del trabajo humano. El trabajo es una actividad biológica básica, que caracteriza incluso a los organismos primitivos. El hombre, en sus funciones de trabajo, no se distingue de otros animales por el hecho de que trabaje:

todas las criaturas vivientes lo hacen, o de lo contrario no podrían existir. El hombre se distingue de otros animales por el hecho de que busca mejorar sus funciones de trabajo mediante la invención de herramientas. Sabemos ya, y eso se lo debemos a Marx, que en esta diferenciación social respecto a los otros animales, el hombre tuvo el infortunio de convertirse en el esclavo de las herramientas que él mismo había creado. La mayor parte de los marxistas, a juzgar por sus publicaciones, han dejado escapar el hecho de que es la fuerza de trabajo viviente -a través de la diferencia entre el valor de uso y el valor de cambio-, la que, desde hace millares de años, ha determinado los mecanismos sociales de la civilización patriarcal. En sus escritos filosóficos, Marx ha subrayado constantemente el hecho de que, en último análisis, es el hombre y su organización biológica lo que constituye la "condición previa de toda historia". Por cierto, Marx no conocía nada de esta "organización biológica", y mal podía conocerla, porque la biología tampoco la conocía. La energía biológica específica, el orgón cósmico, fue descubierto sólo entre 1936 y 1939.

TRABAJO

Oscilación de la bio-energía
Oscilación de
la bio-energía

SEXUALIDAD

Forma social:

Condiciones de educación y de vida familiar

Forma social:

Condiciones de trabajo y de reproducción

ley de la energía biológica de la materia viva

Las dos funciones biológicas objetivas que están en la base de la materia viviente, "el trabajo" y "la sexualidad" o la "función del placer", eran estudiados separadamente a comienzos del siglo XX, por dos sistemas científicos independientes: la sociología de Marx por una parte, y !a psicología de Freud por la otra. En el sistema de Marx, la función sexual era reducida a su mínima expresión bajo una rúbrica falaz: "la historia de la familia".

El proceso de trabajo, por otra parte, sufría la misma suerte en la psicología de Freud, bajo las rúbricas de “sublimación", "pasiones alimentarías" o "pasiones del Yo". Lejos de ser fundamentalmente opuestos, los dos sistemas científicos se encontraban, al contrario -sin que sus fundadores fueran conscientes de ello-, en la base biológica de la materia viviente, es decir, la energía biológica de todos los organismos vivos, cuya actividad se escinde, según nuestro método de pensamiento energético funcional, por una parte en trabajo y por la otra en sexualidad.

La elaboración de ese carácter funcional, a la vez unificado y antitético, de la energía biológica, incumbe a la investigación de la economía sexual. Yo no había entendido bien ninguna de estas ideas en aquél momento. Mis tentativas, entre 1928 y 1930, para resolver el conflicto entre los dos

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sistemas científicos, me habían conducido, a través de la lógica del descubrimiento, al camino que desemboca finalmente en el descubrimiento del orgón, la energía bio-psíquica específica. Esto ocurrió en 1939. Pienso que jamás hubiera llegado a descubrir el orgón si no hubiese aplicado durante años, en el duro trabajo práctico cotidiano, la crítica sociológica a la psicología de Freud, y si no hubiera revelado la laguna que existe en la economía marxiana, para llenarla con la ayuda del concepto de estructura caracterológica.

Las leyes de la energía biológica, del orgón, abarcan tanto los mecanismos básicos del trabajo como los de la sexualidad, y por otra parte, a las fuerzas emocionales que actúan en el interior, en el exterior de los hombres y entre ellos. Estas leyes están en la base de los esfuerzos racionales del hombre, tanto como en sus esfuerzos irracionales; en la base del deseo de investigación científica en el terreno de lo desconocido, tanto como en las creencias místicas sobre la existencia de un Todopoderoso desconocido.

Los mecanismos biológicos fundamentales de la vida no son simplemente la suma mecánica de la función del trabajo y de la función sexual. Estos constituyen juntos un tercer factor, a la vez idéntico y diferente, pero también más profundo. La economía sexual y la biofísica del orgón no son, pues, la suma de las concepciones marxistas y freudianas. Éstas son nuevas disciplinas, fundadas sobre descubrimientos de la sociología y de la psicología profunda, cuya incompatibilidad conduce al descubrimiento del tercer concepto, que les es común.

V

Esto es claro hoy, pero no lo estaba en 1928. Retomemos los acontecimientos que marcaron el comienzo de esta evolución.

Después del 15 de julio, que había ilustrado tan trágicamente los mecanismos básicos de la sociedad clasista, yo estudiaba a Marx y ante todo a Engels. Es natural que un psicoanalista muestre el mayor interés por la obra de este último sobre El origen de la familia, la propiedad privada y del Estado. La contradicción entre las explicaciones marxianas y freudianas se revela flagrante. Las dos parecían justas sobre puntos decisivos y, sin embargo, no podían ser justas las dos a la vez. Engels me condujo a Bachofen y Morgan. Estudié muy atentamente Das Mutterrecht y Ancient Society. Dado que estas obras contradecían fuertemente las concepciones freudianas, debí sumergirme en el estudio de las grandes obras etnológicas. Durante cuatro años, me encontré nadando en el caos. Luego, se hizo para mí la !uz sobre un enigma central de la historia primitiva de la humanidad. He descrito esto en un contexto diferente, en Der Einbruch der Sexualmoral (La irrupción de la moral sexual), cuya primera edición data de 1932.

Los secretos actuales de la función social de la represión me fueron revelados por la experiencia práctica de mi trabajo médico y sexológico en medio de la juventud vienesa. Los años que van de 1927 a 1930, durante mi instalación en Berlín, estuvieron cargados de dudas. Durante ese período reuní los materiales para Der Einbruch dar Sexualmoral. En 1929 apareció el artículo Geschlechtsreife, Enthaltsamkeit, Ehemoral [Madurez sexual, abstinencia, moral matrimonial], incluido en la primera parte de La revolución sexual. En el curso de esos tres años fue formulada la crítica sociológica del psicoanálisis. El artículo Dialektischer Materialismus un Psychoanalyse [Materialismo dialéctico y psicoanálisis], apareció en 1929, en la Revista de la Academia de Ciencias de la URSS. Apareció en alemán en Unter dem Banner des Marxismus [Bajo la bandera del marxismo] y, luego, en Austria, en el periódico Imago, en 1930.

En 1928, con algunos médicos vieneses, fundé la Sociedad para la investigación y la información sexual [Sex-Pol], que organizó, sobre la base de la economía sexual, los primeros centros de información sexual para obreros y empleados de Viena. Durante esos años, aprendí a conocer el funcionamiento interno del movimiento revolucionario de entonces. ("Revolucionario" no debe ser considerado como un adjetivo idéntico a "comunista"). Ni una sola línea de lo que he escrito más tarde sería concebible sin esas experiencias. Durante esos años, y relacionada con la formulación de las nociones esenciales de la economía sexual, mi separación de Freud estaba a punto de producirse. En esta época, también, el "análisis caracterológico" se fue precisando bajo la forma de diferentes artículos clínicos. Este desarrollo incluía la elucidación del problema del masoquismo, lo que me permitió refutar la teoría de la pulsión de muerte, que yo había combatido hasta entonces

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sin tener una teoría que oponerle. En fin, durante ese período hice algunas experiencias decisivas, de orden social, que dieron las bases de mi futura Psicología de masas del fascismo. Dado que estas experiencias tuvieron una influencia decisiva sobre mi trabajo socio-psicológico, comenzaré por exponerlas.

Tomé la decisión de emprender el trabajo social luego de una conversación con Freud. Le había expuesto mis proyectos, pidiéndole su opinión. Debían abrirse centros de información sexual y aplicar los conocimientos del psicoanálisis a gran escala, bajo la forma de una economía sexual de carácter social. Así, esos conocimientos se pondrían al servicio de las grandes masas. Freud se mostró muy favorable a la idea. El sabía tan poco como yo a dónde nos llevaría aquello. Cuando le mostré la necesidad de ocuparse enérgicamente del problema de la familia, Freud dijo: "En eso, usted se mete en una trampa". Su actitud respecto a la revolución rusa era crítica, pero estaba teñida de simpatía. Concepciones sociológicas correctas habían comenzado ya a poner en tela de juicio las interpretaciones psicoanalíticas sobre la historia primitiva. Mientras el etnólogo- psicoanalista Rohein se metía a interpretar esa historia de manera irreflexiva, arbitraria y desprovista de espíritu crítico, Malinovski 22 había formulado ya, en Londres, sus advertencias. En 1926 apareció una obra de Malinovski sobre el complejo de Edipo en la sociedad matriarcal. Él y Jones se habían enzarzado en una polémica sobre el problema de saber si la familia era una institución biológica o una institución histórico-social. Jones afirmaba que el complejo de Edipo biológico era el "fondo y origen" de todo: la sociedad, la justicia, la ley, la civilización, etc. Malinosvski afirmaba que el complejo de Edipo era distinto en la sociedad matriarcal, en razón de las diferencias en las estructuras sociales. Freud adoptó una posición neutra. Todos sentían que esas cuestiones no eran más que infantilismos académicos. Todas ellas tocaban, todavía de manera poco precisa, el problema de la revolución rusa. En una de sus conversaciones, Freud adelantó la hipótesis de que quizá "la luz viniera del Este". No era poco, viniendo de un profesor académico. En privado me preguntó si podría cumplir bien mi considerable trabajo en el seminario técnico, en el policlínico, en mi gabinete privado y en los centros de información sexual. Nos pusimos de acuerdo en esperar a ver si resultaba posible. Para ese entonces, se opuso a una tentativa de los altos responsables de la Asociación Psicoanalítica -en particular de Paul Federn- de aprovechar esta ocasión para relevarme de la función de director del seminario técnico del policlínico. La respuesta de Freud no se hizo esperar, "no se debe apartar al Dr. Reich del seminario técnico, si su deseo es seguir dirigiéndolo" (Carta del 22 de noviembre de 1928).

En esa época, no tenía demasiado clara mí necesidad de sobrecargarme de trabajo. La contradicción interna del psicoanálisis respecto a sus funciones sociales era ya flagrante, mucho antes de que ninguno de los protagonistas se hubiese dado cuenta.

Desde nuestra óptica de hoy, el hundimiento del partido socialdemócrata austriaco no significaba solamente la caída de un partido político; ese declive era más bien un síntoma del proceso social que se manifestó, brutalmente, con el acceso al poder del partido nacional-socialista de Hitler. Tal hecho permitió, en el curso de los diez años siguientes, una revelación capital: la de que la política en su conjunto no tiene fundamento, es anticientífica e irracional; que en ella se expresa la estructura biopática del hombre y de sus pensamientos. La política, en esencia, es la satisfacción organizada de las emociones biopáticas de los adherentes a los partidos, formuladas en un programa político. No se puede decir que hay una política buena y una política mala. En esencia, la política es siempre y en todas partes la prueba de que una situación social cualquiera no puede ser científicamente dominada si se carece de los conocimientos concretos necesarios. Si uno se ocupa de distinguir entre una buena y una mala política, no puede dedicarse a abordar la cuestión de conocer el sentido de la política y bajo qué aspecto se disimula. Han sido necesarios treinta años de efusión de sangre -de 1914 a 1945- para descubrir, detrás del tumulto y de las maquinaciones políticas, el proceso calmo y racional del trabajo y de la democracia natural del trabajo.

Entre 1927 y 1934, me encontré yo mismo en medio de ese tumulto. Dado que las ciencias carecían de una orientación social, aunque el caos social penetrara en los menores resquicios de la vida cotidiana de los individuos, todas las esperanzas se ponían en la "política justa" y no en la ciencia. Los ejemplos siguientes servirán para probar que yo mismo, a imagen de millares de otros

22 MALINOWSKY, Bronislaw Kasper (1884-1942). Antropólogo de origen polaco, catedrático de la London School of Economics. Sus trabajos renovaron la antropología cultura], a través del funcionalismo. Tuvo gran influencia en el pensamiento antropológico de W. Reich, particularmente a través de su obra sobre los trobiandeses, pueblo matrilineal de la Melanesia, "Sex and repression in savage society".

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contemporáneos, puse mis esperanzas en la actividad política, en lugar de anclarlas en mi trabajo sobre los seres humanos.

Es inexacto reprochar a los socialdemócratas austriacos una "política errónea". Los socialdemócratas estaban también ellos prisioneros del irracionalismo de la política, tanto como los conservadores ingleses que, bajo Chamberlain, habían firmado un pacto con el fascismo alemán para "preservar la paz". El reaccionario político se declara siempre y en todas partes abierta y

claramente a favor de la política en general: a favor de la mentira, del engaño, del irracionalismo y

la violencia asesina. La política de abandono o de apaciguamiento no es, en sentido estricto, ni

buena ni mala: es la confesión de una inseguridad de hecho frente a la reacción política, para quien

la estructura humana irracional es un potente sostén.

No se puede hacer triunfar a la verdad con ayuda de la política. La política y la verdad son contradictorias. Si los representantes de la verdad intentan rivalizar con la política, son inevitablemente condenados a perecer. Es lo que sucedió a la socialdemocracia austriaca entre 1927 y 1934; es lo que les pasó a los ingleses bajo Chamberlain. Una auténtica política democrática no es, ni puede ser otra cosa, que la desmitificación y la eliminación implacable de toda especie de política.

Encontramos aquí una dificultad enorme: día tras día, la existencia humana exige millares de soluciones prácticas inmediatas. Por su propia naturaleza, la ciencia no puede ayudar a la solución práctica de las cuestiones vitales mas que con gran lentitud. La política y el misticismo llenan las lagunas, por medio de promesas y de satisfacciones ilusorias. Esto quiere decir que una dirección científica de la vida social no puede desembarazarse de un día para el otro de una dirección política ilusoria de las masas. No conozco ninguna respuesta al dilema planteado entre las maneras realistas

e ilusorias de conducir a las masas. Mi deber consiste en revelar tales dificultades y no en

disimularlas. Esto suscita de inmediato esa idea errónea que consiste en creer que las lagunas del

conocimiento pueden ser colmadas rápidamente. Sin embargo, creo verdaderamente que se puede reemplazar la política por otra forma de conducción de las masas. Un camino tortuoso, pleno de emboscadas, que conduce a conclusiones decisivas.

Glosario de términos:

Una nueva disciplina científica debe emplear nuevos conceptos si los viejos no son aplicables. La Orgonomía introduce los siguientes términos:

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Análisis del carácter.- Originalmente una técnica de terapia psicoanalítica, desarrollada como una modificación del síntoma original y del análisis de resistencias, para eliminar la función defensiva del carácter, ahora incluida en Orgonterapia psiquiátrica.

Angustia Estásica.- La angustia causada por el Éstasis de la energía sexual en el centro del organismo, cuando su descarga orgástica periférica está inhibida.

Anorgonía.- La falta o disminución de la energía orgánica. Es el bloqueo de la motilidad del plasma por la disminución o falta de energía orgónica.

Biones.- Vesículas de energía que son formas transitorias entre materia no viva y materia viva. Se forman constantemente en la naturaleza a través de la desintegración e hinchazón de la materia inorgánica y orgánica. Estudios experimentales de la formación de biones han demostrado que están cargados de energía orgánica, y pueden ser cultivados. Dependiendo de las condiciones los biones pueden desarrollarse en protozoarios o degenerar en bacterias.

Carácter.- Estructura típica de un individuo, su manera estereotipada (fija) de actuar y reaccionar. El concepto orgonómico del carácter es funcional y biológico, no un concepto estático, psicológico o moralista.

Carácter genital.- La estructura no neurótica del carácter, que no sufre de éstasis sexual, por lo tanto es capaz de auto-regulación natural basada en la potencia orgástica.

Carácter neurótico.- La estructura neurótica que es el resultado del éstasis crónico de la bio-energía en el organismo. Funciona autónomamente y constituye la base de la neurosis.

Coraza.- El aparato total de defensa del organismo que consiste en la rigidez del carácter y los espasmos crónicos de la musculatura, los cuales funcionan esencialmente como una defensa contra la irrupción de las emociones, principalmente la angustia, la ira y la excitación sexual.

Neurosis Estásica.- Es el estado biofísico del organismo que resulta del éstasis de la energía orgónica en el organismo.

Oranur.- Energía orgónica en estado de excitación, inducida por energía nuclear.

Orgón.- Energía radiante descubierta en los biones derivados de la arena. Posteriormente se descubrió en la atmósfera, en el sol y en el organismo vivo.

Orgonia.- La condición de tener energía orgónica; la calidad de la energía orgónica contenida.

Orgonometría.- Investigación cuantitativa orgonómica.

Orgonomía.- Es la ciencia natural de la energía orgánica cósmica.

Orgonético.- Cualidades concernientes a la orgonia de un sistema o una condición.

Orgonterapia.- La técnica terapéutica de la economía sexual. Su finalidad es liberar las energías fijadas, devolviendo así al enfermo su motilidad energética.

Orgonterapia física.- Aplicación de la energía orgánica física concentrada en un acumulador de energía orgónica, para aumentar la resistencia bio-energética natural del organismo a la enfermedad.

Orgonterapia psiquiátrica.- Es la movilización de la energía orgánica en el organismo o sea la liberación de emociones biofísicas de las corazas muscular y caracterológica, con el objetivo de establecer, si es posible la potencia orgástica.

Plaga Emocional.- La reacción destructivo del carácter neurótico en la vida social.

Potencia orgástica.- La capacidad de entrega total a las convulsiones orgásticas involuntarias, de esta manera se asegura así la descarga completa de la excitación y es la prevención del éstasis de la bio-energía en el organismo. Es frecuentemente confundida con la potencia erectiva y eyaculatoria, las cuales únicamente son pre-requisitos para el establecimiento de la potencia orgástica. Presupone la presencia o el establecimiento del carácter genital o sea la ausencia de coraza caracterológica y muscular patológica.

Reflejo del Orgasmo.- Es la convulsión (contracción y expansión) involuntario y unitaria de todo el organismo en el climax (la venida) del acto sexual. Este reflejo por su carácter involuntario y debido a la

Wilhelm Reich - Materialismo histórico y psicoanálisis, 3 textos básicos

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angustia existente al orgasmo está bloqueado en la mayoría de los humanos, de las civilizaciones que suprimen la genitalidad infantil y del adolescente.

Coraza caractorológica.- La suma total de las actitudes típicas del carácter que un individuo desarrolla como defensa contra sus excitaciones emocionales, cuyo resultado es la rigidez del cuerpo, ausencia de contacto emocional e insensibilidad. Funcionalmente idéntico a la coraza muscular.

Coraza muscular.- Suma total de actitudes musculares (espasmos musculares crónicos), que el individuo desarrolla como defensa contra la irrupción de sensaciones vegetativas (excitaciones emocionales), como la angustia, la ira y la excitación sexual. Funcionalmente es idéntico a Coraza y Coraza caracterológica.

Democracia del trabajo.- Es el funcionamiento de las relaciones del trabajo intrínsecamente racionales y naturales entre los seres humanos. El concepto de la democracia del trabajo representa a la realidad existente (no la ideológica) de estas relaciones las cuales están generalmente distorsionadas por el acorazamiento psíquico existente e ideologías políticas irracionales. Sin embargo la democracia del trabajo es la base de todo logro social.

Economía Sexual.- El cuerpo de conocimientos dentro de la orgonomía que trata de la economía de la energía biológica (orgonómica) en el organismo, con la energía en su conjunto.

Energía Orgánica.- (OR) Energía cósmica fundamental, se encuentra en todo el universo, es demostrable; visual, técnica y electroscópicamente y por medio de un contador Geiger-Muller. En el organismo vivo; bio- energía, energía vital. Descubierta por Wilhelm Reich entre 1936 a 1940. (DOR, es la energía OR mortal).

Estásis.- El bloqueo de la energía vital en el organismo. Fuente de energía de las enfermedades que resultan de las perturbaciones en el sistema plasmático. (BIOPATIAS).

Funcionalismo Orgonómico (Energético).- Es la técnica del pensamiento funcional que quía la investigación orgánica clínica y experimentalmente. La guía fundamental es la identidad en las variaciones de su principio de funcionamiento común (PFC). Esta técnica de pensamiento evolucionó en el curso de estudio de la formación del carácter humano y llevó al descubrimiento de la energía orgónica cósmica y del organismo, de esta manera se auto-prueba ser el reflejo correcto de los procesos naturales básicos vivos y no vivos.

Impotencia orgástica.- Es la ausencia de potencia orgástica. Es la característica más importante del típico ser humano actual y que es por el bloqueo a la energía de toda clase de síntomas biopáticos e irracionalismo social.