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Daniela Camacho

Plegarias para insomnes

Plegarias para insomnes

Daniela Camacho

Plegarias para insomnes Daniela Camacho

En portada, obra de Laura Quintanilla

Foto de la autora Ernesto Zapata

dr © Editorial Praxis dr © Daniela Camacho Primera edición, 2008

isbn 978-970-682-311-3

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida, archivada o transmitida, en cualquier sistema –electrónico, mecánico, de fotorreproducción, de almacenamiento en memoria o cualquier otro–, sin hacerse acreedor a las sanciones establecidas en las leyes, salvo con el permiso escrito del titular del copyright. Las características tipográficas, de composición, diseño, corrección, formato, son propiedad del editor.

Editorial Praxis, Vértiz 185-000, col. Doctores, del. Cuauhtémoc, 06720, México, df, telefax 57 61 94 13 www.editorialpraxis.com

A mi madre, por su insomnescente luz A mi padre, por la nictalopía de su mirar

No duermo, ni espero dormir. Ni en la muerte espero dormir. Me espera un insomnio de la anchura de los astros, y un bostezo inútil de la longitud del mundo. Fernando Pessoa

La mano de dios es más grande que él mismo. Su tacto enorme tañe los astros hasta el gemido. Blanca Varela

Plegarias para insomnes

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i

¿Cómo desgranar la náusea de altos ojos y nochísimos insomnios? ¿Cómo prender fue- go a la terrible soledad? Tiemblo en el umbral de la locura, allí donde la tinta de los pájaros me silba: «Eterno será el sueño de la insomne, eterna la ternura de su espalda. Con sedien- tas alas bajo el pubis lactará la lumbre de sus pechos. Nadie morderá semillas en su vientre, nadie va a tatuarle el cuello con estrellas. Sola y lutecida reptará su muerte, sola en sus rojí- simos desvelos».

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ii

Morir. Morir insomne y desierta. Cuan- do todo huela a caléndulas y a mar. Amar. Cuando el mundo se convierta en el último murmullo de Dios, cuando no haya más si- lencio que el batir de alas de un pájaro ciego. Llover. Lluviar toda la fe que se me pudre en las heridas, hablar en monosílabos, morder la pulpa del dolor. Morir. Morir atenta, con el estómago vacío y los ojos muy abiertos. Mirar. Mirarlo todo, el cuerpo violentado de la niña, la sangre coagulada de los perros, el genocidio de poetas. Entender. Saber que en estas horas todo es mentira, el olvido, la guerra, la resu- rrección y el tiempo. Dormir. Dormir es im- posible. Por eso digo que es mejor morir.

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iii

Mujer de insomne soledad, deja que los pe- rros laman tus heridas, bébete su espuma, su pelambre. Deja que las bestias se desangren en tu vientre y saliven agonías. Sálvate, noctívaga mujer. Con enceguecido pubis muérdenos los verbos y las ansias, inféctanos los ojos de or- fandad, de sur infierno. Turbia y marebunda ven, arráncanos las voces que le cantan al más triste, oprime la soledad de nuestras venas, y no sueñes y no duermas; nunca olvides el si- lencio y la penumbra de los hombres.

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iv

Yo no sé decir la muerte de los otros. Sé llorar sin sílabas, noctambular en la desnoche, exi- liarme de mi sombra, de tu voz, de la sangre de tus dedos. Puedo eyacular tristezas y delirios, respirar tu nuca, fracturar y masticar mis hue- sos. Sé beberme los horrores del ensueño, los orines de la tarde, los fluidos más espesos de este cuerpo dolorido y mutilado. He aprendi- do el ritmo del insomnio, su vaivén, su luz tor- mento. He tenido orgasmos cieguísima de ti, tristísima de mí, solísima. Mas yo no sé decir la muerte de los otros, no con lo infecundo de mi vientre, no desde el aborto de mi tumba.

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v

Sé muy bien que nadie salvará mi lengua del naufragio. Lo sé, lo siento en el litófago estre- mecimiento de mi boca, en el hondo tenebrar de noches que no mueren y no duermen. Y en las más insomnescentes horas, páginas es- trábicas adornan el silencio: oleaje de tambo- res, música de niños solariegos. Sé que nadie menguará la sed de mi agonía, sé que nadie ha de esconderse en mi ataúd para entibiar su cuerpo, lo sé, lo siento en el hermoso diluviar de mis entrañas, lo palpo en la terrible morde- dura de una estrella. Y nadie salvará mi lengua del naufragio, lo sé.

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vi

Hímenes de sangre visten esta noche sor- domuda. Sexos niños y decapitados nublan el

silencio: lóbrega la muerte y su vigilia, ático

el anuncio del alud. Es la hora de zurcirnos las

palabras a la lengua, es el tiempo de la arritmia

y la demencia. Sí, ha llegado el día de bogar

junto a los solos, de infectarnos las heridas con

aullidos y mirar el holocausto que es el mun- do, aceptar que hasta el más libre es un rehén -un alado prisionero de su cuerpo y sus dilu-

vios- y llorar, llorar por la mujer insomnicida,

la que va preñada de ámbar, de fuego y de ce-

niza. Será ella quien escupa lluvia en nuestras manos, será ella quien afile los cuchillos: fémi- na de llagas y llanuras en el útero, esteparia,

umbilical.

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vii

¿Sabe el triste que la noche lava su locura bajo sábanas de asfalto y podredumbre? ¿Sueña el hombre con mis pechos violentísimos y secos para adormecer así su llanto y su lujuria? Nada sé del que agoniza: ni la sal de sus insomnios, ni el tremor de sus pupilas. No sé sus lenguosas manos que torturan carnes de otro cuerpo, de mujer hambrienta y dolorida. Nada sé. No las cicatrices de su vientre, no la tierra de su boca ni el silencio. Sólo sé la más terrible ausencia, su tristar apenas muerto, ya lejano, mudecido.

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viii

Un cadáver mariposa bate polvos en el vien- tre de la insomne. Ahí en la medianoche de su ombligo siembra lenguas de algún muerto, de

algún triste. Lenguas luneridas de sudor y ne- gritud. Santas lenguas. Crecen en su entraña y

le tatúan el cuerpo. Le dibujan sed y cemente-

rios. Negra la saliva, húmedo el silencio, moho

y podredumbre floreciéndole en los muslos.

Sangre y soliluna en llantos ojos, nocturnísi- mos, terrestres.

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ix

Viene el triste con la noche entre las manos. Láudano y sudor en las axilas, en el cuello. Un trinar suicida bajo el plexo le atormenta, le desangra las raíces, norte y sur de su agonía. Viene el hombre con el cuerpo amoratado, amor atado, solísimo, labrando las caderas de la insomne, sus tatuadas lunas, su valva y viva cicatriz de la desmuerte.

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x

Hermosísima tristeza la del astro. El sin cuerpo, el sin fe. No conoce el tacto ni la es- pera, pues nació de luminosa soledad. Con el sexo adormecido, va preñando la locura de noctámbulas mujeres, les desgaja los silencios y la herrumbre, humedece sus pezones con las alas de la lengua, les fractura los insomnios y la pelvis, las destiñe, las araña. Ellas beben agua- noche con las uñas, lamen luces con los dedos, se desangran, se deslavan… y amanece.

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xi

Canta el triste nochebundo de ebriedad. Va cansado de infernar su lengua, de enfermar- se de vacío, de sembrar el miembro en turbias tierras de mujer sin sueño. Hoy está más triste que la lluvia. Hoy le mutilaron las palabras. Canta el triste con los hilos de la boca, teje espinas de silencio con olor a hierbasanta, y no llora. Sólo un resollar de espuma lo lamenta, sólo un paginar sollozos con las manos.

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xii

Yo no sé de la infancia más que un miedo luminoso y una mano que me arrastra a mi otra orilla. Alejandra Pizarnik

Sentada está la niña en el recuerdo de la in- somne. Sentada y sola, mudísima: sin boca, sin palabras, con la cicatriz de los silentes en la cerviz. Violenta la memoria de mujer. No pue- de nombrarse desde dentro, no sabe morirse ni olvidar. Dientes fragmentados, lunas en el vientre, y esa voz de agua que no sangra, que murmura los suicidios de los pájaros, que re- vienta el luto de las alas en los dedos. ¡Tempes- tuosa náusea la del viaje hacia el ayer! ¡Oscuros los naufragios en el alma de la niña! Ya sus ojos van lumbrando las espinas, va tejiendo con la vulva hilos de pus y vacuidad, va buscando los espejos y la muerte. Pero está sentada, sentada y sola, mudísima: criatura seducida por el llan- to de la noche.

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xiii

Un trinar de lunas va resucitando lenguas en mi boca. Cansada del veneno y las cenizas, amanezco sobre el muelle de los solos, los en- fermos, los vencidos. Desde allí labro mi pel- vis con el pétalo de un barco que hace tiempo naufragó, voy cosiéndome las vértebras, recor- dando el día en que desnuda y enllagada vomi- té limosnas, masticando el tiempo del aullido y el color del asma, orinándome los huesos. Mi voz no dice nada, sólo gime, murmura el aban- dono de las plumas y el mendigo. Mi voz no dice nada, es un soplo que me ablanda los pul- mones y la tráquea, es la mosca fértil, el herido pez que me navega los vestigios de la tarde. Y no me dice nada.

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xiv

La verdumbre de sus ojos me mutila el alma. Puedo ver la sangre láctea escurriendo desde los muñones. Y no me queda ya más que rep- tar la noche: mi cadera lubricada por la baba del insomnio, los muslos lapidados; no me queda ya más que aspirar el polvo de los ni- ños cercenados y esconderme, coser mis brazos a la cama para no desenterrar los clavos de la muerte, para no arrancarme los pezones ni be- ber el trago de cicuta que dejó mi madre. No me queda más que huir de este tormento, de estas mis absurdas ganas de encender todo el incienso que me resta, de este delirar sulfúreo. O podría quedarme aquí, sentada, esperando la siguiente ráfaga, o la tregua.

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xv

Sólo los insomnes copulan con la noche. Con su sexo embravecido tañen nubes y fantasmas. Resucitan la lujuria de los astros con el néctar de su lengua, gimen soledades: soledumbre. En la arena de sus ojos cada uno lee el infierno, la ceniza, la matriz. Incurable la tristeza. Vio- lento desrecuerdo. Sólo así eyaculan la noctur- nidad: blancas lágrimas de polvo, de penoso verbo, lágrimas de lirio, delirio.

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xvi

Dicen que el suicida es un cobarde. No. El suicida es el orfebre de la noche, un insom- ne antiguo, delirante, el más bello antropófa- go del mundo. Sí, sólo aquel que repta con el alma hinchada de hipotermia sabe que se eva- poraron las promesas, que en sus fauces ya no hay nada, ni siquiera un resto de saliva para decir adiós. Aquí, sólo arcángeles famélicos atestiguan el silencio, llevan una cuerda atada al cuello, y sus ojos son dos úlceras que san- gran. Todos están solos, desiertos, pestilentes:

los hombres, los ángeles, los niños y hasta los muertos. Todos locos y alienados por el frío, por el hambre, por la más letal desgana de existir.

Plegarias para insomnes

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xvii

Volvemos al camino de los muertos, de los locos. Arrastramos otra vez la sombra mutilada de la soledad y nos reímos. Sí, decimos ser fe- lices, tan felices que la sed no toca nuestra len- gua, y hemos de beber sólo la sangre de algún charco, porque dicen: «así tiene que ser». Em- bellecemos cada día las máscaras y los ojos se nos van pudriendo, lenta e insobornablemente nos quedamos ciegos, hechizados por un bra- mar de lunas convalecientes, atragantándonos de aullidos y latencias átonas, más solos cada vez. Y sucede que esta noche —igual que hizo Dios cuando era niña— me has dejado en el camino, huérfana de ti, abrazada a este amor convulso, tajando el mundo con el filo de mis miedos.

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xviii

Porque nunca vomitaste el miedo que mor- día tus huesos, porque no supiste contemplar la muerte de los pájaros ni el enfermo lutecer de los navíos errantes. Porque ayer, mientras la mujer temblaba con las venas de la cara hin- chadas, tú callaste y te reíste de su soledad. Y en la fétida y viscosa hilaridad de tus entrañas, se fueron consumiendo las hogueras, los sexos húmedos y gemebundos, la voz del último poeta. En el lítico maullido de los sordos flo- recieron los gusanos del dolor, los tallos de los ojos matricidas, la hartura, el desencanto. Allí te disipaste, con el gesto del que lame la locura y la incinera. Allí tu cuerpo insomne, inánime, enrojeció las manos de la tarde lútea.

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xix

Soy tan ave como aquél que abandonó sus alas y reptó entre sol y soledad. Soy tan luna como aquella mariposa que alardea en alabastro y sin alar. Soy tan mujeril y hembruna como todas, casi muerta, casi insomne, casi triste: astrísima sirena del asfalto.

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xx

En las horas inaugurales del insomnio, me despojo del disfraz, del gesto suavizado del hartazgo, de la carne húmeda de tanto amor mundano. Bajo el cielo de la casa —habitada por las sombras del más zurdo desconsuelo—, todos los silencios me resuenan en el cuerpo y en la cara: el olor del polvo y la hojarasca en la mandíbula, la tardanza de la muerte en los ovarios, tu recuerdo… tu recuerdo se me astilla en cada vértebra, se evapora en mis pul- mones y es la huella que me roza el fémur y la aorta. Todos los silencios me aniquilan. En las horas inaugurales del insomnio, cubro de ato- nías mis ojos para no gritar las lunas que me aquejan, para no beber del cáliz de la huida ni añorar el barro de tus manos, pero esta soledad felina gana siempre la batalla, es inútil la parti- da: nombrarte es sucumbir ante el desvelo.

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xxi

Mis ojos: pájaros sonámbulos bajo una lluvia triste. Vagantes. Rendidos náufragos de luz y nocturnales utopías. Buscan el reflejo de algún sueño a tientas, el iris más violeta cada vez, las pupilas dilatadas. Mis ojos —cadáveres desnu- dos— ahogan su orfandad en tu mirada.

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Daniela Camacho

xxii

Ya empieza a insomnecer y aquí no hay luna ni sol ni estrellas. No se escuchan las plegarias de la vieja rezandera ni hay jaurías mendigan- do las migajas del ayer. ¿Qué hora es ésta en que la piel se pudre y en el cementerio yacen tantos niños? ¿Qué palabras se pronuncian cuando de una boca virgen brotan los gemi- dos primigenios del dolor? ¿Qué lugar es éste donde el hambre y la apatía nos sofocan lenta- mente? No lo sé. En los párpados oscuros del silencio ya ha empezado a insomnecer, tal vez contemplemos el tristísimo y fingido orgasmo de la muerte.

Plegarias para insomnes

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xxiii

Ser insomne es desdoblar el tiempo, imantar- lo. En las páginas voraces de la noche, yo he podido contemplar el mundo, todo hombre se abandona y se desmuere. El sueño se convierte en sacrificio, una bella inmolación del cuerpo errante. El que duerme es desertor de su va- cío, de la guerra que se gesta entre sus venas, del murmullo erotizante que hay afuera. El in- somne es el idólatra de Dios; no teme mirar al filicida, no duda en cortarse un dedo cada luna ni lamer las llagas de los perros vagabun- dos. El insomne sabe que está solo, que algún día morirá de sed o de fastidio. Y ese día ha de arrancarse la tristumbre, ese día migará los panes del adiós.

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xxiv

Silencio. Detrás del ojo izquierdo habi- ta siempre un larvario de libélulas: ninfas de agualuna, cazadoras de insectívoros secretos.

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xxv

Líquida la lengua de tan hondo afán por rela- mer silencios. Lúbrico el murmullo de navajas afilándose en la carne de mis muslos. Así esta soledad cetrina, tosedora, la más mía. Así los ojos que derramo desde una antigua lágrima. Todo es líquido en las horas del ensueño. Som- bras de pequeños petirrojos se aparean con las estrellas para violentar su especie, para liberar- se de sí mismos y de herir el aire con su vuelo. Líquidas palabras nos ahogan con su ritmo, nos embriagan, nos desnombran.

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xxvi

Montada en el herido lomo de la noche, musito el galopar de mis pasadas muertes, ve- nerantes danzas que creí olvidadas. En la agua- niña del otoño escucho un llanto de violines que recuerda el crepitar de huesos animales en la boca del silencio: hojas amarillas que caen sobre una tumba sin nombre, clareando la mañana.

Plegarias

Plegarias para insomnes

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De mujer sin lengua

un golpe del alba en las flores me abandona ebria de nada y de luz lila ebria de inmovilidad y de certeza Alejandra Pizarnik

Ebria que no, que de la luz no. Ebria y sal- modiada por la noche no. Los pájaros más ne- gros de mi boca y los cuchillos no, que de la muerte no. Todo el silencio y el gemir de oboes, la muchacha prostituta en mi ventana, el mus- go entre los dientes no. El canto tremebundo de cigarras no, la hondura no. Yo arrastro este muñón de lengua entre palabras mudas que ya no, que lloran porque no. Y es ésta mi ple- garia, ésta mi más dulce imprecación: la del dolor que no.

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Daniela Camacho

Porque no

Porque no la noche, no el silencio, no la luz. Porque no la muerte me apacigua con su vivo latecer de lunas gemidoras y ané- monas nocturnas. Porque no el olor a yerba ni el sabor del higo me detienen el temblor de versos en la lengua, el dolor anfibio de arras- trarme en las esporas del vacío. Porque no. No tu boca ni mi boca en otro cuerpo no, sedienta no de sed sino de sueño porque no, la noche no, la noche no.

Plegarias para insomnes

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En el laudario

Llora el laúd. Se cansó de musitar y musicar sus todas partristuras. Melógrafa mujer, escu- cha. Hay un crujir de huesos y de cuerdas en el alma, es el sistolar y diastolar de noches solas y desnudas. Y si finges la sordera de los otros, cierra bien tus ojos, niña dios, tal vez sientas la humedad entre los muslos, el temblor de un cuerpo carcomido por xilófagos insectos, el olor de sangre antigua que suplica por tus manos tañedoras. Pero mejor escucha, escucha sus laudías y sálvalo.

42

Daniela Camacho

Por la niña sin alas

Sembraré un pájaro a la orilla del silencio. Lo sepultaré con manos húmedas y afónicos mur- mullos. Muertamente danzaré sobre la tierra. De ahora en adelante reptaré sobre mis pár- pados; nacedora de mi propio vientre, lloraré. Nunca más voy a pensar en sus alitas, ni en las mías. Un árbol laberinto será sólo el recuerdo de algún nido; de sus ramas colgará la soga que ahogará a los sordos, a los perros, al viejo niño que olvidó los frutos.

Plegarias para insomnes

43

De la ceguedad

Lector: tú conoces el dolor de la ceguera, tú te has arrancado las pupilas ojo a ojo, noche a noche, cuando cada pájaro salpica de purpuri- dad el vuelo.

44

Daniela Camacho

Desde otro cielo

Es levísimo murmullo el grito. En el cuenco de mi boca, un beso lírico se arrastra y me hu- medece el canto. ¿Cómo hablarte desde aquí si mutilaron cada miembro de mi voz? ¿Cómo recordarte que en las manos llevo un mapa y una brújula para ver si me extravío de esta mi locura de sin ti? ¿Cómo, si tu cuerpo está tan lejos de mi abismo, allí donde lo veo y no lo toco? ¿Cómo, si en tu cielo hay niños pecado- res y pájaros sin lluvia y en el mío mariposas que olvidaron que volaban, migas de libélu- las y nubes lloradoras? Tal vez si me lleno la mirada de silencios, si me arranco las antiguas cicatrices y ornamento tu tristeza con el hilo de mis venas, tal vez si me anudo los retazos de la lengua al arco de esa viola que olvidaste, sólo así sepultaré todos los barcos. Sólo así renace- rán las jacarandas.

Breviaturas

Plegarias para insomnes

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1

Gotas de sueñura deslavan ojos míos: tinta que escurre de las manos de Dios.

2

En los ojos de mi madre yo sembré todas mis lunas. Sólo me quedó esta inmensitud de en- soñaciones, mar de insomnios en la boca del poeta.

3

Guardo entre las manos un puñado de des- velos. Hoy los ahogaré en un río. Tal vez me convenzan de llenar con piedras mis bolsillos.

4

La noche es un maullido de mujer en celo. La noche y la mujer. Y el maullido. Una eterna mordedura de silencios, un brebaje niño para voces muertas.

48

Daniela Camacho

5

En mi desoñar hay siempre barcas con mu- jeres mudas. Sus hermosamente bocas quieren decir algo, gritar algo de un niño en el vientre. Se hace tarde, el agua inunda mis pulmones.

6

Sobrio y arterial diluvio de palomas. Un la- mido de frescor en la canícula del alma. Así tu voz me reverbera en las costuras del silencio.

Luz de azul ensueño

Plegarias para insomnes

51

A Scott San Román

Un bramar de clavicordios ensordece el valle de los muertos. Yo lo escucho con mi sed de noche en un vaso sin estrellas.

1

Estoy azuleciendo de sin palabras. El silencio es algo muy hermoso y muy terrible.

1

La niña que olvidó sus ojos marrones junto a la noche soy yo. La ciegamente sola, amadora del silencio, de la luz.

1

Atardecí como la ahogada en un río de pája- ros. La noche me resucitó las alas, pero alguien dijo que las muertas no saben volar.

52

Daniela Camacho

Una horda de azafranes y su lluvia de semi- llas herrumbraron mi lenguar. Ahora espero, con los ojos muy abiertos, que un caballito del diablo venga y me lama la nuca.

1

La más sanguínea hembra tiene hoy venas vacías. Y es otramente ella, tan cantando como siempre en su apátrida lengua.

Plegarias para insomnes

53

Poesía como rayo verde en el mar

¿Qué cantos de la noche se graban en el filo del tiempo, que es luz y oscuridad? ¿Todo lo niegan las tinieblas o de ellas salen chispas que iluminan el otro lado? Hijos de la noche, los poemas de Daniela Camacho son grito, inte- rrogación, un viaje introspectivo, el despertar de los sentidos, la búsqueda del alma de todo lo que nos rodea, porque si las piedras contie- nen la memoria de la humanidad, el espíritu reúne todas las historias humanas. La totalidad de la vida está en el arte, la ver- dad se halla en la belleza, la filosofía es poesía. El poeta se rebela contra la apariencia, es un inconforme; es un revelador que saca de la os- curidad el fuego vital. La luz es un misterio; lo oculto, un laberin- to; quien vela la noche atrapa signos, claves; descifra instantes y vuelve a su atalaya, a soñar, a oír la reverberación de los silencios, el mur- mullo de la vida nocturna.

54

Daniela Camacho

El poeta es como la tijerilla que nunca deja de volar o como el ojo de pez que jamás se cierra. El poeta ve de noche y más allá de las formas que el Sol crea: el engaño de la luz, que sólo la noche devuelve a su realidad, que con- vierte a ésta en una flor amarga, es como el rayo verde que se forma, en el ocaso del sol, en las crestas del mar. Todo esto revive en la poesía trémula de Daniela Camacho, que enuncia su canto con dignidad y fuerza, con lumbre, con el espíri- tu libre. Noctívaga, lucífuga, descarnada, una música de solo sostiene la danza de las palabras astrales de sus poemas. La magia con que la poeta mantiene en la cima su poesía contra el naufragio, la he- rrumbre, el dolorno se da por la retórica ni por la invención de vocablos para nombrar el mundo. No, se debe al olor de la brisa marina que trae esencias lejanas, a las ráfagas de nue- vos vientos de la poesía auténtica, a la hierba- buena que impregna sus palabras, a la pasión que transpiran sus versos.

Carlos López

Índice

11 i

12 ii

13 iii

14 iv

15 v

16 vi

17 vii

18 viii

19 ix

20 x

21 xi

22 xii

23 xiii

24 xiv

25 xv

26 xvi

27 xvii

28 xviii

29 xix

30 xx

31 xxi

33

xxiii

34

xxiv

35

xxv

36

xxvi

37

Plegarias

39

De mujer sin lengua

40

Porque no

41

En el laudario

42

Por la niña sin alas

43

De la ceguedad

44

Desde otro cielo

45

Breviaturas

49

luz de azul ensueño

53

Poesía como rayo verde en el mar,

Carlos lóPez

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Esta

primera edición de

Plegarias para insomnes

fue impresa en los talleres

de Editorial Praxis, Vértiz

185-000, col. Doctores, del.

Cuauhtémoc, 06720, México,

df, en febrero de 2008. La com-

posición tipográfica se hizo en

Adobe Garamond Pro de 32 a 8

puntos. El tiro, sobre ahue- sado de 44.5 kg, es de 1000 ejemplares.