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MODERNIDAD Y GLOBALIZACION

El contexto de la Modernización de la Gestión Pública

Dr. Carlos Haefner

Profesor Titular Administración Pública Universidad de Valparaíso

Noviembre 2011

“Siempre habrá malestar en toda cultura; es precisamente este malestar endémico en la vida civilizada lo que hace que la civilización siga siendo dinámica, esté en constante cambio e impida la congelación de cualquiera de sus formas concebibles” Z. Bauman

I.I Modernidad radicalizada, sociedad del riesgo y diferenciación funcional

Los tiempos recientes han sido particularmente radicales en cambios y situaciones no previstas para los analistas sociales; algunas de esas transformaciones han multiplicado los procesos de complejización y diferenciación de los sistemas sociales y han tensionado a las Ciencias Sociales para a comprenderlos y dar un nivel de respuestas plausibles, urgentes y novedosas, dado que se presenta ―Una radicalización de la modernidad que quiebra las premisas y contornos de la sociedad industrial y que abre vías a una modernidad distinta‖.(Beck, 1998)

Las grandes transformaciones que hoy se viven y se expresan mundialmente nos advierten de los amplios y complejos alcances que tiene la uan modernidad que se radicaliza. En este panorama, las ciencias sociales intentan acompasar teorías y métodos para dar cuenta de estos nuevos escenarios políticos, sociales y económicos. Gran parte de las reflexiones generadas en los últimos años se ha situado en torno al eje modernidad-posmodernidad; esto es, tratar de visualizar las razones y alcances de una supuesta crisis de la modernidad en la dimensión de sus relatos legitimadores y, en consecuencia, en el advenimiento dé; una condición posmoderna.

Algunas de

estas

reflexiones

han

generado

impactos

significativos

en

los

modos

tradicionales

de

observar

los

sistemas

societales,

llegándose,

incluso, a

estar

en

presencia

observaciones.

de

un

verdadero

cambio

de

óptica

sobre

la

forma

de

construir

tales

La sociología no ha estado al margen de este proceso reflexivo. En los últimos años, diversos proyectos teóricos se están abriendo paso para aportar nuevas distinciones y observaciones más pertinentes sobre el sistema social.

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Los nuevos perspectivismos acentúan con fuerza que las lecturas tradicionales sobre el mundo social han quedado cortas y, muchas veces, sobrepasadas por una dinámica societal que alcanza ritmos que eran insospechados hace unas pocas décadas. Al decir de J. Habermas,l la sociedad se volvió realmente tan compleja que ya no puede ser vista como el todo dinámico de un complejo estructural, además de que, al mostrarse diferenciada funcionalmente, la sociedad está descentralizada y parece que todo se ha

Desde cualquiera de estas ópticas , los movimientos de la

sociedad global hace que ―lo que parecía un caleidoscopio inteligible, en el ámbito de la

convertido en

nación aparece como un caleidoscopio diferente, nuevo, sorprendente, enloquecido, en el cual se observan formas, colores, sonidos y movimientos insospechados, desconocidos" (Ianni, 1999: 38).

Más radical se muestra N. Luhmann sobre el particular, quien en su prefacio a la primera edición alemana de su obra Sistemas sociales. Lineamientos para una teoría general sostiene:

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empírica, con bastante éxito, ha hecho crecer e1 conocimiento de 1a disciplina, pero no ha conducido a la formación de una teoría específica propia de su materia. Como ciencia empírica, la socioogía no puede prescindir de la aspiración a comprobar sus afirmaciones mediante los datos obtenidos de 1a realidad, independientemente de que tan viejos o nuevos sean los conductos por donde se vacía lo ya ganado. Justamente por razón de este principio no puede fundamentar el campo específico de su objeto ni la unidad propia de su disciplina científica. La resignación ha ido tan 1ejos que ya ni siquiera se hace el

intento.

] La socio1ogía se encuentra en una crisis de carácter teórico. La investigación

Por tanto, no hay aspecto de la vida societal que este inmune a las grandes transformaciones, particularmente visibles son los cambios en las instituciones modernas; tales como trabajo, familia, pareja, género, democracia, Estado, sociedad civil, partidos políticos, entre otros , cuyos que están impactando las condiciones de vida de la gente, en su manera de vivir y pensar su futuro.

Estamos ante una nueva experiencia de reorganización del tiempo y del espacio, de grandes cambios sociales, debido al avance de las nuevas tecnologías y la revolución en

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las comunicaciones; una suerte de nuevo desorden mundial que se expresa en forma de un malestar creciente ocasionado por la incertidumbre, ambigüedad, ansiedad, falta de seguridad, horizonte de vida incierto, dependencia y la carencia de control y predecibilidad de los tiempos actuales (Bauman, 2001).

En los recientes esfuerzos por generar arquitecturas teóricas, que permitan dar cuenta adecuadamente de las nuevas coordenadas sociales, emergen diversos planteamientos que configuran, cada uno, un conjunto de conceptualizaciones con los que quiere se intenta describir los nuevos órdenes societales; entre los cuales destacan Z. Bauman, U. Beck , A. Giddens y N . Luhmann, por mencionar algunos de los destacados.

Para dichos autores, este período histórico se caracteriza, como consecuencia de los cambios acaecidos y las dinámicas de vida desatadas, por ser ambivalente, caótico, inestable, tremendamente cambiante. En consecuencia, para Bauman la velocidad de estos cambios, el culto a la individualidad, la emergencia de la sociedad del riesgo, los cuestionamientos a las verdades en las que nos apoyábamos, los procesos de destradicionalización e innovación constante, están rompiendo y haciendo tambalear las certezas que sostenían las razones de nuestras vidas, socavando la estabilidad desde la que partíamos.

(2003) Zygmunt Bauman explora cuáles son los atributos de la

sociedad capitalista que han permanecido en el tiempo y cuáles las características que han cambiado.

En Modernidad Líquida

Una de esas características es el individualismo que marca nuestras relaciones y las torna precarias, transitorias y volátiles. La modernidad líquida es una figura del cambio y de la transitoriedad, afirmando que ―los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente:

fluyen. Como la desregulación, la flexibilización o la liberalización de los mercados»

La caracterización de la modernidad como un «tiempo líquido» da cuenta del tránsito de una modernidad «sólida» estable, repetitivaa una «líquida» flexible, volubleen la que los modelos y estructuras sociales ya no perduran lo suficiente como para enraizarse y gobernar las costumbres de los ciudadanos y en el que, sin darnos cuenta, hemos ido

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sufriendo transformaciones y pérdidas como el de «la duración del mundo», vivimos bajo el imperio de la caducidad y la seducción en el que el verdadero «Estado» es el dinero. Donde se renuncia a la memoria como condición de un tiempo post histórico. La modernidad líquida esta dominada por una inestabilidad asociada a la desaparición de los referentes a los que anclar nuestras certezas.

Plantearse su existencia en el esquema de una «modernización reflexiva> supone que la aplicación de la racionalidad instrumental, en esferas hiperdiferenciadas del sistema social, resulta cada vez más compleja, por lo que la modernidad debe atender no sólo los efectos deseados y primarios que resultan de sus acciones, sino también las múltiples consecuencias indeseadas y latentes que siempre se producen por la complejidad de los actuales sistemas societales.

Estas consecuencias no deseadas son las que toma como referencia Ulrich Beck para formular su noción de «Sociedad del Riesgo», caracterizada funcionalmente por una producción sistemática de riesgos que se les escapan a las instituciones de control y de protección social. En la sociedad del riesgo, a diferencia de la sociedad moderna, el horizonte motivacional no es el de la consecución de bienes (renta, trabajo, seguridad social), sino el de la evitación de males, por lo que la distribución social de los riesgos se convierte en una clave de la política.

Para Beck, existen tres tipos de peligros globales -que se configuran como invitados de piedra de la globalización y que, por cierto, se constituyen en efectos no deseados para los países latinoamericanos-. Los primeros pueden ser tipificados como destrucciones ecológicas, condicionadas por la riqueza y son consecuencia de los riesgos técnicos- industriales (el efecto invernadero, el agujero de la capa de ozono, por ejemplo); los segundos son los riesgos derivados de los armamentos de destrucción masiva; y los del tercer tipo, se vinculan irremediablemente a los primeros: se refiere a la destrucción ecológica y social condicionada por y vinculada a la pobreza, y que es característica de la situación de los países del capitalismo periférico.

Cuanto más moderna es la sociedad más consecuencias no deseadas produce; lo que equivale a decir que el conocimiento científico siempre avanzará por detrás de los hechos que la propia ciencia genera.

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El desconocimiento relativo, así como otros muchos factores propios de una modernidad radicalizada, genera profundas ansiedades, inseguridades e incertidumbres, al tiempo que las ficciones de seguridad de la sociedad industrial desaparecen y se abre paso a un tipo de sociedad cuyo desenvolvimiento no acabamos de comprender cabalmente, pero que, a todas luces, se dirige a globalizar sus ejes esenciales e impactar profundamente a los individuos, las comunidades locales y, en general, al conjunto de los países, especialmente aquéllos que desenvuelven sus procesos societales en la periferia capitalista.

Por su lado, N. Luhmann nos habla de que estamos frente a una sociedad funcionalmente diferenciada y que la sociedad moderna puede ser descrita como un gran sistema social estructurado primordialmente sobre la base de una diferenciación por funciones. Vale decir que la política, la economía, la religión y la educación son sistemas de funciones que tienen la particularidad de seleccionar un entorno social en la medida de sus propias posibilidades estructurales, autopoiéticas. De aquí que todo sistema esté diferenciado precisamente por la función que desempeña en la sociedad.

El descentramiento del sistema societal -sin eje y sin centro, dirá N. Luhmann presiona a la tradición sociológica clásica, que se ve enfrentada a múltiples dilemas epistemológicos que provienen de sus evidentes estrecheces teórico-metodológicas para asumir los nuevos escenarios complejos. Esto es, la sociología ha agotado sus posibilidades teóricas para abordar en forma satisfactoria la comprensión de la sociedad actual que se presenta con un alto nivel de globalización, complejidad y de diferenciación funcional; pues en su desarrollo fue renunciando a la posibilidad de elaborar una teoría de la sociedad que pudiera hacerse cargo de la complejidad que presenta la evolución societal.

No obstante la evidencia de los hechos, muchos representantes de la escuela sociológica clásica se niegan a retroceder en sus posiciones e insisten en lecturas gastadas para abordar el estudio del sistema social moderno, y otros pocos tratan de renovar conceptos, maquillar enfoques sociales y adecuar lenguajes para simular que se tiene la capacidad de reducir eficientemente las nuevas complejidades societales. Pero se requiere mucho más que la persistencia de la tradición viejo europea de pensamiento -como afirma N. Luhmann- para hacerse cargo de la diferenciación funcional de los sistemas complejos. Para este pensador, los autores se convierten en clásicos cuando se cae en la cuenta de

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que el diagnostico que han hecho ya está rebasado. Uno debe encontrar una razón para dedicarse a ellos y ésta no puede ser otra que el hecho de que otros también les dediquen tiempo. En lugar de buscar referencias en el mundo de fuera, se externaliza en el sentido de recurrir a aquello que ya no puede ser cambiado; uno evade la crítica cuando hace ver que aquello que afirma ya lo habían dicho los clásicos, y con esto se despierta la reverencia de los exégetas.

Luhmann desarrolla una arquitectura teórica radical e innovadora que ha impactado fuertemente los cimientos de las ciencias sociales de fin de siglo XX, al enfrentar de manera decidida una lucha conceptual en torno a la idea de sociedad apoyada por significativos dispositivos teóricos provenientes de su teoría de sistemas. Dispositivos con los cuales Luhmann logra aislar lo social de tal manera que la sociedad aparece como sistema y el ser humano como entorno de ese sistema; ahí, la sociedad es la instancia última que se revela como mundo, como horizonte de todos los procesos de comunicación posibles.

Para él, la sociedad es el fundamento de todas las estructuras de la dimensión social del sentido. Por tanto, la acción humana solo puede llevarse a cabo dentro de los límites de ese horizonte de comunicación. Los límites de la sociedad son los límites de autoconstrucción de lo posible en la sociedad. Es decir, la sociedad es un sistema autoconstituido capaz de contenerse a si mismo y a todos los demas sistemas sociales.

A diferencia de los postulados sociológicos clásicos, Luhmann enfatiza que la sociedad en

cuanto sistema comprende al interior todas las comunicaciones; no existe ninguna

comunicación fuera de la sociedad, la cual no tiene como elementos propios a los

individuos, las relaciones entre individuos o los roles, sino las comunicaciones, que a su vez son sus límites y no así los límites territoriales. Por todas estas características y como resultado de la evolución solo hay una sociedad: la sociedad mundial, que incluye a toda

la comunicación y solo ésta, y así adquiere límites completamente claros.

Las evidentes dificultades que tienen los enfoques analítico-normativos clásicos para comprender a plenitud las consecuencias de esa sociedad mundial estan asociadas a la renuncia que ha hecho la misma sociología para configurar una teoría compleja de la sociedad y que, además, ha agotado sus posibilidades teóricas para abordar en forma

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satisfactoria la comprensión de una sociedad actual que se presenta con alto nivel de globalización, complejidad y diferenciación funcional, lo que lleva a argumentar que los problemas que se procesan desde la sociología no se pueden captar en forma adecuada si falta un concepto de complejidad.

La elaboración de una teoría de la sociedad compleja ha sido el eje articulador del programa académico de Niklas Luhmann, desafiando con ello los significativos obstáculos epistemológicos derivados de una tradición sociológica que ha evitado describir a la sociedad como un todo. Hay que señalar que el último gran esfuerzo de una reflexión sistemática sobre la sociedad fue el emprendido por el destacado sociólogo Talcott Parsons.

Para Luhmann, una teoría de la sociedad, de características complejas, debe ser el resultado de intentar poner en sintonía recíproca una multiplicidad de decisiones teóricas diferentes. Y sólo esta forma relativamente amplia del diseño de teoría -que permita reconocer que tanto mas es posible, qué decisiones han sido tomadas y cuales hubieran sido las consecuencias si se hubiera decidido de manera distinta- nos parece adecuada como propuesta de una autodescripción de la sociedad modema.

Desde la perspectiva Luhmaniana, la sociedad moderna puede ser descrita como un gran sistema social estructurado sobre la base de una diferenciación por funciones. Vale decir, la política, la economía, la religión, la educación, son sistemas de funciones que tienen la particularidad de seleccionar un entorno social en la medida de sus propias posibilidades estructurales, autopoiéticas. De aquí que todo sistema esté diferenciado precisamente por la función que desempeña en la sociedad, dado que toda función se desarrolla de modo autónomo por un sistema parcial, los cuales hipostatizan el primado de su propia función, que determina la orientación de la misma.

En otras palabras, todo sistema parcial observa la sociedad a partir de su propia función. La consecuencia es que en la sociedad moderna no se puede hablar de una jerarquía basada en un primado funcional. Todas las funciones son importantes y necesarias. La sociedad moderna es acéntrica.

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Esta última aseveración no es menor; más bien revoca las explicaciones teórico-sociales aristotélicas, según las cuales la sociedad se identificaba con la comunidad política. Para Luhmann esto ya no resulta válido. El sistema político ya no puede ser considerado como el centro o el núcleo de la sociedad, pues ―en la teoría tradicional de la sociedad política, la sociedad misma era concebida como un todo compuesto de partes. El hecho de que las partes estuvieran vivas jugaba un papel esencial en esta teoría. De hecho, se consideraba que la persona, como individuo, era un componente de la sociedad política. Por su parte, esta era concebida como formada por hombres concretos en lugar de acciones, interacciones, roles, significados simbólicos, elecciones, etc."

Más bien, la descripción dominante de las sociedades modernas -complejidad organizada- se realiza en torno a la diferenciación (sistema-entorno) como principio de estructuración y cambio social. Las sociedades modernas funcionalmente diferenciadas se muestran como constelaciones policontexturales y comportan una ilimitada variedad de contextos, clasificaciones, capas y ámbitos -de ahí la divergencia con el paradigma aristotélico monocontextural-; ya no existe un observador oficial de la sociedad: Dios, el rey, el partido, una secta, sino que existe una multitud de observadores igualmente legítimos (Beriain, 1999).

La diferenciación por funciones incrementa el horizonte de las posibilidades accesibles a cada sistema parcial, enriquece el nexo entre independencias e interdependencias entre sistemas parciales, estimula las variaciones en la sociedad y establece requisitos para las selecciones con respecto a las formas de diferenciación desarrolladas con anterioridad. Esto conlleva tanto ventajas como problemas, debido a la enorme complejidad que implica para los sistemas sociales psíquicos (Corsi et al.). En la complejidad social moderna enfrentamos la posibilidad de elegir -expansión de las opciones-, pero la elección va acompañada de contingencias y riesgos. Contingencia y riesgo constituyen dos elementos centrales para una comprensión sociológica de las sociedades modernas.

De igual manera, la diferenciación funcional, al fragmentar a la sociedad en una variedad significativa de subsistemas especializados parcialmente autónomos con tendencia centrífuga, origina el problema de la unidad y de la integración de las sociedades modernas.

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Como se afirmó antes, la emergencia de una sociedad sin centro que regule, integre y coordine los distintos sistemas de vida social plantea un problema fundamental para la moderna teoría sociopolítica. Dado que en estos procesos de diferenciación funcional de sistemas societales -incluidas las emergentes- el Estado deja de ocupar un papel central, la política pasa a ser una de las funciones de la sociedad; la economía se autonomiza y entra en su propia dinámica autopoiética. El Estado deja de ser el orientador fundamental de la actividad económica y pierde su carácter tutelar de la iniciativa privada. Lo observamos perdiendo su unidad monolítica y sus finalidades históricamente reconocidas. Como afirma con acierto Darío Rodríguez, se pasa del Estado modernizador a la necesidad urgente de lograr la modernización del

En el marco de este enfoque, el análisis de la política no se establece dentro de las preguntas tradicionales de la filosofía práctica ni tampoco tiene al Estado como coordenada clave de interpretación, sino que se organiza en torno a la diferenciación, autonomía, especificación funcional, complejidad y diferenciación interna del sistema político. De acuerdo con Rabotnikof, se verifica desde la teoría el ya anticipado tránsito de la sociedad políticamente constituida al sistema político como subsistema diferenciado.

La crítica que realiza Luhmann respecto del sistema político tal cual se manifiesta en la sociedad moderna la expresa en términos de una crisis, que, sin embargo, para el es en esencia teórica, de falta de reflexión de la política sobre sus propios límites. Se trata sobre todo de un problema de adaptación entre sistema y entorno, de la incapacidad del sistema político para establecer la suficiente transparencia propia y, a partir de ahí, su relación comunicativa con otros subsistemas que de manera continua se enfrentan en un proceso de retroalimentación dinámica y circular a un mundo en constante movimiento de diferenciación y "desdiferenciación" sistémica.

Desde el punto de vista de Luhmann, se reconoce que en los sistemas políticos evolucionados es posible observar, por una parte, una diferenciación estructural tripartita:

de política, administración y público, y, por otra, el código político se estructura a partir de la diferencia gobierno-oposición. Tanto la diferenciación tripartita como la reformulación del código surgen a partir de una diferenciación interna de tipo jerárquico por una diferenciación funcional, constituyendo ambas transformaciones logros evolutivos del sistema político.

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La diferenciación entre la política y la administración comienza a producirse después de que se profundiza la separación de los subsistemas funcionales. Esto es, la política, entendida como la búsqueda de legitimidad para la toma de decisiones, se separa en forma progresiva de la administración -entendida como la aplicación de dichas decisiones pero sin buscar la legitimidad, que se supone dada.

Por tanto, política y administración deben separarse al interior del sistema político y operar bajo criterios de racionalidad diferentes, pues, en contraste con los sistemas sociales pre modernos que diferenciaron instituciones como propias de la política, adecuándolas a la estructura de estratificación de la sociedad, los sistemas políticos actuales se fundan sobre la triple diferenciación de política, administración y público, afirmando que el progreso reside sobre todo en una considerable expansión del tipo de comunicación, con ello también en una mayor dependencia de la comunicación interna y en una mayor diferenciación de los subsistemas dentro del sistema político, los cuales, al alcanzar una mayor interdependencia recíproca, pueden llegar a percibirse y tratarse como entorno respectivo, filtrando y simplificando el proceso comunicativo.

Esto es, dentro del sistema político la democracia cobra sentido como principio regulador del movimiento y la comunicación circular entre estos tres subsistemas.

Los efectos de dicha transformación tridimensional se expresan, según Niklas Luhmann, en que, por una parte, el sistema político se orienta de modo creciente hacia los entornos creados en su interior. De esta manera, por ejemplo, la administración (gobierno y legislación) se orienta, por un lado, hacia premisas aportadas por la política, que pueden ser variables o no, y, por otro, hacia la resistencia o "accesibilidad" del público. Por otra parte, el poder político pierde su claro carácter asimétrico "de arriba abajo" y se reconduce a la forma de una circularidad dinámica: el público influye a la política a través de las elecciones. La política establece límites y prioridades a las decisiones de la administración. La administración se vincula a si misma y al público por decisiones, y este último, a su vez, puede reaccionar frente a las decisiones a través de los comicios políticos o mediante otras expresiones de opinión.

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La división tripartita trae consigo la diversificación de algunos tipos de relaciones intersistémicas (administración público, política-público, administración política y sus complementarias) que no pueden reducirse a una lógica de acción u orientación; más bien, cada una de ellas se plantea de modo autorreferente.

Solo a partir de examinar cómo funciona la autorreferencia se puede plantear la cuestión de si el sistema es capaz de percibir y recoger los problemas de los otros subsistemas y si éstos requieren o no, y en qué medida, una solución política, considerando que lo político es lo que el sistema político define (al interior de un código propio) como "político" y que se precisa distinguir entre funciones netamente políticas y funciones administrativas, pues una función parcial de la política en la sociedad es la provisión de legitimidad, mientras que la función parcial especifica de la administración es el empleo de esa legitimidad para producir decisiones vinculantes.

Observar la dinarnica sistémica de esa triada en el contexto de una profundización de los procesos de autorreferencialidad que exhiben nuestros países, mediante la implementación de una lógica reformista que apunta a modernizar el sistema político, administrativo y público, constituye una oportunidad significativa para dar cuenta de la marcha y alcances de tales dinámicas, pues, como afirma el mismo Luhmann, "la dificultad de lograr la separación entre política y administración ha resultado ser un serio obstáculo en el camino a una mayor diferenciación funcional en los países en desarrollo". '

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II.

La globalización: un proceso contradictorio y asimétrico

A. Giddens (2000) reconoce que la globalización y sus efectos constituyen una situación que no ha sido suficientemente problematizada por la sociología y, por tanto, esta deberá concentrarse cada vez más en el estudio del sistema mundial y en los intentos de explicar la acción social en su significado global. Todo lo cual lleva -sostiene- a cuestionar la tradicional preocupación de la investigación sociológica que ha concebido a las sociedades modernas en términos de Estados nacionales, y que, por tanto, se debe avanzar en el sentido en que éstos sean considerados mas como actores que como estructuras.

La globalización no es ciertamente un fenómeno neutral ni homogéneo, tal como queda demostrado, por ejemplo, en las crecientes protestas y en la movilización social que se han ido generando en diversas partes del mundo, y por los cada vez más complejos debates en torno al tipo de sociedad que ,estamos creando.

La Globalización es un complejísimo fenómeno multicausal y multidimensional que implica una perceptible pérdida de fronteras del quehacer cotidiano que modifica la vida entera y que fuerza a todos a adaptarnos y a responder y que como señala Giddens (2000: 23) constituye un proceso sumamente contradictorio, el cual ―no debe entenderse tan solo como un concepto económico ni como un simple desarrollo del sistema mundial o como un desarrollo puramente de instituciones mundiales a gran escala… no va en una sola dirección. En algunos casos genera solidaridades, en otros destruye. Tiene consecuencias muy distintas según sea la ubicación geográfica mundial de que se trate… genera algunas formas nuevas de integración que coexisten con formas nuevas de fragmentación‖.

La globalización aparece como un proceso que no va de dentro hacia fuera, ni tampoco es un proceso externo que produce cambios hacia el interior, sino uno que rompe la frontera interior-exterior dado que este concepto de globalización estaría haciendo referencia a los procesos en virtud de los cuales los Estados-nación se entremezclan e implican mutuamente mediante actores transnacionales y sus respectivas potencialidades de poder, orientaciones, identidades y otros entramados.

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De igual forma, en este proceso de radicalización de la primera modernidad - generadora de riesgos y oportunidades la economía ha aumentado su autonomización -respecto del sistema político; lo que hace emerger un Estado que ha sido impactado en sus funciones históricas, particularmente, de promotor. Generándose, por consiguiente, otras reglas que ha llevado desde hace un tiempo un largo debate y propuestas reformistas sobre el rol del Estado en un contexto policéntrico, marcado por una globalización económica que se construye sobre la demanda por aumentos de desregulación de sus acciones, la especulación financiera global y la ruptura de los esquemas clásicos de comprensión de las soberanías de los Estados.

Por ello, el eje de la discusión no va por el camino de preguntarse si la globalización existe o no, sino cuáles son las consecuencias reales de los cambios que trae consigo. Y son precisamente tales percepciones y observaciones directas de sus consecuencias, las que se expresan en la forma de expansión de opciones, pero también en la multiplicación de riesgos.

Es lo que lleva a la gente a discutir, a protestar y a desconcertarse fren te a la incertidumbre del futuro, particularmente cuando la globalización es identificada, tanto por los que protestan como por los que están a favor, como la expansión de la llamada economía global, la que sin duda ha sido apabullante y sin precedentes en la historia previa del sistema capitalista. Tal es así que el cambio de las coordenadas hace que los expertos que analizaban, unos cincuenta años atrás, el rumbo de los asuntos mundiales hablaban de leyes universales y de su cumplimiento universal, de algo que debíamos hacer y finalmente haríamos; hoy hablan de globalización, de algo que nos ocurre por razones que podemos analizar e incluso conocer, pero difícilmente controlar.

Contrariamente a lo que algunos afirman, la globalización es un proceso de de sarrollo multisecular. Se origina en Europa hacia los siglos XV y XVI como dimensión particularmente dinámica del capitalismo y como efecto de su vocación expansiva (Sée, 1926; Polanyi, 1944; Wallerstein, 1974; Hobsbawm, 1975; Braudel, 1979; Arrighi, 1994; Ferrer, 1996; etc.). Por ende, la globalización es un proceso ligado de manera íntima al desarrollo del capitalismo como modo de producción intrínsecamente expansivo respecto de territorios, poblaciones, recursos, procesos y experiencias culturales.

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Como afirmamos anteriormente, las ciencias sociales hacen esfuerzos importantes para decodificar los alcances y las consecuencias de este proceso y la disolución de las coordenadas de la sociedad industrial. Parte importante de la discusión se organiza en tomo a referentes conceptual y metodológica que aún están en construcción. Y no debemos extrañamos dado que la globalización muestra un mundo que se interconecta en múltiples dimensiones, un mundo ambivalente, discontinuo, asimétrico, heterogéneo en todas sus variables.

Para Anthony Giddens (1996), globalización es un término que, a pesar de ser usado con tanta frecuencia, está muy pobremente conceptualizado. La orientación analítica y la disposición ideológica separa entre «hiperglobalizadores» y «escépticos de la globalización>. Entre los primeros, la globalización se entiende como la expansión del mercado a escala mundial; el avance del proceso es tal que no sólo los Estados-nación han perdido una gran parte de su poder sino que están a un paso de su aniquilamiento. Dentro de esta corriente, Kenichi Ohmae (en obras como The Borderless world o The end ofthe nation state), argumenta que, en el futuro, la nueva economía mundial tendrá como núcleo no a los Estados-nación sino a muchas regiones entrelazadas, al modo de Estados-región, ciudades-Estado o ciudades-globales.

Para los segundos, el hablar de la globalización como un fenómeno nuevo o sin precedentes es faltar a la verdad. Con apoyo de gran cantidad de estadísticas, argumentan que lo que hoy se ha dado en llamar globalización, estaba más desarrollado entre los años 1900 a 1910 e incluso, a fines del siglo XIX; para éstos, la «globalización es un mito». En esta corriente podríamos ubicar las aportaciones de Paul Hirst y Grahame Thompson en Globalization in Question, y las de Paul Bairoch y Richard Kozul- Wright en Globalization Miths.

En un sentido similar, J. Hirsch (1999), sostiene que la globalización se presenta como un término en boga; pero se debe recordar que el capitalismo siempre fue global: por ejemplo, estuvo relacionado en su origen con el colonialismo y, en el siglo XIX, con el imperialismo, donde la crisis del fordismo, en los setenta, llevó al capitalismo a buscar nuevas estrategias para su expansión. Estas estrategias se traducen en la implantación de tecnologías y procesos de trabajo que prometen al capital una revolución tecnológica

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para la apertura de nuevos mercados y fuentes de ganancias, pero también en un desplazamiento del reparto social del ingreso a favor del capital, la desintegración del Estado social y la destrucción de los compromisos sociales que se basan en él.

Therbon (2004) al reconocer en la globalización un proceso complejo, identifica en el ambiente del debate cinco discursos. El primero, el de la competitividad económica (con sus efectos positivos y negativos), se centra en la competencia mundial con sus problemas para las empresas, trabajadores y Estados. Un segundo carácter, el de crítica social, representa una preocupación crítica por las consecuencias percibidas de esa globalización, crítica que no aparece tanto desde la izquierda tradicional o desde el Tercer Mundo sino desde el mismo centro. El tercer componente, se refiere a la (in)capacidad de los Estados para afrontar los problemas de ese futuro. El cuarto, es el tema de la globalización cultural, el efecto sobre las formas simbólicas, las imágenes sociales, las prácticas culturales sobre los estilos de vida y la desterritorialización de la cultura (uniformidad o nuevas formas de diversidad). Un quinto aspecto atiende la consideración de una ecología planetaria que estudia y discute la humanidad y la sociedad global como parte de un ecosistema planetario.

Así planteada, la globalización se muestra como un proceso sumamente contradictorio, que tiene consecuencias muy distintas, según sea la ubicación geográfica mundial de que se trate y que genera algunas formas nuevas de integración que coexisten con otras de fragmentación.

Para Joaquín Estefanía, dos características sobresalen por encima de las demás variables identificadoras: la continua sucesión, a velocidad de vértigo, de crisis financieras que contagian varios puntos del planeta; y el financiamiento de la economía. Estas características identifican a un conjunto de situaciones comunes a muchos países, entre las que destacan las privatizaciones, la transición del socialismo al capitalismo y el reajuste del poder económico mundial. Además, se testimonia la aparición de una nueva categoría de países que se diferencian de las naciones pobres o en vías de desarrollo, considerados beneficiarios del capital internacional (economías emergentes), en los que la concentración del capital se da mediante una oleada de fusiones y adquisiciones. Se busca el tamaño para competir, reducir costos laborales y ampliar la cuota de mercado.

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Por otro lado, lo financiero ha pasado al primer plano. Lo productivo o lo industrial ha pasado a ser subsidiario de lo financiero. Ello se comprueba en el protagonismo que han alcanzado las bolsas de valores. Este fenómeno supone el fin del modelo de capitalismo vigente en los últimos dos siglos. Para Estefanía, dentro de la bolsa de valores, no son las empresas tradicionales las que protagonizan la revolución, sino aquéllas vinculadas a las nuevas tecnologías, a Internet, aquéllas que no generan mucha mano de obra ni centros de trabajo. La liberalización de la economía es otro componente que ha generado una libertad de movimiento de mercancías y servicios, pero sobre todo de capitales.

Este complejo proceso globalizador puede observarse, entonces, como un derivado de la capacidad de las trasnacionales basadas en bloques de poder para mover capital, controlar el comercio, el crédito, el financiamiento y el entretenimiento. De hecho, Estados Unidos sigue siendo la potencia dominante en términos del mayor número y porcentaje de trasnacionales, entre las 500 mayores, con 227 (45%), seguido por Europa occidental con 141 (28%), Y Asia con 92 (18%). Tres bloques regionales de poder controlan 91% de las mayores transnacionales.

La globalización se constituye como un proceso por el cual las economías nacionales se integran de modo progresivo en el marco de la economía internacional, de manera que su evolución depende cada vez más de los mercados internacionales y menos de las políticas económicas gubernamentales.

Bajo esta dinámica, las empresas multinacionales, así como la Organización Mundial del Comercio, se convierten en «semi - estados», con una consecuencia fundamental: en su calidad de semi - estados, esas empresas tienen que adoptar también decisiones semi - políticas, tal y como hoy se ve, por ejemplo, en la tecnología genética.

La globalización no sólo es desigual para los países, sino que también opera de manera desigual para diversos actores y sujetos. Es una globalización del capital más que de la fuerza de trabajo, como se advierte en el avance de las legislaciones proteccionistas de los mercados de trabajo en las naciones más desarrolladas. El capital financiero puede moverse de país en país, buscando tasas de ganancias y condiciones de operación más atractivas, pero los trabajadores no pueden migrar con igual libertad para gozar de mejores condiciones de trabajo y de ingreso.

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La situación compleja y dura de la migración latinoamericana a países desarrollados constituye, sin duda, una muestra escalofriante de esta modernidad ambivalente y contradictoria: en la última década, diez millones de latinoamericanos han migrado a Europa y Estados Unidos, cuya inserción es altamente precaria en sus derechos humanos.

Para Bauman (2002), el advenimiento de un capitalismo liviano y flotante se explica a partir del desprendimiento y el debilitamiento de los lazos entre el capital y el trabajo. El capital se ha vuelto extraterritorial, desarraigado; y extorsiona a los agentes locales de la política. Por ello, nos dice que la política de hoy es un estira y afloja entre la velocidad con la que el capital se mueve y la cada vez más disminuida capacidad de acción de los poderes locales.

En los escenarios globales, hay una gran movilidad del capital y una creciente crisis del trabajo; los procesos son desiguales, benefician a unos pocos y otros no ven los frutos del desarrollo; las formas tradicionales de hacer política ya no son efectivas; los flujos financieros tienen su propia dinámica y efectos específicos; aumentan más los mercados que las empresas; la globalización incorpora y margina, desarrolla nuevas desigualdades y contradicciones, que también se globalizan.

I.3 Los riesgos de la modernidad radicalizada en los países capitalistas periféricos

Estos procesos globalizadores también son gatilladores de un aumento y surgimiento de nuevas desigualdades, el auge de la cultura del consumo, de la imagen y del consumidor; la exacerbación del individualismo v/s la fragmentación del vínculo social y de los territorios colectivos y la re-edición de conflictos que se creían superados o en vías de superación, tales como la xenofobia, los nacionalismos, las crisis urbanas y las pandemias, el desplazamiento demográfico de los sectores más postergados, el desempleo, la pobreza, la marginación, el deterioro del medio ambiente y nuevas guerras (Appadurai, 2001).

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Como afirma Estefanía (2007) las condiciones de vida han mejorado más en el último siglo que en todo el resto de la humanidad. Vivimos tiempos en los que la riqueza mundial, las conexiones internacionales y la capacidad tecnológica son mayores que nunca. Y sin embargo, al mismo tiempo, es el período en que las desigualdades son más grandes. Éstas son de todo tipo: económicas, digitales, educativas, tecnológicas, laborales, generacionales; la desigualdad se alimenta de la riqueza del sistema. A medida que se avanza en los niveles técnico y económico se retrocede en el aspecto social. La desigualdad crea una especie de ―apartheid‖ que aumenta a medida que crece la economía.

Los recientes y agresivos impulsos modernizadores en América Latina en el marco del paradigma neoliberal son una clara radicalización de los procesos transformadores que, en su esencia, constituyen las nuevas líneas intervencionistas y racionalizadoras de los llamados agentes planificadores del desarrolloque, ahora imbuidos en la racionalidad de la administración empresarial, privatizan las políticas públicas y, con ello, los objetivos estratégicos del Estado. Las nuevas coordenadas son los rostros que exhiben hoy nuestras sociedades en sus dinámicas y en sus procesos de constituir nuevas modalidades de decisiones vinculantes. Los cambios que se experimentan no son aparentes, son reales y profundos, y los observamos ya en todos los ámbitos del mundo social.

Ianni (2002) sostiene que el neoliberalismo y el globalismo se conjugan, donde ―siempre privilegia la propiedad privada, la gran corporación, el mercado libre de restricciones políticas, sociales o culturales, la tecnificación creciente y generalizada de los procesos de trabajo y producción, la productividad y la lucratividad‖.

La modernidad radicalizada que exhiben las sociedades actuales, incluidas las latinoamericanas, no es otra cosa que la fractura dentro de la propia sociedad industrial. Es en ella donde se debilitan sus bases de sustentación. Por ejemplo, la incorporación de la mujer al mercado educativo y del trabajo está cambiando aceleradamente el paisaje de la estructura laboral, con importantes consecuencias en las definiciones clásicas de familia, derechos sexuales, libertad sexual, el tipo de educación que queremos, entre otros aspectos.

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Estas nuevas definiciones se ha convertido en principios nucleares de la democracia en las sociedades postindustriales. Vamos transitando de una sociedad industrial que se piensa con las categorías de la sociedad del trabajo (retribuido), a una sociedad en la que el mundo laboral muestra nuevas características y tendencias que ponen en tela de juicio las jornadas de trabajo tradicionales y el lugar donde éste se realiza, dando paso a la flexibilización laboral y al teletrabajo. En este contexto, la tecnología ha abierto caminos insospechados para aumentar la productividad y la interconectividad laboral, pero también ha abierto los caminos del subempleo precario y/o del desempleo masivo.

No menos significativo es el hecho de que, si bien en la sociedad industrial la ¨lógica de producción de riqueza¨, domina a la ¨lógica de producción de riesgo¨, en las coordenadas actuales se invierte esta relación. Esto significa que, hoy día, las fuerzas productivas (y el desarrollo científico y tecnológico), han perdido su inocencia y poseen una reflexividad sobre los efectos de una modernización que, aunque han generado opciones, también han agrandado los riesgos: hay una amenaza global. A decir Beck (1998), la sociedad del riesgo es un fenómeno global, y los riesgos son las divisas negativas de la internacionalización de los mercados y del fin de los espacios cerrados.

Robles sostiene que, en el contexto de la sociedad del riesgo global, los países del capitalismo periférico como los nuestros están en una situación de doble peligrosidad. Por una parte, están los <riesgos locales>, que ellos mismos generan e intentan (o no), controlar y que, por lo general, no logran hacerlo, y en segundo lugar, están los riesgos internacionalizados e incontrolables generados por las naciones altamente industrializadas, todo esto en el marco de la denominación anónima garantizada por la irresponsabilidad organizada.

En un estudio de la empresa Princeton Survey Research (2003), donde se entrevistó a más de 2.600 individuos que ocupan puestos prominentes en gobiernos, medios de comunicación, sociedad civil, universidades, sector privado y sindicatos en 48 países de todas las regiones del mundo, se concluyó que 72% de los encuestados en América Latina y el Caribe, opinó que, en los últimos años, se ensanchó la brecha entre ricos y pobres. La percepción del aumento en esta desigualdad la compartió 85% de los encuestados en los países de Europa y Asia Central; 84% en Oriente Medio y norte de África, y a un 77% en los países ricos.

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En el plano de la discusión sociológica respecto de la dualidad modernidad modernidad radicalizada que hicimos mención anteriormente, nos lleva a plantear la interrogante en torno a que ¿ si la sociedad moderna no presenta un núcleo integrativo y generador de decisiones vinculantes (Luhmann) y que mas bien emerge el primado de la diferenciación funcional , es posible constatar lo equivalente para las sociedades periféricas?

En realidad, considero prematuro plantear que nuestras sociedades poseen un alto nivel de diferenciación funcional, como sí es el caso de las sociedades de donde emergen estas nuevas conceptualizaciones. Mas bien, en nuestras sociedades se tensionarían diferentes formas de diferenciación estratificadas con algunos importantes procesos de diferenciación funcional.

Estas tensiones que operan en las sociedades latinoamericanas y sus cambios en la matriz sociopolítica (Garretón, 2000), se asocian con las relaciones que han existido entre el Estado, la política y la economía, de las cuales se han derivado diferenciaciones funcionales no policéntricas como las observadas en las sociedades representativas de la segunda modernidad-. Producto de ello, son las severas dificultades para la consecución de la autonomía de sistemas funcionales y sus actores colectivos acoplados, lo que genera, a su vez, fuertes problemas de coordinación ante prácticas autárquicas de determinadas esferas y el no reconocimiento de las diversas formas de observación.

Más bien, nuestros países viven una modernización que se lleva a cabo en sociedades que presentan las características de una modernización periférica. Es decir, a pesar de los crecientes procesos de complejización y modernización que muestran algunos países latinoamericanos, en éstos siguen teniendo presencia sistemas que pretenden situarse en el centro de la sociedad e intentar actuar como ejes, lo cual pone en peligro a los programas de autonomía que persiguen los sistemas parciales.

En esta modernidad periférica, existen también fuertes procesos de exclusión social, política, económica y cultural; y en consecuencia en este contexto, las relaciones características de una sociedad moderna no han logrado globalizarse en el sistema societal, y muestran tensiones, vacíos y fuertes contradicciones que dificultan su consolidación.

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En nuestras sociedades capitalistas periféricas no podemos actuar como simples espectadores del avasallador mercado global que actúa en nuestros territorios.

Más bien, debemos generar las condiciones sociopolíticas de transformación que permitan revertir las incertidumbres y procesos de exclusión que genera el modelo de desarrollo capitalista.

Lo fundamental es elaborar un horizonte guiado no por una modernización que sólo sea caja de resonancia de cierta tendencia y movimientos coyunturales de mercado, sino principalmente- por una modernización reflexiva. Se podría decir que se trata de activar procesos de auto interrogación permanente respecto de los efectos colaterales y de los riesgos de las propias decisiones modernizadoras, como es el caso de lo que hoy está pasando con las transformaciones que se intentan aplicar a los diversos países de América Latina.

En un mundo dinámico no podemos olvidar que las observaciones rigurosas de las ciencias sociales deben hacerse sobre lo social, especialmente al momento de establecer y analizar las consecuencias y los problemas que supone el proceso de modernización. Se deben agudizar las miradas hacia las consecuencias no previstas de la modernización, no quedarnos limitados al estricto plano del conocimiento sobre la sociedad, sino ver en el actuar reflexivo de las sociedades sobre sí un conocimiento que oriente las decisiones y abra nuevos contextos a la acción; es decir, la manera en que los individuos redefinen sus contextos de acción en condiciones de inseguridad construida.

Sabemos que los procesos modernizadores no son neutrales, dado que son claramente intencionados al ser planificados para generar efectos en los sistemas socioculturales. Los impactos de tales acciones racionalizadoras son múltiples, complejos y, además, generadores de fuertes contradicciones con los sistemas sociales que pretenden intervenir.

De hecho, gran parte de la teoría social latinoamericana se ha construido teniendo como eje estructurante la dicotomía modernización-tradición; en donde la primera se concibe como desarrollo, y la segunda, en muchos casos, se percibe como un obstáculo a la

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modernidad. Específicamente, desde la segunda mitad de la década de los cuarenta, nuestro continente se vio inundado por diversas perspectivas <desarrollistas> que, desde un primer instante, intentaron buscar caminos para el crecimiento económico de nuestras naciones, y evitar con ello, serios desajustes económicos, sociales y políticos.

Por ello, la siguiente idea de J. Stiglitz tienen más sentido que nunca para los países latinoamericanos y para casi todos los países del mundo: en un contexto de globalización en el que todas las economías nacionales se encuentran en constante interacción, se debe favorecer el crecimiento económico de los países menos desarrollados, pero para que esto sea posible, no basta con que las instituciones económicas supranacionales proporcionen recetas de crecimiento, sino que éstas deben de respetar las secuencias y los ritmos que exigen algunas economías con un débil grado de desarrollo.

Para Gascó (2006) la inserción de los países latinoamericanos en la nueva economía debe considerar tres aspectos claves: en primer lugar, las políticas que deben aplicarse para la consecución de un desarrollo humano integral y sostenible deben superar los límites de la política económica en sentido estricto; en segundo lugar, no se debe olvidar que, para que este proceso sea efectivo, debe producirse endógenamente; y en tercer lugar, el desafío impuesto por la era de la información debe ser examinado desde el paradigma integral del desarrollo humano; es decir, considerando que los beneficios proporcionados por el aumento de la información y el conocimiento deben evaluarse en función de lograr un desarrollo a escala humana.

No ha de sorprendernos que los países latinoamericanos hayan emprendido importantes esfuerzos para tratar de adecuar sus economías y procesos socio -institucionales a este nuevo escenario, en particular. No obstante, la realidad es que los procesos de inserción en este contexto son parciales, heterogéneos y desequilibrados.

Frente a los efectos no deseados de esta forma de modernización radicalizada, han emergido algunas voces que intentan construir alternativas a la asimetría globalizadora.

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