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ANTONIO TOVAR, Vida de Sócrates.Madrid, Revista de Occidente, 1947, 426 págs.

Un libro sobre Sócrates es, en verdad, un caso insólito en español. El autor nos brinda esta obra con el deseo de abarcar íntegramente el problema socrático. Es este un libro que tiene mucho, muchísimo, de interpretación personal; mucho de la angustia del hombre moderno que se enfrenta a la interrogante histórica que es Sócrates. Pero, sobre todo, es un libro de un español ^contemporáneo. Tovar se apresura a decla- rarnos la arbitrariedad de su método para reconstruir la vida de Só- crates. Arbitrariedad relativa y muchas veces necesaria para enfren- tarse a realidades históricas lejanas. El autor analiza primero el problema de las fuentes históricas: la fuente más antigua e inmediata son los poetas cómicos. Muchos han negado su validez de documentos; otros, al contrario, los aceptan sin ninguna reserva crítica. Tovar demuestra concretamente cómo no hay que rechazar de redondo el testimonio de las Nubes. Buena actitud ésta, ya que solo con la aceptación crítica de ellas se puede reconstruir la imagen de Sócrates. Sabemos también que Maier ha probado hasta la saciedad cómo las Nubes nos dan un Sócrates muy próximo al de los Diálogos. No es posible negar hoy, pues, que el Sócrates aristofánico contribuye en cierto grado a ayudarnos a recrear la imagen del Sócra- tes "real". El segundo testimonio es el de Platón. En el siglo xvm el Sócrates platónico no gozaba de tanto prestigio histórico como el je- nofontíaco; vino después una revaluación del testimonio platónico que trajo como consecuencia la aceptación de todo lo que Platón dice so- bre Sócrates. Tovar con sana precisión filológica se apresura a decirnos que la imagen platónica de Sócrates es esencial para la reconstrucción histórica; debemos aceptarla con ayuda de una completa crítica a base de la cronología de los Diálogos. Es evidente que los más antiguos, como la Apología y Critón, nos dan un Sócrates más fiel que los pos- teriores. También se ha demostrado la importancia del Laques, Lisis,

el Protágoras no puede ser desdeñado; para

otros aun el Banquete, Fedón, Menón tienen auténtico valor de tes- timonios. Encontramos después corno tercer testimonio, el jeno- fontíaco: frente a los jenofontistas y antijenofontistas extremados el autor se mantiene en el centro crítico. De los primeros hay todavía al- gunos rezagados: Boutroux; y como caso curioso, Zeller. (Sería interesante ver hasta dónde llevó este último su jenofontismo). De los segundos hay algunos que ni siquiera admiten una parcial imagen del Sócrates jenofontíaco. En el caso concreto s de las Memorables, la crítica de H. Maier ha hecho resaltar su valor nulo como fuente histórica. Este ilustre socratista ha demostrado, por otro lado, que la Apología es anterior a las Memorables. Se acepta hoy, pues, la autenticidad de la

Cármides; para algunos

 

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Apología y prioridad de ella sobre la de Platón. En general, la actitud de Tovar es la de la aceptación crítica. Como cuarto testimonio, el de los llamados socráticos menores: Esquines, Antístenes, Fedón, Simias, Cebes, Critón, Glaucón, Simón, etc. El quinto es el de Aristóteles:

sabido es que hoy, gracias a la profunda crítica del mencionado H . Maier, dicho testimonio no se acepta tan fácilmente como lo fue hace

muchos años. Tovar aprueba sin grandes reservas

Maier y se inclina por eso a creer que las noticias aristotélicas sobre Sócrates no tienen valor autónomo. La relación de Sócrates con Atenas es para Tovar la clave para entender mucho de las formas de vida y de pensar de este último; porque si Sócrates se dejó penetrar del jonismo, nunca se entregó de lleno a él. Hace incapié el autor en esta característica que po- dremos llamar de equilibrio. En la narración de los padres y na- cimiento de Sócrates, en su trato con Xantipa, en su acción en la batalla de Potidea, en la de Delión, en la de Anfípolis etc., en la narra- ción, en fin, de la vida de Sócrates, Tovar muestra un talento único para recrear la imagen del que se pareció mucho al sátiro Marsias. En una prosa sencilla, pero preñada de imágenes sutiles, el filólogo deja hablar al artista. Recrea así la entrada de la filosofía en las ciudades de Jonia, Colofón, Mileto, Samos, Efeso, etc. Fue, sin embargo, en el arcon- tado de Calías, en el año 456 a. C. cuando el jonio Anaxágoras com- prendió que el futuro de la filosofía estaba en Atenas por muchos años. Este filósofo jonio llevó su cálido embrujo filosófico a la Atenas aristocrática de Pendes; su V0O5, sin embargo, no le ayudó a sacar todo el partido posible de su filosofía; de ahí que, cuando Sócrates se dio cuenta de que la física jonia fracasaba, emprendió su segunda nave- gación: su SeiJTCQo? nXovc.

las críticas de H .

Uno de los capítulos más interesantes de este libro es el que trata de las relaciones de Sócrates con la religión: se inclina a creer Tovar que dentro de las dos corrientes que agitan la religiosidad helénica, la corriente legalista y la corriente interiorista y mística, Sócrates toma declarada posición en favor de la primera. Este legalismo es una de las características más sobresalientes del Sócrates de Tovar; es más aún: insiste en que es el primero en hacer manifiestos tales rasgos le- galistas del filósofo. Acepta, p. e., el testimonio de Jenofonte, entre otros, en lo que se refiere a la no-interiorización religiosa socrática, se gún aquello de que "hay leyes conforme a las cuales precisamente debemos honrar a los dioses" (Jenof., Mem., IV, 6, 2-4). |En la cues- tión de la adoración a los dioses, conforme al vóp.05 de la ciudad, la opinión de Antístenes se señala contraria]. Este Sócrates que nos re- presenta el libro reseñado prefiere apoyarse en las verdades de su al- • rededor, bajo la protección de la ley divina ciudadana. Nos dice más adelante, sin embargo, que en "Sócrates el legalismo

se hace interiorista". Esta

interiorización

trae como

consecuencia el

 

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que haya un nuevo desplazamiento de la religión helénica, el que se vinculen nuevamente los dioses con los hombres. Hay que aceptar, pues, en cierta forma una crítica de la religiosidad anterior. Sócrates, por lo tanto, a pesar de su legalismo lleva por vez primera los dioses al santuario de ¡a conciencia. Acepta Tovar este extremo, pero se apre- sura a decirnos que Sócrates, hombre religioso, "logra conseguir la conciliación de contradicciones que es la solución religiosa". Afirma, además, que Sócrates nunca aceptó el formulismo hueco que muchas veces vemos aparecer en el pensamiento platónico;' y que tampoco se dejó llevar hasta las extremadas tendencias de la crítica jonia para con los dioses tradicionales, ni que se inclinara hacia el misticismo. Este Sócrates con su legalismo interiorista logra, sin embargo, renovar completamente la religión helénica. Para el autor el hecho de que un hombre esencialmente religioso como Sócrates sea a la vez un teoriza- dor que hace a la moral independiente de todo vínculo religioso," no puede ser motivo para la extrañeza que manifiestan algunos: para él no hay ninguna contradicción en ello, puesto que Sócrates logra guar- dar perfecto equilibrio y logra también las supremas conciliaciones religiosas.

Este legalismo del Sócrates de nuestro autor no nos convence en el sentido de hacerlo casi consciente de su equilibrio. La contradicción se hace manifiesta en muchos aspectos de la actitud de Sócrates, sobre todo, en su angustia. Es posible que Sócrates haya sentido la "mirada de la Esfinge" antigua, más de lo que cree Tovar. Resalta Tovar la base de la doctrina socrática: no hay sino un bien, el conocimiento, y un mal, la ignorancia. La ética se desprende de este principio, pues el sumo bien, el conocimiento, resulta del manejo de la propia razón y basta él, una vez conocido, para determinar la ac- ción humana. Claros son los capítulos en que trata de la dialéctica. La mayéutica socrática no es sólo un método para arrancar sus opiniones a los inter- locutores, "aspira a sacar a la luz la verdad que se produce natural- mente en el seno de la razón humana". Según Tovar, Sócrates, un te- rrible lógico, un racionalista que cree en la fuerza de la razón, es, por otra parte, un reaccionario, casi un "alma de más calor que claridad". Nos pinta el autor, por eso, a un Sócrates que prefiere a la "ilustración", la piedad, el respeto. Donde sí se muestra irreductible el señor Tovar es en la valoración de los sofistas: según él todos los intentos modernos de salvarlos no son convincentes. Pero si ya Maier {So\rates, sein Wer\ und seine ge- schichíliche Stellung, Tubingen, 1913), como el mismo Tovar lo recuer- da, probó felizmente que lejos de ser unos subjetivistas escépticos, son los sofistas casi unos epistemólogos, preocupados por la doctrina del cono- cimiento! Y además, ¿por qué creer en el valor de toda la argumentación

 

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platónica? Hay mucho en la sofística que debemos revaluar todavía. Agradabilísimas son, por lo demás, las caracterizaciones que Tovar trac de Protágoras, Antifón, Predico, Trasímaco, Critias, etc. El capítulo que trata del demonio socrático está lleno de sugerencias. El demonio es para Sócrates una especie de sentido interior que le sirve de comunicación con la divinidad; una verdadera interiorización de aquella inspiración divina que se manifiesta en agüeros, oráculos, etc. Pero Tovar nos dice que "la naturaleza del daimon fue entendida por Sócrates como esencialmente negativa". E insiste que en esto se diferen- cia Sócrates de los que se inclinan por el iluminismo. Nosotros aceptamos en parte esta concepción del demonio socrático, pero creemos con algu- nos grandes helenistas que esta negatividad se debe al temperamento sen- sual de Sócrates, que necesita freno para su expresión. En todo caso, no entendemos del todo la argumentación de Tovar acerca del negativismo de un daimon que sabe dar órdenes positivas. Pero para Tovar de nue- vo es Sócrates un ser en equilibrio: no se deja arrastrar por lo demonía- co, pero tampoco prescinde de él. Claro que las ideas de Nietzche no pueden ser aceptadas en cuanto ve en el daimon una prueba más del ra- cionalismo socrático! Lo que no nos gusta del todo es esa imagen de Sócrates siempre en equilibrio, imagen que Tovar nos regala en cada capítulo. Por lo demás Tovar acepta en parte la influencia de corrientes místicas como el orfismo, etc.

Las relaciones de Sócrates con sus amigos son contadas con gracioso interés. Para Tovar dos son las principales generaciones de discípulos socráticos: la primera que puede ser la de la primera de la guerra del Peloponeso: Antístenes y Alcibíades son sus mejores representantes; la segunda, la de los últimos años, centrada en Platón. Recrea con gusto Tovar a los diferentes discípulos: Euclides, el más antiguo; Gritón, el más fiel; Antístenes, Calias, el frivolo representante déla juventud dora- da; los hermanos Querefón y Querécrates, Apolodo, Alcibíades, Aristipo, Platón, etc. Se muestra irreductible el autor cuando se trata del proble- ma de la autenticidad de la conversación de Sócrates con la meretriz Teodota. Claro que se ha afirmado que pudo haber sido una transpo- sición de un tema corriente en la literatura socrática posterior. Pero por qué no ver con Zeller que Sócrates obra aquí por puro interés científico?

En la imposibilidad, en una reseña, de ver todos los puntos del li- bro que tratamos, no está demás que repitamos que ese Sócrates tan legalista, tan concierne de su equilibrio, tan en el medio siempre; ese Sócrates interiorista pero respetuoso de la vieja religión y que no dese- cha del todo los imperativos de la sangre no nos convence siempre- El libro del señor Tovar marca, sin embargo, una verdadera etapa en los estudios socráticos en español: es un libro de un filólogo que está al corriente de todos los problemas históricos de la gran personalidad ateniense; es un libro de un filósofo y de un humanista. Es agradable'

 

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saber también que la Revista de Occidente vuelve, con este libro, a estar a la altura de sus mejores días.

E.

AMAYA VALENCIA.

RAFAEL LAPESA, Asturiano y

(Acta

Salmanticensia Iussu Senatus Universitatis Edita. Filosofía y Le-

tras. Tomo II,

provenzal en el Fuero de Aviles

núm. 4) . Madrid, C. Bermejo, 1948, 105 págs.

Se creyó por mucho tiempo que el Fuero de Aviles, otorgado en 1155 por Alfonso VII, era el documento peninsular más antiguo es- crito en romance. En 1865 D. Aureliano Fernández-Guerra y Orbe editó esta carta puebla con un discurso preliminar en el que puso en dudas la autenticidad del texto en cuestión. Hoy no podemos aceptar estas dudas y sabemos también que su valor como documento más an- tiguo del romance peninsular está lejos de ser una realidad: los traba- jos de Menéndez Pidal nos han demostrado la existencia de textos mu- cho más antiguo del mencionado romance peninsular. El Fuero de Aviles, sin embargo, tiene un valor lingüístico innegable. Rafael Lapesa acomete, por eso, el estudio de este diploma que no solamente es interesante por su arcaísmo y peculiaridades dialectales, sino, sobre todo porque nos revela la intervención de uno o varios re- dactores provenzales que pretendieron valerse del romance hablado en Asturias sin desechar por completo sus hábitos lingüísticos origina- rios. Lapesa llega a decir que si el "Fuero de Aviles es el primer mo- numento del dialecto asturiano, constituye a la vez un texto provenzal de interés, donde se reflejan hechos de fonética regional occitánica que los notarios del Mediodía de Francia no solían registrar aún" (pág. 95). El romance hispánico del Fuero es muy primitivo. Lapesa de- muestra certeramente cómo estos rasgos primitivos son comunes a los de los otros textos españoles de su época: casos de conservación de la e y apócope violenta; la sonorización en los cultismos como uigario; la colocación del verbo al final de la frase y la abundancia de ana- colutos etc. Anota el autor, también, que el Fuero no recoge algunos rasgos esenciales del dialecto asturleonés que sin duda existía ya: dip- tongación de e en te y de o en uo, ue, ua; ausencia de / inicial palata- lizada en /, etc. En general el lenguaje del Fuero refleja ampliamente caracteres lingüísticos del Noroeste peninsular; pero en lo que se re- fiere a las peculiaridades astur-leonesas o especialmente asturianas el problema es bastante complejo. La acomodación del redactor o redac- tores se vio facilitada, naturalmente, por la comunidad de rasgos per- tenecientes al fondo románico primitivo. Lapesa pone de manifiesto la confluencia de estos rasgos románicos: también acentúa la existen- cia de provenzalismos inequívocos: apócope de o en raucuros; pérdida de la n final (efanzó) etc.; restos de la declinación bicasual; contrac-