Sei sulla pagina 1di 7

:m]

(r(t

tl(t

DENIS HUISMAN

ANDRÉ VERGEZ

SERGE LE STRAT

HISTORIA

DE LOS FILÓSOFOS

ILUSTRADA POR LOS TEXTOS

Traducción de

\

,;

CARMEN GARCIA TREVIJANO

i.iti'

J,

l"-'

'

,-.:.,

'-'r ''

'

ii

l-

t

-;a'-

i"t-L'

.'.' n

r

#Ja/*'i;i ao*ta!

,+

rcCNOS

U

CAPÍTULO 15

LA FILosoFiA cnÍrtce DE IMMANLTEL KANT

LA VIDA DE KANT

Kant nació, estudió, enseñó y murió en KÓnigsberg. No salió ja-

más de esta ciudad de la Prusia Oriental, ciudad universitaria y

también centro comercial muy activo. La vida de Kant es austera y

regular como un reloj.

se acostaba todas las

Se levantaba todas las mañanas a las cinco y noches a las diez. Siguió siempre el mismo iti-

nerario para ir de su casa a la universidad. Se dice que dos_circuns- tancias le hicieron romper su horario: la publicación del Contrato

social de Rousseau en 1762 y el anuncio de la victoria francesa en

Valmy en 1792.

Kant sufrió dos influencias contradictorias: la influencia del pietismo (un protestantismo luterano de tendencia mística y pesi-

mista),

que era la religión de su madre y de varios de sus maestros,

y Ia

influencia del racionalismo, el de Leibniz (queWolff le había

énseñado con entusiasmo) y el de la llustración. Añadamos a esto la

lectura de Hume, que despertó a Kant de su <<sueño dogmático», y la lectura de Rousseau, que lo sensibilizó al poder interno de Ia con- ciencia moral. La primera obra importante de Kant está dedicada al problema

del mal: el Ensayo para introducir enfilosofía el conceplo de nrug-

nitud negativa (1763) se opone al optimismo de Leibniz y también

al de la Áu¡ktarung

lllustráción].

El mal no es una simple ausencia

de bien, sino el objeto muy positivo de una libertad malvada.

Después

narió"

de una obra en la que Kant critica las ilusiones del Swedenborg (que pretende conocer todo lo del más

"visio- allá)'

aparece la Disertación de 1770, que le valió a su autor ser nombra-

do profesor titular de la Universidad de Kónigsberg.

Tras ésta vienen las grandes obras de la madurez.

En _ l78l es la

Crítica de la razón pura, de la que tma segunda edición modificada

precisará,

en 1787,las intenciones ncríticas». Los Prolegóntenos a

ioda

metafisica futura (1783; son a la Crítica de la razótt pura lo que

1244)

/((

LR nLosc¡pÍn cnÍrlc,q DE IMMANLTEL KANT

245

la Intestigat'ión sobre el etÍettcliutietlto htü?runo era al Tratado de la

naÍttrale:a lttmtana de Hume: una simplificación brillante para uso de un público más vasto. La moral de Kant está expuesta en las si- guientes obras: la Fundantentatión de la ntetaJísica de las costlun-

bres (1785) y la Crític'a de la razón práctit'a ( 1788). Finalmente, la Crítica del juicio (1790) trata de las nociones de belleza y de finali-

dad, estableciendo así un puente entre el mundo de la naturaleza, so-

metido a la necesidad, y el nlundo moral, donde reina la libertad. Kant había encontrado en Federico II protección y admiración.

Su sucesor, Federico-Guillermo II, menos independiente de los

medios devotos, se inquietó ante la obra, básicamente espiritualista

no obstante, que Kant publicó en 1793: Lo religión dentrt¡ de los lí-

ntites de la mero razón. Kant mantuvo su palabra mientras vivió ese

rey, pero después del advenimiento de Federico Guillermo III no

dudó en tra[ar, en El corflicto de las facultades (1798), el problema

de

¡las

relaciones entre la religión y la religión revelada! Entre sus

perpetuo (1795) y la

últimas obras, citemos Sobre la paz

Antropología en sentido pragmático (1798).

CIENCIA Y METAFÍSICA

La <<crítica» emprendida por Kant se propone examinar los po- deres de larazón, remontándose desde el conocimiento a las con- diciones que hacen a éste eventualmente legítimo. Kant no duda en

ningún momento de la verdad de la física de Newton, como tam-

poco duda del valor de las reglas morales que su madre le ha ense-

ñado. Mas ¿en qué se fundan estas verdades? ¿En qué condiciones

están racionalmente justificadas? Paralelamente a esto, las propo-

siciones metafísicas son objeto de discusión constante. ¿Por qué

este acoso?

Los juicios rigurosamente verdaderos, es decir, necesarios y

universales, son a priori, esto es, independientes de los azares de la

experiencia

particular y contingente-. A primera vista

estos juicios a priori son juicios analíticos (un

-siempre

parece evidente que

juicio analítico es aquel cuyo predicado está contenido en el sujeto).

IJn triángulo tiene tres ángulos: para afirmar esto me basta con

analizar la definición misma de triángulo. En cambio, los.iuicios

sintéticos, aquellos cuyo atributo enriquece al sujeto (por ejemplo:

este lápiz es verde), parecen ser naturalmenfe a posteriori; sé que el lápiz es verde solamenl porque lo he visto.

246 HISTORIA DE LOS FILOSOFOS

Sin embargo, existen también

¡juicios

este enigma es el punto de

partida de Kant-

que son alavez sintéticos y a priori!Por

vale dos rectos.

-y

ejemplo: la suma de los ángulos del triángulo

Tenemos aquí un juicio sintético (el valor de esta suma de ángulos añade sin duda alguna cosa a la idea de triángulo) que es sin em- bNgo a priori. En efecto, para conocer esta propiedad no tengo ne- cesidad de una constatación experimental: la por una demostra-

ción rigurosa. ¿Cómo son posibles tales juicios sintéticos a priori?

Yo demuestro el valor de la suma de los ángulos del triángulo ha- ciendo una construcción en el espacio. Mas ¿por qué esa demostra-

ción se realizaigual de bien sobre una hoja de

papel que sobre la pi-

zxta? Porque el espacio, al igual que el tiempo, es un marco que

forma parte de la estructura misma de mi mente. El espacio y el

tiempo no son conceptos sacados de Ia experiencia. Son las formas a priori de mi sensibilidad bajo las cuales viene a depositarse la expe- riencia. Esta es la raz6n de que las construcciones geométricas, por sintéticas que sean, son a priori, necesarias y universales.

Pero el caso de la física es más complejo. Aquí hablo no sola- mente del marco a priori de la experiencia, sino también de los fe-

nómenos que en ella ocurren. Para decir que el calor hace hervir el

agua, es necesario que yo

lo constate. ¿Cómo pueden entonces ser d

priori los juicios del físico? Porque, responde Kant, las reglas, las categorías mediante las

cuales reunimos los fenómenos dispersos en la experiencia, son exi- gencias a priori de nuestra mente. Los fenómenos en sí son datos a posteriori, pero la mente posee, antes de toda experiencia concreta, una exigencia de relación de los fenómenos entre sí, una exigencia de

explicación por las causas y los efectos. Estas categorías son necesa-

rias y universales. De este modo, la experiencia nos suministra la materia de nuestro conocimiento, mas es nuestra mente la que, por

una parte, dispone la experiencia en su marco espacio-temporal, y, por

otra, le da orden y coherencia mediante sus categorías. Eso que no- sotros llamamos la experiencia no es una cosa que, como cera blanda, la mente reciba pasivamente. Es la mente la que, gracias a sus es- tructuras a priori, construye por misma el orden del universo.

Esto es lo que Kant llama su revolución copernicana. No es el sol, había dicho Copérnico, el que gira alrededor de la Tierra, es la

Tiena la que gira en tomo al So1. No es el conocimiento, dice

Kant, el reflejo del objeto exterior; es la menle humana la que

construye, con los materiales clel conocimiento sensible, el objeto

de su saber.

(((

le rrlosor'Íe cRÍrlca DE TMMANLTEL KANT

241

Kant se pregunta a continuación por el valor del conocimiento metafísico. Los análisis precedentes, a la par que fundamentan

sólidamente al conocimiento, Iimitan, sin embargo, su alcance.

Lo qüe ha quedado fundado es el conocimiento ciéntíñco, que se

contenta con poner en orden, mediante las categorías, los materiales

que le son aportados por Ia intuición sensible. Mas, nos advierte Kant, nosotros no conocemos el fondo de las cosas. El mundo que conocemos es el mundo refractado a través de los marcos subjetivos

del espacio y del tiempo. Pero sólo conocemos los fenómenos, no las cosas en sí (los nóumenos).

Sin embargo ,la razón no cesa de construir sistemas metafísicos,

porque la vocación propia de ésta es buscar unir sin cesar, incluso

más allá de toda experiencia posible. Mas, privada de todo punto de apoyo en la experiencia, la razón desvaría: se pierde en las antino- mias demostrando bien que mal tanto la tesis como Ia antítesis.

LA MORAL DE KANT

Solamente en el dominio de Ia moral es donde la razón va a po- der con pleno derecho manifestarse en toda su potencia. La razón

teórica tenía necesidad de la experiencia para no perderse en el

vacío de la metafísica. La razón práctica, es decir ética, debe, por el

contr:rrio, desprenderse, para ser ella misma, de todo lo que es

sensible o empírico.

Toda acción que toma sus móviles de la sensibilidad, de los de- seos empíricos, es extraña a la moral, incluso aunque esta acción sea materialmente buena. Por ejemplo, si yo me consagro a alguien por cálculo interesado, o incluso por afecto, mi conducta no es moral. Mañana, en efecto, mis cálculos o mi inclinación podrían empujarme a actos contrarios. El imperativo moral no es, pues, un imperativo hipotético, que sometería el bien al deseo (haz tu deber si con ello satisfaces tu interés, o si tus sentimientos espontáneos te empujan a él), sino un imperativo categóric o (haz tu dlber sin condicibnés).

Y dado que las leyes que la razón se impone no pueden en

ningún caso recibir contenido de la experiencia, puesto que estas le- yes deben expresar la autonomía de la razón pura práctica, las re-

glas morales no pueden consistir más que en la forma misma de la ley. «Obra siempre de modo tal que la máxima de tu acción pueda ser erigida en norrna universal» (primera fórmula del de-

ber). El respeto de la razón se extiende ai sujeto razonable: «Obra

((t

248 HISTORIA DE LOS FILÓSOFOS

siempre de modo tal que trates a la humanidad, en tí y en los otros,

siempre como un fin y nunca simplemente como un medio» (se-

gunda fórmula). Así pues, al obligarnos el principio del deber a con-

siderar a todo ser razonable como un fin en sí, proscribe tanto el suicidio como la esclavitud. Para unirse en una justa reciprocidad

de derechos y obligaciones, los hombres no tienen más que obede- cer a las exigencias de su propia razón: «Obra como si fueses le-

gislador al mismo tiempo que sujeto en la república de las volun- tades>> (tercera fórmula). El único sentimiento que en esta ética racionalista tiene por mismo un valor moral es el respeto, no porque sea anterior a la ley, sino porque es la ley moral misma la que produce en mí este senti- miento, por el cual mi orgullo es humillado. Alavez que magnificaala razón humana,la moral de Kant ex-

presa también su desconftanzarespecto de la naturaleza del hombre

y de todo lo que es empírico, pasivo, pasional o, como dice Kant,

patológico. Tal es el rigorismo kantiano . La razón habla bajo la

forma severa del deber porque es preciso imponer silencio a nuestra naturaleza carnal, porque es preciso, al precio de un esfuerzo, ple-

gar la humana voluntad a la ley del deber.

Por aquí es por donde Kant va a reencontrarse con la metafísica ---esa metafísica cuya demostración había dicho la Crítica de lo ra-

zón pura que era imposible-. La originalidad de Kant está en que

en lugar de fundar Ia moral sobre la metafísica, va a funda-

mentar la metafísica sobre Ia moral, a título de <<postulados de

la razón práctica». Por ejemplo, el deber me prescribe alcanzar

una cierta perfección moral que yo no puedo esperar en la vida pre-

sente; Kant postula entonces la inmortalidad del alma, que me dará el tiempo necesario para conquistar esa perfección que no he

podido obtener aquí abajo. Por otra parte, Kant constata que la fe- licidad acompaña raramente a la virtud, en este mundo en que los

malvados son de ordinario muy prósperos. Entonces postula un

Dios justiciero que, por un sistema de recompensas y castigos, ha- brá de restablecer en el más allá la armonía entre la virtud y la feli-

cidad. Finalmente, a partir de la conciencia de la obligación moral,

Kant va a postular la libertad humana. La obligación moral no

tendría en efecto ningún sentido si la conducta estuviera automáti-

camente determinada por mis tendencias, por las influencias que re- cibo. Estar obligado moralmente es tener la capacidad de responder

;í o no a la regla moral; es tener la libertad de elegir entre el bien y el mal. «Tú debes, dice Kant, luego puedes.»

(((

(,

la nlosorÍ¡ cRÍrlce DE IMMANUEL KANr

BELLEZAY FINALIDAD

249

En su tercera gran obra, la Crítica del jLricio, Kant se esfuerza por rnostrar la posibilidad de una reconciliación entre el mundo de

la naturaleza y el mundo de la libertad. La naturaleza no es quizá solamente el dominio del determinismot es también el de la finali- dad, que se muestm evidentemente en la organización armoniosa de los seres vivos. No obstante, si el principio de causalidad (determi-

nismo) es constitutivo de la experiencia, el principio de finalidad si-

gue siendo facultativo, puramente regulador (yo puedo interpretar el

agrupamiento de ciertas condiciones como la manifestación de un fin). Todo ocurre como si el pájaro hubiera sido construido para

volar. Mas una sola cosa es ciefla sin embargo: el pájaro vuela

porque está construido de esa manera.

Los valores debelleza, presentes en Ia obra de arte, nos ofrecen

igualmente una suerte de reconciliación entre laraz6n y la imagi- nación sensible, puesto que, en la contemplación estética, la bella apariencia que nosotros admiramos parece estar penetrada toda

ella de los valores del espíritu. Como finalidad sin fin (es decir ar- monía pura fuera de todo móvil externo a la obra de arte), Ia belle- za ofrece a nuestra imaginación la ocasión de una satisfacción to-

talmente desinteresada. Es éste, en el mundo kantiano, el único ejemplo de una satisfacción a la vez sensible y virgen de todo

egoísmo, el momento privilegiado en donde una emoción, en Iugar de manifestar mi egoísmo dominador, me libera, y, como tan acer-

tadamente se dice, me <<arrebata>>.

Retrato de KANT por Ehrgott Andrés Wasianski I

172411804

Tian pronto acababa de comer, Kant salía regularmente a

dar un paseo, por razones de salud, pues se pasaba el día sentado. Mas evitaba hacerlo con un compañero por dos ra-

zones, de las cuales la primera es más fácil de adivinar que la

segunda: para poder dar curso a sus ideas a pleno aire libre o

entregarse a la observación de la naturaleza tras la compañía de los hombres. La segunda razón era más personal: quería

250 HISTORIA DE LOS FILÓSOFOS

respirar únicamente por la nariz, para que el aire recalentado

no penetrara en sus pulmones y hacerle reconer un

trayecto

más largo antes de entrar en su pecho. Por medio de esta re- gla, que.recomendaba a todos sus amigos, pretendía prevenir

la tos, el estornudo, la ronquera y otras mánifestaciónes del

catarro. Esta precaución no era al parecer inútil, porque Kant se vio, en todo caso, muy raramente afectado poi semejantes

molestias; y este mismo precepto, aun sin ser tan rigurosa- mente seguido, ha surtido en efectos similares.

I Antiguo

una biografía

discípulo de Kanr, Wasianski publicó en Kónisberg, en 1g04,

intimista del padre de la filosofía crítica, de la cuál han sido

extraÍdas estas líneas.

Ehrgott André WesleNsxr, Emmanuel

Kant dans ses derniéres années, en Kan.t

intime, Grasset et Fasquelle, 1985.

TEXTO N.' 117. LA REVOLUCIÓN COPERNICANA EN METAFÍSICA

Se ha admitido hasta ahora que to-

espectado¡ se preguntó si no tendría

dos nuestros conocimientos debían re- más

girse por los objetos; mas bajo esta hi- tador quien

pótesis eran vanos nuestros esfuerzos daban inmóviles.

éxito haciendo que fuese el espec-

giraba y que los astros que-

méta-

ca6e hacer en

por establecer sobre tales

objetos al-

física un ensayo semejante en lo

I

de los objetos.

gún juicio o priorir mediante

concep- relativo a la in¡uición

ri;

(como

tos que extendieran nuestro conoci-

miento- Probemos pues de una vez si

no adelantaríamos

más en los proble-

pu,

la metafísica suponiendo que

nuestro co-

-d:

los objetos se regulasen por

nocimiento, lo cual

si la intuición se rigiera necesariámen-

te por la naturalezá de los objetos, no

veo cómo es posible saber nadá a

¡;r-io-

pero si, por el cont¡ario. es el o§eto

objeto

de los sentidos¡ el quL

se

concordaría mejor regula por la naturaleza de nuestia fa-

con 1o que deseamos demostrar: la

sibilidad

cultad intuitiva. entonces puedo expli- carme muy bien esta posibilidad. Mas

como no podía seguii ateniéndome a

esas intuiciones desde el momento en

como que éstas cleben tornarse en conoci-

po-

de un conocimienlo a priori

algo

de esos objetos que estabieciera

acerca de ellos, antes incluso de que

nos fueran dados. Ocurre aquí

con la primera idea de Copérnico:

viendo que no podía exrlicar

mientos del cielo adm:-tendo que

los movi-

la masa de estrellas giiaba en torno al

mienlos. sino que. como represenracir»

nes, tengo que referirlas

en cambio a

toda algo como objeto y determinar a élst.

rnediante aquéllas, puedo entonces ad-

la nlosor'Ía cRÍrrce DE TTUMANUEL KANT

251

mitir: o bien que los conce¡tto.r con

cuya ayuda realizo esta determinación

se rigen también por el objeto, v en-

tonces v.uelvo a caer en el mismo ato- lladero sobre la cuestión de saber cómo

puedo conocer algo a priori; o bien los objetos o, lo que viene a ser Io mismo,

la experiencia en la que únicamente pueden ser conocidos (como objetos

dados), se rige por estos conceptos, y en este caso veo enseguida un modo

más simple de salir del atolladero. En

efecto, la experiencia misma es un

modo de conocimiento que exige el

concurso del entendimiento,

gla debo presuponer en mí mismo an- tes de que los objetos me sean dados, por lo tanto a priori; y esta regla se ex-

cuya re-

presa en conceptos a priori por los cua-

les todos los objetos de la experiencia

tienen necesariamente que regirse y

con los cuales tienen que concordar.

I Independiente de la experiencia.

2 La intuit'iótt (sensible) designa el modo por el cual los objetos nos son dados.

K¡¡¡t. Crítica de la ra:ón pura, Prefacio a la segunda

edición, Alfaguara, Madrid, I995.

TEXTO N.' I18. ¿QUÉ PODEMOS CONOCER?

En primer lugar es necesario explicar

tan claramente como sea posible nues- tra opinión sobre la constitución del co- nocimiento sensible en general a fin de

evitar cualquier malentendido a este

respecto.

Lo que hemos querido decir es que

nuestra intuición no es otra cosa más

que la representación de los fenóme- nosr; que las cosas que percibimos por

Ia intuición no son en mismas tal

como las percibimos, y que sus rela-

ciones no son tampoco en sí tales como se nos aparecen; y que si hacemos abs-

tracción de nuestro sujeto, o incluso so- lamente de la constitución subjetiva de los sentidos en general, todas las pro- piedades, Iodas las relaciones de los objetos en el espacio y en el tiempo, e incluso el espacio y el tiempo mismos. se desvanecen. puesto que todo esto. como fenómeno que es. no puede exis- tir en sí mismo. sino solamente en no-

sotros. En cuanto a la naturaleza de los objett's considerados en ellos misnros y

con independencia de toda receptivi-

dad por parte de nuestra sensibill,ad,

esa naturaleza perrnanece enterar:¡ente

desconocida para nosotros. No cono-

cemos más que nuestra manera de per-

cibirlos; y esta manera, que nos es pro-

pia, puede muy bien que no sea

necesaria para todos los seres, aunque

lo es para todos los hombres. Sólo de ella hemos de ocupamos. El espacio y el tiempo son las formas puras; siendo la sensación la materia en general. No

podemos conocer esas formas más que a priori, es decir, antes de toda percep-

ción real, y por eso se las llama intui-

ciones puras: la sensación, en cambio, es el elemento de donde nuestro cono-

cimiento toma el nombre de conoci- mienfo a postcriori, es decir. de intui-

ción empírica. Estas formas son

absoluta y necesariamente inherentes a

nuestra sensibilidad r, cualquiera que

sea la naluraleza de nuestras sensacio- nes: pudiendo ser éstas muy diferentes. Aun cuando lográramos elevar nuestra

intuición al grado máximo de claridad,

no por ello da¡íamos un paso más hacia

la constilución de los objetos en mis-

mos. Porque. en cualquier caso, lo úni-

co que conseguiríamos sería conocer perfectamente nuestro modo de intui-

2s2

HISTORIA DE LOS F1LÓSOFOS

ción, es decir, nuestra sensibilidad, so- podemos saber qué son los objetos en

metida siempre a las condiciones de es-

sí por luminoso que sea nuestro cono-

pacio y tiempo, que son originariamen- cimiento de los fenómenos. única cosa

te inherentes al sujeto; pero nunca que nos es dada.

I Los fenómenos designan ios objetos tal cual son para nosotros, es decir, rela- tivamente a nuestro nrodo de intuición y de conocimiento. Los objetos

llamados

rados en sí mismos», independientemente de nuestra sensibilidad, son

«objetos en sírr, o nóuntenos. 2 El espacio y el tiempo son las formas o priori de nuestra sensibilidad.

K¡¡-tt, Crítica de la ra:ón pura, Estética trascendental ,

"conside-

§ 8, Alfaguara, Madrid, 1995.

TEXTO N., I19. CRÍTICA DEL ARGTIMENTO ONTOLÓGICO

.§er no es evidentemente un predica-

posición de una cosa o de ciertas deter-

concepto, y los táleros reales el objeto y

do realr, es decir, un concepto de algu-

su posición, si éste contuviera más que

na cosa que pueda ser añadido al con-

aquéI, mi concepto no expresaría el ob-

cepto de una cosa. Es simplemente la

jeto en su totalidad. y en consecuencia no sería el concepto adecuado a é1. Pero

minaciones en sí. En el uso lógico la

yo

soy más rico cuando tengo cien tále-

palab¡a <<ser» no es más que

la cópula

ros reales que cuando sólo poseo la idea

de un juicio. La proposición Dios es

de

ellos (esto es, cuando son sencilla-

omnipotente contiene dos conceptos a los que corresponden dos objetos: Dios

mente posibles). En la realidad, el obje- to no está efectiva y simplemente con-

y omnipotente; la partícula es no cons-

tenido de modo analítico en mi

tituye un predicado, sino que su fun-

concepto, pero se suma sintéticamente a

ción se limita a poner el predicado cn

mi

concepto (que es una determinación

relació¡t con el sujeto. Si yo tomo al

de

mi estado), sin que los cien táleros

sujeto Dios y digo: Dios es, o él es un

concebidos se vean en modo alguno au-

Dios, no añado ningún nuevo predicado al concepto de Dios, pues no hago más

mentados en la realidad por esta exis- tencia fuera de mi concepto.

que proponer el sujeto mismo con todos

Cuando concibo, por tanto, una cosa,

sus predicados y al mismo tiempo al

sean cuales sean los predicados y el nú-

objcto que corresponde a mi conce¡tto. Uno y otro deben tener exactamente el

mero mediante los cuales la concibo (y lo mismo vale decir para la determina-

mismo contenido: y por el hecho de que

ción completa), no le añado absoluta-

(por la expresión: él es) yo conciba al

mente nada a la cosa por el hecho de

objeto como absolutamente

dado. nada

nuevo puede añadirse al concepto que simplemente expresa la posibilidad. Y

así. lo real no contiene nada de añadido

a lo que es simplemente posible. Cien

táleros ? reales no contienen nada de

más que cien táleros posibles. Porque, como los táleros posibles expresan el

añadir que esa cosa e-tisfe. De otro

modo ya no existiría la misma cosa.

sino alguna otra cosa de más que yo no

habÍa pensado en el concepto. y no po-

dría decir entonces que eso que exisle

es exactamente el objeto de mi concep-

lo. Si yo concibo una cosa en toda su

rrralidad, a excepción de una sola, y lue-

LA FILOSOFÍA CRÍTICA DE IMMANUEL KANT

253

,s

go digo que esta cosa defectuosa existe. distinta a la concebida por mí. Si conci-

la realidad que Ie faltaba no se añade bo.

por eso a ella;

sino que existe tan de-

por

tanto, a un ser como la realidad

suprema (sin defecto alguno.) seguirá

fectuosa como yo la había concebido, siendo necesario avertguar si ese ser

porque de otro modo existiría una cosa existe o no 3.

I En lógica, todojuicio puede expresarse de la forma S es P. donde S designa al

sujeto y P al predicado (denominando «cópula» a la palabra de enlace.a.s;.

I

El tálero

era la moneda alemana

de curso legal en fiempos de Kant.

I Se halla así refutada la prueba ontológica de la existencia de Dios, enunciada

por Descartes enla Meditaciótt quitta (véase el texto n." 67.¡.

Kl,Nt, Crítica de lo ra:ón puro. ldeal dc Ia ra:ón pura,

4.u sec., Alfaguara, Madrid, 1995.

TEXTO N." 120. LA VOLUNTAD BUENA

La buena voluntad no es buena por lo que lleve a cabo o realice, ni por su aptitud para alcanzar este o aquel hn que nos hayamos propuesto; es buena solamente por el querer, es decir, por-

que es buena de por sí. Considerada en

sí misma, debe ser estimada, sin com-

paración alguna, un bien mucho más

valioso que todo lo que a través de ella

pudiéramos conseguir para satisfacción

de alguna inclinación e incluso, si se

quiere, de la suma de todas nuestras in-

clinaciones. Pero aun cuando, por un

particular ensañamiento del azar o por

mezquina dotación de una naturaleza

madrastra, careciera totalmente esta vo-

luntad del poder de llevar adelante su

propósito; aun cuando. pese a sus gran-

des esfuerzos, no consiguiese nada; aun

cuando no quedase otra cosa más que una buena voluntad (entendiendo por

tal no simplemente un mero deseo, sino

el recurso a todos los medios de que

pudiéramos disponer), no dejaría esa buena voluntad de brilla¡. al igual que una joya, como algo que tiene en sí mismo su valor total. La utilidad o la

inutilidad no pueden aumentar o dismi-

nuir en nada este valor. La utilidad sería

de alguna manera como la montura con que se rodea a unajoya para mejor po-

nerla en circulación o llamar la aten-

ción de los poco entendidos, pero que

no influye en el ánimo de los peritos

que saben estimar su justo precio.

K¡Nt, FLtndatnentoción

ltres, cap.l. Espasa Calpe, Madrid. 1996.

de la metafísit'a de las costunr

TEXTO N." 121. OBRAR POR DEBER

Para desarrollar el concepto de una

estimable en

sí misma. de una voluntad buena con independencia de toda intención ulte-

rior. tal conro ya se encuenra en el sano

entendimiento natural. y que es objeto

voluntad soberanamente

no tanto de enseñanza cuanto más bien

de simple aclaración; para desentrañar

este concepto que ocupa siempre el más alto lugar en nuestra apreciación del va- Ior completo de nuestras acciones y que constituye la c<.ndición de todo el resto,

254 HISTORIA DE LOS FILOSOFOS

vamos a examinar el concepto dei de-

ber, que contiene en sí el de una buena

voluntad, si bien bajo cierras restriccio- nes y obstáculos subjetivos, los cuaies, lejos de disimularlo y hacerlo ir¡econo-

cible, lo resaltan por contraste y lo ha-

cen más luminoso.

Dejo aquí de lado todas las acciones

que son tenidas por contrarias al deber,

aunque bajo tal o cual punto de vista

puedan ser útiles, pues en lo relativo a

esas acciones jamás se plantea Ia cues- tión de saber si es posible que tengan

lugar por deber, ya que van incluso contra éste. Dejo igualmente de lado

las acciones que son realmente confor- mes al deber y por las cuales los hom-

bres no tienen ninguna inclinación in-

mediata, pero que las ¡ealizan sin

embargo porque otra inclinación los

impulsa. Pues en este caso es fácil dis-

tinguir si la acción que es conforme al

deber ha sido realizada p or deber o por

un motivo interesado. Es bastante más

difícil detectar esta diferencia cuando la

acción es conforme al deber y además el sujeto que Ia ejecuta tiene una incli-

nactón inmediata por ella. Por ejem-

plo, es sin duda conforme al deber que el tendero no cobre más caro al cliente inexperto, cosa que jamás hace el co-

merciante inteligente que regenta un

gran comercio: establece, por el con-

trario, un precio fijo, el mismo para

todo el mundo, de suene que hasta un

niño puede comprar en su tienda tan

bien como otro cualquiera. Uno ha sido

servido honradamente; mas esto no

basta, por supuesto, para creer por ello que el comerciante se ha conducido así

por deber y por principios de honra-

dez; su interés lo exigía, y no hay aquí

lugar para suponer en é1 una inclina- ción inmediata hacia sus clientes que

Ie Ilevara a conceder, por amor a ellos, un precio más ventajoso a unos que a otros. Sería ésta una acción que habría

sido realizada no por deber ni por in-

clinación inmediata, sino solamente

con una intención interesada.

KeNr, Fundamen¡ación de la metafísica de las costum-

bres, cap.I, Espasa Calpe, Madrid, 1996.

TEXTO N.' 122. EL IMPERATIVO CATEGÓruCO

Cuando concibo un imperativo /rrpo-

No hay, por tanto, más que un impe-

létíco en general, yo no sé de antemano rativo categórico, que es éste'. Obra sólo

lo que va a contener, hasta que la con-

dición me sea dada. Mas si es un

co¡tto si la máxinta de tu acciónfuera a

impe- ¡ot'narse por tu t,oluntad en ley uniyer-

Mas si de este único imperativo pue- den ser derivados, como de su princi-

pio,