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Medios de comunicación, cultura y Constituyente

Jesús Martín-Barbero

Conferencia (Foro sobre Cultura y Constituyente; publicada en Cultura y Constituyente, Colcultura, Bogotá, 1990; y luego en Pre- textos, Univalle, Cali, 1995)

« La propuesta es entonces que la Constituyente asuma

la defensa y el estímulo de toda la cultura que no pasa por los medios y de toda la comunicación que está siendo

abolida y disuelta por ellos; esto es, la defensa y el estímulo primordialmente de las formas de comunicación popular ligadas a la fiesta y a lo comunitario en sus modalidades religiosas o laicas, literarias o musicales, formalizadas o espontáneas. Pues frente a la privatización de la vida que impulsan los medios, necesitamos estimular la vida solidaria y comunitaria, el protagonismo creativo de las asociaciones y organizaciones de la comunidad en el barrio o la vereda. El Estado no puede conformarse con controlar los excesos de los medios, debe contrarrestar la privatización y disolución del tejido comunitario que ellos refuerzan, impulsando y potenciando toda experiencia de comunicación que aliente la convivencia

y la democracia. »

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Abordar la relación de la cultura con los medios en una perspectiva de trabajo como la que nos reúne –la de ubicar este campo hoy tan neurálgico en la Constituyente–, nos exige plantear antes el sentido de la relación entre comuni- cación y cultura. Por extraño que suene, uno de los peligros más serios que amenazan a una propuesta legal sobre los medios es que se los desvincule de los procesos sociales de comunicación. Pues la concepción que domina tanto en los ámbitos políticos como en otros sectores sociales es una concepción puramente instrumental, que tiene que ver con aparatos, tecnologías y efectos y no con la naturaleza comuni- cativa de la cultura; Pero lo cierto es que la cultura implica en su misma dinámica la comunicación, y que no podemos hablar de cultura sin intercambio y relación con los otros.

La relación entre cultura y comunicación nos lleva enton- ces a colocar en el foco de cualquier propuesta una concepción no excluyente de cultura, pues vincular la cultu- ra con la comunicación es ante todo tomar conciencia de que las culturas viven en la medida en que son capaces de convivir e intercambiar con las demás. Y eso choca de ma- nera bien profunda y bien fuerte con lo que ha sido nuestra formación desde la escuela primaria, una formación que nos ha enseñado a afirmar y reconocer lo propio sólo a costa de negar y desvalorizar lo otro. Lo que estamos plan- teando es que pensar la cultura desde la comunicación es asumir su trama pues no hay crecimiento cultural sin inter- cambio y relación con las otras culturas.

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En segundo lugar, esa relación nos plantea que algunas de las transformaciones culturales más decisivas que esta- mos viviendo hoy provienen de los cambios en el entra- mado tecnológico de la comunicación; cambios que al afec- tar la percepción adquieren envergadura antropológica, pues no se trata únicamente de cambios en los contenidos o en los formatos de la cultura, sino de cambios en los modos de sentir, de percibir y construir las identidades. En la me- dida en que las transformaciones de la sensibilidad pasan por el tejido tecnológico, se hace necesario cuestionar aque- lla concepción de cultura –aún dominante entre nosotros–, que deja fuera la dimensión científico-tecnológica; una dimensión que ha sido asociada de manera fatalista al pro- greso o a su fracaso, y que hoy necesita ser repensada más que como cuestión de aparatos como organizadora percep- tiva y clave del diseño de nuevas prácticas.

Las relaciones de la cultura con la comunicación tienen que ver también con la “crisis de la representación” y lo que ella implica en la reorganización del sentido de lo político. La comunicación no es hoy únicamente un espacio que influye en la política –y que en ciertos casos amenaza inclu- so con sustituirla–, sino que en los procesos de comunica- ción se tejen hoy redes de construcción del sentido que afectan a la constitución misma de la representación de lo social y por tanto a la reconstitución de la cultura política. Acostumbrados a asociar la comunicación con la espectacu- larización de la política, especialmente en la crítica al papel que desempeña la televisión, se nos escapa que lo que ver- daderamente está en juego ahí no son únicamente efectos de espectacularización o trivialización de la política, sino formas de reconstitución del sentido de lo social y, por tanto, de las maneras con que una sociedad se representa la política.

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La naturaleza comunicativa de la cultura, la envergadura antropológica de los cambios que implican los nuevos mo- dos de comunicación y el entramado comunicativo de la política configuran el campo de cuestiones de fondo desde el cual deberían ser pensadas las propuestas de ordenamiento constitucional de la cultura en los medios. A partir, pues, de ahí, la cuestión de los medios podría centrarse en tres aspec- tos que a su vez darían lugar a cinco propuestas.

La cuestión de los medios

1. Los medios como pauta cultural. La cultura cotidiana de las mayorías, no sólo en las ciudades sino en el campo, en un país tan urbanizado como Colombia, está cada día más moldeada por las propuestas, los modelos y las ofertas culturales de los medios masivos. Por más escandaloso que suene, las mayorías latinoamericanas están accediendo a la modernidad no de la mano del libro, no siguiendo el pro- yecto ilustrado, sino desde los formatos y los géneros de las industrias culturales del audiovisual. Que la transformación de la sensibilidad de las mayorías esté realizándose no a partir de la cultura letrada sino de las culturas audiovisuales nos plantea algunos retos graves; de una parte, plantea que las mayorías entran en la modernidad sin dejar lo cultura oral, pero se trata de una “oralidad secundaria” (W. Ong) grama- ticalizada por los dispositivos y la sintaxis de la radio y la televisión. El reto que esa transformación cultural implica para nuestros sistemas educativos es bien grande, pues, a no ser que cerremos los ojos, nos queda bien difícil seguir ta- chando de inculta una sensibilidad que desafía nuestras nociones de cultura y modernidad, y desde la cual están transformándose los modos de ver y representar el mundo, de sentir y de gozar. Pienso en lo que eso trae de empobre- cimiento de la experiencia humana, en lo que significa de reducción del universo cultural, pero pienso también en la

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necesidad ineludible de plantearnos lo que significan esas nuevas culturas urbanas para unos sistemas de educación y unas políticas culturales mayoritariamente reducidos hasta ahora a desconocer, condenar y resguardar.

2. Los medios de comunicación como espacio de punta en la industrialización y comercialización de la cultura; espacio de una industrialización cada día más racionaliza- da, en la que las lógicas de la producción entran en conflicto con la autonomía de lo cultural, a la vez que una mercanti- lización descarada degrada profundamente el sentido de las dinámicas y los movimientos, de las prácticas y los consu- mos culturales. ¿Qué significa que los medios sean en nuestras sociedades el espacio de punta de las industrias culturales? Significa ante todo el definitivo desplazamiento de la producción cultural del ámbito de las comunidades al de las instituciones especializadas.

Frente a la cultura que tenía como origen y fuente las ini- ciativas y competencias de la comunidad, hoy tenemos una cultura producida por instituciones y empresas privadas que responden a dispositivos tecnológicos e intereses económi- cos cada día más enganchados a las lógicas transnacionales del mercado mundial. Enganche que a su vez no es posible sin aquella secularización de los mundos simbólicos que separa la producción cultural de cualquier instancia religio- sa o trascendente para vincularla a explícitos criterios de ingeniería social. Respondiendo a la lógica industrial de producción y a la secularizada ingeniería que hoy regula el movimiento de lo social, la cultura no pierde sólo su auto- nomía sino que acaba convertida en el más eficaz dispo- sitivo de ajuste de la vida cotidiana. Es esa la cuestión que nos obliga a vincular las industrias culturales con lo que los medios pueden tener de “fines” a la hora de comprender el sentido de la producción cultural en nuestra sociedad.

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3. Los medios de comunicación como espacio de reor- ganización del campo cultural y en particular de las identidades: si hablar de medios masivos ha significado casi siempre hablar de homogenización, es hora de sacar esa ex- presión de su acostumbrada vaguedad y desagregar las operaciones que integra. En su sentido fuerte –homoge- nización transnacional– la acción de los medios tiene como referencia procesos y mecanismos de destrucción y defor- mación de la diferencia y la diversidad culturales, y proce- sos de desvalorización y neutralización tanto de lo propio como de lo otro, es decir, pérdida del sentido del intercam- bio entre las diferentes culturas a partir de la imposición de una cultura que las integra desintegrándolas, que las subor- dina indiferenciándolas. En segundo lugar, homogenización implica desterritorialización, emergencia de cultu-ras o sub- culturas sin memoria territorial. Para quienes partimos de una idea de cultura ligada indisolublemente a la lengua y por lo tanto al territorio, esas nuevas culturas, ligadas a la música y al video, aparecen sin duda como amenaza de disolución de lo nacional; pero en la nueva percepción de los jóvenes no necesariamente una sensibilidad no territorial es una sensibilidad antinacional. La desterritorialización cultural nos está exigiendo repensar los modos en que se producen y perciben las identidades, para que no carguemos de negatividad fatalista lo que en la ambigüedad del presen- te es desafío a las inercias de nuestros propios modos de percibir y de pensar. Es lo que nos plantea esa otra “opera- ción” también ligada a la acción de los medios masivos, pero en ningún modo explicable únicamente desde ellos: la desestructuración de las temporalidades, de los modos de relación con el tiempo. Me refiero a la “mezcla de tiem- pos”, y a la ruptura de las continuidades, al saqueo de las tradiciones y la mezcolanza del pasado histórico o mítico con el futuro de la ciencia-ficción en una peligrosa pérdida del sentido y la conciencia históricos. Sin embargo, esa desestructuración y fragmentación no procede sólo de los

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medios sino de la reorganización y revoltura-cultural que producen las migraciones y flujos en las grandes ciudades. Analizada desde ahí, la estética del video musical –su esta- llido del tiempo y del espacio en las imágenes– estaría hablando de la sensibilidad en el sentido fuerte, esa que viene producida por los cambios en los modos de habitar la ciudad, los nuevos modos en que la ciudad hace estallar las “viejas” formas de comunidad e identidad, lo que, a nivel nacional, se viene llamando fragmentación del hábitat cultural. Pues las nuevas tecnologías de comunicación ya no funcio- nan con el modelo de públicos masivos e indiferenciados; la radio misma segmenta y diferencia cada día más sus au- diencias, y a través del cable y las antenas parabólicas lo mismo hace la televisión. ¿Cómo está afectando esa frag- mentación a la identidad nacional?, y lo preguntamos no en un sentido “reaccionario”, sino refiriéndonos con ella a la necesidad de que los ciudadanos tengan alguna posibilidad de encontrarse y comunicarse en un espacio cultural co- mún. No hay que confundir esa fragmentación con la descentralización que, por paradójico que resulte, las nuevas tecnologías de comunicación posibilitan y en alguna medi- da favorecen. A su manera, esas tecnologías están poten- ciando el reencuentro con lo regional y local, obligándolo a entrar en conflicto con la centralización y suplantación que de ellos hizo lo nacional, una “cultura nacional” incapaz de asumir, respetar y valorar la diferencia y la riqueza de lo regional.

Campos de propuestas

Terminaré enunciando cinco campos de propuestas que podrían dar lugar a iniciativas concretas para la Constitu- yente.

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1. Para no repetir hoy en Colombia el fracaso de las polí- ticas nacionales de comunicación de los años setenta en otros países latinoamericanos, necesitamos reelaborar el concepto de lo público a partir del cual se ha definido a los medios como “servicio público”. Es decir, redefinir lo pú- blico tanto a la luz de la experiencia histórica de su subsunción en lo estatal, como de la tentación actual de su disolución con la minimización del Estado. Es indispensa- ble rescatar el sentido y alcance de lo público para que no continúe confundido con lo estatal ni desaparezca en la lógica por la cual el mercado busca sustituir al Estado. A la redefinición de la especificidad del espacio público se some- ten las posibilidades de que tanto el Estado como los medios –la empresa privada– asuman unas mínimas obliga- ciones con los derechos e intereses colectivos, unos dere- chos que se sitúan en diferentes planos:

El derecho a la presencia en los medios de la diversi- dad de concepciones y de voces, de concepciones de lo social y de actores sociales que conforman la cultura políti- ca y la socialidad del país. Pues la propiedad privada de los medios no puede impedir ni negar el derecho que a las diversas voces y actores les corresponde para hacerse pre- sentes y decir su palabra, esto es, hacerse públicos tanto a través de los medios privados como de otras formas de titularidad colectiva o comunitaria.

El derecho a la expresión de la heterogeneidad cultu- ral del país, tanto en el plano de las diferencias culturales que lo conforman como nación –etnias, clases, regiones–, como en el plano de aquella otra diversidad que procede de la producción cultural del mundo y que nos está siendo negada –como especialmente sucede con el cine– a través de un manejo exclusivamente comercial de los medios de comunicación.

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El derecho a la diferencia que tienen las minorías ét- nicas, sexuales o artísticas; y no sólo por lo que respecta a contenidos referidos a ellas donde no se las ridiculice o degrade, sino por el derecho a ver emitida su propia crea- ción, al acceso a los medios de sus expresiones y produc- ciones culturales.

2. El segundo ámbito de propuestas lo conforman las

contradicciones que genera la separación entre los organis- mos que establecen las políticas culturales y aquellos que elaboran las reglas de juego para los medios de comunica- ción. Es injustificable que hoy el Estado tenga unos organismos para pensar y regular la radio, y la televisión, por cable o por antenas, no juegue también ahí. Necesita- mos llevar a la Constituyente una propuesta de integración de las políticas culturales, pues si se trata de las políticas que afectan a la cultura de las mayorías ella respira más que en la ópera o el folklor, en los medios masivos de comunica- ción. No podemos seguir con unas políticas esquizoides y en muchos casos contradictorias. No podemos pensar en cambiar la relación del Estado con la cultura sin integrar una política cultural que asuma en serio lo que los medios tie- nen de y hacen con la cultura de la gente.

3. Si es verdad que en los medios de comunicación se

presenta mucho de lo que hoy vive la gente como cultura, también lo es que aquello acarrea un enorme empobreci- miento de su experiencia cultural. La propuesta es entonces que la Constituyente asuma la defensa y el estímulo de toda la cultura que no pasa por los medios y de toda la comuni- cación que está siendo abolida y disuelta por ellos; esto es, la defensa y el estímulo primordialmente de las formas de comunicación popular ligadas a la fiesta y a lo comunitario en sus modalidades religiosas o laicas, literarias o musica- les, formalizadas o espontáneas. Pues frente a la privati- zación de la vida que impulsan los medios, necesitamos

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estimular la vida solidaria y comunitaria, el protagonismo creativo de las asociaciones y organizaciones de la comuni- dad en el barrio o la vereda. El Estado no puede confor- marse con controlar los excesos de los medios, debe contra- rrestar la privatización y disolución del tejido comunitario que ellos refuerzan, impulsando y potenciando toda expe- riencia de comunicación que aliente la convivencia y la democracia.

4. Las tres propuestas que acabamos de enunciar ponen

en juego y comprometen al sistema educativo. Es demasia- do peligroso para la vida cultural del país seguir man- teniendo al margen y por fuera de la educación las culturas que se gestan o que están asociadas a los medios de comu- nicación. Es necesario que la escuela asuma el reto cultural que significan los medios, o al menos el abismo que ellos abren entre la cultura desde la cual enseñan los maestros y aquella otra desde la que los miran y perciben los alumnos, los jóvenes. Lo cual implica que la escuela cree espacios donde se tematicen las nuevas dinámicas culturales, y que proporcione un mínimo de formación y modos de lectura activa y crítica de cuanto los jóvenes miran cotidianamente en la televisión, escuchan en la radio, leen en la prensa o ven en el cine.

Las posibilidades de una transformación en los hábitos de relación con los medios masivos dependen en buena medi- da de la capacidad del sistema educativo para hacerse cargo de cuanto ellos significan y son culturalmente.

5. Finalmente, una política democrática en los medios,

eso que algunos llaman la “democracia comunicativa”, radica fundamentalmente en ampliar la concepción liberal o neoliberal de los medios para que junto con la libertad de expresión sea legitimado el derecho a la comunicación, lo que implica llevar a la Constituyente una propuesta que no

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se reduzca a una política estatalista (y paternalista) de con- trol de los monopolios y de la concentración, sino que sea capaz de posibilitar y garantizar la participación de la so- ciedad civil tanto en la regulación y control de los medios como en el ejercicio del derecho a la comunicación. Pues sólo la garantía y la potenciación de las organizaciones de la sociedad civil para defender y ejercer sus derechos signifi- carán un verdadero avance en la redefinición de los modos de comunicarse y convivir en el país, que es lo que en últi- mas identifica a la cultura en una democracia y da sentido a una Constituyente.

Bogotá, noviembre de 1990.

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