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La palabra viene del griego baptizo, sumergir. Es una inmersión en agua o un rociamiento (aspersión) que
simboliza la identificación con una creencia o causa. En el cristianismo, se trata de la identificación del
creyente con Cristo en su muerte, sepultura y resurrección (Rom. 6:4-5). Se hace en el nombre de Cristo y
con Su autoridad (Hechos 4:7) con la fórmula bautismal de "Padre, Hijo y Espíritu Santo" (Mat. 28:19). El
bautismo no nos salva por sí mismo (1 Ped. 3:21). No obstante, es nuestra obligación recibirlo, como
creyentes en Cristo. DICCIONARIO BIBLICO LA PALABRA
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Término derivado del gr. à  (antecedente, à ). La idea del lavamiento o limpieza ceremonial,
aparece repetidamente en las leyes mosaicas de purificación (p. ej., Exo_29:4, Exo_29:17; Exo_30:17-21;
Exo_40:12, Exo_40:30, Lev_1:9, Lev_1:13; Lev_6:27; Lev_9:14; Lev_11:25; Lev_14:8-9, Lev_14:47;
Lev_15:5-27; Lev_16:4-28; Lev_17:15-16; Lev_22:6; Num_8:7; Num_19:7-21; Num_31:23-24; Deu_21:6;
Deu_23:11). La LXX usa la palabra à  dos veces (2Ki_5:14; Isa_21:4). El judaísmo posterior incorporó
este significado de limpieza y purificación a su idea de la relación del nuevo pacto y usó el bautismo como
un rito de iniciación, como se refleja en la secta del Qumrán y las comunidades de los Rollos del Mar
Muerto.

Juan el Bautista transformó el bautismo de un rito a un acto moral positivo, un compromiso decisivo con la
piedad personal. No obstante, su bautismo era sólo transitorio, pues el significado y la eficacia del bautismo
sólo puede entenderse a la luz de la muerte redentora y la resurrección de Cristo. Cristo se refirió a su
muerte como a un bautismo (Luk_15:20; Mat_20:22; Mar_10:38). Al acto del bautismo en agua Jesús
añadió la promesa del bautismo con el Espíritu, medio por el cual su labor redentora se aplica a los seres
humanos (Mat_3:11; Mar_1:8; Luk_3:16; Act_1:4 ss.; Act_11:16). Cristo hizo el bautismo espiritual (por el
Espíritu Santo) sinónimo con la aplicación de hecho de las virtudes de su muerte y resurrección a los
pecadores (Mat_3:11). A través del bautismo del Espíritu, el pecador redimido se incorpora al cuerpo
espiritual de Cristo. DICCIONARIO BIBLICO MUNDO HISPANO
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Del griego baptízo (sumerjo) designa al primero de los siete sacramentos cristianos, el que «hace» al
cristiano, abriendo la puerta a todas las otras fuentes de santificación sacramental que lo presuponen y lo
requieren. Es el fundamento de la vida cristiana y contiene en germen todos sus futuros desarrollos.
El judaísmo conocía un bautismo de los prosélitos, además de otros muchos ritos de ablución. Pero fue
Juan Bautista en particular el que predicó el bautismo de conversión para el perdón de los pecados (Mc 1,1 -
5). Se trataba de un bautismo "escatológico", con él proclamaba que estaban a punto de llegar los últimos
tiempos, con la venida del Mesías. El mismo Jesús, al comienzo de su vida pública, se hizo bautizar por
Juan. Con la teofanía que va unida a él, el bautismo de Jesús se carga de significado, fundamentales: 1.
Manifiesta su solidaridad con los hombres pecadores y de esta manera anticipa el advenimiento que habría
de sellar su cumplimiento, el "bautismo que tiene que recibir" y en el que se cumplirá su misión (Mc f0,38),
esto es, su pasión y muerte: Jesús es consagrado como Mesías, Hijo predilecto del Padre (Mc ], 10-1 1);
sobre él baja el Espíritu como una paloma del cielo y permanece sobre él (Jn 1,32). Esta vénida manifiesta el
poder creador y salvífico de Dios: lleno de Espíritu Santo y ungido como Mesías, Jesús puede llevar a cabo
su ministerio de salvación, arrebatar a la humanidad de la esclavitud del pecado y restablecer la soberanía
de Dios. Después de la resurrección de Jesús y de Pentecostés, los hombres pueden por medio del bautismo
obtener el perdón de sus culpas y la renovación del Espíritu. Mc 16,15:16 y Mt 28,18 -20 nos dicen que el
Resucitado confió a sus apóstoles la misión de «hacer discípulos a todos los pueblos». Con esta orden va
ligado el bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y - del Espíritu Santo". Por medio del bautismo, en el
nombre de la Trinidad, es posible participar del misterio de la pascua de Cristo y obtener así la salvación.
El apóstol Pablo desarrolló abundantemente la teología del bautismo. Se trata de una inmersión
(sepultura) en la muerte de Cristo, "para que así como Cristo ha resucitado de entre los muertos por el
poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva» (Rom 6,4). Del hecho fundamental de
haber sido bautizados en la muerte y resurrección de Cristo se derivan numerosas consecuencias: acaba una
existencia, el ser carnal queda reducido a la impotencia y empieza una existencia nueva la nueva criatura
está ya reconciliada con Dios: " habéis sido purificados,' salvados en nombre de Jesucristo)» (1 .Cor 6,] ]) se
entra en la comunión animada por el Espíritu de Cristo resucitado, que es la comunidad mesiánica: lo
mismo que la circuncisión agregaba al niño al pueblo de la antigua alianza, así también el bautismo, nueva
circuncisión (Col 2,] ]), hace entrar en la comunidad de salvación que es la Iglesia del Nuevo Testamento: el
mismo Espíritu es el sello que marca al bautizado (cf Ef ] , ] 3), es decir, lo caracteriza como perteneciente
de manera especial a Dios, el bautismo califica y determina la vida del cristiano, que es caminar y vivir
según el Espíritu.
Desde sus comienzos la Iglesia se preocupa de bautizar (Hch 2,~81 8,16: 10 48; 19,5). El mismo Pablo fue
bautizado después de su conversión ( Hch 9,18: 22,16), y bautizó luego a Crispo, a Gavo y a la .fa milia de
Esteban ( 1 Cor 1,14-l6. Los testimonios del s. III (sobre todo la Traditio apostolica de Hipólito) nos dicen
que en la vigilia pascual se administraba solemnemente el bautismo, junto con la unción crismal y la
participación eucaristica. Los aduitos admitidos al bautismo tenían que prepararse seriamente mediante un
largo periodo de «catecumenado». Pero la misma Traditio habla también del bautismo de los niños. La
praxis del bautismo de los niños se conoce va desde los origenes, aunque tuvo cierta regresión a lo largo del
s. II'. En efecto, por esta época, cuando los mismos adultos retrasaban la iniciación cristiana (por miedo a
las culpas futuras, dada la unicidad y la severidad de la penitencia pública, muchos padres retrasaban el
bautismo de sus hijos por estas mismas razones. Pero, los mismos Padres de la Iglesia que se bautizaran en
edad adulta (como Basilio, Ambrosio, Juan Crisóstomo, Agustín) reaccionaron enérgicamente contra esa
negligencia, subravando la necesidad del bautismo para la salvación.
A continuación, con la difusión del cristianismo, tienden a desaparecer el bautismo de los adultos l la
institución del catecumenado, generalizándose la praxis del bautismo concedido a los recién nacidos, En
consecuencia, la Unción crismal y la participación en la comunión eucarística se retrasan en Occidente
hasta la edad de la "discreción» El.
rito actual del bautismo de los niños se articula en cuatro momentos: acogida, liturgia de la palabra, liturgia
del sacramento, conclusion. Se empieza acogiendo a 1os padres y padrinos que presentan al niño para e1
bautismo y se le pide que asuman el compromiso de educarlo en la fe. La palabra de Dios se propone en un
abundante numero de textos, en los que están presentes los grandes temas del nueva nacimiento, de la vida
en Cristo en nosotros, de la pertenencia a la Iglesia.
Después de la oración y de la unción con el óleo de los catecúmenos viene el verdadero rito bautismal. Se
bendice el agua, se renuncia al mal y se hace la profesión de fe en la Trinidad. El nuevo rito vuelve a resaltar
el gesto de la inmersión, que es sin duda el más expresivo; pero el gesto más común es el de la infusión del
agua. Sigue la unción con el crisma (que significa la nueva dignidad del cristiano), la imposición del hábito
blanco (símbolo de inmortalidad y de incorruptibilidad), la entrega del signo de la luz (el cristiano es un
«iluminado»). El rito termina con el rezo de la oración del Señor y la bendición. El bautismo es
administrado ordinariamente por un ministro ordenado, pero en caso de necesidad puede hacer de
ministro cualquier persona, con tal de que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Puesto que el
bautismo marca al hombre como perteneciente a Cristo y lo hace capaz de participar del culto (le la Iglesia
(se trata del don del «carácter»), el bautismo es irrepetible. Su efecto es la purificación total, el perdón de
todos los pecados, el original y los actuales.
Necesario normalmente para la salvación, el bautismo puede ser suplido por el bautismo de sangre (el
martirio sufrido por un creyente todavía no bautizado) o por el bautismo de deseo (que supone, con la fe, un
deseo de recibir su sello, cuando sólo unas circunstancias independientes de la voluntad del sujeto impiden
encontrar su realización efectiva).
R. Gerardi

Bibl.: B. Baroffio - M. Magrassi, Bautismo, en DTI, 537-562; A, Hamman, El bautismo y la conl~rmació,1,


Herder, Barcelona 1970; Neunheuser, Bautismo y confirmación, Ed, Católica, Madrid 1975; b. Borobio
(ed.), La celebración ezl la Iglesia. I I Sacramentos, Sígueme, Salamanca 1988,

-Aspecto moral.- Considerado actual mente en el marco de conjunto de la iniciación cristiana, el bautismo
es el sacramento de la vida nueva. Señala también la entrada en la comunidad de los redimidos en Cristo y,
por tanto, además de su estudio tradicional dentro de la teología sacramental, se presta también a una
reflexión de tipo moral.
En la praxis de la Iglesia primitiva prevalece en el símbolo bautismal la idea del "nuevo nacimiento». Hoy
esta idea ha perdido mucho de su fuerza.
Por eso, sobre los diversos significados teológicos tiende hoy a predominar el de inserción en la comunidad
de los creyentes.
El hecho de recibir el bautismo en una edad en la que es imposible no sólo una opción libre, sino incluso la
conciencia de lo que se está haciendo, mueve a acentuar más el carácter de toda la existencia cristiana como
verificación, apropiación, realización permanente del propio bautismo.
La dimensión ética propia del bautismo se capta de manera especial a través de las promesas bautismales,
que expresan el compromiso por crear en sí mismo y en el mundo las condiciones para la acogida de la obra
de Dios y la libertad del Espíritu, y al mismo tiempo fundamentan el caracter sacramental de la moral
cristiana, aun cuando -y quizás precisamente porque- sirven para recordar que ser cristiano no puede
reducirse ni mucho menos a un hecho moral. Esas promesas bautismales comprenden, según una praxis
que se remonta a los primeros siglos cristianos, una primera parte de aspecto negativo (renuncia al mal o a
Satanás) y otra segunda par te de aspecto positivo: la adhesión a Cristo.
Renunciar al mal, a pesar de su formulación negativa, es un compromiso que se refiere a la vida cristiana en
su plenitud e implica toda una gama de positividad virtualmente ilimitada. Renunciar al mal no significa
solamente comprometerse a no cometerlo, sino comprometerse a combatir activamente el pecado, y no sólo
el que uno pueda sentir en particular la tentación de cometer, sino todo el pecado presente y activo en la
historia, hasta lograr transformar el mal en una ocasión superior de bien. Así, la adhesión a Cristo
expresada en el «Credo» no se reduce a admitir que ciertas prerrogativas de Cristo sean una realidad, sino
aceptar la implicación propia, total y directa, en estas mismas realidades. Para el creyente, Jesucristo no es
simplemente un modelo en el obrar, sino la fuente de su ser. Por consiguiente, las promesas bautismales no
son en primer lugar un «acto», sino un status.
L. Sebastiani

Bibl.: J. Espeja, Para comprender los sacramentos, Verbo Divino, Estella ~1994; D.
Boureau, El futuro del bautismo, Herder, Barcelona 1973. DICCIONARIO DE TEOLOGIA

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Originariamente es un rito purificatorio simbólico, consistente en sumergirse o rociarse con agua.
Frecuente en la historia de las religiones y no desconocido en el mundo del AT [Núm_19,2-10]. Juan, el
precursor, lo utiliza como señal de penitencia [Mt_3,2-11] par. Jesús, que se somete a este rito [Mt_3,13-
17], lo convierte en rito de entrada en el reino [Mt_28,19]; [He_1,38]; [He_8,12], [He_8,16], [He_8,36 -38];
[He_9,18]; [He_10,48]; etc. Pero justamente por eso, en adelante ya no será un simple rito externo, sino un
acontecimiento eficaz y transformador [Mt_3,11]; [Jn_3,3-8]; [He_1,5]. Relacionado con la muerte
sacrificial de Cristo [Mc_10,38]; [Lc_12,50], es una participación en esa muerte y en la consiguiente
resurrección [Rom_6,3-9]; [Gál_3,27]; [Col_2,12] y comporta una profunda renovación en la vida y en la
conducta [Rom_6,4-14]; [1Cor_6,11]; [Tit_3,3-5]. DICCIONARIO BIBLICO PASTORAL
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Bautismo (del verbo griego baptizein, sumergir) es, en las iglesias cristianas, el rito de iniciación,
administrado con agua, en nombre de la Stma. Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) o en el nombre de
Cristo, como afirma San Pablo, dejando implícita la Persona del Padre y la del Espíritu Santo. El Catecismo
Romano recoge textos de Jn. 3. 5, de Tit. 3. 5 y de Ef. 5. 26, y lo define como "Sacramento de la regeneración
administrado por el agua y la palabra." (II. 2. 5).

Es el primero de los sacramentos, por cuanto nos abre a la vida cristiana y nos posibilita la pertenencia a
la Iglesia. Los primeros cristianos lo consideraban como el encuentro inicial con Cristo y el signo de la
conversión. Ello significaba que, con el Bautismo, dejaban las costumbres y las formas de vida paganas y se
iniciaban en la vida de los seguidores de Jesús. Es de suponer que pronto comenzaron a exigir una buena
preparación y que intentaron que se administrara el Bautismo envuelto en celebraciones de alegría.

A medida que la primitiva Iglesia fue bautizando a los hijos que nacían en el seno de los hogares ya
cristianos, los niños crecían en la piedad y en el conocimiento de Jesús. Pero debían hacer un acto de
consciente aceptación del mensaje evangélico cuando llegaban a ser mayores. Entonces se comenzó a
valorar la Confirmación, o aceptación consciente y firme de la fe recibida y de los compromisos asumidos
por el Bautismo.

Se actualizó el deseo de Jesús, que también fue el que hubiera un signo de Confirmación, un sacramento
de fortalecimiento y de plenitud, como después enseñaría la Iglesia. Entonces fue cobrando importancia
también la administración del Sacramento de la Confirmación. Pero acaso esto no fue antes del siglo IV o V,
cuando ya la mayor parte del Imperio había asumido el cristianismo.

1. Elementos del bautismo


Como todo sacramento, el Bautismo es un signo sensible, un gesto, una acción, con elementos que son
imprescindibles para su recta administración.

1.1. Sacramentalidad del Bautismo

Es de fe cristiana que el Bautismo fue querido por Jesús. Quienes han visto en él sólo una práctica
religiosa de los primeros cristianos, tratando de imitar algo de lo que había hecho Jesús, no acaban de
entender lo que hay detrás de la interpretación de la Iglesia de esa voluntad divina. Los sacramentos hay
que verlos a la luz de la enseñanza de la comunidad de Jesús, de la Iglesia.

El signo sensible, su sacramentalidad, entronca con los hechos y usos de los judíos en el Antiguo
Testamento. Los israelitas ya consideraban que el "Espíritu divino se movió desde el principio por la aguas"
(1 Petr. 3. 20). Pero los cristianos pensaron que la circuncisión era insuficiente para el perdón del pecado y
que la voluntad de Jesús había sido otra. (1 Cor. 10. 2).

Buscaron en la Historia de Israel precedentes relacionados con el agua y recordaron que ya el mundo
había sido purificado por el diluvio (Gen. 6. 5 -10) o que los israelitas fueron liberados por las aguas del Mar
Rojo (Ex. 15. 26-31) e introducidos en la tierra prometida por las aguas del Jordán. (Jos. 3. 14-17)

Las purificaciones con agua fueron usuales en los primeros tiempos de Israel con carácter ritual: Ex. 7. 1-
5; Ex. 30. 17-20; Lev. 11. 25-40; 15. 5-7 y 18; Num. 20.13. Hasta vemos en el Antiguo Testamento los
símbolos del Bautismo en la purificación del sirio Naamán (2 Rey. 5. 1) y en los avisos de los Profetas:
"Esparcid sobre vosotros agua limpia y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y yo de todos
vuestros ídolos os limpiaré." (Ez. 36. 25; también Is. 1.16 y 4. 4; Zac. 13. 4)

1.2. El agua natural

El agua natural es el elemento que, por voluntad de Jesús, se utiliza como símbolo de purificación del
pecado. Era un signo usual en tiempos de Jesús, como vemos por los Evangelio. Pero fue también un signo
frecuente en otras religiones y creencias. En el mundo antiguo, las aguas del Ganges en India, del Éufrates
en Babilonia, del Nilo en Egipto se utilizaban para baños sagrados. El baño purificatorio fue también
conocido en cultos mistéricos helenos y babilónicos.

Antes del siglo I ya se pedía a los conversos al judaísmo que se bañaran (o bautizaran) ellos mismos,
como signo de aceptación de la Alianza (tebilath gerim). Desde la Cautividad este uso se hizo más frecuente.
Lo recuerda Ezequiel para los que regresen a Israel. (Ez. 36. 25).

En esta tradición se debe situar a Juan el Bautista, que apareció predicando penitencia y urgiendo a los
judíos a bautizarse en el Jordán para la remisión de sus pecados (Mc. 1. 4). A Juan fue Jesús a bautizarse en
la aguas del Jordán.

La interpretación posterior de los grupos cristianos sería diversa. Unos, las Iglesias de Oriente,
prefirieron conservar el gesto de la inmersión como forma de actuación bautismal. En Occidente se
extendió la costumbres de verter (efusión) el agua o en ocasiones rociando con ella a los que se bautizan
(aspersión). El común denominador de todas las formas bautismales fue el sentido purificador del agua. Así
se presentaría siempre como un sacramento, o un signo, de gracia y conversión
En los textos del Nuevo Testamento sólo se habla del agua sin más: Jn. 3. 5; Hech. 10. 47; Ef. 5. 26; Hebr.
10. 22. Los escritores cristianos multiplicarían después sus comentarios y sus interpretaciones. En la Didajé
se da el testimonio explícito de los primeros tiempos cristianos: " "Bautizad en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo con agua viva[agua corriente). Si no tienes agua viva, bautiza con otra clase de
agua; si no puedes hacerlo con agua fría, hazlo con agua caliente. En todo caso derrama tres veces agua
sobre la cabeza en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo." (cap. 7)

También fue frecuente en los tiempos primitivos hacer tres inmersiones, como testimonian muchos
escritores antiguos (Tertuliano. De cor. mil. 3; Didajé 7; San Cipriano Ep. 69.2, etc.). Se hacía así para
significar que el Bautismo se administraba en referencia a las tres divinas personas. Sin embargo en otros
lugares, como en la Iglesia española, con permiso del Papa San Gregorio Magno (Epist. I. 43) se usó desde
el siglo III una sola inmersión, para simbolizar la consustancialidad de las tres divinas personas, contra la
herejía de Arrio.

1.3. La fórmula trinitaria

La fórmula (o forma decía Santo Tomás) del Bautismo son las palabras del que lo administra, las cuales
acompañan la ablución con la expresión de su intención.

Para que sea válido el Bautismo, la Iglesia enseñó siempre que es necesario invocar a las tres divinas
Personas. Tal fue la voluntad explícita de Jesús (Mt. 28. 19). Así lo entendieron los primeros cristianos:
Didajé 7; S. Justino. Apología 1. 61; San Ireneo, Adv. haer. III.17.

Pero, en cuanto a los pormenores, siempre hubo algunas diferencias entre las Iglesias. La latina emplea:
"Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". Y en Oriente se suele decir:
"Bautizamos a este siervo de Dios en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu."

En algunos textos bíblicos se habla sólo del Bautismo en el nombre del Señor Jesús: Hech. 2. 38; 8. 12 y 16.
También S. Pablo usa la expresión "en Cristo Jesús": Rom. 6. 3; Gal. 3. 27.

Pero no se puede entender que sólo aludieran al Señor Jesús, siendo tan clara la indicación trinitaria del
Señor. Lo más probable es que se refirieran al Bautismo querido por Jesús, que era por su intención
diferente a las simples abluciones purificatorias de Juan y de otros bautistas judaicos.

2. La acción de bautizar

Los Apóstoles entendieron desde el primer momento lo que implicaba el Bautismo como gesto y lo
prodigaron entre todos los que se les unieron para reconocer el carácter mesiánico del Señor Jesús: Hech. 2.
38 y 41; 8. 12; 8. 36; 9. 18; 10. 47; 16. 15 y 33; 18. 8; 19. 5; 1 Cor. 1. 14. Fue la etapa kerigmática de la Iglesia,
en la que el Bautismo era la expresión de una adhesión a Jesús y de un compromiso de nueva vida.

Pronto el Bautismo se fue haciendo más exigente en cuanto a preparación y se reclamó una claridad de
intenciones y de doctrina para unirse a la comunidad creyente. Los compromisos cristianos significaban
algo más que mera confesión. Todos recordaron las enseñanza de Jesús: "No el que dice Señor entre en el
Reino de los cielo, sino el que cumple la voluntad del Padre."(Mt. 7.21)

Tal disposición se advierte en los primeros escritores: Didajé 7; Epístola de Bernabé 11. 1; San Justino
mártir, Apol. 1. 61. La más bella explicación sobre el las exigencias del Bautismo la daba Tertuliano, hacia el
año 200.

El Catecumenado se centró en la preparación del Bautismo desde la perspectiva de la fe y de los


conocimientos cristianos. Es S. Hipólito de Roma el que mejor nos recogió las ceremonias (Traditio
Apostólica) y justificó el porqué de la formación cristiana como condición de la aceptación de la fe.

En algunas cristiandades, como en Milán con S. Ambrosio (De sacr. Il. 7. 20), unieron el Bautismo
estrechamente con el Símbolo apostólico. Se hacía al bautizando tres veces la pregunta de si creía las
verdades que en el Credo se contenían. A cada confesión de fe por su parte, se le sumergía en la piscina
bautismal. Así has tres veces, en referencia a las tres partes del Credo que confiesan la fe en las Tres
Personas.

3. Institución divina

Jesús comenzó su vida de profeta haciéndose bautizar por Juan. Los seguidores de Jesús, como es
natural, tomaron como modelo de su Bautismo el que recibió Jesús en el Jordán. Allí Juan, el Precursor
enviado por Dios para prepararle el camino, le administró el signo del cambio de vida, de la conversión.

Juan era llamado el Bautista por el modo que tenía de anunciar la necesidad de una nueva vida:
bautizaba, lo cual significa que lavaba con agua a quienes le seguían. "Dios habló en el desierto a Juan, hijo
de Zacarías, y comenzó a recorrer las tierras ribereñas del Jordán, bautizando a la gente. Proclamaba que la
conversión es necesaria para recibir el perdón de los pecados. Pues así estaba escrito en el Profeta Isaías
cuando decía: Se oye una voz en el desierto que dice "Preparad los caminos al Señor"... Juan decía: Yo
bautizo con agua, pero detrás viene otro que bautizará con fuego y con Espíritu" (Lc. 3. 1-15)

Después de que Jesús se bautizó, como inicio de su misión en la tierra, también se puso a bautizar: "Fue
con sus discípulos a la región de Judea y se puso a bautizar a la gente. Juan seguía bautizando en Ainón,
cerca de Salim, donde había abundancia de aguas y muchos iba a él. Los seguidores de Juan le dijeron:
"Maestro, aquel de quien diste testimonio en el Jordán se ha puesto también a bautizar y todos se van con
detrás de él".

Entonces Juan les respondió: "El hombre sólo puede tener lo que Dios le da. Vosotros mismos sois
testigos de que yo he dicho: "No soy el Mesías, sino que he venido como su precursor." Ha llegado ahora el
momento de mi mayor gozo, pues en adelante El debe crecer y yo debo disminuir".

Incluso los fariseos se enteraron de que cada vez aumentaba más el número de los seguidores de Jesús y
de que bautizaba más que Juan. Aunque la verdad era que no bautizaba Jesús, sino sus discípulos. Y por eso
Jesús dejó Judea y se volvió a Galilea." (Jn. 3.22)

Después de la resurrección de Cristo resucitado ordenó a sus discípulos que predicaran y bautizaran a los
pueblos. "Me ha sido dado todo poder, en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu S anto." (Mt. 28. 18)

El Bautismo se convirtió en el rito cristiano de iniciación desde el principio. (Hech. 2. 38). Fue el signo de
la remisión de los pecados. Muy influido por la doctrina de San Pablo, vino a ser entendido también como
participación en la muerte y resurrección de Cristo (Rom. 6. 3-11). Fue y es también el camino sacramental
por el que los conversos reciben los dones del Espíritu Santo (Hech. 19. 5-6; 1 Cor. 1. 12).

3. Institución divina

Jesús comenzó su vida de profeta haciéndose bautizar por Juan. Los seguidores de Jesús, como es natural,
tomaron como modelo de su Bautismo el que recibió Jesús en el Jordán. Allí Juan, el Precursor enviado por
Dios para prepararle el camino, le administró el signo del cambio de vida, de la conversión.

Juan era llamado el Bautista por el modo que tenía de anunciar la necesidad de una nueva vida:
bautizaba, lo cual significa que lavaba con agua a quienes le seguían. "Dios habló en el desierto a Juan, hijo
de Zacarías, y comenzó a recorrer las tierras ribereñas del Jordán, bautizando a la gente. Proclamaba que la
conversión es necesaria para recibir el perdón de los pecados. Pues así estaba escrito en el Profeta Isaías
cuando decía: Se oye una voz en el desierto que dice "Preparad los caminos al Señor"... Juan decía: Yo
bautizo con agua, pero detrás viene otro que bautizará con fuego y con Espíritu" (Lc. 3. 1-15)
Después de que Jesús se bautizó, como inicio de su misión en la tierra, también se puso a bautizar: "Fue
con sus discípulos a la región de Judea y se puso a bautizar a la gente. Juan seguía bautizando en Ainón,
cerca de Salim, donde había abundancia de aguas y muchos iba a él. Los seguidores de Juan le dijeron:
"Maestro, aquel de quien diste testimonio en el Jordán se ha puesto también a bautizar y todos se van con
detrás de él".

Entonces Juan les respondió: "El hombre sólo puede tener lo que Dios le da. Vosotros mismos sois
testigos de que yo he dicho: "No soy el Mesías, sino que he venido como su precursor." Ha llegado ahora el
momento de mi mayor gozo, pues en adelante El debe crecer y yo debo disminuir".

Incluso los fariseos se enteraron de que cada vez aumentaba más el número de los seguidores de Jesús y
de que bautizaba más que Juan. Aunque la verdad era que no bautizaba Jesús, sino sus discípulos. Y por eso
Jesús dejó Judea y se volvió a Galilea." (Jn. 3.22)
Después de la resurrección de Cristo resucitado ordenó a sus discípulos que predicaran y bautizaran a los
pueblos. "Me ha sido dado todo poder, en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo." (Mt. 28. 18)
El Bautismo se convirtió en el rito cristiano de iniciación desde el principio. (Hech. 2. 38). Fue el signo de
la remisión de los pecados. Muy influido por la doctrina de San Pablo, vino a ser entendido también como
participación en la muerte y resurrección de Cristo (Rom. 6. 3-11). Fue y es también el camino sacramental
por el que los conversos reciben los dones del Espíritu Santo (Hech. 19. 5-6; 1 Cor. 1. 12).
4. Así lo vio la Iglesia

Jesús quiso que el Bautismo fuera la señal de ingreso en la Comunidad que dejó al marchar de este
mundo. No basta considerarlo sólo como un elemento purificador del pecado original. Es mucho más. Es la
puerta de la fe.

Después de 2.000 años, la Iglesia sigue viviendo la misma ilusión del comienzo: cumplir con la voluntad
del Señor y abrir la luz de la fe a todos los hombres de buena voluntad. En lo esencial no se hace otra cosa
hoy que lo hecho por los primeros cristianos.

El Bautismo era con frecuencia llamado iluminación en la Iglesia primitiva. Vino a ser considerado
también como la renuncia al mundo, al demonio y la carne, así como un acto de unión a la comunidad de la
Alianza. "El que no naciere [Vulgata: renaciere] del agua y del Espíritu [Vg: del Espíritu Santo] no puede
entrar en el reino de Dios." (Jn. 4. 4.). Por eso la Iglesia siempre entendió el Bautismo como el sello de los
elegidos por Dios para el Reino de su Hijo y le siguió presentando como tal a lo largo de la Historia.

El Concilio Vaticano II declaraba: "Los bautizados son consagrados, por su regeneración y la unción del
Espíritu Santo, como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre
cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder del que los eligió de las tinieblas a su
admirable luz... (Lumen Gent. 11)

5. Mandato bautismal

Jesús mandó a sus Discípulos que fueran por todo el mundo anunciando la palabra divina. Pero les
mandó de manera especial que bautizaran y convirtieran a cuantos estuvieran dispuestos a recibir la fe. "Id
por todo el mundo y haced nuevos discípulos entre todas las naciones, bautizándolos en el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándolos a cumplir lo que yo he mandado". (Mt. 28. 19 -20)
Ellos marcharon por toda la tierra y su caminar ha durado hasta hoy en que los seguidores de Jesús
sienten el deseo de que en todos los rincones del mundo se proclame el Reino de Dios.

El Bautismo de Juan fue sólo una preparación del establecido por Cristo como consta explícitamente en el
Evangelio (Mt. 3. 11). La diferencia no estuvo en el gesto de la inmersión, sino en el misterio de la intención.
Cristo no estableció, no instituyó, el signo, sino el alcance del signo: es decir, que fuera vehículo de la gracia
y del perdón.

Durante los primeros días de su existencia, la Iglesia se dedicó a la plegaria y sobre todo a anunciar el
mensaje del Señor, pues fue la orden que del mismo Señor recibió. Los Apóstoles anunciaban el Bautismo
como gesto de nueva vida y perdón. Pero lo anunciaban con obras. Bautizaban a todos en el nombre de
Jesús. "Todos los que les habían oído decían a Pedro y a los demás Apóstoles: "¿Qué debemos hacer?" Y
Pedro les respondió: "Convertíos y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo, a fin de
obtener el perdón de vuestros pecados. Entonces recibiréis el Espíritu Santo, como don de Dios" (Hech. 2.
37-38).

Los nuevos adeptos, no siempre se daban cuenta de lo que hacían cuando se bautizaban, como le pasó a
Simón el Mago, que, después de bautizado, quiso comprar con dinero el Espíritu Santo (Hech. 8.13),
mereciendo de Pedro una dura palabra de rechazo.

Pero muchos se bautizaban, como el ministro de la reina Candace, de Etiopía, quien, después de recibir la
explicación de Felipe, le preguntó: "Aquí hay agua. ¿Qué impide que yo me bautice? Ante la respu esta de
Felipe: "Nada, si crees de corazón", se bautizó y siguió dichoso y alegre su camino. (Hech 8. 26-38)
Es que para los primeros cristianos la recepción del Bautismo se presentaba más como una conversión, es
decir una vida, no como un rito, esto una práctica piadosa. Era ciertamente un sacramento en toda su
plenitud. Simbolizaba la transformación del hombre viejo en el hombre nuevo hecho conforme a la imagen
de Jesús.

Hubo también en los primeros momentos cristianos que llegaron a la fe por etapas. "Encontró Pablo en
Efeso un grupo de creyentes a quienes preguntó: ¿Habéis recibido el Espíritu Santo?
Respondieron: Ni siquiera hemos oído hablar de si hay Espíritu Santo.

Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido? preguntó Pablo.

El de Juan, contestaron.

Pablo les explicó: Juan bautizaba como señal de conversión e invitaba a la gente a creer en el que había de
venir después de él, es decir en Jesús.

Al oír esto, se bautizaron en el nombre de Jesús, el Señor. Y, cuando Pablo les impuso las manos,
descendió sobre ellos el Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas y a profetizar. Eran unas doce
personas". (Hech. 19. 1-7)

5.1. El Bautismo en la historia

A lo largo de la Historia de la Iglesia, el Bautismo ha estado siempre en lugar preferente entre las
atenciones de los Pastores. San Pablo escribía: "¿No sabéis, queridos hermanos, que por el Bautismo
hemos sido vinculados a Cristo y, por lo tanto, nos hemos asociado a su muerte? Por el Bautismo, hemos
sido sepultados con Cristo y hemos muerto también con él. Y, si Cristo venció a la muerte resucitando
glorioso por el poder del Padre, preciso es que también nosotros emprendamos nueva vida. Porque hemos
sido injertados con Cristo, el Señor". (Rom. 6. 1-5)
Cuando los cristianos se multiplicaron y muchos ya se bautizaron de niños, se estableció la costumbre de
nombrar un padrino para que ayudara al nuevo cristiano, al llegar a la madurez, a instruirse bien en la
doctrina de la Iglesia en la que se había ingresado. Ese padrino fue un testigo de la fe recibida, pero también
una garantía de la educación posterior que se habría de conseguir. Sería en la Edad Media, cuando los
reinos bárbaros se ³cristianizaron´ cuando esa institución del padrinazgo bautismal se hizo sistemática.

La legislación de la Iglesia da especial importancia catequística a esa figura bautismal: "Su función es
asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza y, juntamente con los padres, presentar al niño... y
procurar que luego lleve vida cristiana congruente con el bautismo." (C.D.C. c. 872)

6. El rito bautismal
El rito del Bautismo se fue complicando, o completando, con el tiempo, precisamente porque los
cristianos crecieron en el sentido de la fe. Los primitivos escritos cristianos, tal como la Didajé refleja,
realizaban una acción familiar y sencilla. Pero desde el siglo III se desarrolló una liturgia hermosa y
completa. La "Tradición Apostólica" (hacia el 215), atribuida al presbítero romano San Hipólito, describe,
como parte del rito, un ayuno preparatorio y una vigilia, una confesión de los pecados, la renuncia al
demonio y un lavado con agua, seguido de una imposición de manos o la unción con aceite consagrado. En
la Iglesia occidental, la imposición de manos y la unción se solemnizaron en la confirmación, aunque se
mantuvieron también en el Bautismo.

Al bautizarse la mayor parte de hijos de cristianos en la infancia, la catequesis bautismal se desarrolló


posteriormente: en la infancia media, al llegar al uso de la razón. Luego se asociaría a la Primera Comunión,
y también a la Confirmación, al crecer en cierta plenitud personal de vida y de responsabilidad.

Hoy se tiende a revitalizar esa orientación catequística, de forma que el Bautismo no quede escondido en
las tradiciones de las familias cristianas y la educación de la fe se orienta por otros caminos menos
convencionales y más bautismales y eclesiales.

6.1. Sujeto del Bautismo Los posibles y deseables receptores del Bautismo son todos los hombres que no
están bautizados. Por deseo de Jesús todos los hombres tienen una llamada radical a entrar en su Reino.
Precisamente para que llegara a todos estableció su Iglesia y la envió por el mundo a predicar la conversión
y a bautizar a todas las gentes.
6.2. Los adultos conscientes
Son los primeros llamados, por ser capaces de entender lo que significa la fe y ser lo suficientemente
libres para acogerlas por amor. La única condición que reclama el Bautismo es la voluntad libre del que se
bautiza. Eso significa que debe saber y querer lo que hace.

En la Escritura aparecen alusiones generales a esa disposición: "El que creyere y fuere bautizado, se
salvará; y el que no creyere se condenara". (Mt. 28. 18). Se pide el arrepentimiento de los pecados: Hech. 2.
41; 8. 12; 8. 37. También se resalta el gozo de la conversión: Rom. 6. 3; 1 Cor. 6.13.

6.3. Los niños


Pero también los niños antes del uso de razón pueden y "deben" ser bautizados, si los padres tienen fe
para saber lo que hacen con ellos y lo que se les da en el bautismo.

Con toda seguridad los niños de padres cristianos eran bautizados desde el primer momento de la
primitiva Iglesia, como se desprende de los "bautizos familiares", es decir de los casos de toda una familia
bautizada que en ocasiones se mencionan en la Escritura. (Hech. 2. 41; 11. 48; 13. 12; 16. 32;).
Evidentemente, si se bautizaron los padres con conciencia de convertidos, bautizaron a sus hijos
virtualmente unidos a su fe.

Esa costumbre se prolongó a lo largo de los siglos, pues los padres miraron el beneficio divino que
suponía el perdón del pecado original, porque evidentemente no había en la infancia pecados personales.

Hoy se vive con frecuencia el Bautismo como una tradición de las familias que se han definido cristianas,
sin entrar en especiales consideraciones sobre lo que significa abrazar la fe de Jesús. Los niños son
bautizados en los primeros días que siguen al nacimiento. Se les suele designar con nombres que llevaron
otros cristianos santos en los lugares de cultura y tradición cristiana. El hecho del Bautismo suele quedar
registrado, con obligación preceptiva impuesta por el Concilio de Trento, en un libro de Bautismos de cada
parroquia.

Sin embargo, con frecuencia, hay familias que no asumen bien esas ideas y sentimientos de la Tradición y
se preguntan si no es coactivo el bautizar a sus hijos o enseñarles a vivir conforme a las consignas del
Evangelio antes de que sean mayores para optar ellos por su cuenta. Las respuestas se diversifican según las
creencias y la conciencia de los padres.

Pero harán bien en considerar, si su fe es clara, que no es bueno demorar un beneficio espiritual, como es
la gracia divina, hasta su edad de discernimiento, cuando ningún beneficio natural, salud, riquezas
ambientales, protección, demorarían, aunque el niño ni pueda apreciarlo y explícitamente demandarlo.

Algunos teólogos "demasiado humanistas", como Erasmo de Rotterdam, se inclinaron por el retraso del
Bautismo a la edad del discernimiento o, al menos, reclamaron una explicitación de la fe al llegar a ese
estado. El Concilio de Trento salió al paso de esta opinión (Denz. 870 a 873) y reclamó para los niños de
familias cristianas el beneficio de la fe infusa recibida en el Bautismo y el derecho a una educación
progresiva o continua en esa fe.

7 Algunos problemas especiales

Se presentaron en los primeros tiempos y la Iglesia los resolvió con claridad y precisión, pues siempre
tuvo claro lo que Jesús quiso al establecer el Bautismo como signo de ingreso en el cuerpo eclesial.

7.1. Bautismo vicario.


Se llamó así en algunos lugares al uso de bautizarse en nombre de alguien que no había podido o querido
del todo bautizarse en vida. Alude a él S. Pablo (1 Cor. 15. 29): "Algunos dicen bautizarse en nombre de los
muertos. ¿A qué viene el bautizarse por los muertos?"
Los muertos ya no pueden ser liberados de sus pecados, pues no pueden ya rechazar el mal o elegir el
bien. Ni puede hacerse en su nombre, pues el Bautismo sólo se hace en nombre de Cristo; ni en su lugar,
pues los vivos no pueden ponerse en lugar de los muertos.

Los grupos cristianos que practicaron ritos supersticiosos con los difuntos fueron rechazados por diversos
sínodos y encuentros episcopales antiguos, como el de Hipona en el año 393 y el de Cartago en el 397.

7.2. Rebautizados

Del mismo modo se rechazó siempre la repetición del bautismo, pues en la Escritura quedó claro que el
perdón del pecado se obtiene sólo una vez. Es inadmisible el concepto de rebautizar, por el carácter que
imprime este sacramento irrepetible.

Algunas iglesias de Oriente, al negar la identidad cristiana de la Iglesia Católica, no reconocen el


Bautismo administrado en ella y rebautizan a quien quiera adherirse a su Ortodoxia. No hace así la Iglesia
Católica respecto a los que se acercan a su seno procedentes de otras confesiones cristianas, siempre que en
ellas se haya conservado lo esencial del rito bautismal: el agua, la palabra trinitaria y la intención.

7.3. Bautismo de sangre

La Iglesia consideró siempre como Bautismo auténtico, y de singular grandeza, el de sangre o martirial.
Cuando un catecúmeno, o incluso un pagano, mueren por odio a Cristo y a causa de El, la Iglesia lo mira
como miembro selecto de ella. Piensa que ingresa por vía del amor, y no del agua, en la comunidad
creyente, al dar la vida por odio a la fe. Desde tiempos antiguos los veneró como miembros del Cuerpo
Místico y los ensalzó con todos los honores de los mártires.

Tal fue el caso de los niños de Belén, asesinados por Herodes, a los cuales tributa una fiesta litúrgica con
el nombre de Santos Inocentes (28 de Diciembre).

Y se repitió en tiempos de persecuciones, cuando eran arrebatados a la vida por odio al nombre de Jesús.
Aunque no estuvieran bautizados con el agua, la Iglesia siempre pensó que el amor todo lo suple. El mismo
Señor lo dijo: "A todo aquel que me confesaré delante de los hombres yo también le confesaré delante de mi
Padre que está en los cielos." (Mt. 10. 32). Y también anunció: "El que perdiere su vida por amor mío, la
encontrará otra vez." (Mt. 16. 25)

San Agustín decía: "Es una ofensa orar por un mártir; pues lo que tenemos que hacer es encomendarnos a
sus oraciones. "(Serm. 159. 1)

9.4. Transmite al Espíritu Santo


La presencia del Espíritu de Jesús se hace real en cada alma cuando es santificado el hombre por el agua
bautismal. Esa presencia divina equivale a la misma gracia, pero se entiende como una manifestación nueva
de amistad con la Stma. Trinidad en su plenitud. Por el Bautismo nos convertimos en templos de Dios y en
campos de siembra divina.

Decimos, en consecuencia, que somos receptores de la divinidad, que quedamos como "divinizamos",
aunque la expresión suene a panteísmo. Y la expresión es algo más que una metáfora.
Con la presencia del Espíritu divino, se asocia la entrada en el alma de riquezas singulares: los dones del
este Espíritu santo, las virtudes infusas o regaladas; la fe, la esperanza y la caridad.

8. Ministro

El Bautismo es administrado ordinariamente por el Párroco de la comunidad a la que pertenece el niño o


el adulto que se bautiza. En ocasiones el Bautismo de adultos lo hace el Obispo para significar más el
ingreso del nuevo creyente en la Iglesia. Y a veces el párroco delega en otro sacerdote que puede ejercer sus
veces, por necesidad o conveniencia.

Sin embargo, la Iglesia siempre ha enseñado que, en caso de necesidad, cualquiera puede bautizar,
hombre o mujer, adulto o niño, hereje o pagano. Sólo precisa agua, palabra, conciencia de lo que se hace e
intención.

Se debe ello a lo valioso e imprescindible para la salvación que es el Bautismo. Hasta uno que no esté
bautizado, si lo hace con claridad de miras y con intención, podría bautizar en caso de imperiosa necesidad.
El concilio IV de Letrán (1215) lo declaró así: "Si es administrado rectamente por cualquiera en la forma que
enseña la Iglesia, es provechoso para la salvación." (Denz. 430)
El Decretum pro Armenis (1439) da una explicación más precisa: "El ministro de este sacramento es el
sacerdote y a él le corresponde el oficio de bautizar. En caso de necesidad, no sólo pueden bautizar el
sacerdote o el diácono, sino también un laico o una mujer, e incluso puede hacerlo un pagano y un hereje,
con tal de que lo hagan en la forma que lo hace la Iglesia y que pretenda hacer lo que ella hace." (Denz. 696)

El mandato de bautizar de Jesús fue dirigido en primer lugar a los Apóstoles (Mt. 28. 18). Pero siempre se
interpretó entre los cristianos que el verdadero destino de este mandato, como el de anunciar la Palabra
divina, era propiamente la Iglesia en cuanto comunidad de creyentes. De hecho consta que en ocasiones los
mismos Apóstoles confiaban a otros el bautizar y ellos se reservaban el ministerio del predicar: "[Pedro]
mandó que los bautizasen en el nombre de Jesucristo" (Hech. 10. 48) y Pablo lo proclamó: "No me envió
Cristo a bautizar, sino a evangelizar." (1 Cor. 1. 17)

9. Efectos del Bautismo

El Bautismo es una fuente de gracia. La Iglesia lo miró siempre como el gran don, el primero, el
permanente, el transformante, de Jesús a los hombres, transmitido por sus manos misioneras.

Los Catecismos de todos los tiempos resaltaron la idea de que el bautismo es el signo primero y
fundamental del perdón divino y de la unión con Dios. El de Juan Pablo II dice: "El Bautismo es el
fundamento de toda vida cristiana, es la portada de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los
demás sacramentos. Por él non hacemos hijos de Dios." (Nº 1213)

9.1. Perdona el pecado original

Ello significa que termina en nosotros el imperio del mal que nos dominaba desde el pecado de nuestros
primeros padres y que nos afectó profundamente. Gracias a la muerte redentora de Jesús, el Bautismo se
convirtió en llave de recuperación, que es lo mismo que justificación y la santificación.

9.2. Perdona el pecado personal

Como somos también pecadores, o podemos serlo, por nuestra debilidad y nuestra libertad, también el
Bautismo otorga el perdón de cualquier culpa o pena que se tenga en el momento de recibirlo.

Y no sólo destruye el pecado en cuanto culpa, esto es com0o ofensa y enemistad para con Dios, sino en
sus efectos secundarios que los teólogos llaman "pena", es decir necesidad de reparar, con la penitencia en
esta vida o con la purificación posterior a la muerte, el mal realizado.

Esto significa que en el momento del Bautismo el hombre queda especial y totalmente purificado del
pecado. Es efecto misterioso, pero ha sido siempre enseñando así por la Iglesia. La doctrina de S. Pablo
afirma que con el Bautismo el hombre viejo muere y amanece el nuevo hombre en el Señor Jesús. (Rom.
6.3.) El primero que habló de esta visión bautismal fue Tertuliano: "Después que se ha quitado la culpa, se
quita también la pena." (De bapt. 5). Y San Agustín repitió tal enseñanza con decidido gozo. (De pec. merit.
II 28)

Los males que subsisten después del Bautismo, como la concupiscencia o tendencia al mal, el sufrimiento
y la muerte, no desaparecen. Pero no tienen ya para el bautizado el carácter de castigo, sino que son medio
de prueba y purificación y de una mayor asimilación con Cristo.
Sto. Tomás decía: "Cuando llegue el tiempo de la resurrección desaparecerán en los justos todos esos
males gracias a la virtud del sacramento del bautismo." (Summa Th. III 69. 3)

9.3. Da la gracia santificante

Esta gracia significa que nos hace hijos amados de dios, que nos hace participar de su felicidad eterna y de
su misma naturaleza, que nos convierte en herederos del cielo. La gracia es don y el acceso a ella lo
llamamos justificación. Es decir, devuelve el estado de justicia y santidad que el hombre poseía antes del
pecado original.

Lo devuelve como en germen, pues los efectos de aquel estado (carencia de concupiscencia, inmortalidad,
ciencia infusa) no regresan con el perdón del pecado. El cultivo de esa semilla divina tiene que ser labor
posterior del bautizado.

Por eso solemos decir que la justificación consiste en algo negativo: destruye el pecado, no solamente lo
oculta (como dice el protestantismo); pero también tiene una dimensión positiva: da la amistad y la
limpieza total del alma. Así se entiende la amistad con Dios, la santidad, la salvación. San Pablo dice:
"Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y
en el Espíritu de nuestro Dios." (1. Cor. 6.11; también Rom 6. 3; Tit. 3. 5; Jn. 3. 5; 1 Jn. 3. 9)

9.4. Transmite al Espíritu Santo

La presencia del Espíritu de Jesús se hace real en cada alma cuando es santificado el hombre por el agua
bautismal. Esa presencia divina equivale a la misma gracia, pero se entiende como una manifestación nueva
de amistad con la Stma. Trinidad en su plenitud. Por el Bautismo nos convertimos en t emplos de Dios y en
campos de siembra divina.

Decimos, en consecuencia, que somos receptores de la divinidad, que quedamos como ´divinizamos´,
aunque la expresión suene a panteísmo. Y la expresión es algo más que una metáfora.

Con la presencia del Espíritu divino, se asocia la entrada en el alma de riquezas singulares: los dones del
este Espíritu santo, las virtudes infusas o regaladas; la fe, la esperanza y la caridad.

9.5. Imprime carácter


El Bautismo recibido válidamente (aunque sea de manera indigna o ilícita) imprime en el alma una marca
espiritual indeleble, distintiva. Ese sello, o carácter, diferencia a los bautizados de los que no lo están, en
esta vida y por toda la eternidad. Es invisible, pero real. Con él se entra en la dignidad sacerdotal de Cristo y
con él se abre la capacidad de recibir en la Iglesia todos los demás sacramentos y todos sus beneficios.

El carácter bautismal es una consagración a Cristo, es un compromiso de vida que nada ni nadie puede
borrar. Por eso el Bautismo es irrepetible, si ha sido auténtico.

9.6. Hace miembros de la Iglesia


Pues el Bautismo es la puerta de entrada en la comunidad de Jesús. Por eso decimos que vincula al
Cuerpo Místico de Cristo y hace miembros del Pueblo de Dios. No se dice que sólo queda incorporado a la
Iglesia católica, sino a la Iglesia de Jesús. En la medida en que la Iglesia es el misterio de Cristo hecho
presente en la comunidad, la pertenencia es más unitaria y mística que sociológica o legal.
El bautizado, aunque lo haya sido fuera de la Iglesia católica, se hace miembro de toda la Iglesia de Jesús,
que es una, santa, católica y apostólica, está vivificada por el Espíritu, aunque no resulte fácil esclarecer el
misterio de la realidad eclesial.

10. Necesidad del Bautismo

La Iglesia, siguiendo las mismas enseñanzas de Jesús, ha proclamado siempre la necesidad del Bautismo
para la salvación. Por voluntad de Cristo, "el que crea y se bautice se salvará, el que no crea se condenará".
(Mc. 16. 15)

10.1. Necesidad salvífica


El concilio de Trento se opuso a la doctrina de los Reformadores, cuyo concepto de la justificación
conduce a negar su necesidad para salvarse. "Si alguno dice que el bautismo es algo libre y que no es
necesario para la salvación, sea anatema." (Denz. 861 y 791)

Esa necesidad depende de la conciencia y del conocimiento que tenga cada hombre. Cuando el Bautismo
no se recibe por ignorancia, los hombres no bautizados no están en la misma situación que cuando se
rehuye la recepción por malicia, indiferencia consciente o aversión a Jesús.

A muchos teólogos se les plantea una seria objeción a este principio, sobre todo cuando se piensa que la
mayor parte de los hombres en la Historia no han sido bautizados y que en la actualidad la mayor parte de
los habitantes del mundo quedan sin bautizar.

Por eso tratan de explicarlo a la luz de la misericordia divina y no al amparo de una ley evangélica. Son
ciertas y duras las palabras de Jesús: "El que no se bautice se condenará" (Jn. 3. 5 y Mc. 16. 16). Pero no es
menos cierto que "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad." (1
Tim. 2.4)

La necesidad de medio no es intrínseca y radical, es decir, fundada en la naturaleza misma del


sacramento. Es extrínseca, ya que el Bautismo es medio en virtud de una ordenación positiva de Dios. Por
eso hay que admitir que Dios tienes sus misteriosos designios sobre los hombres y emplea los medios,
incomprensibles para nosotros, para que su obra salvadora llegue a todos los hombres que no quieran libre
y conscientemente rechazarla.

Y poco más podemos decir sobre esta realidad misteriosa de la salvación de todos los hombres que por su
debilidad, su incultura, su situación humana, no van a recibir el Bautismo ni jamás llegarán o llegar on a
conocer su existencia.

10.2. Bautismo de deseo


Por eso se habla entre los teólogos del Bautismo de deseo. Es decir, que los hombres pueden tener deseo
de recibirlo, si lo conocen (deseo explícito) o pueden albergar en su corazón una voluntad buena (deseo
implícito) de cumplir la voluntad del Ser Supremo. Ese deseo implícito se identifica con la bondad natural
de quien cumple con las leyes de la recta naturaleza: hacer el bien, amar al prójimo, practicar la justicia,
actuar con honradez.

S. Agustín decía: "Meditándolo una y otra vez, veo que no sólo el sufrir por el nombre de Cristo puede
suplir la falta de Bautismo, sino que también el tener fe y corazón converso puede suplirlo, si la brevedad
del tiempo de que se dispone no permitiere recibirlo." (De bapt. IV 22 y 29)

Y San Ambrosio, en la oración fúnebre por el Emperador Valentiniano II, que había muerto sin Bautismo,
proclamaba: "¿No iba él a poseer la gracia por la que suspiraba? ¿No iba a poseer lo que anhelaba?
Seguramente, por desearla, la consiguió... A él le purificó su piadoso deseo." (De obitu Val. 51-53)

El Bautismo de agua se puede sustituir, pues, en caso de necesidad y por imposibilidad de recibir el agua,
por el Bautismo de deseo y el de sangre.
Pero esta postura comprensiva de la Teología cristiana no puede hacer olvidar que quienes han recibido el
don divino de ser bautizados deben dar gracias profundas al Señor que les ha llamado a la fe y les ha dado la
posibilidad de tener ese inmenso privilegio de poseer y no sólo desear el comienzo de su vida.

10.3. Necesidad para la fe


El Bautismo es un comienzo de la vida cristiana. Pero el comienzo reclama una continuidad, es decir un
crecimiento en la fe y en el amor a Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica recoge estas palabras:" El Bautismo es el sacramento de la fe. Pero la fe
tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Sólo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los
creyentes. La fe que se requiere para el Bautismo no es perfecta o madura, sino un comienzo que está
llamado a desarrollarse. Al catecúmeno, o a su padrino, se le pregunta: "¿Qué pides a la Iglesia de Dios?" El
responde: "La fe" Después la fe debe desarrollarse." (Nº 1253)

Por eso el Bautismo debe ser considerado de manera muy especial por el cristiano. Es el comienzo de la fe
en cuanto semilla radical, en la cuál está la vida y de la cual depende todo el proceso de crecimiento
posterior. Pero es también el motor, el manantial, el estímulo y el cauce de la fe en desarrollo.

Por eso es tan importante para el cristiano ordenar su vida bautismalmente, los cual significa
negativamente huir del pecado y positivamente crecer en el amor divino, en la gracia. Es lo que dice toda la
espiritualidad cristiana. Es lo que enseña S. Pablo: "Renunciad a vuestro comportamiento anterior del
hombre viejo corrompido por las apetencias y revestíos del hombre nuevo creado a imagen de Dios para
llevar vida recta y santa." (Ef. 4. 22-23 y 1 Cor. 15. 40-49)

11. Catequesis bautismal

Imprescindible la dimensión bautismal de toda catequesis. Incluso es correcto decir que, a la luz de la
Palabra de Dios, no puede haber otra catequesis que la bautismal.

Esto deben recordarlo todos los catequistas de niños pequeños y de niños mayores. El Bautismo es la
siembra de la fe. Porque si no hay luego el crecimiento y la madurez, no habrá frutos de vida cristiana. Toda
catequesis es precisamente esa labor, no de siembra, que eso es tarea de la evangelización, sino de paciente
cultivo, riego, abono, protección, que todo ellos es la formación de la fe cristiana.

11.1. Criterios bautismales


Importa que el catequizando llegue a ser consciente de que es portador de un signo de la incorporación a
Cristo y a su comunidad de fe que es la Iglesia. Decir Comunidad, o Iglesia, de Jesús es aludir a Cuerpo
Místico y a Pueblo de Dios.

- Además importa despertar el sentido de responsabilidad del creyente. El Bautismo no es adhesión a un


grupo humano, a una sociedad multinacional religiosa, sino el injerto misterioso en Jesús.

- En consecuencia, el Bautismo es una puerta de entrada, no el final de un camino. El catecumenado de


cualquier tipo tiene la misión de iniciar en un camino. Luego cada adepto tiene la responsabilidad de
caminar toda la vida. Así es un catecumenado bautismal.

- Imprime un carácter y ello otorga al bautizado una dignidad sacerdotal, una responsabilidad ministerial y
una elevación sobrenatural. En la medida en que la persona, por su inteligencia y formación, puede
entender y vivir esta triple realidad, se hace cristiano vivo y fecundo. En la medida en que no llega a ello, su
vida cristiana se restringe a la pertenencia cristiana.

11.3. Compromisos bautismales


Lo importante en el Bautismo no es tanto el signo, cuanto lo que subyace debajo de él, es decir la gracia,
la amistad y el amor divino que late en el gesto del agua. Decir gracia es aludir al regalo dinámico del amor
divino, de la transformación misteriosa por la fe.

Pero esa transformación supone vida cristiana. Por eso toda catequesis bautismal implica llevar al
catequizando a vivir en conformidad con las promesas hecha en el bautismo: renuncia a Satanás y a sus
obras, fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu, voluntad evangélica de vivir conforme al plan divino hecho
programa en sus Iglesia amada.

11.3. Liturgia bautismal

Una línea catequística excelente es instruir y sensibilizar a los catequizandos con los ritos bautismales y
con la administración del Bautismo a los niños.

RITO DEL BAUTISMO DE NIÑOS PEQUEÑOS

Renuncias y profesión de fe

La última preparación al Bautismo consiste en la renuncia de los padres y padrinos a Satanás y en la


profesión de fe a lo que se añade el asentimiento del celebrante y de la comunidad

Celebrante dice estas palabras:

En el sacramento del Bautismo, estos niños que habéis presentado a la Iglesia van a recibir, por el agua y
el Espíritu Santo, una nueva vida que brota del amor de Dios. V osotros, por, vuestra parte, debéis esforzaros
en educarlos en la fe, de tal manera que esta vida divina que de preservada del pecado y crezca en ellos de
día en día.
Así, pues, si estáis dispuestos a aceptar esta obligación, recordando vuestro propio bautismo, renunciad al
pecado y confesad vuestra fe en Cristo Jesús, que es la fe de la Iglesia, en la que van a ser bautizados
vuestros hijos.

- ¿Renunciáis al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios?

Padres y padrinos dicen: Sí, renunciamos

- ¿Renunciáis a todas las seducciones del mal, para que no domine en vosotros el pecado? Sí, renunciamos.
- ¿Renunciáis a Satanás, padre y príncipe del pecado? Sí, renunciamos.
- ¿Creéis en Dios, Padre todopoderoso. Creador del cielo y de la tierra?
Sí, creemos
- ¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue
sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a .la derecha del Padre? Sí, creemos

- ¿Creéis en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comuriión de los Santos, en el perdón de
los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?Sí, creemos.
Celebrante:
Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia, que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Todos dicen:Amén.

BAUTISMO

Celebrante:

El Bautismo constituye el fundamento de la vida cristiana. Aunque el don del Bautismo es pleno por
parte de Dios, sin embargo, por parte del hombre requiere respuesta y conversión; esto es: fe personal,
cuando el hombre sea capaz de ello
Celebrante: ¿Queréis que vuestro hijo N. sea bautizado en la fe de la Iglesia, que todos juntos acabamos de
profesar?

Padres y padrinos: Sí, queremos.

Celebrante: N. Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

UNCION DEL SANTO CRISTMA

Celebrante: ³La crismación significa el sacerdocio real del bautizado y su agregación al pueblo de Dios´.

Dice esta invocación: ³Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que os ha liberado del
pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, os consagre con el crisma de la salvación para que
entréis a formar parte de su pueblo y seáis para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey.

Todos: Amén.

Imposición de la vestidura blanca.

Dice el celebrante: Buen cristiano es un bautizado que se reviste de Cristo.

N., sois ya nueva criatura y habéis sido revestidos de Cristo. Esta vestidura blanca sea signo de vuestra
dignidad de cristianos. Ayudados por la palabra y el ejemplo de los vuestros, conservadla sin mancha hasta
la vida eterna.

Todos: Amén.
Entrega del cirio: ³Cristo es la luz del mundo y los cristianos hijos de la luz que ha de resplandecer en las
tinieblas. Recibid la luz de Cristo.

A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz.


Que vuestros hijos, iluminados por Cristo, caminen siempre como hijos de la luz.
Y perseverando en la fe, puedan salir con todos los Santos al encuentro del Señor.

CONCLUSIÓN DEL RITO

Es conveniente destacar la procesión al altar con un canto apropiado, que exprese la vinculación del
Bautismo con los otros sacramentos de la iniciación y con toda la vida cristiana
Se recitación de la oración dominical.

Para prefigurar la futura participación en la Eucaristía, se termina con el Padre nuestro.

Ficha bautismal

Fecha de recepción: _ _ _ _ _ _ _ Fecha de nacimiento _ _ _ _ _ _ _

Lugar _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ Templo o Parroquia_ _ _ _ _ _ _ _

Nombre o advocación Parroquial

Ministro que lo administro. Su oficio

Padrino _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ Madrina _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _

Otras personas asistentes: testigos_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _

Nombre cristiano recibido... motivos_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _


Patronos impuestos en el Bautismo_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _

Otras características del bautismo:


Recibido solo o en acto parroquial comunitario_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
Recuerdos de algunos asistentes_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
Renovación de las promesas del Bautismo alguna vez. Recuerdo: cuándo y cómo.

Impresiones, sentimientos y compromisos hoy _ _ _ _ _ _ _ _ _

RITO DEL BAUTISMO

PARA ADULTOS Y NIÑOS MAYORES

Mientras los fieles, según la oportunidad, entonan un salmo o himno apropiado, el sacerdote, revestido
con los sagrados ornamentos, sale de la iglesia, o al atrio o se queda en el pórtico, o bien en algún otro sitio
adecuado de la iglesia, donde espera el candidato con su padrino (o madrina), antes de la liturgia de la
palabra.

El celebrante saluda con amabilidad al candidato y le habla a él, a su padrino y a todos los asistentes,
mostrando el gozo y satisfacción de la Iglesia. Y evoca, si lo juzga oportuno, las circunstancias concretas y
los sentimientos religiosos con que el candidato se enfrentó al comenzar su itinerario espiritual, hasta llegar
a dar el paso actual.
Después invita al candidato y a su padrino (o madrina) a que se adelanten. Mientras se acercan y ocupan un
lugar ante el sacerdote, se puede entonar algún canto apropiado, v. gr. el salmo 62, 1-9.

Introducción
Entonces el celebrante, vuelto hacia el candidato, le interroga:
² N, ¿qué pides a la Iglesia de Dios?
Candidato: ² La fe.
Celebrante: ² ¿Qué te otorga la fe?
Candidato: ² La vida eterna.

celebracion del bautismo


Monición del celebrante
El candidato, con su padrino (o madrina), se acerca entonces a la fuente bautismal. El celebrante se dirige
a los presentes y les hace esta monición u otra similar:
³Queridos hermanos, pidamos con insistencia la misericordia de Dios Padre omnipotente en favor de este
siervo de Dios N., que pide el santo Bautismo. Y a quien él llamó y ha conducido hasta este momento, le
conceda con abundancia luz y vigor para abrazarse a Cristo con fortaleza de corazón y para profesar la fe de
la Iglesia. Y que le conceda también la renovación del Espíritu Santo, que con insistencia vamos a invocar
sobre esta agua.
Bendición del agua
Entonces el celebrante, vuelto hacia la fuente, pronuncia la bendición siguiente:

³Oh Dios, que realizas en tus sacramentos


obras admirables con tu poder invisible:
haz que esta agua reciba, por el Espíritu Santo,
la gracia de tu Unigénito,
para que el hombre, creado a tu imagen
y limpio en el Bautismo,
muera al hombre viejo
y renazca, como niño, a nueva vida
por el agua y el Espíritu Santo´.

El celebrante toca el agua con la mano derecha y prosigue:

³Te pedimos, Señor, que el poder del Espíritu Santo por tu Hijo descienda sobre el agua de esta fuente,
para que los sepultados con Cristo en su muerte, por el Bautismo, resuciten con él a la vida. Por Jesucristo
nuestro Señor.´
Todos dicen: Amén.
Acabada la consagración de la fuente, el celebrante interroga
al candidato:

Fórmula

² ¿Renuncias a Satanás y a todas sus obras y seducciones?

Candidato: Sí, renuncio.

Profesión de fe. Después el celebrante interroga al candidato:

² N, ¿crees en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?

Candidato: ² Sí, creo.

Celebrante:

² ¿Crees en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de santa María Virgen, murió, fue
sepultado, resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre?
Candidato: --- Sí, creo.
Celebrante:

² ¿Crees en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los Santos, en el perdón de
los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna?
Candidato: -- Sí creo.

Inmediatamente después de la profesión de fe se sumerge o recibe el agua que vierten sobre él.

Rito del Bautismo

Si el Bautismo se hace por inmersión de todo el cuerpo, o de la cabeza nada más, hágase con pudor y
decorosamente.

El celebrante, tocando al candidato, le sumerge del todo o sólo la cabeza, por tres veces sucesivamente. Y
sacándole otras tantas veces, le bautiza invocando una sola vez a la Santísima Trinidad:

- N, yo te bautizo en el nombre del Padre

Le sumerge por primera vez...

y del Hijo Le sumerge por segunda vez.


y del Espíritu Santo. Le sumerge por tercera vez.
El padrino o la madrina, o ambos, tocan al que se bautiza.

Pero si el Bautismo se hace derramando el agua, el celébrame saca el agua de la fuente y, derramándola
tres veces sobre la cabeza inclinada del candidato, le bautiza en el nombre de la Santísima Trinidad:
N, yo te bautizo en el nombre del Padre

Derrama el agua por primera vez y del Hijo

Derrama el agua por segunda vez y del Espíritu Santo.


Derrama el agua por tercera vez.

El padrino o la madrina, o ambos, ponen la mano derecha sobre el hombro derecho del elegido.

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(Sumergir).
En el uso judío significa lavar o limpiamiento. Ex. 20:17-21, Lev. 11:25.
Bautismo Cristiano: (Sacramento).
- Instituído por Cristo, después de su Resurrección, con la fórmula de Bautismo: Bautizad en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Mt. 28:19, Mc. 16:16.
- Es necesario para entrar en el Reino de los Cielos, en la Iglesia de Cristo. Jn. 3:3,5, Mc.16:16. "Quien no
naciere en el agua y en el espíritu no puede entrar, ¡ni siquiera ver!, el Reino de los Cielos. Jn. 3:3 y 5.
- Efectos: Limpia el pecado original, y todos los demás pecados: (Rom. 5:12-21, Rom. 6:3-6). Nos hace
miembros de la Iglesia: (Jn. 3:3,5), santos, hijos de Dios y herederos del cielo con Jesucristo, produciendo
una renovación radical y completa de la persona, un "hombre nuevo": (Tito 3:5, Ef. 4:5, Col. 3:10, Rom. 6:3 -
6, 2 Cor. 5:17). Nos hace "Templos del Espíritu Santo", Sagrarios de Cristo y moradas del Padre: (I Cor.
3:16, Jn. 14:23). y miembros de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo: (1 Cor. 12:13, Gal. 3:27 -28).
¡Aleluya!: - Es para todos, ninos y adultos. Mt. 28:19. y así lo practicaron los primeros cristianos,
bautizando a toda la familia: Hechos 16:16, 43). Los ninos se bautizan con la "fe de la Iglesia": Si de sus
padres recibieron el pecado original, también por ellos pueden recibir la "gracia". La Biblia nunca dice que
los ninos no puedan ser cristianos. si en tu Iglesia no se puede bautizar a los ninos, es que es una Iglesia "sin
poder", no es la única Iglesia de Cristo, donde hay poder para bautizar a los ninos.
- Es sólo uno. Porque sólo una vez hay que perdonar el pecado origina: (Ef. 4:5). Para los adultos es
necesaria su fe, para poder bautiarlos: (Mc. 16:16) y arrepentimiento: (Hech. 2:38). a los ninos, ya lo
explicamos, les basta con la fe de la Iglesia, ¡así de grande es la fe! Sanó a la hija de la Sirofenicia por la fe de
la madre: (Mt. 14:21-28).
Bautismo en el Espíritu Santo: Profetizado en Ez. 36:25.
- Es Jesús quien bautiza: Mt. 3:11, Mc. 1:8, mLc. 3:16, Jn. 1:33.
- Se menciona siete veces en el Nuevo Testamento: Cuatro veces el Bautista: (Mt. 3:11, Mc. 1:8, Lc. 3:16, Jn.
1:33). Jesús una vez: (Hech. 1:5). Pedro una vez: (Hech. 11:16). Pablo una vez: (1 Cor. 12:13).
Bautismo de Deseo y de Sangre: El de deseo es el que reciben los que nunca oyeron hablar de Jesús, pero
que viven en el Senor: (Mt. 8:11). El de sangre es el que recibió Jesús en la cruz, y el de los mártires: (Mt.
20:22).
Bautismo por los muertos: Son los sacrificios expiatorios que se ofrecen por los difuntos: (1 Cor. 15:29).
porque "es obra santa y piadosa orar por los muertos. Por eso mandó hacer un sacrificio expiatorio a favor
de los muertos, para que queden liberados del pecado: (2 Macabeos 12:46). Si en su iglesia no hay
purgatorio y es vano orar por los difunots, es que es una iglesia sin poder, en la Iglesia deCristo sí se puede
orar por los difuntos, y es provechoso para los que murieron, y es obra buena y piadosa.
Bautismo de Juan: Era como el bautismo judío, de penitencia y arrepentimiento, precursor del de Cristo, en
agua y en el Espíritu: (Mt. 3:6-11, 21:25, Lc. 7:29-30, Jn. 3:22-36, 10:40).DICCIONARIO DEL DR.
DOMINGUEZ
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Institución del bautismo en vistas a la misión

Jesús habló del bautismo como de un nuevo nacimiento, por medio del "agua" y del "Espíritu" "El
que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,3 -5). Su bautismo no era sólo
de "penitencia", como el de Juan, sino bautismo "en el Espíritu Santo" (Jn 1,33). Es bautismo "sacramento",
es decir, signo eficaz de un nuevo nacimiento, y es también la puerta de acceso a los otros sacramentos. El
"bautizado" se "esponja" o "sumerge" en el agua de la vida nueva. Además del bautismo sacramental (por el
agua y la fórmula trinitaria), puede haber el bautismo de sangre (por el martirio) y el martirio de deseo
(explícito o implícito).

Después de su resurrección, Jesús confió a los apóstoles la misión de "bautizar", es decir, de hacer
que la humanidad fuera partícipe de la misma vida divina del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo "Id, pues,
y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"
(Mt 28,19). Así lo cumplió Pedro el día de Pentecostés "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga
bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu
Santo" (Hech 2,38). Es la misión de llamar a la conversión y al bautismo.

Sacramento de la vida nueva y del nuevo nacimiento

El "agua" es símbolo de la vida. Es el "agua pura", anunciada por los profetas, que comunica "un
corazón nuevo" y "un espíritu nuevo" (Ez 36,25-26). Esta agua simboliza la "vida nueva" en el Espíritu (cfr.
Jn 7,37-39). Por el bautismo, renacemos "no de un germen corruptible, sino incorruptible, por medio de la
Palabra de Dios viva y permanente" (1Pe 1,23). Esta agua es fruto de la "sangre" de Jesús, es decir, de su
donación sacrificial en la cruz (Jn 19,34).

La celebración del sacramento del bautismo es un punto de partida para "revestirse de Cristo" (Gal
3,27). Por este sacramento se confiere la gracia de ser hijos de Dios por participación en la filiación divina
de Jesús. El sacramento del bautismo imprime "carácter", es decir, comunica un don o "sello" permanente
del Espíritu Santo, que reclama la fidelidad a la gracia recibida (cfr. Ef 1,14; 2Cor 1,22). Así llegamos a ser
"en Cristo una nueva criatura" (2Cor 5,17). "Hemos sido redimidos por el autor de la vida, a precio de su
preciosa sangre y mediante el baño bautismal hemos sido injertados en El, como ramas que reciben savia y
fecundidad del árbol único. Renovados interiormente por la gracia del Espíritu, que es el Señor de la vida,
hemos llegado a ser un pueblo para la vida y estamos llamados a comportarnos como tal" (EV 79).

Hijos en el Hijo

A partir del bautismo, nuestra vida se transforma en la de Cristo, como "injertados" en sus misterios
de encarnación, muerte y resurrección (Rom 6,5). El bautizado está llamado a "caminar en una vida nueva"
(Rom 6,4), "caminar en el amor" (Ef 5,1). Hemos sido "bautizados", como invitados a iniciar un itinerario
permanente para hacernos "hijos en el Hijo" (Ef 1,5; cf. GS 22). La vida se hace camino o proceso
"bautismal", como el de una "esponja" que se va "sumergiendo" o empapando de agua. "Los fieles,
incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la reli¬gión cristiana
y, regenerados como hijos de Dios, tienen el deber de confesar delante de los hombres la fe que recibieron
de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11).

Por el bautismo, se borra el pecado original (y todo pecado actual), para poder recuperar con creces
el rostro primitivo del ser humano creado a imagen de Dios. Quitado el obstáculo del pecado, se puede
participar en la vida trinitaria. Así hemos sido "lavados, santificados y justificados" (1Cor 6,11), por medio
del "lavado (baño) de regeneración y renovación en el Espíritu" (Tit 3,5). Por el bautismo, el cristiano
adopta una opción fundamental y una adhesión personal total y libre a Cristo. En este sentido, "el esfuerzo
de actualización sacramental podrá ayudar a descubrir el bautismo como fundamento de la existencia
cristiana" (TMA 41).

La celebración y el significado del rito

En el bautismo se proclama la fe en Cristo, como "luz" de da sentido a la existencia (Heb 6,4; 2Cor
4,6; 2Tim 1,10). Así se ilumina la existencia cristiana de quienes son "hijos de la luz" (1Tes 5,5). El bautizado
entra a formar parte de la comunidad eclesial, que es "comunión" fraterna como reflejo de la "comunión"
trinitaria de Dios Amor. La comunidad eclesial forma "un solo cuerpo" de Cristo porque ha recibido "un
mismo bautismo", tiene "una misma fe" y "un mismo Espíritu" (Ef 4,4-5). Se entra en la comunidad eclesial
por el rito del bautismo, rico en simbología acogida, liturgia de la palabra (con oración, unción con el óleo
de los catecúmenos y profesión de fe), infusión del agua (o inmersión) con la fórmula trinitaria, unción con
el crisma, imposición del hábito blanco y entrega de la luz.

Para vivir y anunciar el Misterio pascual

Se llama bautismo "en el nombre de Jesús" (Hech 2,37) porque se participa de su misma vida y
destino de Pascua, por la muerte al pecado y la resurrección a vida nueva (cfr. Rom 6,1-11). En el
sacramento del bautismo acontece, en cierto modo, el "bautismo" de Cristo, que, en el Jordán, nos
representaba a todos nosotros. Las palabras del Padre se dirigen ahora a todos cuantos nos hemos
"injertado" en el misterio pascual de Cristo "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3,17). "Por
el bautismo, los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo" (SC 6; cfr. Rom 6,3-4; Col
2,12).
El bautismo es la puerta por la que se entra en el caminar eclesial de santidad, de fraternidad y de
misión. Todo bautizado está llamado a ser santo y apóstol sin condicionamientos. En la gracia del bautismo
van incluidas las virtudes teologales y morales, así como los dones del Espíritu Santo. El sello o don
permanente del Espíritu ("carácter") garantiza la respuesta fiel y generosa de toda vocación en un proceso
de crecimiento hasta llegar a la "perfección" o "plenitud" "Hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y
del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de
Cristo" (Ef 4,13). Cuando se vive el bautismo se siente la urgencia de misionera de bautizar "a todos los
pueblos" (Mt 28,19).

Referencias Bautismo, catecumenado, conversión, cuaresma, Espíritu Santo, Misterio pascual, Pascua,
sacramentos, Trinidad.

Lectura LG 11; SC 6, 64-70; CEC 628, 977-979, 1213-1284; CIC 849-878.

Bibliografía E. ALVAREZ, Bautizar en la fe y en el Espíritu Santo (Madrid 1976); D. BOROBIO, Proyecto de


iniciación cristiana (Bilbao 1980); T. CAMELOT, Bautismo y confirmación en la teología contemporánea
(Barcelona 1961); S. CIPRIANI, Bautismo, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica (Madrid, Paulinas,
1990) 170-179; A. HAMMAN, Bautismo y confirmación (Barcelona, Herder, 1971); A. MANRIQUE, Teología
bíblica del bautismo (Madrid, Escuela Bíblica, 1977); B. NEUNHEUSER, Bautismo y confirmación ( BAC,
Madrid, 1975); A. NOCENT, Bautismo, en Nuevo Diccionario de Liturgia (Madrid, Paulinas, 1987) 189-209;
S. VERGES, Bautismo y confirmación (Madrid 1971); A. De VILLALMONTE, Teología del bautismo
(Barcelona 1965).

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I. El bautismo de Juan

Se han hecho diversas sugerencias en cuanto a los orígenes del bautismo cristiano: lavados ceremoniales
judíos, ritos de purificación de Qumrán, bautismo de prosélitos, el bautismo de Juan. Este último, el acto
ritual que dio a Juan el Bautista su sobrenombre, es el candidato más probable: como Juan es el precursor
de Jesús, así su bautismo es precursor del bautismo cristiano. Se establece una relación directa a través del
propio bautismo de Jesús por Juan; algunos de los primeros discípulos de Jesús casi seguramente habían
sido bautizados por Juan (Jn. 1.35±42) ; Jesús, o algunos de sus discípulos, parecen haber continuado la
práctica de Juan al comenzar aquel su propio ministerio (Jn. 3.22s, 26; pero 4.1s); y en el c aso de los
discípulos en Pentecostés como en el de Apolos, evidentemente no se creyó necesario agregar a su bautismo
por Juan el bautismo en el nombre de Jesús (Hch. 2; 18.24±28). Por lo tanto lo más probable es que fuera
esta práctica anterior la que fue reiniciada a partir de Pentecostés, tal como la ratificó el Cristo resucitado y
que debía realizarse en su nombre (Mt. 28.19; Hch. 2.38; etc.). El bautismo de Juan quizás se entienda
mejor como una adaptación de los lavados rituales judíos, con alguna influencia de Qumrán en particular.

El bautismo de Juan era primariamente un bautismo de arrepentimiento (Mt. 3.11; Mr. 1.4; Lc. 3.3; Hch.
13.24; 19.4). Al aceptar el bautismo a manos de Juan, los que se bautizaban expresaban su arrepentimiento
(Mt. 3.6; Mr. 1.5) y su deseo de obtener perdón.

Era también un acto preparatorio y simbólico: preparaba a los que se bautizaban para el ministerio de aquel
que había de venir; y simbolizaba el juicio que traería consigo. En el vivido lenguaje de Juan ese juicio sería
como una poda o un aventamiento (Mt. 3.10, 12; Lc. 3.9, 17), o como un bautismo en Espíritu y en fuego
(Mt. 3.11; Lc. 3.16). Es muy improbable que el Bautista se refiriera en este caso a otro acto ritual semejante
al suyo. Más bien estaría recurriendo al vigoroso lenguaje figurado de pasajes tales como Is. 4.4; 30.27s;
43.2; Dn. 7.10 (posiblemente bajo la influencia de Qumrán: cf.cf. confer (lat.), compárese 1QS1QS Manual
de disciplina de Qumrán

Las ediciones se indican mediante un pequeño número volado: LOT9 4. 21; 1QH 3. 29ss). Si el juicio divino
podía asemejarse a una corriente del aliento ardiente de Dios (= Espíritu: la misma palabra en heb.heb.
hebreo y en gr.gr. griego), luego el ministerio de juicio de aquel que vendría podía con toda propiedad
asemejarse a una inmersión en esa corriente. Aquellos que se sometieran a un acto que simbolizaba ese
juicio, como expresión de su arrepentimiento frente al mismo, encontrarían que se trataba de un juicio que
purificaba y limpiaba. Aquellos que rechazaban el bautismo de Juan y rehusaban arrepentirse
experimentarían el ³bautismo´ de aquel que vendría en todo su furor y serían como los árboles secos y la
paja, consumidos por el mismo (Mt. 3.10±12).
II. El bautismo de Jesús por Juan

El que Jesús se haya sometido a un bautismo de arrepentimiento fue causa de dificultades para los
primitivos cristianos (cf.cf. confer (lat.), compárese Mt. 3.14s; Jerónimo, contra Pelag. 3.2). Cuando menos
habrá representado para Jesús una expresión de su dedicación a la voluntad de Dios y al ministerio, quizás
también una expresión de su entera identificación con su pueblo ante Dios.

Luego de ser bautizado, el Espíritu descendió sobre Jesús (Mt. 3.16; Mr. 1.10; Lc. 3.21s . Muchos verían aquí
el arquetipo del bautismo cristiano: bautismo en agua y en Espíritu. Pero mientras los evangelistas vinculan
estrechamente el descenso del Espíritu con el bautismo de Jesús (que se produce inmediatamente después
de su bautismo), no equiparan ambas cosas ni las unen bajo el término único de ³bautismo´. Además
ninguno de los escritores del NTNT Nuevo Testamento habla del bautismo de Jesús como el modelo del
bautismo cristiano. En cada caso el evangelista enfoca la atención del lector sobre el ungimiento del
Espíritu y sobre la voz celestial (Jn. 1.32s ni siquiera menciona el bautismo de Jesús; cf.cf. confer (lat.),
compárese Hch. 10.37s; 2 Co. 1.21: Dios nos establece en Cristo y nos ha ³encristado´/ungido; 1 Jn. 2.20,
27). No se indica la razón por la cual Jesús no continuó con el bautismo de Juan. Quizás porque, como
símbolo de juicio, era menos apropiado para el enfoque del ministerio de Jesús en el cumplimiento de las
promesas y la bendición escatológica, en la postergación del juicio más bien que en su cumplimiento (cf.cf.
confer (lat.), compárese, p. ej.p. ej. por ejemplo, Mt. 11.2±7; Mr. 1.15; Lc. 4.16±21; 13.6±9). El bautismo del
juicio en todo su furor, la copa de la ira divina, era algo que él mismo tendría que afrontar (en favor de
otros) hasta la muerte (Mr. 10.38; 14.24, 36; Lc. 1 2.49s).

III. El bautismo en el cristianismo primitivo

Cualquiera sea su correspondiente trasfondo, el bautismo ha sido parte integral del cristianismo desde sus
comienzos. Los primeros convertidos eran bautizados (Hch. 2.38, 41). Pablo, convertido dentro de los dos o
tres años de la resurrección, da por sentado que el bautismo marca el comienzo de la vida cristiana (véase
más adelante, IV). Y no sabemos de ningún cristiano en el NTNT Nuevo Testamento que no haya sido
bautizado ya sea por Juan o en el nombre de Jesús.

De la misma manera que el bautismo de Juan, también el primitivo bautismo cristiano era una expresión de
arrepentimiento y fe (Hch. 2.38, 41; 8.12s; 16.14s, 33s; 18.8; 19.2s; cf.cf. confer (lat.), compárese He. 6.1s).
Muchos dirían que el perdón de pecados se lograba por medio del bautismo desde el primer momento (Hch.
2.38; 10.43; 22.16; 26.18). Otros sostienen que quien se bautizaba en la época cristiana primitiva
consideraba al bautismo más como su ³aspiración de una buena conciencia hacia Dios¶ (1 P. 3.21), con el
don del Espíritu considerado como la acción divina de aceptación y renovación (esp.esp. especialmente
Hch. 10.43±45; 11.14s; 15.8s). Ciertamente era un paso decisivo de entrega para el que pretendía hacerse
cristiano, lo que a menudo debe haber dado como resultado el ostracismo y aun la persecución por parte de
sus anteriores compañeros.

A diferencia del bautismo de Juan, el bautismo cristiano se administró desde el principio ³en el nombre de
Jesús´ (Hch. 2.38; 8.16; 10.48; 19.5). Esta frase probablemente indica ya sea que el que bautizaba se veía
como representante del Jesús exaltado (cf.cf. confer (lat.), compárese esp.esp. especialmente 3.6, 16 y 4.10
con 9.34), o que el que se bautizaba veía su bautismo como su acto de entrega al discipulado de Jesús (cf.cf.
confer (lat.), compárese 1 Co. 1.12±16 y mas adelante, IV). Es muy probable que se entendiera que dicha
frase abarcaba ambos aspectos.

Es evidente, por lo tanto, que desde el primer momento el bautismo en el nombre de Jesús se realizaba
como el rito de ingreso o iniciación a la nueva secta de aquellos que invocaban el nombre de Jesús (Hch.
2.21, 41; 22.16; cf.cf. confer (lat.), compárese Ro. 10.10±14; 1 Co. 1.2). Algunas veces se hacía con el
agregado de la imposición de manos, y debe haber servido también para expresar en forma gráfica la
aceptación del que se bautizaba por parte de la comunidad de aquellos que como él creían en Jesús (Hch.
8.14±17; 10.47s; 19.6; He. 6.2). La relación entre el bautismo y el don del Espíritu en Hch. es motivo de
grandes discusiones. Algunos sostienen que el Espíritu se recibía (a) por el bautismo, o (b) mediante la
imposición de manos, o (c) por ambos medios, siendo los dos actos rituales partes integrantes de un solo
sacramento [sobre este término véase la nota aclaratoria al pie del artículo correspondiente] conjunto. Cada
una de estas posiciones puede invocar apoyo en algún punto del libro de Hch.: (a) 2.38; (b) 8.17; cf.cf.
confer (lat.), compárese 9.17; (c) 19.6. Pero a menos que se logre mayor apoyo, resulta muy difícil sostener
que en el cristianismo primitivo había un concepto uniforme sobre este tema, o que Lucas estaba
procurando promover un determinado punto de vista. Es más probable que para Lucas y los primeros
cristianos el factor realmente decisivo para demostrar la realidad de la entrega de una persona a Dios y su
aceptación por él era el don del Espíritu; la presencia del Espíritu resultaba fácilmente discernible por sus
efectos en la vida de aquel que lo recibía (Hch. 1.5; 2.4; 2.38; 4.31; 8.17s; 10.44±46; 11.15±17; 19.2). En este
encuentro divino-humano, el bautismo (y a veces la imposición de manos) representaba un papel
importante, particularmente, y por lo menos, como expresión de arrepentimiento y entrega al Señor, como
señal de haber ingresado al discipulado de Jesús y de entrar a formar parte del grupo de sus discípulos, y
generalmente como el contexto del encuentro divino-humano en el cual se daba y se recibía el Espíritu. Una
perspectiva más ³elevada´ del bautismo tiene muy poco en lo cual fundarse.

IV. El bautismo en las cartas paulinas

Las únicas referencias ciertas al bautismo en Pablo se encuentran en Ro. 6.4; 1 Co. 1.13±17; 15.29; Ef. 4.5; y
Col. 2.12. La más clara de ellas es 1 Co. 1.13±17, donde es obvio que Pablo da por sentado que el bautismo se
realizaba ³en (eis) el nombre de Jesús´. Aquí utiliza probablemente una fórmula conocida en contabilidad
en aquella época, cuando ³en nombre de´ significaba ³a cuenta de´. Vale decir, el bautismo se consideraba
como un contrato de transferencia, un acto por el cual el que se bautizaba se entregaba para constituirse en
propiedad o discípulo de aquel que se nombraba. El problema en Corinto era que había muchas personas
que obraban como si se hubiesen hecho discípulos de Pablo o Cefas o Apolos, es decir, como si hubiesen
sido bautizados en el nombre de ellos más bien que en el nombre de Jesús.

De las otras referencias, Ef. 4.5 confirma que el bautismo era una de las piedras fundamentales de la
comunidad cristiana. Y 1 Co. 15.29 probablemente se refiera a alguna práctica de bautismo vicario, por el
cual un cristiano se bautizaba en lugar de alguna persona ya fallecida (Pablo no indica si aprueba o
desaprueba la práctica).

Sumamente intrigantes resultan los pasajes de Ro. 6.4 y Col. 2.12, que hablan del bautismo como un medio
o instrumento para ser sepultado con Cristo, o como el contexto en el cual el que habíá de hacerse cristiano
era sepultado con Cristo. En este pasaje Pablo está claramente evocando el poderoso simbolismo del
bautismo (probablemente por inmersión) como un sepultar (fuera de la vista) la vieja vida. En Ro. 6.4 no
entiende el acto de emerger del agua como un símbolo de la resurrección: la resurrección con Cristo es aun
cosa del futuro (6.5). Quizás sea esa la asociación en Col. 2.12, pues allí la resurrección con Cristo se
considera como algo pasado (Col. 3.1), pero la expresión griega en 2.12 no lo hace necesario. Debemos
recordar también que Pablo considera el morir con Cristo no como un acontecimiento único del pasado; la
identificación con Cristo en sus sufrimientos y su muerte es un acontecer que dura toda la vida (Ro. 6.5;
3.17; 2 Co. 1.5; 4.10; Gá 2.20; 6.14; Fil. 3.10). De modo que podría ser que Pablo considerara al bautismo
como el símbolo constante de este aspecto de la existencia cristiana, mientras que el Espíritu denotaba la
nueva vida en Cristo (Ro. 8.2, 6, 10s, 13; 1 Co. 15.45; 2 Co. 3.3, 6; Ga. 5.25; 6.8).

Se han propuesto muchas otras referencias al bautismo en las epístolas paulinas. La mayoría de los eruditos
sostiene que la frase ³bautizados en Cristo Jesús´ se refiere directamente al bautismo (Ro. 6.3; 1 Co. 10.2;
12.13; Gá. 3.27). Una opinión que se sostiene con firmeza aquí es que ³en Cristo´ constituye una abreviatura
de ³en el nombre de Cristo´. Si es así, luego Pablo consideraba que el acto bautismal era rico en eficacia y
significado sacramentales. Otros sostienen que ³bautizados en Cristo´ es más bien una abreviatura de
³bautizados en Espíritu en Cristo´ (según se registra explícitamente en 1 Co. 12.13). En este caso, Pablo se
estaría haciendo eco de la metáfora que comenzó con Juan el Bautista, según la cual la frase no se refiere al
acto ritual, sino a aquella unión con Cristo (en su muerte) que el bautismo (por inmersión) tan gráficamente
simboliza (cf.cf. confer (lat.), compárese Mr. 10.38; Lc. 12.50).

Otros pasajes muy mencionados como referencias al bautismo son los que hablan de lavamiento en 1 Co.
6.11; Ef. 5.26; y Tit. 3.5, y los que hablan del sello del Espíritu en 2 Co. 1.22 y Ef. 1.13; 4.30. Si el punto de
vista de Pablo acerca del bautismo era fuertemente sacramental, entonces la alusión al bautismo sería
convincente, tanto más si Pablo estaba sufriendo la influencia de los cultos de misterio a esta altura. Por
otro lado, 1 Co. 1.13±17 y 10.1±12 muestran a Pablo resistiendo este tipo de sacramentalismo. Además, al
oponerse a aquellos que insisten en que los cristianos debían circuncidarse Pablo contrapone, no el
bautismo (como una alternativa cristiana más efectiva) sino la fe de ellos y la realidad del Espíritu que
recibieron mediante la fe (Gá. 3.1±4.7; Fil. 3.3). Así que es posible que Pablo haya entendido que el
lavamiento tenía carácter directamente espiritual y no sacramental (cf.cf. confer (lat.), compárese Hch.
15.9; Tit. 2.14; He. 9.14; 10.22; 1 Jn. 1.7, 9). Cuando recordamos el carácter tangible de la presencia del
Espíritu en el cristianismo de los primeros tiempos, resulta innecesario vincular el ³sello del Espíritu´ a
cualquier cosa que no sea el don del Espiritu en sí mismo.
V. El bautismo en los escritos joaninos

Resulta difícil determinar la concepción de Juan respecto al bautismo, desde el momento en que el rico
simbolismo del evangelio se presta a distintas interpretaciones.Algunos creen observar alusiones
sacramentales en todo el evangelio (en cada referencia al ³agua´). Otros sostienen que Juan es
antisacramentalista (p. ej.p. ej. por ejemplo 6.63 como limitación de cualquier alusión a la Cena del Señor
en 6.51±58).

En Jn. 3.5 (³[nacidos] de agua y del Espíritu´, la referencia más probable al bautismo) se considera que el
comienzo de una nueva vida en Cristo surge ya sea del bautismo en agua y el don/poder del Espíritu; o del
poder purificador y renovador del Espíritu (cf.cf. confer (lat.), compárese Is. 44.3±5; Ez. 36.25±27); o que
posiblemente requiera el nacimiento del Espíritu (3.3, 6±8) además del nacimiento natural (3.4). Sin
embargo, el pensamiento dominante es claramente la obra del Espíritu, y en vista del contraste entre el
bautísmo en agua y el bautisno en el Espíritu en 1.33, deberíamos evitar la sustitución de la expresión
³nacidos de(l)´ en 3.5 por ³bautizados en´. No hay indicación alguna de la existencia de una equivalencia
entre el bautismo y el nuevo nacimiento para ninguno de los escritores del NTNT Nuevo Testamento (cf.cf.
confer (lat.), compárese Stg. 1.18; 1 P. 1.3, 23; 1 Jn. 3.9).

En otros pasajes de Juan el vocablo ³agua´ probablemente simboliza ya sea el Espíritu Santo dado por Jesús
(4.10±14; 7.37±39; 19.34, la única otra alusión plausible al bautismo), o la era antigua en contraste con la
nueva (1.26, 31, 33; 2.6ss; 3.23 ±36; 5.2±9). En 1 Jn. 5.6±8 ³agua´ se refiere al bautismo de Jesús mismo
como testimonio permanente de la realidad de su encarnación.

VI. El bautismo de párvulos

¿Se habrá practicado el bautismo de párvulos en el 1º siglo del cristianismo? No hay ninguna referencia
directa al bautismo de párvulos en el NTNT Nuevo Testamento, pero la posibilidad de que haya habido
niños en las familias bautizadas en Hch. 16.15, 33; 18.8 y 1 Co. 1.16 no puede ser terminantemente excluida.
Sobre la base de 1 Co. 7.14, sin hablar de Mr. 10.13 ±16, se puede sostener que los hijos pequeños de los
creyentes constituyen parte de la familia de la fe. Por otro lado, en Gá. 3 Pablo sostiene específicamente que
la unión con Cristo no deriva de ninguna descendencia física, ni depende tampoco de ningún acto ritual
(circuncisión), sino que se realiza por medio de la fe, y que no depende de ninguna otra cosa que no sea la fe
y el don del Espiritu que se recibe por fe.

En resumen, cuanto más se entienda al bautismo como la expresión de la fe del que se bautiza, tanto menos
se puede aceptar el bautismo de párvulos; mientras que cuanto más se entienda al bautismo como la
expresión de la gracia divina, tanto más fácil resulta sostener la procedencia del bautismo de párvulos. De
cualquier manera, los cristianos deben cuidarse de dar más importancia de lo debido al bautismo, para no
caer en el error de los judaizantes que daban indebida importancia a la circuncisión. (* Sepultura; *
Circuncisión; * Fe; * Juicio; * Imposicion de manos; * Arrepentimiento; * Sacramento; * Espiritu; * Agua )

Bibliografía. °J. D. G. Dunn, Bautismo en el Espiritu Santo; P. Marcel, El bautismo: Sacramento del pacto
de gracia, 1968; G. R. Beasley-Murray, ³Bautismo´, °DTNT°DTNT L. Coenen, E. Beyreuther, H. Bietenhard,
Diccionario teológico del Nuevo Testamento, en 4 t(t). (título original en alemán theologisches
Regriffslexicon zum Neuen Testament, 1971), edición preparada por M. Sala y A. Herrera, 1980±85, t(t).t(t).
tomo(s) I, pp.pp. página(s) 160±172.

K. Aland, Did the Early Church Baptize Infants?, 1963; J. Baillie, Baptism and Conversion, 1964; K. Barth,
Church Dogmatics, IV/4, 1970; G. R, Beasley-Murray, Baptism in the New Testament, 1962; Baptism Today
and Tomorrow, 1966; C. Buchanan, A Case for Infant Baptism, 1973; J. D. G. Dunn, Baptism in the Holy
Spirit, 1970; A. George, et.et. etíope al., Baptism in the New Testament, 1964; J. Jeremias, Infant Ba ptism
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Expository Times 82, 1970±71, pp.pp. página(s) 231±235, 266±271; A. Schmemann, Of Water and the
Spirit, 1976; R. Schnackenburg, Baptism in the Thought of St Paul, 1964; G.Wagner, Pauline Baptism and
the Pagan Mysteries, 1967; G. Wainwright, Christian Initiation, 1969; G. R. Beasley -Murray, R. T. Beckwith,
en NIDNTTNIDNTT C. Brown (eds.), The New International Dictionary of New Testamento Theology, 3
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J.D.G.D.J.D.G.D. J. D. G. Dunn, M.A., B.D., Ph.D., Profesor de Nuevo Testamento, Universidad de


Nottingham, Inglaterra. NUEVO DICCIONARIO BIBLICO CERTEZA
c 
griego baptein, sumergir, lavar con agua. Desde muy antiguo, las religiones han tenido el agua como
símbolo de purificación, por lo que algunas fuentes de agua eran consideradas sagradas, como el río Nilo
entre los egipcios, el Éufrates en Babilonia, en donde se llevaban a cabo baños rituales de purificación; aún
hoy, persisten estas prácticas, en el río Ganges de la India, por ejemplo.

En el A. T. encontramos una serie de prescripciones de la ley sobre baños y abluciones rituales. Para la
consagración sacerdotal de Aarón y sus hijos, Yahvéh manda a Moisés que los bañe con agua a la entrada
de la Tienda del Encuentro, Ex 29, 4; 40, 12; Lv 8, 6. Para limpiarse de ciertas impurezas, en las que se haya
incurrido voluntaria o involuntariamente, y que impiden estar en presencia de Dios en el Templo, en la
asamblea, en la guerra santa, se debía lavar los vestidos, bañarse, Lv 11, 25-40; 15; 16, 26-28; 17, 15; 22, 4-
6; Nm 19, 8. Con los profetas, la purificación ya no es sólo un rito externo, puesto que la impureza está en el
corazón del hombre, y de las ablucio nes y baños con agua hablan en sentido figurado, Is 1, 18; Jr 31, 33 -34;
Ez 36, 25-27; Za 13, 1. A los gentiles que querían entrar al judaísmo se les exigía que se bañaran, es decir, el
bautismo de los prosélitos, como señal de aceptación de la alianza. Entre los esenios, también se practicó
este rito, según se conoce por los historiadores, como Filón de Alejandría, Plinio el Viejo y Flavio Josefo,
igualmente por las piscinas halladas por los arqueólogos en Qumran, a orillas del mar Rojo; se exigía a los
miembros de esta comunidad un aseo estricto y baños con agua fría, además de usar vestidos blancos.

Dentro de la tradición profética que llamaba a la conversión interior, aparece Juan Bautista, quien invita a
los judíos a la renovación interior, a la penitencia, a la confesión de los pecados, con un rito simbólico
externo, el bautismo en el río Jordán, para el perdón de los pecados, Mc 1, 4. Sin embargo, Juan, como reza
la profecía, es el mensajero enviado para preparar el camino del Señor, el precursor del Mesías, Is 40, 3; Mt
3, 3; Mc 1, 2-3; Lc 3, 4-6; Jn 1, 23; y el mismo Bautista dice, indicando que lo suyo es una fase transitoria,
que vendrá la definitiva, que él bautiza con agua, pero el que vendrá, el Mesías, lo hará con el Espíritu
Santo; ³y fuego´, agrega el evangelista Mateo, aludiendo con esta figura a la acción purificadora del b., Mt 3,
11; Mc 1, 8; Lc 3, 16; Jn 1, 26. Jesús, a pesar de no tener pecado alguno, se somete al plan de salvación de
Dios y se hace bautizar por Juan Bautista, Mt 3, 13-15; Mc 1, 9-11; Lc 3, 21-22.

Cristo resucitado y glorificado tiene el poder dado por el Padre el cual ejerce tanto en el cielo como en la
tierra, y manda a los discípulos a que lo ejerzan también, en su nombre, por el b. y la evangelización a todas
las naciones, Mt 28, 19; Mc 16, 15-16.

El b. en el N. T. desde los inicios del cristianismo, es el rito de entrada en la comunidad cristiana, l a


ceremonia del nacimiento del cristiano. Pedro, después de su discurso sobre los acontecimientos de
Pentecostés, es interrogado por los concurrentes sobre qué hacer para salvarse. Y el apóstol responde que es
necesario arrepentirse y bautizarse en nombre de Jesucristo para el perdón de los pecados y recibir el don
del Espíritu Santo, Hch 2, 37 -38. Aquí el b. presupone la fe en Cristo proclamada por los apóstoles, o la
iniciación en ella, y la comunión con toda la comunidad, así como el compromiso de vivirla delante de los
demás. Ese día se unieron a la Iglesia unas tres mil personas, que se bautizaron, Hch 2, 41. De la misma
manera, en Samaría, los primeros creyentes, hombres y mujeres, se bautizaron tras oír el mensaje de Felipe
y ver los signos que realizaba; hasta el mago Simón, quien tenía atónito al pueblo samaritano, se bautizó
Hch 8, 5-13. Este mismo Felipe, diácono, bautiza en una fuente de agua que encuentra en el camino, al
eunuco etíope, alto funcionario de la reina Candace, después de explicarle el pasaje del profeta, Is 53, 7-8,
que el eunuco leía, sin entender a quién se refería el oráculo, Hch 8, 36 -38. Pedro bautizó al centurión
romano Cornelio y a los de su casa, con lo que se da a entender que los llamados al Reino de Dios son todos
los pueblos, gentiles, incircuncisos, Hch 10, 47-48; como dice San Pablo en Ga 3, 27-29, el b. hace a quienes
lo reciben uno en Cristo. ³Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni mujer ni hombre´. Pablo también
es bautizado en Damasco, tras haber sido derribado por Jesús, del caballo, camino de esta ciudad, en
persecución de los cristianos, Hch 9, 19; y el Apóstol, a su vez, bautizó a muchos en su intensa actividad
apostólica, en los viajes misioneros que emprendió. En Filipos, del primer distrito de Macedonia y colonia
romana, bautizó a Lidia, vendedora de púrpura, natural de Tiatira, tras lo cual se convirtieron y bautizaron
todos los de la casa de la mujer, Hch 16, 14-15. En la misma ciudad de Filipos, fue preso Pablo con Silas, y se
produjo el prodigio de un terremoto que abrió las puertas de la prisión y los presos quedaron libres de sus
cadenas. El carcelero, tras anunciarle la Palabra, se convirtió y se bautizó con los de su casa Hch 16, 32-33.
En Corinto, habiendo escuchado la Palabra por boca del Apóstol, Crispo, jefe de la sinagoga, los suyos y
muchos corintios creyeron y se bautizaron, Hch 18, 8. En Éfeso, dio Pablo con unos discípulos, unos doce
hombres, que habían recibido el bautismo de Juan, quienes al oírlo se bautizaron en el nombre d el Señor
Jesús; el Apóstol les impuso las manos y descendió sobre ellos el Espíritu Santo y recibieron el don de las
lenguas y de la profecía, Hch 19, 4-7.
El b. está lleno de simbolismos. En San Juan el b. es un renacer o nacer de nuevo de lo alto, para poder
entrar al Reino de Dios, Jn 3, 3. Nicodemo, el fariseo, en su encuentro con Jesús, pensó que se trataba de
volver al seno materno; Jesús le replica que quien no nazca de agua y de Espíritu no entra rá en el Reino de
Dios, Jn 3, 1-8. Aquí el agua es el símbolo del Espíritu, como se lee también en 1 Co 6, 11; Tt 3, 4-7. Es decir
que el b. produce estos efectos: por él renacemos, Jesús nos justifica con su gracia, nos comunica el
Espíritu, por él adquirimos parte en la herencia de la vida eterna, y como arras Jesús nos da el Espíritu, 2
Co 1, 22; Ef 1, 11-14.

Pablo el teólogo del b., ve en él un simbolismo de muerte y resurrección.

Por el b. participamos en la muerte sepultura y resurrección de Jesús, Rm 6, 3-6; Col 2, 12. Para el Apóstol,
en el b. recibimos la luz de Cristo, somos iluminados, por lo que se le dio el nombre de iluminación, Hb 6, 4;
10, 32; Ef 5, 8 y 14. Con el sentido de lavatorio, que purifica y limpia, no sólo el cuerpo, sino
primordialmente el corazón, Hb 10, 22; como se expresa también en 1 P 3, 21. Y sobre la Iglesia, dice que
Jesús se entregó a ella ³a fin de purificarla por medio del agua del b. y de la palabra´, Ef 5, 26. Igualmente,
considera al b. como una nueva circuncisión, no ya de mano del hombre; es decir, el b. es la circuncisión
espiritual establecida por Cristo, Col 2, 11-14. Por el b. nos hacemos todos hijos de Dios, Ga 6, 11-16; según
había dicho en Ga 4, 4-7.

En la Iglesia católica el b. es un sacramento. Los sacramentos, según San Agustín, son ³signos externos y
visibles de una gracia interna y espiritual´.

El b. como la confirmación y las órdenes sagradas, se recibe una vez en la vida, es decir, imprime carácter
por toda la eternidad.

Sobre el b. de los niños se sabe que los primeros cristianos lo administraban a los menores, según consta en
la obra Tradición apostólica, siglo III, de San Hipólito. Esto obedece a una tradición judía, según la cual, los
niños al nacer participan de la alianza. Otra de las razones, extendida hasta hoy, es el temor a que el niño
muera sin haber recibido el agua bautismal. Por el contrario, varias iglesias sólo permiten administrar el b.
a los adultos, como las de los baptistas y anabaptistas, la menonita, pues consideran que por la inmadurez
del niño, éste no tiene conciencia para comprender la fe y el compromiso que implica. Anabaptista,
precisamente, significa el que se bautiza nuevamente, pues en esta Iglesia bautizan al adulto, así lo haya
sido en la niñez.

Por el Didaké o Enseñanzas de los Doce Apóstoles, del siglo I d. C., se sabe que inicialmente el rito
bautismal era muy sencillo. Posteriormente, fue adquiriendo otras formas. En la obra de San Hipólito,
citada atrás, dice que la ceremonia del b. estaba precedida del ayuno y la vigilia, la confesión de los pecados
así como de la renuncia al demonio, el lavatorio con agua y la imposición de manos o unción con aceite.
Después, la imposición de las manos queda para el sacramento de la confirmación. En algunas iglesias
cristianas, como la baptista y las ortodoxas, se practica la inmersión, en otras la aspersión y en la católica se
derrama agua sobre la cabeza del bautizado, afusión.
Diccionario Bíblico Digital, Grupo C Service & Design Ltda., Colombia, 2003

c

La acción del bautismo se expresa en el Nuevo Testamento con el verbo griego bapté dzo (intensivo de
bápto), y sus derivados, que significa introducir en el agua, sumergir o lavar con agua.
Origen
Los baños y [Ver=] LAVAMIENTOS sagrados eran comunes en las religiones vecinas a Israel a.C., pero el
bautismo del Nuevo Testamento tiene sus antecedentes inmediatos en el Antiguo Testamento y el judaísmo
intertestamentario. La Ley prescribía varios lavamientos con agua (Éx 29.4; 30.20; 40.12; Lv 15; 16.26, 28;
17.15; 22.4, 6; Nm 19.8; etc.), y también los profetas hablaron de lavamientos presentes (Is 1.16; cf. Sal 51.2,
7) y futuros (Is 52.15, RV-1909; Ez 36.25, 26; Jl 2.23, 28; Zac 13.1; etc.; cf. 1 Co 10.2).El bautismo se
prescribió a los prosélitos (quizás a.C.) para incorporar a los gentiles en la comunidad judaica. También lo
practicaron los [Ver=] ESENIOS
Significado
El bautismo en el Nuevo Testamento es la puerta de entrada al comunidad del nuevo [Ver=] PACTO, que
permite a los que pasan por ella experimentar los beneficios de dicho pacto.
Juan el Bautista insistió en que se bautizaran los judíos. Cristo se sometió al bautismo con el que inició su
identificación pública con los pecadores, identificación que culminó en la cruz (Mt 3; Mc 1.9 -11; Lc 3.1-22;
Jn 1.19-34; cf. Mc 10.38, 39).
Como señal inicial para el miembro agregado al [Ver=] PUEBLO del nuevo pacto, el bautismo reemplazó a
la [Ver=] CIRCUNCISIÓN (Col 2.11, 12) y llegó a implicar tanto los requisitos como los beneficios del pacto.
Juan el Bautista insistía en el [Ver=] ARREPENTIMIENTO (que incluí a una confesión pública de pecado) y
les prometía a los bautizados el [Ver=] PERDÓN de sus pecados. El bautismo cristiano vino a señalar un
segundo beneficio básico: el don del [Ver=] ESPÍRITU SANTO y su poder regenerador (Mc 1.8; Hch 1.5;
2.38; 10.47; cf. Jn 3.5; Tit 3.5). Al igual que la circuncisión (Ro 4.11), al bautismo le precedía (al menos en el
caso de los adultos) la fe (Hch 8.12, 13; 16.31-34; 18; etc.). Cristo lo instituyó en obligatorio para todos sus
discípulos (Mt 28.19).
Pablo utilizó los requisitos y beneficios del bautismo para combatir varios problemas de las nuevas iglesias.
En Gálatas combatió el legalismo afirmando que el entendimiento del bautismo era señal de la [Ver=]
JUSTIFICACIÓN por la fe (3.24-27). En Romanos, al condenar el [Ver=] LIBERTINAJE, insistió en que
una recta comprensión del bautismo excluía el abuso de la abundante gracia de Dios y exigía la más dura
lucha contra los deseos pecaminosos (6.1-14; cf. Mc 1.12, 13). En Romanos 6 también se destaca que
mediante el bautismo se identifica el creyente con Cristo, tanto en su muerte como también en su
resurrección.
A las divisiones carnales de los corintios el apóstol opone el bautismo como señal de la unidad cristiana (1
Co 1.13-17; 12.13; cf. Ef 4.5 y Gl 3.27, 28). Cuando a los colosenses los atrajo un tipo de [Ver=]
GNOSTICISMO que les prometía salvación por un conocimiento secreto, Pablo les recordó el bautismo que
les unió a Cristo, fuente de la plenitud de la sabiduría de Dios. También se refirió al bautismo en su conse jo
matrimonial (Ef 5.26) y para promover el celo en hacer buenas obras (Tit 3.5).
Pedro menciona el bautismo con respecto al problema de las conciencias intranquilas a causa de la
persecución (1 P 3.21) y el autor de Hebreos para estimular a la oración (10.22).
Problemas
La mayoría de los estudiosos están de acuerdo en que el bautismo común en la iglesia primitiva era por
inmersión, aunque reconocen también que la palabra empleada en el mandamiento tiene a veces un sentido
más amplio y general (p. ej., Lc 11.38).
El problema práctico más agudo relacionado con este tema es el del bautismo de los párvulos hijos de
creyentes. Algunos enseñan que se deben esperar hasta que los hijos hagan su propia confesión de fe,
porque no consta en el Nuevo Testamento que se bautizaran a los niños. Otros opinan que la unidad del
pacto y la analogía de la circuncisión justifican el bautismo de los niños de creyentes, como expresión de la
fe de los padres, sujeta, desde luego, a la posterior confirmación de los hijos mismos.
Relacionado con lo anterior, está el problema del significado preciso del bautismo. Por ejemplo, ¿es el
bautismo un acto humano de confesión, puramente simbólico? ¿Es un acto divino, sacramental, por el cual
Dios comunica su gracia y presencia personal mediante la fe como en el caso de un sermón? ¿Puede ser un
instrumento por el que Dios crea la fe y salva al individuo? Los textos bíblicos citados en esta discusión se
han interpretado de varias maneras (Mc 1.8; Jn 3.5; Hch 2.38; 10.47; 1 Co 1.17; Ef 5.26; Tit 3.5, 6; 1 P 3.21).
Aunque el interés natural del lector moderno casi inevitablemente gira en torno a los problemas de
interpretación en los diversos sectores del cristianismo, es importante notar que el Nuevo Testamento,
como se ha señalado, subraya otros aspectos del bautismo. NUEVO DICCIONARIO ILUSTRADO DE LA
BIBLIA

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En griego, esta palabra quiere decir zambullida, inmersión. En lenguaje simbólico, la persona puede estar
inmersa en el sufrimiento (Mc 10, 38; Lc 12, 50). La zambullida en el agua es símbolo de PURIFICACION:
al salir del agua, el bautizado es ³otra persona´.
Entre los judíos, como en otros pueblos, se practicaban baños que simbolizaban esta purificación.
Juan Bautista añade un elemento nuevo: exige conversión (Lc 3, 3-14). Aún cuando Jesús no necesitaba de
conversión. El pide el bautismo de Juan, en humilde solidaridad con los pecadores, que somos todos
nosotros. Después de la Resurrección, Cristo ordena a la Iglesia que bautice en nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo, estableciendo, de esta manera, una relación muy especial con las Tres Personas (Mt 28,
18-20; véase un sentido semejante, con relación a Moisés en 1 Cor 10, 2).
Esta relación con Dios implica una vida de conversión y de eliminación del pecado, una vida de fe.
Sumergirse en las aguas del bautismo y salir de ellas es, pues, morir y resucitar con Cristo (Rom 6, 3 y ss;
Col 2, 20 - 3, 4). Esto es obra del Espíritu Santo (Mt 3, 11; Hech 1, 5). VOCABULARIO BIBLICO

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Sumario:
1. La praxis bautismal en la época apostólica:
1. Testimonio de los Hechos;
2. Bautismo y profesión de fe;
3. Jesús en el origen del bautismo cristiano.
II. El bautismo de Juan y el bautismo cristiano
III. La doctrina del bautismo en el evangelio de Juan:
1. El bautismo como renacer de lo alto;
2. El bautismo nace de la cruz.
IV. El bautismo en la doctrina de san Pablo:
1. El bautismo como asimilación a la muerte y resurrección del Señor;
2. El bautismo nos hace hijos de Dios;
3. El bautismo como nueva circuncisión;
4. El bautismo como lavatorio.
V. El bautismo en la primera carta de Pedro:
1. El bautismo como ³antitipo´ del diluvio;
2. El bautismo y el sacerdocio universal.

El bautismo es el acto del nacimiento del cristiano, y tiene, por tanto, una importancia
fundamental. Pero uno es cristiano en la medida en que se adhiere por la fe a Cristo y por medio
de él comulga con todos los hermanos en la fe. De aquí la importancia que asume en el bautismo
la fe, así como su dimensión eclesial. Todos estos problemas se advierten hoy con agudeza y
afectan a no pocos aspectos pastorales; pensemos, por ejemplo, en el bautismo de los niños. Ese
bautismo, ¿tiene sentido realmente donde no está suficientemente garantizada una educación en la
fe dentro de la familia o en otro ambiente? Y para un adulto, que quiera quizá vivir en la fe, pero la
vive aisladamente, ¿no es quizá el bautismo un estímulo a trascenderse y a unirse a la comunidad?
Aunque se trate de problemas típicamente modernos, la Biblia está llena de indicaciones histórico-
teológicas, que de alguna forma pueden ayudarnos a resolverlos.
320
1. LA PRAXIS BAUTISMAL EN LA EPOCA APOSTOLICA.
Ante todo hay que advertir que la praxis del bautismo no sólo está atestiguada desde la época
apostólica, sino que es incluso el sacramento del que se habla más en todo el NT. Es esto una señal
evidente de su originalidad, precisamente porque habría faltado tiempo para tomarlo prestado de
otros ambientes, aunque
321 7
no pueden negarse ciertas analogías con ritos similares de ablución, usados sobre todo en el
mundo judío. Pensemos, por ejemplo, en las diversas abluciones de Qumrán y en el mismo
bautismo de Juan, que sólo vagamente recuerda al bautismo cristiano, aunque pudo haber influido
en él de alguna manera.
321
1. Testimonio de los Hechos.
Los Hechos de los Apóstoles demuestran constantemente que $ $ %  &%  
$        '    $  ( $   $ $) *
Así, por ejemplo, después del discurso de Pedro para comentar el suceso de pentecostés, cuando la
gente le pregunta qué ha de hacer para salvarse, Pedro responde: ³Arrepentios, y que cada uno de
vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para el perdón de vuestros pecados; entonces
recibiréis el don del Espíritu Santo´ Hch 2,37-38
El bautismo está aquí claramente unido a la fe, que exige la conversión de los pecados y produce
como fruto una presencia particular del Espíritu. Como se ve, el bautismo no es un gesto aislado,
que valga en sí y por sí mismo, sino que está vinculado a todo un conjunto de actitudes
espirituales, producidas en parte por él y presupuestasen parte. En cierto sentido es como la
síntesis de todos los elementos que constituyen la ³novedad´ cristiana; sobre todo es fundamental
la relación bautismo-fe, que se expresa de nuevo inmediatamente después en el texto recordado,
cuando se dice que ³los que acogieron su palabra se bautizaron; y aquel día se agregaron unas tres
mil personas´ (2,41).
También de los primeros creyentes de Samaría se dice que, después de haber escuchado el anuncio
de Felipe, ³hombres y mujeres creyeron en él y se bautizaron´ (8,12). Tras el encuentro del diácono
Felipe con el eunuco de la reina Candaces, al que había explicado la profecía de Is 53,7-8, al llegar
junto a un manantial, el eunuco le dice: ³Mira, aquí hay agua, ¿qué impide que me bautice?...
Bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó´ (8,36 -38). Ni siquiera Saulo se libra de la
ley del bautismo (9,19). Pedro bautiza a los de la casa de Cornelio después de haber visto que los
signos del Espíritu empezaban ya a manifestarse en aquellos primeros creyentes paganos (10,47-
48).
También Pablo, que será el gran teólogo del bautismo, lo practica continuamente en su múltiple
actividad misionera. Así, en Filipos bautiza a Lidia, después de que el Señor hubiera abierto ³su
corazón para que aceptase las cosas que Pablo decía´ (16,14-15). Igualmente, en Filipos bautizó al
carcelero después de la prodigiosa liberación de la cárcel por obra de un imprevisto terremoto: ³Y
le anunciaron la palabra del Señor a él y a todos los que había en su casa. A aquellas horas de la
noche el carcelero les lavó las heridas, y seguidamente se bautizó él con todos los suyos´ (16,32-
33).
Aquí, como en el caso anterior, se habla del bautismo conferido a toda la familia; pero siempre está
vinculado a la fe, como se deduce del diálogo del carcelero con Pablo y con Silas (16,30-31). La
referencia a la familia, que incluye normalmente también a los pequeños, según algunos (J.
Jeremías, O. Cullmann, etc.) es un buen indicio del bautismo concedido a los niños, que muy
pronto se hará práctica común en la Iglesia (siglo n).
También en Corinto, después de la predicación de Pablo, ³Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el
Señor con toda su familia; y muchos de los corintios que habían oído a Pablo creyeron y se
bautizaron´ (18,8). En Efeso, habiéndose encontrado con algunos discípulos que habían sido
bautizados sólo en ³el bautismo de Juan´, les invitó a hacerse bautizar ³en nombre´ de Cristo: ³Al
oírlo, se bautizaron en el nombre de Jesús, el Señor. Cuando Pablo les impuso las manos,
descendió sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar´
(19,4-6).
322
2. Bautismo y profesión de fe.
De todo lo dicho resulta evidente que el bautismo es el rito que presupone e inicia, al mismo
tiempo, en la fe cristiana, de la que es la proclamación pública, y constituye además un
compromiso a vivirla delante de los demás. La predicación del evangelio incluye también el
anuncio del bautismo como sacramento para significar y producir la novedad cristiana.
A la luz de cuanto venimos diciendo se puede comprender lo que Pablo escribe a los corintios -
indignado al ver que estaban divididos entre sí y que algunos declaraban que pertenecían a él- y
que parece disminuir la importancia del bautismo: ³Doy gracias a Dios de no haber bautizado a
ninguno de vosotros, excepto a Crispo y a Gayo. Así nadie puede decir que fuisteis bautizados en
mi nombre... Pues Cristo no me mandó a bautizar, sino a evangelizar...´(lCo 1,14 -17).
323 8
Se trata indudablemente de una afirmación hiperbólica, que quiere resaltar la primacía de la
evangelización, de la que el bautismo es, sin embargo, la coronación. Por otra parte, hay en ese
texto una frase que puede ayudarnos a comprender por qué se expresó Pablo de esta manera:
³Nadie puede decir que fuisteis bautizados en mi nombre´ (y. 15).
Más de una vez, en el libro de los Hechos, se dice que el bautismo se administraba ³en el nombre
de Jesucristo´ (2,38; etc.); es una frase más bien genérica y sobre la cual disputan los exegetas.
Algunos la han interpretado como si se tratara de la fórmula con que se administraba el bautismo;
otros como si quisiera decir: ³por la autoridad que viene de Cristo´. En relación con el texto de
Pablo (³nadie puede decir que fuisteis bautizados en mi nombre ³), esta fórmula parece significar
más bien casi una especie de apropiación espiritual, que el apóstol niega, ya que él es sólo un
administrador del sacramento, mientras que para Cristo la cosa es verdadera en el sentido de que
el bautismo consagra efectivamente a él, convirtiendo al cristiano en una especie de propiedad
suya.
La única diferencia es que en 1 Cor 1,15 se dice ³en mi nombre´ (eis to emdn ónoma), mientras que
en Ac 2,38 se dice ³sobre el nombre (epi té onómati) de Jesucristo´, yen Ac 10,48 ³en el nombre
(en té onómati) de Jesucristo´.
Pero por todo el conjunto parece que las tres preposiciones no cambian el sentido de las cosas; no
son más que variantes para decir que el bautismo une a Cristo y ³consagra´ misteriosamente a él y
no a un hombre, aunque sea tan grande como Pablo.
323
3. Jesús en el origen del bautismo cristiano.
Precisamente porque el bautismo guarda una relación muy particular con Cristo y porque se
practicó desde el comienzo de la experiencia cristiana, estamos obligados a pensar que se deriva
directamente de Cristo. Es posible encontrar huellas de ello en varios pasajes de los evangelios,
aun admitiendo que sufrieron algunos retoques a la luz tanto de la fe pospascual como de la praxis
litúrgica posterior.
En este sentido son significativas las conclusiones de los dos primeros sinó pticos, donde el
bautismo forma parte esencial del mandato universal confiado por Jesús a sus apóstoles: ³Id por
todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará, pero
el que no crea se condenará. A los que crean les acompañarán estos prodigios: en mi nombre
echarán los demonios, hablarán lenguas nuevas´ (Mc 16,15 -18).
El mandato misionero en Mateo, aunque es sustancialmente igual, tiene también notables
diferencias: ³Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo´ (Mt 28,18 -20).
Me parece que en estos dos textos es fundamental tanto la ³predicación´ de la fe, sin limitación
geográfica y mucho menos de raza (³Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura´),
como su aceptación. Pero junto a la fe se exige el bautismo, que no puede ser solamente una
ratificación externa de la fe, sino algo más profundo, que realiza Jo que significa en su rito externo.
Y eso ³más profundo´ debería estar precisamente en la palabra que sólo nos refiere san Mateo,
recogiéndola probablemente de la praxis litúrgica de su tiempo: ³Bautizándolos en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo´; allí ³en el nombre´ no significa simplemente ³con la
autoridad´, sino más bien consagrándolos y casi insertándolos en el seno del misterio trinitario,
como parece señalar también la preposición de movimiento (eis to ónoma). Si la fe es la aceptación
del misterio, el sacramento es la introducción total en el misterio trinitario, en donde todo es
asombro y maravilla.
En este sentido, como indicación de esta novedad de relaciones con el Dios-Trinidad, no tiene por
qué sorprender el conjunto de ³signos´ que menciona Marcos y que acompañarán ³a los que
crean´: hablar lenguas nuevas, echar a los demonios, etc. ¿No pueden significar, a modo de
ejemplo, la ³novedad´ que surge en la historia mediante la fe y el sacramento? Y la promesa de
Cristo de ³estar´ con los ³suyos´ todos los días hasta el fin del mundo, ¿no podría aludir al hecho
de que, sobre todo mediante el bautismo ³en el nombre´ de la Trinidad, él está presente y operante
en el corazón de sus fieles?
324
II. EL BAUTISMO DE JUAN Y EL BAUTISMO CRISTIANO.
325 9
II. EL BAUTISMO DE JUAN Y EL BAUTISMO CRISTIANO.
En este punto también es posible ver la diferencia que hay entre el bautismo cristiano y el de Juan,
que era un simple rito externo, aunque con un simbolismo purificatorio que podía captar
fácilmente la gente como una invitación a una renovación interior. Es lo que nos indica
expresamente el evangelio de Marcos:
³Juan Bautista se presentó en el desierto bautizando y predicando un bautismo para la conversión
y el perdón de los pecados´ (Mc 1,4).
Pero la suya era sólo una fase transitoria, en espera de la definitiva, en la que habría de darse el
don del Espíritu: ³Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo... Yo os bautizo con agua, pero él
os bautizará en el Espíritu Santo´ (vv. 7-8). En Mateo se añade ³y fuego´(3,1 1), acentuando la
dimensión escatológica del bautismo, pero también la transformación interior que éste realiza,
purificadora como el fuego, a lo que se añade la fuerza del Espíritu que Cristo dará a los suyos en
plenitud.
Y el / Espíritu es el don del Padre y del Hijo; por eso el bautismo cristiano se convierte no sólo en
comunión con el misterio trinitario, sino también en expresión del dinamismo de la gracia que
dimana de él.
325
III. LA DOCTRINA DEL BAUTISMO EN EL EVANGELIO DE JUAN.
También la tradición joanea, aunque recogiendo diversos materiales, confirma la presencia
particular del Espíritu en el bautismo cristiano. Esto es lo que declara el Bautista al ver a Jesús que
acude a hacerse bautizar: ³Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
Sobre el que veas descender y posarseel Espíritu, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo. Yo le he
visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios´ (Jn 1,33 -34). El agua seguirá siendo
indispensable por su carácter significativo de purificación y de fecundación vital, pero lo
determinante será el Espíritu. Y es precisamente en fuerza del Espíritu, que es don de Cristo, como
los futuros bautizados participarán de lo que es típico de Cristo, esto es, de su filiación divina. Es lo
que nos dirá más ampliamente san Pablo.
Pero, por lo demás, es lo que nos enseña también san Juan en el diálogo de Jesús con Nicodemo,
en donde el maestro divino hace por lo menos cuatro afirmaciones, bastante importantes, ligadas
todas ellas entre sí.
326
1. El bautismo como renacer de lo alto.
La primera es que para entrar en el reino de Dios, hay que ³nacer´ de nuevo: ³Te aseguro que el
que no nace de lo alto (ánothen, que puede significar también ³de nuevo´) no puede ver el reino de
Dios´ (Jn 3,3). La idea fundamental es la de un nuevo ³nacimiento´, que deriva su fuerza sólo del
poder de Dios (³de lo alto´). No tiene nada en común con el nacimiento natural, sino que produce
también, en cierto sentido, una nueva vida, como se dice (en el prólogo) de los que han ³acogi do´
en la fe al Hijo de Dios hecho carne
(1,13).
A continuación, ante la dificultad de Nicodemo de aceptar esto, como si se tratase de volver al seno
maternal, Jesús especifica cuáles son los elementos que entran enjuego en este proceso de
regeneración:
³Te aseguro que el que no nace (ghennéthé) del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de
Dios´ (3,5). Lo decisivo es el Espíritu, como se deduce también de los versículos siguientes, pero
ligado al elemento material del agua con toda su fuerza evocativa de purificación, de frescor, de
vitalidad.
Puede ser, como sostienen algunos autores (p.ej., 1. de la Potterie), que el término ³agua´ haya sido
añadido posteriormente para indicar dónde y cómo se verifica en concreto el nuevo nacimiento, es
decir, en el bautismo. De todas formas queda en pie el hecho de que, por la fuerza del Espíritu que
actúa en el signo del agua, el cristiano renace a una vida nueva, la cual tiene incluso moralmente
unas exigencias nuevas, como sigue declarando Jesús: ³Lo que nace de la carne es carne, y lo que
nace del Espíritu es espíritu´ (y. 6).
La tercera afirmación de este párrafo es que únicamente la fe permite no solamente captar estas
realidades, sino apropiárselas. Es lo que Jesús declara a Nicodemo, que le pregunta sobre ³cómo´
puede suceder esto: ³Te aseguro que hablamos de lo que sabemos y atestiguamos lo que hemos
visto, y, a pesar de todo, no aceptáis nuestro testimonio´(vv. ??? 1). Todo consiste en la capacidad
de aceptar el testimonio de Jesús, que anuncia solamente lo que él ha visto y conoce.
327
328 0
2. El bautismo nace de la CRUZ.
Finalmente, Jesús revela dónde está la fuente de la eficacia del bautismo, con el que se nos da el
Espíritu: su pasión y muerte, que no son tanto una derrota como su glorificación. Ac aquí por qué
inmediatamente después habla de la necesidad de ser ³levantado también él (Vv. 14-16), como la
serpiente de bronce en el desierto (cf Núm 21,8ss). Jugando con el doble sentido de ypsób, que
quiere decir tanto ³levantar¶ físicamente (en la cruz) como ³exaltar¶, es decir, glorificar, Jesús
presenta la muerte de cruz como laP exaltación suprema de su amor, y por eso mismo capaz de
salvar. El bautismo saca toda su fuerza de la muerte en la cruz, donde se expresa el punto más alto
del amor de Cristo
a los Jiombres, y que el bautizado útntr que reexpresar a su vez en su propia vida. Parece ser que
alude a esto aquella misteriosa salida de ³sangre y agua¶ que brotó del costado herido de Cristo en
la cruz Jn 19,34); en efecto, según la interpretación más común, se aludiría a la eucaristía y al
bautismo como frutos producidos por el árbol de la cruz.
328
IV. EL BAUTISMO EN LA DOCTRINA DE SAN PABLO.
Aquí enlazamos inmediatamente con san Pablo, que centra toda su teología del bautismo en la
muerte y resurrección del Señor, de la que es signo sacramental.
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1. EL BAUTISMO COMO ASIMILACION A LA MUERTE Y RESURRECCION Del Señor.
Es fundamental en este sentido el pasaje de la carta a los Romanos donde el apóstol afirma
solemnemente que el bautismo nos asimila al misterio de la muerte y resurrección del Señor: ³,No
sabéis que, al quedar unidos a Cristo mediante el bautismo, hemos quedado unidos a su muerte?
Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo y morimos, para que así como Cristo fue resucitado
de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en nueva vida. Pues
si hemos llegado a ser una sola cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos
por una resurrección parecida. Sabemos que nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él para
que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no seamos ya esclavos del pecado...´ (Rm 6,3 -
6).
En este texto hay dos afirmaciones de especial importancia. La primera es que verdaderamente, de
manera misteriosa, el bautismo nos hace participar de la muerte, sepultura y resurrección del
Señor. Sigue siendo un misterio cómo se hace esto. Pero creo que se puede pensar en una
comunicación con efectos salvíficos de aquel gesto supremo de amor: no es la reproducción en
nosotros de aquellos hechos, sino la apropiación, en virtud del sacramento, de su densidad
salvífica.
Pero esto supone -y es ésta la segunda afirmación- que, en virtud de esta participación, se da en el
cristiano una transformación moral: un continuo morir al pecado, para ³caminar en novedad de
vida´, iniciando ya desde ahora ese proceso de transformación que culminará con la resurrección
de nuestro propio cuerpo. Obsérvese ese futuro: ³Si hemos llegado a ser una sola cosa con él por
una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección parecida´ (y. 5).
Quizá en este clima de exaltación del bautismo es cómo se practicaba en Corinto un extraño
³bautismo por los muertos´ (1Co 15,29), como para garantizar a los que habían muerto antes de
recibirlo una especie de salvoconducto para la resurrección final.
Así pues, el bautismo es como la síntesis de nuestro ser de cristianos, que nos marca hasta la
resurrección final, poniendo en movimiento todos los mecanismos de nuestra actuación moral. No
hay que olvidar que todo esto está bajo el signo de la fe, que constituye el núcleo de toda la carta a
los Romanos.
330
2. El bautismo nos hace hijos de Dios.
Este tema vuelve a tratarse en la carta a los Gálatas, para decir que el bautismo, no separado nunca
de la fe, al insertarnos en Cristo, nos hace a todos hijos de Dios, que deben, sin embargo, intentar
reproducir en sí su fisonomía; el texto habla de ³revestirse¶ de Cristo: ³Todos sois hijos de Dios por
la fe en Cristo Jesús; pues los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo.
No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, pues todos vosotros sois
uno (eís) en Cristo Jesús¶
Ga 3,26-28).
331 1
Por el contexto es evidente que el bautismo, unido siempre a la fe, produce en nosotros tres
efectos: nos hace ³hijos de Dios´ a través de Cristo, que es el único Hijo verdadero; nos hace
³revestirnos´ de él, expresión sugestiva para decir que hemos de asimilarlo de tal manera que lo
sepamos reexpresar en nuestras acciones; suprime todas las diferencias de raza, de cultura, de
sexo, para hacer de todos nosotros un ³solo ser´ nuevo en Cristo. Tal es el sentido del término
griego eis (=una sola persona), que es masculino: el bautismo es el que forma la comunidad
eclesial, eliminando todos los elementos discriminatorios.
Inmediatamente después, san Pablo hace ver las metas ulteriores que exige y propone nuestra
adhesión a Cristo en el bautismo: ³Cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de
una mujer, nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que
recibiésemos la condición de hijos adoptivos. Y como prueba de que sois hijos, Dios ha enviado a
vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que dama: Abba!, iPadre! De suerte que ya no eres
esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por la gracia de Dios´ (4,4-7).
El bautismo vuelve a crearnos y nos reconstruye a la manera trinitaria: entrando en contacto con
Cristo, nos hacemos hijos del Padre, que nos da su Espíritu.
331
3. El bautismo como nueva circuncisión.
La realidad del bautismo es el presupuesto de todas las exigencias morales que Pablo propone a
sus cristianos, los cuales tienen que vivir dignamente como miembros del pueblo de Dios. Quizá
por esto lo presenta también como una forma de circuncisión, viendo en semejante expresión, que
recuerda la antigua práctica judía, no sólo una nueva forma de agregación al nuevo Israel que es la
Iglesia, sino también una voluntaria consagración al bien, arrancando de nosotros mismos toda
raíz de mal.
En la carta a los Colosenses, después de haber dicho que los cristianos son como llenados de Cristo
por la fe, continúa: ³En él también fuisteis circuncidados con una circuncisión hecha no por Ja
mano del hombre, sino con la circuncisión de Cristo, que consiste en despojaros de vuestros
apetitos carnales. En el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, habéis resucitado también con él
por la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los muertos´ (Col 2,11 -14).
Es evidente la vinculación que establece el apóstol entre la circuncisión y el bautismo en este lugar,
no ya para reproducir esa circuncisión con un rito distinto, sino para aplicar su simbolismo a la
realidad nueva introducida por Cristo: hay algo que debe ser cortado y echado de nosotros, es
decir, nuestras culpas; se produce en nosotros una especie de muerte (³fuisteis sepultados con
Cristo´); se realiza una vida nueva resucitando con Cristo. Nótese además que todos estos hechos
no se expresan en futuro, sino en pretérito (³habéis resucitado´, etc.): señal de que expresan una
realidad ya en acto. El bautizado vive ya la dimensión esca-tológica de su fe, aunque no se haya
desvelado ésta todavía.
Es lo que se percibe con mayor evidencia todavía cuando, poco después, Pablo exhorta a aquellos
cristianos: ³Por consiguiente, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde
Cristo está sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra.
Vosotros habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios...´ (Col 3,1-4). También
aquí aparece de forma explícita la dialéctica muerte y resurrección, como una realidad ya operante;
lo que pasa es que ahora en la vida del cristiano tiene que aparecer más este misterio de muerte y
de ³ocultamien-to´en Cristo, que dice superación del pecado, para que a su debido tiempo se
manifieste en plenitud la ³gloria´ de la futura resurrección.
332
4. El bautismo como lavatoRiO.
Siguiendo en el terreno de los escritos paulinos (o en los que se le .atribuyen de alguna manera),
nos parece muy importante el testimonio de la carta a Tito que, de hecho, aunque con términos
nuevos, se mueve en la cUnea de la enseñanza expuesta hasta ahora: ³Pero Dios, nuestro salvador,
al manifestar su bondad y su amor por los hombres, nos ha salvado, no por la justicia que hayamos
practicado, sino por puro amor, mediante el bautismo regenerador y la renovación del Espíritu
Santo, que derramó abundantemente sobre nosotros por Jesucristo, nuestro salvador, a fin de que,
justificados por su gracia, seamos herederos de la vida eterna, tal y como lo esperamos´ (Tt 3,4-7).
Haciendo remontar todo el misterio de nuestra salvación a la bondad y a la misericordia del Señor
y no a nuestras pretendidas obras de justicia, el autor afirma que esto se ha verificado en el signo
sacramental
333 2
del bautismo, el cual ha realizado verdaderamente con el simbolismo del rito la regeneración del
cristiano; se trata de un lavatorio (butrón), que debe purificar y limpiar, pero también de una
especie de germen de vida que nos regenera, separándonos de nuestra vida anterior, y nos renueva
dándonos el don del Espíritu, que es Espíritu de novedad y de vida. Todo esto es ya realidad, pero
espera su maduración en la vida eterna; por eso somos ³herederos de la vida eterna, tal y como lo
esperamos´ (y. 7). Una vez más, el bautismo aparece con toda su riqueza de significado, con la
realidad de sus efectos salvíficos, pero también con su falta de plenitud es signo de un ³más allá,
que todavía está por venir.
Otra referencia al bautismo como lavatorio la tenemos en Ep 5,26 en donde, al hablar de la Iglesia,
se dice que Cristo se entregó a ella ³a fin de purificarla por medio del agua del bautismo y de la
palabra. Dado el contexto nupcial, es casi seguro que se aluda aquí al baño ceremonial que la novia
tenía que hacer para prepararse al matrimonio.
Para la Iglesia, esposa de Cristo, este baño es el bautismo: la ³palabra´ que la acompaña aludiría a
la profesión de fe, que el catecúmeno pronunciaba solemnemente en aquella ocasión.
El tema del bautismo como lavatorio no sólo del cuerpo, sino sobre todo del corazón, lo tenemos
también en Heb 10,22, donde se dice que, teniendo a Cristo como sumo sacerdote, podemos ahora
acercarnos a Dios ³con un corazón sincero, con fe perfecta, purificados los corazones de toda
mancha de la que tengamos conciencia, y el cuerpo lavado con agua pura¶.
333
V. EL BAUTISMO EN LA PRIMERA CARTA DE PEDRO.
Antes de concluir, nos gustaría recordar algunas alusiones al bautismo que aparecen en la primera
carta de Pedro, que algunos autores (P. Bois-mard, etc.) consideran incluso, al menos en los cuatro
primeros capítulos, como una especie de catequesis pascual, dirigida sobre todo a los recién
bautizados, que son llamados ³niños recién nacidos´ (2. 2).
334
1. El bautismo como ³antitipo¶ del diluvio.
El texto más explícito es aquel donde el autor -después de introducir una referencia a una bajada
misteriosa de Cristo a los infiernos para ³anunciar la salvación incluso a los espíritus que estaban
en prisión y que se habían mostrado reacios a la fe en otro tiempo, en los días de Noé, cuando Dios
esperaba con paciencia mientras se construía el arca, en la cual unos pocos, ocho personas, se
salvaron del agua´ (3,19-20)- se basa precisamente en el diluvio para decir que el bautismo estaba
de alguna manera prefigurado en aquel dramático suceso de destrucción y de salvación al mismo
tiempo: ³Esa agua´ presagiaba (era antí-typon) el bautismo, que ahora os salva a vosotros, no
mediante la purificación de la inmundicia corporal, sino mediante la súplica hecha a Dios por una
conciencia buena, la cual recibe su eficacia de la resurrección de Jesucristo, el cual, una vez
sometidos los ángeles, las potestades y las virtudes, subió al cielo y está sentado a la diestra de
Dios´ (3,21-22).
Es evidente que aquí se toma del diluvio, como fuerza simbólica, no sólo el recuerdo del agua, sino
también su capacidad de salvación para las ocho personas encerradas en el arca que se salvaron
(diesothésan), pero no su fuerza destructora. Además, se explica también así con mayor claridad
en qué consiste esa ³salvación´ (sóze salva): no se trata de una purificación de las inmundicias del
cuerpo, sino de la creación de una ³conciencia buena´ para con Dios, que se manifestaba en el
interrogatorio inicial (eperéíema, pregunta) con que se introducían en el bautismo los
catecúmenos, precisamente para responsabilizarles de lo que hacían. Era una ³nueva creación´ lo
que entonces empezaba para el recién bautizado, una especie de ³antidiluvio´: la salvación, en
lugar de la destrucción (diluvio).
Todo esto es posible en virtud de la resurrección de Cristo, el cual, ³sentado a la diestra del Padre¶,
puede comunicar su vida inmortal a los que creen en su nombre. Todo bautizado debe vivir como
resucitado, dominando, lo mismo que Cristo, todas las ³potestades´ del mal y del pecado (y. 22).
En cierto sentido podemos decir que el bautizado pertenece ya-al mundo futuro, aun viviendo en el
presente eón, hecho de malicia y de pecado.
335
2. El bautismo y el sacerdocio universal.
En la misma carta tenemos otra alusión al bautismo, aun cuando no aparezca este nombre, con
toda la
336 3
riqueza de vida nueva, de exigencias morales, de compromiso para construir la ³casa de Dios¶; se
trata del párrafo en que el autor habla del sacerdocio de los fieles: ³Desechad toda maldad, todo
engaño y toda clase de hipocresía, envidia o maledicencia. Como niños recién nacidos, apeteced la
leche espiritual no adulterada, para que alimentados con ella crezcáis en orden a la salvación, ya
que habéis experimentado qué bueno es el Señor. Acercaos a él, piedra viva, rechazada por los
hombres, pero escogida y apreciada por Dios; disponeos, como piedras vivientes, a ser edificados
en casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales agradables a Dios por
mediación de Jesucristo´ (2,1-5).
La imagen del ³niño recién nacido´ recuerda la idea de inocencia, de sencillez, de abandono
confiado, de docilidad; el bautizado debe poseer esta actitud no sólo en los comienzos, si no
durante toda su vida. Además, fundamentalmente se trata de la docilidad a la palabra de Dios,
expresada aquí por la imagen de la leche, que el niño desea ardientemente para su nutrición y su
crecimiento.
El bautismo, por otra parte, no es una realidad aislada, sino una construcción en Cristo, junto a los
demás creyentes, para formar un templo espiritual, donde puedan ofrecerse a Dios los sacrificios
espirituales que constituyen las buenas acciones y la santidad de la vida, de la que Cristo rio sólo es
maestro, sino sobre todo modelo insuperable. - El ³sacerdocio de los fieles´, que representa la
forma más radical de consagración a Dios y exige una revaloración del laicado dentro de la Iglesia,
se da en el bautismo, que encuentra allí su raíz (cf también 2,9-10) y abre a todos un amplio
espacio de trabajo en la viña del Señor. Volviendo al bautismo, con todo lo que éste significa y da,
es como la Iglesia advertirá el deber de valorar los ca-/ismas de todos, sin encerrarse ya en
(Clericalismos anacrónicos. La recuperación del bautismo es la obra más urgente en el
rejuvenecimiento de toda la pastoral de la Iglesia de nuestros días.
336
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Elle Di Ci, Turín 1970; Barth G., El bautismo en el tiempo del cristianismo primitivo, Sigúeme,
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5. Cipriani
337
c

A) Bautismo sacramental.

B) Bautismo de deseo.

A) BAUTISMO SACRAMENTAL
Al hombre moderno le cuesta trabajo percibir la plenitud de resonancias y bienaventuranza que hay en las
palabras con que, hacia fines del s. II, comienza Tertuliano su tratado sobre el b.: Felix sacramentum aquae
nostrae: "feliz sacramento de nuestras aguas (de nuestro baño)" (sacramento = acción sagrada que nos
obliga bajo juramento). El b. era para aquellos primeros cristianos comienzo dichoso y consciente de la vida
cristiana, de un nuevo renacer conforme al ejemplar primero, Cristo, llevado a cabo en un baño de agua,
acompañado de unas pocas palabras. Con la sencillez de la acción divina, en contraste con la pompa de los
ritos de iniciación de los cultos paganos, "el baño de agua con la palabra" (Ef 5, 26) comunica algo
increíblemente grandioso, la vida de la eternidad (cf. TERTULIANO, De bapt. 1-2).

Sin embargo, en el fondo y en realidad, ésa es también nuestra creencia. También para el cristiano de hoy es
el b. el primero de todos los sacramentos, la puerta de la vida cristiana y, como postrera consecuencia
escatológica, de la vida eterna. IR1 borra el pecado original y todos los pecados personales, por la -> gracia
santificante hace al bautizado partícipe de la naturaleza divina, le confiere la adopción divina, le da derecho
a recibir los otros sacramentos y a tomar parte activa en la acción del sacerdocio cultual de la --> Iglesia.
Tratemos, pues, de penetrar de nuevo la plenitud de bienes vivos que encierran estas fórmulas abstractas,
partiendo de las fuentes primigenias de la revelación.

I. El Nuevo Testamento y la liturgia


El NT nos muestra claramente cómo la predicación apostólica entendió el "baño de agua con la palabra" de
la vida (Ef 5, 26).

1. La palabra del Señor


El b. está estrechamente ligado con las palabras del Señor resucitado: "Haced discípulos míos a todos los
pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir
todo lo que yo os he mandado" (Mt 28, 19s). En estas palabras se nos ha transmitido con toda seguridad la
voluntad del Señor glorificado de instituir el b., aun cuando su formulación trinitaria esté condicionada por
la práctica apostólica. El sentido profundo del b. es interpretado con las misteriosas imágenes tomadas de la
conversación del Señor con Nicodemo (Jn 3, 1-10), que, a decir verdad, sólo son plenamente inteligibles
para quien conozca ya el b. cristiano. En todo caso, hallamos desde el principio la administración del b.
como fundamento para ser discípulo de jesús y cristiano (Act 2, 37-41 et passim). Desde la venida del
Espíritu Santo en el primer Pentecostés, los apóstoles entendieron y administraron este baño bautismal
como un uso santo ya tradicional. Deducir este uso del culto helenístico pagano es imposible; sí hallamos,
empero, analogías en el AT.

2. Analogías
En el AT hallamos diversas analogías del bautismo (en forma de lavatorios; cf. p. ej., 2x 40, 12; Lev 8, 6; 13,
6; 14, 4-9; 16,4.24; Ez 36, 25, etc.); en tiempo de Jesús, los "bautismos", es decir, los lavatorios de esa
especie eran práctica general (cf. Mc 7,2-4); algunas sectas judías los desarrollaron de modo particular, así
los esenios (FLAV. Ios., Bell. Iud., 2, 117-161), sobre todo en --> Qumrán (1 QS 6, 16s; 3, 4-9; 5, 13s; cf. J.
GNILKA, Der Tüu f er Johannes und der Ursprung der chistlichen Tau f e: Bul 4 [ 1963 ] 39 -49). Sobre este
trasfondo se entiende más fácilmente la práctica bautismal de Juan Bautista, si bien él trajo factores nuevos
de decisiva importancia: como enviado de Dios, Juan bautizaba a los otros, exhortándolos a la penitencia,
como preparación a un superior bautismo venidero. Los discípulos de Jesús bautizaron también en vida de
éste, sin duda en forma semejante a la de Juan (Jn 4, 1-3 ).

3. La práctica apostólica
Pero después de la glorificación del Señor, los apóstoles practican el uso tradicional de manera nueva y con
otro sentido. Ahora bautizan en el nombre de Jesús, es decir, según el mensaje sobre el nombre de Jesús,
como entrega a él, invocando su nombre sobre el bautizando y, finalmente (en otro estadio de evolución),
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. (La continuidad del uso V la transición a un nuevo
modo aparece impresionantemente en Act 18, 25-26 y 19, 2-6.) La acción entera -baño de agua acompañado
de palabraes la culminación de una conducta total: la penitencia y la fe se consuman en el baño bautismal. Y
a esta totalidad de conducta va ligada la salvación: el perdón de los pecados y la comunicación del don del
Espíritu Santo, porque todo eso une -yen cuanto une -de la manera más íntima con Cristo. Cristo es la luz
que brilla en el bautismo, él es la vida que aquí se comunica, la verdad, que el bautizado confiesa y a que se
obliga, la fuente de que brotan corrientes de agua viva, el agua y la sangre de la herida de su costado; ellas
lavan al bautizado de toda culpa.

4. Teología neotestamentaria
Las noticias relativamente escasas de los evangelios y los Hechos de los apóstoles, y, no en último lugar, del
cuarto Evangelio, valorado plenamente en su última intención, hallan luego su grandiosa exposición en la
teología de los restantes libros del NT, señaladamente en Pablo, en la carta primera de Juan y en la primera
de Pedro. Estos escritos ahondan en la inteligencia del baño de agua acompañado de la palabra, como
singular acción sacramental y personal por la que se nos comunica fundamentalmente aquel ser en Cristo
que es el compendio de toda la existencia cristiana. Pues "por el b. fuimos juntamente sepultados con él, con
él juntamente fuimos resucitados por la fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos" (Col 2,
12). Estas ideas se han puesto nuevamente de relieve con energía en la fecunda discusión de los últimos
años. Aquí podemos prescindir de puntos menores aún oscuros y de discrepancias en la interpretación, y
limitarnos al legado de fe que nos es común. Como realidad fundamental del b. aparece el hecho de que
Dios, cuando estábamos muertos por nuestras culpas y pecados, movido por su amor sin medida nos dio la
comunión con Cristo; estando muertos, nos convivificó con Cristo, con él nos resucitó y con él nos sentó en
los cielos (Ef 2, 1.4-6). La acción de la consagración -baño de agua acompañado de la palabra para alcanzar
la salvación por la remisión de los pecados y la comunicación del don del Espíritu Santo - es, en su
realización, de sublime sencillez; aun así nos permite conocer claramente muchas cosas: el b. es cima del
encuentro personal con Dios en Cristo, es una respuesta personal a su llamamiento, a su palabra.

"Los que aceptaron, pues, su palabra se bautizaron" (Act 2, 41). Condición para el bautismo es la obediencia
a la palabra, el escuchar y seguir el imperativo: "Haced penitencia" (Act 2, 38), la respuesta a la palabra de
la buena nueva sobre Jesús (Act 8, 35): "Sí, yo creo que Jesús es hijo de Dios" (¡bid. 8, 37 según la redacción
occidental del texto). El b. es realmente la forma que toma la -> fe como modo fundamental de nuestro
existir en Cristo; sin la fe, sería acción externa muerta. Pero el b. es mucho más que la mera "expresión
simbólica" de esta activa disposición creyente como baño de agua acompañado de la palabra, es: el
verdadero acceso a Cristo y a su acción salvadora, el ser bautizado en su muerte, el morir y resucitar con él,
la comunicación real de la comunión con su pasión, a fin de configurarnos con su muerte, para que
lleguemos también a resucitar de entre los muertos (cf. Flp 3, l0s).
En otra importante visión, el agua del b. es baño de purificación: el baño de agua acompañado de la palabra
purifica a la Iglesia (Ef 5, 26), agua limpia rocía en él el cuerpo, lava nuestros corazones y los libera de la
mala conciencia (cf. Heb 10, 22). La participación en la muerte de Jesús, la purificación por el agua santa
que de él brota, nos trae la comunión con la vida de Cristo, el estar en la nueva vida, el ser nueva criatura, el
ser regenerados, la participación (ya ahora) en la resurrección, que, naturalmente, sólo se consumará en el
futuro escatológico del retorno del Señor.

Todo esto es realidad, pero una realidad cuya plenitud el bautizando ha de afirmar y aprehender
anticipadamente en la fe, y sobre cuyas consecuencias debe meditar a fin de actuarlas en la permanente
seriedad de una vida verdaderamente cristiana: "Así (después de todo lo dicho sobre esta realidad),
considerad también vosotros que estáis muertos al pecado, pero que vivís para Dios en Cristo Jesús" (Rom
6, 11). Así, pues, del bautismo ha de seguirse toda la grandeza y anchura de una vida fundada en Cristo (cf.
Ef 3, 16-19).

El Apóstol saca con toda energía estas consecuencias morales prácticas de la realidad del bautismo (Rom 6,
12-14). "Se exige de los bautizados un giro radical, existencial y moral, pues por el bautismo precisamente
han recibido un ser nuevo y conforme a él deben caminar, es decir, configurar su vida" (V. WARNACK,
Taufe und Christusgeschehen, p. 321). La primitiva Iglesia tomó completamente en serio el tránsito del
indicativo del b. - que ya en sí mismo es extraordinariamente grande y amplio - a su imperativo, a sus
exigencias morales y existenciales: "A los que ya una vez fueron iluminados (por el bautismo), gustaron el
don celeste, fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, gustaron la buena palabra de Dios y los portentos
del siglo futuro, pero vinieron después a extraviarse, es imposible renovarlos otra vez llevándolos al
arrepentimiento (Heb 6, 5). No podemos entrar aquí en el problema de la penitencia después del b.; pero,
en todo caso, Heb 6, 5 atestigua con qué vigor se recalca la plena seriedad de la obligación bautismal.

5. Liturgia bautismal
El múltiple contenido de la -sencilla acción que, sin embargo, tan altas cosas comunica, se hace visible en la
liturgia del b., la cual inicia pronto su desarrollo. Tal contenido está atestiguado en la Apología, de Justino,
(r, 61), en el escrito de Tertuliano sobre el b. y, particularmente, en la Tradición apostólica, de Hipólito, de
fines del s. ir y comienzos del III. Se comienza por una larga preparación catequética de los aspirantes al b.;
sigue la preparación inmediata con ayunos, oraciones y promesas solemnes; luego la bendición del agua
(por lo menos en Tertuliano). El bautismo propiamente es un auténtico baño en agua corriente, con tres
inmersiones, invocando en cada una (epíclesis) uno de los tres nombres divinos. Por fin se dan la unción, la
sigilación y la imposición de manos. Y ahora -siempre con cierta solemnidad- el nuevo cristiano es admitido
al culto divino de la comunidad de los fieles, al ósculo de paz y a la celebración de la eucaristía. Los tiempos
posteriores no han hecho sino desplegar estas líneas fundamentales: desarrollando el ritual del bautismo
con la profesión de fe, la renuncia a Satanás, la promesa a Cristo, y la forma dada a la administración
propiamente dicha del bautismo y a las acciones que la siguen. El catecumenado se dividió también en una
larga serie de escrutinios, hasta que, en múltiple vaivén de desarrollo y abreviación, se fijó la práctica de la
administración del b. que poseemos en el ritual romano.

6. Estructura fundamental
La evolución es instructiva. En la solemne ceremonia se expresa concretamente la estructura fundamental
del b.: confesión y penitencia como actos personales del candidato mayor de edad; plenitud sacramental y
poderío del baño sagrado en el agua por la virtud del nombre de Dios: sumersión, es decir, inmersión en la
comunidad de muerte con Cristo, a fin de que, por el perdón de los pecados, nazca la nueva vida en Cristo,
prenda y comienzo de la vida eterna, indicada por la blanca vestidura, la luz encendida; y la exigente
exhortación: "guarda tu bautismo" hasta el advenimiento del Señor al que saldremos un día al encuentro
con luces encendidas. Todo esto tiene una fuerza impresionante y un alto simbolismo para el bautizando
adulto. Todo el NT y la época primitiva presuponen que el sujeto del b. es un adulto.

7. Bautismo de niños
Todavía no se habla de bautismo de niños pequeños (lo que tampoco quiere decir que se excluya). El
bautismo de los niños es más bien el resultado natural de una situación totalmente cambiada de la
cristiandad. Después de algunos siglos, una sociedad que era cristiana en su totalidad, quería que también
los niños entraran en la comunión de la Iglesia y, por ende, en la de Cristo. Sin embargo, nunca se compuso
un rito peculiar para el b. de niños. En los primeros tiempos "sólo en muy pequeña proporción se practicó el
b. de niños. Éste, por el número de los sujetos y la importancia del rito, apenas era otra cosa que un
apéndice al b. de adultos... (es decir), al núcleo de los actos de la administración del b.; el ritual del
catecumenado no afectaba a los niños" (STENZEL, Die T'au f e, p. 294 ). De hecho, a partir,
aproximadamente, de los s. iv y v, el b. de los niños vino a ser el caso normal. Para ello se transformó
ligeramente la práctica anterior, y se logró una total adaptación a la nueva situación por medio de
abreviaciones y, particularmente, por la síntesis de las distintas etapas en un orden bautismal continuo. Sin
embargo, fundameltamente no se cambió nada, de suerte que aun hoy día los bautizandos carentes de uso
de razón, mediante la función representativa de los padrinos, son tratados como adultos en lo relativo a la
profesión de fe y renuncia a Satanás, así como a la pregunta sobre su voluntad de recibir el bautismo.

8. La realidad actual
A pesar de estas imperfecciones formales, la actual liturgia bautismal de la Iglesia latina muestra con
suficiente claridad lo que el b. es desde sus orígenes en el NT: acción sagrada, baño de agua (si bien
reducido a un lavado por infusión solamente en la cabeza) acompañado de la palabra, participación en la
muerte, en la sepultura y, luego, en la resurrección de Cristo, lavatorio por el agua santificada en virtud del
nombre de Dios, perdón de todos los pecados, comunicación de la vida, regeneración, admisión en la
filiación adoptiva, y todo ello sostenido, aceptado, afirmado y confirmado por la actitud personal del neófito
o catecúmeno, que se obliga a ponerlo por obra en su vida.

Este b. es posesión viva de la Iglesia y como tal se practica. Contamos con él; es el comienzo; de él nace el
resto de nuestras obligaciones; como nos une con la muerte y resurrección de Cristo, él nos permite esperar
en medio del inagotable "aún-no" la futura consumación escatológica.

II. Reflexión teológica


Qué signifique todo eso, lo ha ido elaborando y asegurando lentamente la teología con reflexión sencilla,
pero impresionante e infatigable.

Repasando ese trabajo, hemos de tratar también nosotros de comprender toda la profundidad de nuestra fe
"en un solo b. para la remisión de los pecados" (símbolo de Nicea, credo de la misa).

1. Los primeros tiempos


Por de pronto hallamos una reflexión sobre la riqueza del don del b. De acuerdo con la viveza del rito que se
ejecuta con auténtica acción, se da aquí un bajar al agua para lavarse de la antigua mortalidad del pecado, y
un subir del agua como paso de la muerte a la vida (Ps: Bernabé y Pastor de Hermas). Así, el b. es baño que
lava los pecados, remisión de todas las penas por éstos merecidas, iluminación para la contemplación
redentora, perfección, es decir, sigilación, entrada plena a través de la frontera de la muerte en la vida de
Cristo (Clemente).

2. Orígenes
Orígenes introduce todas estas ideas dentro del marco de su visión de la historia de la salvación, en una
forma no sistemática, sino ocasional, pero con la profundidad peculiar de su intuición, tan fecunda para
toda la teología posterior. Lo que precedió en tipos y figuras del AT y se cumplió en Cristo, es ahora
resumido y recapitulado en el b. Aquí, como siempre, Orígenes aboga por la primacía del orden espiritual e
interno sobre el exterior y visible, que ha de estar al servicio de aquél.

El b. de la Iglesia adquiere así su verdadero puesto en la historia de la salvación, entre las figuras del AT y
Juan Bautista, por una parte, y la nueva forma (regeneración) de cielo y tierra al fin de los tiempos, por otra.
Allí, en el AT, la figura que por vez primera revelaba era signo indicador; el fin último es el b. escatológico
"en espíritu santo y fuego" (Mt 3, 11). Entremedio está el b. de la Iglesia, como mediación y unión. Él realiza
el signo precedente, pero a su vez es en sí mismo signo que apunta hacia una realidad postrera, aún no
cumplida. En esta doble función está lleno de espíritu y de eficacia salvífica, recibiendo de Cristo toda su
fuerza. Orígenes no agota en estas consideraciones toda la significación y la -también para él- absoluta
necesidad del b. Sólo quiere hacer ver con énfasis que toda la obra exterior del b. adquiere su sentido por
una realidad espiritual, por el hecho de que en el b. de la Iglesia cumplimos los antiguos tipos y figuras,
recibimos la gracia de Cristo y llegamos así a la postrera etapa del b., que es la resurrección escatológica de
toda clase de -> muerte. Orígenes exige además insistentemente que el catecúmeno no sólo realice o haga
realizar en sí el rito tradicional del b., sino que se esfuerce por conocer prácticamente la realidad última que
en el rito se esconde.

El b. es renuncia, conversión, penitencia. El morir ascético del catecúmeno se consuma sacramentalinente


por el b.; sin embargo, "si uno, continuando en el pecado, se acerca al baño de agua, no recibe remisión
alguna de sus pecados" (Hom. in Lc 21).

3. La controversia sobre el bautismo de los herejes


Pero estas consideraciones se quedaron por de pronto en fragmentos, que se yuxtaponían más o menos
inconexamente. En primer término aparece, exigida por las necesidades de la práctica, la reflexión sobre el
carácter irrepetible del b., sobre su carácter totalmente único y singular. El claro y firme reconocimiento de
esta verdad fue logrado en la dura realidad de la controversia sobre el b. de los herejes. La controversia
surgió al plantearse la cuestión de cómo la Iglesia había de tratar el b. administrado en una comunidad
cristiana, separada de ella por el cisma y hasta por la herejía. Las Iglesias de África y algunas de oriente, en
caso de conversión, bautizaban nuevamente al miembro de tales comunidades cismáticas o heréticas. En
cambio, la Iglesia de Roma y la de Alejandría reconocían la validez del b. de los herejes, y sólo practicaban
una reconciliatio, una solemne readmisión en la Iglesia por medio de la imposición de manos. El conflicto
de la distinta práctica vino a convertirse en abierta oposición entre Cipriano de Cartago, por una parte, y
Esteban z de Roma, por otra. Ambos estaban de acuerdo en la fundamental confesión de que no hay un
"nuevo bautismo"; sólo un b. es válido. La cuestión estaba en si el b. administrado por los herejes era
verdadero b. El punto de vista romano se impuso finalmente. Al defender la primacía del factor ministerial
y sacramental, que no queda afectado por la santidad moral del ministro ni aun por la pertenencia a una
falsa iglesia, la Iglesia romana aseguró el primado del poder de Dios.

4. Agustín
Esta idea fue la base de la teología bautismal que desarrolló y acabó Agustín en la discusión con los herejes
de su tiempo. Una vez más se afirma con énfasis que Cristo es autor y señor del sacramento del b., él es su
verdadero ministro; por eso el sacramento no pierde su validez aun cuando sea administrado por un hereje,
pues también éste bautiza con el b. de la Iglesia, con el b. de Cristo, "que en todas partes es santo por sí
mismo y, por tanto, no es propiedad de los que se separan, sino de aquella comunidad de que se separan"
(De bapt. t, 12, 19). En época posterior, sobre todo en su lucha contra los pelagianos y en el estudio de la
cuestión del b. de los niños, Agustín recalcó aún más fuertemente el factor objetivo del sacramento. Sin
estar ligado por el sacramento a la acción saludable de Cristo (primera y fundamentalmente por el b. y luego
por la participación en la mesa del Señor), "nadie puede llegar al reino de Dios, ni a la salvación y vida
eterna" (Sobre el mérito, el perdón de los pecados y el b. de los niños i, 24, 34). Mas, por otra parte, y ésta es
la herencia permanente de su controversia con los donatistas, Agustín no dejó nunca de prevenir contra
todo automatismo del sacramento. Sin la fe no se realiza en absoluto el sacramento; éste es ya expresión del
acto personal de fe, por lo menos de la madre Iglesia. Es sacramento de esta fe, signo sagrado de la fe en
Cristo y en su gracia. Pero luego, aun cuando sea válido, sin la caridad de nada sirve, no es fructuoso. De
esas consideraciones salió finalmente la idea de que el b., debidamente administrado, en virtud del
verdadero ministro que es Cristo, siempre se confiere válidamente (pero no por "mágico" poder del rito,
sino por la fe básica, que abre el acceso a Cristo); en otras palabras, de que imprime al bautizado una nota o
señal indeleble (y por eso no puede repetirse); mas para que despliegue efectivamente su fecundidad, es
menester concurran la fe y la caridad del que lo recibe. Aquí están, entre otras cosas, los fundamentos de la
posterior doctrina, que es actualmente nuestra, sobre el carácter del b., sobre la señal indeleble que el rito
bautismal imprime en el alma.

5. La madurez plena de la teología bautismal


El período clásico de los padres de la Iglesia -los s. iv y v - llevó a su madurez plena la teología del b. en estos
y en otros puntos. Los distintos temas o motivos de la teología del NT y de la primera época patrística son
desarrollados armónicamente; en las catequesis bautismales de los obispos se nos dibuja un cuadro general
impresionante del gran misterio del b. El b. es aquella acción sagrada en que se nos hace presente, para
iniciarnos en la vida cristiana, la obra salvadora de Cristo, su muerte y resurrección, a fin de conformarnos
con el Señor crucificado y resucitado. Lo que una vez aconteció en él se realiza en nosotros por el b. para la
formación de la nueva vida, para nuestra regeneración; y esto de suerte que el Espíritu Santo, enviado por el
Señor resucitado y levantado a la diestra del Padre, llena y santifica el elemento sensible del agua, a fin de
lavarnos y purificarnos con ella.

De importancia permanente es además el hecho de que los padres, ya desde los tiempos de Tertuliano,
designaron la acción litúrgica de la iniciación mediante este "baño acompañado de la palabra" con el
nombre de sacramentum o (latinizando el mysterion griego) con el de mysterium, términos usados también
para otras acciones sagradas. A más tardar en el curso de los s. m y iv, "se llegó a un fijación técnica de la
palabra en este sentido" (K. Prümm, "Mysterium" von Paulus bis Origenes: ZKTh 61 [ 1937 ] p. 398 ). El b.
es sacramento, lo cual significa en el sentido de esta primera fijación, que es una acción sagrada con la
obligación contraída bajo juramento (a la manera de la jura de bandera, sacramentum del soldado romano)
de ser fiel en el servicio de Cristo. Pero el bautismo es además sacramento porque realiza el sentido pleno
de la palabra mysterion, ya que es una acción por la que se consagra al creyente, la cual transmite una
imagen de lo representado y aprehendido en la fe y configura con ello. El b. es mysterium porque en él se da
una figura de la muerte y resurrección de Cristo, porque él nos hace partícipes de la acción pascual por la
que Cristo pasó de la muerte a la vida.

Junto a esta visión que se funda sobre todo en la teología paulina del b. en la muerte de jesús, aparece otra,
importante ya al principio y luego cada vez más, a saber, la del Espíritu de Cristo que llena con su virtud
santificante el agua bautismal. Las grandes cosas que nos comunica el b., las opera por la virtud del Señor
crucificado y resucitado, el cual, invocado a través de una consagración especial, a través de la - cada vez
más compleja- consagración del agua bautismal, y luego a través de la mención del nombre de Dios, llena
actualmente el agua con el poder de su Espíritu Santo y la fecunda, a fin de que ella, como seno santo de la
madre Iglesia, pueda regenerar para la vida: " ...a fin de que los hijos del cielo, concebidos en la santidad,
salgan, del seno inmaculado de esta divina fuente, renacidos como una nueva creación (Misal Romano,
bendición de la pila bautismal en la noche de Pascua).

6. Teología escolástica
La época posterior guardó fielmente el legado de las ideas elaboradas por los padres, y las redujo a una
síntesis cada vez más completa. Así, la teología escolástica trató de interpretar el b. como signo sagrado,
como sacramento de la fe, en el que se confiesa y aprehende a Cristo y su universal acción salvífica, como un
signo compuesto de elemento (materia) y palabra (forma). Según los escolásticos, el b. representa nuestra
santificación apuntando en una triple dirección: hacia su causa (pasada, histórica, pero actualmente eficaz),
que es la pasión de Cristo; hacia su realidad formal, la gracia (la cual está presente y configura con el
prototipo); y hacia su consumación escatológica (que aún ha de llegar y conferirá la última y suprema
configuración con la imagen ejemplar, que es Cristo). Pero a la vez el signo bautismal es causa instrumental
de la santificación significada. Como tal está en manos del verdadero autor de toda salvación, Cristo mismo.
Él permanece siempre el Señor de sus sacramentos y el administrador de la salvación, de tal modo que en
ocasiones la comunica sin el b., p. ej., cuando la comunica a un mártir ( -a martirio) a través de su muerte o
cuando, en el mero bautismo de deseo (véase a continuación), se anexiona discípulos a través de la fe. A par
de este análisis de la verdadera naturaleza del sacramento del b., viene luego, en la teología escolástica, el
estudio general de todas las cuestiones que atañen a la administración, al ministro, al sujeto y a los efectos
del b.; el sacramento mismo queda ordenado en el contexto general de los siete sacramentos del NT.

Dentro de este estudio, se esclarece particularmente la significación del carácter impreso por el b. El punto
de partida para esto es la imposibilidad de repetir el b. Administrado con recta intención, el b. es siempre
válido, aunque, por falta de disposición del bautizado (adulto), permanezca infructuoso. A la verdad, ya esta
validez objetiva sólo es posible a base de un mínimo de fe y de buena voluntad, sin las cuales no se puede
conferir ninguna realidad salvífica. Como fundamento que sustenta la realid d del b. recibido válida pero
infructuosamelte se aduce el carácter impreso. Éste es concebido como un algo misterioso, como un don
impersonal y objetivo de la gracia, como un signo de distinción y de dignidad, como una realidad significada
y que a su vez significa otra cosa. El carácter es así un término medio entre la meramente externa y
meramente significante acción sacramental (sacramentum tantum), por una parte, y la última realidad
interna de la vida de gracia (res tantum), por otra parte; en cierto modo es una configuración germinal con
Cristo. Tomás de Aquino interpreta el carácter de modo ingenioso y esclarecedor, aunque no del todo
convincente, por lo cual su explicación aun hoy día no es aceptada por todos. Él lo concibe como "cierta
capacidad para las acciones jerárquicas (cultuales), es decir, para la administración y recepción de los
sacramentos y de lo demás que compete a los fieles (In Sent. iv, d. 4, 1. sol. 1).

7. Época de la reforma
Los reformadores del s. xvi, por su excesiva insistencia en la palabra y en la fe fiducial subjetiva, negaron
teóricamente el concepto sacramental católico; pero, prácticamente, no llevaron a sus últimas
consecuencias la dinámica revolucionaria de su principio. En todo caso, dejaron subsistir de hecho el b., y
particularmente el b. de los niños, como instrumento de gracia en el sentido propio de la palabra. En
cambio, el concilio de Trento defendió la doctrina tradicional y dio por válido su desarrollo histórico-
dogmático. Afirmó en concreto los siguientes pensamientos: el b. cristiano, que opera lo que significa, es
superior al de Juan Bautista; ha de mantenerse el carácter sensible del baño de agua (acompañado de la
palabra); rectamente administrado según la intención de la Iglesia, el sacramento es siempre válido; no es
sólo signo de la fe, sino que además produce la gracia ex opere operato, es decir, por el poder de Dios que
obra en el sacramento (y no por la voluntad o santidad del hombre); por esta poderosa acción de Dios es
también válido el b. de los niños; todo b. reiterado es nulo; la fuerte insistencia sobre esta virtud del
sacramento no pasa en modo alguno por alto la necesidad de que el neófito adulto se prepare debidamente
para recibirlo; el b. es necesario para alcanzar la salvación; la gracia del b. puede perderse de nuevo por el
pecado grave (ses. 7, cánones sobre el sacramento del b., 1-14; Dz 857-870).
III. Teología actual
Con sus cánones sobre el b., el concilio de Trento sólo quiso asegurar y delimitar el legado de fe de la
doctrina tradicional. Sigue siendo obligación de todos darse plenamente cuenta, dentro del marco así
trazado, de la riqueza tradicional; no basta, pues, estancarse en las fórmulas de reprobación o de anatema
del Tridentino. Es comprensible que la teología de la época posterior, impresionada por la obra conjunta del
Concilio, cediera un tanto a la tentación del mero acatamiento, y con ello estrechara su horizonte. Hoy la
situación es otra; ya la mera necesidad del diálogo ecuménico, y más aún los intensos impulsos
provenientes del movimiento litúrgico y del estudio profundizado de la palabra de Dios conducen
inevitablemente a una ampliación y reelaboración de la teología del b.

1. La renovación litúrgica
La renovación lítúrgica ha reavivado nuestra conciencia del b. (-> Movimiento litúrgico, en liturgia, D). Esto
repercute, ante todo, en un conocimiento más a fondo del sacramento mismo, como acción sagrada que está
llena de una gran significación interna y, por tanto, requiere una celebración digna para expresar su
contenido. De ahí viene la mayor estima del simbolismo sensible del acto del b., un tanto mermado hasta
ahora como consecuencia de un minimalismo sacramental. A eso va unida una más clara conciencia de la
unión esencial entre la administración del b. y la celebración de la vigilia pascual. En efecto, se pone de
manifiesto que el b. es un sacramento pascual, en el que el catecúmeno realiza fundamentalmente y por vez
primera el transitus paschalis, el paso de la muerte del pecado y del hombre viejo a la vida de la
resurrección del hombre nuevo en Cristo. La percepción del sentido auténtico del sacramento hace que
aspiremos a una expresión más clara y convincente del mismo.

2. Los deseos de reforma


Los deseos de reforma, que fueron concretamente formulados en el concilio Vaticano ir, se refieren ante
todo al ritual del b. de los níños, que prácticamente es el que se usa en la inmensa mayoría de los bautismos.
"La ficción de un interlocutor responsable sobrecarga la situación del párvulo" (Stenzel, o.c. 296). Nuestro
afán de autenticidad exige que "se deje al niño en sus límites y sólo así se lo tome como socio" (¡bid), y que
se diga, por tanto, lo que de hecho sucede, lo cual puede describirse en pocas palabras: Ahí está un niño, al
que Dios por medio de la Iglesia promete, transmite y regala su gracia, con la obligación para la Iglesia
misma, los padres y padrinos de conducir a ese niño a que libremente acepte y guarde la gracia salvífica que
se le ha regalado. Por lo demás, no habría que cambiar mucho o sólo cosas inesenciales en el ritual del
bautismo de los niños (cf. Stenzel, o.c. 297s).

Más importante es una reforma del ritual del b. de adultos, que actualmente no es caso excepcional aun
fuera de países de misión. Aquí parece darse la alternativa siguiente: partiendo del hecho de que el actual
ceremonial, desproporcionado en su conjunto, es en su mayor parte un resumen apretado del
catecumenado ahora inexistente y, por ende, un mero anacronismo conservado por espíritu tradicionalista,
síguese que, para procurar al neófito adulto una participación viva y activa en la recepción del sacramento,
o bien habría que acortar el ceremonial eliminando razonablemente todo lo anticuado, o bien se debería
restaurar la institución del catecumenado dentro del marco de lo actualmente aconsejable y posible (cf.
Stenzel, o.c. 303). Como hay muchas razones en pro de esto último, el deseo de reforma se extendería
concretamente a que se dejara de administrar el b. en un solo acto. Se debería, pues, volver a la separación
cronológica entre la preparación y la administración del b. La acción total podría repartirse en tres actos
separados entre sí, que, de acuerdo con las circunstancias, se prolongarían durante un tiempo más o menos
largo. En el primer estadio, ad catecumenum faciendum (apertura del catecumenado), se cultivaría el
diálogo entre el candidato al b. y la Iglesia; en el segundo período, predominarían los exorcismos; como
tercer período y culminación seguiría la administración del b.: renuncia a Satanás (con unción), símbolo de
la fe, baño de agua (bautismo mismo) y ritos finales (sobre otros pormenores cf. Stenzel, o.c. 305-307).
Acerca de la nueva configuración de la liturgia del b. de adultos, a base del "Consilium ad exsequendam
Constitutionem de sacra liturgia", véase Fischer, Notitiae 3 (1967), p. 55-70.

3. Problemática del b. de niños


Sin embargo, la gran importancia, tan actual, del b. de adultos no debe hacernos pasar por alto el derecho
propio, la legitimidad y valor peculiar del b. de niños. La teología protestante en los últimos años se ha
ocupado a fondo de este problema. Quien toma plenamente en serio las ya mentadas tesis del antiguo
protestantismo, tropieza en el b. de niños con un obstáculo casi insuperable. Mas si se acepta, de acuerdo
con la práctica de todas las Iglesias, aun de las protestantes, el b. de los niños, eso implica directamente una
toma de posición en pro de una interpretación realista del b. y de su eficacia.

4. Realismo sacramental
Precisamente los representantes de la exégesis protestante, .así como de la historia de las religiones y de la
Iglesia, han reconocido de nuevo el realismo de la antigua concepción cristiana del sacramento. Cierto que
en un primer estadio han creído descubrir un parentesco estrecho entre este realismo y la magia; y, por eso,
el miedo a la confusión del sacramento con el signo mágico (incluso allí donde está verdaderamente
excluida semejante confusión) aun en la actualidad dificulta a muchos teólogos protestantes para la emisión
de un juicio objetivo. Pero, en conjunto, se resalta - y muchas veces con insistencia -"que Pablo atribuye al
b. una "auténtica actividad mistérica", en virtud de la cual el que era pecador queda convertido en un
hombre liberado del pecado y misteriosamente unido con la muerte y resurrección de Cristo" (B.
Neunheuser, o.c., 100). Tales conclusiones abren nuevas posibilidades para justificar el b. de los niños; pero
su auténtica importancia es evidentemente mucho mayor, pues ellas permiten una nueva fundamentación y
elaboración conceptual de la doctrina tradicional del b. a partir de la -> palabra de Dios.

Dentro del marco de la problemática que así se plantea, también la teología católica puede y debe, incluso
hoy, prestar atención especial a los tres factores siguientes del b.:
a) El b. es una sagrada acción mistérica; es la comunicación sacramental de la gracia; pero constituye
también una acción personalísima del bautizando adulto. Cono acto mistérico, el b. es una acción de
iniciación, de introducción en la verdadera existencia cristiana. En dicha acción, bajo la envoltura del rito
visible (bajo el signo de la sumersión, del rito del baño de agua -que, aun realizado en modesta forma
abreviada, se conserva todavía en el lavado actual por infusión -, y de la invocación de la Trinidad divina),
se hace cultualmente presente la históricamente única muerte salvífica de Cristo, de modo que el
bautizando puede conrealizarla y reproducirla. Al morir y ser crucificado con Cristo, se une a él, para
resucitar también con él a la nueva vida del "estar en Cristo Jesús", esperando llegar un día a la realidad
plena de esta vida resucitada (cf. V. Warnach, p. 332).

b) Mas si partimos del signo visible del baño de agua en cuanto es un lavado, o sea, si partimos de la forma
que prácticamente predomina en la actualidad, por el mismo rito conocemos la realidad bautismal como
lavatorio, como purificación del hombre pecador por la sangre preciosa del cordero de Dios, por el agua que
brotó del costado abierto del Señor crucificado. El instrumento de este poder purificante y redentor de
Cristo es el agua bautismal, la cual, llena de la virtud del Espíritu Santo por la invocación del nombre de
Dios, libra al bautizado de todo pecado y lo vivifica para la nueva vida de la "regeneración por el agua y el
Espíritu Santo" (Jn 3, 5). Así se le abre al bautizado la puerta para entrar en el reino de Dios. Ahora bien,
ora consideremos el b. como la realización de la crucifixión, ora lo consideremos como instrumento del
Redentor para purificarnos y lavarnos, para darnos la gracia y vivificarnos, él es siempre obra de Dios,
comunicación soberanamente poderosa de la acción salvífica de Cristo, que actúa sobre el pecador con todo
poderío, por misericordia, por amor preveniente y gratuito, pero que desde este momento obliga y exige la
obediencia del hombre.

c) Con ello se da el tercero y último factor que hemos de considerar. Nada, absolutamente nada de magia se
halla en este acto sacramental. La magia es, en realidad, la muerte de toda religión auténtica (-->
superstición). Pero el poderío y la certeza de la acción sagrada que se realiza en el misterio del b. y que brota
ya de la fe, propiamente no son sino la manifestación del poder de Dios, quien, por gracia libremente dada,
ha escogido ese camino para nuestra redención, en perfecta armonía con el hecho fundamental de la
encarnación del Logos y con la naturaleza corporal y espiritual del hombre. El b. proclama realmente la
suficiencia universal de la Gran Acción, de la históricamente única redención de Cristo; ésta adquiere
eficacia actual en el b.

5. Exigencias del b.

El b. obliga y exige, y lo hace en conformidad con el estado espiritual del hombre. El b. da al párvulo lo que
puede recibir, a saber, la filiación divina, la liberación de la culp a original y de la ira de Dios; pero por eso
precisamente el b. obliga al niño a que, llegado al uso de razón, libremente, por la fe y la caridad, confiese la
realidad de su b. y conforme a ella su vida, con la esperanza de consumar en la eternidad la gracia que se le
ha dado y él ha guardado. Si esto no se diera, el b. no podría llegar a su último y verdadero efecto.

En cambio, al neófito adulto el b. le obliga inmediatamente. Sin su libre disposición, sin el "sí" dado con fe,
sin su decidida renuncia al pecado, sin su libre adhesión a Cristo, a su muerte y resurrección, el b. es
infructuoso, por más que en sí, por haber sido administrado rectamente, tenga validez e incluso haya dado
al bautizado aquel primer contacto con Cristo que lo marca y hace propiedad suya. La fuerza de esta
realidad fundamental está en que, si el marcado con el carácter aparta el óbice que antes oponía a la gracia y
hace penitencia, puede en todo momento acercarse a Cristo como fuente de la verdadera vida. El b. es
realización viva de la comunión con Cristo, comienzo y acto primero de aquella existencia, descrita en el NT,
que significa precisamente intimidad, connaturalidad recibida por la virtud del Espíritu Santo de Cristo
para escuchar lo que Dios dice y quiere, mayoría de edad y libertad de los hijos de Dios (cf. p. ej., Heb 8, 8 -
13 y 10, 15-17, en relación con Jer 31, 31-34). Sólo puede administrarse al que cree de todo corazón (cf. Act
8, 37), al que lo desea libremente, al que está dispuesto a ser bautizado "en la muerte de Cr isto" (Rom 6) y a
guardar su b., a permanecer de veras discípulo de Cristo por la obediencia a los mandamientos de Dios y del
mismo Cristo, para que así, a la vuelta del Señor para las bodas escatológicas del cordero, pueda salirle al
encuentro, en unión de todos los santos, con la luz encendida que le dio el b., y sea admitido, por gracia, en
el reino de los cielos.

Así, pues, el b., sobre todo como primero y fundamental sacramento, es de manera singular el sacramento
de la -> fe en Cristo, la concreción, por decirlo así, de esta fe. Por eso precisamente, en el llamado b. de
deseo, si las circunstancias hicieran imposible la recepción del sacramento, la fe sola podría comunicar la
comunión con Cristo y su acción salvifica. Esto no hace superfluo el b. mismo. E1 que verdaderamente cree
en el Señor está dispuesto a cumplir todo mandato suyo y, por tanto, en cuanto de él depende, quiere
también recibir el b. En consecuencia, tampoco a él se le da la salvación eterna sin el deseo (por lo menos
implícito) del b. y, aun después de la justificación así recibida, la recepción del b. sigue siendo necesaria,
pues él incorpora a la comunidad exterior de culto, que es la Iglesia, y capacita con ello para participar de
toda su vida sacramental en Cristo.

IV. Fundamento de toda vida cristiana


Visto en esa plenitud, el b. es realmente el "feliz sacramento de nuestro baño", el fundamento de una
nobilísima vida, de la vida en Cristo jesús, cuya base existencial entera está (ya ahora) en el cielo, de donde
esperamos (aún) al Señor Jesús como salvador, "el cual transformará nuestro cuerpo de bajeza, conformado
con su cuerpo de gloria" (Flp 3, 20-21). Él nos obliga desde ahora, "para el poco de tiempo" intermedio, a
morir al pecado y vivir en Cristo nuestro Señor. Es más, nos impone el mandato de actuar en una vida de
acción cultual, de acuerdo con la dignidad, conferida en el carácter bautismal, del regio sacerdocio del
hombre neotestamentario, dispuesto para la concelebración del misterio eucarístico, en memoria de lo que
hizo el Señor, dando gracias al Padre por Cristo y llevando a cabo aquella adoración en espíritu y en verdad
que pide el Padre mismo (cf. Jn 4, 23 -24).

Pero el b. pide aún mucho más: que permanezcamos en el amor con que y al que Cristo nos ha llamado, que
llevemos unos las cargas de los otros y cumplamos así la ley de Cristo. En virtud de la comunión con Cristo
que se nos ha dado en el b., podemos y debemos llevar a cabo en adelante lo que actualmente llamamos la
"misión universal de los cristianos", a saber: por el cumplimiento de nuestro deber, dar testimonio de Cristo
en medio del mundo, en espera de la última manifestación de su gloria, hasta que Dios, lo sea todo en todos
(cf. 1 Cor 15, 28).

Burkhard Neunheuser
B) BAUTISMO DE DESEO

I. Visión histórica
En la Escritura al lado de las afirmaciones que expresan la necesidad del bautismo para salvarse hay otras
que acentúan solamente la fuerza justificante de la --> fe (p. ej., Rom 3, 22). La teología de los padres no
tuvo siempre en cuenta esta polaridad de las afirmaciones de la Escritura. La doctrina de la necesidad del
bautismo para salvarse pasó muy a primer plano. Sin embargo, en Ambrosio (De obitu Valentiniani
consolatio 51: PL 16, 1374), en Tertuliano (De baptismo 18ss: PL 1, 1224), en Cipriano (carta 73 , 22: PL 3,
1124), en Cirilo de Jerusalén (Catequesis 13, 30s: PG 33, 809s), en Juan Crisóstomo (In Gn. hom. vil, 4: PG
54, 613), y en Agustín (De baptismo contra Donatistas iv, 22, 25: PL 41, 173s; cf. también las citas de
Agustín y de Ambrosio en la carta de Inocencio ii a Eusebio de Cremona: Dz 388) se encuentran
afirmaciones sobre el b. de deseo.

Fue el instrumento teológico de la edad media el que hizo posible la reflexión sistemática acerca de cómo el
hombre que no ha recibido el sacramento del bautismo puede participar de la comunión con Dios por la
gracia. Ya Bernardo de Claraval (Ep. 77, 2) y Hugo de San Víctor (De sacr. ir, 6, 7 ), entre otros, enseñaron
que, si bien los sacramentos son los medios ordinarios de la gracia, sin embargo, la misma disposición
perfecta para recibirlos, creada por la fe y el amor, confiere al hombre la -> justificación.

Puesto que esa disposición está ordenada al -> sacramento como un "deseo del mismo", la justificación que
precede a su recepción fue considerada como una especie de anticipación de la gracia sacramental. Con
relación al bautismo esta doctrina pronto se hizo común y, más tarde, también fue aceptada por el concilio
de Trento (Dz 797). La clase de disposición que es necesaria para adquirir los efectos del bautismo (sin
bautismo), fue un punto de especial discusión entre los teólogos medievales. Una teoría muy extendida -
defendida también por Tomás de Aquino - decía que antes de la venida de Cristo era suficiente creer en
Dios y en su providencia gratuita respecto a la humanidad. Esta fe era considerada como una -> fe implícita
en el Cristo futuro. Pero. después de la venida de Cristo, según Tomás de Aquino, es necesaria la aceptación
explícita del mensaje cristiano. Ésta fue también su opinión en la discusión sobre la universal -> voluntad
salvífica de Dios (en -> salvación).

En la edad media era creencia universal que, en líneas generales, el evangelio ya había sido proclamado en
todas las partes del mundo y que los infieles, reducidos ya a un número relativamente pequeño, vivían al
margen de la civilización. Sin embargo, a raíz del descubrimiento de América y del lejano Oriente se hizo
más urgente la cuestión de la salvación de estos grupos de hombres. Muchos teólogos opinaban que los
pueblos de más allá de los mares, que jamás habían oído el mensaje de la salvación en jesucristo, estaban en
la misma situación salvífica que la humanidad antes de la encarnación de Cristo. Y, por tanto, que su fe en
un Dios que gobierna el universo con misericordia y justicia, equivalía a la aceptación implícita del
evangelio cristiano y debía imputárseles como bautismo de deseo.

Estas reflexiones acerca de cómo Dios se pone en contacto con los hombres fuera del ámbito de la acción
cristiana tuvieron como punto de partida la idea de que Cristo es el único mediador de la salvación y de que
su gracia toca el corazón de cada hombre de tal modo que él deba responder a su invitación.

Esa idea general del bautismo de deseo fue confirmada formalmente por la Iglesia en la carta de Pío xii al
cardenal Cushing de Boston en el año 1949 (DS 3869 hasta 3872). Esta carta explica el significado de la
fórmula dogmática "fuera de la Iglesia no hay salvación" en los siguientes términos: En ciertas
circunstancias, que están especificadas, basta para salvarse un voto implícito del bautismo - y, con ello, de la
Iglesia-, por cuanto este deseo está inspirado por la fe sobrenatural y soportado por el amor de Dios, o,
dicho de otro modo, por cuanto este deseo es la obra de Dios mismo en el hombre.

El concilio Vaticano ir habla de la voluntad salvífica universal de Dios en relación con el hecho de la
pertenencia a la Iglesia, concretamente en la Constitución dogmática sobre la Iglesia "Lúmen gentium"
(Cap. ri art. 16): "Por fin los que todavía no recibieron el Evangelio están relacionados con el pueblo de Dios
por varios motivos. En primer lugar, por cierto, aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las
promesas y del que nació Cristo según la carne (cf. Rom 9, 4s)... Pero el designio de salvación abarca
también a aquellos que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que,
confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará
a los hombres en el último día. Pero Dios no está tampoco lejos de aquellos otros que entre sombras y
figuras buscan al Dios desconocido, puesto que todos reciben de él la vida, la inspiración y todas las cosas
(cf. Act 17, 2528) y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (Cf. i Tim 2 , 4). Quien sin culpa suya
desconoce el evangelio y la Iglesia de Cristo, pero busca a Dios con corazón sincero y se afana por hacer
realidad con la ayuda de la gracia la voluntad de Dios, reconocida en la voz de la conciencia, puede alcanzar
la salvación eterna..." (cf. también ir, 9). Pero aquellos que han reconocido la necesidad de la Iglesia para
salvarse, necesitan imprescindiblemente del b. como "puerta" de la Iglesia y, con ello, de la salvación (Ibid.,
art. 14; Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, cap. i, art. 7).

II. Reflexión sistemática


Puesto que actualmente vemos con toda evidencia que el pueblo de Dios de la antigua y la nueva alianza fue
y es sólo una pequeña minoría dentro de la familia humana, hoy resulta mucho más urgente que en la época
de los grandes descubrimientos reflexionar sobre el destino salvífico de la mayor parte de la humanidad. La
elección del pueblo de Dios por medio de la gracia ¿significa que la acción salvífica de Dios no se realiza
fuera de este pueblo más que raras veces y a modo de excepción? ¿No hay que suponer que Dios, habiendo
revelado en Jesucristo su universal voluntad salvífica, lleva a cabo la salvación de los hombres tanto en la
Iglesia (donde su acción es "reconocida") como fuera de ella (donde esta acción no es "reconocida" como
tal)? La elección irrevocable que Dios hace de la humanidad en la --> encarnación, la eficacia universal del
sacrificio de Cristo y su victoria definitiva sobre el -> pecado y la -> muerte significan que, con la venida de
jesús, la humanidad entera ha entrado en una nueva situación salvífica. Ella ha recibido una ordenación
objetiva a la forma de ser del Cristo resucitado, ordenación que se funda en la absolutamente libre voluntad
reconciliadora de Dios. Por tanto con el concepto de b. de deseo se intenta hacer comprensible la posible
existencia de una acción salvadora y santificadora de Dios en la humanidad fuera de los límites visibles de la
Iglesia.

El único mediador de la gracia es -> Jesucristo. Una vez concluida la revelación visible con la muerte y
resurrección de Jesús, esta gracia se nos transmite a través del Cristo pneumático en su -> Iglesia, la cual,
debido a la encarnación de su Señor, es una realidad sacramental y visible, de modo que se edifica sobre la
dimensión de la corporalidad. El b. nos introduce siempre en esta comunidad de la gracia que Cristo, como
su centro, sustenta siempre a través de los --> sacramentos. A ese centro del misterio de la redención está
ordenada la creación entera. Cristo, meta de la Iglesia y del universo, como "cabeza" de la creación actúa a
través de la Iglesia y de su corporalidad incluso en aquellas partes del mundo que no pertenecen a la Iglesia
visible y todavía no han sido alcanzadas explícitamente por ésta (cf. voluntad salvífica de Dios, en ->
salvación, -> gracia, historia de la -> salvación). Ciertamente, esta acción salvífica se produce
extrasacramentalmente (pues en ella no intervienen los sacramentos de la Iglesia visible) y, sin embargo,
bajo algún aspecto también se produce " sacramentalmente", ya que Cristo es el protosacramento por
excelencia y, además, dicha acción se halla ordenada precisamente a la Iglesia visible y sacramental, a la
cual todos están llamados, por cuanto es la comunidad de los "últimos tiempos", en la que Cristo goza de
una presencia misteriosa. Cristo es el representante de todo el linaje humano, el cual, por eso mismo, está
ya fundamentalmente ("objetivamente") justificado, aunque esta -> justificación deba ser aceptada y
realizada personalmente por cada uno. En virtud de ese horizonte tan amplio de la redención, cualquier
gracia que se le comunique al hombre (aun fuera de la Iglesia) es "sacramental". Y bajo la gracia está el que
sigue la voz de su --> conciencia, en la cual se percibe la llamada de Dios; él se halla ordenado en su acción a
la comunión en la gracia con la comunidad escatológica del pueblo de Dios. Su acción permite sospechar,
por lo menos, un deseo implícito del b., una presencia de la gracia en el fondo de su ser, y, por consiguie nte,
una posibilidad de salvación, pues esto sólo puede proceder de Cristo y de su cuerpo místico, la Iglesia. En
este sentido el b. de deseo puede ser considerado como una introducción "inicial" a una realidad que no
aparece perfectamente más que en la Iglesia (Vaticano 77: De Eccl. 77, 14; A. GRILLMEIER, Kommentar
xur Const. dogmatica de Ecclesia, 77, 14: LThK, Vat I, 200). Sobre la estructura teológica de esta fe
implícita, cf. --> voluntad salvífica de Dios (en salvación) y preparación a la -> fe entre otros artículos.

Como ese bautismo de deseo es el camino de salvación de la mayoría de los hombres, conviene aclarar
brevemente y de una manera psicológica en qué consiste la disposición interna para este camino de
salvación. Puesto que Cristo es el único mediador, hay que suponer que el misterio de la justificación y
santificación de los no cristianos se identifica fundamentalmente con la justificación y santificación de los
cristianos por la -> fe, la -> esperanza y el -> amor. Cuando un hombre encuentra la libertad interna de
renunciar a su egoísmo y a su egocentrismo, y se entrega desinteresadamente a los demás, todo lo que le
sucede puede ser calificado de un morir a sí mismo y resucitar a una nueva vida. Un hombre así está
liberado - en forma análoga- de la doblez natural de su ser. Puesto que semejante triunfo es obra de la
gracia, lo que sucede a este hombre puede ser considerado como una participación en la muerte y
resurrección de Jesús o, dicho de otro modo, como una especie de b. Este hombre lleva impresa - aunque
sólo "inicial" e imperfectamente - la imagen de Jesús.

Esta forma de mostrar experimentalmente la posibilidad de salvacón es profundamente cristiana, pues un


mismo tipo de vida - bien se dé dentro o bien fuera de la Iglesia -debe tener igual raíz, a saber: la acción
salvadora de Dios. Indudablemente, el germen cristiano puede descubrirse bajo muy diversas experiencias.
Por eso también hemos de reconocer un espíritu cristiano a la mentalidad teológica que encontramos en
obras como el escrito polémico Honest to God (Lo 1963) del obispo anglicano J.A.T. Robinson. En el
movimiento teológico que ahí se exterioriza, se pretende formular la buena nueva de la salvación bajo un
lenguaje adecuado al pensamiento contemporáneo y a nuestra experiencia actual del mundo, para mostrar
que la verdad de Dios tiene un universal poder salvífico y santificador.

Gregory Baum

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A. NOMBRES 1. baptisma (bavptisma, 908), bautismo, consistente en el proceso de inmersión, sumersión,
y emergencia (de bapto, mojar, empapar). Se usa: (a) del bautismo de Juan, (b) del bautismo cristiano,
véase B más adelante; (c) de los abrumadores sufrimientos y juicio a los que se sometió voluntariamente el
Señor en la cruz (p.ej., Luk_12:50); (d) de los sufrimientos que iban a experimentar sus seguidores, no de
un carácter vicario, sino en comunión con los sufrimientos del Señor de ellos. Algunos mss. tienen esta
palabra en Mat_20:22,23; se usa en Mc 10.38,39 con este significado. 2. baptismos (baptismov", 909), en

distinción a baptisma, la ordenanza, se usa del lavamiento ceremonial de artículos (Mc 7.4, 8, en algunos
textos; Heb_9:10; una vez en un sentido general, Heb_6:2). Véase LAVAMIENTO. B. Verbo baptizo
(baptivzw, 907), bautizar, primariamente forma frecuentativa de bapto, mojar. Se usaba entre los griegos
del teñido de vestidos, de sacar agua introduciendo una vasija en otra más grande, etc. Plutarco la usa de
sacar vino introduciendo la copa en el cuenco (Alexis, 67) y Platón, metafóricamente, de estar abrumado
con interrogantes (Eutidemo, 277 D). Se utiliza en el NT en Luk_11:38 de lavarse (como en 2Ki_5:14 «se
zambulló», LXX); véase también Isa_21:4, lit.: «la iniquidad me abruma». En los primeros capítulos de los
cuatro Evangelios y en los Hechos (1.5; 11.16; 19.4), se usa del rito ejecutado por Juan el Bautista, que llamó
al pueblo al arrepentimiento, a fin de que pudieran recibir la remisión de los pecados. Aquellos que
obedecieron vinieron «confesando sus pecados», reconociendo así la inaptitud de ellos para estar en el
venidero reino del Mesías (Mat_28:19). Distinto de este es el bautismo ordenado por Cristo (Mat_28:19),
bautismo este que debía ser asumido por creyentes, dando así testimonio de su identificación con Él en
muerte, sepultura y resurrección (p.ej., Act_19:5; Rom_6:3, 4; 1Co_1:13-17; 12.13; Gl 3.27; Col_2:12). La
frase en Mat_28:19 «bautizándoles en el nombre» (cf. Act_8:16) indica que la persona bautizada era
mediante ello estrechamente ligada a, o venía a ser la propiedad de aquel en cuyo nombre era bautizada. En
Act_22:16 se usa en la voz media, en el mandato dado a Saulo de Tarso: «levántate y bautízate», siendo el
significado de la forma en voz media «hazte ser bautizado». La experiencia de aquellos que estuvieron en el
arca en la época del diluvio fue una figura o tipo de los hechos de muerte espiritual, sepultura, y
resurrección; siendo el bautismo cristiano un antitupon, «un tipo correspondiente», «que corresponde a
esto» (1Pe_3:21). Asimismo, la nación de Israel fue bautizada en figura cuando fue hecha pasar a través del
Mar Rojo bajo la nube (1Co_10:2). El verbo se utiliza metafóricamente también en dos sentidos distintos:
en primer lugar, del bautismo por el Espíritu Santo, que tuvo lugar el Día de Pentecostés; en segundo lugar,
de la calamidad que iba a caer sobre la nación de los judíos, un bautismo de fuego del juicio div ino por el
rechazamiento de la voluntad y de la palabra de Dios (Mat_3:11; Luk_3:16). Véase LAVAR.
  

c

El agua viene ligada con la idea de purificación en casi todas las religiones. En el AT pasa lo mismo. Los
‡lavamientos previos a la adoración aparecen señalados por la existencia de la fuente en el ‡tabernáculo, en
la cual los sacerdotes tenían que lavarse las manos y los pies antes de oficiar. Después de un accidente que
causara impureza ritual, había que lavarse con agua (Lev_15:11). De estos lavamientos se habla en
Heb_9:10 usándose la palabra ³abluciones´ (gr. à ). Se nos habla de los (   ) *
à *    à à
   +

           !, que


practicaban los fariseos (Mar_7:3-4).

A partir del siglo II a.C. en el desarrollo en la vida religiosa judía se incrementaron las prácticas de
abluciones, que se hacían consuetudinariamente. Los esenios y la comunidad de Qumrán ponían mucho
énfasis en baños rituales, como puede leerse en las reglas de esa comunidad. Hablando de uno que
participaba en el rito, dice: ³Y cuando su carne es rociada con el agua purificadora y santificada por el
agua limpiadora, será hecha limpia por medio de la humilde sumisión de su alma a todos los preceptos de
Dios´. Algunos dicen, incluso, que los judíos bautizaban a los prosélitos, es decir, a los gentiles que se
convertían a la fe judía. Con este trasfondo histórico es que surge Juan el Bautista.
b. de Juan, sin embargo, no era algo que se hacía recurrentemente, sino una sola vez, como expresión
de arrepentimiento. La gente venía y confesaba sus pecados (Mat_3:56). Además, Juan enseñaba que su
b. tenía un carácter transitorio y provisional, hasta que viniera el que bautizaría ( 
   
- ) (Mat_3:11). En realidad, Juan sabía que él mismo necesitaba ser bautizado así (Mat_3:14-15). Hay
que notar que los judíos entendían que el b. era una especie de señal que anunciaba la era mesiánica, por
lo cual le preguntaban a Juan por qué bautizaba i(  . 
  
      
-  /)
[Jua_1:25]). Durante un período los discípulos del Señor Jesús bautizaban al mismo tiempo que Juan el
Bautista lo hacía en otra parte (Jua_3:22-23; Jua_4:12).
és de su muerte y resurrección, el mandamiento del Señor fue que se predicara su evangelio y se
bautizara a aquellos que creyeran (Mat_28:19). Los apóstoles obedecieron, de manera que su exhortación
fue: (

   à      


  à
 
 

 
  ) (Hch_2:38). Así, el b. cristiano es un mandamiento del Señor y una tradición apostólica
(Hch_2:41; Hch_8:12-16, Hch_8:36-38; Hch_9:18; Hch_10:47-48, etcétera). Constituye una expresión
en el mundo material de los hechos ocurridos en el mundo espiritual de un creyente. Debe ser una
demostración y confesión pública de que ha ocurrido en él arrepentimiento y conversión. Por lo tanto,
sólo los convertidos a Cristo deben ser bautizados. Ninguna persona, que no ha tenido esa experiencia,
debe ser bautizado. El b. es la señal del nuevo pacto (Col_2:10-11).
símbolo se logra con la utilización de aguas en las cuales el creyente es sumergido. Es eso lo que tiene
Pablo en mente cuando dice que somos (    0 i
  b.´. Y cuando la persona sale de
las aguas está proclamando con ese b. que ha resucitado con el Señor (Col_2:12). (
 
   +     0 

 
 b. -   

  
 

 
  
   à0 
     ) (Rom_6:34).NUEVO DICCIONARIO
DE LA BIBLIA DE ALFONSO LOCKWARD