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HOLOCAUSTO, UNA HISTORIA

Debórah Dwork y Robert Jan Van Pelt

(Holocaust. A Story) Norton & Company, N.Y. 2002


Algaba Ediciones, 2004

Índice

Prólogo, por David Solar ................................................................(pag.1)


Introducción EL GRAN CARNAVAL DE LA MUERTE …..........................(18)
Uno JUDÍOS, GENTILES Y ALEMANES …...............................(20)
Dos LA GRAN GUERRA Y SUS TERRIBLES CONSECUENCIAS ..(36)
Tres PROMESAS Y PRÁCTICA NACIONALSOCIALISTA …..........(60)
Cuatro EL TERCER REICH …...................................................(77)
Cinco LOS REFUGIADOS …...................................................(93)
Seis LA VIDA DE LOS GENTILES BAJO LA OCUPACIÓN …......(118)
Siete LA AGRESIÓN DE LA GUERRA TOTAL ….......................(147)
Ocho LA VIDA DE LOS JUDÍOS BAJO LA OCUPACIÓN ….........(180)
Nueve A LA SOMBRA DE LA MUERTE ….................................(216)
Diez HACIA LA “SOLUCIÓN FINAL” ….................................(236)
Once HOLOCAUSTO …......................................................(262)
Doce ¿DE DONDE VENDRÁ LA AYUDA? …............................(292)
Trece RESCATE ….............................................................(315)
Catorce EL MUNDO DE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN …....(334)
Epílogo …..........................................................................(353)

Prólogo

La vanguardia del ejército soviético del mariscal Koniev, que avanzaba


hacia el sur por la carretera de Cracovia hacia Oswiecim, comenzó a percibir
un olor especial y desagradable que se intensificaba conforme se acercaba a
la población. El 27 de enero, cuando penetraron en la villa, se sorprendieron
al encontrarse en un gran centro industrial impropio de un lugar tan pequeño.
Allí había factorías de Krupp, Siemens, I.G.Farben... Supusieron que habían
llegado a un centro de trabajos forzados para prisioneros de guerra, detenidos
políticos o judíos, de los que tanto habían oído hablar.

Uno de los fenómenos que más les llamó la atención, aparte del
nauseabundo olor, era el polvo gris que todo lo cubría, el paisaje nevado, los
tejados, los desnudos árboles... Inicialmente pensaron que se trataba del
efecto contaminante de las industrias químicas, hasta que advirtieron que
aquel hedor insoportable, que provocaba náuseas incluso a los más veteranos,
era el olor a carne putrefacta, a muerto, pero en una escala que nadie había
tenido que soportar ni en las batallas más sangrientas de la campaña.
El aire aún se volvió más irrespirable al acercarse al centro administrativo
del campo, un antiguo acuartelamiento del ejército polaco, compuesto por
edificios de ladrillo rojo rodeado de alambradas, en cuya entrada, cuberta por
un arco metálico, podía leerse “Arbeit Mach Frei” (el trabajo hace libres).
Hacia ellos avanzaba tambaleante una dantesca procesión de esqueletos, que
producía un clamor pavoroso e ininteligible. Caminaban como zombis,
cubiertos de mugrientos harapos rayados, temblando de frío, de emoción, de
hambre; con los rostros surcados por las lágrimas, contraídos en muecas que
trataban de ser alegres... Los ejércitos vencedores descubrieron en aquel
momento algo que era un secreto a voces dentro y fuera del imperio nazi: los
campos de exterminio, ya mediante cámaras de gas, cualquier forma de
asesinato, el trabajo extenuante, los malos tratos, el hambre, el frío y las
enfermedades derivadas de todo ello y descubrían, también, que dentro de la
maquinaria asesina de Hitler, la víctima más tenazmente perseguida había sido
el pueblo judío... Judíos eran, en efecto, la mayoría de aquellos siete mil
supervivientes hallados por los soviéticos en Auschwitz -denominación alemana
del nombre polaco de Oswiecim-, a judíos pertenecían gran parte de los más
de dos mil cadáveres insepultos que se hallaban hacinados o tirados por
doquier entre los barracones y los que yacían en inmensas fosas, tan
someramente enterrados que sus miembros descarnados emergían de la tierra,
y cenizas de judío era aquel polvo blanco que todo lo cubría, procedente de los
hornos crematorios destruidos por las SS ante el avance del Ejército Rojo.

Entonces no podían saberlo, pero en Auschwitz había sido asesinado, como


mínimo, un millón de judíos, punta del inmenso iceberg del Holocausto, que
segó la vida de cinco o seis millones de judíos, un tercio de los que había en el
mundo; la mitad de los que habitaban en Europa. Cifras tan aterradoras como
frías, que solo cobran sentido si se les pone un nombre a cada una de ellas y
si, persona a persona, víctima a víctima, se valoran sus vidas segadas, sus
ilusiones rotas, su miedo, su sufrimiento, sus lágrimas, su hambre, su sed y las
torturas y humillaciones que soportaron antes de ser asesinadas.

Jamás, por mucho que se diga y escriba, podrá medirse el insondable


océano del espanto y dolor del Holocausto. Y eso ocurrió hace solo seis
décadas, en la avanzada Europa, en la culta Alemania. En este punto se
amontonan los interrogantes. ¿En qué mente perversa germinó la vesánica
idea? ¿Por qué ocurrió? ¿Por qué se toleró? ¿Por qué el mundo no hizo nada o
tan poco?

La forja antisemita de Hitler

El personaje nefasto fue, sin duda, Adolf Hitler, pero la idea no surgió de la
nada, no la creó aquel pintor de postales en la Viena del ocaso del emperador
Francisco José, ni el “cabo bohemio”, en frase del mariscal Hindenburg. Los
autores, en los dos primeros capítulos, ofrecen un somero pero suficiente
recorrido por la historia del antisemitismo en Europa desde la Edad Media y,
sobre todo, desde la Revolución Francesa hasta nuestro días. Aquel fue el caldo
de cultivo en el que Hitleer desarrolló su antisemitismo, mucho más fuerte y
sobre todo mucho más peligroso que todo cuanto antes se había visto.
El historiador británico Ian Kershaw, en su obra El mito de Hitler, dice que
las dos obesiones ideológicas fundamentales del pensamiento de Hitler eran
el “Lebensraum” (espacio vital), es decir, el expansionismo a costa de polacos
y eslavos, y el antisemitismo. Ambas ideas fueron muy populares en Alemania,
pero, concluye ese historiador, salvo sus incondicionales y sus fanáticos nazis,
los alemanes no hubieran estado dispuestos a una feroz guerra por conquistar
territorios en el Este y, pese a sus actitudes discriminatorias, “no se acercaban
ni remotamente a la paranoia antijudía de Hitler”. Y, sin embargo, los alemanes
fueron a la guerra y causaron aterradores estragos en el frente del Este y,
salvo en una parte minoritaria, su “desagrado ante los judíos se convirtió en un
atroz y violento odio”.

Pero ¿cómo germinó el antisemitismo en Hitler? Primero, deshagamos


alguna de las leyendas tejidas en torno al líder nazi y que resurgen de tarde en
tarde. En primer lugar, los orígenes judíos del abuelo de Hitler; la acusación
fue, inicialmente, urdida por la propaganda aliada para tratar de desacreditar
al canciller alemán, pero la especie ganó credibilidad gracias al informe
entregado por Hans Frank -gobernador y verdugo de Polonia durante la II
Guerra Mundial- a los aliados, quizá tratando de ganarse su benevolencia. Hoy,
los orígenes genealógicos de Hitler parecen bien establecidos y descartan por
completo tal hipótesis. Otra leyenda sin fundamento trató de basar el
antisemitismo de Hitler en la ascendencia judía del doctor Bloch, el médico que
atendió a su madre y cuyo diagnóstico y tratamiento se han pretendido
erróneos, lo que, sabido por Hitler tiempo después, le habría hecho concebir un
odio feroz contra el médico y los judíos. Esta historia no pasa de ser una sarta
de conjeturas. El doctor Bloch conocía a Hitler desde pequeño y lo trató
siempre con cariño y competencia profesional, lo mismo que a su madre,
fallecida de un cáncer. Otra fabulación se refiere a los comerciantes judíos que
compraban los dibujos y postales de Hitler en Viena; se ha escrito que los
acusaba de avaros, de reirse de su arte. Esos argumentos no tienen respaldo
alguno; por el contrario, parece que esos comerciantes fueron, precisamente,
sus mejores clientes, los únicos que compraban con asiduidad sus acuarelas y
postales, con frecuencia por pura caridad.

Por lo tanto, su antisemitismo no fue fruto de amargas experiencias


personales; por el contrario, sus encuentros con judíos (bastante numerosos)
se supone que resultaron casi siempre satisfactorios para sus intereses. Más
fundado parece que los inicios de su antisemitismo tuvieron bases ideológicas
y sociales. Hitler halló los principios de su fobia en el edulcorado antisemitismo
del socialcristiano Karl Lueger, al que admiró mucho durante sus años
vieneses. Pero fue, sin duda, más importante la atmósfera social que se
respiraba en la capital austriaca, que contaba en la primera década del siglo XX
con dos millones de habitantes, de los cuales unos dosciento mil eran judíos.
El crecimiento de la comunidad hebrea había sido galopante y su influencia y
sus problemas crecieron con similar proporción y rapidez. Los políticos
acusaban a la socialdemocracia de ser el instrumento judío para la dominación
universal; la burguesía austriaca abominaba de los judíos, cuya prosperidad
financiera, mercantil, comercial, industrial o profesional envidiaba; las clases
bajas, que debían competir con la riada de inmigrantes judíos procedentes de
los cuatro extremos del Imperio, consideraban que llegaban para robarles el
pan. No entendían su lengua, sus costumbres, sus vestimentas, su
marginación, su endogamia y, en materia de religión, los consideraban
sospechosos cuando no directamente responsables del deicidio de Cristo.
Ese es el ambiente antisemita que vivió Hitler en Viena y uno de sus
argumentos incontestables entre su rudo auditorio del Männerheim, la
residencia casi de beneficencia en la que Hitler vivió cinco años antes de
trasladarse a Múnich en 1909. Hitler y su auditorio se consideraban ellos
mismos víctimas de aquella invasión de judíos, a los que convertían en chivo
expiatorio de su fracaso.

El famoso especialista en el nazismo Allan Bullock escribe que en los


escritos de Hitler “el judío ya no es un ser humano, sino que se ha
transformado en una figura mitológica, en un demonio investido de poderes
infernales que gesticula y se mofa de todo, en una verdadera encarnación
diabólica hacia la que Hitler proyecta todo lo que odia, teme y anhela. Como
en todas sus obsesiones, la que provocó en Hitler el judío no da una
explicación parcial de su antisemitismo, sino la explicación completa. El judío
está en todas partes, es responsable de todo: del modernismo que tanto
disgustaba a Hitler en la música y las artes plásticas; de la pornografía y la
prostitución; de la crítica antinacionalista de la prensa; de la explotación de
las masas por el capitalismo y de lo opuesto, es decir, de la explotación de las
masas mediante el socialismo; y aún tendría la culpa de la torpeza de las
masas para elevarse...”

La Gran Guerra, que tanto incidió en sus ideas antisemitas, tampoco le


brindó agravios objetivos. Se ganó importantes condecoraciones, entre ellas
la Cruz de Hierro de Primera Clase -una de las más apreciadas y rarísima entre
la tropa- gracias a la recomendación de Hugo Gutmann, uno de sus oficiales,
precisamente de ascendencia judía; en aquel ejército combatieron unos cien
mil judíos y lo hicieron con la misma competencia y entrega de sangre que el
resto de los alemanes, al punto de que treinta y cinco mil de ellos fueron
condecorados, veinte y tres mil merecieron ascensos y doce mil entregaron sus
vidas por Alemania.

(De la retaguardia alemana, donde la propaganda antisemita suponía


emboscados a los judíos, habría procedido la famosa Puñalada por la espalda,
culpable de la derrota. Fue una especie urdida por los militares para lavar su
honor y salvar sus responsabilidades culpando a socialistas, socialdemócratas y
sindicatos de su fracaso en la guerra. Una burda patraña que no podía resistir
un análisis serio; incluso a nivel popular eran sobradamente conocidos los
relevantes servicios de muchos alemanes de origen judío: el descubrimiento
del amoniaco sintético, realizado por el químico Fritz Haber, sin el que la
industria de explosivos alemana se hubiera paralizado en 1915; no menos vital
fue el papel desempeñado por Walter Rathenau, también de origen judío, que
organizó la industria de guerra con asombrosa eficacia, lo que explica que
Alemania, casi sola y sometida a un feroz cerco de abastecimientos, pudiera
competir con las armas aliadas durante cuatro años.
La retaguardia alemana se sublevó a finales de 1918 a causa de las terribles
privaciones que llevaban soportando desde 1914, y de las pérdidas humanas,
que se elevaban al 3% de la población. La victoria en la Gran Guerra pareción,
a comienzos de 1918, al alcance de la mano de Berlín, pero en el verano la
situación había cambiado sustancialmente, y no a causa de los problemas
laborales o sociales de la retaguardia, sino de los masivos suministros llegados
a Francia desde América, además de 1,7 millones de soldados, cuya
participación se dejó sentir en las últimas batallas de la guerra. El
desfondamiento de sus aliados -Bulgaria, Turquía y Austria-, que comenzaron
a capitular uno tras otro, abrían su flanco sur-este y Alemania ya no contaba
con nada para taponar la inmensa brecha. Por eso capituló cuando advirtió que
su derrota era inevitable e inmediata y lo hizo aún sobre territorio conquistado,
lo que facilitó la patraña de la Puñalada por la espalda. El gran periodista
Raymond Cartier lamentaba ese final: “La Primera Guerra Mundial, nacida de
errores y equívocos, habría debido tener como conclusión una victoria aliada
indiscutible, seguida de una paz de reconciliación. Pero se haría lo contrario: de
una victoria incompleta saldría una paz ridículamente rigurosa”.)

Bien, Hitler era un feroz antisemita, pero poco hubiera podido hacer solo,
pobre, desmovilizado, sin oficio ni beneficio. ¿Cómo un tipo como aquel podía
encumbrarse hasta alcanzar el poder en Alemania, que, pese a estar en horas
bajas, era potencialmente el primer país europeo por su pujanza demográfica,
económica, científica e intelectual? Es una alucinante historia.

Adolf Hitler fue dando tumbos por Múnich rumiando las responsabilidades
comunistas, socialdemócratas y judías en la Puñalada por la espalda, auto
afirmándose en sus prejuicios antijudíos y antimarxistas gracias a la caótica
situación de Baviera. Esas ideas, la convicción para exponerlas y su incipiente
fuerza oratoria le proporcionaron un trabajo: el ejército lo empleó como
reeducador de los soldados prisioneros en la URSS que estaban siendo
repatriados. Hitler les impartía clases de antimarxismo y antijudaismo. En esas
labores vinculadas al ejército hubo de asistir a mítines políticos de formaciones
que podía resultar sospechosas. Así, observó con mirada crítica lo que hacían
los diferentes oradores y midió con precisión la reacción del público ante los
diversos asuntos y argumentos. En esa actividad fue adquiriendo experiencia y
halló la ocasión para integrarse en el partido, del que en pocos meses sería
auténtico líder: el Deutsche Arbeiter Partei (Partido Alemán del Trabajo), que
respondía a las siglas DAP.

Con él ensayó sus dotes oratorias y el efecto de sus soflamas. La primera


vez solo reunió a ocho asistentes. Hablaba a su auditorio de la derrota, de la
Puñalada por la espalda, de la cuestión judía, del problema comunista. Una vez
se atrevieron a convocar un mitin por medio de un anuncio en la prensa y
consiguieron llenar una sala de “unas ciento treinta personas”. En adelante, las
reuniones se celebraron dos veces por mes y las invitaciones se hicieron
ciclostiladas, suscitando algunos centenares de asistentes que pagaban su
entrada, constituyendo los únicos ingresos del minúsculo DAP.
Por entonces Hitler comenzó a reunir a su primer círculo de amigos y
colaboradores, que tuvieron profunda influencia en él y contribuyeron a dar
importancia al DAP: entre ellos se hallaban el capitán Ernst Röhm
(fundamental en la organización de las milicias nazis, las brutales SA), los
suboficiales Beggel y Schüssler, el periodista Esser, el dramaturgo Eckart, el
espía de origen ruso Scheubner, el teniente Rudolf Hess, que le ayudaría a
redactar Mein Kampf a partir de 1924; el escritor cosmopolita Eckart lo
convirtió en un hombre de mundo, puliendo su estilo literario y oratorio y
enseñándole modales; el universitario estonio Alfred Rosenberg se convertiría
en el filósofo del partido y en su proveedor de nueva munición antisemita.
El le proporcionó los Protocolos de los Sabios de Sión, un libelo urdido por la
derecha rusa, según el cual el Primer Congreso sionista de Basilea, de 1897,
habría tramado una conspiración para hacerse con el poder mundial. La
falsedad de los Protocolos había sido descubierta por la policía zarista, que
nada hizo para rebatir aquella falsedad, de modo que la obra fue libro de
cabecera de la zarina y tuvo gran difusión entre lo rusos blancos, Rosenberg
entre ellos, tanto que hizo una edición en alemán en 1923. Toda la bazofia
antisemita se acumulaba para alimentar al monstruo.

Hitler iba madurando e imponiendo sus métodos, sus candidatos e ideas: el


24 de febrero de 1920 el DAP propuso su histórico programa de “veinticinco
puntos”, auténtica base del credo nazi, cuya aprobación logró gracias a la
fuerza de su oratoria ante un auditorio de dos mil personas.

Proponía la unión de todos los alemanes, la derogación del Tratado de


Versalles, tierras donde expandirse, pureza de sandre para ser alemán, la
expulsión de los no alemanes, trabajo para todos, igualdad de derechos y
deberes, abolición de los intereses del capital, condena de la guerra,
nacionalización de los trusts, reparto de los beneficios industriales, mejoras en
las pensiones de vejez, fortalecimiento de la clase media, reforma agraria,
reorganización de la enseñanza, mejora de la sanidad, ejército nacional,
reformas en la prensa, libertad de cultos religiosos, centralización del poder
estatal... En suma, sus obsesiones de siempre: suprimir las consecuencias de
la derrota, terminar con los judíos en Alemania, avanzar hacia el Este, unir
todas las tierras donde hubiera alemanes, remilitarizar el país, construir un
Estado fuerte bajo un hombre providencial, además de un paquete de medidas
heredadas del socialismo que paulatinamente irían desapareciendo de su
ideario.

“Cuando hube explicado los veinticinco puntos que me propuse exponer


-escribía Hitler exultante en Mein Kampf- una sala rebosante de gente del
pueblo coincidió en una nueva convicción, una nueva fe, una nueva volutad. Se
había encendido una lumbre de cuyo resplandor surgiría la espada destinada a
restaurar la libertad del alemán Sigfrido y la vida de la germanidad”.

El aspirante a pintor aprendía con celeridad los resortes de la oratoria, de la


propaganda, de la demagogia, del maniqueísmo y del dominio de las masas.
Solía llegar tarde para hacerse esperar; comenzaba a hablar bajo, de modo
que solo le escuchasen las primeras filas para hacerse desear por el resto,
luego hacía restallar su fiera foz de modo que todos terminasen ensordecidos;
se mostraba distante, misterioso y rodeado de fuerza, representada por una
corte de poderosos guardaespaldas, cuyo emblema era la esvástica. Le
encantaba que en sus mítines hubiera muchos enemigos políticos, comunistas
sobre todo, para provocarlos y terminar su discurso con una pelea
monstruosa, en la que su servicio de orden se hartaba de repartir golpes: eso
llegaba a los periódicos y atraía a nacionalistas, anticomunistas y antisemitas,
hasta el punto de que, desde la primavera de 1920 hasta finales de ese año, la
policía muniquesa calculaba los auditorios de Hitler en torno a las 1.800
personas por mitin. Repetía por activa y por pasiva las mismas ideas, de modo
que calasen profunda e inequívocamente entre quienes lo escuchaban. Para
emocionar a los asistentes, o para arrancar sus aplausos y vítores, recurría a
excitar sus pasiones: la impotencia contra el enemigo exterior que manejaba
los destinos de Alemania, la envidia contra los ricos judíos que vivían con
opulencia mientras el pueblo pasaba hambre, el odio contra los bolcheviques
que arruinaban la economía con sus huelgas o la venganza contra los social
demócratas responsables de la Puñalada por la espalda.

Relataba con voz conmovida las múltiples penalidades que estaban


pasando: el paro, el hambre, la enloquecida depreciación monetaria, las
violaciones de mujeres alemanas en los territorios ocupados por Francia, la
humillación de gloriosos militares sumidos en la indigencia. Narraba casos
concretos -unos evidentes para el público, otros inventados- para luego atronar
el local con su terrible voz metálica, señando a los culpables: el Gobierno
socialista de Berlín, los judíos, los comunistas... Entonces solían comenzar las
peleas si en la reunión había alguien que se sintiera acusado. Cuando
terminaba la gresca, libre el local de los “enemigos de la patria”, Hitler, con su
voz más eufórica, llevaba a sus oyentes hacia la gloriosa Alemania del futuro,
poderosa y temina entre las naciones, limpia de judíos, de comunistas y de
corruptos gobiernos socialdemócratas, con trabajo para todos, con casas
luminosas y barrios bien ventilados, rodeados de zonas verdes. Las ideas
sociales de su juventud para la remodelación de los barrios obreros de Linz y
de Viena salían a relucir maduras, originales y utópicas, poniendo la piel de
gallina al auditorio trabajador. Y aún iba más allá en ese campo bien conocido:
educación para el pueblo, ópera y galerías de arte para todos.

A mediados de 1920 el partido era indiscutiblemente suyo, tanto que


incluso le cambió el nombre: Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista
(NSDAP). En adelante su emblema sería la esvástica, que unía el misterio del
emblema del abad Teodorich von Hagen, que viera en su niñez, sus recuerdos
de la revista Ostara -racista, anticomunista, antisemita y esotérica-, que tanto
le interesó en su época vienesa, y la simpatía de los militares menos adictos al
Gobierno de Berlín. El liderazgo hitleriano sobre el NSDAP se demostraría el 3
de febrero de 1921. Hitler convocó un mitin de formidables proporciones para
protestar por la difra de las compensaciones económicas que los vencedores en
la Gran Guerra estaban a punto de imponer a Alemania. El lugar elegido fue el
circo Krone y, con solo un día de plazo, Hitler se las arregló para editar carteles
y millares de octavillas que se destribuyeron por toda la ciudad. En esos
impresos se difundió por primera vez a gran escala el emblema del partido, la
cruz gamada, la esvástica. El éxito fue formidable: más de 7.000 asistentes
vitorearon a Hitler y terminaron cantando el Deutschland Über Alles, tras una
intervención de 150 minutos.

El camino hacia el poder

El nazismo y su líder maduraban y crecían en poder e influencia. No tanto


como para poder lograr el poder en Baviera, cosa que intentaron en su
fracasado putsch del 8 de noviembre de 1923, pero sí para reunir miles de
simpatizantes, un ejército de camisas pardas, editar un periódico y salvar la
vida tras su intentona golpista. Convirtió en un mitin el juicio a que fue
sometido y, en vez de acabar en la horca, se salvó con una condena de cinco
años, de los que cumplió poco más de uno, que fue para él como un año de
universidad becado por el Gobierno. En la prisión de Landsberg fue el auténtico
dueño, tanto que gozó, incluso, de una oficina en la que escribió la primera
parte de Mein Kampf, el catecismo nazi, donde exponía sus obsesiones más
reiteradas y reclamaba la jefatura de un líder con puño de hierro.

Ya en libertad, sus esperanzas sobre una rápida conquista del poder se


vieron frustradas. La situación económica mejoraba, bajaba el paro,
descendían las exigencias aliadas sobre las indemnizaciones de guerra; Francia
había evacuado el Ruhr y negociaban hacerlo del Sarre, Alemania ingresaba en
la Sociedad de Naciones... Sus viejos trucos mitineros perdieron fuerza,
aunque fueran suficientes para disponer, en 1929, de cien mil afiliados al
NSDAP y para vender decenas de millares de ejemplares de Mein Kampf –lo
que le permitía llevar una vida de burgués con los derechos de autor-, pero
nada que se pareciera al camino hacia el poder.

Limitado a unos pocos diputados, la Gran Depresión le devolvió las casi


perdidas expectativas. Cesaron las inversiones, el paro creció como la espuma
(de 1,3 millones de parados en 1929 a 6,1 millones en 1932) y la gran zozobra
internacional fue especialmente terrible en Alemania. Aquella tragedia puso de
moda el nazismo. Las diatribas de Hitler contra el capital especulativo, contra
el vampirismo judío, contra la conjura internacional antialemana, contra el
endeudamiento exterior contraido por los ministerios socialdemócratas
comenzaron a producir eco en la sociedad y las afiliaciones al NSDAP siguieron
un ascenso proporcional al del paro. En 1929, 108 mil alemanes tenían el
carnet nazi, en 1931 serían 400 mil y, en 1932, 800 mil.

La tragedia económica alemana desencadenada por el crack de 1929 fue


determinante para el ascenso del nazismo, pero no su única causa. Tuvo suma
importancia, también, el problema de las reparaciones de guerra: los
vencedores trataban de igual a igual a los vencidos en acuerdos y foros
internacionales, pero no se olvidaban de cobrar las indemnizaciones de guerra:
el asunto se estudió en 1929 y los vencedores arbitraron que Berlín debería
cumplir sus obligaciones en 57 plazos anuales de 1.988 millones de marcos,
!con lo que terminaría de pagar capital e intereses en 1986! Que se
mantuviera aquella exigencia once años después de terminada la Gran Guerra
exacerbó a la mayoría de los alemanes, ya atribulados por la crisis económica.

El NSDAP acusó al Gobierno de convertir Alemania en una colonia franco


británica. Otro partido contrario a las reparaciones de guerra fue el Nacional
Alemán, conocido como Stahlhelm (Casco de Acero), que estaba en un
momento de crisis. La empresa común unió por algún tiempo al Partido
Nacional y al NSDAP, pero era una alianza ideológicamente contra natura y
bastante desigual: el Stahlhelm tenía un millón de afiliados y en sus ficheros se
hallaban las familias de mayor prosapia, los grandes terratenientes, militares,
magistrados e industriales de ideología conservadora y monárquica. El NSDAP,
por el contrario, estaba compuesto por un grupo de revolucionarios iluminados,
seguidos por burgueses arruinados y obreros resentidos con el marxismo;
predicaban la revolución, la destrucción del viejo orden y pedían un sistema
dictatorial para salvar la patria. Ambas formaciones compartían anti marxismo,
antisemitismo, deseos de revancha, de rearme, de ganar territorios en el Este.
La derecha necesitaba el empuje nazi, la violencia de sus SA y la oratoria de
Hitler, de Goebbels y demás líderes del NSDAP; por su lado Hitler -que hubo de
acallar fuertes protestas desde su partido por aquella “unión con los
reaccionarios”- veía en esa alianza evidentes afinidades básicas: una
aproximación al mundo del dinero y de la industria, respetabilidad y una forma
de seguir escalando los peldaños del poder.

La alianza contra el pago de la indemnizaciones fue derrotada, pero Hitler


había logrado acceder a un mundo que le había estado vedado. Lo capitalizó en
las convocatorias electorales que se sucedieron hasta finales de 1932 y en las
alianzas con la derecha que lo llevaron a la Cancillería.

Goebbels fue el jefe de campaña y su directriz para los oradores y


candidatos nazis era abordar, aparte de los asuntos de interés local, el tema
judío, la Puñalada por la espalda, las indemnizaciones de guerra, la ocupación
del suelo patrio, la corrupción republicana (oportunamente apoyada, en las
elecciones de septiembre de 1930, en un reciente escándalo de suministros a
la municipalidad de Berlín, del que –formidable coincidencia para los intereses
nazis- eran responsables unos industriales judíos.

En las elecciones legislativas del 14 de septiembre de 1930 los nazis


suspiraban por tres millones de votos y cincuenta escaños, pero todos los
cálculos fueron barridos y el NSDAP dobló sus expectativas, consiguiendo 6,4
millones de votos (18,3% del electorado) y 107 diputados. Fue por entonces
cuando muchos banqueros, industriales y comerciantes poderosos comenzaron
a apoyar económicamente al partido nazi. Comenzaban a fiarse de Hitler, ya no
lo veían como el turbulento revolucionario de 1923, sino como el político
maduro que ganaba los escaños en las urnas. Concebían esperanzas en el
empuje nazi, dado el agotamiento gubernamental. Les interesaba el cese del
pago de las indemnizaciones de guerra; la denuncia de los acuerdos de
limitación de los efectivos y armamentos del ejército; intensificación de las
obras públicas –programa de autopistas- para terminar con el paro; aumento
del parque móvil, con un modelo pupular barato, que pusiera en marcha la
industria automovilística. Estos proyectos convirtieron a Hitler en el candidato
preferido por gran parte de los magnates de la industria o las finanzas. Cierto
que sus ideas sobre la democracia eran deleznables, que su orgullo racial
causaba sonrojo y que su antisemitismo era vergonzoso, pero todos cerraban
los ojos porque eran malos tiempos para andarse con remilgos.

El 13 de marzo de 1932 los alemanes eligieron como presidente a


Hindenburg, con el 49,6% de los votos, pero encumbraron a Hitler como
segunda figura nacional con el 30,1%. Como la victoria del mariscal no
alcanzaba la mayoría absoluta hubo de recurrirse a la segunda vuelta el 10 de
abril. Pese al inmenso esfuerzo de los nazis, que llegaron a prometer “marido a
todas las solteras alemanas si el NSDAP ganaba las elecciones”, el viejo
vencedor de Tannenberg logró la mayoría absoluta. Pero Hitler no había
perdido el tiempo: 13,4 millones de votos. Los nazis se convertían en
alternativa de poder.

Los cancilleres designados por Hindenburg eran débiles, carecían de


respaldo parlamentario y necesitaban gobernar con decretos de la presidencia.
Cuando Hindenburg se negaba a firmar algo de lo que se le pedía, el candiller
se desplomaba. El 31 de julio de 1932, los alemanes volvieron a las urnas para
elegir un nuevo Parlamento y otorgaron al NSDAP 13,7 millones de sufragios,
230 escaños. Los nazis se habían convertido en la primera formación política
de Alemania.

Hindenburg mantuvo a Von Papen en la jefatura del Gobierno y ofreció a


Hitler el puesto de vicecanciller y alguna cartera ministerial. Le respondió que
no pensaba entrar en ningún gobierno de coalición y que, presidiendo el
partido mayoritario, le correspondía formar el gabinete. Hindenburg “ante Dios,
mi conciencia y mi patria” se negó a conceder el poder a un solo partido, sobre
todo cuando este se mostraba poco razonable y presumía de que destruiría el
sistema parlamentario cuando llegara al poder.

Pero el sistema no funcionaba. Von Papen no logró gobernar en minoría y


hubo nuevas elecciones el 6 de noviembre de 1932. No era el mejor momento
para los nazis: su munición dialéctica estaba gastada en más de 60 mil mítines
pronunciados durante los últimos cinco años en todo el país; muchos de sus
seguidores estaban convencidos de que Hindenburg nunca le otorgaría la
Cancillería y le dieron la espalda; por otro lado, sus arcas estaban exhaustas.
En su último mitin electoral de aquel otoño, Hitler arengaba a sus seguidores
en el Sportpalast de Berlín: “Mi voluntad es inflexible, mi espíritu es más
poderoso que el de mis enemigos... Podremos perder votos, muchos votos
incluso, pero ganaremos las elecciones, que serán para nosotros un gran éxito
psicológico”.

Tal como se preveía, los cansados electores dieron la espalda a las urnas. El
NSDAP obtuvo 11,7 millones de votos, el 33,1%. Con todo, seguía siendo el
partido más votado y el más numeroso en el Reichstag, con 196 escaños.
Goebbels respiraba aliviado al conocer los resultados: “Hemos sufrido un
fracaso, evidentemente, pero los resultados son mejores de lo que habíamos
calculado”. Y, tal como predijera Hitler, el éxito psicológico correspondió a los
nazis, pues a su izquierda solo destacaban los comunistas con 100 diputados, y
a su derecha el Gobierno solo conseguía 14. El Reichstag de otoño era igual de
ingobernable pero los nazis seguían en cabeza.

Con todo, Hindenburg volvió a confiar en un canciller en minoría, un


conservador salido de las filas del ejército: Schleicher. Pero sin apoyo
parlamentario, con la inquina del resentido Von Papen y el desencanto de
Hindenburg, que debía seguir firmando decretos para que la máquina rodase,
el nuevo canciller era tan vulnerable que una conspiración palaciega, apoyada
por Von Papen y la derecha, condujeron a Hitler a la Cancillería el 30 de enero
de 1933.

Uno de los más finos analistas de aquella Alemania, Sebastian Hafner,


escribió: “La República de Weimar no fue destruida por la crisis económica y el
desempleo, sino por la previa determinación que la derecha asumió al abolir el
Estado parlamentario en aras de un Estado autoritario vagamente definido.
Tampoco fue destruido por Hitler, que se la encontró ya arrasada cuando llegó
a canciller y lo único que hizo fue arrebatar el poder a quienes lo habían
echado abajo”.

Y llegó el lobo nazi

Si aquel “Gabinete de los monóculos” -en referencia a la aristocracia de gran


parte de sus componentes- creía que podría embridar al monstruo, no
debieron tardar ni dos semanas en darse cuenta de su error. El primer empeño
de Hitler fue ganarse al ejército con promesas presupuestarias de rearme; el
segundo, dominar al presidente: unas veces con la adulación, otras con la
amenaza marxista, para lo que escenificaron perfectamente el incendio del
Reichstag, lo que les permitió arrancar a Hindenburg una serie de decretos que
significaban, en la práctica, el estado de excepción. Para lograr a continuación
una ley parlamentaria de plenos poderes les bastó recurrir a nueva elecciones,
reunir una mayoría absoluta, anular la oposición de comunistas y socialistas
metiéndolos en la cárcel, y a los católicos del Zentrum, negociando con el
Vaticano el Concordato...

Todo esto lo tenía Hitler en sus manos antes de alcanzar sus primeros cien
días como Canciller. A partir de ahí nada lo detendría: terminó con los partidos
políticos y los sindicatos; dictó leyes para la mejora de la raza -que consistían
en eliminar o esterilizar a enfermos incurables o afectados por enfermedades
congénitas- o para depurar el mundo de la cultura y el arte, con las piras
gigantescas de libros de autores repudiados. De la Alemania nazi desaparecen
las obras de Mann, Remarque, Proust, Wells, Einstein e incluso de literatos del
pasado como Heine o Zola, y quedaron proscritos artistas como Kandinsky,
Klee, Molde, Dix, Picasso, Kokoschka o Van Gogh, que no se quemaron pero
desaparecieron de los museos, y fueron almacenadas o vendidas en el
extranjero.
Nada se resistía a su voluntad. Había acaparado casi todo el poder, y el
pueblo, aunque seguía viviendo los últimos coletazos de la Gran Depresión,
creía vislumbrar que algo se estaba moviendo y a punto de mejorar. Por eso se
secundaban locuras como las quemas de libros o la imposición de la batería de
medidas antijudías que se pusieron en vigor. El primero de abril de 1933 se
convocó una jornada de boicot contra los comercios judíos; se promulgaron
decretos que ordenaban abandonar sus puestos en la Administración, la
Universidad, la Jurisprudencia y la Medicina a todos los “no arios”. Esas
medidas afectaron a muchos millares de judíos, que hubieron de cambiar de
trabajo o se exilaron; el caso más espectacular fue el de Einstein, premio
Nobel y profesor de Física en Berlín, que se afincó en USA en 1933. El propio
Hindenburg, que apenas se enteraba ya de lo que estaba ocurriendo, escribió
una carta a Hitler protestando por aquellas medidas y recordando los servicios
relevantes de los judíos durante la Gran Guerra: “...si fueron dignos de luchar
y desangrarse por Alemania, también debe considerárseles merecedores de
seguir sirviendo a la patria desde sus trabajos profesionales”. Hitler prometió
ser clemente pero no revocó ninguna de sus disposiciones, aunque pospuso de
momento el paquete de medidas antisemitas.

En los dos años siguientes, aunque los nazis acentuaban paulatinamente la


presión antisemita, los judíos se fueron aclimatando y esperaron tiempos
mejores. Diez años de escuchar las amenazas nazis en los mítines los habían
acostumbrado al peligro, hasta que el 15 de septiembre de 1935 llegó el lobo.
Con ocasión del congreso del partido nazi en Núremberg, Hitler presentó un
conjunto de medidas (Leyes de Núremberg) destinadas a “excluir a los judíos
de toda participación en la vida política de Alemania”, convirtiéndolos en
ciudadanos de segunda clase. Esas leyes impedían a los alemanes contraer
matrimonio y mantener relaciones sexuales con judíos, e incluso realizar
trabajos domésticos en las casas de los judíos. A éstos se les prohibía emplear
la bandera del Reich y sus colores, participar en las elecciones, ocupar cargos
públicos o cualquier puesto de responsabilidad civil. Los soldados judíos
debieron abandonar el ejército y solo tuvieron derecho a percibir subsidios
aquellos soldados y oficiales que hubieran estado en filas antes del comienzo
de la I Guerra Mundial.

Si hasta ese momento el éxodo de los judíos alemanes había sido


importante, a partir de las Leyes de Núremberg se intensificó, pero ni siquiera
les resultaba fácil abandonar Alemania. Si tenían bienes y los donaban al
Estado, se les abrían de par en par las puertas de las fronteras; si no los tenían
o se negaban a renunciar a ellos, sus permisos de salida se eternizaban en
forma de pagos de impuestos y decenas de documentos a veces difíciles de
conseguir.
Pero, además ¿dónde ir? Las democracias occidentales y los USA eran los
destinos preferidos, pero los visados estaban sujetos a cupos limitados. Hacia
el Este no deseaba emigrar casi nadie, pues en Polonia, Hungría o Rumanía la
situación era igualmente difícil. En Palestina era fácil el acceso, al menos en
algunos momentos; se establecieron sorprendentes acuerdos entre
organizaciónes sionistas y agentes nazis, comprometidos por un interés
común. Pero la mayoría de los judíos alemanes no se hacían a la idea de
emigrar a una tierra polvorienta, distante de su cultura, clima, medios de vida.
Por otro lado había requisitos para emigrar, impuestos por la potencia
mandataria y los árabes de Palestina se oponían a una riada de inmigrantes;
a partir de 1939, el Libro Blanco británico impuso una cuota máxima de
entrada anual de 15 mil personas, hasta un máximo de 75 mil.

Hitler fue apretando aún más el dogal antisemita. Entre la puesta en marcha
de las Leyes de Núremberg y la Noche de los cristales rotos -el 9 de noviembre
de 1938-, la vida de los judíos en Alemania se iría convirtiendo en una
pesadilla. Se les prohibió asistir a conciertos, al cine, al teatro, a las escuelas
estatales; se les retiraron los permisos de conducir y el ejercicio de profesiones
como dentista o veterinario; se les impidió el acceso a exámens profesionales
para las cámaras de comercio, industria y artesanía. Los nazis legislaron
incluso los nombres entre los cuales podían elegir los judíos; quien llevara ya
nombre de pila diferente a los autorizados debía añadir Israel o Sara. La
mayoría eligió el camino del exilio, pero los que no poseían nada tenían difícil
encontrar el dinero para irse o hallar quien los rescatara desde el extranjero;
algunos con más de diez generaciones en Alemania y pequeños negocios en
propiedad prefirieron pensar que aquella terrible época pasaría y se quedaron.
En noviembre de 1938 comprenderían la futilidad de sus esperanzas.

Hitler tenía un magnífico plan para celebrar el aniversario del Putsch de


Múnich: volvería a la Bürgerbräukeller el 9 de noviembre y recordaría a su
auditorio las promesas de aquel lejano 1923. Les diría que había cumplido el
compromiso de terminar con la humillación de Versalles, con el problema
comunista, y que la cuestión judía tocaba a su fin: serían expropiados,
expulsados, y sus sinagogas destruidas; las SS se encargarían de convencer a
los más renuentes. Pero la “Noche de los cristales rotos” -ordalía nazi como
venganza contra el atentado de un judío contra un secretario de la Embajada
en París- obligó a cambiar el discurso. Las SS no tuvieron que improvisar:
pusieron en marcha el pogromo planeado con antelación en aquella noche de
horror: 91 judíos fueron asesinados, centenares apaleados, 35 mil detenidos y
deportados a campos de concentración, más de 800 comercios incendiados, 7
mil tiendas saqueadas y rotos sus escaparates (de ahí el nombre que recuerda
aquella salvajada), cientos de viviendas privadas y sinagogas arrasadas por el
fuego, 76 templos demolidos. Para mayor escarnio, Goering pidió a la
comunidad judía que evaluara los daños, que ascendieron a mil millones de
marcos, y un mes después se les exigió a los judíos que, en concepto de
multa, entregasen esa cifra para fomentar el plan cuatrienal.

Nadie escuchó el lamento

A partir de aquel momento, a ningún judío en Alemania le cupo duda alguna


de su destino. Los que pudieron, malvendieron sus propiedades y abandonaron
el país; más tarde se marcharon de Austria tras el Anchluss. Se calcula que se
fueron más de 300 mil, menos de la mitad de los que había entre los dos
países; de ellos unos 190 mil terminaron el Palestina.
Esos emigrantes formaron parte de la quinta aliyá (subida a Sión), la más
importante en número, doblando la población de origen hebreo en el mandato
británico. Llegaron los más cultos y más ricos, pues los primeros que salieron
de Alemania pudieron hacerlo con parte de sus bienes. Más de un 20% había
pasado por la universidad o por escuelas técnicas superiores. En esos siete
años llegaron a Palestina un millar de médicos y más de dos mil abogados,
economistas, profesores de enseñanza media y universidad; no menos de 500
ingenieros y más de cinco mil especialistas en Agricultura, Mecánica, Física,
Química, Farmacia, Banca, Comercio, Joyería, Metalurgia... Entre ellos había
gran número de artistas y suficientes músicos para formar la Filarmónica de
Israel. En 1933 y procedente de Polonia, con diez años de edad, llegó a
Palestina Shimon Persky (Simon Peres), personaje fundamental en la fundación
del Estado de Israel.

Los autores han intentado demostrar, primero, que las grandes potencias
conocían la “solución final” iniciada por el III Reich tras la conferencia de
Wannsee, en enero de 1942 y, segundo, que nada hicieron para remediar la
tragedia, pues su empeño era ganar la guerra lo antes posible y con la victoria
se pondría fin a la vesania exterminadora de los nazis; por eso se ahorraron
toda actuación en otros asuntos que hubieran distraido fuerzas, hombres y
medios.

Las grandes potencias vencedoras, USA y UK hubieran podido, con escaso


sacrificio, abrir sus puertas a quienes en Francia pedían visados antes de 1942
y presionar a Suiza, España y Portugal para que abrieran sus fronteras en
tránsito hacia los puertos donde embarcarían. No habrían evitado el Holocausto
pero algunos millares de judíos hubieran salvado la vida. Ajenos al terrible
crimen que se estaba perpetrando en Europa, Londres y Washington
mantuvieron férreamente los contingentes estipulados para la inmigración.
Incluso se ha formulado un pensamiento perverso: los vencedores se habrían
desentendido del problema, conscientes de que la solución final estaba
entreteniendo importantes fuerzas y medios del III Reich que, de otra forma,
hubieran sido empleados en el campo de batalla.

España, días de antisemitas y de héroes

La propaganda franquista quiso mostrar su interés en salvar a cuantos


judíos llamaron a sus fronteras o legaciones, contribuyendo a salvar a muchos
millares pese a la desastrosa situación económica dejada por la Guerra Civil y
la posguerra. Ese interés se intensificó cuando nació Israel, en 1948, y sobre
todo después del ingreso en la ONU, en 1949.

La realidad es que dentro del régimen se respiraba todo tipo de prejuicios


antisemitas (un “antisemitismo sin judíos”).
La Iglesia condenó las doctrinas raciales y las persecuciones contra los
judíos desencadenadas por el nazismo; estimó que esa ideología era contraria
a la religión cristiana y que Mein Kampf atentaba contra la doctrina del
Evangelio. Con todo, fue relativamente frecuente hallar en publicaciones
eclesiásticas, al menos hasta 1943, claras expresiones de antisemitismo.
La diplomacia también lo tenía claro. El filo nazi-fascista Ramón Serrano
Suñer fue sustituido al frente de Exteriores por un militar que expone el
pensamiento oficial de la Dictadura respecto a los judíos y el evidente embrollo
político en que se hallaba: “No queremos traerlos a España, a instalarse en
nuestro país, porque eso no nos concierne de ninguna manera, ni el Caudillo lo
autoriza, ni los podemos dejar en su situación actual aparentando ignorar su
condición de ciudadanos españoles”.

El alto comisario de España en Marruecos se espresa con claridad: “Estos


sefarditas, con nacionalidad española indudable y documentación completa que
lo acredita, pidieron venir a España, encontrándose algunos de ellos en campos
de concentración de Alemania. El problema tiene gravedad por cuanto no
conviene en absoluto a nuestro país que, aprovechando las circunstancias de la
guerra actual, se nos llene España de judíos y, por otra parte, tampoco
podemos negarles la protección a que tienen derecho por su nacionalidad y,
aunque quisiéramos hacerlo sería siempre una torpeza política por la
repercusión que tendría en el extranjero, suscitando contra nosotros
acusaciones de política antisemita copiada de la de Alemania...”

El historiador israelí Haim Avni ha investigado el caso de cuatro mil


sefarditas con nacionalidad española, de los cuales solo ochocientos recibieron
permiso para entrar en España. Madrid dilató su llegada multiplicando las
exigencias documentales y burocráticas y, mientras tanto, la Gestapo, las SS o
las policías colaboracionistas de los diversos países ocupados los detenía y
deportaba hacia los campos de exterminio.

En Europa había antes de la guerra cientos de miles de judíos de origen


sefardita, y unos cinco mil más acogidos al real decreto de 1924 que les
concedía la nacionalidad española, tal como constaba en diversos consulados.
Hasta Wannsee, Alemania trató de deshacerse de los judíos mediante su salida
o deportación; Berlín estudió la posibilidad de enviarlos a Madagascar y hubo
negociaciones entre representantes sionistas y de las SS para enviar el mayor
número posible a Palestina. Si Alemania estaba tendiendo un “puente de plata”
a los judíos, con mayor razón lo hubiera hecho con un país amigo, del que
recibía materias primas, cuyos puertos acogían buques alemanes, al que
trataba de implicar en la guerra y que, a partir del verano de 1941 tenía la
División Azul combatiendo en el frente del Este.

Evidentemente, el régimen no tuvo una actitud positiva hacia los judíos y su


salvación por razones históricas, políticas, religiosas y por sus propios
prejuicios. “Esta política de dilación impidió la salvación de miles de judíos
españoles, al no hacerse cargo el Gobierno de los costes de estancia y
transporte al Norte de África...”

Especial mención merece Ángel Sanz Briz, secretario de la Embajada en


Budapest y máximo representante en ausencia del embajador. Este diplomático
contaba 34 años y fue designado por el Estado de Israel Justo de la humanidad
en 1991. Sanz Briz logró rescatar, en julio de 1944, a 1.684 judíos húngaros
del campo de concentración de Bergen-Belsen mediante la masiva concesión
de visados, lo que les permitió alcanzar Suiza. Logró la concesión de 397
pasaportes españoles para los sefardíes de Budapest y alquiló ocho edificios a
los que protegió con la bandera española y un letrero que decía: “Anejo a la
legación de España, edificio extra-territorial”. En esas casas logró dar refugio a
casi dos mil ochocientas personas. Hoy se reconoce que Sanz Briz y sus
colaboradores, en especial el italiano Giorgio Perlasca, lograron “salvar la vida
a más de 5.200 húngaros de origen judío”.

Lo que sabían los alemanes

Manfred Rommel, hijo del famoso mariscal y alcalde de Stuttgart en los


años noventa, dijo: “Mucho se sabía, algo más se hubiera podido saber y el
resto no se quiso saber”.

Grete, una jovencita muniquesa en los tiempos de la guerra, recordaba que


su madre, antiguo miembro del NSDAP, jamás obtuvo ningún beneficio de su
afiliación, salvo sentarse en las filas de honor durante los actos del partido;
adoraba a Hitler y, cuando llegaban a sus oídos los crímenes horrendos del
nazismo, los rechazaba como calumnias de los envidiosos. Sin embargo, la
madre de Grete tuvo una experiencia aterradora, pues figuró entre los civiles
alemanes que fueron obligados por los norteamericanos a visitar el campo de
Dachau, pocos días después de su liberación. “Mi madre sufrió una crisis
nerviosa y necesitó mucho tiempo para recuperarse”.

En general, los alemanes sufrieron una curiosa ceguera, sordera o amnesia


respecto a la política exterminadora nazi: nadie sabía nada, a lo sumo había
oído rumores –como le ocurría a la madre de Grete-. Esta ignorancia general
es terminantemente falsa, como ha demostrado el historiador norteamericano
Robert Gellately (No solo Hitler. La Alemania nazi entre la coacción y el
consenso). Hubo más de 50 mil miembros de las SS que prestaron servicio en
los campos de exterminio y que se dedicaron a la matanza de rusos y polacos;
más de 100 mil policías cuyo cometido fue enviar a disidentes, judíos, gitanos,
polacos, checos, rusos a los campos; hubo millares de ferroviarios que
condujeron los trenes o dirigieron las estaciones en las que aquellos convoyes
se eternizaban, dejando tras de si un apestoso aire a suciedad y excrementos
y un terrible clamor pidiendo agua y alimentos. Cientos de miles de alemanes
vivían cerca de algunos de estos campos y durante cuatro años se les pegó a
la piel el olor a muerto que emanaban aquellas instalaciones, a las que
llegaban gentes por millares y de las que no volvían a salir. Y ciudades enteras
los vieron camino de sus lugares de trabajo, cubiertos de harapos, extenuados,
tambaleándose de agotamiento, acosados por los perros o las culatas de los
fusiles para que apresuraran el paso. Lo sabían las grandes industrias
alemanas, que producían los gases venenosos para exterminarlos o se
beneficiaban de su trabajo, de sus objetos o de sus restos. Miles de fotografías
circularon en los ambientes militares y policiales con las espantosas imágenes
de lo que estaba ocurriendo en los campos...
El tratar de no saber, el poner en duda los rumores, el negarse a creer era
una forma de autodefensa frente al horrendo asunto. Después de todo,
bastante tenían con tratar de sobrevivir bajo las bombas, el racionamiento y
las abrumadoras listas de bajas que llegaban de todos los frentes. Tras la
guerra, los alemanes prefirieron hacerse los locos, unos porque defendían su
actuación, otros porque no querían complicaciones y los más porque se
avergonzaba de lo que había ocurrido a la puerta de su casa.

Luego, en Alemania y en todo el mundo, se trató de velar discretamente el


asunto. Los pueblos trataban de sobrevivir y no era cuestión de mantener
abiertas las heridas, de escarbar en tantas conciencias y mantener el insufrible
hedor en el ambiente. Había que salir adelante, reconstruir los países y, al
poco tiempo, con la guerra fría, hubo que unir todas las fuerzas disponibles
para fortalecer el bloque occidental, lo que significaba incorporar a la República
Federal de Alemania al esfuerzo común. El mundo tuvo un gesto hacia los
judíos, con la consiguiente tragedia para los palestinos: partió Palestina y dio
vía libre al nacimiento del Estado de Israel. Uno de los países que apoyó la
partición fue la URSS. Su representante en la ONU, Andrei Gromiko, abogó por
el derecho del pueblo judío a tener su propio Estado “como compensación por
los sufrimientos padecidos en Europa”.

Tras su declaración de independencia (mayo de 1948) y su victoria sobre los


árabes, las autoridades del nuevo Estado trataron de recuperar a cuantos
judíos, diseminados por Europa, pudiera hallar y, más que reprochar el
Holocausto a alemanes, polacos, rumanos o húngaros, prefirieron beneficiarse
del general sentimiento de culpabilidad que, sobre todo en el caso alemán, se
concretó en donaciones, créditos y ventas de armas. (La RFA indemnizó a los
judíos por las atrocidades cometidas por el nazismo y entre 1952 y 1966
entregó a Israel 1.750 millones de dólares. En ese mismo periodo, entre
inversiones y créditos, colocó otros 15.000 millones. Más aún, cuando nadie
quería vender armas a Israel, Bonn le entregó armamento pesado por valor de
320 millones de dólares). Evidentemente, poco a poco se iban sepultando en el
olvido las atrocidades nazis.

Esa “conspiración de silencio” se rompió a partir


del secuestro de Eichmann en Argentina y de su clamoroso juicio en Israel, que
lo condenó a muerte en 1962. Si aquel proceso puso de moda el tema del
Holocausto, realmente, como opina Norman Finkelstein (La Industria del
Holocausto), fue tras la “guerra de los seis días”, en junio de 1967, cuando se
multiplicó la publicación de memorias y obras de investigación, reportajes,
series de televisión y películas. Los motivos fueron varios: el aislamiento
internacional de Israel y la decidida apuesta norteamericana por utilizar al
Estado judío, que tan brillante victoria había logrado sobre egipcios y sirios,
como su pro-cónsul estratégico en el Mediterráneo Oriental. El recuerdo del
Holocausto -como reconoce Avi Shlaim (El Muro de Hierro)- servía para captar
simpatías hacia lo judío, hacia Israel; para hacer sonar la alarma de que nunca
podría volver a ocurrir aquello, por tanto todo era justificable en defensa de los
israelíes, a los que los árabes querían “arrojar al mar”. Así se justificaban ante
la opinión pública norte americana las inmensas ayudas económicas y
armamentísticas que Washington estaba proporcionando, lo que fue mucho
más evidente durante y después de la Guerra del Yom Kippur, de octubre de
1973.

Es imposible olvidar que todavía no han sido totalmente resueltas las


indemnizaciones a los supervivientes del Holocausto y a sus familias que lleva
negociándose décadas en Alemania, Austria, Suiza... También debe recordarse
que todos los países o instituciones que por acción u omisión tuvieron algo que
ver han ido pidiendo perdón: lo hizo Francia por medio de su presidente,
Jacques Chirac, que admitió que el colaboracionista Gobierno de Vichy terminó
entregando a los asesinos de Hitler a más de cien mil judíos; lo hizo el papa
Juan Pablo II, más por su antisemitismo histórico que por su actuación ante el
Holocausto. Lo ha hecho Alemania, no solo con dinero para Israel y para las
víctimas, sino con exposiciones, como la que recordaba el aniversario de la
Conferencia de Wannsee, asunto aún difícil de digerir, puesto que allí no
existían museos dedicados a los diferentes capítulos del nazismo, sino que todo
lo conservado continuaba en los escenarios del genocidio (los campos de
concentración, los restos de la sede central de la Gestapo, el palacete de
Wannsee). Más aún, la asunción del genocidio nazi chocaba con la comprensión
de los antiguos alemanes del Este, pues en la época comunista siempre se les
dijo que los herederos del nazismo eran los alemanes occidentales.
Actualmente ya es difícil hallar quien niegue el Holocausto, pues está
penalizado en la mayoría de los países democráticos. La literatura publicada al
respecto es ingente; destacar recientemente la obra del húngaro de origen
judío Imre Kertész, superviviente de Auschwitz, reconocido con el Nobel. Se
recuerda el aniversario de Ana Frank, la niña autora del famoso Diario, muerta
a los 16 años en Bergen-Belsen. O la novela recuperada Suite Francesa, de
otra autora de origen judío también desaparecida en un campo, Irene
Nemirovsky. Especial mención merece el documental Shoah, de Claude
Lanzmann, donde se entrevista a supervivientes de los campos de esterminio.

Introducción
EL GRAN CARNAVAL DE LA MUERTE

La fama no protegió a Miklós Radnóti, el poeta judío nacido en Hungría. Ni


tampoco lo consideró digno de servir en el ejército de ese país: sencillamente
lo alistaron en un batallón de trabajos forzados en 1940. Tres años antes había
obtenido el más importante gallardón literario, el premio Baumgarten. Pero
ahora lo enviaban a una región recién anexionada de Rumanía para
desmantelar trincheras de alambre de púas. Liberado después de cuatro meses
de arduos trabajos, volvió a Budapest, a la vida civil, solo para ser de nuevo
enrolado en otro batallón de trabajos forzados en 1942. Durante un tiempo la
suerte permaneció a su lado y sobrevivió a casi año y medio de feroces injurias
antisemitas y duras condiciones psicológicas, para regresar una vez más a la
vida civil.

En la primavera de 1944 Hungría cedió a las presiones alemanas para que


deportara a sus judíos. La esposa de Radnóti se escondió. Su madrastra y su
hermanastra estaban entre los 36 mil judíos que trasladaron de Nagyvárad a
Aushwitz el 24 de mayo. Radnóti fue reclutado por tercera vez para realizar
trabajos forzados y enviado al campo de esclavos de Heidenau, en la Serbia
ocupada. Este campo estaba adscrito a la Organización Todt, la empresa
estatal nazi responsable de la construcción de las infraestructuras militares,
que suministraba mano de obra para el tendido de un ferrocarril del ejército,
que uniría Belgrado con Bor (Yugoslavia). Trabajo duro y raciones escasas, sin
embargo el poeta siguió escribiendo en un pequeño libro de notas que le dio
un campesino serbio compasivo.

Los húngaros abandonaron Heidenau en agosto, cuando los partisanos de


Tito y las tropas soviéticas se acercaban, y obligaron a los 3.200 presos a
volver a marchas forzadas a Hungría. Pero al cruzar la frontera, un grupo de
hombres de las SS a caballo tomó el cambio y ordenó un cambio de destino:
hacia el Reich. Los esclavos trabajarían en los campos en Alemania. Radnóti y
sus compañeros no tenían alimentos, ni agua, ni fuerzas para mantener el
paso. Una semana después, el violinista Miklós Lorsi no pudo soportarlo más.
Radnóti y uno de los que iban con él intentaron ayudarle, pero uno de los SS lo
impidió y lo mató en el acto. Radnóti escribió su epitafio en el pequeño libro de
notas: “...Así terminarás: un tiro en la nuca”.

Radnóti predijo su destino a la perfección. Al cabo de un mes, las SS se


fueron, y los fascistas de la Cruz Flechada gobernaban Budapest. Los guardias
húngaros hicieron el trabajo de los alemanes. El 8 de noviembre cargaron a
Radnóti y a otros 21 compañeros “rezagados” en un carromato al final de la
columna. En la ciudad de Györ, carromato y columna siguieron caminos
diferentes. Los guardias obligaron a los que todavía podían mantenerse en pie
a seguir hacia Alemania.

Radnóti y sus compañeros se quedaron en esta ciudad. Sus vigilantes


trataron de librarse de ellos enviándolos al hospital local, pero la dirección se
nego a aceptarlos. Desde el mes de marzo, Györ era Judenrein (estaba “limpio
de judíos”). Alguien sugirió: ¿por qué no se los llevan a algún sitio y los
matan? Los guardias los complacieron. Los fusilaron en una de las orillas del
río Rabca.

La fosa común se localizó meses después, en mayo de 1946. Los cadáveres


descompuestos se exhumaron. A Radnóti lo reconocieron por el carnet de
identidad. Su libro de notas estaba intacto. Había escrito sus últimos poemas
durante la marcha de la muerte, el último era un poema de amor dedicado a
su mujer.

La historia de todo un continente, de una civilización entera, brilla


tenuemente en el devenir vital de Radnóti, como un claro destello que lanza
preguntas, no respuestas. Fue un poeta famoso, aclamado por la crítica, en un
país que se gloriaba de su legado artístico y que honraba a los defensores de
los derechos civiles como si fuesen héroes nacionales. Hungría se enorgullecía
de haber sido un bastión de la cristiandad desde la Baja Edad Media, y un
baluarte de la civilización desde la Ilustración, contra la amenaza de Oriente,
hacía ya mucho tiempo que había emancipado a su población. Con la ley de
Nacionalidades de 1868, todos eran húngaros fueran cuales fuesen sus
orígenes religiosos o étnicos. Sin embargo, en pleno siglo XX, Hungría negó
estos derechos civiles a sus judíos, entre ellos al poeta Radnóti.

Capítulo Uno
JUDIOS, GENTILES Y ALEMANES

La Europa que consintió el Holocausto no se creó en 1933. Social y


políticamente, todo comenzó en los reinos medievales que reemplazaron al
Imperio Romano. Las gentes de esa época, de hábitos e ideas conservadoras,
deseaban conservar su mundo tal y como era, sin cambios ni fracturas.

La Iglesia católica edificó su autoridad sobre el principio de eternidad


mientras perseguía, paradójicamente, cambios radicales. Era una institución
tradicional como la sociedad que la había nutrido durante siglos y descansaba
sobre la costumbre; lo que se hizo en el pasado sancionaba su existencia y sus
prácticas. Su derecho a ser la única iglesia, verdadera, santa y universal
estaba, y sigue estando, fundado en la sucesión apostólica. Pero también
buscaba activamente la conversión de judíos y paganos y, de este modo, era
también una fuerza poderosa para el cambio. En la Edad Media, todo el
mundo, excepto los judíos, se había convertido al cristianismo, de forma que
el ímpetu radical de la Iglesia se dirigió hacia el exterior, iniciando cruzadas
sanguinarias contra, por ejemplo, los sarracenos paganos de Oriente Próximo.

Los judíos que vivían en los reinos cristianos se encontraban en una


situación incómoda. La Iglesia quería convertirlos, cambiarlos, pero como
institución conservadora, les permitía tener su sitio en la sociedad. Después de
todo llevaban viviendo desde hacía siglos en dichos reinos, y lo que existía en
el pasado debía ser preservado. Además, los judíos ocupaban un lugar
particular en la historia, un papel especial. Era el pueblo del Antiguo
Testamento con el que Dios había refrendado su primera alianza. Los había
escogido para que siguieran sus leyes y ellos, a cambio, se habían convertido
en el pueblo elegido.

Los primeros cristianos, en los siglos II y III, se enfrentaban a la cuestión


de cómo interpretar la relación entre la vieja y nueva alianzas, entre judíos y
cristianos. Dentro del cristianismo habían brotado sectas radicales, influidas
por el gnosticismo, que sostenía que el verdadero saber estaba reservado a
unos pocos iniciados, y que la salvación solo estaba destinada a ellos. Estos
grupos desarrollaron una teología que resaltaba su exclusiva diferencia entre
los cristianos, y adoptaron un rechazo total a los judíos. Si la vieja alianza
mataba y la nueva daba vida, como proclamaba San Pablo, entonces los judíos
eran agentes del demonio.

Las líneas principales de la teología cristiana, destinadas a definir las


condiciones de vida de los judíos en Europa, se desarrollaron según estas ideas
radicales de los cristianos gnósticos. El dogma predominante rechazaba la
visión excluyente gnóstica basada en “nosotros o ellos”; por el contrario,
predicaba una visión más integradora. La antigua y nueva alianzas no eran
diferentes y separadas, sino que formaban parte de un único proceso, como
mantenían teólogos como Ireneo y Tertuliano. Mientras que era cierto que
Cristo había iniciado una nueva era, la antigua no estaba totalmente obsoleta.
Además el Antiguo Testamento confirmaba la validez del Nuevo, como había
profetizado Jeremías. En resumen, la existencia de los judíos testimoniaba la
historia de la alianza y, como San Agustín, Padre de la Iglesia, advertía a
principios del siglo V, estos tenían que ser protegidos, pero en la desdicha.

La Iglesia se mantuvo firme en la idea de que había un sitio para todas las
cosas y para todos, incluso los judíos. En la Alta Edad Media este concepto
encarnó el sistema teológico dominante en la Europa medieval llamado
teología escolástica, que se desarrolló en las universidades. La escolástica
mantenía y respetaba estrictamente las distinciones y separaciones sociales.
La impronta de Dios tenía que estar en todo lo creado, como sostenía Tomás
de Aquino, el gran escolástico, filósofo y profesor de la Universidad de París en
el siglo XIII.

Esta idea recibió un decidido giro político de manos del poeta italiano Dante.
Su tratado sobre la monarquía como institución es una exposición clara de lo
que pensaba la gente educada en la Edad Media. La humanidad existía para
realizar el potencial intelectual humano.

En la Europa feudal, el pueblo no era gobernado mediante leyes comunes,


que vincularan igualmente a todo el mundo. No existía el concepto de igualdad
de derechos. Se basaban en las relaciones entre individuos y grupos: señores y
vasallos, reyes y ciudades, ciudades y gremios, gremios y artesanos. En una
sociedad donde todos los grupos tenían sus acuerdos particulares con los
demás, los judíos podrían crear un espacio para su propia comunidad.

Durante la Edad Media, las comunidades judías europeas negociaron sus


derechos y privilegios con los dignatarios cristianos, seculares y religiosos,
buscando la salvaguarda de la autonomía de sus comunidades, así como la de
su religión, cultura y estilo de vida. Al igual que la sociedad cristiana veía a los
judíos como algo separado, aquellos se veían como algo aparte, como un solo
pueblo, con su fe común, su tradición nacional... Se afanaban tanto en
separarse de sus vecinos cristianos como de excluir a estos de su comunidad.
Lejos de intentar integrarse en la cultura dominante o de asimilarse a la
sociedad cristiana, protegieron sus diferencias con una red de leyes religiosas y
de norman comunitarias.

En esa época los judíos formaban una comunidad separada, aislada e


íntimamente unida, un subgrupo dentro de una sociedad más grande. Esta
comunidad estaba gobernada, en primer lugar, por dirigentes judíos y con sus
propias leyes, pero también estaba bajo las autoridades seculares. La gente no
podía ir a un lugar y quedarse a vivir allí. El derecho a residir dentro de las
murallas de una ciudad lo concedían las autoridades municipales, y estas
ordenanzas se aplicaban a todo el mundo, pero los judíos tenían dificultades
añadidad. El espacio que tenían reservado estaba, a menudo, estrictamente
limitado a un callejón o a unas pocas calles (“gueto” o judería). Era una zona
cerrada con una entrada con puertas que se cerraban por las noches y durante
las festividades cristianas importantes como Semana Santa. Además no tenían
derecho a residir ni siquiera en el lugar donde hubiesen nacido, a no se que
dicho privilegio les fuera concedido de nuevo. Las autoridades podían
expulsarlos en cualquier momento, y así se hizo muchas veces.

Durante la Peste Negra que asoló Europa en 1348 y 1349, los judíos fueron
expulsados “para siempre” o “por al menos doscientos años”. Pero como eran
necesarios por motivos económicos, al cabo de un año se les permitió volver,
pero en peores términos y condiciones más estrictas de reclusión. Ante esta
situación, muchos emigraron de Francia y Alemania al Este, hacia Austria,
Bohemia, Moravia y Silesia, incluso Polonia, donde les ofrecieron mejores
oportunidades económicas y, esperaban, mayor estabilidad.

A mediados del siglo XVII, la mitad de la población judía del mundo (dos
millones) vivía en Europa central, Polonia y Lituania, segregada de la sociedad
cristiana por las leyes estatales y por su propia voluntad. Tendían de forma
natural a vivir cerca de la sinagoga, la casa de baños, la escuela y las tiendas
kosher. Hablaban yídish, un idioma común que podían utilizar entre ellos,
esperando que los cristianos no los entendiesen.

Las leyes antiguas, desde 1215, obligaban a los judíos a llevar ropas
diferentes; cuatrocientos años después, el gorro cónico y el parche amarillo de
tela con forma de círculo, las “señales hebreas”, habían desaparecido. Sin
embargo siguieron distinguiéndose por su vestimenta, los rizos de pelo que les
caían sobre las sienes a los hombres y el cabello tapado de las mujeres. El
mundo de los cristianos era un sitio para ganarse la vida, su comunidad era
conservadora y tradicional.

El resultado fue una coexistencia difícil, a veces violenta, desigual siempre.


Si consideramos la masacre de casi diez mil judíos al inicio de la Primera
Cruzada de 1096 para “liberar” Jerusalén del dominio “infiel”, la todavía más
sanguinaria Segunda Cruzada de 1146, cuando los cristianos pensaron que su
primer deber era matar a los judíos de casa, para seguir luego hacia Oriente,
los guetos cerrados, los únicos trabajos que podían realizar y la “señal hebrea”
es fácil trazar una línea recta desde el tradicional antijudaísmo cristiano hasta
el antisemitismo aniquilador de los nazis. Pero no existe tal línea directa.

A los ataques contra los judíos, o pogromos, durante la Edad Media se les
dio una justificación teológica para excitar a las masas, utilizando viejas
palabras que incitaban al odio. Sin embargo, estos disturbios tenían poco de
religioso. Más bien, los judíos y otros grupos estaban atrapados en una lucha
por el poder político. Los hebreos de la Europa medieval estaban bajo la
protección del rey o de un noble local y los pogromos fueron conflictos entre
las autoridades religiosas y seculares.
Los mendigos, los leprosos, los viajeros en tránsito e incluso aquellos a los
que la Iglesia consideraba herejes, como los albigenses, una secta gnóstica de
Aquitania, estaban bajo el amparo de un monarca o de un noble. Los leprosos
o los albigenses eran comunidades que, como la judía, fueron víctimas de la
violencia. Durante la Cruzada de los Pastores de 1320, que abarcó a toda la
Francia actual y el norte de España, los leprosos fueron perseguidos tan
despiadadamente como los judíos. Y a pesar de la protección del conde de
Tolosa los albigenses se convirtieron en un peón dentro de una simple lucha
política que enfrentaba a la Iglesia, al rey de Francia y a un noble de la región.
Fueron asesinados en masa.

Sobre esta masacre descansa el primer “triunfo” de la Inquisición, un brazo


de la Iglesia establecido en el siglo XIII para erradicar la herejía y eliminar a
los herejes. Estos eran cristianos que rechazaban el dogma de la Iglesia y su
autoridad, y representaban una amenaza mucho mayor que los judíos (habían
roto la alianza cristiana). Aquellos que la Iglesia juzgaba herejes: husitas,
hugonotes en Francia, calvinistas y otros protestantes, fueron cazados durante
siglos por una Inquisición organizada, poderosa y cruel. Es en esta aniquilación
despiadada de tales comunidades cristianas “heréticas” donde encontramos un
presagio del Holocausto.

Las estructuras políticas del medievo y las relaciones de poder se


desmoronaron cuando surgieron fuertes gobiernos centrales en los siglos XVI y
XVII. La autonomía que disfrutaban las ciudades y lo señores feudales fue
desafiada resueltamente por los reyes de España, Francia, Inglaterra, Rusia y
Prusia, que buscaban homogeneizar y modernizar sus reinos. Promulgaron
leyes y decretaron condiciones personales universales. En rápida sucesión
establecieron academias para normalizar el idioma, impusieron pesos y
medidas comunes, regularizaron las convenciones cartográficas y edificaron
una infraestructura nacional y militar de fortalezas y arsenales. Se vio el
nacimiento de infraestructuras nacionales de transporte y de acuñación de
moneda. Estos ambiciosos proyectos aseguraron la riqueza real mediante un
crecimiento económico sostenido y consolidaron el poder de los reyes creando
súbditos leales. Los nobles locales, antiguos señores feudales, se
transformaron tranquilamente en aristócratas cortesanos. Estos y los plebeyos,
ricos y pobres, católicos y protestantes, eran igualmente responsables ante el
rey.
Fue dentro de este contexto político y social donde algunos hombres de
letras, conocidos como les philosophes, los filósofos de la Ilustración, llevaron
el principio de uniformidad y universalidad a su conclusión lógica: la igualdad
social. Disgustados con las intrigas, la corrupción y los privilegios abusivos de
la aristocracia, filósofos como Voltaire, Diderot y Rousseau querían una
sociedad sin clases, radicalmente nueva, basada en la razón y no en la
tradición.

¿Dónde encajaban los judíos? Las ideas conservadoras se desvanecían. La


ética racional del judaísmo fue bastante apreciada, pero, como el cristianismo,
es una religión revelada y los filósofos del Siglo de las Luces eran muy críticos
con todas las creencias fundadas en la fe y no en la razón. Eran un invento de
los sacerdotes y estaban impregnadas de supersticiones. Encadenaban el
pensamiento libre y, por tanto, controlaban la sociedad. Anticlericales
furibundos, consideraban a las iglesias y a los sacerdotes como enemigos.
Abogaban por un sistema político basado en la razón y trataban de contener el
poder de la iglesia en la sociedad. Para filósofos como Voltaire, el problema con
los judíos no era lo que les diferenciaba de los cristianos, sino lo que todos
ellos tenían en común. Si el pensamiento judío tenía una contribución que
hacer a una sociedad ilustrada, las costumbres judías no tenían ninguna. Con
el estallido de la Revolución Francesa en 1789, el mensaje fue claro: los judíos
eran bienvenidos, como individuos, para unirse a la nueva sociedad, pero no
como seguidores de una comunidad religiosa tradicional. Como dijo Clermont-
Tonnerre, miembro de la Asamblea Nacional: “Todo para los judíos como
individuos, nada para ellos como comunidad”.

Había muchos judíos dispuestos y deseosos de aceptar esta oferta. Influidos


por el apasionante movimiento de la Ilustración y la nueva estructura política,
con férreas leyes centralistas que habían alterado las relaciones de poder tan
importantes para la comunidad hebrea, los judíos como sus vecinos gentiles,
empezaron a pensar de acuerdo con los principios racionalistas. La Haskala, la
Ilustración judía, abrió nuevos campos de estudio y de compromiso intelectual.
Por primera vez, el estudio de los textos tradicionales judíos estuvo
acompañado de la búsqueda de conocimientos generales: ciencias,
matemáticas, idiomas y literatura gentiles. Durante la segunda mital del siglo,
estos judíos ilustrados aumentaron en número por toda Europa occidental y
central, y desarrollaron ideas radicalmente diferentes de las de sus
tradicionales correligionarios sobre la educación, organización comunitaria y
estilo de vida. Deseaban establecer una nueva relación con el mundo gentil,
querían ser ciudadanos del país en el que vivían. Su objetivo era la
emancipación.

Sin embargo, no era una propuesta totalmente sincera. Como sus


hermanos ortodoxos, los judíos ilustrados estaban resueltos a mentener su
identidad hebrea.
La cuestión de la emancipación nunca se hubiese planteado si no hubiera
nacido también en ese momento el principio de igualdad social. El grito de
“Libertad, Igualdad y Fraternidad!” retumbaba en el aire durante la Revolución
Francesa; era un breve resumen de los ideales de los filósofos ilustrados, y
muchas de sus ideas fueron llevadas a cabo. Imaginaron, y la Revolución lo
puso en práctica, la abolición de los privilegios basados en el nacimiento, la
creación de un gobierno representativo y la institución de una escuela nacional.
Los filósofos tenían la esperanza de que todos fuesen ciudadanos del Estado,
no súbditos de una corona, y la revolución barrió de inmediato todas las
barreras que impedían el acceso a la ciudadanía.

Pero si la sociedad ilustrada podía ofrecer a los judíos la emancipación, la


ciudadanía, la participación en la política nacional, la liberta de movimiento y la
entrada en todos los campos de la economía, también era una sociedad
ferozmente antirreligiosa, que quebrantó la autonomía de la comunidad judía,
al igual que redujo el poder de la Iglesia en Francia. De acuero con sus
principios anticlericales e ilustrados, la revolución separó a la Iglesia católica
francesa de Roma, nacionalizó sus propiedades y cerró monasterios y
conventos. También abolió el acuerdo tradicional, aceptado durante siglos por
cristianos y judíos, que permitía a estos gobernarse según sus propias leyes y
con sus propios funcionarios.

Inevitablemente, la revolución abrió la discusión sobre la llamada Cuestión


Judía en la Asamblea Nacional francesa. Estaba totalmente aceptado que los
judíos debían tener libertad de movimientos y elección libre de trabajo, pero
¿qué pasaba con la ciudadanía? ¿Eran los judíos un pueblo separado? ¿Una
nación propia? ¿O podían integrarse en el nuevo Estado? Durante los debates
de diciembre de 1789, los conservadores mantenían que eran una nación con
sus propias leyes, de acuerdo con las cuales se habían gobernado y deseaban
seguir haciéndolo. Pero los radicales discrepaban, y preveían la disolución de
las estructuras comunitarias judías, para establecer en su lugar asociaciones
privadas que se ocuparan tan solo de los asuntos de fe.

Finalmente, en 1791, la Asamblea derogó todos los impedimentos legales


para acceder a la ciudadanía. La política de “protección en la desdicha”, que
había gobernado las relaciones entre cristianos y judíos durante más de mil
años, desapareció. Ahora era posible la integración civil. Las creencias
religiosas ya no eran un problema y la conversión era irrelevante. La lealtad a
la nueva nación era la nueva barrera. ¿Podían ser los judíos leales a Francia?
Este problema siguió sin resolverse durante aquellos años tumultuosos
pero, con la relativa tranquilidad política de la era napoleónica (1799-1813),
fue el propio Napoleón quien decidió zanjar la “Cuestión Judía”.

Los dirigentes judíos fueron convocados a un reunión en París en julio de


1806. Se les planteó doce preguntas sobre la relación de la comunidad judía
francesa, su leyes y costumbres, con la nación francesa y las leyes civiles.
También se les preguntó sobre los lazos existentes entre los judíos de Francia y
sus correligionarios en cualquier otro lugar del mundo. Los dirigentes
permanecían sentados en silencio, pero saltaron cuando se les inquirió si
consideraban a Francia su país, y si estaban dispuestos a defenderla. “Jusqu´a
la mort!”, exclamaron.

De conformidad con el pacto napoleónico dejaron de vivir como lo habían


hecho tradicionalmente, y abandonando la autonomía de su comunidad se
convirtieron en “franceses de creencia mosaica”. Este objetivo, tan ansiosa
como largamente esperado, tuvo un sabor agridulce. Muchos a los que les
importaba la identidad distintiva se encontraron ante un dilema: cómo unirse
al cuerpo político y seguir siendo verdaderos judíos. Los términos de este
debate han cambiado durante los últimos doscientos años, pero todavía están
de actualidad.
Los movimientos de emancipación se extendieron rápidamente por toda
Europa occidental y central a raíz de la Revolución Francesa y las conquistas
napoleónicas, y no se detuvieron ni con la derrota del emperador en mayo de
1814. Los más encarnizados enemigos de Francia, como Austria y Prusia,
menos proclives a seguir su ejemplo, trataron de ofrecer la plena
emancipación. Una vez más triunfaron los ideales de los filósofos.

De esta forma, la Revolución Francesa realizó el proyecto de la Ilustración.


Creó el concepto de ciudadano, la escuela nacional, el gobierno representativo,
y la abolición de los privilegios por nacimiento. Pero también introdujo la
violencia como medio para el cambio social. Por primera vez, una sociedad se
recreaba a sí misma, y al hacerlo así utilizó voluntariamente todos los medios
disponibles. Como explicó Alexis de Tocqueville, el gran historiador del siglo
XIX, la revolución se empeñó en “abolir la forma antigua de la sociedad”. Y
para conseguirlo “tuvo que combatir a la vez a todos los poderes establecidos,
destruir todas las influencias reconocidas, borrar las tradiciones, renovar las
costumbres y usos y vaciar en cierto modo el espíritu humano de todas las
ideas en las que hasta entonces se habían basado el respeto y la obediencia”.
Los medios que usaron los revolucionarios para tal fin fueron el asesinato de la
familia real y de la aristocracia. Estas élites habían encarnado la autoridad
tradicional y la continuidad con el pasado. Y era este vínculo, esta autoridad, la
que había que erradicar. En el baño de sangre, conocido como el Terror, doce
mil aristócratas fueron guillotinados, no por lo que habían hecho, sino por
tener la condición de tales.

Se había sembrado una terrible semilla. Los revolucionarios habían llegado a


creer que un grupo de personas, las gente de “sangre noble”, representaban
un estorbo para el cambio social y político. Esta idea destruyó los últimos
rastros de la idea medieval de un lugar concreto en la sociedad para todo el
mundo. Y despertó una horrible perspectiva: si era legítimo ejecutar
aristócratas, porque impedían la renovación social, ¿no sería también legítimo
matar a otros grupos que fuesen considerados un obstáculo para el progreso?

El Terror, la decisión de los revolucionarios de matar al rey y aniquilar a la


nobleza, introdujo una política basada en los asesinatos en masa. El siglo XX
sabe mucho de esto. El Terror anuncia el asesinato de los kulaks por Stalin,
que los consideraba un impedimento para la colectivización rural. Y anuncia,
también, el asesinato de los judíos por Hitler, considerados como una barrera
hacia la utopía racial. Existe una línea directa que une al regicidio con el
genocidio judío.

Los filósofos nunca previeron que la sociedad ilustrada que imaginaban se


presentase con una matanza generalizada. Tampoco esperaban valerse de
masacres para realizar los cambios sociales que propugnaban. Este uso de la
violencia como medio de cambio social era un resultado inesperado. Y, quizá,
los europeos sufrieron tal conmoción, por causa de su brutalidad y crueldad,
que no utilizaron dichos medios durante ciento cincuenta años.

Un segundo e inesperado resultado de la Revolución Francesa fue el


nacimiento del nacionalismo moderno dentro de la sociedad europea. La
revolución introdujo la idea de “pueblo” y la definió en términos políticos. Una
vez propuesta concitó una inmensa atención popular y un esfuerzo intelectual
parejo durante todo el siglo XIX. La historia era la esencia de la nación y el
pueblo heredaba esa historia. “Tener glorias comunes en el pasado, una
voluntad común en el presente, haber hecho grandes cosas juntos, querer aún
hacerlas; he ahí las condiciones esenciales para ser un pueblo”. El pueblo de
una nación no tenía que pertenecer necesariamente a la misma raza, ni
tampoco hablar la misma lengua. La idea central y común a todas las
ideologías sobre la nación era que es esta, y no los individuos, ni las clases, ni
las dinastías, el vehículo del destino histórico. Y este decreta su papel
predestinado en la historia, en el que todas las naciones crean y conservan un
patrimonio moral, que pertenece a todos; este patrimonio estaría compuesto
por todas las obras maestras de la literatura y el arte, los monumentos
nacionales, instituciones, pensamiento filosófico y la historia política y militar
de las victorias ganadas y las derrotas sufridas. Pues al pasar de padres a hijos
a través de exposiciones y museos públicos, así como el recién creado sistema
nacional de educación pública, todos compartían el patrimonio nacional.

Pero la responsabilidad era recíproca: todos los ciudadanos aptos tenían


que servir en el ejército. El nacionalismo demostró ser tan seductor que
persuadió a miilone de pacíficos ciudadanos a someterse al servicio militar y a
los peligros de la guerra. La nación, a la hora de movilizar a las masas,
demostró un éxito extraordinario. Para Jules Michelet, el gran historiador
francés, no había mayor lección de patriotismo que la vista de los soldados
desfilando.

El nacionalismo siempre enmarca el devenir de una nación en términos


míticos, y los historiadores escriben historias épicas en las que las aspiraciones
del pueblo común y corriente se convierten en cuentos sobre la grandeza
nacional. Por supuesto, son fábulas que presentan el desarrollo histórico en
orden inverso. Esto resulta transparente en los relatos del nacimiento de una
nación. El interés de los gobiernos monárquicos para consolidar el poder
establece los cimientos de la nación moderna. Estos reyes exigían la misma
lengua e imponían una cultura uniforme. Cuando todo el mundo habló y
compartió dichas lenguas y culturas, los historiadores nacionalistas volvieron a
escribir la historia, haciendo caso omiso de la verdad. Postularon un
nacimiento mítico en los albores del tiempo, de una “raza” original, de un
“pueblo” que hablaba una sola lengua y que poseía una única cultura, con sus
propias y “auténticas” tradiciones y costumbres. Su nación era antigua, no un
proyecto recién nacido a causa de una necesidad política concreta; tenía un ser
inmemorial, permanente e intransmutable, habitado por un pueblo, generación
tras generación. A finales del siglo XIX, las historiografía nacionalista había
llegado a identificar “la nación” y “el pueblo” con la descendencia biológica y
genética.

En este planteamiento no había sitio para los judíos. Ni en 1900 ni tampoco


ciertamente en 1800. A principios del XIX la comunidad hebraica se percibía
como un grupo aislado y unido que rezaba por el retorno a sus tierras
ancestrales en Palestina; esto los convertía en candidatos dudosos a la
ciudadanía, según algunos filósofos nacionalistas como Fichte: “¿No os
recuerda esto a un Estado dentro de un Estado?”.

Esta era una nueva clase de antijudaísmo, más política que religiosa. El
lenguaje de Fichte pudo haber sido extermista, pero su razonamiento lo
recogieron los historiadores de la derecha durante todo el siglo XIX. Los judíos,
sencillamente, no eran parte de la nación. No importaba que hubiesen vivido
en Francia, Alemania o Italia desde la época de los romanos, o durante mucho
más tiempo que las tribus que habían emigrado a esas tierras en el siglo V y
formaron la espina dorsal de las nuevas naciones. Los historiadores
nacionalistas pasaron por alto su presencia, o la describieron como algo nocivo
y exterior a la propia nación. Para el nacionalista Michelet, Francia
representaba el ideal del progreso, mientras Inglaterra estaba enfangada en la
tradición. Los judíos, con sus préstamos, comercio y tradición financiera, eran
extraños a Francia y en Inglaterra se sentían como en casa. “Los judíos, dígase
lo que se quiera de ellos, tienen un país: la Bolsa de Londres; viven en
cualquier sitio, pero sus raíces nacen en el país del oro. Y ahora que el dinero
de todos los Estados está en sus manos, ¿qué pueden amar? Inglaterra, la
tierra del status quo. ¿Qué pueden odiar? Francia, la tierra del progreso”.

Si Michelet desterraba a Inglaterra a todos los judíos, el historiador


nacionalista alemán Heinrich von Treischke los extrañaba a Francia. En los
numerosos volúmenes de su Historia de Alemania en el siglo XIX, magistral
intento de escribir una historia nacionalista de unificación alemana, identificó a
los judíos como un elemento corrosivo impropio del espíritu de la nación
alemana, pero perfectamente adecuado a la Francia radical. “Para la nación
judía, que durante siglos ha dejado de tener una historia política, nada parece
más estraño que el sentido histórico. La veneración alemana por el pasado les
resultaba ridícula; pero la Francia moderna había roto con su historia. Francia
era un Estado recién nacido, creado, como si dijéramos, por la pura razón”.

Los progresistas del siglo XIX, que rechazaban la idea de estado-nación,


tampoco sabían qué hacer con los judíos. Aquellos que creían en el progreso
pensaban que el curso de la historia era un movimiento continuo hacia la
perfección, de una sociedad basada en la desigualdad a una de iguales. Creían
que la Revolución Francesa había acelerado considerablemente dicho proceso y
deseaban avanzar en la causa de la igualdad económica. Pero también les
parecía que los judíos representaban un obstáculo.

Tradicionalmente se había identificado a los judíos con el mundo de las


finanzas, y algunos como los Rothschild lo habían hecho extraordinariamente
bien en la nueva economía liberal del siglo XIX. Por tanto, para esos
pensadores progresistas, no eran sencillamente “materialistas”; constituían
una decidida fuerza histórica reaccionaria. Si había que emancipar a los judíos,
estos deberían dejar de ser judíos, y si la sociedad debía ser emancipada, esta
debería estar libre de judíos. En otras palabras, mientras que los nacionalistas
veían a los judíos como algo irritante que debía pasarse por alto, los
progresistas los consideraban un problema que debía ser resuelto.
Uno de los primeros en presentar esta idea no fue un cristiano antisemita;
lo hizo un judío antisemita, Löb Baruch, que creyó que la conversión lo salvaría
de las características que él despreciaba en sus correligionarios. Conocido
después de su bautismo como Ludwig Börne, transmitió su análisis despectivo
del pueblo y cultura judíos de su ciudad natal, Fráncfort: valoraban solo tres
cosas “primero el dinero; segundo, el dinero y, en tercer lugar, el dinero”.
Apasionado con este asunto, lo desarrolló en un ensayo sobre Der ewige Jude
(El judío eterno). Publicado en 1821, afirmaba que los judíos eran capitalistas,
que la sociedad capitalista era judía y, por lo tanto, el judaísmo era la raíz de
todos los males de la sociedad moderna. Sus conceptos y expresiones fueron
rápidamente aceptados. Fue muy influyente en Francia y Alemania, y un nuevo
tipo de antisemitismo sociológico se extendió entre revolucionarios y
reaccionarios unidos en su aversión a la nueva sociedad capitalista.

El joven periodista progresista, Karl Marx, judío converso como Börne, se


tomó a pecho estas ideas y se explayó en ellas (Karl Marx and the Radical
Critique of Judaism, 1843). “¿Cuál es el fundamento profano del judío? La
usura. ¿Cuál es su dios profano? El dinero”. Si las palabras expresan conceptos
Marx afirmó que “judaísmo” significa capitalismo, y “judío” capitalista. El
capitalismo era la verdadera esencia de lo que estaba mal en el mundo
moderno. El problema era que mientras “la política es, en principio, superio al
poder del dinero, en la práctica se ha convertido en su esclava”. Al partir de la
posición básica que sostiene que el dinero es el principio central de judaísmo,
Marx salta a los profundos efectos del dinero en la sociedad, y en todos y cada
uno de sus miembros, uniendo así el judaísmo con un poder destructor. “El
dinero es el celoso dios de Israel, que no permite ningún otro dios a su lado.
El dinero humilla a los demás dioses del hombre, y los transforma en una
mercancía... El dinero es la esencia enajenada del hombre, de su trabajo y su
existencia, esencia extraña que lo domina y a la que adora. El dios de los
judíos ha sido secularizado y transformado en el dios de este mundo”. Y
remachaba: “La letra de cambio es el dios real del judío”. Al basarse en una
premisa falsa, Marx construyó un edificio teórico para explicar las condiciones
de la sociedad de su tiempo. Esta forma de enmarcar el problema, la “cuestión
judía”, en terminología del teólogo antisemita Bruno Bauer, solo admitía una
solución: el judío en particular y la sociedad en general solo podían salvarse
mediante la destrucción del “judaísmo”, que para Marx significaba tanto
capitalismo como religión y tradición judías.

Durante la década progresista de los años cuarenta del siglo XIX, Karl Marx
esperó que otra revolución completara los objetivos de la francesa de 1789. En
1847 las condiciones parecían maduras: las malas cosechas habían acabado
con los alimentos de primera necesidad en Europa. En Francia y Alemania
estallaron revueltas, y la situación empeoró cuando el desempleo aumentó y
los artesanos vieron sus medios de vida amenazados por la producción
industrial. Marx y su colaborador Friedrich Engels proclamaron la más famosa
llamada a las armas de la historia. “Pueden temblar las clases dominantes ante
la revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella
salvo sus cadenas. Tienen un mundo que ganar. !Proletarios de todos los
países, uníos!”.
Los revolucionarios franceses fueron a las barricadas en febrero de 1848. En
Alemanis hubo manifestaciones y se exigió libertad de reunión, de prensa y el
juicio por jurado. Millones de alemanes creían que grandes acontecimientos
estaban a punto de suceder. “El viejo mundo está desmoronándose, y uno
nuevo surgirá de este, pues la excelsa diosa Revolución viene susurrando sobre
las alas de la tormenta” (Richard Wagner).

Pero cuando el humo se disipó, pocas cosas habían cambiado, provocando


frustración, cólera e impotencia. Wagner quedó marcado y hubo de exilarse.
La revolución se había derrumbado porque la burguesía alemana había
preferido su comodidad antes que la comunión con su propio pueblo. Se habían
equivocado a la hora de reconocer el valor de la nación alemana. Inspirado por
Bauer y Marx, Wagner señaló al “utilitarismo judaíco moderno” como fuente de
todos los problemas. En resumen, los judíos eran una influencia perniciosa en
la sociedad.

Wagner elaboró esta idea en su ensayo El judaísmo en la música, en el que


exponía que el judío “gobernará mientras el dinero sea el poder ante el que
todas nuestras acciones y conductas pierden su fuerza”. Además insistió en la
importancia de la comercialización en el mundo del arte como medida del
poder judío. Sostenía que los judíos habían convertido el sufrimiento del artista
por su arte en un beneficio financiero, y pensaba que en ese momento la
creación artística era del todo imposible. Alegaba que los judíos no podían
formar parte de la comunidad europea o participar en su cultura, pues eran
incapaces de hablar con propiedad la lengua de sus países de adopción. El
idioma era el alma de la nación. El judío nunca podría ser alemán porque
nunca sería capaz de hablar alemán.

“¿Qué es lo alemán?” se preguntaba Wagner: la cultura, no la economía,


era el verdadero corazón de la identidad aloemana. El judío había comprado el
alma alemana y convertido la kultur en una farsa, en una mera imagen.
Las ideas de Wagner fueron repetidas por un joven terrorista sedicioso
autro-alemán que estaba confinado en una fortaleza, después de haber fallado
el golpe de estado que encabezaba.

Wagner creía que la nación alemana había sido dotada con una rica vida
interior, desarrollada durante la severa prueba de la guerra de los Treinta Años.
El cuerpo de la nación había sido aniquilado, pero “el espíritu alemán había
sobrevivido”. En medio de las ruinas materiales, los alemanes se dieron cuenta
que eran una nación del espíritu, y el Grial que había conservado dicho espíritu
era la música, y su custodio Johann Sebastian Bach. “Lo bello y lo noble no
vino al mundo en consideración al beneficio; ni siquiera por amor a la fama y al
reconocimiento”. Y Wagner concibió el festival de teatro que fundó en la ciudad
bávara de Bayreuth en 1876 como el castillo del grial de una nueva Alemania
espiritual. Lejos de los teatros cosmopolitas, dirigidos por judíos, Bayreuth
permitía a la nación alemana recuperar el sentido de sí misma, viviendo la
fuerza mítica de su antigua épica propia: los Nibelungen.
Pronto Bayreuth se convirtió en el centro de peregrinaje de los jóvenes
alemanes que compartían la visión de Wagner. Algunos extranjeros habían
llegado a la misma conclusión, como el conde de Gobineau.

Joseph-Arthur de Gobineau nació en Francia en 1816, en una familia leal a


los Borbones, y creyó toda su vida que la Revolución Francesa había sido una
catástrofe para su país. A su juicio, la clase alta, la más valiosa de la sociedad,
había abandonado el Estado en manos de las clases media y baja. Aborrecía
los veloces cambios sociales de su tiempo que debían conducir a una rápida
degeneración. Gobineau, un pesimista social, se obsesionó con la idea de que
la historia estaba totalmente determinada por la raza. Su contemporáneo Marx
señaló la lucha de clases como motor del cambio social, y otros historiadores
se centraron en la lucha entre naciones, pero Gobineau sostuvo que era una
lucha entre razas.

Los ideales de igualdad y fraternidad entre los hombres, los de la


Revolución Francesa, estaban basados en hechos erróneos. En realidad, estaba
más interesado en la desigualdad de las razas. En el tapiz de la civilización,
entretejido con tantas razas, cada una tenía su propio objetivo. Pero un
subgrupo dentro de la raza blanca, los llamados arios, tenían el papel más
importante. “...Las dos variedades más inferiores de la especie humana, las
razas negra y amarilla, son la base tosca, el algodón y la lana, que se vuelve
flexible cuando las familias secundarias de la raza blanca añaden su seda;
mientras el grupo ario, con sus finos hilos, a través de generaciones de nobles,
diseña sobre la superficie una deslumbrante obra de arabescos de plata y oro”.

Eso iba más allá del nacionalismo; eso era racismo, e incluso un nacionalista
tan apasionado como Renan lo calificó de desatino pernicioso. “La verdad es
que no hay raza pura”; la premisa de Gobineau eran “un gravísimo error”. Con
espantosa precisión predijo que si la ideología del conde se impusiese,
“significaría la ruina de la civilización occidental”. Y al refutar rigurosamente a
Gobineau, Renan sostuvo que “aparte los caracteres antropológicos, la razón,
la justicia, lo verdadero, lo bello, igual es para todos”. Por otra parte, si las
diferencias raciales tenían un fundamento científico, ¿qué sucedería cuando
dichas ideas científicas cambiaran? “¿Han de cambiar entonces las naciones a
la par que los sistemas? Los límites de los Estados seguirán las fluctuaciones
de la ciencia... ¿Le dirán al patriota: Te han engañado, creías ser eslavo pero
eres germano?...Luego, diez años más tarde, os dirán que sois eslavo.”

Sin amilanarse, el conde contrarrevolucionario hiló un cuento en el que


describía la historia como un conflicto entre razas fuertes y débiles. Las fuertes
conquistaban a las débiles, pero las civilizaciones resultaban socavadas por el
mestizaje. Con la mezcla de sange, las razas fuertes degeneraban. Para
Gobineau, la mezcla de razas representaba una amenaza mucho mayor que la
de la guerra.
Sostenía que el siglo XIX sufría una decadencia basada en el mestizaje, que
se había iniciado con el derrumbamiento de las estrictas divisiones sociales de
la Edad Media y con la introducción del nuevo estado-nación. Como resultado,
la civilización no había avanzado hacia la igualdad social, como proclamaban
los revolucionarios, sino que había caído en la mediocridad. Sinceramente,
creía que todo estaba perdido.

Para Hitler, si la mezcla era el problema, una separación estricta sería la


respuesta. La civilización europea era la cima del desarrollo humano, y esta
descansaba sobre la “sangre nórdica”. “La pureza de sangre” era la clave; la
pérdida significaba el desastre. “La mezcla de sangre es la única causa de la
extinción de las viejas culturas, pues los hombres no perecen por culpa de las
guerras perdidas, sino por la falta de esa fuerza de resistencia que solo
contiene la sangre pura”. “Todos los que no sean de buena raza en este mundo
son inútiles”. Realmente, para Hitler, conservar la pureza de la sangre era una
obligación sagrada: “El pecado contra la sangre y la profanación de la raza son
el pecado original de este mundo”.

El mentor de Gobineau, Tocqueville, predijo que la obra del conde tendría


poca influencia en Francia, pero que encontraría lectores atentos en Alemania.
Wagner se interesó en su obra en 1876. Tuvieron un breve encuentro y se
hicieron amigos. El compositor presentó al conde en su círculo, y uno de sus
jóvenes miembros, Ludwig Schemann, descubrió en este al nuevo profeta de
Alemania.

Schemann fundó los Archivos Gobineau en Estrasburgo, e influyó en la


opinión pública. Estrañamente, a finales de un siglo que había sido testigo del
dominio mundial de los europeos, estos constructores de imperios empezaron
a sentirse inseguros. En 1900 Gobineau, con su discurso sobre la degeneración
fue aclamado en Alemania como “el hombre del momento”.

El círculo de Wagner se explayó en la obra de Gobineau, fraguando la teoría


que sostenía que, gracias a su sangre “aria”, los alemanes salvarían la
civilización occidental. Eugen Kretzer interpretó a Gobineau para el público
aleman: “La raza blanca es la superior; la familia gobernante es la familia aria.
Esta ha dotado a los alemanes, que harán brotar la última flor del desarrollo
histórico del mundo y en el futuro ninguna nación estará viva si no conserva
sangre alemana sin mezcla en sus venas”.

Sentían que había llegado el momento de tomar una decisión: O bien las
últimas gotas de sangre “aria” desaparecían en un crisol de razas, o bien los
“arios” tendrán que luchar para invertir el proceso de la degeneración; se
renovarían a sí mismos y se convertirían en una nación superior, idónea para
gobernar el mundo... Exigían la emancipación del ario que había en nuestro
interior, del “ario oculto”. “Si deseamos convertirnos en señores, debemos ser
arios”, escribió Kretzer.

El ario oculto: el héroe, el hombre que lucha, el soldado. “Entraña una vida
heroica, tal como Beethoven había descrito en su sinfonía del mismo nombre, y
no la felicidad de las masas, del rebaño”. Eran expresiones violentas que no
cayeron en saco roto en una sociedad que contaba con filósofos como Friedrich
Nietzsche. Como a muchos contemporáneos, a este le dolía vivir en una época
de decadencia general. Y el problema era el cristianismo, que había dado como
fruto una cultura vulgar, mediocre. El cristianismo estimaba a los desdichados
y a los débiles. Nietzsche, por el contrario, exigía un hombre nuevo, poderoso
y orgulloso, un Übermensch (superhombre) que evitara las enseñanzas
cristianas. Pero si tenía que haber Übermenschen, también tenía que haber
Untermenschen (infrahombres). Y si los alemanes, con su sangre “aria”, serían
los primeros, a los nazis no les costó mucho tiempo identificar a los judíos en
el segundo grupo.

Muchos de los inmensos disparates que los filósofos y propagandistas nazis


iban a proclamar de manera pomposa provenían de Gobineau y de una
interpretación escogida de la obra de Nietzsche. Pero ni este ni el conde eran
antisemitas. Ciertamente, Gobineau era un racista, y Nietzsche se oponía al
judaísmo (y en general a cualquier religión fundada en la Biblia), pero en ese
instante de la historia, el racismo y el antijudaísmo no se habían fundido en un
antisemitismo racial.

Le cupo al círculo de Wagner introducir un antisemitismo explícito dentro


del discurso racista. La identificación de lo alemán con el ideal “ario” provino
en realidad de su yerno, H.S.Chamberlain, que había nacido en Inglaterra.
Mientras Gobineau creía que la historia era una lucha de razas, Chamberlain
simplificó el argumento en un libro que tuvo considerable influencia, The
Foundations of the Nineteenth Century. Para el hijo político de Wagner, la
historia era una lucha entre los tipos nórdico y ario contra los judíos. Pero los
judíos estaban ascendiendo. Según Chamberlain, estos buscaban ganar poder
sobre los gentiles y dominar el mundo. Y argumentaba que los judíos se daban
cuenta de que la pureza de su propia raza era la clave de su poder.
Extrañamente, siguió exponiendo una hipótesis ridícula: los judíos intentaban
también ensuciar a otras razas con su sangre. Segúna Chamberlain, “El linaje
principal permance inmaculado”, mientras que “miles de sus vástagos,
arrancados, se utilizan para infectar a los indoeuropeos con sangre hebrea”. La
emancipación de los judíos fue la responsable de esto, y Chamberlain predijo
que en uno o dos siglos los judíos serían la única raza pura en Europa,
mientras que el resto sería “un rebaño de mestizos, de falsa naturaleza
hebrea, gentes degeneradas física y moralmente”.

El antiguo antijudaísmo había oprimido a los hebreos por razones


religiosas. El nuevo prejuicio se basó en una condena a los judíos como
adalides del radicalismo político y el progreso económico. Antaño, un judío
podía cruzar la línea mediante el bautizo; pero ahora esta elección
desaparecía. Ya no importaba en qué creían los judíos, sino lo que ellos eran.
Y esto no podía cambiarse.

Después de la unificación del Reich en 1871, un viento de cambio barrió


Alemania. El grupo de Wagner se puso manos a la obra. “Lo alemán”
representaba los valores tradicionales y rurales, mientras que “lo judío”
simbolizaba la sofisticación urbana y moderna. Por tanto, el campo y la ciudad,
la creatividad y la imitación, la vitalidad contra la superficialidad, la autoridad y
la democracia, virtud e intelecto, idealismo y materialismo, tradición e
innovación, lealtad y oportunismo, claridad y confusión, pureza y
degeneración, todo llevaba a “lo alemán contra lo judío”.

La paranoia alemana sobre la “amenaza judía” también se alimentó con la


creciente emigración de judíos de Europa del Este, que tuvo lugar desde 1868
a 1914. Unos tres millones de judíos rusos, austrohúngaros y rumanos
abandonaron sus hogares natales huyendo de la pobreza y los pogromos. De
camino a América, cruzaron Alemania y muchos temieron que se quedaran.
En la imaginación popular, esta avalancha extendería enfermedades,
corrupción económica y radicalismo político. Heinrich von Treitschke creía que
Alemania tenía un “problema judío” con estos emigrantes del Este. “Sus hijos y
sus nietos dominarán en el futuro las bolsas y los periódicos”. Convencido de
que provocarían la degeneración nacional, se preguntaba si el declive de la
cultura alemana podía ser prevenido mediante su expulsión por la fuerza.
Lamentando el grosero carácter del antisemitismo que tan rápidamente había
surgido en Alemania, sostenía sin embargo que “el instinto de las masas había
reconocido un daño muy importante en la vida de la nueva Alemania”. Y se
lamentó públicamente en los muy respetados Prussian Annals de noviembre de
1879: “Los judíos son nuestra desgracia”.

Fue en Francia, sin embargo, donde saltó la chispa. En 1894 el capitán


Alfred Dreyfus fue arrestado. Un agente secreto francés había encontrado en la
Embajada alemana en París una carta en la que se revelaban secretos militares
a los alemanes. Se identificó a Dreyfus como el traidor, basándose en pruebas
endebles. El caso se desarrolló durante los siguientes cinco años y cautivó la
atención del país y dividió a la opinión pública. L´affaire Dreyfus proporcionaba
el campo de batalla adecuado para la vieja cuestión: ¿Eran los judíos franceses
como sus otros compatriotas? ¿O eran una nación extranjera que vivía en
Francia, haciéndose pasar por francesa?

ALTA TRAICION. EL TRAIDOR JUDIO ALFRED DREYFUS DETENIDO, escribió


Edouard Drumont en los titulares de la Libre Parole, su virulento periódico
antisemita. Su intención era convertir el antisemitismo en un movimiento
político, para ello se valió de consignas como “la invasión judía” y, ampliando
su argumento, exigía una “Francia para los franceses”. Para él, el affaire
Dreyfus era un regalo: los judíos eran traidores por naturaleza. Y mucha gente
estuvo de acuerdo. La prensa católica recogió el debate. No se podía confiar
los secretos nacionales a los judíos. Los monárquicos y la extrema derecha
nacionalista siguieron en la misma línea.

Dreyfus fue juzgado por un tribunal militar el 19 de diciembre de 1894. Fue


declarado culpable por unanimidad y condenado a cadena perpetua en la Isla
del Diablo, un rocoso archipiélago de origen volcánico frente a la costa de la
Guayana Francesa, en régimen de confinamiento en solitario. Aparte de su
esposa y su hermano, muy pocos creyeron en sus protestas de inocencia.
Se elevó un clamor: !Judíos fuera! Nuevas pruebas salieron a la luz. El
comandante Esterhazy, un hombre de gran encanto lleno de deudas había
escrito la carta traidora. Pero el Ministerio de la Guerra se negó a reconocer el
error. Un joven escritor judío, Bernard Lazare, que acababa de publicar una
historia del antisemitismo, retomó la causa. Sabía por qué el ejército había
actuado de esa forma y escribió “Porque Dreyfus era judío, fue detenido;
porque era judío, fue juzgado; porque era judío, fue condenado y, como es
judío, no se permite que la voz de la verdad y la justicia hable claramente en
su nombre”.

Emile Zola vio la situación de forma un poco diferente. Como defensor


apasionado de la República francesa, percibió el caso Dreyfus como un ataque
contra los ideales republicanos. Verdadero hijos de la Ilustración y heredero del
legado de 1789, Zola creía que la “cuestión judía” se hubiese resuelto hace
tiempo si no existiese el antisemitismo.

Esterhazy fue juzgado por un tribunal militar y, después de dos días de


vista, absuelto después de tres minutos de deliberación. La condena de
Dreyfus no se revisó. Posteriormente, Esterhazy fue denunciado en la prensa;
los estudiantes universitarios de la Sorbona se echaron a la calle en apoyo del
comandante y en contra de Dreyfus. Zola estaba atónito: “Antisemitas
jóvenes”, “Almas nuevas desequilibradas por ese veneno idiota”, “!Qué triste,
qué inquietante para el siglo XX que va a iniciarse! Cien años después de la
Declaración de los Derechos del Hombre, volvemos a las guerras de religión, al
más odioso y necio de los fantasmas!...que comenzarán el siglo exterminando
a todos los judíos porque son ciudadanos de otra raza y de otra fe”.

Había que hacer algo. Estaba claro que la justicia militar no existía, así que
Zola se preparó para que lo juzgaran a él mismo en los tribunales ordinarios.
Bajo el titular a toda plana de “J´ACCUSE”, Zola escribió su famosa carta
abierta a Félix Faure, presidente de la República, recordándole la
responsabilidad que tenía de defender los ideales de justicia, acusando
directamente a ocho oficiales de alta graduación del ejército, citándolos por su
nombre. La carta encendió la cólera del público. Antisemitas, católicos y
extremistas nacionalistas provocaron disturbios en treinta ciudades, atacando
las tiendas judías y las sinagogas al grito de “!Muerte a los judíos! !Viva el
ejército! Zola fue juzgado y condenado por difamación. Pero como había
previsto, durante su juicio se desvelón, finalmente, lo que el ejército sabía y
había encubierto desde hacía mucho tiempo: la mano que había escrito la
infame carta encontrada en la embajada alemana en 1894 era la de Esterhazy,
no la de Dreyfus. La marea cambió. Un año después, en 1899, el presidente
perdonó a Dreyfus y en 1906 el fallo del tribunal militar fue revocado.
(Sin embargo, no fue hasta el 7 de septiembre de 1995, que el ejército francés
declaró oficialmente inocente a Dreyfus).

El asunto Dreyfus consumió a Francia durante una década. El país de la


“libertad, igualdad y fraternidad” había emancipado a los judíos antes que
ningún otro en Europa. Y ahora estaba meridianamente claro que incluso el
más liberal de los sistemas políticos no había resuelto la “cuestión judía”.

Y lo que es más, el llamamiento de Zola a una asimilación completa reveló


que el dilema para los judíos y gentiles planteado por una emancipación dentro
del estado-nación seguía sin resolverse.

Un periodista judío de Viena llamado Theodore Herzl cubrió el juicio de


Dreyfus y fue testigo de la ceremonia de degradación, en la que fue despojado
de su espada y sus galones. Herzl se dio cuenta de que si esto podía pasar en
Francia, la emancipación era un fracaso. Los judíos debían buscar otra solución
y escribió desesperado: “El edicto de la gran Revolución ha sido revocado”. La
Declaración de los Derechos del Hombre era nula, quedaba sin efecto, y los
ideales de la Revolución Francesa se habían reducido a la nada. Así que Herzl
sugirió la que parecía única solución viable en esa era de nacionalismos: los
judíos debían crear su propio estado-nación. En unas anotaciones privadas, el
fundador del moderno movimiento sionista expresaba con amargura y a la vez
tranquilidad su esperanza en un Estado judío, “donde podamos tener narices
ganchudas, barbas negras o rojas y piernas arqueadas, sin que nadie nos
desprecie por ello; donde al fin podamos vivir como hombres libres en nuestra
propia tierra y podamos morir en paz, en brazos de nuestra patria”. Si los
alemanes habían sido capaces de fundar un Reich unido “entre sueños,
canciones, fantasías y estudiantes ataviados con cintas negras y doradas”,
seguramente los judíos, movidos por sus recuerdos, sus sueños y el odio de
otras gentes, podrían fundar su propio Estado en Palestina. “Allí podemos
esperar la recompensa por tan grandes hechos, de forma que el grito ofensivo
de “judío” pueda ser un apelativo honorable, como alemán, inglés o francés, es
decir, como el de todos los pueblos civilizados. Y que así seamos capaces de
formar nuestro propio Estado para educar a nuestro pueblo para las tareas
que, en este momento, están más allá de nuestra imaginación. Pues Dios,
ciertamente, no nos hubiese mantenido con vida si no nos hubiera concedido
un papel definido en la historia de la humanidad”.

Capítulo Dos
LA GRAN GUERRA Y SUS TERRIBLES CONSECUENCIAS

Europa hervía al borde de la guerra durante el verano de 1914. A todos,


alemanes, austriacos, rusos, franceses y británicos, les atraía la perspectiva: la
guerra, la prueba del principio nacional. Esta era una oportunidad para
manifestar la grandeza de la nación y demostrar la unidad del pueblo. La
guerra sacaba buen provecho de la promesa nacionalista.

“No conozco más partidos, solo conozco alemanes”, proclamó el káiser


Guillermo el 31 de julio de 1914, ante más de 300 mil personas reunidas
delante del Palacio Imperial. Dos días después, las masas se congregaban en
frente de la Feldherrnhalle, en Múnich, para oír la declaración de guerra. Un
entusiasta Adolf Hitler quedó retratado en una foto de la multitud que acudió
ese día. “Caí de rodillas y di gracias al Cielo con el corazón rebosante de
agradecimiento por la buena fortuna que me había permitido vivir ese
momento. Había empezado una lucha por la libertad, la más poderosa que la
tierra hubiese visto jamás”, recordaba una década después.

Millones de personas en toda Europa compartían la pasión de Hitler. Los


reclutas acudían en masa a alistarse en ambos bandos, ricos y pobres,
conservadores nacionalistas y liberales cosmopolitas, judíos y gentiles. El
escritor judío austriaco Stefan Zweig había criticado severamente el
nacionalismo hasta 1914, cuando él también se dejó arrastrar por el ardor
patriótico: “Y a pesar del odio y la aversión a la guerra, no quisiera verme
privado del recuerdo de aquellos primeros días durante el resto de mi vida:
miles, cientos de miles de hombres sentían como nunca lo que más les hubiese
valido sentir en tiempos de paz: que formaban un todo. Una ciudad de dos
millones y un país de casi cincuenta sentían en aquel momento que
participaban en la Historia Universal, que vivían una hora irrepetible, y que
todos estaban llamados a arrojar su insignificante “yo” dentro de aquella masa
ardiente para purificarse de todo egoísmo. Por un momento, todas las
diferencias de posición, lengua, raza y religión se vieron anegadas por el
torbellino de la fraternidad... Ya no eran los seres aislados de antes, sino que
se sentían parte de la masa, eran pueblo, y su “yo”, que de ordinario pasaba
inadvertido, adquiría un sentido ahora”.

Muchos y grandes factores influyeron en el estallido de la I Guerra Mundial.


Pero la matanza de una generación de europeos prendió al calor de un
incidente menor en un lugar apartado. Un joven bosnio asesinó al heredero del
trono austriaco, el archiduque Francisco Fernando, el 28 de junio de 1914,
cuando visitaba de forma oficial Sarajevo, la capital de Bosnia-Herzegovina.
Esta región había sido anexionada por Austria y el asesino estaba apoyado por
serbios nacionalistas que temían, y con razón, que su país corriese la misma
suerte.

Pero esta no fue la causa de la Gran Guerra. Los asesinatos políticos no


eran insólitos en esos años. Austria se tomó un tiempo y, después de consultar
con Alemanis, que prometió su ayuda en caso de emprender acciones bélicas,
Austria lanzó un ultimátum a Serbia, que este pequeño reino no podía aceptar.
La tensión aumentó mientras Rusia movilizaba sus tropas en apoyo de sus
hermanos eslavos serbios. Austria anhelaba contestar: tenía de su parte a
Alemania, y el Estado Mayor General de ejército germano, consciente de que
Francia y Rusia mantenían su propia alianza, decidió lanzar un ataque
preventivo. Alemania derrotaría al enemigo occidental para, después, volverse
hacia el Este. De esta forma, el Reich apoyo a los austriacos contra Serbia,
declarando la guerra a Rusia (1 de agosto) mientras atacaba Francia a través
de Bélgica.

Gran Bretaña había garantizado la neutralidad de Bélgica. Durante un


tiempo estuvo meditando sus opciones y, finalmente, tomó su decisión:
entraría en guerra. De esta manera, por culpa de un incidente, del cálculo y de
la falta de previsión, los estados europeos se lanzaron al combate. Mas las
hostilidades que desencadenaron no fueron las que esperaban o querían.
Los soldados marcharon al frente cantando himnos patrióticos, creyendo
que estarían de vuelta a casa en Navidad. Para su horror, y en pocos meses, se
dieron cuenta de que esta guerra no iba a consistir en breves encuentros en
medio de batallas decisivas y con bajas reducidas. Todo lo contrario: fue una
larga matanza, donde el barro estaba salpicado de sangre y los hombres,
neuróticos a causa de los bombardeos, pasaron meses en las trincheras.
Durante el segundo año de la guerra, caracterizado por las llamadas grandes
campañas en el Somme, Verdún, Ypres y Chemin des Dames, los hombres del
frente entendieron que la guerra no era una aventura que conducía a la gloria,
sino que exigía un inmenso sacrificio individual, sin visos de terminar. La
batalla de Verdún duró nueve meses, hasta noviembre de 1916. El mando
supremo alemán no buscaba conquistar Verdún, sino desangrar hasta la
muerte al ejército francés para forzar a los Aliados a celebrar un conferencia de
paz. A la paz por la carnicería. Su plan falló. No hubo ningún armisticio y
millones de jóvenes murieron. En Verdún unos 720 mil soldados franceses y
alemanes perdieron sus vidas a escasos metros de espacio entre ellos. Más de
un millón de alemanes, franceses y británicos murieron en el Somme. Muchos
más fueron heridos. No hubo vencedores, pero la tierra estaba empapada de
sangre.

Los jóvenes sensibles de todas las naciones escribieron sobre las matanzas
que habían visto. Para el veterano francés Henri Barbusse, la guerra había
adquirido un nuevo significado. “...esta guerra es la fatiga espantosa y
sobrenatural, y el agua hasta el vientre y el barro y la infame suciedad. Las
caras mustias y las carnes hechas jirones, y los cadáveres sobrenadando la
tierra voraz. Es esto, esta monotonía infinita de miserias, esto y no la bayoneta
que centellea como la plata, ni el canto del gallo del clarín bajo el sol”. Ernst
Jünger, veterano alemán del frente occidental, poseedor de las más
prestigiosas condecoraciones, estaba de acuerdo. Para Jünger, un campo de
batalla era un paisaje en el que ”la muerte se deshacía dentro de una carne de
pescaso verdosa que resplandecía por la noche, surgiendo de los uniformes
desgarrados. Cuando ascendían, dejaban rastros de fósforo. Otros, marchitos
hasta adquirir el color de la tiza, momias sin vendas... En la noche sofocante,
los cadáveres hinchados recobraban una vida de espectros, mientras los gases
siseaban, al escapar por las heridas. Lo peor de todo era el bullicioso borboteo
que emitían gusanos incontables”.

El entusiasmo inicial desapareció, pero la experiencia alemana de unidad en


torno a la nación sobrevivió a todas las desgracias. La “movilización nacional”,
que no era ninguna metáfora vana del patriotismo, penetró en las vidas de la
gente corriente. Una quinta parte de la población alemana sirvió en el ejército,
y un tercio de la misma en el frente en algún momento de la guerra. Como
media, el ejército alemán perdió un tercio de sus hombres cada año. Tres
cuartas partes de los heridos que se recuperaban eran de nuevo declarados
útiles para el combate. Algunas veces, los soldados eran llamados del frente
para trabajar en la acosada economía de guerra. Esta ida y venida continua del
frente militar al civil reveló a las mujeres lo deficiente de las campañas
militares y, al mismo tiempo, los soldados de permiso vieron la escasez de
víveres, de ropa, combustible y bienes provocada por la política económica del
Gobierno y el bloqueo de los Aliados. Al compartir mutuamente esta pobleza,
el apoyo a las decisiones del Gobierno o a su estrategia, desapareció.

Como muchas familias habían perdido a los hombres que las mantenían, las
mujeres se encontraron, por primera vez, con muchos puestos de trabajo
disponibles. Ya no estaban en su hogar, cuidando de sus hijos. Estos asistían a
la escuela de forma esporádica, pues muchas de ellas cerraron durante la
guerra a causa del frío, consecuencia de la carestía de combustible, además de
la falta de profesores reclutados por el ejército. Con la madre en el trabajo y el
padre en el frente, los niños en edad escolar pasaban la mayor parte del día
haciendo cola con las cartillas de racionamiento de la familia para conseguir
comida o combustible.

Los terribles padecimientos en ambos frentes, el militar y el civil,


fortalecieron el sentir de la unidad nacional. Realmente adquirió una definición
nueva: los alemanes eran una verdadera Volksgemeinschaft, una comunidad
independiente del Estado. Millones de personas experimentaron una sensación
de sacrificio y dedicación personales y, a medida que la guerra se alargaba, se
vieron a sí mismos como una nación que dependía de la resistencia y la
solidaridad entre los hombres y mujeres corrientes, pero no del Estado.

Esta separación entre el pueblo y el Estado, esta experiencia de unidad


nacional que trascendía a las instituciones de gobierno y al entendimiento
común de la ciudadanía, encontró una serie de expresiones políticas durante y
después de la guerra. Como expone Ernst Jünger en su ensayo Die totale
Mobilmachung (La movilización total, 1930). Se había formado un nuevo Reich,
una Alemania secreta, dentro de la comunidad política del Estado. “Es un Reich
diferente, que nos mueve a cumplir con nuestro deber”. “La fuente de nuestros
sentimientos, nuestros actos y nuestros pensamientos, tan vitales como
ningún otro fenómeno en este mundo”.

Los nacionalsocialistas se apropiaron del concepto de Reich secreto, el


verdadero corazón de la nación, para sus propios fines. En la presentación del
primer número (abril de 1934) de la revista cultural Das Innere Reich, un
importante foro del Tercer Reich, el director preguntaba: “¿Qué clase de patria
es esta? ¿Qué Alemania es esta, por la que sus más leales y humildes hijos
entregaron sus vidas con tal valor y obediencia incomparables?”. “Alemania,
recordemos cuán dulcemente pronuncian su nombre las gentes corrientes, los
ignorantes e incultos, que tan poco parecen saber acerca de ella... Sienten que
esta Alemania interior, el “santo corazón de las naciones” como cantaron
nuestros poetas sin arrogancia, estaba amenazada, y entonces, sabios y
necios, doctos y analfabetos, ricos y pobres... marcharon hombro con hombro.
Para ellos Alemania era lo mismo, y entregaron sus vidas por amor a sus
hermanos e iguales, unos al lado de los otros”.

En el embate inicial de entusiasmo y espíritu comunitario pareció que la


distinción entre gentiles y judíos alemanes había llegado finalmente a ser
irrelevante. El apoyo entusiasta de Stefan Zweig a la causa de Austria era
compartido por las masas judías de los imperios alemán y austrohúngaro. Los
jóvenes judíos se alistaron voluntariamente en el ejército, y los líderes
culturales de esa comunidad contribuyeron con libros y folletos abrazando la
causa alemana.

Ese momento de solidaridad fue también muy breve. A finales de 1914


empezaron a circular rumores sobre los judíos, acusándolos de evadirse del
servicio militar. Lo cierto es que, como propagaban esas murmuraciones, se las
habían arreglado para conseguir los mejores destinos, empleados como
ordenanzas en las oficinas y cuarteles. Casi diez años después, Hitler se
quejaba de “las oficinas militares llenas de judíos. Casi todos los escribientes
eran judíos y casi todos los judíos eran escribientes”.

El Ministerio de la Guerra prusiano se sometió a la agitación antisemita y


llevó a cabo una investigación en otoño de 1916 sobre el número de judíos que
servían el el frente. El hecho mismo de la encuesta confirmaba los prejuicios
populares: si se investigaba, algo había. Al final, lo que se llamó el “cómputo
judío” demostró claramente que también se llevaron su parte en el frente, pero
el Ministerio de la Guerra se negó a publicar estos resultados. Los rumores
siguieron propagándose; los soldados judíos fueron humillados. Y aquellos que
debían estar avergonzados, los antisemitas, no lo estaban. Ni siquiera después
de la guerra, cuando las estadísticas se hicieron públicas. Un judío alemán,
Franz Oppenheimer, observó irónicamente que era poco probable que esos
argumentos impresionaran a “los caballeros de la esvástica”. Pues, con
seguridad, ellos responderán: “No importa. Hay que quemar a los judíos”. Y
concluyó: “Pasaríamos por alto la mentalidad de estas gentes si no
interpretaran mis refutaciones como otro ejemplo de la insolencia judía”.

La experiencia alemana de la I Guerra Mundial marcó una divisoria entre los


gentiles y los judíos. Y no era un mero asunto de estadísticas. El historiador
nacionalista Oswald Spengler defendió un profundo antisemitismo al sostener
que aun cuando los judíos se hubiesen alistado en masa, no sentían como suyo
el destino alemán (La decadencia de Occidente). Puesto que los judíos se
habían alistado, Spengler propuso un cambio en el razonamiento: ser judío
significaba, per se, una incapacidad para ser alemán y, por ende, estaban
excluidos de la comunidad nacional. Si la esencia de la nación estaba en el
“Reich secreto”, no había sitio para ellos.

En la actualidad sigue sin reconocerse una ruptura fundamental como esta,


además de ser poco entendida.
El novelista judío alemán Georg Hermann huyó a Holanda después del
acceso de Hitler al poder en 1933. En una carta personal a sus hijos reflexiona
sobre las crueles persecuciones patrocinadas por el Estado que lo habían
obligado a exiliarse. Hermann había sido un judío asimilado en Alemania, se
había opuesto a la ideología sionista y, al menos hasta 1914, creía que los
judíos se debían a sus propios estados europeos. Realmente, antes del
estallido de la Gran Guerra, rara vez se dio cuenta de que era judío.
“El antisemitismo estaba presente, molesto como los mosquitos en las tardes
de verano, pero uno los espantaba y se encontraba bastante bien al aire libre,
tranquila y cómodamente. Después de 1914 todo cambió por completo”.

La guerra se convirtió en un examen sobre múltiples asignaturas con el fin


de que los judíos las suspendiesen: “¿Estás totalmente comprometido con la
guerra? ¿o tienes alguna objeción?. Si estás a favor, entonces eleva tu voz y
ruge de entusiasmo si eres un verdadero creyente”. Mas el fervor no era
suficiente, pues la siguiente cuestión era: “No olvides que esta es una guerra
alemana y no judía. A ti y a tus hijos se os permite morir de un tiro, se os
permite arruinaros con los empréstitos de guerra, podéis morir de hambre,
pero como judío debes permitir que se te insulte constantement en el campo
de batalla y en los cuarteles. Eres un judío, y por lo tanto e instintivamente, un
cobarde, mientras que los arios, los alemanes, son ipso facto gente valerosa”.

La situación fue de mal en peor a medida que proseguía la guerra. Según


Hermann, todo lo que hiciesen los judíos se interpretaba como moralmente
censurable. Los gentiles alemanes rechazaron, inflexibles, el respeto debido a
los judíos, limitándose solo a conceder su aprobación. “Si os convertisteis en
oficiales, habéis ascendido a codazos. Incluso si sirvieseis en un batallón de
ingenieros y hubieseis sido heridos por la noche en la primera línea de las
trincheras, no participabais de la gran experiencia alemana del frente. Si
organizasteis la economía, que se habría derrumbado después de tres meses si
no hubiese sido por los judíos, no sois más que uno escaqueados. Pero si eres
un alemán que fabrica casquillos en un torno, o si criaste una docena de
cerdos, tú eres un héroe alemán, incluso si, desafortunadamente, solo podías
manifestar tu heroísmo de esta manera”.

En 1935 Georg Hermann se dio cuenta de que “el alud que nos enterraba
había empezado a deslizarse en una fecha tan temprana como agosto de
1914, y no importaba cuántos votos habíamos emitido, pues éramos incapaces
de detenerlo”. Y apremiaba a la siguiente generación para que no se dejase
pillar desprevenida como a él le había sucedido. “Solo podríamos haberlo
parado si, desde el mismo principio, hubiésemos adoptado las técnicas de
nuestros enemigos y asesinado a los líderes de sus movimientos, en vez de
sostenerles los estribos para que pudiesen montar en sus caballos”.

Pero los judíos alemanes no recurrieron al asesinato en 1914, ni en 1918,


ni siquiera en 1933; y sus enemigos dijeron lo que les dio la gana. Al volver a
escribir la historia, diez años después de la llamada revolución de 1914, Hitler
mantuvo que la guerra había estallado a pesar de los esfuerzos ocultos de los
judíos para evitarla; que no habían compartido el entusiasmo de la nación por
aquella ni habían participado en el despertar nacional. Por lo tanto, había que
condenar al Gobierno y a los judíos. “Será la tarea de un gobierno serio, ahora
que el trabajador alemán ha encontrado su camino de vuelta a la nación,
exterminar sin piedad a los agitadores que descarriaron a la patria. Si los
mejores hombres tuvieron que morir en el frente, lo menos que podemos
hacer por ellos es aniquilar a la canalla” (Mein Kampf).
Las cifras de muertos de la Gran Guerra son asombrosas. Todas las familias
tuvieron un marido, un hijo, un tío o un sobrino en el frente, y todos estos
sufrieron heridas, muerte o mutilaciones. En Alemania, dos de los trece
millones de hombres que sirvieron en el ejército murieron y otros cuatro
fueron heridos. Rusia perdió 1,8 millones de hombres, Francia 1,5 millones,
Austria-Hungría 1,2 millones, Turquía y Gran Bretaña 800 mil cada una, e Italia
600 mil. En términos relativos, Serbia (38%), Turquía (28%) y Rumanía (25%)
sufrieron pérdidas todavía mayores.

Sin embargo, la mayor atrocidad de la guerra, y la menos recordada, fue la


masacre de 1,5 millones de civiles armenios. No sucumbieron víctimas de la
violencia bélica. Fue un genocidio, y dos hechos lo hicieron posible: la total
decadencia del Imperio otomano en la primera década del siglo XX, y el
advenimiento de la guerra total en la segunda. En este Imperio, gobernado por
los turcos, convivían diferentes etnias y religiones, incluidas minorías
musulmanas como los árabes y no musulmanas como los judíos y los
cristianos. Los gobernantes otomanos protegían a estas últimas, e incluso les
concedían un alto grado de autonomía, aunque no derechos civiles. Hasta
finales del siglo XIX, las comunidades cristianas de las tierras otomanas
estaban formadas por griegos ortodoxos (incluidos griegos, búlgaros, serbios,
rumanos y algunos albaneses) y armenios. Después de la independencia de
Grecia (1830), y las posteriores de Rumanía, Serbia, Montenegro y Bulgaria,
solo quedó dentro de Turquía una comunidad autónoma sin estado nacional: la
armenia.

Un grupo de nacionalistas, los “Jóvenes Turcos” o “Ittihads” organizaron un


golpe de Estado, que tuvo éxito, contra el Gobierno otomano en 1908. Al igual
que otros nacionalistas europeos rechazaban la idea de un imperio multiétnico
y abrazaron el “panturquismo”, una visión nacionalista, violenta y racista:
Turquía para los turcos. Tekin Alp, un ideólogo Ittihad tenía razón cuando
observó que simplemente avanzaban “al paso de las ideas de la época, que
desde hacía algunas décadas se centraban en torno al principio de la
nacionalidad”. Y es cierto que con la adopción de dichas ideas los turcos se
habían “situado al nivel de las naciones modernas”.
El ideal Ittihad parecía estar al alcance de la mano en la confusión posterior
al golpe de Estado. Las potencias europeas se apropiaron de lo que pudieron
de un Imperio otomano desintegrado, reduciendo el Estado turco al territorio
musulmán. Austria se anexionó Bosnia-Herzegovina; Bulgaria y Albania
declararon unilateralmente su independencia; Italia ocupó Libia y Rodas;
Grecia se anexionó Tracia, y Serbia ocupó Kosovo. Los griegos que vivían en
Esmirna y los armenios fueron las únicas minorías no musulmanas importantes
que quedaron. Y se enfrentaron a una política brutal y sistemática, diseñada
para eliminar a los no turcos de la vida social, cultural y económica del país.

La situación empeoró todavía más cuando una facción ultranacionalista del


Ittihad obtuvo el poder en 1913. Según el vicemariscal austriaco Pomiankowski
el nuevo gobierno estaba decidido a no repetir los errores de los antiguos
sultanes que “tenían que haber obligado a convertir por la fuerza al islam a ese
pueblo conquistado, o bien debían haberlos exterminado”.
La I Guerra Mundial ofreció a los turcos la oportunidad que esperaban.
Cuando Turquía entró en ella como aliada de alemanes y austriacos en 1914,
los armenios fueron identificados como el enemigo interno. “Si queréis saber
cómo va la guerra”, se leía en un periódico turco, “todo lo que necesitáis hacer
es mirar el rostro de un armenio. Si sonríe, entonces los Aliados están
ganando; si cabizbajo, los alemanes avanzan”. Según el embajador americano
en Turquía, Henry Morgenthau, durante el otoño e invierno de 1914 circulaban
rumores de futuras masacres. Los armenios trataron de no ofender a nadie,
pero lo que estos hicieron no tuvo consecuencia alguna. Solo importaba
quénes eran.

Los funcionarios del Gobierno turco prepararon cuidadosamente un plan de


acción. En una nota escrita después de una reunión con dirigentes del partido
Ittihad, el vicecónsul alemán, Max Richter, que también estaba al mando de
una unidad especial de guerrillas germano-turcas, escribió que solo había dos
opciones: se islamizaba por la fuerza a los no turcos “o se les debía destruir”.
“Estos caballeros creen que es el momento propicio para ejecutar este plan.
El primer punto del orden del día se refiere al exterminio de los armenios. El
Ittihad exhibirá ante los ojos de los Aliados el fantasma de una presunta
revolución organizada por el partido armenio Dashnak. Deliberadamente van a
provocar disturbios para aumentar el malestar social, incitando así las acciones
en defensa propia de los armenios como pretexto para la deportación. Sin
embargo, una vez iniciada esta, los convoyes serán atacados y los deportados
exterminados por bandidos kurdos y turcos, ayudados por policías,
aleccionados para este propósito por el Ittihad”. (Ambassador Morgenthau´s
Story, 1919).

Un documento del partido Ittihad, fechado a finales de 1914, exponía un


plan de destrucción en diez pasos (satíricamente, los británicos se referían al
mismo como los “Diez Mandamientos”). El Gobierno turco previó el exterminio
de toda la comunidad armenia; las órdenes eran claras, tal como se leía en el
punto nueve: “Todas las acciones se emprenderán simultáneamente, para que
los armenios no tengan tiempo de adoptar medidas defensivas”.

No tuvieron que esperar mucho. En la primavera de 1915 tropas rusas


invadieron territorio turco después de una fracasada ofensiva de este país en el
Cáucaso. Los nacionalistas armenios aprovecharon la oportunidad
estableciendo un Gobierno provisional en las zonas ocupadas por los rusos.
Aquí estaba la prueba del “enemigo interno”, y Enver Pasha, ministro turco de
la guerra, no dudó cuando le comentó a Henry Morgenthau que “el propio
gabinete había ordenado las deportaciones”. Y deportaciones significaba
masacres, como bien sabía entonces el vicecónsul alemán Richter y pronto
aprendió Morgenthau. El sagaz y honrado Morgenthau estaba horrorizado ante
la crueldad e injusticia turcas y aterrado ante la descarada insolencia de los
funcionarios del Gobierno. “Cuando las autoridades turcas dieron las ordenes
de deportación, firmaban sencillamente la pena de muerte para toda una raza”,
escribió. “Lo saben perfectamente, y no hacen intento alguno para ocultar los
hechos”.
Ciudades y pueblos quedaron vacíos de armenios. Sin advertencia previa,
convocaron a los habitantes en las plazas del mercado donde les despojaron de
sus pertenencias. Los jóvenes eran apartados del resto, llevados a las afueras
de la ciudad y fusilados. Mujeres, niños y ancianos fueron obligados a
emprender la ruta en dirección al desierto de Siria. Según el informe de un
testigo ocular enviado a Morgenthau, “guardias de la policía acompañaban a
los convoyes, aparentemente para guiarlos y protegerlos. Las mujeres, ligeras
de ropa, llevaban a sus hijos en brazos o a la espalda, y marchaban hombro
con hombro con los ancianos que cojeaban ayudados de sus bastones”.

Morgenthau, consternado, siguió su sufrimiento: “Estas caravanas sin


esperanza nacían de miles de pueblos; llenaban las carreteras en dirección al
sur y, mientras avanzaban, por doquierea que fuesen, levantaban una gran
polvareda y el curso de su marcha estaba señalado por restos abandonados,
sillas, mantas, ropa de cama, útiles del hogar y otros efectos personales”. La
marcha forzada se convirtió en una marcha de la muerte. “Cuando iniciaron el
viaje, estas personas conservaban un parecido a los seres humanos; sin
embargo en pocas horas el polvo de la carretera cubría sus rostros y ropas, el
barro se incrustaba en las piernas y aquella multitud que avanzaba
lentamente, encorvada por la fatiga y enloquecida por la brutalidad de sus
“protectores” semejaba una nueva especie animal”. Una nueva especie
destinada a morir. Presos que cumplían condena fueron puestos en libertad y
junto con campesinos turcos y kurdos se unieron a la policía para asesinar
armenios a lo largo del camino. El hambre, el tifus, la disentería y el cólera
también se cobraron su parte. De un convoy que partió con 18 mil personas
solo 150 llegaron a un campo de concentración cerca de Alepo. Al escribir en
1918, Morgenthau tenía claro que “toda la historia de la raza humana no
contiene un episodio tan espantoso como este”.

Un aventurero y mercenario venezolano, Rafael de Nogales, fue un


importante testigo, aunque no estaba cortado con el mismo patrón moral de
Morgenthau. Despreciaba lo que veía, considerándolo un defecto de los
varones armenios que no luchaban contra los turcos (como otros dijeron de los
judíos medio siglo después: que “iban como corderos al matadero”).
“Estoy sorprendido. ¿Por qué, en vez de lloriquear como mujeres, estos
cobardes no se rebelan como hombres y aplastan de un plumazo a los pocos
guardianes que les escoltan?”. De Nogales atribuía la responsabilidad al bando
equivocado, pero se compadeció de las mujeres y los niños armenios que
“tenían que pagar con sus vidas la cobardía egoísta de sus maridos y padres”.
“Mientras comía, vi a través de una ventana una caravana de varios cientos de
mujeres y niños cristianos descansando en la plaza del mercado. Sus mejillas
hundidas y sus ojos cavernosos llevaban el sello de la muerte. Entre las
mujeres, casi todas jóvenes, había madres con sus hijos, o mejor dicho,
esqueletos infantiles en sus brazos. Una de ellas estaba loca. Se arrodillaba al
lado del cadáver medio putrefacto de un recién nacido. Otra se había
desplomado en el suelo, rígida y sin vida. Sus dos hijas pequeñas, creyéndola
dormida, sollozaban convulsivamente mientras trataban, en vano, de
despertarla. A su lado, desangrándose en medio de un charco escarlata, había
otra mujer, muy joven y bella, víctima de un soldado de la escolta. Los ojos
aterciopelados de la moribunda conservaban toda su pureza y reflejaban una
inmensa e indescriptible agonía... Cuando llegó la hora de partir, uno después
de otro, estos sucios esqueletos harapientos lucharon por ponerse de pie;
ocuparon su sitio en aquella masa de desdichados que chillaban en silencio al
cielo, tambaleantes, escoltados por un grupo de policías barbudos. Detrás de
ellos los hostigaba una chusma de curdos y rufianes”.

Cuando De Nogales informó de lo que había visto a un funcionario turco,


este le dijo confidencialmente que ninguno de esos transportes llegaba al
desierto sirio. “Cuando le pregunté el porqué, él respondió con aire resignado:
Porque Alá es grande y todopoderoso”.

Quizá fuese Alá; pero los turcos negaron de plano su responsabilidad.


Sostenían que el asesinato de 1,5 millones de civiles armenios desarmados no
había sido un genocidio, ni siquiera un asesinato, y lanzaron una ofensiva
propagandística para justificar sus actos. El Ministerio de la Guerra turco
aportó material que “demostraba” que los armenios habían estado en
comunicación con los Aliados y que habían planeado un levantamiento en
Estambul con la intención de entregar la ciudad al enemigo. De hecho, el
Gobierno sostenía que los armenios habían sido trasladados para reforzar la
“seguridad interna y externa del país”. Naturalmente, “algunas veces se han
cometido actos condenables de violencia; sin embargo, por muy reprobables
que puedan ser dichos actos, eran inevitables a causa de la profunda
indignación de la población musulmana”.

Alemania, la única potencia europea que podía haber influido en Turquía,


permaneció en silencio. Harry Stürmer, corrresponsal en Constantinopla del
Kölnische Zeitung, entendió que el silencio de su Gobierno y la falta de acción
del mismo eran una muestra de complicidad. Como veterano de numerosas
operaciones militares alemanas, Stürmer no era ajeno a la brutalidad y al
sufrimiento de la guerra. Pero el asesinato de los armenios no era una
operación militar, y Stürmer conocía la diferencia y sabía que su Gobierno
también la conocía. “La mezcla de cobardía, inconsciencia y falta de previsión
de la que nuestro Gobierno es culpable en los asuntos armenios es más que
suficiente para destruir completamente la lealtad política de cualquier persona
que piense, y que tenga la más mínima consideración por la humanidad y la
civilización”. Stürmer, dolido, escribió que el genocidio armenio era “el acto
más criminal, más cínico, más bajo y más despreciable de fanatismo racial que
la historia de la humanidad haya visto”. Y por lo que a él le concernía, se
avergonzaba de “todos los alemanes”. Dimitió de su cargo y se exilió
voluntariamente en Suiza (Harry Stürmer. Two Years in Constantinople, 1917).

Los Aliados condenaron enérgicamente a Turquía durante la guerra y


exigieron un Estado armenio separado. Así prometió hacerlo el derrotado
Gobierno Ittihad al firmar el Tratado de Sèvres (1920). Sin embargo, el Ittihad
perdió pronto el poder en favor del general Atatürk, el héroe de la guerra, que
arregló el caos reinante en su país. Además, Atatürk prometió levantar un
muro contra la expansión bolchevique y los Aliados, entusiasmados, olvidaron
convenientemente las atrocidades turcas y, de paso, el Tratado de Sèvres.
Las esperanzas de un Estado nacional armenio se desvanecieron. En 1922 los
Aliados y los turcos habían vuelto a escribir la historia, negando la existencia
del genocidio. Para la comunidad internacional, la “cuestión armenia” había
sido resuelta.

Le quedó a la brillante novelista inglesa Virginia Woolf retratar la actitud


dominante a través del soliloquio de su personaje, la señora Dalloway, esposa
de un parlamentario conservador. “Le importaban mucho más las rosas que los
armenios. Perseguidos hasta la muerte, mutilados, helados, víctimas de la
crueldad y de la injusticia (se lo había oído decir una y mil veces a Richard),
no, ningún sentimiento suscitaban los albanos en ella, ¿o eran los armenios?,
pero amaba a sus rosas (¿ayudaría esto a los armenios?), las únicas flores que
toleraba ver cortadas” (Mrs. Dalloway).

Si Virginia Woolf se burlaba de la indiferencia de los Aliados, Adolf Hitler se


consoló con ella. En una charla ante un grupo de generales en el Obersalzberg
en 1939, justo antes de la invasión de Polonia, Hitler les recordó que la fuerza
alemana tenía que residir en “la rapidez y la violencia”. No deberían amilanarse
ante lo que tenían que hacer. La historia siempre estaba del lado de los
vencedores. “Gengis Khan había matado a millones de mujeres y niños por su
propia voluntad y con el corazón alerta. Y la historia solo ve en él al gran
constructor de un imperio. Lo que la débil civilización europea piense de mí no
me importa... ¿Quién sigue hablando hoy en día del exterminio de los
armenios?”.

Los turcos llevaron a cabo el genocidio armenio al amparo de la Gran


Guerra. El conflicto armado proporcionó tanto el pretexto como el contexto
para ejercer una horrible violencia contra la población civil. En Europa oriental
y central, donde cientos de miles de civiles fueron masacrados, principalmente
judíos, se desarrolló una escena diferente. Estas muertes fueron resultado
directo de las condiciones bélicas y políticas, que no solo las permitieron, sino
que, en verdad, engendraron una crueldad despiadada.

Alrededor de siete millones de judíos vivían en la zona que se convertiría en


el frente oriental: un millón en Galitzia, que pertenecía a Austria-Hungría, y
seis millones en la región rusa conocida como el “Territorio de asentamiento”.
Estas tierras habían pertenecido al reino de Polonia en los siglos XVII y XVIII, y
Rusia se las había anexionado en 1772. En esa época, los rusos prohibieron a
los judíos que vivían en los antiguos territorios polacos entrar en la propia
Rusia. El “Territorio de asentamiento” era una zona cerrada, limitada.

La vida se había vuelto cada vez más difícil para los judíos que vivían en el
Territorio durante los treinta años que precedieron a la Gran Guerra. La
población agrícola se estancó mientras la población aumentaba, y como
resultado se extendieron la pobleza y el hambre. Esta situación provocó
violencia y movimientos revolucionarios y motivaron otro género de violencia
contra los judíos: los conservadores argumentaban que este tipo de
insurrecciones eran muy poco rusas y relacionaban estos movimientos políticos
con los judíos. En una situación de debilidad gubernamental y revolución en
fermento, estaban especialmente expuestos al antijudaísmo tradicional y el
antisemitismo racista. El pogromo de Kishinev de 1903 que, como otras
matanzas de la Edad Media, tuvo lugar en Pascua, se inició con un “libelo de
sangre”, mito que sostenía que los judíos usaban la sangre de niños cristianos
para hacer el pan ázimo que los hebreos comen durante su propia Pascua.
Cincuenta y cinco judíos murieron, unos 500 resultaron heridos, ardieron 700
casas y 600 tiendas fueron saqueadas. Otra serie de pogromos siguió a la
destrucción de la flota rusa a manos japonesas, y el Gobierno ruso no hizo
esfuerzo alguno para evitarlos. Después de todo, eran un elemento extranjero,
nunca podrían ser rusos.

La identificación de los judíos con el enemigo, ya fuese externo (eran


aliados de los japoneses) o interno (dirigían el movimiento revolucionario), se
forjó definitivamente cuando la guarnición rusa de Port Arthur se rindió a los
japoneses y los desórdenes que se produjeron en la ciudad abrieron las
puertas a la Revolución de 1905. Para la derecha los judíos eran culpables. El
Gobierno estaba de acuerdo. Vyacheslev Pleve, ministro de Interior, sostuvo
que no había movimiento revolucionario alguno, solo había judíos que se
oponían al Gobierno. Y si la ira popular se desviaba del zar en dirección a los
judíos, tanto mejor. “!Hermanos, obreros, campesinos! ¿Sabéis quién es el
principal responsable de nuestras desgracias?” preguntaba un panfleto editado
por la policía de San Petersburgo, en 1906. La respuesta era la esperada: el
problema eran los judíos, por supuesto, pero la historia había dado un giro. Los
judíos estaban envueltos en una conspiración internacional para hacerse con el
poder en todo el mundo, sembrando el descontento y la confusión bajo el
escudo de la reforma liberal. “Los judíos de América, Alemania e Inglaterra se
han aliado para arruinar totalmente a nuestra Rusia”. Al invocar los mayores
prejuicios y miedos populares, la proclama siguió asegurando que “entonces, y
valiéndose de mentiras y artimañas, les arrebatarían sus tierras a los
campesinos rusos y los convertirían en sus esclavos, matarían a los sacerdotes
y transformarían las iglesias y monasterios ortodoxos en establos y pocilgas
judías”. La proclama tuvo el resultado inmediato que se esperaba: estallaron
690 pogromos con el resultado de 3.100 muertos y 17.000 heridos. Sin
embargo a largo plazo no tuvo el efecto deseado: El movimiento revolucionario
siguió creciendo

En ese momento, organizaciones políticas de extrema derecha se


apresuraron a adoptar una versión más amplia de la teoría de la conspiración:
los llamados Protocolos de los sabios de Sión. Se trataba de una completa
falsificación, la supuesta filtración de la reunión secreta de los principales
dirigentes judíos durante el Primer Congreso Sionista, convocado por Theodore
Herzl en Basilea en 1897. Según los Protocolos, el propio Congreso había sido
una tapadera para sus intrigas para controlar el mundo. Publicados por primera
vez en el Znamaya, un periódico de San Petersburgo, entre agosto y
septiembre de 1903, se editaron como libro dos años después y más tarde
refundidos por el escritor místico Sergei Nilus, que comparó la conspiración del
Consejo de los Sabios con la llegada del Anticristo.

La versión de Nilus impresionó profundamente al zar Nicolás II, que


condecoró a los miembros de la policía secreta rusa por el “descubrimiento” de
los documentos. Pero cuando los políticos más conservadores intentaron
instigar una campaña antisemita a gran escala, Pyotr Stolypin, ministro del
Interior, abrió una investigación sobre el origen de los textos. Esta demostró
que eran una clara falsificación. El zar ordenó a Stolypin: “Dejemos los
Protocolos. No se puede defender una causa justa con métodos sucios”. Sin
embargo, el zar no consideró que estos hechos se hiciesen públicos y los
textos tuvieron una larga y trágica vida.

Con el estallido de la Gran Guerra, los rusos identificaron a sus vecinos


judíos, que hablaban yídish, como personas que hablaban alemán y, por tanto,
como agentes enemigos. En la prensa circulaban historias de deslealtad, y
mientras lo ejércitos alemanes avanzaban por el interio de Rusia, abundaron
las acusaciones sobre la traición judía. En marzo de 1915 la política rusa exigió
la deportación de una zona a otra dentro del “Territorio”. Al menos 600 mil
judíos fueron expulsados de sus hogares. “Ancianos, mujeres enfermas que
estrechan en sus brazos a sus hijos, que acarrean fardos con las escasas
pertenencias que han recogido apresuradamente, llenan las carreteras
silenciosas con sus gemidos y sollozos. Son muchos los que sucumbirán en el
camino; serán indescriptibles los sufrimientos de aquellos que sobrevivan”.

En agosto de 1915 un diputado judío de la Duma, Friedman, tomó la


palabra y puso de relieve que “medio millón de personas han sido condenadas
a la pobreza y al merodeo”. No había excusas y justificación posible. Mientras
los soldados judíos luchaban por Rusia, sus familias eran tratadas como
enemigas. “Entre los deportados he visto familias de reservistas, he visto
soldados heridos, condecorados con la Cruz de San Jorge. Se dice que a los
militares judíos que marchaban por las ciudades polacas se les obligó a ser
testigos de la expulsión de su mujer e hijos”. La descripción que hace Friedman
de las deportaciones nos resultan desconcertantemente familiares. “Eran
embarcados en vagones de mercancías como ganado. Los documentos de
embarque se rellenaban así: 450 judíos, en camino de...”

En honor de la Duma, hay que decir que todos los diputados estuvieron de
acuerdo con su colega y pidieron al Gobierno que detuviese las deportaciones.
Un grupo de 225 escritores se unió a los parlamentarios firmando un
manifiesto que exigía la “unión completa de todas las nacionalidades que
vivían en Rusia” y el establecimiento de la “igualdad para todos los
ciudadanos”. Como la Constitución no exigía que el Gobierno respondiese a la
Duma, el zar, temiendo que mermara su autoridad, no hizo nada.

Irónicamente, a la luz de los hechos posteriores, fueron los alemanes los


que respondieron a los llamamientos para terminar con la persecución de los
judíos. A medida que el ejército ruso se retiraba, amplias zonas del “Territorio”
caían bajo la autoridad militar alemana. Muchos soldados se vieron como
liberadores de las gentes oprimidas de las gentes oprimidas por el zar. Pero no
sabían qué hacer con ellos.

Antes de la guerra, pocos alemanes se habían aventurado en las vecindades


de Varsovia, Lublín, Vilna o Lemberg. Ahora, patrullaban esas zonas y los
administradores luchaban contra un ejército de epidemias. Enseguida se
compadecieron y quedaron desconcertados ante la pobreza y sufrimiento de un
mundo tan cercano, pero también completamente ajeno a ellos.

Pero los políticos y las personalidades públicas estaban consternados ante la


perspectiva de dos millones de judíos en un territorio que ahora controlaba
Alemania. Sin ningún sitio que pudieran llamar suyo, masas de Ostjuden
emigrarían al Reich, y Georg Fritz, un alto funcionario, advirtió que “una marea
de judíos amenaza con inundar nuestra patria como un diluvio amarillo,
diferente, pero no menos peligroso que la invasión mongola de 1241”.

También se dejó ver un deslumbre de la vida en el gueto judío, la vieja


asociación utilizada por los antisemitas: los judíos como una canalla. Las
primeras reacciones a la llegada de los Ostjuden a Alemania se habían
centrado en la amenaza para la higiene colectiva de la nación alemana. Y en
ese momento las condiciones del gueto indicaban que toda la judería polaca
era un enorme foco de infecciones. El periodista Wolfgang Heinze escribió en
los célebres Prussian Annals: “No existe lugar en Europa donde se pueda
encontrar semejantes gentes sucias y estrechas de pecho como los judíos
proletarios orientales”, durante una serie de artículos sobre los “asquerosos,
malolientes, fétidos e infestados guetos”, “cuerpos degenerados y diminutos,
hombros caídos, espaldas encorvadas, de movimientos torpes y rostros
demudados”.

El interés en los Ostjuden empezó a disminuir en Alemania en 1917. En


Rusia, el “problema” judío se desvaneció, eclipsado por la Revolución de
febrero de 1917, cuando políticos de todas las tendencias de unieron para
expulsar al zar y establecer un gobierno representativo. Se constituyó el
gobierno provisional de Kerensky, al que no tardó en desafiar el líder del
partido bolchevique, Vladimir Lenin. Librarse del zar era solo el primer paso
hacia el dominio bolchevique y Lenin aceptó encantado el apoyo alemán a
cambio de su promesa de sacar a Rusia de la guerra en cuanto sus partidarios
llegaran al poder. Lenin era tenaz, e intentó derribar al gobierno provisional
hasta que lo consiguió al cuarto intento, en octubre. Una delegación
bolchevique encabezada por León Trotski cruzó el frente para buscar un
armisticio. Los alemanes exigían la entrega de todas las tierras que Rusia había
obtenido en el oeste desde Pedro el Grande: Estonia, Letonia y la mayor parte
del “Territorio de asentamiento”. Ante las dudas de Trotski, los alemanes
avanzaron y ocuparon los territorios. Trotski, ante los hechos consumados,
acordó semanas después la paz de Brest-Litovsk.

Lenin, firme y sincero opositor al antisemitismo, lo consideraba un


instrumento de las clases dirigentes para dividir y controlar a los trabajadores,
e insistía en la eliminación de todas las restricciones sobre los judíos.
Por su parte, muchos judíos del proletariado urbano apoyaban al gobierno
bolchevique y parecían dominar la cúpula dirigente del país. León Trotski,
Grigory Zinoviev, Lev Kamenev, Yakov Sverdlov y Maxim Litvinov, a pesar de
sus seudónimos rusos (adoptados para ocultarse de la policía secreta zarista,
no para disimular su identidad étnica), eran judíos.

Los seguidores del zar no olvidaron esos hechos. Y como el retrato de “Karl
Marx, el judío” sustituyó a los iconos, la nobleza y el estamento militar se
acordaron de los panfletos que habían predicho que los judíos arruinarían
Rusia, desposeerían a los campesinos, cerrarían las iglesias y esclavizarían a
la población, pasando por alto el hecho de que los seguidores de Marx también
despojaron a los artesanos judíos y cerraron las escuelas y sinagogas hebreas.

La guerra civil estalló en 1918. Los bolcheviques, o “rojos”, controlaban la


mayor parte de la Rusia europea, mientras los “blancos” dominaban zonas de
la periferia y casi toda Siberia. En el verano de 1918, las fuerzas blancas se
aproximaron a Yekaterimburgo, donde el zar y su familia habían sido
confinados. Ante el temor de que pudieran ser liberados y dispusieran así de
un poderoso símbolo de legitimidad, los rojos asesinaron a toda la familia real.
Los blancos se apoderaron de la ciudad y, en la habitación de la zarina hallaron
tres libros: la Bilbia, Guerra y Paz de Tolstoi, y la edición de Nilus de los
Protocolos de los Sabios de Sión. Para los oficiales blancos que llegaron
demasiado tarde para salvar a sus monarcas, los Protocolos se convirtieron en
el último testamento de la zarina. Su sangre había santificado un texto que el
propio zar sabía que era una falsificación. La política de los bolcheviques judíos
parecía confirmar su autenticidad.

Las imprentas en los territorios controlados por los blancos empezaron a


tirar ediciones baratas de los Protocolos, con un espeluznante apéndice
culpando a la revolución bolchevique de la conspiración judía mundial,
relacionándola con el reino del Anticristo. Cuando las tropas alemanas
evacuaron Ucrania, Rusia recuperó 1,6 millones de judíos. Los blancos
descargaron su rabia y frustración sobre los judíos ucranianos.

El general Deniken mandaba el Ejército Voluntario, compuesto por oficiales


rusos, aunque el grueso de la tropa eran cosacos. Y aunque los judíos se
acordaban de las matanzas perpetradas por los antepasados de estos cosacos
entre 1648 y 1649, aguardaban ansiosos la llegada de los blancos en 1918. La
mayor parte de los judíos ucranianos, comerciantes y artesanos, no
simpatizaban con los bolcheviques, porque querían estabilidad, ley y orden.
Pero las secuelas que dejó el Ejército Voluntario fueron la devastación y la
muerte. Primero saquearon las propiedades judías y, después de sufrir las
derrotas decisivas de 1919, emprendieron una bien organizada matanza de
judíos. Estos asesinatos fueron la campaña militar más triunfal de Ejército
Voluntario de rusos blancos; al final habían fusilado, herido con bayoneta,
colgado, quemado, ahogado y enterrado vivos a unos 120 mil judíos; más o
menos el 8% de la población hebrea de Ucrania.

Un periodista inglés observó que los oficiales rusos “sostenían que todo
aquel cataclismo (la revolución) había sido maquinado por alguna grande y
misteriosa sociedad de judíos internacionales”. Haciénose eco de los
Protocolos, proclamaban el antisemitismo la verdadera razón de ser de la
contrarrevolución blanca. Derrotados al fin por los rojos, los oficiales blancos
escaparon al oeste, convencidos de que los judíos era responsables del
bolchevismo.

Mientras tanto, los nacionalistas locales del Báltico declararon la


independencia y triunfaron. En los nuevos estados de Letonia y Estonia, los
bálticos, alemanes étnicos cuyos antepasados se habían establecido en esas
regiones, abandonaron su hogar de siete siglos y “retornaron” a Alemania. Uno
de esos refugiados era Alfred Rosenberg, posteriormente famoso ideólogo y
filósofo nazi. Había conocido a Nilus mientras observaba en Moscú horrorizado,
el desarrollo de la revolución. Nilus le había entregado un ejemplar de los
Protocolos y Rosenberg quedó convencido. Tenía ahora una misión: debía
advertir a los alemanes de los fatales peligros que planteaban comunistas y
judíos.

No le llevó mucho tiempo dar la alarma. En febrero de 1919 publicó su


primer artículo sobre “La revolución judeorrusa”. Para Rosenberg, las políticas
liberales del siglo XIX, fundadas en la libertad, la igualdad y la fraternidad, no
eran más que un subversivo canto de sirenas. “Se proponen la destrucción de
toda la civilización, de toda la cultura”. La prueba era, decía, la revolución rusa.
Los judíos eran culplables: habían explotado el agotamiento ruso provocado
por la guerra prometiendo paz, libertad y pan.

Rosenberg había encontrado su vocación y escribió un largo y detallado


comentario de los Protocolos, explicando cómo la conspiración judía se había
centrado durante veinte años en la destrucción de Rusia y Alemania. Para
conseguir este objetivo, “las dos naciones tenían que estar enfrentadas una
contra otra”. Según Rosenberg, la prensa judía, poderosa, militante y
manipuladora, había propagado las consignas antirrusas en Alemania y las
antialemanas en Rusia, y por tanto ambos países habían entrado en guerra.
Y como los Sabios de Sión habían previsto regocijados, el resultado había sido
la destrucción mutua.

Los Protocolos encontraron una audiencia receptiva. Había muchos


alemanes cansados, frustrados y amargados en 1923.
La marea de la guerra había cambiado, y las últimas victorias de la
primavera de 1918 eran la catástrofe total tres meses después. Los Aliados
organizaron una contraofensiva obligando a retroceder al ejército alemán hacia
el este, a través de Bélgica. La moral se derrumbó y hasta el más vehemente
nacionalista alemán supo que su país había perdido la guerra. Como el
dirigente socialdemócrata Philipp Scheidemann hizo ver al general Erich
Ludendorff durante una reunión del gabinete de guerra, los obreros habían
llegado a la conclusión de que “un final sin miedo es mejor que un miedo sin
fin”.

Sin embargo, el mando supremo alemán se negó a aceptar la derrota y


rechazó el cese de las hostilidades. Con la matanza de Verdún, los generales
alemanes habían dejado de planear operaciones militares, ahora la aniquilación
del enemigo se había convertido en un fin en sí mismo. Ya no pensaban en
términos militares de victoria o derrota, sino de supervivencia o perdición
nacionales. Tampoco fueron capaces de reconocer sus propios errores, el
agotamiento del ejército o la superioridad de los Aliados. Ellos no tenían la
culpa, se decían unos a otros; los socialistas destruyeron insidiosamente el
ejército, lo mismo que los homosexuales y los judíos.

Los almirantes de la flota alemana de alta mar, que no habían sufrido


derrotas, compartían esta perspectiva. A finales de octubre, el mando naval
ordenó a la armada que atacara a los británicos. Era una misión suicida para
redimir el honor de la marina de guerra. No había una sola vantaja táctica en
este ataque. Los marinos se amotinaron.

Esta rebelión provocó otros motines en el ejército y levantamientos


revolucionarios en Alemania. En todo el país se formaron “Consejos de
soldados y obreros” al estilo bolchevique para sustituir a los gobiernos locales.
La monarquía cayó el 9 de noviembre; Guillermo II abdicó y partió hacia
Holanda donde cometió la estupidez de cortar todos los árboles de la propiedad
que le habían alquilado. Los holandeses no veían con buenos ojos al huésped
real. De vuelta en Weimar, Scheidemann y su compañero socialdemócrata
Friedrich Ebert se enfrentaron a la extendida agitación revolucionaria en Berlín.
Ante los rumores de que el comunista Karl Liebknecht intentaba proclamar una
república popular, anunciaron rápidamente el nacimiento de la República
alemana.

En aquel momento, una delegación dirigida por Matthias Erzberger ya


estaba negociando el armisticio con los Aliados en un vagón de tren en un
bosque cerca de Compiègne. Los Aliados pasaron por alto totalmente el
Tratado de Brest-Litovsk y exigieron la devolución de los territorios ocupados
por los alemanes, tanto en el este como en el oeste. Además, tan solo les
concedieron un mes para desmovilizar a sus tropas. Erzberger, presionado por
la situación de caos político de su país y temeroso de una toma del poder por
los bolcheviques, firmó.

Derrotados, hambrientos y enfermos, los soldados solo querían volver a sus


hogares. Durante meses habían sabido que la única forma de detener la
matanza era acabar con la guerra. Fue una desmovilización espontánea:
simplemente ser fueron a casa. En palabras de Erzberger: “El ejército alemán
había desaparecido”.

Pero trajeron la desilusión y la ira. Thomas Mann trató de explicar este


sentimiento a los franceses, y dijo que, como resultado del armisticio, “el
pueblo alemán se derrumbó como nunca en la historia se había visto”. “Una
fortaleza moral que durante tanto tiempo se había defendido a sí misma con
los dientes apretados... fue abandonada sin el más mínimo poder de
resistencia”. En opinión de Mann, “la desmoralización no tuvo límites; podía
verse en la profunda y casi fatal angustia de toda una nación desesperada de sí
misma, de su historia, de sus más preciados tesoros... pues todos ellos
estaban involucrados en una guerra que, cuando se declaró, fuese cual fuese la
razón, debía ganarse absolutamente y que, de hecho, con semejante bagaje de
ideas tras ella, no debería haberse perdido”. En siglos anteriores, antes de que
la idea nacionalista hubiese surtido efecto, perder una guerra no habría
producido una crisis semejando. Pero a principios del siglo XX, la derrota no
solo desafiaba al orgullo nacional, sino a la identidad nacional.

“Y todo esto ha sido en vano”, escribió Adolf Hitler en Mein Kampf. “En vano
todos los sacrificios y privaciones, el hambre y la sed, las horas en las que un
miedo mortal atenazaba nuestros corazones, mientras cumplíamos, sin
embargo, con nuestro deber, y en vano la muerte de los dos millones que
cayeron”. E invocó la apertura de sus tumbas “para que aquellos héroes
cubiertos de barro y sangre retornaran como espíritus de venganza a la patria
que los había engañado con semejante escarnio”.

Los generales alemanes estaban de acuerdo. Desde Verdún se negaban a


admitir sus errores militares, y en ese momento insistían públicamente que fue
la revolución en el frente interior y no derrota en el campo de batalla la causa
del desplome. El mariscal de campo Paul von Hindenburg declaró en una
investigación del Reichstag que Alemania hubiese vencido de no ser por la
“amputación intencionada y secreta de la armada y el ejército”. Y citó al
general inglés Maurice: “El ejército alemán ha sido apuñalado por la espalda”.

Si el armisticio espantó a los alemanes, el Tratado de Versalles los


enfureció. Sus esperanzas de un arreglo equitativo de fronteras en toda Europa
se arruinaron de acuerdo con el principio de estado-nación. Woodrow Wilson,
el presidente americano, había defendido la idea de que un pueblo que
compartiese historia, cultura e idioma tenía derecho a tener Estado propio y a
una paz sin vencedores ni vencidos. Pero los franceses se obstinaron; ellos
también habían sufrido cuatro años de lucha y destrucción total, sobre todo en
su propio suelo. No veían necesidad de ser justos con Alemania y se valieron
del Tratado como instrumento de venganza: responsabilizaron a Alemania de la
guerra, exigieron su retirada de grandes territorios, además del pago de la
astronómica suma de 269 mil millones de marcos oro.

Si la venganza es un plato que se sirve frío, los franceses disfrutaron de un


festín helado. Algunos hombres de Estado reconocieron el rencor existente en
los términos del Tratado, pero no hicieron nada por suavizarlos. El primer
ministro italiano, Nitti, lo consideró la prolongación francesa de la guerra. “Los
alemanes pidieron la paz en un momento en que el presidente Wilson ofreció
solemnes garantías. Pero cuando Alemania ya no estuvo en condiciones de
ofrecer resistencia, el Tratado de Versalles violó todas las garantías otorgadas e
introdujo nuevas formas de dominio y conflicto en la historia moderna,
mediante la adopción de medidas que no podían tener otro fin que estrangular
a Alemania, desmembrándola, poniendo obstáculos a su prosperidad
económica y a su unidad política, desalentando todas las condiciones de su
existencia”.
Lloyd George, el primer ministro británico, estaba completamente de
acuerdo y le preocupaban las consecuencias. “La injusticia, la arrogancia,
desplegadas a la hora de la victoria, nunca serán olvidadas o perdonadas”.
Predijo que la decisión Aliada de conceder a la independiente Polonia todas sus
exigencias territoriales, incluidas regiones con grandes poblaciones de etnia
alemana, conduciría al desastre. Y escribió que estaba “decididamente en
contra de permitir que se ponga a más ciudadanos alemanes bajo el gobierno
de otras naciones”. Sin embargo, por muy razonable que pudiera parecer
teóricamente el principio del estado-nación, la realidad política creada por su
puesta en práctica sería funesta. “No puedo imaginar un motivo más grande
para una guerra futura que el que puede representar el pueblo alemán, que
verdaderamente ha demostrado ser una de las razas más poderosas y
vigorosas del mundo, rodeado de una serie de pequeños Estados, muchos de
ellos formados por pueblos que nunca antes han tenido un gobierno estable,
pero todos ellos con grandes masas de alemanes clamando por la reunificación
de su patria”.

En cualquier caso, como señalaron Lloyd George y Nitti, las exigencias


polacas contravenían el principio de estado-nación que proclamaban defender.
Nitti observó que esta “nueva Polonia” no era la anunciada por Wilson, sino
“Una Polonia que incluía grandes poblaciones rusas y alemanas, y en la que los
polacos apenas suponían la mitad de los habitantes”. De nuevo, Lloyd George
coincide y predice asombrosamente el futuro con gran exactitud: “En mi
opinión, la propuesta polaca que pondrá a 2,1 millones de alemanes bajo el
gobierno de un pueblo de religión diferente y que nunca ha demostrado ser
capaz de gobernarse de manera estable a lo largo de su historia deberá...
conducir, tarde o temprano, a una nueva guerra en el este de Europa”.
Y así fue. No condujo al Holocausto, pero fue la causa principal del inicio de
las campañas militares de la II Guerra Mundial, la invasión alemana de Polonia
en septiembre de 1939.

Millones de alemanes apremiaban a su Gobierno para que rechazase el


Tratado de Versalles. Una diatriba nazi aseguraba que “en toda Alemania, en
todas sus regiones y en todos los círculos sociales, una tormenta de ira estalló
de repente sobre la arrogancia desmedida de las condiciones de paz. Pero en
esa hora del destino, fueron principalmente los judíos los que ya estaban
preparados para sabotear la voluntad de resistencia y los que, por tanto,
rompieron el frente unido. En aquel momento fueron ellos los que atacaron a
Alemanis por la espalda”. Eran tan poderosos, clamaban los nazis, que la
delegación alemana en Versalles aceptó las abrumadoras condiciones de paz.

Una vez que los nacionalistas antisemitas hubieron tramado la historia de la


puñalada judía por la espalda, encontraron pruebas de estas malvadas
acciones en todos los sitios. En su opinión, la culpa la tenía el excesivo número
de judíos que había en el Gobierno. Y en un caso concreto, los antisemitas
tenían razón: había judíos en el Gobierno provisional establecido después de la
caída de la monarquía. Hasta 1918, los judíos habían sido excluidos de los
altos cargos del Gobierno y el funcionariado, pero dado que ahora en esos
puestos importantes había judíos (Hugo Hasse y Otto Landsberg), el hecho
constituía un cambio radical. Además eran judíos el secretario de Estado del
Ministerio del Interior y el del Ministerio de Finanzas; así como los primeros
ministros de Prusia (Paul Hirsch) y Baviera (Kurt Eisner).
Los nacionalistas de derecha también sostenían que los judíos eran
responsables de la agitación revolucionaria y de la subversión del orden.
Desaprobaban la preeminencia de Rosa Luxemburgo (asesinada en 1919) y de
Paul Levi en el movimiento comunista espartaquista. Y entonces, justo cuando
se estaba reuniendo la delegación que negociaría en Versalles en la primavera
de 1919, los judíos ya estaban desestabilizando el país creando la república
soviética de Baviera en Múnich. Los líderes, el socialista Ernst Toller, los
anarquistas Gustav Landauer (asesinado en 1919) y Eric Mühsam (asesinado
en 1934), además de los comunistas Eugen Leviné, Towia Axelrod y Max
Levien, eran descaradamente judíos. Estos rechazaban la sugerencia de los
más tímidos judíos muniqueses de no dar nueva munición a los antisemitas. En
pocas semanas, unidades de los Freikorps (grupos paramilitares) suprimieron
brutalmente la república soviética bávara, a la que llamaban la “república
judía”. Al menos mil doscientas personas fueron asesinadas y sus cuerpos
yacieron, pudriéndose en las calles durante días antes de que los arrojaran a la
fosa común.

No era suficiente. Cuando los Aliados entregaron a la delegación alemana


las duras condiciones de paz de “lo tomas o lo dejas”, los antisemitas no se
percataron de que Georg Bernhard, el redactor jefe judío del periódico liberal
Vossische Zeitung, pidió al Gobierno que se tragara la humillación y firmara.
En cambio, advirtieron con rencor que Hugo Haase fue el primer diputado en
pronunciarse a favor del tratado cuando se presentó para su aprobación en el
Reichstag. Y señalaron que el judío Kurt Rosenfeld fue el primer miembro de la
legislatura prusiana que instó al Gobierno a aceptarlo. Lo que los antisemitas
no aceptarían, y Bernhard, Haase y Rosenfeld veían claro, era que Alemania no
tenía elección. De conformidad con el armisticio acordado, el Reich ya había
entregado la flota, aviación y armas pesadas. Sencillamente, el país no tenía
fuerza militar para rechazar los términos del tratado y negarse a firmarlo.

Una vocinglera minoría de alemanes, demasiado airada para ser racional,


demasiado intoxicada por la retórica nacionalista para pensar claramente, creía
que la nueva República de Weimar había traicionado a la nación con la firma
del Tratado, y que semejante Gobierno no podíaser “alemán”. Y al perder su
confianza en las volátiles instituciones democráticas de la República de Weimar,
muchos se convirtieron a la idea de que la “verdadera Alemania” había
desdeñado el tratado y rehusado aceptar la paz. Su Alemania era
inconquistable. Y así lo esperaban (Ernst Jünger, Die Totale Mobilmachung).

Al reflexionar sobre su evolución política después de la I Guerra Mundial,


Hitler explica en Mein Kampf que el odio había crecido en su interior, “contra
los responsables de la traición a la patria. No se puede pactar con los judíos;
solo se puede ser inflexible: o ellos o nosotros”. “Yo, por mi parte, decidí entrar
en política”.

En septiembre de 1919 Hitler se afilió al pequeño Partido de los


Trabajadores Alemanes, con base en Baviera, y pronto lo reorganizó bajo un
nuevo nombre: Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes. Entre
los primeros afiliados hubo varios bálticos, y uno de ellos era Alfred Rosenberg,
infatigable en sus ediciones de los Protocolos. A Hitler le gustaba la teoría de
Rosenberg sobre la conspiración mundial “judeobolchevique”. Hitler admitió
ante su compañero nazi Hermann Rauschning (Hitler me dijo) que bien podían
ser una falsificación, pero “a Hitler le importaba un comino si los Protocolos
eran históricamente verdaderos. Si no lo fuesen, su verdad intrínseca era todo
lo que necesitaba para estar convencido”.

La “verdad intrínseca” era una mezcla de ingredientes racistas, de Gobineau


a Chamberlain, pasando por la teoría de la supervivencia de los más aptos. La
humanidad estaba atrapada en la “eterna batalla” para la “conservación de la
vida de todo un pueblo” (Mein Kampf). Por tanto, Marx había sido un hechicero
judío que buscaba destruir las estructuras políticas y sociales de las naciones.
El bolchevismo era la herramienta judía para controlar a las masas rusas. Hitler
explicaba que “con la segura visión de un profeta, Marx reconoció en el cenagal
de la lenta descomposición del mundo las esencias de los principales venenos,
las destiló y, como un mago, las preparó en una solución concentrada para
aniquilar más rápidamente la existencia independiente de las naciones libres
de la tierra. Y todo esto al servicio de su raza”. Esto no auguraba nada bueno,
Los judíos amenazaban al mundo entero y profetizó que “si con la ayuda de su
credo marxista el judío sale victorioso sobre el resto de los pueblos del mundo,
llevará la corona de flores que acompañará el entierro de la humanidad y este
planeta, como hace miles de años, se moverá a través del espacio vacío de
hombres” (Mein Kampf).

Para combatir a este enemigo se necesitaban medidas draconianas. “En


1918 pagamos con nuestra sangre el no haber pisoteado, y de una vez por
todas, la cabeza de la serpiente marxista. Si al principio de la guerra, doce o
quince mil de estos hebreos corruptores hubiesen estado bajo el gas venenoso,
como les sucedió a cientos de miles de nuestros mejores trabajadores
alemanes en el campo de batalla, el sacrificio de millones de hombres en el
frente no hubiese sido en vano”. Los alemanes se habían quedado cortos;
incluso se habían equivocado a la hora de reconocer el problema. Pero el
Partido Nacionalsocialista no cometería de nuevo ese error. El primer paso para
proteger al pueblo alemán era excluir a los “hebreos corruptores” del cuerpo
político. El partido exigía que la ciudadanía tenía que reservarse a los
“camaradas del pueblo”, y solo las personas de “sangre alemana” podían serlo.
“Por lo tanto, ningún judío podía ser un camarada del pueblo”.

Los judíos respondieron de muchas formas. Algunos intentaron razonar, o


recordaron a sus conciudadanos las contribuciones de los judíos alemanes a la
nación. Otros, sin embargo, como el austriaco Hugo Bettauer, se burlaron de
los nazis. En su novela satírica La ciudad sin judíos, 1922, pintaba el cuadro de
lo que sucedería si se cumpliesen los deseos de los antisemitas y todos los
judíos eran expulsados, en este caso de Austria. Al principio la gente lo
celebraba, pero los vieneses pronto se dieron cuenta de que los teatros habían
quebrado, los grandes almacenes iban mal y los hoteles y los balnearios
estaban vacíos. Viena había dejado de ser una metrópoli y se había convertido
simplemente en “un pueblo grande de un millón y medio de habitantes”. Y lo
peor de todo: sin judíos a quienes echar la culpa, los partidos Socialcristiano y
Nacionalsocialista se disolvieron. Al final, la ley de expulsión fue revocada y los
judíos fueron bienvenidos de vuelta a Austria.

La ciudad sin judíos vendió un cuarto de millón de ejemplares el primer año,


una cifra astronómica para la época. Los nazis no estaban contentos, y el 19
de marzo de 1922 un joven miembro del partido de 21 años, Otto Rothstock,
entró en la oficina de Bettauer y le disparó cinco tiros a bocajarro. Durante el
juicio, Rothstock se justificó alegando que lo que había hecho era necesario
para salvar la Kultur alemana de la amenaza de la degeneración judía. Se
convirtió en un héroe popular.

En el plazo de una década, el NSDAP emergió como una fuerza poderosa y


Hitler y su ideología llegaron a gobernar el país. Esta carrera meteórica se
debió principalmente a la adopción de las ideas políticas del fascismo italiano y
a la simple coincidencia en el tiempo con la Depresión, hechos estos que
permitieron a los nazis anunciar sus ideas políticas a un público descontento.

En la década de los veinte, el activista italiano Benito Mussolini introdujo


una nueva forma radical de política que para mucha gente en Europa parecía
ofrecer una alternativa viable a la democracia. El fascismo no era un mero
regreso a las formas premodernas de gobierno, ni tampoco abogaba por el
mantenimiento del desacreditado statu quo, que se tambaleaba en medio de la
indiferencia general. Al contrario, el fascismo prometía a los italianos un
camino hacia la eterna juventud y la grandeza futura, y fue esto lo que inspiró
a Hitler.

El fascismo nació de la experiencia bélica italiana y de la confusión y


decepción posteriores a la Gran Guerra. Como otras naciones combatientes,
Italia se había desangrado en la conflagración; cuatro años de guerra: 652 mil
muertos, 450 mil mutilados y un millón de heridos. Muchos italianos sintieron
que debían ser recompensados por sus sufrimientos y sacrificios; después de
todo, se habían unido a los Aliados en 1915 y habían ganado.

Exigían el sur del Tirol, e Istria, Dalmacia y Albania a lo largo de la costa del
Adriático. En Istria vivían grandes grupos de italianos; en Dalmacia había un
puñado de ellos, aunque había mantenido relaciones históricas con Venecia. Y
Albania era sencillamente el postre. Francesco Nitti, primer ministro italiano,
procuró delimitar las exigencias territoriales de su país. Pero la verdad era que
en Istria y el sur del Tirol había otros grandes grupos étnicos; había que buscar
mucho para encontrar un italiano en Dalmacia, y el Albania no había ninguno.
Nitti, por razones estratégicas, estaba dispuesto a presionar por el sur del Tirol
e Istria pero argumentaba que el resto de las reclamaciones eran irrazonables.

Mussolini pensaba otra cosa y, diez años después, escribió en su auto-


biografía: “Fue en ese gran momento histórico, justo después de la victoria
lograda con fatigas nunca vistas, que nuestras joven nación fue engañada
traicioneramente”. Igualmente directo estuvo en 1919 cuando exigió, en
nombre de los caídos, una política de no compromiso, fulminando desde el
periódico fascista Il Popolo d´Italia, del que era fundador y director: “!No
temáis nada, oh, espíritus gloriosos! Nuestra tarea acaba de empezar. Ningún
mal os sobrevendrá. Os defenderemos. Defenderemos a los muertos, a todos
los caídos, aunque tengamos que cavar refugios y trincheras en las plazas y las
calles de nuestra ciudad”.

Lo que decía lo hacía. Al mes siguiente celebró el primer mitin con los que
se oponían a la paz, los fasci di combattimento. Y eligieron como símbolo una
insignia de la antigua República de Roma, el fasces, una segur que en aquella
época significaba autoridad, rodeada de un haz de varas, para demostrar la
fuerza en la unidad. Italia podría recurrir a la grandeza de su pasado para
crear un magnífico futuro. Esta visión atrajo a los arditi desmovilizados, las
tropas de choque italianas que, en palabras de Mussolini, “se arrojaron al
combate con bombas en las manos y dagas en los dientes, con el mayor
desprecio de la muerte y entonando sus heroicos himnos de guerra”. Los arditi,
a cambio, influyeron en Mussolini, que adoptó la camisa negra de su uniforme
y su afición por las acciones violentas.

A diferencia de otros ideólogos políticos como Lenin o Marx, Mussolini no


tenía una filosofía coherente. Creía en la fe, no en la razón; en la acción, no en
el pensamiento. Y esto les gustaba a los arditi.

Los fascistas ofrecieron a sus seguidores una oportunidad para actuar


cuando la delegación italiana volvió de Versalles con poco que mostrar a
cambio de los sacrificios y los éxitos militares. No habían conseguido ni
Dalmacia, ni Albania. Muchos seguidores de Mussolini se unieron al famoso
poeta, idealista y aventurero Gabrielle D´Annunzio en la toma de Fiume. La
increíble osadía de esta hazaña estableció las credenciales ultranacionalistas e
idealistas del movimiento fascista. La insolencia y la crueldad de los camisas
negras amedrentó a gran parte de la clase media, pero su insistencia en los
valores espirituales y en la disciplina estricta también sugerían una alternativa
más segura que el comunismo o el anarquismo. A diferencia de la “libertad,
igualdad y fraternidad”, los fascistas proclamaban los principios de
“responsabilidad, jerarquía y disciplina”. Y triunfaron pronto.

Los gobiernos democráticos italianos, impotentes, sin brillo alguno,


renquearon hasta el verano de 1922, cuando en Roma se perdió el control y en
el resto del país estallaron revueltas, huelgas generales en servicios esenciales
y se produjo el caos económico. Temerosas de una sublevación bolchevique,
las clases medias se volvieron a la derecha. Durante más de dos años, los
fascistas habían mostrado voluntad y capacidad para atacar a los sediciosos de
izquierda y para reprimir las huelgas. Stefan Zweig los había visto en acción
durante una huelga general en Venecia. Aunque le repugnaban su filosofía y
sus métodos, entendió la atracción que podían suscitar. La Plaza de San Marcos
“parecía extrañamente desierta”. Los negocios habían cesado.

“Las persianas de la mayoría de los comercios estaban cerradas, no había


nadie en los cafés, solo se veía una gran multitud de obreros que formaban
pequeños grupos bajo las arcadas como quien espera algo especial. Y llegó de
repente. De una calle lateral salió desfilando, a paso ligero y acompasado, un
grupo de jóvenes en formación perfecta que, con un ritmo ensayado, cantaban
una canción cuyo texto yo desconocía. Más tarde supe que se trataba de
Giovinezza. Con paso redoblado habían ya cruzado la plaza, blandiendo
bastones, antes de que los obreros, cien veces superiores en número, tuvieran
tiempo de lanzarse sobre ellos” (El mundo de ayer).

Zweig estaba conmocionado. “Por primera vez, supe entonces que aquel
fascismo legendario, del cual tan poco sabía, era real, que era algo muy bien
dirigido capaz de atraer a jóvenes decididos y osados y convertirlos en
fanáticos”.

Con tácticas semejantes, Mussolini conquistó Roma. En octubre de 1922


reunió a sus camisas negras en la capital y, casi antes de que nadie se diese
cuenta siquiera de lo que pasaba, dio un golpe de Estado incruento. La Marcha
sobre Roma había tenido éxito, y asumió el cargo de presidente del Gobierno:
a los 39 años era el más joven de Europa. “Manda ahora la juventud” escribió
el periodista norteamericano Clayton Cooper. “Los políticos indolentes y
tradicionales, más retóricos que prácticos, han sido sustituidos por un liderazgo
fuerte y joven, intensamente patriótico y con medios para hacer valer su
política”. Todo lo que tenía que ver con el fascismo italiano era joven, y cuando
se celebró el congreso del Partido Fascista en Roma, en noviembre de 1921,
más de la cuarta parte de sus afiliados no superaban los 21 años.

En rápida sucesión, los fascistas prohibieron el Partido Comunista, cerraron


los periódicos socialistas, establecieron un nuevo calendario en el que el año
1922 se convirtió en el Año I de la Era Fascista, y empezaron a reformar y a
rehacer el Estado y la sociedad de acuerdo con sus ya conocidas ideas
nacionalistas de soberanía popular. La Italia de Mussolini iba a mostrar la
nueva tercera vía. Como una “tercera fuerza”, el fascismo se despedía de la
democracia liberal que había sucedido a la Revolución Francesa en 1789 y de la
democracia popular prevista por la Revolución rusa de 1917. “La Marcha sobre
Roma ha manifestado un nuevo concepto del derecho de la nación sobre las
clases y los individuos”, explicó Augusto Turati, secretario general del partido.
El proyecto fascista era “diferente del francés, que sostenía el derecho del
individuo sobre la nación, y estaba en contra del ruso, implicaba el triunfo de
clase sobre los otros elementos que constituyen la nación”.

Los fascistas hablaban de un “orden nuevo”, de una sociedad organizada de


acuerdo con “la fórmula italiana y romana: todo dentro del Estado, nada contra
el Estado”. Y en dicho Estado totalitario no habría diferencia alguna entre las
esferas pública y privada. La mayoría se convertiría en minoría gobernante, y
la minoría en el único infalible: Mussolini. Al rechazar la idea de liderazgo
mediante elecciones, se proponía un modelo orgánico de jefatura que nacía
casi de forma natural de la nación. Un filósofo fascista escribió: “Todos
participamos de lo divino, pero el héroe que habita entre nosotros participa en
mayor medida que todos... El supremo don de la síntesis, la intuición y la
revelación nos está negado; en justicia pertenecen al héroe y a nadie más”
(Mario Palmieri). Sin dicho héroe, sin un Duce, o jefe, que con osadía, fe e
intuición mística pudiera vencer la confusión de “las ideas, las creencias y las
voluntades en conflicto”, el país se precipitaría en la oscuridad.

El fascismo señaló la ruptura definitiva con las anteriores formas modernas


de gobierno, y la osada forma de alcazar el poder demostró ser la inspiración
para muchos veteranos descontentos y jóvenes impresionables. Para Hitler y
sus camaradas nazis en concreto, Mussolini y el movimiento fascista
proporcionaban un modelo a imitar. De ellos, Hitler aprendió el valor de los
símbolos, consignas, rituales, banderas y uniformes como señas de aceptación
social y pertenencia. También descubrió el poder de las ceremonias
espectaculares y los mítines de masas para impresionar tanto a participantes
como a espectadores. Demostraron que el país, organizado jerárquica, férrea
y disciplinadamente, ya no seguía más en el caos, sino que marchaba. Al ver el
apoyo que Mussolini había obtenido de la juventud, ampliamente excluida del
proceso político, Hitler decidió llegar a los jóvenes de su propio país. Adoptó el
lenguaje mussoliniano del despertar nacional y la retórica del “nuevo orden”,
que prometía ser una alternativa a la democracia liberal y al comunismo. Los
nazis también tomaron prestada la idea de pertenencia a un “movimiento”
audaz, a una fuerta histórica que trascendía a los partidos políticos, destinada
a resucitar a la nación. Lo que importaba era la acción, no cualquier programa
político. Lo que importaba era un mito conductor que excitara a la acción, y el
mejor mito de todos era aquel que identificaba al oponente, al enemigo contra
el que las masas se reunirían. Finalmente, Hitler adoptó el concepto fascista de
“hombre fuerte”, el de una comunidad dirigida por un líder carismático, que no
ha sido designado por la mayoría de los votos, sino por las misteriosas fuerzas
del destino. Mussolini era conocido como il Duce; Hitler lo tradujo al alemán:
el Führer.

Sin embargo, había una gran diferencia entre el fascismo y el nazismo.


Inspirados por la antigua Roma, los fascistas sentían un gran orgullo por su
pasado, pero no querían resucitar el Imperio romano. Miraban hacia delante y
buscaban la creacion del hombre y la mujer del futuro. Cualquiera, fuese cual
fuese su origen, eran bienvenido para unirse al proyecto. En otras palabras, el
fascismo era como la Iglesia católica, abierta a todos lo que quisieran
bautizarse. Y ciertamente hubo judíos que se afiliaron al Partido Fascista.

En cambio, los nazis miraban hacia atrás. El hombre del futuro ya había
existido en el pasado y, para convertirse en ese hombre del futuro, uno tenía
que liberar el “ario” que había en un interior. Los arios, o antiguos teutones, no
eran simples ejemplos, modelos del pasado e ideales que imitar; eran el
pasado y el futuro a la vez. Y los “no arios” no se ajustaban a ese patrón y,
explícitamente estaban excluidos.

Un año después de la Marcha sobre Roma, Hitler intentó su propia marcha


sobre Berlín. Parecía el momento oportuno, pues las tropas francesas habían
ocupado Renania; la producción industrial había caído un tercio, más aún las
exportaciones, y la hiperinflación se comía todas las medidas de estabilidad
económica adoptadas. En mayo, el dólar se cambiaba a 54 mil marcos, en
agosto a 4 millones, y tres meses después a 4,2 billones de marcos. Los
precios se duplicaban cada día y las tasas de cambio variaban cada hora. “Los
cordones de zapato costaban más que antes un par de zapatos, no, qué digo,
más que una zapatería de lujo; reparar una ventana rota costaba más que
antes toda la casa”, recordaba Stefan Zweig (El mundo de ayer). En un plazo
de meses, la unidad de medida se había elevado de miles a millones, y luego a
billones.

En Hamburgo, los comunistas iniciaron una sublevación armada, mientras


en Baviera un derechista, Gustav von Kahr, comisario general, se preparaba
para una “dictadura nacional” que provocó la formación de milicias comunistas
“antidictadura” en otros Estados. En noviembre de 1923, los gobiernos del
Reich y del Estado de Baviera no se reconocían ya mutuamente. El Reich
alemán estuvo a punto de desaparecer.

Hitler y los nazis supusieron que este era el momento propicio para montar
su “Revolución Nacional” al estilo de Mussolini. Su objetivo era derribar al
Gobierno bávaro y avanzar rápidamente hacia Berlín. Sin embargo, Alemania
no era Italia. A Mussolini lo habían invitado y llevaba en el bolsillo una carta
secreta del rey Víctor Manuel III, cuando dejó Milán para marchar sobre Roma.
Hitler no tenía el beneplácito de las autoridades bávaras y berlinesas. Después
de pasar la noche en una cervecería muniquesa, los nazis emprendieron su
propia “marcha” el 9 de noviembre, pero fueron detenidos al instante. En la
refriega murieron 16 nazis. Por otro lado, Hitler fue acusado de un delito que,
de conformidad con el artículo 81 del Código Penal alemán, conllevaba una
pena de cadena perpetua. El tribunal lo ensalzó como un gran patriota alemán
y lo condenó a cinco años de cárcel. Preso en la fortaleza de Landsberg, que
era como un hotel, y acompañado de sus acólitos, aprovechó para escribir
Mein Kampf.

El fallido putsch de Múnich señaló el inicio de un periodo de siete años en el


que se accedió a cierto grado de estabilidad. Al cabo de una semana, el
Gobierno de Weimar introdujo una nueva moneda, el Rentenmark. Stefan
Zweig escribió en su autobiografía: “Cuando, a toque de campana, cada billón
de marcos engañosamente inflados se cambió por un solo marco nuevo se
estableció una norma. En efecto, la turbia espuma pronto refluyó con todo su
lodo y suciedad; desaparecieron los bares y las tabernas, las relaciones se
normalizaron, todo el mundo pudo calcular claramente cuánto había ganado o
perdido” (El mundo de ayer). Muchos habían perdido, y perdido mucho, pero al
menos se había detenido la caída. Y la mayoría de los alemanes no se había
vuelto loca ni recurrido a la violencia. Hans Ostwald, cronista de la vida cultural
alemana, observaba con orgullo que “el joven honrado, el cartero, el ingeniero
de ferrocarriles, la modista y la lavandera habían siempre cumplido con sus
deberes. Los médicos han tratado a los enfermos, los estudiosos han avanzado
en sus investigaciones, y los inventores han desarrollado y puesto en práctica
sus ideas. No hay duda que todos hemos sido visitados frecuentemente por la
tentación, pero la mayoría no sucumbió a ella. La vencieron”.
La situación alemana mejoró rápidamente y de forma importante. El plan
Dawes, apoyado por USA, entró en vigor en 1924, administrando mejor el
programa del pago de las indemnizaciones de guerra. En 1925 las tropas
aliadas abandonaron Renania, Alemania fue admitida en la Sociedad de
Naciones en 1926 y obtuvo un puesto en el Consejo Permanente. La Comisión
Militar Interaliada se retiró de suelo alemán en 1927 y por tanto se renunció al
control sobre el rearme. En 1928 la producción industrial alemana, las
importaciones y exportaciones y los salarios reales soprepasaron, por primera
vez, los índices anteriores a la guerra. La tasa de desempleo pasó del 10% al
6,3%.

En semejante clima político y social los nazis se movían al margen de la


vida pública alemana. Apenas lograron el 2,8% de los votos en las elecciones
al Reichstag en 1928, mientras los comunistas alcanzaban el 10,6%. La gran
mayoría de los votantes alemanes apoyaron a los principales partidos
democráticos y, por ende, a la República de Weimar.

Capítulo Tres
PROMESA Y PRACTICA NACIONALSOCIALISTA

En contra de la sabiduría popular, la República de Weimar no estaba


condenada al fracaso, pero tampoco podía tomarse un respiro. El Gobierno
carecía de tiempo para capitalizar sus éxitos políticos internacionales o para
independizar la economía del país del dinero estadounidense. Y justo cuando
las cosas empezaban a marchar bien, la Bolsa de Nueva York se hundió en
noviembre de 1929 y Alemania se enfrentó al desplome económico. Los fondos
estadounidenses que habían sostenido la economía germana desaparecieron
de golpe, y los bancos de ese país exigieron la devolución de los préstamos a
corto plazo. USA impuso nuevos aranceles y los vecinos europeos hicieron lo
mismo. Estos golpes aplastaron la economía alemana basada en las
exportaciones. La producción industrial volvió a caer en picado hasta la mitad
del nivel alcanzado el año anterior; las exportaciones descendieron un 40% y
el desempleo, que se había estabilizado en torno a los dos millones de
parados, se disparó a los 3 millones en 1930, 4,5 millones en 1931, 5,6
millones en 1932 y 6 millones, el 25% de la fuerza laboral, en enero de 1933.
Para muchos alemanes, estas cifras demostraban que la democracia había
fracasado.

El nacionalsocialismo parecía ofrecer una alternativa viable. Los nazis, una


fuerza política marginal durante los años de relativa prosperidad, se
aprovecharon de la depresión. Al recurrir a la cultura alemana juvenil del siglo
XIX, con su escepticismo del mundo burgués y sus sueños de comunidades
alternativas enraizadas en la naturaleza, ofrecieron a los jóvenes lo que
deseaban. Explotaron la fe, la ilusión y el idealismo del movimiento juvenil y se
apropiaron de sus energías y esperanzas. Jóvenes de ambos sexos acudieron
en tropel al partido. En algunos distritos, hasta el 80% de los afiliados tenía
menos de 40 años. La dirección nazi tambiéra era joven; en 1930, dos terceras
partes también tenían menos de 40 años.
Igualmente, un importante número de personas mayores, decepcionadas
por los fracasos cosechados por su generación, el ultrajante armisticio y la
vergüenza de Versalles, abrazaron el nacionalsocialismo como una fuente de
vigor renovado y esperanza. Hitler no pertenecía a la clase política establecida,
era un hombre nuevo, y su retórica y estilo de liderazgo eran distintos. De
igual modo, jóvenes y mayores admiraban la confianza ilimitada que los nazis
tenían en la posibilidad del cambio, y en ser ellos los autores del mismo. Las
ceremonias y simbolismo político nazis, el audaz diseño de la esvástica, el
uniforme y los saludos adoptados del fascismo, los desfiles copiados a los
militares y los mítines de masas tomados del mundo del deporte, ofrecían a
muchos alemanes de diferente condición social una sensación de unidad,
emoción y objetivo común. Ningún otro partido tuvo tan atractivo popular.

Los nazis ganaron adeptos mediante la seducción, la presión o el terror. Su


sistema de simbolismo político y modernas técnicas de propaganda, así como
la infiltración, la intimidación y la provocación les catapultaron de la
marginalidad a la corriente principal de la política. Llegaron a todo el mundo
excepto a los judíos. Durante sus años de soledad, Hitler había mantenido su
línea antisemita, y en 1925, en su momento mas bajo, explicó que para que
una campaña tuviera éxito tenía que dirigirse contra dos objetivos: una
persona y una cosa. Los ingleses habían luchado contra el Káiser y el
militarismo alemán; los nazis lo harían “contra el judío como persona y contra
el marxismo como cosa”. En su opinión, “para un pueblo como el alemán es
especialmente necesario señalar un solo adversario y marchar contra ese único
enemigo”. Tanto el judío como el bolchevique eran tangibles, enemigos visibles
con los que estar resentido.

El antisemitismo de Hitler nació de una ideología más amplia basada en la


lucha, que sostenía que esta era un hecho vital. El pueblo alemán se oponía al
resto del mundo y, en semejante situación, “el más fuerte, el más capaz,
vence, mientras que el menos capaz, el débil, pierde”. Bismarck, el frío hombre
de estado alemán del siglo XIX, había luchado para dibujar las fronteras
alemanas de acuerdo con principios estratégicos y económicos, basados en una
relación equilibrada entre potencias. Hitler mantenía una posición ideológica
carente de cualquier sabiduría práctica y desdeñaba las reclamaciones de otros
estados. La unidad nacional alemana era lo más importante; y las fronteras
germanas tenían que expandirse para incluir a todos los alemanes, incluidos
los descendientes.

La superioridad racial alemana era la doctrina básica del nacionalsocialismo


y la supremacía germana era el fin de la lucha inexorable que Hitler predicaba.
Este racismo político demostró ser atractivo para muchos de sus compatriotas;
justificaba una visión utópica de la unidad de los pueblos alemanes y, por
cierto, era una alternativa al concepto limitado de nación concebido en los
albores de la Revolución Francesa. “El entendimiento de nación ha dejado de
tener sentido”, le dijo a Hermann Rauschning, un nazi de alto rango de Dánzig.
La raza trascendía las fronteras nacionales y era la esencia del futuro alemán.
“Francia llevó su gran revolución más allá de sus fronteras gracias al concepto
de nación. Con el concepto de la raza, el nacionalsocialismo llevará su
revolución al extranjero y configurará el mundo” (The Voice of Destruction).

A finales de 1929, el ejército alemán, preocupado por el crecimiento del


paro y la inquietud pública, empezó a tomarse en serio la política civil. El
general Kurt von Schleicher, persona paciente, de gran encanto e inteligencia y
un gran estratega, asumió la responsabilidad de controlar el destino de la
cancillería. Apoyó al católico Heinrich Brüning, político centrista, conservador
en temas fiscales y defensor de los presupuestos militares. El octogenario
presidente Von Hindenburg estuvo de acuerdo.

Aunque Brüning era muy inteligente, desgraciadamente tambiéra era un


hombre rigurosamente inflexible. Alemania estaba hundida en la depresión
económica y Brüning respondió con un aumento draconiano de los impuestos y
una drástica reducción de las prestaciones de la Seguridad Social. El Reichstag
votó inmediatamente en contra del presupuesto y Brüning, con la misma
rapidez, disolvió el Parlamento.

Esta situación les dio a los nazis su oportunidad. Proclamaron su energía


juvenil, exhibieron los estandartes con la esvástica solitaria y organizaron
celebraciones al aire libre con antorchas. De estaba manera, martilleaban a la
gente con su propia visión utópica de la comunidad del Volk alemán, con su
racismo insolente. La campaña funcionó. Más del 80% de los votantes acudió a
las urnas y la derecha moderada había desaparecido del panorama. Los
comunistas tuvieron buenos resultados, 77 escaños, pero los nazis lo hicieron
mejor con 107 diputados.

Aunque Brüning seguía en su puesto a pesar de ser una persona inflexible y


de poca imaginación, demostró también que no tenía a la suerte de su lado:
fue atropellado por la Depresión. El número de parados se dobló en un año y
franceses y británicos obstaculizaban diplomáticamente todos sus esfuerzos
por mejorar la situación económica en Alemania. El descontento de los
obreros, el terrorismo político y las sangrientas reyertas callejeras entre nazis
y comunistas llevaron al caos y la frustración.

Las desgracias de Brüning fueron las llaves de Hitler para acceder al poder.
La Depresión era un problema político, no económico, les dijo a los hombres de
negocios en el Club Industrial de Düsseldorf en enero de 1932, y la bolsa poco
importaba. Lo que discutía eran las divisiones internas y el derrumbe de
Alemania. La solución era un cuerpo político “intolerante con los que pecaran
contra la nación y sus intereses, intolerante contra los que no reconocieran sus
intereses vitales o se opusiera a ellos, e intolerante y despiadado contra
cualquiera que una vez más intentara destruir o desintegrar ese cuerpo
político”. Largos y estruendosos aplausos. Los empresarios creían en él, y los
parados también. Ambos extremos del espectro económico volaron hacia el
estandarte nazi.

La consigna nazi: Ein Reich, ein Volk, ein Führer tuvo sentido para millones
de votantes. Si Hitler podía ser el centro en torno al cual se uniesen todos los
alemanes del Reich, de todas las clases sociales, él y quizá solo él, sería capaz
de restablecer la posición alemana en Europa, no restaurando el Segundo
Reich, derrotado en 1918, sino creando un nuevo y fuerte Tercer Reich. Este
superaría la vergüenza del Tratado de Versalles e impulsaría el orgullo germano
mediante la unidad de los alemanes en un Reich y bajo un solo líder: de todos
los alemanes, de los de Alemania, de Austria, de Dánzig y de Memel, en
Polonia, de todos los lugares.

“El nacionalismo y el antisemitismo dominan el panorama político”, escribía


desesperado el periodista de izquierdas Carl von Ossietzky. “Son los organillos
del fascismo, cuyos chillidos ahogan el más suave trémolo de la reacción
social”. La comunidad judía apeló a sus compatriotas para que no se dejaran
engañar, y preguntaban: “¿Por qué lo toleráis cuando, en el contexto de los
graves asuntos políticos y económicos, os proponen al judío como un come-
niños en esa prensa de los propagadores del odio?”. “Por todos lados os
enfrentan al judío. Doquiera que esté, !se supone que os domina! Se supone
que es responsable de todo lo que sucede, incluso de los hechos más
contradictorios: capitalismo y bolchevismo, finanzas y marxismo, ¿Cómo es
esto posible?”.

Su súplica cayó en saco roto. Los nazis obtuvieron 230 escaños de los 680
que componían el Reichstag en 1932. Era el partido más numeroso pero no
controlaban la mayoría del Parlamento, incluso con sus aliados nominales del
Partido Nacional Alemán del Pueblo (DNVP). El país se consumía en un callejón
sin salida. Hitler exigía repetidamente la Cancillería, pero los otros partidos de
derecha, necesarios para una coalición mayoritaria, no querían concedérsela.
Sin otros candidatos, Kurt von Schleicher se vio obligado a aceptarla, pero al
no poder reunir tampoco una mayoría, dimitió en enero de 1933. Ahora era el
turno de Hitler, y Von Schleicher no pidió al ejército que lo impidiera.

El 30 de enero de 1933 el presidente Von Hindenburg invitó a Adolf Hitler a


que asumiera la cancillería dentro de una coalición gubernamental. De acuerdo
con un trato cerrado con anterioridad, Hitler sería el canciller y Von Papen, el
perrito faldero de Von Hindenburg, el vicecanciller. Von Papen y los otros siete
caballeros que formaban el gabinete confiaban en poder controlar al zafio
recién llegado y a sus dos groseros secuaces, Wilhelm Frick, ministro del
Interior, y Hermann Goering, ministro sin cartera. Con el cinismo y arrogancia
propios de su clase, estos ancianos caballeros imaginaron haber comprado el
apoyo de las masas. Solo un político de derechas, un hombre que conocía a
Hitler como nadie, vio que las cosas no serían tan fáciles. En una carta dirigida
al general Von Hindenburg, su antiguo camarada, general Ludendorff, que fue
dictador de hecho en Alemania de 1916 a 1918 y el testaferro del putsch de
1923 de Hitler, predecía que “este hombre maldito arrojará nuestro Reich al
abismo y llevará nuestra nación a una miseria inconcebible. Las generaciones
futuras os maldecirán en vuestra tumba por lo que habéis hecho”.

La historia demostró que Ludendorff tenía razón. El hombre que había


entregado la cancillería a Hitler no pudo controlarlo. Y este, por su parte,
quería el control absoluto. Se proponía gobernar por decreto y necesitaba una
mayoría de dos tercios en el Reichstag. Se convocaron elecciones para marzo,
y los nazis iniciaron una campaña para asegurarse que la mayoría de los
ciudadanos alemanes honrados entendieran que un Gobierno nacional-
socialista era el único medio para evitar que la nación se hundiese en el caos
bolchevique. El plato fuerte fue el incendio del Reichstag el 27 de febrero de
1933. (Los nazis, al principio, lo achacaron a una conspiración comunista, pero
fueron incapaces de demostrarlo en los tribunales. En cambio, sí condenaron al
anarquista holandés Marinus van der Lübbe, que fue ejecutado. Los anti-
fascistas creyeron desde el principio que el culpable era Goering). Organizado
por Goering y achacado a los comunistas, se creó tal atmósfera de temor que
Von Hindenburg firmó un decreto de emergencia para “la protección contra los
actos de violencia comunistas que ponel en peligro al Estado”. Ya no quedaba
ningún obstáculo hacia la dictadura. El decreto autorizaba imponer “ciertas
restricciones sobre las libertades personales, sobre el derecho de libre
expresión, la libertad de prensa, de asociación y el derecho a celebrar
reuniones políticas”. Un maestro de Hamburgo aplaudió abiertamente todas y
cada una de las acciones que se tomaran para prevenir el terror que él creía
que los comunistas iban a desencadenar: “Veneno, agua hirviendo, todos los
instrumentos del más refinado al más primitivo, debían usarse como armas,
Parece un cuento de ladrones, si no fuese porque Rusia ha experimentado ya
métodos asiáticos y orgías de tortura que una mente alemana no es capaz de
imaginar, ni aunque esté enferma, y que si está sana no es capaz de creer”
(citado por Ian Kershaw).

En la semana que transcurrió entre el incendio y las elecciones muchos


políticos de la oposición fueron detenidos y puestos bajo la llamada “custodia
protectora” y retenidos en los rápidamente erigidos Schuftzhaflager, o en
Konzentrationslager. Otros “enemigos del partido”, incluidos un buen número
de judíos destacados, se exiliaron. El filósofo Walter Benjamin se fue a Francia;
el escritor Lion Feuchtwanger, que se había atrevido a burlarse Hitler y los
nazis en sus escritos, huyó a Suiza, y Albert Einstein, que estaba visitando los
USA, decidió sabiamente no volver a casa.

Y aún así no obtuvieron la mayoría absoluta: 288 escaños de los 647


recayeron en los “camisas pardas”, pero con 81 de los diputados comunistas
detenidos o huidos y el apoyo de nacionalistas y católicos, Hitler alcanzó una
mayoría suficiente para suspender la Constitución.

Por todo el país, los nazis se apropiaron espontáneamente de varios


Estados, bien presionando, bien chantajeando a los gobiernos elegidos para
que se nombrase a miembros del partido en los puestos clave. En Baviera,
región decisiva para el movimiento nazi, la situación era especial. Hans Frank,
abogado personal de Hitler, se convirtió en ministro de Justicia; el Reichführer
SS Heinrich Himmler ocupó por la fuerza el cargo de jefe de policía en Múnich,
y Reinhard Heydrich, jefe del servicio de seguridad nazi, fue nombrado director
de la policía política bávara. Frank, Himmler y Heydrich encerraron en pocos
días a más de 10 mil comunistas y socialistas.

Estos cambios generalizados en tierra tuvieron su correspondencia simbólica


en el aire; así, a mediados de marzo, la bandera de la República fue arriada y
la enseña nacionalsocialista se izó en lo alto. Y como dijo un nazi regocijado
(Hans Wendt) “Las nuevas banderas se elevaron en los mástiles, saludadas
jubilosamente. En todos los lugares, lo viejo, lo podrido y lo anticuado fue
desechado; en todos los sitios, los nuevos poderes se impusieron con éxito”.
El predominio nazi se confirmó en la primera sesión del nuevo Reichstag,
que solo recogía un punto en el orden del día: la aprobación de la “Ley de
Autorización” que traspasaba el poder legislativo al ejecutivo. De conformidad
con dicha ley, “las leyes aprobadas por el Gobierno del Reich no tenían que
respetar la Constitución, siempre y cuando el Reichstag y el Reichsrat no
opusieran objeción alguna”. El líder socialdemócrata Otto Wels recordó
valientemente a sus colegas los principios del humanismo y la justicia, de la
libertad y el socialismo. Pero los diputados del DNVP, del Partido del Centro y
otros más pequeños se unieron a los nazis, y después de la votación los
resultados mostraron que solo los 94 socialdemócratas votaron en contra de la
Ley de Autorización.

Incluso enemigos tradicionales del nacionalsocialismo como los católicos


estaban contentos con esta situación. La Asociación de Maestros Católicos se
alegraba: “Como en las jornadas de agosto de 1914, un sentimiento de
emoción nacional y alemana se ha apoderado de nuestro pueblo. Hemos
triunfado al quebrar el espíritu antigermano que se impuso en la revolución de
1918”. Los católicos que habían apoyado a la República deberían haberlo
sabido mejor, pero cerraron los ojos y ahora abrazaban al dictador. Los
comunistas alemanes que se habían salvado de la cárcel huyendo a Suiza
estaban igualmente engañados y predijeron confiados que la dictadura de
Hitler no duraría mucho. “La marea revolucionaria en Alemania seguirá
subiendo inevitablemente y, asimismo, la resistencia de las masas contra el
fascismo continuará”. De hecho, Hitler les había prestado un servicio, pues la
dictadura nazi “libera a las masas de la influencia del Partido Socialdemócrata y
acelera la velocidad de la marcha de Alemania hacia la revolución del
proletariado” (citado por Franz Borkenau).

Nadie prestó mucha atención pues nos lazis dominaban la prensa desde el
1 de abril. Desde esta fecha se inició el boicot de todos los profesionales y de
los negocios controlados por judíos. Al enterarse que el Congreso Americano
Judío (en contra de los deseos de los propios judíos alemanes) planeaba
también su propio boicot, y por todo el mundo, de mercancías alemanas, Hitler
ordenó un día de huelga preventiva para pacificar de esta forma a los anti-
semitas más virulentos e inmanejables de su partido, sin alarmar a los más
pragmáticos, que temían que una acción radical pudiera dañar la economía.

La dirección nazi pidió acciones defensivas contra los judíos, los “culpables
que viven entre nosotros, y que día tras día abusan del derecho de hospitalidad
que el Volk alemán les ha concedido”. Para el partido, los judíos habían sido
reducidos a la condición de residentes extranjeros, que podían ser retenidos
como rehenes para asegurar la conducta del mundo exterior hacia Alemania.
Esto era racismo práctico en estado puro: la gente era considerada
responsable no solo de sus propias acciones, sino también por ser miembros
de la imaginada comunidad racial a la que pertenecían. Y así como los
alemanes formaban parte de un organismo racial unido, los hebreos también.
Por tanto, los judíos que vivían en Alemania eran responsables de las acciones
de los hebreos del extranjero. Eran “los judíos que viven entre nosotros, los
que orquestaban la campaña de odio y mentiras contra Alemania” en los USA.
“En los judíos alemanes reside el poder para persuadir a los mentirosos del
resto del mundo. Y como han elegido no hacerlo, nosotros nos aseguraremos
que esta cruzada de odio e infundios contra Alemania no se dirija ya más
contra el inocente Volk alemán, sino contra los propios responsables de la
agitación. Esta calumniosa campaña de boicot y atrocidades no deberá injuriar,
y no lo hará más al Volk alemán, sino a los propios judíos, mil veces más
duramente” (citado en Max Domarus).

El boicot no tuvo éxito económico; muchos alemanes lo encontraron poco


conveniente o financieramente estúpido. Victor Klemperer, un profesor judío de
lengua y literatura románicas en la Universidad de Dresde, anotó en su diario
una conversación que había oído por casualidad:
“Detrás de mí, un soldado del Reichwehr, un simple muchacho y su no muy
atractiva novia. Durante la tarde anterior a la llamada al boicot. Conversación
durante un anuncio publicitario de Alsbreg. El: “En realidad, nadie debería ir a
comprar donde los judíos”. Ella: “Pero son tan baratos”. El: “Entonces es que
su mercancía es mala y no dura nada”. Ella reflexiona, muy tranquila, sin el
menor patetismo: “No, de verdad, son tan buenos y duran tanto como las de
las tiendas cristianas...y muchos más baratas”. Él se queda en silencio”.
(Quiero dar testimonio. Diario de los años nazis).

Sin embargo, el boicot tuvo éxito psicológico. En la memoria de Bertha


Kahn-Rosenthal (en su ciudad quizás vivían 25 familias judías y no más de diez
niños asistían a la escuela) “La sinagoga estaba en muy mal estado, pero los
hombres acudían a los servicios religiosos, y la mayoría se mantenían kosher”,
los niños judíos acudían a la escuela los sábados, al igual que sus vecinos,
“teníamos que hacerlo, así era la ley”. El sábado 1 de abril de 1933, Bertha fue
a la escuela como siempre. “Por la mañana, antes de las clases, nos reuníamos
todos para jugar en la Turnplatz. Recuerdo que los chicos estaban en un lado y
las chicas en otros, todos jugando a la pelota. Y allí estábamos, estas cuatro
chicas, cuatro de nosotras, y nadie nos pasaba el balón. Fue entonces cuando
entendimos. Así de sencillo”. Después de la escuela, “fuimos a mi casa, y allí
había un camisa parda caminando arriba y abajo para asegurarse que nadie
entrara. Era shabbat y nadie que tuviera tratos con mi padre (era tratante de
ganado) hubiese ido a verlo un sábado”. “Aquel día fue en verdad la línea
divisoria. Desde entonces fue como si no estuviésemos allí”.

Muchos judíos alemanes, adultos y niños, compartieron esa sensación como


un ataque directo, y pocos estaban preparados para el asalto emocional que
sintieron al ver cómo sus compatriotas marcaban las tiendas y los negocios de
propiedad judía, pintándolas con grandes estrellas de David. Robert Weltsch,
sionista y director del principal periódico judío, el Jüdische Rundschau,
respondió al desaliento de su comunidad con una llamada al orgullo. Apremió a
sus lectores a que adoptaran como insignia honorable la estrella de David, que
los nazis proponían como estigma vergonzante. Weltsch reinterpretaba la
situación: “El 1 de abril de 1933 puede convertirse en el día del despertar y
renacimiento judíos”. Daba la bienvenida al hecho de que todos los judíos
estaban afectados, cumpliesen o no con las prácticas religiosas, incluso los
convertidos al cristianismo. Los nazis les habían cerrado la puerta a la
integración, y sostenía que esta situación le resultaba aceptable.

Weltsch era un ingenuo. En pocas semanas los judíos alemanes fueron


privados y despojados de sus derechos y privilegios como ciudadanos. El
Gobierno del Reich se aprovechó de la violencia que habían desatado las SA
contra los abogados y los cargos gubernamentales judíos para aprobar, el 7 de
abril, la primera medida antijudía: la Ley para la Restauración del
Funcionariado Profesional. El artículo 3, el llamado “párrafo ario” disponía el
retiro inmediato de todos los funcionarios de “origen no ario”. Ese mismo día se
aprobó una segunda ley, de Acceso a las Profesiones Legales, que expulsó a los
judíos de la judicatura. Se estableció un modelo de doble pensamiento, por un
lado las autoridades lamentaban oficialmente la violencia callejera contra los
judíos y, al mismo tiempo, aprobaban leyes restrictivas contra los judíos para
protegerlos de dicha violencia. Estas leyes afirmaban que eran los propios
judíos los que representaban un peligro para la sociedad alemana. Esto era
cinismo en acción. Para Víctor Klemperer, judío convertido al protestantismo y
veterano que había servido en primera línea del frente, “la presión a la que
estoy sometido es mayor que la de la guerra”. Su país se había precipitado en
la ilegalidad. “En la guerra estaba sujeto a la ley militar, pero sujeto a la ley;
ahora estoy a merced de un poder arbitrario”. Y le parecía que “ninguna bestia
tiene menos derechos y es menos acosada” (Quiero dar testimonio).
Klemperer tenía una suspensión temporal, pues los veteranos del frente
estaban exentos, y pudo conservar su cargo de profesor durante algún tiempo.
A los nazis radicales les encolerizaron estas medidas transitorias. Por ejemplo,
un tal doctor Deutschmann declaró en el Völkischer Beobachter que “el hecho
de que murieran judíos durante la guerra y en el frente no era un mérito
especial de la raza hebrea. Después de todo, el reclutamiento obligatorio se
aplicó a todo el mundo, y no todos los judíos tuvieron la suerte de librarse del
mismo... Así que no nos dejemos arrastrar por una falsa piedad, !ninguna
excepción con los judíos! No caigamos en la vieja idiotez sobre el “ciudadano”
judío y “soldado del frente”.

Los nazis más intransigentes eran reacios a esperar leyes más rigurosas
contra los judíos y tomaron la iniciativa para obligar al Gobierno central a
actuar. Cuando las autoridades locales prohibieron a los médicos judíos tratar
pacientes en los hospitales y clínicas del sistema nacional de salud, el Gobierno
se apresuró a legalizar post facto estas disposiciones. Y cuando las
administraciones locales expulsaron a los niños judíos de la escuelas públicas,
el Gobierno aprobó la Ley contra el Hacinamiento en las Escuelas, que
establecía una cuota del 1,5% de judíos, con un máximo del 5%. Además
estaban obligados a llevar un carnet especial de estudiante con barras
amarillas, y estaban excluidos de las asociaciones estudiantiles. Los alumnos
“arios” celebraron estas leyes. La ideología de Wagner y sus discípulos habían
moldeado sus reacciones. “Cuando el judío escribe en alemán, miente” se leía
en un anuncio expuesto en el centro de estudiantes en Dresde. “De ahora en
adelante, solo se le permitirá escribir en hebreo”. Víctor Klemperer, que lo
incluye en su diario, estaba sinceramente desconcertado, y predijo que “el
destino del movimiento hitleriano está indudablemente determinado por los
negocios judíos”. Esto estaba claro, pero confesó: “No entiendo el porqué de
convertir este asunto en el principal de su programa. Los hundirá. Pero
probablemente nos arrastrará también a nosotros”. Como muchos otros judíos
alemanes de la época, Klemperer no se tomaba demasiado seriamente sus
observaciones. No sabía lo sagaz que estaba siendo.

El Gobierno del Reich no necesitaba que le incitaran las rabiosas autoridades


locales para perseguir a los Ostjuden. La Ley de Derogación de la
Naturalización y Reconocimiento de la Ciudadanía Alemana tenía como objetivo
directo los judíos que habían llegado provenientes de Europa del Este, y
privaba de la ciudadanía a todos aquellos que se hubiesen nacionalizado entre
el 9 de noviembre de 1918 y el 30 de enero de 1933.

La búsqueda nazi de una comunidad nacional pura, sin contaminar por


influencias extranjeras y sin corromper por las imperfecciones humanas, incluía
una campaña contra los defectos físicos. El Führer deseaba crear un pueblo
alemán genética y físicamente sin mancha, y con tal fin se aprobó la Ley para
la Prevención de Progenie con Enfermedades Hereditarias. Los discapacitados
mentales, esquizofrénicos, maníaco depresivos, epilépticos hereditarios, y los
ciegos, sordos y alcohólicos tendrían que ser esterilizados. La Ley contra los
Delincuentes Habituales Peligrosos ordenaba la castración en casos de delitos
sexuales graves. Estimaron que alrededor de 400 mil personas serían
esterilizadas o castradas.

Las nuevas políticas y leyes no se ocultaban al público, al contrario. Y pocos


alemanes se opusieron a esta privación de derechos sin parangón. Quizá los
alemanes carecieran de lo que ellos mismos llamban Zivilcourage, quizá fueran
personas indiferentes, quizá codiciaran el botín. George Solmssen, judío
alemán y miembro del consejo de administración del Deutsche Bank, estaba
conmocionado por la facilidad con la que muchos de sus compatriotas que no
eran nazis aceptaban estos decretos como “evidentes por sí mismos”. En una
carta, insistía en la “completa pasividad y falta de todo sentimiento de
solidaridad” entre “aquellos que hasta hoy han trabajado codo con codo con
sus colegas judíos”. Y vio un “aumento claro de aprovechamiento personal de
los puestos vacantes, un echar tierra sobre la desgracia y la vergüenza infligida
calamitosamente sobre personas inocentes, testigos de la destrucción de su
honor y existencia día tras día”. Y termina: “Todo esto indica una situación tan
desesperanzada que sería un error no enfrentarse directamente a ella, sin
intento alguno de embellecerla”. (citado en Saul Friedländer)

Solmssen había diagnosticado perfectamente a su compatriotas. De alguna


manera, la respuesta predominante a la privación de derechos de los enfermos
mentales y judíos se autoexplicaba. El concepto de rechos indivuales e
inalienables que, desde la Ilustración, era la base de los sistemas políticos y
sociales occidentales se abandonó sin apenas quejas. Los filósofos del XVIII
habían propuesto la idea de que todos los hombres habían sido creados iguales
y si, por tanto, todos recibían las mismas oportunidades, las gentes de todas
las razas prosperarían igualmente. Su creencia en el progreso, la marcha hacia
una sociedad en la que hubiera un lugar para todos, estaba fundada en la
hipótesis que Thomas Jefferson enunció en la Declaración de Independencia de
los USA: “Sostenemos que estas verdades son evidentes; que todos los
hombres han sido creados iguales”. Para los filósofos de la Ilustración no había
diferencias esenciales entre las naciones.

Los pensadores ilustrados percibieron la concesión de derechos políticos y


económicos como una marcha hacia delante; una vez lograda la emancipación,
esta no podía anularse. Esto era “evidente por sí mismo” en el siglo XVIII, y
también lo es para nosotros ahora. Sin embargo no lo era para los alemanes
que abrazaron el pesimismo cultural de finales del XIX y principios del XX.
Creían que su sociedad estaba en decadencia a causa de las transformaciones
sociales de su época, y al rechazar la idea de una sola humanidad, abrazaron
la visión de Nietzsche del proceso de civilización como la victoria de la mayoría
resentida y débil sobre la minoría noble y vital. Y aunque el propio Nietzsche
no exigía la privación de derecho alguno, sí advertía contra la continua
concesión de los mismos. “La disminución y nivelación del hombre europeo
constituye nuestro mayor peligro, pues la visión de este nos hastía. Nada
vemos hoy en día que quiera crecer más y más; sospechamos que la situación
seguirá marchitándose, continuamente, disminuyendo, más bonachona, más
china, más cristiana” (La genealogía de la moral).

Para muchos alemanes, la I Guerra Mundial demostró que Nietzsche tenía


razón: la noble, heroica y disciplinada nación alemana había sucumbido ante
una coalición de naciones inferiores. La “civilización universal”, el resultado del
progreso, había sido la divisa que los Aliados habían defendido. Contra ella, los
alemanes colocaron la Kultur. Y esta no era ni democrática, ni universalmente
aplicable, ni tampoco producto del progreso. El profeta del nuevo pesimismo
era el historiador Oswald Spengler. En su obra magna y gran éxito de ventas,
La decadencia de Occidente, escribió, lamentándose, que la sociedad europea
se “había disuelto en masas de hombres sin espíritu y amorfas, material de
desecho de una gran historia”.

La inestabilidad política, económica y social de la posguerra parecieron


confirmar la teoría de la decadencia de Spengler. Y en mayo de 1933 la
mayoría de los alemanes estaban de acuerdo en que el país estaba al borde del
precipicio y que, por tanto, solo la supresión de los derechos individuales era el
camino a seguir. También es probable que pocos imaginaran los terribles
resultados de su elección. Ni siquiera los judíos.

“Mil años de historia de los judíos alemanes han llegado a su fin”, anunció
Leo Baeck, el erudito rabino reformista y profesor, ante una reunión de
organizaciones comunitarias hebreas poco antes de la llegada de Hitler al
poder. Pero en aquel tiempo, nadie se daba cuenta de cuánta verdad había en
estas palabras. Realmente, soñaban con la salvación. “Mi idea sigue siendo
esta”, reflexionaba un año después, “me despierto un día y me encuentro con
carteles que anuncian: Me he hecho cargo del poder ejecutivo. General von...”
(citado en Kurt Jacob Ball-Kadurie)

Los judíos europeos habían aprendido que los malos tiempos venían y se
iban, el antisemitismo no era nada nuevo. Los pogromos habían arrasado sus
comunidades orientales quince años antes de la Gran Guerra. La legislación
antisemita había sido el tema central de la vida civil de muchas regiones
europeas apenas un siglo antes. Habían aprendido a arreglárselas con el
antisemitismo. La principal organización judía alemana era la Centralverein
(CV), a la que pertenecían el 60% de las familias hebreas. Su estrategia
estaba modelada por la experiencia histórica: aguantar y mantenerse firme,
insistir más y arreglárselas con menos.

Vinculados afectivamente a su tierra natal y a su nación, el medio millón de


judíos que vivía en Alemania en 1933 estaba confundido y perplejo ante la
crueldad nazi. La gran mayoría había vivido y se había educado en el país.
Vivían en grandes ciudades y no todos eran ortodoxos en sus prácticas
religosas. Se consideraban parte del tejido de la vida alemana, sentían que
pertenecían a esta y creían en dicha pertenencia. “Alemania seguirá siendo
Alemania, y nadie nos robará la tierra en la que nacimos, nuestra patria”,
proclamaba un editorial de la CV en marzo de 1933. Por supuesto, no
importaba cómo se sintieran los judíos alemanes. Miles de ellos habían perdido
sus trabajos en el transcurso de semanas, y la vida diaria de prácticamente
todos ellos se había visto gravemente alterada. (citado en Lucy Dawidowicz)

El desacuerdo entre la sensación de pertenencia de los judíos alemanes y su


rechazo por el Gobierno y la sociedad originaron miedos y desesperanzas.
Nunca tantos judíos se suicidaron como en el primer año de Hitler en el poder.
Otros, con más opciones, huyeron. En su mayoría eran políticos conocidos,
profesionales, intelectuales y hombres de negocios con los contactos
internacionales necesarios para salir.

El novelista y periodista Leo Katz fue uno de los 37 mil judíos que
econtraron refugio en otros lugares. Su hijo Friedrich recuerda décadas
después: “Vivimos en Berlín de 1930 a 1933. En aquella época, mi padre
escribía para el diaro del Partido Comunista alemán y era corresponsal de
periódicos en yidish de la Unión Soviética y otros países. Su especialidad eran
los artículos satíricos, en especial sobre Hitler... Después del incendio del
Reichstag, mi padre pasó a la clandestinidad y prácticamente no vivió en casa
nunca más”. Pero los nazis habían enviado a alguien a espiar en su piso. “Unas
semanas después volvió a casa, solo para saludar a mi madre, verme a mí y
coger algunas camisas y otras cosas. Alguien llamó a la puerta. Era la policía
que quería interrogar a mi padre”. Sabían mucho sobre Leo Katz... comunista,
ciudadano austriaco, que era una famosa figura literaria. “Mi padre no firmaba
sus artículos con su verdadero nombre, pues éramos ciudadanos austriacos y
podían expulsarnos como extranjeros indeseables... Pero los nazis tenían un
espía en el cuartel general comunista que les pasó el seudónimo de mi padre y
la policía lo sabía todo”. Irónicamente, la entrevista bien pudo salvar a la
familia Katz. “Mi padre negó todo, y después de una hora el policía dijo: “Mire,
señor Katz, no me creo una sola palabra de lo que me ha dicho, pero yo nunca
me he reunido con usted. Ahora me voy y no sé quién vendrá después. Espero
que lo entienda”. Mi padre cogió el siguiente tren hacia París”.
La huída de Leo Katz es típica de la primera oleada de emigrantes: hombres
que buscaban la seguridad, con la esperanza de encontrar un refugio para sus
familias. “Mi madre y yo nos quedamos varios meses antes de ir a Francia a
reunirnos con mi padre”, explica Friedrich Katz. “A veces le preguntaba a mi
madre: “¿Por qué te quedas?”. Y ella me respondía que por dos razones. La
primera era que trabajaba en la delegación comercial soviética y pensaba que
no la detendrían; la segunda era que sentía que quizá el partido la necesitase
para realizar algún trabajo clandestino. Esto, teniendo en cuenta que éramos
judíos, y visto ahora retrospectivamente, creo que no era la más inteligente de
las decisiones. Sin embargo, durante cinco o seis meses, mi madre intentó
trabajar de verdad en la clandestinidad”.

La mayoría se quedó. Suponían que la situación iba a mejorar y que el


primer estallido de violencia amainaría. Pero no podían imaginar hasta qué
punto las condiciones se iban a deteriorar. Como contaba Ursula Herzberg-
Lewinsky, una berlinesa de doce años en aquella época: “Los primeros años, la
mayoría de la gente, los que eran mayores en aquellos días, decían: “!Oh, qué
bien! Esto no durará mucho”. Nadie pensó que lo que sucedió, sucedió. Ya ve
usted, pensaban que no pasaría. “Un país tan culto, tan civilizado como
Alemania”, esto es lo que decían todos los adultos que me rodeaban, y yo me
lo creía. Nunca lo dudé. Pero, por supuesto, las cosas fueron de mal en peor.
Y empeoraron más”.

Los cimientos del Estado totalitario nazi estaban anclados sólidamente en


1934. A la utoridad de Hitler solo le quedaba un posible competidor (como Leo
Beck entendió y soñó con ver): el ejército. Bajo la dirección de Ernst Roehm,
las SA (Sturmabteilung), los matones armados que se encargaron de
conquistar las calles para el partido, había crecido rápidamente. Estaban tan
bien organizadas que la jefatura militar empezó a preguntarse sobre su propio
papel en la Alemania nazi. Roehm tenía la clara intención de incorporar sus
legiones de camisas pardas al ejército regular. Y bien pudiera haberlo hecho si
no fuese porque Hitler necesitaba de la buena volutad del ejército, pero no
para proteger al país, sino para que le apoyara en sus aspiraciones políticas.
Von Hindenburg envejecía y Hitler deseaba sucederle como presidente. Solo el
ejército podía bloquear este movimiento. Y para demostrar a los generales de
parte de quién estaba (y para librarse de Roehm, que desafiaba un poco en voz
alta su propia autoridad), el líder nazi organizó el asesinato de la dirección de
las SA. El instrumento, las SS (Schutzstaffel).

Hitler había creado una versión primeriza de las SS en 1922: las


Strosstrupp Adolf Hitler, que respondían personalmente ante él y, por tanto, le
aseguraban una base armada de poder. Tras haber sido disuelta después del
putsch fallido de 1923, la reorganizó en 1926 como “escuadra de protección”.

El cometido oficial de las SS era proteger los mítines del partido, y


reaparecieron en la reunión multitudinaria que el partido celebró en Weimar,
durante la cual Hitler confió a doscientos SS, en posición de firmes, la “bandera
de sangre”, el estandarte manchado con la sangre de los hombres heridos de
bala en la refriega del putsch. Esta santa reliquia era el símbolo de los caídos,
como Hitler escribió en la dedicatoria de Mein Kampf, “con la fe leal en la
resurrección de su pueblo”. Estos “mártires deberán recordar para siempre a
los débiles y a los irresolutos el cumplimiento de su deber, un deber que ellos
mismos con su mejor fe llevarons hasta sus consecuencias finales”. Así, la
bandera de sangre se convirtió en el símbolo de lealtad suprema al Führer y a
la patria.

La lealtad había sido santificada durante mucho tiempo en Alemania y


demostrada de muchas maneras. El aprecio de esta lealtad hacia una causa se
corresponde con el carácter romántico popular de las antiguas comunidades
germanas y con los lazos feudales del medievo entre el señor y sus vasallos.
Los alemanes se enorgullecían de la lealtad que guardaban hacia una causa y
una persona. Según el historiador Karl Lamprecht (1891), era “la fuente
originaria de la propia cualidad de lo germano”. La “siempre recurrente
necesidad alemana del vínculo personal más estrecho, de la total devoción
entre uno y otro, de la perfecta comunidad de esperanzas, esfuerzos y
destinos”, “el aliento vital de todo lo bueno y grande” (Deutsche Geschichte).
La lealtad estaba en el meollo del ciclo operístico de Los Nibelungos de Richard
Wagner, e inspiraba los escritos de su yerno, Charmberlain. Según este último,
“la lealtad germánica es el anillo que otorga la belleza inmortal a los efímeros
individuos, es el sol sin el cual ningún conocimiento puede perfeccionarse en la
sabiduría, la sola gracia que confiere la bendición de las proezas eternas a la
acción apasionada de los individuos libres”.

El paladín de Hitler, Heinrich Himmler, veneraba tanto esta virtud especial,


que el propio Hitler lo nombró líder de las SS. Conocido en los círculos del
partido como der treue Heinrich (Heinrich el Leal), su nombramiento significó
el verdadero nacimiento de las SS. Con él, habían encontrado a su Führer.
Himmler inmediatamente retrató al hombre de las SS como un elegido,
precisamente por su lealtad, limitando la admisión a los “mejores físicamente,
y a los hombres más leales del movimiento”. Ataviados con sus magníficos
uniformes negros y las insignias de la calavera de plata, en verdad, estos
hombres tenían un aspecto temible. Si las SA profesaban su adhesión a los
ideales e instituciones nacionalsocialistas, las SS estaban adoctrinadas para
prestar una lealtad incondicional a la persona de Adolf Hitler. Su juramento de
fidelidad así lo probaba: Meine Ehre heisst Treue (mi honor es mi lealtad). Y
era esta lealtad el centro del universo, después venía la obediencia.

Los hombres de las SS se veían a sí mismos como un cuerpo independiente


del partido e incluso del Estado alemán. Himmler introdujo la idea de las SS
como una “orden”, algo parecido a la de los jesuítas, que elegían a sus
miembros por sus capacidades intelectuales, y a la Orden Teutónica, que solo
permitía nobles entre sus filas. Himmler decidió que la raza sería la línea
divisoria para conservar “pura” a su Orden Negra. Tener antepasados alemanes
puros era requisito previo para la admisión. “Sigue siendo uno de los logros
más grandes y decisivos del Reichführer-SS en este campo la integración y
aplicación clara, con valor y coherencia lógicos, de los principios teóricos de la
ideología nacionalsocialista”, escribió Gunther D´Alquen, historiador oficial de
las SS.
Un miembro de las SS tenía también que reunir los requisitos necesarios
para el puesto. “Insisto en una altura de 1,70 metros”, declaró Himmler.
“Personalmente elegiré cien o doscientas personas cada año, y examinaré
personalmente las fotografías de los candidatos que revelen cualquier rasgo
eslavo o mongólico”. Naturalmente, aquellos elegidos para contribuir al futuro
de la raza deberían engendrar niños racialmente puros. En su Decreto sobre el
Matrimonio de 31 de diciembre de 1931, Himmler exigía que las posibles
novias fuesen seleccionadas cuidadosamente; también necesitaban su permiso
para casarse.

Durante la que llegó a ser conocida como la Noche de los Cuchillos Largos,
las SS obedecieron, incondicionalmente, las órdenes de masacrar a sus
camaradas de las SA. Bien entrada la noche del 30 de junio de 1934, las tropas
de las SS arrancaron de sus camas a los líders de la SA y los mataron a tiros.
El ejército colaboró proporcionando armas y transporte, mientras unidades
regulares permanecían a la espera. Incluso después de saber que los
“enemigos políticos” del partido nazi también habían sido asesinados, incluido
su propio general Kurt von Schleicher, la jefatura del ejército no puso reparos.
Todo lo contrario, en la Orden del día de las fuerzas armadas del 1 de julio, el
ministro de Defensa, general Werner von Blomberg admiraba la “decisión
marcial y el valor ejemplar” de Hitler a la hora de “acabar con los amotinados y
traidores”.

Las SS surgieron como una fuerza de capital importancia para el nuevo


Estado. Al mismo tiempo, la matanza ayudó a Hitler a consolidar su poder
dentro del partido; las SA siguieron existiendo, pero habían sido reducidas a la
impotencia. Nadie se atrevió a desafiarlo. Por su parte, el ejército estaba
contento y apaciguado. Cuando Von Hindenburg murió un mes después, los
generales se inclinaron obedientes cuando Hitler se convirtió en presidente y
canciller a la vez. Los oficiales y soldados prometían ahora fidelidad al Führer.
El 2 de agosto de 1934, todos los miembros de las fuerzas armadas se
comprometían personalmente no con la “nación y la patria” como habían hecho
sus predecesores, sino con el propio Adolf Hitler.

“Juro por Dios todopoderoso estos sagrados votos; prestaré obediencia


incondicional a Adolf Hitler, Führer del Reich y del pueblo alemán, comandante
supremo de la Wehrmacht; y como valiente soldado estaré dispuesto en
cualquier momento para sacrificar mi vida por este juramento”.

Por abrumadora mayoría (84%) el pueblo alemán confirmó mediante un


plebiscito la unión de la presidencia y la cancillería, rechazando así la larga
tradición de desarrollo constitucional occidental. Y al abandonar el principio de
poderes políticos claramente definidos y separados, los alemanes abrazaron la
soberanía absoluta de su líder, y aceptaron una estructura de gobierno en la
que cualquier límite a la voluntad del Führer, cualquier intento de fiscalizar sus
órdenes, eran ilegales. No había lugar para los preceptos de la Ilustración en la
Alemania nazi, y estaba claro que atraían poco a los alemanes de la época.
Sin embargo, en 1934 y 1935 el rechazo alemán a los ideales de la
Ilustración era solo una parte de la historia. Los observadores de aquellos días
advirtieron también un nuevo ánimo en el país. Y muchos verdaderos
demócratas concedieron a Hitler el beneficio de la duda, admirando su
programa para restaurar el orgullo alemán después de la humillación de
Versalles. Winston Churchill, él mismo un gran nacionalista inglés, alabó a
Hitler por sus logros.

“Adolf Hitler fue el hijo del dolor y la rabia de una raza y un Imperio
poderoso que habían sufrido en la guerra abrumadora derrota. Fue él quien
exorcizó el espíritu de desesperación de la mente alemana sustituyéndolo por
el no menos funesto, pero mucho menos mórbido espíritu de venganza.
Cuando los terribles ejércitos alemanes, que habían tenido media Europa entre
sus garras, retrocedían en todos los frentes, y solicitaban un armisticio de
aquellos mismos pueblos cuyas tierras ocupaban aún como invasores; cuando
el orgullo y la obstinación de la raza prusiana se quebraban en rendición y
revolución detrás de las líneas de combate; cuando aquel Gobierno imperial,
que durante más de cincuenta espantosos meses, había sido el terror de casi
todas las naciones, se desplomaba ignominiosamente en colapso, dejando a
sus leales súbditos indefensos y desarmados ante la cólera de los gravemente
heridos, pero victoriosos Aliados, entonces fue cuando un cabo, un austriaco,
antes pintor de puertas y ventanas, se lanzó a recobrarlo todo”. (Grandes
contemporáneos)

Y Hitler tuvo éxito. En 1935 había restaurado la importancia internacional de


Alemania.
Con todo, Churchill estaba preocupado. Y aunque, indudablemente, a Hitler
le movía un “apasionado amor por Alemania”, también lo empujaban
“corrientes de odio tan intensas para helar las almas de aquellos que nadaban
en ellas”. Era este odio, particularmente hacia los judíos, el que Churchill creía
que demostraría la ruina de Hitler.

“Los judíos, sospechosos de haber contribuido por una desleal conducta y


una pacifista influencia al colapso de Alemania al final de la Gran Guerra,
fueron también acusados de ser el principal sostén del comunismo y los
autores de toda clase de doctrinas derrotistas. Por cuya razón, los judíos de
Alemania, una comunidad que ascendía a muchos cientos de miles, fue
despojada de todo poder, arrojada de toda posición en la vida pública y social,
expulsada de las profesiones, silenciada en la prensa y declarada raza odiosa e
infame. El siglo XX ha contemplado con sorpresa no solo la promulgación de
estas feroces doctrinas, sino su corroboración práctica, violenta y brutal
realizada por el Gobierno y el populacho. Ni los servicios anteriores, ni el
patriotismo probado, ni siquiera las heridas sufridas en la guerra pudieron
proporcionar inmunidad a unas personas cuyo único crimen consistía en que
sus padres los habían traído al mundo. Toda clase de persecuciones, graves o
leves, infligidas a grandes o a chicos, desde los sabios, escritores y artistas de
fama mundial hasta los pequeños y míseros niños judíos de las escuelas
públicas, fue practicada, fue glorificada y aún sigue siéndolo”.
Para Churchill, el destino de los judíos era una advertencia de que, al final,
el propósito de Hitler de restaurar la grandeza de Alemania se reduciría a nada.
Y la historia demostró que Churchill tenía razón.

Capítulo Cuatro
EL TERCER REICH

Para muchos alemanes, a mediados de los años 30, el patente éxito del
nazismo y la salida de Alemania del cieno de la miseria económica y del caos
político, demostraba que Hitler era un líder magnífico. Un libro nazi explicaba
que, a lo largo de la historia alemana, dichos líderes habían surgido para
“llevar adelante un gran sueño y un profundo anhelo, con la vista puesta en
horizontes más lejanos”. Hitler era el Führer más grande de todos. “Ahora la
voluntad del Führer resplandece ante Alemania. De nuevo, una antorcha
ilumina el camino que conduce a la felicidad, la lucha y las victorias del futuro”.

Esto era mucho para el mito del Führer, infalible y onmipotente. En la


Alemania nazi, la división de trabajo desapareció y los habituales
procedimientos administrativos de gobierno se volvieron irrelevantes. Hitler
proponía ideas, conceptos y acciones, y sus subalternos “trabajaban en la
dirección” de dichas ideas mediante iniciativas independientes, promoviendo lo
que conjeturaban eran los deseos del Führer, incluso anticipándose a ellos. Se
desencadenó una competencia feroz dentro del partido y de la burocracia, en
el esfuerzo por satisfacer a Hitler, y como este siempre respaldaba a las
facciones o personas vencedoras, nunca se vio afectado. Werner Willikens, un
alto funcionario del Ministerio de Agricultura prusiano, lo explicó a sus colegas:
“Todos tienen el deber de intentar, en el espíritu del Führer, trabajar en su
dirección. Todo el que cometa errores acabará dándose cuenta muy pronto.
Pero el que trabaja correctamente en la dirección del Führer siguiendo sus
directrices y hacia su objetivo tendrá en el futuro... la recompensa suma de
obtener de pronto la confirmación legal de su trabajo” (citado en Ian Kershaw).

No es sorprendente que las políticas nazis no nacieran de conceptos claros,


o que no tuvieran objetivos explícitos, pues se desarrollaban desde la
interacción confusa de muchas tendencias separadas, contradictorias y, a
menudo, opuestas entre sí. Pronto surgieron presiones de todos lados: el
partido impulsaba cambios revolucionarios dentro de la sociedad alemana,
mientras que los conservadores antidemocráticos no deseaban cambiar nada.
Los que ocupaban algos cargos explotaban el caos para erigir pequeños
imperios y, desde el principio, la dirección nazi aspiraba a la instauración de
una dictadura centralizada. Las fronteras entre el Partido Nazi y el Estado
desaparecieron totalmente, y los límites que separaban a este Estado de la
sociedad civil se habían vuelto realmente porosos. Lo que quedaba era una
selva insitucional en la que se daban por sentado las rivalidades. Esta situación
multiplicó los departamentos que, dotados más o menos con las mismas
competencias, estaban ansiosos por “trabajar en la dirección del Führer”,
tratando de adelantarse a los demás. Hitler gozaba con la lucha endémica por
el poder. Creía que aumentaba la eficacia, mientras obligaba también a
compromisos y arreglos que, él pensaba, estabilizaban el régimen. Siempre y
cuando los burócratas ministeriales y los generales estuviesen disputando
entre ellos, Hitler sería el árbitro final. El sistema le favorecía.

Las medidas antisemitas abundaron entre el caos burocrático. La crueldad


era la clave del éxito en la jerarquía nazi, y los judíos alemanes recibían todos
los palos. Cuando Joseph Goebbels creó la Cámara de Cultura del Reich, los
judíos fueron barridos del mundo del arte y el espectáculo. Todos los músicos,
artistas, compositores, intérpretes, empresarios... tuvieron que afiliarse a esa
Cámara, excepto los judíos, pues “no era correcto que estos fuesen custodios
de la riqueza cultural alemana”.

Al principio, y según la “técnica nazi del salchichón” (una rodaja de


discriminación cada vez), algunos tipos de arte quedaron exentos; pero en
1935 la Cámara de Cultura del Reich ya estaba Judenrein (“limpia” de judíos).
“La custodia del arte alemán solo estará en manos de alemanes decentes y
dignos de confianza”, se podía leer en una carta de expulsión. Al menos en
este punto se había hecho realidad el sueño de Wagner, que también hubiese
estado encantado con la prohibición de las obras de compositores judíos como
Mahler, Offenbach o Schönberg. Los judíos, vivos o muertos, eran anatema en
el mundo cultural alemán. El director judío, aunque convertido al cristianismo,
Otto Klemperer fue echado a patadas de las salas de convierto, al igual que
otros intérpretes mundialmente conocidos como Jascha Heifetz y Vladimir
Horowitz.

Los judíos respondieron con prontitud, creando la Asociación Cultural Judía


(Jüdischer Kulturbund) para proporcionar empleo a los artistas expulsados del
mercado laboral. La Kulturbund organizó, en casi cincuenta ciudades, miles de
actos antes de que fuese cerrada en 1941. Exposiciones de arte, óperas,
ballets, obras de teatro, conciertos y lecturas literarias eran seguidas con
avidez, a pesar de los agentes de la Gestapo que había entre los asistentes y
los posibles ataques de los secuaces del partido en las calles. Una de las
personas que se aprovechó de estas representaciones fue Rudolf Rosenberg.
“Cuando era niño, debía tener ocho o nueve años, mis padres me alentaban
para que fuese a la ópera. Me gustaba mucho, incluso cuando era muy
pequeño. Esto duró unos cuantos meses y, de repente, todo pareció detenerse”
Esto debió suceder en 1933 ó 1934, y la suposición de Rosenberg:
“Probablemente porque era difícil conseguir entradas”, fuese posiblemente
cierta, ya que a los judíos no se les prohibió oficialmente asistir a actos
culturales “alemanes” hasta 1938. “Recuerdo que entonces nació una sociedad
cultural judía. Se celebraban conciertos, lecturas de poesía y ese tipo de cosas
en un teatro abandonado, al que recuerdo haber ido con mis padre. Era la
única actividad cultural que uno tenía aquellos años”.

El mundo intelectual alemán fue igualmente “limpiado”. Con la aprobación


de sus colegas gentiles, los maestros y profesores judíos fueron expulsados de
sus puestos, y su obra, aunque respetaba, nunca más se volvió a mencionar o
discutir, ni por supuesto a enseñar. Cuando el joven físico Werner Heisenberg
debatía tanto con Albert Michelson como con Albert Einstein, el filósofo del
partido nazi, Alfred Rosenberg, ahora a cargo de la corrección ideológica,
recibió una carta de un profesor berlinés, un tal doctor Rosskothen. “Ya es
bastante escandaloso que el judío americano Michelson y el despreciable judío
Einstein hayan recibido el premio Nobel de Suecia, una nación que ha
traicionado a su raza; un premio que, además, la comunidad internacional
judía les ha conseguido arteramente. Pero se entiende todavía menos que un
profesor universitario alemán, que debería pertenecer al movimiento nacional-
socialista en virtud de su cargo, defienda a esos criminales”. Cualquier alemán
que reconociera los logros intelectuales de un judío era muy sospechoso.
“¿Debe un hombre semejante ocupar una cátedra en la universidad alemana?
En mi opinión debería dársele la oportunidad de realizar un estudio cabal de las
teorías de los judíos tipo Einstein y Michelson y, sin duda alguna, un campo de
concentración sería el lugar adecuado”. Estaba claro que no solo eran los
funcionarios del partido los que estaban a favor de los campos.

La comunidad hebrea creó sus propias escuelas y organizó las clases;


disponía de muchos maestros y profesores desempleados súbitamente, y
alumnos expulsados de clase. La experiencia de Lore Gang-Saalheimer cuando
tenía once años y vivía en Núremberg fue bastante típica. No cayó en el
ostracismo pues su padre había combatido en Verdún. “Todo empezó cuando
los niños que no eran judíos te decían: “No. Ya no puedo ir a buscarte a casa
para ir a la escuela”. En 1935 ya tenía suficiente. De alguna manera, me
parece que ese fue el año en el que tuve conciencia de ser judía, de las
diferencias y del hecho de estar en desventaja”. La llevaron a un instituto
judío; allí se unió al movimiento sionista Habonim, así como a un club de
deportes. Y como otros muchos, comenzó a llevar una doble vida.
Externamente, “las cosas empeoraban... los niño solían gritarme “vaca judía”.
Ojalá hubiese tenido billetes para Jerusalén en la mano”. Sin embargo,
íntimamente, “estaba muy contenta en mi escuela judía de Alemania...
Sencillamente, la amaba”.

No era la única. Su experiencia se enmarca en un renacimiento mayor de la


cultura judía que tuvo lugar en Alemania entre 1933 y 1938, como respuesta
al antisemitismo contra el que se enfrentaba su comunidad. La asistencia a las
sinagogas aumentó y las fiestas tradicionales de Pascua, Purim y Chanukah,
que se celebraban libres de la opresión política, tuvieron un nuevo significado.

Todos los niños, inlcluidos los judíos, tenían la obligación de asistir a la


escuela hasta los catorce años. Los adolescentes y los que tenían edad para ir
a la universidad no estaban obligados, pero había ningún lugar para educarlos.
Para satisfacer esta necesidad brotaron grupos de jóvenes. En 1936 más de la
mitad de la juventud judía alemana pertenecía a alguna de estas agrupaciones.
La Organización Central de Judíos en Alemania, presidida por Leo Baeck,
fotaleció abiertamente la vida cultural y comunitaria judía, mientras apoyaba,
en secreto, universidades judías clandestinas y organizaba escuelas técnicas.
Estos estudios tenían mucha demanda entre los jóvenes que, a diferencia de
sus padres, no tenían negocios o profesiones propias, y que preveían que el
futuro les ofrecía escasas oportunidades. Su única esperanza radicaba en salir
de Alemania, pues las necesidades industriales del resto del mundo podrían
favorecer sus perspectivas para obtener los papeles de inmigración.

“Hemos sido muy indulgentes con los judíos”, declaró Goebbels en 1934,
“pero si creen que pueden seguir permitiéndose actuar en los escenarios
alemanes, mostrando sus ardides ante el pueblo alemán; si creen que pueden
seguir moviéndose a hurtadillas en las redacciones y escribiendo en los
periódicos alemanes; si creen que pueden seguir pavoneándose por la
Kurfürstendamm como si no hubiese pasado nada; si creen eso, quizá debieran
entender estas palabras como una advertencia final”. Y valiéndose de la
imaginería de los guetos medievales, Goebbels prometió: “La judería puede
quedar tranquila, pues los dejaremos solos, siempre y cuando se retiren,
humildemente, detrás de sus cuatro muros, y no se muestren provocadores ni
se enfrenten al pueblo alemán exigiendo ser tratados como iguales”. Y al
depositar directamente en los judíos la responsabilidad de mantener la paz,
concluye: “Si los judíos no escuchan esta advertencia, será culpa suya todo lo
que les suceda” (citado en The Yellow Spot).

El país estaba lleno de carteles como: “Los judíos no son bienvenidos”;


“Aquí no hay ninguna ganancia para los judíos”; “No servimos a judíos”, “No se
admiten judíos ni perros”, o “Los judíos son nuestra desgracia”. Incluso
actividades no prohibidas explícitamente se tornaron inaccesibles, pues lo
alemanes “arios” se sometieron a la filosofía general. Los teatros se negaban a
venderles entradas, los museos les negaban la admisión y los dependientes de
las tiendas los rechazaban. Para los hebreos, la presunción de inocencia, uno
de los pilares de la ley, desapareció. El periódico del partido nazi explicaba que
“en todos los ciudadanos alemanes la decencia se presume”, pero a “los judíos,
como enemigos raciales, se les exige”.

El verano de 1935 las acciones antisemitas tomaron un cariz sexual. Para


“proteger a la nación alemana”, el Estado había prohibido que los “enfermos
hereditarios” y los “delincuentes habituales y peligrosos” procrearan. En
consecuencia, el Estado tenía derecho de proteger a la nación prohibiendo las
relaciones sexuales entre alemanes y judíos. ¿De qué otra manera podía
conservarse la pureza racial alemana? Algunas oficinas del Registro Civil se
negaron a celebrar matrimonios “mixtos”, y las SA empezaron a manifestarse
en frente de las casas donde vivían estas parejas. Aumentó el número de
judíos detenidos por “contaminación racial”. El Völkischer Beobachter publicó la
foto de una pareja por las calles de Hamburgo. La mujer llevaba un cartel que
decía: “Soy la mayor puerca de la ciudad y nunca dije no a un chico judío”,
mientras su compañero judío era obligado a portar otro cartel: “Aunque soy un
chico judío, nunca tuve problemas para llevarme a las goy al piso de arriba y
contarles un cuento”. El periódico de Goebbels, Angriff, también se centró en el
asunto.

“Como resultado de la manifiesta indiganción de los vecinos... la policía ha


puesto en custodia protectora al contaminador racial judío Urbach, que en
aquel momento vivía en un piso de esa localidad con una joven alemana. Los
ocupantes de las viviendas vecinas se habían visto obligados a ser testigos de
la conducta infame de este judío durante dieciocho meses o más, hasta que,
por último, la indignación alcanzó tal punto que la policía ha tenido que poner
bajo custodia a esta donosa pareja acusada de provocar desórdenes públicos”.

Alguien podría preguntarse por qué les costó a los vecinos dieciocho meses
llegar a este estado descrito como “desórdenes públicos”. Ciertamente, el
verano de 1935 la situación había cambiado y los nazis radicales se sentían
autorizados a emprender acciones cada vez más violentas.

A los partidos conservadores, que también eran antisemitas, no les gustaba


la chusma de la SA y les ofendía su falta de respeto a la ley. Apoyaban una
discriminación regulada, calculada y meditada. Y les parecía que muchos
alemanes no estaban contentos con la violencia visible e indiscriminada contra
los judíos; de hecho, al público no le gustaba ver (y quizá ni siquiera lo
aprobaba) el acoso, las palizas y la destrucción de propiedades. Y lo que es
más, para personas como Hjalmar Schacht, presidente del Reichbank, o el
general Von Blomberg, estos disturbios eran perjudiciales para el Estado. En
concreto, a Schacht le inquietaban los daños económicos, y durante una
reunión con los líderes del partido hizo incapié en esta cuestión. Advirtió que
los cimientos económicos del rearme peligraban, y terminó afirmando que el
Gobierno debía hacer valer su autoridad y dirigir las políticas y prácticas
antisemitas. Antes del gran mitin de Núremberg de septiembre, Schacht se
reunió con Hitler y le expresó sus preocupaciones.

El Führer se había asegurado la asistencia de todo el Reichstag y del cuerpo


diplomático. Además acudirían cientos de miles de seguidores. El 12 de
septiembre, el presidente del Colegio de Médicos del Reich, Gerhard Wagner,
pronunció una conferencia sobre la futura “Ley para la Protección de la Sangre
y el Honor Alemanes”. Hitler encontró el tema que buscaba y, durante una
sesión extraordinaria del Reichstag en Núremberg, celebrada el día 15, anunció
que propondría dos nuevas leyes para establecer una “relación tolerable” entre
alemanes y judíos. Y fue entonces cuando advirtió que si dichas leyes no
terminaban con la “agitación judía en Alemania y en el resto del mundo”, se
vería obligado a encontrar una “solución final”. Esta fue la primera vez que se
mencionó ese concepto.

Poco después, la Ley para Protección del Honor y la Sangre prohibió los
matrimonios entre “judíos y ciudadanos de sangre o linaje germánicos” y las
“relaciones sexuales fuera del matrimonio”. De esta forma, los judíos ya no
podían contratar a “mujeres alemanas” menores de 45 años como empleadas
domésticas. Una segunda disposición legal, la Ley de Ciudadanía del Reich,
reservaba la misma a los individuos de sangre o linaje germánicos que
demostraran, medianto su conducta, “tanto el deseo como la capacidad para
servir con fidelidad al pueblo alemán y al Reich”.

Respecto al concepto de igualdad, los doctores Stuckart y Globke, del


Ministerio del Interior, hicieron al respecto una breve confesión. “El nacional-
socialismo se opone a las teorías que sostienen la igualdad de todos los
hombres y a la esencial libertad ilimitada del individuo frente al Estado; es
duro, pero hay que reconocer que la desigualdad de los hombres y las
diferencias entre ellos están basadas en las leyes de la naturaleza”, escribieron
en su comentario a los decretos de Núremberg, y seguían: “Inevitablemente,
las diferencias de los derechos y deberes del individuo derivan de la disparidad
de los caracteres entre las razas, naciones y pueblos”.

La única pregunta pendiente era: ¿Quiés es judío? El “párrafo ario” de la Ley


de abril de 1933 había clasificado como “no ario” a todos aquellos con un
abuelo “no ario”. Sin embargo, muchos buenos alemanes eran cuarterones de
judíos o medio judíos; en efecto, en aquellos años, entre el 45 y 55% de los
matrimonios contraídos por judíos eran con gentiles. Cientos de miles de
personas se veían afectadas por una definición tan amplia. “Judío es todo aquel
que descienda de, al menos, tres abuelos total y racialmente judíos”. En otras
palabras, el judaísmo se llevaba en la sangre. “También es judío todo aquel con
dos abuelos completamente judíos si: a), pertenece a la comunidad religiosa
judía en el momento de la aprobación de esta ley, o se una a ella con
posterioridad; b) está casado con una persona judía en el momento de la
aprobación de esta ley, o se casa con una persona judía posteriormente; c) es
descendiente de un matrimonio celebrado después de que la Ley para la
Protección del Honor y la Sangre Germanas entre en vigor, en el caso de que
uno de los contrayentes fuese judío; d) es descendiente de una relación fuera
del matrimonio con un judío...” (citado en Noakes y Pridham).

Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda, se sentía incómodo. Escribió


en su diario: “Demasiados cuarterones de judíos entre nosotros. Los medio
judíos son solo casos excepcionales. !En nombre de Dios! !Qué tengamos paz!
Lanzamiento discreto y calculado en la prensa. No hacer demasiado ruido
sobre el tema”. Por otro lado, el presidente de la Asociación de Abogados, Karl
Schmidt, dio la bienvenida a las nuevas leyes. “Entienden y abrazan nuestro
concepto total de justicia... De ellas dependerán en el futuro definiciones de
términos como ética, orden, decencia y moral pública. Son la base de la
libertad, la semilla de la justicia moderna alemana. Todo lo que hagamos
nosotros, abogados alemanes, deriva de ellas, y de ellas tomará su significado
y su honor” (The Yellow Spot).

La cuestión de la “raza mestiza” o mischlinge atrajo poco interés mientras


se promulgaban numerosos decretos que significaban la “arianización” del
mundo económico. La depuración se mostraba abiertamente en la publicidad
de la prensa local. El Frankfurter Zeitung del 6 de octubre, por ejemplo,
publicaba anuncios de la venta de varias tiendas de ropa, sastrerías, una
fábrica de tapices y alfombras, otra de cinturones y tirantes, un negocio de
cortinas y una acreditada “Institución ortopédica en un sanatorio”, todos de
propiedad judía” (The Yellow Spot).

El curso de la vida de las familias judías cambió radicalmente. Ellen Eliel-


Wallach nació en Düsseldorf en 1928. “Mi padre estaba en el negocio al por
menor del pienso para el ganado, los cereales y el trigo. Mi madre no
trabajaba. No éramos ricos, pero tampoco nos iba mal”.
“Nuestra situación financiera se deterioró rápidamente. A mi padre le
prohibieron ir a la lonja, así que su negocio se vino abajo completamente.
Buscó todas las formas posibles para ganar dinero. Ninguna. Se encontraron
con muchas dificultades, y creo que fue en 1936 cuando mi madre cogió de
casa unas cajas con naranjas y licores y las vendió en secreto. Después de la
escuela, yo tenía que repartir naranjas a otras familias judías que estaban
mejor de dinero que nosotros”. Pero no era suficiente. “Mi padre encontró
algunos trabajos extraños. Tenía que ganar dinero como fuese. Mi madre
aceptó huéspedes de pago y alquilaron una habitación, pero no sacamos gran
cosa”. Como muchos otros niños judíos, Ellen se puso a trabajar para llevar
algo de dinero a su casa.

Rudolf Rosenberg tenía once años y vivía en Berlín cuando entraron en vigor
las leyes de Núremberg. Su padre era un pequeño mayorista de tabaco que
también tenía una tienda abierta al público. Su madre “ayudaba en el negocio
muy activamente”. Rosenberg recuerda que su padre aguantó hasta 1935,
cuando tuvo que dejar la tienda; trasladó el comercio al por mayor al piso
donde vivían, en la segunda planta de un edificio de Berlín. La familia dormía
en una habitación, otra era el salón, y la tercera se dedicaba al negocio. En
cuanto llegaba la oscuridad de la tarde, los clientes fieles acudían para tratar
con Rosenberg.

“La gente solía venir y recoger los pedidos de cigarrillos, cigarros y tabaco,
o íbamos nosotros a repartirlos. Esos días yo era el mozo de reparto... empecé,
como algo normal, a repartir en bici paquetes, cigarrillos y otros artículos por
todo Berlín. Tenía una mochila grande y una especie de bandeja en la parte de
atrás de la bici... No solo tenía que repartir los paquetes, sino cobrar también
el dinero. Volvía a casa con cientos de marcos en el bolsillo...Hacía mi recorrido
todas las tardes después de terminar los deberes, desde más o menos, las
cuatro... digamos hasta la seis”.

Rudolf repartía los pedidos del negocio familiar seis días a la semana,
incluidos los sábados después de asistir a la sinagoga. Así lo hizo durante un
año. Entonces, cuando tenía doce, “de repente, y les tuvo que doler mucho,
mis padres me miraron y dijeron: “Necesitamos tu ayuda”. En esa éspoca ya
era bastante mayor para entenderlo, y también dejé de ir a la sinagoga. Tenía
que colaborar los sábados en el negocio, pues eran esos días concretos (no sé
el porqué) los más ajetreados. Los sábados, por supuesto, no iba a la escuela
y, por tanto, trabajaba todo el día”. Lentamente, a pesar de los sacrificios, el
negoció decayó. En el invierno de 1937-38 la situación se había vuelto tan
difícil -no dejaban que la gente comerciara con nosotros- que nuestra fuente
de ingresos desapareció en un abrir y cerrar de ojos”.

En 1936 el conocido editor de izquierdas Victor Gollacz publicó The Yellow


Spot: The Extermination of the Jews of Germany, una obra que llamaba la
atención sobre la tragedia. Gollancz señalaba que “hace pocas décadas el
arrebatado J´acusse! De Zola movió la simpatía del mundo entero por el
destino de un hombre inocente, Dreyfus”, y se preguntaba:
“¿Puede el mundo de hoy permancer impertérrito frente al destino de
cientos de miles de inocentes en Alemania? ¿Es que no se puede comprender
bien estos hechos, o es que estos son ahora tan normales que ninguno es tan
terrible para que nos saque de nuestra resignación? Ningún lector de este libro
podrá rehuirlos más. Pero a menos que los hechos nos despierten para luchar
contra la injusticia, como la generación pasada fue alertada por la voz de Zola,
todo lo que conocemos como civilización está en peligro de perderse en la
barbarie”.
Un argumento bien traído, pero no exactamente comparable. Zola hablaba
como francés a los franceses. Ningún alemán defendió a los judíos. Los obreros
se quedaron callados. Las élites también.

Las enérgicas medidas nazis emprendidas para “resolver” la “cuestión judía”


se volcaron sobre los aproximadamente 26 mil sinti (del río Sindh en la India)
y roma (“seres humanos” en su idioma, el romaní), también llamados gitanos
(de “egipcios”). Descendientes de los grupos étnicos hindúes que habían
llegado a Europa en el siglo XI con los ejércitos otomanos, los gitanos vivían
vagabundeando en caravanas al margen de la sociedad occidental, ganándose
la vida como hojalateros, cómicos y ladrones, pues en muchas lenguas
europeas “gitano” vino a significar “ladrón”.

En Alemania los gitanos estaban en la escala más baja de la sociedad, se


recelaba de ellos y eran continuamente hostigados por la policía. A diferencia
de los judíos, no se habían beneficiado de la emancipación y, al no estar
admitidos en la sociedad civil, no surgió ninguna “cuestión gitana”. Solo se los
consideraba una molestia, un asunto policial.

Cuando el Reichführer-SS Himmler obtuvo el cargo de jefe de la policía


alemana en 1936, los diferentes cuerpos quedaron subordinados a las SS,
como parte de una infraestructura de seguridad llamada Staatsschutzkorps. El
policía se transformó de guardia en “soldado político”, dotado de poderes más
amplios para defender la nación contra los enemigos del Estado, limpiar la
sociedad de parásitos y contribuir al “sano desarrollo de la patria”.

En 1938, mediante un decreto, los poderes policiales se ampliaron para


detener a personas identificadas como asociales y enviarlas a campos de
concentración sin juicio. Entre estos asociales se incluía a los proxenetas,
condenados por reyertas y desórdenes públicos, mendigos, “vabagundos que
ese momento se desplacen de un lugar a otro sin trabajo” y “gitanos y
personas que viajen al estilo gitano que hayan mostrado no tener deseo alguno
por un trabajo habitual o que hayan violado las leyes”. Así, los gitanos se
convirtieron en parte fija de la población de los campos. Y aquellos que no
estaban encerrados en los campos dirigidos por las SS fueron obligados a
trasladar sus caravanas dentro de unos “campos de concentración para
gitanos” especiales, creados y controlados por la policía.

Los gitanos eran atacados por lo que hacían y por lo que eran. Las leyes de
Núremberg tenían como objetivo a los judíos. Sin embargo, el ministro del
Interior, Wilhelm Frick, dejó claro mediante varios decretos posteriores que
dichas leyes se aplicaban también a “gitanos, negros y sus bastardos”.

Los “científicos raciales” también estudiaron el problema. El “experto en


razas” más destacado del Reich, Hans Günther, profesor de Antropología Social
en la Universidad de Jena, se preguntaba porqué los gitanos, descendientes de
arios, habían caído tan bajo. Para Günther, el defecto residía en el mestizaje:
las ascendencias orientales adquiridas durante su vida nómada habían viciado
la pureza original de los gitanos. Después de estas investigaciones, la antigua
“molestia gitana” se infló hasta convertirse en el “problema gitano” que tenía
que ser resuelto. (The Nazi Persecution of the Gypsies)

Se hicieron muchas propuestas. Como los gitanos nunca servirían de nada,


el jefe de policía de un distrito rural de Esslingen escribió al juez de la zona:
“Por esta razón es necesario que la tribu gitana sea exterminada mediante la
esterilización o la castración”. En las revistas nazis más populares también se
proponía esta solución, y un boletín médico argumentaba que todos los gitanos
deberían ser tratados como un pueblo hereditariamente enfermo, encerrado en
campos de concentración y esterilizado. “El objetivo es la eliminación sin
piedad de estos elementos anormales de la población”. Afortunadamente para
los gitanos, en 1938 la jefatura nazi estaba más interesada en los judíos.

La gran limpieza nazi de la sociedad incluyó también a un grupo no


mencionado en la lista de asociales de 1938: todos los hombres que
participaban de una conducta homosexual, fueran homosexuales, bisexuales
o heterosexuales. A los nazis no les interesaba la identidal sexual, solo se
preocupaban por las prácticas. Para ellos, las conductas homosexuales
apestaban a la moral degenerada de la República de Weimar y minaban el
necesario aumento de la población.

En este caso no se precisaba aprobar leyes nuevas: el Código Penal de


Imperio Alemán era suficiente. Pero ¿qué hacer con estas personas una vez
detenidas? Los nazis no creían que la homosexualidad pasara de padres a
hijos, así que no abogaron por la esterilización. Más bien presionaron a los
acusados para que renunciaran a sus apetencias sexuales, se casaran con
mujeres y tuvieran hijos. Y demostraron que hablaban en serio: alrededor de
10 mil hombres acabaron en campos de concentración señalados con
triángulos rosa, para que guardianes, kapos y otros reclusos vigilaran que no
satisfacían sus necesidades sexuales. Y de nuevo, el público alemán no
protestó.

El miedo provoca el silencio. Todos sabían de los campos de concentración,


donde siempre había sitio para uno más. La apatía fortalecía el silencio.
Cuando se celebraron los Juegos Olímpicos de 1936 y el gran mitin del partido
en Núremberg en 1937, Alemania parecía haber dejado atrás la Depresión: la
fuerza y el optimismo llenaban el aire. ¿Quién podía contradecir estos éxitos?
La gran concentración multitudinaria de Núremberg se centró en el trabajo,
y contrapuso creación y destrucción, nacionalsocialismo y bolchevismo. En los
prolegómenos del discruso “La batalla entre la destrucción y la creación”, el
jefe ideológico del partido, Alfred Rosenberg, situó la lucha entre el “nacional-
socialismo, no solo el único campeón de la historia alemana y sus valores...
sino también el sencillo defensor de Europa contra el bolchevismo, encarnación
de todos los valores destructivos, de todos los sentimientos de odio contra
nuestros valores fundamentales y básicos”. Rosenberg añadió que los tan
proclamados adelantos tecnológicos de los soviets eran de hecho procesos de
destrucción. Los grandes proyectos de ingeniería soviéticos ejecutados en
Siberia y en el Ártico se debían por completo al sistema del gulag; 800 mil
prisioneros trabajaron en condiciones brutales en el ferrocarril transiberiano;
“en los campos de trabajos forzados a lo largo del canal del mar Blanco, 300
mil reclusos estuvieron alojados en condiciones inhumanas. Y a medida que
transcurría el año y los prisioneros morían, los campos se rellenaban una y
otra vez con nuevos detenidos y exiliados consagrados a la muerte”.

El catálogo de sufrimientos de Rosenberg estaba precedido por una lista de


judíos responsables del sistema soviético y comparaba el infierno judeo-
bolchevique del gulag con la comunidad alemana de Hitler, nación que había
recuperado las bendiciones del trabajo saludable. Las autopistas y las grandes
obras arquitectónicas de Albert Speer simbolizaban “la más alta dignidad de la
nación y la encarnación de una energía ilimitada hacia el trabajo”. Por el
contrario, los proyectos soviéticos creados “bajo la dirección de Moses Bernan,
Solomon Firin y sus secuaces” demostraban que el pueblo ruso ha retrocedido
a la más miserable esclavitud”. En el Reich, la camaradería de las armas se
había transformado en la camaradería de las herramientas.

Las palabras de Rosenberg prefiguraban los puntos clave del discurso de


Hitler, que dividía el mundo entre naciones creadoras de cultura (Kulturvolk) y
pueblos incapaces de crearla. Dos manifestaciones artísticas lo determinaban:
la música y, sobre todo, la arquitectura. Hitler declaró que la construcción de
grandes y perdurables edificios era esencial para preservar el Volk alemán,
pues transformaba a las masas en una comunidad cultural más grande que la
obra. Y proclamó que estos grandes edificios “proporcionarían la más noble
justificación del poderío político alemán”. Como testigo poderoso de un pasado
compartido, la arquitectura monumental inculcaba a la generación actual el
sentido del orgullo nacional que trascendía a las divisiones políticas y sociales.
El Führer controlaría personalmente la reconstrucción de las principales
ciudades alemanas. Era el arquitecto supremo de Alemania.

Sus palabras fueron saludadas con una ovación de éxtasis. Este mito, el
pasado común nacido en los albores del tiempo que maduraba ahora en una
promesa de grandeza para el porvenir, era a la vez alentador y apremiante.
El cronista oficial de la concentración de Núremberg de 1937 hablaba en
nombre de las masas alemanas cuando comentaba que “la grandeza de
nuestro tiempo no reside en el vivir día a día, sino en la configuración de
nuestra vida actual en armonía perfecta con la gran tradición del pasado y el
necesario futuro eterno de la nación”.

Había llegado el momento de cumplir con la promesa de “Ein Reich, ein


Volk, ein Führer”; de traer a todos lo pueblos germánicos de vuelta al “hogar”,
al Reich, para crear la Gran Alemania. El primer territorio que había que
reclamar era Austria. Desde hacía nueve siglos, Austria había estado unida al
resto de Alemania, primero dentro del Sacro Imperio Romano, y después
dentro de la Confederación Alemana. Cuando Bismarck logró la reunificación de
Alemania (1866-71), Austria rechazó unirse al nuevo Estado, pues la
confederación era una cosa y el dominio prusiano otra. Los Habsburgos se
negaron a arrodillarse ante los Hohenzollern.

Muchos austriacos y alemanes creían que el final de la Gran Guerra podría


ser el momento propicio para unir sus respectivos países, pero los Aliados se
oponían. Este hecho confundía a Stefan Zweig, que vivía en Salzburgo. ¿Por
qué se les negaba a los austriacos el derecho de autodeterminación, que se
había concedido a checos, polacos y eslovacos y a otros pueblos del antiguo
Imperio? “Que yo sepa, por primera vez en la historia se dio el caso paradójico
que un país se viera obligado a aceptar una independencia que rechazaba con
encono”, escribió veinte años después. “A un país que no quería existir se le
ordenaba (caso único en la historia): !Tienes que existir!” (El mundo de ayer)

En 1934 lo nazis austriacos intentaron la Anschluss mediante un golpe de


Estado, que fracasó, sobre todo porque Mussolini se opuso, pues temía tener
de vecino a Hitler. Sin embargo, con el tiempo el Duce empezó a depender
cada vez más de este y dejó de apoyar a Austria. El canciller austriaco Kurt
von Schuschnigg hizo de tripas corazón y negoció un tratado con Hitler en julio
de 1936 que reconocía la independencia de Austria, pero que también
legalizaba el Partido Nazi, permitía sus mítines y admitía a dos de ellos en el
Gobierno. Un caballo de Troya entró en el país. Socavada por las actividades
nazis, Austria se precipitó en el caos: el orden ciudadano se derrumbó en 1938
y las soluciones gubernamentales no funcionaron. Schuschnigg dimitió al verse
enfrentado entre elegir una invasión hostil alemana o un Gobierno nazi. Y el
nuevo canciller Arthur Seyss-Inquart invitó a sus hermanos alemanes a cruzar
la frontera. El 13 de marzo de 1938 el ejército alemán entró triunfalmente en
Viena, aclamado por desbordantes y entusiastas multitudes. Al día siguiente el
mismo Hitler se encontró con un recibimiento enfervorizado. Las campanas de
las iglesias repicaban mientras se vitoreaba la caravana motorizada del Führer.
George Gedye, el veterano corresponsal del Times, estaba atónito ante las
“muchedumbres vociferantes” y la sed insaciable de las masas vibrantes
escuchando a Hitler proclamar: “El Reich alemán se yergue hoy en día como
algo que nunca más ningún hombre rasgará en pedazos”.

Al día siguiente había incluso más gente abarrotando las calles para vitorear
a su Führer mientras desfilaba camino de la Heldenplatz. Marianne Marco-
Braun recuerda que “en marzo de 1938, cuando Hitler entró, yo diría que el
noventa por ciento, aunque probablemente no fuese el noventa por ciento de
los austriacos, se irguió y gritó: Heil Hitler!”. Las estimaciones de Marianne no
estaban tan lejos de la realidad: 250 mil personas, más de un tercio de los
habitantes de Viena, participaron en aquel júbilo espontáneo.

La euforia popular por Hitler, el nacionalsocialismo y la unificación con


Alemania estaban emparejados con el odio y la violencia contra los judíos, que
sobrepasó cualquier manifestación pública sucedida en Alemania hasta esa
fecha. La mayoría de los 191 mil judíos austriacos vivía en Viena. Después de
Varsovia y Budapest, constituían la tercera mayor comunidad de Europa. Sin
embargo, los SA y otros nazis los arrojaron a las calles para que limpiaran las
letrinas de los cuarteles y fregaran las aceras con sus manos desnudas, y, a
veces simplemente por “diversión” con sus propios cepillos de dientes y ropa
interior. Robert Kanfer, que entonces tenía ocho años, recuerda perfectamente
“aquellas acciones en las que las mujeres eran llevadas a las calles para que
las fregaran”, pues su madre era una de ellas.

“Desde nuestra ventana uno podía ver la Sobieskiplatz, en el distrito


noveno, que era una de esas plazas donde los nacionalistas austriacos habían
pintado la Kruckenkreuz, la cruz de Austria. Los nazis empezaron a detener
mujeres judías para que fregaran las calles. En la puerta de la lado vivía una
familia nazi; la esposa, la señora Mikohovic, se acercó a mi madre y le dijo:
“Venga a nuestro piso. Nadie la buscará allí”. Mi madre tenía miedo y respondió
“No, prefiero quedarme aquí, en mi casa”. En frente de nosotros vivía una
mujer soltera, pobre y con dos hijos... En esos momentos estaba de pie en la
calle y, al ver que mi madre había dejado abierta una ventana, dijo a los SA:
“!Olvidan a la señora Kanfer!”. Así que subieron y se la llevaron a la calle.
Recuerdo cuando volvió mi madre. Estaba llorando por la vergüenza que
había sentido. La señora de la puerta de al lado le decía: “señora Kanfer, no
tiene por qué estar avengonzada. No debería avergonzarse”.

La alegre participación de gente como la vecina de enfrente de la señora


Kanfer conmocionó profundamente a George Gedye. La urbanidad vienesa
desapareció, demostrando claramente que el Partido Nazi no tenía el
monopolio de la crueldad antisemita. Esta era un deporte de masas.

“No son tanto las brutalidades de los nazis austriacos de las que he sido
testigo; no, lo que mancha la imagen de la Viena que creía conocer son las
masas sin corazón, sonrientes y sobriamente vestidas en la Graben y en la
Kärntnerstrasse, el típico “vienés de toda la vida”, las rubias vienesas
exuberantes, empujándose unos a otros para acercarse al espectáculo
edificante de un cirujano judío con el rostro ceniciento, humillado de rodillas
ante media docena de gamberros con brazaletes con la esvástica y fustas en la
mano, todo esto es lo que se fija en mi mente. Sus dedos delicados, que
debían haber practicado operaciones rápidas y seguras, salvando las vidas de
muchos de sus conciudadanos, sostenían un cepillo. Un miliciano nazi vertía
una solución ácida sobre aquel cepillo y sobre sus dedos. Otro mojaba el
pavimento con un cubo, procurando empapar los pantalones rasgados del
médico. Y los vieneses, no los nazis uniformados ni la chusma enfurecida, sino
los “hombres comunes y corrientes” de Viena y sus mujeres eran los que se
regocijaban ante esta magnífica diversión”.

A las humillaciones públicas siguieron las detenciones. Elisabeth Rosner-


Jellinek y su familia, entrre otras miles, las sufrieron inmediatamente. El
miércoles 16 de marzo, dos días después de la entrada triunfal de Hitler en
Viena, los nazis detuvieron a su padre: periodista, socialista y judío, para el
que no había lugar en la nueva Austria. Elisabeth tenía catorce años:

“El viernes 11 de marzo, o el sábado, mi padre le dijo a mi madre que un


empresario austriaco, el dueño de una fábrica de conservas, le había ofrecido
su avión privado para que él, el censor del periódico y otra persona pudieran
irse a Londres. Creo que esta última se fue, pero mi padre y el censor no lo
hicieron. Mi padre porque no sabía inglés, o eso es lo que dijo, y en cualquier
caso, ¿quién iba a cuidar de la familia? No éramos solo mi madre y yo, sino
también sus hermanas y su hermano que estaban sin trabajo en aquella época.
Y en contra de todo sentido común (y de lo que él debiera haber sabido,
aunque estoy segura de que en su interior lo sabía), nos dijo que pensaba que
todo iría bien.
Esto fue un domingo, y un tío mío por parte de madre, que era bastante
rico, nos ofreció dinero por si queríamos salir de Austria. Mi padre tenía
pasaporte, ya que el periódico lo había mandado antes al extranjero. Pero no
se fue.
Todo siguió así hasta el miércoles 16 de marzo, cuando un inspector de
policía vino a nuestro piso. Cuando volvíamos de casa de nuestra tía -vivíamos
en un cuarto piso- apareció de repente un hombre; se identificó muy
educadamente, lo que era rao, y le dijo a mi padre: “Le importaría despedirse
de su familia. Me temo que tengo que detenerlo”. Bien, eso fue todo. El amigo
de mi padre, el censor, también fue detenido”.

El padre de Elisabeth Jellinek fue enviado directamente a un campo de


concentración. Se había quedado en Viena para cuidar de su familia y, después
de su detención, nunca volvió. Su mujer, que se quedó en la capital austriaca
para hacer todo lo que pudiese para liberar a su marido, también fue
deportada. Por el contrario, el señor Kanfer fue detenido cuatro meses después
de la Anschluss y liberado ocho meses más tarde cuando su esposa pudo
demostrar que su marido saldría del país en pocas semanas. “Recuerdo
claramente -es lógico que este tipo de cosas impresionen a un chico- cuando
detuvieron a mi padre y se lo llevaron a un campo de concentración. Vinieron a
casa. Era julio. Pasó cuatro meses en Buchenwald y otros cuatro más en
Dachau”. La señora Kanfer, que tenía un “carácter enérgico”, cuidó de sus dos
hijos, mantuvo la casa y trabajó para conseguir la libertad de su marido. “Mi
madre se las arregló para sacarlo con un visado falso de algún país ibero-
americano que, en aquella época, se podía conseguir pagando cierta cantidad
de dinero. Con este visado lo dejaron en libertad, con la condición, por
supuesto, de salir del país en un plazo de cuatro semanas. Toda la familia
aportó dinero y le compramos un billete para Shanghai. Salió de Viena el 1 de
abril de 1939 y se quedó en Shanghai hasta 1947. Entonces los tres nos
quedamos solos: mi madre, mi hermano y yo”.

“Nosotros, los judíos vieneses, tenemos que agradecer nuestra


supervivencia a la Anschluss, pues las cosas se pusieron tan feas en nuestra
ciudad que después de seis semanas nos dimos cuenta de que teníamos que
huir, mientras que en Alemania no se percataron”, explica Robert Rosner
décadas después. Marianne Braun está de acuerdo: “Rápidamente, las cosas se
pusieron muy mal para los judíos. Los nazis hacían incursiones y se llevaban a
los hombres, obligándolos a limpiar los suelos, todo ese tipo de cosas. Por
supuesto, empezaron cerrando los negocios o incautándose y poniendo al
frente de ellos a su propia gente, nazis alemanes. Al estar así la situación, mi
padre, como muchos otros, se dio cuenta de que allí no teníamos mucho
futuro”. En cuanto a la propia Marianne, de quince años, “por primera vez en
mi vida, no podía hacer cosas que había hecho antes. Había ciertos sitios a los
que no podría ir más, lugares públicos que no eran seguros. Así que pasaba
más tiempo en casas de otros, hablando sobre lo que hacían nuestros padres,
que se preparaban para emigrar”.

Braun y Rosner eran informadores fidedignos. El robo inicial indiscriminado


condujo rápidamente a una presión sistemática y despiadada; el 23 de abril,
Goering emitió un decreto que exigía el registro de todas las propiedades
judías en Austria. Los médicos y abogados judíos perdieron su derecho a
ejercer sus profesiones, excepto unos pocos para atender a la comunidad
hebrea. Las comunidades judías pequeñas fueron disueltas y sus miembros
obligados a vivir en Viena.

Estos hechos sucedieron tan vertiginosamente y con tal violencia que


George Gedye, el corresponsal del Times, entendió que les resultarían
incomprensibles a los lectores de su país. “Os encogeréis cómodamente de
hombros cuando os hable de mujeres cuyos maridos han sido detenidos hace
una semana sin acusación alguna, que reciben después un pequeño paquete
entregado por un cartero vienés con una breve intimación: “Debe 150 marcos
por la cremación de su marido. Adjuntas las cenizas desde Dachau”. Al tratar
de dar a entender la actitud de los nazis austriacos hacia los judíos, Gedye
citaba un comentario del nuevo Gauleiter de Viena, Odilo Globocnik: “La frase
esa de que “después de todo los judíos son seres humanos” nunca tendrá en
nostros el menor de los efectos”.

Si los alemanes les dieron a los austriacos el sistema político que tanto
tiempo habían deseado, estos les ofrecieron una nueva dimensión de anti-
semitismo violento. El Gobierno nazi aprendió mucho de su experiencia vienesa
y se llevaron a casa la lección bien aprendida. La excusa para el infame
pogromo de noviembre, conocido como la Kristallnacht, fue el intento de
Herschel Grynszpan para asesinar a Ernst von Rath, un diplomático de la
embajada alemana en París, el 7 de noviembre de 1938.
Los padres de Grynszpan, como miles de judíos nacidos en Polonia que
vivían en Alemania y habían adquirido la nacionalidad, se encontraron privados
de la misma en 1933. El Gobierno polaco, al ver los resultados de la Anschluss,
temió la vuelta de estos judíos, y el 31 de marzo de 1938 prohibieron su
regreso a Polonia. Esto alarmó a Berlín. Si los judíos polacos se convertían en
apátridas mientras residían en la Gran Alemania, no podrían ser repatriados a
Polonia o enviados a cualquier otro lugar fuera cual fuese la razón.

Se abrieron negociaciones entre Varsovia y Berlín. Los polacos no cedían y,


a primeros de octubre, el ministro del Interior anunció un nuevo decreto. Todos
los ciudadanos polacos que vivieran en el extranjero tenían que presentar
antes del 30 de octubre sus pasaportes en los consulados de su país para
conseguir un visado especial que les otorgaría el derecho a volver a Polonia.
Este decreto no se aplicaba a los judíos polacos. El Gobierno alemán reaccionó
al instante y, el 26 de octubre, Himmler ordenó la expulsión inmediata de
todos los afectados. A medida que masas de gente llegaban a la frontera, los
guardias polacos las detenían, a menudo durante varios días, en una tierra de
nadie entre Polonia y Alemania. Esta muchedumbre se mantuvo con vida
gracias a la rápida ayuda proporcionada por organizaciones de socorro judías.
Desesperado por la situación de sus padres, el joven Herschel Grynszpan, que
vivía en París, buscaba, si no venganza, una manifestación pública de
indignación y desquite.

Al día siguiente, 8 de noviembre, el Völkischer Beobachter y otros diarios


informaron sobre el atentado y amenazaron a los judíos con represalias. En el
acto se iniciaron ataques contra sinagogas y centros comunitarios hebreos.
Y para colmo de la mala suerte, los jerarcas nazis que estaban reunidos en
Múnich se encontraron con la oportunidad perfecta para que los jefes locales
del partido “trabajaran en dirección al Führer” y ordenaron a las secciones
locales que destruyeran sinagogas y negocios propiedad de judíos; la policía no
intervendría y los implicados no serían detenidos.

Lore Gang-Saalheimer vivía en Berlín en esa época y asistía a una escuela


para estudiar algo útil que le sirviera para ganarse la vida después de haber
emigrado. “Mis padres me llamaron la tarde siguiente y me dijeron: “Vuelve a
casa”.
“Volví a casa, en Núremberg, en un expreso... Sospechaba algo, pues no era
tan tonta para no saber que algo había sucedido. No creía haberme dado
cuenta de lo mal que estaban las cosas hasta que llegué a casa. Mis padres me
esperaban en el andén. Mi madre llevaba un jersey y una falda, sin maquillaje,
sin joyas, nada de nada. Mi padre parecía atontado...”
“Fuimos a casa. Había un ambiente lóbrego, sin adornos, sin nada en ningún
sitio; la casa estaba de luto... Mis padres tenían un gran aparador lleno de la
mejor porcelana, y los nazis lo habían destruido con un hacha, habían hecho
añicos la porcelana. Tenían una vitrina de cristal con un montón de cosas
bonitas, vasos, copas y demás. Los nazis las sacaron tranquilamente y las
rompieron. Me refiero a que rompieron hasta la más pequeña de las piezas...”
“Era difícil conseguir comida. En Núremberg, y en esos días posteriores al 9
de noviembre, las tiendas no tenían permiso para vender a los judíos...
Recuerdo a mi padre tratando de llamar a su fábrica de juguetes, intentando ir
a trabajar, pero no le dejaron entrar. Se la habían quitado. Fue como un golpe
en la cabeza. Había un sentimiento general de acurrucarse, hablar y cuchichear
todos muy calladamente. Fue la primera vez que creí sentir de veras la
opresión y la persecución... Era un salto enorme. Esa era la verdad”.

El padre de Lora Saalheimer perdió su fábrica; al padre de Hilda Cohen-


Rosenthal lo detuvieron y lo enviaron a un campo de concentración. Hilda, que
tenía diez años y vivía en Fráncfort del Meno, estaba en casa con su familia la
noche que incendiaron la sinagoga. “Estábamos todos juntos en una habitación
mirando la ciudad y vimos las llamas tremendas que devoraban la sinagoga.
Esto tuvo que ser un jueves por la noche, pues al atardecer del día siguiente
vinieron a llevarse a mi padre a un campo de concentración”. La familia
Rosenthal observaba los preceptos de su religión y, “como era viernes por la
noche (el inicio del sabbat judío), hubo una gran discusión durante cinco o diez
minutos sobre si debía llevarse algo consigo. ¿Debía llevarse una maleta?
¿Debía llevarse otros objetos personales?”

Alfred Dellheim, de familia más pobre, compartió también esta experiencia


devastadora y, aunque no tan religioso como Hilda Rosenthal, perdió
igualmente a su padre. De ciudad o de campo, pobres o ricos, los judíos
alemanes sufrieron el mismo destino durante el pogromo de noviembre. La
familia de Fred Dellheim vivía en Mutterstadt, pero él trabajaba en
Ludwigshafen, en una empresa checojudía como aprendiz de impresor.

“El 10 de noviembre me enteré de alguna forma, o me dijeron que la


sinagoga de Mutterstadt estaba en llamas y que algunas casas judías habían
sido derribadas. No sabía qué hacer. Todo lo que quería era llegar a casa
cuanto antes...”
“Había un tranvía que iba de Mutterstadt a Ludwigshafen, con una estación
en el centro de Mutterstadt. Cuando llegué allí, mi madre y mi hermana me
esperaban de pie, pálidas como nunca las había visto antes. Me dijero que se
habían llevado a padre, que no sabían dónde, y que el interior de nuestra casa
había sido destruido totalmente”.
“En casa teníamos gallinas, así que siempre había de veinte a treinta
huevos, y los nazis los lanzaron contra el techo. Todo estaba hecho añicos. Los
muebles destrozados. Todo lo que se podía romper estaba roto”.
“Pero esto no era lo más importante. La gran pregunta era: ¿Qué le ha
pasado a padre?... Unos quince días después recibimos una postal suya, era
del campo de concentración de Dachau.

Hilda Rosenthal recuerda que su padre volvió al cabo de cuatro semanas; el


padre de Fred Dellheim estuvo encarcelado un poco más. “A fin de año, en
algún día entre Navidad y Año Nuevo, creo, mi padre volvió de Dachau. Estuvo
allí unas seis semanas. Tenía varias costillas rotas en un costado”.

Después del pogromo de noviembre, la situación de los judíos en Alemania


cambió radicalmente. Durante un buen tiempo, muchos habían creído que las
leyes de Núremberg les conferían cierta estabilidad; tal vez fueran unos parias,
pero se les seguía tolerando. Esa idea se desvaneció de la noche a la mañana
y, literalmente, se hizo humo. Con la destrucción directa de la propiedad judía,
desde la demolición de casi todas las sinagogas hasta los ataques contra los
negocios judíos, no quedó sitio para la vida religiosa o económica de los judíos
en Alemania. El encarcelamiento de los varones hebreos los privó de lugar
alguno en el que ser, pues en un abrir y cerrar de ojos el mito de un apartheid
que les permitiera vivir su propia vida, dentro de sus propias instituciones
culturales, desapareció de golpe.

Los nazis y los alemanes que cooperaron con ellos se valieron de las
instituciones del Estado y de las comunicaciones modernas. El pogromo del 9
de noviembre, que estuvo patrocinado y organizado por el Estado contra el
derecho de propiedad, culminó el 10 de noviembre en una acción organizada y
patrocinada por el Estado contra seres humanos, cuando 30 mil personas
fueron arrancadas de sus hogares para ser encerradas en campos de
concentración por el simple hecho de ser judías. Con sus acciones contra el
pueblo, los hombres y sus familias, los alemanes dieron un paso trascendental
al echarse en brazos de la olvidada violencia irracional de las masas. Tal vez
fuese un paso pequeño, pero fue muy importante. Quedaba ya claro que los
nazis no sentían necesidad política alguna de ocultar la perversa ilusión que
movía el vandalismo de las turbas. La persecución burocrática y sistemática se
convirtió en una política abierta, insolente, fogosa y arrogante, visible para
todo el mundo. La jefatura del partido conocía el país y sabía calcular los
resultados. Las élites no dijeron una sola palabra. Las clases trabajadoras
callaron. La burguesía movió la cabeza espantada y tampoco dijo nada. Y así,
los nazis no estuvieron solos cuando dieron el paso pequeño, sus compatriotas
los acompañaron. Los alemanes cruzaron el umbral.

El pogromo del 9 de noviembre de 1938 fue el fin del principio; el 10 de ese


mismo mes fue el principio del fin. Ahora sabemos que fue el primer paso hacia
Auschwitz, pero nadie, ni siquiera los nazis, lo sabía entonces, y el futuro no
era inevitable. Con todo, no existe línea rectaa que lleve a las cámaras de gas
de Birkenau.

Capítulo Cinco
LOS REFUGIADOS

El talento que tenía Jacques Kupfermann como pintor le salvó la vida. Nació
en 1930 en Viena. Sus padres provenían de los territorios orientales en Polonia
y con pasaportes de este país emigraron a la capital del antiguo imperio.
Estaba claro que Jacques, desde su más temprana edad, tenía talento artístico,
y sus padres decidieron, haciendo un gran esfuerzo, que recibiese lecciones
particulares de pintura. Su maestra era austriaca y nazi.

Como suele suceder en las relaciones humanas, los sentimientos de la


profesora eran complejos. Jacques recuerda que ella se dirigió con bastante
sinceridad a la familia Kupfermann en una fecha tan temprana como 1937.
Predijo que Austria se uniría a Alemania y que la vida para los judíos no sería
agradable, y apremió al matrimonio Kupfermann para que obtuviera los
papeles y visados necesarios para ellos y su hijo. Sus pasaportes polacos los
incluían dentro de la cuota de emigrantes que los USA habían concedido a
Polonia, pero esta cuota era pequeña y la lista de espera muy larga. Mientras
que Jacques, gracias a su pasaporte austriaco, quedaba dentro de la cuota de
este país, proporcionalmente más generosa y con muchos menos solicitantes.
Cuando se produjo la Anschluss, el matrimonio Kupfermann seguía sin visados.
La situación se volvió tensa y desesperada, y la profesora de Jacques dijo a sus
padres que no esperasen más: el chico tenía talento y debía marcharse.
Jacques se fue a vivir con unos parientes en los USA y sus padres se quedaron
atrapados en Europa. El tiempo se agotó y su hijo nunca más volvió a verlos.
Los principios de libertad de movimiento y de asilo, que prevalecieron
durante toda la historia, fueron por primera vez gravemente infingidos durante
la I Guerra Mundial. Stefan Zweig explicaba en los años treinta que antes de la
Gran Guerra: “No existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa
de los jóvenes cada vez que les cuento que antes de 1914 viajé a la India y
América sin pasaporte y que en realidad jamás en mi vida había visto uno”.
(El mundo de ayer)

Esto cambió con la I Guerra Mundial, cuando los extranjeros fueron


considerados como individuos potencialmente peligrosos. Zweig continúa:
“Todas las humillaciones que se habían inventado antaño solo para los
criminales, ahora se infligían a todos los viajeros, antes y durante el viaje”.
Pasaportes con forografía, certificados médicos, fichas policiales, declaraciones
de impuestos, certificados de cambio de divisas y otros documentos tenían que
presentarse en cuanto se exigieran.

En el periodo de posguerra, Zweig exclamaba: “Nosotros, que habíamos


nacido con un alma libre, éramos objetos y no sujetos, que no teníamos
derecho a nada y todo se nos concedía por gracia administrativa” (El mundo de
ayer). Pero en el mundo anterior a la era moderna, antes de que naciera el
estado-nación, las decisiones gubernamentales nada tenían que ver con la
libertad de movimientos. Al no existir el concepto de soberanía del Estado, ni
fronteras bien definidas ni organismos administrativos que conservaran un
registro de personas y les proporcionara documentos de identidad, las gentes
se movían libremente entre los países.

Esta práctica común, conocida como jus communicationis, el derecho


natural a comunicarse entre personas y pueblos, se explicaba en el tratado
fundacional del derecho internacional, De Indis Noviter Inventis (Sobre las
Indias recién descubiertas), escrito en fecha tan temprana como la década de
los treinta del siglo XVI, por Francisco de Vitoria (1483-1546), jurisconsulto
erudito y teólogo escolástico español. “Era permisible desde el principio del
mundo (cuando todas las cosas estaban puestas en común) para cualquiera
salir a ir donde quisiera”. Por lo tanto, el derecho de trasladarse de un sitio a
otro estaba firmemente enraizado en el derecho natural, y esto concedía a los
extranjeros ciertos derechos. De aquí, Francisco de Vitoria infería que no
podían ser expulsados de su lugar de residencia temporal. “Mantener a ciertas
gentes fuera de la ciudad o la provincia como si fuesen enemigas, o
expulsarlas cuando ya están allí, son actos de guerra”. Sencillamente era
“ilícito desterrar a los extranjeros que no habían cometido ningún delito”.

La obra de Francisco de Vitoria fue original y de gran influencia, y durante


los siglos posteriores, sus principios fueron codificados dentro de sistemas de
leyes internacionales cada vez más detallados, válidos tanto en la paz como en
la guerra. De Vitoria no dirigió su atención al tema del asilo, es decir, a la
protección del extranjero perseguido en un territorio que está en otro. Sin
embargo, su precepto que sostenía que los extranjeros no podía ser
expulsados estaba muy próximo a otro principio básico del derecho
internacional: el non refoulement (del francés refouler, rechazar), que sostenía
que los refugiados no podían ser repatriados. En verdad, era tan venerable la
práctica del asilo que quizá De Vitoria no imaginó siquiera que tuviera que
explicarse explícitamente. En vida del teólogo español, los judíos encontraron
refugio en varios países cristianos después de su expulsión de España en 1492.
Más tarde, durante el reinado de María Tudor (1553-58), 23 mil protestantes
ingleses huyeron a Holanda, e inmediatamente después de la revocación del
Edicto de Nantes en 1685, que había concedido la libertad religiosa a los
protestantes franceses desde 1598, alrededor de dos millones de hugonotes,
para los que se acuñó la palabra réfugiés, abandonaron Francia para refugiarse
en Suiza, Holanda, Inglaterra, Prusia, Dinamarca y otros países protestantes.
De la misma manera, la Revolución Gloriosa en Gran Bretaña que colocó en el
trono al rey Guillermo III, protestante holandés, obligó a miles de católicos
ingleses, irlandeses y escoceses a huir al continente en 1688. Estos enormes
desplazamientos de población no concitaron exigencia alguna de cierre de
fronteras o de anulación del principio de asilo.

El desarrollo de los modernos conceptos de soberanía, que conceden al


Estado una amplia autoridad para intervenir en las vidas de los ciudadanos,
desafiaba las antiguas costumbres. Y así sucedió con el nacimiento del estado-
nación, con sus bien definidas fronteras y amplias normas que regulaban las
vidas de sus súbditos o ciudadanos. El hecho de cruzar una frontera, algo que
no tenía consecuencia alguna en la época anterior, se convertía ahora en un
específico. Transformaba a los habitantes de los estados-nación, con sus
derechos y obligaciones, en extranjeros, emigrantes o refugiados, en personas
sujetas a un trato legal diferente. (El primer tratado de derecho internacional
que reflejaba la nueva realidad del estado-nación fue el de Emerich Vattel, en
1787).

Sin embargo, durante todo el siglo XIX los estados-nación no ejercieron su


poder para regular la entrada de extranjeros o limitar el principio de asilo. A
pesar del aumento espectacular de los viajes por ferrocarril y las líneas
marítimas, a pesar de la emigración en masa de Europa a América del Norte, y
sobre todo, a pesar de la creación consciente de identidades nacionales que
dividían el mundo entre “nosotros” y “ellos”, apenas hubo restricciones en
ningún país a la admisión, residencia e incluso al empleo de extranjeros. Los
pasaportes, los visados y los permisos de trabajo eran prácticamente
desconocidos. Los principios codificados por Francisco de Vitoria seguían siendo
aceptados y, quizá, explicaban la relativa facilidad con la que los gobiernos
occidentales aceptaron la llegada de 2,5 millones de judíos rusos entre 1881 y
1914.

La I Guerra Mundial acabó con la soberanía benevolente de los Estados y


con las emigraciones masivas. Los USA cerraron sus puertas. Los pasaportes,
visados y permisos de residencia se convirtieron en algo rutinario en todo el
mundo occidental. Cada país introdujo restricciones a la entrada, así como
normas para prohibir o restringir “los permisos de trabajo”, al mismo tiempo
que regulaban y protegían el mercado local de mano de obra. En la mayoría de
las naciones, el derecho a trabajar era el resultado natural de la condición de
ciudadano. La creación de sistemas nacionales de educación financiados por el
contribuyente, las prestaciones sanitarias, pensiones para los ancianos y
seguros de desempleo aumentaron la distancia entre quienes tenían esos
derechos y los que no. Si los extranjeros podían integrarse fácilmente en una
nueva sociedad antes de la Gran Guerra, después se convirtió en algo muy
difícil. Como señaló un estudioso del asunto: “No es ninguna exageración
afirmar que el extranjero en términos legales es una creación del mundo de la
posguerra”. (John Hope Simpson, Refugees, 1938).

Estas restricciones modificaron la situación de los refugiados. A diferencia


de otros extranjeros, los refugiados no tenían casa o ingresos, eran personas
que huían de un peligro, y por esta razón pedían refugio. Las pesadas y
costosas formalidades, que a otros irritaban, para ellos eran obstáculos que
amenazaban sus vidas.

Por muy desgarradora que fuese la situación de los refugiados durante la


Guerra, aquella empeoró cuando de nueve a diez millones de personas pidieron
perentoriamente asilo justo después de que las puertas empezaran a cerrarse
en todo el mundo. Las numerosas víctimas que huían de estas persecuciones
sistemáticas, como nunca se había visto antes, en medio de una economía
europea de posguerra preñada de dificultades financieras y alto desempleo,
crearon lo que los contemporáneos llamaron una crisis.

Las minorías que habían vivido en un país huían a otro al que estaban
vinculadas por su nacionalidad. Y los que temían convertirse en minorías,
porque la zona donde vivían iba a ser cedida a otro Estado, escapaban también
a un país donde pudieran vincularse “nacionalmente”. Las cifras eran enormes:
unos 800 mil alemanes se desplazaron a Alemania desde las zonas concedidas
a Polonia; 1,3 millones de griegos a Grecia desde Turquía; desde este mismo
país, Grecia y Rumanía, partieron 250 mil búlgaros a Bulgaria; 750 mil turcos a
Turquía desde Grecia y Bulgaria, y 400 mil armenios a la República Soviética
de Armenia desde Turquía. Para los afectados, este era un aspecto positivo del
nacionalismo. Estos refugiados, millones de personas, pertenecían a algún sitio
y fueron relativamente bien asimilados dentro de sus “hogares nacionales”.
Otros viajaron a los USA, una sociedad consciente de ser un país de
emigrantes.

Sin embargo, un segundo tipo de refugiados, los que huían de un genocidio


(armenios), o de una revolución (rusos) planteaban un problema más difícil.
Las masacres perpetradas por los turcos contra los armenios provocaron que
más de 200 mil de estos huyeran a Siria y Francia. Después de la Revolución
Rusa, unas 700 mil personas se trasladaron a Alemania, Polonia, Francia,
Rumanía o donde fuera. Por lo general, ningún organismo gubernamental les
prestó ayuda. El socorro vino principalmente de organizaciones filantrópicas
que les proporcionaban alimentos, programas de formación y una guía a través
del laberinto burocrático del nuevo país en el que se encontraran.

Solo un organismo oficial asumió la responsabilidad del problema de los


refugiados: la recién creada Sociedad de Naciones que, en 1921, nombró al
famoso explorador ártico y hombre de Estado noruego, Fridtjof Nansen como
Alto Comisionado para los Refugiados Rusos. Posteriormente se encargó de los
armenios en 1923. Murió en 1930 y su departamento continuó trabajando con
el nuevo nombre de Oficina Internacional Nansen para los Refugiados, dirigida
por el presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, doctor Max Huber.

Al principio, la oficina de Nansen coordinaba el trabajo de diferentes


organizaciones que repatriaban refugiados, como los belgas que habían huído
durante la guerra y deseaban volver a sus hogares. Pero para los que habían
escapado por razones políticas o porque sufrían persecución, la repatriación
era inaceptable. Una opción era una rápida y generalizada naturalización de los
que “regresaban”, los griegos que huían a Grecia, los turcos a Turquía y los
alemanes al Reich Alemán, además de la naturalización de todos los
refugiados, incluidos los armenios de Siria y el Líbano, que habían sido
anteriormente súbditos del Imperio otomano.

Para la mayoría de los refugiados, sin embargo, no era una alternativa, y


recayó en la oficina de Nansen la labor de ayudar a esas gentes en los países
donde vivían asilados. La Sociedad no proporcionaba fondos de socorro o de
asentamiento, más bien, el trabajo del Alto Comisionado era desarrollar
servicios de infraestructura como la Oficina Internacional del Trabajo, que
ayudaba a los refugiados a encontrar empleo, y extender y conceder un nuevo
documento de identidad conocido como el Pasaporte Nansen, que ofrecía cierto
grado de protección legal y política a estas personas sin Estado. Pero no les
concedía lo que más necesitaban, derecho de residencia, derecho a buscar
trabajo y, lo más importante de todo, una nacionalidad. Con todo su valor, el
pasaporte Nansen no cambió el curso de la vida de ningún refugiado: en un
sistema de estados-nación, el refugiado era una persona sin existencia jurídica.
Como sir John Hope Simpson, que dirigió una importante investigación sobre la
crisis de los años 30 (Refugees), escribió: “El refugiado carece precisamente
de esa cualidad indispensable de pertenencia a un estado-nación; tiene un
cuerpo y un alma, pero no el tercer atributo del hombre, una nacionalidad de
hecho”. Y sin “nacionalidad... no tiene derechos”.

Las opciones que tenían los refugiados se reducían a unos procesos de


naturalización inflexibles y engorrosos, que exigían documentos que
demostrasen la buena conducta del interesado, fluidez en la lengua del país de
asilo y un periodo mínimo de residencia: cinco años en Francia, Italia, Gran
Bretaña y Holanda, y de diez en Polonia, Lituania, Yugoslavia, Rumanía,
Bulgaria y Bélgica. También costaba dinero. Holanda exigía una fianza de hasta
mil florines por persona, y Gran Bretaña cargaba un extra de 10 libras por los
anuncios públicos que había que insertar en los periódicos. Los países
escandivanos y Polonia exigían a los solicitantes demostrar que tenían medios
económicos para mantenerse.

Una vez concedida, la naturalización no ofrecía plenos derechos. En Francia,


los médicos nacionalizados tenían que esperar cinco años para practicar su
profesión, y los abogados diez para poder abrir su bufete. Y algo peor: un
nuevo fenómeno legal nació durante la Gran Guerra: la desnaturalización. En
Francia se aprobó una ley que permitía privar de la nacionalidad a aquellos
ciudadanos franceses de origen enemigo que hubieran conservado esta última.
El Gobierno portugués desposeyó de su nacionalidad a todos sus ciudadanos
nacidos de padre alemán. Y después de la guerra, Bélgica adoptó dicha
legislación en 1922, seguida de Italia y Francia. Los nuevos ciudadanos que
deseaban conservar su nueva situación dudaban en apoyar más llegadas. Era
políticamente impopular.

El asentamiento en zonas subdesarrolladas podría haber funcionado, y


aunque se habló del tema, tenía muy poco apoyo político detrás y, después del
hundimiento bursátil de 1929, carecía de fuente financieras. La única y más
importante excepción fue el proyecto sionista de Palestina para proporcionar
una tierra a los judíos. Hacía ya tiempo que dirigentes sionistas como Theodore
Herzl habían predicho que el auge del antisemitismo crearía un enorme
problema de refugiados judíos. Durante el Congreso Sionista de 1900, Max
Nordau, amigo y colega de Herzl, comparó la persecución de los judíos en
Rumanía con los resultados de la emigración hebrea después de su expulsión
de España en 1492. Nordau previó el destierro de 270 mil judíos rumanos.
También creía que Austria seguiría el ejemplo y expulsaría a los 780 mil judíos
de Galitzia, algo que, desde luego, impulsaría a los rusos a enviar al exilio a los
muchos millones de hebreos que vivían en este país. La única solución para
esta catástrofe inminente era la creación de la patria que Herzl había
imaginado en The Jewish State, 1896. Unos 80 mil pioneros sionistas,
principalmente de Europa del Este, prestaron atención a la advertencia de
Nordau en los años anteriores a la guerra y se asentaron en la Palestina
gobernada por el Imperio otomano.

La inmigración a Palestina aumentó considerablemente durante la Gran


Guerra. Para apaciguar los temores que los judíos estadounidenses tenían
sobre los Aliados, entre los que estaban Rusia y Rumanía, los dos países
europeos con peor historial de antisemitismo, el ministro de Exteriores
británico, lord Balfour, emitió el 2 de noviembre 1917 una declaración que
reconocía, en principio, el establecimiento final de un hogar nacional judío en
Palestina.

Un mes después, el general inglés Edmund Allenby entraba en Jerusalén y


sus tropas ocupaban rápidamente todo el país. Palestina pasó, de esta manera,
del dominio turco al británico. Cuando la Sociedad de Naciones confirmó en
1922 la autoridad británica, el mandato de la Sociedad con relación a Palestina
incluía el texto de la Declaración Balfour. El establecimiento de un “hogar
nacional judío” estaba ahora en el programa de la Sociedad de Naciones y
Palestina aparecía como una solución real para los refugiados judíos.

Aterrorizado ante las matanzas de sus correligionarios en Ucrania después


de la guerra, Nordau propuso el traslado inmediato de 600 mil judíos a
Palestina. Sin embargo, la dirección sionista lo rechazó, al enfrentarse al hecho
de la muerte segura de hasta un tercio de los refugiados, porque en el nuevo
dominio británico no había infraestructura, no disponían de recursos ni estaban
preparados para semejante desplazamiento de personas. Frustrado, Nordau
insistió: era mejor para los judíos morir en Palestina, contribuyendo a la
creación de una patria judía, que morir a manos de los antisemitas europeos.
Estaba dominado por sus ideas, aunque su propuesta y argumentos articularon
de nuevo el asunto de la importancia de Palestina como lugar de asilo
inmediato.

La comunidad judía de Palestina, conocida como Yishuv (asentamiento),


creció moderadamente, debido a la pequeña pero continua emigración,
llegando a los 170 mil durante la primera década de gobierno británico. La
Agencia Judía era una autoridad local semiautónoma nombrada por la
Organización Mundial Sionista. Aceptaba la política del Gobierno británico que
establecía una cuota anual de emigrantes basada en la capacidad de la
economía palestina para absorberlos. Cuantos más llegaran en el futuro, más
dinero se necesitaría, y cuantos más pudieran pagar por sí mismos, mejor. La
Agencia estaba dispuesta a financiar a los que no pudieran. De esta forma,
aquellos que pudieran traer al menos 1.000 libras esterlinas (5.000 dólares, o
15.000 marcos alemanes), dinero suficiente para una granja o para apoyar la
inmigración de cuatro familias, entraban sin restricciones. Los profesionales
con 500 libras y los trabajadores especializados con 250, de los que estaba
necesitado el Yishuv, también eran admitidos sin problemas.

Los ingleses decidían cuántos podían entrar, y la Agencia determinaba


quiénes podían hacerlo. Los grupos sionistas de izquierda, que formaban una
sólida base socioeconómica de granjeros y trabajadores manuales, dominaban
el Yishuv. Buscaban inmigrantes jóvenes y fuertes que hubiesen vivido como
pioneros (chalutsim) y recibido la formación profesional y la educación
ideológica necesarias en escuelas de agricultura antes de ir a Palestina. Estos
judíos querían descartar su identidad europea y conseguir una nueva como
hebreos en una patria judía. En palabras del gran dirigente sionista David Ben
Gurión (nacido David Green, en Plonsk, Polonia), los judíos de la diáspora
trasplantados a Palestina no seguirían llevando la misma vida en un lugar
nuevo y de una forma diferente. Más bien, esto significaba “trasladar
muchedumbres de judíos, estériles, empoblecidas y sin raíces, que vivían como
parásitos de un cuerpo económico extraño y dependían de otros, y
proporcionales una vida creativa y productiva, implantarlos en la tierra,
integrarlos principalmente en la agricultura, la industria y en los oficios
manuales, y hacerlos económicamente independientes y autosuficientes”.
(From Class to Nation, 1933).

Uno de estos pioneeros sionistas era el judío húngaro Arthur Koestler, que
posteriormente fue periodista y novelista. En 1926 llegó a Palestina con su
permiso de inmigración, una libra en el bolsillo, una maleta, dispuesto a llevar
una heroica vida de pobreza. Cuando se presentó en el kibbutz (granja
comunal) quedó profundamente desilusionado. Era un “miserable” grupo de
“algo parecido a chabolas” rodeadas por “tristes cultivos de verduras”,
trabajadas por gentes “fatigadas y físicamente exhaustas”, movidas por la
mera supervivencia. Si Palestina era la solución prometida al problema de los
refugiados judíos, apenas servía de nada. Las condiciones de vida eran tan
duras como extrañas, y el hambre, las enfermedades y la vida al límite eran
las verdades de la vida en el Yishuv. Hacia 1930 esta comunidad de enclaves
dispersos abarcaba el 4% de la superficie y el 19% de la población total. La
retirada de los colonos desencantados se inició al cabo de poco tiempo,
Koestler entre ellos. Del kibbutz fue a Haifa, Tel Aviv y Jerusalén, y a los dos
años no soportaba más Palestina. En su autobiografía escribió: “Tenía 23 años
y estaba harto del Oriente, del romanticismo árabe y de la mística judía”.

Entre otras quejas, Koestler creía que la adopción del hebreo como idioma
oficial era una locura: esta lengua, con su arcaica estructura, no podría
expresar el pensamiento del siglo XX, y acabaría separando al Yishuv de la
civilización occidental. “Mi cuerpo y mi espíritu añoraban Europa, estaban
sedientos de Europa, suspiraban por Europa”, admitía Koestler. Se fue a
Francia y se olvidó del sionismo. (Arthur Koestler, Arrow in the Blue, 1969).

En 1920 estaba claro que el proyecto de Palestina no era la solución del


problema, ni ciertamente tampoco una alternativa a los millones de no judíos
que buscaban asilo. Los Gobiernos de Europa contemplaban estas multitudes
sin patria, sin saber como manejar o resolver la situación. Deseosos de orden,
trasladaron la responsabilidad a la policía. Y esta se limitó a expulsar a los
refugiados del país, incluso si no tenían papeles de entrada para otro Estado.
Como resultado, saltaban de país en país sin tener la oportunidad de asentarse
en ninguno.

La tía de Joachim Scharf, que acogió a este y a su hermana Monika en


1939, “se había establecido en Suecia después de pasar una odisea. Sus tíos
habían abandonado Alemania sin visados, pero fueron a Dinamarca, luego a
Suecia, de allí a Finlandia; de Finlandia a Estland (Estonia) y a Letland
(Letonia). Fueron expulsados de la mayoría de los sitios, y al final se les
autorizó, con un visado para personas desplazadas, a quedarse en Suecia”.
El suyo fue un caso de lo más afortunado. La filósofa judía alemana Hannah
Arendt, ella misma una refugiada en Francia en 1933, contó que miles de
personas podían conseguir quedarse cometiendo un delito. Pues “mientras
dura el juicio y llega la sentencia, estará a salvo de las normas arbitrarias de la
policía contra las que no sirven ni abogados ni apelaciones”.

Arendt también observó la estrecha cooperación entre las fuerzas policiales


de muchas naciones. En la década de los treinta, esto significaba que la policía
de los mismos países que Alemania iba a invadir pocos años después
mantenían relaciones amistosas con sus colegas alemanes. A Arendt le parecía
que “las relaciones entre la Gestapo y la policía francesa nunca habían sido
más cordiales que en la época del gobierno del Frente Popular de Léon Blum,
que estaba claramente embarcado en una política antialemana”. ¿Explicaba
esta situación que los “alemanes encontraran, desgraciadamente, tan poca
resistencia de las policías de los países que invadían”? ¿Por qué pudieron
organizar el terror tan eficazmente, con la colaboración de las policías locales?
(Hannah Arendt, Los orígenes del Totalitarismo, 1958).
Cuando los nazis llegaron al poder, el problema de los refugiados se había
exacerbado por la Depresión. Desempleo desbocado significaba que nadie
quería inmigrantes que pudieran quitarles puestos de trabajo, o inscribirse en
los programas de Seguridad Social. No obstante, los países vecinos de
Alemania abrieron sus puertas a pesar del Impuesto de Salida del Reich, que
dejaba a los refugiados con escasas pertenencias y menos dinero. El Gobierno
francés, haciendo honor al derecho de asilo, renunció a las restricciones de
visados y 30 mil refugiados alemanes cruzaron la frontera. Las organizaciones
caritativas reunieron 8 millones de francos (500 mil dólares de la época) para
socorrerlos. Holanda y Checoslovaquia también concedieron permisos de
trabajo y admitieron a 6 y 5 mil refugiados, respectivamente. La pequeña
comunidad judía holandesa creó un Comité voor Joodsche Vluchtelingen
(Comité para los refugiados judíos), que recogió tanto dinero como en Francia.
En plena Depresión, se encontró trabajo para la mayoría de ellos y se
estableció una escuela de formación agrícola para los más jóvenes.

Los nazis estaban obsesionados con los intelectuales. En 1933 unos 1.200
profesores judíos perdieron sus cátedras. Este éxodo general recordaba la
huída de los eruditos griegos después de la conquista turca de Constantinopla
en 1452. Era un ataque directo a la misma civilización occidental. Muchas
personas ayudaron, haciendo gestiones al más alto nivel. Científicos y eruditos
ilustres de Inglaterra organizaron el Consejo Académico de Asistencia y
consiguieron puestos de trabajo para 178 de estos exiliados en el transcurso
de un año; de la misma manera, en USA se creó el Comité de Emergencia para
los Académicos Alemanes Desplazados, y en Francia el Comité des Savants.
(Norman Bentwich, The Refugees from Germany)

Siguieron sucesivas oleadas de judíos privados de medios para ganarse la


vida, que planteaban un problema ante la Oficina Internacional de Trabajo. Las
organizaciones filantrópicas pidieron a la Sociedad de Naciones que tomara
medidas, pero esta se mostró reticente. Como dijo el ministro de Exteriores
holandés ante la Asamblea: “Nos enfrentamos al hecho de que miles de
súbditos alemanes cruzan las fronteras de los países vecinos, y se niegan a
volver a sus hogares por razones que no nos corresponde juzgar aquí. Por
tanto, para nosotros es un mero problema técnico”. Al negarse a interferir en la
política de Hitler, se apartó a la Oficina Internacional Nansen y se creó un
organismo separado para tratar este “problema técnico”, y al frente del mismo,
como Alto Comisionado para los Refugiados provenientes de Alemania, se
nombró a James G.McDonald, presidente de la Asociación Americana de
Política Extranjera. Como Nansen antes, McDonald tenía que coordinar las
acciones entre los Estados, y no debía emprender ninguna labor de socorro
directa. Sin embargo, a diferencia de Nansen, McDonald tenía expresamente
prohibido tratar el problema de los refugiados de forma política, y de mediar
directamente con el Gobierno alemán por culpa de la hostilidad que este
mantenía a la Sociedad de Naciones.

Para impedir un veto alemán, McDonald informaba a una Junta de Gobierno


separada, que presidía el estadista británico Robert Cecil, unos de los
principales artífices y valedor del Pacto de la Sociedad de Naciones. Este
compromiso apaciguó al Gobierno alemán, pero la oficina de McDonald quedó
despojada de poderes e incluso de recursos. Las oficinas consistían en dos
pequeñas habitaciones y seis empleados.

A pesar de este comienzo tan poco propicio, McDonald y lord Cecil creían
fervientemente en la importancia de su trabajo. “Nos enfrentamos a un gran
desafío”, advertía lord Cecil a la Junta de Gobierno, “un desafío a los principios
de nuestra civilización que han ido gobernando, cada vez más, el mundo
durante casi dos mil años. Debemos aceptar este desafío o, como a mí me
parece, la civilización de la que disfrutamos recibirá un golpe tan terrible, que
quizá nunca nos recuperemos”. (The Refugees from Germany)

La mayoría de los judíos alemanes no tenía el más mínimo interés en


emigrar a aquel páramo cultural que era Palestina, habitado por árabes y por
Ostjuden trasplantados, un paraje árido, salpicado de comunas espartanas,
unos pocos pueblos sucios y Tel Avid, un proyecto de ciudad mal urbanizada,
caótica y provinciana en medio del desierto. Solo un 4% de los judíos
alemanes pertenecían a organizaciones sionistas, y ni siquieran consideraban
al sionismo como una forma de apoyar a los Ostjuden que hacían la aliyah
(emigración). El sionismo alemán, una concepción del mundo coherente,
integrada y precisa, venía a ser una especie de sucedáneo religioso para judíos
seculares. En consecuencia, en 1933 apenas vivían judíos alemanes en
Palestina, tan solo el 1% de la población. (Stephen M. Poppel, Zionism in
Germany)

Eran precisamente aquellos que menos interés habían mostrado en el


proyecto de Palestina los que más necesidad de asilo precisaban. Y además
tenían pocos amigos, entre los que se habían peleado con el dilema de seguir
construyendo una patria judía según un plan a largo plazo, o abandonarlo en
virtud de la crisis alemana. El gobierno británico, al prever la presión que
supondría la admisión de un gran número de judíos alemanes, creó un comité
ministerial para tratar el problema. Este no se echó atrás: era la capacidad de
absorción de la economía palestina la que fijaba el cupo de inmigrantes, no la
política de Berlín. La dirección sionista estaba sustancialmente de acuerdo.
En una alocución al XVIII Congreso Sionista en Praga en agosto de 1933, el
sociólogo y demógrafo Arthur Ruppin calculaba que Palestina solo podría
absorber a 100 mil judíos alemanes los próximos diez años. “Con el fin de que
la emigración no fluya sobre los actuales asentamientos como la lava, tiene
que ser proporcional a ciertos porcentajes de dichos asentamientos”.
Los sionistas alemanes ocupaban un lugar singular en la concepción nazi del
mundo. A través del filtro de su racismo, los dirigentes nazis consideraban
favorablemente la idea de crear una patria judía. Como declaró el destacado
ideólogo nazi Johann von Leers: “La idea fundamental de los sionistas de
organizar a los judíos como una nación entre naciones en su propia tierra es
acertada y está justificada, siempre y cuando no esté relacionada con plan
alguno para el dominio del mundo”.

“Si Israel toma el arado, la azada y la guadaña, si no intenta nunca más


convertir a las demás naciones en sus siervas y quiere, en cambio, ser una
nación libre entre las naciones libres, para desarrollar su poder productivo en
el mismo grado que desarrolló sus poderes demoníacos, encontrará amigos
donde antes solo encontraba enemigos, e Israel y sus vecinos se saludarán
unos a otros a través de los campos recién sembrados”. (Johann von Leers, 14
Jahre Judenpolitik, 1933)

Los nazis y los sionistas estaban de acuerdo en que la diáspora no era el


lugar donde debían estar los judíos: los nazis creían que estos habían herido a
la civilización occidental; los sionistas creían que dos mil años de civilización
occidental antisemita eran más que suficientes. Los nazis querían que los
judíos se fueran de Alemania; los sionistas, también.

Por tanto, los nazis parlamentaron con los sionistas. El Ha´avara, o Acuerdo
de Transferencia, permitía a los judíos alemanes disponer de la suma exigida
por los ingleses para la entrada sin restricciones en Palestina, es decir, el
equivalente a 1.000 libras esterlinas en divisas (15 mil Reichmarks). También
permitió transferir capital en forma de mercancías o productos alemanes. Los
judíos vendían sus posesiones en Alemania y depositaban los marcos obtenidos
en un banco alemán. Luego un banco fiduciario gastaba ese dinero en coches,
materiales de construcción, tintes, medicamentos y similares, que embarcados
a Palestina eran vendidos allí a cambio de libras palestinas por otro banco
fiduciario; dichas mercancías se entregaban a los colonos. De esta forma, los
Reichmarks depositados en Alemania eran cambiados por libras palestinas sin
minar las reservas de divisas extranjeras del Reichbank. (Edwin Black, The
Transfer Agreement)

Hitler exigió créditos para el Acuerdo Ha´avara. Después de todo era un


buen tipo.
“En Inglaterra la gente afirma que sus brazos están abiertos para dar la
bienvenida a todos los oprimidos, sobre todo a los judíos que han dejado
Alemania... Pero estaría mucho mejor que Inglaterra no hiciera que gesto
semejante dependiese de tener 1.000 libras. Inglaterra debería decir: “Todos
podéis entrar”, como nosotros hemos hecho desgraciadamente durante treinta
años. Si también dijéramos que nadie puede entrar en Alemania, excepto con
la condición de que trajesen 1.000 libras o más, entonces hoy no tendríamos
cuestión judía en absoluto. Así, nosotros, el pueblo salvaje, hemos demostrado
una vez más ser mejores humanos, quizá no tanto en nuestras protestas
externas, pero !al menos en nuestras acciones!”. (Discurso del 24 de octubre
de 1933)
Como de costrumbre, Hitler estaba equivocado. Inglaterra no exigía fondos
para entrar en las Islas Británicas; solo cobraban 10 libras para cubrir el
papeleo de naturalización.

Durante unos años, los nazis celebraron esta “solución” al “Problema Judío”.
Der Angriff, el periódico de Goebbels, publicó doce artículos en otoño de 1934
sobre la visita al Yishuv del jefe del departamento judío del Servicio de
Seguridad de Heydrich, el SS-Untersturmführer barón Leopold von Mildenstein.
Este informó que Palestina ha atraído a los judíos de Europa y los ha cambiado,
y escribía contento que “la tierra había reformado al judío y a su clase en una
década. Este nuevo judío será un nuevo pueblo”. El jefe de seguridad de las
SS, Reinhard Heydrich, que fue el genio creador del genocidio judío seis años
después, convenía en este asunto en un artículos del semanario de las SS Das
Schwarze Korps, “No está lejos el tiempo en que Palestina sea capaz de
aceptar de nuevo a sus hijos, perdidos durante más de mil años. A ellos les
dedicamos nuestros mejores deseos junto con nuestra buena voluntad oficial”.
(citado en Heinz Höhne, La orden de la calavera)

Al sionismo alemán le asqueaba celebrar un acuerdo con los nazis que


implícitamente significaba la desaparición de la comunidad judía alemana, y se
avergonzaba también del lenguaje que usaban durante las negociaciones. Pero
veían que no les quedaba otra alternativa. La Agencia Judía lamentó que el
acuerdo rompía el boicot contra Alemania y trasladaba a Palestina judíos poco
idóneos para los asentamientos de la zona, pero también entendía el valor
financiero del trato para sus objetivos a largo plazo. El número de judíos que
deseaban, y que tenían los recursos para beneficiarse del acuerdo, estaba
limitado; hasta 1937, solo 12 mil judíos alemanes se valieron del Acuerdo Ha
´avara para transferir una parte de sus propiedades a Palestina. Aún así, el
flujo monetario estimuló de tal forma el crecimiento económico, que la
capacidad de absorción aumentó para permitir que 20 mil jóvenes sin recursos
emigraran a Palestina durante ese periodo. También hubo sitio para los
acosados judíos polacos. Durante los primeros cinco años de gobierno nazi, el
número de judíos de la Yishuv se dobló, pasando de 200 mil a 400 mil (casi el
30% de la población, que ascendía a 1,3 millones), y los enclaves aislados
también crecieron. Palestina parecía estar en camino de ser un Estado judío.
(The Transfer Agreement)

Una cosa era el permiso de emigración y otra bien diferente la adaptación


después de la llegada. Entre los que emigraron a Palestina en 1933 estaba el
escritor sionista Arnold Zweig, amigo de Sigmund Freud. En una carta que le
mandó en enero de 1934, Zweig le explicaba cómo las molestias más nimias se
transformaban en los mayores obstáculos para la aclimatación: “Te darás
cuenta, querido Freud, que me estoy explayando en exceso sobre la
calefacción central, pero estos asuntos de la vida práctica, donde los aparatos
de la civilización funcionan solo chirriando, son los principales problemas en
este país. No estamos todavía preparados para abandonar nuestra manera
habitual de vivir y esta país no está todavía preparado para satisfacerla. Y
como los judíos palestinos están justamente orgullosos de lo que hay, mientras
que nosotros estamos justamente irritados por lo que no hay, se dan muchas
discordias ocultas, sobre todo entre las mujeres, y demasiadas molestias por
culpa del inmenso esfuerzo que estas menudencias exigen”.

Un año más tarde, Zweig admitía: “He dejado sentado con bastante
serenidad que no pertenezco a este lugar. Después de veinte años de sionismo,
esto es, naturalmente, difícil de creer”. El nacionalismo, sobre todo en lo
referido al hebreo, lo deprimía. “La gente exige hablar en hebreo y yo no
puedo hacerlo. Soy un escritor alemán y un alemán europeo, y este hecho
tiene ciertas consecuencias”. Freud le aconsejó que se quedara; al menos,
Palestina era segura. (Ernst L. Freud, The Letters of Sigmund Freud & Arnold
Zweig)

Retrospectivamente, es fácil sorprenderse ante la falta de perspicacia de


Zweig y reconocer la sagacidad de Freud. Sabemos que éste entendió
perfectamente que la seguridad era lo principal, y que las quejas de Zweig
eran insignificantes. Sin embargo, en 1934 nadie podía imaginar siquiera lo
que iba a suceder. Y nadie lo imaginó. Por tanto, el presidente de la
Organización Judía Mundial, Chaim Weizmann, y otros dirigentes sionistas, bien
atentos al sufrimiento judío, siguieron favoreciendo la emigración controlada, y
a los pioneros jóvenes frente a los profesionales burgueses. Para Weizmann, la
elección recaía entre el rescate inmediato de los judíos alemanes o la creación
de una patria nacional, una salvación permanente para el pueblo judío. Los
judíos polacos se ajustaban a la idea de Weizmann: sintonizaban
ideológicamente, estaban preparados para trabajar en los asentamientos
agrícolas y su situación en Polonia era incluso peor que la de sus
correligionarios en Alemania.

La opinión de Weizmann era que las condiciones de los judíos alemanes eran
mejores y, además, tenían otras alternativas a la huida. Nahum Goldmann, que
había escapado a Suiza en 1933, representaba a la Agencia Judía ante la
Sociedad de Naciones. Su objetivo era luchar para asegurar los derechos de los
judíos por todo el mundo y, con este fin, fundó junto al muy conocido rabino
estadounidense Stephen S. Wise el Congreso Judío Mundial. “Existe en la
Europa actual un problema judío de tal magnitud y premura como no se ha
dado durante siglos”, declaró Goldmann en la conferencia fundacional
celebrada en Ginebra el 8 de agosto de 1936. ”Casi podría decirse que ya no es
más una lucha por los derechos de una minoría, o de la igualdad de derechos
de ciudadanía; se ha convertido cada vez más en un asunto elemental de
supervivencia física en el sentido más rudimentario del término”. Y observó
exactamente que “por toda Europa, incluso en los Estados no totalitarios,
domina un ambiente de resignación, de escepticismo, de letargo ante el rostro
de la agresión de estos nuevos poderes y tendencias antiliberales”. Los judíos
de todo el mundo debían resistirse a semejante sopor y apatía; debían luchar
para la restauración de los derechos en Alemania.

Al denunciar la política nazi hacia los judíos, Goldmann prosiguió


censurando la aquiescencia de muchos judíos alemanes a un nuevo tipo de
gueto. Y dijo que la propia historia prohibía la reconstrucción de un barrio judío
cerrado. “Los modos de vida que la propia historia ha roto en pedazos no
pueden juntarse de nuevo... Y ahora, después de un siglo de emancipación, los
judíos pueden vivir como judíos libres, o perecer también como tales”. Tenían
que mantenerse firmes. “No abandonaremos nuestras posiciones, pues en ellas
hemos crecido dentro del curso de la historia y, por tanto, tenemos derecho a
defenderlas”. Ni los nazis ni ningún otro régimen ultranacionalista y antisemita,
como los de Polonia o Rumanía, debería consolarse con el sionismo. “Si, y digo
esto porque soy sionista, estamos reconstruyendo Palestina, no lo estamos
haciendo porque hayamos abandonado para siempre todas nuestras
esperanzas de obtener la igualdad”. No habría ningún éxodo masivo de judíos
europeos, pues “solo con el respaldo de una judería fuerte en la diáspora
podrían los judíos de Palestina llevar a cabo el renacimiento de la cultura judía
por el bien de los que están construyendo la patria”. En breve, y “sobre todo,
los otros gobiernos y naciones no deben dejarse llevar por la ilusión de que
dondequiera que suene la orden de privar a los judíos de sus derechos, la
judería mundial va a estar dispuesta a trasladar a la comunidad judía
amenazada”. (Nahum Goldmann, Community of Fate: Jews in the Modern
World)

Los polacos étnicos de la recién recreada Polonia eran tan nacionalistas y


tan antisemitas como sus vecinos alemanes. Querían una Polonia para los
polacos: un estado-nación de un solo pueblo, con una lengua, historia y cultura
compartidas; no deseaban una sociedad multicultural. Esto estaba muy bien,
pero la demografía contaba otra historia. Cuando se fijaron las nuevas
fronteras en 1921, ucranianos, bielorrusos, judíos y alemanes representaban
un tercio de la población. Estas minorías exigían sus derechos, autonomía, o
bien la independencia. Polonia “había mordido más de lo que podía masticar”,
señaló el médico y escritor judeoalemán Alfred Döblin durante un viaje por
este país en 1924. El idealismo de Wilson no había funcionado; solo había
creado un estado-nación con muchas minorías separadas de sus propias
“comunidades nacionales”.

Los judíos, a diferencia de los otros grupos minoritarios, no tenían base


territorial alguna, ni un gran pueblo fraternal en la puerta de al lado. Y, claro
está, los polacos los detestaban, como Döblin descubrió cuando charlaba con
un joven caballero que había servido como oficial durante la guerra. “Su odio a
los alemanes estaba dominado por el miedo”, escribió Döblin; pero, por otro
lado, “expresaba un odio puro hacia los judíos, un odio acrecentado por la
repugnancia. Decía que uno no podía hacer nada con ellos... El polaco del
compartimento del tren admitía que ni siquiera sabía si tenía algún sentido
azotarlos, machacarlos del todo y humillarlos”. El antiguo oficial “se pasó horas
vertiendo odio, y se quejaba desesperado: “Los judíos no son personas
individuales en Polonia. Son una nación, un pueblo... !Cómo se enriquecen con
nuestros bienes! No son más que saprofitos, hongos que crecen sobre la
putrefacción, fungos vivientes sobre materia podrida. Una raza de bacterias”.
(Alfred Döblin, Journey to Poland)

Jósez Pilsudski, el muy amado y venerado comandante en jefe de los


ejércitos polacos durante la I Guerra Mundial, gobernó en su país desde 1926
hasta su muerte en 1935. Era conservador y nacionalista, pero no permitió que
esas expresiones extremistas dirigieran la polícita. En el vacío que produjo su
muerte, un grupo de oficiales del ejército, antidemócratas, chauvinistas y
fascinados por el nazismo, accedieron al poder. En sus retóricas, los judíos se
identificaban como un “excedente” de población y alegaban que los campos
polacos estaban peligrosamente superpoblados. Por eso, parte de la población
rural tenía que dirigirse a las ciudades que, sin embargo, ya estaban
abarrotadas de judíos. Esto tendrían que irse, quizá, a la isla de Madagascar
(en el océano Indico), o a otros lugares para dejar sitio a los campesinos.

Se presentaron varios planes de deportación y, en septiembre de 1936,


Polonia pidió colonias a la Asamblea de la Sociedad de Naciones para asentar a
sus judíos. Se propusieron negociaciones con el dirigente revisionista sionista
Vladimir Jabotinski, que consideraba que Polonia era un gran gueto y una
trampa mortal dispuesta a estallar en cualquier instante. Estas ideas no
llevaban a ningún sitio, pero la presión aumentaba. En noviembre de 1936
Chaim Weizmann dijo que el ministro de Exteriores polaco, Jozef Beck, le había
comunicado que existía un excedente de un millón de judíos en todo el país.
Para Weizmann, amenazaba una catástrofe. Los judíos de Rumanía, Letonia y
Lituania vivían también bajo una panoplia de medidas discriminatorias y
opresoras. A lo largo de la mayor parte de la Europa Central y del Este,
Weizmann vio “un pueblo condenado a estar encerrado donde no los quieren,
en un mundo dividido entre lugares donde no pueden vivir y sitios donde no
pueden entrar”.

En 1937 Polonia libraba una guerra no declarada contra los judíos, llena de
pogromos organizados, actos al azar de violencia callejera y la creación de
“guetos de asiento”, tales como pupitres aislados para los estudiantes judíos en
la universidad. Varias organizaciones profesionales adoptaron de los nazis el
“párrafo ario”, expulsando a los judíos. Los boicots económicos a los negocios
judíos se convirtieron en una práctica habitual, así como la destrucción de sus
propiedades y la violencia contra los hebreos y los cristianos que no
participaban en los altercados. Los judíos polacos, pobres de por sí, se
hundieron en la indigencia. Si a principios de los años treinta, 3 de los 3,5
millones de judíos eran pobres y el resto apenas era capaz de ganarse la vida,
en pocos años toda la comunidad se había desmoronado. Estaban tan ansiosos
de emigrar como su Gobierno de librarse de ellos. Pero no tenían donde ir.

Rumanía también se aventuró por una ruta antisemita nueva y radical. Al


igual que Polonia, se encontró con un Estado multinacional con fronteras recién
fijadas después de la Guerra, y odiaba también dar cabida a otras etnias. Los
sucesivos gobiernos rumanos negaron la ciudadanía a los judíos de sus nuevos
territorios que la pidieron, y trataron de quitársela a los que ya la poseían. Sin
ciudadanía, los judíos no podían trabajar libremente, ni obtener domicilio fijo, o
ingresar en la escuela pública, además de estar expuestos a la expulsión
inmediata.

Figura principal en el movimiento antisemita rumano fue Alexander Cuza,


profesor de economía. Fundó la Liga Fascista de Defensa Nacional Cristiana, de
la que nació la infame Guardia de Hierro, dirigida por Corneliu Codreanu.
Lector ávido de los Protocolos de los Sabios de Sión y de los escritos de
Chamberlain, Cuza declaró que los judíos eran una raza bastarda y fuente de la
degeneración nacional. Su objetivo era la expulsión completa, y no estaba solo.
El poeta Octavian Coga estaba obsesionado con lo que llamaba la “invasión
judía” y abogaba también por la deportación de toda la comunidad hebrea a la
colonia francesa de Madagascar. Si eran los líderes intelectuales como Cuza y
Coga los que movían a los políticos fascistas a practicar el antisemitismo
violento, o si era el fascismo lo que impulsaba a Coga y Cuza, no estaba claro,
pero es evidente que se apoyaban unos a otros. El ideólogo fascista Alexandru
Razmerita propuso encerrar a toda la población judía en campos de
concentración y hacerles trabajar hasta la muerte. Este plan se consideró más
práctico que otro, propuesto por un sacerdote ortodoxo, para ahogar a todos
los judíos en el mar Negro.

El Gobierno rumano, deslumbrado por los acontecimientos que se


desarrollaban en Alemania y enfrentado al rápido auge de la Guardia de Hierro
de Codreanu, se vio estimulado a imitar a su modelo nórdico. La Ley para la
Protección del Trabajo Nacional (1934) barrió a muchos judíos de sus empleos
y en 1936 se promulgó una versión rumana de las leyes de Núremberg, que
tuvo que retirarse por presiones de la Sociedad de Naciones. El Partido Liberal
en el poder perdió las elecciones de diciembre de 1937, que ganó la Guardia
de Hierro de forma espectacular. Financiada por Alemania, se convirtió en una
fuerza política temible, algo de mal agüero para los judíos. Después de los
comicios, el corresponsal jefe del Daily Herald entrevistó a Codreanu:

“Los judíos, los judíos son nuestra maldición. Envenenan nuestro Estado,
nuestra vida, a nuestro pueblo. Desmoralizan a la nación. Destruyen a nuestra
juventud. Son los archienemigos”. Y siguió despotricando: “Destruiremos a los
judíos antes de que nos destruyan a nosotros”. Para Codreanu, “hay tres
formas de tratar con los judíos: asimilación, cooperación y eliminación”. Pero:
“No queremos que los judíos se asimilen. Nunca cooperaremos en ellos, solo
queda la eliminación. Esta es mi solución. Estoy a favor de la total, completa y,
sin excepción, eliminación de los judíos”. Podían marcharse por su propia
voluntad o Rumania los expulsaría. “El punto principal es que los judíos deben
irse. Todos y cada uno de ellos debe abandonar este país. ¿Me pregunta
adónde deberían ir? Ese no es mi problema. Es un asunto que los propios
judíos y el resto de los países deben decidir”. (citado en Alexander Easterman)

Los nazis estaban de acuerdo con Codreanu. Desde 1933 su política fue
“solucionar” la “Cuestión Judía” mediante la emigración. Hasta cierto punto se
podía decir que había tenido éxito: alrededor de 120 mil del medio millón de
judíos alemanes que vivían en el Reich lo habían abandonado; sin embargo, la
Anschluss incorporó otros 200 mil judíos austriacos al que ahora era el Gran
Reich. Desde el punto de vista nazi, los procedimientos de emigración no
bastaban para que el “problema” se “solucionara” solo. Había que hacer algo
para acelerar el proceso.

El genio maligno que concibió esta nueva estrategia fue Adolf Eichmann.
Nació en Ruhr en 1906, se crió en Austria y fue allí donde se afilió al Partido
Nazi austriaco en 1932. Una año después marchó a Alemania para incorporarse
a una unidad austriaca de las SS. Eichmann ascendía, pero su verdadera
carrera comenzó cuando se unió a la oficina principal del Servicio de Seguridad
(SD) de Himmler en 1934. Allí encontró un puesto conveniente en el
Departamento del SS-Untersturmführer von Mildenstein como especialista en
asuntos sionistas, lo que le llevó a viajar a Palestina para informar sobre el
proyecto de colonización judío. En 1937 el apoyo nazi al sionismo había
menguado, y los objetivos de su departamento se dirigieron hacia los
“aspectos generales y principales de la cuestión judía”. Cuando Himmler
decidió centralizar la gestión de los procedimientos de emigración (visados,
transferencias monetarias y acuerdos económicos), Eichmann se hizo cargo del
diseño y la puesta en práctica de este modernizado “servicio”. (Karl Shleunes,
The Twisted Road to Auschwitz)

El nuevo sistema nunca se estableció en la propia Alemania pero, pocos días


después de la Anschluss, Eichmann apareció en Viena para organizar la
emigración de los judíos austriacos. Su cuartel general, situado en un palacio
robado a la familia Rothschild, se convirtió en la Oficina Central para la
Emigración Judía. Por lo que concernía a Eichmann, la emigración ya no
dependería más de la iniciativa individual de los judíos. Era una operación
supervisada por el SD, que involucraba a funcionarios del Ministerio de
Finanzas, la policía, la agencia de control de cambio de divisas y
representantes de la comunidad judía. Eichmann comparaba su sistema con
una cinta transportadora. Y así lo explicó, bastante orgulloso, durante los
interrogatorios previos a su juicio en 1962: “La solicitud inicial y el resto de los
papeles exigidos se ponían en un extremo y el pasaporte caía al final por el
otro”. Pero lo que no le dijo al capitán de la policía israelí era que la cinta
transportadora se tragaba también los derechos de los judíos, así como su
dinero, y que el pasaporte que les daban solo les permitía abandonar el país en
un plazo de catorce días. Tampoco le explicó que el sistema estaba financiado
con los fondos robados a los propios judíos. En cambio, sí informó sobre el
hecho de que su Oficina Central había obligado a salir del país a 50 mil en un
plazo de seis meses, “un récord en la maquinaria administrativa alemana”.
Esto lo convirtió en una estrella de la constelación nazi, en una atracción para
”las numerosas visitas de los diferentes departamentos del llamado Viejo
Reich, que viajaban a Viena con ese solo propósito”. Incluso su jefe, Heydrich,
“que era entonces el director de la Policía de Seguridad, también vino”.
(Jochen von Lang & Claus Sibyll, Eichmann Interrogated)

Si la Oficina Central para la Emigración Judía era para Eichmann una cinta
transportadora, para los judíos austriacos era una pesadilla. “La solicitud inicial
y el resto de los papeles exigidos se ponían en un extemo”, se jactó Eichmann
frívolamente. Pero ¿cómo se podían conseguir esos papeles? Los nazis querían
que los judíos se fuesen, y estos, humillados, ultrajados y aterrorizados desde
el primer día de la Anschluss, buscaban escapar. Pero, como su correligionarios
alemanes habían aprendido durante cinco años, la emigración, al contrario de
la afirmación de Codreanu, no era “un asunto que tenían que resolver los
propios judíos”; era una búsqueda desesperada de fiadores en el extranjero,
certificados de pago de impuestos, visados de entrada, billetes de tren y
camarotes de barco.

Elisabeth Rosner-Jellinek y su familia estaban entre los miles de judíos


austriacos que sufrieron los primeros ataques. Su padre fue detenido y, desde
la cárcel, enviado a un campo de concentración. Ella y su madre tenían pocas
esperanzas. “Mi madre no se iría, pues mi padre estaba detenido y pensaba
que podría hacer algo por él si seguía en Austria. Pero yo debía marcharme.
Eso estaba decidido”.

¿Cómo obtener un visado? Sin fiador ningúna país le permitiría la entrada.


Como muchos otros judíos de la Europa Central, los contactos de Elisabeth
Jellinek para entrar en Inglaterra se dieron por azar, suerte y perseverancia.
El verano de 1937 disfrutaron de unas vacaciones baratas en Italia. Un día,
durante una visita organizada, “mi madre y otras chicas decidieron que todas
iríamos con el típico traje nacional austriaco. Todas llevaríamos esos vestidos
tiroleses pero, al final, solo lo hicimos mi madre y yo”. Un grupo de ingleses
llegó justo cuando ellas se iban y “Un joven se acercó rápidamente y nos
preguntó si podía sacarnos una foto porque le gustaban muchos nuestros
trajes. Mi madre dijo que sí, todo se hizo con mucha prisa, pero nos las
arreglamos y le dimos un papel con nuestra dirección, pidiéndole que nos
enviara la foto”.

Esta pizca de nacionalismo austriaco y la simple coincidencia de conocer al


joven de 25 años Arnold Butterworth, “un muchacho maravilloso de
Manchester” que se interesó por el vestido de tirolesa, adquirió una gran
importancia un año después. Elisabeth había intercambiado varias cartas con
Butterworth y después de la detención de su padre le escribió diciéndole que
“las cosas no andaban muy bien”. Le daba miedo ofrecer más detalles, sin
embargo, no sabía cómo comunicarle la gravedad de su situación. Al final,
llegó la oportunidad. “Era muy amiga de una chica judía, que tenía una
madrastra católica húngara. Su familia decidió volver a Hungría... y cuando se
fue de Viena le pedí que llevara una carta y que la sellase allí. En ella pude
escribir la verdad sobre mi padre detenido, que estábamos todos en peligros,
que había muy pocas posibilidades de salir del país y que quizá quisiera
invitarme. Me respondió y, por supuesto, dijo que sí; vería qué había que
hacer, y me enviaría la información, avales y la invitación”. Con ellos en la
mano, Elisabeth pudo salir de Austria y entrar en Gran Bretaña.

Los planes para emigrar dominaban las conversaciones entre los judíos
austriacos. “Todos hablábamos sobre la emigración y cómo salir del país”,
recuerda Robert Rosner, que entonces tenía catorce años. “Mi padre encontró
un primo, no sé quién, que vivía en los USA, en una granja de pollos en algún
sitio en Nueva Jersey. Le escribió. Y después repasó los listines telefónicos de
Nueva York, buscando a todos los Rosner, y les escribió”.

Hacían cola ante embajadas, consulados, compañías marítimas y oficinas


del Gobierno, buscando desesperados los papeles: visados de salida, de
tránsito, certificados de impuestos y aduaneros, pasajes de barco, billetes de
tren. Rosner cuenta:
“Necesitabas un montón de formularios y tenías que ir a todo tipo de
negociados. La gente tenía que hacer colas. Estas formalidades hicieron que
los niños se encontraran con una forma imprevista de ganar dinero. “Nosotros,
los niños, trabajábamos haciendo cola. Ténías que empezar a las ocho de la
mañana y hacer cola hasta las once o las doce, luego un mayor te decía: “¿Me
has guardado un sitio?”. A veces tenías que conseguir un formulario, y yo,
claro, lo conseguía. Pero cuando había que tratar asuntos serios, ellos tenían
que estar allí”.

La familia Rosner, como muchas otras, conservaba la esperanza de salir. La


hermana de Robert, Paula, se las arregó para conseguir el certificado de pago
de impuestos de la familia: sus padres debían abonarlos pero no tenían dinero.
Se habían trasladado del distrito ocho al dos, y el funcionario de este último
prefirió no comprobarlo con la oficina del otro lado de la ciudad.

“Dijo: !Demonios! Nada es lo que era. Vamos a dejarlos sin deudas en


Hacienda”. Con el formulario que le entregó a Paula ya podían obtener un
visado de salida. Pero, otra vez, ¿un visado para dónde? “Lo intentamos en la
oficina de Palestina, lo intentamos con familias que vivían allí”. Como los
padres de Kupfermann, los de Robert Rosner habían nacido en lo que habían
sido los territorios orientales del antiguo Imperio austrohúngaro y que, en esa
época, pertenecían a Rumanía. “Estuvimos pensando, si la situación cambiaba,
ir a Rumanía. Un tío mío lo intentó inmediatamente, pero no tuvo éxito. Lo
devolvieron. Uno de mis primos se fue a Italia y otro a Australia. Y todos
decían: “Trataremos de ayudaros”. Lo intentamos con Rumanía, con Perú.
Creímos que Perú sería posible”. Los Rosner, una de las familias afortunadas,
emprendió al fin su viaje a Gran Bretaña.

Todos los judíos de Austria se desesperaban por huir. “Aquí, en Viena, la


vida se había vuelto imposible”, cuenta Otto Suschny años más tarde. Para
ellos, la pregunta omnipresente era: ¿Qué país los acogería? Dentro de la
comunidad judía circulaba un chiste: “¿Qué idioma estás aprendiendo?”. “El
equivocado”, respondían. Por tanto, recibieron con alivio el 25 de marzo de
1938 el anuncio del presidente Roosevelt de convocar una conferencia
internacional sobre la crisis de los refugiados en el balneario francés de Evian-
les-Bains, en junio de ese mismo año. Sus vidas estaban a punto de entrar en
un punto decisivo, y no tenían control sobre ello, ni podían opinar, pero, al fin y
al cabo, el presidente USA reconocía públicamente que había que encontrar
una solución.

Era una curiosa decisión la que había tomado Roosevelt. La tasa de paro
seguía siendo alta en los USA. Los políticos y el público temían tanto la
competencia de los emigrantes por los puestos de trabajo, como la carga
financiera de su sustento. La gran Depresión había empobrecido a millones de
familias y casi despojado al país de la esperanza y la seguridad. Muchos eran
aislacionistas, no querían saber nada de Europa ni de sus problemas. América
debía cuidar de los americanos y no resolver los conflictos europeos o abrir sus
puertas a los extranjeros. Los políticos de Washington leían en el ánimo de sus
votantes y abogaban por una política estricta de inmigración restringida.
Para entonces, la Sociedad de Naciones ya tenía tres organismos dedicados
a los diferentes aspectos del problema de los refugiados: la Oficina Nansen, la
Oficina Internacional del Trabajo y la Comisión para los Refugiados de
Alemania. Pero los USA, que no habían aceptado tantos refugiados europeos,
estaban en una difícil posición para persuadir a los sobrecargados vecinos de
Alemania para que aceptaran más.

Ahora sabemos que la conferencia de Evian se organizó con el fin de


proteger la imagen de los USA, no para ayudar a los refugiados políticos y a los
judíos de Europa. Durante mucho tiempo, este país había destacado por su
reputación como refugio de los oprimidos. La conferencia mantendría este
principio, aunque no tuviera efecto alguno en la práctica. En consecuencia, el
presidente Roosevelt envió invitaciones a 29 países. Para disipar sus temores
ante las posibles exigencias estadounidenses, a las naciones convocadas se les
dijo que “ningún país esperase recibir más emigrantes de los que autorizase su
legislación en vigor”. Todos los programas nuevos se financiarían con fondos
privados y no con dinero público. El objetivo de la reunión era facilitar la
emigración de los “refugiados políticos” (no de los judíos) de Alemania y
Austria.

La conferencia fue un fracaso funesto y un serio revés para los judíos que
deseaban ansiosos huir de Europa. Pero ni ellos ni nadie más se dio cuenta de
qué trágicos serían sus resultados. Nadie estaba preparado para llevar a cabo
la tarea de encontrar lugares seguros para los refugiados. Y como rechazaban
actuar, todos los países abandonaros la conferencia con el permiso tácito
internacional de mantener las puertas cerradas. En USA, el Departamento de
Estado descubrió que el papeleo podía convertirse en un grave impedimento
para la emigración. Los burócratas que idearon los formularios se proponían,
en verdad, mantener fuera a los refugiados. La solicitud de visado que tenían
que rellenar los fiadores era un documento escrito por las dos caras de más de
un metro de largo. Y en aquella época sin fotocopiadoras se exigían seis
copias. El rechazo no se motivaba, y si así era, el fiador no podía hacer nada
hasta pasados seis meses.

Por su parte, los británicos respondieron a la feroz oposición de los árabes


de Palestina al Hogar Nacional judío y a la entrada de judíos sellando la ruta de
huída a este territorio. El Acuerdo Ha´avara había funcionado bien y los
árabes, al ver el rápido crecimiento del Yishuv, pasaron de una hosca
conformidad a una violenta oposición. Los disturbios en las calles de Jerusalén
aumentaron en abril de 1936, para convertirse en una rebelión total de los
árabes.

Sin saber realmente cómo actuar, los británicos crearon una Comisión Real
sobre Palestina. Un año después llegaron las recomendaciones: debería
abandonarse la política de inmigración basada en la sola capacidad de
absorción económica; “deberán tenerse en cuenta los factores políticos y
psicológicos”. La orden del día era apaciguar a los árabes locales, sin importar
las consecuencias para los judíos europeos. La Comisión limitó la emigración
judía a 12 mil personas anuales durante los siguientes cinco años.
Los nazis, los entusiastas del sionismo de 1933, se sintieron aliviados.
Habían visto también con espanto el éxito del Acuerdo Ha´avara. ¿Qué
sucedería si nacía en ese momento un Estado judío? En 1937 el Ministerio de
Exteriores alemán impartió instrucciones a sus embajadas: “A la vista de la
agitación antialemana de la judería internacional, Alemania no puede estar de
acuerdo en que la formación de un estado judío palestino ayude al desarrollo
pacífico de las naciones del mundo”. Las SS advirtieron que la creación de un
Estado judío en Palestina conduciría a “una protección particular de las
minorías judías en todos lo países, concediendo, por tanto, protección legal a
las actividades explotadoras de la judería mundial”. (The Twisted Road to
Auschwitz)

Mientras tanto seguían las negociaciones sobre una posible división de


Palestina en dos Estados: uno para los árabes y otro para los judíos. No
llegaron a nada. El Gobierno inglés publicó en mayo de 1939 un Libro Blanco
exponiendo su política de inmigración, que recortaba aún más la cuota: 10 mil
judíos al año durante los próximos cinco. Sin embargo, dado el grave peligro al
que se enfrentaban muchos judíos en Europa, se admitiría un grupo adicional
de 25 mil en ese momento. Esto era todo.

Cuando se publicó el Libro Blanco británico, los judíos de la Gran Alemania


habían resistido el pogromo de noviembre. El objetivo vital era solo uno: salir y
ayudar a aquellos que también querían salir. La madre de Rudolf Rosenberg
había sido ciudadana británica hasta que se casó y, por eso, ella y su marido
pensaron que las autoridades inglesas permitirían emigrar a toda la familia.
Pero la situación se complicó. Según las leyes alemanas, la madre había
adoptado la nacionalidad de su marido; sin embargo, el padre era súbdito
rumano y, en consecuencia, tanto Rudolf como su madre eran rumanos. Para
empeorar las cosas, el padre “había desertado del ejército rumano y llegado a
Berlín con papeles falsos”. Como bien pronto entendió su hijo, “esto tenía una
relación muy importante con la historia de la familia, pues mientras estuvo en
Berlín hasta que lo abandonó en 1938 se las arregló para renovar su pasaporte
(rumano) a base de papeles falsos. Había algún tipo de soborno y corrupciones
envueltos”. Y una gran angustia también. “Me acuerdo, y esta es una de las
cosas que más claras tengo en la mente, que cuando mi padre tenía que
renovar el pasaporte, cuando se acercaba la fecha para hacerlo, se inquietaba
terriblemente, porque le preocupaba perderlo, porque así malograría todas las
oportunidades para abandonar Alemania y se convertiría en un apátrida”.

En otoño de 1937, renovar el pasaporte se volvió imposible. “Recuerdo que


volvió a casa una tarde, abatido, totalmente destrozado, y dijo que tenía que
volver a Rumanía para conseguir otra vez los “papeles correctos” que, por
supuesto, tenían que falsificarse otra vez. La embajada rumana en Berlín ya no
aceptaba los que había tenido hasta ese momento. Querían otro trozo de
papel”. El padre de Rudolf Rosenberg no tenía alternativas y, aunque estaba
bastante enfermo en aquella época, “se las arregló para sacar fuerzas de
flaqueza y enfrentarse a esta dura prueba”.

“Recuerdo que mi madre y yo nos despedimos de él en la estación. Llevaba


todos los ahorros que teníamos y todo el dinero en efectivo que pudimos
reunir. Llegó a Bucarest y se dispuso a conseguir ese trozo de papel. Vivió,
literalmente, escondiéndose todo el tiempo, pues tenía que conseguirlo sin que
lo descubriera la policía. Después de estar fuera unos quince días, recuerdo
que recibimos un telegrama desesperado pidiéndole a mi madre más dinero.
¿Cómo lo consiguió mi madre? Nunca lo sabré, pero lo sacó de algún sitio y se
lo envió.
Regresó con el trozo de papel que estaba literalmente cocido. Y cuando
digo “cocido”, me refiero a que era un trozo de papel que reconocía su
licenciamiento oficial del ejército rumano, y tenía que parecer que tuviera
treinta años. Por eso estaba literalmente cocido. Mi padre me dijo que lo
habían puesto dentro de una cazuela con agua hirviendo, luego lo sacaron y lo
secaron en un horno... Da igual, él volvió, presentó ese trozo de papel en la
embajada rumana en Berlín y le renovaron el pasaporte”.

Aquello era excesivo para ser el primer paso. Rudolf, catorce años (menor
de edad), eludió la red legal de emigración y lo enviaron con el hermano inglés
de su madre en agosto de 1938. “En noviembre tuvo lugar la famosa
Kristallnacht y dio a mis padres el golpe definitivo. Cuando vieron arder la
sinagoga, dijeron: “Bien, este es el momento de irnos”. De hecho, lo hicieron.
Cerraron con llave el piso y se fueron a Inglaterra con un billete de ida y
vuelta”. La suerte los acompañó. Los padres de la madre de Rudolf celebraban
sus bodas de oro en diciembre y les concedieron un visado de salida para
celebrar la fiesta familiar. “Por lo que respecta a la entrada en Inglaterra, a mi
madre no podían negársela por haber nacido inglesa. Y no podían devolver a
mi padre porque no podían separar a un marido de su esposa”.

Lore Gang-Saalheimer también emigró a Inglaterra, a casa de un tío suyo


que se había ido de Alemania hacía muchos años, y también se le unieron sus
padres. “Recuerdo que a mi padre no le dejaban ir a su fábrica. Recuerdo
también que la comida era un problema. Y el dinero. Y otra cosa de la que me
acuerdo es esperar cartas de Inglaterra. Las esperábamos de nuestros tíos, de
quienquiera que fuese de Inglaterra. No había cartas. Lo que pasaba era que
ellos pensaban que podían meternos en problemas si nos escribían. Nos
sentíamos terriblemente aislados”. Mientras, la familia Saalheimer “llevó una
especie de vida social”, pero las charlas siempre versaban “sobre la emigración
y de cuándo, cómo y qué íbamos a hacer, y los pasaportes. La gente tenía que
ir donde la Gestapo... tenías que ir a diferentes oficinas y dar vueltas. La
preocupación era ese tipo de cosas. De verdad, diría que la emigración era
toda la preocupación de una”.

Nadie sabía cómo proceder mejor, todo el mundo estaba tenso. “Había
trifulcas terribles. Lo que digo es que recuerdo claramente peleas que te
dejaban helada; entre mi madre y mi padre; entre mis padres y yo, entre mi
tía, mi madre y mi padre, y entre la tía de mi madre y mi padre: solo peleas”.
La angustia crecía día a día. “Desde entonces quedó claro que nadie volvería a
reñir sobre la voluntad de mis padres de enviarme fuera, a mí, para que me
fuese lo más rápidamente posible”. A mediados de diciembre, el tío de Lore
obtuvo un permiso de estudiante para ella y el visado necesario para viajar a
Inglaterra. Con Lore a salvo, “mi tío otorgó garantías suficientes para que mis
padres pudiesen hacer lo mismo”.

Hilda Cohen-Rosenthal no tuvo tanta suerte. Su padre fue detenido durante


el pogromo de noviembre. “Vinieron y se llevaron a mi padre al campo de
concentración. Estuvo fuera durante cuatro semanas porque había estado en la
guerra del 14 y había ganado la Cruz de Hierro; por eso nos dijeron que lo
dejarían en libertad”. Aquel pogromo fue la línea divisoria. “Después de este, la
situación se volvió amenazadora”. Tenía que actuar. “Mis padres habían tenido
una oportunidad, quizá a mediados de 1938, para intentarlo y dejar Alemania,
pero ellos, como casi todo el mundo en esos días, pensaban que no iba a pasar
nada. La familia había vivido allí alrededor de 500 años. De alguna forma se
sentían tan alemanes como los alemanes, si no más. El otro asunto era que mi
abuelo materno había muerto y mi abuela vivía con nosotros... Habría
problemas con una señora tan mayor y estaba claro que no era cuestión de
abandonarla”.

El matrimonio Rosenthal trató de hacer planes para sus hijos. La hermana


de Hilda, de 17 años, se fue a trabajar para una familia judía de Inglaterra,
mientras que su hermano, de 14, quedó atrapado en Alemania. Ella: “Salí de
Fráncfort del Meno en julio del 39 en un transporte de niños. Recuerdo haber
ido a la estación central con mis padres y mi hermano y ese gran baúl... No
éramos una familia muy besucona... y me acuerdo de lo raro que era que
todos me besaran... pensé que me iba de vacaciones. Las cosas que llevaba
fuera eran los khumeshim (Pentateuco) y los sidurim (libros de oraciones). Era
el tipo de cosas que mis padres me daban. ¿Qué otra cosa podían darme? Eran
el tipo de gente que eran: el baúl estaba cargado con... khumeshim y
makhzoyrim (libros de oraciones para las fiestas extraordinarias), para enviar a
esta niña de apenas diez años con lo que creían que eran las cosas más
importantes de la vida... No hubo ninguna escena. Aunque probablemente no
era consciente de que me iba para siempre, ellos sí debían saber que había
muy pocas posibilidades de volverme a ver más. No había nada que decir: ni
escenas, ni lágrimas”.

Los transportes de niños, trenes especiales de salvamento organizados para


enviar a Holanda e Inglaterra a los niños en peligro, salían de las estaciones de
ferrocarril de Praga, Viena, Fráncfort, Berlín, Leipzig, la ciudad libre de Dánzig
y la polaca de Zbonszyn, en medio del caos, las lágrimas y el dolor sin fin de
los padres que se quedaban en los andenes. De esta forma, escaparon de la
muerte casi 10 mil niños. Unos años después, la mayoría de esos padres
también se fueron, solo que al Este, en vagones de carga y nadie lloró por ellos
en los andenes. (Rebekka Göptert, Der jüdische Kindertransport)

La ruta habitual desde Alemania cruzaba la frontera holandesa hasta el


puerto de Hook of Holland, atravesaba el Canal de la Mancha y atracaban en
Harwich. Los niños vieneses cruzaban Alemania en dirección a Holanda, vía
Colonia. Estos refugiados, ahora adultos, reviven bastante bien los
preparativos y el propio viaje. Gerda Freistadt-Geiringer se acuerda de cuando
tenía 14 años: “En cuanto supe que iba a ir en aquel transporte, me hice
trajes. Me hice tres o cuatro para mí. Todavía sigo haciéndolo. Mi padre me
llevó a la Judengasse para comprar la tela: él tenía amigos allí. Me acuerdo
que rebuscaba entre las telas de una tienda de la Judengasse. En otra ocasión
fuimos a la Lichtensteingasse en el distrito noveno, también para conseguir
algo, quizá zapatos. Pero sé que fuimos allí. Sabía que me quedaba tiempo
para hacer tres vestidos”. Robert Rosner, que también era de Viena y tenía la
misma edad que Gerda, subió a uno de esos transportes en abril de 1939.
“Recuerdo que fui a Wienerwald, porque quería despedirme de los sitios que
habían sido importantes para mí. Me refiero a que siempre habían formado
parte de la vida de la familia, porque mi madre nos llevaba los domingos a los
bosques de Viena. Por eso me acuerdo de haber ido a Wienerwald. Era algo
mío. Abandonar Viena fue muy duro”.

Todavía se podía encontrar asilo para los más jóvenes, y los padres,
desesperados, llenaban con sus hijos los trenes de transporte hasta su máxima
capacidad. El pogromo de noviembre había tenido el efecto que los nazis
buscaban: el número de judíos que deseaban abandonar la Gran Alemania
aumentó de forma espectacular. Unos 120 mil dejaron el país durante el
invierno de 1938-39, casi tantos como los que habían salido los cinco años
anteriores. Los cálculos preveían una salida de 100 mil personas al año.
(John Hope Simpson, Refugees, 1939)

Muchos países, enfrentados a semejante marea humana, y ante la


perspectiva de tantos individuos necesitados de trabajo o de asistencia social
en una economía deprimida, endurecieron los controles fronterizos, además de
negarse a simplificar o acelerar los trámites de inmigración. Esta negativa
inexorable a mostrar compasión alguna hacia los refugiados queda bien
ilustrada por el destino del trasatlántico alemán St.Louis. Fletado para llevar a
más de 900 judíos a Cuba, el St.Louis zarpó de Hamburgo el 13 de mayo de
1939. La mayoría de los refugiados, 743, tenían permiso de entrada en los
USA, pero les llevaría bastantes años antes de ser incluidos en la cuota
correspondiente a Alemania. Necesitados de un lugar seguro donde aguardar
su turno, supieron que Cuba los aceptaría por el precio de 150 dólares por
persona. Sin embargo, y al mismo tiempo, el Gobierno alemán vio en la
travesía del St.Louis una oportunidad propagandística. Los agentes alemanes
en Cuba ventilaron todo tipo de sentimientos antisemitas, mientras los
periódicos alemanes acusaban a los pasajeros del trasatlántico de haber
robado dinero. El objetivo era retratar a los judíos como delincuentes y mostrar
al mundo que nadie estaba dispuesto a aceptar a semejantes individuos.
(Gordon Thomas y Max Morgan Witts, The Voyage of the Damned, 1974)

El presidente cubano, Bru, emitió un decreto el 5 de mayo, una semana


antes de que el St.Louis zarpara de Hamburgo, disponiendo que los visados de
los pasajeros no eran válidos. Los propietarios del buque, conscientes de que
podía no encontrar puerto seguro alguno, sabían también que los pasajeros
debían tener su oportunidad. Una vez en La Habana, los infelices refugiados
fueron retenidos a bordo. La prensa alemana se regocijaba: una oportunidad
mundial para la foto que demostraba que nadie quería a los judíos.

El Gobierno de Cuba ordenó al St.Louis que abandonara sus aguas


territoriales, y el 2 de junio el transatlántico se hizo a la mar, navegando entre
La Habana y Miami, mientras seguían las negociaciones con el Gobierno de la
isla. El Comité Judío ofreció bonos y garantías por valor de casi medio millón
de dólares para asegurar la manutención de los refugiados durante su estancia
en territorio cubano, mientras esperaban su admisión en los USA. Cuba
rechazó la oferta. Tampoco valieron de nada las súplicas al Gobierno americano
para que admitiera inmediatamente a los judíos.
Sin ninguna solución a la vista, los propietarios ordenaron que volviera la
nave. El capitán alemán, al tanto de lo que les aguardaba a sus pasajeros
judíos en Alemania, propuso encallar el trasatlántico en la costa inglesa,
incendiarlo y evacuar a los pasajeros. Al final, Francia, Gran Bretaña, Bélgica y
Holanda intervinieron aceptando a los refugiados, pero solo temporalmente,
hasta que pudieran entrar en los USA. Para su desgracia, no los admitieron a
tiempo; la mayoría de los judíos del St.Louis, que esperaban en esos países,
fueron capturados cuando Alemania los invadió. Atrapados en el círculo asesino
de la Alemania nazi, perecieron.

Pero los judíos no eran el único grupo de refugiados que buscaban asilo en
el invierno de 1938-39. El final de la Guerra Civil española y la caída del
Gobierno de la República lanzó a miles de ellos a Francia a través de los
Pirineos. En verdad, los dos primeros meses de 1939 huyeron a Francia más
refugiados que los que habían salido de Alemania desde 1933. Francia
albergaba a unos 570 mil refugiados, 350 mil españoles y 40 mil de la Gran
Alemania. Los franceses estaban desbordados por las masas de gentes que
cruzaban las fronteras y construyeron una serie de campos de internamiento
en las estribaciones de los Pirineos. Esos mismos días, los holandeses
levantaron Westerbork, un campo de internamiento para refugiados judíos
alemanes, en una distante zona del noeste del país.

Muchos de los que habían huído a Francia terminaron en esos campos


cuando el Gobierno galo, al defender a su aliada Polonia, declaró la guerra a
Alemania en septiembre de 1939. Para los franceses, los judíos eran foráneos
enemigos, aunque huyeran del régimen nazi; y todos los extranjeros se
consideraban peligrosos. Arthur Koestler, húngaro, ex comunista, ex sionista,
había vuelto a Europa desde Palestina seis años antes. No importaba.
Capturado en París, lo deportaron al campo de Le Vernet.

La primera impresión que da al acercarse es la de un laberinto de


alambradas. Estas dan una triple vuelta al campo y lo cruzan en varias
direcciones, con trincheras paralelas.
La tierra es árida; pedregosa y polvorienta cuando está seca, se convierte
en un barrizal que llega a las rodillas cuando llueve y en un conglomerado de
duras protuberancias cuando hiela.

“Las barracas estaban construidas con planchas de madera recubiertas por


una especie de papel impermeable. Cada barraca albergaba a unos 200
hombres y era de unos 25 metros de largo por cinco de ancho. Su equipo
consistía en dos plataformas o baldas superiores y otras dos inferiores, cada
una de unos dos metros de anchura, que corrían a todo lo largo de las paredes
y dejaban un estrecho pasillo en la mitad. La separación entre la plataforma
inferior y la superior era de un metro, de modo que quien estuviera debajo no
podía nunca incorporarse. En cada plataforma dormían unos 50 hombres, con
los pies hacia el pasillo...
Cada hombre podía disponer de unos 60 centímetros para dormir. Esto
significaba que todos tenían que dormir de costado y mirando al mismo lado y
que, si uno se volvía, todos tenían que imitarle.
Las plataformas estaban cubiertas por una delgada capa de paja, y era esta
el único equipo de la barraca que podía moverse. En realidad, aquello era un
simple cobertizo. No había ventanas y sí tan solo unas tablas movibles que
hacían de persianas. Durante el invierno de 1939 no hubo ni estufa, ni luz, ni
mantas. No había en el campo refectorio para hacer las comidas, ni mesa o
utensilios de ninguna clase en las barracas. No nos proporcionaron ni platos,
cucharas o tenedores para comer, ni jabón para lavarnos. Algunos pudieron
proporcionarse por su cuenta estos elementos; los demás quedaron reducidos
a la Edad de Piedra”. (Arthur Koestler, Scum of the Earth, 1941)

El estallido de la guerra agravó la situación de los refugiados que habían


encontrado asilo. Y lo peor fue que la guerra cerró las fronteras. Ya no podían
huir. La emigración se transformó en un acto de rescate, y lo que había sido
legal se desplazó a la clandestinidad. Ellen Eliel-Wallach, nacida en Düseldorff
en 1928, se fue con su familia a Colonia antes del pogromo de noviembre.
Esperaban reunirse con su tío en Holanda.

“A principios de 1939 teníamos pasaportes condicionados a la salida de


Alemania antes de fin de año. Mi padre tenía que ir a la Gestapo todos los
meses y allí siempre le decían que si no estaba fuera del país antes de
terminar el año, vería un campo de concentración desde dentro. Un día antes
de Navidad, un extranjero entró en nuestra habitación mostrándome una foto
pequeña de nuestro tío”. El plan era pasar de contrabando a la familia Wallach
a Holanda, que no había declarado la guerra a nadie y todavía no había sido
invadido (esperaba mantenerse neutral como durante la I Guerra Mundial);
pero “oficialmente no podías ir, porque el pueblo holandés no quería a todos
estos inmigrantes”.

“Estaba vestida, muy abrigada. Era invierno y hacía bastante frío. Fuimos a
Gronau en tren. Bajamos del tren, había una gente extraña con dos bicicletas,
una para mi padre y la otra para mi madre. Yo fui en la bici de uno de los
extraños, pues ahí es donde me pusieron. Mis padres desaparecieron. Se
fueron pedaleando, mientras yo seguía en la bici del extraño. Era Nochebuena
y la frontera no estaba bien vigilada.
Llegamos a una granja y allí estaba mi padre. Nos dijeron que ya estábamos
en Holanda, en medio de la nada, de los campos. Desde allí fuimos... Todos
llevábamos una manta encima, pero tuvimos que tirarlas porque nos
delataban. De esta manera llegamos a Amsterdam, sin nada, excepto la ropa
que vestíamos. Sin nada. Al día siguiente vino la hermana de mi tía y su padre,
de la misma manera, con los mismos ciclistas.
Creo que fuimos a Amsterdam al día siguiente. No lo hicimos en tren,
porque había policías por todas partes. Policía holandesa. No querían más
extranjeros. Éramos ilegales. Teníamos un pasaporte pero no un visado para
Holanda. A Amsterdam fuimos en dos taxis. El primero para controlar que la
carretera no estaba vigilada. Nosotros íbamos en el segundo”.

La guerra y la política americana y británica sellaron las rutas de huida. La


política, nacional e internacional, sobre los refugiados fue un desastre para los
judíos.
Capítulo Seis
LA VIDA DE LOS GENTILES BAJO LA OCUPACION ALEMANA

Pocos judíos entraron en las listas de las cuotas de admisión y cruzaron a


tiempo la selva burocrática de visados de salida, tránsito y entrada. La huida
del régimen nazi no era una solución al problema de los judíos europeos y, a
medida que un país tras otro caía ante el ejército alemán, la solución nacional-
socialista al “Problema Judío” se convirtió en un genocidio de ámbito europeo.
La Wehrmacht, el ejército alemán, llevó consigo las políticas antisemitas por
todas las esquinas del continente.

Los alemanes no emprendieron la guerra con la intención deliberada de


matar a los judíos de Europa. Eran otros asuntos los que condujeron al ataque
a Polonia el 1 de septiembre de 1939. En primer lugar, estaban decididos a
recuperar los territorios perdidos de acuerdo con el Tratado de Versalles. Un
puñado de observadores con visión de futuro entendieron justo en aquel
momento el significado de aquellas pérdidas. En 1919, el gran sociólogo Max
Weber predijo que si Alemania tenía que ceder grandes extensiones de tierra
en el Este, “el mundo sería testigo del nacimiento de un movimiento
irredentista alemán, que se distinguiría en sus medios revolucionarios del
italiano, del serbio o del irlandés, solo en cuanto a que estaría respaldado por
la voluntad de setenta millones de personas”. (Citado en Wolfgang Mommsen)

William H. Dawson, el historiador inglés de la Alemania de su tiempo,


advirtió que los alemanes creían “que solo otra guerra les devolvería los
territorios que tanto amaban todavía como se decía del mismo sentimiento que
los franceses profesaban por Alsacia y Lorena. Para una gran nación, este es
un peligroso estado de ánimo por que discurrir”. (Germany Under the Treaty,
1933)

Pero recuperar los territorios perdidos no sería suficiente. Los alemanes se


proponían crear materialmente un país que incorporase a toda la “nación
alemana” étnica. Esta vieja ambición, nacida en medio de la amargura de las
guerras napoleónicas, era tan poderosa como venerada. La sostenida
resistencia contra el “Imperio cosmopolita” francés, como lo llamaban, adoptó
la retórica bíblica del Pueblo Elegido. Ellos, los alemanes, eran ese pueblo
señalado para cumplir su misión; era obligación suya proteger lo “germánico”.

En defensa de este nuevo patriotismo fraguado en la derrota y la


desesperación, habló Johann Gottlieb Fichte, el eminente filósofo prusiano.
Fichte veía a los judíos como “un Estado dentro del Estado”, y en su
llamamiento al nacionalismo alemán exhortaba a sus compatriotas cristianos a
volver a descubrir su identidad alemana. Durante la ocupación francesa de
Berlín, Fichte pronunció catorce conferencias llamadas Discursos a la nación
alemana. En ellas argumentaba que, a diferencia de otros pueblos, habían
permanecido fieles a sí mismos, y apremiaba a los habitantes de todos los
Estados alemanes a aceptar su única vocación: unirse como la nación alemana
que se convertiría en “la regeneradora y restauradora del mundo”. “Vosotros,
entre todos los pueblos modernos, sois los únicos en los que más claramente
se encuentra la semilla de la perfección, y a los que la dirección de su
desarrollo está encomendada”, declaró. Si se unían, se convertirían “en el más
glorioso de todos los pueblos”.

Las audiencias se estremecían con sus palabras y los alemanes, por todas
partes, se dejaron arrastrar por la megalomanía. En ese momento empezó una
campaña de más de un siglo para establecer un único Reich. Bismarck unificó
los Estados alemanes en 1871, pero Austria no estaba incluida, aunque Hitler
corrigió la situación con la Anschluss de 1938. El nuevo Reich de la Gran
Alemania incluía ahora un total de 72 millones de alemanes; incluso así,
Luxemburgo, Liechtenstein, la ciudad libre de Dánzig, de población alemana en
la práctica, así como Suiza (72%) y Checoslovaquia (23%) estaban fuera del
Reich, y a nadie se le escapaba que los alemanes que vivían en otros países
sumaban seis millones más.

En total, más de 14 millones de alemanes vivían, desgraciadamente, fuera


del Reich de Hitler, y los nazis creían que debían “volver a casa”. La consigna
Ein Volk, ein Reich, ein Führer no eran palabras vanas. Era un objetivo que
había que conseguir, bien fuera anexionando esas regiones, bien llevando el
Volk a la patria. Pero al mismo tiempo, según la ideología nazi, Alemania ya
estaba superpoblada. El Reich debía expandirse. Hitler subrayó esta idea en
una reunión celebrada en la Cancillería el 5 de noviembre de 1937. Su
propósito era, les dijo a los altos mandos militares, asegurar y ampliar la
comunidad racial. “Era, por tanto, una cuestión de espacio”, anotó su ayudante
Friedrich Hossbach en su informe.

“La comunidad racial alemana comprende unos 85 millones de personas y, a


causa de su número y de los angostos límites de espacio habitable en Europa,
constituye un núcleo racial tan fuertemente estrangulado como se ha visto
nunca en cualquier otro país; esto implica un mayor espacio vital que el de
otros pueblos. Si no hubo una solución política, hablando en términos
territoriales, fue consecuencia de siglos de desarrollo histórico, y en la
continuación de estas políticas se esconde el mayor peligro para la
conservación de la raza alemana en su actual apogeo: impedir, en lo posible, la
decadencia del germanismo en Austria y Checoslovaquia y mantener este al
actual nivel de la propia Alemania. Sin embargo, en lugar de aumentar, se ha
detenido... Por tanto, el futuro de Alemania está completamente condicionado
a la resolución del problema del espacio”. (Citado en J. Noakes y G. Pridham)
La búsqueda del Lebensraum (espacio vital), se soldó al impulso para unir a
todos los alemanes étnicos bajo una sola bandera y a la decisión de corregir
los errores de Versalles, reclamando las tierras perdidas en el Este. A finales de
la década de los treinta, el espacio vital se había convertido, en palabras del
emigrado Hans Weigert, “en una obsesión nacional del pueblo alemán, lo
bastante fuerte para desbaratar, en nuestros días, el equilibrio del mundo”.

Tenía razón. Según los nazis y sus muchos amigos, Alemania no tenía tierra
suficiente para que su población viviera de ella. Y el espacio que necesitaba
estaba en el Este. “El destino de Alemania está radicado en el Este... El
nacionalsocialismo, una vez más, ha vuelto el rostro de todo el pueblo,
convincente e indudablemente, hacia el Este”, dijo efusivamente Walther
Darré, filósofo nazi de la sangre y la tierra. (Heinrich Bauer, Geburt des
Ostens, 1933)

Aquellas regiones estaban amenazadas. “Observamos con muda resignación


las antaño puras ciudades alemanas: Tallin (Reval), Riga, Varsovia y tantas
otras, que están perdidas para nuestra raza”. Los alemanes solo tenían una
alternativa: “Nuestro pueblo debe prepararse para la lucha y también para lo
que ella conlleva, que en esta batalla solo puede haber un resultado para
nosotros: !Victoria absoluta! La idea de la sangre y de la tierra nos concede el
derecho moral a recuperar tanta tierra en el Este como sea necesaria para
conseguir la armonía entre el cuerpo de nuestro pueblo y el espacio
geopolítico”. (Walther R. Darré)

A los alemanes les inquietaba, en concreto, la fecundidad de sus vecinos


orientales. Las manifestaciones racistas en términos sexuales no eran nada
sutiles: “El poder biológico de los polacos es más del doble que el de los
alemanes”; por tanto “la frontera polaco alemana, más que ninguna otra zona,
exige la defensa biológica del pueblo alemán en su totalidad”. (Kurt Trampler,
Am Volksboden und Grenze, 1935)

La obsesión con esta frontera, alimentada de igual forma por la rabia y el


deseo, y justificada por la “erudición” geopolítica, fortaleció la convicción
alemana de que ambos pueblos se levantaban unos contra otros, como la luz y
la oscuridad, en combate eterno entre las fuerzas del bien y los poderes del
mal. Y si los polacos eran los campeones del mal, el Estado soviético, que se
asomaba detrás de Polonia, era el mismo infierno, una amenaza a todo lo que
era civilizado, una fuerza de destrucción, devastación y ruina totales.

La Anschluss fue el primer movimiento de Hitler para conseguir sus


objetivos en política exterior. Pero ni recuperó los territorios perdidos en
Versalles ni aumentó el Lebensraum, aunque sí anexionó Austria al Reich.
Su éxito alimentó su audacia, y en el plazo de seis meses exigió la anexión
del área fronteriza conocida como los Sudetes, que circundaba Checoslovaquia
y estaba habitada por alemanes. Como los austriacos, los 3,5 millones que
vivían allí intentaron unirse a Alemania después de la I Guerra Mundial, pero
los Aliados se opusieron.

Se convirtieron en una minoría en la nueva y remendada Checo-Eslovaquia.


(Estaba formada por los antiguos territorios checos gobernados por Austria,
que comprendían el reino de Bohemia, el ducado de Silesia, el margraviato de
Moravia y las regiones de Eslovaquia y Cárpatos Rus, antes gobernadas por
Hungría). En este Estado, de 14,5 millones de habitantes, los checos
conservaban la mayoría con 7,5 millones, los alemanes constituían la mayor de
las minorías (3 millones), luego los eslovacos (2,2 millones), húngaros (700
mil), rutenos (550 mil) y judíos (350 mil).
Bohemia y Moravia habían sido el corazón industrial del Imperio de los
Habsburgo, y las fábricas de estas dos regiones proporcionaron la base de la
prosperidad, instituciones democráticas y legislación social avanzada del nuevo
país durante la década de los veinte. Mientras los negocios fueron bien,
eslovacos y alemanes toleraron el predominio político de los checos (que se
insinuaba incluso en el nombre del Estado, que cambió de Checo-Eslovaquia a
Checoslovaquia en esa misma década). Pero cuando llegó la Depresión, los
alemanes se acordaron de su amor por el Reich, los eslovacos agitaron la
opinión pública en favor de la autonomía, mientras húngaros y rutenos
manifestaban su inquietud. Inspirados por la propaganda nazi y financiados
con las arcas del partido, los alemanes de los Sudetes pidieron a gritos la unión
con Alemania, y en la primavera de 1938 Hitler dirigía ya el coro de las
protestas. (Radomir Luza, The Transfer of the Sudeten Germans)

Lanzó una mirada codiciosa sobre las tierras checas, soñando con la
Lebensraum para el pueblo alemán y, de paso, apoderarse de sus fábricas de
armamento para el Reich. (Hermann Rauschning, Hitler me dijo)
Justo después de la Anschluss, el “sufrimiento” de los hermanos alemanes
bajo el yugo checo se convirtió súbitamente en la noticia de portada de los
periódicos germanos.

Bajo la influencia de la intensa propaganda nazi, con el gran apoyo


financiero del Gobierno alemán, e instruidas por la Gestapo, las milicias del FS
(Freiwilliger Schutzdienst, o Servicio Voluntario de Defensa), formadas por
alemanes de los Sudetes, siguieron el modelo establecido por los nazis
austriacos pocos meses antes, fomentando desórdenes en la región. A los
intentos chechos por sofocar las revueltas a principio de septiembre les
siguieron las acusaciones alemanas de atrocidades. Hitler ordenó la
movilización de los reservistas y abandonó Berlín para acudir al congreso del
partido en Núremberg. Allí despotricó y rugió contra Checoslovaquia, asudando
a su Gobierno de arruinar a los alemanes de los Sudetes, sometiéndoles a “un
lento pero firme exterminio”. (Citado en Max Domarus)

Retransmitido por radio a toda Alemania, el discurso provocó un Putsch de


los alemanes de los Sudetes, rápidamente sofocado por el ejército checo. El
Gobierno disolvió el Partido de los Alemanes de los Sudetes y prohibió el FS.
Hitler amenazó con la invasion, pero los checos anunciaron su intención de
resistir. Ante el temor de una nueva guerra europea, Neville Chamberlain,
primer ministro inglés; Edouard Daladier, jefe del Gobierno francés y Mussolini,
el Duce, se ofrecieron para mediar en la crisis.
Se reunieron con Hitler en Múnich, sin invitar al presidente checo, Edvard
Benes. Con la esperanza de “paz para nuestro tiempo”, como dijo Chamberlain,
franceses e ingleses aceptaron las exigencias de Hitler. La región de los
Sudetes, con su frontera fuertemente fortificada, se convirtió en parte del
Reich de la Gran Alemania. A cambio, Hitler aseguró que ya no tenía más
ambiciones territoriales.

Con la excepción de los checos, todo el mundo se sintió aliviado. Los


pacifistas se dijeron que se había cerrado un trato decente; los alemanes de
los Sudetes habían logrado su autodeterminación.
Winston Churchill fue uno de los pocos que no estaba contento, y condenó
los Acuerdos de Múnich en un apasionado discurso en la Cámara de los
Comunes el 5 de octubre de 1938. “Los chechos, abandonados a su suerte,
informados de que no esperasen ayuda de las potencias occidentales, hubiesen
sido capaces de conseguir mejores condiciones de las que han obtenido
después de esta tremenda prueba; ellos difícilmente lo hubiesen hecho peor”.
Pero el meollo de la cuestión, predijo Churchill, no era este grave error que
llevaría a la caída de Checoslovaquia. El verdadero asunto era decidir si
Francia, Gran Bretaña y otras democracias estaban dispuestas a mantener sus
principios. Citando la Biblia, Churchill proclamó: “Has sido pesado en la balanza
y te falta peso”.

“Y que no se suponga que esto es el fin. Esto es solo el principio de un


ajuste de cuentas. Es solo el primer sorbo, el sabor anticipado de una amarga
copa que nos ofrecerán año tras año a no ser que, recobrando al máximo la
salud moral y el vigor marcial, nos levantemos de nuevo y salgamos en
defensa de la libertad como en los tiempos de antaño”. (Winston Churchill,
Blood, Sweat and Tears, 1941)

El presidente Benes, resuelto antialemán, renunció. Su país hizo lo mismo.


El principal diario liberal, hablando en nombre de muchos, decía el 4 de
octubre: “Si no podemos cantar con los ángeles, aullaremos con los lobos”.
Era la fuerza, no la ley, la que gobernaba al mundo; y los checos harían mejor
encontrando su sitio entre los poderosos. “Buscaremos, no tenemos otra
elección, un arreglo con los alemanes”. El nuevo presidente, Emil Hácha, trató
de hacerlo. (Vojtech Mastny, The Czechs Under Nazi Rule)

Los alemanes no pedían menos. El 14 de octubre Hitler le dijo a Frantisek


Chvalkovsky, ministro de Exteriores checo, que Praga debía recibir órdenes de
Berlín en asuntos de política exterior, reducir su ejército, limitar la libertad de
prensa, ajustar su economía en función de las necesidades alemanas e
introducir una legislación antisemita.

Los judíos de Checoslovaquia vieron que la situación se tornaba


amenazadora. Arnost Graumann y sus padres vivían en Praga y “como todos,
trataron de salir del país”. A principios del verano de 1938, el ambiente estaba
tan enrarecido que la familia Graumann buscó una ruta de huida para su hijo
de 18 años, Arnost. “La única cosa que de verdad sabía hacer era nadar”,
cuenta decadas después.
“En los últimos años de la república, el equipo nacional de natación,
seleccionado después de las pruebas cronometradas, era 100% judío para
visible enfado de los clubes de natación chechos y alemanes. El equipo elegido
para los Juegos Olímpicos de Berlín era totalmente judío, excepto un jugador
checo del equipo de waterpolo. Yo era uno de los dos representantes para el
estilo braza. Dada la situación, todos no negamos a ir y fuimos descalificados
para todas las competiciones oficiales durante un año, dejando el campo
abierto para los nadadores checos. Ellos ganaron todas las competiciones, pero
ni de lejos batieron nunca las marcas que nosotros habíamos establecido”.
Arnost pertenecía a la rama de Praga de la organización judía internacional
de deportes Maccabi. “Los clubes o eran checos y muy antisemitas, o alemanes
y todavía más antisemitas. Y en Praga, la natación era el deporte de los
jóvenes judíos... Esto nunca ha vuelto a suceder excepto con Mark Spitz en
América”.

Después de la Anschluss, los judíos “supusieron que todo iba a ir bien”.


Era una ilusión. Los judíos, que siempre habían hablado checo decían: “No
somos judíos, somos checos. Todo el mundo sabe que somos checos. Hemos
nacido aquí. No tenemos nada que ver con ese asunto judío, no todos somos
de esa religión. No vendrán por nosotros porque somos checos”.

Los que hablaban alemán intentaron aparentar ser más alemanes que
judíos... Se convencieron a sí mismo de que los alemanes les considerarían
alemanes. “Mi padre estuvo en el ejército austrohúngaro y tenía una medalla al
valor”.

“Pero el hecho era que todos sabían perfectamente bien lo que iba a pasar.
Uno sabía, incluso entonces, que había campos de concentración. Ya había
habido gente asesinada en los campos. En aquellos días decían:” Disparad
cuando escapen”. Bien, todos estaban escapando para siempre y había una
cantidad impresionante de fugados con tiros en la espalda. Uno sabía. Si
escuchabas los discursos, leías los libros y oías el Horst Wessel Lied”.

Arnost Graumann se propuso nadar hacia la seguridad. “El plan era que, de
una forma u otra, me las arreglara para conseguir una invitación para ir a
Londres a algún torneo de natación”. Se entrenó como si su vida dependiese
de ello. “Y con ese fin me preparé para esa marca en concreto, para batir el
récord de los 400 metros braza, que me convenía especialmente. Y lo logré”.
Impresionado, el Club de Natación Maccabi de Londres le invitó a una “Gala de
Natación”, programada para octubre en las piscinas de Goulston Street en el
East End.

Arnost no tenía permiso para permanecer en Gran Bretaña o trabajar allí,


pero la invitación le daba el billete para salir de Praga. “Sabíamos muy bien lo
que estaba pasando. Y desde luego, yo sabía, estaba absolutamente seguro,
que cuando viese a mi madre despidiéndose de mí en la estación de Praga,
tendría la seguridad de que nunca más volvería a verla”. Y así fue.

Los padres de Arnost Graumann, como la mayoría de los judíos del país, no
tenían forma de escapar. Se quedaron, atrapados y sujeros a un antisemitismo
cada vez más violento. Después del pogromo de noviembre, Hitler estaba
verdaderamente poseído por la idea de que los checos tenían que resolver su
“problema judío” enérgicamente. En enero de 1939 arengó a Chvalkovsky
diciéndole que los judíos seguían envenenando a la nación. Este estuvo de
acuerdo; su Gobierno deseaba solventar la “Cuestión Judía”. Pero ni siquiera
podía librarse de los 22 mil refugiados judíos que tenían.
“Se quejaba amargamente de los británicos, que tanto habían prometido.
Por ejemplo, dejar que dos mil judíos emigraran a Australia y Nueva Zelanda.
Hoy, esos judíos siguen en un campo de concentración y los británicos no
hacen ningún arreglo para sacarlos... Chvalkovsky se preguntaba por dónde y
a través de qué fronteras podía ayudar a escapar a los judíos. No podían
deshacerse de ellos en la frontera alemana, ni en la polaca, ni en la húngara.
En esta última, los militares los devolverían... El Führer señaló la posibilidad de
que los Estados interesados pudiesen elegir un lugar del mundo y llevar allí a
los judíos, para luego decirles a los países anglosajones que rezuman
humanidad: “Aquí están: o se mueren de hambre o ponen en práctica su
verborrea”. (Departamento de Estado, Documents on German Foreing Policy)

Chvalkovsky se reunió con el ministro de Exteriores alemán, Joachim von


Ribbentrop, que también se encolerizó con los judíos. No había duda de que las
relaciones entre los dos países estaban determinadas por la obediencia de
Praga en este tema.

De vuelta a Checoslovaquia, Chvalkovsky transmitió su inquietud al enviado


francés, Victor Leopold de Lacroix. Este informó a su ministro de Exteriores,
Georges Bonnet: “Lo que más parece haberle impresionado es la importancia
que Herr Hitler y Herr von Ribbentrop atribuyen a la Cuestión Judía,
absolutamente desproporcionada en relación con otros asuntos que había que
tratar”.

En el informe figura que los dos dirigentes dijeron: “No imiten la conducta
sentimental y ociosa con la que hemos tratado este problema. Nuestra bondad
no ha sido otra cosa que debilidad y nos arrepentimos de ella. Esta canalla
debe ser destruida. Los judíos son enemigos jurados nuestros, y a finales de
año no quedará ninguno de ellos en Alemania. Los franceses, ingleses y
americanos no son responsables de las dificultades que tenemos con ellos. Los
responsables son los judíos. Les daremos el mismo consejo que a Rumanía,
Hungría, etc. Alemania buscará la formación de un bloque de Estados
antisemitas, pues ya no puede seguir adoptando una actitud amistosa hacia
esos Estados en los que los judíos, bien sea por su actividad económica, bien
por los altos cargos que ocupan, puedan ejercer cualquier tipo de influencia”.
(Ministerio de Asuntos Exteriores francés, Le Livre Jaun Français)

Chvalkovsky podía haber estado inquieto pero, como político pragmático que
era, mantuvo a su Gobierno en esta línea de actuación.
Unos pocos días después de las reuniones de Berlín, Andor Hencke, el
encargado de negocios de la embajada alemana en Praga, informó a
Ribbentrop que “se dice que el gabinete ha decidido intensificar las normas
sobre la “Cuestión Judía”. El Gobierno expulsó a los judíos del funcionariado,
las universidades y los hospitales públicos mediante “dimisiones voluntarias” y
“retiros anticipados”, desde el 15 de enero de 1939 en adelante. También firmó
su propia versión del Acuerdo Ha´avara con la Agencia Judía en Palestina para
resolver la ahora urgencia repentina del “Problema Judío” a través de la
emigración. (Citado en Heinrich Bodensieck)
Los checoslovacos estaban de acuerdo. En este país, la nacionalidad era un
asunto de lengua, no de “raza”, y la mayoría de los 117 mil judíos hablaban
alemán. Prácticamente, todos los escritores de la “Escuela de Praga” de la
literatura alemana eran judíos: Franz Kafka, Max Brod, Felix Weltsch y otros.
El centro de la vida alemana en Praga, el Neues Deutsches Theater, era dirigido
por judíos para judíos. (Citado en Dierk O. Hoffman)

Y lo que es más, apenas el 30% de los judíos checos había mantenido la


nacionalidad alemana en el censo de 1930, mientras un 36% optó por la checa
y un 31% por la judía. El sentimiento popular sostenía que los judíos que se
identificaban como alemanes eran los culpables de las reclamaciones germanas
sobre los Sudetes. (Livia Rothkirchen, Yad Vashem Studies)

Abundaba la agitación antisemita. En febrero, el encargado de negocios


británico, J.M. Troutbeck, escribía a su ministro de Exteriores, lord Halifax:
“Hay diferencia de opiniones, entre las gentes sin prejuicios, sobre hasta dónde
están los checos alegando como simple excusa las presiones alemanas, para
emprender unas acciones que ellos mismo desean llevar a cabo”. El diplomático
observaba que particularmente los checos que iniciaban sus carreras, “sobre
todo en profesiones liberales... tocaban el tambor antisemita”. (Citado en Livia
Rothkirchen)

Los esfuerzos checos para complacer a Berlín, o hacer como que les
gustaba, no establecían diferencia alguna. A los dos meses de las reuniones en
Berlín, Checoslovaquia dejó de existir. La pérdida de los Sudetes había
desestabilizado la joven república; los eslovacos se fueron de la unión para
formar un Estado independiente, y los rutenos se unieron a Hungría.

Hitler aprovechó la desgraciada situación interna checa como una


oportunidad para la Alemania nazi: movilizó al ejército y ordenó a Hácha que
fuese a Berlín el 14 de marzo, donde vociferando le dijo que la invasión era
inminente. Hácha firmó el borrador alemán de una declaración que expresaba:
“El presidente checoslovaco... encomendaba el destino del pueblo checo y del
país en las manos del Führer del Reich alemán”. (Documents on German
Foreign Policy)

Al día siguiente, el ejército alemán marchó, imponiendo un “protectorado”


sobre los territorios checos que quedaban de Bohemia y Moravia.

Este protectorado no se pareció a ningún otro; por lo general, “protegen” a


un Estado débil, aunque soberano, mientras que el Protectorado de Bohemia y
Moravia formaba “parte del Reich de la Gran Alemania”. Además, este tenía
“concedidos unos derechos soberanos... de conformidad con las exigencias
económicas, políticas y militares del Reich”. Los habitantes alemanes de estos
territorios recibieron la nacionalidad alemana, los demás se convirtieron en
“nacionales del Protectorado de Bohemia y Moravia”. Hácha continuó como
“Presidente del Estado”, pero un “Protector del Reich” alemán sería el “custodio
de los intereses alemanes”. (Documents on German Foreign Policy)
El Protectorado, destinado a ser el modelo de lo que el futuro depararía a
otras pequeñas naciones, ofreció condiciones aceptables a los checos.
A cambio de la sumisión, conservaron sus instituciones y ciertos vestigios de
soberanía. La vida diaria apenas cambió; de hecho, la unión con Alemania
mejoró el nivel de vida. Las grandes fábricas de armamento suministraron
cañones a los alemanes, y estos, a cambio, proporcionaron mantequill a sus
protegidos.

Los judíos no recibieron nada, por supuesto. Los fascistas checos les daban
palizas, mientras los hombres de negocios y los profesionales pedían al
Gobierno que los expulsase del comercio y de las profesiones liberales. Praga
no necesitaba que la azuzase nadie: 600 chechos vivían en los Sudetes y
muchos habían decidido trasladarse a la capital. Todos los miembros del
ejército checo, casi todos los funcionarios del Gobierno y muchos nacionalistas
huyeron a Bohemia y Moravia. Sin medios de vida, se dirigieron al Gobierno
para que les proporcionase puestos de trabajo. Por su lado, los políticos
contaban en dinero en efectivo los procesos de expropiación de los bienes
judíos para reestructurar la economía nacional. Tranquilamente, la avaricia se
convirtió en un principio moral. (Vojtecj Mastny, The Czechs Under Nazi Rule)

Sin embargo, los alemanes no tenían la intención de compartir el saqueo con


los checos. Mantuvieron la solución de la “Cuestión Judía” bajo control directo
alemán, asegurándose que todos los bienes judíos los beneficiasen a ellos.
Eligieron un enfoque discreto, evitando las violentas escenas de Viena del año
anterior. (John G. Lexa, The Jews of Czechoslovakia)

La “arianización” sistemática comenzó el verano de 1939 con todos los


negocios judíos en manos alemanas.

Los británicos, en el entretanto, estaban aturdidos ante el cambio de


conducta de Hitler desde Múnich, y el que más Neville Chamberlain. Se
recordaba agitando el papel que prometía “paz para nuestro tiempo” mientras
anunciaba, ante las multitudes jubilosas, que había traído la “paz con honor”.
Y ahora reconocía plenamente que los checos no eran alemanes, y que estos
no debían gobernarlos.

En un discurso que pronunció en su ciudad natal, Birmingham, deploró el


destino de este pueblo. “Todos los hombres y mujeres de este país que se
acuerdan del destino de los judíos y de los prisioneros políticos en Austria
deben hoy estar sumidos en la aflicción y llenos de malos augurios”. Y aunque
la Anschluss austriaca y la separación de los Sudetes “habían conmocionado y
afrentado a la opinión pública”, la postura de Hitler podía justificarse en estos
casos.

“Pero los hechos que han tenido lugar esta semana, pasando completamente
por alto los principios expuestos por el propio Gobierno alemán, parecen caer
dentro de una categoría diferente y nos obligan a todos a preguntarnos: ¿Es
este el fin de una vieja aventura, o es el incio de una nueva? ¿Es este el último
ataque contra un pequeño Estado, o será seguido contra otros? ¿Es este, de
hecho, un paso dirigido a conseguir el dominio del mundo por la fuerza?”
(Foreign Office, The British War Blue Book, 1939)

La inquietud crecía en Londres y París. Sin inmutarse, Ribbentrop exigió la


devolución de Dánzig y la creación de un “pasillo”, es decir, una autopista y una
línea ferroviaria que conectasen Alemania con su provincia separada de Prusia
Oriental, aislada en medio de Polonia. Hitler presumió acertadamente que
Polonia se negaría a las peticiones alemanas y, por tanto, dio órdenes a sus
generales, el 25 de marzo de 1939, para que preparasen un plan para la
invasión.

Chamberlain no sabía esto, pero la llamada de Churchill “para recobrar al


máximo la salud moral y el vigor marcial” resonaba en su mente.
El 31 de marzo anunció en la Cámara de los Comunes que Gran Bretaña y
Francia “se sentirían unidas al instante” si Polonia fuese atacada “y prestarían
al Gobierno polaco toda la ayuda que estuviera en su poder”.
Poco impresionado por las palabras del primer ministro inglés, Hitler decidió
el 3 de abril desencadenar la campaña polaca el 1 de septiembre.
(The British War Blue Book)

Mientras tanto, Alemania y la Unión Soviética celebraron un pacto. No


importó que durante años la propaganda nazi jubiese descrito a esta última
como un Estado bárbaro. El pacto de no agresión incluía un protocolo secreto
para repartise Polonia. En ese momento, las particulares razones de la rabia
nazi se habían vuelto irrelevantes. Como observó el conde Galeazzo Ciano,
ministro de Exteriores de Mussolini, querían guerra porque querían la guerra.

“Fue en su residencia de Fuschl, mientras Von Ribbentrop y yo esperábamos


sentados la comida en la mesa, cuando me dijo que la decisión alemana era
prender fuego al polvorín europeo. Y me lo dijo en el mismo tono que hubiese
utilizado para referirse a cualquier nimio detalle administrativo”, anotó Ciano
en su diario. “Bien, Ribbentrop, le pregunté mientras paseábamos por el jardín.
¿Qué es lo que quieren? ¿El pasillo o Dánzig? Nada de eso, dijo, fijando en mi
su fría mirada metálica. !Queremos la guerra!” (Conde Galeazzo Ciano, The
Ciano Diaries, 1947)
(Esta fue la última anotación de Ciano en su diario. Fechada el 23 de
diciembre de 1943, la escribió en la celda 27 de la cárcel de Verona, dos
semanas antes de ser ejecutado por el Gobierno títere de Saló).

Durante la noche del 31 de agosto de 1939, hombres de las SS vestidos con


uniformes polacos fingieron un ataque fallido contra una estación de radio
alemana en la ciudad fronteriza de Gleiwitz. Para responder a este “ataque
polaco”, cinco cuerpos del ejército alemán, que sumaban 1,5 millones de
hombres y dos mil tanques cruzaron la frontera a las 5.45 de la madrugada,
mientras la Luftwaffe atacaba las bases aéreas polacas por todo el país. El 17
de septiembre, el ejército soviético invadió el este de Polonia. Varsovia resistió
heroicamente bajo brutales bombardeos hasta el 27. Al día siguiente,
alemanes y soviéticos ratificaron sus acuerdos para repartirse el país. La nueva
frontera se establecería a lo largo del río Bug. (Peter Calvocoressi y Guy Wint,
Guerra total. Gerhard L. Weinberg Un mundo en armas)

La mayoría de los alemanes vieron la invasión de Polonia como un acto de


justicia histórica. Estaban de acuerdo con la opinión del jerarca nazi Franz
Lüdtke: “Las banderas de nuestro ejército sin rival ondean en los lugares
donde antaño los germanos trabajaban los campos, donde en la Edad Media
comerciantes y granjeros edificaron ciudades y pueblos”. (Ein Jahrtausend
Krieg Zwischen Deutschland und Polen)

A los ojos de los alemanes, el ataque contra Polonia lo consiguió todo: sus
hermanos étnicos volvieron “al hogar del Reich”, se recuperaron los territorios
perdidos en Versalles y se consiguió la Lebensraum en el Este.

Para desgracia de los alemanes, también obligó a Gran Bretaña y a Francia


a declarar la guerra al Reich. Esto no formaba parte del plan de política
extranjera de Hitler, y el 6 de octubre anunció públicamente en el Reichstag su
voluntad de buscar la paz, pero no de retirarse de Polonia. Dijo que los polacos
no se merecían gobernar su propio Estado.
“Cualquiera que viaje por ese país durante dos o tres semanas entenderá el
significado correcto de la clásica expresión alemana Polnische Wirtschaft, lo
que significa, !el estado de las cosas en Polonia!”.

El Führer llevaría el orden a este país, dijo amenazadoramente, incluida “la


delimitación de las fronteras del Reich, que harían justicia a los hechos
etnográficos, económicos e históricos”. La labor más importante para Alemania
era “crear un nuevo orden, el reasentamiento de las nacionalidades de forma
que del proceso que resulte, se obtengan finalmente unas líneas de separación
más claras que las existentes en la actualidad”. (Raoul de Roussy de Sales,
Hitler.My New Order)

Nada nuevo hasta ahora. El racismo nazi clasificaba a los polacos un


peldaño por encima de los judíos, pero bastante más abajo que los nobles
alemanes. George Bernard Shaw vio en el racismo una razón suficiente para
entrar en combate.
“Mi querella contra Hitler es muy sencilla. Sucede que yo soy lo que él llama
un nórdico. Por estatura, color, tamaño de la cabeza, soy la perfecta bestia
rubia que el señor Hitler clasifica como la sal de la tierra, destinada por orden
divina para gobernar a las especies inferiores. Pero tengo un amigo que
casualmente es judío. Se llama Albert Einstein, y es de lejos un genio humano
mayor que el señor Hitler y yo juntos... Bien, Adolf Hitler me exigiría a mí, el
nórdico Shaw, que agraviase a Albert Einstein, proclamando mi superioridad
moral sobre él, mi poder ilimitado sobre él, expulsándolo de su casa,
castigándolo por el delito de mestizaje si permitiese que un pariente mío
contrajese matrimonio con uno suyo, y finalmente matarlo como parte de la
obligación general de exterminar su raza...
Ahora bien, este no es el tipo de cosas que un hombre cuerdo pueda
permitirse discutir. Es una estupidez mortal evidente. Y en el instante en el que
cualquier gobernante empiece a imponerlo como filosofía política a su nación, o
a cualquier otra por la fuerza bruta, a los hombres cuerdos no nos queda otra
solución que unirnos y atacarlo”. (Citado en Anthony Weymouth, Journal of the
War Years, y en T.F.Evans, Shaw and Politics)

Inglaterra y Francia no estaban muy preocupadas por el racismo de Hitler,


pero sí estaban comprometidas por su tratado con Polonia, y por esta razón no
respondieron a la oferta de Hitler. No importó. El Führer se dispuso a anexionar
el oeste de Polonia mediante un acto de agresión sin precedentes; durante
siglos, la anexión de territorios extranjeros solo había tenido lugar dentro del
contexto de tratados de paz, en virtud de los cuales los gobiernos derrotados
cedían formalmente tierras y sus habitantes al vencedor. Hitler pasó por alto al
Gobierno polaco, que había huido primero a Rumanía y después a Londres. Los
hechos consumados dejaron claras las posiciones de vencedores y vencidos; la
anexión imposibilitó un tratado de paz, y ni alemanes ni polacos deseaban
firmar tal tratado. Los polacos se comprometieron patrióticamente con la
resistencia, los alemanes eligieron ideológicamente el sometimiento. Iba a ser
unos de los regímenes de ocupación más cruel y más brutales.

El dominio alemán en Polonia -y posteriormente en todos los país ocupados-


violó todos los principios de lo que en derecho internacional se conoce como
“ocupación beligerante”. (Eyal Benvenisti, The International Law of Occupation)

Durante siglos, se había establecido un consenso mediante el cual ocupante


y ocupado procuraban preservar las estructuras de la sociedad y evitar el caos.
Por tanto, las autoridades ocupantes tenían que intervenir lo menos posible en
la vida de los ocupados. (Dietrich Schindler y Jiri Toman, The Laws of Armed
Conflicts)

En el siglo XIX las guerras eran cortas y la ocupación un fenómeno


transitorio que interfería mínimamente en el orden diario y estaba asumida la
cohabitación pacífica, con pocas relaciones, entre las tropas invasoras y la
población local. Los cambios de las condiciones políticas tenían lugar en la
mesa de negociaciones del tratado de paz. Y lo que es más, la guerra no era
un conflicto entre dos naciones de ciudadanos combatientes: los civiles eran
civiles, y los soldados, soldados. Verdaderamente, la guerra se veía como una
contienda deportiva entre gobiernos y sus ejércitos, en la que los civiles eran
los aficionados entusiastas de sus respectivos equipos. “Dirijo la guerra contra
los soldados franceses, no contra los ciudadanos franceses”, dijo el rey
Guillermo de Prusia el 11 de agosto de 1870. (Citado en Eyal Benvenisti)
El artículo 43 de la Convención sobre Guerra Terrestre de La Haya de 1907
expresaba el derecho consuetudinario internacional y ofrecía una guía para las
administraciones ocupantes:
“Cuando la autoridad del poder legítimo haya pasado, de hecho, a manos
del ocupante, este tomará todas las medidas que estén en su poder para
restaurar y asegurar, hasta donde sea posible, el orden público y la vida civil,
respetando, a no ser que sea absolutamente inevitable, las leyes en vigor del
país”. (Leon Friedman, The Law of War)
Sin embargo, el artículo 43 no reconocía las consecuencias plenas del
principio del estado-nación: la autodeterminación de un pueblo. A comienzos
del siglo XX, la anexión sin acuerdo de la población afectada se había vuelto
inaceptable. (Sharon Korman, The Right of Conquest)

Woodrow Wilson fue muy claro en este asunto. “No habrá anexiones, ni
impuestos, ni castigos ejemplares”, proclamó en su famoso discurso de 1918
sobre los Cuatro Principios de Derecho y Justicia, que formarían parte de los
acuerdos de paz de la I Guerra Mundial. “No se repartirán los pueblos de una
soberanía a otra por decisión de conferencia internacional alguna, o por
entendimientos entre rivales y antagonistas. Las aspiraciones nacionales deben
respetarse; ahora un pueblo podrá ser dominado o gobernado solo por su
propio consentimiento”. (Harold W. Temperley, A History of the Peace
Conference of Paris)

Los principios de Wilson se incluyeron en el Pacto de la Sociedad de


Naciones, que abolía el derecho de conquista en favor del de auto-
determinación.

Ninguno de estos precedentes importaron a los alemanes en septiembre de


1939. En cuestión de días, los polacos aprendieron que la vida no seguiría
siendo como hasta entonces. Poco después de la invasión, Hitler dijo a Alfred
Rosenberg que los polacos eran “material pésimo”, y que los judíos eran “el
pueblo más horrorosa que uno pueda imaginar”. La Polonia ocupada se dividiría
en tres partes. La zona oriental entre el Vístula y el Bug se reservaría para
“toda la judería (también la del Reich), además de otros elementos
indeseables”.

Hitler deseaba germanizar y colonizar la zona occidental; Rosenberg escribió


en su diario: “Este será uno de los principales trabajos de toda la nación: crear
un granero alemán, un campesinado fuerte para volver a asentar a todos los
buenos alemanes del mundo”. A los polacos se les permitió una especie de
patria en medio de lo que había sido su país, al menos por el momento. Este
programa radical de ocupación introdujo un nivel de violencia tal en la sociedad
civil que la retrotrajo a los tiempos de los antiguos asirios”. (Noakes y Pridham,
Nazism, 1919-1945)

El terror lo iniciaron los Einsatzgruppen, unidades especiales de las SS que


seguían al ejército regular, encargados de detener y asesinar a los enemigos
políticos y a los judíos. Ya habían operado antes durante la anexión de Austria
y la conquista de los territorios checos. Antes de la invasión, se formaron seis
unidades principales con varios cientos de miembros cada una, cinco adjuntas
a los cinco cuerpos del ejército invasor y una especial destinada a la zona que
rodea la ciudad polaca de Posen. Después de la conquista, los Einsatzgruppen
aterrorizaron a los judíos, a los intelectuales y a otros destacados dirigentes de
la sociedad polaca. (Helmut Krausnick, Hitlers Einsatzgruppen)

Sus víctimas se elevaron a decenas de miles de personas. Iban bien


encaminados, al evolucionar a lo que se convertirían después de la invasión de
la Unión Soviética: el brazo móvil de la maquinaria de aniquilación alemana.

A finales de octubre se habían quemado más de 500 ciudades y pueblos, y


más de 16 mil polacos habían sido ejecutados sumariamente. En la ciudad de
Bydoszcz, una inglesa, miss Baker-Beall, fue testigo de la llegada alemana y de
la caída de la localidad en “una pesadilla de horror”. Para vengar el presunto
asesinato de alemanes étnicos, los Einsatzgruppen empezaron a ejecutar boy-
scouts, “los llevaron a la plaza del mercado y los fusilaron contra una pared.
No alegaron razón alguna. Un piadoso sacerdote que se precipitó para
administrarles la extremaunción también fue fusilado”. (The Black Book of
Poland)

Los traslados comenzaron. De conformidad con el Pacto de No Agresión


germano-soviético, los alemanes de la parte soviética ocupada, y los rusos
blancos y ucranianos de la parte alemana ocupada, tendrían que ser
trasladados al lado “correcto” de la frontera bajo la supervisión de un
plenipotenciario alemán. Para su satisfacción, Himmler, que ambicionaba el
cargo, fue elegido por Hitler.

Si el Tratado de Versalles había establecido fronteras para que se ajustaran


a las poblaciones nacionales, los nazis crearon nuevas fronteras y trasladaron
pueblos por la fuerza para que se adaptaran a aquellas. Los alemanes étnicos
fueron reasentados en los territorios anexionados de Polonia occidental,
mediante un programa patrocinado por el Estado que incluía la transferencia
de propiedad, el transporte organizado de personas y el alojamiento temporal
en las zonas de acogida, así como la naturalización y el asentamiento
definitivo.

El Reichführer-SS Heinrich Himmler, nuevo Reichskommissar, describía su


misión trazando el plan maestro: la conquista de Polonia significaba que el
“Reich era capaz de aceptar y asentar dentro de su espacio al pueblo alemán,
que hasta el presente había tenido que vivir en tierra extranjera, y disponer el
asentamiento de grupos nacionales dentro de sus esferas de interés de tal
manera que se consigan las mejores líneas divisorias entre dichas esferas”.

La triple tarea del Reichskommissar era “ofrecer a los ciudadanos alemanes


y alemanes étnicos del extranjero, que fuesen elegibles, un retorno
permanente dentro del Reich”, “eliminar la dañina influencia de dichas partes
extrañas que constituyan un peligro para el Reich y la comunidad alemana”; y
“crear nuevas colonias alemanas mediante el reasentamiento, sobre todo, de
ciudadanos alemanes y alemanes étnicos que provengan del extranjero”.
(German Resettlement and Population Policy)

Himmler estaba encantado. La responsabilidad sobre 10 millones de


alemanes étnicos aumentaba su base de poder y fortalecía su posición dentro
de la jerarquía nazi. Se podía hacer buen uso de aquellos, como efectivos
militares para las Waffen-SS (unidades armadas), o como trabajadores para
una Alemania cada vez más necesitada de mano de obra. También se daba
aquí una fuente de “material racial” para construir la Nueva Europa, una misión
que las SS, que se consideraban a sí mismas la élite racial, querían dirigir.

Entre octubre de 1939 y marzo de 1941, cuando los soviéticos cerraron la


frontera de acuerdo con lo programado, Himmler se trajo al Reich casi 500 mil
alemanes étnicos de Letonia, Estonia, la Unión Soviética, Rumanía y Lituania.
La mayoría de los alemanes aplaudieron y lo celebraron. El periodista Hanns
Johst quedó extasiado después de asistir a una reunión en la casa del
gobernador de la Alta Silesia, situada en la ciudad de Katowice.

Himmler y las autoridades de la región hablaron abiertamente sobre la


política a seguir con los alemanes que retornaban.
“Es maravilloso ver cómo se organiza aquí, tranquilamente, la emigración de
naciones enteras. Cientos de miles de personas fluyendo hacia el Reich para
asentarlas en el Este... otras son deportadas... y todo esto sucede mientras la
nación combate en la más grande de las batallas defensivas por su existencia”.
Y terminaba: “En estos momentos casi entiendo el odio que guarda el mundo
occidental hacia todo lo alemán. Nunca nada ha sido más odiado que la
superioridad, como superioridad natural, en virtud de la creencia de una idea,
en virtud de unos logros y en virtud de unos resultados”. (Hanns Johst, Ruf des
Reiches-Echo des Volkes)

Si Himmler tenía poder para traer a los alemanes étnicos, también tenía la
autoridad para deportar a las poblaciones no alemanas de los territorios
anexionados. Ciertamente, Hitler y sus colegas consideraban como algo
evidente por sí mismo que, si los alemanes étnicos tenían que abandonar sus
viejos hogares, el Reich tenía justo derecho a trasladar a otros pueblos a
cualquier otro lugar. El trabajo de Himmler era supervisar la expulsión en masa
de polacos y judíos para hacer sitio a los nuevos alemanes. A los pocos días de
su nombramiento, Himmler comenzó a deportarlos de esas zonas, arrojándolos
en el recién creado “Gobierno General”, como se llamó al territorio polaco
restante. (German Resettlement and Population Policy)

La primera gran ciudad que se “limpió” fue Gdynia, elegida como puerto de
llegada de los alemanes provenientes de Estonia y Letonia. Los “retornados”
iban a recibir los hogares de los anteriores habitantes polacos. Dos días antes
de que el primer transporte zarpase del puerto de Tallin, en Gdynia
comenzaron las deportaciones.

El 17 de octubre de 1939, a las ocho de la mañana, oí que alguien llamaba a


la puerta de mi piso. Como la doncella tenía miedo de abrir, fui yo misma. Me
encontré con dos gendarmes alemanes, que me dijeron groseramente que en
pocas horas tenía que estar preparada para viajar con mis hijos y todos los
demás que vivían en la casa. Cuando les dije que tenía niños pequeños y que
mi marido era prisionero de guerra y que no podía estar preparada para viajar
en tan poco tiempo, los gendarmes me respondieron que no solo debía estar
dispuesta, sino que el piso debía estar barrido, la vajilla fregada y las llaves en
los armarios, para que los alemanes que iban a venir a vivir a mi casa no
tuviesen ningún problema. Sin rodeos, me dijeron que solo tenía derecho a
llevar una sola maleta que no pesase más de cincuenta kilos y una bolsa de
mano con comida para unos pocos días”. (Citado en The Black Book of Poland)

Después vino un viaje de tres días en camiones de ganado cerrados hacia el


Gobierno General. Al final del trayecto, las autoridades alemanas abandonaban
a su suerte a los deportados en manos de los funcionarios locales y de
personas caritativas de la ciudad. En un informe al Gobierno polaco (en el
exilio en Londres), se deploraba:
“En Koniecpol o Radom viven veinte personas en cada habitación, duermen
sobre paja podrida que no ha sido cambiada en tres meses. Como los
barracones no tienen calefacción, la humedad y el moho alcanzan casi metro y
medio de altura en las paredes. Les dan de comer una vez al día de un caldero,
que consiste en una sopa de patatas sin nada de grasa. Una hogaza de pan de
un kilo les cuesta a los refugiados un zloty. En Czestachowa la situación es
todavía peor, pues no se puede comprar ni patatas ni pan”.

Los resultados eran espantosos. “Los pobres exiliados se desploman por la


debilidad, muchos están gravemente enfermos; la disentería y el tifus se
extienden. La falta de mantas, pues fueron deportados justo con lo puesto,
lleva a muchos de ellos a la muerte por congelación”. (The Black Book of
Poland)

Los polacos que se quedaron atrás fueron obligados a germanizarse. Los


nazis estaban seguros de que algo de sangre alemana corría por las venas
polacas y deseaban devolverla a la comunidad nacional. Así, la política de
germanización de Himmler discurría por dos caminos: conseguir tanto sangre
como tierra, tal como le explicó a su ayudante Ulrich Greifelt en mayo de
1940:
“El traslado de las personas de razas extranjeras es uno de los objetivos
más importantes que se deben lograr en el Este de Alemania”. Al mismo
tiempo, era igualmente importante “recuperar para el germanismo la sangre
alemana que quede en estos distritos, incluso en los casos en los que las
personas afectadas estén polonizadas por lengua y religión”.

Por consiguiente, era “una necesidad política nacional absoluta investigar en


los territorios orientales anexionados, y después en el Gobierno General, en
busca de estas personas con sangre teutónica con el fin de que esta sangre
alemana perdida esté disponible de nuevo para nuestro propio pueblo”.
Unos 200 mil niños polacos considerados de prometedora naturaleza “aria”
fueron separados de sus padres y enviados a Alemania para su germanización
forzosa.
Los polacos en los territorios anexionados no tenían derechos; a los que
vivían en el Gobierno General les iba un poco mejor. Sojuzgados en todos los
detalles de la vida cotidiana por la administración alemana, sufrieron la
destrucción de las élites intelectual, social y política. En noviembre de 1939,
todo el cuerpo docente de la antigua y renombrada Universidad de Cracovia
fue detenida y deportada al campo de Sachsenhausen. Pocos meses después,
los nazis asesinaron a unos 6.000 intelectuales, altos funcionarios, jueces,
abogados, médicos y sacerdotes. (Richard C.Lukas, The Forgotten Holocaust)
Los alemanes pretendían erradicar la cultura polaca, y los asesinatos en
masa no fueron más que uno de los medios para conseguirlo. Tomaron otras
medidas, menos sangrientas, pero igualmente agresivas y violentas. Cerraron
escuelas y periódicos, se apoderaron de las colecciones de los museos y de los
archivos, se llevaron los monumentos dedicados a los héroes polacos y
pusieron nuevos nombres a pueblos y ciudades. Fue un intento sistemático de
negar la historia, de destruir todas las instituciones nacionales y reducir a la
población a la servidumbre. Heinrich Himmler, el fiel paladín de Hitler, sabía
exactamente lo que quería conseguir:

“La población no alemana de los territorios orientales no debe recibir


educación superior alguna que sobrepase la de la escuela elemental de cuatro
grados. El objetivo debe ser la enseñanza de: aritmética sencilla, contar hasta
500 como mucho, cómo escribir el propio nombre y enseñar que es
mandamiento de Dios obedecer a los alemanes, ser honrados, buenos
trabajadores y ser bien educados. Considero innecesario enseñarles a leer”.
(Noakes y Pridham, Nazism 1919-1945)

Los polacos se convertirían en una clase trabajadora sin dirigentes. Solo su


constante trabajo les permitiría “participar en los eternos hechos e hitos
culturales de Alemania”. La nota de Himmler, dirigida a Hitler pero no publicada
en ese momento, poco habría revelado a los polacos que no supiesen ya; se
enfrentaban a la extinción como nación. Fue en respuesta a su terrible
situación cuando, en 1942, el judío placo Raphael Lempkin, que había huido a
Suecia y luego a los USA, acuñó la palabra “genocidio”, del griego genos
(pueblo o tribu) y del latín cide (matar). (Raphael Lempkin, Axis Rule in
Occupied Europe, 1944)

Las redes clandestinas se las arreglaron para informar de la situación al


gobierno polaco en el exilio, y este publicó estas atrocidades. Señalaron una y
otra vez que las acciones alemanas en Polonia eran “una violación de los
principios más elementales de los derechos humanos reconocidos por las
naciones civilizadas, establecidos de forma expresa en las Normas adjuntas a
la Cuarta Convención de La Haya de 1907, en relación con los derechos y
deberes de las autoridades enemigas en el territorio ocupado de un Estado
hostil”. (The Black Book of Poland)

Solo se podía extraer una conclusión: los alemanes, al ocupar Polonia de la


forma que lo hicieron, introdujeron un nuevo concepto: la “guerra total”.

“Esta guerra total, en el sentido completo del término, no acaba con la


ocupación del país. Al contrario, se transforma en una guerra sin piedad contra
la población pacífica desamparada e indefensa ante el poder arbitrario del
invasor. En esta guerra monstruosa todos los medios están permitidos. Se
escogen por adelantado, calculada y metódicamente. De este modo, la guerra
de razas sigue y completa la guerra de los ejércitos. Debemos esta nueva
doctrina de la guerra total, y especialmente el concepto de ocupación
exterminadora del país invadido, al Tercer Reich”. (The Black Book of Poland)
No era ninguna exageración. El reinado de terror alemán dejó pocas cosas
intactas de la Polonia anterior a la guerra. Su Gobierno, que se negó a
rendirse, había huido a Inglaterra. A diferencia del francés, de los daneses o
del rey de los belgas, que cooperaron con los alemanes cuando los ejércitos
invasores conquistaron sus países, el Gobierno polaco no colaboró. A finales de
la guerra había en Londres varios gobiernos en el exilio que se unieron al
polaco. Se habían convertido en centros poderosos que animaban el
patriotismo y la resistencia. Los polacos y, después, noruegos, holandeses,
luxemburgueses, yugoslavos y griegos, supieron que sus estadistas y
soberanos estaban seguros y a salvo, esperando y trabajando para volver.

Ningún país sufrió tan duramente como Polonia. Se desencadenaron nuevas


persecuciones; todo el mundo conoció el terror constante de la violencia al
azar y de los asesinatos masivos. Los jóvenes, los fuertes y sanos temían el
furor sistemático de las cacerían humanas en busca de trabajadores forzados.
Al principio, los alemanes se valieron de prisioneros de guerra polacos, pero
luego intensificaron las redadas para atrapar también a los civiles. Hacia mayo
de 1940, al menos un millón de polacos trabajaban en el Reich, formando
parte del llamado Poleneinsatz (Servicio Polaco). La vida diaria, ir a trabajar,
asistir a la escuela, conseguir comida, se convirtió en un infierno.

La mayoría de los productos agrícolas: frutas, verduras, grano y ganado


iban directamente a Alemania. Los polacos, reducidos rigurosamente a una
dieta por debajo del mínimo vital, quedaron abandonados a su suerte, a morir
de hambre lentamente. El mercado negro medró. A los granjeros les resultaba
ventajoso vender sus productos bajo mano mientras el resto de la población
necesitara los alimentos que ellos vendían. Pero el riesgo, tanto para el
comprador como para el vendedor, no podía ser mayor. Solo había un castigo
para los que no cumplían con el régimen de ocupación: pena de muerte
inmediata.

Los judíos polacos sufrieron aún más. Tristemente, la conciencia de que


todos eran víctimas no mitigó el antisemitismo polaco. Naród (Nación), órgano
del clandestino Partido Laborista, exigía en un artículo en 1942: “Los judíos
deben emigrar”.

“Los hechos que tienen lugar en Polonia han creado una situación que hace
imposible nuestro consentimiento al retorno de los judíos a sus puestos de
privilegio, a no ser que uno desee exponer nuestro país a una revuelta que
ponga en peligro nuestro futuro estado. Para decirlo sin tapujos: ya no es
cuestión de devolver los derechos políticos y de propiedad a los judíos, si no de
que se vayan todos juntos de nuestro país”. (Shmuel Krakowski, Yad Vashem
Studies)

“Nuestros sentimientos hacia los judíos no han cambiado”, escribió poco


después la famosa resistente Zofia Kossak-Szczucka. Una de las organizadoras
del Zegota, organización polaca que ayudaba a los judíos, mantenía no
obstante sus prejuicios intactos. “Seguimos considerándoles como los
enemigos ideológicos, políticos y económicos de Polonia”. Con todo, no creía
que los judíos debieran ser abandonados a su suerte. Para el periódico
clandestino de derechas Szaniec, los judíos eran enemigos de Polonia porque
“tenían puestas sus esperanzas en los soviets”. En este tema, “apostaban
contra Polonia”. (Citado en Andrzej Bryk)

Pero los alemanes fueron demasiado lejos. La expulsión era una cosa, el
asesinato en masa, otra. En agosto de 1942, el Noticiario Polaco, semanario
del Ejército del Interior (que encarnaba lo mejor del patriotismo y lo peor de
los prejuicios polacos), describió las condiciones existentes en el gueto de
Varsovia y la deportación de hombres, mujeres y niños en furgones cerrados
con destino desconocido.
“Las trágicas escenas están ocultas a nuestros ojos por los elevados muros,
pero los disparos ininterrumpidos y los rumores terribles nos dan una idea de
un horror inimaginable”.

“Alemania quedará marcada con la infamia eterna, pues la historia de la


humanidad, en la que abundan momentos de terror y miedo, no ha visto
asesinatos en masa de tal proporción, perpetrados de forma tan horrible. En
comparación, las incursiones mongolas con sus esclavitudes y empalamientos,
las galeras romanas y turcas, las torturas usadas por la Inquisición y las
crueldades de la Revolución Francesa empalidecen. Incluso las retorcidas
prácticas soviéticas, que llegaron al máximo en juicios en los que los acusados
se incriminaban a sí mismo, empequeñecen ante los métodos que utilizan los
nazis para exterminar a millones de judíos”. (Citado en Shmuel Krakowski)

Los polacos estaban conmocionados, en parte, porque creían, con razón,


que el destino de los judíos presagiaba el suyo. El genocidio provocó “signos de
inquietud” entre los polacos, escribió el comandante del Ejército del Interior.
Temían que “después de que los alemanes terminaran su operación, empezaría
la liquidación de los polacos con los mismos métodos”.(Citado en Andrzej Bryk)

Si la raza polaca tenía que ser subyugada, los daneses iban a ser
cortejados. Alemania ofreció a Dinamarca asociación y colaboración. Después
de todo, los daneses eran un “pueblo nórdico”, el tipo superior de “ario”. Ellos
también cooperaron.

Para impedir que los ingleses ocuparan Noruega, lo que hubiese amenazado
el suministro del hierro sueco y del níquel finlandés a Alemania y asegurar su
propio acceso al Atlántico, la Wehrmacht ocupó Dinamarca en abril de 1940, de
camino al norte, hacia Noruega.
Los daneses se rindieron rápidamente. El rey Christian permaneció en el
trono, no se menoscabó la soberanía nacional y la vida civil siguió su curso
durante casi tres años y medio. En Dinamarca tuvo lugar la forma de
ocupación más clemente; un “protectorado modelo”, según Hitler. (Richard
Petrov, The Bitter Years)
Berlín nombró plenipotenciario del Reich a Cecil von Renthe-Fink. Los
daneses se acomodaron a la situación y establecieron una política de diálogo
que pretendía evitar las consecuencias de la guerra. Este acuerdo, sin
fundamento alguno en el derecho internacional, fue, no obstante, aceptado por
ambos gobiernos. El ejército danés permaneció intacto y se celebraron
elecciones libres al parlamento en una fecha tan tardía como marzo de 1943.
El diminuto Partido Nazi danés apenas recibió apoyo alemán. Y un hecho de lo
más notable: Renthe-Fink no amenazó a los 5.000 judíos daneses ni a los
1.500 judíos alemanes refugiados por miedo a que ello “provocara una
parálisis de la vida económica o graves distrubios”. (Leni Yahil, The Rescue of
Danish Jewry)

Cuando los nazis daneses trataron de convertir a sus vecinos judíos en un


“problema”, fueron detenidos por el profesor Hal Koch, dotado de una alta
autoridad moral, y el propio Renthe-Fink obtuvo el apoyo del mismísimo
Ribbentrop. En Dinamarca, los alemanes nunca sugirieron siquiera que los
judíos llevaran un distintivo especial. La historia del rey Christian desafiando
esa orden concreta es un mito. Nunca se dio tal orden.

Los alemanes tenían mucho que ganar con este acuerdo. Alemania se
aseguraba el suministro ininterrumpido de productos agrícolas daneses al
Reich, necesarios para los ya exhaustos recursos alemanes. Para los militares
era una cómoda alternativa al mortífero frente oriental.

Sin embargo, el verano de 1943 los daneses ya no estaban contentos con la


política de cooperación. Y lo demostraron con sabotajes, huelgas y
manifestaciones multitudinarias. Las autoridades alemanas respondieron
declarando el estado de excepción y desarmando al ejército danés. La política
de negociación se derrumbó, y Himmler estableció un nuevo aparato de
seguridad bajo el mando del jefe superior de las SS y Director de la Policía,
Günther Pancke.

La situación de los judíos se volvió precaria, pero, como veremos, la falta de


pobreza y la conservación de los valores democráticos durante la guerra
ayudaron a los daneses cuando sus vecinos judíos fueron amenazados en
octubre de 1943. El súbito cambio de la situación de los judíos afrentó al
pueblo danés, que rápidamente adoptó la causa de sus compatriotas hebreos.

Al igual que sus vecinosescandinavos, los noruegos también eran un pueblo


“nórdico”. Los holandeses también lo eran y además ocupaban un lugar
especial en el corazón de la Alemania nazi: eran los “hermanos pequeños”. Sin
embargo, los ejércitos de estos dos países ocupados lucharon para proteger a
sus naciones de la ocupación.
Los alemanes creían que los racialmente valiosos noruegos tenían un futuro
prometedor en la Europa gobernada por Alemania. Vidkun Quisling, un
impaciente nacionalsocialista noruego, se autoproclamó jefe de Gobierno el
mismo día de la invasión. Pocos lo siguieron. Y el problema era que, con
excepción de Quisling y su cohorte de seguidores, los noruegos no querían
formar parte del gran futuro que les aguardaba. A medida que los alemanes
avanzaban, el rey Haakon y su Gobierno huyeron a Londres.

Quisling, con el único apoyo de los alemanes y sin apenas colaboración de


sus compatriotas, ejercía poca autoridad. (Hans F. Dahl, Quisling: A Study in
Treachery)

Los verdaderos gobernantes de Noruega eran el Reichskommissar Josef


Terboven, el comandante de la fuerza de ocupación, Nikolaus von Falkenhorst,
y el jefe superior de las SS y director de la Policía, Wilhelm Rediess. Su
trabajo era nazificar a la población recalcitrante. Mientras tanto, los alemanes
exigieron unos elevados impuestos para pagar los costes de la ocupación,
además de bloquear las importaciones de las que Noruega dependía. Obligados
a entregar a los alemanes una cuota creciente de los ingresos, del 25% a casi
el 40% en 1943, el sufrimiento de los noruegos aumentó. (The Bitter Years)

Si los nazis creían que la miseria y las privaciones moverían a los noruegos
a aceptar su responsabilidad como pueblo nórdico en el Nuevo Orden,
quedaron defraudados. Sin embargo, no todo fueron fracasos: la policía
noruega vio su oportunidad.
Como Hannah Arendt observó más tarde, la cooperación de las policías
locales con sus colegas alemanes fue un rasgo sorprendente de la ocupación.
Gracias a la policía noruega, los alemanes se hicieron con el control y, también
gracias a ella, entró en vigor la política racista nazi. El 10 de enero de 1942, y
a petición alemana, el ministro de Policía, Jonas Lie, ordenó que se estampase
la fatídica “J” en los documentos de identidad de los aproximadamente 1.800
judíos que vivían en Noruega. Pocos meses después, los judíos tuvieron que
rellenar unos formularios en las comisarías locales, que se utilizaron para crear
un registro central. (Richard Petrow, The Bitter Years)

La Blitzkrieg desencadenada en Polonia, Dinamarca y Noruega se extendió


por los Países Bajos y Francia. Los holandeses, que confiaban que se respetase
su neutralidad como en la guerra anterior, estaban mal preparados y quedaron
aterrorizados ante la invasión del 10 de mayo. A los alemanes les costó cinco
días que el ejército holandés capitulase; cinco días y una nueva arma de su
arsenal de guerra: el bombardeo hasta la destrucción total de la indefensa
ciudad de Rotterdam, durante el que murieron casi mil personas. La reina y el
Gobierno huyeron a Inglaterra, entregando a los Aliados importantes recursos:
la armada de su país, una gran flota mercante y las Indias Orientales, ricas en
petróleo y caucho.

Pero los nazis se sentían frustrados. Los escandinavos podían ser gloriosos
vikingos nórdicos, pero los holandeses eran parientes de sangre, unidos a ellos
por lazos geográficos, históricos y lingüísticos. Desde el punto de vista alemán,
Holanda era un simple estuario del Rin y pertenecía al Reich; los Países Bajos
habían sido parte integrante del Sacro Imperio hasta 1648 y el idioma
holandés era, en verdad, bajo alemán. (Max Freiherr, Die Niederlande im
Umbruch der Zeiten)

Quizá lo más importante era el papel que principal que los holandeses
habían desempeñado en la historia de Alemania. En efecto, fueron holandeses
los que iniciaron el gran “avance hacia el Este”, un programa de emigración
sistemática que llegó hasta Estonia y Ucrania. Pero aunque estos pioneros
viajaron con la esperanza de encontrar una vida mejor, los historiadores
alemanes que escribieron sobre ellos siglos después los consideraron
misioneros de la cultura alemana. (Karl Lamprecht, Deutsche Geschichte)

A finales del siglo XIX, las tierras en las que se asentaron se llamaron
“Alemania Oriental” y se convirtieron en una de las principales obsesiones
nazis.

Hitler nombró a un nazi austriaco, Arthur Seyss-Inquart, Comisionado del


Reich para Holanda. Este estableció un programa de nazificación valiéndose de
los nazis holandeses dirigidos por Anton Mussert, con el fin de preparar a los
holandeses para su reintegración final dentro del Reich. (Konrad Kwiet,
Reichskommissariat Niederlande)

Al igual que en Noruega, los alemanes fracasaron. La mayoría de los


holandeses no querían un lugar en la historia alemana, ni tampoco en el futuro
de Alemania. Querían conservar su identidad y sus valores en la Europa
dominada por los nazis.

Uno de los valores era la tolerancia. Desde que la minúscula república del
siglo XVI guerreó contra la poderosa España, los Países Bajos habían sido un
refugio para los oprimidos y un enemigo de la tiranía. Los judíos de la
Península Ibérica huyeron a Holanda cuando les amenazó la Inquisición.
También acogió al filósofo francés Descartes cuando tuvo que exiliarse.

Esta historia, y los mitos asociados con ella, sublevaron a los holandeses
cuando los alemanes allanaron brutalmente el barrio judío de Amsterdam un
fin de semana de febrero de 1941. A plena luz del día y ante miles de testigos,
unos 600 miembros de la policía de seguridad sellaron la zona, golpearon,
abofetearon y apalearon a las mujeres y niños con los que se encontraban.
Después reunieron en una plaza a unos 450 judíos, que fueron víctimas de
escarnio y desprecio generales.

Apalear judíos era un deporte para los alemanes; deportarlos el verdadero


asunto. Los llevaron a las canteras de piedra de Mauthausen y solo uno de
aquellos jóvenes sobrevivió a la guerra: Max Nebig de Amsterdam. Según
Eugon Kogon, un periodista alemán que sobrevivió a Buchenwald, al día
siguiente de la llegada de los judíos holandeses a Mauthausen, cincuenta de
ellos “fueron sacados desnudos de los baños y arrojados contra las verjas
electrificadas”. El resto fue “llevado a la cantera”, donde les torturaron
continuamente y les apalearon hasta la muerte. “El tercer día, las SS abrieron
la llamada “puerta de la muerte”, y bajo una aterradora lluvia de golpes
condujeron a los judíos a través del perímetro de guardia, mientras los
vigilantes de las garitas los abatían con sus ametralladoras”. Entonces los
judíos se tomaron de la mano y saltaron al vacío, hacia la muerte. “Los
empleados civiles de la cantera de Mauthausen pidieron que se impidieran
estos suicidios, porque los fragmentos de carne y de cerebro humanos
pegados a las rocas ofrecían una vista horripilante”. (Eugon Kogon, The Theory
and Practice of Hell)

Los holandeses no sabían lo que les iba a suceder a esos jóvenes, pero sí
sabían que los habían detenido por ser judíos. Esto era el colmo; era un ataque
al sentido holandés del orden social y demostraron su indignación con una
huelga que iniciaron los empleados municipales, a la que se unieron los
trabajadores del metal y de los astilleros, así como grandes manifestaciones
que se extendieron por todo Amsterdam. Los sistemas de transporte y la
producción industrial en las provincias de North Holland y Utrecht quedaron
paralizados. Los alemanes declararon el estado de excepción y desplegaron
tropas de las SS. La opinión pública no podía tolerar la política alemana
antijudía y los alemanes no iban a consentir las protestas públicas. Al final, la
fuerza prevaleció. La huelga fue brutalmente reprimida. Numerosos huelguistas
y manifestantes quedaron heridos o muertos en las calles. (Werner Warmbrunn
The Dutch Under German Occupation)

La huelga de febrero había revelado las intenciones alemanas y la


impotencia holandesa. Los ciudadanos, intimidados, volvieron a sus asuntos
cotidianos. Unos pocos se ofrecieron voluntariamente al Nuevo Orden nazi y,
como veremos, otros pocos se opusieron. La mayoría se centró en sus
preocupaciones inmediatas y aceptó a regañadientes la presencia alemana.

Los nazis reconocían el sometimiento de mala gana cuando lo veían. “El


Führer supone que los anglosajones intentarán su invasión desembarcando en
territorio holandés”, escribió Goebbels en su diario el 10 de septiembre de
1943. “Es el punto en que somos más débiles y la población civil se muestra
más inclinada a apoyar una empresa de esa índole. Como todo el mundo sabe,
los holandeses son el pueblo más insolente y turbulento de toda Europa
occidental”. (The Goebbels Diaries)

Quizá por esta razón la ocupación mantuvo una presencia muy visible
durante toda la guerra. Seyss-Inquart iba a gobernar valiéndose de los
funcionarios que no habían huido a Londres con la reina. En las primeras
conversaciones con las autoridades alemanas, estos altos funcionarios
comunicaron que estaban dispuestos a cooperar, pero que “solo les preocupaba
la Cuestión Judía”. Asumían que las autoridades alemanas respetarían la
Convención de La Haya, y que administrarían Holanda de conformidad con el
artículo 43 de la misma. Por supuesto, los alemanes les aseguraron que así lo
harían, pero durante la huelga de febrero sus acciones desmintieron sus
promesas. (C.Hilbrink)

En principio, Seyss-Inquart solo respondía ante Hitler. Pero, en la práctica,


otros funcionarios nazis convirtieron rápidamente Holanda en la jungla que
caracterizaba al Estado alemán; todos los organismos oficiales informaban
directamente a Berlín y no a Seyss-Inquart. Sobrevino un caos organizado: en
el mejor de los casos, los alemanes actuaban conjuntamente pero, más a
menudo, unos contra otros.
Goering, a través de sus agentes, explotó concienzudamente las riquezas
económicas de Holanda, mientras Himmler, a través de su representante, el
violento y sanguinario SS-Brigadeführer Hans Rauter, ponía en práctica las
políticas raciales del Reich, y de forma verdaderamente eficaz. Al final de la
guerra, casi el 80% de los 140 mil judíos que vivían en Holanda en mayo de
1940 habían sido asesinados.

La vida de los holandeses se tornó siniestra. Su dieta se deterioró y durante


el invierno de 1944, muchos padecieron desnutrición. Debido a la escasez de
combustible, el sistema de transporte se convirtió en un recuerdo y la
calefacción en un lujo. Las bicicletas eran un artículo de lo más apreciado,
aunque ya no se encontraban ruedas de caucho; estas, como los zapatos, eran
de madera. Los zuecos volvieron una vez más a chacolotear sobre los
adoquines. La vida diaria se convirtió en una lucha constante por el alimento,
por encontrar ropa, incluso productos de limpieza. La vida social desapareció
porque la gente pasaba cada vez más horas trabajando y haciendo cola con la
esperanza de asegurarse las necesidades básicas para vivir.

Si el Gobierno nazi de Berlín esperaba facilitar la entrada de noruegos y


holandeses en el Reich, no tenían los mismos deseos respecto a Bélgica y
Francia. En efecto, no tenían idea alguna sobre lo que hacer con Francia.
Noruega y Holanda sufrieron el duro peso de un régimen de ocupación civil;
Bélgica y Francia trataron con unas autoridades militares de ocupación, cuya
principal atención estaba centrada en las prioridades de la guerra. En ambos
casos, los judíos murieron. Los noruegos y holandeses sufrieron privaciones en
todos los ámbitos y la pérdida de sus instituciones nacionales; franceses y
belgas sufrieron iguales privaciones, pero conservaron sus instituciones y, con
ellas, una ilusión de normalidad. En 1944 esto importaba poco, pero la
experiencia de los años anteriores no fue la misma.

Los alemanes invadieron Luxemburgo, Bélgica, Francia y Holanda


simultáneamente. Luxemburgo fue aplastado en un solo día; la gran duquesa
Charlotte se negó a dar la bienvenida a los invasores y huyó a Inglaterra, pero
los alemanes ni siquiera se dieron cuenta, anexionaron tranquilamente el país
e iniciaron un rápido programa de germanización. Bélgica combatió durante 18
días, y cuando capituló, el país estaba física, moral y constitucionalmente en
ruinas. Mientras el Gobierno escapaba a Londres para seguir la guerra, el rey
Leopoldo decidió que el país ya había cumplido con su obligación de defenderse
y permaneció con su ejército. El Gobierno en el exilio censuró al monarca,
declarando que sus actos eran inconstitucionales. (Werner Warmbrunn, The
German Occupation of Belgium, Jacques Williquet, La Belgique sous la botte)

Los alemanes se aprovecharon de la presencia del rey. Creían que Bélgica


les daría pocos problemas, y tuvieron razón. El gobernador militar del país,
general Alexander von Falkenhausen, no era un ideólogo nazi. La ocupación
alemana de Bélgica en 1914-1918 había estado llena de errores que él no
deseaba repetir. Sabía que muchos belgas recordaban las atrocidades
alamanas y prometió que sería benevolente. Las autoridades militares
mantuvieron relaciones con la monarquía y, en un país profundamente católico,
también con la Iglesia, mientras mantenían a raha a los fascistas belgas.
Bélgica no era Polonia. La ocupación ni aterrorizó ni expolió a la población
local. Incluso el ejército alemán ayudó a los refugiados que habían huido para
que volviesen a sus hogares.

Von Falkenhausen recibió una buena recompensa por sus esfuerzos. Con el
rey y la Iglesia aseguradas y los jóvenes de vuelta con sus familias, pronto
regresó la sensación de normalidad. Los belgas se las arreglaron, las élites
colaboraron ampliamente y todos se conformaron con la situación.

Con la excepción de los judíos, naturalmente. Estos vivían peligrosamente,


en una situación mucho más precaria. Ni von Falkenhausen ni las autoridades
militares estaban especialmente interesadas en ellos, pero los organismos
nazis que cayeron sobre el país inmediatamente después de la invasión sí que
lo estaban. Las SD (Sicherheitsdienst o fuerzas de seguridad), venidas
inicialmente a requerimiento de las autoridades militares porque pensaban que
su propio aparato de seguridad era insuficiente, se negaron a salir del país una
vez restablecida la (relativa) calma. Plenamente facultadas por Berlín, se
convirtieron en fuerzas policiales en 1941, y en relación con los judíos solo
recibían órdenes de la capital del Reich.

Si los belgas se contentaron, los franceses colaboraron. Y si la experiencia


de la I Guerra Mundial en Bélgica era un ejemplo que había que evitar, la
humillación sufrida a manos de Francia en 1918 era una constante inspiración
para la venganza de los nazis en 1940.

Los ejércitos francés y británico se habían desplomado unas semanas


después de la invasión. En plena retirada, entre el 27 de mayo y el 4 de junio,
los británicos fueron evacuados desde Dunquerque y cruzaron el canal de la
Mancha a bordo de cualquier cosa que flotase durante una operación de
rescate asombrosa. El caos reinaba en una Francia exhausta y abatida.
Su Gobierno huyó de París a Tours y de allí, el 10 de junio, a Burdeos. (John
Williams, The Ides of May. The Defeat of France)

No menos de 10 millones de personas, de una población de 40, se lanzaron


a las carreteras, tratando de escapar del enemigo, huyendo al sur. Cuando los
alemanes entraron en París el 14 de junio, se encontraron con una ciudad
prácticamente desierta. Quizá un tercio escaso de la población vio cómo la
esvástica reemplazaba a la tricolore en el Hôtel de Ville hacia el mediodía.
“Todo el mundo se ha echado a la carretera”, recordaba la historiadora y
socióloga Evelyne Sullerot.

“Vimos huir a miles de personas y escenas increíbles. Todos los belgas, los
franceses del norte, habían venido al sudoeste, pues nunca soñaron siquiera
que los alemanes penetrarían tan profundamente. Todos como un torrente. La
comida escaseaba. Un tomate costaba una fortuna. Es difícil de imaginar. La
gente dormía al aire libre en la playa. Estaba toda cubierta con familias
vestidas de negro. Las ancianas vestían de luto. Los campesinos traían parte
de su ganado, con sus carretas, sus carretillas. El país se había precipitado en
una confusión totoal, como un hormiguero destrozado”. (Citado en Margaret
Collins Weitz, Sisters in the Resistance)

El primer ministro francés, Paul Reynaud, vacilaba: “Ustedes consideran a


Hitler como otro Guillermo I, el viejo caballero que nos arrebató Alsacia y
Lorena y que eso es lo único que nos hizo. Pero Hitler es Gengis Khan”, advirtió
a su gabinete el 10 de junio. (Ian Ousby, Occupation: The Ordeal of France)

Él mismo estaba dispuesto a huir con el Gobierno al norte de la África


francesa y continuar la guerra, pero se sentía impotente ante la renuencia de
los militares. Al darse cuenta de que los generales no seguirían la lucha,
Reynaud dimitió el día 16. Le sucedió Philippe Pétain, mariscal de campo, viejo
héroe de la Gran Guerra, de 84 años de edad.

Pétain, que había sido embajador en España hasta hacía un mes,


simpatizaba con el fascismo y siempre se había opuesto a la guerra. Durante
una alocución radiofónica al día siguiente aseguró al público: “Me ofrendo a
Francia para mitigar su infortunio”. A pesar de su retórica cristiana, Pétain
carecía de atributos divinos. El anciano mariscal era un político reaccionario y
un derrotista, com pocas virtudes para ayudar al pueblo francés a capear las
fuertes tormentas con las que amenazaba la ocupación alemana.

Exhortó a los soldados franceses para que depusieran las armas y buscó un
armisticio. El 22 de junio de 1940, un victorioso Adolf Hitler y su séquito se
reunieron con el derrotado general Charles Huntziger en el mismo vagón de
tren que el mariscal de campo Ferdinand Foch había utilizado para dictar los
términos del armisticio a Matthias Erzberger y sus colegas en noviembre de
1918. Durante 22 años, ese coche restaurante de madera había estado en un
museo de París y Hitler ordenó que lo llevaran al mismo paraje del bosque de
Compiègne, al sitio donde había tenido lugar la humillación alemana. Allí, los
representantes franceses se reunieron con el Führer, que se sentó en la misma
silla que ocupó el mariscal Foch en medio de la mesa. (William L. Shirer, 20th
Century Journey: The Nightmare Years)

Este no fue el único eco histórico que se oyó en junio de 1940. El teniente
general Bogislav von Studnitz exigió al comandante militar francés de París,
general Fernand Dentz, que devolviese las banderas de los regimientos
alemanes capturadas durante la I Guerra Mundial. Al general Dentz le hubiese
encantado hacerlo, pero no sabía dónde estaban. De igual forma, se autorizó
que Francia mantuviese un ejército de 100 mil hombres, exactamente la
misma cifra permitida a Alemania en Versalles.

La insolencia con que los franceses habían tratado al ejército alemán en


noviembre de 1918, exigiendo la completa desmovilización de sus efectivos en
el plazo de un mes, era devuelta ahora con creces: el Reich se negó a liberar al
millón y medio de prisioneros de guerra franceses en su poder. Además, todo
ciudadano francés que continuase combatiendo en el bando de los Aliados se
consideraría un franc-tireur, un francotirador, un guerrillero rebelde, que no
tenía derecho a protección alguna de conformidad con la Convención de
Ginebra. Veinte años antes, a los alemanes les exigieron reparaciones de
guerra. Ahora, a los franceses se les reclamó el pago exorbitante de 400
millones de francos diarios por el privilegio de la ocupación alemana, es decir,
el 60% de los ingresos nacionales. Esta carga tuvo serias consecuencias para
casi todo el mundo en todo el país.

Los franceses llegaron a las negociaciones con poco que ofrecer y poco
obtuvieron de los alemanes, pero consiguieron los suficiente para confundir los
objetivos finales del Gobierno nazi. El Reich reconocía a Pétain y su gabinete
como Gobierno legítimo de toda Francia, incluido su imperio, aunque, de hecho
el ejército alemán ocupó el norte industrial y el oeste, incluida París; la “Zona
Libre” no ocupada abarcaba el tercio sur meridional y agrícola del país.

El Gobierno de Pétain había aterrizado en Burdeos, que estaba ocupado por


los alemanes, pero al darse cuenta que ni esta ciudad ni la igualmente ocupada
París ofrecían imagen de soberanía alguna, se trasladaron a la ciudad balneario
de Vichy, con sus numerosos hoteles y aguas medicinales. El armisticio se
firmó el 22 de junio. Cuando el Gobierno francés, senadores y diputados se
reunieron en esta ciudad el 10 de julio, votaron abrumadoramente otorgar
plenos poderes a Pétain.

La extensión de la presencia alemana tuvo diferencias importantes en


Francia, tanto en el norte como en el sur, respecto de otros países ocupados,
excepto Dinamarca. Para la mayoría de los franceses, la “ocupación” se dejó
ver inicialmente como un fenómeno militar delimitado, sin manifestarse como
un dominio absoluto social, económico y político. Los franceses tenían un
Gobierno nacional legítimo, también tenían un ejército, si bien reducido a 100
mil hombres, y no se presentó ninguna reclamación sobre su poderosa
armada. La costa mediterránea quedó bajo el control de Vichy, lo que permitía
el acceso francés a sus territorios del norte de África. El Gobierno del mariscal
tenía su propio programa: la “Revolución Nacional”, profundamente
conservador, y que se puso en práctica sin grandes impedimentos durante
varios años.

La política de Vichy en relación con Alemania era de colaboración, como


anunció Pétain descaradamente. Hitler, de vuelta a Berlín, se detuvo para
visitar al mariscal, después de haberse reunido con el líder fascista de España,
generalísimo Franco. Pétain, en un discurso transmitido por radio, informó a los
franceses: “Con espíritu de honor y con el fin de conservar la unidad de
Francia, unidad que ha durado diez siglos, dentro del Nuevo Orden europeo
que se está construyendo, emprendo hoy la senda de la colaboración”.

La fotografía, ampliamente difundida, de Pétain y Hitler de uniforme


ambos, estrechándose las manos en la estación de ferrocarril de Montoire, los
retrataba como aliados, no como conquistador y conquistado. Esta imagen se
presentó como una política realista: lo único razonable era aceptar que
Alemania había ganado la guerra y que iba a conformar la Nueva Europa.
(Robert O.Paxton, La Francia de Vichy. Robert Aron, The Vichy Regime)
Esta política también permitió a Pétain abolir la democracia parlamentaria y
reemplazarla por una forma de gobierno autoritaria. El tiempo se llevó los
antaños alabados ideales de Liberté, Egalité, Fraternité. Los nuevos lemas se
convirtieron en las prosaicas obligaciones de Travail, Famille, Patrie.
Al adoptar el programa reaccionario de rénovation française, el Gobierno de
Vichy proclamaba las virtudes de lealtad, jerarquía y obediencia y prometía
una política enérgica para restaurar los viejos valores (mientras rechazaba la
modernización social). Así, el nacionalismo de Vichy era resueltamente
anticomunista y antisemita. Los que apoyaban la Francia de Vichy podían ahora
“poner en orden las cosas”.

Pero durante el segundo año de la ocupación, a muchos franceses les


empezó a quedar claro que nada volvería a estar en orden. Francia había sido
derrotada y ocupada, y la ocupación no tenía límites ni objetivos concretos,
sino que era ubicua y sometida a una autoridad omnipotente.

Como explicaba Paul Simon, un parisino, a comienzos de 1942:


“En 1871 (después de la guerra franco-prusiana) los alemanes solo
ocuparon, pero esta vez interfieren en todos los asuntos. Se han instalado en
los ferrocarriles, la administración pública, las fuerzas de policía, en los bancos,
compañías de seguros, la prensa, la radio, en cine, las leyes y la educación.
Están en todos los sitios, incluso en la llamada zona libre y en las colonias...
Están suprimiendo todas las libertades, incluso la de pensamiento... Se ha
establecido un régimen tiránico... y todos los días tienen lugar nuevas
ejecuciones”. (Citado en H.R.Kedward, Occupied France: Collaboration and
Resistance)

Todos quedaron afectados, pero no de igual forma. Con 1,5 millones de


Franceses internos en Alemania, las mujeres soportaron la doble carga del
trabajo y del cuidado de sus familias. Se introdujo el racionamiento para
asegurar una distribución equitativa de los bienes de consumo, pero las
mujeres aguardaban en largas colas a la espera de productos que ya estaban
vendidos cuando les llegaba el turno, o que sencillamente ya no había. Se
necesitaban cupones para casi todo. A finales de septiembre de 1940, la carne
y el pan estaban racionados; pronto les siguieron otros productos: alimentos,
sucedáneos de tabaco y vino, ropa, zapatos, detergente y jabón, material
escolar y baterías de cocina.

Muchos comenzaron a pasar hambre, la distribución empeoró, los


productos racionados disminuyeron y la población estaba tan empobrecida que
ni siquiera podía adquirir algo con la cartilla de racionamiento. Los inviernos de
la guerra estuvieron entre los más crudos de los que se tuvo noticia. Usaron
sus muebles como leña y utilizaron los periódicos para aislar la ropa, los
zapatos y botas, y transformaron cortinas y mantas en vestidos. Mal calzados,
mal alimentados, mal vestidos, sin combustible para las calefacciones y sin
electricidad, la mayoría se centraron en sus asuntos diarios. Les quedaba poca
energía para hacer algo más.
Hitler había ofrecido a Francia una asociación, una “colaboración”, dentro de
su Nuevo Orden; pero, de hecho, él solo estaba interesado en la explotación.
En realidad, no tenía la menor idea sobre dónde encajaba Francia en la Europa
nazi. El ataque a este país había sido una acción militar racional, pero no
existía plan alguno para después. Aunque pronto nació uno: el saqueo del país
y sus recursos. Permitir que los franceses conservaran su soberanía era un
modo conveniente y barato para que ellos mismos se encargaran del trabajo
sucio. Los franceses eran los responsables de entregar las cuotas que los
alemanes habían establecido para los productos agrícolas, los bienes
industriales, las personas que trabajarían “voluntariamente” en Alemania, y de
los judíos que había que deportar “al Este”. A finales de 1942, Berlín se dio
cuenta de que los asuntos marcharían mejor si los militares ocupaban todo el
país. Y eligieron la fecha simbólica del 11 de noviembre para cruzar la línea de
demarcación y ocupar la Francia de Vichy.

Sin amilanarse, Pétain y su Gobierno permanecieron en sus puestos,


recurriendo a acciones cada vez más extremas para demostrar su poder y
legitimidad. En diciembre, Vichy ordenó que los judíos de la zona sur llevasen
documentos de identidad especiales; a principios del año siguiente, se creó la
milice (milicia francesa). “La vanguardia está en el mantenimiento del orden”,
dijo Pétain, y los miliciens prestaron juramento de lealtad “para luchar contra
la democracia, contra la insurrección gaullista y contra la lepra judía”. (Citado
en Ousby, Occupation)

Al mismo tiempo, gran número de desafectos, desilusionados y hastiados


franceses, se pasaron a la resistencia. Grupos armados, los llamados maquis,
empezaron a hacerse notar. La milice y el maquis se convirtieron en enemigos.
En 1944, Philippe Pétain, el héroe de Verdún, había dejado su legado: Francia
ardía en medio de una guerra civil.

Capítulo Siete
LA AGRESION DE LA GUERRA TOTAL

Hitler había logrado la mayoría de sus objetivos bélicos en junio de 1940.


Con la Anschluss de Austria, la anexión de los Sudetes, Bohemia y Moravia,
Dánzig y Polonia occidental, y las regiones habitadas por alemanes en Bélgica
y Francia, 13 millones de alemanes habían vuelto al Reich. A finales de 1940 el
Gran Reich tenía 78 millones de alemanes, el 78% de todos los que vivían en
Europa. Para entonces, los “racialmente valiosos” noruegos, daneses y
holandeses también estaban bajo control alemán, una especie de premio
extraordinario.

Hitler volaba alto; todos sus objetivos a su alcance: la vida era buena. El
espectáculo de las tropas alemanas desfilando por los Campos Elíseos aliviaba
la humillación de Versalles. Solo quedaban dos asuntos irritantes: un aliado al
que odiaba en el este, la Unión Soviética, y un enemigo al que admiraba en el
oeste, Gran Bretaña. Contra toda expectativa, los ingleses no se doblegaban.
Neville Chamberlain, con el que se había entendido muy bien en Múnich en
1938, había dejado de ser primer ministro el 10 de mayo de 1940. El cargo lo
ocupaba ahora Winston Churchill, que estaba cortado por un patrón diferente.
Era una molestia tener a un igual como adversario. El Führer, un hombre
abstemio, se consolaba: afortunadamente, Churchill era un borracho y un
fumador empedernido. O se caía muerto, o en medio del estupor de la
embriaguez, seguramente cometería un error monumental.

Churchill fumaba en exceso y se bebía todos los días una botella de whisky.
Pero no cometió ningún error importante. Su viva memoria histórica le dio la
brújula moral e intelectual que lo guió en medio de la tempestad del momento.
Churchill, que era un gran nacionalista, estaba orgulloso del pasado de su país
y lleno de esperanzas for su futuro, y consideraba que una gran ocasión
histórica recaía sobre ellos. Así, mientras Bélgica se rendía, Francia se
tambaleaba y el ministro de Exteriores británico lord Halifax sugería una paz
negociada con Hitler, con Mussolini de mediador, Churchill se mantuvo firme.
(John Lukacs, Five Days in London: May 1940)

Chamberlain, que sabía que ningún acuerdo con Hitler duraba mucho, lo
apoyó. El primer ministro llevó este asunto a la Cámara de los Comunes el 28
de mayo:
“Mientras la Cámara debería prepararse para noticias penosas y tristes, yo
solo tengo que añadir que nada de lo que pueda acaecer en esta batalla podrá
en forma alguna liberarnos de nuestro deber para defender la causa del mundo
ante la cual nos hemos comprometido solemnemente; ni debería destruir
nuestra confianza en nuestro poder para avanzar, como en anteriores
ocasiones de nuestra historia, a través del desastre y de la aflicción hasta la
derrota final de nuestros enemigos”. (Blood, Sweat and Tears, 1941)

Francia cayó tres semanas después. Los británicos apoyaron a su primer


ministro: segurían luchando. Churchill pronunció un nuevo discurso en la
Cámara y le envió el mensaje de su nación a Hitler:
“Lo que el general Weygand ha llamado la Batalla de Francia ha terminado.
Espero que la Batalla de Inglaterra esté a punto de empezar. De esta batalla
depende la supervivencia de la civilización cristiana. De ella depende nuestro
propio modo de vida y, a la larga, la existencia de nuestras instituciones y
nuestro Imperio. Toda la furia y el poder de nuestros enemigos se volverá
pronto contra nosotros. Hitler sabe que tendrá que batirnos en esta isla, o
perderá la guerra... Por tanto, preparémonos para cumplir con nuestro deber,
porque si así lo hacemos, y el Imperio Británico y su Commonwealth duran mil
años, que los hombres puedan seguir diciendo: “Esta fue su mejor hora”.
(Blood, Sweat and Tears)

Hitler perdió la Batalla de Inglaterra que se libró en los cielos aquel verano.
Los británicos se defendieron y no fueron conquistados. Era un hecho que la
guerra iba a durar más de lo que el Führer había imaginado. Aunque este se
había preparado para una larga campaña: los alimentos de la rica cuenca del
Danubio y el petróleo de los campos de Ploesti en Rumanía le servirían a la
perfección.
Alemania consideraba el sur y el centro de Europa como su patio trasero.
Durante la Gran Guerra resurgió el concepto de Mitteleuropa (Europa Central),
una comunidad de naciones autosuficiente, dirigida por Alemania, que
abarcase desde el mar del Norte hasta Turquía. (Friedrich Naumann, Central
Europe, 1916)

Los alemanes serían los dirigentes, el alemán la lengua común y las


nacionalidades del Danubio: eslovacos, húngaros, rumanos, búlgaros y
yugoslavos, los socios menores. Para Hitler había llegado la hora de perseguir
esta visión.

Eslovaquia, pobre y pequeña, con pocos recursos naturales, proporcionó al


Reich ventajas militares como fábricas de armas de primera categoría y un
territorio útil para emprender operaciones bélicas. (Joseph A.Mikus, Slovakia:
A Political History)

A los eslovacos no les importaba ayudar a Alemania, porque al final habían


conseguido el Estado con el que soñaban, una combinación de nacionalismo e
Iglesia católica romana. La soberanía provenía de Dios y la separación entre
Estado e Iglesia desapareció. Esta controlaba el Estado, y al timón estaba
monseñor Josef Tiso. A la mayoría les fue bien durante la guerra porque hasta
1944 estuvieron lejos del frente y fuera del radio de alcance de los
bombarderos Aliados.

Pero no a todos: el 4% de la población, los judíos, estaba en peligro en este


Estado satélite devotamente católico. Los 90 mil que quedaron en Eslovaquia
después de que Hungría se apoderase de parte de su territorio desempeñaban
un importante papel económico y sobresalían en las profesiones liberales.
(Ladislav Lipscher, The Jews of Czechoslovakia)

Para complacer a Berlín, el Gobierno eslovaco impulsó una ley que definía
quién era judío, para restringir después sus actividades. Los eslovacos
esperaban la “arianización” de los bienes judíos, pero el Gobierno, ante la
evidencia del escaso número de eslovacos con estudios y preparación para
sustituir a los judíos en sus puestos, prefirió a estos antes que a emigrantes
alemanes, y detuvo el golpe. Los judíos se tranquilizaron.

Pero iban a quedar amargamente frustrados. En 1940 los fascistas de la


Guardia Hlinka hicieron sonar las cadenas y Hitler intervino. Tiso nombró
primer ministro a Vojtech Tuka, un profesor nacionalista y antisemita radical.
Los alemanes no necesitaron decirle que desempeñase con celo su trabajo;
recibió a consejeros políticos de Berlín, que lo asesoraron sobre cuestiones de
la milicia, cuestiones policiales, cuestiones de propaganda, cuestiones
económicas y, sobre todo, la “Cuestión Judía”.

El ayudante de Eichmann, el SS-Hauptsturmführer Dieter Wisleceny llegó a


Bratislava como consejero. Pronto se promulgaron decretos y normas que
concluyeron en un Codex Judaicus en septiembre de 1941. Este seguía el
espíritu de las Leyes de Núremberg, pero era inconstitucional y no satisfizo al
episcopado eslovaco. Los obispos, que se consideraban los guardianes del
Estado, protestaron por la adopción de un principio racial que no reconocía la
conversión. El plante desconcertó al Gobierno; después de todo, el presidente
era un sacerdote, pero todas las partes salvaron la cara: el artículo 225
aseguraba que “el presidente de la República tendrá derecho a eximir a los
individuos que él elija de las estipulaciones de este código”. Tiso prometió que
ejercería este derecho cuando lo considerase conveniente. Nadie dijo nada
sobre el hecho de convertir en víctimas a los judíos.

Estas medidas políticas y económicas se enmarcaban más dentro del


tradicional antijudaísmo católico que en el moderno antisemitismo racial. Pero
la presencia de Wisleceny era de mal agüero. Y fue Berlín, finalmente, y no
Bratislava, la que determinaría el destino de los judíos.

Alemania impuso a Eslovaquia la devolución de parte de sus territorios


meridionales a Hungría. Este fue el primer caso de arbitraje alemán en las
disputas que surgieron después de la disolución del Imperio Austro-Húngaro en
1918. El intento de trazar las fronteras políticas de acuerdo con la población
étnica había demostrado ser imposible en el batiburrillo de nacionalidades del
sur. Los movimientos irredentistas y los agravios territoriales proliferaron.
(R.J.Crampton, Eastern Europe in the Twentieth Century-And After)

De todos los países bañados por el Danubio, Hungría fue el que más perdió,
al ser privado del 71% de sus territorios y del 63% de su población en los
ajustes posbélicos. En la situación inestable que siguió, un régimen de tipo
soviético, encabezado por Béla Kun, se hizo con el poder en 1919. (Albert Kaas
y Fedor de Lazarovics, Bolshevism in Hungary: The Béla Kun Period, 1931)

En la dirección socialista había un gran número de judíos, hecho que resultó


muy útil a sus oponentes, que proclamaron que Hungría había caído por culpa
de la conspiración judía mundial. El comunismo significaba el dominio de los
judíos sobre los cristianos. Un funcionario de Exteriores británico que asistía a
la Conferencia de Paz de París: “Los sentimientos antisemitas aumentan de
forma constante, lo que no es sorprendente si se considera que todo el
Gobierno, excepto dos de sus miembros, son judíos, que 28 de los 36
secretarios ministeriales son judíos, además de una gran mayoría de
funcionarios rojos”. Un agente secreto inglés, cuyo nombre en código era
Semjan y “otros están convencidos de que es posible que en un futuro no muy
lejano se produzca un pogromo en Budapest que sobrepasará de lejos a los
rusos... Personalmente, no creo que nada en la tierra pueda detener este
movimiento antisemita en Hungría pero, al menos, la masacre total puede ser
detenida”. (Citado en Nathaniel Katzburg, Hungary and the Jews)
El régimen de Kun duró 133 días, al que siguió un periodo de violento y
sanguinario terror Blanco. Oficiales, soldados y estudiantes, que formaban el
núcleo de este movimiento, exigieron el renacimiento de Hungría como nación
cristiana, en la que no habría sitio para los judíos. Predicaban un antisemitismo
racista puro. (Hungary and the Jews)
“El judío mil veces podrá ser cristianizado, pero nunca podrá desprenderse
de su raza semita”. Miles de judíos fueron asesinados y las tradicionalmente
buenas realaciones con los gentiles, desaparecieron; aunque la mayoría de
ellos pertenecían a la clase media, eran conservadores, patriotas y estaban
integrados (a pesar de las fantasías de los Blancos).

En medio de esta confusión, apareció el almirante Miklós Horthy, un anti-


comunista que odiaba a los rusos. (Las biografías de Horthy escritas antes de
1940 propenden a semejarse a las hagiografías medievales). Durante la Guerra
había ganado numerosas condecoraciones y, en febrero de 1920, se convirtió
en “Regente” del reino de Hungría impidiendo posteriormente todos los
intentos de los Habsburgo de recuperar el trono vacante. Como los Blancos,
Horthy era un antisemita declarado, pero tan él como el primer ministro István
Bethlen eran pragmáticos: creían que la esperanza húngara de resurgimiento
económico descansaba en la clase media judía, que estaba aterrorizada por los
Guardias Blancos. Antisemitas tradicionales antes que revolucionarios, Horthy
y Bethlen daban crédito a la conspiración de los Sabios de Sión pero, al mismo
tiempo, disfrutaban de la compañía de judíos, jugaban al bridge con ellos y
confiaban en sus dictámenes económicos. Además, estaban dispuestos a
restablecer el orden público a cualquier precio. (Thomas Sakmyster, Hungary´s
Admiral on Horseback)

“Estoy en contra de cualquier tipo de antisemitismo vociferante”, advirtió


Bethlen en su discurso de investidura como primer ministro. “La nación
garantiza la igualdad ante la ley y nadie podrá poner trabas a la misma”.
Admito que, en la actualidad, existe una Cuestión Judía en el país, pero la
solución de esta descansa en que podamos independizarnos económicante de
ellos, porque también redunda en su propio interés: tan pronto como ellos
dejen de ser indispensables, el equilibrio se restablecerá”. (Citado en Randolph
J.Braham, The Politics of Genocide: The Holocaust in Hungary)

A un reino sin rey gobernado por un almirante sin armada le fue


sorprendentemente bien durante al menos quince años. Los dirigentes de la
Guardia Blanca pasaron a la clandestinidad política y organizaron sociedades
secretas basadas en el nacionalismo extremista, el antibolchevismo y el
antisemitismo. Cuando los nazis llegaron al poder en 1933, los Blancos estaban
preparados para unirse a ellos y fueron recompensados con un apoyo
generoso. Sin embargo, un gran equívoco echó a perder esta gran amistad: los
húngaros no eran “arios” y no querían serlo porque eran turanios. Como decía
el estribillo de una canción de la época: “!No, no somos arios, que no somos
arios, no!”. (Carlile A.Macartney, October Fifteenth, 1957. John F.Montgomery,
Hungary, the Unwilling Satellite, 1947)

“Arias” o turanias, las sociedades secretas se convirtieron en el movimiento


fascista de la Cruz de la Flecha (ó Cruz Flechada). Dirigido por un oficial
llamado Ferenc Szálasi, que seguía el modelo de Hitler y, apoyado por otros
oficiales, muchos de ellos alemanes étnicos, el nuevo partido adoptó como
uniforme una camisa verde y una esvástica idéntica, pero con brazos en forma
de flechas. A medida que ganaban poder, los judíos fueron expulsados de la
vida cultural y política húngara. El precio del silencio compró su simple
existencia. “Estamos condenados... a subsistir en los arrabales de la vida
intelectual de nuestra época. Debemos respetar el ayuno, el ayuno político...”,
se lamentaba el escritor judío húngaro Aladár Komlós. (Andrew Handler, The
Holocaust in Hungary)

La pobreza derivada de la Depresión empeoró las cosas. A principios de


1937, el periódico conservador Uj Magyarsag atacó a los judíos. Publicó una
larga tabla estadística que demostraba el abrumador peso de los judíos en la
economía húngara: el 70% de los miembros de los consejos de administración
de las veinte empresas principales del país eran judíos; el 84% de los
contribuyentes con ingresos superiores a 100 mil pengö eran judíos...
(Citado en Katzburg, Hungary and the Jews)

El entonces primer ministro Bethlen respondió argumentando que apoyaría


a los cristianos húngaros a la hora de crear empresas para, al mismo tiempo,
erradicar la agitación antisemita. Dijo que en lugar de resolver el problema,
atacar a los judíos solo creaba inquietud.

Las políticas pragmáticas de Bethlen y Horthy se encontraron con


dificultades a medida que Hungría se convertía en una nación cada vez más
dependiente de Alemania, pues esta era ya su principal socio comercial.
Hungría también estaba geográficamente indefensa tras el Anschluss de
Austria, que había creado una frontera común con la nueva Gran Alemania.

El primer ministro Kálmán Darányi exigió, en marzo de 1938, que la cuota


cristiana de la vida cultural y económica fuese más proporcionada... Explicó
que “dicha solución redundaría también en favor de los intereses de los propios
judíos, pues el antisemitismo y la propagación de movimientos extremistas e
intolerantes disminuiría”. (Hungary and the Jews)

Muchos judíos estaban dispuestos a aceptar las restricciones económicas;


también eran conscientes de lo que estaba sucediendo al otro lado de la
frontera. El destino de los judíos austriacos no era una abstracción: veinte
años atrás habían servido bajo el mismo emperado autrohúngaro y se habían
parapetado en las mismas trincheras. A los judíos de Hungría les parecía que la
nueva Ley para la Protección del Equilibrio Social y Económico (mayo de 1938)
era preferible al antisemitismo asesino de las calles de Viena. La ley húngara
definía como judío a la persona que perteneciese a dicha confesión, a los que
se hubiesen convertido al judaísmo después de 1919 o a los que hubiesen
nacido posteriormente de padres judíos. Dicha ley limitaba al 20% la
participación hebrea en la economía.

¿Qué vendría después?, se preguntaban preocupados. Sus miedos estaban


justificados. En breve, una segunda medida legal, la Ley sobre la Restricción de
la Participación de los Judíos en la Vida Política y Económica se presentó ante
el parlamento. Esta ley se hacía eco de la legislación antisemita alemana, y
volvía a definir como judíos a los que se hubiesen convertido al cristianismo
después del 1 de agosto de 1919, con lo que 100 mil personas de confesión
cristiana pasaban a ser legalmente judíos. Además, redujo la participación
hebrea en la economía a solo el 6%. Los judíos protestaron.

“!Que los campos de batalla en la guerra por nuestra independencia, los


pantanos de Volhynia y los montes del Karst hablen en nombre de la justicia
por nosotros! En las trincheras nadie te preguntaba qué religión profesabas”.
(Citado en Braham, The Politics of Genocide)

Horthy, un antisemita orgulloso pero también un hombre con un fuerte


código de honor, se opuso. Pero fracasó, y dejó clara su actitud en una carta al
nuevo primer ministro, conde Pál Teleki: “Por lo que respecta al problema
judío, he sido un antisemita toda mi vida... Y he considerado intolerable que
aquí, en Hungría, todas las fábricas, bancos, grandes fortunas, negocios,
teatros, periódicos, grandes comercios, etc., tuviesen que estar en manos
judías, y que los judíos tuviesen que ser la imagen que ofre Hungría, sobre
todo en el extranjero”. Si embargo, decía también:
“No puedo contemplar con indiferencia la inhumanidad, las humillaciones sin
cuento, cuando todavía los necesitamos (a los judíos). Además, considero, por
ejemplo, que los hombres de la Cruz de la Flecha son mucho más peligrosos y
despreciables para mi país que el judío. El judío está unido a esta nación por el
interés y es más fiel a su país de adopción que los hombres de la Cruz y la
Flecha que, como los de la Guardia de Hierro (en Rumanía), con sus cerebros
embotados, quieren hacerle el caldo gordo a los alemanes”. (Miklós Szinai y
László Szücs, Confidential Papers, 1965)

Horthy pudo no haber querido “hacerle el caldo gordo a los alemanes”, pero
ciertamente estaba deseoso de permitir que Hungría se beneficiase del ataque
alemán. Después de los Acuerdos de Múnich de 1938, Hungría obtuvo la región
meridional de Eslovaquia, con más de 500 mil magiares y 78 mil judíos. En
marzo de 1939 el país se expandió de nuevo con la anexión de Rutenia, que
dio a Hungría 550 mil habitantes más, 72 mil de ellos judíos de habla yídish,
así como una frontera común con su aliada Polonia.

Esta frontera solo duró unos seis meses. En septiembre, Hungría se negó a
ayudar a los alemanes en su invasión de Polonia y abrió, además, sus puertas
a los soldados polacos que se retiraban. (Livia Rothkirchen, Yad Vashem
Studies)

Cuando la URSS se apoderó de los territorios polacos que bordeaban la


nueva provincia húngara de Rutenia, la frontera polaco-húngara se convirtió en
una frontera soviético-húngara. La sombra que arrojaba la Unión Soviética
acercó más a Hungría a Alemania, y esto concedió a Horthy la oportunidad de
pedir la devolución de Transilvania, que había perdido tras la Guerra.
“Nuestra misión histórica ha sido siempre proteger a Europa contra el
Oriente”, argumentaba Horthy en una carta al Führer. “Sin los Cárpatos somos
incapaces de cumplir con esta misión. Por este motivo, la posesión de esta
cordillera es de vital importancia. Transilvania es la única fortaleza natural de
Europa y sería una ventaja para Alemania si este país estuviese en manos
seguras. Tarde o temprano, Alemania y Rusia tendrán que ajustar cuentas”.
(Yad Vashem Studies)

Hitler entendió muy bien el punto de vista de Horthy y obligó a Rumanía a


entregar el norte de Transilvania a Hungría.

Semejante generosidad llevó a Hungría al Pacto Tripartito formado por


Alemania, Italia y Japón. Ahora, como aliada formal de Alemania, Hungría se
acercó más a su socio nazi y la Cruz de la Flecha se convirtió en una poderosa
fuerza dentro del país. Envalentonados, amenazaban a los judíos en el
Parlamento, exigiendo “su desaparición del país y de la faz de la tierra”.
(Citado en Bradham, The Politics of Genocide)

Obviamente, esta situación no presagiaba nada bueno para los judíos. El


Gobierno de Horthy siguió nadando entre dos aguas, entre el antisemitismo
institucional y la violencia del antisemitismo racista alemán, tan manifiesto en
Austria y Polonia. Así, como explicó el primer ministro, “había que evitar
(socialmente) la mezcla a gran escala entre judíos y no judíos”. En el campo de
las finanzas, “no debemos permitir que las llaves de la economía de la nación
queden en manos de judíos, medio judíos o sus hombres de paja”. También, el
Gobierno empezó a redactar los borradores de sus propias Leyes de
Núremberg, aunque no tuvieran mucha prisa en presentarlas ante el
Parlamento. (The Politics of Genocide)

No importaba. La codicia húngara llevaba ventaja. En 1941 Horthy permitió


que los alemanes utilizaran territorio húngaro para emprender un ataque
contra Yugoslavia para obtener, a cambio, un pedazo de tierra del país
conquistado. Al haber aceptado tantas dádivas de su belicoso aliado desde
1939, Hungría, aunque a regañadientes, se unió a Alemania en 1941
declarando la guerra a la Unión Soviética y, presionado también por la Cruz de
la Flecha, la declaró también a los Aliados occidentales en diciembre.

La situación de los judíos se deterioró gravemente. Una nueva ley “relativa a


la Protección de la Raza”, prohibió los matrimonios entre judíos y no judíos y
definió a aquellos exclusivamente de acuerdo con “linajes de sangre”, es decir,
cualquiera que tuviese dos abuelos judíos era judío. Miklós Kállay, un miembro
del Parlamento, se negó a apoyar el proyecto de ley. Y el primer ministro, que
acababa de llegar después de haber mantenido conversaciones con Hitler y
Ribbentrop, le reprendió: “Me dijo en tono cortante: “Está jugando de forma
irresponsable con la existencia de este país. Conozco la situación y siente la
presión. ¿Acaso no ve usted que este es el único país de toda la esfera de
influencia alemana en el que no hay soldados alemanes? Su resistencia solo
provocará la brutal intervención de los alemanes”. (Citado en Katzburg,
Hungary and the Jews)
Horthy se comprometió a proporcionar más de un cuarto de millón de
hombres en la guerra contra la URSS. A los judíos, como el poeta Miklós
Radnóti, no se les permitió servir en el ejército, pero sí fueron destinados a
batallones de trabajos forzados para elementos “indignos de confianza” y
agregados al ajército para utilizarlos en trabajos particularmente peligrosos.
De los 130 mil judíos de hasta 60 años de edad que fueron incorporados a
dichos batallones, alrededor de 40 mil murieron. Lo que más quería Horthy era
mantener el control de los asuntos de su país; con tal fin, se negó a aceptar el
programa nazi contra los judíos. En este asunto lo apoyaban su hijo István
Horthy y Miklós Kállay, que había condenado el proyecto de ley de 1941, y que
al año siguiente se había convertido en primer ministro. Horthy dependía tanto
de su hijo que le ascendió al cargo de vicerregente.

Los alemanes no estaban nada satisfechos con esta situación, encontraban


que los húngaros eran negligentes y odiaban a István Horthy. “El hijo mayor de
Horthy ha sido nombrado delegado (de su padre) por aclamación en el
Parlamento húngaro”, escribió Goebbels en su diario el 2 de febrero de 1942.
“Este es un magnífico ejemplo de artimaña política de primera categoría.
Pero mantendremos las manos fuera... El hijo de Horthy es un declarado
amante de los judíos, un anglófilo hasta los huesos, un hombre sin educación
formal alguna y sin ninguna comprensión de la política internacional; en
resumen, una persona que, si fuese Regente de Hungría, nos presentaría
problemas que tendríamos que resolver drásticamente. Pero no es el momento
de preocuparse por asuntos tan delicados. En la necesidad, a falta de pan
buenas son tortas, y en tiempos de guerra, toleraremos incluso un molesto
vicerregente en Hungría. Después de todo, !algo tenemos que dejar para hacer
después de la guerra!”. (Joseph Goebbels, Diario)

Kalláy no ocultó su postura sobre la “Cuestión Judía” y, por cuanto


importaba a los alemanes, era incluso peor que la del hijo de Horthy. Estos
nunca cedieron en sus intentos de involucrar a Hungría en la “Solución Final”.
En Berlín, Martin Luther, del Ministerio de Exteriores del Reich, le dijo el 2 de
octubre al embajador húngaro, Döme Sztójay, que los húngaros debían
proceder con urgencia. Tenían que expulsar a los judíos de la vida económica y
cultural del país, obligarlos a llevar una señal que los identificara y deportarlos
al Este. Según Luther, Sztójay no respondió con rapidez.

“De anteriores encuentros con el primer ministro, él sabe que Kállay está
especialmente interesado en saber si después de las deportaciones se les
proporciona a los judíos medios de vida. A este respecto, corren rumores que
Sztójay no cree en absoluto; pero que, no obstante, preocupan al primer
ministro... Respondí que todos los judíos deportados, incluidos por supuesto
los húngaros, estarán empleados en la construcción de carreteras en el Este y
que, posteriormente serán transportados a una reserva. Esta respuesta lo
tranquilizó visiblemente y advirtió que dicha información tendría un efecto
particularmente calmante y favorecedor en el primer ministro”. (Núremberg,
Trial of the Major War Criminals, 1947-49)

Pero no lo tuvo. Kállay se negó constantemente a deportar judíos húngaros.


“Debo oponerme a todos aquellos que sostienen que no eixste problema
alguno en este país excepto el problema judío”, declaró en un discurso el 22 de
octubre de 1942. “Nuestro país tiene muchos otros problemas ante los cuales
el problema judío se vuelve insignificante. Los que solo ven Hungría a través
de semejantes anteojos son hombres envilecidos que deben ser eliminados de
la comunidad”. En otras palabras, eran los miembros de la Cruz de la Flecha y
no los judíos los que debían “ser eliminados”. (Citado en Braham, The Politics
of Genocide)

Kállay y Horthy habían actuado sinuosa y diplomáticamente durante más


de un año, pero cuando el ejército húngaro se desplomó ante la ofensiva
soviética de enero de 1943, sabían lo que tenían que hacer: sacar a Hungría
del dominio alemán. Pero Berlín codiciaba un mayor control sobre sus
renuentes aliados.

Hitler convocó a Horthy en el castillo de Klessheim, cerca de Salzburgo, y lo


apremió una vez más. Las anécdotas populares de la época sostienen que
Horthy le dijo al Führer: “Quizá sean unos piojosos judíos, pero son nuestros
piojosos judíos”. Quizá. Horthy aceptó sin problemas la existencia de un
“problema judío”, pero Hungría lo manejaría.
Hungría había promulgado leyes antijudías en fecha tan temprana como
1920, y desde hacía veinte años “seguía un curso firma para solucionar la
cuestión judía, que consideraba un asunto interno de su país, por sus propios
medios”. Al igual que en “otros problemas de importancia universal, los
diversos Estados soberanos tendrán que encontrar por sí mismos los métodos
más adecuados para resolverlos”. (The Politics of Genocide)

Horthy no sabía qué más podía hacer; “al fin y al cabo, no podía matarlos a
todos”. Hitler no estaba de acuerdo. “Había que tratar a los judíos como
gérmenes de la tuberculosis que pueden infectar un cuerpo sano...Las naciones
que no se difienden contra los judíos, perecen”. (Citado en Raul Hilberg,
Documents of Destruction, 1971) (Sobre las opiniones de Horthy: Nicholas
Horthy, Memoirs, 1957)

Sin embargo, Horthy no se dejó convencer. “La cuestión judía será resuelta
final y satisfactoriamente por los húngaros”, escribió Goebbels en su diaro el 8
de mayo de 1943.
“El Estado húngaro está infiltrado por los judíos y el Führer no ha tenido
éxito en sus conversaciones con Horthy para convencerlo de la necesidad de
medidas más estrictas. El propio Horthy... sigue resistiéndose a todos los
intentos de abordar el problema judío de forma agresiva y se valió de toda una
serie de argumentos humanitarios que, por supuesto, no se aplican en
absoluto en este caso. Sencillamente, no se puede hablar de humanitarismo
cuando se trata con judíos”. (Goebbels, Diario)

Los judíos húngaros siguieron formando parte del Estado. En otras partes
de Europa, millones de hebreos habían sido ya masacrados, y aunque en
Hungría sufrieron la muerte social, la expulsión de la vida económica y el
rechazo de la vida cultural del país, no fueron marcados, ni aislados en guetos,
ni tampoco asesinados. Los judíos húngaros pensaron que sobrevivirían
desvaneciéndose en la oscuridad, bajo la protección de Horthy.

Los observadores extranjeros no compartían esta idea. Lewis Namier, un


historiador que trabajaba en la Agencia Judía de Londres, expresó sus temores
a un funcionario del Ministerio de Exteriores británico sobre el futuro de la
judería húngara. Le explicó que la “preocupación más grave (de la Agencia) era
el posible destino de los 800 mil judíos, que disfrutaban de una relativa
seguridad, ante cualquier defección prematura del Gobierno húngaro de
Alemania. Los judíos de aquí (en Gran Bretaña)... sienten que probablemente
Alemania no tolerará la deserción húngara, y que mientras el ejército alemán
esté en posición de impedirla, la respuesta a dicha deserción será la ocupación
del país, y el resultado de la misma será el exterminio de la última comunidad
judía importante que queda en Europa”. (Katzburg, Hungary and the Jews)

Namier estaba en lo cierto. El final llegó cuando Hungría, al elegir entre el


menor de los dos males, buscó rendirse a las tropas soviéticas en marzo de
1944. Los alemanes se hicieron cargo del Gobierno húngaro y los judíos se
enfrentaron al abismo. Hitler culpó a estos. “Los judíos, que todo lo dominan
en Hungría, los reaccionarios o mestizos judíos y los elementos corruptos de la
aristocracia húngara han llevado al pueblo de Hungría, que estaba bien
dispuesto hacia nosotros, a esta situación”, escribió en su orden al ejército
para que iniciara la invasión. (Citado en Braham, The Politics of Genocide)

Para Horthy fue un momento decisivo. No se exiliaría, como el rey de


Noruega, la reina de Holanda, el Gobierno de Polonia o la gran duquesa Carlota
de Luxemburgo. Él era almirante, le dijo a Kállay, y “un capitán no puede
abandonar su barco; debe permanecer en el puente hasta el final”. Y después
de expresar su preocupación por los húngaros que iban a ser arrastrados al
“matadero ruso”, preguntó a su primer ministro: “¿Quién defenderá a los
judíos, o a nuestros refugiados si abandono mi puesto?”. Pero Horthy no pudo
protegerlos. Para los judíos, la súbita presencia de los enviados alemanes, las
SS y la policía significaron la pérdida y devastación totales. (Sakmyster,
Hungary´s Admiral on Horseback)

Hungría cayó en la órbita alemana porque el Reich era su principal socio


comercial, y el Gobierno magiar, seducido, al ver favorecida su expansión
territorial se alió con Alemania. Rumanía también tenía importantes relaciones
comerciales con el Reich, pues este necesitaba el petróleo que se extraía de los
ricos campos de Ploesti. Además, los rumanos esperaban que Alemania les
ayudara a conservar los territorios que habían obtenido tras la I Guerra
Mundial. De esta manera, Rumanía como Hungría, a causa de la dependencia
económica y las ambiciones territoriales, abrió sus puertas a la influencia
alemana.

Al igual que Hungría, Rumanía tampoco se unió al Eje inmediatamente. En


este país también existía un genuino antisemitismo que contaba con gran
apoyo popular y un movimiento fascista que gozaba de gran predicamento: la
Guardia de Hierro. A finales de 1937, después de su espectacular éxito
electoral, parecía que su líder, el violento antisemita Codreanu, estaba
dispuesto a establecer una dictadura fascista. Ante la amenaza de la derecha,
el rey Carol II nombró un nuevo presidente de Gobierno, igualmente anti-
semita pero monárquico, el poeta Coga. Su vicepresidente era el académico
Cuza, que se jactaba de ser “el padre del antisemitismo moderno” y que
consideraba a Hitler un mero divulgador, aunque competente, de su doctrina.
(Paul Saphiro, Canadian American Slavid Studies; y Larry L. Watts, Romanian
Cassandra)

Coga pretendía “eliminar 500 mil judíos de la vida rumana, privarlos de su


ciudadanía y expatriarlos”, tal como expuso al Daily Herald en enero de 1938.
“Mi primera medida será declarar que no podemos responsabilizarnos de
mantener a esta gente dentro de nuestro Estado”. (Alexander L. Easterman,
King Carol, Hitler, and Lupescu, 1942)

Diez días más tarde, Coga describió a los judíos como pobladores extraños
que debían ser expulsados. Estas declaraciones prepararon al público para un
real decreto, fechado el 22 de enero, que exigía a los judíos pruebas de
ciudadanía respaldadas con la más completa documentación. Era una labor
imposible en un país tan pobre en registros civiles como Rumanía. El pánico se
desencadenó: los negocios judíos cerraron, el capital huyó al extranjero, el
valor de las acciones rumanas en las bolsas extranjeras se desplomó y el
comercio se detuvo en la práctica. La crisis económica obligó al rey Carol a
destituir a Coga, que se despidió gritando: “Israel ha triunfado”. (King Carol,
Hitler and Lupescu)

El Gobierno de Cuza y Coga duró solo tres semanas, pero el daño hecho
perduraría durante años. Un nuevo Gobierno formado apresuradamente por el
Patriarca Primado ortodoxo Miron Christea promulgó la igualdad de derechos
para todos, pero no derogó el real decreto. En el plazo de 18 meses, 225 mil
judíos perdieron la nacionalidad, el 38% de la población judía. Uno tras otro,
los proyectos de ley antisemitas pasaban por el Parlamento, reduciendo a los
judíos rumanos a la penuria de sus correligionarios alemanes. Pronto llegó la
muerte social y el antisemitismo racista se convirtió en moneda de uso
corriente. En agosto de 1940, el rey Carol firmó un decreto que prohibía los
matrimonios entre judíos y rumanos “de sangre rumana”. (Radu Ioanid, The
Holocaust in Romania)

Esta política estaba enraizada en el antisemitismo nacional rumano, pero su


asunción fue apresurada por los asuntos internacionales. Durante la década de
los treinta, la Sociedad de Naciones, que garantizaba los derechos de las
minorías, se debilitó y finalmente se desintegró. En esta situación, nadie,
ninguna institución, podría detener la fuerza inexorable del antisemitismo. Los
judíos quedaron expuestos a los caprichos de un Gobierno cada vez más
opresor. Presionada por el Reich, Rumanía firmó un acuerdo comercial con
Alemania en marzo de 1939. Y después de la invasión de Polonia, un segundo
acuerdo comercial puso a disposición de los alemanes la industria petrolera
rumana, la quinta del mundo. Además, su producción agrícola se desvió hacia
cultivos industriales como el lino, algodón, semillas oleaginosas y piensos,
todos ellos necesitados con urgencia por el Reich. (Ion Gheorghe, Rumaniens
Weg zum Satellitenstaat; Andreas Hillgruber, Hitler, Konig Carol und Marshall
Antonescu)
Luego vino la caída de Francia en junio de 1940. Los rumanos quedaron
abrumados; fue un momento determinante, moral y políticamente. La
novelista británica Olivia Manning, que vivía en la capital rumana, escribió en
The Balkan Trilogy: “Para Bucarest la caída de Francia ha sido la caída de la
civilización. Francia era el ideal para todos aquellos que luchaban contra sus
orígenes campesinos. Creían que toda la cultura, el arte y la moda, los
conceptos de libertad y las opiniones liberales provenían de Francia”. Manning
percibió el ambiente dominante en la ciudad.

“Con Francia derrotada, ya no habría freno o fuerza contra el salvajismo.


Excepto por un puñado de fascistas congénitos, nadie creía de verdad en el
Nuevo Orden. Esta vez era evidente incluso para aquellos que creían en
Alemania: la victoria nazi sería la victoria de la oscuridad. Amputada de Europa
Occidental, Rumanía quedaría abierta a las persecuciones, al fanatismo, la
crueldad, la superstición y la tiranía”. (The Balkan Trilogy)

Los buitres empezaron a revolotear. La Unión Soviética, envalentonada por


la derrota de Francia, aliada de Rumanía, exigió a esta la devolución de
Besarabia y el norte de Bukovina. Rumanía se volvió hacia Alemania en busca
de ayuda, pero Hitler, que ya había cerrado sus tratos con Stalin, estaba más
interesado en complacer a los rusos que en ayudar a los rumanos. Bulgaria
reclamó entonces la restitución del sur de Dobrudja, perido en 1919.
De nuevo, Alemania ordenó a Rumanía que cediese. Al final, llegó Hungría
para llevarse los restos: quería Transilvania. Rumanía se negó, y ambos países
iniciaron los preparativos bélicos. (Watts, Romanian Cassandra)

Hitler, que necesitaba la estabilidad en la zona para conservar el suministro


de petróleo rumano, intervino enviando un telegrama al rey Carol diciéndole
que “bien podía ceder un poco a Hungría y Bulgaria”, y pidió a Ribbentrop y
Ciano que arbitraran en la disputa. Ciano vio al Führer el 28 de agosto y, según
una de las entradas de su diario, Hitler le dijo que lo único que importaba era
“que se mantuviese la paz y que el petróleo rumano siguiera fluyendo”. (The
Ciano Diaries, 1947)

Ribbentrop y Ciano se reunieron en Viena al día siguiente y otorgaron la


mitad de Transilvania a Hungría. Ciano anotó en su diario el 39 de agosto que
“durante la cerremonia de firmas en el Belvedere, los húngaros no podían
contener su alegría cuando miraban los mapas. Luego escuchamos un ruido
sordo. Era Manoilescu (el ministro de Asuntos Exteriores rumano), desmayado
sobre la mesa. Médicos, masajes, aceite alcanforado. Al fin se recobró, pero se
le veía claramente afectado”. (The Ciano Diaries)

Irónicamente, la pérdida de tantos territorios mitigó el “Problema Judío”


rumano. Al perder Besarabia y el norte de Bukovina, se libraron también de
250 mil judíos, principalmente rusos o de habla yídish, que nunca estuvieron
integrados en la sociedad rumana. La cesión del norte de Transilvania hizo que
150 mil judíos se convirtieran en un “problema” húngaro. Sin embargo, las
pérdidas territoriales desestabilizaron también la ya insegura situación política.
El general Ion Antonescu, que se llamó a sí mismo conducator (jefe), destronó
al rey Carol II, que había mantenido a raya a la Guardia de Hierro. El monarca
abdicó en su hijo de 19 años, Mihai I. El general Antonescu, anglófilo por
convicción, proalemán por necesidad y antisemita de corazón, llevó al Gobierno
a la Guardia de Hierro. (Watts, Romanian Cassandra)

A pesar de sus recelos hacia el programa fascista revolucionario, acordó


que los 300 mil judíos que quedaban en la Vieja Rumanía debían ser
eliminados. Antonescu promulgó una segunda oleada de leyes antisemitas que
buscaban la “rumanización” del país, expulsando a los judíos de las escuelas,
universidades y profesiones liberales, apartándoles del comercio y expropiando
sus empresas y propiedades agrícolas.

Con el poderoso apoyo interno que tenía el programa nazi y sin aliados
externos que contrarrestaran la presión alemana, Rumanía se unió al Eje en
otoño de 1940. Tropas alemanas entraron en el país para preparar la próxima
invasión a la URSS a través de la frontera rumana. Podría creerse que esta
situación beneficiaría a la Guardia de Hierro, pero Hitler necesitaba la
estabilidad política del país y un ejército rumano a su disposición. La Guardia
de Hierro era tan molesta como las SA en 1934, y con aprobación de los
alemanes, Antonescu la suprimió en una acción sangrienta en enero de 1941,
estableciendo al mismo tiempo una dictadura militar. Así, Hitler obtuvo lo que
quería: el 22 de junio el ejército rumano se unió al alemán en el ataque a la
Unión Soviética.

Antonescu también consiguió lo que deseaba. Cuando Rumanía se apoderó


de Odessa, los alemanes devolvieron el norte de Bukovina, Besarabia y, de
paso, añadieron Transinistria. Para los rumanos, el precio en vidas humanas
fue alto y aumentó progresivamente a medida que se necesitaban más tropas
en el frente oriental. Para los judíos de los territorios adquiridos, el precio fue
igualmente mortal.

Bulgaria, como los otros países de la cuenca del Danubio, tenía también sus
agravios territoriales. Había perdido Macedonia, Tracia y el sur de Dobrudja, y
quería recuperarlas. Además, como aliada de las Potencias Centrales en la
Gran Guerra, había terminado en el bando perdedor y cargaba con las enormes
deudas de las reparaciones de guerra por valor de 2,25 millones de francos
oro. Cercenada y frustrada, Bulgaria quería mejorar su situación.

Al igual que les sucedió a sus vecinos, cayó dentro de la órbita comercial
alemana. En 1939 el Reich representaba el 70% del comercio exterior búlgaro.
Pero no conservaban buenos recuerdos de los alemanes, que les trataron como
una colonia durante la Guerra. La comunidad hebrea de 50 mil personas dentro
de una población de seis millones era bastante pequeña y, a diferencia de
Hungría, apenas había judíos en la vida académica, económica o en las
profesiones liberales. En resumen, el antisemitismo era prácticamente
inexistente. (Frederick B. Chary, The Bulgarian Jews and the Final Solution)

Sin embargo, el nuevo ordenamiento alemán de Europa excitó el interés del


rey Boris III, presidente del Gobierno de facto, que deseaba recuperar los
territorios perdidos por su padre.

En febrero de 1940, el rey Boris nombró presidente al profesor Bogdan


Filov, un apasionado enamorado de Alemania. Filov eligió como ministro de
Interior a Peter Gabrovski, germanófilo y líder de la organización fascista
Ratnik.
Bulgaria fue recompensada por su apoyo cuando Alemania le dijo a
Rumanía que entregase a los búlgaros el sur de Dobrudja. El sentimiento pro-
Eje aumentó fervorosamente. El embajador inglés en Sofía observó: “Muchos
indecisos que todavía no se habían comprometido con el bando germano
fueron arrastrados por la vorágine del entusiasmo proalemán”. (Citado en
Marshall L. Miller, Bulgaria During Second World War)

Por supuesto, había que pagar un precio: la introducción de leyes anti-


semitas. Así medía Hitler la fidelidad, esa era la monera de su reino. Rumanía
aprobó dichas leyes en otoño de 1940 y Gabrovski, el ministro de Interior, hizo
lo propio proponiendo la Ley para la Defensa de la Nación, que aprobó y firmó
Boris III. “La retrasé, no quería firmarla”, le dijo a una persona de su
confianza. “Pero ahora que ya hay leyes semejantes en Hungría, Rumanía e
incluso Francia, decidí que era mejor que las aprobáramos nosotros, antes de
que nos las impusiesen”. Dimitri Peshev, vicepresidente del Parlamento, que
apoyó el proyecto de ley, admitió en su diario que solo lo hizo para aparentar
estar de acuerdo con Alemania. “El interés de nuestra política hacia Alemania,
de la que esperamos conseguir objetivos básicos nacionales y políticos, podría
justificar temporalmente ciertas medidas restrictivas contra los judíos, si así se
ayuda a dicha política. Aunque nadie está de acuerdo, o admite, que estas
medidas deban ser permanentes, o que tomen la dimensión y la forma en la
que las aplican los alemanes”. (Citado en Michael Bar-Zohar, Beyond Hitler´s
Grasp)

La filosofía defensiva (“Lo hice para evitar males mayores”) y la realpolitik


del antisemitismo (“Aprobaremos estas medidas temporalmente para conseguir
nuestros objetivos, pero sin intención de ponerlas en vigor totalmente”)
prosperaron durante la II Guerra Mundial, y siempre con resultados
sangrientos. Es digno de mención que pocos búlgaros aceptasen la ley y sus
motivos fundamentales. La ley es “innecesaria, dañina y se opone a nuestros
principios del derecho y de la justicia”, declaró el Colegio de Abogados Búlgaros
en una carta abierta al Parlamento. 21 escritores y poetas escribieron una
carta al primer ministro: “Una ley que esclaviza a parte de la ciudadanía
búlgara perdurará como una página negra en nuestra nueva historia”.
La Iglesia ortodoxa de Bulgaria, a través de sus obispos, advirtió que
mientras las naciones tienen derecho a defenderse a sí mismas, “en ese
esfuerzo legítimo no deben permitir la injusticia y la violencia contra los
demás”. La ley siguió en vigor, pero estaba claro que carecía de apoyo popular.
(Beyond Hitler´s Grasp)
Pero los alemanes sabían cuán persuasiva puede ser la codicia. Hitler
ofreció al rey Boris lo que más deseaba: un acceso al Egeo. Bulgaria se unió al
Pacto Tripartito el 1 de marzo de 1941 y tropas alemanas entraron en el país.
Al permitir que el ejército alemán dispusiese de una base desde la que invadir
Grecia y Yugoslavia, los búlgaros obtuvieron todos los territorios que creían
eran suyos. Con la anexión de Tracia y Macedonia, hasta los que estaban en
contra de Alemania alcanzaron el éxtasis. “Estamos todos embriadados con la
idea de obtener, por primera vez en nuestra historia, lo que merecemos, lo que
hemos exigido en vano durante tanto tiempo”, reflexionaba un antialemán.
“Todos nosotros, desde los nacionalistas más extremistas hasta los comunistas,
estamos satisfechos con los éxitos que el Nuevo Orden de Hitler ha traído a los
Balcanes”. (Citado en Miller, Bulgaria During the Second World War)

Afortunada Bulgaria. Logró todas sus metas territoriales antes de la


Operación Barbarroja, dejando a Alemania con pocos argumentos para obligar
a los búlgaros a entrar en guerra contra los rusos. Bulgaria nunca fue miembro
pleno del Eje, ni envió tropas a zonas que estuviesen más allá de los llamados
límites de la “Gran Bulgaria”. Era un buen presagio para los judíos de la Vieja
Bulgaria. !Qué lástima, en cambio, que los 15 mil judíos de los territorios
anexionados de Tracia y Macedonia no disfrutasen de la misma protección!
De hecho, no tuvieron protección alguna. (Chary, The Bulgarian Jews and the
Final Solution; Nissan Oren, Yad Vashem Studies)

Yugoslavia, en cambio, era el alma de las desdichas y los descontentos).


Creada al final de la I Guerra Mundial como el Reino de los Serbios, Croatas y
Eslovenos, el nuevo país incluía los reinos de Serbia y Montenegro, los
antiguos territorios de los Habsburgo de Eslovenia y Croacia, además de
Bosnia-Herzegovina con su turbulenta historia de nacionalismos del siglo XIX,
reclamada por Serbia, pero ocupada (1878) y anexionada posteriormente
(1908) por Austria-Hungría, lo que condujo al incidente que provocó la Gran
Guerra.

Aquella guerra no resolvió nada. Serbios y montenegrinos eran ortodoxos


griegos y habían combatido en el bando Aliado, mientras que eslovenos y
croatas, católicos romanos, se habían unido a las Potencias Centrales. Cada
región tenía sus propias tradiciones políticas, educativas y legales. Y para
complicar más las cosas, en Bosnia-Herzegovina y la provincia serbia de
Kosovo vivía una gran minoría musulmana; por si no fuera poco, los Estados
vecinos, próximos o lejanos (Alemania, Hungría, Rumanía, Turquía, Bulgaria e
Italia), reclamaban el derecho de sus respectivas poblaciones étnicas a vivir en
cada una de esas regiones. (Fred Singleton, Twentieth-Century Yugoslavia,
1976; John R. Lampe, Yugoslavia as History, 1996)

El rey Alejandro, frustrado tras una década de esfuerzos inútiles para


integrar su políglota Estado, abandonó la democracia en 1928 y estableció una
dictadura monárquica. Cambió el nombre del país por el de Yugoslavia para
hacer incapié en la unidad del pueblo e introdujo un programa chauvinista en
pro del nacionalismo yugoslavo y en contra del regionalismo.

El nacionalista croata Ante Pavelic respondió fundando una organización


clandestina, Ustashe (Rebelión), que abogaba por la independencia croata, y
que se valió del terrorismo para conseguir ese objetivo. Se basaba en la
imposibilidad de un arreglo entre croatas y serbios. (Lampe, Yugoslavia as
History; Jill A. Irvine, The Croat Question; James J. Sadkovich, Italian Support
for Croatian Separatism)

El rey Alejandro fue asesinado por un miembro de dicha organización en


1934. Sin embargo, el país continuó bajo el mando del príncipe regente Pablo.
Posteriormente, como en todo el continente, las agresiones alemanas
ejercieron gran influencia en los asuntos locales bastante antes de que el
propio país fuese invadido. Con la Anschluss de Austria, Alemania se acercó
más; ahora compartían una frontera común. Después de los Acuerdos de
Múnich de 1938 y la división de Checoslovaquia, los separatistas croatas
exigieron descaradamente una autonomía como la que habían obtenido los
eslovacos. Y en ese momento se dirigieron a los alemanes en busca de ayuda.
(J.B. Hoptner, Yugoslavia in Crisis, 1934-1941)

Cuando la guerra estalló en 1939, Yugoslavia intentó, en vano, seguir una


política de neutralidad. Pero nadie en el país era neutral, todo el mundo tenía
simpatías diferentes. Los serbios eran anglófilos, los croatas admiraban a
Alemania; muchos montenegrinos buscaban el apoyo italiano, mientras los
macedonios lo hacían en Bulgaria. Nada de eso importó: Alemania los tenía
rodeados. A finales de 1940, todos los vecinos de Yugoslavia, excepto Grecia
que estaba en guerra con Italia, formaban parte, de hecho o de derecho, del
Eje. A principios de 1941, Alemania presionó a Yugoslavia para que se uniera
también a esta alianza.

El ataque de Mussolini a Grecia (28 de octubre de 1940) no fue una


blitzkrieg. Ayudado por los británicos, el ejército griego rechazó a los italianos.
Mussolini necesitaba la ayuda de Hitler y este quería emprender las
operaciones contra Grecia desde Yugoslavia. Entre el Eje o la invasión, el
Gobierno yugoslavo eligió unirse al Pacto Tripartito e inmediatamente los
serbios probritánicos se rebelaron y se hicieron con el control del país el 27 de
marzo de 1941. El príncipe regente se exilió y su sobrino, Pedro II, accedió al
trono. (Dragisa N. Ristic, Yugoslavia´s Revolution of 1941, 1966)

Hitler explotó ante esta afrenta intolerable y ordenó la invasión. ”El golpe
militar en Yugoslavia ha cambiado la situación política en los Balcanes. Incluso
si Yugoslavia presentase al principio una declaración de lealtad, debe ser
considerada como una nación enemiga y destruida, por tanto, lo más
rápidamente posible”. (Documents on German Foreing Policy)

Hitler cargaba de significado cada palabra. La “Operación Castigo” comenzó


el 6 de abril con el bombardeo de Belgrado que había sido declarada ciudad
abierta. Atacado por alemanes e italianos, el ejército yugoslavo capituló el 17
de abril. Yugoslavia dejó de existir. Los alemanes la trincharon y sirvieron los
trozos a Italia, Hungría y Bulgaria. (A.Djonlagic, Z.Atanackovvic, D.Plenca,
Yugoslavia in the Second World War, 1967)

El impaciente nacionalista croata Ante Pavelic no esperó a la rendición de


su país y proclamó el “Estado independiente de Croacia” una semana antes. Lo
que Pavelic entendía por “independencia” se lo explicó a Anton Veesenmeyer,
el hombre de confianza para el sudeste de Europa de Ribbentrop.

Pavelic solo tenía dos deseos: primero, que Alemania reconociese la


independencia de Croacia; y segundo, una oportunidad para darle las gracias a
Hitler en persona y prometerle “vivir y morir por el Führer”. (Documents on
German Foreing Policy)

Para recompensar semejante servilismo, Alemania permitió que el nuevo


“Estado independiente de Croacia” se apoderase de Bosnia-Herzegovina. Pero
Pavelic no sería el dueño de su propia casa: las potencias del Eje dividieron el
nuevo Estado en dos zonas, una bajo autoridad italiana, la otra bajo dominio
alemán. (Ladislaus Hory y Martin Broszat, Die Kroatische Ustascha-Staat,
1941-1945, 1964)

La Ustashe se impuso y exigió un estado-nación. Comenzó la eliminación


sistemática y despiadada de los serbios (2 de los 6,3 millones de habitantes de
la Croacia independiente). El método favorito era la conversión al catolicismo,
la asimilación dentro de la comunidad croata o la expulsión, aunque también
se admitía el asesinato. Otras minorías, sobre todo los 40 mil judíos y 30 mil
gitanos también deberían desaparecer, pero la conversión no era una opción
que se les pudiese ofrecer. De manos del infame ministro de Interior croata,
Andrija Artukovic, bien conocido por su consigna, “si no puedes matar serbios
o judíos, eres un enemigo del Estado”, sobrevino un reinado de terror. La
Ustashe despojó a los serbios de sus derechos legales, sus medios de vida y
propiedades. Entre 200 mil y 300 mil fueron obligados a convertirse, se
expulsó a cientos de miles más y masacraron a unos 350 mil de todas las
edades. (Edmond Paris, Genocide in Satellite Croatia, 1941-1945, 1961;
Vladimir Dedijer, The Yugoslav Auschwitz and the Vatican, 1992)

Un gran número de estos huyeron a la Serbia ocupada por Alemania o a las


montañas, donde crearon un movimiento de resistencia contra la Ustashe y los
alemanes. Pero el movimiento partisano yugoslavo estaba tan dividido como el
país. Los chetniks (de ceta, guerrilla), dirigidos por el coronel Drazâ Mihajlovic,
estaban formados por soldados y oficiales leales al rey. El Gobierno yugoslavo
en el exilio en Londres reconoció a los chetniks como el Ejército Yugoslavo en
la patria. Estos, como el Gobierno exiliado, eran nacionalistas serbios
chauvinistas: anticroatas y antimusulmanes. También eran indisciplinados,
estaban mal coordinados y carecían de una visión coherente sobre el futuro de
su país. El recuerdo de las brutales pérdidas serbias durante la I Guerra
Mundial, el 20% de la población, hizo que el principal objetivo de Mihajlovic
fuese salvar vidas serbias. Intimidado por la política alemana de asesinar a 100
rehenes serbios por cada muerto alemán, o de matar a 50 por cada alemán
herido, y consternado por el asesinato de más de 20 mil rehenes serbios,
ahorcados o fusilados, en el plazo de medio año, trató de evitar el combate con
el enemigo. (Tomasevich, The Chetniks)

Este cómodo acuerdo entre Mihajlovic y los alemanes no privó a estos de


rehenes, simplemente cambió el depósito de donde los sacaban. En octubre de
1941, el jefe alemán de la administración civil en Serbia, Staatsrat Harald
Turner, ordenó a los jefes locales de la Wehrmacht que utilizaran a “todos los
varones judíos y gitanos”. Esta política no trajo a los alemanes el control
territorial que deseaban, pero tuvo un efecto colateral que encontraron útil.
“En interés de la pacificación, la cuestión gitana ha sido completamente
liquidada. Serbia es el único paíes en el que las cuestiones judía y gitana han
sido resueltas”. Informó Turner a Berlín en 1942. (Citado en Dennis Reinharz,
The Gypsies of Eastern Europe)

Turner no estaba completamente en lo cierto: muchos judíos y gitanos, así


como un gran número de serbios se habían unido al otro gran movimiento
partisano, dirigido por el croata Josif Broz, conocido como Tito. Estos eran
comunistas y se beneficiaban de los veinte años de existencia clandestina e
ilegal del partido. A diferencia de los chetniks, los partisanos de Tito no
rechazaban a ninguna facción y preveían un modelo federal para resolver los
problemas étnicos del país. Bien organizados, con dirigentes políticos y
militares capaces, además de buenos contactos con otros grupos de izquierda,
los comunistas atrajeron a muchos sectores de la sociedad yugoslava, sobre
todo entre los jóvenes.

Estos partisanos inspiraban confianza. Al controlar zonas cada vez más


extensas, establecieron un aparato gubernamental propio. Además, a Tito
tampoco le disuadió la política represora alemana. Cautivó los anhelos, las
aspiraciones y la imaginación del pueblo yugoslavo: hacia 1944, alrededor de
800 mil hombres y mujeres se habían unido a su movimiento de resistencia
armada. (Phyllis Avty, Tito: A Biography, 1970)

Mihajlovic trató de controlar a los partisanos de Tito, pero este se negó a


cobijarse bajo el paraguas chetnik. Necesitados de poder, los chetniks pidieron
ayuda primero a los italianos y luego a los alemanes. Colaboradores
oportunistas al principio, pronto se convirtieron en tropas auxiliares del Eje,
y las tensiones entre ambas organizaciones de resistencia estallaron en el
enfrentamiento total, lo que sumió al país en una sangrienta guerra civil.

Los chetniks luchaban contra los partisanos de Tito; estos contra los
alemanes y los ustachi, y la Ustashe luchaba contra todos, excepto los croatas
étnicos y los alemanes.

El famoso escritor fascista italiano Curzio Malaparte visitó la Croacia


ocupada como corresponsal del Corriere della Sera. Presentado a Pavelic, le
pidieron que entrevistase al poglavnik (jefe), tal como a este le gustaba
llamarse, junto con el embajador italiano, Raffaello Casertano. La guerra se
había extendido hasta tal punto que “las bandas partisanas se infiltraban por la
noche hasta en los mismísimos suburbios de Zagreb, pero los leales ustachi de
Pavelic pronto sofocarán estas molestas guerrillas”, predijo Malaparte.
Pavelic hizo comentarios sobre la situación y su papel.

“El pueblo croata”, dijo Ante Pavelic, “desea ser gobernado con bondad y
justicia. Y yo estoy aquí para garantizar esa bondad y esa justicia”.
Mientras decía esto, yo contemplaba un cesto de mimbre colocado sobre la
mesa del despacho, a la izquierda del poglavnik. El tapetito que lo cubría
estaba un poco levantado, permitiendo ver que el interior estaba lleno de
frutos de mar, al menos así me lo parecieron a mí, y hubiese asegurado que
eran ostras sacadas de su concha, como las que a veces se ven expuestas en
grandes fuentes en los escaparates de Fortnum and Mason, de Piccadilly.
Casertano me miró guiñándome el ojo:
-!Bien le agradaría una buena sopa de ostras!
-¿Son ostras de Dalmacia? -pregunté al poglavnik.
Pavelic alzó la servilleta que cubría el cesto y, mostrándome aquellos frutos de
mar, aquella masa gris y gelatinosa, me contestó, sonriendo, con su habitual,
bonachona y cansada sonrisa:
-Es un regalo de mis fieles ustachi. Son veinte kilos de ojos humanos.
(Curzio Malaparte, Kaputt, 1947)

Al final, Yugoslavia pagó un precio asombroso por la ocupación alemana y


las refriegas internas que se desencadenaron. De los 14 millones que vivían en
1940, 1,5 millones de ellos estaban muertos en 1945, alrededor del 11% de la
población. Esta tasa de mortalidad fue la segunda de Europa, después de la
polaca. Pero en Polonia la mitad de las víctimas eran judías, y fueron
asesinadas por los alemanes. En Yugoslavia los judíos apenas representaron el
3% de los muertos. Aquella infeliz nación yugoslava participó en su propia
ejecución.

Hitler invadió Grecia el mismo día que Yugoslavia, y tuvo bastante más
éxito que su aliado Mussolini. La envidia dominaba al Duce. Después de haber
patrocinado a Hitler en los años veinte, Mussolini había visto cómo Alemania
devoraba grandes pedazos de Europa central entre 1938 y 1939. ¿Por qué
Italia no podía conquistar también? En abril de 1939 ordenó la invasión de
Albania, que fue aplastada en un día y anexionada inmediatamente.

Muy satisfecho, Mussolini se quedó entonces a contemplar desde la barrera


el ataque de Hitler a Polonia. Italia, una sociedad tradicionalmente agrícola,
carecía prácticamente de materias primas, tenía una base científica y
tecnológica débil y una pequeña clase empresarial sin acceso a capital.

Los fascistas podían proclamar que eran los mejores, pero Italia,
simplemente, no tenía los recursos necesarios para emprender una guerra.
Los alemanes les pidieron ayuda, y como Ciano, yerno de Mussolini, escribió en
su diario: “Una cosa es predicar y otra dar trigo”. Y seguía: “Me quedo a solas
con el Duce y redactamos un mensaje para Hitler. Le explicamos el porqué de
nuestras grandes necesidades, y terminados diciéndole que Italia no podrá
entrar nunca en guerra sin dichos abastecimientos”. Hitler respondió que
“aniquilaría Polonia y atacaría Francia e Inglaterra sin ayuda”. (Ciano, The
Ciano Diaries, 1939-1943)

Cuando Alemania conquistó Dinamarca y Noruega, Mussolini se puso


furioso. “Es humillante permanecer con las manos cruzadas mientras otros
escriben la historia”, se quejó a su yerno. “Para engrandecer a un pueblo es
necesario que entre en combate, aunque haya que darle de patadas en el
trasero. Esto es lo que haré”. Sin embargo, Mussolini se contuvo; tan solo
declaró la guerra a Francia y a Gran Bretaña cuando la primera se rindió y la
segunda fue expulsada del continente.

De cualquier manera, estos países no estaban en la órbita italiana, pero


Rumanía sí. Y cuando los alemanes entraron en Bucarest, Mussolini se indignó.
“Hitler siempre me deja ante el hecho consumado”, exclamó iracundo. “Esta
vez le voy a pagar con la misma moneda. Se enterará por los periódicos que
he ocupado Grecia y, de esta forma, el equilibrio se restablecerá”.
(The Ciano Diaries)

Nada de eso sucedió, porque Hitler se enteró de la aventura italiana en


Grecia de una forma que le molestó mucho. De vuelta a Berlín en tren,
después de una desastrosa reunión con Franco (que se había negado a unirse
al Eje) y de las inútiles conversaciones mantenidas con Pétain en Montoire,
Hitler supo que Mussolini estaba a punto de invadir Grecia y ordenó a los
maquinistas que se dirigieran a Florencia. Tres horas al norte de la ciudad,
llegaron noticias: la invasión había comenzado. Hitler estaba furioso.

Ribbentrop recordó haberle dicho: “Los italianos nunca serán capaces de


hacer algo contra los griegos en los Balcanes durante las lluvias de otoño y las
nieves del invierno”. Mussolini no le dejó hablar sobre el tema. Durante siete
horas pasearon a Hitler de un lado a otros por los lugares turísticos: almuerzo
en el palacio Medici, un concierto en el palacio Pitti y una gira por el museo del
palacio Vecchio.

El Duce pudo haber desbordado diplomáticamente a Hitler, pero el ejército


italiano necesitaba la fuerza alemana. La invasión se convirtió rápidamente en
una retirada, que dejó en manos griegas la mitad de Albania. Durante veinte
años, los fascistas habían estado proclamando que solo había una prueba
verdadera para los hombres o las naciones: la guerra. Y Mussolini había
perdido la suya.

Sus opciones eran, como dijo Winston Churchill en una retransmisión


radiofónica al pueblo italiano el 23 de diciembre de 1940, enfrentarse en
solitario a griegos y británicos o “pedir a Atila que cruzase el Paso del Brenero
con sus hordas de soldados rapaces y sus bandas de policías de la Gestapo
para que ocupasen, oprimiesen y protegieran al pueblo de Italia, mientras él y
sus seguidores nazis ofrecían a esta nación el más amargo y abierto desprecio
que se conoce entre razas”. (Churchill, Blood, Sweat and Tears)

Mussolini eligió a Atila y este atacó el 6 de abril de 1941. A finales de mes,


el Gobierno griego había abandonado el continente en dirección a Creta;
Atenas fue ocupada y la resistencia se derrumbó. El general Georgios
Tsolakoglu, comandante en jefe del Ejército Occidental de Macedonia, se
convirtió en el primer ministro de un régimen colaboracionista controlada por
plenipotenciarios alemanes e italianos. Estos últimos, a los que los griegos
despreciaban, ocuparon la mayor parte del país; y los alemanes, a los que los
griegos odiaban, se quedaron con Atenas y Salónica, con su importante y
estratégico hinterland. Bulgaria obtuvo Tracia.

Los alemanes saquearon las materias primas y los productos agrícolas


griegos sistemáticamente y sin piedad. Este expolio condujo al rápido
derrumbe de la economía del país. Las fábricas cerraron por falta de dichas
materias primas o porque la maquinaria y las existencias se enviaron a
Alemania. El transporte público se interrumpió. (Mark Mazower, Inside Hitler´s
Greece)

Los alimentos empezaron a escasear y, a finales de 1941, los griegos se


mantenían con solo un tercio de la dieta mínima básica: el país se hundió en la
hambruna. La gente se desplomaba en las calles y se moría, los cadáveres se
quedaban tirados en las aceras hasta que las carretas municipales pasaban
durante sus rondas de recogida. El hambre afectó a la moral y al ambiente. Un
hombre anotó en su diario:
“Todos estamos a punto de estallar de ira. Me siento mareado cuando estoy
en medio de la gente. Tengo ganas de pegar a cualquiera que esté enfrente de
mí”.
Un joven abogado ateniense se lamentaba: “Lo único que importa en el día
a día es la cuestión de la comida, mejor dicho del hambre”.

Unas 100 mil personas murieron durante la hambruna de 1941-42. Y los


griegos creyeron que esta situación revelaba una política genocida deliberada.
“Los griegos... acusan (a los alemanes) de destruir la comida antes de permitir
que aquellos tengan acceso a ella”, informó una suiza que abandonó Salónica
en diciembre, “están convencidos que el “arma secreta” de los alemanes es el
hambre y que la están utilizando metódicamente contra ellos con el fin de
exterminarlos intencionadamente”. Sentía que era “una valoración lógica de la
conducta alemana en Grecia desde la invasión de Rusia”. (Inside Hitler´s
Greece)

Lógica, pero equivocada. Los alemanes se limitaron a no preocuparse por lo


que les pasaba a los griegos. Se llevaron todo lo que fuese útil para proseguir
con la guerra. Si ocuparon poblaciones que murieron de hambre, de frío o de
enfermedades infecciosas, era algo que no podía evitarse. Lo único que les
importaba eran las necesidades del Herrenvolk.

Si la política alemana en Grecia fue sanguinaria, aunque pragmática, en


Rusia estuvo alimentada por un racismo fanático. Fue en la Unión Soviética, no
en Grecia, donde los alemanes se valieron del hambre como arma genocida.
Para Hitler, el pacto germano-soviético de 1939 solo era una ventaja temporal.
El domingo 22 de junio de 1941, la Wehrmacht sorprendió a su vecino y aliado
con la Operación Barbarroja, una ofensiva militar en toda regla. (Alan Clark,
Barbarossa: The Russian-German Conflict, 1941-1945, 1965 y Albert Seaton,
The Russo-German War, 1941-1945, 1971)
Esta fue una guerra diferente. El dominio de Polonia buscaba corregir los
errores de Versalles. La invasión de Rusia fue un ataque geopolítico para
conquistar Lebensraum en el este y una cruzada ideológica para destruir la
conspiración judeobolchevique que gobernaba el mundo. (Alexander Dallin,
German Rule in Russia, 1941-1945, 1957 y Omer Bartov, Hitler´s Army)

A medida que las tropas alemanas avanzaban hacia el interior de Rusia,


disfrutando de asombrosas victorias, Franz Lüdtke, el historiador nacional-
socialista de la Alemania oriental, escribió un libro que se distribuyó entre los
soldados, donde describía la guerra como un conflicto contra el judaísmo
bolchevique asiático. “Mientras se escriben estas líneas, somos testigos del
enfrentamiento final en Europa oriental”, les decía a los soldados. “Todas las
fuerzas destructoras que se extienden al Oriente del alma de nuestra nación,
en Asia, se han fundido en el crisol de bolchevismo, del que ha nacido un
vendaval destructor. Bajo el mando del Führer, Alemania se ha convertido no
solo en la defensora de la cultura germana, sino en la de toda la cultura
occidental”.

La Operación Barbarroja era una lucha a muerte entre el bien y el mal,


entre las fuerzas de la luz contra las de la oscuridad, entre los Übermensch
contra los Untermensch. “El nacionalsocialismo alemán y el judeobolchevismo
no pueden coexistir juntos. Uno de ellos tiene que sucumbir”. (F.Ludtke, Ein
Jahrtausend Krieg zwischen Deutschland und Polen, 1941 y Wolfram Wette,
Der Deutsche Überfall auf die Sowjietunion)

Esto no era vulgar propaganda para soldados rasos. Manifestaba una


ideología que había conformado, meses antes de la invasión, las decisiones que
se adoptarían durante la campaña rusa, y que representaban el talante de la
dirección militar y política alemanas. “Era el choque entre dos ideologías”,
explicó el general Franz Halder en su diario, después de haberse reunido con
Hitler el 30 de marzo de 1941. “El comunismo es uno de los mayores peligros
para nuestro futuro. Debemos desechar la idea de camaradería entre soldados.
Esta es una guerra de exterminio”. (Charles Burdick y Hans-Adolf Jacobsen,
The Halder War Diary, 1939-1942)

Los dirigentes nazis y el alto mando del ejército planearon minuciosamente


las contingencias militares y la explotación económica de los territorios que
querían conquistar. Pero, deliberadamente, no establecieron plan alguno para
administrarlos. Tenían la intención de eliminar toda huella de la estructura
estatal soviética. Desaparecerían los distritos, las provincias, las repúblicas y
los derechos, las autonomías y las libertades personales. Todo soviético
quedaría a merced de las autoridades alemanas.

Los soldados alemanes se alimentarían a expensas de Rusia; el ejército


calculó con exactitud que la aplicación de esta política mataría a 30 millones de
personas. A diferencia de Grecia, no era una explotación a sangre fría: era
genocidio. Como Goering señaló a Ciano: “Este año morirán de hambre de 20 a
30 millones de personas en Rusia. Quizá deba ser para bien, pues ciertas
naciones deben ser diezmadas”. (Malcom Muggeridge, Ciano´s Diplomatic
Papers, 1948. Véase también: Götz Aly y Susanne Heim, Vordenker der
Vernichtung), Götz Aly Final Solution: Nazi Population Policy and the Murder of
the European Jews)
Los alemanes esperaban una campaña corta y, en un principio, la técnica
de la Blitzkrieg auguraba ese resultado. La Wehrmacht, con los Einsatzgruppen
pisándoles los talones, aplastaron la mayor parte de Ucrania, Bielorrusia,
Lituania, Letonia y Estonia en solo tres semanas. A primeros de septiembre las
tropas alemanas acampaban a las puertas de Leningrado. Pero Hitler había
perdido un tiempo muy valioso en Grecia y Yugoslavia, mientras que la URSS
era un país muy grande y Stalin un enemigo formidable. La política de tierra
quemada inpidió que la Wehrmacht viviera sobre el terreno, y las lluvias de
octubre castigaron las líneas de suministro alemanas.
Las carreteras de tierra de agosto se transformaron en noviembre en
trampas de barro para los camiones de la intendencia alemana. Exhausto y
obstaculizado por los problemas de infraestructura, el ejército alemán fracasó a
la hora de alcanzar Moscú antes de las heladas invernales. Los rusos, mientras
tanto, alistaron nuevas tropas y la línea del frente, desde Leningrado hasta
Rostov en el Don, se mantuvo firme durante ese invierno de 1941.

A pesar de todo, una extraordinaria cantidad de territorio y un gran número


de personas cayeron bajo dominio alemán. Los Estados bálticos y Bielorrusia
quedaron unidos en lo que los alemanes llamaron Reichkommissariat Ostland.
Ucrania occidental, que había pertenecido a Polonia, se añadió al Gobierno
Genernal, mientras el resto se convirtió en el Reichkommissariat Ukraine. Las
zonas al este de Ostland y Ucrania quedaron bajo autoridad militar, y Besarabia
y el norte de Bukovina se devolvieron a Rumanía, que también recibió
Transilvania. (Dallin, German Rule in Russia)

En los primeros seis meses de la Operación Barbarroja, Alemania se


apoderó de dos quintos de la población civil rusa y capturó a tres millones de
soldados soviéticos. Durante esta campaña militar, Alemania pasó
sencillamente por alto las Convenciones de Ginebra y las viejas costumbres
internacionales. No se reconoció el estatuto de los prisioneros de guerra y unos
dos millones de soldados rusos fueron asesinados durante el primer año de
cautividad: 600 mil directamente y el resto murió de frío, hambre y
enfermedades. (Dallin, German Rule in Russia, Gerhard Hirschfeld, The
Policies of Genocide, Christian Streit, Keine Kamaraden, Ueberschär y Wette,
Der deutsche Überfall auf die Sowjietunion)

El ejército dejó clara su actitud: “La especial situación de la campaña


oriental... exige medidas especiales”. Desaparecieron “las normas y las
órdenes sobre los prisioneros de guerra”, fundadas “únicamente en objetivos
militares”; ahora “debe alcanzarse un objetivo político, que es proteger a la
nación alemana de los provocadores bolcheviques”. (Jürgen Förster, The
Policies of Genocide)

El pueblo ruso supo pronto del destino de sus hijos, maridos y hermanos
capturados, aprendiendo que la brutalidad alemana no se detenía en el campo
de batalla. Se siguió el modelo establecido en Polonia y copiado por toda
Europa: los civiles soviéticos eran aterrorizados con las redadas para el
Russeneinsatz (Servicio Ruso). Entre 1942 y 1944, 2,8 millones de civiles,
hombres y mujeres, fueron deportados para realizar trabajos forzados en las
minas, las industrias de armamento, agricultura y mantenimiento del servicio
ferroviario alemanes. Eran trabajadores forzados, no esclavos, porque recibían
un jornal de hambre como salario. Tampoco se les permitía usar los servicios
públicos, ni participar en la vida social o local: las relaciones sexuales con
alemanes estaban castigadas con la muerte. (German Rule in Russia)

A medida que las esperanzas alemanas de una rápida victoria en Rusia se


desvanecían y el Reich movilizaba todos sus recursos para continuar con ella,
las redadas aumentaron. En 1942, 2,6 millones de civiles extranjeros y 1,5
millones de prisioneros de guerra estaban trabajando en Alemania; en 1944 el
número había ascendido a 5,3 millones de civiles extranjeros y a 1,8 millones
de prisioneros de guerra. El mayor de los grupos era el soviético (2,8 millones)
seguido por el polaco (1,7 millones) y el francés (1,3 millones). En aquel
momento, casi una cuarta parte de la población laboral de Alemania estaba
formada por trabajadores forzados. Fue la mayor movilización de mano de
obra de este tipo desde la abolición de la esclavitud en los USA. (Alan S.
Milward, La Segunda Guerra Mundial, John H.E. Fried, The Exploitation of
Foreign Labor in Nazi Germany)

Estos obreros vivían en 20 mil míseros campos por todo el Reich, dirigidos
según la ideología racista nazi; los nacionales de los países occidentales
recibían una paga mejor, con raciones que los mantenían con vida y sus
condiciones de trabajo no eran peores que las de los obreros alemanes. A los
Untermensch del Este les daban una sopa de nabos aguada tres veces al día y
una ración mínima de pan. Trabajaban fatigosamente durante muchas horas
sin apenas descanso, en medio de condiciones inseguras y faltas de higiene,
favoreciendo la propagación de enfermedades contagiosas, sobre todo la
tuberculosis.

Con una hambruna general en el país, los jóvenes muriendo en el frente o


en los campos de prisioneros y las deportaciones masivas, muchos rusos
pasaron a la resistencia armada. (Dallin, German Rule in Russia, John A.
Armstrong, Soviet Partisans in World War II, Matthew Cooper, The Nazi War
Against Soviet Partisans)

En ese momento, la política nazi contra los partisanos ya estaba bien


establecida: los combatirían sin piedad, valiendose de civiles inermes como
rehenes. Pero esto no detuvo a los guerrilleros. Siguieron luchando sin tener
en cuenta las necesidades o la seguridad de las poblaciones locales. Como en
Yugoslavia, la política de represalias alemana era de cien rusos ejecutados por
cada soldado asesinado. Los castigos colectivos eran la norma. Los pueblos
próximos a los ataques de los partisanos eran incendiados, todos los hombres
asesinados y las mujeres y los niños abandonados a sus propios medios, sin
comida ni techo, o ejecutados por las SS.

“Debe tenerse presente, sean cualesquiera las circunstancias, que la derrota


de Alemania en 1918, los consiguientes sufrimientos del pueblo alemán y la
lucha contra el nacionalsocialismo que ha costado la sangre de innumerables
partidarios de este movimiento, es culpa principalmente de la influencia
bolchevique”, recordaba el alto mando alemán a sus soldados. (Citado en
Cooper, The Nazi War Against Soviet Partisans)

Las gentes quedaron a merced de los alemanes, y los judíos también.


Estos, en las áreas ocupadas (a diferencia de sus correligionarios de la Europa
oriental), no podían recurrir a los funcionarios locales que pudiesen haberles
ofrecido, quizá, un poco de comprensión. La única protección que podían
buscar era la de sus vecinos gentiles, y muchos de ellos eran antisemitas.

La mayor parte del área ocupada había pertenecido al “Territorio de


Asentamiento” de la época de los zares, que estaba densamente poblada por
judíos e impregnada de un sentimiento antisemita muy popular. Los hebreos
de esta región estaban acostumbrados a los pogromos anteriores a la I Guerra
Mundial, y las masacres perpetradas por los ejércitos Blancos en el transcurso
de la Guerra Civil que siguió a la Revolución. Bajo el dominio soviético, se
destruyeron las organizaciones comunitarias judías, reestructuraron la
economía, expulsaron del comercio y los oficios manuales a los judíos y los
enviaron a trabajar a la industria. De esta forma, los soviets resolvieron el
“Problema Judío” del zar mediante la asimilación por la fuerza. Como asunto
político el antisemitismo estaba muerto, y además era un delito contra el
Estado. Pero el antisemitismo espontáneo y popular, aunque clandestino, no
disminuyó. Los campesinos proclamaron que los judíos eran los culpables de la
devastación que sufrió Ucrania a causa de la hambruna provocada por Moscú
en los primeros años 30, y de las medidas represoras posteriores.

Lituanos y letones alimentaban su propia rabia particular contra los judíos,


que se habían beneficiado de la anexión de sus países por la Unión Soviética
en 1940. Inmediatamente después de la invasión nazi en 1941, los
nacionalistas lituanos que esperaban conseguir un Estado independiente si
mostraban el suficiente vigor a la hora de resolver su “Problema Judío”, junto
con intelectuales, antiguos militares y funcionarios gubernamentales que
habían perdido sus puestos bajo el Gobierno sovietico, además de oportunistas
hambrientos de las propiedades judías, empezaron a masacrar judíos donde
los encontraban. (Sarah Neshamit, Rescue in Lithuania During the Nazi
Occupation, 1941-1944, Yisrael Gutman y Efraim Zuroff, Rescue Attempts
During the Holocaust, 1977)

Los alemanes, gratamente sorprendidos, informaron a Berlín que “la actitud


de la población lituana hacia Alemania es muy amistosa”.
“Ayudan en todo lo posible a los soldados, a los funcionarios policiales y a
otras organizaciones que ya están funcionando en esta zona. Su cooperación
consiste principalmente en la búsqueda y entrega de comunistas lituanos,
soldados dispersos del Ejército Rojo y judíos. Después de la retirada del
Ejército Rojo, la población de Kaunas mató unos 2.500 judíos durante un
levantamiento espontáneo. Además, un número considerable de judíos han
sido fusilados por el Servicio Auxiliar de Policía”. (Yitzhak Arad, Shmuel
Krakowski y Shmuel Spector, The Einsatzgruppen Reports. Sobre la fiabilidad
de las evaluaciones de los Informes Operativos en el lugar de los hechos, con
relación a la actitud de los diferentes grupos étnicos en la Unión Soviética
ocupada, Ronald Headman, Messages of Murder)

Letonia, sin embargo, decepcionó al principio a sus invasores. “A diferencia


de los lituanos, que han demostrado una actitud activa, los letones están
organizando y formando un frente contra los judíos de forma vacilante”. (Arad,
Krakowski y Spector, The Einsatzgruppen Reports)

Los alemanes bombardearon el país con propaganda: los judíos eran los
culpables del sufrimiento de la nación bajo el dominio soviético. Mientras tanto,
el régimen de ocupación exhumaba grandes fosas comunes con los cadáveres
de los letones asesinados por la policía secreta soviética, y acusaron de este
crimen a los judíos. Luego presionaron a los letones para que saqueasen las
propiedades hebreas y se las quedaran. (Andrew Ezergailis, The Holocaust in
Latvia, 1941-1944)

Los alemanes observaron que las “operaciones de limpieza locales” habían


tardado en comenzar, pero que hacia el mes de agosto todas las ciudades
habían tenido ya sus “pogromos, destrucción de sinagogas y liquidaciones de
judíos y comunistas”.

Los ucranianos no ofrecieron el resultado deseado. “Durante las primeras


horas posteriores a la retirada bolchevique, la población ucraniana desplegó
una loable actividad en contra de los judíos”, anotó un oficial de inteligencia.
“Odian a los judíos desde lo más profundo de sus almas”, añadió otro. “Pero no
gastarán sus energías, dado el ambiente actual, procediendo a la destrucción
total de los judíos que quedan”. !Menuda frustración! Odiaban a los judíos y
aprobaban las medidas alemanas contra ellos; no obstante “en casi ningún
sitio se puede inducir a la población para que dé pasos enérgicos contra los
judíos”. La queja persistió. A finales de octubre, los alemanes dejaron por
imposibles a los ucranianos. A pesar de todos los esfuerzos realizados, “siguen
indiferentes, hasta tal punto que, sencillamente, no los entendemos”.

Los bielorrusos, al carecer de un fuerte movimiento nacionalista, y sin


esperanza alguna de que los alemanes les patrocinasen un Estado
independiente, no tenían ninguna razón en particular para demostrar su
devoción por la causa alemana; tampoco tenían motivos políticos para
perseguir a los judíos. En verdad, nunca mostraron su entusiasmo por trabajar
en esa dirección. Sencillamente, eran incapaces, exclamaba la inteligencia
alemana, “de tomar la iniciativa en relación al tratamiento de los judíos”.
(Arad, Krakowski y Spector, The Einsatzgruppen Reports)

A finales de 1941, las esperanzas de letones, lituanos y ucranianos de


conseguir la independencia, o la autonomía siquiera, no se habían hecho
realidad. Los campesinos, que esperaban también una profunda reforma
agraria que deshiciese la colectivización soviética, quedaron defraudados.
Los alemanes, a los que habían recibido con tanta alegría, los ofendieron y
aterraron. Así que se centraron en la supervivencia diaria, en el ir tirando.
Lo mismo hizo el resto de la Unión Soviética. Los habitantes de Moscú y
Leningrado resistieron, y ninguna de las dos ciudades cayó en aquel crucial
invierno de 1941-42. El ejército alemán, detenido por los soviéticos, trató de
dirigirse al sur durante el verano de 1942, hacia el Cáucaso y Stalingrado.
Pero los seis meses de tiempo que el invierno ruso había dado a Stalin
demostraron ser suficientes. La constante resistencia rusa se transformó en
una poderosa ofensiva. Lento pero firme, el ejército ruso empujó al alemán
fuera de la Unión Soviética, y en el verano de 1943 el avance nazi se convirtió
en una retirada general. Y mientras el frente oriental se desmoronaba, Italia se
derrumbaba como aliado.

Las relaciones de Italia con Alemania habían sido siempre confusas. El


fascismo había inspirado al nazismo en los años veinte, pero el primero no era
intrínsecamente racista o antisemita. La cuestión de los judíos raramente se
trataba en Italia, y solo para afirmar que no existía “Problema Judío” alguno.
(Meir Michaelis, Mussolini and the Jews, 1922-1945)

Un año antes de que Hitler llegara al poder, el renombrado escritor judío


alemán Emil Ludwig publicó una serie de entrevistas con el Duce. Traducidas
por el Gobierno italiano a doce idiomas, Conversaciones con Mussolini se
convirtieron en una biografía autorizada. Mussolini no fue parco en palabras al
opinar sobre las razas. “Nunca creeré que biológicamente se pueda demostrar
la pureza mayor o menor de una raza. Se da el caso cómico de que los que
proclaman la superioridad de la raza germánica nunca son germanos... El
orgullo patriótico no necesita ir acompañado del deliro de razas”, le dijo a
Ludwig. Cuando este le preguntó sobre el antisemitismo en particular,
Mussolini respondió: ”No existe en Italia”, y siguió diciendo: “Los judíos
italianos se han considerado siempre ciudadanos y han luchado valientemente
como soldados. Ocupan cargos importantes en las universidades, el ejército y
en los bancos. Muchos de ellos son generales”. (Emil Ludwig, 1932)

En Italia, el antisemitismo no fue adoptado por la monarquía, la Iglesia


católica o el partido fascista. Los judíos fueron bienvenidos al partido y llegaron
a puestos prominentes en el Gobierno. La postura de Mussolini al respecto era
tan firme y tenía tal confianza en su relación con Hitler, más joven, que dio
instrucciones al embajador italiano en Berlín para que protestase por el trato
del Führer a los judíos alemanes.

A mediados de los años 30, Alemania apoyó a Italia cuando esta sufrió el
aislamiento internacional después de invadir y conquistar Abisinia y, en 1937,
ambas naciones acudieron en ayuda de Franco durante la Guerra Civil
española. Pero, a pesar de las declaraciones de mutua lealtad al Pacto de Acero
de mayo de 1939, Italia no se unió al ataque alemán contra Polonia y mantuvo
una neutralidad auténtica hasta junio de 1940. En ese momento, Alemania ya
era su socio principal y Mussolini trató de equilibrar la balanza con la aciaga
invasión de Egipto en septiembre de 1940, seguida después por la igualmente
desastrosa aventura en Grecia del mes siguiente.
En ambos casos, los italianos estuvieron a punto de ser derrotados por los
británicos hasta que Alemania intervino. A finales de 1940 Italia dependía de
los alemanes en la dirección de la guerra y estos, a cambio de trabajo y
alimentos, entregaron combustible y materias primas.
La creciente dependencia militar y política entre 1937 y 1940 trajo como
secuela una programa antisemita. Las Conversaciones con Mussolini de Emil
Ludwig se retiraron de la circulación en el verano de 1938. En su lugar se
publicó, con las bendiciones del Duce, el Manifesto della razza.
En parte, estaba dirigido a justificar el racismo italiano en el
establecimiento de un imperio africano: valor pragmático del racismo.
Pero Mussolini también necesitaba conservar la buena voluntad de Hitler:
valor estratégico del racismo. “Los judíos no pertenecen a la raza italiana”,
afirmaban los autores del Manifesto. “Los judíos representan a la única
población que no puede ser asimilada en Italia, pues está formada por
elementos raciales no europeos, completamente diferentes de los que dieron
origen a los italianos”. (Renzo de Felici, Storia degli ebrei italiani sotto il
fascismo, 1972)

El papa Pío XI, cabeza de la mayor organización del mundo que sostenía
como doctrina básica la igualdad de todas las almas, respondió de inmediato,
condenando públicamente el Manifesto como una “imitación deshonrosa” de la
mitología Hitleriana. El rey Víctor Manuel estaba igualmente horrorizado pero,
demasiado apocado para un enfrentamiento, expresó sus reservas en privado.
“Está más allá de mi comprensión cómo un gran hombre como él puede
importar estas modas raciales de Berlín a Italia. Aunque debe entender que si
se ata al carro alemán, se alineará en contra de la Iglesia, la burguesía y el
alto mando del ejército”. (Citado en Michaelis, Mussolini and the Jews,
extraído de Civilitá Cattolica, 29 de julio de 1938)

No obstante, Mussolini siguió adelante. En septiembre se publicaron una


serie de decretos con relación a los judíos nacidos en el extranjero que vivían
en Italia; uno de ellos excluía a todas las personas de “raza judía” de la
enseñanza en las escuelas estatales. Los judíos también fueron expulsados de
los organismos científicos, literarios y artísticos. El 6 de octubre de 1942 el
Gran Consejo Fascista resolvió que los italianos tenían prohibido el matrimonio
con los judíos, además de la propiedad de más de 50 hectáreas de tierra,
dirigir empresas con más de 100 empleados o servir en las fuerzas armadas.

Los católicos italianos estaban conmocionados y los judíos italianos


aturdidos. Pero tuvieron que adaptarse. Años después, Laura Fermi, la esposa
judía del físico Enrico Fermi, recordó con amarga ironía que había llegado una
oferta de trabajo de la Universidad de Columbia y, aunque estaba a salvo
gracias a la fama mundial de su marido, la pareja decidió que había llegado el
momento de emigrar. Fermi aceptó el puesto. Un día de noviembre el
matrimonio se fue de compras para convertir sus ahorros en artículos de lujo
que les autorizaban llevar al extranjero: un abrigo de pieles, relojes.
Regresaron a su casa a última hora de la tarde y pusieron las noticias de la
radio.
“La voz del locutor, dura, enfática, inhumana, leía el segundo paquete de
leyes raciales. Las leyes promulgadas ese día limitaban las actividades y la
condición civil de los judíos. Sus hijos apartados de la escuela pública y los
maestros judíos despedidos. Los abogados, médicos y otros profesionales solo
podrían tener clientes judíos. Muchas empresas judías se disolvieron. A los
criados “arios” no se les permitió servir a judíos o vivir en sus casas. Los judíos
quedaban privados de los plenos derechos de ciudadanía y se les retiraría el
pasaporte”. (Laura Fermi, Atoms in the Family, 1954)

El teléfono sonó pocos minutos después. Era una llamada desde Estocolmo.
Enrico Fermi acababa de ganar el premio Nobel de Física por su descubrimiento
de “nuevas sustancias radiactivas pertenecientes a un grupo completo de
elementos...” Los Fermi aprendieron ese día un nuevo significado de grupo: de
grupo racil, por supuesto.

La situación de Laura Fermi, claro está, era única. La de Mariella Milano-


Piperno, de quince años, era mucho más típica. Años después explica que sus
padres trataron de “dorarle la píldora” del fascismo de Mussolini, pero después
de la aprobación de las leyes raciales en noviembre de 1938, que la excluían
de la escuela, se sintió “marginada”. El meollo del asunto fue: “El día que no
pude volver a la escuela, recuerdo que estaba avergonzada de ver a mis
compañeros y decirles: No puedo ir con vosotros porque soy una chica judía”.
Y luego vinieron las preguntas: “¿Por qué? ¿Por qué no me dejaban ir al
colegio?”

Como otras familias judías italianas, los Piperno tenían dos opciones: enviar
a sus hijos a una escuela católica con sus ritos religiosos, o a una academia
privada laica para estudiantes que tenían que repetir curso. Roma, y otras
muchas ciudades, tenían escuelas primarias judías (de primero a quinto curso)
pero había pocas de bachillerato. Para remediar esta situación, comunidades
judías establecieron colegios para sus jóvenes: los maestros y profesores eran
los despedidos por culpa de las leyes raciales. (De Felice, Storia degli ebrei
italiani sotto il fascismo)

La familia de Mariella estudió el asunto cuidadosamente. Deseaban que ella


y su hermana llevaran una vida lo más normal posible y que siguieran yendo a
la escuela con niños italianos católicos. Además, la abuela, que ya era bastante
anciana en aquella época, “se acordaba de todo lo que habían sufrido los judíos
en el gueto (de Roma) hasta que se cerró (en 1870), y rememoraba con horror
el hecho de estar encerrados todos juntos”. Apremió a sus nietas: “Ahora que
hemos obtenido la libertad, ¿por qué no la aprovecháis? !Disfrutadla! ¿Por qué
debéis encerraros otra vez más?”. Durante dos meses, Mariella Piperno asistió
a una academia privada laica, pero la educación que recibía era tan pobre que
pronto se pasó al instituto judío.

La Scuola Ebraica de Roma funcionó durante cinco años escolares, desde


1938 hasta 1943. De conformidad con las leyes del país, estaba reconocida por
el Estado y su director, un funcionario público, era “ario”.

“Cuando fuimos a la Escuela Judía”, recuerda Mariella, “preguntábamos:


¿Quiénes somos? ¿Qué significa ser judíos?”. Descubrieron que el judaísmo no
era solo una religión. “Este fue el gran descubrimiento de la Scuola Ebraica:
cuando empezamos a comprender que ser judías no era solo pertenecer a la
religión hebrea. Existía una cultura judía, existía una civilización judía y, en
otras palabras, todo lo que se entendía por judaísmo existía. Esto fue muy
importante. En mi oponión, la Escuela Judía fue como abrir un libro, en el que
empezamos a leer lo que antes había estado oculto para nosotras”. (Véanse
también memorias publicadas de Fabio della Seta, L´incendio del Tevere)

Muchos de sus profesores eran famosos: por ejemplo, Emma Castelnuovo


enseñaba matemáticas, y Monferrini, historia y filosofía. Estas asignaturas
tenían que volver a estudiarse completamente, pues antes habían sido
impartidas de acuerdo con la ideología fascista.

Muchos católicos italianos estaban indignados con las Estipulaciones para la


Defensa de la Raza Italiana (como se llamó a las leyes del 17 de noviembre de
1938), entre ellos, el rey Víctor Manuel III. “He encontrado al Duce muy
enfadado con el rey”, informaba Ciano el 28 de noviembre. “S.M. le ha dicho
tres veces durante las conversaciones de esta mañana que siente una “pena
infinita por los judíos”... El Duce le ha respondido que en Italia hay 20 mil
individuos sin ninguna personalidad que se conmueven por el destino de los
judíos. El rey ha replicado que él era una de ellas”. (Ciano´s Diaries)

El Duce había subestimado el número de “individuos sin personalidad”.


Italia no era Alemania. Las leyes antisemitas no eran populares y su entrada
en vigor en un país donde la gente se reía del Gobierno mitigaba la severidad
de las mismas, gracias al sistema de vida italiano. Como veremos, la furia de
la persecución se aplazó hasta la invasión alemana cinco años después.

Mussolini siguió atado a Hitler durante el resto de la corta vida que le


quedaba, pero, de hecho, el fascismo vio pronto el principio del fin.
Enredados en África y derrotados en Grecia, los fascistas perdieron el
apoyo popular que les había llevado al poder en 1922. Para salvar el régimen,
no al país, Mussolini dejó que Italia se convirtiera en un “vasallo” de Alemania,
como dijo Churchill en una retransmisión radiofónica en abril de 1941.
(Winston Churchill, The Unrelenting Struggle, 1942)

Cualquier resto de entusiasmo que los italianos hubiesen seguido teniendo


por la guerra se congeló en las nieves de Rusia o se evaporó en los desiertos
del norte de África. En diciembre de 1942 los emisarios de la familia real se
acercaron a los Aliados para concertar un posible armisticio, pero no habría
trato alguno si Mussolini seguía en el poder, y este no pensaba retirarse.

La guerra, el principio básico de su filosofía política, demostró su ruina. Las


tropas italianas sufrieron pérdidas desastrosas a principios de 1943, y los
civiles soportaron durísimos bombardeos aliados. En Turín, durante el mes de
marzo, unos 100 obreros se declararon en huelga para expresar su indignación
contra la guerra y el régimen.
“Todos participaron, fascistas y antifascistas”, observó el jefe de policía. Sin
embargo, Mussolini aguantó hasta que los Aliados invadieron Sicilia aquel
verano. El 25 de julio, el Gran Consejo Fascista destituyó al Duce, lo detuvo y
lo encarceló. Tres días después, el propio Partido Fascista se disolvía.
A Hitler no le convencía la promesa del sucesor de Mussolini, el mariscal
Pietro Badoglio, de continuar la guerra y mantener el Eje Roma-Berlín. De
hecho, Goebbels confió a su diario (27 de julio) que los sucesos de Italia
representaban una amenaza para el régimen nazi.

“Es evidente que el pueblo alemán está inquieto y disgustado porque no


podemos decirle una sola palabra, por el momento al menos, del verdadero
fondo de la crisis italiana. Pero, ¿qué vamos a decirle? No podemos decir, y
mucho menos escribir, lo que pensamos. Nada de los que pudiéramos escribir
sin peligro de repercusiones al otro lado de los Alpes explicaría la crisis italiana
a nuestro pueblo. Hemos de darnos por satisfechos com publicar las noticias
más covenientes, sin decirle a la gente que el problema planteado en Roma no
es solo la dimisión de Mussolini, sino una profunda crisis orgánica e ideológica
del fascismo, quizá su completa liquidación. La divulgación de estos hechos
podría animar a algunos elementos subversivos germanos, creyendo que ellos
serían capaces de hacer aquí algo parecido a lo realizado en Roma por Badoglio
y sus secuaces”. (Goebbels, Diario)

Como Hitler sospechaba, Badoglio empezó a negociar en secreto con los


Aliados. El armisticio se firmó el 3 de septiembre de 1943 y, el 9 del mismo
mes se hizo público mientras desembarcaban las tropas aliadas en el
continente, en Salerno.
Furioso, pero no sorprendido, Hitler ordenó que las 16 divisiones alemanas
establecidas en Italia desarmaran a las tropas italianas, ocuparan el país y
que, de paso, se apoderaran de un gran trozo del mismo. Mussolini fue
liberado tras una osada acción de comando alemana y se le permitió establecer
un renacido Gobierno fascista, la República Social Italiana en la ciudad turística
de Saló, a orillas del lago Garda, a menos de 16 kilómetros de la nueva
frontera entre Alemania e Italia. Allí el Duce vivió, en palabras de Goebbels,
“como un iluminado y se exhibe a las gentes en una actitud heroica que no
corresponde en modo alguno a la realidad de sus hechos”. (Diarios)

Mussolini, que antes se sometía por miedo a Hitler, era ahora despreciado.
“El Führer se da cuenta ahora de que Italia nunca fue una potencia, no lo es
hoy en día y no lo será en el futuro”, escribió Goebbels. “Italia ha abdicado de
todos sus derechos como pueblo y como nación”. La República de Saló no era
más que la fachada de un régimen de ocupación bañado en el desdén.

Los soldados italianos desmovilizados fueron enviados por cientos de miles


al Reich, donde fueron tratados como trabajadores forzados enemigos. Los
civiles sufrieron el terror, el hambre, la escasez de bienes y la pérdida de
libertad comunes a todos los países ocupados por los nazis: esta era la Nueva
Europa de Hitler.

Con los alemanes en el norte y los Aliados en el sur, Italia se convirtió en un


campo de batalla. Un movimiento partisano llamado resistenza armata brotó
en las zonas ocupadas por los alemanes. Eran soldados que trataban de
escapar del cautiverio nazi, jóvenes que huían del nuevo ejército de Mussolini,
aldeanos, obreros de las fábricas, comunistas y conservadores, católicos y
laicos, unos 200 mil en total.

Los partisanos combatieron con más ardor contra los fascistas y los
alemanes que el que habían tenido los fascistas luchando por su Gobierno; se
apoderaron de las montañas de Emilia, el Piamonte y el Véneto. “Golpeados,
abandonados, traicionados, supieron saber, por sí mismos, cómo encontrar la
senda de la revuelta, solos, sin propaganda, con la urgencia de la fe”, los
elogiaba Davido Lajolo, un oficial fascista que había combatido en España.
(Citado en James D. Wilkinson, The Intellectual Resistance in Europe)

Como siempre, los alemanes se vengaron, ejerciendo sangrientas


represalias contra la población civil. Pero los partisanos italianos, como en
otros lugares de Europa, siguieron con sus ataques para ayudar y apoyar el
avance Aliado. A medida que este remontaba la bota italiana, desde Salerno
(septiembre de 1943) a Nápoles (octubre), luego hacia el norte controlado por
los alemanes, Roma (junio de 1944), Florencia (agosto) y, finalmente, Bolonia
(abril de 1945), el país quedó devastado por los combates, y el 15% de los
judíos italianos fueron asesinados. (Sobre la situación de los judíos italianos
en la República Social, véase Liliana Picciotto Fargion, Yad Vashem Studies)

Italia concertó una paz por separado con los Aliados en 1943 antes de la
invasión alemana. Hungría, otra aliada reacia, fracasó a la hora de separarse
de los alemanes al año siguiente. En aquel momento todo el mundo sabía que
Alemania sería derrotada, pero ¿cuándo? Hitler nunca se rendiría.

Por contra, Horthy estaba ansioso por deponer las armas y suplicar la paz:
él solo había querido territorios. Hitler interpretó perfectamente la negativa del
Gobierno de Horthy de deportar judíos como un signo de ruptura del
compromiso con el Reich y de acercamiento a los Aliados. El Führer obligó a
Horthy que aceptase un Gobierno alemán en la sombra. Y este informó al
Consejo de la Corona después de la visita obligada a Hitler en marzo de 1944.

“Me ha hecho ver que Hungría no ha adoptado todavía las medidas


necesarias para resolver la cuestión judía. Por lo tanto, nos acusan del delito
de no haber cumplido con los deseos del Führer, y yo soy ahora reo de no
haber permitido que se masacre a los judíos”. Los tanques nazis entraron
rodando en Budapest cinco meses después. (Citado en Raul Hilberg, The
Destruction of the European Jews)

En total, 265 millones de personas quedaron bajo el dominio del Gran Reich
durante la II Guerra Mundial. Pocos de ellos creían que Alemania violaría tan
completamente el derecho internacional. Tenian la experiencia de la historia:
Alemania había invadido Francia en 1870-71. Tanto este país como Bélgica
vivieron bajo gobierno germano durante la Gran Guerra y en ninguno de los
casos la ocupación fue violenta. ¿Por qué habría de ser diferente en 1939 y
1940? Muchos, entre las élites políticas y sociales, y la burocracia civil y
judicial, creyeron sinceramente al principio que era tarea suya aceptar a la
potencia ocupante.
Semejantes conjeturas tranquilizadoras desaparecieron rápidamente.
Aunque los alemanes no sabían lo que iba a ser el “Nuevo Orden” nacional-
socialista, tenían muy claro que lo que querían era la autoridad absoluta.
Asumieron plenos poderes legislativos, violando el artículo 43 de la Convención
de La Haya. “Si alguien pregunta hoy qué piensa usted de la Nueva Europa,
tenemos que responder que no lo sabemos”, admitió Goebbels ante los
periodistas alemanes el 5 de abril de 1940. “Obtengamos primero el poder,
luego el pueblo verá y nosotros también veremos lo que podemos hacer con
este poder”. (Citado en H.A. Jacobsen, Der Zweite Weltkrieg, 1965)

Lo que Alemania hizo con el poder fue provocar la mayor catástrofe de la


historia de la civilización occidental.

Capítulo Ocho
LA VIDA DE LOS JUDIOS BAJO LA OCUPACION ALEMANA

“Era viernes; el 1 de septiembre de 1939”, recuerda, casi medio siglo


después, Sara Grossman-Weil. En aquella época tenía 21 años. “Los alemanes
invadieron Polonia y entraron en Lodz. No lo entendía, ni tampoco podía creer
que realmente hubiese una guerra en marcha”.
“Yo tuve una oportunidad”, continúa. Se suponía que iba a iniciar sus
estudios en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
“Podía aber ido a Palestina; podía haber salido, pues tenía todos los papeles
en regla. No me resultó difícil tomar la decisión. Sabía que no iría porque no
quería irme. No quería abandonar a mi familia.
Había pánico y un enorme temor en todas las casas: ¿Qué nos pasaría a
todos y cada uno de nosotros? Y lo más preocupante de todo, ¿qué sería de los
hombres? Los invasores, en cuanto entraron en Lodz, obtuvieron la plena
cooperación de los alemanes que vivían en la ciudad. En ese momento todos
los hijos pequeños de estos, los de siete o diez años, tenían a su judío: al que
había que señalar, o a una familia judía a la que acusar de ser enemiga del
Estado alemán. Caminar por la ciudad era extremadamente peligroso, pero
había que hacerlo porque la gente tenía que seguir yendo al trabajo. A los
jóvenes, hombres y mujeres, pero sobre todo ellos, los raptaban en la calle;
nunca regresaron. Esto sucedió justo al principio de la invasión”.

Las primeras semanas estuvieron plagadas de revueltas y caos. En la


familia de Sara Weil, como en muchas otras, los jóvenes marcharon a Varsovia,
con la esperanza de defender la capital y si fuese posible, repeler a los
alemanes. No tuvieron éxito. A pesar de sus heroicos intentos, el ejército
capituló en menos de tres semanas.
“Nuestros hombres volvieron a casa. No hace falta decir cuán contentas
estábamos por su vuelta al hogar, sanos y salvos... Nos calmamos, pero no por
mucho tiempo”.

Cuando las autoridades ocupantes se hicieron cargo de la ciudad, la vida


diaria se desbarató. “Los alimentos empezaron a escasear y tuvimos que
buscar y comprar la comida en el mercado negro. La moneda se devaluó y
para conseguir algo que llevarse a la boca se necesitaba mucho más dinero
que antes de la ocupación”. Estas penalidades afectaron a todos los polacos.
Sin embargo, los judíos fueron elegidos para recibir un maltrato particular,
tanto a manos de los alemanes como de sus vecinos gentiles. Y comenzó de
inmediato: “Los judíos eran apaleados en las calles. En los tejados, en las
bodegas, en cualquier sitio donde estuvieran escondidos, los alemanes y los
polacos, en cuanto los descubrían o sabían de ellos, los detenían. La mayoría
nunca volvió. Esto pasó en octubre”.

De un día a otro, los judíos fueron sometidos a un creciente y brutal


reinado de terror regido por el azar. Los alemanes les atacaban y los acosaban,
en privado y en público. Era muy normal que estos aporrearan las puertas de
los pisos y las casas, y sacaran a rastras a sus habitantes sin razón aparente.
“Nunca podré olvidar esas llamadas a la puerta”.

“Estaba con mi madre cuando entraron tres alemanes. “Ist hier ein Jude?
Ist hier ein Jude?”. Les dijimos que mi madre, mi padre y yo. “¿Dónde está su
padre?” “Mi padre está fuera”. Mi padre estaba arriba (en una habitación
particular suya en el tercer piso) davening (rezando). Mi padre se ponía todas
las mañanas el chal de las oraciones y recitaba sus plegarias. Sabíamos el
peligro que había abajo, pues muchos de nuestros vecinos habían sido
apresados. Los hombres subieron las escaleras. Llamaron a todos los pisos.
Mi padre estaba arriba rezando por lo que fuese que rezase. Y a quien-
quiera a quien alzase sus plegarias, quizá lo escuchó en ese momento. Subían
corriendo las escaleras, llamando a todas las puertas, sacando a la gente para
asegurarse que no hubiese ningún hombre. Yo iba detrás de ellos, y cuando
nos acercábamos al estudio donde él estaba, les dije que esa habitación estaba
libre. La familia polaca que vivía allí se había mudado. No había nadie. No me
creyeron. Siguieron llamando a la puerta. Sabíamos que mi padre sabía que él
no iba a abrir la puerta. Pasase lo que pasase. Estas subidas, los tres tramos
de escaleras, el no saber lo que iba a suceder era más que suficiente para un
ataque al corazón; por muy joven que fuera, daba igual. Hasta que no
empezaron a bajar, estuve con el alma en vilo. Fue una experiencia pavorosa y
terrible. Me llevó días recobrarme. Así fue como tuvimos que esconder a mi
padre”.

Lodz estaba en la zona polaca que los alemanes anexionaron al Reich y, por
tanto, los judíos de la ciudad quedaron bajo el gobierno directo del Gauleiter
local, Arthur Grieser. El objetivo de los alemanes, desde 1933, había sido
expulsar a los judíos. Ahora, con todo el territorio que consideraban suyo,
habían ganado unos judíos que no deseaban en absoluto. Sin saber qué hacer
con ellos, decidieron aislarlos en áreas delimitadas, para facilitar su traslado
futuro. La creación del gueto la ordenó el jefe de policía de Lodz, SS-
Brigadeführer Johannes Schäfer, el 8 de febrero de 1940. Y eligió Baluty, el
barrio más pobre, situado en la periferia de la ciudad.

“Nos dijeros que teníamos que ir al gueto. Todos los que pudimos lo
aplazamos, porque significaba abandonar nuestra casa, nuestras ocupaciones;
abandonar todo lo que nos resultaba familiar y todo lo que nos pertenecía.
Teníamos que salir y trasladarnos al gueto. “Trasladarse” significaba dejar
todas nuestras posesiones, excepto los objetos personales. Todo el mundo
trataba de aplazar el momento. Pero paulatinamente, la gente se mudó. Si
podían, cargaban una mesa y unas sillas en una carreta y se las llevaban. O
una cómoda, o lo que pudieran... La gente evitaba el momento, pero
lentamente podías ver cómo se trasladaban de la ciudad al gueto.
Al final, nos fuimos al gueto. Nos mudamos a una habitación en la planta
baja, solo tenía una estufa, sin agua corriente, muy, muy primitiva. Si recuerdo
bien, el tejado estaba cubierto con paja. Y vivimos allí, en aquella choza, que
nunca había sido antes una vivienda”.

El tiempo es relativo. Sara Weil recuerda el proceso a cámara lenta. De


hecho, sucedió en menos de tres meses; por órdenes de Schäfer, el barrio
judíos de Lodz se valló y cerró el 30 de abril.

Para niños como Mira Teeman fue un momento decisivo. “Nací en Polonia,
en Lodz”, recuerda desde la seguridad de Estocolmo 50 años después.
“Cuando la guerra estalló, tenía 13 años. Iba a la escuela. Tenía un
hermano. Se llamaba Stephan. Por lo que sé, desapareció en Auschwitz. En
esa época debía tener unos 16 años. Así que éramos cuatro, mis padre y
nosotros dos. Creo, hasta donde puedo suponer, que éramos una familia
acomodada. Hasta la guerra tuvimos niñera, cocinera y una señora que venía
a lavar. Teníamos una casa en la ciudad con jardín. Yo iba a una escuela
privada, lo mismo que mi hermano. Todo cambió de golpe en septiembre de
1939”.

El mundo de Mira Teeman se derrumbó. “Para mí, la guerra empezó el 1 de


septiembre de 1939”. La constancia se convirtió en memoria. “Un día cuando
volvía de la escuela, había un papel rojo en la puerta de nuestra casa. Era la
beschlagnahmt (expropiación). Los alemanes se habían quedado con nuestro
hogar. Cuando entré, mi madre estaba intentando empaquetar todas las
cosas”. Su madre creía que podía llevarse todas sus posesiones, pero “un
funcionario alemán entró y dijo: “¿Qué se cree usted? No puede sacar nada de
esto”. Solo permitían objetos personales. “Tuvimos que abandonar la casa en
24 horas. Fue a principios de octubre, y no sabíamos dónde ir”.

La familia de Mira Teeman se fue a la casa de una tía; vivían diez personas
en tres habitaciones. Aunque la situación era angustiosa, empeoró. El 10 de
marzo de 1940, el día de su cumpleaños, se trasladaron al gueto. “Fue muy
duro. Teníamos un piso de dos habitaciones y una cocina” para 15 personas.
“No solo eran horribles las condiciones del gueto, sino también la presión que
ejercían sobre nosotros las autoridades, la policía del gueto y los alemanes.
Ellos (los alemanes) entraron en el gueto y marcharon por las calles.
Vociferaban mientras apaleaban a la gente y les disparaban”.

La tormenta no amainaba. El padre enfermó de pleuresía y tuberculosis en


1941. Murió ocho meses después, en la primavera de 1942. “Para mi madre
aquello fue... No podía vivir sin él. Se conocieron cuando ella tenía trece años y
él catorce. Cuando murió, tenía cuarenta y ocho. Ella falleció al año siguiente.
Después, nos quedamos solos”.

El antisemitismo alemán se desbordó rápidamente con la conquista de


Polonia. En Alemania los judíos pasaban prácticamente inadvertidos, excepto
los Ostjuden. Y Polonia estaba llena de estos, hundidos en la miseria por las
medidas antisemitas aprobadas después de la muerte del presidente Pilsudski
en 1935. En todas las ciudades había barrios de chabolas atestados de judíos
menesterosos, demacrados y enfermos. Los alemanes estaban asombrados.
En 1933 medio millón de judíos vivían en el Reich, pero después de la
campaña polaca, 2,3 millones de estos cayeron bajo gobierno alemán. Seis
años de trabajo para resolver la Cuestión Judía mediante la emigración se
quedaron en nada.

Propaganda antisemita combinada con sentimiento antipolaco. Lo bien que


funcionó esta propaganda nazi lo desmuestra la actitud de los soldados
alemanes. “No entiendo cómo este tipo de gente es biológicamente capaz de
seguir viva”, escribía uno de ellos en su diario fechado el 11 de noviembre de
1939 en Lublín. “Todas las mañanas un gran contingente de trabajadores
compuesto por judíos jóvenes, entre 20 y 30 años, pasan en frente de nuestra
compañía; la mirada de todos y cada uno de ellos refleja una consunción
galopante. Cuerpos que solo pueden verse en los hospitales deambulan a
miles... Además de la corrupción biológica, está la suciedad, que no puede
describirse”. (Reich und Reichsfeinde, 1941)

Aquel soldado hablaba en nombre de muchos alemanes en el otoño de


1939; la judería polaca estaba enferma, plagada de piojos y arruinada
físicamente. Por ejemplo, la popular revista Illustrierter Beobachter publicó un
artículo sobre el ritual, que a juicio de los editores, era el más importante la
comunidad judía polaca: la búsqueda diaria de piojos. Las condiciones
miserables de las juderías orientales proporcionaron a los alemanes la prueba
real con la que “demostrar” su ideología antisemita. Los guetos eran “el campo
de cultivo de la judería mundial”, y también un foco para la “propagación del
tifus”. El tifus, literalmente la “fiebre del piojo” (fleck-fieber) en alemán, recibió
el nombre nuevo de “fiebre del judío” (Judenfieber). (Citado en Christopher R.
Browning, Holocaust and Genocide Studies)

Para los alemanes el problema estaba claro, y la solución también: encerrar


a los judíos en zonas de “cuarentena” aisladas. Incluso antes de levantar los
muros del gueto en Varsovia, el presidente del recién creado Consejo Judío,
impuesto por los alemanes, Adam Czerniakow, escribía en su diario el 18 de
noviembre de 1939: “La comunidad ordenó colocar en las entradas del gueto
carteles que decían Achtung: Seuchengefahr Eintritt verboten (Peligro:
Epidemia. Entrada prohibida). (Adam Czerniakow, The Warsaw Diary of Adam
Czerniakow, 1979)

Sin embargo, el “Problema Judío” en Polonia no se solucionaría con


letreros, tal como informó in situ, y categóricamente, el miembro del Instituto
Alemán Eduard Könekamp en diciembre de aquel año a sus colegas de
Stuttgart: “El exterminio de estos seres infrhumanos descansa en interés de
todo el mundo”. Y añadió: “Este exterminio es uno de los problemas más
difíciles. No lo conseguiremos mediante ejecuciones”, advertía, “y no podemos
permitir el fusilamiento de mujeres y niños”. (Citado en Götz Aly, Final
Solution)

Con el tiempo se libraron de semejante delicadeza de sentimientos, pero


mientras tanto estudiaron una serie de “soluciones”. Al principio, la emigración
parecía ser la respuesta y fue esta la política que más activamente se puso en
práctica en el Reich y en Austria tras la Anschluss. Después de la campaña
polaca, los alemanes volvieron a las “soluciones” territoriales: reasentamientos
masivos. Hitler reveló su visión a Rosenberg en septiembre de 1939. Polonia se
dividiría en tres zonas: el área oriental, entre los ríos Vístula y Bug, quedaría
reservada para “todos los judíos, incluidos los del Reich, así como para otros
elementos indeseables”. La parte occidental sería germanizada y colonizada.
“Esta será una de las mayores empresas de toda la nación: crear un granero
para el Reich, con un campesinado fuerto y reasentar a todos lo buenos
alemanes de todas las partes del mundo”. En el medio, a los polacos se les
permitiría una especie de patria. “El futuro demostrará si, después de unas
cuantas décadas, esta línea de asentamientos puede llevarse más adelante”.
(Citado en Noakes y Pridham, Nazism 1939-1945)

La nueva “patria” judía entre el Vístula y el Bug fue una iniciativa de Adolf
Eichmann, uno de los miembros de la Oficina Principal de la Seguridad del
Reich de Heydrich. En 1939, Eichmann dirigía la Oficina Central de Emigración
Judía para el Protectorado de Bohemia y Moravia, y ya se había ganado una
buena reputación en la Viena posterior a la Anschluss, supervisando la
emigración de 150 mil judíos austriacos en un año. Después de la ocupación de
los territorios checos, fue trasladado a Praga, donde lo hizo menos bien, pues
en esa época a los judíos les resultaba casi imposible obtener un visado de
entrada en cualquier otro país.

Eichmann buscó otra solución, pero temía equivocarse. Y a finales de


septiembre descubrió un nuevo “hogar” para la judería checa: la región que
rodeaba la ciudad de Nisko, en la provincia polaca de Lublín. Eichmann y su
inmediato superior, Franz Stahlecker, visitaron la zona. El primero recordaba en
1960: “Vimos un territorio enorme, un río, pueblos, mercados, ciudades
pequeñas, y nos dijimos que era perfecto. ¿Por qué no trasladar a los polacos,
sabiendo que en cualquier caso ya estaban siendo reasentados, y mover luego
a los judíos a este gran territorio?”. Eichmann creía que una reserva judía
“cuidaría de uno de los puntos del programa del partido: la solución del
problema judío”.

Eichmann explicó su plan a Heydrich, que se lo dijo a Himmler, y este se lo


contó a Hitler. Todos tuvieron que estar de acuerdo en que la propuesta de
Eichmann tenía una lógica territorial: del oeste al este, y en este orden, los
territorios recién conquistados deberían ser poblados por alemanes, polacos y
judíos. Eichmann obtuvo el visto bueno para actuar y, pocas semanas después,
fue ascendido a la dirección de la Subsección IV (Gestapo) -B (Sectas) -4
(Judíos) de la Oficina Principal del Reich en Berlín. (Para el trabajo diario de la
RSHA IV-B-4, véase Yaacov Lozowick, Malice in Action, Yad Vashem Studies)

Los alemanes se encogían de hombros ante la gran mortalidad que se daba


entre los judíos deportados a la zona de Lublín. Eduard Könekamp advertía con
alivio y satisfacción que 450 de los 1.000 judíos trasladados en un transporte
desde Lublín habían muerto. (Citado en Aly, Final Solution)

Y por lo que concernía a los superviviente, Friedrich Schmidt, gobernador


de la provincia, le comentó a Seyss-Inquart que las características pantanosas
de la reserva llevarían “a la muerte a una parte considerable de estos judíos”.
(Aly, Final Solution)

Ninguno de estos planes eran secretos, y periodistas ingleses y norte-


americanos escribieron sobre el tema en los principales periódicos. Según el
Times (24 de octubre), el plan alemán para crear un “Estado judío” en la zona
de Lublín era un “notable ejemplo de cinismo político”.
“Arrojar a tres millones de judíos, de los que relativamente pocos son
agricultores, en la región de Lublín y obligarlos a asentarse allí es condenarlos
al hambre. Quizá sea esta la intención”.

El escritor norteamericano Oswald G. Villard comentó en el número de


diciembre del Spectator: “El que puede ser el último acto de la increíble, cruel
y brutal tragedia que Adolf Hitler inflige con su poder a los judíos tiene lugar en
la actualidad”. Casi dos millones de judíos iban a ser transportados a aquella
región de 7.700 kilómetros cuadrados. “Ahora, cuando muere el invierno, esta
forzada emigración masiva ya ha comenzado y no puede interpretarse de otra
forma que no sea la decisión de crear, no un Estado judío, sino uno de los más
horribles campos de concentración que, en verdad, no pueden convertirse en
otra cosa que en una morada de la muerte”. No se hizo ningún preparativo por
adelantado ante la llegada de los deportados. “Si no pueden encontrar refugio
en las casas abandonadas por los campesinos polacos desalojados, se helarán
hasta morir, o tendrán que construir casas nuevas, sin medios, sin materiales,
sin herramientas, sin nada”. (The Black Book of Poland, 1942)

Ninguna de estas críticas atemorizaba a los alemanes. Sin embargo, sí


estaban asustados ante las dificultades prácticas que conllevaban el traslado
de tanta gente, que aumentaron cuando Heydrich incluyó a los gitanos que
vivían en el Gran Reich. Además, la Wehrmacht investigaba el peligro que para
la seguridad representaba la influencia de los judíos que vivían cerca de la
frontera con la Unión Soviética. (Aly, Final Solution)

En la primavera de 1940, el proyecto de Eichmann se derrumbó. Las


autoridades alemanas del Gobierno General, escandalizadas ante semejante
ineptitud, convencieron a Goering, responsable de la política judía, para que lo
cancelara. Un total de 95 mil judíos habían sido deportados a Nisko. Muchos
murieron y a ninguno de los supervivientes se les permitió volver.
Los alemanes deseaban librarse de los judíos del este, pero ¿dónde
enviarlos? El sistema de guetos que se había establecido en Polonia parecía el
camino con menos obstáculos. “Hoy he recibido el Skizze des Sperrgebietes
Warschau (el croquis del área cercada de Varsovia). A pesar de todo, sigue
siendo un gueto”, escribió Adam Czerniakow, acongojado, en su diario el 10 de
mayo de 1940. (The Warsaw Diary of Adam Czerniakow)

Pero incluso esta política funcionaba intermitentemente. Así, sin haber


transcurrido dos meses, el gobernador general, Hans Frank, dio órdenes de
“abandonar todos los planes de construcción del gueto a la vista del proyecto
del Hührer de enviar a todos los judíos a Madagascar después de la guerra”.
(Citado en Aly, Final Solution)

La caída de Francia había provocado un nuevo plan: Heydrich y el Ministerio


de Asunto de Exteriores formularon la llamada opción Madagascar, que preveía
la deportación de toda la judería europea a esta isla del Índico, colonia
francesa de 587 mil kilómetros cuadrados y 4 millones de habitantes. Alfred
Rosenberg había propuesto dicho proyecto a los miembros del partido en enero
de 1939. Este sugirió que una reserva sería una solución mejor, retractándose
públicamente de su anterior entusiasmo por un estado judío en Palestina.

“En la actualidad, la comunidad hebrea porfía por un Estado judío en


Palestina. No con el fin de ofrecer un hogar a todos los judíos del mundo, no.
Tienen otros motivos: la judería mundial tiene que disponer de un Estado
minúsculo para poder enviar representantes y embajadores a todos los países
del mundo y mediante su labor promover su codicia de poder. Pero, sobre todo,
lo que buscan es un centro para la judería: un Estado hebreo, donde los
estafadores judíos de todo el planeta, perseguidos por las policías de otros
países, encuentren refugio y, provistos de nuevos pasaportes, se les envíe a
otras partes del mundo. Se espera que los amigos que tienen los judíos,
particularmente las democracias occidentales, que disponen de tanto espacio
en todos los continentes, asignen a esta raza un territorio fuera de Palestina,
no con el fin de crear un Estado judío, como quieren, sino una reserva judía”.
(Documents on German Foreign Policy, 1949-1962)

En una circular del Ministerio se leía la propuesta de Rosenberg, ahora


como declaración formal: “Este es el programa de la política exterior alemana
respecto de la cuestión judía”. Con la rendición francesa, la solución de
Rosenberg parecía estar al alcance. Los alemanes asumieron tranquilamente
que Francia les cedería Madagascar y que se podría planear el transporte.
(Raul Hilberg, The Destruction of the European Jews)

Heydrich le dijo a un funcionario del Ministerio que el problema de los más


de tres millones de judíos en los territorios bajo control alemán ya no se podía
resolver mediante la emigración. Era necesaria una “solución final territorial”.
Madagascar cumplía con los requisitos. (Citado en Kurt Pätzold)

Las noticias sobre el proyecto de Madagascar llegaron a Adam Czerniakow


el 1 de julio. Gerhard Mende, jefe de la Sección Judía de la Gestapo en
Varsovia, le informó de que la guerra acabaría en un mes; después el
presidente del Consejo Judío confió a su diario que “se irían todos a
Madagascar”, y añadió lacónicamente: “De esta manera se realiza el sueño
sionista”.

Si Czerniakow no se extendió sobre el tema, en cambio Hans Frank


ciertamente lo hizo. Aseguró que el Gobierno General estaría en breve libre de
judíos. “Tan pronto como el transporte internacional permita la posibilidad de
trasladar a los judíos (risas), estos serán deportados pieza a pieza, hombre a
hombre, mujer a mujer, jovencita a jovencita. Supongo que no tendré que
compadecerme de vosotros por esto (más risas)”. (Werner Präg y Wolfgang
Jacobmeyer, Das Diensttagebuch des deutschen Generalgouverneurs in Polen,
1939-1945, 1975)

Reinhard Heydrich, responsable de organizar los reasentamientos masivos,


también apoyaba la opción de Madagascar. Por supuesto, los alemanes “debían
eliminar a los judíos”. “Sin embargo, el exterminio biológico es indigno del
pueblo alemán como nación civilizada que es. Así que después de la victoria
impondremos a las potencias enemigas la condición de que las bodegas de sus
barcos se utilicen para transportar a los judíos junto con sus pertenencias a
Madagascar, o a donde sea”. (Aly, Final Solution)

El plan Madagascar desmostró cómo los nazis habían aprendido a pensar a


lo grande sobre el “Problema Judío”. En 1933 anunciaron a los cuatro vientos
que la misión de Alemania era librar al Reich de todos los judíos. A finales de la
década su objetivo se amplió al Gran Reich. Y ahora que, a mediados de los
cuarente, gobernaban en la mayor parte de Europa, era tarea suya librar a
todo el continente de la “plaga” judía: embarcarlos a Madagascar. Pero el plan
se hizo añicos. Francia no cedió la isla, la guerra no terminó y la Luftwaffe de
Goering fracasó a la hora de someter a Inglaterra; no hubo, por tanto, paz
negociada y esto fue el fin de todo.

Durante los meses en los que se planificó la Operación Barbarroja, los


dirigentes nazis pensaron más en lo que les obligarían a hacer a los judíos que
en dónde los forzarían a vivir. Nadie desarrolló un plan detallado sobre una
reserva judía, pero, en cambio, se celebraron muchas reuniones sobre la
utilización de los judíos como trabajadores esclavos para desecar los pantanos
de Pripet en el este de Polonia y en el desarrollo del noroeste de la Rusia
europea.

Poner a trabajar a los judíos había sido una de las prioridades desde la
invasión de Polonia. Uno de los primeros decretos de Hans Frank como
gobernador general sometía a todos los judíos de 14 a 60 años a trabajos
forzados.
El Illustrierter Beobachter del 12 de octubre incluía una foto de judíos
acarreando ladrillos bajo el siguiente titular: “!Los judíos deben trabajar!”.
Un tal doctor Emil Strodthoff escribía en el Völkischer Beobachter del 28 de
noviembre: “Es para nosotros un placer especial utilizar a los amados
caballeros de la progenie de Abraham para transportar paja y levantar
campos”. Y seguía: “Vamos tranquilamente por las calles, los recogemos y el
que, a pesar de nuestros amistosos requerimientos, alega que no tiene tiempo,
aprende en seguida la lección”. (Citado en The Black Book of Poland)

La prensa en los países neutrales cubrió los hechos. “En la actualidad, las
autoridades alemanas están obligando a miles de judíos, que antes trabajaban
en profesiones liberales, a realizar otro tipo de labores, como construcción de
carreteras, limpieza de bosques, etc.”, informaba el Die Tat de Zúrich en su
número del 1 de enero de 1940.

“En el distrito de Lublín, que como es bien sabido es donde viven la


mayoría de los judíos, estos han empezado a ser agrupados para trabajar en el
mantenimiento de infraestructuras. En estos días, y repartidos por grandes
áreas, los judíos trabajan regulando el cauce de arroyos y ríos, levantando
presas y desecando pantanos. En dicho distrito de Lublín, entre 12 y 14 mil
hebreos han sido llamados para realizar este tipo de labores. Distribuidos en
45 centros de trabajo, viven en 34 campos. En las próximas semanas otros
distritos seguirán el ejemplo de Lublín y, tal como informa el Warschauer
Zeitung, los judíos que queden se emplearán en estas o parecidas tareas”.
(The Black Book of Poland)

Por muy paradójico que a algunos les hubiese parecido, los trabajos
forzados de los judíos iban a cumplir la promesa alemana de reparar las
carreteras polacas, limpiar las orillas de los ríos y excavar nuevos canales.

El SS-Brigadeführer Odilo Globocnik, un sádico muy especial, desarrolló el


primer plan detallado sobre trabajos forzados. Propuso trasladar a todos los
judíos, como fuerzas de trabajo esclavas, a zonas necesitadas de desarrollo.
La propuesta de Globocnik fue aceptada. El 20 de marzo de 1941 Eichmann les
dijo a los representantes del Ministerio de Propaganda que el Führer había
asignado a Heydrich “la tarea de planificar la evacuación final de los judíos”,
que este ya había hecho el trabajo y presentado un plan dos meses antes”.
(Citado en Aly, Final Solution)

Existe poca documentación sobre este aspecto de la política nazi. Lo que


está claro es que la invasión del Este llevó a especular sobre qué hacer con los
100 mil kilómetros cuadrados de los pantanos de Pripet y la utilidad de los
judíos al respecto. Hans Frank, durante unas conversaciones que mantuvo con
Hansjulius Schepers, director de planificación regional de Cracovia, advirtió que
“en la situación actual, la región apenas tiene valor, pero si se pone en práctica
concienzudamente un plan de drenaje y cultivo, se podrá extraer, sin duda, un
considerable beneficio de esta zona”. Frank tenía en mente las turberas, así
como un potencial de más de dos millones de hectáreas de tierra cultivable y
no dudaba sobre quién haría el trabajo.
“Creo que es posible emplear a ciertos elementos de la población (los
judíos especialmente) en actividades productivas para que sirvan al Reich.
Usted sabe bien que en este aspecto no puedo quejarme de falta de mano de
obra”. (Final Solution)
En una fecha tan tardía como el 25 de octubre de 1941, bastante después
de que los asesinatos en masa se hubiesen convertido en una práctica habitual
Hitler mencionó los pantanos durante una conversación con Himmler y
Heydrich. “Desde la tribuna del Reichstag profeticé a la judería que, en el caso
de que la guerra resultase inevitable, los judíos desaparecerían de Europa. Esa
raza de criminales tiene sobre su conciencia los dos millones de muertos de la I
Guerra Mundial y, en estos momentos, la de cientos de miles más. !No toleraré
que nadie me diga que, a pesar de todo esto, podemos aparcarlos en las zonas
pantanosas de Rusia! ¿Quién se preocupará de nuestras tropas?”.
(Hugh Trevor-Roper, Hitler´s Table Talk, 1941-1944)

Las reflexiones nazis sobre la nueva situación de los judíos son importantes
no por los planes que se iban a aprobar, sino para comprender el pensamiento
nazi. Mucho después de que renunciaran al plan de Madagascar y los pantanos,
la terminología de estas siguió usándose como sinónimo de “solución final
mediante el reasentamiento”.

Pero mientras estos proyectos se desvanecían, el tiempo gastado en su


elaboración perjudicaron enormemente a los judíos de la Europa controlada por
Alemania. Mientras el traslado era una opción, vivieron en una especie de
limbo, sin que los alemanes tampoco se decidiesen por los asesinatos masivos.
Es cierto que miles de judíos fueron asesinados durante ese tiempo, pero el
proceso de aniquilación que llamamos Holocausto todavía no había empezado.
Esta búsqueda de soluciones territoriales revela que los propios alemanes no
sabían en 1939, ni siquiera en 1940, lo que iban a hacer en 1941. Lo que
sucedió al final no tuvo lugar por haber llegado a un callejón sin salida, ni
tampoco se debió a una cadena de acontecimientos inexorables. La historia no
está predestinada: actúa paso a paso, de persona a persona, momento tras
momento.

Cuando pensamos en el Holocausto, cobran demasiada importancia la


maquinaria de la muerte y sus traficantes. Ocupan el centro del escenario,
mientras la vida diaria de los judíos -sus esperanzas y miedos, planes y
preocupaciones- se queda al margen. A menudo se les ve también como una
masa de muertos en vida hasta que, de hecho, estuvieron muertos. Esta visión
distorsionada de toda esa época aparta, sobre todo, nuestra mirada del
periodo que va de septiembre de 1939 al verano de 1941. En ningún momento
los judíos se sentaron tranquilamente en el gueto, o donde estuviesen
escondidos, esperando ser deportados y asesinados. La vida siguió en esos
lugares y situaciones hasta el momento de la muerte, o con mucha menos
frecuencia, hasta la liberación. Sin embargo, al principio de dicho periodo,
cuando los alemanes no habían decidido todavía su política de aniquilación
total, los judíos tuvieron un campo de acción ligeramente más amplio.

Por supuesto, la vida era dura y con el tiempo se volvió pero. ¿Cómo seguir
ganándose el sustento? ¿Cómo arreglárselas en medio de las normas alemanas
que restringían radicalmente sus actividades? Por ejemplo, los médicos judíos
ya no podían tratar a pacientes gentiles, ni los enfermos judíos tampoco podían
ser atendidos por médicos gentiles: por tanto, los médicos judíos intentaron
ganarse la vida atendiendo solo a pacientes judíos. De la misma manera,
surgieron colegios hebreos, dirigidos por profesores judíos y a los que solo
asistían estudiantes judíos. Algunos de los que habían tenido negocios o
tiendas intentaron sobrevivir únicamente con clientela judía, mientras otros
desafiaron las leyes y continuaron comerciando -clandestinamente y con gran
riesto- con clientes gentiles lo suficientemente valerosos para tratar con ellos.

Los niños judíos no sufrieron en igual medida que sus padres, hasta que la
segunda oleada de leyes antisemitas les segregaron del resto de la población.
El mundo aparte que es la niñez quedó hecho añicos, ya no eran bienvenidos
en los lugares públicos, no podían ir al cine o a las heladerías, ni jugar en los
parques o bañarse en las piscinas municipales.

El súbito, espantoso preludio de la segregación escolar fue el primero de los


abusos sociales legalizados que tenían como objetivo a los niños judíos. Ni fue
el último ni el peor. No fue más que el principio de una andadura hacia la
muerte social. Otro paso fue la señal externa de la estrella de David.
El transporte se convirtió en un problema: las bicicletas servían, pero solo
podían viajar en los últimos vagones del metro, o en la parte trasera del
tranvía, y a ciertas horas del día; posteriormente la prohibición fue completa.
Su mundo siguió encogiéndose: toques de queda y proscripción de visitas
entre judíos y gentiles. Los amigos judíos disminuían, deportados o
desaparecidos.
La vida se reducía al hogar, al jardín, a los patios. Pero siguieron teniendo
esos hogares, jardines y patios hasta que, como Sara Grossman o Mira Teeman
se enfrentaron al momento de tener que dejarlo todo: para esconderse,
escapar como refugiados, para ir al gueto o ser deportados. En ese instante
estaban más allá de la segregación social del mundo que conocían; estaban
físicamente aislados del mismo. (Para una historia social de la vida judía
centrada en cómo vivían los niños, véase Debórah Dwork, Children With a
Star: Jewish Youth in Nazi Europe, 1991)

En términos relativos, pocos fueron los judíos europeos que escaparon o se


ocultaron durante la guerra. En el Este la gran mayoría perdió sus derechos
inmediatamente, fueron marcados enseguida con la estrella y apiñados en
guetos. En el transcurso de semanas tras la ocupación de Polonia, los judíos
fueron separados de la comunidad política del Estado estableciendo un
Judenrat, o Consejo de Ancianos Judíos, en todas las comunidades. Estaban
formados por miembros relevantes de dichas comunidades designados por los
alemanes para que ejecutaran sus órdenes y trataran los innumerables
problemas de un colectivo en cautividad. Los Consejos dirigían el sistema de
alojamiento, la distribución de alimentos, los servicios higiénicos, médicos y
juveniles; también crearon y mantuvieron orfanatos, hospitales y escuelas de
formación profesional, la única educación que autorizaban los alemanes.
Instituidos para “gobernar” a los judíos, los Judenräte impuestos por los
alemanes tenían muchas responsabilidades y gran autoridad dentro de la
comunidad, pero sin ningún poder fuera de ella, ni influencia alguna en los
nazis. (El controvertido papel de los Consejos Judíos ha generado mucha
bibliografía. Algunos, como Hilberg y Arendt, han entendido el papel de los
Judenräte -reconociéndolo a la fuerza- como colaboradores de los nazis; otros
los han visto bajo una luz más favorable. Hannah Arendt, Eichmann en
Jerusalén, Raul Hilberg, The Destruction of the European Jews)

Así lo explicaba Hermann Erich Seifert, el escritor nacionalsocialista en su


libro sobre la judería polaca: “Para las autoridades alemanas, el individuo judío
no existe en los territorios ocupados”. Los alemanes trataban con el Consejo de
Ancianos y “no existían negociación o argumento algunos en contra de las
órdenes alemanas”. (Seifert, Der Jude an der Ostgrenze, 1940)

A los judíos polacos les esperaba la segregación. Los decretos que se


promulgaron en otoño de 1939 les ordenaba llevar la estrella de David (en
algunas localidades, solo a los mayores de doce años). “Jueves, 16 de
noviembre. Lodz. Volvemos a la Edad Media”, escribía Dawid Seriakowiak, de
15 años, en su diario. “El parche amarillo se convierte una vez más en parte de
la vestimenta judía. Hoy han promulgado una norma por la que todos los
judíos, sin importar sexo o edad, tienen que llevar un brazalete de color
“amarillo judío” de 10 centímetros de ancho en el brazo derecho, justo debajo
de la axila”. El 12 de diciembre, Dawid contaba: “He leído una orden que exige
cambiar los brazaletes de amarillo judío por “estrellas de David” (Davidstern)
amarillas de 10 centímetros, que deberán llevarse en el pecho derecho y en el
hombro derecho por la espalda”. No se le escapaba la importancia de este
decreto. “La barbarie marchaba. Pronto nos ordenarán que nos embadurnemos
con alquitrán y que llevemos pantalones cortos”. Todos esos decretos
acarreaban numerosas penalidades y, en este caso, significaban humillaciones,
peligros, riesgos y más tareas que hacer. “Por la tarde, nuevo trabajo: arrancar
los brazaletes de la ropa y coser las nuevas insignias”. (The Diary of Dawid
Seriakowiak)

Para Halina Nelken, de Cracovia, de la misma edad que Dawid Seriakowiak,


pero procedente de una familia más asimilada, la señal le obligó a preguntarse
sobre la identidad y aspecto judíos. “8 de diciembre de 1939. Los alemanes
han promulgado una ordenanza de lo más espantoso”, escribía Halina en su
diario. “De ahora en adelante todos los judíos tendrán que llevar una cinta
blanca con una estrella de David azul en el brazo derecho”. Halina entendió
esto como una profanación del símbolo judío del escudo de David. “David fue
el más grande de los reyes de Israel y la estrella de Sión fue una vez símbolo
de victoria, pero, hoy en día, se va a convertir en un símbolo de desprecio”.
Bajo esas circunstancias encontró difícil concentrarse en sus estudios que ella
y un grupo de amigas intentaban realizar clandestinamente después de que los
alemanes hubiesen cerrado su escuela.

“¿Cómo podía una concentrarse en la ley de la gravedad de Newton? Una


de las chicas del grupo, Anka, dijo que estaba avergonzada, que nunca llevaría
la cinta en el brazo, porque no parecía judía. Yo tampoco parezco judía, pues
según la definición alemana de su periódico, el Stürmer, los judíos racialmente
puros tienen el pelo largo, negro y ralo, narices ganchudas y pies planos. No
hay nada negro en mí, excepto mi carácter, según dice Felek (su hermano);
pero incluso si eso fuese verdad, el carácter no se ve en la superficie, así que a
la vista de todos no soy una judía. Sin embargo, probablemente llevaré la
cinta. Si todos tienen que hacerlo, todos deben hacer lo mismo.
Hablamos sobre el tema en casa. Mamá estaba friendo unas tortas de
patata para cenar. Papé dijo... que los alemanes eran los únicos que debían
estar avergonzados por la cinta del brazo, no nosotros. Iba a llevar la estrella
de David con orgullo. En ese momento, mamá sonrió un poco, con ironía.
“¿Desde cuándo te has convertido en un judío devoto?” Pero papá no estaba
bromeando. “Si ser de origen judío significa una sentencia de muerte, moriré
como judío. No quiero un destino diferente del resto de mi pueblo”.
Se levantó y se fue de la habitación. Un escalofrío me recorrió la espina
dorsal; me estremecí. Mamá también se sintió inquieta. Limpiamos la mesa,
quería sentarme a hacer los deberes. ¿Pero cómo podía concentrarme en la ley
de la gravedad de Newton enfrentándome a las leyes alemanas?”. (Halina
Nelken, And Yet, I Am Here!)

Emanuel Nelken, un próspero banquero de Cracovia y un patriota polaco


asimilado, volvió a acudir a la sinagoga para celebrar las festividades religiosas
de Rosh Hashanah y del Yom Kippur. Por otro lado, Chaim Kaplan, un hombre
profundamente imbuido de la tradición y erudición judías, era un maestro que
vivía en Varsovia y su existencia diaria estaba impregnada de observancias
religiosas. Los dos hombres se enfrentaron al decreto de la cinta en el brazo
con un espíritu muy parecido.

(30 de noviembre de 1939)

“Hoy nos han alcanzado dos crueles decretos. El primero, el de la “Estrella


de David”, es justo igual que el de Cracovia, excepto que en esa ciudad las
autoridades lo anunciaron con antelación, unas dos semanas antes de que
entrara en vigor y así los dirigentes de la comunidad tuvieron tiempo para
preparar las insignias sionistas, mientras que en Varsovia, mejor dicho en el
distrito de Varsovia, el decreto se ha publicado el 30 de noviembre y entrará
en vigor el 1 de diciembre. Lo más probable es que esto tenga un propósito,
capturar, quizá, la mayor cantidad de judíos cometiendo sabotaje...
En cualquier caso, el conquistador nos está convirtiendo en judíos
queramos o no... Los nazis nos han marcado con los colores nacionales judíos,
que son nuestro orgullo. Y en este sentido nos han separado de los judíos de
Lodz, la ciudad que ha sido anexionada al Reich. A ellos los obligan a llevar la
“señal amarilla” de la época medieval; por lo que a mí respecta, llevaré la mía
con íntimo placer”. (Chaim Kaplan, Scroll of Agony, The Warsaw Diary, 1973)

Se podía llevar con orgullo una cinta al brazo, pero la segregación en un


gueto cerrado fue literalmente increíble hasta que llegó el momento. Menos de
15 días antes de que el barrio judío de Varsovia se transformase en un gueto
cerrado, Kaplan, un observador inteligente y sagaz de los acontecimientos de
la época, no podía imaginar siquiera transformación semejante. Casi 6 meses
antes, en mayo de 1940, se levantaron a expensas de la comunidad judía unos
muros sólidos para separar el área destinada a los judíos del resto de la
ciudad. Los gentiles que vivían en el barrio judío se fueron, y los judíos que
habitaban las ahora zonas prohibidas se trasladaron a las calles que les fueron
asignadas. El ejemplo de Lodz, cuyo gueto se había creado en primavera,
estaba muy presente en sus pensamientos. Pero Kaplan seguía sin creer que
Varsovia fuese a sufrir el mismo destino. “Un gueto judío en el sentido
tradicional es imposible y, por supuesto, uno cerrado, inconcebible”, escribió en
su diario el 2 de noviembre de 1940.

“Hay muchas iglesias y edificios del Gobierno en el centro del gueto. No


pueden desaparecer, cumplen funciones necesarias. Además, es imposible
cortar las líneas de los tranvías que van de un extremo al otro de la ciudad
cruzando el gueto. Durante cientos de años la gran metrópoli se levantó sobre
cimientos civiles comunes, ajenos completamente a los orígenes raciales. Los
barrios, los patios traseros de todas las gentes de todos los credos estaban
unos al lado de los otros y, a pesar de las diferencias, los intercambios
comerciales y los acuerdos que se cerraban traían beneficios a todos. El
diferenciar a los ciudadanos de un país de acuerdo con la raza y establecer
divisiones entre ellos es una idea patológicamente enferma. Desde el principio
hasta el final, se puede considerar como un síntoma de locura”.

Justo dos días después, Kaplan anotó: “El rostro de Varsovia ha cambiado
de tal forma que nadie la reconocería. Las gentes de fuera ya no pueden entrar
pero si milagrosamente fuese así y uno de sus habitantes huidos regresase a la
ciudad, preguntaría: ¿Es esto Varsovia?”. (Chaim Kaplan, Scroll of Agony)

La política de guetos, que tan repentinamente alteró a los judíos, hacía


tiempo que estaba diseñada en los planes alemanes. Goering presentó esta
idea, por primera vez, durante una reunión que convocó después del pogromo
de noviembre de 1938. Heydrich se había opuesto, pues temía que los guetos
se convirtieran en un nido de criminales judíos y en una fuente de epidemias.
Al año siguiente, Heydrich cambió de opinión exigiendo la segregación de los
judíos de Varsovia. (Yisrael Gutman, The Jews of Warsaw, 1939-1943)

Esta vez fue el jefe militar local de Varsovia el que vetó el plan; en su lugar
declaró el barrio judío tradicional como Seuchengebiet (zona de epidemias) y
prohibido, por tanto, a los alemanes. No se hizo nada más en esa época
porque se contaba con que los judíos iban a ser transportados a la reserva de
Nisko. En efecto, la sucesión de planes territoriales y el establecimiento y la
permanencia de los guetos cerrados estaban íntimamente vinculados. (Aly,
Final Solucion)

Cuando Eichmann concibió el proyecto Nisko, no había previsto cómo llevar


a los judíos allí. No obstante, vio claramente que necesitaba un lugar donde
almacenar a los judíos provenientes de comunidades pequeñas antes de su
traslado definitivo al Este. La gran ciudad industrial de Lodz serviría a la
perfección.
Para confinar y controlar a los judíos destinados a Nisko, el jefe de policía
de esta ciudad ordenó la creación de un gueto en febrero de 1940. Recluyó en
él a más de 160 mil personas y lo cerró el 30 de abril.

El 8 de marzo se tomó otra vez la decisión de no cerrar el gueto de


Varsovia, “pues el Gobierno General está estudiando la idea de declarar el
distrito de Lublín como punto de recogida de todos los judíos”. Lodz, por
supuesto, estaba en los territorios anexionados, una zona que debía quedar
“limpia” de judíos, mientras que Varsovia estaba en el Gobierno General, área
que recibiría a los judíos si Nisko no daba resultado.

Goering detuvo todas las futuras deportaciones a Nisko el 24 de marzo. Al


carecer de sitio alguno donde descargar a sus judíos, las autoridades alemanas
de Varsovia empezaron en ese momento a planear un gueto local. Tres días
después ordenaron al Consejo Judío que levantara un Seuchenmauer (muro
contra las epidemias) de más de dos metros de altura alrededor del barrio
judío para impedir la propagación de enfermedades a la población gentil. Como
presidente del Judenrat, Adam Czerniakow anotó en su diario el 13 de abril:
“Tendremos que pagar el muro”. (The Warsaw Diary of Adam Czerniakow,
Hilberg, The Destruction of the European Jews)

En principio, estos muros iban a ser temporales. La victoria sobre Francia y


la posible paz negociada con Gran Bretaña habían dado alas a la idea de la
reserva en Madagascar. Pero mientras rumiaban esta idea, Hitler decidió
invadir la Unión Soviética. Más de un millón de soldados marcharían por el
Gobierno General para participar en la Operación Barbarroja, la mayor ofensiva
militar de la historia. Y como se extendió el miedo a las epidemias, el encierro
de los judíos en guetos surgió como una necesidad militar.

Por supuesto, se podrían haber mejorado las condiciones de vida de los


judíos, pero semejante idea estaba más allá del horizonte mental de los
planificadores alemanes. Los funcionarios de la sanidad pública insistían en la
posibilidad de una amplia epidemia de tifus, e instaron al Gobierno General a
que siguiese el ejemplo de Lodz. (Gutman, The Jews of Warsaw, 1939-1943)

Frank aceptó su consejo, separó a las poblaciones judías de las gentiles y


decretó: “El ejército alemán y la población deben ser protegidos a toda costa
del portador de bacilos inmune a las plagas: el judío”. (Citado en Noakes y
Pridham, Nazism 1919-1945)

“De repente, nos vimos acorralados por todos los sitios”, escribía Chaim
Kaplan en su diario el 17 de noviembre, tan solo 15 días depués de que la idea
de un “gueto cerrado” le resultase “inconcebible”.
“Estamos segregados y separados del mundo, y la plenitud de este hecho
nos expulsa de la sociedad de la raza humana”. (Kaplan, Scroll of Agony)

Los judíos de Cracovia sufrieron el mismo destino la primavera siguiente, y


también ellos sintieron una desgarradura similar, grande y súbita. “Las malas
noticias llegan de repente y en rápida sucesión”, anotó Halina Nelken en su
diario el 5 de marzo de 1941. “Hoy, finalmente, el decreto para la creación del
gueto en Podgórze. Confundida como estoy, me siento vacía”. Un mes después,
el gueto fue sellado. “No puedo siquiera imaginar vivir dentro de los límites del
gueto, dentro de esas pocas y atestadas callejuelas sin un solo jardín. La
simple idea de ello me ahoga”, se lamentaba. (Nelken, And Yet, I Am Here!)
Mientras los burócratas seguían discurriendo sobre el transporte de judíos a
Madagascar, o sobre cómo emplearlos como esclavos en los pantanos de Pripet
los que vivían en los guetos cerrados se adaptaban lo mejor que podían.
Como escribió en su diario privado Hillel Seidman, un erudito judío
ortodoxo, archivero jefe del gueto de Varsovia, algunos se las arreglaban y
otros no.

“Desde el principio, han surgido dos tipos distintos en el gueto. Están los
hombres de ayer que rememoran su anterior importancia y viven de sus
recuerdos. Añoran el pasado cuando la vida era más o menos normal y sueñan
con un futuro más agradable. Pero tienen muy pocas posibilidades de llevarse
bien con el presente. En estos momentos sus puntos de vista y conducta son
inconexos y ejercen poca influencia.
Luego están los hombres prometedores del día a día. Aunque tienen poca
experiencia, se han acostumbrado rápidamente al desconcertante cambio de
fortuna. Ahora llevan la voz cantante”. (Hillel Seidman, The Warsaw Ghetto
Diaries)

En el gueto, Seidman observó que cristalizaban las cualidades esenciales de


las personas:
“Los que antes eran mezquinos se han vuelto ahora despreciables; los que
ya eran malos, inevitablemente se han hecho peores. Muchos se han vuelto
egoístas y extremadamente susceptibles sobre toda posible privación. Tienen
tanto miedo a morir que el mínimo asunto, incluso una rebanada de pan, se
convierte en una cuestión de vida o muerte”. (The Warsaw Ghetto Diaries)

La mayoría trataron de comprender su existencia viéndola dentro del curso


de la historia judía. La vida impuesta del gueto tenía sus precedentes. No fue
hasta el siglo XIX cuando se autorizó a los judíos de Fráncfort a vivir más allá
del gueto; en Roma se abrió en 1870. Ciudades como Vilna, donde nunca
había habido un gueto amurallado, tenían barrios judíos importantes, con sus
vecinos de toda la vida. Estaban, por tanto, relacionados con la historia del
lugar en el que ahora los obligaban a vivir. Esas calles, sinagogas y mercados
habían crecido durante siglos para satisfacer las necesidades de la comunidad
hebrea; y ahora les traían a la memoria que la vida podía seguir.

Los cientos de miles de refugiados expulsados de sus lugares natales en


toda Polonia, obligados a huir a las grandes ciudades, llegaban aturdidos y
desamparados, pero a un sitio que de una u otra forma les resultaba familiar.
El concepto de gueto tenía su pasado en la memoria judía, los propios guetos
tenían un pasado judíos, luego era lógico que, al principio, hubiese una
esperanza para un futuro judío. (Según la historiadora Lucy Dawidowicz, unos
330 mil judíos, equivalente a una décima parte de la población judía de
Polonia, se convirtieron en refugiados. The War Agains the Jews, 1974)

Emmanuel Ringelblum, un intelectual de 40 años, que trabajaba para la


comunidad, apunto el 8 de noviembre de 1940 en una colección clandestina de
notas que llevaba sobre el gueto de Varsovia: “En los últimos tiempos se
observa un gran desarrollo de la conciencia histórica”. Ringelblum estaba en
condiciones de saberlo: había formado un grupo de personas para que le
informasen sobre la situación del gueto, y cotejaba la información que le
proporcionaban. “En docenas de casos se hace referencia a acontecimientos
del pasado. Se vuelve la vista hacia la Edad Media. Hablé con un estudioso
judío. Los judíos crearon su propio mundo aislado, viviendo en el interior de
este se olvidaron de las desgracias que sucedían a su alrededor, no dejaron
que nadie penetrase en él”. (Emmanuel Ringelblum, Crónica del gueto de
Varsovia)

Esto convenía a los alemanes. En marzo de 1941, en el Instituto para la


Investigación de la Cuestión Judía que Alfred Rosenberg había establecido en
Fráncfort, Peter-Heinz Sepharim, destacado especialista nazi en las
comunidades judías del este de europa, pronunció una conferencia en la que
expuso las diferencias:
“Los guetos de la Edad Media eran básicamente una comunidad voluntaria
para vivir en común que, además, no excluía en modo alguno las relaciones
comerciales con los gentiles”, explicó a sus colegas. Los guetos creados en
Polonia eran, por el contrario, “una medida de fuerza”. De la misma forma, “si
tiene sentido en el actual contexto”, los habitantes de estos nuevos ghetos no
“deberían tener contacto o la posibilidad del mismo con los gentiles”. (Peter-
Heinz Seraphim, Weltkampf, 1941)

En otras palabras, el objetivo de los alemanes era apartar y aislar a los


judíos mientras invadían la Unión Soviética sin miedo a contagiarse; a largo
plazo, decidirían qué hacer con esta “plaga de la humanidad”. El objetivo de los
judíos era comprender lo incomprensible, qué es lo que los alemanes querían
de ellos, y encontrar un camino para seguir con vida todos los días.

Seguir con vida significaba ganar lo suficiente para comer. Era algo tan
sencillo y duro como esto: el hambre se evitaba con una rebanada de pan
viejo, un cuenco de sopa aguada y una patata comprada con un dinero
duramente ganado. En octubre de 1939 Chaim Kaplan relataba que “decenas
de miles de personas se han quedado sin medios de vida”; al cabo de 14
meses, todas las clases sociales estaban afectadas. “La mayoría de los
profesionales liberales, privados de su trabajo, pasan el día sin hacer nada...
A los menestrales les sucede lo mismo, pues nadie les da zapatos que remedar
o ropas que coser”. Mientras algunos viven “con dos o tres zlotys al día”, hay
“miles, decenas de miles que viven de la caridad y van a los comedores de
beneficencia. A estos últimos concurren 100 mil personas todos los días”.
(Kaplan, Scroll of Agony)

Un organismo sí que consiguió abrirse camino: el Judenrat. Debido a las


grandes responsabilidades que suponía el bienestar de los judíos, además de
las exigencias de los alemanes, los Consejos Judíos se convirtieron en grandes
burocracias. (Isaiah Trunk, Yad Vashem Studies, Raul Hilberg, The Destruction
of the European Jews, Gutman, The Jews of Warsaw)

“El estado-gueto necesita funcionarios”, escribió Kaplan, “y los emplea a


miles”. El término “estado-gueto” no es ninguna exageración: la población de
algunos de estos era casi la de una ciudad pequeña. Los Judenräte crearon
numerosas oficinas y negociados calcados de los ayuntamientos: registro civil,
archivos, cuerpo de bomberos, pensiones, impuestos, Seguridad Social y
asistencia, en los que trabajaban aquellos que habían perdido sus empleos por
culpa de las leyes antisemitas. Como escribió Kaplan: “Había policías judios
con porras de goma (no les habían dado armas de fuego)... De todos modos,
cuatro mil jóvenes judíos que se habían quedado sin sus anteriores trabajos
recibieron estos nuevos “cargos honoríficos”. Al cabo de poco tiempo, la
“oficina de correos empleó a cientos de personas”. Y al final, “el trabajo
administrativo dentro del propio Judenrat dispuso de miles de personas. El
sueldo era pequeño y nunca se pagaba a tiempo, pero al menos tenían algo
con qué vivir”. (Kaplan, Scroll of Agony)

Algunos estaban empleados en los talleres del gueto que producían


mercancías para los alemanes. (Véase Raul Hilberg, Yisrael Gutman)
Nadie creía que los alemanes quisieran asesinar a nadie. Así que los
Consejos Judíos adoptaron una estrategia de obediencia con el fin de salvar a
sus gentes. Los alemanes favorecían esto haciéndoles creer que su trabajo era
esencial para el Reich. Arbeit macht frei: El trabajo os hará libres. Estas
palabras, que blasonaron por primera vez sobre las puertas de Dachau, y más
tarde sobre las de Auschwitz, adquirieron un nuevo significado en el gueto. Los
judíos tenían que volverse imprescindibles; la salvación estaba en el trabajo.

Jacob Gens, el Anciano del gueto de Vilna, y Modechai Chaim Rumkowski,


el Anciano del gueto de Lodz, transformaron sus comunidades en campos de
trabajo urbanos. En menor medida, otros hicieron lo mismo. Un trabajo para
fabricar productos para los alemanes pronto se consideró como una sinecura.
Y mientras estos seguían estudianto “soluciones” territoriales al “problema”
judío, esta impresión no andaba descaminada.

“Rysiek Podlaski me mandó a su hermano con una nota apremiándome a ir


rápidamente a la sastrería que dirigía su padre”, escribió Dawid Sierakowiak en
su diario el 10 de abril de 1941. “Allí podría ganar unos marcos. Fui
directamente y, en efecto, Podlaski me dio trabajo como obrero por unos
cuantos días a dos marcos diarios”. Y una paga extra: “Todos los días tendría
una cena suplementaria (por 20 pfennings)”. Dawid relacionaba continuamente
el trabajo con comida. “Como sobró mucho pan ácimo (después de la Pascua
judía), Rumkowski decidió dar un subsidio a los obreros y a los administrativos
de las oficinas. Entregó a todos los trabajadores un paquete de pan ácimo por
un precio nominal de 3 Reichmarks (RM) y 25 pf. Padre recibió uno en el
trabajo y yo recibí otro en el mío... si pensamos en el hambre que tenemos, es
sencillamente maravilloso”. Tres semanas después estaba alborozado: “La cosa
más importante es que... mamá ha conseguido trabajo para pelar patatas en
las cocinas comunales. Trabajará de 14 a 15 horas diarias y se supone que
ganará de 20 a 25 RM al mes. La ventaja principal es que tendrá las dos sopas
sustanciosas que reciben gratis al día los trabajadores. Así que, al menos,
mamá no pasará hambre; y también a todos nos irá mejor en casa”.
(Sierakowiak, The Diary of Dawid Sierakowiak)
Las condiciones del gueto cambiaron las normas de trabajo anteriores a la
guerra. El contrabando, antes ilegal y deshonroso, siguió siendo ilegal pero se
convirtió en algo heroico. Era un hecho fundamental de la vida del gueto. En
un momento dado, Adam Czerniakow calculó que aquel representaba el 80%
de la comida disponible en el gueto. (Gutman, The Jews of Warsaw)

Abraham Lewin, antiguo profesor, anotaba de vez en cuando en su diario el


contrabando que hacían adultos y niños en el gueto. “Vivo al lado del muro que
separa el gueto de la calle Przejazd. En este ha aparecido una grieta que
cualquiera puede atravesar arrastrándose y que es lo suficientemente ancha
para pasar un saco de 100 kilos de patatas, de maíz o de otros alimentos. El
contrabando transcurre sin parar desde el amanecer, a las cinco y media, hasta
las nueve de la noche”. Escribió en mayo de 1942. Lewin sabía perfectamente
el peligro que esto suponía. “!Cuánto deben sufrir estos matuteros, que se
pasan el día ocupados en el muro!”. Pero eran ellos, “los que traían harina,
patatas, leche, mantequilla, carnes y otros productos al gueto”. (Abraham
Lewin, A Cup of Tears: A Diary of the Warsaw Ghetto)

Un mes más tarde, lamentaba de nuevo la muerte de otros dos


contrabandistas. El día anterior “habían caído víctimas de... El contrabando en
Nowolipie y la calle Przejazd se detuvo, como si las bandas de matuteros
estuviesen de luto por la muerte de sus compañeros. Sin embargo, al día
siguiente, “sin considerar la extraordinaria campaña de terror desatada contra
los contrabandistas, y a pesar del gran número de muertos habidos en los
últimos días, esta actividad sigue a pleno ritmo, como si nada hubiese pasado.
Esto demuestra que bajo las actuales condiciones el contrabando es ley de
vida”.

Abraham Lewin llevaba a cabo sus propias actividades “ilegales”. En


Varsovia, como en todo el Gobierno General, las autoridades alemanas habían
expulsado a los niños judíos de las escuelas y prohibió los colegios hebreos so
pretexto de servir como campo de cultivo de enfermedades infecciosas. La
educación primaria siguió prohibida en el gueto hasta 1941, y la secundaria no
se restableció nunca. (The Warsaw Diary of Adam Czerniakow)

Antes de que se promulgaran las leyes antisemitas alemanas, Lewin


enseñaba hebreo, estudios bíblicos y judíos en la Escuela Yehudia. El y el resto
de profesores empezaron a impartir clases clandestinas después de la creación
del gueto. A su propia manera, la enseñanza, como el contrabando, eran
esenciales para la vida del gueto.
Ir a la escuela, perseverar en los propios estudios era una actividad básica
que encarnaba el principio de normalidad: la vida seguía y había un futuro más
allá de esta locura.
Muchos chicos deseaban estudiar y muchos adultos querían seguir
enseñando. En sus memorias, Winter in the Morning, Janina Bauman, que
entonces tenía 14 años, explica cómo ella y su grupo de amigas del gueto de
Varsovia se pusieron en contacto con los profesores que conocían para recibir
clases. Sophie, su hermana de 10 años, también se unió al grupo de estudios.
A principios de la primavera de 1941 el tío de Janina, que vivía con su madre y
su hermana, contrajo el tifus. Todos tuvieron que quedarse en el piso durante
las semanas de la cuarentena. Cuando su tío se recuperó y a ella la dejaron
volver a la escuela, estaba feliz.

(16 de abril de 1941. Por la tarde)

“!Libertad! !Al fin, libertad! Hoy todo ha sido maravilloso, incluso estar
sentada en este horrible sofá en la habitación de Ala, estrujada entre Zula y
Hanka. Incluso las matemáticas. A propósito, me he perdido bastantes
lecciones, pero Hanka dice que me ayudará a ponerme al día en un periquete.
Todas parecían estar muy contentas cuando aparecí inesperadamente. Renata
estaba tan entusiasmada que me dio un beso, olvidando todas las
precauciones médicas. Nina dijo que esperaba que me hubiese muerto de tifus,
la muy bruta.
Un montón de noticias... Irena quería unirse a nuestro grupo, pero las
chicas dicen que ocho son más que suficientes y la han rechazado sin más. Así
que les ha pedido a los profesores si puede ir con los chicos. A ellos no les
importa y están encantados, o eso es lo que ella dice. Ahora son nueve en
total. !Qué bien volverlos a ver! Mismos profesores, mismos problemas”.
(Janina Bauman, Winter in the Morning)

Si tan importante era la educación para los jóvenes, era igualmente


fundamental para los profesores, que no tenían otro medio para ganarse la
vida y hacer frente a las penurias. “Los profesores judíos sin empleo habían
encontrado un modo de salvarse, en parte, del hambre. Se unieron y
organizaron pequeños grupos de niños que iban a la casa del maestro para que
les enseñase dos o tres horas al día. Cientos de profesores se mantuvieron de
esta forma”, confió Chaim Kaplan a su diario el 14 de diciembre de 1939.
Reconocía que era algo irregular. “Es posible que la prohibición de estudiar se
aplique también a estos grupos pequeños, y si hacen preguntas tendrán que
desaparecer. Pero nadie pregunta. El asunto se lleva calladamente, bajo mano.
No hay otra solución”. (Kaplan, Scroll of Agony)

Radom, como Varsovia, estaba en el Gobierno General. El gueto de aquella


ciudad se creó a principios de 1940, y pronto funcionó una escuela en tres
habitaciones de un antiguo colegio religioso, que acogía tres turnos de niños
cada día. (Trunk, Judenrat)

No era suficiente. La mayoría de los jóvenes siguieron con su educación en


privado, aunque incluso esta estaba prohibida. Hanna Kent-Sztarkman, de 9
años, recibió lecciones informales durante un breve periodo, que fueron muy
importantes para ella. Hanna, su madre y su hermano mayor Heniek se
refugiaron en Radom después de huir de Lodz.
“Cuando los alemanes decidieron invadir Polonia entre el protectorado y
una parte que se incluyó en el Reich, se suponía que nuestra ciudad, Lodz,
formaba parte del Reich y mis padres pensaron que la vida en el protectorado
sería más fácil”, explica décadas después. “Radom, la ciudad donde había
vivido mi madre y donde vivían mi abuela y mi tía, formaba parte del
protectorado, así que decidimos que nos mudaríamos gradualmente allí. Bien,
Heniek fue el primero, luego mi madre y yo; eso fue en diciembre de 1939.
Después nos seguirían mi padre y mi hermana, tan pronto como vendieran
todo lo que pudieran”. Al final, padre e hija no se las arreglaron para salir de
Lodz antes de que cerraran el gueto y sus intentos de huida fracasaron; las dos
partes de la familia nunca volvieron a reunirse.

La madre y el hermano de Hanna Sztarkman trabajaban en Radom,


mientras ella se quedaba en casa. “No fui a la escuela”, recuerda. “Leía todos
los libros que podía conseguir, pero, por supuesto, no teníamos biblioteca”.
Afortunadamente, algunas amigas de Lodz también llegaron a Radom. “Eran
cuatro hermanas... una de ellas y mi hermana habían aprobado el bachillerato
al mismo tiempo. La más joven, que tenía un par de años más que yo, nos
cogió a otra chica y a mí para enseñarnos un poco de matemáticas y otras
cosas, mientras pudiéramos. Más tarde, ni siquiera esto funcionó.
Sencillamente no podías. Leí mucho, eso es lo único que hice”.

Aquello fue una terrible pérdida para ella. Era mucho más que pasar el
tiempo tranquilamente. “El vivir es esperar; y mantuve la esperanza de que
algo, de alguna manera, sucediese y la guerra terminara. Una solo tenía que
ser lo suficientemente fuerte para esperar y aceptar el día a día, tal y como
llegase... Lo que a mí me preocupaba era: ¿seré capaz de tener una
educación? Es gracioso que en semejante situación fuera esto de lo que
hablaba con Heniek: ¿Podré tener alguna vez una educación? Intenté
conservar cierta normalidad, pero siempre deseando algo”.

El gueto de Lodz, en la Polonia anexionada, se las arregló para establecer,


bajo el Judenrat, un sistema escolar aparte. Pero la dureza de la vida del gueto
agobiaba a los estudiantes. Al principio, Mira Teeman asistió a la escuela
después de que sus padres se viesen obligados a trasladarse a Lodz. “Nuestro
rey, Rumkowski, abrió una escuela de secundaria. Quizá fui un año, más o
menos. Pero en esa época mi padre estaba muy enfermo. No podía seguir
yendo. ¿Cómo podía intentar estudiar latín, hebreo o cualquier otra asignatura
cuando mi cabeza estaba en la agonía de mi padre? No podía”.

Las condiciones del gueto eran un verdadero problema para los deberes de
los chicos. Como Esther Geizhals-Zucker recuerda: “Mis estudios se detuvieron
en el gueto. Ya no fue más a la escuela; tenía que trabajar para conseguir una
cartilla de racionamiento con la que poder obtener comida. No tenía tiempo
para ir a clase”.

Lituania, bajo gobierno ruso desde 1939, fue ocupada rápidamente cuando
los alemanes atacaron a la Unión Soviética en junio de 1941. En esos días la
comunidad judía de Kovno era la octava en número de la Europa oriental
ocupada por los nazis; Vilna tenía casi el doble de habitantes judíos (55 mil en
1931). Pronto se crearon sendos guetos en ambas ciudades. En esta última, el
gueto se creó el 10 de julio de 1941, en el suburbio de Slobodka, al otro lado
del río. Era una zona empobrecida. Los judíos estaban señalados con la estrella
en el pecho y en la espalda, y cindo días después fueron expulsados de la
ciudad y obligados a ir al gueto. En este, todas las escuelas quedaron cerradas.
En diciembre de 1941 se reabrieron dos colegios de primaria por iniciativa de
los profesores, solo para ser clausurados de nuevo por las autoridades en los
meses de invierno. La causa, esta vez, fue la escasez de leña para calentar las
aulas; luego, en abril, volvieron a abrirse, para prohibirse otra vez en verano.
(Avraham Tory, Surviving the Holocaust: The Kovno Ghetto Diary)

Nada de esto supuso diferencia alguna para la señora Segal y sus discipulos
“21 de marzo de 1943”, escribió en su diario Avraham Golub, abogado sionista
y, en esa época, vicesecretario del nuevo Consejo Judío. La señora Segal “hace
caso omiso de las prohibiciones y órdenes. Aunque la escuela judía ha sido
oficialmente cerrada por mandato alemán, dicha orden no ha llegado todavía a
esta valiente y distinguida educadora. Todos los días, los niños se reúnen en su
pequeña habitación, donde les enseña el abecedario, a decir “shalom” y a
cantar en hebreo. Siembra en los corazones de los niños un amor por el pueblo
judío y un anhelo por su patria: la tierra de Israel”. (Surviving the Holocaust)

La temible señora Segal estaba totalmente dedicada a sus niños en Kovno.


Golub siguió escribiendo en su diario: “Hoy es la fiesta de los Purim. Hitler ha
prometido que ya no habrá más festividades como estas para los judíos. No sé
si otras de sus profecías se harán realidad, pero esta tiene todavía que
cumplirse”. Y continúa:
“Aquí en el gueto, celebramos Purim de una forma nueva. Nuestros hijos,
solo ellos, nuestros Moisés y Samuel, desmentían las profecías de Hitler
mientras festejaban la fiesta con toda su inocencia y entusiasmo.
Los niños, alumnos de la señora Segal, pionera de la educación nacional
hebrea en el gueto, han estado preparando las festividades de los Purim
durante muchas semanas. Han aprendido los cánticos, los bailes, los juegos...
¿Quién representará los papeles de Mardoqueo, Aman, Ester y Vasti? Los niños
les han contado a sus padres todo lo que iban a hacer en estas fiestas, y estos,
si queda alguno vivo, les dejarán disfrutar de la atmósfera festiva.
La distinguida educadora señora Segal se ha comprometido más que nadie
en estos preparativos. Después de todo, estos son sus chicos, los niños de su
escuela, a los que ha estado cuidando desde el primer día que se creó el
gueto”.

En Kovno, un grupo de profesores se unió a una sociedad filantrópica, la


Organización para la Reincorporación y Formación (ORT), que tenía como
objetivo crear una escuela de formación profesional. Las herramientas y otros
materiales los pasaban de contrabando los propios profesores, o los obreros
judíos que vivían en el gueto pero trabajaban como esclavos en empresas
alemanas fuera de los muros. Lo hicieron, a pesar de los registros en las
puertas del gueto y del peligro que representaba para sus propias vidas y la de
sus familias. El número de estudiantes creció de forma regular.
Esta escuela también se clausuró en agosto de 1942, pero en otoño el
Consejo Judío convenció a las autoridades alemanas que una escuela de este
tipo era necesaria para desarrollar la industria en el gueto, y gracias a esta
razón fue abierta de nuevo. (Trunk, Judenrat)
Tamarah Lazerson tenía 13 años cuando los alemanes ocuparon Kovno. Ya
había sobrepasado la edad de la escuela primaria y el inicio del curso no le
sirvió de nada. Justo un año después, el 21 de septiembre de 1942, escribió en
su diario: “Mi vieja herida se ha reabierto. El curso ha empezado y me duele
en el alma desperdiciar otro año, pero ¿qué puedo hacer?”. Dos meses después
“Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que leí un libro. Ahora es muy
difícil conseguirlos. Y para colmo de los problemas, han cortado la electricidad.
Mi cuarto está oscuro y frío. No hago otra cosa que dar vueltas en la cama. A
las siete de la mañana, o antes incluso, salgo arrastrándome de ella. Los
recuerdos me agobian y no puedo librarme de ellos”. (Laurel Holliday, Children
in the Holocaust and World War II)

En abril del año siguiente, Tamarah estaba en la escuela de formación


profesional. “Estudiaba en la escuela de comercio y estaba muy contenta. Las
lecciones eran muy interesantes. Tomábamos los apuntes con cuidado y luego
los estudiábamos en casa. No podía confesarlo, pues me estaba preparando
para vivir en Eretz Yisrael (la tierra de Israel). Hoy he entregado un trabajo
bastante largo para el periódico mural; termina con el lema: !Eretz Yisrael nos
espera! !Soy feliz!”. La escuela se convirtió en una fuente de esperanza, algo
que daba valor a su vida diaria. 20 de mayo de 1943: “Al fin he encontrado un
objetivo en la vida. Ya nunca más estaré sola; una persona sin patria ni gente.
!No! He encontrado un propósito: luchar, estudiar y ofrecer mis fuerzas para
favorecer el bienestar de mi pueblo y de mi patria. Estoy orgullosa de ello”.
(Children in the Holocaust)

Yitskhok Rudashevski, de 14 años, compartía los mismos sentimientos.


También se sentía perdido sin una oportunidad para estudiar. El ir a la escuela
proporcionaba una impresión de normalidad, pero sin ella: el vacío y un
callejón sin salida. El 19 de septiembre de 1942, un año después de la creación
del gueto, Rudashevski reconocía su desesperación en su diario. “Los días son
fríos y melancólicos. ¿Cuándo demonios volveremos a estudiar? Cuando solía ir
a clase, sabía cómo dividir los días, y estos volaban, pero ahora me arrastran,
tristes y grises. !Oh, qué deprimente y desdichado es estar sentado aquí
encerrado en el gueto!” Pocas semanas después las clases empezaron, y él
estaba entusiasmado. “Al final, he vivido para ver este día. Hoy hemos ido a la
escuela. Y el día ha pasado de una forma bastante diferente. Lecciones,
asignaturas... En la escuela se respira un aire de felicidad... !Y mi propia vida
se empieza a definir de otra forma! Perdemos menos el tiempo, el día tiene sus
partes y se pasa volando muy rápido... Sí. Así es como debería ser en el gueto,
el día debería pasar volando y nosotros no deberíamos perder el tiempo”.
(Ytskhok Rudashevski, The Diary of the Vilna Ghetto, 1941-1943)

Muchos guetos llevaron una rica vida cultural e intelectual a pesar de la


persecución. En cuanto se crearon los Consejos Judíos, los músicos, actores,
poetas y escritores que habían perdido sus empleos empezaron a organizarse.
Se establecieron departamentos culturales, emprendiendo negociaciones con
las autoridades alemanas para conseguir los permisos necesarios y representar
obras de teatro, pronunciar conferencias públicas y organizar exposiciones.
“Estamos pidiendo permiso para celebrar conciertos con el fin de proporcionar
trabajo a los músicos”, anotó Czerniakow en su diario el 1 de agosto de 1940.
Tuvo éxito. “Se celebró un concierto benéfico en apoyo del Fondo Mensual para
la Infancia”, escribió un año después. (The Warsaw Diary of Adam Czerniakow)

Por decreto, la única música que se podía interpretar era la no aria. “No se
pueden tocar piezas musicales de compositores arios, y entre los judíos solo
aquellos que son arios de adopción. Eso quiere decir que se tocan (sin
permiso) composiciones de Mendelssohn, Kalman, Bizet, Meyerbeer”, anotó
Emmanuel Ringelblum en febrero de 1941. (Ringelblum, Crónica del gueto de
Varsovia)

Pero estas expresiones culturales no eran fáciles de controlar. Para Chaim


Kaplan era un problema de segregación. Los judíos estaban social, política y
físicamente segregados del resto del mundo, pero seguían pidiendo una
relación cultural e intelectual con la civilización que estaba más allá de los
muros del gueto hasta que esta se convirtió en una amenaza de muerte.

(30 de abril de 1942...)

“El proceso de discriminación entre judíos y otras gentes aumenta cada día.
Los judíos tienen ahora vetano beber de las fuentes de la sabiduría y cultura
arias. Con el fin de hacer entrar en vigor esta prohibición, Auerswald,
comisario del gueto, ha emitido un decreto por el que se prohibe tajantemente,
bajo pena de los más duros castigos, la difusión en cafeterías y teatros del
gueto de cualquier forma de arte, literaria o musical, escrita o compuesta por
un ario. De hecho, esta prohibición ya estuvo en vigor durante un tiempo, pero
se incumplía más que se acataba. Ahora, los nazis han empezado a hacerla
cumplir rigurosamente”. (Kaplan, Scroll of Agony)

Czerniakow fue más lacónico: “Concierto al mediodía... Se cantan e


interpretan composiciones judías. El auditorio estuvo lleno. Muy buena
ejecución”. (Czerniakow, The Warsaw Diary of Adam Czerniakow)

Ambos observadores tenían razón. La insistencia alemana sobre la “pureza


racial” de las obras musicales era otra forma de segregación. No obstante, los
artistas del gueto tocaban lo que las normas les permitían, atrayendo a
grandes y atentas audiencias. Y de vez en cuando se las arreglaban para burlar
los decretos alemanes. “La música judía, prohibida en las cafeterías y las
radios arias, se está convirtiendo otra vez en un nexo entre judíos y cristianos”,
escribió Ringelblum en su libro de notas privado en junio de 1942.

“El otro día me enteré de uno de esos lugares de reunión entre el gueto y
el lado ario. Todos los domingos, a las tres en punto de la tarde, una orquesta
sinfónica judía se reúne en el cruce de las calles Panska y Zhelazna para tocar
al lado de la alambrada de púas que rodea el gueto. Cientos y cientos de arios
escuchan la música; se van cada media hora, dejando sitio libre para que una
nueva multitud de polacos venga a escuchar la música prohibida. Un policía de
los suyos hace una colecta entre los oyentes y entrega el dinero (zlotys) a un
policía judío, que se lo entrega a los miembros de la orquesta. Así, durante
toda la tarde hasta el toque de queda, muchedumbres de cristianos no paran
de venir para escuchar música judía”. (Joseph Kermish, Yad Vashem Studies)

Los cristianos no podían asistir a representaciones teatrales ni a veladas


literarias, que eran también muy populares, ni tampoco a los “clubes”
nocturnos de entretenimiento. Según Ringelblum, en abril de 1941, “había 61
cabarets en el gueto de Varsovia”. (Ringelblum, Crónica del gueto de Varsovia)

La vibrante vida cultural de los judíos de Varsovia se podía encontrar en


muchos de los guetos del este. “Hoy el gueto es como una verdadera ciudad.
Se ha celebrado un concierto benéfico en el gran salón de actos del orfanato”,
escribía Halina Nelken en Cracovia el 22 de junio de 1942, el día que los
alemanes invadieron la Unión Soviética. (Nelken, And Yet, I am Here!)

Y en Lodz, como informaba uno de los colaboradores del clandestino


Chronicle, la llegada de judíos deportados del oeste aportaron brillantez al
gueto de esta ciudad.
“Durante la segunda mitad de noviembre (1941) la Casa de Cultura ha
empezado a organizar conciertos en los que toman parte los recién llegados.
Desde el mismo momento de su inicio estos conciertos han sido una gran
atracción para los amantes de la música. Es digno de señalarse que uno de los
resultados del reasentamiento de nuevas gentes ha hecho que el gueto
adquiera un conjunto de magníficos intérpretes: pianistas y cantantes. Los
conciertos de piano del maestro vienés (Leopold) Birkenfeld merecen mención
particular. Todas sus interpretaciones son una verdadera fiesta para los
melómanos del gueto”. (Lucjan Dobroszycki, The Chronicle of the Lodz Ghetto,
1941-1944. El departamento de Archivos, un organismo oficial del gueto de
Lodz, escribía subrepticiamente el Chronicle. Era una actividad clandestina)

A pesar del hambre, las enfermedades, los actos arbitrarios de violencia y


las proyectadas deportaciones, los judíos siguieron creando y ofreciendo
belleza al público. Birkenfeld fue deportado el 14 de mayo de 1942; casi al
mismo tiempo, otro artículo señalaba que “la orquesta sinfónica ha celebrado
un concierto... obras de Beethoven (fragmentos de Egmont) en el programa.
La señora (Bronislawa) Rotsztat, la favorita de la audiencia del gueto, encantó
al público con su magnífica ejecución al violín”. (Dobroszycki, The Chronicle)

La orquesta sinfónica ofreció, como media, diez conciertos al mes en 1941,


y cuatro mensuales durante 1942. Vilna tenía también su propia sinfónica.
Algunos dirigentes políticos criticaron esta forma de abandono popular. Decían
que eran demasiado indecentes y que hacían olvidar la situación desesperada
del gueto. “No se deben representar obras de teatro en los cementerios”,
proclamaba un panfleto. Pero incluso un duro crítico de este hecho reconocía el
valor del anhelo de una vida cultural y escribió:
“Aún así, la vida es más fuerte que cualquier otra cosa. El pulso vital
empieza a latir de nuevo en el gueto de Vilna. El público, que al principio
boicoteaba los conciertos, ahora los aprueba, las salas están llenas. Las
veladas literarias, atestadas, y los auditorios no pueden acomodar al gentío
que se reúne”. (Citado en Yitzhak Arad, Ghetto in Flames)
La penosa existencia del vivir diario se tornó imposible. Estaban aislados
dentro de una esfera donde las reglas cambiaban caprichosamente todos los
días. Nadie sabía lo que depararía el mañana. Separados del resto del mundo,
todos estaban hambrientos de noticias.

“Con todo el mundo esperando y rezando continuamente por la salvación,


el gueto proporcionó un fértil caldo de cultivo para la “transmisión de noticias”.
Las gentes están hambrientas de ellas. Con quienquiera que se encuentren,
preguntan: “Vos herts zech? ¿Qué hay de nuevo?”, y no solo es cuestión de
hábito. Un judío incluso rogaba: “!Que sea mentira, pero que, al menos, sea
buena!”. Para responder a la constante e insaciable demanda de noticias, brotó
en el gueto una red completa de distribución -fabricantes, mayoristas y
detallistas- de nuevas historias. Estaban los que escuchaban la BBC en radios
clandestinas o recibían informaciones de sus amistades no judías. Algunos se
habían vuelto expertos en leer entre líneas, mientras otros disponían de sus
propias fuentes autorizadas.
Aunque los sarcásticos del gueto no paraban de contar el chiste sobre un
incansable suministrador de historias que se sentía un poco deprimido. Cuando
le preguntaban el inevitable Vos herts zech?, él respondía de malhumor: “!No
me molestes! !Invéntate tú alguna historia!”. (Seidman, The Warsaw Ghetto
Diaries)

Tenían muy poca información sobre el mundo, y este apenas sabía nada del
gueto. Cualquier cosa que los alemanes decidían contarles era mentira.
Abraham Lewin recuerda en su diario que el 19 de mayo de 1942 los alemanes
filmaron el gueto. Eligieron a personas que todavía parecían respetables, las
llevaron a un restaurante, las sentaron a las mesas y pidieron que les sirvieran
carne, pescado, licores y pasteles; a expensas, claro está, de la comunidad
judía. “Los judíos comieron y los alemanes lo filmaron”, relató Lewin. “No es
difícil imaginar el motivo que hay detrás de esto. Dejar que el mundo vea el
tipo de paraíso en el que viven los judíos”. Delante de la cámara, y fuera de
ella, la vida seguía. Por el momento. (Lewin, A Cup of Tears)

Los hebreos que vivían en el oeste, sobre todo los de Alemania, que habían
sufrido bajo el régimen nazi desde 1933, estaban en un limbo. Al final, los
judíos polacos fueron segregados en guetos rodeados por muros como en
Varsovia, o por alambradas de púas como en Lodz. Como hemos visto, los
hebreos alemanes fueron implacablemente aislados política, social y
económicamente. En 1938 el Gobierno nazi decidió borrar el pasado, la
memoria y el recuerdo de los antiguos logros judíos. Por ejemplo, un decreto
de julio ordenaba que “en cuanto a lo no realizado hasta ahora, todas las
calles, o parte de las mismas, que lleven nombres judíos, o medio judíos,
recibirán nombres nuevos inmediatamente. Las placas viejas de dichas calles
tendrán que retirarse al mismo tiempo que se instalan las nuevas”. (Joseph
Walk, Das Sonderrecht für die Juden)

El pogromo de noviembre fue un momento crucial, y así lo entendieron


gentiles y judíos alemanes. Goering, como plenipotenciario del Plan Cuatrienal,
aprobó inmediatamente un decreto que eliminaba a los judíos de la vida
económica alemana a partir del 1 de enero de 1939. Ese mismo día, los judíos
fueron multados con 100 millones de RM, sanción que pronto pasó a ser el
20% del capital judío, por “la actitud hostil que la judería mantenía contra el
pueblo alemán y el Reich”. (Joseph Walk)

El robo no se limitó a los activos financieros. En febrero de 1939 tuvieron


que entregar sus objetos de valor: oro, platino, plata, joyas, obras de arte,
alfombras y otros, conservando solo su anillo de casado, el del cónyuge
fallecido, un reloj de plata, además de un juego de cubertería de plata para
uso personal. Los dueños de las casas de empeño actuaron como agentes del
Estado. En un informe redactado por el supervisor de estas casas de empeño
en la ciudad de Dortmund, este se quejaba del gran trabajo que suponía esta
labor, sobre todo porque los judíos esperaron hasta el último momento para
entregar sus posesiones. “Cuando los investigadores de los años futuros, que
solo sabrán de oídas de los judíos, estudien los papeles del archivo municipal
de Dortmund, adquirirán el conocimiento de que también las casas de empeño
municipales alemanas contribuyeron con su pequeño esfuerzo a la Solución de
la Cuestión Judía en Alemania”. (Citado en Konrad Kwiet, Die Juden in
Deutschland 1933-1945)

Los judíos solo tenían un lugar en la economía: los trabajos forzados. Con
la invasión de Polonia y el alistamiento de los varones alemanes en las fuerzas
armadas, se extendió rápidamente el uso de trabajadores forzados judíos.
Estos fueron asignados a los trabajos más sucios, difíciles y agotadores de las
fábricas, sin recibir ninguno de los beneficios (días de vacaciones pagadas por
el Estado, seguros, raciones extra) acordados para los “arios”. A menudo, sus
patrones no les proporcionaban herramientas para realizar el trabajo. Se
convirtieron en una pieza fija de las fábricas de munición, en las brigadas de
asfaltado de calles, de retirada de nieve y de limpieza de basuras en general.
Provenían de todos los estratos de la comunidad hebrea, y como casi todos los
jóvenes habían emigrado, los que quedaban eran bastante mayores. En 1939
la cuadrilla de limpieza de los lavabos de los trenes que llegaban a la estación
de Lehrter en Berlín estaba formada por un antiguo profesor de instituto, el ex
propietario de un fábrica y un pintor. No les daban los materiales de limpieza
que necesitaban para trabajar. (Die Juden in Deutschland)

Los judíos no tenían derecho a una pensión y ganaban los sueldos más
bajos. El salario medio estaba en 0,90 RM la hora, mientras que un trabajador
forzado judío obtenía como máximo 0,16 RM. Estaban vigilados en su lugar de
trabajo; llegaban juntos escoltados, trabajaban en formación cerrada, no se les
permitía hablar o moverse libremente y volvían como habían llegado.

Hilma Geffen-Ludomer, una de las 10 mil adolescentes y jóvenes que


quedaban en Alemania, recuerda el fin de su vida escolar y las órdenes de ir a
trabajar a las fábricas. “Cuanto tenías 14 años o más, estabas obligada a ir a la
fábrica para contribuir a los esfuerzos de guerra. Había terminado el primer
año de la escuela comercial y justo había empezado el segundo, cuando nos
cogieron a todos y nos enviaron a la fábrica”, explicaba. “Trabajé para la
Deutsche Telefon Werke, la DeTeWe... Estábamos en salas separadas;
teníamos un capataz, no judío, un verdadero nazi; había una mujer, también
capataz, que era bastante amable. Nos dejaron a todas allí, viudas, jóvenes,
chicas como yo, de 14 años y más (yo tenía 15). Creo que éramos unas 25 ó
30. No teníamos ningún contacto con los otros obreros de la fábrica.
Estábamos completamente separadas. Y allí estaba ese sujeto, sentado, ese
nazi, mirándonos y la mujer que nos adiestraba”.

Muchas mujeres sufrieron más que los hombres. Primero, realizaban 10


horas diarias de trabajos forzados; luego, de vuelta a su casa, se enfrentaban
a las habituales tareas del hogar, casi imposibles de llevar a cabo, debido a la
falta de alimentos y de detergentes con los que lavar y limpiar. Quizá la
situación era más desesperada para las jóvenes. Prohibidos los estudios, o con
trabajos sin sentido alguno, no tenían futuro.

Los judíos alemanes, que recibían los peores sueldos y soportaban los
impuestos más altos, se hundieron todavía más en la miseria. Y cada vez había
menos artículos en los que gastar el poco dinero que les quedaba. El 1 de
diciembre de 1939, justo tres meses después del inicio de la guerra, el
Ministerio de Agricultura decretó que a los judíos no se les permitiría comprar
ciertas raciones de alimentos. Víctor Klemperer, el profesor de la Universidad
de Dresde, era un converso al cristianismo y estaba casado con una mujer de
esta religión. Describió una visita a la Casa Comunitaria Judía de su ciudad “al
lado de la sinagoga incendiada y arrasada” para pagar otro impuesto que
recaía solo sobre los judíos.

“Arrancaron de las cartillas de racionamiento los cupones para el chocolate


y el pan de jengibre”. Y añadió: “Los cupones para la ropa tenían también que
entregarse; los judíos solo recibirían ropa mediante solicitud especial de la
Comunidad”. (Víctor Klemperer, Quiero dar testimonio)

Desde ese momento, a los judíos se les prohibió comprar ropa o zapatos.
La única fuente de prendas “nuevas” de vestir para los niños que, lógicamente,
crecían eran los suministros comunitarios, o las que dejaban los afortunados
que emigraban.
Hubo más restricciones: menos cupones para carne, fruta y mantequilla, y
ninguno para legumbres, cocos o arroz. Se les prohibió comprar alimentos que
no estaban racionados, como pollo, pescado o carnes ahumadas. Restringieron
también el horario de compras. Lo normal era que les dejaran solo las últimas
horas de la tarde, después de que los clientes “arios” hubiesen vaciado los
estantes: esto significaba que les permitían comprar, aunque no quedara nada
que vender. (Das Sonderrecht für die Juden)

Con poco dinero y prácticamente nada que comprar, los judíos y aquellos
que (como Klemperer) eran señados como tales dependían cada vez más de
las amistades o parientes gentiles. Pero estos, también, tenían miedo. Durante
la Nochebuena de 1939, un antiguo alumno le llevó comida a Klemperer: dos
escalopes de ternera, un huevo, algo de miel, una barra de chocolate y otras
pocas cosas. “Los dos estamos profundamente conmovidos”, escribió en su
diario. “!Qué tiempos extraordinarios! !Estos son los regalos que le hacen a un
profesor! Es una demostración de valor y una declaración de oposición”. Al año
siguiente, el mismo antiguo alumno envió un paquete mucho más pequeño,
con un par de panes de jengibre y manzanas, un poco de cebada perlada, algo
de budín en polvo y una tarjeta navideña sin firmar. En las navidades de 1941
los nazis ya habían abandonado la “solución territorial” y los judíos alemanes
ya estaban señalados con una estrella. El antiguo alumno no envió nada.
(Quiero dar testimonio)

También en esos días, se les impidió comprar jabón o crema de afeitar. El


propósito de esta orden se declaró explícitamente: “De esta forma, por sus
barbas, estos hombres quedarán señalados como judíos”. (Das Sonderrecht
für die Juden)

Como en el este, los alemanes transformaron a los judíos en las caricaturas


que los nazis habían retratado desde el principio. Durante el invierno de 1941-
1942, se les obligó a entregar todas sus ropas de abrigo, sobre todo las de
lana y piel, que se donarían al ejército. Los judíos, vestidos con ropas viejas,
sin poderse lavar adecuadamente, los varones sin poderse afeitar, se
convirtieron en la subespecie despreciable y aparentemente depravada que la
propaganda alemana había descrito durante la mayor parte de la década. Y en
el Tercer Reich este no era un asunto menor: los asociales eran encarcelados
automáticamente en campos de concentración. Si un judío, hombre o mujer,
desafiaba las normas, lo mismo era deportado que asesinado. Margarethe
Frank, de 48 años, fue detenida en Rheydt el 7 de febrero de 1942 por llevar
un manguito y una estola de piel. La oficina central de la Gestapo recomendó
el internamiento en el campo de concentración de Ravensbrück: ella “había
saboteado las disposiciones del Estado para asegurar la preparación militar de
la Wehrmacht”. Margarethe Frank no fue deportada a Ravensbrück; el 22 de
abril fue enviada al pueblo de Izbica, en el distrito de Lublín, una sala de
espera para el campo de exterminio de Belzec. (Das Sonderrecht für die Juden)

Otros decretos fueron concebidos para asegurar su aislamiento de la


sociedad. Se les prohibió asistir a teatros, cines, conciertos y exposiciones. Un
mes despues del pogromo, los obligaron a vender sus vehículos particulares y
les prohibieron utilizar los coches-cama y los restaurantes de los trenes. Tenían
prohibida la entrada en todos los hoteles y restaurantes a los que acudieran los
miembros del partido. (Das Sonderrecht für die Juden)

Con el paso de los años, también quedaron aislados unos de otros. El mito
de una esfera judía separada, que había llevado a un renacimiento cultural y
espiritual entre los judíos alemanes, explotó. El Gobierno cerró las editoriales y
las librerías judías.
Las organizaciones hebreas, tan críticas anteriormente con la vida
comunitaria, fueron clausuradas también. La instauración del toque de queda
dificultó todavía más las relaciones personales. En mayo de 1940 les
prohibieron salir de sus casas desde las nueve de la noche hasta las cinco de la
mañana siguiente. En octubre el periodo se amplió: desde las ocho de la tarde
hasta las seis de la mañana. Víctor Klemperer escribió el 20 de diciembre: “El
acoso aumenta nuevamente. Después de las ocho de la noche, confinados en
el apartamento. Está prohibido visitar a los vecinos del edificio, pasar el rato en
el portal o en las escaleras”. (Quiero dar testimonio)

Si el pogromo fue un momento clave, lo mismo fue el periodo de finales de


verano y principios de otoño de 1941, cuando los alemanes abandonaron la
idea de la “solución territorial”.
“Ayer nos entregaron la “estrella judía”, negra sobre una tela amarilla, y en
el centro la palabra “judío” en una especie de letras hebreas, que deberá
llevarse sobre el lado izquierdo del pecho, grande como la palma de la mano;
cuesta 10 pfennings y debemos ponérnosla mañana”, anotaba Klemperer en su
diario el 18 de septiembre de 1941. Luego, con tristeza infinita y sencilla
modestia: “Afuera, hoy hemos estado juntos a la luz del día por última vez”.
(Quiero dar testimonio)

Los confines de la vida siguieron encogiéndose. Las máquinas de escribir,


bicicletas y cámaras de fotos se requisaron en noviembre. La información
sobre el mundo exterior disminuyó o desapareció cuando se prohibieron los
periódicos y revistas en febrero de 1942. Las amistades con los gentiles
quedaron fuera de la ley en abril; las visitas, prohibidas.

Al mismo tiempo que se cortaba el contacto y las comunicaciones con el


mundo gentil, también lo hicieron las fronteras de la intimidad personal. Los
judíos no tenían derecho a espacio privado alguno. Con poco tiempo de aviso,
les obligaron a trasladarse a las llamadas casas judías, en las que una familia
era metida en una única habitación. La conocida poetisa y escritora Gertrud
Kolmar decidió permanecer en Alemania cuando su hermano y hermanas
emigraron; su padre, de 78 años, no podía salir y necesitaba a alguien que lo
cuidase.
Obligada a vender la casa de la familia, padre e hija se mudaron a un
apartamento de cuatro habitaciones en Berlín. Kolmar fue llamada a realizar
trabajos forzados en una fábrica de municiones, y ella y su padre se vieron
obligados a aceptar más y más huéspedes. “Desde que mi cama está en el
comedor, ya no me queda refugio alguno, ningún espacio para mí misma”,
escribió a su hermana. (Gertrud Kolmar, Briefe und die Schwester Hilde, 1970)

Los judíos se vieron forzados a invadir el espacio de sus correligionarios,


pero la Gestapo cruzó el umbral para atormentar a sus víctimas, disfrutando y
enriqueciéndose a su costa. La segregación no ofreció seguridad alguna a los
judíos, que siguieron sometidos a la violencia arbitraria de los registros
domiciliarios. “Me gustaría, por una vez, cumplir con el horario de un día
normal”, confió Klemperer, frustrado, a su diario en agosto de 1942.

“Al levantarse: ¿Vendrán “ellos” hoy? (Hay días que son peligrosos y otros
que no lo son, por ejemplo: el viernes es muy arriesgado, pues “ellos”
supondrán que ya se han hecho las compras para el domingo). Mientras te
lavas, te duchas, te afeitas, ¿dónde colocar el jabón si vienen “ellos” en ese
momento? Luego el desayuno: sacando todo de los escondites, devolviéndolo
de nuevo. Después, trabajar sin un cigarro; miedo mientras fumas una pipa
(llena de hojas de morera), por la que nadie va a la cárcel pero por la que se
gana unas bofetadas. Sin periódico. Luego la cartera llama al timbre. ¿Es la
cartera o son “ellos”? A la ventana todo el rato, la de la cocina está en la
fachada de delante, la del despacho en la trasera. Alguien, u otro, llamará
inevitablemente al timbre de la puerta al menos una vez por la mañana, y al
menos una vez por la tarde. ¿Serán “ellos”? Luego a la compra. Uno sospecha
que “ellos” están en todos los coches, en todas las bicicletas, en todos los
peatones. (He sido maltratado bastante a menudo). Me encuentro que justo en
este momento llevo mi portafolios debajo del brazo izquierdo, quizá tape la
estrella, quizá alguien me haya denunciado... Luego tengo que ir a ver a
alguien. La pregunta de camino hacia allí es: ¿Me cogerán en un registro
domiciliario cuando esté allí? La pregunta de vuelta a casa es: ¿Habrán estado
“ellos” en nuestra casa mientras tanto, o siguen “ellos” todavía allí? Angustia,
un coche se detiene a mi lado. ¿Son “ellos”?”. (Quiero dar testimonio)

El sufrimiento que los nazis habían infligido a los judíos alemanes durante
tantos años se puso en práctica en cuestión de meses en Bélgica, Holanda y
Luxemburgo. (Sobre el Holocausto en los Países Bajos, Jacob Presser, Ashes in
the Wind, Bob Moore, Victims and Survivors)

Pero si en los Países Bajos las medidas antijudías fueron iniciativa alemana
-a las que se opuso una débil resistencia-, en Francia fueron los propios
franceses los que tomaron la delantera. Nadie quedó más aturdido por este
hecho que los judíos que vivían en Francia. Los judíos alemanes vivían en un
país en el que el antisemitismo estaba incrustado dentro del sistema legal del
Estado y era la política oficial. Los judíos polacos vivían en una nación con un
largo historial de profundo antisemitismo, y no esperaban mucho de sus
compatriotas gentiles. En cambio, los judíos franceses, tanto los allí nacidos
como los refugiados, creían que las autoridades francesas tratarían de
protegerlos. Francia era el país de los Derechos del Hombre, de la tierra de
asilo, de la liberté, egalité, fraternité. Estos eran los principios fundamentales
del Estado. Los que habían huido del régimen nazi a Francia desde todos lo
lugares de Europa confiaban en la promesa nacional de protección. Fueron
completamente traicionados. (La obra clasica sobre la política de Vichy con
relación a los judíos, Michael R. Marrus y Robert O. Paxton, Vichy France and
the Jews, 1983. George Wellers, L´etoile jaune à l´heure de Vichy, 1973 y
Serge Klarsfeld, Vichy-Auschwitz, 1983)

Los refugiados fueron el primer objetivo del Gobierno de Vichy. El régimen


de Pétain, más que disponer de ellos, deseaba quitárselos de encima. En los
años treinta, los reaccionarios franceses se habían sentido amenazados por el
experimento político que supuso el Frente Popular dirigido por un judío, Léon
Blum, y por la nueva cultura popular de masas, en la que también veían la
perniciosa influencia de los judíos. Querían retrasar el reloj, recuperar los
viejos y buenos valores perdidos de antaño, centrados en la familia y en un
limitado concepto de la unidad nacional. Y una forma de defender la cultura
francesa tradicional y sus valores sería aprobar el equivalente francés de las
Leyes de Núremberg. “Lo que queremos decir es que hay que dar un paso de
gigante hacia la justicia y la seguridad nacional en cuanto que el pueblo judío
es un pueblo extranjero”, proclamaba un editorial del periódico de derechas
Je suis partout en abril de 1938. Estos sentimientos eran socialmente
aceptables. El primer ministro, Edouard Daladier, no dudó en nombrar a Jean
Giraudoux, autor de un libro que hablaba de la “invasión” de Francia por
“cientos de miles de asquenazies” (judíos de Europa Oriental), para la
Comisaría de Información Pública. (Citado en Marrus y Paxto, Vichy France
and the Jews)

Después del pogromo de noviembre de 1938 y de la caída definitiva de la


República española a principios de 1939, el número de personas que buscaban
asilo se desbordó, lo que elevó el tono de la retórica antisemita y en contra de
los refugiados. La declaración de guerra de 1939 y la rápida derrota de Francia
en 1940 demostraron al movimiento conservador que sus puntos de vista eran
correctos. El Frente Popular de Blum había destruido Francia. En medio de la
histeria y amargura que sobrevinieron, los refugiados fueron los primeros en
ser declarados culpables de la derrota y los primeros, también, en ser sus
víctimas. Encerrado en uno de los campos de internamiento, construidos
apresuradamenta para los refugiados españoles, Arthur Koestler escribió:
“Hace unos pocos años nos llamaban mártires de la barbarie fascista,
pioneros en la lucha por la civilización, defensores de la libertad y no sé qué
más; la prensa y los estadistas de Occidente no hacían más que alabarnos,
seguramente para acallar la voz de su mala conciencia. Ahora nos hemos
convertido en la escoria de la tierra”. (Arthur Koestler, Escoria de la tierra)

La hegemonía alemana en el norte y el Gobierno de Pétain en el sur


permitieron a los reaccionarios proseguir con su programa antisemita y
xenófobo. No actuaron a instancias de los alemanes, sino promoviendo su
propia visión de Francia. En un plazo de semanas, las autoridades de Vichy
internaron a todos los refugiados judíos de Alemania y Austria.
Sus correligionarios extranjeros que se habían alistado voluntariamente
para combatir en el ejército francés fueron expulsados y encarcelados en
campos de trabajo. Muchos fueron enviados al Sahara como trabajadores
esclavos en el ferrocarril transahariano.

Pero en ese momento los alemanes que ocupaban París no tenían interés
alguno en encerrar a los judíos; preferían impedir que los que habían huido al
sur retornasen a sus hogares. La Francia de Vichy fue una excelente aliada.
Los alemanes expulsaron a 3.000 judíos de Alsacia (ahora anexionada al Reich)
a Vichy en el verano de 1940. Esta operación resultó tan satisfactoria que, con
el definitivo traslado a Madagascar en mente, deportaron a 6.504 judíos de
Baden y el Palatinado a Lyon en trenes sellados. Un informe del Ministerio de
Exteriores alemán del 30 de octubre describe este hecho:

“De conformidad con las órdenes de los Gauleiters, “todas las personas de
raza judía” deberán ser deportadas “en cuanto estén en condiciones de viajar”,
sin tener en cuenta edad o sexo”. Esto comprendía a los ex combatientes,
“incluidos los que participaron en la Guerra Mundial de 1914-1918 en el bando
alemán como soldados del frente y, en algunos casos, como oficiales de la
antigua Wehrmacht”, así como a los ancianos: “Las residencias de ancianos de
Mannheim, Karlsruhe, Ludwigshafen, etc., han sido evacuadas”. El ejército
participó en estos hechos. “Vehículos de la Wehrmacht estuvieron disponibles
para transportar a estas personas desde los sitios más alejados a los centros
de reunión”. A los judíos les dieron muy poco tiempo para prepararse, “de 15
minutos a dos horas, dependiendo de la localidad”.

Y este apremio despiadado se convirtió en una excusa para el saqueo. “En


muchos casos no se ha procedido a esta evacuación de acuerdo con las
normas, es decir, no se ha cumplido con las estipulaciones legales, por
ejemplo, el pago del impuesto de emigración (literalmente, “de vuelo”) del
Reich. En dichos casos, las propiedades han sido embargadas”.

Los transportes, seguía informando el funcionario, “han llegado a los


campos de concentración del sur de Francia a los pies de los Pirineos, después
de un viaje de varios días. Como hay escasez de alimentos y de acomodo
adecuado para los deportados, principalmente hombres y mujeres de edad
avanzada, aquí se cree que el Gobierno francés tiene la intención de enviarlos
a Madagascar tan pronto como las rutas marítimas vuelvan a abrirse”.
(Citado en Noakes y Pridham, Nazism 1919-1945)

El “acomodo adecuado” para estos judíos, que nunca fueron enviados a


Madagascar, sino finalmente a Auschwitz, era el campo de Gurs en las
estribaciones de los Pirineo. Se construyó como centro de internamiento para
los refugiados de la Guerra Civil española, y como tal alojó a los refugiados
judíos alemanes en septiembre de 1939. Después de la llegada de los
deportados de Alsacia en el verano de 1940, el Gobierno de Pétain ordenó a los
prefectos (gobernadores) provinciales el internamiento de todos los judíos
extranjeros. Vichy había privado a tanta gente de su nacionalidad francesa que
“judíos extranjeros” significaba alrededor del 50% de los que vivían en Francia.

Como Le Vernet, donde Koestler había estado encerrado en 1939, Gurs,


Agde, Rivesaltes, Argelès, Les Milles y otros campos franceses eran lugares
primitivos y deprimentes. Los hábitos normales de la existencia diaria –comer,
beber, hacer las necesidades, lavarse la ropa, limpiarse- se complicaron, se
convirtieron en tareas extenuantes. Mujeres y niños quedaron separados de
sus compañeros varones. Marie Claus-Grindel tenía siete años y medio cuando
su madre, sus dos hermanas pequeñas (de cinco y cuatro años) y ella fueron
deportadas en septiembre de 1940 al campo de tránsito de Agde. A principios
de año habían huido de su casa de Estrasburgo a La Châtre, una pequeña
ciudad del sur de Francia. El alcalde de esta ciudad ordenó que todos los
refugiados judíos fueran llevados a un campo. Agde había sido construido para
los refugiados españoles. Según un informe del Secours Suisse, fechado el 20
de noviembre de 1940, la población de este campo era de 3.600 internos, 70
de ellos niños. (Joseph Weill, Contribution à l´histoire des camps
d´internement dans l´anti-France, 1946)

Marie y sus hermanas estaban entre ellos. “Era un campo sin agua
corriente. Solamente una vez al día venían camiones cisterna y teníamos que
hacer cola durante horas para conseguir un poco de agua”. Ir a los retretes era
arriesgado y aterrador. Eran una especie de letrinas de trinchera; la plataforma
tenía un metro de altura y se subía mediante una escalera. Ninguna pared
rodeaba el agujero. “Una de las cosas que más me chocó en aquella época
fueron los retretes. Tenía (que subir por) una escalera; era muy alta, como de
un metro, y con grandes agujeros (en la plataforma), podía ver todos los
excrementos debajo. Tenía mucho miedo de caer allí. Esto era una de las cosas
más horribles, el miedo de caer dentro de esa mierda”.

Lavarse y limpiar la ropa también planteaban sus problemas. Según un


informe (mayo de 1941) sobre las condiciones de los campos en Francia, en el
de Rivesaltes “los lavabos eran demasiado pequeños y los lavaderos no podían
limpiarse. En Rivesaltes las cañerías de desagüe no funcionan habitualmente”.
Por supuesto, la suciedad abundaba y las “plagas de piojos eran endémicas por
todas partes”. (Weill, Contribution à l´histoire des camps d´internement)

Todos pasaron hambre, así lo detalla el informe de mayo de 1941.


“El hambre rugía en los campos, sus siniestros síntomas premonitorios ya
han señado a muchos de sus habitantes por docenas; durante seis meses una
gran parte de la población... ha sufrido cruelmente de desnutrición que solo en
parte se explica por la cifra de 800 calorías que ingieren al día (en lugar de las
1.500 vitales, o de las 2.000 a 2.500 calorías diarias que exige la vida normal),
pagando una terrible factura en enfermedades y muertes...
Afirmamos, después de una investigación exhaustiva, que las raciones
diarias actuales que incluso contienen menos grasa, azúcar y albúmina no
alcanzan las 500 calorías diarias por persona. Mantenemos que si esta
situación prosigue (y todo parece señalar que empeorará), el porcentaje de
supervivientes será muy pequeño...
Es una cuestión de vida o muerte. (Joseph Weill, Contribution...)

A pesar de estas duras condiciones, en los campos de tránsito de Francia


(y de todos los de Europa occidental y central), así como en los guetos del
este, la educación siguió siendo de gran importancia para los niños; un símbolo
de la vida normal y una señal de esperanza para el futuro. Las deportaciones
de la Alta Renania aumentaron la población de Gurs hasta casi 13.200, de los
cuales solo 400 eran niños (pues para entonces la mayoría de la población
judía alemana era bastante madura). De estos, 250 estaban en edad escolar y
“200 de ellos se repartieron en cuatro bloques de mujeres, los I, K, L, y M”
informó un trabajador social anónimo. Los barracones se agrupaban en
bloques y, cada uno de estos, estaban rodeados por alambradas de púas. En
Gurs cada bloque comprendía de 22 a 24 barracones, lo que representaba de
1.200 a 1.500 personas. “El resto estaba en los bloques de los hombres. Los
bloques de las mujeres tenían sus propias escuelas; la escuela comunal de los
otros empezará algún día”.
Los profesores provenientes de Baden enseñaban las asignaturas de un
curso normal: francés, inglés, aritmética, geografía, religión, gramática,
ciencias naturales, gimnasia y trabajos manuales”. (Dwork, Children With
Star, Marrus y Paxton, Vichy France and the Jews, Wellers, L´etoile jaune)
En los campos de tránsito tampoco se abandonaron las actividades
culturales. En Francia, a diferencia de otros lugares en Europa, los trabajadores
sociales de las diferentes organizaciones filantrópicas (como L´Ouvre de
Secours aux Infants -OSE-, el Service Social d´Aide aux Emigrants y el
Secours Suisse) tenían permiso para vivir en los campos como voluntarios para
ayudar como mejor pudiesen. Según Elisabeth Hirsch, una trabajadora social
en Gurs, el campo “estaba muy bien organizado desde el punto de visto social
(es decir, cultural), por los propios habitantes. Esto era en 1941. (Había)
médicos, músicos y enfermeras; gente verdaderamente competente que
organizaba conferencias y conciertos. Había también un rabino que comentaba
la Torá, cosas realmente notables”.

Ruth Lambert, una trabajadora social de la OSE que residía en Gurs estaba
de acuerdo. En una carta que escribió en 1944 resumiendo su estancia en el
campo, decía: “Fritz Brunner (y su acompañante, el pianista) Leval y sus
conciertos, todos los domingos desde las diez y media de la mañana hasta el
mediodía durante quince meses. Exposiciones de pintura y artesanía. !Teatro,
las famosas revistas de Nathan y Leval! !Todo tipo de artistas y fabulosos
imitadores!”. (Libro editado de forma privada, Kibbutz Schluchot)

El programa del concierto de navidad de 1940 ofrecía el Ave María de


Gounod, la obertura de Las bodas de Fígaro de Mozart, un dueto de La
Bohème de Puccini, Frère Jacques, Hija de Sión y un coro infantil. (Centre
Documentation Juive Contemporaine)

Lucharon para seguir viviendo. No sabían lo que les esperaba, pero


comprendían que su situación era fatal. “Llévese a mis hijos”, imploraron
muchas madres a Vivette Samuel, una interna voluntaria de la OSE en
Rivesaltes. “Todas exponen su “caso” como si fuese el más urgente. La señora
G… entra en mi oficina con sus cuatro hijos: Henri, Jacques, Frieda y Léon”.
La señora G. se había enterado por los trabajadores sociales de la existencia
de la OSE y venía con la esperanza de conseguir la libertad de sus hijos.
“Todas sus fuerzas se centraban en ese nuevo objetivo: sacar a sus niños,
darles la oportunidad de abandonar la mugre, la chusma, las muchedumbres.
“Para que puedan vivir, si nuestro destino es morir”. (Vivette Samuel,
Evidences)

Lo que la señora G. no sabía es que la vida fuera de las alambradas


tampoco era muy segura. En julio de 1940 una comisión del Gobierno de Vichy
revisó todas las naturalizaciones desde 1927, ocupándose de privar de su
ciudadanía francesa a las personas “indeseables”. Al mes siguiente se
derogaron las leyes contra los que propagaban prejucios raciales en la prensa.

Y lo más inquietante, el régimen de Pétain aprobó su propio Statut des juifs


en octubre, que definía la condición de judío y excluía a estos de los empleos
superiores del funcionariado, del cuerpo de oficiales y suboficiales del ejército y
de las profesiones liberales que influían en la opinión pública: enseñanza,
prensa, radio, cine y teatro. (Marrus y Paxton, Vichy France and the Jews,
Denis Peschanski, Pierre Laborie y Renée Poznanski, Yad Vashem Studies)

Estos movimientos concordaban con los de la policía de seguridad de


Himmler en París. El negociado de asuntos judíos de la oficina de la Gestapo
estaba dirigido por el SS-Hauptsturmführer Theodore Dannecker, un declarado
antisemita que respondía directamente ante Adolf Eichmann en la Oficina
Principal de Seguridad del Reich en Berlín. Dannecker se reunió con los
representantes de diferentes organismos alemanes en París el 3 de febrero de
1941 para intercambiar ideas sobre el traslado de todos lo judíos de Europa.
Esta fue la primera de una serie de reuniones semanales sobre este asunto.

A diferencia de Dannecker, las autoridades de Vichy crearon en marzo un


departamento especial de asuntos judíos, el Commissariat Général aux
Questions Juives (CGQJ). Este estaba dirigido por Xavier Vallat, otro antisemita
convencido, pero que también era un nacionalista francés antialemán. Vallat se
veía a sí mismo como un cirujano llamado para salvar a Francia, y para hacerlo
debía usar el escalpelo.
“Francia estaba enferma de una fiebre cerebral judía por culpa de la cual
casi se muere”, proclamó. Estaba claro que la “enfermedad” debía ser atajada.
Unas 25 mil familias, culturalmente asimiladas y establecidas, podrían
quedarse, pero el resto de los judíos de Francia tendrían que irse. ¿Dónde?
Vallat ni lo sabía ni le importaba. “El problema de la victoria será, si se busca
una paz duradera, encontrar los medios para asentar al judío errante”. (Citado
en Marrus y Paxton, Vichy France and the Jews)

Vallat ordenó un censo de todos los judíos de la zona no ocupada. A los


prefectos se les otorgó el poder de internar a los judíos extranjeros en octubre
de 1940, pudiendo así, desde ese momento, encerrar a cualquier judío
sospechoso de haber violado el Statut des Juifs. También podían imponer
castigos por cualquier razón. De esta forma, los judíos franceses perdieron la
protección de la ley. También fueron despojados de sus negocios y bienes.

Pétain y sus ministros, a veces un paso más allá de los alemanes,


aceptaban siempre y rápidamente las sugerencias de estos y colaboraron
plenamente en el programa antisemita de Hitler para la Nueva Europa. Vichy
solo se negó a cruzar un límite. A pesar de las exigencias del general Otto von
Stülpanagel, gobernador militar de la zona ocupada, las autoridades francesas
se opusieron a señalar a los judíos con una estrella. El primer ministro,
almirante François Darlan, les dijo a los alemanes que las medidas de
expulsión de la vida pública eran suficientes. La estrella “ofendería
profundamente a la opinión pública, que contemplaría estas medidas como un
simple acoso sin utilidad alguna para el futuro del país o para la seguridad de
las tropas ocupantes”. (Vichy France and the Jews)

Advirtió además que si los alemanes insistían en este tema, el pueblo


francés empezaría a considerar a los judíos como mártires.

Las autoridades alemanas de ocupación impusieron la estrella en la zona


norte sin la cooperación de Vichy en junio de 1942. Y, como Darlan había
predicho, esta medida pareció producir finalmente el rechazo de la gente. En el
país que había auspiciado los derechos del hombre, ser marcado a la fuerza
fue visto como una ofensa contra la dignidad humana. Los judíos eran
conciudadanos. Su persecución era una medida de la derrota de la nación
francesa y reflejaba su propia sensación de desamparo.
Odette Bérujeau, claramente dolida, recuerda cincuenta años después: “Ce
pauvres gens”. Era una joven viuda católica con cuatro niños pequeños que
criar; vivía en el París de la guerra, cerca de un vecindario predominantemente
judío de la rue des Rosiers y recuerda vívidamente a los judíos con la estrella.
“Era horrible, solo verlos era horrible, y ni siquiera yo sabía lo que iba a pasar”.
Madame Bérujeau también recordaba su impotencia: “¿Y qué podía hacer yo?”.

Darlan estaba en lo cierto. La estrella que señalaba a los judíos iluminaba


también las atrocidades que contra ellos se cometían. La mayoría de los
franceses pudieron sentirse tan impotentes como Odette Bérujeau, pero eso no
les convertía en cómplices. Vichy ya no podía contar con el apoyo tácito del
pueblo para sus disposiciones antisemitas. La iniciativa recaía ahora en los
alemanes. Estaban preparados. En julio los trenes empezaron a todar hacia el
este. (Janet Teissier du Cros, Divided Loyalties).

Capítulo Nueve
A LA SOMBRA DE LA MUERTE

Los judíos de Europa occidental se enfrentaron a la muerte cuando los


alemanes abrieron los vagones de ganado y los sacaron a los andenes de
descarga de Sobibór, Treblinka y Auschwitz. Los judíos de Europa oriental, en
cambio, desafiaban a la muerte todos los días. En el oeste ningún judío murió
de hambre o de enfermedades infecciosas provocadas por las insalubres
condiciones de los barrios judíos superpoblados. En el este no sucedía lo
mismo. Ni el contrabando, ni los conciertos, ni las clases clandestinas
mitigarían más la desdicha del gueto. Todo judío se enfrentaba al hambre, la
enfermedad y la perenne amenaza de la deportación.

Las condiciones materiales del gueto llevaban a la muerte. La política


alemana era una política mortal. En Varsovia, los refugiados de ciudades y
pueblos más pequeños del distrito incrementaron la población del gueto hasta
450 mil habitantes en 1941, lo que equivalía a 110 mil personas por kilómetro
cuadrado, o a más de nueve personas por habitación. (Adam Czerniakow, The
Warsaw Diary of Adam Czerniakow)

Solo 73 calles de la ciudad correspondían al barrio judío, y la mayoría no


formaban parte del gueto, pues había tramos dentro del mismo y tramos que
estaban en “el otro lado”. Los alimentos estaban tan mal distribuidos como las
calles: las raciones permitían que los alemanes dispusiesen de 2.613 calorías al
día, los polacos gentiles de 699 y los judíos de 184. (Yisrael Gutman, The Jews
of Warsaw, Isaiah Trunk, Judenrat, Raul Hilberg, The Destruction of the
European Jews, Charles Roland, Courage Under Siege)
Otros guetos del este sufrieron el mismo dolor. Hanna Kent-Sztarkman, su
hermano Heniek, de 18 años, y su madre llegaron a Radom sin los ahorros y
las posesiones de la familia. Como explicaba Heniek: “Rápidamente nos
quedamos sin medios de vida”. Él y su madre se dieron cuenta de cuán
importante era, sobre todo para ellos que carecían de dinero y contactos,
encontrar un empleo. “El Altestenrat (Consejo de Ancianos) era el principal
proveedor de empleos en el gueto; obtuve un trabajo insignificante en las
oficinas del departamento de salud”, recuerda Heniek. Esto fue en enero de
1940. “Finalmente, me trasladaron a otro negociado que tenía que ver con la
distribución de provisiones”. (Trunk, Judenrat)

Si el empleo de Heniek era útil, la situación de la señora Sztarkman era


mucho más provechosa: proporcionaba alimentos. Trabajaba en un campo
militar de las SS que llegó a tener unos 80 obreros esclavos judíos
especializados. “Uno de los que trabajaban allí le dijo (a mi madre) que
buscaban a alguien (para que cocinase para los obreros judíos). En ese
momento del juego, ninguna de las señoras de Radom estaba dispuesta a
aceptar semejante trabajo porque habían nacido allí, mientras que nosotros
éramos unos desarraigados. Por eso (mi madre) estaba más que dispuesta a
aceptar ese empleo.” Gracias a esto, la familia no murió de hambre. “Traía,
generalmente ocultas en el cuerpo, lentejas, patatas o alubias. Vivíamos de
esta comida, además de las raciones normales, que eran casi inexistentes,
apenas unos diez gramos de pan”.

Día tras día, la situación empeoraba, las condiciones de vida se


deterioraron y el ambiente se crispó. Estaban, como dijo Heniek, “bailando en
el borde de un volcán”. Nadie podía vivir mucho con las raciones oficiales.
Hanna rememora: “Recuerdo caminar por las calles y ver a esos jóvenes
desfallecidos por el hambre. La gente estaba famélica. Nosotros estábamos
entre los pocos afortunados que no se moría de hambre gracias al trabajo de
mi madre y al empleo de mi hermano. Siempre había algo para comer, nunca
tuvimos hambre. Pero podías ver a los niños desmayados en las calles. Se
convirtió en una cosa normal”.

En Radom, como en las calles de Varsovia, Vilna, Lodz, en todos los sitios,
niños hambrientos mendigaban, pero crecían tan débiles que ni siquiera podían
seguir pidiendo. Las organizaciones filantrópicas y los Consejos Judíos
luchaban para ayudar a estos huérfanos desamparados, pero las necesidades
sobrepasaban los escasos recursos disponibles. Los albergues para refugiados,
orfanatos, centros de día y los esfuerzos de las comunidades de vecinos no
podían apoyar a sus habitantes; por esta razón, muchos de ellos quedaban
fuera de las redes de ayuda institucionales.

Según Adolf Berman, director de la Sociedad para el Cuidado de los


Huérfanos, “era imposible prestar ayuda a los miles de niños que acababan de
quedarse huérfanos por culpa de la terrible tasa de mortalidad, incluso aliviar
la miseria de los “chiquillos de la calle” o de los hijos de los refugiados. Era
imposible ayudar al gran número de otros chicos que necesitaban socorro
urgente”. (Yisrael Gutman y Livia Rothkirchen, The Catastrophe of European
Jewry, 1976)

“En la calle hay dos niños pequeños mendigando al lado de nuestra puerta”,
escribió Janina Bauman en su diario el 18 de abril de 1941.
“Los veo cada vez que salgo. O puede que sean niñas, lo lo sé. Tienen la
cabeza afeitada, las ropas son un andrajo; sus caras terriblemente diminutas,
flacas, me recuerdan más las de los pájaros que las de los seres humanos.
Aunque sus grandes ojos negros son humanos; tan llenos de tristeza... El más
joven tendrá seis o siete años, el mayor quizá diez. No se mueven, no hablan;
el pequeño se sienta en la acera, el mayor está de pie allí, con la mano, como
una garra, estirada”. (Janina Bauman, Winter in the Morning)

Para Emmanuel Ringelblum, la visión “más dolorosa era la de los niños de


tres y cuatro años mendigando”. Chaim Kaplan estaba de acuerdo. “En las
zanjas, privados de todo, se puede ver a los niños pequeños casi desnudos y
descalzos gemir desconsoladamente”, escribió el 4 de enero de 1942 en su
diario. Ringelblum se dolía, “los cadáveres de los niños y sus lamentos son, en
el gueto, el pan de cada día”. Estaban presentes día y noche. (Emmanuel
Ringelblum, Crónica del gueto de Varsovia, Chaim Kaplan, Scroll of Agony)

“Un tipo especial de mendigos son los que empiezan a pedir después de las
nueve de la noche... Caminan por el centro de la calle, pidiendo pan. La
mayoría son niños. En medio del silencio que rodea a la oscuridad, los llantos
de hambre de estos niños menesterosos son terriblemente insistentes... No les
preocupa en absoluto el toque de queda... No tienen miedo de nada ni de
nadie. Es muy normal que estas criaturas se mueran en la acera, de noche.
Me han contado una de esas horribles escenas que tuvo lugar en frente de la
calle Muranowska, donde un chico de seis años estuvo tirado toda la noche
jadeando, demasiado débil para arrastrarse hasta el trozo de pan que alguien
le había lanzado desde un balcón”. (Ringelblum, Crónica del gueto de Varsovia)

El hambre atormentaba la vida del gueto, la de todos. Cincuent años


después, Sara Grossman-Weil lo explicaba así:
“Trajeron niños al gueto (de Lodz) que no podían andar por falta de
alimento. Así de claro, no podían hacerlo. Esto demuestra cuán feroz era el
hambre. Siempre estábamos a la caza de algo que comer, de unas migajas.
Nadie se hubiese atrevido a dejarse unas migas de pan en la mesa. Te metías
todo en la boca.
No creo que haya nada que haga más daño que el hambre. Te convierte en
un salvaje. No eres responsable de lo que dices o de lo que haces. Te
conviertes en un animal en el sentido literal de la palabra. Despojas a los
demás. Y robarás. Esto es lo que nos hace el hambre. Te deshumaniza. Ya no
eres más un ser humano.
Lentamente, paso a paso los alemanes estaban logrando sus objetivos.
Creo que nos dejaban morir de hambre, no porque hubiese escasez de comida,
sino porque ese era su método para desmoralizarnos, para degradarnos, para
torturarnos. Estos eran sus métodos y los aplicaban concienzudamente.
Por lo tanto, todos los días teníamos muchas muertes. Muchos enfermos
para los que no había medicinas, ni ayuda, ni curación. Sencillamente, te
quedabas donde estuvieses, te tumbabas y el fin llegaba.
La comida y los alimentos son importantes para saciar el apetito, pero
nunca imaginé que el hambre afectara tanto a las condiciones físicas. Deteriora
tus movimientos, tu manera de andar, la vista, el oído. Todos los sentidos
dejan de ser lo agudos y penetrantes que debieran. Esto era lo que estaba
pasando en el gueto...
Estábamos tan oprimidos, tan deshumanizados, tan aplastados, tan
obsesionados intentando aplacar el hambre, que nada más importaba de
verdad. No había otro tema de conversación, si es que había alguno. La vida
social ni se mencionaba. Porque no había nada por lo que vivir, tan solo la
sombría esperanza de que quizá el mañana fuera mejor que el día de hoy”.

El resultado del hambre fueron las enfermedades, y el de estas, la muerte.


Aquella era tan frecuente que los médicos del gueto de Varsovia estudiaron los
aspectos clínicos y bioquímicos del hambre; posteriormente sacaron
clandestinamente sus descubrimientos para que se publicaran después de la
guerra. (Emil Apfelbaum, Maladie de Famine, 1946)

En 1941 la tuberculosis provocaba el 33,7% de las muertes de los judíos de


Varsovia; en Lodz, representaba la mitad de todas las enfermedades
infecciosas durante la existencia del gueto (1940-1944). Los judíos conocían
muy bien este peligro y su relación con el hambre.

“Viernes, 16 de mayo (1941). Lodz. Una doctora me ha reconocido en la


escuela. Se asustó de lo delgado que estoy”, confió Dawid Sierakowiak a su
diario. “Inmediatamente me dio un volante para que me vieran por rayos X.
Quizá sea posible que ahora me den doble ración de sopa en la escuela”. Temía
caer enfermo. “El reconocimiento médico me ha atemorizado y preocupado. La
enfermedad de los pulmones es el último grito de moda en el gueto; se
propaga tanto como la disentería y el tifus. Por lo que respecta a la comida, es
cada vez peor en todos los sitios”. (The Diary of Dawid Sierakowiak)

Con sus síntomas, el tifus era todavía más inquietante: sarpullidos en la


piel, fiebre alta, delirio y debilitamiento rápido. Nuevamente, la brutalidad nazi
era la culpable al atestar los guetos de personas: sin agua corriente ni
desagües en los retretes, sin jabón y otros detergentes, sin comida ni ropa
limpia. Los piojos del cuerpo, que son los transmisores del tifus, florecían en
medio de semejante suciedad.

“La población pobre tiene piojos hasta unos niveles espantosos. La gente
no tiene ni un trozo de jabón, vive en condiciones terribles, con estrechez y
suciedad. Las enfermeras encuentran bajo los vendajes nidos enteros de
piojos”, anotó Emmanuel Ringelblum en junio de 1941. Al cabo de pocas
semanas, el tifus atacó indiscriminadamente.

“Aparte del hambre, el tifus se ha convertido en la principal preocupación


de toda la sociedad judía. En los últimos tiempos esa es la cuestión más
apremiante. La curva (de la epidemia) de tifus sigue avanzando hacia arriba.
Así, por ejemplo, ahora, a mediados del mes de agosto, hay entre 6 y 7 mil
enfermos de tifus en sus casas, y cerca de 900 más en los hospitales”.

También en esa época, Ringelblum registró la creencia común de que el


tifus era “especialmente peligroso para la llamada “clase alta”. Según
Ringelblum, los profesionales liberales hacían “todo lo posible para evitar tener
piojos. Algunos se untan con aceite y petróleo, otros se ponen cebadilla en la
cabeza para huyentarlos. No obstante, hay piojos por todas partes.
Simplemente levitan en el aire, y de verdad, no hay forma de protegerse de
ellos”. (Crónica del gueto de Varsovia)

El invierno prometía mayores penalidades. “Los médicos temen que


durante el invierno uno de cada cinco judíos, algunos llegan incluso a sostener
que uno de cada dos, enfermará de tifus. Todas las medidas utilizadas hasta
ahora son insuficientes”. Las procupaciones de Ringelblum demostraron estar
en lo cierto. Chaim Kaplan escribió en su diaario el 10 de noviembre de 1941:
“Este es nuestro tercer invierno bajo el régimen nazi y el segundo en el gueto.
Las enfermedades contagiosas, sobre todo el tifus, han hecho su trabajo. No
existe familia alguna que no haya perdido a uno o varios miembros de su
familia”. (Kaplan, Scroll of Agony)

Cuando el patriota polaco Jan Kozielowski (más conocido por su nombre de


guerra de Jan Karski) entró clandestinamente en el gueto de Varsovia en otoño
de 1942 para conseguir información de primera mano sobre la aniquilación de
la judería polaca, se afligió. Karski estaba decidido a que Occidente tuviera
noticia de estos hechos y, por este motivo, se jugaba la vida a diario en el
gueto, pero después de ver con sus propios ojos cómo dos miembros de las
Juventudes Hitlerianas asesinaban tranquilamente a un judío común y
corriente en una calle del gueto, huyó.

“Es difícil explicar el porqué de mi huida”, reflexionó Karski. “No era


momento para correr, y si hubiese habido un motivo, mis prisas hubiesen
levantado sospechas. Pero corrí, y creo que lo hice simplemente porque
necesitaba respirar aire puro y un trago de agua. Allí todo parecía estar
contaminado por la muerte, el hedor de los cuerpos en descomposición, la
suciedad y la podredumbre.”

La enfermedad era tan visible que casi se podía palpar. “Fui muy cuidadoso,
evitando tocar paredes y personas. Habría rechazado un vaso de agua en esa
ciudad de la muerte si hubiese estado muriéndome de sed. Creo que incluso
contuve la respiración todo lo que pude con el fin de evitar inhalar aquel aire
contaminado”. (Jan Karski, Story of a Secret State, 1944)

Este tipo de guetos fueron también el sumidero perfectos para los gitanos.
Sin saber dónde librarse de ellos, los alemanes alumbraron la solución.

Con el visto bueno de Himmler, casi 5 mil gitanos fueron llevados al gueto
de Lodz en noviembre de 1941. Los encerraron en unas cuantas casas, sin
muebles y apenas instalaciones higiénicas, separadas del gueto por una
alambrada de púas. Los alimentos los proporcionaba el Consejo Judío. La
mortalidad era alta: el 1 de diciembre, los cronistas del gueto de Lodz
anotaron que ya habían muerto 213 gitanos. “La inmensa mayoría de los
cuerpos que sacaron de allí eran niños”. Separados de los judíos, mientras
vivieron, los gitanos eran también enterrados en su propia parcela dentro del
cementerio judío.

El tifus se declaró en el sector gitano en diciembre y se propagó


descontrolado hasta que los alemanes decidieron acabar con la epidemia con
un golpe mortal. “Durante los últimos diez días se han estado llevando a los
gitanos en camiones”, informaba el Chronicle. “Su campamento está ahora
prácticamente desierto, y a finales de semana será, sin duda, completamente
destruido. Por lo visto, está destrucción está dictada por la necesidad, pues
hay peligro de que el tifus se extienda”. El asesinato como medida sanitaria:
los habían llevado a un centro de exterminio en el pueblo cercano de Chelmno.
(Guenther Lewy, The Nazi Persecution of the Gypsies, Lucjan Dobroszycki, The
Chronicle of the Lodz Ghetto)

El Chronicle no informó sobre lo que los judíos de Lodz pensaban de los


gitanos, pero Emmanuel Ringelblum confió a su diario su espanto cuando los
deportaron al gueto de Varsovia. “Ahora vamos a sufrir una nueva plaga: los
gitanos”, escribió el 17 de junio de 1942.

“Nadie sabe cómo aguantar a esta gente. Llevan brazaletes blancos con
una “Z” roja impresa, que significa Zigeuner, o como dicen los polacos,
“zlodzieje” (ladrones)... Quizá el Herrenvolk lo haga sencillamente por razones
estéticas. Tal vez no toleren las caras de pordioseros sucios... También es
posible que quieran arrojar dentro del gueto todas las cosas que son de índole
inmunda, despreciable y grotesca, todas esas cosas a las que hay que
amedrentar y que, después de todo, tienen que destruirse. Esa fue la razón
para tirar a los gitanos, primero al gueto de Lodz, luego a Chelmno y allí, al
final, gasearlos.
Mientras tanto, han traído a 240 familias al nº5 de la calle Pokorna. La
gente les tiene miedo. Robarán, hurtarán, romperán los cristales de las
ventanas y se llevarán el pan de los mostradores de las tiendas. Y no se
morirán calladamente de hambre como hacemos los judíos”. (Joseph Kermish,
Yad Vashem Studies, 1968)

Chaim Kaplan consideraba la convivencia forzosa de judíos y gitanos con


mayor ecuanimidad. El 18 de junio observó que formaban una “magnífica
pareja”.
“Como el judío errante, así es el gitano; lo más importante es que los dos
estamos sujetos a las Leyes de Núremberg. El matrimonio entre ellos y los
“arios” está prohibido. Por estas razones lo dos podemos vivir juntos. Lo
impuro no puede corromper lo impuro”. (Kaplan, Scroll of Agony)

El matrimonio no iba a durar mucho. Ese mismo día, Adam Czerniakow


anotó fríamente: “Me informan que los gitanos van a ser deportados del gueto.
Así que ya no voy a seguir siendo el faraón de los egipcios”. Quizá, como en
Lodz, el miedo a las enfermedades contagiosas impulsó a los alemanes a
golpear de nuevo: el tifus, nacido por culpa de sus imposiciones, los
aterrorizaba. (Czerniakow, The Warsaw Diary of Adam Czerniakow)

Los guetos amurallados eran una “medida sanitaria”, tal como Hans Frank
le explicó a Curzio Malaparte, corresponsal del Corriere della Sera, que lo había
enviado en 1941 para informar sobre el ejército italiano en el frente oriental.
Aventurero, periodista, novelista, editor, político, músico y actor, Malaparte
había ocupado un lugar destacado en el movimiento fascista durante los años
veinte. Desencantado de Mussolini, estuvo un año exiliado en la isla de Lipari;
liberado posteriormente, se unió al Corriere della Sera como corresponsal.
Además de sus artículos, llevó un diario y escribió Kaputt, el libro que lo haría
famoso después de la guerra.

Los sucesos que se describen en esta novela están esbozados en su diario


y, cuando se refieren al gobernador general Hans Frank, también lo están en el
propio diario de este. Así, por ejemplo, Frank anotó que “hubo una cena de
recepción en honor del “editor jefe italiano” Malaparte, cuando el periodista
llegó a Cracovia el 23 de enero de 1942.

Malaparte fue a cenar esa noche con Otto G. Wächter, gobernador de


Cracovia. Al día siguiente, Malaparte, Emil Gassner, principal ayudante de
Frank para temas de prensa, el propio Frank y su esposa Brigitte y la señora
Walser viajaron a Varsovia, aunque no juntos. No importa. Después de que
Malaparte visitase el gueto por la mañana -¿prurito profesional?, ¿pura
curiosidad?, ¿compasión?-, se reunió con el resto del grupo para comer en el
Palacio Belvedere. A la comida también asistió Ludwig Fischer, gobernador de
Varsovia. Al oír que Malaparte había atravesado el gueto a pie, Brigitte Frank
comentó que el barrio judío era muy sucio, so schmutzig. Y Emil Gassner dijo,
riendo, que “a los judíos les gustaba vivir así”.

Malaparte reconstruyó la conversación en Kaputt. Frank declaró que ningún


alemán toleraría vivir bajo semejantes condiciones.
-Un alemán no soportaría de ninguna manera aquellas condiciones
-confirmó Wächter.
-El pueblo alemán es un pueblo civilizado -dije yo.
-Ja, natürlich -asintió Fischer.
-Tenemos que reconocer que no todo es culpa de los judíos -dijo Frank. El
espacio en que están encerrados es bastante reducido para una población tan
numerosa. Pero, en el fondo, a los judíos les gusta vivir en la suciedad. La
suciedad es su elemento básico. Quizá porque todos están enfermos, y los
enfermos, a falta de algo mejor, tienden a refugiarse en la suciedad. Es
doloroso comprobar que los pobres se mueren como ratas.

La conversación prosiguió, recayendo en la más lenta, pero esperada


disminución de la población del gueto.
-Los hebreos se obstinan en tener hijos. Todo es culpa de los hijos
-repliqué.
-Ach, die kinder! -exclamó Frau Brigitte Frank.
-Ja, so schmutzig -dijo Frau Fischer.
-¿Entonces ha observado a los niños del guetto? -me preguntó Frank-. Son
horribles, ¿nicht war? So Schmutzig! !Todos enfermos, llenos de postillas,
devorados por los insectos! Si no movieran a piedad, darían asco. Parecen
esqueletos. Su mortalidad es altísima. ¿Cuál es el porcentaje de mortalidad
infantil en el guetto de Varsovia? -añadió, volviéndose hacia el gobernador
Fischer.
-El cincuenta y cuatro por ciento.
-Los hebreos son una raza enfermiza y decadente -continuó Frank-. Todos
son unos degenerados. No saben criar ni educar a los niños, como se hace en
Alemania.
-Alemania es un país de alta Kultur -dije yo.
-Ja, natürlich, y en higiene infantil Alemania es el primer país del mundo
-afirmó Frank. (Curzio Malaparte, Kaputt, 1947)

La charla de sobremesa de esa noche fue premonitoria. Los alemanes


deseaban vivamente que los judíos murieran lo más rápido posible en los
guetos del este de Europa. Cuando las autoridades creían que la población de
un gueto era excesiva, organizaban redadas, o razias, sin advertencia, y
enviaban a estas desdichadas gentes a un “destino desconocido”.
Cuando los alemanes desecharon definitivamente la idea de una “solución
territorial”, entre finales del verano y el comienzo del otoño de 1941, vaciaron
los guetos uno por uno. Los judíos eran reunidos a empellones en la plaza
mayor para marchar después hacia la vía muerta de alguna estación de tren,
desde donde los trasladaban a un centro de exterminio o a un campo de
trabajo.

El gueto de Kovno se creó en julio de 1941 y se valló el 15 de agosto. Diez


semanas más tarde, el sábado 25 de octubre, el SS-Oberscharführer Helmut
Rauca, funcionario de la Gestapo responsable de los asuntos judíos de esa
ciudad, “acompañado de otro alto cargo de la Gestapo”, entraron “en las
oficinas del Consejo (judío)”. Avraham Golub apuntó inmediatamente después
todo lo sucedido:

“Rauca no perdió el tiempo. Empezó con una declaración solemne: es de la


máxima trascendencia aumentar la capacidad de la fuerza de trabajo judía a la
vista de su importancia para el esfuerzo de guerra alemán -un espejismo de lo
indispensable que era el trabajo judío para los alemanes”. Rauca dijo que se
proponía aumentar las raciones de comida para los trabajadores y sus familias
y, por lo tanto, los habitantes del gueto que no formaran parte de las fuerzas
laborales tenían que irse. “Para llevar a cabo esta operación había que
confeccionar una lista. El Consejo tenía que emitir una orden convocando a
todos los habitantes del gueto en la plaza Demokratu el 28 de octubre a las
seis en punto de la mañan: no había excepciones, ni de sexo ni de edad. En
dicha plaza deberían alinearse por familias y en función del lugar de trabajo del
cabeza de dichas familias. Antes de acudir a pasar lista tendrán que dejar sus
apartamentos, armarios y cajones abiertos. Todo aquel que se encuentre en su
casa después de las seis de la mañan será fusilado en el acto”. (Avraham Tory,
Surviving the Holocaust: The Kovno Guetto Diary)
Un Consejo atemorizado cumplió la orden y la publicó pegando carteles en
yídish y alemán. “En el gueto nadie pegó ojo la noche del 27 de octubre.”
Algunos rezaron, otros lloraron. La gente celebró grandes fiestas para acabar
con la comida y los licores que les quedaban. Quizá este fuese su último
banquete. ¿Por qué dejar algo a los alemanes? Algunos habitantes del gueto
que creían estar capacitados como “trabajadores” procuraron adoptar
huérfanos con el fin de protegerlos mediante sus propios papeles de trabajo;
solteras y viudas buscaron vincularse con “maridos” obreros.

“28 de octubre, martes por la mañana; estaba lloviendo...


Muchas familias caminaban lentamente, cogidas de la mano. Todos avanzaban
en la misma dirección, hacia la plaza Demokratu. Era una procesión de
personas de luto doliéndose de sí mismas...
Un silencio sepulcral acompañaba a esta procesión de decenas de miles de
personas. Avanzaban penosamente, absortas en sus propios pensamientos,
meditando sobre su propio destino y el de sus familias cuyas vidas pendían de
un hilo. Treinta mil personas, olvidadas de Dios y de los hombres, entregadas
al capricho de unos tiranos que ya tenían las manos llenas de sangre judía.
Todas ellas, pero sobre todos los cabezas de familia, se habían provisto con
algún tipo de documento, incluso certificados de haber estado empleados en
algún organismo del gueto, diplomas de bachillerato o de alguna universidad
alemana...
Los habitantes del gueto fueron alineados en columnas según el lugar de
trabajo del cabeza de familia...
La plaza estaba rodeada de nidos de ametralladora. Rauca se colocó encima
de un pequeño montículo desde el que podía vigilar a toda la multitud... Luego,
señaló con el bastón de mando que tenía en la mano y ordenó... !Adelante! La
selección había comenzado...
Al principio, nadie sabía cuál era el lado “bueno”. Y, por lo tanto, muchos se
alegraron al encontrarse a la derecha...
Aquellos que intentaron pasar de la derecha a la izquierda para reunirse
con sus familias, o porque adivinaron -correctamente, como luego se
descubrió- que aquel era el lado “bueno”, sintieron al instante el dolor de los
golpes propinados por los puños y los culatazos de los policías y partisanos,
que brutalmente les hicieron retroceder...”

La selección duró todo el día hasta bien entrada la noche. Al final, 10 mil
personas fueron encerradas en un área pequeña. A la mañana siguiente, “el
ataque fue tan inesperado y brutal que ninguno de los infelices tuvieron un
solo momento para darse cuenta de lo que pasaba”. Los obligaron a ir a
marchas forzadas por una carretera cuesta arriba que “conducía a los judíos en
una sola dirección: a un lugar del que ninguno volvería”.

Y ninguno lo hizo. La población del gueto en agosto era de 30 mil


habitantes; unos 2.500 habían sido asesinados durante dos Aktionen que
tuvieron lugar el 26 de septiembre y el 4 de octubre. Ahora habían asesinado a
10 mil; en el gueto de Kovno quedaban ahora unas 17 mil personas.
Adam Czerniakow, el Anciano del gueto de Varsovia, se enfrentaba al
mismo problema: ¿Debería cumplir las órdenes alemanas que prometían
trabajo para todos, pero separando a los padres ancianos de sus hijos adultos,
y a los niños pequeños de sus padres? El 22 de julio de 1942 los alemanes
exigieron la firma de Czerniakow en la orden de deportación para el
reasentamiento en el este. Casi había transcurrido un año desde la Aktion
Kovno, y a Czerniakow le quedaban muy pocas esperanzas. Los alemanes
siguieron insistiendo en que “reasentamiento” significaba trabajo agrícola, pero
este no se dejaba engañar. Comprendía que todos sus esfuerzos como
dirigente del Judenrat habían sido manipulados, en provecho de los alemanes.
(Avraham Tory, Surviving the Holocaust)

Si, finalmente, Rauca pudo persuadir al Anciano del gueto de Kovno de que
la lista era “un asunto puramente administrativo” y de que “no se ocultaba
intención maligna alguna tras ella”, Czerniakow, diez meses después,
comprendió que lo que le pedían que hiciese era la verdadera esencia del mal:
participar, nada más y nada menos, en la selección de los que iban a ser
asesinados; colaborar, nada más y nada menos, con los alemanes que se
arrogaban el derecho a decidir quién iba a vivir y quién iba a morir. Los niños
estaban en la lista de los que iban a ser “reasentados”. Czerniakow sabía que
“reasentado” significaba “asesinado”, y no estaba dispuesto a firmar. Prefirió
darse muerte antes que pactar el asesinato de niños. Al día siguiente se
suicidó. “Me siento incapaz... No puedo soportar más todo esto”, explicó en su
nota. (Czerniakow, The Warsaw Diary)

Otros dirigentes de los Judenrat razonaron de forma diferente. Tanto Jacob


Gens de Vilna como Chaim Rumkowski de Lodz habían transformado las
comunidades de sus guetos en fábricas urbanas. Creían que la supervivencia
de al menos una parte de la población se lograría trabajando de forma
productiva; pero si los judíos del gueto eran tan solo mano de obra, los que no
podían trabajar corrían el peligro de ser deportados: ancianos, enfermos,
recién nacidos y niños. (Para un estudio de la supervivencia mediante la
estrategia del trabajo: Yitzhak Arad, Ghetto in Flames)

¿A quién salvar? ¿A quién sacrificar? Gens tomó su decisión.


“No entregaremos a los niños, pues son nuestro futuro. No entregaremos a las
mujeres jóvenes... No los entregaremos (a nuestros obreros), pues los
necesitamos con nosotros”. (Trunk, Judenrat)

Y eligió, en su lugar, a los ancianos y a los enfermos. El 17 de julio de 1942


se llevó a cabo una Aktion en Vilna; el objetivo eran cien ancianos y enfermos
crónicos. Gens defendió su postura, alegando que “él había rechazado la
exigencia alemana de llevarse a los niños, pero que tenía que obedecer la
orden de transferir a los ancianos y enfermos que no pudiesen valerse por sí
mismos”. (Arad, Ghetto in Flames)

Sabemos que Esther Geizhals-Zucker dejó la escuela a principios de 1942.


Ya casi tenía 12 años y se fue a trabajar como planchadora. Un empleo en las
fábricas del gueto suponía sopa al mediodía y una oportunidad para librarse de
la deportación. “Tuve que ponerme a trabajar para conservar mi cartilla de
racionamiento. Era horrible. Teníamos unas planchas, pero no eran eléctricas,
había que quemar carbon dentro de ellas. Y era yo la que tenía que quemar el
carbón de la plancha para que estuviese caliente. Me acuerdo de los terribles
dolores de cabeza que sufrí por culpa del humo del carbón. Solía tener
horribles dolores de cabeza, pero tenía que hacerlo”.

En pocos meses, la elección que hizo Esther Zucker se había convertido en


el asunto fundamental de la política del gueto. Todos tenían que trabajar. Era
importante ofrecer una imagen del gueto como campo de trabajo, así que
cuando las autoridades alemanas lo visitaron el 4 de junio, los niños, ancianos,
débiles o enfermos desaparecieron de las calles. “Sencillamente, el gueto
parecía un campo de trabajo donde no había nadie desocupado a la vista...
durante el día”, informaba el Chronicle.
“La gente sabe y comprende que esta no es una inspección ordinaria, sino
que se refiere a algo más grande, más importante: es una cuestión sobre su
propia existencia. El resultado de la inspección de hoy sigue sin saberse, pero
en los rostros de los visitantes se pudo leer una impresión favorable”.
(Dobroszycki, Chronicle of the Lodz Ghetto)

En aquel verano los rumores sobre el reasentamiento circularon sin parar.


Según los registros oficiales, 70 mil de los aproximadamente 100 mil
habitantes del gueto estaban empleados a mediados de 1942. Esto quería decir
que en casi todas las familias había un “desocupado”, y estas temían,
lógicamente, perder a uno de sus seres queridos.
“Los rumores sobre la reanudación de los reasentamientos, que empezaron
a circular por el gueto la tarde del sábado (20 de junio), provocando angustia
por todas partes, probablemente tuvieron su origen en la exigencia que han
hecho al presidente (Rumkowski) para que entregue una lista con todos los
niños de más de diez años... les han dado trabajo... En el acto, surgió un
segundo rumor sobre una supuesta orden que habría recibido el presidente
para poner a trabajar a... todos los niños entre ocho y diez años”.

Mientras el Judenrat negaba estos bulos, se inició una “campaña para


emplear a niños de más de diez años”, y el 2 de julio estaba “haciendo
importantes progresos”. Pero la inquietud persistía, y por buenas razones.
¿Qué les sucedería a los menores de diez años?
“Los rumores que corrían entre la gente aseguraban que el presidente
estaba intentando también encontrar trabajo para los más pequeños, los de
ocho años en adelante”. (Dobroszycki, Chronicle of the Lodz Ghetto)

Las autoridades del gueto seguían desmintiendo rumores mientras, al


mismo tiempo, trabajaban frenéticamente para colocar a los chicos. Era una
empresa inmensa. Había que enseñarles oficios especializados y reservarles
puestos de trabajo.

Hacia el 20 de julio, 13 mil niños trabajaban “como aprendices en todo tipo


de talleres de la comunidad”, pero un aprendiz no tiene la misma categoría que
un obrero especializado. Un curso intensivo de dos meses elevó a tantos niños
como fue posible a dicha categoría. A pesar de todo, los rumores siguieron y, al
final, demostraron ser ciertos. Los empleados no sufrieron el “reasentamiento”
del 5 al 12 de septiembre; solo los niños menores de diez años y los mayores
de sesenta y cinco fueron deportados.

“En su discurso del 4 de septiembre de 1942”, informaba el Chronicle, “el


presidente anunció que, por orden de las autoridades (alemanas), unos 25 mil
judíos, menores de diez años y mayores de sesenta y cinco deberían ser
reasentados fuera del gueto... Se ha comentado que si esta acción hubiese
encontrado algún impedimento o resistencia, las autoridades alemanas
hubiesen intervenido”. (Dobroszycki, Chronicle of the Lodz Ghetto)

Rumkowski preguntó a la multitud reunida: “¿Obedecemos y lo hacemos


nosotros?, ¿o debemos dejar que sean otros los que lo hagan?”. Pero él ya
había resuelto su dilema.
“Todos nosotros, mis más queridos compañeros y yo, hemos llegado a una
conclusión: a pesar de esta terrible responsabilidad, tenemos que aceptar esta
orden perversa. Yo mismo llevaré a cabo esta operación sangrienta: !Amputaré
los miembros para salvar al cuerpo! Tengo que separar a los niños, pues de lo
contrario, se llevarán también a otros !No lo permita Dios!”. (Citado en Trunk,
Judenrat)

Sara Grossman-Weil fue testigo de la acción contra los niños.


“En 1942 hubo una sperre general, una selección importante. Nos
advirtieron que no saliéramos de casa. Si nos encontraban en las calles, nos
fusilarían sin discusión. Estas órdenes las dieron por la mañana.
Iban de calle en calle, casa por casa, y no uno, ni dos, ni tres, sino un
grupo de hombres de las SS, con perros, ordenando a gritos a los habitantes
de algún edificio concreto que salieran. Cuando llegaron al nuestro, salimos
caminando...
Estuvimos todos alineados en el patio, hombres, mujeres, los niños y los
ancianos. Se llevaron a algunas personas; la mayoría de nosotros volvimos a
nuestras habitaciones, a nuestros hogares.
Se llevaron a todos los niños. Tuvimos que ponerlos en fila, porque allí
había un grupo de oficiales de las SS. Había suficientes hombres para registrar
todas las habitaciones por si quedaba alguien escondido o se hubiese
retrasado. Teníamos a todos los niños fuera, de doce, trece, de diez y de ocho
años. Se llevaron a los niños; los arrojaron, literalmente arrojaron a un
carromato. Y si una madre protestaba, la echaban también a ella, o le pegaban
un tiro. O le arrebataban al hijo y la dejaban libre. Y todos los niños, los
pequeños, de cinco, de seis, cuatro y siete años, fueron arrojados, literalmente
arrojados a ese carromato. Los llantos llegaban al cielo, pero allí no había
socorro alguno, no había nadie al que dirigirse, nadie al que suplicar, nadie al
que implorar”. (Lucy S. Dawidowicz, A Holocaust Reader)

Como comunidad, los judíos de los guetos de la Europa nazi carecían de


poder alguno y eran incapaces de proteger a sus propios hijos de un peligro
mortal. Tampoco podían defender a sus ancianos y a sus enfermos. Sara
Grossman-Weil sabía que esta redada incluía también a los mayores de
sesenta y cinco, además de los menores de diez años. Durante su estancia en
el gueto se había casado con Menek Grossman y la pareja estaba muy
enamorada, pero cuando la Aktion empezó no se preocupó por su marido. En
ese momento, dio la casualidad de que su madre estaba con su hermano
Meyer en una zona del gueto, su padre estaba solo en otra y ella se encontraba
en una tercera zona diferente.

“Pensé en mi padre, que vivía lejos y que estaba muy solo. Sabía que si él
seguía allí (a solas), estaba condenado; si nadie escondía a mi padre, nunca
más lo veríamos vivo. Me fui a la calle, corrí a través de los sótanos, y cada
vez que tenía que salir al exterior, miraba a izquierda y derecha, de frente y a
mi espalda, daba un salto, avanzaba y, de nuevo, dentro de otra casa. Así es
como crucé (el gueto) a salvo, milagrosamente, asombrada mientras lo hacía.
Lleguí finalmente a casa de mis padres. Era un buen trecho, de verdad que
estaba lejos; ¿cómo pude hacerlo? No lo sé. No pensaba: ¿qué estoy haciendo?
O ¿por qué me estoy arriesgando? Solo sentía que debía hacerlo, porque no
podría vivir conmigo misma si no lo hubiese hecho. Así que corrí de casa en
casa, escondiéndome, mirando, hasta que llegué allí.

Cuando abrí la puerta, mi padre dijo: “Sarale, si existe el más allá, tú lo


ganarás”. Mi padre era un hombre muy religioso, y como sabía lo atea que era
yo en aquella época, fue algo extraordinario que me dijese eso. Sabía cómo
había perdido la fe, porque muy a menudo yo le preguntaba, en yídish:
“¿Dónde está tu Dios? ¿Dónde está? Dímelo, enséñamelo, demuéstralo”. Y mi
padre decía: “Sarale, no me hagas semejantes preguntas”. No tenía respuesta;
por eso no quería que yo le hiciese esas preguntas.
Cogí a mi padre y lo escondí. ¿Dónde? ¿Cómo? No lo sé. Esperé, y cuando
terminaron de seleccionar a la gente del gueto, volví a mi casa.

Cuando llegué, vi a mi marido, por primera vez y creo que la última,


completamente desquiciado. “¿Por qué lo has hecho? ¿Cómo has podido? !Por
qué no me lo has contado! !He estado a punto de volverme loco sin saber
dónde estabas!”. Le dije: “Tenía que hacerlo. Tú no me hubieses dejado ir, pero
tenía que hacerlo. Y aquí estoy”. Al principio no pudo perdonarme porque le
había hecho sufrir mucho; él se preocupaba en exceso, se angustiaba
demasiado. No sabía lo que me había pasado. Por eso le costó mucho tiempo
perdonarme. Pero había salvado a mi padre, y para mí esto era lo único
importante”.

Las deportaciones continuaron: Kovno en octubre de 1941, Vilna y Varsovia


en julio de 1942, Lodz y otros muchos guetos del este en septiembre. Los que,
como Dawid Sierakowiak, permanecieron en los guetos, los “afortunados” que
se habían librado de las deportaciones hasta ese momento, sobrevivieron
mordidos por el dolor y atormentados por la pena.

La madre enferma de Dawid yacía en el hospital cuando se produjo la


Aktion de septiembre. Su familia no pudo ayudarla. Dawid la adoraba y, por
buenas razones, no cesaba de preocuparse por ella.
“Súbitamente, como si me dividiese, me encontré dentro de su mente y de
su cuerpo. La hora de su deportación se acerca y no hay ayuda en lugar
alguno.” Al saber lo que se aproximaba, lloró la partida de su madre antes de
enterarse de la noticia final. “El mayor de los aguaceros no podrá lavar un
corazón completamente destrozado y nada llenará el vacío eterno del alma, el
cerebro, la mente y el corazón creado por la pérdida de la persona a la que
más amas”. (Sierakowiak, The Diary of Dawid Sierakowiak)

Todos sufrían, todos estaban afligidos. “Eclipse de sol, oscuridad total. Se


han llevado a mi Luba durante un control en el 30 de la calle Gesia”, escribió
Abraham Lewin el vigésimo segundo “día de la matanza de judíos de Varsovia”.
Le fallaban las palabras. “No encuentro palabras para describir mi angustia...
Terror y oscuridad. Y sobre todo este desastre pende mi propia afliccion”.
(Abraham Lewin, A Cup of Tears)

Nadie, observó Hillel Seidman, podía comprender los hechos que habían
ocurrido en la comunidad. El 8 de diciembre de 1942 hubo una reunión en su
casa de “hombres versados en muchos saberes, grandes rabbanim (rabinos) e
intelectuales que contemplaban el mundo desde perspectivas diferentes”.

“En situaciones normales son pensadores brillantes y oradores sabios,


aunque ahora no pueden encontrar las palabras apropiadas para clasificar la
catástrofe que estamos viviendo, ni encuentran pista alguna en nuestra
historia... Cualquier intento de comparación con hechos históricos anteriores
parece absurda, sin pertinencia alguna. ¿Se puede comparar el genocidio de
los armenios con lo que estamos sufriendo ahora? La churban (destrucción) de
los dos Templos, la expulsión de España, las masacres perpetradas por los
cruzados y los cosacos, o cualesquiera de las otras tragedias que han
empapado de lágrimas nuestra larga historia durante siglos, parecen todas
insignificantes en comparación con nuestras actuales penalidades; estas tienen
una dimensión única y exclusivamente propia”. (Hillel Seidman, The Warsaw
Ghetto Diaries)

Las atrocidades y una locura viviente impregnaban la vida del gueto bajo la
ocupación alemana. Los judíos, al azar, caían de un tiro mientras se dedicaban
a sus labores diarias; la gente se desplomaba muerta de hambre en las calles.
Órdenes sanguinarias, condiciones mortales, fusilamientos, asesinatos. La
única oportunidad que les quedaba a los supervivientes de los ataques
cotidianos era salir adelante, arreglárselas con lo que hubiese. Y así siguieron.
La mayoría no tenían otra elección, excepto el suicidio.
“Seguimos con nuestra vida diaria después de la selección que se ha
llevado a las personas con las que estuvimos ayer. Hoy no nos las
encontraremos.” No era una cuestión de “voluntad de vivir” o de cualquier otra
estrategia de supervivencia, expuso Sara Grossman-Weil.
“No teníamos muchas esperanzas, ni tampoco pensábamos mucho sobre lo
que nos depararía el mañana. No había espacio, ni lugar, ni siquiera fuerza o
voluntad para pensar sobre ello”.

Muchos, incluida Halina Nelken, estaban desconcertados ante la capacidad


de sus vecinos, y la suya propia, de proseguir con las actividades diarias de la
vida.
“Es incomprensible que después del trágico golpe que supuso la
Aussiedlung (deportación), la vida del gueto vuelva a su rutina habitual en tan
poco tiempo. Nuestro mundo cambia en un abrir y cerrar de ojos y al día
siguiente nos lavamos los dientes, desayunamos, vamos a trabajar y hacemos
las mismas cosas de todos los días”. (Halina Nelken, And Yet, I Am Here!)

Józef Zelkowicz, uno de los cronistas del gueto de Lodz, observó el mismo
fenómeno.
“Parecía que toda la población del gueto iba a estar de luto durante mucho
tiempo por los acontecimientos de los últimos días, sin embargo, justo después
de los incidentes, e incluso durante la selección de los que iban a reasentar, la
gente seguía obsesionada con sus preocupaciones diarias: conseguir pan,
raciones y demás, pasando, muy a menudo, directamente de la tragedia
personal a la vida cotidiana”. (Dobroszycki, Chronicle of the Lodz Ghetto)

Lo mismo sucedía en Varsovia. “Todo el mundo ha sufrido sus traumas y


pérdidas personales y, sin embargo, siguen con la búsqueda habitual de
comida y abrigo, esperando vivir otro día más”, anotaba Hillel Seidman.
“La mayoría de los supervivientes no presta atención alguna y continúa
funcionando ciegamente como si nada hubiese sucedido. Parece que vivimos
una existencia separada, como la que había antes de la guerra. Los que no han
visto directamente con sus propios ojos la masacre concreta de sus familiares
(y muchos de nosotros no hemos visto realmente su asesinato) se comportan
como si sus parientes siguiesen vivos”. (Seidman, The Warsaw Ghetto Diaries)

Para Zelkowicz, como para Nelken y Seidman, estaba “más allá de toda
comprensión” que “después de perder a las personas más queridas, !la gente
siguiese hablando constantemente de raciones de comida, patatas, sopa, etc!”.
Se preguntaba si esto era “algún tipo de sedante nervioso... ¿O era un síntoma
de una enfermedad que se manifestaba a través de reacciones emocionales
atrofiadas?”. Seidman lo atribuía a “un retirarse de la amarga verdad hacia un
mundo artificial y de ilusiones. Para nosotros, la fantasía sustituye a la
realidad, mientras esta retrocede dentro de aquella. Existimos, desasosegados,
entre dos mundos en conflicto”. (Dobroszycki, Seidman)

Ahora sabemos que ambos, Zelkowicz y Seidman, tenían razón: los


supervivientes no eran indiferentes a la muerte; más bien, procuraban al
máximo que ese dolor no los dominase del todo. Y el hambre, natural y
fundamental, les obligaba, en verdad, a seguir adelante día tras día. Comida,
la necesidad de comida, la búsqueda de comida, era una obligación inevitable.

En medio de la Aktion, Abraham Lewin escribió: “Hambre terrible: pan, 88


zloty, patatas, 30”, después seguía:

“En un edificio de la calle Lezno, donde solían vivir 150 personas, ahora
quedan 30. Ayer asesinaron a ocho de estas”. La destrucción vino de muchas
formas: los precios de los alimentos, hacer las cuentas de memoria.
“El hambre nos obliga a mendigar, a pedir un poco de comida. Incluso en
horas tan terribles como estas, lo que quiere una persona hambrienta es saciar
su hambre”. (Lewin, A Cup of Tears)

Según los cronistas del gueto de Lodz, el suministro de alimentos tenía una
enorme influencia en la moral.
“Sábado, 8 de mayo de 1943... El gueto está de muchos mejor humor. Los
constantes repartos de patatas siguen siendo el principal tema de conversación
del día.” Con alimentos, la supervivencia era posible.
“Los estómagos están llenos, los dolores de hambre han remitido y,
despues de un largo periodo de hambruna, la gente ha empezado a recobrarse
gradualmente y a ganar algo de peso. Esta recuperación física ha creado un
buen estado de ánimo. Hay chispas de esperanza en los ojos de la gente”.
(Dobroszycki, Chronicle of the Lodz Ghetto)

Pero había más cosas en juego que el simple hecho de volver a los hábitos
diarios, a la rutina absorbente o a la necesidad de comer. En Cracovia, como
Halina Nelken observó, “incluso se han reanudado en el orfanato los conciertos
semanales de beneficencia”. (Nelken, And Yet, I Am Here!)

En Lodz, los conciertos prosiguieron después de un intervalo de dos meses.


Durante una de estas veladas, la del 14 de noviembre, Rumkowski se dirigió a
la audiencia sobre “los actuales problemas del gueto, principalmente el
alojamiento de los niños sin hogar y la situación de los alimentos”. Al día
siguiente, los redactores del Chronicle anotaron: “El presidente ha decidido que
siga habiendo funciones periódicas... como antes del reasentamiento”.
(Dobroszycki, Chronicle of the Lodz Ghetto)

Esa semana hubo “tres revistas teatrales vespertinas” y un concierto. En


Kovno, la Aktion del 28 de octubre de 1941 se desencadenó antes de que los
judíos del gueto hubiesen tenido siquiera la oportunidad de organizar
actividades culturales; no obstante, los planes para formar una orquesta se
iniciaron pocos meses después. (Tory, Surviving the Holocaust)

También en Kovno, la escuela de formación profesional se convirtió en un


centro de la vida cultural del gueto. Hubo velas literarias y conferencias.
Además, se creó un coro con cien intérpretes, así como una biblioteca pública y
un grupo de teatro. En julio de 1943 los estudiantes organizaron una
exposición con sus pinturas. También se representó The Kabbalists, una obra
de teatro del famoso escritor en yídish I.L. Peretz. Después de cada Aktion, los
profesores y estudiantes que se habían salvado reanudaban las clases. La
escuela, aunque camuflada, sobrevivió hasta la destrucción final del gueto en
julio de 1944 (sin embargo, en aquella época el gueto ya era formalmente un
campo de concentración). Los niños apreciaban esa escuela, la querían, la
añoraban. (Trunk, Judenrat)

El grupo del club juvenil de Vilna era muy importante para muchachos
como Yitskhok Rudashevski. “Al fin, han abierto el club”, escribió en su diario el
lunes de 1942. Dos días más tarde destacaba que la “vida se ha vuelto un poco
más interesante. Las actividades han empezado. Tenemos grupos literarios y
de ciencias naturales. Después de salir de clase a las siete y media, voy
directamente al club. Hay mucha alegría y pasamos bien el tiempo”. Yitskhok y
sus compañeros se enfrascaron totalmente en las labores de la asociación. “Los
días pasan rápidamente”. “Nos divertimos un poco... Los jóvenes trabajamos y
así no moriremos”. Los proyectos eran un antídoto contra la desdicha. “Fuera
hace frío, en casa hace frío, así que corres hacia el club donde no sientes nada.
Con tanta actividad no sientes el frío”. (Yitskhok Rudashevski, The Diary of the
Vilna Ghetto)

Las organizaciones juveniles sionistas, que eran populares antes de la


guerra, siguieron funcionando en los guetos, ofreciento camaradería y
esperanza. Por ejemplo, Mania Salinger-Tenenbaum se unió a la organización
Masada en Radom cuando tenía catorce años y estaba en primero de
bachillerato.
“Masada fue mi segundo hogar... Quiero decir que después de la escuela
iba directa a Masada. A casa solo iba a dormir. El sábado lo pasaba en Masada.
El domingo lo pasaba en Masada. Así fue como Masada llenó toda mi vida
política y social durante mis años de bachiller”.
Esta cercanía, esta intensidad y entusiasmo especiales prosiguieron
después del comienzo de la guerra y durante todo el tiempo que duró el gueto
de Radom.
“Formaba parte de un grupo de ocho. Era nuestro grupo... Así que las
amistades de antes de la guerra y durante ella fueron muy fuertes”.

La juventud judía, y en realidad la mayoría de los judíos, eran también muy


fuertes, pero la implacable maquinaria de la muerte alemana era más dura
todavía. De dos a tres millones de judíos y pequeños grupos de gitanos que
vivían en los guetos permanentes de Europa oriental sucumbieron finalmente
bajo las condiciones letales de sus vidas cotidianas.

Cualquier equilibrio en el medio físico del barrio judío con sus calles,
sinagogas y mercados había sido una quimera. Desde su inicio hasta su
liquidación, se demostró que el gueto era un campo de exterminio lento. Pero
“lento” no era lo suficientemente rápido. Con el tiempo, todos los guetos
tuvieron su “liquidación final”.

En Varsovia, durante la primavera de 1942, muchos jóvenes de ambos


sexos comprendieron que no había salida; todos estaban destinados a morir
asesinados. (Para un examen del papel de los movimientos juveniles en la
resistencia clandestina, Lester Eckman y Chaim Lazar, The Jewish Resistance,
Yisrael Gutman, Genocide and Holocaust Studies, Gutman, Jewish Resistance
During the Holocaust)

Las Aktionen masivas de los alemanes por todo el gueto durante julio,
agosto y septiembre demostraron lo acertado de estos presagios.

Todos los esfuerzos para sobrevivir día tras día se habían quedado en nada:
padres, esposas, maridos, hermanos, hermanas y niños habían sido
secuestrados y deportados. Los que quedaban en el gueto eran, en su mayor
parte, fuertes y sanos, no les quedaban parientes y estaban desesperados.
No tenían a nadie ni nada que perder. La resistencia armada, al menos,
ofrecía venganza, aun cuando no prometiese supervivencia alguna. En abril de
1943, cuando los alemanes preparaban la “Aktion final” para limpiar Varsovia
de judíos, estos jóvenes estaban decididos a actuar.

No eran muchos. Unos 500 pertenecían a la Organización de Combate Judía


(ZOB), aproximadamente 250 a la Unión de Combatientes Judíos (ZZW), y un
número sin especificar de grupos pequeños, sin filiación alguna. Tenían unas
cuantas armas y pocas municiones. Sin formación militar y demacrados
después de años de raciones de hambre, desafiaron a 2.054 soldados y 36
oficiales alemanes que estaban provistos de vehículos blindados, tanques,
cañones, lanzallamas y ametralladoras. Los luchadores judíos de la resistencia
aguantaron durante más de un mes y tuvieron la satisfacción de infligir daños
a los alemanes, obligando a estos a reconocerlos como combatientes
dispuestos a matar. (Reuben Ainsztein, The Warsaw Ghetto Revolt, Joseph
Kermish, Jewish Resistance During the Holocaust, Yuri Shul, They Fought Back,
Gutman, The Jews of Warsaw)

El clandestino Ejército del Interior polaco: cerrado, patriota y lleno de


profundos prejuicios contra los judíos, se admiró ante la rebelión del gueto.
El “delito” cometido por Alemania “de asesinato premeditado y perfectamente
planeado de la totalidad de la judería europea, a una escala sin precedentes en
la historia moderna del mundo” fue “facilitado”, según su boletín, “por la falta
de resistencia activa de los judíos, que son llevados como ganado al
matadero”. Nunca más.

“Hace una semana, se ha descubierto el segundo acto del brutal exterminio


de los judíos en Polonia. Los alemanes procedían a deportar a los 40 mil judíos
que todavía permanecían en Varsovia. El gueto ha respondido con la
resistencia armada. La Organización de Combate Judía libró una batalla
desigual. Los luchadores judíos, con fuerzas débiles, carentes de armas y
municiones, sin agua, cegados por el humo y el fuego, defendieron las calles y
las casas aisladas. Se retiraban paso a paso, en silencio, hostigados no solo
por el enemigo provisto de armas modernas, sino también abrasados por los
violentos incendios de los edificios. Su victoria supone el desgaste de las
fuerzas invasoras; su victoria supone la huida de algunos de los habitantes del
gueto; su última victoria será la muerte, con las armas en la mano...

La defensa del gueto de Varsovia asesta un duro golpe a lo que queda del
prestigio de la Alemania nazi. Es voluntad del Zeitgeist que los mismos
alemanes, que con total desprecio buscaron borrar al pueblo hebreo del
registro de las naciones vivas, proporcionen a los judíos la oportunidad de
combatir gloriosamente, para así añadir a la larga lista de sus crímenes una
horrenda línea más con el exterminio de todo un pueblo. Toda la nación
alemana responderá por esto ante el tribunal de la humanidad, pues ha estado
cometiendo estos delitos, concebidos en la mente de sus dirigentes, con
obediencia y premeditación”. (Citado en Shmuel Krakowski, Yad Vashem
Studies)

La insurrección del gueto de Varsovia es un ejemplo de una de las formas


de resistencia que practicaron los judíos. Hubo rebeliones armadas en otros
lugares, incluso en los campos de la muerte de Birkenau, Sobibór y Treblinka.
Y también se dieron otros tipos de rebeldía: el desarrollo de operaciones de
rescate, iniciativas culturales y espirituales para mantener unida a la
comunidad y conservar la historia, la ética y las costumbres judías. Pero la
insurrección del gueto de Varsovia fue única en alcance y escala, en nivel de
violencia y en agresividad.

Los alemanes sofocaron el levantamiento y siguieron liquidando los guetos


de Kovno en junio, Bedzin y Bialystok en agosto, y Tarnow, Przemysl y Vilna en
septiembre. Lodz fue una excepción, y siguió como campo de trabajo hasta el
verano de 1944. En esos días, casi todos los judíos de Europa del este habían
sido asesinados. Ante la llegada del ejército soviético, los alemanes, frenéticos,
deseando acabar el trabajo, destruyeron furiosos en gueto de Lodz.

El viernes 16 de junio de 1944, apremiado por los alemanes, el Anciano de


los judíos de Lodz, Chaim Rumkowski, emitió un bando “requiriendo la
inscripción voluntaria para realizar trabajos fuera del gueto”.
A dicha inscripción voluntaria le sucedió la deportación obligatoria.

Durante cuatro semanas la presión aumentó sobre los jefes de los talleres:
les exigieron que confeccionaran listas de empleados que no fuesen
imprescindibles para la producción.
El primer transporte con 600 personas iba a partir el miércoles 21 de junio,
pero “debido a que los vagones de mercancías requisados no estaban
disponibles, la fecha se retrasaba al 23”, informaron los cronistas del gueto.
Descendía un paño mortuorio.

“Han anunciado 25 transportes. Todos saben que la situación es grave, que


la existencia del gueto está en peligro... Esta vez casi todos los moradores del
gueto están afectados. Todos van a perder a un pariente, a un amigo, a un
compañero de cuarto, a un colega”.

Durante las tres semanas siguientes, muchas personas se presentaron


voluntarias, tentadas por la perspectiva de abandonar la pobreza del gueto, o
por el precio de compra de sus propios cuerpos como sustitutos de otras
personas de la lista:
“Tres hogazas de pan, medio kilo de margarina, una libra de azúcar”.
Había mucha más gente que buscaba desesperadamente librarse de lo que
el destino les había deparado y lisonjeaban a los que tenían autoridad para
borrar sus nombres de las listas. Otros ni se presentaron voluntarios ni se
escondieron: se fueron cuando se lo ordenaron.
En total, 7.196 personas fueron deportadas de Lodz al campo de la muerte
de Chelmno. Pero luego, el 15 de julio, “hacia el mediodía, ordenaron al
Anciano que detuviera el reasentamiento”. Según los autores del Chronicle:
“Nunca hubo tamaña felicidad en el gueto... La gente se abrazaba en las calles,
se besaban en los talleres y en las oficinas. !El reasentamiento ha terminado!”.
(Dobroszycki, Chronicle of the Lodz Ghetto)

Como los autores observaron: “Nadie pensó dos veces si esto era una
breve interrupción o el final definitivo de los transportes”.
Era sencillamente un respiro.
El miércoles 2 de agosto, la última orden de deportación, firmada por
Rumkowski, se pegó en los muros del gueto.

Sara Grossman-Weil tenía 25 años cuando fue deportada de Lodz, junto


con su marido Manny, su hermano y su esposa, dos niños, además de su
madre y su suegro.

“Estuvimos hablando de los Übersiedlung (reasentamientos); los


transportes saldrán del gueto hacia una gran zona donde se levantarán unos
enormes talleres, pues el Tercer Reich necesita nuestro trabajo. Nos han dicho
que nos organizarán de la siguiente manera: el trabajo tiene que ser muy
eficaz y, puesto que somos expertos, lo haremos bien. Las familias se
mantendrán juntas y trabajaremos para el Tercer Reich...
“Es solo cuestión de Übersiedlung”, de transportarnos de un lugar a otro.
Y nos lo creemos. Yo lo creo. Estoy segura de que Manny lo cree, su familia lo
cree. Y mi familia también...
La gente estaba yéndose, la gente estaba saliendo... De repente oímos
rumores de que nos llevaban a un campo de concentración. No teníamos
ningún detalle, pero por lo visto alguien había regresado, escapado o
escuchado que nada era como nos habían prometido. Pero puesto que no
teníamos nada a que atenernos, a lo que aferrarnos, ni tampoco otra opción,
nos fuimos.
Íbamos con los del taller (de sastrería) que había dirigido mi cuñado. No
fuimos con los de mi trabajo, o con los compañeros de Manny, porque
queríamos seguir juntos. Queríamos postergar la salida del gueto porque no
deseábamos separarnos de la familia...
Tenía un dilema. ¿Debería quedarme?, ¿o debería partir con los Grossman?
No sabía qué hacer... Quería irme con mi marido y deseaba permanecer con
mis padres. Estaba destrozada. Estaba enfurecida. No quería tomar una
decisión”.

La decisión de Sara señalaba los límites de las opciones que tenía. Su


objetivo, durante los casi cinco años que pasó viviendo en el gueto, fue
mantener unida a la familia. En el gueto “todavía estábamos en nuestras
casas. Fuese una habitación de dos por dos, o de veinte por dos, estábamos
en nuestros hogares y con la familia”. Era este principio el que le hizo quedarse
en Polonia cuando podía haber ido a Palestina en el verano de 1939 y,
posteriormente, el que le impidió permitir que sus amigos la ayudaran para
pasar como una gentil en el lado “ario”.
Ahora se enfrentaba a otra elección: despedirse de sus padres y hermanos,
o de su marido y de su familia política. Para Sara Grossman-Weil, la orden de
deportación significó el fin de todo lo que podía hacer, conseguir o conservar.
Se fue en un transporte con su marido, su hija Mirka, sus suegros, su cuñado y
su esposa Esther y Regina, una adolescente adoptada. Los llevaron como a un
rebaño a la estación de tren y les ordenaron que subieran a los vagones de
ganado.

Capítulo Diez
HACIA LA “SOLUCION FINAL”

En 1933 salió a la luz el delirante antisemitismo nazi. Algunos habían


predicho que el poder moderaría la virulencia nacionalsocialista, pero el control
de las riendas del Estado tuvo el efecto opuesto. En agosto de 1938, enfrente
de la principal sinagoga de Núremberg, Julius Streicher, el insolente director
del soez Stürmer y Gauleiter de Franconia, bramó ante las masas:
“Llegará el día en el que la cuestión judía será resuelta de raíz en todo el
mundo, pues la humanidad no tiene otra alternativa”.
Y mientras incitaba a la muchedumbre a destruir el edificio, proclamó que
sus fines eran justos:
“Queremos asegurar, siempre vigilantes, que la sangre y el alma alemanas
permanezcan puras porque, si el judío vuelve a conseguir el poder una vez
más en Alemania, entonces nuestra nación estará condenada para siempre”.
La turba tenía un trabajo que hacer.
“Vosotros, trabajadores de la ciudad de Núremberg, que una vez fuisteis
esclavos de los judíos y que ahora asistís llenos de júbilo a la construcción del
nuevo Reich de Adolf Hitler, os voy a dar una orden histórica: !Empezad!”.
(Citado en Jörg Wollenberg, The German Public and the Persecution of the
Jews, 1933-1945)

El pogromo de noviembre se había ocupado del problema de las sinagogas


en la mayor parte de Alemania y, mediante acciones violentas nunca vistas
antes, los nazis pasaron de los bienes judíos a sus propietarios.
“Estamos a punto de aplicar a la cuestión judía su solución totalitaria”,
anunció Das Schwarze Korps, la revista quincenal de las SS, el 24 de
noviembre.
“!Eliminación total, absoluta separación!”
Esto significaba “mucho más” que “la simple eliminación de los judíos de la
vida económica alemana”. Después de todo, “no se puede esperar que ningún
alemán viva más tiempo bajo el mismo techo con los judíos”.

“En consecuencia, los judíos deben ser expulsados de sus casas y


residencias, y alojados en calles y bloques donde estén entre los de su raza y
tengan la menor relación como sea posible con alemanes. Deben ser señalados
con marcas que les identifiquen...
En dicho total aislamiento esta tribu de parásitos... se hundirá en el crimen,
obedeciendo a sus tendencias inherentes, condicionadas por la sangre...

En esta fase de desarrollo, deberemos enfrentarnos con la dura necesidad


de erradicar el hampa judía, de la misma manera que nuestro Estado, fundado
en la ley, extirpa a los delincuentes: con el fuego y con la espada. El resultado
será el final definitivo y verdadero de la judería en Alemania, su aniquilación
absoluta”. (Citado en Konrad Heiden, The New Inquisition, 1939)
Das Schwarze Korps se refería a los judíos alemanes, pero Adolf Hitler
atacaba a la judería internacional, a la que culpaba de los sufrimientos de
Alemania desde la I Guerra Mundial. En un discurso pronunciado ante 885
diputados del “Reichstag de la Gran Alemania” para conmemorar el sexto
aniversario de su reinado, el Führer se burló de los judíos que querían huir de
Alemania, mofándose también de otros países por su renuencia a aceptar a
estos presuntos refugiados.
“El resto del mundo, ¿no debería estarnos de lo más agradecido por liberar
a estos portadores de la cultura y ponerlos a su disposición?”.
A las befas siguieron las amenazas.

“Queda un asunto más al que me gustaría referirme en este día que, quizá,
no sea solo memorable para nosotros los alemanes: en el curso de mi vida he
sido profeta muy a menudo y, por eso, me han ridiculizado muchas veces. En
los años de mi lucha por el poder eran los judíos, sobre todo, los que se
burlaban de mi profecía de que algún día yo asumiría la jefatura de esta
Alemania, de este Estado, de todo el Volk, y que insistiría en una solución de la
cuestión judía, entre otros muchos problemas. Hoy, sospecho que los judíos de
Alemania bien pueden tragarse los ecos de sus risas de antaño.
Una vez más seré un profeta: si la judería internacional de las finanzas,
dentro y fuera de Europa, precipitase de nuevo a la humanidad en otra guerra
mundial, el resultado no será entonces la bolchevización de la tierra y la
victoria de la judería, sino la aniquilación de la raza judía en Europa”.
(Max Domarus, Hitler: Speeches and Proclamations)

El tema de Hitler era el asesinato en masa: el genocidio de los judíos. Pero


si las palabras son poderosas porque persuaden, el lenguaje nazi de
destrucción no era un programa para el asesinato. Hubo otros factores que
entraron en juego a la hora de transformar sus ideas generales en un plan
concreto: una burocracia política cambiante y sin establecer, la brutalidad de la
guerra y un aparato gubernamental muy extendido geográficamente.

Hitler trataba con ideas, propósitos y objetivos. Las instrucciones precisas


eran innecesarias. Sus subalternos “trabajaban en dirección hacia” esas ideas,
tomando iniciativas de forma independiente para promover lo que ellos
suponían eran los deseos del Führer, incluso anticipándose a ellos.
Esto llevó a una feroz competencia dentro del partido. Hitler siempre
apoyaba a la persona o facción victoriosa y así nunca quedaba en entredicho.
La jerarquía y la política nazis nacieron de una selva institucional de rivalidades
y disputas. Era muy sencillo, los programas, leyes, decretos y normas, incluso
las órdenes verbales concretas, no eran necesarios. Bastaba con una amplia
autorización.

Un objetivo general de Führer era su deseo de limpiar Alemania de


enfermos incurables. Esta idea neodarwinista floreció a finales del siglo XIX
promovida por el influyente biólogo Ernst Haeckel. Este, al pasar por alto el
mandato de Charles Darwin de que la sociedad civil no podía y no debía ser
analizada en términos de “selección” y “lucha por la existencia”, insistía en que
si la selección natural no acababa con los degenerados, los seres humanos
tenían que intervenir. (Ernst Haeckel, The History of Creation, 1876)

Al principio, semejante chifladura apenas encontró crédito. Pero la


carnicería de la Gran Guerra, las revoluciones, la depresión económica y la
inflación movieron a un puñado de médicos y abogados prominentes a
reconsiderar la política pública en relación con los locos, los enfermos
incurables y los inválidos totales.

En 1920 se publicó The Destruction of Life Unworthy of Life, un libro breve


y fácil de leer. Contenía dos ensayos, uno del experto jurista Karl Binding y
otro del neuropatólogo Alfred Hoche.
La guerra, decían, había devastado “las vidas más valiosas e
independientes, llenas de fuerza y vigor”. Binding comparaba este hecho con la
gran energía que se gasta en mantener “vidas inútiles” en los hospitales
psiquiátricos. (Karl Binding y Alfred Hoche, Die Freigabe der Vernightung
lebensunwertes Lebens, 1920)

Por último, Hoche predijo confiadamente que “vendrá una nueva época
que, basada en una moral superior, abandonará la puesta en práctica
continuada que exige este concepto desmedido de humanidad y la opinión
exagerada que se tiene sobre el valor de la vida humana a un coste tan
elevado”.

Hitler abrazó estas ideas y en Mein Kampf se explayó en ellas. El Estado


debía ser implacable en relación con los incapacitados y afirmó:
“Permitir que los enfermos incurables infecten continuamente al resto de la
población es hacer las cosas a medias”.
“Esto es amparar el humanitarismo que, para evitar herir a una persona,
permite que cientos de ellas perezcan. El exigir que a los anormales se les
impida propagar su descendencia igualmente anormal es una necesidad
basada en las más evidente de las razones, y si fuese puesta en práctica
sistemáticamente representaría el más compasivo acto de humanidad”.
(Adolf Hitler, Mein Kampf)

Como de costumbre, Hitler se proponía hacer lo que decía. Como hemos


visto, pocos meses después de llegar al poder promulgó la Ley para la
Prevención de Progenie con Enfermedades Hereditarias y la Ley contra
Delincuentes Habituales Peligrosos.
Los primeros cálculos indican que estas dos leyes habrían provocado la
esterilización o la castración de unas 400 mil personas; sin embargo, estas
medidas no eran suficientes para Hitler.
El propio matrimonio tenía que reglamentarse:

La Ley para Preservar la Pureza Hereditaria del Pueblo Alemán prohibió las
nupcias de las personas con diagnósticos de enfermedades contagiosas
peligrosas, desórdenes mentales y otras enfermedades hereditarias.
Se aprobó en 1935. (Hans-Walter Schmuhl, Rassenhygiene, Paul Klee,
Euthanasie in NS-Staat, Michael Burleigh y Wolfgang Wippermann, The Racial
State, y Henry Friedländer, The Origins of Nazi Genocide)
El público conocía bien estas nuevas leyes y políticas. Los libros de texto,
artículos y películas animaban a los alemanes a apoyar un régimen de higiene
racial de mayor alcance, hecho este que impulsó a que ciertas secciones del
partido adoptaran posturas todavía más violentas.
En 1937 Das Schwarze Korps habó claramente y sin tapujos a favor del
asesinato de los incapacitados en un artículo titulado “Sobre el tema de la
eutanasia”.
En dicho artículo, al responder la carta de un lector que pedía una ley que
permitiese matar a todos los niños “idiotas” si sus padres estaban de acuerdo,
los directores respondieron aprobatoriamente:
“La naturaleza dejaría que esta criatura incapacitada muriese de hambre.
Nosotros podemos ser más humanos y darle una muerte misericordiosa sin
dolor. Es este el único acto humano apropiado en casos semejantes; y es cien
veces más noble, decente y humano que la cobardía que se esconde detrás de
esos balbuceos humanitarios que imponen a la pobre criatura el peso de la
existencia, y a la familia y a la comunidad nacional la carga de su cuidado”.

Las SS solo sobrepasaban a la comunidad médica en el hecho de que sus


miembros estaban dispuestos a imprimir lo que los médicos creían. En realidad
el debate sobre matar a los “inútiles” ya se había iniciado entre estos, pero
Hitler opinaba que el programa de eutanasia debía esperar a la guerra, cuando
el pueblo alemán se viera obligado a enfrentarse con el significado de la vida
humana, una por una.
No se emprendió ninguna acción en particular, aunque los ayudantes de
Hitler buscaron una forma de “trabajar en dirección al Führer”.
El Reichsleiter Philip Bouhler vio al instante su oportunidad.

Bouhler dirigía la oficina nazi que manejaba los asuntos privados de Hitler,
incluidas las peticiones personales a este. A finales de 1938 llegó un creciente
número de cartas de familiares de enfermos mentales pidiendo una “muerte
misericordiosa” para sus seres queridos. Al darse cuenta de que el asunto de la
eutanasia podía promover su carrera dentro de la Cancillería del Führer, pues
así se llamaba su oficina, el ambicioso Bouhler entregó a Hitler la súplica de
cierto Herr Kauer de Leipzig.
El hijo de este hombre había nacido ciego, parecía idiota y le faltaban una
pierna y parte de un brazo. A instancias de Bouhler, Hitler ordenó a su médico
personal, doctor Karl Brandt, que examinara al chico y, si la descripción del
padre era verídica, matara al joven. Brandt obedeció.
A Hitler le gustaba jugar a ser Dios y autorizó a Bouhler y a Brandt el
tratamiento de casos similares de la misma manera. Bouhler, agradecido por el
favor, se quedó muy contento al poder controlar una operación confidencial tan
cercana al espíritu de Hitler. (Friedländer, The Origins of Nazi Genocide)
No se aprobó ley alguna, no hubo orden oficial o escrita del Führer a
Bouhler. Pero este tenía su consentimiento, y junto con Brandt fundó el Comité
del Reich para el Registro de Enfermedades Congénitas y Hereditarias Graves,
dirigido por burócratas de su Cancillería y del Ministerio del Interior del Reich,
así como por médicos partidarios de medidas radicales de higiene racial.
En ese mismo mes (agosto), el Ministerio del Interior decretó que todos los
médicos y comadronas tenían que informar a dicho Comité sobre las diferentes
dolencias y enfermedades que padecieran todos los recién nacidos y los niños
de hasta tres años. Los investigadores examinaban la información remitida y
autorizaban el asesinato de los casos “positivos” en Kinderfachabteilingen
(Departamentos de Pediatría) especiales situados en treinta hospitales
psiquiátricos.
En ese momento la voluntad de matar pasó de las páginas impresas de una
revista al propio acto. Cinco mil niños fueron asesinados. El lenguaje de la
destrucción se había convertido en un programa homicida, aunque no se había
aprobado ley alguna, ni se habían dado órdenes oficiales por escrito.
(Friedländer, The Origins of Nazi Genocide)

Muy satisfecho, Hitler ordenó a Bouhler que organizara la muerte de los


adultos “no aptos para la vida”. De nuevo, Bouhler estaba agradecido y
contento. Su ayudante, Viktor Brack, se ofreció voluntario para encontrar los
mejores medios de ejecución.
Después de consultar con Albert Widmann, jefe del Departamento de
Química de la Policía Criminal (Kripo), y con un experto en envenenamiento
por monóxido de carbono, Brack recomendó dicho gas, envasado y producido
por BASF. (Christopher R. Browning, Fateful Months)

Mientras tanto, Bouhler consiguió diligentemente la cooperación de


médicos, expertos técnicos y de la policía. A mediados de octubre también
obtuvo una autorización no oficial del propio Hitler, escrita en el papel de cartas
personal del Führer. No era una ley, no era un decreto, ni siquiera una orden.
El documento, fechado retrospectivamente el 1 de septiembre de 1939, el día
que Alemania invadió Polonia, explicaba que el “Reichsleiter Bouhler y el doctor
en Medicina Brandt tienen encomendada la labor de ampliar los poderes de
ciertos médicos de forma que, después del más minucioso examen, se pueda
dispensar una muerte misericordiosa a los pacientes que padezcan
enfermedades incurables”. (Citado en Noakes y Pridham, Nazism)

El 4 de enero de 1940 Widmann dirigió el primer asesinato experimental


mediante el gas en una cárcel vacía de la ciudad de Brandemburgo.
Christian Wirth, un agente de policía de Stuttgart, construyó la cámara de
gas, instaló los cilindros y diseñó las duchas falsas. Llevaron a entre 18 y 20
pacientes a una antesala y, una vez desnudados, los metieron en la cámara de
gas. Cerraron la puerta. Entonces, el doctor Widmann giró la válvula en
presencia de, entre otros, el doctor Karl Brandt, el doctor Irmfried Eberl, el
médico que dirigía el hospital psiquiátrico de Brandemburgo, y Christian Wirth.
Los pacientes murieron al cabo de unos minutos. Los cuerpos se
incineraron en dos crematorios móviles traídos para la ocasión. (Friedländer,
The Origins of Nazi Genocide)
La operación, cuyo nombre en código era T4, pues sucuartel general estaba
en el nº 4 de la Tiergartenstrasse, empezó pocas semanas después con el
asesinato, también con gas, de un grupo de enfermos enviados en autobús al
hospital psiquiátrico de Grafeneck, al oeste de Ulm.
En febrero le siguió Brandemburgo; después, en mayo, Hartheim (cerca de
Linz) y Sonnenstein (cerca de Dresde), en septiembre Bernburg (al sur de
Magdeburgo) y Hadamar (al norte de Fráncfort) en enero de 1941. (Klee,
Euthanasie in NS-Staat, Friedländer, The Origins of Nazi Genocide)

Los procedimientos nunca cambiaron. Las instituciones enviaban los


historiales médicos de los pacientes al Comité del Reich, donde tres doctores
evaluaban cada caso. Los que se consideraban “positivos” eran inscritos en una
lista de transporte que se enviaba al hospital psiquiátrico.
Los pacientes iban en autobuses con los cristales oscurecidos a uno de los
seis centros de exterminio. A la llegada los desnudaban, mientras esperaban a
que un facultativo examinase sus historiales médicos. “Luego alguien los
marcaba”, recuerda un operario del crematorio de Hartheim.
“Un enfermero tenía que numerarlos en el hombro o en le pecho con cifras
consecutivas. Estas tenían un tamaño de 3 ó 4 cm. A los que tenían dientes o
puentes de oro los señalaban con una cruz en la espalda. Después de estos
procedimientos los llevaban a una habitación contigua y los fotografiaban”.
Después los conducían a la cámara de gas y los mataban. Al cabo de hora y
media, empezaban a funcionar los ventiladores y los operarios del crematorio
se llevaban los cadáveres al depósito.

La familia de una víctima recibió una carta que decía que su pariente había
sido trasladado a otro hospital psiquiátrico, donde había enfermado, y que
“todos los intentos de los médicos para mantener con vida al paciente habían
resultado infructuosos”.
Después de las condolencias habituales, en la carta se declaraba que “de
conformidad con los reglamentos de orden público nos vimos obligados a
incinerar el cadáver inmediatamente. Esta medida tiene como objeto proteger
al país de la propagación de enfermedades infecciosas que representan una
seria amenaza en tiempos de guerra y que debemos cumplir estrictamente”.
(Noakes y Pridham, Nazism, Friedländer, The Origins of Nazi Genocide)

Los pacientes de los hospitales psiquiátricos de Prusia Occidental y Oriental


y del Wartheland no iban a las cámaras de la muerte de la operación T4. Los
gaseaban en camiones manejados por un Sonderkommando, o escuadrón
especial, dirigido por el SS-Hauptsturmführer Herbert Lange.
Con base en Posen, Lange llegaba a un hospital, presentaba una lista de
nombres a la dirección y metía a los pacientes en el contenedor hermético
adaptado a un gran camión “café del Káiser”. Una vez fuera de los terrenos del
hospital, el conductor abría las válvulas de los cilindros de monóxido de
carbono que había en la cabina del camión, que estaban conectadas al
contenedor, matando a los pasajeros. (Browning, Fateful Months)

Los defensores de la operación T4 la juzgaron un éxito total. En 1939 Brack


había calculado que existían en los hospitales psiquiátricos de 65 mil a 75 mil
pacientes candidatos a morir.
Cuando Hitler detuvo el programa el 24 de agosto de 1941, los funcionarios
de T4 se felicitaban, pues “70.273 personas habían sido desinfectadas”.
También se enorgullecían del dinero que habían ahorrado al Reich. Al
presuponer una esperanza de vida de diez años y un coste medio diario por
paciente de 3,50 RM, calcularon que el programa había ahorrado al pueblo
alemán 885.439.800 RM. (Citado en Noakes y Pridham, Nazism)
Su informe no mencionaba que, al término del programa, los miembros del
personal de T4 habían recibido una oferta para trabajar en Europa del este. Ni
tampoco mencionaban que mientras la cifra de 70.273 víctimas representaba
una quinta parte de todos los pacientes en instituciones médicas, la cifra sí
incluía a todos los judíos hospitalizados. Sus historiales no habían merecido
siquiera una mirada superficial. (Friedländer, The Origins of Nazi Genocide)

Aunque la operación T4 estaba oficialmente cerrada, su tecnología avanzó.


En la primavera de 1941 Himmler se puso en contacto con Bouhler: ¿Podría el
programa T4 extenderse a los campos de concentración?
Bouhler estuvo encantado de complacerlo.

Con el nombre en código de 14f13 (14f hacía referencia a la Inspección de


Campos de Concentración, y el 13 al “tratamiento especial de prisioneros
enfermos y débiles”), el nuevo programa organizó equipos ambulantes de
médicos del T4 que visitaban los campos para descubrir a los prisioneros con
trastornos crónicos, a los inválidos y a los enfermos mentales.
Los prisioneros judíos que caían en estas categorías eran inmediatamente
seleccionados para su “tratamiento” en Sonnenstein, Hartheim o Bernburg.
Los historiales de los prisioneros gentiles se enviaban al nº 4 de la
Tiergartenstrasse, donde se tomaba la decisión final. (Friedländer)

Muy rápidamente, el programa 14f13 se convirtió en un método mediante


el cual los nazis etiquetaban como “deficiencia mental” las opiniones políticas