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— ¿ or qué no quieres beber?

— Después de usted, honorable señor.


— Dime: ¿quién te enseñó esos modales?
— Mi abuelo, señor.
— Te educó bien. ¿Puedo saber cuál es tu nombre?
— Kwai Chang Caine
— ¿Caine? No es apellido chino...
— Mi padre era norteamericano, venerable señor.
— ¿Dónde están tus padres?
— Han muerto.
— ¿Y los padres de tus padres?
— También han muerto, señor.
— En el templo de Shaolín jamás hemos aceptado a nadie que no fuera
nacido de padre y madre chinos... Pero siempre hay una primera vez... Acércate.
Coge esta piedra de mi mano tan rápidamente como puedas... Cuando consigas
quitármela habrá llegado el momento de marcharte... Te suplico que me
disculpes.

— ú eres el nuevo discípulo? Ven, acércate.


— Eres ciego.
— Tú crees que soy ciego.
— Vivir en la oscuridad debe ser el mayor de todos los males.
— El miedo es la única oscuridad... Toma tu escoba y pégame con ella...
Haz lo que te digo... ¡Anda!... ¡Otra vez!... ¡Cógela y ataca! (El discípulo es vencido
una y otra vez...)

Jamás debes pensar que porque un hombre sea ciego no puede ver... Cierra
tus ojos. ¿Qué es lo que oyes?
— El rumor del agua y el canto de los pájaros...
— ¿Oyes los latidos de tu corazón?
— No.
— Tampoco oyes al saltamontes que hay junto a tu pie?
— Anciano maestro: ¿Cómo logras escuchar tantas cosas?
— Joven amigo: ¿cómo es posible que tú no las escuches?

—¿ uánto hace que vives aquí?


— Hace muchísimo tiempo, señor.
— ¿Cómo dices?
— No hace mucho, señor.
— Aprenderás pronto...
(Están practicando las artes marciales)

— o se trata de ejercitar la fuerza física, sino otra muy distinta. En el


hombre existen dos clases de fuerza: la fuerza exterior, que es evidente, se pierde
con el tiempo y se debilita con la enfermedad, y la fuerza interior. Todo el mundo
posee esta fuerza, pero es mucho más difícil de desarrollar que la otra. La fuerza
interior perdura durante todos los inviernos y todos los veranos, durante la vejez
y más allá.

— amina sobre el papel tan suavemente como puedas y procura no


romperlo... Date la vuelta: mira el papel... Cuando puedas caminar sobre el papel
sin romperlo, entonces tus pasos no serán oídos.

— n el templo de Shaolín hay tres clases de hombres: estudiantes,


discípulos y maestros.
El desarrollo de la mente sólo se consigue cuando el cuerpo ha sido
disciplinado. Para lograr esto nuestros antepasados nos enseñaron a imitar a las
criaturas de Dios: de la grulla aprendemos la gracia y aprendemos a dominarnos.
La serpiente nos enseña su flexibilidad y movimientos rítmicos. El águila su
velocidad y paciencia. Del magnífico tigre aprendemos tenacidad y poderío. Y
del dragón, aprendemos cabalgar sobre el viento.
Todas las criaturas insignificantes e importantes forman parte de la
naturaleza. Si nosotros perseveramos, todas pueden enseñarnos sus virtudes.
Entre la frágil belleza de la grulla blanca y la fuerza del dragón alado no hay
discordia. Entre la flexibilidad silenciosa de la serpiente y las garras del águila
sólo hay armonía, ya que los elementos de la naturaleza no pueden entrar en
conflicto. Por eso cuando logramos comprender el orden de la naturaleza,
eliminamos el conflicto dentro de nosotros y descubrimos la armonía del cuerpo
y la mente en el movimiento continuo del universo. Comprender un sistema tal
vez nos lleve casi una vida...

— aestro, en un sitio como este, ¿dónde está la verdad?


— Tienes razón... ¿No puedes dormir?
— Maestro, ¿qué es la verdad?
— ¿La verdad?
— Tú dices que nuestro aprendizaje es sólo la búsqueda de la verdad.
— Sí.
— Aunque la verdad del Tao no puede conocerse ni tocarse...
— Ni definirse...
— Entonces ¿cómo sabré yo que la he encontrado? ¿Cómo sabemos que
existe?
— Un día de verano ¿No notas el claro del sol sobre tu piel?
— Sí.
— Y ¿acaso tienes necesidad de mirar el sol para saber que está brillando?
— No. Además no podría: me deslumbraría si lo miro más de un segundo...
— Bien. Y ¿no es mejor contentarse con el calor del sol que ser cegado por
su luz? Lo que buscamos no puede ser contemplado. Si buscas demasiado la
verdad también ella puede cegarte.
— Pues ¿cómo encontraré la verdad?
— Ten paciencia y ella te encontrará.
—¿ uál es la mejor forma de tratar con la fuerza, maestro?
— Como nosotros preferimos la paz y la tranquilidad a la violencia, existe
un simple y magnífico método: tratar de eludirla. Es el sistema que nos enseña la
naturaleza; así, ninguna fuerza humana podrá lastimarte.
Jamás trates de hacer frente a una ola. Esquívala. No es preciso detener una
fuerza; es más fácil modificar su curso.
Aprende a conservar antes que a destruir. Esquivar es mejor que contener;
contener es mejor que lastimar; lastimar es mejor que herir; herir es mejor que
matar. Porque la vida es preciosa y no puede ser reemplazada.

— unca olvides que un sacerdote debe llevar una vida sencilla y libre de
ambiciones. Un hombre sabio camina con la cabeza baja... Sé humilde como el
polvo.

— aestro, ¿no buscamos la victoria en la lucha?


— Sobre todo buscamos no luchar.
— Pero, entonces, ¿no seremos derrotados?
— No. Si no hay lucha no puede haber victoria. El flexible junco no lucha
contra la tormenta: de este modo sobrevive a ella.

(Diálogo entre dos maestros, ante la muerte de un tercero)

— enerable señor: el camino es árido, aun siendo el que señaló el maestro


para encontrarme a mí mismo.
— Condúceme a casa...
— Se están consumiendo las pavesas de su vida.
— Hablas de la naturaleza de las pavesas... pero el fuego se apaga,
maestro... Esto es lo que le pregunté al maestro: "¿Se detiene una vida que ha
alcanzado la perfección en su interior?"...
— Así es.
— "¿Qué podremos hacer nosotros, maestro, cuando nos deje?".
— "No es posible que me tengáis siempre a vuestro lado".
— ¿Debemos abandonarle, maestro, o permanecer para encontrar la belleza
que existe en este momento?...
Eso no es humano; el sentido de lo que ocurre no se encuentra en ti, sino en
la naturaleza de la pavesa. Así ha sido siempre desde la eternidad.

— a debilidad prevalece sobre la fuerza; la mansedumbre conquista. Llega


la calma y la brisa apacible tranquiliza el mar encrespado...
— Maestro: nuestro cuerpo es víctima de muchas necesidades: hambre, sed,
necesidad de amar,...
— A lo largo de su existencia, un hombre conoce muchos placeres: la
sonrisa de la madre en los primeros años, la caricia íntima de una mujer y la risa
de los nietos en el crepúsculo de la vida. Negarnos estos placeres es negar lo que
nos hace uno con la naturaleza.
— ¿Debemos, entonces, buscar la satisfacción de estas necesidades?
— Solamente reconocerlas y la satisfacción vendrá inmediatamente.
Suprimir una realidad es obtener fuerza a través del sacrificio.

— i madre y mi padre se fueron, maestro... Estoy solo...


— Mira a tu alrededor: ¿ves los pájaros, los insectos?... Si en un lugar lleno
de vida te sientes solo, ¿quién podrá darte compañía?

— onocer la naturaleza es situarse uno mismo en armonía con el universo.


Cielo y tierra son uno. Debemos buscar la disciplina del cuerpo y de la mente en
nosotros mismos.

— aestro: ¿qué es lo que permanece?


— El sol permanece; la luna permanece; la vida permanece.
— Sin embargo, su vida ha terminado; era más joven que yo, ninguna hija le
llora, ningún hijo conservará su apellido.
— Se dice que la hoja enaltece al árbol. Por eso, cuando una hoja cae, el
árbol se estremece.
— ¿Habla del pasado?
— El presente echa sus raíces en el pasado y es a través de esas raíces como
obtenemos el alimento y la fuerza.
— Soy un hombre que se sostiene sólo sobre un pie.
— ¿Olvidaste tus raíces? ¿Olvidaste a tu padre?
— Recuerdo a un hombre apenado, intranquilo. Parecía que no estuviera en
paz... Maestro: de las raíces del hombre, ¿cuál es la más fuerte? ¿Qué es un
hombre sin raíces?
— ¿Qué es un árbol sin raíces? Cuanto más profundas son las raíces, más
fuerte es el árbol.
— La mitad de mí mismo es el vacío, un misterio...
— En ese caso trata de descubrirlo porque es el hilo que te conduce al
pasado y te une con el futuro para fijar tu lugar para siempre en la eternidad.

— stoy triste por usted, maestro. No ver nunca las nubes, no ver nunca el
sol sobre las aguas, el plumaje de los pájaros...
— A veces son los ojos los que ciegan al hombre.
— ¿Cómo puede ser así?
— Porque puede ver, pero no sentir. ¿Acaso el pájaro es únicamente el color
de su plumaje?
— Nadie puede pensar eso.
— Ser uno con el universo es conocer el pájaro, el sol, la nube. ¿Qué puede
entonces perder un hombre cuando pierde sus ojos?
(Ante un niño abandonado)

— ¿ e sorprende que abandonaran al niño?


— En todas partes hay hambre, maestro. ¿Qué es mejor: dejarle morir o
forzarle a vivir?
— Toda vida es sagrada. De este modo la unión entre el hombre y la mujer
queda dignificada. Al margen de ella, la vida no existe; pero de tal unión, puede
proceder la vida.
— Entonces, ¿la vida debe ser siempre defendida?
— La espina defiende a la rosa. Solamente daña a aquellos que desean
arrancar la flor del tallo...
— Maestro, ¿Se produce uno mismo el sufrimiento?
— No, No.
— ¿Entonces lo producen los otros?
— No.
— Entonces, ¿Uno mismo y los otros?
— ¿Golpeas tu ojo con tu puño?
— ¿Debo buscar el modo de devolverlo?
— ¿Cuál es tu deuda?
— Mi sufrimiento.
— La venganza es una nave con una guía de agua; no lleva nada, salvo la
promesa de su hundimiento.
— Entonces, ¿debo responder a las ofensas con la caridad?
— Responde a las ofensas con la justicia y el olvido. Pero a la caridad,
responde con la caridad. El miedo es el enemigo. La confianza es la coraza.
— Pero, maestro, No sabiendo lo que sucederá, ¿no es justo que se tenga
miedo?
— Quien se conquista a sí mismo es el mejor soldado. Hace lo que debe
hacerse con corazón sumiso.
— Maestro, ¿Cómo puedo saber si lo conseguiré?
— Escucha a través del color del cielo. Mira a través del sonido del ala al
batir. Busca el aire a través del perfume del hielo en un día caluroso. Si eres
capaz de encontrar estas cosas, lo sabrás.

— ¿ or qué caminas?
— Soy un eslabón.
— Sentirse eslabón a disgusto es un despilfarro. Sentirse eslabón a gusto es
también un despilfarro. ¿Qué razón hay entonces para gastar el tiempo volviendo
a tus raíces, si eres una cadena?
— Ninguna. Cuando anochece no veo nada ni oigo nada. Pero tengo miedo
de ella.
— ¿De qué?
— De la muerte.
— De lo que no tiene vida no se puede tener miedo, porque sólo puede
sentirse miedo de lo que se yergue o de lo que se abate. No puede ser bueno
medrar a costa de otro.
— ¿Qué significa eso?
— Significa que nunca debes enorgullecerte de llegar el primero. Estar más
alto no significa estar más cerca, al igual que las espinas no significan las
lágrimas.
— ¿Por qué es así?
— Porque si el hombre sabe cómo vivir, no debe protestar de su llegada...

—¿ dónde te lleva el camino?


— Me lleva, maestro. Todo viaje conduce a algún lugar.
— Sí, pero el viaje comienza y finaliza.
— Por tanto, el final da sentido a todo.
— Busca conocer tu propio camino desde el comienzo hasta el fin. Busca
luego los otros caminos de los que formas parte. Pero en esta búsqueda ten
paciencia. Lleva el manto de peregrino que te resguarde y te dé fuerzas para
perseverar.

— e encontrarás con los pilares de la violencia. Muchos hombres


tropiezan en el camino; van ciegos buscando la paz.
— ¿Debo, entonces, tropezar con tales columnas, maestro?
— Tú busca la paz; no sigas sólo el camino marcado por las huellas de los
otros, a menos que el alma esté en peligro. Estamos todos unidos a través de
nuestras almas. Dañar a una es dañar a todas.
— ¿Y si es dañada, maestro?
— En tal caso, el alma debe ser guerrero.

— o que los ojos ven, desaparece con la ceguera, como un soplo en el


aire. Donde había luz, los ojos cerrados no ven nada. Así es lo que los ojos ven.
Lo que ve el alma no puede desaparecer.
— ¿Acaso el alma, maestro, no deja de ver cuando la muerte cierra los ojos?
— No. El alma ve siempre.
— Pero la vista desaparece.
— Por la noche el sol no desaparece: brilla en otro lugar, pero no lo ves.

— omina tu cuerpo, de modo que conozcas el precio de la fuerza.


— Maestro: el precio de la fuerza es la muerte.
— Sólo quienes se derrotan a sí mismos, podrán encontrar la fuerza interior.
— ¿Pero no existe el peligro de derrotarse hasta la muerte?
— Si el corazón sabe que no existe el peligro, el peligro desaparece. Si el
alma se convierte en el guerrero todo miedo se disuelve como el copo de nieve
que se posa sobre tu mano.
— aestro, ¿cómo puede encontrar uno mismo su fuerza interior?
— Siendo uno con cuanto se encuentra fuera de él.
— Sin embargo, a veces hay fuerzas contrarias.
— ¿Cuando se mezcla el fuego con el hielo, ¿quién perdura?
— El hielo.
— Sin embargo desaparece. ¿No desaparece el hielo al convertirse en agua?
— Entonces, ¿el fuego?
— Predomina lo que se niega a conocer el poder de lo otro. Si existe el
miedo, ¿no existe también el peligro? Pero si no existe el miedo, ¿no desaparece
el peligro? Si el tigre y el hombre son dos, el hombre puede morir. Pero cuando
el tigre y el hombre son uno no existe miedo, no existe peligro. ¿Cómo las
criaturas, siendo una con la naturaleza, se atacarían a sí mismas?

— racias, maestro, por liberarme de mis enemigos.


— No lo he hecho por ti, sino por mí mismo.
— Pero yo era el joven bárbaro al que querían golpear.
— Cuando era un muchacho caí en un hoyo en el campo. Me había roto los
huesos y no podía salir. Hubiera muerto allí. Pero pasó un extranjero y me salvó.
Dijo que era su obligación. Que en pago de la ayuda que había recibido, debía
devolverla a otros diez; cada uno de los cuales debería, a su vez, ayudar a otros
diez, de tal modo que el bien se desparramaría por el mundo como los granos de
un recipiente que se rompe.
Yo era uno de aquellos diez y tú eres uno de los míos. Ahora, yo te traspaso
a ti esta obligación.

— os buenos carreteros no tiran del carro. Los buenos luchadores no dan


muestra de ira. El contrincante más difícil es quien vence antes de iniciar la
batalla.
— Pero, maestro, ¿No es una contradicción? ¿Entrenar nuestro cuerpo con
tanta dureza para evitar la lucha?
— Este es el poder del no-enfrentamiento, la forma de cómo el débil vence
al fuerte.

— as manos son los ojos y la lengua del tacto. A través de ellos, un


hombre puede salir de sí mismo y ver los sentimientos de otro o decir los suyos.
— Maestro, ¿No es lamentable que las manos de un hombre puedan causar
dolor al igual que acarician?
— El dolor y el placer son como dos campanas colocadas una frente a otra y
el sonido de una de ellas resuena en la otra.
— ¿Son, entonces semejantes el dolor y el placer?
— ¿Lo son los ojos y la lengua? Vemos la mariposa y una llaga
repugnante... Y es la misma lengua que ríe la que también grita...
—¿ ué intentas ver más allá del mar?
— Aquella parte de mi ser que apenas conozco; el pasado del cual procedo.
— Algún día deberás buscarlo.
— ¿Es conveniente conocer el pasado, maestro? ¿No nos roba el presente?
— Si un hombre vive en el pasado, entonces pierde el presente. Pero el que
ignora el pasado puede perder el futuro. Las semillas de nuestro destino son
alimentadas por las raíces de nuestro pasado.

— os ladrones se llevaron todo cuanto teníamos de valor, maestro: nuestro


dinero, nuestra carreta, nuestros vestidos,...
— Excepto lo que es irreemplazable: vuestras vidas. ¿Por qué abandonasteis
el camino principal?
— Somos unos locos. Nos fiamos de un extraño: un anciano bondadoso y de
modales educados...
— Traedles unos vestidos... ¿Qué lección aprendisteis de este hecho?
— Esperar lo inesperado. Somos responsables por confiar en el anciano...
— No castigamos la confianza. Si, mientras se construye la casa, un
carpintero golpea un clavo y este se tuerce, ¿debe el carpintero dejar de tener
confianza y abandonar su trabajo?
— ¿Tenemos, entonces, necesidad de confiar a pesar de lo que a menudo se
nos ha dicho sobre la existencia del diablo?
— Lucha contra el diablo con la virtud y afirma el bien en el hombre con la
confianza. De este modo estaremos preparados ante el diablo y fomentaremos el
bien.
— ¿Es el bien la recompensa por tener confianza?
— Al luchar por un ideal no buscamos recompensas. Sin embargo, la
confianza lleva consigo, a veces, una gran recompensa...
— ¿Qué es lo superior al bien?
— El amor.

(Ante la contemplación de una mujer bailando)

— uerido discípulo, ¿qué sientes?


— Nada.
— ¿Cómo te sientes?
— A disgusto, maestro.
— La mente, el cuerpo y el alma son uno. Cuando el cuerpo expresa los
deseos de la mente y del alma, entonces está en armonía con la naturaleza, el acto
es puro y no existe deshonra en él.
— ¿Y qué es el amor?
— El amor es armonía, incluso en el desacuerdo.
— n la charca existen algunas flores de loto que emergen del agua y,
aunque sus raíces las alimentan, son insensibles a ello. Otras únicamente han
alcanzado el nivel del agua y las hay que se encuentran aún bajo el agua.
— ¿Tendré en cuenta para medir estas diferencias que puedo gozar de ellas
de modo diferente, según su crecimiento?
— Examina la flor ¿No es la flor, en todos los casos, una flor?
— ¿Sucede igual con mis semejantes?
— Siempre que puedas, sin traicionarte, mantén buenas relaciones con
todos.
— Pero la flor que está bajo el agua no conoce la luz del sol. A algunos
hombres les resulta difícil comprenderme si no me conocen.
— Acepta los modos de los demás, pero respeta antes el tuyo.

— as tijeras cortan el papel. El papel cubre la roca. La roca rompe las


tijeras...
— ¿No son una pérdida de tiempo los juegos infantiles, maestro?
— En sus juegos, los niños aprenden a veces más que en los libros. Mira
más allá del juego, tal como observas a través del agua para ver lo que en ella
sucede.
— Cada uno, por turno, conquista al otro. No hay uno más fuerte o más
débil.
— Esta es la armonía de la naturaleza y no una pérdida de tiempo.
— Lo recordaré, así como a quien me enseñó.
— Tengo tres tesoros que conservo y entrego: el primero, el agradecimiento,
porque de él procede el valor. El segundo, la frugalidad, de la que procede la
generosidad con los otros. El tercero es la humildad, porque de ella procede el
liderazgo.
— Extraños tesoros. ¿Cómo podré conservarlos y guardarlos? ¿Con la
memoria?
— No, no en la memoria, sino en tus actos.

— aestro, ¿Cómo puedo recorrer un camino pacífico, cuando el mundo


rara vez lo es?
— La paz no se encuentra en el mundo, sino en el hombre que recorre el
camino.
— Pero en mi camino puedo encontrar hombres no pacíficos...
— Entonces, busca otro camino.
— ¿Y si cada vez aparecen quienes desean ser violentos y no quieren la paz?
— Para alcanzar la perfección, un hombre debe desarrollar tanto la piedad
como la sabiduría.
— Pero, maestro, ¿cómo no luchar con un hombre que quiere luchar
conmigo?
— En un corazón que es uno con la naturaleza, aunque el cuerpo luche, no
hay violencia. Pero en un corazón que no es uno con la naturaleza, aunque el
cuerpo esté inmóvil, existe ya violencia. Sé en todas partes como la proa de una
barca: yende el agua; sin embargo, la deja en su estela intacta.
— o utilices el arco para matar.
— Entonces, ¿para qué?
— Para meditar.
— ¿Meditar? Y ¿en qué pienso?
— No pienses en nada, salvo en ser uno con la flecha. Disparar la flecha y
dar en el blanco no se "hace"; simplemente "sucede": es una experiencia que se
siente... La diana, la flecha, el arco, no son distintos, no son cosas diferentes...
Todos son uno.
— No creo que pueda comprenderlo.
— Eso es bueno. Es el dilema eterno. Cuando cejes en tu empeño por
comprender, sabrás la verdad, aunque no la comprendas.

— aestro, ¿qué hacía ahí sentado? ¿Meditando?


— Estaba vaciando mi mente de impurezas, de distracciones.
— Y eso, ¿cómo se consigue?
— Contemplo la naturaleza de las cosas tal como son.
— ¿Así es como consigue controlar su cólera?
— Así es como intuyo en todos los aspectos de la vida un cierto sentido de
paz.

— aestro, mi mente está confusa. Aprendemos a fortalecer nuestro


cuerpo y, sin embargo, se nos enseña que debemos respetar a todos aquellos
contra quienes podríamos emplear nuestra fuerza.
— Cuando tu vida o la de un inocente sea amenazada, entonces sabrás
defenderla.
— Y, estando mejor preparado que los demás para hacerlo, ¿no debería
enfrentarme al enemigo y luchar?
— Ignora a quien te insulte. Controla el hervor de tu sangre. Huye del que te
ha ofendido.
— ¿No es esa la actitud de un cobarde?
— El jabalí salvaje huye del tigre. La naturaleza ha provisto a ambos con
armas mortales y ambos saben que pueden causar la muerte del otro. Al huir, el
jabalí salva su propia vida y también la del tigre: eso no es cobardía, es amor a la
vida.

— ¿ o quieres venerar el recuerdo de tu padre a través de las cosas que le


fueron próximas?
— Maestro, me han enseñado a renunciar a las posesiones para que estas no
me posean a mí.
— Ese objeto es un recuerdo que no sólo puedes guardar en el corazón, sino
también entre tus manos.
— No, maestro. No quiero conservar esos recuerdos.
— Entre el padre y el hijo existe un puente que ni el tiempo ni la muerte
pueden destruir. Padre e hijo en cada extremo deseando atravesarlo y
encontrarse...
— Mi padre ha muerto.
— El puente del que te hablo es el que ha formado tu amor por él.
— aestro, ¿He de vivir siempre en la soledad?
— ¿La sientes acaso?
— No. No me asusta la soledad, pero no comprendo por qué no me urgen
los deseos que sienten otros hombres.
— ¿Recuerdas el primer día que llegaste aquí? Permanecías bajo la lluvia,
no jugabas con los otros discípulos.
— Mis padres había muerto. Estaba solo.
— ¿Por eso tardaste tanto en reunirte con nosotros?
— Sí. Por eso.
— También nosotros estábamos solos.
— Pero vivían aquí, juntos.
— El hombre, como los animales, está hecho para vivir con otros de su
especie. Pero el significado que tiene vivir en grupo se encuentra a través de la
soledad.
— ¿Por eso es por lo que me aceptaron y me enseñaron?
— Te hemos enseñado a ser hombre porque ya poseías el conocimiento.

— aestro, se nos ha enseñado que el don más importante de nuestra


naturaleza es poder llegar a los demás.
— Decir y escuchar, enseñar lo que conocemos con certeza a quienes no lo
conocen. Enviar pensamientos de paz a través del puente de las palabras.
— Yo hablaré sólo cuando me hablen.
— Tiende tus manos a todos. Por eso, ten cuidado con lo que te permites
coger. Vete ya y conserva sobre todo la pureza de tu visión...
— He fracasado en mi misión, maestro. Me han engañado.

— l mundo en que vives es solamente agua y peces. Hay doce peces, doce
mundos.
— Sólo hay un mundo.
— Muchos: el que tú ves, el que veo yo... el de cada uno. El mundo en que
vives es misterioso, excitante, desconocido. El mío es viejo, familiar y tranquilo.
Nunca conocerás mi mundo, ni yo el tuyo.
— ¿Nunca?
— ¿Puedes ver con mis ojos? ¿Pensar con mi cerebro?
— Pero, maestro, usted es uno con la naturaleza, igual que yo.
— Somos uno en verdad, pero no somos idénticos. Cuantos seres vivos
existen poseen mundos diferentes. No te consideres el centro del universo: sabio,
recto y bello. Busca, en cambio, la sabiduría, la rectitud y la belleza para
honrarlas en todo lugar.
— ¿ ónde se encuentra el mal? ¿En la rata cuyo instinto es robar el grano,
o en el gato cuyo instinto es matar a la rata?
— La rata roba. Para ella el gato es el mal.
— Para el gato es la rata.
— Pero, maestro, uno de los dos tiene que serlo.
— La rata no roba. El gato no mata. La lluvia cae. El torrente se despeña. La
colina está inmóvil. Cada uno actúa conforme a su naturaleza.
— ¿No existe el mal entre los hombres? Cada uno habla de sí mismo como
si fuera bueno. Al menos para él.
— Una persona puede decir muchas cosas de ella misma. ¿Pero acaso el
universo del hombre es sólo él?
— Si un hombre me hace daño y yo le castigo quizás no vuelva a hacerlo a
ningún otro.
— Y ¿si no le castigas?
— Quizás piense que puede hacer lo quiera.
— Quizás. O quizás aprenderá que algunos reciben ofensas y devuelven
amistad.

— a telaraña está hecha con hilos de seda tan finos que un soplo la
destruye. Sin embargo, para la araña es un abrigo seguro.
— Para mí no es más que una telaraña.
— Cuando el viento sopla, la pluma baila en el remolino. Pero la pluma más
débil que el viento, no puede hacer otra cosa. ¿Es este el modo de los hombres?
— Los hay fuertes y los hay débiles.
— Efectivamente. ¿Qué es más fuerte, esta tabla o tu mano?
— La tabla.
— ¡Golpéala usando tu brazo como arma!... Aun siendo más fuerte, la tabla
se quiebra.
— ¿Puede lo más débil ser lo más fuerte?
— Considera el camino de la vida como una corriente. un hombre se deja
flotar y no le cuesta avanzar. El mismo hombre, si intenta ir contra la corriente se
agota. Ser uno con el universo significa encontrar el camino auténtico de cada
uno y seguirle.

— aestro, el mudo no es como nosotros y sin embargo permanece.


— El río busca su propio nivel. No disputa con la roca. Fluye rodeándola. Y
la roca se convierte en un refugio en el río.
— Pero aquí le comprenden. ¿Qué le ocurriría fuera?
— ¿Existe algo fuera? ¿Quién comprende a un mudo mejor que un pájaro o
un niño? Aunque la naturaleza oscureció su mente, dejó en silencio su lengua y
torció su cuerpo, le dio una magia a sus manos. Esto lo saben las criaturas. ¿No
es un regalo más precioso que la fama o la belleza o la riqueza de un rey?
— ¿ or qué dudas?
— Estoy asustado.
— ¿Qué es lo que te produce miedo?
— Ignoro lo que hay detrás de esa oscuridad.
— No hay más que un pasillo y al final una habitación que hace tiempo que
no se utiliza. ¿Cómo puede producirte miedo?
— Está muy oscuro, maestro.
— ¿No está también oscura tu habitación?
— Sí.
— ¿Y cuando estás en ella tienes miedo?
— No, maestro.
— En ese caso, quizá haya una razón superior para que te asustes.
— Maestro, antes de venir aquí, un muchacho contaba en el mercado que
hay un pasillo de la muerte. Dijo que la habitación del fondo contenía los
cadáveres de cuantos llegaron hasta ella.
— Pero ¿qué es lo que te he enseñado?
— Que la vida es un pasillo y la muerte sólo una puerta.
— ¿No me crees aún?
— Sí, maestro. Pero todavía estoy asustado.
— Llegará el día en que aprenderás a tener miedo únicamente de tu propio
miedo. Hablaremos de esto en otra ocasión. Es hora de acostarse...
...Podremos sobrevivir a toda contrariedad, mientras cada uno recuerde lo
que es ser hombres. El poder de conservar la vida no reside en la superstición,
sino en el destino. Si caes en la superstición te creas tú mismo un nuevo y
desgraciado destino... La superstición es un imán: te lleva en la dirección de tu
creencia.

—¿ uál es el valor de la verdad, maestro?


— Une a cada persona con su propia realidad.
— Es difícil de entender.
— La verdad es fácil de entender, excepto por quienes se niegan a ella.
— ¿Debo entonces decir la verdad, sean cuales fueren las consecuencias?
— La perfección no puede existir en un mundo imperfecto. Procura conocer
la verdad y lucha siempre contigo mismo por ser honrado.

— stás ciego. ¿Es eso todo lo que has aprendido?


— Sí, maestro. Le pido perdón.
— Perdónate a ti mismo puesto que de ti se trata. ¿Cuál es la causa de tu
venganza?
— Me vengo de mí mismo.
— Sí, pero ¿y el motivo?
— Por ser un cobarde.
— ¡Ah, ah! ¿Cuándo te descubriste así por vez primera?
— Ayer. Llegó la noche cuando estaba en el camino del bosque, maestro.
Me dieron miedo la oscuridad y también las sombras que me seguían.
— No es extraño que los niños tengan miedo de ellos mismos. ¿Dónde
estaban las sombras?
— Detrás de mí y me seguían a todas partes.
— Ah ¿sí? ¿Y de quién eran las sombras?
— De mí mismo. Pero me asusté.
— No existe cobardía si la persona está juiciosamente alerta. No existe
venganza si la persona se conoce a sí misma. El cobarde y el héroe caminan
juntos en el mismo hombre, pero todo hombre debe conocerse a sí mismo y estar
alerta para descubrir en cada momento el alcance de sus posibilidades y sus
limitaciones.

— n sacerdote de shaolín puede servirse de un arma pero sin dañarlo. Un


sacerdote de shaolín puede servirse de un árbol, pero sin serrarlo. Se servirá de
los dedos y las manos. Tendrá que golpear solamente con las manos sin emplear
herramientas. El ejercicio de las artes marciales tiene como fin el fortalecimiento
del espíritu, basándose en la autodefensa. Cuando seas atacado por más de una
persona, deberás forzar al enemigo a que realice el primer movimiento, dando
lugar de esta manera al comienzo de su derrota.

— an muerto. ¿Qué puedo hacer, maestro?


— Pídeme lo que quieras.
— Pero, maestro, ¿y después? No puedo ser siempre un niño.
— La montaña nevada nos parece bella, pero cuando se deshace la nieve,
surge el verdor de la hierba. Quien nada pierde, nada gana. Y quien nada ha
ganado, nada perderá. ¿Lo comprendes?... Sientes compasión por ti mismo...
— ¿Cómo sabe lo que siento?
— Tu respuesta es el enfado. No contra mí, sino contra tus padres por morir
y dejarte solo. No me hagas responsable de ello, porque en ese caso, yo también
me enfadaré.
— ¿Qué me importa lo suyo?
— ¿De verdad, discípulo?
— ¡Maestro!...

— aestro, este hombre ha robado una bandeja de plata, del altar... (El
maestro le entrega al ladrón la otra bandeja con la que hacía pareja)
(El discípulo tira una piedra a las tranquilas aguas del lago...)

—¿ acia dónde viaja tu piedra?


— Hacia el fondo. Su viaje termina allí.
— Todo viaje comienza y también termina.
— Pero, "hasta el fondo" es un viaje muy corto...
— ¿Acaso la piedra, al entrar en el agua, no ha comenzado un viaje?
— Parece tan inseguro...
— Igual que los viajes por la vida: empiezan y terminan. Pero hay otros
viajes más duraderos: un padre que tiene un hijo, quien a su vez se convertirá en
padre que dará vida a un hijo...
— ¿Quiere decir que ellos son "yo", y yo soy "ellos"?
— Primero busca donde empieza y termina tu propio viaje. Busca otros
viajeros que pasen cerca de tu camino. Puede que en esa búsqueda te encuentres
a ti mismo. Y si aprendes cuál es el refugio de los otros viajeros eso te habrá
ayudado a madurar.

— ¿ stás pescando en nuestro lago de lilas?


— No, maestro. Estoy viendo algo que me confunde.
— Ah ¿sí? ¿Qué es?
— El palo es recto y sin embargo en el agua parece doblarse.
— Eso no debe confundirte. Simplemente es algo que aun no comprendes.
— Entonces ¿Lo que veo no tiene importancia?
— ¿Acaso no sabes que todo aquello que ves está hecho de reflejos que son
enviados a tus ojos igual que una pelota que choca contra una pared?
— Sí. ¿Pero porqué parece que el palo se dobla?
— Es como si la misma pelota fuera arrojada contra dos muros diferentes: el
agua y el aire. La retina de tu ojo sufre engaño.
— Lo siento, maestro, pero sigo sin comprenderlo.
— Mira las cosas desde cerca. Quizá así las veas con mayor claridad. Quizá
así descubras otras cosas que desconoces. Pero lo importante es que encuentres la
forma en que los otros te vean a ti.

— ¿ odré luchar de esa forma tan perfecta?


— La lucha debe entenderse sólo para hacer que el cuerpo sea uno con la
mente. No debe ser un arma que empleemos contra los demás. ¿Qué has
encontrado?
— Una araña, maestro. Ha capturado una mosca. ¿Debo destrozar la cárcel
que la apresa?
— ¿Por qué?
— Para que no haga prisioneras a las criaturas que antes eran libres.
— Piensa con detenimiento. Si destruyes la tela de araña, la araña, que no
sabe hacer otra cosa, construirá otra.
— Sí, pero si no me está permitido matar a la araña...
— Piensa con más detenimiento aún. ¿No es también la araña prisionera de
su propia tela?
— Sí, pero si no hago nada para remediarlo capturará a más seres vivos, los
hará prisioneros y los matará.
— Así que solamente te preocupas por la mosca a quien la naturaleza ha
dado alas para volar.
— Es un espectáculo cruel verla prisionera.
— Sigues sin comprender. ¿Quién es más prisionera: la mosca que vuela
libremente hacia un peligro desconocido, o la araña que habiendo tejido su tela
en ella permanece desconociendo el placer de la libertad y la aventura del
peligro?

— n simple golpe en la base del cuello, puede resultar mortal.


— Maestro, creo que nunca lo podré hacer. No quisiera desobedecer...
— ¿Encuentras el ejercicio muy difícil?
— No, maestro. Muy cruel.
— ¿Y el que te maten, cómo lo consideras?
— Entonces, ¿debo aprender esos ejercicios para poder defenderme?
— Primero aprende cómo vivir. Después aprende cómo no matar. Luego
aprende a vivir con la muerte y finalmente aprende cómo morir.

—¿ ué hermosa imagen has hecho para deleitar tus ojos?


— La rama de un árbol.
— ¿No es el pintar un gozo tratando de salir de un hombre tan lleno de
belleza que no hay bastante espacio en él para contenerlo?
— Maestro: no sé si debo hablarle de algo que me preocupa. He visto a una
joven. Su pelo es suave y largo; su voz armoniosa; sus ojos me han embrujado.
Mis noches están llenas de inquietantes sueños. Mi despertar es sombrío. ¿Cómo
puedo saber si esto es amor?
(Señalando a un reloj de arena)
— ¿Qué es lo que ves?
— Dos recipientes de cristal unidos. Uno de ellos está lleno de arena.
— ¿Sólo uno?
— El otro está vacío.
— Mira: el amor es como un riachuelo que corre y no se escucha. Sin
embargo, canta para que los otros le oigan. Sentir el dolor con infinita ternura.
Despertar con el corazón alegre y dar gracias por tener otro día de amor. Va-
ciarte tú mismo y sin embargo estar lleno. Un hombre viejo te lo dice. Sólo así se
conoce el amor.
— ime: ¿Qué hace la sombra?
— El brazo en el reloj de sol.
— Y ¿qué me dices del sol?
— Sí, el sol... Ambos nos ayudan a medir el tiempo.
— Pero ¿Acaso este reloj no se interpone en el camino del sol y desafía su
luz?
— Maestro, no logro entender. Hay cosas que usted quiere enseñarme y son
una contradicción...
— Dispara la flecha... ¿Quien hace que llegue al blanco? ¿El arco o la
flecha? Lánzala y la flecha no tendrá más remedio que buscar el blanco. Pero sin
la flecha el arco es sólo una promesa vacía de vuelo.
— Sigo sin entenderlo.
— Cuando debas elegir entre un bien y otro o entre un mal y otro, recuerda
esto: si el hombre está contento buscando un ideal, debe seguir haciéndolo y vivir
su propia vida.

—¿ ué te inquieta? ¿Que ese niño era de tu misma edad?


— Habló de una maldición.
— Y ¿quién fue el que le maldijo?
— Su maestro, el hechicero, porque se había escapado.
— La mente que no discierne es como la raíz del árbol: absorbe por igual
todo cuanto toca, incluso el veneno que puede matar.
— Pero él no tomó veneno alguno y no estaba enfermo...
— Eso es cierto...
— Entonces, ¿por qué ha muerto? No lo comprendo.
— ¿Acaso el muchacho no creía que iba a morir?
— No quería creer en otra cosa.
— Por tanto, su vida no tenía más opción que abandonarle... Aprende de él.
— Maestro, he estado en el templo del hechicero... Le seguí, pensando en
aprender grandes secretos. Me escapé de allí.
— Antes de haber aprendido sus grandes secretos...
— Me maldijo como había hecho antes con el muchacho que murió. Ahora
puede que yo...
(Colocando una vela frente al espejo)
— ¿Qué es lo que ves en el espejo?
— La llama de la vela.
— ¿Causa la llama algún daño al espejo?
— No, maestro, tan solo la refleja.
— Sé tú como el espejo.
— ¿Cómo lo conseguiré?
— No permitas que el mal entre en ti. Refléjalo a su fuente de procedencia.
— Y así ¿estaré a salvo?
— Ve y duerme...
—¿ ue es ser un hombre?
— Ser un hombre es ser uno con el universo.
— Pero ¿qué es el universo?
— Pregunta, mejor, qué no es el universo.
— Entonces, ¿está en todas partes?
— Está en tus ojos y en tu corazón, igual que en la semilla del melocotón.
Contiene la fragancia de las flores y la sustancia de las frutas.
— ¿Y la aspereza de su piel?
— También eso.

—¿ ué sucede?
— Maestro, estoy preocupado.
— He presentido que lo estabas en estos últimos días. Mientras tus heridas
cicatrizaban, tu espíritu ha estado sangrando.
— Es porque no he hecho nada para vengar la muerte de mis padres.
— Y ¿qué te propones hacer?
— Buscar al general y matarlo.
— ¿Tú que aún estás aprendiendo a ser hombre, contra un guerrero y sus
soldados?
— Si lo encuentro solo, podría hacerlo.
— Y si lo logras, ¿qué es lo que habrás ganado?
— Satisfacción.
(El maestro, apagando una vela...)

— ¿Hay ahora más o menos luz en esta cámara?


— Hay menos.
— Y ¿no es más importante encontrarte a ti mismo que matar a un hombre?
¿Tus padres no querrían que fueras hacia adelante y hacia la luz, en lugar de ir
hacia atrás y hacia la oscuridad?
— ¿Cómo me encontraré a mí mismo y la luz?
— Tomando el camino que va hacia la verdad.
— ¿Me ayudará a tomar ese camino?
— Yo sólo puedo señalártelo. Deberás caminar por él tú solo.

—¿ ué hay en tu corazón, que ardes de ira?


— Maestro: ese hombre fue quien mató a mi padre y a mi madre.
— Y ¿quieres borrar un crimen con otro? Los soldados te matarían o tú te
destruirías a ti mismo a la vez que destruirías tu espíritu. La rueda de la vida es
movida inexorablemente por las estrellas infinitas. Nadie puede escapar de la
verdad. Considera al general reducido a robar unos cuantos sacos de arroz.
¿Acaso la rueda no lo está aplastando? ¿Acaso no se está abriendo un abismo a
sus pies? ¿Acaso no es ese camino, el que se abre a sus propios pies, el que lo
llevará a su eterna sepultura?
— u prueba final. La urna con los dos símbolos: el dragón y el tigre.
Cuando puedas caminar por este corredor, el camino de entrada hacia otro
mundo, y puedas levantar la urna con tus brazos, entonces llevarás su marca en
ellos por el resto de tu vida.
— Pero maestro, esa urna de hierro, llena de carbón al rojo, ¿cómo es
posible levantarla con sólo la fuerza de un hombre y sus debilidades?
— Porque tú eres el hombre que podrá hacerlo.
— No logro entender.
— Así como el barro más suave puede convertirse en piedra y un frágil
carbón en diamante; así como un arroyo de metal hirviendo puede convertirse en
hierro, también el hombre puede mejorarse a sí mismo.
— ¿Cómo?
— Olvidando un poco el ser que tenemos dentro, el vínculo entre lo finito y
lo infinito, la esencia interior del espíritu y los ilimitados poderes del Universo...
— Y, ¿cuando lo haya logrado?
— Habrás encontrado tu fuerza y la fuente de la supervivencia.

— aestro, estoy preocupado.


— ¿Por qué?
— Hace tiempo que mis padres murieron. El arrogante general ha caído del
poder y, sin embargo, en mi corazón siguen anidando el rencor y el odio.
— Observa cada mañana que el día, con el sol, se abre como una flor y cada
noche se cierra.
— No entiendo. ¿Qué tiene que ver una flor con mi rencor?
— Una mañana tu odio brotó y se abrió como una flor. Pero de eso hace ya
mucho tiempo. Ahora es noche. Y en las noches las cosas parecen más sencillas.
Todo está en calma. El agua en calma es como un cristal. Es el perfecto estado,
como una alfombra para descansar. El corazón de un hombre sabio debe ser
como el agua en calma, porque es como un espejo del cielo en la tierra en el que
nos miramos todos. Sé como el agua en calma: mírala a ella y mírate a ti mismo.

— aestro, me siento apenado a causa del náufrago. Le salvé la vida, pero


él me lo reprocha...
— Tú le has dado una vida no deseada.
— Él hará otra vez lo que quiso hacer. Mañana, dentro de una semana o un
mes...
— Si encuentras una llama de una vela luchando por sobrevivir, ¿qué es lo
que harás?
— Liberarla, apartando la cera.
— ¿Cuánta?
— La necesaria para que no se extinga.
— ¿Es que la vida de un hombre merece menos?
— Maestro, han matado al náufrago porque le sorprendieron robando... No
tenía a nadie que le velara.
— Tú y yo.
— Nadie que le quisiera.
— Tú le conocías...
— Pero no le quería.
— La falta está en ti.
— Yo quise ayudarle...
— Le diste vida...
— Sí. Por unos pocos días. ¿De qué le sirvió eso?
— ¿A él o a ti mismo? ¿Es que querías que él viera la vida a través de tu
propia vida?
— Yo vi el dolor a través de sus ojos.
— Y sus necesidades, ¿también las viste a través de sus ojos?

— o le amaba.
— Él fue mi maestro.
— ¿Cómo supo dónde encontrarle?
— Sólo podía haber un lugar para él: su sendero favorito, al pie de la colina.
Encontramos el cuerpo del maestro en una confortable postura. Su espalda
descansaba contra un árbol, mirando hacia nuestro valle. Su pelo, brillante por la
nieve, pero sus labios estaban morados, por el veneno de las moras silvestres...
— Todos le amábamos, ¿porqué se quitó la vida, entonces? ¿Yin y Yang?
— El Sí y el No. En él el No prevaleció.
— Pero yo creo que él vivía en armonía.
— Tal vez miró hacia nuestro valle, sabiendo que pronto lo abandonaría y
en lugar de la belleza que nosotros observamos, él vio fealdad.
— ¿Cómo es eso posible?
— Él veía con sus ojos. Nosotros con los nuestros... Cuando el maestro miró
hacia nuestro valle y vio la fealdad se reveló algo sobre sí mismo a él mismo y
sin duda no le agradó. Vio fealdad donde sólo existía un valle...

— aestro, ¿por qué el duelo por ese hombre? Era un desconocido. ¿Era
alguien especial?
— ¿Te enteraste de las circunstancias de su muerte?
— Le mataron en el camino los bandidos del turbante rojo. Eso es lo que me
han dicho.
— Hay algo más que no te han dicho: hay mucha maldad en este mundo.
Siempre ha sido así. Por ello, nuestros antepasados construyeron este templo y
crearon el arte del Kung-Fú, a fin de poder cultivar las virtudes y protegerse
contra todo daño. Pero, sea lo que fuere que un hombre posea, otro lo deseará. El
emperador manchú se enteró de nuestras proezas. Envió a todo un ejército de
soldados para que incendiaran el templo y lo arrasaran. Solamente cinco
pudieron escapar. Fundaron otro monasterio y la violencia fue su arma para
combatir la violencia. Por eso el sabio ha dicho, mediante argumentaciones éticas
y principios morales: se pretende demostrar que los mayores crímenes han sido
necesarios e incluso un gran beneficio para la humanidad... Han pasado
doscientos años. Los manchúes siguen en el trono, los monjes aquellos siguen
matando pero ya no por una causa noble. Sin embargo, shaolín. Y nosotros
estamos relacionados con ellos y por eso lloramos la muerte de este desconocido.
— Maestro, en lugar de lamentarnos, ¿no deberíamos hacer algo para evitar
que se repitiera?
— ¿Qué?
— Deshacer la secta. Arrebatar el poder de hacer el mal a aquellos que son
nuestros hijos.
— Eso es lo que dijeron ellos hace doscientos años... No. El mal no puede
ser dominado en el mundo. Tan sólo puede enfrentarse uno con él dentro de sí
mismo.

— ¿ e encuentras bien?
— Sí. Me sangra la nariz...
— Eso es porque peleaste con ira. Ese es un mal modo de pelear.
— Yo quería hacerle pagar un insulto.
— Y ¿qué insulto era ese?
— Me llamó "aceite y agua" porque llevo en mí sangre blanca.
— ¿Y eso te hizo sangrar por la nariz?
— Me produjo dolor
— ¿Es que se trata de la mentira?
— No. Es la verdad
— Y tú desearías que no lo fuera...

(El discípulo ha hecho una prueba de habilidad técnica en la lucha...)

— ¿ enías una buena causa para arriesgarte a este peligro?


— Mi propósito era el de probar mi agilidad y mi valor.
— Confiaba en que esas cualidades ya fueran tuyas.
— Quise ponerlas a prueba.
— Para ti o para los demás. ¿Acaso no es mejor verte tú mismo con verdad,
en vez de preocuparte cómo te ven los otros?
— Sí, maestro. Y si miro con verdad, ¿podré ver con verdad?
— Puede hacerse.

(El discípulo quiere imitar a su maestro ciego, y se coloca una banda en los ojos
mientras baja una escalera. Tropezando, cae.)

— ¿ e has hecho daño?


— Me duele la rodilla por el golpe contra la piedra, pero no es grave.
— Lo celebro. ¿No pudiste mirar por dónde ibas?
— Me coloqué mi banda en los ojos. Elegí no ver.
— ¿Prefieres la oscuridad a la luz?
— Quería conocer la oscuridad.
— ¿Por qué?
— Quería ser como tú. Poner un pie delante del otro no es nada, pero
caminar sin ver es muy especial.
— Nunca pensé que fuera especial. Sólo inevitable. ¿Acaso no es mejor
disfrutar del don de la vista, que es tuyo, en vez de buscar unas tinieblas que te
han sido perdonadas?
(El mono no podía sacar la mano de la vasija porque habiendo asido una manzana, y
no queriendo soltarla, le ataba su avaricia)

— ste mono es muy tonto. Los jardines están repletos de frutas y, sin
embargo, él eligió coger la que estaba en la vasija.
— Celebro que seas más sabio que el mono.
— Soy mucho más sabio, maestro.
— Confío en que lo sigas siendo y que sepas cuándo soltar todas aquellas
cosas que no te sirven, pero que te obligan a servirlas tú a ellas.

— aestro, estoy confundido.


— Ese es el principio de la sabiduría.
— Yo le he visto reír y le he visto llorar.
— Y tú, ¿no lo haces?
— Me han enseñado disciplina.
— El propósito de la disciplina es disfrutar más de la vida, no menos.
— Pero ¿cómo voy a saber si mis pesares son sólo un eco de mi compasión,
o mi risa el reflejo de mi propia felicidad?
— Los pájaros cantan en el bosque. ¿Qué crees tú que les incita a cantar?
Deja asomar tus lágrimas si en tu corazón anida la tristeza y deja que tu risa
florezca si lo deseas.

— stá escrito: "Sé arcilla del vaso, porque en la humildad radica el


verdadero valor". "Sé ventanas y puertas de la casa porque por sus aberturas entra
la luz”. “Sé eje de la rueda, porque ella es la que llevará al mundo de un lugar a
otro”. Por lo tanto, serás el epicentro del espacio y no serás nada. Y no siendo
nada se lo podrás dar todo a los demás.

— us pies pisan fuerte en el suelo. ¿Estás preocupado?


— Son mis pensamientos los que me están molestando. Estuve en el
mercado público. Allí los hombres discuten, pelean. No tienen paz.
— Y eso, ¿por qué te preocupa, si tu casa está aquí?
— Los hombres deberían tener paz.
— Está escrito sobre las estrellas: "Debajo del cielo todo el que dé belleza es
bello, sólo porque existe la fealdad. Todo el que dé bondad es bueno, sólo porque
existe la maldad". Por lo tanto, el tener y el no tener van unidos, lo difícil y lo
fácil se complementan, lo alto y lo bajo se refuerzan uno a otro, frente y detrás se
unen uno al otro.
— Pero maestro, ¿no queremos que todos los hombres conozcan nuestra
paz, juntos?
— ¿Podrías hacer de todo el mundo un templo? Sé como el sol: calienta con
tus rayos a todo el que puedas.
—¿ o es maravilloso poder tallar?
— Sí, maestro. Claro que lo es. Su reflejo es libre, sin embargo, está
contigo.
— ¿No lo estamos todos?
— Pero el templo no lo retiene. Basta con abrir la puerta.
— ¿Y seríamos libres para ir a cualquier parte, aún para ir al cielo?
— No, maestro. Somos cautivos de la tierra.
— Entonces, ¿por qué te hablo de libertad?
— Eso me intriga, maestro.
— ¿Acaso tu mente no es libre de seguir su propio curso y volar hacia el
cielo, o está atada como dentro de una prisión?
— Pero. Yo quiero ser libre. Libre del todo.
— No te ates a nada. Busca la armonía. Sólo así serás libre del todo.

— aestro, ese hombre sufre por falta de comida.


— ¿Acaso no dijo que había comido bien?
— No dijo la verdad. Tiene cara de hambre.
— ¿No puede ser mayor su dignidad que su deseo de saciar el hambre?
— Es pobre. Debe admitirlo. Lo ha hecho por orgullo.
— Tal vez el orgullo es la única corona que él puede ponerse. ¿No crees que
le ayudarías más ofreciéndole primero respeto y después comida?

— ¿ ncuentras algún misterio en el fuego?


— Pensaba en una joven que conocí en el mercado. Ella es muy bonita.
Buscó mi amistad y luego, al tenerla, ya no la quiso. Maestro, ¿porqué una mujer
no actúa directa y abiertamente como un hombre?
— ¿No es mejor que una mujer actúe como una mujer?
— Ella sólo busca confundir. La verdad no está con ella.
— Tal vez sucede que tú no logras percibirla.
— Yo no deseo percibirla.
— ¿Qué es lo que produce calor: el carbón o la llama?
— El carbón. El calor está dentro de él.
— ¿Qué pasa si el carbón no es tocado por la llama?
— No se siente el calor.
— ¿No serán hombre y mujer calor y llama?
— Si el carbón no puede tocar la llama, ¿podrá llegar a cumplir su destino?
(El maestro está reparando una rama tronchada de una planta)

— aestro, usted nos dijo que debíamos dejar que la vida siguiera su
curso.
— La hoja siempre flota a favor de la corriente: no intenta detenerla ni
tampoco lucha contra ella.
— Entonces, ¿no debería dejar que la rama se cayera, maestro?
— Si con esto la ayudo a sanar, por lo menos seguirá dando fruto para los
pájaros. ¿Quieres que los pájaros se mueran de hambre?
— No, maestro. Pero si ayudamos, ¿no estamos deteniendo la corriente?
— Haz lo que se deba hacer.
— Pero maestro, ¿cómo puedo saber lo que se debe hacer? Y luego, ¿cómo
puedo hacerlo?
— ¿Cómo crees tú?
— No lo sé.
— La única forma es haciéndolo.

(Se acercó un primer discípulo para hacer un regalo a su maestro...)

— aestro: esto es para usted.


— ¿Por qué?
— Porque son las flores que más le gustan. Para usted son como un tesoro.
— No puedo aceptarlas.

(Acercándose otro discípulo, le pregunta el maestro)

—¿ o me has preparado un obsequio de gran belleza?


— Lo hice, maestro.
— ¿Por qué no me lo das?
— No le gustan las flores...
— ¿No sientes amor por mí?
— Sólo siento amor por usted.
— El otro chico no me quiere... El de él era un obsequio sin amor, era falso.
— Temí que usted no aceptara lo que yo iba a ofrecerle.
— Y ahora, ¿no has perdido el gozo que pudimos haber compartido?

— aestro, nos han enseñado que el corazón del hombre no está tan
afilado como un puñal, pero que puede herir a otro corazón.
— También se dice: "Trata a la gente buena con bondad y también a la mala,
porque tú eres bueno". Confía en los hombres de palabra y en los mentirosos que
no dicen la verdad. Para encontrarte a ti mismo debes pensar en la felicidad de
los demás antes que en la tuya.
— Pero si yo amo a los demás, ¿cómo estaré seguro de que ellos, a cambio,
me aman a mí?
— ¿Tu buscas el amor o el cambio?
— Pero, si yo amo a los demás y ellos no me aman a mí, sentiré una gran
pena.
— Ese es el riesgo: una gran pena o un gran gozo.
— ¿ or qué tenemos leyes?
— Para poder vivir en armonía.
— La ley de la abstinencia busca fortalecer el espíritu y purificar nuestro
cuerpo. Un hombre puede morir por falta de alimento, pero naciones enteras han
caído por falta de espíritu... Disciplina. Disciplina es la cura... La fruta de este
árbol es deliciosa, pero para disciplinar nuestro cuerpo no la tocaremos, ni
siquiera yo.
— Entonces, ¿para qué nos la muestra, maestro? El seguir la abstinencia ya
es bastante difícil.
— Para estar seguro de que ustedes conocen y comprenden la ley y se
acuerden de respetarla.
(A escondidas, un discípulo ha arrancado una fruta del árbol, rompiendo, al parecer,
su voto de abstinencia)
— ¿Admirando la naturaleza?
— Sí, maestro. ¿Cuál es mi deber para con la ley?
— Debes ayudar a la ley a que sirva a la justicia.
— He visto faltar a la ley. ¿Sirvo a la justicia si dejo que eso quede sin
castigo?
— ¿Cuál es el propósito de la ley?
— La disciplina.
— Y ¿quién es servido por esa disciplina?
— Todos los que cumplen la ley.
— Al faltar a la ley de la disciplina ¿se niega la justicia sólo a sí mismo?
— ¿Es lo mismo con todas las leyes?
— Considera: si has faltado, ¿te niegas la justicia sólo a ti mismo?
(El discípulo está dando de comer a su pájaro con la ciruela que cortó del árbol.
Dialogan entre los dos discípulos)
— ¿Me viste coger la ciruela?
— Por dos veces.
— Y ¿No has dicho nada?
— No he dicho nada.
— Mi joven amigo ya es lo bastante fuerte para volar.
— Pero tú violaste la ley del maestro...
— Pensé que la fruta del árbol sería mejor para mi pequeño amigo. ¿Hice
mal en violar la ley?...
(Los dos discípulos ante su maestro)

— He quebrantado la ley, maestro, y pido perdón.


— Y yo también.
— ¿Por qué no viniste a decirme que tenías una paloma herida?
— Quebranté la ley, maestro y usted me dijo: "No la quebrantes".
— El daño te lo hiciste a ti mismo. Cuando observaste coger la ciruela,
¿creíste que era para él?
— Lo hice, maestro.
— Entonces el daño se lo hiciste a él.
— Y a usted, maestro, por no decírselo.
— (El maestro, con gran humildad) Y yo les hice un gran daño a ambos.
— ¿Por qué?
— mbos habéis demostrado vuestra maestría en esta disciplina de la
lucha.
— Maestro, ¿quién ha sido el vencedor?
— ¿Vencedor?
— ¿No debe ser uno quien sea el vencedor y otro el vencido?
— Cuando erais niños, ¿no os parasteis ante una fuente a ver las burbujas
del agua?
— Era algo hermoso de ver.
— En esencia es una victoria de los transparentes círculos del líquido sobre
el insustancial aire que está en reclusión. Pero las burbujas no se pueden coger.
¿Por qué es eso?
— Porque están vacías; no tienen sustancia.
— Y aún así pueden resultar victoriosas.
— Y ¿la derrota?
— ¿Acaso el verdadero valor no está tanto en saber ganar como perder?

— s una criatura horrible.


— Sin embargo, esta criatura puede parecerle bella a otras personas.
— Entonces ¿no existe un patrón para la belleza?
— La belleza es constante, como lo es la verdad. Y uno debe buscar cuál es
la verdad.
— ¿Cuál es la verdad del hombre, maestro?
— Se ha dicho que el hombre es tres cosas: lo que él cree que es, lo que
otros creen que es y lo que es. ¿Cuál de ellas crees que es la verdad?
— Lo que el hombre es. Pero si se equivoca respecto a sí mismo y los demás
se equivocan también, ¿quién dirá lo que en verdad es?
— ¿En qué momento puede un hombre considerarse hecho, mientras vive y
crece?
— Entonces ¿cambia?
— Lo mismo que el gusano: se transforma a sí mismo en una etérea y
hermosa criatura.

— aestro, los diablos quieren llevarme.


— Aquí no hay diablos. Puedes verlo. Fue un mal sueño...
— Maestro. ¿Por qué he tenido ese sueño?
— Todos tenemos sueños de diferentes tipos, bueno y malos. Algunos son
vanos, fútiles, basados en esperanzas infundadas. Hay sueños que alegran e
inspiran, basados en altas aspiraciones e ideales. También hay sueños falsos,
basados en las mentiras de uno mismo o de otros.
— ¿Qué fue lo mío?
— Creo que lo tuyo fue un catalizador del sueño entre la ficción y los
hechos reales. Y así salieron los demonios en tu sueño.
— Mi sueño ¿fue falso?
— Falso para ti. Por tanto, una pesadilla. Sin embargo, para el artista fue un
signo real y bueno porque en su fabricación realizó el ideal interior del perfecto
dragón.
— elea muy bien: es el más fuerte y seguramente es el mejor.
— Es el más fuerte y el más débil. Pronto será despedido.
— ¿Por qué, maestro?
— ¿Qué se gana si uno utiliza la fuerza con violencia y enojo?
— Una victoria rápida.
— Todo ser violento es débil porque la violencia carece de mente. ¿No es
más aconsejable buscar el amor de una persona que desear su rápida derrota? El
camino de la violencia no lleva a ningún fin...
— Se burlan de mí, maestro.
— Compadéceles. El dar felicidad honra a quien la da.
— Pero ellos se burlan de mí porque pretendo cuidarles.
— ¿Porque les cuidas?
— Sí.
— ¿Porque das comodidad a quien comodidad necesita?
— Dicen que no es de hombres.
— Hay una fuerza dentro de nosotros que rompe los obstáculos invisibles
con la mano. Eso proviene de un cuerpo que ha sido bien entrenado. Pero hay
otra fuerza que emana ternura y amor y da comodidad a aquel que la necesita.
Esa fuerza proviene del corazón. Tú has demostrado tener ambas fuerzas, por lo
que la naturaleza te ha dotado de los atributos de un verdadero hombre. Porque tú
sabes dar sin necesidad de recibir. Algo que no todos han aprendido.

— oven: observo un gesto de enojo en tu rostro.


— No me gusta ser un sirviente.
— ¿Te consideras inferior al servir a otro?
— ¿Cómo puedo contestar? Yo no sé lo que es ser servido.
— ¿No decían los antiguos que "rango y recompensa no tenían la atracción
para un hombre que fuera uno consigo mismo"?
— Pero usted, maestro, es servido y, por lo tanto, más grande.
— ¡Más pequeño! He recibido sin verdadero respeto lo que tú me has dado.
Ambos debemos aprender. Por favor, siéntate en mi lugar.
— No me parece correcto, maestro.
— Es mi deseo, maestro...

(El maestro está lavando los pantalones de su discípulo...)

— ue un placer lavarlos por ti.


— Estaban muy sucios por mi trabajo en el jardín.
— Sí, pero ya no.
— Le estoy muy agradecido.
— Y yo a ti por tenerme a tu servicio... Si uno sirve, es servido y, aunque se
le sirve, está sirviendo. Todos somos forros del mismo traje.
— No logro entenderlo. Me gusta que mi trabajo esté hecho y me
avergüenza no haberlo hecho yo mismo.
— Otra vez me estás enseñando.
— ¿Yo?
— Un verdadero hombre no se enriquece por su propio interés ni hace de la
pobreza una virtud: sigue su camino sin tener que depender de los demás. Sin
embargo, no muestra arrogancia si necesita de alguien. El hombre más grande es
nadie...

— ¿ e ves a ti mismo en el reflejo del agua?


— Sí, maestro. Y me avergüenza no poder ser más de lo que soy.
— El sabio dice: "Lo que se encoge ha sido estirado; lo que se frustra ha
sido fuerte; aquello que se cae estaba en alto". Antes de recibir, uno ha debido
dar.
— Fue el orgullo lo que no me dejó inclinarme ante usted.
— ¿Es fácil inclinarse y honrarse a uno mismo?
— ¿Acaso soy yo igual que usted?
— Lo eres.
— Pero usted es importante y yo no.
— ¿No somos igual de importantes y de no importantes?
— ¿Cómo es posible si usted es mi maestro?
— Yo soy viejo. Tú eres joven. Yo estoy arrugado. Tú terso. ¿Acaso eso
cambia la naturaleza que compartimos? Mira debajo de la superficie, en ti mismo
y en los demás, sólo lo que es real. Los unos nos juzgamos a los otros. En este
mundo imperfecto en el que vivimos la perfección es una ilusión y las normas
por las que pretendemos medirla son otras tantas ilusiones. La perfección se mide
por la edad, raza, color de la piel y color del pelo. Más por lo físico que por lo
mental. Pero todos somos iguales. Debes recordar siempre que los juicios más
duros están reservados para nosotros.

— ienes que aprender a controlar tanto los movimientos de tu cuerpo


como los de tu mente. Eso te dará felices momentos de gracia, belleza y
serenidad. Algunos lloran ante tanta belleza... ¿Lloras?
— Maestro, es todo tan hermoso... Lloro por mi buena suerte.
— ¿Tu buena suerte?
— Estuve parado junto a esa puerta con otros niños, esperando poder entrar
hasta esta paz. Sólo yo fui el elegido. ¿Qué hubiera pasado de no ser así?
— Pero lo fue.
— Sí, pero pudo no ser. ¿Dónde estaría yo, entonces?
— ¿Quién puede decirlo?
— ¿Qué me dice de los otros? ¿Dónde estarán ahora?
— Eso es desconocido para nosotros.
— ¿Qué pasa con los que jamás podrán entrar, los que jamás conocerán esta
paz?
— ¿Sientes pena por ellos?
— Sí.
— Por favor, acompáñame... Considera un campo de semillas de lirios. El
viento que lleva las semillas no tiene favoritos. Las semillas caen donde pueden,
de acuerdo con la suerte del viento y del tiempo. Aquellas que caigan en tierra
fértil serán protegidas y cuidadas. Crecerán fuertes y florecerán. Las que caigan
en tierra árida morirán. Algunas se aferrarán a la vida, aún en tierra árida, entre
las piedras o en lugares profundos. Y, así, el viajero, sin sospecharlo, llega ante
un hermoso espectáculo, un simple lirio creciendo entre las rocas. El viajero que
pasa, echará agua al lirio al pasar, agradecido a su fuerza y belleza y a su
tenacidad por vivir. Y creciendo entre las rocas como lo hace, ¿no es acaso en
esencia un lirio? ¿Y no es, acaso, tan bello como estos?

— i compañero no quiere hablarme, maestro.


— ¿Por qué supones que no quiere hablar contigo?
— Por el concurso de lucha que tuvimos ayer. Yo le vencí.
— ¿Y crees que con eso has perdido algo?
— Así es.
— ¿Podrías prescindir de tus votos?
— ¿Acaso los votos no son eternos?
— Lo son. Pero ¿cómo podrías llegar a controlar el afecto de una amistad
cuando en él debe haber el consentimiento de dos personas? Por eso, es bueno
considerar con calma las cosas, antes de entregarse a un ideal, a una causa, a una
amistad, porque el cauce que nos lleva a esas tres cosas no tiene regreso...
— Sigue enojado y eso me preocupa. Yo no sé cómo contestar a su enojo.
— Contéstale con amor. Uno no siempre puede mantener una amistad
cuando el amigo cree que se le ha hecho un daño.
— Pero yo no le hice ningún daño... Él se equivoca.
— Cada hombre tiene el derecho de escoger a sus enemigos y a sus amigos.
Puede que los escoja mal, pero la decisión es sólo suya y tendrá que vivir con las
consecuencias y también con sus enemigos y sus amigos.

— ¿ or qué has roto las reglas y traicionado la fe que puse en ti, como
discípulo de este templo?
— Sólo he quebrantado un voto.
— Veo que la pasión que anida en todo hombre se ha apoderado de ti y te ha
llevado a la desobediencia.
— Maestro, he luchado contra esa pasión. He luchado entre mi deseo de ser
un monje shaolín y mi deseo por esa mujer.
— He observado tu tormento y esperado que recurrieras a nosotros.
— Tal vez temo que ustedes me presten una fuerza que no me pertenece. Tal
vez no deseo ser ayudado...
— El Yin y el Yang son fuerzas opuestas, pero pueden existir juntas en la
armonía de un perfecto círculo.
— Yo no puedo encontrar esa armonía, maestro.
— Por no haberlo podido hacer, abandonarás el templo para siempre...
— os traicionó y le vestimos y alimentamos...
— Y tú, ¿lo desapruebas?
— Él hizo el juramento de no revelar jamás nuestros secretos. Pero cuando
nos abandonó hizo soldados de los granjeros y les llevó a la muerte en una
rebelión.
— Estoy al tanto de su desafortunada aventura. También sé que tiene
hambre y frío.
— Pero, maestro, si le damos de comer y le vestimos, ¿no tendrá fuerzas
para buscarse más sufrimientos?
— Puede ser. Pero cuando nos deje mañana, ¿acaso la tierra se hundirá bajo
sus pies? ¿O el sol, que brillará para todos no le calentará? ¿El agua se convertirá
en lodo cuando se detenga a beber? Si el sol, la tierra y el agua se abstienen de
juzgarle, ¿quién soy yo para negarle una manta y una taza de arroz?

— sto es una medicina efectiva para aliviar el dolor de golpes e


hinchazones; disuelto en un líquido alivia el corazón y los pulmones, o causa la
muerte...
— Entonces, ¿es un veneno?
— Y muy poderoso.
— Sin embargo, también cura.
— Sí. Pero sólo cuando se combina con otras sustancias en las más exactas
proporciones. Como todas las cosas de la naturaleza, puede ser usado por el
hombre para el bien o para el mal. Estudia estas hierbas cuidadosamente porque
la diferencia entre la vida y la muerte puede ser medida por un abrir y cerrar de
ojos.

— aestro.
— Te escucho.
— Esta noche tuve un sueño en el que me vi a mí mismo.
— ¿Qué es lo que viste?
— Estaba rodeado de sombras terribles, sombras que se cernían sobre mí.
— ¿Le pusiste nombre a esas sombras?
— Las llamé "maldad".
— Y ¿cuál es la naturaleza del mal?
— No lo sé.
— ¿Algunas veces has sentido amor y gozo? ¿Alguna vez has sentido
orgullo de tus propias acciones?
— Muchas veces.
— Y eso, ¿te hace sentir bien?
— Claro.
— La naturaleza humana está formada por dos extremos: uno tiene la
capacidad para sentir orgullo y el otro tiene la capacidad para hacer el mal. Es
difícil que exista uno sin que le dé paso al otro. Porque la propia capacidad para
hacer el bien nos lleva a la capacidad de recibir el mal.
— ¿No se puede combatir el mal?
— ¿Se puede combatir a toda la humanidad?
— ¿No se puede vencer el mal?
— ¿Puedes vencerte a ti mismo? ¿Qué es la maldad, más que la secreta
necesidad de explayar sentimientos tormentosos? Lo único que debemos hacer es
saber encontrarla y desterrarla.
— al vez desees contarme tu sueño.
— Maestro, había un animal, una bestia, una bestia muy extraña.
— ¿Tenía más de una cabeza?
— No, maestro.
— ¿Patas en exceso?
— No.
— Dijiste que era extraño...
— Sus hombros eran como montículos. Su cabeza no se levantaba sobre
ellos y era igual que un buey y, sin embargo, no era un buey.
— ¿Tenía un gran tamaño?
— No, maestro. No era más alto que mi barbilla, y muy gentil. Yo diría que
era muy joven y estaba asustado por algo.
— ¿Y tú estabas asustado por él?
— Sí. Este no era como otros sueños que he tenido. Incluso ahora me siento
como si yo hubiera estado ya allí.
— Tal vez estuvieras, o tal vez estarás...
— Pero, yo sé que era un sueño.
— ¿Tú crees? ¿Acaso he estado yo a tu lado y ahora me voy para dejarme
arrastrar de nuevo por el sueño? O ¿acaso ha sido un sueño también?
— La bestia del sueño intentó una y otra vez hablarme, pero no podía...
Luego, se dio la vuelta y desapareció.
— ¿Desapareció, simplemente?
— No. Pasó por una puerta roja.
— ¿Es tu deseo entrar por esta puerta roja?
— Sí. Creo que así comprenderé lo que la bestia quería decirme.
— Veamos: yo te seguiré...
— No es más que una cámara vacía. ¿No tiene ningún propósito?
— Vamos a llamarla "cámara de la respuesta". Dime lo que ves.
— Sólo la puerta roja.
— ¿Se halla ante ti?
— Sí.
— Entonces ahí es donde debe estar esperando tu respuesta: detrás de la
puerta roja.
— Pero yo estoy detrás de ella...
— Ah, ¿sí?...

— aestro, una vez me dijiste que mi presente estaba arraigado en mi


pasado.
— Y a través de esas raíces extraemos nuestros alimentos y nuestras fuerzas.
— Entonces, ¿las raíces forman parte también del futuro?
— Desarraigado, ¿puede el árbol florecer y llevar frutos?
— Sin el fruto ¿qué puede llevar la semilla de la futura generación y de este
modo cumplimentar el ordenado ciclo de la eternidad?
— Entonces, mi futuro está arraigado en mi pasado... ¿Cómo podré
encontrar mi sitio?
— El tiempo y tu Tao te lo dirán...
— eliz año nuevo, honorable demonio.
— ¿Cómo supiste que era yo, oculto tras la máscara?
— Te destino no es el de un demonio. Así, aunque parezcas ser un demonio,
tus energías interiores traicionan a quien es realmente.
— Supongo que lo malo es que yo, en realidad, no quiero ser un demonio.
— Ah, ah. Has dado con una profunda verdad. ¿No puedes decirme de qué
se trata?
— Antes debo decidir quién y qué quiero ser.
— Con el objeto de poder alcanzar ese ideal.
— Debo convertirme en uno con él.
— Poseerlo y ser poseído por él. Hasta que seas lo que quieres ser y no
meramente una máscara, intentando engañarte a ti mismo y a los demás.

— aestro, ¿qué es lo que obsesiona a ese hombre?


— Está marcado para vagar hacia adentro, a través de él y más allá de una
tierra oscura y aterradora donde no existen sendas y donde ningún letrero señala
el camino.
— Pero ¿por qué?
— ¿Quién puede decirlo?
— ¿No debería ser encerrado en su habitación?
— ¿E impedirle que efectúe su viaje? Si logra cruzar la tierra sin caminos
encontrará la paz, su respuesta, su curación. Mientras seamos capaces, debemos
viajar con él, ayudarle a lo largo de su camino.
— ¿De qué modo, si no hay ni carreteras, ni postes indicadores?
— Existen los pasos: los suyos y los nuestros. Los daremos juntos. Ese es
nuestro deber para con todos los que están "marcados".
— Entonces, pienso que nunca desearé conocer a otro como él.
— Muy frecuentemente un vagabundo en la tierra, sin caminos, encuentra
aquello que buscaba y más: algo de raro valor para aquel que compartió su viaje.
¿Podrías arriesgarte a perder semejante ventaja?

— aestro, ¿por qué se yerguen unas estatuas tan terribles a la entrada de


una apacible casa?
— Son los guardianes del umbral para alejar a los que no están preparados
para el silencio interior.
— ¿Por qué deben ser tan horribles?
— Aquellos que son incapaces de comprender el camino ven las cosas como
monstruos. Es mejor para ellos que no entren nunca aquí.
— Sin embargo, si un hombre no teme a la piedra puede pasar libremente.
— Puede pasar físicamente ante el guardián, pero si su mente se haya en el
mundo exterior nos abandonará con el tiempo para reincorporarse a él.
— u corazón late demasiado deprisa. Debes tranquilizarlo. ¿De qué te
asustaste?
— He oído el silencio, maestro. Sentí que todo mi ser estaba tan difuso
como una nube. Luego cayó lluvia del cielo y me atravesó. Yo formaba parte de
todo y, sin embargo, era yo mismo.
— ¿Has experimentado la unicidad?
— Sí, maestro. Pero en medio de esta alegría, sentí como si me muriera. Eso
es lo que me asustó...
— Toma la lección del gusano de seda.
— El gusano de seda se muere, la mariposa vive. Sin embargo, ellos no son
dos seres separados, sino uno sólo y el mismo.
— Como el hombre es lo mismo. Sus falsas creencias deben morir para que
pueda conocer la alegría del canto. ¿Lo que sentiste en el silencio era real?
— Sí.
— Algo en ti está muriendo: se llama ignorancia.

— ¿ ué debemos decir de un espejo que recibe la tranquilidad y, sin


embargo, refleja la preocupación?... El espejo de quien hablo eres tú.
— No estoy preocupado por mí mismo, maestro, sino por el hombre
enfermo. Si no acepta perder su mano, morirá.
— ¿Es que el enfermero no se lo explicó con claridad?
— Sí, maestro, pero...
— ¿Sí?
— ¿No debemos actuar a pesar de la obstinación del hombre enfermo,
cuando la inacción podría destruirlo?
— ¿Piensas que el maestro enfermero no es lo suficientemente contundente?
— Yo mismo me he hecho esa pregunta.
— Mira el agua a tus pies. ¿Acaso no dice el sabio "qué es más blando que
el agua?; y sin embargo vuelve a la carga desgastando la rígida resistencia que no
puede impedir su acción implacable? "¿Qué es más contundente que el agua
tranquila?".

(De discípulo a discípulo)

— e lo pido como hermano: ¡apóyame! Haz tuya la causa de la justicia.


Triunfaremos sobre los mandarines y el pueblo será libre. Esta es una causa
sagrada. La victoria nos aguarda...
— Maestro: hace mucho que admiro a nuestro hermano.
— En él hay mucho que admirar.
— Temo que esté apartándose de nosotros, de nuestro camino.
— Está enardecido por una profunda convicción. ¿Querrías hacerle renegar
de esa verdad que tan ardientemente siente?
— Pero, si somos hermanos, ¿no deberían nuestras creencias ser una sola?
— Eso es lo que tu hermano desea con todo fervor. Nos haría renegar de
nuestra verdad para aceptar la suya. Y ¿quién tiene razón?
— No puede haber más senda que la senda del Tao...
— Eso creemos. Entonces ¿deberíamos renunciar de este hermano, como
hermano nuestro?
— Maestro, ¿dónde se haya la hermandad?
— Tu pregunta es muy digna de ser formulada, muy digna de ser tomada en
consideración...
— Maestro, nuestro hermano está listo para partir.
— Dile que pase... ¿No te dejarás disuadir?
— Nunca. No desperdiciaré ni un día más entre estos muros.
— ¿Desperdiciar?
— El pueblo vive como esclavo. Se muere de hambre y, aún así, los
mandarines exigen tributo.
— Nosotros oramos, meditamos, hacemos...
— ¡No hacemos nada! ¿Cómo puedes estar ciego ante la miseria que te
rodea?
— Yo la veo.
— Y no haces nada.
— ¿Qué harás tú?
— Todo. Asumiré la causa del pueblo. Lo conduciré, hablaré por él. Lucharé
por él.
— Una tarea impresionante. Te tendremos en nuestro pensamiento.
— Todo está dicho.
— Te deseamos vida...
— Le habían enseñado a ser uno con el Tao, a fluir. Ahora él va
contracorriente.
— Él cree que es la voluntad del destino.
— Y, ¿podría ser así?
— ¿Se le puede pedir a un hombre que sea más que un hombre?...
(Después de un tiempo vuelve el discípulo de sus correrías, herido por los enemigos)
— Bañadle, curad sus heridas. Llamad al maestro enfermero...
— Fue atacado por los soldados.
— Sí. La noticia llegó mientras comíamos. Había encabezado una revuelta
en una aldea del norte. Ahora la aldea ha sido destruida y tu hermano está
condenado a muerte.
— ¿Y estará a salvo aquí?
— Sí, pero ¿estará contento entre nosotros?...
— Sus heridas se curan, maestro, pero su rabia no. Habla contra ti, maestro.
— Lo sé. Lo ha hecho en mi propia cara.
— He perdido todo respeto por él.
— Dice el sabio: "El corazón de un hombre cabal no está encerrado en sí
mismo, sino abierto a los corazones de otros".
— Mi hermano no acepta tu bondad y, al mismo tiempo te desafía...
— ¿Le harías tú ocultar su desafío?
— Esta virtud especial que encuentras en mi hermano, ¿no es muy limitada?
— A pesar de todo está ahí y es nuestra obligación reconocerla.
— ¿ res tú, discípulo?
— Yo soy, maestro.
— Vuelves una vez más con nosotros. Vivo, incólume, pero llevas los
andrajos de un pordiosero...
— No pude encontrar una prenda más baja...
— ¿Has abandonado tu causa?
— Era falsa.
— Buscabas aliviar las cargas del pueblo.
— Mi preocupación sólo les acarreó mayores sufrimientos. ¡Fracasé! porque
en su nombre, proclamado en voz alta, sólo buscaba mi propia gloria.
— Se ha dicho: "Sé profundamente humilde y te aferrarás a los cimientos de
la paz. Sé uno solo con todas las cosas vivientes que tras haber surgido y
florecido regresan a la quietud de donde habían venido". Permanecerás aquí.
— ¿Me lo permitiréis?
— Nuestros corazones están abiertos.
— Suplico tu perdón, maestro.
— Tienes mi amor.
— ¿Y el perdón?
— Si lo encuentras, deberá proceder de aquel que te condenó. Yo espero que
él será generoso, sin duda. Ha habido bastante destrucción...

— amos a renovar las palabras del sabio. "El hombre en su mejor


momento...
— … es como el agua:...
— ... sirve a medida que avanza;...
— ... es como el agua:...
— ... busca su propio nivel,...
— ... el nivel común de la vida...
— ... Lo que él debe hacer hará...
— ... pero no por la gloria...
— ... Lo que él debe hacer hará...
— ... pero no por su apariencia...
— ... Lo que él debe hacer hará...
— ... pero no para sí mismo".
— "Un hombre es cabal no progresando él mismo...
— Él se transforma eternamente en sí mismo".
— Sí... (le entrega al discípulo una vela para que la coloque en el altar).

— s uno de nosotros otra vez, maestro.


— Y con sí mismo. Cada hombre tiene su Sí y su No. De momento en
momento. Siempre.
— se hombre es un mendigo como los demás. Puedo ver que tiene una
gran necesidad de alimentos, pero él no come.
— Busca satisfacer un apetito más fuerte.
— Él aprecia lo que carece de valor.
— Para ti o para mí, tal vez. No carece de valor para él.
— ¿Fragmentos y pedazos de porcelana que no pueden volver a unirse?
— No comprender el propósito de un hombre no le convierte en confuso...
— ¿Te has despedido de tu amigo?
— Lo mejor que puede, maestro.
— La muerte no ha tenido ninguna victoria.
— Pero mi amigo se ha ido.
— ¿Acaso no está aún aquí, en su obra de porcelana, esfuerzo sobre
esfuerzo, pieza sobre pieza, belleza sobre belleza? ¿Sólo nos queda su obra, o nos
queda el hombre en su obra?

— ebes prepararte para lo que te aguarda en tu camino elegido como


sacerdote. La naturaleza del viento, del fuego y del hielo. La fragilidad de la
condición humana en el hambre, en la sed y en la fatiga. Los instintos
depredadores de las cosas vivientes: la codicia y la vanalidad enterradas en el
corazón de los hombres. Debes estar preparado para sobrevivir a todo eso.
Estos agraciados movimientos que ahora efectúas, junto con los rigores de
todas aquellas disciplinas que tus maestros te imponen, te ayudarán a desarrollar
la fuerza interior, aquella que llamamos "chi". Y, cuando llegues a enfrentarte
con tus más grandes pruebas, tus retos más altos, cuando recurras a tu "chi", ella
no te abandonará.
Se dice con frecuencia que para ser efectivo uno debe actuar con rotundidad
y gran fuerza. Pero ¿qué se puede ganar con semejante trayectoria? Si el fin en el
que uno está embarcado es una acción honrada, fluirá a la manera del Tao. Hay
fuerzas en movimiento a las que nada podemos añadir. Nada podemos sustraer.
Si nuestra senda es la correcta sólo podemos seguir una trayectoria. La acción
correcta es la de no hacer nada y todo quedará hecho.

— ¿ xisten tales cosas?


— ¿Existen las guerras, la carestía, la enfermedad y la muerte? ¿Existen la
lujuria, la codicia y el odio?
— Existen. Pero ¿cómo? ¿De dónde vienen?
— Son creaciones del hombre materializadas por el lado oscuro de su
naturaleza.
— aestro: mientras recorro estos caminos, ¿no hay ninguno donde pueda
pedir ayuda cuando la necesite?
— Ninguno.
— ¿No sería útil?
— Para aquellos que nos destruirían... En el pasado, cuando confiábamos en
nuestros grandes maestros como guías,
— Como ola sobre este océano, como simple flor en un campo de flores.
¿Qué pedirá la gente?
— Que la guíes contra sus enemigos: los déspotas, los tiranos, la maldad, las
iniquidades, la ignorancia, la persecución, la superstición, el deshonor,...
— ¿Qué se esperará de mí cuando abandone el templo?
— Que camines por los caminos de la tierra y utilices lo que has aprendido
en beneficio del pueblo.
— ¿Sabré siempre cuándo actuar y cuándo retirarme?
— Aquello que no conozcas, la práctica te lo enseñará rápidamente.

— ien, maestro...
— Cuéntame.
— Cuerpo y alma trabajando al unísono, como si fueran uno solo...
— Y son uno.
— Es como si la unidad realizada se hubiera considerado a sí misma
innecesaria.
— ¿Y todos esos años de rigor y de disciplina?
— ¿Qué otra cosa podría buscar un hombre, excepto esa unidad?
— Tal y como el campesino sabio vuelve a meter en la tierra, al menos tanto
como ha sacado de ella, así pronto tú has de devolver a los demás lo que has
cogido para ti mismo.
— Estoy preparado.
— ¿Estás preparado? ¿Estás seguro?

— as pasado por aquí muchas veces, pero nunca te habías detenido. ¿Qué
es lo que te ha llamado la atención?
— El tapiz, maestro.
— Ah, un tesoro de gran antigüedad y belleza.
— ¿Belleza, una imagen tan siniestra?
— ¿Acaso te asusta?
— Me inquieta. La figura del centro, ¿tiene algún nombre?
— "El demonio". ¿Por qué te inquieta?
— Lo he visto antes, en alguna parte.
— ¿Dónde?
— No puedo decirlo.
— Pudo haber sido en tu mente.
— Tal vez fuera así.
— Es probable. Todos tropezamos con un demonio cuando nuestra
conciencia está intranquila. ¿Qué te atormenta?
— Mis pensamientos parecen advertirme de un encuentro con este demonio.
Es como si quedara algo pendiente entre nosotros.
— ¿Sabes qué, por qué?
— No puedo recordarlo.
— ¿No puedes, o acaso es que prefieres no recordarlo?
— Maestro, me doy cuenta de que el tapiz no puede hablar, pero le hablo y
él no me contesta.
— Entonces, ¿a quién te diriges? ¿A ti mismo?
— Sí.
— ¿Y eres capaz de contestar a la pregunta que el tapiz no puede
contestarte?
— No, maestro.
— ¿No será porque, al igual que el tapiz, nosotros también estamos mudos
mientras nos inmovilicen las hebras del miedo, expresamente tejidas?
— ¿Qué debo hacer, maestro?
— Eso lo sabrás una vez que hayas identificado a tu demonio y te hayas
enfrentado a él. Sólo entonces estarás cara a cara con el objeto de tu miedo,
aquello a lo que le has dado la forma de este demonio.
— Tengo miedo, maestro.
— ¿Por qué?
— Podría perder el rumbo dentro de este extraño mundo y no volver a
emerger nunca de él.
— Es un riesgo.
— ¿Debo correr ese riesgo?
— Es la única forma de enfrentarte a tu demonio.
— Yo no deseo enfrentarme a él.
— Huir de tu demonio es obligarle a él a perseguirte. Es mejor que te
anticipes y le veas en su mundo que retirarte y dejarle entrar en el tuyo. Ante ti se
halla la puerta que conduce a otra realidad. Debes cruzar su umbral, debes entrar
en ese mundo, ver a tu demonio donde quiera que estuvieras en el pasado cuando
tú lo creaste, por muy joven que fueras en aquel momento…
— ... He entrado.
— ¿Ves ahora a tu demonio?
— Empiezo a verlo.
— ¿Qué aspecto tiene? ¿Es tal y como lo retrata el tapiz?
— Muy parecido, pero más presente, más real.
— ¿Qué más ves?
— Nada. Sin embargo, oigo cosas.
— ¿Cosas?
— Sonidos, voces, creo...
— ¿Aún atormentado?
— A veces, maestro, parece como si se levantara un muro entre los demás y
yo. Un muro a través del cual puedo ver, pero no tocar.
— Y, ¿sientes que el fallo está dentro de ti mismo?
— No sé dónde está el fallo, pero me siento muy mal.
— En tu conversación con esos otros, ¿queda más sin decir de lo que se
dice?
— Así es.
— ¿Quién puede conocerse a sí mismo tan bien como para decirlo todo y
oírlo todo? Dice el sabio: "Moldea la arcilla en una vasija, corta puertas y
ventanas para una habitación, pero son sus espacios interiores los que la hacen
útil". Por lo tanto, debemos escuchar los espacios entre nosotros y debemos oír
los silencios.
— Maestro, ¿cómo podemos encontrar nuestro camino cuando todos los
senderos parecen oscuros?
— El verdadero camino pasa por la oscuridad y por las sombras y ninguna
de estas es causa de desesperación. El sabio ha dicho: "Los cinco colores ciegan
la vista. Los cinco tonos ensordecen el oído. Los cinco sabores embotan el
gusto". Por consiguiente, el hombre sabio se guía por lo que siente, no por lo que
ve. Cuando nuestros sentidos están confundidos y dominados, nuestros más
profundos sentimientos pueden, no obstante, mantenernos en el camino.
— Maestro, he observado a otros y parecen conocer el camino.
— ¿Lo conoces tú?
— Me siento perplejo e inseguro. Me muevo en un sentido y luego en otro
sin ninguna meta.
— Y, por consiguiente, sufres...
— Sí, maestro.
— Ha dicho el sabio: "Otros están contentados. Yo, solo, voy a la deriva sin
saber dónde estoy. Estoy solo, sin ningún lugar a donde ir. Soy diferente. Me
alimenta la gran madre"...
— Maestro, ¿podemos continuar hablando de las fuerzas del destino?
— Habla.
— Cuando estamos delante de dos caminos, ¿cómo podemos saber si será el
camino de la derecha o de la izquierda el que nos conduzca a nuestro destino.
— Has hablado del azar, como si tal cosa existiera con certeza. En la materia
de la que hablas, el destino, no existe nada llamado azar, porque sea cual sea el
camino que elijamos, el de la derecha o el de la izquierda, debe conducir a un fin
y ese fin es nuestro destino.

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