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Felipe Ponce

Jorge Ricardo Hernández

Ernesto Abundis

Seres mentales de Luciano Rodríguez. Óleo sobre tela. 90 x 120 cms.


Xel-ha López

Ruth Escamilla

Samuel Bernal

Isabel Hion

Raúl Bañuelos

julio-septiembre 2010
6

Índice
LAS LETRAS ESTÁN AQUÍ
Tres veces
Fe l i p e Po n c e / 3

Johana y Andrés
Jorge Ricardo
Editorial Hernández / 5

Alguien evade el campo minado de la procrastinación y la desi- Sábado sin lluvia


dia; llega un existente constituido por montones de esas células Ernesto Abundis / 7
de las que están hechas las palabras. El evento de la escritura es
sólo un instante propicio, sin prórroga: hay que ser sentencio- Poesía de sobrecama
sos. La oportunidad es huidiza; arisca antípoda del suelo: ¿qué Xel-ha López / 8
puede esperarse de un visitante acostumbrado a la jerga de las
nubes? Es entonces que escribir pasa a ser labor de equilibrista. Fases
Con un batir de alas llega acompasado el impulso de es- R u t h E s c a m i l l a / 10
critura. Caricias pacientes en cuerda tirante para tranquilizar el
ritmo cardiaco de un aeronauta —proveedor de aliento de otros Anotaciones a un
tantos lados. El que escribe bosqueja el aleteo trazado por pala- sueño nubiforme
bras que primero fueron ave. El rastro de la pluma sobre el papel S amuel B ernal / 11
queda como itinerario para antiguos-futuros vuelos.
Letra a letra, N u m e n se deja ver —un montón de letras Larga estela
ajenas, letras encomendadas: gratificamos la confianza de sus I s a b e l H i o n / 12
propietarios. Y, desvergonzada como es, muestra en portada
una bocanada —apenas— del alcance de los pinceles del artis- Perderse: encontrarse
ta plástico Luciano Rodríguez: que estas palabras en agradeci- R a ú l B a ñ u e l o s / 16
miento vuelen y se musiten a sí mismas en sus oídos.
Estas páginas son una jaula aparente. Nada está retenido en
su interior sosegado. No hay descanso en la entraña tipográfica
hasta que irrumpe la luz: ojos leidores que conocen el viejo Diseño original: Postof. Diagramación
e impresión: Editorial Página Seis
www.pagina6.com.mx
Universidad de
Guadalajara
D r. M a rc o A n t o n i o
Cortés Guardado
Rector General oficio del verbo, que saben cómo inicia sus carnavales aéreos.
Están dispuestos los pies del cielo a las cosquillas.
D r. M i g u e l Á n g e l Al pasar a la siguiente página —¿cómo saberlo?—, puede
N ava r r o N ava r r o que toda una parvada alborotada de palabras libere el ansia
Vicerrector Ejecutivo contenida en tinta y tome efervescente curso a las alturas.

Lic. José Alfredo


Pe ñ a R a m o s
Secretario General

Centro Universitario
de Ciencias Sociales y
Humanidades
M t r o . Pa b l o A r r e d o n d o
Ramírez
Rector de Centro

Consejo Editorial N u m e n
Samuel Bernal
Joel Castillo
F ra n c i s c o E s t ra d a
Corrección
D a n i e l B a r ra g á n

Portada:
Seres mentales de
Luciano Rodríguez.
Óleo sobre tela.
90 x 120 cms.
 N umen 6 / julio - septiembre 2010
Tres veces

Fe l i p e Po n c e

Despedida
Mientras cerrabas el cancel de la calle, abrí la ventana y vi en
tu mirada la última caricia, el adiós amoroso y triste. No tengo
dudas ahora de que sabías que era el último momento, porque
esa mañana habías hablado de la muerte y yo te respondí como
suelen hacerlo los patanes: dejé caer mi quijada al suelo y la
pateé debajo de la estufa. ¡Te dejé ir aun cuando me anunciaste
tu partida definitiva! Me niego a creerlo, pero lo supe en cuanto
te fuiste… por eso corté la corazonada con el filo de la botella,
rasgué mi lengua con corcholatas ardientes, cautericé las heri-
das con mis propios fermentos de impotencia. Fui a buscarte y
te encontré tendida en el hospital. Pedí tu perdón de hijo: con
una lágrima asentiste y con otra apagaste el magma a punto de
desbordar.
Felipe: poeta, y hacedor de libros;
editor, así nomás. Llegado a Gua-
dalajara (1973), tierra ensom-
El traidor
brecida por las noches, por las
Cruzo la calle y aún escucho tus pasos detrás de mí, siguiendo oscurencias desbordadas de las
noches de otros lados; noches
mi sombra encendida; doy vuelta y te pregunto ¿por qué no
polucionadas por los ronquidos
me avisaste? Tu cuadratura cristiana niega tres veces, pero tus lunares: nochura pura. Egresa-
do de Letras en el ombligo de
ojos tuercen una sola respuesta: «No quise». Mi sombra aviva su
los noventa; bajo el amparo del
rencor, se levanta y te deja hablando: de tu boca salen teas apa- breve rumor de la tinta al ser
embebida por el papel —la sutil
gadas, terrones de ceniza que caen en la cloaca donde posaste
coyunta de éstos dos—, el tufo
tus pies y donde nadie ha advertido tu presencia. resultado de su coito y las formas
tipográficas que j ug u et o n
a s in tent an e s ca bu llir se al
sEr impre sas.

N umen 6 / julio - septiembre 2010 


Las mujeres
Camino en la ciudad paralela, poblada por quienes han sido
mis ciudadanas íntimas. A cada paso que doy, sus miradas me
siguen atentas, sus caras voltean siempre: no conformes con mi-
rarme, se trasfiguran en las publicaciones que me rodean. Los
periódicos las anuncian, las cubiertas de los libros tienen sus
rostros, están siempre con su figura poderosa por todos lados. Yo
soy quien camina; pero ellas, inquisidoras, voltean con recelo,
quizá porque esa calle es la geografía de mis fracasos publica-
dos en un parpadeo de diez años. ¿Qué quieren estas mujeres
que responda cuando inquieren con sus ojos y no me hablan?

 N umen 6 / julio - septiembre 2010


Johana y Andrés

Jorge Ricardo Hernández

La vida se desangra en tristes melanco- apareció majestuosa y terrible como una


lías, Dios no nos necesita, para nada. Así reina negra en la última jugada. Se metió
empezaba su canto cuando la conoció, él a su corazón en una camioneta sin luces
se encontraba trabado en un pensamien- intermitentes y a exceso de velocidad, no
to y en una dosis demasiado fuerte de respetó las señales que indicaban desvia-
cocaína; intentaba no ver los ojos de na- ción; era hermosa, pero no del tipo que
die, intentaba no tocar la piel de ninguna puede atraer las palabras del poeta; te-
sombra que frustrara su camino directo al nía labios de veneno, piel de naufragio,
infierno, pero todas sus programaciones hermosos ojos de asesina que llamaban
mentales no fueron más fuertes que el al suicida con tiernas palabras de amor,
destino, una luz está diseñada para todos nadie podría resistirse, nadie podría de- Contradiciente por vocación, Jor-
ge Ricardo Hernández (segundo
y cada uno de los hombres. cirle que no.
semestre de Letras) da saltitos
Licor en botellas de papel era la úni- Tres o cuatro palabras fueron sufi- aleatorios de un lado al otro, de
lo bueno a lo malo, de lo salado
ca verdadera necesidad que él tenía en cientes para reconocerse, tres o cuatro
a lo dulce, del los rayos solares
el alma, todo menos una mujer y menos segundos fueron suficientes para enamo- más tibios a las humedísimas
nubes lluviosas, ignorando las
aún una mujer tan sombría, una cabelle- rarse, un solo Dios en los cielos no podría
fronteras trazadas (con cal du-
ra de seda tan oscura y una mirada que evitar esa tragedia. Al abrirse la siguiente radera) fuertemente por el buen
gusto de las aún más buenas
escondiera todo el dolor del mundo. Él aurora ya estaban desnudos en la misma
conciencias. Él solito ha venido
aguardaba paciente el paso del tren para habitación, envueltos en el humo del ci- estableciendo —contradictato-
rialmente— sus propias líneas
saltar a la muerte y descubrir por fin la garro que les hacía reír después de mil
(con gises chafas), que puede
cobertura real de la vida; él esperaba con- años y que los convertía en lo que más borrar de un soplo, de un tallón
de suela de zapato o nada más
tradecir las arcaicas teorías que hablaban odiaban, un par de enamorados excitados
dejar que una caprichosa lluvia
de una existencia plana como una flecha, y sorprendidos por el rey sol. las deshaga. Jorge (1980) ahora
se ocupa, como la mayoría de
como un tablero de ajedrez, como un Ella nunca caminó del lado izquier-
sus superhéroes literarios, a con-
recuerdo feliz de la infancia… pero ella do ni opinó con prudencia, nunca fue tradecir lo (re)contradicho.

N umen 6 / julio - septiembre 2010 


el ejemplo que la madre pone a su hija adolescente para aprender invitación a nuevamente hacer el amor
buenas costumbres, no fue de las que se dejarían someter para bien como los gatos y permitir que fuera el len-
del matrimonio; él, por su parte, nunca se quitó el sombrero para guaje de los cuerpos el que dialogara.
saludar ni la capa para ponerla sobre el fango, no rescató jovencitas Nadie podría adivinar la hora, el cie-
en problemas; antes bien, él siempre fue el problema, nunca fue el lo era turbio y sus mentes confusas, no
buen tipo que conviene conocer, no quiso ser príncipe para ninguna debería moverse jamás nadie en esas con-
princesa. diciones, pero fue la desesperación que
Enredados uno del otro dejaban que las horas pasaran segundo invita la realidad quien les obligó a salir
tras segundo, ella se guardó los recuerdos de antiguas muertes y él del calor compartido. Él ya no dijo nada,
paró de automutilarse con ideas prohibidas, bien sabían que ese ella intentó alargar el momento lanzando
licor sería pasajero, que esa aurora se quemaría pronto ante el fue- un tímido «te amo», pero no funcionó;
go de sus infiernos particulares. Andrés sirvió dos vasos con brandy Andrés había vuelto a su habitual cara de
evitando que la conversación continuara, no quería saber mucho de piedra que le alejaba del mundo y cerrado
ella, sólo deseaba sus labios y perder la conciencia; ambas cosas con ello el mejor momento de sus días.
siempre las consiguió con Johana, no era persona de mucha ciencia, Bien sabía aquella mujer que siempre
ella era del tipo que prefieren soñar que multiplicar, pero qué más se se puede sufrir un poco más, así que no
hace cuando se vive tan terriblemente, cuando se cuentan los años esperó ser despedida: sólo se marchó y la
por el número de cicatrices en los antebrazos y las lágrimas son tan lluvia cayó sobre ella; la felicidad es la ne-
saladas como el mar, que cortan al salir. gra nube que anuncia la tormenta: es algo
Johana no era una mujer para callarle la boca al vecino, su son- que Johana conocía de sobra, por ello no
risa no vendería cosméticos a las feas gordas que miran TV por las volvió a mirar con esperanza, miró con
tardes. Pero ese día fue la mejor mujer, sus delgados dedos formaron tristeza el resto de sus días.
una red de caricias para envolver las historias de Andrés, quien a El atardecer siempre fue promesa de
cambio construyó una fortaleza con las botellas vacías y sus sol- una oscura noche, de sombras y terribles
dados fueron los grillos que no permitieron que nadie los pudiera historias de fantasmas, como los pasos de
alcanzar. Andrés en este mundo, como sus recuer-
Cien años estuvieron juntos aquella mañana, interpretaron los dos de amor o sus fríos besos con olor a
sueños del viento y atraparon recuerdos poco ágiles que no pudieron brandy; su único triunfo social fue cor-
saltar al olvido, Andrés sólo pudo alcanzar uno, pero decidió perderlo tarse las venas con una navaja gillette y
antes de tocarlo con sus garras. Ella, por su parte, detalló una colección contribuir a la poesía con un par de frases
completa de fracturas en su alma y habría continuado eternamente si escritas con tinta de sangre en el espejo.
no hubiera sido detenida de golpe con un severo «shuhhh…» como «Dios no nos necesita, para nada».

 N umen 6 / julio - septiembre 2010


Sábado sin lluvia

Ernesto Abundis

Andar la palabra sobre la lluvia que viene


vendrá el juego
los saltos en el sol diseminado en el piso
mojarse los labios en la mirada esquiva
disfrutar del instante en que a uno mismo
nos olvidamos
en que se llueve en luciérnagas

El viento tenue y mojado


las luces que son sonidos ahogados

La niña cae hecha palabra, o al revés… Cielo despejado, Tala, 1986: co-
—Niña que trata de marcar sus manos en el agua como el mienza su viaje en paracaídas.
Desde aquel momento, sólo le
marinero que talla el firmamento en cubierta— queda imaginar, no sin escalo-
fríos, la sensación del roce de sus
plantas descalzas con el suelo.
(el agua es un beso de densidad) En aquella envoltura etérea, las
palabras de Bandeira, Baudelaire,
Pessoa, han avivado sus ánimos
…llevar tulipanes en diciembre para la niña palabra de Mago; sus esperanzas en ex-
está en terapia intensiva tender su travesía aérea: hacer
de su artilugio compañero en
al rayo se le pasó la mano la caída, un «parasubidas mara-
cuando la empujó para villoso». Así, Ernesto, licenciado
en Letras hispánicas (2009), en
que se su disputa contra la levedad del
mirase llamado gravitacional, procura
que su pluma, hermanada al aire,
en el charco diga lo que su lengua (acuática
de noche niña palabra de por sí) prefiere callar.

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Poesía de sobrecama

Xel-ha López

Lengua ola mía


xola xola xola
empáchate lengua de mi carne
córtame las aguas de mar que nacen entre los pechos
lengua xola
lengua
pájaro
pluma
tumm
tuma-tum
tum
Golosinómana —golosinófila,
tumaa
dicen los expertos (mamones)—,
Xel-ha (clase ’91, de semestre tum
desconocidísimo) va recogiendo
baja lengua a tierra fértil
dulcecitos a la manera más pac-
maniana hasta dar con ése de baja árbol
envoltura acelofanada, brillan-
raíz lengua
tísima, charoleante, que la haga
pasar al siguiente nivel. Y así se parólabra
va yendo, lamiendo las agudas,
¡hazte lengua cuerpo
las amelcochadas, las chocantes,
las recién-nacidas, las lujuriosas; hazte lengua!
haciendo puntos suficientes que
la manden del verso 1 al verso 2,
esquivando las escabrosidades
de la estrofa media para llegar
Sómbrame corazón
al punto final que declare que
el juego acaba para ella aunque oscúrame la piel como el cabello
éste, paradójicamente, sólo esté
no me chingues tiempo
por comenzar para los otros, para
los lectores. Press start, pues. no me chingues blanco

 N umen 6 / julio - septiembre 2010


blanco no me chingues
oscúrame tierra
sómbrame noche
y perdona
la saliva de esta palabra extraña no es néctar transparente
pero
¿habla ya el cuerpo otra lengua?
óyeme
tengo el miedo entre la piernas
se ha de salir mi corazón corriendo en su ruido
óyeme noche
no dejes que el blanco me chingue
sómbrame tierra oscura
piérdeme noche.

En el centro de esta duda


alguien vino a instalarse
como sobre la cama las vivas prendas de los cuerpos
algo pudo robarme el «noséqué»
y regresarlo mil veces mayor.

Hablo de ti

N umen 6 / julio - septiembre 2010 


Fases

Ruth Escamilla

Casi Caída
No se te ocurra terminar el trazo, Lo interminablemente dicho
suspende el vuelo de la pluma justo ahora que no tiene vías alternas
en esa curva, el ir y venir azaroso
que la costumbre milenaria un pie en el filo del vacío,
no interrumpa lo que aún ni se vislumbra la caída y su vuelo
No le nombres. ese momento en el aire
que se anuncia indestructible
y el choque contra el polvo,
Su primer destino fue Guadala-
Danza contra el propio espejo
jara. De entonces para acá no ha
parado de viajar, de ser seduci- Se repite el ritual ya desgastado con su cara ajena.
da por las franjas blanquísimas
la marca en la cara
—adorno, mera vanidad de las
carreteras— que le siguen muy el anuncio
monas el paso; no cesa de consu-
los círculos azules Después de todo
mir kilometrales de paisaje: cine-
máticas del segundo que incan- la llama Después de nada
sables despeinan. La palabra, el
la danza deconstrucción de rostros
sonido es su esencia, es también
un medio de transporte, y Ruth la angustia, luego, de ecos recuperados,
(licenciada en Letras hispánicas
la agonía de los rescoldos. imágenes anteriores
desde ‘00) lo sabe. De polizón o
con boleto de primera clase, no a la luz que hiere el ojo
deja de ir de un lado para otro:
y el puente en construcción
entre las voces de José Emilio Pa-
checo y Cerati; Garrido y Rubén abandonado.
Albarrán… Es su turno: con esta
Nada, después de todo.
página (como lo ha hecho ya
con tantas otras) busca enrolar
a otros viajantes. Lector, aquí hay
un texto-vehículo con las porte-
zuelas abiertas.

10 N umen 6 / julio - septiembre 2010


Anotaciones a un sueño nubiforme

Samuel Bernal

Algo cruje abajito del corazón. Aprovechando, los pájaros se


han enraizado al cielo.

 Desprovisto su pecho de tetas y suspiros;


tierra despoblada, yermo bajo el arrullo.
Brisa sanguinolenta color estrella.
//
Habituados a las caricias telúricas:
—¿cómo echar de menos la superficie?—
niños como dormidos en sacos de terciopelo. ¡Aberrante: un patasalada que
apenas conoce —de lejitos— las
 Se cae el gris del cielo a goterones. Los ángeles gimen encorralados. Se alborotadas olas del Pacífico! Di-
cen que el Puerto ni lloró (aun-
escupen unos a otros; fastidian el lodazal. Un potrero más bajo la lluvia,
que, entre tanta agua, es fácil
atormentado: ganado sacrificable. disimular las lágrimas) cuando
Samuel Bernal (noveno semes-
 Ni se siente, pero ya hemos echado nuestras sombras al aire; tre) se vino, con el estómago
son ahora humores del movimiento: vacío en su maleta, a asaltar las
filo al cuello de la distancia. alacenas tapatías. La cháchara,
// las amistades (forzadas, algu-
nas) y los abrazos totémicos; con
Eres alguien de hace mucho,
esto, Samuel (1988) suele llenar
acabaron tus veranos con sapos en el patio la pestaña «preferencias» en los
y ya no sabes llorar: chismógrafos. Admite, además,
¿quién mira escondido a través de tus ojos tristurrientos? que le gusta el arte hecho con
güevos (se especula que esto lo
 Por el camino viejo, cobijado por el abandono, anda sonriente. Y se acuer- pensó en un momento de ham-
bre), el que viene acompañado
da de esos otros, los infelices; canturrea, aplasta sin miedo un charco. Re-
de una reflexión (N.B. Sobre sí
animada la confianza en su antiguo oficio. ¡Allá va el pescador de párpa- mismo y sobre lo representado)
dos! Vuelve a casa con una presa niña sobre el hombro. Resplandece un y no sólo de un puro y simple
anzuelo entre pestañas negrísimas. impulso creador.

N umen 6 / julio - septiembre 2010 11


Larga estela

Isabel Hion

Retrataré nuestro vecindario en el tiempo


que fue tragado y no volvió.

Conocí a Mirna cuando el cielo sobre no pendía a la sombra de un griego obeso


nosotros aún no enclaustraba a nuestras con los ojos marchitos.
pesadillas. Fui porque mi madre prometió Pero me aventuré a pasar, bajo todas
comprarme uno de sus vestidos. La entra- las restricciones, y aplasté un vistazo ha-
da de su casa era un pedazo de madera, cia la habitación donde Mirna cosía. Una
duro y uniforme, no tenía cerrojo y había pesadilla de hilos y tela. Entré por mera
que entrar a empujones o gritos violentos. valentía, pues la idea de internarse en
Me recibió una anciana flaca y larguiru- aquella ensalivada telaraña producía, a
cha, de nariz respingada y trenza francesa primeras, un completo desaire. Pero en-
malhecha (adoptó ese peinado con la úni- tré, finalmente, y quedé envuelta en el
ca finalidad de que al describirla usaran cuarto: un estómago gigante, cosido entre
Desde Navolato, Sinaloa llegó y la ese juego de palabras). Llevaba siempre vísceras, tripas e intestinos de colores. No
reventó. Siempre hace y deshace,
una destartalada jaula de latón, sin pá- sabía por dónde pasar; dicho sea de paso:
polémica e irreverente como su
negocio de regenteo de niñas jaro adentro, por lo que debía depender el lugar resultaba un horror. No es que co-
que venden globos de colores
sólo de una mano, pues con la otra sos- siera mal ni mucho menos; en realidad,
en el muelle de Mazatlán, en el
que —en afán de defenderla— tenía, incauta, aquella casa envarillada. Y pude haber distraído mi vista en cualquier
se involucró para pagarse sus es-
después una maldita sorpresa: Mirna no rincón y encontrar un retazo que me hi-
tudios. Los fines de semana que
no se va de picnic, va metiendo cosía más para el público. Se había em- ciera olvidar mi objetivo pero, entre toda
en su canasta (que tiene un gran
peñado una noche de insomnio, sin razo- la tela salpicada, resultó un poco perverso
«libros leídos» por un costado) lo
que un ruso epiléptico escribió nes aparentes, en fabricar un vestido que divisar la cabeza de Mirna, como quien
cuando no se convulsionaba y
narrara toda una vida. Plan cursi, pensé al dice flotante, en una esquina de la habita-
todo lo de (como ella lo llama en
sus sueños más íntimos) Samuel momento; idea tan más gastada: alguna ción; sólo el perfil restó entre capa y capa,
«Ave de rapiña» Beckett. Isabel
vez lo llegó a hacer Penélope, cuando las y hasta no acercarse, no podría uno, cier-
(1988), por ahora, cursa el nove-
no semestre de Letras. ideas aún eran frescas y la imaginación tamente, percibir en definitiva que Mirna

12 N umen 6 / julio - septiembre 2010


tenía el cuerpo completo: éste se hallaba me llegué a enterar, fungió durante su vida como madre. Contó la
perdido entre una raquítica mesa que sos- anciana en una ocasión que Mirna había dejado de comer durante
tenía, con bastante dificultad, a una arác- mucho tiempo: no entiendo, entonces, la razón por la que siguió
nida máquina de coser ya rudimentaria y con vida, pero se me viene a la mente una imagen fugaz, y no tan
pasada de moda. Pero Mirna no tenía otra excéntrica, de ella sorbiendo sus hilos y estambres, como si fuera un
manera de trabajar. Se había empeñado, monstruoso y aterciopelado espagueti.
además, en tomar como base la vida de De ahí en fuera no sé mucho: a partir de esos días, la ciudad
Minerva Laforette, una anciana encapsu- comenzó a revestirse de un cielo gris pavimentado. Recuerdo cómo
lada en el rincón norte de la ciudad: tenía en las noches salía yo con mis hermanos, a la azotea de mi casa,
145 años y al verla no parecía tener más y jugábamos a lanzarle piedras a la luna. Apenas y podíamos di-
de 140. No entendí, por obvias razones, visarla: el cielo había sido invadido por una comunidad borreguil,
por qué tuvo que fijarse en semejante vie- como después de revolcarse en el polvo. A veces llovía, y eso echó a
ja que, además de resultar desconocida, perder en más de una ocasión la tela del vestido. Si Mirna se enteró
no tenía fecha para caer muerta. de eso o no, realmente lo ignoro porque había, eso sí, una pequeña
Ya en fin: abandoné la idea de tener ventana justo frente a ella y otras dos en la habitación, pero como
un vestido diseñado y cosido por Mirna. habrán de imaginar, por las tres salían a brotes los manojos de tela,
Tan pronto vi su cara y ella la mía, me así que el contacto que Mirna tenía con el exterior, si no era nulo, al
observó durante unos instantes. Apenas menos, sí fue inexistente.
hubo fijado sus ojos en mí, cuando ca- No: los vecinos jamás se quejaron. Mirna era tan querida en
rraspeó por lo bajo, detuvo en fricción la toda la ciudad, y especialmente en nuestro vecindario, que nadie
aguja de su máquina, y sentí que tejía, sin tuvo la fuerza para quejarse ni pedirle abandonara aquella ridícula
más, una brecha delgada y débil entre mi meta. Brotó el espíritu benevolente en todos, y sólo tuvimos que
iris y el suyo. Ladeó su cara al momen- aprender, con el tiempo, a lidiar con esa anaconda planchada. Pude
to. Regresó a su trabajo. No tuve el valor en algunas ocasiones ver, cuando caminaba por la calle, a los veci-
para decir algo y regresé; ya antes, suspiré nos que intentaban acomodar la tela en algún gancho externo del
sin darme cuenta, al pensar en que de- edificio, para que no arrastrara tanto; incluso decidieron conducir
bería, nuevamente, sufrir los estragos de los extremos y conectar, de cierta forma, el vestido entre ventana y
un camino a ciegas. Lo más curioso fue ventana. No es de extrañar, entonces, que por aquellos tiempos las
esto: nadie, después de mí, la vio en mu- fugas de jóvenes se volvieran tan recurrentes: había tantas maneras
cho tiempo. Ni siquiera su casera, tam- disfrazadas de ir de una habitación a otra, o simplemente, salir de
bién conocida como ama de llaves, y que ellas, que si los padres fingieron demencia al respecto fue sólo por
sin que nadie supiera pero no sé cómo yo mero pudor.

N umen 6 / julio - septiembre 2010 13


Había sólo una cosa que impulsó a los vecinos a no desistir: el co libre del agua fue, entre pocas ventanas,
vestido terminado. Claro que eso fue, en nuestra ingenuidad, algo el ático de Mirna, donde la tela no dejaba
que nunca pudimos contemplar. Pero la lucha le hicieron, le hici- de brotar, como una suave lengua que pa-
mos, todos, porque incluso yo, en despojos de esperanza, llegué recía ser la única conexión entre nosotros
a creer que llegaría el día en que Mirna saldría por la puerta, más y su cabeza: un fluido mensaje transmitido
demacrada que nunca, ambas manos cubiertas de pinchazos y unas a través de la fina lengua que, llegado un
ojeras sepultadas bajo los ojos como estanques de petróleo en vida, momento, cambiaba de colores, textura e
murmurando: «ya quedó». Y es que si no alentábamos nuestras fan- incluso de hilos que la decoraban. Jamás
tasías, por más tontas que fueran, en eso, terminaríamos por fundir- imaginé que nuestro vecindario y la ciu-
nos en una inminente depresión. ¿Por qué habría de mencionarlo? dad entera se vería reducido a eso: un lu-
Intenten imaginar una ciudad cubierta de nubes, un cielo grisáceo gar sepultado en agua y tela, un lugar que
y espeso, y de suelo mojado que reflejaba siempre, al observarlo, el había perdido, sin darnos cuenta, sus pila-
mismo cielo que teníamos sobre nosotros. Es decir: lo único alegre res y edificaciones: todo parecía troncos
que podíamos esperar era el interminable vestido de Mirna que cru- y más troncos enladrillados que apenas y
zó puertas, habitaciones y paredes completas, dándonos sólo un ki- lograban rescatar la cima de sus cuerpos
lométrico e ingenuo camino a la «salvación». De ahí en fuera: nada, en un vaivén de hilos.
ni un poco, habría rehecho nuestro ánimo. Algunos han dicho que estábamos
Cuando Minerva Laforette se enteró de que ese bulto gigantesco malditos, que era una desgracia tras
figuraba a representar su extensa y cambiante vida, sufrió tal es- otra, y que nuestra historia albergaba,
pasmo (no se supo si de gusto o de molestia) que cayó enferma y seguramente, una extraña razón por la
ya más nunca salió de su cama: supusimos todos que no saldría, cual todo terminó por encapsularnos. Lo
jamás, hasta no saber que el vestido estaba terminado. Por otro lado, cierto es que ninguno de nosotros vimos
y como era obvio, el vestido nunca vería fin a menos de que Miner- aquel compendio de estragos como algo
va muriera y la noticia llegara a la habitación de Mirna. Ya después malo o fuera de lo común: estuvimos tan
vendría la tempestad: comenzó a llover sin parar durante semanas acostumbrados a esos acontecimientos,
y, al mismo tiempo, las ventanas, ganchos, clavos, y todo en su ha- desgraciadamente in crescendo, que el
ber, no fue suficiente para formar surcos entre el vestido. La ciudad límite entre lo que está bien y mal nun-
fue sepultada por éste que no dejaba de crecer, y entre los retazos ca lo supimos distinguir: era sólo nuestra
flotantes en el agua y nosotros, fue necesario construir botes y vivir manera de vivir y lo que nos había toca-
en ellos, porque de un momento a otro, si el agua no sepultaba las do y, como no conocíamos otra forma de
puertas de las casas, la seda terminaría por hacerlo. vida, supusimos, desde un principio, que
Nuestra ciudad se convirtió en una comunidad de barcos. Lo úni- todo el mundo era así. La peor desgracia:

14 N umen 6 / julio - septiembre 2010


nunca obtuve mi vestido. Tampoco sentí no salió jamás de cama hasta no haber terminado el vestido, así que
que era una angustia insufrible, pero es a pudo haber muerto y nadie jamás lo habría notado. La única, por
lo que me refiero cuando intento explicar cierto, que se habría molestado al no saberlo, era Mirna.
que, algo tan mínimo como un vestido Me alejé de la ciudad en el barco de mi familia, no sin antes
no obtenido, era más doloroso que ver recibir en el agua la misma jaula que la madre de Mirna atesoró
mi ciudad envuelta en un gusano gigante por tanto tiempo. Flotando, junto a un listón, pedía que la llevara
de seda. conmigo y que no olvidara darle alimento ni jugar con ella. Suspiré
Después no hubo otra alternativa que —porque no hay más que hacer ante ese tipo de peticiones— y tras
emigrar: todos y cada uno decidió en un eso la subí al bote, en espera de pasar junto a la ventana de Mirna,
momento u otro dejar la ciudad porque, como todos ya lo habían hecho, y murmurar un «adiós». Ya en aquel
obviamente, de barcos no vive la gente y momento, cuando quise decir algo, no pude hilar palabras. Tan sólo
toda buena voluntad tiene un final (por un gemido suave y un nudo de saliva que se arrastró por mi gar-
más escabroso que resulte). Recuerdo el ganta. Quise imaginar, entonces, que el vestido jamás hecho para
fino trayecto en que, poco a poco y día a mí, fue en suma, aquél que terminó por expulsarme de la ciudad.
día, las personas pasaron su barco o bote, La raquítica y empolvada figura de Minerva Laforette desapareció
se asomaban por la ventana de Mirna, y por completo de mi mente: no tenía cabida y ya. Imaginé el rostro
gritaban un «¡adiós!» sin esperar ni reci- forrado en huesos de Mirna, tras la máquina de coser, que me obser-
bir respuesta. Al menos podemos consta- vaba entre la seda y sus ojos que me veían partir. Un llano «adiós»
tar que no fuimos descorteses ni la olvi- pronunciado por ella y el último golpeteo de la aguja sobre la tela,
damos. Y siempre, como eco crepitante, tan esperado finalmente, habría de ser embestido sólo hasta que yo
escuchaban ante la despedida el punzar saliera por completo de la ciudad; mi figura, que de un instante a
de la aguja en la máquina de coser, al otro se alejaba, fue vista por Mirna como el fin de mi vida. Ya más
compás del hilamiento y del vestido sin nada sabría de mí, y daría por sentado que ahí debería terminar. Pero
fin; la aguja y el golpeteo del metal con eso nunca pasó, porque ése fue sólo mi sueño para conciliar que en
la tela como un endiablado registro de las el fondo me ahogaba la frustración. Ahí me ahogó aquella amargura
personas que continuaban alejándose. ridícula, y a nuestra ciudad, la selva interminable que provocó mi
Entre más punzadas, más personas emi- ridícula e ingenua amargura. La tela del vestido aún se extiende, y
graban, y menos eran las que decidían yo, tan alejada, lo contemplo e imagino sobre mí. Esa pena y tonto
soportar. También yo me fui llegado un anhelo sólo podrían esperarse de alguien que entre aquel dolor supo
momento. Supe que sólo Mirna y su ma- enmarcar, como de todos los cuadros, el más bello.
dre quedaron en la ciudad. De Minerva
no supimos porque, según lo prometido, * Inspirado en Saskia en el subterráneo de la ilustradora Diana Martín.

N umen 6 / julio - septiembre 2010 15


Perderse: encontrarse

Raúl Bañuelos

Date por perdido.


Sal a buscarte
en los ojos de la llama,
la cresta del gallo,
las patas de la araña,
el pico de los moscos.
Encuéntrate
en la punta de los árboles,
el aire de Machu Picchu
Raúl llegó a Santa Tere, Jalisco
las piedras de Cusco,
(1954), con uno de los dones más
inútiles pero más divertidos que las estrellas de Tapalpa.
alguien puede tener: trepador de
árboles. La celebridad en el ba-
rrio la ganó a fuerza de subir lo Piérdete en la impresencia del colibrí,
intrepable, de hacer cumbre en
el andar del gato, el vuelo
los frutales más feroces. Pero la
fama nunca le interesó; él lo ha- de la golondrina, el sonar
cía sólo por alcanzar los limones,
de las canicas, el zumbido del trompo.
las (a veces) dulcísimas naranjas,
las guayabas y los poemas que, Hállate vivo en el sabor
de vez en cuando, se quedaban
de las cerezas, las paletas de guanábana,
atorados entre las ramas. Y así
empezó en esto: trepando para el destiempo de la lluvia, el contratiempo
alcanzarlos todos: los arretrueca-
de la música y el fulgor de la luna.
nados, los intimistas, los de largo
aliento, los hiperbólicos, los que
hablan de las cosas simples…
Ahora, después de incontables
colaboraciones y poemarios pu-
blicados, son ellos —poemas de
todos los árboles— los que ba-
jan a buscarlo a él.

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