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1. La democracia realmente existente La “democracia griega” Plat6n: aristos contra demos Agonismo democratico Pedagogia democratica 10 14 18 22 23 Demociacia 4 conflicto J 2Por qué el consenso y no cl conflicto? ¢Por qué el orden y no la contingencia? ¢Por qué el asenso y no el disenso? ¢Por qué de- fintr de forma trunca la democracia? Ilace poco menos de un siglo que Martin | Ieidegger se pre- guntaba: “¢Por qué el ser y no mas bien la nada?”. Al interrogar de csa forma, Heidegger nos invitaba, de entrada, a entender de otra forma el ser-en-e/-mundo. Casi un siglo después, recurro a la misma estratcgia para iniciar csta rcflexidn: poner de cabeza la forma de entender cl conflicto, el disenso y Ja pluralidad como insumos medulares e€ insustituibles en la construccién de cual- quier régimen democratico. Para decirlo pronto: la hipotesis que plantco consiste en sostencr que la democracta no ¢s cl reno del consenso, del or- den y la armonia. (Una santisima trinidad inexistente.) No lo es y nunca lo ha sido. No la ha sido ni lo sera: para seguir siendo democratica —valga cl malabarismo-— la democracia no pue- de abolit el conflicto, cl discnso, la diserepancia, la diferencia... en una palabra: la ibertad de disentir y de oponerse incluso a ta mayoria y al consenso. EI costo de la libertad democratica es el conflicto politico. Solo las dictaduras y los regimenes autoritarios se comprome- ten a la anulacin del confhcto, de la oposicion, de la critica, de la diferencia. Por cl contrario, en la medida en que la democra- cia no puede renunciar a reconocer y garantizar —a través de un sistema ético-normativo— la pluralidad de identidades € Coleccs de cadence de dvnlgacin solve acpeclos declrartes dela Custeta leconal intereses de los individuos y grupos que la compones, en esa medida ofrece un espacio legitimo para el conflicto y Ja expre- sién de las diferencias, de la pluraltdad. Aunque la democracia no es armonia plena tampoco es el reino del caos total m Ja ausencia de gobierno, de orden, de toma de decisiones. Kl gaid se localiza en la naturaleza del an- tagomismo. Y es gue el conflicto democratico no se parece a ningun otro, fs un conflicto que no supone el abatimiento nila destruccién del otro. En la democracia cl conflicto no es duclo: no existe uno a condicién de la inexistencia del adversario. Bajo este cncuadre, sostengo que la democracia es el des- acucrdo entre quienes han acordado la forma de organizar esos desacucrdos. Es el desencuentro entre quienes han encontrado cn la democracia (cse sistema de valores y andaruaje normati- yo-nstitucional) el mejor modo de resolver —no desaparecer ni ocultar— sus diferencias momentaneamente. De alli que la democracia sca una construccién colectiva inacabada, una busqueda porfiada hacia un gobierno siempre perfectible, uno de esos caminos que parecicran no tener fin, st por cllo se entendiera un cicrto estado de gracia: Tierra Prome- tda donde no hay conflicto y solo armonia. Visto asi, el conflicto democratico deja de scr producto de la itracionalidad, de la intemperancia y la insensatez humanas. Se convierte, en contraste, en expresion de la pluralidad de iden- tidades ¢ intercscs que confluyen en una sociedad avenida a las reglas democraticas. Pese a estos argumentos, una mirada a la historia del pensamiento politico nos revela que el conflicto ha sido in- terpretado mas bicn como una especie de antitesis de la democracia, anomalia del orden politico y enemigo de la con- vivencia social. Incluso hoy, para algunos gobiernos parcciera que entre menos conflictos mas democratica es una nacién. Adin mas, en las democracias emergentes, como la mexicana, determinadas Alfonso Zdeale Tore. Democracia y conflicto facciones politicas hacen de los conflictos y los desacuerdos que mantienen diferentes grupos sociales, la materia prima de sus Criticas y descalificaciones hacia el gobierno. Paradéjico por dondequicra que se le vea, pues la historia del siglo xx cs particular, dolorosamente ilustrativa de que aque- las sociedades donde se pretende desterrar cl conflicto y el disenso, no son mas democraticas sino todo lo contrario. Una democracia yue asume haber superado la etapa del conflicto politico, es una democracia en vias de extincion. Desde luego, no clogio el conflicto ni propongo la multiphi- cacion de los conflictos como paramcetro de salud democratica. Seria una ingenuidad y un despropdsite. Por el contrario, no ignoro ni desconozco que la combinacién explosiva de fragi- lidad institucional, precariedad de cultura democratica, por parte de los actorcs politicos revelantes y de la sociedad cn general, y una fuerte tradicion politica autoritaria bastan para hacer de cada conflicto una prueba de fuego, en ocasiones infran- queable, para los nuevos gobicrnos democraticos. En la democracia, la organizacién del conflicto politico no depende sdlo de las buenas o malas artes, de la sabiduria o la torpeza, del Ejecutivo —un solo hombre y su cyuipo—, sino de la capacidad de todo cl sistema (los poderes federales y estatales, los actores politicos relevantes, la sociedad civil, la opimon publica, ta calidad de las instituciones y Icy: ) de procurarse mecanismos y reglas pata procesar sus diferencias y conthctos.! Listas son, pucs, las intuiciones que habré de documentar a través de ciertos autores y textos canonicos de la teoria politi- ca. Iin el fondo, se trata de deconstrair cl concepto de democra- cia a partir de la nocién de conflicto politico, lo cual, coligo, permitira asumir la democracia como pluralidad y riesgo, como. libertad y responsabilidad colectivas, como disenso y contin- gencia... como una forma perfectible e inacabada de organizar humanamente el conflicto y el disenso. Celeccva de cuadertes de dbolgaciow bee aspecl decltiartoe de la tase eclera 1 La democracia realmente existente Laego de varios siglos y de cientos de libros y vidas consa- gtadas a su estudio, la democracia se ha convertido en una metafora inagotable, infinita, confusa, maltrecha. No soy el primero en lamentarlo. Hacc ya veinte afios que Robert Dahl advertia que “el téemino demacracia es como un viejo basurero de cocina, Ileno de distintas sobras de dos mil quinientos arios de uso casi continuo”? Quizds por ello, Dahl decidi6 tirar cl concepto a la basura y recmplazarlo por otro: polarquia, dcfmicion minimatista de la democracia que no resol- vid el problema de fondo. Mas severo, poco tempo después Giovanni Sartori decre- taba el tiempo de la confusiin democrdtica: “Si cada uno dice ser demécrata y la democracia tiene que ser cada vez mas un con- cepto omnicomprensivo, mas profusion habra y, en conjunto, mayor confusion conceptual”. Ts cierto: cuando un concepto lo describe casi todo, no significa casi nada. Pese a las quejas ¢ inconvenientes, las cosas siguen igual. Quiza peor. La confastin demurdtica se convirtié en impunidad. Cada cual emplea el término como mejor le place. EK] presidente de Estados Unidos condena la tirania de Sadam Hussein, pero no se tuboriza al calificar como democratico el régimen de su aliado petrolifero Arabia Saudita. Aun mis, las prerrogativas gue ha concedido el Congreso estadounidense al [!jccutive nacional controvierten parcialmente algunas enmicndas constitucionales {particularmente aquellas referidas a la privacidad de las perso- nas) del pais que se dice garante de la democracia cn ¢l mundo. No se trata sdlo de palabras y conceptos. De su viaje a través de la democracia en Antérica, para ‘Tocqueville no habia duda de que “a menos que se definan claramente estas palabras [democracia y gobicrno democratico} y se Ilegue a un acuerdo sobre las definiciones, Ja gente viviré en una inextricable con- fusion de ideas, para beneficio de demagogos y déspotas”> Alfonso Zdaale Cores Democracia y conflicto Arribar a un concepto ecuménico de demoeracia trasciende por mucho la filologia. No basta con organizar un congreso de eruditos de Ja lengua para construir el concepto de democracia. La definicién de aquello que cs y no es democratico im- plica compromcterse —hacia atr’s y hacia delante— con un determinado proyecto politico ¢ histérico: implica definir qué practicas son y han sido democraticas y, por tanto justas y lega- les, y cuales no lo son nt lo han sido (por tanto deben ser pros- enitas y puntbles); identificar quiénes son demdcratas y quiénes no lo son (cs decir, construir al cnemigo); precisar aquellos va- lores (solidaridad © egoismo, libertad o igualdad, interés © apa- tia) que constituyen cso que llamamos cultura democratica. Pero ademas, y no menos importante, una definicidn sobre la democracia implica definir quiénes y por qué seran cllos los que defnan ¢l concepto. Lista claro, por tanto, que no se trata solo de palabras y conccptos. “Si se define incorrectamente (por sus definidores) la democracia, a largo plazo corremos todos el peligro de re- chazar algo que no hemos identificado apropiadamente y de recibir a cambio algo que no quisicramos en modo alguno”.* Sin embargo, la complejidad politica y la responsabilidad historica de una tarea de tal magnitud no han mcllado la profu- sion de conceptos y significados de la democracia. | Loy esta- mos pagando cl costo de esa irresponsabilidad de “demagogos y déspotas” —para decirlo con Tocqueville que, de forma interesada y segiin las cxigencias de la coyuntura politica, do- tan de valores y contemdos el concepto de democracia. A ello se debe no solo que durante 25 siglos la democracia haya sido interpretada y pucsta en practica de muy diversas formas (incluso antitcticas), sino que cn su definicidn actual el confheto y cl disenso aparezcan como una anomalfa, una debi- lidad de la democracia. In otras palabras, lo que intentaré demostrar en las siguicn- tes paginas cs, primero, que la democracia no se define de una Colecctén de cruaderuon de dtoulgactn shee aspecles doclrinartos de is Yusticla Aechowal vez y para siempre; por el contrario, es un concepto en cons- tante construccion a cargo de una sociedad autorreflexiva; se- gundo, de alli que la democracia no sicmpre haya visto con miedo y zoz0bra el conflicto politico. Si asi lo hcmos asumido, no es porque la esercia de la democracia sca cl orden y Ia ar- monia —no hay decreto metafisico ni evidencia empirica que lo constante—, sino porque asi lo ha difundido una tradicién teGrica, principal dentro del debate sobre la democracia, que comicnza con Platén —uno de los mas conspicuos enemigos declarados del demos— y se cxtiende hasta nucstros dias, Para emplear la frase de Cornclius Castoriadis: “Desde Platon hasta cl hberalismo moderno y el marxismo, la filosofia politica estuvo envenenada por el postulado operante de que hay un orden total y ‘racional’ (y, por consiguiente, ‘Ileno de sentido’) del mundo y por su inevitable corolario: existe un or- den de las cuestiones humanas vinculado con ese orden del mundo; es lo que podria Hamarsc la ontologia unitaria”.> De esta visidn ontoldgica del orden sc desprende, siguiendo a Platon, que a cada cosa del mundo, “sea utensilio, cuerpo, alma 9 también cualquier animal”, le ha sido asignada una condicién con arreglo a ese orden unico, y su mejor destino cs desempe- far correctamente esa funcidn conferida.® Si cs asi —segun la tests platonica—, si cada cosa cumple con su funcién, cl orden prevalece. Como se sabe, Platén extrapola este esquema a la forma- cién de la Repibhia, en donde el orden civil depende, precisa mente, de que cada estamento social cumpla con Ja funcién que le fue asignada. lis evidente, bajo este enfoque, que el con- flicto no pueda ser interpretado sino como un enemigo abicrto del orden y por tanto un fendmeno anormal, expresién de la iracionalidad humana, que impide la armonia. Desde cntonces, la interpretacion platonica acerca del con- flicto (cultivada por otros teéricos a lo largo de varios siglos desde Sdcrates, Aristotcles, pasando por Agustin de Hipona, Alfonse Zicake flores Democracia y conflicto ‘Tomas de Aquino; mas tarde, en la ilusteacién, con Kant, hasta llegar al siglo xx de los totalitarismos y, hacia la segunda mitad, la revolucién neoconservadora estadounidense —Huntington, Crozier, cte.— que encuentran en cl caracter conflictivo de la democracia una de sus mayorcs dcbilidades) ha sostenido uno de los espejismas mas comunes sobre la politica y la democracia: presentarnos los regimenes democraticos como zonas libres de contlicto y disenso, como espacios ahistoricos en donde todos sus ciudadanos tenen una conviccién infranqueable hacia el consenso, la armonia y cl orden. Casi Ia adudad de Dias, como habria deseado san Agustin. Por lo demas, esta tesis platonica tambicn ha contribuido al proceso de mistificacion hist6rica de eso que solemos referir como “democracia griega” y que funciona como ideal, para unos, 0 como pesadilla, para otros y otras, sobre todo si atendemos a los sujetos de la exclusion del devs ateniense: las mujeres, los esclavos, los extranjeros, hecho que no debe soslayarse, mucho menos justificarse desde ningun punto de vista. Acaso, mas que disculpar o satanizar csta forma de exclusién en la “democra- cia griega”, valdria asumirla como una experiencia histérica superada por la mayoria de las democracias actuales. Una pric- tica inaceptable que no agota, mi muchos menos, las lecciones que nos brinda la Grecia clasica. Un botén de muestra de esta mistificacién vy maniqucismo es cl uso indiscriminado de la idea de “democracia gricga”, en realidad cl concepto se refiere a un periodo particular de la his- toria de Atenas —que algunos han ubicado entre los siglos vi y y, entre Solon, de Atica, Clistencs, de Atenas, a quicn Herodoto considera que “cred la democracia”, y la época de Pericles—? en cl que nacieron algunas de las institucioncs y practicas poli- ticas democraticas mas significativas de la antgtiedad, lo cual no supone que cse tipo de instituciones y practicas democratt- cas hayan prevalecido durante toda la historia griega ni en toda Grecia, que cn aquel tiempo, por lo demas, no existia como Colecetéu de caurdenice de divubjacée scbee aspeclos doclrntarios de la Suslicta Aectoral nacién ni como estado (en tanto intcgracién territorial, admi- nistrativa, politica y sociocultural).* Habra pues que regresar a Grecia —o particularmente a Atenas— y a su democracia realmente existenfe para empezar a despejar lugates comunes y dejar de temer al conflicto y al di- senso; para demostrar —siguicndo de cerca a los teéncos de la demoravia radical— que la poks griega cra tambicn pdlemos (anta- gonismo y conflicto); para documentar que cn la “democracia gricga” el orden no negaba cl confheto m al revé La “democracia griega” Si cn algo se parece la democracia de los antiguos a la de los modernos es en que cada cual la interpreta como mejor le viene y cada cual la imagina como mas le convienc. Y cs que la “democracia gricga” se ha convertido en una acumulacion de muitos, artificios y esperanzas. La cuestion es relevante en la medida en que hemos hecho de esa “democracia griega” un referente histérico para las socie- dades contemporaneas, un rascro que utilizamos para saber qué tan lejos o cerca estamos de esa especie de ideal democratico. Importa, ademas, porque cada interpretacién de la “democracia gniega” (con distintos énfasis en algunas practicas y no cn otras, mas o menos hberales, mas 0 menos iguahtarias, etcetera) da lugar a un cierto modelo democratico actual, que busca su legiti- macion historica, precisamente, cn una Grecia ficticia, inexi tente, ad bor respecto al orden politico que se defienda. El pasado se subordina al presente: la ““democracia griega” se vuclve un invento moderno, al que se le dota de contenidos y va- lores, que ademas se presumen ongénarios. Se cierra asi el circulo. Entre otras causas que explican esta mistificacién, una de las mas evidentes es la que advicrte el asombrado David Held, al descubrir que en la Grecia antigua no existian tedricos ni especialistas de la democracia que nos ofrezcan conceptos y Alfouso ZAaate lores Democracia y conflicto definiciones: “L's sorprendente el hecho de que no existe un teérico de la democracia, en la antigua Grecia, a cuyos escritos e ideas podamos recurrir para los detalles y justificaciones de la polis democratica clasica. Los conocimientos que tenemos de esta cultura floreciente proviencn de fuentes tan diversas como fragmentos de obras, ct trabajo de la ‘oposicion critica’ y de los descubrimientos de histonadores y arquedlogos”.” No deberia sorprender tanto, sobre todo una vez que se co- noce un poco de la demoecracia ateniense realmente existente. En. Atenas la democracia y la politica no eran cuestién de especialis- tas, de feenderatas si empleamos el poco afortunado término ac- tual. Antes al contratio. Como bien ha documentado Finley, en obra germinal [:/ navimiento de la politica, el saver tecnico (fechné) es considerado por la eeesia (la asamblea general en donde se tomaban decisioncs y legislaba) cuando se trata de “construir muros 0 navios” (Platén dixz), esto cs, cuando se trata de re ponder a la pregunta que interroga por el como; pero cuando se trata de asuntos que tienen que ver con la polis (hacer la guerra a un puchlo vecino, modificar alguna ley, fortificar la ciudad, per trechar la flota naviera, la formacion de los atemenses —paidia—, la realtzacion de juicios publicos y privados, de juegos y fiestas, etcétera), la eds escucha a los ciudadanos. L's cl demos (la te- umn de tribus) el que se enearga de escuchar, juzgar y discernir por qué y para qué de cada decision. fin el fondo, la diferencia entre cl lugar que ocupan los técnicos de la politica cn la demoeracia moderna respecto a la dechné en la democracia atemense se localiza en cl concepto de politica, cs decir, de aquellos asuntos que involucraban a la polis —-un concepto gue alude mas a la comunidad politica que a una nocién geografica o estatal; no esta de mas recordar a ‘Lucidides: 4a polis son los hombres.® Para Jos atenicnscs la politica implica “cuestiones universa- les”, por tanto no pucde haber fchné politica, nadie puede ser cspecialista 0 experto en esas cuestiones; en consecuencia, nadic Celeccten de cuadertos de divultyrcién sobre ectos doclrnariog de la Justa Electousd puede reemplazar al demos en los asuntos de la pods. De lo cual se desprende no sdlo la imposibilidad de la 4chné politica, sino que se constata que la practica atemiense de la democracia es total- mente contraria a la noct6n moderna de democracia representati- ra. Fl demas no pucde ser ni sustituido ni representado.'t Ello explica en buena medida la afirmaci6n, contundente y certera, de Castoriadis cuando sostiene que “EI espintu de la democracia hay que buscaslo, y se lo encuentra, en los poetas tragicos, cn los historiadores, en Herodoto en la discusién entre los tres sitrapas persas sobre los tres regimenes, en “Tucidides (y no sdlo cn cl Fipitafio de Pericles) y enidentemente. sobre toda y por encima de todo, en bas instituciones y en la prictica de la democractd” | Ademas de los testimonios de I Terodoto y Tucidides, de los poemas y tragedias de Esquilo, Sofocles y Euripides, acaso la defimcién mas original, acabada y espléndida acerca de la demo- cracia esta contenida en el muy ¢élebre Dacurso finebre de Pericles, del cual alpunos fragmentos merecen ser citados en extenso: ‘Tenemos un régimen politico que no emula las leyes de otros pucblos, y mas que imitadorces de los demas, somos un modclo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayo- ria, cs democracia. in lo que conciernc a los asuntos privados, la igualdad conforme a nuestras icyes, alcan- za a todo el mundo, micntras que en la eleccién de los cargos publicos no anteponemos las razones de clase al ménito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie, en razon de su pobreza, encuentra obstaculos debido a la oscundad de su condicién social si esta en condicio- nes de prestar un servicio a la ciudad. [..-] Amamos la belleza con seneillez y el saber sin rcla- jacion. Nos servimos de la nqueza mas como oportuni- Alfonse ZAnale Tlores Democracia y confticto dad para la accion que como pretexto para la vanaglo- na, ¥ entre nosotros no cs un motivo de vergiicnza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es mas bien no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a la vez su atencidn a sus asuntos particulates y a los publicos, y gentes que se dedican a diferentes acti- vidades tienen suficiente cnterio tespecto a los asuntos publicos. Somos, en efecto, los unicos que a quien no forma parte en estos asuntos los consideramos no un des- preocupado, sino un imitik y nosotros en persona cuan- do menos damos nuestro juicio sobre los asuntos, 0 los estudiamos puntualmente por medio de Ta palabra antes de proceder a lo necesario mediante la accién.'* Pese a todo, no ha sido Pencles y en mucho menor medida el demos quienes han servido de mspiracion para las principales inter- Pretaciones accrea de la “democracia gnega”, ni la fuente arqueo- ldgica de donde provienen los vestigios y las evidencias de alguna de las pricticas democraticas ¢ instituciones politicas mas valiosas y trascendentes. Muchos han pretendide encontrar —y le ha he- cho cn uno de ios enemigos mas tenaces del daox, Platon, al tednico de la politica y de la democracia que andaban buscando. Para decirlo, de nuevo, con Castoriadis: “Lopamos conti- nuamente con autores que hablan del ‘pensamiento politico gniego’, cntendiendo por tal a Platon. Pero eso cs algo tan tidfculo como querer encontrar el pensamicnto politico de la Revolucién irancesa en Joseph de Maistre o en Bonald. La creacién politica gricga es esencialmente la democracia —ob- jeto del odio incxtinguible de Platén. Liste acurmula sobre clla las calumnias que por lo demas ha logrado imponer a gran parte de la opinion, erudita y lega, durante mas de dos mul anos”. Y cs, precisamente, a cse brillante enemigo jurado del de- mos a quien debermos —entre otros continuadores de esa tradi- cion— el espejismo de una democracia libre de conflictos. Colecaitn de cuadertos de divult.rciéu sober aseecles doctrinarles de la Juckeia Electoral Platon: aristos contra demos Estamos frente a un fundador del mundo Antiguo y de la filosofia universal que ha trasccndido por mas de veinte siglos. De origen noble, testigo de la derrota ateniense cn la guerra del Peloponeso y del juicio que finalmente condujo a Sécrates —su maestro— a la muerte, Platon es, sin mas, un pilar del pensamiento del mundo occidental. Por clo, no es desmedida la descripeidn de Jeager sobre Platon: “Mas de dos mil atios han pasado desde el dia en que Platén ocupaba cl centro del mundo espiritual de Grecia y en que todas las miradas conver- gian en su Academia, y adn hoy sigue determinandose cl cardc- ter de su filosofia, cualquiera que cella sea, por la relacién que guarda con aquel fildsofo. ‘Todos los siglos de la Antigtiedad posteriores a él ostentan cn su fsonomia espinitual, cualesquic- ra que scan sus vicisitudes, rasgos de la filosofia platonica”.!S Aunque en el siglo xx dcbemos a autores como Karl Popper y Hannah Arendt una interpretacian critica de la Filosofia platémica como uno de les primeros antecedentes ideoidgicos del autori- tarismo, quizas habria que entender el pensamiento platonico sobre fa politica y la democracta como expreston del profundo abaumuento de los ciudadanos atenienses tras su derrota ante los espartanos, luego de sostener una guerra de treimta afos que sin duda trastocé sensiblemente la vida de la poéy atenicnse. Como se sabe, en su critica a los sofistas Plat6on ofrece algunas de las tesis mas consistentes de toda su obra. A riesgo de empobrecer la visién platonica sobre la politica y la demo- cracia, s¢ podria sostener que uno de los fines mas conspicuos de Platon cs tratar de proponer una respuesta racional y justa a la pregunta acerca de la forma de gobicrno que condujera a la itda buena alos hombres. Discernir entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y aquello que no lo es —en otras palabras, arribar al ben juiciv y acceder ala rida bvena— era un asunto de orden y armonia. Seguin Platon, Alfouse ZAeake Teves Democracia y conflicto cl cosmos (ese espacio donde caben todos los objetos y entes del mundo) cs un todo arménico, universal, eterno € inmutable que conforma el bien abyoluto. Reflejo del cosmos, cada ser vi viente esté determinado por un orden interno, que a su depende de la funcién (ergo) que le fue asignada por el cosmos. A través del conocimiento (epirveme), los individuos consiguen descubrir cual es la funcidn y cudles son los atributos que les ha conferido la naturaleza, cn la medida que cumpla con esta fun- cidn, en csa medida se estaria respondiendo al propio orden interno y, al mismo ticmpo, a la armonia del cosmos. Bajo la mirada platonica, “La justicia —segtin colige Enri- que Scrrano— es la virtud suprema porque denota el cquilibrio propio tanto del orden interno de cada cosa, como del orden que configuran las rclaciones externas entre todas cllas (casvzos). Lo justo, de acuerdo con cesta conclusién, es que cada ser se comporte conforme a la armonia inherente a su naturaleza, lo que permitira su realizacion, asi como la conservacion de la armonia universal. |...| Desde la perspectiva platonica cl hom- bre justo es aqucl gue logra que cada una de las partes que configuran su alma cumpla su funcién y, de csta manera, sc establezca entre cllas una jcrarquia armdnica, donde la parte racional adquicre Ja primacia”’.'* Con estas piezas, Platn arma su discurso sobre la politica y la democracia. Por analogia, Platon inficre que al igual que cl cosmos y que cl interior de los hombres, la podis est determina- da por un orden propio, que depende de que cada estrato social realice su funcién asignada por la naturaleza, lo cual no corres- ponde sdlo a los hombres sino al gobierno de la pods. De lo anterior se sigue que todo aquello que impida. el or- den natural de la polis resulta, para Platon, una anormalidad, una anomalia derivada de la “ignorancia y debilidad” humanas, que el gobierno de los mas sabios debe ayudar a superar. Como lo hemos dicho, a través de la episteme se descubre la funcidén que fue asignada por cl cosmos a cada ente, por tanto, Coleccli de aaderves de divubzacien sobre aspecles deckinacios de la Sueticia Electonal cl gobierno de la pods debe ponerse en manos de aquellos hom- bres del “mundo de las ideas”, que estan por cneima de la simple opinion (dexa), es decir, los fildsofos: “[...] cl género humano ~~escribe el joven Platon cn una muy conocida epis- tola— no vera dias mejores hasta que adquicra autosidad politica la raza de quienes sigucn recta y auténticamente la filosofia o hasta que la raza de los gobernantes se convicrta, por alguna suerte chvina, en esurpe de verdaderos filésofos”.!7 Es al gobierno de aquellos que poscen la sabiduria (los mejores, dnof en griego; que solian ser, también, los dristos, Jas famihas ilustres), a quien corresponde ¢limimar cl conthcto y asi procurar cl orden politico y la armonia del cosmos. “Para Platén la asimetria entre gobernantes y gobernados sélo es legi- tima cn tanto los primeros poseen un saber que les permite ditigir la dinamica social hacia la realizacion de cse supucsto orden racional; mientras que los gobernados, al careeer de ese saber, tienen la obligacién de obcdecer”. Visto asi, la politica sugerida por Platén es /echné, sabnduria técnica acerca de los asuntos de la pols, es decir, cxactamente lo opuesto a aquella necion democratica —en el sentido mas literal— de politica que se cultivaba cn tiempos de Pericles (“primer ciudadano de Atenas”) en donde se rechazaba la idea de una éechné politica, en tanto que no se reconocia a nadie como especialista en asuntos universales. Ya no sera el demas, sino el dristei quien decida lo que mas convicne a la pods. Como se ve, la democracia sin conflictos td asociada a una forma aristocratica de gobierno, que por lo demas es en donde se vuelve mas frecuente la practica clecto- tak “|...} para los griegos, las elecciones no reflejan un princi- pio democratico, sino un principio aristorrifice’.” De la Repribdea a las I eyes Platén incorpora la ultima pieza de su arquitectonica politica: como la naturaleza humana esta en conflicto consigo misma,” y no todos los hombres son vir- tuosos —en el sentido epistemico que Platén le concedia al Alfonso Ziale Tones Democracia y conflicto término hercdado, cn gran parte, por su maestro, Socrates—, es decir, no se procuran una sida baena: racional y armobnica respecto a la totalidad (al cosmos), entonces se impone la ne- cesidad de que la pofy garantice el arden politico no sdlo a tra- vés de la epésteme sino a través de leyes, es decir, de la coaccion. “Arquedloga” de la demoeracia, Cynthia Farrar ha hecho una interesante observacion acerca de este tema en Platon: “Fin la ¢poca cn que escribid las I 2yex, Platon ya no ercia que la forma de} bien pudiera calar en un alma hasta ¢l punto de volyeria inco- rruptible. No cabia esperar que ninguna psi€e [alma|*! gobernara la pods scgun los dictados de la razon. |...| las Leer de Platon, al igual que la Repyblea, ins dual: en un caso por medio de los reyes y filsofos que cncarnan el bicn; en cl otro, por medio del fildsofo Platén que la legisla” * Seguin lo veo, en una lectura desde Ja historia y la teoria, el progresivo desencanto de Platén sobre ta naturaleza humana marco e} desarrollo de su pensamicnto politico: del gobierno del dewios, Platon paso, en la Repibhca, al dristoz: ol gobierno de los mejores que suponia la chminacién del conflicto politico en aras del orden y la armonia; de alli, dio ef salto al gobierno de las Ieyes, convencido de que no habia naturaleza humana lo suficientemente virtuosa para gobernar la podis. “1's necesario que los hombre: ten en abrogar la autonomfa indivi- den Jeves y que vivan conforme a leyes 0 en nada sc diferenciaran de las bestias. 1a razén de esto es que no se produce naturaleza humana alguna que conozca lo que con- vienc a los humanos para su régimen politico y que, conoci¢n- dolo, sea capaz y quisicra siempre realizar lo mejor”. En suma, lo que Platon desea, en todo momento, es erradt- car el conflicto politico que, por lo demas, parece tdentifiear como parte sustantiva de la naturaleza humana, tanto que no habria ni siquiera entre los mejores (los drixtez) algan hombre cxen- to de esas debilidades c irracionalidades, capa de saber qué conyiene mas a los humanos y asi mantener el orden de la potty y del cosmos. Celeceitn de cunderos de divulacte sobre aspeclos docktnartes de la thslicia Aectonal En cualquier caso, bajo este encuadre la politica y la de- mocracia quedan reducidas a la techné, la “técnica de gobierno” que erradica el conflicto a través de la marginacién del demos, ¢ incluso al drvtoi, del gobierno de 1a polis. Al final, Platén ha puesto de cabeza la democracia atemense: ¢l demos se ha quedado sin kratos. Agonismo democratic Antes y después de Platén no han faltado interpretaciones agonistas Ac la democracia. Desde los sofistas hasta Hannah Arendt y, mds recientemente, los partidarios de la democracia radical, como Chantal Mouffe y Ernesto | aclau, se ha construi- do una tradicién tedrica que define la democracia a partir de su capacidad para integrar el conflicto politico al orden civil. No es propiamente la traducci6n sino ayuello que designa- ba agdn lo que hoy parece dificultar su cabal compresi6n. Y es que tras la guerra del Peloponeso, Atenas experimenté una de- bacle en muchos sentidos, inchiido, desde luego, el de sus prac- ticas polfticas, como el agé#. La guerra del Peloponeso acabé con la democracia ateniense. Como se sabe, entre los gobier- nos de ‘Temistocles y Pericles (“el alma de Atenas, cuando Ate- nas cra cl alma de Grecia”) y sus sucesores, Alcibiades, Clesn y Nicias —pasando por la breve tirania de los ‘Lreinta, entre los que se encontraba Critis, tio de Platén—, la democracia atemiense sc cxtinguid. Aunque la versi6n mds difundida sobre la agenéstiea esté rela- cionada a la idea de “competencias atléticas” y a la gimnasia, cl término alude, también, a la “gimnasia del espiritu”, a los cjer- cicios intelectuales: “[...] los griegos denominaron agén a los debates judiciales, porque tenian siempre la impresion de que se trataba de la lucha entre dos nivales, sujeta a forma y a la ley. Nuevas investigaciones han mostrado cémo en la oratoria juridi- ca del tiempo de los sofistas sc iban sustituyendo las antiguas Alfonse Zdarle flores Democracia y conflicto pruebas judiciales, testimonios, tormentos y juramentos, por la argumentacion ldgica de la prueba introducida por la retérica”.?* A partic de esta nocién de agdz, Chantal Mouffe sostienc que el reto de las democracias actuales —luego de rccuperar este sentido original del término gricgo— es convertir al ene- migo en adversario, cn crear instituciones que permitan tran: formar cl antagonismo en agonivmo. “Til orden democratico exige que el oponente ya no sca considerado como un enemigo a destruir, sino como un adversano. Juchamos contra sus ideas, pero le reconocemos el derecho de afirmarlas y de defender- las”. Por lo demas, “Una vez que hemos distinguido entre e- tagonismay (relacion con el enemigo) y agenivno (relacién con €] adversario), podemos comprendcr por qué el enfrentamicnto agonal, lejos de representar un peligro para la democracia, cs en realidad su condicién misma de cxistencia. Por cierto que la democracia no pucde sobrevivir sin ciertas formas de consenso —quc han de apoyarse en Ja adhesion a los valores ético-politi- cos que constituyen sus principios de legitmidad y en las insti- tuciones en que se inscriben—, pero tambictn permite que el conflicto se exprese, y cso requiere la constitucién de identida- des colectivas en torno a posiciones bien diferenciadas”.”* Pero no sélo a través del agén se expresaba el conflicto en la democracia ateniense. 1a mtcrpretacién sofista del mundo permite conocer mas sobre el conflicto cn la remota Atenas; atin mas, nos permite sostener la afirmacién —expresada arri- ba— de que el conflicto no negaba el orden cxistente, de que la libertad de los individues no suponia anarquia ni caos. Pedagogia demacrética Para los sofistas cl conflicto humano era practicarnente in- evitable. Y lo era porque expresaba la cterna tensién entre las leyes de los hombres (somos) y Jas de la naturaleza (phyis), en esa medida el conflicto no cra resultado de la debikidad o irracionali- Colveclen de aurdenos de divulgacion sebre aspectos doctrtnartos de ta quslicta Electoral dad de los hombres (como sostenia Platén), sino que expresaba la confrontacién entre los impulsos naturales —cl interés de cada hombre, dictado por la “naturaleza”— y las Icyes del orden civil. Tlevada a la pods, esta tension asumia otra polaridad: entre los intereses del ciudadano y los de la ciudadania. La respuesta de Platon a este dilema ya la conocemos. En sentido opuesto, los sofistas, los atenienses en general, encon- traron en la formacién de ciudadanos una solucion para hacer compatibles los intereses de cada uno con los de la pods. Liber- tad y orden civil, eso era la podiy ateniense: “La posibilidad de conflictos entre la personalidad del mdividuo y su identidad civica fue consustancial a los fundamentos de la pods. |...| los atenienses intentaron adaptarse al creciente radio de accién de la polis, a las pretcnsiones que ésta tenia de crear el orden a partir del desorden y de expresar cl poder de los que carecian del mismo. Ni el funcionamiento de la pads democratica ni los imtentos de comprender lo que implicaba pudieron acabar ja~ mas con las contradicciones, pues cllo habria significado, como hicieron Platon y Anist6teles, poncr fin a la politica”.*” En efecto, la polttica ateniense se convirtié en conflicto y la demncracia en la forma de resolerle. Mas que un mecanismo, la democracia ateniense resultaba un modo de vida —cuyos rasgos principales son bellamente descritos cn la Oraciin fiine- bre, de Pericles— que se sostenia en una pedagogia cotidiana que empezaba cn la paideia’* y que continuaba en la pofs. Ja democracia ateniense era una pedagogia, una nueva pe- dagogia que condujo a transformar la antigua paideia aristocra- tica —que predommaba desde Homero— en una educacién ciudadana, que “comicnza propiamente —asegura Jaeger— cuando el joven, salido de la escuela, entra en la vida del esta- do y se halla constrefiido a conocer las leyes y a vivir de acuer- do con su modclo”.” En esa direccién apunta el sofista Protagoras, uno de los mas grandes cducadores del mundo griego, cuando sostienc que Alfouso Zdaale Flores Demoaacia y conflicto en la pody —cn sus tradiciones vy leyes, en la interrelacidn de los ciudadanos-~ es una escuela para cl demos, que en la medida que hace mas competente a cada uno de los ciudadanos, asegu- ra cl bicnestar de la colectividad. Seguin Ja interpretacion de Marrar, “Protagoras arguye que la interaccion de la ctudadania y los grupos dirigentes, tipica de la pods, fomenta en el demas cl buen juicio a la hora de tomar las decisiones, y asegura que prospere cl mejor liderazgo posible. Ja podiy puede atribuir juicio y capacidad de contribuir al orden politico al cudadano como tal, porque requicre y fomenta esas cuahdades. Ia interaccién politica facilita la competencia de todos los ciudadanos en gencral (la medida cs ¢l hombre, y cual- quicr ciudadano esta capacitado para contribuir al ordenamicnto po itien) permite tambicn la supcracién del individuo”.” la pods democratica sc sostiene en la cahdad del demos, decir, en la Formaciin (paidead) de ciudadanos compctentes y, al mismo ticmpo, respetuosos del orden, las leyes y las tradicio~ nes (que en Atenas son mucho mas que cso)"! de la pods. Como ya no depende de la ister, entonces la poly se con- vierte, necesariamente, en una escuela democratica —por de- cir no-aristocrata— Uel demos. “Ein la pofiv —afirma [arrar— todo el mundo enserfia o transmite las virtudes y habilidades sociales esenciales, tales como la obediencia a la ley, cl lengua- jc y la capacidad de usar el fuego, a fin de que todos lleguen a scr compcetentes. Una vez traspasado este nivel ba pectos sociales y los técnicos siguen caminos distintos o mas bien divergen cn la pole democratica. in una oligarquia, los mejorcs hombres cnsefian las cualidades politicas sdlo a sus proptios hijos o a sus iguales, del mismo modo que, en todas 12 pokis, los mejores artcsanos transmiten sus habilidades a sus hijos. Sin embargo, cn la podis democratica se considera que la capacidad politica es esencial para Ja continuidad y la eficacia del orden politico. Asi, los ciudadanos mas habiles y virtuosos ensefian a todo el mundo gracias a la interacci6n de los unos y ico, los as- Coleceri de cnadentes de devulbeti sobre Ace declriuartes dela Jueticla Meckeanl asi otros que se produce en la asamblea y en el consejo. Esto tiene como resultado que cuantos poscen dotes naturales, y no sola- mente los hijos de los dotados, alcanzan la excelencta. El orde- namicnto politico asume y amplia el compromiso de alcanzar la excelencia propia de la artstocracia”.* En la poy atenicnse se condensa la tensién siempre laten- te on el demos: los intereses de cada ciudadano y tos de la ciuda- dania como colectividad con fines comunes. Por tanto, una polis que a diario pone a prucba su capacidad para enfrentar los con- flictos. Siempre en tensidn, la democracia atcnicnse consigue garantizar los derechos de los ciudadanos sin desmedro del or- den civil. A través de la educacion (paideid), primero en la escuela y lucgo a través de las leyes y tradicioncs, la comunidad atenicnse se asegura que la libertad que le confiere a cualquicr citudadano (carpintero, herrero, marinero, noble © pobre), de tratar en la Asamblea del pucblo los asuntos que a su juicio sean rclevan- tes para la pots, sea aprovechada de la mejor manera. A cambio de esa libertad —en la que Hannah Arendt ha encontrado “cl objeto de la democracia”, pues permite la for- macion del espacta piblico—, los ciadadanos aceptan respetar el orden civil, no como obligacién —judicial— sino como una practica cotidiana, orientada a honear las leyes y las tradi- cioncs cn las que se han formado y que descan heredar a su descendencia.* Quien mejor ha logrado deseribir ese contenido escncial de Ja democracia ateniense es, sin duda, Pericles, a quien Cornchus Castoriadis recurre para documentar su interpreta- cion “sustantiva de la democracia” que merece ser recuperada. Jucgo de reconocer en la Oracién finebre de Pericles “cl mayor monumento del pensamiento politico” que le “haya sido dado leer”, Castoriadis sostiene que “Pericles mucstea implici- tamente la futihdad de los falsos dilemas que enyenenan la fi- losofia politica moderna y en gencral la mentalidad moderna; el Aljeueo Zadeale Flores Democracia y conflicto “individuo’ contra Ja ‘sociedad’, ‘sociedad civil? contra el ‘esta- do’. Para Pericles el objeto de la institucién de la polis es la creacién de un ser humano, el ciudadano atenicnse, que existe ¥ que vive en la unidad y por la unidad de estos tres clementos: cl amor y la practica de Ja belleza, el amor y la practica de la sabiduria y la responsabilidad del bien publico, de la colectivi- dad, de la polis Ccayeron valientemente en el combate aspiran- do con buen derecho a no verse desposeidos de semejante poks, y es facil comprender que entre los vives cada uno esté dis- puesto a suftir por ella’, ‘Tucidides, u, 41). Y estos tres elemen- tos no pucden separatsc: la belleza y la sabiduria tales como las amaban y las experimentaban los atenicnses, s6lo podian exis- tr en Atenas. I: ciudadano atcniense no cs un ‘filésofo priva- do’ mun ‘artista privado’, es un ciudadano para quicn cl arte y la flosofia han legado a ser modos de vida. Hsa es, segdn creo, la verdadera respucsta a la pregunta relativa al ‘objeto’ de la institucion. politica’”.+ La interpretacion de Castoriadis me permite insistit cn que la democracia ateniense, su contenido, practica ¢ historia, ¢s un asunto, mas que de tedricos y especialistas, de la pols, por tanto, del devor. Alli es donde se debe buscar su significado y su interpretacién, entre los ciudadanos, en sus discusiones cn el agora (ese espacio publico de discusién) y en la ew/esia (espa- cio publico deliberativo, diria | labermas). A diferencia de las democracias modernas, Atenas le apos- t6 a la ciudadania, a su buen juicio sobre los principales asun- tos de la pods, a su capacidad como legisladora (en Atenas la ecclesia era la que legislaba), a la sensatez entre cl interés perso- nal y cl de la ciudadania. Los atenienses convirticron la polis en una escucla y en un fin colectivo; hicicron de la politica y la demoecracia una pedagogia. Se educaba para la democracia y la palf- Htea, exto ¢s, para ser cindadano. \.a democracia no era pura volun- tad del demas sino formacion, aprendizaje cotidiano, responsa- bilidad de cada uno por el bicn de todos. Colecetdn de cradernes de divulkacién sobre aspecles declinarios dela tucteta Aectceal Log atenienses aceptaron cl costo de mantener su libertad para expresar sus juicios y, cn consecuencia, sus diferencias y conflictos. La libertad de todos no derivé en la tirania de nadic. El conflicto entre ciudadanos no suponia la disolucién del or- den politico. Habia conflictos pero también leyes, tradiciones y fines colectivos que la mayoria honraban. 1/1 contenido de esas leyes y fines colectivos podia cambiar, lo que no cambraba era Ja conviccién general acerca de mantener un orden politico. Mas que un modelo a seguir, Atenas es la evidencia histo- nica no solo de una democracia cabal, realmente eistente, que se sostuvo precisamente cn la calidad de sus ciudadanos, sino de que cl conflicto politico expresa un cierto orden civil democra~ tico (de alta complejidad por cl tipo de cudadania, de organi~ zacion politica, de tradiciones y leyes que precisa), cn cl que la libertad de los c1udadanos y las diferencias entre ellos no con~ duce al desgobierno. 2. Democracia moderna Cayo Atenas y con ella acaso la practica democratica mas acabada c ilustre que hayamos conocido. Durante siglos la de- mocracia fue enterrada entre los escombros ¢ ideales de un pa~ sado glorioso quc jams volyeria. Por lo menos hasta hoy. Con el tempo, Atenas se convirtio en parte de ese recuer- do distante, vago, borroso, casi mitico que por comodidad y falta de rigor dimos en llamar “democracia griega”. Fueron mas de 20 siglos durante los cuales la democracia estuvo casi ausente —salvo para denostarla— no sdlo como forma de gobierno sino incluso dentro de nuestro vocabulario. No fue sino hasta el siglo xvi, cl siglo de las revoluciones, que la democracia —me refiero a algunos de sus principios, leyes ¢ instituciones— empezo a abrirse paso, de la mano de la bur- gucsia, entre las viejas monarquias. Para algunos historiadores, como Biancamaria Fontana, la Revolucién francesa abrid la Alfonse Zseale Flores Democracia y conflicto