Sei sulla pagina 1di 131
El aprendiz de historiador y el maestro-brujo Pore eet eco M ees EG entice ke Ul air WA Eells Amorrortu editores De Piera Aulagnier en esta biblioteca La violencia de Ja interpretacién El aprendiz de historiador y el maestro-brujo Del discurso identificante § aldiscurso delirante ~ Piera Aulagnier ¢ Amorrortu editores $} Buenos Aires - Madrid © Biblioteca de psicologia y psicoandlisis i weg, ae Directores: Jorge Colapinto y David Maldavsky A todos los que me han demandadbo y permitido oir Lapprenti-historien et le mattre-sorcier, Du diacours identifiant au discours su historia. délirant, Piera Aulagnier © Presses Universitaires de France, 1984 - Primera edicién en castellano, 1986; primera reimpresién, 1992; segunda % reimpresién, 1997; tercera reimpresién, 2003 j ‘Traduccién, José Luis Etcheverry La reproduccién total o parcial de este libro en forma idéntica o modificada por cualquier medio mecénico, electrénico o informatico, incluyendo foto- & copia, grabacién, digitalizacién o cualquier sistema de almacenamiento y re- euperacién de informacién, no autorizada por los editores, viola derechos reservados. : © Todos los derechos de la edicién en castellano reservados por Amorrortu editores S. A., Paraguay 1225, Prise (1057) Buenos Aires www.amorrortueditores.com : Amorrortu editores Espafia SL CVelazquez, 117 - 6° izqda, - 28006 Madrid - Espafia Queda hecho el depésito que previene Ja ley n° 11.723 Industria argentina. Made in Argentina ISBN 950-518-481-6 . . ISBN 2-13-038600-8, Paris, edicién original ~ 150.195 —Aulagnier, Piera AUL El aprendiz de historiador y el maestro-brojo.- 1" ed. 3* reimp. ~ Buenos Aires ; Amorrortu, 2003. 272 p, ; 23x14 cm.~ (Biblioteca de psicologia y psicoandlisis) Traduccién de: José Luis Etcheverry ISBN 950-518-481-6 I. Titulo, - 1, Psicoandlisis Impreso en los Talleres Graficos Color Efe, Paso 192, Avellaneda, provincia de Buenos Aires, en octubre de 2003, ‘Tirada de esta edici6n: 1.500 ejemplares, Indice general 1 1B 51 bl 56 95 107 186 149 149 67 168 168 178 187 189 194 196 205 Agradecimientos Introduccion Primera parte. Historias llenas de silencio y de furor 1. Philippe o una infancia sin historia A. El marco de los primeros encuentros B. Las cuatro versiones de la historia de Philippe C. A la escucha de Philippe D. Hacia una nueva version E. Una respuesta provisional 2. Odette y su memoria A. La demanda de Odette ' B. La historia de la infancia 3. Las entrevistas preliminares y los movimientos de apertura A. Las entrevistas preliminares B. La apertura de ta partida en la psicosis Segunda parte. Una historia llena de interrogantes 1. Historiadores en busca de pruebas Dos notas de pie de pagina 2. Un discurso en el lugar del «infans» (Ty) — T;) 8. El concepto de potencialidad y el efecto de encuentro 225 227 244 Conclusion. Cuando la fiecién anticipa a. la. teoria 1. Un precursor del double-bind: Orwell y el mecanismo del pensamiento doble 2. El peor de los mundos Agradecimientos } En el curso de los meses que dediqué a escribir este libro, tuve muy presentes algunas lecturas, recientes y no tanto. Sobre todo, el ultimo libro de Joyce McDougall, Théatres du Je (Gallimard, 1982), y los cambios de ideas tan amistosos que hemos tenido; el libro de Eugéne Enriquez, De la horde a [Etat (Gallimard, 1983), y su andlisis del espacio social; los tra- bajos de Maurice Dayan, que aleanzaron expresién en su tesis de doctorado Inconscient et réalité (de préxima publicacién); la obra de Serge Viderman, confirmacién anticipada del andlisis como construccion de una historia nueva (La construction de Pespace analytique, Denoél, 1970; Le céleste et le sublunaire, PUF, 1977). : Quiero agregar por ultimo, para los participantes del grupo de investigacion de los lunes por la noche, cuan vivificantes me resultan sus aportes, y ello desde hace ya muchos afios. Desde luego que la lista es incompleta, pero es lo propio de toda enumeracion de este tipo. 11 Introduccion " Los aprendices de historiador y el maestro-brujo Mas pasa el tiempo, y m4s me-convenzo de que las cuestio- nes que privilegiamos por veces en nuestro itinerario teérico, si de buena fe creemos que nos vienen determinadas por la importancia que ha cobrado cierto fenémeno clinico, cierta lec- tura nueva, en realidad con ellas no hacemos mas que retomar, en otras formas, lo que yo lamaria las «cuestiones furidamen- tales» propias de cada analista. Puede que ellas designen el punto conjugado de resistencia y de fascinacién que singulariza la relacion de ese analista con la teoria analitica. No menos convencida estoy de la importancia de las lecciones que la clini- ca nos dicta, muchas veces en forma de fracaso, asi como de la necesidad de mantenernos receptivos a lo que otros descubren y ofrecen a nuestro pensamiento. Sin embargo, cada analista —lo prueban los eseritos— privilegiar4 en sus aportes teéricos y en su experiencia clinica los elementos que puedan permitirle profundizar en sus «cuestiones fundamentales». El propio Freud, a quien empero se debe el descubrimiento de la totali- dad de nuestros conceptos, no es una excepcién a esto. Una lectura de sus escritos clinicos no deja duda alguna sobre el papel privilegiado que otorga a la cuestién del padre y a la problematica de la angustia de castracién. La insistencia repe- titiva de las mismas interrogaciones no vuelve al analista, al nienos asi lo espero, sordo y ciego a la complejidad del campo teérico y clinico, pero si explica por qué la problematica del narcisismo, del duelo, dela relacién con el cuerpo, del complejo de Edipo, de Ja relaci6n oral, perseguidora... habra de ocupar un puesto de predileccién en la reflexién teérica de los autores y sobre todo en su escucha e interpretacién del hecho clinico. De ali la exigencia de estudiar solicitamente la obra de los demas a fin de protegernos en parte de un interés selectivo que pudiera amputar el capital teérico de que dispusiéramos, y en esa misma medida menoscabar la pertinencia de nuestro itinerario clinico. 13 Por lo que a mi toca, tengo la impresién de que, desde mis § primeros escritos a esté texto, dos cuestiones aparecen siempre % en filigrana: . a. La-funcién del yo LJe]* como constructor que jamas des- cansa, e inventor, si es necesario, de una historia libidinal dela que extrae las causas que le hacen parecer razonables y acep- 3 tables las exigencias de las duras realidades con las que le es. preciso cohabitar: el mundo exterior y ese mundo psiquico que, # en buena parte, permanece ignoto para él. ‘ b. La relacién entre esta funcién de historiador, propia del yo, su pesquisa causal (0 ese «afan de causalidad», para reto-. 3 mar una expresién de Cassirer que cito con frecuencia) y una teoria y un método, los nuestros, que privilegian-la busca y el ¥ develamiento de un nuevo tipo de causalidad y los «beneficios # primarios» que de esto puede esperar el yo. 4 Mi esperanza de hallar respuestas puede que tenga alguna @ relacién con la de imponer limites a mi tendencia «natural» are- lativizar todo discurso que pretenda decirme en qué consisten Ja realidad y la verdad, tendencia que explica mi entusiasmo ju- venil y persistente por Pirandello, La formula A cada cual su verdad es hermosisimo titulo para una pieza teatral igualmen- 4 te bella. Pero desde mi posicién de analista no podria conver- tirla en mi divisa sin tener la sensacién de incurrir en un abuso de poder, que no puedo ni quiero aceptar, sobre el pensamien- § to de los demas. Pero si este deseo de aleanzar certidumbres trabaja en todo «pensante», si puede llevar al sujeto a ese ase- sinato de su pensamiento perpetrado por su alienacién a un 4 dogma inmutable e intocable, elsujeto puede obteneresemismo § fin escogiendo una via en apariencia antinémica: afirmar que la verdad no es otra cosa que un error todavia no reconocido co- mo tal, al que habra de remplazar un error nuevo, y esto en una repeticién sin término. Aceptado ello, los conceptos de teoria, de {4bula, de mito, de ilusién, de verdad se vuelven equi- j valentes. Tratese del andlisis o de cualquier otra disciplina, no hay verdad definitiva,.como tampoco puede existir una histo- ria del conocimiento que permitiera predecir hacia qué descu- brimientos, benéficos.o catastréficos, nos lleva ese movimien- ¥ to. Pero a la inversa, existen construcciones teéricas que los autores han aceptado someter a la prueba de la «durarealidad» * [Con mimiscula en todo este libro; en cambio, con maytiscula el Yo ins- tancia en el sentido de Ja segunda tépica freudiana (Moi). (N. del T.)} 14 , de los hechos, y otras que se parecen mucho a esos fragiles decorados de teatro. que se cambian segtin la escena represen- tada y, todavia mas, segun las presunciones acerca de los gus- tos de los espectadores de quienes depende el éxito de la pieza. Me inclinaria a comparar nuestra teoria con una historia de Ja ontogénesis del deseo, y a relacién analitiea, con un encuen- tro entre un analista historiador, que posee su versién de esa ” ontogénesis, e historiadores profanos que defienden cada uno Ja suya: estos se consideran duefios de una versién exhaustiva merced a su creencia en una identidad espacial y temporal en- tre el yo y la totalidad de la psique. En biologia, la ontogéne- sis trata del desarrollo del individuo desde la fecundacién del huevo hasta el estadio final de su desarrollo. En andlisis, la ontogénesis trata de los deseos‘(de las causas) por los que un huevo pudo ser fecundado, y de las consecuencias que traen en el entero devenir de ese en él mismo Ja accién de sus afectos, de «pensar» lo que lo trabaja. Su defensa consistira en este caso en «analizar» (dos veces entre comillas habria que poner el término) las razones de su vivenciar, de sus pensa- mientos, de sus afectos, para lo cual apelara a causalidades, a 5 Estos permite afirmar que to- 7 Digo concepeién, no teoria, En efecto, este segundo término, aun —y di- via: sobre todo— cuando uno se refiere a las teorias sexuales infantiles, slo tiene derecho de ciudadania porque Jos tedricos acuerdan valor universal a los postulados sustentados. 29 das las francesas se representen como Policias en su inconeien- te. Cuando Jo oido nos enfrenta alo excepcional, a lo no-todavia- encontrado, tenemos que bendecir nuestra suerte, pero tam- bién refrenar nuestras tendencias a crear nuevas entidades no- 4 sograficas o nuevos conceptos de valor universal. Bendecir # nuestra suerte porque, justamente, relacionar lo excepcional # con Jo cotidiano de nuestra practica es lo que puede permitir- Nos enriquecer conocimientos ya «familiares»; y refrenar una 4 ambicién tedrica que se anticipara a una correcta toma de co-. 4 nocimiento del fenémeno encontrado. Por eso en el andlisis que propongo del papel que desempefian esas «concepciones secre- tas» he privilegiado aquellas cuya ‘frecuencia y similitud més me han impresionado: las concepciones que se refieren al cuer- po, a menudo de manera privilegiada al funcionamiento sexual q y a la reproduccién (lo que puede desembocar en una convic- 4 ‘eién igualmente particular atinente a veces a Ja filiacién en el a sentido amplio del término, a veces a la razén de tal o cual § parecido y a la significacién que habria que atribuirle). 4 EQué se puede decir de Jas fuentes y de la funcién de esas 4 certidumbres «extrafias»? . 3 En ciertos casos remiten a algo ya-oido en el discurso man- tenido por los padres. Uno tiene la sensacién de la existencia 4 de una «concepcidn familiar» sobre el funcionamiento psicoso- 4 ‘matico, propia de los miembros que componen esta familia y ‘ aun de sus ascendientes directos. El nifio ha hecho suyos, sinla 7 menor critica, ciertos enuneiados del discurso mantenido sobre a las condiciones necesarias para la vida del cuerpo. Se comprue- ba también que esos enunciados privilegian a menudo expre- : siones metaféricas (tener el corazon lento, comerse el higado, @ quebrarse la cabeza...), y que la dimensién metaforica desa- 4 parece cuando el nifio hace suyo el enuneiado, aunque tal vez 4 ya estaba ausente del discurso parental. Daré un primer ejem- % plo. Habia quedado yo mas que sorprendida oyendoaunode mis 3 pacientes, médico de reputacién internacional yquenopresen- ¥ taba el menor trastorno psicético, explicarme la relacion que | _ existia entre su sistema digestivo, su sistema circulatorio, su § sexualidad y la presencia o la ausencia de su capacidad de fe- cundacién. Asombro que habia reforzado una hipotesis presen- 3 teen mi espiritu desde hacia cierto tiempo. Cada vez que un contratiempo profesional, sexual, relacional surgia en su vida, 4 este sefior ine lo comunicaba recurriendo infaltablemente a la formula: «No soportaré el golpe si sigo haciéndome tanta mala 30 sangre» [sang d’encre; palabra por palabra: sangre de tinta], «Ellos quieren que. yo me haga mala sangre, esto se vuelve-— intolerable», «Si esto contimia, les haré hacer una mala sangre * “de la que no se olvidaran». Ante la repeticién de esa frase, yo me habia formulado esta hipotesis: un primer y olvidado «me haces hacer mala sangre» habia debido de ser pronunciado por la madre® a raiz de una vivencia particularmente cargada de afecto para este nifio, Lo que en el-discurgo materno acaso sélo era una metafora, pudo * ger oido por el nifio como una acusacién tan definida cuanto realizada: por causa de él, la sangre de su madre se habia tras- formado en un liquido negro y mortifero. La comunicacién de esta hipétesis a mi paciente no aporté verificacién alguna: su madre habia muerto cuando él tenia unos doce afios, y no con- servaba recuerdo alguno preciso del contenido de los repro- ches que ella pudo hacerle. Pero, ala inversa, su eficacia inter- pretativa fue indudable: inauguré un discurso sobre su relacién con el cuerpo y con la «sangre mala» (en el sentido no metafé- - rico) que le habia legado su padre; y el hecho de poder hablar de esa «sangre mala» heredada, lazo de vida y de muerte entre él y el padre, sefialé un giro decisivo en su andlisis. Los dos ejemplos clinicos con que remataré esta introduc- cion ilustraran otras consecuencias del mecanismo de interpe- netraci6n entre un fantasma inconciente y un enunciddo identi- ficante, consecuencias que rebasan la simple preservacién de uma «eoncepcién» extrafia que, por su parte, puede coexistir ' . eon una actividad psiquica y una economia libidinal no mas difi- cultadas que las observables en cualquier neurosis, y aun qui- zag en todo sujeto. Mi paciente no cree, cultura obliga, que los contratiempos trasformen la sangre en tinta, pero en cambio sabe que todo contratiempo tiene una repercusi6n sobre el exceso o la ausen- cia de apetito: comer demasiado o demasiado poco determinara una mala digestién, la mala digestin tiene un efecto peligroso sobre la cireulacién cerebral y periférica; la consecuencia sera ‘un desequilibrio de su hematopoyesis, una «sangre mala» que amenaza volverlo estéril-y, a plazo mas largo, poner en peligro su vida. El trabajo analitico le permitiré comprender qué *san- gre mala» amenazaba prohibirle la funcién paterna, a qué pa-- dre temia haberla robado. 8 A causa de la guerra habia vivido solo con su madre sus primeros avios. 81 A partir del andlisis de algunos fenémenos aparentemente § afines al que acabo de referir, aunque menos anodinos en sus 4 efectos, he llegado a entenderlos como la consecuencia de un acontecimiento psiquico particular: un efecto de interpenetra- | eién entre un enunciado de valor identificante, pronunciado ? por una voz particularmente investida, y la vivencia emocional “4 del nifio en el momento en que lo oye; en el momento en que, yo 3 diria, «queda impresionado». E fantasma inconciente,, soporte y causa del exceso de emocién que experimenta el nifio, puede formar parte de algo ya-reprimido que retorna, o de un fan- tasma que acaso fue reprimido secundariamente. Creo como Freud que el mecanismo de la represién se termina con la «de- clinacién» de la vida infantil, pero antes de esa declinacién el 4 retorno de una representacién reprimida no implica que el yo § no pueda reexcluirla de su espacio. En nuestro ultimo capitulo se vera que la organizaci6n de un espacio de loreprimido, como ‘#f Ja organizacién de un espacio de pensamiento separado, son el resultado de una larga négociacion entre la instancia represora q j y las aspiraciones pulsionales, entre lo reprimido, lo que de ahi : periédicamente retorna, su reexclusién... En los fenémenos que aqui analizamos nos enfrentamos ala 4 accion de algo particularmente no-reprimible. La representa- 4 cién fantasmatica ha encontrado, en un enunciado que devela al yo una posicién identificatoria acorde a la ocupada por el 4 deseante en el fantasma, un identificado* sobre el cual se des- plaza, sin resto, sin modificacién, el afecto que acompaiia a la representacién fantasmatica. El enunciado identificatorio hace reflexién en la representacién fantasmatica y vuelve inoperan- 3 te el trabajo de modificacién, de relativizacién, inherente al @ paso del afecto, que es propio del fantasma, al sentimiento, g que es resultado de ese trabajo de dacién de sentido, de «pues- ta en sentido», operado por el yo. Desde ese momento el enun- ; ciado como soporte del afecto preserva a este su intensidad y su cualidad. Ademas la representacién ideica hace suya la le- yenda «corporal» del fantasma; dentro de esta hipétesis que sugerimos, la formula de la mala sangre, «sangre de tinta>, no : habria sido oida por el yo como una metafora, sino comio la } descripcién de algo visto. Un cuerpo pasa a ser el continente de un liquido negro, mortifero, un yo se identifica en el tiempo de } Ja enunciacién con un deseante responsable de esa metamorfo- j sis, experiencias puntuales ciertamente muy frecuentes. * [Sustantivado a semejanza, por ej., de «significado». (NV. del T.)] * Bn ciertos casos la particularidad de una problematica psi- quica sera responsable de los efectos diraderos, aun de bola de nieve, de esa interpenetracion entre un fantasma y um enun- dado identificatorio; en otros, lo sera.sobre todo Ja particulari- . dad de Ja experiencia vivida por el nifio en el momento del encuentro fantasma-enunciado. En ciertos sujetos, los efectos sistentes y nefastos de estos fendmenos dependen del ya- ahi-de heridas mal cicatrizadas, de trabas en el funcionamiento del pensamiento, presentes antes que apareciera este fenéme- no de colusién, y cuya accién se asemeja entonces a la del aprés- coup [posterioridad]. En otros casos todavia, este fenémenono obedece a otra razén que al exceso de afecto presente en el momento del encuentro entre el vivenciar del nifio y la formu- lacién del enunciado, Exceso que ataiie por igual a la reaccién del nifio frente a un acontecimiento y al exceso de violencia, de ira, de amenaza que ha oido (aun proyectado) en la voz. que comenta au rol o sureaccién ante el acontecimiento® Cualquie- ra que sea la causa responsable de este fendmeno, las conse- 9 En el registro de la psicosis, yo habia insistido en Ja funcidn psicotizante de un inedio familiar que impone al nifio trabajos psiquicos de manera muy precoz o en condiciones que exceden de sus capacidades de respuesta y de defensa. Habia discernido en esas experiencia «trauméaticas» las condiciones necesarias, pero rio suficientes, para la instalacién de una potenclalidad psicd- tica o el estallido de una psicosis infantil. Mi posterior reflexion me ha hecho mas prudente: es indudable que ciertos acontecimientas tienen un poder facili- tador y obran como inductores de esos dos-destinos del funcionamiento pai- quico, pero ya no diria hoy que su presencia es necegaria. Esti en el poder de la psique infantil interpretar ciertos acontecimientos de manera de dotarlos de una accién psicotizante que «en si» no tenian, y religar otros acontecimientos a interpretaciones causales que le permiten desactivar el poder psicotizante que poseian.'Posicién esta que, a mi parecer, no relega el interés que es preciso conceder a la realidad historica y a las consecuencias que trae para la organi- zacién de nuestra economia psiquiea, Araiz del proceso originario y de sus representaciones pictograficas, que signan el nacimiento de la vida psiquica, yo habfa insistido en el préstamo que se toma del modelo somitico (del modelo sensorial) en la figuracién del abjeto- zona complementario. Habida cuenta de las indispensables modificaciones, uno puede extrapolar Ja presencia y las consecuencias de este préstamo al conjunto de la actividad de representacién (pictografica, fantasmiatica e ideica), y sos; tener que es de la realidad de los acontecimientos encontrados, siémpre que se revelan fuente y causa de afectos, de donde la psique toma prestados los mate- riales que se supone dan razén de la historia que ella vive y que el yo escribe. La tarea det escritor lo obligaré a hacetse capaz de reflezionar sobre el buen fundamento o el error del préstamo, de reconsiderar la ligazén que él esta- blece entre el acontecimiento y su vivenciar paiquico, de reservarse, en la eleccién de sus causalidades, cierta movilidad, la posibilidad de dudar, de re- formular el juicio. Sélo con esa condicién podré modificar la causa a que 33 euencias que produce no son idénticas. En la mayoria de los’ sujetos, la posicion identificatoria que han pasado a ocupar en _ el tiempo de la enunciacién persistiré en estado de «quistexg entre el conjunto de identificados a disposicién del yo, de laf historia que el yo construye desu pasado, de Ja que imagina’™ para su futuro. Salvo momentos o situaciones excepcionales, el yo podra dejar fuera de campo la posicién identificatoria e1 que el enunciado lo habia estampado, apoyarse en un conjunt de otros indicadores para llevar a buen término su proces: identificatorio y la «gestién» de su capital libidinal. Muy diferentes son las cosas para el sujeto y para su itinera- rio analitico cuando esa interpenetracién se produce entre uni enunciado, un acontecimiento y una representacién fantasms-’ tica que ocupa una funcién particular. j El exceso de afecto que inunda al sujeto nos remite en caso a los poderes de imantacién hacia el exterior, ejercida’ por un acontecimiento sobre una representacién para la cual’ me inclinaria a emplear el término de «cristalizacién Santas-4 * mdtica». Habria podido apelar a la expresién de fantasma fun damental, que conocié su hora de gloria en la teoria de Lacan, quien en su posible ser traido a la luz discernia el final (logr: do) del analisis. Si me valiera de esta expresién, la emplearia! en plural para definir estas representaciones que nos procur: una figuracién cristalizada, conclusiva de la problemitica lib dinal propia de Jas diferentes fases libidinales y relacionales,4 Estas representaciones concluyen una fase libidinal y fij: en un fantasma, al que también podriamos calificar de «conclu: sivo», la relacion que en el curso de esa fase religé al deseant imputaba el encuentro de un fenémeno fuente de afecto, y por eso mismo modi ficar su respuesta afectiva a ese encuentro. Y es aqui donde Ja realidad tiene su papel: mas el acontecimiento es abje tivamente responsable de la intensidad y de la cualidad del afecto que él prov ca, mas la representacién ideica que el yo se crea de él se mantendra proxima su representacién pietogréfica y fantasmatica, y mas dificil le resultard al y establecer un distanciamiento entre sus causalidades respectivas. =, En la vida cotidiana deseubrimos la prueba de ello en el goce y en él dueld por eso Freud describe el trabajo del duelo no sdlo como un mecanismo not designa como wna de las causas del goce la confirmacién efimera que éstej aporta a Ja realizacién de un deseo primero de reunificacién total con el objeta; En la clinica, la frecuencia de acontecimientos objetivamente dramaticos en lig infancia de los que se volearan a la psicosis nos proporciona una prueba igual: mente indiscutible de esto. Cf, Piera Castoriadis-Aulagnier, op. cit., pag. 23 y sig. (De la mencionada version castellana, véase la pig. 206 y sig. con un objeto que ha sido por veces, y por excelencia, el desea- doy el odiado. Precisamente porque el duelo de este objeto se insintia en el horizonte de la psique, esta se vera levada a ope- rar el cambio de objeto y de forma relacional que signa su acce- so a otra fase libidinal. El tiempo de concluir la fase oral’ se aunaré.a la instalacién de un fantasma de fusién-incorporacién- destruccién entre el lactante y el pecho,!” cuya leyenda se apli- cara a la totalidad de las experiencias vividas por el nifio en el curso de esa fase. La «conclusiéns de la dialéctica anal se auna- ya a la representacién fantasmatica de una relacién de domi- nacién-posesién-desposesién entre el nifio, su cuerpo propio y el cuerpo de ese otro, reconocido, separado y diferente de él. También aqui esa misma leyenda se aplicard a la totalidad de los trabajos ya pasados en el curso de esa fase. Si ahora consi- deramos la dialéctica edipiea y la relacién del nifio con el proge- nitor objeto de su deseo incestuoso y con el progenitor que le _prohibe realizarlo, el tiempo de coneluir se aunaré a la instala- cién de un fantasma en que goce'y castracién designaran, al- ternadamente, lo que esta en juego en la relacién presente en- tre tres deseos o tres deseantes escenificados en ese fantasma. Y¥ otra vez tendremos aqui la retroyeccién de la leyenda a la totalidad del vivenciar de esta fase. Pero en lo que toca a esta retroyeccion, es preciso destacar un rasgo particular del fan- tasma edipico: la proximidad entre su leyenda y lo que el nifio ha deseado y formulado concientemente en sus demandas de amor dirigidas al progenitor antes que la represién hiciera su obra. Por esto, a partir de cierto momento, el nifio no sélo oye Ja amenaza, sino que la cree realizable, porque esta creencia es el corolario de lo que ha devenido capaz de conocer acerea de Ja relacién de la pareja parental, acerca de la posicién identifica- toria y de los placeres pulsionales que se tiene que prohibir si quiere conservar el amor de ellos. Desde ese momento extrapolaré la prohibicién masturbato- ria a otros placeres pulsionales. Pero esta interiorizacién del interdieto esta precedida por la funcién «explicativa» que el nifio Je asigna: la prohibicién del incesto, puesto que de eso se trata ciertamente, pasa a conferir sentido a Ja totalidad de los trabajos, de los duelos, de las experiencias que ha hecho en su pasado. Lo que desde luego no empece que, enfrentado el nifio 1 Como el lactante se convierte en el representante del conjunto de las Zonas erégenas que participan en la relacién oral, serd el representante del conjunto de los objetos auto-engendrads durante esa misma fase relacional. 8B ' i aciertas situaciones y a la irrupcion de una representacién fan. tasmatica y de un afecto hasta entonces reprimidos, podam asistir a un fenémeno inverso: una leyenda fantasmatica ante. rior re-ocupa el primer plano de la escena psiquica, re-imponeg al yo su interpretacién de las causas del conflicto y de sus ries: gos. Dos ejemplos clinicos Dos breves ejemplos clinicos ilustraran el mecanismo quel intento apresar con el término de interpenetraci6n: la funcié: que en los dos casos toma un «acontecimiento real» anticipard _ lo que he de proponer, en las historias de Philippe y de Odette; acerca del papel de su realidad infantil. Llamaré Elisabeth y Serge a los protagonistas de estas do historias de las que me reduciré a narrar los elementos que dan razon de las consecuencias identificatorias que pueden resultat: de una interpenetracién entre un fantasma «fundamental» (en# el sentido que acabo de definir), un acontecimiento y un enun: ciado. Elisabeth y Serge me formulan una misma demanda, en uno¥ y otro caso bien precisa: si los puedo ayudar a liberarse de ung sentimiento que los invade mds y mas. No importa lo que ha-# gan; cualesquiera que sean Jos éxitos alcanzados en su vidd; profesional, que por otra parte ellos desvalorizan; a despechd de lo positivo que pudieron experimentar en su vida afectiva, tienen la certidumbre de que libran una lucha inttil, de qu cualquier esfuerzo, cualquier proyecto no puede tener otrdiy desenlace que’ un fracaso futuro. Los dos desde el comienzo me confiesan que si el anilisis le: parece un ultimo recurso, estan casi seguros de que fracasar: también. Y los dos dan testimonio de una misma certidumbre acercé de la causa de esa vivencia: la actitud negativa de su padre e el curso de su infancia. Serge presenta a su padre como un hombre deprimido, silen: cioso, distante;.dice que tuvo siempre una marcada preferencid: por su hermana, dieciocho meses mayor; ademas se arreglal para que toda la atencién de su mujer se conceritrard en él Nunca se interes6 por lo que Serge hacia; lo desvalorizé siem# pre, y la madre tenia que aprovechar sus ausencias para a] 36 dar a Serge en sus tareas escolares o a superar sus inhibicio- nes. El discurso de Elisabeth no es muy diferente por lo que toca - al padre: también ella le reprocha haber mostrado siempre des- pués de la muerte de su madre una neta preferencia por.sus hermanas (ella es la menor de tres hijas), no haberla compren: dido nunca, haber desvalorizado siempre sus éxitos escolares y criticado todo cuanto hacia, pero sobre todo no haber deseado a esta tercera hija y no haber soportado que no muriera con —jen lugar de?— su madre. . Con respecto a la madre las cosas son diferentes. Serge, en su discurso manifiesto, se refiere a ella én términos muy elo- giosos y muy «respetuosos»; sdlo ella supo comprenderlo, tuvo ja voluntad de ayudarlo, no hacia diferencias entre los dos hi- jos, ocultaba al padre sus malas notas escolares... Pero todas estas evocaciones de la imagen de la madre se acompafian de muy eseaso afecto. Uno tiene la impresién de que Serge se cuenta una historia sin preguntarse mucho si verdaderamente cree en ella. " : No ocurre lo mismo con Elisabeth, quien evoca siempre con enorme emocién los recuerdos que conserva de su madre, re- cuerdos a veces felices, con frecuencia muy tristes. Los lazos presentes entre las versiones de su infancia y la problematica edipica parecian y eran, agregaria yo, evidentes. No obstante, en uno y otro caso un hecho me impresioné desde la primera entrevista: de manera totalmente explicita el padre no era presentado como un rival que te prohibiera el acceso ala madre, o como alguien a quien seducir con tu feminidad nacien- te, sino como un prohibidor de todo deseo. Sélo la muerte (la de él o la tuya) te podria liberar de semejante yugo. La conse- cuencia es que tanto Elisabeth como Serge reconocen, sin nin- guna. culpabilidad conciente, el odio justificado que guardan a su padre. No es la primera vez que quedo asombrada por el destino diferente que pueden experimentar estos dos compo- nentes del deseo incestuoso que son el amor hacia uno de los Progenitores y el deseo de muerte hacia el otro. Me sittio en el plano de lo conciente, de los sentimientos: vividos por el yo: cuando es en verdad muy raro que uno tenga conocimiento de Bu deseo incestuoso hacia la madre o el padre olo revivencie, el sentimiento de odio, en estos casos que expongo, est4 presen- te, es confesado y justificado. Sin convertirlo yo, por nada del mundo, en una regla general, muy a menudo he verificado en estos sujetos una relacién muy particular con el cuerpo y sus 37 sufrimientos: la menor enfermedad, el menor disfuncionamieng to trasformaba el cuerpo en una suerte de enemigo «odiado» {2H quien uno habria querido destruir si no supiera que haciéndol el «destructor» encontraria su propia muerte. Pero volvamo Elisabeth y a Serge y al giro que aparece en el mismo momen: to de su historia infantil, eon consecuencias identificatori: muy afines, no obstante todo lo que separa a sus dos problem: ticas psiquicas. : | : . La catastrofe corporal . De la época anterior a ‘sus cinco afios, Serge no tiene nin ni menos recuerdos que cualquiera de nosotros: un Arbol dé’ Navidad; la primera vez, teniendo él tres afios, que lo dejaror: en el jardin de infantes; el recuerdo muy vago de que su hi mana lo hacia rabiar a menudo pero que les gustaba much: jugar juntos al trencito eléctrico; la primera bicicleta que padre le regal, el primer pantalén largo que le presentd si madre, una primita que venia a-visitarlos y cuyas trenzas rt. bias lo fascinaban... Ni mas ni menos recuerdos que cualqui Ya, pero la manera en que trata el retorno de esos recuerdos el curso de su analisis:es particular: sélo los evoca y sélo interesa en ellos si consigue interpretarlos como una pruel anticipada, las mas de las veces, y asaz alambicada, de un 5 timiento negativo del padre hacia él, que desde ese moment habria estado ya presente y que él, Serge sélo habria descti! bierto a los cinco afios. En efecto, cinco afios tenia cuando s0 brevino un accidente automovilistico: viajaba solo con su padréyt este salié ileso, pero Serge fue proyectado a la calzada y sufri fracturas multiples. En los tres afios que siguieron, a raiz una primera operacién mal hecha, sufrira toda una serie intervenciones muy dolorosas. El primer recuerdo que conset va de este accidente se sittia en un momento inmediatament posterior a la primera intervencién: por primera vez oye.a madre hacer una escena a su padre y acusarlo de ser respo! ble de lo sucedido a Serge. Le reproché haber manejado sie pre muy rapido y haber dejado que Serge viajara a su Jado, lugar de hacerlo sentar.en el‘ asiento trasero. ,Ocurrié esti escena eh el momento de despertar de Ja anestesia? ;Pasadig algiin. tiempo? {Ya de regreso en su casa? Serge no lo sabei Tiene certeza, por el contrario, de lo que oye en las palabr: maternas: el padre es designado como el asesino potencial 38 hijo. Ahora bien, la imagen que el discurso de Serge envia so- bre la pareja de sus padres da Ja impresién de haber sido ellos muy unidos, de haberse entendido relativamente bien (hasta dirla, mejor que el término medio). Que en un momento, de ansiedad por su hijo la madre pudiera reprochar al padré ma- nejar con excesiva velocidad, haber sido imprudente, no pare- ce dudoso, pero no.estoy tan segura de que la madre haya for- mulado ese reproche.con el tono de odio que Serge dice haber percibido. Y aun si asi hubiera sido, uno se puede preguntar por qué ese reproche tinico basté para anular todo'lo positive que Serge pudo oir en el discurso de la madre sobre el padre. En este sentido, los elementos que me aporta sobre su vida anterior a los cinco afios, comunican toda la impresién de que Serge, nifio pequefio, habia logrado encontrar soluciones a los conflictos de Ja fase oral y dela fase anal. Aunque no se puede indicar fecha fija, Ja edad de cinco afios coincide generalmente con una suerte de acmé del conflicto edipico, de la angustia de. castracién, en el momento en.que se insintia en el horizonte el tiempo en que sera preciso coricluir esta fase relacional. Cuan- do sobreviene el accidente, se puede pensar que Serge estaba enfrentado, desde su despertar de la anestesia, con la realiza- cion de una amenaza (pero jcnal?), que se manifestaba en muti- laciones de Ja totalidad de su cuerpo, sobre todo porque era bastante grande para comprender el pronéstico muy grave, y felizmente erréneo, que le habian hecho. Durante mucho tiem- po se temié primero por su vida, después por una recuperacién ‘correcta de sus funciones renales. Este riesgo de muerte for- mulado por quienes lo rodeaban pudo reforzar la proyeccién sobre el padre de Ja imagen no del agente de una posible cas- tracién, sino de la imagen mucho mis arcaica de uno que «ame- naza de muerte». Fue el padre, médico él mismo, quien, des- oyendo el consejo del médico de familia, eligié al primer ciru-, Jano que cometio un grave error. El padre entonces, en el espi- ritu del hijo, era el responsable de los sufrimientos de un cuer- po entregado periédicamente a manos de los cirujanos, del re- torno de esa angustia de muerte que experimentaba cada vez que lo dormian, de Jas dolorosisimas manipulaciones que debid sufrir en el curso de su reeducacién. El recuerdo que Serge conserva de su padre, desde sus cinco afios hasta el dia de hoy, eg el de un hombre silencioso, austero, a menudo deprimido. Para el nifio, ese silencio, esa ausencia de toda sonrisa, era la Prueba de que su padre no lo amaba, de que ese hijo siempre enfermo heria su orgullo, de que habia renunciado a todo pro- 39 yecto en que él participara. Si uno comprende bien que est interpretaci6n armonizaba mucho con lo que vivia el nifio, com: prende menos que, superada la infancia y emprendido el ana-% lisis, Serge nunca se hubiera preguntado si la tristeza y el si lencio del padre acaso no se relacionaban con los trabajos p los que pasaba su hijo, con la gravedad del pronéstico y hast con su culpabilidad. Uno tiene la sensacién de que la realidad 3 del sufrimiento vivido por el cuerpo, el deseo de muerte del¥ ‘hijo hacia el padre, movilizado por ese padecer, han trasfor. mado algo «oido» (la acusacién de la madre) en la leyenda ini conforme al-trabajo psiquico que acompafié a los trabajos pa- sados por este nifio. Haciendo suyo un enunciado identificato- rio que designaba al padre como asesino, Serge queda prendi- do en la posicién de un hijo que no podria satisfacer el deseo d un padre fuertemente investido, como no fuera muriendo. Y co. mo este hijo vive, sdlo puede vivir contra el padre y atrapandc se en el lazo de una paradoja de la que no ha salido: o bien ace ta la muerte, con lo que satisface el deseo del padre, o bien3gy acepta la vida, pero entonces tiene que librar una lutha sin fin y con armas desiguales contra la omnipotencia que imputa deseo paterno. Aqui ya no se trata de una posicién identifica- toria «enquistada» entre otras posiciones disponibles para Ser-; ge; 0 por mejor decir, sus otras posiciones sélo le son asequi-’ bles si no queda envuelto en una relacién con otro —se trate de una relacion afectiva o de una relacién profesional—, fuerte mente investida y que por esto restituye efectivamente a sui partenaire un poder de placer y de sufrimiento sobre él. Desde luego, nadie puede decir qué habria sido de la vida psiquica de¥ netracion no se se puede excluir lo que correspon a efectos de reactivacién de una relacién mucho mds arcaica con los dos progenitores. Be la «conelusién» de un primer tiempo de la infancia, he insisti-} do en la funcién de aquel «eso era, entonces» que dota, con’ posterioridad, de una significacién nueva a esas pruebas que#l fueron el destete y la superacién de la problematica anal. En el 3 momento ‘en que sobrevienen los fenémenos de interpenetra- cién aqui considerados, se asiste también a una retroyeccién dea un «eso era, entonces» sobre la totalidad de los trabajos vivi- dos. Pero en este caso el «eso era, entonces» no remite ya a: to : una amenaza de castracion que se pudiera evitar renunciando a ciertas satisfacciones pulsionales, .autoprohibiéndose ciertos deseos, sino al develamiento de una amenaza ya actualizada. Esta actudlizacién trae el riesgo permanente de sustituir el. ‘fantasma de castraci6n por un fantasma mas areaico: el que pone en escena un anhelo de muerte. El sujeto entonces puede creer que encuentra la prueba de Ja realizacién de la amenaza, o del anhelo, en un hecho objetivo. (el accidente para Serge, la muerte de la madre, como vere- mos para Elisabeth; y en otro caso que tengo en mente, la deportacién del padre) o aun en el mero enunciado de un iden- tificado que cobra para él] valor de veredicto indeleble. Desde ese Momento, cada vez que el sujeto se enfrenta con el'deseo, el suyo y el del otro, se realinea con el identificado a que estA prendido, fijado, y descubre también que en el registro del deseo no dispone mas que de un solo modo relacional. Esta fijacién en Serge ha aislado una de las interpretaciones po- . sibles del deseo y de los sentimientos del padre hacia el hijo y del hijo hacia el padre; ha hecho coincidir una representacién fantasmatica del padre con el padre real, le ha hecho excluir™ cualquier otra informacion que la actitud de este hubiera podi- do enviarle, y dejar fuera de su memoria (lo que no quiere decir que estén reprimidos) otros comportamientos paternos. que lo habrian obligado o, para mejor decir, lo habrian autori- zado a abandonar su causalidad monolitica acerca de su sufri- miento. Pero esta sombra del padre asesino no sélo recubre a otras representaciones del padre que acaso existian antes del accidente: se proyecta sobre la totalidad de las relaciones afec- tivas vividas por Serge en sus priméros afios. El «eso era, en- tonces, sin que el sujeto lo sepa, marcar4 su interpretacién del conjunto de los trabajos de las decepciones, que jalonan la relacién del nifio pequeiio con su madre.” Retroyeccién tanto nas facil cuanto que todo nifio se ha formado a su tiempo una representacién del pecho que lo convertia en un pecho rehu- sado, una representacién de una madre ausente que la conver- tia en una madre rechazadora, una representacién de una es- cena primitiva que haefa de ti el exeluido. {Podemos suponer que en Serge, asi como en otros, habria que conceder un papel predominante a lo que pudo volver particularmente dramatico u Tanto Serge como Elisabeth trataran de proteger la imagen materna ne eata interpretacién «maléfica»; lo contrario les produciria una gran culpa- idad. 41. - su cuerpo y enfrentado su psique a una angustia de muerte y -mismo sentido, su madre le pedia que.hiciera el papel de und ese pasado lejano, a fin de comprender las consecuencias p: quicas de los trabajos pasados a los cinco afios? Dejaria abierta la cuesti6n. Tras dos afios de andlisis, nada ha cambiado en la versi6y que Serge se crea del papel del padre 0, por mejor decir, d deseo del padre, en el aecidente y sus consecuencias. Cada vez ? que crei poder sugerirle, a raiz de un suefio, de un movimiento. trasferencial, de un recuerdo que retornaba, que su convicei deseansaba en una interpretacién fantasmatica que merecia. ser interrogada, tropecé con la misma negativa. O Serge me acusaba abiertamente de ensayar, como lo habia hecho su pa- dre, culpabilizarlo, criticar y desvalorizar el trabajo de su pen: samiento, o de lo contrario callaba y, cualquiera que hubiera sido el movimiento trasferencial presente en el momento en j que yo formulaba mi interpretacién, la sombra del perseguidor. se proyectaba inmediatamente sobre mi. A veces la tonalidad : positiva de la trasfereneia se preservaba y Serge evocaba tal o eual episodio de su calvario infantil para convencerme del error de mi interpretacién y hacerme compartir su conviccién. Durante estos dos afios, mi tarea ha consistido en hacerle to- mar conciencia de que continuaba viviendo todo obstaculo, to- do conflicto relacional, el menor fracaso amoroso o profesional, ! como equivalentes de aquel accidente que habia quebrantado una realidad perseguidora contra la cual era preciso luchar de continuo. Sélo la continuacién del andlisis diré si Serge conse- § guira considerar el accidente como un trabajo, una desgracia : que se puede abatir sobre cualquier viviente, y no como la rea- lizacion de Ja malevolencia del padre. «Padre malo» que empe- ro permite a Serge, aun si el precio pagado es de envergadura, ? seguir reprimiendo la imagen de una madre que ha sabido evi- tar al hijo semejante prueba; esta imagen comienza, sin em. bargo, a esbozarse en el horizonte de su discurso. Es sobre todo merced al relato de Serge sobre su relaci6n in- fantil con su hermana como ha ido saliendo a la luz, poco a i poco, la cara escondida de su relacién con la imagen materna. Su hermana, mayor en dieciocho meses, habia nacido prematu- ra y la gente tomaba a Serge por el hermano mayor; en este # hermano Protector: papel que, narra él, lo halagaba y que po-'' nia en practica a conciencia y con gusto. Todo cambié. después 4 del accidente: no sélo su hermana lo alcanzé y sobrepas6 en® estatura y escolaridad, sino que enseguida de la primera hospi--% talizacion de Serge aparecieron bruscamente en ella fendme- nos alérgicos que removilizaron en su favor el interés de la” madre, no obstante el estado mucho mas grave de Serge. Este asegura que comprendié siempre, aun de nifio, el comporta- miento de su madre, y que no tiene nada que reprocharle:*En ° eambio, se refiere a esta hermana con un desprecio y una rabia jntensas y que iran acentuandose en el curso de su anilisis. La acusa de haber hecho siempre comedia, de estar interesada solo por el dinero de su padre, de haber deseado siempre ser un hombre y. de haberse arreglado para manejar al padre y tomar cada vez mas poder dentro del medio familiar. . . A la hermana anterior al accidente, imagen fragil a quien uno protege y que a uno lo narcisiza, sigue la imagen de aque- Ua que «finge»: finge estar en peligro para beneficiarse con la atencién de los demas, finge amar al padre cuando sélo su di- nero le interesa, finge aceptar su condicién de mujer cuando quisiera ser un hombre y ejercer el poder. Otro elemento muestra con evidencia el papel encubridor y, conjuntamente, de sustituto que esta hermana cumplia respec- to de una imagen materna que, por eso mismo, no se podria dejar fuera del cuadro: en su aspecto fisico es enormemente parecida a la madre y, al decir de Serge, el parecido se ha ido acentuando con la edad. Ahora bien, él es el primer sorprendi- do por los sentimientos de molestia y de irritacién fortisima que experimenta cada vez que en las visitas, muy raras, que hace a sus padres, un gesto, una actitud de su hermana realzan ese parecido hasta el punto, dice, que «por momentos tengo la extrafia sensacién de estar frente a mi madre y no a mi her- mana», Durante mucho tiempo Serge rechazé toda interpretacién que amenazara traer a la luz la proyeccién materna de que su hermana era el soporte: a raiz de un suefio, enterarente escla- recedor, 6] mismo pudo empezar a llevar adelante un trabajo - de aproximacin entre esas dos imagenes y esas dos relaciones de su vida infantil. Duelo y persecucion Paso ahora a Elisabeth y a las consecuencias identificatorias que siguieron a la muerte de su madre, ocurrida cuando ella tenia entre cinco y seis afios. Si también en este caso un acon- tecimiento cumple Ja misma funcién causal monolitica, muy di- 43 ferentes son la relacion de Elisabeth con el mundo y, por ] tanto, su relacién trasferencial. Diferencia que se manifiest desde la primera entrevista, cuando oimos a Elisabeth hablar; de su madre. Si el discurso de Serge daba la impresién de unas construcci6én defensiva que dejaba muy poco sitio a los afectos9 de amor, de deseo, de decepcién que habian acompaiiado su. relacién infantil ‘con la madre, cualquier alusidn a la madre pro-? voca en Elisabeth una emocién muy grande. Igual diferencia descubrimos en la relacién de Elisabeth con} su cuerpo, lo que prueba cuan extrafio alquimista es la psique. # Desde el momento en que se repuso por completo de las sécue- las de su accidente, Serge nunca presenté el menor problem: en su cuerpo. Desde la primera entrevista, Elisabeth me habl: de sus «somatizaciones» (ella es quien espontaneamente em- plea el término): siempre que se encuentra en una situacién di conflicto, a la noche le sobrevienen unos célicos fortisimos 0, en el curso del dia, unas migrafias igualmente intensas. E] anali. sis de la problematica de Elisabeth y de su relacién trasferen: cial no tienen sitio en estas paginas; slo se trata de delinear | circunstancias en que se produjo el «acontecimiento» que tan profundamente marcé su trayecto identificatorio. Su naci. miento cojncidié con la aparicién en la madre de una «fatiga» (es asi como la designan en el medio familiar) que le hizo perd todo interés por su marido y los demas hijos, y la movi a dedi- carse con exclusividad a su bebé recién nacido. Esa fatiga si habria de trasformar, cuando Elisabeth tenia tres afios, en un: «anemia» que exigio una hospitalizacién de aproximadamente § un afo.!2 Durante ese periodo, segin los dichos de Elisabet! confirmados por el recuerdo que conservan sus hermanas ma: yores, el padre se convirtié en el objeto de un investimient masivo: estallaba en sollozos cuando él se iba, se negaba a co- 3 mer hasta que él volviera a la casa, le hacia pequefios dibujos 3 que le dejaba sobre la mesita de noche. Elisabeth no conserva § ningtin recuerdo de lo ocurrido cuando la’ madre regreso al ho- gar: solo le acude una imagen, ella y su madre en un jardin, madre recoge margaritas para hacerle un ramillete. Cincoafios 3 y medio tiene, mas 0 menos, cuando su madre muere repenti. namente una noche: el diagnéstico es infarto. Sin que Elisa. beth sea capaz de precisar si «alguien» hablé del asunto en el 1 Blisabeth no tiene una idea clara sobre lo que motivé la hospitalizacié de su madre, El discurso del padre sobre esto es muy vago, no le gusta hablar “4 del asunto y siempre ha recibido mal la menor pregunta, 4 medio familiar, desde ese momento y todavia hoy se ha pre- guntado y se pregunta si la madre no se suicid6, Pero zpor qué causa? No atina a averiguarlo y reconoce facilmente que el re- querdo que ella y sus hermanas conservan de la pareja paren- tal no justifica en nada semejante hipétesis. Ningtin drama, ni particular preocupaci6n, ni tensién alguna habjan singulariza- do el periodo trascurrido entre el regreso de la madre y su muerte. - Paso ahora al episodio ocurrido inmediatamente después de la muerte de la madre y que imposibilité a Elisabeth lograr su trabajo de duelo, pero en el entendimiento de que tampoco en este caso yo puedo afirmar que en ausencia de ese aconteci- miento las cosas habrian sido diferentes. En-ese-duelo que se abatié sobre ella tan bruscamente, Eli- sabeth nifia ve la prueba de que toda muerte es un asesinato, si, pero jquién es el asesino? {la madre que se mata? dotro? Asiste al sepelio con sus dos hermanas; de regreso a casa, Se enzarzan en una disputa. El padre no soporta sus gritos, viene al cuarto para hacer que se:callen y las hermanas acusan a Elisabeth de ya no sabe qué desaguisado. El padre furioso le da una bofetada y le grita: «Has matado a tu madre desde tu nacimiento, desde que has nacido le has impedido vivir, ya no se ocupé mas ni de mi ni de sus otras hijas, sdlo existias tu, tus .mamadas, tus pafiales, tu suefio, tti no quieres a nadie». Elisabeth escucha alelada esta parrafada y se desvanece. Cuando recobra el sentido, su padre habia salido del cuarto y es su hermana mayor la que trata de consolarla. Todavia hoy, Elisabeth reformula palabra por palabra esta parrafada del pa~ dre, respetando su sintaxis y su entonacién, como si repitiera en eco unas palabras que estuviera en vias de comprender. ~ En el momento en que Elisabeth se debate con el duelo que la priva de su.madre, en que sin duda se reactivan en su incon- ciente todo un conjunto de representaciones y de afectos liga- dos a su madre (la agresividad-que debié de experimentar cuando ella la primera vez desaparecié para internarse en el hospital, la ctilpa que debié de producirle la «traicién» que la ‘Ilev6-a trasferir sobre el padre el amor que testimoniaba a la madre, a esperar de él la proteccién, los cuidados que la madre ya no le prodigaba); en ese momento, pues, fue cuando el dis- curso del padre la prendié en la posicién de matadora de la madre: identificado no asumible, que pone al yo frente a la imposibilidad de seguir siendo, como lo prueba el desvaneci- miento. Cuando Elisabeth vuelve en si, en la organizacién de 45 sus indicadore identificatorios se produce un movimiento que creo tan brusco como el que lo precedi6, y que los habia hech vaeilar en su totalidad: la acusacién pronunciada por el padre ” se convierte en la prueba evidente de que se la puede acusar de un «asesinato» que sin duda se ha produeido (el suicidio), pero del que ella es inocente, cuando al mismo ties-.po le prohiben interrogarse sobre quién pudo ser su autor. El padre pasa a ocupar el puesto del que sélo tolera la vida de sus hijas a condi- cién de que respeten ese silencio impuesto: lo que ella traduce, por lo que a ella toca, como una orden que recae sobre cual- quier demanda de amor que pudiera formular. Cada vez que ese silencio es roto, el prohibidor se trasforma en perseguidor; se convierte en el que te acusa, sin dejarte la menor posibilidad de disculpa ni de demanda, salvo que des- truyeras a aquel a quien se dirigen tus quejas, tus demandas y tus amores. A aquella acusacion, Elisabeth la vuelve a oir cada vez que estalla un conflicto, en una relacién particularmente investida, entre ella y otro, hombre o mujer, amante o colega de trabajo. Todo conflicto agudo es vivido por ella como una situacién que la pone frente a la injusticia, a la hostilidad, y aun al odio de que la hacen objeto; entonces las manifestacio- nes somaticas que aparecen son, conjugadamente, el castigo que ella se inflige, la prueba del poder de ese deseo mortifero del otro. Pero cuando cuida su cuerpo, cuando lo preserva de todo contacto con el exterior y pasa las noches con una bolsa ‘de agua caliente sobre su vientre y horas enteras poniéndose com- presas en la frente cuando sufre las migraiias, intenta al mismo tiempo volver a ser para su cuerpo esa madre «cuidadora» que tuvo hasta los tres afios. Ni Serge ni Elisabeth se han voleado a una problematica psicdtica: cada vez que la sombra del perseguidor se proyecta sobre el destinatario de sus demandas, sobre el apoyo de su - investimiento, no se identifican con la imagen del perseguido segtin la encontramos en la psicosis. Ha quedado a su alcance otra respuesta, una respuesta doble: a. Enfrentar al otro con un sufrimiento psiquico o fisico, que les ha de probar el caracter ilegal y condenable que ejerce en 4 i detrimento de ellos; b. demandar de mecanismos depresives reparar la repre- a sentacién que el otro les envia del nifio que fueron, lo que les permite justificar por medio de «acontecimientos» cuyarealidad no puede ser dis¢tutida los sentimientos de agresividad, de 4 46 odio, que signaron de manera conciente su relacién con el pa- dre (esto, en los dos casos a que me he referido; en otros casos, con otros soportes proyectivos). Si de un salto pasamos de la infancia a la edad adulta, ‘y sin tener que recurrir al menor fenémeno patologico, comproba- mos que a todo sujeto enfrentado a ciertas situaciones le puede suceder que se esboce en el horizonte de su vivenciar el miedo —irracional, podra agregar él mismo con posterioridad— no de ser devorado en el sentido canibdlico del término, sino de ser desposeido de un «bien» que considera vital, de ser perse- guido por la violencia, la avidez, el vampirismo del enemigo, conocido o anénimo, con que ha tenido la desgracia de trope- zar. Vivenciar que atestigua el retorno puntual de una angustia oral, perseguidora, que, como el analisis lo prueba, es parte integrante de las experiencias de cada quien. Pero vivenciar puntual porque, salvo experiencias limites o perturbaciones psicopatolégicas, el yo conserva la posibilidad de re-flexionar ese vivenciar, de tomar el minimo de distancia que le permita llevar a cabo el trabajo de diferenciacién que habra de separar a las dos situaciones y a los dos vivenciares emocionales (lo experimentado en un pasado lejano y lo experimentado actual). En el curso de un analisis nos sucede encontrarnos con reac- ciones afectivas que nos inquietan tanto por el exceso de an- © gustia, de agresién o de pasién que expresan, cuanto por nues- tra dificultad en comprender las causas de su desencadena- miento imprevisto. Las mas de las veces el analista, en sus interpretaciones, apelaré a lo que pudo conocer o imaginar so- bre los fantasmas soterrados. Apelacién justificada e interpre- taciones pertinentes, salvo cuando esas reacciones dependen de la excesiva similitud presente entre una experiencia relacio- nal (trasferencial o no) que el sujeto vive actualmente, y aque- lla experiencia del pasado, responsable de la interpenetracién en que habia acabado. En este caso seria vano creer que traer ala luz un fantasma que se supone reprimido habra de permitir al sujeto modificar su vivencia. Aqui no es ya lo reprimido lo que est en juego, sino la presencia de una répresentacién fan- tasmatica que se ha vuelto 1o reprimible a causa de su intimo entretejimiento con un enunciado identificatorio. Nuestra ta- rea consistiré, cuando es posible, en reencontrar ese «acciden- te» que golpeé a la psique infantil, y cuando no lo es, en propo- ner una hipétesis. Con este proceder el analista confirma a su - asociado que efectivamente ese vivenciar que él padece, que 10 47 invade, que pone en peligro el funcionamiento de su yo no es reductible, como a menudo se lo han reprochado, a las solas % consecuencias de una proyeccidn fantasmatica. Porque ese re- proche confirmaba la escasa confianza que podia coriceder.a-su pensamiento y aun, en el limite, a los testimonios de su propia sensorialidad y de su memoria. Si en el caso de Elisabeth y de Serge dos acontecimientos objetivos dan razén del exceso de emocién, de afecto, operante en el sujeto en el momento de su encuentro con el enunciado identificante; si la eleccién de estos dos ejemplos me ha permitido ilustrar mejor mi hipstesis, otros «acontecimientos psiquicos» —de que el sujeto acaso no conserva recuerdo alguno— pueden estar en la fuente.de una misma irrupcién de afecto y desembocar en idéntica fijacién de un enunciado identificante. So Philippe y Odette mostraran las consecuencias extremas que pueden producir ciertos encuentros entre la representacién fantasmatica de la realidad y los trabajos que esta nos impone. Primera parte. Historias lenas de silencio y de furor. i Philippe, o una infancia sin historia A. El marco de los primeros encuentros Exponer la relacién en que he entrado desde hace mas o menos un afio con aquel 2 quien llamo Philippe constituye lo esencial de la Primera parte de este libro. Esta relacién se de- -senvolvid.en dos tiempos y en dos lugares, que obedecian a dos perspectivas terapéuticas, Los tiltimos siete meses he visto a Philippe en mi domicilio, en un marco elegido con la esperanza de instalar las condicio- nes necesarias para un trabajo analitico y para que la interpre- tacién pueda aleanzar sus objetivos. Los primeros tres meses entrevisté a Philippe en el servicio hospitalario, en presencia de un grupo de terapeutas. Antes de abordar.su historia y mis interrogantes, quiero exponer la par- ticularidad del marco en que se desarrollaron los prinieros en- euentros y la perspectiva desde la cual se lo eligié Veinticinco afios de trabajo en instituciones psiquiatricas me -han proporcionado el tiempo necesario para tomar conciencia de la complejidad de los problemas planteados por la relacién andlisis-institucién, de la dificultad de encontrar respuestas que resistan la prueba del tiempo. Convencida-yo de que siem- pre conviene elegir la tarea mas conforme a la propia forma- .cién e inclinacién, durante muchos afios dediqué la mayor par- te de mi tiempo a un trabajo analitico en el sentido clasico del término. Los pacientes a quienes asistia en entrevistas indi- viduales estaban hospitalizados, v bien después de haber sido dados de alta venian a visitarme a las horas previstas-para su sesién. Las modificaciones metodolégicas no eran diferentes © de las que impone el andlisis de la psicosis, se atienda al sujeto en una institucién o en el consultorio particular. Sin ignorar ni subestimar las especiales dificultades que suscita el hecho de que el sujeto en andlisis resida en una institucién, sigo creyen-- do posible esta forma de trabajo analitico, pero s6lo si el analis- ta es capaz de respetar estas. tres condiciones. 51 1. No hacer suyo el error del profano para quien general. mente la etiqueta de «loco» abarca un conjunto de sujetos in- tercambiables, lo que leva a entender los términos de «esqui- ‘ zofrenia», «paranoiar o «deliranter como definiciones exhaus- tivas que se pudieran aplicar a conjuntos cuyos elementos ha- brian perdido todo caracter singular. Ni el'sujeto, ni los even- tuales resultados del itinerario terapéutico que se le propone son reductibles a su sintomatologia. 2. Saber que tomar a su cargo una relacién analitica en el marco institucional sdlo es posible si el analista le puede de ear una parte considerable de su tiempo. 3. No olvidar que uno de los mas graves problemas que trae la institucién —con analista o sin é61— es Ja repercusién de todo conflicto institucional. sobre el vivenciar de los sujetos que en ella se asisten. Inevitable repeticién de un papel que ellos eonocen a las mil maravillas porque fue el que tuvieron du- rante toda su infancia. El trabajo analitico no se puede Ie- var adelante contra el resto del equipo asistencial (sea ese «contra» manifiesto o latente), y tampoco con él, si por esto se entiende, como a veces sucede, que el analista podria propor- cionar a los miembros del equipo los medios de trasformarse en intérpretes de la institucidn, de los que se asisten, asi como de los que trabajan en ella (incluidos estos intérpretes nuevos). El secreto de lo dicho en sesi6n se impone en una institucién, como afuera. Por experiencia sé que hay casos en que es impo- sible no comunicar nada al equipo de un peligro que uno pre- siente, o del que uno ha sido informado expresamente: esta trasgresién de nuestro cédigo deontoldgico sélo se justifica en circunstancias particulares, en verdad no tan frecuentes como se dice. Pero el analista no puede tampoco, a nombre de su saber y de su deontologia, encerrarse en una torre de marfil, Aun es al contrario; tiene que conseguir situarse en una pos’ cién que Je permita participar en los problemas con que se en- cuentra el conjunto del equipo asistencial y en los proyectos terapéuticos que este procura llevar a cabo; encontrar esa po- sicion es und tarea | muy ardua. Esta preocupacién nunca estuvo ausente de mi aniino. Pero desde el mismo miomento en que, por diversas razones, debi ; reducir mi-presencia en Ja institucién, renuncié también a se-: guir pacientes en andlisis y me interrogué de manera eada vez mas acuciante sobre la forma que podia cobrar una colabora- cién. Pregunta que habria quedado sin respuesta si no hubiera ‘ 52 tenido el privilegio de intereambiar experiencias, conocimien- tos, opciones, con los que tuvieron la buena disposicién de inte- rrogarse conmigo; Ja diversidad de su formacién y de sus funcio- nes en el servicio asistencial demostré ser casi siempre un fac- tor positivo. Nada diré de las etapas que en el curso de un largo camino llevaron a privilegiar sucesivamente tal. 0: cial forma de colaboracién entre el analista (yo misma, para el ca- so), los demas asistentes (analizados o no analizados) y el pa- ciente: nada diré, aunque tengo el convencimiento de que seria muy enriquecedor para mi, y acaso para otros, traer ala luz las modificaciones que esa posibilidad de intercambios aporté al pequefio fragmento del espacio institucional que es el servicio donde trabajo, y al.infime fragmento del campo analitico que es mi propio campo de experiencia. Me circunscribiré a describir el marco en que se desarrollé mi trabajo en el servicio durante un tiempo, y a exponer las perspectivas terapéuticas que lo justifican. En ese marco, pre- cisamente, traté a Philippe durante tres meses. H analista no apelara nunca a un modelo metodolégico ¢ que considera contradictorio con el que preside el conjunto de su practica. Las hipétesis teéricas que en tal o.cual situacién pue- den Ilevarlo a privilegiar un abordaje terapéutico nuevo debe- ran ser parte, o deducirse, de las que a sus ojos confieren jus- tificacién al método analitico en. su totalidad. E] papel que me toca en la opcién adoptada de comin acuer- do con los demas miembros del equipo eg una consecuencia di- recta de la importancia que concedé a lo que dice, a lo que ensefia y 2 lo que oculta el discurso parental en los primeros aiios de la vida; a la interpretacién que de él se habr4 de dar-el nino, y a las gravisimas consecuencias que puede traer una prohibicién masiva que afecte al trabajo y la busqueda del pe- queho intérprete. De ahi el interés para el sujeto, para los que en papeles diversos se ocupan de él mas particularmente en el servicio asistencial, y para mi misma, de tener la posibilidad de volver a oir ese discurso, muy modificado desde luego; de ser testigos de una re-presentacién viva y hablada de lo que el sujeto repite y proyecta sobre el espacio institucional y sobre quienes ahi Jo frecuentan. Desde luego que no hay que subestimar lo que puede apor- tar el conocimiento analitico, pero tampoco lo que la experien- cia aporta a los que durante afios se han ocupado de psicoticos: es evidente que mi escucha, las preguntas que hago al sujeto y a los padres reflejan mis presupuestos teéricos, pero nunca senti el afin de entregarme a un ejercicio-de vulgarizacién ana- 3 litica para hacer patente a los médicos no analistas y a los asis- tentes el esclarecimiento que podian aportarles esas reunio- nes, acerca de los conflictos operantes en el sujeto. Promover4 en el personal asistencial una mejor comprensién de la proble- matica de aquellos a quienes toman a su cargo forma parte, en: mi caso, de un proyecto terapéutico en que el afan didactico tiene muy poca cabida. . : Pero la presencia de los padres én esos encuentros persi, ademas un segundo objetivo. La escucha que'se les propone, el interés que perciben hacen que en ciertos casos, si bien es cier-. to que son los menos, una limitada cantidad de entrevistas les permitan no desde luego modificar en lo esencial su relacién con el hijo, pero si hacerles entender el papel que desempefia un real sufrimiento psiquico alli donde sélo veian la manifesta- cidn de una agresividad, de un deseo de angustiarlos, de un rehusamiento de todo acuerdo. De igual modo creo posible, en otros casos, llevarlos si no a que superen, al menos pongan en duda su conviccién sobre el caracter organico, hereditario y por lo tanto eterno de Ja patologia de su hijo o hija.’ Sucede también que en el curso de esas entrevistas un acon- tecimiento acuda de repente a la memoria de los padres; la ‘respuesta del sujeto y la sorpresa de ellos al enterarse de cémo lo vivié pueden permitir, siquiera por un instante, que una verdad circule por su reciproca relacién afectiva. Esos logros, harto magros, tienen empero su valor cuando uno sabe que buena parte de los sujetos hospitalizados habran de volver al seno de su familia al egresar. Por conflictual que sea esta relacién, los miembros de su familia son en muchos casos para el psicotico los 1inicos apoyos relacionales de que dispone. Las posibilidades que el sujeto tierie de no hacerse rehospitalizar a menudo son funcién de los vinculos que pudo conservar con cierto médico, enfermero, analista, a quien ha- # bra de volver a ver, sea para liberarse de un exceso de angus- 29 tia, o para asegurarse de que toda la relacién no esta condena- da a desaparecer. Y la relacidn positiva o negativa que el me- dio familiar establezca con el servicio asistencial desempefiara un papel, aunque tio sea el esencial, en la posibilidad o Ja inte- rrupcién de aquel vinculo. Me parece 1itil, cuando es posible (lo que desdichadamente no siempre ocurre), valorizar la funcién «terapéutica» que puede tener la comprensién de ellos, su to- Jerancia, su posibilidad de ser menos angustiados, menos pe: nistas. Si en el caso de ciertas parejas, entre ellas los padres de Philippe, estoy convencida de que lo mejor para.el.sujeto _ seria romper toda relacién, y que es vano esperar que renun- cien a su obra de demolicién, en otros casos es posible una suerte de «alianza terapéutica», a condicién, desde luego, que ineluya el acuerdo y la participacién del propio sujeto. En la exposicién del historial de Philippe se advertira mejor lo que pueden ofrecer esos encuentros, pero también se podran _sopesar todos sus limites. Y en primer lugar porque, al menos . en mi espiritu, es inconcebible ejercer en publico un trabajo de psicotdrapeuta, Desempefiar esta funcién exige la presencia de una relacién (se la lame, segtin Jas escuelas, trasferencial u objetal; poco importa) privilegiada, cuya condicién es que uno se proponga como soporte de un investimiento igualmente pri- vilegiado y garantice al interlocutor una libertad de palabra que sdlo es posible si uno esta liberado de todo rol de poder, de decision frente al resto del servicio asistencial y de la adminis- tracién. Ademas, interpretar conlleva traer a Ja luz ciertos fan- tasmas, deseos inconcientes, que (si admitimos, lo que me pa- rece muy dudoso, que esas condiciones de encuentro nos dejen los medios de hacerlo) uno no tiene derecho de exponer delante de otros, El respeto por la vida psiquica es lo menos que se nos puede exigir. Me abstengo entonces de toda actividad in- terpretativa en el sentido propio del término, en los encuen- tros de este tipo. Y si creo sin embargo que pueden tener para el sujeto un efecto positivo, desempefiar un papel en.un pro- yecto terapéutico, es. porque me permiten proponer una escu- cha que prueba al sujeto (y a los demas participantes) que su diseurso merece ser oido y que si sus construcciones delirantes no pueden ser compartidas no es porque carezcan de sentido, sino porque ese sentido permanece oculto para los interlocuto- res. Quiero decir expresamente que si en ciertos encuentros con los padres la presencia fugitiva de palabras que por una vez son conformes al vivenciar afectivo puede hacer esperar que su relacién se movilice, este tipo de abordaje no es, ni pretende ser, un subproducto ni —menos todavia— un equiva- lente del conjunto de métodos que son designados con los tér- minos de psicoterapia familiar o psicoterapia sistémica. Por reducidos que sean los beneficios terapéuticos que se pueden esperar de estos. encuentros, estoy convencida de su - utilidad, tanto més porque sabemos cuan desarmados estamos frente a la psicosis. Pero es honesto agregar que en esa opcién también intervino mi interés teérico. , Lo que pude oir, ver, comprender en el discurso y el com- portamiento de ciertas parejas en presencia de su hijo no sdla~ 3 mente me ha ensefiado mucho acerca de la problematica de este a nifio, sino que, en otras ocasiones, me ha esclarecido sobre esos otros «nifios» con cuyos progenitores‘nunca habré de reunirme, Escuchemos ahora a Philippe y su historia. B. Las cuatro versiones de la historia de Philippe Cuatro versiones: a. La de Philippe, quien es su protagonista y su autor. Ver- sidn que reconstruye una historia con arreglo a una causalidad delirante, que liga la totalidad de los acontecimientos pasados, presentes, y los de un futuro ya previsto por Philippe, con una causa situada fuera del tiempo y fuera de la realidad. Merced a lo cual se produce esa indiferenciacién temporal que es propia del delirio. En el caso-de Philippe, como es frecuente en la esquizofrenia, esta versién esta al servicio de un segundo obje- tivo: hacer inocentes a los dos progenitores de toda responsa- bilidad por su destino psiquieo; 6. la que me proporcionaron los padres en las cinco entre- vistas que con ellos tuve. Versién que pretende ser conforme a la que propondria cualquier testigo objetivo de la infancia de Philippe, version que ignora.y niega el papel que ellos desem- peharon; c. la mia, que se elabora y se modifica al hilo de mi escucha. Resultado «espontaneo» de esa actividad de teorizacién flotan- te que es propia del pensamiento del analista, versién para «uso personal» que articula una serie de hipdtesis interpreta- tivas que parten de los acontecimientos de que hablar los rela- “tos de Philippe y de sus padres; d. por iiltimo, la cuarta, que apenas se esboza: la que Phi- lippe y yo emperanos a escribir juntos. Si las versiones de Philippe y de sus padres fueron escritas ° mucho antes de nuestras reuniones, en el momento de su for- mulacién serdn modificadas parcialmente por las respuestas y * Jas reacciones que cada uno de log «narradores» teme y espera ‘suscitar en el otro, y en ese tercer oyente que soy yo. En cuanto a la tercera versién, la ‘mia, su composicién es mas singular: el primer esbozo, que acompajia a mi escucha de las otras dos, se iré corrigiendo a lo largo de esas entrevigtas en raz6n de los elementos nuevos que sus autores me habran de aportar. La forma definitiva de esta versién diferiré segin Ja continuacién que tengan o no las reuniones. Si no desembo- ean en el establecimiento de una relacién analitica, la ultima coincidira con la construccién definitiva de una versién hipoté- tiea acerca de las consecuencias de una historia infantil sobre el vivenciar actual de un sujeto. Version hipotética que pasaraa * situarse entre otras, permanecera en mi memoria para consti- tuir ese «capital» de relatos oidos y de hipétesis deducidas del que me abasteceré para encontrar los materiales que me per- mitan hacer avanzar mis interrogaciones tedricas y facilitar mi escucha. Si las reuniones se trasforman en sesiones, aquella versién que las habfa precedido servira a un objetivo particu- lar. El trabajo de redaccién’de una historia nueva habra.de encontrar sus materiales en lo que se diga en las sesiones, de la primera a la ultima, Esta elaboracién nueva no puede que- dar sujeta a parrafos ya escritos, que s6lo coartarian la libertad: que es imprescindible a los dos autores. Mas no por ello la pri- mera versién sera excluida de mi memoria, No me proporcio- nara directamente los materiales de lo que se escriba, parrafo por parrafo, con tachaduras y agregados que se sucederan has- ta el final de la relacién, pero me aportara elementos que me ayudaran a formular interpretaciones en virtud de las cuales se pueda hacer, entre el discurso del sujeto y el mio, ese tra- bajo de ligazén, ese ‘compartir eonocimientos cuyo resultado habra de ser la cuarta versién, que es la obra y el objetivo del trabajo analitico. La version de Philippe Una ambulancia espera a Philippe al descenso del avién: el consulado francés de Lima habia solicitado su repatriacién sa- nitaria por razones psiquiatricas. Lo veo en el servicio asisten- cial dos dias después que'ingresé. Es un joven de veintiocho aos, muy bien parecido y, en contraposicion al descalabro fisi- co y de vestimenta de que habla el informe del.consulado, pre- 57 senta un aspecto muy cuidado. Visiblemente esta contento con Ja entrevista que le han propuesto. Desde que entra y me lo presentan, me estrecha la mano agraci4ndome con una célida “@ sonrisa. Durante toda la entrevista, de una hora y cuarto mas * o menos, soy su interlocutor privilegiado. Al. revés de lo co- rriente, no aprovecha la presencia de los otros terapeutas para plantear problemas de servicio, solicitar permisos o que lo den de alta. Desde el comienzo instaura un clima de confianza y de simpatia al que soy sensible. Tiene la mirada vivaz, un rostro muy expresivo. Es evidente que no se siente en Ja situaciénde # un cobayo de quien yo explorara las reacciones, ni tampoco en Ja de un actor de quien yo admirara, junto con los demas, el desempeio, sino en la de un sujeto que, con paciencia y convic- cién, trata de explicar y de hacer que se comprenda su versién de los hechos. Si no tiene la seguridad de que yo consiga en- 24 tenderlo, no pone en duda mi buena fe ni mi buena voluntad. No me es facil —todo analista que trabaje en una institucién lo comprenderaé— explicar, ciertas reacciones inmediatas que ex- perimento frente a la mirada dé los pacientes que entrevisto. Ciertas miradas me dejan con la sensacién de que tras la forta- leza delirante se oculta un pequefio personaje separado del car- celero que custodia la fortaleza, carcelero cuyas érdenes res- peta a la espera de encontrar en el exterior un cémplice que lo ayude a escapar. En otros casos no leo en la mirada mas que la aflicein, el dramatico silencio de un suijeto condenado a ser por el resto de sus dias su propio carcelero. Pero es honesto ‘ agregar que en los casos en que estas reuniones desembocan en una relacién terapéutica, la experiencia me ha ensefiado que no siempre se confirman mis primeras impresiones, Habra comprendido el lector que la mirada de Philippe forma partede % estas. Aunque su discurso se centra casi enteramente en su expe- riencia delirante, y sin que se manifieste ningiin asomo de cri- tica, toda la entrevista hace pensar (o me hace pensar) en la reunién de dos sujetos que juntos se empefaran en descubrir. las causas enigmaticas de la experiencia catastréfica vivida por’ uno de ellos. La analogia que acudié a mi espiritu fue el com- portamiento de un enfermo presa de un fuerte sufrimiento fi- sico: en ciertos casos el enfermo no es mas que ese grito, esa queja que da voz a su sufrimiento. En otros casos, eon un sufri- miento no menos intenso, el sujeto conserva la capacidad de hablar sobre este, de explicar sus efectos y de interrogarse sobre las causas a que obedece, Tras estrecharme la mano, 58 Philippe se sienta frente a mi y, antes que le haga pregunta alguna, toma la palabra:! El: Parti al Perd como para asistir a una cita con la muerte. La muerte tiene una relacién muy.intima con-el amor, en las‘dos lenguas, el francés y el espafiol, y por eso han creido que yo estaba loco, me han hecho pasar por loco. Yo: {Quién creyé que usted estaba loco? El: Todo el mundo. Cuando dije que era victima de aconteci- mientos sobrenaturales relacionados con la magia negra. Ade- mas, me dejé robar mi pasaporte, y ella (se trata de la respon- sable del-consulado de Francia en Lima) hacia pasar a todo el mundo antes que a mi... Yo dormia en los bancos, frente al consulado. Ella no queria, yo no tenia. qué comer. Todo eso a causa de la magia negra. Yo: uA qué llama usted magia negra? El: Es una magia que es utilizada de manera mala. Pero, sabe usted, durante mucho tiempo ha sido utilizada ‘de manera bue- na por los franceses (queda silencioso). -La Segunda Guerra . Mundial no ha terminado... La magia utiliza los cabellos y ciertos hechizos . . . La alquimia es la cocina de los dioses. Ellos ereen que hacen eso para hacer el bien.-Yo he pasado por situa- ciones que me han quebrado la cabeza. Me advirtieron telepa- ticamente de ello por médio de sonidos tan agudos que nadie mas los podia oir. .En Pert vivi momentos que mi padre ya me habia contado. Creia que mi padre sabia, pero eso no es ver- dad, no sabe nada. Los alemanes capturaron el libro durantela Segunda Guerra Mundial en la Ciudad de los Dioses. (Silen- cio.) Lo que he vivido alla . .. luces, dibujos en el cielo, los bos- " ques hablaban por medio de esos sonidos, era un lenguaje rudi- mentario, pero yo no lo podia comprender porque soy breton. Los bretones brotan del-arbol de vida, ademas, es bien sabido, tienen cabeza de madera, son cabeza dura. Usted sabe, no se les puede hacer creer cualquier cosa. La realidad... Hay otra, muy diferente, se dice que es sobrenatural. Eso no es verdad, élla es la realidad del mundo, siempre lo supe. 1 En el curso de la entrevista uno dé los participantes tomé notas, forzo- samente pareiales, pero que respetaban la literalidad del diacurso de Philippe. Por mi parte, después de algunas entrevistas dicté al magnetéfono pasajes que me habian impresionado“en particular, cuya sintaxis he respetado. 2 Bs muy raro que yo lea el contenido de los historiales de los sujetos a quienes atiendo: me informé del de Philippe en el momento de escribir este texto, mds para mis lectores que para mi, 59 . Yo: ,Desde qué edad se ha interrogado usted sobre 1a realidad del mundo? El: Muy pronto; he estudiado mucho el tiempo, el tiempo como toda cosa es circular, la luna gira en torno de la tierra, la tierra. 3 ’ en torno del sol. Pero tiene que haber un medio de ir mas lejos, de obtener otro mundo, de obtener otro cuerpo. Alla me pidie- ron la brijula de mi padre. A mi primera pregunta sobre los recuerdos que conserva de su infancia, responde: El: He tenido una-infancia maravillosa, maravillosa. Quizas era demasiado sofiador. Yo tenia muchos recuerdos de infan- cia, pero me los retiraron de la cabeza en Pucallpa. All4.. me abrieron la cabeza. Querian quitarme | un secreto que esta- ba adentro. Yo no tengo secretos, quiz porque soy un rey bretén. No me acuerdo de nada, he sido desintegrado. Se detiene un instante y, visiblemente muy conmovido, agrega: 41: Hay una foto de mis padres cuando estaban en Africa, don- de yo nacf. Mi padre, en esa foto, tiene por el hombro a un mo _ no Hamado tistiti, que murié un afio después. Mi padre queria mucho a ese mono. Murié cuando yo tenia un aio. Sorprendida por su emocién, le pregunto cuando. vio por pri- mera vez esa foto. Su respuesta-es muy confusa: fechas, ima- genes, recuerdos se embrollan. Desfilan la foto de un «loro. verde», una brijula y un faro que dice haber visto en Bretaiia, también negros de Africa, gente que ha conocido en Lima y. acontecimientos qué habrian ocurrido en una comarca del Perit adonde en realidad nunca ha ido, pero adonde habria debido ir en lugar de dirigirse a Pucallpa, cuando las voces exigieron que fuera a Pucallpa. .» Escuchandolo no logro aprehender’ ni el tiempo ni el lugar en que a su entender se habrian desa. rrollado esos acontecimientos, ni por otra parte comprender el: hilo asociativo seguido por su pensamiento. Philippe se da cuenta, y sefiala: «Todo eso es demasiado complicado para ex- plicarlo, aun para mi. Entre el pensamiento y la palabra.. (aqui sigue un discurso muy enredado sobre un tema que des. pués retomaria a menudo: la no concordancia entre la veloci- dad del pensamiento y la velocidad de la palabra). Reanuda con un tiempo mitico. que ha sido perturbado por un cataclismo universal; es una suerte de explosién planetaria _ de Ja que parece haber nacido nuestro mundo, pero mientras habla ya no se conoce si esta catastrofe.se produjo en el origen de nuestro planeta, si fue lo que vivid en Pucallpa o, aun, seria algo a suceder en el futuro. En el curso de la entrevista’se hablar4 también de un extrafio panteén de los dioses en que se codean Jesucristo, Yahvé, dioses aztecas y santos del paraiso cristiano. Y es justamente en ese momento cuando por prime- ra vez habla de un «cacto Iamado San Pedro», nombre que asocia con el santo que posee las Ilaves del Paraiso, y cacto al que bace responsable de su experiencia de desintegracién de sus huesos y de sus pensamientos: El: Esta Satan, y esta San Pedro. San Pedro posee las llaves del Paraiso. Satan es el que espera. Yo también esperaba, ya no tenia llaves. Pero entonces.comi de un cacto y me encontré en un centro de desintegracién dé los huesos humanos. Nada de-eso es explicable por la ciencia; nada es explicable. El tiem- po, que es circular, yo, que soy el primer hombre... Sabe us- ted, mi padre se interesa enormemente por las leyes, pero es demasiado tarde para que las estudie verdaderamente. Pero tenia un interés particular por las leyes. Le voy a dar la prue- ba: cuando tenfa escrita una carta, era necesario que la despa- chara. Un rey bretén nunca debe quebrarse la cabeza, nunca ‘ debe tener un accidente. Frente a ese discurso que me resulta harto misterioso, apro- vecho un momento de silencio para‘preguntarle si ha tenido tin ; accidente. Me informa entonces que un afio antes de su partida al Pert tuvo un gravisimo accidente de automévil (volveré so- - bre esto), y con estos términos describe el momento en que salié de un coma que habia durado tres meses: El: Experimenté sobre todo un sentimiento de asombro. Cuan- ° do abri los. ojos mis padres estaban ahi, yo estaba asi (abre ojos y manos para expresar un sentimiento de sorpresa total, pero también, yo diria, de total desposeimiento). Y enseguida agrega: El: Bse accidente no fue importante; cuando digo que un rey bretén no debe tener accidentes me refiero al que vivi en Pert, 61. ‘ en Pucallpa he sido desintegrado... Dios es alguien muy ex- tratio, sabe usted. En realidad, a veces es un hombre, 2 veces no, pero otras fuerzas obran contra él, ahora no puede actuar mas, no puede hacerme hacer progresos. Alla, en el Pert, tuve un agujero en el tobillo, un agujero que se agrandaba, se agran- daba, como el agujero de adentro de mi cabeza, alguien me desarticulaba los huesos de la mufeca, querian quitarme algo, un secreto que yo tenia en el interior. En el curso de esta entrevista, Philippe suspende a veces la #4 descripcién de lo que ha vivido para tratar de explicarme, pero en realidad de explicarse, qué propésito acaso pudieron perse- guir esas «voces» que constantemente exigian que se matara dando «un salto hacia atras con mi cabeza, no, con mi cuerpo, que ningun hombre podria dar». El propésito atribuido a esas voces permanece para él, y durante todas las entrevistas que mantuvimos en el servicio asistencial lo seguiria siendo, visiblemente enigmatico: ,Ro- barle un secreto oculto en su cabeza? Pero no tiene la menor # idea sobre Jo que pudiera ser ese secreto. El sacrificio de su % vida, pero jpara salvar a quién? jal mundo? Esto no es seguro. iA la unidad de su familia? Quiza. Pero mundo y familia no : parecen destinados a un fin glorioso en virtud de ese sacrificio, 3 En el mundo nuevo al que hace breves referencias, solo habra vegetales y minerales. Esta visién del final de la especie hu- ™mana es remplazada a veces por Ja de una especie nueva cuya = descripcién recurre a ideas confusas acerca de las civilizaciones americanas destruidas por la europea. Contrariamente a lo que se suele observar en la paranoia, Philippe busca con deses- peracion una finalidad que dé sentido a su sufrimiento y a las pruebas por las que ha debido pasar, pero habra que esperarel 3 comienzo de su psicoterapia para que se esboce una respuesta. Ahora citaré las réplicas con que terminé la primera entre- vista, Philippe, para demostrarme la extensién de las persecu- ciones padecidas, me describio todos los obstaculos opuestos a su repatriacién; le pregunté entonces cémo habia sido su reen- cuentro con los padres, de regreso en Paris. El: Mis padres me dijeron que pronte se mudarian de Paris, que ya no podrian ocuparse de mi y que yo debia olvidarme de todo eso. Ya lo quisiera, pero nunca podré olvidar. Haria falta que yo fuera alla, que muriera allé. Quizé después he de escri- 62 pir un libro. Me han hecho‘encefalogramas, es un lastima que los encefalogramas sélo sean... (Permanece silencioso,) Yo: Sdlo sean yqué? - a. El: Que sdlo sean lineas, signos, graficas, que no revelen lo que uno piensa. | vet Yo: Qué diria el encefalograma si pudiera dar a conocer Jo que usted piensa? El: Mostraria eémo reacciona mi cerebro. Ando a un metro cincuenta de la realidad, pero tengo conciencia de que todo lo que nos rodea es sdlo una fabricacién. Somos todos marione- tas, entidades electro-biolégicas creadas intitilmente. Por eso . yo soy también Adan, y soy también Sataén, el que no tiene padre. Le hago notar que Adan tuvo un creador. Philippe me agra- cia con una sonrisa cémplice y agrega: «Usted cree? Pero yo creo que Adan fue puesto en una maqueta microscopica para que se moviera, pero debajo de la maqueta hay imanes y él tiene que seguir sus movimientos: Por otra parte, somos todos robots». Se detiene, me mira y concluye en un tono de gran ‘convencimniento: «Yo no he visto mi nacimiento, siempre he querido ver mi nacimiento, quiero ver mi muerte». — ‘Al término de Ja entrevista, el asistente del servicio le pre- gunta si esta de acuerdo en.que ‘la semana préxima participen sus padres de la renin. Philippe acepta ja condicion de que se tenga la seguridad de que esa visita no los ha de fatigar! | En la cita de estos pocos extractos de la primera entrevista he tratado sobre todo de exponer la imposibilidad, en el curso mismo de la reunion, de tomar la distancia indispensable para decodificar un discurso cuya riqueza y oscuridad, para mi que lo esctichaba, respondian a la diversidad de registros, de ele-. mentos, de asociaciones, de recuerdos a que se referia, Tuve que esperar a la tercera entrevista para conocer, por ejemplo, que efectivamente habia visto una foto del padre que tenia por los hombros a un uistiti, y para comprender la importancia dé esta foto y la carga emotiva que tenia para Philippe, mientras que en cambio nunca existié una foto del padre con un loro verde. Para cehirnes a este ejemplo, es muy posible que en el curso del andlisis, si es que hay andlisis, se descubra que no por azar fantased la presencia de un «loro verde» en una foto- grafia que nunca existié; pero el hecho de haber percibido bas- tante pronto por qué producia tanta emoci6ri en Philippe a foto del padre con el mono fue un elemento importante param . 68 comprensién. En mis primeras reuniones con un sujeto prit nero de una problematica psicética, mi atencién, por un enterg: periodo, es sobre todo el apoyo de la voz que habla: ignoro poi completo cual pueda ser mi expresién, lo que el sujeto percibt de ella, pero tengo en cambio conciencia —casi diria que k siento— de mi deseo de que el sujeto tenga Ja palabra, qu pueda hablar de lo que tan a menudo calla, y haga —no encuen- tro otra expresién— la experiencia de una relacién de confian. za. Cuando tengo el sentimiento de que ésta se ha establecido, el contenido de su discurso moviliza mis interrogaciones y me invita a retomarlo de manera reflexiva una vez terminada la entrevista. De este modo se van ordenando en mi pensamiento algunas primeras hipétesis. Desde esta primera entrevista, ciertos temas que Philippe retomara con la misma conviccién y sin la menor modificacién en los meses siguientes ilustran su construccion de la historia; historia de su infancia, historia de la especie humana, historia de su drama actual. Con exclusion de mis hipétesis interpreta. tivas, que expondré aparte, podemos resumir en tres parrafos los postulados de su version histérica: 1. Su infancia ha sido maravillosa, sus padres lo hicieron to- do por él, pero de esa infancia no conserva recuerdo alguno, los que tenja se los retiraron de Ja cabeza en Pucallpa. Unica ex- cepcién: tres acontecimientos que datan de sus tres-cuatro- cinco afios, dos de los cuales se refieren a experiencias de muer- te (os términos son de Philippe). Philippe se rehtisa a admitir la contradiccién presente entre esas dos experiencias que em- pero ha conservado en su memoria y la «felicidad. maravillosa» que habria signado su infancia. 2, Philippe, como miembro de la especie humana, comparte su destino. A este destino lo resume en una frase que, a modo : de un leitmotiv, puntuaré a todas las entrevistas: «Somos to- .} dos robots». Mas alla de los hombres.y de los seres vivos en general, una fuerza, un dios, uno de los dioses, ha creado, sin. que se sepa la raz6n, y probablemente si que-él mismo lo sepa, un mundo de marionetas o de robots a los que ha instilado la ilusién de ser humanos. 3. Con respecto a su drama actual, todo se explica por la experiencia vivida en Pucallpa y todo leva a ella, por veces experiencia sacrificial y por veces combate contra las voces que Jo condenaban a muerte, que exigian el sacrificio de su vida. Philippe, segtin los momentos, o bien se acusa con vehe- mencia de no haber aceptado ese sacrificio y descubre en ese acto de desobediencia las razones que justifican el hecho de quesu vida no tenga ya sentido, que sdlo pueda desembocar en. prision perpetua, en el hospital psiquiatrico 0 en otra parte, | 0 bien describe esta experiencia como una lucha contra la ‘miuer- te, combate que él habria querido ganar pero que ha perdido, aun si aparentemente ha quedado con vida. Si nos atenemos con exclusividad al discurso de Philippe du- rante los primeros tres meses, lo veremos recurrir a esta mis- ma construccién histérica y causal cada vez que quiere expli- car y explicarse las «razones» que justifican su vivenciar pasa- do, su presente y-la inmutabilidad de su destino futuro. La versién de los padres Avlos padres, cuando la primera reunién.que tenemos, se los ve tensos y poco entusiastas del encuentro. Estoy convencida de que si aceptaron venir fue porque su préxima’ mudanza les daba la seguridad de que esas entrevistas no se podrian pro- longar. . Intento distender la atmésfera repitiéndoles lo que se les dijo cuando se los convocé: el deseo de que diseutiendo juntos y en presencia de Philippe sus dificultades, se lo pudiera ayudar a salir de ellas. La madre se sienta frente a Philippe, el padre junto a ella, y coloca sobre sus rodillas un enorme cartapacio. . de donde extraerd, cada vez que lo juzgue necesario, documen- tos que confirman los dichos de su mujer (certificado médico, comprobante del servicio de seguridad social, certificado de invalidez, cartas de Philippe. ..). La madre tiene casila exelu- sividad de la palabra durante toda la entrevista. He aqui el comienzo: El padre: Philippe es muy. bueno, es el accidente el que lo dejo asi. La madre: Ei cénsul nos traté de padres indignos. E's escan- daloso. “(El consulado de Lima les habia solicitado que remitieran un pasaje de avién para el regreso de Philippe. Se rehusaron, _ 65 y el precio del pasaje se reunié en ina, colecta entre los resi- * dentes franceses.) Philippe: Mis padres no tienen nade que reprocharse. (Durante toda esta entrevista, con excepcién de un recuerdo: de infancia que mds adelante retomaré, Philippe guarda si- lencio y se limita a confirmar con enérgicos «St, es verdad» el: discurso de sus padres.) : La madre: Nosotros no somos responsables de Jo que le ocurre 4 a Philippe. Mi marido es invdlido de guerra, invalido total. E! desdoblamiento de la personalidad (de Philippe).es responsa- ble de todo. Es un disminuido grave. Hay que conocerlo como Jo conocemos nosotros’ para comprenderlo. Destruye todo lo que él mismo hace bien. Cuando tuvo su gravisimo accidente sufrié lesiones. Algo le ha quedado. Hace estupideces, ha ro- : bado automéviles.? En cuanto a nosotros, se ha hecho todo lo que se pudo. : Philippe: Mis padres tienen raz6n, ellos no son responsables del accidente, no les corresponde a ellos hacerse cargo de las secuelas. . Yo: Nadie esta aqui para juzgar nada; estamos tratando de eomprender lo que ha ocurrido y lo que se puede hacer en in- terés de Philippe y de ustedes. ‘ La madre: Cuando se nos escribié del Peri, se nos dijo que él‘ tenia perturbaciones mentales, que estaba en un hospital quiatrico. Se recibié un télex solicitando su repatriacién. Phi. lippe ya no es beneficiario del seguro social, se supo cuando fuimos convocades a conseciencia del robo del automévil. El padre: Philippe es un disminuido grave, no se puede desem: -penar solo, necesita vigilancia permanente a causa de su doble personalidad que le juega malas pasadas. Provoca complicacio- nes que después recaen sobre los demas, como el accidente d automévil. . : : La madre: Es verdad. Hay que entender que Philippe no es @ beneficiario del seguro social. No se podia enviarle dinero a ‘i Lima, se lo habria dado a sus amigos. Ademas, a su regreso 3 Philippe nunca ha robado automévil alguno, y ellos lo saben. Simple- mente dio alojamiento en su cuarto a j6venes marginales que «tomaron preste- do» durante dos dias el automévil con que tuvieron el accidente. 66 . tico, ciego» | tendria que responder por los cheques sin fondos que habia librado antes de partir. Y Philippe-no tiene dinero. Los dos insisten en el contratiempo que representa para ellos . la pérdida por Philippe de su cobertura social y se empefian en asegurar que no les corresponde pagar nada por los gastos de hospitalizacién de Philippe en el servicio. Pregunto después a los padres qué nos pueden decir sobre la infancia de Philippe. La madre: Todo empez6 cuando Philippe ingreso en la empre- sa de correos y telecomunicaciones y tuvo malas compaiiias. ’ Pidié una licencia de dos dias a la que no tenia derecho. (No dicen que Philippe habia tomado esa licencia para visitarlos a ellos.) Estaba al volante de un automévil robado. (Philippe afirma que no era él quien conducia‘ y que menos atin habia robado ese automévil.) Y fue entonces cuando tuvo el acciden- te. Hizo, septicemia tras septicemia, Los médicos me dijeron: «Su hijo no puede ser salvado. Si vive quedara sordo, parali- Por eso nos solicitaron que donaéramos sus rifio- nes. No creian poder sacarlo del coma. En cuanto a nosotros, no lo podiamos decidir solos. Hubo reunién de familia para dis- cutirlo con sus hermanas. (Hablan del asunto como si se trata- _ra de la venta de un automévil.) Se decidié aceptar. Al dia siguiente Philippe sali del coma. Pero, sabe usted, era como -un nene de tres afios. Hablaba como un bebé. Atrapaba todo con sus dedos. Era muy, pero muy dificil. En cuanto a noso- tros, se hacia lo que se podia. Después del trabajo se lo iba a ver al hospital. Después de eso, se lo envié a X, donde lo cui- daron del punto de vista fisico, pero no psiquicamente. Des- pués nos lo enviaron a casa. Todo lo que padece son secuelas de ese accidente. Es un disminuido grave. Para comprender el efecto de este discurso, habria que po- ~ der comunicar el tono y la expresién de la madre. No contiene ~ Ja menor referencia al sufrimiento padecido por su hijo, a lo que debié representar para 61 semejante prueba somatica y psiquica. Ella describe su comportamiento, a Ja salida del co-. 4 Hay todas las razones para creerle. Sin embargo, el padre, én contradic- cién con su comportamiento leguleyo, nunca ‘puso en duda la acusacién inter- puesta por los otros dos compinches que evidentemente tenian todo el interés en aprovechar el coma de Philippe para librarse de cargos ellos. . ® Esto aparece escrito con todas las letras en el historial.de aquella hos- pitalizacién, toe 67 ma, como el de un nifio caprichoso, indécil e incapaz de cor prender lo fatigoso que es para los padres, después de su tra: bajo, tener que pasarse dos o tres horas en el hospital para’ ocuparse de él, para ayudarlo a comer, a orinar, a vestirse, Todavia mas significativas son las cosas con respecto al a de reeducacién que emprende Philippe una vez en casa: de esta: no conservan pero ningin recuerdo, son incapaces dé decir si Philippe empez6 a caminar solo 0 lo ayudaron, de explicar por, qué durante todo un afio-nunca exigieron un solo examen di control, tanto que en la segunda entrevista la propia madre. pregunté a Philippe si de regreso a casa ya caminaba con mu. Jetas o todavia se desplazaba en sillén de ruedas, si era capaz de comer solo o lo tenfan que ayudar. Pero mas elocuente to- davia es la historia o, por mejor decir, lano historia que cuentan’ sobre el tiempo que precedio al accidente. El tnico aconteci- miento a que se refieren (agrego que no hablaron espontanea- mente del asunto, sino después que uno de los participantes lo: mencion6) es a una fuga que hizo Philippe cuando tenia catorce afios. Fuga que son incapaces de justificar y que trivializan al 4 extremo, en contradiccién patente con su ideologia educativa. («Cuando tenia catorce afios fugé a... No se sabe por qué, pero estabamos seguros de que regresaria, son cosas que Jes. pasan a los adolescentes, pusimos un aviso de busqueda y PI lippe volvié poco tiempo después».)® Sobre lo ocurrido antes de esta fuga, no saben decir absolutamente nada. Yo habria de: asistir estupefacta al hecho siguiente: en dos ocasiones pre- gunté a la madre y al padre por los recuerdos que conservabaii: de Philippe nifio. Me respondieron que Philippe habia sido’ siempre un nifio muy juicioso, que nunca generé problemas, que era encantador y todo lo ocurrido era la consecuencia del accidente. Retomé mi pregunta asegurandoles que no ponia en. duda su versién, pero que me gustaria conocer qué pequeio. episodio (dicho de nifio, edlera, juego, erffermedad . . .) les ha- bia quedado grabado en su espiritu: me respondieron, y por. dos veces, que no comprendian mi pregurita, Y efectivamente, no la comprenden. Por dos veces tuve reu- nién con la pareja parental, una vez con la madre sola, y dos con el padre solo. Y en todos los casos me encontré con el mis. © Por lo que me diré Philippe, y a pesar de la vaguedad de sua recuerd parece cierto que hizo una primera fuga de dos o tres dias sin salir de la region, y poco después una segunda, que duré un mes o mas, tiempo en el que trabajo. como aprendiz de pescador en un puerto muy distante de su domicilio. .mo.blanco: hasta los catorce afios, Philippe fue un niiio muy amable, muy juicioso, los verdaderos contratiempos empeza- ron después del accidente automovilistico que trasformé defi- itivamente a-Philippe en un disminuido psiquico.. Desde-ese momento ya no tuvo voluntad, no. sabia gobernarse solo, der masiado confiado con los demas, sus padres lo hicieron ‘todo por él, ahora ya no pueden hacer mas. El padre, a consecuen- cia de una serie de depresiones tiene una pensién de invalidez total, la madre una arteritis. Por otra parte, estan en via de obtener su retiro jubilatorio y de abandonar Paris definitiva- ~ mente: es por Io tanto imposible que sigan ocupandose de Phi- lippe. . . ¥ el discurso se retoma en los mismos términos a cada entrevista. En la ultima, que precedié en poco tiempo a su * partida; su tono se hizo mas cortante hacia Philippe no menos que hacia los demas participantes. Advirtieron al primero que ya no debia contar mas con la ayuda de ellos porque estarian demasiado lejos para viajar, y a nosotros con el mismo argu- mento nos hicieron saber que era muy dificil que nos volvié- ramos a ver, - Con respecto a la version «oficial» de los padres sobre la infancia de Philippe y su negativa a hallar en ella la menor ‘relacion con su presente y con el futuro que le espera, no vale la pena incluir informe alguno: los fragmentos citados son elo- enentes por si mismos. A continuacién expongo mis versiones hip6teticas sobre la - preblematica de Jos padres y sobre los conflictos psiquicos que Hevaron a la experiencia delirante de Philippe, hipétesis que se basan en las cinco entrevistas que tuve con los padres y en Jas primeras doce con Philippe. Mis versiones hipotéticas - La historia infantil de ia madre de Philippe, 0 el asesinato de un nacimiento Cuando en la segunda entrevista pregunté a la madre de Philippe por los recuerdos que conservaba de su propia infan- cia, retomd palabra por palabra la respuesta que Philippe me habia dado a esa misma pregunta, cuando nuestra‘primera reunion: «He tenido una infancia maravillosa». 69 Pero el relato de ese vivenciar infantil es tan vacio como tf que ella hace de la infancia de su hijo. Remite a una misma 7 historia: sus padres eran muy buenos, todo el mundo se q ria, gozaba de buena salud, no habia problemas ni confli Dos versiones idénticas sobre dos historias de vivenciar fantil, pero muy semejantes también en sus consecuencias. una relacién sin historia, no se puede decir menos, entre ella Philippe niiio, sigue esa historia llena de reproches, de rect naciones, de cuidados, que narra su relacion con Philippe de que él tuvo dieciocho afios. Y de igual manera, a su histo . tan maravillosa como vacia de su propia infancia, sigue la hii toria de una vida lena de‘cnidados, de esfuerzo, de sacrifici que no contiene la menor referencia a un placer. Ella no puede, ni para si ni para su hijo, imaginar la existe cia de un nexo entre el tiempo de la infancia, el tiempo de adolescencia y el de la edad adulta. Una vez trascurrida la i fancia, cuanto le pudo ocurrir a Philippe o a ella misma q explicado de manera total y repetitiva, en el caso de P por el accidente y las «malas compatifas»’ que lo provocaron, en lo que a ella toca, por las preocupaciones econémicas que impuso la «dura realidad». Asistimos a un mecanismo de de: ” conexidn causal entre ese tiempo del cual uno ha borrado de memoria la historia que a uno mismo se pudiera contar, pa dejar subsistir solamente una versién ideolégica cuyo auto anénimo es «la opinién»,? y este otro tiempo vivido despu de la infancia. La historia que trata de este segundo tien s6lo tiene espacio para los acontecimientos que dicen de b: tallas injustamente perdidas, de trabajos que te fueron imi puestos, de hechos que prueban Ja inocencia de un acusadi siempre. falsamente sospechado. Mas adelante retomaré las reflexiones que sugiere esta ve sién «selectiva» de la segunda parte de Ja historia; primero de considerar el extrafio mecanismo de desconexi6n entre es dos tiempos de la vida de. un mismo sujeto, desconexién virtud de la cual en sz versién de sz historia el punto de pa da coincide con el momento que puso fin, y acaso habria qi decir «que dio muerte», al tiempo de la primera infancia. Philippe y su madre nos aportan dos ilustraciones de las d oe 7 Con esto quiero decir que la historia de la relacién padres-hijo ya guarda relacién con esta infancia y estos padres: es remplazada por lo qu opinién» enuncia acerca de los beneficios de la édueacién, el sacrificio que exige de todos los padres, el respeto que se les debe... y no sigo. : 70 formas de deconstruccién que el adulto puede imponer a su trabajo de historizacién y de rememoracién del pasado infantil. Para que pueda escribir los capitulos posteriores a la infancia, el autor esta obligado a dejar fuera del texto un capitulo pri- mero que el nifio-historiador sin duda habria bosquejado. Tam- bién se puede ver Ievado a reintegrarlo, pero en ese caso al ecio de una reconstruccién delirante de la totalidad del libro. ” [La madre de Philippe pudo elegir la primera solucién, més: lo- ‘grada econémicamente; Philippe se vio reducido a aceptar la ” segunda. Volvamos a la autobiografia que la madre nos propone y a la imica «confesién» que permite entrever —harto vagamente— ° Jas razones de todos los blancos que signan a su relato y a su historia. En el curso de Ja segunda entrevista, después de aquella respuesta suya, tan sucinta como tajante acerca del vivenciar «maravilloso» de su infancia, le sugeri que por maravillosa que haya sido la infancia, ya adultos por lo general nos damos cuen- ta de que todo no era tan de color de rosa ni tan simple como se lo crefa en el circulo familiar. Me miré sorprendida, y no estoy segura. de que siquiera esta vez haya comprendido lo que yo trataba de darle a entender. Empezé por repetirme que en su familia todo el-mundo era feliz, no obstante lo cual agregé una precisién que sefialaba la tinica sombra presente e1 en el cielo ra- diante de su paraiso infantil: Ella: Mis padres trabajaban mucho, eso es verdad, pero yo Jos adoraba y todos'éramos felices, Eramos una familia nume- rosa, mis padres eran de avanzada edad cuando yo naci, mi madre tenia la edad de la menopausia, nunca creyé que corria el riesgo de quedar encinta: yo naci veinte afios después de la hermana que me precede. Yo: ,Cre6 problemas a su madre ese nacimiento? Ella: Mama era una persona muy bien, muy normal. (En el curso de la entrevista la aftrmacién de la «normalidad» de la madre se repetird por tres veces sin razén aparente.) Mis pa- dres eran gente muy tranquila, mi nacimiento no podia eausar- Jes placer, era... (Se calla, y prosigue:) Mi madre segura- mente tuvo vergiienza por estar encinta, por tener que ocupar- se de un bebé cuando su hija menor tenia veinte afios y habria podido ser madre. Yo: ,Su propia madre le hablé de ese. sentimiento de ver- giienza? 71. Ella: Fui muy mimada, vivi algiin tiempo con mi hermangj : después muy temprano entré a trabajar en una fabrica. Mi maz. dre murié hace quince afios. Yo la amaba mucho y siemp siento su falta. (Es uno de-los raros momentos en que se ad vierte una emocién intensa en la madre de Philippe.) Yo: ;Su madre le hablaba a veces de su embarazo o de la i fancia de usted? : Ela: Mi madre nos amaba mucho a todos, también a su yerno: Y sin responder, otra vez, a mi pregunta, reanud6 directa: mente con la madre mala por excelencia, es decir, la madre dé: su marido. Cinco entrevistas para formular hipdtesis acerea de una pro: blematica psiquica son harto insuficientes, pero en ciertos ca~ sos se puede apelar a lo que nos han ensefiado otras historiay: semejantes, y tanto que acuden inmediatamente a nuestra me»; moria. En virtud, justamente, de ese retorno espontaneo dé, otros relatos oidos, me formé una hipdtesis acerca de la tem presente entre la versién de ese vivenciar infantil que una 70-historia desposeida de toda funcién causal y un onal 4 ciente» que se encontré con un deseo de muerte ahi don habria debido encontrar un deseo de vida. Segiin ensefia el anilisis, lo que en el plano conciente se formula como el «deset, de tener un hijo» puede remitir a motivaciones inconciented} muy dispares. Lo propio sucede cuando una mujer nos comunif ca su deseo conciente, y aun su decisién, de no tener hijos'i Entre las racionalizaciones que se da de ese deseo, una se tiene, que oir como la expresiOn de una motivacién inconciente; mi refiero a cierta concepcién del embarazo como una experiencia? que inexorablemente pondria en peligro su vida somatica ylae su vida‘psiqitica, Creo que en efecto, en ciertas mujeres, em*! barazo y alumbramiento amenazan movilizar un «deseo de dat muerte» que forma parte de lo impensable, riesgo que ellad: tienen razén en evitar. Un prolongado andlisis acaso hab permitido elucidar qué se ocultaba en la madre de Philippe trai, ese sentimiento de vergiienza que descubria en su propia mai dre. Ein la entrevista aparecié, por su modo de referirlo, que Pr habia dejado sorprender por un recuerdo que habria debid'g callar, que la perturbaba. Y cabe observar que esa «confesién: de una sombra en su relacién con la madre fue inmediatament seguida por la imagen de una madre «no maravillosa» por e celencia. - der Ja vida del cuerpo y el minimo —jy cuén minimo!— &Qué pudo oir en esa «vergiienza», tmiea nota discordante en su relato de Ja relacién de su madre con la nifiita que ella fue? .Vergiienza de ese vientre, vergienza de hacer vivir a un * pebé por la-satisfaccién de sus necesidades, vergiienza de «mantener ‘con vida» lo que no habria debido ni ser ni nacer?, Desde luego que se puede pensar en la vergiienza dé mostrar” . los signos de una actividad sexual, en la vergiienza de ocupar un puesto y una funcién que acaso tenia el sentimiento de ha- ber robado.a unas hijas en edad de ocuparios, en la vergiienza de no haber sabido respetar un cierto orden en la genealogia. Conjunto de hipétesis «de inspiracién edipica», no mas verifi- cables en este caso que la hip6tesis que quiero proponer acerca del «riesgo» de dar a luz que amenaza a ciertas mujeres.’ La clinica analitica muestra que la espera de un hijo, y aun el simple temor de estar embarazada, pueden movilizar un «de- seo de dar muerte» que es la forma que cobra un veredicto de - autodestruccién, de autoaniquilacién, cuyo blanco no es la per- sona entera, sino esa parte «viviente» que una leva en si. El sujeto pudo aceptar preservarse con vida, a condicién de ase- gurarse de no ser responsable de la preservacién del mundo de los vivos, de que su muerte pondra fin definitivamente a este error, a esta infraccién que es su propia vida. Y sélo merced al respeto de ese pacto firmado con Tanatos, puede Eros defen- de pla- cer necesario para que esa vida se preserve. En la relacién de esas mujeres con sus hijos en el periodo en que la vida de estos depende por completo de los cuidados que les prodiguen, no se _ puede hablar de rechazo o de odio en el sentido que estos tér- minos adquieren de ordinario en nuestros andlisis. En muchos casos tenemos que considerar el rechazo como el resultado de una lucha feroz contra un deseo fusional, demasiado intenso para que ese fantasma encontrara un sitio en el espacio de pen- s Cuando of ala madre de Philippe hablar dela «vergienzar de su propia madre, tnico recuerdo negative que no habia conseguido borrar de su memo- - Tia, acudié a mi espfritu lo que una mujer en andlisis me habia comunicado casi al mismo tiempo sobre Jas razones de la «Vergiienzay que le causaba la idea de estar encinta: «No Podria soportar esa vergiienza, me tendria que matar. Ala sexualidad la puedo vivir, hasta encontrarla placentera, pero mo a la vergilenta , de dar forma a lo que uno odia: todo eso que se agita, que grita, Es como los intestinos: mientras no se agitan, va bien. Pero si uno tiene un célico... Es epmo. «yo no 86.. + un movimiento que te mata de adentro». En el caso de esta mujer, las sesiones que siguieron confirmaron que la vergiienza remitia a, un crimen de Leso-Ténatos: en el easo de la abuela de Philippe, esta no es mis que una hipdtesis «para uso personal». samiento de la madre, para que pudiera alimentar las ens ciones que su yo hubiere de expresar en amor, en protecciéy en union... Condicién previa para que el lactante se pue representar la fusidn, la no-separacién como la realizacién un pictograma de unién y de un fantasma de fusién dispen dor de una experiencia de placer total y compartido. En cuant al odio, hacia otro y contra otro, las mas de las veces conlle’ una primera tentativa de hacer resistencia a las metas «nai rales» de las pulsiones de muerte por medio de una prime intrincacién con las pulsiones sadicas. Por eso el odio consigue;, por lo general, hallar en lo exterior objetos sustitutivos, permiten al yo expresarlo dentro de (y por medio de) un di: curso sobre el sufrimiento, que lo hace «racional», «pensable: discurso al servicio de una aspiracidn sadica cuya realizaciér - pretende estar al servicio del