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De Silvia Bleichmar en esta biblioteca

La fundación de lo inconciente. Destinos de pulsión, destinos del sujeto

Clínica psicoanalítica y neogénesis

En los orígenes del sujeto psíquico

Del mito a la historia

Silvia Bleichmar

Amorrortu editores

Buenos Aires - Ma

De Silvia Bleichmar en esta biblioteca

La fundación de lo inconciente. Destinos de pulsión, destinos del sujeto

Clínica psicoanalítica y neogénesis

En los orígenes del sujeto psíquico

Del mito a la ·historia

Silvia Bleichmar

Amorrortu editores

Buenos Aires - Madrid

Biblioteca de psicología y psicoanálisis Directores: Jorge Colapinto y David Maldavsky En los orígenes del sujeto psíquico. Del mito a la historia, Silvia Bleichmar © Silvia Bleichmar, 1984

Primera edición, 1986; primera reimpresión, 1993; segunda reimpresión, 1999. Segunda edición, 2008

© 'Ibdos los derechos de la edición en castellano reservados por Amorrortu editores S.A., Paraguay 1225, 7° piso - C1057AAS Buenos Aires Amorrortu editores España S .L., C/San Andrés, 28 - 28004 Madrid

www.amorrortueditores.com

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Queda hecho el depósito que previen e la ley nº 11.723

Industria argentina. Made in Argentina

ISBN 978 -950-518-131-5

Bleichmar, Silvia En los orígenes del sujeto psíquico. Del mito a la historia. - 2ª ed. - Buenos Aires : Amorrortu, 2008. 224 p. ; 23x14 cm. - (Biblioteca de psicología y psicoanálisis/ dirigida por Jorge Colapinto y David Maldavsky)

ISBN 978-950-518-131-5

l. Psicoanálisis. I. Título. CDD 150.195

Impreso en los Talleres Gráficos Color Efe, Paso 192, Avellaneda, provincia de Buenos Aires, en mayo de 2008.

Tirada de esta edición: 1.500 ejemplares.

A Carlos, vigía de la noche y la esperanza.

Indice general

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Prólogo, Jean Laplanche

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Palabras preliminares

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l. El concepto de neurosis en la infancia a partir de la represión originaria

43

2. Notas para el abordaje de la constitución de la inteligencia en psicoanálisis

63

3. Mito o historia en los orígenes del aparato psíquico

84

4. Notas sobre la memoria y la curiosidad intelectual

104

5. Frases de los niños, estructura del aparato psíquico

130

6. Trastornos del lenguaje. Trastornos en la constitución del sujeto psíquico

160

7. Relaciones entre la represión originaria y el principio de realidad

185

8. Del lado de la madre

208

Conclusiones

Prólogo

Jean Laplanche

He aquí un libro importante; entendamos estas palabras in- yectando, en el término «importancia», la doble dimensión pre- sente en el alemán Bedeutung y en el inglés significance: no sólo el peso de las ideas y de la argumentación interna consti- tuye su valor; también, la forma en que se inscribe, en que «Co- bra sentido» en un contexto geográfico e histórico: el del psico- análisis mundial, hoy. El lugar es México, abierto por su ubica- ción y por los destinos de una coyuntura histórica a los vientos del Norte, del Sur y del Este. El tiempo: el del inventario por hacer y de la herencia por recibir de tres grandes dogmatismos en vías de desaparición: Ego-psychology, kleinianismo y laca- nismo. No por el placer de destruir revelando las debilidades y aporías de los sistemas, pero tampoco en el afán de rehacer un edificio ecléctico, ni en la pretensión de acampar tiritando so- bre las ruinas de toda teoría, envueltos en la delgada tela re- mendada y llena de agujeros de la «clínica». Venir después de otros no es ni una fuente de riqueza ni una maldición, pero pue- de ser un privilegio si uno se sabe situar, con relación a ellos, en la posición precisa, significativa, que lo habilite para hacer tra- bajar sus propuestas, y aun para ponerlas a trabajar nueva- mente. Trabajo del Psicoanálisis es el título de la revista fundada por Silvia Bleichmar, y es la máxima del presente volumen; traer de nuevo al taller las grandes interrogaciones que nos han sido legadas ya por Freud, si es verdad que los conceptos que él forjó nos son transmitidos en el movimiento psicoanalítico como un conjunto de interrogaciones, de enigmas o, según el término que define a lapulsión misma, como «exigencias de trabajo». Que el viento del Este, el que sopla principalmente de Fran- cia, sea dominante en esta impulsión a cuestionar, a problema- tizar y a elaborar, es sin ninguna duda una de las razones que llevó a Silvia Bleichmar a pedirme acompañar y exponer a la prueba de la discusión un itinerario ya firmemente asegurado. Que este texto haya podido -en su forma de serie de capítulos, ciertamente complementarios, pero más enrollados en espiral que cimentados en una demostración- hallar su consagración

en un doctorado en psicoanálisis muestra que la Universidad sigue siendo un lugar privilegiado para un cuestionamiento auténtico, sin conclusiones preconcebidas, que aúne el rigor sin concesiones de su itinerario a la prudencia frente a toda clau- sura apresurada. El lugar importante reservado a las observaciones de casos, pero con participación no menos amplia de la discusión meta- psicológica, define a esta obra. No como exterioridad recíproca de la «teoría» y la «clínica», sino como un permanente volver de

fantasmas inconscientes, no modifica en nada el carácter con- creto, fechable, de los acontecimientos (exteriores o psíquicos) que el método se propone exhumar. Ahora bien, el lacanismo, remitiendo la historia contingente del individuo (lo imaginario) a una intemporalidad a la vez transindividual y constituyente (lo simbólico), entrega toda la teoría a una revisión desgarran- te, en que las nociones de cronología, de evolución y aun de trauma se consideran otros tantos vehículos de falsas cuestio- nes. En la práctica, a decir verdad, esa conmoción es menos

la práctica sobre su propia experiencia: una experiencia par- ticularmente fecunda en Silvia Bleichmar, por la riqueza y la variedad de su ejercicio de psicoanalista, pero sobre todo por el

sensible, al menos cuando se trata de la cura de adultos. Por- que en cierta manera no trae grandes consecuencias que el complejo de Edipo o el de castración, revelado o reconstruido en

aspecto personal, reflexivo y, como lo expresa un término que

su

universalidad, sea un a priori rector de toda humanización o

merece mejor suerte de la que le es deparada a veces, «compro-

se

lo deba situar efectivamente en el pasado histórico de cada

metido». Porque no encontramos aquí las confesiones de «con- tratransferencia», esos «lo que mi paciente me dijo me produjo algo en alguna parte», que están en vías de convertirse en la tarjeta de visita (¿o tarjeta de crédito?) mejor recibida en cier- tos círculos. Simplemente, una presencia atenta, vigilante, a lo que, en el «hacer» y el «decir» cotidianos del analista, sobrepa- sa, desborda, sus intenciones concertadas. «¿Quién soy yo para haber dicho o hecho esto, para haberme propuesto imprimir a

individuo. El «en otro tiempo y ayer no más» de la infancia y lo intemporal de lo simbólico se tienen que reconstruir, uno y otro, por el método interpretativo, y el juicio de realidad históri- ca cede paso en la cura a la restitución de la realidad psíquica en sus plenos derechos. Freud, se dirá también, tendió más de una vez la mano, frente a las aporías de la reconstrucción genética, a su posteridad estructuralista, con conceptos como «fantasma originario» o aun «mito científico».

las cosas tal o cual dirección? ¿Y cuál es la teoría latente (acaso inconsciente) que está en la base de cierta intervención que me sorprende y que me destina a los efectos del apres-coup? En su- ma, es bajo la égida de la praxis, del acto analítico, como se rea- liza la tan deseada alianza teorético-clínica. Pero a condición de no olvidar que la práctica psicoanalítica, a su vez, no es un «hacer» manipulador, sino un decir simbolizante, lo que la em- parienta, aunque en diferente nivel, con la teorización misma. Esta ubicuidad de la teoría nos explica que cuestiones apa- rentemente abstractas, aun filosóficas, se hagan urgentes, ate- naceantes, cuando se trata de orientarse en una cura psicoana- lítica. Es el caso de dos interrogaciones, ligadas una a la otra, que recorren este libro: la relación entre génesis y estructura y el estatuto de la represión originaria. Se evalúa mal la conmoción -otros dirían: la subversión-

Para el psicoanalista de niños, en cambio, la alternativa entre genetismo y estructuralismo es decisiva en la práctica. Que Freud, en un momento de genial temeridad, proclame al pequeño Hans que, desde toda eternidad, él sabía «que amaría de tal manera a su madre que estaría forzado a tener miedo de su padre», nos deja, pasado el momento de suspensión, con más preguntas que respuestas: ¿Qué hace Freud, frente a una si- tuación edípica tan manifiestamente trivial, si no es inyectar, como por fuerza, la «Ley»? ¿Y para qué preguntarse cómo se construye la estructura psíquica del niño, si afirmamos que la estructura fundamental trasciende, rige, predetermina, toda peripecia individual y acontecial? En la década de 1970, en que se desarrolla la interrogación de Silvia Bleichmar, la tesis estructuralista daba lugar incluso a excesos teorético-prácticos desconcertantes: el niño quedaba como desposeído de su neuro-

introducida en el freudismo por el estructuralismo lacaniano.

sis o de su psicosis en beneficio de la red relacional preexistente

Porque el psicoanálisis, en su origen freudiano, quiere ser ante

a

su devenir y a su existencia misma. Pero, en virtud de un

todo descubrimiento y reconstrucción de una génesis histórica:

curioso arrepentimiento, la estructura patógena no emigraba

la del ser humano, sus conflictos y su neurosis. Que la historia

al

cielo de las ideas: recaía, concretamente, en la configuración

psicoanalítica se despliegue en una temporalidad muy particu- lar, destinada al apres-coup y referida a la perennidad de los

psíquica de los padres, y particularmente en la de la madre, convertida en responsable de todos los males. Período, tal vez,

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superado, en que el niño o el psicótico eran considerados puro

síntoma del Edipo parental. Ahora bien, precisamente, un trabajo como el de Silvia Bleichmar contribuye de manera deci- siva a esa superación, sin abandonar ni la preocupación por la génesis ni la referencia indispensable a estructuras preexis- tentes al individuo particular. El lector verá con qué atención, en cada uno de los casos clínicos presentados, es mantenida la discriminación entre «lo que se encuentra en la estructura en el momento en que el sujeto viene a insertarse en ella, y las condiciones de aprehensión de los elementos de esta por parte

sujeto ». Ingreso en la estructura, por lo tanto; o también, co-

mo preferimos decir, en el universo de significancia de los adul- tos, pero con esta cláusula suplementaria (en lo cual Silvia Bleichmar ha querido seguir nuestro pensamiento): que entre la estructura preexistente (de los adultos) y la estructura ter- minal (el psiquismo del niño) se intercala un proceso complejo de «metábola», que no permite en absoluto descubrir una ho- motecia entre las dos estructuras; un proceso cuyo resto, lo no- metabolizado, es precisamente lo inconsciente.

Con el nacimiento de lo inconsciente, estamos en el tema central del libro: la «represión originaria». Un término, un con- cepto freudiano dejado en espera, como hipótesis indispensable

.tenemos razones para su-

poner una represión originaria, una primera fase de la repre-

». La represión originaria sólo puede ser postulada a

partir de sus resultados; a todas luces, esto dejaba abierto el ca- mino para interpretarla como un «tiempo mítico», con toda la contradicción de la expresión misma: un tiempo fuera del tiem- po pero que admitiría ser descripto como una sucesión tem- poral. La fascinación por la noción de mito en psicoanálisis no es fortuita ni es fácil disiparla por apelación a las simples «luces». Obedece, creemos, a razones profundas y, en particular, a esa extraña temporalidad del ser humano, destinado al aprés- coup. Si hacen falta siempre dos traumas para hacer un trau- ma, dos tiempos distintos para hacer una represión, equivale a decir que la represión originaria, el trauma, no pueden ser ja- más señalados con el dedo en una observación directa (aunque fuera analítica), condenada a situarse siempre demasiado tem- prano o demasiado tarde. Pero no es menos cierto que la opción «mítica» hace abandono de esta singularidad del descubri- miento psicoanalítico; y es con toda razón como Silvia Bleich- mar cuestiona definitivamente su facilidad: «Los tiempos míti-

del

para comprender toda represión:

sión

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cos no son construcciones, son movimientos reales de estruc- turación del sujeto psíquico que, aun cuando no podamos cap- turar en su subjetividad, podemos cercar como se cerca un

elemento en la tabla periódica de Mendeleiev

demos tocarlo, pero sí podemos conocer su peso específico, su densidad, su efecto, su combinatoria». Cercar los momentos de la represión originaria, pero tam- bién sus avatares, sus insuficiencias, sus desigualdades o sus fracasos, es entonces jalonar los tiempos constitutivos del in- consciente y de sus contenidos fantasmáticos. Jalonamiento que en el niño es de importancia decisiva para la práctica (a di- ferencia de lo que ocurre en la cura del adulto) porque en la elección del dispositivo terapéutico es determinante saber si uno se sitúa antes o después de la constitución del inconscien- te, y en qué medida, dentro de qué configuración. Y ello, sin contar con que esta constitución misma, si es que se quiere acompañar a Silvia Bleichmar en este punto, no queda definiti- vamente sellada antes de la intervención de la represión apres- coup, que no. sólo pone en juego la instancia del yo, sino la del superyó, en una constelación edípica consumada. Cada una de las observaciones presentadas propone una fi- gura singular por referencia a este eje principal; invita al lec- tor, analista, a acompañar a Silvia Bleichmar, a dialogar -hasta la controversia- mentalmente con ella, para verificar las hipótesis que propone y las opciones terapéuticas (dispositi- vo de la cura, intervenciones, interpretaciones) que de ellas de- rivan. El lector se sentirá sacudido por la alianza de entusias- mo, de no prevención, pero al mismo tiempo de sagacidad, que anima a esta práctica teorético-clínica. Una práctica que se si- túa en el corazón mismo del cuestionamiento psicoanalítico contemporáneo, y que testimonia que este no está destinado, a

pesar de ciertas apariencias, ni a la cacofonía, ni a la desenvol-

Trabajo de psico-

Tal vez no po-

tura «poética», ni a la repetición dogmática análisis.

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«Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escri- to». Sor Juana Inés de la Cruz.

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Palabras preliminares

Ser psicoanalista implica ubicarse en la serie de las genera- ciones. En el consultorio, cuando la práctica cotidiana nos im- pone un trabajo permanente de historización, aprendemos lo difícil que es el proceso por el cual se discrimina lo que es -existente en el inconsciente- de lo que podría ser, o de lo que fue -temporalización que introduce el índice de realidad-. Es así como se produce, también, el trabajo teórico: romper abro- chamientos imaginarios, discriminar aquello que se ha pen- sado de lo que el proceso de elaboración arroja como resultado, sometiéndonos a un trabajo permanente. La neutralidad teórica es tan compleja como la neutralidad analítica. Para que la acogida benevolente de un texto se produzca es necesario estar dispuesto a esperar lo inesperado,

a no dejarse someter por las pasiones, pero a la vez a lograr una

buena dosis de sublimación de lo que se nos r epresenta. He in-

tentado aproximarme a los textos que abordo con el mismo es- píritu que me anima con los pacientes que presento. Sin em- bargo, como ocurre también con ellos, en ciertas ocasiones el amor y el odio se activan en el baquet psicoanalítico y la neutra-

lidad es un ideal al cual se tiende sin lograrlo jamás del todo. He tratado de impedir -a pesar de ello- que al igual que en la escucha analítica, las emociones cieguen mi proceso de conoci- miento. No creo que siempre lo haya conseguido, espero de to- dos modos no haber dicho más de lo que me corresponde en el intento de dar a entender aquello que empiezo a comprender. Si las circunstancias propician la benevolencia de mis lecto- res, debo decir, como atenuante, que no son tiempos fáciles los que nos toca vivir y que el compromiso abarca todos nuestros sentidos. Me he permitido, a menudo, que la emoción del com- promiso atente contra el rigor. Esto no me excusa en absoluto, pero quien se encuentre con este fenómeno podrá, al saberlo, abordar con menor dificultad aquellos momentos en que mi es- critura se ve embargada por mis pasiones de sujeto. Durante siete años, lejos de los sitios que constituyen el cen- tro de mi universo personal, tanto la investigación psicoanalíti- ca como una convicción profunda en la capacidad transforma-

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dora del psicoanálisis me han ofrecido la posibilidad de reparar las lesiones que la Historia infligiera, en un mismo movimien- to, tanto a mis pacientes como a mí misma. Muchos de los niños de los cuales hablo en los textos que forman esta tesis han re- tornado a sus países de origen, otros están en vías de hacerlo. Aun para aquellos que no han sufrido pérdidas tan masivas (exilios, migraciones, duelos precoces), el futuro inmediato no se presenta sin dificultades. Espero haber ayudado a todos ellos a aumentar su capacidad crítica y su independencia de pensamiento tanto respecto de sí mismos como frente al mun- do que los rodea. Este descentramiento de sí mismos y la recu- peración de su historia les permitirán ampliar su margen de li- bertad dándoles herramientas para comprender con mayor profundidad el dificil tiempo nuevo. No creo que esto implique una propuesta educativa en sen- tido tradicional. Sí creo que la práctica psicoanalítica no es aje- na a una ética, la que atañe a la ampliación de los márgenes de la libertad de decir, de la libertad de pensar. Hay que haber atravesado el desgarramiento de un proceso analítico para re- conocer lo dificil que es el movimiento de conquista de esta li- bertad de pensamiento, movimiento realizado siempre en una lucha intensa contra los abrochamientos imaginarios con que las pasiones anudan el pensamiento. De Jean Laplanche, quien orientó mi búsqueda interrogan- do, cuestionando, ofreciendo permanentemente puntos de par- tida, aprendí a abrirme con mayor libertad y soltura al pensa- miento psicoanalítico que me precede, así como al de mis con- temporáneos. Carlos Schenquerman me enseñó, tanto en la vi- da como en el psicoanálisis, a diferenciar cuidadosamente la exigencia rigurosa, del dogmatismo y la intolerancia. Rafael Paz guió con precisión y respeto mis primeras lecturas psico- analíticas; su pensamiento crítico siempre abierto a la escucha productiva permitió una interlocución que se ha extendido a lo largo de los años, más allá de la distancia, en un vínculo marca- do por mi gratitud y afecto. Ubicada en la serie de las genera- ciones, debo decir que he tenido el privilegio de que tanto mis padres como mis hijos ayudaron a crear siempre un espacio -más allá de las circunstancias dificiles que nos haya tocado vivir- donde pensar fue posible. Todos ellos han habitado mi mundo interno y me han acompañado durante estas refle- xiones.

Octubre de 1983.

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l. El concepto de neurosis en la infancia a partir de la represión originaria

Hace diez años, cuando empecé a interesarme en la proble- mática que hoy se convierte en tema de este texto, estaba en ese momento de la formación analítica por el cual todo practi- cante que comienza ha debido pasar y que se caracteriza por un manejo tímido y a la vez temeroso de la puesta en juego de los precarios conocimientos teóricos que se poseen en el campo de la clínica. En mi país, la Argentina, desde la década de 1970 se produ- jo un movimiento teórico complejo y revulsivo que puso en cri- sis los modelos teórico-clínicos sustentados hasta ese momen- to. En efecto, la escuela inglesa, de la corriente de Melanie Klein, habfa. sido la guía rectora de nuestro trabajo. Pero a co- mienzos de 1970 se introdujeron conjuntamente los principios de la epistemología althusseriana y los trabajos de la escuela psicoanalítica francesa; comenzamos a leer a Freud de otra

manera, guiados por el Diccionario de psicoanálisis, de La- planche y Pontalis, el Coloquio de Bonneval, Vida y muerte en

psicoanálisis o los Escritos de Lacan. La situación era tal que alguien que se propusiera abordar la tarea clínica recibía la im- presión de que empezaba a tener más claro lo que no podía ha- cer, y no tanto lo que sí podía, en el campo específico, tomando como eje las nuevas problemáticas que se abrían a partir del llamado «retorno a Freud». Esta búsqueda sometía a una situación enormemente es- tresante a aquellos que nos iniciábamos en la tarea analítica, ya que no contábamos con principios rectores claros ni con guías técnicas que nos permitieran saber con qué parámetros manejamos cuando nos encontrábamos frente al paciente. Se llegó a tal grado de maniqueísmo ciencia-ideología que en un pequeño artículo que escribí en 1976 mostraba la imagen gro- tesca de un analista aterrado, agarrado con firmeza al sillón, preocupado por evitar cualquier deslizamiento «precientífico», «ideológico», en la interpretación, más que interesado en el pro- ceso de la cura misma en que se hallaba comprometido. Interpretación de la transferencia hacia la historia, inter- pretación de la historia en función de la transferencia, inter-

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pretación !acunar o transcripción simultánea, interpretación de la defensa o interpretación del contenido, interpretación, en fin, o no interpretación, eran algunas de las opciones en las cuales nos debatíamos. Supongo que este mismo proceso, con apenas años más o menos de diferencia, debe de haberse vivido en los diferentes ámbitos en los cuales el psicoanálisis se desarrolla. Pero en el campo del psicoanálisis de niños la situación se volvió más compleja. Un cierto purismo que hacía del campo analítico el ámbito del lenguaje exclusivamente, y ello a través del movimiento discursivo del paciente, puso en crisis la técni- ca misma en la cual nos habíamos basado hasta ese momento, la técnica del juego, propuesta y desarrollada por Melanie Klein entre 1920y1940. ¿Cómo trabajar, empero, si se abando- naba la técnica del juego con niños pequeños, en un momento de su evolución en que el lenguaje no podía ser aún la herra- mienta de trabajo posible? Este tipo de conflicto llevó, en algunos casos, a una salida fácil, pero no por ello fructífera: el abandono por una gran can- tidad de psicoanalistas del campo de la clínica de niños, por no poder enfrentarse al conjunto de contradicciones que esta mis- ma práctica les planteaba. Otros, entre los cuales me incluyo, nos propusimos revisar los principios fundamentales de nues- tra propia técnica, a partir de las nuevas propuestas que el pro- ceso teórico abría. En mi caso particular, me pareció más productiva la línea que ponía en juego la redefinición de neurosis en la infancia partiendo de la concepción de un sujeto en estructuración. Se fue haciendo cada vez más claro para mí que no se podía definir a priori ningún tipo de técnica si no se resituaba el concepto rector de represión originaria y el lugar de esta en la constitu- ción del aparato psíquico. El «mito» de la represión originaria debía ser retomado como concepto y puesto en juego en el cam- po clínico mismo. Partí entonces de la hipótesis desarrollada por Freud en la Metapsicología (1915), que postula que la represión funda la diferencia entre los sistemas inconsciente y preconsciente- consciente, y que antes de esto son los otros destinos pulsiona- les --el retorno sobre la persona propia y la transformación en lo contrario- los que pueden actuar como defensa. La represión originaria era, por otra parte, en esta formula- ción freudiana, la condición de transformación del placer en displacer en relación con la pulsión, porque la posibilidad de

ejercicio del placer en un sistema se convertía en displacer en el '

otro sistema. A continuación ¿quién sufre? y ¿por qué? se transformaron

en las preguntas clave para plantearme cualquier tipo de co-

mienzo de intervención terapéutica posible. Voy a desarrollar ahora estas ideas en relación con el con- cepto de nudo patógeno y de formación de síntomas en la infan-

cia, con miras a presentar el modelo de lo que, entiendo, será

mi proceso de investigación. En primer lugar señalaré que si la teoría de la represión es

la piedra angular sobre la que reposa en psicoanálisis la teoría

de las neurosis, lo es a partir de marcar su correlación con el

concepto de inconsciente y, por ende, de sujeto escindido, es decir de sujeto en conflicto.

Quiero, por otra parte, dejar sentado que por el momento hablaré de sujeto en el sentido lato, general del término, equi- valente a psiquismo. No lo haré por ahora remitiéndome a las categorías propuestas por Lacan para la definición de este tér-

mino: sujeto .de lo imaginario,

Alrededor de estos ejes que he marcado me introduciré en el

sujeto del enunciado, etcétera.

problema del síntoma para ver cómo se desarrolla la propuesta.

por la

observación de que las circunstancias de un caso real de enfer- medad neurótica son mucho más complicadas de lo que supo- nemos mientras laboramos con abstracciones. En un principio resulta difícil averiguar cuál es el impulso reprimido, cuál el

síntoma sustitutivo y cuál el motivo de la represión. El peque-

ño Hans se niega a salir a la calle porque le dan miedo los ca-

ballos. Esta es la materia prima que se ofrece a nuestra inves-

tigación. ¿El síntoma puede ser considerado el desarrollo de angustia?, ¿o tal vez la elección del objeto de esta?, ¿la renuncia al movimiento libre?, ¿tal vez varios de estos elementos conjun- tamente?, ¿dónde está la satisfacción pulsional que el pequeño Hans se prohíbe y por qué esa prohibición? Freud propone, en este caso, un modelo de análisis de la neurosis. Primero, definición del síntoma. Luego, búsqueda de

la satisfacción prohibida. Por último, motivo de la prohibición.

De cualquier manera, y en una primera aproximación, pode- mos decir que todo transcurre «dentro del psiquismo del peque-

ño Hans», que el conflicto posee un carácter intrapsíquico aun

En Inhibición, síntoma

y angustia, 1 Freud comienza

1 S. Freud, Inhibición, síntoma y angustia, en Obras completas, Buenos

Ai res:

Amorr ortu editores, vol. XX, 1979.

cuando pueda tener consecuencias en el mundo exterior y reci- bir influencias de este. En el apartado II del mismo texto define al síntoma en los siguientes términos: «El síntoma sería, pues, un signo y un sustitutivo de una inlograda satisfacción pulsional, un resulta- do del proceso de la represión». Signo remite acá a una mani- festación, un observable que no se puede comprender en sí mis- mo, sino en el conjunto de las determinaciones que lo originan. Primera conclusión trivial que podemos extraer: si todo sín- toma se manifiesta como un signo, no todo signo es un síntoma. Sin embargo, esta aparente trivialidad nos permite orientarnos en la maraña de confusiones con que se nos aparece, a veces, la clínica de niños. Manifestaciones conductuales de los niños no pueden ser entendidas en sí mismas como síntomas en el senti- do psicoanalítico, mientras no nos manejemos con una defini- ción de este último que permita caracterizarlo con mayor grado de precisión. Sustitutivo, en segundo lugar, remite al carácter simbólico del síntoma, en tanto representación indirecta y figurada de una idea, de un conflicto, de un deseo inconsciente. Y si es sim- bólico, si es sustitutivo, si marca la aparición deformada de un deseo, ¿estamos hablando de desplazamiento como mecanismo de funcionamiento del inconsciente? La extensión del concepto de neurosis ha variado; actual- mente el término tiende a reservarse a las formas clínicas que se pueden relacionar con la neurosis obsesiva, la histeria y la neurosis fóbica. La tendencia, entonces, es al abandono de la clasificación de las denominadas «neurosis actuales» y «neuro- sis de carácter» a partir de la consideración de que, sea cual fuere el valor desencadenante que posean los factores actuales, es siempre en los síntomas donde se encuentra la expresión simbólica de conflictos estructurales. Ahora bien, ¿cuál es, en este marco, el sentido de mantener el concepto de «neurosis infantil»? Tomando esta idea rectora de un sujeto en estructuración, ¿no deberíamos más bien ha- blar de conflictos neuróticos infantiles, en la medida en que la primera infancia toda es un proceso altamente complejo que somete al sujeto psíquico en constitución a movimientos lo sufi- cientemente lábiles y masivos para que no hayamos de plan- tearnos los elementos como definitivos? Si pretendemos pasar a una ubicación más precisa de este problema de la neurosis infantil (que puede seguir teniendo valor descriptivo) será necesario replantear la noción de con-

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flicto en el niño más allá de las clasificaciones evolucionistas y de una cronología empírica en la cual las nociones psicológicas de «desarrollo», maduración, crecimiento, siguen actuando dentro del campo psicoanalítico sin que se ponga en tela de jui- cio su función . Para ello, nos ubicaremos de entrada en una concepción del sujeto psíquico cuya tópica se presenta, desde el comienzo, in- tersubjetiva. En el marco de esta tópica intersubjetiva se dará un proceso de constitución del aparato psíquico que en el mo- mento de abordar el diagnóstico del nudo patógeno deberemos tener en cuenta a fin de precisar, en un corte, en qué momento de esta constitución se encuentra. Si la idea de la cual partimos es que la tópica psíquica se constituye en el marco de la tópica intersubjetiva que el Edipo define con su estructura, es necesario señalar que me he pro- puesto, como primer movimiento de indagación, la revisión del concepto de inconsciente que se encuentra en la base de las concepciones clínico-técnicas que se han desarrollado hasta el momento en psicoanálisis de niños. He revisado atentamente los textos kleinianos y he hecho otro tanto con los trabajos de Maud Mannoni y Anna Freud. No creo que sea necesario insistir en los méritos de los aportes de Melanie Klein al psicoanálisis de niños; es imposible hoy en día consagrarse a la práctica clínica con niños sin tener presente su obra. El abordaje kleiniano de la neurosis y del conflicto co- mo problemáticas intrapsíquicas no deja lugar a dudas respec- to de su carácter altamente freudiano, como lo es su intento de poner en juego en el dominio de la clínica la problemática de la pulsión de muerte, por ejemplo, que hasta entonces se había planteado en un terreno puramente especulativo. Sin embargo es necesario, en mi opinión, diferenciar los ele- mentos que ponen en marcha la constitución del aparato psí- quico, que hacen a la estructuración del aparato, del funciona- miento de estos mismos elementos una vez constituido este. Para ser más precisos: el hecho de que el sujeto psíquico que se ofrece al conocimiento psicoanalítico sea un sujeto en conflic- to, marcado por la escisión, no implica que esto sea así desde los orígenes, o al menos con las mismas características a lo lar- go de su procesamiento. Melanie Klein se da cuenta de ello, de ahí que inaugure una indagación en relación con las defensas precoces, defensas que deben ser consideradas como elementos constitutivos del psiquismo y anteriores a la represión origina- ria. Las sitúo en el momento de la constitución de los destinos

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pulsionales que Freud mismo da como anteriores a la repre- sión. Sin embargo, desde la perspectiva que proponemos y a di- ferencia del kleinianismo, estos movimientos pulsionales, es- tas defensas precoces, sufren una reestructuración no sólo cuantitativa, sino integrativa, en el momento en que el aparato logra su constitución definitiva.

Por supuesto que esta diferencia con Melanie Klein, que señalo, no opera simplemente en relación con las defensas, sino que se dirige a marcar la apertura de dos grandes problemá- ticas: por un lado, la diferencia entre inconsciente originario e inconsciente desde los orígenes y, por otra parte, el papel del otro humano en la constitución del sujeto y el problema de la constitución de la tópica psíquica en el marco de una tópica in- tersubjetiva. No hacemos con ello sino retomar una línea que viene desde Freud mismo. El modelo de «Duelo y melancolía», vigente en la segunda tópica (por ejemplo, en el tercer capítulo de El yo y el ello), mostró el carácter estructurante que tiene para el sujeto humano la relación con el otro. Encontramos en los desarrollos de Winnicott la misma preocupación. Dice en Realidad y juego: «Cuando el bebé se en- cuentra con la creciente tensión de necesidad, al principio no se puede decir que sepa qué objeto ilusorio debe crear. En ese mo- mento se presenta la madre. En la forma corriente le ofrece su

pecho y su ansia potencial de

sición entre lo que la madre proporciona y lo que el bebé puede

concebir al respecto. Para el observador, este percibe lo que la

madre le presenta, pero eso no es todo

entre él y la madre. En términos psicológicos, el bebé se ali- menta de un pecho que es parte de él, y la madre da leche a un bebé que forma parte de ella. En psicología, la idea de inter- cambio se basa en una ilusión del psicólogo». 2 Entre la tópica del vínculo, o la tópica edípica, y la tópica del sujeto, oscilan en general las corrientes clásicas.

Por ejemplo, tomemos un texto que coloca el acento, justa- mente, en el punto opuesto que Melanie Klein. Me refiero a La

Hay una superpo-

No hay intercambio

primera entrevista con el psicoanalista, de Maud Mannoni. 3 El

trabajo de Maud Mannoni, apoyado en la teorización lacania- na, es deslumbrante. Marcó en nuestra formación una revolu-

2 Véase D . W. Winnicott, R ealidad y juego, Buenos Aires: Granica Editor,

1972.

3 M. Mannoni, La primera entrevista con el psicoanalista, Buenos Aires:

Granica Editor, 1973.

ción al brindar una nueva herramienta técnica: la entrevista madre-hijo. Permitió poner en correlación el deseo materno con la patología infantil y de esta manera se abrieron nuevas posi- bilidades de comprensión para esta misma patología. No creo que sea necesario extenderme con respecto a ello. Sin embargo, hay un punto que atañe al tema que vengo exponiendo, y cuya profundización me preocupa: el problema de la especificidad sintomática. El primer caso que Maud Mannoni nos presenta es el de un

niño de once años incapaz de seguir el nivel de una clase de cuarto grado; las dificultades se plantean específicamente en aritmética. El niño ha sido objeto de consultas médicas desde los cuatro años (no se dice por qué). A partir de la frase inicial:

«Fíjese, tengo un hermano ingeniero y un hijo como este», Maud Mannoni se dedica a trabajar los detalles de la historia de la madre, su orfandad de padre desde la edad de catorce años, la debilidad y sometimiento a una madre fálica, la som- bra de esta abuela sobre la pareja que ella constituye con un hombre débil y tímido. El niño ha tenido trastornos de lenguaje desde que empezó a hablar; tiene una relación simbiótica con su madre, toda agresividad le está prohibida, el ideal paterno propuesto por la madre al hijo es el tío materno. La imagen del padre aparece en segundo plano, no cuenta. ¿De qué se trata en realidad? -dice la autora-, «¿de una insatisfacción de la ma-

dre como hija? (

gra satisfacer, intenta ocuparla, al menos, mediante sus fraca- sos y su conducta fóbica, la que aparece aquí más como la ex- presión del deseo materno que como una enfermedad propia del niño». Así aparece Frani;ois como niño juguete, librado a las muje- res de la casa «para estar tranquilo» (palabras del padre). 4 El texto que estamos viendo gira alrededor de la posición del niño en relación con el deseo materno. No conocemos en qué consistieron los trastornos del lenguaje mencionados, qué ca- racterísticas tuvo la escolaridad hasta el momento de la consul- ta, cómo son sus relaciones con los otros niños, cómo se coloca en este momento de su vida frente al desarrollo puberal. Si, evidentemente, hay un salto entre el motivo de consulta y el material clínico expuesto, pensamos que esto es legítimo en tanto se busca una respuesta psicoanalítica y no una respuesta estrictamente sintomática.

) A esta madre depresiva, a quien nunca lo-

4 !b id ., págs. 47-8.

Sin embargo, algo nos deja en duda: ¿De qué se trata en realidad?, dice Maud Mannoni. «De una insatisfacción de la madre como hija». En realidad (lo subrayamos), ¿de qué? Porque una insatisfacción de la madre como hija puede pro- ducir en otro caso una fobia grave, una sintomatología obsesi- va, un cuadro de agresividad, etcétera. Y aún más: desde los trabajos sobre la sexualidad femenina que abrieron esta pro- blemática en Freud, ¿cuál es la madre que no está insatisfecha como hija? Podríamos plantearnos, llevando esto hasta sus últimas consecuencias, que una mujer que estuviera satisfecha como hija tal vez no se plantearía ser madre. Por supuesto que hay tipos y grados de insatisfacción, pero este no es el tema a abordar aquí. Lo que sí podemos señalar es un interrogante: ¿cuál es la especificidad del conflicto que pone en marcha al síntoma? Es decir: ¿por dónde debemos explorar para encontrar el rumbo que nos permita entender el motivo de consulta? Por supuesto que no somos tan ingenuos como para pensar que el motivo de consulta sea el motivo de consulta de la prime- ra entrevista. Pero tampoco nos sentimos obligados a dar una respuesta inmediata. La matriz teórica de la cual parte Maud Mannoni para formular el problema en los términos antes cita- dos es su comprensión de la patología infantil tal como aparece

presentada en su texto El niño, su enfermedad y los otros, 5 en

el cual coloca al niño en el movimiento que se constituye desde el deseo de la madre. Si «el Inconsciente es el discurso del Otro», cuando la madre habla encontramos en su propio discurso la explicación de la significación sintomática. Esto, tanto desde lo que dice, como desde lo que no dice. Y podríamos agregar: estamos parcialmente de acuerdo. Su propuesta tiene el mérito de emplazar al sujeto en una línea de intersubjetividad que define las líneas por las cuales se abri- rán, a grandes trazos, los movimientos que habrán de permi- tirnos entender la constitución de su propio aparato psíquico. Sin embargo, en el caso que estamos viendo, ¿no se anula el concepto de inconsciente como sistema intrapsíquico? ¿No se termina remitiendo el conflicto a una tópica intersubjetiva que, si puede ser generadora de patología, no alcanza para explicar las peculiaridades del conflicto psíquico?

5 M. Mannoni, El niffo, su enfermedad y los otros, Buenos Aires: Nueva Vi- sión, 1976.

26

Y Maud Mannoni propone: «¿Qué puede hacer el analista más que esperar? Si fuerza en este caso un psicoanálisis, que afecta a problemas tan esenciales a nivel de la pareja, se corre

el riesgo de que se planteen dificultades de otro tipo. »En lo inmediato, queda al menos la posibilidad de verbali- zar al niño (ante los padres) su situación y la significación de sus fracasos escolares». Y en nota al pie relata: «Le explico al niño que sus fracasos escolares no se deben a una deficiencia intelectual. Adquieren sentido en relación con la forma en que creció, protegido contra todo lo vivido por una madre huérfana de padre desde pequeña. "Si mamá hubiera tenido un papá, tendría menos miedo de que su marido se convirtiese en un papá demasiado enojado. La cólera de papá te habría ayudado

a convertirte en hombre, en lugar de seguir siendo el bebé que siente los miedos de mamá"». ¿Tiene derecho el psicoanalista, en una primera entrevista,

a dar a un paciente una explicación totalizadora que funcione

como una racionalización? ¿Es que a un niño de once años con sintomatología específica se le puede plantear que su conflicto es efecto de que «a su madre le faltó un padre»? Si entendemos mecánicamente que «el Inconsciente es el discurso del Otro», cuando un niño presenta un síntoma, no importa cuál, ni qué edad tenga, ni cuál sea la estructura psíquica, esto se deberá a un conflicto en relación con el deseo materno. Pero si el sínto- ma tiene como único sentido, o, para ser menos taxativos, como sentido principal, satisfacer a una madre depresiva, tenerla ocupada por medio de fracasos y fobias, ¿no se considera de es- ta manera una intencionalidad sintomática que se constituiría como beneficio secundario centralmente, antes que como reso- lución en el marco de la economía libidinal intrapsíquica? Sin embargo, la teorización que Maud Mannoni nos propo- ne como «actitud» frente a la consulta es absolutamente válida:

«En el psicoanálisis de niños, en la primera consulta, estamos sometidos a la demanda de los padres, que puede ser urgente y grave. Existe entonces, frente a los padres, una tendencia a to- mar una posición de psiquiatra o de psicopedagogo, y se corre el riesgo de dejar escapar la dimensión esencial que es, justamen- te, la aprehensión psicoanalítica del caso. Manteniéndose en el rol de analista, el profesional puede evitar las orientaciones apresuradas, el colocar precipitadamente al niño en un Hogar o en un Instituto, puede intentar que una verdad sustituya a una mentira. No todas las consultas conducen a la l.ndicación de un psicoanálisis, pero en todas, sin duda, es posible salva-

27

guardar la dimensión psicoanalítica, e incluso ayudar con ella al pediatra o al médico de cabecera de la familia». Y estamos de acuerdo. No todas las consultas conducen a la indicación de un psicoanálisis. ¿En cuáles, entonces, es adecua- do hacerlo? Y más aún, de no practicarse un análisis indivi- dual, ¿cuál es la estrategia terapéutica adecuada a proponer? ¿En qué momento podemos decir que nos encontramos frente a un síntoma infantil? En El psicoanálisis precoz, Diatkine y Si- mon6 formulan el concepto de neurosis infantil en los siguien- tes términos: «El concepto de neurosis y al mismo tiempo el de la cura psicoanalítica supone la internalización del conflicto, es decir una contradicción entre el yo, el ello y el superyó. ¿A par- tir de qué fase o de qué proceso se puede hablar de internaliza- ción?». La pregunta que se hacen la compartimos; el concepto de neurosis sólo puede definirse como intrapsíquico. Sin em- bargo, hay un matiz que nos interesa dejar sentado: hablar de internalización del conflicto implicaría partir de dos unidades diferenciales; en determinado momento, sobre la base de la in- teracción que se genera entre ellas, una internaliza lo que primero se dio «afuera», es decir en la otra. En ese sentido la tó- pica paradójica que Winnicott propone nos parece más adecua- da porque, como antes señalamos, borra lo interno y lo externo como a priori. Dejamos entonces de lado la utilización de las nociones adentro-afuera (salvo como categorías descriptivas), y ubicamos el problema como un campo de diferenciación progre- siva que se produce en relación con una tópica que se constitu- ye en el marco del Edipo y cuyo momento privilegiado de dife- renciación es, para el sujeto, la represión originaria. El concepto de metábola, que propone Laplanche, nos pa- rece, en tal sentido, altamente operativo. El inconsciente es afectante (affectant), nos propone. El yo, afectado (affecté). En la clínica de niños, en el momento de la consulta, ¿dónde está lo afectante, dónde lo afectado? En Melanie Klein no hay dudas a este respecto; el objeto ini- cial (como objeto fuente) aparece afectando al sujeto que desde el yo se defiende. Y el inconsciente, puesto que funciona desde los orígenes, puede ser analizado precozmente. Para Melanie Klein, en tanto hay angustia, hay inconsciente. En mi opinión, esto no es tan claro, o cuando menos tiene que ser desarrollado dentro de los marcos de la conceptualización en que aquí nos manejamos.

6 México: Siglo XXI, 1975.

28

Hemos esbozado algunas ideas respecto de la propuesta de Maud Mannoni. Retomemos el concepto de metábola que La- planche propone: «El inconsciente del niño no es directamente el discurso del Otro, ni aun el deseo del Otro. Entre el compor- tamiento significante, totalmente cargado de sexualidad (lo cual se pretende siempre, nuevamente, olvidar), entre este comportamiento-discurso-deseo de la madre y la representa- ción inconsciente del sujeto no hay continuidad, ni tampoco pu-

ra y simple interiorización; el niño no interioriza el deseo de la

madre». «Entre estos dos "fenómenos de

por una parte, el comportamiento significativo del adulto, y es-

pecialmente de la madre, y el inconsciente, en vías de constitu-

ción, del niño) está el momento esencial que debe llamarse "des-

) es el resultado de un me-

tabolismo extraño, que, como todo metabolismo, implica des- composición y recomposición; por algo hablamos aquí frecuen- temente de incorporación, porque la incorporación se parece más a su modelo metabólico de lo que se cree habitualmente». 7 Esta sustitución de la fórmula del Coloquio de Bonneval, en que Laplanche considera la «contigüidad y similitud como re- cortes de la vida antes de ser dos direcciones de lenguaje», pone en relación este concepto de metabolización con la fundación del inconsciente. Se trata entonces de retomar dos direcciones:

cualificación". El inconsciente

que son,

1) ubicación del conflicto en la infancia en la tópica intersubje- tiva; 2) ubicación del conflicto en estricto sentido sintomático, en la tópica intrasubjetiva del aparato psíquico. Sin embargo, el sujeto no se «crea de la nada» a partir de la represión originaria. La simbolización primordial no es equiva- lente a la represión primordial. «En esta región oscura de los orígenes y de la génesis, hay lugar para una especie de consti- tución de un primer fantasma que no sería aún exactamente reprimido, tampoco aún exactamente inconsciente, y que es-

taría destinado, en un segundo tiempo, a la represión». 8 Ahora bien, teniendo en cuenta todos estos elementos, en la infancia: ¿abordaje del inconsciente para el diagnóstico y la elección de estrategia terapéutica?, ¿o abordaje del aparato en constitución? Si 1) el aparato implica dos sistemas, dos modos de funcio- namiento y dos contenidos, y está signado por relaciones de

en L'inconscient et le i;a. Pro-

blématiques N, París: Presses Universitaires de France, 1981. El inconsciente y el ello, Buenos Aires: Amorrortu editores, 1987. 8 !bid.

7 J. Laplanche, «La référence a l'inconscient»,

29

conflicto; y si 2) el preconsciente no se funda a partir del incons- ciente sino que cada sistema está en correlación con el otro, no hay análisis del inconsciente, no hay formación de síntomas en sentido psicoanalítico, antes de la constitución de este aparato. Pero, ¿qué hay, entonces? Porque esta conclusión parecería lle- vamos a la parálisis. O aún más, ¿cuáles son los requisitos de constitución y funcionamiento de este aparato? Hablar de requisitos de formación del aparato parecería de- jarnos, sin posibilidad de escape, en una postura normativi- zante. Normal, normativizar, todo nos remite a las normas. Y en ese sentido se abren dos grandes direcciones: el concepto de normalidad, que se atendría a la norma, social o como modelo del desarrollo (según lo propone Anna Freud), o algo que yo no podría denominar aún, pero que hace a los prerrequisitos bási- cos del funcionamiento del psiquismo. Algunas preguntas pue- den ordenar nuestra búsqueda:

1) ¿Hay relación entre el Edipo y la fundación del aparato? 2) ¿Hay relación entre la constitución de las estructuras cognitivas y el ordenamiento del sujeto sexuado en la infancia? 3) Si la constitución del superyó introduce una legalidad en el psiquismo, ¿de qué orden es la ausencia de esa legalidad o su no instauración, en relación con todos los trastornos de simbo- lización que encontramos en los niños? 4) ¿Hay alguna correlación entre la lógica de la castración y la lógica del pensamiento?

En caso de que estas preguntas propuestas sean respondi- das afirmativamente, tendremos que demostrar clínica y teóri- camente de qué manera esto se produce. Sin embargo, volveré sobre el problema de la constitución del sujeto en el marco del Edipo o de lo que llamaremos la tópi- ca intersubjetiva para ver cómo hacer jugar estas cuestiones. En primer lugar señalaré que, en términos generales, me parece fecundo retomar el planteo de Lacan acerca de los tres tiempos del Edipo para marcar los movimientos de constitu- ción del sujeto, así como la propuesta de clasificación de la pa- tología en tres grandes áreas: psicosis, perversión y neurosis. En mi opinión, estos tres tiempos marcan privilegiadamen- te los grandes movimientos por los cuales debe pasar el sujeto psíquico en estructuración a partir de la tarea fundamental a afrontar en los primeros años de la vida: el desprendimiento de la madre y la constitución de una estructura singular que le permita ubicarse en el mundo en tanto sujeto.

30

En este sentido la identificación primaria y secundaria, y la represión originaria, son parámetros de esta constitución. Ahora bien, esto no pasa de ser una formulación general, salvo que lo podamos hacer jugar en la exploración clínica. Las pre-psicosis infantiles son un campo privilegiado para hacerlo. ¿Por qué utilizo el término de pre-psicosis? Porque si para las psicosis el mecanismo que aparece como definitorio de la es- tructura psicótica es la forclusión, que da lugar a la alucinación y al delirio, las psicosis infantiles (las grandes psicosis infanti- les, como el autismo de Kanner y la psicosis simbiótica de Mah- ler) son como movimientos fallidos, no logrados, en la constitu- ción del sujeto. Pero a la vez, si pensamos en que el sujeto está en el momento de su constitución, la intervención terapéutica aún puede modificar el curso de los acontecimientos y ser productora de salud. En tal sentido podría decir, a través de la experiencia, que en el autismo precoz, o autismo primario, lo que se produce es una no-constitución del yo-representación, mientras que en las psicosis simbióticas el sujeto no puede desabrocharse del objeto materno con el cual la representación se ha soldado. Es como si la membrana representacional yoica englobara a ambos obje- tos, niño-madre, y la efracción de esta membrana produjera un dolor insoportable que pusiera en riesgo de desintegración a es- ta estructura simbiótica. Un ejemplo clínico: en general todos los niñitos lloran los primeros días cuando son dejados en el jardín de infantes. Los niños fóbicos se agarran desesperadamente de la madre en la puerta de la escuela y tratan de no ser separados de esta. El ni- ño simbiótico hace lo mismo. ¿Cómo diferenciarlos, entonces? La experiencia me ha demostrado que mientras que el niño fó- bico espera atentamente el momento de la salida y busca con los ojos a la madre entre la gente que espera, el niño simbiótico hace una desconexión durante el día de trabajo (podríamos de- cir una regresión autista), no busca con la mirada a la salida, no se atropella ni intenta reencontrar a la madre. ¿Por qué? Porque no tiene la representación diferenciada del objeto de amor. Podríamos decir que la separación ha generado hostili- dad; y esta hostilidad, intensas ansiedades persecutorias (así sería posible hacerlo desde una perspectiva kleiniana); sin em- bargo, desde la perspectiva que estoy proponiendo, el objeto funciona en la medida en que es parte del sujeto, y ne funciona, se convierte en extraño, a partir de la separación. Desde este punto de vista la diferencia radica en concebir en el comienzo al

31

objeto como externo al sujeto o no, como enfrentado o no a este, o concebirlo como diferenciándose en el seno de una matriz que los engloba y que adquiere formas simbólicas (desplazadas) del cuerpo real. Narcisismo e identificación narcisista en los orígenes de la vida, constitución de la representación del yo, ligazón a lama- dre, son prerrequisitos necesarios para la constitución del suje- to. Y aunque no haya una cronología, hay una etapa necesaria para que esto se produzca. Separación de la madre, castración del segundo tiempo del Edipo como Lacan propone, son movimientos definitorios en la organización de las identificaciones secundarias, de la elección de objeto y de la instauración del superyó como forma definito- ria de constitución del aparato psíquico. ¿Hay posibilidad de explorar estos elementos clínicamente en la infancia? Y, de ser así, ¿cuáles son las vías adecuadas pa- ra hacerlo? Aparecen en la literatura psicoanalítica contemporánea preocupaciones respecto del concepto mismo de infancia. Un texto reciente, el número dedicado a «L'enfant» de la Nouvelle Revue de Psychanalyse, ejemplifica la variada gama que esta problemática puede implicar. Desde la ubicación del niño en relación con los lugares que se le fueron asignando en la histo-

ria (Entretien avec Philippe Aries, en el cual participan J.-B.

Pontalis y F. Gantheret), hasta un texto de René Diatkine, cuyo título no deja de ser sugestivo, Le psychanalyste et l'enfant

avant l'apres-coup, ou le vertige des origines [El psicoanalista y

el niño antes del apres-coup, o el vértigo de los orígenes].9 An- tes del apres-coup. Diatkine se refiere claramente a que la preocupación del psicoanálisis por el niño comenzó a partir del descubrimiento freudiano según el cual la neurosis del adulto actualizaba, de alguna manera, una neurosis infantil. Pero, desde la perspectiva que nosotros estamos planteando, ¿cuán- do y dónde comienza el apres-coup de la infancia? Y cuando ha- blamos de apres-coup, ¿lo hacemos en relación con el incons- ciente mismo, estamos hablando en algunos casos del precons- . ciente, o tendríamos que referirnos a las relaciones entre am- bos sistemas? Y, de ser así, ¿en qué caso? Voy a relatar una experiencia: una niña es traída a consulta a raíz de una serie de trastornos (que no llamaré síntomas por ahora) producidos por el nacimiento de una hermanita. La pe-

9 «L'enfant», Nouvelle Revue de Psychanalyse, París, nº 19, 1979.

queña tiene tres años y medio y en los últimos meses ha mani- festado algunos rituales obsesivos precoces, lloriqueo constan- te, y un marcado pegoteo a la madre, de la cual no se puede separar. Por razones que me parece innecesario detallar aquí, elijo como estrategia terapéutica sesiones de binomio madre-hija (dos semanales) acompañadas de entrevistas mensuales con los padres. En pocas semanas de tratamiento comienzan a pro- ducirse cambios: empieza la niña a manifestar conductas agre-

sivas hacia la hermanita, aparecen movimientos de separación de la madre y un esbozo de rivalidad edípica con relación a esta. Pero el punto al cual quiero llegar es el siguiente: un día, a los cuatro meses de tratamiento, hacia el final de una sesión en la cual la pequeña había manifestado una serie de fantasmas relacionados con su posición hacia el padre y con el ~seo de tener un niño de este, tal como la mamá lo había hecho, dijo es- ta frase: «Mami, ¿te acordás cuando yo era chiquita?». Eviden- temente, discurso absurdo para quien lo escuchara emitido por una niñita que aún no ha comenzado su escolaridad. Sin em- bargo, algo se había producido en relación con el tiempo: una historización que marcaba un corte que posibilitaba ordenar un antes y un después, un pasado y un presente; que arranca- ba a la niña de la posición cristalizada en la cual había llegado al tratamiento. La observación de los pequeños movimientos de constitución del psiquismo infantil pasa casi por lo imper- ceptible. Lacan plantea en «El estadio del espejo» que «en ese punto

) sólo el psicoaná-

de juntura de la naturaleza con la

lisis reconoce ese nudo de servidumbre imaginaria que el amor

0 Nudo de

debe siempre volver a deshacer o cortar de un tajo».

servidumbre imaginario el que liga el niño a la madre en los orígenes, y que se conserva como estructura intrasubjetiva en el narcisismo. Yo hablaba antes de un campo, de una tópica en la cual el niño encuentra los movimientos para su constitución. Las «funciones» que Lacan propone (función materna, función paterna, hijo, falo) en la estructura del Edipo, son modelos a ex- plorar en relación con esta tópica por la cual el niño se despla- za. Sin embargo, es un error, en mi opinión, tomarlos como ele-

1

lO J. Lacan, «El estadio del espejo como formador de la función del yo Uel tal :omo se nos revela en la experiencia psicoanalítica», en Escritos l, México:

Siglo XXI, 1972.

mentos «puros», en el sentido de los a priori kantianos. El niño no «realiza» el deseo materno como la Historia no encarna la Idea absoluta. La idea de «referencia al deseo materno» debe ser retrabajada y repensada en el campo de esta tópica en la cual los movimientos de la historia no están predeterminados, sino sólo esbozados como rutas posibles. Voy a tratar de exponer brevemente el caso de un niño, que puede ubicar más concretamente algunas de las líneas que propongo desarrollar en este trabajo. En octubre de 1974, una de las preguntas que me planteó la consulta de los padres de Sebastián, cuando el niño tenía sólo veintiocho meses de edad, fue: ¿desde qué parámetros podemos definir el momento adecuado en que un sujeto puede ser pasi- ble de un tratamiento psicoanalítico que tenga características de tal, garantizando la mínima racionalidad que nuestro que- hacer demanda? Ustedes saben que este no es un problema que se plantee cuando uno trabaja con una concepción kleiniana del psicoaná- lisis de niños. La concepción que maneja Melanie Klein del inconsciente, como un sistema, si se nos permite la expresión, presente desde los orígenes de la vida, no plantea cuestiones de este orden. Sin embargo, yo ya conocía las ideas desarrolladas por Lacan y las contribuciones respecto del carácter de la re- presión originaria propuestas por Laplanche y Leclaire en el

Había leído La primera entrevista con

el psicoanalista, de Maud Mannoni; en fin, como el lector com- prenderá, tenía más preguntas que una técnica en la cual apo-

Coloquio de

yarme. El motivo de la consulta por Sebastián no fue un síntoma determinado, sino la sensación general de los padres de que «algo andaba mal», de que «no sabían qué hacer con el niño».

Estaba decididamente agresivo y celoso con su hermano me- nor, de ocho meses: le pegaba, sólo se alimentaba con la misma comida con que alimentaban al bebé. Había tenido una serie de trastornos somáticos: diarreas a repetición, otitis, infecciones en la garganta, ante los cuales el pediatra recomendó una con- sulta psicológica. Se quejaba, lloraba constantemente, estaba «Cargoso», andaba permanentemente detrás de la madre; «no

te

deja vivir», decía esta. Se negaba a dormir en su propia cama

y

aun si lo hacían dormirse en la habitación de los padres se

despertaba cuando lo trasladaban a su propia habitación. Algunos elementos de la historia: el niño es hijo de un ma- trimonio joven, uruguayo, que en el momento de quedar lama-

dre embarazada se encontraba transitoriamente en Israel. La madre relata el parto de Sebastián como una experiencia terri- ble, en la que pudo ser ayudada por una partera argentina con la que, afortunadamente, logró comunicarse, porque era la úni- ca persona que hablaba español en la maternidad, y dice que le «Cortaron la lactancia cuando el niño nació para darle alimen- tación artificial». Como ella no era judía no circuncidaron al niño, lo cual les trajo serios problemas de vinculación en el ho- tel de inmigrantes donde se alojaban, situación que los llevó a dejar el país cuando Sebastián tenía menos de dos años. En abril de 1973 la madre queda embarazada de un segun- do hijo y en septiembre del mismo año, cuando Sebastián tiene quince meses, la casa en la cual viven es bombardeada en un ataque aéreo. Dos días después el niño comienza a llorar y vo- mitar y tres semanas más tarde se trasladan a la Argentina. \ Al mes comienzan los primeros síntomas preocupantes: Se- bastián, reiteradamente, abre la boca, grita y luego se pone tenso, haciendo un gesto de horror que dura algunos minutos. Dos meses más tarde Sebastián empieza con sus primeras dia- rreas a repetición. La adquisición del lenguaje se detiene a par- tir del nacimiento del hermano (a los veinte meses de edad del niño). La primera pregunta que me hice cuando me enfrenté con este material fue la siguiente: ¿se podían considerar los sínto- mas de Sebastián como verdaderos síntomas en sentido psico- analítico? ¿Eran, en tal caso, un producto transaccional, una formación del inconsciente? ¿Expresaban un conflicto intersis- témico? Esto, que a primera vista es un problema de orden teórico, tenía para mí una profunda connotación clínica; el tipo de indi- cación terapéutica iba a depender de su elucidación. Tratar al niño individualmente, tratar a los padres, hacer un grupo fa- miliar, una terapia madre-hijo, todas las posibilidades eran igualmente válidas desde distintas perspectivas de aproxima- ción teórico-clínica al paciente. Pero, ¿quién era mi paciente? ¿Este niño que no había sa- lido nunca del medio familiar ni para ir a un jardín de infantes, que no poseía lenguaje todavía, sino dos o tres sonidos, y se ex- presaba solamente por el llanto, que parecía aún estar sumido en el universo materno? ¿O esa madre débil, carenciada, que engordó dieciocho kilos durante el embarazo y que vivió el par- to como si le hubieran querido robar al hijo; que añoraba a su propia madre radicada en el Uruguay, y que a partir del naci-

35

miento del segundo hijo entró en un estado de frigidez que le impedía gozar en sus relaciones matrimoniales? ¿O el padre,

quebrado, ausente, que se identificaba con Sebastián en la agre- sividad hacia el hermano menor - siendo él mismo hermano

mayor- , incapaz de ponerle al niño ningún límite porque toda

situación represiva lo colocaba en posición de verdugo? Padre que no sabía qué hacer con ese hijo pequeño del cual se pregun- taba si no era hora de enseñarle a leer cuando el niño aún no hablaba, porque no podía comunicarse con su hijo, cachorro to- davía. ¿O el vínculo de ambos padres, desconcertados frente al mundo, dependientes, en el cual cada uno de ellos esperaba en- contrar en el otro la imagen de la madre y el padre ausentes, y

que se llenaban de hostilidad cuando cada uno no respondía a la demanda del otro? Comencemos por definir al «paciente», motivo manifiesto de la consulta, tratando de determinar si los síntomas antes men-

cionados son realmente tales. Freud define en Inhibición, sín- toma y angustia (1926) al síntoma como el símbolo sustitutivo de una no lograda satisfacción pulsional, planteando que esto

es el resultado del proceso de la represión. Dice: «

de las represiones con que debemos habérnoslas en el trabajo

terapéutico son casos de "esfuerzo de dar caza" [Nachdriingen] .

Presuponen represiones

ducidas con anterioridad, y que ejercen su influjo de atracción sobre la situación reciente . Es aún demasiado poco lo que se sa- be acerca de esos trasfondos y grados previos de la repre- sión» .11 Y agrega que la represión surge cuando: a) una percep- ción externa despierta una moción pulsional indeseable, y b) cuando tal impulso emerge en el interior sin estímulo externo alguno. De esta manera, el síntoma surge de la moción pulsio- nal obstruida por la represión. En la Metapsicología postula que la represión no es un me- canismo de defensa originariamente dado sino que, por el con- trario, no puede surgir hasta después de haberse establecido una precisa separación entre la actividad anímica consciente y la inconsciente. Su esencia consiste exclusivamente en mante- ner alejados de la conciencia a determinados elementos. Estos conceptos tienen su complemento en la hipótesis de que antes de esta fase serán los restantes destinos de la pulsión -transformación en lo contrario y vuelta sobre sí mismo- los que regirán la defensa frente a las mociones pulsionales. Las

. la mayoría

primordiales [Urv erdriingungen] pro-

11 S. Freud, Inhibición, síntoma y angustia, op. cit., pág. 90.

36

consecuencias del proceso de la represión serán la creación de sustitutivos y el dejar síntomas detrás de sí.

Volvamos ahora a Sebastián y sus «síntomas». La agresión y los celos hacia el hermano pueden ser consi- derados dentro de lo que Freud postula como conductas no neu- róticas. «Vale decir que no podemos designar como síntoma la angustia de esta fobia; si el pequeño Hans, que está enamorado de su madre, mostrara angustia frente al padre no tendríamos derecho alguno a atribuirle una neurosis, una fobia. Nos en- contraríamos con una reacción afectiva enteramente compren- sible. Lo que la convierte en neurosis es, única y exclusiva- mente, otro rasgo: la sustitución del padre por el caballo. Es, pues, este desplazamiento lo que se hace acreedor al nombre de síntoma. Es aquel otro mecanismo que permite tramitar el con- flicto de ambivalencia sin la ayuda de la formación reactiva». 12 La agresión y los celos de Sebastián hacia su hermano son un emergente directo de la hostilidad que la aparición de un ri- val en el amor materno le produce y en tal sentido pueden ser comprendidos. Lo que no puede ser tan claramente comprendi- do es el horror que siente la madre frente a ello, que coloca al niño en una posición casi de «criminal», y la complicidad antes señalada del padre con el hijo. Por otra parte, por razones que luego señalaré, el hermano rival aparece emplazado en la línea del doble transitivo dentro del campo especular, marcando un corte que se puede ubicar en los términos que define Lacan en El estadio del espejo: «Este momento en que termina el estadio del espejo inaugura, por la identificación a la imago del semejante y el drama de los celos primordiales (tan acertadamente valorizado por la escuela de Charlotte Bühler en los hechos de transitivismo infantil), la dialéctica que desde entonces liga al yo [je] con situaciones socialmente elaboradas». (Escritos I, pág. 16.) Y las diarreas a repetición, ¿no parecen corresponder a ese mecanismo arcaico, signado por el yo-placer que Freud descri- be en Pulsiones y destinos de pulsión, mediante el cual el sujeto separa y arroja al mundo exterior, en un movimiento que será un precursor de la proyección, los aspectos displacenteros? Pero, ¿qué ocurre con el pánico nocturno? La madre relata que cuando ponen al osito de Sebastián en la cama, en la que este se niega a dormir, llora angustiado y trata de recuperarlo.

12 Jb id ., p ágs. 98-9 .

37

Hay algo que pasa en esa cama, espacio en el cual lo que produ- ce pánico se activa. En la segunda entrevista la madre me cuenta que, luego del bombardeo sufrido por la casa en Israel, esa misma noche se

retiraron a una habitación trasera, ya que el dormitorio estaba

al frente y era peligroso permanecer en él, y Sebastián durmió

en una cunita colocada al lado de la cama de los padres. Esa no- che, estos tuvieron una relación sexual que fue interrumpida debido al llanto de Sebastián, a quien creían dormido, y al cual

no pudieron calmar durante largo rato. Freud pone a discusión, en El Hombre de los Lobos, la teoría que intenta explicar los fantasmas primordiales de la neurosis en su relación con las escenas originarias de épocas arcaicas.

Se inclina allí por la construcción de la neurosis en dos tiempos,

y en realidad el tiempo del deseo y la elección de neurosis es el segundo. Los momentos previos aparecen como jalones signifi- cativos, pero no es un continuo que se incrementa hasta de- sembocar en el síntoma, sino la reorganización y resignifica- ción de los contenidos previos -compleja red de huellas mnési-

cas- lo

Pero es claro que, hasta que el síntoma se desencadena, un largo recorrido ha de ser transitado por el sujeto: constitución de los fantasmas originarios -seducción, castración, escena primaria-, instauración de la represión, constitución del len- guaje, aparición de los procesos de condensación y desplaza- miento en las formaciones del inconsciente. En «El inconsciente, un estudio psicoanalítico», Laplanche plantea: «El origen del inconsciente debe buscarse en el proce- so que introduce al sujeto en el universo simbólico. Podrían describirse, en abstracto, dos etapas de este proceso. En un pri- mer nivel de simbolización, la red de las oposiciones significan- tes es lanzada sobre el universo subjetivo, pero ningún signifi- cado particular queda atrapado en una malla particular. Lo que se introduce, simplemente, con este sistema coextensivo a lo vivido, es la pura diferencia, la escansión, la barra: en el ges- to del fort-da, el borde de la cama. Se trata allí, hay que repetir- lo, de una etapa puramente mítica, pero los fenómenos del lenguaje psicótico muestran que puede resurgir aprés-coup en la "regresión", bajo la forma del shif't indomeñable de una pare- ja de elementos diferenciales». 1 3 El segundo nivel de simboliza-

que determinará la elección de neurosis .

13 J. Laplanche y S. Leclaire, «El inconsciente, un estudio psicoanalítico», en El inconsciente (Coloquio de Bonneval), México: Siglo XXI, 1970.

ción, agrega, es el que hemos descripto, siguiendo a Freud, co- mo represión originaria; siguiendo a Lacan, como metáfora. Lo que me interesa señalar, en relación con esta formula- ción que ha tenido variaciones en los últimos seminarios de «La référence á l'inconscient», es la precisión de un tiempo, primer nivel de simbolización, que sólo encontrará su destino definiti- vo cuando, mediante la fijación de la pulsión a través de la re- presión, esta quede prendida en ciertas redes que limiten su oscilación indefinida. Tal vez podríamos decir que en esta aproximación que esta- mos haciendo al sujeto en constitución, los tiempos míticos no son construcciones, son movimientos reales de estructuración del sujeto psíquico que, aun cuando no podamos capturar en su subjetividad, podemos cercar como se cerca un elemento en la tabla periódica de Mendeleiev antes de que el elemento mismo sea descubierto. Tal vez no podemos tocarlo, ni verlo, pero sí po- demos conocer su peso específico, su densidad, su efecto, su combinatoria. Son los momentos que podríamos llamar consti- tutivos del inconsciente. Volviendo a «La référence al'inconscient», Laplanche seña- la que el inconsciente aparece como compuesto de elementos separados, discretos, suerte de átomos. Y dice que podríamos desconfiar de esta apreciación nuestra porque esta presenta- ción atómica del inconsciente podría ser el simple resultado de nuestro abordaje metodológico. Concluye: «Admitamos, sin em- bargo, este carácter separado de las unidades del inconsciente sin entrar a considerar la cuestión del origen de estas unidades:

¿qué deben ellas a unidades perceptivas, a fenómenos de gues-

), y qué conservan

del recorte de la estructura de lenguaje, de las unidades signi- ficantes?» .14

Entre el momento del bombardeo y la presentificación de la escena primaria, por un lado, y el nacimiento del hermano, por otro, algo ha pasado con Sebastián. Los síntomas se desencade- nan entre estos dos episodios, síntomas que tienen un doble ca- rácter: durante la primera etapa, aparición de angustia -lla- mémosla liberada: llanto inmotivado--- y de los cuadros somá- ticos a repetición; durante el segundo período, fobia nocturna (más específicamente, fobia a su propia cama), detención del lenguaje, agudización de la simbiosis con la madre.

talt, de forma (el pecho, el objeto parcial

1 4 J. Laplanche, «La référence a l'inconscient», en L'inconscient et le\:ª• op. cit.

¿Podemos plantearnos una relación entre los «episodios

y el semejante están colocados en la misma posición y sujetos a

 

La madre, por su parte, se siente aprisionada en ese vínculo

traumáticos», la aparición de modificaciones en el niño (llamé-

que «no la deja vivir», en el cual se ahoga, y frente a un hijo que

moslas síntomas), y la constitución de estas representaciones

la

marca en una posición de fracaso como madre, generando un

básicas del inconsciente? En este sentido el trauma cobraría un

monto de angustia que la hace odiarlo porque la demanda la

carácter altamente específico, debido a su inserción en el com-

coloca a ella en posición de la que debe dar y no de la que recibe.

plejo conjunto de relaciones que hemos señalado.

Y

el padre, con su desconcierto y su impotencia, se enfrenta a la

Sebastián se encuentra, en el momento de la consulta, como

función paterna más como cómplice que como padre.

vimos anteriormente, sumergido en la especularidad y el tran- sitivismo. Cuando yo le digo «muéstrame tu pelito», se lleva la mano a la cabeza. Cuando la madre le dice «muéstrame tu pe- lito» lleva la mano a la cabeza materna. Llora cuando su osito es ubicado en la cama que lo asusta; él

las mismas vicisitudes. Podríamos decir que se encuentra en esos momentos pre- vios a la instauración definitiva de la represión originaria, mo- mento de los grandes movimientos pulsionales, en que la pul- sión puede orientarse contra el propio sujeto, transformarse en

A partir de los elementos que he expuesto quisiera señalar brevemente las líneas de trabajo que permitirán definir una estrategia terapéutica y que me propongo desarrollar a lo largo de los capítulos siguientes. Para encarar la situación diagnóstica desde esta perspecti- va tomaré tres elementos que serán los parámetros de defini- ción del nudo patógeno:

1) El modelo del aparato psíquico y su constitución.

lo

contrario. El borde de la cama, de su cama, marca un punto límite que

2) La ubicación del paciente en la tópica intersubjetiva. 3) Las determinaciones de la historia (en su carácter signifi- cante, y además tomando las correlaciones entre movimiento

lo

deja inerme frente a los impulsos destructivos que vuelven

sintomático y trauma).

sobre sí mismos. El carácter terrorífico de los fantasmas se corporiza en esa cama (símbolo de la exclusión) no sólo por la significación sádi- ca que la escena primaria posee siempre, sino porque en su ca- so singular esta escena se encuentra enmarcada en el pánico de los padres frente al bombardeo, la cara de horror de lama- dre, el brusco traslado a la habitación trasera. ¿Cómo definir una estrategia terapéutica con relación a Se- bastián? O, mejor dicho, y en un primer movimiento ¿cómo defi- nir, y desde dónde, la necesidad de una intervención terapéutica? En primer lugar señalemos que si hay angustia desbordan- te, esta está localizada tanto en la madre como en el niño. El niño sufre diariamente cuando se va a dormir, cuando se levan- ta, cuando en la primera consulta teme ser separado de lama- dre y se aferra a su falda con desesperación, cuando le dan de comer a su hermano y cuando lo bañan, cuando tiene sus otitis

y anginas a repetición. Por otra parte (lo que compromete toda su evolución), su lenguaje se ha detenido, lo que anula toda po- sibilidad de ingreso a un jardín de infantes. Ha establecido una membrana protectora en el interior del vínculo materno y cualquier elemento que venga a efraccionar esa membrana produce intensos desbordes de angustia.

En este sentido, explicitaré algunos de los procesos que pue- den servir como índices para el diagnóstico.

a. En relación con el modelo del aparato psíquico, la consti-

tución de los procesos primarios y secundarios como diferencia- dos, con la consiguiente constitución de las formaciones del in- consciente: en primer lugar, síntoma, en el sentido freudiano más estricto; en segundo lugar, sueños, actos fallidos, y la fun- ción de la transferencia.

b. En lo específico del proceso secundario, la instauración de

la denegación, con la consiguiente constitución del juicio.

Se pueden trabajar índices precursores tales como constitu- ción del no y el sí, y su ubicación precisa en relación con la es- tructuración del sujeto.

e. El problema del lenguaje, los trastornos del uso de los pro- nombres y la concordancia verbal son elementos que posibili- tan conocer las perturbaciones en la constitución del aparato y,

al mismo tiempo, la ubicación del mismo en la tópica intersub-

jetiva.

d. Definido el momento de corte en la constitución del apa-

rato psíquico, el estudio del carácter dominante de la defensa

dentro de los tres órdenes que propone la escuela lacaniana: re- negación, represión y forclusión. En I:Qi opinión, en las pre-psi- cosis infantiles no encontramos la forclusión como mecanismo tal como aparece en las psicosis adultas, sino otros índices de organización psicótica que pueden ser utilizados para el diag- nóstico. e. La ubicación del sujeto en la tópica intersubjetiva puede ser explorada en relación con una genealogía de la castración en la cual aparecen los fantasmas de separación de la madre como momentos constitutivos de la castración fálica.

Es así como el reconocimiento del lenguaje pulsional predo- minante y las posibilidades del sujeto de establecer nuevos complejos representacionales que permitan la sublimación, y también el proceso de esta última, deben igualmente ser toma- dos en consideración para establecer el diagnóstico. Me propongo exponer en las páginas que siguen un modelo provisional de la constitución de esta tópica. Las dificultades no son pequeñas; se trata de un modelo que ha de incluir, en el mismo movimiento, el corte de la estructura sincrónica, dando razón, a su vez, de la historia, es decir, de las determinaciones pasadas, reales, significantes, que la determinan. Un modelo de estas características y su puesta a prueba en la clínica permitirá sortear los obstáculos que tanto el estructu- ralismo formalista como el genetismo plantean al psicoanálisis de niños.

2. Notas para el abordaje de la constitución de la inteligencia en psicoanálisis

Durante mucho tiempo creí -efecto de la similicadencia de los discursos- que el texto presentado por Laplanche y Le- claire en el Coloquio de Bonneval era un desarrollo de la teoría lacaniana, un aporte más (lúcido, por cierto) a la teorización que ponía en el centro, a partir de una reformulación del con- cepto de inconsciente, la discusión habida con la escuela ingle- sa respecto de un inconsciente entendido como puro contenido -phantasies inconscientes-, de lo que se derivaba una téc- nica correspondiente, que consistía en la traducción simul- tánea. De esta manera, el hecho de que el texto comenzara con una crítica a la teoría politzeriana del inconsciente, que reduce este a un puro efecto fenomenológico dependiente de las variacio- nes del campo de la conciencia; entendí ese hecho, pues, como un enfrentamiento interno en el marco de la cultura francesa, una discusión que tomaba como pretexto a un autor sobre el cual giraba, estando en realidad destinada a otro. Así, en mi in- genua y principiante lectura, la polémica se dirigía a marcar la falacia de la técnica de interpretación simultánea (y por ello centraba el acuerdo con Lacan respecto del carácter lacunar de la conciencia); a la necesidad de reubicar las formaciones del inconsciente como eje del proceso analítico y, por supuesto, a re- considerar el carácter de la represión fundante del aparato psí- quico, la represión originaria, a partir de la metáfora paterna y su ubicación en relación con el Edipo estructural tal como co- menzábamos a comprenderlo. Conocía vagamente, y sobre todo por chismes de pasillo, que había una discrepancia planteada entre la postura propuesta en el Coloquio por dichos autores y la concepción del incons- ciente en Lacan, discrepancia que se resumía, desde mi punto de vista, en lo siguiente: para Lacan el lenguaje es la condición del inconsciente; para Laplanche -fundamentalmente--, el inconsciente es la condición del lenguaje. El conflicto de lealta- des que esto precipitaba en mí, unido a la dificultad para aden- trarme en textos que se me hacían de difícil abordaje, me lleva- ba a una r esolución fácil: el inconsciente, tal como propone La-

can, es un efecto de las determinaciones del orden significante, del orden simbólico y, en tal sentido, es un efecto del lenguaje. Por otra parte, desde mi experiencia clínica con niños pequeños en los cuales la represión originaria no había terminado de constituirse y con niños psicóticos en los cuales se evidencia- ban las fallas de esta estructuración, encontraba que era abso- lutamente coherente plantearme que el inconsciente es la con- dición del lenguaje, en la medida en que su no constitución co- mo sistema alteraba todas las posibilidades de instauración del discurso y explicaba muchos de los problemas descriptos por la psiquiatría clásica respecto de los trastornos del lenguaje con los cuales nos encontramos en estos casos. De este modo conciliaba fácilmente dos posturas diversas, en la fórmula simple de que el lenguaje es la condición del in-

consciente en tanto estructura, en tanto orden significante, pe- ro el inconsciente es, a su vez, la condición del lenguaje en tan-

to habla; este intento conciliatorio no estaba lejos de las necesi-

dades sistémicas del método que la teoría lacaniana me propor- cionaba, y respecto del cual volveré luego. Así, sencillamente, la propuesta de Saussure de diferenciar entre lengua y habla me permitía situar dos polos de una discusión antitética en una conciliación absurda y, por supuesto, obturar las pregun- tas no formulables en una explicación totalizante. Por otra par- te, la posibilidad de separar lenguaje en sentido sistémico y lenguaje en sentido cotidiano, asimilable a «habla», despejaba

la posibilidad de incluir el discurso como el elemento de la in- tersubjetividad que se define entre el sujeto y el otro para el caso de la clínica; y en los momentos incipientes de constitución del sujeto, entre este y la madre. Creía resolver de este modo otro problema teórico-clínico: el lenguaje en tanto estructura precede al sujeto; el discurso materno constituye su inconscien- te, y el lenguaje (entendido nocionalmente) se constituye como un efecto del proceso secundario. En un juego de reduplicaciones especulares, lo que proponía Laplanche era entonces para mí sólo un agregado a lo propues- to por Lacan; y lo que yo interpretaba, un agregado al agrega- do, que permitía sortear las dificultades de la confrontación teórica. Se podrían tal vez reencontrar, en este proceso, similitudes con el movimiento de circulación fálica en el Edipo en el mo- mento de formación del analista, definido por la transferencia

a los maestros y al carácter de apéndice en el cual el principian-

te se coloca. En los últimos tiempos ¡:¡e ha publicado suficiente bibliografía al respecto.1 Quedaríamos sin duda limitados a la opción de brindar sim- plemente un modelo del decurso del conocimiento psicoanalí- tico en los últimos veinte años, si el único sentido de lo que hoy expongo fuera mostrar el error metodológico de una lectura prejuiciada del texto. No es esa mi intención, sino dedicarme al problema de las opciones propuestas frente a la cuestión del in- consciente y, en relación con ello, la del carácter fundante de la represión originaria para su constitución. Tres son, desde mi punto de vista, los problemas centrales planteados en el texto del citado Coloquio y que parten de una primera cuestión: ¿qué mutaciones implicaría, para la teoría psicoanalítica, atribuir al inconsciente una realidad de la mis- ma especie que la realidad de la letra? De este primer problema deriva la siguiente proposición:

¿se intentará esclarecer la realidad del inconsciente por la del lenguaje, objeto de la lingüística? En segundo lugar debemos preguntarnos: ¿es asimilable el campo del inconsciente al campo del sentido, tal como Politzer lo habría formulado explícitamente, o debe ser ubicado su rea- lismo --es decir su carácter de realidad propia escindida radi- calmente del campo de la conciencia- en los términos de la tó- pica freudiana: el sistema inconsciente y el sistema precons- ciente-consciente, como sistemas contrapuestos y en oposición, definidos por la constitución de la represión? En tercer lugar, ¿es asimilable la noción de inconsciente a la de desconocimiento del sujeto? ¿Puede ser entonces el incons- ciente efecto de la posición de sujeto, más que una estructura definida por la represión?

Algunos elementos de aproximación a los problemas planteados

Señalemos, en primer lugar, que la diferencia establecida por Freud en cuanto al inconsciente en sentido descriptivo, utili-

1 Confróntese, al respecto, S. Leclaire, Un encantamiento que se rompe, Bue- nos Aires: Gedisa, 1983. G. Rosolato, «La psychanalyse idéaloducte», en Nou - velle R evue de Psychanalyse, París, nº 27, 1983. F. Roustang, Un destin si fu- neste, París: Ed . de Minuit, 1976.

zado como adjetivo para denotar, respecto de un elemento, la cualidad de estar fuera del campo de la conciencia, y que es contrapuesto a un Ice en tanto sistema, cobra nueva vigencia en la discusión interna del psicoanálisis, a partir de la propues- ta que el estructuralismo ha hecho a las así llamadas ciencias del hombre. El texto de Freud «Lo inconsciente», de la Metapsicología, 2 en el que define los caracteres del sistema Ice, aclara: «La con- dición de inconsciente es sólo una marca de lo psíquico que en modo alguno basta para establecer su característica. Lo in- consciente abarca, por un lado, actos que son apenas latentes, inconscientes por algún tiempo, pero en lo demás en nada se di- ferencian de los conscientes; y, por otro lado, procesos como los reprimidos que, si devinieran conscientes, contrastarían de la manera más llamativa con los otros procesos conscientes». 3 Y agrega luego, en un intento de cercar el inconsciente en tanto sistema: «Usamos las palabras consciente e inconsciente ora en el sentido descriptivo, ora en el sistemático, en cuyo caso significa pertenencia a sistemas determinados y dotación con ciertas propiedades». 4 Definido el inconsciente en tanto sistema, no se trataría sólo de ubicarlo posicionalmente, sino de reconocerle determi- nadas propiedades, a la vez que determinados contenidos espe- cíficos. El inconsciente, en tanto sistema, puede resumirse del mo- do siguiente:

a. Sus contenidos son representantes de las pulsiones.

b. Estos contenidos específicos están regidos por la legalidad

específica del proceso primario.

c. La fijación de estos contenidos en el inconsciente se en-

cuentra determinada por la represión, que no permite su acce- so a la conciencia.

Sabidos por todos los psicoanalistas, estos conceptos no tienen nada de novedoso y son el esqueleto y la carne del in- consciente, tal como lo concebimos aquellos que nos preciamos de haber hecho una lectura más o menos exhaustiva de la me- tapsicología. Sin embargo, como señalaba antes, la propuesta

2 S. Freud, Obras completas, Buenos Aires: Amorrortu editores, vol. XIV,

1979.

3 /bid., pág. 168 (las bastardillas son nuestras). 4 /bid., pág. 168 (las bastardillas son nuestras).

del estructuralismo en cierta medida los ha complejizado. La asimilación del inconsciente a todo aquello que no forma parte de lo manifiesto ha cobrado alcances tan vastos que se desliza del campo de la antropología al del psicoanálisis, y también al de la pedagogía. Desde tal perspectiva, toda estructura fun- dante, determinante de lo manifiesto, es asimilada a «incons- ciente» y se puede hablar de estructuras inconscientes de la cultura, del lenguaje, del aprendizaje. 5 El concepto de inconsciente utilizado por extensión en el psicoanálisis mismo pierde la especificidad definida en la tó- pica freudiana. Y por una paradoja teórica, el inconsciente des- criptivo al cual Freud aludía y el inconsciente sistémico del es- tructuralismo quedan enraizados en una misma perspectiva:

sólo su valor posicional definirá su carácter. En esta dirección, de valor posicional del inconsciente, es donde se sitúa desde mi punto de vista la formulación lacania- na de «cadena significante inconsciente ». La hipótesis -cen- tral- de Lacan, teorizada en «La instancia de la letra», ex- presa: «Nuestro título da a entender que más allá de esta pala- bra, es toda la estructura del lenguaje lo que la experiencia psi- coanalítica descubre en el inconsciente. Poniendo alerta desde el principio al espíritu advertido sobre el hecho de que puede verse obligado a revisar la idea de que el inconsciente no es sino la sede de los instintos».6

5 En su Antropología estructural, Lévi-Strauss dio el modelo pertinente a ello, al tomar de Trubetzkoy los pasos del método fonológico: «En primer lugar -señala Lévi-Strauss-, la fonología pasa del estudio de los fenóm enos lin- güísticos "conscientes" al de su estructura "inconsciente",,. Antropología estruc-

tural, Buenos Aires: Eudeba, 1968. Y una autora como Sara Pain, en un re- ciente libro, Estructuras inconscientes del pensamiento. La función de la igno- rancia (Buenos Aires: Nueva Visión, 1979, vol. I), intenta una asimilación en- tre las llamadas «estructuras cognitivas inconscientes» y las estructuras del inconsciente en sentido psicoanalítico, apoyándose para ello en la teorización de Piaget, por un lado, y del psicoanálisis estructura li sta, por el otro. «Trata- mos de adoptar aquí la noción más general de inconsciente para que abarque tanto el inconsciente cognitivo como el inconsciente simbólico, y lo entendere- mos entonces como una categoría concreta, positiva y estructurante, que tiene por objeto la instauración simultánea de un mundo comprensible y de un suj e- to que en él se reconozca y haga reconocible su deseo. El inconsciente es enton- ces el lugar del procesamiento del pensamiento del que la conciencia recogerá

·" (las bastardillas son nuestras).

Al vaciar de sus contenidos específicos a l a estructura, esta as imilación cobra

una coherencia notable sólo comprensible a partir del efecto engañoso con que el formalismo estructuralista ha impregnado a las ciencias. 6 J. Lacan, «La instancia de la letra en el inconsciente», en Escritos I, Méxi- ·o: Siglo XXI, 1972, pág. 180.

imágenes atribuibles a la realidad o al yo

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A partir de ello las opciones son dos: o admitimos enseguida que el inconsciente no es la sede de los instintos, y al no ser la sede de los instintos no queda otra posibilidad, al fin y al cabo, que adoptar la hipótesis de que es el lenguaje lo que constituye su materialidad (y el lenguaje entendido como estructura del lenguaje, es decir en tanto sistema de la lengua), o nos vemos embretados con aquellos que poseen una concepción instinti- vista del inconsciente, «naturalista» podríamos decir, y queda- mos totalmente fuera del psicoanálisis contemporáneo. En mi opinión son dos falsas opciones. Decir que el incons- ciente no es la sede de los instintos marca la divergencia funda- mental con quienes han asimilado el inconsciente a la biología

o a la psicología, y que incluso encuentran hoy en la etología un campo de experimentación -paradójicamente- humano. Pero, ¿no ha sido justamente el psicoanálisis francés contem- poráneo el que señaló la diferencia fundamental entre instinto

y pulsión en la obra freudiana, poniendo de relieve el carácter

cultural de toda sexualidad, incluida la más primitiva? Distin- ción absolutamente adecuada y que marca, a su vez, el carácter estrictamente cultural del inconsciente como sede de esta sexualidad reprimida.

El hecho de que el inconsciente no sea la sede de los instin- tos, en el sentido biológico del término, no implica que sea la es- tructura del lenguaje la que constituye íntegramente su cam- po. A su vez, si definimos el campo de la experiencia analítica como el de la cura, es evidente que ella sólo es posible a través del lenguaje y por el lenguaje. Pero Freud separó claramente entre la posibilidad de conocer el inconsciente y su existencia como tal, de manera que una no se reduzca a la otra. Ni el in- consciente se reduce a lo que conocemos en el proceso de la cura

ni, correlativamente, existe

sólo por su conocimiento. 7

de «Poordjeli », dado por Leclaire en el texto

del Coloquio de Bonneval, en su seminario La situation psychanalytique («Le psychanalyste et son baquet»), Laplanche propone: «"Poordjeli", en su pureza fonatoria, es pese a todo algo único, un apax en Leclaire mismo. Entre cierto número de analizados de que Leclaire nos informa, no ocurre que en todos los casos llegue a encontrar una continuidad de esta índole; lo mismo vale para los otros analistas: si a veces un vocablo de este género puede parecer ccncentrar sobre sí una serie de cadenas asociativas, no se podría hacer de ello el modelo del análisis ni incluso una etapa corriente de todo análisis.

»En segundo lugar: este "Poordjeli" no es ni una palabra de la lengua común, ni una frase, ni nada que pueda entenderse en relación con el sistema ordenado del lenguaje; nada que se refiera directamente al lenguaje como código y como sintaxis. Es un neologismo, que condensa fonemas de los cuales cada uno es el

7 Refiriéndose a l ej emp lo famoso

El problema de una legalidad específica con un contenido también específico no es sólo cuestión general, exclusivamente teórica, sino un problema concreto que hace a la constitución de una teoría de la técnica. Si el inconsciente fuera sólo un va- lor posicional, de sentido, como cuestionan Laplanche y Leclai- re a Politzer, con ello desaparecerían dos conceptos claves del psicoanálisis: el de represión y el de resistencia. Seamos más claros: en la teoría lacaniana del significante, el significado só- lo es un valor posicional definido por su ubicación respecto de la barra, es decir, un significante en posición de significado; no hay entonces ninguna cualidad específica en el elemento que está por debajo de la barra, salvo su posición. Admitidos el pa- ralelismo absoluto entre ambas cadenas y la propuesta de que es la «propiedad del significante de componerse según las leyes de un orden cerrado [la que] afirma un sustrato topológico del que da una aproximación el término de cadena significante», 8 deviene una necesidad lógica definir la particular posición del inconsciente no como un efecto de la represión, sino como un efecto de la combinatoria pura y simple del significante. De es- ta manera, reemplazada la represión por la «resistencia de la barra a la significación», desaparece también el concepto de re- sistencia con todas sus consecuencias clínicas y la técnica sufre una variación definitiva. Poner en psicoanálisis la represión nuevamente en el centro lleva a su vez a subrayar el carácter del conflicto en el aparato psíquico. El conflicto es impensable al margen de la tópica psíquica. Los tres aspectos de la metapsicología (tópico, dinámico y eco- nómico) se enraízan en el problema del conflicto psíquico, y si bien Freud optó en diversos momentos de su obra por solucio- nes aparentemente contradictorias, estas soluciones no son Lan diversas como parecería en una primera aproximación.

ulcmento de partida de una pista hacia un deseo. En cierta forma, se podría dec ir que "Poordjeli" es otra versión de lo que Freud ha descubierto en el re- <;ucrdo encubridor. »En tercer lugar: esta "fórmula incautatoria", para retomar el mismo térmi-

110 de Leclaire, no encuentra, según él, su subsistencia más que en aquello de lo c ual ella es la representación, y que es explícitamente concebido como extra-

contenido

1iliimo del inconsciente, sino como una ante-última (se podría decir) "represen- 111rión" de lo que es llamado "representante inconsciente"». Psychanalyse á l'U- 11i11crsité, vol. 5, nº 20, septiembre de 1980 (las bastardillas son nuestras). •l J. Lacan , Escritos I, op. cit., pág. 187.

¡i ngüístico. Quiero decir que jamás el "Poordjeli" está dado como el

Las dos propuestas freudianas se centran en definir el conflicto en el nivel tópico y en el nivel pulsional. Sin embargo, el anta- gonismo pulsional no se produce en general, sino inscripto en el marco de las dos teorías de las pulsiones. Es decir: como las pulsiones sexuales coexisten entre sí y sólo están en oposición a las pulsiones de autoconservación o pulsiones del yo; como las pulsiones de vida son opuestas a las de muerte, y como la libido del yo es opuesta a la libido objetal, el conflicto pulsional apare- ce siempre como dualismo pulsional. Sin embargo, el dualismo pulsional no reduce las pulsiones a dos, sino que las ordena en dos tipos dentro de la diversidad que las constituye. Estos dos básicos dualismos pulsionales a que nos hemos referido, pulsiones sexuales y de autoconservación (o del yo: lo destacamos porque imbrica el problema pulsional con el pro- blema tópico), y pulsiones de vida y muerte, han sido replan- teados en los últimos años por Laplanche 9 más o menos en los siguientes términos: mientras que Freud había establecido el primer dualismo pulsional como un conflicto entre las pulsio- nes de autoconservación y las pulsiones sexuales, en la Me- tapsicología planteó el carácter de la autoconservación como del orden de lo no reprimible, y a su vez estableció a la pulsión sexual como el prototipo de toda pulsión. Este dualismo, por lo tanto, quedaba contradictoriamente anulado por la definición de la sexualidad como única pulsión en el sentido estricto del término, y se desplazaba hacia el de un conflicto entre la libido del yo y la libido objetal, a partir de la inclusión de la problemá- tica del narcisismo. El órgano participante del conflicto parece entonces el terreno en el cual se juega el conflicto pulsional, más que uno de los polos de este conflicto. En el segundo dualismo pulsional, de lo que se trataría se- ría de rescatar el carácter indomable de la sexualidad origina- ria, ligada a la búsqueda enloquecida de satisfacción, es decir anárquica, no ligada, conceptualizada esta vez como pulsión de muerte. La libido ligada (al yo o al objeto) quedaría contrapues- ta de este modo a la sexualidad del ello, de un inconsciente en- tendido en su profunda anarquía pulsional, pero que no estaría a su vez presente desde los orígenes: su carácter originario ven- dría dado por su separación del sistema del yo. Los dualismos pulsionales, y el conflicto propuesto, quedarían imbricados con

9 J. Laplanche, L'inconscient et le 9a. Problématiques N, París: Presses Uni- versitaires de France, 1981. El inconsciente y el ello, Buenos Aires: Amorrortu editores, 1987.

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el problema tópico, reubicándose el problema del conflicto pul- sional en términos intersistémicos y resolviéndose la aparente paradoja de que el inconsciente --en sentido sistémico- pu- diera ser la sede del conflicto. En mi opinión, el conflicto sólo se puede pensar refiriéndolo

a instancias; y en este sentido, también, sólo se lo puede definir

a través de la posición que la represión ocupe en la teorización que se proponga para el aparato psíquico. 10 La represión es un proceso que se cumple sobre las representaciones en la fronte- ra de los sistemas Ice y Prcc-Cc, según lo propone Freud en «Lo

a dos problemas: el

de la significación, por un lado, y el de la intrínseca relación existente entre inconsciente y represión, por el otro. En relación con el primero, señalemos la ligazón estrecha que existe entre la significación y el desarrollo propuesto por Freud a raíz del tema de los sentimientos inconscientes: «Es que el hecho de que un sentimiento sea sentido, y, por lo tanto,

inconsciente». 11 Esta afirmación da origen

que la conciencia tenga noticia de él, es inherente a su esencia. La posibilidad de una condición inconsciente faltaría por ente-

)». 12 «En la repre-

ro a sentimientos, sensaciones,

sión se produce un divorcio entre el afecto y la representación,

a raíz de lo cual ambos van al encuentro de sus destinos sepa-

rados(

ración entre el afecto y la representación: «Cuando restaura-

De este modo, Freud nos propone, a raíz de la sepa-

)».

lO En esta misma dirección es como debería hoy reubicarse la polémica con la «psicología del yo». El hecho de que esta escuela haya puesto el acento en la función sintetizadora del yo no es sino una resultante de la subsumisión del campo de la sexualidad en el de la autoconservación. Concebido el sujeto como sumergido en un conflicto cuyos polos parecen ser por un lado la autoconserva- ción y por el otro la realidad, la sexualidad tiende a desaparecer del campo del conflicto; ni siquiera a transformarse en uno de esos polos (como pudiera pare- cer en Freud desde la primera teoría de las pulsiones, en la cual este conflicto

se jugaría entre la sexualidad por un lado y las pulsiones del yo por otro), sino

a desaparecer lisa y llanamente. De esta manera, la postura de la psicología del yo respecto de la forma en que concibe a esta instancia c;omo lugar de conocimiento, no es sino un efecto del desplazamiento y la toma de partido, dentro de la teoría freudiana, por una teoría del conflicto. Definida la autoconservación por sus relaciones con lo real, es inevitable que el yo pase a tomar el lugar que ocupa en sus teorizacio- nes y que se defina por sus caracteres de organismo presente desde los oríge- nes; organismo de adaptación biológica, en primer término, y social, en segun- do término, por derivación, al hacer equivalentes la sociedad con el medio en el cual se desenvuelve el organismo. 11 S. Freud, op. cit., pág. 177. 1 2 Ibid., pág. 173 (l as bastardillas son nuestras).

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mos la concatenación correcta, llamamos "inconsciente" a la moción afectiva originaria aunque su afecto nunca lo fue,, . 13 El punto que nos interesa destacar es el siguiente: así como el sentimiento llamado inconsciente es un efecto de la cualifica- ción de la conciencia a propósito de la carga, la significación no puede ser entendida sino como la reorganización de las repre- sentaciones inconscientes a partir de un sujeto que signifique. Sujeto colocado del lado de lo consciente, pero efecto del en- cuentro entre los dos sistemas. Siendo el proceso analítico, por su carácter, un proceso de resignificación y de rehistorización, es una contradicción teórica pensar que este proceso se cumple del lado del inconsciente. Está sujeto a las relaciones entre am- bos sistemas y a los enlaces simbolizantes que entre ambos se produzcan. El proceso de constitución de la represión originaria, de se- paración y fundación de los sistemas inconsciente y precons- ciente-consciente, implica la instalación de una contracarga que cuide la producción y permanencia del sistema inconscien- te. Una inscripción originaria, un representante pulsional que nunca había estado reprimido, encuentra una ubicación defini- tiva en el sistema psíquico a partir de la constitución de esta re- presión originaria. Pero, ¿en qué consiste esta contracarga y cuál es su origen? Freud propone, a partir de la laboriosa dife- renciación que intenta realizar entre las representaciones co- rrespondientes a cada uno de los sistemas, lo siguiente: «De golpe creemos saber ahora dónde reside la diferencia entre una representación consciente y una inconsciente. Ellas no son, co- mo creíamos, diversas transcripciones del mismo contenido en lugares psíquicos diferentes, ni diversos estados funcionales de investidura en el mismo lugar, sino que la representación cons- ciente abarca la representación-cosa más la correspondiente representación-palabra, y la inconsciente es la representación- cosa sola». 14 La conclusión a la cual se llega es la siguiente: la constitu- ción de un sistema significante definido por el lenguaje, que opera desde el sistema preconsciente, sistema capaz de cualifi- car, definido por unidades diferenciales en el sentido propuesto por Saussure, y retomado por Lacan para la consti~ación del sistema de la lengua, actúa como una verdadera contracarga en el proceso que separa en un mismo movimiento al sistema

13 !bid., pág. 174. 14 !bid., pág. 198.

inconsciente del preconsciente, a la vez que crea las condicio- nes de disociación entre el afecto y la representación. Es este carácter de la representación-palabra el que crea las condicio- nes de instauración, en el preconsciente, de la lógica y la tem- poralidad. Pero el carácter más social, menos singular, del preconsciente señala la radicalidad antitética de un incons- ciente que se define por la atemporalidad, la ausencia de lógi- ca, el carácter profundamente singular que lo define. El len- guaje es entonces, paradójicamente, la materialidad de la con- tracarga del sistema preconsciente, así como la pulsión lo es del sistema inconsciente. Pero, así como la pulsión no es un ente abstracto, biológico, definido en sí mismo, sino que es el efecto de la intrusión sexua- lizante del otro humano, desprendida de la biología común a to- dos los hombres y enraizada en una historia singular de la se- xualidad del sujeto psíquico, el lenguaje del Prcc no es tampoco la estructura del código a que se refieren los lingüistas, sino el residuo de los discursos particulares en los cuales el sujeto se constituye. El mismo adulto, ese otro, que sexualiza al niño, instaura el sistema de prohibiciones, da respuestas e impone silencios y proporciona las representaciones con las cuales contracargar al inconsciente. En este desfasaje entre la palabra y el acto, en- tre el inconsciente y el preconsciente, entre la representación- cosa y la representación-palabra, se instaura la relación entre los dos sistemas que da origen a la fantasía, a la teoría sexual infantil, al recuerdo encubridor. El lenguaje del cual hablamos los psicoanalistas es, en mi opinión, diverso del lenguaje de los lingüistas, así como la se- xualidad de la cual hablamos es diversa de la anatomía.A par- tir de ello, la pregunta con la cual empezamos este capítulo queda contestada de la siguiente manera: ni el lenguaje es la condición del inconsciente, ni el inconsciente es la condición del lenguaje. Se trata de poner en relación ambos sistemas en su constitución originaria y de reubicar la metáfora constitutiva del inconsciente, la represión originaria, en el movimiento fun- dador de ambos sistemas. Concluiremos estas observaciones con las siguientes pro- puestas: siendo la metáfora fundante del Ice algo que ocurre )ntre ambos sistemas, consideramos, a diferencia de lo que propondría Lacan, que la metáfora no forma parte del incons- :icnte, sino que es fundante de este sistema. La idea de una metáfora fundadora del inconsciente se abre entonces en la di-

rección de señalar la creación, en el inconsciente, de un espacio en el cual los significantes se tornan enigmáticos porque son aportados en forma absolutamente enigmática al niño, en for- ma traumatizante, aislada. A partir de ello, la represión origi- naria no puede ser concebida más que como una profunda mu- tación de los significantes o como una diferenciación desde dos tópicas, dos sistemas de cargas, dos tipos de contenidos; en tér- minos freudianos: de la separación entre representaciones-co- sa y representaciones-palabra. Y serán premisas de la posibili- dad de inaugurar la significación la instauración del precons- ciente y la constitución del proceso secundario contrapuesto al proceso primario. No se trataría, entonces, de contraponer a la estructura sig- nificante de Lacan la estructura del significado en el incons- ciente, sino de resituar la problemática que, desde nuestro punto de vista, se resume en los siguientes términos: el incons- ciente es una estructura radicalmente diversa del preconscien- te-consciente, cuya característica es la de ser plausible de ser significada en la medida en que las representaciones-cosa se ponen en contacto con las representaciones-palabra.

La contracarga, modelo de funcionamiento del preconscien- te y del yo, es la condición de existencia de ambos sistemas, pe-

ro su existencia no es autónoma ni independiente; ella es efecto de una transmutación, tal como Freud lo propone, de la carga inconsciente. En este sentido, deberemos considerarla partíci- pe del proceso de constitución de la represión originaria; no se- rá entonces un simple derivado de esta, sino que se instaurará en una verdadera contraposición de elementos dialécticamente entrelazados.

La denegación. Constitución de la represión originaria y del juicio

En 1925, Freud publica un texto breve y sorprendente don- de ofrece, sobre la base de una serie de observaciones hechas en el interior del proceso analítico, algunos element os para el abordaje de la constitución de la inteligencia en psicoanálisis; nos referimos a «La negación», 15 trabajado como un texto técni-

15 S. Freud, «La negación», en Obras completas, op. cit., vol. XIX, 1979.

co, que da razón de un mecanismo de defensa para la «psicolo-

gía del yo». Lo retoma Jean Hyppolite en un seminario de Jac-

ques Lacan, 16

cances más vastos de una propuesta que revelaría la constitu- ción de la posición de sujeto: lo que conoceríamos luego amplia- mente como «Sujeto de la denegación», en su relación con un postulado central de la teoría lacaniana: el sujeto de desconoci-

miento.

quien intenta con su exposición señalar los al-

Freud había partido de la paradoja siguiente: no es suficien-

te que algo esté en el plano de lo manifiesto para que forme par- te de lo consciente, para que se considere que ha sorteado la re-

) Un contenido de representación o de pensamien-

to reprimido puede irrumpir en la conciencia a condición de

que se deje negar. La negación es un modo de tomar noticia de

lo reprimido

reprimido». 17 Si no basta que algo esté en el plano de lo manifiesto para que se considere que la represión ha sido levantada, si aun no es suficiente que esté en el plano de la conciencia para que esto ocurra, ¿cómo redefinir la propuesta de que analizar es hacer consciente lo inconsciente? Pero Freud vuelve, en el párrafo siguiente, a un postulado fundamental del psicoanálisis, un principio que ha regido su propuesta metapsicológica desde los orígenes (ya desde los Estudios sobre la histeria), la separación entre la carga y la re- presentación: «Se ve cómo la función intelectual se separa aquí del proceso afectivo. Con ayuda de la negación es enderezada sólo una de las consecuencias del proceso represivo, a saber, la de que su contenido de representación no llegue a la conciencia. De ahí resulta una suerte de aceptación intelectual de lo re- primido con persistencia de lo esencial de la represión». Podría- mos agregar: porque lo esencial del proceso represivo consiste en que la representación no se ligue al afecto concomitante pa- ra producir el displacer esperado. Sin embargo, esta relación entre el afecto y la represen- tación, esta separación entre la función intelectual y el proceso afectivo se manifiesta, en el proceso analítico, por una no acep-

) aunque no, claro está, una aceptación de lo

16 Intervención de Jean Hyppolite en el seminario de Jacques Lacan «Les )Cr its techniques de Freud» (1953-54), publicado posteriormente en Escritos II

; o n e l título de «Comentario hab l ado sobre la Verneinung de Freud >>, México:

S iglo XXI, 1975, pág. 393. 1 7 S. Freud, vol. XIX, op. cit., pág. 253.

tación de un sujeto que considera como ajeno un determinado

contenido representacional. A partir de ello, posición de sujeto

y denegación son inseparables. Pero siempre que se considere,

como base de este proceso, la existencia de la represión tal y co- mo está en el texto freudiano, es decir como el elemento pivote

y el motor fundamental alrededor del cual habrá de girar toda la problemática.

Así, la significación queda ligada inseparablemente a la po- sición de sujeto y es impensable antes de la separación precisa entre inconsciente y preconsciente-consciente. En la misma di- rección, el juicio es considerado por Freud como un atributo del proceso secundario (aunque esté ligado a los más primitivos movimientos de las mociones pulsionales, y en tal sentido rela- cionado con el yo placer originario). Jean Hyppolite aportó, desde el ángulo de la filosofía, una visión nueva sobre este texto. A partir de los ejemplos propues-

.) Esta obser-

vación lleva a Freud a una generalización llena de audacia, y en la que va a plantear el problema de la denegación en cuanto que podría ser el origen mismo de la inteligencia. Así es como comprendo el artículo en toda su densidad filosófica». 18 La vi- sión filosófica nos ofrecería el siguiente punto de vista: a partir de los procedimientos técnicos concretos del analista, que con- sisten en pedirle al paciente que diga lo que le parezca más in- verosímil, para acercarse de este modo al material reprimido, extrae la conclusión de que se trataría de un modo de presentar

lo que se es en el modo de no serlo. Pues es exactamente eso lo que lo constituye: «Voy a decirle lo que no soy; cuidado, es exac- tamente lo que soy». Hyppolite encuentra que esta opacidad del ser, que se presentaría en el modo de no serlo, constituye exactamente la función de la denegación. La palabra alemana Aufhebung, a partir de la cual Freud señala el movimiento de la denegación («la denegación es una Aufhebung de la represión, pero no por ello una aceptación de lo reprimido») es el concepto que permite a Hyppolite llegar a la siguiente conclusión: «Presentar el propio ser en el modo de no serlo, de esto se trata verdaderamente en esaAufhebung de la represión que no es una aceptación de lo reprimido. El que ha- bla dice: "Esto es lo que no soy". No habría ya aquí represión, si represión significa inconciencia,.puesto que es consciente. Pero

tos por Freud extrae una primera conclusión:

18 J. Hyppolite, op. cit., pág. 394 (las bastardillas son nuestras).

la represión subsiste en lo esencial en la forma de la no acepta- ción» (pág. 395). 19 De la relectura filosófica del texto freudiano que Jean Hyp- polite nos propone retomaremos tres elementos: en primer lu- gar, la estructuración de la inteligencia es inseparable de la constitución de una posición de sujeto. En segundo lugar, esta constitución inaugura la apertura de dos espacios, radical- mente diversos, y cuya característica es estar en oposición dia- léctica. Tercero, la constitución de esta posición de sujeto es in- separable de la contracarga que desde el sistema preconsciente impide la emergencia de lo reprimido, a la vez que inaugura la posibilidad de constitución de la inteligencia sobre la base de separar el afecto de la representación. Sin embargo, esta apertura al problema del desconoci- miento del sujeto, el hecho de que el sujeto desconozca sus de- terminaciones, puede encontrar dos vertientes distintas según cómo nos ubiquemos en relación con el problema de la repre- sión y según la significación que otorguemos a esta. «La psico- logía concreta, precisamente porque no considera que la igno- rancia del sujeto acerca de su propio ser sea un hecho particu- larmente notable, no tiene ninguna necesidad de la noción de inconsciente», citan Laplanche y Leclaire en el Coloquio. Y res- ponden a la propuesta politzeriana: «No disimulamos lo que de estos textos encuentra un eco en la experiencia y la doctrina freudiana tanto como en cierta tradición filosófica: cegamiento que, por el hecho mismo de su posición, sorprende al sujeto en cuanto a la significación de sus actos, opacidad radical del cogi- to, esta tesis malebranchiana tiene su correspondiente en la teoría de Freud».20 ¿Es la posición de sujeto un efecto de desconocimiento, o es un efecto de la represión? Es decir: ¿la posición de sujeto está determinada por el lugar que ocupa en la tópica psíquica en re- lación con el inconsciente, o está el inconsciente definido por el

19 Aufhebung de la represión, es decir, negación determinada, al mismo ti empo que niega determina una cierta posición: «El resultado de una ex- periencia de la conciencia no es en efecto absolutamente negativo más quepa- ra ella misma; de hecho la negación es siempre negación determinada. Si es verdad que toda posición determinada es una negación (omnis affirmatio est negatio ), no es menos verdadero que toda negación determinada es una cierta posición». J. Hyppolite, Génesis y estructura de la fenomenología del espíritu de Hegel, París: Aubier-Montaigne, 1946, pág. 19. 20 J. Laplanche y S. Leclaire, «El inconsciente, un estudio psicoanalítico», en El inconsciente (Coloquio de Bonneval), México: Siglo XXI, 1970, pág. 99.

movimiento discursivo del paciente en relación con su propio desconocimiento? Podemos decir que todo el movimiento de análisis que se define por referencia a la pérdida de las certezas del sujeto es parcialmente correcto, siempre que se matice en relación con lo siguiente: si se abandonan las certezas del sujeto para producir un impulso que ponga en movimiento (sin juicio crítico previo) la libre asociación, es sólo porque subsiste la ilusión de encon- trar algún otro orden de sentido. Cuando Alain Miller dice en sus Conferencias caraqueñas 21 que lo simbólico está constitui- do por dos vertientes, una que tiende a la significación y otra que está ante todo del lado del sin-sentido, y que se puede afir- mar que el acento de Lacan pasó indudablemente de la prime- ra vertiente a la segunda, ¿a qué alude con esto? El mismo acla- ra: es desde el sin-sentido del significante como se engendra la significación. Y estaríamos parcialmente de acuerdo si se alu- diera con ello a que en el movimiento de la libre asociación, en la medida en que un discurso aparentemente sin sentido cobra un sentido distinto de aquel que parecía serle propuesto ini- cialmente, se engendra una significación. Sin embargo, nues- tra interpretación de esta hipótesis no parece ajustarse del to- do a la propuesta de Alain Miller cuando este señala: «De modo general diría que para Lacan no hay teoría del inconsciente en tanto tal. Hay ante todo una teoría de la práctica analítica y en definitiva es siempre la estructura que se le reconoce a la expe- riencia analítica misma, la que se supone es la estructura del inconsciente. Diría que todos los teóricos serios del psicoanáli- sis siempre reconocieron esta exigencia y que asignaron siem- pre al analista un lugar en la estructura del inconsciente. El

analista forma parte del concepto mismo de inconsciente». 22

Definido el inconsciente por el sin-sentido, sin embargo su existencia sólo tiene estatuto -en la propuesta de Alain Mi- ller- desde el sentido que cobra en la práctica analítica. El ob- jeto ha desaparecido como tal, y quedará definido en función de sentido o sin-sentido. Decir que el analista está implicado en la estructura del in- consciente, decir que el inconsciente sólo existe en la medida en que puede ser leído por el analista, o decir que el inconsciente es lo que viene al encuentro del analista, es un absurdo del mis-

21 J . Alain Miller, Cinco conferencias caraqueñas sobre Lacan, Caracas: El Ateneo, 1980. 22 !bid., pág. 12 (las bastardillas son nuestras).

mo calibre que decir que la gravedad existe desde que Newton descubrió la ley de la caída de los cuerpos. La realidad se ha bo- rrado y sólo es un existente definido por la posición del científi- co y el fenómeno al cual este accede. Al volver a la significación en psicoanálisis no sólo se aborda un problema teórico que debe, en mi opinión, ser deslindado cuidadosamente de los problemas de la lingüística contempo- ránea: es el sujeto el que está en el centro de la problemática psicoanalítica de la significación y, en relación con el sujeto, la posición que este tiene en correspondencia con su propio in- consciente definido en los marcos de la tópica freudiana. Es también la cuestión de la cura analítica, la ubicación de las re- sistencias y el problema de la interpretación lo que está en jue- go, definido en los marcos de un principio general del funciona- miento psíquico marcado por las series placer-displacer, es de- cir, definido por el dolor que atrapa al sujeto entre el síntoma y el reconocimiento de lo inconsciente. Al utilizar el modelo lingüístico de la metáfora para ilustrar el mecanismo. de la represión, Laplanche y Leclaire aclaran:

«Este modelo es tomado para mostrar cómo este mecanismo opera entre inconsciente y preconsciente, entre proceso prima- rio y secundario, puesto que el inconsciente freudiano y el len- guaje de los lingüistas se oponen radicalmente y las tentativas de trasponer término a término sus propiedades aparecerían como una tentativa paradójica. El cotejo entre psicoanálisis y lingüística únicamente es posible al precio de un desdobla- miento de ambos campos: en el campo psicoanalítico, el de un campo preconsciente regido por el proceso secundario y el de un campo inconsciente regido por el proceso primario. En el campo lingüístico, el del lenguaje con el cual nos comunicamos y la ficción de un lenguaje en estado reducido». (Coloquio de Bonneval.) Se trataría, más bien, no de un desdoblamiento del campo de la lingüística, sino de marcar el efecto radicalmente distinto del lenguaje en el inconsciente. Lenguaje que - si conservamos la denominación de tal- sólo es un producto original definido por leyes del proceso primario y no por las del proceso secunda- rio. Descualificado el lenguaje comunicacional, al producirse el movimiento de constitución del inconsciente, no tendría otro carácter, como Freud lo señaló, que el de constituirse en repre- sentaciones-cosa. En este sentido es tan inadecuado hablar de una lógica de la cadena significante en el inconsciente, como de una lógica de la significación. Hoy hay que salir del atrapa-

miento lingüístico, así como Lacan mismo propuso en su mo- mento salir del atrapamiento biologista. Las opciones ligadas a las dos posiciones que prevalecen hoy en el psicoanálisis osci- lan entre un inconsciente definido como pura legalidad, como la combinatoria pura y simple del significante, y un inconscien- te definido como puro contenido, como phantasy (correlato pul- sional directo). El inconsciente freudiano, conforme ya lo he- mos señalado, se define por contenidos específicos -los de la sexualidad infantil reprimida- y por una legalidad propia, la de los procesos primarios. En esta dimensión, su ubicación no está aislada de la relación que mantiene con otra instancia: el preconsciente-consciente, sin el cual pierde toda razón de exis- tencia. El problema de la búsqueda de un principio explicativo único no es patrimonio de los psicoanalistas. En el comienzo de la filosofía griega existía el dilema de lo uno y lo múltiple. 23 La búsqueda de un principio fundamental que permitiera entender la diversidad de los fenómenos llevó a que los filósofos buscaran una «causa material» de todas las cosas. Y esto los condujo al punto de partida de que el mundo estaba constituido de materia. Pero, a su vez, se les planteó el problema de averi- guar si la causa material debía ser identificada con alguna de las formas existentes de materia (agua, en la filosofía de Tales, fuego, en la de Heráclito) o con alguna sustancia fundamental de la cual la materia real presentaría sólo las formas transito- rias (como en la propuesta de matematización de Platón). La intención de la hipótesis atómica fue mostrar el camino de lo múltiple a lo uno, establecer el principio fundamental, ha- llar la causa material a partir de la cual pudieran entenderse los fenómenos. Pero se encontró con dos enunciados contradic- torios: la materia es divisible infinitamente y, por otra parte, existen las unidades más pequeñas de la materia. Así, un pro- blema filosófico que está en el origen de la religión y de la cien- cia, la búsqueda de lo uno como fuente última de comprensión, formó parte de las paradojas iniciales de nuestra cultura. Sólo la ciencia moderna ha mostrado que la paradoja teóri- ca podía resolverse, pero a costa de abandonar las soluciones iniciales: el producto de un fenómeno de choque de partículas de gran energía no es la «escisión» de aquellas, sino la creación de partículas a partir de la energía; la ecuación relativista que

2 3 W. Heisenberg, «La ley natural y estructura de la materia•>, en El huma- nismo en la filosofía de la ciencia, México: UNAM, 1967.

une energía y masa permite comprender la constitución de la partícula elemental. El problema de lo uno y lo múltiple se encuentra en psico- análisis planteado en diversas perspectivas: desde el problema del carácter productivo del inconsciente, y por ende de su es- tructura, hasta las formas de pasaje y constitución del sujeto psíquico en relación con la estructura fundante del Edipo. ¿El inconsciente en constitución del sujeto es homotécico con los objetos parentales edípicos de los cuales es fruto? ¿El ni- ño es simplemente un desprendimiento del objeto materno, una subdivisión desprendida del psiquismo materno signada por los mismos contenidos representacionales, las mismas es- tructuras deseantes, expresión idéntica de lo Único, eterna es- tructura que se repite a sí misma? Plantear que la metáfora es fundante del aparato psíquico, que es la represión originaria lo que constituye el origen del in- consciente, puede aportar algunas respuestas. En primer lu- gar, si hablamos de metáfora, hablamos de la creación de un nuevo sentido. Aquello que estaba, aquello que era un existen- te, se transforma en significado nuevo a través de una opera- ción combinatoria. Pero esta operación combinatoria, al esta- blecer la metáfora, el corte entre ambos sistemas psíquicos, no es sino la posibilitante de una nueva significación. Significa- ción que no está dada en sí misma en el inconsciente, sino que es efecto justamente de la escisión a través de la cual aquello que es perturbante para el sujeto queda reprimido. La descualificación de las huellas mnésicas acústicas del discurso materno que se instalan en el inconsciente formando parte de las representaciones-cosa queda contrapuesta al dis- curso de la prohibición que se instaura en el preconsciente. La metáfora paterna, la represión primaria, no es sino la funda- ción de dos instancias radicalmente distintas, a partir de la constitución de un sentido que coloca al sujeto como contra- puesto a su propio inconsciente (constituido como instancia ajena a un sí-mismo), tópica que se localiza en el yo. La propuesta de Lacan, entonces, puede ser parcialmente compartida: el origen del inconsciente no debe buscarse en la biología, en los instintos, debe ser buscado en los órdenes que posibilitan en la cultura la constitución del sujeto psíquico. Pe- ro no hay una ahistoricidad del discurso materno que se trans- mita, a su vez, en un movimiento eterno y perpetuo, al incons- ciente del niño. No hay una homogeneidad deseante que ins- taure una causa única, un elemento único alrededor del cual se

constituiría el sujeto. Lo que marca, justamente, la ruptura de la ilusión de un sujeto unificado en la teoría freudiana es el contradictorio conjunto de representaciones deseantes que ha- bitan el inconsciente, su incoherencia, su compatibilidad a-ló- gica, y por eso mismo su contraposición al sistema preconscien- te-consciente. Los elementos señalados representan propuestas introduc- torias para el abordaje de la constitución del proceso secunda- rio en psicoanálisis. Los denominados trastornos del lenguaje o los trastornos de aprendizaje en la infancia son, en la mayoría de los casos, efectos de las fallas en la constitución de la re- presión originaria y, por ende, fracasos en la estructuración del sujeto psíquico. En este sentido es que, al abordar el proceso de constitución de la represión originaria, de la división entre los sistemas psíquicos, estudiamos el problema de la constitución de la lógica y el juicio, cuyas condiciones de estructuración son también las de una lógica del lenguaje marcada por oposiciones que definen significaciones diversas. El juicio, el discurso gramaticalmente estructurado, son un producto de la represión y por lo tanto su singularidad sólo es- tará dada por la correspondencia que los entrelaza a un incons- ciente, este sí, absolutamente singular.

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3. Mito o historia en los orígenes del aparato psíquico

Hemos puesto de relieve en los capítulos precedentes cómo la preocupación de la cual somos objeto cuando nos dedicamos a la constitución de una teoría de la clínica de niños nos lleva a embarcarnos en la búsqueda de respuestas respecto del avant- clivage, tiempos míticos de los orígenes. Si partimos de la opción teórica de que el aparato psíquico implica dos modos de funcionamiento y dos contenidos signa- dos por relaciones de conflicto, y de que el preconsciente no se funda a partir del inconsciente sino que cada sistema está en correlación con el otro, afirmaremos que no se puede hablar de inconsciente, no se puede hablar de formación de síntomas en la infancia en sentido psicoanalítico, antes de que la represión originaria se instaure, constituyéndose a partir de ello el apa- rato psíquico. Pero, ¿qué hay entonces en el psiquismo antes de esta instauración? y, por otra parte, ¿desde qué perspectiva de- ben ser considerados los estados anteriores a dicha represión? ¿Son ellos momentos genéticos, momentos del «desarrollo» determinados internamente por un movimiento evolutivo que depende de la maduración del psiquismo infantil entendido co- mo un organismo? ¿Son sólo tiempos míticos, es decir, supues- tos de los orígenes cuyo efecto de conceptualización ofrece in- terés en función de un rellenamiento conceptual de la teoría psicoanalítica entendida como una verdadera antropología, un estudio del hombre en general? ¿O son - tal y como preten- demos demostrar desde una perspectiva histórico-estruc-

tural- verdaderos momentos de organización del psiquismo

que permitirán la ubicación de los elementos constitutivos en fwición de determinantes constituyentes, cuya correlación po- sibilitará no sólo la puesta a prueba de las hipótesis teóricas sino la determinación, en el momento de la consulta, de un campo de trabajo sobre el cual operar con un índice de cientifi- •idad mayor?

Como lo que guía nuestro trabajo es la preocupación por po- ner en obra la represión originaria, en virtud de dar un funda- mento metapsicológico al análisis de niños, nos vemos en la ne-

cesidad de poner de relieve la siguiente observación: toda la Metapsicología está encaminada a mostrar rma complejización creciente de las estructuras psíquicas en función de la organi- zación defensiva del sujeto respecto de aquello de lo cual no puede huir, es decir, respecto de la vida pulsional. Paradójica- mente, a medida que esta estructura psíquica se complejiza, asistiríamos, en lo manifiesto, a un ordenamiento empobrece- dor de este mundo pulsional. La riqueza fantasmática atribui- da por Melanie Klein al sujeto de los orígenes tendería aparen- temente a un agrisamiento, a un apaciguamiento, a medida que el aparato logra formas superiores de organización, como si este caos inicial solamente pudiera encontrar una estructura posibilitadora de placer a costa de una regulación menos an- gustiante. El problema radicaría, posiblemente, no en considerar rma totalidad signada por el caos o por el orden, sino por rma comple- jización en la cual estos fantasmas precoces deben encontrar rma ubicación definitiva en el interior de la tópica psíquica. Freud no dejó de señalar, en la misma Metapsicología, que la agencia representante de la pulsión se desarrolla con mayor riqueza y menores interferencias cuando ha sido sustraída por la represión del influjo de lo consciente («La represión»). Conce- bida la represión originaria como el clivaje inaugural del apa- rato, aquel que tiene la virtualidad de constituir una tópica de- finitiva, es justamente por el hecho de que en análisis de adul- tos (y en el de niños cuya tópica se encuentra ya organizada) encontramos a través de la represión secundaria la huella de ese verdadero acontecimiento fundador, que su existencia real ha permanecido en el orden del mito, se ha reducido a ser sim- plemente una necesidad lógica en el corpus de la teoría psico- analítica. Sin embargo, en el psicoanálisis de niños, en los momentos en que nos vemos obligados a enfrentarnos al avant- clivage, la reubicación de estos tiempos permitirá considerar- los en el interior de un verdadero proceso histórico de constitu- ción del sujeto psíquico, confrontándonos a los movimientos es- tructurantes que no son sólo anteriores a la represión origina- ria sino que preparan su instalación definitiva. Vemos en «Pulsiones y destinos de pulsión» que la meta (Ziel) de la pulsión es, en todos los casos, la satisfacción que sólo puede alcanzarse cancelando el estado de estimación en la fuente. Las primeras diferencias entre el estímulo interno y el estímulo externo vienen dadas por la posibilidad de fuga o no

fuga del organismo frente a ellos. La diferencia entre estímulo (Reiz) y excitación (Erregung) 1 permite la misma diferencia- ción: la pulsión es aquel estímulo endógeno frente al cual la fu- ga está impedida, llevando a partir de ello a movimientos psí- quicos defensivos cuya complejidad desembocará en la consti- tución de una tópica en el sujeto psíquico. El carácter alta- mente paradójico del objeto en el momento del apaciguamiento de la necesidad, el hecho de que el soporte del agente satisfac- tor de esta necesidad sea el mismo que el del agente de excita- ción sexual, complejiza este movimiento diferenciador gene- rando un externo-interno, objeto fuente, derivado de la estimu- lación sexual precoz a la cual el niño está expuesto por el hecho de hallarse sujetado por los cuidados de la práctica antinatural materna. Y en este sentido debemos hacer notar que, cuando incluimos los cuidados maternos entre las prácticas antinatu- r ales, no lo hacemos sólo en el sentido propuesto por Lacan (or- topedia narcisizante obturadora de la incompletud fetalizada de los orígenes), sino que lo hacemos en el sentido de conside- rarla entre todas aquellas prácticas capaces de cambiar la na- turaleza del objeto, de subvertir su armonía natural -la del instinto, en este caso--, a través de una acción modificadora. Al Lomar un objeto natural (la cría humana) y transformarla en un producto de cultura, un producto sexualizado, subvertido en

HU instinto, guiado a partir de esta inclusión seductora y trau- mática en un mrmdo regido por el placer-displacer, por el amor y el odio, el agente materno abre las vías de esta humanización on virtud de la cual, aun en sus fallas, en los productos oligofre- nizados de la psicosis infantil, se ve ya una producción cultural y facticia y no un ser natural constituido. ¿Cómo concebir entonces, sin aludir a la constitución mis- ma del sujeto psíquico, las transformaciones de la defensa a las n iales es constreñida la pulsión, verdadera mutación de su t lcstino; si conservamos la hipótesis del apuntalamiento y la si-

que la

ronstituye como objeto externo-interno perturbador excitante? Si bien señalábamos antes nuestra preocupación, en fun- ri6n de poner a trabajar la represión originaria, diciendo que

t. 11 a mos desprendida del orden vital en el movimiento

1 'lbmamos la propuesta de traducción de Jean Laplanche que señala que el 11 l 11 má n dispone de dos términos bastante cercanos, pero que posibilitan la 1lIHti nc ión entre lo interno y lo externo: Reiz, aludiendo al estímu lo externo, y /~1·r1•m.uig, al interno, cuy a traducción adecuada, ya en el campo pulsional mis- 11 10 , por ex citación, no s permit e ubicar el orden pulsional en décalage con el or- tl 11 11 v il a l.

esta no aparece en los textos freudianos sino como una necesi- dad teórica, la de ofrecer un fundamento lógico a la represión

secundaria -siendo una necesidad del sistema que lo secun- dariamente reprimido deba ser a la vez expulsado de la con- ciencia y atraído por el inconsciente, inconsciente originario que permitirá esta atracción- , hay nociones presentes en el conjunto de la obra que permiten cercarla: la fijación, la contra- carga y el traumatismo son las que escogemos para ello. En las páginas siguientes desarrollaremos estas ideas, con el objeto de hacer jugar esta preocupación sin duda comparti- da, aun cuando no resuelta, por Freud, cuando decía que si la represión no es un mecanismo de defensa presente desde los orígenes se podría adelantar la hipótesis de que «antes de esa etapa de la organización del alma los otros destinos de pulsión, como la transformación en lo contrario y la vuelta hacia la per- sona propia, tenían a su exclusivo cargo la tarea de la defensa

pulsionales». 2 El primero de estos procesos

contra las mociones

afecta a la meta, el segundo, al objeto, y están ligados entre sí hasta el punto de que es imposible describirlos por separado; ambos se estructuran en una gramaticalidad (aun cuando su carácter sea anterior al lenguaje como tal) en la cual el reflexi-

vo es el camino hacia la permutación entre el sujeto y el objeto (mirar - mirar-se - ser mirado), cuyas alternancias permiten al propio sujeto ser tomado como objeto. En «Pulsiones y destinos de pulsión» encontramos la expo- sición más extensa acerca de estos mecanismos. De los tres tiempos propuestos para la constitución del exhibicionismo:

mirar, como actividad dirigida sobre un objeto extraño; aban- dono del objeto y retorno de la Schaulust sobre una parte del cuerpo propio (mirar-se), e introducción de un nuevo sujeto pa- ra ser mirado por él, el primer tiempo no correspondería a la tendencia pulsional activa propiamente dicha ni a la perver- sión como tal: Freud designa con ello la función visual en tanto función autoconservadora. El origen de la pulsión corresponde- rá al segundo estadio, el del registro sexual del fantasma. 3 En el tercer tiempo, la introducción de un nuevo sujeto para ser mirado por él, plantea una dimensión diferente de la cuestión, a la cual atenderemos más adelante.

2 S. Freud, Metapsicología, en Obras completas, Buenos Aires: Amorrortu editores, vol. XIY, 1979, pág. 142 (las bastardillas son nuestras). 3 Para un desarrollo de este tema véase J . Laplanche, Vida y muerte en psi- coanálisis, BuenosAires:Amorrortu editores, 1973, y Gérard Bonnet, Voir-etre vu, París: PUF, 1981.

Detengámonos en el segundo tiempo, momento del «retorno sobre la persona propia», dejando el primer tiempo, que, como hemos dicho, corresponde al sujeto de la autoconservación (no hay pulsión escópica, el mirar no está al servicio de la sexuali- dad). Decir que el sujeto se mira a sí mismo no es suficiente. Es- to sería puramente descriptivo. Para el observador el sujeto se mira a sí mismo, pero, ¿quién mira a quién y desde dónde? Con- servando la línea que adoptamos, de un primer tiempo de la se- xualidad ligada al autoerotismo, objeto parcial de la pulsión parcial (segundo tiempo de los propuestos por Freud, ya que dejaremos de lado ese primer tiempo de la autoconservación, tiempo mítico del sujeto no sexuado), es esta pulsión parcial la que está en juego y sólo fenoménicamente hay un mirar-se que implique un sujeto imaginariamente unificado poseedor de una imagen completa de sí mismo, es decir, un yo que tome a su cargo la representación del sujeto psíquico. Esta primera esci- sión entre mirar (del primer tiempo) y mirar-se, del segundo, no se realiza por la línea que marcará la represión posterior- mente, escisión determinada por el conflicto intersistémico, Hino por un primer clivaje entre el sujeto de la autoconserva- ·ión y el sujeto sexuado, abarcando múltiples líneas que sólo ponen de manifiesto la fragmentación libidinal de este último. El ser mirado por otro -del tercer tiempo, si nos referimos a In propuesta de Freud; del segundo, si hablamos en el campo oxclusivo de la sexualidad- debe ser considerado, en nuestra opinión, como un efecto de la estructuración del yo narcisista, i:ualitativamente distinta de la anterior en la constitución del 11 pa rato psíquico. Puesto que la satisfacción es la meta necesaria y obligada 1lo la pulsión, ¿qué significaría hablar de una pulsión de fin pa- Mivo? ¿O tendremos que incluir en este caso al sujeto conside- l'lldo en su condición de contracarga, es decir, incluir la cons- 1iLución del yo para hacer inteligible este proceso que marca l w.; movimientos primarios de escisión del psiquismo inci- 11i o nte? lntentaremos poner a prueba nuestra hipótesis de trabajo, f1<1$rica y de consecuencias clínicas, de que la transformación en /11 1·ontrario y la vuelta sobre sí mismo, como mecanismos de de- /i •11 sa, s on mecanismos estructurantes del aparato psíquico, cu - \111 rtparición marca el primer tiempo de la represión originaria, 1;•¡lf'esión {undante de este aparato, y de la diferenciación entre /11 11 s is te mas inconsc iente y preconsciente-consciente.

Pondré a discusión, mediante un caso clínico, las hipótesis antes señaladas, para retomar posteriormente algunos proble- mas teóricos que de aquí se derivan.

Andrés: vicisitudes de la angustia, vicisitudes del sujeto

El motivo de consulta en relación con Andrés, cuando el ni- ño contaba seis años de edad, estuvo determinado por una fo-

bia de origen antiguo. Esta fobia, estereotipada y sin variacio- nes, aparecía desde que tenía tres años adherida a una misma representación, Drácula, y le producía intensos sufrimientos. En los últimos tiempos (y esta fue la razón de que los padres decidieran pedir ayuda profesional), las crisis de angustia se habían intensificado de tal manera que, en su desesperación, Andrés se arrancaba los cabellos y tenía episodios de insomnio que duraban hasta altas horas de la madrugada. Tal sintoma- tología se acompañaba de una conducta supersegura durante

el día, oposicionismo y actitudes incontrolables, berrinches fre-

cuentes y una dificultad marcada para tolerar el no del adulto. Había, en relación con ello, cierta complacencia narcisista por parte del padre, quien hacía la descripción combinando gestos de horror y risas, diciendo: «¡Fíjese, las cosas que es capaz de hacer!». La actitud omnipotente diurna era la contraparte de una marcada dependencia nocturna, que llegaba al punto de que no podía ir solo al baño y su padre tenía que acompañarlo. Extre- madamente exigente, señalaba la madre refiriéndose a An- drés: «Siempre habla de lo que le falta, nunca de lo que tiene»,

a lo cual agregaba el padre: «Aunque lo amenazamos, nunca cumplirnos las amenazas. Yo creo que él sabe que no podemos limitarlo». Buen alumno, de apariencia fisica muy bella, el niño podía ser descripto como el hijo consentido de una familia de buenos recursos económicos, como el depositario del narcisismo paren- tal. Pero en los últimos tiempos tanto su conducta diurna como su fobia nocturna habían transformado en un verdadero infier- no la situación familiar, qué los padres se encontraban impo- tentes para mejorar. La vida de todos giraba alrededor de esta situación y, en mi opinión, hubiera sido de una simpleza extre- ma interpretar esto como el quid de la cuestión. Si bien el ben e-

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ficio secundario que obtenía, a costa de intensos sufrimientos, era para tener en cuenta, no explicaba bajo ningún concepto ni la estructura psíquica a la cual me enfrentaba yo en el momen- to de la consulta, ni la especificidad sintomática que en ella se enraizaba.

La historia de Andrés

Los padres se casaron siendo muy jóvenes, después de un noviazgo de tres años, y un año y medio más tarde nació An- drés, cuando la madre tenía diecinueve años y el padre veinti- cinco. En la mitad del noviazgo murió el padre de la madre, del cual tomaron el nombre para el niño. El parto, previsto para mediados de julio, se adelantó veinte días, coincidiendo con el tercer aniversario de la muerte del abuelo. La familia festejó el nacimiento de Andrés diciendo que «había vuelto a nacer mi papá» (palabras de la madre). El desarrollo del niño durante los primeros tiempos fue nor- mal, sin datos significativos, salvo algunas dificultades en la lactancia debidas a que a la madre le era incómodo darle el pe- cho y pasó rápidamente a la alimentación artificial. Pese a ello, 1niño se adaptó pronto al biberón, comiendo con entusiasmo y numentando de peso rápidamente.

A los nueve meses, cuando le salió el primer diente, comen- zaron los trastornos: tuvo diarreas y vómitos a repetición, llan- Lo continuo y algunos trastornos del sueño: se despertaba tres o ·uatro veces por la noche pidiendo «jugo» y, simultáneamente, rechazó la leche abandonando su ingestión por completo. Estos

se mantuvieron hasta los dos años, cuando completó

lu dentición. Pese a ello, durante todo este período, el desarrollo tanto intelectual como motor del niño fue excelente. A los nue- vo meses comenzó a pararse y a los once ya caminaba. Al año y

I rastornos

rn edio hablaba perfectamente y conocía los colores. Antes de los (los años y medio sabía las letras y los números. A raíz de estos conocimientos precoces, el padre, entre complacido y molesto, decía a la madre que lo exhibía: «Este niño es tu circo». Las cosas se desenvolvían a tal punto alrededor de Andrés, que la madre relata que le preguntaron a él si quería tener un l1o rmanito, y únicamente cuando el niño accedió tomaron la 1Incisión de tener un nuevo hijo. «Yo estaba tan feliz con el niño qu o n o hubiera necesitado otro hijo», comenta la madre. «En 1•111dida d, nos decidimos porque pensamos que él necesitaba

compañía», agrega el padre. De esta manera, a los dos años y once meses de edad de Andrés la madre quedó embarazada, y tuvo una niña que nació cuando su hermano contaba ya tres años y ocho meses de edad. Por esta época comenzaron nuevamente los trastornos. Al tercer mes de embarazo materno, el niño se levantó una noche, angustiado: quería asegurarse de que los padres lo veían mien-

tras dormía. Fue en ese momento cuando empezó a exigir que demostraran que lo veían, para lo cual el padre se levantaba reiteradamente y, cada vez que iba a su habitación, le ponía un cochecito sobre la almohada: a la mañana siguiente el niño los contaba, y así fue como llegó a contar nueve o diez cochecitos. Simultáneamente, reapareció el pedido de <~ugo», que había desaparecido a los dos años. Luego del nacimiento de su hermana, cuando Andrés tenía tres años y nueve meses, un amiguito le habló por primera vez de Drácula. Es en ese momento cuando se cristalizó la fobia cu-

ya existencia llevaría posteriormente a los padres a solicitar

una consulta psicoanalítica.

Otros datos recogidos en las primeras entrevistas y sesiones de tratamiento

Desde la primera entrevista que realicé me llamó la aten- ción el hecho de que en momentos en que Andrés se angustiaba hacía un movimiento con la lengua y los labios (la lengua era sacada varias veces humedeciendo los labios, pero sin salir ma- nifiestamente). En esta primera entrevista, en la cual el niño habló largamente de su miedo, el movimiento que señalo apa- reció repetidamente. Me relató un sueño en el cual él se en- cuentra de repente rodeado de Dráculas; está en un lugar ex- traño, luego van todos a su casa y, cuando se sacan la másca- «¿qué crees?-dice-, ¡son mis papás!». El sueño se había repetido varias veces en otras épocas, no pudiendo precisar cuándo. En la segunda entrevista dice: «A mi hermanita no le dieron leche porque yo me enfermé del pecho>>. «Cuando yo fui a ver a

mi mamá (a la maternidad), mi papá me ofreció llevarme a co-

mer hamburguesas y luego no me llevó». «Tomé mamadera

hasta los cuatro (años), después, a la basura» (hace el gesto y se

» (nos-

ríe). «Y después tiré el chupete

tálgico). «Todavía me chupo el dedo, a veces

Me gustaba mucho

».

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Le digo: «¿Sabes por qué Drácula tiene los colmillos a los la- dos? Porque si los tuviera en el centro no podría chuparse el de- do» (hago el gesto). Se pone colorado y ríe. Dice: «El dE;Jdo sabe a helado de vainilla». «Estos dedos me los comÍ» (dobla tres de- dos: el meñique, el anular y el mayor) «y me quedan otros»: se- ñala el pulgar, que introduce en la boca, y el índice, con el cual se cubre la nariz.4 Respecto de los datos aportados por el niño, la madre corro- bora posteriormente que no le dio pecho a la hermanita porque, guiándose por la lactancia de Andrés -que fue muy displacen- tera para ella- , decidió no amamantar a la pequeña. Señala también que a aquel lo amamantó sólo quince días, porque no podía soportar la molestia que esto le ocasionaba: «La leche que chorreaba me daba asco», dice. «Era yo la que se enfermaba de los pechos, no él», agrega. Es interesante observar en primer lugar cómo los datos, tanto los aportados por la madre como los que brinda el niño, pueden ser ubicados en un doble corte abarcando tres planos distintos: por un lado, el acontecimiento, el real vivido, campo común compartido por ambos: el hecho de que la hermanita de Andrés no fue amamantada. Por otro lado, la forma en que este acontecimiento se engarza en los fantasmas maternos (su pro- pio asco a los pechos «chorreantes »). Y, en un tercer plano, la forma en que el recuerdo «Se fija» en el niño, ligado a sus pro- pias vicisitudes pulsionales (hay una inversión sujeto-objeto en relación con la madre, es él quien se enfermó del pecho -inver- sión posiblemente ligada al momento constitutivo de la sub- jetividad en el cual el acontecimiento fue inscripto--, y una mo- dificación relacionada con la elaboración secundaria: no son los pechos enfermos de la madre, sino el pecho del niño el que que- da colocado en posición significante en relación con la orali- dad). Podemos decir que cuando la hermanita nace, Andrés es- tá en un momento de su constitución de pasaje de la tópica in- tersubjetiva ligada a la especularidad, a una triangulación que ha abierto las posibilidades de instauración de la represión ori-

4 Esta forma de los niños de chuparse el dedo es totalmente distinta de una 8imple succión, ya que reproduce en el mismo movimiento el pezón que se in- t roduce en la boca y el pecho que cubre la nariz en la lactancia, al mismo tiem- po que es acompañada de una respiración fatigosa. Esta clase de r.hupeteo au - toerótico -que se presenta, por lo general, tardíamente- tiene que ser ex- plorada con atención, puesto que guarda adherencias simbióticas al objeto materno, diferentes del chupeteo como placer de órgano adherido al pecho fan- tns mático.

ginaria. El sujeto y el objeto intercambiables en la tópica inter- subjetiva han pasado fantasmatizadamente al inconsciente y la represión ha efectuado un sepultamiento de estas inscripcio- nes relacionadas con las frustraciones orales arcaicas, permi- tiendo la aparición en el preconsciente, en el sujeto de la con- tracarga, de la asunción del rol activo en relación con lo vivido pasivamente. Podemos señalar también cómo este recuerdo encubridor realiza en un doble movimiento el deseo de, por un lado, privar de leche a la hermana rival y, por el otro, de identi- ficar al sujeto con el objeto, incorporándolo en sí mismo. Sin embargo, la ambivalencia de esta identificación no deja sin castigo al sujeto usurpador, tal como Freud lo señaló para algu- nos modelos de la identificación histérica. Podríamos graficar de la siguiente manera esta significa- ción de lo real vivido:

Madre

Explicación racionalizante

Fantasmas relacionados con 1 su propia oralidad

Acontecimiento

1

Niño

Recuerdo encubridor

Fantasmas relacionados su propia oralidad

co n

Constitución de los tiempos de la fobia en Andrés

He señalado en otros trabajos que en el momento de aproxi- mación a una problemática clínica en la infancia nos enfrenta- mos no sólo al abordaje de los fantasmas inconscientes (como Melanie Klein lo propone), sino, fundamentalmente, a la ubi- cación precisa del estatuto metapsicológico de estos fantasmas, así como a su constitución histórica, considerando tanto los ele- mentos intrasubjetivos como el momento de estructuración de este aparato en el marco de la tópica intersubjetiva, es decir, en el seno de la estructura edípica.

Tomando los parámetros señalados en el primer capítulo: 1) el modelo del aparato psíquico y su constitución; 2) la ubicación del paciente en la estructura edípica y el tiempo (en el sentido propuesto por Lacan) de esta inserción, y 3) las determinacio- nes de la historia singular (en su carácter significante y plan- teando las correlaciones entre el movimiento sintomático y el traumatismo), ¿cuáles son los movimientos constitutivos, los diversos jalones que pueden ser analizados en los tiempos es- tructurantes del psiquismo de Andrés? Evidentemente, en el momento en que el paciente se pre- sentó a la consulta me encontraba frente a un niño que había sufrido ya los efectos de la represión: la estructuración de una fobia, con los consiguientes mecanismos de condensación y des- plazamiento, la constitución de recuerdos encubridores y el manejo tanto del lenguaje como de la lógica del proceso secun- dario no dejaban lugar a dudas sobre este punto. Sin embargo, la intención de trabajar no sólo el diagnóstico del nudo patógeno, sino la interpretación, ya en el plano del tratamiento mismo, con intención simbolizante, requiere una exploración de los movimientos constitutivos del cuadro actual que permitirá intervenir luego en el proceso terapéutico ligan- do la fantasmatización a la historia. En el caso de Andrés, en- tre los nueve meses, momento en el cual aparece la angustia di- fusa que produce el sueño intranquilo y la primera sintomato- logía a nivel corporal (diarrea, vómitos), así como el rechazo de la leche, y los tres años y siete meses, momento de constitución de la fobia (momento máximo de simbolización, de ligazón a un contenido angustiante representacional), ¿cuáles son estos tiempos de estructuración? y, por otra parte, ¿por qué el incre- mento de angustia aparecida pocos meses antes de iniciar el

tratamiento?5

5 En realidad, esta última pregunta, como ocurre siempre con las incógnitas en un diagnóstico, sólo pudo ser respondida a lo largo del tratami ento. Un día ele tormenta, estimulado por el ruido de la lluvi a, que en el interior del consul- to rio producía una sensación de intimidad y seguridad, Andrés «me confesó» que pocos meses antes de iniciar sus consultas -es decir, en el momento en que las crisis de angustia se hicieron intolerables- había tenido una serie de juegos sexuales con un par de niños amigos (hermanitos entre sí, niño y niña). El h ab ía sido el espectador pasivo de esos juegos -en tanto voyeur, no menos

y se sentía horrorizado y complacido por el espectáculo que relataba,

inv irtiendo en la sesión su rol al transformarme a mí, mediante una reduplica- ción especul ar, en espoctndora pasiva de sus relatos eróticos.

nc tivo-,

Tiempos de constitución de la fobia

a. Nueve meses: dentición y comienzo de la deambula-

ción. Trastornos: sueño intranquilo, rechazo de la leche y abandono de su ingestión, diarreas y vómitos a repetición. Pedido nocturno del <~ugo».

b. Tres años y dos meses: embarazo materno.

Trastornos: pedido a los padres de que lo vean mien- tras duerme, reaparición del pedido de «jugo» que había de- saparecido a los dos años.

c. Tres afíos y nueve meses: nacimiento de la hermana, lactancia artificial de esta. Síntoma: constitución de la fobia a Drácula.

Hemos diferenciado entre trastornos y síntoma para marcar el carácter absolutamente novedoso de este último, que presen- ta ya las características, como dijimos antes, de una formación del inconsciente. A su vez, hemos incluido en los acontecimien- tos precipitantes del síntoma tanto el nacimiento de la herma- na como las características particulares de la lactancia de esta, tomando en cuenta el material recogido en las entrevistas y ex- puesto anteriormente. Por supuesto, esta elección nos llevará a poner en discusión el concepto de traumatismo con el cual nos estamos manejando.

Interpretación de los movimientos estructurantes del sujeto

a. ¿Cómo considerar, en el primer tiempo, el rechazo de la leche? Señalemos, en primer lugar, que la leche que rechaza Andrés ya está desgajada de la leche originaria. El ha sido pri- vado del pecho quince días después de su nacimiento; la leche que recibió a partir de ese momento es un desplazamiento de la leche originaria: no sólo hay una metonimización en la cual el pecho -objeto de la pulsión sexual- metaforiza la leche -ob- jeto de la necesidad, de la autoconservación-, sino también un desplazamiento a partir de lo real que requiere reubicaciones estructurales en el niño. En el momento en que Andrés rechaza la alimentación pri- mordial, algo viene a «atacarlo» a partir de su propio cuerpo. Los dientes, irrumpiendo como objetos cortantes en la encía,

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toman a su cargo la constitución de un primer fantasma (aún no reprimido) que condensa en un movimiento originario al ob- jeto atacante como objeto-fuente pulsional externo-interno. De allí que Andrés rehúse ingerir (en lo real) la leche que lo ataca reactivando sus propias frustraciones orales. Algo que duele la- cerantemente en la zona oral y de lo cual sólo puede defenderse mediante un clivaje en un objeto apaciguante: «el jugo». El abandono de la ingestión marca el primer tiempo de este movi- miento en el cual el objeto y el sujeto están fusionados, pero no en el sentido del narcisismo, no en tanto yo-no yo simbióticos, sino en el orden de la pulsión parcial que toma sincrética una parte del cuerpo del sujeto con el objeto de dicha pulsión, en un fantasma constituyente. Primer tiempo traumático de la sexualidad: algo se instala en el sujeto mismo; algo es «atacante», aun cuando las defensas requieran todavía un movimiento de fuga «en lo real». Hay de- rivaciones corporales en este primer movimiento: diarreas, vó- mitos, la expulsión de aquello que perturba es realizada por orificios corporales. No se presentan aún movimientos defensi- vos que posibiliten la utilización de defensas psíquicas más ela- boradas.

b. El segundo movimiento que encontramos marca un salto

cualitativo en la constitución del psiquismo de Andrés. El niño busca alguien que lo mire por las noches, que dé señales de su presencia para sentirse en condiciones de contener la angustia que lo embarga. Este segundo tiempo es concomitante al emba-

triangulación, el her-

ra zo materno. Ha aparecido un esbozo de

manito está presente desde el vientre de la madre. El niño re- quiere de un adulto que ayude a controlar --durante el sueño, j ustamente durante la emergencia de lo incontrolable-- aque-

ll o que se convierte en amenazante. Ha variado el motivo de la angustia y el orden de la defensa. Ya no es algo que se produce sólo apuntalado en el cuerpo, liga- do a las series placer-displacer de la zona erógena, sino algo del orden de la simbolización amorosa. Andrés ha sido expulsado

del universo materno, su madre está dedicada a cuidar y espe- rar a un tercero, a un rival que lo saca de su posición de privile- ~io.¿Qué es lo traumático en este caso? El ha sido informado de que va a tener un hermanito. Hermanito que, según dicen los pndres, nace para complacerlo. Frente a la situación de expul- HÍÓn de la cual ha sido objeto, la simbolización que aquellos

o fr ecen aparece como un movimiento inacabado, insuficiente y,

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podríamos decir, de características negativas. Hay en Andrés una demanda de simbolización no satisfecha que lo deja libra- do a sus fantasmas más arcaicos. Si su omnipotencia es tal -y luego volveremos sobre esto- que puede decidir sobre la vida, también puede decidir sobre la muerte. Las fantasías mortífe- ras son posibles tanto como lo son sus propios fantasmas pul- sionales desbocados y librados a su propio movimiento. Por eso necesita de la mirada del otro, no sólo como una prueba de amor, sino también como algo que controle y supervise lo que no alcanza a hacer su propia estructura defensiva por sí mis- ma. Los cochecitos, metonimia del padre, de la función protec- tora paterna, deben ser dejados sobre la almohada, cerca de su cabeza, para que indiquen que no ha quedado librado a sí mis- mo. Un sí mismo que le es extraño y que lo somete a las angus- tias más intensas. Un sí mismo que es ya un otro, un ello. Sin embargo, esto no basta, y Andrés retorna a la ingestión del jugo -metonimia del primer objeto de la pulsión oral- reactuali- zando los movimientos defensivos arcaicos -<le clivaje-- que le habían permitido enfrentar los primeros momentos traumá- ticos. Estamos, en este segundo tiempo, en el momento de la rup- tura del narcisismo entendido como zona de constitución del yo en relación con la identificación primaria. Entre el primer tiempo, el de la dentición y la constitución de los primeros índi- ces de angustia, y este segundo tiempo, de separación de lama- dre e instauración del tercero, el yo ha pasado por su estructu- ración narcisista y, en su desgajamiento de la tópica intersubje- tiva, abre el camino hacia el tercer movimiento, el de la instala- ción de la fobia. De ahí que requiera todavía del otro adulto real para defenderse de lo atacante. Sólo cuando, desprendido defi- nitivamente del otro, del semejante, pueda funcionar como ins- tancia intrapsíquica, podrá estructurarse la defensa que da origen a la constitución del síntoma neurótico, de la verdadera «fobia», mediante la proyección.

c. El tercer tiempo ya ha barrido decididamente con los re- manentes anteriores. Es el de la simbolización mayor, el de la constitución de un significante referencial externo que permite el pasaje al miedo. Estamos en plena relación de la angustia con su objeto. Ya no hay indeterminación del peligro, ya esta- mos en el orden de la represión y de la racionalidad del proceso secundario. Andrés no está «loco», teme algo que es comprensi- ble en el mundo de significaciones en que cualquier ser huma-

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no se maneja. Ha encontrado, por fin, una representación pri- vilegiada alrededor de la cual organizar su angustia. Hay «an- gustia señal», en el sentido freudiano, aunque esta angustia no remite directamente a la castración sino a la devoración, debi- do a que la impronta, el lenguaje pulsional privilegiado en este niño, hace que todo peligro «genital», toda angustia de castra- ción fálica, sea remitido a angustias orales. La castración no está ausente en el momento en que Andrés empieza su trata- miento; sin embargo, es significada como devoración. La lactancia artificial de la hermanita se convierte en un significante que puede reactualizar sus propias frustraciones orales. 6 La importancia de este acontecimiento en su carácter significante, de esto real visto (vivido en tanto se engrama en su inconsciente), es señalado por Andrés mismo cuando relata, uno a continuación de otro, los dos elementos pregnantes del nacimiento de su hermana: el hecho de que ella no recibió el pe- cho materno, por un lado, y el de que el padre le mintió, le pro- metió llevarlo a comer hamburguesas y nunca le cumplió. Por supuesto que la mentira del padre es algo más abarcativo, en el marco del Edipo, que las hamburguesas a las cuales queda fija- do el discurso. Sin embargo, aun cuando evidentemente se abre por ahí una vertiente para pensar el engaño en el marco de la caída narcisista cie haberse sentido hasta ese momento único ob- jeto de amor, no puede descuidarse la vía propuesta por el pa- ciente mismo, es decir, la fantasmatización oral del desengaño amoroso, si lo que queremos, adoptando una postura verdade- ramente psicoanalítica, es ser consecuentes con la línea que la libre asociación nos propone.

Permutaciones activo-pasivo en los clivajes del aparato incipiente

Hemos señalado el primer tiempo de constitución de esta fo- bia como un tiempo traumático que desemboca en fantasmas pulsionales que no poseen aún estatuto metapsicológico preci-

6 Utilizamos «frustración»en el sentido propuesto por Lacan: daño imagina- rio s ufrido en relación con la falta de un objeto real, en cuyo caso e!' del dominio do la reivindicación, de las exigencias desenfrenadas, sin posibilidad de satisfac- ción. Recordemos el carácter perentorio que adquiere la demanda en Andrés (: 11 o ndo l a madr e di ce «s ie mpr e habla de lo que le falta, nunca de lo que tiene».

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so. En este primer tiempo no se puede hablar de clivaje en el sentido tópico del término. No hay aún sistemas en conflicto enfrentados, es el «retorno sobre la persona propia» por parte de la pulsión, el hecho de que esta se instaure como interno-ex- terno atacante para el sujeto, lo que constituye este primer tiempo. Desde esta perspectiva, estamos frente al «retorno so- bre la persona propia», al cual Freud se refiere en tanto meca- nismo anterior a la represión originaria. Pero, ¿cómo situar la «transformación en lo contrario» que Freud presenta tanto como una transmutación del contenido (del amor en odio), cuanto del fin (de activo en pasivo)? En el capítulo II de Más allá del principio de placer encon- tramos, en los orígenes del juego (con el famoso ejemplo del ca- rretel), el intento del niño por resolver mediante la repetición de una misma acción (aparición y desaparición del carretel en el juego fort-da) la transformación de una situación pasiva, por la cual ha sido afectado, en una situación activa, no obstante el displacer que esta acción debería producir. La pregunta que Freud formula es la siguiente: «¿Puede el esfuerzo (Drang) de procesar psíquicamente algo impresionante, de apoderarse en- teramente de eso, exteriorizarse de manera primaria e inde- pendiente del principio de placer? Como quiera que sea , si en el caso examinado ese esfuerzo repitió en el juego una impresión desagradable, ello se debió únicamente a que la repetición iba conectada a una ganancia de placer de otra índole, pero direc- ta».7 Y agrega en el capítulo III: «Empero, ya hemos considera- do esta clase de displacer: no contradice al principio de placer, es displacer para un sistema y, al mismo tiempo, satisfacción para el otro. Pero el hecho nuevo y asombroso que ahora debe- mos describir es que la compulsión de repetición devuelve tam- bién vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer, que tampoco en aquel momento pudieron ser satisfac- ciones, ni siquiera de las mociones pulsionales reprimidas des- de entonces». 8 El ejemplo del carretel es un paradigma de la transforma- ción de pasivo en activo. Sin embargo, no es el primer tiempo de constitución del sujeto psíquico, y menos aún de la sexualidad. La polaridad pasivo-activo es uno de los principios funda- mentales de la vida psíquica y, tomada en su conjunto, podría

7 S. Freud, Má s allá d el principio de placer, en Obras completas, op. cit., vol. XVIII, 1979, pág. 16. 8 lbid., pág. 20.

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ser anterior a las oposiciones posteriores a las cuales se inte- grará: fálico-castrado y masculino-femenino. ¿Cómo situar, en- tonces, con relación a la tópica psíquica y a su constitución, es- tos momentos de activo-pasivo que encontramos en las oposi- ciones anteriores? Hemos definido como primer tiempo de la sexualidad el «re- torno sobre la persona propia»; momento en el cual la pulsión se instaura en el sujeto psíquico y a partir del cual se produce la Schaulust que torna a esta objeto interno-externo atacante. ¿Qué es activo y qué es pasivo en este movimiento? El hecho de que la pulsión se inscriba en tanto objeto extraño atacante es efecto de la sexualización precoz a la cual el niño es sometido. Si el primero de los tiempos descriptos por Freud es mirar, esta actividad ligada al orden vital, a la autoconservación, se engra- ma en la pasividad sexualizante que somete a la cría humana a los cuidados seductores de la madre. Es así como en los oríge- nes de la vida, en ese primer tiempo que no es sexual en el su- jeto, el movimiento puede ser descripto en los términos si- guientes:

Madre

(Sexualmente activa)

·

Niño Activo en la búsqueda de

la autoconservación (Sexualmente pasivo)

Es decir, madre: sujeto de la sexualidad; hijo: sometido a la sexualidad materna. En ese primer tiempo que Freud define como primero (mi- rar), pero que podemos considerar como externo a la sexuali- dad en el sujeto, el niño es objeto de la seducción materna, ya que cuando va activamente en búsqueda de la satisfacción de la necesidad se encuentra con la intromisión de la sexualidad por parte del semejante. En el segundo tiempo, el de la constitución de la pulsión, lo xterno sexual materno se inscribe en tanto interno-externo xcitante, y la pulsión es activa frente a un sujeto que es objeto pasivo de un primer núcleo activo sexual excitante. La vuelta Hobre la persona propia se transforma entonces en un primer livaje entre el sujeto de la autoconservación y el de la pulsión Hcxual, al mismo tiempo que el objeto se diva en excitante-apa- :iguante (recordemos la dicotomía leche-jugo que presenta An- drés ); clivaje entre el objeto bueno y el malo, en el lenguaje de Mclanie Klein; es la madre excitante-mala la que aparece en

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múltiples fragmentos parciales de objetos internos atacantes. Este es verdaderamente el tiempo de la constitución de la pul- sión sexual de muerte. Como vemos, todo pasa en el «interior del psiquismo» indife- renciado desde el punto de vista tópico, cuyo primer núcleo se ha escindido hacia el orden de la sexualidad, de la pulsión. Este movimiento puede ser ilustrado, pues, de la siguiente manera:

Sujeto pasivo (atacado por lo interno-externo) de la sexualidad

Objeto clivado (excitante y apaciguante)

En el tercer tiempo, pasivo y activo aparecen situados con relación a la tópica psíquica. La constitución del yo plantea un equilibrio intersistémico entre lo pasivo y lo activo. La repre- sión originaria se constituye separando definitivamente al yo del ello (según la segunda tópica), y separando al inconsciente del preconsciente-consciente (de acuerdo con la primera tó- pica). En virtud de lo que precede, lo activo y lo pasivo queda- rán a cargo de la tópica psíquica, y lo que es pasivo en un siste- ma devendrá activo en el otro. Los fantasmas entrarán en jue- go en este movimiento, dando lugar, a partir de la represión, a la proyección: un representante externo (Drácula) se ofrece a Andrés y en él queda depositada la actividad de la pulsión oral de succión, mientras que él (sujeto del yo), se constituye como víctima pasiva del ataque. En este tercer tiempo, el conflicto entre el ello y el yo entra en juego por la línea de la escisión que marca la represión originaria, al tiempo que el deseo se pro- yecta hacia el otro atacante. Podemos ilustrarlo del siguiente modo:

Yo (de la defensa) activo en la defensa, pasivo en la sexualidad

Ello (pulsión de succión) activo-atacante

Representación

simbólica (activa)

proyectada

El conflicto es intersistémico: el yo, activo en la defensa, en- tra en juego en el lugar del desconocimiento (en el lenguaje de Lacan). El ello atacante, ligado a la sexualidad reprimida, im- pone al sujeto movimientos defensivos que lo enfrentan (por una inversión adentro-afuera) a las representaciones angus-

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tiantes proyectadas. Estas representaciones que aparecen a partir de lo real son efecto de la condensación y el desplaza- miento de la transmutación de lo deseado en temido. En este tercer tiempo, definido por la constitución de la re- presión originaria, lo activo y lo pasivo no son ya cualidades di- ferenciales del sujeto y del objeto, sino que están definidas por la escisión del sujeto mismo.A raíz de esto, justamente, señala- mos el carácter activo del inconsciente -cuya legalidad tiende a la emergencia de lo reprimido, al avance permanente hacia el preconsciente a la vez que al atrapamiento de las representa- ciones provenientes de este último- en relación al yo atacado (pasivizado por el deseo), defensivo.

El problema de la transformación de lo activo en pasivo y de lo pasivo en activo debe ser replanteado hoy en el orden de las relaciones entre la estructura edípica y el sujeto que en ella se inserta. Como lo hemos señalado anteriormente, el niño, objeto pasivo de la seducción materna, solamente puede llegar a in- corporar esto activo-excitante en el orden que contiene los ele- mentos discretos constitutivos del inconsciente. En el caso de Andrés, en el momento en que rechaza la leche -leche rechazada por la propia madre en los orígenes de la vida- no es evidentemente de un objeto exterior atacante de lo cual el niño se defiende, sino de algo externo-interno excitante que se ha convertido en el primer tiempo de un fantasma pul- sional cuyo destino será reprimido más tarde. La inversión, el pasaje a la actividad, no es un correlato directo, en el nivel me- tapsicológico, de la agresión vivida pasivamente. 9 Si la agre-

9 El mecanismo de «identificación con el agresor» propuesto por Anna Freud en su texto El yo y los mecanismos de defensa es una consecuencia lógica de Ja concepción que esta autora tiene de la constitución del psiquismo infantil. Siendo el yo un organismo que debe defenderse del peligro exterior, y definido este en el nivel de la adaptación, la identificación con el agresor es el efecto de un proceso del psiquismo que se propone obtener defensas más adecuadas y eficaces frente a la indefensión natural del niño. Considerada la madre como agente satisfactor de necesidad, es evidente que en su papel de yo auxiliar es la única coraza protectora de que dispone el bebé frente al daño que le pueden infligir los traumas que afectan su yo. Evidentemente, en la concepción de Arma Freud no es la sexualidad materna Jo traumático; es en el carácter insatisfactorio en el nivel del apaciguamiento de la necesidad donde se sitúa la fo ll a de la función materna. Desgajada del campo de Ja sexualidad, Ja agresivi- dad funciona en tanto concepto que actúa simultáneamente en diversos cam- pos: agresión fisica, crítica de los adultos, frustración real del objeto, engen- dra ndo a partir de ello un miedo real en la infancia, que requiere de este meca-

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sión se inscribe en forma fantasmática, lo es en tanto sexuali- zada, es decir, en tanto efecto de la seducción traumática. Hay una verdadera transmutación en la cual el objeto atacante

- siendo interno-- es un verdadero collage de lo real vivido con

el objeto libidinal (como lo muestra el gráfico que expusimos para mostrar la relación entre los fantasmas maternos y los fantasmas infantiles). Podemos imaginar ese primer fantasma boca-pezón-leche- dientes cortantes, dolorosos, atacantes, frente al cual Andrés permanece inerte, mordido y desgarrado por una parte de sí mismo que se ha vuelto sobre la persona propia. Sólo desde el punto de vista fenomenológico se puede hablar de una identifi- cación con el agresor, a partir del hecho de que Andrés invierte lo que ha vivido pasivamente (el rechazo de la madre a darle leche, al rechazo a ingerir esta última). Pero la leche que recha- za Andrés no es la leche de la autoconservación, es la leche fan- tasmática de la pulsión oral excitante, a partir de que la leche de la cual la madre lo privó no fue la leche de la alimentación sino su propio objeto pecho. Leche que, como diría Melanie Klein, conserva los restos del pecho despedazado, de los dientes cortantes (del objeto y del sujeto), leche que debe ser cuidadosa- mente diferenciada -clivada- del jugo apaciguante que pro- tege. Hemos definido dos tiempos anteriores a la constitución del síntoma en Andrés, y lo hemos hecho entendiendo que se manifestaban en trastornos pre-sintomales. El primer tiempo, traumático, desemboca en fantasmas pulsionales que no tie- nen aún estatuto metapsicológico preciso; el segundo tiempo está ligado a la constitución del yo y a la instauración de la re- presión. En esta dirección se abren a su vez dos movimientos estructurantes de la defensa: un primer tiempo, de «vuelta so- bre la persona propia», de instalación del objeto-fuente atacan- te contra el cual actúan los mecanismos arcaicos: clivaje, expul- sión en el nivel corporal, llantos, rechazo de incorporar el objeto fantasmatizado. Un segundo tiempo, de búsqueda del otro amado que proteja contra la angustia a la cual queda sometido el sujeto cuando permanece solo frente al ataque pulsional. La constitución del yo marca el sentido de la frase: «puede pasar-

nismo de identificación con el agresor para «transformar la angustia en una seguridad agradable •>, o sea , confort en el mundo definido por sus características hostiles que amenazan la seguridad del organismo. (Véase al respecto, de esta autora, Neurosis y sintomatología en la infanci.a, Buenos Aires: Paidós , 1977.)

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me algo». Y estos dos tiempos culminan en un tercero, verda- dero movimiento estructurante de la represión, que da lugar a la proyección y a la organización del síntoma: encuentro con una representación privilegiada capaz de tomar a su cargo la angustia en forma simbolizante; síntoma que podríamos consi- derar ya en estricto sentido psicoanalítico, como formación del inconsciente. Si hacemos entrar en juego la historicidad de la represión originaria, el carácter estructurante que posee esta en relación con el aparato psíquico porque funda la distinción entre los sis- temas inconsciente y preconsciente-consciente, nos ubicamos en el orden de una perspectiva teórica que considera esta reali- dad históricamente constituida como diferente de los constitu- yentes que la determinan, con los cuales está en correlación metabólica, pero de la cual no es un simple «reflejo».

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~

4. Notas sobre la memoria y la curiosidad intelectual

Funes o el desgarramiento de la memoria

Borges creó un personaje víctima de la memoria. Su per- cepción se ha agudizado a tal grado que es descripto así: «Noso- tros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del trein- ta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía comparar- las en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen vi- sual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc.

(

bía dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo.

Y también: Mis sueños son como la vigilia de ustedes. Y tam-

bién, 4acia el alba: Mi memoria, señor, es como vaciadero de ba- sura». Paralizado en la cama, Funes no sale nunca de la habi- tación en la que ha sido recluido. No se mueve del catre, pues- tos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permite que lo saquen a la ventana. Puede pasar horas con los ojos entrecerrados o contemplando un gajo de santonina.

La narración se transforma, paulatinamente, en un episo- dio de horror; hay algo monstruoso, repulsivo, en el encuentro con este hombre que tiene alteradas las condiciones del olvido:

«Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) un idioma imposi- ble en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasia-

do general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recor-

daba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir

)Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no ha-

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cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuer- dos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos conside- raciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la con- ciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la ni- ñez». El personaje ha ideado también un sistema original de nu- meración. Transforma cada cifra en una palabra concreta, refe- rencial: «Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El ferrocarril; otros números eran Luis Melián La-

) En lugar de quinientos, decía nueve. Cada

) Yo

palabra tenía un signo particular, una especie de

traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era pre- cisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco uni- dades; análisis que no existe en los "números" El Negro Timo- teo o Manta de carne. Funes no me entendió o no quiso enten- derme. »Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero reve- lan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Este, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba com- prender que el símbolo genérico perro abarcara tantos indivi- duos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molesta-

ba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de fren- te). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorpren-

) Era el solitario y lúcido espectador de un

mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente im- preciso». Y concluye: «Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el fran- cés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es genera- lizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos». La memoria no se presenta, en el personaje ideado por Bor- gcs, como una condición del pensamiento, es decir, como una

finur, Olimar

dían cada vez

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condición del simbolismo organizado. Un mundo puntual no requiere el sistema ordenador de la numeración. No hay placer en Funes, víctima de su propia percepción que, sin selección, lo transforma en «el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente impreciso». Su memoria es un vaciadero de basura, los desechos de objetos penetran en ella y se fijan sin que el personaje pueda seleccio- nar aquello que realmente quiere incorporar. La riqueza de la cualidad sensorial no define en ningún momento una «Cuali-

dad significante», las palabras se intercambian con los objetos,

y estos con los números. El concepto no logra una fijación en el sistema y el pensamiento circula abrochado a la cualidad sen- sorial y referencial. El texto es una metáfora sobre el insomnio, dice Borges en

el prólogo que escribió para Ficciones. La duermevela, propicia

a todos los delirios, a la circulación vertiginosa de imágenes y significantes, marca en Funes ese estar a mitad de camino en- tre la imagen y el lenguaje. La larga introducción acerca de un hombre que no puede ol- vidar, nos permitirá, tal vez, introducirnos en los vericuetos del psiquismo de un niño que, aparentemente, no puede recordar. Memoria y olvido van juntos. Si se olvida en exceso, si se re- cuerda sin discriminación, las condiciones del pensamiento se perturban. El objeto de este trabajo es volver a investigar el problema de la memoria en la estructuración del aparato psí- quico.

Antonio, un niño «desmemoriado»

A diferencia de Funes, cuyo desgarramiento solitario nunca planteó un problema de escolaridad -al menos Borges no lo relata-, Antonio, como tantos niños que no aprenden, llegó a consulta a los diez años de edad, después de un largo pasaje por tratamientos de reeducación psicopedagógica, extensas bate- rías de tests y múltiples cambios de colegio. Si bien desde que era pequeño en la escuela creyeron que sus dificultades se debían a «problemas emocionales» (dese- chándose trastornos neurológicos), la única indicación que re- cibieron los padres durante largo tiempo fue hacerle tomar cla- ses particulares y, desde hacía dos años, un tratamiento psico- pedagógico tres veces por semana.

La característica predominante que señalaban sus maes- tros era que el niño «no retenía». Desmemoriado, olvidadizo, un caso más de esos aburridos pacientes frente a los cuales los psi- coanalistas de niños se plantean un tratamiento de rutina a partir de la individualización de los elementos «inhibitorios» que aparecen como responsables del fracaso intelectual. Repetidor «empedernido», había hecho dos veces primer grado, dos segundo, y en el momento de la consulta estaba a punto de fracasar nuevamente. Su historia es también rutinaria. No hubo problemas en el parto, no lloraba ni demandaba atención en los primeros meses de vida, y si esto nos hizo pensar en un comienzo en la existen- cia de ciertos componentes autistas, fue preciso desecharlo por- que no ofrecía la consabida facies indiferente, ni el aislamiento, ni la falta de contacto afectivo patognomónicos del autismo. Ecuánime y poco hostil en sus primeros años, no parecían lle- garle profundamente los regaños, y había tenido un desarrollo normal (se sentó a los seis meses, gateó a los ocho, caminó a los diez). Se mostraba independiente al punto de hacernos sospe- char aquello que Margaret Mahler ha denominado «fracaso del compañero simbiótico materno». Sin embargo, a los tres años y medio quiso ir al jardín de infantes, donde tuvo un contacto plácido y agradable con sus compañeros y maestros (lo cual nos llevó, también, a desechar la posibilidad de una psicosis sim- biótica en el sentido clásico, con detenciones del desarrollo por separación del compañero materno). Un elemento llamativo era su miedo a los ruidos fuertes en los primeros años, que le producían crisis de pánico, a partir de lo cual y basándose en un prejuicio psicologista, alguien «autorizado» recomendó que le fueran dadas clases de karate para reasegurarlo, pese a la opinión de los padres de que era un niño muy independiente y que no presentaba trastornos de conducta. Problemas más severos empezaron con su ingreso a la esco- laridad primaria: manifestó una dislexia al comenzar a escri- bir, evidenciándose trastornos del pensamiento lógico en difi- cultades para las matemáticas, y la ya mencionada perturba- ción de la memoria. Este último dato apareció llamativamente contradicho en el momento de tomar su historia. No puedo dejar en este momento de hacer una digresión. uando realizo una entrevista para organizar la historia de un niño, siempre la hago con la madre (o el sustituto materno) y en presencia del niño mismo. Se abre así un espacio de simboliza- ·i ón , de verda der a historización, que proporciona desde el co-

mienzo un ordenamiento, a la vez que la apertura de una serie de interrogantes, tanto para la madre como para el hijo. Se pó- nen en conexión elementos que han estado siempre disociados

y se resignifican episodios vividos, proporcionándole al niño un

contexto frente al cual se reestructuran sus propias vivencias.

No creo, como algunos autores de la Ego psychology propo- nen, que la madre posea el criterio de realidad frente a un niño sometido a un mundo fantasmático; que lo que esté en juego sea un discurso verdadero opuesto a una actitud fantasiosa. Pero tampoco comparto la propuesta de Maud Mannoni, para quien es el discurso materno el que da razón del inconsciente del niño linealmente y ofrece una respuesta para la compren- sión sintomática. Entiendo que el nivel de simpleza que su teo- rización ofrece ha funcionado más como organizador sistémico obturante que como un movimiento de apertura, que es lo que toda entrevista diagnóstica debe proporcionar. He señalado en

el capítulo anterior que de lo que se trata es de correlacionar los

elementos de la historia (traumáticamente significante) con el discurso materno -y por ende con los propios fantasmas de la madre- con relación al discurso del hijo y su propia fantasmá- tica. En tal sentido, hay momentos de este relato materno que se fracturan en función de información que esta siente como absolutamente íntima, atinente a su propia sexualidad, y que merecen la apertura de un espacio, una entrevista a solas sin el hijo, para que pueda ser explayada. Informo entonces al niño que así como él tiene cosas que considera íntimas, que no quie- re que sean vertidas en otro lugar, a su madre le pasa lo mismo; y que tendremos ella y yo una entrevista a solas para que pue- da exponérmelas. Le garantizo también que todo lo que tenga que ver con él le será contado posteriormente, pero que todo lo que tenga que ver con su madre exclusivamente merece el res- peto de mi silencio. Intento inaugurar, de este modo, dos espa- cios, ambos atinentes a la intimidad y al secreto privado, que permitan en un acto simbólico separar dos diversos sujetos de la sexualidad y el fantasma.

Como se verá, no es mi criterio que lo que cura sea patrimo- nio de la franqueza absoluta, sino del orden de la demanda de simbolización del niño. He visto niños que, bombardeados por un exceso de información que no les concierne y que sienten perturbante y ajena, manifiestan su desacuerdo con recibirla saliendo del consultorio, haciendo trompetillas con la boca, o aislándose dejando sentada de alguna manera su necesidad de un espacio diverso del espacio materno, intentando frenar el

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desborde del cual su madre es objeto. Ni la información en sí misma, ni la falta de ella, son razones suficientes para la enfer- medad o la salud de un niño; puede decirse «todo» sin que se proporcionen los significantes claves para que la simbolización se inaugure. En el caso de este niño, mi preocupación era encontrar las relaciones entre los determinantes edípicos y la forma singular (específica) en la cual el déficit simbólico se había instaurado. Intuía que el fracaso de la simbolización podía corresponder a un orden diverso del de la inhibición (acerca de lo cual volveré luego). Me era dificil determinar dónde estaban las fallas que lo producían, pero algunos elementos me hacían pensar en un fracaso en la estructuración de la represión originaria, en las relaciones entre el proceso primario y secundario: no compren- día la trama cuando veía televisión y demandaba a quien tenía cerca «Cuéntame qué pasa», angustiándose cuando esto ocu- rría; poseía cierta ingenuidad (frente al doble sentido), como si hubiera una dificultad para la metaforización, para la com- prensión del .discurso; a la vez tampoco entendía el doble sen- tido de los chistes ni de lo que vulgarmente se llama «palabra con doble sentido». 1 Tenía tendencia a sustituir la realidad por la fantasía, y a rellenar aquello que no había entendido me- diante una explicación arbitraria. Esta dificultad señalada pa- ra la metaforización, para la sustitución simbólica, se había ya planteado en la primera infancia; la madre relató: «Nunca de- mandó cuidados, siempre pidió cosas concretas, y tomó mama- dera hasta los cinco años». En la entrevista madre-hijo ocurrieron algunos hechos sor- prendentes, que me llevaron a plantearme una investigación teórica más exhaustiva a fin de encontrar respuesta a interro- gantes que no podía responder. La madre contó algunos episo- dios muy precoces de la infancia de Antonio: «Al año y medio (el niño) tomó un palo creyendo que era un chupetín. Tenía la pun- ta verde; era veneno para las plantas». Antonio agrega: «Había un jardín, me pusieron en una camilla y me dieron un agua ro- ja . Vomité. Me dijeron que retuviera el agua roja en la boca y la tiré». (Este recuerdo, vinculado a la expulsión-retención, rojo del agua que luego aparece en otro contexto, no es, pese a su antigüedad, el más arcaico.)

1 Es curioso que el lenguaje cotidiano caracterice como doble intención de una palabra aquello que corresponde a lo sexual reprimido, prototípico en el Witz , dando así un a es pecificidad a la polisemia del lenguaje por referencia a In sexualidad.

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El relato sigue: «Cuando Antonio tenía menos de un año quedé embarazada. Estábamos con problemas de pareja. A los tres meses de embarazo aborté naturalmente, estuve muy tris- te». Antonio agrega: «Ah, sí, en el baño. Al bebé lo pusieron en un frasco. Yo estaba en la sala y de repente había mucha san - gre (roja), mamá fue al baño, trajeron un frasco. Vi el frasco, pero no vi nada». «Volví a quedar embarazada -dice la madre-. Tuve seis

¿te acuerdas?». «Sí, había

mucha sangre en el piso, otra vez; tuve miedo de que te mu- rieras. No quería quedarme en casa, íbamos al sanatorio, había una parecita y un vidrio, me asomé y vi un tubo que tenía una pecera, abajo había algodón, el niño estaba agarrado al tubo dando vueltas, volando». La madre agrega: «Tenías dos años y tres meses ». A partir de estos elementos vertidos en la entrevista se defi- nió el primer interrogante: ¿Qué era lo que pasaba con este ni- ño, cuyos recuerdos arcaicos mantenían tal grado de vigencia que impedían el acceso de toda información nueva a su aparato psíquico, a la vez que parecía no haber sucumbido a la amnesia infantil, es decir a la represión que se encuentra en la base de toda neurosis, pero que es a su vez la condición del lastre del inconsciente, lastre posibilitador de las operaciones del proceso secundario y, en consecuencia, de todo proceso sublimatorio? Tal vez un elemento podía dar la clave de la situación: al final de esta entrevista, cuando propuse a la madre otra a solas con ella (tal como anteriormente he señalado que hago en muchas ocasiones), me respondió: «No sé si es necesario; Antonio sabe todo lo que le puedo decir, yo no tengo secretos para mi hijo». ¿Cómo explicar, entonces, esta situación de un niño que llega a consulta porque no retiene, porque no tiene memoria, y que aparece de pronto proporcionando recuerdos tan arcaicos, tan precoces y, a la vez, de un carácter tan traumático, tan di- rectamente ligados a la sexualidad materna? En las pruebas que se le habían tomado durante el proceso diagnóstico para la terapia de aprendizaje, aparece un dato sig- nificativo: Antonio no tiene memoria inmediata. Cuando en una de ellas (el WISC) se le pide repetición de dígitos, su pun- taje aparece como el más bajo de su performance --este ítem está, según los textos de análisis de tests, directamente asocia- do a la recepción y a la memoria pasiva- , como si la membra- na antiestímulos, al soldarse, se hubiera convertido en algo verdaderamente impermeable a la recepción (recordemos el

meses de buen embarazo. Luego

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pánico a los ruidos, ya mencionado), como si todo lo que provi- niese de afuera tuviese un efecto altamente perturbante y no pudiera ser cualificado y, en tal sentido, se convirtiera en ame- nazante. Pero, por otra parte, ¿no resulta llamativa esta falta de separación de los sistemas, lo que parecería ser una caracte- rística de una falla de la represión, condición del olvido y la me- moria, en relación con esta madre que parece «no tener secre- tos para su hijo»?

El problema de la memoria

El tema del olvido -y sus relaciones con el recordar- fue planteado por el psicoanálisis desde sus orígenes, convirtiéndo- se incluso en el eje fundamental de la teoría de la represión. El trabajo con histéricas había puesto de manifiesto que, más allá del carácter sintomático de la conversión, algo se definía es- tructuralmente en el olvido que permitía relacionar la memo- ria con la sexualidad. Posteriormente, Freud pudo retomar es- tas cuestiones cuando, al universalizar la represión y transfor- mar el fenómeno histérico de doble conciencia en algo atinente al funcionamiento psíquico en general (a través del concepto de inconsciente), dio razón del fenómeno de la amnesia infantil co- mo momento fundante del pasaje del polimorfismo perverso a la sexualidad reglada. Los trabajos inaugurales de la metapsicología, de Freud, pusieron en juego el hecho de que si la represión trae como efec- to el olvido, ella es también la condición de la memoria. En el capítulo VII de La interpretación de los sueños distingue el polo perceptivo (que debe estar siempre abierto al ingreso de estí- mulos), de los engramas mnésicos, capaces de conservar hue- llas permanentes, y en la «Nota sobre la "pizarra mágica"» se pregunta cómo conserva el aparato las huellas mnésicas sin saturar su capacidad de recepción. Y se plantea: ¿Se excluyen mutuamente la capacidad ilimitada de recepción y la conserva- ción de huellas duraderas? ¿Es preciso renovar la superficie re- ceptora o hay que aniquilar los signos registrados? 2 Estas dos posibilidades - la de saturación, por un lado, o la de borrar lo ya inscripto, por otro- se pueden comparar a dos

2 S. Freud, «Nota sobre la "pizarra mágica"•» en Obras completas, Buenos Aires: Amorrortu editores, vol. XIX, 1979.

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tipos de escritura distinta: la que hacemos sobre una hoja de papel con tinta imborrable, o la que hacemos sobre una piza- rra, con tiza, y cuyos caracteres pueden ser destruidos apenas dejan de interesarnos (la desventaja de este último procedi- miento es que no se puede obtener ninguna huella duradera). A diferencia de estos sistemas de inscripciones, el aparato psíquico, tal como fue descripto en distintos momentos de la obra, sería ilimitadamente receptivo para percepciones siem- pre nuevas, a la vez que procuraría huellas mnésicas durade-

ras. «Ya en La interpretación de los sueños (1900) formulé la

conjetura de que esta insólita capacidad debía atribuirse a la

) Poseeríamos un sis-

tema P-Cc que recoge las percepciones, pero no conserva nin- guna huella duradera de ellas, de suerte que puede comportar- se como una hoja no escrita respecto de cada percepción nue- va».3 El modelo, entonces, no es el de la hoja escrita ni el de la pizarra, sino el de un nuevo adminículo que acaba de aparecer en el comercio con el nombre de «pizarra mágica». La caracte- rística fundamental de la pizarra mágica es que consta de dos estratos que pueden separarse entre sí, salvo en ambos márge- nes transversales. El de arriba es una lámina transparente de celuloide, y el de abajo, un delgado papel encerado, también transparente. La acción de escribir sobre ella no consiste en aportar material a la superficie receptora, sino que mediante

operación de dos sistemas diferentes.

un punzón agudo se roza la superficie que, presionada, hace que la cara inferior del papel encerado oprima la tablilla de ce- ra, y que estos surcos se vuelvan visibles, como rasgos de tono oscuro. «Si, estando escrita la pizarra mágica, se separa con cuidado la lámina de celuloide del papel encerado, se verá el es- crito con igual nitidez sobre la superficie del segundo, y acaso se pregunte para qué se necesita de la lámina de celuloide de la hoja de cubierta. El experimento mostrará enseguida que el delgado papel se arrugaría o desgarraría fácilmente si se escri- biese directamente sobre él con el punzón. La hoja de celuloide

es entonces una cubierta que protege al papel encerado, apar- tando los infiujos dañinos provenientes de afuera. El celuloide es una ''protección antiestímulo"; el estrato genuinamente recep- tor es el papel». 4

«En la pizarra mágica, el escrito desaparece cada vez que se interrumpe el contacto íntimo entre el papel que recibe el estí-

3 Ibid., pág. 244. 4 Ibid., pág. 245 (las bastardillas son nuestras).

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mulo y la tablilla de cera que conserva la impresión»; y sigue Freud: «no me parece demasiado osado poner en correspon- dencia la hoja de cubierta, compuesta de celuloide y papel en- cerado, con el sistema P-Cc y su protección antiestímulo; la ta- blilla de cera, con el inconsciente tras aquel, y el devenir-visible desde lo escrito y su desaparecer, con la iluminación y extinción de la conciencia a raíz de la percepción». 5 Podemos concluir: ninguno de los sistemas en sí mismo da razón de la memoria como fenómeno alcanzable por h concien- cia, sino que se necesita la conjugación de ambos para que esta sea posible. Dos capas, entonces, cuya característica principal es la de no estar totalmente adheridas, sino por los bordes; dos sistemas en contacto, diferenciados y a la vez comunicables. Si no hay contacto entre ambos, si la hoja no puede ponerse en contacto con la tablilla de celuloide, en mi opinión estamos ante el modelo del olvido neurótico. Algo fuerza la separación entre los campos, como para que aquello que se inscribe no pueda aparecer en la superficie. Si se han soldado -o mejor aún, pensando en un modelo constituti- vo de la represión originaria-, si no se ha producido la separa- ción necesaria que permita la constitución de las dos capas, la laminilla de celuloide quedará abrochada a la hoja escrita, im- pidiendo de este modo toda nueva inscripción y haciendo resal- tar a la vez los caracteres ya inscriptos, en otros tiempos, para siempre.

Inhibición y represión

No ha dejado nunca de llamarme la atención que en el Dic- cionario de psicoanálisis, de Laplanche y Pontalis, no aparezca el término inhibición, siendo uno de los componentes del título mismo de un trabajo freudiano tan importante como Inhibi- ción, síntoma y angustia, y constituyendo tanto el síntoma co- mo la angustia dos conceptos claves para la comprensión de la psicopatología psicoanalítica. Me parece importante situar la inhibición en el marco de la segunda tópica, cuya constitución definitiva es alcanzada en 1923 en El yo y el ello, siendolnhibi- ión, síntoma y angustia un trabajo de 1926, es decir, escrito en el marco de esta teorización.

uIbid ., p ág. 246 .

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La inhibición, dice Freud, se liga conceptualmente de ma- nera estrecha a la función y, en tal sentido, expresa una limi- tación funcional del yo, que a su vez puede tener muy diversas causas (no todas ellas patológicas). Pero esta inhibición, esta limitación funcional del yo, es efecto del interjuego entre an- gustia, yo y represión: la inhibición es el producto de la contra- carga del yo hacia el ello o el Ice en el ejercicio de la represión a fin de evitar un conflicto. De este modo, la inhibición no es sino un resultado, el producto observable, fenoménico, de la pecu- liar forma en que la transacción entre los sistemas se organiza a fin de que no aparezca la angustia.

propone al-

gunos ejes introductores para leer Inhibición, síntoma y angus- tia. «En primer lugar es necesario, para Freud, resituar la an- gustia en relación con el proceso defensivo». Y, en el proceso de- fensivo -agrega, con relación a una cuestión que ya está pre- sente en el texto sobre «La represión», de 1915-, es necesario un motivo para la represión. ¿Y qué mejor motivo para la re- presión, o para la defensa en general, que la angustia? (pág. 143). Pero Laplanche marca la contradicción que Freud mismo ya se ha planteado: si pensábamos que la angustia era conse- cuencia de la represión -pues justamente en la medida en que una pulsión está reprimida, el afecto correspondiente se trans- forma en angustia-, la angustia no puede ser consecuencia de la represión y ser invocada a la vez como causa. ¿Hay que elegir, o se puede hallar un resorte en la contradicción misma? Dos son las cuestiones que se abren en este momento en re- lación con el tema que es nuestro objeto de trabajo. Si la angus- tia es consecuencia de la represión, lo es en la medida en que hay dos sistemas en conflicto (ya hemos desarrollado la hipóte- sis del ello atacante, el yo atacado, en capítulos anteriores); pe- ro una vez que hay un yo que emite señales de alarma frente al ataque del ello, la represión tiene como objeto evitar la angus- tia. Es evidente que estamos hablando de dos tipos de repre- sión diferente: la represión originaria, organizadora de la dife- rencia entre los sistemas y por lo tanto capaz de permitir la producción de ese afecto llamado angustia, y la represión se- cundaria, que tiene por objeto evitar su aparición. El otro aspecto que nos concierne es el hecho de que pode- mos considerar la angustia en general como un efecto de la re-

En su seminario sobre la angustia, 6 Laplanche

6 J. Laplanche, L'angoisse. Problématiques I, París: PUF, 1980. La angustia, Buenos Aires: Amorrortu editores, 1988.

presión originaria, pero la emergencia de angustia no es sino el producto de la singular inscripción del sistema de representa- ciones que el sujeto posee en su aparato psíquico. Volvemos así al interrogante que dejamos abierto con la intención de encon- trar una respuesta: la inhibición, como empobrecimiento fun- cional efecto de la contracarga del yo, no es un proceso origi- nario, sino secundario -neurótico-- a la represión originaria, y producto de la represión secundaria. A partir de ello, para hablar de una «curiosidad intelectual inhibida», hay que haber definido, primero, si el proceso de cu- riosidad intelectual se ha constituido verdaderamente, y si su no aparición es, por consecuencia, efecto de la inhibición deri- vada de la represión; o si, por el contrario, esta curiosidad no se ha constituido, es decir no se ha estructurado la pulsión episte- mofilica.

No puedo dejar de señalar, a esta altura de mi trabajo, que tengo dudas acerca de la corrección de situar la aptitud para el conocimiento en términos de pulsión epistemofilica. No apare- ce en esta ninguno de los componentes que tomamos como pun-

to de partida para la definición de pulsión: no se apuntala en la necesidad ni, por lo tanto, se desprende de ella; no parece remi-

por desplazamien-

tirse al placer de órgano, y cuando lo h a ce es

to y apoyada en otra pulsión: conocimiento masturbatorio, re- tención anal, imposibilidad de retener como vómito ligado a la oralidad, incorporación canibalística también relacionada con esta, etc. Parecería que forma parte de un proceso psíquico más amplio, que se encuentra vinculado, por un lado, con la subli- mación y, por otro, con el dominio de la alteridad, efecto de la castración en el sentido que Lacan le da a esta: corte del objeto primordial, separación que implica la aparición del tercero y de la falta por referencia a la posición fálica inicial. Y en tal sen- tido es llamativo que haya sido Melanie Klein -como expon- dremos en las páginas que siguen- la que planteó este proceso y sus consecuencias en el plano de la clínica de niños, mientras que los psicoanalistas lacanianos se dejaron abrochar a la for- mulación de «conocimiento paranoico», que remite a la es- pecularidad y a la constitución del narcisismo, sin ver en la

propuesta de Lacan acerca del arte y la ciencia como intentos de dominio de lo real, el margen teórico que se abría para una teorización más productiva acerca de la constitución de la alte- r idad como prerrequisito de la constitución de la inteligencia.

La propuesta de Melanie Klein

Las primeras observaciones detalladas acerca del desarro- llo intelectual de un niño, desde el punto de vista del psicoaná- lisis, son las presentadas por Melanie Klein ante la Sociedad Psicoanalítica Húngara enjulio de 1919. 7 En ellas se postula la hipótesis de que el origen de la inhibición intelectual debe bus- carse en el orden de la represión, represión sexual que lleva a la anulación de toda curiosidad científica. Su mérito mayor fue poner a prueba, en el campo de la observación del niño, que la disociación entre lo «afectivo» y lo «cognitivo» con la cual la vieja psicología se manejaba hasta entonces era fácilmente re- batible a condición de reubicar los conceptos de afectivo y cog- nitivo en un orden de cientificidad que los incluyera. Freud ya había mostrado en sucesivas ocasiones (en 1900, con el capí- tulo VII de La interpretación de los sueños; en 1915, con la Me- tapsicología; o aun antes, desde los trabajos sobre la histeria y en el Proyecto) que el famoso «afecto» de la psicología tenía que ser comprendido en términos de quantum de afecto, de carga, y que había algo que correspondía al sistema de la simbolización que era del orden de la representación. Sistema de cargas y sis- tema de representaciones aparecían entonces íntimamente li- gados (o patológicamente disociados) en el interior de un siste- ma cuya regulación hacía posible un funcionamiento más o menos organizado de ambos: el aparato psíquico. Lo que llamó la atención de Melanie Klein en el pequeño Fritz (cuyo desarrollo explora en el trabajo citado) fue que sien- do un niño fuerte, sano y mentalmente normal, hubiera tenido tal grado de lentitud en su evolución como para convertirse en preocupante para el observador: no habló hasta los dos años y sólo pudo expresarse con fluidez a los tres y medio, con cierta pobreza expresiva y simbólica; sólo adquirió lentamente unas pocas ideas propias y tenía más de cuatro años cuando apren- dió a distinguir los colores y cuatro y medio cuando pudo dife- renciar las nociones de temporalidad de ayer, hoy y mañana. En cosas prácticas, dice Melanie Klein, estaba más atrasado que otros niños de su edad, siendo llamativo que, a pesar de que a menudo lo llevaban de compras, le resultara incomprensible que la gente no regalara sus pertenencias, y no entendía que debía pagarse por ellas y a diferentes precios según su valor.

7 M. Klein, «El desarrollo de un niño», en Contribuciones al psicoanálisis, Buenos Aires: Hormé, 1964.

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Por supuesto, es difícil para quienes leemos hoy el texto evaluar los criterios mediante los cuales se juzgaba, en 1919 y en Europa central, un retraso intelectual. Hay, en cada cultu- ra, elementos de ordenamiento que sólo pueden ser comprendi- dos por referencia a esa cultura misma (problema de la estan- darización cultural o étnica, al cual se dirige la aplicación de tests), pero dos elementos llaman nuestra atención: la pobreza de simbolización del niño a quien la autora hace referencia, y su dificultad para la comprensión del código social, el hecho de que no entienda una norma social predominante en su cultura, la del dinero. Esta constitución psíquica parece ser abordada desde los cuatro años y medio por Melanie Klein, quien registra minucio- samente la aparición de la curiosidad sexual supuestamente «inhibida>>. Parte para ello de una hipótesis que guía todo su

trabajo: la curiosidad (sexual-intelectual) es «natural»; s

aparición, por ende, no puede ser sino efecto de una coartación, de una represión que aparece manifiestamente como inhibi- ción. A partir de la detección del problema, y de su consecuente propuesta de resolución -<:ontestar siempre al niño con la ver- dad absoluta y, cuando sea necesario, con una explicación cien- tífica adaptada a su entendimiento, tan breve como sea posible; no hacer nunca referencia a las preguntas que ya se le han ·ontestado, ni tampoco introducir un nuevo tema a menos que 1 mismo lo traiga o comience espontáneamente una nueva pregunta-, la curiosidad intelectual de Fritz se despliega en múltiples direcciones que Melanie Klein ordena en algunos ru- bros: preguntas sobre el nacimiento, sobre la existencia de Dios, sobre la existencia en general y afirmaciones sobre el ser, que llama preguntas y certidumbres obvias: «Me preguntó có- mo se llamaba eso que se usaba para cocinar y que estaba en la :ocina (se le había escapado la palabra). Cuando se lo dije, ma- nifestó: Se llama hornalla porque es una hornalla. Yo me llamo l•'ritz porque soy Fritz. A ti te llaman tía porque eres tía». Se produjo en el niño, afirma, un desarrollo del principio de reali-

no

u

d11d -que no podemos dejar de relacionar con el desarrollo del Juicio de existencia- y una disminución de sus sentimientos

1~rnnipotentes.

Tres son, a nuestro juicio, los elementos remarcables del Lrnbajo de Melanie Klein: en primer lugar, la fina observación (desde una perspectiva profundamente analítica), que correla- i·iona la aparición de la curiosidad acerca de la existencia del 1~joto,con la curiosidad intelectual en general; segundo, la de-

97

tección intuitiva de las relaciones entre la constitución del principio de realidad y la instauración del juicio de existencia; por último, la relación existente entre la salida de una posición omnipotente infantil y la constitución del juicio de realidad, ligado a la instauración del superyó y la pregunta acerca del lu- gar del padre (existencia-inexistencia de Dios). La conclusión a la cual llega en su trabajo es la siguiente:

«Es la tendencia a la represión el mayor peligro que afecta al pensamiento, o sea, el retiro de la energía pulsional con la cual va parte de la sublimación, y la concurrente represión de aso- ciaciones conectadas con los complejos reprimidos, con lo que queda destruida la secuencia del pensamiento ». 8 Es un presu- puesto teórico que guía todo el trabajo kleiniano el que impone el hecho de que el inconsciente no es un efecto de la represión que produce la separación entre los sistemas Icc/Prcc-Cc, sino un existente originario; entonces, sólo se puede llegar a con- cluir que todo aquello que dé origen a perturbaciones del proce- so secundario no es sino un efecto de la represión o de las defen- sas del psiquismo frente a este inconsciente. No es esta una conclusión que podamos compartir; en efecto, entendemos que el sistema preconsciente, y por ende el pensamiento, son efecto de los mismos movimientos que fundan al inconsciente, es de- cir, de la represión originaria. Y si bien nos parece adecuado respetar esta conclusión (así como la de Freud en Inhibición, síntoma y angustia) para las inhibiciones neuróticas, como efecto de la represión secundaria, pensamos que lo que se pone en juego en las llamadas «inhibiciones primarias» -aquellas que afectan la constitución del simbolismo desde los orígenes- es del orden de la falla de la represión originaria, un efecto de las dificultades para su instauración. No es pequeño mérito de Melanie Klein haber detectado tan precozmente en la historia del psicoanálisis las relaciones en- tre inhibición intelectual y contracarga del preconsciente por referencia a los fantasmas de la sexualidad; pero la represión no ataca una curiosidad natural y un impulso a la indagación sobre lo desconocido dado desde los orígenes en el sujeto psíqui- co. Esta curiosidad misma es un producto del movimiento que instituye, en un mismo proceso, tanto al inconsciente como al objeto libidinal en su condición de objeto externo, separado del yo. En este marco, justamente, nos parece necesario volver a someter a discusión, en la teoría y la clínica de niños, las condi-

8 !bid., pág. 34.

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ciones de aparición de la curiosidad intelectual, en su relación con la constitución del inconsciente y la alteridad del objeto li- bidinal primario. Melanie Klein misma, en «La importancia de la formación

elementos para

cercar esta problemática, sin que extrajera de ellos derivacio- nes pertinentes para la teorización del déficit intelectual. Este texto está destinado a mostrar dos factores prínceps en los orí- genes del simbolismo: la constitución de ecuaciones simbólicas por desplazamiento del deseo fantaseado de ataque al cuerpo materno, y la angustia como motor de este desplazamiento. Edipo y angustia, entonces, en los orígenes del simbolismo: es el sadismo efecto del Edipo temprano que predomina en esta fase lo que instaura las primitivas phantasies propulsoras de angustia y desplazamiento; es el fantasma de un cuerpo mater- no repleto de objetos valiosos (heces, niños, penes), lo que im- pulsa al niño a intentar apropiarse sádicamente de este; es la angustia frente a su propio sadismo, lo que lo detiene. Un mito de madre fálica es constitutivo del Edipo temprano. El interés por el secreto materno, aquello del orden de la sexualidad de la madre que el niño desconoce, se pone en juego impulsando su curiosidad desplazada hacia los objetos del mundo. Invirtamos los términos que Melanie Klein propone y en- contraremos una nueva perspectiva: la aparición de la triangu- lación del Edipo proporciona los elementos que permiten la emergencia de angustia masiva, así como la inquietud intelec- tual a partir del intento de dominio del sujeto sobre e) objeto fa- miliar que ha devenido extraño, el Unheimlich freudiano, la in- quietante extrañeza, de la cual el niño quiere apropiarse, en- tenderla, es lo que da origen a todas las curiosidades. Y en nuestra experiencia clínica, repensable hoy desde los ele- mentos teóricos que estamos en vías de desarrollar, tanto el sa- dismo como la curiosidad (que hemos encontrado transferen- cialmentejugada en tratamientos psicoanalíticos de adultos en los cuales el proceso de discriminación-separación comienza a operar) son un efecto de la diferencia que la inclusión del terce- ro imprime al psiquismo, dando origen de este modo tanto a la nprehensión del otro en tanto otro, como a la inquietud por nprender, desplazada hacia el mundo.

de símbolos en el desarrollo del yo», 9 propuso

11 M. Klein, «La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del ,Yº"• o n Contribuciones a l p s icoanálisis, op . cit.

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Bipartición del espacio en el vínculo: premisa de la constitución de una tópica

Desde esta perspectiva volveremos a Antonio y su problema de aprendizaje. La frase de la madre «no tengo secretos para mi hijo» lo señala a Antonio en una posición que marca precisa- mente la no constitución de un espacio diferencial, ya que des- de la indiscriminación materna misma no se ha organizado nunca la posibilidad de un secreto que permita, a su vez, orga- nizar el orden de lo reprimido. La madre ha sido partícipe del prejuicio actual de una crianza sin secretos, pero al intentar escapar a la mentira tradicional: «cigüeña», «repollo», «semi- lla», ha pasado del plano de la represión al plano de la promis- cuidad. De este modo, la ideología ha servido de coartada, sin que por ello se deje de caer en la mentira (mentira que tiene que ver con su goce como secreto, que se mantiene oculto, y que aparece obturado por lo traumáticamente evidente de sus abortos y desnudeces). En realidad, si Antonio ha sido algo pa- ra su madre, ese algo no ha sido constituirse en un hijo in- formado de los secretos de la vida, de los misterios del sexo, que es aquello a lo cual la pregunta se dirige cuando el niño la for- mula desplazadamente (como Melanie Klein lo percibe en el pequeño Fritz), sino que ha sido efecto de un engaño: el de anular toda posibilidad de curiosidad, mediante una informa- ción que, si es veraz, no lo es para el niño, sino desde lo real de la madre.

Para que el niño estructure una pregunta tiene que haber un resquicio por donde la intimidad materna se transforme en alteridad, y así como la obturación de toda curiosidad una vez despertada -la insatisfacción de esta curiosidad, de esta de- manda de simbolización- puede llevar a la inhibición intelec- tual, como propone Freud, la no aparición de esta abertura im- pide la aparición de toda curiosidad. Ya no estamos, entonces, en el orden de lo reprimido, porque no hay nada para reprimir, nada que el sujeto tenga que expulsar del preconsciente, del yo, porque su aparición sería generadora de angustia. Esto se hace evidente cuando Antonio no puede reírse de los chistes ni de las palabras con doble sentido. Para él, el sexo es del orden de lo real, y si es del orden de lo real, no tiene por qué sentir placer en el momento en que, para un sujeto neurótico, se produciría el levantamiento de la represión con el efecto consecuente: risa, rubor.

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No hay síntoma, no hay placer en el chiste, nos encontra- mos con que dos formaciones del inconsciente no operan. Se va definiendo, desde la perspectiva que propongo, una estructura psicótica. No hay psicosis franca, no hay extravagancias, ni au- tismo, ni neologismos. Sin embargo, hay un fracaso en la sim- bolización expresada por la ya señalada dificultad para meta- forizar.

Guy Rosolato, en su artículo «Lo no dicho»,10 hace referen- cia al lugar del secreto en la clínica psicoanalítica, ligando el «decir todo» a la constitución del núcleo paranoide y su enfoque en el proceso analítico. Lo no dicho toma sentido, asevera, se- gún el valor que se le dé al secreto. La cuestión es importante:

lo no dicho comanda a la represión, ya que esta es tributaria de un sistema ético que está en conflicto con las exigencias pulsio- nales. Y agrega: «En las psicosis lo no dicho toma un valor enig- mático porque existe una ignorancia real (en lo real) que se re- fiere a un tema fundamental, más que a un desconocimiento, y siempre sorprende al que la percibe; es la base de la actividad delirante, cuando esta se manifiesta. Por supuesto, concierne a uno de los polos existenciales mayores que explora el psicoaná- lisis: la diferencia de sexos, la diferencia de generaciones y el problema de los orígenes, los juegos de poder y los de la pulsión

de vida y de muerte; ellos son el eje del doble enclave narcisista. Clínicamente, va desde una simple falta de curiosidad que ha- ce que el sujeto parezca no haber tenido nunca que plantearse preguntas sobre un punto dado, hasta un verdadero «blanco»

entre desconocimiento (méconnu)

e incognoscimiento (inconnu; aquello que no es desconocido, sino no conocido, es decir, del orden de lo real no significado). Retomando esta feliz idea de Rosolato de diferenciar entre desconocimiento (efecto de la represión, que intenta desconocer a quello que es inconsciente: el deseo, función prínceps del yo tal como lo señaló Lacan) e incognoscimiento, señalemos que des- de la perspectiva que estamos formulando, lo incognoscido for- rna parte de esta primera alteridad que es efecto de la separa-

n el

».Diferencia

Gallimard, 1978 . Hay tra-

ducción al castellano: La relación de desconocido, Barcelona: Petrel, 1981. La- 111ontamos que la traducción haya elegido «desconocido» para lo que Rosolato ll 11 m a in c onnu, ya que dos vocablos franceses, méconnu e inconnu, marcan la difC ren cia entre desconocer (como forma del yo de no reconocer el deseo in- 1•onsciente) y lo que nosotros hemos preferido traducir por incognoscido (aque- llo que es del orden de lo real no conocido, y no del orden de la defensa).

IO G. Rosolato, La

relation d'inconnu , París:

101

ción del hijo en relación con la madre, mientras que lo descono- cido son los significantes claves pulsionales que quedan ins- criptos en el Ice a partir de la represión, como residuos del vínculo sexualizante de los orígenes. En tal sentido, siendo la inhibición un efecto secundario de la represión, forma parte de la cristalización por contracarga de la función de desconocimiento del yo y se abren todas las po- sibilidades para que, una vez levantada esta represión, pueda resolverse la formación sintomática que la sostiene, como ocu- rre en el caso de toda neurosis. Pero si el espacio no se reparte en dos, si queda fundido en el interior del lazo que anuda al hijo inseparable de la madre, no se generan las condiciones para el surgimiento de la curiosidad intelectual y, a su vez, las que pudieran posibilitar la constitu- ción de un espacio interno -escisión radical del psiquismo-; entonces las representaciones se fijan como huellas mnésicas no reprimidas en el interior del aparato indiferenciado y la con- secuencia es la imposibilidad del olvido y la memoria. En el caso de nuestro paciente Antonio (como en el de tantos otros niños que llegan a consulta aparentemente por un retra- so simple del desarrollo) vemos cómo las dificultades de apren- dizaje son efecto de un déficit en la constitución de la represión originaria que pone en juego, al no permitir la diferenciación en estratos de los sistemas inconsciente/preconsciente-cons- ciente, las condiciones de la memoria. El movimiento perma- nentemente regresivo en el interior del aparato (regresión for- mal y de consecuencias temporales) hacia el polo perceptivo, que mantiene recargadas las huellas mnésicas originarias im- pidiendo su velamiento por huellas posteriores, deja abierta la posibilidad de que en un futuro se puedan producir -si esta evolución no cambia de signo mediante un tratamiento analíti- co- formas de evolución francamente psicóticas con sintoma- tología alucinatoria. Cuando la madre de Antonio reduce el mundo simbólico a las necesidades del niño: «Nunca demandó cuidados, siempre quiso cosas concretas», lo cual puede ser re-invertido en «nunca entendí que pudiera querer otra cosa que no fuera del orden de la necesidad, o de lo que yo misma necesito» --0freciendo ali- mento al menor signo de displacer-, acompaña su degrada- ción simbólica con el ofrecimiento de la realidad de su sexo des- nudo carente de todo recubrimiento cultural. De este modo, di- remos que los significantes claves, enigmas del deseo que la madre debe otorgar para que aparezca la curiosidad intelec-

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tual, están ausentes, produciendo esta falta de memoria y de inquietud con respecto al conocimiento que se juegan en el in- terior de algo como «real plano», que no provocan en el niño el deseo de espiar ni la posibilidad de que olvide aquello mismo que descubre. Volvemos, de este modo, al comienzo de nuestro trabajo. Si Funes el memorioso debe cerrar los ojos constantemente por- que los estímulos agobian su capacidad ilimitada de recepción, no permitiéndole el respiro del olvido ni del relevamiento per- ceptivo que permite la organización significante del mundo, y sólo la muerte o la ceguera, como a Edipo, pueden proporcio- narle alivio, Antonio, a quien la Esfinge no ha propuesto nin- gún enigma, no tiene ante qué cerrar los ojos, en la medida en que es sólo el desierto lo que se ofrece a su mirada impávida. Un desierto que, por muy real que sea, no alcanza a constituir- se, por sí mismo, en otra cosa que en un plano sin fisuras ni in- terrogantes.

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5. Frases de los niños, estructura del aparato psíquico

A lo largo de estos años, a medida que mi investigación so- bre la represión originaria se ha ido desplegando, he llegado a darme cuenta de que el problema que intento cercar es el que se relaciona con la constitución del sujeto psíquico y, especial- mente, con la correlación entre los sistemas inconsciente/pre- consciente-consciente. Algunas observaciones al respecto podrían resumirse de la siguiente manera: en primer lugar, pensar en las determina- ciones inconscientes es establecer un modelo que permita com- prenderlas en sus relaciones con el preconsciente y con lo que se ha denominado genéricamente proceso secundario. Entiendo que es efecto de un reduccionismo peculiar el hecho de que se haya limitado la investigación psicoanalítica partiendo del presupuesto de que todo aquello que aparece en lo manifiesto del sujeto psíquico es efecto del inconsciente. Esto, sin dejar de ser verdadero, es parcial: aquello que aparece como manifiesto en el sujeto es efecto del esfuerzo que realiza el aparato psíquico, una vez instaurada la represión, por man- tener separados los sistemas Ice y Prcc-Cc. El inconsciente es efecto de la represión y, por lo tanto, ambos sistemas se deter- minan mutuamente. Ubicado así el problema, se reconsideran las formas particulares de relación entre ambos, abriéndose la posibilidad de borrar todo resto teórico constructivista, pero marcando a la vez el camino a hipótesis históricas. La primacía de un proceso primario anterior al secundario, del cual este se iría desgajando paulatinamente a través del sistema en construcción percepción-conciencia (hipótesis vi- gente en algunos textos freudianos, como «Formulaciones so- bre los dos principios del acaecer psíquico», o incluso la vertien- te genetista de El yo y el ello) generó, me parece, los frenos teó- ricos a los cuales se vio sometido el kleinianismo (inconsciente operante desde los orígenes, organización de un objeto parcial integrado como objeto total, en un deslizamiento que va desd una comprensión profunda del inconsciente como inconscient

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fantasmático, hasta un cognoscitivismo en el cual se entendió el objeto total como cognición de la totalidad). Por otra parte, la Ego psychology, al intentar rescatar el pro- ceso secundario, quedó atrapada en la psicología sin lograr uti- lizar los conocimientos de esta para proponer una teoría psico- analítica de los procesos del conocimiento. Por último, y como somera introducción a este tema que me propongo desarrollar, no puedo dejar de señalar que la pro- puesta de Lacan, cuyo eje se despliega alrededor del algoritmo que funda la constitución del significante en letra, al instaurar una diferencia entre dos cadenas significantes cuyo valor posi- cional es separado por la barra, pero que cualitativamente no implican sino un mero juego formal de diferencias, no genera condiciones para conservar una especificidad del inconsciente, ni tampoco para comprender los movimientos del aparato psí- quico que se ponen en juego en la constitución del lenguaje in- fantil. Un ejemplo me permitirá introducirme en el tema. Alberto, de cinco años, diagnosticado por su pediatra como afectado por una psicosis simbiótica, intenta dibujar una casa, acostado so- bre la alfombra. Le pregunto: «¿Qué estás haciendo, Alberto?»; «Pintar», responde. La acción que efectúa, evidentemente, queda fuera de un sujeto que la ejerza, de modo que el verbo no puede ser conju- gado en primera persona. Podríamos decir que está disociada, pero, en ese caso, tendríamos que pensar que el sujeto está en otro lado, y el infinitivo alude claramente a la ausencia de suje- to. Podríamos decir también un poco ligeramente: está en la madre. Pero esto tampoco sería acertado. Si la madre enuncia- ra, como sujeto, y atravesara a Alberto con su discurso, diría «pinto», sin saber --como ocurre con cualquier sujeto neuróti- co--, quién lo hace, creyendo ser «yo». Podríamos atribuirlo al ;ódigo como tal, y pensar que este niño usa el verbo en infiniti- vo justamente porque posee el código sin hacer uso de él en el habla, pero esto sería tan sólo una abstracción que implicaría una fantasía -del observador- acerca de un sujeto trascen- dental: no posee el aquí y ahora, ni el quién de sujeto, porque el ·ódigo lo atraviesa y lo trasciende. Podríamos, por último, barajar una hipótesis más sencilla. Hupongamos que la madre no puede hablar sino en un imper- HOnal que los engloba: «¿Vamos a pintar?», le dirá a Alberto, en ol cual el nosotros de vamos se anuda al complemento que fija In ncción, diluyéndolo en el infinitivo. Si esta madre pudiera

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,,,¡

decir «¿estás pintando?», lo situaría en una acción propia de- finida por una posición singular que lo ubicaría en tiempo y es- pacio: «(Tú) (ahora) estás pintando». Que podríamos reformu- lar como «Tú (no yo), ahora (que implica un antes y un después, una historización), ¿estás pintando?» (que marca la pregunta que reconoce al otro como extraño y realizando una acción que desconocemos). De esta manera, el «vamos a pintar» de la madre, si bien viene del otro, no constituye sino una propuesta que abrocha al posible sujeto en una dupla que lo diluye. Cuando Alberto dice «pintar», no instituye un discurso pro- pio, en el cual él, a su vez, se instituya como sujeto. Pero tampo- co es el discurso de la madre el que se presenta como atrave- sándolo. Es una partícula de ese discurso en el cual tanto el in- finitivo como la ausencia de sujeto marcan la carencia de una constitución discursiva que permita asumir una estructura- ción singular. En Problemas de lingüística general, Benveniste propone:

«Es Ego quien dice Ego. Desde lo manifiesto, no hay que buscar el yo en otra parte. ¿Cuál es, pues, la "realidad" a la que se re- fiere yo o tú? Tan sólo una "realidad de discurso", que es cosa muy singular». Esta afirmación está basada en un incontro- vertible hecho lingüístico: «Cada instancia de empleo de un nombre se refiere a una noción constante y "objetiva", apta pa- ra permanecer virtual o para actualizarse en un objeto singu- lar, y que se mantiene siempre idéntica en la representación que despierta. Mas las instancias de empleo del yo no constitu- yen una clase de referencia, puesto que no hay "objeto" defini- ble como yo al que pudieran remitir idénticamente estas ins- tancias. Cuando yo tiene su referencia propia, y corresponde ca- da vez a un ser único, planteado como tal». 1 Se inaugura así una doble vertiente: desde la realidad pura- mente lingüística, el yo no es sino un lugar vacío -parte del conjunto de signos no referenciales del lenguaje, siempre dis- ponibles, y que se vuelven «llenos» cuando un locutor los asume en cada instancia de su discurso-; pero desde la posición de sujeto, implica una referencia subjetiva, correspondiente a la singularidad del sujeto que enuncia. ¿Qué podemos decir desde el psicoanálisis? En primer lu- gar, que sólo dice yo quien se siente yo. Es decir, que si toma-

1 E. Benveniste, Problemas de lingüística general, México: Siglo XXI, 1976, pág. 173 (las bastardillas son nuestras).

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mos la diferencia introducida por Lacan entre moi y je, el je «restituirá al moi en su función universal de sujeto», cuando se articule simultáneamente en el discurso y en la tópica psíquica una instancia capaz de enunciar un discurso del cual se sienta amo, desconociendo las determinaciones que lo constituyen, es decir, habiendo sido objeto de la represión y de la instauración sistémica. En segundo lugar, que si esto ha ocurrido, si el yo se ha ins- taurado en el sujeto psíquico, sólo puede decir yo quien teme ser otra cosa que yo (función denegatoria del enunciado y pro- ducto de la contracarga del preconsciente). Tercero: que pueda estar separado yo, de lo que yo dice acer- ca de yo. Es decir, que en el enunciado el sujeto se toma a sí mis- mo como referente objetivándose fuera de sí mismo al afirmar- se en una acción o en un atributo, momento a partir del cual yo podrá hablar de ello. Y por último, que si yo (partícula de discurso, pronombre) no remite a yo como instancia, como permanencia, puede desa- parecer en el enunciado, o no constituirse nunca como instan- cia de discurso. Retomando la formulación de Benveniste, propondríamos, desde el lado del psicoanálisis, que es necesario que el vacío del pronombre sea ocupado por el sujeto imaginariamente inves- tido de atributos (es decir constituido en su existencia y en su atribución), para que el discurso se constituya como enunciado. Esto ha estado descriptivamente expuesto en los manuales de psiquiatría infantil, cuando se incluye entre los rasgos patog- nomónicas de la psicosis de la primera infancia la inversión pronominal que no posibilita la aparición del sujeto como tal en el enunciado. De esta manera, el niñito comenzará a llamarse él ante la pregunta con la cual es interpelado por su interlocu- tor («¿Quién es el amor de mamita?»; «El nene», responderá el pequeño) denominándose a sí mismo como es denominado, no por el otro, sino por los otros cuando lo incluyan como objeto de intercambio en la comunicación discursiva, excluyéndolo como sujeto al cual se dirige la palabra; «el nene está durmiendo», di- rá la madre al padre dejando latir en la frase todo el horizonte semántico evocativo de la exclusión de la cual aquel es objeto. Benveniste señala respecto de la persona verbal: «Una teo- ría lingüística de la persona verbal no puede constituirse más que sobre el fundamento de las oposiciones que diferencian a las personas; y se resumirá por entero en la estructura de di- ·h.a s oposiciones. Para sacarla en claro podrá partirse de las

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definiciones que emplean los gramáticos árabes. Para ellos, la primera persona es al-mutakallimu, "el que habla"; la segunda al-muhatabu, "al que se dirige uno"; pero la tercera es al ya'ibu, -el que está ausente- (ibid., pág. 163). Lo que demuestran con justeza los gramáticos árabes, dice el autor, al contrario de lo que nuestra terminología haría creer, es la disparidad entre la tercera persona y las dos primeras; ellas no son homogéneas, y esto es lo primero que hay que sacar a la luz. La tercera perso- na trae consigo una indicación del enunciado sobre alguien o algo, mas no referido a una «persona» específica. Se trata del «ausente» de los gramáticos árabes. Para que el niño se llame a sí mismo él, deberá ser objeto de intercambio discursivo, es decir, considerado como persona gramatical, anulado en su ser por el pronombre, en los orígenes del intercambio entre los pa- dres. Luego, cuando la triangulación se produzca y sea capaz de estructurar una ausencia, entender que alguien habla a al- guien de algo o alguien ausente, podrá asumir un yo que se di- rija a un tú, siendo capaz de colocarse él mismo como sujeto en el intercambio discursivo. De este modo, Alberto, nuestro paciente, no sólo marca a través de la conjugación imposible su incapacidad para organi- zar un orden gramatical que permita el manejo de la lengua, sino que señala, con su forma de uso del infinitivo, la no exis- tencia de la concordancia en que se pudiera vislumbrar el pro- nombre que marca la posición de sujeto. Esto se expresa también cuando, en otra sesión, pregunto a Alberto qué busca en su canasta: «Lápiz», responde, mostrando nuevamente en la ausencia de partículas de la lengua que pu- dieran permitir el uso del demostrativo, del posesivo, del cali- ficativo, la ausencia de cualidad relativa al objeto que soporta su acción o la constituye. Si él fuera un niño que pide el lápiz (azul, rojo, nuevo, este, el que usé ayer), cada elemento queda- ría discriminado en su cualidad y en su especificidad espacio- temporal, a la vez que Alberto podría asumir, a través del «yo» que se juega en el «mi», su «función universal de sujeto» corre- lativa a un yo tópico organizador de la diferencia entre él y el otro, entre él y su propio inconsciente. Vuelvo, por medio del ejemplo, a lo expuesto anteriormente:

no es un problema de lenguaje aquel por el cual Alberto no pue- de instaurar una discriminación en su propio discurso que lo habilite para la vida de relación de la que se encuentra excluido -el motivo de consulta, como en tantos niños, fueron las difi-

cultades de aprendizaje que se ofrecían para su ingreso a la

escolaridad- ; es un déficit en la constitución del sujeto, de la

discriminación posibilitadora de la tópica del yo que inaugura la diferenciación entre dos sistemas instaurados por la repre- sión y, por ende, el funcionamiento del proceso secundario. Un año más tarde, cuando la terapia ha establecido los mo- vimientos necesarios para la discriminación entre el sujeto y el objeto, y Alberto ha encontrado en el ejercicio del habla posibili- dades de comunicación para arrancarlo de su mundo solipsis- ta, me dirá: «¿Sabes?, compramos una yegua»; y ante la pre- gunta: «lQué es una yegua, Alberto?», responderá con petulan- cia: «Una yegua es un caballo que se llama yegua». Y volverá a ubicarme, en mi desconcierto, ante las dificultades de esa lógi- ca en constitución en la cual no puede precisar aún la exclusión de los contrarios, pero en la que ya no está presente la indife- renciación de los orígenes.

Caliarda, anulación del género y el número

En 1971, Elías Petropoulos sacó a la luz en Atenas una obra titulada Caliarda, que es un diccionario de la lengua especial de los homosexuales griegos. En el prefacio, Petropoulos acusa de moralistas a los folkloristas, a los neohelenistas y a los his- toriadores griegos, interpretando como una condena moral su rechazo a reconocer y a hacer conocer esta realidad social que es la homosexualidad. Petropoulos pagó tres veces con la pri- sión sus obras que ponen al desnudo aspectos secretos de la so- ciedad griega. No es mi intención detenerme en ello, sino sim- plemente señalar las dificultades de una investigación científi- ca cuando pone en juego las ansiedades más profundas de un grupo humano. El nombre mismo de esta lengua, caliarda, llama a refle- xión. Puede ser traducido, tal vez, como «lengua verde», y gra- maticalmente es un neutro plural. ¿Cuáles son sus caracterís- ticas principales? Es casi una regla en caliarda la omisión de los artículos (excepcionalmente encontramos uno); los adjeti- vos no son empleados sino en femenino (por lo cual todo sujeto se deja entender como perteneciente a este sexo-género); la de- rivación de verbos a partir de sustantivos es mucho más fre- cuente que la derivación de estos a partir de verbos (a diferen-

/.,.

cia de la derivación del griego corriente). Héléne Ioannidi 2 prq- pone una interpretación: la ininteligibilidad de esta lengua sirve a fines utilitarios, pero también ambiguos. Los locutores de caliarda ofrecen el espectáculo de su inteligencia a los testi- gos heterosexuales, para quienes el sentido de su intercambio es ininteligible. Sin embargo, se apoya en Triandaphillidis y su búsqueda a través del psicoanálisis del origen del lenguaje, quien propone: «Ninguna lengua secreta es una lengua. Por- que los interlocutores de ninguna lengua secreta tienen la fuer- za de romper con la sociedad de la cual son adversarios, ni con la lengua materna. La lengua materna es el fundamento in- quebrantable sobre el cual se construye toda lengua secreta». 3 Sería trivial a esta altura decir que el sexo no está constitui- do por el género. Sin embargo, el ejemplo del caliarda pone de relieve una posible relación existente. Aun cuando partiéramos provisionalmente de la hipótesis de que el género, en el sujeto, es anterior al sexo, es evidente que en la lengua secreta de los homosexuales griegos el género se ha puesto al servicio del se- xo o, para hablar con mayor precisión, el no-género se ha pues- to al servicio de la anulación de la diferencia de sexos. La anu- lación de los artículos, la anulación de los géneros, la feminiza- ción de los adjetivos (el atributo es lo femenino, paradoja que semeja una denegación masiva en la lengua de la imposibili- dad de reconocimiento de lo femenino como no-posesión del atributo masculino), la derivación del verbo a partir del sustan- tivo, que pone en el centro al sujeto y no a la acción, evidencian la reversión de un proceso constitutivo del lenguaje en la infan- cia, en la cual si el género es anterior al sexo se tendrán que producir en algún momento puntos de encuentro que anuden significantes genéricos a significados sexuales. Octave Mannoni, en un texto que deja entrever la intención de marcar las diferencias entre psicoanálisis y lingüística, «La elipse y la barra», 4 señaló en un apartado los problemas que se abrían en la búsqueda de las conexiones y discordancias entre el género y el sexo, partiendo de que, si bien no todas las len- guas poseen marcas particulares para dar un género, se puede apreciar que todas son capaces de significar el sexo. La defini- ción de género -dice- es gramatical, una palabra femenina

2 H. Ioannidi, «Caliarda, la langue secrete des homosexuels grecs», en Topi· que, París, nº 20, octubre de 1977. 3 !bid., pág. 129. 4 La otra escena. Claves de lo imaginario, Buenos Aires: Amorrortu editores,

1973.

remite a otra palabra femenina, esté o no implicado el sexo. Si el género correspondiese exactamente al sexo, seguiría funcio- nando (por ejemplo, como regla de concordancia) entre los sig- nificantes y el sexo, como una especie de «lógica» del lado de los significados. No obstante -aclara- , esto sólo es así en una lingüística rigurosa. Si se pidiera a un niño de los primeros gra- dos que analizara «rana macho» o «ratón hembra» e indicara el género del adjetivo, podría sentirse turbado porque en la con- ciencia «ingenua» del sujeto existe cierta relación, difícil de de- finir, entre el género y el sexo (por ejemplo, «macho» debería ser masculino). La conclusión que extrae Octave Mannoni es la siguiente:

«Diría que si el género estructura ciertas lenguas, el sexo es, en

cambio, una estructura de

modo el sexo en el lenguaje, es porque hasta ahora nunca nos hemos referido al sexo sino como significado, y como tal no sale de los límites de la elipse. Y, por supuesto, el conocimiento de ese sexo significado nada tiene que ver con el saber sobre la se- xualidad, lo que quizá parezca una perogrullada». 5 Y en nota al pie agrega: «Esos universales que toda lengua debe poder expresar (el número, el sexo, el pasado, la restric- ción, etc.) pertenecen a algo más general que a una lengua o a

otra; puede decirse que pertenecen al lenguaje mismo». La propuesta cobra dos dimensiones. Por un lado, señala que el sexo, en cuanto tal, en cuanto estructura de lenguaje, po- ne en el centro la cuestión de la diferencia. Por otra parte, y co- mo él mismo aclara luego, pregunta por ese saber del cual se ocupa el psicoanálisis, cuáles son las relaciones que mantiene con el saber objetivo y con el sujeto .' Alrededor de este punto, dice Octave Mannoni, giran los problemas más importantes. Y termina por señalar: «¿No deberíamos asimilar el género gra- matical a una especie de retorno de lo reprimido (por lo demás contingente, censurado y trastornado), de modo que, a diferen- cia del saber significado, manifestase de alguna manera el ca- rácter significante para el hombre de las marcas de la anato-

La palabra, que da el sexo significado, enmas-

cara o reprime su carácter propiamente significante. El sexo como significante reside en la capa más oculta. Pero puede rea- parecer, disfrazado, en la capa más superficial, la de las formas

Si introduzco de este

mía sexual?

significantes lingüísticas». 6

5 !bid., pág. 47.

6 !bid., pág. 49.

Que el sexo se marca en tanto significante de una diferencia no es un punto que nos propongamos discutir; «las marcas» de la diferencia anatómica no pueden jugarse sino como signifi- cantes y es así como Freud lo señaló. La impasse se produce, en mi opinión, cuando el problema de la diferencia queda atrapado en un encerramiento lingüístico que impide aproximarse al pe- culiar carácter significante que para el hombre poseen estas marcas de la anatomía sexual. Y es significante en la medida en que en el proceso discursivo interrumpido por el lapsus, o por el Witz, el fantasma de la diversidad se hace posible «marcando» al sujeto en una desestructuración sexuada que irrumpe desde los fantasmas erógenos del conjunto del cuerpo pregenital. Apelando al conocido chiste de los dos niños, niña y varón, frente a un cuadro que representa a Adán y Eva y que los des- concierta en su posibilidad de la diferenciación sexual en la me- dida en que los personajes están desnudos, Octave Mannoni modifica la historieta inglesa y hace decir a la niñita: «Escuche- mos lo que dice la gente; dirán him y her, y entonces sabremos» (porque tales pronombres designan fielmente el sexo significa- do). El efecto de Witz depende de la ignorancia de algo que no es el sexo como significado. Cuando un niño sabe que no sólo hay palabras femeninas y masculinas, sino que más allá de estos géneros hay un significado, su curiosidad se despierta y se pre- gunta «¿qué quiere decir eso?». Intenta saber algo más, que no figura en la elipse saussureana. «Es, en rigor, y debemos la ex- presión a Lacan, el sexo como significante (un significante que no depende de la lingüística, pese a que Lacan haya dicho algo diferente en el texto citado como epígrafe)». Y el texto citado como epígrafe dice: «Nuestro tema es, por supuesto, el hombre

). Hay aquí, sin duda, un significante oculto que

y la mujer

no es absolutamente encarnable en parte alguna pero que no obstante se encarna de la manera más aproximada en la exis- tencia de las palabras ''hombre" y "mujer"» (Jacques Lacan, Se- minario del 18 de abril de 1956). Y agreguemos nosotros: par- tiendo de la preocupación de Lacan por el carácter significante del sexo, Octave Mannoni llega a una conclusión que no sólo es un desarrollo, sino que es diversa de la del maestro. Volvere- mos sobre ello, pero no podemos dejar de señalar el cuidado y la fina ironía con los cuales Octave Mannoni maneja la diferen- cia, ya no de sexos, sino de propuestas teóricas, que dejó sumer- gidos durante mucho tiempo a los no iniciados en la confusión de propuestas sin permitir acceder a los movimientos producti- vos de la discrepancia.

Cuando el autor da los ejemplos de him y her, muestra que el significante puede actuar, desde el género, como rasgo se- cundario sin que esto lo abroche al sexo como significado. Him y her, como los aritos de las niñas, como los soldaditos con los cuales juegan los varones, entran de hecho en el género, pero no sólo desde el género gramatical, sino de aquel que prepara el acceso al sexo, y que si bien e.stá constituido por el lenguaje, se juega en todos los órdenes de la cultura y a través de estos, siendo el lenguaje la vía para la explicitación de los fantasmas parentales acerca del futuro sexo simbólico del hijo real que de- be acceder a él para poseerlo. Los niños de la historia de Octave Mannoni, al igual que la petulancia de Alberto cuando me responde «una yegua es un caballo que se llama yegua», señalan la diversidad posible an- tes de que la diferencia de los sexos se instale. Sin embargo, ca- da uno de estos niños puede responder nominalmente acerca de su sexo atribuido. Nl. Alberto, ni los niños de la historieta, tendrán un momento de duda cuando se les pregunte acerca del carácter 9.e su ubicación en la diferencia de sexos. Alberto responderá con seguridad «varón», cuando yo le pregunte qué es. Sin embargo, esto no dará razón, de ninguna manera, del reconocimiento de la función sexual en la medida en que agre- gará inmediatamente -y luego de un trabajoso proceso tera- péutico en el cual tendrá primero que descubrir qué es, para luego reconocerse en su atribución-, «no juego con muñecas». Como el Witz inglés relatado por Mannoni, con frecuencia frases de los niños marcan el retorno de esta «diferencia» gené- rica que se establece antes de la fase fálica y que señala cómo elementos de la cultura son tomados para ser jugados en una diversidad en la cual, pese al desconocimiento del carácter del sexo en tanto significado, el sujeto se enfrenta ya al problema de su identidad como ser sexuado. Un niño de cuatro años, cuyo padre tiene vedados algunos alimentos y excesos orales debido a un trastorno gástrico crónico, responde a la madre que le pre- gunta si quiere un poquito de café que los adultos están en vías de ingerir: «¿Te crees que soy una mujer para tomar café y fu- mar?». Profundamente humillado ante las risas de quienes presencian la escena, se retira. Las preguntas son varias: ¿Es la humillación efecto de que el ofrecimiento materno lo desco- noce en su posición viril, marcada por la identificación al padre no definida aún por la lógica fálica de la diferencia? ¿O, tal vez, ante las risas que la respuesta provoca, siente que los adultos que lo rodean niegan su posición masculina defendida con or-

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gullo a través de la respuesta irritada y altiva? ¿Es que hay una sospecha, en vías de constituirse, acerca de que lo masculi- no no pasa por la ingestión de café, sino que es de otro secreto orden que empieza a aparecer como interrogante, y siente la ri- sa como un desenmascaramiento de su ignorancia acerca de ese algo que ya comienza a reconocer, sin que pueda aún ins- taurarse como un saber posible? Las respuestas son tantas como las preguntas a formular. Sin embargo, dos elementos resaltan de la situación. En pri- mer lugar, el hecho de que en la misma mesa de la cual se le- vanta hay otros hombres, menos su padre, que toman café sin que ello ponga en duda su masculinidad. En segundo lugar, que la herida narcisista que evidencia se ha instalado en nues- tro niño sin que ello signifique que este narcisismo se haya li- gado aún a ningún significante fálico de la diferencia anatómi- ca, aun cuando se encuentre ya organizado en relación con la diferencia de géneros. Tal vez, cuando acabe de instalarse el movimiento que lo ha de constituir de sujeto atravesado por el género masculino en sujeto sexuado, habrá de responder con la misma indignación cuando se lo considere capaz de un atributo femenino, pero en este caso, porque la situa ción lo interpelará en su condición masculina, agitando los fantasmas de castración y pasiviza- ción que en el proceso se ha visto obligado a reprimir.

su seminario sobre la castración, 7

dos términos alemanes que parecen señalar dos problemáticas

freudianas en el texto acerca de La organización genital infan- til. Se trata de Unterschied, diferencia, y Verschiedenheit, di-

versidad. La diferencia (Unterschied) implica una polaridad, una dualidad. Por el contrario, la diversidad (Verschiedenheit) puede existir entre dos elementos, pero también entren ele- mentos. Si tomamos la diversidad de los colores -dice-, ninguno se define por una cualidad propia, ninguno se define por la ne- gación de otro -ni siquiera el blanco o el negro----. En un siste- ma de dos colores, el blanco se define por el no-negro, pero en el sistema de los colores naturales, sistema de n posibilidades, el no-blanco puede ser negro, pero también rojo, verde, etcétera. Estamos en una lógica del concepto que define dos tipos de oposiciones: la de los contradictorios, por una parte, y la de los

Laplanche recupera, en

7 J. Laplanche, Castration. Symbolisations. Problématiques II, París: PUF,

1980. Castración.

Simbolizaciones , Buenos Aires: Amorrortu editores, 1988.

contrarios, por la otra. En el ejemplo del niño que rehúsa tomar café, hay una diferencia de géneros, una diferencia entre los hombres y las mujeres, percibida pero no ligada a una diferen- cia anatómica de los sexos. En la diferencia social, cultural, fal- ta un fundamento lógico, y el niño busca a esta bipartición un fundamento en teoría, precisamente ese fundamento lógico. ¿Debe buscarse este fundamento lógico en la anatomía -pre - gunta Laplanche-, cuando el problema del sujeto es reencon- trar la naturaleza a continuación del largo proceso en el cual la ha perdido, es decir, cuando las excitaciones sexuales en el su- jeto psíquico son el efecto de una verdadera perversión del ins- tinto por su inclusión en el mundo de la sexualidad adulta que lo ha constituido parcelando su cuerpo en múltiples zonas eró- genas que tomaron el rumbo inicial del autoerotismo? El problema de la lógica de la exclusión, del tercero exclui- do, no es algo del orden de lo real, de la anatomía. El pene, la vagina, el pecho, el ano, no entran a circular hasta que se orga- niza una nueva repartición efecto de la lógica de la sexualidad genital. Pero ~stalógica es impensable fuera del proceso secun- dario, ya que en el inconsciente subsisten todos los elementos que sólo son contradictorios para el preconsciente. Lo contrario o lo contradictorio, sólo es algo que afecta al sujeto, a un porta- dor de los atributos. Pero portar un atributo, dice Laplanche, puede jugarse en dos dimensiones distintas. Un atributo puede ser sólo eso, o puede transformarse en una insignia; el atributo puede ser una cualidad o una insignia. Como atributo no entra más que en una lógica de los contrarios, como insignia en una lógica de la contradicción: si no se es hombre, necesariamente se es mu- jer. La insignia, como tal, no existe en la naturaleza, sólo en la lógica del sujeto. Desde lo real, algo puede ser rojo, azul o blan- co, pero desde la lógica, si está signado por verde/no-verde, aquello que es rojo entra en la lógica de la negación (no-verde). La conclusión provisional que extrae Laplanche acerca de los dos términos de Unterschied y Verschiedenheit es que la di- ferencia absoluta remite a una marca de la presencia o ausen- cia de un solo atributo. La diferencia relativa de los géneros es- tá fundada sobre la elección de dos o más atributos. La diferen- cia de géneros remite, entonces, a la diversidad y no a la dife- rencia, no a los contradictorios, sino a los contrarios. La lógica de la contradicción, por lo tanto, está definida con relación a una pautación que viene por fuera del sujeto, que organiza el principio del tercero excluido y abre las posibilidades al proceso

secundario. Si en el inconsciente los contrarios coexisten, sólo es en el sujeto que se ha constituido donde estos son sentidos, sufridos, como contradicción: la diversidad transformada en di- ferencia en el interior del aparato psíquico e instituida como conflicto. En el niño que se niega a tomar café y fumar, la masculini- dad no se define por la existencia del atributo masculino pene, sino por todos los elementos secundarios ligados a la constitu- ción de la posición masculina. Empero, la diferencia de géneros funcionó como previa a la diferencia de sexos, marcando desde la cultura las alternativas posibles que serán luego inscriptas y resignificadas en el psiquismo. Para que nuestro sujeto arribe a la diferencia de sexos debe- rá pasar previamente por la oposición fálico-castrado que cons- tituya al pene como insignia de la masculinidad, al falo como símbolo de la diferencia, como insignia que abrirá la lógica de la contradicción. Lógica de la contradicción que en el sujeto se marcará como lógica de la castración. Podríamos pensar, siguiendo esta misma línea, que la lógi- ca de la contradicción se inaugura a través de la insignia. La insignia como algo soportado en lo real, pero significado simbó- licamente. Pero, a su vez, la insignia podrá ser recuperada en un nuevo movimiento cuando el proceso lógico sea arrancado de la lógica binaria, a la cual quedó sometido por la angustia de castración, y reemplazado en un reconocimiento de la contra- dicción que no implique la anulación del contradictorio. ¿Por qué ubicar, entonces, como lo hace Octave Mannoni, la diferencia de géneros del lado del significante, la diferencia de sexos del lado del significado? ¿No sería, de alguna manera, in- tentar colocar el significado del lado del inconsciente? El sexo

como reprimido no es el de la lógica fálica; en él coexisten el fantasma de castración con la madre fálica. Para el sujeto en constitución, todo lo que haga un ordena- miento de los enigmas del sexo (nacimiento, muerte, castra- ción), funciona del lado de la significación, es decir del ordena- miento significante en una lógica que permita la simbolización. Tanto la diferencia de géneros como la diferencia de sexos son

ientos di-

versos de los enigmas en los cuales el sujeto se constituye y por los cuales es interpelado. Del lado del inconsciente, las repre-

sentaciones coexisten y sólo se transforman en contradictorias cuando atacan al preconsciente, al yo, guiado por el proceso de organización de la lógica del proceso secundario.

algo que ocurre del lado del preconsciente; ordenarr

En tal sentido, el sexo puede ser definido, como lo propone Octave Mannoni, del lado del lenguaje, entendido este como sistema que organiza las diferencias. Pero, en la medida en que el sistema de la lengua no se instaura sino como organizador de los sistemas inconsciente y preconsciente-consciente a través de la constitución de la represión originaria - tal como lo he- mos desarrollado en el capítulo 2- , el lenguaje, al constituirse en el sujeto, es un efecto de la represión originaria y funciona dando origen a la significación, es decir, posibilitando la emer- gencia o no de lo reprimido. En la constitución del género en el niño ya está presente la marca del sexo que imprime el adulto. Al igual que en el lenguaje caliarda, el género se correla- ciona con el sexo, no «en la conciencia ingenua del sujeto», sino justamente en la suspicacia de las vicisitudes del fantasma sexual reprimido. El sexo retorna en el género, denegado o ligado al fantasma reprimido, más acá de la intención de cons- tituir una lengua neutra. Una historia relacionada con el pro- blema del racismo lo ejemplifica: en un autobús van negros y blancos peleándose. El conductor, irritado, detiene el vehículo y ordena: «jBasta, desde hoy son todos verdes!». En ese momento un negro sube al autobús y pregunta: «¿Dónde me ubico?». El conductor responde: «Usted, atrás, con los verde oscuro». Más allá del intento de mostrar con este ejemplo cómo rea- parece a través de nuevas dicotomías en el interior del lenguaje aquello que se pretende expulsar, es necesario que señale que este problema se expresa brutalmente por medio de las forma- ciones reactivas en el interior del racismo contemporáneo. Así, la hipocresía racista que se esconde en la expresión «gente de color», como si el blanco fuera el «no-color», encubre el carácter despectivo con que se tiñe (o se destiñe) al negro, eludiendo en el lenguaje la marca de la segregación que retorna a través del encubrimiento. O la modalidad de llamar al indio «indito», en una propuesta paternalista que oculta el carácter altamente hostil a partir del cual un rasgo étnico se convierte en un signifi- cante de la minusvalía. Nadie diría para referirse a los nortea- mericanos «los norteamericanitos», salvo en un sentido irónico. Diversidad previa, entonces, a la diferencia de los sexos, que constituye ya los elementos significantes que la cultura es- tablece para la asunción social del sexo propio: la organización parental del Edipo, la atribución del sexo a través del nombre, del color de la ropa, y de los signos distintivos que la cultura im- prime en el sujeto, antes que la angustia de castración lo colo- que en la alternativa de ser sexuado.

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La precocidad de la educación sexual no resuelve nada de esto, si no acompaña al proceso de simbolización que proponen los movimientos de constitución del sujeto en la estructura edí- pica y a los concomitantes intrasubjetivos, fantasmáticos, de este proceso. Una situación que se produjo en un jardín de in- fantes donde se imparte educación sexual lo ejemplifica: las ni- ñas formulan «Lupita tiene vagina, Mariana tiene vagina, Pa- ty tiene vagina, Paula tiene "conchita"». Así irrumpen en la lec- ción monótona de una diferencia no aprehendida con un exa- brupto que echa por tierra las inquietudes programáticas de la maestra. La diversidad o diferencia, en lo manifiesto, marca el movi- miento de constitución de un aparato psíquico infantil inci- piente, donde la instauración de la castración abrirá la posibili- dad de comprender el surgimiento del cero, de la nada contra- puesta al rasgo. Lógica de la instauración del cero que implica la posibilidad de apertura hacia las matemáticas y la numera- ción. Si la lógica del cero precede al sujeto en la cultura, si la cons- titución de la diferencia, en el orden del lenguaje, se juega des- de un antecedente que, siendo trans-subjetivo, es condición ne- cesaria para la constitución del sujeto mismo, los índices que permiten cercarlo en el niño posibilitan al analista encontrar las pistas de organización del aparato y ubicar las líneas con las cuales debe orientar la dirección de la cura. Momentos del tratamiento de un niño, que expondré a con- tinuación, pueden semos útiles para explorar la hipótesis que acabo de presentar.

Mariano. El cero y la nada

Mariano, cuatro años y medio. La mirada atenta, inteligen- te. El cuerpo a mitad de camino entre la primera infancia y la infancia. Un lenguaje rico y deshilvanado. Juegos explosivos y altamente simbolizados -guerras interplanetarias, mega- arañas y mega-alacranes- acompañando preocupaciones «co- tidianas»: la bomba de neutrones, los conflictos mundiales. Motivo de consulta: intolerancia excesiva y enuresis noctur- na; Mariano se ha convertido en un niño «inmanejable». El reverso de su actitud querulante: la depresión. Tuvo una migración reciente y un día, cuando la brusquedad del juego ce-

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de y el discurso deja de ser verborreico -una micción que se derrama por el consultorio-, se acuesta en el suelo y, con tris- teza profunda, dice: «¿Sabés qué es lo más triste, pero lo más, más triste?: cuando ya no te acordás la cara de tus amigos». Las sesiones transcurren en un lento, trabajoso ritmo, que intenta reconstruir las caras, los lugares, los juegos perdidos. Al poco tiempo entra a consulta con sed. Dice «quiero agua de nada». En México existe el agua de naranja, de tamarindo, de horchata. Mariano pide «agua de nada». En una primera visión, fácilmente accesible al pensamiento psicoanalítico, interpreto: agua de nada, llenarse con la ausen- cia que se ha sustancializado. En su carácter de presencia, la au- sencia, lo que no está, es nada, pero nada es algo que puede lo- grar una incorporación benigna. Hasta este momento, mientras duró el cuadro querulante, la ausencia operó, desde el incons- ciente, como ataque --objeto malo, propone Melanie Klein-. En el inconsciente el objeto ausente es siempre objeto malo. No es representable la ausencia sino como presencia atacante. Laplanche 8 pone a trabajar esta idea y llega a una ley general del psiquismo: la pulsión de muerte es la sexualidad no ligada que ataca al sujeto con la desintegración de la pulsión parcial, frente a la libido ligada en el yo o en el objeto de amor. Cabe una pregunta: ¿no es el inconsciente, por su constitu- ción misma, el lugar de inscripción de la ausencia del objeto? Este es el modelo de toda la constitución del aparato psíquico en Freud, ya que lo que se inscribe es una huella del objeto per- dido. La nada no tiene representación, actúa por presencia, muerde y desgarra al sujeto. No es otra la función atacante del inconsciente en su conjunto. Si el inconsciente es el lugar del deseo, de la inscripción de la pulsión en su imposibilidad de sa- tisfacción -y en este sentido habría que pensar el concepto kleiniano de voracidad: una discordancia fundamental entre la alimentación de la cual el bebé es objeto en relación con su de- seo oral de colmamiento ilimitado-, el sujeto se defiende. (Thomas Mann, en Las Tablas de la Ley, refiriéndose a la le- yenda que atribuye a Moisés un crimen en su juventud tem- prana, dice: «Supo que, si matar era hermoso, haber matado era terrible, y por eso matar debía estar prohibido». Sólo lapo- sibilidad de desear lo terrible con la convicción de que no se rea, lizará es lo que garantiza la tolerancia a lo siniestro.)

8 J. Laplanche, L'inconscient et le i;a. Problématiques IV, París: PUF, 1981. El inconciente y el ello, Buenos Aires: Amorrortu editores, 1988.

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En el desgarramiento en que se encuentra Mariano cuando llega a tratamiento, en su actitud típicamente paranoide, irri- table, nada lo ha satisfecho porque ante cada reclamo, cuando el objeto demandado le ha sido ofrecido, es en su presencia co- mo el objeto ausente aparece marcando la imposibilidad de su recuperación. Por eso la metonimización permanente (en lo manifiesto) de su demanda no logra recubrir aquello que ha quedado no sólo como perdido, sino como no verbalizable, y que el tratamiento permitirá recuperar. Cuando agua de nada se hace presente en su discurso, la nada aparece, en el marco de la cura, remitiendo al obj<')to pri- mordial de la ingestión; pero es en el preconsciente donde esto puede manifestarse y adquirir así una cualidad diversa: de presencia atacante se transformará en ausencia añorada, en posibilidad de representación de la lógica de la ausencia (lógi- ca, por otra parte, que sólo es atributo del sistema preconscien- te-consciente). Agua de nada, sin embargo, no es todavía la na- da como concepto. Es la sustantivación en la lengua de lo que había sido innombrable. No es tampoco una suma, no es agua con nada, sino la combinación discursiva que estructuralmen- te liga agua con naranja y la transforma en agua de naranja, en una anulación de las propiedades particulares de cada uno de los elementos combinados, en una fusión del objeto y el atri- buto. El atributo es el objeto, a la vez que el objeto es su atribu- to; el agua y la naranja se han diluido en el de que las constitu- ye como unidad. Si el análisis y la síntesis de los pasos del conocimiento cien- tífico son posibles, esto no tiene existencia en el psiquismo in- fantil antes de que los sincréticos originarios se descompongan en sus unidades constitutivas, y esto es así tanto desde la ins- tauración pulsional (representación de la primera experiencia de satisfacción, en la cual la boca y el pezón constituyen un todo que permite pensar que la boca es una cavidad a la cual le falta el pezón) como desde la experiencia misma de la lengua, que propone composiciones y recomposiciones de lo real que el niño tendrá que rearmar cuando la lógica del tercero excluido se ins- tale. Únicamente allí habrá posibilidad de análisis y síntesis posteriores a los movimientos de constitución de los objetos totales. Pierre Fédida, en su libro L'absence, 9 va marcando los dis- tintos espacios en los cuales la ausencia constituye al objeto; su

9 P. Fédida, L'absence, París: Gallimard, 1978.

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preocupación es encontrar la ausencia de la cual es portadora

el objeto. El objeto fetiche (portador de la castración), el objeto

reliquia (portador del duelo), el objeto transicional, soporte de

la presencia-ausencia de la madre. En la presentación de este texto propone: «La ausencia da contenido al objeto y asegura a la separación un pensamiento». Tomando de F. Ponge un neolo- gismo, objeu, para titular un texto destinado a elaborar, con

escritura que está entre el psicoanálisis y la poesía, las relacio- nes entre juego y objeto, Fédida dice: «De lo que se trataría es de hacer del objeto el acontecimiento depresivo de la pérdida. Es un acontecimiento porque hay un descubrimiento del objeto por el juego: consiste en abrir la mano, en desasirse. El objeto se constituiría como significante de la separación, el abandono

o la pérdida

El pensamiento tiene por espacio, a veces, el dolor. El au- sente es entonces el objeto de odio del amor. En el caso de Mariano, cuando los padres se ven obligados a la consulta por la querulancia que el niño manifiesta -siem- pre hostil, malhumorado, reivindicativo-, ¿es la ausencia del objeto añorado la que coloca a los padres como objeto odiado, o al menos, como soporte de este, como objeto de odio del amor? La situación clínica vuelve a poner sobre el tapete, una y otra vez, la vieja discusión entre Melanie Klein y Anna Freud en el «Simposio sobre análisis infantil» de 1926, acerca de la posibili- dad del niño de establecer transferencia. ¿Cuál es el objeto año- rado, si los padres están presentes, si los objetos primordiales son aparentemente conservados?

Se instituye en el lugar de una falta». 10

Del objeto parcial (pleno) al objeto total (de la falta)

Una situación con una paciente adulta puede servir para aclarar el punto. Ha tenido un breve encuentro con el hombre que ama y del cual se encuentra separada. Recuerda que ella era «todo para él» y ahora, al verse, él ha hecho el amor con ella sólo porque aún le gusta, pero ya no la ama. Mi paciente relata:

«Cuando terminamos de hacer el amor me dormí, y soñé que dormía a su lado. No entiendo por qué, estábamos durmiendo juntos y, sin embargo, yo soñaba que dormía con él». A decir verdad, ella dormía «Con otro». A esto se refería Melanie Klein

10

! bid., pág. 105.

121

cuando en aquella vieja polémica le decía a Anna Freud que la transferencia no requiere la pérdida de los padres «reales» in- fantiles. En realidad, nunca fueron reales, y se transfieren en la cura aspectos fantasmáticos, residuos de las relaciones de objeto con ellos habidas. Cuando Mariano increpa a los padres presentes, les reclama querulantemente ser portadores de la ausencia de las relaciones primordiales perdidas. Un «resto de padres» ha quedado en el lugar de origen, del cual ha sido tras- ladado. Cuando algo se pierde, el objeto presente marca la falta de lo ausente (no pocas veces he asistido al desconcierto de un padre o una madre, viudos o separados, enfrentados a la hosti- lidad del hijo que idealiza al ausente. No corresponde apresu- rarse en la comprensión de este fenómeno, pero se inscribe, en líneas generales, en el orden de determinaciones que estamos exponiendo). Spitz, al descubrir la angustia del octavo mes como un mo- mento del desarrollo infantil evidenciado por la reacción del niño que, al enfrentarse a la guestalt facial de un desconocido, llora por la presencia extraña, no se limitó a describirla como un fenómeno normal en la constitución del niño, sino que arriesgó una hipótesis cuyo valor debe ser relevado: si el niño llora frente al extraño es porque su presencia remite a la au- sencia del objeto esperado, la guestalt materna. El objeto pre- sente amenazante es lo extraño que marca la ausencia del objeto conocido. Una característica general del psiquismo está en juego: lo real sólo angustia sobre el trasfondo del objeto psí-

1 quico. Juego engañoso, este. Lo desconocido sólo cobra carácter de

¡,¡:

tal sobre el fondo de lo conocido (es decir de lo re-conocido, en el sentido de que lo representado coincida o no con lo percibido); por otra parte, lo percibido como real, y que ha coincidido con lo representado otrora, deja de hacerlo en la medida en que pese a la percepción de lo idéntico se inaugura la no coincidencia con la representación interior. En este doble movimiento deberían tal vez pensarse las dos variables freudianas relativas a la

que consistirá en diferenciar lo

representado de aquello que es percibido y que marcaría así la diferencia entre lo interior y lo exterior (caso del bebé de Spitz);

otra, que consistiría en comparar lo percibido objetivamente con lo representado, con vistas a rectificar las eventuales defor- maciones de esto último. Sin embargo, lo que vemos en el caso de Mariano (y coincidiendo con la preocupación expresada por Laplanche y Pontalis en el Diccionario de psicoanálisis, de que

«prueba de realidad» : una,

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esta última variante del concepto de prueba de realidad lleve a considerar esta expresión como si la realidad fuera aquello que pone a prueba, mide y atestigua el grado de «realismo» de los deseos y fantasías del sujeto y les sirve de patrón) es que la cu- ra analítica no puede pasar en ningún momento -y siento lo absurdo de tener que repetir esto a esta altura de la historia del psicoanálisis- por hacer coincidir los padres reales con los fantasmas que agitan al sujeto en la producción del síntoma, sino que pasa por reconocer, junto a mi paciente - y compar- tiendo para ello, dolorosamente, el proceso de la cura- que los padres perdidos de los orígenes son los restos de ausencia ata- cante que precipitan hoy su rabia desmedida. Pasar del odio a la tristeza no es pequeña tarea para el apa- rato incipiente. ¿Se trataría, tal vez, en el movimiento que Me- lanie Klein describe como pasaje a la posición depresiva, del abandono del objeto pleno, pero parcial, al objeto total? El objeto pleno, de los orígenes, sólo puede sobrevivir a costa de una escisión en otro objeto que sea portador de todos los atri- butos negatiyos positivizados. En este sentido, los objetos par- ciales son objetos plenos, cada uno portador de un atributo único maniqueamente disociado. De tal modo, si hay un objeto de la completud en los orígenes, no es sino parcial, relativo a la puntualidad de un momento y coexistente con otro objeto de la incompletud absoluta, objeto malo. El objeto total, caracteriza- do por su incompletud, es decir, por la integración de lo positivo

y lo negativo (significantes en el inconsciente de objetos parcia- les no representables como ausencia), se debe repensar, desde este punto de vista, como constitutivo de una lógica que implica el reconocimiento de la ausencia en el sistema preconsciente. En el texto antes señalado, Fédida dice: «El objeto coincide, en

su constitución objetiva y objetal, con el juicio de atribución y el juicio de existencia, que marcan la ubicación de la exterioridad

a título de una instauración superyoica». 11 En este recorrido que estamos haciendo junto con Mariano, ¿cuáles son los prerrequisitos que se imponen para la conclu- sión lógica a la cual arriba el sujeto, y de qué manera se relacio- na esto con la instauración de los juicios de existencia y de atri-

bución?

Tal vez debamos detenernos más cuidadosamente en la afirmación de Fédida, en el sentido de las relaciones entre lo objetivo y lo objeta!.

11 lbid., pág. 106.

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El apartado relativo al concepto de objeto, en el Diccionario de Laplanche y Pontalis, termina aseverando lo siguiente: «Por último, la teoría psicoanalítica alude también a la noción de ob- jeto en su sentido filosófico tradicional, es decir, asociada a un sujeto que percibe y conoce. Es evidente que se plantea el pro- blema de la articulación entre el objeto así concebido y el objeto sexual. Si se concibe una evolución del objeto funcional, y a for- tiori si se considera que esta desemboca en la constitución de un objeto de amor genital, definido por su riqueza, su autono- mía, su carácter de totalidad, necesariamente se relacionará con la edificación progresiva del objeto de la percepción: la "ob- jetalidad" y la objetividad no carecen de relaciones». 12 Podemos deslindar esta propuesta en dos aspectos: por un lado, la preocupación acerca de las relaciones entre objeto cog- nitivo y objeto de amor genital; por otro, si este objeto de amor genital, como el mismo apartado pone en evidencia, es efecto de un constructivismo que pasa por la integración progresiva de los objetos parciales, o responde a otro orden, en el cual el nar- cisismo y la constitución del yo no dejarían de ocupar un lugar importante. La teoría de la integración de los objetos parciales (o de las pulsiones parciales) en una genitalidad totalizante cobra pre- dominancia en Freud fundamentalmente a partir de Tres ensa- yos. Un constructivismo pulsional que desemboca en la totali- dad unificadora genital. La propuesta de Tres ensayos, si bien permite los grandes desarrollos posteriores acerca de la sexua-

1 lidad, no posibilita entender las relaciones entre esta sexuali- dad y la constitución tópica, tal como aparecerían definidas en textos como «Introducción del narcisismo» y El yo y el ello. «In- troducción del narcisismo» parecería, en ese sentido, el primer intento para lograr correlacionar estos movimientos constituti- vos de la tópica psíquica con aquellos de la sexualidad, en la medida en que el concepto de «libido del yo» reubica por prime- ra vez los vínculos internos entre sexualidad y formación de una instancia (la estructuración del yo como efecto del movi- miento que inaugura, mediante el narcisismo, una primera bipartición en el sujeto psíquico, efecto de dos formas diversas de organización de la libido). A partir de «Introducción del nar- cisismo», entonces, dos formas de funcionamiento de fo. libido:

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una ligada -€n el yo o en el

objeto-

y una no ligada -€n el

12 J. Laplanche y J.-B. Pontalis, «Objeto», Diccionario de psicoanálisis, Barcelona: Labor, 1971, pág. 269.

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inconsciente--, ya que hasta 1923 no aparecerá el ello como la instancia capaz de albergar esta sexualidad parcial. A su vez, un ir y volver de esta libido ligada: ora depositada en el yo, ora en el objeto. El objeto parcial, como uno de los polos de la pulsión parcial, deja de entrar en la serie parcial-genital para entrar en la serie parcial-total, o parcial-amor, no correspondiendo necesaria- mente a lo genital, sino como un movimiento previo a la cons- titución del amor de objeto. El narcisismo, como oposición a lo parcial, no incluye necesariamente el amor genital, definido por el amor de objeto. En este sentido el narcisismo aparece co- mo un momento mítico previo al amor de objeto, que, sin em- bargo, ya implica una totalización del objeto (en este caso el yo o su equivalente). ¿Qué pasa con el objeto total, en el sentido propuesto por Melanie Klein? Si bien hay oscilaciones en su obra, es evidente que la característica predominante del objeto total no se debe a una integración cognitiva (aunque pueda ser el prerrequisito de esta), sinq a la integración de los aspectos positivos y negati- vos del objeto, gratificadores y frustrantes, «buenos» y «malos», para utilizar la terminología intrínseca a esta teoría. La posi- ción depresiva es entonces, desde mi punto de vista, la posibili- dad de reconocimiento, en un mismo objeto, de su incompletud (la incompletud del objeto, antes de esta posición, marcada co- mo presencia del objeto malo), y en tal sentido sólo ubicable tó- picamente en el preconsciente. Siguiendo este desarrollo, y teniendo en cuenta la idea prin- ceps de Melanie Klein de que las posiciones no son simples mo- mentos del desarrollo sino fases de recaída constante, la posi- ción esquizoparanoide sería el modo específico de funciona- miento del ello, definido este por la pulsión de muerte, por la no ligazón, por la voracidad (discordancia fundamental entre la posibilidad de satisfacción y la imposibilidad de colmamiento). Si el inconsciente es el fracaso del amor (como propone La- can coincidiendo con Freud, que hace pasar el amor por la cons- titución del yo o del narcisismo), la posición depresiva no puede tener otra ubicación metapsicológica que el preconsciente. Sin embargo, se nos podría decir, y con razón, que la posi- ción depresiva no goza de las características totalizantes que fijan la constitución del yo al narcisismo (o a la especularidad, como lo define Lacan en un planteo que ha abierto nuevas vías para la comprensión de este concepto). La posición depresiva no se caracteriza por la instilación del rasgo unitario sino, jus-

125

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tamente, por la abertura de la posibilidad de reconocimiento de la diversidad existente en el objeto.

Nuestro desarrollo tiende a mostrar que el objeto total -descripto por Melanie Klein- no es correlativo al objeto de la completud -teorizado por Lacan- , sino que es justamente su

reverso. Deberíamos, más bien, considerar al objeto total como la resultante del reconocimiento de la falta, definido por la lógi- ca de la ausencia --como señalamos antes-, y sería necesario aún tener en cuenta las vicisitudes de la castración en su cons- titución e instauración definitivas. Tal vez la exploración de los movimientos de Mariano en el tratamiento nos ayude a encontrar nuevas respuestas. Un día, cuando la querulancia había cedido y el niño se encontraba en óptima disposición para el trabajo en común, un nuevo elemen- to vino a agregarse a la situación y me desconcertó por segunda vez. En medio de una sesión, y con cierta picardía, como si hi- ciera un chiste, Mariano dijo: «¿Sabés qué es cero? Cero es nada, y después, cumple uno». Observación que ligó la nada a los orígenes, pero que marcó a la vez el comienzo de la numera- ción.

Luego de esta formulación Mariano se ríe, el placer es in- tenso. ¿Tendrá en algún lugar la percepción de que ha reali- zado el primer Witz de su vida, o es el descubrimiento en sí mis- mo de una posición ontológica que liga los orígenes a la ausen- cia lo que produjo el intenso placer del investigador que hay en él, esa excitación que acompaña al descubrimiento científico? ¿Basta con señalar, en este caso, la conexión que marca el surgimiento de la instauración del cero y del objeto «en el sen- tido tanto objetivo como objeta!»? Detengámonos un momento en esta relación que se inaugura en el psiquismo infantil, en la constitución de esta «cifra que indica una cantidad nula», cuyo origen se remonta al árabe -sífer, vacío-, y la instauración de un lugar diferencial en el interior de la estructura del Edipo. Vayamos a la teoría de los conjuntos; dos propiedades pue- den ser utilizadas para la comprensión del tema al cual esta- mos apuntando: la suma y la multiplicación. En matemática moderna, la sumatoria está dada, en el caso de dos conjuntos, por la suma de todos los elementos pertenecientes a ambos. La intersección, sólo por aquellos elementos comunes a los dos. Si suponemos el conjunto A, cuyos elementos son 1, 2, 3, 4, 5, y el conjunto B, cuyos elementos son 4, 5, 6; 7, 8, la suma de ambos será igual a 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, mientras que su intersección será igual a 4, 5. En caso de que ambos conjuntos no tuvieran

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ningún elemento en común, el resultado de la intersección se- ría equivalente a un conjunto vacío, cuya notación es, en mate- mática moderna, el símbolo cero. La suma o unión, en este ca- so, implica una incorporación anulatoria de los elementos dife- renciadores de cada uno de ellos. La intersección, por el con- trario, pone de relieve sólo los elementos comunes, permitiendo la existencia independiente de las divergencias de los elemen- tos existentes en cada uno de los conjuntos participantes de la operación. Otros dos principios matemáticos pueden ampliar nuestra perspectiva: El cero implica la noción de identidad; es aquel nú- mero que sumado a otro da por resultado este último. A su vez, implica la existencia de inversos aditivos, es decir que la suma de un número positivo más su negativo da por resultado cero. Si bien no es mi intención actual introducirme en profundi- dad en las relaciones entre la lógica y el pensamiento -tema por otra parte ampliamente discutido por la filosofía- , sí pre- tendo mostrar que la constitución de las premisas lógicas en el niño no está desligada de los movimientos específicos de consti- tución del aparato psíquico y, en este sentido, de los movimien- tos por los cuales este se desliza en el interior de la estructura edípica. Con «cero es nada, y después, cumple µno», Mariano ha he- cho un descubrimiento fundamental, a la vez que ha abordado un enigma aceptando su carácter de postulado, abandonando el intento de resolución que todo enigma existencial propone. En mi experiencia, la pregunta acerca de la muerte por parte del niño va precedida por la pregunta acerca de los orígenes. Los orígenes son el límite que marcan la no existencia. El niño que llora porque al ver la foto de casamiento de sus padres no encuentra una respuesta a «¿dónde estaba yo?», o a «¿por qué no me invitaron?», se resiste a reconocer una anterioridad a su existencia, una fractura de la permanencia «desde siempre». Por eso la primera pregunta es «¿cómo nacen los niños?», antes de que se pueda preguntar acerca de la muerte. ¿Qué significa aceptar la muerte, sino aceptar la posibilidad de incompren- sión del acontecimiento vacío de significación? El nacimiento, el origen, es del mismo orden. Marca una anterioridad al suje- to, así como la muerte señala la continuidad sin este. Cero es, entonces, el reconocimiento del conjunto vacío en tanto diferencia producida en el interior de los elementos de un conjunto indiferenciado. Cero es la apertura de dos sistemas de pe,rtenencia diversos, y en este sentido no puede estar exento

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de la marca que la diferencia con el semejante deja en el sujeto. El atributo fálico, perteneciente a uno de los dos universos, inaugura la abertura por la cual el conjunto vacío se instala. Hay ya intersección y posibilidad de existencia independiente de los participantes de la operación. En Mariano, los diversos movimientos de la nada soportada en el objeto se irán desgajando hasta que de la plenitud del

agua de nada, halle el agua sin nada, y luego el agua sola, que

lo marcará en su posición de identidad diverso del objeto de los orígenes, a través de ubicarlo en una posición frente a la cas- tración. Al poco tiempo esto aparece en sus juegos: la mega-araña pretende quitarle la cola al mega-alacrán. Me dice: «Yo entien- do que la araña quiera atrapar a las moscas, lo que no entiendo es por qué la mosca va al arañero». Rota la simetría en la cual devoración implica tanto el temor a ser devorado como el deseo de devorar, ambos polos del deseo aparecen desgajados, ins- criptos en dos instancias diversas. Mariano -sujeto-- se ha enfrentado disimétricamente al objeto. Uno devora, el otro te- me ser devorado. Hay un afuera y un adentro constituidos, a la vez que hay portadores de atributos deseables y sujetos caren-

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ciados de este atributo. La pregunta por el deseo aparece seña- lando, a su vez, la posición del sujeto excentrado ya del incons- ciente. La angustia de castración se despliega en todas direc- ciones. En una ocasión en que interpreto su temor a las niñas- mujeres, Mariano responde: «Eso no es cierto; además, yo no me junto con mujeres, yo a las niñas les hago así (gesto de dar una trompada)». Como en el cuento del caldero que relata Freud, coexisten, empero, las tres posibilidades; esto indica que aún no se ha instaurado la lógica de la contradicción que señale la constitución definitiva de la represión. Más adelante, dirá: «Andrés es un presumido». «¿Qué es un presumido, Ma-

riano?». «Presumido es el que tiene novia

.», dejando jugar en

la ambigüedad de la respuesta el movimiento que señala lapo- sición masculina en posibilidad de conjunción con la femenina y sorteando el temor a la diferencia para marcar el acoplamien-

to posible. En ese momento se despliega la numeración y el cero se ins- taura. Mariano cuenta, aprende a escribir, organiza el tiempo:

«¿Sabés qué es tener casi cinco (años)? Quedarse a dormir en casa de amigos, pero siempre que pidas permiso». «Los de cinco pueden ir a pasar el fin de semana en casa de amigos, pero no pueden volverse solos». «Cuando tenés cuatro y medio podés

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ver televisión hasta las 9, pero no podés quedarte levantado con papá y mamá hasta las 12». A la vez, Mariano encuentra una manera de apropiarse libidinalmente de la realidad que lo rodea y a la cual ha rechazado porque los objetos no podían sus- tituirse: pone nombre a todos los gatos del vecindario, tiene así posibilidad de ser el amo de todos los seres carenciados que lo rodean y brindarles su amor vicariado. Si él, en su anonimato, no podía ser amado por los seres desconocidos que a partir de la migración lo rodean y no podía amar a ese conjunto extraño en el cual el mundo se había transformado, puede modificar esta situación en su fantasía y construirse un mundo menos hostil que invierte, en el acto designativo, su deseo de ser reconocido. La ausencia, la castración y la constitución del cero forman parte, en el proceso de curación de Mariano, de los movimien- tos centrales que determinan el tratamiento. Estos trozos de discurso, fragmentados de procesos de la cu- ra de niños, tienen por objeto poner de relieve un aspecto que está siempre enjuego en los tratamientos infantiles: me refiero a la sorpresa a la cual se ve confrontado el psicoanalista cada vez que una frase, una propuesta enigmática, lo desconciertan en el movimiento de la cura, sometiéndolo a la búsqueda de una respuesta posible que trae apareados momentos de revi- sión no sólo del conjunto del proceso clínico, sino también de los elementos teóricos con que cuenta para cercarlo. Frases de los niños que dan razón de oscuros espacios de desconocimiento a los que nos vemos enfrentados; frases que, más allá del fantasma que revelan, y tal vez posiblemente en conjunción con este, dejan abierta la posibilidad de pensar en cambios estructurales en el conjunto del aparato psíquico. En relación con ello, mi investigación se abre en la dirección de poner en conjunción dos cuestiones: por un lado, la relación entre la constitución del lenguaje como tal en el niño, en tanto habla (para retomar la terminología de Saussure), en su corre- lación con los movimientos estructurantes del aparato psíqui- co; en segundo lugar, el hecho de que las formas gramaticales mediante las cuales ese discurso se organiza se relacionan con movimientos de constitución del sujeto psíquico que incluyen tanto la logicización del pensamiento en sus diversas varian- tes: organización témporo-espacial, constitución del cero yac- :cso a la matemática, como también el ordenamiento de las re- laciones entre los sistemas inconsciente/preconsciente - cons- ·icnt e, derivados de la represión originaria.

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6. Trastornos del lenguaje. Trastornos en la constitución del sujeto psíquico

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He explorado, a lo largo de los capítulos anteriores, los des- filaderos en los cuales los mecanismos que van abriendo la po- sibilidad de acceso al funcionamiento pleno del aparato psíqui- co se cierran en puntos de los cuales obtenemos evidencia a tra- vés de diferentes formas de fracaso de la represión originaria. El reconocimiento de que el inconsciente no está presente desde los orígenes mismos del sujeto, sino que es producto de un extenso movimiento que abre tanto sus posibilidades de existencia como las del proceso secundario, pone en juego una forma de aproximarse al fenómeno clínico en la infancia que plantea múltiples interrogantes a quienes nos vemos compro- metidos en la práctica psicoanalítica con sujetos cuyo aparato psíquico no ha terminado de constituirse. A partir de ello, este proceso de indagación y exposición de algunas ideas centrales, que hacen a mi concepción de la con- tribución clínica a algunos problemas metapsicológicos, no puede cerrarse sin intentar cercar los relacionados con ese campo resbaladizo y siempre en tela de juicio de las llamadas psicosis infantiles. Intento, para ello, ordenar el material de la cura de un niño de tres años. La cuestión no es sencilla, todo parece estar allí: la desorganización pulsional y los déficit de constitución del apa- rato psíquico; la fragmentación del cuerpo y del mundo circun- dante; la peculiar estructura del Edipo y los traumatismos vi- vidos; la historia contada y su repetición circular en las sesio- nes; los problemas de simbolización y la instauración de lo sim- bólico (en sentido de ordenamiento estructural, de registro, co- mo plantea Lacan). Todo ello desemboca en un trastorno severo de lenguaje: Martín, de tres años recién cumplidos, es traído a consulta porque no habla. El padre no puede dejar de pensar -pese a las garantías dadas por el pediatra en sentido contra- rio- que un problema orgánico afecta a su hijo. Luego de la realización de los exámenes médicos es descartada cualquier posibilidad de algo «malformado» en el organismo.

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Como tantos otros progenitores de niños con trastornos se- mejantes, estos padres -cultos y preocupados por su hijo- lle- gan a mi consultorio desconcertados por la situación. Su con- fianza en mí alcanza los límites de su propia creencia en el psi- coanálisis. Ninguno de ellos se ha sometido a un tratamiento analítico; no lo cuestionan pero no se han planteado nunca su necesidad; no niegan que sufran ni que tengan problemas, pe- ro, dicen, «pueden arreglarse solos». Esta frase, «arreglarse solo», parece ser el rasgo dominante de Martín: él se caracteriza por su absoluta independencia; busca su comida en la heladera cuando tiene hambre y conoce todos los pasos para preparar un biberón, habiendo llegado a transformar esta operación en un ritual. Con indicaciones bal- bucientes y gestuales controla la preparación de su alimento:

toma la botella, desenrosca la tapa, indica al adulto en qué mo- mento debe echar la leche y luego la cierra poniéndole la cu- bierta de protección; señala luego que lo acompañen hasta el lugar donde decide beberla -generalmente acostado sobre al- mohadones-;-, se recuesta, quita la tapa protectora, entrega el biberón al adulto, quien debe sostenerlo mientras él se acomo- da y luego devolvérselo para que lo ingiera. Hay en Martín, evident