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La reveladora historia del rey Aziicar La bisqueda del oro y de la plata fue, sin duda, el motor central de la conquista. Pero en su segundo Cristobal Col6n trajo las primeras rafces de cafia de azticar, desde las islas Canarias, y las plants en las tiorras que hoy ocupa la Reptiblica Dominicana, Una vez sembradas, dieron rapidos retofios, para gran regocijo del almirante. El azticar, que se cultivaba en pequefia escala en Sicilia y en las islas Madeira y Cabo Verde y se compraba, a precios altos, en Oriente, era un articulo tan codiciado por los europeos que hasta cn los ajuares de las reinas lleg6 a figurar como parte de la dote. Se vendia en las farmacias, se lo pesaba por gramos. Durante poco menos de tres siglos a par- tir del descubrimiento de América, no hubo, para ell comercie de Europa, producto agricola mas impor- tante que el azticar cultivado en estas tierras, Se alza- ron los cafiaverales en el litoral himedo y caliente 56 i del nordeste de Brasil y, posteriormente, también las islas del Caribe ~Barbados, Jamaica, Haiti y la Domi- nicana, Guadalupe, Cuba, Puerto Rico- y Veracruz y la costa peruana resultaron sucesivos escenarios pro- picios para la explotacién, en gran escala, del “oro blanco”, Inmensas iegiones de esclavos vinieron de Africa para proporcionar, al rey Azticar, la fuerza del trabajo numerosa y gratuita que exigia: combustible humano para quemar. Las tierras fueron devastadas por esta planta egofsta que invadi6 el Nuevo Mundo arrasando los bosques, malgastando la fertilidad natu- ral y extinguiendo el humus acumulado por los sue- los. El largo ciclo del azdcar dio origen, en América Latina, a prosperidades tan mortales como las que engendraron, en Potosi, Ouro Preto, Zacatecas y Gua- ngjuato, los furores de la plata y el ero; y al mismo tiempo, impulsé con fuerza decisiva, directa e indi- rectamente, el desarrollo industriel de Holanda, Fran- cia, Inglaterra y Estados Unidos. ‘Tres edades histéricas La plantacién, nacida de la demanda de azdcar en ultramar, era una empresa movida por el afin de ga- naneia de su propietario y puesta al servicio del mer- cado que Europa iba articulando internacionalmen- te, Por su estructura interna, sin embargo, tomando en cuenta que se bastaba a si misma en buena medida, re- 57 sultaban feudales algunos de sus rasgos predominan- tes, Utlizaba, por otra parte, mano de obra esclava. Tres edades hist6ricas distintas ~mercantilismo, feudalismo, esclavitud- se combinaban asf en una sola unidad eco- némica y social, pero exa el mercado internacional quien estaba en el contro de la constelacién de poder que el sistema de plantaciones integré desde tem- prano. ‘De la plantaciGn colonial, subordinada a las nece- sidades extranjeras y financiada, en muchos casos, desde el extranjero, proviene en linea recta el lati- fundio de nuestros dfas. Este es uno de los cuellos de botella que estrangulan el desarrollo econémico de ‘América Latina y uno de los factores primordiales de la marginacién y la pobreza de las masas latinoame- anas, E] latifandio actual, mecanizado en medida suficiente para multiplicar los excedentes de mano de obra, dispone de abundantes reservas de brazos baratos. Ya no depende de la importaci6n de escla- vos afticanos ni de la “encomienda” indigena. Al lati- fundio Ie basta con el pago de jornales irrisorios, la retribucién de servicios en especies o el trabajo gra- tuito a cambio del usulructo de un pedacito de tierra; se nutre de la proliferaci6n de los minifundios, resul- tado de st propia expansi6n, y de la continua migra- cidn interna de legiones de trabajadores que se des- plazan, empujados por el hambre, al ritmo de las zafras sucesivas, 58 Los agujeros del colador La estructura combinada de la plantacién funcio- naba, y asf funciona también el latifundio, como un colador armado para la evasi6n de las riquezas natu- rales. Al integrarse al mercado mundial, cada area conocié un ciclo dindmico; luego, por la competen- cia de otros productos sustitutivos, por el agotamiento de la tierra o por la aparicién de otras zonas con mejores condiciones, sobrevino la decadencia. La cul- tura de la pobreza, la economia de subsistencia y el Ietargo son los precios que cobra, con el transcurso de los afios, el impulso productivo original. El nordeste era la zona mas rica de Brasil y hoy es la més pobre; en Barbados y Hlaitf habitan hormi- gueros humanos condenados a la miseria; el azicar se convirti6 en la llave maestra del dominio de Cuba por los Estados Unidos, al precio del monocultivo y del empobrecimiento implacable del suelo, No solo el aziicar. Esta es también la historia del cacao, que alumbré la fortuna de la oligarqufa de Caracas; del algodén de Maranhio, de siibito esplendor y siibita caida; de las plantaciones de caucho en el Amazo- znas, convertidas en cementerios para los obreros nor- destinos reclutados a cambio de moneditas; de los arrasados bosques de quebracho del norte argentino y del Paraguay; de las fincas de henequén, en Yuca- tin, donde los indios yaquis fueron enviados al exter- 59 minio. Es también la historia del café, que avanza abandonando desiertos a sus espaldas, y de las plan- taciones de frutas en Brasil, en Colombia, en Ecua- dor y en los desdichados pafses centroamericanos. Con mejor o peor suerte, cada producto se ha ido convirtiendo en un destino, muchas veces fugaz, para los paises, las regiones y los hombres. El mismo iti- nerario han seguido, por cierto, las zonas producto- ras de riquezas minerales. Cuanto més eodiciado por el mercado mundial, mayor es la desgracia que un producto trae consigo al pueblo latinoamericano que, con su sactificio, lo crea. La zona menos castigada por esta ley de acero, el rio de la Plata, que arrojaba cueros y luego carne y lana a las corrientes del mer- cado intemacional, no ha podido, sin embargo, esca- par de la jaula del subdesarrollo, El asesinato de la tierra en el nordeste de Brasil Las colonias espafiolas proporcionaban, en primer lugar, metales. Muy temprano se habfan descubierto, cn ellas, los tesoros y las vetas. El azciear, relegada a un segundo plano, se cultivé en Santo Domingo, luego en Veracruz, mas tarde en le costa peruana y en Cuba. En cambio, hasta mediados del siglo XV, Brasil fue el mayor productor mundial de azticar. Simultancamente, la colonia portuguesa de América 60 era el principal mercado de esclavos; la mano de obra indigena, muy escasa, se extingufa rapidamente en los trabajos forzados, y el azticar exigta grandes contin- gentes de mano de obra para limpiar y preparar los terrenos, plantar, cosechar y transportar la cafia y, por fin, molerla y purgarla. La sociedad colonial bra- silefia, subproducto del azticar, floreci6 en Bahia y Pernambuco, hasta que el descubrimiento del oro traslad6 su nticled central a Minas Gerais. Las tierras fueron cedidas por la corona porttiguesa, en usuftucto, a los primeros grandes terratenientes de Brasil. La hazaiia de la conquista habria de correr pareja con la organizacién de la produccién. Sola mente doce “capitanes” reeibieron, por carta de dona- ci6n, todo el inmenso territorio colonial inexplorado, para explotarlo al servicio del monarca, Sin embargo, fueron capitales holandeses los que finaneiaron, en mayor medida, el negocio, que result6, en resumidas cuentas, mas flamenco que portugués. Las empresas holandesas no sdlo participaron en la instalacién de os ingenios y en la importaci6n de os esclavos; ade- rigs, recogian el azticar en bruto en Lisboa, lo refina- ban obteniendo utilidades que legaban a la tercera parte del valor del producto, v lo vendian en Europa. En 1630 la Dutch West India Company invadié y con- guistd ta costa nordeste de Brasil, para asumir direc- tamente el control del producto. Pero era preciso multiplicar las fuentes del azticar, para muliiplicar las ganancias, y mientras se apode- el taba del nordeste brasilefio, la empresa ofrecié a los ingleses de la isla Barbados todas las facilidades para iniciar, también, ef cultivo en gran escala en las Anti las. La Dutch West India Company trajo a Brasil colonos del Caribe, para que allf, en sus flamantes dominios, adquirieran los necesarios conocimientos técnicos y la capacidad de organizacién, Cuando los holandeses fueron por fin expulsados del nordeste brasilefio, en 1654, ya habian echado las bases para que Barbados se lanzara a una compe- tencia furiosa y ruinosa. Haban llevado negros y ra: ces de caiia, habfan levantado ingenios y les habian proporcionado todos los implementos. Las exporta- ciones brasilefias cayeron bruscamente a la mitad, y a la mitad bajaron los precios del azticar a fines del siglo XVII, Mientras tanto, en un par de décadas, se multiplieé por diez la poblacion negra de Barbados. Las Antillas estaban mas cerca del mercado europeo, Barbados proporcionaba tierras todavfa invictas y producfa con mejor nivel técnico. Las tierras brasile- jias se habfan cansado. La formidable magnitud de las rebeliones de fos esclavos en Brasil y la aparicion del oro en el sur, que arrebataba mano de obra a las plantaciones, precipitaton también la crisis del nor- deste azucarero. Fue una crisis definitiva, Se protonga, arrastrandose penosamente de siglo en siglo, hasta nuestros dias. El azticar habia arrasado el nordeste. La franja hiimeda del litoral, bien regada por las lluvias, tenia, 2 i un suelo de gran fertlidad, muy rico en humus y sales minerales, cubjerto por los bosques desde Bahia hasta Ceara. Esta regién de bosques tropicales se convi ti6, como dice Josué de Castro, en una re; nas, Naturalmente nacida para producit alimentos, pas6 a ser una regién de hambre, Donde todo bro. taba con vigor exuberante, el latifundio azucarero, destructivo y avasallador, dej6 rocas estétiles, suelos lavaclos,tierras erosionadas. Se habjan hecho, al prin- cipio, plantaciones de naranjos y mangos, que “fue- ron abandonadas a su suerte y se redujeron a pe- quefias huertas que rodeaban 1a casa del duefio del ingenio, exclusivemente reservadas a la familia del plantador blanco", Los incendios que abrian tierras Jos cafiaverales devastaron la floresta y con ella la fauna; desaparecieron los ciervos, los jabalies, los tapires, los conejos, las pacas y los tates. La alfom- bra vegetal, la flora y la fauna fueron sacrificadas, en los altares del monocultivo, a la cafia de azticar. La produccién extensiva agot6 répidamente los suelos. A fines del siglo XVI, habta en Brasil no menos de 120 ingenios, que sumaban un capital cercano alos dos millones de libras, pero sus duefios, que posefan Jas mejores tierras, no cultivaban alimentos. Los im- portaban, como importaban una vasta gama de arti- culos de lujo que llegaban, desde ultramar, junto con los esctavos y las bolsas de sal. La abundancia y la prosperidad eran, como de costumbre, simétricas a la miseria de la mayorfa de la poblacién, que vivia en 63 estado crénico de subnutricion. La ganaderfa fue rele- gada a los desiertos del interior, lejos de la franja hiimeda de la costa: el sertfo que, con un par de reses por kilmetros cuadrado, proporcionaba (y atin pro- porciona) la carne dura y sin sabor, siempre escasa. De aquellos tiempos coloniales nace la costumbre, todavia vigente, de comer tierra. La falta de hierro provoca anemia; el instinto empuja a los nifios nor- destinos a compensar con tierra las sales minerales que no encuentran en su comida habitual, que se reduce a Ja harina de mandioca, los frijoles y, con suerte, el tasajo. Antiguamente, se castigaba este “vicio africano” de los nifios poniéndoles bozales 0 colgindolos dentro de cestas de mimbre a larga dis- tancia del suelo. La carcel y las Haves El nordeste de Brasil es, en la actualidad, la regién més subdesarrollada del hemisferio occidental. Gi- gantesco campo de concentracién para treinta millo- nes de personas, padece hoy la herencia del mono- cultivo del azticar. De sus tierras broté el negocio mas lucrativo de ta economia agricola colonial en Amé- rica Latina, En la actualidad, menos de la quinta par- te de [a zona htimeda de Pernambuco esta dedica- du al cultivo de la cafia de anicar, y el resto no se usa para nada: los duefios de los grandes ingenios cen- 6 j trales, que son los mayores plantadores de cafia, se dan este lujo del desperdicio, manteniendo impro- Guctivos sus vastos latifundios. No es en las zonas éri- das y semisridas del interior nordestino donde la gente come peor, como equivocadamente se cree. El sertdo, desierto de piedra y arbustos ralos, vegetacion escasa, padece hambres peri6dicas: el sol rajante de la sequia se abate sobre la tierra y la reduce a un pai- saje lunar; obliga a los hombres al éxodo y siembra de cruces los bordes de los caminos. Pero es en el lito- ral htimedo donde se padece hambre endémica. Alli donde més opulenta es la opulencia, més miserable resulta, tierra de contradicciones, la miseria: la regién clegida por la naturaleza para producir todos los al mentos, los niega todos: Ia franja costera todavia conocida, ironfe del vocabutario, como zona da mata, “zona del bosque”, en homenaje al pasado remoto y alos miseros vestigios de la forestacién sobreviviente alos siglos del azcécar. El latifundio azucarero, estruc- tura del desperdicio, contintia obligando a traer ali- mentos desde otras zonas, sobre todo de la regién centro-sur del pats, a precios crecientes. Bl costo de la vida en Recife es el més alto de Brasil, por encima del indice de Rfo de Janeiro. Los frjoles cuestan més caros en el nordeste que en Ipanema, Ia lujosa playa de Ia bahia carioca. Medio kilo de harina de man- dioca equivale al salario diario de un trabajador adulto en una plantacion de azdecar, por su jomada de sol a sol: si el obrero protesta, el capataz manda 65 buscar al carpintero para que le vaya tomando las medidas del cuerpo. Para los propietarios 0 sus admi- nistradores sigue en vigencia, en vastas zonas, el “derecho a la primera noche” de cada muchacha, La tercera parte de la poblacién de Recife sobrevive mar- ginada en las chozas de los bajos fondos; en un barrio, Casa Amarela, mgs de la mitad de los nifios que nacen muere antes de llegar al aiio. La prostitucién infan- til, nifias de diez a doce afios vendidas por sus padres, es frecuente en las ciudades del nordeste. La jornada de trabajo en algunas plantaciones se paga por debajo de los jornales bajos de la India. Un informe de la FAO, organismo de las Naciones Unidas, asegura- ba en 1957 que en la localidad de Vitoria, cerca de Re- cife, la diferencia de protefnas “provoca en los nitios una pérdida de peso de un 40% mas grave de lo que se observa generalmente en Africa” En numerosas plantaciones subsisten todavia las prisiones privadas, ‘pero los responsables de los asesinatos por subali- mentacidn —dice René Dumont- no son encerrados en clas, porque son los que tienen las Haves”. Pernambuco produce ahora menos de la mitad del aaicar que produce el estado de San Pablo, y con ren- dimientos menores por hectrea; sin embargo, Per- nambuco vive del aziicar, y de ella viven sus habi- tantes densamente concentrados en la zona himeda, mientras que el estado de San Pablo contiene el cen- tro industrial mas poderoso de América Latina. En el nordeste ni siquiera el progreso resulta progresista, 66 | | porque hasta el progreso est en manos de pocos pro- pietarios. El alimento de las minorfas se convierte en elhambre de las mayorfas. A partir de 1870, le indus- tria azucarera se moderniz6 considerablemente con la creacién de los grandes molinos centrales, y enton- ces “la absorcién de las tierras por los latifundios pro- ge36 de modo alarmante, acentuando la miseria ali- mentaria de esa zona’; como explica Josué de Casto. En la década de 1950, la industrializacion en auge increment6 el consumo de azticar en Brasil. La Pro- éuccion nordestina tuvo un gran impulso, pero sin que aumentaran los rendimientos por hectérea, Se incorporaron nuevas tierras, de inferior calidad, a los cafiaverales, y el azticar nuevamente devoré las pocas Greas dedicadas a la producci6n de alimentos. Con- vertido en asalariado, el campesino que antes culti- vaba su pequefia parcela no mejoré con la nueva tacién, pues no gana suliciente dinero para com- prar los alimentos que antes producia. Como de cos- tumbre, la expansién expandié ! hambre, A paso de carga en las islas del Caribe Las Antillas eran las Sugar Islands, las islas det azticar: sticesivamente incorporadas al mercado mun- Gial como productoras de azticar, al azticar quedaron condenadas, hasta nuestros dias, Barbados, las islas 67 de Sotavento, Trinidad Tobago, la Guadalupe, Puerto Rico y Santo Domingo (la Dominicana y Hait)). Pri- sioneras del monocultivo de la cafia en los latifun- dios de vastas tierras exhaustas, las islas padecen la desocupacion y la pobreza: el azticar se cultiva en gran escala y en gran escala irradia sus maldiciones. ‘También Cuba contintia dependiendo, en medida determinante, de sus ventas de azticar, pero a partir de la reforma agraria de 1959 se inicié un intenso proceso de diversificacién de la economia de la isla, Jo que ha puesto punto final al desempleo: ya los cubanos no trabajan apenas cinco meses al aio, durante las zafras, sino todo a lo largo de la ininte- rrumpida y por cierto dificil construcci6n de una sociedad nueva. “Pensaréis tal vez, sefiores ~decfa Karl Marx en 1848-, que la producciGn de café y azticar es el des- tino natural de las Indias Occidentales. Hace dos siglos, la naturaleze, que apenas tiene que ver con el comercio, no habfa plantado allf ni el arbol del café ni la cafia de azicar” La division internacional del trabajo no se fue estructurando por mano y gracia del Espiritu Santo, sino por obra de los hombres, o, mas procisamente, a causa del desarrollo mundial del capi- talismo. En realidad, Barbados fue la primera isla del Caribe donde se cultivé el azécar para la exportacion en grandes cantidades, desde 1641, aunque con ante- rioridad los espafioles habfan plantado cafia en la 68 Dominicana y en Cuba. Fueron los holandeses quie- nes introdujeron Jas plantaciones en la mindscula isla briténica; en 1666 ya habia en Barbados ochocien- tas plantaciones de azticar y més de ochenta mil escla- vos. Vertical y horizontalmente ocupada por el lati- fundio naciente, Barbados no tuvo mejor suerte que el nordeste de Brasil. Antes, la isla disfrutaba el poli- cultivo; producia, en pequefias propiedades, algodén y tabaco, naranjas, vacas y cerdos, Los caftaverales devoraron Jos cultivos agricolas y devastaron los den- sos bosques, en nombre de un apogeo que result6 eff- mero. Répidamente, la isla descubrié que sus suelos se hablan agotado, que no tenia cémo alimentar a su poblacién y que estaba produciendo azticar a precios fuera de competencia. El imperdonable pecado de Haiti Yael azticar se habfa propagado a otras islas, hacia el archipiélago de Sotavento, Jamaica y tinentales, las Guayanas. A principios del siglo XVIH, los esclavos eran, en Jamaica, diez veces mas nume- 080s que los colonos blancos. También su suelo se cans6 en poco tiempo. En la segunda mitad del siglo, el mejor azticar del mundo brotaba del suelo espon- joso de las anuras de la costa de Haitf, una color francesa que por entonces se amaba Saint Domin- gue. Al norte y al ceste, Haiif se convistis en un ver- tedero de esclavos: el azticar exigia cada vez més bra- 69 zos. En 1786, llegaron a la colonia veintisiete mil escla- vos, y al afio siguiente cuarenta mil, En el otofio de 1791 estallé la revoluci6n. En un solo mes, setiembre, doscientas plantaciones de cafia fueron presa de las lames; los incendios y los combates se sucedieron sin tregua a medida que los esclavos insurrectos iban empujando 2 los ejércitos franceses hacia el océano. Los barcos zarpaban eargando cada vez més france- ses y cada vex menos azticar. La guerra derramé rfos de sangre y devast6 las plantaciones. Fue larga. El pals, en cenizas, qued6 paralizado; a fines del siglo la pro- duccisn habfa cafdo verticaimente. “En noviembre de 1805 casi toda Ia colonia, antiguamente floreciente, era un gran cementerio de cenizas y escombros”, dice Lepkowski. La revolucién haitiana habfa coincidido, y no sélo en el tiempo, con la revolucién francesa, y Hit sufris también, en carne propia, el bloqueo con- tra Francia de la coalici6n internacional: Inglaterra dominaba los mares. Pero luego sufri6, a medida que su independencia se iba haciendo inevitable, el blo- queo de Francia. Cediendo a la presién francesa, el Congreso de los Estados Unidos prohibié el comercio con Haiti, en 1806. Recién en 1825 Francia reconoci6 la independencia de su antigua colonia, pero a cam- bio de una gigantesca indemnizaciGn en efectivo. En 1802, poco después de que cayera preso el general ‘Toussaint-Louverture, caudillo de los ejércitos escla- vos, el general Leclerc hbfa escrito a su cuifiado Napo- le6n, desde la isla: “He aqui mi opinién sobre este pats: 70 hay que suprimir a todos los negros de las montafias, hombres y mujeres, conservando sélo a los nifios menores de doce afios, exterminar la mitad de los negros de a llanuras y no dejar en la colonia ni un solo mulato que lleve charreteras’. El tropico se veng6 de Leclerc, pues murié “agarrado por el vémito negro” ese a los conjuros mégicos de Paulina Bonaparte, sin poder cumplir su plan, pero la idemnizaciGn en dinero result6 una piedra aplastante sobre las espaldas de los haitianos independientes que habfan sobrevivido a los baftos de sangre de las sucesivas expediciones milita- res enviadas contra ellos. El pais nacié en ruinas, abru- mado por una deuda externa que se hizo etema, y no se reeupers jams: hoy es el més pobre de América tina, La crisis de Haitf provocé el auge azucarero de Cuba, que répidamente se convirtié en la primera pro- veedora del mundo. También la produccién cubana de café, otzo artfculo de intensa demanda en ultra~ mar, recibi6 su impulso de la cafda de la produccién haitiana, pero el azticar le gané la carrera del mono- cultivo: en 1862 Cuba se verd obligada a importar café del extranjero, Un miembro dilecto de la “saca- rocracia” cubana llegé a escribir sobre “las fundadas ventajas que se pueden sacar de la desgracia ajena”, A la rebelién haitiana sucedieron los precios mas fabulosos de la historia del aziicar en el mereado europeo, y en 1806 va Cuba habia duplicado, a la ver, los ingenios y la productividad. a Los castillos de azticar sobre los suelos quemados de Cuba Los ingleses se habfan apoderado fugazmente de La Habana en 1762. Por entonces, las pequefias planta- ciones de tabaco y la ganaderfa eran las bases de la economia rural de la isla; La Habana, plaza fuerte mi- litar, mostraba un considerable desarrollo de las ar- tesanias, contaba con una fundicién importante, que fabricaba cafiones, y disponfa del primer astllero de América Latina para construir en gran escala buques mereantes y navios de guerra, Once meses bastaron a los ocupantes britsnicos para introducir una cantidad de esclavos que normalmente hubiese entrado en quin- ce afiosy desde esa época la economfa cubana fue mo- delada por las necesidades extranjeras de azticar: los esclavos producirfan la codiciada mereancefa con des- tino al mercado mundial y su jugosa plusvalia seria desde entonces disfrutada por la oligarqufa local y los mercaderes europeos. Moreno Fraginals describe, con datos elocuentes, el auge violento del azticar en los afios siguientes a la ocupacién briténica. E] monopolio comercial espa- iol habfa saltado, de hecho, en pedazos; habian que- dado deshechos adems los frenos al ingreso de escla- vos. El ingenio absorbia todo, hombres y tierras. Los obreros del astillero y la fundicién y los innumera- R i } 1 i bles pequefios artesanos, cuyo aporte hubiera resul- tado fundamental para el desarrollo de las industrias, se marchaban a los ingenios; los pequefios campesi- nos que cultivaban tabaco en las vegas o frutas en las hhuertas, victimas del bestial arrasamiento de las tie- ras por los cafiaverales, se incorporaban también a la produccién de azticar. La plantaci6n extensiv. reduciendo la fertilidad de los suelos; se multiplica- ban en los campos cubanos las torres de Jos ingenios yada ingenio requeria cada vez més tierras. El fuego devoraba las vegas tabacaleras y los bosques y arra- Saba las pasturas. En 1792, el tasajo, que pocos afios antes era un articulo cubano de exportacién, llegaba ya en grandes cantidades del extranjero, y Cuba con- tinuaria importéndolo en lo sucesivo. Languidecian el astillero y Ia fundiciGn, cafa verticalmente la pro- duccién de tabaco; la jornada de trabajo de los escla- vos del azticar se extendia a veinte horas. Sobre las tierras humeantes se consolidaba el poder de la “saca- rocracia”. A fines del siglo XVIII, euforia de la coti- zacién internacional por las nubes, la especulacién volaba: los precios de la tierra se multiplicaban por veinte en Gitines; en La Habana el interés real del dinero era ocho veces mas alto que el legal; en toda Cuba Ia tarifa de los bautismos, los entierros y las misas subfa en proporcidn a la desatada carestia de los negros y Los bueyes, 3 Un cadaver resplandeciente Los cronistas de otros tiempos decfan que podia recorrerse Cuba, a todo Io largo, a la sombra de las palmas gigantescas y los bosques frondosos, en los que abundaban la caoba y el cedro, el ébano y los dagames. Se puede todavfa admirar as maderas pre- ciosas de Cuba en las mesas y en las ventanas de El Escorial o en las puertas del palacio real de Madrid, pero la invasién cafiera hizo arder, en Cuba, con varios fuegos sucesivos, los mejores bosques virgenes de cuantos antes cubrfan su suelo. En los mismos afios en que arrasaba su propia floresta, Cuba se con- vertfa en la principal compradora de madera de los Estados Unidos. Bi cultivo extensivo de la cafta, cul- tivo de rapifia, no sélo implicé la muerte del bosque sino también, a largo plazo, la muerte de la fabulosa fertilidad de la isla. Los bosques eran entregados a las, lamas y la erosién no demoraba en morder los sue- los indefensos; miles de arroyos se secaron. Actual- mente, el rendimiento por hectirea de las plantacio- nes azucareras de Cuba es inferior en mas de tres veces al de Pert, y cuatro veces y media menor que el de Hawaii. La “sacarocracia” alumbré su engafiosa fortuna al tiempo que sellaba !a depencencia de Cuba, una fac- torfa distinguida cuya economia quedé enferma de diabetes. Entre quienes devastaron las tierras més fér- tiles por medios brutales habfa personajes de refinada 4 H cultura europea, que sabfan reconocer un Brueghel auténtico y podfan comprarlo; de sus frecuentes via- jes a Paris trafan vasijas etruscas y énforas griegas, gobelinos franceses y biombos Ming, paisajes y retra- tos de los més cotizadas artistas britdnicos. Me sor- prendié descubrir, en la cocina de una mansién de La Habana, una gigantesca caja fuerte, con corn! nacidn secreta, que una condesa usaba para guardar Ja vajilla. Hasta 1959 no se construfan fabricas, sino castillos de azticar: el azticar ponia y sacaba dicta- dores, proporcionaba o negaba trabajo a los obreros, decidia el ritmo de las danzas de los millones y las crisis terribles. La ciudad de Trinidad es, hoy, un cadé- ver resplandeciente. A mediados del siglo XIX, habia en Trinidad més de cuarenta ingenios, que producfan 700 mil arrobas de azdcar. Los campesinos pobres que cultivaban tabaco habfan sido desplazados por ta violencia, y la zona, que habfa sido también gana- dera, y que antes exportaba care, comia carne tra- fda de afuera, Brotaron palacios coloniales, con sus portales de sombra eémplice, sus aposentos de altos techos, arafizs con Iluvias de cristales, alfombras per- sas, un silencio de terciopelo y en el aire las ondas del minué, los espejos en los salones para devolver la imagen de los caballeros de peluquin y zapatos con hebilla, Ahf estd, ahora, el testimonio de los grandes esqueletos de marmol o piedra, la soberbia de los campanarios mudos, las calesas invadidas por el Pasto. A Trinidad le dicen ahora “la ciudad de los 75 fuvo", porque sus sobrevivientes blancos siempre hablan de algdin antepasado que tuvo el poder y la gloria, Pero vino la crisis de 1857, cayeron los precios del azticar y la ciudad cayé con ellos, para no levan- tarse nunca mas. Moreno Fraginals ha observado, agudamente, que los nombres de los ingenios naci- dos en el siglo XIX reflejaban las alzas y las bajas de la curva azucarera: Esperanza, Nueva Esperanza, Atrevido, Casualidad; Aspirante, Conquista, Con: fianza, El Buen Suceso; Apuro, Angustia, Desengaio. Habfa cuatro ingenios llamados, premonitoriamente, Desengait. El implacable subibaja Un siglo después, cuando los guertlleros de la Sie- tra Maestra conquistaron el poder, Cuba segufa con su destino atado a Ja cotizacién del aziicar. “El pue- blo que conffa su subsistencia a un solo producto, se suicida”, habia profetizado el héroe nacional, José Marti, En 1920, con el azicar a 22 centavos la libra, Cuba batié el récord mundial de exportaciones por habitante, superando incluso a Inglaterra, y tuvo el mayor ingreso per capita de América Latina. Pero ese mismo afo, en diciembre, el precio del azticar cayé a cuatro centavos, y en 1921 se desaté el huracén de fa crisis: quebraron numerosas centrales azucareras, que lueron adquiridas por intereses norteamericanos, 6 y todos los bancos cubanos o espaftoles, incluyen- do el propio Banco Nacional. Sélo sobrevivieron las sucursales de los bancos de Estados Unidos. Una eco- nomfa tan dependiente y vulnerable como la de Cuba no podia escapar, posteriormente, al impacto feroz de la crisis de 1929 en Estados Unidos: el precio del azticar llegd a bajar a mucho menos de un centavo en 1952, y en tres afios las exportaciones se reduje- ron, en valor, a la cuarta parte. El indice de desem- pleo de Cuba en esos tiempos “difcilmente habré sido igualado en ningtin otro pais’, dice Celso Furtado. El desastre de 1921 habfa sido provocado por la caida del precio del azticar en el mercado de los Estados Unidos, y de los Estados Unidos no demoré en Ile- gar un crédito de cincuenta millones de délares: en ancas del crédito, llegé también el general Crowder; so pretexto de controlar la utilizacién de los fondos, Crowder gobernarfa, de hecho, el pais. Gracias a sus buenos oficios la dictadura de Machado llega al poder en 1924, pero la gran depresiGn de los afios treinta se lleva por delante, paralizada Cuba por la huelga general, a este régimen de sangre y fuego. Lo que ocurrfa con los precios, se repetfa con el volumen de las exportaciones. Desde 1948, Cuba re- cuperé su cuota para cubrir la tercera parte del mer- cado norteamericano de azticar, a precios inferiores a los que recibian los productores de Estados Unidos, peto més altos y mas estables que los del mercado internacional. Ya con anterioridad los Estados Uni- 7 dos habfan desgravado las importaciones de azticar cubana a cambio de privilegios similares concedidos al ingreso de los articulos norteamericanos en Cuba. ‘Todos estos favores consolidaron la dependencia. “El pueblo que compra, manda; el pueblo que vende, sirve; hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad; el pueblo que quiere morir vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse vende a més de uno”, habfa dicho Marty repitio el Che Guevara en la con~ ferencia de la OEA, en Punta del Este, en 1961. La produccidn era arbitrariamente limitada por las nece- sidades de Washington. E] nivel de 1925, unos cinco millones de toneladas, continuaba siendo el prome- dio de los aiios cincuenta: el dictador Fulgencio Batista asalt6 el poder en 1952, en ancas de la mayor zafra hasta entonces conocida, mds de siete millones, con la misién de apretar las clavijas, y al afio siguiente la produccién, obediente a la demanda del norte, cays cuatro. EI mundo cabe en un grano de azticar El Che Guevara decfa que el subdesarrollo es un. enano de cabeza enorme y panza hinchada: sus pier- nas débiles y sus brazos cortos no armonizan con el resto del cuerpo. La Habana resplandecia, zumbaban Jos Cadillacs por sus avenidas de lujo yen el cabaret 8 més grande del mundo ondulaban, al ritmo de Le- ‘cuona, las vedettes mas hermosas; mientras tanto, en el campo cubano, sélo uno de cada diez obreros agri- colas bebia leche, apenas un cuatro por ciento con- sumfa came y, segtin el Consejo Nacional de Econo- ia, las tres quintas partes de los trabajadores rurales ganaban salarios que eran tres 0 cuatro veces infe- riores al costo de la vida Pero el azticar no s6lo produjo enanos. También produjo gigantes o, al menos contribuy6 intensamente al desarrollo de los gigantes. El azticar del trépico latinoantericano aporté un gran impulso @ la acu- mulacién de capitales para el desarrollo industrial de Inglaterra, Francia, Holanda y, también, de los Estados Unidos, al mismo tiempo que mutilé la eco- rnomiia del nordeste de Brasil y de las islas del Caribe y selld la rina hist6rica de Africa. El contercio trian gular entre Europa, Africa y América tuvo por viga ‘maestra el trfico de esclavos con destino a las plan- taciones de azticar. ‘La historia de un grano de aati cat es toda una leccién de economia politica, de poli- tica y también de moral’, decfa Augusto Cochin Las tribus de Africa Occidental vivian peleando entre sf, para aumentar, con los prisioneros de gue- rra, sus reservas de esclavos. Pertenecfan a los domi- ios coloniales de Portugal, pero los portugueses no tenfan naves ni articulos industriales que ofrecer en a época del auge de la trata de negros, y se convir ticron en meros intermediarios entre los capitancs 9 nogreros de otras potencias y los reyezstelos aftica- fos, Inglaterra fue, hasta que ya no le result6 conve- niente, lu gran campeona dela compra y venta de car- ne humana, I4os holandeses tenfan, sin embargo, més larga tradicién en el negocio, porque Carlos V les ha- ba reyilacio el monopolio del transporte de negros a América tiempo antes de que Inglaterra obtuviera el derecho de introducir esclavos en las colonias ajenas. Yen cuanto a Francia, Luis XIV, el Rey Sol, com- purtia con el rey de Espaiia la mitad de las ganancias de la Compaiifa de Guinea, formada en 1701 para el lwifico de esclavos hacta América, y su ministro Col- bert, artifice de la industrializacién francesa, tenia motives para afirmar que la trata de negros era “reco- mendable para el progreso de la marina mercante nacional’. Adam Smith deefa que el descubrimiento de Amé- rica habia “elevado el sistema mercantil a un grado de esplendor y gloria que de otro modo no hubiera alcanzado jamés’. Segiin Sergio Baga, el mas formi- dable motor de acumulacién del capital mercantil europeo fue la esclavitud americana; a su vez, ese capital result6 “la piedra fundamental sobre la cual se construyé el gigantesco capital industrial de los tiempos contempordneos”. La resurreceién de la esclavitud grecorromana en el Nuevo Mundo tuvo ropiedades milagrosas: multiplies las naves, ls fabri- cas, los ferrocarriles y los bancos de pafses que no estaban en el origen ni, con excepeién de los Estados 80 | | Unidos, tampoco en el destino de los esclavos que cruzaban el Atlantico. Entre los albores del siglo XVI y la agonfa del siglo XIX, varios millones de afti- canos, no se sabe cudntos, atravesaron el océano; se sabe, sf, que fueron muchos més que los inmigrantes blancos, provenientes de Europa, aunque, claro est, muchos menos sobrevivieron, Del Potomac al rio de {a Plata, los esclavos edificaron la casa de sus amos, talaron los bosques, cortaron y molieron las cafias de aziicat, plantaron algodén, cultivaron cacao, cose- charon café y tabaco y rastrearon los cauces en busca de oro. A cudntas Hiroshimas equivalieron sus exter- tminios sueesivos? Como decia un plantador inglés de Jamaica, “a los negros es més fécil comprarlos que riarlos” Caio Prado calcula que hasta principios del siglo XIX habfan Negado a Brasil entre cinco Y seis nillones de afticanos; para entonces, ya Cuba era un mereado de esclavos tan grande como lo habia sido, antes, todo el hemisferio occidental. La venta de carne humana Allé por 1562, el capitén John Hawkins habia arrasi- cado trescientos negros de contrabando de la Guinea portuguesa, La reina Isabel se puso furiosa: “Esta aven- tura ~sentenci6- clama venganza del cielo”, Pero Havw- kkins le cont que en el Caribe habia obtenido, a cam- bio de los esclavos, un cargamento de azticar y pieles, 8L perlas y jengibre. La reina perdoné al pirata y se con- Virti6 en su socia comercial, Un siglo después, el duque de Yor marcaba al hierro candente sus iniciales, DY, sobre la nalga izquierda o el pecho de los tres mil ne- gos que anualmente conducfe su empresa hacia las “jslas del azticat”, La Real Compafifa Africana, entre cuyos accionistas figuraba el rey Carlos II, daba un trescientos por ciento de dividendos, pese a que, de los 70 mil esclavos que embareé entre 1680 y 1688, slo 46 mil sobrevivieron a la travesfa, Durante el viaje, numerosos africanos morfan victima de epidemias o desnutricién, o se suicidaban negindosea comer, ahor- cindose con sus cadenas 0 arrojandose por la borda al océano erizado de aletas de tiburones. Lenta pero firmemente, Inglaterra iba quebrando la hegemonia holandesa en la trata de negros. La South Sea Com- pany fue la principal usufructuaria del “derecho de asiento” concedido a los ingleses por Espafia, yen ella estaban envueltos los mas prominentes personajes de la politica y las finanzas britdnicas; el negocio, brillante como ninguno, enloquecié a la bolsa de valores de Londres y desaté una especulacién de leyenda, E] transporte de esclavos elev6 a Bristol, sede de astilleros, al rango de segunda ciudad de Inglaterra, y convirti6 a Liverpool en el mayor puerto del mundo. Partian los navios con sus bodegas cargadas de armas, tolas, ginebra, ron, chucherias y vidrios de colores, que serfan el medio de pago para In mercaderfa humana de Aftica, que a su vez pagarfa el azticar, el algodén, 82 [ el café y el cacao de las plantaciones coloniales de América, Los ingleses imponfan su reinado sobre los mares. A fines del siglo XVIII, Aftica y el Caribe daban trabajo a ciento ochenta mil obreros textiles en Man- chester; de Shetfield proventan los cuchillos, y de Bie- mingham, 150 mil mosquetes por afio, Los caciques africanos recibian las mercancias de la industria bri- ténica y entregaban los cargamentos de esclavos a los capitanes negreros. Dispontan, asi, de nuevas armas y abundanie aguardiente para emprender las prOxi mas cacerias en las aldeas. También proporcionaban martiles, ceras y aceite de palma, Muchos de los escla- vos provenian de la selva y no habian visto nunca el mar; confundfan los rugidos del océano con los de alguna bestia sumergida que los esperaba para devo- rarlos 0, segtin el testimonio de un traficante dela €poca, crefan y en cierto modo no se equivocaban, que “iban a ser llevados como carneros al matadero, siendo su carne muy apreciada por los europeos” De. muy poco servian los latigos de siete colas para con- tener la desesperacién suicide de los africanos. La maquina de vapor nacié del sacrificio de tos esclavos Los “fardos” que sobrevivfan al hambre, las enfer- medades y el hacinamiento de la travesfa, eran exhi- bidos en andrajos, pura piel y huesos, en la plaza pa- 83 blica, luego de desfilar por las calles coloniales all son de las gaitas. A los que llegaban al Caribe dema- siado exhaustos se los podfa cebar en los depdsitos de esclavos antes de lucirlos a los ojos de los com- pradores; a los enfermos se los dejaba morir en los muelles. Los esclavos eran vendidos a cambio de inero en efectivo o pagarés a tres afios de plazo Los barcos zarpaban de regreso a Liverpool Ilevando diversos productos tropicales: a comienzos del siglo XVIII, [as tres cuartas partes del algodén que hilaba la industria textil inglesa provenfan de las Antillas, aunque luego Georgia y Louisiana serfan sus prin- cipales fuentes; a mediados del siglo, habia ciento veinte refinerfas de azicar en Inglaterra Un inglés podfa vivir, en aquella época, con unas seis libras al aiio; los mercaderes de esclavos de Liverpool sumaban ganancias anuales por mas de un millén cien mil libras, contando exclusivamente el dinero obtenido en ef Caribe y sin agregar los beneficios del comercio adicional. Diez grandes empresas controlaban los dos tercios del trafico. Liverpool inauguré un nuevo sistema de muelles; cada vez se construfan més buques, més largos y de mayor calado. Los orfebres ofrecfan “candados y collares de plata para negros y perros”, las dames clegantes se mostraban en piiblico acompafiadas de un mono vestido con un jubén bordado y un nifio esclavo, con turbante y bombachudos de seda. Un economista deseribfa por entonces la trata de negros a4 i | como “el principio basico y fundamental de todo lo demés; como el principal resorte de la maquina que pone en movimiento cada rueda del engranaje”. Se propagaban los bancos en Liverpool y Manchester, Bristol, Londres y Glasgow; la empresa de seguros Lloyd’s acumulaba ganancias asegurando esclavos, buques y plantaciones. Desde muy temprano, los avisos del London Gazette indicaban que los escla- +05 fugados debian. ser devueltos a Lloyd's. Con fon- dos del comercio negrero se construy6 el gran ferro- carril inglés del oeste y nacieron industrias como las fabricas de pizarras de Gales. El capital acumulado en el comercio triangular -manujacturas, esclavos, azticar~ hizo posible la invencién de la maquina de vapor: James Watt fue subvencionado por merca- deres que habfan hecho asf su fortuna, Erie Williams lo afirma en su documentada obra sobre el tema. A principios del siglo XIX, Gran Bretafia se con- rtié en la principal impulsora de la campafia an- tiesclavista. La industria inglesa ya necesitaba mer- cados internacionales con mayor poder adquisitivo, lo que obligaba a la propagacién del régimen de sala- 8. Ademis, al establecerse el salario en las colo- nias inglesas del Caribe, el azticar brasilefio, produ- cido con mano de obra esclava, recuperaba ventajas or sus bajos costos comparativos. La Armada bri- tanica se lanzaba al asalto de los buques negreros, pero el tréfico continuaba creciendo para abastecer a Cuba y a Brasil. Antes de que los botes ingleses lle- 85 garan a los navios piratas, los esclavos eran arroja- dos por la borda: adentro sélo se encontraba el olor, Jas calderas calientes y un capitan muerto de risa en cubierta. La represi6n del trafico elev6 los precios yaument6 enormemente las ganancias. A mediados del siglo, los traficantes entregaban un fusil viejo por cada esclavo vigoroso que arrancaban del Africa, para luego venderlo en Cuba a més de seiscientos dolares. El inconfesable origen de los cafiones de Washington Las pequefias islas del Caribe habjan sido infi tamente més importantes, para Inglaterra, que sus colonias del norte, A Barbados, Jamaica y Montse- rrat se les prohibia fabricar una aguja o una herra- dura por cuenta propia. Muy diferente era la situa- cién de Nueva Inglaterra, y ello facilité su desarrollo econémico y, también, su independencia politica Por cierto que la trata de negros en Nueva Ingla- terra dio origen a gran parte del capital que facilits la revolucién industrial en los Estados Unidos de ‘América, A mediados del siglo XVIII, los barcos negreros del norte llevaban desde Boston, Newport 0 Providence barriles llenos de ron hasta las costas de Aftica; en Africa los cambiaban por esclavos; ven- 86 dfan los esclavos en el Caribe y de allf trafan la melaza a Massachusetts, donde se destilaba y se con- vertfa, para completar el ciclo, en ron, El mejor ron de las Antillas, el West Indian Rum, no se fabricaba en las Antillas, Con capitales obtenidos de este tré- fico de esclavos, los hermanos Brown, de Provi- dence, instalaron el horno de fundicin que proveys de ca‘iones al general George Washington para la guerra de la independencia. Las plantaciones azu- careras del Caribe, condenadas como estaban al monocultivo de la cafia, no sélo pueden conside- rarse el centro dindmico del desarrollo de las “trece colonias” por el aliento que la trata de negros brinds a la industria naval y a las destilerias de Nueva Ingla- terra. También constituyeron el gran mercado para el desarrollo de las exportaciones de viveres, made- ras ¢ implementos diversos con destino a los inge- nios, con lo cual dieron viabilidad econmica a la economia granjera y precozmente manufacturera del Atlintico norte. En gran escala, los navfos fabri- cados por los astilleros de los colonos del norte lle- vaban al Caribe peces frescos y ahumados, avena y granos, frijoles, harina, manteca, queso, cebollas, caballos y bueyes, velas y jabones, telas, tablas de pino, roble y cedro para las cajas de azticar (Cuba conté con la primera sierra de vapor que legs a la América hispénica pero no tenfa madera que cor- tar) y duelas, arcos, aros, argollas y clavos. 87 Ast se iba trasvasando la sangre por todos estos procesos. Se desarrollaban los paises desarrollados de nuestros dias; se subdesarrallaban los subdesa- rroltadas, (De Las venas abiertas de América Latina) 88. | | Los fugitivos del rey Aztcar Algunas noches, a la luz de los relampégos, se puede ver le eresta incandescente de esta sierra desde la costa de Alagoas. En las estribaciones de esta sie- ra, los portugueses han exterminado a los indios cae- tés, que el Papa habfa excomulgado a perpetuidad por haberse comido al primer obispo brasilefio; y aqui es donde los esclavos negros fugitives encuentran efugio, todo a lo largo del siglo XVII, en los pueblos escondidos de Palmares. Cada poblacién es una fortaleza, Mas alls de las altas empalizadas de madera y las trampas de ptias, se extienden los vastos sembradios. Los labradores trabajan con las armas al alcance de la mano; y por las noches, cuando regresan a la ciudadela, se cuen alguno falta, in aqui dos cosechas n frijoles, mandioca, azticar, 89 de maiz y tam- tabaco, legum- bres, frutas; y se crfan cerdos y gallinas. Mucho més y mejor comen los negros de Palmares que los habi- tantes de la costa, donde la devoradora cafia de azti- car, producida para Europa, usurpa todo el tiempo y todo el espacio de todos. Como en Angola, la palma reina en estas comu- nidades negras: con fibra de palma se tejen ropas, canastas y abanicos; [as hojas sirven de techo y de cama; del fruto se come la pulpa, se hace vino y se ex- trae aceite que da luz; y el earozo se convierte en acei- te de frefr y pipa de fumar. Como en Angola, los jefes ejercen el noble oficio de la herrerfa, y la forja ocupa el lugar de honor en la plaza donde el pueblo cele- bra sus asambleas. Pero Angola es miltiple; y més el Africa entera. Los palmarinos provienen de mil comareas y mil len- guas, Su tinica lengua corutin es la que han escuchado de boca de los amos, acompafiando las Grdenes del Jatigo en los barcos negreros y en los cafiaverales, Sal- picada de palabras africanas y guaranfes, la lengua portuguesa vincula y comunica, aliora, a quienes an- tes humills Folga négo Branco nao vem cd. Desde que los holandeses fueron expulsados de Pernambuco, los portugueses han lanzado mas de veinte expediciones militares contra esta tierra de 90 libres. Escribe un informante desde el Brasil a Lisboa: ‘Nuestro ejrcito, que pudo domar et orgullo de Holan- da, no ha conseguicio ningiin resultado contra estos bérbaros en varias y repetidas entradas que hizo en Palmares. ‘No habian tenido mejor suerte los holandeses. ‘También sus expediciones fueron jornadas sin gloria, Holandeses y portugueses han incendiado pueblos vacfos y se han perdido en Ia floresta dando vueltas, como locos, bajo las lluvias violentas. Unos y otros han hecho la guerra contra la sombra, sombra que muerde y huye; y han cantado, cada vez, victoria. Niunos ni otros han conseguido aplastar a Palmares ni han ogrado evitar las fugas de esclavos que dejan sin bra- 708 al rey Azticar y a toda su corte, aunque los holan- deses crucificaban a los negros rebeldes y los portu- gueses los azotan y mutilan para meter miedo y dar ejemplo. Una de las expediciones portuguesas contra Pal- mares acaba de regresar, con las manos vacias, a Recife. La encabez6 un capitdén negro, Gongalo Rebelo, que tenia a sus 6rdenes doscientos soldados negros, Han degollado a los pocos prisioneros negros que pudieron atrapar. (De Memoria del fuego: Los nacimientos) 91 La tierra y los esclavos negros Los dioses mueven la sangre y la savia. En cada hierba de Cuba respira un dios y por eso esté vivito, como la gente, el monte. El monte, templo de los dio- ses africanos, morada de los abuelos africanos, es sagrado y tiene secretos. Si alguien no lo saluda, se pone bravo y niega la salud y la suerte. Hay que rega- larlo y saludarlo para recibir las hojes que curan lla- gas y cierran el paso a la desgracia, Se saluda al monte con las palabras rituales o las palabras que salgan. Cada eual habla con los dioses como siente o puede. NingGin dios es del todo bueno ni del todo malo. Lo mismo salva que mata, La brisa refresca y el ciclén arrasa, pero los dos son aire. (De Memoria del fuego: Las earas y las méscaras) Tu otra cabeza, tu otra memoria Desde el reloj de sol del convento de San Francis- co, una Itigubte inscripcién recuerda a los caminan- tes la fugacidad de la vida: Cada hora que pasa te here y la ultima te matard. Son palabras escritas en latfn, Los esclavos negros de Bahia no entienden latin ni saben leer. Del Africa trajeron dioses alegres y peleones: con ellos estén, ha- cia ellos van. Quien muere, entra, Resuenan los tam- bores para que el muerto no se pierda y llegue a la re del cteador de creadores, lo espera su otra cabeza, la cabeza inmortal. Todos tenemos dos cabezas y dos memorias. Una cabeza de barra, que seré polvo, y otra por siempre invul- ble al 3 del y de [a pasién. Tna memoria que la m tla que aca- ba con el viaje, y otra memoria, la memo: va, que vivird mientras viva la aventura humana en mundo. Cuando el aire del universo se agité y respir6 por primera vez, y naci6 el dios de dioses, no habia sepa~ racién entre la tierra y el cielo. Ahora parecen divor- ciados; pero el cielo y la tierra vuelven a unirse cada vez que alguien muere, cada vez que alguien nace y cada vez que alguien recibe a los dioses en su cuerpo palpitante. (De Memoria del fuego: Las earas y las midscaras) 1 ' Historia del norte y del sur An La apropiaci6n privada de la tierra siempre se anti- cipé, en América Latina, a su cultivo titil. Los rasgos més retrégrados del sistema de tenencia actualmente vigente no provienen de las crisis, sino que han nacido durante los periodos de mayor prosperidad; a la in- versa, los periodos de depresién econémieca han apa- ciguado la voracidad de los latifundistas por la con- quista de nuevas extensiones. En Brasil, por ejemplo, ta decadencia del aziicar y la virtual desaparicién del oro y los diamantes hicieron posible, entre 1820 y 1850, una legislacién que aseguraba la propiedad de la tie- rra.a quien la ocupara y la hiciera producir. En 1850 elascenso del café como nuevo “producto rey” deter- miné la sancién de la Ley de Tierras, cocinada segtin el paladar de los politicos y los militares del régimen oligérquico, para negarla propiedad de la tierra a quie- nes Ja trabajaban, a medida que se iban abriendo, hacia el sur y hacia el oeste, los gigantescos espacios inte- 95 riores del pais, Esta ley “fue reforzada y ratificada desde entonces por una copiosisima legislaci6n que estable- cfa la compra como tinica forma de acceso a la tierra y ereaba un sistema notarial de registro que hatfa casi impracticable que un labrador pudiera legalizar su posesi6n’, dice Darcy Ribeiro. La colonizacién de los granjeros libres La legislacién norteamericana de la misma época ‘se propuso el objetivo opuesto, para promover la colo- nizacién interna de los Estados Unidos. Crujfan las carretas de los pioneros que ibn extendiendo la fron- tera, a costa de las matanzas de los indigenas, hacia las tierras virgenes del oeste: la Ley Lincoln de 1862, cl Homested Act, aseguraba a cada familia la propie- dad de lotes de 65 hectareas. Cada beneficiario se com- prometfa a cultivar su parcela por un perfodo no menor de cinco afios. El dominio puiblico se colonizé con rapi- dez asombrosa; la poblacién aumentaba y se propa- yaba como una enorme mancha de aceite sobre el mapa. La tierra accesible, fértil y casi gratuita, atraiaa los campesinos europeos con un iman irresistible: cru- vzaban el océano y también los Apalaches rumbo a las pradetas abiertas. Bucron granjeros libres asf, quienes ‘ocuparon los nuevos territorios del centro y del oeste, Mientras el pais crecfa en superficie y en poblacién, se cercaban fuentes de trabajo agricola y al mismo tiempo 96 se generaba un mercado interno con gran poder adqui- sitivo, la enorme masa de los granjeros propietarios, para sustentar la pujanza del desarrollo industrial La colonizacién del latifundio En cambio, los trabajadores rurales que, desde hace mids de un siglo, han movilizado con fmpetu le fron- tera interior de Brasil, no han sido ni son familias de campesinos libres en busca de un trozo de tierra pro- pia, sino braceros contratados para servir a los lati- fundistas que previamente han tomado posesi6n de los grandes espacios vacfos, Los desiertos interiores nunca fueron accesibles, como no fuera de esta manera, a la poblacidn rural. En provecho ajeno, los obreros han ido abriendo el pais, a golpes de machete, a través de la selva. La colonizaci6n resulta una simple extensién del area latifundista, Entre 1950 y 1960, 65 latifundios brasilefios absorbieron Ia cuatta parte de las nuevas tierras incorporadas a la agricultura Los pioneros y los soldados de fortuna Estos dos opuestos sistemas de colonizacion inte- rior muestran una de las diferencias mas importan- ies entre los modelos de desarrollo de los Estados 7 Unidos y de América Latina, éPor qué el norte es rico y el sur pobre? El rfo Bravo sefiala mucho més que una frontera geogréfica. El hondo desequilibrio de nuestros dias, que parece confirmar la profecia de ‘Hegel sobre la inevitable guerra entre una y otra Amé- rica, énaefé de la expansién imperialista de los Esta- dos Unidos o tiene raices més antiguas? En realidad, al norte y al sur se habfan generado, ya en la matriz colonial, sociedades muy poco parecidas y al servi cio de fines que no eran los mismos. Los peregrinos del Mayflower no atravesaron el mar para conquis- tar tesoros legendarios ni para explotar la mano de obra indigena escasa en el norte, sino para estable- cerse con sus familias y reproducir, en el Nuevo Mun- ilo, el sistema de vida y de trabajo que practicaban en Europa, No eran soldados de fortuna, sino pione- ros; no venian a conquistar, sino e colonizar: funda- ron “colonias de poblamiento”” Es cierto que el pro- eso posterior desarroll6, al sur de a bahfa de Delaware, una economia de plantaciones esclavistas semejante ala que surgié en América Latina, pero con la dife- rencia de que en Estados Unidos el centro de grave- dad estuvo desde el principio radicado en las granjas y los talleres de Nueva Inglaterra, de donde saldrian los ejéreitos vencedores de la Guerra de Secesién en elsigio XIX. Los colonos de Nueva Inglaterra, nticleo original de la civilizacién norteamericana, no actua- ron nunca como agentes coloniales de la acumula- cién capitalista europes; desde el principio, vivieron 98, al servicio de su propio desarrollo y del desarrollo de sutierra nueva, Las trece colonias del norte sirvieron de desembocadura al ejército de campesinos y arte- sanos europeos que el desarrollo metropolitano iba lanzando fuera del mercado de trabajo. Trabajadores libres formaron la base de aquella nueva sociedad de este lado del mar. Hacia adentro y hacia afuera Espafia y Portugal contaron, en cambio, con una gran abundancia de mano de obra servil en América Latina. A la esclavitud de los indigenas sucedié el trasplante en masa de los esclavos africanos. A Io largo de los sigtos, hubo siempre una legion enorme de campesinos desocupados disponibles para ser trasladados a los centros de produccién: las zonas florecientes coexistieron siempre con las decaden- tes, al ritmo de los auges y las cafdas de las exporta- ciones de metales preciosos o azticar, y las zonas de decadencia surtfan de mano de obra a las zonas flo- recientes, Esta estructura persiste hasta nuestros dias, y también en la actualidad implica un bajo nivel de salarios, por la presidn que los desocupados ejercen sobre el mercado de trabajo, y frustra el crecimiento del mercado interno de consumo, Pero ademis, a di- ferencia de los puritanos del norte, las clases domi- nantes de la sociedad colonial latinoam 99 se orientaron jamés al desarrollo econémico interno. ‘Sus beneficios provenfan de fuera; estaban més vin- cullados al mercado extranjero que a la propia comar- ca. Terratenientes y mineros y mercaderes habfan nacido para cumplir esa funciOn: abastecer a Europa de oro, plata y alimentos, Los caminos trasladaban, Ja carga en un solo sentido: hacia el puerto y Ios mer~ cados de ultramar. Esta es también la clave que ex- plica la expansidn de los Estados Unicos como uni: dad nacional y la fracturacién de América Latina: nuestros centros de produccién no estaban conec- tados entre sf, sino que formaban un abanico con el vértice muy lejos La dicha de la desgracia Las trece colonias del norte tuvieron, bien pudiera decirse, la dicha de la desgracia, Su experiencia his- t6rica mostré la tremenda importancia de no nacer importante. Porque al norte de América no habia oro ni habia plata, ni civilizaciones indigenas con den- sas concentraciones de poblacién ya organizada para el trabajo, ni suelos tropicales de fertitidad fabulosa ert la franja costera gue los peregrinos ingleses colo- nizaron, La naturaleza se habia mostrado avara, y también la historia: faltaban ios metales y la mano de obra esclava para arrancar los metales del vien- tre de la tierra, Fue una suerte. Por lo demas, desde 100 Maryland hasta Nueva Escocia, pasando por Nueva Inglaterra, Iss colonias del norte producfan, en vi tud del clima y por las caracteristicas de los suelos, exactamente lo mismo que la agricultura briténica, es decir, que no ofrecfan a la metrpoli, como advier- te Baga, una producci6n complementaria. Muy dis- tints era la situaci6n de las Antillas y de las colonies ibéricas de tierra firme, De las tierras tropicales bro- taban el azticar, el tabaco, el algodén, el afi, Ia tre- mentina; una pequefia isla del Caribe resultaba més importante para Inglaterra, desde el punto de vista econémico, que las trece colonias matrices de los Estados Unidos, Estas circunstancias explican el ascenso y la con- solidacién de los Estados Unidos, como un sistema econémicamente auténomo, que no drenaba hacia fue- rala riqueza generada en st seno. Eran muy flojos los lazos que ataban la colonia a la metropoli; en Bar- bados o Jamaica, en cambio, s6lo se reinvertian los capitales indispensables para reponer los esclavos a medida que se iban gastando. No fueron factores raciales, como se ve, los que decidieron el desarrollo de unos y el subdesarrollo de otros: las islas briténi- cas de las Antillas no tenfan nada de espafiolas ni de portuguesas. La verdad es que la insignificancia eco- ndmica de las trece colonias permitié la temprana diversificacién de sus exportaciones y alumbr6 el impetuoso desarrollo de las manufacturas. La indus- trializaci6n norteamericana cont, desde antes de la 101 independencia, con estimulos y protecciones oficia- les. Inglaterra se mostraba tolerante, al mismo tiempo que prohibia estrictamente que sus islas antillanas fabricaran siquiera un alfiler. (De Las venas abiertas de América Latina) 102 El Far West Zumba el Colt. Como el sol, los pioneros blancos marchan hacia el oeste. Una luz de diamante los guia desde las montafias. La tierra prometida rejuvenece a quien le clava el arado para fecundarla. En un san- tiaméa brotan calles y casas en la soledad habitada por cactus, indios y serpientes. Bl clima, dicen, es tan pero tan sano, que para inaugurar los cementerios no hay mas remedio que bajar a alguien de un balazo. El capitalismo adolescente, embestidor y glot6n, transfigura lo que toca. Existe el bosque para que el hacha lo derribe y el desierto para que lo atraviese el tren; el rfo vale la pena si contiene oro y la montafia sialberga carb6n o hierro, Nadie camina. Todos co- rren, urgentes, urgidos, tras la errante sombra de la riqueza y el poder. Existe el espacio para que lo de- rote el tiempo, y el tiempo para que el progreso to sacrifique en sus altares. 103 EI mis alla, el mas adentro Se retinen en asamblea los biifalos del dltimo rebafio, No se alarga la discusién. Todo est dicho y la noche contintia. Los biifalos saben que ya no son capaces de proteger @ los indios, Cuando se alza el alba desde el rio, una mujer iowa ve pasar al tltimo rebafio a través de la neblina, EL jefe marcha a paso lento, seguido por las hembras y las erfas y los pocos machos todavia vivos. Al Ile- gar al pie del monte Scott, se quedan esperando, in- miviles, con las eabezas bajas. Entonces el monte abre la boca y los biifalos entran. Allé adentro el mundo es verde y fresco. Los biifalos han pasado. El monte se cierra (De Memoria det fuego: Las earas y las mascaras) 105 La Creacién segtin John D. Rockefeller Shy, al sie IG En el principio hice la luz con farol de queroseno, ¥ las tinieblas, que se burlaban de las velas de sebo ode esperma, retrocedieron. Y amaneci6 y atardecié cl dia primero. Y cl dia segundo Dios me puso a prueba y permi- 6 que el demonio me tentara ofreciéadome amigos yamantes y otros despilfarros, Y dije: “Dejad que el petr6leo venga hacia mr. ¥ fundé la Standard Oil. ¥ vi que estaba bien y ama- neci6 y atardeci6 el dia tercero, Y el dia cuarto seguf el ejemplo de Dios. Como Ell, amenacé y maldije a quien me negara obediencia; y como El apliqué la extorsién y el castigo. Como Dios ha aplastado a sus competidores, asf yo pulverieé sin Piedad a mis rivales de Pittsburgh y Filadelfia. Y a los arrepentidos prometf perdén y paz eterna. Y puse fin al desorden del universo. Y donde habia 105, caos, organizacion. Y en escala jamés conocida caleulé costos, impuse precios y conquisté mercados Y distribu la fuerza de millones de brazos para que nunca mas se derrochara tiempo, ni energia, ni mate- ria, ¥ desterré la casualidad y la suerte de la historia de los hombres. Y en el espacio por mf creado no re~ servé lugar alguno a los dbiles ni a los ineficaces. Y amanecié y atardecis el dfa quinto. Y por dar nombre a mi obra inauguré la palabra trust, ¥ vi que estaba bien. ¥ comprobé que giraba el mundo alrededor de mis ojos vigilantes, mientras ‘amanecfa y atardecia el dia sexto. Y el dia séptimo hice caridad, Sumé el dinero que Dios me habfa dado por haber continuado Su obra perfecta y doné a los pobres veinticinco centavos. Y entonces descansé. (De Memoria del fuego: Las caras y las mdscaras) 106 ay Las venas abiertas n an a > in internacional del trabajo consiste en que unos paises se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy Ila- maios América Latina, fue precoz: se espectalizé en perder desde los remotos tiempos en que los eu- ropeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta, Pasa- ron los siglos y América Latina perfeccion6 sus fun- clones. Este ya no es el reino de las maravillas donde Ja realidad derrotaba a la fabula y la imaginacion era humillada por los trofeos de la conquista, los yacimientos de oro y las montafias de plata. Pero la rregidn sigue trabajando de sirvienta. Contintia exis- tiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva del petrdleo y el hierro, el cobre y Ja carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los paises ricos que 107 ganan, consumigndolos, mucho més de lo que Amé- rica Latina gana produciéndolos. Son mucho més altos los impuestos que cobran los compradores que los precios que reciben los vendedores; y al fin y al cabo, como declaré en julio de 1968 Covey T. Oli- ver, coordinador de la Alianza para el Progreso, “ha- blar de precios justos en la actualidad es un con- cepto medieval. Estamos en plena época de la libre comercializacién...”. Cuanta més libertad se otorga a los negocios, mas c4rceles se hace necesario cons- truir para quienes padecen los negocios. Nuestros sistemas de inquisidores y verdugos no sélo funcio- nan para el mercado externo dominante; propor- cionan también caudalosos manantiales de ganan- cias que fluyen de los empréstitos y las inversiones extranjeras en los mercados interns dominados. “Se ha ofdo hablar de concesiones hechas por Amé- rica Latina al capital extranjero, pero no de conce- siones hechas por los Estados Unidos al capital de otros pafses... Es que nosotros no damos concesio- nes”, advertia, allf por 1915, el presidente nortea- mericano Woodrow Wilson. E] estaba seguro: “Un pais ~decfa~ es posefdo y dominado por el capital que en él se haya invertido”. ¥ tena raz6n, Por el ca- mino hasta perdimos el derecho de llamarnos ame- ricanos, aunque los haitianos y los cubanos ya ha- bian asomado a la historia, como pueblos nuevos, tun siglo antes de que los peregtinos del Mayflower se establecieran en las costas de Plymouth. Ahora 108 sisi América es, para el mundo, nada més que los Esta~ dos Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América, una América de segunda clase, de nebu- losa identificacién, A cada cual su funci6n Es América Latina, la regidn de las venas abier- tas. Desde el descubrimiento hasta nuestros dias, todo se ha trasmutado siempre en capital europeo ©, mas tarde, norteamericano, y como tal se ha acu- mulado y se acumula en los lejanos centros de poder. ‘Todo: la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos humanos, EI modo de produccién y la estructura de clases de cada lugar han sido sucesivamente deter- minados, desde fuera, por su incorporacién al engea- naje universal del capitalismo. A cada cual se le ha asignado una funcién, siempre en beneficio del desa- rrollo de la metr6poli extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias suce- sivas, que tiene mucho mds de dos eslabones, y que por cierto también comprende, dentro de América Latina, la opresi6n de los paises pequeiios por sus vecinos mayores y, fronteras adentro de cada pais, Ia explotacién que las grandes ciudades y los puer- tos ejercen sobre sus fuentes internas de viveres y 109 mano de obra. (Hace cuatro siglos, ya habian nacido dieciséis de las veinte ciudades latinoamericanas mas pobladas de Ia actualidad.) Para quienes conciben la historia como una com- petencia, el atraso y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Per- dimos; otros ganaron, Pero ocurre que quienes gana- ron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la his- toria del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capi- talismo mundial. Nuestra derrota estuvo siempre im- plicita en la victoria ajena; nuestra riqueza ha gene- rado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros: los imperios y sus caporales na- tivos. En la alquimia colonial y neocolonial, el oro ‘se transfigura en chatarra, y los alimentos se con- vierten en veneno. Potosi, Zacatecas y Ouro Preto caye- ron en picada desde la cumbre de los esplendores de los metales preciosos al profundo agujero de los so- cavones vacfos, y la ruina fue el destino de la pampa chilena del salitre y de la selva amaz6nica del cau- cho; el nordeste azucarero de Brasil, los bosques ar- gentinos del quebracho o ciertos pueblos petrole- ros del lago de Maracaibo tienen dolorosas razones para creer en la mortalidad de las fortunas que la na- turaleza otorga y el imperialismo usurpa, La luvia gue irriga a los centros del poder imperialista ahoga Jos vastos suburbios del sistema. Del mismo modo, Yy simétricamente, el bienestar de nuestras clases do- 110 4 : £ | : minantes ~dominantes hacia dentro, domtinadas des- de fuera es la maldici6n de nuestras multitudes con- denadas a una vida de bestias de carga. (De Las venas abiertas de América Latina) qn Vistazos El lenguaje (1) El lago de Cartagena de Indias estaba vivo y feliz cuando los técnicos vinieron a salvarlo. Entonces se puso en préctica el Plan de Rehabilitaci6n y Digni cacién. Los arroyos que nutrfan al lago se eonvirtie- ron en cafios de cemento que conducen mierda y basura y ahora el lago esté moribund. El lenguaje (11) Los pobres se llaman carentes o carenciados. La expulsién de los niftos pobres se llama desercidn escolar, Los criminales que no son pobres se llaman psicépatas. Los pafses pobres son paises en vias de desarrollo, Para decit ciegos, se dice no videntes. Un negro es un hombre de color. En lugar de dictadura 112 se dice proceso y las torturas se Ilaman apremios ite- gales. No se dice muerte, sino desaparici6n fisica. Donde dice larga y pentosa enfermedad, debe leerse céncer o sida; repentina dolencia signitica infarto, Los muertos por bombardeos ya no son muertos: son dafios colaterales. No se dice capitalismo, sino eco- nomfa de mercado. A la ley de la ciudad la aman ley de la selva. El arte del buen gobierno El 12 de febrero de 1992, los diarios brasilefios publicaron la noticia, Inundaciones en Minas Gerais. El desborde del rio San Francisco dejé cincuenta mil personas sin casa. Las victimas reclamaron techo, ropa y comida. El gobierno les envié dos mil cajitas de Valium, El desarrollo El puente sin rfo. La enceradora eléctrica en piso de tierra. Altas fachadas de edificios sin nada detras. El jardinero riega el eésped de pléstico. La escalera mecénica conduce a ninguna parte, La autopista nos permite conocer los lugares que la autopista aniguil6. 13, La pantalla de la televisi6n nos muestra un tele sor que contiene otro televisor, dentro del cual hay un televisor. El paraiso Sinos portamos bien, esté prometido, seremos todos iguales, sin distincién de raza, color, sexo, idioma, reli- gi6n ni opinién. Todos veremos las mismas imagenes y escucharemios los mismos sonidos y vestiremos las ismas ropas y comeremos la misma comida y estare- mos solos de la misma soledad dentro de casas iguales barrios iguales de ciudades iguales donde respira- remos la misma basura y seremos conducidos por los mismos automéviles y programados por las mismas computadoras, en un mundo que seré maravilloso para todo lo que no tenga piernas ni patas ni alas ni raices. Nosotros Dicen que hemos faltado a nuestra cita con la His- toria, y hay que reconocer que nosotros llegamos tarde a todas las citas. ‘Tampoco hemos podido tomar el poder, y la ver- dad es que siempre nos perciemos por el camino 0 nos equivocamos de direccidn, y después nos echa- mos un largo discurso sobre el tema. 4 Los latinoamericanos tenemos una jodida fama de charlatanes, vagabundos, buscabroncas, calentones y fiesteros, que por algo seré, Nos han ensefiado que, por ley del mercado, lo que no tiene precio no tiene valor, y sabemos que nuestra cotizaci6n no es muy alta, Sin embargo, nuestro fino olfato para los nego- ccios nos hace pagar por todo lo que vendemos y nos permite comprar todos los espejos que nos traicio- nan la cara. Llevamios quinientos afios aprendiendo a odiarnos entre nosotros y a trabajar con alma y vida por nues- tra propia perdicién, y en eso estamos; pero todavia no hemos podido corregir nuestra porfiada costum- bre de abrazos, nuestra manta de andar sofiando des- piertos y chocdndonos con todo y cierta tendencia a Ja resurreccién inexplicable. 45