Sei sulla pagina 1di 238

Mil

SUSI HASEL M UNDY

Á

0

S

2

La electrizante historia de un soldado y su familia que se atrevieron a practicar su fe en la Alemania de Hitler

ASOCIACIÓN CASA EDITORA SUDAM ERICANA Av. San Martín 4555, BI604CDG Florida Oeste Buenos Aires, República Argentina

Título del original: A Thousand Shall Fall, Review and Herald Publishing

Association, Hagerstown, M D, Estados Unidos, 2004.

Dirección editorial: Rolando A. Itin

Traducción: Rolando A . Itin

Diagramación y tapa: Néstor Rasi

IMPRESO EN LA ARGEN T IN A Printed in Argentina

Primera edición

Primera reimpresión

M M V l -4M

Es propiedad. © Review and Herald Publ. Assn. (2004).

© A C E S (2004). Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN-10: 987-567-027-8

ISBN-13: 978-987-567-027-3

Hasel Mundy, Susi

Mil caerán / dirigido por Rolando A. Itin - 1a ed., 1a reimp. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana. 2006.

238 p .; 20x14 cm.

Traducido por: Rolando A. Itin

ISBN 987-567-027-8

1. Literatura piadosa. I. Itin, Rolando A., dir. II. Itin, Rolando A., trad. III. Titulo. CDD 242

Se termino de imprimir el 19 de mayo de 2006 en talleres propios (Av. San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Prohibida la reproducción total o ¡xircial de esta publicación (texto, imágenes y dis­ eño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

— 101624—

535b

Bedícatoría

A la memoria de Gerhard (1935-1994), quien me estimuló a escribir este libro.

2chtung

¡írsat-caffcc

0losarío

¡Atención! ¡Cuidado!

Sustituto del café, hecho con granos tosta

 

fra u

Señora

fiihrcr

Conductor; título dado a Adolfo Hitler

(Saulcitcr

Jefe de distrito

6utcn

ftlorgcn

Buenos días

6utcn

C a g

Buenas tardes

Gumnasium

Escuela secundaria en Alemania

ftauptrnann

Capitán

 

ilcrr

Señor

3amohl

Sí; Por supuesto

CuftmafTt

Fuerza Aérea

 

fflurri

Mamita

©nkcl

Tío

p a p a

Papito; Papá (en alemán es palabra grave, como si fuera Pápa)

ftcich

Reino; Imperio

.Strcng

ocrbotcn

Terminantemente prohibido

 

"Cante

Tía

ÍDchrmacht

Ejército

S

a

H

Contenido

 

Al lector

8

1

La conscripción

11

2

El campamento de entrenamiento

19

3

Presiones políticas en casa

29

4

En

Francia y Polonia

41

5

En la Selva Negra

51

6

En

Ucrania

62

7

La Casa Parda

73

8

Batalla de invierno

8

5

9

El nacimiento de Susi

98

10

Salvado por un ángel

111

11

En Eschenrod

12 4

12

En

el Cáucaso

13 6

13

La vida en Frankfurt

14 3

14

Estudios bíblicos

158

15

Llegan los norteamericanos

167

16

Retirada

184

17

Retorno a casa

196

18

Rescate invernal

208

19

Paquetes de Norteamérica

219

20

Lo que pasó después

226

Epílogo

2 36

211 Icctor

Esta es la historia de mi familia durante la Segunda Guerra Mundial. El informe está basado en los recuerdos de los participan- tes. Por escrito y en cintas magnéticas mis padres registraron los eventos con meticulosos detalles. Mis hermanos y hermanas me contaron sus recuerdos. Debo mencionar, sin embargo, que me he tomado cierras liber­ tades al contar la historia, particularmente las que tienen que ver con la secuencia exacta de los eventos y quién dijo a qué persona qué cosa. Además, algunas veces he combinado dos o más personas en una cuando sentí que era necesario por claridad y simplifica­ ción. Sin embargo, mi intención fue siempre iluminar más brillan­ temente la verdad. Es mi esperanza que este libro sea un estímulo para el pueblo de Dios durante el tiempo del fin.

Castillo fuerte es nuestro Bios

ítlartín Cutero

Castillo fuerte es nuestro Dios; defensa y buen escudo. Con su poder nos librará en este trance agudo. Con furia y con afán acósanos Satán. Por armas deja ver astucia y gran poder; cual él no hay en la tierra.

Luchar aquí sin el Señor, cuán vano hubiera sido. Mas por nosotros pugnará de Dios el Escogido. ¿Sabéis quién es? Jesús, el que venció en la cruz; Señor de Sabaoth, omnipotente Dios, él triunfa en la batalla.

Aun cuando estén demonios mil prontos a devoramos, no temeremos, porque Dios vendrá a defendemos. Que muestre su vigor Satán, y su furor;

dañamos no podrá, pues condenado esta por la Palabra santa.

Sin destruir la dejará, aunque mal de su grado:

es la Palabra del Señor que lucha a nuestro lado. Que lleven con furor los bienes, vida, honor, los hijos, la mujer, todo ha de perecer; de Dios el reino queda.

CAPÍTULO

1

Xa conscripción

-¡Nadie, nadie, podrá derrotarnos! Con la barbilla en alto, el maestro contempló los rostros solem­

nes de sus alumnos de tercer grado.

Corría el año 1939, y la mayoría de sus conciudadanos de Frankfurt compartían la confianza del maestro. Después de todo, ¿no lo habían demostrado su Patria y su Führer [“conductor”, nom­

bre dado a Hitler] en las dos últimas décadas? El trabajo duro de los

alemanes, el control de calidad alemán y la tozudez alemana los ha­ bían elevado de ser los pobres destruidos por la guerra a ser la na­ ción más dinámica de Europa. El futuro pertenecía al Reich [“rei­ no”, nombre dado al país]. -Somos el pueblo más fuerte sobre la tierra -le dijo a su clase-. Y el mejor de todos, niños, porque si alguno se atreviera a invadir nuestro espacio aéreo, tenemos las baterías antiaéreas. Kurt Hasel, de nueve años de edad, se sentó más derechito. Apretó sus labios y aspiró una bocanada de aire por la nariz. -Estas baterías están ubicadas por toda Alemania -continuó el maestro-. Están calibradas con tanta precisión que pueden derribar un aeroplano en vuelo. Por esto Alemania será victoriosa. La mirada de Kurt se paseó orgullosamente por la ventana. A través de ella podía ver el sol que brillaba sobre los frondosos árbo­ les verdes. Esta era su Alemania, su patria, el país más grande del

mundo. -Mutti [mamita] -le dijo a su madre esa tarde-, ¿no sería ma­

ravilloso ganar la guerra? La madre puso ambas manos sobre sus hombros y lo hizo girar para mirarlo de frente. -Kurt. -¿Qué?

MIL CAERÁN

Su voz sonaba seria.

-Deseo que recuerdes algo. Él trató de alejarse retorciéndose, pero ella lo sostuvo con fir­ meza. -Si ganamos la guerra, significa que les hemos quitado sus paí­

ses a otras personas.

—¿Cómo? -Millones de personas perderán sus hogares y sus vidas -la ma­ má soltó los hombros de Kurt pero sus brazos lo rodearon estrecha­

mente, y su voz salía por sobre su cabeza oscura-. Los niños serán separados de sus padres y hermanos y hermanas. Tal vez nunca

vuelvas a ver a Gerd y Lotte -le dio un pequeño apretón y lo sacu­

dió un poco-. La guerra es un error, Kurt. Matar es malo. Dios quie­ re que los Hasel sean pacificadores. -Sin embargo -dijo Kurt con terquedad, y su voz se oía amorti­ guada contra el pecho de la madre-, sería muy excitante ver cómo derriban los aviones y los hacen caer del cielo. En 19.39 Franz y Helene Hasel y sus vecinos sabían que Adolfo Hitler realmente se estaba preparando para la guerra. Y como to­ dos los demás, la pequeña familia adventista del séptimo día se ha­ bía estado preguntando qué les depararía el futuro.

Pronto lo sabrían. Un sábado cálido, después del culto, entraron al vestíbulo del edificio de departamentos donde vivían. Lotte, de seis años de edad, corrió hasta el buzón para la corres­ pondencia que les pertenecía, y miró por la ranura. -Papa, hay correspondencia -dijo alegremente. Franz abrió el buzón y sacó un manojo de cartas. Repasándolas rápidamente dijo:

-Sólo cartas comerciales. Pueden esperar hasta la puesta del sol. Helene prontamente calentó el almuerzo acostumbrado de los sábados, que consistía en pan negro y sopa de lentejas que había preparado el día anterior.

LA CONSCRIPCIÓN

-¿Podemos ir hoy al Paraíso de las Aves? El día está tan bonito hoy -pidió Kurt.

Lotte y el pequeño Gerhard (la familia lo llamaba Gerd) de cuatro años dijeron en coro:

-¡Sí, por favor, por favor, Papal

Franz dio una mirada anhelosa a una pila de libros que tenía so­

bre la mesa. Le gustaba estudiar la Biblia y los escritos de Elena G.

de White, y había estado ansiando una tarde tranquila en su hogar. Suspiró, y asintió.

La caminata pronto los alejó de la civilización hacia una amplia

expansión de campos abiertos que se extendía detrás del gran com­

plejo de departamentos donde vivían. A los niños les deleitaba ca­

minar por los angostos senderos a través de los campos cuya cose­ cha estaba madurando. Flores azules y amapolas rojas aparecían en­

tre las espigas de trigo todavía levemente verdes que los superaban en altura. -Juguemos a que somos los hijos de Israel -dijo Kurt-. Estamos caminando por el mar. Aquellas flores son peces. Un poco más tarde la familia llegó hasta la orilla de las vías del tren. Cruzaron cuidadosamente sobre ellas, y escucharon el leve murmullo que se oía sobre las vías. Una vez del otro lado, se recos­ taron sobre el pasto fresco. -¡Un tren! -gritó Lotte. Cuando el veloz tren de pasajeros pasó frente a ellos por las vías, el pequeño Gerd se aferró de las faldas de su madre, mientras Kurt y Lotte saludaban al maquinista y a los pasajeros sonrientes. Esta vez, el maquinista, amistoso, hasta hizo sonar el silbato del tren, saludándolos. Fue un día muy especial, que los niños recorda­ rían como el último día de felicidad, sin preocupaciones, en varios años. Una vez que el tren desapareció, la familia caminó por el sen­ dero arenoso que corría a lo largo de las vías, hasta que llegaron al lugar que ellos llamaban el Paraíso de las Aves. Era como un jardín

MIL C A E R Á N

secreto rodeado por un cerco vivo, alto y tupido. No había portón,

y ningún ojo podía penetrar ese cerco. Pero los cantos más meló- diosos de los pájaros flotaban en el aire de ese lugar misterioso. Helene y Franz se sentaron a la sombra del cerco vivo, y en voz baja conversaron sobre el amenazador clima político de esos días. Lotte comenzó a juntar flores silvestres mientras Kurt y Gerd rea> gían piedrecitas hermosas y caracoles. Cuando comenzó a soplar

una suave y fresca brisa por la tardecita, la familia comenzó el re- greso a casa. Después de la cena y el culto de despedida del sábado, Franz

buscó el manojo de cartas. -Muy bien, veamos quién nos escribió -dijo, mientras las api- laba sobre la mesa en grupos. De repente se detuvo, observando con atención un sobre con aspecto oficial. -Helene. No puede ser. Pero pienso Cortó un extremo del sobre y sacó una hoja de papel doblada. Helene miró por sobre su hombro. -Es imposible -dijo ella-. Tú tienes 40 años de edad. Debe ha­ ber un error.

La voz de Franz, generalmente tan confiada, ahora sonaba con­ fusa y torpe. -Pero es así. Es una carta de la oficina de reclutamiento. Debo presentarme en el centro de reclutamiento en Frankfurt el lunes a las 8 de la mañana. -¿Este lunes? -Este lunes. En dos días. Helene y Franz se miraron -Yo pensé que era demasiado viejo. En cambio, parece que soy uno de los primeros en ser llamado a la conscripción. Llamó a los niños, los condujo a la sala de estar y les dijo que se sentaran. Entonces les explicó que había sido llamado para ser un soldado.

Lotte comenzó a llorar.

LA CONSCRIPCIÓN

-A los soldados los matan en la guerra -decía entre sollozos-. ¿Vas a morir? Franz abrió su boca para responder, pero antes de que pudiera decir nada, Kurt dijo despectivamente:

-No seas tonta, Lotte. Alemania es el país más fuerte del mun­ do. Los otros soldados morirán, no los nuestros. -¿Papa no va a morir, entonces? -preguntó Lotte con un asomo de esperanza.

-Por supuesto que no -replicó Kurt- Tenemos armas poderosas que nadie puede vencer. Y tenemos las baterías antiaéreas que pue­ den derribar los aviones en el cielo si nos atacan. Ganaremos la guerra, y Papa será un héroe, y Alemania gobernará el mundo. El rostro de Franz empalideció. Un adventista del séptimo día devoto era decididamente un pacifista. No había sospechado cuán completamente su hijo mayor, de nueve años, había aceptado las metas de Hitler de hacer de Alemania el centro en expansión de un superpoder, “el Tercer Reich”, que duraría 1.000 años. -Kurt. Hijos. Escúchenme. Gerd se sentó sobre las rodillas del padre, y comenzó a chupar­ se el pulgar. Franz trató de explicar por qué la guerra era mala y que Hitler era un hombre malo que no amaba a Dios. Kurt escuchó, pe­ ro la posición de su pequeño mentón mostraba que todavía pensa­ ba que ser un soldado sería una gran aventura. El lunes, en la oficina de reclutamiento, Franz tuvo su examen físico. Luego llenó una hoja larga con informaciones y se la pasó al oficial que estaba a cargo de la oficina. -Señor -le dijo cortésmente-, yo soy un cristiano adventista del séptimo día y un objetante de conciencia. Me gustaría servir como auxiliar médico. El oficial lo miró de arriba abajo. -Adventista del séptimo día -repitió-. Nunca oí hablar de ellos.

MIL CAERÁN

-Hey, Hans, ¿sabes algo de los adventistas del séptimo día? —gri­ tó hacia el otro extremo de la sala. -Son como los judíos, guardan el sábado -le respondió Hans, también a los gritos.

El oficial le echó una mirada funesta. -Bueno, entonces -dijo finalmente-, ¿qué harías si estuvieras cuidando a un soldado herido y el enemigo iniciara un ataque? -Me acostaría encima del soldado herido y lo protegería con mi

cuerpo, señor. —¡Claro! —y el oficial movió la cabeza, y luego le dijo molesto-:

No tenemos lugar para cobardes en el ejército alemán. Revisó algunos papeles, y luego escribió el destino de Franz en el formulario de ingreso. Franz había sido asignado para servir co­ mo soldado raso en la Compañía de Zapadores Park 699. Franz tragó saliva. El conocía bien a la compañía de zapadores:

a los 18 años había servido con ellos durante la Primera Guerra Mundial. Los zapadores eran unidades de ingeniería que prepara­ ban el camino para el avance de los ejércitos. También sabía que la prestigiosa Compañía 699 tenía la tarea de construir puentes don­ de quiera Hitler planeaba hacer su próximo avance. Esto significa, pensó Franz para sí, que los soldados en la 699 siem­ pre estarán entre los primeros alemanes que entren a territorio enemigo. Sin duda el oficial lo había puesto en las líneas del frente porque odiaba a los hombres que no apoyaban los esfuerzos militares de Hitler. -No se quede ahí parado, soldado -rugió el oficial-. Camine, tenemos otras personas que procesar. Franz se fue a la barraca donde entregaban los uniformes, y le dieron el suyo. Era de un color verde grisáceo, del ejército alemán. Recibió un par de pantalones y una túnica de combate con cuatro bolsillos aplicados, adornos dorados en el cuello, y el emblema del águila germana sosteniendo una esvástica cosida por encima del bolsillo delantero derecho. También recibió un ancho cinturón ne­ gro de cuero, del cual podía colgar la bolsa para el pan y las provi­

LA CONSCRIPCIÓN

siones. Le dieron un par de zapatos, un par de botas altas, una boi-

na, un casco de acero, ropa interior y calcetines. Se le ordenó que debía presentarse para el servicio el miércoles

de mañana. De vuelta en casa, los niños exploraron el uniforme. A Lotte le

gustaba llevar su muñeca en la bolsa para las provisiones. Los di­

versos compartimientos eran apropiados para un biberón de re­ puesto y los pañales. Gerd se puso la boina con el punto rojo vivo que había en el

frente, con un círculo blanco y uno negro que lo rodeaban. Kurt le apuntó a Gerd con un arma imaginaria.

-¡Bang! Te di justo en la frente. ¡Estás muerto! Inmediatamente, Gerd se puso a llorar.

Pero la pieza favorita de Kurt fue el casco de acero. Le gustaba

el olor a cuero nuevo que salía del forro interior. Lo rellenó con pa­ pel de diario arrugado para evitar que le cayera sobre los ojos, y or- gullosamente marchó por la casa proclamando que nadie podía las­

timarlo. En los siguientes dos días Franz tuvo muchas cosas que hacer. Durante años había sido colportor y director de publicaciones en Austria y Alemania. De modo que se puso en contacto con la casa editora en Hamburgo y con el presidente de la Asociación para in­ formarles que había sido reclutado. Trabajando metódicamente, terminó sus informes y contestó las cartas, de modo que cuando se

fuera, su trabajo quedara todo en orden. El miércoles de mañana, Franz se vistió su uniforme y luego reu­ nió a la familia. Lotte lo miró con mucho respeto, y susurró:

-Oh, Papa, te ves muy guapo. Kurt estudió el cinturón: el águila nazi estaba rodeado por las palabras: Gott mit uns, que significa: “Dios con nosotros”. -Papa —dijo Kurt pensativamente , si Hitler quiere que Dios es­

té con nosotros, no puede ser malo. -Kurt -dijo Franz con fuerza- Hitler es un hombre malo. Nun­

MIL CAERÁN

ca confíes en lo que él diga. ¡Permanece fiel a Dios, y sólo a él! Pe­ ro vengan ahora, hagamos el culto antes de que me vaya. Franz leyó Salmos 91:5 al 11. “No temerás el terror de la noche,

ni la flecha que vuela de día

mil a tu derecha, pero a ti no te afectará

sus ángeles te cuiden en todos tus caminos” (NVI). Luego la familia cantó su himno favorito: “Castillo fuerte es nuestro Dios”. Después se arrodillaron en círculo tomados de la mano, mientras Franz oraba. “Padre nuestro, he sido reclutado como soldado”, dije en su ora­ ción. “Tú sabes que no tengo interés en la guerra ni en pelear. Tú sabes que no encontré ninguna alegría en la Gran Guerra, aun cuando todavía no era cristiano. Mucho menos ahora. Por favor, quédate con nosotros. Padre, al ir por nuestros caminos separados, ayúdame a ser fiel a mi fe aun en el ejército. Ayúdame de tal ma­ nera que no tenga que matar a ninguno. Por favor, tráeme de vuel­ ta con seguridad, y protege a mi familia de todos los peligros de la guerra aquí en casa. Amén”. Se estaba haciendo tarde. Rápidamente se dijeron Adiós, y Franz se fue, deseando en su corazón que un día todos pudieran es­ tar todos juntos otra vez.

Podrán caer mil a tu izquierda, y diez

Porque él ordenará que

CAPÍTULO 2

£ n el campamento de entrenamiento

En la estación central de Frankfurt reinaba una atmósfera casi

de carnaval. Doscientos soldados con sus elegantes uniformes nue-

vos eran enviados al campamento de entrenamiento en Nierstein, a orillas del río Rin. Bien afeitados, con el cabello recientemente

cortado, ostentando sus nuevos uniformes, se los veía fuertes y con-- fiados.

Esposas y novias abrazaban a sus hombres. Unas pocas de ellas lloraban, pero la mayoría estaba de ánimo como de fiesta, agitando las esvásticas rojas y arrojando papel picado. Un grupo en el ceiv tro del gentío bebía champán y cantaba cantos de victoria.

Los soldados sostenían torpemente las flores y las cajas de cho­ colate artísticamente envueltas que les habían dado las damas. Una señorita a quien Franz nunca había visto antes lo besó en ambas mejillas y le deseó buena suerte. Finalmente, el tren a vapor salió de la estación con el gran estruendo del grito de batalla: ¡Ein Volk, ein Reich, ein Führer! ¡Sieg Heil! ¡Sieg Heil! (¡Un pueblo, un impe-

rio, un líder! ¡Victoria salvación! ¡Victoria salvación!] Un mudo sobresalto pasó por Franz. El poder demoníaco de suges­ tión de Hitler ha capturado a las masas -pensó-. Están convencidos de que la guerra terminará para Navidad, y que muy jrronto Alemania go­ bernará un mundo mejor. A medida que el tren se alejaba de la estación, él comenzó a conversar con algunos de los otros soldados. Simpatizó enseguida con Karl Hoffman, y los dos hombres iniciaron una amistad. Tres horas más tarde llegaron a Nierstein, donde los nuevos

conscriptos se ubicaron en sus cuarteles mientras el resto de su ba­

19

A

MIL CAERÁN

tallón llegaba; 1.200 hombres en total. La Compañía de Zapadores

Park 699 estaba formada con tropas escogidas de Hitler que reci­ bían órdenes directamente de las oficinas centrales en Berlín. Mu­

chos de los hombres eran avezados artesanos y mecánicos. El viernes Franz buscó al Hauptmann (capitán) de su unidad, un

hombre llamado Brandt. Lo encontró en una sala hablando con su contador y un secretario. Él tenía una expresión agradable en el rostro. -Herr Hauptmann -dijo Franz-, ¿me da permiso para presentar dos pedidos? -Habla, hombre. ¿Cuáles son? -Como usted sabe, señor, yo soy adventista del séptimo día. Adoro a Dios el sábado, como nos enseña la Biblia a hacerlo. Me gustaría que se me eximiera de presentarme al servicio en mi sába­ do. Además, no como carne de cerdo o ninguna otra cosa prove­ niente de estos animales. Respetuosamente solicito permiso para recibir un sustituto cada vez que se sirva comidas con cerdo. Tomado por sorpresa, el Hauptmann no sabía qué contestar. De­ trás de él, el contador y el secretario se miraron, pusieron los ojos

en blanco y se golpearon la frente. Finalmente, el Hauptmann Brandt se encogió de hombros. -Si puede hacer los arreglos con el teniente, yo estoy de acuerdo. Franz buscó al teniente Peter Gutschalk, un hombre agrio que ya se había ganado el apodo de Seltenfroelich (Pocas-veces-alegre). Saludando con desenvoltura, Franz repitió sus pedidos. La cara de Gutschalk se puso roja como un tomate maduro. -Soldado, debe estar loco -vociferó-. ¡Este es el Ejército Ale­ mán! Este batallón se va a la guerra, ¿y usted quiere el sábado libre? -escupió, y hablando para sí dijo-: ¡Justo a mí me tocó la suerte de tener la carga de un religioso chiflado! -Sólo estoy pidiendo autorización de cambiar el trabajo con otros soldados de modo que mi día libre caiga en sábado. Procurando inspirar aire como un pececito, el teniente rugió:

EN

EL

C A M P A M E N T O

-¡Quítate de mi vista!

Franz comenzó a retirarse.

DE

E N T R E N A M I E N T O

-Haga los arreglos que quiera -siguió diciendo el oficial-, pero déjeme decirle esto, Hasel. Una vez que comience el avance, ¡la

guerra no se va a detener para que usted pueda guardar su sábado! Además, si lo veo esquivando su deber de cualquier manera, me

ocuparé personalmente que viva para lamentarlo. Recuerde, ¡lo es­ taré observando!

Cuando Franz volvió a las barracas, le preguntó a los hombres

si alguno de ellos estaba dispuesto a cambiar el servicio del domin­ go con él. Su nuevo amigo, Karl Hoffman estuvo de acuerdo con él

de inmediato, y hubo también otros dispuestos a hacerlo. Los do­ mingos tenían entretenimientos y bailes, y como las señoritas loca­

les admiraban a los uniformados, ¿quién sabe qué romances se pro­ ducirían?

Animado por su éxito, Franz se fue a la cocina. Allí le explicó sus principios de alimentación al cocinero jefe y le pidió si podía conseguir algún sustituto cuando sirvieran cerdo. El cocinero puso sus manos sobre las caderas y miró fijamente a Franz, de arriba abajo. -Soldado Hasel -le dijo tensamente, mientras un color rojo pa­ recido al del teniente Gutschalk comenzó a subirle por el cuello-, permítame educarlo acerca de su dieta. Para el desayuno servimos pan, mermelada y café. Para el almuerzo servimos un guiso. Para la cena servimos pan con chorizos u otra carne, y algunas veces, que­ so. Además, cuatro veces por semana recibirá dos onzas [unos 60 gramos] de mantequilla por la tarde, y tres veces por semana, dos onzas de manteca de cerdo. Mientras hablaba, el cocinero se iba enojando más y más. -¿Sabe? ¡Realmente tiene coraje! Éste es el ejército, no un res­ taurante que le ofrece lo que desea. Golpeó con sus nudillos una olla enorme, que sonó en forma atronadora.

MIL CAERÁN

-¿Ve esto? Esta es la olla que tengo. Toda la comida se prepara aquí. Comerá lo que comen todos los demás, y si no quiere ¡mué' rase de hambre! ¡Cerdo, justamente! -miró a Franz directamente a la cara y le dijo-: Me parece que usted es un judío disfrazado. ¡Es- pérese y verá! Más tarde, Franz se encontró en la fila para recibir la cena, y el

cocinero, de modo insolente, le arrojó una porción más grande de salchichas en su plato. Franz miró la carne que nadaba en grasa. ¿Debía él comer lo que Dios había prohibido, o debía comer sólo el pan y salir con ham­

bre? Más tarde, de regreso en la barraca, buscó el libro de Daniel en su Biblia y releyó la historia de Daniel y sus tres compañeros que decidieron no tocar la comida del rey. Allí mismo se reconsagró a Dios para ser fiel a los principios de alimentación. Pero él necesitaba alimentarse, de modo que algo tenía que hacer.

En ese tiempo, Franz junto con otros treinta soldados, fue alo­ jado en una casa del otro lado de la calle, frente a una lechería. El lunes de mañana fue a visitar a la dueña de ella. -Estaré aquí durante algún tiempo, y me gustaría hacer un in­ tercambio con usted -le dijo-. ¿Estaría usted interesada en cambiar productos lácteos por cerdo? -Por supuesto -replicó la mujer, feliz de tener acceso a alguno de los platos deliciosos de los Zapadores. Discutieron un poco los detalles, y finalmente ella dijo-: Te daré un litro de leche por día, y un cuarto de libra [unos 100 g] de mantequilla cada tercer día, a cambio de tus porciones de cerdo, manteca de cerdo y salchichas. Después de eso, cada mañana Franz rompía la porción de pan que recibía en trozos pequeños, los regaba con leche fresca, y los comía con su cuchara. Los otros soldados lo miraban fijamente y comenzaron a ponerse celosos de su leche y mantequilla aparente­ mente inagotables. -Escucha, Come Zanahorias -le decían-, estás comiendo muy

EN

EL

C A M P A M E N T O

bien, ¿no te parece?

DE

E N T R E N A M I E N T O

Franz les sonreía de buenas maneras, y les respondía:

-Ustedes sigan comiendo sus chanchos. Yo prefiero esto. -Esto está bien, por el momento. Pero, ¿qué vas a hacer cuan­

do lleguemos al frente y ya no puedas hacer negocios?

-Eso no me aflige por el momento. Dios se ocupará de eso.

Y de hecho, la compañía se estaba entrenando con toda inten­

sidad, preparándose para ir al frente. Además de la instrucción bá­

sica del ejército, los Zapadores construyeron varios puentes sobre el

río Rin. Era un trabajo muy duro y pesado. A mediodía, la cocina de campaña les traía la comida hasta el lugar donde trabajaban. Cuando Franz miró en la olla y vio cerdo, no tomó nada de la co­

mida. Siempre llevaba algo de pan y queso, y comió eso en cambio. Una vez, un soldado de otra compañía vio esto y le dijo:

-Dime, noté que no comes carne. ¿Hay alguna razón para ello? Franz le explicó cuáles eran sus convicciones. -Bueno, tenemos en nuestra compañía a un hombre que tam­ poco come cerdo. -¿Realmente? ¿Dónde está él? ¿Cómo se llama? -Michel, y no recuerdo su apellido.

-¿No será Michel Schroedel?

-¡Eso es! -respondió el soldado-. El trabaja en ese edificio allí.

Franz corrió hacia el edificio, y subió los escalones de a dos. Adentro descubrió a su viejo amigo, Michel Schroedel, el gerente de la imprenta del Seminario Adventista de Marienhohe. Los dos hombres se habían conocido quince años antes. Durante las cuatro

semanas que transcurrieron hasta que sus compañías se separaron, Franz y Michel se reunieron para adorar juntos y animarse mutua­ mente cada sábado. Por el momento, dos problemas se habían resuelto: la observan­ cia del sábado y la dieta. Pero quedaba todavía uno más.

Franz se había convertido al adventismo a los 20 años de edad,

y desde entonces había formado el hábito de leer la Biblia entera

MIL CAERÁN

cada año una vez. Aunque sabía que no sería fácil, decidió seguir con esta práctica en el ejército. Cada mañana y cada noche se sen­

taba en su catre para leer su Biblia y orar. Los soldados procuraron hacer todo lo posible para interrumpir sus devociones contando chistes, a los que seguían fuertes risota­

das, o arrojándole zapatos y almohadas. Pronto había ganado el apodo de “Lector de la Biblia”, además de “Come Zanahorias”. De todos los hombres, el teniente Gutschalk era el más cruel en ridiculizarlo. No perdía ninguna oportunidad para humillar a Franz frente a sus camaradas. Franz se daba cuenta de que si quería man­ tener el respeto de los hombres, tendría que conseguir que el oficial cambiara. De modo que empezó a preparar un plan. Una mañana, cuando estaban formados para pasar lista, el te­

niente preguntó:

-Bueno, Hasel, ¿ya hiciste tu culto? Franz saludó prontamente y le respondió:

-Sí, señor. -¿Cómo puedes creer en esos cuentos de hadas en estos tiempos tan iluminados? Debes estar mal de la cabeza. -Es interesante, teniente, pero acabo de leer acerca de personas como usted en 2 Pedro 3:3 -y Franz rápidamente sacó su Biblia de bolsillo, la abrió y leyó-: “Sabiendo primero esto, que en los pos­ treros días vendrán burladores, andando según sus propias concu­ piscencias”. Este pasaje, fue escrito hace más de 1.900 años atrás. Gracias, señor, por confirmar que la Biblia es cierta, y por fortale­ cer mi fe. Durante la cena, unos pocos días más tarde, el teniente Guts­ chalk estaba caminando del lado opuesto del comedor. -Bueno, Sr. Santulón -lo llamó por sobre las cabezas de los hombres que comían-, ¿has leído alguna otra cosa útil en tu Bi­ blia hoy? -Sí, señor -le respondió con vigor-, en realidad leí acerca de usted.

EN

EL

C A M P A M E N T O

DE

E N T R E N A M I E N T O

-¿Acerca de mí? Nuevamente Franz sacó su Biblia. -Escuche lo que dice Eclesiastés 12:13 y 14: “El fin de todo el discurso es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre”, incluyendo al teniente Gutschalk. Los soldados silbaron y aplaudieron mientras Gutschalk se reti- raba apresuradamente. Nunca más preguntó por las devociones de Franz. Pero continuó siendo su enemigo, y siguió buscando oportu­ nidades para ponerlo en dificultades. A fines de setiembre los Zapadores recibieron órdenes de cons­ truir un pontón sobre el río Rin en Oppenheim. Era su primera oportunidad para poner en práctica las habilidades adquiridas. Re­ quisaron una cantidad de barcazas, y reembolsaron su valor a los

dueños. Las barcazas fueron ancladas juntas en forma apropiada, y sobre ellas construyeron el puente. Fue un tremendo éxito. En ho­ nor de su Hauptmann, el puente fue llamado Brandtbruecke (“El puente de Brandt). Cuando estuvo terminado, hubo una gran celebración. Las ban­ deras ondeaban al viento, tocó la banda del ejército y el Haupt- mann Brandt dio un discurso entusiasta acerca de los elevados idea­ les alemanes, que pronto establecerían la norma para el mundo en­ tero. Las orillas del Rin devolvieron el eco de los gritos de “¡Ein Volk, ein Reich, ein Führer! ¡Sieg Heil! ¡Sieg Heil!" Entonces los soldados y la gente de la ciudad cruzaron el Rin so­ bre el puente nuevo, sobre tablones aromáticos de pino y que des­ tilaban resina. En cada cabecera del puente había en lo alto un águila alemana con una esvástica en las garras. Este puente sobre­ vivió durante toda la guerra, y se usó hasta el otoño de 1944 duran­ te la primera invasión norteamericana a Alemania. Mientras el entrenamiento en el campamento continuaba, pronto llegó a ser evidente que Franz era especialmente bueno en la práctica de tiro al blanco, y la mayoría de las veces daba en el centro del blanco. Pronto se ganó la admiración de otros y llegó a

MIL CAERÁN

ser conocido como el mejor tirador de la compañía.

En el campo de tiro, un día su amigo Karl Hoffman le preguntó:

-Franz, ¿cuál es el secreto de tu buena puntería? Franz se encogió de hombros.

-No sé de nada en especial que haga. Sencillamente miro al blanco por la mirilla, luego apunto el arma un poquito más bajo y aprieto el gatillo.

-Voy a practicar tu truco. Probablemente me salvará la vida algún día.

En un sentido, por supuesto, lo que dijo Karl era cierto. Pero la conversación asustó a Franz. Cuando estaba solo, a menudo se pre- guntaba qué haría si un enemigo lo atacaba. ¿Tomaría instintiva­ mente el arma y lo mataría para protegerse? Recordó su promesa a Dios de no quitar la vida a otra persona, pero en este mundo no es­ taba seguro de sí mismo si era puesto a prueba. La Compañía de Zapadores Park 699 celebró su primera Navi­

dad en el ejército con una reunión a la luz de velas en la majestuo­ sa vieja catedral de Oppenheim junto al río Rin. Los soldados es­ taban chasqueados de que la guerra no hubiera terminado ya, pero el discurso entusiasta que pronunció Hitler la Nochebuena les de­ volvió la confianza. Una vez más su personalidad hipnótica domi­

nó a las masas. Todo sigue bien

to

Se habían hecho planes para una gran fiesta más tarde esa no­ che. Franz solicitó permiso para quedarse en la barraca. No, la asis­ tencia era obligatoria. Cuando llegó al salón de la fiesta, el tenien­ te Gutschalk estaba en la puerta. -Hasel, ¿qué estás llevando allí? -Como usted sabe, teniente, yo no bebo alcohol. Tengo aquí una botella de jugo de uva de modo que tenga algo para beber. -Entonces, entra -gruñó el teniente dejando pasar a Franz. Dentro del salón, grandes mesones sobre caballetes habían sido cubiertos con sábanas blancas, y decoradas con ramilletes de abeto

El Tercer Reich se establecerá pron -

Alemania reinará suprema durante l .000 años.

EN

EL

C A M P A M E N T O

DE

E N T R E N A M IE N T O

fresco y velas. La fragancia de las coniferas se mezclaba con el aro­

ma de las porciones de torta de Navidad llenas de especias, puestas en el lugar para cada soldado.

La festividad comenzó con el canto de algunos antiguos villan­ cicos de Navidad alemanes: “Es ist ein Ros’ Entsprungen”, “O Tan- nenbaum”, y por supuesto, el clásico “Stille Nacht”.

Pero pronto la cerveza y el coñac comenzaron a hacer su efec­ to, y el ambiente se volvió más ligero. Uno de los soldados había

compuesto un poema acerca de las características de los hombres de la compañía. Con curiosidad, Franz aguardó para ver qué dirían

de él. Finalmente, apareció:

“Hasel gustosamente lee su Biblia, lleno de celo como vimos todos, Come verdura fresca y papas hervidas, zanahorias y pepinos crudos. Les predica a todos la buena palabra de la temperancia,

no come carne, no fuma, no bebe: así debería ser un cristiano”. El supo que a pesar de que lo molestaban, lo habían aceptado. Después de unas dos horas, Franz era el único hombre sobrio en toda la compañía. Cuando la fiesta se puso más ruidosa y los chis­ tes más groseros, salió del salón y pasó el resto de la noche en su barraca leyendo su Biblia. Al día siguiente, mientras cumplía una orden, se encontró con el Mayor y el Hauptmann. Con el saludo militar, trató de seguir su camino, pero ellos lo detuvieron.

-Hasel -le dijo el Mayor-, notamos que usted se mantuvo so­ brio anoche. Queremos que sepa que apreciamos mucho eso. Unos pocos días más tarde, Franz fue promovido a soldado de Primera Clase. Para su sorpresa, también recibió una medalla, la Kriegverdienstkreuz 2. Klasse mit Schwertem, la Cruz al Mérito en la Guerra de 2da. Clase con Espadas. Con curiosidad observó la caja forrada con satén azul. En ella brillaba una Cruz de Malta, con la esvástica en el centro y dos espadas cruzadas en diagonal, colgadas de una barra de cinta con fajas rojas, blancas y negras y otro par de espadas cruzadas.

MIL CAERÁN

Él no tenía idea de qué había hecho para merecer ese honor. En un ejército saturado de alcohol, la sobriedad sola no le daría méri- tos para esta recompensa. Junto con su promoción vino un beneficio nuevo e inesperado. Franz fue liberado de todo trabajo al aire libre, y se lo asignó como guardia nocturno en la oficina de la compañía. Una noche le vol­ vió la curiosidad acerca de su medalla, y decidió revisar su legajo. Lo encontró en un archivo, buscó el registro acerca de la meda- lia, y descubrió que la había recibido “por ser una buena influencia moral sobre los hombres de la compañía entera”. Pensó en las di- versas ocasiones en que había dicho: “Camaradas, detengan su charla inmoral y sus chistes sucios. No tomen el sexo livianamen­ te; el sexo es sagrado. Recuerden a sus esposas e hijas en casa. ¿Có- mo se sentirían ellas si oyeran este lenguaje inmoral?” Franz había pensado que sus advertencias se las había llevado el viento. Ahora se daba cuenta de que habían sido escuchadas y apreciadas. Para este tiempo, los hombres de la Compañía de Zapadores Park 699 habían llegado a ser un grupo cohesivo, y habían estable- cido una rutina cómoda. Pero eso no había de durar mucho.

CAPÍTULO 3

presiones políticas en casa

Allá en Frankfurt las cosas fueron empeorando para Helene y

los niños. El alimento y la ropa que necesitaban estaban estricta-

mente racionados, y sólo se podían comprar si Helene presentaba

las tarjetas de racionamiento apropiadas. Cada persona recibía una papa y dos rebanadas de pan por día, y los niños recibían además

un medio litro de leche. Más tarde, para Navidad, les dieron una naranja, y para Pascua, todos tenían derecho a un huevo. Cada seis

meses se les entregaba una lata de jamón, y cada primavera todos los niños recibían un par de zapatos.

No obstante, la moral se mantenía alta. Hitler había comenza­ do a invadir los países vecinos sin mucha oposición, y los alemanes esperaban con optimismo que la guerra pronto terminaría. Kurt y Lotte asistían a la escuela “Ludwig Richter”. A Kurt le gustaba la escuela, principalmente porque allí escuchaba las emo­ cionantes noticias diarias del progreso de Hitler. Su maestro les ha­ blaba de la flota de submarinos y barcos de guerra, los aviones, las bombas, los tanques y la nueva “arma secreta” de Hitler que se es­ taba desarrollando.

Helene, sin embargo, pronto tuvo que vérselas con amenazas a sus creencias que eran mucho más serias que el lavado de cerebros que recibían Lotte y Kurt en la escuela. El Nazioridsozialistische Deutsche Arbeitspartei, el Partido Obre­ ro Nacional Socialista Alemán, había llegado a ser muy poderoso, y ahora dominaba la política alemana. La gente sentía un honor ser un Nazi, como se llamaba a sus miembros. Y los miembros del par­ tido tenían muchos privilegios, incluyendo mayores raciones de alimentos y trabajo si lo deseaban. Sin embargo, Helene sabía que

MIL CAERÁN

ella nunca podría aceptar los ideales nazis. No obstante, no era fácil mantenerse del lado contrario. En las tiendas y lugares públicos se sabía inmediatamente a quién perte- necia su lealtad por la manera de usar el nuevo saludo alemán:

“Heil Hitler” [Salve Hitler] mientras levantaba el brazo derecho ex- tendido. Si alguien seguía usando el tradicional “Guten M orgen” o “Guten Tag”, se lo tildaba de desleal a su país. Helene rehusó ceder ante la presión. Una tarde ella respondió a un llamado en la puerta. A llí estaba el Herr Doering, un vecino que había llegado a ser un dirigente del partido. -Heil Hitler -la saludó él, levantando el brazo extendido. -Buenas tardes -contestó Helene con precaución. -¿Puedo pasar un momento? Silenciosamente, Helene abrió la puerta y lo condujo a la sala de estar. -Frau Hasel -comenzó él-, hemos notado que usted todavía no es miembro de nuestro partido. A lo largo de los años he observa­ do que junto con su esposo son ciudadanos ejemplares. Usted es la clase de persona que queremos que sean nazis. Yo he sido enviado para extenderle una invitación para unirse al partido. Helene lo miró con sus claros ojos azules mientras él explica­ ba los beneficios a los que tendría derecho por ser miembro del partido. -Las raciones serán el doble -dijo-. Sus hijos recibirán no uno, sino dos pares de zapatos por año, dos juegos de ropa, y un abrigo grueso para el invierno. Usted y sus hijos gozarán de una vacación de seis semanas en un hotel en la montaña o junto al mar, con ali­ mentos no racionados. Allí podrá comer todo lo que quiera. Señor, oró ella en silencio, ¿qué hago ahora? Si no me uno al par­ tido, este hombre se enojará y correré peligro con mis hijos. Tal vez es un momento en el que haría bien en cumplir externamente con la de­ manda, como la reina Ester, pero seguir siendo fiel a mi fe en mi cora-

zón. Dame sabiduría.

PRESIONES

POLÍTICAS

EN CASA

Herr Doering terminó su invitación, puso una solicitud de in- greso y una pluma en su mano, y la miró con expectación. Helene se la devolvió.

-Herr Doering -le dijo-, mi esposo ha estado en el frente des- de el primer día de la guerra. He notado que los hombres que son miembros del partido están todavía aquí. No quiero unirme a un partido así. Además, yo ya pertenezco a un partido. -¿Qué partido será? -preguntó el hombre con desdén.

-Es el partido de Jesucristo. No necesito otro -replicó Helene. Herr Doering pareció aturdido por su osadía. Entonces el color de la humillación subió a sus mejillas. -Ya veremos acerca de eso -siseó con los dientes apretados. Salió a zancadas de la habitación, y golpeó con fuerza la puer­ ta del departamento. Desde ese día en adelante, fue el enemigo de Helene. Aunque él sabía que ella era adventista del séptimo día, comenzó a esparcir el rumor de que era judía, lo que le causaría muchas dificultades más adelante en la guerra. A menudo tocaba el timbre a mediano­ che mientras golpeaba la puerta con los puños. Con un corazón so­ bresaltado, Helene iba a abrir la puerta, pensando que era la Ges­ tapo que había salido a medianoche para arrestarla. Pero allí esta­ ba Herr Doering. -Mañana por la noche -gruñía él- sus hijos le serán quitados a menos que se una al partido. Algunas veces Helene y los niños se escondían en el departa­ mento de un vecino hasta cuando ella pensaba que era seguro vol­ ver a casa. Otras veces ignoraba el bochinche a medianoche mien­ tras los niños, aterrorizados, se escondían debajo de sus camas. Pasaron los meses. Desilusionados, los alemanes fueron obliga­ dos a reconocer que el conflicto tomaría más tiempo del esperado. Sin embargo, todavía creían que la victoria era segura. Las condiciones de vida se volvieron peores. Ya que más y

MIL CAERÁN

más hombres eran reclutados, las granjas llegaron a ser menos productivas, y la comida comenzó a escasear aun con tarjetas de

racionamiento. Se requería ahora que, en público, cada judío llevara una estre­ lla de amarillo brillante prendida a su ropa o en un brazalete sobre la manga. Ya no se les permitía ir a los cines, las salas de concier­ tos o siquiera a los parques públicos. En los almacenes se los aten­ día en último lugar, si se los atendía. Y los alemanes que eran ama­ bles con los judíos eran denunciados como poco patriotas. Frau Holling era una vecina que había vivido por muchos años en el edificio de departamentos donde vivían los Hasel. El esposo de ella era soldado, y ella era bien aceptada y respetada. Una ma­ ñana, mientras Helene salía de la casa para ir al almacén, vio a la Frau Holling con una bolsa para compras y la esperó. Con sorpre­ sa notó la estrella amarilla prendida a su abrigo. Helene no se ha­ bía dado cuenta de que Frau Holling era judía. -Buenos días -la saludó Helene con alegría- Veo que usted también va de compras. Vayamos juntas. Cuando ambas pasaron frente a la ventana de la sala de Herr Doering, Helene vio que la cortina se abrió ligeramente y se cerró de inmediato. Su amabilidad con una judía había sido debidamen­ te observada. -Oh, Frau Hasel -comenzó a decir Frau Holling-, yo no sé có­ mo seguirán las cosas. Los vecinos que han sido amistosos conmi­ go durarte años ya no me saludan, y mucho menos me hablan. En el almacén no me atienden hasta que todos los arios se van. Algu­ nas veces tengo que esperar afuera durante horas, y luego me dan las peores verduras. A menudo no me venden nada. -Escuche -dijo Helene-, tengo una idea. Usted me dice lo que necesita y me da su tarjeta de racionamiento, y yo le compraré las cosas mientras usted espera en la esquina para que no la vean. Frau Holling tragó saliva. -Frau Hasel, usted no puede hacer eso. Es peligroso aun que la

PRESIONES

POLÍTICAS

EN CASA

vean hablando conmigo. Si la descubren, está perdida. -Soy creyente -dijo Helene sencillamente-. Dios es capaz de

proteger a sus hijos. Eso nos incluye a usted y a mí. -Nunca olvidaré su bondad -dijo Frau Holling con fervor-.

Ahora sé quiénes son mis verdaderos amigos. Desde entonces, Helene compró los alimentos para Frau Ho­

lling así como los suyos propios. Unas pocas semanas más tarde, una noche Helene oyó un gol­ pe suave en la puerta. Frau Holling estaba allí llorando. Rápida­

mente, Helene la hizo entrar.

-¿Qué ha pasado? ¿Ha tenido noticias de su esposo? -Oh, Frau Hasel -dijo la mujer sollozando-. Una amiga mía ha

sabido que pronto seré arrestada y enviada a un campo de concen­ tración. He guardado mis muebles en casa de amigos. Si me llevan, y mi esposo vuelve, por favor dígale lo que me pasó. Llorando, las dos mujeres se abrazaron. Luego Frau Holling sa­

lió silenciosamente del departamento. A la mañana siguiente, mientras Helene estaba limpiando las escaleras de piedra frente a su departamento, oyó hablar a algunas

vecinas. -La Gestapo vino anoche y arrestó a Frau Holling -dijo una-, y fue enviada a Theresienstadt. -Bien hecho -dijo otra-. No queremos enemigos de nuestro país por aquí cerca. Luego bajaron el tono de sus voces y en susurros siguieron su conversación. Helene las miró, y vio que estaban dando unos vis­ tazos significativos en dirección de ella. Después de la guerra, Frau Holling regresó. El campo de There­ sienstadt había sido liberado unos pocos días antes de la fecha en que debía ser ejecutada. Una vez de regreso en su antiguo vecinda­ rio, sus vecinas -temerosas de que ella las denunciara se salían de su camino para mostrarse amables con Frau Holling. Pero ésta re­

husó tener nada que ver con ellas.

MIL CAERÁN

Frankfurt comenzó a sentir las angustias de la pobreza aun más

dolorosamente. En el otoño, después que los agricultores cosecha-

ron sus papas, Helene consiguió permiso para repasar los campos

para conseguir lo que había quedado. Cada día, después de las cla­

ses, tomaba a sus hijos y el pequeño carrito de mano que tenían y

se iba a los campos para desenterrar las papas pequeñitas que ha­ bían quedado. Lentamente llenaba las bolsas de arpillera, de cin­

cuenta kilos cada una. No se detuvieron hasta que el suelo estuvo

totalmente congelado. Había sido un trabajo agotador, pero su só­

tano tenía 30 bolsas llenas, suficiente para pasar el invierno.

Una noche durante, esos meses amargos, Helene oyó un suave

golpe en la puerta. La abrió apenas. Una vecina entró, retorcién­ dose las manos.

-Frau Hasel, por amor de Dios, tiene que ayudarme -dijo casi sin aliento-. No puedo confiar en nadie. ¡Por favor, tenga compa­ sión de mí!

Helene condujo a la angustiada mujer a la sala. Frau Neumann generalmente vivía aislada. Todo lo que Helene sabía de ella era que su esposo había sido muerto en combate varios meses antes. -Por favor, cálmese. ¿Qué le está pasando? -preguntó luego Helene.

En susurros la historia fue desenvolviéndose. Frau Neumann es­ taba conectada con el movimiento subterráneo. Ella había estado escondiendo a judíos hasta que el movimiento podía reubicarlos con familias de confianza en el campo. Ahora mismo estaba escon­ diendo a un muchacho de 13 años de edad. Alguien le había dado el dato que la Gestapo, la temida policía secreta, allanaría su depar­ tamento. -Por favor, Frau Hasel, esconda al muchacho -suplicaba-. Na­ die sospechará de usted. Si usted no me ayuda nosotros dos estare­ mos perdidos.

Poco sabía Frau Neumann que Helene ya estaba bajo sospecha

PRESIONES

POLÍTICAS

EN

C A S A

por su actitud en la observancia del sábado, y por su rechazo a for­

mar parte del partido. Helene pensó en sus propios tres hijos pe­

queños que, por este acto, estarían en peligro. Pero ella no podía enviar a este jovencito a una muerte segura. Prontamente, estuvo

de acuerdo. En lo más oscuro de la noche llegó el muchacho. Espe­

rando junto a la puerta, Helene la abrió silenciosamente y lo hizo

pasar. A los niños les dio órdenes estrictas de no contar a nadie acerca de su huésped secreto. Durante varios días, todo estuvo en calma. Entonces, una tar­

de, Helene respondió al llamado de la puerta frente a la que había

tres hombres vestidos con abrigos negros, de cuero: la Gestapo. -Frau Hasel -comenzaron sin preámbulos-, hay la sospecha de que usted está escondiendo a un judío en su departamento. Tene­

mos una orden de allanamiento. Usted sabe lo que le ocurrirá a us­

ted y a su familia si lo encontramos. Era una afirmación, no una pregunta. -Ahora le preguntamos: ¿Está usted escondiendo a un judío? Pensamientos confusos pasaron rápidamente por la mente de Helene. ¿Me perdonará Dios si con una mentira puedo salvar al mu­ chacho y a nosotros? Si digo la verdad, estaremos todos perdidos. ¡Se­

ñor, ayúdame! Poniéndose a un lado, ella finalmente dijo tartamudeando:

-Si ustedes quieren, pueden revisar mi departamento. -Frau Hasel -preguntaron los hombres otra vez-, ¿está escon­

diendo usted a un judío? Otra vez Helene los invitó a revisar el departamento.

-Díganos -pidieron por tercera vez los hombres-, ¿está usted es­ condiendo a un judío? Abriendo del todo la puerta, Helene los invitó a pasar:

-Siéntanse libres de revisar el departamento. Los hombres se miraron entre sí. Luego, sin otra palabra, se die­

ron vuelta y se fueron. Unos pocos días más tarde, el movimiento subterráneo tomo al

MIL CAERÁN

muchacho y lo llevó al campo donde sobrevivió a la guerra.

En la escuela, Kurt y Lotte recibían un lavado de cerebro cada día con respecto de la supremacía aria y la inevitable victoria ale­

mana. Cada vez que gran número de hombres de Frankfurt eran re­ clutados y transportados al frente, los niños eran reunidos en el pa­

tio escolar donde tenían que estar de pie con los brazos derechos en alto con el saludo alemán mientras escuchaban una larga arenga política. Con el tiempo, los niños desarrollaron una estrategia pa­

ra vencer el agotamiento. A una señal combinada anteriormente, comenzarían una pelea en un rincón del patio escolar. Mientras la

atención del personal docente era distraída, todo el alumnado

cambiaba de brazo. Los profesores, molestos, nunca se dieron cuen­ ta de que la reunión terminaba mientras todos los niños tenían el

brazo izquierdo en alto. Pero la preocupación más inmediata que el lavado de cerebro era el problema de la observancia del sábado. Había clases seis días

por semana. Tradicionalmente, los adventistas habían conseguido

permiso para que sus hijos estuvieran exentos de asistir los sábados. Ahora, las cosas eran diferentes. Mantener los niños en casa el sá­ bado significaba que se sospecharía que fueran judíos.

Después de deliberar sobre el asunto, el presidente de la Asocia­

ción Hessiana de los Adventistas del Séptimo Día recomendó a los miembros de iglesia que, por causa de la peligrosa situación políti­ ca, enviasen a sus hijos a la escuela los sábados hasta que termina­ ra la guerra. “Dios entenderá nuestras circunstancias extremas”, les aseguró a los feligreses. Helene consideró cuidadosamente el consejo. Ella ya estaba ba­ jo sospecha de ser judía. ¿Por qué ofender aún más a los oficiales del partido? Pero luego recordaba la oración de despedida de su esposo antes de irse a la guerra: “Ayúdanos a ser fieles a lo que creemos”. Ella decidió ser fiel en la observancia del sábado, y le pidió a Dios fuerzas especiales frente a esta tentación. Los sábados de mañana ella y los niños salían silenciosamente de la casa para tomar el tren

rumbo a la iglesia.

PRESIONES

POLÍTICAS

EN CASA

Pronto recibió una carta del director pidiéndole que lo viera en su oficina.

-Frau Hasel -le dijo-, los maestros me informan que sus hijos

no asisten a la escuela los sábados. ¿Son ustedes judíos?

-No -respondió Helene-. Somos arios, pero también somos ad­

ventistas del séptimo día. -Por favor explíqueme lo que está pasando.

-De acuerdo con la Biblia -dijo Helene-, el séptimo día de la

semana es el sábado, día en el cual hemos de adorar a Dios. Hasta ahora mis hijos siempre fueron exceptuados de asistir los sábados.

Yo sé que es un decisión difícil para usted, pero me gustaría tener

su permiso para mantenerlos en casa los sábados. El director miró por la ventana unos instantes, luego suspiró y sacudió la cabeza. -Frau Hasel -dijo luego-, no puedo ayudarla. La admiro por sus principios, pero no puedo apoyarla. He sido acusado por los diri­ gentes del partido de mantener judíos en mi escuela. -Debo insistir -dijo poniéndose de pie- en que sus niños asis­ tan a la escuela los sábados. Le aseguro que debo hacerlo, y contro­ laré personalmente que ellos estén presentes. Se me ha dicho que perderé mi puesto si no cumplo con ver que todos los niños asistan los sábados. Helene sabía que decía la verdad. Unos pocos años antes, una familia judía de apellido Frank, con sus hijitas Anne y Margot, se habían mudado al vecindario de los Hasel y se habían inscrito en la misma escuela “Ludwig Ricther”. En esa época acababa de dic­ tarse la ley titulada Reforma del Servicio Civil, que decretaba que todas las instituciones del Reich, incluyendo las escuelas y las uni­ versidades, debían ser “limpiadas” de judíos. Cuando Walter Hoesken, el director de la escuela de Margot, permitió que ella quedara, tanto é\como el maestro de Margot fueron dejados ce­ santes por los nazis.

MIL CAERÁN

Helene pensó: ¿Vale realmente la pena crear un tumulto tan grande por dos horas de escuela los sábados por la mañana? Después de todo, nos queda el resto del día para observarlo y adorar a Dios. ¿Tengo derecho a poner en peligro el trabajo de este hombre¿Es Dios tan meticuloso? Entonces oyó que Dios le hablaba a su corazón. “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel”. -Yo soy responsable ante Dios -dijo ella serena pero respetuo­ samente-, no ante usted. No enviaré a mis hijos a la escuela los sábados. -Muy bien -respondió el director-. Yo no soy responsable por las consecuencias. ¿Qué quiere usted que diga cuando me pregunten? -Envíeme a los oficiales del partido y a los miembros de la jun­ ta escolar. Dios peleará por mí si soy fiel a él. Helene volvió a su casa, reunió a los niños a su alrededor y oró:

“Señor, estos son tiempos peligrosos para nosotros. Dame sabiduría para saber cómo actuar. Dame valor para mantenerme firme por la verdad. Protégenos de los enemigos en nuestro propio país”. Se detuvo, manteniendo a los niños muy cerca de ella. Señor, susurró ella fervientemente, no permitas nunca que mis hijos lleguen a ser más importantes para mí que Tú. No permitas que ellos lleguen a ser mis ídolos. Unos pocos días más tarde, los niños trajeron la noticia. El di­ rector había dejado su cargo y responsabilidades por otra razón: ha­ bía sido reclutado para el ejército. Unas pocas semanas más tarde, Helene leyó en el diario que él había muerto en acción.

Herr Doering, dándose cuenta de que sus molestias no habían intimidado a Helene, eligió otra táctica. Un día aparecieron unas mujeres muy bien vestidas ante su puerta. -Frau Hasel -dijeron-, tal vez usted no sepa las muchas mane­ ras en que el Führer apoya a las mujeres y los niños en Alemania. Quisiéramos invitarla a unirse a la Liga Nazi de Mujeres. Si lo ha­

PRESIONES

POLÍTICAS

EN CASA

ce, sus raciones serán aumentadas como también las ropas que se le darán. Usted y sus hijos serán enviados al campo para unas vaca­

ciones, y el gobierno las pagará: y Kurt, Lotte y Gerd podrán asis­ tir al campamento de verano.

Ellas están dicietido la verdad, pensó Helene. Yo he visto a mis ve­

cinos nazis volver de sus vacaciones, descansados y bien tostados, sus ni­

ños bien alimentados y vestidos. Sin embargo, no quiero tener nada que ver con el sistema de Hitler, porque si acepto los beneficios, no podré re­

husarme a sus demandas. Las mujeres la visitaron varias veces.

-Lo siento -les repetía Helene-, no puedo unirme a la Liga.

Sin embargo, siguieron tratando de convencerla. Una tarde fresca de comienzos de la primavera Kurt abrió la puerta a estas mu­ jeres persistentes.

-¿Podemos ver a tu madre? -le preguntaron. -Mi mamá está descansando. Tiene fiebre -dijo el niño. -Esto es muy importante -le dijeron, y el niño las condujo al dormitorio de ella. Las mujeres cortésmente preguntaron acerca de la salud de He­ lene, y luego sus rostros se volvieron muy serios. -Siendo que Alemania ahora está sufriendo ataques de bombar­ deros enemigos -dijo la vocera del grupo-, el Führer ha ordenado que por razones de seguridad los niños sean evacuados al campo. Helene se alarmó. -Y la Liga Nazi de Mujeres ha sido encargada de cumplir esta orden -siguieron diciendo-. Hemos preparado todos los papeles. Sólo necesita firmarlos.

Helene tomó los papeles y comenzó a estudiarlos cuidadosa­ mente.

-Oh, usted no necesita leer lo escrito con letra pequeña -dijo una de las señoras-. Usted sabe cuán tedioso es eso. Es una senci­ lla formalidad. En resumen, dice que usted está de acuerdo con que sus niños sean enviados a un hermoso lugar de retiro en Baviera

MIL CAERÁN

donde recibirán buen alimento y serán bien cuidados. Ahora, si us- ted los firma, no la molestaremos más. Nos ocuparemos de todos los detalles. -Esto me parece una locura -dijo Helene, ardiendo de fiebre-. Los niños deben estar junto a su madre.

A pesar de la protesta de las damas, ella leyó todo el documen­

to, y supo que con su firma indicaría que estaría de acuerdo con en­ tregar a sus hijos al gobierno para ser puestos en campos de concen­

tración. -¡No los firmaré! -dijo Helene devolviendo los papeles.

Abandonando su fachada, hasta entonces tan cortés, las muje­ res su pusieron de pie enojadas. -La vamos a denunciar -dijo la que dirigía el grupo-, y tendrá que soportar las consecuencias. ¡Pronto nos escuchará otra vez! Cuando la puerta se cerró tras ellas, Helene cayó exhausta so­ bre la almohada. Esa noche los niños notaron que las oraciones de la madre eran más urgentes, y angustiosamente diferentes. “Padre nuestro, te pi­ do tu protección contra daños y peligros. Por favor no permitas que

nunca me separen de mis niños. Si vivimos, que vivamos todos juntos, y si morimos, permite que muramos todos juntos”. Consecuencias hubo, pero ni las mujeres ni Helene podían co­ nocer de qué formas, en esos momentos. Después de la guerra, cuando llegaron los norteamericanos, Helene vio a esas mismas

mujeres echadas de sus hogares por los soldados, sin que pudieran llevar consigo más que un bolso de mano.

CAPÍTULO 4

£n iráncía g Bolonia

Mientras Helene estaba peleando sus propias batallas con los

nazis, Franz y los Zapadores estaban construyendo puentes a 80 km

de la frontera con Francia. El plan de Hitler era invadir Francia. Los franceses, por supuesto, habían esperado hacía tiempo al­

go así. Durante los últimos 11 años habían estado reforzando sus áreas de frontera con una serie de fuertes que se extendían por

unos 140 km. Esta era la famosa Línea Maginot, la red de fortificaciones más costosa y compleja que alguna vez se hubiera construido. Toda la

red tenía aire acondicionado, y trenes eléctricos a más de cien me­ tros de profundidad trasportaban el medio millón de soldados asig­ nados allí, con barracas, carros blindados, arsenales, cantinas, cines y hasta salas con sol artificial. Los franceses pensaban que la Línea Maginot era inexpugnable. Pero en su complacencia, no tomaron en cuenta la poderosa fuerza aérea alemana, la Luftwaffe. El 10 de mayo de 1940, Hitler atacó la Línea Maginot con un enorme número de bombarderos en picada. Al día siguiente, 50 di­ visiones blindadas y de infantería la cruzaron. El ejército francés, sorprendido, ofreció poca resistencia. En el trascurso de cinco se­ manas habían quebrado su fortaleza, y el Wehrmacht [Ejército] ale­ mán había llegado a París, y estaba realizando un desfile de victo­ ria por los Campos Elíseos, al que asistió Hitler en persona.

Ese mismo mes de mayo, los Zapadores recibieron órdenes de abandonar Nierstein, donde había estado durante los últimos nueve meses. No obstante, cuando cruzaron su propio puente de pontones por última vez y abordaron un tren, no sabían cuál era su destino. Curiosamente, Franz miró por la ventana para captar los nom­ bres de las estaciones que pasaban: Scheid, Blittersdorf, Saaralben.

MIL CAERÁN

Saaralben.

Ahora sabía que estaban en la región del Saar, muy cerca de

la frontera francesa. Pero el tren no se detuvo allí: finalmente se

detuvo en Saargemuend, a 80 km dentro de Francia. Aun cuan­

do estaban a sólo un día de viaje de su casa, los hombres ahora es­

taban en territorio enemigo, y se sentían a millones de kilómetros de distancia.

Los habitantes de Saargemuend habían sido evacuados.

“Padre celestial”, oró Franz, “como la gente local se ha ido, no tengo forma en intercambiar alimentos. Tú sabes que me he com­

prometido a comer sólo lo que es limpio ante tus ojos. Por favor, muéstrame qué debo hacer”. En la fila para la cena con Karl Hoffman esa noche, Franz notó

un hombre alto y delgado que distribuía las porciones. -¿Quién es éste? -preguntó. -Es el nuevo asistente del cocinero -dijo Karl-. El encargado se enfermó y tuvo que ser reemplazado. Su nombre es Willi Fischer. Parece ser un buen muchacho.

-Es flaco.

-Sí, parece una caña -asintió Karl-. Pero míralo de este modo:

es más difícil que las balas le acierten.

Cuando le llegó el turno a Franz, él rehusó su porción de carne fría y tomó sólo el pan. Willi lo miró con algo de sorpresa, pero no dijo nada.

Sin embargo, día tras día, como Franz rehusaba el cerdo y la manteca de cerdo, la curiosidad de Willi se despertó. Finalmente, mientras le arrojaba una porción de puré de papas sobre el plato, Willi susurró:

-Ven a verme más tarde, cuando haya terminado de servir. Preguntándose qué querría Willi, Franz fue a verlo. -Hola, soldado -le dijo Willi-. Noté que no comes cerdo. ¿Tie­ nes algún problema de salud?

-No, soy adventista del séptimo día y sigo las leyes de la salud

EN

F R A N C I A

Y

P O L O N I A

que Dios nos dio en la Biblia.

Willi levantó las cejas. Miró a Franz directamente, en silencio, por un momento.

-Bueno -dijo finalmente-, no sé nada sobre eso. Pero no quie- ro que pases hambre. Miró hacia ambos lados, y bajando la voz si-

guió-: Te voy a ayudar. Todo lo que tienes que hacer es arreglárte­ las para pasar último en la fila. Y cada vez que haya cerdo o man­ teca de cerdo, te daré algún sustituto, si puedo.

Fiel a su palabra, en vez de dos onzas [unos 60 g] de mantequi­ lla dos veces por semana, Willi le dio a Franz cuatro onzas [unos

120 g] cada noche. Cuando había salchichas o carne fría, Franz re­ cibía una doble porción de queso, u ocasionalmente una lata de

sardinas. Evidentemente Dios había elegido a Willi para atender la dieta de Franz. Los Zapadores recibieron la orden de construir puentes sobre los ríos Blies, Saar y Moder, así como sobre muchos de los tributa­ rios menores y canales en la región. El ánimo era elevado: después de cruzar el Rin, estos ríos pequeños eran juego de niños.

Sin embargo, pronto descubrieron un nuevo desafío. Mientras probaban el fondo del río Blies para encontrar el mejor lugar para poner los pilares, fueron sorprendidos por un rugidp ensordecedor seguido por un chorro de agua que subió muy alto en el aire. Los soldados franceses, durante su apresurada retirada, se habían toma­ do el tiempo para plantar minas de agua en los ríos franceses. Aho­ ra los Zapadores debían usar barreminas antes de comenzar cual­ quier construcción, y los guardias alemanes patrullaban las riberas

de los ríos por la noche para evitar mayores dificultades. Como parte de las fuerzas de ocupación en Francia, los Zapado­

res tenían que inspeccionar y patrullar todas las viviendas para ase­ gurarse de que no había soldados franceses escondidos allí. Los sa­ queos estaban prohibidos, pero cuando nadie miraba, los soldados llenaban sus bolsillos con lo que pudieran llevarse. De noche Franz fue impactado por las joyas, relojes y otras co­

MIL CAERÁN

sitas que los hombres habían robado. Orguliosamente, compara­ ban su botín mientras se jactaban acerca del descubrimiento de los escondites secretos de los dueños de casa. Franz sintió que debía decir algo.

-Ustedes son hombres honrados en casa -dijo-. Ustedes tienen esposa e hijos. En casa no robarían. No permitan que la guerra cambie sus valores y los haga transformarse en ladrones aquí. ¿Qué pensarían sus familias de ustedes? Los hombres se alejaron avergonzados, y comenzaron a desves­ tirse para ir a dormir en medio de un silencio tenso. Mientras Franz mismo se desvestía, notó un objeto de forma que no le era familiar en su bolsillo. ¿Qué podría ser? Metió la ma- no en el bolsillo y sacó un carretel de hilo. ¿Dónde lo había obtenido? De repente, Franz recordó, y su rostro se puso rojo de vergüeiv za. Esa mañana había entrado en una casita gris. Revisó la cocina y los dormitorios, y no encontró nada, excepto un pan a medio co­ mer que estaba mohoso, cajones de armarios abiertos, camas sin hacer. Todas eran evidencias de una partida apresurada. Había subido por una escalera angosta que hacía ruido al pisar los escalones, y estaba revisando el altillo cuando descubrió un vestido de niña, a medio terminar, sobre una máquina de coser. Una bobina de hilo negro todavía enhebrado. El hilo era muy es­ caso en Alemania; él sabía que Helene podía usarlo muy prove­ chosamente en casa. Lo había metido en el bolsillo, y se había ol­ vidado del asunto. Hasta ese momento. Franz era culpable del mismo pecado que acababa de condenar en los demás. El lector de la Biblia y comedor de zanahorias tam­ bién era un hipócrita. Cayó sobre sus rodillas, lleno de remordi­ miento. “Oh, Dios, hice mal”, oró. “No lo pensé. No lo pensé. Señor, no soy mejor que ninguno de ellos. Por favor, perdóname. Arreglaré

EN

F R A N C I A

Y

P O L O N I A

este asunto”. Esa noche tuvo poco descanso.

A la mañana siguiente, Franz buscó la casita gris, subió hasta el

altillo, y puso de nuevo el hilo sobre la máquina de coser. Salió de

allí con el corazón muy aliviado. El sabía, por supuesto, que algún otro saqueador vendría y tal vez se llevaría el hilo junto con la má­

quina de coser. Él sabía que cuando los dueños finalmente regresa-

ran no encontrarían nada. Pero cuando Franz se alejó del altillo la segunda vez, dejó atrás todo deseo de lo que no era de el. Se había alejado de los negros hilos de la codicia que ataban su alma.

En junio de 1940 llegó la orden de que los Zapadores fueran

transferidos a Polonia. Los trenes militares, cubiertos con las esvás­

ticas color rojo sangre y con el lema: “Raeder rollen für den Sieg" [“Las ruedas giran hacia la victoria”] los trasportaban hacia el su­ deste de Polonia.

Se establecieron en los pueblos de Lublin, Terespol y Travvniki. y los hombres gozaron de una moderada comodidad. No obstante, no podían dejar de observar que los campesinos vivían en la pobre­ za más abyecta. Sus casas eran de barro con techos de paja y sin electricidad. Obtenían el agua de un pozo comunitario y la forma típica en el oriente: bajaban un palo largo hasta que el recipiente en la punta entraba al agua. Con un yugo de madera sobre sus hom­ bros, las mujeres llevaban dos baldes de agua a la vez a sus chozas. Los adultos y los niños, todos andaban descalzos. Sólo los do­ mingos, para su caminata hasta la iglesia, se ponían zapatos, y has­ ta unían los zapatos con los cordones y los llevaban al cuello hasta que estaban a unos 100 m de la iglesia antes de ponérselos. En Polonia, Hauptinarm Brandt decidió usar más de la expe­ riencia de Franz Hasel en mecanografía, trabajo de oficina, y habi­ lidades organizativas que él había adquirido durante años de traba­ jo de colportor y de publicaciones. Así que ahora Franz se encon­ tró promovido a Obergefreiter (primer secretario de la compañía). Con la nueva designación vinieron algunos privilegios. Come los otros oficiales en el ejército alemán, no se le exigía llevar el ri-

MIL CAERÁN

fie obligatorio, sino que podía elegir un arma de fuego a su gusto.

Para la envidia de sus camaradas, Franz inmediatamente devolvió

su rifle en favor de un revólver liviano, que él puso en su cinturón.

Su trabajo ahora transcurría aun más en el interior del edifi-

ció. En el crudo frío del invierno, su oficina siempre estaba ca­

liente y cómoda. Pero el privilegio que más apreciaba era el de

poder arreglar su horario de trabajo de modo que pudiera tener

siempre el sábado libre. La segunda Navidad de la guerra llegó mientras los Zapadores estaban ubicados en Kranystavv. Otra vez se pusieron tablones su-

bre caballetes para la celebración. Cada soldado recibió una torta

de Navidad llena de pasas de uva, y una botella de vino. Sin em­ bargo, esta vez Franz no tuvo que traer su propia bebida: frente a su silla había una botella de jugo de uva. Sin embargo, la atmósfera militar no era optimista. La Navi­ dad anterior todos habían estado ligeramente sorprendidos de que la guena no hubiera terminado todavía. Esta vez había seña­

les definidas de que el fin no estaba todavía a la vista. Aun cuan­ do Alemania y Rusia habían firmado un pacto de no agresión, ne­

gros rumores se filtraron hasta las filas. Hitler estaba haciendo

planes de atacar a ese país.

Y había evidencias muy claras para apoyar el rumor. Los Zapa­

dores habían recibido órdenes estrictas de evacuar a todos los civi­ les polacos de los pueblos a orillas del río Bug, que formaba parte

de la frontera entre Polonia y Rusia. Además, se les ordenó recoger secretamente materiales para la construcción de puentes, y apilarlos detrás de las casas que daban hacia el río, mientras los soldados rusos, que no sospechaban nada del otro lado del río, realizaban sus tareas de guardia. El razona­ miento era obvio: si Alemania le declaraba la guerra a Rusia, y los

rusos volaban los puentes, los Zapadores podrían reconstruirlos in­ mediatamente de modo que el avance pudiera continuar.

A las tres de la madrugada del 22 de junio de 1941, los rumores

EN

F R A N C I A

Y

P O L O N I A

se hicieron verdad. Hitler lanzó la invasión de Rusia a lo largo de

la frontera polaca. Los rusos, adormecidos por una falsa seguridad

por el tratado de paz alemán-ruso, no ofrecieron resistencia. Total' mente sorprendidos por el ataque, ni siquiera tuvieron tiempo de dinamitar los puentes.

No obstante este comienzo auspicioso, Franz tenía un presentí-

miento de que, a diferencia de las conquistas anteriores más fáciles en el oeste, esta batalla sería larga y sangrienta. Rededicó su vida a Dios, y sintió la seguridad de que Dios lo cuidaría.

Una cosa más para hacer ahora , se dijo Franz a sí mismo. Lo pos- tergué por suficiente tiempo. Ahora no hay tiempo que perder .

Fue apresuradamente a la carpintería del pueblo. -¿Me podría dar un trozo de papel? -le pidió al dueño.

En él dibujó cuidadosamente una forma, que parecía una escua- dra para sostener un estante de una pared. -¿Me podría usted cortar un trozo de madera con esta forma, y aceptar este jabón y el chocolate a cambio? -Claro -dijo el hombre, mientras los ojos le brillaban de con­ tento. Cuando el hombre comenzó a trabajar, Franz se paró cerca de la

ventana y observó a la gente que pasaba por la vereda. El había he­ cho planes para este momento durante mucho tiempo, y no podía permitir que lo descubrieran ahora.

se encontró repitiendo mentalmen­

te una y otra vez. -Aquí está -dijo finalmente el carpintero. Franz le agradeció, y puso el objeto crudamente terminado en el bolsillo interior de su abrigo. Después de mirar en ambas direc­ ciones, se alejó de la carpintería. De nuevo en su oficina, sacó su cortaplumas y comenzó a tallar el trozo de madera hasta que los bordes estuvieron redondeados. Luego abrió una lata de betún para zapatos y lo ennegreció hasta

que brillaba. Abrió el cajón de su escritorio, escondió el objeto ba­

Apúrate , apúrate, apúrate

MIL CAERÁN

jo una pila de papeles, y se fue a ver al zapatero de la compañía.

-Walter -le dijo-, tengo el presentimiento de que pronto nos

darán órdenes de entrar en Rusia. Me siento un poco incómodo de

llevar mi revólver en mi cinturón. ¿Crees que podrías hacerme una

funda reglamentaria para llevarla? -Ningún problema, Franz -dijo Walter-. Vuelve mañana. Lo

tendré listo para ti. Al día siguiente, Franz tomó la funda reglamentaria para su re-

vólver, hábilmente fabricado de cuero negro. Sólo quedaba una ta-

rea. Tarde esa noche, bajo el manto de la oscuridad, deslizó su re- vólver reglamentario en su funda, y caminó hasta el borde del pue­

blo donde él había visto un pequeño lago. Una vez allí, sacó de su

funda el arma.

En ese preciso momento escuchó voces hablando en alemán:

eran soldados que estaban de guardia. En su planificación minucio­

sa se había olvidado de los guardias. Gotas de traspiración cayeron

por su rostro mientras se agachaba detrás de unos arbustos.

Sus pensamientos y sus oraciones se mezclaron. Señor, no per-

mitas que me descubran. ¿Por qué les lleva tanto tiempo llegar hasta

aquí? Aquí llegan. Quédate quieto. No respires. Señor, acompáñame

ahora. Se detienen. Me descubrieron. No , uno de ellos está encendien-

do un cigairillo.

-Wolfgang -dijo uno de los soldados-. ¿Oíste algo recién?

-Ah,

debe ser un conejo. No seas tan asustadizo, hombre.

Y

luego siguieron su camino. Franz esperó unos minutos, y se

puso de pie. Tomó firmemente el caño de su revólver, y con un

fuerte movimiento de su brazo lo tiró lo más lejos que pudo en el pequeño lago. El ruido al caer en el agua le pareció ensordecedor.

-Wolfgang. ¿Qué fue ese ruido?

-No lo sé. Fue en el agua, me parece. Los guardias volvieron corriendo con sus linternas revisando el

suelo de la orilla. Si me descubren ahora, estoy perdido.

EN

F R A N C I A

Y

P O L O N I A

Mientras Franz estaba acostado sobre su estómago no atrevién­ dose ni a respirar, los guardias pasaron a un metro de donde estaba él. Wolfgang gritó:

-¿Quién va? Esperaron en silencio por un momento. Luego el otro guardia

sonrió. -Debe haber sido un pez que saltó en el agua. -No sé -dijo Wolfgang con un tono de duda-. Me pareció ver algo que se movía. Una eternidad más tarde, los hombres siguieron su camino, y fi- nalmente desaparecieron en la distancia. Temblando y susurrando oraciones de gratitud, Franz corrió de vuelta al campamento y a su oficina. Tomó entonces la “escuadra” pulida y negra del cajón, la puso en la funda, y abotonó la cubier^

ta. Esta sería la única arma que llevaría durante la guerra. “Señor”, oró, “esta es la manera en que puedo mostrarte que es­ toy hablando en serio cuando digo que no quiero matar a nadie. Evidentemente, tengo algunas habilidades de puntería, de modo que no confío en mí con un arma. No obstante, con este pedazo de madera, si me atacan no tengo manera de defenderme. Tengo que confiar en que tú seas mi protector. Mi vida está en tus manos”. Incómodo, Franz se acostó en su catre. El temor no lo dejaba dormir: no el temor de afrontar a un enemigo potencial, sino el te- mor de represalias. Recordó noticias graves que había escuchado pocos días antes. Ludwig Klein, un soldado en otra compañía, había entrado a la co- ciña de su unidad llevando un bulto envuelto en arpillera. -¿Qué te traes allí? -le preguntó el cocinero. -Un pedazo de mantequilla. -¡Un pedazo de mantequilla! ¿Cuánto? -Veinticinco kilos. El cocinero lo miró fijamente. -Hace meses que no recibo ninguna ración de mantequilla.

MIL CAERÁN

¿Cómo conseguiste veinticinco kilos de mantequilla en un país que se muere de hambre? ¿No sabes que hay órdenes estrictas contra el saqueo? ¡Estás loco al meterte en un riesgo así! -No te preocupes -dijo sonriendo Ludwig- No lo robé. Todo está en orden. Lo cambié. -¿Cambiaste qué? -Una pistola. -jGott im Himmel! [“Santo Dios”] ¿Un arma? -No te preocupes. La gente local es muy buena. Sólo tiran al blanco en los lugares de práctica de tiro. Pero allí no terminó todo. El mayor oyó algo sobre esto, y Lud- wig Klein fue sumariamente ejecutado esa misma noche. Dar un ar­ ma al enemigo era traición a la patria y penado con la muerte. ¡Qué terrible que un soldado alemán muriera a manos de otros ale­ manes! Franz sabía que si lo descubrían, correría la misma suerte. Clamando otra vez a Dios, finalmente se quedó dormido. El 30 de junio llegó la orden esperada. Los Zapadores debían entrar en Rusia al día siguiente.

CAPÍTULO 5

la 3 eloa BEgra

“Querido Dios”, oró Helene con fervor, “estoy comenzando a

sentir que es demasiado peligroso quedar en la ciudad. Cualquier

día puedo ser arrestada por desafiar al Partido Nazi. Por favor, da­

me un lugar seguro para mis hijos y para mí”.

Ella recordó que en un remoto rincón del sur de la Selva Ne­

gra alemana vivía una Sra. Fischer, afectuosamente conocida co­ mo “Tante Fischer” [tía Fischer]. Ella era viuda y una fiel creyente

adventista. “Tante Fischer”, le escribió prontamente, “¿podría ir con mis hi­

jos y quedarme con usted? Haremos lo que podamos para ayudar

con los gastos”. “Por supuesto”, contestó Tante Fischer en una carta cálida y animadora. “Si me puedes ayudar con unos 25 marcos por mes pa­ ra los gastos, más un poco para leña, puedo darte una habitación con dos camas. Trae una cuna para Gerd, y algo de ropa de cama y platos. Yo voy a enviar a Mack, mi peón, a la estación cada día, hasta que llegues. El te ayudará con el equipaje”. Helene suspiró aliviada. Unos pocos cálculos le aseguraron que

el dinero que recibía del gobierno por cada niño para su sostén mientras el esposo estaba en el ejército sería suficiente para pagar los gastos del departamento en Frankfurt más los gastos en la Sel­ va Negra. Con oraciones de gratitud, ella empacó las pocas cosas esenciales para usar en su nueva casa y las cargó, con sus niños, en

el tren. Para Kurt, Lotte y Gerd, el viaje de seis horas fue emocionante y corto. Estaban entusiasmados con ir al campo, y saludaban a los peatones en los pasos a nivel y miraban cómo pasaban volando los postes del telégrafo. A pesar de un persistente sentimiento de preo­ cupación, hasta Helene se sentía animada. Era comienzos de pri­

*

MIL CAERÁN

mavera, y los corderitos recién nacidos jugaban en las praderas ha- jo los árboles que estaban brotando. -¿Es usted Frau Hasel?

En la pequeña estación estaba Mack, esperándolos con su carro

tirado por bueyes. Hábilmente cargó el equipaje, levantó a los ni­

ños y los puso sobre el equipaje, e invitó a Helene a compartir el asiento con él.

Pronto dejaron atrás el pueblo. Los bueyes ahora avanzaban pe­ sadamente por el camino rural sin pavimentar. -Mutti -dijo Kurt-, ¿qué son esas cosas al lado del camino?

-Esos son pequeños santuarios -le contestó ella-. La gente en esta parte de Alemania es muy católica, y se detienen a orar junto a esos altares a la orilla del camino.

Intrigados, los niños los estudiaron cuidadosamente mientras pasaban junto a ellos. Muchos de esos lugares tenían flores frescas frente a ellos, puestas allí para dar mayor peso a sus pedidos, o tal vez para agradecer por un favor recibido.

-Mira -dijo Lotte en voz baja-, allí hay una imagen del niño Jesús. ¡Y allí hay una de María!

Helene, no queriendo enfriar su entusiasmo, dijo muy poco. Pe­

ro en su corazón estaba orando para que Dios les diera su protec­ ción especial. Ella sabía demasiado bien que la misma devoción que hacía que los católicos fueran tan fieles observadores de su re­ ligión, también los impulsaba a perseguir con saña a los no católi­ cos. ¿Cómo le iría a su familia en esta región tan saturada de pre­ juicio y superstición?

-Allí arriba está la casa de Frau Fischer -dijo Mack señalando con su rebenque una casa en la falda de la montaña, y pronto la ca­ rreta de bueyes se detuvo en el patio.

Tante Fischer vivía en una típica casa de campo de la Selva Ne­ gra. La parte inferior estaba revocada y pintada con cal, mientras el segundo piso y el techo estaban cubiertos con tejas desteñidas por la intemperie. Cortinas de muselina, fruncidas, decoraban las

EN LA SELVA NEGRA

ventanas, y geranios rojos sobresalían de sus cajas frente a las ven­

tanas. El piso bajo contenía establos para los animales, mientras el

piso alto abrigaba las comodidades donde vivía la familia. En tiem­ po de invierno, esta disposición le permitía al granjero cuidar de

sus animales sin tener que salir afuera, a la nieve. Al mismo tiem­

po, el calor del cuerpo de los animales ayudaba a mantener la vi­ vienda un poco más cálida. Tante Fischer ya los había visto, y salió corriendo a recibirlos

con los brazos abiertos.

-Hermana Hasel -saludó a Helene-, estoy muy contenta de

que esté aquí. No se preocupe por nada. ¡Ahora estará segura! Mientras Mack descargaba el carro, Tante Fischer los condujo escaleras arriba al dormitorio para ellos. La habitación era grande y luminosa con una maravillosa vista por sobre la pradera de las montañas cubiertas de abetos oscuros a la distancia. Lotte compar­ tiría la cama con la mamá, Kurt tenía la otra cama, y Gerd dormi­

ría en su cuna. Los niños estaban ansiosos de salir a explorar los alrededores. Rápidamente se cambiaron la ropa con que habían viajado, y co­ rrieron escaleras abajo. Corrieron hacia el costado donde encon­ traron una artesa hecha de un tronco ahuecado en la que caía el agua clara de un manantial como si fuera una pequeña fuente. Detrás de la casa había antiguos abetos negros cuyas hojas mur­ muraban al viento. Una ardilla roja los miró desde las ramas, y los saludó con los sonidos que sabía hacer. Del otro lado de la casa des­ cubrieron el establo con una vaca y dos cabras. Gallinas escarba­ ban el suelo, supervisadas por un majestuoso gallo con plumas iri­

sadas en la cola. -Tante Fischer -dijo Helene cuando se reunieron alrededor de la mesa de la cocina, hecha a mano, para la cena de pan con le­ che-, ¿hay personas que se ocupan de la minería por aquí cerca? Me pareció oír como explosiones de dinamita. -Eso no es dinamita. Son tiros de los cañones que pusieron en

MIL CAERÁN

el barranco que está por sobre el pueblo. De allí atacan las fortifi­

caciones a lo largo de la frontera con Francia. Ya han creado gran­ des espacios entre ellas. Así que la guerra está presente aun en este bosque idílico, pensó He­

lene con tristeza. Agotados por el viaje y la excitación, con el arrorró del agua que caía en la fuente que habían visto antes, y el sonido de las ho­ jas de los abetos, durmieron como osos en hibernación. Al día siguiente, con una oración en el corazón, Helene salió para matricular a Kurt y a Lotte en la escuela. En esas lejanas áreas

montañosas, el director de la escuela era la segunda persona en in­ fluencia en la aldea; la primera era el sacerdote. En esta región só­ lidamente católica, ¿cómo podría Helene persuadirlos a exceptuar

a sus hijos de la asistencia a clases los sábados? Cuando llegó al edificio escolar afectado por la intemperie, las pequeñas ventanas brillaban con el sol de la tarde. El director de la escuela era un hombre bonachón de cabellos blancos, con lentes de armazón metálica. -Nos hemos venido aquí desde Frankfurt -le explicó Helene-,

y me gustaría inscribir a mis hijos en su escuela. -Frau Hasel, será un placer tenerlos. Permítame añadirlos a la lista. ¿En qué grados están? Una vez concluidas las formalidades de la inscripción, Helene elevó una oración silenciosa y dijo:

-Tengo un pedido especial. Somos adventistas del séptimo día. Adoramos a Dios el séptimo día, el sábado, como dice la Biblia. Me gustaría que los niños estuvieran exceptuados de asistir a la escue­ la los sábados. Sorprendido, el maestro se quitó los anteojos y la miró cons­ ternado. -Frau Hasel, nunca oí hablar de los adventistas del séptimo día. Por supuesto, respeto sus preferencias religiosas, pero no hay forma en que pueda aceptar su pedido. Si lo hiciera, pondría en peligro

EN LA SELVA NEGRA

mi cargo. Helene abrió la boca para contestar, pero el maestro la inte­

rrumpió.

-Además, si los demás chicos se enteran del hecho de que sus chicos no vienen los sábados, ellos querrán faltar también. Ya ten­

go un trabajo muy duro para motivar a estos niños de agricultores

a venir a la escuela. No hay manera en que pueda ayudarla.

-Por favor, señor -dijo Helene respetuosamente-, me parece

que todo dependería de cómo lo explicara a los demás niños. El la miró pensativamente por unos instantes. Luego se puso de

pie y la condujo hacia la puerta. -Lo pensaré -le dijo al despedirla. Kurt y Lotte se quedaron en casa ese primer sábado, y todos los

sábados siguientes. Cada lunes Helene se preparaba para una cita­ ción del alcalde, o lo que sería peor, del sacerdote. Pero no ocurrió nada. Helene siguió orando, y pensando qué pasaría. -Hermana Hasel -dijo Tante Fischer una noche al cenar-, el misterio de por qué no molestan a sus chicos acerca del sábado es­

tá resuelto. -¿Qué quiere decirme? -Esta tarde, mientras estaba en el pueblo para comprar provi­ siones, me encontré caminando detrás de un grupo de niños y los oí conversar. Kurt y Lotte miraron por sobre sus tazas de leche. Tante Fischer se sonrió. -Los chicos estaban diciéndose unos a otros que el director ha­

bía anunciado que estos forasteros de la ciudad grande eran tan in­

teligentes que no necesitaban asistir los sábados. Todos se rieron estrepitosamente. Otra vez Dios había encon­

trado la salida para una dificultad. Ahora que el problema del sábado estaba resuelto, la familia se distendió estableciendo una rutina regular. Excepto por las horas

en la escuela, la mayor parte del día la pasaban al aire libre, donde

*

MIL CAERÁN

todos recogían leña y piñas para quemar. Traían a casa los brazos

llenos de ramitas frescas para que el aroma del bosque estuviera

dentro de su dormitorio mismo. Hambrientos por cosas frescas des-

pués de su “invierno con papas”, pasaban horas en la pradera reco­

giendo los brotes tiernos de diente de león, vinagrilla y ortigas, con

las que Helene hacía deliciosas ensaladas. Mientras se revolcaban en las praderas de la montaña, escucha­

ban el murmullo del agua, y descubrieron pequeños arroyitos, no

más anchos que la palma de una mano, que se entrecruzaban entre

los pastos altos que los escondían. Cada día era un deleite.

Los días de lluvia, los niños jugaban y se escondían en el esta­ blo o en el lugar donde guardaban el heno, y se hamacaban en una

soga que Mack les había fijado en una de las vigas del techo. Kurt

descubrió una grieta en la pared, en un rincón oscuro, y escondió un trozo de cadena en ella. Luego desafió a Gerd y a Lotte a que

encontraran el escondite. Aunque buscaron con diligencia, nunca lo encontraron. (Treinta años más tarde Kurt regresó a la casa pa­

ra visitar a Tante Fischer. Encontró la cadena, completamente he- mimbrada, todavía en su escondite en la pared.)

Cuando el tiempo era agradable, la pequeña familia daba largas caminatas por el bosque hasta la cima de las montañas cercanas. Junto al sendero encontraban menta silvestre y flores de manzani­

lla, que Helene secaba para usarlas como infusión en el invierno.

Cuando vino el verano, ayudaron con la siega del heno. Además había para recoger cerezas y ciruelas, y más tarde, manzanas y pe­ ras. Después de la dieta reducida que habían tenido, esto era como estar en el paraíso. Los niños aprendieron a escuchar al cucú. La leyenda decía que si contaban los llamados del cucú, eso les diría cuanto tiempo vivi­ rían. Ansiosamente contaban hasta que el llamado del cucú se per­

día en la distancia. Nunca llegaron hasta el final. Gerd, que todavía no asistía a la escuela, se confundía con los números: Eira, ?weí, sie- ben, tausend, %ehn [uno, dos, siete, mil, diez]. Se daba por vencido.

EN LA SELVA NEGRA

Cada viernes, como algo especial para el sábado, Helene iba has- ta el pueblo para comprar el postre favorito de los niños: la torta

Linzer, un pastel con avellanas rellena de conservas de frambuesas. Los sábados por la mañana, el puñado de creyentes se reunía en

la sala de Tante Fischer para una Escuela Sabática del hogar y un culto de oración.

Una tarde, hacia fines del otoño, Kurt subió estrepitosamente

la escalera y gritó:

-¡Lotte, Gerd, miren lo que tengo! -mientras les mostraba un gatito negro que uno de los agricultores vecinos le había dado.

Kurt lo llamó Peter, y pronto Peter seguía a Kurt por todas par- tes y dormía con él en la cama de noche. Los tres niños nunca se cansaban de sus monadas, y pasaban horas incitándolo a perseguir

un cono de pino atado a una cuerda. Cuando Helene hacía man­ tequilla, Peter podía lamer crema hasta que sus costados estaban hinchados, y se dejaba caer en un rincón ronroneando ruidosa­ mente. Uno de los días de este idilio el cartero entregó una carta. -Tante Fischer -dijo Helene en voz baja para que los niños no la oyeran-. Escucha esto. Es una carta del alcalde. Nos ha escrito a todos los evacuados en el pueblo, y nos está ordenando volver a nuestros lugares de origen de inmediato. -¿Qué se propondrá este hombre? -farfulló Tante Fischer. -He leído esta carta, y la he re-leído, y no puedo comprenderla. -Esa orden no tiene ton ni son -dijo Tante Fischer-. Ninguno de ustedes ha producido disturbios. Y no escuché ninguna queja de los demás aldeanos que han cobijado evacuados. Helene bajó el tono de la voz todavía más. -No podemos irnos, Tante Fischer. Gerd está con fiebre alta desde ayer; no podemos viajar. Y no creo que sea la voluntad de Dios que tengamos que volver a la ciudad con sus persecuciones

y peligros. Ella reunió a los niños. Sin decirles qué informaba la carta del

MIL CAERÁN

alcalde, los dirigió en una oración especial pidiendo la protección de Dios. Luego se fue a la casa del alcalde, confiada en que Dios re-

solvería el problema.

Para su consternación, él se mantuvo firme. -Lo lamento, Frau Hasel, todos tienen que irse. No habrá excep-

ciones. Regresó a casa con el corazón apesadumbrado, y les contó a los niños que tendría que ayudarle a empacar, ya que tendrían que vol­ ver a Frankfurt al día siguiente. Los tres niños comenzaron a sollo­

zar como si sus corazones se fueran a quebrantar. -¿Qué pasará con el pequeño Peter? -sollozó Lotte-. ¡Oh, Mut­ ti, no podemos abandonarlo! Helene pensó por un momento. Luego dijo:

-Llevémoslo con nosotros. Esto era una pequeña buena noticia que les secó las lágrimas por el momento, y Kurt y Lotte pronto reunieron sus cosas. Entre­ tanto, Tante Fischer se fue corriendo a hacer arreglos para que el le­ chero los llevara a la estación al día siguiente. Al finalizar la tarde, todos los bultos estaban listos. -Tante Fischer, ¿tienes alguna canasta vieja que no necesites? -le preguntó Helene. -Claro que sí. Tante Fischer fue rápidamente a la despensa y volvió con una canasta. Helene tomó una larga tira de género y cosió un borde que ro­ deaba el canasto, pasó por él un cordelito en la parte superior. Cuando tiraba del cordel, juntaba el género y hacía como una ta­ pa para la canasta. -¿Sabes qué es esto? -le preguntó a Lotte. Lotte había mirado todo el proceso con los ojos grandes. -Es un canasto para nuestro pequeño Peter -sugirió ella, adi­ vinando. A la mañana siguiente, después de un rápido desayuno, junta­

EN LA SELVA NEGRA

ron todas las sábanas en un bulto. El lechero llegó en su elegante

carrito tirado por una yegua color café. Les ayudó a cargar su equi- paje, y puso la canasta de Peter junto a su asiento. -¡Adiós, Tante Fischer! -dijeron los niños en coro.

-¡Adiós! -contestó ella, secándose los ojos con el borde de su

delantal. -Gracias por tu generosidad y bondad para con nosotros -dijo Helene con fervor.

-Oraré por ustedes, hermana Hasel. Vayan al cuidado de Dios. Tan pronto como el carro partió, Peter el gatito se enfureció en su canasta. Gritó, trató de romper la tela que lo cubría. Podían es­ cuchar sus pequeñas garras raspando los lados de la canasta. Se no­

taba que estaba desesperado. Finalmente, el lechero no lo soportó más. -Frau Hasel -dijo con mucha severidad-. No pueden guardar ese animal encerrado allí. Está muy asustado. Sáquenlo y téngalo en sus brazos. Helene siguió este consejo, y Peter se quedó quieto y se acomo­ dó inmediatamente, y sólo miraba en todas direcciones. En la esta­ ción del tren, Helene lo metió en el frente de su abrigo, donde en­ seguida se echó a dormir. La estación estaba llena de gente. El bombardeo se había vuel­ to muy severo, y viajar en tren era peligroso. Corría el rumor de que

éste sería el último tren que saldría de la Selva Negra, y no sólo es­ taban allí todos los evacuados, sino gente de muchos kilómetros a la redonda que quería aprovechar esta última oportunidad de aten­ der sus asuntos en otros lugares. De modo que cuando el tren final­ mente llegó, ya estaba lleno. -Quédense aquí mismo en la plataforma -les dijo Helene a los chicos-, vuelvo enseguida. Llevando tantos bultos de su equipaje como pudo, Helene se su­ bió al tren, y fue apresuradamente de un vagón a otro buscando un espacio. Viendo un rincón vacío, dejó allí sus bultos, y corrió adon­

MIL CAERÁN

de había dejado a los niños. -Kurt, Lotte, suban.

Los empujó a bordo, luego tomó al todavía afiebrado Gerd y

trepó al tren en el momento en que el tren comenzaba a moverse. Al avanzar dentro del tren, Helene notó que todos los compar-

timentos estaban llenos, y en los pasillos sólo se podía estar de pie. Helene acostó a Gerd en su rincón y le puso una mochila como al­

mohada. Estaba demasiado enfermo para protestar. Los otros pasajeros le echaron miradas hostiles.

-Esta mujer trajo consigo todas sus cosas -murmuró uno-. EvSto hace que sea mucho más difícil para los demás.

En ese momento Peter sacó su cabecita desde el interior del

abrigo de Helene. Ella se asustó, esperando más comentarios mo­ lestos. En cambio, un hombre que estaba parado junto a ella son­

rió amablemente. -Miren eso -dijo-, allí tiene un gato. Ese gato lo está pasando

bien. Si yo pudiera descansar mi cabeza en ese pecho, también es­

taría contento.

Avergonzada, Helene se dio vuelta mientras el resto de los pa­ sajeros se echaron a reír. La tensión se había roto. Cuando el tren llegó a Frankfurt, la ciudad estaba en medio de

una alarma antiaérea. Con las sirenas ululando en sus oídos, Hele­

ne recogió a sus hijos y sus pertenencias y subieron al tranvía 23 pa­ ra hacer el viaje hasta su casa. ¿Por qué Señor?, clamaba en silencio. ¿Por qué tuvimos que dejar la seguridad de la Selva Negra? ¿Por qué tuvimos que regresar a los bombardeos y la destrucción? No fue hasta varios años más tarde, cuando ella y sus dos hijos menores estaban de vacaciones en la Selva Negra, que supieron lo que pasó después de su salida. -¿Recuerda que tuvieron que salir tan apresuradamente? -dijo Tante Fischcr-. El mismo día en que ustedes se fueron, los marro­ quíes invadieron nuestro pueblo. Eran maniáticos, furiosos. Sa­

EN LA SELVA NEGRA

quearon, destruyeron, incendiaron. En forma sistemática fueron a cada casa, buscaron a las mujeres y a las niñas, desde las de 5 años hasta los 70 años de edad, y las violaron. Para ellos era todo igual. Helene se quedó paralizada de horror. -¿Qué le pasó a usted ? -Me vestí con unos vestidos rotos y sucios, me ennegrecí la ca- ra con hollín mientras escuchaba los gritos de las mujeres. El gran­ jero en la ladera más arriba de donde estoy había comenzado una pelea con un grupo de marroquíes para darle a sus dos hijas la opor­ tunidad de escapar y esconderse en el bosque. Ahora los hombres estaban enojados y bajaron corriendo el cerro gritando como de­ monios. Yo salí de la puerta de mi casa con un palo en la mano, gri­ tando lo más fuerte que podía, y actuando como si estuviera loca. Esos hombres supersticiosos deben haber pensado que yo era una bruja, porque huyeron sin mirar hacia atrás. Así escapé. Pero du­ rante meses después de eso, el hospital del pueblo estaba realizan­ do abortos gratuitos a las mujeres y niñas que habían sido violadas. Fue bueno que usted y Lotte estuvieran seguras. Ahora Helene comprendió. Por razones conocidas sólo por Dios, él realmente las había cubierto con sus alas.

CAPÍTULO 6

Ucrania

Al igual que Francia, Rusia se había estado preparando para la

guerra. Pero a diferencia de Francia, Rusia estaba lista. Para cuan- do Hitler lanzó su ataque, el ejército rojo había llegado a ser el más

grande del mundo, sus aviones de guerra eran iguales a los de las

fuerzas aéreas combinadas del resto del mundo, sus tanques mucho

más numerosos que los tanques del mundo. Sin embargo, a pesar de esta fuerza formidable, el Wehrmacht

alemán fue tremendamente exitoso al comienzo de la campaña de

Rusia. Stalin, tranquilizado por el pacto de no agresión con Alema­ nia, había dejado la frontera occidental casi desguarnecida. De mo­ do que cuando Alemania atacó, hubo poca resistencia. Como la intención de Hitler era derrotar las fuerzas rusas en tres o cuatro meses, envió a sus tropas para que entraran a Rusia

con mucha rapidez. Y en los primeros dos días de la ofensiva, su meta parecía realista. La Luftwaffe (fuerza aérea) se lanzó al ata­ que y destruyó 2.000 aviones rusos antes de que tuvieran la opor­ tunidad de abandonar el suelo, casi erradicando la fuerza aérea

más grande del mundo. En una semana, los alemanes estaban a mitad de camino a Mos­

cú. En dos semanas, medio millón de rusos habían sido muertos, y un millón habían sido tomados prisioneros. En el primer mes, las fuerzas de Hitler habían ganado un área dos veces el tamaño de su propio país. En sólo dos batallas, los rusos perdieron 6.000 tanques.

A las 5 de la mañana del 1° de julio de 1941, sólo ocho días des­

pués del asalto inicial sobre Rusia, los Zapadores recibieron la or­ den de cruzar la frontera polaca y entrar en Ucrania en Sokal. Una sensación eléctrica de peligro llenaba el aire al pisar el suelo sovié­ tico. Franz lo sintió muchísimo. Somos parte del frente oriental ahora, se dijo a sí mismo. Ya no so-

EN UCRA N IA

mos más constructores de puentes como lo fuimos en Polonia. Tendré- mos que pelear para avanzar en el nuevo territorio.

Nerviosamente, pulía la tapa de su porta revólver. Debajo de esa tapa sentía el bulto de su inútil pistola de madera. Señor Dios del cielo y la tierra, oró, por favor presérvame.

Día tras día, los Zapadores desarrollaron rutinas nuevas. Siendo que la actividad del enemigo podía estallar en cualquier lugar, an- tes de retirarse a descansar después de cada día de marcha, tenían que rastrillar cuidadosamente el área del campamento por si había soldados rusos en una emboscada.

Por todas partes se veían señales de combates activos. Pasaron un cementerio donde una unidad alemana, que había pasado por allí apresuradamente, habían establecido un campamento para prisioneros de guerra, y desde el cual los prisioneros rusos miraban a los Zapadores con ojos llenos de odio. Tanques, aviones y camio- nes rusos retorcidos yacían por los campos, junto a los cuales esta- han los cuerpos de sus conductores, cubiertos de moscas. Un cam- po lleno de sepulturas escalofriantemente frescas marcaban el lu­ gar donde toda una unidad de soldados alemanes había sido elimi­ nada por los rusos. Al acercarse el viernes, otra cosa comenzó a oprimir pesada­ mente la mente de Franz. “Querido Señor”, susurró temerosamente con sus labios resecos, “tú sabes cuánto valoro tu sábado. Es importante para ti, y porque es impórtame para ti, es importante para mí. Hasta ahora ha sido bas­ tante fácil guardar tu día haciendo cambios de tareas con otros sol­ dados. Pero ahora estamos en el frente, y las reglas han cambiado. Por favor, ayúdame”. Y semana tras semana vino la ayuda.

-Las tropas están exhaustas -dijo repentinamente el Haupt­ mann ese primer viernes-. Mañana tendremos un día de descanso. El viernes siguiente, fuertes lluvias empantanaron al ejército.

MIL CAERÁN

-Tendremos que esperar un par de días hasta que estos caminos no pavimentados se sequen lo suficiente como para seguir -decla­

ró el Hauptmann Brandt. A medida que pasaban las semanas, Franz notó que Dios arre­ glaba las cosas de modo que las horas del sábado estuvieran prote­ gidas. Hasta el mismo fin de la guerra -con excepción de un perío­ do de una confusa retirada en la que él perdió la cuenta de los

días-, Franz guardó cada sábado. Más y más lejos hacia el este avanzaban los Zapadores. Durzko- pol, Berestecko, Kalerinovka, Jampol, Belogorodka, eran nombres extraños en un país extraño. Sus vehículos motorizados habían si­ do enviados adelante, de modo que los hombres iban a pie. Sin embargo, llevando sus armas y sus mochilas, a menudo cubrían 45 km por día. Estaban desanimadoramente solos -sin poder comuni­ carse con otras fuerzas alemanas-, y con las provisiones tan esca­ sas que finalmente lo único que tenían para comer era pan viejo,

mohoso y verde. Los Zapadores no estaban acostumbrados a marchas tan prolon­ gadas, y el cansancio comenzó a cobrar su tributo. Cuando un hombre caía junto al camino sufriendo de golpes de calor, sus com­ pañeros los arrastraban hasta la sombra de un árbol, envolvían un pañuelo mojado alrededor de su cabeza, y los abandonaban a su

suerte. La compañía tenía que seguir. Algunos hombres desarrollaron en sus pies ampollas tales que ya no podían tolerar las botas. Se las sacaban y cojeando andaban descalzos unos pocos kilómetros hasta que sus pies sangrantes ya no podían llevarlos más. Por más que sus camaradas les rogaban o sus comandantes los reprendían, eso no hacía diferencia. -Estamos exhaustos -decían-. No podemos seguir más. Por fa­ vor, por favor, déjennos y sigan. Los que tuvieron más suerte, fueron hechos prisioneros de gue­ rra. Pero la mayoría fueron asesinados directamente por los venga­

tivos rusos.

EN UCRA N IA

Franz también estaba agotado. Después de unos pocos días, sus calcetines estaban destrozados, y enormes ampollas cubrían sus pies.

Cuando la compañía se detenía para un pequeño descanso para co-

mer, buscaba en su mochila un trapo limpio. Todo estaba muy su­ cio, empapado en traspiración y cubierto con el polvo del camino.

Finalmente, tomó una de sus camisetas sucias, hizo tiras con ella, y envolvió sus pies con las tiras antes de ponerse las botas. No sirvió de nada. Las ampollas reventaron y se infectaron. Franz ape­ nas podía arrastrarse hasta que la 699 acampó para la noche. Tenía fiebre y yacía sobre su estera, quejándose. -Franz, ¿has comido algo? -le preguntó Willi que pasó por allí.

-No tengo apetito -murmuró Franz. -Pero tienes que beber algo. Vamos, siéntate -Willi acercó su

taza de aluminio a los labios resecos de su amigo-. Te traje un po­ co de agua hervida. Franz casi se ahogó y tosió, pero consiguió bajar un poco del lí­ quido caliente. -Ahora, come un poco de pan. Tienes que mantener tus fuerzas. Franz se obligó a tragar unos pocos bocados. Luego Willi le sacó las botas a su amigo. Cuando vio las ampo­ llas del tamaño de un puño, suspiró profundamente. -Franz, aquí cerca hay un arroyito. Afírmate en mí, y te ayuda­ ré a llegar allí. Te aliviará un poco si puedes enfriar algo tus pies. Con su brazo alrededor del hombro de Willi, Franz cojeó los po­ cos metros hasta el agua. Cuando llegaron al arroyito, sus pies se habían hinchado al doble de su tamaño normal. Cuando puso sus torturados miembros en el agua barrosa y contaminada, sintió un poco de alivio. -No puedo moverme -dijo quejándose-, estoy exhausto. -Muy bien -dijo Willi-, quédate aquí por un rato. Te traeré tus

cosas. Todo lo que necesitas es un buen descanso. Necesito más que eso, Willi, pensó Franz. Mi cuerpo esté desgasta­ do y estoy ardiendo de fiebre. Mis pies palpitan con la infección. Nece­

MIL CAERÁN

sito días , Willi. Días de descanso. Pero eso no es posible. No hay nada más que yo pueda hacer. Mañana me abandonarán como a los otros. Yo sabía que la vida en el ejército sería peligrosa, pero nunca pensé que su- cumbiría a una infección. Sacó los pies del agua y cautelosamente los secó. Demasiado

agotado como para seguir su rutina de lectura de la Biblia, sacó su Biblia para leer un texto antes de orar. Se abrió en el Salmo 118:17:

“No moriré, sino que viviré, y contaré las obras de JAH”. Asombrado, se envolvió en su manta gris del ejército. Enton- ces, acostado sobre el suelo extranjero, húmedo, con su cuerpo sa- cudido por la fiebre, Franz oró. “Querido Señor, tú sabes que mi vida está entregada a ti. Cuan- do salí de casa, sentía la seguridad de que tú me llevarías de vuelta a mi familia. Ahora me has dado otra promesa. Pero aquí estoy, en­ fermo e incapaz de seguir. A menos que tú me ayudes, estoy perdi­ do. Yo sé que tú eres un Dios que cumple sus promesas. Me entre­

go en tus manos”. Finalmente, Franz quedó dormido. A las 3:15 de la madrugada sonó la alarma para levantarse. Tambaleante, Franz se sacó frotando el sueño de los ojos. Su dolor de cabeza y los temblores habían desaparecido. Bueno, he tenido un buen descanso. Si puedo poner mis pies en las botas, tal vez pueda ha­ cer otra prueba de caminar. Se sentó, sacó los pies de debajo de la manta gris y los miró. En la tenue luz brillaban blancos. -Un momento -tartamudeó, pestañeando y mirando sus pies con detenimiento-. No puede ser. Extendió la mano y con cuidado se tocó los pies con los dedos. Luego los frotó con más vigor. Están sanos. Se le erizaron los cabellos al notarlo. Mis pies están completamente sanos. No están sencillamejue cubiertos de costras nue­ vas, sino con piel completamente nueva y entera. Sacudió la cabeza, asombrado, se puso los calcetines ensangren­

EN

U C R A N IA

tados, se puso las botas, y marchó derechito para desearle buenos días a un atónito Willi. Por el resto de los años de guerra, Franz nunca tuvo más problemas con sus pies. Los camiones de la Compañía de Zapadores se reunieron con ellos, y gradualmente el batallón volvió a estar junto. La vida vol­ vió a ser rutinaria: levantarse entre las 3 y las 5 de la madrugada, y salir. Avanzar todo el día, a veces en camión, otras veces a pie. Pa­ sar las noches cortas en campamentos improvisados: galpones, igle­ sias, sinagogas, escuelas. Generalmente estaban infestados de pul­ gas que dejaban a los hombres con ronchas que picaban mucho. Ya casi todos los zapadores también tenían piojos. Sencillamente no había oportunidad de darse un buen baño. Los hombres estaban asombrados de ver de primera mano los efectos del comunismo en el país. Décadas antes, los comunistas habían confiscado toda la tierra privada y las habían combinado en enormes granjas colectivas, llamadas koljozcs. Cada koljoz consistía en campos que se extendían de un horizonte al otro. Los antiguos dueños tenían que trabajar la tierra como esclavos, y no recibían paga excepto por el alimento que necesitaban. Mantenían el gana­ do en un establo enorme. Siendo que trabajar más fuerte no les daría mayor ganancia, los ucranianos no tenían incentivos para enorgullecerse en estas gran­ jas, y todo estaba sucio y faltaba el mantenimiento. Sólo las muje­ res tenían permiso para criar privadamente gallinas, patos y gansos, y sobre ellos dedicaban toda la atención que descuidaban en la pro­ piedad del gobierno. Cuando los alemanes hambrientos pasaban, no pensaban en otra cosa que cazar algunas de estas aves y asarlas por las noches. -Hazel, ven a acompañarnos -lo llamaban. -No, camaradas, no podría gozar de comida robada a la gente que se está muriendo de hambre. -Bueno, Sr. Santón, ¿no sabes que no hay honor en la guerra? Toma lo que puedas y gózalo mientras estás todavía vivo: ése es el

MIL CAERÁN

lema. Además, Scltenfroehlich [“Pocas-veces-alegre”] tomó algunos gansos para sí. Si él puede hacerlo, ¡también podemos nosotros! -No importa lo que haga el teniente -dijo Franz, encogiéndose de hombros-, sigue siendo un robo. Y sigue siendo incorrecto. ¿Qué pasaría si la situación se invirtiera y los soldados rusos estuvieran robando la ccmida de sus hijos muertos de hambre? Uno de los soldados escupió enojado. -Esta clase de conversación me pone furioso. Tú eres un estú­ pido. Tú sabes perfectamente que Alemania nunca será invadida. Siempre hablas como si no creyeras en esto. Si no te callas con tus

ideas subversivas, te voy a moler a palos. Sin responder, Franz volvió hacia su oficina. Dos días más tar­

de vinieron órdenes del general de que todo saqueo estaba estricta­ mente prohibido, y que cualquiera que fuera atrapado con bienes robados sería transferido al batallón correccional donde se le da­ rían tareas arduas y peligrosas. No hubo más robos. -Ahí tienen. ¿No se los dije yo? -Franz no pudo frenarse de de­ círselo a los hombres. Unas pocas semanas después de este incidente, Franz fue pro­ movido, esta vez a cabo. También lo encargaron de la planilla de pagos y de la contabilidad de la Compañía de Zapadores Park 699. Como tal, tenía que llevar los libros de la compañía y manejar to­ do el dinero. Cada diez días les entregaba a los soldados su paga. Como eran parte del frente oriental, tenían derecho a una compensación por área de servicio en combate. La cantidad era 1 Marco Imperial adi­ cional, como un dólar, cada día de pago. Aparentemente, el peli­ gro constante de sus vidas no era tan altamente apreciado. Franz también tenía que hacer los pedidos de comida, ropa y otras provisiones de Alemania. Cuando no estaban avanzando, él establecía un pequeño kiosko donde los hombres podían comprar jabón, hojas de afeitar y otras cosas necesarias. Sus superiores no se preocupaban por pedirle cuenta de sus registros: sabían que podían

confiar en él en forma absoluta.

EN

U C R A N IA

Progresivamente la compañía avanzaba hacia el este. A menú-

do pasaban frente a tanques rusos destruidos; una vez pasaron jun­ to a 2.300 prisioneros de guerra que marchaban hacia el oeste, cui­

dados por sólo 12 soldados alemanes. Cuando llovía, los hombres

se empapaban completamente. Cuando había chaparrones fuertes, los caminos sin pavimentar se volvían intransitables, y la 699 reci­ bía un día de descanso o dos. Franz usaba esta oportunidad para es­ parcir los papeles mojados de su oficina en los techos de las casas

para que se secaran. Un viernes el sargento Erich Neuhaus fue a verlo a Franz.

-Hasel, quiero que escribas el informe de los 10 días así puedo

enviarlo mañana a las oficinas centrales. -Sí, señor -y Franz lo saludó vigorosamente.

-No me salude, Hasel, no soy un oficial comisionado. Sólo soy un sargento. -Sí, sargento. De paso, quiero hacerle notar que todo el papel

está mojado. -¿Y? -Si lo pongo en la máquina de escribir se rasgará. -Oh -el sargento hizo una pausa-. Bueno, ¿cuándo piensas que

estará seco? -Para el domingo. -Muy bien, hazlo entonces. Llegó otro viernes. -Hasel, mañana tienes que hacer el cierre de fin de mes y el ba­

lance. -Sí, señor, pero hay sólo un problema.

-¿Cuál? -El sábado de noche hay bastante movimiento en el kiosko. Como el primero de mes es recién el domingo, realmente debería­

mos incluir eso en el informe financiero. -Tienes razón. Mejor espera hasta el domingo.

MIL C A E R Á N

Sin parecer rebelde, Franz siempre los convencía que la tarea

sería mejor hacerla el domingo. Algunas veces, el sábado algunos soldados se acercaban a él y le pedían que les vendiera un poco de jabón.

-No sé si queda algo. En el último envío no me mandaron nada de jabón. Pero si esperas hasta la noche, trataré de encontrarte algo.

-Por supuesto, me olvidé que hoy era tu sábado. Hacía mucho que los soldados habían aceptado la idea de que

no podrían lograr que Franz hiciera algo en sábado. En agosto, las lluvias fueron más frccucntcs, transformando los campos en un gigantesco lago de barro. Sin embargo, los alemanes no se quedarían atrás. Obstinadamente seguían avanzando. Cuan­

do sus camiones se enterraban en barro hasta los ejes, los hombres tenían que sacarlos de allí. No obstante, finalmente el barro llegó a estar tan profundo que les entraba a los soldados por la parte al­ ta de las botas, y les llevaba varias horas avanzar unos pocos cente­ nares de metros. -Estamos tan atascados que tendremos que detenernos por aho­ ra -dijeron los oficiales, sacudiendo la cabeza. Aún la obstinación de los alemanes no podía derrotar a las fuer­ zas de la naturaleza. Cuando el sol volvía a brillar, les llevaba a los Zapadores un par de días adicionales para limpiarse y volver a poner en funciona­ miento regular sus equipos. Durante la siguiente lluvia fuerte, sa­ biamente se quedaban en sus lugares. Aunque no lo sabían enton­ ces, las fuertes lluvias detuvieron toda la guerra en el frente orien­ tal. El poderoso Wehrrnacht alemán fue inmovilizado, no por el ene­ migo, sino por el barro.

Con el tiempo, los Zapadores llegaron a Cherkassy en la orilla occidental del río Dnieper. Aquí, donde el enorme río tenía ocho kilómetros de ancho, recibieron la orden de construir un puente para cruzarlo. Otros cuatro batallones se unieron a ellos, 6.000

EN

U C R A N IA

hombres en total, para ayudarles en la formidable tarea.

Parte de la compañía fue a los bosques para derribar árboles: 21 hombres operaban un aserradero ucraniano; otros 25, una fábrica

de clavos, que producía no sólo clavos sino también abrazaderas y

caballetes metálicos. Los troncos eran trasportados al aserradero, cortados a las medidas exactas calculadas por los ingenieros, y lle­ vados directamente a donde el resto de los hombres estaban cons- Huyendo el puente.

Los alemanes encontraron una oposición creciente de parte del ejército rojo, y el avance se hizo más lento. A menudo las batallas

producían avances y retrocesos. Los escuadrones de aviones rusos

arrojaban bombas, y los cañones antiaéreos alemanes los derriba­ ban. Luego, mientras los aviones estaban quemándose en los canv

pos, los famosos bombarderos en picada llamados Stukas (forma abreviada de Sturzkampfflugzeug, “aviones de batallas relámpago”) hacían sus pasadas y destruían la última resistencia. Sin embargo, apenas los alemanes descansaban un poco, los rusos lanzaban un contraataque con tanques, después de lo cual el Wehrmacht los ro­ deaba y los eliminaba con morteros y obuses. Y así seguían, con grandes pérdidas de ambos lados. Un sábado, los Zapadores se vieron rodeados por los rusos. Rá­ pidamente el teniente Gutschalk los movilizó. -Hasel, tú y Weber vayan a la lechería vacía y defiendan nues­ tra posición desde el sur -les gritó. Ahora se viene, pensó Franz. Se aclaró la garganta y trató de ha­ blar con calma. -Teniente, hoy es mi sábado. No puedo participar.

-¿Qué dijiste, Hasel? -No puedo participar. Lo lamento. Gutschalk estaba atónito. -Esta es la guerra, soldado. ¡Estamos luchando por nuestras vidas! -Lo lamento, señor -repitió Franz. -Hasel, ¿estás rehusando obedecer una orden?

MIL CAERÁN

-Sí, señor -respondió Franz, en posición de firme. El teniente se puso rojo como un tomate maduro. -¡Ya estoy cansado de ti! -rugió-. ¡Esta vez recibirás lo que me- reces con justicia, y nadie te podrá salvar! ¡Me encargaré personal­ mente de esto! Después que los rusos los hicieron retroceder, el teniente hizo una anotación en el Wehrpass [libreta de registro militar] de Franz de que cuando terminara la guerra debía ser llevado ante una cor­ te marcial por rehusar obedecer las órdenes de un oficial superior. Los Zapadores, aunque era una unidad de ingenieros, a menudo eran atrapados en las zonas de combate. Una tarde, Franz y Karl es­ taban haciendo guardia mientras los otros hombres estaban ocupa­ dos fortificando una barrera antitanques que rodeaba una aldea. Repentinamente, se vio un fogonazo y una explosión que rompía los tímpanos. Corrieron al lugar y encontraron a un soldado llama­ do Heinrich Korbmacher con la mitad de la cara destruida y las vis­ ceras expuestas: había pisado una mina antipersonal. Todo lo que pudieron hacer era sostenerle la cabeza y consolarlo mientras sus gritos repercutían por el aire.

-¡Mamá, ayúdame! Oh, mamá, ¡te necesito! ¿Dónde estás, mamá? Afortunadamente, su sufrimiento pronto terminó, y lo enterra­ ron la misma tarde. No había mucho que decir. Esta pérdida era es­ pecialmente triste, porque la primavera anterior la casita de Hein­ rich en Alemania había sido destruida por un bombardeo británico. Al morir dejaba a su esposa y cuatro hijitos. Como secretario de la compañía, Franz tuvo la tarea de notificar a la viuda, y de enviar­ le las pocas pertenencias de Heinrich. Con tristeza, se preguntaba si alguien tendría que realizar esta carea por él algún día. Durante los siguientes cuatro años, este fue el esquema de vida del ejército alemán.

Xa (lasa ^arda

CAPÍTU LO 7

El tranvía 23, llevando a Helene y los niños desde la estación del tren hasta su casa, daba tumbos por las calles de Frankfurt

mientras las sirenas ululaban avisando de un raid aéreo. -Mutti, mira -y Kurt señaló un edificio de departamentos que pasaban.

-¿Dónde?

-Las ventanas. Todos los vidrios están rotos.

El corazón de Helene se estremeció.

-Fueron las bombas -dijo con tristeza-. Cuando estallan, la

presión del aire rompe los vidrios.

-¿Piensas que nuestras ventanas también estarán rotas? -pre­

guntó Lotte. -Pronto lo sabremos. Finalmente el tranvía se detuvo. Todavía estaban a media cua­ dra de distancia, vieron las cortinas que volaban con el viento. -¡Oh, no! -se lamentó Helene, y pensó para sí: Nuestro depar­

tamento está en la planta baja. Nadie ha estado allí para protegerlo. Pro­ bablemente, se han llevado todo. Afirmándose para lo inevitable, ayudó a los niños a bajar del

tranvía y llegaron al edificio. Cuando abrió la puerta del departa­ mento, los niños entraron como flechas. -Todo está cubierto de polvo -escuchó que Lotte decía. Con el corazón latiendo fuerte, Helene se obligó a entrar. Una gmesa capa de polvo y arenilla cubría todo. Sus ojos corrían de aquí

para allá, abajo y arriba. -Niños -dijo débilmente-, me parece que no se llevaron nada.

-Aquí está mi castillo -dijo Kurt-, y los soldaditos de plomo. -Y miren -dijo Helene-, las ollas y sartenes, los manteles, y la

cunita de la muñeca de Lotte. Nadie tocó nada.

MIL CAERÁN

Mientras Kurt y Lotte corrían alborozados de habitación en ha- bitación, Helene rápidamente preparó la camita para Gerd, y lo

acostó en ella. Todavía tenía fiebre alta. Luego reunió a los otros dos niños y se arrodillaron juntos para orar. “Gracias, Dios, por tu

protección sobre nosotros, y sobre nuestras pertenencias”. Kurt y Lotte pronto desarmaron los bultos y pusieron las cosas en sus lugares acostumbrados. Entretanto, Helene fue al depósito en el subsuelo y volvió con grandes hojas de cartón. Rápidamente las clavó sobre las ventanas abiertas. -Está oscuro aquí adentro ahora -se quejó Lotte. -Pero por lo menos no entra el viento frío -le recordó la ma­ má-. Tendrá que ser así hasta que podamos remplazar los vidrios. Ahora, niños-dijo con firmeza-, hemos tenido un viaje largo, y es­ tamos cansados. Tenemos que irnos a la cama. Después de unos pocos días Gerd se recuperó, y volvieron a sus antiguas rutinas, con una terrible excepción. Los niños fueron a la escuela, y Helene hacía las tareas de la casa, pero ahora, cada no­ che caían bombas sobre Frankfurt. Diariamente oraban pidiendo a Dios que los protegiera y les salvara la vida. Gerd, ahora tenía 7 años, pero nunca estaba preocupado por la seguridad de ellos. -Las bombas nunca podrán caer sobre nosotros -dijo con

confianza. -¿Cómo lo sabes? -indagó Kurt. -Porque estamos bajo la protección de Dios. Luego bombardearon la ciudad vecina de Darmstadt. En una noche, miles de personas perdieron la vida. La fe de Gerd en el po- der de Dios todavía permanecía inconmovible. El estaba seguro de que los miembros de la iglesia se habían salvado. En la iglesia, el sábado, estuvieron muy contentos de ver a los viejos amigos y a sus primos Anneliese y Herbert. La hermana de Franz, Anni, abrazó calurosamente a Helene. Después del culto, Tante Anni los invitó a su casa para el almuerzo. -¿Han oído las noticias? -les preguntó con tono grave.

*

LA CASA

PARDA

-¿Noticias?

-La mayor parte de los adventistas en Darmstadt han muerto.

Unos 80 hermanos. Helene lo miró a Gerd de soslayo. Su joven rostro se puso pal i-

do, y sus ojos miraban al frente sin ver. Para el joven Gerd eso fue

un choque terrible. Toda la tarde -mientras Kurt y Lotte jugaban

felices con sus primos, y Helene y Tante Anni intercambiaban no­ ticias de los últimos meses- Gerd estuvo sentado en una esquina

tratando de entender el desastre de Darmstadt.

Esa noche, en el culto, él no pudo reprimir más sus sentimientos.

-Mutti.

-¿Sí, Gerd? -Mutti -dejaba salir cada palabra entre labios temblorosos-, ¡la

Biblia son puras mentiras! -Bueno, Gerd -Dios no nos protege -dijo entre sollozos-, él no se interesa por lo que nos ocurra. No vale la pena seguir orando. -Gerd. Gerd. Escúchame -la voz de Helene era suave, para igualar su dolor-. Hoy has aprendido una lección importante. El do­

lor y la tragedia pueden llegar a cualquiera, bueno o malo, por igual. Lo importante es creer que Dios nos ama no importa lo que

ocurra. Mientras seamos sus hijos, no importa si vivimos o si mori­ mos porque, al final, viviremos con él en el cielo. En silencio trató de absorber lo que ella le dijo. El lunes de mañana Helene se encontró con Herr Doering en

camino al almacén. -Ah, veo que han regresado -le dijo al saludarla fríamente-. Me pregunto si ha reconsiderado unirse al Partido Nazi. -Herr Doering -le contestó-, no tengo ninguna admiración por el partido, y no tengo ninguna intención de unirme a él alguna vez. ¡No quiero que me moleste más con eso! Buenos días -y con eso se

dio vuelta y lo dejó parado en la calle. -Usted, amante de los judíos -su voz chilló detrás de ella- Vi-

MIL CAERÁN

vira para lamentarlo. A l final del mes ella descubrió lo que había querido decir. El cheque del ejército correspondiente a Franz no llegó. Ella esperó unos días más, pensando que podría haberse demo- rado en el Correo. Pero el cheque no llegó. Con su esposo en el ejército, eso era su único medio de sostén. ¿Qué podría hacer ella? El sábado mencionó su problema en la iglesia, y los miembros tomaron una colecta para ayudarle. Si era muy cuidadosa, el dine­ ro le alcanzaría hasta que viniera el siguiente cheque. Pero al llegar el fin del mes, ella corría a la puerta cada vez que venía el cartero. Pero no había cheque. Desesperada ahora, tomó el tranvía hasta un pueblo vecino donde vivían unos antiguos amigos, con su hijo ya grande, en una graciosa carreta gitana pintada de amarillo con persianas verdes. -Hermana Geiser -le dijo-, ¿qué debo hacer? No tengo dinero. El Partido está reteniendo mis pagos de pensión. No tengo comida. Estoy en el límite. -Hermana Hasel -le contestó ella con firmeza-, lo primero que debemos hacer acerca de esto es orar y presentar su necesidad de­ lante de Dios. Él nos mostrará un camino. Las dos mujeres se arro­ dillaron sobre esa casita sobre ruedas. Cuando se levantaron, la hermana Geiser dijo:

-Mira, tengo un poco de dinero ahorrado. Te lo prestaré, y cuando venga el cheque con la ayuda para los niños, me lo puedes devolver. -No puedo aceptar eso -contestó Helene sacudiendo la cabe­ za-. ¿Qué pasaría si algo le ocurriera y lo necesitara? -Hermana Hasel, todos podemos mañana estar muertos. Es mejor que tus niños tengan algo para comer que guardar este dinero para mí. Con esto, ella entró al diminuto dormitorio y regresó con su abrigo y su sombrero. -Vayamos al Banco -dijo ella. Y de allí retiró todos los ahorros que tenía.

LA CASA

PARDA

-Hermana Geiser -dijo Helene débilmente- ¿Cómo puedo

agradecerle por su generosidad? Esto nos mantendrá vivos durante

seis meses.

Su corazón cantaba. Helene regresó apresuradamente a la ca­

sa para comprar comida. Durante los días siguientes escribió car­

tas al gobierno y a las agencias de bienestar social explicando su

situación y solicitando recibir su cheque de supervivencia. No tu­ vo respuesta. Finalmente le escribió a su esposo en Rusia, contán

dolé la situación y pidiéndole su consejo. Ansiosamente esperó

una respuesta, sin siquiera saber si Franz todavía vivía, o si la car­

ta le llegaría.

Unos pocos días más tarde recibió una carta de la oficina local

del partido. Al abrirla descubrió que era del líder del distrito, pi­

diéndole que ella lo visitara.

-Finalmente están respondiendo a mis cartas -pensó-. Ahora

conseguiré mi dinero. Rápidamente se puso el abrigo y caminó las pocas cuadras has­

ta el edificio que ocupaban los nazis. Cuando le mostró la carta a la recepcionista, la señorita le dio

una mirada extraña y compasiva, y desapareció en una oficina. Un

momento después regresó.

-Por favor -dijo, señalando una puerta abierta.

Helene entró. Detrás de un escritorio con altas pilas de papeles

estaba sentado un hombre con cara roja y la nariz azul, propios de

un gran bebedor. -Frau Hasel -dijo, levantando una hoja de papel-. ¿Reconoce

usted esto? Con curiosidad, ella se inclinó acercándose.

-Sí, es una carta que le escribí a mi esposo hace unos días. ¿Có­

mo es que le llegó a usted? —Nos tomamos la libertad —y la miró agriamente—de intercep­

tar y censurar las cartas escritas y recibidas por las personas que es­

tán bajo sospecha. ¿Usted admite libremente que escribió esto?

MIL CAERÁN

-Sí -dijo Helene. -Bueno, quiero informarle que está prohibido enviar malas no­ ticias a los soldados que están luchando en el frente. Está prohibi­ do contarles nada negativo acerca de lo que ocurre en casa. Esto so­ cava su moral y les impide rendir lo mejor que tienen por la patria. De un manotazo puso la carta sobre el escritorio, y la sacó del

alcance de ella. -Esta clase de acción subversiva -gruñó- es traición y se puede

castigar con la muerte. Helene lo miró con incredulidad. -No hemos recibido dinero durante varios meses -balbuceó ella-. ¿Cómo cree que podemos vivir? ¿No tengo el derecho de es­ cribirle a mi propio esposo y pedirle su ayuda.7 -Usted ha cometido un crimen -dijo el hombre fríamente-. Se­ rá considerado, y oportunamente escuchará de nosotros. Con un gesto de la mano indicó que debía retirarse, y le gritó a la secretaria en la habitación contigua:

-¡Que pase el siguiente! Helene se fue a casa con las piernas temblando. Otra vez le pi­ dió ayuda y sabiduría a Dios. Pasaron varias semanas, pero el dine­ ro no aparecía. Obstinadamente siguió su campaña por teléfono y por escrito con las agencias locales para el apoyo infantil que falta­ ba. Nadie le respondía. Finalmente llegó una carta de las oficinas centrales del partido Nazi en el centro de Frankfurt. Le ordenaba presentarse ante Herr Springer, jefe del partido en Alemania central el siguiente lunes a las 10 de la mañana. Sintiéndose totalmente impotente, Helene se desplomó en una silla en la mesa de la cocina y leyó la carta otra vez. Ella había oí­ do hablar de Hen Springer. Tenía la reputación de ser el más cruel e insensible de los oficiales locales del partido. ¡En las oficinas centrales! La gente llamaba a ese edificio la Ca­ sa Parda por causa del color pardo o marrón del exterior. A l co­

LA

C A S A

<

PARDA

mienzo de la guerra, los nazis habían tomado el edificio, y ahora to­

dos evitaban su siniestra presencia. “Detrás de esas puertas”, se su­

surraban unos a otros, “los nazis cometen atrocidades incalificables. De muchos alemanes que entraban en el edificio no volvía a saber­

se nada más”.

Algunos habían oído rumores de que un pasaje subterráneo

secreto conducía desde la Casa Parda a las oficinas centrales de la Gestapo, y que los indeseables eran llevados allí y luego traspor­ tados a los temibles campos de concentración. Otros conocían

personas que habían sido torturadas en la Casa Parda y forzadas a confesar.

¡Y ahora Helene tenía que ir a este lugar! ¿Qué debía hacer? Tal vez podría llevar a los niños y esconder­ se. Pero aun escondiéndose, necesitarían dinero para comprar co­

mida. Por otro lado, si iba a la Casa Parda y era arrestada, ¿qué pa­ saría con sus niños?

Helene cayó sobre sus rodillas. “Padre mío, necesito tu ayuda”, clamó. “Tú eres mi refugio y mi fortaleza. Tú has prometido que me librarás de la trampa del cazador. Reclamo esta promesa ahora mis­ mo. Me entrego a ti y a mis niños, a tu cuidado”.

Al levantarse sintió una profunda calma. Todo lo que les dijo a los niños fue que tenía que ir a la Casa Parda el lunes, y que debían orar acerca de ello. El sábado, antes de comenzar el culto, Helene llevó aparte a algunos miembros de la

iglesia y tuvo consultas susurradas con ellos. Antes del culto tuvie­ ron momentos de oración, intercediendo por ella e implorando que el Señor la protegiera. Llegó el lunes de mañana. -Hijos -dijo Helene-, hoy no irán a la escuela. Se quedarán aquí en casa. No salgan afuera. No miren por las ventanas. Y qué­ dense muy quietos, de modo que los Doering no sepan que están ustedes aquí. Prométanmelo. Con ojos grandes, solemnemente lo prometieron.

MIL CAERÁN

Llevó entonces a Kurt al dormitorio y cerró la puerta. Unos po­

cos minutos más tarde, reapareció con cara de miedo. -Lotte -dijo Helene rápidamente-, es tu tumo. Ven conmigo al

dormitorio. -Kurt -preguntó Gerd después que ambas se fueran-, ¿por qué

te ves tan raro? ¿Qué está pasando?

Kurt apretó los labios y en silencio sacudió la cabeza.

Entonces le llegó el turno a Gerd. Después de cerrar con firme­

za la puerta, Helene le dijo:

-Gerd, escucha cuidadosamente lo que tengo que decirte, por­ que tengo tiempo para decírtelo sólo una vez, y tu vida puede de­ pender de ello. Tengo que ir a la Casa Parda en unos pocos minu­

tos. Te quedarás muy quieto y silencioso en el departamento toda

la mañana. No andes caminando, y no hagas ningún ruido para que

los vecinos no te oigan. ¿Comprendes? Gerd tragó saliva y asintió. -Si todo va bien, estaré de regreso antes del mediodía. Pero la Casa Parda es un lugar peligroso, y puedo no regresar. He hecho

arreglos con familias en la iglesia para que se ocupen de ti y de tus

hermanos. Si no estoy de regreso a las 12 del mediodía, quiero que ustedes, uno por uno, y muy silenciosamente, salgan a escon­ didas de la casa. Tú Gerd, irás a la parada del tranvía, y tomarás el tranvía número 23. En la séptima parada, bájate, y toma el nú­

mero 17 por cuatro paradas. Bájate, y alguien de la iglesia te es­ perará allí y te llevará a un escondite secreto. Recuerda que esta­ rás seguro con la iglesia. Cada uno de ustedes tiene instrucciones diferentes. No les digas a Lotte ni a Kurt lo que te he dicho a ti. De esa manera, si la Gestapo los encuentra, no podrán delatar a los otros. Ahora, repíteme las instrucciones, de modo que sepa

que las entendiste bien. Gerd tenía sólo siete años de edad, pero recitó las instrucciones cabalmente. Entendió la seriedad de la situación. Helene se arrodi­ lló con él y oró para que Dios lo vigilara, lo mismo que a ella.

LA CASA

PARDA

-Recuerda siempre, Gerd, que Dios es nuestro Padre celestial, y

que él estará contigo si algo me pasara a mí.

Luego lo tomó de la mano y salieron del dormitorio. Después de tomar su abrigo y su sombrero, susurró:

-Puede ser que no los vuelva a ver. Ellos no me quieren a mí,

sino a ustedes. Ellos saben que no me pueden hacer cambiar mi de-

cisión. Pero si los toman a ustedes mientras son jóvenes, ellos pien­

san que pueden cambiar sus pensamientos. Manténganse fieles a Dios no importa lo que ocurra. Recuerden que deben esperar has­

ta pasado el mediodía.

Después de eso, cerró silenciosamente la puerta delantera. Pa­ rados bien lejos de las ventanas, los niños miraron a través de las cortinas de encaje, y observaron que la mamá iba por la vereda has­

ta la parada del tranvía conocida como Lindenbaum, llamada así

porque había allí un árbol de tilo de unos 400 años de edad. Silenciosamente, se sentaron con sus libros. Trataron de leer, pero les resultaba difícil concentrarse, y a menudo levantaban la vista para ver la mirada de susto que tenían los demás. Con temor

observaron el relej hora tras hora. A las 11:45, la mamá no había regresado. Parados en el centro de la habitación, ansiosamente miraban hacia la parada del tranvía. No había señales de la madre. -Tenemos que vestirnos -susurró Kurt. En puntas de pie fueron hasta la entrada de la casa y se pusie­

ron los zapatos y los abrigos. Cinco minutos antes de las 12 del mediodía escucharon la cam­ pana de un tranvía que salía de Lindenbaum. Una última mirada por la ventana. Vieron una figura corriendo por la vereda. Aban­

donando todas las precauciones, los tres corrieron a la puerta. -Mutti, Mutti, ¡estás de regreso! ¿Qué pasó? Abrazando a cada uno, la mamá se sentó y dijo:

-Ahora agradeceremos a Dios porque él hizo un milagro -y en­ tonces les contó lo que había ocurrido durante la mañana.

MIL CAERÁN

Había ido al centro, y llegado a la Casa Parda un poco antes de las 10 de la mañana. Mirando la fachada amenazadora del edificio, vio ventanas con barrotes empotrados en paredes de piedra. Notó que no había manilla en la puerta de acero. Se parecía más a una prisión que a un edificio del gobierno. Perpleja, se preguntaba cómo entraría, cuando notó un peque­ ño botón en la pared. Lo oprimió y escuchó una campanilla distan­

te. Cuando oyó un zumbido, empujó la puerta y entró. Detrás de ella la puerta se cerró con un suave click. Se dio vuelta, y vio que tampoco había manilla en el interior. Una vez que estabas adentro, sólo alguien con la llave podía dejarla salir.

Un hombre uniformado espió por una ventanita. -¿Puedo ayudarla.7 -Tengo una citación aquí a las 10 -dijo Helene tragando saliva. -Permítame ver la citación -él miró la carta que ella había re­ cibido-. ¡Oh, sí! Con Hen Springer. Tercer piso, oficina N° 11, a la izquierda.

La ventanita se cerró con violencia.

Con mucho temor, Helene subió las escaleras en la casa oscura y siniestra. No vio a nadie, pero se sentía rodeada por ángeles. Gol­ peó a la puerta. -¡Pase!

Una vez adentro se acercó a un escritorio de roble oscuro sobre el cual había un grueso legajo y una placa de bronce pulido graba­ da con “Gauleiter Springer’’ [jefe de distrito Springer]. El hombre detrás del escritorio era delgado, y tenía una frente grande, cabello castaño peinado hacia atrás y ojos azules pequeños. Atrajo el legajo grueso hacia sí. -Frau Hasel, tengo documentos que la condenan seriamente. Usted rehúsa unirse al Partido o a la Liga de Mujeres. Sus hijos no asisten a la escuela los sábados. Usted escribió una carta subversi­ va a su esposo. Durante años ha resistido todos nuestros esfuerzos. Todo suena muy sospechoso. ¿Es usted judía?

LA CASA

PARDA

-No, soy aria desde hace 10 generaciones, y tengo documentos para comprobarlo. -Entonces, ¿qué ocurre? ¿Por qué rehúsa cooperar? -Señor, soy adventista del séptimo día. Mientras hablaba, Helene repentinamente se sintió suelta y li- bre. Todo el temor se había esfumado. Osadamente continuó:

-En los Diez Mandamientos Dios nos pide que lo adoremos en el séptimo día y que guardemos ese día santo. Las leyes de Dios si­ guen siendo válidas hoy. Por esto guardo el sábado. Mientras hablaba, ella estudiaba el rostro del hombre, pero no podía leer nada en su expresión severa. El tomó el teléfono y habló con su asistente. -Por favor, verifique si Frau Hasel es miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. -Información confirmada -contestaron por el teléfono pocos minutos más tarde. -Frau Hasel, es usted muy valiente para hablar abiertamente de guardar el sábado en este tiempo peligroso, ¡y precisamente en es­ ta casa! -se detuvo un instante, estudiándola un momento. Final­ mente dijo-: Ocurre que conozco a los adventistas del séptimo día. ¿Conoce usted a los Meier? Helene los conocía bien. El hermano Meier era uno de los an­ cianos de la iglesia. -Los Meier son nuestros vecinos. Cuando nos mudamos a nues­ tro departamento actual, ellos nos invitaron a cenar ese primer día. Siendo que los alimentos eran tan escasos, sabemos que fue para ellos un gran sacrificio. Son muy buenos vecinos. Tengo mucho respeto por los adventistas. Helene estaba asombrada. Los Meier nunca habían menciona­ do que el cruel jefe del partido era vecino de ellos. -Ahora, Frau Hasel -dijo él-, yo quiero llegar al fondo de toda esta situación. Usted dice que no ha recibido los pagos para el sos­ tén de los niños. ¿Cuál cree que haya sido la razón? Por favor, díga­

MIL CAERÁN

me con toda franqueza cuál es su sospecha.

Helene le contó de la permanente molestia de los miembros del partido y de su odio hacia ella porque no se unía a él. -Yo quiero que usted sepa que nunca me uniré al Partido -cijo ella con todo respeto pero con firmeza- Seguiré guardando el sá­ bado. Seré fiel a Dios no importa cuáles sean las consecuencias. Debo seguir lo que me dice mi conciencia.

-Frau Hasel, admiro su espíritu -dijo el hombre poniéndose en pie-.Yo voy a ver este asunto. Creo que cada uno debería ser libre para creer lo que escoja. No se preocupe por el dinero. Me encar­ garé de que lo reciba.

Helene estaba atónita. Finalmente, pudo decir unas pocas pala­ bras en forma entrecortada.

-Herr Springer, no sé cómo agradecerle por su bondad. ¡Que Dios lo bendiga!

Con una expresión inescrutable en el rostro, el hombre se ade­ lantó para abrirle la puerta.

-Frau Hasel, Herr Springer se despertó enfermo esta mañana. No pudo venir al trabajo. Yo estoy sencillamente sustituyéndolo hoy. Helene bajó volando las escaleras con un corazón aliviado. Ob­ viamente informado de su venida, el hombre detrás de la ventani- ta ahora la esperaba con la llave para abrir la puerta. Le hizo una reverencia formal al dejarla salir.

Unos pocos días más tarde, Helene fue notificada de que podía ir a la oficina de bienestar de los niños para recoger un cheque. In­ cluía todos los pagos atrasados.

CAPÍTULO 8

batalla de ínoíemo

Lejos en el este, Franz y los Zapadores avanzaban a un paso re-

guiar a través de Rusia a Ucrania. Al principio las cosas fueron bien

para el Wehrmacht alemán: en agosto de 1941, los soviéticos habían perdido 3 millones de hombres. En Ucrania, sin embargo, los alemanes encontraron problemas

que nadie había previsto. Marchando día tras día a través de los

campos de maíz y de trigo completamente llanos, tenían pocas re-

ferencias para medir su progreso. Como muchachos, habían creci- do entre cerros y árboles, y encontraban esta vastedad llana muy

deprimente y desorientadora; la moral estaba muy baja. Y con la llegada del otoño, las lluvias se hicieron más frecuentes, transfer- mando los caminos en pantanos que eran imposibles de cruzar pa-

ra todos los vehículos excepto los tanques. No obstante, los Zapadores siguieron hacia el este. Llegaron a Kremencug, donde la Compañía 699 quedó separada del resto del batallón. Por una semana estuvieron aislados sin provisiones de ninguna clase, y los soldados hambrientos empezaron a murmurar

acerca de un motín. Una mañana, Franz fue a los enormes campos cultivados bus­ cando algo para comer. Todo lo que podía ver era maíz. El maíz no se cultivaba en Alemania, y él no sabía que los seres humanos po­

dían comerlo. Cautelosamente, arrancó una mazorca (choclo) y comenzó a pelarla. Luego tomó un bocado de prueba. El maíz no estaba madu­

ro todavía, y los granos eran blandos y lechosos y muy dulces. Franz comió hasta que se sació. Entonces cargó en sus brazos tantas ma­ zorcas como podía llevar, y caminó rápidamente de regreso al cam­ pamento. Me pregunto que pensarán mis compañeros, decía para sí mismo. Siempre se ríen de mi vegetarianismo.

MIL CAERÁN

-Encontré algo para comer -anunció al llegar al campamento. Ansiosamente, los hombres vinieron corriendo. Cuando vieron lo que llevaba, su excitación se volvió ira. -¡Hasel, tú no esperas que nosotros comamos esa basura! ¡Eso es comida para cerdos! -No, realmente -dijo Franz-. Tiene un muy buen sabor. Dos o tres soldados maldijeron, y se dieron vuelta. -Miren, hombres. Ustedes se están muriendo de hambre -im­ ploró Franz-. Pruébenlo. Voy a hacer un trato con ustedes. Si no les gusta, les voy a permitir que me escupan los granos en la cara.

Finalmente, una mano se extendió y tomó una mazorca. Sin de­ cir palabra, el hombre la mordió, y luego comió rápidamente hasta el marlo, y estiró el brazo para tomar otro choclo. Más que cual­ quier cosa que Franz pudiera decir, esto convenció a los demás. Pronto toda la compañía se dirigió al campo y satisficieron su ham­ bre. ¡El vegetariano los había salvado! Después de unos pocos días, se volvieron a unir con el resto del batallón, y terminó esa crisis. Pero ahora las lluvias caían en serio, y comenzó a hacer mucho frío. En Novo-Moskovsk los Zapadores tuvieron que quedarse un mes antes que los caminos estuvieran suficientemente secos como para continuar. Cuando siguieron, avanzaron sólo 80 kilómetros por día. Luego en octubre, la nieve comenzó a caer. Pronto llegó a ser visible que los uniformes de verano y las botas livianas de los ale­ manes eran terriblemente inadecuados en este clima inhóspito. Pe­ ro siguieron avanzando. -Hasel, ven acá -le dijo un día el sargento Erich Neuhaus. -Sí, sargento. -Quiero verte en mi habitación inmediatamente. -Hasel, he notado que tú eres el único hombre de nuestra compañía que no ha tenido ni siquiera un rasguño o una herida en esta guerra. Las balas parecen pasar de largo y no te pegan -le dijo el sargento. -La verdad es que no había pensado en eso, pero debe usted te­

BATALLA

DE INVIERNO

ner razón -contestó Franz, sin darse cuenta de hacia dónde iba la

conversación.

El sargento Neuhaus sonrió.

-De ahora en adelante, tú y yo compartiremos la misma habi­

tación. Tú serás mi ángel guardián. -Sí, señor. ¡Cómo no, señor! -y Franz saludó llevando su mano

a su gorra.

El sargento Neuhaus sacudió la raheza viendo que Franz se re-

husaba a dar el saludo de Hitler, pero desde allí en adelante, Franz

y el sargento Erich compartieron la habitación. Franz pronto des­

cubrió que los dos generalmente tenían un lugar mejor que el mis­

mo Hauptmann, ya que el sargento tenía una capacidad extraña pa-

ra descubrir lugares cómodos para pasar las noches. Este fue un

arreglo que los dos mantuvieron durante el resto de la guerra. Sin

embargo, aun los mejores lugares eran fríos, sucios, y estaban infes­

tados con pulgas y piojos.

Una noche, en un koljoz, la compañía entera decidió detenerse

y dormir en un gigantesco galpón y establo, calentado por los cuer­

pos de centenares de vacas. Mientras juntaban montones de paja

para hacer sus camas, notaron que el lugar estaba plagado de ratas.

Disgustados, los hombres se subieron a las vigas y pusieron tablas

entre ellas para formar plataformas para dormir. Colocaron sus bol­

sas para la comida, que contenía lo que tenían para comer, con se­

guridad bajo sus cabezas para protegerlas, y se fueron a dormir muy

por encima del piso infestado por esa plaga de ratas.

A la mañana siguiente descubrieron que las ratas habían ca­

minado por las vigas, mordido las bolsas haciéndoles agujeros, y se habían comido las reservas de comida de debajo de sus propias

cabezas. No quedó ni una miga. Furiosos, los hombres se pusieron

a buscar los agujeros donde vivían las raras en los alrededores del galpón. Armados con palos gruesos, tomaron posiciones. Cada vez que veían la cara llena de bigotes de una rata asomándose de una cueva, la golpeaban con todas sus fuerzas. De esa manera ma­

MIL CAERÁN

taron unas 30 ratas en diez minutos. Se habían vengado, y ahora

podían seguir.

Sólo una vez en todo el viaje vieron una aldea hermosa. Con-

sultando el mapa, supieron que era Huttich. Las casas, aunque

constmidas con barro según la costumbre típica de la Rusia rural,

estaban cubiertas con revoque blanco que brillaba al sol. Las calles

estaban limpias y no había basura en ellas. Los pisos de tierra esta­

ban barridos, y las ventanas tenían cortinas bien planchadas he­

chas con algodón estampado bien colorido. ¡Qué hermoso fue pa­

sar aun una sola noche en un lugar que se parecía a la casa!

La meta siguiente era Kramatorsk, hacia el sur. Las temperatu­

ras bajaban en forma constante. No había bosques en estos campos cultivados, de modo que los soldados arrancaban postes del alam­

brado y sacaban tablones de edificios decrépitos a lo largo de la ru­ ta y así llevaban leña con la que hacían fuego en el campamento por la noche. -Ustedes estarán aquí por algún tiempo -les informaron-. Ten­

drán que reparar un aserradero, porque habrá que hacer varios puentes que crucen el río Donetz.

Pronto los Zapadores estaban muy atareados haciendo algo del trabajo para el que habían sido adiestrados: cortar madera y prepa­

rar vigas de acero. De esta manera llegó otra Navidad. ¡Cuán diferente fue ésta de

las ruidosas celebraciones de los años previos! En Nochebuena, el Hauptmann dirigió un sombrío culto religioso recordando a los mu­ chos camaradas que ya habían perdido su vida. Después de eso no hubo mesas festivas con tortas de especias y vino. En cambio, una sorpresa diferente esperaba a los soldados. En la tarde, habían llegado doce bolsas de correspondencia. Ahora, mientras cada soldado recibía mensajes de su casa por largo tiempo esperados, hubo mayor alegría en la unidad que el que habían teni­ do en las fiestas ruidosas y embriagantes de las Navidades anterio­ res. Fue ese el mejor regalo de Navidad para los hombres. En silen­

BATALLA

DE INVIERNO

ció fueron a sus lugares para leer las cartas y pasar en cama, men-

talmente, la Nochebuena con sus amados .

Franz descubrió que una carta de su madre había demorado 85

días para llegarle, y una de Helene había demorado más de tres me­ ses. El mismo había escrito una carta de Navidad a su familia hacía algunas semanas. Consiguió que un camarada le adornara la carta

con un dibujo del establo de Belén, completo con una vaca, un bu­ rro y algunas ovejas. Por encima de esto brillaba una brillante es­ trella dorada. Se preguntó si la habrían recibido.

La víspera de Año Nuevo también fue diferente. Se apretujaron en el salón comunitario a charlar. Para la mayoría de los hombres era la primera vez en sus vidas que daban la bienvenida al Año Nuevo sin una gota de alcohol. Pronto la conversación se volvió

hacia la política y sus expectativas para el futuro. De repente, el teniente Gutschalk dijo:

-¡El Führer es mi dios! ¡Mi confianza está depositada en él! -Señor -exclamó Franz sin pensarlo-, su dios es muy triste. Rojo de ira, Peter Gutschalk se paró de un salto. -¿Qué? ¿Te atreves a tomarte la libertad para decirme eso? Franz se dio cuenta de que había cometido un error. Rápida­

mente trató de corregir las cosas. -Sí, yo dije eso, y lo voy a repetir. Pero lo que quiero decir es que Hitler es un ser humano como usted y como yo. Y un día mo­ rirá como usted y yo. Y cuando él esté muerto, ya no tendrá más su

dios. ¿No es esc muy triste? Entonces, Franz señaló un trozo de pan que había sobre la mesa. -¿Ve ese pan, Peter? Hitler no hizo el trigo con el que lo hicie­

ron: sólo nuestro Dios Creador puede hacer eso. Su mentón temblaba de furia. El teniente rugió:

-Hasel, ¡esta vez fuiste demasiado lejos! ¡Yo me ocuparé de que esto tenga repercusiones! Repentinamente, el Hauptmann se puso de pie de un salto. Con una voz que cortaba como una navaja, dijo en medio del silencio

MIL CAERÁN

reinante:

-Hombres, esta es la víspera de Año Nuevo. Tendremos una conversación privada con él. ¡No habrá repercusiones! ¡Buenas

noches! -y diciendo esto, dio media vuelta y salió. El tenso ambiente se había quebrado, y los demás también se fueron a sus lugares. Franz se dio cuenta de que había dicho dema­ siado esa noche. En su habitación sacó su Biblia y volvió a leer Amos 5:13: “Por tanto, el prudente en tal tiempo calla, porque el tiempo es malo”. Decidió ser más cuidadoso en el futuro. Superficialmente, las cosas se aquietaron otra vez pero cuando, unos pocos días más tarde, Franz pasó junto a Gutschalk y vio odio puro en sus ojos, supo que el insulto no había sido olvidado. En enero hubo tres escaramuzas con las tropas soviéticas. Du­ rante una batalla un Zapador pareció haber sido ligeramente heri­ do. Cuando los hombres pudieron llevarlo a un lugar seguro, esta­ ba muerto. En silencio angustioso lo examinaron y descubrieron

que además de la bala que le había rozado el muslo, otra bala le ha­ bía atravesado el corazón al mismo tiempo. Esa misma tarde cava­ ron una sepultura para su camarada, y luego se reunieron para el breve servicio fúnebre que dirigió el Hauptmaiui. Antes de diez mi­ nutos en ese frío intenso, las orejas del Hauptmann se habían con­ gelado. La temperatura era de 37° C bajo cero (-.35° F). Entretanto en la patria, el Reichsleiter [Dirigente imperial] Goebbels, incapaz de conseguir uniformes abrigados para el We/ir- macht} había lanzado una campaña para reunir ropa de invierno y pieles de las damas de entre el pueblo alemán. Sin embargo, las do­ naciones fueron lastimosamente inadecuadas, y ninguna de ellas llegó alguna vez a los Zapadores. Ingenioso como siempre, después del funeral, Franz pasó la no­ che viendo cómo podría protegerse del frío. Tomó dos calcetines, le cortó la parte de los pies, y los puso aparte. Abrió cada una de las piernas de las medias, y las cosió juntas. Finalmente, tomó un ex­ tremo del tubo que había formado y lo cerró. Ahora tenía una go­

BATALLA

DE INVIERNO

rra improvisada que le tapaba la cabeza y las orejas. Por la mañana, cuando salió de su cama, los otros lo señalaron y se rieron.

-Vegetariano, ¿qué idea loca se te ocurrió ahora? Pareces un es* pantapájaros. Eres una deshonra para el Wehnmacht alemán.

Sin perturbarse, Franz sonrió. -Bueno, sigan riéndose. Por lo menos mis orejas estarán calientes. Durante el día, la temperatura bajó a 43(JC bajo cero (- 45 "F).

A otros veinte hombres se les congelaron las orejas. A la mañana

siguiente, cada miembro de la Compañía 699 tenía una gorra he­ cha con calcetines. Franz era afortunado de tener un trabajo en la oficina. Aun cuando el hielo sobre los vidrios de las ventanas de su oficina a ve­ ces era de 5 cm de espesor, mientras se mantenía en el interior po­ día mantenerse abrigado. Y cuando tenía que cumplir alguna dili­ gencia, se abrigaba bien. Se ponía tres pares de pantalones, dos so­ bretodos y dos pares de guantes. En su cabeza usaba dos gorras es­ pantapájaros y la cubría con el gorro reglamentario de la compañía. Finalmente se enrollaba una bufanda alrededor de su cara, de mo­ do que sólo quedaban libres los ojos. Entonces se atrevía a salir. Cuando la compañía tenía que reunirse al aire libre, las narices

se congelaban en tres o cuatro minutos. Los alemanes, no acostum­ brados a estas condiciones, usaban el remedio que les parecía más lógico. Llevaban al hombre que había sufrido ese congelamiento adentro y lo ponían cerca de una estufa caliente. El calentamiento rápido le hacía todavía mayor daño. -No -dijeron los ucranianos cuando vieron lo que estaba pa­ sando-. Ustedes, tienen primero que frotar la parte congelada con nieve hasta que se pone roja de caliente y comienza a sentirse un hormigueo. Así saben que se ha restablecido la circulación, y la parte congelada se ha salvado. Aun así, debido al frío, los Zapadores y el resto del ejército ale­ mán sufrieron fuertes pérdidas: dedos, orejas, narices. A menudo

MIL CAERÁN

debieron amputarse pies y piernas. Durante la parte más fría del in- viemo, en sólo dos semanas, una cuarta parte de los soldados del

ejército alemán que estaban en la Unión Soviética quedaron inca­ pacitados por causa del daño hecho por las quemaduras del frío. Esas temperaturas brutales, que a veces llegaban a 51° C bajo cero

(- 60° F), duraron muchas semanas. Pero mientras los alemanes estaban casi paralizados por el frío, parecía que el efecto sobre el Ejército Rojo era muy poco. Duran­

te el mes de enero, los Zapadores estuvieron recibiendo bombar­ deos y ataques de artillería diarios. Cada vez había bajas, tanto de

soldados como también de civiles

a los Zapadores con municiones y alimentos, y retiraban a los en­

fermos y heridos. Mientras estuvieron asentados en una depresión en el área del río Donetz, los aviones dejaron de venir, y se cortó la línea de su­ ministros de la Compañía 699 por un par de semanas. Acababan de salir de una batalla muy dura que los había dejado con un sólo tan­ que en condiciones de funcionar, pero nada de municiones. Rodeados por las fuerzas rusas, recurrieron a un truco para en­ gañar al enemigo. Llevaron el tanque a la parte alta a la derecha, y lo hicieron avanzar por la cresta por unos momentos; luego lo ha­ cían bajar, le cambiaban la placa de identificación del tanque, lo hacían subir del lado izquierdo, y luego bajaba, y así iba hacia un lado y otro repetidas veces. Lo siguieron haciendo veinticuatro ho­ ras por día. Afortunadamente, los muchos pozos petrolíferos ucra­ nianos los mantenían bien provistos de gasoil, y ese sólo tanque pa­ recía que estaba en todos lados. Los rusos, intimidados por ese des­ pliegue de poderío militar, no se atrevieron a atacar, y eventual­ mente el aprovisionamiento transportado por aire se restableció. Cuando pasó enero, febrero y luego marzo, las temperaturas lentamente se hicieron menos frías, y algunas veces llegaban a 17°C bajo cero (0°F). Como animales que terminaron su hiberna­ ción, el Wehrmacht salió de los lugares donde se habían guarecido

Los aviones alemanes suplían

BATALLA

DE INVIERNO

durante los meses más fríos. El avance alemán comenzó de nuevo. A diferencia del verano y el otoño anterior, el Ejército Rojo contraatacó en forma severa. Los alemanes ya no podían desfilar con confianza, sino que tenían que avanzar penosamente bajo un intenso fuego de artillería. Los Zapadores construyeron un puente sobre el río Torez, hecho enteramente de caños de acero soldados, y siguieron hacia el este. Más tarde esa primavera, todos los sobre- vivientes de la batalla invernal recibieron una medalla. Sin embar­ go, ninguna compensación era suficiente para las dificultades que

habían soportado.

Una noche, en una gran aldea, otra unidad los alcanzó y com­ partieron con ellos su alojamiento. Los hombres altos, en sus túni­ cas negras distintivas, con insignias de plata formadas por una ca­ lavera y dos huesos cruzados en sus gorras, pertenecían a la SchutzS' taffel (la SS), el cuerpo militar y de policía escogido de Hitler. En sus brazos llevaban brazaletes rojos con la esvástica negra sobre un círculo blanco. Conocidos por su crueldad y su lealtad incuestiona­ ble a Hitler, inspiraban temor aun allá en Alemania. Tarde de noche, Franz fue arrancado de su sueño por una con­ moción en la aldea. Corridas, golpes, la rotura de puertas de made­ ra, voces alemanas que maldecían, y los gritos de mujeres y niños. Finalmente todo quedó otra vez tranquilo. El pensó que había oí­ do tiros a la distancia, pero no estaba seguro. Al día siguiente, en la fila para el desayuno Franz procuró con­ seguir información de W illi Fischer. -Willi, ¿escuchaste esos ruidos anoche? ¿Qué estuvo pasando? -Eso fue la SS, cumpliendo su deber -dijo Willi en voz baja, mi­ rando cuidadosamente a su alrededor. -¿Cumpliendo su deber? ¿Qué quieres decir? La voz de Willi bajó todavía más. -¡La solución final de Hitler! -No te entiendo -dijo Franz, mirándolo sin entender nada.

MIL CAERÁN

-¿Dónde has estado, hombre? Están liquidando a los judíos. Los

buscan y reúnen, los llevan al bosque y los matan como si fueran

animales. Atónito, Franz sencillamente se quedó mirando a Willi.

-Es imposible. -Franz, muévete, y cualquier cosa que hagas, no hables de esto.

Franz tomó su plato de aluminio. -Sé cómo te sientes -dijo Willi-. Yo tampoco apoyo a Hitler en

esto. Pero no somos responsables por lo que hace la SS. Nosotros tenemos nuestro deber, y ellos tienen el suyo. Recae sobre la con-

ciencia de ellos, no sobre la nuestra. Si quieres salvar tu propio cue-

lio, Franz, aléjate de ellos. ¡No interfieras! -Willi, no puedo quedarme ahí parado y Willi se inclinó sobre la mesa hasta que su cara estuvo a unos

pocos centímetros de la de Franz.

-Yo sé cómo eres tú -dijo con un sonido sibilante, furioso-. Vas a abrir tu bocaza y conseguir que te lleven a una corte marcial. Franz volvió a su habitación profundamente perturbado por lo que había descubierto. El no podía estar de acuerdo con Willi en el sentido de que no tenían ninguna responsabilidad en esto. Si ellos estaban presenciando un asesinato, ¿no eran ellos también

culpables del asesinato? Como era su costumbre, Franz llevó este

dilema al Señor. “Padre celestial”, oró, “por favor muéstrame cómo debo relacio­

narme con esta situación. ¿Qué quieres que haga?” Al día siguiente, a la hora en que los Zapadores comenzaban a avanzar, tuvo su respuesta. El comprendió ahora por qué no había sido asignado al grupo de paramédicos. Dios, evidentemente, que­ ría que llegara hasta los judíos antes que la SS. Desde entonces, cada vez que su compañía pasaba por una al­ dea, Franz se escapaba silenciosamente y entraba a las tiendas, ne­ gocios y a tantas casas como podía llegar. Como Ucrania había si­

do poblada mayormente por alemanes que habían aceptado la ofer­

*

BATALLA

DE INVIERNO

ta de Catalina la Grande de emigrar a Rusia y a cultivar la tierra,

podía comunicarse con ellos fácilmente.

Por todas partes, él repetía el mismo mensaje:

“La SS está viniendo uno o dos días detrás de nosotros. Los re­

conocerán por su uniforme negro con una calavera y dos huesos atravesados en la gorra. Cuando lleguen aquí, reunirán a los judíos

como animales y los asesinarán. Si usted es judío, tome alimentos y a su familia y váyase inmediatamente. Escóndanse en el bosque o

en cuevas, dondequiera encuentren un sitio seguro. Vayan rápida­ mente, no hay tiempo que perder. ¡Difundan la noticia! Pero,

¡apresúrense! ¡A/)7*esúrense! ¡Y que Dios sea con ustedes!

Muchos salvaron sus vidas porque atendieron la advertencia y desaparecieron por los bosques. Sin embargo, la mayoría de ellos

estaban más preocupados por proteger sus propiedades. Aferrándo­

se a sus pertenencias, perdieron su vida. Las visitas misteriosas de Franz a las aldeas no escaparon de la vista de sus camaradas. -¿Qué tendrá que hacer Hasel, que está fraternizando con los civiles todo el tiempo?-se preguntaban llenos de sospechas. Ninguno estaba seguro; sólo Willi y Karl sospechaban la ver­ dad. Lealmente se adelantaron a defender a su amigo. -Déjenlo solo a ese hombre -dijeron-. Ustedes deberían estar

contentos de que vigila los alrededores y compra productos locales. ¿De qué otro modo explican que el almacén de su compañía siem­ pre está bien provisto? Si él no trabajara tanto por ustedes, no po­ drían conseguir huevos frescos y dulces y otros lujos. Esto silenció completamente a los hombres. Unas pocas semanas más tarde, la batalla obligó a los Zapado­ res a regresar a una aldea que habían abandonado el día anterior. En los bosques, Franz oyó voces que gritaban y maldecían en ale­ mán. Su curiosidad se despertó. Escondiéndose detrás de los árbo­ les, siguió las voces. Pronto llegó a un claro surcado con trincheras que habían cavado los soldados rusos.

MIL CAERÁN

Los hombres de la SS estaban empujando a los civiles judíos por

el bosque. Hombres, mujeres y niños: varias docenas de ellos. Ho­

rrorizado, Franz se dio cuenta de que estos eran judíos que no ha­

bían atendido a su advertencia el día antes. Silenciosos y descalzos

caminaban por la nieve.

Cuando llegaron al claro, los soldados les ordenaron que se

arrodillaran de frente a las trincheras. Luego, fila tras fila, los ba­

learon en la parte de atrás del cuello y dejaron que sus cuerpos ca­

yeran en las trincheras. La última persona era una madre con sus seis hijos. Llorando, los seis niños se aferraron de su madre.

-¡Primero a ella! -gritaron los hombres de la SS. Brutalmente, arrancaron de ella a los niños, los obligaron a

arrodillarse y les dispararon en el cuello. Franz había visto suficiente. Saliendo de detrás de los árboles,

se acercó a los hombres. -¿Cómo pueden hacer esto y matar a estos niños inocentes?

Los hombres de la SS lo miraron fijamente. -Hombre, ¿dónde has estado toda tu vida? -le replicó uno de

ellos-. ¡Son precisamente los niños los que deben ser muertos! Si crecen, llegarán a ser nuestros mayores enemigos. ¡Toma! -y el hombre tomó una pala-. Como has estado tan triste por ellos, por lo menos puedes darle una sepultura decente. ¡Aquí, tápalos! Le tiró la pala a Franz. Los otros se rieron ruidosamente. Toda­

vía riéndose, se fueron trotando. Franz se sintió mal. Tuvo que reclinarse contra un árbol por unos momentos hasta que pudo recuperar la compostura. Finalmente se acer­ có a las trincheras y con tristeza comenzó a cubrir los cuerpos con tierra. De repente, se detuvo. Le pareció que había escuchado un que­ jido en una de las trincheras. Sí, lo oyó otra vez. Dejó caer la pala y miró entre los cuerpos. Todos estaban quietos. Luego notó un pe­ queño movimiento debajo de uno de los niños que habían sido muertos con su madre. De un saltó bajó a la trinchera, y suavemen­ te levantó el cuerpo sangrante de una niñita. Ella estaba muerta,

BATALLA DE INVIERNO

después de todo, y cuidadosamente la puso a un lado.

Pero debajo de ella había un hombre que todavía vivía. Reu­

niendo todas sus fuerzas, Franz lo levantó y lo sacó de la trinchera. El hombre estaba inconsciente, pero todavía vivo. Una bala le ha­

bía atravesado la cabeza. No pareció haber sangrado mucho. Tal vez podría salvarse. Franz levantó al hombre, lo cargó sobre la es­

palda y se encaminó hacia la aldea. Su plan era llevarlo silenciosa­ mente a su habitación y vendarlo allí.

Al acercarse al campamento, trastabillando por el peso, se le

acercó un hombre de la SS. -¿Qué está llevando allí?

-Este hombre está muy gravemente herido y necesita atención médica inmediata.

El hombre de la SS notó que éste no era uno de los soldados alemanes.

-gritó-. ¡Nosotros estamos matando judíos,

-¿Qué diablos

?

no salvándolos! ¿Cómo se atreve a interferir? Para entonces, otros Zapadores se habían acercado corriendo, entre ellos el teniente Peter Gutschalk. Dio una mirada, y com­ prendió exactamente lo que había sucedido. Le arrancó el hombre de las espaldas de Franz. Cuando el hombre cayó al suelo, el tenien­ te puso su arma en la boca del hombre y apretó el gatillo. -¡Hasel, eres tú otra vez! -le gruñó, temblando de ira-. Debe­ ría haberlo pensado. Te digo de una vez por todas que ya he

aguantado suficiente tu conducta subversiva. ¡Me propongo des­ truirte! ¡No eres mejor que el cerdo judío que trataste de salvar!

No te escaparás de mí. Si tuviera que hacerlo, revisaría la tierra entera para encontrarte. ¡No hay lugar en el nuevo mundo que estamos construyendo para gente como tú! ¡Y esto también es pa­ ra tus dos amigos! Se había declarado la enemistad abierta. Franz se preguntaba si él perdería la vida en la guerra, no por manos enemigas, sino por

uno de sus propios conciudadanos.

CAPÍTULO 9

£1 nacimiento de 3usí

“Danos hoy -murmuró Helene-, nuestro pan cotidiano”. Esta era una oración que elevaba a menudo en esos días. Aun- que estaba recibiendo otra vez en forma regular el subsidio por los

niños que le daba el gobierno, la comida era cada vez más difícil de

conseguir. Pero peor todavía, Helene había estado enferma por algún tiempo. No tenía mucha confianza en los médicos, de modo que los evitaba por tanto tiempo como le era posible. Finalmente, cuando encontró que le resultaba difícil hasta ponerse de pie, fue a ver al

Dr. Richels. Después de examinarla cuidadosamente, el médico le dijo:

-Frau Hasel, usted está embarazada. Helene se quedó boquiabierta. Cuando pudo recomponerse

otra vez, ella protestó:

-No estoy embarazada. -Pero usted está embarazada -insistió el médico-. Le voy a pre­ parar un certificado que le permitirá obtener raciones adicionales de pan, arroz, leche y mantequilla. -Doctor, yo sé que no estoy embarazada. Mi esposo está en Ru­ sia. No ha estado de licencia por varios meses. -No se angustie, Frau Hasel -le dijo el Dr. Richels bondadosa­ mente-. Atiendo a mujeres embarazadas rodo el tiempo, cuyos es­ posos no están en casa. Es sencillamente parte de la naturaleza hu­ mana: la gente se siente solitaria. Entretanto, aquí tiene un certifi­ cado que le conseguirá tarjetas de racionamiento adicionales. Vuelva dentro de un mes. Helene salió del consultorio sacudiendo la cabeza. Pero la co­ mida adicional fue una bendición para sus hijos, y suplementaba su pequeña huerta.

EL

N A C I M I E N T O

DE SUSI

Antes de la guerra, ella y su esposo habían conseguido un peda-

zo de tierra, y ahora trabajaba en ella todos los días, usando cada

centímetro para cultivar verduras, que les ayudaron a pasar el vera- no. Lo que no podían comer, lo envasaba para el invierno. Y en el

otoño, fueron otra vez a recoger las papas que quedaban en los

campos después que los agricultores las cosechaban. También to­

maron el tranvía hasta el extremo de la línea, y caminaron por el

bosque donde el suelo estaba cubierto con nueces de las hayas. Lle­

naban baldes y baldes con ellas, y de vuelta en casa, aplastaban las

pequeñas nueces y extraían unas pocas tazas de precioso aceite.

-¿Cómo marcha el bebé? -le preguntaba el Dr. Richels mes

tras mes.

-No estoy embarazada -insistía ella.

*

y renovaba las tarjetas de ra­

cionamiento adicionales. Finalmente, a los siete meses, él admitió que había cometido un error de diagnóstico. Eso, por supuesto, no ayudó mucho a Helene a confiar en los médicos. Sin embargo, ella reconoció que Dios ha­ bía usado a este hombre para aprovisionarla con alimentos a ella y

a su familia.

El se sonreía bondadosamente

Entretanto continuaban los bombardeos sobre Frankfurt. No­ che tras noche, Helene y los niños eran arrancados de su sueño por

el ulular de las sirenas que anunciaban ataques aéreos. Noche tras noche se apresuraban a ir por las calles peligrosas hasta el refugio

antiaéreo. Una noche, el ataque fue especialmente terrible. -¡Kurt! ¡Lotte! ¡Gerd! -gritó Helene-. ¡Levántense, levántense!

Pero ella no podía conseguir que los niños, privados de sueño, se despertaran. Después de varios minutos, consiguió salir con ellos a la calle, pero la encontraron desierta. Sólo se oía alrede­ dor el agudo silbido de las bombas que caían, y luego las atrona­

doras explosiones.

MIL CAERÁN

No vamos a poder llegar a nuestro refugio, pensó Helene dentro

de sí. En su desesperación, ella empujó a los niños hacia el abrigo sub­

terráneo de una casa, por el camino. Golpeando la puerta, la abrió

de un golpe. Unas manos se estiraron y los tiraron hacia adentro, y

cerraron violentamente la puerta. En la tenue luz de un farol de querosene, Helene distinguió fi­

guras acurrucadas. Vio que los dueños habían obedecido los regla­

mentos del gobierno y habían equipado el refugio con máscaras an-

ti gas, baldes con agua y frazadas para apagar las llamas. Alineados

contra otra pared había baldes con arena. Una de las temidas armas

de los Aliados eran las bombas de fósforo. Si una gota de fósforo

caía sobre la mano, de inmediato la perforaba. El agua no podía de­

tener la quemadura; sólo había que poner la mano en la arena pa­

ra extinguir el fósforo.

A medida que las bombas caían cada vez más cerca, el piso del

subterráneo se sacudía. Como se les había enseñado con ejercicios

de ensayo, las personas estaban silenciosas en el refugio, acostadas

sobre sus estómagos. Habían puesto los dedos en las orejas para

que los tímpanos no se les rompieran con las explosiones, y man­

tenían la boca abierta para que los pulmones no estallaran por la

presión del aire. Finalmente, el bombardeo comenzó a disminuir. El grupo en

aquel refugio se estaba quedando sin oxígeno. Con precaución, al­

guien abrió la puerta un poco, que reveló un muro de fuego afuera. Todos parecían muy aturdidos como para hacer algo. En su de­

sesperación, Helene asumió el mando. -Tenemos que salir -dijo ella-, o nos sofocaremos.

Tomó las frazadas, las sumergió en los baldes de agua, y le pasó

una a cada persona. Apretadamente envueltos en ellas, la gente

atravesó las llamas. Kurt corrió primero, luego Lotte y Gerd, y fi­

nalmente ella fue la última en salir. Gerd, curioso porque quería

ver lo que estaba pasando, se asomó de debajo de su frazada. Una

EL

N A C I M I E N T O

DE SUSI

llama le lamió la cara, y cuando llegaron al otro lado de la calle, sus

cejas se habían quemado.

Temblando y cansados hasta los huesos, se arrastraron a su de­ partamento. Milagrosamente, su casa no había sufrido daños.

La familia no había sabido nada de Franz durante meses. ¿Vi­

viría todavía? Sólo ocasionalmente las noticias revelaban el lugar donde se encontraban los Zapadores. En un mapa de Europa Oriental, Helene y los niños seguían el curso de su avance lo me­

jor que podían. Una helada tarde de fin de enero, se oyó un golpe en la puerta.

Gerd corrió a abrirla.

-Buenas tardes -le dijo cortésmente a un hombre extraño, alto

y cubierto de barro. Entonces sus ojos se agrandaron.

-¡Poa-pa-a-a-a!

Era cierto, Franz estaba en casa. Le habían dado una licencia

por tres semanas. Viajando a dedo en trenes y camiones del ejérci­

to, le había tomado una de esas semanas para llegar a casa. Pero

ahora estaba allí, y estaba vivo.

La familia pasó muchas noches recordando los peligros por los que habían pasado y repasando la maravillosa protección de Dios.

Durante el día, Franz caminaba por la ciudad buscando vendedores

de carbón que pudieran suplementar la escasa provisión de com­

bustible que le quedaba a Helene. Ella, a su vez, usaba cuidadosa­ mente sus atesoradas raciones de azúcar en una torta hecha con

avena, harina de avena y un poco de harina, con algo de polvo de

hornear. Ella no tenía huevos ni aceite. Aunque la torta resultó pe­

sada y áspera, la familia se alegró con ese postre exquisito, y lo go-

‘ zaron más que un postre liviano de crema que les gustaba comer an­

tes de la guerra. Con ojos relucientes, Gerd inspeccionó la medallas que Franz había traído consigo. Secretamente las llevó a la escuela una ma­ ñana y las mostró a sus amigos.

MIL CAERÁN

-Mi Papa es un gran soldado -se jactaba-. Le está ayudando a

Alemania a ganar la guerra -con orgullo se dirigía a otro grupo de alumnos.

Helene encontró las medallas en los bolsillos de los pantalones

después que Gerd se hubo cambiado de ropa para jugar. Esa noche,

Franz reunió a la familia alrededor de él. Les dijo:

-Quiero que se imaginen un país como no hay otro en la tierra.

La gente es próspera y vive en buenas casas. Tienen autos y comi­

da maravillosa cada día. El país tiene muchas leyes. Una de las le­

yes proclama que está prohibido adorar a Dios. Otra ley dice que el

gobierno matará a los niños y a los adultos que sean diferentes. Só­

lo la gente que es fuerte, saludable e inteligente, y que siga todas las leyes del gobierno, podrán seguir viviendo.

Los niños habían seguido su escenario fantástico con ojos muy agrandados. Ahora Franz les preguntó:

-¿Les gustaría vivir en un país así? Las respuestas no se hicieron esperar.

-¡Sería horrible! Si no les caemos bien, nos matarían. Gerd hizo el mejor resumen:

-No podrían gozar ninguna de las cosas maravillosas porque tendrían demasiado miedo de salir de la casa. No podrían siquiera ir a la escuela, porque el maestro tal vez piense que no son suficien­

temente inteligentes. Franz se detuvo por un momento bastante largo. Finalmente dijo:

-Chicos, si Alemania gana la guerra, llegará a ser el país que les he descrito. Muy serios, todos se arrodillaron para orar. “Querido Señor, por favor no permitas que ganemos la guerra. Permite que Alemania la pierda de modo que el sufrimiento se termine”. Demasiado pronto llegó el tiempo para despedirse. Esta separa­ ción fue aún más difícil que la primera porque ahora se daban cuen­ ta, más que nunca, que podría ser que nunca se volvieran a ver. Después que Franz se hubo ido, Helene otra vez se sintió enfer­

EL

N A C I M I E N T O

DE SUSI

ma y pronto se dio cuenta de que esta vez ella sí estaba embaraza­ da. Con un corazón abatido fue otra vez a ver al Dr. Richels. ¿De

qué manera, sin que se pudiera ver el fin de la guerra, podría ella ser capaz de cuidar a un cuarto niño? El Dr. Richels confirmó el

embarazo, y otra vez le asignó tarjetas adicionales de racionamien­ to. Por lo menos éstas les permitirían pasar otro verano.

A medida que la guerra aumentaba de intensidad, los Aliados aumentaron sus bombardeos sobre Alemania. Cada noche había avisos de ataques aéreos, mientras escuadrones de bombarderos ru­

gían en las alturas. Día tras día, Helene recibía el correo, ansiosa­ mente observaba los sobres. Susurraba una oración de gratitud ca­ da vez que no había un sobre con bordes negros entre ellos. Ella sa­

bía las temibles noticias que venían en ellos. “Lamentamos

” co­

menzaban, y seguían: “Su esposo murió como un héroe en defensa

de la Patria”. Miles de mujeres alemanas estaban recibiendo cartas así. Cada edición del diario, Frankfurter Allgemeine, contenían lar­ gas columnas enmarcadas en negro, llenas con los nombres de los soldados locales muertos en acción. Ahora, el quin:o invierno de la guerra estaba casi sobre ellos, y un bebé por nacer. Para los otros tres nacimientos, Helene ha­ bía sido hospitalizada. Pero este caso sería diferente. Gran parte del centro de Frarkfurt yacía en ruinas humeantes. Los hospita­ les que todavía funcionaban sólo aceptaban casos de emergencia. Con la única ayuca de una partera, las mujeres tenían que dar a luz en sus casas. En una noche helada, lluviosa, al final de septiembre, Helene se recostó sobre el sofá en la pequeña cocina mientras Lotte y Gerd lavaban los platos y limpiaban la cocina. Hacía frío: las raciones de carbón que habían recibido para el invierno no eran suficientes pa­ ra calentar ni siquiera esa habitación, y la estufa estaba apagada a menos que fuera realmente indispensable. Kurt iba sistemáticamente de una ventana a la otra para asegu­ rarse de que las cortinas para el oscurecimiento estuvieran bien

MIL CAERÁN

puestas en su lugar. Él entendía que aun un rayito de luz podría de- latar la ubicación del edificio de departamentos a los aviones que volaban a poca altura buscando blancos. Un descuido podría cau­

sar la muerte de muchas personas.

Toda la tarde Helene había estado en las primeras etapas del parto. Los niños parecían darse cuenta de cuán impotente y desa­

nimada se sentía ella.

-M utti, no tengas miedo -dijo Lotte en tono consolador. -Te vamos a cuidar, y te vamos a ayudar con el bebé -añadió Gerd.

Helene sonrió en medio de los dolores. Las contracciones se su­ cedían ahora a intervalos regulares. -Lotte, Gerd -su voz sonaba muy débil- Es hora de ir a la ca­

ma -mientras los dos niños obedientes fueron a su cuarto, ella dio vuelta la cabeza para enfrentar a Kurt. -Kurt, abrígate bien. Ponte la bufanda y los mitones, y ve a bus­

car a la enfermera Rosa.

Kurt, vacilante, se sumergió en la noche helada. Las reglas del oscurecimiento exigían que no hubiera luces en las calles, y ni un destello de luz podía salir de ninguna de las casas. La única ilumi­

nación era el brillo naranja del cielo, producido por los incendios que estaban consumiendo a Frankfurt.

Mientras se apresuraba a su destino, escuchó el rugido familiar

de los aviones y los silbidos de las bombas, y luego el tronar de las explosiones. El choque producido por los estallidos sacudía las ca­ sas y hacía trepidar las ventanas, y un aire frío pasaba cerca de sus orejas y le quitaban el aliento. Finalmente, llegó a la casa de la en­ fermera Rosa que tomó su maletín negro y lo siguió en la noche. Ya en el departamento, ella comenzó a darle órdenes a Kurt. -Pon mucha agua a hervir -le dijo-. Luego trae algunas sábanas limpias a la pieza de ru madre, pues está demasiado frío allí adentro. -Conecté la estufa hace poco tiempo.

-Muy bien -aprobó ella-. Ahora, quédate en la cocina. Te 11a­

maré si te necesito.

EL

N A C I M I E N T O

DE SUSI

Algunas horas más tarde, oyó un débil llanto.

Como por arte de magia, Lotte y Gerd aparecieron en la puer­

ta de su dormitorio, envueltos en sus frazadas. -No podíamos dormir -dijo Gerd-. ¿Ya nació?

Los tres fueron en puntillas al dormitorio. Lotte abrió la puerta un poquito, miró hacia adentro, y luego abrió la puerta del todo.

-Oh, Mutti -exclamó ella-, el bebé ya está aquí. ¿Dolió mucho? ¿Es un hermanito o una hermanita?

Helene sonrió débilmente, y señaló la cunita donde estaba el bebé, vestido y con sus pañales.

-Ustedes tienen una hermanita, y se llama Susi. Deleitados, se pusieron alrededor de la cuna y admiraron la bo­

nita cara y los deditos que ya tenían uñas. ¡Tenían una hermanita!

Se arrodillaron junto a la cama de Helene, y juntos agradecieron a Dios por el buen parto y la bebé sanita. -Yo me voy a casa -dijo la enfermera Rosa finalmente-. Ya no me necesitan más. Trata de descansar un poco. Los niños regresaron a sus camas y se durmieron. Pero a las cua­ tro de la mañana sonó la alarma de un ataque aéreo y los arrancó del sueño. Los aviones enemigos estaban volando otra vez sobre ellos, y nadie sabía dónde dejarían caer su carga letal de bombas. -Mutti, ¿qué debemos hacer? -dijo Kurt entrando, tambalean­ te, al dormitorio de Helene. -Despierta y levanta a los niños -dijo Helene- Tenemos que ir al refugio antiaéreo. -¿Podrás ir tú? ¿O debo llevar a Lotte y Gerd mientras tú te que­ das aquí en la cama?

-No, debemos quedar juntos. Iremos todos. Yo estaré bien. Rápidamente se vistieron, envolvieron a la beba en una manta

y salieron hacia la noche helada. Figuras negras enfilaban hacia el refugio a unas ocho cuadras de allí. En el momento en que Helene entró al refugio, comenzó el bombardeo a la distancia. Alguien ce­

MIL CAERÁN

rró la puerta de un golpe, y la atrancó.

Casi inmediatamente se cortó la corriente eléctrica y se detuvo

el circulador de aire. En silencio y en total oscuridad, la gente es-

peró. Ni siquiera había lugar para alguien de pie.

-Discúlpenme -susurró Helene-, he dado a luz a una beba ha­

ce sólo tres horas. -Vamos -dijo alguien-, por favor dejen lugar para que esta mu­

jer se recueste contra la pared. Por favor, dejen lugar.

No era que fuera indispensable recostarse contra nada. El refu­

gio, construido para contener a 2.000 personas, a menudo se llena­

ba con 6.000. Hacía mucho tiempo que Gerd había aprendido que todo lo que él tenía que hacer era levantar los pies y quedaba sus­

pendido, bien apretado entre los cuerpos. Algunas veces se dormía en esa posición vertical, con los pies colgando. Sin embargo, más a

menudo tenía que luchar para respirar, y en esos oscuros refugios él comenzó a desarrollar una claustrofobia que lo acompañó el resto

de su vida. El refugio comenzó a sacudirse con la presión de las explosiones

de las bombas que caían cada vez más cerca. Helene se sintió mal

mientras el aire se volvía más caliente y pesado.

Mi

beba, mi Susi

Se va a ahogar con la presión de los cuerpos.

En

actitud protectora, ella mantenía esa cabecita contra su pe­

cho. Lotte comenzó a llorar. Un sacerdote comenzó a recitar el Pa­ drenuestro. Algunas mujeres se desmayaron, pero no había lugar

para acostarlas, y se mantenían erectas por la presión de muchos otros cuerpos.

Pareció una eternidad cuando, más tarde, las sirenas avisaron que había pasado el peligro. Alguien abrió la pesada puerta de ace­ ro, y el aire frío entró. Bañados de traspiración por el calor opresi­ vo, la gente salió a la noche helada. Cuando Helene y los niños llegaron a casa, todos estaban a punto de caer agotados. Helene miró a sus niños exhaustos, despei­ nados, e hizo una decisión.

EL

N A C I M I E N T O

DE SUSI

-Nunca más buscaremos seguridad en el refugio antiaéreo -afir­ mó ella-. De ahora en adelante nos iremos al sótano.

El subsuelo del edificio de departamentos había sido reforzado

y podría soportar los bombardeos, excepto si una bomba caía direc­

tamente sobre el edificio. Si Dios quiere que sobrevivamos, se dijo pa­ ra sí, él puede salvamos aquí, como puede hacerlo en el refugio.

Varias veces cada noche sonaban las alarmas de ataques aéreos,

y Helene tenía que sacar a los niños de la cama y arrastrarlos para

bajar las escaleras. Sin embargo, aun esos viajes llegaron a ser de­

masiado cansadores. Anhelando un sueño no interrumpido, ella fi­

nalmente puso sus camas en el sótano, que no era muy agradable, pero los cinco dormían allí abajo.

Cuando Susi tenía sólo tres semanas de edad, llegó una orden

de que todas las mujeres con niños debían dejar la ciudad. Desani­ mada, Helene le pidió consejo a la hermana Geiser. -¿Quién en el campo estará dispuesto a tomar a una mujer con cuatro niños? -se lamentaba. -No se preocupe -la consoló la hermana Geiser-. Yo iré con us­ ted, y me aseguraré que esté bien instalada. Agradecida, Helene abrazó a su amiga.

A las cuatro de la mañana, abrigó a los niños y se dirigieron a

la pequeña estación local para tomar un tren a la terminal princi­ pal de Frankfurt. Cuando el tren llegó, ya estaba repleto. La herma­ na Geiser y los tres niños mayores pudieron entrar a duras penas en el primer vagón. Pero Helene con el cochecito de la nena corría desesperada a lo largo del tren sin encontrar lugar. A último mo­ mento, un soldado levantó el cochecito a un vagón y levantó a He- lene detrás de él. Una confusión enorme reinaba en la terminal principal. Cen­

tenares de mujeres con sus niños caminaban por todas partes mien­ tras las oficiales de la Liga de Mujeres procuraban dirigirlas al tren correcto. Helene fue enviada a un tren que viajaba a Eschenrod,

MIL CAERÁN

una pequeña aldea en los montañas de Vogelsberg. Allí, como en otras partes, cada agricultor recibió la orden de alojar a los evacúa-

dos de la ciudad. Durante cinco horas las familias esperaron en la estación del tren. Cuando preguntaron por la razón de la demora, los conduc­ tores de los trenes les dijeron que no podían salir porque las vías fé­ rreas estaban bajo intensos ataques aéreos. Helene se sintió débil y tuvo que sentarse sobre el equipaje. Los niños, aunque estaban lis­ tos para dejarse caer también, se turnaban para empujar el cochecito para hacer dormir a la beba. Finalmente, llegó el tren, y se abrieron las puertas. La gente pasó atropelladamente por ellas, todas queriendo conseguir un asiento. La hermana Geiser le ayudó a Helene a ponerse de pie, y lentamente si­ guieron a la multitud. Espiando al interior de cada vagón, vieron que el tren estaba repleto. Finalmente, llegaron hasta el último coche. -¿Nos quedaremos abajo? -preguntó Lotte. -Allí, en este vagón -dijo Helene-. A llí hay un banco entero que está vacío. ¡Rápido, rápido! Cargaron a todos y con gratitud se dejaron caer en los asientos. El tren salió de la estación. Los techos de los vagones habían sido cuidadosamente cubier­ tos con banderas de la Cruz Roja para avisar a los pilotos enemigos que este tren estaba protegido por acuerdos internacionales, y que no debía ser atacado. Pero esto era la guerra, y los tratados fueron quebrantados por ambas partes en conflicto. Pasaron aviones vo­ lando a poca altura disparando sus ametralladoras contra el tren, y otros arrojaron granadas a los vagones. Las mujeres gritaban y arrastraban a sus niños, y los ponían debajo de los asientos de ma­ dera de los coches. Hubo heridos en cada vagón, excepto en el úl­ timo. Ninguna bala dio en él, ninguna granada estalló allí. Susi durmió plácidamente durante todo el ataque. -Dios nos consiguió un asiento en este coche -dijo Helene en voz baja.

EL

N A C IM IE N T O

DE SUSI

De repente, los aviones dieron vuelta y desaparecieron. Los pa­

sajeros que no habían sido heridos vendaron y consolaron a las mu­

jeres y los niños que sangraban mientras el tren estuvo detenido

por horas en medio de un lugar despoblado. El viaje se reanudó a

paso de tortuga, y tarde en la noche entró en la estación más cer­

cana a Eschenrod. Les había llevado todo el día para cubrir la dis­ tancia de unos 85 km. Un ómnibus los estaba esperando para la úl­ tima parte del viaje, y el motor rugió mientras las familias subían a

él

En Eschenrod hacía un frío tremendo, y el suelo estaba cubier­

to con 45 cm de nieve. La comandante del trasporte, una oficial de

alta graduación de la Liga de Mujeres, puso a los refugiados en un edificio escolar a varios kilómetros de la estación, y desde allí asig­ nó a las familias a los diferentes granjeros. Una de las mujeres te­ nía siete niños. Rápidamente los dividieron entre varios hogares. -Yo no deseo separarme de mis hijos -insistió Helene. Si nos separan, pensó ella dentro de sí, tendrán que comer cerdo, y no po­ drán guardar el sábado. Ella esperó y esperó en la escuela, pero na­ die estaba dispuesto a tomar a una familia de cinco personas. Fi­ nalmente se habían asignado a todos, excepto a Helene, la herma­ na Geiser, y los niños. Exasperada, la directora del trasporte ordenó al dueño de la po­ sada del pueblo que proveyera una pieza para ellos esa noche, has­ ta que pudiera hacer un arreglo más permanente a la mañana si­ guiente. Disgustada por el inconveniente, el dueño de la posada les asignó una pequeña habitación en el piso superior. Hacía un frío terrible. El agua en la palangana, dentro de la habitación, estaba congelada, y los vidrios de las ventanas tenían escarcha formando ñores de hielo. La ropa de cama estaba húmeda, y cuando Helene quiso encender un fuego con leña mojada, dio mucho humo pero muy poco calor. Susi, con sus pañales mojados, se resfrió, y a la ma­ ñana estaba con fiebre alta y tenía dificultades para respirar. -Kurt -dijo Helene cuando despertó al cansado muchacho a

MIL CAERÁN

la mañana siguiente-, me acaban de decir que los granjeros nos

darán alojamiento, pero que nosotros tendremos que proveernos de ropa de cama y de loza. Tendrás que volver a Frankfurt y traer­ los de casa. Kurt salió de inmediato, caminando varios kilómetros en la

nieve

El tren acababa de entrar a la estación cuando sonaron las sire­ nas de alarma de ataque aéreo, y la bombas comenzaron a caer del cielo. El muchacho aterrorizado buscó abrigo en el sótano de un edificio que ya había sido bombardeado. Se metió en un rincón mientras el suelo se sacudía, y grandes ratas corrían por el piso. Cuando terminó el ataque, siguió su peligroso viaje a casa. Al mismo tiempo, en Eschenrod, Helene oyó un zumbido ame­ nazador en el cielo. Salió afuera para ver escuadrones de aviones bombarderos enemigos volando en formación hacia Frankfurt para dejar caer su carga de bombas allí. “Señor”, oró ella enlazando sus dedos y apretándolos hasta que los nudillos se pusieron blancos, “¿no terminará nunca este horror? Tú nos has traído con seguridad hasta aquí. ¿Perderé ahora a mi muchacho en el infierno en Frankfurt y a mi beba por la neumo­ nía? Ya no tengo más fuerzas. Ayúdanos a todos”.

para llegar a la estación.

A llí tomó el tren para Frankfurt.

CAPÍTULO

10

^alnado por un ángel

Otra vez llegó la primavera, y otro invierno cmel había terminado.

Haciendo lo mejor que podían para reunir su fuerza, el Wehr- macht penetró más y más hacia el este en Rusia. En su estela deja- han cuerpos quebrantados y un país quebrado.

Ignorando las advertencias del teniente Gutschalk, Franz trató de aliviar el sufrimiento dondequiera que podía. Algunas veces sus propios compañeros heridos o moribundos necesitaban ayuda; en otras ocasiones ayudaba a judíos y ucranianos. El no hacía distin­ ción entre amigos o enemigos, sabiendo que Jesús los hubiera tra­ tado de la misma manera. Los alemanes tomaron prisioneros a cientos de miles de solda­ dos rusos. Mientras Franz observaba a las tropas de la SS que los arreaban a campos de prisioneros improvisados pero sumamente vigilados, su corazón se deshacía al ver a esos hombres rudos y de­ rrotados. Vivían como animales en un espacio inadecuado, y sin embargo su miseria sólo había comenzado. Los alemanes no tenían alimentos suficientes para sus propios hombres, y mucho menos para los prisioneros, y pronto los campos llegaron a ser infiernos de inanición. Durante una larga estadía en una cierta área, Franz supo que ha­ bía un campo de prisioneros no muy lejos. Aunque estaba streng verboten [estrictamente prohibido], él visitó el campamento una tarde. En el camino, él pensó: Hay tantas cosas que están estricta- mente prohibidas en estos días, pero no voy a permitir que dicten mi con­ ducta. Cuando llegó, le destrozó el corazón ver a los hombres, de­ trás de alambradas de púas, levantando sus manos esqueléticas en forma suplicante. Fue a ver a su amigo en la cocina. -Willi -le dijo con un tono de urgencia-, tengo un pedido es-

MIL CAERÁN

pecial. ¿Me dejarías llevar las sobras después de cada comida? Willi lo miró fijamente por un buen rato. A esta altura, él ya se había acostumbrado a las maneras poco ortodoxas de su amigo, de modo que haciendo un movimiento con sus ojos le dijo:

-Muy bien, muy bien. Toma lo que quieras. ¡Pero no me digas

qué estás tramando ahora! Tres veces por día, Franz a escondidas recogía las sobras. Por la noche iba hacia el campo de prisioneros cargado con bolsas de cos­ tras de pan y ollas de papas y verduras hervidas. Durante varios días nadie lo molestó. Entonces, un guardia de tumo en el campo de prisioneros lo vio, y se acercó a él corriendo. -¡Alto! Cuando vio las insignias del rango de Franz se volvió más res­ petuoso. -¿Qué está haciendo por aquí, Cabo? -Tengo comida sobrante que estoy llevando a los prisioneros. -Lo lamento, Cabo, pero está streng verboten. -Sí, ya lo sé -dijo Franz con fervor-. Pero esos hombres son se­ res humanos como nosotros. Están indefensos y están a nuestra merced. ¿Qué pasaría si tú o yo fuéramos prisioneros de los rusos, y estuviéramos hambrientos como lobos? El guarda tiritó y se hizo la señal de la cruz. “Dios no lo permi­ ta”, dijo en voz baja. -¿No estaríamos agradecidos si alguien nos trajera comida? El guarda asintió con la cabeza. -Usted está en lo cierto, por supuesto. Pero de todos modos no puedo permitirlo. -Escucha -dijo Franz con tono persuasivo-, tú eres un guardia. Es tu deber patrullar. Sencillamente camina hasta el extremo del campamento allí. Mientras estás dándome la espalda, yo voy a arrojar la comida por sobre el cerco, y para cuando regreses, yo ha­

bré desaparecido. no me has visto, ni serás responsable.

Con un breve saludo “Heil Hitler”, el soldado de corazón enter­

SALVADO

POR UN

ÁNGEL

necido, sin decir palabra, se dio vuelta y siguió su ronda, sabiendo

muy bien que estaba arriesgando su vida al hacerlo. Apresuradamente, Franz arrojó la comida por encima del alam- brado. Al caer los alimentos, los prisioneros devoraron todo lo que pudieron encontrar. Un hombre tomó una papa hervida y la apre­ tó en la mano con tanta fuerza que el puré se le escapó entre los de­ dos. Otros le tomaron la muñeca y lamieron el puré. Con compa­ sión Franz los miró antes de retirarse silenciosamente. Había poca esperanza de que sobrevivieran. De los 750.000 prisioneros toma­ dos sólo en Kiev, solamente 22.000 volvieron con vida. La guerra ya había transcurrido durante cuatro años. Franz ex­ trañaba a su familia y le resultaba difícil vivir en un ambiente tan extraño para su naturaleza. Su mayor satisfacción la tenía cuando tenía la oportunidad de dar algún estudio bíblico. -Hasel -le preguntó un soldado curioso-, ¿cómo es que eres tan cuidadoso de no trabajar los sábados? -Es una historia larga. Ven a mi lugar después de la cena, y te la cuento. La noticia se esparció entre los demás soldados, y él tuvo mu­ chas oportunidades de estudiar las verdades bíblicas y las profecías con los hombres. Eventualmente, no hubo ningún soldado en su compañía que no hubiera escuchado su testimonio. Encontró que muchos hombres eran abiertos y estaban interesados, y pudo darles una serie entera de estudios bíblicos.

A las 8 de la mañana un lunes, el sargento Erich y otros oficia­

les se reunieron en la barraca donde se alojaba Franz para jugar un juego de naipes favorito entre los soldados. Franz pronto dirigió la conversación hacia las predicciones de Daniel acerca de la segun­ da venida de Cristo y del fin del mundo. -Miren esto -dijo. Sacó del bolsillo su Biblia pequeña, extrajo de ella una peque­ ña tarjeta que tenía una imagen de Daniel 2, y la hizo circular en­ tre ellos. Abrió su Biblia, y explicó que estos eran los últimos días

MIL CAERÁN

de la historia de la tierra.

-Hitler nunca podrá unir al mundo bajo el gobierno de Alema­ nia -dijo con confianza-, porque no está en armonía con la profe­ cía bíblica. El siguiente evento será la roca que destruirá la estatua,

y eso señalará el fin de nuestro mundo. Y entonces Dios establece­ rá su propio reino.

Fascinados, los hombres escuchaban, y hacían muchas pre­

guntas. Franz parecía estar siempre listo para encontrar la res­

puesta correcta. Finalmente, alguien miró su reloj. -¡Ya es mediodía! Hemos estado aquí sentados, conversando

durante cuatro horas. Tendremos que apuramos si queremos en­ contrar algo de comida.

En el comedor de los oficiales, los hombres compartían entu­ siasmados con otros lo que acababan de escuchar. No demoró mu­ cho en que la noticia llegara al Hauptmann Miekus, que había

reemplazado a Brandt dos años antes. Él no perdió tiempo en citar

a Franz a su oficina para la una de la tarde.

-Hasel -había un tono poco familiar en su voz. Aunque nor­ malmente había estado bien dispuesto hacia Franz, esta vez estaba

claramente indignado-, ¿es cierto que estuvo hablando con mis oficiales durante cuatro horas acerca del fin del mundo.7 -Sí, señor, es cierto.

-¿Cómo se atreve a decir esas cosas? -¿Señor? -Usted sabe perfectamente bien que Hitler está estableciendo el Tercer Reich. Ese imperio durará mil años.

Franz lo miró, sin estar muy seguro de qué debía contestarle. -¡No habrá un fin del mundo, Hasel! -y el Hauptmann Miekus

se puso de pie, y con

nas pude defenderte de mis oficiales esta vez. Pero te prohíbo abso-

luramente que hables de esto otra vez. ¿Me entiendes?

-Sí, señor -dijo Franz, con un saludo cortés llevando su mano

su dedo señaló firmemente hacia Franz-. Ape­

a la gorra.

SALVADO

POR

UN

ÁNGEL

-Y espero -dijo Miekus, medio para sí mismo, mientras Franz se

iba- que todavía no haya compartido esta tontería con la tropa.

Si sólo supieras, pensó Franz. Salió de la habitación dejando al

Hauptmann sacudiendo la cabeza. Durante dos años ahora todo el personal militar alemán había recibido órdenes de saludar exclusi­

vamente con el brazo extendido y un claro “Heil Hitler ’. De algu­ na manera, el incorregible cabo Hasel siempre ignoraba esta orden.

En su culto esa noche, Franz volvió a leer Amós 5:3: “Por eso,

en circunstancias como éstas guarda silencio el prudente, porque

estos tiempos son malos” (NVI). El atendió este consejo y decidió

ser mucho más cauto cuando hablara a los soldados. Sin embargo, no dejó de aprovechar ninguna oportunidad de hablarles acerca de

Cristo, su segunda venida y su responsabilidad ante Dios. Durante los años pasados se había ganado el respeto de la ma­ yoría de los hombres. Sólo unos pocos de ellos -mayormente gen­ te nueva- lo ridiculizaban. Leo, que se había unido hacía poco a los

Zapadores, era el peor. Se preciaba de ser un cómico, y usaba a Franz como el blanco de sus chistes. -Eh, Franz -gritaba-. Te estás poniendo amarillo de comer to­

das esas zanahorias. En otra ocasión, gritaba lleno de risa:

-¿Otra vez leyendo la Biblia? ¡Tendremos que ponerte en el zoológico con nuestros antepasados, los monos! Finalmente, la paciencia de Franz estalló. -Leo -dijo con lo que él esperaba fuera una voz muy severa-. Te advierto. ¡Si te burlas de mí otra vez, te daré una paliza! Todos los que estaban alrededor y lo oyeron, de inmediato se

dieron vuelta para observar lo que pasaría. Leo midió a Franz con sus ojos. Hasel es alto} pareció estar pen­ sando, perú él trabaja en una oficina todo el día, mientras yo estoy cons­

truyendo puentes. Podré vencerlo fácilmente. -Vamos, pues, Hasel -dijo mofándose-, no me asusta el puñe­

MIL CAERÁN

tazo de uno que come repollo.

Con un poderoso golpe de su puño, Franz lo dejó inconsciente,

tirado en el suelo a un metro de distancia. Franz se restregó las ma­

nos en un gesto que hablaba más fuerte que palabras: “Ahí tienes”. Sus camaradas silbaron y lo vivaron. El pobre Leo, todavía

apagado como una vela, no tenía manera de saber lo que ellos sa­ bían: aunque tenía casi el doble de la edad de los soldados más jó­

venes, Franz regularmente ganaba las competencias de levanta­ miento de pesas. Pero cuando Leo comenzó a volver a sus sentidos, Franz tam­ bién volvía a los suyos. El sabía lo que tenía que hacer. Primero se

fue a su oficina y se arrodilló junto al escritorio.

“Señor”, oró, “he pecado contra Leo y contra ti. Confié en mis propias fuerzas en vez de escuchar tu dirección. ¡Qué hipócrita soy,

al hablar a los hombres acerca de una vida como la de Jesús, mien­ tras actúo como un matón de la calle! No quiero ser esa clase de persona. Por favor, perdóname”.

Luego Franz salió y le ofreció sus disculpas a Leo, quien para en­ tonces estaba sentado tratando de despejar su cabeza. Aunque este

incidente le ganó a Franz la admiración de muchos soldados, él es­ taba avergonzado de su conducta. Él no quería un respeto basado en la violencia.

Entretanto, la infantería alemana había capturado una aldea en un cruce de líneas ferroviarias en el corazón mismo de Ucrania, no lejos de donde estaban estacionados los Zapadores. Franz y cinco soldados fueron enviados adelante a este pueblo con la orden de preparar alojamiento para el resto de la unidad, que se unirían a ellos en pocos días. Como no se esperaba ningún peligro, se le pi­ dió a Franz que llevara consigo los documentos de la compañía, to­ do el dinero y la mercadería de la pequeña despensa. Tomaron un jeep y un camión con acoplado, los cargaron con todos los elemen­ tos, y salieron.

Cuando llegaron al cruce, encontraron que allí había estacio­

SALVADO

POR UN

ÁNGEL

nados hombres de otros batallones. Frente a la estación del tren,

Franz descubrió un edificio, que la gente local consideraba un ho­

tel. Sus habitaciones tenían pisos de tierra, y se habían llevado to­

dos los muebles. Afuera había un retrete o excusado y un pozo de

agua. Decidió alojarse en una de las piezas desocupadas, tiró su col­

chón de paja en el piso, y apiló las carpetas con documentos en un rincón. Los otros encontraron un establo donde hicieron sus camas

sobre la paja. Como éste era un cruce importante, todos tenían que ser vigi­ lantes. Dos veces por día, Franz se trepaba a la torre de observación

hecha con madera, junto a la estación del tren, y escrutaba el ho­

rizonte. De noche, los soldados dormían completamente vestidos

excepto las botas. Sin embargo, todo estaba tranquilo, y resultaba

fácil descuidar la vigilancia.

Cada viernes, una vez terminado su trabajo con los libros, Franz lustraba sus botas y cepillaba su uniforme, como era su costumbre

el día de preparación. Al ponerse el sol, estaba listo para recibir el

sábado. Decidió pasar el día siguiente en el bosque cercano. A llí no sería molestado en su estudio de la Biblia y meditación. Cada día

había estado leyendo conscientemente su Biblia y orando, pero ha­

bía sabido desde hacía algún tiempo que necesitaba tener tiempo a

solas con el Señor. Desde el incidente con Leo, de alguna manera,

Dios parecía estar lejos de él.

El sábado de mañana, a la hora del desayuno, tomó algunas re­ banadas adicionales de pan y se fue, llevando su Biblia en un bol­

sillo y el pan y una botella con agua en el otro. Me pregunto si vale la pena correr el riesgo, pensó para sí. Cuartdo

estoy separado de mi imidad, soy más vulnerable. Un francotirador po­

dría escogemie como blanco, y nadie lo sabría. Podría pisar una mina

antipersonal y vokr en pedazos. ¿Debería quedar en mi alojamiento?

Finalmente decidió: No, tengo que ir. Tengo que recuperar mi cer­

canía a Dios. En el bosque encontró un tronco caído sobre el cual sentarse, y

MIL CAERÁN

abrió su Biblia. Casi inmediatamente se distrajo con una ardilla

que recorría las ramas por sobre su cabeza. Volvió los ojos a la pá- gina abierta.

“En el mundo tendréis aflicción ”

Un cuervo graznó con fuerza. Lo siguió con la vista, luego vol-

vió su atención a las Escrituras. Tal vez necesitaba leer un pasaje

diferente.

“E/ que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del

Omjiipotente ” No podía mantener sus pensamientos en lo que estaba leyendo.

Era extraño que se sintiera tan vacío. ¿Era la guerra que lo estaba

aplastando? Estaba preocupado; no, peor que eso. Tenía miedo. No

de los francotiradores o de la minas terrestres o de Hitler. Él tenía miedo porque aun cuando se había disciplinado para leer la Biblia

cada día, ya no escuchaba que Dios le hablara. Había perdido el sentido de la presencia de Dios. Ahora, sentado solo en el bosque, a más de 1.600 kilómetros de su familia, sentía que una profunda depresión caía sobre él. A me-

dida que avanzaba el día, llegó a estar más y más desanimado. Se

sentía más lejos de Dios que nunca antes. Finalmente, antes de regresar al campamento, oró: “Señor, tú

ves el estado mental en el que me encuentro. Si todavía estás con- migo, dame una señal”. En camino de regreso, Franz cantó las palabras de un antiguo

himno: ‘‘Aun cuando este mundo, de demonios lleno, amenazara con destruirnos, no temeremos, porque Dios ha querido que su vo­ luntad triunfe por medio de nosotros ” Pasaron dos semanas, durante las cuales los soviéticos aumen­ taron gradualmente su ofensiva. Diariamente los tanques rusos avanzaban hacia la aldea, y repetidamente eran rechazados por los aviones Stukas alemanes que los bombardeaban desde el aire. El ti­ roteo era incesante. Cuando la unidad de Zapadores no vino para

unirse a ellos, los seis Zapadores se sintieron más y más incómodos.

SALVADO

POR

UN

ÁNGEL

Pasó otro sábado. Ahora, por supuesto, no había oportunidad

para pasar un día tranquilo en el bosque, de modo que Franz se que­

dó solo en su habitación vacía con piso de tierra. Al abrir la Biblia

y pasar sus páginas, sus ojos cayeron sobre las palabras familiares del Salmo 91: “Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden

en todos tus caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no

tropiece en piedra”. El había leído estos pasajes muchas veces, pero

en ese sentimiento de vacío espiritual parecieron distantes e imper­ sonales. Finalmente, al llegar la noche, cayó en un sueño pesado.

Temprano a la mañana siguiente se despertó sobresaltado. Algo

no andaba bien. Se quedó quieto por un momento. Luego lo escu­

chó: un zumbido monótono, a gran distancia. ¿Truenos? Se preguntó medio dormido. No, no puede ser un true-

no. Suena demasiado parejo, demasiado

¿Humano? De un salto se levantó, se puso las botas, y corrió fuera de la habitación y cruzó la calle de tierra, hasta la torre de observación. Trepando rápidamente de a dos escalones, finalmente llegó a la cumbre. El temible zumbido se oía más fuerte allí, y mientras ob­ servaba en el crepúsculo de la madrugada pudo apenas divisar los bultos de los tanques rusos que como sombras convergían hacia la aldea desde todas direcciones. Otros vehículos, más próximos, es­ taban escapándose: la infantería alemana estaba huyendo a gran velocidad. Nos agarraron, pensó Franz. Este es el fin. Por favor, Dios, ayúda -

me. ¿Estamos perdidos? Miró alrededor. ¡No! ¡Un camino todavía está abierto! Es nuestra única esperanza. Franz bajó las escaleras y corrió cmzando la plaza hasta el establo. -¡Arriba! ¡Arriba! -les gritó a los otros Zapadores-. ¡Los rusos esrán viniendo! ¡Dejen todo y salgamos ya mismo! Tomemos el ca­ mino hacia el sur. Es nuestra única oportunidad. Los otros salieron del edificio. Pusieron en marcha el jeep y el

humano.

MIL CAERÁN

camión, mientras Franz corría a su habitación. A llí en esa pieza estaba el pago para los soldados, que debía entregar el miércoles.

En esas carpetas había boletines ultra secretos acerca de los pla­ nes futuros del ejército alemán. Sus órdenes permanentes era quemar todo antes que permitir que cayeran en manos enemigas. Pero no había tiempo. ¿Qué voy a hacer? se preguntaba Franz con desesperación. O p­ ciones y objeciones daban vueltas en su mente. Esta puerta ni siquie­ ra tiene llave. Si me quedo, estoy seguro de que me matarán o me toma­ rán prisionero. En mi cinturón no tengo más que un pedazo de madera pintado de negro y lustrado. Y aun si tuviera un arma verdadera, ¿qué podría hacer un soldado solitario para defender estos documentos? Y sin embargo, soy el responsable final por ellos, y si los rusos encuentran aquí nuestros pbnes y los usan, me llevarán a una corte marcial como trai­ dor y me ejecutarán.

Tomó un pedazo de carbón y salió de la habitación, golpeando la puerta tras sí. Afuera, dibujó una calavera con dos huesos cruza­ dos en la puerta. Debajo escribió con grandes letras:

¡PELIGRO! M IN A S-¡N O ENTRAR!

Luego corrió hasta donde estaba el enorme camión a diesel, arrastrando su acoplado, que estaba saliendo del lugar. El pequeño jeep estaba corriendo adelante. En la conmoción, sus camaradas no habían notado que lo habían dejado atrás. Corriendo, dio un salto, y Franz se tomó de la lanza que unía el camión con el acoplado, tra­ tando desesperadamente de mantener el equilibrio mientras el ca­ mión saltaba por los pozos, esparciendo barro y piedras. “Vamos a poder escapar” oró en voz alta. “Gracias, Señor”. Pero desde donde estaba viajando Franz no podía ver una cur­ va que se aproximaba. El conductor dio una vuelta abrupta, y el pi­ so del camión se inclinó hacia donde estaba Franz y lo derribó de su lugar. Aterrizó sobre el camino, con su cabeza a cincuenta cen­

SALVADO

POR UN

ÁNGEL

tímetros de las ruedas del acoplado. En ese instante él supo que la rueda le iba a aplastar la cabeza.

Toda su vida pasó delante de sus ojos como una película, comen-

zando con ese momento y retrocediendo hasta la ocasión en que, a los dos años de edad, se cayó por las escaleras al sótano de la gran­

ja de sus abuelos.