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DEL SUMO BIEN Y DEL SUMO MAL. et) necesariamente ha de ser apetccido por si mismo y en su totalidad, porque ya hemos demostrado antes que tambicn cada una de sus partes es apetecibie por si. »Y si alguno notare que, al enumerar Jos biencs dal cuerpo, hemos oi ‘tido el deleite, dejaremos reserva:!a para otro lugar Ja cuestidnu. Porque nada importa, para e] asunto de que he tratado, que en esos prime- ros movimicntos conformes 4 Ja naturaleza quepa ef delcite 6 no. Y si, como yo creo, el deleite no com- picta los fines de la naturaleza, con razén le habre- mos omitido. Y si fuera verdad lo contrario, taimpoco estorba en nada 4 nuestra conccpcidn del sumo bien. Porque, si 4 los principios de la naturaleza se les ahade al delcite, se les atadira sdlo un bien corporal, y esto no basta para alterar la constitucié6n del sumo bien, que es ta! como la hemos expuesto. »Hasta ahora hemos progedido, tomando por punto de arranque los primeros instintos natuyales. Siga- inos ahora otro género de argumentacién, por donde se demuestre que no sdlo nos movemos por amor pro- pio y espontaneo, sino porque cada parte de la natu- raleza, asi en el cuerpo como en el alma, tiene virtud acomodada para conseguir la perfeccién-en su gé- nero. Y empezando por el cuerpo, jno veis cémo el hombre, cuando tiene algin miembro enfermo 6 débil 6 mutilado, procura ocultarlo? Y jcémo trabaja para conseguir, sies posible, que no se vea cse defecto corporal 6 que aparezca lo menos posible! Y yno ve- mos como sufren muchos dolores sélo por curarse, de tal modo que, aunque el uso de estos miembros no haya de ser mayor, sino antes bien menor, su apa- riencia sca, sin embargo, mas conforme 4 la natura- leza? En suma, por Jo mismo que se apetece lo univer- sal, se apetece por si misma cada una de sus partes, a5 MARCO TULIO CICERON. »¥Y en los movimientos y en los ademanes del cuerpo, zno hay nada digno de advertencia? En el andar, en el sentarse, en el semblante, en el ademan, gnada hay en esto que nos parezca digno 6 indigno de un hombre libre? sNo creemos merecedores- de aborrecimiento 4 muchos que parecen despreciar jas Jeyes de la naturaleza en los movimientos 6 en el semblante? Y si esto se usa, tratandose del cuerpo, gcémo no ha de ser apetecible por si misma la belleza de él? Si creemos aborrecibles por si mismas la feal- dad y la mutilacién en el cuerpo, zpor qué no hemos de buscar con mayor ahinco la dignidad y belleza de las formas por si? ¥ si vemos la belleza en el movi- miento del cuerpo, ;por qué no hemos de amar y se- guir la hermosura? Y asi se ve que apetecemos la sa- lud, Ja fuerza, la carencia de dolor, y no sdlo por su utilidad, sino ellas por si mismas. Y como la natura- leza quiere perfeccionarse en todas sus partes, desca para si aquel estado corporal que es mas conforme 4 Ja naturaleza, la cual toda se perturbaria, si el cuerpo estuviese enfermo 6 dvlorido 6 sin fuerzas. »Veamos ahora las partes del alma, cuyo aspecto es mas deslumbrador, porque, cuanto mas cxcelsas son, mas claros indicios dan de su naturaleza. Hay en to- dos un amor innato de conocimienio y de ciencia, tal, que nadie puede dudar que Ja naturaleza del hombre se deja arrebatar 4 estas cosas, aun sin ninguna ven- taja. ;Nv vemos que los nifios, ni siquiera con Jos azo- tes, se dejan apartar de Ja contemplacién y averigua- cidn de las cosas? ;Cémo, aunque los castiguéis, pre- guntan y se deleitan en saber algo! jCémo descan contarlo 4los demas, cémo se gozan en la pompa, en los juegos, en los espectaculos, y son capaces do sufrir el hambre y Ja scd para conseguirlos! Y¥ jqué nds? gno vemos que los que se deleitan en las artes DEL SUMO BINN ¥ DEL SUMO MAL. 337 liberales y en los estudios, no tienen cuidado ni de su salud, ni de su hacienda, y que todo lo sufren con paciencia, absortos en Ja contemplacién y en las dul- zuras del conocimiento, aunque se compensen con mil dolores y trabajos lus dcleites que en aprender vbtienen? : »Me parece que Homero quiso dar 4 entender algo de esto en su ficcién del canto de las sirenas, las cna- Jes no solian atracr 4 los navegantes con Ja suavidaa de su voz y con la novedad y curiosidad del canto, sino prometiendo enseharles muchas cosas, para que los hombres que deseasen aprender fueran 4 tropezar en aquellos pefiascos. ‘=De esta manera invitan & Ulises. Traduciré estos versos de Homero, como he traducido otros suyos: *jOh Ulises, gloria de los Griegos! :Por qué no detie- »nes tu nave, para oir Ja dulzura de nuestro canto? »Nadie ha atravesado por aqui el mar ceriileo, sin de- »tenersc primero, atraido por la dulzgura de nuestras »voces, y luego, saciando su pecho avido con la dul- »zura de nuestros varios cantos, ha vuelto mas docto »i su patria. Nosotras te contaremos la guerra y la »caida de Troya, que Jos Griegos derribaron movidos »por divino numen, porque nosotras sabemos cuanto »ha acaccido en la ancha tierra.» »Bien conocié Homero que su fibula no seria crei- ble, si supusicra que tan prudente yarén se habia dejado atracr por vanas cantilenas. Y por eso las sirenas le prometen Ja ciencia, que sin duda para un hombre deseoso de sabiduria debe ser atin mas dulce que la patria. E] querer saber todas las cosas de cual- quier género que sean, es de curiosos; pero el elevar- £e 4 la contemp!acién de cosas mayores y deseos do ciencia, es propio de varones ilustres. »jCual debio ser cl ardor de estudiar que habia en TOMO Ni, . 22 338 Manco TtLIO ctcrrdN, Arquimedes, que mientras trazaba figuras en el polvo, ni siquicra advirtié que su patria habia sido entrada 4 saco por los enemigos! ;Cuanto ingenio consumid Aristoxeno en Ja musica! ;{Con qué amor dedicé Aris- téfanes su vida 4 las Ictras! Y ;qué diréis de Pité- goras, qué de Platén 6 de Demécrito, 4 quienes et amor 4 la ciencia Hevé 4 recorrer las Ultimas tie- rras? »T.os que no enticnden estas cosas, nunca han ama- do cosas dignas del conocimiento. Y los que dicen que estas ciencias son cultivadas por el deleite del espi- ritu, que de ellas resulta, no entienden que los estu- dios son apetecibles por si mismos, porque, aun sin ninguna utilidad, se deleita en ellos cl alma, y se goza con la misma ciencia, aunque hayan de seguirse mo- lestias ¢ inconvenicntes. - : »Pero 34 qué hemos de deteucrnos mas en cosas tan claras? Preguntémonos 4 nosotros mismos cuanto nos conmueve la contemplacién de las estrellas y el movimiento de los soles y de todos los feudémenos que oculta Ja naturaleza, y cudnto nos delvita la his- toria, que solemos proscguir hasta el fin, repitiendo lo pasado y siguicndo lo comenzado. Y no ignoro que en Ja historia hay utilidad, ademas de deleite; pero no tenemos también placer en leer fabulas fingidas, do las cuales ninguna utilidad puede sacarse? ;¥ no queremos conocer también los nombres de los que hicicron algo, y sus padres y su patria, y muchas otras cosas absolutamente innecesarias’ ;Y por qué el hombre de infima condicién, y gue no tiene nin- guna esperanza de intervenir jamais cn los negocios pablicos, se deleita con la historia? ;Y no vemos tam- bién que los que gustan mas de oirla y de leerla son los ancianos, que ya no tienen esperanza de adminis- trur la repiblica? Por lo cual forzosamente hemos de DEL SUMO BIEN ¥ DEL SUMO MAL. 839 éonceder que en las mismas cosas que son materia de conocimiento, hay cierto estimulo que nos leva & aprender y & conocer. »Fingen los antiguos filésofos la vida de los sabios en las Islas Afortunadas, diciendo que, libres de todo cuidado y exentos de las molestias y necesidades de Ja vida, en ninguna otra cosa pasan su tiempo sino en investigar y aprender, embebccidos en el couociniien- to de la naturaleza. Pero nosotros no sdlo vomos en esta vida feliz el placer mismo, sino también cl alivio (ic la miseria. Y asi, muchos estando en poder de sus enemigos 6 de los tiranos, muchos en el desticrro, uliviaron su dolor con cl estudio y la ciencia. »Demetrio Falereo, principe de esta ciudad, arro- jado injustamente de su patria, se refugid en Alejan- dria, cerca del rey Ptolomeo. Sobresaliendo en esta filosofia, 41a cual yo te exhorto, y sicndo discipulo de Teofrasto, escribid cn aquel ocio calamitoso mu~ chas cosas excelentcs, no para ce] gobierno, de! cual habia sido privado, sino para el cultivo del espiritu, que él consideraba como alimento digno de ta huma- nidad. Y yo oi decir muchas veces 4 Cayo Aufidio, que habia sido pretor 5 estaba ciego, que sentia mis ja pérdida de la vista que la de ningan otro bien. Fi sucho mismo, si no fucse descanse del cuerpo y me- dicina de los trabajos, le tendriamos por contrario 4: la naturaleza, porque nos quita ¢} sentido y toda ac- cidn. Y si la naturaleza no buscase el reposo 6 lo puniese conseguir por otro medio, facilmente sufriria- mos su pérdida; como que ahora mismo, por cl afin: de hacer 6 de aprender algo, solemos velar larges voras, aun contra la naturaleza. »Hay cierto indicio uatural muy claro 6, por mejor iecir, evidente é indudable, nu ya sélo en los hom- bres sino en todos los animales, por cl cual se ye que 342 » MARCO TUMO CcIcER6N. »& quien en su vejez acontezca poder conseguir la sa- »biduria y las opiniones verdaderas.» ‘»Y ya que hemos tratado de los primeros bienes do Ja naturaleza, hablemos ahora de Jos mayorcs y con- siguientes. Engendr5 y formé la naturaleza el cuer- po dei hombre, perfeccionando algunas cusas desde el principio, y otras con el trascurso de la edad, sin valerse mucho de auxilios exteriores ni adverten elas. Y perfeccioné el alma lo mismo quc el cuerpo, y Ja adorné de sentidos idéneos para la perccpcidn, de tal suerte que no necesitase nada, 6 muy poco, do auxilio exterior para su conformacién. Pero lo que hay en el hombre de mds excelente, eso Jo abandoné 4 si mismo. Porque le dié tal entendimiento, que por si © solo puede alcanzar toda virtud, y le infundid, aun sin procedimicnto racional, cicrtas nociones de las cosas mas altas, y Je prepard para aprendcr, y le in- dujo a desarrollar Jas scinillas de Ja virtud que en él habia; pero de aqui no pasd. »¥ asi nos toca & nosotros (y cuando digo 4 nos- otros, se enticnde que es al arte) sacar las consecuen- cias de los principios que recibimos, hasta ver perfecte Jo que deseamos, lo cual es por i mucho mas apete- cible que los sentidos, 6 los bienes corporales que antes dijimos, 4 los cualcs tanto aventaja Ja perfec- cién del entendimiento, que apenas puede compren- derse cudn grande es la diferencia. »¥ asi, todo honor, toda admiracién, todo estudio se refiere 4 Ja virtud, y 4 las acciones que son confor- mes 4 la virtud; y todas las que residen en el alma, 6 las que e] alma hace, sc comprenden bajo cl solo nombre de cosas honcstas. Luégo veremos cual es Ja nocion de cada una, y quées lo que significan sus nombres respectivos, y cual es la fuerza y la natura, jeza de cada cual de estas facultades, DEL SUMO BIEN Y DEL SUMO MAL. 343 »En este lugar sdlo diremos que las cosas que lla mamos honestas han de ser amadas por su propia naturaleza, fuera del amor que 4 nosutros mismos nos tenemos. Bien nos lo manifiestan los nifos, en los cuales vemos la naturaleza como en un cspe{o. jQué contiendas tienen entre si! ;Cémo se alegran cuando vencen, cémo se avergiicnzan de ser vencidos! jCémo prefieren las alabanzas alas reprensiones! ;Qué traba- jos no sufren, para ser los primcros entre sus iguales, qué memoria conservan de los que les hacen bien, qué agradecimiento! Todo csto sc ve en los ninos de mejor indole; pero en Ja edad adulta, jquién que sea verdaderamente hombre no detesta la torpeza y ama la honestidad? ;Quién es el que no aborrece una ju- ventud libidinosa y proterva? ;Quién es el que no aia el pudor, la constancia, aunque no tenga interés nin- guno en ellas? ;Quién es ei que no aborrece 4 Pulo Numitor Fregelano, traidor 4 su patria, aunque favo- rvecié 4 nuestra reptbiica? ;Quién no se entusiasma con el recuerdo de Codro, conservador de la ciudad? ¢Quién no alaba 4 las hijas de Creteo? ;A quién no es vtioso e] nombre de Tubuldn? ;Quién no ama 4 Aris- tides, aun después de muerto? ;Y cémo no recordar cuanto nos conmovemos, cuando oimos 6 leemos al- gan hecho pindoso, 6 algtn insigne rasgo de amistad 6 de heroisino! Y ;qué decis de nosotros, que hemos nacido y sido educados para la gloria y las alabanzas? Qué clamores, aun del vulgo y de la gente indocta, resuenan en cl teatro, cuando un actor exclama: «Yo soy Orestes;» y responde el otro: «El verdadero Orestes soy yo.» Y cuando cl Rey, inquieto y turbado, les con- cede salir de su tierra 4 entrambos, jcémo descamos que los dos vivan 4un mismo tiempo! ;Cudntas veces se ha representado esto, y siempre con admiracién! Nadic hay que no apruebe y alabe aquel generosa 344 MARCO TULIO CICERON. vfecto en el cual, no sdlo no se busca utilidad alsupa, sino que se conserva Ja bucna fe, aun a trucque de ir contra la utilidad. »De tales ejemplos estén lenas, no sélo las fabulas fingidas, sino también las historias, y principalmente Ja nuestra: Nosotros escogimos un vardén excelente para recibir el simulacro de Cioeles; nosotros pusimos tutores 4 los reyes; nuestros gencrales sacrificaron su vida por Ja salvacién de la patria; nuestros cénsulcs advirtieron 4 un rey enemigo, y que ya se acercaba 4 nuestras murallas, qus se guardase del vencno; en nuestra repdblica se enccntré mujer que borrase con la muerte voluntaria el astupro recibido por fuerza, y quien matase a su hija para que no pad.ciesy afrenta: en todas las cuales cosas y otras innuncrables, :qui¢n hay que no entienda que los que se arrojaron 4 ellas iban guiados por el esplendor de Ja virtud y olvida- dos de su interés, y que & nosotros no nos mueve 4 alabarlos otra considzracién que la honestidad? »No multiplico cstos ejemplos, como podia, po. que es materia en que no cabe duda; pero de esto de- duzco que todas las virtudes, y la honestidad, qu: nace de las virtudes y en ellas consiste, son apet.c!~ blos por si. Pero entre todo Jo que merece el nombre de Lonesto,-nada hay tan glorioso ni que extienda tan 4ejos su influencia, como la unidn de los hombres cor os hombres, y esa sociedad y comunidén de utilida- des, que podemos Hamar Ja caridad del género hu- mano, la cual, nacida desde el primer inomento de nuestra existencia, cuando ya los hijos son ama- dos por los padras, y toda Jn casa enlazada por los vinculos de la sangre y de la estirpe, va dilatando sus ramas por fuera de ella, con parcutescos primero, Iuégo con afinidades, después con amistades; y de las Felaciones con los amigos, pasa 4 las de igs yecinos, DEL SUMO MEN Y¥ DEL STMO MAL. B45 § luégo 4 las de los ciudadanos y 4 todos los que pa- blicamente son aliados y amigos de su republica, y finalmente abraza todo el géncro humano. Este afecto, que daa cada cual lo suyo, y conserva con justicia y Jargueza Ja sociedad del género humano, se lama justicia, ila cual van unidas la piedad, la bondad, la liberalidad, la benignidad, la cortesia y otras muchas virtudes de este géner¢. »Y son todas ellas propias de la justicia y comunes 4 las domds virtudes. Porque, teniendo la naturaleze Iunnana innato el principio civil y popular que los Griegos Haman politico, el ejercicio de cuaiquicra . virtud no dejara de influir nunca en Ja comunidad y en Ja caridad y sociedad humana, de que antes he hablado; y del mismo modo la justicia apetecera as otras virtudes, para derramarse en cllas. Nadie puode suardar la justicia, sino un vardn fuerte y sabio. Cual cs el concurso de todas las virtudes, tal es la misma honestidad, la cual no viene 4 ser otra cosa que la virtud misma, 6 hazafia realizada por la virtud. Por lo cual, una vida conforme a virtud debe estimarse por recta, honesta, constantc y conforme a Ja naturaleza. »Esta mezcla y confusién de virtudes las distinguc, no obstante, cl fildsofo en cierta manera. Porque es- tando tan enlazadas entre si, quo todas participan do todas, y no es posible separar Jas unas dc las otras, ticnen, no obstante, cada cual su propio oficio, de tal modo, que la fortaleza se ve en los trabajos y en lus peligros, la templanza en: omitir los delcites, la pru- -dencia en escoger entre el bien y el mal, la justicia tn dar 4 cada uno lo suyo. Pero como en toda virtud hay algo’ que mira al exterior y que apctece y abraza en si 4 los demas hombres, siguese de aqui que tain- bién los amigos, !os herinanos, los purientes, los afi- nes, los ciudadanos y todos los hombres, cp fin, por- 246 MARCO TULIO CICEKON. que una sola es Ja sociedad humana, son dignos do ser amados por si mismos. »Pero esto no quiere decir que en ninguna de estas cosas esté el bien sumo. Hay dos géneros de cosas apetecibles: unas que consisten en las virtudes de alma y de cuerpo, con las cuales e] sumo bien se per- fecciona; otras que son extrinsecas, es decir, que no pertenecen al alma nial cuerpo, como Jos amigos, como los parientes, como los hijos, como ia misma patria, todo lo cnal es ciertamente amado por si, pero no pertenece al mismo género que Jas cosas antedi- - chas. Y nadie podra alcanzar jamas el sumo bicn, si todas las cosas que son exteriores 4 61, aunque apete- cibles, no estan contenidas bajo este bien sumo. »Pero ta me diras: ;c6mo puede ser verdad que todo se reficra al sumo bien, sila amistad, el parentesco y Jas demas relaciones externas no estin contenidas en este bien sumo? Precisamente por esta raz6n; porque Jas cosas que son externas, las conservamos mediante la prictica de aquellos deberes que nacen del géne- vo propio de cada virtud. Fl amor 4 los amigos y a los padres nos aprovecha por lo mismo que se cuenta entre las acciones buenas, que nacen dela virtud. Cultivenla los sabios, levando por guia 4 la paturaleza, pero los hombres que no han ilegado 4 tal perfeccié6n, aunque tengan notable ingenio, se mueven por la esperanza de gloria, que ticne forma y semejanza de honestidad. Y jqué gozo no nos cau- saria el contemplar Ja misma honestidad perfecta y absoluta, la mas excelente y digna de alabanza de todas las cosas, cuando tanto nos alegra una confusa opinidn de ella! »{Cémohemos de suponer que un hombre entregado & los placeres, inflamado en Jas lamas de la codicia y apoderado de lo que por tanto tiempo desed, babra DEL SUMO BIEN Y DEL SUMO MAL. 347 de sentir tanto placer, como Scipién el mayor cuando vencié 4 Anibal, 6 el segundo Scipién, cuando des- truy6 4 Cartago? JA quién ha alegrado tanto el curso del Tiber en dia de fiesta, como 4 Lucio Paulo, cuando trajo per cl mismo rio al rey Perseo en cadenas? »Levanta, pues, tu dnimo, amigo Lucio, y contem- pla la alteza y excelencia de las virtudes, y no duda- ras ya que los hombres que participan de ellas y que viven con animo noble y esforzado, son felices sicm- pre. porque saben que todos los movimientos de la fortuna y la variacién de las cosas y de Jos tiempos son leves y de poco momento, si descienden al certa- men de la virtud. Los que hemos llamado bienes del cuerpo sirven de complemento 4 la vida feliz, pero de tal modo, que aun sin cllos puede existir esta vida, porque es cosa tan pequefia y exigua lo que afiaden al bien, que asi como las estrellas quedan oscurecidas con los rayos del sol, asi estos bienes apenas se des- cubren cerca del esplendor de las virtudes. »Y asi como decimos con verdad que estos biencs del cucrpo son exiguos y de poco momento para la vida feliz, asi seria dcmasiada violencia decir que nada importan. Los que esto sostienen, me parece que olvidan los mismos principios naturales, que cllos han reconocido. Algo se le ha de dar, pues, al cuerpo, aunque ¢s preciso que entiendas cudn poco se le debe conceder. Debe el fildsofo que no busca tanto la va- nagloria como la verdad, guardarse de no estimar en nada lo que los mismos jactanciosos estoicos contie- san proceder de !a naturaleza, y al mismo tiempo es- timar tanto el valor de Ja virtud y la autoridad de la . honestidad, que todas las demas cosas parezcan, no inttiles, sino tan pequchas que casi pueda Namarse- Jas nulas. Esta es Ja doctrina de quien 1.0 Jo desprecia {odo fuera de la virtud, y tributa 4 la misma virtud las ws MARCO TULIO CICERON. debidas alabanzas. Esta es, finalmente, la explicacién completa y perfecta del sumo bien. De aqui han to- mado fundamento todas las demas escuelas, querien- do cada una parecer inventora de doctrina nueva. Muchas veces Aristételes y Teofrasto encarecicron con palabras admirables cl valor de.Ja cicncia por si misma. Extremando esta razén, Herilo defendié que la ciencia era el surno bien y la tnica cosa apetecible por si, Mucho dijeron los antiguos sobre despreciar las cosas humanas. Esto sdlo Jo defendié Aristén, ne- gando que, fucra de los vicios y de las virtudes, hu- bicra ninguna cosa digna de scr amada ni aborrecida. Cuentan los nuestros entre las cosas que son confor: ines 4 naturaleza el carecer de dolor. Jerénimo dijo que esto era el sumo bien. Pero Califén, y después Diodoro, amando uno los deleites y e} otro la carencia de dolor, ni uno ni otro pudieron prescindir de la ho- nestidad, tan alahada por los nuestros. »Aun los mismos voluptuosos buscan otras diver- siones, y tienen en la boca touo ce! dia la virtud, aun- que digan que por medio de ellas buscan cl deleite, y luégo la costumbre llega & hacer una segunda natu- raleza, que ya les mueve & hacer muchas cosas de que no esperan deleite. Solo nos restan los estoicos, lus cuales no solamente han tomado de nosotros una t otra opinién, sino que han trasladado 4 Ia Jctra casi . toda nuestra filosolia. ¥ asi como los ladrones mu- dan los signos de Jas cosas que han robado, asi ellos, para usar de nuestras sentencias como propias, han mudado los nombres, que son como las notas de las ideas. Sélo resta, pues, nuestra escuela, anica digna de los estudiosos de las artes liberalcs, digna de los eruditos, digna de los yarones ilustres, digna de los principes, digna de los reyes.» Habiendo dicho esto, se detuvo un poco, y ahadid: «0s parece que ya os he DEL SUMO BIEN Y DEL SUMO Mat. $19 satisfecho conforme 410 que yo podia, y he entrete- nido por largo rato vuestros oidos’» Y yo le repon- diz «TQ, amigo Pis6n, lo mismo hoy que otras veces, nos has dado 4 entender que, si pudiéramos tenerte siempre 4 nuestro lado, poco tendriainos que consul- tar 4 los Griegos. Y me confirma mucho més en esto el recuerdo de tu maestro Staseas, e] Napolitano, pe- ripatético ilustre, que solia explicar esto de un modo distinto, asintiendo al parecer de aquellos que dan mucha imporfancia 4 la fortuna préspcera 6 adversa y 4 los bienes 6 males del cuerpo.—Asi cs, como di- ces, me respondid; pero esto lo explica nuestro fami- liar Antioco mucho mejor y con mas fortaleza que Staseas. Aunque yo no pretendo convencerte a ti, sino 4 este nuestro Cicerén, & quien desco quitarle de diseipulo. —A mime parecen probables estas doctrinas, dijo Lucio, y creo que 4 mi hermano también.—zPermiti- rda, pues, 4 este joven seguirlas, me dijo Pisén, 6 prefieres que aprenda mas bien 4 confesar que nada sabe?—Yo le permito seguiros. Pero ;no recuerdas que & mi me es licito asentir 41o que acabas de expo- ner? {Quién pucde dejar de aprobar lo que Ic parece probable?—;Y quién, me replicé, puede aprobar lo que no tiene percibido, comprendido y conocido2—No cs esta gran discordia, oh Pisdén, ni hay otra cosa que me mueva 4 contradecir 4 los estoicos sino lo mal que definen la falta de pércepcién, diciendo que sélo puede percibirse lo verdadero, de tal modo que no deslizarse el error. Y por eso yo disiento de los es- toicos, pero de los peripatéticos no. Pero dejemos 4 un lado esta disputa, que seria larga y muy litigiosa: Creo que has dicho con demasiada precipitacién que todos los sabios son siempre felices. Sin duda te has dejado Nevar del torrente de la improvisacién, porque BE Manco Turto cterndx. ' si es verdad lo que Teofrasto ensené de la fortuna, det dolor y de los tormentos del cuerpo, con los euales no cree é] compatible en modo alguno la vida feliz, temo que no hayas acertado en este punto, y me re- pugna mucho que un hombre pueda ser 4 un tiempo feliz y oprimido de muchos males. No sé c6mo conci- liar estas dos cosas.—;No te parece, replicé, que la virtud tiene tanta fuerza, que por si misma basta para ja felicidad de la vida? Y si esto apruebas, ;podras ne- gar que los que participan de virtud, aunque sufran algtin mal, son felices?—Yo creo que hay gran fuerza en la virtud, pero cudnta sea, ya lo veremos en otras parte. Ahora sélo tratamos de averiguar si cesta vir- tud puede ser tanta que merezca contarse entre los bienes.—Si les concedes 4 los estoicos que la virtud sula basta para hacer Ja vida feliz, tienes que couce- dersclo también a los peripatéticos. Pues los mismos estoicos, que no se atreven 4 calificar de malas muchas cosas, las Ilaman asperas, incémodas, repugnantes y contrarias 4 la naturaleza; nosotros, por el contrario, concedemos que son males, pero exiguos y de poca importancia. Por consiguicnte, si pucde ser feliz el que sufre asperos trabajos, también lo puede sere que sufre pequefios males.—Si hay alguno, amigo Pi- s6n, que vea con agudeza dénde estd el punto de la dificultad, eres ti, sin duda. Atiéndeme, pues, te lo ruego, porque todavia, quizi por culpa mia, no has entendido lo que yo voy buscando.—Ya estoy de- seando saber lo que respondes 4 mi pregunta.—Te responderé, le dije, que no ‘investigo ahora lo que Ja virtud puede hacer, simov las contradicgiones que puede haber entre vuestros doginas.—~j;Y¥ de qué modo? me contesté.—- Porque Zendén dice 4 mane- ra do ordculo: «La virtud basta por si sola para la feli- »cidad de la vida.» ;Y por qué? le preguntaremos, ¥ DML svifo BIEN Y DEY. StMo At. SY @i responderaé: Porque no hay ningdn otro bien sino Jo que es honesto.» No trato de averiguar ahora si dice verdad; basta saber que sus principios tienen perfecta cohesién entre si. El mismo Epicuro podria decir que e] sabio-es siempre dichoso, y tanto, que en los mayo- tes tormentos pucde exclamar: jcudn suave es esto; cuén poco me cuido de ello! No disputaré con Epicuro sobre la naturalcza del bien; lo Gnico que diré es qua no enticndo lo que él afirma, puesto que ha confesado antes que él dolores el sumo mal. El mismo argu- mento he de usar ahora contra ti. Ta Namas bicnes y males 4 Jas mismas cosas que reciben estos nombres entre el vulgo, que nunca ha visto un fildsofo, ni si- quicra pintado. Dicen, pues, que son bienes la salud, las fuerzas, la estatura, Ja belloza, la integridad; y que son males Ia deformidad, las dolencias, la debili- dad. Y, aparte de los bienes corporates, pondran tam- hién en ese numero a los amigos, 4 los hijos, 4 los pa- rientes, las riquezas, los honores, porque todos estos son instrumentos de bien. No esperes que y°6 diga nada contra esto, pero la verdad es que, si hay males que puedan recacr sobre el sabio, no debe bastar la sabi- duria para la vida feliz —Quizi no basten para vivir felicisimamente, pero si para vivir con alguna felici- dad.—Ye adverti que antes lo exponias de este modo, ¥ sé que nuestro Antioco solia explicatlo asi.—Pero iqué cosa mds fuera de todo razonable discurso que suponer que alguno es feliz, pero no bastante feliz? Cuando una cosa es bastante, lo que se le ahada sera excesivo, y por cso nadie es demasiado feliz, ni nadie nds feliz que otro también dichoso.—Por consiguien- te, me replic6: aquel Quinto Metelo que vio 4 sus tres hijos cénsules y 4 uno de ellos ademas censor y triunfador, y el cuarto pretor, y los dejé 4 todos vivos, y ademas tres hijas bien casadas, y ¢1 mismo fue $52 MARCO TULIO CICERGN. edénsvl, censor y augur, y obtuvo Jos honores del triunfo, yte pareceraé mis dichoso (en la suposicién do que uno y-otro fuesen sabios) que aquel Régulo que muridé en poder de sus enemigos, a fuerza de vigilias y de hambre’—z¥ por qué me preguntas eso, le con- teste; pregantasclo alos estoicos—;Y qué crees que me responderan? Que no es mas feliz Mctelo que Ré- gulo.—Esto dirin sin duda. Pero nos vamos apartan- do demasiado de nuestro propésito, porque yo no pre- gunto lo que es verdadero, sino que quiero saber la opinién exacta de cada cual. ;Ojalé que dijese que uno es mas feliz que otro! Con esto solo caja eu ruinas todo su sistema, porque haciendo consistir el suino bien en Ja virtud sola y en la honestidad, y no siendo posible, segiin ellos, que Ja virtud crezca ni Ja hones- tidad tamporo, y no habiendo otro bien que el que cada cual posee, iqui¢n pucde ser mis feliz que otro cualquicra, sicndo asi que no es susceptible de aumen- to aquelio en que la felicidad consiste? ;No ves cé6mo estas cosas concuerdan? Y 4 1a verdad, debemos con- fesar que es admirable el método y Ia trabazén en los estoicos. En su sistema responden cl fin con el prin- cipio, y el medio con entrambas partes, y todos los principios unos con otros, y se yen con claridad las consecuencias y las proposiciones contrarias. En geo- metria, si concedes el principio, tienes que concederlo iodo. Si conced:s que no hay otro bien sino Ja hones- tidad, tienes que conceder que en Ja virtud sola con- siste la felicidad de 1a vida. Vuelve atris de nuevo; de convenir en ésto, tienes que convenir cn aquéllo, pero los yuestros no querran hacerlo. »Tres géneros hay de bienes. Muy de prisa va cl razonamiento, y al llegar al fin, ya tropieza, porque aspira 4 probar que al sabio nada puede faltarle para ser dichoso. Honrado discurso es éstc, digno de Sd- DEL. SUMO BIEN Y DRL SUMO MAL, 853 erates 6 de Platén.—Y yo me atrevo 4 repetirlo.—No te atreverds, 4 no ser que repitas este otro argumento: sila pobreza es un mal, ningan mendigo puede ser feliz, aunque sea sabio. Pero Zenén no sdlo le llama feliz, sino rico también. Si el dolor es un mal, el que sea crucificado no puede ser feliz. Si los hijos son un bien, es una miscria la orfandad. Si la patria es un bien, es un mal el destierro; si es un bien Ja salud, es un mal la enfermedad. Si es un bien la integridad del cuerpo, es un mal la debilidad. Si es un bien la vista, es un mal la ceguera. Y aunque de cada una de estas cosas pueda consolarse el sabio, jcémo puede sufrirlas todas? Imaginémonos un sabio ciego, débil, gravemente enfermo, desterrado, huérfano, pobre, atormentado en un potro; ;cémo llamaras 4 éste? oh Zen6n. Sin duda que le llamarés feliz.—j¥ por qué no, felicisimo? Porque ya he ensefiado que no caben grados en la virtud, en Ja cual esté la felicidad suma.— Si llevaramos esta cuestidn al pueblo, 24 quién conse- guirias hacer creer que tal hombre es feliz? Si la le- varas 4 los prudentes, quiza dudardn que la virtud puede tanto que los que Ja poseen soni felices, aun en el mismo toro de Falaris, pero no dudarén que las opiniones de los estoicos concuerdan éntre si y las vuestras no.—Por consiguiente, jte agrada aquel libro de Teofrasto sobre la vida feliz? Mucho nos apartamos del propésito, y no pase- mos adelante, oh Pisén, si es que ta profesas ese pa recer acerca de los males.—Y ti, yno lo crees asi?— Wo quiero tocar esa cuestién, le respond, porque para contestarme tendrias que contradecirte.— De qué modo? dijo.—-Porque si realmente son males, el que Jos padezca no sera feliz. Y si no son males, cae por erra todo el sistema de los peripatéticos.» Entonces 1; souri¢ndose, me dijo: «Ya veo dénde vas & parar; OMO iI 23 3h4 MARCO TOLIO ClORRON. temes que te quite el discipulo.—Llévale, si quiere seguirte, porque estando contigo, estaré conmigo. —Oyeme shora, oh Lucio, continud. A ti voy 4 di- yigirme. Toda la autoridad de la filosofia, como dice Teofrasto, consiste en procurar la felicidad, porque 4 todos nos inflama el deseo de vivir dichosos. En esto convengo con tu hermano. jPodré darnos la filosofia esta vida dichosa? Ciertamenta que lo promete. Si no hubiera tenido la esperanza de conseguirla, ycémo Plat6n hubiera hecho su viaje 4 Egipto, para aprender de los sacerdotes barbaros Jos nimeros y la astrono- mfa? gPor qué fué luégo 4 Tarento 4 oir 4 Arquitas? {Por qué visité 4 los demés pitagéricos, Echecrates, Timeo, Acrén de Locros? Para afiadir 4 lo que habia aprendido de Sécrates la disciplina de Pitagoras y aquellas ciencias que Sécrates rechazaba. jPor qué recorrié Pitégoras el Egipto, y fué 4 consultar 4 los magos de la Persia? yPor qué pasé tantas regiones y atraves6 tantos mares? ,Por qué hizo lo mismo Dem6- crito, de quien verdadera 6 falsamente se dice que se sacé los ojos, y lo cierto es que, por no distraer su animo de la contemplacién, abandoné su patrime- nio y dejé sus campos incultos, sin buscar ninguna otra cosa sino la vida feliz? Pues aunque él Ja hacia consistir en el conocimiento de las cosas naturales, es porque esperaba conseguir, mediante aquella in- vestigacién de la naturaleza, la serenidad de 4nimo, que é] tenia por el sumo bien, y que Mamaba et0vpia, esto es, un énimo libre de terrores. Pero todo esto no pasaba de ensayo, aunque notable, y lo cierto es que Demécrito dijo poco de la virtud, y esto de un modo confuso El arte moral no florecié hasta que Sécrates, en su ciudad, comenzé 4 buscarle, y de él pasé 4 estos jardines de la Academia. Y no es dudoso que sus maestros hicieron consistir en la virtud toda esperan- aoe btL stito BitnY det svito Mab. . -8BS £a, ho sdlo de vivir bien, sino de vivir dichosamente. De los nuestros aprendié Zenén; aunque, segfin las costumbres forenses, traté las mismas cosas de otro modo. Ti le admiras y das la raz6n. Pero si él evité ta acusacién de inconstancia, mudando los nombres, gpor qué no hemos de poder evitarla nosotros tam- bién? Dice que la vida de Metelo no es més feliz que la de Régulo, pero que debe anteponerse, y que no es mas apetecible, pero que debe preferirse, y que si hubiera opcién, debiéramos elegir la vida de Metelo y rechazar la de Régulo. Yo, 4 lo que él llama prefe- rible y mas apetecible, lo amo més feliz, y ni un. solo momento concedo 4 esta vida més que lo que la conceden los estoicos. ;Qué diferencia hay, pues, en- tre nosotros, sino que yo doy 4 las cosas sus nombres, conocidos, al paso que ellos buscan nuevos nombres para decir lo mismo? Y asi como en el Senado hay siempre alguno que pide intérprete, asi nosotros te- nemos que oir 4 éstos con intérprete. Llamo bien 6 lo que es.conforme 4 la naturaleza: llamo mal & lo que es contrario. Y no soy yo solo, sino ti también, Cri- sipo, cuando estas en el foro 6 en tu casa, aunque en la escuela lo hagas de otro modo. |¥ qué mas! jcrees ti que los filésofos deben hablar de un modo y los hom- bres de otro; de una manera los doctos y de otra los indoctos? Lo cierto es que todos los hombres convie- nen en el valor de cada cosa, y que si los estoicos fue- sen como los demas hombres, las lamarian del mismo modo. Con tal que convengan en les cosas, pueden forjar palabras 4 su antojo. Para que no me digas que me aparto de la cuestién, vengo ahora 4 la acusacién de inconstancie, que ta haces consistir en las pala- bras, y yo creia que estaba en las cosas. Sf, has com- prendido muy bien en qué coincidimos con los estoi- Gos, es decir, en afirmar que la fuerza de Ja virtud eg | 356 MARCO TULLO CICERON. tal, que si todas las demas cosas del mundo se poner 41a otra parte, apenas son dignas de que paremos la atencién en ellas, 6 pesar de que ellos mismos confic- san que deben ser elegidas y tomadas y antepuestas, y tenidas en alguna estimacién. Yo, que en vez de tantos nombres como aplican los estoicos, unos nuc- vos y forjados por ellos, y otros sindnimos (pues qué diferencia hay entre apetecer y elegir, y 4 mf aun m> parece preferible lo que se elige y aqucllo en quo cabe discernimiento?), llamo 4 todas estas cosas bic- nes, claro es que las tengo por grandes y por nMi3 apetecibles. »Pero como en realidad no Jas estimo yo mis, di- ciendo que son apetecibles, que ta Namandolas bie- nes, necesario es que todas estas cosas se oscurezcan, y apenas se echen de ver al resplandor de los rayos dela virtud. Me diréis que no puede Namarse feliz la vida en que hay algtin mal. De este modo, tampoco podriamos llamar abundante 4 una mies, donde crece la avena en medio del trigo, ni ganancioso 4 un trato de mercaderes, donde en medio de grandes ganan- cias haya podido haber alguna pérdida. ;No sucede lo mismo en la vida? Claro es que tenemos que juzgarla por su parte mejor, Y jes dudoso que la virtud ocupa lugar mas alto entre las cosas humanas, de tal modo que oscurece 4 todas las restantes? Me atreveré, pues, 4 seguir Namando bienes 4 las cosas que son confor - mes @ la naturaleza, y 4 no defraudarlas de su an- tiguo nombre, ni invehtar otro nuevo, y 4 Colocar en el otro platillo de 1a balanza todas las magnificencias de la virtud. ¥ créeme, este platillo hard inclinarse el mar y la tierra. »Siempre calificamos los sistemas por su parte me- jor y por la que mas largamente se defiende. Decimos que alguien vive en alegria. {Dejara de ser alegre su DEL sUMo BIEN ¥ DEL sttaro MAL. _ 87 ‘vida porque alguna vez se ponga triste? Marco Craso, 4 quien sdlo una vez en su vida vié reirse Lucilio, no por eso dejé de ser apellidado 4ytAactox, esto es, el que no. se rie nunca. Llaman feliz 4 Policrates de Samos. Nada le hubiera sucedido contra su deseo, si no hu- biese arrojado al mar el anillo en que se deleitaba. iLe Iamaremos infeliz por esta sola molestia? ;Le vol- Yeremos 4 llamar feliz, cuando este anillo se encontré en lag entrafias de un pez? La verdad es que si era necio, y no podia dejar de serlo siendo tirano, nunca fué dichoso. Y si hubiera sido sabio, tampoco habria podido llamarse infeliz, cuando le crucificéd Oroetes, ‘pretor de Dario. Me dirds que padece el sabio muchos males. ,Quién lo niega? Pero estos males los oscurece Ja grandeza de la virtud. )Y ni siquiera concederéis 6 los peripatéticos que la vida de todos los varones hon- rados y sabiosy ricos ep todo género de virtudes tiene més de bien que de mal? ;Quién dice esto? Sin duda los estoicos? De ningdén modo; los mismos epi- c&reos, que lo miden todo por el placer y por el dolor, afirman que al sabio le acontece con més frecuencia lo que quiere que lo que no quiere. Si tanto conceden 4a virtud los mismos que dicen que, 4 no ser por causa del deleite que esperan, no alargarfan siquiera Ja mano para alcanzarle, zqué hemos de decir nos- otros que, una virtud de énimo, aunque sea pequefia, la anteponemos 4 todos los bienes del cuerpo, de tal ‘modo que en presencia suya ni siquiera debe nom- brarse? ;Quién es el que se atreve 4 afirmar que puede ‘el sabio, en alguna ocasién, dejar para siempre Ja vir- tud, 4 trueque de librarse del dolor? ;Quién de vosotros @iria que es mejor hacer alguna cosa torpe con delel- te que honesta con dolor? »Parécenos que aquel Dionisio de Heraclea se aparté on poca gloria de los estoicos por un dolor de ojos. 538 MARCO Tito cickRdH, ‘Sin duda Zendén no habia llegado 4 persuadirle qua no,hay dolor,‘cuando duele. Habia oido sin duda, perv no habia llegado 4 entender, que aquel dolor no era un mal, porque no era torpe y podia ser tolerado. Si Dionisio hubiese sido peripatético, habria permane- cido, segdn creo, en su parecer, porque los nuestros dicen que el dolor es un mal, pero sobre el modo de padecerle con fortaleza dan el mismo precepto que los estoicos. Y tu maestro Arcesilao, aunque fué més pertinaz en la disputa, pens6, sin embargo, como los nuestros, porque era discipulo de Polemén. Atormen- tindole un dia los dolores de Ja gota, vino & visitarle‘ Carneades, muy amigo de Epicuro. Y como al reti-- rarse se mostrara triste, «quédate aqui, le dijo, oh »amigo Carneadcs, porque nada de agué llega 4 allt» y diciendo esto, le mostré los pies y el pecho: y sin embargo él hubiera preferido no tener aquellos dolo- res. Este es nuestro sistema, que 4 tite parece incons- tante; es tal Ja augusta y divina condicién de la vir- tud, que donde ella esté, no puede haber miserias ni calamidades, aunque si trabajo y molestia. Y por eso no dudo en decir que todos los sabios son siempre fe- lices, pero que ‘puede haber unos més felices que otros.-En esto es en lo que debfas haber insistido, oh Pisén, y #i lo bubieras probado, no sélo & nuestro Cicerén, sino & mi mismo, nos htbieras Iavado 6 tu escuela.» : Entonces dijo mi hermano Quinto: «A mi bien pro-: bado me parece. Y me alegro de ver que la filosofia” que antes estimaba yo por mayor riqueza que todas, . pidiéndola auxilio para todos mis estudios, haya re- -Bultado también més aguda que todas las demis es-. cuelas, & pesar del parecer de algunos en contrario.— Pero no mas que la nuestra, replicé Pomponio rién- dose. De todas maneras, muy grate me ha parecido DEL SUMO IBN ¥ DEL SUMO MAL. an tu discurso. Lo que yo no creia que podia decirse en latin, lo has dicho ta, y no con menos claridad que los Griegos y con palabras propias. Pero ya es tarde: si queréis, volveremos 4 mi casa. Dicho esto y terminada Ja disputa, nos volyimos to- dos 4 la ciudad 4 casa de Pomponio. FIN A.M eee cuEVA