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EL "CASTILLO INTERIOR", UN LIBRO MÍSTICO

El autógrafo del Castillo

Afortunadamente, el manuscrito ongl- nal del Castillo Interior ha llegado hasta nosotros tal como brotó de la pluma de la Madre Teresa. Podemos hojearlo. Se halla algo deteriorado en las páginas finales. Ha habido que restaurarlo. porque la tinta empleada por la autora era de fabricación casera y estaba cargada de limaduras de metal cuyo óxido va corroyendo lentamen- te el papel. De ahí su color rojizo, como si el manuscrito hubiese pasado por el fuego.

Basta una somera pasada por sus pági- nas para percatarse de dos cosas: primera, que estamos ante lo que hubiera sido el borrador del libro. Y segunda, que otras manos, diversas de la autora, han pasado por esas páginas enmendándole la plana.

Sí, estamos ante el borrador del Castillo, pero borrador que se ha convertido en texto definitivo. Teresa lo ha escrito con pulso certero y veloz, sin tachas ni titubeos de pluma ni retractaciones. Como cuando conversa. "Iré hablando con ellas (con las lectoras) en lo que escribiré" -es el criterio estilístico que se dicta a sí misma desde el prólogo de la obra. De ahí que el escrito fiuya como una larga conversación: en pági- nas llenas, con escasa puntuación, con poquísimos puntos y aparte, sin división de capítulos, sin distinción de "moradas", sin epígrafes iniciales de aquéllos ni de éstas. Bloque compacto de texto como en los códices medievales o como el registro de una larga charla en un moderno magneto- fón.

Terminada esa magna conversación escrita, Teresa se relee y trata de fraccio-

narla para darle forma de libro. Comienza por el título: este tratado se llama "Castillo interior", lo "escribió Teresa de Jesús", y lo dirige "a sus hermanas e hijas las monjas carmelitas descalzas". Es la página de por- tada. Luego, páginas adentro y entre líneas, dibuja una cuadrícula rectangular y escribe:

"aquí capítulo", o bien: "moradas segun- das" o "moradas terceras". Así hasta el final del manuscrito: siete moradas, y 27 capítu- los. En papel aparte anota los epígrafes de cada capítulo. En lo alto de la página nume- ra los folios en cifras romanéis. y añade las cabeceras correspondientes en abreviatu-

ra: "mdas 1 i", es decir, "moradas

primeras",

etc. En casos contados se permite una breve acotación marginal. Sólo en un pasa- je advierte que la exposición es insuficien- te, y la completa añadiendo un papelito cuidadosamente pegado al margen con una oblea. Retazo hoy perdido.

Por fin, a todo el escrito le añade una "carta de envío", que en el autógrafo hizo de preliminar y hoy sirve de epilogo al libro, y que como una carta cualquiera va fechada: "Acabóse esto de escribir en el monasterio de San José de Ávila, año 1577, víspera de San Andrés". También había datado en el prólogo el comienzo de la obra: "hoy día de la Santísima Trinidad, año de 1577, en el Carmelo de Toledo. Entre una y otra fecha ha transcurrido medio año. Pero a la tarea redaccional la escritora sólo ha podido dedicarle dos meses o poco más: el de junio en Toledo, y el de noviembre en Ávila. Es el período más borrascoso de su vida y de su obra de reforma. Por culpa de la borrasca no ha podido hacer llegar el manuscrito a manos de fray Juan de la Cruz. Mientras ella lo

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relee y lo va fraccionando en moradas y capítulos, en el otro extremo de la ciudad de Ávila es aprisionado él, fray Juan, y lle- vado a la carcelilla de Toledo. Sólo años más tarde podrá asomarse a este Castillo de la Madre Teresa.

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Al lector de hoy le interesa menos el otro episodio de las "segundas manos" que van salpicando de tachas y anotaciones las páginas del manuscrito. Se deben casi todas a dos grandes amigos de la autora: a

Jerónimo Gracián, su carmelita predilecto, que corrige entre líneas y acota los márge- nes en vista de una posible edición de la obra; y al jesuita ex-rector de la Universidad de Salamanca, Francisco de Ribera, primer biógrafo de la Madre Teresa, que cancela una a una las enmiendas de Gracián,

y las apostrofa en una larga nota añadida bajo el título de la obra en la primera página del manuscrito.

Todavía en el último folio, antes de la "carta de envío", se lee una elogiosa aprobación de

la obra, en grafía desgarbada y

borrosa. Se debe al jesuita Rodrigo Álvarez, miembro de la Inquisición de Sevilla, porque a

>(.
>(.

Sevilla había enviado Teresa su manuscrito para esquivar el ace- cho de la Inquisición toledana.

Pensamiento y argumento del libro

Este "castillo interior" es,

ante todo, el castillo de Teresa de Jesús. "Su alma", como ella había dicho de otra obra suya.

El Libro de su vida era "su alma"

pero había sido secuestrado por la Inquisición de Toledo, donde sigue inacce- sible como un preso en cadenas. Fracasados los intentos de rescate, ahí en Toledo mismo la autora se propone reha- cerlo y contar de nuevo su vida, pero cam- biando el rumbo del relato con un simple golpe de ala. Deja de soslayo la narración autobiográfica, y pasa a una especie de oteo explorador de su alma y de su vida, para dar alcance doctrinal y vuelo místico a la exposición. Narración y exposición van a urdir el tranzado del libro, pero va a preva- lecer la segunda sobre la primera.

Sí, su alma es un castillo. Pero castillo en movimiento, hacia la conquista de su más recóndita interioridad. Teresa no precisa bien si el suyo es castillo guerrero, o casti- llo "de diamante y muy claro cristal", o las dos cosas a la vez. Pero dentro de él, Teresa entiende la propia vida como voca-

ción a la trascendencia. No sólo porque ese su castillo está poblado por ella y por el Castellano invisible. Sino porque dentro de él su misma vida humana está radical- mente llamada a entrar en la órbita de Dios. Los viejos castillos que ella sin duda conoce, tenían en la entraña un pozo o una hendidura abierta en la tierra o en la roca,

en busca de agua manantial. Algo así entre- vé ella el subsuelo del alma o del hombre, con una misteriosa hendidura abierta hacia la trascendencia o la divinidad.

Desde la altura de sus 62 años, Teresa traza el diagrama del camino recorrido a lo largo y ancho de la vida vivida, en siete grandes jornadas, que corresponden a otros tantos planos de hondura en la per- sona. Son las siete moradas. Siete etapas de su itinerario espiritual.

Pero en la exposición Teresa desborda la cuadrícula demasiado angosta de la pro- pia historia. El simbolismo y las moradas del

castillo interior se repiten en la historia de

-------------------------------- EL "CASTILLO iNTERIOR", UN

~= ::::; hombre. Todo hombre está estructu- ::.::::; en lo hondo de sí mismo en un esca- de pliegues y repliegues que, o bien desarrollan y vitalizan, o bien siguen

en

-.- smo. Y, a la vez, todo hombre lo mismo

:_e ella abierto a la trascendencia,

. : cacionado a la relación con Dios. Desde

::::a óptica de Teresa se entrevé el paisaje la humanidad poblado de castillos inte-

.- :;res, inseparables del paisaje invisible de

- ::rtes y oscuros

el

subsuelo

de

::. divinidad.

Ahí el pensamiento fondo del libro. _as moradas en que se articula la his- :oria del alma de la autora. son una :ie de paradigma, simple punto de referen- de lo que es o puede ser la historia del alma de todo hombre. A condición de que 'lO reniegue de su vocación primordial.

Calidad literaria del Castillo

Estilísticamente, Teresa ha reacuñado la consigna renacentista "escribo como hablo", en la de "hablo escribiendo". La ha formulado en términos lapidarios: "iré hablando con ellas en lo que escribiré" (prólogo). A esa inicial toma de posiciones se debe que el estilo coloquial teresiano alcance en este libro las cotas altas, en diálogo llano e ininterrumpido con las lec- toras.

además, ha tenido el acierto de orquestar su exposición con una auténtica sinfonía de símbolos. Baste recordarlos.

En la base del libro, el símbolo arquitec- tónico del castillo. Fortaleza y militancia para la travesía de la vida. El castillo es sím- bolo del hombre. Las moradas simbolizan su interioridad. El recorrido de morada en morada es el proceso evolutivo y ascen- dente de la vida del hombre, expuesta al riesgo de la involución, pero que no sucumbe a ella. La morada postrera, "hon-

dón dei alma", es la zona reservada para ultimar el encuentro con lo divino. Diríase que es un símbolo de trazado varonil, posi- ble trasunto del paisaje amurallado de Avila en que Teresa ha luchado por la vida.

Pero en seguida queda contrapuntea- do por un segundo símbolo secretamen- te femenino: el agua, las dos fuentes que fluyen por una serie "arcaduces", o brotan directamente dei "pilón interior" y lo dilatan. De nuevo se trata de simboli- zar la vida de! hombre. ahora entrevista como hontanar de fecundidad, pero que depende mucho más de las venas secre- tas de la gracia divina. del dinamismo humano.

A la mitad del libro sobreviene un ter- cer esquema simbólico: la metamorfosis del gusano seda que se transforma en mariposa y que simboliza los dos extremos de la existencia humana, pero acentuando la etapa termina!, el indefinido e inimaginable desenlace del vuelo de la mariposa, que se sumerge en la llama divina para la culminación de la metamor- fosis definitiva. Se evoca el mito del ave fénix, pasa por el fuego para renovar la vida.

Y por fin, Teresa como Juan de la Cruz, como todos los mís- ticos, como el autor del Cantar de los Cantares, recurre al sím- bolo esponsal. Precisamente para documentar en el castillo la dimensión de trascendencia. En última instancia, la vida del hombre está avocada a entrar en la esfera de lo divino. Llamada al "desposorio" con Dios, dirá Teresa. Ella alega su propia experiencia. Hace una

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vaga alusión a la experiencia de fray Juan de la Cruz. Y deja abierto el símbolo a la experiencia del lector.

No se trata de un mosaico de símbolos ornamentales, con función estética, de arti- lugio literario. En la pluma de Teresa, ese trenzado de símbolos obedece a reclamos profundos. Ante todo, a la necesidad de introducir en el libro una franja "cosas inefables", reacias al vector expresivo las pobres palabras nuestro léxico profano. Sus símbolos son "palabras mayores", por- tadoras un mensaje no hermé- tico sino abierto al lector dotado de expe- riencia religiosa profunda. Mensaje místico para lectores místicos.

Y en segundo lugar. ese organigrama símbolos responde a la presión de un secreto resorte autobiográfico. La autora necesita reflejarse en lo que escribe, vertir en esas páginas !a imagen auténtica de sí misma. Y elía, la de los 62 años ~lo al final del libro~ es como una "nao entonces", que ha hecho una travesía largo recorrido, y avanza ya por la embo- cadura puerto, "tan demasiado de car- gada" que corre el riesgo "ir a lo

hondo" (7,3, 14). Por dentro,

la

nao

de

Teresa es una serie de cosas aparentemen-

te contradictorias. Por dentro, ella es casti-

Es pilón de agua manantial y

fuego de ave fénix, es arca de la alianza y

templo de Salomón. Esposa enamorada y mariposa volandera

llo y jardín.

Cierto, esos mismos símbolos, en todo

o en parte. han sido recreados por la lite-

ratura moderna. Basta recordar El Castillo

de

F. Kafka, o su Metamorfosis, o El Proceso,

o

La Madriguera. Símbolos reacuñados

desde la otra de la experiencia humana no religiosa. Quizá no menos fundos que los de pero sí más desolados, más desesperanzados, desarbo- lados valores humanos definitivos, sin

que se perfile en el horizonte simbólico la silueta de una nao capaz de llegar al puer-

to cargada de especias, aromas y res1nas

preciosas

Precisamente por eso, el Castillo Interior de puede entreverarse en

la enramada la literatura moderna con

un mensaJe esperanza, o como un espejo en que el lector de hoy pueda con- templar la propia imagen de hombre en plenitud.

Tomás Álvarez