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LEO STRAUSS

MEDITACION

SOBRE

MAQUIAVELO

TRADUCCION DE CARMELA GUTIERREZ DE GAMBRA

INSTITUTO

DE

ESTUDIOS POLITICOS

MADRID

1964

Copyright 1958, by The Free Press, Glencoe, Illinois,

Depósito legal.

M. 15.648. 1963

NOTA DEL TRADUCTOR

La traducción de esta obra fundamental en labor riamente la filosofía llena Imperfecta de política interés; por contemporánea pero varias difícil razones. y necesa­ es una comprender. imitado Ante todo, en él no El las es mismo voluntarias un libro autor fácil reconoce oscuridades de leer haber ni de de

Maquiavelo. Una de estas oscuridades consiste en el doble

plano

se desenvuelven

muchos

sajes : un plano inmediato y obvio, otro plano sólo más se profundo interpreta y de con desarrollo justeza más cuando lento se que al­ ne canza Strauss la visión el prurito total de de utilizar la obra. palabras Además, muy tie­ simples matizadislmas y populares ideas, en lo la cual expresión produce de a sus pri­ mera de todo atención ello vista resulta, una y meditación, impresión para el lector, de evidentemente desconcierto. una exigencia bus­ De exigencia debe cada sobreponerse por aún el autor; más a estricta toda para tentación el de traductor, fidelidad, de inter­ que una

pretar o facilitar.

Me he esforzado en conseguir un castellar

no he conseguido, ni creo que

no correcto;

en llano este fluido caso sea y grato. lícito La procurarlo, noble retórica un caste­ de

Strauss me veda toda concesión a la retórica

sus interesada gran vulgar. Agradezco valiosos conocedor supervisión consejos al Profesor de esta y de su obra Wilmoore mi cuidadosa trabajo. v He su KendalL y au'.or, des­

C. G. G.

en

que

pa­

PREFACIO

Este libro es una versión ampliada de cuatro conferencias que yo di en la Universidad de Chicago en el otoño de 1953, bajo los auspicios de la Fundación Charles R. Walgreen. Agradezco a la Fundación Charles R. Walgreen y especialmen­ te a su presidente, el profesor Jerome C. Kenvin, el haberme dado oportunidad de presentar mis observaciones y reflexiones sobre el problema de Maquiavelo. También agradezco a la Fundación Walgreen su generoso apoyo en forma de servicios de oficina. El capítulo II de este estudio ha sido previamente publicado en la Revista Americana de Ciencia Política (American Political Revierte), mayo 1957. L. S.

Chicago, Illinois, diciembre 1957.

INTRODUCCION

Si nos declaramos partidarios de la anticuada y simple opinión según la cual Maquiavelo fue un maestro del mal, no escandali­ zaremos a nadie; nos expondremos meramente a un ridículo be­ névolo o, por lo menos, inofensivo. Y, en verdad, ¿qué otra des­ cripción convendría a un hombre que da lecciones como éstas?:

los príncipes deben exterminar a las familias de los gobernan­ tes de aquellos territorios que deseen poseer en seguridad; los príncipes deben asesinar a sus detractores mejor que confiscar sus propiedades, ya que los robados pueden pensar en la venganza, y los muertos, no; los hombres perdonan el asesinato de sus padres m¿8 pronto que la pérdida de su patrimonio; la verdadera libe­ ralidad consiste en ser tacaño con los bienes propios y generoso con lo que pertenece a otro; no es la virtud lo que conduce a la feli­ cidad, sino el prudente uso de la virtud y el vicio; las ofensas deben infligirse todas de un golpe porque, así, menos paladeadas, dañan menos, mientras que los beneficios deben ser conferidos poco a poco para que sean sentidos con más fuerza; un general victorioso que teme que su príncipe no le recompense adecuada­ mente está autorizado a castigarle por su prevista ingratitud al­ zando bandera de rebelión; si uno tiene que elegir entre inferir injurias graves o injurias leves, debe optar por inferirlas graves; cuando quieras matar a otro, no debes decirle: “Dame tu arma que quiero matarte con ella”, sino solamente: “Dame tu arma”,

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porque una vez que tengas el arma en la mano ya puedes satisfa­ cer tu deseo. Si es verdad que sólo un hombre malo puede reba. jarse a predicar máximas de público y privado gangsterismo, nos vemos obligados a decir que Maquiavelo era un hombre malo. Ciertamente, no fué Maquiavelo el primer hombre que expresó opiniones como las mencionadas. Tales opiniones pertenecen a una manera de pensar y actuar políticamente que es tan vieja como

la misma sociedad política. Pero Maquiavelo ha sido el único fi­ lósofo cuyo nombre ha pesado tanto sobre una manera de pensar y actuar políticamente tan vieja como la sociedad política misma, que ese nombre es usado comúnmente para designar dicha tendencia. Es conocido como el clásico del mal camino en el pensamiento político

en la acción política. Calicles y Trasímaco, que, a puerta cerrada,

y

defendían la mala doctrina, son personajes platónicos, y los embaja­

dores atenienses que expusieron la misma doctrina en la isla de Me-

lo8, en ausencia del pueblo, son personajes de Tucídides, Maquiave­ lo proclama abierta y triunfalmente una doctrina corruptora que ciertos escritores antiguos habían enseñado secretamente o con mar­ cados signos de repugnancia. El dice en su propio nombre cosas escandalosas que los antiguos escritores habían dicho por boca de sus personajes (1). Maquiavelo es el único que ha osado expresar

la

mala doctrina en un libro y en su propio nombre.

Pero, aunque verdadero, el anticuado y simple veredicto no es exhaustivo. Su deficiencia justifica, en cierta medida, los pun­ tos de vista, más rebuscados, que han sido defendidos por los en­ tendidos de nuestro tiempo. Maquiavelo, nos dicen, estaba lejos de ser un malvado maestro del mal ya que, en realidad, era un apasionado patriota, o un científico de la sociedad, o las dos cosas. Pero podemos preguntarnos si los estudiosos al día no yerran mu­ cho más gravemente que los anticuados y sencillos, y si lo que escapa a los estudiosos al día no es muchísimo más importante que lo que escapa a los anticuados y sencillos, aun cuando pueda ser verdad que esa única cosa necesaria que ignoran los rebusca­

dos ha sido inadecuadamente articulada y, por lo tanto, mal Ínter-

INTRODUCCION

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pretada por los hombres de noble simplicidad. No sería el único caso en que “un poco de filosofía** (2) engendra prodigiosos erro­ res a los cuales es inmune la multitud ignorante de la filosofía. Es engañoso describir al pensador Maquiavelo como un patrio­ ta. Es un patriota de una clase especial: le preocupa más la sal­ vación de su tierra que la de su alma. Su patriotismo, pues, presu­ pone una reflexión de amplio alcance referente al status de su patria, por un lado, y al de su alma, por otro. Esta reflexión de amplio alcance, y no el patriotismo, es la médula del pensamiento de Ma­

quiavelo. Esta reflexión de amplio alcance, y no el patriotismo, es lo que estableció su fama e hizo de él el maestro de muchos hombres

en

ni aun italiana, sino universal. Concierne, y se propone concernir a todos los hombres reflexivos, sin tener en cuenta el tiempo ni el lugar. Hablar de Maquiavelo como de un científico es al menos tan

engañoso como calificarle de patriota. El estudioso científico de la sociedad no quiere o no puede hacer “juicios de valor**, mientras que las obras de Maquiavelo abundan en “juicios de valor**. Su estadio de la sociedad es normativo. Pero aunque nos viéramos obligados a admitir que Maquiavelo era esencialmente un patriota o un científico, ello no nos obligaría a negar que Maquiavelo fué un maestro del mal. El patriotismo tal como lo entiende Maquiavelo es egoísmo colectivo. La indiferencia hacia la distinción entre el derecho y el abuso es menos repulsiva cuando brota de la devoción al propio país que cuando brota de

la

precisamente por esta razón, es más seductora y, por tanto, más pe­

ligrosa. El patriotismo es una clase de amor a lo propio. El amor

lo propio es inferior al amor de lo que es a un tiempo propio y

bueno. Por ello, el amor a lo propio tiende a preocuparse de que lo propio sea bueno o conforme a las exigencias de la moralidad. Jus­ tificar los terribles consejos de Maquiavelo recurriendo a su patrio­ tismo significa ver las virtudes de ese patriotismo mientras se perma­ nece ciego a lo que está por encima del patriotismo, a lo que a un

todos los países. La sustancia de su pensamiento no es florentina,

exclusiva preocupación por la propia comodidad o gloria. Pero,

a

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tiempo santifica y limita el patriotismo. Al recurrir al patriotismo de Maquiavelo no se descarta una mera semblanza del mal; lo que so hace En cuanto es, simplemente, a la consideración enmascarar “científica” algo de verdaderamente la sociedad que malo. mu­ chos de sus adictos atribuyen a Maquiavelo, ésta se deriva de la

abstracción de las distinciones morales mediante las cuales regula­ mos nuestra conducta como ciudadanos y como hombres^ La condi­ ción indispensable del análisis “científico” es, pues, el embotamien­ to moraI| Este embotamiento no es idéntico a la depravación moral, pero esta destinado a robustecer las fuerzas de la depravación. En

el

caso de hombres de menos categoría, podríamos atribuir tal embo­

tamiento a la ausencia de ciertas virtudes intelectuales. Esta carita­ tiva explicación no puede ser admitida en el caso de Maquiavelo, que era demasiado reflexivo para no saber lo que estaba haciendo

y

prensivos. No dudamos en afirmar, como otros muchos han afirmado antes que nosotros, y como trataremos de probar más adelante, que la doctrina de Maquiavelo es inmoral e irreligiosa. Nos son familiares las pruebas que aducen los estudiosos en apoyo de la aserción con­ traria; pero recusamos su interpretación de las pruebas. Sin decir nada de ciertas otras consideraciones, nos parece que los estudiosos en cuestión se dan muy fácilmente por satisfechos.\Están convenci­ dos de que Maquiavelo era amigo de la religión porque subrayaba

la

demasiado magnánimo para no admitirlo ante sus amigos com­

utilidad y el carácter indispensable de la religión. No tienen en

cuenta el hecho de que su alabanza de la religión es sólo el reverso

de lo que podemos llamar provisionalmente su completa indiferen­

cia hacia la verdad de la religión.") Esto no es sorprendente, ya que ellos mismos se inclinan a considerar a la religión nada más que un sector estimable de la sociedad, cuando no una atractiva o, por

lo

personas sinceramente religiosas que se dan por satisfechas con cual­

menos, inocua manifestación folklórica, y eso sin hablar de esas

quier aparente concesión que se haga a la religión. Interpretan mal el juicio de Maquiavelo concerniente a la religión e igualmente su

INTRODUCCION

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juicio concerniente a la moralidad, porque son discípulos de Ma­ quiavelo. Su estudio del pensamiento de Maquiavelo, en apariencia abierto de miras, está basado en la aceptación dogmática de sus prin­ cipios. No ven el carácter maléfico de su pensamiento, porque son los herederos de la tradición maquiavélica; porque ellos, o los olvi­ dados maestros de sus maestros, han sido corrompidos por Ma­ quiavelo. No se puede ver el verdadero carácter del pensamiento del Ma­ quiavelo sino es librándose de la influencia de Maquiavelo. En la práctica, esto significa que no se puede ver el verdadero carácter del pensamiento de Maquiavelo, sino buscando por sí mismo y en si mismo la herencia pre-moderna del mundo occidental, tanto bí­ blica como clásica. Hacer justicia a Maquiavelo requiere mirar de atrás hacia adelante, desde un punto de vista pre-moderno, hacia un Maquiavelo completamente inesperado y sorprendente, que es nue­ vo y es extraño; y no mirar hacia atrás desde nuestro tiempo, hacia nn Maquiavelo que se ha convertido en algo antiguo y propio, y, por consiguiente, en algo casi bueno. Este procedimiento es indispensa, ble aún para la comprensión puramente histórica. Maquiavelo co­ nocía el pensamiento pre-moderno, que estaba delante de él. No pudo haber conocido el pensamiento del tiempo presente, que emer­ gió, como si dijéramos, a sus espaldas. Nosotros, por lo tanto, consideramos la opinión sencilla sobre Ma­ quiavelo forzados opiniones a como rebuscadas, admitir—o indudable aunque precisamente y decisivamente aún insuficiente. por ello—que superior Y aunque su doctrina a las nos vigentes veamos es dia- bélica y que él mismo es un diablo, tendremos que recordar la pro­ funda verdad teológica de que el diablo es un ángel caído. Reconocer el carácter diabólico del pensamiento de Maquiavelo significaría re­ conocer en él una pervertida nobleza de un orden muy elevado. Esta nobleza fué discernida por Marlowe cuando adscribió a Ma- quiavelo las palabras: “Yo sostengo que no existe pecado, sino ig­ norancia/’ El juicio de Marlowe es confirmado por lo que indica el mismo Maquiavelo en las Epístolas Dedicatorias de sus dos más

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grandes libros, respecto a sn más preciosa posesión. Simpatizamos con la opinión sencilla respecto a Maquiavelo, no sólo porque es sana, sino sobre todo, porque si no se toma en serio esta opinión es imposible hacer justicia a lo que en Maquiavelo es realmente ad­

mirable : la intrepidez de sn pensamiento, la grandeza de su visión

la graciosa sutileza de su palabra. No es el desprecio ni el olvido

de la opinión sencilla, sino el meditado ascenso a partir de ella, lo que nos llevará al meollo del pensamiento de Maquiavelo. No liay

más segura protección contra la comprensión de cualquier cosa que dar por sabido, o desdeñar en cualquier otra forma, lo obvio y la superficie. El problema inherente en la superficie de las cosas, y sólo en la superficie de las cosas, es el corazón de las cosas. Hay buenas razones para tratar de Maquiavelo en una serie de conferencias Walgreen. Se puede decir que los Estados Unidos de . América son el único país del mundo que fué fundado en explícita oposición a los principios maquiavélicos. Según Maquiavelo, el fun­

y

dador de la más renombrada comunidad del mundo fué un fratri­ cida : las bases de la grandeza política se apoyan necesariamente en

el

biernos del viejo mundo responde a esta descripción; este origen fué conquista y tiranía. Pero “la independencia de América (fué) acompañada de una Revolución en los principios y la práctica de

los gobiernos” : los fundamentos de los Estados Unidos se apoyaron en la libertad y en la justicia. “El gobierno fundado en una teoría moral, en un sistema de paz universal, en los irrevocables y here­ ditarios Derechos del Hombre, está ahora avanzando de Occidente

Oriente, por un impulso más fuerte que el que llevó el gobierno

de la espada de Oriente a Occidente” (3). Este juicio está lejos de haber prescrito. Aunque la libertad ya no es coto exclusivo de los Es­ tados Unidos, los Estados Unidos son hoy el baluarte de la libertad. Y la tiranía contemporánea tiene sus raíces en el pensamiento de Maquiavelo, en el principio maquiavélico de que el fin, si es bue­

no, justifica los medios. Al menos en la medida en que la realidad americana es inseparable de les aspiraciones americanas, es imposi-

crimen. Si creemos a Tilomas Paine, el origen de todos los go­

a

INTRODUCCION

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ble entender el americanismo sin entender el maquiavelismo, que es lo opuesto a él. Pero no podemos ocultarnos el hecho de que el problema es más complejo de lo que aparece en la presentación de Paine y sus se­ guidores. Maquiavelo podría argüir que América debe su grandeza, no sólo a su habitual adscripción a los principios de libertad y jus­ ticia, sino también a sus ocasionales desviaciones de los mismos. No vacilaría en sugerir una maligna interpretación de la compra de Luisiana (4) o de la suerte de los pieles rojas. Concluiría que hechos como éstos son una prueba adicional de su tesis de que no puede existir una grande y gloriosa sociedad sin algún equivalente al asesi­ nato de Remo por su hermano Rómulo. Esta complicación hace aún más necesario que consigamos una adecuada comprensión de la cuestión fundamental planteada por Maquiavelo. Puede parecer que damos por sentado que Maquiavelo es el clá­ sico exponente de una de las dos alternativas fundamentales del pen­ samiento político. De hecho, damos por sentado que existen alter­ nativas fundamentales, alternativas que son permanentes o coexis­ tentes con el hombre. Esta aserción es frecuentemente negada hoy día. Muchos de nuestros contemporáneos son de opinión de que no existen problemas permanentes ni, por tanto, permanentes alterna­ tivas. Ellos argüirían que precisamente la doctrina de Maquiavelo ofrece amplias pruebas en favor de su negativa de la existencia de problemas permanentes: el problema de Maquiavelo es un pro­ blema nuevo; es un problema fundamentalmente diferente del pro­ blema que preocupó a la filosofía anterior. Este argumento, adecua­ damente elaborado, tiene cierto peso. Pero expresado crudamente, prueba, sencillamente, que los problemas permanentes no son tan fácilmente accesibles como piensan algunas personas, o que no todos los filósofos políticos se enfrentan con los problemas permanentes. Nuestro estudio crítico de la doctrina de Maquiavelo puede no tener, en último término, otro propósito que contribuir a la recuperación de los problemas permanentes.

CAPITULO I

EL DOBLE CARACTER DE LA DOCTRINA DE MAQUIAVELO

Maquiavelo presentó su doctrina política en dos libros: El Prín­ cipe y los Discursos sobre los primeros diez libros de Livio. También Platón presentó su doctrina política en dos libros, La República y Las Leyes. Pero Platón aclaró perfectamente que el tema tratado en Las Leyes era de rango inferior al de La República o que Las Leyes está subordinado a La República. Hobbes llegó basta a presentar su doctrina política en tres libros. Pero es fácil advertir que estos tres libros corresponden a tres sucesivos esfuerzos por exponer la misma doctrina política. El caso de los dos libros de Maquiavelo es dife­ rente. Su relación es oscura. Al principio del Principe, Maquiavelo divide todos los estados en dos clases: repúblicas y principados. Por el título, por la Epístola Dedicatoria y por las cabeceras de capítulo del Príncipe, parece que este libro está dedicado a los principados. Sobre todo, Maquia­ velo dice explícitamente que en el Principe tratará solamente de principados y no discutirá aquí las repúblicas, puesto que esto ya lo sobre ha hecho las repúblicas largamente se en adapta otro lugar a los (1). Discursos, La referencia y no se a una adapta obra a

ninguna otra obra de Maquiavelo, ni existente, ni de la que se sepa que haya existido; ni completa, ni fragmentaria. Por consi-

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guíente, parece razonable describir la relación entre los dos libros como sigue: el Príncipe está dedicado a los principados y los Dis­ cursos a las repúblicas. Pero, si el caso es tan simple, ¿por qué Maquiavelo no tituló su tratado sobre las repúblicas simplemente De República? Puede su­ gerirse que, cuando escribió Maquiavelo, las repúblicas no estaban en boga en Florencia, ni en Italia, ni en ningún otro lugar de la tierra; los principados predominaban; las repúblicas eran más bien cosa del pasado. Maquiavelo podía encontrar en sus tiempos mode­ los de príncipes gobernantes como César Borgia o Fernando de Aragón, pero el modelo de gobierno republicano le fué proporcio­ nado por la antigua Roma (2). De acuerdo con esta sugerencia, en­ contramos lo que se puede llamar una preponderancia de ejemplos modernos en el Príncipe y una preponderancia de ejemplos antiguos en los Discursos (3). Con esto podríamos comprender por qué el Príncipe termina o culmina con una apasionada llamada a la acción:

Maquiavelo exhorta a un principe italiano de su tiempo a liberar a Italia de los bárbaros que la han subyugado; en cambio, el fin de

los Discursos es extrañamente desapasionado. En pocas palabras:

tiene sentido, a primera vista, describir la relación entre los dos li­ bros en términos de diferencia del tema tratado. Pero casi inmediatamente nos vemos obligados a cualificar esta

descripción. No es verdad que Maquiavelo mirase

como cosa del pasado. Escribió los Discursos con objeto de estimu­ lar a la imitación de las antiguas repúblicas. Tenía su esperanza puesta en el renacimiento, et> un futuro próximo o lejano, del espí­ ritu del antiguo republicanismo (4). Por consiguiente, el que escri­ biera Discursos sobre Livio en lugar de De República no puede ser explicado por su desesperanza en un futuro republicano. Aparte de esto, es indudable qti* los Discursos tratan tanto de repúblicas como de principados. El propósito declarado del libro es abrir ca­ mino a la imitación, no sólo de las antiguas repúblicas, sino igual­ mente de los antiguos reinos (5). En cuanto al Príncipe, abundan en él las referencias a las repúblicas. Maquiavelo incita a los príncipes

las repúblicas

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a tomar como modelo a la república romana en lo referente a la política exterior y a las cuestiones militares (6). El decir que el Príncipe trata principalmente de los principados y los Discursos principalmente de las repúblicas es oscurecer la dificultad. Será mejor decir que Maquiavelo trata en el Príncipe todos los temas desde el punto de vista del príncipe, mientras que en los Discursos trata numerosos temas, tanto desde el punto de vista principesco como desde el republicano. Por consiguiente, nos inclinamos a su­ gerir que en los Discursos Maquiavelo presenta el total de su doctri­ na política, mientras que en el Príncipe presenta sólo una parte de ella, o quizá discute sólo un caso especial; nos inclinamos a sugerir que el Príncipe está subordinado a los Discursos. Esta sugerencia parece ser generalmente preferida hoy día. Aunque, por la razón expuesta, esta idea es superior a la de que la relación entre los dos libros corresponde literalmente a la relación entre principados y repúblicas, es inferior a ella por el hecho de no estar basada en las propias declaraciones de Maquiavelo. La relación entre los dos libros sigue siendo oscura. Para lograr alguna claridad, volvamos una vez más a la superficie, al principio del principio. Ambos libros empiezan con Epístolas Dedicatorias. En la Epístola Dedicatoria del Príncipe, Maquiavelo dice que el libro contiene todo lo que él ha descubierto por sí mismo o aprendido de otros; es decir: todo lo que él sabe. En la Epístola Dedicatoria de los Discursos dice que el libro contiene cuan- to él sabe y cuanto ha aprendido de las cosas de este mundo. Por tanto, la relación entre los dos libros no puede entenderse en térmi­ nos de diferencia del tema tratado. El Principe trata un tema tan amplio como los Discursos: cada uno de estos libros contiene todo lo que Maquiavelo sabe. Podemos añadir que Maquiavelo sólo hace esa atribución en favor del Príncipe, por una parte, y de los Discur­ sos, por otra, como puede verse en las Epístolas Dedicatorias de sus otras obras. En la ambigua frase de la Epístola Dedicatoria de los Discursos puede parecer que Maquiavelo presenta su conocimiento como limi-

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tado a “las cosas del mundo”. El conocimiento de las cosas del mundo es distinto del aprendizaje libresco, por una parte, y del conocimiento de las cosas naturales y sobrenaturales, por otra. En una ocasión parece que Maquiavelo descarta explícitamente el cono* cimiento de las cosas naturales y sobrenaturales. Las cosas del mun­ do son distinguidas en particular de “la suerte y Dios” y de “el Cielo”. Son idénticas a las res humanae, las cosas humanas o asun­ tos humanos. En lugar de “las cosas del mundo”, Maquiavelo usa también la expresión “las acciones del mundo”. Pero las cosas del mundo no consisten exclusivamente en acciones; los estados y las re- ligiones o “cuerpos compuestos” como distintos de los “cuerpos simples” (es decir, los cuerpos naturales) están también incluidos entre las cosas del mundo. Alguien dijo de los florentinos que no entendían nada de las cosas del mundo. Los sermones de Savona- rola están llenos de acusaciones e invectivas contra los sabios mun­ danos. Por otra parte, Maquiavelo quiere hacer a sus lectores “me­ jores conocedores del mundo” (7). Porque las cosas del mundo se distinguen también, desde luego, de las cosas celestiales; o, más bien, se las distingue como cosas de “este mundo” frente a las cosas del “otro mundo” (8). En la Epístola Dedicatoria del Príncipe, Maquiavelo no habla de las cosas del mundo, sino de cosas mo­ dernas y cosas antiguas. Las cosas del mundo son variables; por lo tanto, las cosas modernas difieren de las cosas antiguas. Pero “las cosas del mundo” es una expresión de más amplio alcance que “las cosas antiguas y modernas”, porque no todas las cosas del mundo están afectadas por la diferencia entre antigüedad y modernidad. Como Maquiavelo nos informa en la Epístola Dedicatoria del Prín­ cipe, hay una “naturaleza de los principes” y una “naturaleza de los pueblos”, las cuales naturalezas son invariables. Hay una “natu­ raleza” que es la misma en todos los hombres. Hay características naturales de las naciones, inclinaciones naturales, necesidades natu­ rales, con las que los estudiosos de los asuntos humanos deben fa­ miliarizarse completamente. Teniendo en cuenta la significación po­ lítica de los milagros, es, al menos, deseable que el hombre de

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estado y, por tanto, a fortiori, el maestro de hombres de estado, sea siempre “un conocedor de las cosas naturales”, es decir, de aquellas realidades naturales que no pertenecen necesariamente a la naturaleza del hombre en particular (9). Maquiavelo conoce, pues, no sólo las variables “cosas del mundo”, sino también el mismo inva­ riable “mundo”. El sabe que el cielo, el sol, los elementos y el hombre tienen siempre un mismo movimiento, orden y poder. Sabe que las cosas del mundo siguen un curso que ha sido ordenado para ellos por el cielo de tal modo que las cosas del mundo estén, en todas las épocas, en fundamental acuerdo con los antiguos tiempos. En cierto modo, pues, Maquiavelo posee conocimiento de “todas las cosas naturales”. No puede saber que todas las cosas del mundo dependen del cielo para su orden a no ser que tenga algún cono­ cimiento del cielo. No puede conocer los cuerpos compuestos, como tales, a no ser que tenga algún conocimiento de los cuerpos simples. Es verdad que lo que él conoce de los cuerpos simples lo ha aprendido de los físicos, entre otros, mientras que lo que sabe de los cuerpos compuestos lo ha aprendido por sí mismo. Pero esto no quita que posea conocimientos así de los cuerpos sim­ ples como de los compuestos. Las cosas del mundo están, en cierto modo, gobernadas por la suerte y por Dios. Maquiavelo está, por ello, obligado a pensar en el carácter de este gobierno y a llegar a un juicio sobre este carácter, lo mismo que está obligado a pensar en si el mundo, es decir, el universo visible, fué creado o es eter­ no (10). En materias como ésta, su juicio no se apoya en las ense­ ñanzas de otros hombres, o en una ciencia que precede a la suya en el orden de las ciencias, como en el caso de los cuerpos simples; en materias como ésta, está obligado a juzgar por sí mismo. En re­ sumen, es difícil asignar límites precisos al conocimiento de Maquia­ velo sobre “las cosas del mundo”. Es, ciertamente, imprudente dar por supuesto que su conocimiento de las cosas del mundo está limi­ tado a las cosas políticas y militares en sentido estricto. Es más prudente dar por sentado que su conocimiento—y, por tanto, su en­ señanza, tanto en el Príncipe como en tos Discursos—es Omnicom-

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prensivo. En otras palabras, es prudente dar por supuesto que, de temas que puedan ser pertinentes para la comprensión de la natura­ leza de las cosas políticas, sólo quedan fuera de su consideración aquellos temas a los que explícitamente excluye de la discusión. Y sólo hay un tema al que excluye explícitamente de la discusión. “Cuán arriesgado es hacerse cabeza de una cosa nueva que concierne a muchas gentes, y cuán difícil es manejarla y llevarla a su consu­ mación y, después que ha sido llevada a su consumación, mantener­ la, sería materia de discusión demasiado amplia y elevada; por lo tanto, la reservo para un lugar más conveniente” (11). Los demás temas importantes, por consiguiente, no son suficientemente am­ plios y exaltados para excluir su discusión. Debe suponerse que todos los demás temas importantes han sido tratados, aunque sólo sea de paso o en alusiones, en cada uno de los dos libros. Esta conclusión es perfectamente compatible con el hecho de que ambos libros están evidentemente consagrados, en su mayor parte, a los temas políticos en sentido estricto: de Sócrates hemos aprendido que las cosas políticas, o las cosas humanas, son la clave para la comprensión de todas las cosas. Para saber cómo Maquiavelo puede tratar “todas las cosas” en cada uno de los dos libros, sólo necesitamos acordarnos de su tema

más visible. El tema eje del Principe es el nuevo príncipe. Pero la más importante especie de nuevos príncipes son los fundadores de sociedades. Al discutir el nuevo príncipe, Maquiavelo discute la fun­ dación de toda sociedad, sin tener en cuenta si es meramente polí­ tica o político-religiosa. El tema de los Discursos es la posibilidad

y

mostrar la posibilidad y desirabilidad de tevivir antiguas virtudes sin entrar en la cuestión total referente a los antiguos y los moder­ nos, la cual incluye la cuestión del paganismo y la Biblia. Si los dos libros no se distinguen claramente uno del otro por el tema tratado, tenemos que considerar si no se distinguen claramen­

te

sobre los destinatarios de ambos libros, sobre las cualidades de esos

desirabilidad de revivir antiguas virtudes. Maquiavelo no puede

por sus puntos de vista. Las Epístolas Dedicatorias nos informan

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hombres “a los cuales, más que a todos los otros, los libros van dirigidos”. Las Epístolas Dedicatorias eran de uso común, pero, aunque no todos puedan hacerlo, un hombre fuera de lo común puede investir un uso común de una significación fuera de lo común. El Príncipe está dedicado a un príncipe; los Discursos están dedi­ cados a dos jóvenes que eran ciudadanos privados. Se puede pensar por un momento que el Príncipe trata de todo lo que Maquiavelo conoce desde el punto de vista de un príncipe, mientras los Discur­ sos tratan de todo lo que Maquiavelo conoce desde un punto de vista republicano. Se puede pensar, en otras palabras, que Maquiavelo es un supremo técnico político que, sin ninguna predilección, sin ninguna convicción, aconseja a los príncipes cómo preservar y acre­ cer su poder principesco, y aconseja a los republicanos cómo esta­

blecer, mantener y promover un modo de vida republicano. Al dedicar el Príncipe a un príncipe y los Discursos a ciudadanos pri­ vados, habría, pues, prefigurado a los científicos políticos del inmi­ nente futuro que dedicarán su tratado sobre la democracia liberal

a

nismo a un sucesor del primer Ministro Bulganin. Pero Maquia­ velo no es un científico político de esta clase. No se propone ser neutral hacia temas cuya comprensión es incompatible con la neu­ tralidad. En principio, él prefería, en su calidad de analista de la

sociedad, las repúblicas a las monarquías. Además, no es verdad que en los Discursos considere sus temas solamente desde un punto de vista republicano; en numerosos pasajes de este libro considera el mismo tema así desde el punto de vista republicano como desde el principesco (12). Y, sobre todo, los ciudadanos privados a los cuales se dedican los Discursos son descritos en la Epístola Dedicatoria como hombres que, aunque no son príncipes, merecen ser príncipes,

como hombres que comprenden cómo gobernar un reino. Se los

presenta, con respecto a los príncipes de hecho, en la misma relación en que estaba Hierón de Siracusa, mientras era todavía un ciuda­ dano privado, respecto a Perseo de Macedonia, cuando éste era Rey:

Hierón era un ciudadano privado al cual no le faltaba para ser

un sucesor del Presidente Eisenhower, y su tratado sobre el comu­

o

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principe o rey nada más que el poder de nn príncipe o de un rey. El mismo Hierón es presentado al destinatario del Príncipe como el modelo de un principe comparable a Moisés y a David (13). Lo mis­ mo qne el destinatario del Príncipe es exhortado a imitar no sólo

a

los antiguos príncipes, sino igualmente a la antigua república ro­

mana, los destinatarios de los Discursos son exhortados a imitar no sólo a los antiguos republicanos romanos, sino igualmente a loe anti­ guos reyes. Por tanto, el Príncipe y los Discursos concuerdan no sólo en lo referente al tema tratado, sino también en lo referente a su

último propósito. Intentaremos, pues, entender la relación entre ambos libros suponiendo que el Principe es la presentación de la

doctrina de Maquiavelo dirigida a los príncipes efectivos y los Dis­ cursos son la presentación de la doctrina de Maquiavelo dirigida

a

hombre: el Principe está dirigido a sólo un hombre. Pero puede haber más de un príncipe en potencia en un determinado estado:

los Discursos están dirigidos a dos hombres (14). Se puede suponer que un príncipe efectivo está muy ocupado: el Príncipe es un libro corto, un manual que, aunque contiene todo lo que Maquiavelo sabe, puede ser comprendido en muy breve tiempo. Maquiavelo realizó esta proeza de condensación renunciando a toda clase de adornos

y

dad de su materia y a la importancia de su tema. Los príncipes en potencia tienen tiempo libre. Los Discursos son inás de cuatro veces más largos que el Principe. Por añadidura, ni siquiera es seguro que los Discursos estén completos: su fin parece una cesación más bien que una culminación; y, además, tenemos el hecho de que Maquiavelo casi prometió una continuación. De acuerdo con esto, en el Príncipe, la discusión extensa se limita a temas que son de la mayor urgencia para un príncipe efectivo, y Maquiavelo especifica en seguida el tema del libro en la Epístola Dedicatoria. Los Discur­ sos, en cambio, continen extensas discusiones de muchos detalles y la Epístola Dedicatoria no especifica ningún tema, sino que con-

los príncipes en potencia. El principe efectivo en un estado determinado sólo puede ser un

privando al libro de toda gracia, excepto la inherente a la varie­

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tiene una referencia a escritores clásicos (15). Dado que el Príncipe

dirige a un príncipe efectivo, desemboca, como es de razón, en

se

una llamada a la acción; es decir, a la acción más apropiada aquí y ahora: puede suponerse a un príncipe reinante italiano en sitúa* ción de liberar Italia. En cambio, los Discursos, que están dirigidos a príncipes meramente potenciales, no desembocan en una llamada a

la acción: no se puede saber si un príncipe en potencia llegará a ser­

lo

cursos delinean más bien un proyecto a largo plazo, cuya realización requiere pausada preparación y una recuperación o renacimiento del espíritu de la antigüedad, que podría exigir mucho tiempo.

A

preponderancia de ejemplos modernos en el Príncipe y una cierta preponderancia de ejemplos antiguos en los Discursos. El príncipe efectivo al cual está dedicado el Príncipe es el señor de con Maquiavelo, las apariencias Lorenzo y la de actitud Médicis. de Maquiavelo un pedigüeño. se acerca El es a un él

humilde súbdito, que habita en las más hondas profundidades, hacia

el

de

alguna resonante o extraña acción del pedigüeño. Maquiavelo trata de atraer la atención de su señor sometiéndole humildemente un regalo poco usual: su Príncipe. El regalo no ha sido solicitado: la iniciativa de escribir el Príncipe es enteramente de Maquiavelo. Pero Maquiavelo actúa impulsado por la grande y continua malig­ nidad de la suerte que le oprime. Los Discursos están dirigidos a amigos de Maquiavelo. Estos amigos le impulsan a escribir el libro;

Maquiavelo no lo escribió por su propia iniciativa. Mientras que en

el

favores recibidos. El sabe que sus amigos le han hecho favores, mientras que no sabe si su príncipe le concederá ninguno. Del mis­ mo modo, sabe que los Discursos interesarán a sus destinatarios y serán tomados en serio por ellos, mientras que no sabe si el Prínci­ pe interesará a su destinatario y será tomado en serio por él. Maquia-

efectivo, ni en qué circunstancias será. Por consiguiente, Los Dis­

esta luz podemos comprender mejor por qué existe una cierta

cual no parece probable que el príncipe, situado en la cumbre la vida, vuelva su mirada, a no ser que sea inducido a ello por

Príncipe solicita un favor, en los Discursos expresa su gratitud por

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velo nos deja en duda, y él mismo puede estarlo, sobre si hay proba­ bilidades de que el destinatario se interese por este libro, ni, a decir verdad, por ningún pensamiento serio, y si no le agradaría más recibir un hermoso caballo. En fin : mientras que los destinatarios de los Discursos merecen ser príncipes, aunque no lo son, es cues­ tión no resuelta si el príncipe efectivo al cual va dedicado el Prín­ cipe merece ser un príncipe. Hay mejor perspectiva de que Maquia- velo sea comprendido por sus probados amigos que por su no probado señor. Para entender el significado de estas diferencias sólo necesita­ mos poner atención a lo que Maquiavelo dice explícitamente sobre cómo se habla de los‘príncipes efectivos. “De los pueblos, todo el mundo habla mal sin miedo y libremente, incluso cuando reinan; de los príncipes siempre se habla con mil temores y mil respetos.” Los pocos que son capaces de discernir la acerba verdad acerca de un príncipe efectivo no osan enfrentarse a la opinión de los muchos que son incapaces de discernir tal verdad; por consiguiente, cuando re­ fiere la escandalosa deslealtad de un príncipe contemporáneo, Ma­ quiavelo se niega a mencionar su nombre: “No es bueno nombrar­ le” (16). Lo que es verdad respecto a hablar de príncipes efectivos lo es con más razón respecto a hablar a un príncipe efectivo que es el propio y temido señor del que habla. En cambio, no hay que decir que hablar a amigos significa hablar libremente. Es de esperar, pues, que Maquiavelo se mueste reservado en el Príncipe y franco en los Discursos (17). La reserva se acomoda bien con la brevedad. En el Príncipe, el modo en que Maquiavelo trata todo lo que sabe es lacónico. Como el ser reservado significa seguir la convención o la tradición, el Príncipe es más convencional o tradicional que los Discursos. El Príncipe prolonga un género convencional o tradicio­ nal ; los espejos de príncipes. El libro empieza como un tratado aca­ démico o escolástico. Corno dice Maquiavelo en la Epístola Dedica­ toria, su intención es regular el gobierno de los príncipes, o dar reglas para el mismo; es decir, continuar la tradición de la filosofía política, especialmente la tradición aristotélica (18). Quizá el título

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del Príncipe, y ciertamente los encabezamientos de sus capítulos y hasta el de la Epístola Dedicatoria, están escritos en latín, el len­ guaje de las escuelas y de la Iglesia. Es verdad que el Príncipe, a diferencia de un tratado escolástico, termina con una cita italiana de un poema patriótico. Pero también la poesía patriótica italiana tenía un carácter tradicional: el Príncipe se desenvuelve entre tra­ tados escolásticos y poemas patrióticos; es decir, entre dos géneros tradicionales. La primera palabra del Príncipe es Sogliono (“Es cos­ tumbre”). Pero la primera palabra de los Discursos es lo (“yo”) : el Maquiavelo individual hace acto de presencia. En la Epístola Dedi­ catoria del Principe, Maquiavelo indica que se desvía de la costum­ bre en dos aspectos: no ofrece al príncipe, como hacen la mayoría de los suplicantes, ornamentos dignos de la grandeza del príncipe, sino que ofrece el Príncipe; y tampoco usa ornamentos externos den­ tro del mismo libro. Pero en la Epístola Dedicatoria de los Discursos desdeña incluso la costumbre de dedicar los libros a príncipes, cos­ tumbre que había cumplido en el Príncipe. El cuerpo de los Dis~ cursos se abre con nn desafío a la tradición, con una declaración que proclama la total novedad de la empresa de Maquiavelo. Su paralelo en el Príncipe está escondido en cierto lugar en el centro del libro. Las cabeceras de capítulo del Príncipe no expresan ningún pensamiento nuevo ni dudoso, mientras que sí lo hacen algunas ca­ beceras de capítulo de los Discursos. En dos encabezamientos de capítulo de los Discursos, Maquiavelo pone en duda abierta y explí­ citamente opiniones aceptadas (19). En los Discursos encontramos, al menos, nueve indudables referencias a escritos modernos; en el Príncipe sólo encontramos una de dichas referencias (20). En el Príncipe todas las citas de escritores antiguos están dadas en latín; en los Discursos hay varios casos en que las citas de escritores anti­ guos están dadas en italiano (21). Es casi superfino decir que en los Discursos tanto el título y las cabeceras de capítulo como la Epís­ tola Dedicatoria están en lengua vulgar. La forma de los Discursos, mezcla de tratado político y de algo parecido a sermones sobre los

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textos de Livio, no era, ciertamente, convencional, aunque dió ori­ gen a un convencionalismo. Las precedentes observaciones no pretenden negar que el Prín­ cipe es un libro “revolucionario”, aunque sí pretenden negar que el Príncipe es más revolucionario que los Discursos. De momento, sostenemos simplemente que el aspecto más externo o superficial del Principe, tal como Maquiavelo lo proyectó, es más tradicional que la superficie de los Discursos, y, también, que la superficie de un libro, tal como lo proyectó su autor, pertenece al libro tanto como su sustancia. En lo referente a la sustancia, el Príncipe no está menos animado de admiración por la antigüedad que los Discursos y, tanto como los Discursos, debe su existencia al estudio de la anti­ güedad (22). Hemos llegado a la conclusión provisional de que el Príncipe es más reservado que los Discursos. En el Príncipe, Maquiavelo deja frecuentemente de mencionar importantes hechos—hechos muy rela­ cionados con el tema del libro—que menciona en los Discursos. En los Discursos encontramos cierto número de declaraciones en el sentido de que las repúblicas son superiores a los principados; en el Prín­ cipe no encontramos una sola declaración en el sentido de que los principados sean superiores a las repúblicas (ni viceversa), aunque la primera frase del Príncipe, a diferencia de la primera frase de los Discursos, llama nuestra atención sobre la diferencia fundamental entre repúblicas y principados. Maquiavelo guarda silencio en el Príncipe sobre si (y en qué medida) el gobierno principesco es su­ perior al gobierno popular, pregunta que no vacila en contestar, ex­ plícita y claramente, en los Discursos: los príncipes son superiores a los pueblos cuando se trata de la fundación de estados; los pueblos son superiores a los príncipes cuando se trata de la preservación de estados; en el Principe se limita a responder a la cuestión de qué clase de príncipe es necesaria para la fundación de estados y qué clase de príncipe es preferible para la preservación de estados (23). Habla en el Príncipe de las ventajas de los principados hereditarios (para los príncipes hereditarios), pero suprime la discusión, trans-

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mitida a través de los Discursos, de los defectos esenciales de los principados hereditarios. En el Príncipe se contenta con mencionar el hecho de que la preservación de los principados hereditarios no requiere virtud ni distinción: trata de dos diferentes duques de Ferrara como si fueran numéricamente idénticos o totalmente im­ posibles de distinguir (24). Discute de modo coherente en ambos libros a los emperadores romanos. En los Discursos subraya la dife­ rencia entre los emperadores que eran propiamente herederos y aquéllos que eran hijos adoptivos de sus predecesores, con objeto de mostrar los defectos de la sucesión hereditaria; en cambio, en el Príncipe se limita a aludir a esta diferencia. En los Discursos decla­ ra explícitamente que de los 26 emperadores mencionados, 16 fueron asesinados y 10 murieron de muerte natural, mientras que en el Principe deja al lector el trabajo de computar por sí mismo que de los 10 emperadores mencionados allí, sólo dos tuvieron buen fin, mientras que ocho tuvieron mal fin. En los Discursos extiende la lista de los emperadores romanos de modo que incluye la edad de oro desde Nerva a Marco Aurelio, mientras que en el Príncipe no hace empezar la lista hasta Marco Aurelio: coloca el acento tácita­ mente, sólo tácitamente, sobre los malos emperadores (25). En los Discursos insiste en la diferencia fundamental entre reyes y tiranos; en el Príncipe abandona silenciosamente esta distinción; individuos que en los Discursos son designados como tiranos, son designados como príncipes en el Príncipe (26); el término “tirano” nunca apa­ rece en el Príncipe; “tirano” es una palabra demasiado dura para usarla delante del príncipe. En los Discursos, Maquiavelo actúa algu­ nas veces explícitamente como un consejero de tiranos (27); en el Príncipe, sólo tácitamente actúa con tal carácter. Lo mismo que en el Príncipe nunca menciona la distinción entre reyes y tiranos, así tampoco menciona nunca en este libro el bien común (28), ni tam­ poco, dicho sea de paso, la conciencia. Al discutir las diversas clases de principados, usa el tiempo pasado sólo en la cabecera del capítulo que trata de los principados adquiridos mediante crimen:

no deben ser puestos en duda ni el título ni la buena reputación de

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ningún príncipe contemporáneo. El capítulo explícitamente dedi­ cado al tema de los aduladores está, de hecho, dedicado principal­

mente al tema de los consejeros. En el Príncipe habla de la grandeza

y

habla de los extraordinarios éxitos de Nabis, que fueron debidos a su política popular, sin aludir al hecho de que pereció a causa de una conspiración (29). En su discusión de las conspiraciones, en el Príncipe, se limita enfáticamente a mencionar un solo ejemplo, que, por supuesto, no es un ejemplo florentino; el ejemplo sigue a la aserción de que nadie se atrevería a conspirar contra un príncipe popular; pero el ejemplo desmiente tácitamente la aserción. Alaba las leyes francesas que son la causa de “la libertad y la seguridad del rey” o de “la seguridad del rey y del reino”: no dice nada sobre la libertad del reino diferenciándola de la libertad del rey (30). En el

Príncipe omite, dentro de los límites de lo posible, todo aquello que que no sería adecuado mencionar en presencia de un príncipe. Dedi­

có el

Príncipe a un príncipe, porque deseaba lograr un empleo

honorable; el libro, por consiguiente, presenta y se propone presen­ tar a su autor como un perfecto cortesano, un hombre que posee el más delicado sentido del decoro. Rasgos como los mencionados

nos proporcionan el apoyo más fuerte para la opinión, sostenida

por cual hombres el Príncipe de es la una competencia sátira sobre de Espinosa los príncipes. y Rousseau, También según pueden la apoyar la opinión, más característica de nuestra época, según la cual la completa expresión de la doctrina de Maquiavelo se encuen­

tra en los Discursos, de modo que debemos leer siempre el Príncipe

la luz de los Discursos y nunca por sí solo. Yo no creo que poda­ mos seguir estas líneas de interpretación: la opinión antigua es insuficiente, y la nueva es enteramente engañosa.

y

serva. Aunque no debemos olvidar que el hablar a un príncipe está sometido a reglas más estrictas que el hablar acerca de un príncipe,

debemos recordar también que los Discursos fueron escritos por el

los éxitos de Agatodes sin aludir siquiera a su lamentable íinal;

a

Si es verdad que de un príncipe se habla siempre con mil miedos mil respetos, los Discursos no ptieden estar del todo libres de re­

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súbdito de un príncipe. Los Discursos se nos presentan a primera vista como un libro republicano acerca de la república, pero pronto notamos que este carácter está envuelto en otros caracteres. El libro parece dedicado, en primer término, a la república romana, a una república que había existido en un remoto pasado; su tema princi­ pal podría parecer de un interés meramente arqueológico o huma­ nístico. Pero también Florencia había sido una república hasta poco tiempo atrás, y “en las repúblicas existe mayor vida, más odio y mayor deseo de venganza, y la memoria de la antigua libertad no les permite y no puede permitirles permanecer inactivos”. De per­ fecto acuerdo con esta soterrada pasión republicana, Maquiavelo de­ dica a las conspiraciones aquel capítulo de los Discursos, que es, con mucho, el más extenso y el meollo de este capítulo a las cons­ piraciones contra los príncipes. Tras subrayar los grandísimos peligros en que incurren aquellos que conspiran contra un príncipe, conti­ núa mostrando de qué manera pueden tales intentos (de asesinar a un rey o a un tirano) ser conducidos a feliz consumación. El capítulo sobre las conspiraciones puede ser descrito como un manual sobre el tiranicidio. Un llamativo ejemplo de conspiración fra­ casada fué la conspiración de los Pazzi contra Lorenzo y Julián de Médicis, en 1478. Fracasó porque los conspiradores sólo consiguie­ ron asesinar a uno de los dos príncipes. Esta famosa conspiración florentina recuerda a Maquiavelo dos conspiraciones similares, una en Atenas y otra en Ileraclea, las cuales fracasaron de la misma ma­ nera. En el ejemplo de Heraclea (que es el ejemplo central), los conspiradores eran discípulos de Platón, lo mismo que en el caso de Galeazzo, duque de Milán, los conspiradores eran discípulos de un humanista que les enseñó que todos los hombres famosos se cria­ ban en repúblicas y no sometidos a príncipes. Pero Maquiavelo dis­ cute los fallos de las conspiraciones con objeto de mostrar cómo podrían haber triunfado. De acuerdo con esto, muestra que las cons­ piraciones contra dos, o incluso contra más tiranos, no están en modo alguno destinadas al fracaso: una conspiración en Tebas contra diez

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tiranos tuvo e] más feliz desenlace, porque el consejero de los tira­ nos era, en el fondo de su corazón, su enemigo (31). Pero volvamos una vez más a la superficie. £1 Príncipe está escri. to para un príncipe o para príncipes. Según el Príncipe, un prínci­ pe debe ser capaz de actuar como una bestia; no debe ser entera­ mente humano o humanitario; no puede permitirse ser un perfecto caballero. Maquiavelo desea ser tomado en serio y escuchado por un hombre de esta clase. Debe, pues, hablar el lenguaje de los príncipes, diferenciado del de los súbditos: “Los grandes hombres llaman deshonra a perder; no llaman deshonra a ganar con tram­ pa." Arruinaría toda posibilidad de demostrar su capacidad como competente consejero de príncipes si hablara el lenguaje de un santo, un caballero o un profesor de filosofía moral. Porque un príncipe, para poder en algún modo beneficiarse de los consejos de Maquia­ velo, tiene que tener alguna conciencia de lo que significa ser un príncipe en el sentido que da Maquiavelo a la palabra. Necesita haber sido corrompido en cierto grado por el ejercicio del poder principesco antes de poder ser capaz de escuchar a Maquiavelo. Pero vamos a suponer que hay algo de verdad en el modo principesco de entender las cosas, o que puede atribuirse a los príncipes el cono­ cimiento de ciertas ásperas verdades que en los caballeros no puede suponerse. En este caso, Maquiavelo puede ser más franco al diri­ girse a un príncipe efectivo que al dirigirse a hombres a quienes falta la experiencia de la vida principesca. Mientras que los caba­ lleros han de ser primero iniciados en los arcana imperii, o ser lle­ vados gradualmente hacia la comprobación del carácter problemá­ tico del bien común, o de la conciencia, o de la distinción entre rey y tirano, los príncipes pueden dar por sentado que estas idead generalmente aceptadas, son meramente populares o provisionales. Es, pues, estrictamente posible que el Príncipe sea, en algunos as­ pectos, más franco que los Discursos. Podemos encontrar un síntoma de esto en los hechos de que el título del Príncipe revela el tema tra­ tado en el libro en mayor grado que el título de los Discursos, y de que el plan del Príncipe es menos oscuro que el de los Discursos.

LX DOBLE CABACTEJR de l a

d o c tk in a

de

m a q u ia v e lo

33

Basta con mencionar aquí un solo ejemplo obvio. Maquiavelo exclu­ ye de la discusión explícitamente sólo un tema: “Cuán arriesgado es hacerse cabeza de una cosa nueva que concierne a muchas gen­ tes y cuán difícil es manejarla y llevarla a su consumación y, des­ pués que ha sido llevada a su consumación, mantenerla, sería ma­ teria de discusión demasiado amplia y elevada; por lo tanto, la reservo para un lugar más conveniente.” Esto se dice en los Discur­ sos. Pero en el Príncipe, donde discute los más “exaltados ejemplos”, no vacila en discutir lo que en los Discursos califica de materia de­ masiado amplia y elevada para ser discutido. Abre la discusión como sigue: “Debemos considerar cómo no hay nada más difícil de tratar, de éxito más dudoso y más peligroso de manejar que hacerse a sí mismo cabeza de nuevos órdenes.” Maquiavelo, pues, discute en el Príncipe y no en los Discursos el único tema del cual dijo que es demasiado elevado para discutirlo. Pero ni aun en el Príncipe lo discute completamente: omite el discutir cómo pueden ser man­ tenidos los nuevos órdenes después de la muerte del fundador (32). Resumiendo, Maquiavelo presenta en cada uno de sus dos libros una doctrina que es sustancialmente la misma, desde dos puntos de vista que pueden describirse provisionalmente como el punto de vis­ ta del príncipe efectivo y el punto de vista de los príncipes en potencia. La diferencia de puntos de vista se muestra con la máxima claridad en el hecho de que en el Príncipe omite el distinguir entre príncipes y tiranos y no habla nunca de] bien común ni de la con­ ciencia, mientras que en los Discursos distingue entre príncipes y tiranos y habla del bien común y de la conciencia. Nos vemos, por ello, impulsados a plantear la siguiente cuestión: ¿considera él la distinción entre príncipes y tiranos como válida en último término, o no? ¿Considera al bien común como criterio último, o no? O bien ¿piensa que estas cuestiones no permiten una respuesta simple, sino que requieren una distinción para ser contestadas? Nos vemos im­ pulsados a plantear la cuestión de si la perspectiva de Maquiavelo es idéntica a la del Príncipe o a la de los Discurs/os, o si es diferente de ambas perspectivas. Bajo ningún pretexto estamos autorizados
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a asumir dogmáticamente, como lo hacen la mayoría de los estu­ diosos contemporáneos, que el punto de vista de Maquiavelo es idéntico al de los Discursos como diferenciado del del Principe, La cuestión que hemos planteado no puede resolverse más que leyendo los libros de Maquiavelo. Pero ¿cómo debemos leerlos? De­ bemos leerlos de acuerdo con aquellas reglas del leer a las que él concedía autoridad. Dado que nunca estableció aisladamente estas reglas, debemos observar cómo las aplicaba al leer a aquellos autores que él miraba como modelos. Y siendo Livio el principal autor para él, debemos mirar con especial atención la forma en que lee a Livio. Su modo de leer a Livio puede enseñarnos algunas cosas sobre su modo de escribir. El no leyó a Livio como nosotros estamos acos­ tumbrados a leerlo. Para Maquiavelo, la obra de Livio tenía auto­ ridad indiscutible; era, como si dijéramos, su Biblia. Su forma de leer a Livio estaba más próxima a la forma en que leían la Biblia todos los teólogos del pasado que a nuestra forma de leer ni a Livio ni la Biblia. Alguien puede objetar que, precisamente, si Livio era una autoridad para Maquiavelo, éste, al ser una especie de comen­ tarista de un texto dotado de autoridad, escribiría de un modo dife­ rente a como lo hizo su autoridad. Esta objeción pasa por alto la posibilidad de que Maquiavelo se propusiera que su Príncipe y sus Discursos se convirtieran en textos dotados de cierta especie de auto­ ridad. Casi exactamente en el centro de los Discursos, Maquiavelo inten­ ta probar, como indica desde el principio en el encabezamiento del capítulo en cuestión, que el dinero no es el nervio de la guerra, como cree la común opinión. Después de haberse así enfrentado con la común opinión en el mismo principio del capítulo y de haber refutado tal opinión en el capítulo mismo, recurre, cerca del final del capítulo, a la autoridad de Livio: “Pero Tito Livio es, en esto, testimonio más verídico que ningún otro. En el lugar en que discute si Alejandro Magno, en el caso de que hubiera venido a Italia, habría vencido a los romanos, expone que en la guerra son necesa­ rias tres cosas: muchos buenos soldados, prudentes capitanes y buena

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suerte. Examinando entonces quiénes, si los romanos o Alejandro, eran superiores en estas cosas, llega a su conclusión sin siquiera mencionar el dinero.” Livio no menciona e] dinero en un contexto en el cual debía haberlo mencionado si lo hubiera considerado im*

portante. Este hecho, por sí solo, establece no ya una vaga presun­ ción en favor de que Livio había mantenido la opinión sana res­ pecto al tema del dinero, sino que hace de él el más verídico testigo, la má9 importante autoridad en favor de dicha opinión. El silencio de Livio es más notorio que lo hubiera sido su explícita declaración, si la hubiera hecho (33). Livio revela una importante verdad del modo más efectivo, mediante su silencio. La regla que Maquiavelo aplica tácitamente puede ser expresada como sigue: si un hombre prudente guarda silencio acerca de un hecho que es comúnmente considerado importante para el tema que él discute, nos da a enten­ der con ello que tal hecho carece de importancia. El silencio de un hombre importante es siempre significativo. No puede explicarse por el olvido. La opinión de la cual se desvía Livio es la opinión común. Se puede expresar la discontinuidad con la opinión común omitiendo, sencillamente, el darse por enterado de ella; esto es, de hecho, el medio más efectivo de mostrar la desaprobación. Apliquemos esta lección a la obra de Maquiavelo. En el Príncipe omite mencionar la conciencia, el bien común, la distinción entre príncipes y tiranos, y el cielo. Nos resistimos a decir que olvidó mencionar tales cosas o que no las mencionó porque no era preciso mencionarlas, dado que su importancia se da por supuesta o es

conocida de los más medianos intelectos.

Porque si estas razones

son verdaderas, ¿por qué las menciona en los Discursos? Sugerimos que omitió mencionarlas en el Príncipe porque las consideró sin importancia dentro del contexto del Príncipe. Hay, sin embargo, algunas cuestiones que omite mencionar no sólo en el Príncipe, sino igualmente en los Discursos, mientras que las menciona en sus otras obras. No menciona en ninguno de los dos libros la distinción entre este mundo y el otro, ni entre esta vida y la otra; mientras fre­ cuentemente menciona a Dios o a los dioses, nunca menciona al de-

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monio; mientras frecuentemente menciona al cielo y una vez al pa­ raíso, nunca menciona el infierno. Y, sobre todo, no menciona ja­ más el alma. Con este silencio sugiere que estas cosas carecen de im­ portancia para la política. Pero, como cada uno de estos dos libros contiene todo lo que él conoce, sugiere con este silencio que estos mún, temas según carecen la de cual importancia estos temas sinipliciter; son extremadamente o sea, que importantes, la opinión co­ es errónea. Sin embargo, esta misma tesis es evidentemente de la más grande importancia. Es decir: su silencio en lo referente a temas que, según la opinión común, son muy importantes, muestra que él considera a la cuestión referente al status de estos temas o a su ver­ dad o realidad como muy importante. Expresa su desaprobación de la opinión común del modo más efectivo mediante el silencio. El capítulo 65 de los Discursos (11 5) se abre con una referencia al grave problema de la eternidad del mundo, al problema de si el universo visible existe de eternidad a eternidad o si ha tenido prin­ cipio. Maquiavelo hace referencia a un argumento en pro de la opi­ nión de que el universo visible tuvo principio, es decir, de la opi­ nión comúnmente mantenida, e indica que este argumento no tiene fuerza. Y asi lo deja, sin dedicarle más que cuatro o cinco líneas. No

es

de los demás argumentos en favor de la creencia ortodoxa en la crea­ ción y qué pensó de esta creencia ortodoxa en sí misma: ¿consideró esta creencia como verdadera o como falsa? El no responde a estas preguntas. Ni siquiera las plantea explícitamente. Pero las plantea con su silencio. Atrae nuestra atención hacia ellas con su silencio, su semisilencio. El lector debe tenerlas presentes; es decir, debe tener

presente la posibilidad de que Maquiavelo creyera en la eternidad del universo visible, de que se pusiera del lado de Aristóteles, frente

la Biblia. Abriendo su mente a esta posibilidad y enfrentándose

audazmente con ella, el lector podrá ser capaz de entender pasajes que de otro modo no podría apreciar. No será tan negligente como para pasar por alto la declaración que hace Maquiavelo en lo que queda de capítulo, de que todas las religiones, incluido el cristia-

posible evitar el preguntarse qué pudo haber pensado Maquiavelo

a

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nismo, son de origen humano y no celestial y que tienen un lapso vital comprendido entre 1666 y 3000 años. Existe una obvia conexión entre la cuestión concerniente a la duración del mundo a parte ante y la cuestión concerniente a la fuente de la religión revelada : la res­ puesta ortodoxa se apoya en la creencia en el origen sobrehumano de la Biblia. En el primer capítulo del Príncipe, Maquiavelo dice que los principados son o hereditarios o nuevos. La distinción es evidente­ mente incompleta: pasa en silencio los principados electivos. Lo que este silencio significa se deduce de una observación que hace Maquiavelo en el capítulo decimonono: cuando, al mencionar el reino del Sultán, dice que no es hereditario ni nuevo, sino electivo, y, por consiguiente, no se parece a ningún otro principado, excep­ to al Pontificado cristiano. El Pontificado cristiano es, puede decir­ se, el tema de un capítulo especia] del Principe (capitulo 11). El silencio de Maquiavelo en el primer capítulo respecto al género a que pertenece el Pontificado cristiano dirige nuestra atención hacia el capítulo que trata del Pontificado cristiano, capítulo que al lector superficial puede parecerle producto de una reflexión posterior. Al señalar silenciosamente hacia ese tema desde el mismo principio del libro, nos hace apreciar la significación que tal tema tiene en el total argumento del Príncipe (34). Casi no hace falta decir que Maquia­ velo no se refiere en el capítulo 11 al hecho de que el reino del Sultán y el Pontificado cristiano pertenecen a un mismo género de

principados. Maquiavelo es justamente conocido o famoso por la extraordina­ ria osadía con que atacó opiniones generalmente aceptadas. No se le ha hecho la debida justicia sobre la notable moderación que ejer­ citó al mismo tiempo. Esto no significa negar que tal moderación le fué, en cierto sentido, impuesta. En el décimo capítulo de los Dis­ cursos, que precede inmediatamente a su explícita discusión de la religión, llama edad de los buenos emperadores romanos al período desde Nerva a Marco Aurelio, la edad de oro en la que cada uno podía mantener y defender la opinión que quisiera, cualquiera que

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fuese. Así indicaba, no sólo cuán gran valor asignaba a la libertad de pensamiento y de discusión, sino también cuán raras veces se en­ cuentra esta libertad. Ciertamente, no se encontraba en su tiempo, como lo demuestran suficientemente las dificultades con que tropezó Pietro Pomponazzo a causa de su libro sobre la inmortalidad del alma. Esta libertad no habría que buscarla, según Maquiavelo, en una república bien ordenada; en el centro mismo de las Historias Flo­ rentinas alaba a Catón por haber dispuesto que ningún filósofo fuera recibido en Roma (35). Podemos preguntamos si, según él, la liber­ tad de discusión podía encontrarse en ninguna sociedad: en el mismo capítulo en que alaba la era de los buenos emperadores ro­ manos como la época de la perfecta libertad de discusión está la retractación de esta alabanza, cuando dice que mientras mandaron los emperadores romanos no se permitía a los escritores tratar libre­ mente sobre César, dado que César era la fuente de la autoridad de los emperadores. En el mismo capítulo ilustra cómo afectan las res­ tricciones sobre la libertad de palabra a los escritores cuyas mentes son libres. Como bajo los emperadores romanos los escritores libres no podían censurar a César, censuraban a Catilina, prefiguración sin fortuna de César, y celebraban a Bruto, enemigo de César. Después de haber indicado el principio, Maquiavelo procede inme­ diatamente a aplicarlo alabando la religión pagana, enemiga de la

su alabanza de la religión pagana, en tanto era

religión bíblica:

súbdito de la iglesia cristiana, es casi la exacta reproducción de la alabanza de un republicano romano, en tanto era súbdito de los em­ peradores, al asesino de César (36). Porque lo que es verdad res­ pecto a la situación bajo los emperadores romanos es igualmente verdad respecto a todas las otras situaciones: en todos los tiempos existe un poder gobernante, un victorioso poder que ofusca las mi­ radas de la mayoría de los escritores y que restringe la libertad de los otros pocos, que no desean convertirse en mártires. La restric­ ción de la libertad de discusión obliga a aquellos escritores cuyas mentes no se someten a la fascinación o a la amenaza del poder, a presentar sus pensamientos por un camino oblicuo. Es demasiado

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peligroso para ellos atacar abiertamente o de frente las opiniones pro* tegidas. Están incluso obligados, en cierto grado, a expresar como propias las opiniones protegidas. Pero adoptar opiniones de las que se está seguro que son falsas quiere decir hacerse más estúpido de lo que se es o representar el papel de tonto: “Haces el papel de tonto suficientemente cuando alabas, hablas, miras y haces cosas contra tu opinión con objeto de agradar al príncipe.” Porque decir la verdad sólo es sensato cuando se habla a hombres sabios (37).

Maquiavelo

estaba obligado a

contenerse,

porque

era

osado.

Su osadía consistía en discutir los modos y órdenes establecidos y en buscar nuevos modos y órdenes. Compara la búsqueda de nuevos modos y órdenes con la búsqueda de mares y tierras desconocidos, pero indica una diferencia entre las dos clases de investigación: en el caso de los nuevos modos y órdenes, no es tanto la búsqueda como el hallazgo lo que es peligroso. El peligro es causado por la envidia de ciertos hombres que regatean la gloria de aque] que descubrió los nuevos modos y órdenes. No es, pues, tanto el descubrimiento como la comunicación del descubrimiento lo que es peligroso. Estas indi* caciones con las que Maquiavelo abre los Discursos dan una idea insuficiente de los riesgos que corre el que propone nuevos modos y órdenes. Hacia el fin de los Discursos, Maquiavelo declara que no discutirá cuán peligroso es hacerse cabeza de novedades que son de interés público: e] discutir esos peligros los acrecentaría. Se mues­ tra más aclaratorio en el Príncipe, en el cual no dice que ha descu­ bierto nuevos modos y órdenes y en el cual, por consiguiente, la cuestión del peligroso carácter de tal descubrimiento no está ligada explícitamente a su propio caso. En el Príncipe dice que los oponen­ tes de los nuevos modos y órdenes tienen de su parte a las leyes, a la majestad de las leyes y a lo que da majestad a las leyes. El innova­ dor provoca la indignación de la poderosa multitud, la cual se adhiere al orden establecido. Su situación sería desesperada si no existiera desacuerdo en cuanto a cómo deben ser interpretadas las leyes vigentes o si los defensores de lo antiguo no estuvieran dividi­ dos en opuestos partidos. Cuando es este el caso, Maquiavelo expresa

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con la mayor osadía aquellas opiniones que son tolerables para uno de los partidos, pero es muy precavido cuando se trata opiniones que no tienen ningún apoyo razonable. Mas precisamente, oculta las razones por las cuales está de acuerdo en parte con uno de los par­ tidos. Siendo su empresa muy difícil, dice, debe llevarla adelante

de tal modo que a otros les falte poco camino para

destino: Maquiavelo no va hasta el final del camino; la última parte del camino debe ser recorrida por el lector que comprende lo que omite el escritor. Maquiavelo no va hasta el final; no revela el final; no revela del todo su intención (38). Pero la insinúa. Es indispensable que discutamos algunos ejem­ plos de los modos cómo Maquiavelo insinúa lo que no puede de­ clarar. Casi al final de los Discursos (III 48) nota, después de haber citado un solo ejemplo, que “el jefe de un ejército no debe creer en un error que el enemigo comete de un modo evidente, porque siempre habrá algún fraude detrás de él, ya que no es razonable que los hombres sean tan incautos”. Inmediatamente después de haber establecido esta regla, que se presenta como universal, cita un ejem­ plo—e] ejemplo central de este capítulo—en el que un enemigo co­ metió un desatino manifiesto sin sombra de fraude; el ejemplo muestra, en efecto, que los enemigos cometen a veces graves des­ atinos a causa del pánico o de la cobardía. Lo absurdo de la regla universal de Maquiavelo queda subrayado por el contraste entre

llegar a su

cómo se establece la regla dentro del capítulo y cómo se la establece en la cabecera del capítulo. La cabecera dice, con moderación, que “cuando se ve que un enemigo comete un desatino grave, se debe creer que existe algún engaño detrás de él” ; porque “creer” no sig­ nifica más que “asumir provisionalmente”. Además, Maquiavelo había usado antes el ejemplo crucial con objeto de mostrar que “la fortuna algunas veces ciega la mente de los hombres” : el manifies­ to desatino en cuestión no fué causado por el cálculo humano, sino por la humana ceguera (39). No tiene importancia para nosotros el que Maquiavelo restablezca la regla en otro lugar de tal modo que resulte razonable: si un prudente y fuerte enemigo comete un

EL DOBLE CARACTER DE LA DOCTRINA DE MAQUIAVELO

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manifiesto error, siempre existirá algún fraude detrás de él (40). Lo importante es el hecho de que Maquiavelo, en el acto de hablar de desatinos manifiestos, comete él mismo un desatino manifiesto. Hace lo que, según él dice, hacen a veces los enemigos. Su acción cesa de ser absurda si él mismo es un enemigo, un inteligente enemigo.

¿podemos dudar que es un enemigo? Como partidario o padre de

nuevos modos y órdenes, es, por necesidad, enemigo de los viejos modos y órdenes y, con ello, enemigo también de sus lectores, que no necesitarían aprender de él si no fueran adictos a los viejos mo­ dos y órdenes. La acción de Maquiavelo es una especie de acción de guerra. Algunas cosas de las que dice sobre la estrategia y la táctica en la guerra ordinaria se aplican a su propia estrategia y tác­ tica en lo que podemos llamar su guerra espiritual. Al cometer un manifiesto desatino cuando está hablando de desatinos manifies­ tos que encubren un fraude, nos da a entender que existe engaño detrás de sus propios manifiestos desatinos o que sus manifiestos des­ atinos son intencionados: indica su intención. Llegamos a esta solución porque tomamos muy en serio lo que Maquiavelo dice en el mismo principio de los Discursos: que él ha descubierto nuevos modos y órdenes, que tal descubrimiento es peli­ groso si se comunica y que él comunicará, sin embargo, su descu­ brimiento. Esta declaración concerniente a su intención, sumamen­

obvia y explícita—aunque inicial y provisional—, nos guia hacia la

adecuada comprensión de su intención sin más que “sumar 2 y 2”,

te

Y

c

llegamos así a una solución que absuelve a Maquiavelo de la ignomi­ nia de cometer un desatino que avergonzaría a un alumno inteligente de segunda enseñanza. Algunos lectores considerarán esta solución rechazable, porque no acredita la moralidad de Maquiavelo. Como hemos indicado desde el principio, nosotros dudamos de su mora­ lidad. A los lectores que nos planteen la dificultad mencionada, po­ demos replicarles con las propias palabras de Maquiavelo: “Du­ rante algún tiempo yo nunca digo lo que creo y nunca creo lo que

digo; si alguna vez se me ocurre decir la verdad, la oculto entre

pensar un poco por nuestra cuenta. En lo referente al ejemplo,

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tantas mentiras que es muy difícil de encontrar” (41). Descubrir en sus escritos lo que él consideraba como la verdad es difícil: no es

imposible. La obra de Maquiavelo es rica en desatinos manifiestos de varias clases: citas erróneas, erróneas declaraciones referentes a nombres o acontecimientos, generalizaciones precipitadas, omisiones indefen­ dibles, etc. Es norma de prudencia elemental el “creer" que todos esos desatinos son intencionados y plantearse en cada caso la cuestión de cuál puede ser el significado que se quiere dar al desatino. El caso más simple de desatino manifiesto es el de la auto-contradic­ ción del autor, especialmente la auto-contradicción dentro de una por misma qué página. los romanos En Discursos fueron I menos 28, Maquiavelo ingratos para plantea con la sus cuestión conciuda­ de

danos que los atenienses. Su respuesta está basada en cierto número de premisas, entre las cuales la siguiente es particularmente impor­ tante en el presente contexto: Atenas fué privada de su libertad por Písístrato durante su más floreciente período, mientras que Roma no fué nunca privada de su libertad por ninguno de sus ciudadanos desde la expulsión de los reyes hasta el tiempo de Mario y Sila. Siete capítulos más tarde dice que diez ciudadanos elegidos por los libres votos del pueblo romano para hacer leyes se convirtieron en tiranos de Roma. De momento, no nos interesa el hecho de que esta expli­ cación hace dudosa la explicación de Maquiavelo sobre la gratitud romana y la ingratitud ateniense (42). Nos limitamos a plantear la cuestión preliminar referente a la más obvia implicación del obvio desatino de Maquiavelo, El pasajero desprecio hacia el decenvirato equivale a una pasajera exageración en cuanto a la bondad de la república romana; porque la larga y continua duración de la liber­ tad es, según Maquiavelo, un gran bien (43). Nos vemos obligados, pues, a preguntarnos por qué Maquiavelo exagera temporalmente su apreciación a favor de la república romana. Observamos que en el mismo corto capítulo (I 28), llama al período de Pisístrato, primero, “el tiempo más floreciente” de Atenas y, aproximadamente una pá­ gina más adelante, “la primera época de la historia de Atenas y an-

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lerior a su crecimiento”. Sugiere así que el más floreciente período

de una ciudad es el período que precede a su crecimiento, es decir, el primer tiempo o su principio. Esto concuerda con su anterior observación de que en el nacimiento de una república, a diferencia de

que sucede en los posteriores períodos, “los hombres son buenos” y

con su enfática alabanza, en el primer capítulo, de los reyes de Egipto

que gobernaron aquel país “en la más remota antigüedad”. La alaban­ za de los principios u orígenes, que, como veremos más tarde, se des­ miente en otra parte de los Discursos, es el contexto en el cual debe entenderse la deliberadamente exagerada alabanza de Maquiavelo hacia la república romana. Se enfrenta con los modos y órdenes es­ tablecidos cuyo primer título a la reverencia se apoya en la anti­ güedad, en primer lugar, mediante la apelación no al bien como tal, sino a una más remota antigüedad, cuando “a la más remota antigüe­ dad”. Porque aquel que desea introducir nuevos modos y órdenes está obligado a conservar, al menos, una sombra de los antiguos modos y órdenes si no quiere, o no puede, usar la fuerza y nada más que

lo

la fuerza (44). Un autor puede revelar su intención por el título de sus libros. Los títulos de los libros de Maquiavelo no son nada reveladores a este respecto. Y casi lo mismo sucede con los encabezamientos de los capítulos, que ocupan un lugar intermedio entre los títulos de los li­ bros y su sustancia. Hemos notado que los encabezamientos de ca­ pítulo de los Discursos, y no digamos los del Principe, apenas re­ velan nada de la osadía de su pensamiento (45). Al discutir un pa­ saje de los Discursos (III 48) observamos una llamativa diferencia entre la regla de conducta establecida en el encabezamiento y esta

tegla tal como se la establece dentro del capítulo:

cida en el encabezamiento no estimula el pensamiento, mientras que su reestablecimiento aguijonea el pensamiento, cuando no la indig­ nación. El encabezamiento de I 48, dice: “Aquel que desea que una magistratura no sea concedida a alguien bajo o malo, induce, bien

extremadamente alguien extremadamente noble v extremadamente bajo y extremadamente bueno, malo, n que o la a alguien preten-

a

la regla estable­

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da.” El argumento del capítulo lleva a la conclusión de que si bien el pueblo se engaña en cuanto a las generalidades, no se engaña en cuanto a las particularidades. Pero al final del capítulo precedente, Maquiavelo dice que I 48, tiene intención de mostrar cómo el sena­ do romano se las compuso para engañar al pueblo respecto a la dis­ tribución de rangos y dignidades entre los candidatos, es decir, res­ pecto a particularidades. El encabezamiento del capítulo 1 13, reza:

“Cómo los romanos usaron la religión para reordenar la ciudad y proseguir sus empresas y detener los tumultos” ; el encabezamiento no da la más ligera idea de que el argumento del capítulo trata de cómo la nobleza romana usaba la religión para controlar a la plebe. En el encabezamiento de I 26, Maquiavelo habla de “un nuevo prín­

cipe” ; ni en el encabezamiento ni en el argumento del capítulo dice lo que dice al final del capítulo precedente: es decir, que I 26, está dedicado al fenómeno generalmente conocido por el nombre de tiranía. En el encabezamiento de I 30 usa la expresión “el vicio de la ingratitud” ; al principio de ese capítulo reemplaza esta expre­

sión por “la necesidad

(y virtudes) de los hombres son debidos a necesidad más bien que a elección no está en modo alguno sugerida en el encabezamiento. En el encabezamiento de I 9, dice que “es necesario estar solo si se quiere ordenar de nuevo una república” ; no existe aquí la más li­ gera indicación de que estar solo puede conseguirse asesinando al propio único hermano, como queda ampliamente explicado en el ca­ pítulo; de hecho, puede decirse que el tema principa] del capítulo es la lección que debe aprenderse del acto de Rómulo al matar a su hermano.

velo El discutirá encabezamiento en ese capítulo de Discursos así la III importancia 18 hace esperar como que la dificultad Maquia­ de comprender las intenciones del enemigo. Sobre la base de nues­ tras previas observaciones, ya no nos sorprende ver que abandona este tema inmediatamente después de haberse referido a él, y lo re­ emplaza por la dificultad de conocer las acciones del enemigo, y no meramente sus acciones en el pasado y en remotos lugares, sino sus

de ser ingrato” : la idea de que los vicios

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acciones “presentes y próximas”. Cita cuatro ejemplos para demos­ trar este punto. Existe un estricto paralelismo entre los ejemplos:

por dos veces un ejemplo antiguo va seguido de un ejemplo moder­ no. Los dos primeros ejemplos tratan de derrotas causadas por erro­ res respecto a las acciones presentes y próximas del enemigo; los dos últimos ejemplos tratan de victorias debidas a correcta infor­ mación en cuanto a las acciones presentes y próximas del enemigo. En ambos últimos ejemplos, la posesión del verdadero conocimiento fué la sola causa decisiva de la victoria. En ambos últimos ejemplos la victoria careció de esplendor y la adquisición del conocimiento careció de mérito. La victoria antigua tuvo este carácter: había habido una batalla indecisa entre los romanos y los equos; cada ejér­ cito pensaba que el enemigo había vencido y cada uno se retiró hacia su tierra; accidentalmente, un centurión romano supo por unos equos heridos que los equos habían abandonado su campamento; en vista de ello, saqueó el desierto campamento de los enemigos y volvió a su tierra vencedor. La victoria moderna tuvo este carácter:

un ejército florentino y otro veneciano habían estado frente a frente varios días sin que ninguno de los dos se atreviera a atacar al otro; como ambos ejércitos comenzaron a sufrir la falta de vituallas, cada uno de ellos decidió retirarse; accidentalmente, los capitanes flo­ rentinos supieron, por una mujer que, sintiéndose “segura debido a su edad y a su pobreza”, había venido a visitar a algún pariente en el campamento florentino, que los venecianos estaban retirándose; en vista de esto, los florentinos se sintieron valientes, fueron tras los enemigos y escribieron a Florencia que habían rechazado al enemigo y ganado la guerra. En el ejemplo antiguo, pues, encontramos una batalla sangrienta, soldados enemigos heridos y el pillaje del cam­ pamento enemigo; en el ejemplo moderno encontramos un batalla ficticia, una pobre vieja y una carta jactanciosa. El contraste, que no se hace explícito, entre el antiguo ejemplo y el moderno no nos enseña, acerca de la superioridad de los viriles antiguos sobre los afeminados modernos, nada que Maquiavelo no nos diga del modo más explícito en muchos otros pasajes de los Discursos. Por consi-

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guíenle, este silencioso contraste no nos enseña nada nuevo respec­ to a su primordial intención, que es contribuir al renacimiento del espíritu de la antigüedad. Sin embargo, este silencioso contraste cumple una función; o mejor dicho, cumple dos funciones diferen­ tes, aunque relacionadas. En primer lugar, dirige nuestra atención hacia el hecho de que el capítulo que estamos considerando está secretamente dedicado a algún aspecto del problema central refe­ rente a la diferencia entre los antiguos y los modernos. En segundo lugar, presenta la lección general de un modo que es, todo a lo largo de los Discursos y del Príncipe, menos visible que el modo opuesto. Todo lector, por superficial que sea, de cualquiera de los dos libros, no puede menos de darse cuenta de la seriedad de Maquiavelo como maestro de príncipes y jefes de estado. Es, pues, de cierta importan­ cia comprobar que el espíritu de comedia, por no decir de ligereza, no está ausente de sus dos más serios libros. De hecho, la gravedad y la ligereza están combinadas en estos dos libros “en una combi­ nación quasi-ipiposible”, igual que lo estaban en Maquiavelo como hombre (46). Si es verdad que toda sociedad completa necesaria­ mente reconoce algo de lo cual está absolutamente prohibido reír­ se (47), podemos decir que la decisión de transgredir tal prohibi­ ción sansa alcuno rispetto entra en la esencia de la intención de

Maquiavelo. El no revela esta intención. Incluso se niega a revelar las difi­ cultades que estorban la comprensión de la intención del enemigo. Pero bosqueja estas dificultades al sugerir una jerarquía de las difi­ cultades que impiden conocer las acciones presentes y cercanas del enemigo. En el último de los cuatro ejemplos nadie cometió ningún error, porque no se llevó a cabo ninguna acción durante la noche. En los tres primeros ejemplos se cometieron errores, y en los dos primeros desastrosos errores, porque había sobrevenido la oscuri­ dad. En los dos últimos ejemplos, acciones presentes, cercanas v diurnas del enemigo fueron descubiertas de un modo completa­ mente accidental. Los cuatro ejemplos tratan de acciones cercanas y presentes. Las dificultades aumentan infinitamente cuando se trata

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de descubrir la verdad sobre las acciones nocturnas del enemigo, realizadas en remotos países en un remoto pasado. Pero incluso estas dificultades son sobrepasadas por las que se oponen al descubrimien­ to de las intenciones de un enemigo inteligente: éstas no pueden nunca ser descubiertas por accidente (48). Lo cual no significa negar que los escritos accesibles de enemigos inteligentes compartan par­ cialmente el carácter de las acciones presentes próximas y diurnas del enemigo. En una auto-contradicción deliberada, un autor dice cosas in­ compatibles o, dicho de un modo más general, cosas diferentes sobre el mismo tema a gentes diferentes, y en algunos casos a las mismas gentes en diferentes niveles de comprensión. Pero el hablar de modo diferente a gentes diferentes es lo que podemos llamar ironía en el sentido primario de la palabra (49). Cualquiera que sea la rela­ ción entre la ironía y la parodia, ciertas sutiles parodias pueden llenar las exigencias de la ironía propiamente dicha. Discursos I I 12, es una parodia de esta clase, una parodia disimulada de las disputa­ ciones escolásticas. Maquiavelo discute aquí la cuestión de qué es me­ jor cuando se teme un ataque, si asaltar al enemigo en su país o espe­ rarle en el propio. La discusión consta de cuatro partes: argumen­ tos de autoridad de un lado y de otro, argumentos de razón de un lado y de otro, una solución basada en una distinción y una defensa de la solución contra un argumento adverso. Es una parodia de una colástico disputación a un escolástica, tema no escolástico tanto porque como aplica porque el la procedimiento autoridad central es­

invocada a favor de la alternativa superior es una “fábula poética” :

las fábulas poéticas ocupan el lugar de la Biblia. Podría parecer que Maquiavelo ha inferido, del humano y no celestial origen de la religión bíblica al cual había aludido siete capítulos antes, que la enseñanza dogmática de la Biblia tiene el status cognoscitivo de las fábulas poéticas (50). Al presente, sin embargo, nos interesa mucho más la circunstancia aparentemente trivial de que vacila, en Dis­ cursos II 12, en llamar a los argumentos de autoridad por este nombre: en ese lugar oscurece en cierto modo la diferencia entre

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autoridad y razón (51). Seis capítulos más adelante subraya esta diferencia de un modo llamativo. En el encabezamiento de 11 18, se refiere a “la autoridad de los romanos y el ejemplo de la anti- gua milicia”, pero en la primera línea del capítulo reemplaza esta

expresión por “muchas razones y muchos ejemplos”. Poco después cita una frase latina, una frase latina extremadamente simple, y en seguida añade a la cita su traducción italiana, cosa que no hace en ninguna otra parte de ninguno de los dos libros; después de haber reemplazado “autoridad” por “razones”, reemplaza el lenguaje de la autoridad por su propio idioma nativo (52). En la inmediata continua*

ción, dice:

dad, existen manifiestas razones.” Después de haber establecido su opinión, mediante la sola razón, se refiere—y también esto ocurre sólo una vez—a “la autoridad de aquellos que regulan las cosas políticas”, es decir, a “la autoridad” de los retóricos políticos tradi­ cionales. Debemos tener en cuenta la presencia de este problema de autoridad en esta parte de los Discursos, parte que podemos decir se abre con la observación antes discutida respecto al silencio de Livio. Si no, no lograremos entender, entre otraB cosas, las irregularidades siguientes, que aparecen en un capítulo intermedio. Discur­ sos I I 13 tiene por objeto demostrar que se asciende de una posición baja a una alta más bien mediante el fraude que mediante la fuerza. Maquiavelo da algunos detalles concernientes sólo a dos individuos que se elevaron desde una abyecta o baja condición a un gran poder político. Ambos individuos eran sobrinos (nepoti) de los gobernan­ tes absolutos que les precedieron; no puede decirse que se elevaran hasta las alturas del mando desde un lugar abyecto o bajo. Es decir, que los ejemplos no son adecuados: esto nos impulsa a preguntar­ nos cuáles eran los ejemplos adecuados que Maquiavelo tenía en la mente. En el mismo capítulo afirma que no sólo los príncipes, sino también la república romana, se elevaron inicialmente a la preemi* nencia mediante fraude, y lo demuestra citando de Livio un discurso de un enemigo de los romanos; se nos presenta a Livio revelando la verdad sobre el fraude de Roma por el procedimiento de poner

“Si hay que seguir la autoridad

Aparte de la autori­

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ciertas palabras en boca de un enemigo de Roma. ¿Será que un ro­ mano respetable no podía decir la verdad sobre Roma, a no aer haciendo portavoz a un enemigo de Roma, lo mismo que un súbdito de los emperadores romanos no podía decir la verdad sobre César a no ser alabando al enemigo de César? ¿Será que un ciudadano de la república Cristiana no podía decir lo que él consideraba la ver­ dad sobre el cristianismo, a no ser empleando a un enemigo del cristianismo, o a un pagano, como Livio, en calidad de portavoz? Ciertamente, Maquiavelo trata de establecer la verdad sobre la con­ quista hebrea de Canaán refiriéndose a un relato 6obre Josué, que recurre a los enemigos de los hebreos y que contradice de modo fla­ grante el relato hebreo (53). Cuando un autor se contradice deliberadamente de un modo sutil, cambiándola puede decirse en que forma está que, repitiendo por alguna una anterior razón, no declaración pueda ser suya fácil­ y mente advertida. Maquiavelo discute en Iob Discursos más de una vez la política de Florencia respecto a Pistoia. En la primera declara­ ción (II 21) dice que la ciudad de Pistoia se colocó voluntariamen­ te bajo el imperio de Florencia porque los florentinos habían trata­ do siempre a los pistoyanos como hermanos. En la segunda decla­ ración (II 25) dice que la ciudad de Pistoia quedó bajo el imperio de Florencia por medio del siguiente “artificio pacífico”. Estando Pistoia dividida en partidos, los florentinos favorecían, ahora a uno, ahora a otro de dichos partidos, y así hicieron que los pistoyanos llegaran a estar tan cansados de la lucha de partidos que se arrojaron voluntariamente en brazos de Florencia. El arte pacífico usado por los florentinos se califica en el contexto como el arte de dividir y conquistar. En la segunda declaración, Maquiavelo llama nuestra atención hacia la diferencia entre las dos descripciones de la política florentina respecto a Pistoia refiriéndose a lo que había dicho sobre este tema en otro capítulo y “con otro propósito”. Esta referencia retrospectiva es notable, porque es la única de este carácter que se encuentra en los Discursos. Maquiavelo tuvo que haber tenido, sin duda, más de un propósito para describir la misma política, pri-
4

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mero, como una expresión de liberalidad y fraternidad y, después, como una aplicación de la regla “divide y vencerás'*. Lo que apare* ce primero a nuestros ojos como fraternidad y libertad se revela, tras la reflexión, como una hábil “política de poder’’. La primera exposición concuerda con la opinión común según la cual la mora­ lidad puede y debe controlar la vida política; la segunda exposi­ ción, tomada en conjunción con la primera, sugiere dudas acerca de esta opinión común. Creo que nadie discute la opinión de que Maquiavelo ponía en duda el punto de vista común sobre la relación entre la moralidad y la política, porque todo el mundo ha leído loa capítulos 15 y siguientes del Príncipe. La referencia retrospectiva que estamos discutiendo es importante para nosotros al presente, no por­ que arroje luz sobre la sustancia de su doctrina, sino porque revela en cierto modo su manera de presentarla. La sustancia de su doc­ trina será mal interpretada necesariamente si no Be tiene en cuenta que él la revela, en la medida en que la revela, sólo por escalones:

asciende de “primeras exposiciones’’, que, exagerando para mayor claridad, diremos que son en todos los casos respetables o pública­ mente defendibles, a “segundas exposiciones” de diferente carácter. Si no se capta la diferencia de propósito entre las “primeras expo­ siciones” y las “segundas exposiciones” se pueden leer las “segun­ das exposiciones” a la luz de las “primeras exposiciones” y, de este modo, emborronar las lineas de su doctrina o, por lo menos, adscri­ bir el mismo valor a ambas clases de exposiciones; y como las “pri­ meras exposiciones” son más o menos tradicionales o convenciona­ les, así no se podrá captar la magnitud o enormidad de la empresa de Maquiavelo. Es necesario, al menos en los casos en que Maquia­ velo se refiere a una anterior exposición de un tema dado usando expresiones semejantes a “como ya se ha dicho”, comparar cuida­ dosamente la segunda exposición con la primera y comprobar si la segunda no implica una considerable modificación de la primera. Para dar un ejemplo cuya complejidad es proporcionada a su impor. tancia, Maquiavelo discute repetidamente en el primer libro de los Discursos el tema de los “fundadores” o de los hombres que estable-

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rieron “nuevos órdenes’'. En la primera exposición (I 9-10), sostiene que un fundador que se preocupa del bien común a diferencia de un tirano, no es culpable si comete un asesinato con objeto de reali­ zar su buen fin; la discusión está basada en la fundamental y tra­ dicional distinción entre el príncipe y el tirano, entre el bien común y el privado, entre la virtud y la ambición; César, en conlrastre con Rórnulo, aparece como el ejemplo más saliente del tirano más culpable. En la segunda exposición (I 16-18), Maquiavelo hace uso de la distinción entre pueblos corrompidos e incorruptos, y en cone­ xión con ello, enturbia la distinción entre príncipes y tiranos: ¿no fué la tiranía de César inevitable y, por consiguiente, perfectamen­ te excusable, dada la corrupción de Roma en su tiempo? (54). ¿Y qué significan corrupción y su contrario, si, para no ir más lejos, el carácter incorrupto de la Roma inicial permitió a Rórnulo “colo­ rear su designio” mientras que César, probablemente, no fué for­ zado a hacerlo? ¿El designio de Rórnulo no era, pues, el promo­ ver el bien común? En la tercera exposición (I 25-27), Maquiavelo indica que “tiranía” es un término tradicional, es decir, que no es necesariamente requerido por su intención o compatible con ella. En un capítulo que está explícitamente dedicado a lo que “los escrito­ res llaman tiranta” presenta al piadoso rey David como ejemplo de tirano, y en el capítulo siguiente aclara que un gobernante extre­ madamente malvado, del cual no puede suponerse que esté guiado por ninguna preocupación por el bien común, puede, sin embargo, merecer eterna gloria al realizar acciones que conducen al bien co­ mún. Esto nos lleva a concluir que la distinción primera entre la virtud basada en el espíritu público y la ambición egoísta es ociosa, ya que la ambición egoísta en gran escala sólo puede satisfacerse mediante acciones de las que muchas gentes se benefician. En todas estas exposiciones se da por supuesto que la fundación es un acto único en el origen de un estado o de un orden; pero Maquiavelo pone en duda finalmente esta suposición: la fundación es, como si dijéramos, una fundación continua; no sólo al principio, sino “cada día”, necesita un estado “nuevos órdenes” (55). Una vez que se com-

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prende esto, se ve que los fundadores de una república son sus go­ bernantes a través de las edades, o sus clases directoras. Se ve, en es, consecuencias, por así decirlo, que la la parte verdadera dedicada y final a las exposición clases directas referente (I 33-45), a los

fundadores (56). Podemos extraer una lección más de la doble dis­ cusión de Maquiavelo sobre la política de Florencia respecto a Pistoia. Sugiere dos interpretaciones, que se excluyen mutuamente, de un mismo hecho: lo importante no es el hecho mismo, sino la oportunidad que proporciona para sugerir una tesis. Por lo tanto, comprendemos que a Maquiavelo no siempre le preocupa la verdad

histórica, y frecuentemente cambia a su gusto los datos que las his­ torias proporcionan: si hay ejemplos que son a un tiempo bellos y verdaderos (57), puede haber ejemplos que son bellos sin ser ver­ daderos. En el lenguaje de nuestro tiempo, Maquiavelo es un artis­

ta tanto como un

historiador.

Y es, ciertamente, muy artificio­

so

siempre verdaderos. No creo que de esto pueda inferirse que no siempre están bien elegidos. Usa frecuentemente expresiones como ésta: “Deseo limitarme aquí a este ejemplo.” Es siempre necesario preguntarse por qué prefirió e] ejemplo o los ejemplos que aduce:

¿fueron los ejemplos más adecuados o los más sugestivos? (59). Por­ que lo único que conocemos en tales casos es el hecho de que Ma­ quiavelo no quiso mencionar otros ejemplos; no conocemos la ra­ zón que le hizo no desear mencionarlos. Con referencia a los Dis­ cursos en particular, cuya primaria intención podría sugerir una distribución homogénea de los ejemplos romanos y modernos, hay que fijarse en la distribución real, que es sumamente irregular. De­ bemos hacerlo, incluso con independencia de que Maquiavelo se refiera o no explícitamente a su deseo de limitarse a los ejemplos aducidos. Expresiones del tipo: “Deseo limitarme aquí . ”, puede decirse que indican “exclusión”, dado que excluyen la mención o más larga discusión de cosas que posiblemente la merezcan, pero que

no conviene, o no es apropiado, mencionar o discutir más larga-

(58). Los ejemplos de Maquiavelo no son siempre adecuados ni son

e l d o b le CARACTER DE LA DOCTRINA DE MAQUIAVELO

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mente. Lo opuesto a las exclusiones son las digresiones. Una expre­ sión típica indicadora de digresión es la írase: “Pero volvamos a nuestro tema.1*En una digresión, un autor discute algo que él consi» dera como no perteneciente en sentido estricto al tema tratado. En libros como el Príncipe o los Discursos, las digresiones contienen discusiones que no serían necesarias para el progreso de su intención primaria, explícita o parcial, pero son necesarias para el progreso de su plena o verdadera intención. La primaria o parcia] intención

del Príncipe requeriría el tratar solamente de aquellas clases de prin­ cipados, o de adquisición de poder principesco, que son menciona­

es decir, el primer capítulo nos hace

esperar los temas de los capítulos 2 a 7; los capítulos 8 a 11, que contienen, entre otras cosas, la discusión de la adquisición del poder principesco mediante el crimen y la discusión de los principados eclesiásticos, resultan una sorpresa. No llevaríamos al lector por mal camino si dijéramos, aun cuando no sea estrictamente exacto, que los capítulos 8 a 11 constituyen una digresión. La declaración refe­ rente a la semejanza entre el estado del Sultán y el Pontificado cris­ tiano, en el capítulo décimonono del Príncipe (60), es una típica di­ gresión en el sentido estricto. No consideraríamos como digresión en e] sentido estricto un pasaje del que Maquiavelo no indica que lo sea. Sí consideraremos, sin embargo, como digresión un pasaje que es presentado como respuesta a una posible duda u objeción de los lectores (61). Un pasaje de esta clase es la discusión de Maquiave­ lo, en el capítulo décimoprimero del Príncipe, sobre cómo se elevó hasta su presente altura el poder temporal de la Iglesia. Otro pasaje de esta clase es la discusión sobre los emperadores romanos en el capítulo décimonono del Príncipe. Un breve análisis de este último

pasaje puede sernos útil para la comprensión del significado de las digresiones en general. En el capítulo nueve, Maquiavelo nos mues­ tra claramente que el astuto uso del poder principesco tiene un límite absoluto: mientras que un príncipe puede, sin peligro, en ciertas circunstancias, desatender los intereses de los grandes y aun destruir a los grandes, es para él de absoluta necesidad el respetar

dos en el primer capítulo;

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las demandas, siempre extremadamente moderadas, del pueblo. Des­ pués de haber reiterado esta regla en forma mitigada en la primera parte del capítulo 19, Maquiavelo explica en la sección de los empera­ dores romanos que esta regla no es en modo alguno umversalmen­ te válida ni siquiera en su forma original: bajo el imperio romano hubo un conflicto de intereses entre el pueblo y los soldados; el poder de los soldados era más grande que el del pueblo; por consi­ guiente, los emperadores tuvieron que satisfacer las demandas de los soldados y no las del pueblo; por consiguiente, un hábil empera­ dor romano que contase con el apoyo de los soldados no estaba obligado en absoluto a tener en cuenta al pueblo. El último freno de los malos gobernantes puede ser privado de su efectividad. El ejemplo más llamativo de un emperador romano de este estilo fué Septimio Severo. Si Maquiavelo hubiera sido capaz de usar en este punto el lenguaje tradicional, habría dicho que Severo fué un tirano típico, que podía contar con su guardia de corps. Ahora bien: es precisamente Severo este “león ferocísimo y zorro astutísimo”—el mismo Severo al que llama en otro lugar criminal—el que se nos presenta al final del capítulo como el modelo de fundadores de esta­ dos, en cuanto distintos de los príncipes cuya tarea es meramente preservar un estado ya fundado (62); en lo referente a los fundado­ res, la distinción entre virtuosos héroes y criminales extremadamente hábiles ha cesado de existir. Al leer los libros de Maquiavelo, constantemente nos quedamos dudando si es muy cuidadoso o muy descuidado en el uso de los términos, tanto técnicos como no técnicos. Hemos observado tantos ejemplos de su excesivo cuidado, que nos aventuramos a hacer esta sugerencia: es más seguro creer que ha dedicado cuidadosa atención a cada palabra que apelar a su humana debilidad. Considerando la

de

lectura que se deriva de esta creencia puede resultar impracticable,

puesto que nos es completamente imposible cumplirla en todos los casos. Sin embargo, es una regla útil, porque el recordarla nos obliga a estar alerta y a ser modestos, y nos ayuda a cultivar

diferencia

de

rango entre

Maquiavelo

y nosotros,

la

norma

EL DOBLE CARACTER DE LA DOCTRINA DE MAQUIAVELO

55

el hábito de ser, a un tiempo y en las debidas proporciones,

audaces y cantos. Hay ciertos términos que

particular

atención, que son los términos ambiguos La ambigüedad de “virtud” es la más conocida. Maquiavelo dice del criminal Agatodes, en dos frases consecutivas, primero, que carecía de virtud y, después, que poseía virtud; en el primer caso, “virtud” significa virtud mo­ ral en el más amplio sentido, que incluye a la religión, y en el se­ gundo caso significa inteligencia y valor combinados. Del Papa León X se dice que posee “bondad e infinidad de otras virtudes”, y de Aníbal, que posryó “inhumana crueldad unida a (infinidad de)

otras virtudes”. Usar de lil'eralidad “virtuosamente y cómo debe ser usada” se distingue de usarla prudentemente, es decir, virtuosamen­ te en diferente sen*:do del término (63). Existe un significado inter­ medio según el cual “virtud” designa la virtud política o la suma de cualidades requeridas para rendir servicio a la sociedad política

o

requieren

para el patriotismo efectivo. Aun conformándonos con este signifi­

cado intermedio, la crueldad inhumana puede ser una virtud, y la ambición, un vicio. En muchos casos, es imposible decir qué clase de virtud se quiere significar. Esta oscuridad es esencia] en la pre­ sentación que hace Maquiavelo de su doctrina. Es requerida por el propósito de hacer ascender al lector del sentido corriente de la virtud al sentido diametralmente opuesto. Igualmente ambigua es la palabra “príncipe”. “Príncipe” puede significar un monarca no tirano, o cualquier monarca, o cualquier hombre o corporación en posición gobernante, incluyendo los gobernantes de una repúbli­ ca, sin hablar de otro significado que podríamos mencionar. “Pue­ blo” puede significar una sociedad republicana, así como el pueblo llano. “Seres humanos” pueden ser los seres humanos como tales,

o

los seres humanos masculinos, o el curso general de la humanidad,

los súbditos de los príncipes (64). “Cielo” puede significar el fir­

o

mamento visible; la base de toda regularidad y orden en el mundo subceleste; un ser con pensamientos y voluntad que puede ser amable con los seres humanos o amar a ciertos individuos humanos;

la suerte; la meta de las aspiraciones humanas; y la causa de las

56

l e o

s th a u s s

catástrofes, tales como plagas, hambres o inundaciones. “Nosotros*' puede significar Maquiavelo, Maquiavelo y su lector o lectores, los contemporáneos de Maquiavelo, los florentinos, los cristianos, los cristianos contemporáneos, los italianos, los italianos contempo­ ráneos, todos los seres humanos, una sociedad a la que pertenece el lector en contraposición con una sociedad enemiga, esta sociedad

y

decidir qué significa precisamente la primera persona del plural, como, por ejemplo, cuando Maquiavelo llama a Livio “nuestro his­ toriador”, o cuando dice “nosotros, en todo caso, no tenemos cono­ cimiento de cosas naturales o sobrenaturales” (65). En el último caso no es imposible que “nosotros” signifique “nosotros, los que no somos filósofos”. Los Discursos están dedicados a los diez primeros libros de la Historia de Livio, o a la historia de Roma hasta alrededor del 292 (a. J. C.). La Historia de Livio constaba de 142 libros. Cosa

extraña, los Discursos constan de 142 capítulos, porque los prefacios

Libro I y Libro II no son, naturalmente, capítulos. Maquiavelo

parece así transmitir su propósito de elucidar la historia no sólo de

Roma primitiva, sino de Roma desde su principio hasta el tiempo

del emperador Augusto. Una ojeada a la lista de acontecimientos discutidos en los Discursos confirmará esta suposición ( 66). El ex­ traño hecho de que el número de capítulos de los Discursos sea el mismo que el número de libros de Livio, nos hace pensar si el nú­ mero de capítulos del Príncipe no será también significativo. Dado que el Príncipe consta de veintiséis capítulos y que el Príncipe no nos da ninguna información respecto al posible significado de este número, fijémonos en el capítulo veintiséis de los Discursos. Este capítulo es el único capítulo de los Discursos que está dedicado, se­ gún su encabezamiento, a] “nuevo príncipe” ; es decir, al tema prin­ cipal del Príncipe. Además, este capítulo trata de lo que “los auto­ res” llaman tiranía, como Maquiavelo dice al final del precedente capítulo; pero el término “tiranía” (o “tirano”) es evitado en el capítulo veintiséis. Si volvemos del capítulo veintiséis de los Discur-

la

al

la enemiga tomadas en conjunto. En algunos casos es difícil

EL DOBLE CARACTER DE LA DOCTRINA DE MAQUIAVELO

57

sos al Príncipe, que consta de veintiséis capítulos, observamos que los términos “tirano” o “tiranía” son evitados también en el Prínci­ pe: el capítulo veintiséis de los Discitrsos imita al Príncipe de forma que nos da una clave para el Príncipe. Dado que esta observación nos lleva a otras pertinentes observaciones concernientes al Príncipe, algunas de las cuales han sido ya anotadas, adquirimos cierta con* fianza en que tomando en serio el número 26 estamos en el buen camino. Pero antes de continuar esta linea de pensamiento, será pru­ dente que nos detengamos durante algún tiempo en el capítulo vein­ tiséis de los Discursos. El primero de los dos ejemplos que Ma­ quiavelo usa en este capitulo es el Rey David, según los evangelios, antepasado de Jesús. Las medidas que un hombre como el Rey David debe emplear al principio de su reinado, es decir, para fundar o establecer sus estados, son descritas por Maquiavelo como “lo más cruel y hostil, no sólo hacia toda manera de vivir cristia­ na, sino también hacia toda manera de vivir humana”. Una me­ dida del Rey David fué hacer a los ricos pobres y a los pobres ricos. Hablando de esta medida, Maquiavelo cita el siguiente verso del Magníficat: “Llenó a los pobres de buenas cosas y despidió vacíos a los ricos.” Es decir: aplica al tirano David una expresión que el Nuevo Testamento (o María) aplica a Dios. Dado que caracteriza como tiránica una manera de obrar que el Nuevo Testamento (o Ma. ría) adscribe a Dios, nos lleva a concluir, o más bien, dice, de hecho, que Dios es un tirano. A su modo—extraño modo—, acepta ]a opi­ nión tradicional de que David fué un rey piadoso o siguió los ca­ minos del Señor. Y para hacer esta extraordinaria y escandalosa sugerencia es para lo que usa la única cita del Nuevo Testamento que hace tanto en el Príncipe como en los Discursos (67). El hecho más superficial referente a los Discursos, el hecho de que el número de sus capítulos iguala al número de libros de la Historia de Livio, nos ha llevado a iniciar una cadena de razona­ mientos de tanteo que nos ha colocado súbitamente frente a la única cita del Nuevo Testamento que aparece en los dos libros de Ma­ quiavelo y frente a una enorme blasfemia. Sería un gran perjuicio

58

LEO

STRAUSS

a

está diciendo. Porque sería un error creer que la blasfemia que

hemos encontrado es la única ni aun la peor que cometió. Esta blas­ femia es, por asi decirlo, la punta de lanza que abre paso a una larga columna. No experimentaremos ningún género de contricción por usar un término que expresa enérgica desaprobación, aunque su uso será probablemente considerado por nuestros social-cientistas como un reflejo “condicionado de cultura” y, por consiguiente, como un extravío fuera del recto y estrecho sendero de la corrección cien­ tífica. En cuanto a nosotros, creemos que el no llamar al pan, pan, y

al

Maquiavelo, que él no habla de Dios en el pasaje incriminado o que

la

de los lectores. Contra esto podemos argumentar que una blasfemia escondida es peor que una blasfemia franca, por la siguiente razón:

en el caso de una blasfemia ordinaria, el que la oye o lee se entera de la blasfemia sin contribución alguna por su parte; al ocultar su blasfemia, Maquiavelo impulsa al lector a pensar la blasfemia por

No se puede comparar la situación del lector de Maquiavelo con la de un juez o un fiscal que, de modo semejante, reproduce en su mente pensamientos criminales o prohibidos con objeto de llevar al crimina] hacia el veredicto justo que le corresponda y que, de este modo, establece una especie de intimidad con el criminal, sin incurrir no obstante en la más ligera sospecha de haberse conver­ tido con ello en cómplice y sin experimentar ni por un momento sensación de culpabilidad. Porque el criminal no desea ni solicita tal intimidad, sino que ésta le desagrada más bien. Maquiavelo, en cambio, ansia establecer esta clase de intimidad, si bien sólo con cierta clase de lectores, a los que é] llama “los jóvenes”. La ocultación, tal como la practica Maquiavelo, es un instrumento de sutil corrupción o seducción. Fascina a su lector con los enigmas que le plantea. Desde aquel momento, la fascinación de resolver problemas hace que el lector olvide los más altos deberes, si no todos

la verdad el que usáramos otras palabras para calificar lo que

vino, vino, no es científico. Alguien puede decir, en defensa de

blasfemia está tan oculta que resulta inexistente para la mayoría

mismo, con lo cual éste viene a hacerse cómplice de Maquiavelo.

EL DOBLE CARACTER DE LA DOCTRINA DE MAQUIAVELO

5»

los deberes. Al esconder sns blasfemias, Maquiavelo evita mera­ mente el castigo o la venganza, pero no la culpa. Cuando pasamos del capitulo veintiséis del Primer Libro de los Discursos al capitulo veintiséis del Segundo Libro, encontramos a Maquiavelo haciendo serias advertencias de carácter calculador, en contra de herir los sentimientos de los hombres con palabras de burla; concluye el ca­ pítulo citando una frase que Tácito pronuncia al hablar de un ene­ migo del tirano Nerón: “Las bromas agudas, si se acercan dema­ siado a la verdad, dejan punzantes recuerdos tras de sí.” Un teólo­ go liberal dijo una vez delante de mí que el juicio tradicional sobre la blasfemia está basado en una concepción demasiado estrecha del honor de Dios. Usó la analogía con un rey muy sabio y poderoso que toleraría las burlas sobre él por agudas que fueran, y aun dis­ frutaría con ellas, con tal que tuvieran gracia y no originaran un

escándalo público.

friera de lugar, que podemos dejarle a un lado sin ninguna discusión. Preferimos exponer las siguientes consideraciones. Las clases de in­ credulidad que nos son más familiares hoy día son una indiferencia respetuosa o cierta nostalgia por la fe perdida que acompaña a la incapacidad de distinguir entre la verdad teológica y el mito. ¿No son estas clases de incredulidad mucho más insultantes para la creencia que una incredulidad como la de Maquiavelo, que toma en serio los títulos a la verdad de la religión revelada, puesto que mira la cuestión de su veracidad como de máxima importancia y que, por lo tanto, no es, en modo alguno, una incredulidad tibia? Además, si, como supone Maquiavelo, la religión bíblica no es ver­ dadera, si es de origen humano y no celeste, si se compone de fábu­ las poéticas, resulta inevitable que tratemos de entenderla en térmi­ nos meramente humanos. A primera vista, este intento puede hacer­ se por dos diferentes caminos: se puede tratar de entender la reli­ gión bíblica partiendo de los fenómenos de] amor humano o partien. do de los fenómenos políticos. El primer camino fué emprendido por Boccacio en el Decamerón; el segundo fué emprendido por Ma- qniavelo. En Discursos II 12, que es una parodia de las disputa

patentemente

Este

argumento nos parece

tan

60

LEO

STRAUSS

ciones escolásticas, indica cómo las verdades políticas o militares pue­ den ser transformadas en fábulas poéticas o cómo las verdades políti­ cas o militares que yacen bajo tales fábulas poéticas pueden ser descu­ biertas. No es verdad que Anteo fnera hijo de la Tierra y, por tanto, invencible mientras tuviera los pies sobre la tierra y no fuera le­ vantado de la tierra, sino que, siendo un hijo de madre humana, era invencible mientras esperase dentro de los confines de su reino el ataque del enemigo. De modo semejante, la fábula según la cual los antiguos príncipes aprendieron su arte de un centauro no significa otra cosa sino que los príncipes deben ser semi-inhumanos. Por este camino, “leyendo la Biblia juiciosamente”, Maquiavelo discierne que las acciones de Moisés no fueron fundamentalmente diferentes de las de Ciro, Rómulo, Teseo o Hierón de Siracusa : “Leer la Biblia juiciosamente” significa leerla, no a su propia luz, sino a la luz de las verdades políticas fundamentales ( 68). Pero aunque podamos conceder que estaba obligado a plantear la cuestión referente a los fenómenos pob'ticos o a las esperanzas políticas que explican, en principio, perfectamente la Biblia y la concepción bíblica de Dios, no podemos, sin embargo, entender por qué recurrió a las blasfe­ mias. Después de todo, esta cuestión es discutida hoy día y ha sido discutida por varias generaciones de estudiosos que fueron inocentes de toda blasfemia. La respuesta es simple: hace varias generaciones que la autoridad de la Biblia no es generalmente reconocida ni apo­ yada por la ley; Maquiavelo, en cambio, estaba obligado a asar subterfugios. Muchos rasgos de sus escritos, que pueden parecer- nos motivados por mera ligereza, son también motivados por la ne­ cesidad en que se encnentra de combinar lecciones simplemente políticas o militares con indicaciones de los fenómenos humanos y naturales, que, según él, hacen inteligible la creencia en lo sobre­ natural o el deseo de creer en lo sobrenatural. No debemos olvidar esta necesidad cuando leemos su alabanza de la necesidad en gene­ ral : las manos y las lenguas humanas no habrían llevado el trabajo de los hombres a la altura a que, según vemos, la han llevado si los hombres no hubieran sido conducidos por la necesidad (69).

EL DOBLE CARACTER DE LA DOCTRINA DE MAQUIAVELO

61

Repetimos que no creemos que sea accidenta] el que el número de capítulos de los Discursos sea el de los libros de Livio, y por ello creemos que debemos preguntarnos si el número de capítulos del Príncipe, que es veintiséis, no tendrá algún significado. Hemos visto que el capítulo veintiséis de los Discursos es de eminente impor­ tancia para la comprensión del Príncipe. Notamos que cuando dis­ cute a los emperadores romanos en los Discursos, Maquiavelo habla explícitamente de los veintiséis emperadores de César a Maximi­ no (70). Dejando a un lado el hecho de que César no fué un empe­ rador, Maquiavelo no da ninguna razón para hacer esta particular selección entre los emperadores; el único hecho evidente es el nú­ mero de los emperadores elegidos. Puede parecer que existe alguna conexión entre el número 26 y el “príncipe”, es decir, el monarca. No es éste el lugar de dar más ejemplos del uso que hace Maquiavelo del número 26 o, más precisamente, del 13 y los múltiplos de 13. Es suficiente aquí mencionar algunos otros rasgos de su obra que parecen indicar que los números son nn importante artificio usado por él. Hay tres capítulos de los Discursos que se abren con una cita de Livio; se siguen uno a otro con un intervalo de 20 .capítu­ los (71). Los dos únicos capítulos de los Discursos que contienen exclusivamente ejemplos modernos son el veintisiete y el cincuenta y cuatro. Si un capítulo determinado presenta dificultades que no pueden resolverse estudiando su contexto, a veces puede encontrarse ayuda, simplemente, yendo a otro capítulo que lleve el mismo nú­ mero, bien en otro libro de los Discursos, bien en e] Príncipe. Por ejemplo, los pasajes claves referentes al silencio son los 10 del Li­ bro I y del Libro II de los Discursos. Los pasajes clave referentes a la “fundación continua” son los capítulos 49 del Libro I y del Li­ bro III de los Discursos. Discursos III 48 trata del engaño practi­ cado por un enemigo extranjero, mientras que I 48 trata del engaño practicado por la oposición interior. La parodia de las disputaciones escolásticas aparece en Discursos II 12; Discursos I 12 está explíci­ tamente dedicado al perjuicio causado por la Iglesia. El capítulo undécimo del Príncipe está dedicado a los principados eclesiásticos;

62

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STHAUSS

el capítulo undécimo de los Discursos está dedicado a la religión de los romanos. Las más importantes discusiones de M. Manlio Capi­ talino aparecen en Discursos I 8 7 III 8, y así en otros casos (72). Sería tonto aplicar esta sugerencia mecánicamente, porque los ar­ tificios de Maquiavelo fallarían en su propósito si él los hubiera aplicado mecánicamente. Sería casi tan tonto intentar establecer el significado de su doctrina basándose exclusivamente, ni aun prin­ cipalmente, en sus artificios. Pero sería también imprudente leer sus escritos en la forma en que se leen corrientemente. Los artifi­ cios de Maquiavelo, juiciosamente utilizados, llevan al lector al nervio de su argumento. Pero el orden del descubrimiento no es necesariamente el de la demostración. En resumen: Maquiavelo ha presentado su doctrina en dos libros cuya relación entre sí es enigmática. Cada libro presenta “todo” lo que él sabe con vistas a un público determinado o con una perspectiva determinada. La cuestión referente a la relación de las dos perspecti­ vas no puede ser resuelta hasta líaber comprendido plenamente la perspectiva de cada libro y, por lo tanto, hasta que se ha comprendido debidamente cada libro por sí solo. Leyendo cualquiera de los dos libros desde el principio a la luz del otro se llega a un significado intermedio que es incluso más superficial que el significado externo

de cualquiera

autenticidad. En definitiva,

“propósito”, que es efectivo en cada uno de los dos libros y que co­ rresponde a la diferencia entre los lectores “jóvenes” y los “viejos”.

de

de los dos libros y que no

tiene título

alguno de

la doble perspectiva revela una

duplicidad

CAPITULO II

LA INTENCION DE MAQUIAVELO: EL PRINCIPE

Muchos escritores han intentado describir la intención del Prin­ cipe usando el término “científico”. Esta descripción es defendible e incluso útil con tal de que se le dé el significado correcto. Volva­ mos, una vez más, al principio. En la Epístola Dedicatoria, Maquia­ velo da tres indicaciones del tema del libro: ha incluido,en él el conocimiento de las acciones de grandes hombres tanto modernos como antiguos; se atreve a discutir el gobierno principesco y a dar reglas para él; posee conocimiento de la naturaleza de los príncipes. Según se deduce de la Epístola Dedicatoria, del libro mismo y de lo que el autor dice en diversos lugares ( 1), el conocimiento de las acciones de los grandes hombres, es decir, el conocimiento histórico, proporciona solamente materiales para el conocimiento de lo que es el gobierno principesco, de las características de las diversas clases de principados, de las reglas que hay que cumplir para adquirir y preservar el poder principesco y de la naturaleza de los príncipes. El Principe sólo pretende comunicar conocimientos de esta última clase. Esta clase de conocimiento, conocimiento de lo universal o general diferenciado de lo individual, se llama filosófico o cientí­ fico. El Príncipe es un libro científico porque contiene una ense­ ñanza de carácter general basada en un razonamiento que parte de

64

LEO

STRAUSS

la experiencia y expone dicho razonamiento. Esta enseñanza es, en parte, teorética (conocimiento de la naturaleza de los príncipes) 7 , en parte, práctica (conocimiento de las reglas a que los príncipes deben someterse). En concordancia con el hecho de que el Prínci­ pe es un libro científico y no histórico, sólo tres de los veintiséis encabezamientos de capítulo contienen nombres propios (2). Al re­ ferirse al Príncipe, en los Discursos, Maquiavelo le llama “Trata­ do” (3). Por el momento, describiremos al Príncipe como un trata­ do, entendiendo por “tratado” un libro que expone una doctrina general del indicado carácter. En la medida en que el Príncipe es un tratado, tiene un plan lúcido y se desarrolla en línea recta, sin altibajos. A primera vista, consta de dos partes. La primera parte expone la ciencia o el arte del gobierno principesco, mientras la segunda se ocupa de la siempre prestigiosa cuestión de los lími­ tes del arte o de la prudencia, o la cuestión de la relación del arte

o

consta de cuatro partes: 1) las distintas clases de principados (ca­ pítulos 1-11); 2) el príncipe y sus enemigos (caps. 12-14); 3) el

príncipe y sus súbditos o amigos (caps. 15-23) (4); 4) prudencia y suerte (caps. 24-26). Daremos un paso más, y diremos que el Prín­ cipe aparece, a primera vista, no sólo como un tratado, sino incluso como un tratado escolástico (5). Al mismo tiempo, sin embargo, el libro es lo más opuesto a una obra científica o desapasionada. Aunque empieza con las palabras “todos los estados, todos los dominios que han gobernado y gobier­ nan a los hombres”, termina con las palabras “el antiguo valor no ha muerto aún en los corazones italianos.” Culmina en un apasio­ nado llamamiento a la acción, un llamamiento dirigido a un príncipe italiano contemporáneo para que realice la más gloriosa acción po­ sible y necesaria en aquel tiempo y lugar. Termina como un pan­ fleto relacionado con determinada situación política. Porque la última parte no trata solamente de la cuestión general concernien­

te

de lo accidental también en otro sentido del término. Los capítulos

la prudencia con la suerte. Más particularmente, el Príncipe

a la relación de la prudencia con la suerte, sino que se preocupa

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL "PRINCIPE”

65

que rodean a la discusión explícita de la relación entre prudencia

y

que tratan de la situación italiana contemporánea. El Príncipe no es

la

única obra clásica de filosofía política que es a un tiempo un

tratado y un panfleto de circunstancias. Basta con citar el Leviathan,

de Hobbes, y el Gobierno Civil, de Locke. Pero el del Príncipe no

es

suerte (cap. 25) son los únicos cuyos encabezamientos indican

un caso típico; existe un sorprendente contraste entre el prin-

cipio seco, por no decir escolástico, y el último capítulo, altamente

retórico, que termina con una cita de un poema patriótico en ita­ liano. ¿Pudo Maquiavelo haber tenido la ambición de combinar las virtudes del escolasticismo con las de la poesía patriótica? ¿Es ne­ cesaria tal combinación para la comprensión de las cosas políticas?

Sea de esto lo que quiera, el contraste entre el principio del Prín­ cipe, y aun sus primeros veinticinco capítulos, y su final nos obliga

modificar nuestra observación de que el argumento del libro

avanza en línea recta y sin altibajos. Al comparar directamente el principio con el final, advertimos un ascenso. En la medida en que el Príncipe es un tratado, Maquiavelo es un investigador o un maes­ tro ; en la medida en que es un panfleto de circunstancias, Maquia­ velo adopta la actitud de un consejero, cuando no de un predicador. Estaba ansioso de convertirse en el consejero del destinatario del Príncipe y elevarse así de su baja y hasta abyecta condición (6). El movimiento del Principe es un ascenso en más de un sentido. Y, además, no es simplemente un ascenso. A diferencia de los Discursos, el Príncipe aparece a primera vista como un tratado tradicional y hasta convencional. Pero esta prime­ ra apariencia es deliberadamente engañosa. El carácter antitradi­

cional del Príncipe se hace explícito poco después de la mitad del libro, y, tras permanecer explícito por algún tiempo, se oculta de nuevo. De modo que el movimiento del Príncipe puede ser descrito como un ascenso seguido de un descenso. Hablando en términos aproximativos, la cima está en el centro. Esta marcha está prefigu­ rada en la primera parte del libro (caps. 1-11): el tema más elevado de esta parte (nuevos principados adquiridos por la propia fuerza

a

5

66

LEO

STR AU SS

v virtud) y los más grandes ejemplos (Moisés, Teseo, Rómulo, Ciro) son discutidos en el capítulo 6, que es, literalmente, el capítulo central de la pritnera parte. Pero sigamos más de cerca el movimiento. A primera vista, el Príncipe pertenece al género tradicional de los espejos de príncipes, los cuales se dirigen, en su mayor parte, a los príncipes legítimos, de los que el caso más familiar es el heredero indiscutido. Maquia- velo inicia casi su Príncipe con un tributo a la costumbre, al llamar al príncipe hereditario “príncipe natural”. Sugiere que lo natural es idéntico a lo establecido o acostumbrado, lo ordinario y lo razo­ nable ; o que es lo opuesto a lo violento. En los primeros dos capí­ tulos usa sólo ejemplos italianos contemporáneos o casi contempo­ ráneos : no abandonamos el ámbito de lo familiar. No podemos me­ nos de notar que en los Discursos, que se abre con la declaración de que en él se propone comunicar nuevos modos y órdenes, los primeros dos capítulos están dedicados a los remotos principios de ciudades y estados: inmediatamente trascendemos el ámbito de lo familiar. En el tercer capítulo del Príncipe continúa hablando de “lo natural y ordinario” y de “lo ordinario y razonable”, pero ahora aclara que la naturaleza no es más favorable a lo establecido que

a

que lo natural y ordinario se mantiene en cierta tensión respecto

a

y

la derrocación de lo establecido; o dicho en forma más general,

lo acostumbrado: dado que el deseo de adquisición es “natural

ordinario”, la destrucción de los príncipes “naturales”, la “extin­

ción de la antigua sangre” por un extraordinario conquistador es quizá más natural que la pacífica y suave sucesión de un heredero ordinario por otro (7). De acuerdo con este paso adelante, hacen su aparición en el escenario los ejemplos extranjeros y antiguos: los turcos, y sobre todo los romanos, se presentan como superiores a los italianos y hasta a los franceses. Provocado por la observación de un cardenal francés de que los italianos no saben nada de la guerra, y justificado por ella, Maquiavelo replicó, según nos dice aquí, que los franceses no saben nada de la política: los romanos, cuyos modos de acción son discutidos en el centro del capítulo,

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL "PRINCIPE”

67

entendían tanto la guerra como la política. Además, trasciende el Aquí y Ahora, al referirse a una doctrina de los físicos, porque la medicina es un logro de los antiguos (8), y al oponer la prudente práctica de los romanos a “lo que está a todas horas en boca de los sa­ bios de nuestros días”. Pero todavía no está preparado para enfren­ tarse con la opinión mantenida por más de uno de sus contemporá­ neos, según la cual se debe mantener la palabra dada. En los capítu­ los 4-6 preponderan por primera vez los ejemplos antiguos. El capí­ tulo 6 está dedicado al más glorioso tipo de príncipes totalmente nue­ vos en estados totalmente nuevos; es decir: a lo más antiguo y menos ordinario. Los heroicos fundadores aquí discutidos adquirieron sus posiciones por la virtud y no por la suerte, y su grandeza se reveló por el éxito que tuvieron al introducir modos y órdenes totalmen­ te nuevos que diferían profundamente de lo establecido, familiar y antiguo. Están en el polo opuesto a lo acostumbrado y establecido de antiguo, por dos opuestas razones: fueron antiguos innovadores, antiguos enemigos de lo antiguo. El capítulo 6 es el único capítu­ lo del Príncipe en el cual Maquiavelo habla de lo6 profetas, es decir, de hombres a los que habla Dios. En este mismo capítulo, aparece la primera cita en latín. Comparado a este capítulo, el resto de la primera parte marca un descenso. El héroe del capítulo 7 es César Borgia, que adquirió su principado mediante la suerte. Al principio es presentado simplemente como un modelo de nuevo príncipe, pero, aparte de que fracasó a causa de un grave error propio, no era un príncipe totalmente nuevo en un estado totalmente nuevo:

es un modelo de aquellos nuevos príncipes que trataron de intro­ ducir cambios en viejos órdenes por medio de nuevos modos, más que de aquellos nuevos príncipe que, como los héroes del capítulo 6, trataron de introducir modos y órdenes totalmente nuevos. En con­ plos secuencia, modernos el énfasis (9). En se cuanto traslada a de los ahora capítulos en adelante 8-11, basta a los observar ejem­ que ni siquiera las cabeceras de capítulo contienen referencias a los nuevos príncipes; los príncipes aquí discutidos son, todo lo más, nuevos príncipes en viejos estados. Los dos últimos capítulos

68

LEO

S TR A U S S

de la primera parle, como los dos primeros, contienen sólo ejem­ plos modernos, aunque los dos últimos contienen también ejemplos no italianos. La segunda parte (caps. 12-14) marca un ascenso respecto al fi­ nal de la primera parte. La primera parte había terminado con una discusión de los principados eclesiásticos que, como tales, están desarmados. Ahora aprendemos que las buenas armas son condi­ ción necesaria y suficiente de las buenas leyes (10). Como Maquia- velo indica mediante los encabezamientos de los capítulos 12*13, asciende en estos capítulos de la peor dase de armas a la mejor. Notamos en esta parte un casi continuo ascenso de los ejemplos mo­ dernos a los antiguos. Este ascenso va acompañado de tres referen­ cias a la cuestión de si deben elegirse ejemplos modernos o anti­ guos ; en la referencia central, se sugiere que sería más natural pre­ ferir los ejemplos antiguos (11). Ahora Maquiavelo se enfrenta no sólo con los específicos errores políticos o militares cometidos por “los sabios de nuestro tiempo”, sino también (aunque sin mencio- nar su nombre) con el fundamental error de su contemporáneo Sa- vonarola: Savonarola creía erróneamente que la ruina de Italia fue causada por culpas religiosas y no por faltas militares. En esta parte, bastante corta (alrededor de 10 páginas), Maquiavelo se re­ fiere seis veces a la literatura antigua mientras que en la mucho más extensa primera parte (alrededor de 37 páginas) sólo se había refe­ rido a ella dos veces. Sólo en la segunda parte está cerca de referirse respetuosamente a las más altas autoridades del pensamiento polí­ tico o moral. Se refiere, no, ciertamente, al Nuevo Testamento, sino al Antiguo; y no, ciertamente, a lo que el Antiguo Testamento dice sobre Moisés, sino a lo que dice sobre David; y no a lo que dice so­ bre David literalmente, sino a lo que dice sobre David o en rela­ ción con David en forma figurada. Y se refiere, no ciertamente a Aristóteles o a Platón, sino a Jenofonte, al cual él consideraba, empero, como el autor del clásico espejo de príncipes. Además, la cita del Antiguo Testamento en el capítulo 13 no nos proporciona más que un ejemplo adicional de la correcta elección de armas;

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL "PRINCIPE’

69

8in embargo, la Educación de Ciro, de Jenofonte, mencionada al final del capítulo 14, es la única autoridad a que se refiere como mantenedora de un completo código para un príncipe. Podemos

decir que, por lo menos, la altura alcanzada al final de la segunda parte recuerda la altura alcanzada en el centro de la primera par­

te

—uno de los cuatro “mayores ejemplos” de que se habla en el ca.

pítalo 6—. En la primera parte, Maquiavelo asciende calmosamen­

hasta los autores de grandes hechos y luego vuelve calmosamente descender; en la segunda parte asciende rápidamente hasta los

orígenes del modo tradicional de entender a los autores de grandes

hechos. Desde el principio mismo de la tercera parte (caps. 15-23), Ma­ quiavelo comienza a desarraigar la Gran Tradición. Se señala un cambio en la doctrina general: el primer capítulo de la tercera parte es el único capítulo del Príncipe que no contiene ningún ejem­ plo histórico. Maquiavelo se enfrenta aquí explícita y coherente­ mente con la tradicional y habitual opinión, según la cual el prín­ cipe debe vivir virtuosamente y debe gobernar virtuosamente. A partir de esto, empezamos a comprender por qué se negó en la se­ gunda parte a referirse a las más altas autoridades: la cumbre que

se

fonte, no es el Nuevo Testamento y Platón o Aristóteles, sino que

es

dicionales doctrinas han de ser reemplazadas por una doctrina escan­

te

: la segunda parte finaliza y culmina con una alabanza de Ciro

a

echa de menos, por encima del Antiguo Testamento y de Jeno­

el propio pensamiento de Maquiavelo:

todas las antiguas o tra­

dalosamente nueva. Pero él tiene buen cuidado de no escandalizar a nadie inoportunamente. Si bien se insinúa la exigencia de inno­ vación radical, se hace en tono modesto: Maquiavelo da a enten­ der que está simplemente exponiendo en nombre propio y abierta­ mente una doctrina que algunos escritores antiguos habían defen­ dido en forma encubierta o hablando por boca de sus persona­

jes (12). Pero esto refuerza en realidad la demanda de Maquiavelo

tanto como la debilita en apariencia:

no se puede cambiar radi­

calmente la forma de una doctrina sin cambiar radicalmente su sus-

70

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tancia. El argumento asciende desde el capítulo 15 hasta los capí­ tulos 19 ó 20 y luego desciende de nuevo. En el capítulo 17, Ma- quiavelo comienza a hablar otra vez de “nuevos príncipes”, tras una pausa de 10 capítulos, y continúa haciéndolo en los tres ca­ pítulos que siguen; al principio del capítulo 21, se refiere todavía a “un príncipe casi nuevo”, pero en el resto de la tercera parte este elevado tema desaparece completamente: Maquiavelo desciende de nuevo a los príncipes ordinarios o de segunda clase (13), Este mo­ vimiento tiene como paralelo un cambio referente a los ejemplos modernos o antiguos. Hasta el capítulo 19, hablando en términos geherales, va creciendo el énfasis sobre los ejemplos antiguos; des- de aquí en adelante, los ejemplos modernos preponderan claramen­ te (14). Los últimos dos tercios del capítulo 19, que tratan de los emperadores romanos, señalan, puede decirse, la cumbre de la ter­ cera parte. Este pasaje es presentado como una réplica a lo que “muchos” pueden objetar contra la propia opinión de Maquiavelo. El capítulo 19 es, literalmente, el centro de la tercera parte, exac­ tamente como la cumbre de la primera parte era, literalmente, su centro (cap. 6). Esto no es accidental. El capítulo 19 completa la explícita discusión del fundador, así como el capítulo 6 la había co­ menzado. Por lo tanto, podemos justificadamente describir el ca­ pítulo 19 como la cumbre del Príncipe en conjunto y la tercera parte como su parte más importante (15). El capítulo 19 revela la verdad sobre los fundadores o los autores de grandes hazañas casi completamente (16). La revelación completa requiere la universa­ lización de la enseñanza derivada del estudio de los emperadores ro­ manos; y esta universalización es presentada en la primera sección del capítulo 20. Inmediatamente después, comienza el descenso. Ma. quiavelo se refiere aquí a un dicho de “nuestros antepasados”, es decir, de los hombres de la vieja Florencia tenidos por sabios, y lo rechaza con cautela desusada (17): después de haber roto con las más elevadas doctrinas de la venerable Gran Tradición, retorna humildemente a mostrar su reverencia hacia una tradición bastante reciente y puramente local. Poco después, expresa su conformidad

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL "PRLNCIPE”

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con “el juicio de muchos”, e inmediatamente antes de poner en duda la conveniencia de construir fortalezas, y antes de mostrar que la práctica de construir fortalezas había sido sabiamente abandonada por un considerable número de italianos contemporáneos, dice que alaba la construcción de fortalezas “porque ha sido usada desde los antiguos tiempos” (18). Según todas las apariencias, quiere simu­ lar que cree en la verdad de la ecuación de lo bueno con lo antiguo y lo acostumbrado. Actuando con el mismo espíritu, expresa aquí su creencia en la gratitud humana, el respeto por la justicia y la honradez (19), lo cual está en completo desacuerdo con todo lo an­ terior, y especialmente con lo que había dicho en la tercera parte. Lo mismo que la marcha del argumento en la tercera parte se parece a la de la primera parte, la marcha del argumento en la cuarta parte (caps. 24-26) se parece a la de la segunda parte. En contraste con los últimos capítulos de la tercera parte, la cuarta parte se distingue por las siguientes características: Maquiavelo ha­

bla un nuevo otra vez principado”, del “nuevo y príncipe”, otra vez subraya e incluso los antiguos del “nuevo modelos. príncipe Filipo en de Macedonia, “no el padre de Alejandro, sino aquél que fué de­ rrotado por Tito Quinto” ; es decir, un antiguo príncipe que no per­ tenecía a la más alta clase de príncipes, es presentado como amplia­ mente superior a los príncipes italianos contemporáneos que tam­ bién fueron derrotados. Aunque el capítulo central de la cuarta parte contiene sólo ejemplos modernos, compensa, como si dijéra­ mos, esta circunstancia, consagrándose a un ataque contra una creen­ cia italiana contemporánea, o, más bien, a una crencia que es man­ tenida más comúnmente en la Italia contemporánea que lo fué en el pasado. En el último capítulo son mencionados de nuevo Moisés, Ciro y Teseo, tres de los cuatro heroicos fundadores alaba­ dos en el capítulo 6; Moisés y Teseo no habían sido mencionados desde entonces. En este capítulo, Maquiavelo habla en los térmi* nos más libres de lo que él espera de un príncipe italiano con­ temporáneo o de su familia, pero no deja la más ligera duda de que lo que él espera de un nuevo príncipe contemporáneo en un

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STRAUSS

nuevo estado no es, en el mejor de los casos, más que una perfecta

imitación de los antiguos fundadores, imitación sólo posible gracias

a

la supervivencia del antiguo valor de los italianos: no espera una

gloriosa realización de un tipo enteramente nuevo, ni una nueva creación. Mientras que el último capítulo del Príncipe es, pues, una llamada a la gloriosa imitación de las grandezas de la antigüedad en la Italia contemporánea, la doctrina general del Príncipe y especial­ mente de sil tercera parte—es decir, la manera como Maquiavelo en­ tiende a los fundadores y la fundación de la sociedad en general— es lo opuesto a toda imitación perfecta o imperfecta: mientras que la mayor hazaña posible en la Italia contemporánea es una imita­ ción de las grandes hazañas de la antigüedad, la mayor realización teorética posible en la Italia contemporánea es “totalmente nue­ va” (20). Concluimos, por consiguiente, que el movimiento del Prín­ cipe en conjunto es un ascenso seguido de un descenso. Es característica del Príncipe la participación en dos pares de géneros opuestos; es a la vez un tratado y un panfleto de circons- tancias, y tiene a la vez un exterior tradicional y un interior revolu­ cionario. Existe una conexión entre estas dos pares de oposiciones. Como tratado, el libro expresa una doctrina intemporal; es decir, una doctrina que pretende ser verdadera en todo tiempo; como

panfleto de circunstancias, expresa lo que debe hacerse en determi­ nadas circunstancias. Pero la verdad intemporal está relacionada con el tiempo, porque es nueva en el tiempo concreto en que se la expresa y porque el hecho de que sea nueva, o no coetánea con el hombre, no es accidental. Dado que una nueva doctrina con­ cerniente a los fundamentos de la sociedad es, como tal, inacep­ table o expuesta a la hostilidad, el paso de la doctrina aceptada

antigua a la nueva debe darse con cuidado, o sea, que el interior

o

tevolucionario debe ser cuidadosamente protegido por un exterior tradicional. La doble relación del libro con el tiempo en que fué compuesto y con el tiempo para el que fué compuesto explica por

qué la preponderancia de ejemplos modernos tiene un doble senti­ do: los ejemplos modernos son más inmediatamente pertinentes a

LA INTENCION DE MAQUXAVELO ¡

EL

PRINCIPE

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la acción en la Italia contemporánea que los ejemplos antiguos; y una discusión de los ejemplos modernos es menos “presuntuosa” (21) y ofensiva que una discusión de los más exaltados ejemplos antiguos o de los orígenes del orden establecido que ni están pre­ sentes ni son cercanos. Es preciso tener esto presente si se quiere entender lo que pretende significar Maquiavelo al llamar “tratado” al Principe (22). Llegados a este punto, es necesario añadir la ad­ vertencia de que, al describir al Príncipe como la obra de un revo­ lucionario, hemos usado este término en el sentido preciso: un re­ volucionario es un hombre que rompe la ley, la ley en total, con objeto de reemplazarla por otra nueva ley que considera mejor que la ley antigua.

El Príncipe es, evidentemente, una combinación de tratado y panfleto de circunstancias. Pero la forma en que está realizada esta combinación ya no es evidente: el último capítulo resulta una sorpresa. Creemos que esta dificultad puede resolverse si no se ol­ vida que el Príncipe combina también una superficie tradicional con un interior revolucionario. Como tratado, el Príncipe contiene una doctrina general; como panfleto de circunstancias, contiene un consejo particular. La doctrina general no puede ser idéntica a tal

Puede

haber entre lo general y lo particular una conexión incluso más es­ trecha que la mera compatibilidad: la doctrina general puede ne­ cesitar el consejo particular, dadas las particulares circunstancias en las que se encuentra el destinatario inmediato del Príncipe, v el consejo particular puede requerir la doctrina general del Prín­ cipe, y ser incompatible con cualquier otra doctrina general. En todo caso, al estudiar la doctrina general del Príncipe no debemos jamás perder de vista la particular situación en que se encuentra Lorenzo. Tenemos que captar lo general a la luz de lo particular. Tenemos que convertir cada regla general dirigida generalmente a los príncipes o a cierta clase de príncipes, en un consejo particular dirigido a Lorenzo. E, inversamente, tenemos que abrirnos camino para ascender desde el consejo particular que se nos da en el úl-

consejo particular, pero tiene que ser compatible con él.

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timo capítulo a sus premisas generales. Tal vez las premisas gene­ rales completas difieren de las premisas generales tal como se las establece explícitamente, y el consejo particular completo difiere del consejo particular tal como se le establece explícitamente. Tal vez las implicaciones tácitas, generales o particulares, nos propor­ cionan el eslabón que une la doctrina general explícita con un con­ sejo particular explícito. ¿Cuál es, concretamente, la dificultad creada por el consejo dado en el último capítulo del Príncipe? En cuanto al simple hecho de que el capítulo nos causa una sorpresa, podemos responder con jus­ ticia que en el Príncipe ninguna sorpresa debe sorprender. Sin ha­ blar de otras, los capítulos 8-11 aparecen como una sorpresa a la luz de las indicaciones dadas en el primer capítulo. Además, basta leer el Príncipe con alguna atención para ver que la llamada a la liberación de Italia con que acaba el libro es su natural conclusión. Por ejemplo, en el capítulo 12, Maquiavelo dice que el resultado del sistema militar italiano ha sido que “Italia ha sido invadida por Carlos, saqueada por Luis, violada por Fernando, e insultada por los suizos9’, o que Italia ha llegado a ser “esclavizada e injuria­ da’’ (23). ¿Qué otra conclusión puede sacarse de este estado de co­ sas, sino que hay que encaminar todos los esfuerzos a liberar Ita­ lia, después de haber efectuado una completa reforma de su siste­ ma militar, es decir, que hay que hacer lo que el último capítulo dice que Lorenzo debe hacer? El último capítulo presenta un pro­ blema, no por qué es un llamamiento a la liberación de Italia, sino porque guarda silencio en cuanto a las dificultades que se oponen a la liberación de Italia, En este capítulo se dice más de una vez que la acción recomendada a Lorenzo, o exigida de él, no será “muy difícil” : casi todo ha sido ya hecho por Dios; sólo el resto queda para ser realizado por el humano liberador. El capítulo produce la impresión de que las únicas cosas requeridas por la liberación de Italia son el fuerte odio de los italianos hacia la dominación extran­ jera y su antiguo valor; el liberador de Italia puede esperar espon­ tánea cooperación de todos sus compatriotas, y puede esperar que

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

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todos ellos se alzarán en armas en cuanto él “tome la bandera**. Es verdad que Maquiavelo subraya, aún aquí, la necesidad de una re* forma radical del sistema militar italiano. De hecho, dedica todo el centro del capítulo, es decir, casi una mitad, a las condiciones mi­ litares de la liberación de Italia. Pero ello hace aún más sorpren­ dente su silencio en cuanto a las condiciones políticas. ¿Qué se ga­ naría con que los italianos se convirtieran en los mejores soldados del mundo, mientras fueran a emplear unos contra otros su destreza y 6us hazañas, o, en otras palabras, mientras no se estableciese una previa unidad estricta de mando, por no hablar de la unidad de entrenamiento? Es absurdo decir que el fervor patriótico de Maquia­ velo le ciega temporalmente respecto a los ásperos problemas prác­ ticos : su fervor patriótico no le impide hablar en el último capí­ tulo militar. muy El prosaicamente liberador de Italia y hasta es técnicamente descrito como sobre un nuevo la preparación príncipe, porque la liberación de Italia presupone la introducción de nuevas leyes y nuevos órdenes: él ha de hacer por Italia lo que Moisés hizo por el pueblo de Israel. Pero, como Maquiavelo se ha tomado el trabajo de señalar en los primeros capítulos del libro, el nuevo príncipe ofende necesariamente a muchos de sus compratriotas, es­ pecialmente a aquellos que se benefician del acostumbrado orden de cosas, y sus secuaces son necesariamente indignos de confianza. En el último capítulo guarda silencio sobre el tema de la necesaria no­ cividad de las acciones del liberador, tanto como respecto a las poderosas resistencias que debe esperar. El liberador de Italia es incitado aquí a proporcionarse tropas propias, que serán mucho me­

¿mirarían las

jores si se ven mandadas por su propio

príncipe:

tropas venecianas o milanesas como príncipe propio al floren­ tino Lorenzo de Médicis? Maquiavelo no dice una palabra sobre las dificultades que podrían crearle al liberador los diversos prín­ cipes y repúblicas italianas. No hace más que aludir a estas dificul­ tades planteando la retórica pregunta: “¿qué envidia se opondrá u el?”, y hablando de “la debilidad de los jefes” en Italia. ¿Quiere dar a entender que el fervor patriótico de los italianos bastaría para ba-

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rrer a estos débiles jefes, por envidiosos que fueran? Ciertamente implica que antes de que el liberador pudiera liberar a Italia tendría que tomar, no meramente una bandera como dice en el texto del capítulo, sino a Italia misma, como dice en el encabezamiento. Es un caso raro, si no único, en los libros de Maquiavelo, el que el enca­ bezamiento del capítulo sea mas informativo que su texto. Aparte de los capítulos 26 y 27, cuyos encabezamientos nos re­ miten a la Italia contemporánea, sólo un encabezamiento de capítulo en el Príncipe contiene nombres propios y dirige así nuestra aten­ ción hacia lo particular. El capítulo 4 se titula: “Por qué el reino de Darío, del qne Alejandro se había apoderado, no se rebeló con­ tra los sucesores de Alejandro después de la muerte de éste” (24). Como consecuencia, el puesto del capítulo dentro del plan de doc­ trina general, tal como se indica en el capítulo 1, no se ve claro a primera vista. El capítulo 4 es el central de una serie de tres capí­ tulos que tratan de “principados mixtos” ; es decir, de la adquisi­ ción de nuevos territorios por príncipes o repúblicas, o, en otras palabras, de la conquista. El ejemplo primario en el capítulo .7 es la política de conquista practicada por el rey Luis XII de Francia; pero el país en el cual éste trató de adquirir nuevo territorio fué Italia. En el capítulo 3, Maquiavelo discute las dificultades que obs­ truyen tancia para la conquista el liberador extranjera de Italia. en Italia, Al discutir tema los de errores la máxima que impor­ el rey francés cometió en su intento de hacer conquistas durables en Italia, Maqniavelo, indudablemente, da sns consejos a los extranjeros que proyectan conquistas en su patria (25). Puede parecer que esto da que pensar sobre su patriotismo. Pero podemos decir en justicia que estos consejos son sólo el reverso—el odioso reverso—de los consejos sobre cómo defender a Italia contra la dominación extran­ jera o sobre cómo liberar a Italia. De la discusión de Maquiavelo se deduce que, de no ser por ciertos graves errores cometidos por el rey francés, éste podía fácilmente haber mantenido sus conquis­ tas italianas. El rey francés cometió los graves errores de permitir que fueran destruidos los poderes italianos menores y de fortalecer

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL "PRINCIPE”

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el poder italiano mayor, en lugar de proteger los poderes italianos menores y humillar el poder mayor. Nos vemos forzados a pregun­ tarnos qué conclusión tendría que sacar de estas observaciones el liberador de Italia. ¿Tendría que destruir los poderes menores de Italia y fortalecer los poderes mayores de Italia? La destrucción de poderes menores en que piensa Maquiavelo fué efectuada por César Borgia, cuyas acciones presenta como modelos a Lorenzo. Pero el fortalecimiento de los otros poderes mayores de Italia, ¿no perpe­ tuaría y aún fortalecería las dificultades de mantener fuera de Ita­ lia a los extranjeros? Esta es la cuestión que se trata de modo in­ directo en el capítulo 4. Maquiavelo distingue aquí dos clases de principados: una, como la Persia conquistada por Alejandro Mag­ no, en la cual un hombre es príncipe y todos los demás son esclavos, y otra clase, como Francia, que es gobernada por un rey y barones; es decir: en la que existen poderes que no son simplemente depen­ dientes del príncipe, sino que gobiernan por propio derecho. Hace esta distinción más general comparando la monarquía francesa con la Grecia anterior a la conquista romana. Lo que le preocupa, pues, es la distinción entre los países gobernados por un solo go­ bierno del cual se deriva simplemente la autoridad política dentro del país, y los países en los cuales existe un cierto número de po­ deres locales y regionales que gobiernan cada uno en su propio de­ recho. Vista a la luz de esta distinción, Italia pertenece a la misma clase que Francia. Al discutir la conquista de Persia por Alejandro, Maquiavelo se ve obligado a discutir la conquista de un país de la clase opuesta; es decir: la conquista de Francia. Pero esto signi­ fica que está en condiciones de continuar subrepticiamente la dis­ cusión, iniciada en el capítulo precedente, de la conquista de Ita­ lia (26). El capítulo 4 nos enseña esta lección: mientras que con­ quistar Persia es difícil, conservarla es fácil; e, inversamente:

mientras que conquistar Francia es fácil, conservarla es difícil. Francia, a la que en este contexto podemos sustituir por Italia, es fácil de conquistar, porque siempre habrá un barón (estado) des­ contento, que estará ansioso de recibir ayuda extranjera contra el

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rey (contra otros estados dentro del país). Es difícil de conservar, porque las viejas lealtades locales o regionales se reafirmarían siena* pre contra el nuevo príncipe. La segura posesión del país es impo­ sible mientras la antigua sangre de los señores o duques, locales o regionales no se haya extinguido. Puede pensarse durante un mo­ mento que lo que es bueno para el conquistador extranjero de un país de la clase discutida, no es necesariamente bueno para el liber­ tador nativo de dicho país. Pero, como Maquiavelo nos indica en el capítulo 3, la superioridad de Francia sobre Italia en fuerza y en unidad es debida a la extirpación de las dinastías principescas de Borgoña, Bretaña, Gascuña y Normandía. Dada la urgencia que ocasiona la dominación extranjera en Italia, el liberador no puede permitirse el lujo de esperar hasta que las otras familias principes­ cas se hayan extinguido en el curso de los siglos. Tendrá que hacer, en mayor escala, lo que César Borgia hizo en menor escala (27):

con objeto de desarraigar el poder de las viejas lealtades locales y regionales, que son la mayor fuente de la debilidad de Italia, es necesario aniquilar las familias de los detestables príncipes italia­ nos. César Borgia realiza una función decisiva en el Príncipe por la razón, además, de que es un lazo de unión entre el conquistador extranjero de Italia y su nativo y patriótico libertador: como no era enteramente italiano, no puede ser bien mirado como poten­ cial libertador de su tierra natal (28). En cuanto a las repúblicas italianas, nos enseña el capítulo, el último capítulo dedicado al tema de la conquista, que el único medio mediante el cual un príncipe o una república pueden asegurarse la lealtad de una conquistada ciudad republicana que tenga vieja tradición de autonomías, es arrui­ narla y dispersar a sus habitantes, y que esto es así independien­ temente de que el conquistador o los conquistadores sean o no hijos del mismo país (29). La información referente a los prerrequisitos políticos de la li­

beración de Italia

mente a liberación de Italia, porque Maquiavelo deseaba evitar que el noble y brillante final quedase empañado por los bajos y oscuros

es suprimida

del capítulo consagrado

expresa­

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL "PRINCIPE”

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medios que son indispensables para su consecución. Lo deseaba, porque la doctrina de que “el bien justifica los medios”, es repul­ siva, y él necesitaba que el Príncipe acabase de modo aún más atractivo a como había empezado. La información suprimida en el último capitulo nos es facilitada en la sección sobre la conquista. A esta sección, más que a ninguna otra, tendremos que volver si de­ seamos conocer qué clase de resistencia tendría que vencer el libe­ rador de Italia por parte de sus conciudadanos, y qué clase de agra­ vios tendría que infringirles. Liberar a Italia de los bárbaros signi­ fica unificar Italia, y unificar Italia significa conquistar Italia. Sig­ nifica hacer en Italia algo mucho más difícil que lo que Fernando de Aragón hizo en España, pero, en cierto modo, comparable a ello (30). El liberador de Italia no puede contar con la espontánea adhesión de todos los habitantes de Italia. Tiene que seguir una po­ lítica de hierro y veneno, de asesinato y traición. No debe retroce­ der ante la exterminación de las familias de los príncipes italianos, ni ante la destrucción de las ciudades republicanas de Italia, cuan­ do las acciones de esta clase sean conducentes a su fin. La libera­ ción de Italia significa una completa revolución. Requiere, ante todo y sobre todo, una revolución en las ideas sobre el derecho y la injus­ ticia. Los italianos tienen que aprender que el fin patriótico auto­ riza todos los medios, por muy condenados que hayan sido por las más exaltadas tradiciones, tanto la filosófica como la religiosa. El capítulo vigésimosexto de los Discursos, que ya nos ha proporcio­ nado más de una clave para el Príncipe, confirma nuestra presente conclusión. Su encabezamiento: “Un nuevo príncipe, en una ciu­ dad o país conquistado por él, debe hacerlo todo nuevo”. En su tex­ to aprendemos que, lo mismo que César Borgia no pudo hacerse el amo de, Romana más que mediante “crueldad bien empleada”, Fi- lipo de Macedonia no pudo hacerse en tan poco tiempo “príncipe de Grecia” más que mediante el uso de medios que eran contrarios, no sólo a toda humana forma de vida, sino igualmente a toda cris­ tiana forma de vida (31). El poder mayor de Italia que el extranjero aspirante a conquis-

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tador, Luis XII, erróneamente fortaleció en lugar de humillarlo, fué la Iglesia. Al libertador nativo de Italia, sin embargo, se le aconseja usar sus relaciones de familia con el Papa León X con ob. jeto de recibir apoyo para su empresa patriótica de la ya muy for­ talecida Iglesia. En otras palabras, se le aconseja que use la Igle­ sia gobernada por León X como César Borgia, el modelo, había usado la Iglesia gobernada por Alejandro VI. Pero este consejo sólo puede tener carácter provisional. Para percibir esto, hay que tener en cuenta las reflexiones de Maquiavelo sobre los éxitos y fra­ casos de César. Los éxitos de César sólo beneficiaron en último tér­ mino a la Iglesia y de este modo acrecieron los obstáculos para la conquista o liberación de Italia. César fué un mero instrumento de Alejandro VI y, por consiguiente, fueran cuales fueran los deseos de Alejandro, un mero instrumento del papado. En último térmi­ no, es Alejandro, más que César, quien representa el modelo ita­ liano contemporáneo de nuevo príncipe. Porque el poder de César se basaba en el poder del papado. El poder le faltó cuando murió Alejandro. El fracaso de César no fué accidental, porque el término medio de un reinado papal son diez años, porque la influencia de un príncipe italiano en la elección de un nuevo Papa no es proba­ ble que sea mayor que la de los grandes poderes extranjeros y, so. bre todo, porque la Iglesia tiene un propósito, o un interés propio, por lo cual, usar el poder eclesiástico para otros propósitos que no sean el engrandecimiento de la Iglesia, redunda en su descrédito y es, en consecuencia, peligroso (32). La liberación de Italia, que re­ quiere la unificación de Italia, requiere, por consiguiente, en defi­ nitiva, la secularización de los estados papales. Requiere todavía más. Según Maquiavelo, la Iglesia no sólo es, a causa de su poder temporal, el principal obstáculo a la unidad de Italia; la Iglesia es también responsable de la corrupción moral y religiosa de Ita­ lia y de la subsiguiente pérdida de virtud política. Por añadidura, Maquiavelo tenía mucho miedo a los suizos, cuya excelencia militar consideraba derivada en parte, de su robusta piedad. Saca la con­ clusión de que si la corte papal fuera trasladada a Suiza, se obser-

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL "PRINCIPE”

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varía pronto la decadencia de la piedad y moralidad de los suizos y, por consiguiente, del poder suizo (33). Parece haber acariciado la idea de que el liberador de Italia podía tener que ir más allá de la secularización de los estados papales; podía tener que trasladar la corte papal a Suiza, matando así dos pájaros de un tiro. El libera* dor de Italia debía indudablemente tener el valor de llevar a cabo lo que Giovampagolo Baglioni, por su excesiva vileza, no pudo ha* cer; es decir, “enseñar a los prelados cuán poco respeto merecen las personas que viven y gobiernan como ellos, realizando así una acción cuya grandeza hace olvidar toda la infamia y todo el peligro que de ella pudieran derivarse”. Debe unificar a Italia tanto como lo estaba “en tiempo de los romanos” (34). Se aconseja al destinatario del Príncipe que imite, entre otros, a Rómulo. Imitar a Rómulo quiere decir volver a fundar Roma. Pero Roma existe. O ¿puede la imitación de Rómulo significar fundar de nuevo una Roma pagana, una Roma destinada a convertirse de nuevo en la más gloriosa re­ pública y en semilla y corazón del más glorioso imperio? Maquia* velo no responde a esta pregunta con palabras concretas. Cuando menciona, por segunda vez, en el último capítulo del Príncipe, los venerables modelos que el destinatario del Príncipe debe imitar, guarda silencio acerca de Rómulo (35). La cuestión que él nos fuerza a plantear la contesta con el silencio. En relación con esto, podemos notar que, mientras en los Discursos “nosotros” significa, algunas veces, “nosotros los cristianos”, en el Príncipe “nosotros” no tiene nunca ese sentido. En todo caso, la doctrina general explí­ cita y el consejo particular explícito contenidos en el Príncipe son más tradicionales o menos revolucionarios que la doctrina general completa y el consejo particular completo. Los dos pares de géneros opuestos que son característicos del Príncipe—es decir, el ser a un tiempo un tratado y un panfleto circunstancial y el tener a un tiempo un exterior tradicional y un fondo revolucionario—están há­

bilmente entrelazados.

dica Maquiavelo al principio del segundo capítulo, es un fino teji­ do. La sutileza de este tejido contrasta con la escandalosa franqueza

6

El Principe en su conjunto, como nos in­

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que algunas veces emplea o afecta. Mejor sería decir que el sutil tejido está sutilmente entrelazado con la escandalosa franqueza que el autor decide emplear en el lugar y tiempo adecuados. Basta, por el momento, respecto al carácter del Principe. El tema del libro es el príncipe, pero especialmente el nuevo prínci­ pe. En la Epístola Dedicatoria, Maquiavelo indica que su doctrina está basada en su conocimiento de las acciones de los grandes hom­ bres ; pero los más grandes ejemplos de grandes hombres son nue­ vos príncipes, como Moisés, Ciro, Rómulo y Teseo, hombres “que han adquirido o fundado reinos”. En el primer capítulo, divide los principados en clases, en relación con las diferencias de mate­ riales y modos de adquisición más que con las diferencias de estructura y propósito. De este modo indica desde el principio que

se ocupará especialmente de los hombres que desean adquirir prin­ cipados (bien mezclados, bien totalmente nuevos); es decir, de los nuevos príncipes. Hay una doble razón para que el acento recaiga en esto. La razón obvia es que el destinatario inmediato del libro es un nuevo príncipe, al que, además, se le aconseja que se con­ vierta en príncipe de Italia y, por consiguiente, en nuevo príncipe en un sentido más elevado. Pero lo que a primera vista parece dictado meramente por las necesidades y puntos de vista de su destinatario inmediato, se nos muestra, tras la reflexión, necesario igualmente por razones puramente teoréticas. Todos los principa­ dos, aunque ahora sean electivos o hereditarios, fueron originaria­ mente nuevos principados. Incluso todas las repúblicas, o, al menos, las grandes repúblicas, fueron fundadas por hombres sobresalientes que ostentaban un gran poder; es decir, por nuevos príncipes. Dis­ cutir los nuevos príncipes, pues, significa discutir los orígenes o fundamentos de todos los estados o de todos los órdenes sociales y, con ello, la naturaleza de la sociedad. El hecho de que el desti­ natario del príncipe sea un real o potencial nuevo príncipe disimula en cierto modo el significado altamente teorético del tema“ el nue­

vo

príncipe. La ambigüedad debida al hecho de que el Príncipe trata algu-

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL " p BINCIPE”

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ñas veces de los príncipes en general y otras veces de los nuevos príncipes en particular es acrecentada por la apibigüedad del tér­ mino “nuevo príncipe”. El término puede designar al fundador de una dinastía en un estado ya establecido; es decir, un nuevo prín­ cipe en un viejo estado, o un hombre que “se apodera” de un estado, como Sforza en Milán, Agatocles en Siracusa, o Liverot- to en Fermo. Pero puede también designar un nuevo príncipe en un nuevo estado o “un príncipe totalmente nuevo en un estado totalmente nuevo” ; es decir, un hombre que no ha meramente adquirido un estado que tenía ya existencia, sino que ha fundado un estado. El nuevo príncipe en un nuevo estado puede, a su vez, ser un imitador; es decir, adoptar modos y órdenes inventados por otro príncipe, o seguir otra forma cualquiera de camino trillado. Pero puede ser también el creador de nuevos modos y órdenes, un innovador radical, fundador de un nuevo tipo de sociedad y posi­ blemente de una nueva religión; en fin, un hombre como Moisés,

Ciro, Teseo o Pómulo. Maquiavelo aplica a los hombres de la más alta categoría el término “profetas” (36). Puede parecer que este término conviene a Moisés más que a los otros tres. Moisés 'es, cier­ tamente, el más importante fundador: el cristianismo se apoya en los cimientos que puso Moisés. Al principio del capítulo dedicado a los más grandes ejemplos, Maquiavelo aclara, sin lugar a duda, que no espera que el destina­ tario del Príncipe sea o llegue a ser un creador: le aconseja que se

convierta en

un hombre de virtud de segunda dase. Esto no es sorprendente:

sea

un creador no necesitaría la instrucción de Maquiavelo. Como ma­ nifiesta en la Epístola Dedicatoria, desea que Lorenzo “compren­ da” lo que él mismo “había llegado a saber y había llegado a com­ prender” ; no espera que haya llegado Lorenzo a entender las cosas más importantes por sí mismo. Lorenzo puede tener un “excelente” cerebro; pero no se espera que tenga un cerebro de “la mayor exce­ lencia” (37). Sea de esto lo que fuere, como es “un hombre pru­ dente”, se le exhorta a “seguir el camino trazado por grandes hom-

un

imitador, que siga el

camino trillado,

que

84

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bres e imitar a aquellos que han sido más excelentes” ; es decir, a hombres como Rómulo y Moisés. Por otra parte, los preceptos que Maquiavelo da a Lorenzo son abstraídos de las acciones, no de Rómulo o Moisés, sino de César Borgia (38). Porque, para no hablar de otras consideraciones, la esperada ascensión de Loren­ zo depende de sus relaciones familiares con el presente cabeza de

la

da

terior cabeza de la Iglesia, mientras que Rómulo y Moisés se alza­

ron

imitar a César Borgia, Lorenzo admitiría su inferioridad respecto

a

fuera destinado a un hombre de la altura y falta de escrúpulos de César. Con todo, se aconseja a Lorenzo imitar a hombres de la

altura de Rómulo y de Moisés. Pero, como se deduce del último capítulo, esta imitación se espera menos de Lorenzo mismo que de En la ilustre el último casa capítulo, a que pertenece. el acento recae totalmente sobre Moisés.

Maquiavelo dice en él que Dios era amigo de Moisés, Ciro y Teseo. La descripción se aplica a Moisés con mayor propiedad que a Ciro

o

de imitar a los profetas de la antigüedad era familiar a los con­

temporáneos de Maquiavelo: Savonarola se presentaba como un nuevo Amos o un nuevo Moisés; es decir, como un hombre que hizo las mismas cosas que habían hecho los profetas bíblicos, en

circunstancias nuevas. Esto no significa que no haya diferencia entre

la

de Moisés tal como la entendía Maquiavelo. Con objeto de animar

a

que Dios ha realizado ante los ojos de ambos: “El mar ha sido dividido. Una nube os guía en vuestro camino. La roca ha manado agua. El maná ha llovido.” Los milagros del tiempo de Lorenzo, los cuales son, desde luego, atestiguados únicamente por Maquiavelo, imitan los milagros del tiempo de Moisés. Más precisamente, imi-

imitación de Moisés en el sentido de Savonarola y la imitación

Iglesia y, por consiguiente, de la suerte, lo mismo que la realiza­

ascensión de César dependió de su relación familiar con un an­

al poder mediante la virtud, que no mediante la

suerte.

Al

é l: el libro de Maquiavelo resultaría algo fuera de lugar si

a Teseo. Lorenzo es, pues, exhortado a imitar a Moisés. La idea

Lorenzo a liberar Italia, Maquiavelo le recuerda los milagros

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL "PRINCIPE”

85

tan los milagros que se realizaron, no en Egipto, la tierra de la cautividad, sino en el camino de Egipto a la tierra prometida,

a

Maquiavelo no predice que Florencia—o quien la domine—llegará gobernar Italia (39), porque el éxito de la aventura depende ahora

a

sólo del ejercicio de la humana virtud, el cual, debido al libre albedrío de los hombres, no puede ser previsto. Lo que puede ser inminente, metida, la sugiere tierra que Maquiavelo, Maquiavelo es la ha conquista semiprometido de otra a tierra Lorenzo. pro*

Pero, por desdicha, la imitación de Moisés es funesta para Loren* zo, porque Moisés no conquistó la tierra prometida: murió a sus puertas. De este oscuro modo, Maquiavelo, nueva sibila, pro­ fetiza que Lorenzo no conquistará y libertará Italia (40). El no consideraba como practicables las proposiciones prácticas con que da fin al Príncipe. Había medido demasiado bien las fuerzas de

Italia contemporánea para engañarse. Como manifiesta en los dos

Prefacios del libro complementario, que a este respecto coge el hilo donde el Principe lo deja, “de esta antigua virtud política no ha quedado rastro” en Italia. No es el proyecto a corto plazo suge­ rido al final del Principe, sino más bien el proyecto a largo plazo indicado a lo largo de los Discursos, el que ofrece esperanzas de éxito. Muchos críticos han dejado a un lado el último capítulo del Príncipe como obra de mera retórica. Esta aserción—si fuera segui­ da por una inteligente exposición de la enigmática conclusión del Príncipe—podría ser aceptada como un modo burdo de expresar el hecho de que este capítulo no debe ser tomado en sentido lite- ral ni demasiado en serio.

la

la tierra que había que conquistar. A diferencia de Savonarola,

Maquiavelo no se contenta con indicar su opinión al insinuar el aciago significado de la imitación de Moisés respecto a la con­

ter quista imitativo de la de tierra la obra prometida. a que exhorta Al tiempo a Lorenzo, que subraya subraya el el hecho carác­ de que el liberador de Italia debe ser un creador, un inventor de nuevos modos y órdenes y, por tanto, no un imitador. El mismo su­ giere oblicuamente algunas innovaciones tácticas de largo alcance.

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Pero está claro que el innovador, el inventor en esas materias, será Maquiavelo, no Lorenzo. La críptica predicción del fracaso de Loren­ zo, si llegara a intentar liberar Italia, pnede, por lo tanto, expo­ nerse así: sólo un hombre de genio, de suprema virtud, podría tener la posibilidad de liberar Italia; pero a Lorenzo le falta la más alta forma de virtud. Siendo este el caso, se ve forzado a fiar demasiado en la suerte. Maquiavelo indica y oculta lo mucho que Lorenzo tendría que fiar en la suerte mediante el lenguaje religioso que emplea en el último capítulo. En él menciona a Dios tantas veces como en todos los otros capítulos del Príncipe juntos. Se refiere al liberador de Italia como a un “espíritu” italiano; descri­ be la liberación de Italia como una redención divina y sugiere su semejanza con la resurrección de los muertos tal como la pinta Ezequiel; alude a los milagros realizados por Dios en Italia. Por mucho que deseemos conmovernos con estas expresiones de sen­ timiento religioso, fracasamos en nuestro empeño. La certeza de Maquiavelo en la intervención divina nos recuerda su expectación de un espontáneo levantamiento de todos los italianos contra el odiado extranjero. Lo mismo que esta expectación está en con­ tradicción con lo que habían indicado los anteriores capítulos en cuanto a la certeza de una fuerte resistencia italiana al liberador y unificador de Italia, asi la expresión de sentimiento religioso está en contradicción con anteriores y explícitas declaraciones. Según estas declaraciones, el temor de Dios es deseable o indispensable en los soldados y quizá en los súbditos, en general, mientras que el

príncipe necesita tan sólo aparecer como religioso;

y puede fá­

cilmente crear tal apariencia teniendo en cuenta la tosquedad de la mayoría de los hombres. En este mismo último capítulo, Maquiavelo llama a ciertos acontecimientos contemporáneos obra de Dios y semejantes a ciertos milagros bíblicos, no “milagros”, sino “extraordinarios” acontecimientos “sin ejemplo” (41); así niega la realidad de aquellos milagros bíblicos y, con ello, por una razón evidente, la realidad de todos los milagros bíblicos. Sin tal negación no habría sido posible su libre invención de los acontecimientos

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL ” p HLNCIPe

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contemporáneos “extraordinarios” ; estos milagros inventados tienen el mismo status que los milagros bíblicos. Según el Príncipe, los milagros son sucesos que no son ni comunes ni razonables. Son su­ cesos que no pueden ser atribuidos a causas secundarias, sino sólo

a

velo sugiere que lo que generalmente se entiende por Dios no es en realidad más que la suerte. De modo que la sugerencia qne hace en el capítulo 26 de que en la Italia contemporánea han ocurrido cierto número de milagros es el equivalente figurativo de la aser­ ción, explícita en el capítulo 25, de que la suerte es particularmen­ te poderosa en la Italia contemporánea. Concretamente, ha habido

muchas “pérdidas milagrosas” en la Italia contemporánea (42). En el último capítulo, Maquiavelo enumera siete asombrosas derrotas sufridas por las tropas italianas en el inmediato pasado (43). Pues­ to que no hay derrota sin vencedor, se puede hablar con el mismo derecho de “milagrosas pérdidas y milagrosas adquisiciones” ; aquéllas como éstas son la necesaria consecuencia de la preponde­ rancia de la Fortuna en la Italia contemporánea (44). Esto quiere decir que, dada la pobreza del sistema militar italiano y la sub­ siguiente preponderancia de la suerte, un príncipe bien aconsejado

ingenioso-puede obtener asombrosos éxitos de breve alcance contra

otros príncipes italianos, lo mismo que el Papa Julio II los obtuvo contra sus cobardes enemigos. En particular, Lorenzo puede lograr construir un fuerte poder en Toscana. Pero la idea de derrotar a las poderosas monarquías militares que dominan parte de Italia sigue siendo, para el futuro inmediato, un sueño (45). No se puede entender el significado del último capítulo y, por tanto, del Príncipe en total sin tomar en consideración la posición, el carácter y las aspiraciones del otro participante en la relación —casi podríamos decir diálogo—que constituye el libro. A medida que el status de Lorenzo se rebaja, la estatura de Maquiavelo crece. Al principio, en la Epístola Dedicatoria, Lorenzo aparece colocado en las salubres alturas de la majestad, mientras Maquiavelo respi­ ra el polvo a sus pies: el favorito de la Fortuna es confrontado

e

Dios directamente. Cerca del principio del capítulo 25, Maquia­

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con el enemigo de la misma. Maquiavelo se presenta como nn hom­ bre que posee una información de la que los príncipes necesaria­ mente carecen y, sin embargo, necesitan. Describe esta información de un modo que resulta sorprendente, y no sólo para aquellos que por disposición o habituación se ven forzados a tener en cuenta los datos estadísticos. Pretende poseer conocimiento de la naturaleza de los príncipes; lo mismo que se ven las montañas mejor desde un valle Vlos para valles conocer mejor bien desde la naturaleza una montaña, de los así pueblos, es necesario y es necesario ser un príncipe ser un

hombre del pueblo para conocer bien la naturaleza de los príncipes. En otras palabras: aunque Lorenzo y Maquiavelo están en extremos opuestos de la escala de la Fortuna, son iguales en sabiduría; cada uno de ellos posee una mitad del total de la sabiduría política, han nacido para completarse el uno al otro. Maquiavelo no dice que deben reunir sus recursos con objeto de liberar a Italia. Ni tampoco desea entregar su parte de sabiduría política a Lorenzo como un puro rega­ lo. Desea recibir algo a cambio. Desea mejorar su fortuna. Fijándo­ nos en el final del libro, podemos decir que desea mejorar su fortuna en mostrando príncipe a de Lorenzo Italia. Porque, cómo puede como mejorar ya dice la en suya la Epístola convirtiéndose Dedica­ toria, la suerte y otras cualidades de Lorenzo le prometen una gran­ deza que sobrepasa, incluso, su grandeza presente. Dedica el Prín­ cipe a Lorenzo porque quiere lograr un empleo honorable. Desea llegar a ser servidor de Lorenzo. Quizá piensa servir a Lorenzo, de cuando en cuando, como consejero ad hoc. Quizá piensa incluso en el cargo de consejero permanente. Pero el máximo límite de su ambición sería convertirse en ministro de Lorenzo, ser para Loren. zo lo que Antonio da Venafro había sido para Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena. Este deseo sería por completo irrazonable si no buscara el camino para convencer a su señor de su competencia. La prueba de esta competencia es el Príncipe. Pero no basta con la competencia. Lorenzo debe estar también seguro de la lealtad de Maquiavelo o, por lo menos, de que es digno de confianza. Maquiavelo no puede referirse, ni aun en la Epístola Dedicatoria,

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL "PRINCIPE'

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a] hecho de que ya había tenido en cierta ocasión un empleo hono­ rable y lo había desempeñado lealmente. Porque había sido un leal servidor de la república de Florencia, y este hecho por sí solo podría comprometerle a los ojos de su príncipe. Se enfrenta con esta dificultad por primera vez en el capítulo sobre los principados civiles; es decir, sobre la clase de principados de los cuales es un ejemplo el gobierno de Lorenzo. Discute aquí la cuestión de cómo debe tratar el príncipe a sus súbditos notables. Distingue tres clases de notables, y la central se compone de los hombres que no 6e entregan enteramente a la causa del príncipe, porque son pusi­ lánimes y tienen por naturaleza poco valor. Maquiavelo aconseja al príncipe que emplee a hombres de esta clase siempre que sean hombres de buen consejo, “porque en la prosperidad os dan honra con este motivo y en la adversidad nada tenéis que temer de ellos”. Los hombres de buen consejo tendrán la requerida pusilanimidad si el poder del principe tiene fuerte apoyo popular. Los pocos que 6on capaces de ver las cosas por sí mismos “no osarán oponerse a la opinión de los muchos que tienen de su parte a la majestad del estado”. Como Maquiavelo era sospechoso de haber participado en una conspiración contra los Médicis, le resultaba particularmente necesario mostrar en el Príncipe que los hombres de su clase jamás tendrían la temeridad de comprometerse en tan peligrosas empre­ sas, porque sólo pensarían en el probable resultado del hecho y no en su posible nobleza intrínseca. Casi llega a escenificar una con­ versación entre él mismo y un potencial conspirador contra el príncipe, en la cual él trata de convencer al conspirador de la insen­ satez de sus proyectos—espectáculo cuya sola sugerencia hubiera resultado instructiva y tranquilizadora pata Lorenzo, suponiendo que éste hubiera leído el Príncipe—. Al final, Maquiavelo no re­ nuncia a hablar explícitamente de cómo debe tratar un nuevo prín­ cipe a los hombres que en el principio de su reinado eran sospe­ chosos a causa de su lealtad al anterior régimen. Incita al prínci­ pe a utilizar hombres de esta clase. “Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena, gobernó su estado más por medio de hombres que le

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eran sospechosos que por medio de otros.” El mero hecho de que estos hombres están obligados a seguir viviendo bajo el peso de su pasado, los hace deseosos de ser leales servidores del nuevo príncipe. Pero puede parecer que, al mostrarse tan completamente digno de confianza además de capaz, Maquiavelo se ha pasado de la raja. Su posible patrón puede preguntarse si un hombre de la inteligen­ cia de Maquiavelo, empleado como consejero o ministro, no recibi­ rá todo el crédito de las sabias acciones del gobierno j si, por con­ traste, no hará parecer más bien despreciable a su no tan sabio príncipe. Maquiavelo le tranquiliza lo mejor que puede, sentando la infalible regla de que el príncipe que no es sabio no puede ser bien aconsejado (46). Considerando los grandes azares a que se ex­ pone Maquiavelo al tratar de entrar al servicio de un nuevo prín­ cipe, podemos preguntarnos si, según sus principios, no debía haber preferido la pobreza j la oscuridad. El responde a esta pregunta en los Discursos, ja que en el Príncipe no podía contestarla decoro, sámente. Los hombres de su posición, indica, viven en un continuo peligro si no buscan empleo con el príncipe; desde luego, cuando

cosas con

intentan

moderación” ; es decir, tienen que evitar el presentarse como jefes o únicos promotores de ningún proyecto atrevido. Sólo si el proyecto atrevido es respaldado por un partido fuerte pueden aceptarse cier­ tos riesgos con buenas probabilidades (47). El consejo particular que Maquiavelo da a Lorenzo explícitamente—es decir, el consejo que da en el último capítulo del Príncipe—resulta moderado, tanto porque guarda silencio respecto a las medidas extremas requeridas por la liberación de Italia como porque no puede menos de ser popular entre muchísimos italianos. Aún no hemos considerado la extraña sugerencia de Maquiavelo de que él posee una mitad de la sabiduría política, es decir, el cono­ cimiento de la naturaleza de los príncipes, en tanto que Lorenzo puede poseer la otra mitad, es decir, el conocimiento de la natu­ raleza de los pueblos. Hace esta sugerencia en el mismo contexto en que declara su intención de dar reglas para el gobierno del

dar consejo al príncipe, necesitan “tomar las

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL "PRINCIPE’

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principado. Pero dar reglas a los príncipes sobre cómo deben go­ bernar significa enseñarles cómo gobernar a sus pueblos. Maquia­ velo no puede, pues, enseñar a los príncipes sin poseer también nn bnen conocimiento de la naturaleza de los pueblos. De hecho, da buenas pruebas de poseer tal conocimiento, puesto que

se lo transmite, en el Príncipe, a su principesco discípulo. El co­ noce, pues, todo lo que entra en los conocimientos del príncipe

y, por añadidura, conoce muchas cosas que quedan

conocimientos del príncipe. No es sólo un posible consejero de un príncipe, sino un maestro de príncipes en cuanto tales. De hecho, muchos de sus preceptos no son en modo alguno necesarios a los príncipes, puesto que los príncipes los conocían sin necesidad de su instrucción; por tanto, enseña también a los súbditos, median­ te el Príncipe, lo que deben esperar de su príncipe o la verdad sobre la naturaleza de los príncipes (48). Como consejero de un príncipe, se dirige a un individuo; como maestro de sabiduría política, se di­ rige a una multitud indefinida. El indica su posición dual y la co­ rrespondiente dualidad de sus destinatarios mediante el oso de la se­ gunda príncipe persona y aun del al hombre pronombre que personal: conspira contra usa “tú” el cuando príncipe, se es dirige decir, al

cuando cuando se se dirige dirige a a aquellos hombres lectores de acción, presentes mientras o futuros que cuyo usa “vosotros” interés es principalmente teorético, sea esencialmente o sea sólo de momento. La última clase de destinatarios del Príncipe es idéntica a los des­ tinatarios de los Discursos: “los jóvenes” (49). Maquiavelo menciona un solo maestro de príncipes, que es Chi- rón, el centauro que educó a Aquilea y a muchos otros antiguos príncipes. El modelo del propio Maquiavelo es una figura mítica:

él retorna a los principios, no sólo haciendo de los heroicos fun­ dadores su más alto tema y de la fundación de la sociedad su tema fundamental, sino también en la manera de entender su propia acción. Su modelo es medio bestia, medio hombre. Incita a los príncipes, especialmente a los nuevos príncipes, primero, a hacer nso de ambas naturalezas, la naturaleza de la bestia V la natura-

fuera de los

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leza del hombre y, en la repetición, simplemente a imitar a la bestia, es decir, a usar la persona del zorro y la del león, o a imitar estas dos naturalezas (50), La imitación de la bestia toma el lugar de la imitación de Dios. Podemos notar aquí que Maquiavelo es el más importante testigo que tenemos de la verdad de que el huma­ nismo no es suficiente. Dado que el hombre tiene que entenderse

a

no es humano; dado que el hombre es ese ser que tiene que tratar de trascender la humanidad, tiene que trascender la humanidad en la dirección de lo subhumano si no la trasciende en la direc­ ción de lo sobrehumano. Tertium—es decir, el humanismo—non datur. Podemos volver la mirada de Maquiavelo a Swift, cuya más grande obra culmina en la recomendación de que los hombres deben imitar a los caballos (51); a Rousseau, que propugna la vuelta al estado de naturaleza, un estado subhumano, y a Nietzche, que sugiere que la verdad no es Dios, sino una mujer. En cuanto a Maquiavelo, podemos decir que reemplaza la imitación del Dios- Hombre Cristo por la imitación de la Bestia-Hombre Chirón. La Bestia-Hombre es, como Maquiavelo indica, una creación de los escritores de la antigüedad, una criatura de la imaginación. Asi como Escipión, al imitar a Ciro, imitó de hecho una creación de Jenofonte (52), así los príncipes, al imitar a Chirón, imitarían, de hecho, no a Chirón, sino a los antiguos escritores, si puede decirse que

el llevar a la práctica una enseñanza es imitar dicha enseñanza. Pero cualquiera que sea la verdad respecto a los príncipes o a otros hombres de acción, es indudable que Maquiavelo, al enseñar

los príncipes lo que se decía que había enseñado Chirón, imitaba

Chirón, o a los creadores de Chirón. Pero, como hemos notado antes, por el mero hecho de enseñar abiertamente y en su propio nombre lo que los antiguos escritores habían enseñado en forma encubierta y usando como portavoces a sus personajes, Maquiavelo nos expone una enseñanza enteramente nueva. Es un Chirón de una clase completamente nueva. Como maestro de príncipes—o de nuevos príncipes—en general,

sí mismo a la luz de la totalidad o del origen de la totalidad, que

a

a

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL

PRINCIPE

93

Maquiavelo no se preocupa especialmente de los problemas particu­ lares con que se enfrentan los príncipes italianos contemporáneos. Estos problemas particulares sólo podrían interesarle como ilustra­ ción de problemas típicos. El propósito principal del Príncipe no es, pues, dar un consejo particular a un príncipe italiano contem­ poráneo, sino exponer una doctrina enteramente nueva referente

a

o sea una escandalosa doctrina sobre los más escandalosos fenóme­ nos. A través de esto podemos entender el significado del último capítulo. El consejo particular dado en él sirve para justificar la nueva doctrina general ante el tribunal de la opinión aceptada:

una doctrina general, por nueva y repulsiva que sea, puede resul­ tar redimida si conduce a un consejo particular tan respetable, honorable y digno de loa copio el de liberar a Italia. Pero ¿cómo

se

ción de los medios nada santos que son requeridos para el logro del sagrado fin. Introduce subrepticiamente un nuevo fin, un fin que no había sido justificado por la argumentación de los primeros

veinticinco capítulos. Trata de persuadir a Lorenzo a liberar Italia por razones patrióticas o, para usar un término al que alude cerca del principio del capítulo 26, por razones de bien común. Así crea

la

largo de la obra eran dados exclusivamente en beneficio del bien común. El último capítulo sugiere, pues, una tolerable interpre­ tación de la escandalosa doctrina del conjunto de la obra. Pero los primeros veinticinco capítulos han guardado completo silencio respecto al bien común. La alusión al bien común cerca del prin­ cipio del capítulo 26 tiene el mismo status que los otros sorpren­ dentes rasgos de este capítulo: la expectación de un espontáneo alzamiento de todos los italianos contra los extranjeros y la expre­ sión de sentimientos religiosos. Sólo cuando se somete a un análi­ sis político el consejo particular dado en el último capítulo siguien­

impresión de que todas las terribles reglas y consejos dados a lo

príncipes enteramente nuevos, en estados enteramente nuevos,

consigue esta transformación? Maquiavelo no sólo omite la men­

do las directivas reclamadas por los anteriores capítulos, se da uno cuenta de que es necesario haber roto completamente con la mora-

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LE O

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lidad tradicional y las creencias tradicionales para tomar siquiera en consideración este consejo. Pero el lector sensato no puede darse por contento con plantear la cuestión de cómo puede ponerse en práctica este consejo particular y( más adelante, de si puede po­ nerse en práctica bajo tales o cuales circunstancias. Debe plantear­ se esta otra pregunta, de mayor alcance y penetración: ¿condena, ría Maquiavelo los inmorales recursos recomendados en el cuerpo de su obra si no sirvieran a un propósito patriótico? ¿Son estos inmorales recursos compatibles, aunque sea a duras penas, con un uso patriótico? ¿No es posible interpretar la patriótica conclusión del Príncipe como una respetable fachada de los designios de un egoísta príncipe italiano? No puede haber duda respecto a la res­ puesta : los inmorales recursos recomendados a lo largo del Prín­ cipe no están justificados por razones de bien común, sino exclusi­ vamente por razones de interés particular del príncipe, por su preocupación sobre el propio bienestar, la propia seguridad y la propia gloria (53). La apelación final al patriotismo sirve a Ma­ quiavelo como excusa por haber recomendado líneas de acción in­ morales. A la luz de este hecho, es posible que su carácter nos aparezca todavía más negro de lo que hasta sus peores enemigos han pensado. Pero ésto no es razón para que dejemos a un lado el asunto declarando que el último capítulo del Príncipe es un trozo de simple retórica; es decir, que Maquiavelo no era capaz de pensar claramente y de escribir con habilidad consumada. Estas observaciones no pretenden negar que Maquiavelo fuera un patriota italiano. No habría sido humano si no hubiera odiado

los bárbaros que estaban devastando y degradando su hermoso

país. Negamos, simplemente, que su amor por su patria—o su patria

misma—fueran su más preciada posesión. La médula de su ser era su pensamiento sobre el hombre, sobre la condición del hombre

y

tales trasciende,

los límites de

Italia, y de este modo se pone en condiciones de usar los sentimien­ tos patrióticos de sus lectores, así como los suyos propios, para un

a

sobre los asuntos humanos. Al plantear las cuestiones fundamen­

por necesidad, las limitaciones y

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL ’ p HINCIPE''

95

propósito más alto, para un propósito ulterior. Tambiéo debemos tener en cuenta un rasgo ambiguo del patriotismo de Maquiavelo. En el Príncipe hay ocho referencias a “la patria”. En un caso, Italia

es

son, no países, sino ciudades. En un caso, son mencionadas cuatro

patrias: dos son ciudades (Roma y Atenas) y dos son países: uno

de

por Moisés, no está claro si es Egipto o Canaán, la tierra de su

nacimiento o la tierra de su aspiración (54). Cuando aplicamos esta observación a Maquiavelo, nos damos cuenta de que existe

una tensión entre su patriotismo italiano y su patriotismo florentino.

O

tismo romano y su patriotismo toscano? Existe una estrecha cone­ xión entre la médula transpatriótica de su pensamiento y su amor por Italia. Italia es la tierra desde la cual se extendió aquella gloria que fué la antigua Roma. Maquiavelo creía que los hombres nacidos en determinado país conservan más o menos a través de los tiempos una misma naturaleza. Si el más grande logro político que el mundo conoció jamás fué fruto del suelo italiano, hay fundamentos para esperar que el rejuvenecimiento político del mundo se mostrará en Italia en primer lugar: los hijos de Italia son los individuos más dotados; todos los escritores modernos a los que se hace refe­ rencia en el Príncipe y en los Discursos son italianos. Dado que el rejuvenecimiento político está ligado a un cambio radical en el pensamiento, la esperanza en Italia y para Italia no es primaria­ mente política en el sentido estricto de la palabra. La liberación de Italia en que Maquiavelo piensa ante todo no consiste en que Italia se libere políticamente de los bárbaros, sino en que una élite italiana se libere intelectualmente de una mala tradición. Pero, precisamente porque él creía que los hombres nacidos en determi­ nado país conservan más o menos a través de los tiempos una misma naturaleza, y como la naturaleza de los toscanos era diferente de la de los romanos, su esperanza se basaba también en su rememora­ ción de las glorias toscanas (55): los antiguos etrurios habían con-

descrita como una patria. En seiB casos, las patrias mencionadas

los países es Persia; en cuanto al otro país, la patria glorificada

¿no deberíamos más bien hablar de una tensión entre su patrio*

96

LEO

STRAUSS

tribuido decisivamente a la religión de los romanos. Parece que se miraba a sí mismo como un restaurador de la gloria toscana, puesto que él también contribuía a proporcionar a Roma una nueva religión o un nuevo punto de vista sobre la religión. O quizá pensaba en Tarquino Prisco, que, viniendo desde Etruria, fortaleció el elemento democrático de la política romana. Además, una vez que se capta el carácter intransigente de la empresa teorética de Maquiavelo, ya no B e siente la necesidad de atribuirle plena responsabilidad de aquella temeridad práctica que frecuentemente recomienda. Los consejos crueles y sin misricordia que se dan todo a lo lr.rgo del Príncipe, van dirigidos no tanto a los príncipes, que escasamente los necesitarían, como a “los jóvenes”, que se preocupan de comprender la naturaleza de la sociedad. Estos, los verdaderos destinatarios del Príncipe, lian sido educados en doc­ trinas que, a la luz de la doctrina totalmente nueva de Maquiavelo, muestran una confianza muy excesiva en la bondad humana, si no en la bondad de la creación, y son, por consiguiente, excesivamen­ te dulces o afeminadas. Lo mismo que un hombre que es timorato por educación o por naturaleza no puede adquirir el valor, que es el término medio entre la cobardía y la loca audacia, a no ser que procure inclinarse hacia la loca audacia, así los discípulos de Maquiavelo tienen que atravesar un proceso de brutalización si han de librarse del afeminajniento. Así como el uso de la bayo­ neta se aprende con armas que son mucho más pesadas que las que se usan en el verdadero combate (56), así se aprende la gober­ nación del estado meditando seriamente reglas extremas de acción que muy rara vez o nunca son apropiadas a la política real. No sola­ mente algunas de las más confortadoras declaraciones del Principe, sino precisamente algunas de las más ofensivas, no tienen intención de ser tomadas en serio, más bien desempeñan una función pura­ mente pedagógica. En cuanto se las comprende, se ve que son diver­ tidas y que su objeto es divertir. Maquiavelo quiere trasladar la adhesión de los jóvenes de las viejas doctrinas a las nuevas apelando al gusto de la juventud, que no es el mejor gusto, o, en último caso,

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL "PHINCIPE'

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al gusto del pueblo vulgar (57): exhibe su parcialidad a favor del impetuoso, el rápido, el fanático, el espectacular y el sanguinario, y contra el reflexivo, el lento, el neutral, el silencioso y el amable. En el Principe dice que un príncipe que ha conquistado una ciudad acostumbrada a vivir libre debe destruir esta ciudad si no puede hacer de ella su residencia. En los Discursos dice que precisamente un príncipe (si no es un bárbaro), a diferencia de una república, perdonará y protegerá a las ciudades conquistadas y dejará su auto­ nomía intacta dentro de lo posible (58). Otra política recomendada resueltamente en el Principe es evitar la neutralidad cuando dos po­ derosos vecinos llegan a las armas: ponerse de un lado es siempre mejor que permanecer neutral. Maquiavelo va revelando gradual­ mente las limitaciones de este consejo. Admite, en primer lugar, que la neutralidad no siempre es fatal. Luego declara que, debido al poder de la justicia, tomar un partido es siempre más seguro que permanecer neutral. A cominuación aclara que en ciertas condicio­ nes es muy imprudente al andonar la neutralidad en caso de con­ flicto entre dos poderosos vecinos. Finalmente, admite que ninguna regla de acción es perfectamente segura o, en otras palabras, que el poder de la justicia no es tan grande como él previamente había indicado (59). Señala muy enérgicamente en el Príncipe que la úni­ ca cosa necesaria son las buenas armas; no habla tan alto de la necesidad de la prudencia (60). Debemos volver una vez más a la sugerencia de Maquiavelo de que él posee adecuado conocimiento de la naturaleza de los prínci­ pes, mientras que Lorenzo puede poseer adecuado conocimiento de la naturaleza de los pueblos. Como hemos dicho, esta sugerencia es absurda, puesto que ser príncipe significa gobernar al pueblo; es imposible conocer bien a los príncipes sin conocer bien a los pueblos; y eso sin mencionar el hecho de que Maquiavelo des­ pliega todo a lo largo del Príncipe sus conocimientos de la natura­ leza de los pueblos y el de que, como dice explícitamente en los Discursos, no hay diferencias de naturaleza entre príncipes y pue­ blos (61). Puesto que conoce bien la naturaleza de los príncipes,
7

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S T R A U S S

insinúa, mediante su extraña sugerencia, que él es un príncipe. Esta insinuación sólo parecerá extraña a aquellos que no están familia­ rizados con Jenofonte o con Platón; aquel que conoce el arte de gobernar es gobernante más verdadero que los hombres que gobier­ nan meramente por virtud de la herencia, o de la fuerza, o del fraude, o de la elección de gentes que nada saben del arte de gobernar (62). Pero si Maquiavelo es un príncipe, es un nuevo prín­ cipe, y no uno que imita los modos y órdenes fundados por otros, sino más bien un creador, un verdadero fundador, un descubridor de nuevos modos y órdenes, un hombre de suprema virtud. De hecho, si es justo llamar profeta al fundador de un nuevo orden social que es ojnnicomprensivo y no solamente político y militar, entonces Maquiavelo es un profeta. No Lorenzo, sino Maquiavelo, es el nuevo Rómulo-Numa o el nuevo Moisés; es decir, un hombre que no repite meramente en nuevas circunstancias lo que Rómulo- Numa o Moisés hicieron en los viejos tiempos, sino que es tan origi­ nal como ellos lo fueron. En el último capítulo del Príncipe él da testimonio de ciertos milagros que habrán ocurrido en algún lugar de la moderna Italia—milagros que 6e parecen a los de tiempos de Moisés—. Los antiguos milagros ocurrieron en el camino entre la tierra del cautiverio y la tierra prometida: ocurrieron inmediata­ mente antes de la revelación del Monte Sinaí. Lo que es inminente, sugiere, pues, Maquiavelo, no es la conquista de una nueva tierra prometida, sino una nueva revelación, la revelación de un nuevo código, de un nuevo decálogo. El hombre que traerá el nuevo códi­ go no puede ser Lorenzo ni ningún otro príncipe en el sentido vulgar. El portador del nuevo código no es otro que el mismo Maquiavelo:

él trae el código que lo es realmente, el código que está en con­ cordancia con la verdad, con la naturaleza de las cosas. Compa­ rada con esta hazaña, la conquista de la tierra prometida, la libe­ ración de Italia, es una cura posterior: puede esperar, debe esperar, hasta que el nuevo código haya regenerado a los italianos. El nuevo Moisés no se lamentará si muere a los bordes de la tierra que él había prometido y si sólo puede verla de lejos. Porque, aunque

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

EL

"PRINCIPE”

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para un aspirante a conquistador es fatal no conquistar mientras está vivo, el descubridor de una verdad de importancia tota] puede hacer una conquista postuma (63). Con respecto a los profetas en general, Maquiavelo observa que

todos los profetas armados han conquistado

inermes han

y

todos

los profetas

Moisés.

El

fracasado. El mayor profeta

armado es

único profeta inerme mencionado es Savonarola. Pero, como se ve

y los inermes”, no piensa

sólo en Savonarola. Así como él, que admiró tanto a los modernos conquistadores musulmanes, no pudo menos de pensar en Mahoma cuando habló de los profetas armados, así ha de haber pensado en Jesús cuando habló de los profetas inermes. Esta es, quizá, la ma­ yor dificultad que encontramos cuando tratamos de penetrar en el pensamiento del Príncipe; aceptados estos principios, ¿cómo puede explicar Maquiavelo la victoria del Cristianismo? Algunos de sus sucesores han tratado de explicar la victoria del Cristianismo en términos puramente políticos. Para citar a un actual historiador:

“En la frase más puramente erastiana del siglo diecisiete, [Henry] Parker sostenía, o poco menos, que fué Constantino y no la predica­

ción ni los milagros de la Iglesia primitiva lo que ganó a Europa para el redil cristiano” (64). Pero no podemos creer que un hombre de la inteligencia de Maquiavelo pudiera darse por satisfecho con una respuesta de esta clase, que no hace más que conducir a la pre­

gunta siguiente:

tino? Si la Cristiandad no era ya de por sí un poder, ¿cómo pudo llegar a ser una atracción o un instrumento para un político? Para comprender cómo pudo Maquiavelo explicar la victoria del Cristia­ nismo, nos encontramos con una dificultad no menos evidente. To­ dos los profetas inermes, dice el, han fracasado. Pero ¿qué es él mismo, sino un profeta inerme? ¿Cómo puede esperar razonable­ mente el éxito de su enorme aventura—enorme en sí misma y pro­ ductora de infinitas enormidades—si los profetas inermes fracasan necesariamente? Esta es la única pregunta fundamental que el Prín

por la frase “todos los profetas armados

¿qué fué lo que motivó la actuación de Constan­

100

L E O

S T R A U S S

cipe hace surgir en la mente del lector sin darle ni un indicio sobre cuál es la respuesta de Maquiavelo. Esto nos recuerda la otra cues­ tión, dejada igualmente sin respuesta en el Príncipe, de cómo pue­ den mantenerse a través de los tiempos los nuevos modos y órde­ nes (65). La respuesta a esto tenemos que buscarla en los Discursee.

CAPITULO n i

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

LOS DISCURSOS

Los lectores superficiales del Príncipe que no sean totalmente irreflexivos se acercarán a los Discursos suponiendo que este libro está dedicado a las repúblicas o a los pueblos, como distintos de los príncipes. Esta suposición no quedará totalmente desautorizada. Como hablar sobre los pueblos es menos peligroso que hablar sobre los príncipes, puede esperarse que los Discursos hablen más fran­ camente que el Príncipe. Ya hemos visto que así es en un impor­ tante aspecto: nuestra información referente al modo de escribir de Maquiavelo se deriva primera y principalmente de los Discursos. Los Discursos no pueden ser descritos simplemente como un libro sobre las repúblicas. Al principio, Maquiavelo indica la intención del libro presentándose como otro Colón, como el descubridor de un hasta entonces insospechado continente moral, como un hombre que ha fundado nuevos modos y órdenes. Pero, lo mismo que los hombres en general eran buenos al principio del mundo o de las sociedades, Maquiavelo, que imita en sus libros “las cosas del mundo”, es bueno al principio de sus libros. De acuerdo con esto, al principio de los Discursos parece proclamar el atrevido carácter de su empresa sin ninguna reserva: parece que no oculta nada. Pa­ rece explicar su atrevida acción por su interés hacia el buen común:

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no escribe sus Discursos para mejorar su fortuna. Y, sobre todo, loa nuevos modos y órdenes resultan ser los modos y órdenes de la más remota antigüedad y, por consiguiente, modos y órdenes muy

viejos. Los antiguos modos y órdenes son nuevos porque habían sido olvidados o enterrados como estatuas antiguas. Es necesario que Ma- quiavelo los desentierre: no queda rastro de la antigua virtud ni del origen y progenie de los antiguos modos y órdenes. Pero él no pre­ tende ser el primero o el único hombre moderno que sabe captar los antiguos modos y órdenes. Todos los conocen y muchos los admi­ ran. Pero todos piensan que no pneden ser imitados por el hombre moderno. El propósito de los Discursos no es meramente el de sacar a la luz del día los antiguos modos y órdenes, sino, ante todo, el de establecer que pueden ser imitados por el hombre moderno. La empresa de Maquiavelo, pues, requiere conocimiento de las cosas modernas tanto como de las antiguas; no puede ser obra de un mero anticuario. La incredulidad reinante respecto a la posibilidad de imitar la antigua virtud es debida, en parte, a la influencia de la cristiandad. Los hombres modernos no creen que la antigua virtud pueda ser imitada, porque creen que el hombre actual pertenece a un orden de cosas diferente al primitivo, o que su status ha cam­ biado o ha sido milagrosamente transformado. Maquiavelo no niega que los hombres modernos son distintos de los antiguos. Pero mantiene que esta diferencia es debida enteramente a una diferencia de educación o de conocimiento del “mundo”. Si los hombres mo­ dernos fueran adecuadamente educados y adecuadamente instruidos, podrían imitar a los antiguos. Los hombres modernos consideran la imitación de la antigüedad como imposible, no tanto física como moralmente. Creen que los antiguos modos y órdenes no deben ser imitados; se les ha enseñado a mirar las virtudes de los antiguos como esplendentes vicios y a rechazar el interés de los antiguos por la gloria mundana en nombre de las exhortaciones bíblicas a la humildad y a la caridad (1). Por consiguiente, no le basta a Ma­ quiavelo con exhibir ejemplos de la antigua virtud; le incumbe

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"DISCURSOS”

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también demostrar que la virtud de los antiguos es genuina virtud. Demostrar que la antigua virtud puede ser imitada y debe ser imita* da equivale a refutar las exhortaciones de la religión bíblica. Según una opinión que es venerable debido a su edad, la inten­ ción de Maquiavelo en los Discursos es reducir las lecciones trans­ mitidas implícita y basta inconscientemente a lo largo de la narra* ción de un historiador antiguo a reglas generales que puedan en* tender fácilmente hasta las mentes más mediocres. Esta opinión es engañosa por cierto número de razones. En primer lugar, se

basa en el olvido del mayor obstáculo que hay que vencer para que las reglas generales derivadas de las antiguas prácticas puedan ser aceptadas como buenas. En segundo lugar, se basa en el olvido de lo que el mismo Maquiavelo dice explícitamente respecto a la in­ tención de su libro. En el Prefacio al Primer Libro, donde indica su intención, habla de los ejemplos de los antiguos, pero no de reglas derivadas de tales ejemplos. En una ocasión posterior, dice:

“Y, verdaderamente, no sin motivo los buenos historiadores

can algunos casos con detalles y distintamente, de modo que la poste­ ridad pueda aprender cómo defenderse en situaciones similares.” Esto nos indicará que la reducción a reglas de lo que enseñan los histo­ riadores es una ocupación trivial o pedante impropia de un nuevo Colón. Es verdad que Maquiavelo dice en el Prefacio al Primer Libro que “las leyes civiles no son más que decisiones tomadas por los antiguos juristas, las cuales, reducidas a orden, enseñan a juzgar a nuestros actuales juristas”. Pero no hace esta observación sobre los juristas para decir que él hará con respecto a las antiguas prác­ ticas políticas lo que los actuales juristas hacen (o quizá lo que hicieron sus maestros antiguos V medievales) con respecto a la antigua práctica judicial. Hace esta observación para mostrar que, en materias limitadas o subordinadas, los hombres modernos imitan de hecho a los antiguos y para conducirnos así a su demanda de que los hombres modernos imiten a los antiguos en materias más importantes. Continúa diciendo que la “medicina no es otra cosa que las experiencias realizadas por los antiguos médicos, en la cual

expli*

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fundan sus juicios los médicos de hoy”. Los modernos médicos, que interesan a Maquiavelo más que los modernos juristas, se di* ferencian de los antiguos no porque reduzcan a reglas lo que los an­

tiguos hicieron, sino porque no tienen acceso a ciertas experiencias

u

médicos, probablemente debido a que la disección ya no se practica sino que, más bien, es mirada con desaprobación. Los antiguos médi­ cos, pues, no son realmente imitados por los modernos médicos. El

verdadero imitador de los antiguos médicos es Maquiavelo: la ana­ tomía de los cuerpos simples de los médicos antiguos es el modelo para su anatomía de los cuerpos mixtos. La anatomía de los cuerpos mixtos en sí misma es completamente nueva. La anatomía de los cuerpos mixtos es la condición indispensable para elaborar cualquier clase de reglas dignas de confianza respecto al modo de tratar los cuerpos mixtos, mientras que no se requiere ningún equivalente de

la

ristas; los juristas pueden y deben dar por supuesta la ley, la lev positiva, que no es un cuerpo mixto, sino el producto de un cuerpo mixto; los juristas no pueden remontarse más allá de dicho pro­ ducto. En el contexto, la referencia a algo semejante a reglas en el caso de los juristas y e] completo silencio sobre reglas en el caso de los médicos es un síntoma de que la ley ocupa un rango más bajo que la medicina. Aunque diferenciándose de los modernos

médicos por el hecho de practicar la disección, Maquiavelo está en la misma posición que ellos en tanto en cuanto también él está obliga­ do a confiar en los informes de los antiguos; no es posible para él estudiar la anatomía de una excelente república basándose en fenó­ menos inmediatamente observables, puesto que no existe a su al­ cance ninguna república excelente. No hace falta decir que al hablar de modernas investigaciones que de un modo o de otro imitan a las investigaciones antiguas, Maquiavelo no habla de la teología: “La

secta cristiana

gía.” Pero lo que sí es digno de notarse es que no menciona en

observaciones más que a través de los informes de los antiguos

anatomía para reducir a reglas las decisiones de los antiguos ju­

lia destruido

toda memoria de la antigua teolo­

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

LOS

DISCURSOS

105

este contexto la cuarta de las cuatro disciplinas; no sugiere que los modernos filósofos imiten a los filósofos antiguos (2). Los antiguos modos y órdenes de los que Maquiavelo quiere de­ mostrar que pueden 6er imitados y deben ser imitados por los hom­ bres modernos son los de la antigua Roma. El historiador romano de la gloria de Roma es Livio. A Livio acudirá Maquiavelo en busca de la experiencia, el conocimiento de primera mano sobre el cuerpo mixto cuya disección va a hacer. Los Discursos están explícitamente dedicados a los primeros diez libros de Livio. Maquiavelo parece prometer una futura continuación dedicada a los demás libros de Livio que han sido conservados (3). Pero, como indica al hacer el número de capítulos de los Discursos igual al número de libros de Livio, los Discursos sobre los diez primeros libros de Livio preten. den abarcar todo el tema abarcado por la obra total de Livio. El análisis por Maquiavelo de la república romana sería incompleto si no incluyera un análisis de la destrucción de la república romana y, con ello, tal como las cosas se desarrollaron, de la destrucción de toda vigorosa vida republicana en el mundo durante, por lo menos, un milenio y medio; pero los Discursos incluyen este análi­ sis (4). En otras palabras: los Discursos imitando la historia de Li- vio siguen a Roma desde su principio hasta el principio de la Cris­ tiandad. Pero Maquiavelo puede haber tenido una razón adicional para dar la impresión de que sólo trataba de los acontecimientos recordados en los diez primeros libros de Livio. No es suficiente decir que se interesaba particularmente por la república romana en su estado incorrupto, porque, según él, Roma estaba aún incorrup­ ta en tiempos de la Segunda Guerra Púnica e incluso hacia la mitad alcanzó del siglo su II máxima a. J.-C. (5). grandeza Indica alrededor su verdadera de razón doscientos al decir sesenta que Roma y seis

años a. J.-C. (6), es decir, inmediatamente antes de que estallara la Primera Guerra Púnica. El período que precede a la Primera Guerra Púnica fuá tratado por Livio en su segunda década, que se ha perdido. Maquiavelo, pues, se interesaba especialmente por los primeros diez libros de Livio porque son los únicos libros líricos

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que tratan de la elevación de Roma desde sus humildes orígenes hasta su mayor grandeza; el crecimiento de Roma hasta su com­ pleto desarrollo tiene precedencia, naturalmente, sobre su deca­

dencia. Roma alcanzó su mayor grandeza cuando gobernaba (la mayor parte de) Italia y aún no se había embarcado en conquistas extranjeras. Por ello, el título completo de los Discursos atrae nues­ tra atención hacia una Italia unida y libre; libre y unida mediante una república hegemónica, llámese Roma o Florencia, y no por un príncipe. De forma convenientemente amortiguada, Maquiavelo su­ giere una alternativa práctica al proyecto práctico proclamado en el último capítulo del Principe. tados Para y mostrar deben ser que imitados los modos por y los órdenes hombres romanos modernos, pueden Maquia­ ser imi­ velo tendría que mostrar en cada caso que la práctica romana

era

También tendría que mostrar que algún estado moderno siguió con éxito la práctica de Roma, a no ser que pueda presuponer o esta­ blecer que lo que los hombres hicieron una vez pueden hacerlo siempre. Sea como fuere, a medida que se entiende la intención de los

Discursos se va llegando a una definida suposición referente al carác­

ter

sición tiene que ser modificada inmediatamente a la vista de las grandísimas disimilitudes entre estos capítulos. Hay capítulos que contienen sólo ejemplos antiguos; hay capítulos que contienen sólo ejemplos modernos; hay capítulos que contienen sólo ejemplos antiguos, ninguno de los cuales es romano; hay capítulos que con­ tienen sólo ejemplos antiguos y turcos (7). El capítulo más lar­

go

corto (I 48). Es curioso que el capítulo más largo es el que tiene

el encabezamiento más corto (dos palabras) de cuantos aparecen

en el libro (8); en el polo opuesto encontramos dos capítulos (I 55;

III

Treinta y nueve encabezamientos de capítulo contienen nombres propios; en treinta y siete casos, los hombres o sociedades mencio-

juiciosa y que la correspondiente práctica moderna no lo es.

general de cada uno de los 142 discursos o capítulos. Esta supo­

(III 6) es alrededor de 72 veces más largo que el capítulo más

30) cuyos encabezamientos constan de treinta y cinco palabras.

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LOS

”DISCüHSOs”

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uados son antiguos; en un caso (I 12), son moderaos, y en un caso (III 36), son antiguos y moderaos. Conectado con éste se halla el hecho de que sólo treinta y tres encabezamientos de capítulo se refieren al pasado, si atendemos al tiempo verbal en que están redactados. A pesar, o quizá a causa de estas y otras irregularidades, tene­ mos base para hablar del carácter típico de los Discursos y para buscar cuál sea. El capítulo que a primera vista resulta el menos

típico es el capítulo sobre las conspiraciones (III 6). Va seguido por otro capítulo (el capítulo 100), del que yo me siento inclinado a creer que pretende ser el capítulo típico. Este capítulo se aparta del grupo de capítulos a que pertenece (IH 1-10), porque es el único en el grupo que no está explícitamente conectado con el ca­ pítulo precedente o con el siguiente mediante una referencia en su final o en el final del capítulo precedente. El capítulo típico de los Discursos está “desconectado” en este sentido. El encabezamiento del capítulo típico no contiene nombres propios y está redactado en tiempo presente; expresa un hecho permanente que concierne

al

loso que el cuerpo del capítulo; mientras en el encabezamiento de los Discursos III 7, Maquiavelo usa la expresión “sin sangre”, habla en

el

hombres” ; de una clase de cambios de régimen dice que estos cam­ bios han sido siempre como para hacer estremecerse a quien los lea—para no hablar más que de él—. Maquiavelo desea guardar silencio sobre estos cambios, pero no por lo espantosos que son, sino porque las historias están llenas de ellos; de hecho, los Dis­ cursos hablan de cosas que hacen estremecerse a quien las lee—para no hablar del que tiene que enfrentarse con ellas—con tal que estas cosas horribles no sean muy conocidas; los Discursos tratan de las causas ocultas de estos horrores, de los terrores inherentes

hombre en cuanto hombre. El encabezamiento es menos escanda­

cuerpo del capítulo de “la sangre y la muerte” de “innumerables

tas últimas causas, del terror inicial. En el capítulo que estamc

a

considerando son mencionados un ejemplo romano y uno moderno (florentino). El ejemplo romano aparece en Livio. Pero no se hace

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referencia a Livio (ni a ningún otro escritor) en forma alguna,

ni se cita a ningún pasaje de Livio (ni de ningún otro escritor) en italiano ni en el original. En este capítulo, las dos referencias

a

a

escritor) y toda cita de Livio (o de cualquier otro escritor) requiere

una explicación. Los ejemplos citados son paralelos, no repre­

sentantes de cosas opuestas; la misma clase de suceso aconteció en

la

cimiento de los sucesos es suministado por “las historias” o por la experiencia del autor, Maquiavelo relaciona los acontecimientos paralelos, nos hace ver que el ejemplo antiguo y el moderno son idénticos en su aspecto decisivo, e indica una idéntica causa para ambos. Estas operaciones mentales culminan en la formulación de una regla que revela la conexión entre un fenómeno típico como causa y otro fenómeno típico como su efecto. La regla en cuestión no podía haber sido descubierta mediante el estudio de la antigua práctica política, puesto que se deriva de la comparación entre un acontecimiento antiguo y otro moderno. Por lo tanto, nos vemos in­ ducidos a poner en duda si la última intención de los Discursos es demostrar la superioridad de los antiguos sobre los modernos. Pero volvamos al principio. A la impresión inicial, según la cual el autor de los Discursos es un audaz innovador, se sobrepone in­ mediatamente la impresión de que es mero restaurador de algo viejo. Indudablemente, el propósito primario del libro es probar que los antiguos modos y órdenes pueden y deben ser imitados o que estos modos y órdenes son los mejores. La prueba está consti­ tuida por el libro en conjunto. Pero no se puede empezar a probar nada si no se puede arrancar de principios umversalmente o general­ mente aceptados. Los lectores de Maquiavelo, como son adictos a los modos y órdenes establecidos, son opuestos a los modos y órdenes que él recomienda. Maquiavelo tiene que apelar a principios que estos lectores acepten. Sabemos por el Prefacio al Primer Libro que estos lectores, aunque adictos a los modos y órdenes establecidos, son

“las historias” subrayan el hecho de que no se hace referencia Livio en particular; toda referencia a Livio (o a cualquier otro

antigua Roma y en la moderna Florencia. Mientras que el cono­

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DE MAQUIAVELO:

LOS

"DISCURSOS”

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también admiradores de la antigüedad clásica. Existe un prejuicio a favor de la antigüedad clásica al que puede apelar Maquiavelo.

El entra enteramente dentro del espíritu de este prejuicio como tal. Es significativo que mientras la Epístola Dedicatoria del Príncipe se refiere a la diferencia entre antiguos y modernos, la Epístola Dedi­ catoria de los Discursos guarda silencio respecto a tal diferencia. Se espera de nosotros que perdamos de vista la modernidad, que nos perdamos en la antigüedad, en la admiración de la antigüedad y en

la

imitación de la antigüedad. Maquiavelo pide que los admiradores

de la antigüedad sean consecuentes e imiten a la antigüedad, no sólo en materias secundarias, sino igualmente en las más importantes materias. Desea hacer completa la admiración por la antigüedad; la

última y más importante parte del retorno a la antigüedad, o del ascenso a la antigüedad, tendrá lugar bajo la guía del más compe­

tente de los antiguos: de Livio. Maquiavelo arguye dialécticamente

irónicamente. El llamamiento a los admiradores a medias de la antigüedad, los seguidores de la vía del mezzo, es insuficiente. No puede su­

o

a

ponerse que todos los lectores sean “humanistas”. No olvidemos a los muchos que saben leer y que siguieron a Savonarola. Savonarola había alabado al Papa Gregorio el Grande por haber quemado las obras de Livio (9). Esto nos hace comprender por qué en la primera parte de los Discursos, en los primeros 36 capítulos de los 142 dedi­ cados a Livio, Maquiavelo vacila en referirse a Livio, cuanto más en citar a Livio. Su primera tarea es establecer la autoridad de Livio, y antes que esto, la autoridad de la Roma clásica. Esto lo lleva a cabo mediante una apelación a lo que es común a ambos partidos opuestos. Ambos apelan a la antigüedad, sea a la clásica o sea a la bíblica. En cierto modo, parecen asumir que lo bueno es lo viejo, lo viejo establecido o algo viejo destituido. Maquiavelo empieza su argumentación apelando a la ecuación, tan natural al hombre, de lo bueno y lo viejo. Si lo bueno es lo viejo, lo mejor será lo más viejo. Esto nos explica por qué Maquiavelo, en el primer capítulo, hace tan altas alabanzas del reino de Egipto. Los reyes de Egipto

110

LEO

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sus súbditos merecen más alta alabanza incluso que Alejandro

Magno, porque el reino de Egipto existió “en la más remota anti­ güedad”. No hay que decir que esta alabanza es enteramente pro­ visional. Cuando al principio del Segundo Libro examina el orden temporal en el cual la virtud residió en diferentes reinos antiguos,

o

asigna el primer puesto a Asiria y guarda silencio respecto a Egipto. Aunque Egipto, como el reino más viejo, hubiera sido, en efecto,

el

y

mejor reino, nosotros no podríamos saberlo de un modo preciso útil; los antiguos egipcios merecerían más alta alabanza que Ale­

jandro Magno si supiéramos más acerca de ellos (10). Aun dando por supuesto que lo mejor sea lo más viejo, estamos obligados a dar­ nos por satisfechos con lo viejo que nos es suficientemente conocido.

ya que tenemos que transigir, lo mismo podemos preferir a lo

simplemente más viejo lo más viejo que nos es propio. Para el toscano Maquiavelo, esto parece significar que él elegiría la vieja

Etruria. En efecto, recomienda a los presentes toscanos que imiten

Y

a los antiguos toscanos. Los antiguos toscanos se parecían a los actua­ les suizos, porque también ellos eran resueltos republicanos y for­ maban una liga de repúblicas independientes e iguales. Además, siendo muy poderosos en tierra y en mar, los toscanos dominaban una gran parte de Italia, y su organización política les impedía ad­ quirir territorio fuera de Italia. La antigua Etrupia perduró durante mucho tiempo, conservando la reputación de su imperio, armas, reli­ gión y virtud y manteniendo, al mismo tiempo, sus propias cos­ tumbres y su propio lenguaje ancestral. Pero lo que se aplica a los piadosísimos egipcios antiguos se aplica casi igual a los casi igual­ mente piadosos toscanos antiguos; apenas quedan de ellos noticias dignas de crédito (11). Por consiguiente, a Maquiavelo no le queda otra alternativa qne volver a la antigua Roma; la antigua Roma satisface las condiciones tanto de pertenecer a la herencia del ita­ liano Maquiavelo como de ser suficientemente conocida. Es suficien­ temente conocida a través de Livio. Por lo tanto, seguiremos a Livio. Al meditar sobre las cosas romanas, nos ajustaremos en todo lo posible

al

orden de los sucesos tal como los recuerda Livio. Nos inclinare-

LA INTENCION

DE MAQUIAVELO:

LOS

"DISCURSOS”

111

mos ante el texto de Livio. Lo acariciaremos. Le escucharemos con filial atención, con paciente docilidad, con piadosa reverencia hasta que nos haya revelado su mensaje completo. Con piadosa reverencia apartaremos nuestros ojos de las referencias del propio Livio a que muchos de los cuentos que el repite son de segunda mano y no

dignos de confianza;

referencias. Usaremos a Livio en la forma en que los teólogos usan la Biblia. Lo mismo que Livio es la Biblia de Maquiavelo, los roma­

nos son su pueblo elegido; un hombre que se atreve a prometer una tierra no debe dudar en elegir un pueblo. Lo mismo que la Biblia no enseña que los mejores modos y órdenes son los antiguos, tam­

poco Livio lo enseña;

romana señala un gran avance respecto al reino romano. La Biblia, considerada como el más viejo documento de la más remota antigüedad, el documento auténtico de las leyes y órdenes mosaicas, es omitida por Maquiavelo cuando pasa del antiguo Egipto a la antigua Roma. Menciona a Moisés en el primer capítulo de los Discursos, en que habla de los pueblos que se ven obligados a aban­ donar su tierra nativa y a buscar una nueva patria. En el mismo capítulo atrae nuestra atención hacia la cuestión de la bondad de las leyes mosaicas, pero no la resuelve ni allí ni en ningún otro lugar de los Discursos. Dice más adelante que Moisés redactó leyes con vistas

al bien común, pero lo mismo dice de Solón, cuyas leyes critica seve­ ramente; la bondad de las leyes no requiere solamente que su fin sea bueno. Por otra parte, otorga las más altas alabanzas a la tierra natal de Moisés y a sus antiguos reyes. Estos antiguos reyes parecían merecer más alabanza que Motros cuya memoria está aún fresca”. Esta alabanza de los antiguos egipcios va seguida inmediatamente por una alabanza del reino del Sudán y de la organización de los Mamelucos; es decir, por una alabanza de los infieles (12). Está claro que Maquiavelo se abstiene de imitar la antigüedad bíblica o, en todo caso, de recomendar su imitación. Pero las indicaciones mencionadas no nos enseñan la razón de esta repulsa. El problema

no aludiremos siquiera a estas discordantes

nada nos impide pensar que la república

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planteado por la antigüedad bíblica queda a sus espaldas como una fortaleza inconquistada. Los hechos e instituciones que Livio celebra no siempre son de tal naturaleza que impongan instantánea aprobación y admiración.

A

a

hombre sabio y de un solo golpe desde un principio; por consiguien­ te, Esparta nunca tuvo necesidad de mejoras y, con ello, de peligro­

sos cambios; fué siempre perfectamente estable; conservó su polí­ tica y su libertad sin ninguna corrupción por más de ochocientos años. En cambio, la política romana fué establecida en forma for­

tuita y en respuesta a los accidentes tal como iban surgiendo; por

lo

tad duró menos de cuatrocientos años. En Esparta había armonía entre la nobleza y el vulgo porque mantuvo a todos sus ciudadanos pobres y, por lo tanto, virtuosos. Roma era constantemente sacudida por el conflicto entre su insolente nobleza y su ambiciosa plebe. Esparta estaba organizada para la justa defensa, mientras que Roma estaba organizada para la injusta expansión. Maquiavelo, por tanto, necesita defender la política romana contra sus críticos. Resulta extrañamente reticente en cuanto a la identidad de estos críticos; en el contexto decisivo no menciona ni un solo nombre propio. Antes de discutir la calidad de la República romana, se refiere a “aquellos que han escrito sobre repúblicas” ; es decir, a los filósofos políticos tradicionales (13). Sobre la base de lo enseñado por los más famosos filósofos políticos tradicionales, Roma aparece necesa­ riamente inferior a Esparta, y así es como “muchos condenan” a los romanos. Maquiavelo se ve obligado, pues, a defender la política romana contra los antiguos filósofos, lo mismo que los teólogos se ven obligados a defender la Biblia y sus enseñanzas contra los anti­ guos filósofos. Está obligado a atacar a los filósofos en nombre de su autoridad. Su argumentación en los Discursos I, 2-6, recuerda la apologética teológica. Sin embargo, como acepta el prejuicio en favor de la antigüedad, tiene que proceder con cautela al enfrentarse con

primera vista, los modos y órdenes de Roma parecen ser inferiores

los de Esparta. La política espartana fué establecida por un solo

tanto, Roma era inestable y estaba en constante peligro; su liber­

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LOS

dISCUBSOs

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la antigua filosofía. Su negativa a identificar a “aquellos que han escrito sobre las repúblicas” es una consecuencia de esta cautela. Pero la mayor o menor cautela de un hombre depende, a menudo, más que de él mismo, de la conducta de otros. Según Maquiavelo nos informe, existe desacuerdo entre los filósofos políticos tradicio­ nales : no es culpa suya si tiene que tomar partido entre ellos. Pero no es tan presuntuoso como para resolver la controversia por sí mismo. Tomando el camino más seguro, adopta la opinión de aque­ llos filósofos políticos que “según la opinión de muchos” son más prudentes que sus opositores. Estos pensadores más prudentes han preferido las constituciones mixtas a las constituciones simples. Ma­ quiavelo reproduce su doctrina y la adopta. No hace más que aludir a su desacuerdo con ellos, indicando una diferencia entre su propia razón y la dada por los escritores clásicos sobre lo inadecuado de la simple aristocracia. Inmediatamente después de haber hecho esta alusión, apenas perceptible, acepta explícita y enfáticamente una pre­ misa que ha sido demostrada por todos los filósofos políticos. Ar- guyendo a partir de esta premisa, se enfrenta acto seguido y en forma explícita con la “opinión de muchos” antirromana, y hasta se atreve a decir que “muchos inconsideradamente condenan” la vio­ lenta porfía entre la nobleza romana y la plebe romana; esta vio­ lenta porfía, sostiene él, fué la causa de la libertad romana y de la la grandeza discordia, romana. se vuelve Sin embargo, al texto De al final la amistad, de esta de novísima Cicerón, alabanza en busca de

de ayuda y consuelo (14). Sólo después de toda esta preparación llega a enfrentarse con la cuestión planteada por la aparente superio­ ridad de Esparta sobre Roma : ¿no es preferible la constitución polí­ tica espartana, menos democrática y más estable, a la romana, más democrática y menos estable? Aquí se encuentra con la dificultad de que la democracia era un tema controvertido dentro de la misma Roma entre el pueblo y el Senado. Se ve obligado a elegir, no entre dos sectas de antiguos filósofos, sino entre dos partidos en que está dividida la propia autoridad a que él apela; esta división parece^ anular dicha autoridad. Maquiavelo tiene que volverse a su propia

8

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razón. Llega a una decisión en favor de Roma y en contra de Espar­ ta. La decisión parece basarse en una demostración, pero, al expo­ ner la decisión, Maquiavelo dice cuatro veces “yo creo” (15). ¿Ha demostrado, pues, la superioridad de Roma respecto a Esparta, o ha demostrado, simplemente, que, ante el tribunal de la razón sola, el caso de Roma es tan defendible como el de Esparta, de modo que se puede libremente creer en la superioridad de Roma? ¿Imita cierta aparente ambigüedad de la apologética teológica? Sea de esto lo que quiera, el primer paso de la argumentación de Maquiavelo consiste en establecer mediante demostración, o fe, o ambas cosas, la auto­ ridad de la antigua Roma y, con ello, la autoridad de Livio, que celebró a la antigua Roma. Sólo después de haber dado este paso puede, como si dijéramos, identificarse con Livio y entrar en aquellos discursos que son propiamente e incluso explícitamente dis­ cursos sobre Livio. Maquiavelo no puede identificarse con Livio completamente. La intención de los Discursos no puede ser idéntica a la de la Historia de Livio. Esto es así, al menos en dos aspectos. La intención de un apologista no es idéntica a la de su texto-autoridad; el apologista se enfrenta con argumentos contra su texto-autoridad que no pueden refutarse a base de este texto. Además, el propósito de Livio era sentar la grandeza de la antigua Roma, pero no demostrar la supe­ rioridad de la antigua Roma sobre la modernidad. Maquiavelo no puede ser, pues, un comentador de Livio; tiene que realizar una importante tarea que Livio no realizó. Maquiavelo no subraya este punto; hasta el capítulo 91 de los Discursos no indica explícitamen­ te la diferencia entre el tema de Livio y su propio propósito. Allí menciona un acontecimiento que Livio había mencionado pidiendo perdón por mencionarlo. El acontecimiento era una guerra sosteni­ da en suelo italiano, pero no una guerra en la que estuvieran com­ prometidos los romanos: el tema de Livio es estrictamente romano. El propósito de Maquiavelo, en cambio, no se limita a las cosas romanas. En el capítulo en cuestión, discute: “Cuán vanas son tanto la fe como las promesas de aquellos que se encuentran fuera de su

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LOS

"DISCURSOS”

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patria." Se limita explícitamente a dos ejemplos, indicando al mismo tiempo que existen otros ejemplos. Ninguno de los dos ejemplos es romano ni moderno. Ambos ejemplos contienen referencias a Asia. No sólo el tema de Maquiavelo no se limita a Roma; incluye cosa6 que han sucedido en Asia; en último término, su tema no es romano en absoluto. En el presente caso podemos preguntarnos si la patria en que piensa es alguna patria de la tierra. En todo caso, Maquiave­ lo razona sobre asuntos de estado, mientras Livio es un historiador. Maquiavelo conoce importantes hechos históricos que Livio no pudo haber conocido; se ve obligado, por lo tanto, a agregar cosas impor­ tantes a lo dicho por Livio. Por otra parte, no hay que decir que no va a repetir lo que Livio aclaró suficientemente (16). Puesto que la intención de Maquiavelo no es idéntica a la de Livio, no puede esperarse que el plan de los Discursos sea idéntico al orden de la Historia de Livio. Maquiavelo divide los Discursos en tres Libros, cada uno de los cuales está dedicado a un tema particular: los asuntos internos de Roma que eran tramitados sobre la base del consejo público (I); los asuntos extranjeros .de Roma que eran tramitados sobre la base del consejo público (11); los asuntos de los romanos, tanto privados como públicos, que eran tra­ mitados sobre la base del consejo privado (III) (17). Al principio del capítulo noveno indica la siguiente división de temas: fundado­ res, religión, milicia. Al principio del capítulo 66 indica que los capí- lulos precedentes del Libro Segundo han tratado de la política romana de engrandecimiento, pero que en la continuación discutirá los pro­ cedimientos romanos de hacer la guerra. Estas observaciones mues­ tran que desea ordenar a su modo los acontecimientos que Livio narra según su sucesión temporal y, por consiguiente, en forma algo caótica; desea seguir, no la sucesión lívica, sino el orden esencial del tema tratado. El sigue un plan propio. Por consiguiente, selecciona las historias de Livio teniendo en cuenta, no sólo que arrojen luz sobre la naturaleza de las cosas políticas, sino también que encajen dentro de su plan. Por consiguiente, aparece un considerable núme­ ro de casos en los que los ejemplos tomados de Livio se suceden en

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los Discursos en un orden completamente distinto a la forma en que se suceden en Livio; y, de modo semejante, aparece un considera­ ble número de casos en los que una serie de capítulos de los Discur­ sos están manifiestamente unidos por un único lazo suministrado por la identidad del tema trans-histórico que tratan (gratitud, carác­ ter de la multitud, etc.). Cuando Maquiavelo dice que algo será discutido “en su lugar”, quiere decir que será discutido en el lugar que le corresponde en su plan y no en su lugar temporal (18). Al mismo tiempo, revela una inconfundible tendencia a seguir el orden de la Historia de Livio. Al principio del octavo capítulo repite una historia de Livio, sin hacer ninguna referencia a su fuente; sin em­ bargo, presenta su discurso sobre dicha historia como una obser­ vación sobre “este texto” ; esto nos lleva a suponer que cada discurso está relacionado con algún texto lívico, lo mismo cuando lo dice que cuando no lo dice explícitamente. El capítulo 113 trata de un tema que Maquiavelo ya había tratado suficientemente en otra obra; discute este tema en los Discursos sólo porque cierto texto lívico in­ vita a tal discusión; en la Historia de Livio dicho pasaje lívico sigue inmediatamente al pasaje lívico discutido en el precedente pa­ saje de los Discursos. El capítulo empieza con una reflexión de la que se dice que ha sido ocasionada por una observación de Livio. El tema del capítulo 66 es presentado desde el punto de vista del “orden de la historia” ; “el orden de la historia” no es lo mismo que “nues­ tro orden”, el orden establecido por Maquiavelo y del que habla en todas partes (19). ¿Cuál es, pues, en general, la relación entre el orden lívico y el maquiavélico? Empecemos por el principio. Los primeros 15 capítulos están manifiestamente ordenados según el propio plan de Maquiavelo; este plan se hace en cierta medida ex­ plícito ; Maquiavelo llama nuestra atención hacia él haciendo notar que se ha desviado del plan de Livio y que puede haberse desviado de su propio plan (20). En el resto del Primer Libro no aparece un plan manifiesto. Sin embargo, no puede decirse que Maquiavelo siga en él, simplemente, el orden lívico; discursos relacionados con la expulsión de los reyes romanos (1 16-18) preceden a discursos

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relacionados con los tres primeros romanos (I 19*24). Sin em­ bargo, si consideramos las referencias a Livio en I 16-60, vemos que siguen estrictamente el orden lívico; nos llevan en línea recta desde el principio de Livio II hasta el final de Livio VII (21). Por otra parte, Maquiavelo no sigue el orden lívico en I 1-15; es decir, en un grupo de capítulos que está manifiestamente gobernado por un plan claro y hasta parcialmente explícito. La autoridad del plan lívico se afirma proporcionalmente cuando se oscurece el plan pro­ pio de Maquiavelo. Sin embargo, no debemos pasar por alto el hecho de que sólo 13 de los 45 capítulos en I 16-60, y, más precisa­ mente, sólo tres de los 24 capítulos en I 16-39, contienen referencias a Livio; el orden lívico que gobierna estas secciones parece una del­ gada capa de pintura, resquebrajada en muchos puntos, más que un fuerte lazo de unión; Maquiavelo meramente pretende seguir el orden lívico. Por lo tanto, el modo que tiene Maquiavelo de seguir el orden lívico constituye un problema; cuando el orden lívico es respetado, debe haber para ello una razón maquiavélica. Cuando cierto número de capítulos está ligado exclusivamente por el orden lívico, es decir, cuando un estudio aceptablemente cuidadoso de los temas que tratan no revela otro lazo entre ellos que el orden lívico, no debe concluirse que estos capítulos no están gobernados por el plan propio de Maquiavelo; se debe, más bien, concluir que el plan propio de Maquiavelo queda completamente soterrado. O, para decir sin reserva lo que nosotros creemos, el orden lívico enmascara el plan de Maquiavelo. Maquiavelo indica su plan por tres medios diferentes. En primer lugar, algunas veces conecta cierto número de capítulos refiriéndose explícitamente en cada capítulo al próximo hasta que se ha alcanzado el final real o aparente de una sección. De este modo sugiere que I 2-8; I 25-27; III l*-6; III 8-10, y III

19-23, forman cada grupo una sección (22). El segundo y más impor­ tante medio por el cual se puede descubrir el plan de Maquiavelo es el estudio, llevado con el cuidado necesario, del tema discutido. No es bastante entender el contenido de un capítulo por sí solo. Par operi

sedes (23):

es también necesario plantear la cuestión de por qué la

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doctrina de que se trata es transmitida en el contexto en que es trans­ mitida, y no abandonar la cuestión porque el acontecimiento comen, tado suceda temporalmente en el orden lívico a un acontecimiento comentado en el capítulo precedente; el segundo acontecimiento rara vez sigue inmediatamente al primero en la narración de Livio; por consiguiente, debe plantearse la cuestión referente al principio que guía la selección maquiavélica de acontecimientos. En Discursos I 39, Maquiavelo muestra que los mismos accidentes pueden observar­ se frecuentemente entre pueblos distintos. Los accidentes que usa como ejemplo ilustran los necios humores del pueblo, es decir, del vulgo; la misma clase de accidentes debidos a los necios humores del vulgo ocurrieron tanto en la moderna Florencia como en la antigua Roma. El precedente capítulo ha tratado de la diferencia entre Flo­ rencia, como república débil, y Roma, como república fuerte. Re­ cordando el precedente capítulo se da uno cuenta, al leer I 39, de que la diferencia entre la fuerte Roma y la débil Florencia no puede ser debida a la diferencia de humores popular en las dos ciudades, sino que debe buscarse en la disimilitud de sus clases gobernantes. For consiguiente, la función de I 39 es contribuir a la exposición del carácter esencial de una virtuosa clase gobernante: este capítulo resulta ser el capítulo central de la sección dedicada al carácter esencial de una clase gobernante virtuosa, ejemplificada por la clase gobernante romana, o fundadores continuos de Roma. Esta conclu­ sión no es controvertida por el hecho de que I 39 está conectado por una enfática referencia con I 13, capítulo central de la sección de­ dicada manifiestamente a la religión; la clase gobernante florenti­ na difiere de la clase gobernante romana precisamente respecto a la religión: la clase dirigente romana ha hecho “un buen uso” de la religión. La tercera forma en que Maquiavelo indica su plan es me­ diante el uso de insinuaciones. Pero es mejor relegar este tema a una nota (24).

El Segundo Libro nos

presenta una situación

algo diferente;

cuando Regamos al Segundo Libro, se supone que hemos aprendido algo sobre la sustancia tanto como sobre la forma de la doctrina de

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Maquiavelo; por consiguiente, el autor puede y debe cambiar de recursos en cierta medida. En el principio del Libro Segundo no nos saluda, como en el principio del Primer Libro (I, 2-8), una serie de

capítulos explícitamente conectados. Por otra parte, el principio del Segundo Libro presenta el mismo olvido del orden lívico que el prin­ cipio del Primer Libro y es igualmente explícito respecto al plan propio de Maquiavelo (25). El número de capítulos que contienen referencias a Livio es proporcionalmente mucho mayor en el Segun­ do Libro que en el Primero; mientras que de los 60 capítulos del Primer Libro sólo 18 contienen tales referencias, de los 33 capítulos del Segundo Libro, 22 las contienen (26). Si tenemos en cuenta el hecho, que liemos explicado antes, de que a Maquiavelo no le con­ venía referirse a Livio en los capítulos iniciales de los Discursos, y si por ello comparamos los 33 capítulos del Segundo Libro con los últimos 33 capítulos del Primer Libro, constataremos más clara­ mente el asombroso progreso en el uso enfático de Livio. De los últi­ mos 33 capítulos del Primer Libro, sólo 11 contienen referencias

a

referencias a Livio en el Segundo Libro no siguen estrictamente el

orden lívico a través de una larga serie de capítulos, como lo hi­ cieron a través de la mayor parte del Primer Libro; el equivalente del orden de las referencias a Livio en I 16-60, que nos lleva en línea recta desde el principio de Livio II al final de Livio Vil,

el orden de las referencias a Livio en II 28-32, que nos lleva en

es

línea recta desde alrededor del último tercio de Livio V hasta el final de Livio X. A pesar de esto, o quizá a causa de esto, Maquia­

velo adapta su propio plan al orden lívico en el Segundo Libro más estrictamente que lo había hecho en el Primer Libro; en el Segundo Libro usa algunas veces el orden lívico como medio para indicar su propio plan, que no está guiado por la cronología; in­

dica el principio de nuevas secciones desviándose del orden lívico,

o

a Livio, de un pasaje lívico posterior (por ejemplo, Livio IX 20),
a

Livio. Tanto más digno de atención es, pues, el hecho de que las

más precisamente retrocediendo, en el orden de sus referencias

un pasaje lívico anterior (por ejemplo, Livio VIII 13) (27). Al

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mismo tiempo, continúa asando para indicar su plan los mismos

recursos que había usado ya en el Primer Libro, es decir, las ex* presiones “en el capítulo siguiente”, colocadas al fin de los capí* lulos (28), “no extraño a (mi) propósito”, colocado al principio

o

dificultad particular crea la observación de Maquiavelo en II 4, de que cierto punto será tratado “al fin de esta materia”, porque esta observación no puede referirse al fin de la sección a que pertene. ce II 4, es decir, al final de II 5. De este modo indica que la di* visión del Segundo Libro en secciones interfiere en cierto modo con la unidad de cierta “materia”, o que, en el Segundo Libro,

al fin de los capítulos (29), y “todo el mundo sabe” (30). Una

discute un amplio tema cuyo desarrollo exige, cuando menos, más

de una sección. AI principio de II 15, conecta este capítulo con el

estos mismos prin*

cipios de la guerra entre los latinos y los romanos” ; así puede in* dicar que la “materia” en cuestión no es idéntica a un asunto his*

tórico, como una determinada guerra o el principio de una deter­ minada guerra (31). Porque, en sí misma, “una materia” puede,

claro está, designar un tema histórico como el decenvirato romano,

y

precedente al hablar de “esta misma materia y

simultáneamente un tema trans*histórico, como la ingratitud (32).

En otras palabras, “una materia” puede designar una historia lívica

o

del 134, “para volver a nuestra materia, yo concluyo”, y así dis. tingue entre “nuestra” materia y “mi” conclusión, quiere decir “para volver de mi discurso a la materia que nos da Livio” ; de este modo nos proporciona incidentalmente una sencilla fórmula de su uso de Livio y del orden lívico. Maquiavelo imprime su

forma en la materia proporcionada por Livio. Pero, para volver a la críptica expresión, “al fin de esta materia”, que aparece en II 4, el contexto aclara que la “materia” en cuestión es el contraste entre los inermes estados modernos y los armados estados antiguos, y la subsiguiente afirmación, basada en la comprensión de tal contras* te, de que los modernos estados deben imitar los antiguos modos

y

un tema maquiavélico. Cuando Maquiavelo dice, hacia el final

órdenes. Si suponemos que “el fin de esta materia” ha de coin*

LA INTENCION DE MAQUIAVELO:

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cidir con el fin de algún capítulo, uos damos cuenta de que es Im­ posible determinarlo sin presuponer lo que quiere decir Maquiavelo con “el fin de esta materia” ; y si no hacemos tal presuposición, nos enfrentamos con una dificultad todavía mayor. El final de los si­ guientes capítulos corresponde a lo requerido por II 4; II 18, 20, 24, 30, 33; III 15, 27, 31, 36. Nosotros creemos que “el final de esta materia” es el fin del Segundo Libro (II 33), y que la críptica de­ claración de II 4, da sobre el tema tratado en el Segundo Libro una información más precisa que la de todas las exposiciones temáticas. Este tema no es meramente la política exterior romana, en cuanto estaba dirigida por el consejo público o, como Maquiavelo sugiere en otros lugares, la milicia (33); el Segundo Libro está dedicado en mucho más alto grado que los otros dos Libros al contraste entre los antiguos estados armados y los modernos estados inermes, entre “el débil mundo” de la modernidad y el fuerte mundo de la anti­ güedad, entre “el cielo inerme” (34) y el cielo armado; es decir, a las causas, el origen y el carácter esencial del contraste entre los modernos y los antiguos. A pesar de una cierta preponderancia de la “materia” antigua en el Segundo Libro, tenemos razones para decir que el tema del mismo es el análisis crítico de la modernidad o—como Maquiavelo insinúa al usar ocasionalmente “moderno” y “cristiano” co