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SEGUNDAS

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Alain Badiou

EL DESPERTAR DE LA HISTORIA

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COLECCIÓN CLAVES

Dirigida por Hugo Vezzetti

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Alain Badiou

EL DESPERTAR DE LA HISTORIA

ALAIN BADIOU Circunstancias,6
ALAIN BADIOU
Circunstancias,6

El despertar de la Historia

Traducción de Pablo Betesh

Ediciones Nueva Visión Buenos Aires

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Badiou, Alain El despertrar de la Historia - 1ª ed. - Buenos Aires: Nueva Visión,

Badiou, Alain El despertrar de la Historia - 1ª ed. - Buenos Aires: Nueva Visión, 2012 128 p.; 20x13 cm. (Claves)

ISBN 978-950-602-

Traducción de Pablo Betesh

1. Análisis literario. 2. Estudios literarios I. Cardoso, Heber, trad. II. Titulo. CDD 801.95

Título del original en francés:

©

Armand Colin, Paris, 2007

Traducción de Pablo Betesh

ISBN 978-950-602-582-3

2007 Traducción de Pablo Betesh ISBN 978-950-602-582-3 Toda reproducción total o parcial de esta obra por

Toda reproducción total o parcial de esta obra por cualquier sistema –incluyendo el fotocopiado– que no haya sido expresamen- te autorizada por el editor constituye una infracción a los derechos del autor y será reprimida con penas de hasta seis años de prisión (art. 62 de la ley 11.723 y art. 172 del Código Penal).

© 2012 por Ediciones Nueva Visión SAIC. Tucumán 3748, (1189)

Buenos Aires, República Argentina. Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723. Impreso en la Argentina / Printed in Argentina

INTRODUCCIÓN

¿Qué es lo que está pasando? ¿De qué estamos siendo testigos, entre fascinados y devastados? ¿De la conti- nuación, cueste lo que cueste, de un mundo cansado? ¿De una crisis benéfica del mundo, que ha caído presa de su propia expansión victoriosa? ¿Del advenimiento de otro mundo? ¿Qué es lo que nos está ocurriendo, pues, con el cambio de siglo, que no parece tener ningún nombre claro en ninguna lengua tolerada? Consultemos a nuestros amos: banqueros discretos, figuras mediáticas, personas inciertas de las grandes comisiones, voceros de la «comunidad internacional», presidentes atareados, nuevos filósofos, dueños de fá- bricas y de campos, hombres de la Bolsa y de los consejos de administración, políticos charlatanes de la oposición, personalidades de las ciudades y las provin- cias, economistas del crecimiento, sociólogos de la ciu- dadanía, expertos en crisis de todo tipo, profetas de la «guerra de las civilizaciones», jefes principales de la po- licía, de la justicia y de la «penitenticia», evaluadores de beneficios, calculadores de rendimientos, editoria- listas mesurados de diarios serios, directores de recur- sos humanos, personas que se consideran a sí mismas hadas y magos y a las que habrá que estar atentos de no

tomarlas por personajes de ficción. ¿Qué están dicien- do todos esos dirigentes, todos esos hacedores de opi- nión, todos esos responsables, todos esos «sátrapas- engañabobos»? 1 Todos dicen que el mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa, y que tenemos que adaptarnos a ese cambio, so pena de caer en la ruina o de terminar muertos (lo que, para ellos, es lo mismo), caso contrario, tal como van las cosas, no seremos más que la sombra de nosotros mismos. Que debemos comprometernos enér- gicamente en la incesante «modernización» y aceptar sin chistar los inevitables sufrimientos. Dicen que, ante el áspero mundo competitivo que todos los días nos vuelve a desafiar, hay que escalar las pendientes escar- padas de los pasos de la productividad, de la reducción de los presupuestos, de la innovación tecnológica, de la buena salud de nuestros bancos y de la flexibilización laboral. Toda competencia es, en su esencia, deportiva:

para resumir, lo que tenemos que hacer es formar parte de la última escapada de la carrera y ponernos junto a los campeones del momento (un as alemán, un outsider tailandés, un veterano británico, un chino recién llega- do, sin contar con el siempre vigoroso yanqui…) y no quedar jamás rezagados en la cola del pelotón. Para eso, todo el mundo tiene que ponerse a pedalear: moderni- zar, reformar, ¡cambiar! ¿Qué político en campaña puede prescindir de proponer la reforma, el cambio, la novedad? La pelea entre el oficialismo gubernamental y la oposición adopta siempre la siguiente forma: lo que el otro dice no es el cambio verdadero. Es un conser- vadurismo apenas retocado. ¡El verdadero cambio soy yo! Basta con mirarme para que se den cuenta. Yo reformo y modernizo, llueven leyes nuevas todas las

1 «Satrapes-nigauds»: juego de palabras intraducible entre «sá- trapa» y attrape-nigauds, engañabobos (N. del t.).

semanas, ¡bravo! ¡Rompamos con la rutina! ¡Abajo los arcaísmos! Entonces cambiemos. Pero de hecho, ¿cambiar qué? Si el cambio debe ser perpetuo, su dirección, según parece, es constante. Conviene tomar urgentemente todas las medidas nece- sarias que nos impone la coyuntura con el objeto de que los ricos sigan enriqueciéndose, al tiempo que pagan menos impuestos; que los efectivos de las empresas disminuyan gracias a una artillería de despidos y de planes sociales; que todo lo que es público se privatice y contribuya así, por fin, no al bien público (categoría particularmente «antieconómica»), sino a la riqueza de los ricos y al mantenimiento, por desgracia costoso, de las clases medias que forman el ejército de socorro de los ricos en cuestión; que las escuelas, los hospitales, la vivienda, el transporte y las comunicaciones, esos cinco pilares de la vida aceptable para todo el mundo, prime- ro se regionalicen (es un paso hacia delante), luego se los ponga en liza (algo crucial), con el objeto de que los lugares y los medios, donde y gracias a los cuales se educan, se curan, habitan y se transportan los ricos y los semi ricos, no puedan confundirse con aquellos en los que sudan la gota gorda los pobres y los asimilados; que los obreros de proveniencia extranjera que viven y trabajan aquí a menudo desde hace décadas adviertan que sus derechos se ven reducidos a nada, que persi- guen a sus hijos, que se rescinden sus papeles regla- mentarios, y que soporten campañas furiosas en su contra a favor de la «civilización» y de «nuestros valo- res»; que, en particular las mujeres jóvenes, salgan a la calle únicamente con la cabeza descubierta, y las de- más también, preocupadas, como deben estarlo, por reafirmar su «laicismo»; que los enfermos mentales sean encerrados en la cárcel de por vida; que se acosen

los innumerables «privilegios» sociales que engordan al populacho; que se monten sangrientas expediciones militares un poco por todas partes, pero sobre todo en África, para hacer que se respeten los «derechos huma- nos», es decir, los derechos que tienen los poderosos a descuartizar los Estados, a poner en el poder en todas partes –por medio de una ocupación violenta y de «elecciones» fantasmagóricas– a sirvientes corruptos, quienes entregarán por nada a los susodichos podero- sos la totalidad de los recursos del país. Aquellos que, sean cuales fueren sus razones, e incluso si en el pasado fueron útiles para la «modernización», incluso si fueron sirvientes solícitos, de pronto se opongan al despedaza- miento de su país, al pillaje por parte de los poderosos y a los «derechos humanos» que vienen en el mismo paquete, serán llevados ante los tribunales de la mo- dernización y, de ser posible, ahorcados. Tal es la verdad invariable del «cambio», la actuali- dad de la «reforma», la dimensión concreta de la «mo- dernización». Tal es para nuestros amos la ley del mundo. Este librito pretende oponer una visión un tanto diferente, que resumiremos acá en tres puntos:

1. Bajo los nombres intercambiables de «moderniza- ción», «reforma», «democracia», «Occidente», «comuni- dad internacional», «derechos humanos», «laicidad», y otros más, no encontramos sino la tentativa histórica de una regresión sin precedentes que apunta a que el desarrollo del capitalismo mundializado y la acción de sus sirvientes políticos se ajusten a las normas de su nacimiento: el liberalismo puro y duro de mediados del siglo XIX, el poder ilimitado de una oligarquía financie- ra e imperial y un parlamentarismo de fachada com- puesto, como decía Marx, por «los apoderados del

capital». Para llegar a esto, todo lo que había inventado entre 1860 y 1980 la existencia de las formas organiza- das del movimiento obrero, del comunismo y del socia- lismo auténtico, e impuesto a escala mundial, poniendo así al capitalismo liberal a la defensiva, debe ser des- piadadamente destruido para dar lugar a la recons- trucción del derecho de los imperialismos: los célebres «valores». Ése es el único contenido de la «moderniza- ción» que se halla en curso. 2. El momento actual en realidad es el del primer momento de una revuelta popular mundial que se opone a esa regresión. Todavía ciega, ingenua, disper- sa, sin un concepto fuerte ni una organización durade- ra, se parece naturalmente a los primeros levanta- mientos obreros del siglo XIX. Propongo, por lo tanto, que digamos que nos hallamos en el tiempo de las revueltas, a través del cual se denuncia y se conforma un desper- tar de la Historia contra la pura y simple repetición de lo peor. Nuestros amos lo saben mejor que nosotros:

tiemblan en secreto y refuerzan sus armamentos, tanto bajo la forma del arsenal judicial como bajo la de las avanzadas armadas que se encargan de mantener el orden planetario. Resulta urgente reconstituir o inven- tar las nuestras. 3. Para que este momento no se estanque en episodios de masa gloriosos pero vencidos, ni en el interminable oportunismo de las organizaciones «representativas», de los sindicatos corruptos o de los partidos parlamen- tarios, el despertar de la Historia también debe ser el despertar de la Idea. La única Idea capaz de enfrentar- se a la versión corrompida e inexpresiva de la «demo- cracia» –que se ha convertido en la bandera de los legionarios del Capital– tanto como a los vaticinios raciales y nacionales de un pequeño fascismo al que la crisis le da una oportunidad en el plano local, es la idea

del Comunismo, revisada y alimentada con lo que nos enseña la vivaz diversidad de las revueltas, por muy precarias que sean.

I

EL CAPITALISMO HOY

A menudo se me reprocha, incluso dentro del «campo»

de mis posibles amigos políticos, el no tener en cuenta ciertas características del capitalismo contemporáneo

y no proponer un «análisis marxista». Como consecuen-

cia de ello el comunismo sería para mí una idea suspen-

dida en el aire, y yo sería un idealista sin anclaje en la realidad. Además, no estaría prestándole debida aten- ción a las sorprendentes mutaciones del capitalismo, mutaciones que permiten que se hable, con un aire de codicia, de un «capitalismo posmoderno». Antonio Negri, por ejemplo, con motivo de una confe- rencia internacional sobre la idea del comunismo –me sentí muy contento de que haya participado, y lo sigo estando– me tomó públicamente como ejemplo de aque- llas personas que pretenden ser comunistas sin siquie- ra ser marxistas. En pocas palabras, le respondí que más valía eso que pretender ser marxista sin siquiera ser comunista. Dado que, para la opinión vulgar, el marxismo consiste en otorgar un papel determinante a

la economía y a las contradicciones sociales que surgen

de ella, entonces ¿quién no es marxista hoy? Los prime- ros «marxistas» son todos nuestros amos, que tiemblan

y se reúnen por la noche apenas se tambalea la Bolsa o

disminuye la tasa de crecimiento. En cambio, pónganle ante las narices la palabra «comunismo» y van a saltar por los aires y lo van a tratar igual que a un criminal. Sin que ya me inquieten adversarios ni rivales, me gustaría decir acá que yo también soy marxista, y lo soy inocente y completamente, de manera tan natural que no hace falta que lo repita. ¿Debería preocuparse un matemático contemporáneo por demostrar que sigue manteniéndose fiel a Euclides o a Euler? El marxismo real, que se identifica con el combate político racional que apunta a una organización social igualitaria, co- menzó sin duda hacia 1848 con Marx y Engels, pero desde entonces ha recorrido un largo camino, con Le- nin, con Mao, con algunos otros. Me hallo imbuido en esas enseñanzas históricas y teóricas. Creo conocer bien los problemas resueltos, cuya instrucción no vale la pena recomenzar, los problemas en suspenso, que exigen reflexión y experiencia, y los problemas mal considerados, que nos imponen rectificaciones radica- les e invenciones difíciles. Todo conocimiento vivo está hecho de problemas que han sido o deben ser construi- dos o reconstruidos, y no descripciones repetitivas. El marxismo no es ninguna excepción. No es ni una rama de la economía (teoría de las relaciones de producción), ni una rama de la sociología (descripción objetiva de la «realidad social»), ni una filosofía (pensamiento dialéc- tico de las contradicciones). Se trata, volvamos a decir- lo, del conocimiento organizado de los medios políticos requeridos para deshacer la sociedad existente y des- plegar una figura por fin igualitaria y racional de la organización colectiva, cuyo nombre es «comunismo». No obstante, me gustaría agregar, puesto que se trata de los datos «objetivos» del capitalismo contempo- ráneo, que al respecto no creo estar particularmente desinformado. ¿Globalización, universalización? ¿Des-

plazamiento de muchos lugares de producción indus- trial a los países que ofrecen una mano de obra a bajo costo y de regímenes políticos autoritarios? ¿El paso – du- rante los años 1980– en nuestros viejos países desarro- llados, de una economía volcada hacia el interior, con un aumento continuo del salario del trabajador y una redistribución social organizada por el Estado y los sindicatos, a una economía liberal integrada con los intercambios mundiales y, por lo tanto, exportadora, especializada, que privatiza los beneficios, socializa los riesgos y carga con el aumento de las desigualdades en la escala planetaria? ¿Concentración muy rápida del capital bajo la dirección del capital financiero? ¿Utili- zación de nuevos medios gracias a los cuales la veloci- dad de rotación de capitales, ante todo y, luego, de mercancías, se ha acelerado considerablemente (gene- ralización del transporte aéreo, telefonía universal, máquinas financieras, Internet, programas que apun- tan a asegurar el éxito de decisiones tomadas de mane- ra instantánea, etc.)? ¿Sofisticación de la especulación gracias a nuevos productos derivados y a una matemá- tica sutil que combina los riesgos? ¿Debilitamiento espectacular, en nuestros países, del campesinado y de toda la organización rural de la sociedad? ¿Necesidad absoluta, por eso mismo, de establecer a la pequeña burguesía urbana como pilar del régimen social y político existente? ¿Resurrección, a gran escala, y ante todo entre los grandes burgueses extremadamente ri- cos, de la convicción, que se remonta a la época de Aristóteles, según la cual las clases medias son la alfa y la omega de la vida «democrática»? ¿Lucha planeta- ria, por momentos atenuada, por momentos de una violencia extrema, para garantizarse el acceso a bajo precio de las materias primas y de las fuentes de energía, sobre todo en África, ese continente de todos

los pillajes «occidentales» y, por consiguiente, de todas las atrocidades? Conozco todo eso más o menos correc- tamente, como, a decir verdad, todo el mundo. 2 La cuestión consiste en saber si este conjunto anecdótico constituye un capitalismo «posmoderno», un capitalismo nuevo, un capitalismo digno de las máquinas deseantes de Deleuze-Guattari, un capi- talismo que engendra por sí mismo una inteligencia colectiva de tipo nuevo, que suscita el levantamiento de un poder constituyente hasta aquí sometido, un capitalismo que supera el viejo poder de los Estados, un capitalismo que proletariza a la multitud y hace de los pequeñoburgueses obreros del intelecto inma- terial, en una palabra, un capitalismo cuyo reverso inmediato es el comunismo, un capitalismo cuyo Sujeto es, en cierta medida, el mismo que el del comunismo latente que sostiene su existencia para- dójica. Un capitalismo que está en vísperas de meta- morfosearse en comunismo. Ésa es, exagerada pero fiel, la posición de Negri. Pero, más generalmente, es la posición de todos los que se sienten fascinados por las mutaciones tecnológicas y la expansión continua del capitalismo de los últimos treinta años, y que, crédulos ante la ideología dominante, («todo cambia todo el tiempo y estamos corriendo detrás de este cambio memorable»), se imaginan que están asistien- do a una secuencia prodigiosa de la Historia –sea cual fuere el juicio final sobre la calidad de dicha secuencia–.

2 Para una visión muy clara de las formas del capitalismo

contemporáneo, sugiero la lectura de dos libros de Pierre-Noël Giraud: L’Inégalité du monde contemporain (Paris, Gallimard, 2001)

y La Mondialisation (2008). Giraud dilucida de manera muy convin-

cente la modificación global (y reactiva) del capitalismo planetario

a partir de fines de los años 1970.

Mi posición es exactamente la contraria: el capitalis- mo contemporáneo tiene todos los rasgos del capitalismo clásico. Es estrictamente acorde con lo que se podía esperar de él, a partir del momento en que su lógica ya no se ve contrariada por acciones de clase decididas y localmente victoriosas. Tomemos, en lo que respecta al devenir del Capital, todas las categorías que predijo Marx y veremos que solo ahora su evidencia ha quedado plenamente demostrada. ¿Acaso Marx no habló del «mercado mundial»? Pero ¿qué mercado mundial era el de 1860 en comparación con lo que es en la actualidad, al que en vano han querido rebautizar como «globaliza- ción»? ¿No pensó Marx en el carácter ineluctable de la concentración del capital? ¿Qué concentración era ésa, qué tamaño tenían esas empresas y esas instituciones financieras en la época de esa predicción, en compara- ción con los monstruos que cada día gestan las nuevas fusiones? Por mucho tiempo se le objetó a Marx que la agricultura seguía estando dentro del régimen de la explotación familiar, cuando él anunciaba que la con- centración alcanzaría sin duda alguna a la propiedad inmobiliaria. Pero en la actualidad sabemos que, en efecto, la fracción de la población que vive de la agricul- tura, en los países denominados desarrollados (aqué- llos en que el capitalismo imperial se ha instalado sin trabas), es, por así decir, insignificante. ¿Y cuál es hoy, en promedio, la extensión de las propiedades inmobi- liarias, comparada con lo que era cuando el campesina- do en Francia representaba el 40 % de la población total? Marx analizó con rigor el carácter inevitable de las crisis cíclicas que demuestran, entre otras cosas, la irracionalidad innata del capitalismo y el carácter obligatorio tanto de las actividades imperiales como de las guerras. Diversas crisis de extrema gravedad veri- ficaron, incluso cuando él todavía estaba en vida, la

pertinencia de estos análisis, cuya demostración se

encargaron de completar las guerras coloniales e inter- imperialistas. Pero todo esto, en lo que hace referencia

a la cantidad de valor que se hizo humo, no fue nada en

comparación con la crisis de los años 1930 o a la crisis actual, y en comparación con las dos guerras mundia-

les del siglo XX, a las feroces guerras coloniales, a las «intervenciones» occidentales de hoy y de mañana. No lo será siempre que la pauperización de enormes masas de la población que, considerada la situación en el mundo en su totalidad y no sólo en la puerta de ingreso, no se convierta en una evidencia cada vez mayor. En el fondo, el mundo actual es exactamente aquel que anunciaba Marx, mediante una anticipación ge- nial, una suerte de ciencia ficción verdadera, como despliegue integral de las virtualidades irracionales, y

a decir verdad monstruosas, del capitalismo. El capitalismo encomienda el destino de los pueblos

a los apetitos financieros de una minúscula oligarquía.

En cierto sentido, es un régimen de delincuentes. ¿Cómo se puede volver aceptable que la ley del mundo esté conformada por los intereses despiadados de una ca- marilla de herederos y de nuevos ricos? ¿No es razona- blemente posible llamar «delincuentes» a aquellos indi- viduos cuya única norma es el provecho? ¿Y quienes, para servir a esta norma, están dispuestos a pisotear, si fuera necesario, a millones de personas? En efecto, que el destino de millones de personas dependa de los cálculos de tales delincuentes se volvió algo tan mani- fiesto, se hizo tan visible, que la aceptación de esta «realidad», como dicen los plumíferos de los delincuen- tes, resulta cada vez más sorprendente. El espectáculo de Estados penosamente desconcertados debido a que un grupito anónimo de autoproclamados evaluadores les ha puesto una mala nota, como lo haría un profesor

de economía a los malos estudiantes, es a la vez burles- co y muy inquietante. Queridos electores, ¿así que han puesto en el poder a unos cuantos individuos que, de sólo pensar que a la mañana siguiente se podrían enterar que los representantes del «mercado», es decir, los especuladores y los parásitos del mundo de la propiedad y del patrimonio, les han puesto como nota una AAB en lugar de una AAA, tiemblan de noche como colegiales? ¿No es bárbara esta influencia consensual que ejercen sobre nuestros amos oficiales esos amos oficiosos cuya única preocupación es saber cuáles son y

cuáles serán sus beneficios en la lotería en que ponen en juego sus millones? Sin contar con que su angustiante mugido –«¡Ah! ¡Ah! ¡Be!»– se pagará con una obediencia

a las órdenes de la mafia, que invariablemente son del

tipo: «Privaticen todo. Supriman la ayuda a los débiles,

a los solitarios, a los enfermos, a los desocupados. Su-

priman toda la ayuda que sea a quien sea, excepto a los bancos. No curen más a los pobres, dejen morir a los viejos. Bajen los salarios de los pobres, pero también bajen los impuestos a los ricos. Que todo el mundo trabaje hasta los 90 años. Enseñen matemática sola- mente a los traders, lectura sólo a los grandes propie- tarios, historia sólo a los ideólogos de turno.» Y la ejecución de esas órdenes de hecho arruinará la vida de millones de personas. Pero, una vez más, nuestra realidad validó la previ- sión de Marx, y hasta la superó. A los gobiernos de los años 1840-1850, Marx los había calificado como «apode- rados del Capital». Lo que da la clave del misterio: en definitiva, los gobernantes y los delincuentes de las finanzas comparten el mismo universo. La fórmula «apoderados del capital» sólo hoy se vuelve enteramen- te exacta, y todavía más en la medida en que no hay ninguna diferencia en este punto entre los gobiernos de

derecha, Sarkozy o Merkel, y los «de izquierda», Oba- ma, Zapatero o Papandreu. Por lo tanto, somos efectivamente testigos del cum- plimiento retrógrado de la esencia del capitalismo, de un retorno al espíritu de los años 1850, que vino des- pués de la restauración de las ideas reaccionarias que siguió a los «años rojos» (1960-1980), del mismo modo que los años 1850 fueron posibles debido a la Restaura- ción contrarrevolucionaria de los años 1815-1840, tras la Gran Revolución de 1792-1794. Desde luego, Marx pensaba que la revolución prole- taria, bajo la bandera del comunismo, terminaría brus- camente y nos ahorraría ese despliegue integral cuyo horror percibía con toda lucidez. En su espíritu se trataba efectivamente del comunismo o la barbarie. Los intentos formidables por darle la razón en este punto durante los dos primeros tercios del siglo XX de hecho han frenado y desviado considerablemente la lógica capitalista, de manera singular después de la Segunda Guerra Mundial. Desde hace aproximadamente unos treinta años, tras el desmoronamiento de los Estados socialistas como figuras alternativas viables (como es el caso de la URSS) o su subversión por un virulento capitalismo de Estado tras el fracaso de un movimiento de masas explícitamente comunista (como es el caso de la China de los años 1965-1968), tenemos por fin el dudoso privilegio de asistir a la verificación de todas las predicciones de Marx referentes a la esencia real del capitalismo y de las sociedades en las que rige. En cuanto a la barbarie, allí es en donde estamos y a donde nos vamos a adentrar un buen trecho. Pero coincide, hasta en el detalle, con la irrupción de lo que Marx esperaba que impidiera el poder del proletariado orga- nizado. El capitalismo contemporáneo, por lo tanto, no es de

ninguna manera creador y posmoderno: como juzga que se ha desembarazado de sus enemigos comunistas, avanza a su propio ritmo según una línea cuyos aspec- tos generales Marx advirtió en los economistas clásicos y cuya obra continuó desde una perspectiva crítica. Desde luego, no son el capitalismo y sus sirvientes políticos quienes despiertan la Historia, si entendemos el «despertar» como el surgimiento de una capacidad destructiva y creadora a la vez cuya meta es salir realmente del orden establecido. En ese sentido, Fuku- yama no estaba equivocado: el mundo moderno, una vez completado su desarrollo y consciente que deberá mo- rir –aunque sea, como resulta desgraciadamente pro- bable, en violencias suicidas–, sólo tiene que pensar en «el fin de la Historia», del mismo modo que, en el segundo acto de Las valquirias de Wagner, Wotan explica a su hija Brunehilda que su único pensamiento es «¡el fin!, ¡el fin!». Si se diera un despertar de la Historia, no habría que buscarlo por el lado del conservadurismo bárbaro del capitalismo ni del encarnizamiento de todos los apara- tos estatales para mantener su ritmo frenético. El único despertar posible es el de la iniciativa popular, allí donde arraigará la potencia de una Idea.

II

LA REVUELTA INMEDIATA

En momentos en que escribo estas páginas, nos toca en suerte asistir a los discursos de Cameron, Primer Ministro inglés, ya comprometido en diversos asuntos sospechosos, a propósito de las revueltas en los barrios pobres de Londres. En este caso, una vez más, el retorno a la fraseología antipopular del siglo XIX es impresio- nante. No se trata sino de bandas, matones, ladrones, rufianes y delincuentes, en suma, las «clases peligro- sas» que se oponen –como en los tiempos de la reina Victoria– a un culto mórbido de la propiedad, de la defensa de los bienes y de los ciudadanos honestos (los que nunca se sublevan contra lo que sea). El conjunto viene acompañado por el anuncio de una represión despiadada, prolongada y, por una cuestión de princi- pios, ciega. En este punto, podemos confiar en Came- ron: el Reino Unido, que corre en pos de un uso de la prisión como en los Estados Unidos, que poco falta para que sea un campo de concentración, ha elaborado, en la época del «socialista» Blair, una legislación feroz y cuenta en términos de proporción de la población con muchos más prisioneros que Francia que, sin embargo, cuando se trata de encarcelar a los jóvenes, no se anda con chiquitas.

Para terminar de sembrar el terror, la televisión hace desfilar con complacencia imágenes de comandos policiales, bestias brutas ataviadas y armadas hasta los dientes que pulverizan voluptuosamente las puer- tas a golpes de ariete (advertimos que los bienes de los pobres no les importan en lo más mínimo) y se arrojan dentro de los departamentos para sacar con una bruta- lidad espectacular a un joven que sin duda fue denun- ciado no se sabe por quién o que fue entrevisto en una de las innumerables cámaras con que el gobierno de su Majestad ha llenado el espacio público, transformán- dolo en un escenario gigantesco con la policía cual mirón perpetuo. Al mismo tiempo, los tribunales con- denan a penas asombrosas, en un desorden total, a los

que tiran botellas, a los ladrones de latas de betún, a los que cacheteaban a las fuerzas del orden, a los que prendían fuego a los tachos de basura, a los vocingleros,

a los que tenían una navaja en el bolsillo, a los que

insultaban al gobierno, a los que corrían, a los que, para

hacer lo mismo que los vecinos, rompían las vidrieras,

a los que decían malas palabras, a los que se quedaban quietos con las manos en los bolsillos, a los que no

hacían nada, lo cual es algo muy sospechoso, e incluso

a los que no se encontraban en el lugar y a los que la

justicia por supuesto debe preguntarles en dónde esta- ban. Es que, tal como lo ha dicho noblemente Cameron, superando a su propia policía: «No se trataba de man- tener el orden, se trataba de criminalidad.» Para Ca-

meron, que tiene previsto iniciarles juicio a unas tres mil personas, para su policía, que ha declarado estar buscando unas treinta mil personas, de pronto, fenó- meno extraño, han visto que en las calles surgían decenas de miles de criminales… Como siempre, como en Francia, el olvidado de todo

el asunto es el crimen verdadero, al mismo tiempo que

la indiscutible y auténtica víctima: al que (y, a menudo,

a los que) la policía ha matado. De manera completa-

mente uniforme, las revueltas de la juventud popular de los «arrabales» (palabra que designa, como ataño, a los «suburbios», la inmensa parte trabajadora y pobre de nuestras flamantes ciudades, el continente negro de nuestras megalópolis) son provocadas por la actuación de la policía. La chispa que «prende fuego al llano» siempre es un crimen de Estado. De manera igualmen- te uniforme, el gobierno y su policía, no sólo rechazan categóricamente reconocer la menor responsabilidad en todo el asunto, sino que toman la revuelta como

pretexto para reforzar de nuevo el arsenal judicial y policial. Gracias a esta perspectiva, los «arrabales» son espacios en que se yuxtaponen un desinterés despecti- vo del poder público por esas zonas desesperadas y las cargadas y violentas incursiones represivas. Todo ello según el modelo de los «barrios indígenas» de las ciuda- des coloniales, de los guetos de negros de los días de gloria de Estados Unidos o de las reservas de palesti- nos en Cisjordania. Intelectuales serviles vuelan en ayuda de la represión, viendo en todos los jóvenes más

o menos tostados una gentuza «islamista», hostil a

«nuestros valores». ¿Cuáles son esos famosos valores? Nadie los ignora: se llaman Patrimonio, Occidente y

Laicismo. Es el espantoso P.O.L., la ideología dominan-

te de todos los países que se presentan como civilizados.

Cuando se trata de nuestros conciudadanos de los presuntos arrabales, «la opinión» exigirá, en nombre del POL, una «tolerancia cero». Observemos al pasar que si hay «tolerancia cero» para el joven negro que roba un destornillador, existe en cambio una tolerancia infinita para los delitos de los banqueros y los prevari- cadores gubernamentales, a pesar de que su accionar afecta la vida de millones de personas. A los sutiles

intelectuales que lloran de solo ver al millonario direc- tor del FMI esposado, les parece que, en los arrabales,

el poder es «flojo» y que nunca habrá en las cadenas

suficientes árabes y negros. En nombre del mismo POL, y cuando se trata de esos

países débiles de África en los que «tenemos intereses»,

la misma opinión pedirá que se ejerza el «derecho a la

ingerencia». Nuestros gobernantes, valientes campeo-

nes de los valores que valen de verdad, aplastarán bajo las bombas a un pequeño déspota que antes adoraban pero que se ha vuelto un tanto reacio o inútil. Por supuesto, no será cuestión de tocar a los más poderosos

y más astutos que disponen de recursos cruciales,

están armados hasta los dientes y, al darse cuenta que cambiaba el viento, han llevado a cabo a tiempo oportu- nas «reformas». Lo cual quiere decir que han agitado ante las plácidas narices de la opinión occidental algu- nas declaraciones a favor del POL. Bajo nuestros valores, bajo el POL, leamos siempre:

POLicía. En este proceso en que el Estado muestra su rostro más espantoso se forja un consenso no menos detestable en torno a una concepción particularmente reactiva que es posible resumir en estos términos: la destruc- ción o el robo de algunos bienes durante el furor de la revuelta es infinitamente más censurable que el asesi- nato de un joven por parte de la policía, asesinato que está en el origen de la revuelta. Muy rápidamente, el gobierno y la prensa cifran los daños. Y ahí está la idea repulsiva que difunde todo eso: la muerte del muchacho –un «negro sinvergüenza», sin duda, o un árabe «cono- cido por los servicios de la policía»– no es nada en comparación con esos gastos extraordinarios. Llore- mos, no por el muerto, sino por las compañías de seguro. Contra las bandas y los ladrones, montemos guardia

codo a codo con los gendarmes ante nuestro patrimonio que codicia una gentuza extraña a nuestros valores, hostil al POL, puesto que está despojada (no tiene Patrimonio), viene de África (no de Occidente) y es islamista (no es Laica). Aquí se afirmará, a contrario, que la vida de un joven no tiene precio, y todavía más en la medida en que se trata de uno de los innumerables abandonados de nuestra sociedad. Suponer que el crimen intolerable es quemar algunos autos y saquear negocios, mientras que matar a un muchacho es anecdótico, concuerda de manera típica con lo que Marx consideraba como la alienación central del capitalismo: la primacía de las cosas con respecto a la existencia, 3 de mercaderías con respecto a la vida y de las máquinas con respecto a los obreros, que su fórmula resumía afirmando que «el muerto atrapa al vivo». Los Cameron y los Sarkozy son los polis celosos de esta dimensión mortífera del capi- talismo. Entiendo que la revuelta provocada por los crímenes de Estado, como por ejemplo en París en 2005 o en Londres en 2011, es violenta, anárquica y finalmente sin verdad duradera. Tengo para mí que destruye y saquea sin concepto, como lo Bello, según Kant, «gusta

3 Para una versión literaria moderna y rigurosa del tema marxis- ta de la alienación, sobre todo de la prevalencia de las cosas con respecto a la existencia y, por lo tanto, de las consecuencias subje- tivas de que «el muerto atrapa al vivo», se puede leer o releer el libro de Georges Perec Les Choses. Une histoire des années soixante (1965) [Existe edición en castellano: (2008) Las cosas. Una historia de los años sesenta, Barcelona, Anagrama]. Recordemos que, en el vocabu- lario de la época, la influencia social del capitalismo se llama «sociedad de consumo» o, en su versión situacionista, «sociedad del espectáculo». Pero cuarenta años más tarde, vamos a experimentar el hecho de que, bajo la tutela del Capital, es posible tener la más feroz desagregación subjetiva sin consumo (excepto de productos podridos) ni espectáculo (excepto de bomberos).

sin concepto». Volveré sobre este punto con todavía mayor insistencia dado que se trata precisamente de

mi

problema: si las revueltas deben señalar el desper-

tar

de la Historia, será necesario que estén de acuerdo

con una Idea. Ahora bien, por el momento se permitirá al filósofo que preste atención a la señal, antes que ir corriendo a la comisaría. Desde las revueltas obreras y campesinas en China a las de la juventud en Inglaterra, desde la sorprenden- te tenacidad bajo la metralla de la muchedumbre en Siria a las protestas masivas en Irán, desde los pales- tinos que exigen la unidad de Fatah y Hamas a los chicanos sin papeles de los Estados Unidos, en la actualidad, las revueltas se cuentan en el mundo ente- ro. Hay de todas las clases, a menudo muy violentas, a veces apenas esbozadas, a veces movilizan grupos so- ciales determinados o bien poblaciones enteras; son provocadas por decisiones gubernamentales y/o patro- nales, por coyunturas electorales, por actuaciones de la policía o de un ejército de ocupación, e incluso por simples episodios de la vida popular; adquieren de inmediato un sesgo activista o bien se desarrollan a la sombra de una protesta más oficial; ciegamente pro- gresistas o ciegamente reaccionarias (no todas las re- vueltas vienen bien…). Todas tienen en común el hecho de que sublevan a una gran cantidad de personas con la cuestión de que las cosas, tal como están, hay que considerarlas como inaceptables. Es posible distinguir tres tipos de revueltas, que llamaré respectivamente la revuelta inmediata, la re- vuelta latente y la revuelta histórica. En este capítulo hablaré del primer tipo. Los otros dos serán considera- dos respectivamente en los dos capítulos que siguen. La revuelta inmediata es la agitación de una parte de

la población, casi siempre inmediatamente después de un episodio violento de la coerción del Estado. Incluso la famosa revuelta tunecina que a comienzos del año 2011 ha desencadenado el proceso denominado como «revoluciones árabes», en un primer momento fue una revuelta inmediata (como reacción al suicidio de un vendedor ambulante, al que no lo dejaron vender y lo abofeteó una agente de la policía). Algunos de los rasgos constitutivos de una revuelta de esa naturaleza tienen un alcance general en la me- dida en que la revuelta inmediata a menudo es la forma primitiva de una revuelta histórica. En principio, la punta de lanza de la revuelta inme- diata, sobre todo en los enfrentamientos inevitables con las fuerzas del orden, está conformada por la juventud. Algunos cronistas han considerado como un hallazgo sociológico el papel que cumplieron los «jóvenes» en las revueltas del mundo árabe y lo conectaron con el uso de Facebook u otras pavadas de la supuesta innovación técnica de la edad posmoderna. Pero ¿quién ha visto alguna vez una revuelta que conformara sus primeros rangos con ancianos? La juventud popular y estudiante como se la pudo ver en China en 1966-1967, en Francia en 1968, pero también en 1848, en tiempos de la Fronda, durante la revuelta de los Taipings y, al fin y al cabo, siempre y en todos lados, ha sido universalmente el núcleo de las revueltas. Entre las constantes de la acción de las masas se cuentan su capacidad para aglutinarse, para movilizarse, para inventar lenguajes y tácticas, tanto como sus insuficiencias en cuanto a la disciplina, a la tenacidad estratégica y a la moderación cuando resulta necesaria. Por lo demás, los tambores, el fuego, los papeles incendiarios, las corridas por las callejuelas, las palabras que circulan, las campanas que suenan, durante siglos han sido suficientes para

que la gente se encuentre de pronto en algún lugar, tanto como lo hace en la actualidad la electrónica del rebaño. Ante todo, la revuelta es un aglutinamiento tumultuoso de la juventud que casi siempre reacciona ante un crimen abominable, real o supuesto, del Estado despótico (aunque las revueltas nos muestran que, en cierta medida, todo Estado es despótico; ésa es la razón por la cual el comunismo está llamado a organizar su caída). Luego, la revuelta inmediata se localiza en el territo- rio de quienes participan en ella. Como veremos, la cuestión de la localización de las revueltas es absoluta- mente fundamental. Cuando la revuelta se circunscri- be a los lugares en donde viven sus participantes (por lo general, los barrios decadentes de las ciudades), se mantiene en su figura inmediata. Únicamente cuando llega a un lugar nuevo, que por lo general se encuentra en pleno centro de la ciudad, en donde permanece y se extiende, es cuando se convierte en una revuelta histó- rica. Estancada en su propio espacio social, la revuelta inmediata no constituye un recorrido subjetivo fuerte. Se enfurece consigo misma, destruye lo que acostum- bra. Se las agarra con los magros símbolos de la vida «rica» que frecuenta a diario, sobre todo con los autos, los negocios o las agencias de la circulación monetaria. Si puede hacerlo, devasta los escasos símbolos del Estado, con lo cual termina de arruinar su muy exigua presencia: comisarías casi abandonadas, escuelas sin ningún prestigio, centros sociales inútiles que se ven como un yeso paternalista en la pata de palo del aban- dono. Todo lo cual no hace sino alimentar la hostilidad de la opinión del tipo POL contra los agitadores. «¡Mi- ren! ¡Están destruyendo las pocas cosas que tienen!». Lo que esta opinión no quiere ver es que cuando algo forma parte de las escasas «ventajas» que se les han

otorgado, no se convierte en el símbolo de su función particular sino de la escasez general, y que es por eso que la revuelta lo detesta. De allí surgen las destruccio- nes y los saqueos enceguecidos en los lugares mismos en que viven los insurrectos, una característica universal de las revueltas inmediatas. En lo que a nosotros respecta, diremos que todo ello lleva a cabo una locali- zación débil, una incapacidad por parte de la revuelta para desplazarse. Lo cual no quiere decir que la revuelta inmediata permanezca en un único lugar. Por el contrario, se advierte un fenómeno al que se ha considerado como contagio: la revuelta inmediata no se propaga por desplazamientos sino por imitación. Y esta imitación se instala en lugares semejantes y hasta ampliamente idénticos al espacio inicial. Los jóvenes de una aglome- ración de Saint-Ouen van a hacer lo mismo que los de una aglomeración de Aulnay-sous-Bois. Todos los ba- rrios populares de Londres van a dejarse ganar por la fiebre colectiva. Cada cual permanece en su casa, pero allí hace lo que ha oído que hacía el otro. Este proceso es en efecto una extensión de la revuelta, pero también diremos que en esos casos se trata de una extensión restringida, característica de la revuelta inmediata o de la fase inmediata de la revuelta. Sólo adquiere una dimensión histórica cuando la revuelta encuentra los medios para alcanzar una extensión que no se deja llevar por la imitación. Fundamentalmente, una ver- dadera dimensión histórica llega a la orden del día cuando la revuelta inmediata se extiende a sectores de la población que, por el estatus, la composición social, el sexo o la edad, se hallan alejados del núcleo constitu- tivo. La entrada en escena de las mujeres del pueblo es casi siempre la primera señal de una extensión genera- lizada de esa naturaleza. La revuelta inmediata, si nos

limitamos a su dinámica inicial, sólo puede unir loca- lizaciones débiles (en el sitio de los revoltosos) a exten- siones restringidas (por imitación). Finalmente, la revuelta inmediata siempre es indis- tinta en cuanto al tipo subjetivo que convoca y suscita. A partir del momento en que esta subjetividad no está hecha sólo de revuelta, que se halla dominada por la negación y la destrucción, no permite que se distinga con claridad aquello que depende de una intención que puede universalizarse parcialmente, de lo que perma- nece encerrado en una rabia sin más finalidad que la satisfacción de haber podido cobrar forma y encontrar sus malos objetos para destruir o para consumir. De allí que, como es sabido, a una masa de jóvenes indigna- dos por la muerte de su «hermano» se mezclan indistin- tamente los innumerables grados de contubernio con el hampa que existe en todas partes en que la pobreza, el abandono social, la ausencia de toda atención estatal y, sobre todo, la carencia de una organización política arraigada y con consignas fuertes, provocan una dislo- cación de la unidad popular y la tentación de los despachantes dudosos que ponen en circulación dinero donde no lo hay. El hampa, grande o chica, es una forma importante de corrupción de la subjetividad popular por parte de la ideología dominante del provecho. La presencia del hampa en la revuelta inmediata, en dosis más o menos elevadas según las circunstancias, es inevitable. Desde luego, los insurrectos deberían reco- nocerlo como una forma de complicidad con el orden dominante: después de todo, el capitalismo no es otra cosa que el poder social de un hampa «honorable». Pero en la medida en que es inmediata, la revuelta realmen- te no puede organizar su propia depuración. De allí que, entre las destrucciones de los símbolos detestados, los saqueos rentables, la pura alegría de romper lo que

existe, el olor alegre de la pólvora y la guerrilla contra los polis no resulta fácil ver con claridad. El sujeto de las revueltas inmediatas es siempre impuro. Es por ello que no es político, ni siquiera prepolítico. En el mejor de los casos, y ya es bastante, se contenta con abrir el camino para una revuelta histórica; en el peor, con dar la señal de que la sociedad existente, que siempre es una conformación estatal del Capital, no tiene los medios suficientes como para prohibir de manera absoluta el surgimiento de una señal histórica de rebelión en los espacios desolados de los que es responsable.

III

LA REVUELTA LATENTE

Las revueltas históricas de los últimos tiempos, las que señalan la posibilidad de una nueva distribución de la historia de las políticas –sin que, por el momen- to, sean capaces de llevar a cabo esa posibilidad– son evidentemente las sublevaciones multiformes que se han presentado en varios países árabes. En el próxi- mo capítulo me voy a basar en esas sublevaciones para definir precisamente lo que es una revuelta histórica: una revuelta que no es, más acá de ella, una revuelta inmediata ni, más allá de ella, el surgi- miento de una nueva política a gran escala. ¿Qué decir de nuestros países «occidentales»? Llamamos «occidentales» a los países que orgullosa- mente se llaman a sí mismos con ese nombre: países situados desde el punto de vista histórico en la punta del desarrollo capitalista, que se reconocen dentro de una vigorosa tradición imperial y guerrera, que toda- vía se encuentran dotados de un poder de disuasión económico y financiero que les permite comprar gobier- nos corruptos en casi todas partes del mundo y un poder de disuasión militar que les permite intimidar a todos los enemigos potenciales de su dominación. Debe- mos agregar que esos países se sienten extremadamen-

te satisfechos de su sistema de Estado, al que denomi- nan «democracia», sistema que, en efecto, es particular- mente apropiado para la convivencia pacífica de diver- sas facciones de la oligarquía en el poder, las cuales, aunque estén de acuerdo en las cuestiones de fondo (economía de mercado, régimen parlamentario, hostili- dad vigilante contra todo lo que no son ellas y cuyo nombre genérico es «comunismo»), no por ello están menos separadas por distintos matices. Los países occidentales han tenido revueltas históri- cas, y las tendrán sin duda alguna a una escala mucho mayor a todo lo que hemos presenciado en los últimos diez años. Desde hace aproximadamente cuarenta años no han tenido ninguna revuelta histórica. Opino que se ha abierto la época, si no de su posibilidad, por lo menos de que sea posible su posibilidad. Entendamos con esto una ruptura acontecimental 4 que cree la posibilidad de un imprevisto despliegue histórico de tal o cual revuel- ta inmediata. Lo que me anima a arriesgar esta hipótesis (optimis- ta…) es lo que denomino la existencia, en nuestros países pudientes, aunque en crisis, y contentos consigo mismos, aunque sepulcrales, de una revuelta latente. Empezaré dando un ejemplo. Entre las innumerables fechorías antipopulares del gobierno de Sarkozy, que muy probablemente ha sido el gobierno más reaccionario que Francia haya conoci- do desde Pétain, se incluye, como lo sabe todo el mundo, una reforma de la jubilación que ruidosamente exigen «los mercados» de los que Sarkozy es un obediente

4 Neologismo que suele usarse para traducir el adjetivo événe- mentiel, que en las Ciencias Sociales hace referencia a lo que se circunscribe a una descripción de los acontecimientos, sin hacer ningún comentario o reflexión (Cf. Alain Badiou (2002): Condiciones, México, siglo XXI editores) (N. del T.).

comensal. En sustancia, se trata de trabajar durante mucho más tiempo para ganar bastante menos. La «réplica» a esta medida, de la que se hicieron cargo los sindicatos, fue a la vez muy masiva y muy blanda. Millones de personas desfilaron por las calles, pero las direcciones sindicales empezaban la lucha visiblemen- te derrotadas. Su objetivo real se limitaba a la necesi- dad de controlar a las masas y a evitar los «derrapes», para llegar tranquilamente a los días mejores, cuando se elija como presidente a un miembro del aparato «de izquierda». Sin embargo, en el interior de ese movimiento, tan desarticulado en su interior por sus jefes como lo estaba el ejército francés en 1940 por sus propios generales –que de lejos preferían a Hitler antes a los comunistas– se han constatado varios síntomas que implícitamente tendían hacia la revuelta. En primer lugar, el grito reiterado de «Sarkozy renuncia», que como veremos es típico de las revueltas históricas, fue proferido en múltiples oportunidades, a pesar de las indicaciones «apolíticas» de las burocracias dirigentes. Luego, se ha podido constatar la evidente disidencia, en las mar- chas, de diversas grandes columnas sindicales, mucho más furiosas que sus jefes, que querían mucho más y lo querían ya. En esta constatación, hay que incluir la sorprendente decisión del sindicato de trabajadores de refinerías de petróleo, que durante algunos días man- tuvo un bloqueo en la entrega de naftas, una acción de una brutalidad muy real y capaz de tener consecuen- cias a largo plazo (por lo demás, la policía intervino enseguida). Sin duda, esos hechos daban comienzo a lo que siempre sucede en tiempos de revueltas: la división de los aparatos, sean cuales fueren, bajo la presión subjetiva de consignas por medio de las cuales la acción colectiva tiende a unificar al pueblo. Finalmente y

sobre todo, la invención de nuevas formas de acción de naturaleza virtualmente insurrecta, aun cuando no se haya extendido, ha preparado el futuro. En particular, cabe citar la práctica de huelgas «por procuración» o

huelgas «gratuitas»: esa fábrica o ese establecimiento hacen huelga, aunque sus asalariados dicen que están en el trabajo. Es que, con el evidente acuerdo de dichos asalariados, una avanzada popular exterior, compues- ta principalmente por personas que no están obligadas

a trabajar (jubilados, estudiantes, veraneantes, des-

ocupados…), ha ocupado el lugar y ha bloqueado la producción. De esta manera, la condición de huelga es por completo real, aunque los asalariados no estén legalmente en huelga y puedan cobrar su paga. Este procedimiento permite hacer que una huelga con ocu-

pación se extienda en el tiempo, una duración que, por

lo general, sigue siendo inaccesible, en la mayoría de

los casos, más allá de algunos días, sobre todo en la actualidad, en la medida en que la vida se ha vuelto muy difícil para los pequeños asalariados y que los sindicatos están por demás debilitados como para sos- tener un fondo de huelga. Por diversas razones, este tipo de acción es casi- insurrecta. En primer lugar, hace caso omiso a la

opinión reaccionaria usual según la cual los asuntos de un sitio son de sus asalariados y exclusivamente de ellos. Luego, enfrenta sin ceder el juicio no menos reacciona- rio según el cual es inmoral estar haciendo huelga y al mismo tiempo declararse no huelguista. En tercer lugar, vincula de manera absoluta «huelga» y «ocupa- ción», que habitualmente están separadas por un esca- lón, por lo menos en la escala de la violencia y de la acción. De esta manera, crea una localización compar- tida, y no sólo una localización restringida, como sería

el caso si únicamente los asalariados participaran de la

ocupación. En cuarto lugar, debe prepararse para la llegada ineluctable de la policía, lo cual pone al orden del día el clásico debate insurrecto entre el abandono pacífico del sitio o la continuidad y la

resistencia en el lugar. Finalmente, y sobre todo, opera en la acción el vínculo entre diversos estratos sociales que por lo general se hallan separados, lo que de este modo crea en el mismo lugar un tipo subjetivo nuevo, más allá de los fraccionamientos alimentados tanto por el Estado como por sus aprendices sindicales. La mejor prueba de ello es que las acciones de una envergadura de este tipo, como, por ejemplo, la toma de algunos aeropuertos o la suspensión de actividades en las fábri- cas de tratamiento de la basura, han sido preparadas

y decididas por comités que adoptan diversos nombres

pero cuya característica principal ha sido la de amal- gamar a estudiantes, jóvenes, asalariados, agremiados

o no, jubilados, intelectuales… Así se realizaba a nivel

local, y en la mira de acciones inmediatas, una dimen- sión importante de las revueltas más significativas: la creación de un nuevo tipo de unidad popular, indife- rente a las estratificaciones estatales y que se constitu- ye como resultado de trayectos subjetivos aparente- mente dispares. A favor de la latencia insurrecta de estas acciones, también cabe considerar que los principales medios de comunicación, servidores de la «prudencia democráti- ca» –dicho en otros términos, de la ideología POL– se cuidaron muy bien de ver en ello la única verdadera novedad de la situación, la única promesa de futuro de un movimiento tan blando como vasto, y lo menciona- ran lo menos posible. Podemos afirmar que la «movilización» (penosa pala- bra…) contra la ley Sarkozy sobre las jubilaciones ha contenido, más allá de su ampulosidad derrotista, una

subjetividad insurrecta latente. Sin duda, habría bas- tado una chispa, un incidente espectacular, un derrape violento, y hasta una consigna sindical mal comprendi- da para que dicha «movilización» adquiriese un cariz mucho más decidido, para que saliera local y fuerte- mente del consenso capital-parlamentario y constitu- yese lugares populares inexpugnables. De esta manera, incluso en nuestros países angus- tiados y tentados por la reacción más extrema, la latencia de la revuelta demuestra que las circunstan- cias pueden extraer de nuestra atonía un imprevisible más allá de nuestras «democracias» mortíferas.

IV

LA REVUELTA HISTÓRICA

Instruidos por la impactante novedad de las revueltas en los países árabes, en especial por su duración, su encarnizamiento, su consistencia desarmada y por su imprevisible independencia, creo que, en primer tér- mino, es posible proponer una definición simple de la revuelta histórica: es el resultado de la transformación de una revuelta inmediata, más nihilista que política, en una revuelta prepolítica. Para lo cual, el caso de los países árabes nos enseña entonces que se requieren:

1. El paso de la localización restringida (manifesta- ciones, asaltos y destrucciones en el sitio mismo de los insurrectos) a la construcción de un lugar central durable, en el que los insurrectos se instalen de manera esencialmente pacífica, afirmando que permanecerán en el lugar hasta que se vean satisfechas sus exigen- cias. De pronto, también pasamos del tiempo limitado y, en cierta medida, consumado de la revuelta inmedia- ta, que es un asalto informe y arriesgado, al tiempo largo de la revuelta histórica, que más bien se parece a las viejas ciudades sitiadas, excepto por el hecho de que ahora se trata de sitiar al Estado. En realidad, todo el mundo sabe que destruir no puede durar mucho, salvo

durante las «grandes guerras»: una revuelta inmediata dura entre uno y cinco días como máximo. En su lugar masivo, incluso encerrado y hostigado por los policías, o en las grandes avenidas que ocupa ritualmente un día fijo de la semana, con la muchedumbre que no deja de

crecer, la revuelta histórica se sostiene semanas o meses.

2. Para ello, se requiere pasar de la extensión por

imitación a la extensión cualitativa. Lo que quiere decir que, en un sitio construido de esa manera, se van unificando progresivamente casi todos los componen- tes del pueblo: la juventud popular y estudiante, por supuesto, pero también los obreros de las fábricas, los intelectuales de toda suerte, familias enteras, gran can- tidad de mujeres, empleados, funcionarios, y hasta policías y soldados… Personas de diferentes religiones diferentes se protegen mutuamente durante los mo- mentos destinados a los rezos, personas de provenien- cia opuesta conversan tranquilamente como si se cono- cieran desde siempre. Y el habla múltiple, ausente o casi ausente en las vociferaciones de la revuelta inme- diata, se afirma, los carteles cuentan y exigen, las banderas levantan a la multitud. Hasta la prensa mundial reaccionaria terminará hablando del «pueblo egipcio» con respecto a los que ocupan la plaza Tahrir. Es en ese momento cuando el umbral de la revuelta histórica se ha traspasado: localización establecida, duración posible prolongada, intensidad de la presen- cia compacta, multitud multiforme que vale por todo el

pueblo: como habría dicho Trotsky, que algo de esto sabía:

«Las masas se han subido al escenario de la Historia».

3. También fue necesario pasar del alboroto nihilista

del asalto insurrecto a la invención de una consigna única que envolviese todas las voces dispares: «¡Mubarak, anda- te!». Así es como se creó la posibilidad de la victoria, en la medida en que ha quedado fijada la apuesta inmediata de

la revuelta. Más allá de un sentimiento destructor de venganza, el movimiento puede extenderse en el tiempo a la espera de una satisfacción precisa, material: la partida de un hombre cuyo nombre se repite, casi no hay tabú al respecto, hoy condenado en el plano público a que lo tache la gente ignominiosamente. De todo lo que hemos podido ver estos últimos meses, retengamos esto: la revuelta se vuelve histórica cuando su localización deja de ser restringida y, en cambio, en el espacio ocupado funda la promesa de una temporalidad nueva y de largo alcance; cuando su composición deja de ser uniforme y, en cambio, esboza poco a poco una repre- sentación del mosaico unificado de todo el pueblo; cuando, finalmente, las quejas negativas de la revuelta pura se ven reemplazadas por la afirmación de una demanda común, cu- ya satisfacción da un primer sentido a la palabra «victoria». En este marco muy general, de entrada hay que insistir en lo que conforma la rareza propiamente histórica de las revueltas tunecina y egipcia de princi- pios del año 2011: además de que nos enseñaron o nos recordaron las leyes del pasaje de la revuelta inmedia- ta a la revuelta histórica, han sido victoriosas con bas- tante rapidez. Esos países contaban con regímenes que parecían estar bien emplazados desde hacía mucho tiempo, que habían organizado una vigilancia policial permanente y que practicaba la tortura sin ningún remordimiento, que estaban rodeados por la amabilidad de todas las potencias «democráticas» imperiales, gran- des o minúsculas, que estaban irrigados de manera cons- tante por el maná corruptor de esas potencias y, de pronto, helos allí derribados, o por lo menos los que resultaban más emblemáticos –Ben Ali y Mubarak– por acciones populares absolutamente imprevisibles y sin que las dirigiera ninguna organización existente, lo que vuelve indudable la dimensión insurrecta de esas acciones.

Sólo con esos hechos alcanza ya para que hablemos, con respecto a esas revueltas, de un «despertar de la Historia». ¿Cuántos años son los que habría que remon- tarse para encontrar el derrocamiento de un poder centralizado y bien armado llevado a cabo por parte de una inmensa multitud que lo enfrentaba sin nada en las manos? Treinta y dos años: la época en que gigantes- cas manifestaciones callejeras, contra las cuales las fuerzas armadas nada pudieron hacer, derrocaron al Sah de Irán que, al igual que Ben Ali, era considerado un occidentalista y un modernizador, y que, como a él, nuestros gobernantes habían adorado, habían subven- cionado y habían armado. Pero en ese entonces nos encontrábamos precisamente en el final de una larga secuencia histórica en que las revueltas, las guerras de liberación nacional, las tentativas revolucionarias, las guerrillas y las sublevaciones de la juventud habían otorgado un sentido pleno a la idea de Histo- ria, encargada de sostener y validar opciones políti- cas radicales. Para una gran cantidad de gente, entre 1950 como muy temprano y 1980 como muy tarde, las ideas de revolución y de comunismo cons- tituyen en todo el mundo evidencias triviales. Sin embargo, en nuestros países, a partir de comienzos de los años 1970 muchos militantes tiran la toalla, dando inicio al penoso camino de la renegación y de la adhesión al orden establecido, bajo la bandera apolillada del «antitotalitarismo». La Revolución cul- tural en China, esa Comuna de Paris de la época de los Estados socialistas, 5 fracasó debido a su propia

5 Para un análisis sintético de la Revolución Cultural que, a menos que no se quiera comprender nada de la historia del proyecto comunista, es el punto histórico a partir del cual hay que volver a partir, señalo las páginas que le consagro en L’Hypothèse communis- te (Lignes, 2009).

violencia anárquica –¿acaso se trataba de una colección de revueltas inmediatas?– en 1976, con la muerte de Mao. Solos en el mundo, algunos grupos intentaron preservar los medios de una nueva duración. En este sentido, la revolución iraní era terminal y no inaugu- ral. A través de su oscura paradoja (una revolución dirigida por un ayatolah, una sublevación popular que se hallaba como encastrada en un contexto teocrático), anunciaba el fin del tiempo claro de las revoluciones. En ello, coincidía con el movimiento obrero Solidarnosc de Polonia. Este alzamiento popular de gran importan- cia contra un Estado socialista corrupto y crepuscular ha recordado que siempre es posible la acción de las masas populares, incluso en una situación devastada por la ocupación extranjera y un régimen político im- puesto desde afuera. Solidarnosc también nos ha recor- dado que tales acciones sacan una fuerza singular cuando se centran en las fábricas y sus obreros. Pero al margen de su fuerza crítica, el movimiento polaco seguía estando desprovisto de toda idea nueva referida al posible destino del país y extrañamente lo alentaban un futuro papa y un clero absolutamente reaccionarios. Por lo demás, el resultado de la revolución iraní, el oxímoron que conforma la expresión «República islámi- ca», como su nombre lo indica, no tiene ninguna vocación universal. Menos todavía el triste destino del Estado polaco «liberado» del comunismo: capitalismo rabioso, xenófobo y servilmente proestadounidense. Naturalmente, no sabemos a dónde irán a parar las revueltas históricas de Túnez, de Egipto, de Siria y de otros países árabes: nos encontramos en la primera fase posinsurrecta y todo sigue siendo muy incierto. Pero resulta claro que, a diferencia de la revuelta histórica polaca o de la revolución iraní, que clausuraban una secuencia con una cerrazón violenta y paradójica de su

contexto ideológico, las revueltas en los países árabes abren una secuencia que deja a su propio contexto en la indecisión. Remueven y modifican las posibilidades históricas de manera tal que el sentido que después adquirirán sus pocas victorias iniciales en gran medi- da fijará el sentido de nuestro futuro. Al tiempo que mantenemos su dimensión puramente acontecimental y, por lo tanto, sustraída de la previ- sión «científica», creo que podemos inscribir estas dis- posiciones insurrectas como acciones características de lo que llamaré periodos de intervalo. ¿Qué es un periodo de intervalo? Es lo que viene después de un periodo durante el cual la concepción revolucionaria de la acción política ha sido clarificada lo suficiente como para que se haya presentado de manera explícita como una alternativa al mundo domi- nante y haya obtenido al respecto apoyos masivos y disciplinados, a pesar de las luchas internas que mar- can su desarrollo. En un periodo de intervalo, por el contrario, la idea revolucionaria del periodo preceden- te, que desde luego se ha topado con obstáculos muy serios –enemigos encarnizados en el exterior e incapa- cidad provisoria para resolver importantes problemas que se suscitan en el interior– ha dejado vacante su herencia. Todavía no ha sido sustituida por un nuevo curso en su desarrollo. Está faltando una figura de la emancipación que sea abierta, compartida y practicable en una escala universal. El tiempo histórico, por lo menos para los que no aceptan venderse a la dominación, se define por una suerte de intervalo incierto de la Idea. En el transcurso de tales periodos, justamente debi- do a que el camino revolucionario se ha debilitado o que, incluso, se ha vuelto ilegible, es posible que los reaccio- narios digan que las cosas han retomado su curso natural. Es lo que ha ocurrido de manera típica en 1815

con los restauradores de la Santa Alianza, para quienes las relaciones sociales feudales y su síntesis monárqui- ca constituían el único orden digno de Dios, mientras que la revolución republicana y plebeya no era más que una monstruosidad que se resumía en el Terror y en la figura diabólica de Robespierre. Y es también de mane- ra típica lo que nos quieren hacer creer desde hace treinta años: la aberración totalitaria, el poder ideoló- gico mortífero, los Estados socialistas, el marxismo, el leninismo, el maoísmo y todos los movimientos del pen- samiento y de la acción que encontraron allí el principio de una vida intensa, sabemos de fuentes seguras –dicen los devotos demócratas y los nuevos tartufos– que no eran más que imposturas ineficientes y criminales que se resumen en la figura diabólica de Stalin. La natura- leza pacífica de las cosas, la única proposición que vale, es la armonía natural entre el capitalismo desenfrena- do y la democracia impotente. Impotente debido a que, del lado del verdadero poder, el del Capital, es servil y del lado de la ambición trabajadora y popular, está estrecha- mente «controlada». La «democracia liberal» es el periodo de intervalo en que todavía estamos, es decir, entre 1980 y 2011 (¿y aun más?) –periodo en que el capitalismo clásico se ha reactivado como consecuencia del hundimiento de las formas estatales de la vía comunista surgidas de la revolución bolchevique– lo que era la «monarquía liberal» en el periodo de intervalo durante el cual el capitalismo moderno se desarrolló tras el aplastamiento de los últi- mos temores de la revolución republicana (1815-1850). Sin embargo, durante esos periodos de intervalo, los descontentos, las revueltas, la convicción de que el mundo no debería ser lo que es, que el capital-parla- mentarismo no es de ninguna manera «natural» sino perfectamente siniestro, todo eso existe. Al mismo

tiempo, no puede encontrar una forma política propia, debido a la imposibilidad, en primer lugar, de extraer su fuerza del hecho de que comparten una Idea. La fuerza de las revueltas, incluso cuando aquellas ad- quieren un alcance histórico, sigue siendo esencial- mente negativa («que se vayan todos», «afuera Ben Ali», «Mubarak, andate»). La fuerza no despliega la consigna en el elemento afirmativo de la Idea. Es por esta razón que la forma de la acción de masa colectiva sólo puede ser la revuelta, conducida en el mejor de los casos hacia su forma histórica, lo que también se denomina un «movimiento de masas». Recapitulemos: en periodos de intervalo, la revuelta es la guardiana de la historia de la emancipación. Volvamos al periodo 1815-1850, en Francia y en Europa, pues nuestro propio intervalo extrañamente se parece a esa Restauración. Viene a ocupar el lugar de la Gran Revolución y se encuentra vertebrado, al igual que nuestros últimos treinta años, por una restaura- ción reaccionaria virulenta, que al mismo tiempo es políticamente constitucionalista y económicamente li- beral. Sin embargo, también ha sido un gran periodo de revueltas, que a menudo fueron momentánea o aparen- temente victoriosas (las Tres Gloriosas de 1830, las revueltas obreras que se dieron un poco por todas partes, la «revolución» de 1848…), sobre todo a partir de los años 1830. Se trata en todos los casos de revuel- tas, a veces inmediatas, a veces más históricas, carac- terísticas de un periodo de intervalo: a la idea republi- cana, insuficiente de allí en adelante para lograr des- prenderse de la reacción burguesa, le deberá suceder, a partir de 1850, la Idea comunista. Una vieja constatación indica que el despertar de la Historia, bajo la forma de la revuelta y de su posible victoria inmediata, por lo general no es contemporáneo

de la reviviscencia de la Idea, lo cual le habría dado a la revuelta un futuro político real. Esta ruptura de contacto es completamente perceptible en algunas re- vueltas de los Sans-culottes y de los «Bras nus» durante la misma Revolución Francesa. Esas revueltas no ha- brían podido contentarse con la ideología revoluciona- ria bajo su estricta forma republicana. Suponen un más allá ideológico que aún no se ha constituido. A falta de una Idea subjetiva realmente compartida, de allí en más les será imposible resolver el problema que signi- fica pasar de la revuelta, incluso la que es histórica, a la consistencia de una política organizada. Sin duda, la prueba empírica más impactante de que la Historia no lleva consigo la solución a los problemas que, sin embargo, pone al orden del día la constituye este inevitable retraso de las revueltas –en la medida en que son la señal de masa de una reapertura de la Historia– sobre las cuestiones más contemporáneas de la política, transmitidas ellas también por el momento previo al intervalo, mientras existió una visión amplia de la política de la emancipación. Por muy brillantes y memorables que sean las revueltas históricas del mun- do árabe, al final acaban tropezando con problemas universales de la política que quedaron en suspenso en el periodo anterior, en el centro de los cuales se halla lo que constituye el problema por antonomasia de la política, a saber, el de la organización. Sólo que, como lo dice Mao, «para tener orden en la organización, hay que tenerlo en la ideología». Sin embargo, la ideología siempre es sólo el conjunto de consecuencias abstractas de una Idea o, si se prefiere, de uno o de varios principios. En suma, en tanto que guardianas de la historia de la emancipación durante los periodos de intervalo, las revueltas históricas señalan la urgencia de una propo- sición ideológica reformulada, de una Idea fuerte, de

una hipótesis crucial, para que la energía que ellas li- beran y los individuos que se comprometen con ellas consigan hacer que acontezca, más acá y más allá del movimiento de masas y del despertar de la Historia que señala, una nueva figura de la organización y, por lo tanto, de la política. Para que el día político que sigue al despertar de la Historia también sea nuevo. Para que el mañana difiera realmente del hoy. Para que, en suma, se valide enteramente la lección que contiene el último verso de un famoso poema de Brecht, Elogio de la dialéctica, que cito aquí en su totalidad:

Hoy la injusticia se pavonea con paso seguro. Los opresores hacen planes por diez mil años.

La violencia asegura: «Todo seguirá como está». No suena otra voz más que la de los que dominan

y en todos los mercados la explotación proclama:

«Ahora me toca a mí». Pero entre los oprimidos, muchos ahora dicen:

«Lo que nosotros queremos, nunca ocurrirá».

¡El que está todavía vivo, que no diga: «nunca»! Lo seguro no es seguro. Nada quedará como está. Cuando hayan hablado los que dominan hablarán los dominados. ¿Quién se atreve a decir «nunca»?

¿De quién depende que la opresión continúe? De nosotros. ¿De quién depende que se la aplaste? De nosotros. El que es derribado, ¡que se levante! El que está perdido, ¡que luche! Al que ha comprendido por qué está así, ¿cómo habrían de detenerlo? Los vencidos de hoy son los vencedores de mañana

y ese «nunca» será: hoy mismo.

V

LA REVUELTA Y OCCIDENTE

La revuelta histórica es un desafío para el Estado en la medida en que, al exigir la partida de los hombres que lo dirigen, casi siempre lo expone a un cambio brutal e imprevisto que puede incluso llegar a hundirse por completo (es lo que efectivamente ocurrió en Irán, hace treinta años, con el régimen monárquico del Sah). Al mismo tiempo, la revuelta no posee todas las claves, –muy lejos de ello– de la naturaleza y de la extensión del cambio al que está exponiendo al Estado. La revuelta no ha prefigurado en lo más mínimo lo que va a ocurrir en el Estado. Desde luego, en los movimientos de masas con di- mensión histórica siempre hay gente que cree sincera- mente lo contrario. Piensan que las prácticas democrá- ticas populares del movimiento (de cualquier revuelta histórica, dónde y cuando sea) forman una suerte de paradigma para el Estado futuro. Se organizan asam- bleas igualitarias, todo el mundo tiene derecho a tomar la palabra y las diferencias sociales, religiosas, racia- les, nacionales, sexuales e intelectuales ya no tienen ninguna importancia. La decisión es siempre colectiva. Por lo menos en apariencia: los militantes aguerridos saben cómo preparar una asamblea a través de una

reunión restringida previa que, en los hechos, será secreta. Pero poco importa, lo cierto es que la decisión será casi siempre unánime porque de la discusión se desprenderá la proposición más fuerte y más justa. Y entonces es posible decir que el poder «legislativo», el que formula la nueva directiva, no sólo coincide con el poder «ejecutivo», el que organiza las consecuencias prácticas, sino también con todo el pueblo activo que simboliza la asamblea. ¿Por qué no extender a todo el Estado esos caracteres de la democracia de masas que son tan fuertes y que despiertan tanto entusiasmo? Muy simplemente por- que entre la democracia insurrecta y el sistema rutina- rio, represivo y ciego de las decisiones estatales –in- cluso, y sobre todo, cuando pretenden ser «democráti- cas»– existe un abismo tan importante que Marx sólo podía imaginar subsanarlo al término de un proceso de debilitamiento del Estado. Y ese proceso exigía, para ser bien dirigido hasta su meta, no una democracia de masas por todas partes sino su contrario dialéctico:

una dictadura transitoria, cerrada e implacable. Sin que quepa duda alguna, Marx tenía razón, y más adelante volveré sobre esta paradoja racional de una continuidad inevitable entre la democracia igualitaria instaurada por la revuelta histórica en su propio seno y la dictadura popular ejercida hacia el exterior, diri- gida contra los enemigos y los sospechosos, por medio de la cual se intenta llevar a cabo lo que implica una fidelidad política a la revuelta. Por el momento, nos alcanza constatar que una revuelta histórica no propone por sí misma ninguna alternativa al poder que pretende derribar. Hay una diferencia muy importante entre «revuelta históri- ca» y «revolución»: se supone, por lo menos desde Lenin, que la segunda dispone en sí misma de los

recursos necesarios para una toma inmediata del poder. Ésa es la razón por la cual en todas las épocas los insurrectos se han quejado de que el nuevo régimen, siguiente al derrocamiento insurrecto del anterior, sea en lo esencial idéntico a aquel. El prototipo de esta similitud, tras la caída de Napoleón III, como conse- cuencia de la guerra perdida y a las revueltas del 4 de septiembre de 1870, es la conformación de un régimen cuyo personal político había surgido en su mayoría de la pretendida «oposición» al Imperio. Para que se supie- ra exactamente de qué lado estaba ubicado, este «nue- vo» poder mostrará su particular ferocidad antipopu- lar algunos meses más tarde, al masacrar sin el más mínimo remordimiento a miles de trabajadores parti- darios de la Comuna. 6 El Partido Comunista, tal como fue concebido por el POSDR 7 y luego por los bolcheviques, era una estructu-

6 Resulta esencial reconstruir la génesis del concepto (parlamen- tario) de «la izquierda» a partir de su origen «republicano», a saber:

el gobierno compuesto por la oposición a Napoleón III que tomó el poder en 1870. Los Thiers y los tres Jules, como dice Guillemin (Jules Ferry, Jules Grévy y Jules Simon) son los tristes héroes de este asunto, que obtuvo por saldo en primer lugar la capitulación ante los prusianos y luego la feroz masacre de los partidarios de la Comuna. La izquierda francesa (colonialismo, unión sagrada en 14- 18, amplia adhesión a Pétain, guerra de Argelia, participación en el golpe de estado gaullista de 1958, universalización financiera bajo Mitterrand, trato represivo hacia los trabajadores de origen africa- no, por citar algunas cosas) ha sido fiel desde entonces a sus orígenes. Sobre el anudamiento de la palabra «izquierda» a una constante contrarrevolucionaria propongo algunas pistas en el capítulo que dedico a la Comuna de Paris en L’Hypothèse communis- te, op. cit. 7 Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. El POSDR, una organización marxista revolucionaria fundada en marzo de 1898, se dividirá más tarde en dos facciones: los bolcheviques y los menche- viques (N. d. E.).

ra que se proclamó apta para encarnar una alternativa al poder en plaza y para fundar un Estado nuevo tras la destrucción completa del viejo aparato zarista, como resultado de un análisis riguroso que llevó a cabo Lenin de la Comuna de Paris. Cuando la figura insurrecta se convierte en una figura política o, dicho en otros términos, cuando dis- pone en sí misma del personal político que necesita y cuando recurrir a los viejos caballos profesionales del Estado se vuelve claramente inútil, es posible decir que ha llegado el fin del periodo de intervalo debido a que una nueva política ha conseguido apropiarse del despertar de la Historia que una revuelta histórica había simbolizado. Para volver a las revueltas históricas del mundo árabe, en particular en Egipto y en Túnez, sabemos ya que van a continuar y que se van a dividir. Una parte de los insurrectos, los más jóvenes, los más determina- dos o los que están mejor organizados, va a proclamar que los poderes de transición que penosamente fueron puestos en funciones y que a menudo enmascaran la permanencia de las instituciones más importantes del antiguo régimen (el ejército en Egipto, por ejemplo) están tan alejados del movimiento popular que no los quiere, como tampoco a Ben Ali o a Mubarak. Pero estas protestas, por el momento, no producen la idea a partir de la cual será posible organizar la fidelidad a la revuelta. De donde surge una animada indecisión que, desde un punto de vista puramente formal, coloca la situación en el mundo árabe muy cerca de lo que ya se vio en el siglo XIX. 8

8 Uno de los signos dialécticos que indican que el capitalismo contemporáneo está regresando generalizadamente a la forma pura del capitalismo tal como se lo podía ver operar hacia mediados del siglo XIX lo constituye el fascinante parecido que tienen entre sí las revueltas en el mundo árabe y la «revolución» de 1848 en Europa. Un

A fin de cuentas, no podemos esquivar la pregunta:

¿cuáles son los criterios que nos permiten juzgar una revuelta y medir la importancia del despertar históri- co que encarna? Las potencias occidentales y los medios de comuni- cación que dependen de ellas tienen desde el comienzo una respuesta bien preparada: según ellos, el deseo que anima a las revueltas en los países árabes es el de la «libertad», en el sentido que los occidentales le dan a esa palabra, a saber, la «libertad de opinión» dentro del marco fijo del capitalismo desenfrenado («libertad de emprender») y del Estado fundado sobre la base de la representación parlamentaria (las «elecciones libres» que dan a elegir entre diversos administradores, prác- ticamente indiscernibles, del sistema en plaza). En el fondo, nuestros gobernantes y nuestros medios de comunicación dominantes han propuesto una inter- pretación simple de las revueltas en el mundo árabe: lo que allí se ha expresado es lo que se podría denominar un deseo de Occidente. Un deseo de que «se beneficien» con todo lo que nosotros, hartos y somnolientos indivi- duos de los países pudientes, ya «nos beneficiamos». Un

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mismo origen aparentemente anecdótico, una misma sublevación general, una misma extensión en todo un espacio histórico (en 1848 era Europa), mismas diferenciaciones según los países, mismas declaraciones colectivas ardientes e imprecisas, una misma orien- tación antidespótica, mismas incertidumbres, una misma tensión sorda entre el componente intelectual y pequeñoburgués y el com- ponente obrero… Es sabido que ninguna de esas revoluciones logró realmente desembocar en una nueva situación estatal y social. Pero también se sabe que a partir de ellas se abrió una secuencia histórica completamente nueva que apenas concluye en los años ochenta del siglo XX. Es que la Idea está atada a los acontecimientos. Tras haber sido derrotados en las barricadas de las insurrecciones alemanas, Marx y Engels firmaron uno de los textos más victoriosos de la Historia: el Manifiesto del Partido Comunista.

deseo de que por fin se integren al «mundo civilizado» que los occidentales, descendientes incorregibles de colonos racistas, están tan seguros de representar que montan «tribunales» internacionales para juzgar a quien- quiera que sostenga otros valores –cierto es que a veces, en efecto, son poco recomendables– o apenas haga como si quisiera sacarse la pesada tutela de la «comunidad inter- nacional» –desde luego, a veces de manera puramente interesada–. Al hacerlo, los occidentales que se cobijan tras el escudo del Derecho olvidan que su pretendido poder de decir el Bien no es más que el nombre moderni- zado del intervencionismo imperial. Todo movimiento de masas es, a ciencia cierta, una exigencia apremiante de liberación. En relación con regímenes tan despóticos, corruptos y sometidos a los deseos imperiales como los de Ben Ali y de Mubarak, una exigencia de esa naturaleza no podría ser más legítima. Que ese deseo como tal sea un deseo de Occidente es algo infinitamente más problemático. Hay que recordar que Occidente, en tanto potencia, no ha dado hasta ahora ninguna prueba de estar pre- ocupado de la manera que sea por organizar la libertad en los lugares en que interviene, lo que a menudo lleva a cabo por las armas. Lo que cuenta para nosotros, «civilizados», es: «¿Ustedes están con nosotros o no?», dándole a la expresión «estar con nosotros» el significa- do de una interioridad servil hacia la economía de mercado planetario, organizada en los países en cues- tión por un personal corrupto que colabora estrecha- mente con una policía y un ejército contrarrevoluciona- rios, formados, armados y dirigidos por oficiales, agen- tes secretos y traficantes que son típicamente nuestros. «Países amigos» como Arabia Saudita, Pakistán, Nige- ria, México y muchos otros son tan despóticos y corrup- tos, cuando no mucho más todavía, que lo que eran

Túnez bajo Ben Ali o Egipto bajo Mubarak, pero a los que aparecieron en el momento de los acontecimientos de Túnez o de Egipto como ardientes defensores de todas las revueltas a favor de la libertad casi no se los escucha mencionar este tema. Resulta más que claro que nuestros Estados prefieren la calma firme que garantizan los amigos déspotas a la incertidumbre de la revuelta. Pero en la medida en que la revuelta se deja interpretar como un deseo de Occidente, y aun más si termina siéndolo, los políticos y los medios de comuni- cación de nuestros países le darán la bienvenida. Sin embargo, este desenlace no está asegurado. El hecho mismo de que los franceses y los ingleses hayan ido a Libia, bajo el megáfono oportuno de Bernard- Henri Lévy, para inventar pura y llanamente unos cuantos «rebeldes» de acá y de allá –entre los cuales, los únicos que resultaron ser verdaderamente eficaces probaron ser ex miembros de Al Qaeda, ¡imagínense qué paradoja!– pero, a cuyos pies, por el momento todos se rinden (Libia es, en efecto, el único lugar en el mundo en que a la gente le viene la descabellada idea de gritar «viva Sarkozy»), para armarlos, para dirigirlos y para garantizarles apoyo aéreo a sus fuerzas aéreas, mues- tra hasta qué punto, en definitiva, temen nuestros gobernantes que en las verdaderas revueltas se exprese algo que no sea un amor desmesurado por las civiliza- ciones imperiales. Que tras cinco meses de acción de las aviaciones francesas e inglesas bajo la logística estado- unidense con sus helicópteros de asalto, con sus oficia- les y agentes en el terreno, se esté hablando de una emocionante «victoria de los rebeldes» es francamente ridículo. Pero este tipo de victoria (Juppé, 9 en lo que debe

9 Alain Juppé, ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Sarkozy (N. del T.).

considerarse como una enorme confesión, afirma que «nosotros somos los que hicimos el trabajo») es lo que los occidentales adoran. Pues cuando se trata de verdade- ras revueltas populares, no consiguen reprimir imagi- narse que, tal vez, después de todo, se las tengan que ver con personas que no desean quedar roncas de tanto gritar a favor de Cameron, de Sarkozy o de Obama. ¿Tal vez –y su angustia empieza a aumentar– se tratará en todos esos episodios de una Idea todavía no formulada pero para ellos muy desagradable? ¿De una concepción de la democracia por completo opuesta a la suya? Ante esta incertidumbre, concluyen, preparemos nuestras ametralladoras y verifiquemos, aquí y allá, que estén listas por si hay que usarlas. En estas condiciones, es necesario intentar definir con mayor precisión lo que es o lo que sería un movi- miento popular reductible a un «deseo de Occidente», y lo que bien podrían ser las revueltas actuales, más allá de esta tentación mortífera. Intentémoslo: una revuelta sometida al deseo de Occidente adquiere de inmediato la forma de una revuelta antidespótica, cuya potencia negativa y popu- lar es en efecto la de la multitud, pero cuya potencia afirmativa no tiene una norma distinta de aquellas de las que se vale Occidente. Un movimiento popular que responde a esta definición tiene todas las posibilidades de concluir con muy modestas reformas constituciona- les y con elecciones bien controladas por la «comunidad internacional», de las que saldrán vencedores, para sorpresa general de los simpatizantes de la revuelta, o bien sicarios muy conocidos de los intereses occidenta- les o bien un refrito de esos «islamistas moderados» de quienes nuestros gobernantes están aprendiendo poco a poco que no tienen gran cosa a la que temer. Propongo afirmar que, al término de un proceso de esa naturale-

za, habremos presenciado un fenómeno de inclusión occidental. En nuestros países, la interpretación dominante de lo que está ocurriendo apunta a que ese fenómeno constituya el desenlace natural y legítimo, bajo el nombre de «victoria democrática», de los procesos insu- rrectos que se presentan en los países árabes. Lo cual, por lo demás, echa luz al hecho de que las revueltas, por el contrario, se reprimen y se deshonran de manera brutal cuando se presentan en países como los nuestros. Si una «buena revuelta» reclama una inclusión occidental, ¿por qué cuernos sublevarse allí donde esta inclusión está bien establecida, en nuestra sólida democracia civilizada? Los piojosos, los árabes, los negros, los orientales y otros trabajadores venidos del infierno pueden, de tanto en tanto y sin exagerar, exigir ser «como nosotros», máxime que no será mañana que lo conseguirán y que, entretanto, el buen saqueo colonial que alimenta nuestra serenidad persistirá bajo diversas formas. En nuestros países, por el contra- rio, sólo tienen derecho a trabajar y a votar en silencio. Si no, ¡cuidado! Cameron y su pequeño gulag londinen- se reservado a los jóvenes de los barrios, Sarkozy y su Kärcher antigentuza, velan por los muros de la civili- zación. Si es cierto que, tal como Marx lo había previsto, el ámbito de realización de las ideas emancipadoras es el espacio mundial (lo cual, dicho entre paréntesis, no ha sido realmente el caso de las revoluciones del siglo XX), entonces, un fenómeno de inclusión occidental no pue- de considerarse un cambio verdadero. Lo que constitui- ría un cambio verdadero sería una salida de Occidente, una «desoccidentalización» que adquiriría la forma de una exclusión. Me dirán que es una ensoñación. Pero puede ser que se presente así bajo nuestros ojos. Y en

todo caso, es lo que debemos soñar, porque ese sueño permite atravesar, sin desdecirse ni hundirse en el «no future» del nihilismo, los penosos años de un periodo de intervalo.

VI

REVUELTA, ACONTECIMIENTO, VERDAD

Se habrá comprendido que el valor que se le otorga al actual despertar insurrecto de la Historia se debe a la posibilidad que posee de dar lugar a las fidelidades políticas que se mantienen indiferentes al deseo de Occidente. ¿Qué es lo que nos puede garantizar que el aconte- cimiento, la revuelta histórica, produzca en efecto esta posibilidad? ¿Quién nos protegerá de la fuerza subjetiva, bien real, del deseo de Occidente? No es posible dar aquí ninguna respuesta formal. El análi- sis minucioso del largo y tortuoso proceso estatal no nos será de gran ayuda. A corto plazo, desembocará en elecciones que carecen de verdad. Lo que tenemos que hacer es una investigación paciente y minuciosa junto a la gente, en la búsqueda de lo que habrá de afirmar, al cabo de un proceso de división inevitable (pues el portador de verdad siempre es el Dos y no el Uno), la fracción irreductible del movimiento, a sa- ber, los enunciados. Cuestiones dichas que no sean solubles en la inclusión occidental. Cuando esos enun- ciados existen, se los reconoce fácilmente. Y es bajo la condición de que existan esos enunciados como resul- ta posible concebir un proceso de organización de las

figuras de la acción colectiva, lo cual marcará su acontecer político. Ya significa bastante constatar que, en la revuelta histórica egipcia, la más importante y consistente de todas, nada da cuenta de manera irreversible que se esté tratando de un deseo masivo de Occidente. Aque- llas personas que, día tras día, han leído en lengua árabe las banderolas de la plaza Tahrir, han constata- do, a menudo para su gran sorpresa, que la palabra «democracia» no aparece prácticamente nunca. Los temas principales, más allá del «¡Andate!» unánime, son el país, Egipto, la restitución del país a su pueblo

levantado (lo que explica la presencia por todas partes de la bandera nacional) y, por lo tanto, precisamente el fin de su servilismo con respecto a Occidente y a su componente israelí; el fin de la corrupción y de la des- igualdad monstruosa entre un puñado de corruptos y la masa de trabajadores ordinarios; la voluntad de construir un Estado social que ponga fin a la terrible miseria de millones de personas. Es posible integrar todo esto en una gran Idea política nueva, en continui- dad con lo que he denominado el «comunismo de movi- miento», propio a todos los movimientos de ese tipo, mucho más fácilmente que al ardid electoral, esa tram- pa que tiende el viejo opresor histórico. Puedo retomar todo esto de un modo a la vez más abstracto y más simple. En un mundo estructurado por

la explotación y la opresión, hay masas de personas que

no tienen, estrictamente hablando, ninguna existen- cia. No cuentan para nada. En el mundo actual, casi

todos los africanos, por ejemplo, no cuentan para nada.

E incluso en nuestras comarcas pudientes, en el fondo,

la mayoría de las personas, la masa de trabajadores comunes no decide absolutamente nada, no tiene sino una voz ficticia en el capítulo de las decisiones que

conciernen a su propio destino. Sólo una oligarquía, a la vez alejada y omnipresente, consigue ligar los episodios sucesivos de la vida de la gente mediante un parámetro unificado, a saber, el provecho con el que se alimenta esa oligarquía. A esas personas que se hallan presentes en el mundo pero que están ausentes en su sentido y en las decisio- nes que conciernen a su futuro, las llamaremos el inexistente del mundo. Diremos entonces que un cam- bio de mundo es real cuando un inexistente del mundo comienza a existir en este mismo mundo con una inten- sidad máxima. Exactamente eso es lo que decía y todavía dice la gente en las manifestaciones populares en Egipto: no existíamos y ahora existimos, podemos determinar la historia del país. Este hecho subjetivo está provisto de una fuerza extraordinaria. El inexis- tente se ha puesto de pie. Es por eso que se habla de sublevación: estaban acostados, plegados, se levantan, se ponen de pie, se sublevan. Este levantamiento es un levantamiento de la existencia misma: los pobres no se volvieron ricos, la gente desarmada no está armada, etc. En el fondo, nada ha cambiado. Lo que ha ocurrido es que se ha puesto de pie la existencia del inexistente, condicionado por lo que denomino un acontecimiento. Sin ignorar que, a diferencia del ponerse de pie del inexistente, el acontecimiento mismo casi siempre es inaprehensible. La definición del acontecimiento como lo que vuelve posible el ponerse de pie del inexistente es una defini- ción abstracta aunque irrefutable, muy simplemente porque el ponerse de pie se proclama: es inmediata- mente lo que dice la gente. ¿Qué es lo que se observa objetivamente? La determinación de un lugar cumple un papel decisivo: en unos pocos días, una plaza del Cairo adquiere una fama planetaria. Resulta funda-

mental constatar que, en tiempos de un cambio real, se

da la producción de un lugar nuevo que, sin embargo, es interno a esa localización general que es un mundo. De esta manera, en Egipto, las personas reunidas en la plaza consideraban que Egipto eran ellos, que Egipto eran las personas que estaban ahí para proclamar que,

si bajo Mubarak Egipto no existía, de allí en más existe,

y ellos con su país. La fuerza de este fenómeno es tal que, algo cierta- mente extraordinario, todo el mundo se inclina ante él. En el mundo entero se admite que las personas que están ahí, en ese lugar que han construido, son el pueblo egipcio en persona. Hasta nuestros gobernan- tes, hasta nuestros medios de comunicación sometidos, que tiemblan entre bambalinas y que se preguntan cómo van a hacer sin sus servidores-déspotas en países estratégicos como Egipto, sólo expresan la «subleva- ción democrática del pueblo egipcio» y le aseguran con admiración que tienen todo su apoyo (mientras prepa- ran, siempre en bambalinas, un «cambio» para que todo siga igual que antes, al cabo de una bendecida masca- rada electoral). ¿Así que los insurrectos que se reúnen en la plaza del Cairo son, por lo tanto, el «pueblo egipcio»? Pero en este asunto ¿qué sucede con el dogma democrático, con el sacrosanto sufragio universal? Yo sé muy bien que, detrás de la fachada del apoyo sin desmayo a los insurrectos, se esconde un miedo activo y, a fin de cuentas, vivas presiones para que rápidamente todo vuelva a un orden estatal fiable y pro-occidental. ¡Pero aun así! ¿No se trata de algo peligroso, no se trata –¡ho- rror!– de la llegada de una concepción nueva de la política, cuando por todas partes se saluda, como si valiera por el todo, esta corta metonimia de Egipto que son estas personas reunidas en la plaza, con su demo-

cracia de masas, su unidad de acción y sus banderolas radicales? Pues incluso si son un millón, sigue sin ser mucho con respecto a los 80 millones de egipcios. En

términos de cifras electorales, ¡es un fiasco garantiza- do! Pero ese mismo millón presente en el lugar se vuelve enorme si se deja de medir el impacto político, como ocurre con el voto, por el número inerte y separado. Nosotros, mayores, hemos conocido algo por el estilo

a fines de mayo de 1968. Había habido millones de manifestantes, fábricas ocupadas, lugares en donde se celebraban asambleas permanentes, a raíz de lo cual De Gaulle llamó a elecciones que terminaron en una cámara inutilizada de reaccionarios. Recuerdo la estu- pefacción de algunos de mis amigos que decían: «¡Pero

si estábamos todos en la calle!» Y yo les respondía: «¡No,

desde luego que no, no estábamos todos en la calle!»Pues por muy grande que sea una manifestación, siempre es archiminoritaria. Su fuerza reside en la intensifica- ción de la energía subjetiva (la gente sabe que se la requiere día y noche, es todo entusiasmo y pasión) y en la localización de su presencia (la gente se reúne en lugares que se volvieron inexpugnables, plazas, uni- versidades, avenidas, fábricas…). El movimiento, que siempre es por completo minori- tario, una vez que ha quedado estremecido por la intensidad y que se ha vuelto compacto por la localiza- ción, está tan seguro de representar el pueblo entero del país que nadie puede negar públicamente que, en efecto, lo representa. Ni siquiera sus enemigos, tan secretos como encarnizados. Eso demuestra que en este

caso en particular –las revueltas históricas que dan pie

a nuevos posibles– hay un elemento de universalidad

normativa. El complejo de la localización, que constitu- ye un símbolo para el mundo entero, y de la intensifica- ción, que crea nuevos sujetos, acarrea una adhesión

masiva a la cual cualquier persona que sea una excep-

ción es inmediatamente vista como sospechosa. Sospe- chosa de actuar en connivencia con los viejos déspotas. Es posible entonces hablar de dictadura popular antes bien que de democracia. En un ambiente «demo- crático» como el nuestro, la palabra «dictadura» es una palabra muy deshonrosa. Y lo es todavía más en la medida en que los insurrectos, con razón, estigmatizan

a los déspotas corruptos con el nombre de «dictadores».

Pero del mismo modo que la democracia de movimiento, igualitaria e inmediata, se opone de manera absoluta a la «democracia» de los apoderados del Capital, no igualitaria y representativa, del mismo modo la dicta- dura ejercida por el movimiento popular se opone de manera radical a las dictaduras como formas del Esta- do separado y opresivo. Por «dictadura popular» hace- mos referencia a una autoridad que es legítima preci- samente debido a que su verdad proviene del hecho de que sólo se legitima a sí misma: nadie es delegado de nadie (como en una autoridad representativa), nadie necesita de una propaganda o de una policía para que lo que dice sea lo que digan todos (como en un Estado

dictatorial), pues lo que dice es lo que es verdadero en la situación; no hay más personas que las que están ahí;

y las que están ahí, y que con toda evidencia son una

minoría, disponen de la autoridad adquirida para proclamar que el destino histórico del país (incluida la aplastante mayoría que constituyen las personas que no se encuentran ahí) son ellas. La «democracia de ma- sas» impone decisiones a todo lo que está fuera de ella como si fueran las de una voluntad general. La única debilidad de Rousseau en El contrato social es la concesión que le hace al procedimiento electoral, aunque demuestra de la manera más rigurosa que el parlamentarismo, la democracia representativa (una

forma de Estado que, en tiempos de Rousseau, estaba naciendo en Inglaterra) no es más que una impostura. ¿Por qué la «voluntad general» debía aparecer con la forma de una mayoría numérica? Rousseau no llega a aclarar ese punto, y con razón: es sólo en ocasión de las revueltas históricas, minoritarias pero localizadas, unificadas e intensas, cuando tiene sentido hablar de una expresión de la voluntad general. A lo que ocurre aquí, cuya «expresión de la voluntad general» es el nombre que le da Rousseau, le daré otro nombre filosófico: es el surgimiento de una verdad, en este caso, de una verdad política. Esta verdad se apoya en el ser mismo del pueblo, en lo que de hecho las personas son capaces de hacer, en cuanto a la acción y a las ideas. Esta verdad surge en los márgenes de la revuelta histórica, que se la arrebata a las leyes del mundo (en nuestro caso, se la arrebata a la presión del deseo de Occidente) con la forma de algo nuevo posible que hasta entonces se había ignorado. Y la afirmación (luego, tal como veremos, la organización) de este posi- ble político nuevo se presenta con una forma explícita- mente autoritario: la autoridad de la verdad, la autori- dad de la razón. Autoritaria en un sentido estricto, puesto que, por lo menos al principio, nadie tiene derecho a desconocer públicamente que existe un dere- cho absoluto en la revuelta histórica. Y es precisamente este elemento dictatorial lo que entusiasma a todo el mundo, al igual que la demostración por fin hallada de un teorema, una obra de arte brillante o una pasión amorosa que por fin se declara, cuestiones todas cuya ley absoluta ninguna opinión puede deshacer.

VII

ACONTECIMIENTO Y ORGANIZACIÓN POLÍTICA

Esa manifestación que se localiza en un lugar, en avenidas, en fábricas, esta contracción o compactado cuantitativo, todo eso hace las veces de lo real porque lo que lo anima es una sobreexistencia, intensiva y subje- tivada, de la verdad prepolítica –es decir, que la violen- cia depende de un inexistente, correlacionada, con la forma de la revuelta histórica, con el «desprendimien- to» de algunos símbolos del Estado–. No surge de nada, tiene la fuerza dictatorial de una creación ex nihilo. Cuando hay huellas del acontecimiento antes del acon- tecimiento, indicios preacontecimentales que se pue- den localizar a posteriori, y bien, reproducen, o pre- producen, la articulación de una contracción cuantita- tiva y de una sobreexistencia intensiva. Es lo que ha sucedido en Egipto, como ha habido antes de mayo de 1968: las huelgas en las fábricas del año 1967 y de co- mienzos de 1968, que eran muy particulares, ya que las habían decidido grupos de jóvenes obreros que eran inde- pendientes de los sindicatos representativos (es el aspec- to de la representación del todo por la contracción, la «minoría agitadora», como dicen nuestros demócratas inquietos), con una ocupación de la fábrica que se llevó a cabo muy pronto, y de manera precipitada, incluso antes

de que se pudiera hablar de huelga (es el aspecto de la intensidad activista ligada a la ocupación del lugar). El acontecimiento, en tanto que reapertura de la histo- ria, se anunció mediante tres señales, y las tres son inmanentes a demostraciones populares masivas: inten- sificación, contracción y localización. Se trata de los datos prepolíticos del despertar de la Historia por medio de revueltas que superan la revuelta inmediata y a su poderoso nihilismo. Con ellos comienza el trabajo de la verdad nueva, que en política se llama «organización». Una organización se da en el cruce de una Idea y un acontecimiento. Ese cruce, sin embargo, no existe sino como un proceso cuyo sujeto inmediato es el militante político. El militante es un ser híbrido, ya que es lo que puede dar a luz el movimiento insurrecto que la Idea ha recuperado. La Idea ha sido republicana durante dece- nios, comunista «ingenua» en el siglo XIX y comunista estatal en el siglo XX. Propongamos provisoriamente que sea comunista dialéctica en el siglo XXI: el verdadero nom- bre vendrá de los márgenes del despertar de la Historia. ¿Cómo se realiza la hibridación militante como fide- lidad al acontecimiento? Que la revuelta dé pruebas en primer lugar del valor histórico de la Idea es algo seguro. Y no es menos seguro que el valor político de la revuelta lo demuestre la organización que le es fiel, y le es fiel porque, para ella, la revuelta afirma la Idea. La Idea, acá, designa una suerte de proyección histó- rica de lo que va a ser el devenir histórico de una política, devenir que originariamente la revuelta vali- da. Por ejemplo, se dirá que la igualdad «se deberá convertir» en la regla, en tanto que norma de todos los combates entablados, o que «comunismo» designa la posibilidad, asumida subjetivamente, de una sociedad radicalmente diferente, en la medida en que se sustrae a la influencia del Capital, está pautada por la igual-

dad y se halla gobernada por la asociación libre de los que la componen. Pero sólo se lo dirá porque pensar así, hablar así y actuar en consecuencia organiza una dura- ción definitiva de la revuelta abolida. Es por ello que la Idea no precede a la revuelta, sino que se enlaza a sus efectos reales en la construcción de una duración. Del mismo modo, la Idea supondrá más tarde lo real de la organización política popular. 10 Una política considera como eterno lo que la revuelta ha puesto de manifiesto bajo la forma de la existencia de un inexistente, y que es el único contenido de un despertar de la Historia. Para hacerlo, hace falta que a la luz de la Idea –que une abstractamente a los militan- tes– la organización guarde en sí misma huellas de lo que ha constituido la fuerza creadora de la revuelta histórica: contracción, intensificación y localización. Desde un punto de vista clásico, la contracción (el hecho de que una pequeña minoría sea la verdadera existencia de la totalidad de la revuelta) está custodia- da por estrictas reglas de pertenencia a la organiza- ción. Se crea una delimitación formal entre los que están y los que no, tan poderosa como la delimitación que opera durante la revuelta entre los que están y los que se quedan en su casa. El activismo militante con- serva la intensificación, la vida consagrada a lo que exige la acción, una subjetividad más vital y más sensible a las circunstancias que la que retorna a la rutina existencial. La localización se va a mantener según un protocolo constante de conquista de los luga- res en los que hay presencia (ese mercado popular, aquel hogar de obreros africanos, esa fábrica, tal torre de departamentos de aquel arrabal…). Ese conjunto constituye la dimensión militante de un tipo particu-

10 En cuanto al motivo de la Idea, habrá que remitirse al texto con que concluye L’Hypoyhèse communiste, ob. cit.

lar de organización que durante algunos decenios del siglo XX se llamó «Partido Comunista» y al que sin duda, en la actualidad, habrá que buscarle otro nombre. A primera vista, esos imperativos de fidelidad pare- cían razonables, y es por ello que han seducido a millo- nes de obreros, de campesinos y de intelectuales duran- te toda la época que siguió a la Revolución rusa de 1917. Las tres características de la obligación militante eran un símbolo de que la organización seguía aprendiendo de los procesos en los que apareció un despertar de la Historia y, de esta manera, alimentaba la Idea comu- nista de todo ese real popular insurrecto. Sin embargo, es probable que los procesos de vigilan- cia de lo Verdadero se vean modificados en las secuen- cias futuras. La forma-partido ha tenido su momento y en menos de un siglo quedó agotada por sus avatares estatales. Apropiados para la conquista militar del poder, los partidos comunistas han demostrado ser incapaces de hacer en gran escala lo que en definitiva constituye la única tarea de un Estado que avanza hacia su debilitamiento: resolver de manera creadora las contradicciones en el seno del pueblo sin tomar por modelo, ante la menor dificultad, el modelo terrorista de resolución de las contradicciones con el enemigo. Es un gran problema que se plantea en la actualidad:

inventar una disciplina política revolucionaria que, aunque sea heredera de la dictadura de lo Verdadero que nace con la revuelta histórica, no siga al modelo jerárqui- co, autoritario y prácticamente sin pensamiento, de lo que son los ejércitos o las secciones de asalto. De todas maneras, no deja de ser cierto que, al formalizar los rasgos constitutivos del acontecimiento, la organización permite que se conserve la autoridad. Se podría decir que con esta formalización en cierta medida se está pasando de lo real a lo simbólico o del

deseo a la ley. La organización transforma en ley polí- tica esta dictadura de lo verdadero, de donde extraía su prestigio universal lo real de la revuelta histórica. Lacan dice que el deseo es lo mismo que la ley. Yo sostengo lo mismo, y aclaro que, cuando transcribo el axioma de Lacan con la forma siguiente: «la organiza- ción es el mismo proceso que el acontecimiento», me baso en la mediación de una formalización. Pero tam- bién en Lacan, y de él conservo esta visión profunda, la formalización designa una mediación entre deseo y ley cuyo nombre es el Sujeto. Una organización política es el Sujeto de una disci- plina del acontecimiento, un orden puesto al servicio del desorden, la vigilancia continua de una excepción. Es una mediación entre el mundo y el cambio del mun- do es, en cierta medida, el elemento mundano del cambio del mundo, pues la organización trata esta cuestión subjetiva: «¿Cómo ser fiel al cambio del mundo en el mundo mismo?» Lo que se vuelve: ¿cómo tramar en el mundo la verdad política de la cual el acontecimiento ha sido la condición de posibilidad histórica, sin llegar a ser, sin embargo, la realización de esta posibilidad? ¿Cómo inscribir políticamente un despertar de la Historia como materialidad actuante bajo el signo de la Idea? Tal vez, para clarificarlo todo, habría que volver a decirlo en el orden en que surgen las razones.

1. Un mundo atribuye siempre intensidades de exis- tencia a todos los seres que habitan ese mundo. Desde el punto de vista de su ser, las personas a quienes este mundo tal como es atribuye una cantidad de existencia débil, incluso despreciable, por definición están en pie de igualdad con respecto a los demás. Los obreros que dicen «¡No somos nada, seamos todo!» están absoluta- mente en esa situación, y si dicen que no son nada, no

es con respecto a su ser sino a la intensidad de existen- cia que se les reconoce en la organización de este mundo, lo que hace que allí sean prácticamente inexis- tentes. Se puede decir también que el concepto de ser es extensivo (el mundo entero se presenta en igualdad de ser un humano vivo), mientras que la categoría de exis- tencia es un predicado intensivo (la existencia está jerarquizada). Una revuelta histórica crea un momento

en que un aumento del ser-igual, que siempre es del orden del acontecimiento, vuelve posible que se esta- blezca un juicio acerca de la intensidad de existencia de cada uno de nosotros.

2. En este mundo hay seres inexistentes a los que, si

bien están, el mundo les confiere una intensidad de existencia mínima. Toda afirmación creadora se arrai- ga en la capacidad para ubicar a los inexistentes del mundo. En el fondo, lo que cuenta en toda creación verdadera, sea cual fuere el ámbito, no es tanto lo que existe como lo que in-existe. Hay que instruirse en la escuela de lo inexistente, pues es allí donde se ponen de manifiesto las ofensas existenciales que se hacen a los

seres y, por lo tanto, el recurso del ser-igual contra esas ofensas.

3. Un acontecimiento se distingue por el hecho de que

un inexistente va a alcanzar una existencia verdadera, una existencia intensa, con respecto a un mundo.

4. Si se toma en consideración la acción política, las

formas primeras del cambio de mundo o de un desper- tar de la Historia, las que son visibles en el aconteci- miento pero cuyo futuro todavía no está determinado, son la intensificación –puesto que el resorte general de las cosas es la distribución de diferentes intensidades de existencias–, la contracción –la situación se con- tracta en una suerte de representación de sí misma, de metonimia de la situación de conjunto– y la localiza-

ción –la necesidad de construir lugares significativos desde el punto de vista simbólico para que se vuelva visible la capacidad de las personas para fijar su propio destino–. Es necesario advertir que la visibili-

dad como tal no se reduce a la visibilidad en los medios, es decir, lo que se denomina la comunicación.

5. La visibilidad que la localización de la revuelta ha

conquistado posee una importancia intrínseca. Es una norma inmanente, hay que volverse visible: la visibili- dad es una dirección universal, incluida para uno mismo. ¿Por qué es tan importante? Es que hace falta que el ser del inexistente aparezca como existente –lo que da comienzo a la transformación de las reglas mismas de la visibilidad–. La localización es la idea que consiste en afirmar en el mundo la visibilidad de la

justicia universal en la forma del reemplazo del inexis- tente. Y para hacerlo, no se trata tanto de mostrar el vigor de nuestros músculos o incluso el hecho de que somos varios miles, y hasta millones, como de mostrar que nos hemos vuelto dueños simbólicos del lugar.

6. Un acontecimiento prepolítico, una revuelta histó-

rica, se produce cuando una sobreexistencia intensiva, articulada con una contracción extensiva, define un lugar en el que se refracta la situación en su totali- dad en una visibilidad dirigida de manera univer- sal. Para identificar una situación acontecimental, basta con echar un vistazo: debido a que está dirigida de manera universal, lo toca a usted como a todo el mundo, por esta universalidad de su visibilidad. Us- ted sabe que el ser de un inexistente acaba de aparecer

en un lugar que le es propio. Es por que ello que, ya lo hemos dicho, nadie lo puede negar públicamente.

7. Lo que yo llamo la cuestión de la organización o de

la disciplina del acontecimiento es la posibilidad de una fragmentación efectiva de la Idea en acciones, declara-

ciones e invenciones que dan testimonio de una fideli- dad al acontecimiento. Una organización es, en defini- tiva, lo que se proclama colectivamente como conve- niente tanto para el acontecimiento como para la Idea en una duración que ha vuelto a ser la del mundo. Ese momento de la organización es de lejos el más difícil. Requiere una atención colectiva particular porque es el momento en que surgen las divisiones y, al mismo tiempo, en el que el enemigo (el guardián de la Historia dormida) busca recuperarse. Si se falla en ese momento, el desper- tar de la Historia ya no será más que una anécdota brillante y la política permanecerá inexpresiva. 8. El proceso que llamo «organización» es, por lo tanto, una tentativa por mantener las características del acontecimiento (intensificación, contracción, loca- lización), justo cuando el acontecimiento en tanto tal ya no tiene la fuerza del comienzo. La organización, en ese sentido, en el hueco subjetivo en que se mantiene la Idea, es la transformación de la fuerza acontecimental en temporalidad. Es la invención de un tiempo cuyas características particulares las tomó prestadas del acontecimiento, un tiempo que, en cierta manera, des- plegaría su comienzo. Ese tiempo puede ser considera- do entonces como fuera de tiempo, en el sentido en que la organización no se deja inscribir en el orden del tiempo tal como el mundo anterior lo había ordenado. Allí tenemos lo que es posible nombrar el fuera de tiempo del Sujeto en tanto que Sujeto de la excepción. Si el acontecimiento, la revuelta histórica, es un corte en el tiempo –corte en que aparece el inexistente–, la organización es un fuera de tiempo que crea la subjeti- vidad colectiva en que la existencia asumida del inexis- tente, a la luz de la Idea, va a enfrentar la fuerza conservadora del Estado, guardián de todas las opre- siones temporales.

VIII

ESTADO Y POLÍTICA:

IDENTIDAD Y GENERICIDAD

El Estado es una extraordinaria máquina para fabri- car inexistentes. Por medio de la muerte (la historia de los Estados es fundamentalmente una historia de ma- sacres), aunque no únicamente de ese modo. El Estado es capaz de fabricar inexistentes al imponer una figura de la normalidad identitaria, «nacional» u otra. Ahora bien, particularmente en Europa esta cuestión de la identidad se ha vuelto una obsesión. Una suerte de racismo cultural, que, de hecho, refleja el miedo de las «clases medias» –ventajeras cascarrabias de la dinámi- ca imperial– de verse reducidas al estatus inferior de «pueblo de los arrabales», infecta la situación y alcanza incluso a ensombrecer el cerebro de intelectuales otro- ra estimados y audaces. Es cierto que nuestros gober- nantes han marcado el tono. Recordemos la reciente declaración de uno de nuestros ministros: «En Francia hay musulmanes por demás». «Demás», acá, sólo puede querer decir una sola cosa: entre ellos, algunos están de más. El ministro afirma con toda claridad que el propio ser de esas personas que están de más, por lo menos en nuestro país, allí donde lamentablemente se encuen- tran, debería ser una pura y dura inexistencia. Eviden- temente, el ministro anuncia que va a hacer lo necesa-

rio para que sea así. Su enunciado apunta a la relación entre el ser y la existencia, es un enunciado ontológico

y no una simple necedad reaccionaria. Para el Estado, existe una gama formidable de solu- ciones para transformar lo que no obstante está ahí, ante nuestra mirada, en lo que no existe. Desde el rechazo a otorgar papeles legales hasta los servicios policiales y las expulsiones judiciales, pasando por la imposibilidad de curarse en los hospitales públicos, las redadas en las estaciones de tren, los arrestos de niños

a la salida de la escuela, la prohibición que alcanza a las mujeres de vestirse como ellas desean, los campos de internamiento… Todas esas soluciones se presentan como la solución definitiva al «problema» que suscitó el ministro de Sarkozy: en nuestro país hay gente «de más». Pero, tanto para los más jóvenes como para los que tienen una memoria corta, recordemos que en tiempos de Mitterrand, el primer ministro Fabius admitió ante Le Pen que, en efecto, nuestro país tenía un verdadero «problema de inmigración». Y que, por lo tanto, él, Fabius (que aquí no es más que el nombre de una convicción colectiva de gobernantes, de izquierda tanto como de derecha), iba a buscar los medios para solucio- nar ese problema, dentro de lo posible de manera definitiva. Y, de hecho, propuso soluciones: de esta manera, fue la izquierda socialista en el poder la que creó, entre otras cosas, los centros de internamiento y el control puntilloso de la reagrupación familiar. Estas declaraciones repetidas de unos y otros sólo tendrían el alcance de una suerte de locura ideológica si no las sostuviera la máquina, siempre lista para ponerse a funcionar, gracias a la cual el Estado fabrica una «identidad» fantasmagórica. Esquematizaremos el funcionamiento de esta má-

quina por medio de una formalización por completo elemental. 11 Un Estado produce siempre la existencia de un objeto imaginario del que se supone que encarna un «promedio» identitario. Nombremos, por ejemplo a F en lugar de los «franceses» al conjunto de particularida- des que autorizan al Estado a hablar cada dos por tres de los «franceses», de lo que los identifica y de sus derechos particulares, por completo diferentes a los de los que «no son» franceses, como si existiera un «ser- francés» totalmente identificable. Este objeto imaginario está compuesto de predicados inconsistentes. El «francés», el F promedio es, por caso, laico, feminista, trabajador, buen alumno de «la escuela republicana», blanco, correcto francoparlante, galante, valiente, de civilización cristiana, estafador, indisci- plinado, súbdito de la patria de los derechos humanos, menos serio que los alemanes, más abierto que los suizos, menos perezoso que los italianos, demócrata, buen cocinero… y un montón de otras cosas variables y contradictorias que los programas nacionales blanden de acuerdo con las circunstancias. Lo que importa es que se pueda hablar de ese «francés» de retórica pura como si existiera. La importancia estatal desmedida de las encuestas proviene exclusivamente del hecho de que, en tanto que ciencia de los promedios estadísticos, la encuesta con- sigue que el francés virtual exista numéricamente. Para comentar una encuesta que afirma que el 51 % de

11 Es posible desarrollar de manera considerable la teoría de los objetos identitarios y de los nombres separadores si se la sumerge en el contexto de la teoría trascendental de los mundos tal como la presento en Logiques des mondes (Seuil, 2006). [Existe edición en castellano: Lógicas de los mundos: el ser y el acontecimiento, Buenos Aires, Manantial, 2008.]

los encuestados preferiría votar por Hollande en lugar

de Aubry, la propaganda no dudará un solo instante en

emplear expresiones del tipo: «Los franceses piensan

que Hollande es mejor candidato que Aubry». De esta

manera, nuestro F inexistente llega a pensar, a decidir,

a elegir. F quiere a Hollande, F apoya el ataque francés

contra Libia, F piensa que la reforma de las jubilacio-

nes es inevitable, F prefiere el camembert al roque-

fort…

Pero, una vez que se ha resguardado la existencia de

F a partir de algunos predicados de circunstancia y

que, de esta manera, se ha garantizado la identidad

actual del francés, lo más importante es que el Estado

y los que lo siguen disponen de un método de evaluación

de lo que es normal y de lo que no lo es. Para abreviar, supongamos que, dados dos individuos, se buscara medir el grado de identidad de esos dos individuos sobre una escala que se sitúa entre un mínimo, digamos cero, y un máximo que podría ser 10, como en la escuela. Se escribirá Id (x,y) el grado de identidad del individuo x con respecto al individuo y. Si Id (x,y) = 10, entonces x e y son auténticos gemelos. Si Id (x,y) = 0, entonces el individuo x y el individuo y no tienen prácticamente nada en común. Si Id (x,y) = 5, entonces son algo idénticos y algo diferentes. Toda la cuestión consiste en conseguir que entre en esta operación nuestro F, cuya realidad el Estado supone como si se tratara de un individuo, el individuo promedio, el francés en estado puro. Ubiquémonos en una situación que exija algunos esfuerzos de propaganda. En todos los casos, los pará- metros dominantes de la construcción imaginaria del «francés» se extraen de la lista incoherente de rasgos disponibles de F. El Estado y su propaganda eligen los rasgos que consideran apropiados, ya sea para lo que

desean medir, ya sea para poner en aprietos a los rivales de la oposición. Supongamos –como es el caso en la actualidad– que para dividir al pueblo (un objetivo fundamental, sea cual fuere el Estado) entre «asalaria- dos franceses normales» y «obreros extranjeros sospe- chosos», haya que insistir en los supuestos «valores» a los que F estima por encima de todo, aunque no existan. La propaganda comienza proclamando que, dada la si- guiente situación y en lo referente a los «valores», lo que es normal para un francés empírico, un «alguien» que está acá y pretende quedarse en este lugar, es ser muy idéntico al objeto F. Se podrá escribir que, para todo individuo x «normal», se obtiene una Id (x, F) ! 10 (la identidad de x con F está muy cerca del máximo, el individuo x es un buen francés promedio, quiere y practica los valores franceses). Todo individuo que se aleja de esta identidad casi máxima con F no es «nor- mal». Pero aquél que no es normal, para el Estado y para la opinión que de él depende, ya es alguien sospe- choso. De ese individuo, cuyo grado de identidad con F no es suficiente (porque es menor que el promedio, menos que 5, por ejemplo), cuyo ser-ahí en la situación no es por esa razón «normal», oiremos decir que «no comparte nuestros valores». ¡Prueba de ello es que su identidad con el francés medio ni siquiera alcanza el promedio! Ese sospechoso haría bien en «integrarse» lo antes posible, so pena de que lo expulsen por haber cometido un crimen de identidad. El F ficticio, medida de la normalidad y matriz de la suspicacia, o su sustituto en toda estructura estatal, siempre es identitario. Es necesario comprender que constituye el producto más primitivo y más importante de la opresión estatal. Cuando ese punto se radicaliza, cuando se llega al extremo de exigir a cada individuo que dé innumerables «pruebas» de que su identidad con el objeto identitario ficticio («ario» es un ejemplo canó-

nico, pero «francés», como lo ha mostrado Pétain, no es mucho mejor) alcanza un nivel máximo, o en todo caso, excelente (nunca inferior a 8…), por lo general significa que nos encontramos ante un Estado en vías de fascis- tización. Unos cuantos síntomas diversos que tienen que ver ante todo con el estatus de las familias de proveniencia extranjera, que involucran las tentativas gubernamen- tales por «explicitar» lo que es el objeto ficticio F y, por lo tanto, por trazar una línea de demarcación entre lo normal y lo sospechoso, y que se extiende con la islamo- fobia delirante de una parte de las intelligentsias de Europa, muestran que nos estamos acercando, lenta- mente pero con seguridad, en nuestros viejos y cansa- dos Estados imperiales, a una tentación de esa especie. Lo que en todo caso existe, a partir del momento en que la fiebre identitaria trivializa la referencia a los objetos imaginarios de la especie F, es la aparición de nombres que designan colectivamente a los sospecho- sos. Esos nombres, en la Francia de la actualidad, son numerosos. Todos exponen a un grupo de personas de nuestro país a la estigmatización, bajo la acusación de no ser «normales» en cuanto al grado de identidad con el objeto estatal F que presentan. A esos nombres, que se aplican a colectividades de sospechosos, los denomi- no nombres separadores. Citemos algunos ejemplos de nombres separadores que circulan en la situación actual: «islamista», «bur- qa», «joven de los arrabales» e incluso, como lo hemos visto con las infamias del ministro, «musulmán» o, como ha sido posible escuchar en declaraciones de Sarkozy, «gitano». Algunos nombres, por añadidura, funcionan en secreto, al abrigo de los nombres oficiales, emblemas escondidos de lo que se sitúa en el otro extremo del noble F y de sus valores, a saber, «árabe» o

«de color», este último en lugar del término más repri- mido de «negro». 12 Entonces, digámoslo, por «justicia», en la actuali- dad, hay que comprender también, y hasta hay que comprender en primer lugar, la erradicación de las palabras separadoras. Se trata de afirmar el carácter genérico, universal, y nunca identitario, de toda ver- dad política. Se trata de hacer que desaparezca, por las consecuencias reales de una elección de verdad, la ficción del objeto identitario, del objeto estatal «prome- dio», F y sus semejantes. Este punto, en una severa confrontación con la opresión estatal, valida una polí- tica que pretende mantenerse fiel a una revuelta his- tórica. En efecto, cuando un acontecimiento emancipador se arraiga en una revuelta histórica, desde un comienzo se observa una desaparición o, por lo menos, un conside- rable debilitamiento de las palabras separadoras. Está el muy conocido ejemplo de las asambleas de la Revolu- ción Francesa, que decidieron que los judíos y los protestantes eran ciudadanos como los demás. Está también este pasaje de la Constitución de 1793, que me gusta citar, según el cual «todo extranjero que adopte a un niño, o alimente a un viejo; todo extranjero, en fin, que el Cuerpo Legislativo considere que ha merecido bien la humanidad, será admitido al ejercicio de los derechos de ciudadano francés». La norma, en vez de ser identitaria, se ha vuelto genérica: quienquiera que pruebe, por sus acciones, que se interesa por el género humano, debe ser tratado de manera igualitaria como uno de los nuestros. Las grandes manifestaciones en Egipto nos han

12 En castellano no existe diferencia entre noir (que traducimos como «de color») y nègre. Este último término prácticamente ha desaparecido debido a sus connotaciones peyorativas (N. del T.).

recordado con fuerza ese principio, y lo han renovado para nuestro tiempo. Se llevaron a cabo haciendo un ahorro público de toda selección identitaria. Allí se han visto, unos junto a otros, a musulmanes y coptos, a hombres y mujeres, a mujeres con el velo puesto y mujeres «en cabello», a intelectuales y obreros, a asala- riados y desocupados, a jóvenes y viejos, etc. Todas las identidades de alguna manera estaban captadas por el movimiento, pero el movimiento mismo no se podía reducir a ninguna. Diré entonces que hay organización y, por lo tanto, política, cuando se conserva fuera del movimiento y fuera de la revuelta la fuerza de lo genérico. Lo que quiere decir que una organización opera de manera tal que, en nombre de lo genérico, consigue echar por tierra el poder de la ficción identitaria sobre tal o cual aspecto de la vida de las personas. Toda política, en la abertura que crea la revuelta histórica, es, por ende, paradójicamente una organiza- ción de lo genérico. Paradójicamente, pues siempre habrá gente que dirá que lo genérico, precisamente porque no se trata de una identidad, porque incluso es lo contrario de una identidad, no requiere que se orga- nice, que debe desplegarse libremente, que cien flores deben florecer de manera espontánea, y así sucesiva- mente. Pero la experiencia demuestra que entonces lo genérico no sobrevive al tiempo de la revuelta, que nada, a falta de una Idea activa, consigue conservarlo. Ante la ausencia del fuera de tiempo que encarna la organización, es ineluctable el retorno estatal a las ficciones identitarias. Hace falta, por lo tanto, una política organizada que garantice la vigilancia de la genericidad. Tomemos la palabra «proletariado», que fue el nom- bre de la fuerza de lo genérico. Bajo este nombre, Marx

pensó en la posible emancipación de toda la humani- dad. Sin embargo, para cierto marxismo «objetivo» y bajo el nombre de «clase trabajadora», esta palabra también ha representado la posibilidad de una instru- mentación identitaria debido a que designaba un com- ponente del análisis social como dirección del movi- miento revolucionario (el Partido Comunista como «par- tido de la clase trabajadora»). Los grandes revoluciona- rios siempre se han preocupado por ponerle trabas a la desviación identitaria de esa palabra. En La crisis está madura, Lenin subraya que si se reúnen las condicio- nes de la insurrección es debido a que una fracción significativa del campesinado se ha sublevado. El sujeto de la revolución, por lo tanto, es el pueblo ruso en su totalidad. Cuando Mao dice que el término «proleta- riado» no designa tanto una clase social identificable como a «los amigos de la Revolución», o sea, a un conjunto particularmente multiforme e imposible de totalizar, está poniendo el acento en el aspecto genérico del término. Sin embargo, Lenin y Mao intervienen dentro del marco de la forma-partido. Pero si la forma-partido se ha vuelto obsoleta, entonces ¿qué es ese proceso organi- zado que se alimenta de una suerte de rectitud y de auténtica fidelidad por la lucha de lo genérico político contra la identidad estatal, que separa y suprime? He aquí el principal problema que nos ha legado el comu- nismo de Estado del siglo pasado. Sus términos se reavivan por las revueltas, inmediatas, latentes o his- tóricas, que están reabriendo la Historia. Este proble- ma es manifiestamente tan difícil de resolver como un problema de matemáticas trascendente, si no más. Al respecto, tenemos detrás de nosotros dos siglos de experiencias apasionantes. Han resuelto muchos pro- blemas, sobre todo en torno a cuestiones referentes a la

fuerza de la Idea, a la relación dialéctica entre revuelta y política, a la necesidad absoluta de una independen- cia política total, a la impostura electoral, al interna- cionalismo, al vínculo militante con las masas popula- res, a la construcción de lugares políticos, a la lucha ideológica… Pero he aquí que tras treinta años de resistencia y de mantenimiento local, de invenciones defensivas apasionantes aunque restringidas, la His- toria se despierta, las revueltas históricas nos mues- tran el perfil de los tiempos que se abren. Va a (volver a) ser nuestro turno. Y, para nosotros, el problema central será el de la organización política cuyo «fuera de tiempo» también deberá ser el «fuera del partido», si es cierto que la época de los partidos que empezó con el club de los jacobinos de la Revolución Francesa a fines del siglo XVIII, que los «comunistas» marcaron en el sentido de la Internacional que fundó Marx a mediados del siglo XIX, que institucionalizó el partido socialdemó- crata alemán en los años 1880, que revolucionó Lenin en la época del ¿Qué hacer?, muy al comienzo del siglo XX y que se cerró cuando la Revolución Cultural china, en los años 1960-1970, no consiguió cumplir el deseo de Mao y de los revolucionarios, estudiantes y obreros, de transformar el Partido de la dictadura socialista en Partido del movimiento comunista. En todo caso, podemos proponer una definición de lo que es una verdad política. Una verdad política es el producto organizado de un acontecimiento –una re- vuelta histórica– que conserva la intensificación, la contracción y la localización hasta el punto de ser capaz de sustituir un objeto identitario y los nombres separadores con una presentación real de la fuerza genérica que sea de dimensiones tales como las que ha mostrado el acontecimiento. Puesto que lo genérico radicalizado es incompatible

con el Estado, que sólo vive de las ficciones identitarias, toda verdad política se presenta como una restricción de

la fuerza del Estado. Es el sentido que adquiere el axioma

marxista del debilitamiento necesario del Estado como

certificación real de la fuerza del movimiento comunista. Es el sentido de lo que ha sido, en Francia durante los años ochenta y noventa del siglo pasado, la consigna funda- mental de la Organización política en cuya construcción he participado activamente, consigna que es posible resu- mir en los siguientes términos: a la directiva casi deses- perada de Mao durante la Revolución cultural: «¡Métanse en los asuntos del Estado!», hay que sustituirla por:

«Decidan ustedes lo que el Estado debe hacer y encuen- tren los medios para obligarlo, manteniéndose siempre a distancia del Estado y sin someter jamás sus convicciones

a su autoridad ni responder a sus convocatorias, sobre

todo las electorales.» Notemos que si integramos el concepto de Estado, como es necesario hacerlo, al conjunto de lo que consti- tuye la influencia del capitalismo en la sociedad, el debilitamiento marxista debe pensarse como exacta- mente lo contrario de la máxima liberal del «Estado más chico» que quiere llevar a su máxima expresión la fuerza, desde luego no del comunismo, sino de una pasión verdaderamente criminal: la del provecho, de la concentración de propiedades, de desigualdades y de un poder oligárquico de los ricos que se sustrae a todo control, y, sobre todo, que se sustrae a los impuestos. Al propietario, al banquero, al «que ha tenido éxito», deberá sucederlo la genericidad anónima del pueblo reunido y de todo lo que se mantiene fiel a su concentra- ción, del mismo modo que la plaza Tahrir, sea cual fuere su destino, para todos nosotros que deseamos lo Verda- dero, por un momento ha reemplazado a la pandilla de Mubarak.

A título de ilustración, consideremos el motivo del monumento «al soldado desconocido». Indudablemen- te, hay allí un reconocimiento de la fuerza del anonima- to, la fuerza de lo genérico, de la igualdad. Y esta fuerza es de tal magnitud, es reconocida con tanta evidencia por los pueblos que incluso los carniceros de los pueblos deben construirle un monumento. Por supuesto, en este uso de la fuerza del motivo igualitario hay un apodera- miento que invierte su sentido. Pues ese famoso soldado desconocido está envuelto en la bandera tricolor, en el culto a la Nación, en la obligación identitaria en cuyo nombre se condujo al soldado en cuestión a que lo masacraran. Este soldado desconocido no ha muerto por un principio de afirmación de lo genérico sino con el objeto de saldar, por medio de batallas sangrientas, las tenebrosas contradicciones interimperialistas en- tre franceses, ingleses y alemanes. En esas batallas, millones de soldados, desconocidos o no, han sido sacri- ficados de manera inmunda. Si ha sido posible enviar al exterminio a una gran mayoría de la juventud cam- pesina francesa para defender intereses que no eran de ninguna forma los suyos, ha sido porque se les tomó el pelo con la identidad («¡Abajo los boches!»). 13 El soldado desconocido murió sirviendo al dios Moloch identitario. Un apropiamiento del mismo tipo es el que funciona en nuestros países con la propaganda por la democra- cia. Pues la «democracia» designa en principio el poder del anónimo, de cualquiera, del soldado raso, del «sin- parte», como dice Rancière. Todo el mundo sabe que nuestras sociedades son todo lo contrario. Entonces, ¿no deberíamos erigir por lo menos un monumento al elector desconocido? ¿Acaso no ha sido, también él, a lo largo de los siglos burgueses, utilizado, engañado, aca-

13 Boches, término peyorativo del argot francés con que se desig- naba a los alemanes durante los siglos XIX y XX (N. del T.).

so su voz no se ha visto sacrificada en el altar de una «democracia» en donde, de hecho, la han despojado, por su propio voto, de la más mínima parcela de poder? ¿Y al obrero desconocido, al obrero genérico, que muy a menudo es marroquí, maliense o tamil y sin el cual no es posible concebir ningún provecho, quién será, enton- ces, el que le construirá un monumento? Bertolt Brecht, en todo caso, propone que nos ocupe- mos de ello. Citemos uno de sus poemas, que lleva por título: «Consejos para los de arriba»:

El día en que el soldado desconocido fue enterrado con el ruido de las salvas de los cañones, todos los trabajos se detuvieron a la misma hora, de Londres a Singapur, desde las doce y dos hasta las doce y cuatro, durante dos minutos enteros, únicamente para rendirle un homena- je al soldado desconocido. Pero a pesar de todo, tal vez deberían ordenar que se rinda por fin un homenaje al obrero desconocido, al obrero de las grandes ciudades que puebla los continentes. Un hombre cualquiera, surgido de las mallas del tránsito, al que no se le ha visto el rostro ni advertido el ser secreto, al que no se le ha escuchado con claridad el nombre, rindámosle a ese hombre un homenaje de una importancia particular, con un programa especial «al obrero desconocido», y una interrupción en el trabajo de toda la humanidad sobre el conjunto del planeta.

IX

RECAPITULACIÓN DOCTRINAL

Me gustaría empezar de nuevo con la definición que he propuesto de lo que es una verdad política debido a que sintetiza todo lo que me sugiere, bajo sus tres formas insurrectas, el despertar de la Historia. Repitámosla, entonces, con una o dos variantes: Una verdad política es una sucesión de consecuencias que se organizan bajo la condición de una Idea, de un acontecimiento popular masivo en el que la intensificación, la contrac- ción y la localización sustituyen un objeto identitario y los nombres separadores que lo acompañan con una presentación real de la fuerza genérica de lo múltiple. Voy a volver a puntuar cada elemento de esta defini- ción recapitulativa.

Una verdad política es… Una importante corriente de la filosofía política sostie- ne que una característica de la política es el hecho de ser extraña a la noción de verdad, y el tener que seguir siéndolo. Esta tendencia, que hoy es muy mayoritaria, afirma que toda articulación del proceso político con la noción de verdad hace que bascule hacia la presunción totalitaria. De este axioma, a decir verdad, un axioma liberal, o más precisamente liberal «de izquierda», se

deduce que en política no hay más que opiniones. De una manera más sofisticada, diremos que en política sólo existen los juicios y las condiciones de esos juicios. Advertirá usted que los que defienden esa postura no sostendrían en ningún caso que en las ciencias, las artes o incluso en la filosofía no hay más que opiniones. Es una tesis propia de la filosofía política. Su argumen- tación se remonta a Hannah Arendt, a los liberales ingleses, tal vez a Montesquieu, incluso a los sofistas griegos. Lo cual quiere decir que la política (se sobreen- tiende: democrática, pues las demás políticas, para nuestros liberales de izquierda, no son realmente polí- ticas) que tiene por interés el estar-juntos, debe cons- truir un espacio pacífico en el que se pueden exhibir puntos de vista dispares, e incluso contradictorios, sin perjuicio de que se pongan de acuerdo (en realidad, ahí está el quid de la cuestión) en una «regla de juego» que permita determinar sin conflicto violento la opinión que provisoriamente va a predominar. Esta regla, lo sabemos, nunca pudo ser algo distinto que no sea el recuento de votos. Nuestros liberales afirman que si se presenta una verdad política, necesa- riamente va ejercer una opresión, elitista en el mejor de los casos, terrorista en el peor (pero el pasaje de uno al otro, que es el pasaje de Lenin a Stalin, para los liberales es casi obligatorio), sobre el régimen oscuro y confuso de las opiniones. Esta tesis está ampliamente establecida entre los intelectuales occidentales desde hace unos treinta años, es decir, desde la instauración del periodo de reacción, el período que he denominado «de intervalo» y cuyo comienzo he fechado a fines de los años 1970. Pero varios pueblos y diversas situaciones nos dicen, en un idioma insurrecto todavía indiferenciado, que es posible que este período se termine, que se dé lugar a un

despertar de la Historia. Entonces, instruidos por lo que está pasando, nos tenemos que acordar de la Idea revolucionaria e inventar una nueva forma. Lo que caracteriza, desde un punto de vista abstrac- to, filosófico, la Idea revolucionaria es precisamente el hecho de que concibe que haya verdades políticas y que la acción política sea por sí misma una lucha prolonga- da de lo verdadero contra lo falso. Cuando hago referen- cia a la verdad política, en efecto no se trata de un juicio sino de un proceso: una verdad política no consiste en «digo que tengo razón y que el otro está equivocado» o «tengo razones para querer a ese dirigente y para detestar a ese opositor». Una verdad es algo que existe en su proceso activo y que se manifiesta, en tanto que verdad, en diferentes circunstancias por las que este proceso atraviesa. Las verdades no son anteriores a los procesos políticos, por lo que de ningún modo se trata de verificarlas o de aplicarlas. Las verdades son la realidad misma, en tanto que proceso de producción de novedades políticas, de secuencias políticas, de revolu- ciones políticas, etcétera. Verdades –pero ¿de qué?– Verdades de lo que efec- tivamente es la presentación colectiva de la humani- dad como tal (lo común del comunismo). O: verdad de lo que son capaces los animales humanos, más allá de sus intereses vitales, para hacer que exista la justicia, la igualdad, la universalidad (la presencia práctica de lo que puede la Idea). Es posible constatar con facilidad que una buena parte de la opresión política consiste en la negación encarnizada de esa capacidad. Nuestros liberales perpetúan esta negación: cuando alguien de- cide sostener que no hay más que opiniones, inevitable- mente es la opinión dominante, la opinión que tienen los medios materiales, financieros, militares, mediáti- cos de la dominación, la que va a imponerse como

consensuada o como marco general en el que existirán las demás opiniones.

una sucesión de consecuencias que se organizan bajo la condición de una Idea… El proceso de una verdad política es racional y no lo es de cualquier manera. Se empeña en desplegar en lo real las consecuencias particulares de principios que ellos

mismos se afirman o se reafirman en las revueltas históricas. Ésa es incumbencia de las nuevas organiza- ciones políticas, que invariablemente son el cuerpo real de una verdad política en movimiento: manteniéndose firmes en la racionalidad combatiente de esa inscrip- ción, inscriben en un mundo las consecuencias prácti- cas de un acontecimiento, en tanto consecuencias de un principio en que se conjugan las lecciones prácticas de una revuelta y las aclaraciones de una Idea. De esta manera, en Egipto, lo que está pendiente, entre otras cosas, es una dura batalla en torno a la nueva Constitución. Por un lado el ejército, residuo intacto del régimen anterior, que espera conservar su poder, para lo cual, de ser necesario, abandonaría al clan Mubarak a la furia popular. Por el otro lado, todo lo que pretende lograr que exista una organización fiel

a la revuelta histórica de la plaza Tahrir. ¿Qué quiere

decir exactamente esta fidelidad? Obligada a tratar la

situación al tiempo que reivindica su pertenencia a una historia, se trata de una mezcla característica de Idea

y táctica. Allí se encuentran al mismo tiempo la convic-

ción de que el pueblo egipcio existe de un modo diferen- te a como era con anterioridad, con la forma de la Idea genérica de ese pueblo (estamos de pie, estamos todos unidos, la idea que tenemos de nuestro destino históri- co trasciende todas nuestras diferencias sociales o culturales, hemos pasado nuestras pruebas…) y con-

signas tácticas que organizan en la situación puntos cruciales por los cuales deben pasar sí o sí las conse- cuencias de la Idea, so pena de anular el despertar histórico de la revuelta. Como por ejemplo: la fecha de las elecciones, el contenido social de la Constitución, medidas inmediatas a favor de los pobres, la abertura incondicional del paso entre la Franja de Gaza y Egipto… Las victorias, punto por punto, apuntan a mostrar que, de allí en más, las que organizan el tiempo colectivo, incluido el tiempo del Estado, son las consecuencias de la revuelta histórica y que no es el Estado el que legisla a posteriori con respecto a la significación de la revuelta.

…de un acontecimiento popular masivo… Sin duda, no he dicho lo suficiente acerca de este punto. Sólo tengamos en cuenta que si toda verdad política se arraiga en un acontecimiento popular masivo, resulta sin embargo imposible afirmar que se la puede reducir a ello. Una verdad política no es un simple momento de sublevación. Desde luego, el enunciado que debemos a Sylvain Lazarus según el cual la política es rara, efectivamente proviene del hecho que es rara la conjun- ción de un acontecimiento y de una Idea. Pero esta rareza histórica no define la verdad política. Por momentos tengo la impresión de que Jacques Rancière acepta demasiado rápido una reducción de la política a la historia cuando determina la igualdad real por medio de una suerte de cesura activa y momentá- nea de la desigualdad continua que instruye el Estado. Sigo sosteniendo que resulta crucial el tiempo de la organización, el tiempo de la construcción de un plazo empírico de la Idea a su estadio posinsurrecto, a menos que pensemos que el Estado debe conservar de manera indefinida el monopolio de la definición del tiempo político.

…en que la intensificación, la contracción y la localiza- ción… Intensificación: En el curso de una sublevación popu- lar masiva se da lugar a una intensificación subjetiva general, una pasión violenta por lo Verdadero que Kant ya había advertido en el momento de la Revolución Francesa con el nombre de entusiasmo. Se trata de una intensificación general, pues es una intensificación y una radicalización de los enunciados, de las tomas de decisiones, de las formas de acción tanto como de la creación de un tiempo intenso (se sigue en la brecha mañana y tarde, la noche ya no existe, la organización temporal está trastornada, ya no se siente el cansancio a pesar de que uno se halla extenuado, etc.). La inten- sificación explica el desgaste rápido de ese tipo de momento, explica el extraño retiro de Robespierre poco antes de Termidor, explica por qué Saint-Just dijo que «la revolución se ha congelado», explica por qué, al final, en las plazas, en los piquetes de huelga con ocupación y en las barricadas no hay más que magras avanzadas (pero ellas son las que, llegado el caso, llevarán el momento organizado). Es que semejante estado de exaltación crea- dora colectiva no puede volverse crónico. Desde luego, crea eternidad en la forma de una adecuación activa cuya fuerza es dictatorial, entre la universalidad de la Idea y el detalle particular del lugar y las circunstancias. Pero no es eterno en sí mismo. No obstante, esta intensidad se va a exhibir todavía por mucho tiempo después de que el acontecimiento que le ha dado origen haya desaparecido. Incluso cuando la mayoría de la gente regresa a la vida ordinaria, deja tras de sí una energía que va a ser retomada y organizada con posterioridad. Contracción: La situación histórica se contrae en torno a una minoría militante y pensante cuya prove- niencia es multiforme. Produce una suerte de presen-

tación de sí misma, a la vez pura, completa y muy limitada, un muestreo del ser genérico de un pueblo. El «país profundo» desaparece y toda la luz se dirige hacia lo que se puede denominar una minoría masiva. Por lo demás, allí reside la importancia de la distinción que se hace en el marxismo revolucionario entre «clases» y «masas». Las primeras determinan el campo del movi- miento lógico de la Historia (la «lucha de clases») y de las políticas (de clase) que allí se enfrentan. Las segun- das designan un aspecto originariamente comunista de la puesta en movimiento popular, su aspecto genéri- co, a partir del momento en que la revuelta se convierte en histórica. No hay que confundirse: el que es un concepto analítico y descriptivo, un concepto «frío», es «clase», mientras que «masa» es el concepto por medio del cual se designa el principio activo de las revueltas, el cambio real. Marx siempre lo ha subrayado: el aná- lisis de clase es una invención burguesa que propusie- ron los historiadores franceses. Pero a lo que se le teme es a las masas, que son mucho más indiscriminadas… Localización: Recordemos únicamente esto: en tiem- pos de revuelta histórica, las masas crean lugares de unidad y de presencia. En un lugar así, el aconteci- miento masivo se muestra, existe, en una dirección universal. No existe algo así como un acontecimiento político que tenga lugar en todas partes. El lugar es aquello por medio de lo cual la Idea, todavía imprecisa, encuentra la genericidad popular. Una Idea no locali- zada es impotente, un lugar sin Idea no es más que una revuelta inmediata, un sobresalto nihilista.

…sustituyen un objeto identitario y los nombres sepa- radores que lo acompañan… El Estado casi se puede definir como una institución que dispone de los medios para imponer a una pobla-

ción entera normas que prescriben lo que depende de ese Estado, los deberes que impone y los derechos que confiere. En el marco de esta definición, el Estado conforma la ficción de un objeto identitario (como por ejemplo, el «francés») con respecto al cual los indivi- duos y los grupos se ven obligados a parecerse lo más posible para merecer una atención positiva por parte del Estado. Quienquiera que se declare exageradamen- te disímil en relación con el objeto identitario también tendrá derecho a una atención del Estado, pero en un sentido negativo (sospecha, control, encierro, expul- sión…). Un nombre separador designa una manera particu- lar de no parecerse al objeto identitario ficticio. Le permite al Estado separar de la colectividad a cierta cantidad de grupos, recurriendo de esta manera a medidas represivas particulares. Lo cual puede ir desde «inmigrante», «islamista», «musulmán» y «gita- no» hasta «joven de los arrabales». Notemos que «pobre» y «enfermo mental» están constituyéndose ante nues- tra mirada como nombres separadores. Lo que el Estado, en la Francia de hoy, denomina «política» –en cuanto a lo que se dirige al público y no se decide en reuniones secretas y se justifica con posterio- ridad– equivale a remover de una manera a la vez inconsistente y agresiva algunas consideraciones so- bre el objeto identitario y los nombres separadores.

…con una presentación real de la fuerza genérica de lo múltiple. Cuando ocurre un acontecimiento popular masivo, por su propia naturaleza tiende a arruinar el objeto identi- tario y los nombres separadores que lo acompañan. Lo que viene a reemplazarlo es una presentación real, la afirmación de que lo que existe, lo que de manera

incondicional, dictatorial, proclama lo que existe y lo que debe existir, son las personas que están ahí y que actúan juntas, sea cual fuere la denominación que les dé el Estado. En este sentido, la revuelta histórica depone los nombres. Es en el hueco de esta declinación que una organización política va a desarrollar las consecuencias de una nueva existencia, la existencia de aquello que, con anterioridad, no existía: la existencia del anónimo, la existencia política puramente popular del pueblo. Finalmente, de todas esas personas, que para el Estado son sin-nombres, se dirá que representan a toda la humanidad, pues lo que los motiva en su manifesta- ción localizada e intensa tiene un significado univer- sal. Y esto es algo que lo percibe todo el mundo. ¿Por qué? Porque han construido un lugar en el que el objeto identitario se ha vuelto inoperante, que incluso ha sido suprimido, de modo que lo que importa ya no es la identidad sino la no-identidad: el valor universal de la Idea, su virtud genérica, es decir, lo que interesa, lo que apasiona, la humanidad en general. El entusiasmo que provoca una revuelta histórica está ligado precisamen- te a esta pasión por lo universal que presentan, pode- mos y debemos dar crédito de ello, las personas aparen- temente más ordinarias. Se puede profundizar el análisis de la pasión aconte- cimental colectiva tomando otra dirección: el senti- miento excitante de una brutal modificación de la relación entre lo posible y lo imposible. Lo que ocurre es que el acontecimiento popular masivo crea una des- estatización de la cuestión de lo posible. En general, y muy especialmente en las últimas décadas, el Estado se otorga el derecho de decir lo que, en el orden político, es y no es posible. Así, resulta posible «humanizar» el capitalismo y «desarrollar» la democracia. Pero cons-

truir un orden productivo, institucional y social regu- lado por la igualdad y por un auténtico mandamiento popular, es algo absolutamente imposible, es una uto- pía nefasta. Del mismo modo (y es para lo que sirve el objeto identitario), ha sido posible que Francia otorga- ra su generosa hospitalidad a algunos pobres extranje- ros venidos de África (en lo referente a la «hospitali- dad», se trataba de hacerlos sudar la gota gorda en cadena en las fábricas y de alojarlos en albergues in- fectos, sin tolerar que trajeran a sus familias, pero dejemos eso de lado…), aunque en la actualidad resulta imposible otorgar dicha hospitalidad a todas esas perso- nas que no comparten «nuestros valores» y que, encima, tienen hijos. Y así sucesivamente. El Estado se ve idealmente des-provisto de esta función normativa, en cuanto a lo posible, por el acon- tecimiento popular masivo, y punto por punto y cues- tión tras cuestión, por la organización política que se ocupa de sus consecuencias. Son las personas reunidas u organizadas las que otorgan de manera incondicional una nueva posibilidad. Su energía subjetiva se define precisamente mediante este compromiso con la idea de que ellos tienen derecho a definir lo que es posible de manera por completo nueva y sin el aval del Estado. Ya en el lugar original, en las grandes manifestacio- nes de la revuelta histórica se produce lo que se podría denominar una deslocalización subjetiva del lugar. Lo que se dice en el lugar nuevo siempre afirma que su valor excede el lugar que tiene por destino la universa- lidad. «Plaza Tahrir» es ese lugar a la escucha del cual está toda la tierra. Los indignados 14 españoles han resumido muy bien esta extensión deslocalizante del lugar: «Nosotros estamos aquí, pero de todas maneras

14 En castellano en el original (N. del T.).

es algo mundial, así que estamos por todas partes». Las personas se reúnen en un lugar en vistas a que lo que hacen y lo que dicen tenga el mismo valor en todas partes. A esta extensión inicial se la van a apropiar desde afuera personas que van a pensar: «Puesto que forzosamente me cuento entre los que están en ‘todas partes’, voy a tratar de hacer lo mismo que los que allá, en un lugar preciso, han actuado y han hablado como si estuvieran en todas partes». Hay allí una suerte de vaivén: en la medida en que los que se han lanzado a la revuelta histórica y a su organización eventual abren su lugar singular a lo universal es qcomo, inversamen- te, en todas partes del mundo, masas todavía someti- das o timoratas llegan a identificarse con esos pioneros de una Historia reabierta.

X

CON EL POETA, PARA CONCLUIR

En la definición de una verdad política, he dejado un poco al margen la expresión: presentación real [de la fuerza genérica de lo múltiple]. Sin embargo, se trata de un punto esencial de la conciencia misma de los insurrectos. Cuántos egipcios, tunecinos, marroquíes, argelinos, yemenitas, bahreiníes (esos grandes olvida- dos: allí se encuentra una base estadounidense gigan-

tesca…), sirios, y también cuántos griegos y españoles,

y también cuántos palestinos e israelíes han dicho

estos últimos meses, en pocas palabras y en lenguas diversas y animadas de distinta manera, algo por el

estilo de: «¡La representación de mi país por su Estado

es falaz! ¡Todos ustedes, poderosos occidentales, chinos

en ascenso o hermanos de los mundos envilecidos, mírennos, escúchennos! ¡Acá les presentamos, en esta plaza, en esta avenida, nuestro país real, nuestra au- téntica subjetividad!» Todas las tentativas que apuntan a reabrir la Histo- ria, cuyas muy primeras lecciones quiere recoger este pequeño ensayo, tienen por objeto sustraerse, mediante un amplio gesto colectivo sin precedentes, a la repre- sentación del lugar en que se han producido, una representación que el Estado no ha cesado de generar

como ficción. El propósito consiste en sustituir esta representación con una suerte de presentación pura. El movimiento español, el de los indignados, es a la vez una imitación sincera, activa y, sin embargo, muy limitada, de las revueltas históricas de los países árabes. El reclamo por una «democracia real» que se opone a una democracia mala no crea ninguna dinámi- ca durable. En primer lugar, se mantiene como algo demasiado interno de la instalada ideología democrá- tica, demasiado dependiente de las categorías de la crepuscular dominación occidental. En la reapertura de nuestra historia, tal como lo hemos visto, no se trata de la organización de una «democracia real», sino de una autoridad de lo Verdadero. O de una Idea incondi- cionada de la justicia. Luego, resulta necesario aplau- dir y criticar a la vez la categoría de indignación que lanzó valientemente Stéphane Hessel y que tuvo un éxito que conocemos (y que constituye un buen sínto- ma). Ha tenido mil veces razón en invitar a nuestra juventud a investigar, a ir a ver, a nunca taparse el rostro con un velo ante los crímenes actuales, innume- rables, del capitalismo contemporáneo. Ha tenido ra- zón cuando ha dicho: «¡Miren lo que pasa en Gaza, en Bagdad, en África, y también en sus países! Rompan con el consenso «democrático» y su propaganda hipó- crita.» Pero indignarse nunca ha sido suficiente. Un afecto negativo no puede reemplazar la Idea afirmativa y su organización, del mismo modo que la revuelta nihilista no puede presumir de ser una política. Sin embargo, entre las grandes virtudes de la revuel- ta española se cuenta la simultaneidad impactante e instructiva entre la aparición de una presentación real (la reunión de la juventud viva del país en una plaza madrileña) y un fenómeno representativo (una victoria electoral aplastante de la derecha española, muy cono-

cida por ser especialmente reaccionaria). Sólo para mantenerse, el movimiento ha tenido que manifestar enseguida la vacuidad total del fenómeno electoral y, por lo tanto, de la representación («esas personas no nos representan»), en nombre de la presentación que encarnaba. El movimiento español ha vuelto a decir, en las condiciones de la actualidad y con palabras nuevas, la gran verdad de fines del mes de junio de 1968 en Francia, a saber: «¡Las elecciones son una trampa para tontos!». Es una lección: la posibilidad de una verdad política, por un lado, y la perpetuación del régimen representa- tivo, por el otro, se producen en esta coyuntura españo- la de una manera teatral que une una simultaneidad aparente con una disyunción manifestada. Deleuze diría que, entre el Estado y el movimiento de masas, tenemos una síntesis disyuntiva de dos escenas teatra- les. Disyuntiva, en la medida en que, a través de un acontecimiento popular masivo, lo que se produce de un modo inevitable es un distanciamiento de la represen- tación estatal. Todo movimiento real, sobre todo cuan- do su misión ciega es la de reabrir la Historia, sostiene que no hay que dar realmente por sentado lo que es apenas visible, que hay que saber ser ciego ante las evidencias de la representación para fiarse de lo que está pasando, de lo que se está diciendo, aquí y ahora, en lo referente a la Idea y a su efectuación. Para ese entonces siempre se le plantea al movimien- to la siguiente pregunta: ¿cuál es su programa? Pero el movimiento no lo sabe. En principio, lo que quiere es querer, quiere celebrar su propia autoridad dictato- rial, dictatorial en la medida en que es democrática «al infinito» en cuanto al decir y a la acción. Lo que hace es subordinar los resultados de la acción al valor de la actividad pensante de la acción misma y no a las

categorías electorales del programa y de los resultados. En la medida en que esté organizado, mantendrá este tipo de disciplina, al tiempo que la ampliará a las cuestiones durables de estrategias y tácticas. Acerca de estos dos puntos, tomaremos prestada a René Char la conclusión. El fragmento 59 de Hojas de Hipnos declara: «Si el hombre a veces no cerrara soberanamente sus ojos, acabaría por ya no ver lo que vale ser mirado.» ¡Sí, sí! ¡Cerremos los ojos, y también las orejas, soberanamen- te, en la plenitud de nuestra indiferencia, a todo lo que se contenta con perseverar en su ser, a todo lo que el Estado y sus servidores muestran y declaran! Veamos entonces, al fin libres –lo cual equivale a decir al servicio de una verdad– no lo que nos representa sino lo que pura y llanamente se presenta. Y el fragmento 2 dice lo mismo de otra manera: «No te demores en el surco rutinario de los resultados». La representación es el régimen del resultado, el Estado no tiene en la boca más que los resultados, los políticos siempre están peleando y prometiendo que, a diferen- cia de sus adversarios, ellos «obtendrán resultados». Que la retórica del resultado sea un surco rutinario significa que cuando la Historia se despierta, lo que importa es el despertar, es a él al que hay que aplaudir, y lo que la Idea debe investir son sus consecuencias racionales. Se trata de algo que vale por sí mismo. En cuanto a los resultados, ya veremos.

ANEXOS

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Con respecto a la secuencia de las revueltas históricas en el mundo árabe, publiqué dos artículos en la «pren- sa grande». El primero, que salió en el diario Le Monde, intentaba estimar la amplitud de lo que contenían de universal las sublevaciones en Túnez y en Egipto. El otro, que publicó el diario Libération, adoptaba una posición absolutamente hostil desde su mismo anuncio hacia la intervención franco-inglesa en Libia. Estas posturas que he tomado evidentemente están fechadas, pero son análogas a lo que puedo decir hoy. Sobre todo en lo referente a la intervención occidental (Qatar es una colonia occidental) en Libia, no podré sino volver a insistir en lo mismo. La complicidad de una gran mayoría de la opinión pública y de todos los partidos parlamentarios, sin excepción, con la ridícu- la caricatura de la «rebelión» que se montó allí para justificar la ingerencia «humanitaria» de las fuerzas armadas occidentales, forma parte de una tradición indignante, la de «la unión sagrada» en torno a una política exterior imperial belicista. Ciertas fuerzas que pretenden criticar con virulencia el gobierno de Sarkozy de pronto están totalmente de acuerdo con él para ese tipo de compromiso, que resulta a la vez

sórdido y perdonavidas. Si le hubiese encontrado yo algún encanto a la izquierda «radical» del tipo de Mélenchon 15 (lo que no era para nada el caso), su adhesión a esa unión sagrada me habría traído a la realidad, a saber, que todo el alboroto «de izquierda» está dentro de la lógica contemporánea de la domina- ción. Me gustaría volver a decir aquí que no guardo ninguna simpatía por Kadafi, como tampoco las tenía, contrariamente a las mentiras que circulan acerca de mí por acá y por allá, por Milosevic en los tiempos en que bombardeábamos Belgrado, por Saddam Hussein en la época en que los estadounidenses ponían a Irak a sangre y fuego, o por el régimen de los talibanes cuando la OTAN se abatió sobre él. Pero me opongo de manera categórica a que los principales rufianes del mundo contemporáneo –a saber, los grandes predadores eco- nómicos que son las compañías petroleras, los trafi- cantes de armas, los extractores de minerales, los que talan los bosques, los vendedores de productos que se han echado a perder y todos lo que son de ese mismo estilo, así como sus protectores políticos, a saber, los Estados occidentales– nos suelten a coro, con la voz temblorosa de sus ideólogos mediáticos, el viejo sermón de la «moral» y de la «democracia» para ir a hacer añicos países debilitados, entablando allí una guerra interminable y para aprovechar de esas circunstan- cias para implantarse en el lugar, saquear los recur- sos locales e instalar bases militares de manera dura- ble. Este tipo de propaganda y el consenso que lo acompaña no es mucho mejor que la descripción horro- rosa de los boches que acompañaba la masacre inútil de millones de soldados durante la guerra del 14 al 18,

15 Jean-Luc Mélenchon, candidato de la extrema izquierda en las últimas elecciones presidenciales francesas (N. del T.).

o la presentación de pueblos enteros como salvajes atrasados, lo que «justificaba» la conquista colonial, la explotación de innumerables regiones y la obligación que pesaba sobre poblados enteros de trabajar como condenados. Dejemos por fin que los pueblos arreglen por sí solos su devenir histórico, como lo han hecho los occidentales por siglos a fuerza de multiplicar guerras espantosas, revoluciones sobrecogedoras, conflictos civiles morta- les y regímenes políticos de toda suerte. Ya hace dema- siado tiempo que los pueblos de África, de Asia o de América Latina están hartos de los colonialistas euro- peos o norteamericanos como para que hayan adquiri- do el derecho a intentar hacer su propia historia sin que nosotros nos metamos. Tanto más cuanto que tie- nen poderosas razones para considerar que nuestras lindas palabras, por muy democráticas y morales que sean, preparan un porvenir muy sombrío y muy san- griento. Por experiencia propia saben que a los preda- dores que vienen de lejos, ya se trate de sus países como de otras regiones, no les gustan los Estados fuertes que no son serviles y los Estados libres que no están debili- tados y desmembrados. Como dice una de las canciones malgache que musicalizó Ravel: «Desconfíen de los blancos, habitantes de la ribera».

TÚNEZ, EGIPTO:

EL ALCANCE UNIVERSAL DE LAS SUBLEVACIONES POPULARES

(Texto publicado en el diario Le Monde del 18 de febrero del 2011 bajo el título de «Túnez, Egipto: cuando un viento del Este barre la arrogancia de Occidente».)

1.EL VIENTO DEL ESTE PREVALECE SOBRE EL VIENTO DEL OESTE

¿Hasta cuando el Occidente ocioso y crepuscular, la «Comunidad Internacional» de los que se creen que todavía son los amos del mundo, va a seguir dando lecciones de buena administración y de buena conducta al planeta entero? A esos intelectuales de turno, esos soldados desconcertados del sistema capital-parlamen- tarista, que para nosotros hace las veces de paraíso apolillado, ¿no causa gracia verlos ofrecer sus vidas a los magníficos pueblos tunecino y egipcio con el objeto de enseñarles a esos pueblos salvajes el abecé de la «democracia»? ¡Que luctuosa persistencia de la arro- gancia colonial! En una situación de miseria política como es la nuestra desde hace tres decenios, ¿no es acaso obvio que los que tenemos todo por aprender de la sublevación popular de estos momentos somos noso- tros? ¿No debemos con toda urgencia estudiar muy de cerca todo lo que allá ha vuelto posible el derrocamien- to, por la acción colectiva, de gobiernos oligárquicos, corruptos, y además –o, quizás, sobre todo– en una situación de humillante vasallaje con respecto a los Estados occidentales? Sí, nuestro deber es ser los alum-

nos de estos movimientos y no sus estúpidos profesores. Porque son ellos los que dan vida, en el genio propio de sus invenciones, a algunos principios de la política que desde hace mucho se nos intenta convencer que están obsoletos. Y, sobre todo, a ese principio que Marat no se cansaba de recordar: «cuando se trata de libertad, de igualdad, de emancipación, nosotros le debemos todo a las revueltas populares».

2. HAY RAZONES PARA REBELARSE.

Nuestros Estados y aquellos que sacan algún provecho de ellos (partidos, sindicatos e intelectuales serviles), de igual forma que con respecto a la política prefieren la gestión, del mismo modo en relación con la rebelión, prefieren la reivindicación y ante toda ruptura prefie- ren una «transición ordenada». Lo que los pueblos de Túnez y de Egipto nos recuerdan es que un levanta- miento en masa es la única acción que está a la altura de un sentimiento compartido de ocupación escandalo- sa del poder del Estado. Y que en este caso, la única consigna que puede confederar los elementos dispares de la multitud es: «Vos que estás ahí, andáte». La importancia excepcional de la revuelta, en este caso, es que la consigna que repiten millones de personas da la me- dida de lo que indudable e irreversiblemente será la primera victoria: la huída del hombre así designado. Pase lo que pase luego, este triunfo, que por su natura- leza es ilegal, de la acción popular, habrá sido victorio- so para siempre. Ahora bien, el hecho de que una revuelta contra el poder del Estado pueda ser absolu- tamente victoriosa constituye una enseñanza de alcan- ce universal. Esta victoria señala siempre el horizonte a partir del cual se desprende toda acción colectiva que

se sustrae a la autoridad de la Ley, lo que Marx denomina «el debilitamiento del Estado». Es decir que un día, asociados libremente en el despliegue de la fuerza creadora que les es propia, los pueblos podrán escapar de la fúnebre coerción estatal. Es por esa razón, por esa última Idea, que una revuelta que tira abajo una autoridad instalada desencadena en todo el mundo un entusiasmo ilimitado.

3.UNA CHISPA PUEDE PRENDER FUEGO LA LLANURA.

Todo comienza con la inmolación a lo bonzo de un hom- bre que cayó en el desempleo y al que le quieren prohibir ejercer el miserable comercio que le permite sobrevivir, y que una mujer policía lo abofetea para que comprenda bien cómo son las cosas en este bajo mundo. En pocos días, en algunas semanas, este gesto se extiende hasta alcanzar a millones de personas que gritan su alegría en alguna plaza lejana y consigue que huyan corriendo poderosos potentados. ¿De donde proviene esta fabulo- sa expansión? ¿Es la propagación de alguna epidemia de libertad? No. Como lo dice poéticamente Jean-Marie Gleize, «un movimiento revolucionario no se difunde por contaminación, sino por resonancia. Algo que se constituye aquí resuena con la onda de choque que emite algo que se constituyó allá». A esta resonancia, llamémosla «acontecimiento». El acontecimiento no es la creación brusca de una nueva realidad sino de un sinnúmero de posibilidades nuevas. Ninguna de ellas es la repetición de lo que ya se conoce. Es por eso que resulta oscurantista decir que «este movimiento pro- testa por la democracia» (se sobreentiende que es la misma que gozamos en Occidente), o «este movimiento

exige una mejora social» (es decir, la prosperidad me-

dia de la pequeña burguesía de nuestros países). Inicia- do a partir de casi nada y resonando por todas partes, la sublevación popular crea posibilidades desconoci- das para todo el mundo. La palabra «democracia» casi no se pronuncia en Egipto. Se habla de un «nuevo Egipto», de un «auténtico pueblo egipcio», de asamblea constituyente, de un cambio absoluto de la existencia, de posibilidades inauditas que antes no se conocían. Se trata de la nueva llanura que vendrá a reemplazar la que terminó arrasada por el fuego que inició la chispa de la sublevación. Esta llanura por venir se encuentra entre la declaración de un derrocamiento de las fuerzas

y el apoderamiento de nuevas tareas. Entre lo que dijo

un joven tunecino: «Nosotros, que somos hijos de obre- ros y de campesinos, somos más fuertes que los crimi- nales», y lo que dijo un joven egipcio: «A partir de hoy, 25 de enero, me apodero de los asuntos de mi país».

4. EL PUEBLO, ÚNICAMENTE EL PUEBLO, ES EL CREADOR DE LA HISTORIA UNIVERSAL.

Resulta muy sorprendente que, en nuestro Occidente, los gobiernos y los medios de comunicación consideren que los insurrectos en una plaza de El Cairo son «el pueblo egipcio». ¿Cómo es esto? ¿No era que el pueblo,

el único pueblo razonable y legal, para estas personas, por lo general se reduce a la mayoría de una encuesta

o bien a la de unas elecciones? ¿Cómo es que, de pronto,

cientos de miles de insurrectos son representativos de un pueblo de ochenta millones de personas? Esta es una lección que no hay que olvidar y que sin duda no olvidaremos. Una vez superado cierto umbral de deter- minación, de obstinación y de coraje, el pueblo, en

efecto, puede concentrar su existencia en una plaza, en una avenida, en unas cuantas fábricas, en una univer- sidad… Es que el mundo será testigo de este coraje y, sobre todo, de las sorprendentes creaciones que lo acompañan. Estas creaciones serán otras tantas prue- bas de que allí hay un pueblo. Como lo ha dicho con fuerza un manifestante egipcio: «Antes, miraba la televisión; ahora es la televisión la que me mira a mí». Al calor de un acontecimiento, el pueblo se compone de los que saben resolver los problemas que les plantea dicho acontecimiento. Es el caso de la ocupación de una plaza: la alimentación, los lugares para dormir, la vigilancia, las banderolas, los rezos, los combates de- fensivos, de tal forma que el lugar donde pasa todo, el lugar que hace de símbolo, esté cuidado a cualquier precio, para su pueblo. Problemas que, en la escala de miles de personas venidas de todas partes, parecen irresolubles, y aún más en la medida en que el Estado ha desaparecido. Resolver problemas irresolubles sin ayuda del Estado, tal es el destino de un acontecimien- to. Y es lo que hace que, de pronto y por un tiempo indeterminado, un pueblo exista en el lugar donde decidió reunirse.

5. NO HAY COMUNISMO SIN MOVIMIENTO COMUNISTA.

La sublevación popular de la que hablamos manifiesta- mente carece de partido, carece de organización hege- mónica, de dirigente reconocido. Ya habrá tiempo para evaluar si esta característica es una fortaleza o una debilidad. En todo caso es lo que hace que tenga, con una forma muy pura, sin duda la más pura después de la Comuna de París, todos los rasgos de lo que hay que

llamar comunismo de movimiento. «Comunismo» quie- re decir aquí: creación conjunta del destino colectivo. Este «común» tiene dos rasgos particulares. Primero, es genérico, es un representante en un lugar de toda la humanidad. En este lugar están todos los tipos de personas de los que se compone un pueblo, se escuchan todas las voces, se examina toda proposición, se consi- dera toda dificultad por lo que es. Luego, resuelve todas esas grandes contradicciones que el Estado afirma que es el único capaz de gestionar pero que nunca llega a zanjar: entre trabajadores intelectuales y manuales, entre hombres y mujeres, entre pobres y ricos, entre musulmanes y católicos (coptos), entre personas de las provincias y de la capital… Miles de nuevas posibilida- des relacionadas con esas contradicciones surgen a todo momento, ante las que el Estado, cualquier Esta- do, es ciego por completo. Se ven jóvenes doctoras que llegaron de las provincias para curar a los heridos, que duermen en medio de un círculo de jóvenes feroces, y ellas están más tranquilas de lo que han estado nunca porque saben que nadie les tocará un pelo. También se ve una organización de ingenieros que se dirige a los jóvenes de los arrabales para pedirles que mantengan el orden en la plaza, que protejan el movimiento con su energía en el combate. Hasta se ve una fila de cristianos que hacen guardia de pie, para cuidar a los musulma- nes que se inclinan para rezar. Se ven comerciantes que dan de comer a los desempleados y a los pobres. Se ve a gente que conversa con sus vecinos desconocidos. Se leen miles de carteles en los que la vida de cada uno se mezcla sin ninguna brecha con la Historia de todos. Estas situaciones, estas invenciones, constituyen en su conjunto el comunismo de movimiento. He aquí que el único problema político de los últimos dos siglos sea el siguiente: ¿cómo instaurar a largo plazo los inventos

del comunismo de movimiento? Y el único enunciado reaccionario sigue siendo: «Esto es imposible, incluso dañino. Confiemos en el Estado». Gloria a los pueblos de Túnez y de Egipto que nos recuerdan cuál es el verdadero y único deber político: frente al Estado, la fidelidad organizada al comunismo de movimiento.

6. NO QUEREMOS LA GUERRA, PERO NO LE TENEMOS MIEDO.

Por todas partes se ha hablado de la calma pacífica que exhiben las manifestaciones gigantescas, y esa calma se ha relacionado con el ideal de «democracia electoral» que se le adjudicaba al movimiento. Constatemos, sin embargo, que ha habido muertos, que se cuentan por centenares, y que todavía los hay a diario. En muchos casos, estos muertos han sido combatientes y mártires de esta iniciativa, y luego de la protección del propio movimiento. Los lugares políticos y simbólicos han tenido que ser protegidos a costa de feroces combates contra los milicianos y la policía del régimen amenaza- do. Y allí, ¿quiénes son los que han pagado con sus vidas sino los jóvenes salidos de las poblaciones más pobres? Que recuerden las «clases medias», de las que nuestra sorprendente MAM 16 ha dicho que el desenlace demo- crático de la secuencia actual dependía de ellas y sólo de ellas, que en los momentos cruciales, la persistencia de la sublevación no se ha garantizado más que por el compromiso sin restricciones de las avanzadas popula- res. La violencia defensiva es inevitable. Por lo demás, sigue estando presente en situaciones difíciles en Tú-

16 MAM, sobrenombre de la dirigente política de derecha Michèle Alliot-Marie, por ese entonces al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia (N. del T.).

nez, después de que los jóvenes activistas provincianos han sido mandados de vuelta a la miseria. ¿Es posible pensar seriamente que estas innumerables iniciativas y estos crueles sacrificios no tienen por objeto funda- mental más que el de llevar al pueblo a elegir entre Souleiman y El-Baradei, como en nuestros país nos resignamos penosamente a elegir entre Sarkozy y Strauss-Khan? ¿Será ésa la única lección de este es- pléndido episodio? ¡No, mil veces no! Los pueblos de Túnez y de Egipto nos dicen: sublevarse, construir el espacio público del comunismo de movimiento, defenderlo por todos los medios inventando allí las etapas sucesivas de la ac- ción, ése es el estado real de la política popular de emancipación. Desde luego, los Estados árabes no son los únicos en ser antipopulares y, en el fondo, haya o no elecciones, ilegítimos. Sea cual fuere el porvenir, las sublevaciones de Túnez y de Egipto tienen un significa- do universal. Establecen nuevas oportunidades cuyo valor es internacional.

UN PEQUEÑO DIÁLOGO

ACERCA DEL TIEMPO PRESENTE

(Texto publicado en el diario Libération del 28 de marzo de 2011 bajo el título de «Un mundo de delincuentes, diálogo filosófico».)

– ¿Admite usted, me dijo un día mi amigo el filósofo

de la calle, que en la actualidad el principio de todas las cosas, algo que ya no discute ningún poderoso de este mundo, es el provecho?

– Lo admito. Pero ¿a dónde quiere llegar?

– ¿Alguien que dice abiertamente: «Sólo existo en

virtud de conseguir un provecho personal y estoy dis- puesto a liquidar a mi amigo de ayer siempre que se

trate de cuidar o de aumentar mi tren de vida» es un…? ¿Es un…? Vamos, haga un esfuerzo…

– Un delincuente. Es una subjetividad de delin-

cuente.

– ¡Excelente!, exclama el filósofo de la calle. Sí, nuestro mundo es abiertamente un mundo de delin-

cuentes. Hay delincuentes clandestinos y delincuentes oficiales, pero eso no es más que un matiz.

– Convengamos en ello. Pero ¿qué obtiene de esta

observación?

– Que tenemos derecho a hablar de todo lo que nos

ocurre sirviéndonos de imágenes extraídas de la delin- cuencia, dice el filósofo de la calle con mirada astuta. Los padrinos, los lugartenientes, los pequeños capitos- tes, los asesinos…

– ¡Me gustaría ver algo por el estilo!, digo, muy escéptico.

– Vea lo que ocurre en este momento: en numerosos

territorios, la gente se reúne en masa pacíficamente para decir día y noche la verdad, a saber, que los que los gobiernan desde hace décadas no son más que delin- cuentes. El problema es que a esos capitostes locales, cuya partida exige la gente que está manifestándose, los han instalado, los han pagado y los han armado los padrinos más poderosos, los delincuentes superiores, los delincuentes refinados: el estadounidense y sus lugartenientes, los zeuropeos. 17 Los territorios en que

la gente se está sublevando tienen para estos padrinos supremos un interés estratégico y los guardianes bru-

tales de ese interés superior eran los capitostes locales. ¿Qué hacer? Contra los millones de personas que están reunidos y concentrados, que están desarmados pero hablan, que saben lo que quieren y que dicen la verdad, los asesinos no alcanzan. El estadounidense y los zeu- ropeos se ven incluso obligados a mantener un perfil bajo. A desgano, aprueban la limpieza popular.

– Pero dígame, dígame: ¿estaríamos ante el fin de la

delincuencia planetaria que hace las veces de mundo?, digo, lleno de esperanza, al filósofo de la calle.

– Si las personas logran organizar la iluminación que

les es propia en el acontecimiento por una duración que se extienda en el tiempo, es posible que la Historia cambie de dirección. Pero los padrinos civilizados han encontrado una trampa. Usted sabe que, en una esqui- na del desierto llena de petróleo, hay un pequeño capitoste que está ahí desde hace cuarenta y dos años.

– ¡Ah! ¡El coronel! Pero él también empezó con el pie izquierdo. Una parte del pueblo reclama su cabeza.

17 Zeuropéen, neologismo de reciente aparición para designar el gentilicio de la Zona Euro (N. del T.).

– Ahí las cosas han empezado como en otros lugares,

pero poco a poco fueron adquiriendo un cariz muy diferente. Personas que estaban armadas han tomado la dirección de los acontecimientos. Ya no se trata de vastas manifestaciones que dicen la verdad sino de grupos pequeños que se pasean en camionetas 4 x 4 blandiendo ametralladoras y a los que dirige un ex

lugarteniente del pequeño padrino local, y que atravie- san el desierto a toda marcha para ir a apoderarse de aldeas a las que nadie protege.

– Y por supuesto, digo, el capitoste local mafioso, el

coronel histérico, envía a sus asesinos contra ellos. Pero ¿en qué sentido esta situación representa una ganga para los grandes padrinos refinados?

– Ahí está el golpe genial, exclama el filósofo de la

calle. Los estadounidenses y los zeuropeos van a encar- garse ellos mismos de liquidar al coronel del desierto.

– Pero, replico, ¡eso es algo muy peligroso para ellos!

¡Les ha hecho grandes favores! Ha hecho sin chistar los

trabajos más sucios que exigían los zeuropeos. Ha intervenido de manera espantosa en contra de los

obreros africanos pobres que atraviesan su territorio y quieren venir a Europa. Se ha convertido en el portero feroz del dulce hogar europeo.

– Para los delincuentes, sin dolor no hay ganancia.

Cuando sus intereses están en tela de juicio, los gran- des padrinos saben ser despiadados con respecto a quienes los servían hasta ayer. ¡Civilización obliga!

– Y entonces, al mandar a sus asesinos civilizados en

contra de su grosero protegido de ayer, ¿en qué consis- ten son sus intereses? – Son considerables. En primer lugar, por fin se introducen en el juego político de los territorios en que la gente, desde hace semanas, se reúne y dice la Verdad. Los padrinos estaban casi descompuestos por haberse

quedado fuera de juego, espectadores de su propio desastre. En segundo lugar, le recuerdan a todo el mundo que la fuerza son ellos y nadie más que ellos. Ellos son los auténticos asesinos, a los que todo el mundo debe temer. En tercer lugar, actúan como si lo hicieran en nombre del Derecho, de la Justicia, e inclu- so, no dudemos de ello, de la Fraternidad y de la Libertad. Puesto que vienen para matar al pequeño delincuente local, ¿no es cierto? Cuando antes se trata- ba de su querido cliente. ¿No es eso ser generoso, acaso? En cuarto lugar, esperan que con esos grandes bomba- zos van a volver a los viejos tiempos en que la única distinción que vale es: o bien usted está con el mundo tal como es, con sus leyes no igualitarias, con sus elecciones insignificantes, con sus códigos comerciales, con sus asesinos internacionales y con el provecho como único principio. ¡Es perfecto! O bien está en contra de

todos los padrinos, todos los códigos carcomidos, a favor del fin de la delincuencia universal, y eso es algo muy malo.

– Terrible. ¿Cómo se explica entonces que casi todo el mundo apruebe la expedición del estadounidense y de

sus confidentes zeuropeos contra su ex socio el capitos- tedel desierto?

– El miedo a las masas, dice tristemente el filósofo de

la calle. En nuestros países pudientes, en los que la oligarquía dominante tiene los medios como para com- prar a incontables clientes directos o indirectos, real- mente se desea que los poderosos Estados-padrinos, bajo los coquetos nombres de «comunidad internacio- nal» o de «organización de las naciones unidas» arre- glen los asuntos. Vea usted, «nosotros» –estoy hablando de nuestro «nosotros» público, electoral, mediático– estamos demasiado corrompidos. Nuestro principio sigue siendo: «primero mi tren de vida». No nos resig-

namos seriamente a ver cómo echan por tierra ese

principio los piojosos del mundo que, por fin, se reúnen para decir la Verdad.

– ¿Es así, querido amigo, como explica usted que en

nuestro país tanta gente, de pronto, le otorgue méritos

a nuestros dirigentes, que hasta ayer eran abucheados por todas partes?

– Exactamente. Incluso han vuelto a sacar, para la

circunstancia, al Charlatán de Alto Linaje. 18 Ya había servido antes, para el despedazamiento de Yugoslavia

a golpes de bombarderos. Está un poco gastado, pero todavía sirve. Justo para la ocasión.

– Que siempre hace al ladrón.

18 En francés, le Bavard de Haute Lignée (BHL) hace ciertamente referencia al filósofo francés Bernard-Henri Lévy, quien había viajado a la ciudad de Bengasi pocos días antes de la publicación de este artículo y apoyó vigorosamente la intervención franco-inglesa en Libia (N. del T.).

ÍNDICE

Introducción

7

I. El capitalismo hoy

13

II. La revuelta inmediata

23

III. La revuelta latente

35

IV. La revuelta histórica

41

V. La revuelta y occidente

51

VI. Revuelta, acontecimiento, verdad

61

VII. Acontecimiento

y

organización política

69

VIII. Estado y política: identidad

y

genericidad

77

IX. Recapitulación doctrinal

91

X. Con el poeta, para concluir

103

Anexos

107

Túnez, Egipto, el alcance universal de las sublevaciones populares

113

Un pequeño diálogo acerca del tiempo

121

128

Alain Badiou El despertar de la historia CONTRATAPA

En este trabajo, el filósofo Alain Badiou examina los últimos tumultos del mundo: las revoluciones árabes (Túnez, Egipto), las revueltas europeas (España, Gran Bretaña) y la crisis financiera generalizada. Para él, se trata de una opor- tunidad para poner a prueba sus teorías del acontecimiento y de la Idea comunista. En su defensa de la postura contraria a la que postula el fin de la Historia que acompañó la caída del muro de Berlín, Alain Badiou reafirma el carácter siempre nuevo y que sigue generando entusiasmo de la voluntad de emancipación, de lo que el actual «tiempo de revueltas» constituye un testimonio ejemplar. Ahora le incumbe a la filosofía acompañar y pensar este tiempo que, según su pensamiento, anuncia un «despertar de la Historia». «Así como las revoluciones de 1848, más allá de sus fracasos circunstanciales, han implicado, a lo largo de un siglo y medio, el retorno del pensamiento y de la acción revolucio- narios, del mismo modo las sublevaciones que se dan en los países árabes, más allá de los parches que va a intentar imponerles la «comunidad internacional», implican, a una escala mundial, el retorno del pensamiento y de la acción de las políticas emancipadoras.» «Una política que considera eterno lo que la revuelta ha puesto a la luz del día a través de la forma de la existencia de un inexistente, lo que conforma el único contenido de un despertar de la Historia.»

Escritor, filósofo y profesor emérito de la Escuela Normal Superior de la calle de Ulm, Alain Badiou ha publicado en Ediciones Nueva Visión Manifiesto por la Filosofía y ¿Se puede pensar la política?

129