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10

Jean Berge ret

La Personalidad Normal

yPatol6gica

biD

Jean Bergeret

LA PERSONALIDAD NORMAL Y PATOLOGICA

ColecciOn PSICOTECA MAYOR

OTROS TITULOS DE INTERES

Octave Mannoni

Jorge Barudy y Marjorie Dantagnan

La crisis de la adolescencia

Los buenos tratos a ía infancia

Parentalidad, apego v resiliencia

1-Icidrun Panhofer

El cuerpo en psicoterapia

coordinadora

Teoria y práctica de la Danza Movimierito Terapia

Françoise Doito

La dificultad de vivir

Boris Cyrulnik

Bajo el signo dcl vinculo

Boris Cyrulnik

El ainor que nos cura

Marie-Cécile Ortigues y Edmon Ortigues

C'ómo se decide una psicoterapia de ninos

LA PERSONALIDAD NORMAL Y PATOLOGICA

Jean Bergeret

gedisa

editorial

TItulo del original en frances:

La personnalité normale et pathologique

© Dunod, 1974

Traducción: Maria Angélica Semifla

Diseño de cubierta: Rolando Memelsdorff

Segunda reimpresión: abril de 2001, Barcelona Tercera reimpresiOn: mayo de 2005, Barcelona

Derechos reservados para todas Las ediciones en castellano

© Editorial Gedisa, S.A. Paseo Bonanova, 9 la-P 08022 Barcelona (Espana) Tel. 93 253 09 04 Fax 93 253 09 05 Correo electrónico: gedisa@gedisa.com http://www.gedisa.com

ISBN: 84-7432-091-7 Despósiio legal: SE-2959-2005 European Union

Impreso por Publidisa

Queda prohihida La reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.

INDICE

INTRODUCCION

.

15

Pri?nera parte

 

HIPOTESIS SOBRE LAS ESTRUCTURAS DR LA PERSONALIDAD

 

Historia

 

23

1. ESTRUCTURAS Y NORMALIDAD.

 

29

1.

La nocidn de 4t normalidad.

29

2.

PatologIa y normalidad .

35

3.

La <normalidad patologica

45

4.

uNormalidadz, y standarización.

53

5.

Edipo y

58

2.

LA NOCION DR ESTRUCTURA DE LA PER-

 

SONALIDAD

67

1.

El sentido de los términos

.

67

A) SIntoma

.

B) Defensa

C) Significación histórica del cpisodio

D) Enfermedad mental .

E) Estructura de la personalidad

2. El concepto de estructura de la personali-

dad

A) Definición y situación

B) Punto de vista freudiano .

68

69

70

72

73

73

73

76

a) Primera posición freudiana

 

78

b) Segunda posicion freudiana

c) Tercera posicion freudiana .

d) Cuarta posición freudiana

 

79

79

80

C) Genesis de la estructura de base

 

81

a) Primera etapa

 

82

b) Segunda etapa

c) Tercera etapa

82

83

D) Observaciones sobre ]as estructuras concernientes a la infancia, Ia latencia

y

la adolescencia

 

84

a) Infancia

b) Latencia

c) Adolescencia

85

90

93

3. LAS GRANDES ESTRUCTURAS DE BASE

95

Generalidades

95

1.

La linea estructural psicótica

99

Generalidades

99

A) estructura esquizofrénica

B) estructura paranoica

La

La

 

103

111

C) Estructura melancólica.

D) Reflexiones diferenciales

117

122

2.

La imnea estructural neurdtica

.

143

Generalidades

143

A) estructura obsesiva .

La

.

.

.

148

B) estructura histérica .

La

.

.

.

.

154

a)

Estructura histérica de angustia .

156

C)

Reflexiones diferenciales

166

D)

Las falsas neurosis

168

4. LAS A-ESTRUCTURACIONES

181

1. Situación nosologica .

.

181

2.

El tronco comtn de los estados Ilmites.

185

3. La organización limite

A) El Yo anaciltico

189

189

B) La relación anaclitica .

191

C) La angustia depresiva .

194

Las instancias ideales .

D) E) Los mecanismos de defensa

196

199

4. Las evoluciones agudas

202

A) Descompensación de la senescencia

Estallido del tronco comün

202

B)

205

5. Los acondicionamientos espontdneos

211

A)

El acondicionamiento perverso

211

B)

Las organizaciones caracteriales

218

a) cNeurosis de carácter

219

Psicosisi de carácter

b) c) cPerversión de carácter

220

221

Segunda parte

HIPOTESIS SOBRE LOS PROBLEMAS DE CARACTER

His toria

225

EL CARACTER

237

A) El carácter his térico de conversiOn

242

B) El carácter histerofObico

247

2.

Los caracteres psicóticos

A) El carácter esquizofrenico

B) El carácter paranoico

3.

Los caracteres narcisistas

.

A) El carácter abandónico

B) El carácter de destinado .

C) El carácter narcisista-fá]ico

D) El carácter fálico

E) El carácter depresivo

F) El carácter hipocondriaco .

G) El carácter psicasténico .

H) El carácter psicopático .

I) El carácter hiponianlaco .

4.

Los caracteres psicosomdticos

5.

El carácter perverso

6.

Observaciones sobre los problemas del ca- rdcter en el niño

7.

eExiste an carácter epiléptico?

2.

LOS RASGOS DE CARACTER

Rasgos de carácter sublimativos .

Rasgos de carácter reacc: -tiles .

1. Rasgos de cardcter estructurales

A) Rasgos de carácter neuróticos

a) Rasgos de carácter histéricos

Rasgos de carácter obsesivos

b)

B) Rasgos de carácter psicóticos

a) Rasgos de carácter esquizofrenicos

b)

Rasgos de carácter paranoicos.

C) Rasgos de carácter narcisistas

2. Rasgos de cardcter pulsionales .

A) Rasgos de carácter libidinales

264

266

271

280

282

283

284

285

286

286

287

288

289

290

297

300

304

309

312

313

315

315

316

316

317

317

317

318

319

320

a) Rasgos de carácter orales

320

b) Rasgos de carácter anales

323

c) Rasgos de carácter uretrales

Rasgos de carácter fálicos

e) Rasgos de carãcter genitales

326

d)

327

328

B) Rasgos de carácter agresivos

331

a)

Rasgos de carácter sádicos

331

b)

Rasgos de carácter masoquistas

334

C)

Rasgos de carácter autopunitivos

336

C) Rasgos de carácter dependientes de ]as pulsiones del Yo

337

3. LA PATOLOGIA DEL CARACTER

339

1.

La oneurosisz de carácter

344

2. La <<psicosis>> de cardcter

351

3. La cperversithm de carácter

361

Conclusion

.

.

.

369

BibliografIa

.

.

.

377

INTRODUCCION

Esta obra constituye la sIntesis y el desarrollo de ia$ investigaciones que he emprendido, a partir de 1963, sob,e la articulaciOn de los fenómenos manifiestos constatados

a nivel del cardcter o los sintomas, con los elementos

metapsicoldgicos, mds estables y pro fundos, que se ci- tzan en el piano menos visible y latente de La estructura de la personalidad. Muchos autores se han interesado en aspectos frag-

men tarios de esta trilogla: estructura - carácter - sintO-

matologla. Parecia oportuno entonces intentar una sIn- tesis que se apoyara sobre tan diversos enfoques, y emitir nuevas hipótesis capaces de orientar una vez mds el de- bate hacia los problemas, algo descuidados en nuesiros dIas, de la aproximacidn caracterokigica.

En efecto, seria ventajoso considerar a La caracterolo- gla como una ciencia destinada a precisar Las encrucijadas metapsicologicas visibles entre Las mltiples manifestacio- nes relacionales posibles que ernanan de tal o cual estruc- tura de base. Cada tipo de estructura profunda de la personalidad podria generar asi diferentes modelos rela- cionales, algunos de los cuales permanecerIan dentro dei dominio caracterial, en tanto que otros se internarian mds

o ,nenos radicalmente dentro del registro patológico. Creo que era necesario introducir actualmente una con- cepción de la sistemdtica que tuviese mds en cuenta Ia dindmica y la genézica freudiana.

Sin duuia, muchas personalidades corresponden a in- tentos de estructuración imperfectos e inconclusos; por to tanto, en una buena cantidad de casos y durante ui-i tiempo considerable, tenemos posibilidades de camb jar el curso de los acontecimientos sin apartarnos de la orien- tacidn estructural, o de observar cámo se detiene esa evo- lución estructural, por an perlodo que varia mucho de an sujeto a of ro, en an estadio de simple anegesia lateral que no tendrIa en si nada de definitivo. Tarn biën podemos mencionar las fijaciones que acttan corno frdgil organizi- ciOn defensiva, rnuy costosas desde el punto de vista eco- nómico, pero que sin embargo conservan toda clase de capacidades evolutivas, en las direcciones mds esiables y sólidas. En sin lesis, las personalidades netamente estructura- das, que responden a fun cionamientos econó;nicos al mis- mo tiempo estables y bien integrados (condiciones esen- dales para merecer la etiqueta de onormalidadD en el seno de una linea estructural definitivantente fijada), so'- macho rnds raras de Ia que podrIarnos haber supuesto hasta este momento. Semejantes personalidades solo podrIan producirse en an contexto ontogenético limit ado, y en momenfos pre- cisos de esa ontogénesis. Sin duda, estas condiciones pue- den ser considerablemenie esciarecidas por las investiga- ciones clInicas, cuya smntesis forma parte de este trabajo. Esas investigaciones deben perrnitirnos individualizar cri- terios que son a la vez may profundos y esencialmente polivalentes. De esta manera, se hace efectivamente posible situar mejor muchos casos particulares de personalidades a cara- teres cuya ref erencia a los principales modelos estructurales bien definidos se hacla dificil en el marco de los antiguoc sistemas tipológicos, demasiado rigidos. Me ha parecido que un objetivo a dcanzar sin corn promisos ni concesia- nes era no seguir hablando de los demasiado fdciles mtipog rnixtos (cuya naturaleza se desconoce, asI como sus ni - veles de combinacidn). La distinción que establezco entre caracteres y des- tructurasx podrd parecer a aigunos bastante artificial, ya que, segün la terminologla filosofica o psicolOgica, la de- nominaciOn de ((estructuraD abarca, en la mayoria de los

casos, a lodos los modos de organización, cualquiera sa su nivel: personalidad, cardcter, tipo, etc. Se trata de Un término bastante general, at que difIcilmente se pueda oponer otro término que defina una categoria particulir dependiente del mismo con junto. Par el con frario, en psicopatologIa, el vocablo ves- tructurav alcanza un sentido md-s preciso, limitado a los elementos de base de la personalidad, a la mnera en que esta personalidad se organiza en el piano prof undo y fundamental; los psicopatólogos pueden, pues, oponer ii- bremente la noción de estructura de base, o estructura de la personalidad (generalmente decimos aestructurao a

secas), tanto a los

(lo que los filósofos Liamarlan quizds de buen grado des- Iructuras de sIntomas, o estructuras de caracteres). Efectivamente, los psicopatdlogos, at ocuparse esenciaimen

te del aspecto funcional de esos sIntomas o esos carac- teres, los consideran fundamentalmente dependientes en

su genesis, originalidad y limitaciones, de la nafuraieza

y la variedad de la estructura de base de la personalidad sabre la que se asientan.

La estructura de la personalidad (denominada habi- tualmente en psicopatologla aestruclurav a seco_s), se con- cibe entonces, par una parte, coma la base ideal de orga- nizacion estable de los elementos metapsicolOgicos cons- tantes y esenciales en un sujeto, en tan to que el cardct'r aparece, POT otra parte, coma el nivel de funcionamiento manifiesto y no mOrbido de la estructura lal coma acaba de ser definida. Desde esta óptica, la sintomatologla se convierte sim- plemente en el modo de funcionamiento mórbido de una estructura cuando ésta se descornpensa, es decir, desde

"sIntomas> coma a los caracteres

el momenta en que los factores internos de con flictuali-

zacidn dejan de estar equilibrados par un juego eficaz (y no perturbador en sI rnismo) de los variados mecarzis- mos de de tensa y adaptación. El hecho de que no haya desarrollado de manera es. pecIfica, ni siquiera en los capItulos originates, el punto

de vista sintomatológico, se debe a que, en el curso del presente estudio, mi atención se ha centrado sOlo en la importancia económica de los sIntomas en el conjunto de una personalidad dada.

El examen fenornenoldgico de los sintornas ha sido objeto de nurnerosos tratados de psiquiatrLa de divers.-Is tendencias. Mi objetivo en este trabajo se limita a reubi- car la funcjón del sjntoma en rclacidn cOit La estructura de base por una pane, y al funcionamienfo caracterial por otra. Es evidente que tal concepción de con/unto, esencial - mente dinámica, no puede desarrollarse sino en el marco de una posiciOn y una ref lexión auténtica y claramente psicoanaliticas. A partir de FREUD y de los trabajos psi- coanaliticos coniemporáneos, se puede corn prender La es- tructura, segin La hemos definido más arniba, como ci elemento organizador de base de La personalidad en situa. ción activa y relacional. Escaparnos asi a los habilualmente inevitables enca-

balgamientos entre vestructuras de personalidad, cestru- turas de cardcter>>, y <<estructuras nosológicasx; a todas las vacilaciones (0 jcluso Las contradicciones) con que ha'z tropezado las invest igaciones precedentes.

Mi investigacidn me ha conducido inevitablemente

repensar, sobre esas nuevas bases conceptuales, el prob!e.

ma de La normalidad.

Desde el pun to de vista metodológico, me he esforzada por clarificar el debate (con los peligros ciertos de La sistematización) con la mayor cantidad posible de idmi- nas y esquemas; asimismo me he preocupado por insertar, en los momentos mds <cteóricos de mi texto, observaciones clinicas, lo mds expresivas y vivaces posibie, destinadas

(a riesgo de onillar a veces La caricatura) a precisar clara- menre el rasgo motor principal de mi investigación. Desearja que el clinico denasiado renuente a las re/le- xiones teóricas, 0 simplemente ci lector impaciente, Pu. dieran encontrar, en un primer momento al menos, la tInea directriz de mi propósito en estas observaciones, qu he seleccionado y desarrollado con especial cuidado.

Por falta de espacio, y para no hacer demasiado pesa-

da esta obra, no siempre he podido reagrupar, sistema-

tizar y desarrollar (auto como hubiera deseado mis fuentes de documentación y mis re flexiones cniticas a este respecto, en especial en mis pardgrafos uhistdricos.

No sabnia expresar suficientemente mi reconocimiento

a Los investigadores y a Los clinicos que han aportado abun-

dantes elementos de elaboraciOn, en particular D. ANZIEV,

M. BENASSY, M. FAIN, A. GREEN, R. GREENSON, B. GRUNBERGER, I. GUILLAUMIN, 0. KERNBERG, R. KNIGHT y P. C. RACAMIER.

Deseo vivamente que mi contribucidn, a pesar de sus numerosas imperjecciones, pueda conmover de alguna ma- nera los marcos demasiado rIgidos o demasiado impreci- sos de las posiciones estructurales o caracterologicas an- tigu.as, y que incite a los autores conternpordneos a am- pliar an niás el debate, a retatnar y desarrollar estudios ulteriores fecundos en estos niveles.

PRIMERA PARTE

HipOtesis sobre las estructuras de la personalidad

}IISTORIA

El térrnino estructura tiene significaciones muy dik- rentes segCin nos refiramos a la teorIa de la Gestalt, a ]as tern-las jacksonianas o at estructuralismo. También se em- plea a veces en et sentido de estructura de conjunto y, en este caso, se aproxirna at empleo del sustantivo inglés

pattern.

Sin embargo, en el ienguaje coriente, la estructura

continua siendo una nocidn que implica una disposición

compleja, aunque estable y precisa, de las partes

que Ia

componen; es decir, la manera misma en que se compone un todo, en que sus partes se avienen entre sl. En mi introducciOn me he extendido lo suficiente acerca del sentido que se otorga en psicopatologla at término uestructura, como para que sea necesario justificar una vez más los ilmites de esta utilización al nivel de Ia estruc. tiiuctura de base de la personalidad. Consideraré queaconstituci6np y vestructuraD de la per-

sonalidad representan, en imneas generates, un concepto idéntico: el modo de organización permanente más pro- fundo del individuo, a partir del cual se producen tanto las ordenaciones funcionales Ilarnadas <(norTnalesD como los avatares de la morbilidad. Salvo los casos en los que aparece empleado en ci sen- tido de tempemmento o ccarácter, el término tipo se refiere habitualmente a la estructura de base, v no parece necesario tratarlo desde una óptica particular.

Didier ANZIEU (1965), sitüa en el primer cuarto del siglo XX el desarrollo de la idea de <<estructura, y crce que esta noción implica una corisideración de los sIntomas segCin el nidtodo asociacionista. Ahora bien, para el Dr. Anzieu, los sintomas solo tienen sentido vinculados unos con otros o en su relación con el carácter; lo que consti- tuye su especificidad no es su simple presencia,' sino la manera en que se disponen unos con respecto a los otros. Debemos tener en cuenta, además, tanto los sintomas ane- gativosD que corresponden a las deficiencias registradas en Los pacientes, como los sintomas -positivosy, que corres- ponden a las reacciones especIticas del paciente ante La alteración de su personalidad. No obstante, desde ]as descripciones poéticas o fib- óficas que se remontan a la antiguedad, la vertiente patologica de Las estructuras ha sido sieinpre la que se ha desarrollado con más facilidad. Sin embargo, encontramoS en HOMERO, LA BIBLIA, DEMOCRITO, ASCLEPIO o PLATON referencias a tipos estructurales no rnórbidos. Los autores de La Edad Media primero, luego SHAKES- PEARE, el clasicismo literario y numerosos autores más modernos se destacaron en el análisis, no solo del carácter sino también de la estructura de algunos de sus personajes, e incluso mostraron cómo podia efectuarse, en el seno de una misma organizaciOn mental, el pasaje de la esfera psi- colOgica todavIa adaptada a la esfera patolOgica ya des-

compensada. A partir del siglo XVIII, son Los psiquiatras Los que más desarrolban su punto de vista sobre el terreno estructural. PINEL (1801), ESQUIROL (1838), REGIS (1880) en Francia, TUKE (1892), MAUDSLAY (1867), JACKSON (1931) en Gran Bretaña, RUSH (1812) y A. MEYER (1910) en los Es- tados Unidos, GRIESINGER (1865), MEYNERT (1890), WERNICKE (1900), KRAEPELIN (1913) en lengua alemana, fueron los primeros en referirse a la continuidad entre lo normal y Jo patol6gico en Ia estructura profuncla de Ia

' huma-

nitaria* se apoya en esa conviccidn, atm cuando ésta no se

halle siempre claramente expresada. Los perlodos ilamados socialv y luego comunitario. de La psiquiatrIa no son, en

personalidad. Su actitud general profundamente

1. Exlsten, por ejemplo, obsesivos sin .obscsión* algura exteriorinente visible.

el fondo, sino la consecuencja lOgica de los pasos prece- dentes: cualquiera sean los factores desencadenantes curativos que ésta o aquella escuela anteponen especifica- mente, la travectoria profunda de cada uno conduce poc.

a poco a la idea de la no-especificidad de La naturaleza mórbida de ésta o aquella estructura, de la labilidad tanto como de la posibilidad de curación que ofrece toda estruc- tura en sI. Par su parte, la antisiquiatrIa va apenas más allá de las tendencias sociales o comunitarias precedentes en el piano de un liberalismo que sigue siendo, delibera- mente 0 no, racional: nos propone sirnplemente ci *salto, fuera de la lógica, pero no produce ningdn cambio radical y, sobre todo, no aporta nada nuevo en Jo referente al

problema del continuum

0

estructural del que no quiere ni

oir hablar: hasta tal punto parece mantenerse aferrada al registro de la angustia. Si bien se ha visto que es necesario clasificar los datos profundos, preciso es reconocer que en este terreno, sin los medios metapsicológicos que poseemos actualmente gracias a! aporte de FREUD y los post-freudianos, no bas- taban las meras descripciones; igualinente, no nos sor- prende comprobar que en el terreno estructural nos en- contramos con muchas menos hipótesis a revisar que en el capitulo consagrado a las caracterologfas. Podemos considerar con Henri EY (1955) que la .va- riación mental patologica se puede encarar segün cuatro modelos teóricos: como alienación radical, como producto de los centros cerebrales, como variación de la adaptacidn al medio, o incluso como efecto de un proceso regresivo en la organización psiquica. Sea cual fuese la respuesta que se elija, conviene aprender la condicidn mental, excep- cidn hecha del episodio mdrbido, dentro de una estructura profunda original y formal que conserva indudablemente su significación existencial y antropológica. En lo que se refiere al punto de vista estructuraj en ci nina, Colette CHILAND (1971), ha sintetizado la opinida de numerosos paido-psiquiatras contemporáneos al mostrar la particular compiejidad de la noción de estructura en una edad en que ci conjunto no parece estar aün en fun- cionamiento y en que las fases de equilibrio y descom- pensación pueden sucederse sin que su significacion pro- funda resulte sienipre evidente.

La estructura, para Colette CHILAND (1967), sigue sien- do un concepto inspirado en la opinion de LEVI-STRAUSS (1961), que se iriteresa por los modelos teniendo en cuenta no solo los térrriinos en si mismos, sino también las rela- ciones entre los términos. Para C. CHILAND se trata de investigar la explicación estructural, no exciusivamenle al nivel del sistema de relaciOn, sino también al nivel de las reglas de trasformación que permiten pasar de un sistema a otro, y considerando tanto los sistemas reales como Jos sistemas meramente posibies. C. CHILAND se refiere a la opinion de A. FREUD (1965) para incorporar la estructura al nivel del segundo tópico en relaciOn con las pulsiones, ci Yo y el Super-yo, y para fundar un eventual diagnOstico estructural sobre el estudio de la relación de objeto y los mecanismos de defensa. Antes del aporte freudiano habian sido propuestas cIa. sificaciones usintomatológicas a través de KAHLBAUM (1863), MOREL (1851), HECKER (1871 y 1874) y, sin dud,i, Emile KRAEPELIN, cuyas hipdtesis han sido retomadis en Ia clasificaoión centrada sobre la noción de psicosis y propuesta por la Asociación norteamericana de PsiquiatrIa. Estas clasificaciones que tienden a vincular el sIntoma con el aproblema fundamental), subyacente, se limitan al tipo de descripciones clInicas que han seducido a los psiquiatras de todos Jos tiempos. E. BLEULER aportO en 1911 a1- gunas modificaciones, en el sentido de un afinamiento de la serniologia, pero siexnpre dentro de una gran depen- dericia de los sintomas. En la misma época aparecen ensayos de clasificaciones

orgdnicas

con JACOBI (1830), MOREL (1860), SKAE

(1897), CLOUSTON (1904), TUKE (1892). Esos puntos de vista fueron retomados, hace algunos años, en la clasifi- cación propuesta por la Asociación Real Médico-psicológica de Gran Bretaña. Dc acuerdo con ellos, habria una relación Intima obligatoria entre el problema psiquico y una lesion que se supone orgánica. En el mismo sentido, nos encon- tramos con ci punto de vista órgano-dinamista de Pierre JANET (1927), que se apoya en gran medida en Ia nociOn de evolucidn, con los trabajos de H. JACKSON (1931), de MONAKOW iy MOURGUE (1928), y finalmente con las concepciones de H. EY (1958), inspiradas en JACKSON. 3. ROUART ha intentado precisar, en BONNEVAL, en ci

aflo 1946, ci posible papel de toda organioidad en un istema de olasificaciones como éste.

Las clasificaciones afisioldgicass han sido sostenidas por MEYNERT (1884), TIJKE (1892), WERNICKE (1900), A. MEYER (1910), CONNOLY (1945), D. HENDERSON y R. D. GILLESPIE (1950). Estas clasificaciones tratan de establecer las relaciones entre el funcionamjento mental observado y las localizaciones neurológicas diversas que corresponderian a los centros reguladores del funciona- miento mental sobre este o aquel registro particular.

Las clasificaciones psicolOgicas

responden a una preo-

cupación por investigar, en el dorninio del funcionamient mental del hombre normal*, ciertas categorias en ]as que a coritinuacion se intentará encuadrar los problemas psi- copatológicos. Algunos autores como LINNE (1763), AR- NOLD (1782), CRICHTON (1798), PRICHARD (1835), BUC- KNILL y HAKE-TUKE (1870), ZIEHEN (1892) y HEIN- ROTH (1890), han trabajado en este sent'ido. El punlo de vista freudiano, por el contrario, se interesa por algunos indices fundamentales que permiten diferen- ciar o aproximar las estructuras tales como ci sentido latente del sIntoma (simbolo y compromiso en el interior del conflicto psfquico), ci grado alcanzado por ci desarrollo libidinal, ly también el grado de desarroilo del Yo y el Super-yo, y finalmente la naturaleza, Ia diversidad, la flexi- bilidad y la eficacia de los mecanismos de defensa. Los post-f reudianos continüan las investigaciones sobre esas bases: K. ABRAHAM (1924), F. ALEXANDER (1928), E. GLOVER (1932 y 1958), K. MENNINGER (1938 y 1963), J. FROSCH (1957) D. W. WINNICOTT (1959), W. SCOTT

(1962).

M. BOUVET distingue en 1950 los modos de estructu- racidn genital y pregenital. L. RANGELL (1960 y 1965) so sitüa en una perspectiva de conj unto de las diferentes funciones del Yo. A. GREEN (1962 y 1963), ha tratado cie apoyarse en las nociones de prdida y restitucidn dci objeto, fantasmatizacióri, identificaciOn y difu.sión, castra- ción, fraccionarnâento, sublimación e inhibición, para dar cuenta no solo de las gTandes entiidades nosoiOgicas oiasi- cas sino también de la diversidad dc las pequefias entidades intermediarias, que muchos autores olvidan o maltratan con excesiva frecuencia. J. H. THIEL (1966), por su parte,

se rebela contra la exciusividad neurótica que durante tanto tiempo ha puesto de manifiesto la investigación psicoanalItica, y estima que es necesario distinguir entre una teoria de los problemas mentales por una parte, una cierta filosofia de la naturaleza, las causas y las funciones de la enfermedad, y por otra un sistema de clasificación de los desérdenes en Si.

I

Estructuras y normalidad

1. LA NOCION DE aNORMALIDADv

Cierto es que el empleo de la noción de <cnormalidad* presenta riesgos indiscutibles en manos de quienes detentan la autoridad médica o politica, social o cultural, económica y filosófica, moral, jurIdica o estética, y, por qué no, tam- bién intelectual. La historia antigua y contemporánea, tanto de las comunidades como de ]as ideologlas, grandes o pequefias, nos ofrece crueles ejemplos de ello, además de permitirnos comprobar que cada una de ellas retiene solamente representaciones muy selectivas, en función de sus opciones personales. Si la ccnorrnalidad,, se refiere a un porcentaje mayori- tario de comportamientos o puntos de vista, desdichados quienes pertenecen a la minoria. Si, por otra parte, la normalidath se transforma en función de un ideal colec- tivo, ya conocemos de sobra los riesgos a que se yen expuestas incluso la mayorias, dado que quienes se adju- dican la vocación de defender por la fuerza dicho ideal las reducen al silencio; se proponen asI limitar a ese ideal e desarrollo afectivo de los demás después de haberse visto bloqueados eflos mismos por él, y de haber elaborado, secundariamente, sutiles justiflcaciones defensivas. De hecho, La normalidad se enfoca en la mayorla de los casos en relación con los demás, con el ideal o la regla. Para intentar seguir siendo 0 llegar a ser anormab,, el niño se identifica con los mayores ', y el ansioso les imita. En ambos casos la pregunta manifiesta Se enLmcia de La si- gu.iente manera: a4C6mo hacen los otros?.v y se sobreen- tiende: <c,Cómo hacen los mayores?

Ahora bien, el verdadero problema que plantea el even- tual reconocimiento de una <cnorrnalidada tal vez no se

sitüe en este five!, entre estos dos falsos aspectos obje. tivos: los demás o ci ideal. El poderfo atómico ha arrastrado al mundo a las tra- gedias que todos conocemos y, sin embargo, ni siquiera los más pacifistas pueden negar la existencia del átomo. Por ende, Zpor qué habriamos de negar Ia necesidad de una noción de enormalidada? Si, en lugar de forrnular (o terner) continuamente jui-

cios de valor

detnds en cuanto a una

eventual enormalidada, que demasiado a menudo y lamen-

tablemente se concibe en este sentido, a•ntepusiéramos la

que dicha

comprobaciOn de buen funcionarniento interior

noción puede comportar, teniendo en cuenta Jos datos par. ticullares de cada individuo (aun cuando se yea muy limita- do en sus posibilidades personales, de manera ocasional o duradera), me parece que podrIamos encarar las cosas de otro modo que corno simples defensas proyectivas, o como proselitismo invasor e inquie tante. Sin embargo, no es fácil encontrar interlocutores que

acepten discutir un aspecto sub jetivo, eminentemente ma- tizado y variable, de snormalidada en función de las rea- lidades profundas de cada uno. Por una parte, la tentación sádica nos Ileva inmediata-

mente a las estathsticas o los idcales. Por otra, la tentación

masoquista y ((pauperista

diata y cargada de horror ante todos Jos conipuestos da

la 'palabra anormab 1. En el primer caso, nos hallamos prisioneros, por una

parte, de un imperialismo que se apodera de la

interitar salvaguardar los privilegios que esta ültima ha

avalado durante tanto tiempo, y en el otro caso nos

término, en razón de

enfrentamos con un rechazo del

con relaciOn a los

p desencadena una aletgia inme-

nocidn pan

I En latin el término norma corresponde, en su sentido especifico. al

instrumeno de arquitectura que en frances se llama

sOlo v1scmos a encontrarlo más tardiamente en Cicerdn, }ioracio 0 Plinio,

en un empico secundarin y figurado, con ei seutido de regla, modelo 0 ejemplo El primer signhficado determma solamente ci anguio funcionalmeflte mas ventajoo para articular dos pianos en una coustruccidn, y no un posiciOn ideal fija de la casa con respecto al suelo. La construccmón puade

encorLtrarse .a plomo

(es decir, en equilibrio interno), aun sobre un

stelo en pendiente pronunciada, gracias a la cscuadm-a, que juslamente hab'á

rectiliczmdo Ins peligros que la mnclinaciOn primiUva del terreno hacfa co- rer a Ia soiidei del conjunto del edificlo

équerre (escuadra), y

todos los recuerdos opresivos y dolorosos que despierta. Y nuestra posici6n de investigadores se complica ati'i mas cuando comprobamos que muchos de los que no se e ncuentran oficialniente comprometidos con 1.ma u otra de ]as dos posiciones defensivas precedentes vadilan a menudo y aiternatjvamente entre Un rapto sádico que los inclina a favor de ]as normas <autoritarias, 0 Ufl guiño de- magogico hacia ]as susceptibilidades acontestatarias . Este movimiento pendular de anulaciones sucesivas presenta el riesgo no solo de volver mudos a esos profesionales, sino, sobre todo, de hacerles perder todo coraje cientifico o toda capacidad de investigaciOn. Sin embargo, Ia nociOn de unormalidadn se halla tan ligada a la vida como ci nacimiento o Ia muerte, at utiiizar el potencial del primero tratando de retrasar las restric- ciones de la segunda, en la medida en que toda norrnalidad no puede sino coordinar las necesidades pulsionales con las defensas y las adaptaciones, los datos internos here- ditarios y adquiridos con las realidades externas, las posi- bilidades caracterjales y estructurales con ]as necesidades relacionales. Y en la actualidad parece ser que ci peligro principal no reside tanto en el conocido riesgo de que Ia nociOn teórica de normalidad sea usurpada en beneficio de los poderosos o los soñadores, sino en la negación por lo pesimistas. que sirven sutilmente al instinto de muerte. del conjunto de Ins elementos reguladores internos que permiten a los humanos (siempre limitados) disponerse iriteriormente para procurar no la ilusión de la omnipo- tencia o Ia felicidad, sino at menos zonas de eficiencia y bienestar suficientemente sólidas i constantes, en medio de sus necesarias imperfecciones y sus no menos obliga- torios conflictos interiores. Liegariamos asI a una sIntesis bastante aproximada a la del hombre de la caile que cree, muy sabiamente sin duda, que cualquier ser humano se halla en un xestado normal ", sean cuales fuesen sus problemas personales profundos, cuando consigue manejarios y adaptarse a sí mismo y a los demás, sin paralizarse interiormente dentro de una prisiOn narcisista, ni hacerse rechazar por los de- más (prision-hospital-asiio), a pesar de ]as inevitabies diver- gencias a que se expone en sii relación con ellos.

Mi intento actual de definir la nociOn de la unorma- lidath está lejos de satisfacerme por entero, aunque más no fuera por su extension; pero hasta el presente me ha parecido difIcil reducir el nümero de sus parámetros. Intento de definiciOn:

La persona verdaderamente %sanaD no es simplemente la que se declara como tal, ni mucho menos un enfermo que se ignora, sino un sujeto que conserva en si tantas fijaciones con flictuales corno la ma yoria de la gente, que no haya encontrado en su camino dificultades internas o ex- ternos que superen su equipo afectivo hereditario o adqui- rido, sus facuitades personales de defensa o de adaptacidn, y que se permita an juego bastante flexible de sus nece- sidades puisionales, de sus procesos primario y secundario tanto en los pianos personales como sociales, evaluando la necesidad con exactitud y reservdndose el derecho de corn portarse de manera aparentemente caberrante en cir- cunstancias excepcionalmente vanormaleso. Por lo tanto, será necesario insistir en que las nocioneS de norimalidacli' y estruotura son independientes. En efecto, la observación cotidiana ha demostrado amplia- me'nte que una personalidad considerada normal puede entrar en cualquier momento de su vida en el ámbito de la patologla mental, incluId.a la psicosis, y que, a la inverSa, Un enfermo mental, incluso psicótico, que recibe un tra- tamiento correcto y precoz, conserva intactas sus opor- tunidades de retornar a una situaciOn de vnormalidado. De manera que actualmente, ya no nos atrevemos a opo- ner de manera demasiado simplista las gentes normales" a los cenfermos mentalesD cuando consideramos la estrth> tura profunda. Ya no nos dejamos embaucar por las mani- festaciones exteriores, por estridentes que sean, corres- pondientes al estado (momentáneo o prolongado) en quc se encuentra una estructura verdadera, y no un cambio real de esta estructura en si misma. Si nos limitamos, en un primer momento al menos, a

Jo que en mis hipOtesis personales

Ilamo cestructuras esta-

biesD

que dentro de una Ilnea estructural psicótica, existen tan-

tos términos de transición entre upsicosis y cierta forma de normalidad" adaptada a la estructuraciôn de tipo psi-

(es decir, psicdticas o neurOticas), parece evidente

cótzico, como los que existen dentro de una if nea estructural neurótjca entre a neurosis v y cierta forma de norma1jdad,, adaptada a la estructuracjón de tipo neurótico. Sin duda, un ejemplo podrIa ilustrar de manera mucho más precisa mis palabras:

Obs. n. 1

Rend tiene 38 aflos. No tiene conocimiento de niiigimn antecodente medico notable. Alto, delga.clo, no parece ni lnuy fuerte fIsicatnente, ni muy cuidadoso de su persona, in muy aterito a Jo que pasa a su airededor. René ha sido el hijo dnico de tin padre bastante mayor y taciturno, no- tario en tin pueblecito, y de una madre mucho más joven, autoritaria y bastante agresiva. Ha crecido fundamentalmente entre esta madre, su tfa (hermana de la madre) y Ta abuela materna, en cuya casa se alojd durante los aflos de sus estudios secundarios y sus comienzos en la Universidad. Esos estudios fueron excelentes, al estar René dotado de un may elevado cociente intelectual, pero se eternizaron debido a que René no acababa de decidirse por una orien- tación definida ni por una carrera precisa. Se graduo muy pronto en Ia orientacjón literarja de Ia Escuela Normal superior, pero no por eso dejaba de buscar certificados de capacidad en todos sentidos, principalmente certificados occientificosD que obtenia fácilmente, y se permitió incluso tin giro momentáneo hacia el campo del Derecho. Al ganar tin concurso de la AgregaciOn de Letras, aceptó finalmerite un puesto en un gran liceo parisino, pero al cabo de algunos años, y mientras contirivaba todavIa enseñando en clases preparatorias, fue designado para un puesto impor- tante en la administración central. Simultáneamente, proseguf a ciertas invest igaciones ma- temáticas y escribIa poemas. Ponla de manifiesto a la vez Un gran eclecticismo y muy escasos elementos pasionales; se permitla pocas distracciones, pero no se aburria. La mayorIa de sus colegas, casados y padres de familia, considerados normales ' por el hecho de que pasaban sus veladas en cócteles o espectáculos de moda, Jos domirigos en las carreteras suburbarias, los martes de carnaval en Val-d-Isère, las Pascuas en casa de sus sucgros y Jos meses

de agosto en Esipafia, lo consideraban a él como un ori- ginal), simpático pero algo inquietante. En efecto, frente a ël todo el mundo se sentIa más o menos cuestionado, y pronto cada uno acababa por proyectar sobre René la inquietante extrañeza que éste hacla nacer en ci otro, den- tro del frágil sistema de ideal colectivo adoptado por los miembros del grupo considerado ((normalo por simples razones estadIsticas o ideales. René experimentaba deseos sexuales, pero en la mayoria de los casos se las arreglaba para poner entre la mujer y él distancias tranquilizantes o dificultades apaciguadoras. Sin embargo, y luego de muchas vacilaciones, acabó casándose con una viuda joven, inteiigente, activa y simpá- tica, pero a quien las gentes consideradas ((normalesv en esa época reprochaban que mo se sometiera a los gustos del momento. René experirnentó un diffcil comienzo conyugal: su madre no se mostraba favorable a ese matrimonio; por su parte, los suegros mimaban ' excesivamente a la pareja; finalmente, René comenzó a sentir durante algunos meses una especie de bola ' que subia y bajaba, y que le oprimia

al nivel de la laringe. La xnuez, Ic declan, sin duda riendo, los amigos que habIan leido tratados de divulgación psi coanalitica. Y efectivamente, dadas las difioiles circuns- tancias matrimoniales, la broma parecla muy acertada. Luego la pareja se creó una vida independiente, poco original en reiación con lo que los demás Ilaman origi-

refe-

rimos a lo que la mayorIa suele denominar apresurada- mente normalidad'>. Nacieron tres hijos, educados de una manera ccuriosa'>:

es decir que a vecinos, padres y amigos les chocaban las libertades de que disfrutaban. Sin embargo, sus padres no les abandonaban del todo, y los niflos no pareclan sufrir en absoluto en medio de las actividades cbohemias'> de esta familia que sigue sin tener otra cosa que una antigua vi- vienda (en un barrio poco cotizado), un automóvil curioso (de una marca extranjera poco conocida), una casa para las vacaciones poco confortabie en una campiña encanta- dora pero sin prestigio, una situación financiera siempre com'plicada a pesar de un buen salario y algunos suple-

nalidad'>, pero bastante original, sin embargo, si flOS

mentos, etc.

Rend y su esposa son invitados frecuentemente a casa de colegas o parejas que han conocido en viajes o activi- dades culturales diversas, no porque ellos experimenten la necesidad de brillar o entretenerse en sociedad sino porque, especialmente Rend, se muestra interesado —gra- cias a su mayor cultura y su espIritu abierto— por las zonas de inversiones narcisistas más diversas que encuen- tra en sus anLfitriones. Por su parte, Rend y su esposa reciben fácilmente y sin una particular necesidad de ostentación a quienes simple- mente tienen deseos de ver, sin sentirse, por otra parte, particularmente violentos si por razones prácticas deben incorporar a un superior o a un colega menos simpático, pero bien situado. René es normab o no?

Sin ninguna duda, se trata de una estructura edIpica con una fijación materna bastante importante que ha fijado las inversianes afectivas dentro de ciertos ilmites difIcil- mente franqueables. Pero una vez planteado esto, podemos comprobar en principio que no se ha producido ninguna desconipensación neita, y a continuación, que al parecer flt) hay motivos para temer ninguna amenaza de descompensa- ción, ya que el conjunto de los mecanismos de defensa y adaptación parece funcionar con una evidente flexibilidad y una indiscutible eficacia, teniendo ciertainente en cuenta la realidad exterior, pero también, y en primer lugar, las realidades internas del sujeto, tanto de sus talentos co- mo de sus sectores eventualmente amenazados. Por Io tanto, yo consideraria el caso de René como una estructura al mismo tiempo neurótica edIpica y genital (lo que no es, desde luego, una enfermedad en sI misma, sino una categoria fundamental de funoionamiento psIquico) y como un caso bien adaptado en el seno de ese grupo de estructuras.

2. PATOLOGIA Y aNORMALIDADv

En el curso de los ültimos decenios, diferentes autores se han dedicado a estudiar la dialéctica normalidad-pa- tobogia.

E. MINKOWSKI (1938), pone de relieve el catheter

subjetivo de la nociOn de <norna>', que 'sin embargo suele sobreentenderse como un simple acuerdo con ]as necesida-

des y las realidades de la existencia. Se pone el acento en la relación con los otros, aunque el carácter principal del estudio se mantiene dentro de una óptica más especial- mente fenomenologica.

E. GOLDSTEIN (1951) se orienta de entrada en una

direcciOn bastante peligrosa at referirse a las nociones de ((ordenD y de <desorden>> que preparan toda una sucesión de juicios de valor que resulta siempre erigorroso for-

mular, o inciuso simplemente intentar, en el marco de a psicopatologla; efectivamente, la unidad de medida corre automáticamente ci riesgo de ser considerada más en re- lación con las escalas del grupo de los observadores que con una escuela establecida en función de los datos inte- riores del sujeto observado.

G. CANGUILHEM (1966) se refiere a diversos trabajos

de Jos aflos anteriores: A. COMTE (1842) quien, apoydndoSe

en ci principio de BROUSSAIS presenta la enferrnedad como exceso o defecto con relación at estado normal"; Claude BERNARD (1865), para quien toda enfermedad no

es otra cosa que la expresión conflictiva de una función <<normal>' ; LERICHE (1953), para quien no existe umbra! previsible entre to fisiológico y to patológico, con to que la salud podrIa detinirse sintéticamente como ci estado de siiencio de los órganos; JACKSON, finalmente, para quien la erifermedad se haila cons tituida por una privacidn y una reorganización ligadas a una disoluciOn y una regre- sión, ideas que retoma H. EY quien precisa ci orden de disolución, de la enfermedad, de las funciones mentale3

a partir de to que ha sido adquirido más recientemente en

la maduraciOn ontogénica del sujeto. G. CANGUILHEM define la enfermedad como la reducción del margen de tolerancia en relación con las infidelidades del medio. MorrnaIidad seria también sinónimo de ccadaptacidn",

y esta idea comporta matices que permitirlan a G. CAN-

GUILHEM incluir algunos estados considerados por otros

como <<patológicos

en la medida en que esos estados pueden expresar una relación de normatividad'> con la vida particular del

' dentro de los lImites de to normai>',

sujeto.

M. KLEIN (1952) nos propone, en toda evolución psi-

cogenética del niño, una posición persecutoria priinitiva seguida de una posicion depresiva más o menos edipica. La primera posicion, sobre todo, procederla obligatona. mente de mecanismos económicos de tipo psicótico, y toda patologia ulterior no podria sino tener en cuenta las fi- jaciories arcaicas en esas fases obligatorias para todos. Si bien estamos de acuerdo en no considerar anormaliw

a una estructura que haya seguido una evolución 4nfantii

a todas luces privilegiada, también nos resulta difIcii con- cebir, cuando atendemos neuróticos o estados ilmites, que todos los individuos hayan atravesado un perlodo en el que su Yo se ha constituldo inicialmente de acuerdo can un modelo psicótico, en ci sentido preciso que continua- remos dando a ese término, es decir, en una auténtica economla de fraccionamiento, verdadera organizaciOn es- tructural, y no una mera etapa, laguna o imperfeccion evolutiva. A. FREUD (1968) creyó poder definir la normalidad en el miño a partir de la manera en que se estabiecen poco a poco los aspectos tópicos y dinámicos de la personalidad,

y de la forma en que se producen y se resuelven los con-

flictos pulsionales. C. G. JUNG (1913) ha intentado, por una parte, presen- tar los aspectos complementarios de los personajes mf. ticos de Prometeo (el que piensa antes) y Epimeteo (el que piensa después), es decir el introvertido y ci extrover- tido, refiriéndose a -las obras de Carl SPITTELER y de W. GOETHE. La <normalidad ' estarla vinculada a la union de esas dos actitudes que C. G. JUNG considera cercana a Ia concepción brahmánica del simbolo de uniOn. Por otra parte, el autor compara las nociones de adapta- ciOn (someterse a su entorno), inserciön (ligada a Ia no. ciOn Onica de entomb) y .xnormalidad, que correspon- derfa a una inserción sin fricciones, destinada simple.

mente a cumplir condiciones objetivamente fijadas. Lo patolOgico apareceria a partir del momento en que ci individuo saliera del marco de sumisión al entomb que corresponde a la inserción, reservada a ese Onico cir- cub. Nos parece que este concepto es similar al que des- cribiré en otro momento, con referencia al movimiento de depresiOn anaclitico del estado limite, dado que en

este caso el individuo corre ci riesgo de abandonar el cIrculo restrictivo pero tranquilizador de lo familiar fá

lico. J. BOUTONIER (1945) ha mostrado ci pasaje de a angustia a Ia libertaci en el individuo que ha liegado a ser ((normal>,, a pesar de quo Ia maduracióri afectiva, fun- damento de toda normaiidad auténtica, es definida por

ci Dr. ANZIEU (1959) como una actitud desprovista de

ansicdad con respecto al incorisciente tanto en ci trabaio como on ci ocio, la aptitud para hacer frente a las inevita-

bies manifcstaciones de este inconsciente on todas las circunstancias en que la vida pueda colocar a! individu. R. DIATKINE (1967) ha propuesto considerar como una señal de anormalidad ci liecho de que ci paciente uno se sienta bien>> o <no sea fcliz ", e insiste, por otra parte, so- bre la importancia de los factores diriámicos y económicos

on lo concer-

niente a las posibilidades de adaptación y de recuperación,

la tendencia a Ia iimitación o la extension de la actividad

mental, y las dificultades con las quo se encuentre en elaboraciOn de las fantasias edIpicas. R. DIATKINE nos

advierte contra la confusion tan frecuente entre ci diag- nóstico de estructura mental y ci diagnóstico de normai- dad psicopatolOgica. Esta preocupaciOn ya no tiene, apa- rentemente, razón de ser. Efectivamente, un diagnóstico de estructura psiquica estable, on ci sentido on que Ia defino a lo largo de todo este estudio, puede piantearse independientemente de toda referencia a Ia patoiogfa, en tanto que ci diagnóstico de anormalidadD implica, por ci contrario, un examen de la manera como ci sujeto se en- tiende con su propia estructura psIquica. Para R. DIATKINE, no es posible hallar on ci aduito

la Ilamada estructura ((normal>). Toda situaciOn nueva

internos en ci curso del desarrollo del nino,

con la quc se enfrenta un individuo pone en cuestiOn su equilibrio psIquico, y ci autor estudia alternativamente

las dificultades quo puede expresar este sufrimiento en

ci niño, segOn las edades y los estadios de maduración.

Trata de detcrminar la gama de los pronósticos relacio . -naicsulteriores, eincluyedel ladodeloselementosper- turbadores todas ]as restricciones de actividades u opera-

clones mentalmente nuevas, en particular los sistemas regularmente repetitivos, más 0 menos irreversibles.

C. CHILAND (1966) ha retomado un punto de vista paralelo al demostrar que los ninos, cuyo poder norma- two es el más desarrollado, no están sin embargo exentos de ciertos signos de la ilnea neurótica o fóbica. Lo quo servirIa de criterio de normalidad serla, más que un sim- ple dlagnOstico de estructura, la flexibiiidad del pasaje de un buen funcionamjento situado al nivel de lo real, a tin buen funcionamierito situado al nivel fantasmático. Este punto de vista se revela productivo en el piano dt Ia reflexión cuando se lo compara con ]as conciusiones a las que han arribado en patologla escolar africana LEH- MANN (1972), LE GUERINEL (1970) o MERTEMS DE WIL- MARS (1968) con niños que, al tropezar con la ambigüe- dad producida por dos modelos cuiturales inuy diferentes propuestos por la realidad, experimentaban justament dificultades reales para franquear el paso entre una buena integración de lo real iv una buena elaboración fantasmi- tica; sin duda los problemas psicopatoiógicos verificados se orientan en el sentido de las hipótesis de C. CHILAND, quien precisa (1965):

Nuestro objetivo no es necesariamente hacer del niño un individuo con forme a lo que su medio, su Jam ilia, la escuela o la sociedad esperan de él, sino hacerle capaz de acceder a su autonomla y su felicidad con la menor can- tidad posible de limitaciones.x' P. BOURDIER (1972), finaimente, ha analizado diferen- cias lógicamente previsibies entre las <cnormas de una mujer y las de un hombre, por ejemplo, o entre las asu- midas por ninos de edades diferentes. Un nino de cuatro años podria comportarse como un loco siendo completa- mente norrnai ' , en tanto que en perIodo de latencia los mismos sintomas desencadenarian una viva inquietud en el psiquiatra. Por otra parte, un niño normab> de cuatro mc- ses no percibirla el deceso de su madre si se le interpu- siera un sustituto válido, en tanto que un niño de quince meses unormal se hallarla muy perturbado por el hecho de no poder agredir a la madre y volver a verla intacta un momento de.s.pues; en cuanto a un niño <<normals de seis años se satisfaria con el sufrimiento propio del tra- bajo de duelo. A. HAYNAL (1971) muestra la dificultad de aplicar al dominio psiquico los habituales criterios de <enormaiidad

que se refieren a la adaptaciOn, la felicidad, la expansion, etc., y la importancia de la relatividad sociológica de La noción de norma1idad, tanto en el hombre como en las sociedades animale.s, en las que deben tenerse más en cuenta las condiciones ecológicas y la densidad territo- rial de Ia colectividad en cuestiOn. For otra parte, hay comportamientos raros que no son sin embargo anormales. Como lo señala J. de AJURIAGUE- RRA (1971) a propósito de un texto de KUBIE: vLa salud

es un estado estadisticamenle raro y sin embargo en absoluto anormaL

Me parece conveniente reconsiderar ahora los concep- tos freudianos que conciernen a Ia noción de cnormali- dadm, y que, en nuestra opiniOn, pocas veces se han te- nido en cuenta. En este terreno, como en muchos otros que se refieren a Ia psicologia, tanto riormaL como upatol6gicap, S. FREUD ha si.gnificado un viraje iniportante en Ia manera de pen.sar de los psicopatólogos. Antes y después de sus informes teóricos y cilnicos las concepciones hablan cain- biado radicalmente; Jo que seguramente no quiere decir, como ya veremos, que antes de S. FREUD nadie haya es- crito sobre estos temas, ni tampoco que S. FREUD haya tenido la posibilidad y el tiernpo de agotar tal estudio.

De sus Tres ensayos sobre ía teorla de ía sexualidad

(1905),

miento

de su Forrnulación de dos principios del funciona- mental (1911) y de sus Cinco psicoandlisi.s (1905-

1918) podemos retener tres postulados:

1. Toda la psicologla del adulto tierie sus fuentes en las

dificultacles experimentadas a nivel del desarrollo de la

sexualidad infantil.

pulsiones inhibidas, sexuales y agresivas, las

2. Son las

que crean los sintomas.

3. El modo como se

personalidad (es decir, ci Edipo), depende esencialmente

de las condiciones del media ambiente.

vive la eta pa organizadora de la

Por otra .parte, las precisiones que S. FREUD aporta en textos menos conocidos no invalidan en absoluto esos

tres postulados:

tro

en sus Caracteres psicopáticos en el tea-

(1906) muestra que Ia inhTh ici ón se cumple en el

carácter no patologico, en tanto que ese resultado falta en ci carácter patologico; pero ci término patológico Se limita aqul exciusivamente al sentido de neurótico. En

Algunos tipos de caracteres descubiertos en la labor psi-

estudia las excepciones; los que fracasan

ante ci éxito y Jos criminales pox- sentimiento de culpabL lidad exciusivamente por referencia a la economIa edIpi-

coanalitjca (1915)

ca, superyoica, genital y castradora, o sea, a la ilnea neu-

rôtica. En el

Final del Edipo, S. Freud (1923) Ilega a de-

olarar que lo que distingue lo normal de lo patoldgico reside en Ia desaparición o no del complejo de Edipo; di. cho de otra manera, rehusa la categoria de normalid.adi a toda estructura no neurótica e incluso, al parecer, a una estructura neurótica en la que la represion del Edipo hubiese actuado solo de manera parcial. Exige la desapa- rición cornpleta del complejo. En sus Tipos libidinales (1931), finalmente, trata de coubrir la distancia que SU puestamente existe entre lo normal y lo patoIOgico me- diante la distinción de tres tipos básicos: el erOtico, el narcisista y ci obsesivo, que se combinarian habitualmente en sub-tipos: erótico-obsesivo, erótico-narcisista y narci- sista-obsesivo; ci tipo teónico erótico-obsesivo-narcisista representarla, segün FREUD, ccla absoluta normalidad, la armonia ideab. Pero aparentemente FREUD se deja atra- par por ci engaflo de la universalidad de las apelaciones neurdticas, ya que si bien sus pertinentes descripciones del obsesivo y del narcisista-obsesivo corresponden acerta- damente a economlas de neurosis obsesiva, ci tipo eró- tico a economlas neuróticas histéricas, parecerIa que bajo

Ia cobertura del tipo erOtico-narcisista, más que neurosis

describe estados Ilmites; bajo la cobertura del tipo nar- cisista, caracteriales logrados; y finalmente prepsicOticos

bajo la cobertura del tipo erOtdco-obsesivo (en este caso

ci acento recae sobre las defensas antipsicdticas más que

sobre las incertidumbres del Yo). En este ñltimo artIculo, más tardlo dentro del conjunto

de su obra y que avanza más profundamcnte en la bus- queda de los elementos dialécticos entre normalidad y

patologla, S. FREUD trata de ir lo más iejos posible en

ci reconocimiento de fenOmenos no patoldgicos que im-

pliquen sin embargo inflexiones particulares en ci modo

de inversion de la libido en cada tipo descrito. Pero FREUD

se halla prisionero de su gran descubrimiento: la econo-

inia genital cdi pica y netirötica, a la que reduce, por cierto

que con algo dc insatisfacciOn, la mayor parte de sus otras descripcioncs clinicas. Efectivamcntc, antes dc FREUD los humanos se divi- dIan habitualmente en dos grandes categorIas psIquicas:

los normalcs> y los enfermos rnentale.s (entre los que se incluIan en bloque los neuróticos y los psicóticos). El gran mérito de FREUD consiste en haber demostrado mediante sus trabajos revolucionarios sobre la econornIa neurótica que no existia ninguna solución de continuidad entre ciertos funcionamientos mentales considerados nor- maIes y ci funcionamiento mental considerado neuróti- co' . Todos los grados existen y los mecanismos siguen siendo, en el fondo, los mismos; solo difieren, en mayor o menor medida, la adecuación y la Ilexibilidad del juego de esos mecanismos. Infortunadamente, S. FREUD no se aventura rriucho más allá del terreno neurOtico. Describe como neurosis un indiscutible estado limite como el de <el hombre de los lobos,) (1918), y conocemos su renuncia a abordar a los psicóticos, sus vacilaciones en la discusiOn de los datos nosológicos que concernIan al Presidente SCHREBER (1911). Si bien al final de su vida escribiO, en Corn pendio de

psicoandlisis (1940), que era aimposible "establecer" cien- tIficarnente una lIuea de dernarcaciön entre estados nor-

males y anorrnales, S. FREUD, como todos aquellos que de manera más o menos inequIvoca han permanecido fi. jados exclusivamente en las posiciones de su época, pensó durante mucho tiempo que la division no se planteaba entre normales por una parte y enfermos (neuróticos o psicóticos reunidos) por otra, sino, entre neuróticos y nor-males (que corresponden a los mismos mecariismos conflictuales y defensivos), por una parte, y por otra ci grupo de los ono normaIes, que abarca todo el resto; ese resto" al que se alude de manera imprecisa con la deno- minación de psicOticos y prepsicóticos diversos, o bien más diversificados en psicosis concretas, pero también en estados limites, caracteriales, perversos, etc. Me propongo ir aün más lejos: parto del punto de vista de que es posible distinguir, par una parte, las estructuras auténticas, sólidas, fijas y definitivas (psic6-

ticas o neuróticas) y por otra ]as organizaciones interme- diarias (estados Ilmites) menos especificadas de manera duradera iy que •pueden originar disposiciones más esta- bles (enfermedades caracteriales o perversiones). En lo que concieme al primer grupo, podemos coni- derar que existen tantos términos de trancisióri entre normalidath y psicosis descompensada en Ia Ilnea es- tructural fija psicótica como entre cnormalidad y neu- rosis descompensada en la Ilnea estructural fija neuróti- Ca. Por el contrario, en lo que concierne al segundo grupo definido como intermediario, veremos enseguida que es dificil considerar una real norrnalidad>, debido a Ia in- tervención de enormes contra-inversiones energéticas an- tidepresivas y permanentes (justamente, en razón de la precariedad de la adaptación a las realidades intemas y externas) y de la inestabilidad profunda de tales organiza- ciones, que no e.stán realmente estructuradas en el sentido definitivo y pleno del térrnino. AsI pues, reservarlamos Ia noción de <normalidad a un estado de adecuación funcional feliz solamente en el interior de una estructura fija, ya sea neurótica o psicó- tica, en tanto que la patologla corresponderia a una 1-up- tura del equilibrio dentro de La misma Ilnea estructurai. Nos parece ütil un ejemplo cilnico:

Obs. n.° 2

Georges tiene 42 años. Es director de un Liceo. No sabe- mos casi nada de su primera infancia, que dice recordar muy poco y sobre Ia que no desea hablar. Quedó huérfa- no de madre y luego, muy pronto, de padre. Le adoptó entonces una familia amiga de sus padres, conducida por una mujer autoritaria, rIgida y poco afectiva. Muy bien educado en el piano funcional, realizó estu- dios altarnente satisfactorios. Se reveló como un adoles- cente bastante precoz en el piano intelectual, como un estudiante meticujoso, y luego como un docente muy atento y racional. Sus cualidades de precision, orden y razonamiento teOrico, su sentido de la autoridad, ci de- recho y el método le valieron un rápido avance adminis. trativo a pesar de algunas asperezas en las relaciones con sus alumnos o colegas.

A los veinticinco aflos se casó con una mujer de la misma edad. También docente, igualmente autoritaria y bastante rigida. Tuvieron dos hijos que parecen gozar de buena salud, pero que muy pronto fueron colocados en pupilaje a cierta distancia •por su <cbien> aparente y ra- oional. La pareja evolucionó en grupos de investigación pro- fesional e incluso filosófica bastante audaces (pero sin dejar de ser especificamente burgueses), Ly a menudo ocu- p6 sus noches, sus domingos y sus momentos fibres con

ci pretexto de reuniones o de cursillos diversos orientados

liacia tdcnicas, posiciones o ideas cuidadosamente selec- cionadas de manera tal que se opusieran siempre al pen- samiento comün de los colegas del mismo establecimiento. Podriamos ver a Georges como un ejemplo de sujeto originah, es cierto, pero de apariencia normal, bien adap- tado a sus realidades internas y externas. Los principales mecanismos de defensa que hemos adelantado hasta aho-

ra pueden considerarse de tipo obsesivo. Pero he aquI que, durante una sesión de adindmica de grupo organizada por su Academia, George es el sujeto de más edad y de mayor jerarquIa del grupo en el que participa. El animador, conocido por su ambivalencia respecto de la Universidad, disfruta en cierta medida al verlo vadilar en sus argumentos, aunque le cree capaz de defenderse. El moderador, aün mucho más cáustico con respecto a Ia autoridad y deseoso de complacer a los agre- sivos, se abstiene de intervenir. Asi es como George red- be sin ninguna precaución particular (ni .preparación, des- de luego), toda la descarga agresiva del grupo. Inmediata- mente se siente presa de un malestar interno, y no sabe ya con dlaridad quiéri es, dónde está, ni qué hace. Huve de la sesión. y, muy excitado, recorre la pcqueña ciudad en que ésta se desarrolla, creyéndose perseguido por cual- quiera que use uniforme. Cuando se requieren los servicios de un medico inter- viene un amigo que reside en los airededores: Ileva a Georges a su casa, y lo confia a un psiquiatra conocido quo ordena reposo al paciente, lo atiende primero con medicamentos y sedantes, y luego Jo envia a un psicoa-

nalista.

Actualmente, Georges evoluciona bien. Ha retomado todas sus actividades profe.sionales, pero sus relaciones sociales han mejorado, y sus aspectos reivindicativos se han corregido. Sin embargo, se trata sin ninguna duda de una estruc- tura psicótica; ci tratamiento anaiftico ha identificado transferencja fusional, angu.stia de fraccionamiento, e im- portantes negaciones de la realidad. Esta estructura, hasta entonces no descompensada y que habia permanecido en Jos limites de una indiscutibie unormalidad,>, ha <cesta- lladov repentinamente ante una agresión externa dema- siado poderosa en relacidn con las defensas habituales del sujeto. Esta circunstancia ha originado la desperso- nalización y el delirio. Georges ha pasado del estado cnor- mali> al estado patologico> sin que su estructura pro- funda vane. Las defensas de modo obsesivo han cedidn momentáneamente ante Ia intensidad de la agresión prac- ticada por lo real; y le ha resultado imposibie negar(o, porque las anulaciones obsesivas de las representaciones pulsionales ya no resultaban suficientes. Dc esta manera, Georges se ha transformado en un aenferrnoz., sin cambiar la forrna estructural de su Yo. Se ha xcurado,, después sin variar ci estado profundo del Yo, y por lo tanto su Ilnea estructural, gracias a un tratamiento que perm.itió el res- tablecimiento de def'ensas más adecuacias, sin modificar sin embargo su modo de organizacion mental subyacente.

3. LA cNORMALJDAD> PATOLOGICA

Hemos visto la posibilidad de considerar por una par- te cierta ((normalidadD y por otra las manifestaciones pa- tológicas, en funoión de un modo de estructuración fijo y preciso. Pero las cosas parecen cornplicarse Un poco cuando nos vemos en la necesidad de descnibir las personalidades Ilamadas pseudo-normales *, y que no corresponden justa- mente a una estructura estable ni definitiva, tal como ocu- n-ía cuando nos refenlamos a las estructuras de la linea neurótica o de la linea psicótica. En ci interior de estas ültimas lIneas, bien definidas en su evoiución, Jos sujetos

se defienden de la descompensación por medio de una adaptación que atafle tanto a su pro.pia economfa como a los diferentes factories de originalidad: como veremos más tarde, esa adaptación provee a sus comportamientos relacionales de elementos singulares que constituyen sim- ples urasgos de carácter". Por el contrario, las personali- dades cpseudo normales>' no se hallan asI estructuradas en el sentido neurótico iii en el psicótico, sino que se constituyen, a veces de manera bastante duradera aunque siempre precaria, segin diversos mecanismos, no muy originales, que obligan a esos sujetos a cjugar el rol de

la gente normal, e incktso a veces cal hipernormali ' más

que al original, con tal de no descompensarse en la depre- sión. Se trata, de alguna manera, de una necesidad protec- tora de hipomanla permanente. Volveré a referirme a ello a .propósito de los estados limites y de las neurosis

de carácter on particular. Pero el sentido comün detecta fácilmente, luego de un cierto tiern.po de exitosa super- cherfa y en aircunstancias sociológicas diversas, a esos Ilderes de escasos recursos constructivos, a los cuales otras tantas per;onas decepcionadas narcisisticamente se

aferran durante el tiempo más o menos prolongado de una ilusión. E'sos personajes luchan con ardor, en nombre de un ideal o tin interés cualquiera má.s o menos ideaii- zado, simplemente contra su inmadurez estructural y sus frustraciones, y contra la depresión, cuyo peligro no con- siguen sin embargo aventar definitivamente. Incluso son

a veces, y de manera pasajera, verdaderos uger.iecitos

para su familia, csu barrio o su pueblo, o bien para su me-

dio de vida o de trabajo, en tanto su hipomanla pueda co- rresponder a las necesidades narcisistas del contexto o- cial. Pero no resisten una prueba duradera de confronta-

ción con los otros o con lo real. Tendr ocasidn de precisar nuevamente, a propósito de la nocidn de aestructuran, que en psicopatologla no po- demos confundir los diversos modos de funcionamiento mental remitiéndonos solo a sus aspectos fenomenológicos

y

(neurOticas o psicOticas con o sin jerarquIa patoló-

superficiales. Corresponde opcmer las verdaderas estruc-

turas"

gica) a ]as simples organizaciones, menos sOlida•s y que lu- chan on todo momento contra la depresiOn mediante di-

velisas artimafias caracteriales 0 psicopáticas que superan

el marco de Jo que hemos de'finido anterior-mente como adecuado a los parámetros de anormalidadD, es decir, de adaptación econômica inter-na a la realidad Intima del Sujeto.

Las verdaderas estructuras no originan personalidades (, Pseudo norma1es pero, segün permanezcan o no libres de rupturas patológicas, pueden conducir alternativamente

a los que definimos, con CANGUILHEM, como estadis

sucesivos de adaptación, desadaptación, readaptación, etc. Por el contrario, ]as simples organi2aciones se corn-

portan de manera mu1y diferente: en caso de traumatismo afectivo más o menos agudo, esas organizaciones pueden, (en la mayoria de los casos) o bien hundirse en la depre- sión, o bien evolucjonar hacia una estructuración más

sóiida y rnás definitiva de tipo neurótico o psicótico. Pero con excepción de tales accidentes afectivos, su estado co- rriente no puede denominarse anormalA sin restricciones, ya que parece corresponder a una defensa energética psI- quica mucho más importante y mucho más costosa en el piano de las contrainversiones necesarias para apaciguar

el narcisismo.

Efeotivarnente, esta clase de organización no se bene- ficia ni de la categorIa neurótica de los conflictos entie el Super-yo y las pulsiones, con todos los cornpromisos estables posibles, ni, como en la Ilnea psicótica, de una operación de laminación del Yo que aporta también una relativa estabilidad. En nuestras organizaciones cdImites, comprobamos uria lucha incesante para mantener en un anaclitismo obsesivo la seguridad narcisista que cubra los permanentes riesgos depresivos. Tales exigencias nar-

cisistas obligan al estado ilmite, a las diversas afecciones caracteriales o al perverso a mantener la, religion de un Ideal del Yo que induce a ritos de comportamiento muy por encima de los medios libidinales y objetales realmen-

te

disponibies al nivet de Ia realidad del Yo. Ello conduce

al

sujeto sirnultáneamente a imitar a los personajes idea-

les prototipos de normalidath en el piano selectivo, y tambiért a imitar a los personajes que representan ci par- centaje más elevado cuantitativamente de casos semejan- tes entre si en el grupo cultural al que aspira. Nos hallamos pues rnuy cerca del modo de funciona- miento mental que D. W. WINMICOTT (1969) designa ba-

jo los nombres de <,Self artificial*, o de xfalso Self ,, , y que describe como organizaciones de defensas más efi- caces contra Ia depresión. Nos hallamos también muy cerca de lo que, como consecuencia de la filosofa alemana de la GAls Ob (con E. VAIHINGER), H. DEUTSCH (1934) ha definido bajo el término de personalidades <<as if>. Esas descripciones de tin carácter <simili o <<como Si'> alcanzaron cierta celebridad porque corrèsponden a una realidad clInica frecuente y poco señalada hasta entonces, pero también debemos reconocer que parte de su éxito proviene de la carencia de referencias más precisas a una organización económica profunda, distinta de la economla estrictamente neurótica, lo que no inquieta demasiado a los espIritus analIticos defensivamente aferrados a la or- todoxia del dogma (atribuIdo a S. FREUD) de la infalibi- lidad organizadora del Edipo. El estudio presentado por H. DEUTSCH es igualmente interesante en el piano descriptivo: hiperactividad reac-

externos Ly a los pensamientos

cional, apego a los objetos

del grupo, con dependencia afectiva pero sin permitirse sin embargo una desinversión objetual seria, gran labili- dad ante los conflictos exteriores, pobreza afeotiva y poca originalidad, dada la movilidad de sus inversiones y su nivel superficial. C. DAVID (1972) ha descrito variadas formas clinicas en el seno de tales actitudes, y ha acentuado la tendencia a somatizar, los elementos caracteriales, la sobrevalori.za- oión de la acción, el aspecto patologico no aparente del narcisismo (Super-yo formalista, Ideal del Yo sadico, ne- cesidad del éxito a cualquier precio), la necesidad de hi- peradaptaciórt a la realidad (estimulada por la sociedad), el aspecto en realidad carencial de la adaptación (con un ünico objetivo), la abrasion de las pulsiones, la angustia subyacente y el aspecto artificial de las aparentes subli- maciones. En sintesis, C. DAVID pierisa que los dos fun- damentos principales de esos <<pseudonorinales ' están cons- tituidos por la debilidad narcisista y el fracaso de ia reparticion entre inversiofles narcisistas y objetales. Me parece que la siguiente observación cilnica corres- ponde particularmente a este tipo de descripción:

Obs. n o

3

Cuando tuve conocimiento del caso de Julien, éste aca- baba de cumplir 50 años. Hijo de Un artesano modesto

y

tante, Julien

anodino y de una madre estpida, pretenciosa, inquie

fue educado en el odio a los ricos, en el temor

y a la vez la devoción con respecto a la gente de buena

situación, en la admiracidn tanto del tio canónigo (que

ha liegado a ser aJguien) como del hermano mayor que

habIa cuntraIdo matrimonio con la hija del pastelero a quien servia de aprendiz. Al iguai que ese hermano mayor

y las dos hermanas, Julien comienza a trabajar muy pron-

to con un comerciante de la region. Al mismo tiempo, y siguiendo los consejos de un camarada mayor que él, se las arregla para seguir cursos nocturnos y preparar un diploma de contabilidad que le permite, gracias a la re- comendaciOn del padre de ese companero, entrar en un banco. Dado que es joven, soltero, no tiene muchas ocu- paciones, es tan idealista como agresivo y no le gusta es- tar solo por las noches, se convierte rápidainente en el adelegadoa de sus colegas para todas las tareas parapro- fesionales a las que los otros empleados no están dispues- tos a consagrar su tieinpo libre. Milita en un medio sin- dicalista tan violento verbalmente coxno conservador en sus opciones latentes. Esta actuación le hace posible en- tablar relaciones sinipáticas y tranquilizadoras con see- tores diversos y ganar fácilmente tanto los sufragios de sus colegas como la complicidad tácita de sus directores. Siexnpre en acciOn, en lucha (verbal), en discursos, des- plazamientos, conferencias o negociaciones, recoge Ia ad- miración de toda su familia, incluso el tio y el hermano mayor antes envidiados. Poco a poco consigue hacerse de un nombre en los periOdicos locales, ayudado por anadi- dura por algunas libaciones en los cafés instalados frente

a Jas salas de redacción y que por ello permanecen abiec- tos hasta altas horas de la noche. De manera que se convierte en consejero de esto, de. legado de aquello, entra luego a Ia municipalidad y más tarde al consejo general; finalmente, gracias a un escru- tinio que oscila entre un candidato saliente demasiado desgastado en cuanto a su persona, y un adversario dema- siado marcado en cuanto a sus ideas, Julien ilega a cob-

carse en una posición tranquilizadora que le favorece en la primera vuelta y en la segunda le asegura una confor- table mayorIa. Y es asi como ilega a ser diputado por una circuns- cripción oscura, pero donde organiza tan bien su propa- ganda personal que ningün partido importante se atreve a inquietarle. Se habla del <feudo> de Julien. Todos lie- gan a acuerdos con éI, nadie se le opone No puede quedarse quieto. La mujer con la que se habla casado por azar en el curso de su ascension social, al detenerse por un momento en uno de los peldaños (del que ni siquiera se acuerda), continda educando modesta- mente a sus tres hijos y distribuyendo su tiempo entre las tareas domésticas, los ilamados telefOnicos (.No, ci señor Julien no está aqul, liamadle el sdbado al Ayunta- rniento), y ci café que bebe sobre el hule de la cocina con vecinas vulgares. Julien vive en Paris con su secretaria, viuda de un amigo de Julien, antiguo militante de los primeros dias, quien tras las huellas de Julien y sus colegas se ha rca- daptado a los restaura'ntes prodigos, los teatros del Boule- vard y los .cdeshabillés '> vaporosos. Puede haber un hombre más feliz que Julien? 4A quién podrIa declararse más normal, más logrado? Ahora bien, he aquI que un maremoto de apariencia poll tica .pero con raIces más profundas barre a quienes no han sabido comprometerse lo bastante pronto en un sentido o en otro. Julien no es reelegido, a pesar de su esfuerzos de Ultima hora y las promesas fastidiadas de sus amigos, cada vez menos calurosos. Pierde al mismo tiempo a su amante, que es ahora la secretariav, de uno de sus antiguos colegas, ya que supo reconsiderar a tiem- p0 sus opciones y reelegir friamente una nueva etiqueta de moda. Debe regresar a su region, junto a su esposa anodina, retomar un empleo. Cuá1? La gente lo mira con una pe- nosa ironla. Hasta sus hijos le agreden con un desprecio que él no puede soportar. Julien se derrumba. Se angustia, siente disgusto por si mismo, no come y adelgaza. Se altera su sueflo y su puiso se acelera. No le encuentran nada médicamente ob- jetabie, pero dc todas maneras lo internan en una cli-

nica. Sin éxito. La depresión va en aumento. Una noche corre la noticia de que se ha matado en su automóvil. Los testamonios coinciden: Julien se ha arroj ado práctica- mente contra un árbol at volver a su casa luego de que un amigo rehusara asociarse con él en una empresa CC)- mercial con la que esperaba volver a ernprender (bajo Ia protecciOn de ese amigo) un nuevo ascenso social. Evidentemente, Julien no era un psicótico. Pero tani- poco habla ilegado nunca a constituir una verdadera es- tructura neurótica, edIpica o genital. Habla permanecido bloqueado entre esas dos Ilneas, en una situacidn bastante inestable. Teuf a necesidad de ocultar su inmadurez afec- tiva bajo la coberura de tin éxito social brillante y con- ti.nuamente renovado. Al mismo tiempo disirnulaba su débil potencia genital bajo agresiones verbales compen- satorias. El episodio con su amante constituIa mds Un aspecto exterior de triunfo social y de pseudo-sexualidad que una verdadera inversión genital adulta. Si no hubiera debido enfrentarse repentinamente con una herida narcisista inesperada, ante la cual se encon- tró demasiado desprovisto, Julien hubiera podido seguir bien adaptado durante mucho tiernpo. Se enfermó cuando su decoro narcisista cedió y cuando la pobreza de sus intercambios afectivos dejó de ser disimulable por los mecanismos utilizados hasta entonces. En este momento crucial, Julien fue incapaz de encon- trar otros medios de plantear el cambio, y ya no estaba en condiciones de dar solo el paso que le hubiese condu- cido a una mayor sinceridad para consigo mismo. Si los medicos que le buscaron en vano una enferme- dad orgánica hub.ieran descubierto la thmensa angustia afectiva oculta detrás de su perturbación corporal y le hubiesen tratado o hecho tratar en psicoterapia, Julien no hubiera tenido ninguna necesidad de desaparecer. Sin ninguna duda, gracias a sus grandes cualidades y a su energia, hubiera podido reencontrar por sI mismo orien- taciones nuevas - y más estables— de real•izaciOn de sus necesidades afectivas reales, que no tenfan nada de re- prochable ni de especialmente espantoso. Pero el interrogante sigue abierto: en su etapa de éxi- tos, es decir, en el momento del logro de sus contrainver- siones costosas, narcisistas y antidepresivas ( r no de una

adaptación a una estructura estable), Zcabia considerar que Julien respondla al concepto de normalidada? El

precio con que pagaba sobre ci piano energético la nece- sidad de sentirse reconocido como criormal, a los OjOS

de sus instancias ideales y a Jos de la mayor

cantidad de

sus semejantes —un precio, por otra parte, tan elevado en el piano de las contrainversiones—, puede color-arse dentro de Jos ifmites considerados normalesa? La pobre- za de sus inversiones objeta'les, ia precariedad del pote.n- cial adaptativo de sus defensas, asI como ]as inhibiciones referidas a sus .satisfacciones libidinales, Zsc mantienen en ci registro de lo ((normal>>? En algün momento de su vi- da erealiz6 Julien una organización afeotiva centrada so- bre sus originalidades y necesidades propias, en lugar de considerar exciusivamente la imagen que ofrecla a la ma- yorla de los demás y que se ofrecla a sj mismo en ci piano de las exigencias ideales que ahogaban sus deseos y riecesidades económicas profundas? La necesidad, experimentada como narcisistamente esen- cial, de conformarse a un ideal o a una mayorIa del gru- po-que-tranquiliza, es un s4ntoma de normaiithd? D. ANZIEU (1969) piensa que en los grupos es posible determinar la inercia inherente a la naturaleza de cada Individuo, a sus comportamientos adaptativos o no ante una transforrnación de los hábitos, los conocimientos 0 los métodos empleados hasta entonces. La ansiedad en- ge'ndrada Se opone frecuentemente a la adaptación. La au- torregulación interna necesaria ante Jos movimientos del grupo sólc puede obtenerse gracias a las posibilidades adaptivas personales de cada uno de los miembros, te- niendo en cuenta las actitudes y ]as motivaciones indivi- duales como modo de comunicación de su potencial de movilidad. C. CHILAND (1971) con-firma que no encuentra en ci niflo estructura enormala, y que frecuentemente los niflos

1. Sin duda el valor subyacente permanece 1iado al registrD familiar. pero la repeticiôn social puede muy bier> distanc>arse de la .mayorfa de

un conjunto demasiado importante pal-a, buscar tranquilidad en la .mayorla.

de un grupo mds reducido, particularmnente

este Ctltimo grupo Se sitüa

en posiciOn •anti en relaciOn con ci conjunto. Asf se puede samisUacer (al

es decir, la necesidad de

merios en parte) sixnultdneamente a Ia

seguridad en el grupo elegido (incluSo ci más pequeflo), imnagen de la fa-

milia ideal. y la tendencia,

imagen de la fainiiia oprimente.

Si

defensa,

es decir, el deseo de agredir ad grupo grande,

neurótjco. que avan mejoru tienen una estructura profunda de tipo

Como lo sefialaba C. DAVID (1972), conviene recordar

No te apresures en la

el consejo de Henri MICHAUX:

adaptac ion, guarda siempre reservas de inadaptación Tenemos derecho a plantear un segundo problema que Conjugue a1 mismo tienipo los criterios más auténticos en el piano de las reaiidades Intimas y Ia consideraoidn de relacjones más diversifjcadas y menos angustiadas con la realidad externa? La unormaJjdad no es fundamental- mente inquietarse por el u4c6mo hacen los otros?, sino simplemente buscar a lo largo de toda la existencia, Sin demas}ada angustia ni dernasiada vergüenza, la mejor ma- nera de ma.nejar los conflictos con los demás y los con- flictos personales, sin alienar sin embargo ni el propio potenciai creador ni las necesidades Intimas.

4. NORMALID,4m, Y STANDARJZACIN

Corresponde que nos preguntemos cómo puede esta-

blecerse la patogenia del comportamiento pseudo-nor-

.y sobre

una mayoria. También tenemos derecho a plantearnos trna segunda pregunta que, a pesar de las apariencias, se vincula es- trechamente con Ia primera: en nuestros dfar, y en fun- ción de diversos factores actuales, Zno tiende ci individuo más hacia Jo standardD que hacia lo norma•lr? En efecto, en un momento en el que ci mercado co- mercial reemplaza poco a poco los antiguos productos artesanales, a veces excelentes y otras muy inconstantes, par artIcuios standarizados (alimentación, artIculos del hogar, amoblamiento, construcción, etc.), cuyos atributos son sin duda inferiores al refinamiento, Pero sin embargo, y en general, superiores a la mediocridad, no serfa sor- prendente observar que paralelamente, el ser humano se sacrificara a la misma necesidad de seguridad, de co'nfor- midad, de po!ivaiencia mal diferenciada en su propia uti- lizaciôn de si mismo. Creo que un libro reciente de B. BETTELHEIM (1971), Les enfants du réve, parece muy indicado Para proporcio

malD, demasiado centrado a la vez sobre un ideal

narnos elementos que nos permitan responder a esas dos preguntas. Y al mismo tiem.po, ci texto citado nos invita- na a reflexionar sobre las consecuencias de una evolución que también puede producirse entre nosotros y que tiende a reducir sensiblemente los ilmites inferiores y superiores de la gama de posibilidades de maduración afectiva de las individualidades en un grupo educativo standarizado. La obra de B. BETTELHEIM aparece como un verda- dero estudlo experimental de la genesis de la pseudonor- malidad en un medio contemporáneo natural, aunque en- teramente compuesto a partir de elementos artificiales (tanto doctninales como coyunturales), que ciertamente no hallan su origen exciusivamente en el azar, y que no tenemos la intenciOn de juzgar. Alil podemos discernir una anticipación o una simple caricatura de lo que co- mienza a darse en algu .nos de nuestros nuevos conjuntos suburbanost. La experiencia se desarrolla en los kibutz de Israel. Sc trata de padres traspiantados pero que han elegido libremente intentar la experiencia de un nuevo modo de vida. El kibutz, en tan-to que organización comunitaria lograda, ejerce un control compieto sobre la vida de sus miembros, desde el momento de su nacimiento. A cam- bio, les asegura protección y se hace cargo de ellos total- mente. La educación se desarrolla en una forma comu- nitania absoluta que resta toda iniciativa a los padres pero les evita tarnbién todo error, 2 toda fuente de frustraoión o conflicto familiar. Separados de su madre desde ci quinto dia, y destetados a los diez meses, los ni. fibs del kibutz ilegan a la adolescencia en un medio am- biante en ci que sus compafleros revisten mucha más importancia para su desarrollo afectivo que cualquier adulto. Los grupos de vida son mixtos: chicos y chicas conviven plenamente, tanto en los dorrnitorios como en los servicios, pero toda manifestación sexual les está to- talxnente prohibida hasta que salgan del kibutz, a la edad

I. Desgraciadamente, Las cosas

SC nos presentaron, en el piano experi

mental, de manera mucho menos aséptica, en razón dc la persistencia, su- mada a condjcjones nuevas, de jnfraestructuras socioculturalet vetustas qie perturban Los datos del estudjo de Las consecuencias de lot factores de

adctuisictOn 2. Al menos, más recjsnte. todo error podria ser imputado, aprs coup, a Los padres.

de 18 años, que as cuando se inicia al servicio militar para los dos sexos. Los testimonios, acerca de los cuales no tenemos flirt- guna razOn para alimentar sospechas, concuerdan en la comprobaciOn de que este sistema no engendra ni droga-

pocos niflos cuya afectividad

se yea perturbada caracterial o precozmente en un grado importante. Las conclusiones de una encuesta realizada a escata nacicnaJ en Israel, y referida al nivel escolar de los niños de los kibutz, revelan logros absolutamente umediosG, con tan pocos resultados superiores como deficientes. B. BET- TELHEIM (1971) .piensa que la influencia reveladora del kibutz parece haber mantenido en un nivel medio deco-

roso a los alumnos (podemos deducirlo POT la alta perfor-

mance general) que tenhan potenciai suficiente como para contarse entre los mejores. De la misnia manera, ha ope- rado una nivelación hacia arriba en ci caso de los menos dotados. Una vez más parece que el sistema de educación favorece los resuItados medios, o, dicho de otra mane- ra, al gnipo. En el piano genital, el kibutz adopta una posición bas- tanta puritana, no par condenar Ia sexualidad en si y por principio, sino por mostrar continuamente al joven que una realización demasiado precoz de sus deseos en ese piano necesariamente perjudica energéticamente o afecri vamente al grupo, y B. BETTELHEIM recanoce que el mensaje que el joven recibe es que tener relaciones Se- xuales está ma1 ' . Los niños del kibutz experimentan en numerosos terrenos una libertad mucho mayor que Ins otros niños de su edad, en particular en la educación del aseo personal, pero B. BETTELHEIM estima que sufren una mayor inhibición en todo lo que concierne a Ia sexua- lidad. Por otra parte, debemos señalar qua la vergüenza (ascendencia narcisista) juega un rol mucho más activO en relacidn con el grupo, en las descripciones propuestas, que Ia culpabilidad (ascendencia edipica y genital) con respecto a los padres o a sus sustitutos. Por ültimo, merece destacarse un ültimo punto refe- rido al comportamiento militar de los habitantes de los kibutz: B. BETTELHEIM piensa que vjuntos, pueden sentirlo todo, hacerlo todo, serlo todo; librados a si mis-

dictos, ni delincuentes, y mu y

mos, parecen muy poco capaces. flurante los perlodos de guerra lucharon muy valientemente, no cabe duda; sin embargo, el porcentaje anormalmente elevado de pérdi- das en sus filas atrajo la atención del estado mayor israe- li, qiue consideró que comparados con sus camaradas de otros origenes estos jóvenes carecIan de juicio y de fle- xibilidad, de capacidad de adaptación a las situaciones imprevistas y cambiantes. Lo que podemos extraer de este notable estudio nos permite refutar fácilmente los temores de patologia colec-

tiva o sistemáticamente individual en el interior del kibutz. Fero no podemos dejar de asociar, en muchos terrenos, el funcionamiento mental del kibutz con la organización psIquica de tipo anaciltico no descompensada que hemos descrito exterisamente en el curso de otros capItulos del presente trabajo. Como lo testimonia B. BETTELHEIM, entre los niños del kibutz no se cia el alto porcentaje de procesos psicopático.9 más o menos precoces que invade nuestros consultorios o nuestros servicios hospitalarios de paidopsiquiatrIa. Sin duda entre los ninos en cuestión deben hallarse algunos sub-equipamientos afectivos o sen- sorio-motores notables, perb podemos su.poner que incluso en esos casos (y con mayor razôn en los casos de muy buen equipo hereditario) Ia ausencia precoz de los padres,

y de la madre en particular, y más tarde su sustitución

por una nurse colectiva neutra, competente y standard*, no per-mite que en torno del niño pequeño se constituya la trIada previa al establecimiento precoz de una estruc- turación psicótica: deficit personal + frustraciones rnuy precoces + toxicidad maternal importante y prolongada. M faltar automáticamente los dos ültimos factores, no nos sorprende que ci pequeño educado en un kibutz tenga muy pocas oportunidades de convertirse en psicótico. Sin embargo, la situación de absoluto apuntalamiento en el seno del grupo que le sitüa en un estadio de aparente unormaIidad> mucho más tempranamente que los otros

niños, ha de jugar, sobre el terreno de la evoiución edipica ulterior, en su contra, para mantenerie en una reiación de objeto de modo anactItico bastante estrecha que dificulta

el acceso a una dialCctica triangular genital. Esto es 10

que ha comprobado y descrito B. BETTELHEIM (1971);

es Jo que encontramos en nuestras organizaciones dImi-

tesD. La tc normaJidad de tales sujetos corresponde, en el piano de Ia organizacidn afectiva iriterna, a la necesidad de restabiecer continuamente, por medio del apoyo en ci otro, un narcisismo que enfrenta permanentemente el peli- gro de debilitamiento, tanto si tiende a convertirse en objeto sexual corno en rival edIpico. D. ANZIEU (1971) ha mostrado cdmo Ia situaciôn grupal

podia implicar el riesgo de prdida de identidad del sujeto.

A la inversa, podemos considerar que el grupo opera tam-

bién una especie de vsalvataiep colectivo del individuo que tiene dificultades de identificación, pero al precio del re- nunciamjento a ciertos aspectos originales, asi como a la soiedad de los resultados de los procesos identificatorios individuales tales como se desarrollan habitualmente en el sujeto que puede aceptar la responsabilidad de una cierta independencia. Me parece que aqul se sitüa todo el problema económico del cpseudo-nonnal>: haber evitado perturbaciones impor- tantes de la infancia pero no poder acceder a un status de adulto lo bastante sólido estructuralmente como para ha- cerle independiente en el piano de las necesidades libich- nales y de sus relaciones objetales; la consecuencia tópica de esta carencia económica se manifiesta en la sobreinver- siOn de un Ideal del Yo pueril, y su consecuencia dinárnica en la orientación más o menos exciusivamente narcisista que se ofrece a las inversiones pulsionales; por otra parte, J. B. PONTALIS (1968) estima que el grupo puede liegar a reemplazar ci objeto libidinal al convertirse 61 mismo en objeto libidinal en el sentido psicoanalitico del térxnino, lo que, en nuestra opinion, sigue siendo mucho menos inquie tante para el narcisismo individual, pero esitimula enojosa- mente al sujeto a no buscar más aucténticos objetos libidi- nales fuera del cIroulo demasiado restringido del grupo. Ya no se favorece 11a originalidad, y epoclemos acaso seguir liablando de unormaIidad en el sentido pleno del término sin respeto a la originalidad?

y

5. EDIPO Y NORMALIDAD

Las reflexiones precedentes conducen inevitablemente

a planteamos una cuestión sumamente embarazosa, que

quizás corramo.s ci riesgo de ser incapaces de responder sin apelar, conscientemente o no, a juicios de valor o a opciones ideales. Si adoptamos como hipótesis de trabajo ci riesgo de

definir Ia c<normalidath como una adaptación considerable

a los datos estructurales internos estables y exteriores

móviles, nos vemos obligados a considerar como <norma- 1esi los comportamientos más o menos originales de todas las estructuras, neuróticas o iricluso psicóticas, no des- compensadas. Ahora bien, si aceptamos Ia <norma1idad' de las estructuras psicóticas bien adaptadas, eseguimos conservando la posibilidad de rehusar Ia etiqueta de onor- malidadn a todo ese grupo de organizaciones antidepresivaS, anacilticas y esencialmente narcisistas, cuya supercherla en las defensas acabamos de escribir como <cp.seudonorma- lidad, cfalso yo, <cpersonalidades como si y anacliticas que no pueden existir fácilmente fuera de ese grupo? Ex- ceptuando, claro está, todo episodio mórbido, una organ1- zaci6n de tipo estado lImite es menos cnormal que una estructura psicótica? El hecho de que sea menos sólida parece cierto para los cilnicos, pero, Zmenos normal? Los resultados de las investigaciones más prudentes conducen a pensar que hay, en términos generales, en -las poblaciones de nuestras ciudades, un tercio de estructur.i3 psicóticas y un tercio de organhzaciones más o mnenos ana- clIticas (Op. Cit., C. CHILAND, 1971, pp. 180-183). Otras estimaciones concuerdan con la cit ra de psicó- ticos pero varjan en sentido descendente Ia cifra de los neuróticos (alrededor de un 20 % solamente) y ascenden- te la cifra de las organizaciones interrnediarias (airededor

de un 50 %). Asi que debiéramos eliminar del campo de la cenor- malidad " a más de un tcrcio de nucstros contemporáneos Aün más: dado que, incluso fuera de toda opciOn poilti- ca clara y deliberada, las proximas generaciones, en fun- ción de la inevitable evolución socioeconOmica <grupab'

y a la imagen del kibutz, afrontarán menos riesgos de

evoluciones psicóticas, pero más dificultades para acce-

der a un Edipo orgariizador, veremos sin duda que el porcentaje de disposiciones anacliticas au.mentará de año en afio en una población media. ZHabrd, en consecue'ncja, cada vez menos gentes "normales? El aspecto irónico de la cuestión no disimula sin em- bargo la gravedad del .problema: en realidad, lo que se

plantea es toda la función ccnormativa de la

por el Edipo; no simplemente el conocimiento o el reco- nocimiento de una vivencia edipica en el inconsciente, sino la estructuración de la personalidad cuando se y e- rifica el pasaje a la posicion triangular con un objero y un rival sexuales plenamente investidos como tales, y las conseouencias estructurales irreversibles que ulteriormen- te derivan de ella. Definida asI con todo rigor, Zes indispensable la orga- nización por el Edipo? Podemos estimular con plena conciencia y plena claridad sistemas educativos, politi- cos, económicos, sociales, incluso fi•losóficos, que limitao sin duda Jos riesgos de •psicotización precoz pero vuelven aleatorio el acceso a un estadio edIpico auténtico? Esta comprobado que la organización por el Edipo sea indispensable para una vida feliz? El dilema parece insoluble: idebemos contentarnos con un ubueno,> para la mayorIa, establecido a partir de un mültiplo comCin mInimo situado por debajo de las posibilidades de rnuchos, o por el contrario, es preciso tender hacia un amejorn, siendo al rnismo tiempo per- fectainente conscientes de que (como en el refrân) lo ,xmejorD puede ser enemigo de lo ((buenox y reservado a algunos, los pocos que sabrian y podrian alcanzarlo, al precio del sacrificio de los más modestos en el piano de la organización psiquica de base? Apenas habla planteado yo esta cuestión en términos muy pragrnáticos, pero sin embargo demasiado severos para ser propuestos a las mal definidas presiones de ]as pasiones püblicas, cuando, bajo forma aparentemente teó- rica, se desplegó un feroz movimiento de multitudes que corrian al asalto de la fortaleza edipica, fantasmática- mente concebida (tal la imagen negativamente idealizada de la Bastilla en 1789) como colmada de los inestimables tesoros secretos del Poder, de las victinias innumerables

organizaciOn

de la. Injusticia y de los más ardientes defensores del

Capitaiismo (aqul anailtico), Seria demasiado fácil dieclarar, sin demostrarlo, que, después de la (antip5]quiatra>), el eanti-edipov se Jimita, como novedad esencial, a su manera sumamente violenta de presentar la hábil combinación de crIticas justificadas ya muy antiguas por una parte, con errores cientificos no menos ant-iguos por otra, pero que ahora se han tras- ladado al piano de la sociopolitica, y que por lo tanto son más difIciles de denunciar para los no-especialistas. Trataré de situarme a otro nivel y de mantenerme den- tro del estricto marco de este estudio, al considerar las reflexiones que respecto del concepto de norrnaiidad', sugieren las posiciones de G. DELEUZE y F. GUATTARI (1972), en su Anti-Edipo. Es evidente que los .psicoanalistas que pretendian ser los freudianos más fieles se han limitado durante mucho tiempo al estudio y al tratamiento de los ccneuróticosi. Tal vez en algunos caso.s describIari o atendlan bajo ese

nombre, fenómenos que distaban mucho de ser

estructu-

ras autdnticamente neuróticas? Sin embargo, parece aün más fastidioso pensar que la ortodoxia anailtica no solla considerar como un sólido patrón-oro de normalidad sino ci Kcapital edIpico> que el sujeto habla alcanzado. Tanto en ci sujeto como en el analista, la hábil manipu- lacióri del Edipo se convertla en ci equivalente de una buena operación bursátil. Los valores sanos y seguros sólo podlan ser edIpicos. Sin embargo, los poseedores del saber y del poder ge- nital-edIpico no ignoraban las dificultades de las organii-

zaciones mentales más modestas, pero se sentlan menos equipados o menos motivados para remediarlas, en Ia

en que los <normales ' (los arecuperables3,, on

medida

suma) solo podIan contarse, en su opinion, entre los cdi- picos (de sangre, o arrepentidos). Las reacciones ante estos abusos (y esta falta de pru- dencia) no se hicieron esperar: un primer grupo de con testatarios se contentó con aprovechar aportes sociocul- turales que fadiitaran la imitaciOn; fueron los <<advene- dizos a un pseudo-estadio genital, los que simplemente

se vistieron a la moda edipica, los ariacliticos del <<como

Los aristOcratas del Edipo no siempre advirtieron

six

Ia trampa, la al.ianza desdichada. La falsa genitalización edipica se vivio muy a menudo s6lo como un homenaje que se rendia a la raza de los elegidos del Edipo. De Un lado y otro la complicidad se estableció sobre La base de un orden esencia'L y tranquilizador que habla que man- tener: la pnmacIa del Edipo no podia discutirse como cr]terlo de <norma1idad. Los depresivos no han plantea- do a G. DELEUZE y F. GUATTARI problemas más serbs que a los freudianos integristas. Los corderos no inquie- tan jamás a los pastores. Pero hablamos olvidado un segundo grupo de desca- rriados con relación a esta nueva burguesla edipica de la segunda generación freudiana: ]as estructuras psicó- ticas y las organizaciones perversas. Los segundos, que niegan ariscos su adhesion a los verdaderos edipicos, y los primeros, que son sinceros cuando declaran no expe- rimentar la preeminencia de esa especie de patrOn afec- tivo-triangular, y hallarse en perfectas condiciones de prescindir de su aspecto relacional particular, que los girondinos del Edipo declaran obligatorio para acceder a la frnormalidado. En tma roflexión limitada a los aspectos de matiz de la nociOn de inorma1idad, serla sin duda riesgoso dejarse arrastrar a una querella o a una polemica cuyos sostene- dores permanecen en un dominio más afectivo que cien tIfico. Si bien sigo sosteniendo mis hipOtesis que proponen ima concepción de la anormaLidacb ligada al buen funcio- naiuiento mterno y externo de tal o cual estructura, al mismo tiempo sitdo mis criterios en total independencia respecto de los modos especIficos de estructura; dicho de otra manera, no me preocupo a priori de saber si se trata de una estructura edipica o no. Sin embargo, fiel a mi manera de enfocar la estructu- ra, no podria acordar la categoria de estructura a un modo de funcionamiento mental que no estuviera establecido sobre bases suficienteniente sól .idas y constantes; por lo tanto, deberia asumir los riesgos de recibir muchas cr1- ticas, al no reconocer una norma1idad de funcionamien- to a las simples organizaciones frágiles e inestables de ti- po anaclItico, tales como las he descrito en el cuadro del tronco comun organizadoD de los estados lImites. La

existencia de una pseudo .-normalidad', defensiva pero po- co capaz de proporcionar seguridad, no parece plantear dudas para el psicopatólogo. La distinción se hace más delicada cuando se trata de acondicjonarnientos ya sea de modo caracterial o fie modo perverso, mcnos frágiles que el xtronco cornUn". Puede parecer sumamente peligroso rehusar la categoria de normaIidad a esas organizaciones mentales, cuando debemos tener en cuenta la presión de movimientos re- cientes de opinion que reivindican, bajo motivos mani- fiestos diversos, no SOlO libertades frente a los Super-yo individuales o colectivos molestos, sino una <<normalidad cuyo verdadero sentido latente constituirfa de hecho una rObrica al fracaso de Ia madurez pulsional, tan to como el reconocimiento de derecho de un logro objetal al sim- ple nivel del objeto parcial, la pulsión parcial, y la re- lación de objeto •parciai. Hace un momento criticaba a los aristócratas del Ed,- p0, y sé que una posicion de cariz liberal opuesta a Ia suya, que consistiera en condenar el principio de Ia pri- macía del Edipo y en incluir los modos perversos y carac- teriales en ci grupo de los ((normialesio posibles, me ase- gurarla en la actualidad un dxito fácil. Una tentación demagOgica mas o menos consciente de no ir más allá me ahorrarIa sin duda muchas dificultades frente a los turbulentos del momento, Si no denunciara al mismo tiempo la ilusiOn económica de Ia pseudo-ncrmalidad" en todas sus formas, incluso las más sutiles y las más refinadas. Efectivamente, el contexto socio-cultural apa- rece frecuentemente como cOmplice, tanto por satisfac- ción voyeuristab como por debilidad de expresión de un Yo individual y colectivo que en el fondo nunca encuen- tra en éi provecho alguno, y en realidad no está del todo de acuerdo con el pauperismo afectivo de moda, sea cual sea la forma militante y racionalizada bajo Ia que ese pauperismo se proponga al buen corazOn de los numerosos indecisos. La paradoja de nuestra posición sigue siendo, pues, la de aceptar una posibilidad de gnormalidado tanto en las estructuras neuróticas no descompensadas como en las estructuras psicóticas no descompensadas, pero al mismo tiempo declinar la solicitud de complicidad, el guiflo, que

nos proponen las frágiles organizaciones narcisistas in- terrnediarias para ser admitidas en el misrno marco de las normalesa posibles 1cuya estabilidad se limitan a imitar al precio de astucias psicopáticas variadas, renovadas sin cesar y profundamente costosas y alienantes. Desde el mismo punto de vista, una estructura psicó- tica no descompensath' es mucho más verdadera, mu- oho más rica en potencial de creatividad, mucho menos ealienadaa con relación a si misma que un frágil acondi- cionamiento caracterial que se contenta con simular Ia posesión de ese modo más consistente de estructura y que altera simultáneamente una parte importante de su originalidad, es decir, de lo que hubiera debido constituir base auténtica y sólida de funcionamiento mental en relaciórz con los matices, los intereses y las deficiencias naturales de las realidades internas y externas bajo sus aspectos subjetivos, elaborativos e intersubjetivos. Igualmente, una estructura psicótica no descompensa- da seria mucho más everdaderac, y lo mismo ocurrirfa con un acondicionamiento perverso, cuyo caxnpo de crea- tividad, el juego pulsional, la paleta de las rejaciones ob- jetales, se hallen trabados por Ia feroz negación defensiva y ofensiva del sexo femenino, en medio de una rigidez de inversiones que no .perinite ningdn matiz, ninguna varia- ción, ninguna riqueza de temas fantasmáticos o de modos relacionales del pensamiento y la expresión. Una estructura psicótica no puede presentar la flexibi- lidad de las economlas genitales en el juego de las inver- siones libidinales a ese nivel, pero ]as inversiones narci- sistas complementarias de Ia estructura psicdtica son, sin embargo, mucho más flexibles en si mismas que las que encontramos en el mismo registro de los anaclIticos all- mitesi, caracteriales o perversos. Esta posibilidad de mit- taciones narcisistas variadas se refleja, por ejemplo, en las agudezas o las creaciones artIsticas propias de los

una

1: La .

descompensación

corresponde para ml a la ruptura del equilibrio

original que haya podido estabiecerse en tal acondicionaniiento particular, en ci seno de una estructura estable de base, anti-c inversiones narcisistas y objetales. Ta! equiiibrjo (en tanlo no hay descompensaciOn) serla pues tributario de dos nivetes de limitaciones: la economfa general inducida, por una parse, por Ia estructuracidn de base, y por otra parte ci acondicto-

nasniento original particular del sujeto propianiente dicho en ci interior mismo de su subgrupo de estructura esp.cfulca,

psicóticos. Mientras sigue siendo cnormal, el psicótico conserva, ante una de.sinversión dificil de soportar, posi- bilidades de recuperarse en otra inversion narcisista tan brutal y total como Ia primera; la economia anaciltica ca- rece de recursos tan fácilmente intercambiables. Por otra parte, un individuo cnormal puede, en cual- quier momento, convertirse en anormal)) y descompen- sarse sin que su status anterior de normalidadD se yea afectado por ello; a condición de que no se trate de una organización simplemente anaciltica. Dc la misma manera, fuera de la lInea anaciltica todo canormal> conserva Ia posibilidad de volver a ser normal ' sin que el observa- dor pueda ser considerado culpable de diagnósticos suce- sivos y en apariencia contradictorios. En conclusion, no puedo sino renovar mi adhesion a Ia hipOtesis retomada por R. DIATKINE (1967), segOn la cual toda noción de normalidad debe entenderse mdc- pendientemente de Ia noción de estructura. Me contentarla con agregar una con-ección para precisar que Jos acon- dicionamientos narcisistas de los estados intermedios no pueden, aparentemente, construir una estructura, y por ende, entrar en las multiples combinaciones funcionales de la <cnormalidad, on tanto que su Yo no se encuentre más sólidamente establecido (paradójicamente, incluso en un sentido psicótico, con Ia condición de que no haya descompensación). Sin embargo, si bien es posible reconocer la indepen- dencia de Ia nocion de normalidath con relación a Ia noción absoluta de estructura, también debemos reco- nocer la independencia de esta misma noción de cnorma- lidath en relación con una idea posible de jerarquIa de las estructuras en el sentido madurativo, elaborativo y relacional de las diferentes funciones del Yo. Se puede ser onormalo sin haber alcanzado ci nivel edipico, pero a condición de haber realizado una estruc- tura verdadera; sin embargo, Ia estructura de tipo edIpico debe situarse de todas maneras a un nivel elaborativo superior al de la organización estructural psicOtica. Toda jerarquia estructural sOlo puede reposar sobre la integridad de 'las bases narcisistas de la constituciOn del Yo, la extensiOn de las posibilidades creadoras y re- lacionales, el modo principal, genital o no, parcial o total,

o no, de las

puJsiones parciales bajo la primacla del genital, y de ]as puisiones agresivas bajo la priznacf a del Eros. Tales matices son independientes de la categorla fun- clonal de a normalidadv en la práctica, pero en rathn de ello podemos muy bien concebir jerarqufas madurativas de normalidade.s,: una onormalidad psic6ticav puede parecer menos elaborada en el piano relacional que una

c pseudonorina1jdad caracteriah, por ejemplo; no por eso

es menos cierto que el 'primer

modo de funcionamiento

elemental corresponde a una adecuación pulsional más conforme a Jas necesidades reales, a un funcionainiento bastante sólido que tiene en cuenta Ia autenticidad de Ia estructura, y que el segundo ejemplo solo puede corres-

de relación objetal, la integración, activada

ponder a una simple imitación menos estable, aun cuando el juego operacional exterior parezca más rico en la su- perficie.

Pero asI nos alejamos del registro uparticular de la a normaIidad, tal como hablamos intentado definir la no- ciOn (ante todo desde un punto de vista funcional), para entrar en el juego de la comparaciOn de elementos que conciernen a otros dominios y no especificamente a la normalidacb. La anormalidadz de un sujeto de determinada estruc- tura no puede compararse jerárquicamente (al permane-

cer justamente sobre el piano exclusivo de la

normali-

.dad) con la normalidadD, forzosamente muy diferente, de otro sujeto que corresponde a otro modo de organi- zacidn mental. Podemos establecer una jerarquIa de las maduracio- nes sexuales, los niveles de elaboración de los procesos mentales, los grados alcanzado.s por Ia fuerza del Yo, los niveles de constituciOn del Super-yo, las posibilidades de relacidn o de independencia objetal, etc. No es posible considerar paralelamente dos organizaciones funcionales originales que hayan alcanzado sus posibilidades de nor- malidad, para deducir de alli alguna ordenacidn. Pode- mos constatar las diferencias, pero no clasificar de acuer- do a un rango de realización. Para cerrar este capItulo, quisiera también cranquilizar

a quienes teman que, en el esquema teórico y general de mis hiipótesis, clasifico los comportamientos humanos en

tres categorias estancas y exciusivas de una manera de- masiado tajante, radical y sistemática. Creo que mis desarrollos ulteriores sobre las diferen- cias entre, por ejemplo, los rasgos de carãcter, carácter

neurótico y patologla del carácter servirán para precisar

y sobre todo matizar mi pensamiento. En efecto, no Sc

trata de clasificar automáticamente en un depósito inter- medio, a modo de caos informal, toda organización sos- pechosa de presentar algiin aspecto liamado acaracteriak,

y

obligatorios de toda estructura auténtica, ya sea neurótici

o psicótica. Pero tarnbién es cierto que existen numerosas

deficiencias narcisistas securidarias en ocircuito abierto" —diferentes de Ia organización genital del funcionamiento mental y diferentes también tie las deficiencias narcisista3 primarias precoces— y en circuito cerrado", que se en-

cuentran en las estructuraS psicóticaS. Esas organizaciones en las cuales prima ante touo ia büsqueda narcisista que tiende a dominar ci objeto, ci anaclitismo y la separación del objeto son las que no pueden, en mi opinion, entrar en el marco de la. cnorma 1idad autdntica.

negar al mismo tiempo los componentes <ccaracteriales'

La nociOn de estructura de la personalidad

1. EL SENTIDO DE LOS TeRMINOS

Con frecuencia resulta difIcil comunicarse entre psi- copatologos, debido a la manera imprecisa y a veces equf- voca en la que se emplean ciertos términos que, sin em- bargo, no plantean aparentemente problemas particulares. Los adjetivos uneurótico y psicótico, por ejemplo, liparecen como responsbles de muchas ambiguedades latentes en su utilización corriente. Por otra pane, Ia dificultad no proviene tanto de una incertidumbre psi- quiátrica sobre las caracteristicas ligadas a la noción de neurosis o a Ia nociOn de .psicosis, sino sobre todo de una falta de rigor o de precision al nivel real del piano en el que nos situamos cuando describimos una entidad cual- quiera para olasificarla luego como uneurótica o psicO- ticaD. Por ejemplo, hablamos de aimpulso psic6ticov o de defensa neurdtica y los peligros de confusion son evi- dentes e irimediatos: un impulso brutalmente considerado como psicOticos, sin prudencia ni matices, puede muy bien corresponder a un banal incidente de desrealización en el seno de una estructura neurótica muy maltratada por circunstancias dramáticas exteriores o interiores; asi como una defensa designada como neurOtica ' puede muy bien encontrarse en una estructura psicótica. Por lo tanto, parece necesario que nos pongamos de acuerdo, no para crear una terrninologIa nueva, cornpli- cada y hermética, sino para establecer en qué sentido pre- ciso y limitado pueden ernplearse las palabras usuales para satisfacer a la vez las exigencias del rigor cientifico

y las certidumbres de comprensión reciproca indispensa- bles para toda cornunicaciOn.

A) Sintoma

Habitualmente hablamos de sIntoma psicótico> pen- sando en los comportarnientos delirantes, en las manifes- taciones alucinatorias, en los fenOmenos de despersonali- zación o en los estados de desdoblamiento de la. persona- lidad. De la misma mariera, consideramos ci <sintorna neurótico como correspondiente a una conversion histé- rica, a un ritual obsesivo o a un comportamiento fóbico. Sin embargo, Ia expriencia cilnica cotidiana nos ha enseñado que un episodio delirante puede muy bien no corresponder a una organización profunda de naturaleza

psicótica del sujeto; Ia gran variedad de manifestaciones fdbicas observadas tanto en nuestros .pacientes como en

ci hombre de la calle nos obliga a distinguir numerosas

fobias que no tienen nada de realmente neurótico. For otra parte, Ia importancia de los datos freudianos

citados en nuestra primera parte nos obliga a considerar

el siritoma con toda su dimensiOn latente y segOn su va-

lor a la vez relativo (y no suficiente en Si), relacional (con

el objeto interno) y económico (en el juego de las pulsio-

nes y las defensas, por ejemplo, o de da. dialéctica prin- cipio de placer-principiO de realidad). Ailgunos sIntomas del tipo Ilamado aneur6tico pue- den muy bien servir para disimular ci origen pregenital (y por ende en absoluto neurótico en si) de los conflictos que corresponden a una organización que ya ha ingresado en cierta medida, en el sistema estructural psicotico. Dc a misma manera, algunos sIntomas del aspecto denomi- nado psiCótiCO' tales comb, por ejemplo, ciertas formas de angustia muy agudas con riesgo de despersonalizacióri, pueden servir defensivamente para enmascarar ci origen genital y edipico de un conflicto que forma parte de una

estructUra neurótiCa auténtica. For lo tanto, seria equlvoco calificar de entrada un sIntOifla comb neurótico 0 ((pSiCótiCO" con demasiada

nitidez. Pareceria más prudente y

sintoma de cmodo)) o de orden' neurótico o psicOtico.

más preciso hablar de

para poner de relieve que nuestro

cativo no se aplica sino a la naturaleza del sintoma

cibido, y que de ninguna manera impiica todavia un jui- cio sobre Ia naturaieza de la estructuración pro1unda del sujeto. Dicho de otro modo, no conviene, en el piano cientf- fico, comprometerse con el solo sIntoma más ailá del uso limitado pero ütil para ci que ese sintorna ha sido elabo- rado, es decir, al mismo tienipo usia manifestación de superficie destinada a expresar la presencia de un con- fiic,to, la expresión del retorno de usia parte de lo inhi- bido por los atajos de las formaciones sustitutivas o de las realizaciones de compromiso (entre deseos pulsiona- les e iniposibilidad de realizarios), y fina:lmente también, muy a menudo, de las formaciones reaccionales de con- trainversión pulsional cuando la eiaboración del slutoma se hali.a más estimuada, sin que ilegue sin embargo a Constituir usia garantIa estructural neurOtica. De todas maneras, en definitiva, el sintoma no nos permite jarnas par si solo pt'ejuzgar un diagnóstico en cuanto a la oi)ganzación estructural profunda de la per- sona&tad.

.punto de vista cualifi-

per

B) Defensas

En psicopatologla, corrientemente se incluyen entre las defensas ilamadas ancur6ticasD la inhibición, el des- plazaxniento, la condensación, Ia simbolización, etc., •y entre las defensas ilainadas xpsic6ticasz la proyecoión, la negación de la realidad, el desdobiamiento del Yo, la identificación proyectiva, etc. Sin embargo, no es raro encontrar organizaciones es- tructurales auténticamente psicóticas que se defienden contra la descompensación gracias a defensas de modo neurótico, y más particularmente de modo obsesivo, por ejemplo. También podemos decir, luego de haber exami- 'nado atentamente en consulta psicoiógica muchos pa- cientes ya etiquetados como aneurosis obsesivas, que la mayoria de los enfermos que nos son remitidos a causa de sus frondosas manifestaciones defensivas con rituales complicados e impresionantes, no corresponden precisa-

mente al registro neurótico; por lo general solo tratan de luchar desesperadamente contra la invasion de su Yo por los fantasmas del fraccionamiento psicótico, ya que su verdadera estructura profunda se sitiia indiscutible- mente en el registro de la psicosis'. Por otra parte, conocemos estructuras auténticamente neuróticas que utilizan abundantemente Ia proyección o la identificación proyectiva en razón del fracaso parcial de la inhibición, y ante el regreso de fragmentos dema- siado importantes o demasiado inquietantes de los ele- mentos inhibidos antiguos, cuyos efectos ansiOgenos son neutralizados de una manera sin duda más arcaica y más costosa, pero también más eficaz. De la misma manera, podemos encontrar angustias de despersonalización o más simplemente de desrealización

(aguda y pasajera),

de origen traumático (o eventualmente incluso terapéu- tico) sin que tales fenómenos constituyan la herencia de ninguna estructuración especifica. Los conocidos sIndi-o- mes ansiosos de post-parto ode post-aborto, por ejein- plo, pueden mariifestarse en cualquier estructura, y aun- que a veces podemos descubrir en ellos una seflal de equilibrio subyacente precario, esos comportamieritos so- brevienen en la mayoria de los casos fuera de toda hi- pótesis psicopatolOgica. Por lo tanto, serIa interesante no hablar, en una des- cripciófl clinica, si no de defensa, de amodo ' <cneurOtico" o ccpsicótico, sin anticiparse inütilmente a establecer la autenticidad de Ia estructura subyacente de los sujetos, que de otra manera correrian el riesgo de ser clasificados con dernasiada ligereza y de manera en exceso sisterná- tica, a veces muy pesimista y sin apelación.

en una desestructuración a minima

C) Significación histOrica del episodio

A veces, y sin damos cuenta claramente, tenemos ten- dencia a calificar apresuradamente como cneurOtico '> o

1. Por otra parte, es necesario cuidarse de comprometer el éxito de tales deknsa por medio de un ataque inteinpestivo de su sistexna de pro- tecciOn, bajo el pretexto terapéutico de reducir su .neurosis

c psicótico un episodio pasado sobre el que no nos hemos informado aCm Jo bastante, en un momento de la histo- na del sujeto que no puede ser comprendido en el sen- tido estructural sino por referencia a todo un contexto personal más antiguo y latente. Porque sabemos, por haberlo verificado, o simplemen- te por haberlo leido u oLdo decir, que tales siste- mas conjugados de defensas, o tales estados regresivos

del Yo o de Ia libido son considerados come concordantes

con tal organizacidn estructural duradera,

ya sea neurótica o psicótica, nos sentimos inclinados a hablar con demasiada prisa de aneurosiso o de cpsicosis, cuando simplemerite nos hallamos en presencia de on

de la evolucjón (o de Ia revolución)

de una personalidad todavIa muy inconsistente e incierta en cuanto a su futuro estructural. En efecto, en muchos de esos episodios pasajeros, que conciernen principalmente al registro depresivo (con sus frecuentes corolarios hipomaniacos), el Yo no ha corn- pletado aCm su rnaduracion; no ha podido establecer de manera definitiva y cornpleta sus lIrnites (en el sentido en que FEDERN [1926] -lo concibe); no se ha operado aCm una elección neta entre los mecanismos de defensa que se propane utilizar de manera especIfica y selectiva; y tampoco ha definido segdn qué modo de relación de objeto ha de regular sus relaciones con las realidades internas y externas. Si nos situarnos deliberadamente en un extremo, co- rremos el peligro de designar con el tdrmino erróneo de 'estriictura> una indiiferenciación regresi-va somato-psi- quica más o menos parcial y mal superada. Esta actitud constituye por lo menos una anticipacióri, a veces inclusive ui-i error en el diagnóstico o el pronóstico. Ahora bieri, sabemos que cuando se ha cobocado la etiqueta de epsicosis en la cabecera de un lecho o sobre la cubierta de un informe, en Jo sucesivo resultará muy dificil moverla; que es muy difIcil también escapar al juego inducido y reciproco en que participa todo el siste- ma aircundante respeoto del pacien.te, y a! que se in- corpora, poco a poco, el paciente mismo. Par otra parte, en el supuesto de que ese paciente se opusiera a esta maniobra, aunque más no fuera mediante s-u disconformi-

habitt1almente

estado momentdneo

dad con las previsiones emitidas, el grupo de observadores en su conjunto (convertidos en actores) interpretarla en seguida su legitima protesta como una agresividad de su parte, y la tolerarIa muy mal. El aspecto funcional y no estructural del episodio de carácter mOrbido es particularmente visible en el nifio y en el adolescente, en cuyo caso los signos manifiestos y aparentes de carácter psicótico no deben ser considerados automáticamente por los psicopatólogos como correspon- dientes a una estructura psicótica. Este es también el caso de los estados pasajeros en adultos, en momentos en que las antLguas identificaciones vuelven a ponerse en funcionamiento como consecuencia de accidentes afectivos imprevistos. A veces observamos en esos casos fluctuaciones relativas y provisorias del sentido de identidad, como las que ya hernos descrito a propósito de un parto o de un accidente corporal, o de

las interven-

ciones a corazón abierto: los cardiôlogos conocen bien

ese tipo de dificultad). Asi es como podemos sistir a modificaciones ligeras

y transitorias del esquema corporal, capaces sin embargo

de movilizar descargas pulsionales y ansiosas importantes

a pesar de mantenerse de hecho fuera de toda estructura

psicótica. Inclusive el término cprepsicosis> (empleado a roenudo en situaciones semejantes) no nos parece muy conveniente, ya que deberla reservarse para los estados aün poco avanzados y ciertos de da descompensación, pero

una intervenciôn quirürgica (especialmente,

que ya forman parte de la lInea psicótica definitiva.

D) Enfermedad mental

En el caso de episodios mórbidos verdaderos los tér- minos cneurótico o ((psicótico)) designan un estado de desadaptación visible en relaciôn con la estructura pro- pia y profunda. Es una forma más o menos durable de comportamiento que emana realmente de la estructura profunda, como consecuencia de la imposibilidad de ha- cer frente a circunstancias nuevas, interiores o exteriores, que han Ilegado a ser más poderosas que las defensas mo- viizables habitualmente en el marco de los datos estruc-

turaies, y solo en ese marco. En efecto, tal enfermedad solo puede surgir sobre tal estructura, y tal estructura no puede originar cualquier enfermedad. Por lo tanto, hay una interdcpendencia, tanto funcio-

nal como profunda, entre estructura y morbilidad; y

ra dthnir un episodio mOrbido es legitimo referirse a los

mismos calificativos que para las estructuras homOlogas:

aneurOtica> o psic6tica, por ejemplo.

pa-

E) Estructura de la personalidad

Aparte del caso de las tenfermedadesp declaradas, exa- minado en el parágrafo precedente, existe on-a forma in- teligente de utilizar Jos calificativos aneur6dco, o psicO- tico' . Nos referimos a los casos en que, sin estar adn descompensada, la personalidad se halla al menos orga- nizada de manera ya estable e irreversible con inecanis- mos de defensa poco variables, con tin modo de relacidri de objeto selectivo, con un grado de evoluciOn libidinal y 1yoica definido, una actitud precisa ante la realidad que se asume de manera repetitiva, y tin juego reclproco su- ficienternente invariable de los procesos primario y Se- cundario. En este caso se trata verdaderamente de una estructura de la personalidad tal como la definiremos más adelante. De la misma manera que en el caso p-recedente, que se refiere a la enfennedad declarada, aqui se hace posible utilizar con acierto los términos de estructura ipsicótica. 0 cneurOtca, por ejemplo.

2. EL CONCEPTO DE ESTRUCTURA DR LA PERSONALIDAD

A) Definicidn y situación

Quizás sea interesante comparar las definiciones ge- nerales del térmirio estructura: LITTRE presenta Ia estructura como cun modo de disposicidn que pertenece a los cuerpos organizados, y en virtud del cual se corn- ponen de partes elementales rnáltiples y diversas por su

natura1eza.

ROBERT insLste sobre x la manera en que se en foci an conjunto concreto en su organización' y LAROUSSE, a partir de ala manera en que Las partes de tin todo se dis- ponen entre si, deduce que ila estructura del organismo resulta de las multiples correlaciones ontogéfliCaS que se transforman para producir las correlaciones del adulto>'.

A. HESNARD (en POROT, 1960), precksa que el térmi- no <<estructura implica una disposición definida segün la cual las partes de un todo se ordenan entre Si. En algunas teorlas filosóficas o psicológicas, entre ellas

la ateoria de la Gestaltx', la estructura se convierte en un conjunto indescomponible percibido globalmente por ci individuo en función de la significación que adquiere para él. Cada elemento vaidrIa asI solo en relación con el con- junto. En psicopatologIa, la noción de estructura corresponde

a aquello que, en un estado psiquico mórbido o no, está constituido por los elementos metapsicológicos profundos

y fundamentales de Ia personalidad, fijados en un en-

samblaje estable y definitivo. Efectivamente, detrás del juego caracterial, funcional

o mOrbido, detrás de una sintomatologla eventual y siem-

pre superficial, conviene investigar las bases constantes sobre ]as que reposa ci funcionamiento mental de deter- minado sujeto o determinado grupo de sujetos idénticos en sus mecanismos psIquicos fundamentales. Solamente asI podremos evaluar seriamente la iinpor- tancia de los signos presentes y sus implicaciones tanto en la genesis como en el pronóstico evolutivo del individuo corisiderado. Al proceder a una investigación de los elementos de base (naturaleza de la angustia, nivel de regresión de Ia libido y del Yo, modo relacional, naturaleza del conficto, defensas principales, etc.) podremos, ante un delirio crónico por ejemplo, distinguir de manera certera ura estructura psicótica de tipo paranoico de una estructira psicOtica de tipo paranoide, ya que la referencia clásica al modo estructurado (o no) del delirio-sIntoma se revela fre. cuentemente como insuficiente para establecer un diag- nóstico suficientemente preciso y seguro. La concepción estructural de JACKSON (1931) corres- ponde, a pesar de referirse a los movimientos de disolución,

reconstrucción y reorganización de los elementos de Ia estructura primitiva, a la, misma idea de una organización primaria de base sobre la que se solidifica poco a poco un acuerdo cuyas variaciones ulteriores ya nunca serán reai- zables en un ndmero limitado. La <disolución no puede producirse an cuaLlquier sentido; por ci contrario, opera un repliegue sobre estratificaciones anteriores y solo sobre ellas; no permite el descubrimiento de funciones nuevas y desconocidas •hasta entonces, sino de elementos que preexistian ya cuando se produjo la estructuraciOn. El razonamiento jacksoniano respeta siempre el principio de una estructura fija de base. Por Oltimo, conviene comparar los intentos actuales de sintesis con las hipótesis estructuralistas. Los estructura- listas defInen la relación estructural en función del rol determiriante que juega en el seno de una organizaciOn dada. Para ellos, en cad.a conjunto organizado, los elemen - tos se agrupan para constituir lo que ese conjunto tiene de ünico jy comparable. Es dificil saber si Claude LEVI-STRAUSS (1961) pen- saba en Ia psiquiatrIa cuando escribIa cque una disciplina cuyo primer objetivo es analizar e interpretar las diferen- cias, se ahorra muchos problemas al tener en cuenta Sdh) las diferencias. Los estructuralistas comprenden los fun- damentos humanos, no como una acumuiación de aspectos empIricos o fortuitos, sino como un sistema cuyos meca- njsmos de funcionamjento es necesario determinar en principio por ci análisis. Este análisis debe referirse tan- to a los lirnites como a la globalidad de las organizacio- nes, cuyos modos y regias conviene penetrar, asi como comprender de qué manera se establecen, en el seno de la organización, las operaciones de equiiibrio y las dis- torsiones. Lo que llama la atención tarnbién en las hipótesis estructuralistas es su preocupacidn por jerarquizar las sintaxis, por separar 'las sintaxis generatles de las sinta- xis particuiares. No se trata de suscribir las simplifica- ciones del positivismo, o nomenclaturas como las que encontraremos, por ejemplo, en ci curso de nuestro aná- lisis de las posiciones caracterologicas, en nuestra segunda parte. Pero tampoco se trata de dejarse lievar, claramente

o no, por movimientos en apariencia cilnicos fy lógicos, que sin embargo se fundan en ]as corrientes filosóficas, antropológicas o sociológicas del momento, contentándo- se con suscribirlos pasivamente, y a veces inconsciente- niente, en lugar de usarlos con toda independencia, con un objetivo cientifico que exija tm distanciamiento suf i - ciente en el tiernpo y en relación con los opoderes de presión (a los que raramente se menciona) de las Co- rrientes de pensamiento a la moda.

B) Punto de vista freudiano

D. ANZIEU (1967) comprueba que ya no es posible componer una obra de arte después de FREUD CoTflO antes de él; tampoco se puede concebir una nosologla después de FREUD como se to hubiese hecho antes de su aporte. En sus Nuevas con ferencias, en 1932, S. FREUD nos recuerda que Si dejamos caer a tierra un bloque mine-

ral de forma cristalizada, el bloque se quiebra, pero no

se

quiebra de cuaiquier manera. Efectivamente, en todo cuerpo cristalizado existen, en

ci

estado de equilibrio normal, microcristalizaciofles in-

visibles, reunidas entre si para forrnar el cuerpo total

segün

laciones se hallan preestablecidos de rnanera precisa, fija

y constante para cada cuerpo en particular; no existe para cada cuerpo más que una sola manera de cristalizarse, y cada modo de cristalización es exciusivo de un ünico cuer- p0 quImico. Además, esas Ilneas de clivage perrnanecen invisibles en tanto el cuerpo no se haya quebrado o haya sido colocado bajo un aparato Optico particular; a Jo en estado de equilibrio, Ia forma general de la

muestra examinada ofrecerá at observador algunas figu-

ras geornétricas especificas en su contornO, su periferia,

dejamos caer a

tierra nuestra muestra de mineral cristalizada, ésta solo

podria quebrarse, como to ei'plica FREUD, segün ]as Ilneas

lineas de clivage ouyos

lIrnites, dimcciones y angu-

sumo,

sus Ilmites exteriores con cii mundo. Si

pre-establecidas para ci estado de equilibria,

segün sus lImites, sus direcciones, sus angulaciones invi-

de clivage

siNes ha.sta entonces. Tales lineas de clivage originales e mmutables definen la estructura interna del mineral. Y FREUD cree que Jo mismo ocurriria con Ia estruc- tura mental, que Ia organización de Un individno se ha- ilarla constituida de manera durable, especIfica e invisi- ble en la situación normal. Serla suficiente un accidente 0 un análisis minucioso para que encontrâramos las 11- neas de clivage (y también de soldadura) fuLndamentales entre los elementos primarios. Ya sea al nivel de la enfermedad o al nivel previo de la simple estructura no descompensada, no se puede pa- sar del modo de estructuración neurótico al modo de estructuración psicótico, o a la inversa, una vez que Un Yo especIfico se organiza en un sentido u otro. La más Aneur6ticav de las psicosis y la más psicótica * de las neurosis no se encontrarian ntmca en una linea comün de organización del Yo. En la primera hipdtesis hay ya negación clara de la realidad perturbadora, libido narci- sLsta en primer piano, proceso primario que se le impo- ne, des-inversion del objeto, proyección e identificación proyectiva como defensas banales; en la segunda hipótesis quedan por el contrario un coriflicto entre el Yo y ]as pulsiones, una inhibiciOn de las pulsiones, una adhesiOn al principlo de realidad, una actividad por Jo menos rela- tiva de la libido objetal y un juego importante de proce- sos secundarios. Segdn P. JANET (1929), el término neurosis * ha sido introducido en 1777 por William CULLEN y ipsicosiS* en el aflo 1845 por FEUCHTERSLEBEN. Esas dos uocio- nes no correspondlan a su contenido actual en el momento en que esos términos fueron utilizados por primera vez. Pero si nos referimos a la literatura psiquiatrica alemana de fines del siglo XIX, comprobamos que Freud conocla los escritos de autores de los aflos 1895-1900, y la distin- ciOn netamente establecida entre neurosis y psicosis. Sin embargo, la fuente de FREUD sigue siendo funda- mentalmente el descubrimiento de los mecanismos psf- quicos que se manifiestan en los enfermos, mecanismos vistos en vivo en su dinamismo ry su evoluciOn relacional, más que las distinciones caracteriales entre el grupo de los neurOticcs (de los que piensa ocuparse con más asi- duidad) y el grupo de 'los psicOticos, respecto del coal

Vol

nos hemos habituado, tal vez con premura, a decir que se ha ocupado mucho menos. Sin extendernos nuevamente aqul sobre las posiciones frerniianas que concierneri a las neurosis, to esencial pue- de reducirse a Ia expresión simbólica de los smntomas y Ia realización de un compromiso entre las pulsiones y las defensas que se le oponen, a la categoria intrapsiquica del conflicto entre el Yo y el Elio, at aspecto parcial de las regresiones y de ]as fijaciones, al carácter objetal con- servado en Ia libido y que nunca se ha desinvertido mu- cho, a ]as funciones del fantasma deformante pero que nunca niega Ia realidad. En lo que concierne a las psicosis, por el contrarlo, a menudo nos hemos conformado con pensar que Freud no aceptaba fácilmente el contacto con los psicóticos, frente

a

quienes, precisamente, se sentla objetalmente excluido;

y

limitamos su punto de vista a la exclusiOn de la trans-

ferencia en Ia relaciOn de objeto psicOtica. En general solo reconocemos la oposición entre oneurosis de transfe- rencia> y oneurosis narcisista. Ahora bien, la posición freudiana, o mas bien, las posiciones freudianas sucesivas, son mucho más ricas y más matizadas con respecto a las

psicosis.

a) Primera poslclón freudiana

Una primera posición freudiana corresponde a ]as car- tas a FLIESS, principalmente a los Manuscritos D, G, F!

y K (1887-1902), a los Estudios sobre la histeria (1895), a

los artIculos sobre ]as psiconeurosis de defensa (1894), hi

neurosis de angustia (1895), y finalmente, las Nuevas oh-

servaciones sabre los psiconeurosis de defensa (1896).

Durante todo este periodo FREUD opone las psiconeu- rosis at grupo de lasneurosis actuates)), en el cual in- cluye, por el mornento at menos, esencialmente Ia neuro- sis de angustia y Ia neurastenia. FREUD no habia realizado aiin una clara selección de los rnecanismos que iba a dcscribir. Por to tanto, at apr- hender superficialmente el conjunto del campo psiquiá- trico habia presentido formas etiologicas difIciles de cia-

sificar en las categorlas psicóticas o neuróticas de Ia épo- ca, cualquiera fuesen las denominaciones.

b) Segunda poslclón freudlana

Una segunda posicion freudiana corresponde al pe- riodo de la primera teorla del aparato psIquico. Es en e1 análjsis del caso SCHREBER (1911), en Ia Introduccidn

ci narcisismo (1914), en la MetapsicologIa (1915), en la Introducción a! psicoandlisis (1916-1917) y finalmente en

donde Freud ordena, por

up- ]ado, ]as neurosis actuales (neurastenia y neurosis de

angustia) que no han sufrido modificación, y por otro ciasifica las apsiconeurosis, que se dividen en dos parteS:

las ccpsiconeurosis de transferencia (histeria, neurosis ob- sesiva y fobias) y 'las apsiconeurosis narcisistas>>, que co- rresponden a las psicosis clásicas. A propdsito de esta ültima categoria, FREUD nos muestra cómo, en las psi- cosis, la libido permanece fijada en un estadio autoeró- tico, pierde su movilidad y ya no vuelve a encontrar ci camino de los objetos. Por el contrario, en las neurosis el acento se pone sobre 'la relación entre las inversiones libidinales y las inversiones de las pulsiones del Yo, entre la libido objetal y la libido narcisista, especialmente dado que, en ci artIculo sobre ci narcisismo, FREUD establece de alguna rnanera un puente a ese nivel (por medio de la

hipocondria, a la que se

confiesa atentado de considerar

como una tercera neurosis actual-v), y muestra cómo la

libido narcisista está justamente ligada a esas vneurosis actuales, de la misma manera que la libido objetal lo está a 'las neurosis histéricas y obsesionales.

El hombre de los lobos (1918),

c) Tercera poslcldn freudlana

Una tercera posicion freudiana se inscribe en Ia elabo- ración del segundo tópico. Son Los artIculos sobre El Yo

y el Ello (1923), Neurosis y psicosis (1924), Pérdida de fa realidad en las neurosis y las psicosis (1924), La econonzia del masoquismo (1924) y La negación (1925).

La oposicidn se establece siempre entre aneurosis ac-

tua1es por un lado, y, •por el otro, entre tres categorias distintas: por una parte ]as antiguas <<psiconeurosis de transferencia> liamadas ahora cneurosis '> a secas y otras dos categorlas: las xpsiconeurosis narcisistas> (que ahora comprenden solo la depresión y la melancolla) y las psi- cosisD (entre las que se incluyen la paranoia y la esqui- zofrenia). El Yo ocupa en este momento una posición interme- diana entre el Ello y la realidad. En las neurosis, el Yo obedece a las exigencias de la realidad y del Super-yo; e inhibe las puLsiones. En las psicosis, hay ruptura entre el Yo y Ia realidad. El Yo cae bajo la influencia del Ello, dado que reconstruye una nueva realidad (delinio) con- forme a los deseos del Ello.

En Las neurosis de transferencia hay conflicto entre

el Yo Lv el Ello; en las psicosis el conflicto se sitOa entre el Yo y el mundo exterior. Fsta noción de <cneurosis narci.sistas en la Oltima con- cepción de FREUD puede compararse con la fijeza de su opinion sobre las neurosis actuai1es. El primer grupo, en efecto, comprende la depresión, y el segundo la neuro- sis de angustia, dos entidades que presentari estrecha relaciOn entre si. Es en este peniodo cuando FREUD, luego de haber in. vestigado en sus dos estudios sobre el tema lo que oponia a neurosis y psicosis, termina su primer artIculo al des- cribir una tercera posibilidad para ci Yo: odesformarsen pam no tener que desgarrarse. Esta hipOtesis, de 1924, pa- rece muy importante, a pesar de que no haya sido desa- rrollada posteriormente en la obra de FREUD. En reali- dad, parece haber sido eclipsada muy pronto y rápida-

mente por el ancepto

ye, en mi opinion, sino una consecuencia cuarido se trata

del objeto.

Onico de clivage, que no constitu-

d) Cuarta posiclOn freudiana

Finalmente, una cuarta posición freudiana comienza

con el trabajo, muy importante, Sobre algunas consecuen- cias psiquicas de Ia diferencia arzatdmica entre los sexos

(1925) y -se contrinOa con los artIculos sobre El fetichic-

del Yo

el proceso de/ensivo (1938) y Cotnpendio de psicoan4- lisis. A partir de este momento, a FREUD no le interesa ya simplemente oponer unas entidades nosológicas a otras, sino ahondar más en ciertos mecanismos, principalmente

los mecanismos de la vertiente psicótica, y en particular

la nociOn de zSpalyungx,

(.negaciOn de un hecho que se impone en el rior).

Parece que los psicoanalistas no conceden mucha im-

portancia al artIculo sobre Los tipos libidinales

embargo, es en ese trabajo donde FREUD expone su pre- sentimiento de lo que más tarde send para nosotros una estructura neurdtica, de cdmo una estructura histérica u obsesiva todavIa no enferrna puede hacer surgir, en caso de accidente patológico, una neurosis histérica o una neu- rosis obs.esiva. Nunca insistiremos demasiado en seflalar hasta qué punto Freud ha colocado aquf en una posicion aparte a lo que él llama el tipo narcisista, cómo ha precisado la intolerancia de ese tipo a las frustraciones exteriores y su predisposioidn particular por la cpsicosis (sic), asi como por conflictos que actualmente .podriamos liamar acaracteriales, o perversosD.

(1931). Sin

mo (1927), Los tipos libidinales (1931), El olivage

en

(clivage) y de cVerleugnung*

mundo exte-

C) Genesis de la estructura de base

Hemos visto más arriba que S. FREUD estimaba que cuando el psiquismo individual habia alcanzado un grado de organización equivalente a la ucrista1izaci6n definiti- va, segün linens de fuerzas (y de debilidades) interiores complejas y originales, ya no habria variación posible en lo sucesivo: en caso de ruptura del equilibrio anterior, un sujeto de estructura psicotica solo podrIa desarrollar una psicosis, y un sujeto de estructura neurótica solo po- dna desarrollar una neurosis. De la misma manera, y a la inversa, Si se trata a tiemipo y correctamente, el primer sujeto solo podrá recuperar su buena salud en tanto que estructura psicótica nuevamente bien invertida, y el se- gundo no estará ocurado sino cuando recuere una estructura neurOtica bien invertida en cuanto tal.

Can excepción de los casos que denominamos, demasia- do globalmente quizás, cpsicosis infantiIes (y de las cuales volveremos a hablar enseguida), en ci caso general de la evolución psfquica del adulto hacia una estructuración es- table, ci proceso, en términos generales, parece darse de la manera siguiente:

a) Primera etapa

En una prifnera etapa partimos de estados iniciales del Yo del niño pequeflo, en su indiferenciación somato-psI- quica. Poco a poco esta diferenciación comienza a efectuar- Se, y también poco a poco ci Yo se distingue del No-Yo. En este estadio inicial, el Yo conservarIa durante un tiempo bastante prolongado una cierta plasticidad ante las influen- cias exteriores tóxicas y madurativas.

b) Segunda etapa

En una segunda etapa asistiriamos a una especie de preorganizacion ya más especifica, en función de las ii- neas de fuerza determinadas, par una parte, par los datos hereditarios y congénitos innegables, y par otra parte, por las experiencias objetales sucesivas que se refieren a zonas erOgenas cada vez más extensas y a pulsiones cada vez rnenos parciales, de modo que casi seria posible describfr a ia manera jacksoniana ci juego progresivo de los diferen- tes niveles de la estructuración del Yo. Las relaciones con los padres siguen siendo capitales, sin duda alguna. A elias se agregan poco a poco y de acuer- do con las circunstancias las relaciones con los otros miem- bros del contexto social y educativo. Todo esto repercute en ci psiquismo en formación, a través de conflictos, frustraciones, traumatismQs', pero tam- bién a través de seguridades anaclIticas y de identificacio- nes positivas. Las defensas comienzan a organizarse de manera cada vez menos fluctuante e intercambiable. El Yo trabaja par media de toques sucesivos, de movimientos de ensayo y retroceso, para hacer frente a las amenazas generadas tanto

en el exterior como en el interior s ya sea por &a realidad o por ]as pulsiones'. Progresivamente el psiquismo del individuo se organiza, se wcristalizaD segün un modo de ensamblaje de sus elemen- tos propios, una variedad de organización interna con If-

clivage y cohesion que ya no podrán variar en 10

sucesivo.

neas de

c) Tercera etapa

Se constituye asi, una tercera etapa, que cuimina en una verdadera estructura de Ia personalidad que ya no se 1110- dificará ni cambiará de lmnea fundamental, sino que sola- mente podrá adaptarse o desadaptarse, de manera defini- tiva o reversible, segün una Ilnea de organizaciOn estruc- tural invariable. En tanto un sujeto de una u otra de las estructuras estables, neurótica o psicótica, no sea sometido a pruebas internas o externas demasiado intensas, en tanto no experimente traumatismos demasiado profundos ni su- fra frustraciores demasiado intensas, y no se sienta vIctima de co'nflictos excesivarnente serios, no estará enfermo, aun- que mantenga su estructura psicótica o neurdtica. El cris- talD resistirá bien. Nuestro capitulo sobre la norrnalidad ha desarrollado extensamente este punto de vista. Pero de pronto sobreviene un acontecimiento cualquie-. ra, cuya naturaleza es capaz de quebrarlo; esta fisura sOlo puede operarse segn 1Ineas de fuerza y de ruptura prees- tablecidas en Ia infancja o en Ia adolescencia del sujeto. La estructura de base neurOtica sOlo podrá originar una neurosis (histérica u obsesiva), y la estructura de base psi- cOtica sOlo podrá generar una psicosis en las diferentes va- riedades habituales. No nos parece que esta comprobaciOn engendre ningOn determinismo particuarmente pesimista: en el interior de cada linea estructural persiste una variedad de posibili- dades, con formas graves y benignas en cada una de ellas, independientemente de Ia clásica reputaoiOn —no siempre justificada— de temi'ble pam la ilnea psicOtica y de benigna pam la linea neurOtica.

1. Exterior no es simpleniente sinOnimo de •realidad., ni pulsi6n. simplemente sinónimo de .interior.; algunas proyeccioncs pulsionale5 se haceri .extcriores, y existS una reaIidath interior.

Esto implica que solo existen dos estructuras psiquicas estables: estructura neurótica y estructura psicótica. Solo estas dos clases pueden responder en la experiencia cli- nica a las definiciones contenidas en nuestras hipótesis de trabaj o Y sin duda los términos de xestructura de base neu- rótica o psicOtica comprenden aquI tanto los incidentes patológicos que pueden sobrevenir en el eje de tales organizaciones, como el resto del eje en conjunto, fuera de todo ataque mórbido. Sin embargo, no se trata de reducir todas las variedades psicopatológicas a las dos estructuras, neurótica y pSlCótica. Entre esas dos ünicas estructuras queda un espacio para otras entidades menos sólidamente organizadas desde ci punto de vista clinico y que describiremos más adelante como formas que, justamente, no tienen derecho a la cate- goria de estructuras. Los capItulos tercero y cuarto de esta primera parte se con•sagrarán al estudio sucesivo de esas categorlas estruc- turadas o a-estructuradas.

D) Observaciones sabre las estructurcs concernientes a la infancia, la latencia y la adolescencia.

Luego de haber expuesto los principios generales de mis hipótesis en este trabajo a propOsito de la nociOn de estructura, y antes de entrar en el detalle de las dife- rentes estructuras o de ]as diversas organizaciones, es necesario expresar, en este momento del desarrollo, algunas observaciones que •sitüan las elaboraciones estructurales en categorIas bastan'te particulares, concernientes a la in- fancia, Ia latencia y la adolescencia. La sIntesis sobre los problemas estructurales de Ja personalidad que encaramos aquf se interesa esencialmente par la genesis, la evolución y los avatares de los modos d funcionamiento psIquicos, mórbidos o no, que se encuen- tran en el adulto, en lo que los asemeja o los diferencia, los caracteriza o ]as especifica. La latencia y Ia adoles- cencia se enfocarán pues ante todo como etapas hacia !a madurez, y se estudiarán principalmente en el adespudso de la investigaciân econOmica y ontogénetica.

Hubiera sido posible una actitud muy diferente: partir de Ia observación de los datos, patologicos o no, del fun- clonamlento psIquico de la infancia de la latencia o de la adolescencia para ilegar progresivamente a los diversos modos de funcionamiento del psiquismo del adulto. No creo que mi elección metodclogica se haya basado simpiemente en motivos fortuitos de modo de ejercicio profesional predominante o en razones puramente afec-

tivas. Efectjvamente,

siempre he vivido con gran desagrado

la angustia de ver cómo una omadre fálica (de uno u otro sexo aparente), maltrata y desvirtáa Ia autenticidad dl niño, cuando el presunto terapeuta se limita a una observación odesde arriba que en realidad parte de ma- nera latente de sus vivencias infantiles personales que no hayan sufrido una metabolizaciOn catamnéstica saficiente. Me parece que tal modo de observación comporta dema- siados riesgos de proyecciones personales adultas i .ncons- cientes, tanto más difIciles de determinar objetivamente en Ja medida en que el nifio se abstiene de protestar cuando no se da cuenta de Ia manipulación; o bien, en el caso de que se diera cuenta, tampoco protestarIa sin duda, fas- cinado por el hecho de ser considerado en este terreno, como un mayor)) por otro mayor. De la misma manera, cuando se habla con abundancia y voluptuosidad personal del Edipo a un nino cuya organización está todavia muy lejos de conflictuarse esencialmente acerca de Ia primacla de imperativos tan genitalizados, el evidente arrobamien- to de Ia respuesta no constituye un rasgo suficiente de conlprensión cientIflca. Puede ocurrir que en el piano psi-

cotrapéutico tenga lugar cierta satisfacción pulsional sin que ello corresponda a una interpretación obii,gadamente exacta; el nino puede experimentar muy simplemente fa felicidad de una masturbación banal de modo narcisista a través del aduito, lo que, segin la edad y ci contexto en lo que se refiere al nivel alcanzado por el status fan- tasmático, no se vive forzosamente corno una excitación del deseo libidinal y objetal, lo que impiicaria que inme- diatamente sobreviniera un movimiento depresivo conse- cutivo a la ausencia de una respuesta afectiva durable. Segün el grado de eiaboración alcanzado por el nifio, y de ausencia de un gran componente perverso en el adulto, esa ciase de contactos puede mu1y bien aicanzar simplemente

consecuencias narcisistas positivas, pero a veces su valor demostrativo puede ser dudoso en ci piano de la inves- tigación propiamente dicha. D. ANZIEU (1969) ha mostrado cómo puede reaccionar el nino que tiene dificultades para defenderse de Ia invasion de la palabra de los mayores, ante esa misma palabra del mayor: durante los primeros año.s de vida, los sonidos que ci niflo escucha se corivierten en una fuente de placer, no por sus aspectos semánticos fonemáticos, sino por su pura melodia. La voz de la madre que canta, dice ANZIEU (1970), acaricia la garganta del nino como un buen alimen- to, Io mccc y lo prepara para ci suefio. Dc la misma manera podemos pensar que, más tarde, la voz erotizada del padre (o del terapeuta) opera una deliciosa caricia masturbatoria fálica, en la medida en que lo que diga no sea (felizmente) comprendido en el mismo nivel en ci que se sitüa para el aduJto; de lo contrario, habria traumatismo afectivo que bloquearIa la evolución libidinal en el acto (cf. más adelante, cesrtados 1Imites). No se trata, sin duda, de condenar sin más el estudio, y menos aün, la aproximación directa al niflo, pero es necesario que nosotros mismos nos pongamos en guardia contra resultados en los que a veces nuestras vivencias personailes se mezcian con las observaciones objetivas, en razón del parasitismo de las percepciones debido a mcvi- tables residuos infantiles personales, es decir, a Jos res- tos tntimos del apolimorfismo perverso ' , siempre muy sutil (cf. S. FREUD, Tres ensayos, 1905). Tambidn parece ser my importante el orden en quc operamos. Quizás, y contrariamente a cierta manera pensar que se considera 'sobreentendida, sea más seguro tenor primero en cuenta las consecuencias de los acon- tecimientos infantiles pasados en ci aduilto, para orientar se luego hacia la observación del niflo, en lugar de partir de la observacidn del nifio, efectuada por un adulto que no haya esclarecido con anterioridad 'todo Jo que Ilea en sí mismo como residuo de las dificultades internas arcaicas, que en tales situaciones de estudio conservan todo su potencial proyectivo. Al alentar el psicoanálisis personal previo del obser- vador coincidimos con esta preocupación. Si bien es indiscutible que, como lo muestra Melanie

KLEIN, el niño contiene ya

la verdad oculta y fraccionada

del hombre que serd, sigue siendo igualmente Cierto que el adulto conserja de per si Ia verdad oculta y fracciona- da del nino que ha side, e incluso, dirja yo, la nostalgia

del a nifio que no pudo ser.

Esta presencia de residues

siem pre bien integrados se suma asI, paia constituir una totalidad proyectiva y explosiva insospe- chada, a las hipótesis creadas per la alucinación riegativa

de una felicidad infantil siempre más cabal de lo que en reandad ha side, fantasmas necesariamente retocados a posteriori, y repotencializados al mismo tiempo, per Jas experiencias y las frustraciones genitalizadas de la puber- tad y Ia madurez. Como lo ha demostrado J. GUILLAUMIN (1968), el recuerdo de nuestra propia infancia constituye el aniacleo de sentidov a partir del cual Ia infancia del otro se nos hace inteligible. No podrIamos concebir la trayectoria epistemológica que se refiere a la psicologla del niño o a la psicologia genética sin esta base fundamental que ci psicoanáilisis considera bajo su aspecto adidActicoD come el postulado de toda aproxiinación clinica serena y fe- cunda. En definitiva, parece que los dos mdtodos, que per un lade implican una actualización en ci adulto de los corn- ponentes infantiles residuale.s o elaborados, y por otro la bdsqueda, en el nino, de ]as raices de ]as elaboraciones o los conflictos post-pubertarios, son perfectamente corn- plementarios, y que ci acceso ontogenético ganarla mucho al utilizarlos conjuntamente. Esperernos que los diversos psicoanalistas de niños que han sucedido a FREUD y a sus discIpulos inmedia- tos, y que se definen come sus seguidores (aunque inten- tan ir mucho más lejos per vIas diferentes) no hayan oI• vidado lo que tiene de fundamentalmente freudiano y rigurosamente psicoanalItico la trayectoria que parte del adulto para reencontrar en éI el universe infantil, y, al mismo tiempo, y en primer lugar, ]as dificultades resi- duales de este universe que permanecen en el plane per- sonal de manera tal que pueden influir nuestra aproxi- macion objetal a los anihosp, tanto come a los mayores Quizás la identificación proyectiva o, dicho de otra ma- nera, Ia inyecciOn masiva de una parte perturbadora de

oscuros no

Si mismo en el interior del otro para dominarlo y condu- cirlo a un estado de dependencia tranquilizadora, no fun- cione solamente a partir de los sujetos de las observa- ciones. -. Tal vez no sea fortuito el hecho de que las dos princi- pales escuelas de psicoanálisis infantil de la post-guerra hayan sido dominadas por la imagen de una amujer fuer- tea en el sentido bIblico del término. Por otra parte, cuando nos referimos a ciertos traba- jos kleinianos, como los estudios de BION sobre la aluci- nación (en Second thoughts, 1955), en los que se trata continuamente de hacer que el enfermo cexpulsea las emalasa partes de si misrno que le impiden amar a la ma- dre, no podemos evitar que se presenten al espiritu la imágenes de esas madres siempre dispuestas a administrar lavativas, y que afirman no poder camara a su hijo sino cuando él las ame a su vez to suficiente como para expul- sar todo to que ellas han proyectado en él y a to que te- men, por considerarlo Ia parte mala de si mismas'. Del mismo modo, la famosa scenvidia de penea que los hombres describen tan a menudo en las mujeres, pue- de fundarse no solo sobre observaciones clInicas indiscu- tibles que se refieren a los descubrimientos de to que ha pasado después entre determinado psicoanalista-padre y

su hija at nivel de intercambios narcisistas y edipicos, si-

no tam

bin sobre aquello que constituye el proceso induc-

tor de semejante comportarniento, es decir, ui-ia verdadera

identificación prospectiva concerniente at narcisismo fá- lico por parte del padre y a la respuesta complementaria que la hija ha creIdo interesante aportar a manera de eco. E. JONES, en 1928, no se equivocaba probablemente cuan- do afirmaba, contra la opinion de S. FREUD, que Ia ac- titud fá•lica en la hija (tal como se la concibe con mayor o menor reprobación) podria no solo corresponder a un

I. El rigor de la observacion clinica clectuada justamcnte .despuS' flos obliga a reconocer aqul que la madre fálica. no es la uruca .respofl- sable. de Ia repeticióri de la .operación lavativa . : si bien ci ntfio la sufre fundamental men te en ci piano narcisista, no deja sin embargo de gozar. at mismo tiempo, en ci piano pulsional; tano, por otra parte, sobre ci registro sadornasoquista como so re ci registro libidinal, segün los rnodos diversos Jigados a las parsiculandades operacionales de Ia enema. Efecti- varnenle, una puesta en escena perversa acOmpaa siernprc at coito anal clisteriano que cumple la madre en ci modo sdicci-activo pero que es in- cesantemente solicitado por ci nino, y con habilidad, en ci modo pasivo- agresivo. (iPobre madre de hijos de madre Utica, a partir del momento en que ci niño extrae placer de ese diálogo!)

estadjo banal del desarrollo libidinal, sino también cons- tituir, en otras circunstancias más tardlas, una reacciôn secundaria de protección activa.

Es tambin por ese motivo, y en razón de Ia dificul- tad con que se enfrenta el aduito para situarse a si mismo (positivamente o negativamente, lo que viene a ser lo mismo a Jos efectos de la clasificaciOn) frente al recono- cimiento de sus rasgos personales o de sus vivencias pro- yectivas tan ampliamente diseminadas en una multitud de niflos diferentes, que los psiquiatras .de niños se sitüan en un aparte en un terreno nosográfico? Es por ello que parece tan dificil que los psicopat& logos que se ocupan del nino dialoguen con los que se ocupan habitualmente del adulto? En efecto, si los segundos habitualmente reconocen como psicótica una estructura comün, basada sobre ci fraccjonamjento del Yo (acabado o no), ci conflicto con la realidad, la primacia otorgada a las inversiones narci- sistas y al proceso primario, cóino discutir datos equl- valentes con los primeros, que acostumbran a denominar psic6ticas a un conjunto de entidades patológicas más

o menos precisas que se encuentran en el nuub, conjunto

que en algunos autores se ha extendido poco a poco hasta engiobar la casi totalidad de la psicologia infantil?

Cómo hacer que un psicopatólogo de adultos acepte que se ordenen frecuentemente en un pie de igualdad conflictos heteróclitos que van de las grandes organiza- ciones deficitarias en lo que respecta al equipamiento y

a lo somático hasta las verdaderas organizaciones psicó-

ticas precoces especificas del niño, pasando por los pri- meros problemas que se manifiestan en el niubo de lo que se convertirA en una psicosis en el adulto, pasando tarn- bién por las grandes inmadureces afectivas o las organiza-

clones todavIa indiferenciadas de tipo anaciltico, o las más diferenciadas de tipo psicopático, caracteriai o per- verso (grupos que parecerian vinculables a nuestra ca-

tegorla de los estados lImites y de sus dependencias), o inciuso por las manifestaciones ya especificas o simple- mente todavIa precursoras en ci nifio de las organizaclo- nes profunclas, neuróticas o psicóticas? Los diversos psiquiatras que trabajan al nivel del adul-

to han aprendido mucho, sin ninguna duda, y todavia han

de recibir mucho más, de sus colegas que trabajan con niflos, pero sigue siendo cierto que estos ültimos no pue- den ahora continuar avanzando sin aplicar a sus descrip- clones teóricas y clinicas un rigor terminologico semejan- te a aquel al que se han atenido (finaimente) desde hace cierto tiempo los primeros, para hacer compatibles y co- municables sus observaciones fragmentarias sobre cada categorla de organización mental. La gran variedad y la importancia del campo de los descubrimientos que se refieren al funcionamiento mental del niño y a su genesis, obligan a la precision en los términos utilizados y en la clasificación de los datos recientemente adquiridos que parecen tan interesantes para todos los investigadores ul- teriores. Corresponde a los psiquiatras de niños precisar si el autismo precoz de L. KANNER (1943) o más precisarnen- te adn la psico.sis autIstica precoz de M. MAHLER (1958), que son comportamientos indiscutiblemente psicóticos ', se sitdan realmente en la misma lInea estructural que las psicosis del adulto y si corresponde a su definición el mismo sustantivo. Poco importaria, por otra parte, que se reservara la herencia exciusiva del térrnino a la serie in- fantil o a la serie adulta, si fuera .posible acabar con Ia indivisión de esta propiedad comOn de apelaciOn. Sin duda serla más fácil para los especialistas en ni flos diferenciar de Ia 'lInea psicOtica ortodoxa purifica-

da, Ia apsicosism simbidtica de M. MAHLER o la psico-

patia ' autIstica de H. ASPERGER; con mayor razOn de- beriamos clasificar, de manera particular e independiente

de las psicosis, toda la serie de las organizaciones defici- tarias que J.-J. LUSTIN (1972) distribuye en problemas de ]as funciones psicomotrices, problemas de lenguaje, problemas criticos (epilepsia), debilidades y retrasos men-

tales. En cuanto a las

cas>' o

que no constituyen, si consideramos cuidadosamente su ontogénesis, sino una manera de organizar relacionalmen- te, bajo la primacia del acto y de la agresividad, algunas do esas famosas Ydesarrnonlas evolutivas , inmadureces o retrasos afectivos' de los que hablamos cada vez con mayor acierto en el piano descriptivo, pero con vacilaciOn

desde ci punto de vista nosologico; creo que el estudio

organizaciones Ilamadas psicopdti-

perversas>> en el niflo o ci adolescente, es evidente

constituido por el tiltimo capitulo de esta primera parte y que se refiere al gmpo de estados limites y de sus or- ganizaciones anexas podrá constituir una base de ref le- xión sobre Ia situaciOn estructural (o más exactamente

sobre la situación de no.estructuración) de tales entidades

cli riicas. Es necesario también enfocar el grupo de ]as reaccio-

nes psicosomdticas precoces, a las que L. KREISLER, M. FAIN y M. SOULE (1966) han consagrado trabajos recien- tes que muestran su singular especificidad ligada a ]as funciones desexualizadas y resomatizadas del Yo, en el sentido del KYo aut6nomoD de H. HARTMANN y de su

escuela,

de

to

no diferente en este punto de Ia especificidad

y

los funcionamientos mentales psicosornáticos del adul-

que encararemos más adelante.

Sin embargo quedan en suspenso dos cuestiones: có- mo reconocer, por una parte, lo que podemos definir ya como pródromos, en el nino o el adolescente, de la orga- nización todavia provisoria en este mornento, pero qua producira más adelante en el adulto una estructura psi-

cótica de tipo clásico? Por otra parte, el mismo problema

se plantea con respecto a los pródromos que anuncian

estructuras neurdticas ulteriores autnticas en el adulto.

Esas dos lineas de reflexión son muy arduas y los au- tores todavIa no las han explotado suficientemente. Mis propias investigaciones cilnicas, cuando han sido suficien- temente profundas, me han enseñado que en uno y otro caso es necesario tener muy en cuenta todo sintoma de dimension neurdtica (fobias, obsesiones, manifestaciones histdricas). En Ia mayoria de los casos esos simples sIntomas revisten una importancia diagnóstica particular,

ya

que con frecuencia no rubrican totalmente una evolu-

ciOn estructural neurótica; puede tratarse de puras ma-

nifestaciones funcionales de escasa gravedad, o bien, por

el contrario, en ciertos casos, constituir los primeros

alertas de un fallo bastante serio de las funciones adap . -tativasdelYo,queamenazacondesarrollarseyevolucio- nar mucho má.s allá de la simple estructura neurótica. Es muy excepcional que auténticas estructuraciones ulteriores de tipo neurótico se inicien de esta manera. So- lo el examen atento de la evolución ulterior progresiva en todos los casos de sIntomas denominados neuróticos

notables (ante los sujetos o las familias no corresponde dramatizar, pero tampoco adop'tar una actitud demasiado tranquilizadorax' antes de haber comprobado la benigni- dad) nos permite la esperanza de evitar errores demasia- do numerosos y lamentables en la estimación pronóstica.

Las reacciones f(caracterialesx, del niño o del adolescen-

te deben considerarse bajo el mismo angulo; en aigunos casos son señajes de una tension relacional momentánea, fisiológica, de los movimientos de crecimiento afectivo —a veces mal coordinados adn— entre el Yo vacilante del niño y un medio exterior familiar o socio-educativo que no siernpre reacciona tan oportuxiamente como seria conveniente; en otros, por el contrario, esas reacciones señalan un comienzo de organización anaclitica intoleran- te a 11as. frustraciones, que evolucionan hacia el tronco co- mdii de los estados Iimites descritos más adelante, o a veces, incluso, y con mayor gravedad, anuncian una pro- gresiOn en Ia imnea estructural psicOtica; en otros, en fin, son justamente estas reacciones caracteriales las que in- dican el inicio de una estructuracidn ulterior de tipo real- mente neurOtico. Pero debemos recorder que sigue siendo abusivo de- finir un nivel estructural cualquiera como uneurOtico' antes del Edipo, es decir, antes de los cuatro años (en los

niños más precoces).

Yo dir-ia, aun corriendo el riesgo de disgustar a los meticulosos de la observaciOn de los si .gnos exteriores, que ninguna observación clinica, por atenta que sea, per- mitiria plantear con certeza un diagnóstico estructural con sOlo poner en evidencia estdtica los sIntomas más finos; todavIa no podemos aportar tal o cual prueba evo- lutiva sobre el piano estructural en el momento de la in- fancia y la adolescencia, fuera del caso de auténticas de- sorganizaciones cpsicóticasD precoces- o de sub-equipa- mientos notables. SOlo la observación repelida en el tiempo permitirá que la comprensión de la evolución de los elementos ope- racionales y relacionales (efImeros o constantes) del Yo conduzca a una evaluación tranquilizadora o iriquietante de los limites de la gama pronóstica y de las posibilidadcs o riegos que en el futuro aguardan al sujeto. En lo que concierne al periodo de latencia, quizas a!-

gunos criticarán la noción de c<silencio evolutivon a Ia que se hard alusiOn más adelante, asi como ci trmino de .xpseudolatencia (precoz)) o ((tardla>)) empleado a propó- sito de Jos estados limites. No pretendo en absoluto que en ci momento de la Ia-

no pasa nada, ni siquiera en ci registro genital.

Todos es'tamos convencidos de La importancia del periodo de latencia (verdadera) por sus identificaciones, sublima- ciones, disposiciones socio-relacionales y culturales y sus manifestaciones sexuales (frecuentemente desordenadas, por otra parte); sin embargo, FREUD ha hablado, y no sin razón, de un perIodo dc latencia y no de un esta- dio —como en ci caso de los momentos realmente ev lutivos desde ci punto de vista estriictural—, que se cen- tra en aspectos pregenitales (estadio oral, estadio aria!) o genitales (estadio fálico para la genitalidad infantil y es- taclio pubertario para Ia organización genital propiamente clicha). Durante el periodo de latencia las vivencias emo- cionales del sujeto se mantienen en un estado de agitación considerable, pero su organización estructural perrnanece invariable y no franquea tin nuevo paso en la escala evo- lutiva sino en la etapa siguiente, la del estadjo pubertario. Para emplear trminos gráficos, podrIamos decir que nues- tro osilencio evolutivo> de la latencia tiene como objetivo connotar la ausencia de tin progreso estructural, at mismo tiempo que la <rumiación " por parte del sujeto de las un- portantes y diversas adquisiciones operadas en el curso de los estadios precedentes. For otra parte, ci trinino de cpseudo-Iatencia'> que se utiliza en las hipótesis emitidas sobre Jos estados ilmites corresponde, en tales organiza- ciones, a un estado prolongado y fijado que comporta a la vez tin siiericio evolutivo y una intensa crumiación, como veremos de inmediato. En lo que concierne a la adolescencia, en fin, los cij- nicos no considerarân Un descubrimiento el punto de vis- ta desarrollado aqui, quc se refiere a la dificultad de de- finir válidamente una estructura duradera en este mo- mento de la vida. En nuestra hipótesis, esta dificultad se vincularia no solo con la fluctuación legItima de las in- versiones libidi.nales y objetales, frecuentemente descritas por los autores, sino sobre todo con Ia capacidad del su- jeto para cambiar, aliora y por thlti;na vez, de estructura

tencia

en este perlodo en que todo le parece nuevamente provi- sorio, y en medio de un huracán pulsional y conflictual. Parece necesario revalorizar la importancia del potencial estructural del adolescente más de lo que se ha hecho hasta el presente. Para terminar este parágrafo sobre el concepto de estructura de base, recordaria la posición asumida por H. EY en el Congreso de MONTREAL, en 1961, al reconocer las dificultades existentes para vincular entre si las enti- dades psIquicas del hombre, normal o no, y comprobar que un escepticismo sistemático habla conducido a reac- ciones antinosograficas, o a pseudoclasificaciones que po- dian reducirse prácticamente al ordenanijento alfabético. Respetar al xnismo tiempo la unidad del psiquismo y la diversidad de los funcionamientos mentales, las simili- tudes o las divergencias fundamentales, la jerarquizaciôn de los agrupamientos principales y de las diversificacion2s secundarias, rwnca ha sido una tarea fácil. La riqueza de los descubrimientos psicológicos y en particular psi- coanalIticos de estos ültimos decenios parece haber corn- plicado todavIa más el debate. SerIa oportuno recapitular, y tratar de establecer una sIntesis provisoria de la arti- culación de nuestros conocimientos actuales, justamente sobre la base proporcionada por la riqueza de recientes datos serios y sólidos, que deben utilizarse para ampliar nuestras miras y no para complicarlos indefinidamente.

3

Las grandes estructuras de base

La concepción psicopatologica, corriente en el pasado, se descomponla en postulados sucesivos bastante simplis- tas, que bloquearon toda investigacidn en psicopatologia estructural durante cierto periodo. El primer postulado puede formularse, sin forzar la caricatura, por medio de ]a distinción prácticamente auto- niática entre el que delira, más o menos asimilado a la estructura psicotica, y todo el resto, más o menos asimi- lado a la estructura neurótica. El segundo postulado, en apariencia más cientifico, pero en realidad igualmente simplista, vela en el paciente psicótico un problema orgánico e incurable; poco im- portaba que se lo sornetiera a un tratamiento cualquiera 0 se lo dejara sin atención (en su casa o en un (asilo), ya que con una enfermedad de esta naturaleza no se con- seguiria ningün resuitado. For otra parte, el paciente de- nominado ((neurótico)) era un enfermo apsiquicob y si en este caso se atenuaba eventualmente la importancia de la organicidad, solo era para aumentar de inmediato y en la misma proporción ci ro! de 'do imaginario (en ci sentido peyorativo del término), para no hablar del estI- mulo más o menos atribuido a la mala voluntad del su- jeto. Por ende, un enfermo asI podia curar, pero <'si ét querian; por el contrario, si no terminaba por mostrarse gentil y comprensivo y obedecer a nuestras órdenes de curación, significaba que ponia de manifiesto una cierta agresividad con respecto a sus infalibles medicos (actitud Csta que nunca ha sido bien tolerada). En ese caso, Sc colocaba en una xcasa de salud, o bien se trataba de

cocultarlo, en una alcoba o en un asilo, tanto para disi- mular la impotencia de los terapeutas y los allegados como para satisfacer su cólera. Se comprende fácilmente, hasta el momento en que Se produce la revolución psicoanalItica, el mérito y el coraje de aLgunos psiquiatras que no aceptaban un escenario Se- mejante pero sin embargo manifestaban escaso entusias- mo por las investigaciones psicopatoldgicas que superaran las descripciones de episodios y sIntomas. Desde hace algunos años nos enfrentamos con una reacción prácticamente inversa: Zcudntos sustantivos que presentan una consonancia cualquiera en 'cpsix adquieren automáticamente una aureola sobrevalorizada? Por todas partes florecen las descripciones fenomenolO- gicas que reviven banales comprobaciones antiguas a me- nudo mediante vocablos rimbombantes. Las nociones más audaces y más dudosas son aceptadas a mano aizada por los congresos más conservadores bajo el báculo jovial de un presidente conciliador, con tal de que huelan un poco a azufre. Los térmjnos cientIficos, filosóficos, •psico- Iógicos o técnicos ya no son suficientes; se crean moritones de neolc*gismos de dimensiones aparentemente revolucio- narias, to que evita operar una revoluciOn real en los espIritus. El auténtico psicoanálisis vienés nunca ha tenido ver- daderamente suerte: combatido antaflo por considerr- selo demasiado progresista, ahora se to condena por reac- cionario, aCm antes de haber alca'nzado un verdadero de- recho de ciudadanIa en nuestras instituciones médicas o universitarias. Un poderoso seductor que ha transpuesto

a PLATON en términos psicoanailticos para los linguistas,

y IingiiIsticos para los psicoanalistas, conoce en los sam- nes filosóficos del momento el mismo éxito que TOMAS DE AQUINO entre los copistas del siglo xiii con su adap- tación teologica del pensamiento de ARISTOTELES. Son muchos los espIritus ardientes que creen ohaber superado

a FREUD, cuando no han vivido nada de Ia experiencia

que él propone y solo se han defendido por medio de Ia intelectualizacióri de los riesgos que esta experiencia corn- portaba para .su confort manifiesto o su angustia latente. Cómo conservar, ante esos movimientos exagerado. contradictorios y apasionados, el deseo de realizar hones-

tamente unbalance de nuestros conocimientos sobre el

fiuncionamien t o mental latente

me atreverse todavIa a emplear términos y nociones que han dado pruebas de su eficacia para distinguir lo que ase meja o diferencia a los humanos, lo que consttuye sus esperanzas y sus angustias? ZC6mo comprenderlos y si-

tuarlos sin recortarlos de manera letal y tampoco abando- narlos al caos informal, otra manifestaciOn no aparente

pero igualmente eficaz de nuestro instinto de muerte res-

pecto de ellos

y no sOlo manifiesto? Có-

?

La originalidad de un intento de clasificaciOn verdade-

ramente psicoana.lItico de las estructuras mentales no puede fundarse sobre <csuper-categorIasD manifiestas, sinG, por el contrario, sobre ]as precisiones y matices aportados •por el examen atento del mode de funcionamiento de las i•nfraestructuras psIquicas latentes, tanto en el estado nor-

mal como en ]as evoluciones mOrbidas de esas organiza- clones de base; y además, la metodologia utilizada no debe cen'trarse en la clasificación de tipe entomológico, sino en las viTiculaciones, asociaciones, e inversiones que rigeri los modos de circulación, representación y satisfac- don pulsional. Dicho de otra manera, toda clasificacióri estructural psicoanalitica no puede sino retomar, al nivel

y por los medios de los procesos secundarios, el estudia

de los riesgos particulares, en tal o cual caso, de los pro- cesos primarios fundamentales. No trataré de preseritar en este trabajo los principios clásicos de catgorización estmctural psiquiátrica en tdr-

minos simplemente diferentes. Mi esfuerzo tiende, por el contrario, hacia una nueva sIntesis a la vez más racio- nal, mds profunda y más global, al tiempo que me afano por emplear términos ya conocidos y probados. Por lo tanto, no me corresponde modificar, sino precisar y de- purar el sentido de eso.s términos. Creo que es posible evitar el combate por ]as palabras, precisamente con la condiciOn de no emplearlas con cualquier sentido. El lenguaje psicoanailtico, come el lenguaje psiquiá- trico, posee va un vocabulario lo suficientemente rico

y variado como para que haya necesidad de recurrir a

neologismos suplementarios Si se lo utiliza con suficiente

rigor.

Mi investigacion personal se orienta en el mismo sen.

tido que las preocupaciones de A. GREEN (1962) y J. H. THIEL (1966); me propongo no olvidar ninguna de as mo- dalidades psicopatológicas que habitualmente describe ci psiqulatra clásico de manera muy fragmentaria. Uno de los mayores inconvenientes de tat fragmentación es qua conduce, sin que siempre se tenga plena conciencia de ello, a dos hipótesis embarazosas y admitidas con excesiva facilidad: por una parte, no reconocer la existencia de todo un sistema de organizaciones ligadas entre si y que

gravitan de manera autónoma, entre )as Ilneas neurótica y psicótica, en torrio de los riesgos del riarcisismo; y, por otra parte, suporier que un mismo sujeto en el curso de su existencia puede pasar sucesivamente de una estruc- tura psIquica fija a otra. Mi intención es apoyarrne sobre los datos metapsico- lógicos y genéticos corrientemente admitidos, para mos- trar en qué difieren en el pIano económico 1as organiza- clones psIquicas (mórbidas o no), y cómo podemos con- cebir articulaciones genéticas entre ellas, sin admitir sin embargo la posibilidad, a partir de un cierto nivel de es- tructuración real en un momento dado, de un camblo de Ilnea estructural en un sentido u otro. Finaimente, desarrollaré el punto de vista de THIEL (1966) sobre la identidad estructural de los estados, mór- bidos o no, en el seno de una misma lInea, sobre Ia base de mi concepcion muy relativizada de la unormalidad. tal como la he presentado en el primer capItulo de esta prirnera parte. Mis criterios principales de clasificación, próximos a las referencias de L. RANGELL (1965), serén semejantes para todas las categorlas examinadas y se centrarán esen- cialmente sobre cuatro factores:

- Ia naturaleza de la angustia latente;

- el modo de relación de objeto;

- los mecanismos de defensa principales;

- el modo de expresión habitual del sintoma.

Sin duda será fácil y ütil criticar algunas de mis hi- pótesis teóricas o clInicas en el piano cientIfico, pero to esencial de mi propósito se refiere a las condiciones de vinculaciön de ]as diferentes organizaciones psIquicas en- tre si, a su status como modo de funcionamiento mental

lalente, y no solamente a los aspectos aparentes de los

comportamientos observados desde el exterior, lo que sin duda desplaza singularrnente el eje de los deseados de- bates futuros a propOsito de esas hipOtesis.

1. LA LINEA ESTRUCTURAL PSICOTICA

Luego de haber partido de la indiferenciacidn somato- psIquica (de Ia que ya he hablado a propósito de la no- don de estructura en general), la linea psicOtica se origina

a nivel de frustraciones muy precoces que en lo esencial

proceden del polo materno, al menos en lo que concierne

a las frustraciones más prirnitivas. Un Yo que haya sufrido fijaciones serias y haya queda- do bboqueado desde un principio, o bien haya experimen- tado inmediatamente una regresión a ese nivel, se pre-or- ganiza con considerable rapidez en una primera etapa, de acuerdo al modelo ya expuesto anteriormente, segün la Ilnea estructural psicótica, que se inicia asf de manera bastante determinante. Esto sOlo puede ocurrir on el transcurso de la fase oral o, a más tardar, durante Ia primera etapa de la fase anal, definida por ABRAHAM como la fase anal de rechazo. Los trabajos de ABRAHAM sobre la pregenitalidad han

constituido las bases de las hipótesis aqui expuestas, asf como el esquema realizado por Robert FLIESS, en 1950, en el que desarrollaba las investigaciones de ABRAHAM. Ese esquema ha sido retomado en 1967 por M. BENASSY

en el Boletin de PsicologIa (267, XX,

22). Nuestra figu-

ra n.° 1 cori-esponde a una simplificación de ese esquema, al conservar s6lo las lineas principales de divisiOn y poner especialmente en evidencia Ia fasnosa divided line con-

siderada por K. ABRAHAM como una frontera entre las fijaciones o regresiones psicOticas por i.ma parte, y las if jaciones o regresáones neurOticas por otra (cf. fig. 1). Esta ilnea de divisiOn se sitüa segOn ABRAHAM, y desde el punto de vista del desarrollo puisional, entre el primer subestadio anal de rechazo y el segundo subestadio anal de retenciOn. Todas ]as regresiones y fijaciones situadas más arriba de esta linea de division fundamental con-es- ponderlan a las estructuraciones psicOticas; la estructura

p.

-D

o

FO

o

2 =

TendenCias

Morder

Devorar

Iricorporar

- Exputsar

Modo

lncorporación

o jAmor parcial +

Incorporación

vi

3 I <

4

5

0

C-,

6m

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C

7

a

Retener

ol_

Amor parcial

a

Primacia

fálica

m

6

U

DI

i IELACIONES OBJETALES

Niños

I

Pasividad

Niñas J

o {ldentificacion con la madre activa

:

Mastur

infantil primitiva

Deseo de hijo pasivo

CL

0

iXi

Más activo Más pasivo

D E D

Yo

Autoerotismo

Narcisismo

Magia de los gestos

m

w

Magiadelas

5

palabras

Nosologia

Esquizofrenia

Melancolia

Mania

Paranoia

LINE

Principio del 1 Edipo

I

Principio de realidad

(-

W

jEnvidia

del pene

Masturbación tálica

LO

Escena primitiva

} cii cii

cubrimiento de castración

-.D

[Di'soluci6n

del

Inicco del

Edipo

Edipo

c.

° °

Formación del

super-Yo

Neurosis

obsesiva

Histeria

Inhibición de los fines sexuales

1 Primacia de

12 w,

Jo genital

Amor objetal

escubnJ Sentimientos

de Ia vagina'

I

sociales

Salud

Ftc. I Esquema general de la psicogénesis.

esquizofrenica se presentarIa como la más arcaica, Ia siguiente serfa la estructura melancólica (o los compor- tamientos manlacos defensivos de la misma organLzaciôn),

y luego, en tiltimo lugar, y contra la linea fronteriza, lie- garlamos a la estructura paranoica, la menos regresiva en el piano pulsional del grupo de estructuras psicóticas. Aquello que, por el contrario, se situara hacia abajo

divided line de K. ABRAHAM corresponderfa a las

estructuraciones de modo neurótico y comenzaria por a estructura obsesiva para continuar con la estructura his- térica que, como veremos más adelante, constituirá el modo de estructuraciOn més elaborado libidinairiiente. El esbozo de organizacion que acabamos de definir como pre-organizacidn (cf. fig. 2) sufre un silencio evo- lutivo durante ci perIodo de laitencia, como ya he pre- cisado a fines del capitulo precedente. De acuerdo con nuestras hipótesis, la adolescencia que ha de sobrevenir a ccyntjnuacjón presentaria, en medio de transformaciones considerabies sobre las que todo ci mun- do está de acuerdo, posibilidades evolutivas todava ma!- tiples en el piano estructural. En efecto, en esta etapa par- ticu'Iarmerrte importante del desarrollo afectivo del mdi- vidno todo puede voiver a ser puesto en cuestión. El sujeto todavia conservaria en este perlodo una pe- quena posibilidad de que ci eje de evolucidn de su Yo abandcnara la linea .psicotica, no totalmente fijada, (cf fig. 2) y que su progresión ulterior cuajara en ci marco de una estructura neurótica, a partir de ese momento dc. finitiva, y que en caso de descompensacion mdrbida solo podria originar una neurosis ciásica del tipo histérico u obsesivo. Tales casos de desviacidn eventual de la linea psicO- tica preestructurada hacia una ilnea de estructuraciOn de- finitiva de tipo neurdtico en Ia etapa de Ia adolescencia (y sOlo entonces posible) son desdichadarnente escaso.s, aunque realizables. Cambios de imnea estructural tan ex- cepcionales y tan radicales no se podrIan producir sin una rathn profunda. Nunca son fortuitos. Una primera eventualidad, fácii de comprender y muy conocida por los psicologos, corresponde al caso de los adolescentes que se han sometido a una psicoterapia de resultados positivos en ci momento de la adoloscencia. Dc-

de la

INDIFERENCIAOONSOMATO-PSIQUICA

 

0

 

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(I,

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PREORGANIZADO YONEUROTICO

I

FRUSTRACIONESI MUYPRECOCES IMPORTANTES

I

PREORGANIZADO YOPSCOTICO

-

-

-

-

YOPSICOTICO ORGANIZADO

---------

ESTRUCUTRAS NEUROT1CAS

ESTRUCTURAS

TCA

S

FIG. 2

Genesis y evoluciön de la linea estructural psicOtica

bemos reconocer que esta eventualidad es poco frecuente; no solamente porque )as •psicoterapias de adolescentes son diffciles, sino sobre todo porque actualmente vacua- mos, y con razdn, antes de proponer una psicoterapia profunda a un adolescente mientras no sea rigurosamente indispensable, dado que muchas cosas se ordenan muy bien por sI mismas en este perIodo; ahora bien, solo una psicoterapia bastante profunda sobre el piano del análisis de ]as defensas en la transferencia puede producir un cambjo de liriea estructural. Otras eventualjdades se vinculan con una experiencia afectiva espontánea y lo bastante intensa como para reti- bicarse repentinamente, en medio de la tempestad de la adolescencja, en un contexto interior y exterior edIpico por primera vez verdaderamente significativo, al mismo tiempo que aporta de manera inesperada elementos alta- mente reparadores de la falla narcisista primaria. Ya se trate de un maravilloso encuentro amoroso o solamente de una prueba dramática conflictiva que induzca a una re- cuperación de los fantasmas triangulares y genitales mal presentidos hasta entonces, no podemos sino confesar que circunstancias tan ventajosas u objetos tan benéficamente representativos no se encuentran a la vuelta de la esquina. En efecto, en el momento de la adolescencia y en la inmensa mayorIa de los casos, un Yo preorganizado de manera psicótica simplemente proseguirá su evolución en el seno de Ia Imnea psicótica an la que ya se halla suficien- temente comprometido; se organizara (cf. fig. 2) de ma- nera definitiva bajo Ia forma de estructura psicótica verda- dera y estable. Ya no será posible ulteriormente volver a es'te .punto: si el sujeto cae enfermo, si ci acristal se quiebra como consecuencia de un accidente interior o exterior, sOlo podremos asistir al surgimiento de una psicosis, ciertainente bajo formas variadas, pero sin nm- guna otra posibilidad patolAgica. La estructura psicOtica corresponde a una debilidad de la organizaciOn narcisista primaria en los primeros instantes de la vida. Es la imposibilidad para ci niño de ser considerado como un objeto distinto de la qmadre sujeto, personalidad a su vez incompleta ella misma, que no puede concebir separarse de esta parte indispensable para su propio Yo. Y esto se produce, claro está, con Ja

coxnplicidad más o menos activa del padre (cuando exis-

te a tftulo verdaderamente significativo, lo que está lejos de representar la situación habitual). Esta relacidn ms

o menos fusional con la madre, se repetirá continuameflte

en Jo sucesivo en el piano interpersonal, segün ]as vane- dades de psicosis; una relación objetal verdadera no puede

enfocarse ni sobre el mode genital propiamente dicho, fli incluso sobre el modo anacli'tico, que sin embargo es mucho menos exigente. La relación, en los casos más re-

gresivos de esquizofrenia, no es siquiera dual o triadica,

y mucho menos triangular. El Super-yo no ha aicanzado

en absolute un rol organizador o conflictua.l de base. El Yo nunca estA complete; desde un pnincipio se encuentra fraccionado, ya sea ese fraccionamiento aparente o bien suceda que los fragmentos perrnanezcan (si no hay des.

compensación) pegados entre si, de manera que el ucris-

tal resista ". El fracaso del naroisismo primanio se traduce

a través de una actitud áutica más o menos radical en

función del grado regresivo de las fijaciones. La angus- tia profunda no se centra ni en la castración genital ni en la pérdida del objeto, sino en el fraccionarniento, Ia destrucciOn, la muerte per estallido. El conflicto subya- cente no es causado ni por el Super-ye ni per el Ideal del Yo, sine per La realidad fre'nte a las puisiones elementales,

o quo conduce a una negaciOn de todas las partes de esta realidad que se haiyan vuelto demasiado perturbadoras, y eventualmente al delinio si, una vez que se han negado fragmentos demasiado importantes de la realidad, se ha- ce indispensable para el mantenirn.iento de la vida la

reconstruccidn de una neo-realidad ventajosa aunque abe- rrarite. Cuanto más amenazada de morbilidad se halla la estructura psicótica, más prevalece en ella el proceso pri- mario por sobre Jas reservas operadas per el proceso se- cundario. Los mecanismos de defensa psicoticos princi. pales que se emplean son. : la proyecciOn, el cUvage del Ye

clivage de las imagos

objetales), la negacion de la realidad; todos esos meca- nismos concurren al nacimiento de fenOmenos de desper- sonalización, de desdoblamiento de la personalidad, o in. cluso de simple desrealizaciOn. La actividad sintdtica del Yo es abolida en las situaciones extremas, y en la mayorla de los cases, solo se debilita, lo que contribuye —parade-

(interior al Yo y no per el simple

jalmente en apariencia— a liberar capacidades abstrac- tas matemáticas, especulatjvas o de las denominadas cdfl- te]ectuahzadas, en la medida en que tales talentos pue- den permitirse libre curso justamënte porque no han de ser controlados ni inducidos por funciones reguladoras del Yo en su recubrintiento de las realidades objetales Por otra parte, no parece que ci impacto de los fantas- mas ccoriginarios, en el sentido en que lo entienden J. LA- PLANCHE y J.-B. PONTALIS (1964), aparezca en Jas es- tructuras psicóticas con los mismos efectos que en ci caso de los sujetos organizados neuróticamente. En el primer caso el padre ya no posee an rol económicamente suficien- te entre el nino y la madre; con mayor razón, no puede manifestarse secundariamente, en el piano de la realidad, en el rol de enemigo sexual. Al ser ci contexto objetivo muy diferente, la actividad autoerótica, estimu!lada par la madre, ya no es perturbada por el padre. Ninguna revision de las principales caracterIsticas del modelo estructural psicótico, tan to como del modelo es- tructural neurOtico, podria considerarse completa en flues- tros dIas sin abordar, al menos sucintarnente, la manera en que se presenta, en una u otra eventualidad e.structural, la utilización del lenguaje que el sujeto pone en práctica en ci ámbito de la comunicación relacional. Los aspectos positivos de una óptica tal resultan in- negabies a pesar de las supercherfas desarrolladas a veces bajo la cobertura de una ciencia lingüIstica que aigunos presentan como mãgica, in&lita, y capaz de traducirlo o reemplazarlo todo. Sin duda, no es indispensable pretender esciarecer des- de ei primer momento los problemas de los intercambios interperson ales, creando al efécto una jerga neolOgica co- dificada que necesita la utilizaciOn de tin nuevo dicciona- rio y de una nueva gramática con miras a su propia co- municabiidad. Por otra .parte, parece muy fácil dejarse atrapar en la trampa del lenguaje, en lo que éste comporta de maui- fiesto y superficial. En efecto, algunos autores han di- sertado extensa y brillantemente solo sobre los aspectos aparentes del lenguaje. Ahora bien, ci lenguaje, asI como las otras aformaciones de compromisoi, sobre la base del

sIntoma, del sueflo o del fantasma, puede considerarse en niveles muy diferentes de profundidad. Para vincular

lenguaje y estructura la referencia debe aplicarse más sabre la müsica profunda de la melodla verbal que sabre el simple aspecto visible de las palabras que esa melodla soporta. Finalmente, la lingüIstica no constituye sino Un apor- te suplementario y no despreciable al estudio de un caso clmnico o de una categoria de individuos, pero no podria reemplazar a las otras formas de acceso .profundo a la

personalidad; da cuenta de ellas tanbién,

como la grafo-

logia, par ejem.plo, pero no podernos extraer de ella de- ducciones o previsiones válidas a la vez en las multiples direcciones del funcionamiento mental. Seria azaroso de ducir de ella cualquier horóscopo. Sentimos inquietud ante la ambigüedad de algunos lingüistas con respecto a los datos psicoanaliticos: operan como si esos datos fue- ran obvios, pero se protegen de toda evidencia en el labe- rinto conceptual y semántico de su disciplina, para tratar de evitar a su angustia profunda los peligros fantasmáti- cos de una investigación más a fondo de su propio incoris- ciente a través del estudio del de los otros. Sin embargo, sigue siendo eviderite que los rnodelos lingufsticos varian notablemente, tanto de la estructura- ción psicótica a la estructuración neurótica, como incluso en el sentido de los diferentes modelos de organizacidn

de tipo psicdtico o neurótico. P. DUBOR (1971) se ha dedicado a establecer una sin- tesis de los elementos profundos que se ban hallado en. el lenguaje del psicótico: la reaiUdad no está totalmente invertida; existe un grado relativo de inadecuación del

deseo al objeto; el afecto está más o menDs disociado de la representacion; las palabras se ccmsideran a un cierto nivel como extrañas, ajenas y huecas, y les es dificil lie- nar un vacio que el psicdtico no sitIa tanto entre el otro

y él sino dentro de su misma persona.

Para el sujeto de estructura psicdtica, en efecto, el continente Ilega a contar más que el contenido: Ia careri- cia se refiere tanto al asern como al ateners. El proceso primario obliga al funcionamien'to mental

a salir del control de la realidad para tender hacia la alu-

cinación de las materializaciones de los deseos. El lengua-

je se sitüa en este sentido en el marco mismo de la acción, y se manifiesta en primer lugar en apoyo de las pulsiones agresivas.

En el piano relacional, la experiencia terapéutica nos muestra que el esquizofrénico, por ejemplo, no icpiensa* en el sentido habitual del término, y que tampoco chablau verdaderainente. En realidad actüa con las palabras, como can las cosas, en una dialéctica en Ia que el objeto no está elaramente separado del sujeto. Como lo han indicado LAPLkNCHE y PONTALTS (1967), S. FREUD en La interpretación de los sueños (1914) consideraba, en términos de regresión, las condi- ciones particulares que confieren sus privilegios a algunos sImbolos lingülsticos. Las falsas interpretacicrnes mani fiestas dadas por el lenguaje del psicótico señalan, para D. ANZIEU (1970), una alteración de la función paradig- xnática entre ellos. Tales sujetos confundirlan los signos

y los códigos. El neurótico podria dar a un hombre que toca el vio- lin una interpretación simbólica: aTocas el violin con tan-

to placer como si te masturbaras, en tanto que el psicó- tico pierde el sentido mismo de la realidad intermediaria del violin; ya no ye el violin y se dirige al inconsciente del que interpreta de manera brutal y directa, a partir de su propio inconsciente: aZHas acabado de masturbarte? Como lo han sugerido FREUD (1900), KRAEPELIN (1910) o BLEULER (1911), el lenguaje propio de una es- tructura se establece selectivan-iente en esta categorla, de manera totalmente original y segàn el modo en que se elaboran en esta misma variedad estruotural los conte- nidos fantásticos u oniricos. Por lo tanto, todo denguaje sigue siendo, como conclula P. C. RACAMIER (1955), her-

mético, altamente representativo

FREUD, en El inconsciente (1915) sostiene la hipóte- sis de que