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¿QUÉ GUÍA TU VIDA?

Vida Cristiana
Predicador: P. Cristian Echeverry
Transcripción y edición: Jorge Andrés Zuluaga

1. Introducción ...................................................................................................1
2. Todos somos guiados por algo.........................................................................2
a. Muchos son guiados por la culpa ..................................................................2
b. La ira y el resentimiento...............................................................................4
c. ¡Tengo miedo!.............................................................................................5
d. ¡Todo para mí! ............................................................................................6
e. Quiéreme, por favor…..................................................................................6
3. Cuando Jesús es en verdad nuestro Señor........................................................7
a. Conocer este propósito da sentido a nuestra vida ..........................................7
b. Nuestra vida se simplifica.............................................................................8
c. Apuntando al blanco ....................................................................................9
d. Con las pilas puestas ...................................................................................9
e. Aquí no termina todo ...................................................................................9

1. Introducción

“Vi también que el mucho trabajar y el éxito en una empresa provocan la envidia de
unos contra otros, y esto también es vana ilusión y querer atrapar el viento”
(Eclesiastés 4, 1).

Me imagino que ustedes y yo hemos reflexionado algún día en que nos hemos
afanado mucho en nuestra vida, hemos trabajado incansablemente por nuestras
familias, trabajos; y todo lo que hemos obtenido ha sido cansancio inútil. Que ha sido
desastroso haber dedicado nuestras energías a algún proyecto, y reconocer que todo
el tiempo, las ganas, el esfuerzo que hicimos por lograr esa meta fue en vano. Y
muchas veces nos damos cuenta de que el trabajo que hacemos es en vano, porque
no tenemos un propósito para la vida, porque no sabemos qué mueve nuestra vida.

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Entonces, a partir de este texto del Eclesiastés, nos preguntamos: ¿Qué guía nuestra
vida? Y nos daremos cuenta de lo que guía al común de las personas que no creen,
que no aman, que no esperan, a las personas que están alejadas de Dios. ¡Aún
nuestra misma vida! Nosotros, que ya hemos tomado la opción de ser cristianos, de
caminar con el Señor, de rendir nuestra vida a Jesús; muchas veces aquello que guía
nuestra vida no es el Señor.

2. Todos somos guiados por algo


Algo tiene que guiar la vida de cualquier persona. La palabra guiar significa mover,
conducir, empujar. ¿Qué empuja nuestra vida, qué nos motiva, nos conduce? A
algunos los conducen los problemas; pagar una deuda, una exigencia de otra
persona, o un recuerdo. O el temor: hay personas que viven atemorizadas. O una
costumbre involuntaria. Cuantas veces algo que comenzó siendo un pequeño defecto
se convirtió en un vicio, y ahora se vive en ese vicio. Ser un mentiroso compulsivo,
un pequeño ladrón, ser alguien de tan mal genio que ya no se puede hablar con él
porque ya está dispuesto a pelear con uno.
Veamos cinco aspectos que guían al hombre moderno, y las vamos a contraponer con
cinco ventajas que adquirimos cuando quien guía nuestra vida es verdaderamente el
Rey de Reyes y el Señor de Señores, Jesucristo

a. Muchos son guiados por la culpa


Constantemente encontramos, en la labor pastoral y de consejería y en el sacramento
de la confesión, como a muchas personas las guía la culpa. Se pasan toda la vida
huyendo de sus errores y ocultando su vergüenza. Son controlados por sus
recuerdos. Su futuro es controlado por su pasado. Se castigan a sí mismos.
¿De qué nos sirve la culpa? Veamos rápidamente la diferencia entre lo que es la culpa
y lo que nos pide la Sagrada Escritura, que es el arrepentimiento. Es muy distinta la
culpa al arrepentimiento. Cuando tú cometes una falta, el sentimiento de culpa te
puede llevar a pensar: “Yo, tan buena persona, tan querido como soy, siempre me he
comportado bien. ¿Yo hice esto? No puede ser...”. La culpa siempre es egocéntrica,
es mirando que tan bueno es uno, tan perfectito, tan santo; y entonces, usted mismo
se defraudó. Eso se llama culpa, eso no le agrada al Señor. La Biblia nos habla del
arrepentimiento. Recordemos al rey David, y ese salmo tan hermoso que compuso, el
salmo en que clama misericordia:

“Contra ti he pecado, y solo contra ti,


haciendo lo malo, lo que tú condenas (Salmos 51(50), 4).

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Mientras la culpa mira al hombre, el arrepentimiento mira al Señor. “Con lo que he
hecho te ofendí a ti, Señor. Tú no esperabas que yo me comportara así, yo fui creado
para darte gloria. Para alabarte, para bendecirte, para reverenciarte con todo lo que
soy, y te he fallado”.
No nos podemos dejar guiar por la culpa. Quienes constantemente se dejan guiar por
la culpa no crecen. Frecuentemente recibimos personas para asesoría pastoral, gente
que nos llama por teléfono… Y todas las llamadas dicen ser urgentes. Uno se asusta,
se pregunta qué habrá pasado. Pero muchas personas no cambian, no se convierten,
su corazón no se transforma porque se quedan en el nivel de culpa. “Padre, es que
me manejé muy mal, hice lo que no debía…”. Les digo que deben convertirse, que
tienen que dar pasos, que tiene que ser obediente a la dirección, seguir la voluntad
de Dios, empezar a formar parte de una comunidad católica. Pero, ¿que hacen las
personas? Vuelven a caer, a pecar. ¿Por qué? Por que no se convirtieron realmente,
no se arrepintieron, no pidieron al Señor contrición, dolor de sus pecados. Cuando
hay verdadera contrición viene el perdón de Dios, el verdadero arrepentimiento, una
muy buena confesión y tú sales nuevo, restaurado, y entonces con la gracia de Dios
vas superando el pecado.
Debemos evitar que nos guíe la culpa. Les voy a dar un ejemplo. A Moisés no lo guió
la culpa. Ustedes conocen muy bien la historia sagrada, recuerden a Moisés. Creció
en la corte del faraón egipcio, con todos los lujos y honores. Y cuando vio que
estaban maltratando a uno de sus hermanos hebreos, se sintió muy enojado. Cuando
Dios lo llamó, Moisés pudo haberse dejado guiar por la culpa, pero al saber que el
Señor lo tenía para un propósito grande, se convirtió en el libertador de Israel. Otro
ejemplo: Gedeón (Jueces 6). Era miedosísimo, se tenía por poco, y el pueblo de
Israel había sido entregado al poder de los madianitas. Y el Señor lo convirtió en un
fuerte guerrero.
Vamos a terminar diciendo que Dios es experto en borrón y cuenta nueva. Leemos en
la Biblia:

“Feliz el hombre a quien sus culpas y pecados


le han sido perdonados por completo.
Feliz el hombre que no es mal intencionado
y a quien el Señor no acusa de falta alguna” (Salmo 32(31), 1-2)

¡Qué grande es la misericordia de Dios! Pero nosotros somos muy particulares. He


escuchado confesiones como estas:

- Padre, quiero hacer una confesión general.


- Cómo, ¿una confesión general?

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- Es que yo me quiero confesar de los pecados que ya confesé.
- Y cómo así, ¿entonces me va a contar otra vez todo?
- Sí Padre, porque yo sé que eso tiene mucho mérito ante Dios.

Si una persona está verdaderamente arrepentida, y vuelve a confesar un pecado que


ya confesó a otro sacerdote, ¿qué hace? Perder el tiempo. (Cuidado, esto para el
cristiano que ya lleva adelante un proceso de conversión. Para quien inicia puede ser
muy útil la confesión general). El padre Pío decía que era como desconfiar de la
misericordia de Dios. Es dudar de Dios. Decimos que en la cruz la salvación de
Jesucristo fue absoluta. ¿O algo le quedó faltando a la salvación que Cristo nos dio?
¡Fue total, absoluta! Si yo me postro ante Él y confieso mis faltas, estoy seguro de su
perdón. Me da mucho dolor, porque me doy cuenta de que valió la pena que Él
hubiera muerto por mí, y me duele saber que en ese eterno presente estoy
contribuyendo con mi pecado al sufrimiento de Cristo en la cruz; pero también me
alegro de tener un Dios tan grande y tan bueno.

b. La ira y el resentimiento
El 97% de las personas se acusan de vivir constantemente con ira, y resentidas. Se
aferran a sus heridas, y nunca logran superarlas. En vez de perdonarse se lastiman, y
lastiman a los otros. La ira es, entonces, una proyección que termina afectándolo a
uno y a los demás. Porque es contagiosa.
El Señor nos va regalando un don para conocer a las personas, y me da mucha risa
allá, en el santuario, cuando llegan papás con sus hijos al terminar la misa: “Padre,
ayúdeme con este niño y rece por él; impóngale las manos porque es muy
malgeniado, este niño es muy grosero”. Yo pienso: primero, qué sentirá el niño
cuando lo llevan ante el sacerdote para decir que es muy grosero, aunque tenga 2
años. Y segundo, observo y me doy cuenta: “ah, pero con una mamá o papá así,
cómo no va a ser malgeniado el niño. Hasta yo me pondría bravo”.
Las personas que se dejan guiar por el resentimiento y por la ira asumen dos
posturas: o se encierran, se apartan, viven como ermitaños; o estallan. Tienen en su
boca una lengua hiriente, para que cada vez que le toquen alguna de esas heridas o
resentimientos, ¡ahí está! El veneno. Uno mantiene muy prevenido con estas
personas y muchas veces termina aislándolas, porque hacen daño.
Recuerda esto, es muy importante: los que te hicieron daño en el pasado no pueden
seguir haciéndolo hoy, a menos que te aferres al dolor por medio del resentimiento.
Podrías estar pensando, por ejemplo, en alguien que inventó un chisme terrible sobre
ti la semana pasada, y en este momento esa persona estar pasando un rato
agradable, viendo televisión, sin pensar en ti, que estás dedicándole pensamientos
negativos, pensamientos malos, “ese desgraciado lo que me hizo”… ¡no vale la pena!

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Lo pasado, pasado está. Por ejemplo miren lo que puede pasar a una suegra. Se
entromete en el matrimonio de su hijo (“¡es que como me le hacen esto a mi
niño…!”), y se dedican a pelear con su nuera. Esta empieza a cogerle odio, y a los
quince días los dos esposos parecen dos tortolitos, y la nuera no queriendo a la
suegra por haberse metido.
Te haces mucho daño con la amargura. Vamos a leer en el libro de Job: “Entregarse
a la amargura o a la pasión es una necedad que lleva a la muerte” (Job 5, 2).

c. ¡Tengo miedo!
A muchos otros los guía el temor. Por experiencias traumáticas en el pasado, cuando
tuvieron hogares muy rígidos o vivieron experiencias nefastas en su juventud;
personas que con falsas expectativas esperaban mucho de alguien, quien los
defraudó; personas que por herencia, porque así fueron sus papás o sus abuelos
nunca se arriesgan a nada. No es raro encontrarnos con este tipo de personas. Que
están como aferradas a lo que está hecho, y “yo no me muevo”, y “así ha sido y así
será”. Son personas que viven con el temor. Pero la Sagrada Escritura nos enseña
que “Donde hay amor no hay miedo. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el
miedo…” (1 Juan 4, 18), y Jesús claramente lo dijo: “Por eso hay que echar el vino
nuevo en cueros nuevos” (Mateo 9, 17).
En una experiencia de fe carismática sólo encuentras personas que están dispuestas
a experimentar algo nuevo. Pero a algunos les encantaría que viviéramos con un
estilo de piedad de hace 40 ó 50 años que no responde a las necesidades del pueblo
de Dios hoy. Entonces cuando una persona es psicorrígida es porque vive por el
temor: teme el castigo, teme a la ira de Dios, teme al qué dirán… nosotros, como
cristianos nos dejamos guiar por El que nos ha amado. En la vida cristiana es muchas
veces mejor equivocarse por haber tomado un riesgo que estar “vacunado” contra el
Espíritu Santo, inmune a su acción. El Espíritu Santo es muy original, Él estaba en la
creación. Y les pregunto: ¿se contentó Dios con crear una sola especie de pajaritos?
¿No existen muchos tipos de aves, de flores, de personas? Él también quiere renovar
nuestras vidas, y quiere que tengamos experiencias nuevas de Él. Por tanto, no nos
podemos dejar guiar por el temor.
Un hombre había pasado 20 años en la prisión y le dio curiosidad por ver qué tan
templadas estaban las cadenas, y descubrió solo entonces que ni tenía cadenas, y
que las puertas de la cárcel estaban abiertas. Muchas veces nosotros nos imponemos
cadenas, nos metemos en cárceles, y hay que pedir al Señor que venga a romper las
cadenas y a liberarnos de las cárceles que nosotros mismos nos hemos impuesto.
Retomemos 1 Juan 4, 18: “…pues el miedo supone el castigo. Por eso, si alguien
tiene miedo, es que no ha llegado a amar perfectamente”.

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d. ¡Todo para mí!
¡Cuántas personas son guiadas por el materialismo! Por el deseo de adquirir cosas.
Cuanto más tengas, más importante eres. Les voy a dar un ejemplo de cómo el Señor
se encarga de purificar el carácter de sus siervos.
El 23 de diciembre pasado yo estacioné el automóvil de la parroquia en un centro
comercial, y ahí empezó la labor del Señor. Más tarde encontré la puerta forzada, y
me habían robado el panel del equipo de sonido. Yo me dije: “a los que le servimos al
Señor, todo nos sirve para bien. A los cristianos todo nos sucede con un propósito.
¿Será que estoy muy aferrado a las cosas materiales? ¿Será que estoy muy aferrado
a ese carro y a ese equipo de sonido? Yo pensaba: pues no, yo sé que todo lo mío es
del Señor, y después de todo a mí no es que me trasnoche mucho la música”. Luego
volví al Centro comercial, vi un par de estos zapatos que me agradó, que hoy llevo
puestos (tengo que reconocer que son costosos) y dije: “estos zapatos son para mí.
Los voy a comprar”. Y me los compré. Aquí los pueden ver. Me los estrené, y me
sentía muy bien vestidito. Cómo les parece que este zapato que ven ustedes así de
normalito, lo cogió Ciro, mi perro, y lo destrozó. Si vieran los remiendos que tiene
para podérmelo colocar; el día que el perro se comió este zapato la impaciencia que
me dio… yo me descompuse, yo no quería ver a Ciro… porque muchas veces uno
pone el corazón en las cosas. Y así como uno puede poner el corazón en los zapatos,
lo estamos colocando en otras cosas.
El mundo de hoy nos engaña con tres tremendas mentiras para involucrarnos en esta
ola de las cosas materiales. Primera: si tú tienes muchas cosas, dinero, eres feliz. Nos
pone a pensar que “entre más yo tenga, más feliz soy”. Segunda: entre más dinero
tengas, serás más importante. Tercero: el dinero o los bienes materiales nos dan
seguridad. Fácilmente nos pueden quitar las tres cosas. La primera: cualquier
calamidad, desastre natural o enfermedad pueden entristecernos profundamente. La
segunda: alguien puede ser hoy una persona muy importante, y al otro día por cierto
pecado o caída puede terminar siendo nada, parar en la cárcel, o algo así. Y la
seguridad: ¿Para qué acumular tantos millones si un día podrían secuestrar a tus
padres y esa plata la terminan disfrutando unos delincuentes?
Nuestra vida no puede depender de algo que nos puedan arrebatar así. Tiene que
depender de algo que nadie nos pueda robar. ¿Y qué es lo que nadie nos puede
robar? Nuestra relación con Jesús. ¿Quien nos puede impedir, mientras estamos vivos
y conscientes, que tengamos una comunión con el Señor? Nadie. De ahí depende
nuestra vida, del Señor. Y les aseguro que no vuelvo a comprar zapatos tan caros. No
es el materialismo quien puede guiar nuestra vida, sólo Jesús nuestro Señor.

e. Quiéreme, por favor…


No pocas personas son impulsadas por la necesidad de ser aceptados. Es decir: hay
personas que quieren agradarle a todo el mundo. Se preguntan: ¿cómo le agrado al

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padre, a mi mamá, a mis hijos, y a fulanito…? Y hay personas que parecen hacer
malabares para agradarle a todo el mundo. ¡No! La Biblia nos enseña: “Nadie puede
servir a dos amos, porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y
despreciará al otro” (Mateo 6, 24).
San Juan María Vianney decía: “Esta mañana un señor me dijo que yo era un
charlatán. Otra señora me dijo que yo era un santo. Entonces, ni al uno ni al otro le
creo”. Tomás de Kempis decía: “yo soy lo que soy delante del Señor”. Señor, a ti es
a quien tengo que agradar. Porque si trato de agradar a mi mamá, a uno y al otro,
termino confundido, desorientado.
Termino viendo que a algunas personas les gusta que yo sea así. Y a otras… no.
Imagínense que yo me pusiera a hacer una encuesta: ¿usted a qué sacerdote quiere
tener en el padre Cristian? ¡Encontraría de todo! Entonces, ¿qué tendría que hacer?
“Señor, lo que tú me digas. Y si me equivoco, corrígeme. Y corrígeme duro, si es
necesario”. Ante todo, agradarle a Él. Imagínense, guiándonos por las expectativas
que otros tienen de nosotros. Nosotros, siendo hijos y servidores de Jesucristo el
Señor, permitiendo que los otros controlen nuestra vida. Pensando ¿qué va a decir de
mí el de enseguida, qué van a pensar?, y yo no voy porque de pronto… No, yo te
quiero agradar es a ti, Señor. Tratar de agradar a todo el mundo es la clave del
fracaso.

3. Cuando Jesús es en verdad nuestro Señor


Ahora pasemos. Ya hemos visto 5 actitudes negativas de personas que no tienen a
Jesús el Señor como propósito fundamental de la vida. Todos los que estamos aquí
tenemos a Cristo como propósito, ¿no es así? Entonces ustedes y yo, que tenemos a
Cristo como nuestro único Señor y propósito, vamos a darnos cuenta qué beneficios
recibimos al servir al Señor y al tenerlo como guía de nuestra vida.

a. Conocer este propósito da sentido a nuestra vida


Fuimos creados para tener significado. Reconocemos que el Señor es dueño de
nuestro pasado, presente y futuro. Al decir que quien conoce su propósito encuentra
sentido para la vida estamos demostrando la falacia, la absoluta ridiculez de todo
horóscopo, carta astral o hechicero. Porque si es el Señor a quien yo he entregado mi
vida quien la conduce, ¿cómo un humano cualquiera, cómo una persona va a dirigir
mi existencia? Si mi vida fue creada por Dios, es dirigida por Él y Él es el centro, todo
lo demás pierde credibilidad. ¡Qué difícil es hacer entender a las personas eso! He
encontrado personas que dicen: “Ay padre, yo soy muy cristiano, yo soy muy
católico, pero yo soy muy agüerista, allá tengo mi matita de sábila, y cuando alguien
me manda un maleficio ahí mismo se muere, y no me cae a mí la maldición”. Qué
tristeza pensar que la vida de uno se la controla una mata de sábila. O una
herradura. Mi Dios es grande, todopoderoso, soberano, dueño de todo cuanto existe,

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¿y yo controlando mi vida por una herradura? Eso es tener uno por muy poco a
Nuestro Señor.
O poner a una mujer o un hombre como intérprete [léase “médium”] del Señor.
Algunos cristianos no católicos engañan a la gente diciéndoles que vayan al culto de
la iglesia tal, que allá les damos una profecía. Y mucha gente se ha perdido y se ha
quedado atada por ir detrás de una profecía. La profecía es algo muy distinto a estar
tratando de adivinarle el futuro a la gente.
Sin Dios la vida no tiene propósito, y sin propósito la vida no tiene sentido. ¿Por qué
hay personas que se suicidan? Porque su vida no tiene propósito. Cuando no hay
propósito mi vida carece de sentido. Entonces, lo mejor es dejar de vivir. A donde
tenemos que llegar es a que todas las personas comprendan que Dios es lo único que
debe movernos, que es la roca que nos salva. “Y yo que había pensado: “He pasado
trabajos en vano, he gastado mis fuerzas sin objeto, para nada.” En realidad mi
causa está en manos del Señor, mi recompensa está en poder de mi Dios” (Is 49, 4).
La tragedia más grande de una persona no es morir. Para los cristianos morir es
nacer para la vida eterna. La tragedia más grande del mundo es vivir sin un
propósito. Yo me imagino cómo será uno con 40 ó 50 años, sentarse en la mañana y
decir “¿y hoy qué, a dónde voy, qué será de mi vida? ¡No! Cuando uno se levanta
tiene muy claro para qué el Señor lo tiene aquí en la tierra. Y qué es lo que tiene que
hacer uno para agradarle.

b. Nuestra vida se simplifica


Tengo que reconocer que cuando estaba más joven me gustaban muchas cosas.
Entre otras, el fútbol (pero no jugarlo, porque no soy muy bueno para ello). Verlo me
gustaba mucho, y también me gustaba mucho la televisión. Cuando me di cuenta de
que mi ideal de vida, mi propósito, era el Señor; de que mi vida estaba hecha para
las cosas del Señor, entonces empecé a simplificar mi vida. Conclusión: aquello que
me quita tiempo o que desorganiza mi vida, pues no me sirve. Y ahora, que de vez
en cuando me invitan a fútbol, voy y paso un buen rato, pero ya no me esclavizo del
fútbol, y tampoco tengo televisor en mi casa. Porque al saber cuál es el propósito que
el Señor tiene para mi vida yo centré mi vida, y la simplifiqué.
Pero, sin un propósito para la vida, ¿en qué se que basan nuestras decisiones? ¿En
qué distribuimos el tiempo? Esta semana leía una historia: qué tal si a uno le dieran
todas las noches una tarjeta débito, con las siguientes indicaciones: todas las noches
se le va a abonar un millón de pesos. Pero hay un compromiso: usted tiene que
gastarse ese millón de pesos en el día. Es decir, lo que no se gasta se le retira y al
otro día se le da otro millón. Uno piensa “uy, qué bueno, qué sabroso”. Y dice el
cuentito que así es con el tiempo. Cada mañana la vida te consigna tantos minutos, o
un día entero, lleno de expectativas. Tú verás qué haces con ese tiempo. Pero lo que
ya no hiciste no lo puedes volver a hacer.

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Esta es la importancia del tiempo, la importancia de que tengamos propósitos serios,
guiados por el Señor, para nuestra vida. Los que dedicamos el tiempo al Señor vamos
descubriendo que ya no tenemos tiempo para otras cosas. Aún muchos ministros y
siervos del Señor se han dado cuenta de que, al entregarse a la causa del evangelio,
han tenido que posponer aún su trabajo civil, del cual reciben su sustento, para
dedicarse de tiempo completo a esta causa. ¡Así es! Conocer tu propósito simplifica
tu vida. Sólo tengo tiempo para hacer la voluntad de Dios. “- ¿Porqué a usted ya no
le gusta hacer esto o aquello? - Es que yo sólo tengo tiempo para hacer la voluntad
de mi Dios”.

c. Apuntando al blanco
Conocer tu propósito enfoca tu vida. Te vuelves efectivo al ser selectivo. Hay cosas
ante las que tienes que empezar a decir que no. Aunque haya quienes se pongan
bravos. “No actúen tontamente; procuren entender cuál es la voluntad del Señor”
(Efesios 5, 17). Enfócate, deja las cosas que te estorban. “¿Yo como católica y
todavía perdiendo el tiempo viendo tanta novela? En adelante sólo voy a ver una…”
(Ojalá no sea una bien indecente).

d. Con las pilas puestas


Conocer tu propósito estimula tu vida. No hay nada que produzca más entusiasmo
que tener un propósito claro. Cuando yo me levanto por las mañanas estoy muy
animado por la gracia del Señor, y como aquél conejito del comercial de pilas
Energizer. Difícilmente me ven triste. Porque yo sé que todo mi trabajo del día es
para el Señor. Si uno no conoce su propósito, se lo pasará preguntándose “que
querrá el Señor de mí”, esperando una voz de lo alto. Por eso ven ustedes a los
ministros de nuestra Comunidad como aquellos conejitos de Energizer; se mueven y
bailan y están siempre animados. Por que ellos saben bien cuál es el propósito que
tiene el Señor para esta Comunidad.

e. Aquí no termina todo


Lo más importante: conocer tu propósito te prepara para la vida eterna. Aquí
estamos de paseíto. A donde vamos es para la eternidad. Entonces nos ponemos a
pensar, al conocer nuestro propósito: ¿Para qué me levanto? ¡Para llegar al cielo!
Para la vida eterna.
Muchas personas en el mundo de hoy piensan que lo más importante es dejar un
legado. Que sus nombres sean esculpidos y que pongan un hermoso epitafio en la
tumba. Que nos recuerden, que piensen bien de nosotros. Eso no es lo importante.
Lo importante es lo que Dios diga, no lo que los demás digan. No que los demás
digan de mí “ay, ese padre tan querido”, y que cuando llegue al cielo Nuestro Señor
diga “¿Cristian, padre querido? ¡Váyase mijo p’al infierno!”. Miren, atentos, cuando tú
llegues a la eternidad Dios te va a hacer dos preguntas solamente: ¿qué hiciste con

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mi hijo Jesús? Ahí, cuando respondas esa pregunta, vas a saber dónde vas a pasar
toda la eternidad. Y la segunda: ¿qué hiciste con los talentos que te entregué?
Inmediatamente te van a responder qué harás en la eternidad. Tener un propósito,
saber que somos del Señor y para el Señor nos prepara para la vida eterna. Porque
todo lo que queramos hacer inmediatamente nos recordará el cielo. Y dirás: “Dios
mío, esto no me asegura el cielo… es mejor hacer tu voluntad, Señor”.
Piensen en esto: la vida de Noé fue cambiada en 40 días, durante el diluvio; la de
Moisés, en 40 días, cuando estuvo en el Sinaí; los espías que fueron a Jericó fueron
cambiados en 40 días, mientras exploraron esa tierra. Antes de que David se
enfrentara a Goliat, éste retó al pueblo de Israel durante 40 días. Elías, el gran
profeta, así como Jesús, estuvo 40 días en el desierto. Los discípulos oraron x 40 días
esperando que el Espíritu Santo viniera sobre sus vidas. Así mismo deben enfrentar
su proceso de conversión en cuaresma; para eso nos colocamos la crucecita en la
frente, no para que nos vean, sino como una señal de cambio.

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