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Ovidio Lagos

Arana, rey del caucho

h emecé
Crace, Jim
CRA La despensa del Diablo.- Emecé, 2003.
p. ; 23x15 cm.- (Lingua franca)

Traducción de: Ernesto Montequin

ISBN 950-04-

I. Título – 1. Narrativa

A mis hijos, Natalia, Violeta y Joaquín.

Emecé Editores S.A.


Independencia 1668, 1100 Buenos Aires, Argentina
E-mail: editorial@emece.com.ar
http://www:emece.com.ar

Título original:The Devil’s Larder

Copyright © Jim Crace, 2001


© 2003, Emecé Editores, S. A.

Diseño de cubierta:Mario Blanco


1ª edición: 4.000 ejemplares
Impreso en Industria Gráfica Argentina,
Gral. Fructuoso Rivera 1066, Capital Federal,
en el mes de octubre de 2002.
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida,
sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo
las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total
de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos
la reprografía y el tratamiento informático.

IMPRESO EN LA ARGENTINA / PRINTED IN ARGENTINA


Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723
ISBN: 950-04-2414-2

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Agradecimientos

Mencionar a quienes contribuyeron con su información y su buena vo-


luntad a este libro, implica agradecer a los cuatro puntos cardinales, porque
la elaboración provino de Sudamérica, de Europa y de los Estados Unidos,
en numerosos casos, a través de Internet.
En el Perú, recibí ayuda en Iquitos y en Lima. En la capital amazónica,
conversé largamente con el padre agustino Joaquín García, en la deslumbran-
te Biblioteca Amazónica de esa ciudad, cuya valiosa colección de libros so-
bre la historia del caucho y de sus protagonistas me fueron de enorme utili-
dad. Agradezco la contribución de Alejandra Schindler, de esa institución,
que resolvió cada problema que surgía, y me envió por correo electrónico la
fotografía de la casa de Julio César Arana en Iquitos. No menos importante
fueron los testimonios de Humberto Morey, perteneciente a una legendaria
familia amazónica y de Luis Tafur, en la Biblioteca Municipal, que me brin-
dó valiosísima información sobre los períodos en que Julio César Arana fue
alcalde de Iquitos. Allí también pude apreciar los retratos al óleo de los al-
caldes, entre los cuales figuran el del cauchero y el de su hijo, Luis Arana Zu-
maeta. Por último, mi reconocimiento al piloto norteamericano, cuyo nom-
bre lamentablemente he olvidado, que me trasladó hasta el río Putumayo en
su inverosímil hidroavión construido en 1955, viaje que podrá apreciarse en
el Epílogo.
En Lima, Roger Rumrill García, hombre amazónico, historiador y pro-
fundo conocedor de los problemas de Loreto, me brindó bibliografía y su vi-
sión personal de Arana. Un viejo amigo, Enrique Zileri Gibson, editor del
tradicional e indestructible semanario limeño Caretas, me presentó a Raúl
Morey Menacho, una suerte de ícono amazónico que trabaja infatigablemen-
te en su departamento de Miraflores, nieto e hijo de dos hombres memora-
bles si de historia del Amazonas se trata. Me brindó su excelente material so-
bre el Tratado Salomón Lozano y sobre la Toma de Leticia. Aunque no
compartimos la misma opinión sobre Julio César Arana, respeto profunda-

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mente sus conocimientos y su criterio. No menos importante fue la extensa
conversación, durante un almuerzo en el Club Loretano, en el barrio de San
Borja, con Talma San Martín de Hernández, sobrina de Lily Arana de del
Águila Hidalgo, hija de Julio César. Pude acceder a los conflictos, alegrías y
tristezas de los Arana, gracias a su prodigiosa memoria. También a su hijo,
Ricardo Hernández, que me facilitó las fotografías de la Junta Patriótica. En
cuanto a bibliografía, agradezco al Centro Amazónico de Antropología y
Aplicación Práctica la prolija selección de textos que me brindó Manuel Cor-
nejo y el haber contado con su compañía para ingresar al cementerio Pres-
bítero Maestro, para descubrir la tumba de Julio César Arana, que se encuen-
tra en uno de los barrios más antiguos y peligrosos de Lima. También mi
agradecimiento al personal de la Biblioteca Nacional de Lima y de la Biblio-
teca del Congreso, por la orientación que me brindaron. Finalmente, a Wil- ¡Qué voz! ¡Qué voz! Resonó profundamente hasta el mismo fin. Su for-
fredo Guzmán, el conductor del taxi que contraté durante mi estadía, que taleza sobrevivió para ocultar entre los magníficos pliegues de su elocuen-
realizó, mientras me encontraba en Iquitos, la investigación en la Sociedad cia la estéril oscuridad de su corazón. ¡Pero él luchaba, luchaba! Su cerebro
de Beneficencia de Lima para averiguar en qué sector de Presbítero Maestro desgastado por la fatiga era visitado por imágenes sombrías… imágenes de
estaba enterrado Arana. riquezas y fama que giraban obsequiosamente alrededor de su don inextin-
En Inglaterra, conté con la ayuda de John Loadman, que me envió gra- guible de noble y elevada expresión. Mi prometida, mi estación, mi carrera,
bado en un CD un libro sin el cual no hubiera podido escribir la biografía de mis ideas… aquellos eran los temas que le servían de material para la ex-
Julio César Arana: The Putumayo, the Devil’s Paradise , de Walter Harden- presión de sus elevados sentimientos.
burg. Y, también, con la colaboración de Milagros Rueda y de Mathew San-
som que, gracias al correo electrónico, me enviaron las fotografías de la ca- JOSEPH CONRAD , El corazón de las tinieblas
sa en la cual vivió Arana en Londres, como también de sus oficinas en
Salisbury House.
El viaje de Sir Roger Casement a los dominios de Arana en el Putumayo
y sus diarios secretos, pude conocerlos a través de Jeffrey Dudgeon, escritor
que vive en Irlanda del Norte, autor de Sir Roger Casement, the Black Dia-
ries y agradezco la relación epistolar que hemos mantenido a través del co-
rreo electrónico y la ayuda que me brindó.
Pero queda un último ––y primer–– agradecimiento a alguien que lleva
el apellido Arana y que desciende no de Julio César, sino de un tío del cau-
chero. Se trata de Marie Arana, que fue una de las primeras personas a quien
mencioné la idea de escribir este libro. Escritora y editora de la sección Li-
bros del diario The Washington Post, lleva sangre peruana y norteamerica-
na en sus venas y en su libro American Chica traza un valioso perfil de su
pariente lejano. Ella fue una gran impulsora de este trabajo y le quedo pro-
fundamente agradecido.

O. L.

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Prólogo

En el pasado, Sudamérica se asociaba inevitablemente a las materias


primas: la plata de Potosí, el estaño de Bolivia, el salitre de Chile, la lana
de la Patagonia, el café del Brasil. De hecho, estos commodities si
do la principal fuente de riqueza del subcontinente americano. A fines del
siglo XIX las materias primas alcanzaron su apogeo en los mercados mun-
diales, creando imprevistas fortunas y hombres legendarios, riquezas que,
en su gran mayoría, se evaporaron con el tiempo. Sólo el inmenso Amazo-
nas se libraba de la maldición de la codicia y de la sangre que siempre traía
aparejada la explotación de materias primas. Para quienes habían nacido
allí, era un paraíso terrenal donde no habían llegado las pestes europeas.
Un día el hombre blanco descubrió una insospechada fuente de rique-
za en el corazón de la selva y la vida apacible de los indígenas terminó
transformándose en un infierno. Esa riqueza era el caucho, una sustancia
que segregaban ciertos árboles selváticos y que fue esencial para las indus-
trias europea y norteamericana. Neumáticos, cables y una infinidad de pro-
ductos se creaban a partir de esta materia prima que la naturaleza tan pró-
digamente había volcado en el Amazonas. Surgieron, entonces, los reyes
del caucho.
En el Perú, el monarca se llamó Julio César Arana. Reinó sobre casi
seis millones de hectáreas en el Alto Amazonas, en el río Putumayo. Su
enorme fortuna se asentó sobre la tortura y la muerte de treinta mil indios
huitotos y boras. Sin embargo, sería desacertado trazar su perfil en blanco
y negro. Para comprender este genocidio, hay que remitirse forzosamente
a las raíces culturales de la conquista, su desprecio hacia el indio, la depre-
dación de los recursos naturales. De eso modo comprenderemos a Julio
César Arana que, para algunos de los pocos peruanos que saben acerca de
su existencia, más que un genocida fue un patriota, un héroe que defendió
a capa y espada las fronteras de su país.

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En el Perú no queda ni un rastro de él, ni nadie oyó hablar de la Pe-
ruvian Amazon Company, propiedad de Arana, cuyas oficinas estaban
en Londres, en la deslumbrante Salisbury House, en London Wall. Este
hijo de una modesta familia de Rioja, donde los Andes peruanos conflu-
yen en el Amazonas, que comenzó su vida vendiendo sombreros de pa- El descubrimiento de una selva
ja, llegó a ser el hombre más rico del Perú. Los escenarios deslumbran-
tes formaron parte de su vida, desde una villa en Biarritz y otra en
Ginebra, hasta su imponente mansión en Queen’s Gardens, cerca del lon-
dinense Kensington Park.
Lo paradójico es que murió en la miseria.
No es fácil reconstruir la vida de Julio César Arana, que se ha trans-
formado en anatema para la mayoría de los historiadores. La bibliogra- Su aspecto no difería esencialmente de las innumerables poblacio-
fía es abiertamente maniquea y no toma en cuenta la época y la cultura nes, pequeñas y casi paupérrimas, del Perú decimonónico. Por las ca-
en que le tocó vivir. Quienes se ocuparon de él son preferentemente nor- lles de tierra pululaban libremente perros, cerdos y ganado. Hacia me-
teamericanos e ingleses es decir provenientes de una cultura para la cual diados del siglo XIX, Rioja era casi un villorrio de apenas dos mil
se hace difícil comprender, sentir y palpitar lo latinoamericano. Se lo pue- habitantes, con la inevitable Plaza de Armas y un municipio que reci-
de observar con la curiosidad de un entomólogo, pero nunca como par- bía del Tesoro limeño, en 1905, apenas 581 soles anuales; es decir, cua-
tícipe. Eso explica, quizá, que no exista una biografía sobre Julio César renta y ocho soles con cuarenta y un centavos al mes. Un sombrero de
Arana, quien figura en algunos libros, pero jamás como protagonista. The paja ––la principal artesanía de la región–– costaba cincuenta soles. Era
River that God forgot, de Richard Collier, es lo más aproximado a una un punto ignoto en el norte peruano, atrapado geográfica y cultural-
biografía, pero es novelada, y el rey del caucho está retratado con dema- mente entre la cordillera de los Andes y la selva amazónica, descono-
siada simpleza, con excesiva maldad. Tiene, sin embargo, una virtud: su cido hasta por los propios peruanos. A diferencia de Lima, Arequipa o
información, lo cual convierte al libro en una suerte de Biblia. También Cuzco, encontrarla en el mapa era casi un desafío. Por no hallarse pre-
convendría mencionar a La Vorágine , del colombiano José Eustacio Ri- cisamente ni en las montañas ni en la jungla, su clima era superlativo,
vera, novela escrita en la década de 1920, donde la maldad de Arana ya que la temperatura promedio era de veinticinco grados centígrados.
––que aparece con nombre y apellido–– es francamente superlativa. No existía el riguroso clima andino, con el frío penetrante y el soroche
Entre quienes saben de su vida, Arana suscita pasiones y odios, pero ––el mal de las alturas que atacaba a los no aclimatados–– ni la desa-
rara vez indiferencia. forada humedad amazónica, ni el calor insoportable, ni las enfermeda-
Desde el mismo momento en que supe acerca de su existencia, la fi- des selváticas.
gura del cauchero me fue apasionando, al igual que los centelleantes es- Estaban también sus bellísimas mujeres. Qué diferencia con las an-
cenarios por los que transitó. Este libro no debe considerarse un home- dinas de piel cobriza y rasgos aindiados. Váyase a saber por qué extra-
naje a su persona. Es la simple, verdadera y cruel historia de un hombre ña mezcla de sangre española y amazónica eran tan espigadas y a qué
ambicioso, irrefrenable, que fue olvidado por su país. se debía que el color de sus ojos fuera claro. Los contados viajeros que
Su culpabilidad, su infamia, empiezan y terminan en la misma cultu- pasaron por allí y que dejaron testimonios, describen a las chinitas , co-
ra que lo engendró y que le permitió internarse en los más abyectos la- mo eran denominadas, como mujeres de andar sensual, erguidas, de pe-
berintos del horror. chos prominentes, llevando sobre sus cabezas ––sin necesidad de sos-
tenerlos con la mano–– cántaros, invariablemente descalzas. Según
O. L. ellas, el no usar calzado contribuía a mejorar la salud.

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Tampoco se puede dejar de mencionar la exuberante vegetación, los hemos visto, sentó sus reales en Rioja para dedicarse a la fabricación de
huertos impregnados por la fragancia del jazmín del cabo, las desbordan- sombreros de paja y, posiblemente, fue el más modesto de todos ellos;
tes palmeras. No existían los comercios, y los pobladores recurrían a una Benito llegó a ser, con los años, gobernador de Loreto, la inmensa región
suerte de economía de subsistencia cultivando huertos adosados a cada amazónica peruana; por último, Gregorio se dirigió al sur del país, a las
vivienda. La única industria ––si es que puede llamársela así–– era la fa- minas de mercurio de Ayacucho y Huancavelica. Sus descendientes no
bricación de los sombreros de paja conocidos como jipi japa. Esta arte- fueron los más célebres pero sí los más prestigiosos de los Arana.
sanía había sido introducida por ecuatorianos. En esa remota región del La infancia de Julio César Arana, de la cual no existen registros, no
Perú septentrional crecía la palmera conocida como bombonaje; con sus debe haber diferido de la de los demás riojanos. Su casa estaba frente a
fibras las mujeres riojanas confeccionaban sombreros y los hombres los la Plaza de Armas, lo cual no constituía un privilegio, ya que las dimen-
vendían en Moyobamba, en Yurimaguas, en Tarapoto, o en lejanas ciu- siones del poblado eran ínfimas. Cabría preguntarse si existían otras vi-
dades amazónicas. viendas fuera de ese espacio. Pero no era sólo el reducido tamaño de la
Rioja fue fundada el 22 de setiembre de 1722. El general JuanJosé aldea lo que aislaba a Rioja. La Amazonía era un mundo aparte. No te-
Martínez de Pinillos, el obispo de Trujillo doctor Baltasar Jaime Martí- nía ninguna comunicación con Lima. Un viaje demandaba meses, y en-
nez de Compañón y don Félix de la Rosa Reátegui Gaviria la fundaron trañaba atravesar ríos, cordilleras y mares con los medios más precarios.
con los pocos restos de algunos pueblos vecinos diezmados ese mismo El poblado, al igual que el resto del Amazonas, padecía una aguda insu-
año por una epidemia. Los nombres de esas aldeas, en contraste con los laridad que persiste hasta nuestros días.
de los fundadores de Rioja, eran absolutamente indígenas: Iranari, Toé, Perú no pudo escapar al caos político que siguió a la independencia
Iorongos, Uquihua. Santo Toribio de la Nueva Rioja ––tal su nombre pri- hispanoamericana. América Latina demostró una notable capacidad bé-
migenio–– no tenía historia, lo cual en el Perú era un imperativo categó- lica y estratégica para acabar con el dominio español. Las guerras de in-
rico. Carecía de la gloria de Ayacucho, en cuyas alturas se libró el 9 de dependencia contaron con hombres excepcionales, como San Martín y
diciembre de 1824 una batalla que acabaría con casi trescientos cincuen- Bolívar, O’Higgins y Sucre; pero, una vez librados del yugo hispánico, los
ta años de poderío español en América. O del esplendor del Cuzco, po- pueblos no supieron qué hacer con la libertad. Ni un solo país de la re-
blada de palacios y templos donde habitaba el Inca. Ni siquiera registra- gión escapó de la anarquía. En el caso del Perú, bastó que se declarara
ba episodios trágicos, como la andina Cajamarca, donde el inca la independencia para que surgieran movimientos separatistas en Cuzco
Atahualpa fue ejecutado por Francisco Pizarro, a pesar de haber pagado y en Arequipa. Entre 1821 y 1845, hubo cincuenta y tres gobiernos y en
el inédito rescate que consistió en una cámara llena hasta el techo de oro. un solo año, 1838, transitaron siete presidentes. En cuanto a Bolivia, tu-
Pero en Rioja nacería un niño que, a lo largo de una prolongada existen- vo más presidentes que años de independencia. Esa implacable inestabi-
cia, transitaría ciclos colmados de contrastes agudos, que se caracteriza- lidad transformó a América Latina en un continente de opereta, donde
ron por la aventura, la fría mente empresarial, la extrema riqueza que le las señoras de la época comentaban humorísticamente que “se acosta-
otorgó su imperio del caucho, el genocidio indígena, el escándalo inter- ban con un presidente y se levantaban con otro”.
nacional y una oscura vejez en la miseria. Pero en Rioja la vida era apacible, el poder casi inexistente, las intri-
Julio César Arana del Águila Hidalgo llegó a este mundo el 12 de abril gas políticas desconocidas. Los viajes que realizaban los riojanos no iban
de 1864. Su padre, Martín Arana Hidalgo, pertenecía a una familia de más allá de Moyobamba, Yurimaguas o Chachapoyas, poblados aún más
Cajamarca que posiblemente por razones económicas se vio forzado a insertos en la cuenca amazónica, que padecían el mismo aislamiento. Se
bajar a las proximidades del Amazonas en busca de nuevos horizontes enteraban de lo que sucedía en Lima, pero recién después de meses. Du-
para establecerse, finalmente, en Rioja. Su madre, María Jesús del Águi- rante la colonia lo habitual era que las noticias que llegaban de Europa
la Vásquez, era miembro de una vieja familia amazónica. De los cuatro y, en particular de España, tardaran dos o más meses en llegar. En 1864
hermanos Arana, sólo uno permaneció en Cajamarca. Martín, como ya ya existían los buques a vapor, que habían disminuido notablemente la

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duración de la travesía. Pero las informaciones provenientes de Lima de- maeta era una rara flor riojana, de ojos azules y particularmente bella, tres
moraban lo mismo que en la era de los conquistadores. años mayor que Julio César. Éste se enamoró de su vecina y solía arrojar-
Dos días después del nacimiento de Julio César Arana, es decir, el 14 le flores por encima del muro. Ella ni se dignaba a recogerlas. Era la acti-
de abril de 1864, España tomó posesión por la fuerza de las islas Chin- tud previsible en una joven de catorce años asediada por lo que ella con-
chas, a la altura de la bahía de Paracas, como compensación económica sideraba un niño, al cual convenía no prestarle atención, ni alentar
por un incidente en la hacienda de Talambo, donde cuarenta peruanos sentimientos inoportunos. A veces, sin embargo, consideraba que debía te-
armados y beodos masacraron a parte de una colonia guipuzcoana. Es- ner una mínima atención con su imberbe vecino y le arrojaba, también por
paña aún no había reconocido la independencia de su antiguo virreina- encima del muro, cerezas silvestres que crecían en un árbol de su jardín.
to, y las islas Chinchas eran inextinguibles proveedoras de guano, fertili- Como este amor no correspondido se desarrollaba en el siglo XIX, es
zante de primera magnitud, por cuyos derechos de exportación el fisco decir, en pleno período romántico, el joven Arana recurrió a la poética
peruano recaudaba un asombroso porcentaje de sus ingresos. Dos años para conquistar a su amada. Si las flores y las miradas no surtían efecto,
después, Perú y Chile formaron una alianza y en memorables batallas na- acaso los versos podían operar el milagro. Qué mejor que componer acrós-
vales derrotaron a la poderosa flota española. Sin embargo, a pesar de la ticos para la bella Eleonora. Ahora bien ¿cómo escribirlos? Para eso, bus-
victoria y de haber finalizado el conflicto, naves de guerra hispanas bom- có la ayuda de su maestro de literatura, Leopoldo Cortez. Pero Julio Cé-
bardearon y destruyeron el puerto de Valparaíso, llave de la economía sar, como lo demostraría a lo largo de su vida, no se conformaba con un
chilena. En el Perú se festejó esta destrucción, ya que el puerto chileno solo frente de ataque. Si los acrósticos tampoco lograban la rendición de
competía con El Callao, el puerto de Lima. Pero después de la victoria su amada, había que reforzar el asedio con otras artes. Estudió guitarra,
de Chile en la Guerra del Pacífico, iniciada en 1879, Perú perdería una acordeón y concertina para deleitarla con improvisadas serenatas.
sustancial parte del sur de su territorio que, hasta el día de hoy, sigue en Es importante señalar la curiosa característica de la elección de Ju-
manos chilenas. lio César. En primer lugar, Eleonora tenía tres años más que él. Es co-
Todos estos acontecimientos llegaron a la lejana Rioja con lentitud mún que un joven que está por dejar la pubertad para ingresar en la ado-
exasperante. Sin duda, produjeron indignación y euforia, pero la vida de lescencia se enamore de una muchacha mayor; lo que no es habitual es
la aldea era la misma, a pesar del guano, de las relaciones entre el Perú la continuidad de sus sentimientos y la perseverancia para conquistarla.
y España y de los bombardeos navales. Estos episodios bélicos en nada Pero Eleonora Zumaeta sería la única mujer que Julio César Arana amó
influían en la economía riojana. Martín Arana, padre de Julio César, se- a lo largo de su vida. Eleonora no sólo era mayor que él, sino que poseía
guía fabricando sombreros de paja con la ayuda de su familia, ya que eran una fuerza notable y un inequívoco espíritu de independencia. ¿Cómo
las mujeres quienes tenían la habilidad de trenzar esas delicadas fibras, iba a imaginar que con el correr de los años Julio se transformaría en uno
para luego internarse en el Amazonas, recorrer sus múltiples ríos y ven- de los hombres más ricos del Perú, que formaría compañías en Europa a
derlos a patrones y a empleados a precios obviamente distintos. Su hijo, partir de una materia prima como era el caucho? La selva, la audacia, la
en cambio, cursó sus estudios primarios en Moyobamba y su vida trans- inescrupulosidad y el genocidio formarían parte de una carrera meteóri-
currió en su casa de piedra arenisca, como todas las del poblado, con la ca. Para ello, necesitaba una mujer que tuviera un temple de acero, que
imponente cordillera de los Andes como marco. soportara largas ausencias y que lo apoyara en sus iniciativas.
El amor le llegó a la temprana edad de once años. No se trató de un
devaneo típico de esa edad sino de un sentimiento que lo acompañaría du-
rante toda su vida. La familia Zumaeta vivía en la casa contigua a la de A los quince años, Eleonora mostró su voluntad inquebrantable y sus
Arana, frente a la Plaza de Armas y los patios de ambas estaban separa- agallas. Decidió trasladarse a Lima, ya que había obtenido una beca pa-
dos por un muro. Dado el tamaño minúsculo de Rioja, era obligatorio que ra estudiar en el convento de San Pedro. Quería cursar el magisterio, re-
entre ambas familias vecinas existiera una estrecha relación. Eleonora Zu- cibirse de maestra y ejercer en alguna ciudad amazónica donde hubiera

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un colegio adecuado, lo cual para esa época podía considerarse una ini- padre comentaba que su hijo, cuando la mula aminoraba el paso, des-
ciativa revolucionaria. La capital del Perú estaba a novecientos kilóme- montaba y, tomando al animal de las riendas, lo hacía apurarse, como si
tros de distancia de Rioja y el viaje demandaba meses: los Andes sólo se el tiempo también formara parte de su trabajo y de su capital. Por eso,
podían cruzar a lomo de caballo o de mula o a pie. Imaginemos la exci- cuando Julio César, en 1879, intentó enrolarse para combatir en la gue-
tación, las expectativas, las ilusiones de esta joven que dejaba un mísero rra entre Chile y Perú, don Martín reaccionó con la fuerza del látigo. Esa
pueblo para trasladarse nada menos que a Lima, la vieja capital virrei- iniciativa era el colmo del disparate, una locura juvenil que se había apo-
nal, poblada de casonas coloniales con balcones de madera enrejados y derado de un muchacho de apenas quince años. Por otra parte, qué po-
patios exuberantes. Tras preparar el vestuario, escuchar las probables in- día importarle a Martín Arana una absurda guerra para que Chile se apo-
dicaciones y consejos de su madre, la ristra de despedidas y, finalmente, derara de yacimientos de salitre ––una materia prima de incalculable
cargar el equipaje sobre los caballos, partió acompañada de su tío, Ceci- valor como fertilizante y para la fabricación de pólvora–– cuando no mo-
lio Hernández. dificaba en lo más mínimo su condición de comerciante, ni sus ingresos.
No existen registros del viaje de Eleonora Zumaeta. Pero no cuesta Pero Julio César era obstinado. La Guerra del Pacífico ––así se deno-
imaginar las penurias que implicaba cruzar la cordillera de los Andes, minó–– acaso puso en marcha su heroísmo de adolescente, su anhelo de
aun en verano. Había que pernoctar en alguna vivienda o a la intempe- aventura. Don Martín, según algunas versiones, puso fin a sus aspiracio-
rie, soportando el frío de las alturas, el soroche, la inevitable suciedad, la nes bélicas propinándole una soberana paliza.
mala alimentación. Pero la mera posibilidad de cursar el magisterio, de Más allá del temor de todo padre ante la posibilidad de que un hijo
conocer Lima y de volver triunfadora fue suficiente para impulsarla ha- marche a la guerra, quizá descubrió que el muchacho estaba hecho de
cia esas alturas imprevisibles. La primera ciudad que conoció fue Caja- una rara sustancia para dedicarse a los negocios. Era inteligente, rápido,
marca. Qué delicia caminar por sus calles de una absoluta pureza colo- eficaz e infatigable. Era un desperdicio que continuara vendiendo som-
nial. Qué diferencia con Rioja, que no tenía historia y, mucho menos, breros, tanto o más que ir a combatir. Por lo tanto, consideró ––muy a
estilo. El clima estaba impregnado por los conquistadores, por Pizarro y pesar de Julio César–– que debería ejercitarse en los números, conectar-
Atahualpa, que habían dejado sus huellas en esa prodigiosa arquitectu- se con otros escenarios; logró ubicarlo, como secretario, en una oficina
ra. Y, luego, el descenso hacia Trujillo, hacia el desierto infinito, enormes de Chachapoyas, localidad próxima a Rioja, en la cordillera de los An-
extensiones de arena donde no existía la lluvia. No sabemos si allí se em- des. Durante dos años trabajó sin pausa, incorporando los esenciales ele-
barcaron en algún vapor rumbo a El Callao, aunque lo presumible es que mentos de contabilidad, asentando cifras en los libros, familiarizándose
hayan proseguido el viaje a caballo, o en algún carruaje. con lo numérico. Nada sabía de Eleonora que, al mismo tiempo, también
Mientras tanto, en Rioja, Julio César Arana, que sólo tenía doce años, atravesaba en Lima por un ciclo pedagógico que le aseguraría su inde-
siguió cursando los estudios en la escuela local. Cuántas veces habrá re- pendencia y que, curiosamente, también duraba dos años. Habían toma-
leído su poema favorito, el que le dedicó a Eleonora: “¡Oh estrella matu- do caminos distintos, en latitudes opuestas, sin sospechar que esas sen-
tina, hechicera de todo aquel que te contempla!”. Pero más allá de tal li- das se cruzarían.
rismo, cuando cumplió catorce años, su vida cambió y comenzó a Después de haber permanecido dos años en Chachapoyas, Julio Cé-
perfilarse tenuemente el camino futuro. Dejó de estudiar y empezó a tra- sar regresó a Rioja. A los diecisiete años se mudó a Yurimaguas y montó
bajar con Martín, su padre. Se dedicó a fabricar sombreros de paja. So- un pequeño negocio propio en la Plaza del Mercado. Ese pueblo sería la
lía vérselo, descalzo, recorriendo las pocas calles de Rioja, o montado en plataforma de lanzamiento de su vida como hombre de negocios inde-
su mula transportando jipi japas . Tenía que aprender a venderlos, domi- pendiente. En su libro Las Cuestiones del Putumayo , impreso en la Im-
nar las técnicas, persuadir a los posibles compradores. Remontaron la prenta Viuda de Luis Tasso, de Barcelona, en 1913 describe así su trayec-
cordillera de los Andes, hasta Chachapoyas y Cajamarca, montados en toria: “Empecé a ocuparme de los negocios de comerciante en general y
mulas, desafiando tormentas y neviscas. Nada detenía a Julio César. Su exportador en las partes altas del río Amazonas, en el interior del Perú y

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del Brasil, en el año 1881 [cuando tenía diecisiete años], siendo mi asien- templó por primera vez el Amazonas? Durante el trayecto ¿habrá repa-
to principal, desde esa fecha hasta el año 1889, Yurimaguas, y, desde rado en la desembocadura del río Putumayo? Si la vio, le habrá pareci-
1889 hasta la incorporación de la compañía, Iquitos”. do un río más que convergía en el gran torrente. Su único objetivo era
Pero, a la vez, sucedió lo que tanto esperaba y lo que a nadie había vender sombreros de paja, sin siquiera sospechar que esa desembocadu-
confesado: se reencontraría con Eleonora Zumaeta, que ya había regre- ra del Putumayo, un cuarto de siglo después, sería la puerta de ingreso a
sado a Rioja con su título de maestra. La joven se convirtió en la prime- su futuro imperio de seis millones de hectáreas y ––también–– del horror.
ra maestra que enseñaría en la escuela fiscal que próximamente se inau-
guraría en Yurimaguas. Julio César comprobó, durante esos primeros
meses, que sus sentimientos hacia ella no habían cambiado: al contrario, El Amazonas había sido un imán irresistible para varios explorado-
se habían agudizado hasta volverse obsesivos. res desde la conquista española. La inescrupulosa avidez hispánica por
Pero si el joven Arana creyó que Eleonora se rendiría ante sus senti- el oro contribuyó a cimentar el espejismo de que existía El Dorado, un
mientos, se equivocó. Lo único que la impulsaba era ejercer la docencia, paraíso de ubicación imprecisa pero colmado de riquezas. Fueron varios
cobrar un salario y no depender de nadie. Para eso se había trasladado a los que se aventuraron por el río inmenso, por aquellas aguas marrones
Lima. En su diálogo inequívoco, en sus abiertas ambiciones, Julio César que desembocaban en el océano Atlántico. Por allí transitaron desde
descubrió que a lo que menos aspiraba esa muchacha de inusual belleza aventureros como Francisco de Orellana, el primero en navegar el exten-
era a convertirse en esposa de un comerciante riojano. so río, hasta naturalistas como el barón Alexander von Humboldt, que
Sería erróneo creer que su amor por ella fue lo único que lo impulsó descubrió que el Orinoco y el Amazonas estaban unidos por el Río Ne-
a buscar otros horizontes económicos. Si decidió internarse en los ríos gro y el canal Casiquiare.
amazónicos para vender sus sombreros, también deberíamos tener en ¿Habrá imaginado Arana que entraría a formar parte de la mitología
cuenta otra motivación: la búsqueda obsesiva del poder y de la riqueza. de ese lugar implacable? Por esa ominosa selva, pasaron personajes que
Podría haber permanecido en su pueblo, olvidándose de Eleonora y ha- alcanzaron la fama a través de una crueldad extrema, o a través de la fe,
ber elegido cualquier otra muchacha menos independiente; sin embargo, la esperanza, el amor. En el extremo del sadismo y de la paranoia, de las
allí estaba un mundo esperándolo, pródigo y virgen, ofreciéndose a ser empresas imposibles, de la absoluta falta de culpa, podríamos colocar a
conquistado. No sabemos qué conocimiento tenía acerca de la existen- un español nacido en Vizcaya y que llegó al Nuevo Mundo desde Espa-
cia de una nueva materia prima que abundaba en el Alto Amazonas ––es ña en 1534: Lope de Aguirre.
decir, en el sector peruano–– y que comenzaba a ser demandada por mer-
cados extranjeros para las ruedas de las bicicletas y para envolver distin-
tos tipos de cables: el caucho. Es posible que vendiera sus sombreros de El viaje de Lope de Aguirre por el Amazonas hasta su desembocadu-
paja, imprescindibles para protegerse del sol feroz y de la lluvia torren- ra en el Atlántico, la posterior navegación hasta la isla Margarita, el de-
cial, a caucheros de los ríos Huallaga y Yaraví. sembarco en Venezuela, bien podrían figurar en un muestrario del ho-
rror. Físicamente repulsivo ––lisiado y jorobado–– su mente sólo conocía
la crueldad, la traición, el delirio. Formó parte de la expedición de Pedro
Un día, el joven Julio César Arana se aventuró a trasladarse hasta Pa- de Ursúa, un hidalgo de impecables modales acostumbrado al éxito des-
rá ––en la actualidad, Belém–– un puerto particularmente activo donde de su primera juventud. Intentó conquistar a los indios omaguas quienes,
recalaban todos los buques que ingresaban o salían del río Amazonas. aparentemente, conocían los secretos de El Dorado. Esa quimérica em-
En primer lugar, había que llegar hasta Iquitos, ciudad peruana a orillas presa, integrada por asesinos y hombres que carecían de mínimos escrú-
del enorme río, y embarcarse en un vapor rumbo a Manaos, que era ape- pulos, fue una de las grandes ingenuidades de Ursúa, que tuvo la inopor-
nas una escala de un viaje prolongado. ¿Qué habrá sentido cuando con- tuna ––y finalmente trágica–– idea de llevar consigo a su amante, doña

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Inés de Atienza. A medida que hombres, caballos, indios y negros se in- que formó parte de una expedición científica enviada a Quito ––con pro-
ternaban en el Amazonas, en balsas y en improvisados bergantines, Lo- longación en el Amazonas–– por el rey Luis XV de Francia tuvieron esas
pe de Aguirre tejió las más terribles intrigas para, poco a poco, adueñar- características. Una mujer absolutamente sola se convertiría en la prota-
se del poder. Acaso fue el único que comprendió que esa expedición gonista de la mayor hazaña que haya conocido ese escenario plagado de
estaba condenada al fracaso, que jamás encontrarían oro y que el verda- peligros. Hasta tal punto fue notable su proeza que, hacia 1770, en nin-
dero objetivo podía modificarse de manera audaz. Por qué, en vez de en- gún salon francés se dejaba de hablar de ella. Isabela Godin estaba en
contrar a indios improbables en esa inmensidad selvática, no intentaban boca de marquesas y duquesas en los sofisticados y cínicos diálogos del
una empresa desmesuradamente ambiciosa que les aseguraría el poder y dixhuitième ; de cardenales y ministros, y hasta del propio rey, en algún
la gloria. Para qué perder el tiempo navegando por ese río interminable salón privado de Versalles.
cuando podían adueñarse de un imperio. Esa increíble iniciativa era na- En este caso, el Amazonas, misteriosa e inusualmente, ayudó a que
da menos que una nueva conquista del Perú. una mujer salvara su vida. Esta asombrosa hazaña comienza con la ex-
Lope de Aguirre fue asesinando ––u ordenando arteramente las eje- pedición científica que partió de Francia, en 1735, con la bendición real,
cuciones–– a Pedro de Ursúa, a doña Inés de Atienza y a una intermina- con el propósito de llevar a cabo mediciones terrestres en Quito y aleda-
ble lista de expedicionarios. Bastaba que recelara de alguien, que lo es- ños. Formó parte de la misma Charles Marie de la Condamine, soldado,
cuchara hablar en secreto, para que fuera degollado en el acto. Así aristócrata, académico y aventurero. Esa expedición, la primera que fue
llegaron al océano Atlántico y a la isla Margarita, frente a las costas de llevada a cabo por personas que no eran españolas ni portuguesas ––los
Venezuela, donde Lope de Aguirre asesinó al gobernador y a la plana ma- gobiernos metropolitanos prohibían el ingreso de extranjeros en sus vas-
yor del gobierno. Luego, desembarcó en Burburuta, en la costa venezo- tos dominios, salvo casos excepcionales y debidamente autorizados––
lana, avanzó hasta Valencia y, finalmente, a Barquisimeto. Rodeado por trascendía la mera curiosidad: trataría de dilucidar una cuestión que di-
fuerzas españolas que le seguían los pasos, comprendió la imposibilidad vidía al mundo científico: si la Tierra era o no una esfera perfecta. Los
de reconquistar el Perú, la locura que encerraba esa expedición, pero en partidarios de Jacques Casssini, el astrónomo real de Francia, sostenían
modo alguno lamentó los crímenes que había cometido. Creyó que po- que el planeta era alargado hacia los polos; los defensores de Isaac New-
dría rehacer su vida embarcándose con algunos de sus hombres fieles pa- ton, que era achatada en los polos. No se trataba de una mera discusión
ra vivir pacíficamente en algún punto remoto. Fue un grueso error. Sus académica, ya que de una u otra teoría dependía la precisión de la nave-
hombres, cansados de tanta sangre, de la crueldad innecesaria, de parti- gación. Así fue que un notable equipo de científicos finalmente llegó a
cipar en los designios de un loco lo mataron a arcabuzazos allí mismo, Quito, cargado de telescopios, cadenas para realizar mediciones, astro-
en Barquisimeto. No recibió cristiana sepultura. Le cortaron la cabeza y labios y microscopios, en una de las aventuras menos afortunadas en esas
las manos, y su cuerpo descuartizado fue arrojado a los caminos. Ambas latitudes: hubo muertes, accesos irreversibles de locura y hasta el deceso
manos iban a ser exhibidas en Valencia y en Mérida, pero ni siquiera le de un científico en el ruedo de una plaza de toros. Curiosamente, no fue
cupo ese honor: quienes las recibieron se las obsequiaron a los perros co- muerto por el animal, sino por una turba enfurecida.
mo si se tratara de un raro manjar. Lo que sí se exhibió fue su cabeza, en Uno de los asistentes de Charles Marie de la Condamine, Jean Godin
Tocuyo, puesta dentro de una jaula. Allí permaneció pudriéndose hasta des Odonais contrajo matrimonio con una peruana de sangre francesa y
que sólo quedó una inofensiva calavera. El cerebro que la había ocupa- americana, Isabela de Grandmaison y Bruno. Godin debió partir a Fran-
do partió para siempre, aunque todo lo que pergeñó nunca se borró de cia, dejando a su mujer embarazada y a sus hijos en Riobamba, donde vi-
la memoria popular. vían. La idea era que ella lo seguiría una vez que el parto se produjera.
No todas las exploraciones del Amazonas se caracterizaron por la En marzo de 1749 partió a Europa, por una vía exótica, la misma por la
aberrante crueldad que marcó a la de Lope de Aguirre. Ni la de Pedro de que había optado de la Condamine: descendería por el Amazonas hasta
Teixeira, explorador portugués ni la de Charles Marie de la Condamine, el océano Atlántico. En abril de 1750, sin mayores sobresaltos, llegó a

22 23
Cayena, único territorio francés en Sudamérica. Allí se inició una de las dificultades. Un día Isabela resolvió partir, para reencontrarse con su ma-
historias más disparatadas, imprevistas y desesperantes del siglo XVIII. rido. Nada la ataba a Riobamba: sus cuatro hijos habían muerto.
Por alguna razón, Odonais llegó a la conclusión de que lo aconsejable El viaje fue un calvario. La comitiva incluía a sus dos hermanos, a su
era volver a Riobamba en busca de su mujer, remontando el Amazonas. sobrino Joaquín, de doce años, un médico y algunos sirvientes. El ham-
Pero no fueron la malaria, ni la fiebre amarilla, ni la disentería, ni las tri- bre, las fiebres, las muertes, las pérdidas de embarcaciones, la deserción
bus salvajes lo que impidieron ese ascenso, sino un fárrago demencial de de los indios comenzaron a minar la moral. El médico sugirió que un gru-
trámites burocráticos, de gestiones diplomáticas. Durante dieciséis años po bajara el río hasta Andoas para pedir ayuda. Fue el mismo argumen-
Godin permaneció varado en Cayena, escribiendo a De la Condamine to que doscientos años antes había utilizado Francisco de Orellana con
para que lo ayudase, ya que las autoridades portuguesas se negaban a au- Gonzalo Pizarro, y, fatalmente, tuvo el mismo desenlace. Descender en
torizar el ingreso de un francés en el Amazonas. Había cometido un error balsa por el río era tarea fácil; remontarlo era una empresa casi conde-
gratuito y tal vez imperdonable: le escribió al canciller de Francia propo- nada al fracaso. El médico, acompañado por el esclavo Joachim, partió
niéndole que su país se apoderara del Amazonas. Este hecho le desató corriente abajo, dejando a Isabela y a quienes la acompañaban en medio
una paranoia indoblegable, ya que vivía aterrorizado ante la sola posibi- de una de las selvas más despiadadas del planeta. La espera, que en teo-
lidad de que la misiva hubiera sido interceptada. ría sería de pocos días, entró en una aterradora demora. La balsa no re-
Imprevistamente y como caído del cielo, arribó a Cayena el 18 de oc- gresaba.
tubre de 1765 un barco portugués de poco calado, pero dotado de un sis- Cuatro semanas después, el escenario forzó a los actores a colocarse
tema de remos que le permitía ascender ríos de fuerte correntada. Increí- la máscara de la tragedia. Solos, sin la ayuda prometida, sin conocer ni
blemente, el navío había sido enviado por el rey de Portugal para recoger saber cómo sobrevivir en la selva, acechados por una cornucopia de en-
a Jean Godin des Odonais y trasladarlo río arriba, para que pudiera bus- fermedades tropicales, insectos implacables y alimañas ponzoñosas, fue-
car a su familia. Sus contactos en Francia, por fin, habían puesto en mar- ron muriendo uno a uno, o, en un acceso de desesperación y locura ––co-
cha los mecanismos que permitirían el rescate. Pero, lamentablemente, mo lo hicieron dos sirvientas–– se internaron en la selva para perecer en
privó su paranoia. ¿Cómo iba a embarcarse en un buque de bandera por- el laberinto. Isabela vio morir a su sobrino Joaquín, a sus dos hermanos
tuguesa precisamente él, que había escrito una carta incitando a Francia y a todos cuantos la acompañaban. No le quedaban fuerzas para ente-
a adueñarse del Amazonas? Se trataba de una trampa. Sería fatigante rrarlos y yacía en la penumbra de la floresta viendo cómo se descompo-
enumerar las enfermedades que fingió padecer, los pretextos que opuso nían los cuerpos. Pero esta mujer de cuarenta y dos años estaba hecha
para no abordar la nave. de una peculiar sustancia. Decidió no dejarse morir. Con las pocas fuer-
Isabela recibió en Riobamba un mensaje en que su marido le revela- zas que le quedaban, cortó las suelas de los zapatos de sus hermanos e
ba que estaba vivo, que permanecería en Cayena por razones de seguri- improvisó un par de sandalias. Y se lanzó, sin rumbo, a buscar ayuda en
dad, y que una nave portuguesa la esperaría en Lagunas, en el río Ama- esa jungla donde ni siquiera entraba el sol. Durante nueve días, deambu-
zonas. Ella sólo debería llegar a ese punto de encuentro. Recién en 1769, ló por esas latitudes del horror, dispuesta a sobrevivir; si se detenía, ja-
es decir cuatro años después de haber llegado el navío enviado por el rey más volvería a ponerse en movimiento y perdería la vida como les suce-
de Portugal, Isabela partió de Riobamba. No es difícil imaginar la perple- dió a sus seres queridos. Pero el Amazonas decidió ayudarla y quiso que
jidad, el aburrimiento y hasta la indignación del capitán y su tripulación. unos indios la encontraran. Llegó a Andoas en el Año Nuevo de 1770 y
Apenas recibió noticias de su marido, Isabela envió a Cayena a Joachim, fue recogida por unos padres misioneros.
un esclavo negro extremadamente leal, para ultimar detalles, trayecto que Entretanto, su fiel Joachim, se propuso remontar el río en busca de
demandó, entre ida y vuelta, dos años; luego, su padre, Pedro de Grand- su ama y, sorprendentemente, lo logró. Encontró una visión de espanto.
maison, que ya había pasado los sesenta años, recorrió el trayecto hasta Todos habían perecido, salvo Isabela, que con seguridad habría perecido
Lagunas, donde esperaría a su hija, allanándole el camino y resolviendo tragada por la selva en un intento desesperado para sobrevivir. Regresó

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a Lagunas y le comunicó a Pedro de Grandmaison que su hija había fa- La joven maestra ya no vivía más en Rioja: en 1884, se había trasla-
llecido. dado a Yurimaguas, a orillas del río Huallaga, para ejercer como docen-
En París, la historia de Isabel Godin recorrió velozmente los salones te e inaugurar la primera escuela estatal. Recibía en casa de su abuela,
dorados. Esa sociedad que simbolizaba un mundo en vías de extinción donde se alojaba, las cartas de Julio César. Probablemente, al leer lo que
––faltaban apenas diecinueve años para la Toma de la Bastilla–– debe ha- el joven le expresaba, descubrió que ya no era más el niño vecino, sino
ber quedado perpleja ante semejante muestra de amor. ¿Qué princesa o que se había transformado en un hombre. Julio César en sus noches de
condesa sería capaz de tamaña entrega? No fue así, sin embargo, en el soledad en poblaciones selváticas, o a bordo de vapores fluviales, no só-
interior de Francia, donde hasta en la más pequeña aldea se hablaba de lo llevaba prolijamente las cuentas ––para eso había trabajado en Cha-
una mujer que, por reencontrarse con su marido, había dado su vida. chapoyas–– sino que devoraba cualquier libro que cayera en sus manos,
El desenlace fue imprevisto y causó tanta conmoción como su desa- algo poco común en un comerciante de aquella época. Con los años, tu-
parición: Isabela estaba viva. Las noticias le llegaron a su padre, en La- vo la biblioteca más completa del Amazonas. Así fue que leyó teatro, poe-
gunas, y a su marido, en Cayena. Y hacia esa ciudad partió finalmente sía, novela e historia, lo cual contribuyó a que las cartas que le enviaba
para unirse nuevamente a Jean Godin des Odonais. Isabel y Jean perma- a Eleonora tuviera un barniz cultural poco habitual. Y ella, que había cur-
necieron tres años en Cayena. Luego, enfilaron rumbo a Francia, desem- sado el magisterio, debe de haber quedado pasmada ante ese despliegue.
barcaron en La Rochelle, donde los esperaba un envejecido pero siem- Pero la relación era meramente epistolar. Si bien en aquellos años no
pre fiel Charles Marie de la Condamine. Poco después llegó Pedro de existía otro medio de comunicación cuando había una selva de por me-
Grandmaison y se instalaron en Saint-Amand Montrond, en Berry, don- dio, la ausencia física debe de haberlo inquietado. Esperanzado por el
de la familia Godin des Odonais poseía tierras. flujo de correspondencia, un día resolvió ir a visitarla a Yurimaguas. Fue
Su silencioso prestigio fue tal que ni siquiera el gobierno revolu- entonces cuando sucedió un hecho que activaría, en Eleonora, un torren-
cionario francés se atrevió a cuestionarlos por su clase social. Hasta te de sentimientos tal vez tapados por su trabajo, por sus ambiciones per-
que Jean falleció, a los setenta y nueve años, en 1792, siguió cobran- sonales, por su espíritu de independencia.
do una pensión que le había otorgado el Estado. Fue el creer que lo había perdido para siempre.
Julio César Arana se embarcó rumbo a Yurimaguas en uno de los pre-
carios vapores que recorrían el río Huallaga, después de haber realizado
Ese era el territorio donde debería desenvolverse el joven Julio César uno de sus habituales viajes vendiendo sombreros. Poco antes de llegar,
Arana. Posiblemente, nada sabía de aquellos aventureros y científicos que la embarcación embistió un tronco: se abrió un rumbo en el casco y se fue
revelaron al mundo cómo era el Amazonas. Sin embargo, él también ha- a pique. Era de noche, y la corriente del río y los remolinos contribuyeron
bría de descubrir esa selva en sus aspectos más oscuros. Sus primeros via- a que hubiera numerosos ahogados. Pero Julio César se aferró a una ta-
jes lo llevaron por los ríos próximos a Rioja, vendiendo sombreros de pa- bla, a un tronco o, en suma, a algo que flotaba, y llegó nadando a la ori-
ja, estudiando el terreno, conociendo caucheros. Quizás aún no había lla. La noticia corrió como reguero de pólvora y le llegó a Eleonora Zu-
comprendido el valor que poseía el caucho, ni se había adentrado en ese maeta: todos los pasajeros habían perecido, entre ellos, el joven que no
mercado que explotaría pocos años después hasta transformar al Ama- había cesado de escribirle cartas de amor. Richard Collier, un biógrafo de
zonas peruano, brasileño y boliviano en un verdadero El Dorado. Acaso Arana, sostiene que, misteriosamente, ella tuvo la certeza de que Julio Cé-
tampoco sabía distinguir entre las diversas variedades de árboles que pro- sar no había muerto y, por eso, no demostró una excesiva desesperación.
ducían la goma. Pero sabía que tarde o temprano su olfato comercial lo No sabemos si esa reacción se debió a una negación, a un sentimiento de
llevaría a una prosperidad superlativa. En aquellos días, sólo pensaba en impotencia o a que sintió acaso por primera vez que estaba enamorada.
progresar y jamás dejó de escribirle a Eleonora cuando se encontraba en Julio César Arana no había muerto y llegó a la casa de Eleonora, em-
alguna población con servicios de correo. papado. Ella lo reconfortó y, al comprobar que estaba vivo, que no lo ha-

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bía perdido para siempre, tal vez se le aclararon sus sentimientos y re- ra la supervivencia y para el trabajo. En esos prolongados desplazamien-
conoció hasta dónde llegaba su amor. Por otra parte, era un hombre tos fluviales rara vez alternaba con los otros pasajeros, que bebían y ju-
atractivo: alto, corpulento, de rasgos europeos, con poca o ninguna san- gaban hasta altas horas de la noche. Él prefería estar solo, leyendo, escu-
gre indígena. Llama la atención la escasa cantidad de fotografías que re- chando el sonido de la selva. En más de una oportunidad, habrá pensado
tratan su juventud. Tampoco las hay de Eleonora. En El proceso del Pu- cómo salir de ese sistema hasta cierto punto miserable. Esa monotonía y
tumayo, sus secretos inauditos , escrito por el juez Carlos A. Valcárcel y la soledad sólo podrían ser reemplazadas por alguna actividad audaz y
publicado en Lima, en 1915, donde se refiere a los horrores que se co- rentable, que le permitiera vivir de otro modo. Fue entonces, quizás, que
metieron en ese río, hay una fotografía de Julio César Arana en sus años pensó en el caucho.
jóvenes, apoltronado en un sillón de madera tallada, impecablemente Vivía con Eleonora en Lamas, un pequeño poblado al pie de las mon-
vestido con saco y chaleco y luciendo una pequeña barba. Si bien es di- tañas. Todos los días cabalgaba hasta Tarapoto, sobre el río Huallaga, a
fícil determinar su edad, es probable que aún no hubiera cumplido los veinte kilómetros, donde había abierto un negocio con su cuñado, Pablo
treinta años. Sólo existen cuatro fotografías de Julio César Arana, prin- Zumaeta. Este muchacho de dieciocho años, alto y pelirrojo, se transfor-
cipal protagonista de los escándalos del Putumayo, interpelado en Lon- maría, de por vida, en su hombre de confianza y, también, en su socio.
dres en la Cámara de los Comunes y de quien hablaron todos los diarios Con los años, Julio César Arana creó una suerte de sistema endogámico,
del mundo. haciendo participar no sólo a su cuñado, sino también a su hermano Li-
El 2 de junio de 1887 los enamorados se casaron en la Iglesia de zardo, y hasta a su otro cuñado, Abel Alarco, casado con una de sus her-
Nuestra Señora de las Nieves, en Yurimaguas. El templo se llama así de- manas. No concebía trabajar ni construir un imperio sin su familia, y las
bido a la efigie de la Virgen de las Nieves, patrona de Yurimaguas, traí- motivaciones profundas de esta decisión habría que buscarlas en la des-
da por los portugueses, que fueron los primeros en llegar a esa población. confianza que le producían las personas que no formaran parte de su cír-
A los asistentes les debe de haber parecido una pareja deslumbrante: la culo íntimo, en su misantropía, su falta de amigos, su imperiosa necesi-
belleza y los ojos azules de Eleonora, conocida por todos dada su condi- dad de contar con testaferros de absoluta confianza.
ción de maestra, y ese apuesto joven de Rioja, que le obsequió como re- Es notable lo fiel que le fue Julio César a Eleonora a lo largo de su
galo de bodas una pulsera de oro con un zafiro incrustado. Julio César vida. El viajar por latitudes tan improbables como el Amazonas, o el ha-
Arana no era hombre de medias tintas, ni le importaba el haber agotado berse llegado a convertir en el rey de una materia prima como el caucho,
sus ahorros para hacerle semejante regalo. Este casamiento no necesa- no lo lanzó a la conquista de beldades. Lo previsible, en todo caso, es
riamente significó que la felicidad los iba a acompañar. Si bien estuvie- que hubiera tenido numerosas amantes para cubrirlas de alhajas, como
ron juntos hasta el fin de sus días, fue una pareja que se caracterizó por solían hacerlo los caucheros de Manaos. O, en Europa, donde vivió, po-
larguísimas separaciones, debido precisamente a los negocios de Arana, dría haber coleccionado demi-mondaines , o haber tenido por amante a
a las cuales habría que agregar las incertidumbres de Eleonora, que sa- alguna célebre cortesana. Así como el rey Leopoldo II de Bélgica ––que
bía cuándo su marido partía a la selva, pero no ignoraba que podía no mucho tuvo que ver con las atrocidades que se cometieron, a fines del
regresar. siglo XIX, en el Congo, por el caucho–– conquistaba a jóvenes beldades,
Julio César se había transformado, durante sus viajes amazónicos por él podía haber aspirado a una Nelly Melba, o una Gaby Deslys. Pero le
los ríos Yavarí, Purús y otros afluentes menores, en un representante más fue fiel a su mujer. Cabe aclarar que, para más de un rey de las materias
del sistema de aviamiento, que era el que imperaba en la zona. El avia- primas sudamericanas, la familia era tanto o más importante que los ne-
dor ––que nada tenía que ver con los futuros pilotos de precarias máqui- gocios. Al igual que Simón Patiño, el rey boliviano del estaño que sólo
nas voladoras–– era un proveedor para todos aquellos que trabajaban en amó a Albina, su mujer, Arana hizo de su familia un círculo impenetra-
la jungla, desde el cauchero hasta el empleado. Les llevaba avíos: provi- ble, donde rara vez entraba alguien que no fuera pariente o algún cono-
siones, armas, municiones, herramientas, todo lo que fuera necesario pa- cido del Amazonas.

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La familia, entonces, fue el primer andamiaje que armó para fortale- En 1890 dio el primer paso para convertirse en cauchero. Adquirió
cer sus negocios. Los continuos desplazamientos por la selva, comoavia- una estrada en las proximidades de Yurimagua. Los manchales, que eran
dor, le permitieron descubrir dos realidades inequívocas: qué fácil resulta- terrenos donde se agrupaban árboles gomeros, se ordenaban en forma de
ba endeudar a los caucheros proveyéndolos de suministros, y qué estradas, que, en portugués, significa calle o camino. El problema era
importante era que le pagaran con caucho, no con soles. Recibía caucho quiénes recolectarían el caucho. Dadas las condiciones extremas que rei-
en pago por las mercancías entregadas ––que estaban notablemente sobre- naban en la selva, sólo podían reclutarse almas en estado de desespera-
valuadas–– pero no lo cobraba al vago precio del momento, sino cuando ción. Imaginemos, por un instante, la vida de un recolector de caucho:
llegaba a destino. Como esa materia prima solía subir vertiginosamente de debía internarse en la jungla ––los árboles de donde se extraía el látex es-
precio, llegaba a ganar hasta el cuatrocientos por ciento de lo que había taban esparcidos en grandes distancias y no formaban bosques compac-
invertido. Pero no era viviendo en Lamas, ni cabalgando veinte kilóme- tos–– y afrontar el calor, la opresiva humedad, los mosquitos que trans-
tros al día donde estaba la bonanza, sino en algún punto más estratégico, mitían la fiebre amarilla y la malaria, las serpientes venenosas, los
como Yurimaguas. Julio César comprendió que se había cumplido un ci- pequeños insectos que se internaban por los orificios humanos más im-
clo, el cual incluyó un amor desesperado ––que, felizmente, había termi- previstos y escalofriantes. Los trabajadores europeos y asiáticos que lle-
nado en matrimonio––, y que algunos secretos de la selva le habían sido garon a esas latitudes fueron diezmados por las enfermedades. Sólo fun-
revelados. También había nacido Alicia, la primera de los cinco hijos que cionaba la mano de obra nativa, es decir, los indios, acostumbrados a ese
le daría Eleonora. Intuyó que había llegado el momento de pegar el gran escenario patogénico. Salvo, claro, que se recurriera a algunas almas en
salto hacia un Olimpo que podría asegurarle otra clase de vida y darle, a pena. Eso es, exactamente, lo que hicieron Julio César Arana y Pablo Zu-
la vez, la riqueza y el poder que ansiaba. Se trataba, sin más, del caucho. maeta, cuando se embarcaron rumbo a Ceará, en el nordeste brasileño,
Se estableció en Yurimaguas, en la ribera izquierda del río Huallaga, en busca de mano de obra barata.
que desemboca en el Marañón, transformándose luego en el Amazonas. Aunque no existen registros de ese viaje, es de suponer que bajaron
La ciudad era francamente selvática, pues estaba lejos de la cordillera de por el Amazonas hasta el puerto de Pará, en alguno de los vapores flu-
los Andes. Pero tenía un clima benigno en comparación con otros pobla- viales de la época. Tampoco se sabe si reclutaron los trabajadores en ese
dos amazónicos. Era la capital del Alto Amazonas y había sido elevada a puerto, o si prosiguieron viaje hasta Fortaleza, capital de Ceará. Pero es
esa categoría por la Asamblea de Cajamarca, en 1883. Surgió cuando al- fácil imaginar los sueños de Julio César mientras navegaba por ese río
gunos pobladores de Tarapoto, Lamas y Moyobamba se establecieron ahí desmesurado, en el que por momentos se perdían de vista las orillas. Ha-
en busca de mejores horizontes. Era menos nociva que Iquitos, en mate- brá acaso recordado sus días como vendedor de sombreros de paja, mon-
ria de enfermedades tropicales, y gozaba de refrescantes lluvias que ha- tado en una mula y ascendiendo por la cordillera de los Andes; o la fres-
cían descender la temperatura a 25 grados centígrados, lo cual no excluía cura del clima de Rioja, los jazmines del cabo, y las mujeres descalzas
la existencia de, por ejemplo, el paludismo, ya que numerosos habitantes llevando cántaros sobre sus cabezas. Qué lejano le habrá parecido ese
de Iquitos convalecían allí. Yurimaguas tenía un empuje propio, favore- mundo. Qué pequeño. Ahora el Amazonas se extendía ante su vista, vir-
cido por la cercanía del caucho que exportaba a Europa, por la presen- gen, oportuno, accesible para un hombre que tuviera el carácter impres-
cia de firmas comerciales como la de Manuel Morey e Hijos ––legenda- cindible para saber explotarlo. La fortuna y el porvenir estaban en el cau-
ria familia amazónica, uno de cuyos integrantes, como veremos cho, sin que por eso abandonase su profesión de aviador q
oportunamente, llegó a ser conde de Tarapoto–– y por la inagotable cor- veremos–– una herramienta clave para fundar un imperio. Pero habría
nucopia que le prodigaba la naturaleza. Allí se daban especies silvestres que preguntarse qué iba a hacer a Ceará, junto con su cuñado, y a quié-
y cultivadas: paltas, naranjas y bananas, coles, lechuga y arvejas, por nom- nes intentaría reclutar para su primera plantación de caucho, o seringal.
brar algunas. Allí se estableció Julio César Arana, creando una nueva ofi- Esta región del nordeste brasileño formaba parte del sertão, un vas-
cina junto con su cuñado Pablo Zumaeta. to territorio árido, proclive a las más feroces sequías de Sudamérica, po-

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blado de arbustos espinosos, donde sólo podía criarse ganado. La falta bres, que poco importaba que no hablaran español sino portugués ––con
de lluvia durante períodos prolongadísimos no sólo provocaba el éxodo el fuerte acento del nordeste brasileño–– ya que su trabajo como recolec-
de sus habitantes hacia otros estados o países, sino también una apabu- tores de caucho ––tappers, para los ingleses–– era uno de los más maca-
llante cantidad de muertes. En un artículo publicado en la Gazeta de No- bros del planeta. Al cauchero, desde el vamos, se lo endeudaba, para po-
ticias, de Río de Janeiro, en agosto de 1878, cuando Brasil era aún un im- der controlarlo a perpetuidad. Los veinte cearenses, por ejemplo,
perio gobernado por los Braganza, el periodista José do Patrocino ––autor quedaron debiendo al señor Arana treinta libras esterlinas cada uno, en
de la nota–– fue enviado al nordeste brasileño para cubrir la pavorosa se- concepto del pago del pasaje en vapor hasta Yurimaguas. Las imprescin-
quía. “La tragedia que implica esta vergüenza nacional que podemos pre- dibles herramientas, armas y provisiones que necesitaban para trabajar,
senciar en Ceará se ha apoderado de toda la vasta superficie de esta pro- tampoco eran gratuitas, ni con Arana ni con ningún otro. Para internar-
vincia desafortunada. Expulsados de sus hogares por el látigo hecho por se en la selva precisaban un machete, un Winchester que los defendiera
la naturaleza con la ayuda de los rayos del sol, la suerte de los infortuna- de las fieras, alimentos, la calabaza para colocar el caucho, entre otras
dos se reduce a peregrinar por el país hasta encontrar alguna población minucias. Richard Collier, en The River that God forgot , describe cómo
en donde puedan seguir postergando su desaparición en una tumba”. fue la experiencia de estos cearenses en el Amazonas.
Se calcula que, en 1878, la mitad de la población de Ceará ––medio
millón de personas–– murió de hambre. Estas sequías, con consecuen- En el muelle de madera (en Yurimaguas ) donde amarraban canoas
y barcazas, los recolectores se dirigían al negocio de Arana, pintado
cias menos apocalípticas, se repetirían en 1915, 1919 y 1932. Sin embar-
de blanco, que se hallaba encaramado sobre pilotes en el río: se tra-
go, el sertão , a pesar de la tragedia, de su condición misérrima, ha inspi- taba de una modesta tienda, con un penetrante olor a pescado seco,
rado a compositores y poetas, como si se tratara de una región edénica café y parafina, además de una pequeña colección de machetes, ri-
a la cual aspira a regresar aquel que partió. Luar do sertão, que en por- fles y líneas de pesca. Aquí se entregaban las provisiones trimestra-
tugués significa “Plenilunio en el sertão”, es el mejor ejemplo de esa con- les ––alimentos, un Winchester, municiones, baldes y calabazas pa-
tradicción. Hasta Marlene Dietrich, cuando pasó por Río de Janeiro a fi- ra colocar el caucho–– que acaso costaban cuatro libras esterlinas.
nes de la década de 1950, la cantó ante una conmovida audiencia. Pero en los abultados libros de contabilidad de Arana, cada recolec-
tor aparecía endeudado en más de setenta libras esterlinas ––una deu-
Oh, que saudade do luar da minha terra, lá na serra, da que sólo podía cancelar vendiéndole a Arana el caucho que toda-
Branquejando folhas secas pelo chão! vía debía recolectar.
Pero Arana había estudiado este sistema que imperaba en las orillas
Este luar cá da cidade, tão escuro,
de los ríos y sabía que nada debía temer. Pocos hombres, en los tres
Não tem aquela saudade do luar lá do sertão.
meses subsiguientes, eran capaces de recolectar la cantidad necesa-
ria de caucho para saldar sus deudas ––y, para entonces, necesitaban
Não há, oh gente, oh não,
nuevamente provisiones. No tenían tiempo para cazar, pescar o sem-
Luar como esse do sertão. 1
brar, en las proximidades de sus miserables chozas hechas con hojas
de palmera. Con cada nuevo pedido de provisiones la deuda se ha-
Pero Ceará y el sertão no tenían nada de romántico cuando Julio Cé- cía más abultada. En pocas ocasiones un recolector pagaba lo que
sar Arana, en 1890, se dirigía hacia allí. La sequía había hecho estragos debía; pocos, también, veían dinero en efectivo durante sus misérri-
y eran varios los trabajadores cearenses dispuestos a trasladarse a otras mas existencias.
latitudes con tal de huir del sol, del polvo, del hambre. El Amazonas fue
una de las preferidas. Pero esa huida desesperada encerraba una solu- Se trataba de vidas sin salida, de un trabajo que en vez de ennoble-
ción aún peor, que era caer en una suerte de esclavitud ejercida por los cer, denigraba. En otros lugares de Sudamérica las condiciones de traba-
dueños de las plantaciones de caucho. Julio César reclutó veinte hom- jo eran rigurosas. Pensemos, por un momento, en la actividad de un mi-

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nero en alguna de las minas del rey del estaño, Simón Patiño, al sur de podían recurrir los cerearenses? No tenían ni un sol para contratar a un
Oruro, en Bolivia: los socavones, las enfermedades ocasionadas por el abogado; aún más, ni siquiera les interesaba. Terminarían sus días en esa
plomo, las desmesuradas alturas, el frío atroz. Pero no eran comparables selva maldita pagando un tributo que nunca llegaría a saldar la deuda, con
a la selva amazónica, inmensamente peor. Es curioso, sin embargo, que el calor, la humedad y el alcohol como telón de fondo.
Julio César Arana y Simón Patiño, contemporáneos, que desarrollaron Este imprevisto cambio de rumbo que tomó Julio César Arana fue
sus cuantiosas fortunas en la misma época, es decir, a comienzos del si- apenas el preludio de la sangrienta ópera que desarrollaría pocos años
glo XX, hayan tenido vidas ––y muertes–– diametralmente opuestas. No después. Las cuentas de Yurimaguas no le cerraban y fue por eso que se
es aquí el espacio para analizarlas, pero baste señalar que los comienzos deshizo de sus plantaciones. El alto costo que había implicado la impor-
de ambos fueron asombrosamente parecidos: Patiño se instaló a 4.400 tación y el mantenimiento de los recolectores ––que incluía la presencia
metros de altura, en la mina La Salvadora, en los Andes bolivianos. Has- de hombres armados en las plantaciones para evitar posibles fugas–– de-
ta allí llegó su esposa Albina, desde Oruro, después de haber vendido sus jaba pocos márgenes de ganancia. Se había endeudado con los comer-
alhajas en cuatro mil dólares, para acompañar a su marido ––que sufría cios mayoristas de Manaos que le suministraban las provisiones. Para col-
de una aterradora soledad–– y organizar domésticamente el campamen- mo, en el período de lluvias, durante el verano austral, se producían
to. Arana recorrió como aviador los ríos Acre y Yaraví ––por nombrar al- cambios climáticos y orográficos que impedían que el látex coagulara. Es-
gunos–– también soñando en construir un imperio. Ambos hombres co- ta ristra de problemas lo forzó a cambiar de escenario económico. Prefi-
nocieron el negocio por dentro. Pero hasta ahí las similitudes. El trabajo rió seguir endeudando a los caucheros y cobrando en materia prima y no
en la mina Llallagua, de Patiño, no estaba exento de rigor, pero al mine- en dinero peruano. En los años subsiguientes, suponemos que siguió na-
ro no se lo maltrataba, ni se lo endeudaba. Arana, con los veinte cerea- vegando los ríos, colocando sus productos.
renses que recolectaban caucho, no fue necesariamente cruel, como su- Es sorprendente lo poco que se sabe de este hombre que fundaría un
cedería luego cuando la mano de obra pasó a ser indígena en el río imperio en el Putumayo. Los únicos datos de este período de su vida los
Putumayo. Pero comenzó a revelar su falta de escrúpulos, su desvalori- suministra Richard Collier. De no haber sido por él, nada conoceríamos
zación de la vida humana. acerca de los comienzos de Arana. En Perú, en la actualidad, son conta-
El recolector de caucho ––en este caso, los brasileños que contrató Ju- das las personas que saben de su existencia. Nombrar a Julio César Ara-
lio César–– acaso no aspiraba a otra vida. En el sertão las posibilidades na es poco menos que preguntar acerca de una lejana nebulosa perdida
eran nimias; en la selva, había caucho, pero de nada le servía. Después de en el cosmos. Nadie lo conoce, salvo los estudiosos del Amazonas y de
agotadoras jornadas cortando árboles y recolectando látex en un clima la economía del caucho. Cabe preguntarse a qué se debe ese desconoci-
despiadado, caía en memorables borracheras, en peleas violentas, porque miento. Nos inclinamos a creer que fue borrado de la memoria de un pue-
no ignoraba que vivía en un infierno del cual nunca podría salir. Arana blo, ya que Arana nada tuvo de santo, ni de postal escolar. La vida de San
no era ajeno a esto, ni a los peligros que corría ––de hecho, sucedieron–– Martín, o de Bolívar ––idealizada, claro–– figura en todos los libros de
cuando los recolectores se volvían peligrosamente agresivos al negarles el texto y se conocen detalles de sus trayectorias. De este rey del caucho,
crédito; por otra parte, el negocio de explotar estradas no le daba la ren- que llegó a ser el hombre más rico del Perú, nada se sabe, y ––peor aún––
tabilidad que hubiera deseado. Quizá le resultaba más conveniente el sis- no se quiere saber. Posiblemente, porque se convirtió en una oscura man-
tema de aviamiento, es decir, ser proveedor de elementos clave para los cha en la historia peruana. Lo paradójico es que ni siquiera se lo conoce
caucheros y cobrar en caucho, vendido superlativamente, con posteriori- por haber sido un asesino.
dad, en el mercado. Un día, de improviso, enajenó su modesta plantación
de caucho, incluyendo a los brasileños, que por las leyes de facto que im-
peraban eran transferidos al comprador. Éste adquiría la estrada , junto Referirse al caucho en términos generales es caer en una simplifica-
con los recolectores, por el mero hecho de estar endeudados. ¿A qué juez ción que conviene evitar. En realidad, hay diversas clases de “caucho”,

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del mismo modo que existen una variedad de árboles y métodos para ex- Brasiliensis , denominado seringueiro, tenía costumbres sedentarias a pe-
traerlo. En La economía del caucho, Guido Pennano Allison explica sar de su vida miserable. Recorría la estrada donde se encontraban nu-
estas diferencias: merosos ejemplares de esta clase de árbol, los sangraba con cuidado y,
no muy lejos de allí, construía su choza en la cual vivía, solo o acompa-
Casi todos los análisis hechos sobre el caucho en el Perú y en Boli- ñado por algún familiar. Resulta paradójico que pueda considerarse es-
via cometen el mismo error; aún las publicaciones oficiales no son table una existencia en la que todo era adversidad: las enfermedades tro-
muy claras al respecto. La palabra caucho es usada en forma tal que picales producidas por insectos, una alimentación paupérrima que
engloba a todos los distintos tipos de gomas existentes. En cambio, producía otras patologías, y la eterna deuda con el aviador que le sumi-
caucho es el nombre aceptado internacionalmente para la resina uti-
nistraba provisiones y armas. Este habitante de la selva poblaba el Ama-
lizada específicamente por el árbol Castilloa Ulei. 2
zonas brasileño. El cauchero peruano, en cambio, extraía el látex del Cas-
El árbol Castilloa Ulei es, por ejemplo, bastante distinto al Hevea
tilloa , lo cual implicaba talarlo. Vale la pena señalar que, a fines del siglo
Brasiliensis. No sólo hay diferencias en la fibrosidad de la corteza, lo
XIX, no existía la menor conciencia conservacionista y que todos los es-
que hace que el Castilloa segregue el látex fácilmente, sino que las
celdas que contienen al látex son como tubos verticales; de esta for- fuerzos realizados en ese sentido por el gobierno de Lima fueron abso-
ma, al cortarse la corteza, el látex fluye como si fuera por un caño lutamente estériles. ¿Quién se atrevería a adentrarse en ese infierno pa-
abierto. Normalmente, demora entre cuatro meses a un año en pro- ra verificar cuántos árboles se derribaban? ¿Qué autoridad se internaría
medio para que las celdas se recarguen completamente con la resi- en esa jungla impenetrable para exigir que se plantaran nuevas especies?
na del caucho. No hay razón pues para sangrar o resinar estos ár- Por otra parte, los rindes eran asombrosamente distintos. Un Hevea Bra-
boles más allá de dos o tres veces al año. El Hevea, en cambio siliensis, prolijamente sangrado, es decir, con las incisiones correctas, po-
(que abundaba en el Brasil), segrega su látex muy lentamente y día suministrar tres kilos al año de caucho seco; un árbol de Castilloa,
se cosecha en forma casi continua durante toda la estación de ex- que podía alcanzar los treinta metros de altura, rendía noventa kilos de
tracción. caucho en apenas dos días. Hacia 1890, el Castilloa se había extinguido
en la región del río Putumayo.
Pero ahí no terminan las diferencias. A la cabeza, en cuanto a cali- El caucho ––así lo denominaremos para evitar farragosas categorías
dad, se ubica el jebe fino, que proviene del Hevea Brasiliensis (algunas y subcategorías–– fue utilizado en América antes de la conquista espa-
versiones sostienen que esa denominación deriva de las siglas G.B., o sea ñola: los indígenas en Española, en México y otras regiones lo usaban,
Gran Bretaña, y que en español se pronuncia, precisamente, jebe ); lue- una vez coagulado con calor y humo, para fabricar zapatos, pelotas pa-
go, sigue eljebe débil, los distintos tipos de sernamby (a esta clase perte- ra jugar, o para impermeabilizar algunos objetos o parte de la vestimen-
necía parte de la producción de Julio César Arana), los rabos del Putu- ta. Los conquistadores deben de haber quedado boquiabiertos ante este
mayo, entre los principales. Tampoco el modo de extraer el látex era producto americano ––como el chocolate, el maíz, la papa, el tomate o
uniforme. El más conocido, acaso, es el de hacer incisiones diagonales la palta–– con propiedades tan insólitas. El caucho, durante siglos, más
en la corteza del árbol para que fluya el látex, terminando en un recipien- que una necesidad fue una curiosidad. Los recién llegados al Nuevo
te. En otras plantaciones se colgaban de la corteza pequeños envases Mundo observaron que los indígenas armaban una pelota que rebotaba
donde goteaba la goma. Y, el más depredador de todos los sistemas, era como si estuviera poseída váyase a saber por cuál demonio. Pedro d’Ang-
cortar el árbol, método utilizado por el cauchero peruano que hubiera hiera fue el primero en escribir, en 1530, acerca de estas bolas de cau-
espantado a más de un ambientalista. cho, con las que los aborígenes practicaban un juego denominado batey,
Las diferencias, también, se hacían extensivas a los propios recolec- que Cristóbal Colón había visto jugar en algún impreciso lugar de la ac-
tores de caucho, ya que había diversas categorías, o, al menos, distintas tual Haití; a medida que transcurrían los años, otros cronistas hicieron
actitudes existenciales. El recolector del látex proveniente de la Hevea referencia a este inusual producto. Los españoles también lo utilizaron

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con fines prácticos, más que deportivos. El gran problema que plantea- canización . Se trataba de calentar una solución de caucho, plomo y sul-
ba el caucho, en aquellos siglos, era que perdía consistencia con el calor furo, estabilizando (o vulcanizando) el caucho para que retuviera su elas-
y se resquebrajaba con el frío, además de tener un olor penetrante y de- ticidad, consistencia y utilidad. Este inventor, a pesar de haber obtenido
sagradable. en 1844 una patente de “caucho vulcanizado”, vivió y murió práctica-
En 1770, mientras en París los habitantes no salían de su asombro al mente en la miseria.
enterarse de que Isabela Godin había sobrevivido, sola, en el Amazonas, Como la propulsión a vapor, que permitía recorrer distancias en tre-
un químico británico, sin saberlo, bautizaba a una materia prima que pro- nes, sin que la lluvia tuviera la mínima importancia ya que los vagones
venía de esa selva que le había perdonado la vida a una notable mujer. se deslizaban sobre rieles, el caucho vulcanizado transformó no sólo la
En efecto, Joseph Priestley logró eliminar las marcas de lápiz en el papel industria, sino también la vida cotidiana. Ya que de trenes se habla, fue-
utilizando un pequeño trozo de caucho sólido. Había nacido la goma de ron innumerables los usos que la industria ferroviaria dio a este material,
borrar y, a la vez, un nuevo término, rubber , que en inglés significa tan- desde los paragolpes o elementos que integraban el motor, hasta los in-
to caucho como goma de borrar. teriores de los vagones. Antes de esta mágica aparición, la información a
A partir del siglo XIX, el caucho dejó de ser un exotismo tropical y través del cable podía interrumpirse dada la precariedad de los materia-
fueron varios los emprendedores que intentaron darle más utilidad y, so- les que lo componían; revestidos de caucho, en cambio, podían atrave-
bre todo, rentabilidad. El olfato de algunos hombres dotados de iniciati- sar océanos y planicies. Qué confortable resultaba recorrer la campiña
va les permitió vislumbrar que ese material tosco y aún sin desarrollar inglesa en carruajes tirados por caballos cuando las ruedas estaban recu-
podía encerrar las posibilidades más insospechadas. Thomas Hancock, biertas por una capa de caucho. El furor por este producto amazónico
en 1819, al diseñar un sistema que permitía la fabricación de planchas de alcanzó todos los niveles. Se descubrió que era un maravilloso aislante
caucho, abrió la puerta de una industria que alcanzaría niveles gigantes- de la electricidad, con lo cual se evitaban los accidentes; a partir de las
cos, pero que, en ese momento, no tuvo demasiado impacto dentro de la botas de goma, cazadores, leñadores y peones rurales ya no tendrían que
revolución industrial británica; fue a partir de su asociación con un quí- mojarse los pies; los fanáticos del fútbol, del golf, del tenis, contaban con
mico brillante e imaginativo, padre de lo que, en la actualidad, se deno- prodigiosas pelotas que cambiaron drásticamente el deporte; las muje-
mina impermeable, o raincoat, que empezó la verdadera industria. Ese res, en particular las que trabajaban en oficinas, se lanzaron a usar pren-
hombre fue un escocés, Charles Macintosh, que un día descubrió cómo das interiores de goma. Y ––a pesar de la desaprobación eclesiástica–– se
disolver el caucho a través de un ingenioso recurso químico. Unió dos podía hasta limitar el número de embarazos con la aparición de un nue-
trozos de tela con esta solución y comprobó que, una vez seco el tejido, vo y revolucionario adminículo: el preservativo.
el agua no podía penetrarlo. Había nacido el primer género a prueba de Pero estos fueron los comienzos. El boom del caucho llegaría a prin-
agua. Se asoció entonces con Thomas Hancock, y creó diversas telas im- cipios del siglo XX con la fabricación de automóviles, donde no sólo los
permeables. Aquellas prendas imprescindibles para los días de lluvia se neumáticos estaban hechos con esta materia, sino también piezas clave
llamaron en inglés, a partir de entonces, “mackintosh”, término origina- del motor y de la carrocería. En el remoto Amazonas, las exportaciones
do en el apellido del escocés al que se le agregó una “K”. Los sastres de de caucho crecían vertiginosamente. En 1825, Brasil exportó (incluyen-
Londres le hicieron la guerra: nada querían saber de ese nuevo produc- do la producción peruana y boliviana que se exportaba por los puertos
to. Macintosh trasladó su fábrica a Manchester, en 1840. La misma aún brasileños) 91 toneladas de caucho. En 1860, exportaba 2.670 toneladas.
existe y pertenece a la Dunlop Rubber Company. Un descubrimiento ––que, felizmente para los amazónicos, era de cau-
Pero la verdadera revolución, la que abriría de una vez por todas las cho–– lanzó una moda imparable que se esparció por el mundo: John
puertas a esta materia prima proveniente de las infinitas selvas tropica- Boyd Dunlop, un veterinario escocés, ideó una llanta neumática para la
les, llegó en 1839, cuando un norteamericano, Charles Goodyear (aún bicicleta de su nieto. Hasta entonces, las ruedas de bicicleta eran de cau-
lleva su nombre una marca de neumáticos) descubrió el proceso de vul- cho rígido. En los Estados Unidos, fue tal el furor por la bicicleta, que

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hubo que construir sendas para que transitaran. Qué sublime indepen- duró hasta 1896, época en la que se liquidaron los negocios y se disolvió
dencia, ejercicio y practicidad otorgaba este nuevo vehículo. la firma de Vega & Arana. Yo continué conduciendo los negocios en el
Qué oportuno, también, para los caucheros peruanos. Yavarí y en Iquitos en mi propio nombre”.
Lo de “conducir los negocios” fue un giro elegante para definir una
de las etapas más duras, peligrosas y sacrificadas de su vida. Durante tres
Hay un período en la vida de Julio César Arana sobre el que sólo po- años, recorrió como aviador el río Yavarí, remoto y aún más perdido en
demos hacer suposiciones: enormes privaciones, riesgos superlativos en el Amazonas. A Eleonora y a sus hijas las veía, en Yurimaguas, durante
materia de enfermedades tropicales, trato con hombres despreciables. un período de cuatro meses al año. Los ocho restantes recorría ese infa-
También la prolongadísima ausencia de su hogar, en Yurimaguas. Duran- me río plagado, en sentido literal, de las enfermedades más abominables.
te tres años, vio poco o nada a Eleonora, a su hija Alicia y a otro vásta- Vendía, como en el pasado, provisiones y cobraba exclusivamente en es-
go que había llegado, Angélica. Ese extrañamiento fue la consecuencia pecie, es decir, en caucho. Debido al sobreprecio de sus mercaderías, que
de una profunda convicción. Durante la última década del siglo XIX, in- solía llegar al cincuenta por ciento de su valor real y a la inveterada ten-
gresar al negocio del caucho en gran escala se le convirtió en una aspi- dencia de los caucheros a endeudarse, sus ganancias se multiplicaron
ración poco menos que quimérica. ¿Cómo competir con el primer barón geométricamente. Más allá de las verdaderas necesidades de los propie-
del caucho, el peruano Carlos Fermín Fitzcarrald? El director cinemato- tarios de plantaciones, también es cierto que se había iniciado la bonan-
gráfico alemán Werner Herzog ––quien ya había retratado a Lope de za del caucho: los precios trepaban día a día en los mercados internacio-
Aguirre en Aguirre, la ira de Dios–– trazó su vida en Fitzcarraldo , una ex- nales. Cuando Arana llegaba cargado de alimentos enlatados, fusiles,
travaganza que poco o nada tuvo que ver con su verdadera existencia. municiones y cuanto objeto fuera necesario en esa selva, el bolsillo de los
Fitzcarrald fue despiadado con el indio ––sin llegar a los atroces extre- caucheros siempre estaba abierto para las compras más desaforadas.
mos que alcanzaría Arana–– y se asoció con el cauchero multimillonario Pero sobrevivir en el Yavarí no era lo mismo que hacer buenos nego-
boliviano Nicolás Suárez. Para comprender la dimensión de la fortuna cios. No era el río Huallaga, relativamente libre de plagas, donde se eri-
de este último, basta decir que capitales ingleses le ofrecieron, en 1912, gía Yurimaguas, ni tampoco el vasto Amazonas, sino un curso de agua
doce millones de libras esterlinas por sus plantaciones en la selva boli- encajonado por la selva ––al igual que el Putumayo–– que, en la actuali-
viana. Para Julio César, estos y otros caucheros ––los Morey, los Hernán- dad, marca el límite entre Perú y Brasil. Julio César pudo haber contraí-
dez–– estaban fuera de su radio de alcance. do malaria, fiebre amarilla, disentería o ––como finalmente sucedió–– una
En 1889, Julio César se mudó a Iquitos, dejando a su familia en Yu- enfermedad endémica de la zona. Su salud se deterioró progresivamen-
rimaguas. Ese puerto era el epicentro del caucho: allí estaban las gran- te y, mientras navegaba en algún precario vapor vendiendo sus produc-
des casas comerciales, los bancos, las empresas navieras, las oportunida- tos, su estado físico podía considerarse pavoroso: sus brazos habían en-
des de hacer negocios. Vale la pena preguntarse por qué no trasladó a flaquecido en forma desmesurada; apenas sentía sus muslos, así los
Eleonora y a su hija Alicia a esa ciudad. La explicación más plausible es apretara con fuerza; el vientre se le había hinchado hasta el punto de la
que debía conquistar la plaza antes de llevar a cabo mudanzas precipita- deformación y la excesiva transpiración, lo mantenía empapado. Una no-
das. En su exposición ante el Comité Selecto de la Cámara de los Comu- che, los pasajeros del vapor creyeron que el joven Arana no estaría vivo
nes, en Londres, Arana dio detalles de sus primeros pasos comerciales. al amanecer. No era el paludismo, ni la fiebre amarilla lo que le había
“En el año 1890 (es decir, al siguiente de haberse instalado en Iquitos) atacado, sino otra enfermedad producida por la pésima alimentación: la
entré en sociedad con Juan B. Vega, bajo la razón o firma de Vega & Ara- fiebre del Yavarí , conocida en otras latitudes como beri beri. La palabra
na, y continué en esta sociedad hasta el año 1892, época en la cual nos proviene del cingalés beri que significa debilidad.
unimos con Mourraille, Hernández, Magne & Co (firma francesa), para Esta enfermedad de difícil diagnóstico, causada por la falta de vita-
hacer negocios en el río Yavarí, con una oficina en Nazareth, cuya unión mina B1, fue el producto de meses de comer comida enlatada, sin frutas,

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verduras, carnes ni lácteos. Julio César Arana decidió beber agua filtra- nora quizás aceptó que nada cambiaría, que estaría condenada a estar
da, jugo de limón y otros remedios caseros. Pero su salud empeoraba día separada de su marido durante gran parte del año, y que algún día este
a día y, si sobrevivió, fue posiblemente por su contextura física de increí- moriría en la selva, víctima de un accidente o de una enfermedad. El fu-
ble fortaleza. Debió regresar a Yurimaguas para curarse y restablecerse. turo, sin embargo, sería peor. Insospechadamente más abyecto. Porque
El destino ––o la suerte–– quiso que el barco se encontrara a sólo un día pocos años después no lucharía contra la vocación cauchera de su mari-
de navegación de esta ciudad. Al llegar, debió ser trasladado en una ha- do, sino contra el mundo entero que lo señalaría como uno de los peo-
maca hasta su casa, ya no le quedaban fuerzas para caminar. res genocidas de comienzos del siglo XX.
Imaginemos la perplejidad, el dolor, la preocupación de Eleonora an- El beri beri le dejó a Julio César secuelas que no fueron necesaria-
te la visión de su marido que, a los treinta años de edad, parecía ingresar mente físicas. Según quienes lo conocieron en aquellos años, nunca vol-
al umbral de la muerte. Esa selva ominosa y despiadada lo había maltra- vió a ser el mismo: se transformó en un ser hermético, desdeñoso hacia
tado hasta el punto de la extinción. Su desmesurada ambición, el ansia los demás y, hasta cierto punto, amargado. Quizá, su inveterado senti-
de poder, que eran la causa directa de las largas ausencias de Julio César, miento de omnipotencia se había erosionado y, durante los seis meses de
acaso habían empañado otros aspectos de ese vínculo. Cuántas veces esa convalecencia, habrá reflexionado sobre lo efímero de la existencia que
mujer sola y con dos hijas, viviendo en Yurimaguas, donde ni siquiera ha- ––al igual que un castillo de naipes–– podía derrumbarse en un instante.
bía un médico (el más cercano estaba en Iquitos, más de trescientos ki- Sin duda padeció, también, una curiosa dualidad: su odio por la selva y
lómetros de distancia río arriba) se habrá preguntado si su matrimonio la fascinación por lo que podía brindarle. Otro hombre habría cerrado
no terminaría despedazándose. La selva, el caucho, la ambición, le ha- definitivamente el libro de ríos y serpientes, humedades y fiebres, y se hu-
bían arrebatado a su marido. Durante tres años estuvo sola durante ocho biera abocado a encarar una profesión menos arriesgada. Pero no Julio
meses al año. Posiblemente, no era la soledad lo que más temía: había César Arana del Águila Hidalgo. Comprendió, en cambio, que su familia
cruzado los Andes a caballo y vivido en Lima lejos de su familia. Lo des- no podía permanecer en Yurimaguas; que su matrimonio podía correr el
garrador era tener que aceptar cómo Julio César, aquel joven enamorado riesgo de derrumbarse; que a Eleonora se le acababa la paciencia y que
que le componía versos en Rioja, prefería una carrera plagada de peligros sus hijas Alicia y Angélica merecían otros escenario y educación. Así que
y privaciones, a una apacible vida de familia. Ese conflicto debe de haber en 1896 embalaron muebles, cuadros y objetos; colocaron en baúles y
estallado más de una vez y, tal vez, él creyó que su mujer no lo apoyaba, sombrereras un vestuario acaso modesto, y partieron a Iquitos para no
que no lo comprendía, que no valoraba sus esfuerzos. regresar jamás.
Pero ahora, atacado por el beri beri, sólo Eleonora podía salvarlo. Ig- Esta ciudad, dentro de la inmensidad ––y, a la vez, de la pequeñez cul-
noramos cómo lo hizo, aunque con seguridad recurrió a ancestrales bre- tural–– amazónica, se había abierto desde hacía varios años como una
bajes amazónicos preparados con sofisticadas combinaciones de hierbas. flor exótica, permitiendo el florecimiento de casas comerciales, empresas
No fue ni fácil, ni rápido. Durante seis meses Julio César convaleció en navieras y bancos que giraban enloquecidamente alrededor del caucho.
Yurimaguas, recuperando con angustiosa lentitud la locomoción. Eleo- En 1896 Iquitos carecía del esplendor artificial de Manaos, sobre el
nora le rogó, le suplicó, que dejara el caucho. Pero ¿cómo iba él a renun- Río Negro, que desembocaba en el Amazonas brasileño. Manaos tenía
ciar a los sueños de grandeza que había tenido desde su adolescencia, un edificio consagrado a la ópera que había costado fortunas, aventure-
cuando acompañaba a su padre a vender sombreros a Cajamarca y a ros que habían ganado millones de la noche a la mañana, fiestas que im-
Chachapoyas? ¿cómo olvidar los dos años en esta ciudad, aprendiendo plicaban miles de libras esterlinas, yates para pasear con francesas que
el arte de los números en una oficina? ¿cómo desdeñar lo que la natura- habían ido a hacer su América, y botellas de champán Dom Pérignon que
leza, en esas durísimas latitudes, le ofrecía en abundancia, una suerte de se descorchaban cada noche por decenas. Iquitos, en cambio, seguía sien-
oro negro que cada día valía más? Esa ambición inmodificable, esa vo- do una ciudad provinciana. No tenía ––como Manaos–– iluminación ni
luntad imposible de quebrar, agudizó los conflictos matrimoniales y Eleo- tranvías eléctricos en sus calles que ni siquiera se habían asfaltado. Pero

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el caucho peruano salía hacia prósperos mercados por ese puerto, mo- considerable. Nos imaginamos, en todo caso, a un hombre hiperquinéti-
dernizado por la compañía naviera británica Booth, que había erigido un co en materia de negocios, suministrando a los caucheros las habituales
muelle flotante, ya que el río ostentaba una diferencia de quince metros provisiones, importando bienes de consumo para su clientela, realizando
entre la estación seca y la de lluvias. complejas operaciones comerciales con los bancos.
Julio César Arana decidió vivir allí, en parte para salvar su matrimo- No le habrá resultado fácil imponerse comercialmente en Iquitos, ni
nio, pero, fundamentalmente, para expandir sus negocios. Adquirió una competir con los poderosos. Si bien esta población era nueva ––sobre to-
casa de dos pisos y diez habitaciones, en la calle Próspero en la intersec- do comparada con Lima, con siglos de historia y de refinamiento–– al-
ción con Omagua (en la actualidad, San Martín), la que aún existe. No bergaba familias tradicionales y extranjeros que dominaban el negocio
es de las más grandes, ni de las más lujosas: cinco ventanas sobre una de del caucho. Pensemos en el inmenso prestigio, por ejemplo, de Luis Fe-
las calles, dos sobre la otra. Actualmente la planta baja está ocupada por lipe Morey que, a pesar de haber nacido en Tarapoto, fundó en Iquitos,
locales comerciales. La austeridad ––al menos exterior–– fue una de sus en 1892, la firma Morey & del Águila, no sólo dedicada al caucho, sino
características, lo cual no significaba que no viviera bien ni gastara. Pe- también a la navegación fluvial, único medio de transporte en aquellos
ro evitaba toda ostentación, a diferencia de los barones brasileños del años. O al francés Charles Mourraille (quien tuvo una breve asociación
caucho aposentados en Manaos. La casa de Julio César y Eleonora Ara- comercial con Julio César), propietario de la casa más espléndida de Iqui-
na estaba poblada por parientes: hijas, hermanos, cuñados, amigos. Du- tos, de estilo francés. Residente desde hacía años en esta ciudad, había
rante las comidas jamás se hablaba de negocios. Pero en el dintel de la incursionado por la región en 1877 y su reputación era enorme. En el
puerta de entrada, se leía ––como si se tratara de un escudo real donde apogeo de su prosperidad y riqueza, vendió uno de sus vapores a los to-
dijese, por ejemplo, Dieu et mon droit –– “Actividad, Perseverancia, Tra- dopoderosos barones del caucho Carlos Fermín Fitzcarrald y Nicolás
bajo”. Suárez, disolvió sus sociedades comerciales y nunca más se supo de él.
Qué difícil le habrá resultado a Julio César competir con firmas extran-
jeras, como la alemana Wesche & Co., o con Marius & Lévy, dos judíos
No existe una bibliografía abundante sobre esa etapa en la vida de Ju- ashkenazis que desembarcaron en el Amazonas y obtuvieron enormes
lio César Arana. Algunos autores se contradicen, lo cual implica que una ganancias. Esta suerte de Babel selvática que era Iquitos, estaba com-
aproximación a la verdad es meramente subjetiva. Sin embargo, sí exis- puesta por un asombroso espectro de nacionalidades y religiones y nin-
ten hechos que están íntimamente ligados a su personalidad y que nin- guno fue discriminado por este motivo, a diferencia de lo que sucedió en
gún autor refuta: su innata habilidad para hacer negocios, su fenomenal el Brasil.
capacidad de trabajo, su rapidez para asociarse con personas económi- Fernando Sánchez Granero y Frederica Barclay, en La frontera do-
Santos en bibliog.
camente importantes y su falta de escrúpulos para quedarse con activos mesticada, Historia económica y social de Loreto, trazan un riguroso per-
(chequear)
ajenos. Arana, además de su talento natural, tenía rasgos europeos, lo que fil de aquella sociedad finisecular que apoyó su economía en una mate-
en ciertas latitudes sudamericanas era una gran ventaja, precisamente por ria prima, sin tomar en cuenta que era perecedera. Según ambos autores,
el fuerte prejuicio ––por no decir desprecio–– contra el indio; estaba ca- Iquitos estaba dividido en cuatro categorías de comerciantes que coexis-
sado con una mujer encantadora, bella y culta, capaz de deslumbrar con tían sin críticas ni discriminaciones, algo que, por cierto, no hubiera su-
su conversación a las matronas de las viejas familias amazónicas; y su ca- cedido en Lima. Pero el Departamento de Loreto, que albergaba al in-
lidad de acopiador de grandes cantidades de caucho, producto de su con- menso Amazonas peruano, tenía su propia cultura, además de ser una
dición de aviador, si bien no lo ponía en un pie de igualdad con otros cau- sociedad nueva en comparación con la limeña. Allí no hubo virreyes, ni
cheros, al menos hacía que fuese respetado y tenido en cuenta. Las plazas de toros, ni palacios coloniales: sólo la selva y un puerto activo
grandes empresas extranjeras en Iquitos le extendieron una línea de cré- cuyas exportaciones de caucho crecían vertiginosamente año tras año. El
dito de cuarenta mil libras esterlinas que, para esa época, era una suma primer grupo estaba compuesto por peruanos descendientes de españo-

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les, que poblaban los aledaños del río Huallaga: Moyabamba, Yurima- si es rigurosamente exacta. En todo caso, el verdadero surgimiento se
guas, Tarapoto y hasta Rioja. Prosperaron básicamente gracias a la ven- produjo en 1864, cuando llegaron al precario puerto los vapores Pasta-
ta de sombreros de paja y, con posterioridad, se instalaron en el Amazo- za, el Morona, el bergantín de bandera británica Próspero (la calle prin-
nas dedicándose a la explotación del caucho y a la industria naviera. No cipal de Iquitos lleva ese nombre en su homenaje) y la goleta Arica. Sus
eran, precisamente, pequeños comerciantes, ya que de algún modo ––al bodegas estaban colmadas de provisiones, maquinarias y objetos impres-
menos en su imaginación–– se sentían los descendientes de Pizarro y de cindibles para una ciudad que quería despegar económicamente. No fue
Almagro. A esta categoría pertenecían Julio César Arana y Eleonora, lo casual que la llegada de los navíos iniciara una nueva era. La navegación
cual contribuyó a que las puertas de Iquitos se les abrieran sin reservas. a vapor revolucionó no sólo el tiempo que duraban los viajes, acortán-
El segundo grupo, estaba formado por portugueses y brasileños, que lle- dolos significativamente, sino que impulsó en forma desaforada el comer-
garon a esas latitudes antes delboomdel caucho, simplemente para apro- cio. No dependía de los vientos ni de las corrientes. Ya no había rincón
vechar el auge de los sombreros de paja llamadospanamá . El tercero es- de la selva donde no llegara aunque más no fuera un pequeño vapor car-
taba integrado por comerciantes europeos, con preponderancia de judíos gado de mercancías. Imaginemos, por un instante, lo que demandaba un
centroeuropeos ––tal el caso de la empresa Kahn & Cia–– y, por último, viaje en un barco a vela desde Pará, en la desembocadura del río Ama-
el grupo compuesto por judíos sefaradíes, provenientes de Marruecos y zonas en el océano Atlántico, hasta Iquitos. Eran más de mil kilómetros
el Mediterráneo. a contracorriente. Cuando el viento estaba de proa, es decir que prove-
Brasil, a diferencia del Perú, optó por discriminar a los judíos, lo cual nía del oeste, era poco lo que podía avanzar un velero, salvo “hacer bor-
carece de explicación. Muchos de ellos se convirtieron en regatones, tra- des”, es decir, enfilar la nave en un ángulo de cuarenta y cinco grados en
bajo que consistía en navegar modestamente por los ríos brasileños ama- relación con el viento, e ir de costa a costa, lo cual no era del todo efi-
zónicos vendiendo mercaderías a cambio de caucho. Eran una suerte de caz, ya que la corriente lo empujaba en sentido contrario. Sin la caldera
aviadores, pero en pequeña escala. Esto, de algún modo, les permitió do- a vapor, posiblemente no se hubiera producido ––al menos, en esa mag-
minar el mercado de esta materia prima, facultad que debe de haber mo- nitud–– la era del caucho.
lestado a las autoridades. Se les aplicó un impuesto indiscriminado de Iquitos fue el trampolín que necesitaba Julio César Arana, no sólo por-
quinientos dólares norteamericanos a cada uno de ellos, medida que re- que socialmente estaba en un pie de igualdad con los descendientes de
sultó en una inmediata diáspora. La gran mayoría emigró al Perú, que no los españoles, sino porque era una ciudad abierta a cualquiera que qui-
aplicaba impuestos discriminatorios. Sin embargo, las autoridades brasi- siera progresar. Esta característica urbana, como ya hemos visto, la dife-
leñas no resolvieron el problema, porque otros tomaron el lugar de quie- renciaba de Lima, una sociedad cerrada que se apoyaba en siglos de his-
nes partieron. toria. Allí reinaban familias poderosas como los Pardo, los Díez Canseco
El matrimonio Arana, como era de esperar, se relacionó con la me- o los Larco, que abrían las puertas de sus palacios coloniales, o los re-
jor sociedad iquiteña. La única fotografía de Julio César Arana joven, que cientes que hacían furor, de estilo República ––la casa de los banqueros
ya mencionamos, muestra a un hombre esencialmente elegante, impeca- Wiesse es el mejor ejemplo. Pero Iquitos no se iba a quedar atrás. Con-
blemente vestido. El escenario en el cual se insertó el joven hombre de viene recalcar que Lima, para los amazónicos, era tan remota como una
negocios tenía su historia y sus costumbres. Más que de una historia pro- ciudad asiática. El viaje hasta la capital peruana demandaba alrededor de
piamente dicha, podía hablarse de una petite histoire, ya que la ciudad cuarenta días. Este hecho creó costumbres y estilos diferentes. Imagine-
era esencialmente nueva. Según algunas versiones, fue fundada en 1840 mos someramente el itinerario a fines del siglo XIX, donde ya se habían
por Lizardo Zevallos, quien debió abandonar precipitadamente San producido algunos cambios beneficiosos en materia de transporte. Des-
Francisco de Borja a raíz de una invasión de indios huambisa. La ciudad de Iquitos había que viajar en lancha hasta Yurimaguas, trayecto que im-
se fundó con la participación de un grupo étnico aborigen denominado plicaba remontar el río Marañón y el Huallaga; luego, ir a pie por cami-
iquitos y, de ahí, su nombre. Pero es una mera versión que no sabemos nos de herradura hasta Moyobamba, a través de Balsapuerto con la ayuda

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de los indios balsachos; después, proseguir a lomo de mula hasta Chile- razón de un tipo de palmera, se importaban de Europa papas, vinos,
te, pasando previamente por Rioja, Chachapoyas, Celendía y Cajamarca, champán, cerveza, agua de Vichy, té, azúcar, platos, copas, cubiertos,
ubicadas en las alturas andinas. La ordalía proseguía ––felizmente en fe- mantelería, sábanas, alfombras y cuanto mueble y objeto existiera en una
rrocarril–– hasta Pascamayo, en el océano Pacífico, donde se embarcaba residencia. Llegaban al puerto en los vapores de la compañía naviera
y se navegaba hasta El Callao. Y, por último, desde este puerto, se abor- Booth y, como por arte de magia, desembarcaban en Iquitos. El caucho,
daba el tren y se descendía en la estación Desamparados, en Lima. Tam- sin duda, obraba milagros.
bién se podía llegar a la capital peruana por vía marítima, lo que todos Era una sociedad que no producía nada y que, para su subsistencia,
preferían evitar: el viaje demandaba nada menos que seis meses. Al no dependía de una materia prima y de mercados volátiles. En el cenit de la
existir el Canal de Panamá ––recién se inauguró en 1914–– debían, desde exportación cauchera, cuando la libra de caucho llegó a costar once che-
Pará, descender hasta el Estrecho de Magallanes y remontar la costa chi- lines en el mercado de Londres y tres dólares en el mercado norteame-
lena, esperando en diversos puertos buques que los acercaran a Lima. ricano, el frenesí de los habitantes por los artículos de lujo no tuvo lími-
Esta sideral distancia geográfica se trasladó a lo cultural. Iquitos, sal- tes. En la Biblioteca Amazónica ––un viejo y deslumbrante palacio
vo en lo político, poco tenía en común con el Perú andino y marítimo. cauchero–– en el malecón de Iquitos, desde donde se divisa el río Ama-
Tenía un mismo gobierno, un parlamento, idénticas leyes, pero nada más. zonas y próxima a lo que fue el Hotel Palace ––en la actualidad, sede de
No es de extrañar que la influencia brasileña fuera enorme, y que el con- la Prefectura–– se conservan dos álbumes de fotografías donadas por una
tacto cultural y comercial lo tuvieran con Europa y los Estados Unidos. de las ramas de la familia Morey. Esas imágenes muestran una vida fas-
Las grandes casas de los caucheros se asemejaban a las del Brasil, con tuosa, legendarios interiores y fiestas de familia, inmensos patios y salo-
fachadas de mayólicas portuguesas y una vegetación con abundancia de nes. La familia Morey es tal vez la más emblemática. Pero los Hernán-
palmeras reales similares a las de Río de Janeiro. Abordar un vapor en dez y los Del Águila no le iban a la zaga. Sin embargo, esa sociedad
Iquitos significaba llegar cómodamente al océano Atlántico y, en Pará, inesperadamente próspera donde el dinero ingresaba a torrentes, no po-
trasbordar a otro buque rumbo a algún puerto europeo o norteamerica- día escapar al aislamiento geográfico, a la insularidad cultural; al fin y al
no. Esto dejó de ser necesario en 1898, cuando dos líneas británicas de cabo, estaba anclada en el corazón del Alto Amazonas. No existía, por
vapores iniciaron el viaje directo entre Iquitos y Liverpool. No había que ejemplo, la enseñanza secundaria. Este hecho inexplicable ante tamaña
navegar en lanchones por ríos tropicales infestados de mosquitos, ni cru- riqueza habla a las claras de una suerte de negligencia por parte de los
zar los Andes a lomo de mula; por el contrario, los sirvientes se encarga- caucheros, que resolvieron el problema de un modo exótico: sus hijos se
ban de llenar baúles y sombrereras y transportarlos hasta el barco. Los educarían en París y en los Estados Unidos, aprovechando la conexión
pasajeros sólo tenían que pasar el tiempo en cubierta, en el salón come- directa marítima entre Iquitos y Liverpool.
dor, o en sus camarotes. Iquitos, pues, tenía más relación con el hemis- Las familias loretanas ––así se denominaban los habitantes del de-
ferio norte que con Lima. En la última década del siglo XIX, el precio del partamento de Loreto–– hicieron las valijas y se instalaron en Europa,
caucho comenzó su espiral ascendente ––llegaría a su apogeo en 1910–– dejando que el miembro fuerte de la familia se hiciera cargo de los nego-
y aquella sociedad amazónica a la cual le llovió el maná del cielo, ya que cios. No lo hicieron por esnobismo, sino por necesidad. Iquitos, sin en-
la riqueza no fue producto de la industrialización sino de la naturaleza, señanza, con calles de barro, con un clima opresivo, con una mínima in-
creyó que la bonanza sería infinita. Pensemos en lo que era una casona fraestructura sanitaria, no era el lugar indicado para los reyes del caucho.
de Iquitos. Todo era absolutamente importado porque la ciudad carecía Sus hijos estudiarían en Europa o en los Estados Unidos, porque era lo
de producción. Los ladrillos, las mayólicas, los techos de zinc, los pisos mejor para ellos. En París, por ejemplo, existía un colegio con más de
de mosaicos, los sanitarios, las cocinas, por nombrar algunos de los ele- cien niños loretanos. Julio César Arana, como veremos, tampoco pudo
mentos de construcción más primarios. Pero como la ciudad, en materia escapar a este imán europeo: a principios del siglo XX, trasladó su fami-
de alimentos, nada producía salvo algunas raras frutas tropicales y el co- lia a Biarritz, y luego a Londres y a Suiza.

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Es inevitable preguntarse qué vida hacían en Europa los loretanos. ––En Loreto, Perú ––respondió.
Fue la era, claro, de los millonarios sudamericanos: caucheros del Brasil ––Casi lo mismo le cuesta a usted ser marqués, que es un título mayor.
y del Perú; cattle barons, de la Argentina; reyes del salitre o del carbón de ––No quiero ser más que ella. Quiero ser igual ––aseguró Morey.
Chile. Pero a diferencia de argentinos y chilenos, que intentaban desespe- Después de rigurosos estudios sobre la pureza de sangre, del lugar de
radamente ser europeos, relacionarse con la nobleza a través de oportu- donde provenía y del precio que estaba dispuesto a pagar, apareció un
nos casamientos y arrasar con cuanto mueble y objeto estaba a la venta día por su hotel una colección de personajes, a hora temprana e inopor-
para sus palacios franceses de Buenos Aires o de Santiago, los amazóni- tuna, ya que el joven aspirante a conde estaba en plenos ejercicios ama-
cos optaron por un perfil más bajo, relacionándose esencialmente entre torios con alguna atractiva madrileña. Optó por vestirse y descender al
ellos. Tal vez conocían sus limitaciones frente a la sociedad europea y no vestíbulo.
olvidaban que provenían de la selva. Existía entre ellos un esprit de corps ––Venimos en nombre de su majestad, el rey Alfonso XIII, a comuni-
que les permitía formar una verdadera comunidad. Acostumbrados por carle que su petitorio ha sido aceptado ––dijo el vocero pomposamente.
nacimiento a un clima tropical, al calor y a la humedad, no toleraban el También le señaló que debía adquirir el uniforme de conde, zapatos
invierno europeo. Con los primeros fríos, se embarcaban rumbo a la isla con hebillas doradas, un sombrero y una espada con empuñadura de oro.
caribeña de Barbados, hasta que retornara el clima cálido. Curiosamente, ––Para ser conde ––prosiguió el vocero–– debe usted tener tierras.
todos tenían sus residencias en la misma calle. ––Poseo tierras en Tarapoto, en el Amazonas peruano ––respondió.
Hubo excepciones, claro. Siempre alguien terminaba deslizándose en ––¿Y qué significa ese término?
los salones parisinos o madrileños, algún enfant terrible que aspiraba a al- ––Es una palmera delgada que, en su parte superior, tiene una espe-
go más que relacionarse únicamente con loretanos. El ejemplo más des- cie de barriga.
tacado fue Manuel Morey del Águila, prototipo del dandy de principios Finalmente, le dieron el título de conde de Tarapoto. Y, junto con el
del siglo XX, cuya su historia exhibe las extravagancias de la bélle époque. condado, un escudo de armas que era el de los Morey, pero que, en vez
Hijo de uno de los caucheros más prósperos de Iquitos, se enamoró per- de tener tres moras, ostentaba una palmera alta y barrigona. El rey lo re-
didamente, en Madrid, de la hija de un conde. El devenir de ese romance cibió en el Palacio de Oriente y, con pompa y circunstancia, lo declaró
me fue confiado, en Lima, por su propio hijo, Raúl Morey Menacho. El conde de Tarapoto. Hubo reverencias y sublimes fotografías junto al mo-
joven Manuel Morey del Águila se dirigió al palacio madrileño donde vi- narca. Ungido con un título condal de una remota región tropical suda-
vía su amada para solicitar al padre su mano. Pero se encontró con un pri- mericana, Manuel Morey del Águila partió a pedir la mano de su biena-
mer escollo: el noble español no estaba dispuesto a entregar a su hija a un mada, solicitando ––como corresponde–– una audiencia previa con su
hombre que no tuviera un título nobiliario. ¿Se necesitaba ser, entonces, padre. El conde español lo escuchó, verificó los documentos firmados
duque, marqués o conde? Pues bien, el caucho todo lo podría. Asesorado por el rey y le preguntó si, allá en Loreto, había nobles.
por informadísimas relaciones, Morey solicitó una entrevista con el can- ––Algunos, por el lado de la familia del Águila.
ciller hispano, Mairata, para que lo ayudara a adquirir un título de conde. ––¿Tiene algún palacio?
Esta era una costumbre bastante común en una época en la que social- ––No, pero puedo construirlo.
mente era más importante ser noble que haberse graduado en Harvard o El madrileño lo contempló con escepticismo.
en Oxford. En la España del rey Alfonso XIII un marquesado o un con- ––¿Cómo es la vida en Iquitos? ¿De dónde obtiene el dinero?
dado eran absolutamente accesibles, sobre todo porque el monarca utili- ––Del caucho, por supuesto ––respondió orgulloso Morey.
zaba los ingresos que implicaba el otorgamiento de títulos para mantener El auténtico conde se paseó por el imponente salón con inequívocos
a sus numerosas amantes, según sostenían algunas versiones. síntomas de intranquilidad. Finalmente, se detuvo y le clavó la mirada.
––¿Dónde tiene usted tierras? ––le preguntó el canciller, durante la ––Vea, jovencito ––dijo ––. Ustedes, los sudamericanos, creen que to-
entrevista. do lo pueden comprar con dinero, desde un título nobiliario, hasta la ma-

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no de una joven. Pues bien: jamás le daré la mano de mi hija para que la puede leerse L.F. Morey e Hijos, 1900. Se ha caído una letra ere y, del
lleve a ese infierno ––concluyó. año, sólo queda el número 90. Lo único que se mantiene en pie es la fa-
Manuel Morey del Águila, conde de Tarapoto, debe de haber queda- chada superior: azulejos, balcones de hierro forjado y tres vasijas neoclá-
do azorado. Para paliar su dolor y humillación, decidió hacer un viaje sicas que coronan la balaustrada de la terraza.
por el Mediterráneo en compañía de una midinette y un grupo de ami- No era así, por cierto, en el resto del Perú de comienzos del siglo XX.
gos íntimos. Un día regresó a Iquitos con motivo de la zafra del caucho. Las grandes familias que formaban los grupos de poder en la costa del
Sentado a una de las mesas del Polo Norte, un bar de la ciudad donde se Pacífico o en la sierra manejaban sus propiedades mineras o agrícolas de
hablaba inevitablemente de política, les dice a los contertulios: carácter feudal con la precisión de un reloj suizo. Contaban con geren-
––He estado con el rey de España y me ha otorgado el título de con- tes y una planta de personal típicamente capitalista, donde la muerte del
de de Tarapoto. jefe de familia no alteraba los negocios en lo más mínimo. Tomemos co-
Las carcajadas no se hicieron esperar. Quién podía creer en semejan- mo ejemplo la legendaria hacienda Casa Grande, de la familia Gildemeis-
te historia. ¡Conde de Tarapoto! Eso sí que estaba bueno. El joven Manuel ter, que tenía tres climas: el del litoral marítimo, el de la sierra andina y,
corrió a su casa y regresó con el título condal y la fotografía que lo mos- finalmente, el de la selva. Tal era su inmensidad. Si dejó de pertenecer a
traba junto a Alfonso XIII de España, ataviado con un absurdo traje, som- esa familia no fue porque los descendientes no supieran administrarla,
brero y espada. Quizá lamentó no haber mantenido en secreto aquella ce- sino porque fue expropiada, en la década de 1960, por un típico gobier-
remonia y su nueva calidad de noble. En Iquitos, las bromas que le no latinoamericano de izquierda.
hicieron a partir de ese momento, terminaron amargándole la vida. Pero volvamos al Iquitos de fines del siglo XIX, donde Julio César
Arana intentaba insertarse en esa comunidad próspera, pero no apara-
tosa e insoportablemente nouveau riche , como era la de Manaos. Si bien
Estos fueron algunos de los perfiles que asomaban en el escenario algunas versiones ––o, más bien, leyendas–– aseguraban que la calle Prós-
donde vivían Julio César Arana, Eleonora y sus hijas Alicia y Angélica. pero estaba “adoquinada” con fondos de botellas de champán, la reali-
Fue una sociedad, en algunos aspectos, despreocupada en el sentido es- dad era otra. Hildebrando Fuentes, que fue Prefecto de Loreto (el equi-
trictamente literal del término. El único que se pre- ocupaba era el cau- valente a gobernador) y escritor, dejó valiosísimos testimonios de la
chero, el barón, en suma, el jefe de familia. Si bien formaba a sus hijos región cuando desempeñó un cargo público entre 1905 y 1907, diez
para que, en el futuro, llevaran adelante el negocio, una vez que fallecía años después de que se instalara Arana, a quien lo unió la amistad.
el pater familias, se cernía sobre sus descendientes un destino invariable-
mente fatal. Basta analizar a Arana, a Morey y a las cinco familias que Mi opinión es que el clima de Iquitos no es tan adverso como gene-
han tenido prominencia en cada uno de los ciclos de la economía ama- ralmente se le hace aparecer. Puedo decir aquello de que no es tan
zónica para descubrir que, muertos los padres, desaparece para siempre fiero el león como lo pintan. Y la razón en que me apoyo para hacer
la familia, o bien algunos de sus miembros enloquecen, terminan idiotas, esta aseveración es que no habiendo en Iquitos higiene pública y ca-
si ni privada, no existiendo los servicios de agua y desagüe, carecien-
o en la más absoluta miseria. Al recorrer el centro del actual Iquitos, se
do de pavimento, botándose las deyecciones y los restos alimenticios
ve que algunas imponentes edificaciones de la era del caucho se están vi-
en los corrales y huertas de las casas, transcurren, no obstante, días
niendo abajo. El ejemplo más emblemático de esa decadencia es la vieja
de días en que las estadísticas no acusan una sola defunción; y esto
casa comercial de los Morey, en la esquina de las calles Próspero y Bra- es más elocuente si se tiene presente que Iquitos cuenta con una po-
sil. El primer piso está absolutamente abandonado, sin ventanas ni vi- blación de más de nueve mil habitantes.
drios, y en la planta baja abundan locales de poca categoría. El logotipo Condensando mi opinión respecto al clima de Iquitos, diré que, en
de una de las firmas comerciales más poderosas de la región aún puede mi concepto, es enfermizo pero no mortífero.
observarse: es redondo, como si simbólicamente englobara al mundo, y

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La farmacopea decimonónica incluía los más diversos medicamen- dido a arrancarle sus riquezas gomeras o a morir en la demanda, sea
tos para contrarrestar los efectos de tanta desmesura tropical. Se reco- víctima de las enfermedades como la terciana, fiebres palúdicas, fie-
mendaban todo tipo de inyecciones: de cacodilato de soda, asiduamen- bre amarilla, beri beri, especialmente si es shiringuero; o picado por
te; de quinina, para curar la terciana aguda; de estricnina, para levantar un animal venenoso, o en manos de los salvajes, o de un enemigo
envidioso o ahogado en las corrientes de los ríos. Ya le vemos: sin
el ánimo y Agua de Vichy ––naturalmente, importada–– en forma per-
brújula, sin más orientación que el instinto, el abridor de estradas o
manente. Fuentes también da algunos consejos para nada desatendi-
matero, se arma de un sable [ machete ], su escopeta y todas las pro-
bles en aquellos años. visiones que llevar consigo puede con la fe alentadora de la empre-
sa; se lanza en esa desconocida inmensidad de bosques, y ya con el
Comidas frescas y nada de conservas; sólo cuando no se encuentran fango hasta la rodilla, ya con el agua a la cintura, ya saltando como
aquellas se hará uso de estas, prefiriendo las francesas a las alema- los pájaros de rama en rama, pisando espinas y matando víboras e
nas y proscribiendo absolutamente las norteamericanas. insectos venenosos, o haciendo cacerías de monos y diferentes aves,
va a su paso dejando abierta la trocha y señalando con uno o dos
Otra de las obsesiones de quienes vivían en Iquitos, a fines del siglo piquetes el árbol de jebe que halla.
XIX, era diferenciarse físicamente del indio, privilegiando a ultranza los El cauchero ávido de placeres, recibe el dinero con una mano y ge-
rasgos europeos, orgullo que se mantiene hasta nuestros días. El mismo neralmente lo derrocha con la otra, sin que le importe un ardite; in-
Hildebrando Fuentes recomienda usar zapatos de lona blanca o de cue- clinado a los goces de la mesa y de la bebida es comúnmente juga-
dor y enamorado como un cupido.
ro amarillo, corbata delgada y amplia y el cuello doblado, ya que la ple-
El cauchero es patriota, amante de su bandera. Por ella se sacrifica-
be no usa estas prendas. Advierte, asimismo, cuidarse de las legiones de
ría gustoso despreciando a los enemigos de su patria.
pestes e incomodidades que suelen existir en esas latitudes, desde la ni- Nada le arredra: ni la soledad, ni las pestes, ni los otros hombres, ni
gua, insecto que se introduce en los pies y forma úlceras, la hormiga blan- los golpes de fortuna.
ca, la avispa y el zancudo (o mosquito), hasta la manta blanca , un mos- Él hace de todo: come, bebe, enamora, trabaja, debe, paga, lucha,
quito diminuto, blanco, que forma grandes nubes e inflige una picadura ahorra pocas veces, lo pierde todo casi siempre; razón por la cual son
particularmente dolorosa. Este flagelo abunda en el río Putumayo. Tam- pocos los caucheros ricos y muchos los pobres.
bién había que cuidarse de las numerosas víboras, de los jaguares y de
los vampiros. Julio César Arana conocía bien la realidad del cauchero, aunque has-
Pero, como dice el proverbio, sarna con gusto no pica . El único mo- ta que se instaló con su familia en Iquitos, en 1896, tuvo pocas experien-
tivo por el cual los descendientes de españoles provenientes de la región cias como patrón que vive en la selva, ya que no lo hizo de forma perma-
del Huallaga o de los Andes se sometían a semejantes rigores climáticos nente. Ya hemos señalado su innata habilidad comercial y el hecho de
y animales, era ese árbol mágico del cual se extraía el caucho. El nego- que ––como el cauchero–– no le temía a nada. Lo demostró al internar-
cio de su extracción, por otra parte, conformaba una complicada cade- se durante tres años en el río Yavarí como aviador , con lo que podemos
na que comenzaba en la selva infernal, pasaba por varios intermediarios afirmar que conocía, desde los diecisiete años, la selva desde adentro. Pe-
y concluía en las grandes casas importadoras de Londres o Nueva York. ro Iquitos no era el Yavarí, ni el Purús, ni ningún río perdido en la jun-
Vale la pena reproducir un pasaje de Hildebrando Fuentes sobre el cau- gla, sino ––después de Manaos, en Brasil–– el epicentro del fabuloso ne-
chero (no el próspero empresario de Iquitos, sino esa suerte de esclavo gocio del caucho. A partir de 1896 se asoció fugazmente con prominentes
que se adentraba en la jungla). firmas comerciales; recién en 1903 fundaría J.C. Arana & Hermanos
––más conocida como la Casa Arana–– que se convertiría no sólo en un
El cauchero es un individuo que no tiene miedo a nada ni a nadie; óptimo negocio, sino también en el terror de la región del Putumayo.
que resuelto a todo, penetra en el bosque, virgen casi siempre, deci- Iquitos era otra clase de escenario, con empresarios y firmas comercia-

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les de enorme poderío. ¿Cómo competir con Luis Felipe Morey, dueño departamento peruano en una suerte de anarquía, a la cual se agregaba
de más de un millón de hectáreas en el Amazonas? ¿o con Cecilio Her- la descomposición política resultante de la derrota sufrida en la guerra
nández & Hijos, cuya sede comercial era un gigantesco edificio que for- del Pacífico. En 1882, por ejemplo, había en Loreto dos Prefectos, o go-
maba una esquina? ¿cómo estar en un mismo nivel con Wesche & Co., bernadores, que respondían a diversas autoridades. En gobiernos previos
o con Marius & Lévy? Julio César Arana era un monarca menor, claro, se habían hecho intentos de crear instituciones que contribuyeran al me-
dentro de esa constelación de emperadores del caucho. Pero anidaba en jor conocimiento del territorio peruano: en lo que al Amazonas respec-
él una ambición irrefrenable, que sólo necesitaba de un chispazo para en- ta, ello era de primordial importancia. Había que establecer no sólo las
cender un fuego de primera magnitud. Fueron varias las vertientes per- fronteras internacionales, sino también las características de los ríos, su
sonales, políticas y económicas que permitieron que se transformara, en potencial y sus recursos; cuáles eran navegables y en qué tramos; cuál era
la primera década del siglo XX, en una suerte de emperador amazónico, la ruta más apropiada para construir un ferrocarril. En los mapas ama-
con ejército y armada propios, teniendo en cuenta la reducida escala de zónicos abundaban las “zonas desconocidas” o “regiones habitadas por
poder ofensivo que demandaban esos trópicos. Ni la casualidad ni la salvajes”. La fundación de la Sociedad Geográfica de Lima, en 1888 ––en
suerte lo elevaron a esa dignidad: lo hicieron su carácter, su inescrupu- una era donde este tipo de institución, nacida en Inglaterra, se copiaba
losidad, su codicia. en múltiples países–– abrió el conocimiento sobre el Amazonas. Piérola
En 1895 ––Julio apenas llevaba un año en Iquitos–– se produjo una se encargó de que la figura y la gestión del Prefecto tuviera otra dimen-
revolución en el Perú, liderada esta vez por Nicolás de Piérola: tras san- sión, a través de una inteligente legislación y de instituciones que respon-
grientos combates, éste logró imponerse con su ejército de montoneros. dían a las necesidades de la época. El Ministerio de Fomento creado por
No se trataba de una revolución más, de otro golpe de palacio para reem- él, en 1896, fue clave en lo concerniente a obras públicas, inmigración y
plazar a un caudillo por otro. Este movimiento aspiraba a poner fin al explotación de recursos.
largo período de caudillismo protagonizado por militares. La guerra del Este viento que sopló en Iquitos favoreció a Julio César Arana. Difí-
Pacífico, librada entre 1879 y 1883, había dejado al Perú exhausto en tér- cilmente hubiera podido construir su imperio en el Putumayo de no ha-
minos económicos y morales, y ya no se podía recurrir al guano y a sus ber existido ese ambiente político. El gobierno peruano estaba dispuesto
fabulosos derechos de exportación para llenar las arcas fiscales. Piérola a apoyar iniciativas, a conceder tierras, a desarrollar la industria del cau-
se propuso construir una república integrada por civiles ––allí nacería el cho sin oponer demasiados reparos a desbordes, injusticias u ocupacio-
civilismo ––, consolidar la burguesía, crear nuevas instituciones eficaces nes por la fuerza. Porque a la coyuntura económica y política, habría que
y, por encima de todo, armar un modelo exportador basado en las mate- agregarle otra, de viejísima data y que se transformó en el pivote sobre el
rias primas, desde la minería y el azúcar, hasta el caucho. Dado que exis- cual maniobró Arana: los problemas limítrofes. Perú, en el largo plazo,
tían grandes terratenientes y que la riqueza estaba en poder de pocos, ese perdió inmensos territorios amazónicos que fueron a parar a manos bra-
gobierno terminó denominándose la República Aristocrática. sileñas, bolivianas y colombianas, como consecuencia de erráticas polí-
En la Sudamérica de fines del siglo XIX, soplaban vientos democrá- ticas exteriores de diversos gobiernos. Pero el conflicto limítrofe con Co-
ticos. La economía, a pesar de basarse en las materias primas y no en la lombia, en lo que por ahora denominaremos la región del Putumayo, fue
industrialización, parecía augurar un futuro próspero. Quienes definie- una de las causas más poderosas para que Arana pudiera escribir seme-
ron el nuevo modelo fueron el capital extranjero, las nuevas y veloces co- jante página en la historia del Amazonas.
municaciones y una nueva clase política que aspiraba a insertarse en el El río Putumayo ––Arana establecería su imperio entre este río y el
mundo. Caquetá, territorio que abarcaba millones de hectáreas–– nace en Ecua-
No es este el espacio para analizar el gobierno de Nicolás de Piérola dor, concretamente en Pasto, en la cordillera de los Andes ecuatorianos,
en el Perú, pero sí en lo que respecta a Loreto y al vasto continente ama- y tras recorrer miles de kilómetros desemboca en el río Amazonas, a tres-
zónico. El aislamiento geográfico y cultural había dejado a este enorme cientos kilómetros de Iquitos a vuelo de pájaro. Su tránsito por la región

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amazónica genera varios afluentes, entre los que pueden mencionarse el rey de alguna materia prima. Ese cetro, hasta la última década del siglo
Caraparaná y el Igaraparaná, que serían el corazón del imperio de la Ca- XIX, estaba en manos de otro peruano tanto o más aventurero que Ara-
sa Arana. Esa vasta región denominada Putumayo fue objeto de ances- na: Carlos Fermín Fitzcarrald. Si bien su imperio se encontraba en la re-
trales litigios limítrofes entre Perú, Colombia, Ecuador y Brasil. Hacia fi- gión sur del Amazonas peruano, en los ríos Ucayali y Madre de Dios, su
nes del siglo XIX y con el auge del caucho, la región que formaba una fama era legendaria. Debe haber sido su muerte inesperada, el 5 de junio
suerte de nebulosa en materia de pertenencia, adquirió una importancia de 1897 (otros sostienen que fue el 9 de julio), como consecuencia de un
desmesurada. Si bien, a lo largo de los siglos, se habían firmado tratados absurdo accidente, la que despertó en Arana una vocación sucesoria.
entre España y Portugal ––Tordesillas, San Ildefonso–– los límites terri- No podríamos hablar del caucho sin trazar la historia de este hom-
toriales entre el viejo virreinato de Nueva Granada ––que incluía a las bre extraordinario que murió a los treinta y cinco años de edad. A dife-
actuales Venezuela, Colombia y Ecuador, entre otros países–– y el Perú, rencia de Arana, aún perdura en el imaginario popular, como si se trata-
seguían notablemente imprecisos. Para colmo, y a despecho de Tordesi- ra efectivamente de un héroe; de lo contrario, una provincia peruana del
llas, Brasil penetraba decididamente en el oeste amazónico. A todo esto departamento de Ancash ––donde nació–– no se llamaría Carlos Fermín
hay que agregarle las pretensiones de Ecuador. Cuatro países sudameri- Fitzcarrald. Julio César Arana, en cambio, no tiene una calle, mucho me-
canos, pues, realizaban ocupaciones, ataques y defensas sobre el vasto nos una provincia, que lleve su nombre. Es como si hubiera sido borra-
territorio del Putumayo. En la segunda mitad del siglo XIX, Perú había do de la faz de la tierra y nadie, ni en Iquitos, ni en Lima, ni en el resto
resuelto sus conflictos limítrofes con Brasil. Sólo restaban Colombia y del Perú, admite tener alguna clase de parentesco ni siquiera remoto con
Ecuador, que se negaban a ceder en sus pretensiones sobre esa zona sel- él, aunque ese sea el caso. Sólo lo inmortaliza un óleo olvidable que for-
vática. ma parte de la serie que representa a los alcaldes de Iquitos, función que
Pero Colombia estaba demasiado inmersa en sus luchas civiles. Bas- él asumió en 1902. Vegeta en una biblioteca municipal y pasa casi desa-
te señalar que, durante el siglo XIX, padeció ocho guerras civiles de pri- percibido por los visitantes. En esa galería de funcionarios figura tam-
mera magnitud y catorce menores, lo cual no dejaba mucho tiempo a las bién su hijo, Luis Arana Zumaeta que, como veremos, no pudo escapar
autoridades para ocuparse de un remoto territorio perdido en la selva. a la tragedia de la familia.
Ecuador no le iba a la zaga en materia de enfrentamientos cívicos. No Carlos Fermín Fitzcarrald nació en San Luis de Huari en 1862. Al-
fue ese el caso del Perú. A través del sistema de Prefectos y marcando su gunas versiones sostienen que su padre fue un marino norteamericano
presencia en la zona, convirtió a Iquitos en una suerte de ciudad-estado; que se enamoró de una nativa peruana, y que su verdadero nombre era
en 1864 inauguró el puerto y los astilleros y trasladó a esas latitudes seis Isaías F. Fitzgerrald. Mostró una habilidad casi diabólica para no ser
vapores, lo cual, para la época, era una medida de enorme envergadura. condenado como espía chileno durante la guerra del Pacífico ––acusa-
Sin embargo, para que Arana pudiera adueñarse del Putumayo más por ción que no está comprobada pero que, en todo caso, lo llevó a huir al
la fuerza que por transacciones comerciales, necesitó, en la primera dé- Amazonas con un nuevo nombre–– como también para vislumbrar que
cada del siglo XX, una alianza tácita con el gobierno de Lima, al cual le el caucho se transformaría en una insustituible materia prima y para rea-
resultaba de enorme complejidad y costo trasladar fuerzas militares al Al- lizar astutísimas maniobras comerciales. En 1888 ya figuraba entre los
to Amazonas. Como veremos, esa fue tarea de Julio César Arana. más destacados caucheros del río Ucayali. A diferencia de otros produc-
Pero estas fueron circunstancias políticas e históricas que actuaron tores de látex, tenía un estilo que lo acercaba más a un gentleman que
como motor impulsor en un hombre particularmente ambicioso. Ya he- a un simple cauchero. Su vapor, el Bermúdez , de 180 toneladas, era cé-
mos visto que, durante el período que vivió en Iquitos con Eleonora y sus lebre por sus características epicúreas. Stefano Varese, en su libroLa Sal
hijas, se caracterizó básicamente por ser un hábil negociante en la adqui- de los Cerros (citado en el libro de Pennano Allison), lo describe minu-
sición de caucho, en las operaciones bancarias, en la relación con los cau- ciosamente.
cheros que recibían sus provisiones. Estaba lejos, sin embargo, de ser un

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Poco después se le empezará a llamar el “rey del caucho”, mandará tantas versiones sobre su traslado desde Europa a Iquitos, como raras or-
a sus hijos a estudiar a París y se hará dueño de un buen número de quídeas tropicales en la selva. Todas giran alrededor de Julio Toots, An-
nativos de varios grupos, rehabilitando el viejo sistema de encomien- selmo del Águila, o Antonio Vaca Díez ––eminentes caucheros finisecu-
das y de pago de tributos, esta vez bajo la especie el caucho. Es difí- lares–– que hipotéticamente la adquirieron en la Exposición de París de
cil seguir las peregrinaciones de Fitzcarrald por la montaña; cada
1889, o en Bélgica en una sucursal que poseía en Bruselas el célebre ar-
cierto período cambiaba la zona de trabajo: el Pachitea, el Alto Uca-
quitecto Gustavo Eiffel. Lo único cierto es que el creador de la torre que
yali (donde estableció su casa matriz, lujosa y rodeada de delicados
lleva su nombre en París trazó los planos del prodigioso Meccano de múl-
jardines cuidados por jardineros chinos) el Tambo, el Apurimac, el
Urubamba, el Madre de Dios, el Purús. Para poder movilizarse con
tiples piezas que fue embarcado rumbo al Amazonas. Aparentemente, ese
rapidez de un lugar a otro de su vasto “imperio”, Fitzcarrald y sus dos modelo para armar tenía dos cuerpos que nunca pudieron llegar hasta el
socios habían organizado una flotilla de botes y habían armado un río Madre de Dios, por problemas de traslado, y quedaron en Iquitos.
vapor que podía surcar la mayoría de los ríos de la selva central. En Una de las secciones se pudrió en el malecón y la otra se erigió en la Pla-
él se podía tomar el mejor vino francés y descansar en cómodos ca- za de Armas, donde todavía cumple funciones, ya que en la planta baja
marotes. Estaba todo tan limpio, elegante y arreglado ––escribía un hay locales comerciales y en el primer piso un restaurante. Lo que no pre-
misionero–– que no tuvimos que envidiar nada a los mejores vapo- vió su importador, es que las planchas que conformaban las paredes y
res europeos… media hora antes de comer se nos convidó una copa balcones eran íntegramente de hierro, material poco propicio para el tró-
de cocktail y al acercarnos a la mesa, después del segundo toque de pico: el calor transforma la torre en una suerte de horno.
campanilla, quedamos todos admirados y complacidos, tanto por el
Hacia mediados de la década de 1890, Carlos Fermín Fitzcarrald era
lujo como por el buen orden del servicio y lo variado y exquisito de
nombrado en cada banco, en toda casa comercial, en las tertulias ama-
los manjares y licores…
zónicas. Sus hazañas eran proverbiales. Quienes hayan visto la película
Afuera del vapor Bermúdez, la situación era distinta. Afuera los co-
lonos “estaban rifando a una muchacha” india o pagaban sus deu- Fitzcarraldo , dirigida por Werner Herzog, difícilmente olvidarán aquella
das… con una muchacha de buenas formas. Afuera del barco estaba escena donde un vapor es desarmado, llevado por un contingente de in-
la selva de los indios y sus casas, y cada vez que se tocaba tierra, to- dios en cuanto medio de transporte encontraron y armado nuevamente
dos los marinos y “gente de tercera” saltaban… una peste de langos- al llegar a otro río. El episodio realmente ocurrió. El cauchero ya había
tas que no dejaba casa que registrar ni cosa que destruir…y los pa- explorado ese tramo ––ahora denominado istmo de Fitzcarrald–– que une
sajeros, brincando por los cables (salían) como las hormigas a el río Cashpajali con el Manu y el Madre de Dios. En 1895, mientras na-
rebuscar plátanos, yucas, papayas y otras cosas, sin cuidarse del due- vegaba por esas aguas en la Contamana , llevó a cabo esa insólita proe-
ño de la chacra que los estaba viendo… za. Pero no se trató de un inmenso vapor sino de una lancha más bien
modesta.
En Iquitos, donde llegó con un enorme cargamento de caucho, Fitz- Su gran momento llegó por esa época, cuando se asoció con dos ba-
carrald construyó una casa que aún se conserva en la Plaza de Armas, en rones del caucho dueños de riquezas incalculables: Nicolás Suárez, de
una de las esquinas de la calle Próspero. Se casó con Aurora Velazco, hi- Bolivia y el español Antonio Vaca Diez, con inmensos territorios cauche-
jastra de Manuel Cardozo Da Rosa, riquísimo comerciante brasileño. Pe- ros en Brasil. Su descubrimiento, el istmo de Fitzcarraldo, fue una suer-
ro la residencia que erigió en esta ciudad carece del esplendor de la de te de paso estratégico que unió las cuencas de los ríos Ucayali y Madre
otros caucheros; más bien, parece una modesta casa de Ayacucho o de de Dios, ahorrando recorrido inútiles y costos altísimos. La unión comer-
Cajamarca, de dos pisos y techos de tejas. Está en el polo opuesto a las cial de estos tres hombres fue apabullante. Iniciaron la compra en Ingla-
extravagancias edilicias que permitía el caucho, donde se podían encon- terra de una prodigiosa flota fluvial, compuesta por vapores especialmen-
trar los ejemplares más acabados del modernismo de aquella época. Al te diseñados para esos ríos y su poder de dominación fue absoluto.
respecto, la Casa Eiffel, o Casa de Fierro, es el mejor ejemplo. Existen Fitzcarrald obtuvo del ministro de Guerra peruano, coronel Juan Ibarra,

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exclusivísimos derechos para que él y sus socios fueran los únicos con- ñaga, Ramírez & Co., y se me acercaron con el objeto de entrar en
cesionarios de los ríos Alto Ucayali, Urubamba, Manu y Madre de Dios. relaciones de negocios con la referida firma, pues no había entonces
La muerte lo esperaba en el río. Mientras navegaba durante el invier- otras facilidades comerciales de que pudieran servirse dichos esta-
blecimientos, recibiendo gomas en cambio de mercaderías, compran-
no austral de 1897 por el río Urubamba en compañía de su socio Vaca
do productos y haciéndoles adelantos. Entonces por primera vez oí
Diez, la lancha Adolfito , en la cual viajaban, zozobró inexplicablemente.
decir que los indios en el Igaraparaná y el Caraparaná habían resis-
Su error ––y su grandeza–– fue intentar rescatar a Vaca Diez: ambos fue- tido al establecimiento de la civilización en sus regiones. Efectiva-
ron arrastrados por la corriente y aparecieron, muertos, en la isla Guineal. mente, habían estado resistiendo por muchos años, practicaban el
Nadie lo sucedió en sus negocios. Ninguno de sus hijos pudo conti- canibalismo, y, de vez en cuando, asesinaban colonizadores blancos,
nuar su tarea. El imperio que había construido en apenas diez años se pero desde el año 1900 en adelante, los indios se hicieron más trata-
derrumbó de la noche a la mañana. Pero a diferencia de Julio César Ara- bles, y un sistema de intercambio de las gomas extraídas por los in-
na, que vivió hasta los ochenta y ocho años sólo para ser irremisiblemen- dios y mercaderías europea, se desarrolló entre ellos y los referidos
te olvidado, ingresó al Olimpo que habitan los héroes peruanos. establecimientos. Desde entonces mis negocios en el Putumayo au-
mentaron gradualmente, pero con lentitud.
…Mi primera visita al Putumayo tuvo lugar en diciembre de 1901,
época en que fui solamente a La Chorrera, y apenas por uno o dos
La muerte de Carlos Fermín Fitzcarrald debe de haber tenido inmen- días, con el objeto de arreglar una diferencia entre algunos de mis
sa resonancia en Iquitos. Julio César Arana habrá intuido que en el Ama- deudores. En 1903, visité Chorrera, Encanto y Argelia, 3 empleando
zonas ya no había un rey del caucho. En él habrá germinado la idea de unos cuantos días en estos lugares, y siendo el objeto de mi referida
encontrar en sentido simbólico un nuevo istmo de Fitzcarrald que le per- visita el cerciorarme de ciertos hechos con respecto a sumas que se
mitiera el dominio absoluto del territorio y de sus riquezas. Ese hallazgo me adeudaban y decidir si habría motivo para nuevos adelantos. Mi
se consumaría siete años después, cuando controló en forma total el río siguiente visita fue en el año 1905, época en que fui al Caraparaná
con el objeto de comprar propiedades de colombianos.
Putumayo.

Este lenguaje diplomático era el más oportuno para una exposición


ante el Comité Selecto de la Cámara de los Comunes británica que in-
Es obvio que hacia 1899 Arana estaba al tanto de la existencia de ese
vestigaba las atrocidades cometidas en un ignoto río amazónico por una
río, lo cual no necesariamente significa que lo hubiera navegado. Más
compañía, como veremos, de capitales británicos, con un directorio in-
bien, llevaría a cabo operaciones comerciales con los caucheros colom-
tegrado por ingleses, la Peruvian Amazon Company, dominada en un
bianos que se habían establecido en sus márgenes y afluentes. Este cur-
cien por ciento por Julio César Arana. Parece una mera cronología, un
so de agua tiene una extensión de mil seiscientos kilómetros, ya que na-
relato desapasionado y objetivo de simples transacciones comerciales. En
ce en los Andes ecuatorianos, y sólo el Bajo Putumayo ––el sector más
realidad, se trató de una toma hostil de propiedades ajenas mediante la
próximo al río Amazonas–– quedó finalmente en su poder. En su libro
violencia. Se refiere a “entrar en negocios” con la firma de Larrañaga, Ra-
Las Cuestiones del Putumayo es bastante claro al respecto:
mírez & Co. En realidad, los negocios en cuestión consistieron en en-
deudarlos a través de la provisión de mercaderías y de armas con crédi-
En el año 1899, compré por primera vez gomas del río Putumayo y
allá por 1900 aumenté mis compras. El 20 de diciembre de 1901, en- tos generosos y a largo plazo. Las deudas y los intereses de las mismas
tré en negocios con la firma de Larrañaga, Ramírez & Co., que aca- crecían vertiginosamente, y el único modo que los caucheros colombia-
baba de establecerse en Colonia Indiana, en el río Igaraparaná. Los nos tenían de saldarlas era cediendo sus plantaciones por montos ínfi-
otros establecimientos de los ríos Igaraparaná y Caraparaná se pu- mos. Los caucheros colombianos del Putumayo no vendían sus estradas:
sieron al tanto de mis relaciones de negocios con la firma de Larra- las daban en parte de pago.

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¡Qué celo civilizador el de Julio César Arana al calificar a los indios
huitotos como caníbales redimidos por la presencia del hombre blanco,
por los valores de Occidente! Lo del canibalismo puede haber sido cier-
to, aunque no está fehacientemente demostrado. En todo caso, qué me-
jor que someterlos para cambiar sus hábitos gastronómicos y, de paso, La construcción de un imperio
obtener mano de obra regalada. Todo, según sus propias palabras, por-
que “se habían resistido a la civilización”. Por último, llama la atención
que el emperador del Putumayo, como se lo llegó a conocer, sólo haya
realizado cinco viajes en toda su vida a ese río, lo cual habla de una or-
ganización y de una administración impecables, con férreos ejecutores
de sus órdenes.
La decisión de adueñarse de la región por la fuerza o por deshones-
De los centenares de ríos amazónicos, ninguno fue escenario de tan-
tas argucias comerciales no debe haber sido inmediata, sino, más bien, el
ta tragedia, tanto horror, tanta degradación de la condición humana co-
resultado de una penetración gradual, de conflictos limítrofes entre Pe-
mo el Putumayo. Sólo en el Estado Libre del Congo, un coto privado en
rú y Colombia que convirtieron a ese río y sus afluentes en tierra de na-
África del rey Leopoldo II de Bélgica a fines del siglo XIX, se llegó a pa-
die, del temor que producían la presencia de los supuestos caníbales y las
recidos extremos, en materia de atrocidades. El Putumayo carecía de la
enfermedades tropicales que asolaban a los moradores más que en nin-
épica del Amazonas, navegado, como hemos visto, por héroes y psicópa-
guna otra región amazónica. Y, sobre todo, de los precios del caucho en
tas: era una oscura serpiente que se deslizaba hacia el sureste, con aguas
los mercados internacionales, que trepaban en forma imparable como
poco exploradas. En 1542, sólo Hernán Pérez de Quesada se aventuró a
consecuencia de la industria automovilística. No sólo los neumáticos, si-
navegar por esasaguas, ensangrentándolas con expediciones militares.
no también una infinidad de partes, desde las mangueras del motor has-
Pero lo hizo en el Alto Putumayo, a centenares de kilómetros de donde
ta los accesorios de la carrocería se fabricaban con caucho.
Julio César Arana entró al Putumayo como aviador . En apenas seis Julio César Arana establecería su imperio; el Bajo Putumayo, en cambio,
años se transformó en amo y señor de un imperio que pertenecía más a estaba librado a una población indígena heterogénea y belicosa. Los mi-
las tinieblas que a la luz. sioneros católicos recién llegaron a la región en 1754, cuando francisca-
nos españoles se establecieron en San Joaquín, en la confluencia de los
ríos Putumayo y Amazonas. Doce años después, atacados por expedicio-
N OTAS nes brasileñas y portuguesas, los monjes abandonaron ese puesto de
avanzada en la selva. Michael Edward Stanfield, en Red Rubber Bleeding
1 Ay qué nostalgia por el plenilunio de mi tierra, allá en la sierra Trees, analiza la peculiar situación del Bajo Putumayo ante el contacto
Plateando las hojas secas esparcidas en el suelo con la civilización europea.
Este plenilunio en la ciudad es tan oscuro
No tiene la nostalgia del plenilunio del sertão
La primera guerra mundial moderna, la guerra de los Siete Años
No hay, amigos, no hay
Plenilunio como el del sertão.
(1756-1763), llegó al Putumayo, cuando España y Portugal procura-
2 De allí deriva la palabra española “hule”. ron obtener el apoyo de aliados indígenas para lograr sus objetivos
3 Centros de extracción de caucho. geopolíticos. La década de 1770 no dio tregua a la guerra colonial,
con los portugueses penetrando cada vez más hacia el oeste, sedu-
ciendo a algunos indios para relocalizarlos río abajo y esclavizando
a los más recalcitrantes. El Tratado de San Ildefonso, de 1777, estipu-

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ló que una comisión binacional estableciera los límites en el Alto Llega el día de la ceremonia, matan a la víctima con una flecha en-
Amazonas, lo cual no hizo sino desencadenar otra ronda de violen- venenada: la cabeza y los brazos, únicas presas que sirven para el fes-
cia. En 1782, los comisionados hallaron el río Caquetá devastado por tín, se separan del tronco y comienza entonces la horrible operación
la malaria y la guerra. culinaria.
Los pueblos indígenas pagaron el costo de haber entrado en contac- La gran olla de tierra, especialmente reservada para el caso y ordina-
to con europeos con la consiguiente conquista; muchas tribus desa- riamente suspendida del techo, se baja hasta el suelo. Arrójanse en
parecieron como consecuencia de las enfermedades, la descomposi- ella los despojos humanos sin mutilarlos, sazonados con una buena
ción social o la violencia. Otros fueron esclavizados a través de cantidad de ajíes rojos, y aquel puchero repugnante se hace hervir a
prácticas coloniales, o de la “guerra justa” contra infieles rebeldes o fuego lento. Simultáneamente el manguaré1 comienza a dejar oír su
del rescate , una suerte de liberación de indios supuestamente cauti- sonido sordo, anunciando en las lejanías del bosque los preparativos
vos de tribus hostiles, tratantes de esclavos o caníbales. Una vez “res- de la ceremonia. De todas las colinas vecinas responden losmangua-
catados”, los indios pasaban a ser propiedad, de por vida, de sus nue- rés , y los indios comienzan a llegar al centro del festín. Todos se han
vos dueños. revestido de sus más bellos ornamentos, de plumas multicolores, de
cascabeles que atados a las rodillas producen un sonido alegre a ca-
Para entender cómo Julio César Arana estableció un imperio en el da paso. Quinientos o seiscientos indios, hombres y mujeres, pueblan
Putumayo, es inevitable referirse a las características de la región y de sus el sitio, armando una algazara atronadora, mezclando sus discordan-
habitantes. De lo contrario, sería inexplicable que un solo hombre pudie- tes gritos a los chillidos de las criaturas o a los aullidos de los per-
ra haber sometido a miles de indígenas para sus fines comerciales, apli- rros… De pronto, cesa el ruido del manguaré … Un gran silencio su-
cando leyes ––no codificadas–– que fueron más salvajes que las propias cede a la gritería anterior: la olla ha sido retirada del fuego.
Los hombres, únicos que toman parte activa en la ceremonia, se sien-
de la selva. Las opiniones sobre los indios que poblaban la región ––hui-
tan alrededor. El capitán o cacique agarra un pedazo de carne hu-
totos, boras, ocainas, andoques y carijones–– varían según el bando al
mana y después de deshacerlo en largos filamentos, se lo lleva a la
que pertenezcan quienes las emiten. Los defensores de Arana, o quienes boca y comienza a chuparlo lentamente, pronunciando de vez en
estuvieron a su servicio, los acusan de ser caníbales. Tal es el caso del in- cuando una serie de palabras apoyadas por un heu afirmativo por
geniero francés Eugenio Robuchon, contratado por la Casa Arana, cuyo parte del resto de la muchedumbre. Enseguida tira a un lado la car-
libro sobre la región se publicó en 1907, dos años después de la misterio- ne desangrada. Cada uno continúa, por turno, la misma operación
sa desaparición de su autor en el Putumayo. Algunas versiones aseguran hasta rayar el día. Los cráneos y brazos, del todo despojados de car-
que el propio Arana lo hizo matar. Robuchon, del cual hablaremos más ne, se suspenden inmediatamente del techo sobre el humo, y luego
en extenso oportunamente, titula la segunda parte de su libro “Entre in- los caníbales se hartan de cahuana , e introduciéndose los dedos en
dios caníbales” y da una visión diabólica de los indios huitotos nonuyas la garganta, provocan el vómito.
(o witotos) que vale la pena reproducir: Vuelve otra vez a retumbar el manguaré, lentamente primero, des-
pués con gran rapidez, hasta que los golpes adquieren un ritmo arre-
batador. Ha comenzado el baile, baile infernal, donde tiembla la tie-
La tendencia al canibalismo de estos seres es tal que se comen entre
rra bajo las patadas de los indios. Resuenan los cascabeles de un
sí de tribu a tribu. Sin contar las batallas, donde los cadáveres de los
modo ensordecedor, los cánticos se convierten en aullidos atroces y
enemigos proveen la carne para el festín que se efectúa al día siguien-
se apodera de los indios una excitación nerviosa, producida por la
te de la acción, siempre tienen oportunidad de satisfacer aquella ten-
dencia, pues conservan como prisioneros de guerra a los que caen influencia de la coca, muy parecida a la locura feroz, que los domi-
en sus manos, guardándolos para fechas ulteriores. Y estos infelices na durante los ocho días que dura la festividad.
no huyen jamás, aun sabiendo la suerte que les espera, pues consi-
deran como distinción honorífica el género de muerte a que se les Las escenas de antropofagia que describe Robuchon son creíbles. Pe-
destina. ro se refiere a una tribu en particular, los huitoto nonuyas, lo que de nin-

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gún modo implica que todos los indios fueran caníbales. Pero para los tratada con una sustancia que poseía este árbol y que se denominó qui-
oídos de Julio César Arana y para el gobierno de Lima la sola existencia nina. Los peruanos la conocieron como cascarilla . Los poderes terapéu-
en el Putumayo de semejantes salvajes era la mejor de las noticias. A di- ticos de ese producto habían sido comprobados por los europeos ya en
ferencia de los misioneros franciscanos que esgrimieron la cruz, el cau- 1630, cuando el corregidor de Loja, en el virreinato del Perú, fue trata-
chero desenvainó la espada. Frente a esta repugnante muestra de primi- do con esta sustancia y, luego, en 1638, cuando la pócima mágica fue
tivismo que retrotraía al hombre a eras pretéritas de la civilización, aplicada a la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú. Debió de
ningún sistema para someterlos y cambiarles los hábitos era lo suficien- haberse llamado chinchona, en homenaje a tan egregia dama, pero el
temente cruel. Pero la versión del ingeniero francés pagado por Arana gran taxonomista Carl Linnaeus la registró, en 1742, con el nombre que
que se internó en la selva para realizar observaciones relacionadas con finalmente perduró.
la botánica y la antropología, no coincide con otras. La que dio de los in- La región del Putumayo era pródiga en árboles de cinchona, lo cual
dios huitotos Walter Hardenburg, un ingeniero norteamericano que na- la transformó en un objetivo codiciable. La colonización europea de los
vegó el Putumayo en canoa, en 1907, y cayó en manos de los capataces trópicos ––donde abundaba la malaria–– abrió un atractivo mercado pa-
de Arana, es diametralmente opuesta. Hardenburg ––cuyo apellido ori- ra la quinina. Julio César Arana no fue el primer barón del Putumayo. Le
ginal era Hardenbergh, que él mismo modificó sin que su padre, Spen- precedió un colombiano, o, mejor dicho, una familia colombiana, los Re-
cer, se opusiera–– presenció pocas de las atrocidades que se cometían en yes. Elías fue el iniciador de la recolección de quina, pero fue su herma-
las estaciones caucheras de la Casa Arana ––más bien, le fueron relata- no menor, Rafael, quien se adentró en ese río ignoto en busca del mila-
das––. Pero fue él quien hizo estallar el escándalo internacional al publi- groso paliativo para la malaria. Es nuevamente Michael Edward Stanfield
car en la revista londinense Truth , en 1909 los horrores de que fuera tes- quien describe, en Red Rubber Bleeding Trees , el primer contacto de Ra-
tigo. Para Hardenburg, los huitotos eran seres casi angelicales. Hasta tal fael con ese río virgen en febrero de 1874.
punto eran amables y pacíficos que recibieron calurosamente a los famé-
licos y agotados primeros caucheros colombianos que se establecieron El grupo expedicionario, mientras descendía en canoas por el río an-
en las márgenes de los ríos Igaraparaná y Caraparaná. cho y lechoso, pudo experimentar el esplendor de la vida en el Putu-
mayo: monos acrobáticos, pájaros ruidosos y vibrantes, cardúmenes
Aunque en rasgos generales tenían un sistema de vida común, los in-
de peces en las márgenes del río atraídos por los árboles frutales. El
dígenas amazónicos formaban una cultura homogénea. Habitaban co-
río serpenteaba por una selva densa de color esmeralda, con playas
munitariamente una maloca , construcción hecha con hojas de palmera de arena, imponentes árboles como las ceibas, y ocasos espectacula-
en la cual habitaban numerosas familias. Eran pueblos eminentemente res. Ocasionalmente, algunos ríos tributarios de aguas claras ingre-
cazadores y recolectores, y la selva les permitía también el cultivo de saban en el Putumayo, de aguas amarronadas, permitiendo que los
maíz, ananá, papaya, palmas, porotos, tabaco y mango. Los conflictos, delfines jugaran en esas aguas.
rivalidades, luchas por territorios desembocaban en frecuentes guerras
intertribales. Esta visión bucólica contrastaba con una realidad menos romántica:
las fiebres tropicales que atacaron a casi todos los miembros de la expe-
dición; los feroces remolinos que hacían zozobrar a las embarcaciones
El apetito del hombre blanco por materias primas que se pudieran pequeñas; los insoportables insectos que atormentaban, en particular de
colocar en los mercados europeos o norteamericanos hizo que los pri- noche. Varios expedicionarios, para dormir libres de picaduras, se ente-
meros pobladores no indígenas llegaran a la región. A mediados del si- rraban en la arena y sólo dejaban los orificios de la nariz en contacto con
glo XIX, el hombre blanco descubrió la primera materia prima que su- el exterior. A esto hay que agregar las copiosas lluvias, el sol calcinante,
ministraba la jungla. Se trataba de un árbol denominado cinchona la humedad y los bruscos cambios de clima. Y, por si fuera poco, la exis-
(cinchona officinalis ), de cuya corteza se extraía la quina. La malaria era tencia de tribus indígenas que nada tenían de hospitalarias. Pero Rafael

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Reyes no se iba a amedrentar por estos males menores. La intrepidez for- desarrollo comercial también implicó el recurrir a la mano de obra indí-
maba parte de su carácter. gena, y al sistema deenganche , que no era más que endeudar al trabaja-
Pocos años antes, Reyes había estado en Nueva York para interesar dor. Paralelamente, el gobierno peruano comenzó a preocuparse por la
a exilados políticos colombianos, miembros del Partido Conservador, en progresiva penetración colombiana, encarnada por Reyes, en el Putuma-
la extracción de la quina. Recorrió la Costa Este y luego se dirigió a Pa- yo. Envió naves a la región y organizó política, administrativa y econó-
rís, donde entró en contacto con expatriados colombianos que creyeron micamente al olvidado Departamento de Loreto. Una actitud de laissez-
en su iniciativa. Reyes quería inaugurar una nueva ruta exportadora que faire, por parte de Lima hubiera implicado entregar de forma tácita la
evitara la fatigante cordillera de los Andes y utilizara la cuenca del Ama- vasta zona selvática: el hecho es que los primeros en establecerse en las
zonas. Creó la Compañía del Caquetá y se dispuso a realizar grandes márgenes del río fueron los colombianos. Pero el boom de la quina ini-
negocios. Para ello, introdujo en los ríos amazónicos un transporte nue- ciado a comienzos de la década de 1870 ––como el de tantas otras ma-
vo y revolucionario que cambió las reglas del juego al modificar drásti- terias primas–– fue efímero, al menos para Rafael Reyes. No contó con
camente los tiempos: el barco a vapor. Si bien naves de guerra brasile- la presencia previa en el Amazonas de dos ingleses, Richard Spruce y Cle-
ñas y peruanas habían surcado las aguas del Putumayo en la década de ments Markham. Este último envió secretamente al jardín botánico in-
1870, lo hicieron con fines geopolíticos y no influyeron en la economía glés de Kew Gardens semillas del árbol de cinchona para que germina-
de la zona. Como el río Putumayo era la principal vía de acceso fluvial ran. A principios de la década de 1880, se vieron los primeros frutos: las
al caudaloso Amazonas, había que implementar un sólido sistema de na- plantaciones asiáticas de quina originadas en semillas amazónicas pro-
vegación. dujeron con tal abundancia que los precios se derrumbaron en los mer-
Brasil negaba el ingreso al río Amazonas a barcos de bandera extran- cados mundiales.
jera, con lo cual, por razones geográficas, quedaba también excluido el Otra materia prima que atrajo a los pioneros del Amazonas y que po-
Putumayo. El menudo Reyes, que sólo pesaba cincuenta kilos, partió a día colocarse con éxito en mercados internacionales fue la zarzaparrilla.
Río de Janeiro para entrevistarse con el emperador, don Pedro II. Imagi- Charles Zerner, en People, Plants & Justice la define.
nemos a este hombre absurdamente bajo de estatura y casi raquítico in-
gresando al Palacio de Boa Vista, rodeado de exóticos jardines, y de una Diversos productos extraídos de la naturaleza han aparecido y desa-
parafernalia protocolar que hubiera hecho sonreír a un Habsburgo o a parecido de la noche a la mañana, de acuerdo a los caprichos de los
un Hohenzollern: lacayos negros con libreas iridiscentes; un enjambre mercados nacionales e internacionales creando la era del boom en el
de duques y marqueses con títulos más propios de tribus salvajes que del Amazonas. Uno de los primeros productos exitosos fue la zarzaparri-
Almanaque de Gotha. Era una corte tropical con pretensiones europeas. lla, una suerte de viña con forma de raíz (de la especie Smilax ) que
crecía a orillas de los ríos: sus raíces se secaban y se acondicionaban
El encuentro entre Rafael Reyes y don Pedro II de Braganza no fue una
para producir extractos. Se creía que la zarzaparrilla poseía propie-
mera reunión protocolar, sino una ardua negociación que duró una ho-
dades purificadoras de la sangre y antirreumáticas, como también pa-
ra y de la cual salió victorioso el colombiano. El monarca, un apasiona-
ra combatir la sífilis, como lo reflejan los nombres científicos de las
do de la ciencia y de la exploración, quedó impresionado por este insó- dos clases explotadas en el Amazonas:S. officinalis y S. Syphilitica.
lito emprendedor. En setiembre de 1875, Reyes obtuvo el permiso Las cualidades medicinales de la zarzaparrilla fueron conocidas
definitivo para que el Amazonas y el Putumayo pudieran ser navegados a partir del siglo XVI y luego incorporadas a la farmacopea euro-
por buques brasileños y colombianos. pea y, a la vez, adoptada por la sociedad colonial de Sudaméri-
La expansión de la Compañía del Caquetá fue imparable. Reyes ad- ca. Últimamente, fue incorporada a la medicina alternativa.
quirió en Iquitos un buque a vapor inglés, el Tundama , y se dedicó a la
recolección de quina. El primer embarque de este producto que llegó al Pero volvamos a Rafael Reyes. La catastrófica caída del precio de la
puerto de Nueva York le dejó una ganancia neta de cien mil dólares. Su quina le hizo abandonar su epopeya amazónica; se dedicó a la política y

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llegó a ser presidente de Colombia a principios del siglo XX. La desapa- Sin embargo, existe otra versión de la vida de Crisóstomo Hernán-
rición del mercado amazónico de la quina no significó, económicamen- dez, la que dio Aquileo Tobar ––citado en el libro de Michael Edward
te, el fin del Putumayo. Otra materia prima asomó en la selva impenetra- Stanfield––, hijo de un empleado de la Casa Arana y de una india huito-
ble: el caucho. No fue una novedad para Elías y Rafael Reyes, ya que to. Hernández era un mulato nacido en Descanse, un pueblo enclavado
habían comenzado a exportar este producto en 1877; pero fue un tercer en la cordillera de los Andes y fugitivo de la justicia colombiana, que hu-
hermano, Enrique, quien permaneció en las plantaciones caucheras, jun- yó a la región del Putumayo. Se casó con una mujer huitoto y compartió
to con Benjamín Larrañaga, un simple trabajador que acompañó a los la vida de la tribu. Luego, se dedicó a explotar el caucho, convirtiéndose
Reyes desde el comienzo y que sería una pieza clave del damero del Pu- en un prominente productor, de la misma talla que Benjamín Larrañaga.
tumayo, a partir del ingreso de Julio César Arana. Otras versiones afirman que Crisóstomo Hernández tenía el prodigioso
Ya hemos visto que Arana admitió ante el Comité Selecto de la Cá- don de la oratoria, lo cual lo convirtió en una suerte de deidad entre los
mara de los Comunes británica que había empezado a vender sus provi- indios. También, que su crueldad carecía de límites: llegó a matar a to-
siones a los caucheros colombianos hacia 1899. ¿Cómo es posible que dos los que estaban en una maloca , o vivienda comunal indígena, inclu-
un aviador terminara adueñándose de todas las propiedades colombia- yendo a mujeres y niños, por el solo hecho de practicar la antropofagia.
nas en el Putumayo? Julio César Arana, hasta los primeros años del si- Entre estos caucheros principales de los ríos Caraparaná e Igarapa-
glo XX, era el típico hombre de negocios que vivía en Iquitos, operando raná ––tributarios del Putumayo, y donde se encontraban dos centros de
en el mercado del caucho, proveyendo de mercaderías a los caucheros. explotación de máxima importancia, El Encanto y La Chorrera–– se con-
Pero tal vez ya por entonces sabía o intuía que el Putumayo podía brin- taba David Serrano, cuyo violento desalojo de su plantación (y posterior
darle todo el poder con el cual había soñado. asesinato) por hombres de la Casa Arana fue denunciado por Walter Har-
No todos los caucheros colombianos que se establecieron en ese río denburg y dio comienzo a un escándalo que, pocos años después, estre-
poseían los recursos económicos y políticos de los hermanos Reyes. An- mecería al mundo. La zona gomera se extendía hasta el río Caquetá y a
tes de que Julio César Arana se adueñara del Putumayo, hubo numero- las cabeceras del Cahuinari, formando un vastísimo territorio que abar-
sos caucheros que trataron bien a los indígenas y respetaron el contrato caba doscientas mil millas cuadradas. Según testimonios de algunos de
de trabajo que los unía a estos. estos pioneros caucheros colombianos, los padecimientos de los aborí-
El caso de Crisóstomo Hernández, es un buen ejemplo ––aunque al- genes del Putumayo sólo se generalizaron con la hegemonía de la Casa
go atípico––. Jamás se sabrá a ciencia cierta cuál de las versiones que cir- Arana en la región. En El libro rojo del Putumayo , el británico Norman
culan sobre este cauchero es la real. Roger Casement, enviado por el go- Thomson, publicado en Londres en 1913, reproduce un informe que le
bierno británico en 1910 y en 1911 para investigar las atrocidades que envió el general Reyes, miembro de la célebre familia colonizadora del
denunció la prensa inglesa y norteamericana sobre la Casa Arana y el Pu- Amazonas, acerca de la Compañía del Caquetá, creada en 1875.
tumayo, no podía sino tener un concepto negativo sobre los primeros co-
lonizadores del río, igual o peor que el que tenían los británicos sobre los En el año de 1871 exploré el Putumayo en compañía de mis herma-
conquistadores españoles. Para la cultura anglosajona, la conquista his- nos Enrique y Néstor. Durante diez años exploramos el Putumayo,
pánica de América fue abominable. Además, la penetración de los cau- el Napo, el Caquetá y otros afluentes del Amazonas. En el primero
de estos ríos establecimos un servicio de vapores que se llamaban
cheros colombianos en el Putumayo se produjo en una época donde ha-
Tundama, Apihi, Larroque y Colombia . Construimos caminos al in-
bía un fuerte sentir abolicionista: el mundo recién salía de la esclavitud
terior de Colombia. Abolimos el tráfico de esclavos que se efectuaba
y estaba fresco el recuerdo de la Guerra de Secesión Norteamericana. A con los indios en la parte interior del río; en muchas ocasiones com-
pesar de que la esclavitud se había abolido en casi todos los países del batimos con los traficantes de esclavos y, haciéndolos prisioneros, los
mundo, seguía existiendo bajo diversos disfraces. En Brasil perduró en entregamos a las autoridades brasileñas para que se les juzgara y cas-
forma abierta hasta el 13 de mayo de 1888. tigara. Civilizamos muchas tribus salvajes que en aquella época con-

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taban más de doscientas mil almas. Mantuvimos la soberanía de Co- Vichy, hasta el vino y los aguardientes. Habría que agregar las armas de
lombia sobre el Putumayo, que le pertenece hasta la frontera del Bra- fuego y blancas, los fósforos para hacer fuego, los medicamentos para ar-
sil, aunque actualmente el Perú pretende avanzar hasta la cima de mar un botiquín de primeros auxilios, las balas. Y las imprescindibles he-
las montañas y hasta las mismas puertas de Pasto y Quito. Efectua- rramientas, los motores a combustión, el combustible para los faroles.
mos esas exploraciones con nuestro propio dinero; nos costaron más
Dependían de Arana. Esa fue la puerta de entrada, pero se necesitaba al-
de cuarenta mil libras esterlinas, sin apoyo, ni protección de gobier-
go más para crear un imperio.
no alguno.
Ante todo, se requería de una firme voluntad política por parte del
gobierno de Lima para penetrar sigilosamente en el Putumayo, aprove-
Esa colonización pacífica llegaría a su fin en 1900. Julio César Ara-
chando algunas circunstancias. El 15 de diciembre de 1894 se había fir-
na no sólo conocía bien quiénes eran los caucheros del Caraparaná y del
mado en Lima un Convenio de Arbitraje entre Perú, Colombia y Ecua-
Igaraparaná ––la mayoría de las plantaciones no se encontraban en las
dor para establecer los límites de estos países en la región del Putumayo,
márgenes del río Putumayo sino en sus tributarios y en el interior de la
imponiendo un status quo que prohibía, de hecho, el avance limítrofe de
selva–– sino, también, el potencial económico de la región. Como ya he-
cualquiera de estas repúblicas. Pero en los hechos se trataba de una “tie-
mos visto, comenzó a operar con ellos en 1899, suministrándoles avíos.
rra de nadie”, difícil de controlar, en la que hubiera sido imposible des-
Los colombianos no tenían más alternativa que recurrir a él: el país ca-
plegar tropas en caso de violarse el convenio. Se había requerido la in-
recía de vías férreas que acercaran a algún puerto fluvial amazónico los tervención del rey de España para que dirimiese las cuestiones de límites
preciados bienes. A principios del siglo XX, la topografía montañosa de entre los tres países. Pero esto era una diplomacia hueca, colmada de pa-
Colombia convertía a los viajes en penosas y prolongadas travesías. Ade- peles y frases rimbombantes pergeñadas por funcionarios; un duelo de
más, a los caucheros les resultaba más práctico surtirse en Iquitos, po- notas entre Cancillerías que parecía más un ejercicio de esgrima que una
blación con la que tenían una óptima conexión fluvial. Los vapores de eficaz defensa de las fronteras. Pero a diferencia de sus vecinos, inmer-
Arana descendían por el Amazonas hasta la confluencia del Putumayo y sos en inacabables guerras civiles, el Perú estaba en condiciones de en-
lo remontaban hasta el Igaraparaná, que era navegable hasta La Chorre- cabezar una ocupación efectiva de los territorios en disputa sin temer
ra, plantación perteneciente a Benjamín Larrañaga, ya que allí existían más que débiles notas de protesta por parte de aquellos.
saltos de agua que impedían el ascenso. Lo mismo sucedía al remontar No había que remontarse a los títulos de posesión del virreinato de
el río Caraparaná, donde estaban El Encanto y otras caucherías. En am- Nueva Granada, ni a los de la Gran Colombia para aceptar que el Putu-
bos ríos existían numerosas secciones de extracción de caucho, todas mayo era tierra colombiana. Los caucheros que poblaban sus ríos eran
ellas en la margen izquierda y con nombres curiosos: Argelia, Indostán, de esa nacionalidad y, además, Perú jamás protestó por situaciones que
África, Abisinia y Atenas (en el interior), por nombrar las más exóticas. deberían haber afectado una supuesta soberanía. Cuando los Reyes se es-
Se ignora quién las bautizó con semejantes nombres. tablecieron en el Amazonas, sus vapores navegaron el Putumayo duran-
Esas transacciones comerciales, si bien estaban dentro de las reglas te nueve años sin producir ni la más mínima queja diplomática del go-
del juego, inclinaron en pocos años la balanza en favor de Julio César bierno peruano. Cuando el Tandama, buque de la empresa de los
Arana: su crédito aumentaba al mismo ritmo con el que la capacidad de hermanos Reyes, zarpó de Iquitos en su primer viaje, lo hizo autorizado
pago de los caucheros disminuía. El cauchero necesitaba prácticamente por una patente otorgada por las autoridades del Perú que, al igual que
todo. Para empezar, las necesidades diarias en materia de alimentación: los papeles de a bordo, afirmaba claramente que los puertos del Putuma-
arroz, papas, aceite, verduras, frutas y un sinnúmero de conservas cons- yo estaban ubicados en tierras pertenecientes a Colombia.
tituían la dieta cotidiana. La selva producía ananá, yuca, plátano, peces. A fines de 1900, zarpó de Iquitos una pequeña nave de guerra perua-
Pero estos, aunque suficientes para los aborígenes, no satisfacían a los na, la Cahuapanas, que puso proa al Putumayo. La tripulación estaba
caucheros, que también debían adquirir sus bebidas, desde el agua de compuesta por militares, que desembarcaron en Cotuhé, a ciento cin-

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cuenta kilómetros de la desembocadura del Putumayo en el Amazonas; que formaba parte de sus máximas aspiraciones. Apenas cinco años des-
río adentro ––una verdadera penetración–– izaron la bandera peruana y pués lo denominaría “mi río”. De hecho, lo era, ya que ninguna embar-
crearon una aduana y una comisaría fluvial. El gobierno colombiano, in- cación podía remontarlo sin su consentimiento. El calcinante sol de di-
merso en el enfrentamiento civil conocido como guerra de los Mil Días ciembre, la insoportable humedad y los insectos vespertinos no hacían
nada pudo hacer salvo protestar por la vía diplomática. La documenta- precisamente agradable el trayecto: los camarotes eran asfixiantes y per-
ción de la época indica inequívocamente que esa región le pertenecía a manecer en cubierta era la única opción para soportar ese clima impla-
Colombia. El solo hecho de haber pertenecido al virreinato de Nueva cable. Y así, sentado en una reposera, con los primeros dolores de la ciá-
Granada le otorgaba derechos. tica que lo atormentaría hasta su muerte, con su voluminoso cuerpo, su
Para entonces, Julio César Arana ya avanzaba pacientemente sobre abdomen prominente por la absoluta falta de ejercicio físico, transpiran-
el Putumayo. En 1903, se funda en Iquitos Julio C. Arana & Hermanos, do sin cesar, Julio César Arana del Águila Hidalgo ingresaba por prime-
más conocida como la Casa Arana. Arana contó, desde el inicio de esta ra vez al Putumayo. El río era muy diferente a aquellos con los que esta-
firma, con el accionar de su hermano Lizardo, como también de sus cu- ba familiarizado, como el Yavarí o el Purús. Pero difícilmente Arana se
ñados Pablo Zumaeta y Abel Alarco. No está claro cuáles eran sus fun- haya embelesado con la lujuriante profusión de vegetación tropical. Sí
ciones específicas, pero lo más posible es que estos familiares-gerentes con un elemento puntual de la misma: la inverosímil abundancia de cau-
viajaran a ríos remotos, inclusive el Putumayo, mientras él, desde Iqui- cho. No era de la mejor calidad, como el Castilloa o la Hevea brasilien-
tos, dirigía los múltiples negocios y alianzas. Otros parientes cumplieron sis, sino que se trataba del jebe débil, del sernamby. Pero en aquellas épo-
actividades bien definidas: su cuñado Bartolomé Zumaeta estuvo a car- cas en que el precio de esa materia prima trepaba vertiginosamente en
go de algunas secciones donde mostró una crueldad extrema con los in- los mercados mundiales como consecuencia de la creciente industria au-
dígenas, que terminaron por asesinarlo. tomovilística, poco importaban los aspectos cualitativos del caucho.
Los años transcurridos en Iquitos le dieron a Julio César Arana un Sería ingenuo creer, como afirmó Arana ante el Comité Selecto de
creciente prestigio. No sólo era un próspero cauchero, sino también un la Cámara de los Comunes británica, que su primer viaje al Putumayo,
miembro del establishment local. Fue nombrado presidente de la Junta que apenas consistió en permanecer dos días en La Chorrera, se debió
Departamental apenas esta institución se trasladó a Iquitos. Se trataba al simple hecho de “arreglar una diferencia entre algunos de mis deudo-
de una suerte de consejo de gobierno que, entre otras funciones, impul- res”. Que se trataba de un arreglo de cuentas, no cabe la menor duda, ya
saba iniciativas educativas y sanitarias. La primera acción de Arana fue que los caucheros colombianos, como señalamos oportunamente, se en-
la creación de una red de escuelas primarias en esa ciudad, para lo cual deudaron más allá de sus posibilidades con este proveedor de Iquitos.
era necesario el aporte privado; a través de un impuesto anual aplicado Fue, más bien, un viaje exploratorio. El vapor ingresó finalmente en el
a las fuerzas vivas, como también al tabaco y al café, se cimentó el siste- río Igaraparaná, aún más misterioso e inexplorado que el Putumayo, re-
ma de educación primaria. A lo largo de su vida, e incluso cuando fue se- montó su sinuoso curso y el 20 de diciembre de 1901 llegó a Colonia In-
nador por el Departamento de Loreto, en 1920, Julio César Arana mos- diana y, por último, a La Chorrera, que pertenecía a la firma Larrañaga,
tró un afán irrefrenable por crear hospitales, escuelas y por mejorar en Ramírez & Co., integrada por colombianos. El arribo debe de haber si-
todo aspecto la ciudad. do imponente, ya que barcos de semejante calado no recorrían ese río
El primero de los cinco viajes que realizó en su vida al río Putumayo perdido en la selva, y, mucho más, ver a Julio César Arana, el presiden-
fue en diciembre de 1901. En la actualidad, trasladarse desde Iquitos a te de la Junta Departamental de Iquitos, el acopiador de caucho, el ban-
ese río demanda apenas una hora en un pequeño hidroavión. Pero a prin- quero, bajando por la planchada de traje blanco y sombrero de paja ––de
cipios del siglo XX era una travesía que llevaba quince días para llegar y los que tantos había vendido––, la barba prolijamente recortada, ima-
el mismo tiempo para volver. Imaginemos a este hombre de treinta y nue- gen que, por cierto, poco concordaba con la de los caucheros y la de su
ve años embarcándose rumbo a un curso de agua que no conocía, pero forma primitiva de vida. Algunos años después, en Londres, habló ante

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el mencionado Comité de haber “entrado en negocios” con los propie- La familia de Arana se había ampliado. Durante los primeros años
tarios de La Chorrera, como la denominaremos de ahora en más. Sin del siglo XX nació su primer hijo varón, Julio César, que falleció joven
duda se habrá tratado de una ampliación del crédito, de constituir hipo- como consecuencia de una enfermedad; su tercera hija, Lily, y, por úl-
tecas a su favor. Entre los caucheros de la zona estaban los hermanos timo, Luis, el que más lo acompañó en los difíciles años posteriores al
Calderón, dueños de El Encanto, en el río Caraparaná, otro futuro cen- derrumbe de los precios del caucho. Los viajes permanentes pasaron a
tro de exterminio de la Casa Arana. Confluyeron a La Chorrera para ser parte de la vida de Arana y no pudo escapar a la recriminación de
––siempre según las declaraciones formuladas por Arana en Londres–– sus hijos ante sus sistemáticas ausencias, especialmente cuando los tras-
relacionarse a través de él con la firma Larrañaga, Ramírez & Co. y pro- ladó a Europa, en 1903. Por su temperamento y por la actividad que ha-
veerse de víveres y otros enseres, dada la imposibilidad de adquirirlos bía elegido, mal podía estar aposentado en su oficina de Iquitos, dele-
en otro lugar que no fuera Iquitos. gando en otros funciones clave que exigían habilidad, experiencia,
La breve estadía en La Chorrera le sirvió a Julio César para algo más astucia e inescrupulosidad. No se trataba de dirigir una empresa euro-
que otorgar créditos y realizar negocios. Comprobó, in situ, no sólo las pea, sino de lidiar en uno de los escenarios más feroces del planeta, de
existencias de caucho, sino que pudo conocer a los indios huitotos, sus ocupar de inmediato los espacios que quedaban vacíos en la selva, de
costumbres, su pasividad. ¡Qué fabulosa fuente gratuita de trabajo po- apoderarse de bienes ajenos de la forma menos onerosa y recurriendo
dría llegar a ser si se implementaba un sistema despiadado, si se insti- a cualquier tipo de maniobra. Su cuñado, Pablo Zumaeta, o su herma-
tuía el terror, los más severos castigos! El indio, para el peruano blanco, no, Lizardo, podían ser eximios comerciantes, pero carecían de esa sus-
era despreciable; pero, era el único que podía trabajar y sobrevivir en tancia de la cual están hechos los héroes y los grandes hombres de ne-
ese hábitat. Benjamín Larrañaga, el propietario de la estación cauche- gocios.
ra, no era precisamente un adalid de los derechos humanos, probable- Cuando Julio César Arana llegó finalmente a Iquitos, después de su
mente porque llevaba treinta años trabajando en el Putumayo y no des- primer viaje al Putumayo, lo esperaba un cargo oficial que hubiera enor-
conocía sus rigores. Uno de sus negocios era enviar a Iquitos grandes gullecido a cualquier habitante de la ciudad: había sido designado alcal-
cantidades de indios que capturaba, donde eran vendidos como merca- de a partir del 1 de enero de 1902. Su gestión, que duró un año, estuvo
dería. Sus represalias podían alcanzar proporciones apocalípticas. En caracterizada ––debido a sus constantes viajes de negocios–– más por au-
una oportunidad ––después del primer viaje de Arana–– dos de sus em- sencias que por presencias. Apenas llegó a Iquitos, asumió las funciones
pleados fueron asesinados por indios. Con su hijo Rafael, atrajeron a un de alcalde pero, de inmediato, pidió licencia. Regresó el 24 de junio de
nutrido grupo de indígenas huitotos y ocainas a La Chorrera, con el pre- 1902 para hacerse cargo de la alcaidía; el 19 de julio, se ausentó nueva-
texto de ofrecerles objetos irresistibles. Los matones de Rafael Larraña- mente y regresó a sus funciones el 15 de octubre. El 15 de noviembre se
ga apresaron a veinticinco indios a los que azotaron, torturaron y fusi- aleja definitivamente. Esto pone en evidencia la prioridad que el caucho
laron. Otras versiones sostienen que fueron rociados con querosén y tenía en su vida.
quemados vivos. Si bien Arana era un trabajador infatigable, aún no había podido su-
El 22 de diciembre de 1901, el vapor particular de Julio César Arana perar económicamente a otros caucheros; en 1903, ocupaba el decimo-
soltó amarras y se deslizó por el Igaraparaná rumbo a Iquitos. Ese tra- sexto lugar entre los dieciocho mayores contribuyentes de Iquitos, figu-
yecto de casi dos semanas de duración habla a las claras de su soledad, rando a la cabeza Manuel Paredes y Adolfo Morey. Pero su ascenso
y acaso inició su costumbre de pasar las fiestas de Navidad y Año Nue- económico sería vertiginoso. Tomemos, por ejemplo, las cifras de las ex-
vo lejos de su hogar. Era un hombre de familia, y Eleonora nunca sería portaciones de caucho de Julio César Arana provenientes del Putumayo:
reemplazada por otra mujer. Pero, antes que su familia estaba el caucho. en 1900, año en que recién comienza a comerciar con los caucheros co-
lombianos intercambiando materiales y provisiones por materia prima,
exporta 15.863 kilos; en 1901, aumenta a 54.180 kilos; en 1902, llega a

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123.210 kilos, y, en 1906, cuando prácticamente se ha adueñado del Pu- taces, un personal adiestrado para el exterminio, como losmuchachos y
tumayo, trepa a la increíble cifra de 644.897 kilos. los racionales y un contingente de negros de la isla caribeña de Barba-
dos ––donde los caucheros de Iquitos tenían sus residencias de invier-
no–– contratados ese mismo año, para recorrer las secciones caucheras
Arana volvió al Putumayo en 1903. Fue, naturalmente, en uno de sus armados y uniformados. El juez peruano Carlos A. Valcárcel que inves-
barcos, pero esta permanencia no se limitó a un par de días en La Cho- tigó las atrocidades de Arana señala en su libro, El proceso del Putuma-
rrera, como en su viaje anterior. También estuvo en El Encanto, en el río yo , publicado en Lima en 1915, la criminalidad del párrafo de marras:
Caraparaná y en una sección cauchera, Argelia, sobre el mismo curso de
agua. Posteriormente alegaría que esa visita tuvo el objeto de “cerciorar- Hacer trabajar contra su voluntad a cualquier individuo y aprove-
me de ciertos hechos con respecto a sumas que se me adeudaban y deci- charse de ese trabajo, son hechos que constituyen los delitos de exac-
dir si hubiese motivo para nuevos adelantos”. Pero su traslado se debió, ciones y violencias, que las leyes penales del Perú castigan con gra-
más bien, a una jugada que bajaría del pedestal a Benjamín Larrañaga, ves penas.
propietario de la pródiga La Chorrera. Con los años, la deuda que este Ha sido tal el desprecio de Arana y Zumaeta, [se refiere a su cuña-
do, Pablo Zumaeta ] por las leyes del Perú, que no les ha importado
mantenía con Arana se había transformado en una imparable bola de nie-
pactar algo criminal en una escritura pública. Lo que Julio C. Arana,
ve imposible de saldar. Podía constituirse una hipoteca en favor de Ara-
Pablo Zumaeta y demás socios de la la compañía “Arana, Vega, La-
na ––medida a la cual recurrió años después con otros caucheros–– pe- rrañaga” pactaron en la escritura antedicha, fue el establecimiento
ro los colombianos no poseían título de propiedad sobre esas tierras. Aún de la esclavitud en la región del Putumayo, pues no otra cosa signi-
se ignoraba a qué país pertenecían. En términos jurídicos, se trataba de fica aquello de obligar a los indios a trabajar, como efectivamente
una mera ocupación. han sido obligados por espacio de diez años por los medios crimina-
La única solución, entonces, era asociarse. Julio César seguiría apor- les que ya conocemos y por acción de los cuales han sido asesinadas,
tando materiales y provisiones, pero ya no en calidad de aviador, sino de cuando menos, veinte mil personas.
socio, con participación en las ganancias. El caucho se trasladaría hasta
Iquitos en sus propios barcos. La estrategia utilizada durante tantos años Pero en los primeros años del siglo XX, cuando ya habían comenza-
a partir del endeudamiento de sus recolectores de caucho, ahora le ser- do las atrocidades en el Putumayo, aunque manteniéndose dentro de un
vía para capturar un bastión en lo que a plantaciones de goma se refería. bajísimo perfil, lo único que obsesionaba a Julio César Arana era adqui-
La Chorrera era la piedra mayor de una corona integrada por más de cua- rir las plantaciones a los colombianos, como si la desaparición de todos
renta y cinco secciones caucheras diseminadas entre el río Putumayo y ellos de esa región fuera un imperativo categórico. No aceptaría que si-
el Caquetá. No se trató sólo de una operación comercial dura pero legí- quiera el más pequeño productor colombiano del Igaraparaná extrajese
tima sino que abrió la puerta a un experimento novedoso y macabro, don- una modesta cantidad de caucho al año. El núcleo de su estrategia resi-
de la intervención de los indios huitotos era de importancia vital. Arana dió en no dejar que nadie ––mucho menos un extranjero–– viviera allí y,
y Larrañaga estaban de acuerdo en que la mano de obra esclava era im- aún más, pudiera siquiera ingresar en la zona sin su consentimiento. En
prescindible. tanto ningún potencial testigo ingresara al Putumayo, podría hacer lo que
La asociación se selló legalmente en Iquitos, ante el escribano Arnal- quisiese en materia de mano de obra indígena. También pesó la posibili-
do Guichard, el 8 de abril de 1904 y adquirió el nombre de Arana, Vega, dad de que ––si los colombianos permanecían en los ríos Igaraparaná y
Larrañaga . En la escritura figura un párrafo de aterradora obviedad, que Caraparaná–– los indios buscaran refugios en esascaucherías donde el
haría insostenible cualquier defensa de Arana: “A los indios del Putuma- trato era benévolo.
yo se les obligará a trabajar por la fuerza para los socios por medio de los Una serie de circunstancias políticas permitieron que Arana lleva-
empleados de la compañía”. Los “empleados” fueron sus siniestros capa- ra adelante sus planes. En mayo de 1904, pocos días después de sellar

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notarialmente su asociación con Benjamín Larrañaga, los gobiernos de de vastas regiones del Putumayo a la firma Cano, Cuello & Compañía y
Perú y de Colombia llegaron a un acuerdo para resolver sus problemas a Pedro Antonio Pizarro, que poco después traspasaron esos derechos
de límites en el Amazonas, donde precisamente el Putumayo funciona- a Julio C. Arana & Hermanos , lo cual constituyó una grosera lesión de
ba ––y sigue funcionando–– como una frontera natural. Perú, en aque- la soberanía colombiana. Esto le valió a Reyes el ser acusado de traición
llos años, basándose en documentación de principios del siglo XIX, a la Patria ante el Procurador General de la Nación.
pretendía extender su frontera hasta el río Caquetá, lo cual era inacep- Para los caucheros colombianos del Putumayo, descubrir que su pro-
table para el gobierno de Bogotá. El acuerdo apenas duró tres meses. pio gobierno no estaba dispuesto a ayudarlos fue el golpe de gracia que
Ambos países, en septiembre de 1905, sometieron sus cuestiones de lí- terminó forzándolos a vender sus plantaciones a la Casa Arana.
mites al arbitraje del papa Pío X; el 6 de julio de 1906, entró en vigen- Algunas ventas, sin duda, fueron inducidas mediante procedimien-
cia un modus vivendi ––firmado en Bogotá el 12 de septiembre de tos que definitivamente iban más allá de las compras “hostiles” dentro
1905–– entre Perú y Colombia. Hasta resolver definitivamente sus pro- de ciertas reglas de juego. Uno de los huesos más duros de roer fue Ben-
blemas limítrofes, ambos países se comprometían a retirar todas las ins- jamín Larrañaga, acaso por poseer la misma sustancia que Arana, por
talaciones y autoridades militares de la zona. El Putumayo pasó a ser la crueldad que había demostrado con los indios huitotos y por una ris-
tierra de nadie. tra de problemas que mantuvo con autoridades peruanas cuando se de-
Nada convenía más a los intereses de Julio César Arana que estas ju- cidían a remontar el Igaraparaná y el Caraparaná. El 25 de noviembre
gadas en el damero diplomático. El modus vivendi apuntaba a descom- de 1905, Julio César Arana adquirió finalmente La Chorrera, abonán-
primir los conflictos entre ambas naciones. Pero en realidad, sucedió dole a Larrañaga la insignificante suma de veinticinco mil libras esterli-
exactamente lo contrario. El presidente de Colombia, Rafael Reyes ha- nas, ya que alegó que se le debían setenta mil libras en materiales, pro-
bía conocido el Amazonas durante el boom de la quina y no ignoraba visiones y transporte. Según algunas versiones, Benjamín Larrañaga fue
que lo peor que podía sucederle a su país era que el Putumayo se con- citado en Iquitos por las autoridades para rendir cuentas sobre algunos
virtiera en “tierra de nadie”. El ministro de Relaciones Exteriores colom- actos de crueldad. Acorralado, presionado, amenazado, se avino ––ese
biano designó funcionarios en la región, en particular en los ríos Igara- fue el objetivo final de la citación–– a vender sus bienes a Julio César
paraná y Caraparaná, lo cual no hizo sino ponerle más presión a la Arana, quien no había sido ajeno a esta jugada.
caldera. Se había creado una aduana compartida por Perú y Colombia Arana tenía, además, una carta insuperable en sus manos: mante-
en Cotuhé, en el bajo Putumayo, cerca de la frontera con el Brasil. Es- nía cautivo a Rafael Larrañaga, hijo del cauchero. Como suele suceder
to iba contra los intereses de Julio César Arana, ya que el caucho que en latitudes tropicales, las versiones difieren de manera notable. Algu-
exportaba no tributaba impuestos debido a que la región de la cual se nos historiadores e investigadores sostienen que Rafael Larrañaga era
extraía era de soberanía imprecisa. Los conflictos fueron en aumento hermano, no hijo, de Benjamín. En cuanto a la muerte de este, que se
hasta que el propio presidente Reyes, para desactivarlos de algún modo, produjo poco después, hay quienes afirman que pereció junto a su es-
envió un telegrama a las principales compañías caucheras señalando posa en un accidente durante el trayecto entre Nueva York e Iquitos.
que, más allá del veredicto papal en lo referente a límites, Colombia es- Otros alegan que murió envenenado con arsénico. Se asegura también
taba dispuesta a respetar la propiedad privada, es decir, a reconocer los que su hijo Rafael, que estuvo preso en la cárcel de Iquitos ––irónica-
títulos que, entre otros, poseía el propio Arana. Cuando hay intereses mente denominada Oficina de la Casa Arana–– desapareció entre los
económicos superlativos en juego, no es de extrañar que se lleven a ca- indios.
bo sutiles maniobras. Aquí se trataba nada menos que del caucho, que Ante el Comité Selecto de la Cámara de los Comunes, Julio César
alcanzaba fabulosos precios en el mercado de Londres y de Nueva York. Arana admite haber hecho su tercer viaje al Putumayo en 1905, ocasión
Era inevitable que surjan conductas oscuras. El propio Rafael Reyes, en la cual, dice, sólo visitó uno de los ríos caucheros.
cuando fue presidente de Colombia (1904-1909), otorgó la concesión

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Mi siguiente visita fue en el año 1905, época en que fui al Carapara- El 25 de noviembre de 1905, como ya hemos visto, le entregó a Ben-
ná con el objeto de comprar propiedades de colombianos. Entonces jamín Larrañaga veinticinco mil libras esterlinas y pasó a ser el pro-
los colombianos de los referidos ríos luchaban entre sí y, en conse- pietario de La Chorrera.
cuencia, decidí comprar sus propiedades, pues consideraba que esa El 21 de enero de 1907, adquirió las plantaciones de Pérez, Pérez &
sería la mejor forma de salvar las sumas que había invertido en esa Arana por doce mil libras esterlinas.
zona. El 21 de enero de 1907, constituyó a su favor una hipoteca de cinco
mil quinientas libras esterlinas sobre La Unión y Remolino, de Or-
Estas aseveraciones, como todas las otras relacionadas con el Putu- dóñez & Martínez.
mayo, las realizó en el número 17 de Throgmorton Avenue, en Londres, El 16 de julio de 1910, compra estas dos propiedades incluyen-
do la hipoteca por ocho mil ochocientas libras esterlinas.
el 14 de abril de 1913, y utilizó el idioma español para expresarse. La tra-
ducción al inglés fue realizada por Marcial Zumaeta, de Iquitos. En ese
uso de medidas, A fines de la primera década del siglo XX, Julio César Arana había
discurso incluyó conceptos nebulosos, vagas acciones reivindicatorias,
millas, millas creado un imperio que abarcaba doce mil millas cuadradas, entre los
como si se hubiera tratado de un acreedor que golpea la puerta para co-
cuadradas, hec- ríos Putumayo y Caquetá. No hubiera podido lograrlo sin el apoyo del
brar una cuenta. Sus métodos, en realidad, fueron otros. A los colombia-
táreas presidente del Perú, José Pardo. Se produjeron incidentes que no se com-
nos se los capturaba en sus plantaciones y a aquellos que no eran asesi-
nados en el lugar, se los trasladaba en algún vapor de Arana hasta Iquitos, prenderían de no haber existido la oscura fuerza impulsora del gobier-
donde eran arrojados a un calabozo de la cárcel local. En el Putumayo, no de Lima. Endeudar a los caucheros colombianos fue una de las tác-
no había una sola autoridad colombiana que los protegiera. Desolados ticas dentro de una estrategia de intimidación que no admitía prórrogas,
en la cárcel de Iquitos, sin ningún letrado que los defendiera, eran forza- dilaciones, negociación de la deuda ni recursos judiciales. El endeuda-
dos a vender sus propiedades a la Casa Arana al precio que esta estipu- miento sería acompañado por un ataque combinado a las plantaciones
lara. Otros, en vez de soportar semejante calvario, optaron por vender colombianas por parte de fuerzas militares peruanas e integrantes de la
voluntariamente. Así, en el término de una década, Arana se transformó Casa Arana. Los reclamos del Perú se basaban en una Real Cédula de
en el dueño absoluto del Putumayo. Es interesante remitirse a sus pro- 1802, que le otorgaba la posesión del Putumayo hasta las márgenes del
pias declaraciones en Londres, con respecto a las adquisiciones que rea- río Caquetá.
lizó en los ríos Igaraparaná y Caraparaná:

El 28 de marzo de 1904 adquirió a Jacob Barchilon [ un sanguinario Enero, en el Alto Amazonas, no es mes de lluvias, lo que lo hace fa-
colaborador de Benjamín Larrañaga ] su plantación en cinco mil li- vorable para la navegación: los ríos no están desbordados y el derrotero,
bras esterlinas. a pesar de los traidores bancos de arena, es fácilmente reconocible. El 12
El 28 de noviembre de 1904, le compró la plantación a Carlos Le- de enero de 1908, dos naves remontaban el río Caraparaná, tributario
mos en tres mil quinientas libras esterlinas. del Putumayo. Una era el Liberal , vapor emblemático de la Casa Arana,
El 2 de julio de 1905, formó la sociedad con los hermanos Calderón, un ingenio fluvial de varios niveles que albergaba desde camarotes y cu-
propietarios de El Encanto [la segunda piedra de la corona ] pagán- biertas de lujo hasta calabozos y bodegas para almacenar caucho. Era la
dole doce mil quinientas libras esterlinas y cancelándole la suma que
nave preferida de Julio César Arana, en la cual surcó las aguas del Putu-
se le adeudaba, que era nada menos que setenta mil libras esterlinas.
mayo tanto para firmar convenios comerciales que finalmente termina-
La sociedad con los hermanos Calderón es apenas un eufemismo, ya
que Arana se quedó con la totalidad de El Encanto. ban en despojos, como para hacer relaciones públicas con funcionarios
El 29 de junio, le pagó a Ramón Sánchez setecientas libras esterli- ingleses y norteamericanos. No se trataba de un viaje más de intercam-
nas, cancelándole su deuda y agregando una propiedad más a su co- bio de mercaderías por caucho. La nave insignia iba flanqueada por la
lección. lancha de guerra Iquitos , perteneciente al gobierno peruano, armada de

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seis cañones y dos ametralladoras, que transportaba a ochenta y cinco rrores que perpetraban los empleados de la Casa Arana. No todos pudie-
hombres de la guarnición militar de Iquitos. ron refugiarse. Duarte y dos peones murieron en el combate, mientras
Ese lento pero implacable avance aguas arriba no presagiaba nada que Prieto y un peón quedaron gravemente heridos. Fueron rematados
bueno, sobre todo proviniendo de la Peruvian Amazon Company, que era allí mismo por integrantes de la Casa Arana.
el nombre internacional que había adquirido Julio C. Arana & Herma- Lo que siguió fue una orgía de venganza, un saqueo previsto desde el
nos , debido al ingreso de capitales y directores británicos a la compañía mismo comienzo de la operación ––se adueñaron de mil arrobas2 de cau-
originariamente creada por Arana y de la cual seguía siendo amo y señor. cho que fueron prolijamente almacenadas en el Liberal, junto con má-
En el Liberal viajaban los jefes de la misión, Benito Lores y Carlos Zu- quinas y ganado––, que incluyó el incendio de todos los edificios. Las mu-
biaur. El viaje tenía como objetivo adueñarse, por las buenas o por las ma- jeres indias capturadas en la selva vecina fueron arrastradas hasta los
las, de La Unión y de las propiedades de los últimos caucheros colombia- barcos, destinadas al placer de los vencedores. Norman Thomson, en El
nos en el Caraparaná, reacios a venderlas. Los rebeldes eran David libro Rojo del Putumayo , describe el destino de varios colombianos apre-
Serrano, propietario de La Reserva; Ildefonso González, un negro dueño sados en este operativo al llegar a Iquitos, citando una carta del ministro
de El Dorado, y los patrones de La Unión, Ordóñez y Martínez. Se trató de Relaciones Exteriores de Colombia.
de una incursión fríamente calculada por Julio César Arana y del gobier-
no de Lima, disfrazada de heroica defensa de la soberanía peruana. En el punto denominado La Argelia, en la margen oriental del río
Las versiones acerca de lo sucedido en La Unión varían, pero histo- Caraparaná, los mismos jefes ya nombrados aprisionaron al señor Je-
riadores y cronistas de la época coinciden en algunos datos. Al mando sús Orjuela, Inspector de Policía del Putumayo, le despojaron de di-
de la cauchería se encontraban los señores Duarte y Prieto que ordena- nero y papeles que tenía, lo pusieron en un infecto calabozo a bor-
do del vapor Liberal, y en este lo condujeron preso a Iquitos, en
ron algo quiméricamente al contingente peruano, compuesto por ciento
donde el Prefecto no se dignó recibirlo.
cuarenta hombres, que se retirara de la propiedad. Pero los empleados
El mismo procedimiento se adoptó con otros colombianos. Ham-
de la flamante Peruvian Amazon Company , ex Casa Arana, alegaron ve- brientos y casi desnudos se pasearon por las calles de la población
nir en son de paz, sólo para realizar una generosa oferta: pagarían vein- peruana quienes tan inhumanamente fueron conducidos allí, hasta
te mil libras esterlinas para que los colombianos se retirasen de La Unión. que algunos de ellos pudieron, mediante el auxilio privado de gene-
La suma, más que irrisoria, era insultante. Ni siquiera se encontraba, ade- rosos compatriotas, venir a dar cuenta a este Gobierno de los críme-
más, uno de los propietarios, Ordóñez, que se había internado en la sel- nes perpetrados; otros han perecido, otros sufren en tierra peruana
va por unos días. La oferta, en principio, fue rechazada, pero Prieto pre- las consecuencias de los atroces hechos a que nos referimos.
firió ganar tiempo, diferir una respuesta y recibir, mientras tanto, las Fuera de los hechos que a grandes rasgos he referido aquí, el Go-
mercaderías y provisiones que se encontraban a bordo. La respuesta pe- bierno tiene noticias de otros igualmente crueles perpetrados con-
tra ciudadanos colombianos en sus personas y bienes, otros por los
ruana se asemejó a un látigo: o entregaban todo el caucho, o se apode-
empleados de la Casa Arana, que goza de la franca e incondicional
rarían por la fuerza de las existencias.
protección del Gobierno y de las autoridades peruanas.
Prieto izó la bandera peruana y se inició un feroz tiroteo de una dis-
Debe tenerse también en cuenta la persecución, por no decir el ex-
paridad inusitada. Poco podían hacer veinte colombianos contra una hor- terminio, que se lleva a cabo contra las tribus indígenas colombia-
da de hombres armados hasta con ametralladoras. Lo esperable hubiera nas, persecución y exterminio que recuerdan y superan a las de igual
sido que al quedarse los caucheros sin municiones, después de media ho- características de épocas pasadas, que anatematiza la historia de la
ra de fuego cruzado, en vez de huir a la selva, hubiesen agitado una ban- humanidad.
dera blanca en señal de rendición, cesando el fuego y capitulando en los
mejores términos. Pero si los colombianos huyeron a la selva, fue porque Para algunos funcionarios peruanos, el ataque a La Unión alcanzó
era el único modo de salvar sus vidas. Ya conocían el proceder y los ho- las excelsas alturas del heroísmo. El juez Rómulo Paredes, que se encon-

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traba en Iquitos para investigar las primeras denuncias sobre lo que ver- La Unión, el señor Loayza decidió ir allí en el vapor Liberal , que ha-
daderamente sucedía en el Putumayo, escribió en su periódico El Orien- cía su viaje mensual de costumbre, llevando provisiones, y para reci-
te, subsidiado económicamente por Julio César Arana: “El único deseo bir las gomas que debían entregarse a cambio de artículos vendidos
con anterioridad.
de estos jóvenes patriotas era el de hacer avanzar siquiera una pulgada
En vista, sin embargo, de los preparativos militares que se sabía que
la bandera del Perú en la tierra de conquista”. Un editorial del mismo dia-
estaban haciendo los colombianos en La Unión, el comandante se-
rio señalaba que se había tratado de “un acto patriótico y moral, enérgi-
ñor Pollack ordenó que fuesen embarcados doce hombres en el Li-
co, varonil y espléndido”. Tilda a los otros diarios iquiteños de “traido- beral con el fin de protegerlo, y se acordó después que la lancha del
res” por haber alegado que “las fuerzas del ejército peruano habían gobierno llamada Iquitos acompañaría al Liberal, para mejor pro-
tomado parte en ese asalto, en el cual habían figurado también la caño- tección. Cuando el Liberal se encontraba varios cuerpos delante de
nera y sus ametralladoras”. la Iquitos, a la llegada a La Unión, los que estaban a bordo del Li-
Las declaraciones de Julio César Arana con respecto al ataque a La beral vieron cuarenta blancos y treinta indios auxiliares, armados y
Unión, ante el Comité Selecto de los Comunes británico en 1913, son parapetados alrededor de una bandera colombiana y que inmedia-
una obra maestra de la tergiversación. La ya citada Las cuestiones del tamente se desplegaron en guerrilla. Aun cuando tanto el señor
Loayza como el comisario les hablaron desde la proa del Liberal , di-
Putumayo reproduce aquellos fuegos de artificios. Vale la pena verlos en
ciéndoles que no disparasen, pues venían en una misión pacífica, la
toda su extensión para comprender su inteligencia y habilidad para mo-
respuesta fue una descarga cerrada por órdenes del oficial colom-
dificar los hechos. biano Prieto. La Iquitos entonces acudió y desembarcó soldados y
marineros, originándose así la derrota de los colombianos. Después
El 6 de julio de 1906, los gobiernos del Perú y Colombia celebraron que cesó la lucha, se vio que tres de los prisioneros que con anterio-
un modus vivendi, según el cual se acordó mantener el status quo ridad habían sido tomados por los colombianos, y quienes tenían
mientras estuviera pendiente el arbitraje, y ambos gobiernos acorda- pesadas cadenas al cuello, habían sido acribillados a balas por los
ron retirar sus autoridades del Putumayo. El 22 de octubre de 1907, colombianos.
el gobierno de Colombia notificó al gobierno del Perú la rescisión de
este acuerdo. Yo me encontraba entonces en Europa, pero el gobier-
El ataque a La Unión fue apenas el preludio de una carnicería que
no del Perú me telegrafió, por intermedio del señor Alarco, 3 infor-
no tenía antecedente en el Amazonas. No hubiera trascendido fuera de
mándome de la actitud asumida por Colombia y preguntándome si
mi firma podría repeler una invasión por medio de sus empleados. la esfera local de no haber sido por la presencia casual de un joven nor-
El gobierno me telegrafió después de que habían instruido al Prefec- teamericano en esas mismas latitudes, que terminó por disparar el escán-
to de Loreto para que actuase de acuerdo conmigo y tomara medi- dalo de proporciones internacionales que derrumbó a la Peruvian Ama-
das enérgicas para la defensa del territorio. Entrego copia de ciertos zon Company. Fue lo único que Julio César Arana no pudo prever ni
cablegramas que cambié con el gobierno del Perú en ese tiempo. Yo controlar, desde sus bastiones en Manaos, Iquitos o Biarritz, donde vivía
recibí aviso, que comuniqué al gobierno del Perú, de que las tropas su familia. Ese joven, llamado Walter Hardenburg, fue quien después de
colombianas habían entrado al Putumayo y se me dieron órdenes pa- complicados laberintos existenciales y económicos, logró hacer público
ra que cooperara en la acción de las tropas peruanas. Esas fuerzas
lo que verdaderamente sucedía en el Putumayo.
en el Putumayo fueron consiguientemente aumentadas y aquel go-
bierno envió una o dos lanchas hacia las cabeceras del río. Los co-
lombianos en La Unión habían capturado cinco empleados de la
compañía a quienes encadenaron por el cuello y amenazaron con la El mundo hermético de Julio César Arana, caracterizado por un en-
muerte; y con el objeto de demandar la entrega de esas personas, y torno societario endogámico poblado de hermanos y cuñados, por el so-
también con el objeto de arreglar en una forma amigable ciertas de- borno, las alianzas políticas, por un sistema productivo basado en la ex-
sinteligencias de negocios con los señores Ordóñez y Martínez, de plotación y el exterminio de los indios y en la prohibición de que ningún

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intruso ingresara a su imperio sin su consentimiento, mostró una sutil años, junto con su inseparable compañero, Perkins, se lanzó a recorrer
grieta por la cual se infiltró no sólo un hombre, sino también el destino. América Central y Sudamérica, con pocos recursos económicos y ningu-
Con qué prolijidad había armado su empresa, con la pirámide de capa- na conciencia del peligro.
taces que manejaban las secciones caucheras; qué oportuno había sido El 1 de octubre de 1907, en Buenaventura, en el Pacífico colombia-
el arreglo económico con ellos: en vez de pagarles un salario, les otorga- no, dieron comienzo a su viaje que jamás imaginaron hasta qué punto
ba un porcentaje del caucho recaudado, lo cual no hacía sino condenar sería extraordinario. El pretexto para el mismo ––Hardenburg tenía títu-
a la esclavitud, a la tortura y a la muerte a los indios huitotos. Qué inte- lo de ingeniero–– era encontrar trabajo en la construcción del ferrocarril
ligente separar de sus familias a adolescentes, que, después de haber re- Madeira-Mamoré, un proyecto faraónico que le permitiría al caucho que
cibido una instrucción casi militar en el manejo del Winchester, se trans- producía Bolivia una salida al río Amazonas. Esto significaba navegar el
formaban en carceleros despiadados, capaces de disparar contra Putumayo en toda su extensión. Posiblemente, al partir, ignoraran la exis-
miembros de su propia etnia. Esos fueron sus muchachos de confianza, tencia misma de la Peruvian Amazon Company.
como se los denominó. Entre 1904 y 1906, contrató además a unos dos- Sería farragoso enumerar las peripecias andinas y selváticas de am-
cientos negros del Caribe para trabajar en el Putumayo. Contaba con una bos jóvenes. Las primeras cien páginas de The Devil’s Paradise no esca-
armada propia: veintiún naves que patrullaban este río, el Caraparaná y timan descripciones de la selva, de cacerías, de fauna y flora. Luego, los
el Igaraparaná, dispuestas a repeler cualquier ataque o insubordinación. jóvenes llegaron a Remolino, cerca de la desembocadura del Carapara-
Todo estaba en su lugar, como si finalmente hubiera terminado de armar ná en el Putumayo. En ese modesto destacamento amazónico que sólo
un rompecabezas. albergaba galpones y una casa, se separaron, por primera vez, desde que
Todo, salvo una canoa propulsada a remo que se deslizaba por el río partieran de los Estados Unidos. Hardenburg aprovecharía para cruzar
Putumayo, en diciembre de 1907, rumbo al río Amazonas, con dos jóve- la selva acompañado por un grupo de racionales , que no eran sino em-
nes norteamericanos absortos por el exotismo del paisaje y ávidos de pleados de las caucherías que sabían leer y escribir, para alcanzar La
aventura. Nada sabían de la existencia de Julio César Arana, quien, en Unión, en el Caraparaná, y Perkins permanecería en Remolino. El plan
setiembre de 1907, después de hábiles negociaciones, había logrado re- era perfecto: se trataba de atravesar la selva, con cargadores que trans-
gistrar en Londres la Peruvian Amazon Rubber Company Ltd. (luego lla- portarían bultos y enseres, hasta alcanzar el río Napo. Desde ahí a Iqui-
mada Peruvian Amazon Company ) con un capital de un millón de libras tos la distancia se acortaba considerablemente. Qué mejor, entonces, que
esterlinas. Cuando la editorial inglesa Fisher Unwin publicó la obra de llegarse hasta La Unión y negociar con su propietario, Ordóñez, la con-
Hardenburg, The Putumayo, the Devil’s Paradise (El Putumayo, el Pa- tratación de cargadores y, eventualmente, la venta de aquellos objetos
raíso del Diablo) , en 1912, que no fue sino una recopilación de artículos que ya no necesitaran más. Es notable cómo Hardenburg relata ese cru-
publicados en la revista Truth en 1909 (las notas en serie eran una cos- ce selvático, sin omitir detalles de la topografía, del caminar haciendo
tumbre de la época), que mantuvo en vilo a la opinión pública británica, equilibrio sobre un tronco y de las lluvias torrenciales, sin sospechar lo
Julio César Arana acaso comprendió el poder de una insignificante ca- que le esperaba. Finalmente, alcanzaron la margen derecha del río Cara-
noa y de un hombre que ostentaba la ciudadanía norteamericana. La paraná, que cruzaron en canoa, desembarcando en La Unión. Todo esto
aventura de estos dos jóvenes ––uno solo de los cuales pasó a la posteri- ocurría entre fines de diciembre y comienzos de enero de 1908, es decir,
dad–– se inició en los Estados Unidos. Walter Hardenburg, nativo de pocos días antes del ataque peruano a La Unión.
Youngsville, en el estado de Nueva York ––héroe indiscutido de este re- No puede considerarse sino una extraordinaria coincidencia que Wal-
lato, ya que su compañero, W. B. Perkins (nadie conoce, hasta el momen- ter Hardenburg se encontrara en esas latitudes precisamente en esa fe-
to, su nombre, sino apenas sus iniciales) fue apenas un actor menor de cha. Iba a transformarse, sin siquiera sospecharlo, en el único testigo de
reparto–– desde niño, había mostrado una marcada obsesión por cono- los crímenes de la Peruvian Amazon Company. En sus palabras:
cer, algún día, el río más largo del mundo, el Amazonas. A los veintiún

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A medida que me dirigía hacia la casa principal, una estructura gran- de octubre de 1910, enviado al Putumayo por la cancillería británica pa-
de hecha con hojas de palmera, ingresé al patio, subí las escaleras ra que investigara las atrocidades, anotó en su diario: “Encuentro que
que conducían al porche y pregunté por el señor Ordóñez. Un hom- la narrativa de Hardenburg en lo concerniente a los indios huitotos, sus
bre joven, que se presentó como Fabio Duarte, que cumplía funcio- costumbres, etc., es en general una traducción de Robuchon ––muchas
nes gerenciales, me informó que Ordóñez estaba en la selva con sus
veces palabra por palabra”.
indios, pero que regresaría al día siguiente; mientras tanto, me invi-
La primera mala noticia que recibió Hardenburg, a la mañana si-
tó a hospedarme allí hasta el regreso de Ordóñez. Me senté junto a
guiente, fue que Ordóñez, propietario de La Unión, permanecería en la
un hogar y así se secaron mis ropas empapadas. Un almuerzo abun-
dante y caliente logró reanimarme de inmediato. selva durante varios días. Debe de haberse sentido confundido e indeci-
Además de la casa principal, habría que agregar dos o tres edificios so. Su amigo Perkins lo esperaba en Remolino y el cruce de la selva ha-
menores, erigidos a cierta distancia unos de otros. La selva que ro- bía sido en vano: no había podido contratar cargadores para alcanzar por
deaba el lugar había sido talada, y sobre este espacio verde había bo- tierra el río Napo ni tampoco vender sus pertenencias innecesarias. Si
vinos y caballos pastando pacíficamente. Algunos sectores estaban hubiera decidido volver al punto de partida, es decir, a Remolino, y des-
cercados y había abundantes plantaciones de yuca, plátanos, maíz, cender en canoa el Putumayo ––tarea que habría demandado varios me-
etc., atendidos por quince o veinte racionales. Debajo de la casa prin- ses–– la historia del caucho sería otra. Hubiese sido difícil que el mundo
cipal, descubrí que se habían almacenado mil arrobas de caucho, lis- se enterara de lo que sucedía en el imperio amazónico de Julio César Ara-
tas para ser embarcadas. na y habría engrosado, al derrumbarse el precio de esta materia prima a
partir de la primera guerra mundial, la extensa lista de atrocidades que
No es el relato de alguien preocupado. Más bien, se asemeja al de nunca se conocerán. Pero Fabio Duarte, apenas un empleado de una
un explorador que describiera un alto en el camino. Nada parece per- plantación de caucho amazónica como era La Unión, contribuyó, con
turbar ese paisaje bucólico. Duarte ––que perecería poco después en el una sugerencia, a que Hardenburg se quedara en el Caraparaná. Le pro-
asalto a La Unión–– y Hardenburg conversaban, en la veranda, sobre el puso que se trasladara hasta La Reserva, de David Serrano, con quien
mundo que los rodeaba. Era un encuentro casual en el que, al princi- podría hacer negocios. El hecho de que sólo se encontraba a tres horas
pio, se comentaban vaguedades puramente convencionales. Pero de a de marcha por la selva entusiasmó al joven norteamericano, quien par-
poco, el viajero se fue enterando de los pormenores de una actividad tió acompañado por un guía huitoto. Después del habitual chaparrón que
comercial donde la mano de obra era irremplazable: los indios apare- lo dejó empapado, Hardenburg ––que persistía en sus preguntas–– quiso
cían periódicamente en La Unión con el caucho recolectado y lo cam- saber la verdad acerca de los peruanos y ––según escribe textualmente en
biaban por mercaderías de precios exorbitantes. Los trabajadores indí- The Devil’s Paradise –– si, efectivamente, eran tan temibles como los pin-
genas no eran más de doscientos y vivían en aldeas en la selva. Fue taban. “Tratan muy mal a los huitotos”, respondió el indio.
entonces que Duarte deslizó los métodos laborales de la Peruvian Ama- ¿Qué significaba muy mal? ¿Trabajar en exceso? ¿Recibir una mala
zon Company: los indios eran tratados con dureza y no recibían paga paga? El huitoto le reveló cómo funcionaba la cadena de producción cau-
alguna. Hardenburg afirma que pasó el resto del día preguntando sobre chera. Si el indio recolectaba una cantidad de caucho menor a la espe-
los indios huitotos, sus costumbres y su vocabulario. Así nos enteramos rada, era azotado, fusilado o mutilado, de acuerdo con el humor del ca-
que amigo se decía cheinama; enemigo, igagmake, y carne, chiceci. Ir pataz de turno. A Hardenburg le quedaba el beneficio de la duda. Esas
juntos se decía Maña cue digo; esta es mi casa, Cue yomo; apúrate, ma- acusaciones podían tratarse de una desmesurada exageración. Acaso se
yai . No sabemos, en realidad, en qué momento se dedicó a descifrar el trataba de meras infamias dirigidas al pueblo que los desalojaba impla-
vocabulario huitoto, ya que una tarde parece un período demasiado bre- cablemente del Amazonas.
ve. Sin embargo, en The Devil’s Paradise enumera ciento veintiún pa-
labras y verbos, además de veintisiete frases. Sir Roger Casement, el 23

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La plantación de David Serrano, un mulato colombiano, era similar Hardenburg prefirió no sacar conclusiones sin escuchar a la otra par-
a La Unión: el habitual bungalow de grandes proporciones con los pre- te, es decir, a los empleados de la Peruvian Amazon Company. El 3 de
visibles árboles frutales. En la veranda estaba el propietario, acompaña- enero de 1908, nueve días antes del ataque peruano a La Unión, Serra-
do por dos exilados políticos ––no olvidemos que, en Colombia, las gue- no le propuso, de manera inesperada, que se convirtiera en su socio, di-
rras civiles eran casi perpetuas–– el general Miguel Antonio Acosta y vidiendo las ganancias de la plantación en partes iguales. El precio que
Alfonso Sánchez. Hardenburg no pudo haber elegido un momento más pedía era absurdamente bajo, sobre todo cuando Hardenburg revisó los
propicio para llegar: todos estaban a punto de partir a Iquitos (un con- libros y comprobó la facturación anual. Pero esa generosa oferta fue he-
tingente colombiano había salido hacía poco), y la razón por la cual per- cha para que un norteamericano pudiera hacer frente a un emporio eco-
manecían en La Reserva era la persistente fiebre de Sánchez, que pade- nómico sanguinario: la compañía de Arana no se iba a atrever a maltra-
cía un agudo ataque de malaria. Los problemas de Hardenburg parecían tar ni a interferir en los negocios de estadounidenses. La ristra de
resolverse en forma providencial: Serrano le propuso que él y Perkins se acontecimientos que protagonizó Hardenburg en los días siguientes fue
unieran al grupo que llegaría hasta el río Napo para luego descender a tan demencial, que la propuesta no pasó de ser una buena intención. Peor
Iquitos. Además, le compraría aquellas pertenencias que no les fueran im- aún, fue utilizada en su contra durante los “escándalos del Putumayo”:
prescindibles. Con seguridad creyó, en ese idílico momento de su arribo, Julio César Arana alegó que las denuncias de este joven se debían exclu-
que la ruta al ferrocarril Madeira-Mamoré ––donde intentarían emplear- sivamente a que le había arruinado el rentable negocio de ser propieta-
se–– les había sido finalmente abierta. Había concluido una etapa de ese rio de una cauchería.
viaje azaroso, iniciado en el puerto de Buenaventura, y sólo restaba lle- Sería largo enumerar la sucesión de episodios que se desencadena-
gar a aquella región donde se construía un ferrocarril, con probables di- ron en los días subsiguientes. Baste decir que incluyeron idas y venidas
ficultades pero, seguramente, sin grandes sobresaltos. Un indio partió a por el increíblemente sinuoso Caraparaná; la llegada de Perkins a La Re-
Remolino a darle las buenas nuevas a Perkins y a traerlo a La Reserva. serva; el arribo de Jesús Orjuela, inspector de policía de B
Sólo la extrema juventud de Hardenburg y su desconocimiento del presumiblemente protegería a los colombianos y terminó siendo encar-
Amazonas podían haberlo llevado a un estado de ánimo tan rebosante y celado por la Peruvian Amazon Company; el empecinamiento de Har-
crédulo, a olvidar lo que el indio huitoto le había revelado sobre la Peru- denburg por entrevistarse con Miguel de los Santos Loayza, administra-
vian Amazon Company. Fue precisamente un comentario que deslizó dor de El Encanto, que desembocó en una previsible frustración; las
acerca de los peruanos, en el sentido de que tal vez no eran tan temibles, noches que debieron dormir en la canoa atormentados por los insectos;
lo que fue progresivamente comprometiendo su vida. David Serrano, el la certeza, al divisar los reflectores de embarcaciones que ascendían de
propietario de esa pacífica plantación, le respondió relatándole con des- noche el río, de que se preparaba un ataque a La Unión. No obstante, se
carnada franqueza lo sucedido hacía apenas un mes en ese mismo sitio trataba de meras contingencias, contratiempos, de suposiciones. Hasta
donde conversaban. Una deuda menor que tenía con El Encanto, una ese momento, nada les había sucedido. Pero el 12 de enero, a partir de
cauchería de Julio César Arana, fue el pretexto que utilizó su administra- las nueve de la mañana, Hardenburg, Sánchez (aparentemente recupe-
dor, Miguel de los Santos Loayza, para enviar una comisión a La Reser- rado de su ataque de malaria) y un indio, que bogaban río arriba en una
va, no para cobrarla sino para intimidarlo y exigirle que abandonara la canoa, escucharon durante una hora, disparos de armas de fuego prove-
región. A Serrano lo encadenaron a un árbol; ingresaron a la casa ––la nientes de La Unión. Luego, el silencio. Al atardecer, el destino de Har-
misma en la que ahora se encontraban–– se dirigieron al dormitorio prin- denburg ––y, también, el de Julio César Arana–– estaba sellado.
cipal, y arrastraron a su mujer al pie de un árbol, donde fue violada en De un recodo del río surgieron dos embarcaciones: el Liberal y la lan-
su presencia. Los empleados de Loayza se apoderaron de diez mil soles, cha de guerra Iquitos. La reacción de los remeros fue instantánea, ya que
y se llevaron a la mujer y al pequeño hijo de Serrano. Nunca más los ha- se desplazaron hacia una de las orillas. También la del indio que, apenas
bía vuelto a ver. ganaron tierra, saltó precipitadamente, enfatizando que los peruanos “eran

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muy, pero muy malos” y desapareció en la espesa selva como alma que acuerdo, sin que los soldados dejaran de apuntarles, como si esperaran
lleva el diablo. Aquí fue, exactamente, que se produjo el punto de fractu- la orden de hacer fuego. Esa discusión providencial les salvó la vida:
ra, la vuelta de tuerca que suele deparar el destino sin que sus protagonis- aprovecharon la confusión y el griterío para alcanzar la embarcación y
tas siquiera lo imaginen; en este caso, se trató de apenas un instante de saltar a la cubierta, donde una ejecución resultaba más difícil y compro-
indecisión en que la historia se puso en marcha, arrastrando a sus actores metida.
a una imparable vorágine. Hardenburg quiso imitar la actitud del indio Lo primero que sorprende es el poco valor tenía la vida humana en
que, instintivamente, huyó ante el peligro. Internarse en la selva. Escapar esas latitudes. Tampoco se entiende por qué querían eliminarlos. Quizá,
de la aterradora presencia de esas dos naves tripuladas por asesinos. Pe- porque navegaban por el Caraparaná sin autorización de la Peruvian
ro Sánchez se opuso, alegando que él era un exilado político y Harden- Amazon Company , algo que era considerado como la peor de las here-
burg un ciudadano norteamericano y nada debían temer. Esta supuesta jías, o, menos probable, porque podían transformarse en testigos de car-
inmunidad diplomática, que hubiera funcionado a la perfección en Lima go si se producía un incidente diplomático por el ataque a La Unión. Es-
o en Bogotá, resultó fatal en la selva amazónica. El joven dudó. De todos tos temores, si exisitieron, no impidieron que les llovieran golpes e
modos, no hubo tiempo para deliberar: habían sido descubiertos. insultos por parte del capitán Arce Benavides, del ejército peruano y de
Es notable cómo Hardenburg describe estos momentos en The De- Benito Lores, capitán de la Iquitos , ante las carcajadas de la soldadesca
vil’s Paradise . No era un escritor, sino apenas un simple cronista que re- de piel oscura.
lata su periplo selvático. Pero la escena que describe no puede sino con- Pero habían salvado sus vidas.
mover. “¡Fuego! ¡Fuego! ¡Hundan la canoa! ¡Hundan la canoa!”. Esas Por otra parte, ¿cómo podían vislumbrar quienes estaban a bordo
órdenes perentorias desencadenaron en un instante una lluvia de balas que, algún día, ese joven norteamericano a quien maltrataban y de quien
disparadas desde laIquitos. El Liberal, que encabezaba este mínimo con- se reían iba a relatar minuciosamente esta escena; que una revista ingle-
voy, mantuvo su marcha y desapareció. Las balas pasaron, asombrosa- sa la publicaría y que una editorial británica lanzaría a la venta un libro
mente, entre él y Sánchez, para finalmente hundirse en el río. Fueron los que conmovería al mundo? Paradójicamente, había tenido razón uno de
gritos de protesta, de indignación de ambos ante semejante ataque injus- los jefes: hubiera sido mejor eliminarlos. El estadounidense mostró un
tificado, lo que detuvo otras posibles balas; escucharon que alguien, des- notable instinto para sobrevivir y un olfato certero que lo impulsó a to-
de la cubierta del barco, les ordenaba acercarse, utilizando vocablos vi- mar actitudes audaces ante sus captores: los encaró valientemente, ha-
les y obscenos(“in the most vile and obscene words” ): remaron con ciendo valer su ciudadanía norteamericana, amenazándolos con un es-
esfuerzo hacia la nave, ya que el indio los había abandonado, y vieron a cándalo internacional, marcando un territorio de riesgoso ingreso.
los soldados en formación, apuntándoles con los fusiles. Fue entonces Ese domingo 12 de enero de 1908 puede considerarse como la pri-
que en el ocaso amazónico restalló otra vez la voz de “¡Fuego!” y oyeron mera página de un libro que se abría ante Hardenburg. El capitán Bena-
el aterrorizador sonido de los cerrojos de los fusiles que se disponían a vides le relató pormenorizadamente, la toma de La Unión, como si se hu-
disparar. Hardenburg creyó que había llegado su fin: les habían ordena- biera tratado de un acto patriótico, de un supremo heroísmo, sin
do acercarse a la nave sólo para rematarlos a corta distancia. Es curioso demostrar culpa alguna por los crímenes cometidos. Ese mismo día pre-
cómo el tejido de la historia, la fina trama que determina su curso, está senció cómo uno de los jefes arrastraba a una mujer encinta, que había
colmado de imprevistos, de situaciones desesperantes y azarosas. El tiem- sido capturada en la selva al intentar huir de La Unión, haciendo caso
po se detuvo al iniciarse una discusión entre las dos principales autori- omiso de sus gritos y súplicas, y la violaba en presencia de otros, como
dades de a bordo, una que aspiraba a ejecutarlos, la otra que posiblemen- si se tratara de un impostergable acto de masculinidad. Poco a poco, el
te comprendió el peligro internacional que implicaba esa actitud paraíso que creyó encontrar mientras descendía plácidamente por el río
compulsiva, y quería evitarlo a toda costa. Mientras se acercaban a la na- Putumayo, se revelaba como la morada del diablo, de oscuras fuerzas
ve, escuchaban los gritos de ambos jefes que no parecían ponerse de arraigadas en la selva impenetrable.

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La Iquitos navegó río abajo por el Caraparaná y llegó a Argelia, una nas unas breves pinceladas de esta sección cauchera, aunque hay que
sección cauchera perteneciente a Arana, donde estaba fondeado el Libe- considerar que acaso estaba demasiado obsesionado con su propia suer-
ral , al cual fueron transferidos. Su sorpresa acaso no tuvo límites al des- te como para perder el tiempo retratando una casa. Lo hizo, y muy bien,
cubrir a bordo a su amigo Perkins, acompañado por uno de los emplea- alguien que trabajó tres años allí (llegó pocos meses después de Harden-
dos de David Serrano, Gabriel Valderrama; alegría efímera, ya que su burg). Era un inglés que cumplía funciones contables, no por haberlo de-
compañero de viaje le relató los horrores que vivieron en La Unión, su cidido sino por estar pagando una deuda, a través del sistema de peona-
captura, el pillaje, la destrucción de las instalaciones y cómo Serrano y je, a la Peruvian Amazon Company . Joseph Froude Woodsroffe publicó,
sus hombres habían salvado sus vidas internándose en la selva (lo cual, en 1914, un libro deliciosamente bien escrito, Upper reaches of the Ama-
finalmente no le sirvió: fue asesinado por hombres de la Casa Arana). zons, como veremos más adelante. Para conocer cómo era El Encanto es
Al caer la noche, mientras intentaban dormir en la cubierta, Harden- imprescindible remitirnos a su testimonio.
burg y sus compañeros sospechaban que serían asesinados sin piedad.
¿Cómo sobrevivir rodeados de hombres primitivos, carentes de una mí- La casa principal de El Encanto estaba muy bien construida y se em-
nima ética, notablemente alcoholizados? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta plearon alrededor de diez años para concluirla, a un costo equiva-
que alguno de ellos, como suprema gracia, les clavara un cuchillo o dis- lente a la de una buena propiedad en Inglaterra y esto se debió a la
parara, riéndose luego de su proeza? Afortunadamente, nada les suce- cantidad de mano de obra para preparar la madera de las principa-
les vigas y la estructura del edificio. Está construido sobre pilotes de
dió. Al día siguiente, 13 de diciembre de 1908, por fin pudo entrevistar-
una altura que oscila entre los tres a cuatro metros del nivel del sue-
se con una de las figuras más sombrías y sanguinarias de la historia del
lo, con la planta baja cerrada por paredes de arcilla y utilizada como
Putumayo: Miguel de los Santos Loayza, un mestizo a cargo de El En-
depósito para el caucho y las mercaderías.
canto y de las secciones caucheras del Caraparaná, cuyos prominentes La planta alta es destinada como despensa, oficinas, habitaciones pa-
bigotes lo volvían inconfundible. Llama la atención cómo un joven nor- ra los empleados jerárquicos que, por lo general, son cinco, tenien-
teamericano, de apenas veintiún años de edad, fue capaz de enfrentarlo do cada uno su propio departamento y que eran estrictamente pri-
elevando el tono de su voz, exigiendo la inmediata liberación de todos vados.
ellos, denunciando los crímenes que cometían los peruanos. Ninguno de La despensa consistía en un amplio espacio de veinte por trece me-
sus argumentos surtió efecto: Loayza se limitó a sonreír, asegurándole tros, y los compartimentos, estantes y otros requisitos bien podrían
que estaban en buenas manos. haber formado parte de un negocio, en Europa, de primera calidad.
A las nueve y media de la mañana, después de haber recibido a bor- Los dormitorios de los empleados estaban bien construidos, con ex-
celentes paredes de cedro (Cedrela odorata) y otras maderas de bue-
do al inspector de policía colombiano JesúsOrjuela, que fue encerrado
na calidad. El edificio en su totalidad ocupaba un espacio cuadrado
en una jaula, mientras recibía todo tipo de improperios por parte de la
de treinta metros de cada lado, y se completaba con cocinas, come-
tripulación, y después de saquear El Dorado, una cauchería colombiana, dores, lavaderos, baños, etcétera.
el Liberal puso proa hacia El Encanto, epicentro administrativo de la Pe- El servicio estaba compuesto por cinco chicos indios y varias indias
ruvian Amazon Company , desde donde Loayza dirigía un amplio sector que trabajaban como domésticas, mientras que el cocinero era un
del imperio. Una fotografía de la casa central de El Encanto aparece en personaje importante que tenía grandes privilegios, debido a que era
Los escándalos del Putumayo, Carta Abierta dirigida a Mr. Geo B. Mi- un negro de Barbados llamado King, al que tanto se refiere Sir Ro-
chell, cónsul de Su Majestad Británica (Barcelona, 1913), escrito por ger Casement en su informe sobre las atrocidades del Putumayo.
Carlos Rey de Castro, cónsul del Perú en Manaos ––que recibía un abul-
tado sueldo pagado por Julio César Arana. La casa se parece más a un Walter Hardenburg, al desembarcar en El Encanto, más que reparar
bungalow británico en la India que a una cauchería amazónica. Llama en detalles arquitectónicos, temía ser eliminado, situación que no fue la
la atención que Hardenburg describa tan poco a El Encanto, dando ape- de Joseph Woodsroffe, que permaneció tres años y demostró una nota-

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ble inteligencia para sobrevivir y para, finalmente, poner punto final al dor no ignoraba que la Peruvian Amazon Company tenía sede en Lon-
su “enganche”. Esto es lo que relata el joven ingeniero norteamericano dres ––Salisbury House, London Wall–– y que su directorio estaba inte-
en The Devil’s Paradise: grado por británicos, lo cual debe de haberlo frenado en sus intenciones.
Si cometía un error, Julio César Arana jamás se lo perdonaría. El histrio-
Alrededor de las seis de la tarde llegamos a El Encanto, consistente nismo y la imaginación de Hardenburg, finalmente, lo convencieron: irían
en un grupo de caseríos dispersos situados sobre una larga colina a a Iquitos a bordo del Liberal , que zarparía en pocos días. Pero hubo un
varios centenares de metros de la costa. No nos permitieron desem- cambio de planes, ya que Loayza se negó categóricamente a que viajaran
barcar al atracar y permanecimos detenidos en el Liberal, mientras
a Josa, en el río Putumayo, donde habían quedado sus pertenencias: se
varios “misioneros” 4 que aún no habían tomado parte en la acción
ofreció él mismo a hacerse cargo del traslado. Por lo tanto, Perkins per-
se acercaron a la orilla del río y procedieron a insultarnos del modo
más brutal y sanguinario. Cuando concluyeron con esta tarea digni- manecería en El Encanto, debido a la absoluta desconfianza que le ins-
ficante, pudimos desembarcar y nos trasladaron a la casa central, so- piraban todos. Parece imprudente que alguno de ellos persistiera en que-
bre la colina, que consistía en una estructura de gran tamaño y ele- darse en semejante región para recuperar sus equipos; pero Hardenburg
vada del suelo, rodeada de chozas. Nos arrojaron en un espacio era testarudo y es posible que sus bagajes incluyeran objetos de valor, por
pequeño, sucio, que carecía de camas, sillas y mesas. No había luz y ejemplo, instrumental.
debimos desvestirnos en la oscuridad. Sin duda, los argumentos del joven norteamericano habían pesado
Allí pasamos una noche de tortura, ya que no nos dieron de comer, en Loayza: los dejó pasear libremente (¿adónde hubieran podido esca-
y el piso, cubierto de polvo y de moho, estaba lejos de ser una cama
par?) por El Encanto, y los empleados cesaron de hostilizarlos. No tuvo
confortable. Además de estas incomodidades físicas, caímos en un
la misma suerte un colombiano, el corregidor Gabriel Martínez, quien,
estado depresivo al imaginar cuál sería nuestro destino en manos de
estas bestias humanas. junto a sus hombres, había sido encerrado en una inmunda celda de dos
Como resultado de estas sombrías meditaciones, llegamos a la con- por tres metros, donde eran permanentemente humillados, verbal y físi-
clusión de que querían asesinarnos, por lo cual resolví tener, de in- camente, por sus carceleros. Sin embargo, fue otra la visión de espanto
mediato, una entrevista con Loayza. que alertó a Hardenburg, el sólido indicio de que allí no sólo se hostiga-
ba a colombianos y a extranjeros no autorizados a ingresar a la zona, si-
El encuentro fue una comedia magistral, donde el prisionero no só- no también a los indios huitotos. Aunque era algo más que hostigamien-
lo desplegó un argumento convincente, sino que le imprimió el impres- to. Mientras contemplaba cómo los indígenas cargaban y descargaban
cindible pathos para que su actuación resultara creíble. Ni él ni su com- caucho y mercaderías de los vapores que recalaban en ese puerto, le lla-
pañero Perkins, dijo, eran meros aventureros. El trato que habían mó la atención el deplorable estado físico de los mismos; eran alrededor
recibido y la obvia intención de asesinarlos eran producto de la ignoran- de sesenta, y exhibían cuerpos notablemente débiles, plagados de cica-
cia de Loayza, que ni siquiera sospechaba quiénes eran ellos. Ambos, con- trices, hasta el punto que apenas podían caminar. Iban prácticamente
tinuó Hardenburg, pertenecían a un gran sindicato norteamericano, in- desnudos, tenían los huesos a flor de piel y todos llevaban la marca de
tegrado por capitalistas dispuestos a emprender negocios en el Arana : cicatrices en la espalda y en los glúteos producidas por los azo-
Amazonas, y los estaban esperando en Iquitos, donde se abriría una ofi- tes infligidos con un látigo de cuero de tapir. Vio cómo transportaban
cina comercial. Si desaparecían, los directores iniciarían una exhaustiva enormes cargas que les arqueaban la espalda, y cómo, cuando alguno caía
investigación y cuando la verdad saliera a la superficie, el gobierno de los al suelo, era brutalmente pateado por un capataz para que terminara su
Estados Unidos intervendría para castigar a los culpables. trabajo. Lo que más le impactó, sin duda, fueron los primeros signos
Loayza no pareció impresionado. Sin embargo, una señal de alarma del genocidio, que estaban a la vista de cualquiera que pasara por
había sonado, ya que se rumoreaba que una gran compañía norteameri- allí. En palabras del propio Hardenburg:
cana estaba por iniciar actividades en el Alto Putumayo. El administra-

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Lo que era aún más lamentable, era ver a los indios enfermos y a los riado–– de que el Prefecto de Loreto, Carlos Zapata, contemplara se-
moribundos yacer alrededor de la casa central y en los bosques ad- mejantes atrocidades.
yacentes, imposibilitados de moverse y sin nadie que los asistiera en El 17 de enero, el Liberal zarpó de El Encanto, no sin haber someti-
su agonía. Estos pobres desdichados, sin ninguna clase de medica- do antes a los dos norteamericanos a una nueva humillación. El capitán,
mentos, sin comida, estaban expuestos a los calcinantes rayos del sol,
Carlos Zubiaur, les exigió diecisiete libras esterlinas a cada uno de ellos
a las frías lluvias y al denso rocío del amanecer, hasta que la muerte
en concepto de pasaje. Sería fatigante narrar la reacción de Hardenburg,
los liberaba de sus sufrimientos. Entonces, sus compañeros transpor-
taban sus cuerpos fríos ––muchos de ellos en completo estado de pu- sus explosivos ataques de ira, el enfrentar a su adversario haciendo caso
trefacción–– al río. Las aguas amarillentas, turbias, del Caraparaná, omiso del peligro ante cualquier vejación por mínima que fuera. No lo-
finalmente se cernían sobre ellos. gró que le condonaran el pago, ni que le dieran comida decente, pero, al
Otra visión desoladora era la gran cantidad de concubinas involun- menos, impuso el respeto.
tarias que languidecían ––meditando melancólicamente sobre su li- Después de haber remontado brevemente el Igaraparaná el barco vol-
bertad perdida y sus sufrimientos actuales–– dentro de la casa cen- vió a descender por el río Putumayo. Para Hardenburg fue como reen-
tral. Este grupo de infortunadas estaba compuesto por alrededor de contrarse con un viejo amigo. Le asombraron su anchura, la prolifera-
trece muchachas, en edades que variaban desde los nueve hasta los
ción de playas de arenas blancas, la densa selva, las islas impenetrables.
dieciséis años, y estas pobres inocentes ––demasiado jóvenes para ser
El 1 de febrero llegó a Iquitos ––Perkins se le reuniría poco después––
llamadas mujeres–– eran las víctimas de Loayza y de los otros jefes
de la sección cauchera El Encanto, de la Peruvian Amazon Com- donde permanecería más de un año.
pany , quienes violaban a estas tiernas niñas sin la menor compasión Aún no sabía que el destino lo pondría al frente de una campaña que
y, cuando se cansaban de ellas, las asesinaban o las azotaban envián- denunciaría el más atroz exterminio de indios en el Amazonas.
dolas de vuelta a sus tribus.

Esto fue lo único que Hardenburg vio. Luego, como veremos, al lle- Los tres grandes centros amazónicos eran Iquitos, Manaos y Pará cu-
gar a Iquitos recibió información de infinidad de tormentos a los que yas actividades comerciales eran una extensa cadena formada por reco-
estaban sometidos los indios en el imperio de Julio César Arana. Es cu- lectores, capataces, oficinas comerciales, bancos, mercaderías y provisio-
rioso que Miguel de los Santos Loayza no haya tomado conciencia del nes para los caucheros, barcos fluviales y oceánicos y el gran mercado,
peligro que implicaba la presencia de un norteamericano, capaz de de- Londres, donde se vendía la materia prima. En 1903, Julio César Arana,
nunciar las atrocidades que se cometían a plena luz del día. Tal vez pen- comprendió que ya no podía permanecer en Iquitos dirigiendo Julio C.
só que, apenas regresara a su país, o trabajara para alguna empresa que Arana & Hermanos . El epicentro de la actividad cauchera, el gran mer-
se dedicara a explotar el Alto Putumayo, olvidaría rápidamente lo vis- cado, el gigantesco puerto fluvial era Manaos, en el Amazonas brasileño,
to. Pero más allá de esta posible explicación, en Loayza debe haber pri- en la desembocadura del Río Negro. Por razones de operatividad ––fle-
vado la idea de que la vida del indio no tenía ningún valor. Esta creen- tes, derechos aduaneros, entre otras–– Arana decidió abrir una oficina en
cia estaba tan arraigada, que permitió que Hardenburg y Perkins esa ciudad y hacerse cargo de la misma, lo cual implicaba separarse de
comprobaran cómo se trataba al indio en El Encanto, error que nunca Eleonora y de sus hijos.
habría cometido Julio César Arana. Cuando éste recorrió sus cauche- Las separaciones fueron moneda corriente en ese matrimonio, desde
rías ese mismo año, es decir, en 1908, a bordo del Liberal, a solicitud la época en que vivían en Yurimaguas y Julio César recorría el Yavarí co-
del gobierno peruano para verificar si los colombianos habían violado mo aviador. Pero siempre habían compartido la misma casa y, hasta
el modus vivendi firmado entre ambos países ––lo cual resulta paradó- 1903, vivieron en la de diez habitaciones que poseían en Iquitos, en la
jico si nos atenemos al relato de Hardenburg–– se cuidó muy bien jun- calle Próspero esquina Omagua. Ese fue el período donde estuvieron más
to con el cónsul peruano en Manaos, Carlos Rey de Castro ––su asala- juntos, donde la relación con sus hijas, Alicia, Angélica y Lily era coti-

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diana. Poco después, nacería Luis, su hijo menor y con quien tuvo el vín- de Montijo construyeron ese pequeño palacio marítimo abrumadora-
culo más estrecho. Hemos señalado que los grandes caucheros de Iqui- mente Segundo Imperio, la Villa Eugénie –– ahora Hotel Imperial––, pa-
tos debían educar a sus hijos en Europa o a los Estados Unidos ya que ra que representara lo opuesto al palacio de la Tullerías, en París, don-
en esa ciudad no existía la enseñanza media. Llama la atención que, an- de habitaban. Estaba destinada más al petit comité que a las visitas de
te semejante prosperidad, no se hubiera implementado un sistema edu- Estado. La corte de Napoleón III era inequívocamente nouveau riche.
cativo. Había dinero de sobra para construir colegios privados y contra- Su lujo desmesurado, la ausencia de protocolo y la permisividad social
tar profesores peruanos y extranjeros, pero las costumbres de principios del emperador y de su mujer, deben de haber excitado la imaginación de
del siglo XX, al menos en esa región, excluían esa posibilidad. Si todo era las incipientes fortunas sudamericanas provenientes de las materias pri-
importado, desde los alimentos a los muebles, ¿por qué no debía serlo la mas. El derrumbe del Segundo Imperio, en 1871, tras la derrota ante Pru-
educación? Además, el excesivo dinero que ingresaba por las ventas de sia, mantuvo a Biarritz en una suerte de congelamiento, hasta que, a prin-
caucho creó cierto sentido de omnipotencia, de extrañamiento, de que- cipios del siglo XX, volvió a ponerse de moda. Surgieron las villas de
rer ser lo que nunca serían: europeos. estilo rabiosamente normando y comenzaron a llegar los millonarios su-
Imaginamos la vida de Eleonora y Julio César hasta 1903, cuando se damericanos. Muchos argentinos hicieron de Biarritz un segundo hogar
produjo el primer punto de inflexión de sus vidas, como una apacible y llegaron a recrear en el ventoso atlántico Sur, en Mar del Plata, una
convivencia provinciana, con multitudinarias mesas compuestas por pa- asombrosa réplica arquitectónica del balneario francés.
rientes, en particular hermanos y cuñados. Eran espacios amplios, pobla- No sorprende, pues, que Julio César Arana y Eleonora hayan alqui-
dos de patios y de servidumbre, donde el refinamiento europeo brillaba lado una propiedad en Biarritz, donde las exigencias sociales eran rela-
por su ausencia. Las exigentes convenciones de una mesa francesa no re- tivas. Serían el señor y la señora Arana (apellido, por otra parte, de ori-
gían en aquel clima familiar, sencillo, informal, donde abundaban fuen- gen vasco) del Perú, dueños de inmensas plantaciones de caucho.
tes rebosantes y risotadas. Eleonora y sus hijos extrañarían aquellas me- Probablemente, a la vuelta de la esquina vivieran algún cattle baron ar-
sas bulliciosas de menús simples. Un día, el matrimonio tomó la decisión: gentino o el dueño de alguna mina de carbón en Chile. No sabemos
ella y los niños irían a vivir a Europa; él, a Manaos. La elección europea dónde estaba ubicada o si aún existe la residencia que alquilaron, aun-
no deja de ser curiosa ––aunque tiene su explicación–– ya que no eligie- que es de suponer que habrá sido importante. Contrataron institutrices,
ron París o Madrid ––lo previsible–– sino Biarritz. maestros, mucamos, empleadas y el correspondiente chef, para que for-
Mudarse era algo más complicado que en la actualidad. Además del maran parte de la nueva vida de los Arana. A pocos kilómetros, estaba
vestuario, llevaban sábanas, platos, copas, cubiertos de plata, así como, San Sebastián, donde podían hablar castellano y hacer las imprescindi-
posiblemente, inútiles objetos decimonónicos y cuadros. El hecho es que bles compras.
Eleonora Zumaeta de Arana empacó las valijas, eligió la servidumbre que En cuanto a Julio César Arana manejaría los hilos de sus negocios
la acompañaría, y cubrió de fundas los muebles de la casa de la calle Prós- desde Manaos que, en 1904, vivía un delirio del consumo generado por
pero hasta su incierto regreso. Partieron de Iquitos y en Pará abordaron el dinero fácil proveniente del caucho. En teoría, su hermano Lizardo,
el vapor Ambrose, de la compañía naviera Booth, que hacía escala en que lo acompañó, era quien estaba al frente de la oficina, ubicada en el
Madeira. número 41 de la calle Mariscal Deodoro, una arteria angosta con los ha-
Biarritz, un balneario ubicado en el golfo de Vizcaya, ejercía una es- bituales efluvios tropicales. Él prefirió que su oficina estuviera en el co-
pecial atracción sobre los millonarios sudamericanos. Se había puesto razón comercial de la ciudad, donde podía leerse Julio C. Arana & Her-
de moda a partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando una pareja manos. El carácter fraternal de la firma era un eufemismo. A pesar de
imperial con pocos ancestros que figuraran en el Almanaque de Gotha que Lizardo recibía la nada despreciable suma de dos mil quinientas li-
se hizo erigir una villa en lo que por entonces era un ignoto pueblo de bras esterlinas anuales en concepto de sueldo, la realidad era otra. Li-
pescadores próximo a la frontera con España. Napoleón III y Eugenia zardo había sucumbido al hechizo de Manaos, el champán y a las fran-

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cesas y eran frecuentes las veces en las que Julio debía ir a buscarlo a al- do entender. El elenco debe de haber estado compuesto por figuras me-
gún bar, a las siete de la mañana, y arrancarlo de los brazos de la corte- nores de los escenarios europeos. Pero el mundo entero hablaba de la
sana de turno. Ópera de Manaos. Pero una Ópera no era suficiente para estos seres re-
pentinamente enriquecidos. Por qué no trazar una línea de tranvías eléc-
tricos ––que aún no habían sido instalados en las principales ciudades
Julio César no compartía el ánimo de dilapidación que embargaba a norteamericanas–– que dejara pasmado al mundo. Los vehículos de co-
la gran mayoría de los prósperos habitante de Manaos. Vivía en un redu- lor verde oscuro, que abastecían a una población de apenas treinta y seis
cido departamento sobre su negocio, en la calle Deodoro, y sus horarios mil habitantes, terminaban su recorrido en la selva. Por qué no iluminar
de trabajo no podían ser más rigurosos: desde las seis de la mañana, has- la ciudad con miles de lámparas eléctricas. Y, ya que los millones del cau-
ta la una de la mañana del día siguiente. cho los transformaba en omnipotentes, por qué no construir un Palacio
La ciudad era el polo opuesto a su personalidad. Lo excéntrico domi- de Justicia, aunque costara la apabullante cifra de quinientas mil libras
naba ese escenario artificial que se había hecho de la noche a la mañana. esterlinas.
Son varias las leyendas que corren sobre la época de oro de Manaos, des- A principios del siglo XX, cuando el precio del caucho trepó a altu-
de el millonario cauchero, coronel Aleixo, que inició la costumbre de en- ras imprevisibles, nada faltaba en Manaos, salvo el sentido común y la
cender habanos con billetes de quinientos mil reis ––treinta libras ester- previsión. Algunos precios eran absurdos. La botella de quinina, esencial
linas–– hasta la fastuosa Ópera, que costó cuatrocientas mil libras para tratar la malaria, costaba en cualquier parte del mundo un chelín;
esterlinas, donde se afirma que cantó Enrico Caruso y actuó Sarah Bern- en Manaos, dos libras con diez chelines. La infinita lista de disparates se
hardt. En realidad, ninguno de los dos jamás pisó Manaos. extendía a las esferas oficiales. El gobernador José Cardoso Ramalho, dis-
La prosperidad cauchera ––apenas duró veinte años–– generó una conforme con el palacio gubernamental que, al asumir su cargo, estaba
cultura efímera que fue única en su género. Cabe preguntarse el porqué a medio construir, adquirió con fondos estatales doce mil libras esterli-
de la fugacidad, más allá de la volatilidad de los mercados. Es cierto que nas de dinamita para hacerlo volar en pedazos y erigir uno nuevo. En
las materias primas siempre están sujetas a impredecibles vaivenes, pero mayo de 1906, el ritmo alucinante de gastos públicos forzó a la ciudad
lo sorprendente es que la inmensa riqueza que produjo el caucho desa- de Manaos a solicitar un crédito de tres millones doscientas mil libras es-
pareció de la noche a la mañana, del mismo modo en que había surgido. terlinas a un banco francés, la Societé Marseillaise, y, cuatro meses des-
Fueron pocos los hombres de negocios de Manaos que comprendieron pués de haber sido acreditado, se gastaron diecinueve mil libras esterli-
la transitoriedad del ciclo; que las plantaciones de caucho en Malasia, nas en un banquete para el presidente del Brasil, que estaba de visita.
surgidas gracias a las semillas de hevea brasiliensis que, como oportuna-Quién gastaba más en locuras pasó a ser una suerte de imperativo ca-
mente veremos, sacó ilegalmente del Amazonas Clements Markham, ter- tegórico, como si se tratara de un barómetro que medía el prestigio. Un
minarían destrozando la economía amazónica. cauchero pagó un cargamento completo de sombreros que acababa de
Mientras llovían los millones de libras esterlinas que generaba la ven- llegar a Manaos, y se los probó uno por uno, arrojando al río los que no
ta del caucho, nadie pensó en desarrollar proyectos ––alimenticios, ener- le servían. Otro, pagó cuatrocientas libras esterlinas por realizar un
géticos, industriales–– que pudieran continuarse en el tiempo. Era más viaje de dos cuadras en el único Mercedes Benz de alquiler que exis-
cómodo y excitante importar absolutamente todo y, ya que eran inmen- tía en esas latitudes.
samente ricos, se podían dar el lujo de ser extravagantes. De lo contra-
rio, ¿cómo se explica la construcción de la Ópera, mezcla de estilo ita-
liano y morisco, para un público esencialmente inculto? En 1897, se Julio César Arana vivió casi tres años en esa ciudad que tan poco te-
inauguraron el edificio y la temporada lírica con una ópera de complica- nía que ver con sus costumbres. Pero no perdió el tiempo. La progresiva
dísimo argumento, La Gioconda , de Ponchielli, que pocos habrán podi- adquisición de las caucheras colombianas en el Caraparaná y en el Iga-

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raparaná era una compleja trama donde intervenían abogados, contado- veces más de lo que les adquiría. No se conformaba con sólo el diez por
res, políticos, vapores con sus correspondientes tripulaciones, capataces, ciento del comercio latinoamericano. The New York Times, en su edición
racionales , un contingente de doscientos negros de Barbados para con- del 11 de diciembre de 1904, dedicó media página ilustrada con fotogra-
trolar, castigar y, eventualmente, eliminar a los indios, transporte de ma- fías y pintorescas ilustraciones a ese exótico viaje. La nave ingresó por la
teria prima, presidentes de bancos, conexiones internacionales ( Arana & boca del río Amazonas, es decir, en su desembocadura en el océano
Bergman , con sede en Nueva York, se dedicó algunos años al transporte Atlántico, remontó el curso de agua y, después de hacer escala en Ma-
fluvial), despachantes de aduana, y venta en los mercados europeos. Ade- naos, llegó a Iquitos. Este viaje no puede considerarse sino excéntrico, si
más, controlaba minuciosamente los libros, pleiteaba, proyectaba nue- tomamos en cuenta las tormentas marítimas que podían ocurrir durante
vos negocios, invertía dinero en propiedades urbanas y se trasladaba pun- la travesía, o las enfermedades tropicales que podían contraer sus ilus-
tualmente al Gran Hotel Internacional, a pocas cuadras de distancia, para tres tripulantes. Sin embargo, todos sobrevivieron.
alimentarse. Y, cuando ingresaba al gran salón comedor, impecablemen-
te vestido de lino blanco, la barba prolijamente recortada, nadie ignora-
ba quién era Julio César Arana, el sexto mayor contribuyente de Manaos. En el transcurso de los tres años que duró su estadía en Manaos, la
Tampoco perdían el tiempo los inversores extranjeros. La compañía relación de Julio César Arana con Eleonora y sus hijos empezó a agrie-
naviera británica Booth que, prácticamente, tenía el monopolio del trans- tarse. En las cartas que estos le enviaban se notaban claramente el repro-
porte del caucho hacia los mercados del hemisferio norte, tuvo una ini- che, las heridas que provocaba esa prolongada ausencia. Le recrimina-
ciativa revolucionaria que costó nada menos que un millón de libras es- ban, por ejemplo, que no preguntara por Gypsy, un perro de aguas al que
terlinas: construir un muelle flotante, que fue un prodigio de la ingeniería, sus hijos adoraban.
para contrarrestar el nivel del río que, según la época, podía variar has- Fue por entonces que germinó una idea que le había rondado en los
ta en quince metros. Semejante suma, sobre todo teniendo en cuenta su últimos años y que podía catapultarlo hacia alturas insospechadas. Un
valor adquisitivo a comienzos del siglo XX (se inauguró en 1902), sólo hombre que no hubiera tenido su desmesurada ambición, se habría con-
podía justificarse después de haber realizado exhaustivos cálculos de ren- formado con ser lo que era: un próspero empresario, respetado en Ma-
tabilidad en el tiempo. naos y en Iquitos y hasta podría haber pensado en instalarse en Lima
Las empresas norteamericanas también habían dirigido sus dardos ocupando un cargo político. Eso, paradójicamente, sucedió varios años
hacia esa fabulosa cornucopia, quejándose que compañías inglesas y ale- después, cuando su fortuna había mermado significativamente y el cau-
manas acaparaban el comercio. La United States Rubber Company, que cho había dejado de ser la más codiciada de las materias primas. Pero Ju-
adquiría una cantidad considerable de caucho amazónico, lanzó una lio César Arana del Águila Hidalgo aspiraba a ubicarse en la cumbre no
ofensiva para aumentar las ventas que se tradujo en un exótico viaje en ya del Perú, sino de Europa. Fueron varios los motivos que lo determi-
yate a vapor y vela, con una tripulación que incluía a prominentes hom- naron a transformar a J. C. Arana & Hermanos en una compañía inter-
bres de negocios. A bordo del Virginia , propiedad del multimillonario co- nacional, pero el verdadero motor, el impulso primigenio, fue su invete-
modoro Benedict, embarcación que respondía fielmente al diseño naval rada ambición.
de la época, es decir, casco exacerbadamente longilíneo, con dos másti- Hacia 1906, ya tenía un patrimonio considerable. Su familia vivía en
les y una espigada chimenea en el centro, partió al Amazonas una fulgu- Biarritz y el caucho daba para mantener su tren de vida. Pero a diferen-
rante comitiva, en la que figuraba E. N. Bacus, presidente de la mencio- cia de muchos caucheros de Manaos, que creyeron que la bonanza sería
nada empresa y también de la American Wireless Telegraph and eterna, Arana no ignoraba la implacable evolución de las plantaciones
Telephone Company , que ya operaba en Manaos, donde había trescien- británicas de caucho en Asia, ni las nefastas consecuencias que podían
tos abonados telefónicos. Querían comprobar in situ cómo funcionaban traerle al Amazonas. Entendió que, algún día no demasiado lejano, el
sus negocios y por qué Sudamérica les vendía a los Estados Unidos tres caucho asiático invadiría los mercados europeos y norteamericanos, des-

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truyendo los precios y poniendo fin a la economía amazónica. Una com- Viuda de Tasso, en Barcelona, debe de haber obtenido ganancias super-
pañía registrada en Londres y con directores británicos sería una suerte lativas, a partir del 1913, cuando se editaron varias obras en defensa de
de escudo protector cuando llegara ese momento. Además, el Putumayo la Peruvian Amazon Company, todas pergeñadas por Rey de Castro. La
era una región de destino incierto, disputada por Perú y Colombia. ¿Qué primera tarea que encaró fue diseñar la imagen de J. C. Arana & Herma-
sucedería de quedarse este último país con esa franja? Corría el riesgo de nos , en un pequeño libro que sería distribuido en Londres, a partir de las
perder todo lo que había ganado. Si ese vasto territorio, en cambio, per- exploraciones realizadas por el ya mencionado ingeniero francés Euge-
teneciera ––en apariencia–– a una compañía inglesa, nada debería temer. nio Robuchon. Estudio del río Putumayo y sus afluentes, por el ingenie-
Existían, también, razones comerciales que perturbaban sus ganancias, ro Eugenio Robuchon 1903-1907 , fue editado en Lima, en la imprenta La
como asimismo barreras y futuras amenazas que convenían desbaratar. Industria, en 1907.
El puerto de Pará, en la desembocadura del río Amazonas, era particu- Pero vayamos a los hechos y a descubrir por qué un francés aparece
larmente irritante paras sus negocios, desde el momento en que sus bar- en el Amazonas y cómo Julio César Arana utilizó hábilmente su presen-
cos, pertenecientes a la Arana, Bergman & Co, se limitaban al transpor- cia. Analicemos algunos de los pasajes de una carta enviada por el mi-
te fluvial y no oceánico y eran detenidos en ese punto. Allí regían nistro de Relaciones Exteriores del Perú, José Pardo, a J.C.Arana & Her-
impuestos, demoras al tener que pesar la carga y un fárrago de trámites manos, fechada en Lima el 4 de noviembre de 1903.
que pesaban sobre la rentabilidad de la operación. Nada de eso ocurri-
ría si lograba despachar la mercadería directamente desde Iquitos a Lon- Este ministerio tiene noticia de que el señor Eugenio Robuchon,
dres. Además, existía la inquietante posibilidad de que se construyera un miembro de la Sociedad Geográfica de París, y antiguo explorador
de la zona oriental de América, ha salido de El Havre, con dirección
ferrocarril en territorio colombiano hasta el Putumayo. El magnate ferro-
a Iquitos, en el mes de mayo último.
viario Percival Farquhar había llegado a un acuerdo con el gobierno de
Con este motivo, me es grato dirigirme a ustedes a fin de que se dig-
Colombia para iniciar el tendido de vías. Si estas llegaban a los territo- nen contratar, si fuera posible, por cuenta del gobierno del Perú, al
rios de Arana, la flota fluvial de este quedaría prácticamente inutilizada. indicado señor Robuchon para que practique en la zona que ocupan
Por último, los vientos de la globalización del caucho ya soplaban con las posesiones de ustedes los estudios que se puntualizan en las ins-
fuerza. trucciones adjuntas.
En abril de 1907, se creó en Nueva York la Amazon Colombian Rub- Como remuneración a los trabajos del señor Robuchon se servirán
ber & Trading Company que emitió acciones con un capital de siete mi- ustedes acordarle la suma de treinta y cinco libras esterlinas mensua-
llones de dólares, anticipándose en siete meses a la iniciativa de Julio Cé- les y, además, la cantidad que estimen indispensable para gastos de
manutención, transporte y adquisición de los respectivos materiales.
sar Arana. Pero esto no lo amedrentó. En setiembre de 1907 fue a
Londres para gestionar un crédito de sesenta mil libras esterlinas y regis-
La respuesta epistolar de J. C. Arana & Hermanos es una magistral
trar su nueva compañía. Para este último trámite, solicitó la presencia de
muestra de manipulación. Está fechada en Iquitos, el 2 de septiembre de
un auditor británico que había viajado a Iquitos para verificar el estado
1904, es decir, diez meses después de escrita la misiva a la que responde,
de los libros y la solidez económica de J. C. Arana & Hermanos. Y es aquí
lo cual habla a las claras de la lentitud del tiempo amazónico.
cuando llama la atención el sentido de la comunicación y de las relacio-
nes públicas ––dos disciplinas incipientes a principios del siglo XX–– de
Tenemos el agrado de remitir a Us. una copia del contrato que, de
Julio César Arana. A lo largo de los seis años que duró su trayectoria in-
acuerdo con el estimable oficio de ese ministerio, fecha 4 de noviem-
ternacional contó con la eficaz estrategia comunicacional ideada por el bre último, hemos celebrado por cuenta del gobierno del Perú, con
cónsul peruano en Manaos, Carlos Rey de Castro (quien recibía de Ara- el señor Eugenio Robuchon.
na, anualmente, cuatro mil quinientas libras esterlinas), habilísimo edi- Nos es igualmente grato manifestar a Us. que nuestra casa ha resuel-
tor de publicaciones que defendían la causa del Putumayo. La Imprenta to sufragar todos los gastos que origine la misión confiada al señor

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Robuchon, deseando contribuir así, aunque en forma modesta, a los remontado a lugares inaccesibles, quedando reducida la actual población
patrióticos fines que persigue nuestro gobierno. del Napo a restos de los habitantes de varios pueblos fundados por los
padres jesuitas en los afluentes del alto Napo. Estos pueblos han desapa-
Por la ridícula suma de treinta y cinco libras esterlinas al mes, Julio recido”.
César Arana contaba con un ingeniero francés de inmenso prestigio aca- Una vez desatado el escándalo, cuando el mundo supo del horror en
démico, que publicaría el resultado de sus exploraciones. El contrato las plantaciones de caucho de Arana, la Iglesia decidió intervenir. El Pa-
––inteligentemente–– limitaba el área a los territorios de Arana, dividi- pa Pío X, en 1912, escribió la encíclica Lacrimabili Statu , denunciando
dos en tres secciones: Igaraparaná, Caraparaná y Putumayo. A través de la explotación de los indios, aunque sin detallar la región donde ocurría;
un científico, se sabría que aún existía el canibalismo en el Amazonas y luego, comisionó al padre franciscano G. Genocchi para que viajase a
que un empresario cauchero, Julio César Arana, intentaba civilizarlos a Sudamérica, recorriera las misiones existentes y comprobara la situación
través del trabajo, que no era otra cosa sino recolectar caucho. de los indígenas; por último, creó, en 1913, una misión en La Chorrera,
Es sorprendente que nadie se preguntara por qué esa empresa civili- la gran plantación cauchera de la Peruvian Amazon Company en el Iga-
zadora no estaba acompañada de una tarea evangelizadora, ya que fran- raparaná. Pero para entonces ya habían cesado las atrocidades, el precio
ciscanos y, luego, agustinos, habían tenido misiones en la región. En rea- del caucho comenzaba a desplomarse y, de todas maneras, quedaban po-
lidad, lo que menos deseaba Arana era la presencia de misioneros de cos indios para esclavizar, torturar y matar.
cualquier orden y credo, ya que hubieran sido testigos de los crímenes El 8 de mayo de 1903, Eugenio Robuchon partió de El Havre rumbo
que se cometían en el Putumayo. Pero en marzo de 1901, llegaron cinco a Manaos, a bordo del vapor Patagonia acompañado por su mujer, una
padres agustinos a Iquitos: Paulino Díaz, Pedro Prat, Bernardo Calle, Plá- india huitoto que había conocido en un viaje anterior. Conviene señalar
cido Mallo y Pío González. Ello produjo un profundo desagrado en la que la Casa Arana no permitía matrimonios formales ––sí concubinatos––
población, que consideraba que los misioneros debían evangelizar a los entre contratados e indias y, mucho menos, que estas, aunque tuvieran
indios salvajesy no a los ciudadanos. Es que los agustinos tenían una mi- hijos, salieran del territorio. Robuchon fue una excepción, como también
sión más educadora que evangélica. Fundaron en Iquitos, en 1903, el Co- lo fue un joven médico norteamericano, que quiso llevarse a su mujer in-
legio San Agustín. Los centros misionales y las parroquias fueron crea- dia que estaba a punto de ser madre. Madame Robuchon contrajo fiebre
dos puntualmente para la enseñanza religiosa, y, hasta el día de hoy, amarilla en Manaos, y, de no haber existido un feliz desenlace terapéuti-
continúa la labor de los agustinos, a través de numerosas instituciones co, su marido jamás hubiera realizado los estudios. Ni tampoco habría
fundadas por ellos. Lo que los caucheros querían evitar, cuando llegó la desaparecido en la selva para siempre.
orden en 1903, era que metieran las narices donde no les correspondía. Una vez recuperada madame Robuchon, el matrimonio zarpó hacia
El lobby cauchero tenía a su propio sacerdote, el padre Correa, que na- Iquitos en el vapor Preciada , de propiedad de Julio César Arana, quien
da decía acerca del maltrato al que eran sometidos los indios. ––como era de esperar–– los esperaba a bordo para acompañarlos duran-
Lo que ningún cauchero imaginó es que las revelaciones de Walter te el viaje. El “rico industrial de Iquitos”, como lo define a Arana el ex-
Hardenburg en la revista Truth, en 1909 ––y, con anterioridad, las del pe- plorador, tenía particular interés en que realizara investigaciones en sus
riodista Benjamín Saldaña Rocca, propietario de dos periódicos en Iqui- territorios y puso a su disposición una parafernalia de elementos. Así, el
tos––, que dieron inicio a los “escándalos del Putumayo”, iban a forzar a 18 de setiembre partió de Iquitos el pequeño vapor Putumayo con des-
los padres agustinos establecidos en Iquitos a actuar. Uno de ellos, Pau- tino al Igaraparaná. Robuchon, en sus breves relatos que finalmente lle-
lino Díaz, escribió ese mismo año: “He venido tristemente impresiona- garon a la imprenta, se asemeja en algo a Walter Hardenburg: comienza
do de la precaria situación en que se encuentran [los indios]… Las diver- sus escritos con una visión contemplativa de la belleza amazónica y ter-
sas tribus de aushiris, sáparos, ninanas, tiracunas, angoteros y piojeses, mina en un thriller.
casi han desaparecido por completo y los pocos que aún quedan se han

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Comenzaba entonces la época de las sequías y del descenso de las sin salir del territorio peruano. Es un camino estratégico, de estudio in-
aguas. El Amazonas, casi seco, había perdido algo de su aspecto gran- teresante, que permitiría la rápida movilización de tropas hacia el Putu-
dioso de los meses precedentes. Ya no era ese río impetuoso, que mayo sin tener que pasar por el Brasil”. El estudio tenía connotaciones
arrastraba en sus aguas, espumosas y turbias, enormes troncos de ár- políticas que interesaban tanto a Arana como al gobierno peruano. Fi-
boles arrancados de las riberas por la violencia de la corriente; ya no
nalmente, Robuchon y su mujer llegaron a La Chorrera, la gran bahía que
era aquella arteria comercial que permite que los navíos de ultramar,
casi de extremo a extremo atraviesen el continente americano, y que,
forma el río, desde donde se divisaban los edificios sobre una colina y
por el volumen de sus aguas, ha recibido el título del mayor río del que era el punto final de la navegación fluvial del Igaraparaná, ya que allí
mundo. estaba el estrecho pasadizo poblado de rápidos que le daba nombre. Allí,
En todas partes se extendían inmensas playas de arena blanca que el sabio tuvo ocasión de explayarse sobre la entomología local:
dividían al río en numerosos canales estrechos y poco profundos, de
corrientes tranquilas y aguas casi transparentes. Una cantidad increíble de moscas pequeñitas, especie de tábano en
miniatura, aparece desde que nace el sol. Son las maringuinius . De
Esta postal amazónica parece escrita más por un viajero que por un sus mordeduras no se escapa ninguna parte descubierta del cuerpo
académico. Cuando alcanzaron el Igaraparaná, Robuchon calculó con y dejan sobre la epidermis una equimosis negruzca que dura muchos
precisión matemática cuántas millas náuticas habían navegado: 873, es días. Residen, y son más o menos abundantes, particularmente, en
decir, 1.571 kilómetros. La poética, sin embargo, impregna su prosa a me- los lugares donde la composición de las aguas es más o menos cena-
dida que avanzaba el viaje. gosa. Los ríos originarios de los lagos cuyas aguas son claras o ne-
gruzcas se hallan completamente desprovistos de ellas. Los trajes de
colores oscuros, el azul marino, el negro, las atraen mucho; el blan-
El 3 de octubre, cerca de las cinco de la tarde, percibimos a la salida
co, por el contrario, las aleja. El único modo de preservarse de sus
de una vuelta del río, la confluencia de Igaraparaná.
mordeduras es cubriéndose la cara con un velo. Cuando un extran-
Una espléndida puesta del sol, de una riqueza de tonos incompara-
jero penetra por primera vez en las regiones infestadas por estos in-
bles, doraba el horizonte y arrojaba sobre el río reflejos maravillosos.
sectos sufre horriblemente con sus picaduras, las cuales frecuente-
Este espectáculo feérico y grandioso me había llenado de entusias-
mo. Contemplaba aún aquel cambio constante de colores, viendo mente producen graves inflamaciones; luego, se habitúa y, pasados
morir unos y confundirse otros, tan vivos hacía poco, cuando la lle- seis meses, no producen ningún inconveniente desagradable.
gada al puerto de Arica me sacó de mis ensueños.
Robuchon lo debe de haber sentido en carne propia cuando dejó La
Pero estas cumbres poéticas surgieron tal vez por el contacto de Ro- Chorrera para internarse en la selva. Prefirió dejar a su mujer en esa
buchon con una zona remota, con un río poco explorado por europeos. plantación debido ––no podía ser de otro modo–– a los caníbales. Los
A medida que se internó en la selva, privó la antropología y, en menor primeros indicios de antropofagia los recibió al llegar a la sección cau-
medida, la entomología y la botánica. Lo que flota en forma permanen- chera Arica, donde se enteró de que había existido una sublevación de
te en su narrativa, es la condición de caníbales de los indios, su salvajis- los indios bórax navajes, lo cual de por sí no era de extrañar. Lo inquie-
mo imposible de modificar, sus costumbres en extremo primitivas y la tante era que habían asesinado a cuatro blancos y se los habían comido.
permanente peligrosidad de algunas tribus. Pero tiene una enorme vir- Es notable cómo este francés, a pesar de los peligros canibalísticos, pe-
tud: fue el único que se adentró en la selva durante un tiempo prolonga- netra en la jungla, se hunde en el lodo hasta las rodillas con apenas un
do (Walter Hardenburg no lo hizo) y obtuvo un material de primera agua. par de alpargatas, se empapa con los aguaceros y pernocta en chozas in-
Es significativo que algunos pasajes tengan un sesgo más militar que an- dígenas. Esta es una de sus primeras descripciones en las proximidades
tropológico: “El río Yaguas, que dejamos a la derecha el 30 de setiembre, de La Chorrera.
es una vía de comunicación fácil hacia Pebas, sobre el Amazonas, y esto

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Impaciente por conocer en su propia casa a esos salvajes, me dirigí có a las viviendas huitotas nonuyas. Del techo de una de estas pendían
una mañana a una choza de huitotos aimenes, situada en lo alto de cuatro cráneos humanos, “trofeos de una lucha reciente entre los nonu-
una colina. En medio de plantaciones de yuca, perfectamente bien yas y sus vecinos, los erikeas, y cada cráneo correspondía a una víctima
cultivadas, se levantaba la choza, gran edificio de ramas ligeras, uni- de los caníbales”. Robuchon y sus acompañantes no tuvieron más reme-
das entre sí por bejucos y cubierta por un techo de paja que descen-
dio que pasar la noche con ellos, montando prudentes guardias. Esa no-
día hasta el suelo. Esta casa, con su forma circular y su techumbre
che no presenció, como ya lo señalamos oportunamente, un festín antro-
en punta, tenía un parecido notable con un circo de feria.
Por carecer de ventanas, la luz y el aire no podían penetrar y las puer- pofágico, sino una ceremonia religiosa, el chupe del tabaco , en la que la
titas bajas y estrechas que le daban acceso estaban tan hermética- tribu “rememora su libertad perdida, sus sufrimientos actuales y formu-
mente cerradas con esteras que tuve que apartarlas para entrar. la contra los blancos terribles votos de venganza”.
Cuando la vista se me acostumbró a la completa oscuridad que allí Las últimas páginas de su estudio, las dedica a describir físicamente
reinaba, percibí a dos viejas y un muchacho pilando yuca por medio a los indios, enfatizando la delgadez de sus piernas, su cabellera abun-
de una maza, en un gran pedazo de madera hueco. Los demás habi- dante, el imprescindible taparrabo y sus armas, en particular la obidiake
tantes habían salido a trabajar a las plantaciones, mientras aquellos o cerbatana. Esta, de dos metros de extensión, está “hecha de una caña
preparaban las tortas de casave , pan indígena que se repartía entre
hueca, cubierta de fibra y provista de embocadura [y] sirve para lanzar
todos en la noche. Alrededor de la barraca se veían colgados varios
pequeñas flechas de veinticinco centímetros de largo y de apariencia po-
grupos de hamacas, formando cada uno el alojamiento de sendas fa-
co peligrosa, pero de efectos terribles, pues la punta de cada una de ellas
milias. Cada una tiene su lumbre especial, donde hierve constante-
mente una marmita de casaramanú, curioso guiso de sesos e híga- está untada de curare, y produce la muerte en menos de un minuto”. Em-
dos de animales silvestres, sazonado con una fuerte cantidad de ají, pleaban también el arco, con el que arrojaban flechas envenenadas, o
guiso que jamás se agota, porque se le agrega siempre que disminu- morucos , de un metro y ochenta centímetros de largo a una distancia de
ye, nuevas dosis de sesos e hígados. El suelo desnudo y muy acciden- hasta veinte metros.
tado se hallaba cubierto de cáscaras de bananas y de frutas y toda es- Los huitotos nonuyas creían en la existencia de un ser superior que
pecie de basura. Deduje de ahí que las reglas de la limpieza no representaba el bien, Usiñamu, y otro inferior, que simbolizaba el mal,
estuvieran muy en boga entre los huitotos. Taifeno . También, en la inmortalidad del alma y en la vida futura. Ado-
raban al sol, Itoma y a la luna, Fuei.
Hasta aquí las observaciones de un antropólogo que no corre peligro Por el momento, Eugenio Robuchon sobrevivió a las cerbatanas, a
alguno y que contempla minuciosamente la forma de vida salvaje. La co- las flechas envenenadas y a que lo descuartizaran para ponerlo en una
mida podía ser repulsiva para el paladar occidental y la suciedad, repug- olla hirviente. Además, los indios le obsequiaron las cuatro calaveras pa-
nante para la asepsia europea, pero, en definitiva, se trataba de indios dó- ra su colección de rarezas antropológicas.
ciles. A medida que recorría la selva adentrándose en otros territorios Después de concluir la misión que le encomendó Julio César Arana,
próximos al río Cahuinari, en dirección noroeste, la docilidad indígena Robuchon deambuló por la selva durante tres años, conociendo tribus,
se evaporó como la bruma matutina amazónica. En ruta a Último Reti- descubriendo a qué era geológica pertenecía tal o cual piedra, clasifican-
ro, donde terminaban las secciones caucheras de Arana, ingresaron en do árboles. Un día dejó de emitir señales. El cónsul peruano en Manaos,
territorio de los indios huitotos nonuyas quienes, según Robuchon, “eran Carlos Rey de Castro y estratega comunicacional de Arana, le envió una
antropófagos y de los más peligrosos”. Llama la atención, al leer sus es- carta al ministro de Relaciones Exteriores del Perú, fechada en Lima el
critos, la prevención, el espíritu alerta que transmiten. “Los indios, astu- 19 de julio de 1907.
tos y por extremo pacientes, se hayan siempre listos para asesinar a los
blancos cuando a estos se les olvida conservarse en guardia”, escribe. Na- Me es sensible manifestar a Vd. que los estudios del señor Robuchon,
da de esto lo amedrentó y, con los indios que lo acompañaban, se acer- de que he sido portador, han quedado incompletos. Según referen-

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cias del señor Arana y hermanos, hace varios meses que el señor Ro- el diario El Comercio , de Lima, se preguntó: “¿Quién sabe si uno de sus
buchon ha desaparecido de las inmediaciones de Retiro , a orillas del compañeros huitotos de tan plácida apariencia en la fotografía que re-
Putumayo, donde se encontró parte de su equipaje y algunas líneas producimos hoy no figura entre quienes lo mataron y comieron?”.
escritas, en que parece indicaba el rumbo que iba a tomar, pero que, Tras la desaparición de su marido, la señora de Robuchon se fue a vi-
por acción de la humedad, se han vuelto casi ininteligibles.
vir a Francia con su familia política.
Los señores Arana y hermanos presumen, con fundamento, que el
señor Robuchon ha sido víctima de los indios antropófagos que fre-
cuentan esos parajes. Los mismos señores han hecho todo género de
esfuerzos para descubrir el paradero del activo explorador, pero sin Julio César Arana tenía en claro que, si no internacionalizaba su com-
resultado satisfactorio alguno. pañía, tendría serios problemas. No poseía título de propiedad sobre su
inmenso territorio del Putumayo, pues no se sabía a qué país pertenecía
Existen las teorías más dispares y polémicas acerca de la desapari- este. Poseía un mero título de ocupación. Si la balanza de los arbitrajes
ción de Robuchon, pero se trata de meras presunciones. Pudo haber internacionales se volcaba a favor de Colombia, los derechos de Arana
muerto a manos de los indios, como consecuencia de un accidente, o, co- difícilmente serían respetados. Pero si la que ocupase las doce mil millas
mo sostienen algunas malas lenguas, asesinado por orden de Julio César cuadradas entre el Putumayo y el Caquetá fuera una compañía inglesa,
Arana. ¿Por qué querría eliminarlo el hombre que lo había contratado, el gobierno de Bogotá se abstendría de provocar un incidente. Esta ra-
facilitándole transporte, víveres y guías? La hipótesis no parece incon- zón fundamental y otras que ya hemos señalado, lo conminaron a viajar
gruente. El explorador había pasado demasiado tiempo en el Putumayo, a Londres, en 1907, para formar una empresa británica de la que él, de
había visto demasiadas cosas. Su cámara fotográfica había tomado un todas maneras, sería dueño absoluto.
sinnúmero de fotografías. Las más conocidas, publicadas por el diario El Preparó bien el terreno. Un auditor de la prestigiosísima firma Deloit-
Comercio , de Lima, son absolutamente bucólicas, con abundancia de ár- te, Plender & Griffith’s, Mr. Gielguld, había viajado con anterioridad al
boles gigantes y cascadas; las menos publicitadas, fueron las que halló el Putumayo para realizar un informe exhaustivo sobre los territorios, las
capitán británico Thomas Whiffen, del Regimiento Decimocuarto de Hú- materias primas, la rentabilidad y la mano de obra de las posesiones deJ.
sares, entre las cenizas del último campamento de Robuchon, dos años C. Arana & Hermanos . El informe que presentó a su regreso parece sali-
después de su desaparición. Obviamente, estas no se publicaron en el li- do de un cuento de hadas. Los indios eran felices, estaban bien alimenta-
bro con las observaciones del francés acerca de las tribus amazónicas, dos y en excelentes relaciones con sus patrones. Al despertarse, saluda-
editado por Julio César Arana y que alcanzó el asombroso tiraje de vein- ban cariñosamente a Armando Normand, uno de los capataces, mitad
te mil ejemplares, inteligentemente distribuidos entre líderes de opinión boliviano y mitad inglés, que debería engrosar la lista de los peores sádi-
y medios de difusión. Si quienes pertenecían a la Peruvian Amazon Com- cos del siglo XX, como también a Augusto Jiménez, otro asesino. Pero, en
pany descubrieron las fotos tomadas por Robuchon sobre torturas, mu- su informe, no todo lo que brillaba era oro. Un rubro era particularmen-
tilaciones y muertes por inanición, es de suponer que se encargaron de te urticante. En los libros figuraban como expendios veintidós mil libras
que no saliera de la selva con vida. Hacia 1906, año en que el francés de- esterlinas en concepto de “Gastos de Conquistación”, que no eran otra co-
sapareció, el horror en el Putumayo había alcanzado su apogeo. La es- sa que las erogaciones que se había realizado para someter y esclavizar a
clavitud, las más refinadas torturas, los azotes, las violaciones y la ma- los indios. Arana trabajó con Gielguld para disimular esos desembolsos
tanza indiscriminada de la cual ni siquiera se salvaban los niños recién bajo el rubro “Territorios gomeros y agrícolas que incluyen gastos de de-
nacidos, estaban presentes en todas las secciones caucheras pertenecien- sarrollo”. Gielguld comenzaría a recibir de la compañía, una vez que esta
tes a Arana, desde el Igaraparaná al Caraparaná. se constituyera, mil libras esterlinas al año ––dos mil si se encontraba en
Como sea, la maquinaria propagandística de Arana sabía sacar par- el Perú–– sumas inmensamente mayores a los ingresos que percibía en De-
tido hasta de una desaparición. A raíz de la desaparición del explorador, loitte, Plender & Griffith’s, que sólo eran de ciento cincuenta libras al año.

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En Londres, Julio César Arana debía formar un directorio integrado Lima y era presidente del London Bank of México , que le había otorga-
por ingleses, establecer una sede, darle nombre a la nueva empresa, y emi- do a Arana el crédito de sesenta mil libras. Además ocupaba el cargo de
tir acciones por un valor de un millón de libras esterlinas. El registro de director en la Peruvian Corporation, poderosa empresa, y en la Lima
la nueva empresa se realizó el 25 de setiembre de 1907. Pero surgieron Light, Power and Tramways Company. Para coronar esta constelación
problemas inesperados. Dos mesesdespués de haber sido registrada la de hombres de negocios, incluyó a Sir John Lister-Kaye, que nada sabía
compañía, el precio del caucho se desplomó. El cierre de fábricas en los ni del Perú, ni del negocio del caucho, pero conocía al rey Eduardo VII
Estados Unidos trajo como consecuencia una superabundancia de stocks: de Inglaterra y a prestigiosos británicos que podían convertirse en inver-
en febrero de 1908, el precio del caucho que, en 1907, costaba cinco che- sores. El directorio lo completaban el barón de Sousa Deiro, el señor
lines y tres peniques la libra, descendió a dos chelines y nueve peniques, Henri Bonduel, banquero francés, Julio César Arana y Abel Alarco. La
el más bajo desde 1894. Sus asesores le aconsejaron que esperara seis sede se estableció en Salisbury House, London Wall, E. C., en Londres.
meses antes de que la Peruvian Amazon Company se hiciera pública. Ara-El 6 de diciembre de 1908, se pusieron en venta las acciones de la
na pergeñó un negocio brillante: del capital nominal, es decir, un millón Peruvian Amazon Company . Se ofrecieron 130 mil acciones preferencia-
de libras esterlinas, setecientas mil acciones de una libra cada una que- les, ya que las ordinarias y las preferenciales restantes, como señalamos,
darían, como parte de pago, en manos de Arana, Pablo Zumaeta, Lizar- quedaron en manos de Arana. Vale la pena analizar la versión del patri-
do Arana y Abel Alarco, lo cual les daba el control total de la empresa. monio y las actividades de la empresa que se intentó “vender” a los bri-
Ni siquiera los gastos indemnizatorios y de promoción, que trepaban a tánicos. La enumeración de bienes era absurda: se afirmaba que PAC p
treinta mil libras esterlinas, serían abonados por ellos, como vendedores, seía bases operativas de máxima rentabilidad en Manaos e Iquitos,
sino por la nueva compañía. cuando, en realidad, se trataba de individuos que intentaban cobrar deu-
El proceso llevó más de un año, en el transcurso del cual, como se das difícilmente pagables. El valor de libro era disparatado. Las ganan-
vio, viajó al Putumayo en el vapor Liberal , a pedido del gobierno perua- cias que se habían declarado nunca existieron. La PAC ni siquiera tenía
no, para verificar si los colombianos respetaban el modus vivendi esta- títulos de propiedad de las miles de millas cuadradas de selva. Se habla-
blecido entre Colombia y el Perú. Finalmente, el 6 de diciembre de 1908, ba de agricultura y de minería, aunque no las había. Tampoco se detalla-
se ofrecieron a la venta, en Londres, acciones de la Peruvian Amazon ba con precisión la calidad del caucho extraído. No es de extrañar que la
Rubber & Co. Ltd . Posteriormente, se le quitó la palabra Rubber al nom- venta de acciones fuera un fracaso absoluto: el noventa por ciento de las
bre para que la empresa no fuera exclusivamente cauchera y se la cono- mismas permaneció en manos de los suscriptores.
ció por las siglas PAC . El precio de la misma se estipuló en un millón de Así y todo, Julio César Arana, había logrado finalmente su escudo
libras esterlinas. En los papeles, los números y las actividades cerraban a protector de eventuales reclamos colombianos. El gobierno peruano se
la perfección, a partir de algunos hechos que sí eran reales. En 1907,J. C. sentiría orgulloso de que una compañía británica ––es un decir–– se hu-
Arana & Hermanos se había puesto a la cabeza de los exportadores de biera establecido en esa zona tan conflictiva. Y, acaso lo más importan-
caucho de Iquitos, con la cifra de 540.869 kilos de esta materia prima, te, si el Perú perdía el arbitraje y la zona comprendida entre los ríos Pu-
equivalente al 18,6 por ciento del mercado. tumayo y Caquetá pasaba a manos colombianas, no le cabía la menor
Julio César Arana se dedicó, en primer lugar, a crear un directorio duda de que se reconocerían como pertenecientes a la Peruvian Amazon
que diera absoluta credibilidad a las actividades de la compañía. Uno de Company las cuarenta y cinco secciones caucheras. El libro de Eugenio
los integrantes de aquel, John Russell Gubbins, ostentaba treinta y ocho Robuchon, por último, le daba un toque humanitario a la nueva compa-
años de experiencia en el Perú, en el negocio de importación-exporta- ñía, ya que también se civilizaría a las tribus caníbales.
ción. Hablaba español y era amigo personal del presidente del Perú, Au- Quizá la coronación de este audaz proyecto corporativo fue el reen-
gusto B. Leguía. Henry Read, otro integrante del directorio, había naci- cuentro con Eleonora y sus hijos, ya que sus negocios lo obligaban a tras-
do en el Perú, hablaba español, tenía poderosas relaciones sociales en ladarse a Europa con mucha más frecuencia. Sólo algunos nubarrones

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perturbaban a Julio César: las nuevas plantaciones de caucho de Asia, en
particular las de Malasia, naturalmente en manos inglesas. La competen-
cia podría llegar a destruir la economía amazónica.
Sin embargo, el peligro no estaba, en 1908, en remotos países asiáti-
cos, sino en la lejana, tropical y primitiva Iquitos, donde un joven nor- El Putumayo abre sus secretos
teamericano y un periodista local harían temblar al mundo revelando los
crímenes que se cometían en los territorios de la Peruvian Amazon Com-
pany en el Putumayo.

N OTAS
Hablar de indios, en Sudamérica, implica una densa trama de cultu-
1 Una especie de telégrafo acústico, hecho de troncos que, al ser golpeados, emi-
ras diferentes. El impacto de la colonización, tanto española como la
ten sonidos que pueden ser oídos e interpretados hasta a doce kilómetros de distancia.
2 Una arroba equivale a quince kilos. que provino de la Revolución Industrial, arrasó con algunas y mestizó
3
Cuñado de Julio César Arana. otras. Rara vez pudieron mantener su identidad incólume. Las distintas
4
Se refiere, irónicamente, a los empleados de la Amazon Peruvian Company. culturas indígenas trazaban un arco que iba desde la extrema combati-
vidad hasta la sumisión. Los araucanos que poblaban el sur de Chile li-
braron feroces combates contra los españoles, sitiaron Osorno y tuvie-
ron caciques como Caupolicán y Lautaro capaces de movilizar a miles
de aguerridos. Los onas y otras tribus de Tierra del Fuego terminaron
extinguiéndose, impotentes para sobrevivir los cambios y persecuciones
introducidos por la civilización europea. Sería farragoso analizar con
mirada antropológica las distintas tribus. El hecho es que existieron al-
gunas particularmente primitivas, aisladas por un escenario de difícil ac-
ceso, de heroica supervivencia, donde se practicaba la antropofagia pe-
ro que, curiosamente, fueron sorprendentemente sumisas. La mayoría
de ellas habitaba regiones del inmenso Amazonas. Las que poblaban el
Putumayo ––huitotos, ocainas, andokes, boras–– fueron el blanco elegi-
do, a comienzos del siglo XX, para formar parte de lo que Michael Taus-
sig tan bien define en su lúcido ensayo Chamanismo, colonialismo y el
hombre salvaje, como la “economía del terror”. Lo peor que pudo pa-
sarles a los indios amazónicos fue el descubrimiento de materias primas
en sus territorios.
El Putumayo había sido poco perturbado por las irrupciones hispá-
nicas desde que el mito de El Dorado, una cornucopia inextinguible de
oro, se esfumó como un espejismo. La expedición de Hernán Pérez de
Quesada, en 1541, por las selvas del Caquetá y del Putumayo se topó con
el peor de los enemigos: el propio Amazonas. Imaginemos a un contin-

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gente de doscientos sesenta españoles, doscientos caballos y seis mil in- en el centro de la vivienda; las de menor rango, en la periferia. En el úl-
dios andinos, para nada acostumbrados a los rigores selváticos, lanzados timo peldaño de esa escalera social, estaban los huérfanos, o jaienikis,
a latitudes impenetrables, cegados por la búsqueda de El Dorado. La ex- que habían alcanzado esa categoría como consecuencia de guerras, epi-
pedición terminó en desastre: ninguno de los indios sobrevivió. Tampo- demias, migraciones. Los huitotos se depilaban varias partes del cuerpo,
co se salvaron todos los españoles: cinco hombres fueron atrapados en adornaban la piel con diseños de vívidos colores, y se estiraban los lóbu-
una emboscada por caníbales y descuartizados a la vista de sus compa- los de las orejas recurriendo a pesadísimos aros. El matrimonio no se con-
ñeros. sumaba formalmente a través de una ceremonia sino que el éxito o el fra-
Así, durante siglos, las diversas tribus indígenas vivieron libres del caso del mismo era el resultado de la convivencia, de los hijos y del
flagelo de los conquistadores y de las enfermedades transmitidas por trabajo.
ellos. Creer que los indios convivieron pacíficamente en el Amazonas se- Los huitotos tenían deidades mayores y menores para explicar la
ría un error. Existían tribus rivales, esclavitud y guerras. Pero las mate- creación del mundo y recurrían a los rituales para conectarse con sus an-
rias primas les eran indiferentes, la propiedad privada casi ni existía y la cestros o yurupari, a veces a través de sustancias alucinógenas. Este ac-
vida comunitaria estaba por encima de todo. No todas las tribus eran to sacro lo realizaban los hombres en el centro de la maloca . Utilizaban
culturalmente homogéneas. Pensemos en la extensión de sus vías nave- varias drogas, desde el jugo del tabaco y la coca, hasta elyagué. El yagué
gables, que alcanzan los ochenta mil kilómetros, como también en el he- es una poderosa droga psicotrópica compuesta de una combinación de
cho de que posee más de mil ríos tributarios, en su inmensa mayoría sur- ingredientes, el principal de los cuales es la enredadera Banisteriopsis
cados por embarcaciones, pues no deparan riesgos mayores, como son, caapi. Al aislarse por primera vez el ingrediente activo de la droga, la har-
por ejemplo, los rápidos. La diversidad cultural, dentro de parámetros malina, los científicos colombianos la denominaron telepatina.
similares, era enorme. Fueron los huitotos ––los especialistas afirman que Además de estos contactos químicos con lo sacro, los huitotos con-
su verdadero nombre es murui o muiname y que aquella denominación taban con miles de años de adaptación a una de las selvas más despiada-
es peyorativa–– los auténticos pobladores del Putumayo, quienes pade- das del planeta. Sabían moverse sigilosamente entre la densa jungla. Po-
cieron la llegada del hombre blanco y, en concreto, la de Julio César Ara- seían una amplia farmacopea. Habían desarrollado armas, como la
na. Hasta que se despertó la codicia occidental por materias primas co- cerbatana y la lanza, que no sólo los defendían, sino que les garantiza-
mo la quina, la zarzaparrilla y el caucho, vivieron relativamente seguros ban la alimentación. Sin embargo, iban a ser destruidos por un solo hom-
en un territorio que imponía dos barreras naturales contra la penetra- bre, para quien el caucho estaba por encima de todos los valores.
ción foránea: los saltos en La Chorrera, los cuales hacían sólo navega- Para comprender lo que sucedió en el Putumayo a partir de la llega-
ble en parte al Igaraparaná, y los de Araracuará, en el río Caquetá, que da de Julio César Arana, habría que entender someramente la relación
también lo limitaban en términos náuticos. La violencia entre tribus era que existió, desde el primer día, entre conquistadores y conquistados. Pa-
moneda corriente. Los ancestrales adversarios de los huitotos eran los ra los españoles, los aborígenes eran seres poco menos que despreciables
bora, o miraña , que realizaban feroces incursiones para obtener botines a quienes había que esclavizar, torturar y, llegado el caso, matar, para que
y capturar esclavos. la estadía en el Nuevo Mundo fuera rentable. El fin justificaba amplia-
Pero se trataba de incursiones ocasionales y la vida comunitaria, en- mente los medios. Fueron tales los abusos que un sacerdote español lle-
tre los huitotos, estaba perfectamente estructurada. La producción in- gado a las Indias elevó su voz y resonó en Europa al hacer público lo que
cluía una vasta variedad de frutas y vegetales, entre los que figuraban el realmente sucedía en América.
autóctono ananá, la yuca y la banana, por nombrar las principales, a lo Fray Bartolomé de las Casas había nacido en Sevilla en 1484, de ori-
cual habría que agregar la caza y la pesca. No habitaban aldeas sino una gen converso. Su abuelo, Diego Calderón, fue quemado en la hoguera,
gran casa comunitaria cuya disposición interna estaba regida por rígidas en 1491, en Sevilla, por el mero hecho de ser judío. América estuvo pre-
divisiones. Las familias de mayor prestigio dormían próximas al cacique, sente en su vida desde su niñez, ya que su padre formó parte del segun-

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do viaje de Colón. Las Casas llegó a Santo Domingo en 1502. Su exis- ricos de Portugal y España ––ellos mismos mezcla de moros, godos,
tencia estuvo signada por aterradores testimonios de abusos hacia los in- semitas, vándalos y otros pueblos–– introdujeron en la raza latinoa-
dígenas y por una fe que jamas desfalleció. La vida de este sacerdote es- mericana son mostrados aquí en toda su intensidad, y, a la vez, au-
mentada por cualidades hispanas. Los españoles consideran a los in-
tuvo colmada de viajes, audiencias, derrotas, encuentros conflictivos y
dios, a menudo, como animales. Otros pueblos europeos pueden
escritos. Abominaba de cómo los españoles trataban a los indios e inten-
haber abusado de los indios de América, pero ninguno posee la pe-
tó, por los medios más audaces, que cesaran los maltratos y que los en-
culiar actitud española hacia ellos, que consiste en considerarlos co-
comenderosrestituyeran a los indígenas las propiedades de las que se ha- mo si, en realidad, no fueran seres humanos. En la actualidad, los es-
bían adueñado, iniciativa que no puede considerarse sino revolucionaria. pañoles y los mestizos se refieren a los indios como animales. En mis
Escribió ocho obras, una de las cuales, Brevísima relación de la destruc- viajes por el continente americano he podido comprobar que, Perú
ción de las Indias , publicada clandestinamente en 1552, y que se divul- y México, ante una crítica mía por el maltrato a los indios, siempre
gó por toda Europa, fue la verdadera piedra del escándalo. En el capítu- tuvieron una respuesta áspera: “Son animales, señor; no son gentes”.
lo De los grandes reinos y grandes provincias del Perú, reproduce el La tortura y la mutilación del indio, para ellos, no guarda diferencia
testimonio de un fraile franciscano, Marcos de Niza, en que este relata con la que podría infligirse a un buey o a un caballo. Esta actitud
mental ha sido bien demostrada en el bárbaro sistema de trabajo for-
cómo los españoles quemaban vivos a caciques ––en este caso, Atabali-
zado en las minas, durante los virreinatos del Perú y de México, don-
ba, Cochilimaca y Chamba–– o encerraban a los indios en una casa pa-
de los indios eran conducidos a las minas por hombres armados y
ra luego prenderle fuego. Algunos pasajes de las revelaciones del francis- marcados en la frente con hierro candente. Cuando desfallecían co-
cano anticipan lo que, cuatro siglos más tarde, sucedería en el Putumayo. mo consecuencia del cansancio, lo cual era frecuente, sus cuerpos
eran arrojados a un costado y reemplazados por otros indios. Estos
Yo afirmo que yo mismo vi ante mis ojos a los españoles cortar ma- procederes durante la época de los españoles tienen su contraparte,
nos, narices y orejas a indios y a indias sin propósito, sino porque les hoy en día, en el Amazonas. Existe aún un rasgo en el latinoameri-
antojaba hacerlo, y en tantos lugares y partes que sería largo de con- cano que para el modo de pensar anglosajón resulta inexplicable. Se
tar. Y yo vi que los españoles les echaban perros a los indios para que trata del placer que produce la tortura del indio como mera diver-
los hiciesen pedazos, y los vi así aperrear a muy muchos. Asimismo, sión y no como venganza o “castigo”. Como se ha visto en el Putu-
vi yo quemar tantas casas y pueblos, que no sabría el número según mayo, y como ha sucedido en otras partes en diferentes ocasiones,
eran muchos. Asimismo, es verdad que tomaban niños de teta por los indios han sido abusados, torturados y asesinados por motivos
los brazos y los echaban arrojadizos cuanto podían, e otros desafue- frívolos ––es decir, por diversión––. Por lo tanto, a los indios se les
ros y crueldades sin propósito, que me ponían espanto, con otras in- dispara deportivamente para hacerlos correr, o como ejercicio de ti-
numerables que vi que serían largas de contar. ro al blanco, o se los incinera impregnándolos de combustible y pren-
diéndoles fuego para contemplar su agonía.
Hubo otros testimonios, con el correr de los siglos, que no dejaron Este amor por infligir la agonía por razones puramente deportivas es
un curioso atributo psíquico de la raza hispana.
duda de los horrores cometidos. Uno particularmente revelador es el de
Sir Reginald Enock, viajero y explorador británico, en su Introducción al
Cabe preguntarse, entonces, por qué el indio amazónico no se rebe-
libro de Walter Hardenburg, The Putumayo, the Devil’s Paradise , publi-
cado en Londres en 1912. ló ante la llegada del hombre blanco. Se necesitaba algo más que un Win-
chester y un barco a vapor para controlar vastas zonas dominadas, du-
Además de las consideraciones topográficas, los macabros hechos en rante siglos, por etnias aborígenes que conocían la selva ––y sus
el Putumayo son, en alguna medida, el resultado de un siniestro ele- peligros–– a la perfección. Quién podía superarlas en conocimientos, en
mento humano ––el carácter español y portugués––. Los notables ras- supervivencia, en el ancestral tratamiento de enfermedades. Quién, en
gos de insensibilidad en relación al sufrimiento humano que los ibé- definitiva, era más capaz: un indio que se deslizaba con notable sagaci-

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dad y pericia por la selva, sabiendo dónde debía pisar, o un blanco arma- sa frase en boca de los productores de látex de Loreto a comienzos del
do. El problema fue que este último iba acompañado de indios que tam- siglo XX: “el único capital es el personal”. Había indios civilizados y otros
bién conocían la selva. También tuvieron su peso ciertos costados antro- salvajes y la riqueza cauchera del Putumayo dependía esencialmente de
pológicos que explicaban ––y justificaban–– la aparición del hombre una mano de obra virtualmente esclava. La primera, como ya hemos se-
blanco. Para los Yaguas, etnia de la cual descienden numerosas tribus, ñalado, era catequizada; la segunda, tribal. Fernando Santos Granero y
entre ellas los huitotos, la tradición oral tenía una relevancia superlativa. Frederica Barclay lo analizan en La frontera domesticada.
Se llamaban a sí mismos nihamwo, o el pueblo. Aquellos que no com-
partían sus creencias y estilo de vida, eran denominados munuñu o sal- En razón de la continua expansión de la economía gomera, la incor-
vajes. Las inevitables guerras tribales desplazaron a varios grupos étni- poración de frentes de extracción nuevos y remotos, y las altas tasas
cos a latitudes andinas, o al Amazonas brasileño, y la cultura yagua de mortandad prevalecientes entre los extractores, la mano de obra
imperó en la región. La aparición del blanco fue interpretada como un civilizada se hizo cada vez más escasa y, en consecuencia, aún más
valiosa. Fue en estas circunstancias que los patrones intentaron re-
vengativo regreso de aquellos que habían sido expulsados, y los yaguas
clutar indígenas tribales para incorporarlos al trabajo de extracción
aceptaron su presencia y violencia al reclamar el lugar que les había per- 1 eran efectivas para la captura de mu-
de gomas. Aunque las correrías
tenecido. jeres y niños, obviamente no proporcionaban de manera inmediata
Además, existieron otros motivos relacionados con la fuerza laboral el tipo de trabajadores que los patrones gomeros requerían. El esta-
y el crédito bancario, con la violencia, la esclavitud, y una irresistible ma- blecimiento de buenas relaciones con influyentes jefes indígenas de-
teria prima: el caucho. Sería imposible entender qué sucedió en el Putu- mostró ser un medio más eficaz para reclutar indígenas tribales. Sin
mayo, sin conocer la operatividad comercial, sus exigencias y lo que fue embargo, estos tenían la importante desventaja de o estar acostum-
la realidad. Quien se iniciaba en la extracción del caucho, debía forzosa- brados a realizar las tareas monótonas y repetitivas que exigía la eco-
mente recurrir a las grandes firmas comerciales de Iquitos o de Manaos. nomía gomera, y particularmente la extracción de hevea . Otra des-
Quienes no contaban con los medios económicos necesarios, dependían ventaja residía en el hecho de que los indígenas tribales no tenían
una fuerte dependencia respecto de los bienes industriales. Estos fac-
del crédito para adquirir avíos, así como para contratar indios catequi-
tores hacían que los indios salvajes fueran menos valiosos que los ci-
zados o mestizos que extrajeran la materia prima. Al inicio de la activi-
vilizados.
dad cauchera, bastaba la palabra de quien solicitaba el crédito. Luego, Cuando el deseo de obtener objetos manufacturados no era tan apre-
los financistas exigieron garantías. ¿Qué podía dar un cauchero como ga- miante como para poder retener a los indígenas tribales como peo-
rantía? Lo primero que viene a la mente es la tierra que explotaba. Sin nes, los patrones recurrían a otros medios, mayormente violentos. El
embargo, hasta que se aprobó en el Perú la Ley de Terrenos de Monta- uso de la violencia y el terror contra los indígenas tribales tenía un
ña, en 1898, era difícil acceder a un título de propiedad de tierra amazó- doble propósito: obligarlos a laborar en forma permanente y, más im-
nica ya que no estaba en venta, sino en concesión. Ni siquiera después portante aún, imponerles una nueva disciplina de trabajo.
de aprobada la ley los capitalistas se avinieron a aceptar la tierra como
garantía. Este sistema, que rigió en el Perú, no se aplicó en el Brasil. En la superficie existía una transacción perfectamente articulada ––al
Pero existía otra garantía que suplantaba la que otorga en el resto del menos, en términos laborales–– entre el cauchero y el indio a través del
mundo la tierra: se trataba de los peones, o trabajadores, que poseyera el sistema de enganche y habilitación. Como ya hemos visto, las grandes
cauchero. Ninguna casa comercial aviaba a aquellas estaciones cauche- firmas comerciales de Manaos y de Iquitos “habilitaban” ––otorgaban
ras que carecieran de personal. Y, como si los seres humanos equivalie- crédito–– al cauchero que demostrara que disponía de peones en su sec-
sen a dinero o a mercancías, setransferíao vendía su deuda, con una qui- ción gomera. Por lo tanto, el propietario de una sección cauchera debía
ta de alrededor del veinte por ciento. Claro que no todos los peones que primero seducir a quienes extraían la materia prima, es decir, al indio, a
pertenecían a un empresario del caucho eran iguales, a pesar de la famo- través de productos que le eran absolutamente indispensables (fusiles,

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machetes), como también otros que eran superfluos. Este sistema, más que el mundo supiera lo que verdaderamente sucedía en aquella inmen-
cercano a una economía de trueque que a un auténtico capitalismo, fun- sa región de África. Lo logró.
cionó relativamente bien con los primeros caucheros colombianos del En la lejana Iquitos un periodista, editor de dos periódicos provin-
Igaraparaná y del Caraparaná. La llegada y el copamiento del Putumayo cianos e ignotos, y un joven ingeniero norteamericano se unieron para
por parte de Julio César Arana cambiaron las reglas de juego, introdu- que el mundo también estuviera al tanto de la degradación de la condi-
ciendo la violencia y el terror, pero sin desvirtuar la transacción entre pa- ción humana en las secciones caucheras de Julio César Arana.
trón y peón. Es interesante lo que afirman, al respecto, Fernando Sán-
chez Granero y Frederica Barclay en la obra ya citada.
En 1907, los periódicos de Iquitos eran un par de hojas impresas en
El hecho de que el sistema de habilitación continuara vigente en me- precarios talleres, con abundancia de noticias locales, algún verso escri-
dio de un clima de extrema violencia y crueldad contra la mano de to por una aspirante a poetisa, una ausencia casi absoluta de informa-
obra indígena ha llevado a Michael Tausssig (en su ensayo Chama- ción internacional, las inevitables noticias locales y ofertas comerciales.
nismo, Colonialismo y el hombre salvaje ) a afirmar “por qué esta fic- Loreto Comercial y El Oriente (su nombre derivaba de la ubicación geo-
ción de intercambio ejerció tanto poder es una de las grandes rare-
gráfica del Amazonas con respecto a Lima) vivían de la publicidad que
zas de la economía política y hasta hoy no ha habido manera de
insertaban en sus páginas las principales casas comerciales. Ambos pe-
desentrañar la paradoja de que aunque los comerciantes gomeros se
esforzaron incansablemente por crear y mantener esta realidad fic- riódicos tenían por benefactores a los empresarios caucheros que, a cam-
ticia, estuvieron igualmente dispuestos a sacrificar el cuerpo de un bio de publicar ––o más probablemente silenciar–– determinada informa-
deudor”. La respuesta a esta aparente contradicción es que la habili- ción volcaban una significativa cantidad de soles anuales en sus
tación y el terror no eran mecanismos antitéticos y que ambos eran respectivas arcas. Poner en tela de juicio los procederes empresarios de
necesarios para asegurar que los indígenas tribales continuaran tra- un Morey o de un Arana hubiera equivalido a un suicidio económico.
bajando en la recolección de jebe débil. Si Arana mantenía la ficción Por lo tanto, lo que sucedía en el Putumayo ––y no porque se ignorara––
de habilitación e intercambio era porque estaba consciente de que, jamás se publicó, hasta 1907, en un diario local. Si bien ese río estaba a
aun en gran escala, el terror por sí mismo no sólo era demasiado cos- quince días de navegación y se había transformado en un coto privado,
toso (implicaba mantener un gran número de guardias armados, ca-
era inevitable que la información se filtrase. Los horrores en las planta-
pataces y jefes de sección) sino que no podía garantizar el funciona-
ciones de Arana fueron conociéndose paulatinamente a través de em-
miento del sistema.
Arana también era consciente de la fascinación que los bienes indus- pleados, víctimas o los propios indios, que llegaban a la ciudad y narra-
triales ejercían sobre sus peones huitotos, quienes necesitaban saber ban lo que habían visto, o les había tocado vivir. Pero la información que
que estaban recibiendo algo a cambio de la goma que recolectaban, corre de boca en boca carece de la institucionalidad de la palabra escri-
algo de gran valor simbólico que sólo pudieran conseguir trabajan- ta. Mientras no se publicara lo que sucedía en el Caraparaná y en el Iga-
do para su compañía. raparaná ––posibilidad simplemente inexistente, dadas la corrupción, el
cacicazgo y la intimidación habituales en aquella época–– Julio César
A comienzos del siglo XX, el mundo ignoraba no sólo estos porme- Arana podía dormir tranquilo.
nores sino dónde quedaba el Amazonas. Distinto fue el caso del podero- Pero en la modesta Iquitos un periodista se atrevió a revelar las atro-
so mecanismo comunicacional que se puso en marcha en esa misma épo- cidades que cometía la Casa Arana. Ese hombre que ni siquiera figura en
ca, para denunciar los horrores que se cometían contra los nativos que los anales de la historia del Perú, se llamaba Benjamín Saldaña Roca. Ig-
obtenían marfil y caucho en el Estado Libre del Congo, propiedad exclu- noramos cuáles fueron los motivos que lo impulsaron a actuar. Posible-
siva del rey Leopoldo II de Bélgica. Un convencido denunciador, Ed- mente se haya tratado de una combinación de nobles causas humanita-
mund Dene Morel consagró gran parte de su vida y de sus energías para rias, con afán de protagonismo y venganzas personales. Como sea, sus

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revelaciones desencadenaron la incontenible catarata que terminó por Creó Dios el mundo con sus peces, flores,
derribar de su pedestal a Julio César Arana. El 9 de agosto de 1907, Sal- arbustos, ríos, campos y animales;
daña Roca presentó una denuncia penal ante uno de los juzgados del cri- dulce trino brindó a los ruiseñores,
men iquiteños, dando los pormenores de las atrocidades que se cometían de limpidez dotó los manantiales,
tierna tórtola canta sus amores,
en el Putumayo. El 31 de agosto de 1907, lo siguió con otra denuncia si-
dulce acento concede a los turpiales
milar el Agente Fiscal de Loreto, doctor Sánchez.
y así, rindiendo al Hacedor tributo,
Pero la denuncia penal era un mero expediente en un juzgado, que
vuela el ave tranquila y pace el bruto.
no tomaba estado público y que dependía de la discrecionalidad de un
juez, posiblemente influenciado por Arana. De nada servían esas atroces
Pero el verdadero valor de esa edición no radicaba en esos intentos
revelaciones si terminaban guardadas bajo llave en un expediente de un
poéticos ––posiblemente debidos a la pluma del propio Saldaña Roca––
tribunal. Pero Saldaña Roca dio con la idea de editar un periódico quin-
sino en una carta firmada por Julio F. Murriedas, un ex empleado de la
cenal y reproducir textualmente la denuncia que había presentado en el
Casa Arana, donde contaba con pelos y señales las atrocidades del Pu-
juzgado. Así surgió La Sanción, el primer órgano periodístico que se atre-
tumayo. Tal como ocurrió a lo largo de los escándalos internacionales, la
vió a desafiar a la Casa Arana y cuyo primer número, lanzado el 22 de
defensa mediática de Arana se centró en la descalificación de sus denun-
agosto de 1907, estremeció a los habitantes de Iquitos con estas palabras:
ciantes. Carlos Rey de Castro insertó la siguiente nota en su libro ya men-
cionado, al pie de la página que reproduce la primera portada de La San-
Señor Juez del Crimen: Benjamín Saldaña Roca, con domicilio le-
gal en la calle del Próspero número 238, a Vd. Digo: que en mérito ción : “Páginas 2 y 3 del primer número, que contienen los artículos con
de los sentimientos de humanidad que me animan y en servicio de que se inició la campaña contra la firma peruana J. C. Arana & Hnos.
los pobres y desvalidos indios, pobladores del río Putumayo y sus Antes de iniciar esta campaña, el director de La Sanción escribió tres car-
afluentes, haciendo uso del derecho concedido en la segunda parte tas al señor Julio C. Arana en solicitud de un puesto o de auxilio en di-
del artículo 25 del Código de Enjuiciamiento, denuncio a los céle- nero. Julio F. Murriedas, que suscribe uno de dichos artículos, fue con-
bres forajidos 2 como autores de los delitos de estafa, robo, incendio, denado poco tiempo después a prisión en el Pará (Brasil) por estafa, y
violación, estupro, envenenamientos y homicidios, agravados estos figura como autor o cómplice de la falsificación de una letra de 830 li-
con los más crueles tormentos como el fuego, el agua, el látigo y las
bras esterlinas vendida por W. E. Hardenburg al «Banco do Brasil», en
mutilaciones; y como encubridores de esos nefandos delitos a los se-
Manaos”.
ñores “Arana, Vega y Compañía” y “Julio C. Arana y Hermanos”, je-
fes principales de los denunciados quienes tienen perfecto conoci- Se suele hacer aparecer a Hardenburg y Saldaña como seres imbui-
miento de todos esos hechos y jamás los han denunciado ni han dos de una inusual nobleza de espíritu y de incomparables ideales huma-
tratado de evitarlos. nitarios. No creemos que haya sido así. Que los horrores existieron en el
Putumayo no está en tela de juicio. Pero conviene recordar que Walter
No quedan ejemplares del primer número de La Sanción. Pueden ver- Hardenburg no viajó a Sudamérica por razones meramente antropológi-
se tres páginas de esa edición, reproducidas en Pobladores del Putuma- cas, sino con la vaga iniciativa de trabajar como ingeniero en el ferroca-
yo , el libro del ideólogo comunicacional de Arana, Carlos Rey de Castro. rril Madeira-Mamoré. Durante su descenso en canoa por el río Putuma-
La portada y los contenidos del periódico, autodefinido como un “bise- yo, se transformó de algún modo en aviador , ya que su interés primario
manario comercial, político y literario” son un buen ejemplo de cursi de- era comerciar con los indios y no estudiar sus conductas. Tampoco con-
clamatoria socialista decimonónica. Una oda publicada en sus páginas viene olvidar que el cauchero David Serrano, para proteger su plantación,
declara: le ofreció a un precio irrisorio la mitad del negocio. Imaginemos, enton-
ces, a este norteamericano de veintiún años sintiéndose propietario de una

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sección cauchera en el Amazonas denominada La Reserva, controlando Julio César Arana, en agosto de 1907, se encontraba en Londres dando
cómo se embarcaba el caucho y cuánto ganaría al ser vendido en Lon- forma a la Peruvian Amazon Company.
dres. Posiblemente, creyó tocar el cielo con las manos. Pero Julio César
Arana no sólo le arruinó el negocio, sino que también lo vejó hasta el pun-
to de casi hacerle perder la vida. Sin dinero, sin sus pertenencias que po- La perla de las posesiones caucheras de Arana, la que arrebató con
día llegar a canjear por dinero u objetos, debió pedir trescientos dólares a astucia, inescrupulosidad y violencia al colombiano Benjamín Larraña-
su padre y vegetar en Iquitos durante más de un año. Esto no desvirtúa su ga, se encontraba en el río Igaraparaná. Durante el carnaval de 1903, lle-
accionar y hay que reconocerle que no estaba desprovisto de ideales. garon a esta sección ochocientos indios ocainas, víctimas del sistema de
El caso de Benjamín Saldaña Roca es diferente: hizo la denuncia pe- enganche, para entregar el caucho que habían recolectado en los últimos
nal, publicó la información de lo que sucedía en el Putumayo en La San- tiempos. Se habían internado en la selva, abriéndose paso con el mache-
ción y, luego, en su otro periódico, La Felpa y, de la noche a la mañana, te, derribando árboles para extraer el jebe débil o sernamby, realizando
abandonó Iquitos ante los obvios peligros que corría su vida. Trabajó en el proceso de someterlo al humo para que adquiriese forma y consisten-
Lima como periodista y, pocos años despues, falleció en esa ciudad. Él cia, limpiando las impurezas, armando el envoltorio final, parecido a un
––no Hardenburg–– fue el primero que se atrevió a denunciar al hombre gigantesco panal de avispas. Después de un período de trabajo inhuma-
más poderoso del Amazonas. ¿Qué sucedía en las secciones caucheras no, de sol a sol, regresaban a la sección cauchera para entregar el pro-
de Arana en el Igaraparaná y en el Caraparaná? Hasta la aparición del ducto de su trabajo a cambio de baratijas o de algún fusil regulado para
primer número de La Sanción , se trató de rumores; luego, los hechos se que sólo disparara cincuenta cargas. Siempre quedaban endeudados. Ha-
perfilaron con aterradora nitidez y, en letras de molde, se nombró a los bían sucumbido a la cultura del hombre blanco. Ese verano de 1903, lle-
responsables. Entre 1907 y 1915, se multiplicaron las denuncias, infor- garon ochocientos indios a La Chorrera que, si bien en ese año no per-
mes y libros sobre los crímenes del Putumayo; entre estos, innumerables tenecía íntegramente a Julio César Arana ––aún estaba en sociedad con
notas periodísticas en diarios europeos y norteamericanos, en particular Benjamín Larrañaga–– ya había impuesto sus capataces y sus métodos
The New York Times . Fueron varios, también, quienes investigaron qué laborales. Víctor Macedo era la máxima autoridad administrativa. Fidel
sucedía en ese espacio del horror, entre los ríos Putumayo y Caquetá, que Velarde, su mano derecha, se encargó de recibir al contingente. El cau-
correspondía al imperio de Arana: sir Roger Casement, que realizó una cho era rigurosamente pesado y pobre de aquel indio que no alcanzara
investigación profunda en dos oportunidades, comisionado por el gobier- la cuota exigida. Veinticinco indios no lo lograron. Velarde y Macedo, cu-
no británico; el capitán Thomas Whiffen, que publicó un libro; Norman yos salarios derivaban de un porcentaje del caucho recolectado, decidie-
Thomson, quien defendió sospechosamente la soberanía colombiana en ron darles un castigo ejemplar. Ordenaron empapar en querosén veinti-
la región y no omitió ninguno de los horrores; el valiente juez peruano cinco túnicas con las cuales envolvieron a los castigados y les prendieron
Carlos A. Valcárcel y, naturalmente, Walter Hardenburg, que al publicar- fuego. Todos trataron de llegar al río para sumergirse en esas aguas sal-
se en la revista inglesa Truth, en 1909, The Devil’s Paradise: A British vadoras, pero, finalmente, perecieron. Estos capataces contratados por
Owned Congo (El Paraíso del Diablo: un Congo británico) , logró que las Arana ––a pesar de que él siempre negó estar al tanto de las atrocida-
investigaciones revelaran al mundo cómo se trataba a los indígenas en des–– actuaban con su pleno consentimiento.
Sudamérica. Los capataces pasaban gran parte del día en estado de ebriedad. Ha-
Conviene empezar por la denuncia penal que realizó Benjamín Sal- bían transformado a las indias en sus concubinas creando verdaderos se-
daña Roca en un juzgado del crimen de Iquitos, reproducida en sus dos rrallos. La denuncia de Benjamín Saldaña Roca es bastante explícita al
periódicos y, también, en La Prensa,de Lima, el 30 de diciembre de 1907, respecto. José Inocente Fonseca, como ya hemos visto, también trabaja-
que la tituló “Actos Salvajes e Increíbles, una Denuncia Terrible”. Si Sal- ba en La Chorrera. Hacia 1902, disponía de más de diez indias huitoto
daña Roca se atrevió a llevar adelante su denuncia fue en parte porque de entre ocho y quince años, que cumplían funciones de compañeras se-

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xuales y de sirvientas. Un día Fonseca ingresó a su dormitorio y encon- ciones disponían de cepos, ya sea en el área de la bodega, enfrente del
tró a una de sus hijas, Juanita ––la había tenido con una india llamada pórtico u otra zona de la casa. En muchos barracones se había cons-
Laura–– llevándose una colilla de cigarrillo que había encontrado a la truido también una “casa de muchachos”, una maloca donde residían
boca. Tránsito, la india que cuidaba a la niña, se había distraído momen- los indígenas al servicio de la compañía. En los alrededores del barra-
cón había con frecuencia cultivos u otros rastrojos, en los cuales mu-
táneamente. Fonseca extrajo su revólver y le descerrajó cinco tiros a la
jeres nativas trabajaban compulsivamente para alimentar el barracón.
niñera, matándola en el acto. En cada sección, además del capataz, habitaban otros “racionales” y
Estos crímenes y otras torturas que veremos oportunamente, eran negros traídos de Barbados. El número de “racionales” era relativa-
parte de la vida cotidiana. La falta absoluta de límites y de culpa trans- mente reducido. En la Estación de la Sabana, había doce; en Entre
formaba a las secciones en centros de exterminio, llegándose a la para- Ríos, once, y en Retiro, un guarismo similar. El capataz era el respon-
dójica situación de que la máxima autoridad administrativa debía poner sable de toda la operación; algunos de los blancos contribuían a las
freno a los empleados. Miguel Flores, apodado “la hiena del Putumayo”, labores de vigilancia o tomaban parte activa en ciertas correrías pa-
ra reclutar por la fuerza a la gente indígena. Los negros de Barbados
mató tal cantidad de indios que el propio Víctor Macedo le pidió mode-
tuvieron a su cargo diversas labores: la cocina, la ebanistería, o, in-
ración. Tal desenfreno no sólo podía terminar despoblando la zona ––re-
cluso, la tortura de los indígenas. Los muchachos de servicio debían
duciendo la mano de obra–– sino que podía llegar a ser conocido en Iqui- controlar o supervisar las labores de extracción de caucho, visitar las
tos. La moderación consistió en solicitarle al capataz que se limitara a malocas o perseguir a los indígenas fugitivos que se resistían a traba-
exterminar a aquellos indios que no cumplían con su cuota de caucho. jar el caucho.
Flores acató las órdenes de su superior y, en dos meses, apenas mató a Los indígenas habían sido reclutados mediante el “avance” o las “co-
más de cuarenta indios. Pero si se pedía mesura en los asesinatos, había rrerías”, es decir, mediante expediciones armadas, y luego forzados a
vía libre para la tortura. Por lo pronto, la flagelación, que no bajaba de vincularse a la vida del barracón. Con frecuencia se llamaba a la gen-
los cien latigazos. Claro que no se trataba de utilizar cualquier látigo, si- te por intermedio de tambores manguarés para anunciar la fecha de
entrega de látex. Dos o tres veces por año, todos los indígenas se tras-
no uno de cuero de tapir, que producía las más horrorosas heridas. Al-
ladaban a La Chorrera, con el fin de transportar el caucho de mane-
gunas víctimas sobrevivían, mostrando para siempre en su piel la célebre ra que éste pudiera ser embarcado a tiempo en los vapores que lo lle-
“marca de Arana”. Otros quedaban tirados en el suelo, sin poder mover- varían a Iquitos.
se. Con el correr de las horas, las heridas se les agusanaban. Morían len- Como se ha mencionado, el incumplimiento de las cuotas de caucho
tamente, soportando atroces dolores y sin que nadie los auxiliara. Ya fue- establecidas unilateralmente por el cauchero se pagaba con castigos
ra por instaurar el terror, o por puro instinto sádico, en La Chorrera había en el cepo, mediante flagelaciones, la muerte individual o el asesina-
otras maneras de atormentar a los indios: se les cortaba la nariz, o las to masivo. A menudo se tomaba como rehén al jefe de una maloca o
orejas, o varios dedos; en ocasiones, brazos y piernas, o se los castraba. a sus parientes más próximos para obligar al resto de la comunidad
a trabajar.
Esto ocurría en la perla de la corona, a orillas del Igaraparaná, don-
Cuando terminaba una entrega de caucho (“puesta”), la Casa Arana
de atracaban los barcos de Arana, lo cual hubiera implicado cierta me-
entregaba en avance para la temporada siguiente hachas, monedas,
sura o discreción. Es interesante, para conocer la estructura, el funciona- hamacas, pantalones, tazas y otras mercancías. ¡El volumen produ-
miento y los códigos de un barracón o sección cauchera, reproducir la cido durante dos “fabricos” 3 por un individuo era cancelado con una
información de José María Rojas G., en Indígenas en Colombia. hamaca o pantalón; un año de trabajo se pagaba con un escopeta!
Se estima que el sistema del barracón exterminó en un lapso de diez
Al barracón lo rodeaba un amplio rastrojo; contaba con una gran ca- años, es decir, en la primera década del siglo XX, un número de apro-
sa de pilotes, donde residían el capataz y otros blancos. En la primera ximadamente 40.000 indígenas, cuya gran mayoría pertenecía a la et-
planta de la casa se instaló la bodega, donde se almacenaba el caucho nia huitoto.
(o, como algunos grupos lo denominaban, las “boas”). Todas las sec-

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Imaginemos, entonces, lo que sucedía en alguna otra sección cauche- como en toda ciudad chica y provinciana, la denuncia que reprodujo La
ra, lejos de las grandes vías de navegación, literalmente perdidas en la Sanción corrió como reguero de pólvora y es predecible que haya divi-
selva. Abisinia era, precisamente, una de ellas. Estaba ubicada entre los dido las opiniones, formándose dos bandos antagónicos. Imaginemos a
ríos Igaraparaná y Caquetá, en las proximidades del río Cahuinari, y, co- los caucheros ––los Hernández, los Morey–– cenando en un gran come-
mo señalaba la denuncia de Saldaña Roca, allí se aplicaba una herra- dor, en aquellos enormes salones finiseculares colmados de frisos, corni-
mienta de intimidación y tormento que era propia de todas las secciones sas y volutas, comentando durante las copiosas comidas que incluían no
caucheras: el cepo. Hecho en madera, con aberturas mínimas para que menos de ocho platos regados con abundante vino y champán francés,
entraran las piernas y otras partes del cuerpo, estaban en las casas o al lo que se decía de un colega y amigo, Julio César Arana. No podían ver
aire libre, y ahí se dejaba al indígena durante días, a la intemperie, calci- con buenos ojos que lo que sucedía en el Putumayo hubiera salido brus-
nado por el sol, atormentado por los insectos, los tobillos hinchados y camente a la superficie, a pesar de que ellos no cometían en sus planta-
entumecidos por la presión que ejercían los agujeros de madera. También ciones semejantes atrocidades. Si bien eran ajenos a las denuncias, no
se lo introducía en el cepo para azotarlo. era conveniente que el negocio del caucho fuera radiografiado de tal ma-
El capataz de Abisinia, Abelardo Agüero y su segundo, Augusto Ji- nera por un periodista local. Qué poco tacto. Qué imprudente. Iquitos
ménez, aislados del mundo, de los vapores que pudieran llegar con pro- vivía del caucho. Acaso habrán pensado que nadie, fuera de la ciudad,
visiones, del contacto con otros hombres blancos, tenían que encontrar leería ese bisemanario de reducidísima circulación; quién podría darle
algún “entretenimiento” para soportar ese infierno amazónico dejado de importancia a las denuncias de La Sanción.
la mano de Dios. Elegían alguna víctima del cepo, lo liberaban y le orde- Julio César Arana debe de haberse enterado de la aparición de ese
naban que fuera a buscar, por ejemplo, yuca. Apenas el indio se había ejemplar inoportuno, justo cuando transformaba a Julio C. Arana & Her-
alejado, alcanzando una distancia aceptable para un deportista, dispara- manos en la Peruvian Amazon Company , moviendo hábilmente los hi-
ban sus Winchester hasta abatirlo. Pero este “deporte” resultó, con el los en Londres. Es muy posible que no le haya dado importancia alguna.
tiempo, monótono. El blanco era demasiado fácil, excesivamente volu- Europa estaba a una distancia sideral del Amazonas. Era imposible que,
minoso. Por qué no elegir, entonces, una presa menor y escurridiza. Por en Inglaterra, se enteraran de lo que había publicado un pasquín iquite-
qué no un niño. Después de todo, sus padres ya habían sido asesinados. ño. Él tenía su propio diario, El Loreto Comercial, y el apoyo de El Orien-
Pero esto también terminó resultándoles aburrido. Hacía falta más exci- te para contrarrestar el ataque. Además, podía ejercer presión sobre los
tación, más sangre, más locura. Basta de armas de fuego. Había que usar jueces para que, llegado el caso, el expediente se archivara indefinida-
el afiladísimo machete contra los más indefensos, lo cual transformaba a mente en el laberinto de algún juzgado.
la matanza en una suerte de fiesta orgiástica. Así llegaban a la casa prin- Otros sectores de Iquitos, en cambio, se habrán horrorizado de lo que
cipal de Abisinia los indios ancianos y las indiecitas púberes, que eran leyeron aquel día. Algunos peones que habían trabajado en las secciones
brutalmente violadas. Pero no era suficiente. Los machetes silbaban, y caucheras de Arana habrán recordado aquellas matanzas y castigos te-
rodaban cabezas y brazos. Ni Agüero ni Jiménez eran partidarios de la rribles, que no se atrevieron a denunciar. Los colombianos que vivían en
cristiana sepultura: apilaban cadáveres, moribundos, cabezas y extremi- aquella ciudad posiblemente pensaron que se comenzaría a hacer justi-
dades, los rociaban con querosén y les prendían fuego. Pero también ter- cia, por el trato inhumano y los asesinatos de compatriotas en el Igara-
minaron aburriéndose de las flamígeras pilas de cadáveres y optaron por- paraná y en el Caraparaná. Y los padres agustinos habrán agradecido que
que fueran los perros quienes se ocuparan de hacer desaparecer esos el índice acusador de un periodista por fin había señalado a los culpa-
despojos humanos. bles de los crímenes que se cometían en el Amazonas.
Los habitantes de Iquitos deben de haber quedado estupefactos. Si Benjamín Saldaña Roca no iba a detenerse. La denuncia hecha en
bien se rumoreaba lo que sucedía en las secciones de Arana en el Putu- uno de los juzgados del crimen se basaba en la información suministra-
mayo, bien distinto era leerlo en un periódico, con nombres y lugares. Y, da por los testigos Juan C. Castaños, Julio Murriedas (oportunamente,

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veremos la carta que publicó en La Sanción), Juan Vela, Reynaldo To- rabina, se volvió hacia ellos, diciéndonos (estaban presentes Juan
rres, Pacífico Guerrero, Alejandro Arzola, Francisco Zegarra y Anacle- C. Castaños, Pérez, Alfredo Cabrera, Miguel Rengifo, Ramón Gran-
to Portocarrera. Se trató de cartas enviadas a Benjamín Saldaña Roca, da, Lorenzo Tello y otros capataces cuyos nombres no recuerdo).
en su gran mayoría certificadas ante escribano público, por ex emplea- “Observen cómo se celebra aquí el Sábado de Gloria”, vociferó,
mientras disparaba contra los indios, matando a uno de ellos e hi-
dos de la Casa Arana que presenciaron las atrocidades. Sería macabro
riendo a una muchacha de quince años. La joven no murió instan-
transcribir todas, pero, al menos, reproduciremos la que envió Anacleto
táneamente, ya que sólo había resultado herida, pero el criminal
Portocarrera al editor, que se publicó en La Sanción el 29 de agosto de
Miguel Rengifo, alias Ciegadiño, la ultimó con una bala de su ca-
1907.4 rabina.
Al regresar Fonseca de la correría , se dirigió hacia su vivienda. Vic-
Iquitos, 7 de agosto de 1907. toria, una de sus nueve concubinas, fue acusada de haberle sido in-
fiel en su ausencia. Encolerizado, Fonseca la ató a un árbol con los
Señor Benjamín Saldaña Roca: brazos abiertos y, subiéndole la pollera hasta el cuello, la azotó con
un enorme látigo hasta que el cansancio lo hizo detener. Luego, la
Me he enterado de que está a punto de iniciar una acción legal de- puso en una hamaca ubicada en un galpón. Como las heridas no se
nunciando los hechos criminales llevados a cabo en las “posesio- las curaron, a los pocos días se agusanaron; por último, siguiendo
nes” de Arana, en los tributarios del río Putumayo, y como fui tes- sus instrucciones, la muchacha fue llevada afuera donde se la mató.
tigo de varias de estas tragedias, paso a relatarlo que lo vi. Luis Silva, un negro brasileño, que en la actualidad trabaja en la sec-
Apenas arribamos a La Chorrera, el señor Macedo nos derivó a la
ción Unión, ejecutó la orden. Después de asesinar a Victoria tal cual
sección de José Inocente Fonseca, que estaba entonces de correría.
lo describí, su cuerpo fue arrojado en la plantación de bananas.
Nos dieron para comer un poco de fariña y agua, mientras que Fon-
La flagelación de los indios se lleva a cabo diariamente, y, de tanto
seca y sus concubinas comían en abundancia. A la noche pernocta-
en tanto, algunos indios son asesinados.
mos en uno de los numerosos tambos (que son casas de paja vacías)
que hay en la región, armamos las hamacas, tomaron sus puestos los
Anacleto Portocarrera
centinelas, y, aquellos que no montaban guardia, se fueron a dormir.
A las pocas horas escuché que llegaba gente y entraron tres indios,
El testimonio y la firma fueron certificados por el escribano público
cada uno cargando sobre sus espaldas numerosos bultos pequeños,
Federico M. Pizarro.
envueltos en lo que parecían ser canastos. Se despertó al jefe y este
les ordenó que abrieran los envoltorios.
Creí que se trataría de frutas o de algo parecido, pero mi horror no Surgieron, entonces, nuevos horrores en otra sección cauchera deno-
tuvo límites al contemplar, en primer lugar, la cabeza de un indio; minada ––irónica y cruelmente–– Matanzas, en el Igaraparaná. El man-
luego, el de una mujer y, por último, la de un niño, entre las varias damás de ese centro de exterminio, Armando Normand ––mitad inglés,
que traían. El emisario, mientras desenvolvía el contenido, explica- mitad boliviano–– ni siquiera se molestaba en enterrar a los indios, sino
ba: “Esta es la de fulano de tal; esta, la de su mujer; la tercera, la de que simplemente los incineraba tras rociarlos con querosén. El proble-
su hijo”. Lo mismo hizo con las restantes. Fonseca, sin inmutarse, ma es que se habían acumulado cientos de cadáveres, algunos aún en es-
como si se hubiera tratado de cocos u otras frutas, las tomó del ca-
tado de descomposición y una apabullante cantidad de huesos humanos.
bello, las examinó y, luego, las arrojó. No recuerdo, señor Saldaña,
Pero los azotes que Normand aplicaba con el látigo de cuero de tapir eran
el nombre de las víctimas, porque se trataba de nombres indios, di-
fíciles de memorizar. Esto ocurrió en Último Retiro, en marzo de su marca de orillo. Es oportuno reproducir un pasaje de la carta envia-
1906, entre la nación o subtribu de los pacíficos indios alfugas. da a La Sanción por Julio F. Murriedas ––uno de los testigos–– publica-
Durante el Sábado de Gloria, Fonseca observó a varios indios que da en el primer número del quincenario:
salían de la casa en busca de agua. Extrayendo su revólver y su ca-

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Lo que sí es cierto y me consta, es que en la sección Matanzas, su je- chera perdida en la selva. Su crueldad fue legendaria y, a diferencia de
fe Armando Normand aplica doscientos o más látigos, los que se dan otros capataces ––entre ellos, Normand–– que lograron huir del Perú al
con toscos ronzales de cuero crudo a los infelices indios, cuando es- iniciarse las investigaciones, Bartolomé fue muerto en una emboscada
tos por su desgracia no entregan periódicamente el número de cho- por un grupo de indios. En realidad, ni siquiera había sido nombrado co-
rizos de goma con el peso que apetece al desalmado Normand; otras
mo la más alta autoridad de una cauchería, por más geográficamente re-
veces, cuando el indio huye temeroso de no poder entregar la canti-
mota que fuera, sino que apenas era un empleado subalterno de La Cho-
dad de caucho que se le obliga, se agarra a sus tiernos hijos, se les
templa de pies y manos, y así, en tal posición, se les aplica fuego pa- rrera. Su lascivia era legendaria. Apasionado por algunas indias, no pudo
ra que con los cruentos dolores que les produce la tortura, digan dón- tolerar la resistencia que le opuso a sus avances amorosos una de ellas,
de están ocultos sus padres. que se llamaba Matilde. La tomó por la fuerza y, después, la flageló. Des-
En más de una ocasión, siempre por falta de peso en la goma, se les pués la encerró, encadenada, en un depósito de caucho hasta que murió
dispara un balazo, o se les mutilan los brazos y piernas a macheta- de inanición.
zos y se arroja el tronco en las inmediaciones de la casa, sucediendo La contradictoria relación entre los capataces, sus subalternos y las
en más de una ocasión el repugnante espectáculo de ver paseándo- indias asombra. Si bien el acto sexual en sí estaría desprovisto de todo
se a los perros con un brazo o una pierna de estos desgraciados.
afecto, es inevitable que surgieran caricias o besos, al menos con alguna
india favorita, dentro de un ámbito de intimidad. Sin embargo, ni siquie-
Armando Normand tenía veintidós años y fue el más sádico de todos
ra esos sentimientos efímeros, eran capaces de despertar la compasión.
los capataces de Arana. De lo contrario, ¿cómo explicar que azotara a
En Último Retiro, la más septentrional de las secciones caucheras de Ara-
un indiecito de apenas ocho años de edad y, que, ya moribundo, lo haya
na, en el río Igaraparaná, los celos o el amor no correspondido aunque
mandado matar? Matanzas estaba en medio de la selva, lejos del río Iga-
más no fuera con una indígena, podían desatar consecuencias abomina-
raparaná y quizás esa lejanía contribuyó a que pocos la visitaran. Aun
bles. El subjefe, de apellido Argaluza, sospechó que su amante, la indíge-
así, es inimaginable que alguien que estuviera al servicio de Julio César
na Simona, tenía relaciones con un tal Simón, mucho más joven que él.
Arana, en alguna otra sección cauchera, pudiera ser indiferente ante se-
Argaluza ordenó a los negros barbadenses Stanley S. Lewis y Ernesto Sie-
mejante carnicería. Imaginemos, por un instante, a un contingente de
bers que le dieran ciento cincuenta azotes a la infortunada. A continua-
peones que llegara hasta allí. Hubiera visto a decenas de indios con las
ción, la encerraron en un cuarto sofocante, sombrío y húmedo, donde no
llagas abiertas pudriéndose al sol, agusanadas, despidiendo una intolera-
tardó mucho tiempo en agusanarse. Para qué dejarla vivir. Para qué so-
ble fetidez. Por más que la selva, las enfermedades, los insectos, el calor,
portar un olor nauseabundo al abrir la puerta. Mejor era matarla. El ca-
la humedad, las alimañas, el alcohol y la promiscuidad sexual atormen-
pataz ordenó a un empleado que lo hiciera, pero este se negó. Argaluza,
taran a sus moradores, no todos eran insensibles a esa clase de horror.
tomando una carabina, le dijo: “Si no la matas, te mato yo a ti”. El em-
Algunos de quienes estuvieron en aquellos escenarios del horror se ani-
pleado no tuvo más remedio obedecer.
maron a firmar una denuncia ante un juez de Iquitos.
Los párrafos finales de la denuncia de Benjamín Saldaña Roca reve-
Como se dijo, Julio César Arana formó un estrecho círculo de cola-
laron escenas inverosímiles y horribles.
boradores con sus hermanos y cuñados. Pablo Zumaeta, hermano de
Eleonora, fue su mano derecha durante varios años y hasta llegó a publi-
Pero lo que más llama la atención, señor juez, son las famosas corre-
car, cuando se desataron los escándalos del Putumayo a partir de 1910, rías que so pretexto de civilización realizan los bandidos del Putu-
un par de memoriales titulados Las cuestiones del Putumayo ; Abel Alar- mayo periódicamente y donde los mayores crímenes que registra la
co, casado con una hermana de Julio César, fue una figura clave dentro historia de la Inquisición durante el reinado de Felipe II, son pálidos
del directorio de la Peruvian Amazon Company. Otro de sus cuñados, el ante los que se cometen en ese vasto y tétrico escenario de la crimi-
brutal y sifilítico Bartolomé Zumaeta fue destinado a una sección cau- nalidad, ultraje inhumano de la civilización. Estas famosas correrías

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que debieran ser perseguidas por todos los gobiernos honorables y tan perfectamente ajustada, que mantuvo paralizado el juicio durante
sus autoridades subalternas, se realizan en esta forma: el Capitán ge- cuatro años, en los que los integrantes de la Corte esgrimieron los más
neral, o sea, el jefe de sección, ordena a sus empleados subalternos absurdos recursos legales. En Iquitos, Julio César Arana no sólo era con-
a armarse y emprender viaje para buscar en susnaciones a los indios siderado un patriota, un defensor de la soberanía peruana frente a las
que recogen el caucho que cada diez días deben entregar. Se dirijen
pretensiones de Colombia, un civilizador de los indios caníbales. Tam-
a la casa principal donde deben reunirse los indios para que entre-
bién corrompía a jueces, políticos, alcaldes, comisarios y funcionarios.
guen el número de kilos que se les impone y si después del peso re-
sulta que faltan algunos kilos de productos, porque algunos indios
La Casa Arana volcaba millones de soles, en Iquitos, sobre la Cámara de
han dejado de entregar el total del que les corresponde, los que no Comercio, la Municipalidad, la Junta Departamental, la Sociedad de Be-
cumplieron reciben veinticinco latigazos de los negros barbadenses, neficencia.
que sólo para este objeto, es decir, para el de verdugos, los han lle- El juez Carlos A. Valcárcel, en Los Procesos del Putumayo, revela có-
vado a esas regiones, quedando al décimo látigo desmayados como mo funcionaba la mencionada corte: “El 11 de diciembre de 1910, el fis-
consecuencia del intenso dolor que les producen sus heridas. cal de esa corte, Francisco Cavero, y los otros miembros de aquel tribu-
Otras veces a estas correrías dejan de asistir tres o más indios con nal, haciendo alarde de su inmoralidad, y con menosprecio de la buena
sus respectivas familias porque no han podido cosechar el caucho sociedad de Iquitos, se reunieron públicamente y se entregaron a una de-
que deben entregar; y en este caso el jefe que ha dejado la correría
senfrenada orgía con las prostitutas de más baja ralea de la población”.
(que se encuentra en la casa principal de los indios) da orden de que
Valcárcel tenía información de primera agua y sabía exactamente lo que
tres o cuatro empleados civilizados se acompañen con diez o quin-
había sucedido, lo cual no es de extrañar en una ciudad tan pequeña co-
ce salvajes, enemigos de los otros salvajes que se persiguen y después
de algunas horas de pesquisas, el capitán indio que va amarrado sir- mo Iquitos y ocupando el cargo de juez. La versión de la orgía en cues-
viendo de guía delator, indica el lugar donde se ocultan los persegui- tión dada por El Oriente , que también respondía a los intereses de Ara-
dos. Entonces tiene lugar el cuadro más espantoso. La choza cons- na, fue bien distinta. El 12 de diciembre de 1910 informaba:
truida por los refugiados es de paja y tiene la forma cónica sin
puertas; el que dirige el asalto ordena sitiar la casa y, verificando es- Ayer, el señor fiscal del Superior Tribunal, doctor don Francisco Ca-
to, manda que dos individuos prendan fuego a la choza. vero, dio un soberbio almuerzo campestre. El lugar elegido no pudo
Como es de suponer, los indios sorprendidos emprenden la fuga por ser más pintoresco. Fue una huerta repleta de dracaneas, laureles y
efecto del incendio; y, entonces, los sitiadores descerrajan sus cara- caladeos. La mesa estaba llena de adornos, y desde que se sentaron
binas sobre los infelices que huyen, llevándose a cabo la más repug- los comensales se principió a servir un menú abundante y exquisito,
nante y horrorosa carnicería; y antes que termine el incendio de la y variados licores de las mejores marcas que existen en plaza, sin fal-
choza mandada asaltar encontrándose muchas veces en ella ancia- tar, por supuesto, la chicha, que fue aprovechada por todos con ver-
nos, criaturas y enfermos que no pueden moverse, los que perecen dadera avidez.
bajo el fatal machete del Putumayo. Presidió la fiesta el doctor Juan de la Cruz Peña, presidente del Tri-
bunal [¡tenía más de sesenta años! ], estando a su derecha al doctor
La denuncia de Benjamín Saldaña Roca en el juzgado del crimen, y César Morelli [miembro de la Corte ] y, a su izquierda, a los doctores
la información sobre el Putumayo que publicó La Sanción y el periódi- Francisco Cavero, Neptalí García y Vicente H. Delgado [también
miembros].
co que le continuó, La Felpa , no sólo escandalizaron a Iquitos, sino que
Una orquesta, compuesta por vihuelas y acordeón amenizaba la fiesta.
presionaron al juez que entendió la causa a ordenar el enjuiciamiento de
Como a las tres de la tarde llegaron varias señoritas5 y comenzó un
Julio César Arana, Pablo Zumaeta y Juan V. Vega. Sería extenuante se- animado baile.
guir el inverosímil derrotero procesal del juicio, de las capturas que se Este banquete se debe a que el doctor Cavero se despide de este puer-
ordenaron y nunca se concretaron; de los caricaturescos procederes ju- to, haciendo uso de su licencia que le ha dado el Supremo Gobier-
rídicos de la Corte de Iquitos. La maquinaria de la Casa Arana estaba no, para que recobre su salud en la capital de la República.

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Todos los invitados del doctor Cavero se retiraron muy satisfechos vidumbre. Alicia, Angélica, Lily, Julio César y Luis, sus hijos, recibirían
de la pintoresca huerta, donde se pasó el día en medio de una felici- la mejor educación de tutores y profesores europeos. Si bien las tres mu-
dad completa. jeres fueron formadas para las tareas hogareñas ––no se hubiera conce-
bido que estudiaran y, mucho menos, que trabajaran–– Luis estudió en
Hasta tal extremo era escandalosa la conducta de la Corte de Iquitos los Estados Unidos, en Massachusetts, donde se recibió de ingeniero en
que el senador por el Departamento de Loreto (del cual Iquitos era la ca- minas, estudios que le permitieron, cuando se instaló definitivamente en
pital), doctor Eduardo Lanatta, en la sesión del Senado del Perú del 16 Iquitos, una exitosa carrera comercial y política.
de agosto de 1910, afirmó con respecto a los integrantes de la misma: “Ya La llegada de Julio César Arana del Águila Hidalgo a Iquitos, en abril
se conoce, en Europa, quiénes son los verdaderos autores de los críme- de 1908, debe de haber estado rodeada de una enorme expectativa. Ha-
nes del Putumayo”. El 17 de agosto de 1913, cuando ya no quedaba du- brán abundado las invitaciones, las fastuosas cenas en el Gran Hotel, y
da alguna sobre las atrocidades en el Amazonas, cuando el escándalo lle- los imprescindibles encuentros políticos. En cuanto al quincenario La
gó al propio parlamento británico, el mismo senador reanudó sus ataques Sanción y su continuador, La Felpa, habían dejado de aparecer en diciem-
en un artículo publicado en el prestigiosísimo diario El Comercio , de Li- subrayados: bre de 1907. Su editor, Benjamín Saldaña Roca, ya no vivía más en Iqui-
ma: “Sólo en el Perú, merced a cierto grado de inmoralidad y a los sen- aclarar si el tos, sino en Lima. ¿Había recibido él también dinero de Arana para que
timientos de injusticia que dominan, en la mayoría de los miembros de énfasis es del mantuviera silencio? Nada de eso. Una tarde, una turba ingresó en los
la Corte de Iquitos, varios de los cuales han ido a Europa a curarse en- autor (en nota modestos talleres gráficos de Saldaña, un pequeño edificio de una planta
fermedades contraídas en el curso de una vida de libertinaje, con el oro al pie) en el número 49 de la calle Morona, y destruyó todo lo que pudo encon-
sacado del Putumayo , quienes son los verdaderos culpables de aquellos trar, arrojando a la calle tipos gráficos, pruebas de galeras, e innumerables
crímenes”. papeles. El editor, un hombre delgado y de piel morena que ostentaba un
moretón debajo de un ojo, fue sacado poco menos que a empellones por
la policía, sin perder, en ningún momento, su aire de dignidad.
Inicialmente, las autoridades de Lima no dieron importancia a las de- A todo esto, el gobierno peruano le encomendó al prefecto de Lore-
nuncias de Saldaña Roca. El negocio del caucho era demasiado impor- to, Carlos Zapata, y al cónsul del Perú en Manaos, Carlos Rey de Castro
tante y rentable para las arcas de Estado. Pero la publicación en La Pren- (ya hemos visto que era el ideólogo de la Casa Arana en materia de co-
sa, de Lima, y otras informaciones aparecidas en diversos periódicos, municación), que viajaran a las secciones caucheras del Putumayo para
movieron al gobierno peruano a llevar a cabo una investigación, aunque verificar el trato que se le daba a los indios. Claro que, para llegar a ese
más no fuera para salvar las apariencias. Julio César Arana, desde Lon- río, había que hacerlo en alguna embarcación de Julio César Arana, y él
dres, había movido magistralmente los hilos en esferas peruanas, y lo se- mismo acompañó en el Liberal , el buque insignia de su flota, a los fun-
guiría haciendo en años posteriores: no había sector político, periodísti- cionarios, escoltados por doscientos hombres y un jefe de la armada.
co o gubernamental adonde no llegara su mano dadivosa. ¿El gobierno El muelle, en Iquitos, debe de haber estado atestado de curiosos. No
peruano quería llevar adelante una investigación? Pues bien: él contri- siempre el Liberal transportaba pasajeros tan ilustres para una misión tan
buiría a la misma. augusta. Porque la versión que echó a rodar Arana ––o Rey de Castro––
Una vez más, a mediados de 1908, dejó Londres, la paz de Biarritz, afirmaba que el viaje se realizaba para verificar, como dijo el propio Ara-
a Eleonora y a sus hijos, para viajar a Iquitos. Su mujer, después de tan- na ante la Comité Selecto de la Cámara de los Comunes británica “si la
tos años, ya estaba acostumbrada a sus inveteradas ausencias, a su espí- defensa del país estaba en orden y tomar medidas para defender la re-
ritu combativo y, sobre todo, a tener que aceptar que jamás lograría apar- gión contra las invasiones y tropelías de los colombianos que se practi-
tarlo del negocio del caucho. En su villa de la costa vasca francesa podía caban entonces constantemente dentro de ella. Se me pidió por el Pre-
darse el lujo de desplegar un estilo de vida que incluía una numerosa ser- fecto Zapata y por De Castro el acompañarlos, y un jefe de marina y

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doscientos hombres, al mismo tiempo que varios otros oficiales acompa- Ese apoyo, ese consorcio, ese convenio tácito del crimen, robustecie-
ñaron también la misión”. ron la impunidad, y los asesinos se ensañaban más, se alentaron más;
Julio César Arana había dado vuelta la realidad. Hablaba de una mi- y siguieron imperturbables en la destrucción de los indios con tal de
sión y no de una investigación. Durante los quince días ––lo que deman- conseguir la mayor cantidad de producción posible.
daba el viaje a La Chorrera–– que pasó a bordo del Liberal, el prefecto
habrá dialogado, cambiado ideas y discutido temas con el cauchero más
rico del Perú. Cuando el rey del caucho se proponía seducir, resultaba El caucho, en ese entonces, era denominado el “oro negro”, y hacía
imbatible. La nave era una suerte de hotel de lujo flotante. El costo del honor a su apodo. Zapata también vio las cicatrices de los indios pero
Liberal , puesto en el muelle de Iquitos, fue de siete mil libras esterlinas y nada dijo. Es evidente que, en el viaje de regreso en el Liberal , empresa-
su mantenimiento anual alcanzaba las trescientas libras esterlinas, inclu- rio y funcionario negociaron el silencio y disfrazaron la investigación de
yendo los sueldos de la tripulación. acto patriótico y misión civilizadora. De todas maneras, la influencia de
Finalmente, llegaron a La Chorrera, en el río Igaraparaná. Era evi- Arana le alcanzaba hasta para designar funcionarios del gobierno nacio-
dente que algún mensajero se les había adelantado para que los respon- nal, como Julio Egoaguirre, un abogado menor de Iquitos, que, en 1908,
sables de la sección cauchera pudieran montar una escenografía destina- llegó a ser ministro de Fomento. Nada importaba que en los expedientes
da a confundir al Prefecto y a las restantes autoridades. Se habrán judiciales de Iquitos aparecieran gravísimas omisiones cometidas por Za-
suspendido las ejecuciones, las torturas y las violaciones de las indias. Pe- pata: los jueces eran amigos y sabían cómo archivarlos indefinidamente.
ro la momentánea interrupción de las atrocidades no bastaba para ocul- Tomemos, por ejemplo, los dichos de un testigo, don Isaac Escurra, que
tar las huellas de las mismas. El juez peruano Rómulo Paredes, de Iqui- declaró en Iquitos: “El prefecto Zapata, en 1908, vio las huellas de las
tos, que fue el primer magistrado que se trasladó a la región para verificar flagelaciones que conservan casi todos los indios de La Chorrera; y un
si, efectivamente, se cometían atrocidades, escribió en su informe des- indio refirió a Zapata en su lengua, lo que fue traducido a Zapata por un
pués de haber regresado de La Chorrera: intérprete, que Alfredo Montt había cortado las cabezas de toda su gen-
te” (Foja 1311 del proceso). Un funcionario responsable hubiera ido al
Raro es el indio huitoto, cualquiera sea su edad, que no conserve en fondo de la cuestión, actitud que no estaba en los planes de Zapata. Tam-
las nalgas huellas enormes, casi desuellos cicatrizados, producidos poco nada hizo cuando se enteró, a partir de una declaración, que un em-
por el látigo. Yo habré visto tres mil de estos desgraciados, que como pleado de La Chorrera, Reynaldo Torres, quería irse a Iquitos pues había
viven completamente desnudos están exhibiendo, de minuto en mi- sido brutalmente golpeado por capataces, hasta el punto de haberle frac-
nuto, esa rúbrica, esa marca infame de sus dominadores. turado un brazo. El prefecto interrogó al gerente de la sección cauchera,
Víctor Macedo, acerca de esta declaración y su respuesta da una ideal
Y Paredes continúa: cabal de los subterfugios a los cuales recurrían quienes manejaban el ne-
gocio del caucho. “Torres es libre para abandonar esa región ––alegó Ma-
Los gerentes de las negociaciones del Putumayo nunca hicieron na- cedo–– siempre que pague sus cuentas previamente.”
da para reprimir el crimen. Parece que se temía el descubrimiento de
Como Torres no tenía con qué pagar, debió permanecer en el Putu-
la verdad, creyéndose, sin duda, que el descubrimiento de ella era el
mayo sin que Zapata hiciera nada por liberarlo. El sistema de enganche
derrumbamiento del negocio. Todos se esforzaban por hacer intan-
y endeudamiento no sólo funcionaba con los indios.
gibles a los jefes, como si la desaparición de ellos significara la desa-
parición de las utilidades. Considerábanlos como imprescindibles, Cuando Arana y Zapata regresaron finalmente a Iquitos, Carlos Rey
como irreemplazables, pues tenían la clave que ya sabemos cuál fue, de Castro ya había diseñado, con la cursilería declamatoria de comien-
del estado floreciente de los negocios; y refrenados en el crimen, hu- zos del siglo XX, una astuta campaña de prensa para convertir a los via-
bieran podido acabar con la empresa. jeros del Liberal poco menos que en héroes. Su pluma tenía tendencia

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a la grandilocuencia, pero podía resultar convincente, sobre todo al lo- no tenemos otra alternativa que atenernos a ella, aunque tomándola con
grar que diarios de Lima ––gracias a los contactos de Arana–– reprodu- las inevitables reservas que surgen de un estudio desapasionado de los
jeran sus conceptos. Estos publicaron, por ejemplo, que la Casa Arana hechos.
era una benefactora del Perú y que, don Julio, era una suerte de divini- En cuanto Hardenburg desembarcó en Iquitos, se dispuso a asentar
dad, calificándolo debienhechor y bendito . Siempre en esa tesitura ob- sus reclamos contra la Casa Arana en el consulado de los Estados Uni-
secuente, La Opinión Nacional , de la capital peruana, publicó un artí- dos. El cónsul ––honorario–– atendía en el edificio que formaba la esqui-
culo el 12 de setiembre de 1908, a raíz del viaje al Putumayo del Prefecto na de las calles Próspero y Morona.
de Loreto: La planta baja estaba ocupada por una tienda de modas femeninas
llamada A la Ville de Paris. En el primer piso atendía el doctor Guy T.
Inexplicable parece que, en medio de las selvas, allá, donde apenas King, un odontólogo que hacía, a la vez, de cónsul norteamericano. No
se deja sentir la influencia gubernativa, se haya arrancado al salva- es difícil imaginar la exaltación, el ánimo apasionado, el orgullo de co-
jismo y se haya nacionalizado a millares de indios, hasta el punto de rrer el velo de lo que sucedía en el Putumayo, el deseo de conversar en
influirles el amor al Perú y a su bandera, en cuya defensa han derra-
su propio idioma con un compatriota, que embargaban a Hardenburg.
mado ya su sangre, poniendo a raya al invasor que intentó arrancar
Desde que partiera de Buenaventura, Colombia, había estado sujeto a
por la fuerza ese rico pedazo del territorio nacional. ¿Cómo ha po-
dido practicarse tal solución? Lo que no hizo el gobierno lo ha he- privaciones y vejaciones. Ahora se encontraba en su propio territorio, en
cho un solo hombre; y nosotros tenemos la satisfacción de dar el ese primer piso que era un pedazo de los Estados Unidos, con un hom-
nombre de ese buen peruano, que no es sino el Rey del caucho en el bre que lo escucharía y que sabría qué decisiones tomar. King, sin em-
Perú, señor don Julio C. Arana. bargo, no se mostró impresionado. A medida que avanzaba el diálogo,
Walter fue descubriendo que el cónsul, diplomático al fin, no tenía inten-
ción alguna de involucrarse en los asuntos internos del Perú. El dentis-
El rey del caucho amazónico obtuvo un resonante triunfo en mate- ta-cónsul tenía un sentido pragmático de la vida en el trópico peruano y
ria de imagen. Pero fue una victoria pírrica. El 1 de febrero de 1908 Wal- sabía con quiénes debería lidiar si quisiera comprometerse. Lo primero
ter Hardenburg llegó a Iquitos a bordo del Liberal . El Iquitos al que lle- que le sugirió a Hardenburg fue que no enfrentara a Julio César Arana,
gó Hardenburg no era un lugar acogedor. Las calles eran de tierra, lo cual David y Goliat, simplemente, no existían en ese escenario. Pocos meses
las transformaba en un lodazal durante gran parte del año. El automóvil antes ––en diciembre de 1907–– el anterior cónsul norteamericano en
era prácticamente desconocido: a Iquitos se llegaba, como hoy, por río y Iquitos, Charles C. Eberhardt, había elevado un informe detallado al Se-
no por tierra. La prosperidad cauchera había permitido la construcción cretario de Estado de los Estados Unidos, en Washington, Elihu Root,
de algunas deslumbrantes casonas, con fachadas de mayólicas portugue- acerca de lo que sucedía en el Putumayo. En él, a la vez, se aconsejaba a
sas, que aún pueden apreciarse, algunas en un deplorable estado de aban- los inversores norteamericanos que se mantuvieran alejados de esos te-
dono. Pero el casco urbano era mínimo. Iquitos no tenía luz eléctrica, sis- rritorios que, al ritmo que iban las cosas, quedaría despoblado en menos
tema de cloacas, ni transportes públicos modernos de veinte años.
Hardenburg vivió más de un año en Iquitos y algunas semanas en De todos modos, King decidió ayudar al joven. Si quería recuperar
Manaos antes de abandonar definitivamente el Amazonas, al cual jamás sus pertenencias, motivo por el cual su compañero de andanzas, Perkins,
regresó. Conocemos ese período de su vida por The River that God for- había permanecido en el Putumayo, escribiría al cónsul norteamericano
got , que lo reconstruye a través de entrevistas con iquiteños y ––tal vez en Lima, Leslie Combs, para que interviniera en su favor. Claro que, al
con más seriedad–– con familiares de Hardenburg en los Estados Uni- no existir todavía el telégrafo entre Lima e Iquitos, la carta podría demo-
dos. Ese relato está teñido de maniqueísmo. Pero como no existe otra in- rar meses en llegar. Mientras tanto, ya que Hardenburg estaba poco me-
formación más que la de Collier (sin duda, un excelente investigador), nos que en la miseria, King le ofreció que se alojara en su casa donde la

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juventud era siempre bien recibida, ya que organizaba asiduas veladas periódicos de Saldaña Roca. Más curioso, por cierto, es que no hubiera
musicales donde los jóvenes iquiteños mostraban sus virtudes. La pro- visto ni un solo ejemplar de los mismos en todo Iquitos.
puesta fue aceptada y Walter, a través de la compañía naviera Booth, es- La presencia de Hardenburg en la casa del cónsul norteamericano
cribió a sus padres, a los Estados Unidos, solicitando que le giraran tres- debe de haber sido incómoda para este. Era un funcionario ad honorem,
cientos dólares de la suma que había enviado después de haber trabajado ejercía la profesión de dentista y lo que menos deseaba es que se abriera
quince meses en el Ferrocarril del Valle del Cauca, en Colombia. esa suerte de caja de Pandora que eran los territorios de Arana. Una y
Entretanto, esperaría en Iquitos a su amigo Perkins quien, segura- otra vez le señaló al joven ingeniero que las leyes amazónicas ––las de
mente, traería pronto sus pertenencias que habían quedado en Josa, y que facto , no las que engrosaban códigos inaplicables–– no eran las que im-
Miguel de los Santos Loayza, encargado de la sección El Encanto, sobre peraban en los Estados Unidos; que Julio César Arana y su cuñado, Pa-
el río Caraparaná, se había comprometido recuperar. Buscó, y consiguió blo Zumaeta, a cargo de la Casa Arana en Iquitos, eran hombres peligro-
rápidamente, un empleo. Fue contratado como profesor de inglés del re- sos y que lo mejor que podía hacer era olvidar los periódicos y lo que
cién inaugurado Colegio Secundario, en la calle Pastaza. Asistía al mis- habían publicado. Hardenburg no se mostró demasiado agradecido cuan-
mo dos veces a la semana, con un salario de seis libras esterlinas men- do publicó The Devil’s Paradise, en 1912: “Este caballero ––escribió, re-
suales ––según consta en el Despacho de la Municipalidad de Iquitos––, firiéndose al cónsul King–– considerando única y exclusivamente sus pro-
lo que constituía una miseria, pero era mejor que nada. Como era inge- pios intereses y olvidando las obligaciones que le imponían su cargo de
niero, también fue contratado para el diseño del nuevo hospital de Iqui- cónsul, sólo se contentó con felicitarme de haber salido con vida y no ha-
tos, con un salario mensual de cuarenta libras esterlinas. Sin tener que ber sido víctima de los asesinos de Arana. También me aclaró que nada
pagar hospedaje, esa suma le bastaba para solventar sus gastos. Según podía hacer por nosotros”.
Richard Collier ––quien no conoció a Hardenburg ya que este falleció en Quizá su extrema juventud y su egocentrismo le impedían ver las li-
1942, pero sí pudo entrevistar a familiares próximos––, Walter vio, des- mitaciones a las que estaba sujeto el doctor King, en un escenario tropi-
de el balcón del doctor King, cómo sacaban a empellones a Benjamín cal donde rara vez imperaban las leyes. Hardenburg decidió seguir ade-
Saldaña Roca de donde imprimía, en ese entonces, La Felpa, y fue ese lante, irresistiblemente atraído por esa información. Está claro que lo que
hecho el que encendió en él una irrefrenable pasión por conocer la ver- lo impulsaba a encontrar esos ejemplares de La Sanción y de La Felpa
dad. ¿Qué decían esas publicaciones? King se limitó a responder que ca- no era sólo el afán de recuperar sus pertenencias.
da empleado de la Casa Arana que era despedido, se dirigía a la impren- La historia ha sido pródiga con Hardenburg, a partir de que, en Eu-
ta para denunciar a esta empresa. ropa, logró que una revista inglesa publicara sus primeros artículos de-
Lo que llama la atención en el relato de los hechos que hace Collier, nunciando los crímenes del Putumayo. Sin embargo, le ha rendido poca
es la curiosidad de Hardenburg por saber qué habían publicado esos bi- justicia a su compañero Perkins. En realidad, este fue quien peor lo pa-
semanarios. Él mismo había estado en el Putumayo, y supo exactamen- só, ya que debió permanecer en El Encanto durante más de tres meses y
te qué había ocurrido cuando los peruanos atacaron La Unión. Por otra no precisamente en calidad de huésped. Lo que su amigo no sabía, mien-
parte, el cauchero David Serrano ––su frustrado socio–– le había conta- tras daba clases de inglés en Iquitos, asistía a las veladas musicales del
do con lujo de detalles cómo habían violado en su presencia a su mujer cónsul King, e intentaba con desesperación obtener los ejemplares de los
y se habían llevado a Iquitos a su pequeño hijo poco menos que en con- periódicos de Saldaña Roca era que, en el corazón del Putumayo, los
dición de esclavo. Hardenburg no dio ni un paso para dar con el parade- acontecimientos habían puesto a Perkins en una situación desesperada.
ro del hijo de Serrano, lo cual habría sido fácil en una ciudad de diez mil Había contraído malaria que, progresivamente, minaba su salud con las
habitantes. Y en lo que a los indios del Putumayo respecta, ¿acaso no los fiebres recurrentes, la anemia y la profusa transpiración. Solo en una sec-
había visto moribundos, agonizantes, sin recibir ayuda de los empleados ción cauchera del Caraparaná, atacado por una fiebre tropical, su situa-
de El Encanto? Conviene preguntarse, entonces, para qué necesitaba los ción no hacía más que agravarse.

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El gerente de El Encanto, Miguel de los Santos Loayza, se había com- tados Unidos y no cejó en su afán de ser resarcido; de hecho, al cabo de
prometido a recuperar las pertenencias de los dos jóvenes estadouniden- un año y medio, recibiría una indemnización de quinientas libras ester-
ses y se dirigió por vía fluvial hasta Josa, sobre el río Putumayo, para re- linas por parte del gobierno peruano.
cogerlas. Es por eso que Perkins permaneció allí, sin embarcarse en el En aquellos días aciagos en Iquitos, en plena época de lluvias, con
Liberal con Hardenburg, en enero de 1908. Loayza no actuó movido por una humedad intolerable y las calles embarradas, ambos jóvenes se se-
la cortesía, sino por la curiosidad y la codicia. No le fue difícil descubrir pararon para siempre. Perkins odiaba el Amazonas y quería salir de allí
que ambos jóvenes no pertenecían a un sindicato norteamericano que te- lo antes posible. No le interesaban sus pertenencias perdidas, ni las atro-
nía intenciones de iniciar negocios en el Amazonas, sino que habían si- cidades a las que se sometía a los indios, ni los capataces de Julio César
do empleados menores que trabajaron en la construcción de un ferroca- Arana: había descendido a atroces abismos en El Encanto ––experiencia
rril en Colombia. Esto, sin más, significó que se adueñó de instrumental, por la cual no atravesó Hardenburg–– y deseaba hasta el punto de la de-
papeles, documentación y objetos personales. Apenas regresó de Josa con sesperación huir de todo aquello. La moral y la salud de Perkins estaban
las pertenencias, lo primero que hizo fue arrojar a Perkins a un calabo- tan minadas que Hardenburg, con parte de los trescientos dólares que ya
zo que debió compartir con otros presos. Durante tres meses, vivió en había recibido de su padre, le compró un pasaje en un vapor carguero
condiciones infrahumanas, sin recibir quinina, sobreviviendo a una ali- que partía hacia Norteamérica.
mentación miserable, soportando insultos y vejaciones de sus carceleros Perkins zarpó queriendo olvidar lo que le había tocado vivir y, cuan-
y, lo más trágico, sabiendo que los presos de El Encanto que compartían do el vapor hizo sonar la característica sirena que anuncia la partida, emi-
su celda eran implacablemente ejecutados. Loayza habrá pensado más tiendo una nube de vapor, el destino de los dos muchachos quedó sella-
de una vez en eliminarlo. Era un testigo molesto de lo que sucedía en las do: el que abandonaba el Amazonas desaparecería en la inmensidad del
caucherías de Arana. Pero al fin y al cabo, era ciudadano de los Estados territorio norteamericano. Se esfumó para siempre, sin haber formado
Unidos. De modo que primó la prudencia. A fines de mayo, liberó al pri- parte, como testigo, de las investigaciones que desataron los escándalos
sionero y lo embarcó rumbo a Iquitos. del Putumayo. The Devil’s Paradise , en cambio, lo recuerda y, de no ha-
Cuando partió el Liberal de El Encanto, Perkins parecía un cadáver. ber sido por este libro, nadie se hubiera enterado de su existencia. Har-
Pero el solo hecho de haber sido liberado, de alejarse para siempre de ese denburg, por el contrario, decidió seguir su lucha hasta las últimas con-
centro de tortura, de saber que volvería a los Estados Unidos apenas zar- secuencias. Es aquí, entonces, cuando cabe preguntarse por qué lo hizo.
pase el primer vapor de la Compañía Booth, sin duda le dieron las fuer- ¿Es común que un muchacho que acaba de cumplir los veintidós años,
zas necesarias para soportar los quince días de navegación hasta Iquitos. a pesar del ardor que otorga la juventud, resuelva lanzarse a una empre-
Walter Hardenburg, mientras tanto, permanecía en Iquitos esperan- sa riesgosa como era investigar los crímenes del Putumayo? Posiblemen-
do el regreso de su amigo y de su equipaje. Había nacido en él un senti- te, necesitaba dinero y quería sacar partido de la expropiación de sus per-
miento irrefrenable: conocer a fondo lo que sucedía en las secciones cau- tenencias por parte de Loayza. El padre de Walter, Spencer Hardenbergh,
cheras de Julio César Arana. Según Richard Collier, recorría los bares era un modesto granjero de Youngsville, estado de Nueva York, al pie de
indagando sutilmente a los parroquianos acerca de lo que habían publi- los Catskills, propietario de quince hectáreas, lo cual no constituía pre-
cado los periódicos. Pero nadie parecía haberlos leído. La llegada de Per- cisamente una fortuna. El detonante de lo que terminó convirtiéndose en
kins a Iquitos, a fines de abril, redobló la decisión de Hardenburg de lle- un escándalo internacional fue, pues, el modesto bagaje de instrumental,
gar al fondo de las cosas. Creyó, ingenuamente, que Julio César Arana, armas, herramientas, documentación y otras minucias, a cambio del cual
por estar tanto tiempo en Europa y tan poco en el Amazonas, ignoraba Walter quiso obtener una indemnización. Curiosamente, nunca mencio-
los martirios que imponían sus capataces a los indios y a los blancos. Su na qué monto pretendía. Pero una carta enviada por Julio Egoaguirre,
indignación no tuvo límites al enterarse de que habían perdido todas las abogado de Arana a Julio César Arana señala que Walter Hardenburg
pertenencias que los habían acompañado desde que salieran de los Es- exigía siete mil libras esterlinas en compensación por la pérdida de su

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equipaje. Caso contrario, publicaría en Londres lo que sabía acerca del jamás desfalleció. Porque no sólo quería cobrar ––legítimamente, por cier-
Putumayo. to–– alguna suma por sus pertenencias perdidas, sino que surgió en él
Siete mil libras ––de ser cierto el reclamo–– era una suma desmesu- otra iniciativa, una posibilidad que podría colocar en el plano mundial
rada que nadie hubiera pagado en compensación por la apropiación in- lo que sucedía en ese oscuro río: escribir un libro. Y aquí sus motivacio-
debida de objetos no demasiado valiosos. Salvo que existiera una carta nes deben de haber estado mezcladas. Lo habrán impelido las atrocida-
oculta que, puesta en juego, atemorizara al cauchero. Si nos atenemos al des presenciadas, la venganza por haber sido maltratado por Loayza en
perfil que traza Richard Collier de Hardenburg, esta posibilidad es ini- El Encanto, las humillaciones que debió sufrir su amigo, el robo liso y lla-
maginable. Su infancia y adolescencia en Big Meadow, la granja que su no de sus pertenencias, su vocación para denunciar los crímenes del Pu-
padre poseía en Youngsville, había sido edénica: ovejas que pastaban pa- tumayo. Pero también es de suponer que no querría regresar a Youngs-
cíficamente en las ondulantes praderas; chapuzones con sus hermanos, ville con las manos vacías. De hecho, después de publicar The Devil’s
William y Wesley en Stump Pond; cacerías de conejos, ardillas grises y Paradise ––que fue el compendio de los artículos publicados en la revis-
gansos salvajes; una madre hacendosa, prototipo de las que ilustraban ta Truth , en 1909–– vivía en Canadá, en Red Deer, entre Calgary y Ed-
los almanaques de aquella época, siempre ocupada en la cocina y en los monton, con su mujer y su hijo, lo cual significa que habrá cobrado sig-
menesteres domésticos. Era impensable que un muchacho educado en la nificativos derechos de autor. No habrán constituido una fortuna, pero,
rígida fe metodista, que se había suscripto a cuarenta periódicos que de- al menos, le permitieron cierto grado de independencia.
voraba de cabo a rabo, y leía la prototípica obra antiesclavista y huma- De modo que conviene atenerse a los hechos y trazar con la máxima
nitariaLa cabaña del tío Tom, recurriera a la extorsión. objetividad posible su trayectoria en Iquitos. Sabemos que publicó un avi-
Al trazar la trayectoria de Hardenburg en su obra, Collier lo traslada so en el periódico Occidente ofreciéndose como maestro de inglés, y que
de los Estados Unidos a Colombia, sin explicar cómo llegó allí, ni dónde tuvo bastante éxito, ya que congregó a catorce pupilos. Por esa época Ju-
había conocido a Perkins. Aparecen mágicamente navegando en canoa lio César Arana llegó a Iquitos para acoplarse a la misión que llevó al Pu-
por el río Putumayo, tal cual lo relata el joven norteamericano en su li- tumayo al prefecto de Loreto, Carlos Zapata, y al cónsul del Perú en Ma-
bro The Devil’s Paradise . Sin embargo, una carta de un abogado inglés, naos, Carlos Rey de Castro. Es de suponer que Arana estaba al tanto de
de apellido Blackburn, que este puso a disposición de la Peruvian Ama- la presencia en la ciudad y, con anterioridad, en sus secciones caucheras,
zon Companyal desatarse en Londres los escándalos del Putumayo, con- de Walter Hardenburg, así como de que Perkins había estado encarcela-
tiene información que no coincide con la angelical visión de los mucha- do en El Encanto. Cuando finalmente estalló el escándalo, Julio César
chos que transmite Collier. El documento en cuestión señala los pésimos Arana siempre calificó de chantajista a Hardenburg y atribuyó la campa-
antecedentes tanto de Hardenburg como de Perkins en Sudáfrica ––don- ña en su contra al hecho de habérsele presentado la posibilidad de ha-
de aparentemente habían estado antes de dirigirse a Sudamérica––, país cerse socio de David Serrano en La Reserva.
en el que protagonizaron algunas estafas. Entrevistado por los directivos Entonces se produjo un encuentro entre Arana y Hardenburg. Wal-
británicos de la empresa, Blackburn ofreció cederles un expediente que ter recordó este encuentro ante el Comité Selecto de la Cámara de los
él mismo había iniciado en Sudáfrica contra los dos norteamericanos, co- Comunes, en 1913, pero ni él ni Arana dieron nunca pormenores del mis-
mo también pruebas acerca de supuestas fechorías de ambos en los Es- mo. El único que se explaya al respecto es Collier aunque no aclara el
tados Unidos. origen de su información. Según su versión, Walter estaba convencido de
El hecho es que existen motivos para pensar que Walter Hardenburg que el cauchero ignoraba las atrocidades que se perpetraban en el Putu-
actuó impulsado por el interés. Su permanencia en Iquitos durante un mayo. ¿Cómo iba a saberlo, si no vivía en Iquitos, sino en Biarritz y Lon-
año y medio, su ambiguo tránsito por Manaos, como veremos en su opor- dres? Sus ocasionales viajes amazónicos eran breves, y hacía años que
tunidad, y su obsesión por reunir toda la información posible sobre las no visitaba las secciones caucheras del Igaraparaná y del Caraparaná y
secciones caucheras de Arana y sus capataces, señalan un objetivo que mucho menos las que se encontraban en el medio de la selva. Julio Cé-

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sar Arana, para el norteamericano, era un empresario con poco o nin- día asegurarlo enfáticamente. El incidente con Benjamín Saldaña Roca y
gún contacto con las realidades de la selva, más ocupado en hacer nego- su huida a Lima, eran sugestivamente coincidentes con la llegada a Iqui-
cios en Europa que en ríos infames. O Hardenburg era de una ingenui- tos de Julio César Arana. Prefirió ser prudente. Reclamó, con impecable
dad superlativa, o la historia ha sido deformada. tacto, que hiciera algo para compensar el maltrato que él y Perkins ha-
El norteamericano ––según Richard Collier–– decidió entrevistarse bían padecido por parte de sus capataces, y que tomara una decisión con
con Arana al saber que este había llegado a Iquitos. Se dirigió a la resi- respecto a la pérdida de sus pertenencias, donde había “valioso instru-
dencia del cauchero, en la esquina de las calles Próspero y Omagua. Ape- mental científico”. El dueño de casa contaba con una ventaja: estaba en
nas atravesó el umbral del hogar de Julio César Arana, protegido por su propio territorio. Ese salón despoblado le pertenecía. Lo primero que
puertas de rejas, batió palmas para anunciar su presencia y fue recibido le preguntó a Hardenburg era qué había estado haciendo en el Putuma-
por un sirviente, quien partió a anunciar su visita al dueño de casa. Per- yo, qué lo había llevado a ese río remoto. La respuesta del norteamerica-
maneció solo en ese amplio patio silencioso, protegido de los rigores del no fue en inglés, algo que no sería tolerado por Arana: lo interrumpió
sol del trópico por una gigantesca pomarrosa de frutos redondos y ama- bruscamente, mientras le mostraba los cinco dedos de una mano.
rillentos. No sabemos qué se proponía decirle a Arana, si había ensaya- –– One, two, three, four. That’s my English ––acotó Arana.
do su discurso o qué sentiría al conocerlo. Porque, sorpresivamente, lo La conversación, a partir de ese momento, proseguiría en castellano,
descubrió en el patio, de pie, y nunca olvidaría su carisma, el respeto que y no porque el anfitrión ignorara el inglés. En realidad, era políglota, ya
imponía su mera presencia. Julio César Arana era imponentemente alto que también dominaba el francés y el portugués. Pero no le iba a otorgar
y corpulento, con ojos negros y penetrantes. Su mandíbula era maciza, a Hardenburg el beneficio de un diálogo fluido. En su torpe español, el
su pequeña barba estaba prolijamente recortada, y ––lo más llamativo–– joven se atrevió a decirle que en La Reserva y en La Unión habían suce-
sus manos eran pequeñas, exquisitamente torneadas, casi femeninas. dido cosas malas. Arana asintió vagamente, afirmando que algo había oí-
––Pase, que Dios lo acompañe. Esta es su casa ––dijo Arana, dándo- do al respecto. Pero eso fue todo. No indagó, ni mostró interés en hablar
le la típica bienvenida amazónica. de lo que había sucedido en esos parajes selváticos. Walter tal vez sintió
Pero esas fueron simples cortesías por parte del cauchero, que, pro- que el diálogo se agotaba y que su interlocutor poseía un talento insupe-
bablemente, recelaba también de esa inesperada presencia. Arana no ig- rable para navegar en ciertas aguas, para evitar las esquinas peligrosas,
noraba el poder de ser europeo o yanqui en esas latitudes. La seguridad para escabullirse cuando la conversación se podía volver comprometida.
y los intereses de estos ciudadanos eran de primordial importancia en Lo más aconsejable era no mencionar más los acontecimientos que ha-
países exóticos y, en más de una oportunidad, habían justificado una in- bía protagonizado, o lo que se había publicado con respecto a las atroci-
vasión. No era que Estados Unidos hubiera tomado semejantes represa- dades de sus secciones caucheras. Insistió, sí, en saber qué sucedería con
lias apocalípticas ante la desaparición de un ciudadano en el Amazonas, su extraviado equipaje. Arana prometió ocuparse, pero sin dar demasia-
pero era un tema delicado: investigaciones, información en los diarios, das explicaciones y, mucho menos, permitir que se hablara de reparacio-
presiones diplomáticas, represalias gubernamentales. Probablemente, lo nes económicas. Sin embargo, antes de que partiera Walter, le deslizó una
mejor sería escucharlo y desarrollar su estrategia a medida que avanza- pregunta que debe de haber activado las defensas del joven: ¿qué impre-
ba el diálogo. sión le quedaba de las condiciones que imperaban en el Putumayo? Har-
Pasaron al salón de recibo, bastante diezmado, por cierto, en materia denburg no mordió el anzuelo. Desplegó un inusual sentido de la diplo-
de decoración. Un sillón, un par de sofás de mimbre y el piano, en el cual macia, o, para utilizar un término más exacto, de la supervivencia.
Angélica, una de las hijas de Arana, habrá deleitado a audiencias familia- ––Será mejor que juzgue por usted mismo la próxima vez que viaje al
res con las inevitables galopas y valses. Hardenburg reconocería poste- Putumayo ––respondió.
riormente que no estaba seguro de cómo encarar la conversación. Si bien Mientras lo veía alejarse por la calle Próspero, Julio César Arana ha-
creía que el cauchero ignoraba lo que sucedía en su imperio, tampoco po- brá pensado que Hardenburg poco tenía de improvisado. Sin decir na-

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da, había dicho mucho. ¿Habrá imaginado, aquella noche de mayo de adelante con su lucha. Para Miguel Gálvez, Walter Hardenburg era la
1908, que ese joven podía llegar a transformarse en un rival de primera persona indicada. El material se hallaba en casa de su madre, doña Ame-
magnitud? Creemos que no. De lo contrario, hubiera pactado una suma lia, con quien Saldaña Roca había tenido varios hijos, el mayor de los
generosa por la pérdida de sus pertenencias y le hubiera regalado un pa- cuales era Miguel Gálvez. Era un lugar seguro, ya que se trataba de una
saje en barco a Nueva York. Sacarlo, cuanto antes, de ese escenario ama- pensión para obreros españoles cerca del puerto. ¿Por qué había elegido
zónico, hubiera sido lo más inteligente. ¿Cómo se hubiera resistido, por al norteamericano para entregárselo? Pocos días antes, Gálvez había ido
dar un ejemplo, a dos mil libras esterlinas y a una travesía marítima en a buscar una cerveza a un bar próximo a la pensión de su madre, y escu-
primera clase de regreso a los Estados Unidos? Con esa suma, podría ini- chó a Hardenburg hablar con alguien acerca de los periódicos editados
ciar algún negocio en cualquier lugar del mundo y, su experiencia en el por Saldaña Roca, lo cual era rigurosamente cierto. Claro que, también,
Putumayo, pasaría a ser una mera anécdota. Y dos mil libras, para Julio podía ser un espía de Julio César Arana. Pero Walter confió en él. Con-
César Arana, era poco más que una propina. Creyó equivocadamente que vinieron en que el encuentro en que Gálvez le entregaría el material se
Walter era demasiado joven para que alguien lo tomara en serio, que ca- llevaría a cabo al día siguiente, a las ocho de la noche, en lo de Juan Wu,
recía de conexiones con esferas importantes. ¿Qué amenaza podía im- una despensa en el puerto, donde abundaban pequeños comerciantes chi-
plicar un norteamericano que se ganaba el sustento en Iquitos enseñan- nos y marroquíes.
do inglés? El encuentro se realizó sin sobresaltos y el joven norteamericano re-
Fue el peor error de su vida. La próxima vez que se verían, sería en gresó a la casa del cónsul con los testimonios bajo el brazo. A la luz de
un recinto ante una comisión del parlamento británico, Arana en el ban- una lámpara de petróleo, en la soledad de su habitación, pudo verificar
quillo de los acusados, Hardenburg como testigo de cargo. que eran cartas, algunas inéditas, de ex empleados de la Casa Arana ––só-
lo dos estaban certificadas ante escribano público–– relatando los por-
menores de las atrocidades que cometían gerentes y capataces en la sel-
Tras su encuentro con Arana, Walter permaneció en Iquitos. Aún es- va, las que ya hemos expuesto al citar el libro del juez Carlos A. Valcárcel,
peraba recibir una compensación por su equipaje. Prosiguió con sus ac- Los Procesos del Putumayo, basado en esas mismas denuncias. Hasta
tividades: enseñar inglés en el nuevo colegio secundario, instruir a sus ese momento, lo que realmente sucedía en los ríos Igaraparaná y Cara-
pupilos y asistir a las veladas musicales del cónsul-odontólogo Guy T. paraná, si bien era vox populi en Iquitos y hasta lo habían publicado dos
King, en cuya casa seguía alojándose. No habían transcurrido tres sema- periódicos, para Hardenburg eran versiones orales, cuchicheos, presun-
nas, cuando una noche en la que el dueño de casa estaba ausente, reci- ciones. Ahora, ante sus ojos, escritos de puño y letra, surgían esos rela-
bió una visita inesperada. Era la de un joven, Miguel Gálvez, que solía tos del horror, de modo irrefutable. Temiendo correr peligro si ese mate-
asistir a las veladas del cónsul. El motivo de esa imprevista irrupción fue rial era descubierto por algún sirviente pagado por Arana, Hardenburg
el comunicarle a Hardenburg que, en realidad, era hijo natural de Ben- decidió que lo mejor sería fotografiarlo y devolverle los originales a Mi-
jamín Saldaña Roca, que su padre se encontraba a salvo, en Lima, y que guel Gálvez. De modo que se dirigió a lo del fotógrafo Rodríguez Lira,
había conseguido un trabajo menor como periodista en el diario La Pren- en plena calle Próspero, para que los duplicase. Pero el fotógrafo, apenas
sa . Y que antes de partir precipitadamente (la policía lo había embarca- comprobó de qué trataban las cartas, le dijo que jamás volviera a poner
do en un vapor que se dirigía a Yurimaguas), había logrado poner a sal- un pie en su negocio.
vo testimonios de ex empleados de la Casa Arana acerca de lo que Para quienes giraban en torno al caucho del Putumayo, desde Julio
sucedía en el Igaraparaná y en el Caraparaná. Algunos se habían publi- César Arana en más, Hardenburg dejó de ser un pintoresco aventurero
cado en La Sanción y en La Felpa ; otros, aún eran inéditos. Su padre le para convertirse en una amenaza. Como es de suponer, el fotógrafo ha-
había encomendado esos preciosos testimonios, dándole instrucciones brá comentado esa insólita visita y, en Iquitos, las noticias corrían como
para que los entregara a alguien que estuviera en condiciones de seguir reguero de pólvora. No sólo los asalariados de Julio César Arana estaban

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alertas, sino, también, el propio abogado del cauchero, el senador Julio tensión, la que le envió Daniel Collantes, certificada ante el escribano pú-
Egoaguirre que, casualmente, era alumno de Hardenburg,y tomaba con blico Arnold Guichard.
él clases de inglés dos veces por semana. El canoso senador por Loreto
fue el primero en deslizar preguntas que apuntaban hacia un objetivo ca- Iquitos, 17 de mayo de 1908
da vez más sospechoso: si pensaba escribir un libro acerca de sus expe-
riencias en el Putumayo. Walter negó, en varias oportunidades, haberle Señor W. E. Hardenburg. ––Acabo de recibir su carta fechada en el
revelado a Egoaguirre que, efectivamente, contemplaba la posibilidad de día de ayer, en la que me solicita información acerca de mi estadía
en el río Putumayo y, en particular, en lo que respecta a hechos que
escribir un libro. Sin embargo, ya señalamos que Egoaguirre le envió una
he presenciado. Le informo que, durante mi estadía allí con una du-
carta a Julio César Arana en la cual indicaba que Hardenburg aspiraba a
ración de siete años, he presenciado crímenes, flagelaciones, mutila-
una compensación económica de siete mil libras por sus perdidas perte-
ciones y otros ultrajes.
nencias. Caso contrario, revelaría, en Londres, lo que sucedía en el Pu- En 1902, visité a los señores Arana en Iquitos y les pedí trabajo en
tumayo. la actividad cauchera que, según se me había informado, se llevaba
Si nos apartamos, por un momento, de la imagen heroica de Walter a cabo en el Putumayo. Mi solicitud de empleo fue inmediatamente
que proyecta Richard Collier ––la dedicatoria de su libro dice: “A la me- aceptada por Julio César Arana, que prometió pagarme cuarenta so-
moria de Walter Ernest Hardenburg, Hijo de la Libertad, 1886-1942”–– les al mes, además de buena alimentación, medicinas y pasaje de ida
es inevitable que surjan ciertas sospechas sobre sus móviles. Es lícito que y de vuelta. Quiero aclarar que estas promesas no se cumplieron, si-
alguien que ha sido testigo de algunos horrores y se ha enterado de otros, no que ni siquiera fueron tomadas en cuenta. Fueron tales las con-
aspire a escribir un libro en que denuncie los mismos. Pero a los venti- ductas extremas, que casi instantáneamente me convertí en un escla-
dós años, sin experiencia literaria ni periodística, no es fácil escribir un vo de la compañía.
Cuando llegué a La Chorrera, me asignaron a la chalupa Mazán , co-
libro. Los artículos firmados por él y publicados en la revista inglesa
mo fogonero, donde trabajé durante siete meses. Al final de este pe-
Truth, al año siguiente, hacen sospechar que fueron escritos por un ghost
ríodo, Víctor Macedo me ordenó que dejara de trabajar en la chalu-
writer , es decir, por un profesional que pone en prosa la información que
pa, ya que deseaba que iniciase un viaje a través de la selva para
alguien le da. Sin duda, en la mente del joven anidaban secretas ambi- ponerme bajo las órdenes de Elías Martenegui; pero como ya estaba
ciones. Ello explica su repentino viaje a Manaos, con el esfuerzo econó- al tanto de los crímenes que se llevaban a cabo en plena selva, me
mico que le implicaba pagar viaje y estadía. rehusé.
Pero antes de adentrarnos en este traslado amazónico, hay que seña- Eso fue suficiente para que se me tratara con extrema brutalidad. Por
lar que Walter había estado bastante ocupado, durante los meses de ma- este motivo, me colocaron una enorme cadena alrededor de mi cin-
yo y junio de 1908, escribiendo cartas a supuestas víctimas de la Casa tura a manera de atadura, y me confinaron, en absoluta soledad, en
Arana, para obtener más testimonios para su libro. El material que le ha- una de las celdas de La Chorrera. Allí permanecí durante diez días,
bía brindado Miguel Gálvez era valioso; pero ya había sido publicado en custodiado por centinelas, que tenían órdenes de disparar si intenta-
ba protestar por estar encarcelado. Una vez, en mi agonía, intenté
dos periódicos y las cartas estaban dirigidas a Benjamín Saldaña Roca.
hablar con Víctor Macedo, pero al escuchar mis quejas, ordenó que
Hardenburg se dio cuenta de que la credibilidad de las denuncias sería
se me dieran cien azotes y que me taparan la boca para no escuchar
mayor si las mismas aparecían en cartas dirigidas directamente a él. Ave-
mis gritos.
riguó nombres y direcciones de todos aquellos que pudiesen relatar con Gracias a algunos que estaban al tanto de mi inocencia y que protes-
lujo de detalles lo que les había tocado vivir. Era importante que las car- taron, logré obtener mi liberación al cabo de diez días, pero con la
tas tuvieran fechas y firmas certificadas ante escribano público. Su estra- condición de que partiera de inmediato para ponerme al servicio del
tegia dio resultados: día a día recibía respuestas de personas que habían criminal jefe de la sección cauchera Atenas, Elías Martenegui.
conocido el infierno del Putumayo. Conviene reproducir, en toda su ex- El día después de haber sido puesto en libertad, me puse en marcha

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hacia esa sección, acompañado por Martinegui y su colega, O’Don- Alrededor de las nueve de la mañana, comenzaron a transportar el
nell. Después de una travesía de dos días llegamos a Atenas, y como combustible ––madera y querosén–– que sería utilizado para las cre-
Martinegui ya estaba al tanto de que no me iba a poner al servicio maciones, y hacia las doce del mediodía, un tal Londoño, por orden
del crimen, me ordenó que realizara tareas en la casa. Al segundo del criminal Macedo, les prendió fuego a las infortunadas víctimas
día, caí enfermo de reumatismo, probablemente causado por el en- de la tribu de los ocainas. Esta pira humeante de carne humana si-
carcelamiento que había sufrido, pocos días antes, en una celda hú- guió ardiendo hasta las diez de la mañana del día siguiente. Fue du-
meda y sucia en La Chorrera. Esta enfermedad me dejó postrado du- rante el carnaval de 1903 que se llevó a cabo este repugnante acto
rante siete meses, y, de no haber sido por dos empleados colombianos de crueldad, y el lugar elegido está a ciento cincuenta metros de lo
que se apiadaron de mí y me alimentaron cuando podían, hubiera que es actualmente el “club” La Chorrera. Los altos empleados de es-
muerto de inanición. ta compañía, cuando se emborrachan, brindan con copas de cham-
Durante mi estadía en esta sección, los he visto asesinar alrededor pagne y las alzan en homenaje de aquel que demuestre que ha come-
de sesenta indios, entre ellos hombres, mujeres y niños. Estos pobres tido la mayor cantidad de crímenes.
desgraciados, a quienes matan con armas de fuego, o cortándolos en Pocos días después de este evento, fui a ver al jefe y administrador
pedazos con machetes, son colocados en grandes barbacoas (pilas del establecimiento, Víctor Macedo, y le pedí la liquidación de mis
de madera), adonde aseguran a las víctimas y luego les prenden fue- haberes, ya que no quería trabajar más para esta compañía y desea-
go. Estos crímenes fueron cometidos por el propio Martinegui y por ba regresar a Iquitos. La respuesta que me dio este miserable crimi-
varios empleados de confianza. Le he escuchado repetidamente de- nal fue amenazarme con más cadenas, con más cárcel, indicándome
cir a este monstruo que cada indio que no trajera la cantidad de cau- que él era la única persona que daba órdenes en la región y que to-
cho que se le ordenó extraer, iba a correr la misma suerte. dos los que vivían allí estaban bajo su comando.
Ocho días después de este acontecimiento, Martinegui dio órdenes Como consecuencia, tuve que abandonar La Chorrera y dirigirme a
para que un grupo de empleados se dirigiera a donde vivían unos in- Santa Julia, cuyo jefe era el criminal Jiménez, quien me ordenó que
dios vecinos para ser exterminados, incluyendo mujeres y niños, por fuera de inmediato a Providencia, donde volví a encontrarme con
no haber cumplido con la cuota de caucho que debían entregar. Es- Macedo. Me ordenó que comenzara a trabajar en Último Retiro, don-
ta orden fue estrictamente cumplida, ya que el grupo regresó a los de encontré al jefe, José Inocente Fonseca. Pocos días después de mi
cuatro días, trayendo dedos, orejas y varias cabezas de las infortuna- arribo, mandó a buscar a indios chontadura, ocainama y utiguene;
das víctimas como prueba de que las órdenes habían sido ejecutadas. veinticuatro horas después, centenares de indios comenzaron a apa-
Después de todos estos acontecimientos, obtuve permiso para dejar recer en la casa, de acuerdo con las órdenes que había impartido. En-
esta sección y regresar a La Chorrera, a la que llegué después de un tonces, Inocente Fonseca, tomó su carabina y su machete y dio co-
penoso viaje que duró cuatro días. Como llegué en un estado físico mienzo a la matanza de estos indios indefensos, dejando más de
lamentable, debido a mi enfermedad y al viaje, se me ordenó ocupar ciento cincuenta cadáveres esparcidos en el suelo, entre hombres,
una de las celdas. mujeres y niños. Esta operación la llevó a cabo acompañado por seis
Tres días después de mi arribo, llegaron alrededor de cuarenta indios de sus más confidenciales “secretarios”, como los jefes de sección de-
ocainas en calidad de prisioneros, que fueron encerrados y encade- nominaban a sus asistentes, algunos de los cuales utilizaron carabi-
nados en otra celda de mayores dimensiones. Hacia las cuatro de la nas, mientras que otros optaron por el machete. Fonseca, con su ma-
mañana del día siguiente, Víctor Macedo, jefe de La Chorrera, hizo chete de tamaño gigantesco, masacró a diestra y siniestra a estos
traer a dieciocho empleados de Sabana, y, al llegar, les ordenó que pobres desgraciados, bañados en sangre, mientras se arrastraban por
azotaran a los infortunados ocainas ––que estaban encarcelados y en el piso pidiendo clemencia.
cadenas–– hasta que murieran. Esta orden fue ejecutada de inmedia- Una vez finalizada la tragedia, Fonseca ordenó que todos los cadá-
to, pero como muchos de los infelices indios no sucumbieron a los veres fueran apilados e incinerados. La escena fue aún más horrible,
latigazos y a los golpes, Macedo ordenó que sacaran a los indígenas porque apenas se cumplieron las órdenes para que se los quemara,
de las celdas donde se encontraban, los arrastraran a orillas del río y se escucharon gritos de agonía y de desesperación provenientes de
les prendieran fuego. Estas órdenes fueron estrictamente obedecidas. aquellas víctimas que aún estaban vivas. Mientras tanto, el monstruo

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de Fonseca gritaba: “¡Quiero exterminar a todos los indios que no Por falta de tiempo, me resulta imposible relatar todos los crímenes
obedecen mis órdenes con respecto al caucho que exijo que entre- que estos criminales han cometido. Pero creo que si algún día fuera
guen!”. llamado a declarar ante un tribunal, podría detallar los lugares, días
Algún tiempo después, Fonseca organizó un grupo de veinte hom- y horas en que inundaron la región del Putumayo con estos críme-
bres (cumpliendo órdenes de Macedo), comandados por uno de sus nes, no igualados en la historia del mundo entero, cometidos contra
secretarios de confianza, llamado Miguel Rengifo, con instrucciones hombres, mujeres y niños de todas las edades y condiciones.
de trasladarse hasta el río Caquetá y matar a todos los colombianos Para concluir con esta narración, mencionaré algunos de los críme-
que encontrasen. También exigió que trajeran dedos, orejas y algu- nes cometidos en Santa Catalina por el jefe de esa sección, Aurelio
nas cabezas de las víctimas, preservadas en sal, como prueba de que Rodríguez. El 24 de mayo del año pasado (es decir, de 1907) este
sus órdenes se habían cumplido. Al cabo de siete días regresó el gru- hombre le ordenó a un compadre, llamado Alejandro Vázquez, a que
po, trayendo los restos humanos que Fonseca había solicitado. Estos reclutara a nueve hombres para dirigirse a la aldea de los indios ti-
fueron remitidos a los célebres jefes de la compañía Víctor Macedo racahuaca y tomar prisionera a una india que había estado con an-
y Miguel Loayza, para que comprobaran por sí mismos qué exitosa terioridad a su servicio; apenas la capturaron, idearon matarla de la
había sido la misión. forma más cruel que pueda imaginarse.
El secretario, Rengifo, también informó a Fonseca que uno de los Habiendo recibido esas órdenes, el grupo se puso inmediatamente
guías indios que habían llevado consigo para descubrir el paradero en marcha y, al llegar a la aldea, tomó prisionera a la mujer. Después
de los colombianos, no se había comportado como correspondía. Es- de algunos minutos, mientras iniciaban el viaje de regreso, la ataron
to bastó para que Fonseca lo hiciera colgar de una pierna, junto con a un árbol a la vera del camino, donde Vázquez ya tenía tres afilados
su pequeño hijo, de apenas diez años de edad. En esta posición re- palos de madera, con temibles puntas… 7 y, entonces, la mataron es-
cibieron cincuenta latigazos cada uno, después de lo cual se soltaron trangulándola con una soga.
las cadenas de las cuales estaban suspendidos para que cayeran al Estos son los crímenes que se cometen constantemente en el Putu-
suelo, estrellando sus caras contra el mismo. Apenas esto concluyó, mayo por los jefes de sección y sus asistentes, cuyos nombres he men-
Fonseca ordenó a uno de sus empleados a que tomara su rifle, los cionado. Espero que este relato le ayude a que la justicia vuelva nue-
arrastrara hasta un claro enfrente de la casa y les disparara, lo cual vamente a esta región.
se hizo.
Mientras esto se llevaba a cabo, una mujer india llegó desde Urania
Llama la atención, sin embargo, que cuando Roger Casement estuvo
para ponerse bajo las órdenes de Fonseca, pero, horrorizada ante es-
en Iquitos, en setiembre de 1910, comisionado por el gobierno británico
te espantoso espectáculo, intentó huir. Fonseca dio órdenes para que
cuatro de sus hombres tomaran sus armas, la persiguieran y la mata- para investigar los hechos del Putumayo, al entrevistarse con los escriba-
ran. Después de que la mujer hubo corrido alrededor de cincuenta nos Arnold Guichard y Federico M. Pizarro, que certificaron los testimo-
metros, huyendo del peligro, cayó muerta, atravesada por la descar- nios de Anacleto Portocarrera y Daniel Collantes, respectivamente, no
ga de las armas de los cuatro empleados, alojándose las balas en la recordaban para nada haber certificado testimonios de esas personas.
cabeza de esta víctima inocente. Hardenburg había logrado un primer paso de máxima importancia:
Para concluir con esta larga narración de los grandes crímenes del obtener cartas dirigidas a él, donde los firmantes narraban los horrores
Putumayo que he presenciado durante mi permanencia de siete años, del Putumayo. Pero faltaba el contacto personal con alguien que hubie-
le daré los nombres de algunos otros monstruos que trabajan allí, y
ra presenciado atrocidades, el diálogo, la posibilidad de formular pregun-
estoy dispuesto a presentarme ante una corte de justicia. Estos dia-
tas y, sobre todo, encontrar a alguna persona que demostrara que Julio
bólicos criminales son: Arístides Rodríguez, Aurelio Rodríguez, Ar-
mando Normand, 6 O’Donnell, Miguel Flores, Francisco Semanario, César Arana y su hermano, Lizardo, estaban al tanto de lo que sucedía
Alfredo Montt, Fidel Velarde, Carlos Miranda, Abelardo Agüero, Au- en sus dominios. Fue entonces cuando Miguel Gálvez le reveló que su
gusto Jiménez, Bartolomé Zumaeta, Luis Alcorta, Miguel Loayza y madre, doña Amelia, recordaba a un hombre a quien Benjamín Saldaña
el negro de Barbados King. Roca había buscado infructuosamente como testigo: Aurelio Blanco, un

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carpintero que había trabajado en el Putumayo para la Casa Arana, pe- Se alojó en el Gran Hotel Internacional, en la Rua Municipal; en esos
ro que, temiendo por su vida, se había establecido en Manaos. Era el úni- momentos, habrá pensado si las treinta libras esterlinas que le costaría
co que había enfrentado en persona a Julio César Arana, acusándolo de este viaje, extraídas de sus magros ahorros, no habrían sido gastadas en
los crímenes en las secciones caucheras. vano. Porque las primeras indagaciones para dar con el paradero de Au-
Así fue que, en junio de 1908, Hardenburg partió a Manaos a bordo relio Blanco fueron abrumadoramente frustrantes: nadie lo conocía. Ha-
del Yavarí , un arquetípico vapor de esos años, impulsado por una rueda bía carpinteros en la ciudad, pero ninguno con ese nombre. En la aveni-
que giraba en la popa, a encontrar a un carpintero que se llamaba Aure- da Eduardo Ribeiro, Hardenburg descubrió las recién inauguradas
lio Blanco, que ni siquiera sabía dónde vivía o trabajaba. Debería nave- oficinas del ferrocarril Madeira-Mamoré, ya que parte de su trazado pa-
gar mil seiscientos kilómetros por el Amazonas, río abajo, trayecto bene- saba por territorio brasileño, y pergeñó una idea que podía darle resulta-
ficiado por tener la corriente a favor. Eran casi dos semanas de travesía, do: comunicarle al propietario del hotel en que se alojaba, Antonio Bor-
pero imaginamos su excitación, su certeza de que habría de encontrarlo, sa, que la compañía ferroviaria de Percival Farquart, que construía ese
con la habitual omnipotencia que otorga la juventud. ¿Qué pretendía ha- trayecto en la selva, le había encomendado contratar carpinteros y que
cer con tantos testimonios? ¿Un libro que se publicaría en Inglaterra, o le habían hablado bien de un tal Aurelio Blanco. El dueño del Gran Ho-
recopilar evidencias abrumadoras de la culpabilidad de los hermanos tel Internacional se encogió de hombros, en señal de no conocerlo. Pe-
Arana y venderlas ––a ellos, u a otros–– a un precio óptimo? Llama la ro, según Richard Collier, apenas Hardenburg salió del hotel, Borsa par-
atención que, después de haber agitado un gigantesco avispero y conclui- tió como un rayo a las oficinas de la Peruvian Amazon Company , en la
dos los escándalos del Putumayo en Londres, en 1913, regresara a Cana- calle Mariscal Deodoro, para informar acerca de esta nueva presencia en
dá, a su granja en Red Deer, con su mujer y sus dos hijos y que jamás en su establecimiento. Es posible que Julio César Arana, desconfiando de
lo que restó de su vida ––para ser exactos, veintinueve años–– haya he- este joven norteamericano que se había introducido de contrabando en
cho ni el más mínimo esfuerzo para evitar, a través de la acción directa sus territorios, estuviera al tanto de sus movimientos a través de una red
o de instituciones, que se volvieran a repetir semejantes atrocidades en de informantes. Es posible que supiera que había llegado a Manaos y tam-
el Amazonas, adonde jamás regresó. Un libro posterior que publicó en bién que recordara a Aurelio Blanco. Quienes creen en la inocencia de
1922, Mosquito eradication (Mc Graw-Hill, Nueva York), nada tenía que Walter en lo que respecta a su presunto espíritu de chantajista, alegan
ver con el calvario de los indios huitotos, sino que trataba de cómo ter- que, al conocer al detalle sus movimientos, Julio César Arana pudo fra-
minar con esos insectos. guar documentos y correspondencia falsa para incriminarlo.
Mientras navegaba a bordo del Yavarí, estaba lejos de imaginar el de- Al atardecer del 24 de junio, Walter Hardenburg debe de haber esta-
senlace que acarrearía su investigación. Habían pasado seis meses desde do al borde de la desesperación. Solo en algún bar céntrico, tal vez pala-
que la canoa que los transportaba con Perkins había ingresado en los te- deando una cerveza helada ––la Hanseática Pilsen era una de las prefe-
rritorios de Arana. La vida le había abierto perspectivas insospechadas y ridas–– habrá visto desfilar a una multitud de hombres rigurosamente
aquí estaba, próximo a arribar a la gema del Amazonas, la ciudad de los vestidos de blanco, de cuello duro y moño, así como también a indios y
millonarios, que era Manaos. Walter desembarcó el 24 de junio de 1908, negros sudorosos. En cuántos bares, en cuántos negocios habrá entrado
es decir, el día que se celebraba la festividad de San Juan. Tal vez le impre- para preguntar por Aurelio Blanco, el carpintero que había desafiado a
sionó el edificio de la Ópera, su eclecticismo arquitectónico que configu- Julio César Arana y que conocía las verdades acerca del Putumayo. A las
raba una rara mezcla de estilos, y se habrá preguntado cómo una fachada dificultades de esa búsqueda desesperada, habría que agregarle su abso-
neoclásica, con frisos y columnatas, podía admitir una cúpula que parecía luto desconocimiento del idioma portugués. Para colmo, el inevitable bu-
salida de un cuento oriental. Pero en Manaos todo era admisible. Mendi- llicio que precedía a la celebración nocturna de la fiesta de San Juan, le
gos, prostitutas, aves exóticas, carruajes ostentosos y hombres y mujeres daba a la ciudad un aspecto aún más exaltado; no debemos olvidar que
vestidos a la última moda poblaban esas calles falsamente cosmopolitas. Hardenburg había sido educado en la rígida fe metodista, con el horror

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que siente el protestantismo ante los despliegues “paganos” que suelen ca, de las revelaciones y pruebas que tenía de la complicidad de Julio Cé-
tener las festividades religiosas iberoamericanas. Los tranvías de Manaos sar Arana en los crímenes del Putumayo. Que le pedía explicaciones de
aportaban a la ciudad no sólo el transporte de pasajeros, sino su cuota por qué había abandonado aquella ciudad, embarcándose rumbo a Ma-
de ruido. Si bien eran eléctricos y el servicio se había inaugurado en 1896, naos, cuando pudo haber permanecido en Iquitos brindándole al perio-
eran desmesuradamente tropicales: abiertos, sin paredes laterales, con dista una valiosísima información. Pero Blanco sabía que nada cambia-
estribos que recorrían toda su extensión, no tenían la mínima protección ría en el Putumayo, aunque él hubiera conversado durante horas con
para los días de lluvia que, dicho sea de paso, eran muchos. Quizá, desi- Saldaña Roca. Y ahora, aparecía un joven norteamericano deseoso de
lusionado, subió a uno de ellos y recorrió la ciudad en busca de algún mi- conocer la verdad, de dialogar con alguien que hubiera conocido esos
lagro. Habrá contemplado la abrumadoramente decimonónica Praça da meridianos del horror, de escuchar al único hombre que había enfrenta-
Policia, con sus canteros de hierba, pequeño estanque, árboles no dema- do a Julio César Arana. Un joven que, pronto supo, había también pade-
siado antiguos y serpenteantes caminos poblados de estatuas, y, tal vez, cido los maltratos de los empleados de la Peruvian Amazon Company en
continuó hasta el fin del trayecto, en el cementerio São João no Alto do el Caraparaná. La vida le daba nuevamente la oportunidad de hacer lo
Mocó . Fue, quizá, en esos momentos aciagos, al presentir que todos sus que debió haber hecho dos años atrás y, acaso motivado por un insospe-
esfuerzos habían sido en vano y que ese viaje sólo había contribuido a chado sentimiento de justicia, se avino a hablar con Walter Hardenburg.
mermar sus escasos ahorros, cuando se produjo el fiat lux. Aurelio Blanco le relató a un joven ingeniero los hechos ––ciertos, ri-
Posiblemente haya visto entrar un entierro, con berlinas de color cao- gurosos–– de su experiencia en el Putumayo. Imaginemos el monólogo
ba para los deudos, tiradas por caballos teñidos de negro, con sus corres- ––acaso alentado por la imprescindible botella de cachaça8–– de ese hom-
pondientes penachos, y el carro fúnebre, un insólito baldaquín con rue- bre ya entrado en años, conmovido porque alguien se interesara por su
das portando un ataúd. La revelación fue como un relámpago. Si bien en vida, al punto de navegar mil seiscientos kilómetros hasta Manaos, sin
Manaos todo era importado, dudó que los ataúdes lo fueran. Con la abun- siquiera saber si lo encontraría.
dancia de maderas que ofrecía la selva y con eximios carpinteros, era ab-
surdo pensar que eran traídos de Europa. Acaso Aurelio Blanco cons- El río es como un imán irresistible, como una montaña a la que se
truía féretros. Esa corazonada lo impulsó a tomar nuevamente el tranvía quiere llegar, que nos hipnotiza hasta el punto de no poder detener-
nos. Y una vez que se llega al Marañón, la única obsesión es alcan-
con rumbo a la ciudad para recorrer todas las funerarias. No se había
zar el Amazonas, con la absurda esperanza de que ese río dé una so-
equivocado: en una de ellas le confirmaron que, efectivamente, existía un
lución mágica a nuestra vida. A cuántos escuché decir que había que
carpintero, Aurelio Blanco, y que su taller estaba en las proximidades de llegar a Iquitos, que había que dejar para siempre Yurimaguas, Tara-
la Praça do Commercio . No tardó en llegar a ese sector de la ciudad, le- poto o cualquier otro poblado que se encontrara en esas latitudes de
jos de la sofisticación de las calles céntricas, donde encontró un modes- la miseria. A Iquitos no se llega: se va derivando, el río nos conduce
to tinglado: en su interior, el calor no daba respiro y el olor a madera era y nada nos detiene. No hay mujer ni trabajo que pueda disuadirnos.
penetrante. Bajo la luz de un farol a combustible, un hombre que araña- Se termina llegando, porque el río nos arrastra, como si su corriente
ba los sesenta años se empecinaba en rasquetear un tablón de madera. arrasara con dudas, temores, incertidumbre ante lo desconocido. Pe-
Había encontrado a Aurelio Blanco. ro no era Iquitos el destino final, sino un mero trampolín hacia otra
posible prosperidad que se había hecho carne en los que vivíamos en
El problema, ahora, era hacerlo hablar, entrar en confianza, extraer
la Amazonía. Había una palabra mágica en boca de todos, como si
todos los datos posibles, convencerlo de que, luego, autenticara su decla-
se tratara de una inagotable cornucopia en plena selva, y bastase con
ración ante escribano público, tarea nada fácil por cierto. El carpintero estirar la mano para abrir ese torrente inextinguible: Putumayo. Allí,
se habrá preguntado quién era ese extranjero joven y rubio que ingresa- en la selva impenetrable, en tierras de nadie, estaba la esperanza. En
ba a su taller a esa hora de la noche, que no se había trasladado para ad- 1906, hace apenas dos años, finalmente llegué a Iquitos. Yo nunca
quirir un ataúd, sino que le hablaba de Iquitos, de Benjamín Saldaña Ro- había visto ciudad igual.

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La calle del Próspero estaba adoquinada con fondos de botella de ba al agua, a la estela que dejaban las poderosas hélices. A los po-
champán francés; las fachadas de aquellas casonas solariegas tenían cos días, divisé el Putumayo, donde ingresó el barco haciendo so-
ventanas enrejadas, fachadas de azulejos de Portugal, balcones de nar la sirena de su única chimenea.
hierro forjado. No había iquiteño, pobre o rico, que no mencionara Era un río inexplicablemente distinto. No porque fuera topográfica-
a don Julio. Qué patriota, señor. Gracias a él el Putumayo era nues- mente opuesto a los demás, sino porque su densa selva, su misma im-
tro y los colombianos tuvieron que retroceder a sus límites, a sus gue- penetrabilidad, su espesa neblina matinal le otorgaban un aspecto
rras civiles, a sus pequeñeces. Gracias a él, el puerto de Iquitos esta- único, casi secreto. Y si habré visto ríos en esta Amazonía. No era el
ba vivo y repleto de caucho. En la ciudad, se lo consideraba un dios. Yavarí, ni el Purús, ni el Napo: tenía un sello propio que producía
¡Con solo una palabra suya surgían hospitales, escuelas y hasta ya no una curiosa intranquilidad, un presagio incierto. Pero, claro, estaba
había que ir a buscar agua al pozo! Quién no conocía la gloriosa Ca- su deslumbrante belleza, los constantes recodos, casi exasperantes,
sa Arana, a don Julio, a don Lizardo, su hermano, si eran la médula y esa vegetación de un verde tan particular que dudo que un pintor
de Iquitos, los que habían echado a los extranjeros, y hasta el gobier- la obtuviera en su paleta. A veces, era imposible permanecer en cu-
no de Lima les debía que nuestras fronteras se extendieran hasta el bierta, no por el calor, ni por la implacable humedad, sino por los vo-
río Caquetá, ahora en poder del Perú, sin intrusos, sin colombianos races insectos que nos atormentaban día y noche, como si quisieran
que nos robaran el caucho. impedir nuestro ascenso hacia Argelia. Sus costas, en cambio, eran
inexistentes, desbordadas por aquellos árboles gigantes, por ramas
Aurelio Blanco detuvo el relato y se sirvió otra copa de cachaça. Las que penetraban empecinadamente en el agua. Pero el Liberal era un
fogatas de San Juan iluminaban sus ojos, que repentinamente parecían barco sólido como una roca, y si don Julio lo utilizaba para visitar la
región, nada había que temer. Al llegar a Argelia, me pareció casi un
haber vuelto a la vida, como si reviviera el pasado. Mientras apuraba la
milagro ver espacios verdes sin vegetación, y descubrir barracones
bebida, su entusiasmo y su memoria hacían caso omiso del calor, del es-
construidos sobre pilotes, protegidos por techos de palma.
trépito de petardos y fogatas, y sólo importaba hablar de lo que creyó que Me habían contratado como carpintero para la sección cauchera
sería sino un sueño, al menos un trabajo sólido en una compañía cuyo Puerto Colombia, que era la más septentrional de todas las seccio-
director se había vuelto legendario. nes que poseía la Casa Arana en el Caraparaná. “Va a tener que es-
perar unos días, hasta que la lancha Junín lo traslade hasta Puerto
El 15 de enero de 1904 entré en las oficinas de la Casa Arana y fir- Colombia” ––me comentó el jefe de la sección––. Fueron seis días y
mé el generoso contrato que me ofrecían. No sospechaba que ha- le mentiría si afirmara que vi atrocidades. Todo, salvo el despiadado
bía firmado mi propia condena. Aquel día me pareció tocar el cie- clima y los insectos, parecía normal. Por qué algunos padecían fie-
lo con las manos, ya que finalmente había logrado trabajar como bres incontrolables y otros no, sigue siendo para mí un misterio, co-
carpintero en el Putumayo, en ese nuevo El Dorado, ganando el mo si existiera una condena que se cernía sobre ciertos hombres. Los
equivalente a quince libras esterlinas al mes, incluyendo alojamien- he visto temblar convulsivamente, transpirar hasta el punto de la des-
to y comida. Qué carpintero río arriba era capaz de ganar esa su- hidratación, no tener fuerzas ni siquiera para mover un brazo. Y, sin
ma. Ninguno, señor, se lo aseguro. Al día siguiente zarpé en el Li- embargo, después de un tiempo, la fiebre cedía y volvían progresiva-
beral hacia Argelia, una sección cauchera en el Caraparaná. Yo mente a sus tareas. Quizá fui un elegido de Dios: jamás padecí las
estaba acostumbrado a rudimentarias barcazas que remontaban los fiebres.
ríos con pavorosa lentitud o a canoas en las cuales había que remar, Por fin zarpamos rumbo a Puerto Colombia en una lancha, insigni-
si se remontaba el río, junto a la orilla para evitar la desmesurada ficante e incómoda si se la compara con el grandioso Liberal ; estoy
corriente central. El Liberal era un barco en serio, una ciudad flo- seguro de que don Julio, o su hermano, don Lizardo jamás pondrían
tante, un verdadero acorazado. Los días, mientras descendíamos el pie en una embarcación tan miserable. La tortuosidad del Carapa-
por el Amazonas, eran de absoluta placidez. Hasta nos permitían raná, de tantas vueltas que tiene, lo hacen asemejar a una gigantes-
pasear por la cubierta inferior y la superior. En la popa, estaba el ca serpiente acuática en perpetuo movimiento, y hasta su color ma-
camarote de don Julio, que tenía un pequeño balcón que se asoma- rrón lechoso ––aguas, por cierto, cromáticamente distintas a las del

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Putumayo–– es desagradable. Cuando divisé ese laberíntico curso de ne la Casa Arana en Puerto Colombia para reabastecerme de artícu-
agua, mi percepción se volvió aún más aciaga, como si nos adentrá- los imprescindibles y, en particular, de un rollo de tabaco, por el cual
ramos en latitudes misteriosas. Carecía del esplendor del Putumayo; siento una insuperable debilidad. Lo único que pude adquirir, señor,
era notablemente más estrecho y pestilente, hasta difícil de navegar fue un cepillo de dientes. Había órdenes, según me dijo el empleado,
por la cantidad de troncos y árboles que arrastraba la corriente, y la de negarme todo, salvo ese absurdo adminículo. Le pedí entonces a
lluvia que parecía nunca cesar. Hay un concepto erróneo en deno- un buen amigo, el contador de Puerto Colombia, Augusto Salcedo,
minar Putumayo a ríos que no llevan ese nombre, ni pueden compa- que me comprara lo que yo necesitaba, pero parece que la Casa Ara-
rársele. En el estrecho, sinuoso, agobiante Caraparaná, el permanen- na se había puesto firme, ya que se lo negaron. Pero estos eran sim-
te graznido de las aves ––no lo denominaría canto–– parecen advertir ples, inofensivos tires y aflojes entre patrón y empleado, comunes
al viajero peligros insospechados. Y ahí, en medio de esa selva den- donde rige la civilización.
sa, estaban Puerto Colombia, y su jefe, Paulino Solís. Pero no en el Caraparaná. No muchos días después y lo recuerdo
“Todavía no han llegado las maderas que pedimos, así que los depó- bien, el 6 de abril, me disponía a un rito cotidiano y absolutamente
sitos y las barracas adicionales tendrán que esperar”, me dijo. “Mien- necesario en ese trópico despiadado y pegajoso, que era bañarme en
tras tanto, puede construir algunos muebles. Vea, ni siquiera tenemos el río, no por razones higiénicas, sino meramente para refrescarme;
sillas y mesas en los edificios”. Puse manos a la obra, ya que necesi- era, posiblemente junto al tabaco, el único placer que otorga ese
to estar ocupado en menesteres de mi oficio de carpintero y nunca charco pestilente. Amarraba mi bote a un árbol, para evitar que se lo
fui ocioso. Un día llegó un colombiano, Patrocinio Cuéllar, todavía llevara la corriente, y me zambullía en esas aguas cálidas. Mientras
socio de don Julio en Puerto Colombia, y me preguntó si estaba con- flotaba junto al bote durante al atardecer ––eran precisamente las
forme con mi trabajo y con el lugar, pregunta meramente formal, ya seis de la tarde–– sentí el estampido de un arma de fuego que prove-
que yo expresaba a diario mi entusiasmo y no me quejaba del clima. nía de la jungla impenetrable; luego el escalofriante silbido y el im-
El colombiano era joven y pretencioso, y simulaba interesarse por mi pacto de la bala al penetrar en el bote, debajo de la borda; un segun-
trabajo, por el trato que recibía de mi jefe, Paulino Solís. ¿Por qué lo do y un tercer disparos impactaron en el mismo lugar, a pocos
hacía? ¿Quién era yo? Apenas un carpintero y le confieso que me centímetros de donde me hallaba flotando. Nunca sabré si fue una
llamó la atención tanta consideración. Acaso, pensé, en las seccio- advertencia, o si, efectivamente, quisieron matarme. Entonces el te-
nes caucheras de la Casa Arana se preocupaban por el bienestar de rror empieza a corroernos, la imposibilidad de escape ––quién po-
sus empleados. Como pronto verá, fue un imperdonable espejismo. dría sobrevivir dentro de esa vegetación maldita–– es nula. Pero, aun
El 17 de marzo, aún no habían llegado las maderas para construir las así, jamás me hubiera prestado a cazar indios. Subrepticiamente, lle-
barracas y ya no tenía más mesas y sillas que construir. Se lo comu- gué a la orilla, me vestí y partí hacia la barraca que compartía con al-
niqué a Cuéllar y, también, le pedí que me asignara otra tarea ya que, gunos buenos amigos, entre ellos, el contador Salcedo. Fue como si
como le dije, por mi temperamento no podía permanecer inactivo. hubieran visto resucitar un muerto, como si hubiese llegado un es-
Fue entonces cuando escuché esas palabras que restallaron como un pectro. Habían temido lo peor. Vieron a Cuéllar y a un indio, arma-
látigo: “Unos indios recolectores de caucho se han escapado. Usted dos de carabinas, adentrándose en la espesura rumbo a la orilla del
y otros pocos partirán para darles caza”, dijo Cuéllar, como si se tra- río y creyeron que jamás saldría con vida. Esa noche nos turnamos
tara de la más cotidiana de las tareas. ¿Cazar indios? La propuesta para montar guardia. Nunca podré agradecer a mis compañeros se-
era abominable, inaceptable. Quizá fue mi expresión de ira, de firme mejante muestra de amistad.
negativa, lo que molestó a Cuéllar. Especifiqué que había sido con- Al día siguiente, ya había tomado la decisión de salir de ese infier-
tratado como carpintero, y no como cazador de indios. “No creí que no. Debía dar un paso previo, en el cual la mayoría de los emplea-
fuera tan cobarde”, respondió el colombiano. No se trataba de cobar- dos naufragan, que era demostrar que no se tenía deuda alguna con
día, no señor. Esa cacería no me concernía, ni iba a ensuciar mis ma- la Casa Arana, algo que no me fue difícil de obtener, ya que el pro-
nos con la sangre de esos pobres indígenas. Creí, erróneamente, que pio Augusto Salcedo era el contador y me extendió el correspondien-
el capítulo se había cerrado, que me dejarían en paz, que volvería a te certificado. Los jefes tenían la diabólica virtud de endeudar a in-
mi condición de artesano. El 30 de marzo, entré al almacén que tie- dios y empleados, lo cual terminaba convirtiéndose en esclavitud.

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Cuando Cuéllar se enteró de que tenía en mi poder un certificado endemoniados ríos, los remolinos están a la orden del día: aparecen
que indicaba que nada les debía, dejó cesante a Salcedo. Puede re- de la nada, dotados con una feroz fuerza centrífuga y son de resulta-
sultar exasperante permanecer en esa sección cauchera, inactivo, re- dos imprevisibles. Uno de estos monstruos acuáticos nos tomó por
celando de cada movimiento, esperando poder partir. Desde el mis- sorpresa ––que, por otra parte, es su modo de atacar––, ya que no dan
mo momento en que nada debíamos, éramos libres; pero no todas tiempo a nada, y en un abrir y cerrar de ojos giramos enloquecida-
las semanas llegaban lanchas para trasladarnos hasta Argelia, don- mente hasta que la canoa se dio vuelta, arrojándonos a esas aguas te-
de luego abordaríamos el Liberal. A medida que pasaban los días, mibles. Fue gracias a la pericia, a la experiencia y a la valentía de los
crecía nuestra incertidumbre, como si cada atrocidad que presenciá- tripulantes que Salcedo y yo estamos con vida, ya que nos socorrie-
bamos formara un cerco cada vez más difícil de sortear. Los que re- ron de inmediato. De no haber sido por ellos, habríamos perecido
gresaron de la misión a la cual me negué a participar, proclamaron ahogados y vaya usted a saber dónde habrían aparecido nuestros po-
a voces que habían matado a cuarenta indígenas prófugos, como si bres cuerpos. No perdí la vida, pero, en cambio, mi valiosísima caja
se hubiera tratado de animales. A los indios, señor, los cazaban. Era de herramientas fue a parar al fondo del río. Costaba sesenta libras
un horror inexplicable para cualquier cristiano, una abominación de esterlinas, señor. Cuatro meses de trabajo en Puerto Colombia.
la condición humana, una perversidad demoníaca las que caían so- Por fin, algo maltrechos, llegamos a La Unión y no me fue difícil ir
bre esos pobres indios amazónicos que nada podían hacer para es- por tierra hasta Argelia, ya que existe una senda bien señalizada en
capar de ese infierno. Había un depósito, una especie de galpón don- la selva. Diga usted que, en aquellos años, don Julio aún no se había
de se hacinaban los indígenas que recolectaban el caucho. He visto apoderado del todo del Caraparaná y existían, más en la ficción que
morir indios después de haber recibido seiscientos latigazos. Imagi- en la realidad, secciones caucheras con patrones colombianos, que
ne cómo queda un ser humano después de ser azotado seiscientas eran sus socios. De no haber sido así, nunca hubiera llegado a Iqui-
veces. tos. Porque en Argelia finalmente me encontré con un ser humano,
Lo que pronto acordamos con Augusto Salcedo es que debíamos huir una rareza, créame, en esos parajes, que era don Hipólito Pérez, un
de inmediato. Cómo nos iban a dejar con vida, habiendo sido testi- colombiano de pura cepa, quien a pesar de haber sido sobrepasado
gos de esos crímenes infames. Pero hubiera sido demencial internar- en el manejo de la sección cauchera por don Julio, me dio trabajo.
se en la selva, con rumbo impreciso, sin guías, acosados por las ali- Seis meses después, escuché una sirena: era la del Liberal, que se
mañas y, peor aún, por los cazadores de Puerto Colombia que aproximaba a Argelia. Sin comunicación con Iquitos, salvo la fluvial,
saldrían a encontrarnos. Entonces, el destino quiso que pasara por nunca se sabía cuándo llegaría un barco, ya que sólo podía presumir-
allí una canoa, aquellas de gran tamaño que transportan provisiones, se; supe, entonces, que por fin me iría a Iquitos, aunque no resultó
que pertenecía a los señores Ordóñez y Martínez ––paradójicamen- tan fácil como inicialmente creí. A bordo del Liberal viajaba don Li-
te, socios en vías de extinción de don Julio–– y acaso nuestras expre- zardo Arana, el incorregible hermano de don Julio, que desembarcó
sionesdesesperadas, nuestras súplicas conmovieron a quien estaba en Argelia como quien lo hace ––sólo imagino–– en un puerto euro-
a su cargo, ya que nos permitieron embarcarnos. Se dirigía río aba- peo. Impecablemente vestido de blanco, cuello duro y moño, pare-
jo, a La Unión, donde ya sabrá lo que sucedió el año pasado cuando cía que se dirigía a alguna remilgada ceremonia en el Palacio Piza-
hasta allí llegaron el Liberal y la Iquitos , y la infame matanza de co- rro, en Lima. Don Lizardo se asemejaba a un maniquí en un
lombianos que llevaron a cabo. Usted me dice que estuvo cerca de escaparate, con sus mejillas rellenas, su nariz respingada y un proli-
La Unión durante aquel ataque y que pagó las consecuencias junto jo bigote en forma de manubrio, con puntas que intentaban elevar-
con un amigo. Pues bien, señor, agradezcamos el estar vivos. Porque se. Pero la vida y Dios me habían dado la oportunidad única y en te-
apenas Cuéllar nos descubrió a bordo de esa canoa, gritó desde la rritorio seguro, de revelar lo que sucedía en Puerto Colombia, y eso
orilla: “¡Deberían haberse escapado mucho antes!”. Ese fue el prelu- fue lo que hice al relatárselo, con pelos y señales, a don Lizardo. Qué
dio de una lluvia de balas que provino de la orilla. Pero Dios quiso peligro podía correr allí, en Argelia, donde la mera presencia de don
que estuviéramos fuera de su radio de alcance y navegamos río aba- Hipólito Pérez imponía algún respeto. Pero este Arana no estaba he-
jo hacia La Unión. Sin embargo, la selva, el desconcertante río, son cho de la misma sustancia que don Julio César; era un simple pin-
tan peligrosos como ciertos cristianos. No sé si sabrá que en estos che, una marioneta que sólo cumplía órdenes, un borracho empeder-

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nido como lo demostró al poco tiempo, y nada resolvió. Me sugirió a mis revelaciones. Fui de una ingenuidad suprema: esa costumbre
que hablara con su hermano, en Iquitos. No se le movió un múscu- de moverse, en realidad, se la provocaba su atormentadora ciática.
lo, no transmitió la mínima expresión de asombro, de indignación, Pero don Julio no se quedaría con la última palabra en este asunto.
cuando le revelé las atrocidades en Puerto Colombia. Fue Pérez el Quedó atónito cuando desplegué sobre la mesa una declaración, fir-
que me abrió la puerta hacia la libertad. “Tiene mi permiso para ir a mada por ocho testigos, entre ellos nada menos que el contador, Au-
Iquitos, Blanco”. Don Lizardo no pudo oponerse y aceptó que par- gusto Salcedo, y uno de los propietarios, don Hipólito Pérez. El do-
tiera en el Liberal. “No obtendrá de don Julio sino justicia”, dijo con cumento era lapidario: señalaba que, contrariamente a lo que
sorprendente convicción. estipulaba mi contrato, se me había ordenado cazar indios y que ha-
Lo único que pude salvar de aquel espantoso remolino fue mi con- bía perdido todas mis pertenencias, estando al servicio de la compa-
trato, ya que lo llevaba conmigo, protegido contra el agua. Creí inge- ñía. Don Julio, acaso presionado por mi empecinamiento, finalmen-
nuamente que esa clase de documento era suficiente para no pagar te me preguntó qué quería. “Seis meses de salario, y una
el pasaje hasta Iquitos; después de todo, la Casa Arana me había tras- compensación económica por la pérdida de mis herramientas y ob-
ladado a esas latitudes y no recuerdo haber pagado el pasaje de ida. jetos personales”, le dije. Permaneció pensativo, tal vez ganando tiem-
Pero el capitán Carlos Zubiaur fue inflexible: el traslado costaba ca- po al evitar una respuesta categórica. “¿Puedo pedirle un pequeño
torce libras esterlinas y nadie, ni siquiera exhibiendo un contrato fir- favor?”, preguntó. “Preferiría escuchar la versión de Cuéllar, con res-
mado por don Julio, se libraba de pagar. Catorce libras esterlinas, se- pecto a lo ocurrido en Puerto Colombia, que está próximo al llegar
ñor. Un mes de trabajo. De nada sirvieron mis protestas, ni el haber a bordo del Cosmopolita ”. ¿Cómo negarme a un pedido del hombre
recurrido a don Lizardo para que interviniera. ¿Acaso la compañía más poderoso de la Amazonía?
no se llamaba Julio C. Arana & Hermanos? ¿No era él hermano del Fue un grueso error, una imperdonable concesión. Pero no fue la co-
titular? ¿Cómo era posible que un simple capitán, a quien él le pa- bardía lo que me llevó a hacerla. Me pareció hasta cierto punto ra-
gaba el salario, pasara por encima de un Arana? Don Lizardo, para zonable. El problema fue que pasaron dos meses y Cuéllar aún no
ese entonces, ya estaba algo ebrio y, como Poncio Pilatos, se lavó las había llegado a Iquitos. No me fue difícil averiguar el motivo de esa
manos. Y así fue, señor: tuve que pagar las catorce libras esterlinas inexplicable demora: un empleado de la Casa Arana recientemente
para salir de ese infierno, lo cual ––debo decir–– no es un precio de- despedido me informó que don Julio le había enviado una nota a
masiado alto. Cuéllar al Caraparaná, instándolo a que postergara su viaje hasta
No puedo decir que durante el viaje de regreso a Iquitos haya sido nuevo aviso. No me quedó otro recurso que recurrir a un abogado,
molestado. Apenas desembarqué, el 3 de octubre, fui derecho a las y fue ahí donde cometí el segundo error, ya que es raro que, en el Pe-
oficinas de la Casa Arana para entrevistarme con don Julio, contar- rú, un letrado no se venda a quien más poder tiene. Visité al doctor
le lo que había sucedido en Puerto Colombia y exigir una reparación Lanatta, llevándole toda la documentación en mi poder, y le ofrecí
económica por los sueldos no percibidos y por la pérdida de mis he- la mitad de la compensación que pudiera obtener de la Casa Arana.
rramientas, que eran todo mi capital de trabajo. Me recibió en su so- A los pocos días me citó. “Olvídese de esto y acepte lo que Arana le
brio despacho y, debo reconocer, que era un hombre imponente y ofrezca. Es imposible batallar legalmente contra Julio César Arana”,
prolijo. Nunca se lo iba a encontrar en mangas de camisa, a pesar fue su inesperado consejo. ¿Por qué ese repentino cambio? ¿A qué
del calor, y su elegancia era proverbial. Le relaté los pormenores, sin atribuir ese intempestivo desvío? A un motivo muy simple, que me
omitir detalle, de todo lo que había presenciado en susposesiones, hace maldecir a los abogados de Iquitos: se había aliado con don Ju-
lo cual no pareció afectarle: su expresión, es decir, esos ojos negros lio y le había vendido toda mi documentación por veinte libras es-
que tenían el raro poder de perforar a su interlocutor, era de una terlinas. Fue quizá la furia, la imposibilidad de contenerme, el haber
asombrosa neutralidad, como si mis palabras no le produjeran efec- sido estafado, el manoseo de la palabra, de la buena fe, los que me
to alguno. “A usted no lo conozco. Sus reclamos son inútiles”, fue lo impulsaron a dirigirme a las oficinas de la Casa Arana. Ninguno de
único que me dijo el gran Julio César Arana. Por momentos, mien- los empleados se atrevió a interceptar mi avance hacia ese despacho
tras le relataba los sucesos de Puerto Colombia, se revolvía como si al que bien conocía. Cuando me vio irrumpir en su escritorio, don
no encontrara una posición cómoda. Creí que su inquietud se debía Julio frunció el ceño y me contempló hierático. Su mirada, le asegu-

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ro, daba terror. Era como la de un animal acorralado. Pero nada hi- Para entonces, Walter Hardenburg ya tenía en su poder dieciocho tes-
zo, sino escucharme. Luego, impasible, se dirigió hacia la caja fuer- timonios certificados ante escribano público de personas que trabajaron
te y extrajo el equivalente, en soles peruanos, a quince libras esterli- para la Casa Arana en el Putumayo.
nas. ¡Quince libras por los trabajos que hice en ese infame río!
¡Quince libras por mis herramientas perdidas! Y, por si esto fuera po-
co, me aclaró que no lo hacía por obligación, sino como un regalo,
Durante el resto de su permanencia en Iquitos, que se extendió has-
ya que mi contrato no había sido legalizado por un escribano públi-
co, con lo cual carecía de valor. Conté deliberadamente uno a uno ta fines de mayo de 1909, Walter Hardenburg prosiguió con sus clases de
los billetes que había dejado sobre el escritorio y, sin pensarlo, sin inglés, enseñando a sus pupilos y alojándose en la casa de Guy T. King.
dudar, sin tener en cuenta a quién estaba desafiando, los arrojé a sus Aparentemente, se había propuesto escribir un libro y estuvo preparan-
pies. No los necesitaba, le dije, y le sugerí que los guardara para en- do una suerte de esqueleto narrativo, recordando y trasladando al papel
grosar sus sucios millones, obtenidos gracias a los azotes que les apli- sus experiencias en el Caraparaná, recopilando testimonios de ex emplea-
caban a los indios. dos de la Casa Arana certificados ante escribano público que coincidían
en su narración de las atrocidades que se cometían contra los indios y al-
Walter Hardenburg escuchaba atentamente. Por fin existía un testi- gunos blancos. Llama la atención que haya permanecido tanto tiempo, y
go de carne y hueso que relatara los horrores del Putumayo y del abso- el argumento de que acaso estaba ahorrando para pagarse el pasaje de
luto conocimiento que tenía de ellos Julio César Arana. Todo formaba regreso a los Estados Unidos es poco convincente. En realidad, en sus
parte de una macabra fachada, de la cual eran cómplices todos y cada planes jamás incluyó regresar a su país. Había puesto la mira en Londres,
uno de los miembros de la Casa Arana, o, para ser más exacto, de la Pe- donde estaba la sede de la Peruvian Amazon Company y en el directo-
ruvian Amazon Company . Ahora sólo necesitaba que Aurelio Blanco, an- rio británico que la integraba. Allí pretendía hacer llegar ––no sabemos
te escribano público, ratificara esas declaraciones. Pero Blanco estaba bien cuál–– su libro o el material probatorio. Esta etapa de Hardenburg
curado de espanto en materia de abogados y escribanos; su experiencia en Iquitos es quizá la más oscura y ambigua de su tránsito por el Ama-
en Iquitos con el doctor Lanatta le bastó para no ignorar que notarios y zonas. Si para mediados de 1908, como surge de las fechas de la mayo-
letrados se vendían al mejor postor. Si lo ratificaba ante un escribano y, ría de las cartas que le remitieron las víctimas de Arana, estas ya estaban
luego, este vendía el documento a Arana, su vida podría acabarse en un debidamente certificadas por un escribano, no se entiende por qué pro-
instante. longó hasta junio de 1909, es decir hasta un año después, su estadía. En
Para Walter, esa negativa debe de haber sido funesta. Haber viajado cuanto a los recuerdos de su fatídica experiencia en el Caraparaná, po-
hasta Manaos, gastar parte de sus escasos ahorros, para volver con las día escribirlos en Iquitos, en Youngsville o en el camarote de un barco.
manos vacías. Blanco lo autorizó a que utilizara sus declaraciones como Lo único que tenemos claro es que su destino era Londres y que pensa-
más le conviniera, pero sin la presencia de abogados, ni de escribanos. ba hacer públicas sus revelaciones sobre el Putumayo. ¿Por qué, enton-
No era exactamente lo que había venido a buscar y, por lo tanto, tenía ces, permanecer tanto tiempo en el Amazonas?
que entablar alguna negociación, alguna evidencia de que no se trataba La primera sombra de sospecha es la carta que le envía el doctor Ju-
de declaraciones falsas. Necesitaba una garantía. Llegaron a un acuerdo: lio Egoaguirre ––abogado de Julio César Arana y alumno de Harden-
Blanco le escribiría una carta contando lo que había presenciado y se la burg–– a don Julio. En esta, como se señaló, le manifiesta a su cliente que
enviaría a Iquitos. el joven norteamericano exigía siete mil libras esterlinas por sus perdidas
Walter Hardenburg ya nada tenía que hacer en Manaos. Se embarcó pertenencias. En caso de no recibirlas, y siempre según Egoaguirre, Har-
en el Yavarí , frustrado porque volvía con las manos vacías. Pero Blanco denburg daría a conocer en Londres el resultado de sus investigaciones.
cumplió. Meses después, Hardenburg recibió en Iquitos una carta en la El hecho de que el maestro y el alumno se encontraran dos veces por se-
que el carpintero vertía los recuerdos de esa infame estadía en la selva. mana, tal vez haya permitido un clima de confianza en el que cupo la po-

180 181
sibilidad de plantear un reclamo económico de tamaña magnitud. Tam- denburg decide embarcarse en el Yavarí , rumbo nuevamente a Manaos,
bién Egoaguirre pudo haberlo sondeado para verificar cuánto sabía y si una escala absolutamente innecesaria y, más sospechoso aún, sin moti-
esa información tenía su precio. Son esta ambigüedad y algunos hechos vos aparentes para dirigirse a esa ciudad. Pero aquí no terminan las “coin-
que francamente lo incriminan en la figura del chantaje lo que hace tan cidencias” y, si las consideráramos tales, caeríamos en la misma ingenui-
difícil extraer conclusiones definitivas. dad de Richard Collier. Según la versión de este, el joven viajero se enteró
La primera sombra que se proyecta sobre este pionero de los dere- en un casual encuentro callejero, dos días antes de que zarpara el barco,
chos humanos, es su inexplicable amistad con Julio Murriedas. Como se- que en el mismo también viajaría su inseparable amigo Julio Murriedas,
ñalamos anteriormente, este último fue quien publicó una carta en el pri- con destino a Manaos. Es inadmisible suponer que desconocía este he-
mer número de La Sanción, destapando esa olla pestilente que luego se cho y, mucho menos, que Murriedas había vendido su plantación de cau-
denominó Putumayo. ¿Quién era este Murriedas? Un español dipsóma- cho a otro español, Estanislao Bazán, que le había abonado con una le-
no y proclive a la juerga que vivía en Iquitos, sin ocupación. Por qué Har- tra de cambio por valor de 830 libras esterlinas. La letra de cambio,
denburg y él se volvieron inseparables sigue siendo un misterio. El hecho fechada el 6 de junio de 1909, había sido emitida por una prestigiosísi-
de que Murriedas hubiera escrito una carta a La Sanción y que le reve- ma firma comercial de Iquitos, Wesche & Co., pero Murriedas esgrimió
lara a Walter otras atrocidades cometidas por la Casa Arana no justifica, un argumento que pareció convencer a Hardenburg, en lo que sería el
de ningún modo, una amistad. Richard Collier da el poco convincente primer paso de una novela policial poco sólida: no le convenía negociar
argumento de que Hardenburg “encontró en este jovial y obeso español la letra de cambio en Iquitos, sino en Manaos, donde los descuentos eran
al más divertido de sus testigos, al que más respondía a su causa”. Cabe inmensamente menores. Esa postergación tendría consecuencias que se-
también preguntarse por qué la policía de Iquitos los vigilaba tanto, y por rían fundamentales para la trama, ya que Murriedas no tenía un centavo
qué hasta el propio prefecto de Loreto, Carlos Zapata, tenía información y Walter se ofreció a pagarle el pasaje hasta Manaos. El norteamericano
al respecto. Era inevitable, por otra parte, que en una ciudad tan peque- le ofreció, además, veinte de las cuarenta libras esterlinas que había aho-
ña como Iquitos esta flamante amistad no pasara desapercibida y que na- rrado. Según ese relato de los hechos, Murriedas, apenas cobrara la letra
die haya advertido a Hardenburg que esa relación no lo favorecía. Tan de cambio en Manaos, seguiría viaje con él hasta Pará, en la desemboca-
íntimos se habían vuelto que Murriedas lo invitó una vez a conocer su dura del Amazonas, para continuar a Europa. Pero Walter Hardenburg
pequeña plantación de caucho, río arriba, propiedad que terminó envuel- no era crédulo, ingenuo, ni carecía de experiencia en la vida.
ta en una descarada estafa. Ambos partieron de Iquitos a bordo del Yavarí, y el 13 de junio arri-
El 21 de mayo de 1909, Walter había acumulado material no ya pa- baron a Manaos. Aquí se produce otro giro en el ambiguo sainete, ya que
ra escribir un libro, sino un tratado. La relación con su anfitrión, el cón- Walter quería alojarse en el Casino Hotel, y Murriedas en el Grand Ho-
sul Guy T. King, se había deteriorado no por la prolongada convivencia, tel Internacional, el mismo en que se alojara el año previo el joven nor-
sino por las entrevistas que su huésped mantenía en su casa con víctimas teamericano. Una vez más, Hardenburg sucumbió a las solicitudes de
de la Casa Arana, lo cual era lo menos conveniente para sus funciones Murriedas. No sólo terminó alojándose en este último hotel, sino que de-
consulares ya que lo comprometían frente a las autoridades iquiteñas. bió compartir la cama con el español, ya que el propietario del mismo
Fue ese día cuando Hardenburg le reveló el material que había pacien- alegó no tener más lugar. La supuesta ingenuidad de Hardenburg tendría
temente obtenido a lo largo de meses y le preguntó si estaba dispuesto a más derivaciones. Walter llevaba una carta de presentación para un pres-
remitírselo al embajador norteamericano en el Perú. King se negó. tigioso colombiano, Justino Espinosa, que se alojaba en Manaos en casa
El 1 de junio, Walter presentó su renuncia como maestro de inglés en del cónsul de Colombia. En cuanto se conocieron, Espinosa le narró to-
el Colegio Secundario Departamental de Iquitos, ante su director, Sera- do lo que sabía acerca del Putumayo, de Julio César Arana, de testigos
fín Filomeno Peña, anunciando que partía a Londres. La compañía na- que habían padecido maltratos y habían presenciado los horrores: él ha-
viera Booth tenía vapores que partían desde Iquitos a Londres. Pero Har- bía sido desalojado de la región y ahora, en Brasil, intentaba llevar a ca-

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bo proyectos comerciales. Si el joven norteamericano quería pruebas con Murriedas, le reclamó las veinte libras esterlinas que le había pres-
acerca del conocimiento de Julio César Arana de lo que verdaderamen- tado.
te sucedía en sus territorios, le bastaba con hojear un ejemplar del diario Es una versión ingenuamente melodramática. Es inexplicable que
Jornal do Comercio, del 14 de setiembre de 1907. Cuando consultó el ar- Walter, que parecía un perro sabueso en busca de información que com-
chivo del periódico, se encontró con un artículo titulado “Bestias con for- prometiera a Arana, no haya averiguado que en Manaos existía otro dia-
ma humana”, donde se denunciaban la misma clase de hechos que ya he- rio, el Amazonas , en la calle Itamaracá, y que durante su declaración, en
mos mencionado. Las mismas flagelaciones, mutilaciones y muertes, 1913, ante la comisión del parlamento británico, haya insistido en ese
relatadas por un sobreviviente colombiano, Roso España. Poco después, desconocimiento. El problema fue que la Casa Arana recibió una carta,
el periódico ––posiblemente debido a acciones legales de Arana–– se re- después de que Hardenburg publicara en la revista británica Truth en se-
tractó de todo lo publicado. tiembre de ese mismo año las revelaciones del Putumayo. El membrete
La estadía de Hardenburg en Manaos, narrada por Richard Collier, de la misma decía: “Oficinas de Amazonas, calle Itamaracá, Manaos”.
abunda en intrigas y reuniones secretas. El autor llega a asegurar que Ju-
lio César Arana se encontraba en esa ciudad moviendo maquiavélica- Manaos, 16 de noviembre de 1909.
mente los hilos, sobornando a directores de periódicos, mientras el joven
Señores J. C. Arana & Hermanos
ingeniero norteamericano era manipulado y hasta estafado por Julio Mu-
Presente
rriedas. Porque, siempre según la versión de Collier, Murriedas, momen-
táneamente impedido por las consecuencias de una formidable borrache- Señores:
ra, no cobró la letra de cambio por 830 libras esterlinas que le extendiera
Estanislao Bazán por la compra de su plantación a través de un docu- En respuesta a su carta de hoy, preguntándome si fui procurado en
mento de la firma Wesche & Co., de Iquitos, sino que prefirió endosarla mi calidad de editor por un señor Hardenburg que pretendía hacer
con las palabras “Pagar a la orden del señor W. H. Hardenburg, por el chantaje contra la Peruvian Amazon Co., de quienes son ustedes los
valor recibido”. Y es aquí cuando surge la peor de las sospechas: ¿Quién representantes en esta ciudad, les diré:
sería capaz de endosar una letra de cambio de nada menos que 830 li-
1) En junio del corriente año, no recuerdo el día con exactitud, un
bras esterlinas y pedir que la cobre otro? ¿Por qué esperar hasta último
hombre que se decía ser W. E. Hardenburg, americano, y que acaba-
momento (el barco zarpaba hacia Pará a primera hora del día siguiente)
ba de llegar del Putumayo, acudió a nuestra oficina durante mi au-
cuando es lo primero que debió hacerse al llegar? Además, cobrar un do- sencia y, en español, muy mal hablado, dijo a mi compañero, señor
cumento por ese monto no era tan sencillo, ya que alguien debería pre- Balina, que tenía en su poder documentos muy comprometedores pa-
sentar en el banco al tenedor del mismo. Quién en Manaos se hubiera ra la Peruvian Amazon Company Co., y que los vendería por Rs
atrevido a introducir a Julio Murriedas, un borracho sin ocupación para (reis) 9 1.500.000 moneda brasileña (cien libras esterlinas). Natural-
que embolsara semejante suma de dinero. Entonces Hardenburg, como mente, el señor Balina le dijo que no hacíamos negocios de esa cla-
si no fuera un hombre que había conocido los rigores ––y horrores–– del se, pero como el hombre insistiese, le hizo referencia a mi persona,
Amazonas, sino un escolar sin malicia ni experiencia, decide cobrar él pues yo podía extenderle y hacerme entender mejor.10 Al día siguien-
te, reapareció y me repitió su oferta, a lo que respondí prestamente
esa letra. ¿Quién podía presentarlo en el Banco do Brasil? ¿Por qué no
que eso sería considerado chantaje y, por consiguiente, un crimen a
recurrir a Justino Espinoza, tan amable y que le había suministrado la in-
los ojos de la ley.
formación que había publicado un diario local? El colombiano no opu- Un día después regresó nuevamente y pidió Rs 1.000.000 y, después,
so reparos y lo acompañó al banco. W.E. Hardenburg firmó la letra y se 500.000; naturalmente, sin otro resultado que la amenaza de infor-
retiró con 830 libras esterlinas en el bolsillo. La ingenuidad de Collier es mar a la policía, no habiendo regresado a nuestra oficina.
tal que llega a decir que, apenas Hardenburg llegó al hotel y se encontró Algún tiempo después, fui nuevamente procurado por un tal Castro

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Díaz, quien dijo ser un agente de Hardenburg y quien me ofreció los zónica. Pero su misma juventud, probablemente, lo lanzó a la desespe-
documentos sucesivamente por Rs. 200.000 y 100.000. ranza económica y eran preferible diez libras esterlinas a nada. Esto, cla-
Cuando este hombre me pidió la última cantidad, me enseñó los lla- ro, deber de haber ocurrido antes de cobrar la letra de cambio por 830
mados documentos, que creo son los que cita Truth en algunos artí- libras.
culos de la misma índole.
Pero luego surgió ––y esto es indiscutible–– que la letra de cambio ha-
Finalmente, el tal Castro Díaz me encontró una mañana en la calle
bía sido falsificada, lo cual complica más a Hardenburg. Es imprescindi-
y me dijo que Mr. Hardenburg partía para Nueva York y Liverpool,
y me ofreció una última oportunidad de obtener los documentos por ble reproducir una carta enviada a las oficinas de Arana, en Iquitos, por
Rs. 50.000, lo que no acepté. Wesche & Co.:

2) Si hubiera alguna cosa más a este respecto y que desean saber, ten- WESCHE & CO.
dré mucho placer en satisfacerlos. Iquitos (Río Amazonas), Perú
Iquitos, 4 de noviembre de 1909.
De ustedes, atto, servidor
Señores Peruvian Amazon Company
Lyonel Garnier Presente
Editor “Amazonas”
Muy señores nuestros:
(El original de esta carta, escrita en inglés, tiene legalizada la firma
del conocido publicista Lyonel Garnier, de nacionalidad británica, Cumpliendo con sus deseos, nos es grato expresarles lo siguiente res-
por el notario público de Manaos, señor Barroso de Souza; la firma pecto de la letra falsificada número 6839.
de este funcionario está a su vez legalizada por W. Robilhard, vice- El 13 de julio pasado, fue presentada a nuestra casa en París una le-
cónsul de S.M.B. en la misma ciudad, con fecha 3 de enero de 1910.) tra firmada por el que suscribe, llevando el número 6839 y que apa-
rece ser girada en fecha 6 de junio próximo pasado a la orden de Es-
tanislao Bazán, quien la endosó a W. E. Hardenburg; este la vendió
Se ha intentado hacer creer que esta carta, escrita por un editor bri-
a su vez al Banco do Brasil en Manaos, y este la endosó a Rothschild
tánico, fue un contubernio entre él y Julio César Arana, para que W. H.
& Sons en Londres.
Hardenburg apareciera ante los ojos del mundo como un chantajista. De Nuestra casa no la aceptó porque no estaba mencionada en nuestra
ser así, es una pequeña obra maestra de la credibilidad. No sabemos, en carta de aviso y porque la apariencia de la fecha despertó sus supo-
primer lugar, qué motivos, necesidades económicas o principios éticos siciones. Tenía razón, pues nosotros no giramos tal letra; nuestro nú-
tendría Garnier para fraguar semejante mentira. Esta acusadora misiva mero 6839 se refiere a un giro nuestro contra la casa Th. Brugman
revela más bien una desmesurada ansiedad de Hardenburg para hacerse aquí.
de efectivo. Es muy fácil amenazar con la publicación de compromete- Tenemos la convicción de que el falsificador se ha servido de nues-
dores documentos en Londres; pero acceder a un editor que los publique tro giro número 6831, libras 10, del 31 de mayo próximo pasado, a
la orden de Escribano y Echeverría. En efecto, este giro 6831 no se
es difícil. Aunque Walter, como veremos oportunamente, lo logró. Pero
ha presentado hasta la fecha en nuestra casa de París, y la persona
en Manaos, en junio de 1909, le debe de haber resultado patético que allí,
que lo compró era desconocida por nosotros como lo es también el
en el epicentro del despilfarro, donde se hacían millones de la noche a la
nombre a cuya orden está expedido.
mañana con el caucho, donde la moral era inexistente, donde podían Por la tercera que nos mandó de Manaos, vemos que el falsificador
comprarse sentencias judiciales y sobornar hasta el último de los funcio- ha expuesto toda la letra a un baño químico, quitando así todo lo es-
narios, él estuviera a punto de embarcarse hacia Europa con apenas cua- crito con excepción de la firma y de la indicación “pagadero en Lon-
renta miserables libras esterlinas como todo fruto de una aventura ama- dres”, con tinta roja.

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No conocemos ninguna persona con el nombre de Estanislao Bazán. grado de tentativa–– al Banco do Brasil. Richard Collier, para justificar
Respecto a W. E. Hardenburg, sabemos por nuestra casa en Manaos la inocencia de Hardenburg, crea una situación donde Murriedas, desde
que es él la persona quien vendió el giro al Banco do Brasil. el momento mismo de la partida, cambia drásticamente de actitud: aban-
dona la bebida, se distancia de su compañero de viaje y, al llegar a Pará,
Somos de ustedes siempre att. y S.S. encuentra a viejos amigos y resuelve que no irá a España, como tenía pre-
visto, sino al Matto Grosso donde le habían ofrecido trabajo. Lo que el
pp. Wesche & Co.
autor omite es que Julio Murriedas intentó cometer otra estafa en Pará,
E. Strassberger
tratando de negociar nuevamente una letra de cambio con el Banco do
Brasil, pero fracasó y terminó en un calabozo.
Si nos atenemos a lo estrictamente objetivo, el único dato cierto es
La sombra que se cierne sobre Hardenburg es su prolongada amistad
que W. E. Hardenburg vendió al Banco do Brasil una letra de cambio por
con este delincuente. Pero, chantajista o no, Walter Hardenburg fue quien
830 libras esterlinas. Estanislao Bazán, como luego quedó demostrado,
le reveló al mundo las atrocidades que se cometían en el Putumayo. Al
era inexistente. Alguien falsificó una letra de cambio, a través de un pro- llegar a Liverpool, el 17 de julio de 1909, atesorando esa invaluable do-
ceso químico para lograr su cobro. El resto constituye una maraña de
¿no será Londres? cumentación, se aprestó a una aventura mucho mayor, esta vez no en la
subjetividades. Básicamente, las posibilidades son dos: la primera es que selva impenetrable del Amazonas, sino en los laberintos del poder y del
Murriedas y Hardenburg fueran cómplices de la falsificación y que se re- periodismo de la ciudad más importante del mundo.
partieran el dinero según porcentajes previamente pactados. La segun-
da, que Walter haya sido vilmente engañado y que, de buena fe, haya ne-
gociado la letra de cambio. Es difícil imaginar esa ingenuidad en un N OTAS
hombre a quien el dinero no le era para nada indiferente, que conocía
1
los códigos amazónicos, y que se había perdido lo que bien pudo haber Palabra que significaba, en términos generales, la captura de indios.
2 Adjunta una larga lista de capataces de las secciones caucheras de Arana, don-
sido la oportunidad de su vida con la pérdida del cincuenta por ciento
de figuran los más crueles, por ejemplo Víctor Macedo, Miguel Loayza y Armando
de la plantación cauchera La Reserva, en el Caraparaná, que le ofrecie-
Normand.
ra su propietario, David Serrano. Defensores y detractores del norteame- 3 Período en el cual el indio recolectaba el caucho y lo entregaba.

ricano (en realidad, mucho más los primeros que los segundos) han omi- 4
Walter Hardenburg tradujo esta carta al inglés en The Devil’s Paradise, y, al no
tido hechos innegables para transformar el asunto en una acuarela que existir, en la actualidad, ejemplares de La Sanción, el autor la tradujo al castellano.
5 “El cronista tuvo pudor para mentar los nombres de las rameras que tomaron
sólo admite el blanco y el negro.
parte en esta orgía, a la que por sarcasmo se le da el nombre de banquete”, Los Pro-
En el Perú, los defensores de Arana ––pocos, ya que está casi olvida- cesos del Putumayo.
do actualmente–– se aferran a la idea de que fue un patriota insuperable 6 En la sección cauchera Matanzas, Armando Normand se especializaba en to-

y que nada sucedió en el Putumayo. Para ellos, lo que se publicó en la re- mar de las piernas a los niños de pecho y estrellarles la cabeza contra un árbol.
7 El editor de The Devil’s Paradise, donde se publicó esta carta, prefirió omitir
vista Truth fue una sarta de mentiras, escritas por un chantajista. Los de-
detalles escabrosos.
fensores de Hardenburg, sostienen que fue una pobre víctima de un ge- 8 Aguardiente brasileño hecho con caña de azúcar.

nocida. Ambas versiones no se excluyen y parece innegable que Arana 9


Nombre de la moneda, en aquel entonces, en el Brasil.
10 El director del diario, Lyonel Garnier, era inglés.
fue un asesino y Hardenburg un chantajista.
Cuando Hardenburg y Murriedas finalmente partieron de Manaos, el
vapor en que iban, Ambrose (el mismo que tomó Eleonora Zumaeta
cuando se fue a vivir a Biarritz), de la compañía naviera Booth, hizo es-
cala en Pará, donde, increíblemente, se produjo otra estafa ––esta vez en

188 189
La ilusión europea

Londres, en 1909, tenía una poderosa fuerza centrífuga, como si atra-


jera ––sin capacidad de resistencia–– al resto del mundo. La Revolución
Industrial había sentado las bases para que Inglaterra, a partir de un vas-
to imperio que le suministraba materias primas, fuera el eje del planeta.
Sus industrias aún no había sido superadas por las de los Estados Uni-
dos. Pensemos, al azar, en parte de lo que se fabricaba: barcos de todo ti-
po de tonelaje, incluyendo los que pertenecían a su legendaria Armada;
automóviles y carruajes para todos los gustos; telas de calidad y textura
insuperable; platería, como la Sheffield, o porcelana como la Wedgwood,
por nombrar las más conspicuas; herramientas pluscuamperfectas; loco-
motoras, vagones y rieles que establecieron verdaderos dominios ferro-
viarios en la India y en Sudamérica. Ni hablar de su industria pesada, si
nos referimos al hierro, al acero, o al carbón;´ni de la crianza de los ani-
males de raza que poblaron las pampas argentinas. Sería imposible enu-
merar todo lo que construía esa gigantesca fábrica que era, en suma, una
isla no demasiado grande en términos geográficos, pero con un poderío
desmesurado. No había monarquía tan prestigiosa como la británica ni,
desde la época de Catalina la Grande de Rusia, en el siglo XVIII, había
existido una reina ––y emperatriz de la India–– como Victoria. Rule Bri-
tannia, no sólo era una canción marcial, sino una realidad absoluta en
términos políticos y económicos.
No es de extrañar, pues, que la capital del mercado del caucho fuera
Londres, lo cual significó que Julio César Arana del Águila Hidalgo de-
bió elegir esa ciudad para vivir con su familia. La Peruvian Amazon Com-
pany , con directorio formado en su mayoría por ingleses, tenía sus ofici-
nas en Salisbury House, London Wall, en pleno centro financiero
londinense, y carecía de sentido que Eleonora y sus hijos permanecieran

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en Biarritz, lo que propiciaba una separación casi permanente. Para la en familia, asistiendo ocasionalmente a alguna función de teatro que se
familia Arana, mudarse a Londres no era asunto menor. Biarritz era una organizaba en el castillo de Windsor, o cabalgando por los bosques de
suerte de isla cosmopolita, abierta a cualquier extranjero rico, y el hecho Balmoral, para su hijo era otra cosa. Viajaba permanentemente a París,
de ser sudamericano no era causal de discriminación. Ya hemos visto que donde se hizo célebre por sus amoríos y por su inveterado espíritu de
argentinos y chilenos, favorecidos por el fabuloso precio de la carne, los gourmet; derrochaba el dinero; tenía una amante oficial, la señora Kep-
cereales y los minerales, habían adquirido deslumbrantes villas y se em- pel, lo cual no parecía incomodar a su mujer, la princesa Alexandra y, pa-
pecinaban en parecer europeos. No era el caso de los Arana, que nunca ra horror de su madre, fue testigo en un caso de divorcio, asistiendo a
trataron de sofisticarse hasta el punto de introducir obsesivamente gali- una corte de justicia londinense. Victoria jamás se lo perdonó. Eduardo
cismos en su diálogo. La simpleza amazónica nunca los abandonó. Pero VII tiñó esta era con sus excesos y las clases altas británicas actuaron por
ahora debían dejar Biarritz y mudarse con hijos y servidumbre a una ver- identificación proyectiva, es decir, copiando al monarca. La conjunción
dadera metrópolis, donde las reglas eran otras. Se instalaron cerca de de una larga trayectoria como Príncipe de Gales, excluido de toda fun-
Kensington Gardens, en el número 42 de Queen’s Gardens, en una so- ción oficial por su implacable madre, y el comienzo del siglo XX, con
berbia casa de tres pisos con catorce personas de servicio. asombrosas innovaciones técnicas, permitieron el nacimiento de la era
En Londres, era la época eduardiana y los cambios en las costum- eduardiana. Si hubiera reinado Jorge V, nieto de Victoria e hijo de Eduar-
bres, en el estilo y en la moral habían sido notables. Después de sesenta do VII, jamás se hubieran permitido semejantes licencias.
y cuatro años de reinado de Victoria, que falleció en 1901, las corrientes El problema fue que Bertie, o Tum Tum, para sus amigos, era un pe-
modernistas que ya se venían observando desde mediados de la década cador incorregible. Su iniciación sexual se debió a la instigación desplega-
de 1890, rompieron todos los diques de contención, en particular en las da por sus compañeros del Cuerpo de Granaderos, en Curragh, Irlanda,
clases dominantes. Eso se debió en gran parte al breve reinado de Eduar- donde estaba destinado durante su ausencia de la Universidad de Oxford.
do VII ––bisabuelo de la actual soberana, Isabel II––, que subió al trono La favorecida fue una aspirante a actriz, Nellie Clifton, introducida de con-
en 1901 y reinó hasta 1910. El período eduardiano se extendió más allá trabando en el cuartel. Victoria y su padre, el príncipe Alberto, se entera-
de la muerte del monarca, hasta 1914, cuando se produjo otro deceso: el ron de esta aventura y tampoco se lo perdonaron, sobre todo porque, po-
de la belle époque , caracterizada por extravagancias y excesos. La reina cas semanas después, en 1862, fallecía Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha,
Victoria había representado todo lo que la burguesía británica admiraba príncipe consorte. Por si esto fuera poco, a mediados de la década de 1870
––y necesitaba–– para consolidarse. Un matrimonio impecable, sin má- conoció a Lillie Langtry y, aunque esta era casada, no tuvo vergüenza al-
cula de escándalo, feliz, con numerosos hijos, y una reina que parecía guna de pasearse con ella en carruaje por los parques de Londres.
más un ama de casa que una soberana. Los códigos morales eran abso-
lutamente rígidos. Hubiera sido inimaginable que Buckingham Palace,
Windsor o Balmoral albergaran a nuevos ricos, o a personas que hicie- Pero en 1909, la anciana reina ––y la vieja Inglaterra–– llevaba muer-
ran alarde de su riqueza. El diálogo sofisticado, la ironía, el doble senti- ta ocho años y en Londres se respiraban otros aires que, por cierto, le
do o los chistes de salón no formaban parte de esa corte.We are not amu- sentaban bien a Julio César Arana, amante de la buena ópera y de la co-
sed ––célebre comentario de Victoria ante un alto funcionario que quiso mida excelsa. Quizá sea necesario recrear ese escenario donde vivían los
ser gracioso–– pasó a ser una filosofía burguesa. Tampoco estaba amu- Arana que, aunque no tuvieron contacto con las clases dominantes, era
sed con la conducta de su hijo, el príncipe de Gales, o Bertie, como lo inevitable que estuvieran al tanto de las nuevas costumbres. ¿Por qué en
llamaban sus íntimos. La reina lo creía incapaz de gobernar. Jamás le con- la Inglaterra eduardiana no se podían tener amantes? Después de todo,
cedió responsabilidades de Estado, aun cuando era un hombre en edad el propio rey las tenía. Era un monarca permisivo con su propio entor-
madura. Si para Victoria ––antes y después de haber enviudado del prín- no, integrado por todos aquellos que exhibieran más riqueza que noble-
cipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha–– la felicidad equivalía a estar za, capaz de caer sin avisar a cualquier fiesta londinense, o de asistir a

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una cacería donde en un solo día se mataron mil trescientas aves. Siem- do, la institutriz les habrá cepillado una y otra vez el pelo que llegaba a
pre, claro, que estuviera invitada su amante de turno. la cintura, mientras en su impecable inglés les hablaría de la vida y de las
El mundo en el cual eligieron vivir Julio César y Eleonora Arana era buenas costumbres.“No, my dear, that’s highly improper for a young
demasiado deslumbrante para que les pasara desapercibido y eso se re- lady” debe haber sido la respuesta casi mecánica a algunas preguntas.
flejó en su vida doméstica. Los Arana tuvieron que vivir en ese Londres También, “Little children should be seen, and not heard ”, proclamado an-
que, curiosamente, tenía puntos de contacto con la primitivísima Iquitos. te el mínimo alzamiento de la voz. Y, si las niñas y los varones, Julio Cé-
El Amazonas tenía más relación con lo eduardiano que con lo victoria- sar y Luis, se ponían demasiado excitados después de cenar, tronaba una
no. El exceso y el dinero son el mejor ejemplo, y ambos abundaron en orden inapelable: “ Now, children, say good night to papa and mama and
Manaos y en Iquitos. En el Londres de comienzos del siglo XX, hasta los run along to your rooms ”.
rígidos códigos sociales era excesivos. El salto de la moral victoriana a la El matrimonio Arana no pudo trasladar todas sus costumbres ama-
eduardiana había sido cuántico. El adulterio, para ambos cónyuges, era zónicas al corazón de Kensington. Pero Julio César tuvo la insólita ini-
altamente recomendado, siempre y cuando pasara desapercibido. ciativa de llevarse consigo a Londres a un joven indio huitoto, Juan Ay-
Pero, claro, estaban las convenciones, acaso más rígidas que en la mena, arrancado de las entrañas de la selva, e inscribirlo en el Margate
corte de Versalles. Lo que se podía y no se podía decir durante las comi- College , en Kent. Quería que estudiara medicina y convertirlo en el pri-
das, a la hora del té, en las carreras de caballos, en los grandes bailes ––el mer médico huitoto. Sus hijas Angélica y Lily, como correspondía a una
que se realizaba anualmente en el Buckingham Palace, denominado familia católica y latinoamericana, estudiaban en el Convento del Sagra-
Court Ball, era el paradigma de la etiqueta––, en loscountry houses cuan- do Corazón , en Highgate. Una de las pocas concesiones que otorgó a su
do se practicaban juegos de salón, conformaban un voluminoso código educación amazónica fue llevar a su cocinera de Iquitos, Rosalía, para
de permisos y prohibiciones. que le preparara dos de sus platos favoritos: Pollo soufflé a la peruana y
Julio César Arana se instaló en Londres durante el apogeo de esta era Bananas al horno con queso y manteca . El buen menú, amazónico o eu-
y no eligió ni una casa de campo, ni una sobria residencia en los subur- ropeo, era primordial para Arana.
bios con su correspondiente jardín. Optó por una casa en la sofisticadí- Pensemos en algunos de los que integraban el directorio de la Peru-
sima calle Queen’s Gardens, alquilada con todo su mobiliario y, para se- vian Amazon Company , e imaginémoslos, junto con sus respectivas mu-
guir con la moda de la época, tenía catorce personas de servicio. jeres, sentados a la mesa del imponente comedor de los Arana. John Lis-
Posiblemente, en Iquitos, el personal habría sido más numeroso en lo que ter Kaye, un baronet (título nobiliario menor) relacionado con la gente
a cantidad respecta, aunque no en calidad. Una de sus hijas, Lily, que lue- más elegante de Londres era groom in waiting (u
go casó con Pedro del Águila Hidalgo, de Iquitos, solía comentar que, en vez a la semana) del rey Eduardo VII; John Russell Gubbins era esquire,
Londres, cada hermana tenía su propia institutriz; cuando regresó al Pe- otra suerte de título menor, y Henri Bonduel, un prominente banquero
rú para instalarse definitivamente, al principio no les hablaba a sus nue- francés. También integraba el directorio el barón de Sousa Deiro, presi-
vas amigas porque ninguna dominaba ni el inglés ni el francés. La resi- dente de Goodwin, Ferreira Company Ltd., posiblemente portugués, ya
dencia de 42 Queen’s Gardens fue una extraña mezcla de dos culturas: que la colorida corte tropical de don Pedro II, de Brasil, había desapare-
la europea y la amazónica. Las niñas ––Alicia, Angélica y Lily–– tenían cido hacía veinte años. Una cena eduardiana podía consistir en una exó-
institutrices que les enseñaban no sólo los idiomas sino también los com- tica combinación de platos bien diferente a la que se servía en un ban-
plicadísimos modales. Gladys Holliday era la gobernanta inglesa; Mart- quete victoriano. Así y todo, hubiera sido inimaginable recibir a estos
he, la francesa. Las señoritas Arana ya hablaban ese idioma por haber vi- encumbrados caballeros sirviéndoles Bananas al horno con queso y
vido tantos años en Biarritz. Imaginemos a Gladys cuando practicaba un manteca.
rito nocturno imprescindible para las niñas y señoritas: el cepillado de En este escenario deslumbrante, Julio César Arana sintió que había
pelo. El cabello largo denotaba virginidad: durante un tiempo prolonga- tocado el cielo con las manos. Tenía cuarenta y cinco años, era amo y

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señor de un imperio en el Putumayo, había formado una compañía bri- aventuras. Algunos autores afirman que se trató de un robo; otros, que
tánica y el dinero de la venta del caucho le llovía como maná del cielo. las semillas salieron del puerto de Pará, en la desembocadura del Ama-
Había alcanzado las máximas alturas a las que podía aspirar un hombre zonas, después de realizarse un convencional trámite aduanero. Wick-
de negocios: una familia y una gran fortuna obtenida con descomunales ham escribió acerca de este notorio suceso treinta años después de ha-
esfuerzos. Acaso, en alguna noche en que Eleonora y él quedaban solos ber ocurrido, de modo que cabe dudar de la precisión de su relato.
en el inmenso caserón, mientras los niños y el servicio dormían, habrá Tras la independencia de las repúblicas sudamericanas a lo largo del
recordado junto al fuego de la chimenea los días de Rioja y Yurimaguas, siglo XIX, los naturalistas comenzaron a llegar al Amazonas. Vivían su
la casa de Lamas, y se habrá alegrado de que hubieran terminado para apogeo y eran mayoritariamente ingleses ––Richard Spruce, Clements
siempre los largos recorridos por la selva como aviador, trabajo que siem- Markham, Alfred Wallace, entre otros–– ya que las nuevas repúblicas su-
pre había detestado. Londres le ofrecía lo que siempre había soñado pa- damericanas, a diferencia de los gobiernos coloniales, no opusieron re-
ra su familia: cultura, refinamiento, educación, grandes negocios. Y es- paros al ingreso de científicos extranjeros. Las primeras semillas trasla-
taba Convent Garden, al cual habrá asistido en varias oportunidades con dadas fueron de cinchona officinalis , árbol de cuya corteza se extrae la
su mujer. Llama la atención que a un vendedor de sombreros de paja, quinina. Richard Spruce seleccionó cien mil semillas de cinchona que
luego convertido en aviador y, por último, en cauchero, le gustara la ópe- Clements Markham hizo salir de Ecuador por el puerto de Guayaquil.
ra y poseyera la más importante biblioteca del Amazonas. Esto hay que En 1879, casi veinte años después de esta odisea, la quina florecía en las
atribuirlo, exclusivamente, a Eleonora. Había estudiado el magisterio en montañas Nilgiri, en la India, en una superficie que superaba las dos mil
Lima y tuvo la oportunidad de acceder a una cultura que en Rioja no hectáreas. La cantidad exportada ese mismo año fue de doscientos cua-
existía. renta toneladas. En defensa de Spruce, podría alegarse que la quina era
Iquitos, sin embargo, siempre estaba presente: Arana jamás renegó una materia prima que se utilizaba únicamente para fines terapéuticos
de sus orígenes amazónicos ni de su familia. En su casa se alojaban, cuan- (lo que no fue del todo cierto, ya que a mediados del siglo XIX se lanzó
do paseaban por Europa, la hija de Pablo Zumaeta, Elena, y hasta su mis- al mercado el agua tónica de quinina) y que las autoridades ecuatorianas
ma hermana, Petronila. carecían de una política conservacionista, lo cual equivalía a que, en un
A diferencia de la sociedad eduardiana, que tal vez creyó que los es- futuro no demasiado lejano, esta especie desapareciera.
plendores durarían eternamente, Julio César Arana veía nubarrones ame- Pero el caucho estaba lejos de ser una materia prima terapéutica. Su
nazantes. Es cierto que algunos se habían disipado: al haber constituido utilización en la guerra de Crimea, en la de Secesión Norteamericana y
una sociedad británica, ya no temía que si Perú cedía el Putumayo a Co- en la Franco-Prusiana en lo que a armamentos y equipos respecta, le otor-
lombia su empresa se viera afectada. Pero el caucho comenzaba a dar sus gó un valor hasta entonces inexistente. El imperio británico, naturalmen-
frutos en Malasia, a partir de las semillas de hevea brasiliensis sustraídas te, se interesó por ese valioso insumo. Durante sesenta años, Gran Bre-
del Amazonas que medraron en los jardines botánicos de Kew Gardens. taña había dependido del Ficus elastica, especie que abundaba en las
Ese robo descarado ––según los brasileños––, esa aventura que burló to- llanuras pantanosas del río Bramaputra, pero la imposibilidad de tras-
dos los controles aduaneros, fue el arma que, finalmente, derrumbaría su plantarlo a otras latitudes, forzó a funcionarios gubernamentales a otear
imperio. otros horizontes. En el Congo existía una variedad de alto rendimiento,
la Landolphia , una liana, pero los belgas habían llegado antes; en el nor-
deste brasileño, crecía la variedad Ceará, un pariente lejano de la man-
La proeza del inglés Henry Wickham, que en 1876 logró sacar del dioca, y en México y el Caribe abundaba la Castilla elastica . Estas eran
Brasil setenta mil semillas de hevea brasiliensis para depositarlas sanas, algunas de las más de cien especies de plantas cauchíferas del mundo,
salvas y germinadas en Inglaterra ––de donde luego emprenderían viaje ¿por cuál decidirse? Como siempre ocurre en la historia lo inesperado,
a latitudes orientales–– puede inscribirse en el más auténtico género de la circunstancia imprevista que permitió transformar la economía de un

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país y, en este caso, destruir la de varios. Aunque esta vez, se trató de un rios serían diez libras esterlinas por cada mil semillas. En una carta que
hombre y no de un hecho. le envió a Joseph Hooker, en octubre de 1874, Wickham dice: “A pesar
de que la suma que me han ofrecido me parece sumamente adecuada, us-
tedes se darán cuenta de que no será suficiente para pagar mi traslado a
Henry Wickham, hijo de una humilde confeccionista de sombreros y las regiones más provechosas sólo para recolectar semillas en pequeñas
de un procurador londinense que falleció cuando él tenía cuatro años, cantidades. Si me pudieran garantizar un número considerable de las mis-
llegó a protagonizar una de las aventuras más rentables para su país. En mas, estaría preparado para recolectar las mejores, en las zonas más apro-
su juventud, Wickham no mostró ambiciones profesionales definidas más piadas, para luego despacharlas”. La respuesta tardó seis meses en llegar.
allá de un intrínseco espíritu de aventura y una notable habilidad para el Pero era un óptimo comienzo, ya que le solicitaron que recolectase diez
dibujo. La búsqueda de lo exótico lo llevó, desde muy joven, a remotas mil. A partir de esta oferta, comenzó la aventura amazónica que, al cabo
junglas en Nicaragua y Venezuela, hasta llegar al río Orinoco y, por últi- de cuarenta años, destruiría el imperio de Julio César Arana en el Putu-
mo, al Amazonas. Se estableció en Santarém, sobre el río Amazonas en mayo y transformaría a Inglaterra en el principal productor de caucho:
territorio brasileño, con su madre y su prometida, Violet, que ya había el Amazonas, la hevea brasiliensis , los millonarios y el despilfarro se de-
cumplido los veintisiete años. En 1872 publicó su primer libro, Rough rrumbaron de la noche a la mañana, como un castillo de naipes.
Notes of a Journey Through the Wilderness from Trinidad to Pará, Bra- La tarea de Wickham fue titánica. Recolectar esa cantidad de semi-
zil, by way of the Great Cataracts of the Orinoco, Atapabo and Rio Ne- llas y enviarlas a Kew Gardens desde Santarém, un oscuro puerto sobre
gro (Apuntes de un viaje por zonas salvajes de Trinidad a Pará, a través el río Amazonas, pasó a ser su obsesión. El primer paso a dar tras encon-
de las Grandes Cataratas del Orinoco, Atapabo y Río Negro) . Era un bo- trar las semillas era seleccionar las mejores. El 6 de marzo de 1876, es-
rrador confuso e impreciso, pero tenía un valor incalculable: Wickham cribió una nota para enviársela a Hooker, desde el río Tapajós. “Ahora
había descubierto el caucho y logró, después de innumerables peripecias, estoy recolectando semillas en este río, poniendo cuidado en elegir sólo
sangrarlo. El 8 de enero de 1869, había sangrado los primeros cien árbo- aquellas de óptima calidad. Espero partir pronto a Inglaterra con un car-
les, aunque ––según escribió–– el rendimiento había sido pobre y lo atri- gamento significativo.” Era una mera expresión de deseos pues los obs-
buyó a que los árboles aún tenían frutos que estaban verdes. Era inevita- táculos eran muchos: ¿cómo acondicionar las semillas? ¿dónde hacer-
ble, por otra parte, que “las fiebres” atacaran al grupo que lo secundaba, las germinar? ¿en qué barco enviarlas? y, lo peor, ¿cómo atravesar la
lo cual se tradujo en una recolección mínima. temible barrera aduanera brasileña en Pará? Entonces se produjo un he-
La aparición de su libro excitó la ambición de Joseph Hooker, direc- cho inesperado que terminó dando una vuelta de tuerca a su misión.
tor de Kew Gardens quien, poco tiempo antes, había recibido del Ama- El capitán del S.S. Amazonas, un vapor de 1.057 toneladas, de la In-
zonas una partida de semillas de caucho, enviadas por un señor Farris, man Line, que, en 1876, inauguraba la línea Liverpool al Alto Amazonas,
de la cual sólo siete germinaron. Sobrevivían a duras penas en los inver- decidió homenajear a los pocos británicos que vivían en ese puerto sel-
naderos destinados a la flora tropical. Nadie había dibujado la hoja y el vático. Debido a que carecía de un muelle adecuado, el capitán Murray
fruto de esta materia prima, salvo ese inglés que vivía en el Amazonas, envió los correspondientes botes para recoger a los homenajeados. Ima-
con quien Hooker inició una prolongada relación epistolar. En sus car- ginemos la perplejidad y la satisfacción de los escasos plantadores euro-
tas, Wickham insistía en que el caucho podía trasplantarse a otras regio- peos de la zona, ante ese ––para ellos–– inmenso barco, todo iluminado,
nes, algo que era considerado poco menos que utópico. Algunos autores flotando en las densas aguas del río Amazonas como si se tratara de una
sostienen que Wickham viajó a Inglaterra para reunirse con Hooker. visión fantasmagórica. Cenaron en el gran salón comedor y habrán pa-
Hooker le propuso a Wickham que recolectara semillas y las envia- ladeado los viejos sabores de su tierra, el vino de cepas nobles, matiza-
ra a Inglaterra. Este quiso saber cuánto se le pagaría por sus esfuerzos. dos por los pesados cubiertos de plata y las copas de cristal. Entre los in-
Pasaron catorce meses y recién en 1874 llegó la respuesta: sus honora- vitados estaba Henry Wickham y, en aquella noche que por unas horas

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recreó un restaurante londinense en medio del trópico, ni se le ocurrió queñas canastas y, cuando Wickham consideró que todo estaba bajo con-
asociar sus semillas con ese barco. De hecho, seguían germinando y, con trol, el trasatlántico soltó amarras y se dirigió corriente abajo hacia el
seguridad, vivía atribulado pensando cómo haría para enviarlas a Kew peor de los obstáculos: la aduana de Pará. Esta ciudad que, en la actua-
Gardens sin que se deteriorasen. lidad, se llama Belém, se encuentra en el brazo oriental del río Amazo-
El vapor, al día siguiente, prosiguió río arriba, y pasó a ser sólo un nas al dividirse en dos en la isla de Marajó. Era el epicentro del merca-
buen recuerdo de una noche europea en el Amazonas. Pero, a principios do del caucho y estaba atestada de barcos y de funcionarios aduaneros.
de marzo, llegaron a Santarém noticias imprevistas: el S.S. Amazonas es- A pesar de no existir disposiciones expresas que impidieran la exporta-
taba fondeado en la rada de Manaos ––los derechos de puerto suelen ser ción de semillas de caucho, era de suponer que las autoridades no deja-
extremadamente caros–– y el capitán Murray estaba al borde del colap- rían pasar semejante cargamento sin los trámites farragosos propios de
so. ¿Qué había sucedido? Los dos señores que tan amablemente habían la burocracia latinoamericana, lo que podría terminar acabando con la
atendido a los invitados aquella noche a bordo, los supercargoes, es de- vida de las setenta mil semillas tan dificultosamente recolectadas. Trein-
cir, los encargados de las mercancías que transportaba la embarcación, ta años después, Henry Wickham recordaría aquella noche de incerti-
las habían vendido clandestinamente y desaparecieron con la abultada dumbre en el puerto de Pará.
suma que les deparó la venta. Murray no tenía con qué adquirir el cau-
cho que debía transportar a Inglaterra, con lo cual quedó varado ¿Cómo Pero, nuevamente, la fortuna me favoreció. Tenía un amigo en el lu-
iba a imaginar que esos dos hombres resultarían ser un par de delincuen- gar indicado, el cónsul británico Thomas Shipton Green. Compren-
dió plenamente el espíritu de la misión y me acompañó a entrevis-
tes? Le dijeron que fondeara en la boca del Río Negro y ahí los esperó
tarme con el barón de S., jefe de la Aduana, apoyándome en todo
hasta que tomó conciencia de que se habían escabullido en Manaos con
momento mientras le expresaba a su Excelencia mi dificultad y an-
los bolsillos llenos. Henry Wickham, en cambio, descubrió que era la siedad por ser el responsable de especies botánicas extremadamen-
oportunidad de su vida: le envió un mensaje al capitán Murray, propo- te delicadas almacenadas a bordo, con la expresa misión de ser en-
niéndole un encuentro en la desembocadura del Tapajós con el Amazo- tregadas en los Jardines Reales de Kew, propiedad de Su Majestad
nas, cerca de Santarém. Se proponía arrendar el barco en nombre del go- Británica.
bierno de la India. El marino levó anclas y se dirigió a todo vapor hacia
ese lugar. Mientras el S.S. Amazonas se deslizaba río abajo, Wickham or- La diplomacia que desplegó el cónsul Green y el hecho de que elS.S.
denó y recolectó setenta mil semillas ––y aquí intervino la suerte–– de la Amazonas estuviera fondeado en el río con las calderas funcionando, lo
mejor clase de caucho, la hevea brasiliensis , que surgieron de las flores cual daba una imagen de urgencia, terminaron motivando que el jefe de
de ese árbol de treinta metros de altura. Fue una tarea contra el reloj, ex- la Aduana de Pará firmara el correspondiente despacho. El barón de S.
tremadamente complicada. Pero era un aventurero de raza y sorteó ca- había rubricado la sentencia de muerte del Amazonas. De no haber sali-
da obstáculo, encontrando soluciones a dificultades superlativas. Imagi- do las setenta mil semillas del territorio brasileño, la historia del caucho
nemos colocar setenta mil semillas frágiles y aceitosas en cañas de hubiera sido otra, si bien tarde o temprano la región hubiera perdido su
calamus partidas a lo largo por la mitad, para depositarlas, en capas su- supremacía, ya fuera porque surgieron plantaciones en otras latitudes, o
cesivas, sobre hojas disecadas de bananas salvajes, y se podrá compren- porque se había desarrollado un producto sintético. Pero el haber alcan-
der su obstinación, su férrea voluntad para cumplir con el compromiso zado el mar abierto, no significó que los problemas de Wickham hubie-
que había asumido ante el director de Kew Gardens. En sus registros de ran concluido. Eran quince días de navegación hasta Liverpool, con un
aquellos días febriles, escribió tres veces en su diario “No tengo tiempo drástico cambio de clima, aunque algo favorecido por el inminente vera-
que perder”. no boreal, y había que preservar a las semillas: las ratas de a bordo y una
Tampoco lo tenía el capitán Murray, que acudió presuroso a ese en- mala ventilación podían acabar con ellas. De todo se ocupó y, al llegar a
cuentro salvador. Las semillas fueron colocadas en proa y en popa en pe- El Havre, el 9 de junio, envió un telegrama a Joseph Hooker, sugiriéndo-

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le que tomara los recaudos necesarios para recibir el cargamento. Hoo- 1888, es decir, doce años después, en las proximidades del río Kalu Gan-
ker ordenó que se enviara un tren nocturno a Liverpool para recibir al ga, en Sri Lanka, una región de lluvias torrenciales y frecuente anega-
barco. Decenas de frenéticos jardineros prepararon los habitáculos que ción. No sobrevivió ni una. A todo esto, en Manaos, nadie le dio la me-
albergarían a estas gemas selváticas, desalojando del invernadero A17 in- nor importancia a este robo ¿Ceilán? ¿Caucho en una remota isla frente
necesarias orquídeas, hibiscos y cuanta otra planta tropical había. a las costas de la India? Equivalía poco menos que haberlo plantado en
Wickham aprovechó el tren donde viajaban sus preciosas semillas y la luna. Para qué preocuparse. Mientras los millones de libras esterlinas
partió hacia Londres, donde llegó en la madrugada. Se dirigió directa- llovieran sobre la ciudad, a sus habitantes poco les importaba. La falta
mente a Kew Gardens, se plantó frente a la casa de Hooker y arrojó con de información, con su consecuencia directa, la ausencia de interés por
suavidad pequeñas piedras a la única ventana iluminada. La perplejidad parte de los plantadores, hizo perder tiempo a una industria que pudo
del director no tuvo límites al contemplar a un hombre cubierto por un haber comenzado mucho antes. En efecto, existía un concepto inexac-
amplio sombrero tropical, sosteniendo en su mano una vieja valija Glads- to: según la costumbre sudamericana, una vez que se sangraba el cau-
tone. cho; había que esperar meses o años para volver a hacerlo; esto, por su-
Con el correr de las semanas las semillas se transformaron en peque- puesto, hacía que el negocio fuese poco rentable. Ningún plantador
ñas plantas; para fines de julio, 1.919 plantines estaban listos para ser estaba dispuesto a reemplazar cultivos tradicionales por una aventura
trasplantados al Jardín Botánico de Peradeniya, en Colombo, Ceilán (en ruinosa.
la actualidad, Sri Lanka). Fueron primorosamente colocados en cajas Pero surgió un hombre absolutamente convencido de la rentabilidad
Ward, que eran selladas, de vidrio y su propia humedad condensada fun- del caucho y también de que el lugar indicado para plantarlo no era Cei-
cionaba como sistema de riego. El 12 de agosto de 1876 partieron del lán, sino Malasia. Henry N. Ridley se había formado en Kew Gardens y
puerto de Londres, a bordo del Duke of Devonshire , traslado que fue su- no ignoraba que, para que el caucho se transformara en una materia pri-
pervisado por el jardinero William Chapman. ma rentable, en primer lugar, había que hacer crecer los árboles; luego,
El costo total del operativo que terminó por darle a Inglaterra el do- saber extraer el látex; por último, persuadir a los plantadores de que apos-
minio del mercado mundial del caucho, ascendió a la ridícula suma de taran a este producto. Lo primero que demostró y que fue el pivote de su
mil libras esterlinas, 4 chelines y dos peniques. resonante victoria, es que la hevea no necesitaba sangrarse cada muerte
En realidad, contrariando todas las reglas de la dramaturgia, la odi- de obispo, sino que se podía hacer hasta con árboles plantados hacía so-
sea del caucho tuvo un primer acto con final feliz, y, de haberse llevado lo cuatro años. El secreto era cómo hacerlo. Descubrió que sajando el
al escenario, adolecería de una imperdonable falta de técnica, debido a tronco en forma de espina de pescado, el rendimiento se transformaba
que quitaría todo posterior desarrollo y desenlace. Porque hubo un se- en diario, sin que perjudicara al árbol. En 1895, logró que dos plantado-
gundo acto, mucho más dramático y lento que se desarrolló en el Leja- res de café de Malasia, Douglas y Ronald Kindersley, destinaran una mo-
no Oriente. Henry Wickham había cumplido la primera parte de la ta- desta hectárea a las heveas, que se desarrollaron sin sobresaltos.
rea. Decidió probar suerte en Australia, en la región septentrional de Doce años después, había diez millones de árboles de caucho en Ma-
Queensland, donde se dedicó a cultivar café y tabaco, con desastrosos lasia. En 1906, el sudeste asiático produjo 577 toneladas de caucho; en
resultados. Perdió hasta el último penique de las mil quinientas libras es- 1920, 304.671 toneladas. En 1906, el caucho amazónico y africano al-
terlinas que había ganado con las semillas de caucho. Dejó algunas ins- canzó, en materia de exportaciones, las 62.004 toneladas; en 1920, caye-
trucciones acerca del trasplante de la hevea brasiliensis que, como vere- ron a 36.404 toneladas.
mos, no fueron tenidas en cuenta. La creencia, por cierto errónea, era En definitiva, esto y no otra cosa fue lo que derrumbó el imperio de
que este árbol podría desarrollarse óptimamente en regiones pantano- Julio César Arana.
sas, acaso porque el Amazonas está surcado por innumerables ríos. Des-
deñando las advertencias de Wickham, se plantaron las heveas recién en

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Si Londres, económicamente, era el eje del mundo, Liverpool era el arriesgara a lanzar al mercado un libro con semejantes acusaciones a una
gigante portuario. A sus muelles llegaban materias primas de todo el pla- compañía británica, corría el riesgo cierto de enfrentar un juicio por ca-
neta, y de allí partían transformadas en productos manufacturados. A ese lumnias e injurias. Tampoco le fue bien en Fleet Street, donde abunda-
puerto, concretamente a Queen’s Dock, llegó Walter Hardenburg, el 17 ban diarios y agencias de noticias. Sus acusaciones no eran verificables
de julio de 1909, a bordo del Ambrose , con unas pocas libras esterlinas y nadie sabía dónde quedaba el Putumayo. Walter Hardenburg acaso
en el bolsillo, un abultado legajo sobre las atrocidades del Putumayo y la comprendió que Londres era una ciudad inmensamente más complica-
esperanza de que algún medio periodístico revelara al mundo sus inves- da que Manaos o Iquitos, donde entrevistarse con el director de un dia-
tigaciones. rio era tan simple como hacerlo con el almacenero. Quién lo hubiera es-
Sus expectativas deben de haber sido altas. Mientras el tren que lo cuchado en The Times. O en el Morning Post . Era un mundo hermético
conducía a Londres se deslizaba por la ondulada campiña inglesa, habrá y desconfiado, donde el material periodístico que se publicaba pasaba
pensado cómo dar sus primeros pasos. En la capital había diarios, revis- por innumerables tamices, por jefes y secretarios de redacción, por en-
tas y editoriales que podían tener interés en publicar lo que el mundo ig- cargados de sección, que conformaban una suerte de pirámide impene-
noraba y, acaso impulsado por su extrema juventud, creyera que se tra- trable.
taría de una tarea relativamente fácil. Se instaló en Sandwich Street en Su desilusión fue paliada por un encuentro que terminaría modifi-
una pensión atendida por sus propietarios, el matrimonio Graham. El ba- cando su vida afectiva. A la pensión del matrimonio Graham solía asis-
rrio no era atractivo, debido a su proximidad con dos estaciones de tren, tir por razones de amistad una joven, Mary Feeney, que se transformó
Euston y St. Pancras, pero estaba cerca del centro, a un paso del British en su paño de lágrimas. Por fin se podía desahogar con alguien que lo
Museum y de Bloomsbury. Iba a permanecer siete meses en Londres y, escuchaba, que le daba ánimos para que siguiera adelante. Se trataba de
aunque sus recursos económicos eran limitados y poco quedaba de los una bonita irlandesa de veinticuatro años, que había perdido a sus pa-
trescientos dólares que le había enviado su padre, todavía conservaba dres de niña y se había educado en un convento. Amargado por la indi-
cuarenta libras esterlinas, suma considerable para una persona joven, si ferencia británica con respecto a lo que sucedía en la selva amazónica,
se tiene en cuenta que un mayordomo ganaba sesenta libras al año. Ese encontró en ella una compañera con la cual, poco tiempo después, ter-
dinero le daba cierta libertad de acción, lo cual no impidió que se pusie- minó casándose y viviendo en Canadá. Pero el Putumayo seguía sin des-
ra en campaña de inmediato. pertar interés.
Paternoster Row ––paradójicamente cerca de las oficinas de la Peru- Fue en una de sus empecinadas visitas a un editor cuando escuchó
vian Amazon Company –– era el corazón editorial de Londres. Algunas por primera vez el nombre de la Anti-Slavery and Aborigines Protection
versiones sugieren que la intención inicial de Hardenburg era entrevis- Society (Sociedad contra la Esclavitud y Protectora de Aborígenes). Tal
tarse con los directores británicos de la compañía para interiorizarlos de vez el desilusionado Hardenburg creyó que esa institución de nada le ser-
lo que sucedía en un desconocido río amazónico. Pero habrá temido que, viría, pero, aun así, tuvo la persistencia de proseguir su camino. Esta ins-
de actuar de esa manera, el valiosísimo material que había recopilado co- titución era el resultado de la fusión ese mismo año ––1909–– de la Abo-
rriera peligro de desaparecer. rigines Protection Society y de la British and Foreign Anti-Slavery Society,
Paternoster Row se transformó en un escollo mucho más arduo que que se habían dedicado con pasión y perseverancia a la defensa tanto de
el propio río Putumayo. Las editoriales planeaban con antelación la pu- los aborígenes de diversas latitudes ––en particular, del Canadá–– como
blicación de títulos y, a fines de julio de 1909, era inimaginable editar de a denunciar toda práctica esclavista. Sus informes y publicaciones, dado
inmediato un libro. De hecho, después de que varios artículos se publi- su prestigio, tenían un poder demoledor. El primero de ellos fue Slave
caron en Truth, a partir del 22 de setiembre de ese mismo año, The De- Trade in Egypt, the Soudan and Equatorial Africa (Trata de esclavos en
vil’s Paradise debió esperar hasta 1912 para que la editorial Fisher Un- Egipto, Sudán y África Ecuatorial) publicado en 1880, y escrito por el le-
win lo publicara. Pero no se trataba sólo de fechas. El editor que se gendario coronel Charles Gordon, héroe de China, que pereció en Jar-

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tum. La intervención de esta entidad había sido decisiva al denunciar las rante el día, ya que se les ha colocado un collar con púas. No pueden
condiciones de esclavitud y las atrocidades que prevalecían en el Estado escapar, y tienen las piernas engrilladas. Se alimentan con un arroz
Libre del Congo, propiedad exclusiva del rey Leopoldo II de Bélgica, que abominable. Cuando uno de ellos fallece, se excava un pozo y allí se
falleció el 17 de diciembre también de ese año, después de haber vendi- arroja el cuerpo, que sin duda también se convertirá en guano.
do al Estado belga su vasto territorio africano. Existían notables simili-
tudes entre la situación del Putumayo y la del Congo, ya que allí también Hardenburg se dirigió a la sede de la institución, en Vauxhall Bridge
se explotaba el caucho. Road, donde fue recibido por el reverendo John Harris.
La Anti-Slavery and Aborigines Protection Society ya había lidiado Este clérigo excepcional se trasladó al Congo con su mujer, Alicia, en
con atrocidades cometidas por peruanos. Entre 1862 y 1864, diez años calidad de misionero. Allí conoció y ayudó a un diplomático irlandés
después de haberse abolido la esclavitud en el Perú, una numerosa floti- ––cuando Irlanda aún pertenecía a Gran Bretaña–– que ejercía la fun-
lla de naves con bandera peruana partió de puertos de ese país rumbo a ción de cónsul británico en la región: Roger Casement, que fue comisio-
la Isla de Pascua y a la Polinesia para reclutar mano de obra nativa, con nado por el gobierno inglés a que investigara los horrores que se come-
supuestos contratos de trabajo, que no era otra cosa que una esclavitud tían en el Congo contra la población nativa. Casement, como
disfrazada. Los nativos eran inducidos a que subieran al barco, para lue- oportunamente veremos, fue una figura clave en la caída de Julio César
go ser arrojados y engrillados en la oscura bodega. La captura de escla- Arana, ya que fue posteriormente enviado por el gobierno británico a rea-
vos, realizada en treinta y cuatro islas del Pacífico sur, tenía como obje- lizar el mismo trabajo, pero esta vez en el Putumayo. El reverendo Ha-
tivo proveer mano de obra para las plantaciones costeras peruanas, y para rris escuchó con enorme interés al joven norteamericano, cuyo relato te-
extraer guano de las islas Chinchas que, como hemos visto oportunamen- nía notables semejanzas con la experiencia africana por la cual había
te, fueron tomadas por España en 1864. De la isla de Pascua los trafican- atravesado: las mismas atrocidades, idénticas mutilaciones, similares ase-
tes de esclavos peruanos se llevaron por la fuerza a 900 naturales, entre sinatos a sangre fría. Tan apasionante y comprometido le resultó el rela-
ellos a su rey, Kai Makoi y su hijo Maurata, que murieron en las islas to, que Walter Hardenburg regresó dos días después para repetir ante
Chinchas. Las autoridades de la Anti-Slavery and Aborigines Protection otras autoridades de esa institución lo que había visto y oído en el Putu-
Society le escribieron, el 20 de setiembre de 1864, a Lord Stanley, Secre- mayo. El tesorero, E. Wright Brooks, quedó azorado. El mundo nada sa-
tario de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña: bía que en un remoto río amazónico una compañía británica cometía crí-
menes atroces. Ese joven norteamericano era absolutamente creíble y,
…hace algunos años, grandes cantidades de nativos de islas de la Po- además, sustentaba sus denuncias con sólida documentación. Harden-
linesia fueron secuestrados por traficantes de esclavos peruanos, y burg fue presentado al vicepresidente de la entidad, Francis William Fox,
llevados a la fuerza a las islas Chinchas, donde fueron forzados a tra- véase subrayado otro gran defensor de estascausas. El encuentro se llevó a cabo en el
bajar en los depósitos de guano ––un trabajo que era letal, ininte- parece un agregado Union Club, en Trafalgar Square. ¿Qué curso de acción podía tomar Har-
rrumpido y despreciable––. Al arribar a destino, sus fuerzas estaban del autor denburg? El Foreign Office ––equivalente a un ministerio de Relaciones
minadas por la mala alimentación, el trato cruel, y los efluvios vene-
nosos que exhalaban los yacimientos de guano. Exteriores–– no era el mejor de los caminos, salvo que algún medio pe-
riodístico tomara la iniciativa. El reverendo Harris le sugirió que se diri-
Poco después, el reverendo W. Wyatt Gill, de la isla polinésica de giera a la revista Truth.
Mangaia, le escribió a las autoridades de la London Missionary Society, Esa sugerencia fue sabia, no por el espíritu editorial de la publicación,
en Londres: sino debido a que era el polo opuesto al periodismo que podía hacer un
diario, como, por ejemplo, el tradicional The Times. Esta revista semanal
Numerosos isleños han sido empleados para extraer guano de las is- mezclaba artículos y publicidad en una diagramación poco rigurosa. Pe-
las Chinchas. Estos pobres nativos ni siquiera pueden descansar du- ro tenía el costado sensacionalista que siempre apasionó a los ingleses.

206 207
La Anti-Slavery and Aborigines Protection Society le abrió las puertas del cidió la publicación del material, cuyo título sería The Devil’s Paradise,
semanario. Hardenburg fue recibido por uno de los editores, Sydney Pa- y su subtítulo, A British owned Congo (El paraíso del diablo: un Congo
ternoster, que reemplazaba al director, Robert Bennet, que se encontra- británico). El 22 de setiembre de 1909, la revista estaba en todos los kios-
ba de vacaciones en Suiza. Mientras escuchaba a Hardenburg en la re- cos de venta, promocionada por declaraciones de Hardenburg, reprodu-
dacción, en Carteret Sreet, entre el Parlamento y el Palacio de cidas en un cartel: “Al hacer estas denuncias, he obedecido sólo a los dic-
Buckingham, Paternoster se debe de haber debatido entre la fabulosa pri- tados de mi conciencia y a los de una justicia ultrajada; y ahora que lo
micia y el peligro de que el joven mintiera; lo primero que le aclaró fue hice, el mundo civilizado está al tanto de lo que sucede en las amplias y
que Truth no pagaba cuando el material ofrecido era comprometido, al- trágicas selvas del río Putumayo, y siento que, como hombre honesto, he
go que no pareció preocupar a Hardenburg. Pero la información era irre- cumplido con mi deber ante Dios y la sociedad…”. No era una mala es-
sistible y podía redundar en un aumento considerable de las ventas del trategia de venta. Pero Truth no era precisamente The Times, a pesar de
semanario. Sin duda, le dio esperanzas al joven con respecto a la publi- que su director, en su momento, había cubierto la sección judicial de es-
cación del material y trató, de inmediato, de corroborar la veracidad de te último medio. El artículo que estaba dirigido a conmover a la opinión
sus denuncias. pública estaba aprisionado entre una patética rima sobre el inminente
Paternoster se entrevistó con el cónsul de Colombia en Londres, viaje del capitán Scott al Polo Sur, y un editorial titulado “Festín para la
Francisco Becerra, quien le organizó una reunión con exilados colom- prensa internacional”. Abundaban los chismes, las noticias breves y una
bianos que confirmaron lo que sucedía en el Putumayo. Luego, la suer- dudosa poesía. Pero, a pesar de este calidoscopio en materia de diagra-
te quiso que el cónsul británico en Iquitos, David Cazes, accediera a reu- mación, la denuncia de Hardenburg tuvo un efecto letal.
nirse con él, ya que se encontraba en Londres, lo que no hizo sino
convalidar lo que había escuchado. Se había entrevistado con Julio Cé- Era común que los agentes de la compañía [se refiere a la Peruvian
sar Arana, en Iquitos, para protestar por la contratación de negros de Amazon Company] forzaran a los pacíficos indios del Putumayo a
Barbados en sus secciones caucheras, ya que se trataba de súbditos bri- trabajar día y noche en la recolección de caucho sin la menor remu-
neración; no les daban alimentación ninguna, les robaban sus pro-
tánicos, y uno de ellos, que había logrado escapar y llegar hasta Iquitos,
pias cosechas, como también a sus mujeres e hijos, para satisfacer su
le reveló al cónsul que eran forzados a cazar indios. El incidente termi-
voracidad, lascivia y avaricia, como también las de sus empleados,
nó en el mejor estilo Arana: negó todos los cargos y permitió que cua- ya que viven con la comida de los indios, mantienen harenes de con-
renta negros regresaran a la capital de Loreto. En Londres, Julio César cubinas, los compran y venden en las ferias de Iquitos; los azotan in-
Arana, con posterioridad, se entrevistó varias veces con el cónsul David humanamente hasta que sus huesos quedan al descubierto; les nie-
Cazes para rogarle que se solidarizara con la Peruvian Amazon Com- gan todo tratamiento médico y los dejan languidecer, atacados por
pany , debido a los conflictos que se habían desatado por la publicación, gusanos hasta que mueren, para luego servir de alimento a los perros
en Truth , de los artículos de Walter Hardenburg. Pero hubo otra corro- de los jefes; los mutilan, les cortan las orejas, dedos, brazos y pier-
boración, tal vez el último eslabón de una cadena que progresivamente nas; los torturan utilizando el fuego y el agua, y los atan crucificados
se volvía más sólida y que aventaba cualquier sospecha de que Harden- con la cabeza para abajo; los cortan en pedazos con los machetes;
toman a los niños de los pies y les hacen saltar el cerebro de tanto
burg mentía o exageraba. El 3 de julio el ministro Leslie Combs, a car-
golpearlos contra árboles y paredes; matan a los ancianos cuando ya
go de la Legación de los Estados Unidos en Lima, confirmó que el go-
no pueden trabajar y, finalmente, para divertirse practicando tiro, o
bierno peruano había compensado con quinientas libras esterlinas a para celebrar el Sábado de Gloria, como lo han hecho Fonseca y Ma-
Walter Hardenburg y a W. B. Perkins, por el apropiamiento indebido de cedo, disparan sus armas contra hombres, mujeres y niños, o prefie-
sus pertenencias. ren impregnarlos de querosén y prenderles fuego, para disfrutar su
Paternoster había realizado una tarea impecable y se la sometió al di- desesperada agonía.
rector de Truth, Robert Bennet, apenas regresó de sus vacaciones. Se de-

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Los ingleses estaban acostumbrados ––y hasta disfrutaban–– a leer torsión, ya que al representante legal de la compañía en Iquitos (se refe-
noticias escabrosas en los diarios: crímenes pasionales, descuartizamien- rían a Julio Egoaguirre, abogado de Arana y alumno de Hardenburg) se
tos, bombas que hacían volar testas coronadas. Pero las atrocidades del le habían exigido siete mil libras esterlinas a cambio de no publicar un li-
Putumayo estaban hechas de otra sustancia, capaz de revolver el estó- bro que denunciaría lo que sucedía en el Putumayo. Y eso ––también elíp-
mago y encender una furia sin límites en el lector. Una compañía britá- ticamente y sin dar nombres–– fue lo que el periódico publicó al día si-
nica involucrada en semejante barbarie. Era más de lo que un inglés po- guiente. Alarco cometió el inexcusable error de no informar al directorio
día soportar. Pero ese 22 de setiembre fueron pocos los que leyeronTruth de la visita del periodista. En lo que respecta a lo publicado por Truth,
y la denuncia no fue recogida por los principales diarios. La campaña du- les hizo llegar a los directivos las “pruebas” de que Walter Hardenburg
ró dos meses. Semana a semana, hasta el 17 de noviembre, se publicaron era un chantajista: la carta de Lyonel Garnier, director del diario Ama-
nuevos artículos firmados por Walter Hardenburg, y ya para esa fecha to- zonas , de Manaos, en la que este relata cómo el joven norteamericano le
do Londres estaba al tanto. Habían sentado las bases para lo que termi- intentó vender el material comprometedor a cualquier precio, y la falsi-
naría convirtiéndose en los escándalos del Putumayo que, durante cua- ficación de la letra de cambio por 830 libras esterlinas. Le pareció que,
tro años, tendrían en vilo al mundo entero. Los directivos británicos de con eso, era suficiente.
la Peruvian Amazon Company no entendieron con claridad qué sucedía, Ahora faltaba terminar con la curiosidad de Horace Thorogood, un
ni las consecuencias que acarrearían las denuncias. Julio César Arana no periodista que posiblemente ganaría un sueldo miserable y que, supuso
estaba en Londres, sino en viaje desde Manaos, y Abel Alarco, su cuña- ¿viaje de regreso? Alarco, sería tan venal como los de Iquitos. Para Alarco, la solución era
do y miembro del directorio, no tenía el menor sentido de la estrategia simple: le daría un cheque por debajo de la mesa. Cuando el hombre de
de comunicación. Consideraron que Truth era poco menos que un pas- prensa regresó, como le habían pedido, el viernes 25 de setiembre, se en-
quín, una inofensiva culebra. Pero terminó por ser una cobra real para contró con que las oficinas estaban desiertas: no había ninguno de los
cuya ponzoña no hubo antídoto. En vez de convocar una conferencia de directores para recibirlo, para darle una mínima explicación. El único
prensa, de redactar comunicados que simularan alguna transparencia, de presente era un secretario, Vernon Smith, que lo hizo ingresar en uno de
prometer una exhaustiva investigación, no hicieron nada. los escritorios, como si quisiera tener una conversación a solas. La Peru-
Ese 22 de setiembre, un periodista del Morning Leader , Horace Tho- vian Amazon Company ––le comunicó–– no quería que se hablara más
rogood, golpeó las puertas de las oficinas de la Peruvian Amazon Com- del asunto. Y, sin más, le extendió el cheque.
pany, en Salisbury House, London Wall. Lo recibieron Abel Alarco, su Horace Thorogood debe de haber quedado perplejo ante este grose-
hermano Germán, ex alcalde de Iquitos, y un tercer hombre, de barba, ro soborno. Y aunque Vernon Smith se presentó poco después en la re-
ojos oscuros y mirada penetrante, que hizo de vocero. Richard Collier, en dacción del diario, alegando que el cheque ––naturalmente rechazado
The River that God forgot , sugiere que pudo haber sido Julio César Ara- por el periodista–– había sido idea suya y no del directorio ––algo que
na. No compartimos su opinión. De haber sido, lo hubiera dicho. No era nadie creyó––, la primera página del Morning Leader del 27 de setiembre
hombre de mantenerse en el anonimato. De lo contrario, no se hubiera hizo temblar a los integrantes británicos de la compañía.
presentado a declarar, casi cuatro años después, ante la comisión parla-
mentaria británica que investigaba los crímenes del Putumayo. No era N UESTRO CONGO . EXTRAÑA HISTORIA DE UNA LETRA DE CAMBIO .
L A PERUVIAN A MAZON COMPANY Y EL M ORNING L EADER .
ciudadano británico, la compañía para ese entonces se había disuelto, te-
nía dinero y nada le hubiera costado refugiarse en Iquitos. Creemos que
Las graves acusaciones contra la Peruvian Amazon Company de Sa-
Arana estaba en viaje y que su primer destino era París. Eleonora y sus lisbury House, London Wall, han sido objeto de una mayor profun-
hijos estaban veraneando en Suiza y es probable que los haya visitado. dización por parte del Morning Leader , con notables resultados… El
Los hermanos Alarco y el misterioso hombre de mirada penetrante viernes por la tarde, cuando uno de nuestros periodistas llegó a las
le deslizaron al periodista del Morning Leader que se trataba de una ex- oficinas de la empresa a la hora convenida, es decir, a las cinco de la

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tarde, un empleado y un junior eran los únicos presentes… El em- mayoría de los mapas, lo cual obligó a los cartógrafos a incluirlo en fu-
pleado invitó de inmediato a nuestro representante a que pasara a turas ediciones. ¿Cómo se pronunciaba? La fonética se volvió impres-
un salón privado, donde ocurrió una escena extraordinaria… cindible: Poo-too-mah-you. Posiblemente, el directorio británico de la
Peruvian Amazon Company sospechó que el proceso podía ser impara-
Y sin más la nota detallaba el intento de soborno. Haber dejado en ble y que, a medida que transcurrían los días, eran más las personas que
manos de Abel Alarco un asunto tan delicado, muestra las peligrosísimas estaban al tanto de los horrores que cometía una compañía inglesa en el
fisuras de la compañía, la absoluta falta de una estrategia coherente en Alto Amazonas. Si Hardenburg era o no un chantajista era irrelevante.
materia de comunicación, la errónea creencia de que el dinero todo lo El drama era que dijera la verdad. What if? iba en camino de convertir-
puede. Cuando los directores ingleses de la Peruvian Amazon Company se en una pregunta molesta para Read, Gubbins y Lister-Kaye que, du-
vieron la portada del MorningLeader, el lunes 27 de setiembre, queda- rante esas primeras semanas, no sabrían discernir entre ficción y reali-
ron espantados. ¿Qué significaba ese intento de soborno? Hasta ese mo- dad. Si se tiene en cuenta que los directores recibían doscientas libras
mento estaban absolutamente convencidos, a partir de la documentación esterlinas al año, además de una participación semestral en las ganan-
que les hizo llegar Julio César Arana, de que Hardenburg era un chanta- cias, por un trabajo que nada les exigía, alguna responsabilidad deberían
jista y un falsificador. tener. Más de uno habrá lamentado haber integrado ese directorio. Has-
Las dudas acerca de la conveniencia de formar parte de un directo- ta la llegada de Julio César Arana, los directores sólo atinaron a dar ma-
rio de una compañía que explotaba caucho en un remoto río amazónico notazos de ahogado, sin saber qué rumbo tomar.
al cual ningún miembro británico conocía, embargaron, en particular, a El encargado de negocios en Londres del gobierno peruano, R. E.
John Russell Gubbins y a Henry Read. Estos conocían las costumbres pe- chequear Lembcke envió una carta al director de la revista Truth, donde fue publi-
ruanas por haber vivido durante varios años en Lima. Pero les resultaba subrayado cada.
intolerable que prácticas comunes en Sudamérica se quisieran trasladar
a Londres. Julio César Arana recién llegaría allí el próximo 10 de octu- Esta Legación niega categóricamente que los sucesos que usted des-
bre, pero no podían esperar hasta esa fecha para emitir algún comunica- cribe y que la ley castiga severamente hayan podido efectuarse sin
do a la prensa. Arrinconados, con su prestigio al borde del abismo, los conocimiento de mi Gobierno en el río Putumayo, en donde el Perú
tiene autoridades nombradas directamente por el supremo Gobier-
integrantes británicos del directorio recurrieron a la estrategia de negar
no y en donde existe, además, una respetable guarnición militar. Iqui-
y deslindar responsabilidades. Como primera medida, enviaron una car-
tos está unido por telégrafo inalámbrico con Lima, y es imposible su-
ta a la revista Truth . “Los directores no tienen ningún motivo para creer poner que pudieran cometerse actos de la naturaleza de los que usted
que las atrocidades publicadas hayan sucedido realmente y tienen fun- describe sin que los criminales fueran pronta y severamente castiga-
damentos para suponer que fueron utilizadas para lograr fines distintos”, dos por las autoridades.
decía la carta, en clara referencia a las oscuras intenciones de Walter Har-
denburg. Y agregaban: “Sean cuales fueren los hechos, el directorio no Es que los artículos publicados por Truth dejaban mal parado al go-
es responsable de los mismos, desde el momento que no formaban par- bierno peruano y a su presidente, Augusto Leguía. El gobierno no igno-
te de la compañía cuando supuestamente ocurrieron”. Otra carta del mis- raba lo que ocurría en el Putumayo. El rédito que otorgaba el caucho a
mo tenor fue enviada al Morning Leader. las arcas fiscales y el papel de Arana en el control de las pretensiones co-
Pero al martes siguiente, es decir, el 29 de setiembre, Truth publicó lombianas sobre ese territorio eran motivos suficientes para no descono-
otro artículo de Walter Hardenburg, lo que les hizo temer un libro en se- cer la realidad. Además, comisiones, concesiones cuestionables, contra-
rie. No se equivocaron: el 6 de octubre apareció otra nota con atrocida- taciones irregulares, forman parte de la cultura hispanoamericana. No
des aún más detalladas y macabras. Entonces, sí, Londres empezó a co- hay forma de saber si Julio César Arana pagó sobornos a funcionarios de
nocer el Putumayo. ¿Dónde quedaba ese río? Ni siquiera figuraba en la primera línea del gobierno de su país. Si sobornaba a jueces y funciona-

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rios en Iquitos, no sería descabellado suponer que también lo hacía en la pany para que recibiera a su vicepresidente, Francis Williams Fox, que
capital peruana. tuvo la peregrina idea de sugerirles que recibieran a Walter Hardenburg,
Los artículos de Hardenburg le vinieron como anillo al dedo a Co- para tener información de primera agua, lo que equivalió poco menos
lombia, que reclamaba el territorio comprendido entre los ríos Putuma- que a arrojarles un guante a la cara. Las supuestas atrocidades que se co-
yo y Caquetá. Si bien se firmaban protocolos (en ese mismo año, 1909, metían en el Putumayo no estaban demostradas, dijeron, más allá de las
se había firmado uno entre Perú y Colombia) y se sometía a arbitraje pa- palabras de un norteamericano inescrupuloso capaz de inventar cual-
pal la zona disputada, el hecho es que el gobierno de Bogotá carecía de quier infamia para obtener dinero.
los recursos bélicos y del acceso fluvial a la región, dominada por la flo- La ceguera parecía haber atacado a esos encumbrados ingleses, que
ta de Arana y por lanchas de guerra peruanas. El lobby colombiano no jamás se habían tomado la molestia de conocer el Amazonas, de indagar
perdió el tiempo y trató de desprestigiar a la Peruvian Amazon Company personalmente en Iquitos qué sucedía en las secciones caucheras de la
y al gobierno de Lima, lo cual, dadas las circunstancias, no era difícil de ex Casa Arana, o de averiguar que un periodista, Benjamín Saldaña Ro-
llevar a cabo. ca, había denunciado los crímenes. El Amazonas, el Congo o Sumatra le
Julio César Arana había ideado la rentabilidad del caucho del Putu- daba lo mismo a ese egregio directorio, que era apenas una pantalla pa-
mayo como un mecanismo de relojería, sin dejar el menor detalle que pu- ra tapar lo que solía suceder en países remotos que exportaban materias
diera disminuir los ingresos. El sernamby (caucho de baja calidad) que primas, donde se trataba a los seres humanos peor que a animales. A
exportaban sus cuarenta y cinco secciones caucheras no pagaba ni un quién podía importarle un río ignoto, perdido en la selva, si el rédito que
centavo en concepto de derechos de aduana. En 1909, por ejemplo, la obtenía era fabuloso. Un año después, el precio del caucho batiría todos
Peruvian Amazon Company había producido 1.774.024 kilos de caucho, los récords.
y eso que una epidemia de viruela había reducido la mano de obra, lo Pero si el propio rey de Bélgica, Leopoldo II, con la riqueza y el po-
cual aumentó los gastos en forma de trabajo adicional. Sobre esa fabulo- derío que le había otorgado su Estado Libre del Congo, no pudo detener
sa cifra, no se pagó un solo centavo de derechos aduaneros. Perú aplica- el escándalo ni ocultar las atrocidades que allí se cometían, menos iba a
ba un impuesto de cuatro chelines por libra de caucho exportada, pun- hacerlo un reducido directorio británico.
tualmente pagado en la Aduana al momento del embarque, tal como lo
hacía otra compañía extranjera, la Inambary Rubber Company Limited.
Pero como la Peruvian Amazon Company se asentaba sobre un territo- La onda expansiva que produjo el artículo de Walter Hardenburg en
rio que Perú reclamaba a Colombia ––aunque sostenía que le pertene- Truth, alcanzó a Julio César Arana. Posiblemente, estaba en Suiza visi-
cía–– no correspondía ese tributo. Por otra parte, la aplicación de ese im- tando a Eleonora y a sus hijos: la bucólica paz alpina debe de haber que-
puesto hubiera sido contrario a los términos de los convenios con dado seriamente comprometida apenas terminó de leer la primera entre-
Colombia. ga de The Devil’s Paradise: a British owned Congo. Su imperio en el
Pero el Putumayo, a pesar de los desmentidos de su directorio, se Putumayo era hermético (sólo se podía llegar allí en los barcos de la com-
transformaba progresivamente en una papa caliente, lo cual forzó al pre- pañía), pero este inoportuno norteamericano empecinado en realizar una
sidente de la companía, Henry Read, a escribir una carta a su amigo el cruzada internacional había ingresado al corazón de sus territorios en
presidente peruano Augusto Leguía, “para que pusiera las cosas en su lu- una simple canoa sin que nadie se lo impidiera. Pero Hardenburg era un
gar”, misiva que terminó enfureciendo a Julio César Arana apenas llegó hecho, lo mismo que la revista Truth, y había que contrarrestar sus de-
a Londres. Cómo se atrevían a enviar una carta al presidente del Perú, nuncias. Para eso, Arana confiaba en la documentación ––apócrifa o au-
donde lo acusaban poco menos de ignorar lo que sucedía en su propio téntica, nunca sabremos–– donde Hardenburg aparecía como chantajis-
territorio. La Anti-Slavery and Aborigines Protection Society tampoco ta y falsificador. El directorio de la Peruvian Amazon Company tenía esos
perdió el tiempo, y presionó al directorio de la Peruvian Amazon Com- documentos a su disposición. Pero Hardenburg no era la única amena-

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za: otro hombre, tan aventurero como el joven norteamericano, pero de simplemente, otro libro sobre el Amazonas escrito por un viajero con
nacionalidad británica, podía crearle complicaciones. No se trataba de más aspiraciones científicas que entrenamiento científico. La descrip-
un muchacho, sino de un adulto, militar retirado, de familia rica y sin ción de los nativos, sus artesanías y su modo de vivir han sido rigu-
rosamente registrados, pero algunos datos abren un interrogante. Pa-
apremiantes necesidades económicas. Arana y él se conocieron en el
ra el antropólogo, su principal interés ––naturalmente–– se centra en
Amazonas, al punto de que el denunciante fue huésped del cauchero en
el Apéndice, que permite discutir las características físicas. Aquí el
Manaos. El capitán Thomas Whiffen ––de él se trata–– se transformaría
lector descubre con sorpresa que el autor confiesa no haber conoci-
en una nueva amenaza, acompañada, esta vez en forma inequívoca, de do el método correcto para medir la cabeza, la estatura, etc. “No te-
un intento de extorsión al cauchero. nía calibradores ––escribe–– y el ancho, en todos los casos, es apro-
Whiffen participó de la guerra de los Boers en Sudáfrica como ofi- ximado, medidas que no fueron tomadas de acuerdo con pautas
cial del 14 regimiento de húsares. Recibió una herida que lo dejó rengo científicas”.
y se dio de baja de su unidad. Era un hombre apuesto, que recibió una Resulta inexcusable que un viajero que se titula a sí mismo miembro
abultada asignación ––mil doscientas libras esterlinas al año–– en vida de la Royal Geographic Society y del Royal Anthropological Institu-
de su padre, Thomas Whiffen, dueño de un próspero laboratorio, que fa- te no haya consultado las excelentes guías para observaciones cien-
tíficas publicadas por estas instituciones. El libro del capitán Whif-
lleció, en 1904, dejándole una considerable fortuna. Su familia poseía
fen incluye dos mapas y algunas óptimas ilustraciones.
una casa de campo, Cerris House, en Putney. Una vez liberado de sus
obligaciones castrenses, se dedicó a la antropología en forma no profe-
En realidad, la crítica es excesivamente severa con Whiffen que, más
sional. A comienzos de 1908 decidió recorrer el Putumayo, viaje que du-
que escribir un libro de consulta, intentó retratar las costumbres de los
ró siete meses y que se inició en Manaos. Para su expedición, solicitó
indígenas. Quizá por eso sus dos ediciones, más allá de las críticas, ven-
guías a la británica Peruvian Amazon Company . Convivió con los indios
dieron bien. En el prefacio, el propio Whiffen reconoce que no preten-
boras, resigero, ituro, nonuya, andoque, karahone, menimehe, kueretu
dió escribir una obra científica:
y maku de los ríos Apaporis e Issa, al noreste de Iquitos, conociendo sus
costumbres y recopilando su vocabulario. Pero Whiffen no era el inge-
Al presentar al público los resultados de mi viaje a través de las tie-
niero francés Eugenio Robuchon, que, como ya hemos visto, desapare- rras del Alto Amazonas, no pretendo desafiar las conclusiones a las
ció misteriosamente en el Amazonas, en 1906. Carecía de su formación cuales llegaron científicos experimentados como Charles Waterton,
académica y, por más que perteneciera a prestigiosas instituciones cien- Alfred Russell Wallace, Richard Spruce y Henry Walter Bates, ni
tíficas británicas, su viaje amazónico se parecía más al pasatiempo de competir con la infatigable labor de exploradores recientes, como los
un diletante que a la investigación de un antropólogo. Su libro, The doctores Koch-Grünberg y Hamilton Rice.
NorthwestAmazons, notes of some months spent with cannibal tribes Durante algunos meses de 1908 y de 1909, viajé por la región com-
(Noroeste del Amazonas, notas sobre algunos meses de convivencia con prendida entre los ríos Issa y Apaporis donde el hombre blanco, con
tribus caníbales ), publicado en 1915 (Constable and Company, Londres; anterioridad, rara vez había penetrado. En las partes remotas de es-
tos distritos, las tribus de indios nómades son, en algunas oportuni-
Duffield and Company, Nueva York, dedicado al naturalista Alfred Rus-
dades, francamente caníbales y nos brindan la evidencia de que exis-
sell Wallace), recibió críticas lapidarias. The Nation, un prestigioso se- te una condición de salvajismo que es difícil de encontrar en el siglo
manario norteamericano, publicó el 16 de marzo de 1916 un ácido co- XX, en otras partes del mundo. Hay que señalar que esta área inclu-
mentario que contribuye a delinear con más precisión el perfil de este ye el distrito del Putumayo.
aventurero: En lo que respecta a las referencias en pies de página y en los apén-
dices, las he insertado con el objeto de sugerir dónde pueden hallar-
Northwest Amazons aspira, evidentemente, a ser considerado como se semejanzas culturales o variaciones en las costumbres. Estas no-
un tratado científico en lo que respecta a las tribus de esta región. Es, tas pueden ser de suma utilidad para el estudioso de estos problemas

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al relacionarse con pueblos pacíficos y, al menos, representan la evi- la selva, no hubo tiempo ––o la orden se retrasó–– de desmontar el terror
dencia sobre las cual basé mis propias conclusiones. y Whiffen contempló, horrorizado, cómo azotaban a una joven india, ata-
da a la viga de un edificio. Si bien era un hombre acostumbrado a los ri-
Thomas Whiffen gores de la guerra, este acto inhumano debe de haberle revuelto las vís-
Londres, 1914
ceras. Indignado, increpó al gerente, Abelardo Agüero, para que cesara
de inmediato esa escena de espanto. La joven fue liberada. John Brown
Aunque Whiffen no forme parte del Olimpo de exploradores del también se encargó, al llegar a otras secciones caucheras, de señalarle
Amazonas, sus observaciones casi periodísticas son apasionantes y deta- dónde escondían a los prisioneros, y aquel memorable instrumento de
lladas. Whiffen nos introduce en un mundo aterrador, fascinante y repul- tortura que era el cepo.
sivo. Relata, por ejemplo, la forma en que los indios prisioneros eran sa- Después de siete meses de deambular por la selva, mostró los prime-
crificados y comidos en un festín. Recibían golpes contundentes en ros síntomas de vulnerabilidad hacia las enfermedades que hacían estra-
muslos y tobillos para ser finalmente decapitados con una espada. Se se- gos en esa región. La fiebre podía soportarse, ya que era cíclica, pero el
paraban las cabezas y la carne se hervía lentamente, sazonada con ají, beri beri dejaba a quien lo padecía en un estado de lamentable debilidad.
mientras los tambores tronaban y los guerreros, ataviados con sus mejo- Whiffen decidió poner punto final a su estadía amazónica y regresar a la
res galas, entonaban canciones de victoria. Los cuerpos se dividían en- civilización. Al llegar a Iquitos, posiblemente horrorizado por la escena
tre los asistentes. Los órganos genitales masculinos eran ofrecidos a la de flagelación en Abisinia, se entrevistó con la mano derecha de Arana,
mujer del jefe de la tribu, que era la única del sexo femenino que partici- Pablo Zumaeta, hermano de Eleonora y fiel ejecutor de sus órdenes, que
paba de la fiesta. Los intestinos y el cerebro no se consumían. La comi- puso su mejor cara de circunstancia, amparado por sus significativos bi-
lona se prolongaba durante ocho días. Las cabezas eran utilizadas como gotes. ¿Eso había sucedido en una sección cauchera de laPeruvian Ama-
trofeos. Partes carnosas, pelo y dientes eran removidos y la calavera se zon Company? Imposible. Aunque, ahora que recordaba, alguna vez es-
colgaba en alguna planta para que la “limpiaran” las hormigas y otros in- cuchó decir ––en forma imprecisa, claro–– que esos hechos habían
sectos, tarea que sólo les insumía media hora. Una vez concluido este ocurrido en el Putumayo. Imaginamos a este hombre, de cuerpo macizo,
proceso, la cabeza servía como adorno en el pórtico de la vivienda. Con de riguroso cuello duro, alegando que, dado lo remoto de la región era
los huesos de los brazos construían flautas y, con los dientes, collares. imposible controlar ciertos excesos, pero que, en suma, se trataba de he-
Ávido de aventura, de experiencias, tal vez, que le hicieran olvidar su chos aislados. El calor, el aislamiento y la lejanía podían deshumanizar
renguera, Whiffen se adentró en el Putumayo. No resulta claro por qué a un jefe o capataz, pero no era lo habitual. El encuentro se produjo en
la Peruvian Amazon Company autorizó ese ingreso, que no haría sino las oficinas de la ex Casa Arana, que estaban lejos de ser un modesto edi-
exponer las atrocidades a las que estaban condenados los indios. Proba- ficio céntrico. A poco más de un kilómetro del centro de la ciudad en di-
blemente conocía o se dirigió a algún miembro del directorio, y Julio Cé- rección al puerto, una avenida de palmeras reales ––denominada Calle
sar Arana no tuvo más remedio que aceptarlo. Como guía, se le asignó a Arana–– desembocaba en un imponente edificio que dominaba el río, con
John Brown, uno de los negros de Barbados contratados oportunamen- jardines poblados de adelfas, y una balaustrada típicamente decimonó-
te por la ex Casa Arana quien, si algo no supo, fue cerrar la boca. Whif- nica que se asomaba al Amazonas. Hasta hace pocos años, en el cartel
fen se enteró por él de cómo se cazaba a los indios, de cómo se los azo- que daba el nombre a esa vía todavía podía leerse “Calle Arana”, a pesar
taba y dejaba morir de inanición. También supo que, antes de su arribo, de habérsele pintado otro nombre encima, como si se hubiera querido
se habían dado órdenes a diversas secciones caucheras para montar una borrar una historia infame.
puesta en escena como si hubiese que retirar con absoluta premura el de- Una semana después, Whiffen, aún debilitado, llegó a Manaos. Al
corado de un escenario y reemplazarlo por otro, donde imperaba la bon- descender por la planchada del barco, se encontró con un hombre robus-
dad y el buen trato. Pero en la sección Abisinia, ubicada en la médula de to, impecablemente vestido para los trópicos, de barba prolijamente re-

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cortada, que le extendía la mano en señal de bienvenida: era Julio César bía tomado, la posibilidad de que escribiera un libro sobre el Putumayo.
Arana que, con seguridad alertado por Pablo Zumaeta, se había trasla- El año anterior había aparecido en su vida Walter Hardenburg, con quien
dado al puerto en compañía del cónsul peruano en Manaos, Carlos Rey había tenido una breve entrevista en Iquitos, y no se había conmovido
de Castro. El cauchero se deshizo en amabilidades. Le suplicó al inglés ante la posibilidad de que publicara un libro (los artículos en la revista
que aceptara ser su huésped en una pequeña hacienda que acababa de Truth, recién se publicarían varios meses después, a fines de setiembre de
construir río abajo y próxima a la ciudad, donde cuidarían de él hasta ese mismo año). Pero no se podía comparar a un ignoto aventurero con
que zarpara el buque que lo transportaría a Inglaterra. Whiffen no pudo un ex capitán de húsares, con acceso a los medios de difusión y al Fo-
resistirse a la invitación. Claro que esa amabilidad encubría el temor a reign Office. La única experiencia que había tenido con una publicación
una amenaza que había que desactivar de inmediato: un extranjero ––so- sobre el Putumayo, la escrita por el ingeniero francés Eugenio Robuchon,
bre todo británico–– que hubiera presenciado cómo se trataba a los in- había sido exitosa. Arana le había pagado los honorarios, lo cual le sig-
dios en sus secciones caucheras era una bomba de tiempo. A Julio César nificó un control absoluto del material y de las fotografías. Pero así y to-
Arana, lo que menos le faltaba era mundo. En primer lugar, había que es- do, nunca se sabrá si Robuchon tomó fotos y apuntes altamente compro-
tablecer en qué idioma hablarían, ya que él se negaba a hacerlo en inglés. metedores y Arana tuvo que deshacerse de él.
Posiblemente se hayan comunicado en francés. Luego, debía inspirarle Con Whiffen, en cambio, era diferente. No se lo podía eliminar en las
confianza a ese maltrecho huésped, que había presenciado algunas atro- tinieblas de una de sus secciones caucheras y sólo se podía apelar a la as-
cidades y se habría enterado de otras. Por último, recurrir a su sempiter- tucia, a la diplomacia, y de ahí la presencia del cónsul Rey de Castro, que
na estrategia de negar todo. manejaba la comunicación de la compañía. Por eso, quizá, este demos-
Whiffen le contó a su anfitrión no sólo lo que había visto en Abisi- tró un interés desmesurado en ver los apuntes con sus observaciones so-
nia, sino el pormenorizado catálogo de horrores que le revelara el negro bre la geografía, las diversas etnias y los mapas de la región. Se le ocurrió
barbadense John Brown. El militar retirado ya le había contado estas co- una idea brillante, que podía llegar a encandilar al inglés, y que les per-
sas al cónsul británico en Iquitos, David Cazes, de quien había sido hués- mitiría ––como en el caso de Robuchon–– tener el dominio total del con-
ped, prometiéndole además entregarle un informe escrito apenas el di- tenido: editar un libro sobre sus observaciones en el Putumayo. Para el
plomático llegara a Londres para sus próximas vacaciones. Julio César explorador podía ser un negocio redondo, ya que el gobierno peruano es-
Arana se mostró horrorizado. Lo que su huésped le contaba era mons- taría dispuesto a pagarle considerables honorarios que le compensarían
truoso, inaceptable, inhumano. Tomaría medidas drásticas y definitivas los enormes gastos que le había demandado la expedición. Lo único que
para castigar a los culpables, entre ellos, Víctor Macedo, gerente de La debía hacer era entregarle el material a Rey de Castro y él se encargaría
Chorrera. Pidió tiempo. Era un tema delicado, de difícil manejo y no po- de editarlo, como lo había hecho con Robuchon. Whiffen desconfió. La
día hacerse de la noche a la mañana. Whiffen le creyó. Era posible, des- propuesta era inaceptable, pero, como al fin y al cabo, era huésped de
pués de todo, que este hombre poderoso, que repartía su tiempo entre Arana dijo que lo iba a considerar. Pero se negó a entregar el material.
Londres, Manaos e Iquitos, ignorara que estaba rodeado por una banda El beri beri lo tenía a mal traer y sólo deseaba que zarpara el barco que
de asesinos. Arana era un hombre de negocios que alternaba con los di- lo trasladaría a Inglaterra, para someterse a un tratamiento en un hospi-
rectivos de la Peruvian Amazon Company , con prominentes banqueros, tal londinense, donde hubiera asepsia, enfermeras entrenadas según la
amigo del presidente del Perú. No tenía por qué estar al tanto de las atro- escuela de Florence Nightingale, y buenos médicos que le garantizaran
cidades que se cometían en un río que ni siquiera figuraba en los mapas. una probable cura.
Aceptó los argumentos del cauchero. Such is life in the tropics , habrá de- Whiffen, finalmente, partió de Manaos. Julio César Arana no ignora-
ducido Whiffen. ba que su presa se escapaba con el botín, y que el haberle permitido in-
Pero Julio César Arana no se quedó del todo tranquilo. Le preocupa- gresar al Putumayo había sido un error monumental. Le dio una carta
ban el material que había recopilado el explorador, las fotografías que ha- para su cuñado, Abel Alarco, miembro del directorio de la Peruvian Ama-

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zon Company, poniéndolo a su disposición para lo que necesitase, pero sarrollar una estrategia, Arana le propuso encontrarse nuevamente, pe-
no la llegó a utilizar ya que estuvo internado en un hospital durante más ro esta vez en Londres, en el United Service Club. El encuentro se fijó
de un mes hasta curarse de su enfermedad. A Julio César Arana le preo- para el 12 de octubre.
cupaba no sólo lo que podía llegar a publicar el ex capitán de húsares, si- El United Service Club, en la esquina de Waterloo Place, donde na-
no sus poderosos contactos. El Putumayo, al menos hasta julio de 1909, cía Regent Street, era un imponente edificio georgiano, abrumadoramen-
era un río desconocido y así debería permanecer, oculto, anónimo. Inte- te neoclásico, del cual eran miembros dos mil socios relacionados con la
ligente y astuto, Arana conocía el valor de pasar desapercibido en un armada y el ejército. La admisión era implacable: se exigían cincuenta
mundo como el británico, donde no funcionaban los códigos éticos ama- votos para ingresar, y una bolilla negra entre diez era causal de rechazo.
zónicos. Le escribió dos cartas a Whiffen, a la dirección que le había da- La cuota de ingreso era de cuarenta libras esterlinas. Allí lo citó a Julio
do, es decir, al elegante United Service Club, emblema de lo victoriano, César Arana, en su territorio y pagando él las bebidas que tomaron en el
ubicado en Pall Mall; en la primera, le solicitaba, con fines puramente bar. Después de la entrevista que mantuvieran en París, se había produ-
personales, copias de las fotografías que el explorador había tomado en cido una nueva vuelta de tuerca: el Foreign Office le solicitó a Whiffen
el Putumayo. En la última, le señalaba que a fines de setiembre, estaría que, por haber recorrido recientemente la región y dadas las noticias que
en París, alojado en el Hotel Nouvelle. se publicaban en los medios, elevara un informe detallando las condicio-
Sin embargo, algo ––y de máxima gravedad–– había sucedido en los nes de vida de los indios. En el nuevo encuentro entre Whiffen y Arana
últimos días de setiembre, concretamente el 22: la publicación del pri- se produjo un punto de inflexión sobre el que existen dos versiones. La
mer artículo de Hardenburg en Truth . El Putumayo había salido a la su- de Richard Collier, en The River that God forgot es, a nuestro juicio, de
perficie y Arana tenía que neutralizar a Whiffen a cualquier precio. Ca- una ingenuidad inaceptable; por lo tanto, nos parece conveniente omi-
sualmente ––aquí nos atenemos al relato de Richard Collier––, el capitán tirla, y remitirnos a lo que escribieron Julio César Arana en Cuestiones
de húsares tenía planeado ir a Trouville, célebre balneario colmado de del Putumayo y Reginald Enock en su Introducción a The Devil’s Para-
celebridades y millonarios, con el único objeto de ir al casino y, casual- dise, de Walter Hardenburg.
mente otra vez, decidió ir a París para entrevistarse con Julio César Ara- Del United Service Club, los dos hombres partieron al Café Royal, en
na. Apenas ingresó al Hotel Nouvelle, el visitante pidió una botella de Regent Street, santuario de artistas, aristócratas y millonarios, cuya entra-
champaña. Almorzaron juntos, tal vez hablando de temas meramente da ––un pórtico con cuatro columnas–– estaba flanqueada por dos nego-
convencionales, sin que ninguno de los dos hiciera la menor alusión a lo cios: West End Clothes,que exhibía en la vidriera ropa masculina, y Thier-
publicado por Truth, lo cual era sumamente sospechoso por parte de ry Boots, que mostraba botas, también para hombres. Sobre la enseña del
Whiffen. Si había puesto al descubierto las atrocidades en el Putumayo restaurante fulguraba una inmensa corona. Durante años, había sido di-
ante Pablo Zumaeta, en Iquitos, y ante Arana, en Manaos, su silencio re- rigido por un señor Oddenino, y su comida era insuperable. Whiffen y
sultaba significativo. Fue el cauchero quien, a boca de jarro, le preguntó Arana, como fieras al acecho, esperaban el momento propicio para pro-
si pensaba escribir artículos para esa revista, a lo que el inglés adujo que poner y cerrar un negocio, bajo los oropeles del salón del primer piso, aca-
estaba lejos de buscar la notoriedad. Pero Arana no iba a dejar escapar tando las rígidas reglas de etiqueta, sin apresurarse, leyendo el complica-
a su presa: quería desesperadamente apoderarse del material y de las fo- dísimo menú y eligiendo los vinos adecuados. En 1909, sentarse a la mesa
tografías en poder de Whiffen, y volvió a la carga con la propuesta de edi- de un restaurante de esa categoría implicaba un indispensable conoci-
tar un libro, que beneficiaría enormemente al gobierno peruano, ya que miento gastronómico, ya que el menú era extremadamente complejo. To-
estimularía al capital extranjero a invertir en el país. El recuperado ex- memos, por ejemplo, una comida convencional en el Café Royal extraída
plorador amazónico acaso intuyó el temor, el recelo, la amenaza que su de Etiquette and Advice Manuals ––Dinners and Diners, por el teniente
experiencia en las secciones caucheras entrañaban para laPeruvian Ama- coronel Newnham-Davis, en 1899, The Café Royal (Regent Street ).
zon Companyy para ese peruano. Posiblemente, para ganar tiempo y de-

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Hors-d’oeuvre a la Rusa abonaban mil libras esterlinas. El cauchero no debe de haberse inmuta-
Ostras nativas do, ya que el soborno formaba parte de su sentido de los negocios. Pero
Consomé Príncipe de Gales su astucia superaba a la de su contrincante: le pidió que hiciera su soli-
Rodaballo a la Polignac
citud por escrito, ya que para disponer de esa suma necesitaba la apro-
bación del directorio de la compañía. Increíblemente, Whiffen lo hizo, lo
Suprema de ave a la Montpensier
Costeleta de cordero tierno a la Régence cual demuestra su carácter impulsivo, su codicia, su inmadurez. Si creyó
Canasta de papas soufflé que Arana era fácilmente manejable, se equivocó: don Julio era un pa-
ciente y peligroso animal selvático. Lo inexplicable es que el ex capitán
Parfait de foie-gras de los húsares haya querido chantajearlo, cuando, en realidad, era un
Codorniz al horno sobre canapé hombre que tenía recursos económicos. Durante la conversación, admi-
Ensalada de corazón de lechuga tió que el costo de su viaje al Putumayo había sido de mil cuatrocientas
Aletas de tortuga a la Americana
libras esterlinas, pero que se conformaría con mil, algo que no cuadra
Espárragos frescos Anglaise, salsa Mousseline
con el heredero de un laboratorio químico.
Ananás glaçé Es imprescindible reproducir, al pie de la letra, lo que Julio César Ara-
Soufflé de queso na y Reginald Enock escribieron acerca de este encuentro. El cauchero,
en la Nota número cinco de Cuestiones del Putumayo , escribe:
Canasta de frutas
Café CHANTAJISTA DE ALTA ALCURNIA

Todo esto regado, en orden sucesivo, por vino Solera; champagne El caballero indicado como M. X. 2 ––y cuyo incógnito se pretendió
Veuve-Clicquot; Giesler 1884 Extra Dry; vino Chateau Lafitte; vino Mar- guardar por la cancillería inglesa–– es nada menos que Mr. Thomas
tínez y Grand Fine Champagne Waterloo . Es inevitable preguntarse có- Whiffen, capitán de húsares de la reina, hijo de un antiguo miembro
mo Julio César Arana vivió hasta los ochenta y ocho años si, en una no- de la Cámara de los Comunes y persona de señalada significación en
los círculos aristocráticos de la sociedad londinense.
che, era capaz de deglutir semejante orgía calórica. Whiffen, en cambio,
Mr. Whiffen pretendió que le diéramos mil libras esterlinas a cambio
falleció joven, en 1922, a los cuarenta y cuatro años, a bordo del vapor
de un informe al Foreign Office favorable a nuestra negociación del
St. Albans , en el puerto de Hong Kong, mientras se dirigía a Yokohama.
Putumayo, que acaba de visitar.
Fue enterrado en esa ex colonia inglesa donde todavía hoy puede apre- No pudiendo negar la prueba escrita de este conato de chantage , ape-
ciarse su tumba.1 ló al recurso de decir que cuando escribió el papel denunciador es-
Pero volvamos a aquella noche en el Café Royal. Esta vez le tocaba taba ebrio.
abrir el fuego a Whiffen: el Foreign Office le había encomendado un in- Y el comité de la Cámara de los Comunes, lejos de haber procurado
forme sobre el Putumayo y de él, entonces, dependía el tenor del mismo. que el oficial culpable recibiera el castigo que merecía, ha tratado por
En algún momento de la extensa cena Whiffen interiorizó al cauchero todos los medios posibles ––apelando a verdaderaschicanas–– de sal-
acerca de la petición que le había hecho el gobierno. Arana no ignoraba varlo de responsabilidad.
que su interlocutor estaba al tanto de todo lo que sucedía en sus seccio-
nes caucheras y bien podía haber tomado fotografías de algunos de esos Reginald Enock, también explorador del Amazonas y enfático defen-
horrores. Finalmente, llegó el momento que esperaba: el ex militar le co- sor de Walter Hardenburg, no tuvo más remedio que admitir implícita-
municó que estaba dispuesto a suprimir el informe solicitado por el Fo- mente la verdad en su introducción a The Devil’s Paradise (Fisher Un-
reign Office si Arana y los directores e la Peruvian Amazon Company le win, 1912) del joven norteamericano.

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cado en The New York Times, el 18 setiembre de 1907, firmado por el
La acusación más seria fue formulada por el director peruano de la cónsul peruano en Nueva York, Eduardo Higginson, ataca la validez de
compañía, Julio César Arana, contra un oficial del ejército inglés que la concesión otorgada por el gobierno de Colombia a la Amazon Colom-
había viajado por el Putumayo y presenciado las atrocidades come- bian Rubber and Trading Company entre los ríos Putumayo y Caquetá,
tidas contra los indios. Según esta acusación, refrendada por un do-
un área estimada en cuarenta y siete mil millas cuadradas, concesión que
cumento, registrada en una minuta en los libros de la compañía y en-
recién finalizaría en 1930, por tratarse de un territorio que reclamaba el
viada a los accionistas en una circular impresa en diciembre de 1909,
Perú. El motivo era que esa región estaba en disputa. Tres días después,
este oficial contactó a Arana en Londres, lo agasajó en el United Ser-
vice Club y en el Café Royal, y le propuso suprimir un informe sobre el cónsul de Colombia en Washington, J. M. Pasos, publicó otra carta en
el tema que había realizado para la cancillería británica, que era de The New York Times , intentando desvirtuar la posición peruana, basán-
tal naturaleza que arruinaría a la compañía si Arana y los otros di- dose en que la concesión había sido hecha antes de la firma del modus
rectores no le abonaban mil libras esterlinas para cubrir los gastos de vivendi entre ambos países.
su viaje al Putumayo. Los directores se negaron y el oficial envió el Esto motivó que el cónsul norteamericano en Iquitos, Charles Eber-
informe. Los viajes de este oficial son mencionados en el informe de hardt ––por tratarse de una compañía de capitales colombianos y nor-
Mr. Casement. Destacamos esto en beneficio de la imparcialidad. teamericanos, y en las cuales había accionistas estadounidenses–– viaja-
ra a esas regiones. Comprobó que la influencia de la Casa Arana era
Si Reginald Enock, enemigo acérrimo de Julio César Arana, mencio- abrumadora y que manejaba el comercio de la zona, lo cual apenas con-
nó este hecho, no caben dudas acerca de las intenciones del capitán figuraba un monopolio; pero escuchó, azorado, a un negro de Barbados
Whiffen. que le relató, con detalle, lo que sucedía allí: mujeres indias torturadas,
niños de pocos meses de edad a quienes se les estrellaba la cabeza con-
tra un árbol para que la madre tuviera más tiempo para recolectar el cau-
Los horrores del Putumayo que comenzaban a estremecer a los in- cho. El informe enviado a Washington señalaba que “los peruanos inten-
gleses y a la prensa mundial, eran bien conocidos desde hacía años por tan beneficiarse con la mano de obra indígena antes de que desaparezca
los gobiernos de Colombia, Ecuador y Perú. Pero ¿qué importancia po- por completo y, para lograr ese fin, no dudan en llevar a cabo los más ul-
día tener que gobiernos de insignificantes repúblicas sudamericanas su- trajantes actos de crueldad”.
pieran la verdad? ¿qué trascendencia deparaba ese conocimiento sin el Esta denuncia que llegó a manos del gobierno norteamericano, pero
imprescindible apoyo del periodismo europeo y norteamericano? Walter durmió el sueño de los justos en un cajón hasta que, a raíz de los escán-
Hardenburg, sin duda, fue el detonante. Pero hubo otros que recorrieron dalos del Putumayo, fue debidamente desempolvado y puesto en circu-
el Putumayo antes que él y elevaron sus voces de protesta sin que nadie lación.
los escuchara; entre ellos, el entonces cónsul norteamericano en Iquitos, Hubo otro testimonio, el de un inglés ––de quien someramente he-
Charles C. Eberhardt, que recorrió dos veces ese río. Este diplomático mos hablado en un capítulo anterior–– que, durante tres años, debió tra-
que hacía poco había iniciado su carrera, terminó siendo un experto en bajar como contador para la Casa Arana, en la sección cauchera El En-
países latinoamericanos: de 1925 a 1929, fue embajador en Nicaragua, canto, en el Caraparaná, bajo condiciones que bien podrían definirse
durante la revolución del general Augusto Sandino; luego, lo fue en Cos- como una suerte de esclavitud. Joseph Froude Woodroffe creyó que la
ta Rica. El primer informe que envió a Washington, a fines de 1907, fue selva, el caucho y la aventura eran el camino propicio para hacerse rico:
algo tibio, y se basaba fundamentalmente en el libro del francés Robu- zarpó de Liverpool el 20 de octubre de 1905, con destino a Sudamérica,
chon. Pero sugerió de manera inequívoca la condición de esclavitud que a bordo del vapor Madeirense . Como tantos otros aventureros que tran-
imperaba en la zona, producto del sistema de enganche y endeudamien- sitaron por esas latitudes, abrió, en 1906, un negocio en Nauta, río arri-
to . En su segundo viaje, su informe fue más cáustico: un artículo publi- ba al oeste de Iquitos, y no le pudo ir peor: partió con setenta indios al

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río Tigre, con el objeto de recolectar caucho, convencido de que, a su re- ne que los ríos “deparan el peligro y la excitación indispensables para un
greso, se habría embolsado varios miles de libras esterlinas. Al regresar a inglés que no le da ninguna importancia a su vestimenta o a su piel, si es
Nauta, se encontró con que el precio del caucho se había desplomado, y un deportista de raza” ( and who is a sportsman born and bred ). Otros
su administrador le había robado todos los bienes de su negocio, con su pasajes son menos british y más latinoamericanos. Cuando se refiere a
consiguiente desaparición. Sus deudas se convirtieron en astronómicas. las condiciones de vida en El Encanto, no ya de los indios sino de los
Sus acreedores, como era la costumbre, transfirieron su crédito a la Pe- empleados de menor rango, descubrimos la denigración humana que im-
ruvian Amazon Company, cancelando de este modo deudas propias; peraba en esa selva. En un edificio construido sobre pilotes, con techo
Woodroffe no tuvo otra alternativa que irse a trabajar a El Encanto de de hojas de palmera, que tenía veinticuatro habitaciones, vivían cocine-
1908 a 1911, hasta que, después de tres años, se consideró que su deuda ros, marineros y guardianes, con sus mujeres y, a veces, niños, a los cua-
estaba cancelada y se lo dejó en libertad. En 1914, publicóUpper reaches les no les suministraban muebles, camas, baldes ni jarros: estaban obli-
of the Amazon (Methuen & Co., Londres) un libro que no describía atro- gados a adquirirlos en la despensa de la compañía a un costo de diez a
cidades, pero que ponía el énfasis en el sistema de esclavitud ––que su- doce libras esterlinas. Tampoco tenían baños. El olor nauseabundo de-
frió en carne propia–– que imperaba en las secciones caucheras. bajo y alrededor de la edificación, producto de las heces que caían del
primer piso, era imposible de tolerar y, de no haber sido por los cerdos
Después de haber estado seis meses en El Encanto, me volví dema- que limpiaban ese terreno, se podrían haber desencadenado severas epi-
siado mórbido y mi existencia se transformó en una carga, debido al demias.
peso que llevaba en mi conciencia por la vida que estaba obligado a Una de las mayores virtudes de Woodroffe es cómo describe algunos
vivir. Había perdido las esperanzas como consecuencia de las difi- procederes de la Peruvian Amazon Company, con un sentido bastante
cultades financieras que tuve al dejar Nauta, las cuales se agravaron
menos melodramático que Walter Hardenburg. Lo primero que nos en-
por el hecho de que el caucho enviado a Europa, por el comisionis-
teramos es que huitoto, en ese dialecto, quiere decir “mosquito”, debido
ta de Iquitos, bajó drásticamente de precio.
a la flacura de las piernas de esos indios. Luego, describe con eficaz sim-
Esto logró que me endeudara seriamente en varios centenares de li-
bras esterlinas, y mis acreedores, sabiendo de mi presencia en el Pu- pleza cómo los indios entregaban el caucho.
tumayo bajo las órdenes de Arana, apelaron a la sucursal de la Peru-
vian Amazon Company en Iquitos para la cancelación de mi deuda, Transcurrieron varios meses sin que hubiera tenido la oportunidad
demanda a la cual se accedió sin que hubiera ninguna referencia a de ver indios en grandes cantidades, cuando una mañana el encar-
mi persona, a pesar de que no hubo intercambio de dinero, debido a gado me informó que los indígenas, al día siguiente, comenzarían a
que los comerciantes de Iquitos eran deudores, a la vez, de Arana. traer todo el caucho recolectado por ellos durante este fabrico, co-
Por lo tanto, ellos saldaron su deuda transfiriendo la mía a Arana. mo se denomina al tiempo que media entre las entregas, y que que-
Esto trajo como consecuencias que quedara seriamente endeudado ría que yo supervisara el peso y almacenamiento de lo que cada sec-
con mis empleadores y debiera soportar meses de paciencia y de ab- ción cauchera entregaba.
negación. Temprano a la mañana siguiente, fui despertado por el ruido del arri-
bo de los indios y empleados, y, vistiéndome con rapidez, me prepa-
ré para ver en detalle la llegada de los principales contingentes, acam-
El libro de Woodroffe no es sobre antropología, sino que es una mo-
pados al borde mismo de la selva, a dos millas de distancia.
nografía de asombrosa calidad narrativa sobre el Amazonas, escrita por
Poco después, empezaron a llegar; una larga fila de cuerpos encor-
un típico inglés de comienzos del siglo XX que decidió hacer fortuna in vados, y, en las espaldas de cada uno, se distinguía lo que, a primera
the tropics. Se lamenta, por ejemplo, de que pocos ingleses se aventuren vista, parecían enormes gavillas cubiertas de pasto, pero que termi-
por el Putumayo, no para verificar las atrocidades, sino por la presencia naron siendo numerosos “rabos” de caucho, atados entre sí en far-
de una riquísima fauna, la cual serviría para excelentes cacerías. Sostie- dos de ocho a dieciséis en número, y pesando de cuarenta a cincuen-

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ta kilos y aún más, peso que cada indio había traído a través de la Un niño indio se había infiltrado, logrando colocarse junto a la olla
selva después de un viaje entre dos y cinco días de duración, alimen- y, cuando el empleado de turno les permitió a los indios a que se dis-
tándose sólo de pan de cazabe, algo de carne seca y, quizá, una pe- putaran los restos, este niño intentó agarrar un pedazo grande de
queña hoja de coca, la cual mastica para soportar la fatiga que les arroz quemado, que se había adherido con firmeza a la olla y, al es-
ocasiona el largo viaje y el peso excesivo. forzarse para despegarlo, la turba lo empujó no permitiendo que pu-
Los indios, a medida que llegaban, eran agrupados en sectores, for- diera hacerse a un lado, a pesar de los gritos agonizantes de ayuda
mando una larga hilera, cada tribu separada de las demás, los hom- que profería para liberarse de esa olla que lo incineraba. Los gritos
bres en primera fila, los niños y mujeres detrás, lo que hacía recor- lograron alertarme, lo mismo que a un empleado norteamericano:
dar a un batallón de soldados a punto de desfilar y esperando la logramos dispersar a la multitud y liberar al niño. Tenía graves que-
inspección. maduras en la cabeza y en el cuerpo, y sus nalgas, junto con otras
Luego se pasa lista, para comprobar si alguno escapó de la vigilan- partes, estaban literalmente asadas. Lo llevamos hasta la casa y lo
cia de los guardias armados que los trajeron desde sus casas, con lo cubrimos con aceite de oliva, lo único que pudimos obtener y que
cual el encargado podía calcular cuántos kilos de arroz, fariña y la- parecía aliviarlo, pero sus alaridos eran desgarradores.
tas de sardinas serían necesarias para darles a los indios una comi- Finalmente, se liberó de nosotros y, durante lo que restaba del día,
da antes de que se internaran nuevamente en la selva. Si alguno fal- corrió por todas partes retorciendo sus manos en señal de agonía, lo
taba, se tomaban de inmediato medidas para saber dónde podían cual debe de haber sido para él horroroso. Por último, se quedó dor-
estar. mido por haber quedado exhausto.
Después de que el caucho fuera pesado y almacenado, los indios se A la mañana siguiente parecía estar mejor, por lo cual lo embadur-
preparaban para recibir los alimentos, que habían sido preparados namos con yodoformo y, a pesar de que el señor Smith y el nortea-
en el ínterin, y se traían enormes ollas de cobre que contenían arroz mericano que mencioné deseaban que el chico permaneciera en tra-
a medio cocinar, depositándolas en el suelo. Varios empleados se ubi- tamiento, el encargado se negó a dar su consentimiento. Poco tiempo
caban cerca de la olla. Cada uno de ellos tenía un cucharón, con ca- después, el jefe de la sección cauchera a la cual pertenecía el niño vi-
pacidad para llenar una taza grande de desayuno. También tenían no a las oficinas y, al preguntarle cómo estaba el chico, nos informó
una canasta o caja conteniendo pequeñas latas de sardinas de una que, debido a la falta de cuidados, la suciedad había entrado en las
marca de calidad notablemente inferior, y, muchas veces, no estaban heridas, causándole una inflamación que derivó en su muerte.
precisamente en condiciones de ser consumidas. Se les permitía pa-
sar a los indios y cada uno recibía el contenido de un cucharón de
Woodroffe, en este relato más melancólico que macabro, describe a
arroz y una lata de sardinas.
No se les suministraba platos ni cacharros, por lo tanto las pobres los indios huitoto. Señala que eran notoriamente limpios, que pasaban
criaturas utilizaban latas sucias y oxidadas que encontraban esparci- horas en el agua jugando en ríos y arroyos y que, al encontrarse con los
das, o pedazos de hojas o papel sucios, donde colocaban su porción hombres blancos, pedían desesperadamente jabón, si era posible con fra-
de arroz hirviendo y a medio cocinar. He visto en varias oportunida- gancia, artículo que valoraban muchísimo. También recurrían a la euta-
des a indios de ambos sexos recibir la porción caliente en sus manos, nasia, aplicándola únicamente a los seniles en absoluto estado de deca-
pasándola rápidamente de una a la otra para enfriarla, y tragándola dencia, de accidentes irremediables y de aquellas enfermedades que
de inmediato para colocarse nuevamente en la fila con la esperanza impiden que el doliente sea útil a sí mismo o a los demás. Cuando un in-
de recibir una segunda porción. Servir este alimento apenas insume
dio enfermo lo solicitaba, se cavaba una fosa, se colocaba al enfermo den-
unos pocos minutos, pero, cuando ya no hay más arroz para distri-
tro de la misma y se lo enterraba vivo. Para el autor, a pesar de esta prác-
buir, suelen producirse reyertas entre hombres y chicos para ubicar-
se lo más cerca posible de la olla, para asegurarse los restos que que- tica, surge inequívocamente en estos indios una vocación humanitaria
dan pegados adentro de las mismas, aunque suelen pagarlo caro para evitar el sufrimiento a los seres queridos.
porque se queman severamente los dedos. Una vez presencié algo Colombia había iniciado investigaciones en el Putumayo en 1907, pe-
realmente chocante. ro pocos autores colombianos de esa época ––salvo informes estricta-

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mente gubernamentales–– escribieron sobre las atrocidades que se prac- ––¿Cuántos años tiene Luciano Silva, el hijo de usted?
ticaban en ese río y sus tributarios; hubo que esperar hasta 1924, cuan- ––No ha cumplido los quince.
do un escritor colombiano, José Eustacio Rivera Salas, publicó La vorá- ––¿Usted está dispuesto a comprarme la cuenta suya y la de su hijo?
gine, una novela costumbrista, que narra los horrores que se padecían en ¿Cuánto debe usted? ¿Qué abonos le han hecho por su trabajo?
––Lo ignoro, señor.
el imperio presuntamente de Julio César Arana. Jorge Luis Borges algu-
––¿Quiere darme por las dos cuentas cinco mil soles?
na vez afirmó, con respecto a esta novela, que más que recordar haber-
––Sí, sí, pero aquí no tengo dinero. Si usted quisiera la casita que po-
la leído, le parecía haber estado en un sitio. La vorágine, más allá de sus seo en Pasto… Larrañaga y Vega son paisanos míos. Ellos podrían
virtudes literarias, llevaba un atraso de un cuarto de siglo desde que se darle informes, ellos fueron mis condiscípulos.
habían iniciado las atrocidades, un anacronismo con relación a otras ––No le aconsejo ni saludarlos. Ahora no quieren amigos pobres. Dí-
obras que se publicaron, algunas alentadas por intereses colombianos, game ––agregó sacándome al patio––, ¿usted no tiene goma con qué
por ejemplo, el ya mencionado El libro rojo del Putumayo, de Norman pagar?
Thomson. Pero la vorágine es una obra de ficción. Cuando se publicó, el ––No, señor.
imperio de Julio César Arana había iniciado su camino hacia la extinción ––¿Ni sabe cuáles son los caucheros que me la roban? Si me denun-
cia algún escondite, nos dividiremos la que allí haya.
y, en Iquitos, la pobreza era aterradora, debido al derrumbe del precio
––No, señor.
del caucho. Rivera Salas ––al igual que la escritora austríaca-norteame-
––¿Usted no podría conseguirla en el Caquetá? Yo le daría compa-
ricana Vicky Baum, autora de El bosque que llora (1943)–– narró lo que
ñerazos para que asaltara barracones…
no había conocido, lo cual lo diferencia de Hardenburg, Woodroffe y Disimulando la repulsión que me producían aquellas maquinaciones
Whiffen. rapaces, pasé de la astucia al doblez. Aparenté quedar pensativo. Mi
Aún así, vale la pena reproducir un pasaje donde aparece Julio César sobornador estrechó el asedio:
Arana, pues el retrato que de él hace el autor debe ser lo más aproxima- ––Me valgo de usted porque comprendo que es honrado y que sabrá
do a la personalidad y al estilo del cauchero. Rivera Salas no recurrió a guardarme la reserva. Su misma cara le hace el proceso. De no ser
nombres imaginarios, sino al del cauchero y al de uno de sus encargados, así, lo trataría como a picure, me negaría a venderle a su hijo y a uno
Miguel de los Santos Loayza. El protagonista de La vorágine es un hom- y a otro los enterraría en los ingales. Recuerde que no tienen con qué
pagarme y que yo mismo le doy a usted los medios de quedar libres.
bre entrado en años, Clemente Silva, que busca desesperadamente a su
––Es verdad, señor. Mas eso mismo obliga mi fe de hombre recono-
hijo Lucianito, esclavizado en una de las secciones caucheras de la Casa
cido. No quisiera comprometerme sin tener la seguridad de cumplir…
Arana.
Me gustaría ir al Caquetá, por lo pronto, como rumbero, mientras es-
tudio la región y abro alguna trocha estratégica.
En la pieza vecina se alzó una voz trasnochada y amenazante. No ––Muy bien pensado, y así será… Eso queda al cuidado suyo, y el hi-
tardó en asomar, abotonándose el piyama, un hombre gordote y abo- jo de usted a mi cuidado. Pida un Winchester, víveres, una brújula, y
tagado, pechudo como una hembra, amarillento como la envidia. An- llévese un indio como carguero.
tes que hablara, apresuróse el Contabilista a informarlo lo sucedido: ––Gracias, señor, pero mi cuenta se aumentaría.
––¡Señor Arana, voy a morir de pena! ¡Perdone usted! Este hombre ––Eso lo pago yo, ése es mi regalo de carnaval.
que está presente vino a pedirme un extracto de lo que está debiéndo-
le a la compañía; mas apenas le enuncié el saldo, se lanzó a romper el
Al publicarse este libro, en 1924, Julio César Arana era senador por
libro, lo trató a usted de ladrón y me amenazó con apuñalarnos.
El negro hizo señas de asentimiento; permanecí aturrullado de indig- Loreto y vivía en Lima. A pesar de ser una obra de ficción, lo menciona-
nación; Arana enmudecía más. Pero con mirada desmentidora cons- ba con nombre y apellido y no sabemos si se sintió incómodo en el Se-
ternó a los dos infames, y me preguntó, poniéndome sus manos en nado o en los círculos limeños ante el retrato genocida que de él pinta-
los hombros: ba Rivera Salas. Para colmo, el libro terminó convirtiéndose en un

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clásico. Pero la sociedad limeña, durante la década de 1920, no tenía res- la xenofobia parece haberse apoderado de los manifestantes. No podía
peto por el indio, como tampoco lo tiene en la actualidad. La categoría faltar el antisemitismo. Moisés Edery y Fortunato Levy fueron las vícti-
de “indio” abarcaba tanto al indígena amazónico, que era una rareza en mas propiciatorias: una turba enfurecida atacó e intentó ingresar en sus
Lima, como al cholo andino. Era considerado un ser inferior, torpe y len- hogares, como también en sus locales, de los cuales sustrajeron armas.
to, al cual se le gritaba. Estaba destinado a tareas serviles y la brecha en- La policía intervino y el incidente finalizó con tres muertes, lo cual no
tre los descendientes de los conquistadores, o del hombre blanco, y el in- hizo sino poner en pie de guerra a todas las fuerzas vivas de Iquitos, que
dio era absolutamente infranqueable. Por eso, es difícil que en Lima se temían nuevos ataques. El gobierno, alarmado, optó por suspender por
le haya hecho el vacío a Julio César Arana y, mucho menos, siendo sena- seis meses los aranceles a la importación de alimentos, a partir de 1909.
dor. Además, a pesar de que existía el telégrafo, la comunicación entre la Sin embargo, esto ocurría en una remota ciudad, en plena selva, y no
capital del Perú y el Amazonas seguía siendo difícil. Entrañaba un largo asombra que no tuviera ninguna repercusión fuera de ese pequeño ám-
viaje en barco que, partiendo del puerto del Callao, subía hasta Panamá, bito urbano. A quién podía importarle lo que sucedía en Iquitos. A todo
cruzaba el canal, y bajaba hasta Pará, y, luego, Iquitos, con las respecti- esto, en Londres, en el eje del mundo, un río desconocido llamado Putu-
vas escalas. Recién en la década de 1930 comenzaron los vuelos a Iqui- mayo, comenzaba a ocupar la primera plana de los periódicos y a alar-
tos, lo cual, visto con los ojos actuales, era poco menos que una hazaña. mar a los más altos funcionarios del Foreign Office, por estar involucra-
Esos hidroaviones con enormes hélices despegaban en el Amazonas, ga- dos en los supuestos crímenes ciudadanos británicos de Barbados.
naban altura para cruzar la cordillera de los Andes, atravesaban nubes y La responsabilidad de toda esta infamia también podía recaer sobre
picos de enorme peligrosidad, sin rada ni otro servicio meteorológico que un directorio británico. Era inevitable que se abriera una investigación.
el olfato del piloto, acuatizando en algún lugar para proseguir el viaje en
otro avión hasta Lima. Esta lejanía entre Lima e Iquitos también atem-
peró las versiones sobre las atrocidades cometidas por Julio César Ara- Los artículos sobre el Putumayo que publicó Truth casi semanalmen-
na en el Putumayo. Pero, como veremos más adelante, el Amazonas co- te hasta el 17 de noviembre de 1909, le dieron mucho prestigio pero po-
bra cada crimen que se comete y logró algo inaudito: borrar de la co dinero a Walter Hardenburg. Vale aclarar que su popularidad se cir-
memoria popular peruana al cauchero. En la actualidad, nadie sabe quién cunscribió exclusivamente a círculos que defendían lo que en la
fue y sus parientes reniegan de los lazos sanguíneos. actualidad se denominan derechos humanos. De la mano del reverendo
El Amazonas era un mundo hermético: parecía cerrar su manto so- John Harris, de la Anti-Slavery and Aborigines Protection Society , Har-
bre sus habitantes, manteniéndolos alejados de algunos acontecimientos. denburg, vestido de riguroso frac, transitó por salones poblados por prós-
Los artículos de Walter Hardenburg que publicó Truth no repercutieron peros filántropos narrando lo que había visto en el Amazonas peruano.
en Iquitos. Julio César Arana sabía cómo silenciar cualquier escándalo y, No obstante, no era suficiente para vivir. Esperaba con paciencia infini-
además, contaba con su cuñado, Pablo Zumaeta, fiel ejecutor de sus ór- ta que el gobierno del Perú le enviara la compensación económica por la
denes. Lo que preocupaba a los habitantes de la capital de Loreto era el pérdida de sus pertenencias, pero el trámite se arrastraba sin dar señales
alto costo de los productos importados, entre ellos los alimentos, y poco de concluir. Debió recurrir otra vez a su padre para que le remitiera se-
les importaba lo que sucediera en Londres. El pueblo ––no los cauche- tenta y ocho libras esterlinas que había enviado con anterioridad y que
ros ni los comerciantes–– pasó a la acción directa, única arma de la que su progenitor había invertido en hipotecas. Londres era una ciudad ca-
disponía: decidió aprovisionarse, ya que la inflación hacía imposible ad- ra, y no sólo había que enfrentar los gastos que le generaba su alojamien-
quirir hasta artículos de primera necesidad. Esa decisión se tradujo, du- to en Sandwich Street, sino que un nuevo acontecimiento había irrum-
rante 1908, en una serie de asaltos populares el 11 y 12 de agosto a di- pido en su vida: se había enamorado. Mary Feeney, amiga de los
versas casas comerciales, sistemáticamente repelidos por la policía. A propietarios del boarding house, había traspasado el límite de la amistad,
juzgar por los ataques contra comercios cuyos propietarios eran chinos, de ser su fiel confidente, para convertirse en una mujer capaz de desatar

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en el joven norteamericano una nueva pasión. Lo acompañaría hasta el Arana, en cambio, apuntó sus cañones contra Hardenburg y Whif-
fin de sus días. En más de oportunidad, Walter Hardenburg habrá pen- fen. Su condición de chantajistas y, en el caso del norteamericano, de fal-
sado en renunciar a esta cruzada por momentos quimérica y para nada sificador, era suficiente para apaciguar al directorio de la Peruvian Ama-
rentable, hacer sus valijas y volver a Youngsville, a la comodidad, a la zon Company. Tenía que recurrir a cualquier estrategia para que el
protección del hogar. Pero si había sobrevivido en el Putumayo, más lo directorio británico, ahora presidido por John Russel Gubbins creyera en
haría en Londres. Mientras tanto, los editores de Truth le prestaron vein- sus argumentos. Lo primero que lo favoreció fue la llegada a Londres, el
te libras esterlinas para que pudiera subsistir, suma que, eventualmente, 13 de noviembre, a bordo del vapor Antony , de Henry Gielguld, un con-
se comprometió a devolver. tador contratado por la compañía para que fuera a Manaos y a Iquitos a
Tampoco hay que creer que, por el hecho de que Truth publicara se- revisar los libros de la compañía. Su estadía en el Amazonas había sido
manalmente los artículos de Hardenburg, el Putumayo había trascendi- prolongada: siete meses, de los cuales pasó dos en el Putumayo. Como
do a otros medios de difusión; en realidad, lo ignoraron. El semanario era de suponer, se montó la correspondiente escenografía para ocultar
carecía del prestigio de The Times y su contenido era francamente sen- los horrores, y así fue que este inglés algo ingenuo llegó a La Chorrera,
sacionalista, aunque no llegaba a caer en el periodismo amarillo. Ten- donde fue agasajado por Víctor Macedo, y a El Encanto, donde los ho-
drían que pasar tres años para que ese desconocido río provocara un es- nores le correspondieron a Miguel de los Santos Loayza. Posteriormen-
cándalo incontrolable, que ya no se limitaría a la prestigiosa prensa te recorrió las secciones caucheras Sur, Occidente, Entre Ríos y Último
británica, sino que se desparramaría por todos los diarios europeos y nor- Retiro. Durante la estadía amazónica de Gielguld, aún no se habían pu-
teamericanos. La pregunta inevitable es qué hacía Julio César Arana, blicado los artículos de Hardenburg y nadie tenía, en Inglaterra, la más
mientras tanto, en Londres, y qué estrategia pensaba utilizar para con- remota sospecha de lo que realmente sucedía en aquellos tristes trópicos.
trarrestar la mala publicidad. Para el modesto contador, que apenas ganaba ciento cincuenta libras al
El primer frente de conflicto lo tuvo con Eleonora, que aún no se ha- año antes de emprender este nuevo trabajo, el escenario debe de haber
bía mudado a Londres a Queen’s Gardens (lo haría recién en 1910), y sido deslumbrante: los sombríos caminos en la selva; sus misteriosos so-
pasaba una larga temporada en una villa en Suiza, con sus hijos, concre- nidos; la bruma que brotaba de los ríos en las primeras horas de la ma-
tamente en Ginebra. Las atrocidades narradas por Walter Hardenburg ñana; la pequeña catarata de La Chorrera, la cristalina transparencia del
deben de haberle resultado intolerables: como buena provinciana, el es- Igaraparaná que, en el idioma indígena, quiere decir precisamente “muy
cándalo era el peor de los males, una lacra que había que evitar a toda transparente”, y, también, la zalamera deferencia que le demostraban los
costa. Acaso habrá recordado cuando Julio César se internaba en los ríos encargados. Si alguien le hubiera dicho lo que verdaderamente ocurría y
amazónicos, arriesgando su salud, desafiando las más temibles enferme- qué se les hacía a los indios, habría creído que se trataba de un dislate.
dades, en un mundo colmado de violencia, de hombres inescrupulosos, Por eso, su llegada a Londres le calzó como un guante a Julio César
y sus súplicas para que abandonara el caucho. No la había escuchado. Arana. Lo primero que hizo fue sondear al contador para saber si había
Ahora, a pesar de estar rodeada de un lujo desmesurado, quizás añora- presenciado maltratos a los indios. Gielguld negó de plano que se come-
ba los días de Rioja, de Yurimaguas, en vez de ser la señora de Arana, tieran abusos. El 18 de noviembre se leyó en una reunión de directorio
cónyuge de un hombre que torturaba y mataba indios. Cabe preguntar- el informe de Gielguld y todos parecieron recuperar la compostura. Ri-
se si estaba o no al tanto de lo que sucedía en el Putumayo, si su marido chard Collier, en The River that God forgot , reproduce pasajes del infor-
se lo había confiado y, sobre todo, qué pensaba hacer al respecto. Sea co- me en cuestión: “Las acusaciones de Truth no son acordes con las con-
mo fuere, Eleonora estaría, como siempre, al lado de Julio César. Así ha- diciones que prevalecen en las propiedades de la compañía. Las
bía sido a lo largo de sus vidas, y lo demostró hasta que su marido mu- impresiones que recogí de las condiciones generales son decididamente
rió en Lima a los ochenta y ocho años y lo veló antes de que lo sepultaran favorables, y los indios no tenían esa expresión acobardada y miserable
en el cementerio Presbítero Maestro. que uno espera encontrar en víctimas de salvajismos. Para mí, se aseme-

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jaban simplemente a niños felizmente predispuestos. Los altos emplea- las denuncias de Hardenburg y el informe de Whiffen. Lo que menos de-
dos de la compañía que conocí no parecían ser la clase de hombres que seaba Julio César Arana era la irrupción en su imperio de una comisión
azotaran, mutilaran o mataran desenfrenadamente a los indios que te- británica. A pesar de que sus fieles encargados eran hábiles para armar y
nían bajo su mando; los señores Macedo y Loayza, en particular, son desarmar escenarios, siempre existía el peligro de que se filtrara alguna
hombres que no creo que fueran capaces de cometer las mencionadas información. Buscó innumerables pretextos para demorar esa decisión,
atrocidades, y, por otra parte, no existen evidencias serias de que esas opuso reparos a cuanto candidato se proponía. Pero Inglaterra no era Pe-
barbaridades hayan ocurrido”. rú: el canciller Grey exigía que viajara una comisión, algo que nunca hu-
Tal vez lo más grave del caso es que Gielguld compuso su informe de biera sucedido en Lima. Para el gobierno limeño, y para la mayoría de
buena fe, pues nada indica que haya sido sobornado por Arana. Pero el los peruanos, Julio César Arana era una suerte de cacique, un patriota,
alivio del directorio fue de cortísima duración. El Foreign Office, presi- un hombre que había puesto coto a las pretensiones territoriales colom-
dido por el canciller sir Edward Grey se tomó muy en serio tanto las de- bianas y que, además, les había dado utilidad a indios caníbales y here-
nuncias de Hardenburg como el informe que presentó Whiffen tras fra- jes. Además, cuánto había hecho por Iquitos: escuelas, hospitales, obras
casar en su intento de vendérselo a la Peruvian Amazon Company por sanitarias surgieron a partir de sus iniciativas mientras fue presidente de
mil libras esterlinas. Grey pidió la cabeza de al menos uno de los direc- la Junta Departamental. También pertenecía a la Liga Loretana y al Cen-
tores que, concebiblemente, estaba al tanto de lo que ocurría en el Putu- tro Social Moyobamba, es decir, a la crema de la sociedad amazónica.
mayo antes de formarse la compañía británica. Se trataba de Abel Alar- Más que investigarlo, había que hacerle un monumento.
co, cuñado de Julio César Arana. Este hombre, posiblemente de escasa Sin embargo, lo que para él era, sin duda, la pérfida Albión, ahora in-
educación, a quien la riqueza le llovió de la noche a la mañana, era el tentaba inmiscuirse en sus territorios y no tuvo más remedio que acep-
prototipo del sudamericano visto por ojos ingleses: vulgar, negligente y tar formar un pequeño contingente para que viajara al Putumayo. Se tra-
con un inequívoco estilo de nuevo rico. Vivía en Londres en una enor- taría de una mera fachada compuesta de inofensivos británicos,
me mansión eduardiana, y solía ir frecuentemente a Ginebra, donde es- preferentemente tan despistados como Henry Gielguld. Claro que esa
taba Eleonora, pero a su propia villa : basta imaginar a este hombre ama- elección no dependía exclusivamente de él, sino también del directorio.
zónico ataviado como un lord escocés, arrastrado por dos enormes Se pusieron de acuerdo en algunos aspectos: los enviados deberían ha-
mastines, para que su imagen se vuelva repentinamente risible. El direc- blar castellano, tener experiencia comercial y autoridad suficiente. La co-
torio lo detestaba y, si no lo despidió, fue por respeto a Julio César Ara- misión quedó compuesta por el coronel Reginald Bertie, ingeniero en mi-
na. Este transfirió a su cuñado al Perú, donde seguiría cobrando el fabu- nería, que cobraría nada menos que dos mil quinientas libras esterlinas
loso sueldo de dos mil quinientas libras esterlinas al año. Fueron épocas por su tarea; Walter Fox, un botánico que conocía a la perfección las di-
de cambio en la Peruvian Amazon Company, aunque, en realidad, se tra- versas clases de caucho; el economista Seymour Bell, y Louis Harvey Bar-
taba de un mero “gatopardismo”, ya que se cambiaban puestos para que nes, un ingeniero agrónomo especializado en cultivos tropicales. A esta
nada cambiara. Vernon Smith, aquel torpe empleado que le había entre- inofensiva lista, se agregó el inefable Henry Gielguld a quien, por desem-
gado un sobre que contenía un cheque al periodista Horace Thorogood, peñar a partir de entonces tareas en el Amazonas, se le incrementó su sa-
fue destinado a la oficina de Manaos. Henry Gielguld, que trajo ese in- lario a dos mil quinientas libras esterlinas al año. La designación de este
forme tan conveniente del Putumayo, pasó a ser secretario y administra- grupo calmó hasta cierto punto a los directores ingleses de la compañía,
dor de la compañía, con el nada despreciable salario de mil libras ester- que se debatían entre los fabulosos sueldos que cobraban por no hacer
linas al año. nada, y una renuncia que los pusiera a salvo de cualquier amenaza futu-
Pero estos malabarismos no lograron disminuir la presión que ejer- ra. Siguieron creyendo en Julio César Arana.
cía el Foreign Office sobre el directorio de la Peruvian Amazon Company El cauchero recurrió, entonces, a una estrategia que terminó convir-
para que enviara una comisión al Putumayo, con el objeto de verificar tiéndose en un boomerang y que, acaso, le dio la primera pauta de que

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su poder era limitado. El 30 de diciembre de 1909, los accionistas de la cargo de la presidencia, se negó categóricamente a suscribir ese memo-
Peruvian Amazon Company, es decir, todos aquellos ingleses e inglesas rándum. En Inglaterra, las penalidades por calumnias e injurias eran par-
que creyeron en las virtudes del caucho, recibieron un insólito memorán- ticularmente severas y el riesgo de difamar a un miembro del ejército in-
dum con miras a la asamblea general, que se llevaría a cabo al día siguien- glés y a una revista como Truth era grande. Ningún miembro del
te, firmado por Julio César Arana, que ejercía el cargo de director. “Esti- directorio lo asumiría. Además, le señalaron a Arana con inusual dureza
mado accionista, a mi arribo a Londres hace poco tiempo, leí la serie de que las acusaciones iban dirigidas hacia él, no al directorio inglés. Por
artículos que publicó Truth. Las supuestas atrocidades expuestas son ab- otra parte, tampoco eran legalmente responsables de lo que pudiera su-
solutamente infundadas y son el resultado de imaginaciones exaltadas en ceder en otros países, por más horroroso que fuera, a pesar de que una
una región tan remota. No sorprende que algunas personas con objeti- compañía británica fuese la que explotaba los recursos. También alega-
vos mercenarios se presten a jurar falsedades. En referencia a W. E. Har- ron que muchas de las acusaciones de Hardenburg se referían a hechos
denburg, sólo puedo informar a los accionistas que esta persona a quien ocurridos antes de que ellos asumieran sus funciones. Esta impunidad
Truth protege, carece de credibilidad. Dudo que los accionistas tengan la fue seriamente cuestionada, en esa misma época, por un valiente y bri-
misma opinión de Truth al comprobar las pruebas que están en mi po- llante analista, Henry Noel Brailsford, en The War of Steel and Gold, a
der, entre otras, un telegrama, confirmado luego por una carta, del señor Study of the Armed Peace (La guerra del acero y del oro, un estudio so-
Egoaguirre, senador por Loreto, en Lima, a quien Hardenburg le propu- bre la paz armada, Londres, 1914, G. Bell & Sons).
so que le pagara siete mil libras esterlinas a cambio de no hacer público
el material que había recopilado. También existe otro episodio al cual, la- Un escándalo de proporciones ha llevado últimamente a la conclu-
mentablemente, me tengo que referir. El 12 de octubre próximo pasado, sión acerca de la necesidad de establecer controles sobre compañías
un oficial del ejército inglés que me había visitado en Manaos, me infor- británicas que operan con capital en el extranjero. La organización
mó que tenía en su poder el destino de esta compañía, que dependía de que impuso en el Putumayo un sistema de esclavitud virtual, tan cruel
e inútil como el que impuso el rey Leopoldo II en el Congo, fue una
un informe suyo que podría ser favorable para esta empresa si recibía mil
compañía británica con directores británicos, y oficinas en la City.
libras esterlinas”.
La opinión pública descubrió, a medida que se revelaban los hechos,
Pero el 31 de diciembre de 1909, en la asamblea de accionistas de la
que no existe un recurso por el cual financistas británicos, cuyos
Peruvian Amazon Company , John Russel Gubbins tomó la palabra y, an- agentes han impuesto la esclavitud a una raza primitiva a través de
te un azorado Arana, advirtió a los presentes, que el memorándum que la masacre, la tortura y la violación, puedan ser castigados o contro-
habían recibido era obra pura y exclusiva de este y que el directorio no lados, en tanto y en cuanto sus crueldades estén confinadas en terri-
lo respaldaba. De hacerse público ese documento, dijo, la compañía po- torios extranjeros. La opinión pública se conmovió y sugirió una so-
día ser demandada por calumnias e injurias y, si perdía el litigio, los cos- lución natural y simple en sí misma, que pronto será elevada al
tos serían millonarios, y la empresa quedaría descreditada. Algún accio- Parlamento. Es, en suma, que los súbditos británicos que, en el futu-
nista preguntó, de mal talante, cómo aún no se había enviado a personas ro, presten sus nombres y su capital a compañías comprometidas con
que corroboraran o desmintieran las acusaciones, después de los artícu- esta clase de especulación, estarán sujetos a juicio y encarcelamien-
to en este país, sin importar la ubicación del escenario de sus críme-
los que había publicado Truth.
nes vicarios.
A pesar de que los directores británicos de la compañía se opusieron
La propuesta incluye un principio saludable, y marca el primer reco-
tenazmente cuando Arana propuso enviar el memorándum, el cauchero nocimiento del hecho que el capital británico exportado al extranje-
siguió adelante. Después de todo ––habrá reflexionado–– la Peruvian ro es, de algún modo, una emanación de nosotros mismos, una fun-
Amazon Company era una creación suya. Era dueño de una abrumado- ción de nuestra vida ciudadana que debería, en alguna medida, estar
ra mayoría del capital accionario y las autoridades que él había designa- sujeta a la ley británica y al control de la Nación. Sólo podría ser apli-
do eran meros títeres, figuras decorativas. Pero John Russel Gubbins, a cada con éxito en casos raros y gravísimos. Basta imaginar la dificul-

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tad y el costo de obtener evidencias en el corazón de África o de Su- El único modo de verificar qué era lo que realmente sucedía en el
damérica, como también el trasladar a los testigos a Londres, para Putumayo era enviar a la comisión. Truth ya no publicaba más artículos
darse cuenta de que rara vez podría intentarse. Los abogados defen- de Hardenburg y el caucho, apenas iniciado 1910, comenzó su espiral
sores siempre podrían recurrir a testigos pagos o intimidados, que ju- ascendente en los mercados hasta llegar a cumbres inimaginables. Tocó
rarían que sus peores jefes eran considerados por los nativos como
los doce chelines y cinco peniques (3,06 dólares) la libra: las fortunas se
deidades benéficas, y, el jurado, ignorando las condiciones locales, y
hacían de la noche a la mañana y los operadores recurrían a cualquier
dispuesto a creer que, si algo malo había ocurrido, consideraría que
los directores en Inglaterra no podrían ser responsables de ello y ra- estratagema para enterarse lo antes posible de las cotizaciones. Ese año,
ra vez se los condenaría. la aduana de Iquitos recaudó la astronómica cifra de 275.600 libras es-
Nadie con un mínimo de imparcialidad puede dudar de las atrocida- terlinas.
des en el Putumayo, pero las evidencias que podrían convencer a un Ese año iban a desarrollarse otros acontecimientos. Walter Harden-
historiador no son siempre suficientes en una corte de justicia. Por un burg, ya casado con Mary Feeney, logró por fin cobrar la indemnización
caso escandaloso como este, existen otros en los cuales el capital ex- que le otorgó el gobierno peruano por sus extraviadas pertenencias: qui-
portado, a pesar de que no incurre en crímenes, es también culpable nientas libras esterlinas, que debería dividir por la mitad con W.B. Per-
de una despiadada explotación, que sólo un abogado podría distin-
kins. Esas doscientas cincuenta libras esterlinas que genuinamente le per-
guirla de la esclavitud. Los horrores, la pesadilla del Putumayo sólo
tenecían, si bien no constituían una fortuna, le permitiría al flamante
puede suceder en zonas salvajes rara vez frecuentadas por la civiliza-
ción. No son usuales, ni aparentemente demasiado rentables y tien- matrimonio dejar Inglaterra, donde no existía para él ningún horizonte
den a curarse por sus propios excesos. El sistema conocido comopeo- laboral; por otra parte, su cruzada de denuncia de lo que sucedía en el
naje , por otra parte, está establecido en Latinoamérica, y el capital Putumayo había perdido impulso. Estaba cansado de Londres, de los in-
que lo estimula es en varios casos foráneo y, a veces, británico. salvables gastos, de luchar por los derechos de indios que nadie conocía.
Tampoco quería volver a la Youngsville donde naciera, sino iniciar una
Los miembros ingleses del directorio podían dormir en paz: la ley los nueva vida en un país en crecimiento. Se decidió por Canadá. Hacia allí
amparaba. Tampoco eran responsables de lo que sucedía en el Putuma- partieron en el vapor Corsican y, el 1 de marzo, llegaron a St. John, Nue-
yo, ya que desconocían en forma absoluta las atrocidades. En todo caso, va Brunswick, para dirigirse luego a Toronto. Tres años después, en 1913,
podrían ser culpables de haber formado parte del directorio de una em- Hardenburg estaría de vuelta en Londres asistiendo a las sesiones del Co-
presa sudamericana que explotaba tierras en un río ignoto perdido en la mité Selecto de la Cámara de los Comunes que investigaba los crímenes
selva amazónica. Pero esto no eximía de responsabilidad a Henry Read del Putumayo.
y a John Russel Gubbins, dos miembros prominentes de laPeruvian Ama- En 1910, también la coruscante sociedad eduardiana recibió un du-
zon Company: aquél había nacido en el Perú y, este último, había vivido ro golpe: el 6 de mayo, falleció el rey Eduardo VII, y lo sucedió su hijo,
en Lima durante treinta y ocho años, tiempo y circunstancia más que su- Jorge V, que nada tenía en común con su padre. Este nuevo rey, inusual-
ficientes para conocer la idiosincrasia latinoamericana y cómo se trata- mente severo en sus principios, casado con la princesa Mary de Teck, era
ba al indio. Pero ahora no se trataba de ser o no responsables de críme- absolutamente feliz con su mujer y sus hijos y, mientras fue príncipe de
nes, sino de enfrentar un juicio por calumnias y difamación, lo cual los Gales, pasaba largas temporadas en una modesta casa campestre. La era
hacía poco felices y, en este sentido, fueron absolutamente intransigen- del exceso estaba a punto de concluir.
tes con Arana. Como sea, no les convenía renunciar a sus cargos: el sa- Ese mismo año, Eleonora y sus hijos dejaron Ginebra y se mudaron
lario anual de Gubbins era de seiscientas libras esterlinas y, en poco tiem- a 42 Queen’s Gardens; es inevitable preguntarse cómo esta mujer y sus
po más, se elevaría al doble; los demás miembros del directorio, cinco hijos se adaptaban a tantos cambios cosmopolitas. El trasplante a
cobraban, como dijimos, doscientas libras esterlinas al año, más una par- Biarritz había implicado un salto cuántico. Ahora era Londres, una nue-
ticipación en las ganancias. va lengua, una cultura diferente. Pero esta mujer que había cruzado la

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cordillera de los Andes a caballo para estudiar el magisterio en Lima, no automáticamente detenido apenas saliera del consulado, lo convenció de
se iba a amedrentar por un mero cambio de ciudad. Donde estuviera Ju- abonar lo que reclamaba la justicia. Sin embargo, lo grave no fue sólo que
lio César estaría ella. un funcionario británico mezclara los negocios con sus funciones consu-
Este fue quizás el último verano en que Julio César Arana estaría en lares, sino que no denunciara al Foreign Office, al viajar a Londres, en
paz junto a su familia. Nada parecía perturbarlo y el viaje al Putumayo 1909, lo que estaba sucediendo en el Putumayo, ni que un capataz de
que la comisión iniciaría ese año sería un mero trámite sin consecuen- Pensamiento que se negó a entregar a los indios al comisario Burga, lo-
cias. Ignoraba que otras fuerzas presionaban al canciller Grey, para que gró llegar a Iquitos con un contingente de indígenas para que las autori-
esa comisión incluyera un investigador propuesto por el gobierno britá- dades verificaran cómo habían sido azotados.
nico. En junio la campiña inglesa adquiría una sorprendente belleza. El La comisión que, hacia mediados de 1910, se disponía a partir rum-
cauchero, acompañado por Eleonora y sus hijos, habrá recorrido los al- bo al Putumayo no constituía una amenaza para Julio César Arana. Pe-
rededores de Londres, posiblemente en un lujoso automóvil, para ver qué ro, aún tras la partida de Hardenburg al Canadá, el reverendo John Ha-
casa con un deslumbrante jardín podía adquirir para que viviera su fami- rris, de la Anti-Slavery and Aborigines Protection Society, no se había
lia. No sospechaba que ese proyecto era utópico, y que, de ahora en más, quedado de brazos cruzados. Tenía poderosos contactos con prominen-
su vida se asemejaría a un tobogán. tes políticos e industriales, que lo apoyaron ampliamente cuando se pro-
Arana decidió, para evitar que se filtrara información inconveniente puso entrevistarse con el canciller británico, sir Edward Grey, y le abrie-
del Putumayo, escribir una carta al cónsul británico en Iquitos, David Ca- ron las puertas del Foreign Office, lo cual no era una tarea sencilla. Grey
zes, advirtiéndole de la llegada de la comisión, y aclarándole que esta in- estaba demasiado preocupado por conflictos internacionales, como la si-
dagaría “sobre el presente y no sobre el pasado”. Existía una antigua ani- tuación en Persia, para escuchar hablar de vaya a saber qué indios en al-
mosidad entre el cauchero y el diplomático inglés. En 1908, ambos guna remota selva sudamericana. Pero aceptó recibir a una delegación
habían reclamado la posesión de Pensamiento, una plantación de cau- para interiorizarse con detenimiento de lo que sucedía en el Putumayo.
cho próxima al Putumayo. Su propietario, Plinio Torres, al momento de El problema que surgió de inmediato es que la comisión, que cobraba ele-
fallecer, tenía deudas tanto con Arana como con Cazes, funcionario que, vados honorarios pagados por la PAC,3 difícilmente brindaría un infor-
además de sus tareas consulares, se dedicaba intensamente al comercio me imparcial y exhaustivo de lo que ocurría en las plantaciones de cau-
y era el dueño de la Iquitos Trading Company. Fue este quien pegó el pri- cho de esa misma empresa. Si se quería tener un panorama auténtico, era
mer zarpazo. Trabó embargo sobre la propiedad, obtuvo todo el caucho imprescindible incorporar a la comisión a una persona insobornable y
que esta producía y hasta llegó a venderlo, como cobro de deuda. Julio que tuviera experiencia en el tema. Grey le aclaró a la delegación que
César Arana actuó de inmediato: envió al comisario Burga, con jurisdic- existían obstáculos para la investigación. Por más que la compañía que
ción en el Putumayo, a que se apoderara de la propiedad en su nombre, explotaba el caucho en el Putumayo fuera británica, ¿cómo podía Ingla-
lo cual complicó las pretensiones de Cazes. El cónsul denunció la ma- terra inmiscuirse en los problemas internos del Perú? ¿Cómo vería el go-
niobra, alegando que el verdadero motivo de la toma de Pensamiento en bierno de Lima que la cancillería inglesa enviara un representante para
nada se relacionaba con una deuda, sino que estaba destinado a evitar que investigara en un territorio extranjero? Por otra parte, ¿en qué situa-
que los indios huitotos huyeran del río Caraparaná al río Napo, escapan- ción quedarían las compañías inglesas en el Perú, entre ellas los ferroca-
do de los tormentos a los que los sometía la Casa Arana, como aún se la rriles, si se producía esa inevitable fricción diplomática? Gran Bretaña
conocía. Cuando llegó la comisión británica, Cazes declaró que Arana no podía intervenir en el Putumayo, a no ser que diera con algún artilu-
había sobornado al prefecto de Loreto, Carlos Zapata, y al comisario Bur- gio legal que permitiera el ingreso de un observador oficial.
ga para adueñarse de Pensamiento. La Corte de Iquitos falló a favor de No demoró mucho en encontrarlo. Como en 1904 la Casa Arana ha-
Arana y conminó al diplomático a pagar ochocientas libras esterlinas. El bía contratado negros de Barbados y de otras islas caribeñas, como, por
cónsul se negó y sólo la amenaza del prefecto, en el sentido de que sería ejemplo, Montserrat, y estos eran súbditos británicos, la cancillería po-

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día intervenir. Sir Edward Grey había hallado el artilugio capaz de levan- pero finalmente aceptó: después de todo, la carrera de éste en los Royal
tar el telón que ocultaba los horrores del Putumayo. Ahora debía hallar Welsh Fusiliers había sido brillante y, como investigador, había demos-
a la persona indicada para esa tarea. La única elección racional, acerta- trado una pericia superlativa cuando indagó, en 1898, la masacre de sol-
da y fuera de todo cuestionamiento recayó en Roger Casement, un diplo- dados y marineros el 25 de agosto de ese año en Iraklion, Creta, duran-
mático nacido en Irlanda, que desempeñara funciones consulares en Áfri- te el dominio turco. Estaba conforme con el resto de los miembros: Louis
ca y en Sudamérica, tareas meramente burocráticas, que no se Harding Barnes era un especialista en agricultura tropical que había de-
comparaban con el pavoroso informe que presentó, en 1903, sobre el Es- sarrollado tareas en Mozambique; Walter Fox era un experto en caucho
tado Libre del Congo. The White Book , impulsado por la cancillería bri- conectado con los Royal Botanical Gardens; Seymour Bell era econo-
tánica, las sociedades antiesclavistas y Edmund Morel, detallaba cómo mista especializado en desarrollo comercial, y Henry Gielguld ––el que
se mataba, torturaba y mutilaba a los nativos para obtener caucho. Pro- creía que el Putumayo era un paraíso–– desarrollaría tareas menores.
dujo tal estremecimiento en el mundo que, cinco años después, Leopol- Sir Edward Grey no ignoraba la importancia de especificar taxativa-
do II de Bélgica se vio forzado a vender a su país ––ya que se trataba de mente cuáles serían las funciones de Casement. En el aspecto práctico,
un bien personal–– el inmenso Congo, recibiendo a cambio una suma fa- el mayor problema lo depararon el transporte por el río Putumayo y sus
bulosa. tributarios, ya que sólo podía realizarse en los barcos de la Peruvian
Roger Casement (en 1911, después de regresar del Putumayo, el rey Amazon Company , lo que implicaba un control permanente de los miem-
Jorge V lo nombró caballero) poseía una inteligencia asombrosa, era ele- bros de la comisión. Grey, inteligentemente, autorizó a Casement a que
gante, y, a la vez, infatigable para internarse en la selva e interrogar has- utilizara cualquier otro medio de transporte, si lo creía necesario, y este,
ta las últimas consecuencias a quien se le cruzara en el camino. Era un también inteligentemente, le señaló que no convenía apartarse demasia-
homosexual compulsivamente promiscuo, que en sus diarios asentaba do del grupo observador para poder fiscalizarlo. Fue una reunión entre
con escabrosos detalles sus innúmeros y constantes encuentros íntimos dos hombres que conocían a la perfección su oficio, los riesgos diplomá-
con nativos de África o Sudamérica. Este hombre, que en Irlanda es con- ticos y las trampas en que se podía caer; por lo tanto, trazaron lineamien-
siderado un mártir, fue condenado a morir en la horca, en Londres, en tos y límites precisos a la tarea que llevaría a cabo Roger Casement, de-
1916, por la alta traición de haberse aliado con Alemania ––en plena Pri- tallados por él mismo.
mera Guerra Mundial–– para contribuir a la independencia de su país.
En marzo de 1910, Casement, que por entonces era cónsul general Investigar las denuncias contra súbditos británicos empleados por
en Río de Janeiro, había regresado a Inglaterra en marzo para pasar sus una compañía británica y, hasta cierto punto, el propio actuar de esa
vacaciones en la casa de su familia, Maghrintemple, en el condado de chequear subrayado compañía, si es que esa actuación afectó a súbditos británicos.
Antrim de su nativa Irlanda. Allí llegó un representante de la Anti-Sla- ver próximo capítulo Esto constituiría una función perfectamente legítima para un funcio-
very and Aborigines Protection Society , con la esperanza de interesarlo nario inglés y que podría llevar a cabo, entre otras razones, por las
en los crímenes del Putumayo, iniciativa que despertó en el diplomático posibles indemnizaciones que pudieran surgir como consecuencia de
un interés inmediato y que no demoró en aceptar. Se trataba de una mi- la actuación de esta compañía o de sus empleados británicos.
Sir Edward Grey no dio indicaciones concretas acerca de cómo de-
sión delicada. Perú no era una colonia británica, y existían aspectos le-
bería llevarse a cabo una investigación de esta naturaleza en un país
gales y diplomáticos a tener en cuenta, para evitar decisiones precipita-
extranjero, salvo lineamientos generales en cuanto a la forma de pro-
das y salvaguardar las relaciones entre ambos países. También había ceder.
aspectos prácticos a discutir. Casement y Grey se entrevistaron en el Fo- Le señalé que las dificultades de este tipo de investigación podían ser
reign Office. Lo primero que habrá analizado el diplomático era quiénes considerables y que sería deseable una interpretación independien-
integraban la comisión designada por la Peruvian Amazon Company . Tu- te, es decir, la presencia de una persona con un conocimiento com-
vo reservas con respecto a quien la presidía, el coronel Reginald Bertie, petente del idioma español. En este punto, como también en el refe-

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rente a los medios de transporte y los métodos a adoptar para reca- Amazonas, para hacerse cargo del consulado británico. Alguna noche ha-
bar información, el Secretario de Estado lo dejó a mi buen arbitrio. brán compartido, como era la costumbre, la mesa del capitán. Los dos
Sir Edward Grey luego indicó que, además de los cargos específicos hombres tenían un rasgo común: ambos ocultaban penosos secretos. El
que pudieran surgir contra los empleados de la compañía que se tra- hermano de Lizardo Arana, y también él mismo, habían convertido al
dujeran en perjuicios contra súbditos británicos, también podrían Putumayo en un infierno y trataba por todos los medios de mantener
descubrirse hechos conectados con el régimen de la explotación del
oculta esa abominable realidad; Casement tenía una vida sexual que era
caucho del país visitado, que deberían ser anotados y comunicados
penalmente sancionable en una Inglaterra donde hacía apenas once años
separadamente. Sería conveniente tener una enorme prudencia al
respecto ––como también durante la investigación–– para que el go-
había estallado el escándalo Oscar Wilde.
bierno peruano no opusiera reparos a la misión. Sería necesario dis- La partida de la comisión se fijó para el 23 de julio, desde el puerto
criminar toda información comprometedora, que no sería publicada de Southhampton, a bordo del Edinburgh Castle , de la compañía navie-
ni transmitida a funcionarios de los gobiernos involucrados. ra Union-Castle. La innata habilidad de Casement, su prestigio por la in-
El informe de los hechos, en tanto y en cuanto concerniera a una vestigación que había llevado a cabo en el Congo y su condición de di-
compañía y súbditos británicos, se publicaría únicamente en Ingla- plomático que partía a investigar nuevas atrocidades, esta vez en un río
terra. sudamericano, lo pusieron en contacto con figuras prominentes, como
Arthur Conan Doyle y William Cadbury ––propietario de la célebre fá-
Nada supo Julio César Arana de lo que se tramaba entre abolicionis- brica de chocolate––. Los medios de difusión británicos revelaron que
tas, un diplomático que había desafiado nada menos que al rey de los bel- una misión inglesa había partido al río Putumayo para investigar las de-
gas y un canciller que tenía plena conciencia, como funcionario, de sus nuncias sobre atrocidades, pero fue después de haber zarpado, recién el
responsabilidades. Cuando se enteró de la designación de Roger Case- 6 de agosto. Roger Casement había puesto en marcha una implacable ma-
ment, el 13 de julio, vislumbró con aguda nitidez problemas de primera quinaria. Julio César Arana no la podría detener ni siquiera con todo el
magnitud. Era lo peor que le podía haber sucedido. No ignoraba quién caucho del Perú.
era el irlandés y qué tarea había realizado en el Congo. Cómo contrarres-
tar a ese ojo penetrante, a ese hombre habilísimo en los interrogatorios
cuando llegara a La Chorrera o a Abisinia, por más que se hubiera mon- N OTAS
tado una escenografía; de qué modo esconder en la selva a los indios
1 Para hallarla en ese laberíntico cementerio erigido en un terreno que pertene-
––que eran centenares–– que ostentaban la célebre “marca de Arana” en
cía al ejército inglés, quienes poseen una navegador satelital (GPS) la encontrarán en
las nalgas o en la espalda; cómo encubrir que en Iquitos se vendían ni-
las coordenadas N 22º 16.264’ E 114º 10.740’.
ños indígenas para cumplir con tareas serviles por veinte libras esterli- 2 El Foreign Office siempre se refirió en su correspondencia a Mr. X. para no men-

nas, muchos de ellos provenientes de sus secciones caucheras del Putu- cionar a Whiffen, hasta que Julio César Arana lo desenmascaró, en 1913, y se hizo
mayo; qué garantía tendría de que encargados, empleados, indios y pública su extorsión.
3 La misión le costó a la Peruvian Amazon Company diez mil libras esterlinas.
negros de Barbados mantendrían silencio con respecto a los crímenes
que se cometían. La presencia de Casement en su imperio era una pesa-
dilla.
Ya había habido un contacto entre Casement y la familia Arana. En
febrero de 1907, Lizardo Arana, hermano de Julio César, e integrante de
la estructura empresaria, había embarcado rumbo a Manaos en el vapor
Clement . En la habitual escala en Madeira se incorporó un nuevo viaje-
ro: Roger Casement, que se trasladaba a Pará, en la desembocadura del

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El corazón de las tinieblas

Durante el siglo XIX, las potencias europeas se obsesionaron con un


continente que parecía una inagotable cornucopia destinada a alimentar
sus industrias. África, a diferencia de Iberoamérica, era un complejo mo-
saico de culturas y climas, de selvas inenarrables, de desiertos desolados,
de colonias. El continente negro comenzaba al sur del Sahara y era tan
misterioso que, en 1860, aún no se conocían las fuentes del río Nilo.
El interés europeo por el África subsahariana se desató en la segunda
mitad del siglo XIX, impulsado por la avidez de materias primas y de ma-
no de obra barata o, mejor, esclava. Hasta ese momento sólo Portugal
––desde hacía siglos–– mantenía colonias como Angola y Lourenço Mar-
ques (en la actualidad, Mozambique). A grandes rasgos, puede decirse que
el occidente africano quedó en manos de Francia y Gran Bretaña, el orien-
te en las de este último país, y parte del oeste y de la zona oriental en las
de Alemania. Pero la selva colosal ubicada en el medio del continente, en
la cuenca del río Congo, carecía de dueño al iniciarse el último cuarto del
siglo XIX. Un río oscuro e inexplorado, el Congo, nacido en el río Luala-
ba, atravesaba la inmensa cuenca para desembocar en el océano Atlánti-
co. Esta inagotable cuenca productora de materias primas no quedó en
manos de un estado sino en las de un individuo: mediante infatigables in-
trigas diplomáticas, Lepoldo II de Bélgica hizo un feudo privado de esa
enorme región, a la que denominó el Estado Libre del Congo, no porque
sus habitantes lo fueran, sino porque ––en teoría–– podrían comerciar con
cualquier país, algo que su propietario no tardó en desmentir. Sería largo
relatar cómo el rey de un país diminuto logró adueñarse de semejante ex-
tensión africana; baste señalar que el Congreso de Berlín, en 1885, pro-
clamó el nacimiento del Estado Libre del Congo y que Leopoldo II ––no
la nación sobre la que él reinaba–– terminó convirtiéndose en su dueño.

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Leopoldo II, primo de la reina Victoria de Inglaterra y por cuyas ve- época–– habrá que atribuirlas al esfuerzo continuo a lo largo de va-
nas corría la sangre Sajonia-Coburgo-Gotha, fue el peor genocida de fi- rios años para obligar a los nativos a recolectar caucho. Numerosos
nes del siglo XIX y comienzos del que le siguió, a pesar de que los belgas destacamentos de soldados nativos estaban acantonados en el distri-
difícilmente reconozcan este hecho. Era un hombre alto y delgado, de to y las medidas punitivas se tomaron duraron un tiempo considera-
ble. Durante el transcurso de estas operaciones hubo una notable
poblada barba, impulsado por un inagotable e inescrupuloso apetito de
pérdida de vidas, acompañada, mucho me temo, por una mutilación
poder y de dinero. Limitado en su gobierno por una constitución y ne-
general de los muertos, como prueba de que los soldados habían
gándose a depender económicamente de los políticos de turno, supo que
cumplido con su deber.
para ser verdaderamente rico y hacer de Bélgica un país prominente, y Me percaté de dos casos de mutilación mientras estuve en la región
de Bruselas una capital con sorprendentes parques, edificios y monumen- del lago. Uno fue el de un joven, cuyas manos habían sido trituradas
tos ––comenzando por su palacio de Laeken–– debería contar, como to- a culatazos; el otro, un muchacho de diez u once años de edad, a
da potencia que pesara en el concierto de las naciones, con posesiones quien se le había cortado una mano a la altura de la muñeca. En am-
de ultramar capaces de proveer materias primas y mano de obra a bajo bos casos los soldados gubernamentales estaban acompañados por
costo. Eso se lo otorgó, con creces, el Estado Libre del Congo. oficiales blancos cuyos nombres tengo en mi poder. De seis nativos
Leopoldo no pudo manejar su vida personal como lo hacía con las (una niña, tres niños, un joven y una anciana) que fueron mutilados
durante este sistema de recolección de caucho, todos menos uno ha-
de los desvalidos congoleños. Sus tres hijas terminaron repudiándolo.
bían muerto al día de mi arribo.
Una de ellas, Estefanía, casó con Rodolfo de Habsburgo, que se suicidó
junto a su amante María Vetsera en el castillo de Mayerling. Su herma-
Las revelaciones de Casement que figuran en los British Parlamen-
na Carlota, esposa de Maximiliano de Habsburgo, se enroló en la aven-
tary Papers, de 1904 (LXII, Cd. 1933), hacen palidecer lo expresado
tura mexicana ideada por Napoleón III, y llegó a ser emperatriz del país
más arriba. Las descripciones del horror se asemejan notablemente a lo
azteca. Pero en medio del naufragio de la aventura mexicana y tras el fu-
que sucedía en el Putumayo y muestran con atroz claridad la actitud del
silamiento de su marido, Carlota perdió la razón. Cada vez más alejada
hombre europeo para con las razas que consideraba inferiores. A los
de la realidad, vivió recluida en el castillo belga de Bouchout hasta su
nativos se los ataba con correas que, al contraerse con la lluvia, corta-
muerte, en 1927.
ban la piel hasta el hueso, o se les machacaban las manos con la cula-
Las atrocidades que se cometían en el Congo para obtener caucho, a
ta de los fusiles hasta que se desprendían. Se los obligaba a comer las
partir de 1890, fueron de tal magnitud que instituciones como la Congo
heces de los blancos. Como entretenimiento, más que para ahorrar ba-
Reform Association , tanto en Gran Bretaña como en los Estados Unidos,
las, se los ubicaba uno detrás de otro y se los mataba de un solo tiro. A
iniciaron una campaña de denuncia. Entre los que apoyaron esas denun-
los heridos ––como en el Putumayo–– no se les brindaba asistencia al-
cias estaban el rey británico Eduardo VII, Mark Twain, Theodore Roo-
guna, y se los arrojaba a los cerdos o a tribus caníbales. Hacerlos morir
sevelt, Joseph Conrad y un funcionario del Foreign Office nacido en Ir-
de inanición era otro de los pasatiempos de los europeos, lo que forza-
landa: Roger Casement, cuyo informe sobre el Congo aparecido en 1904
ba a los nativos, desesperadamente hambrientos, a comerse el revoque
(Administration of the Independent State of the Congo), estremeció al
de viejos edificios, lo que les provocaba vómitos con bilis que contenía
mundo.
sanguijuelas.
La campaña de denuncias fue tan intensa que, en 1908, Leopoldo II
Una cuidadosa investigación de las condiciones de vida de los nati-
vos alrededor del lago Mantumba confirmó la veracidad de algunas no tuvo más remedio que transferir el enorme Estado a Bélgica, por la
declaraciones que registré, en el sentido de que la disminución de la fabulosa suma de cincuenta millones de francos. Roger Casement pasó a
población, las aldeas sucias y mal mantenidas y la falta absoluta de ser una suerte de héroe por haberse adentrado en esa selva ominosa y
cabras, ovejas y aves ––que en esta región fueron abundantes en otra haber puesto en descubierto a los artífices del horror. Para entender a es-

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te hombre complejo y atormentado habría que conocer cómo y por qué entre esta ciudad y Leopoldville, en la actualidad Kinshasa–– se encon-
llegó al Congo. trarían, por puro azar, dos hombres: un modesto empleado y un capitán
Roger Casement había nacido en Dublín, el mismo año en que nació de barco, que compartieron una habitación durante quince días. El em-
Julio César Arana, 1864; sus padres fallecieron en su juventud. Junto con pleado era Roger Casement; el capitán, un polaco, Joseph Korzeniowsky
sus hermanos, fue criado por su tío, John Casement, en Magherintemple (deriva del polaco korzen , o raíz), que el mundo conocería como Joseph
House en el condado de Antrim. La ambivalencia y los contrastes agu- Conrad. La información que el irlandés le suministró al gran escritor po-
dos formaron parte de su personalidad desde su nacimiento: su padre era laco-británico en esa ocasión dio origen a un relato extraordinario: Heart
protestante, su madre católica (y alcohólica); a pesar de su intensa devo- of Darkness (El corazón de las tinieblas), que mostró en forma de fic-
ción religiosa, fue un homosexual promiscuo que recurría incesantemen- ción el horrible y nada ficticio rostro del “progreso” que imponía Euro-
te a los servicios pagos de jóvenes nativos africanos o amazónicos; fue pa en otros continentes.
funcionario del gobierno inglés y se hizo célebre con sus investigaciones El 13 de junio, el futuro escritor registró en su diario: “Conocí a Mr.
por cuenta del mismo sobre las atrocidades en el Congo y en el Putuma- Roger Casement, lo que considero un gran placer en estas circunstan-
yo, pero su compromiso con la independencia de Irlanda lo llevó a cola- cias… Piensa, se expresa bien, muy inteligente y simpático”. Con seguri-
borar activamente con Alemania en plena guerra mundial, lo que le va- dad, encontrar a un alma sensible en Matadi no era fácil. Para Roger Ca-
lió ser ejecutado por alta traición en 1916. sement habrá sido un hallazgo dar con este polaco, que llevaba consigo
Al dejar su Irlanda nativa tras finalizar sus estudios, Casement traba- el manuscrito de Almayer’s Folly , su primera novela. Imaginemos a este
jó en Elder Demptster Shipping Co. , una empresa naviera, en Liverpool, puerto de deslumbrante belleza, perdido en la selva africana, rodeado de
donde vivía con sus parientes, los Bannister. Pero lo que lo atraía era la montañas y de un río serpenteante. Todavía no se había construido el fe-
remota y en buena parte inexplorada África subsahariana. A los dieci- rrocarril a Leopoldville y se llegaba allí a pie, trayecto en que la mosca
nueve años llegó a la región del Congo para trabajar en algunas compa- tsé-tsé, portadora de la “enfermedad del sueño”, diezmaba a nativos y eu-
ñías y en la Association Internationale Africaine , dirigida por Leopoldo ropeos. Esta tarea agotadora le tocó en suerte a Conrad. La experiencia
II de Bélgica, donde cumpliría las más diversas funciones, desde explo- congoleña del polaco fue breve y desastrosa. Fue capitán sólo durante
rador y cazador, hasta investigador y administrador. Corría 1884 y co- una semana de un destartalado vapor fluvial, el Roi des Belges, y contra-
menzaba un proceso imparable que fue conocido como Scramble for Afri- jo las habituales enfermedades tropicales, que lo tuvieron postrado du-
ca ––la “rebatiña por África”––, en que las potencias europeas se rante seis meses, al cabo de los cuales regresó a Europa.
repartieron el continente negro como si se tratara de porciones de una Aunque el irlandés no dejó impresiones escritas sobre este capitán de
torta. barco, Conrad sí lo retrató a él. En su novela The Inheritors, escrita en
En el Congo, todo estaba por hacerse, y hacía poco que grandes ex- colaboración con Ford Madox Ford (1901), se descubre un inequívoco
ploradores, como el doctor Livingstone y Henry Morton Stanley habían retrato de Casement en el personaje de Soane, el hijo de un noble irlan-
cruzado la selva impenetrable descubriendo montañas, cataratas y lagos dés, que se opone al Duc de Mersch, un alter ego en la ficción de Leo-
ignorados por la civilización. Por entonces, Casement creía ingenuamen- poldo II de Bélgica.
te que las intenciones europeas en África eran civilizadoras; habitaría en
ese continente durante veinte años. En 1892, ingresó al servicio diplo-
mático británico y llevó a cabo tareas consulares en el Congo, Nigeria, Roger Casement era un hombre imponente. Las fotografías que se
Lourenço Marques (su primer cargo como cónsul), Sudáfrica y Angola. conservan de él muestran a un ser alto, espigado, de mirada penetrante,
En junio de 1890, en el principal puerto congoleño, Matadi, a orillas barba prolija y aire elegante. En una carta que le escribió al escritor R.B.
del gran río ––donde concluía la navegación para los vapores que ingre- Cunninghame Graham, en 1903, Conrad lo describe así: “Le envío dos
saban por el océano Atlántico, debido a los grandes rápidos que existían cartas que recibí de un hombre llamado Casement, aclarándole que lo

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conocí en el Congo hace doce años. Quizás ha oído hablar de él o ha vis- Uno sólo se pregunta, en nuestro dolor, para qué sirvió todo. Con
to su nombre impreso. Es un irlandés protestante y piadoso. Pero tam- Gran Bretaña aplastada y la flota alemana surcando los mares, la me-
bién lo era Pizarro. Por lo demás, puedo asegurarle que se trata de una ra sombra de la independencia irlandesa se hubiera esfumado. La Re-
personalidad límpida. Existe también en él un toque del Conquistador; pública de Islandia… 1 se hubiera convertido meramente en un bien
defendido destacamento alemán ––un deleznable escalón hacia el
lo he visto partir a impronunciables zonas salvajes esgrimiendo un bas-
objetivo final de la Welt-Politik…
tón torcido como única arma, con dos perros bulldog pisándole los talo-
Nunca hablamos de política [con Casement ]. Tampoco pienso que él
nes: Paddy (blanco) y Biddy (marrón) y, como toda compañía, un mu- tenía alguna. No puede ser tomado en serio un Home-ruler que acep-
chacho luanda, es decir, originario de Luanda, Angola, cargando un ta el patronazgo de Lord Salisbury. Era un buen compañero; pero ya
bulto. Unos meses después lo encontré nuevamente algo más encorvado, en África consideré, propiamente hablando, que era un hombre sin
más bronceado, con su bastón, sus perros y el muchacho luanda , y pare- mentalidad alguna. No quiero decir estúpido. Quiero decir que era
cía tan sereno como si hubiera dado un paseo por el parque”. absolutamente emocional. Se abrió camino debido a la fuerza de la
En esa misma carta Conrad admite que Casement le ha revelado los emoción (el informe sobre el Congo, Putumayo, etc.) y al puro tem-
horrores “indecibles” (unspeakable) –– para utilizar un término de Con- peramento ––una personalidad verdaderamente trágica––; se trataba
rad–– que dieron origen a El corazón de las tinieblas: de una grandeza de la cual no tenía rastros. Sólo vanidad. Pero en el
Congo aún no era visible.
¡Él sí que podía contar cosas! Cosas que he tratado de olvidar; cosas
que ni siquiera sabía que existían. Ha estado tantos años como yo Cuando el editor Fisher Unwin (publicó varias obras de Conrad y,
meses ––casi–– en África. también, The Devil’s Paradise , de Walter Hardenburg) juntó firmas para
pedir clemencia al gobierno británico ––logró las de Chesterton, John
La vida los reuniría brevemente. En Londres, en 1896, coincidieron Galsworthy y Sir Arthur Conan Doyle, entre las más conspicuas––, Con-
en una cena de la Johnson Society , organizada por el editor Fisher Un- rad se negó enfáticamente; aún más, le expresó a su amigo Joseph Retin-
win. Además, Casement visitó en dos ocasiones la casa de campo del ma- ger que había compartido una choza con Casement en el Congo y había
trimonio Conrad, en Pent Farm, Stanford; la primera el 3 de enero de terminado profundamente disgustado, expresiones que poco condicen
1903, la segunda en 1905. Sobre esta última visita, Jessie Conrad escri- con sus primeras impresiones del irlandés. Es que la condición de homo-
bió muchos años después: “Sir Roger Casement, un fanático protestan- sexual de sir Roger Casement había quedado al descubierto cuando Sco-
te, vino a visitarnos y a pasar dos días con nosotros. Era un hombre muy tland Yard allanó su casa en Londres, 55 Ebury Street, Pimlico, y encon-
buen mozo con una barba negra y espesa y ojos penetrantes e inquietos. tró los famosos Black Diaries (Diarios Negros ), donde el ex diplomático
Me impresionó enormemente su personalidad. Fue durante la época en registraba con escandalosos detalles su promiscua vida íntima. Esos dia-
que estaba interesado en dar a conocer las atrocidades que se llevaban a rios fueron leídos por el rey Jorge V, miembros del Parlamento, obispos
cabo en el Congo Belga. Quién hubiera podido prever su terrible desti- y líderes de opinión británicos. Conrad consideraba que el haber com-
no durante la guerra mientras estaba en nuestro salón denunciando apa- partido durante quince días una choza en una ciudad selvática con un
sionadamente las crueldades que había presenciado”. homosexual tan notorio, que ahora resultaba además un traidor a la pa-
tria ––en el caso de Conrad, adoptiva–– lo ponía al borde del precipicio.

A diferencia de otros intelectuales, Joseph Conrad no se opuso a que


Casement fuera ajusticiado, el 3 de agosto de 1916. Le escribió una carta El Putumayo fue el segundo desafío de Roger Casement. Desde que
a John Quinn, entre el arresto y la ejecución del irlandés, en la que dice: partió junto con la comisión investigadora del puerto de Southampton,
el 23 de julio de 1910, a bordo del Edinburgh Castle , desconfió de aque-

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lla ––más allá de sus buenas intenciones––, ya que había sido designada prácticamente imposible llegar a una conclusión independiente, o seguir
por la compañía, lo cual le restaba objetividad. En su profusa correspon- una línea independiente de investigación cuando, desde el principio has-
dencia durante este viaje, no dejó de recalcar su condición de paying ta el fin, tendré que hacer todo con su permiso”.
guest , es decir, de invitado que se hace cargo de sus propios gastos. En- No es de extrañar, entonces, que un día después de llegar a Manaos,
fatizó también que, más que investigar, los integrantes de la comitiva se Roger Casement haya querido desprenderse lo antes posible de la comi-
dedicarían a estudiar aspectos de la empresa relacionados con lo econó- sión para investigar por su cuenta. Abordó un vapor de la Booth Line, el
mico y lo financiero, y a buscar nuevas áreas de rentabilidad. Los porme- Huayna y zarpó rumbo a Iquitos, librándose transitoriamente de sus com-
nores de este viaje los conocemos a través de sus diarios, mayormente es- pañeros. De lo que no se pudo desprender era de un mal que le afectaba
critos con lápiz y que fueron admirablemente clasificados por Angus la vista, que lo obligaba a escribir con lápiz, ya que la tinta le agudizaba
Mitchell después de una exhaustiva investigación en la Biblioteca Nacio- sus dificultades ópticas. El médico de a bordo, antes de llegar a Manaos,
nal de Irlanda, y plasmados en The Amazon Journal of Roger Casement le advirtió que podía padecer oftalmia crónica si no tomaba algunos cui-
(El diario amazónico de Sir Roger Casement). dados imprescindibles, advertencia que no debe de haber tomado en
El 27 de julio llegaron a Madeira y debieron permanecer cuatro días cuenta porque en plena selva estuvo, algún tiempo, con los dos ojos ven-
en Funchal para esperar la conexión a Pará, a bordo del Hilary . Esta is- dados.
la era una suerte de punto neurálgico de trasbordos y, a la vez, un paraí- A bordo del Huayna, que remontaba con pasmosa lentitud el río
so que atraía a numerosos europeos que huían de los rigores invernales. Amazonas debido a que el nivel de las aguas había descendido conside-
El 31 de julio se embarcaron en el Hilary , cruzaron el océano Atlántico rablemente, Casement alternó con un pasajero que se dirigía a Iquitos, y
y, el 8 de agosto, llegaron a Belém do Pará, ciudad donde el irlandés ha- que también había viajado desde Madeira a Manaos en el Hilary .
bía sido cónsul. Pará, si bien era un puerto activo por donde se exporta- tor Israel, cuyos intereses, con los años, se entrelazaron con los de Julio
ba el caucho y entraban alimentos y productos manufacturados, tenía un César Arana ––fue su testaferro–– y, quien, según algunas versiones, se
clima abominable. El 13 de agosto, el Hilary levó anclas, bordeó la isla quedó con la reducida fortuna que le quedaba al cauchero después de
de Marajó y se adentró en el río Amazonas rumbo a Manaos, donde tras- 1930. Sería incompleta una historia de Iquitos sin mencionar a este hom-
bordaría la comitiva para dirigirse a Iquitos. bre de negocios, que fue alcalde de esa ciudad, y propietario del deslum-
Los camarotes eran sofocantes, apenas refrescados por un ventilador brante Hotel Palace, sobre el malecón Tarapacá, actualmente sede de la
de pared y los salones se volvían irrespirables debido al calor del trópi- Prefectura de Loreto. Israel era un judío nacido en la isla de Malta. Ha-
co y la humedad; para colmo, era de rigor el uso de saco, cuello duro y cía once años que vivía en Iquitos y había empezado su actividad comer-
corbata. El coronel Bertie, jefe de la comisión, fue atacado por la disen- cial con una modesta tienda. El diario de Casement registra una conver-
tería en cuanto zarparon de Pará, y para cuando llegaron a Manaos, es- sación que mantuvo con él la noche del 24 de agosto de 1910, mientras
taba tan enfermo que decidió regresar a Inglaterra. Para Casement no fue el vapor estaba fondeado en la desembocadura del río Yavarí.
una pérdida significativa. En una carta fechada el 2 de agosto, antes de Israel, que intentaba atraer capitales para su compañía cauchera, la
llegar a Pará, le había escrito a su amigo, Edmund Morel, infatigable de- Pacaya Rubber Company , con un millón de hectáreas en el río Ucayali,
nunciador de las atrocidades del Congo: “No creo que Bertie sea el hom- a dos días de navegación de Iquitos, defendió ante Casement los méto-
bre para descubrir algo. Parece muy inofensivo y nada sabe acerca del dos de explotación ––según él, imprescindibles–– que se aplicaban en el
país, de sus habitantes, de las tradiciones, ideas o cualquier cosa que se Amazonas. Casement debe de haber quedado perplejo, no porque desco-
relacione con el trabajo a realizar. Sólo se tuvieron en cuenta su nombre nociera cuál era el sistema, sino porque por primera vez alguien le con-
y posición social [era hermano del embajador británico en París]. La prin- fesaba descarnadamente cómo era la realidad. Casement adujo que el im-
cipal dificultad en lo que a mí respecta, es la aparente necesidad de te- perio británico no “conquistaba” ni “reducía” 2 a los habitantes de sus
ner que viajar a todas partes como huésped de esta comisión. Es difícil y colonias y que el único sistema económico que podría perdurar era aquel

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que desarrollara dentro de ese marco legal y ético; por el contrario, el en- receptor para denunciar los horrores que presenciaron y que fueron for-
riquecimiento rápido e inescrupuloso sólo conducía al error. Pero Israel zados a cometer. Habían sido vilmente engañados, al ser contratados en
no pensaba abandonar sus principios en materia de explotación. 1904 por el cuñado de Julio César Arana, Abel Alarco, a través de un
––¿Qué haría usted si el gobierno peruano le ofreciera una conce- agente de Barbados, S. E. Brewster. Al arribar a Manaos, supieron cuá-
sión en la selva amazónica donde existieran indios salvajes sin que co- les serían sus tareas e intentaron abandonar el barco recurriendo al cón-
mercialmente nada pueda encararse si no son reducidos? ––le pregun- sul británico en esa ciudad. Pero no lo lograron: el funcionario les ad-
tó al irlandés. virtió que deberían cumplir con el contrato que habían firmado.
––En esas condiciones ––respondió Casement––, jamás aceptaría una De estos dos barbadenses, Frederic Bishop fue quien hizo las reve-
concesión. laciones más crudas. Le confirmó a Casement que durante el tránsito
––¡Ah! ––replicó Israel––; entonces no puede haber ningún diálogo del capitán Thomas Whiffen por el Putumayo, los jefes de sección hi-
posible entre nosotros. No existe la posibilidad de un acuerdo, ya que cieron desaparecer a los indios azotados, enviándolos a remotas zonas
nuestros puntos de vista son demasiado divergentes. selváticas, como también cadenas, látigos y cepos. Él mismo, dijo, ha-
––Eso es lo que creo ––repuso el irlandés––. Vemos este asunto con bía sido obligado a flagelar a los indígenas que no cumplían con la cuo-
percepciones diferentes en lo que respecta a las relaciones entre los hom- ta de caucho pactada. Y no tenía reparos en declarar todo lo que había
bres. presenciado ante cualquier autoridad. Posteriormente, Casement reco-
El Huayna distaba de tener las comodidades del Hilary, que lo tras- noció que, de no haber existido Bishop, su misión hubiera fracasado.
ladara de Madeira a Manaos. Era una modesta barcaza fluvial, con un Lo contrató por doce libras esterlinas mensuales, más alojamiento y viá-
único y hediondo retrete que compartían los veintisiete pasajeros. Por ticos.
eso, Casement decidió trasbordar el 28 de agosto al Urimaguas , donde La casa del cónsul británico en Iquitos pasó a ser una especie de sa-
viajaba la comisión, para llegar, tres días más tarde a Iquitos. Detestó la la de audiencias, ya que fueron varios los visitantes y varias, también, las
ciudad desde el primer momento: su clima era agobiante y los mosqui- versiones que debió escuchar. Para los peruanos amazónicos, entre ellos
tos insoportables durante el día y la noche, lo cual no deja de llamar la el nuevo Prefecto de Loreto, Francisco Alayza y Paz Soldán, a quien vi-
atención, ya que el clima en el Congo no debe haber sido menos opre- sitó oportunamente, Julio César Arana era un patriota superlativo, ince-
sivo. Quizá los motivos de su desazón fueran otros: carecía de la liber- sante en su tarea en materia de civilizar indios. Y los artículos publica-
tad y del relativo anonimato para investigar que había disfrutado en Áfri- dos en Truth firmados por Walter Hardenburg eran la obra de un
ca, y se hospedaba en casa del cónsul británico y empresario cauchero chantajista. Pero Casement no se engañaba: había oído demasiadas cam-
David Cazes. panas, entre ellas la de un comerciante francés, Vatan, quien analizó lú-
Lo primero que intuyó fue que si no disponía de un guía imparcial, cidamente lo que sucedía en las secciones caucheras de la Peruvian
que no sólo hablara español, sino también huitoto y bora, sus esfuerzos Amazon Company. Sí, el sistema de explotación de los indios era una
serían inútiles: el diálogo con las víctimas era imprescindible. Envió a la esclavitud y las denuncias eran rigurosamente ciertas. Pero cambiar las
lancha Argentina al río Napo, en busca de un intérprete, Santiago Var- reglas de juego equivalía a un suicidio económico: si los indígenas fue-
gas, que se hallaba en Copal Urco. La misión fue un fracaso, ya que no ran bien tratados, se produciría el colapso económico de las secciones
se encontró al hombre buscado, y le costó al gobierno británico cien li- del Putumayo, una enorme pérdida para los accionistas ingleses y, peor
bras esterlinas. Pero el 1 de setiembre, día que el enviado cumplió cua- aún, intervendría el gobierno peruano imponiendo un sistema aún más
renta y seis años, dio con la punta del ovillo: dos negros de Barbados perverso que el de Arana.
que llegaron a Iquitos a bordo del Liberal fueron a visitarlo. Se ignora A todo esto, el irlandés alternaba las investigaciones humanitarias
qué motivó esta visita. La hipótesis más verosímil es que los barbaden- con entretenimientos más cuestionables. Anotó en su diario:
ses hayan visto en el representante de Su Majestad Británica un óptimo

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Después de cenar fui al Malecón y me encontré con Caja Marco pa- se produjo como consecuencia de ese incesante desfile de cuerpos, sino
ra un… y luego un chico adorable que estaba sentado… Luego en la que fue detonada por quien sería su pareja en su primera y última rela-
Plaza y un bellísimo peruano de Chota. Un tipo espléndido y muy ción relativamente estable, que se prolongaría durante casi dos años. En
bien dotado…
1916 el joven marinero noruego Adler Christensen ––a quien presumi-
Vi al joven soldado negro peruano dejando el cuartel: estaba erecto
blemente conoció en Montevideo y reencontró poco menos que faméli-
y lo denotaban sus pantalones blancos… ¡le llegaba a la mitad del
co en las calles de Nueva York–– lo acompañó a Alemania durante la Pri-
muslo! Por lo menos, treinta y tres centímetros de longitud…
José vino a las tres y permaneció hasta casi las cinco. Estaba erecto mera Guerra Mundial para reclutar prisioneros de guerra irlandeses y
y jugué con mis dedos. formar una Brigada Irlandesa que lucharan contra los británicos. Esta
Uno de los cargadores, un robusto peón inca blanco, con camisa azul iniciativa no prosperó: los internados se negaron a luchar contra el Im-
y pantalones, es un perfecto monstruo. ¡Cómo balancea y muestra la perio. El noruego lo delató ante las autoridades británicas, a quienes tam-
cabeza de su órgano que tiene tres pulgadas de diámetro! bién hizo saber de la existencia de los diarios secretos de su amigo.
Evidentemente, Casement no estaba cómodo con sus inclinaciones
El 18 de octubre, estando en Matanzas, escribe en su diario refirién- sexuales. Al enterarse, por ejemplo, que el general homosexual sir Hec-
dose a los indios boras: “Muchos de ellos tienen brazos fuertes, bellísi- tor MacDonald se había suicidado, Casement deseó que este caso “tan
mos muslos y piernas, aunque no desarrollaron debidamente sus múscu- penoso pueda despertar la conciencia nacional para lograr métodos más
los”. O el 30 de octubre en La Chorrera: “Un muchacho que vi hoy tenía saludables para curar una enfermedad terrible, en vez de una legislación
una espléndida figura ––un joven bora en una de las lanchas––. Me gus- criminal”. Pero cuando fue detenido y juzgado por alta traición, asumió
taría llevarlo, o uno como él, para dárselo a Herbert Ward en París para y defendió por primera vez su condición. Su abogado defensor, Alexan-
que lo esculpa”. Parecía tener un preferido, cuya fotografía, tomada por der M. Sullivan, escribió que: “[Casement] me dio instrucciones para que
Casement, puede verse en The Devil’s Paradise de Walter Hardenburg: le explicara al jurado que las prácticas inmundas y deshonrosas y la glo-
“La tarde de hoy se caracterizó por un calor bochornoso. Llevé a Arédo- rificación de las mismas, eran inseparables del verdadero genio; aún más,
mi cuesta arriba a la catarata [se refiere a la de La Chorrera], y lo foto- me conminó a que citara, para demostrarlo, a los grandes hombres de la
grafié con su collar de dientes de tigre, brazaletes de plumas y un fono. historia, cuya lista me suministró. No estaba para nada avergonzado”.
Fuimos río arriba hacia un desembarcadero, tomamos asiento y conver- Es interesante relatar el tránsito del atormentado irlandés por Bue-
samos, o intentamos conversar, yo preguntándole nombres de objetos en nos Aires, en marzo de 1910, cuando llegó a la Argentina, desde Santos,
huitoto y él respondiendo como podía. Pobre chico, descubrí que se afe- a bordo del Asturias.El 12 de marzo, día siguiente al de su llegada a Bue-
rra a mí”. A pesar de que Arédomi posa artificialmente, casi incómodo nos Aires, anotó:
frente a una cámara, la fotografía revela una belleza poco común, y es
inevitable sospechar que Casement sentía por él un afecto particular. En 12, sábado. Mañana en la Avenida de Mayo. Espléndidas erecciones.
varios pasajes se refiere casi obsesivamente a los muslos de los indígenas, Ramón 7$000 [no sabemos a qué moneda se refiere]. Diez pulgadas
cuando estaban bien formados, y más de una vez califica de buenos mo- al menos. X adentro.
zos a varios nativos. En ningún tramo de su diario se refiere en esos tér-
minos a las mujeres huitoto. A veces su lenguaje pasa de telegráfico a descriptivo. Revela, por
ejemplo, cómo conoció, en el zoológico porteño, a un tal Ramón Tapia,
residente en la calle Álvarez 1860, a quien le pagó veintidós pesos y con
En sus diarios, Casement hace cuentas y llega a la conclusión de que quien tuvo varios encuentros sexuales. Alternó los encantos de Tapia con
gastó noventa y cuatro libras esterlinas, diez peniques y nueve chelines los de un tal Francisco y con un marinero a quien no identifica por nom-
en cuarenta y nueve compañeros sexuales. Pero la caída de Casement no bre. También almorzó en el Hurlingham Club y visitó la estancia San

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Marco, de Eddy Duggan, descendiente de irlandeses. Su periplo culminó
con dos viajes a Mar del Plata, a la que comparó con el balneario britá- Casement pronto confirmaría que, en el Putumayo, los indios habían
nico de Brighton. abandonado sus conductas ofensivas y estaban a merced de una banda
de criminales. El origen del nombre de ese río era tan incierto como la
tarea que debería desarrollar. Para Maw, Putumayo era una región don-
Este fue el hombre que reveló al mundo las atrocidades del Congo y de habitaban indios, sin referencia a ningún río; el enviado irlandés, en
las del Putumayo. Astuto y perceptivo, antes de partir a la selva ofreció cambio, dedujo que se trataba de un vocablo quechua, ya que mayo en
un banquete en Iquitos, donde fueron homenajeados algunos de los res- ese lenguaje significa agua o río. El 22 de setiembre, tras una travesía de
ponsables de las atrocidades. Que creyeran que era inofensivo y que po- nueve días, la comisión llegó a La Chorrera, donde fue recibida por Juan
drían engañarlo fácilmente. El 14 de setiembre se embarcó junto con la Tizón ––una especie de anfitrión designado por la Peruvian Amazon
comisión en el Liberal, y el buque insignia de la flota de Julio César Ara- Company––, que se había adelantado a la llegada de los británicos, y que
na se deslizó aguas abajo por el río Amazonas hasta la desembocadura era bien considerado en Iquitos, y por Víctor Macedo, el jefe de sección,
del Putumayo, una zona baja y pantanosa, infestada de insectos, que que engrosaba la lista de los carniceros de las secciones caucheras de Ara-
pronto atormentaron a los pasajeros. Su primer destino era La Chorre- na. El trabajo de Casement era delicadísimo, con límites precisos, con el
ra, sobre el río Igaraparaná, la perla de la corona, que ostentaba el du- riesgo permanente de herir susceptibilidades, o de desatar un incidente
doso privilegio de estar a trescientos metros sobre el nivel del mar, con entre Inglaterra y Perú si traspasaba sus funciones, claramente confina-
su enorme edificio asentado sobre una colina, con menos calor, mosqui- das al diálogo con los negros de Barbados, que eran súbditos británicos.
tos y jejenes. Pero Casement estaba más obsesionado por cumplir su mi- Pero nadie podía impedirle escribir, elaborar un informe sobre lo que ve-
sión que por extasiarse con el paisaje, y la prueba de ello es la economía ría o escucharía durante ese periplo que duraría dos meses y que inclui-
estética de su diario en materia de panoramas. ría otras secciones caucheras como Occidente, Entre Ríos, Último Reti-
Casement llevaba consigo un libro de viajes escrito por el lugartenien- ro, Matanzas y Sur.
te Henry Lister Maw, en 1827.Journal of a Passage from the Pacific to the Apenas Casement pisó La Chorrera, Víctor Macedo dio señales de
Atlantic crossing the Andes in the northern provinces of Peru, and descen- recelo, hasta el punto de querer estar presente en cada momento. Cuan-
ding the river Marañon or Amazon (Diario del tránsito desde el Pacífico do el enviado habló ante un grupo de indios ––un mero encuentro infor-
al Atlántico cruzando los Andes en las provincias del norte del Perú, y mal junto a la despensa–– el jefe de sección ordenó a Lawrence, el coci-
descendiendo por el río Marañón o Amazonas) fue el primero realizado nero, que escuchara qué decía. Fue ahí que Casement vio por primera
por un viajero inglés, curiosamente con la misma óptica del enviado: vez a un muchacho de confianza . Así se llamaba a los jóvenes indios ar-
mados de fusiles que eran una pieza indispensable del engranaje del te-
Tan terrible es el miedo al hombre blanco entre estos indios, que es rror de Julio César Arana. Estos huitotos eran entrenados para perseguir
sabido que luchan desesperadamente contra ellos, como suele suce- y dar muerte a cualquier miembro de su comunidad que hubiera escapa-
der en algunas oportunidades, que si a cien o más de ellos se los ve do, o para ejecutarlo ante una mera orden de un superior.
bailando en la noche alrededor del fuego, siete u ocho hombres blan- Casement quería evitar a toda costa las previsibles maniobras de los
cos ubicándose en diversas posiciones y disparando algunas balas
peruanos. Si los barbadenses contratados por la Peruvian Amazon Com-
pueden atrapar el número que deseen, debido a que el resto de los
pany hablaban de las atrocidades que habían sido obligados a cometer,
indígenas sólo atina a huir. Los nativos, cuando se enteran que los
blancos merodean en las inmediaciones para cazarlos, cavan pozos Tizón y Macedo podrían alegar que lo que correspondía era realizar una
en distintos caminos selváticos, depositan lanzas con las puntas en- investigación en Iquitos. Sería, inevitablemente, un proceso caracteriza-
venenadas y los cubren con estacas, hojas y tierra, lo cual demanda do por la corrupción, la ausencia de jueces imparciales y la intervención
una enorme precaución para no caer en estas trampas mortales. de una Corte comprada por Julio César Arana. Casement supo desde el

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comienzo que una vez que los barbadenses se sinceraran con él, debería Macedo le habría suministrado un oportuno libreto. Casement, ese día,
sacarlos del Perú. El 23 de setiembre, un día después de haber arribado, escribió en su diario:
escribió en su diario:
Uno se mueve aquí dentro de una abierta atmósfera de crimen, de
Uno está rodeado, por todas partes, de criminales. El anfitrión en la sospecha, de mentira y de desconfianza, también poblada por repug-
cabecera de la mesa [Macedo ] es un asesino cobarde, lo mismo que nantes y cobardes asesinatos de indios indefensos. Si alguna vez exis-
los muchachosque me esperan con su bagaje de trucos. Permanecer tió una raza indefensa en la faz de esta tierra, es la de estos salvajes
en este distrito simulando tener los ojos vendados y aceptando su pa- desnudos y selváticos, que son apenas niños que han crecido. Sus
labra ante lo que presenciamos, terminará derrotando a nuestro ob- mismos brazos muestran la falta de actos sanguinarios que surjan de
jetivo, ya que no podremos, más adelante, suministrar evidencia creí- sus mentes tímidas y de sus gentiles personalidades.
ble si tenemos que apostar hombres para que no nos espíen o
escuchen nuestras conversaciones y actuar como si nosotros fuéra- Joshua Dyall quizá no pudo resistirse a la presencia de su cónsul y a
mos, en realidad, los criminales temerosos de ser descubiertos. Y, a
la de Louis Barnes, miembro de la comisión. Su testimonio no hizo sino
pesar de todo, si no actuamos de este modo, temo que pronto llega-
confirmar con creces las sospechas de Casement. El barbadense había
remos a un punto muerto, debido a que es obvio que estos hombres,
culpables y malignos y no ignorándolo, no permanecerán sentados trabajado en la sección cauchera Matanzas, ubicada en el interior de la
viendo cómo apilamos terribles acusaciones en su contra. En conse- selva, sin ningún río que trajera barcos y viajeros, un equivalente a la in-
cuencia, actuarán para protegerse a sí mismos, y esa acción adquiri- ner station (sección interior) de Kurtz en El corazón de las tinieblas . Pe-
rá una forma precisa, básicamente “acusar” a los barbadenses, o ale- ro en vez de estar dirigida por un viejo moribundo como en el relato, es-
gar que, ante los graves cargos formulados ante la comisión y ante taba al mando de un joven de veintidós años, con sangre boliviana e
mi persona, es imperativo que una corte judicial peruana investigue inglesa, que se había recibido de contador en Inglaterra. Armando Nor-
esas acusaciones, con lo cual todo terminará diluyéndose.
mand fue el peor de los asesinos de las secciones caucheras del Putuma-
Los barbadenses serán presionados y aterrorizados para que nieguen
yo. Julio César Arana no ignoraba su existencia ni sus métodos. Por algo
todo ––en realidad, bastará con encerrarlos en una celda en Iqui-
tos––, con lo cual quedaría al descubierto mi incapacidad para pro- a los jefes de esas secciones de las tinieblas les daba el cincuenta por cien-
tegerlos, evitando que digan lo que el tribunal quiere escuchar. to del caucho recaudado. En las secciones del interior (otras no menos
célebres fueron Abisinia, Sabana y Santa Julia), posiblemente por la au-
A pesar de sus temores, Casement entrevistó en La Chorrera a cinco sencia de un río que los conectara con el resto de la humanidad, reina-
negros de Barbados, con el apoyo lógistico del fiel Bishop. Algunos no ba un sadismo compulsivo, irrefrenable, un constante concurso de ho-
dijeron nada; otros, como Stanley Sealy y James Chase, revelaron algu- rrores. Dyall fue el primero de la larga lista de quienes revelaron al cónsul
nos pormenores. Sabían que la vida humana, en el Putumayo, carecía de inglés lo que había sido forzado a hacer por Normand. Confesó haber
valor y que por más que fueran súbditos británicos, cualquier rebeldía po- asesinado a cinco indios con sus propias manos. Dos perecieron fusila-
día desembocar en algún “accidente” o en ser “comidos por caníbales”, dos, a otros dos les aplastó los testículos con un garrote, por orden de
el habitual pretexto para encubrir el homicidio. Pero a diferencia de los Normand y con la colaboración de este, y al último lo azotó hasta morir.
indefensos indígenas, los barbadenses tenían un cónsul, que había viaja- Otra de las especialidades de Normand era colocarle al indio una cade-
do a los confines de esa selva ominosa para escucharlos. El enviado era na alrededor del cuello y elevarlo a varios metros del suelo, para luego
el único capaz de sacarlos de ese infierno. Por eso no es de extrañar que soltarlo abruptamente: la caída lo dejaba inconsciente y había que rea-
el negro Joshua Dyall, en la mañana del 24 de setiembre, fuera al apo- nimarlo abriéndole los brazos de una manera precisa. Un indio someti-
sento de Casement a instancias de Bishop, aunque el cónsul tenía pocas do a este tratamiento se había cortado su propia lengua con los dientes
expectativas acerca de las revelaciones que podría hacer. Suponía que al caer.

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Esa misma tarde Dyall firmó la declaración que puntualizaba esos Macedos, Agüeros, Fonsecas, Montts, Normands, Argaluses, Flores,
hechos macabros, refrendada por dos testigos barbadenses, Stanley Le- Luis Alcorta–– y todo el abominable resto. ¡Dios los ayude a los in-
wis y el propio Bishop, ante la comisión en pleno y el mismo Tizón, en- dios! Pobre Tizón. Me confió, al atardecer: “Se necesita rezar, se ne-
viado por la Peruvian Amazon Company . Para Tizón, fue una situación cesitaría un ángel que descienda para ayudarme. ¿De dónde vendrán
embarazosa: debía comprobar el horror y al mismo tiempo salvar el pres- hombres mejores?”
tigio y las actividades económicas de la compañía. Para peor, Casement
quería ir más adelante: no bastaba que un barbadense revelara los críme- El clima agobiante, la lluvia, los persistentes insectos no parecían ser
nes que lo obligaron a cometer; era imperativo confrontarlo con los res- un obstáculo para Casement, que anotaba en su diario extensos pasajes
ponsables de las atrocidades, es decir, los jefes de sección. de lo que veía, desde la falta de atención a los indios enfermos, hasta el
Tizón conocía la selva y la personalidad del peruano mejor que el desmesurado consumo de alcohol que hacían jefes y empleados. La apa-
cónsul. Sabía que un enfrentamiento podría tener consecuencias apoca- tía de los integrantes de la comisión lo sacaba de quicio: permanecían
lípticas: los jefes, acorralados, con sus crímenes al descubierto, en regio- sentados en sus dormitorios leyendo, o se dedicaban a analizar aspectos
nes remotas y selváticas de dificilísimo acceso, eran capaces de sublevar- puramente comerciales, haciendo la vista gorda a cada observación ––o,
se con las armas que poseían y el apoyo de los muchachos de confianza más bien, denuncia–– del enviado del gobierno británico. Después de seis
y de los indios. El Putumayo, entonces, ardería. Reconoció, sin embargo, días en La Chorrera, la comisión partió a una sección cauchera en el Iga-
que la esclavitud existía, que no había ni una sola autoridad policial o ju- raparaná, Occidente, en una lancha de la Compañía, la Veloz, que de eso
dicial en esa zona y que si la Peruvian Amazon Company desaparecía, sólo tenía el nombre, ya que tardaron casi un día en llegar. Allí los reci-
terminaría siendo reemplazada por un sistema mucho peor. Debían ser bió otro émulo de Víctor Macedo, el siniestro Fidel Velarde. Casement
prudentes, mantener un bajo perfil, evitar situaciones que podrían esca- registró los trayectos por la selva en su Green Notebook (Cuaderno de
parse de las manos; se trataba de ir eliminando gradualmente a los jefes Apuntes Verde) que, lamentablemente, ha desaparecido sin dejar rastros.
de sección e imponer un sistema más humano de trabajo. Los argumen- Casement entendió rápidamente cómo funcionaba en términos eco-
tos convencieron a Casement, pero exigió que Tizón trascendiera las ins- nómicos el sistema en las secciones caucheras. Velarde afirmó que en su
trucciones escritas y las buenas intenciones, y que tomara decisiones ine- sección trabajaban quinientos treinta indios que recolectaban, por tri-
quívocas en lo que respecta a los jefes y al sistema de flagelación para mestre, treinta kilos de caucho por cabeza, en cada uno de los cuatro pe-
recolectar caucho. ríodos anuales de recolección, denominados fabrico, lo cual llevaba a cin-
El diario de Casement refleja tanto su desesperación ante lo que se cuenta toneladas la producción anual de Occidente. Si la sección tenía
le revelaba, como su molestia al descubrir que a la comisión el tema no quinientos treinta indios, un aporte de ciento veinte kilos anuales por ca-
le quitaba el sueño. Un registro correspondiente al domingo 25 de se- beza resulta en 63.600 kilogramos al año. La cantidad real era aún ma-
tiembre, en La Chorrera, habla claramente de sus dudas: yor. Casement vio cómo un indio descargaba un lote de caucho que pe-
saba treinta y dos kilos y medio. Cabe preguntarse al bolsillo de quiénes
Los Zumaetas, los Dublés [se refiere al cuñado de Julio César Ara- iba a parar la diferencia de quince toneladas.
na y a otro asociado en Iquitos] ––y, peor aún, los Aranas–– debe- El trabajo indígena poco tenía que ver con el de un obrero en una fá-
rían ser eliminados, pero, qué vamos a hacer, forman la Compañía,
brica, que cumple horarios, tiene días de descanso, y cobra un salario. En
la compañía local. Los accionistas londinenses y el Directorio son un
las secciones caucheras de Arana nadie esperaba que los indios volvie-
mero manto de respetabilidad y la garantía de dinero en efectivo.
Arana y su banda en Iquitos son los verdaderos dueños de la Peru- ran con su cargamento. Eran “recolectados” por los muchachos de con-
vian Amazon Company. Cuando descubra que ya no pueden obte- fianza que salían armados, cada quince días, a encontrarlos en la selva y
nerse más fondos de Londres, entonces la Compañía se irá, pero Ara- conducirlos a la correspondiente sección. Hacia allí partían los indíge-
na y su horda de infames rufianes permanecerán aquí ––los Mirandas, nas, con sus mujeres y niños ––que también eran forzados a recolectar

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caucho––, a depositar en una balanza su carga. Si no alcanzaban la cifra por Arana y Hermanos, luego transformada en una compañía britá-
requerida, el indio mismo se ponía dócilmente boca abajo para ser azo- nica integrada por embobados caballeros ingleses de cabezas huecas.
tado, o era introducido en el cepo para la ceremonia de la flagelación.
Con la llegada del caucho los huitotos habían perdido todo sentido de la Recordó con ironía su encuentro en Iquitos con Lizardo Arana, el re-
dignidad y hasta el instinto de supervivencia. Si el indígena cumplía con milgado hermano de Julio César, que le aseguró que encontraría en el Pu-
la cuota de caucho esperada, se le daba un “anticipo” para que siguiera tumayo “indios espléndidos” y que el viaje redundaría en un aumento del
figurando en los libros como deudor, y se lo despachaba inmediatamen- capital de la Compañía. De los indios nada podía esperar en materia de
te a la selva para que recolectara más caucho. confesiones: ya vivían demasiado aterrorizados para comprometerse con
A pesar de que esta actividad ocupaba cada momento de la vida de riesgosas declaraciones. Sólo alguno de los barbadenses era capaz de ha-
los aborígenes, los responsables de la sección los convocaron para que blar, posiblemente estimulado por la alentadora presencia de su cónsul.
entretuvieran a los ilustres visitantes con una celebración tradicional. ver subrayado Eso fue lo que sucedió con Stanley Sealy el 1 de octubre, cuando fue lla-
Fueron llegando, esta vez sin las pesadas cargas de caucho sobre sus es- mado por Casement: pausadamente, dando absoluta veracidad a sus pa-
paldas, aseguradas con correas sujetas a la cabeza, a manera de vincha. labras, le relató la expedición de la cual formó parte, en 1908, organiza-
Las mujeres iban totalmente desnudas, con los cuerpos pintados de rojo da por Augusto Jiménez, jefe de la sección Último Retiro (la próxima que
y amarillo. Algunas cargaban a sus hijos pequeños en las espaldas; los visitaría la comisión), que partió de Morelia, una de las estaciones inte-
hombres, ostentaban como única vestimenta un fono , una cáscara para riores, rumbo al río Caquetá persiguiendo a indios que habían deserta-
cubrir el órgano masculino. La descripción que hace Casement de los do. La historia fue reconstruida así por Casement.
hombres es penosa: de baja estatura, casi esqueléticos como consecuen-
cia de la pésima alimentación, que se traducía en brazos y piernas lasti- Durante el primer día de marcha, después de haber dejado Morelia
meros. Para impresionar a los visitantes algunos lucían camisas de frane- y estando a un día y medio del Caquetá, aproximadamente a las cin-
co de la tarde atraparon en la senda a una vieja mujer indígena. Ji-
la y pantalones a cuadros, que costarían tres chelines y seis peniques.
ménez le preguntó dónde estaba el resto de los indios. Sealey afirma
Otros exhibían absurdas gorras con un ancla dorada. Pero esta patética que la india estaba algo asustada. Le dijo a Jiménez que, al día si-
mascarada no ocultaba las terribles cicatrices producidas por los azotes guiente a las once de la mañana, llegaría a la casa donde se habían
en la parte superior de las nalgas, que se veían incluso en un niño de diez refugiado algunos indios. Era una mujer anciana y no podía correr.
años. El 29 de setiembre, Casement escribió: Prosiguieron la marcha con ella y la mantuvieron en el campamen-
to hasta las dos de la tarde del día siguiente; Jiménez le preguntó:
¡Pobres indios! Todo lo que les gusta, lo que para ellos significa la vi- “¿Dónde está la casa, dónde están los indios?”. La anciana no res-
da, y hasta el regocijo que podría brindar esta selva poco luminosa a pondió. No podía hablar y permanecía con la vista fija en el suelo.
un pueblo extraviado no les pertenece, sino que es patrimonio de es- Jiménez le dijo:
ta banda de mestizos asesinos. Sus mujeres y sus hijos son los trofeos ––Ayer me has dicho mentiras, pero, ahora, tienes que decir la verdad.
deportivos, los juguetes de estos rufianes. Ellos, padres de familia, La llamó a su mujer ––tenía como esposa a una india, que aún está
son conducidos por truhanes armados para que sus cuerpos desnu- junto a él–– y le dijo:
dos reciban azotes, bajo la mirada aterrorizada de sus mujeres y de ––Tráeme la soga de mi hamaca.
sus hijos. Aquí, ante nuestra vista, los vemos a todos ellos, hombres, Tomó la soga, se la entregó y, con la misma, le ató las manos a la an-
maridos y padres, ostentando en sus nalgas y muslos las marcas in- ciana detrás de la espalda. Había dos árboles próximos ––uno aquí y
delebles del látigo. ¿Quién y por qué es utilizado? Por no traer una el otro allá––. Ordenó a un indio que cortara un poste para colocar
cantidad infame e ilegal de caucho, impuesta por ellos, no por un Go- entre los árboles y la arrastró a la indígena atándola al mismo, sin
bierno, como fue durante el saqueo del Congo, sino por una asocia- que sus pies tocaran el suelo. Le dijo a uno de sus muchachos : “Tráe
ción de vagabundos, la escoria del Perú y de Colombia, reunidos aquí me algunas hojas que estén secas”. Puso las mismas debajo de los pies

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de la india mientras colgaba del árbol, extrajo una caja de fósforos gaba y había comenzado a gemir. “Bien, si no me dice dónde puedo
de su bolsillo y encendió las hojas secas y la anciana empezó a que- encontrar una canoa ––dijo Jiménez–– tendrás que soportar esto.” El
marse. Vio grandes ampollas que se formaron en la piel (Sealy seña- indio no estaba del todo muerto, pero su cabeza colgaba y Jiménez
ló los muslos). “Estaba toda quemada y ella gritaba. Bueno señor, le ordenó al “capitán” José María, un indio bora, capitán de los mu-
cuando vi eso dije ¡El Señor tenga piedad! Y corrí para no presen- chachos de Abisinia, que le disparara un tiro. El indio tomó su cara-
ciar más todo eso.” bina y le disparó en el pecho. Bueno, señor, cuando vi correr sangre
––¿No regresó? huí. Era horrible de contemplar. Dejó al indio colgado de la soga.
––Permanecí cerca de donde ella estaba. Pude escuchar hablar a Ji- ––¿El indio estaba muerto?
ménez. Le dijo a uno de los muchachos “que la aflojaran”, algo que
––Sí, señor, estaba muerto como consecuencia del disparo, y lo deja-
hicieron, pero no estaba muerta. Estaba tendida en el suelo y toda-
mos allí, en el mismo lugar. Eso es todo.
vía emitía lamentos. “Si esta anciana no puede caminar ––dijo Jimé-
nez–– córtele la cabeza. Y el indio hizo eso, cortarle la cabeza.”
––¿Usted lo vio? El de Stanley Sealy sería el primero de los treinta testimonios de bar-
––Sí, señor, la dejó allí, en el mismo lugar. Proseguimos nuestra mar- badenses que presentaría Casement al Foreign Office, a su regreso. Mien-
cha por la selva y, después de cuatro horas de caminata, encontra- tras el cónsul tomaba nota de los horrores que había presenciado un súb-
mos a dos mujeres indias. No tenían casa. Habían escapado. Una te- dito británico, la comisión parecía estar haciendo turismo, en vez de una
nía un hijo. Jiménez amenazó con el hacha a la que llevaba al niño. rigurosa investigación. Los ingenuos caballeros ingleses se sorprendieron
“¿Adónde se escaparon los indios?”, le preguntó. Ella le respondió
al no ver en las inmediaciones de La Chorrera árboles de caucho ni in-
que no sabía dónde estaban. Él le dijo que era una mentirosa.
dios trabajando. Las imaginarias plantaciones, es decir, las estradas con
––¿Se lo dijo Jiménez utilizando el lenguaje indio?
––Le dijo a su mujer que lo hiciera. Su esposa también habla espa- hileras de árboles, no existían: había que caminar varios kilómetros, in-
ñol. Ahora vive con él en Último Retiro. Su mujer le dijo a la india ternarse en la selva hasta dar con alguno, ya que no crecían próximos, y
que mentía. Jiménez tomó al niño y se lo dio a uno de los indios que eso debían hacerlo los indios, pésimamente alimentados, sin medicinas,
recolectaba caucho. “Córtale la cabeza”, le ordenó. Y lo hizo. azotados y torturados. La Peruvian Amazon Company consistía en una
––¿Cómo le cortó el indio la cabeza al niño? banda de delincuentes armados que aplicaba un sistema cruel, pero efi-
––Lo tomó del pelo y le cortó la cabeza con un machete. Era un ni- caz en términos económicos. Los jefes de sección y los racionales, que
ño pequeño que caminaba siguiendo a su madre. eran los mestizos no analfabetos, tampoco se exigían mucho en materia
––¿Era un niño o una niña?
de trabajo: en todas las secciones caucheras que visitó Casement, los en-
––Era un niño. Dejó el cuerpo y la cabeza en ese lugar, en el sende-
ro. Prosiguió su camino llevando a las dos mujeres, pero la madre llo- contró durmiendo en sus hamacas, intolerablemente abúlicos, bebiendo
raba por su hijo. Bueno, señor, nos internamos en la selva y encon- alcohol durante todo el día, sin otra ocupación que atormentar a los in-
tramos a un indio, bastante fuerte debo decir. Esto sucedió cuando dios. “Arana, lo tengo claro, es un truhán, el más culpable de los truha-
nos acercamos al Caquetá. Jiménez dijo que quería cruzar a la otra nes de todo este sindicato del crimen” (Arana, it is clear to me, is a
orilla, pero no sabía dónde encontrar un bote o una canoa. Bueno, scoundrel, the most guilty scoundrel of the whole of this syndicate of cri-
señor, el indio dijo que tampoco sabía dónde encontrarlos. Para en- me), escribió en su diario el 3 de octubre.
tonces, Jiménez acusó al indio de ser un mentiroso: consiguió una
A diferencia de los otros miembros de la comisión, Casement nunca
soga y le ató las manos detrás de la espalda. Repitió lo mismo que
perdió su espíritu deportivo durante su estadía en el Putumayo. Todos los
había hecho con la anciana india, atándolo a un poste colocado en-
tre dos árboles, sin que sus pies tocaran el suelo. Después que losmu- días nadaba en el río, o se bañaba en algún arroyo selvático, desdeñan-
chachos trajeron hojas secas, extrajo la caja de fósforos, encendió el do peligros, o caminaba por los estrechos senderos para ejercitar sus pier-
fuego, y el indio empezó a quemarse profiriendo horribles alaridos, nas. De noche jugaba al whist con algunos miembros de la comisión. El
mientras se le formaban grandes ampollas en la piel. Su cabeza col- baño en el río y el juego de cartas eran apenas un descanso de las pre-

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siones permanentes, los temores, las responsabilidades. Los negros de septentrional de las secciones caucheras del Igaraparaná. Por primera vez
Barbados habían confiado en él. Ahora, era responsable de que nada les en su diario describe cómo era un centro de exterminio, a cargo, esta vez,
sucediera, en una región donde no existían jueces ni policías. de Augusto Jiménez: la casa principal se asemejaba a una fortaleza en-
La situación era paradójica. Casement había viajado al Putumayo de- clavada en un barranco, a treinta metros sobre el nivel del río, y tenía for-
bido a que una compañía británica había decidido investigar si se come- ma de barco con la proa apuntando hacia el curso de agua.
tían atrocidades. Hasta las autoridades peruanas refrendaron ese viaje. No puede sino sorprender lo primero que hicieron la comisión y el
Pero en esa selva no había autoridades; si la comisión actuaba por cuen- cónsul, ingleses al fin, apenas llegaron: se lanzaron a cazar mariposas, lo
ta propia, denunciando el maltrato a los indios sólo lograrían incremen- que implica que llevaban redes apropiadas en su equipaje. Casement no
tar las atrocidades. La única vía para modificar ese horror era desemba- omite detalle en su diario: “Para descargar tensiones, iniciamos una ela-
razarse progresivamente de los jefes de sección, en el más absoluto de borada persecución de mariposas en las arenosas orillas del río. Eran cier-
los silencios, sin que los hechos se hicieran públicos. Para colmo, el cón- tamente especímenes magníficos y la tierra ardía de alas encendidas, con
sul llegó a la deplorable conclusión de que, si se trataba bien a los indí- alas fulgurantes, negras y amarillas y de extraordinario tamaño, azules y