Sei sulla pagina 1di 167

COLECCIÓN «NOESIS DE COMUNICACIÓN»

Dirigida por Manuel Mar/in Serrano

1. La opinión y la multitud, por Gabriel Tarde.

2. Conducta y comunicación, por Charles E. Osgood.

3. La creación cienufica, por Abraham A. Moles.

4. Obra lógico-semiótica, por Charles S. Peirce.

5. La gráfica y el tratamiento gráfico de la información, por Jac- ques Bertin.

6. Escritos sobre prensa, periodismo y comunicación,

Marx y Friedrich Engels.

por Karl

7. El hombre y la materia. por André Leroi-Gourhan.

8. El medio y la técnica, por André Leroi-Gourhan.

ANDRÉ LEROI-GOURHAN

EL HüMBRE y LA MATERIA

(Evolución y técnica 1)

Versión castellana

de

ANA AGUDO MÉNDEZ-VILLAMIL

Prólogo

de

MANUEL MARTÍN

SERRANO

taurus

l[

Título original: Evolution et Techniques Tome 1: L'Homme et la Matiére

© 1945 & 1973, Éditions ALBIN MICHEL, París

Maqueta de cubierta:

ALCORTA/MARQUÍNEZ

cultura Libre

© 1988, ALTEA, TAURUS, ALFAGUARA, S. A.

TAURUS Juan Bravo, 38 - 28006 MADRID

ISBN: 84-306-6007-0 (tomo 1)

ISBN: 84-306-9964-3 (obra completa) Depósito Legal: M. 22.235-1988 PRINTED IN SPAIN

EL UNIVERSO TEÓRICO DEL GESTO

DEL GESTO AL SISTEMA DE LA INVENCIÓN

l. De la pertinencia

Existen obras, contemporáneas y del pasado, que inician un ámbito de reflexión nuevo o proponen un punto de vista distinto. Esas obras son paradigmáticas cuando redefinen el objeto o transforman el contenido de alguna rama de las ciencias. En ocasiones la reorganización del saber que provocan estos textos tiene que vercon el nacimiento de los estudios sobre la comunica- ción, o toma en cuenta el modo de enfrentarse con los objetos propios de los teóricos de la comunicación. Libros de esta natura- leza permiten conocer cuál es el suelo epistemológico en el que hunden sus raices los estudios comunicativos. A veces también aclaran los vinculos que relacionan a las Ciencias de la Comuni- cación con otras Ciencias de la Naturaleza, de la Sociedad y de la Cultura. Esta categoria de obras paradigmáticas tienen todas ellas un lugar en esta colección. «Noesis» está editada precisa- mente para des-cubrir teóricamente la comunicación desde

su origen en unos saberes no comunicacionales y para re-conocer

las trazas de enfoques comunicacionales en el origen de otros saberes. Dicha vocación de des-cubrimiento y de re-conocimiento ex- plica por qué todas las obras de «Noesis de Comunicación» están introducidas por un estudio. Se le encomienda al introductor que aclare y cuando sea posible amplie el significado paradigmático que posee el texto. André Leroi-Gourhan ha escrito dos obras que me parecen muy pertinentes para cumplir con los objetivos de este proyecto

editorial. La primera, Evolution et techniques, tiene dos tomos. El primero, L'Homme et la matiére, este libro que está ya en manos del lector. El segundo tomo, Milieu et technique, verá la luz seguidamente. La segunda obra se llama Le geste et la parole. Escrita igualmente en dos tomos, también aparecerá editada en

esta colección. Evolution et techniques comparte con Le geste et

la parole un mismo empeño teórico. El sentido cienufico de cada texto se aclara en e! otro. Por eso la decisión de publicar la prime- ra obra supone la edición de la segunda. Evolution et techniques tiene reservado un lugar único en una colección que busca apeos seguros para construir el edificio de las Ciencias de la Comunicación. Con este libro A. L. G. inicia una metodologta nueva y muy potente destinada a investigar los úti- les. El autor usa e! método para investigar las técnicas de adqui- sición y de consumo de bienes que han inventado los hombres. Pero ese mismo método puede ser aplicado para estudiar otros campos. Por ejemplo, para estudiar la génesis de las herramien- tas comunicativas, sus tipos y sus usos. El estudio comparativo de los diversos instrumentos de comunicación que se han utiliza- do por los distintos grupos humanos es una información muy necesaria. Permitirá que una Ciencia Social de la Comunicación pueda incluir entre sus disciplinas una Economia Politica de la Comunicación y una Historia de los Usos Sociales de la Comuni-

cación.

La posterior edición de Le geste et la parole se explica por razones distintas, pero no menos pertinentes. En dicha obra

A. L. G. pone en relación la génesis del trabajo y de la comunica-

ción. El autor arranca desde donde habian sugerido Marx y En- gels: de la hominizacion y de la socialización, aunque Le geste et

la parole remite a otros planteamientos teóricos distintos a los que me referiré más tarde.

2. De esta Introducción

La edición española de Evolution et techniques se proyectó

cuando A. L. G. vivia. El propio autor iba a encargarse de esta introducción. Le solicitamos que ampliase su reflexión sobre la transformacion de las materias y de las técnicas al campo de las herramientas y de los usos comunicativos. El fallecimiento de

A. L. G., acaecido en 1986, ha frustrado ese proyecto. Ahora la

edición de sus libros cumple otra funcián diferente a la prevista.

Ciertamente, otro cientifico podria abordar el estudio sistemático de las técnicas materiales de la comunicación y plantear esa investi-

gación recurriendo a los métodos que A. L. G. ha creado. Ese proce- der no constituirá falta de respeto a la obra de! autor, sino e! mejor de los reconocimientos. Pero ese trabajo aqut no se ha intentado porque no seria una introducción a la obra de otro, sino otra obra. Convertido A. L. G. por e! silencio de la muerte en imposible referencia de si mismo, habria sido viable buscar entre los etno- grafos, etnólogos, tecnólogos, arqueólogos, historiadores, quien con más autoridad y mejor bagaje que los mios introdujese unos textos escritos por quien ejerció académicamente como catedráti- co de Prehistoria. Pero la mirada del especialista, si se ensimis- ma, puede frustrar el proyecto cultural que se persigue con esta colección. No es al especialista a quien conviene encomendarle e! análisis de la obra paradigmática. Una obra conocida desde las claves de las ciencias que la tienen por suya, para que llegue a ser paradigmática todavia tiene que ser re-conocida, examinada des- de otras claves, las de aquellas otras ciencias para las que no fue

escrita.

El prólogo de Marx a la Filosofia de! Derecho, cuando pone al revés la Dialéctica Hegeliana, obtiene un paradigma para el Materialismo Histórico. El prólogo de Lévi-Strauss al estudio del Don de Marcel M auss, cuando generaliza uno y el mismo méto- do para e! estudio del ritual y de los mitos, obtiene un paradigma lógico para la Aruropologia Estructural. A. L. G. no va a tener e! privilegio de que su obra sea re-conocida por un prologuista que se le equipare. Pero está a mi alcance llevar a cabo ese re- conocimiento. En estos libros se contiene un modelo posible para el estudio tanto de las prácticas productivas como de las expresi- vas. Re-conocimiento que tal vez le habria parecido a A. L. G. preferible al más prestigioso de los reconocimientos.

3. De la obra de A. Leroi-Gourhan

La obra de A. L. G. es paradójica. Trabaja paralelamente con objetos aparentemente poco relacionados, tales como bronces chi- nos y huesos occipitales. Aplica las técnicas de investigación con criterios muy heterodoxos. Por ejemplo, utiliza la estadistica para estudiar el simbolismo de las pinturas rupestres cántabro- pirenaicas; recurre al análisis funcional de la motricidad para clasificar los útiles.

BIBLlOGRAFiA

DE A.

LEROl-GOURHAN

La Cívílisatíon du renne, col. Géographie humaine, Galli- mard, 1936; Documents pour l'art comparé d'Eurasie septen-

trionale, Ed. d'art et d'histoire, París, 1943; Evolution et Tech- niques. vol. 1: L'Homme et la Matiére. Albin Michel, 1943;

Evolution et Techniques, vol. II: Milieu et Technique, ibid., 1945; Archeologie du Pacifique nord, Travaux et mémoires de

I'lnstitut d'Ethnologie, París,

1946; Les Fouilles préhistori-

queso Techniques et Méthodes, A. y J. Picard, París, 1950;

«L'hypogée II des Mournouards (Mesnil-sur-Oger, Marne)», en eolab. con G. Bailloud y M. Brézillon, en Gallia Préhistoi- re. t. Y, fase. 1, 1962; Les Religions de la préhistoire, P.U.F.,

1964; Le Geste et la Pamle, vol. 1: Technique et Langage, AI-

bin Miehel, 1964; Le Geste et la Parole, vol. 11: La Mémoire et

les Rythmes. ibid 1965; Préhistoire de l'art occidental, Maze- nod, París, 1965; «L'Habitation rnagdalénienne n.? 1 de Pince- vent pres Montereau (Seine-et-Mame)», en Gallia Préhistoire, t. IX, fase. JI, 1966; La Prehistoíre, en eolab. con G. Bailloud, J. Chavaillon, A. Laming-Emperaire, col. Nouvelle Clio,

P.U.F.• 1966; Fouilles de Pincevent. Essai d'analyse ethno-

graphique d'un habitat magdalenien (la seetion 36). en eolab.

Karbin, 2 vol.,

eN.R.S., París. 1973,7.' suplem. para Gallia Préhistoire; Les

con M. Brézillon, F. David, M. Julien y e

Racines du monde, entretiens avee Claude-Henri Rocquet, bio-

grafia y bibliografia Belfbnd. 1982.

El mismo sentido paradójico sugiere su historial académico y cientifico. A los veinte años, en 1931. inicia lo que parecia una brillante carrera de filólogo con un diploma en ruso. al que le sigue dos años más tarde otro en chino. A los veintitrés años está en el Japón. Pero alli no estudia. como cabia suponer. el idioma y los testimonios escritos de una de las culturas más ricas del mun- do. Se interesa por los testimonios materiales de una de las civili- zaciones más modestas: los ainos. Analiza la evolución de los objetos tales como el kayak y el arpón esquimales. Puede entenderse que un filólogo hubiese derivado en un etnó- grafo de los pueblos siberianos. El tránsito del estudio de la trans- formación de los nombres de las cosas al estudio de la difusión de las propias cosas. se habria producido en otras ocasiones y en

ambos sentidos, tanto entre los filólogos como entre los etnógra- fos. En 1945 la vocación del cienttfico aparentemente ha cristali- zado ya como especialización etnográfica. A. L. G. presenta una tesis en la Facultad de Letras con el título de «Archeologie du Pacifique Nord». En ese mismo año comienza la carrera acadé- mica del autor en la Universidad de Lyon, precisamente como profesor de Etnologia y Prehistoria. Y. sin embargo, en esa fecha de la titulación universitaria, quien en 1945 recibia el reconocimiento académico como etnólo- go hacia tiempo que producia una clase de investigación que te- nia que interpretarse con claves paleontológicas. Ya habia escrito y publicado los dos libros que forman Evolution et techniques'. Ciertamente. en estas obras el objetivo etnográfico (describir la cultura material de los pueblos esquimales y siberianos) quedó rebasado por otro etnológico (sistematizar toda posible investiga- ción arqueológica de las herramientas). Aún cabe reconocer el cordón umbilical que enlaza esta «paleontologia del útil» con la arqueologia de las industrias prehistóricas y novohistóricas. Sin embargo la observación que A. L. G. hace de los útiles ya es ca- racteristica del naturalista más bien que del arqueólogo. Desde sus primeros trabajos centrados en el área arqueológi- ca del Pacifico Norte, A. L. G. se habia preocupado de clasificar antropométricamente la evolución de los cráneos esquimales al tiempo que clasificaba etnográficamente los útiles de pesca. To- davia estos primeros estudios de Antropologia Fisica -como los estudios primeros de Etnografia de las herramientas- están al nivel de un análisis seriado de objetos. Pero la intención que se descubre, tanto en la selección de los «documentos materiales» -fuesen cráneos o útiles-, como en la organización de esos documentos. indica que A. L. G. busca correspondencias entre la evolución de los fósiles humanos y de las herramientas. En la década de los treinta, cuando A. L. G. se inicia como investigador trabajando al tiempo con testimonios anatómicos y tecnológicos, esa doble actividad podia legitimarse. Etnógrafos y antropólogos fisicos aceptaban que sus respectivas especialidades fuesen concebidas como vias, igualmente necesarias y por lo tan- to igualmente subsidiarias, de una Antropologia Evolutiva. El objeto cientifico último estaba en poder desandar el camino por el

que ahora introduzco, L 'Homme el la mauére. aparece en 1943. El

segundo volumen, Milieu el technique. se edita en el mismo año de 1945, corres- pondiente a la presentación por A. L. G. de su tesis de Letras.

[ El

que evolucionaron solidariamente las aptitudes biológicas y téc- nicas de la especie humana. Este enfoque venía de Margan. Re- cuérdese que las correlaciones entre hominización, humaniza- ción, fabricación de herramientas y desarrollo de las capacidades lingüísticas habían sido explícitamente subrayadas por Engels. La concepción de la Antropología Evolutiva como una ciencia natural de la cultura humana en aquellos años era asumida tanto por el Materialismo como por el Positivismo. Ambas Escuelas

esperaban esa fundación de «una ciencia natural de Hombre» para cuando la Antropometría por su parte, y la Etnografía por la suya, aportasen series de cráneos y de instrumentos líticos que fuese posible contrastar a lo largo del espacio y del tiempo.

A. L. G. podría haberse definido a sí mismo en sus obras

como un antropólogo evolutivo. Pero nunca lo hace. No hay en sus textos, salvo inadvertencia de quien escribe, reconocimiento de filiación intelectual alguna respecto a la obra de Margan o de

Engels. Cada vez que la ocasión lo requiere, como a veces sucede con este mismo libro, A. L. G. afirma que está haciendo Paleon- tología. Cuando se remite a un Padre fundador elige a Couvier y no a Darwin. Los antropólogos evolucionistas trataban de ten-

der un puente por el que se pudiese transitar desde la historia natural a la historia social. En cambio, A. L. G. pretende que la filogenia sea el hilo que anude hominización, humanización, cultura material y cultura simbólica. En términos prácticos, ese intento requiere que la Paleontología amplíe su campo de estu- dios. Además de sistematizar las especies animales, identifican- do las semejanzas genéricas que relacionan a unas especies con

otras,

cabría sistematizar filogenéticamente las «especies» de

útiles.

A.

L. G. pretende incorporar el estudio de los productos mate-

riales y simbólicos de la cultura al estudio, en clave paleontológi-

ca, de la evolución de la especie humana. Entre 1937 y 1954 está ocupado en los trabajos de base que requiere este proyecto. En 1954 presenta «La trace d'équilibre mecánique du crune des ver- tébres terrestres», obra con la que obtiene su doctorado en Cien- cias. Se puede establecer un paralelo entre lo que representa «Ar- chéologie du Pacifique Nord» -su tesis de Letras de 1945-, para el nacimiento de una paleontología del útil, y lo que viene a representar su tesis de Ciencias de 1954 para el posterior desarro- llo de una arqueología del gesto y la palabra. En ambas ocasio- nes el autor está alterando las líneas divisorias que acotan el campo de las ciencias naturales y sociales:

- A. L. G. se enfrenta con la herramienta como si fuese un

fósil de una especie extinguida o viva. El paleontólogo reconstru- ye el esqueleto de un cuadrúpedo a partir de las características de un hueso de la mano. El tecnomorfologo que reconozca los rasgos distintivos de cada útil debería también poder reconstruir las he- rramientas antecesoras de ese útil y prever las formas variantes que hayan podido ensayarse en algún otro lugar y momento de la evolución tecnológica.

- El enfrentamiento de A. L. G. con el gesto y la palabra contempla la mano y la cara [osiles como si fuesen herramien- tas'.

La mecánica y la dinámica de estos útiles biológicos condicio- nan la transformación que el hombre lleva a cabo de la naturale- za, incluida la transformación de su propia naturaleza. El útil estudiado como un [ásil, el fosit estudiado como un útil. La creatividad teórica suele proceder de quienes piensan so- bre los objetos de una ciencia con los puntos de vista de otra. Actitud paradójica frente al conocimiento. Recurso si se quiere muy característico de l'esprit francés: recuérdese a Malebranche describiendo a los animales como máquinas, a Durkheim tratan- do las «constantes sociales» como cosas. La obra de A. L. G. -lo decía al comienzo de este análisis- es paradójica.

4. La referencia teórica de A. Leroi-Gourhan

La paradoja puede ser sólo un truco, maligno o inocente, des- tinado a épater le bourgeois. En tales casos es cienuficamerue irrelevante; artimaña de bufones que así llaman la atención en el mercado del conocimiento. Pero también la paradoja es un recur- so epistemológico. El análisis paradójico es una de las maneras posibles de enfrentarse con la resistencia que opone la realidad a dejarse captar como un todo por el conocimiento. El cientifico puede recurrir a la paradoja cuando se empeña en abarcar en un mismo proyecto teórico el estudio de objetos divergentes: la natu- raleza y la cultura, la necesidad y la creatividad, el organismo vivo y el símbolo, la herramienta y la palabra. Objetos renuentes a la convivencia en un mismo sistema analítico.

2 A. L. G. explica la conformación anatómica de la cara y de la mano a partir de las transformaciones dinámicasde los vertebrados que desembocanen la estación vertical de los homínidos.

Son posibles otros recursos epistemológicos para hacer teorías que abarquen esos mismos objetos. Se puede sustituir la paradoja por la asimilación de los objetos. Por ejemplo, la naturaleza se

reduce a la cultura, o viceversa. Este proceder serviriapara carac-

terizar un talante cienufico frecuente tanto en e! Idealismo como en el Empirismo inglés. También cabe disociar la teoría para salvar la unidad de los objetos. Por ejemplo, Nietsche rompe la unidad del conocimiento cienufico cuando se enfrenta con el mundo «como voluntad» y «como representación». Esquizofrenia epistemológica que acaba en el 1rracionalismo, tan recurrente en

las ciencias alemanas. Otra opción posible consiste en negociar el alcance de la teoría. Utilizar para interpretar el mundo un mode-

lo operacional. Modelo que será tenido por válido cuando permi-

ta establecer relaciones útiles entre diversos niveles de la reali- dad. Por ejemplo, es lo que hace James para conectar subjetivi- dad, sociabilidad, conocimiento. A partir de este autor, el recurso

a la teoría negociada es característico de tantos otros cientificos

americanos, aferrados al Pragmatismo por diversos que sean sus puntos de vista behavioristas. [uncionalistas. culturalistas, sisté- micos.

El carácter paradójico de la obra de A. L. G. es la opción epistemológica de quien quiso abarcar teóricamente la génesis de! hombre y sus productos, sin ceder ni al reducionismo, ni a la disociación, ni a la negociación de la Teoría. A. L. G. sabía que jamás podría completar ese proyecto ni por lo tanto cerrar teóri- camente su Sistema. El conjunto de la producción de A. L. G. tiene una coherencia poco frecuente: cada libro ya enuncia el siguiente y supone los precedentes. Pero todos los pasos que le aproximan al objetivo teórico final dejan atrás otras tantas obras abiertas'. Sin embargo, una obra abierta no es lo mismo que una obra frustrada. Son los cientificos que derrumban las bardas del conocimiento y no quienes ponen los mojones aquellos que dejan una herencia más fecunda. Las urgencias teóricas de nuestro tiempo orientan a establecer los territorios de cada ciencia. La Arqueología, la Etnología, la Antropología, también la Psicología

y la Sociología, más recientemente la Teoría de la Comunica-

3 Por ejemplo, Evolution el techniques requiere un estudio que abarque los

útiles utilizados por las sociedades que surgen con las revoluciones burguesas, trabajo que el autor no podría acabar en vida. Para completar Le geste el la

parole se requeriría un análisis de las formas de expresión simbólica igualmente

inabarcable.

clOn, sólidamente anudadas unas a otras en su condición de «Ciencias sociales o ciencias del hombre», han caído y recaído en la tentación de romper sus lazos con las llamadas Ciencias de la Naturaleza: Biología, Paleontología, Etnología. El resultado es esa debilidad teórica y metodológica que se confiesa con las dis- tinciones entre ciencias «duras» y «blandas», «nemotéticas« e «ideograficas». «experimentales», «cuasi-experimentales» y «con-

ceptuales». Y sin embargo, lo más duradero de estos cien últimos años de reflexión sobre el hombre y el mundo tal vez llegue a ser, precisamente, el legado de quienes han navegado contra corrien- te. La obra de aquellos autores que han establecido puentes toda- vía frágiles, para terminar con esa articulación fragmentada del conocimiento sobre la naturaleza y la sociedad. A. L. G. encontró en el Estructuralismo un modo de relacionar el conocimiento so- bre objetos biológicos y culturales. Otros cienuficos. animados de un talante igualmente comprehensivo, optan por manejar teórica- mente la contradicion -la paradoja que se historiza-« y recu- rren a la Dialéctica. Estructuralistas y dialécticos están muy distantes metodológi- camente y axiolágicamente. No se necesita reconciliarles entre para que se evidencie lo que les asemeja. Ambos conciben la realidad como diversidad. Diversidad que se compone, opone o descompone ante toda conciencia, ante toda intervención de los

hombres. Pero aunque los niveles de la

dos, y sus manifestaciones impredecibles, tanto los estructuralis- tas como los dialécticos creen que sin embargo son inteligibles. La realidad es inteligible porque cabe recurrir a una racionalidad universal. La razón muestra su universalidad porque puede apli- carse al análisis de todo objeto y porque el funcionamiento cogni- tivo de los hombres opera con lógicas comparables. Esta creencia en la unicidad del conocimiento es sabido cuánto repugnaba a los relativistas antiguos, y repugna a los modernos, con Popper a la cabeza. Los herederos actuales del Relativismo han firmado el acta de defunción de los paradigmas universales, entre ellos el estructuralista y el dialéctico. Me estoy refiriendo al rechazo de toda pretensión de trabajar en una ciencia unitaria por parte de

realidad fuesen indefini-

los etnosociologos. etnometodólogos, semioretoricos y otros a

mismos llamados «posmodernos». No hay por qué alarmarse. Esa clase de rechazos del valor universal de la racionalidad se han producido desde que la ciencia trató de encontrar leyes. Lu- kács lo concebía como la manifestación del perenne asalto a la

razón.

El Estructuralismo francés es la referencia epistemológica en

la que debe incluirse la obra de A. L. G. Los autores estructuralis-

tas confluyen por diversas vías en e! estudio antropológico de los modelos cognitivos. Los modelos cognitivos son representaciones de! mundo que guían la acción sobre el entorno y que proporcio- nan algún sentido a la interpretación del entorno, incluida la interpretación cientifica. Los orígenes más inmediatos del Estruc- turalismo están en Durkheim. Al final de su vida, este autor seña- la las relaciones que existen entre «las formas elementales» de la

representación (p. e" los mitos) y de la acción (p. e" los rituales) por una parte, «la reproducción social» de las organizaciones y de los modos de vida, por otra. A. L. G. Y Lévi-Strauss son continuadores de Durkheim, con quien enlazan a través de Marce! Mauss, autor que les orienta hacia la investigación antropológica de las estructuras accionales

y del conocimiento. El propio Mauss había mostrado con su obra

que el Estructuralismo era un paradigma que no se acoplaba con los cortes epistemológicos que distinguen a unas disciplinas de otras. El Estructuralismo está obligado a demostrar su validez

tanto cuando explica e!funcionamiento del conocimiento sobre el

mundo, como cuando pone en relación ese conocimiento con el

repertorio de actos, de objetos materiales o simbólicos. Por ejem- plo, cuando Mauss estudia el Don' se habia encontrado con una representación del valor de las cosas que remitía al ritual de las interacciones. Unas categorías atribuidas a la Economía (el valor de uso y de cambio de los bienes) tenían que ser examinados con criterios antropológicos. Mauss ya estableció correspondencias entre e! nivel de las distintas técnicas del cuerpo y e! nivel de las diferentes represen- taciones culturales del sujeto. A. L. G. en esta obra relaciona el nivel de las técnicas de producción y consumo con el nivel de la representación de los gestos productivos. Más tarde intentará co- nectar los gestos técnicos con los gestos expresivos buscando un puente entre la producción de bienes y la comunicación. Por su parte, Lévi-Strauss va en busca de modelos que toman como ob- jeto el intercambio mismo, tanto si lo que se cambia concierne a la producción y al consumó (los bienes), a la conformacián del parentesco (las mujeres) o a la representación mítica del universo (las

4 Práctica de intercambio generalizado de bienes existente entre algunos gru- pos de la costa atlántica norteamericana, de distinta especialización productiva.

Los estructuralistas saben muy bien que bienes, herramien- tas, actos, símbolos, mujeres, son entidades materialmente irre- ductibles y que poseen una identidad histórica. Pero entienden que pueden ser estudiadas y por lo tanto relacionadas recurriendo

a una única lógica. Las líneas que siguen tratan de desvelar cuál

es el uso de la lógica estructural que hace A. L. G. para sistemati- zar un fenómeno muy complejo: la invención tecnológica.

5. El sistema tecnológico y la estructura de la invención

Cada invención tecnológica es un hecho que se manifiesta individual, impredecible, en algún lugar y en algún momento. El hecho «invención de tal útil» potencialmente es ubicable (apare- ció precisamente en un grupo humano bien identificado) y data- ble (se registró por primera vez en una fecha o etapa cultural bien diferenciada). En la práctica, la datación y ubicación histórica de todos los inventos-útiles parece tarea inviable. Pero aunque el invento de tal útil sea un hecho que escape a la documentación histórica, ese hecho está materializado en una cosa: en una he- rramienta determinada. En la herramienta, el hecho (invento tec- nológico) se hace patente como la cosa inventada'. Hecho cosificado, la invención del útil, que tal vez pueda elu- dir para siempre la cronología (cósmica o sociológica) del his- toriador, tiene que plegarse a la tipología lógica del sistema- tizador.

A. L. G. propone en esta obra un sistema lógico de la inven-

ción de herramientas. El propio autor se encarga de subrayar el interés y la importancia que tiene e! estudio histórico de las in- venciones humanas. Pero se atiene a un criterio compartido con otros estructuralistas franceses como p. e. Lévi-Strauss. Ambos señalan que la historia puede (en ocasiones) aclarar por qué llega

a existir (o a dejar de existir) un producto creado por el hombre.

Pero el recurso a la historia carece de pertinencia para diferenciar cada cosa de toda otra cosa en el universo de las cosas. Universo que incluye los productos que el hombre efectivamente ha inven-

tado, tanto como aquellos otros que alternativamente podrían ha- ber sido creados, aunque nunca lleguen a tener existencia.

5 El lector familiarizado con las CienciasSocialesreconocerá en esteenfoque

la tradición del positivismo durkheimiano.

En el universo del Sistema de las herramientas cada útil es miembro de un repertorio de útiles. Yel repertorio en su conjun- to, la manifestación de una lógica de la invención tecnológica. La invención tecnológica puede ser lógicamente sistematizada, por- que la génesis y la transformación de los útiles es un dato que remite a la génesis y transformaciones de la razón y no mera- mente un fenómeno sobre el que razona el investigador. La razón se materializa en las cosas inventadas. El diseño, el modo de manipulación de la herramienta, la aplicación que de ella se hace sobre unos u otros materiales, muestran una (de las posibles) soluciones técnicas que el hombre ha inventado para incorporar las fuerzas naturales al trabajo. El útil se analiza por referencia a una serie que incluye en su repertorio desde soluciones técnicas elementales a soluciones téc- nicas muy complejas. Cuando se dispone de «documentos» sufi- cientes, en la transformación de los tipos de herramientas se pue- de llegar a captar la evolución de los modelos de invención. El objetivo heuristico es que el hecho de invención que representa la existencia de un nuevo útil, pueda ser integrado en el Sistema de las herramientas. En el Sistema, los útiles conocidos se relacio- nan con todos los demás útiles que no se han conservado y los que aún no se han inventado. Para construir el Sistema de las herra- mientas hay que interpretar la invención tecnológica como un proceso de operaciones lógicas, y los propios útiles como un re- pertorio de funciones lógicas. Cabe la posibilidad de afrontar el estudio de las tecnologias como el despliegue en el espacio y en el tiempo de una lógica de la invención. Este planteamiento se subs- tenta en la explotación metodológica que el Estructuralismo hace

de una paradoja: toda creación humana es la respuesta a una

constricción. El juego entre la determinación y la creatividad se refleja en todo producto, sea material, como la herramienta, o simbólico, como la fábula. Los útiles distintos que pueden inven- tarse son indefinidos, pero su variedad, a fuer de inabarcable, no les hace por ello menos determinados. Tomemos pie en las pro- pias palabras del autor:

El determinismo técnico está tan marcado (en la producción de obje- tos en progresión) como el determinismo zoológico (en la producción de

especies en progresión). Porque el hombre se ve constreñido a cortar la

madera desde un cierto ángulo, aplicándole una determinada presión, esta constricción hace que las formas, los mangos de los útiles puedan

ser clasificables.

xii

La identificación de cuáles son las constricciones que afectan a la invención tecnológica, permite construir un operador adecua- do para explicar lógicamente la génesis y la transformación de las técnicas. Correlativamente, ese mismo operador permite cla- sificar lógicamente cada útil en un Sistema de herramientas. Los primeros pasos en la construcción del operador consisten en deci- dir cuáles son los limites que diferencian una actividad humana como «técnica» y, luego, en señalar cuáles son los componentes que incluyen necesariamente un Sistema tecnológico. A. L. G. concibe las técnicas como procedimientos de adquisi- ción o de consumo. Esta acotación incluye en el Sistema herra- mientas destinadas a la recolección, la agricultura, la mineralo- gia: la caza, la pesca, la cria de ganado; la alimentación, el vestido y la habitación. Conviene dejar constancia desde ahora que A. L. G. incurre en dos omisiones: no incluye ni las técnicas del cuerpo, ni las técnicas de la comunicación'. Toda solución técnica se interpreta como el resultado de idén- tica lógica de la invención:

- En razón de las peculiaridades fisicas que posee aquella

materia que se desea transformar en un determinado bien, -la herramienta proporciona o amplifica algún medio de acción sobre la materia,

- que permita controlar los efectos transformadores de algu- na de las fuerzas naturales disponibles.

Las constricciones que determinan las opciones posibles para la invención tecnológica proceden de tres componentes:

Técnicas ~ [materias

U medios de acción]

fuerza~J

Para elaborar al tiempo una «paleontologia de la herramien- ta» y una «tecnomorfologia», el problema radica en identificar los grados de libertad que tiene el Sistema. Dicho en otros términos, se requiere una tipologia de materias, otra de medios de acción, y

6 Posteriormente, en Le geste el la parole A. L. G. se ocupará de ambas

actividades. Sin embargo, L 'Homme ella matiére erala ocasión paraelaborar un

Sistema general que incluyese todas las tecnologías. Este trabajo aún no se ha

hecho.

xiii

otra de fuerzas. De la combinatoria de estas tres tipologías, pro- cederán todos los objetos tecnológicos distintos que son lógica- mente posibles. A. L. G. diferencia el repertorio de materias distintas, en ra- zón de las constricciones que los materiales imponen al trabajo del útil; el repertorio de fuerzas diferentes, en razón de las cons- tricciones que el control de la dinámica impone a la mecánica del útil; el repertorio de medios alternativos de acción sobre la mate- ria, en razón de las constricciones que imponen las modificacio- nes de los materiales. Los criterios que A. L. G. elige para reper- toriar las materias, los medios elementales de acción y las fuerzas, seguramente pueden ser otros y en todo caso perfecciona- dos. El propio autor asi lo declara explícitamente, cuando trans- curridos veintiocho años desde la primera edición valora esta obra. Igualmente se comprende que el catálogo de útiles sistemá- ticamente descritos por A. L. G., a pesar de su amplitud, no pue- de ser exhaustivo. Sin embargo, la hazaña intelectual de A. L. G. ha consistido en establecer uno y el mismo esquema lógico para interpretar la génesis y la evolución de los útiles y para pensar la clasificación de los útiles. Cuando A. L. G. escribió este libro, aún no disponía de las «técnicas» que han multiplicado las posibilidades de la investiga- ción sistemático-estructural. El tratamiento informatizado de los datos ahora hace posible formalizar el modelo lógico que subyace en la clasificación de los útiles. Igualmente, permite generar todas las variantes de herramientas distintas que puede «producir» el modelo (incluidas, obviamente, las que nunca se han producido). También ayuda a establecer series y tipologías de técnicas utili- zando criterios de agrupación y de distinción muy variados'. Estos desarrollos del modelo de A. L. G. tal vez interesen a especialistas de diversas ciencias. A. L. G. dejó un ancho camino para los demás abierto en L'Homme et la matiere. Él prefirió proseguir su obra por un sendero más estrecho y mucho más resbaladizo. A partir de L'Homme et la matiere, se adentra por los vericuetos donde se borran las fronteras. La producción de útiles, la comunicación, la hominización, la diferenciación social

7 Como he mencionado, quedan además por incorporar al análisis de

A. L. G. los productos tecnológicos inventados por las sociedades capitalistas. Este trabajo plantea problemas de recopilación de documentos y de análisis de

objetos muy complicados. Quienes se animen a iniciarlo se verán en la necesidad de modificar los criterios de clasificación que ha elaborado el autor para operar con útiles inventados en estadios tecnológicos precapitalistas.

xiv

no sólo evolucionan, sino que hacen evolucionar y a veces revolu- cionar a los restantes componentes. Milieu et techniques, el pró- ximo libro de esta colección, proporciona la ocasión de analizar dónde concluye la aventura teórica del autor, y qué nuevos desa- fíos intelectuales se ofrecen en esas fronteras del conocimiento.

Manuel MARTÍN SERRANO

xv

PRÓLOGO A LA PRESENTE EDICIÓN

Tanto este primer volumen de La evolución y las técnicas como el segundo, El medio y las técnicas, incluyen una parte amplia formada por un cuadro clasificatorio de los documentos tecnológicos y una parte reducida, teórica, que se sirve de los hechos ordenados para sacar de ellos las líneas generales de la evolución. De esto se deduce que, si bien el cuadro sistemático -tomado en su conjunto- no ha variado, el aparato teórico, por su parte, puede y debe haber evolucionado. Las correcciones introducidas interesan especialmente a la prehistoria y a la orga- nización sistemática de los «Medios elementales de acción sobre la materia». Cuando escribí la primera versión de este libro no era muy importante el valor de los materiales que la prehistoria podía suministrar a la tecnología. Desde entonces esta situación ha cambiado considerablemente. Se ha conseguido un mejor en- juíciamiento sobre la participación de las formas humanas, in- cluso las más primitivas, en el nacimiento y progreso de las técnicas, gracias a los numerosos descubrimientos que han te- nido lugar en una generación tan sólo. Por otra parte, este caudal científico se ha utilizado en los dos volúmenes de El gesto y la palabra -que salieron a la luz en 1965-, aunque con algunas modificaciones en lo relativo a las primeras nociones desarro- lladas. Junto a esta «paleontología del útil» que introducía el desa- rrollo de los datos prehistóricos, me había parecido posible estu- diar una «paleontología del gesto», la cual ha aportado notables mejoras en la clasificación de los «medios elementales», concre-

tamente en la cadena dinámica «impulso-transmisión-acción»,

así como en el concepto «máquina». Intenté que El hombre y la

materia se beneficiase de las mejoras mencionadas estableciendo lazos con El gesto y la palabra sin alterar demasiado la redacción de una obra que, aunque con imperfecciones, señala a mi modo de ver el comienzo de una larga aventura científica.

8

André LEROI-GOURHAN

INTRODUCCIÓN

La etnología está formada por varias disciplinas, cuyo con- curso facilita, al menos en principio, la comprensión de los lazos que unen a los individuos en grupos étnicos particulares. Es, ante todo, la ciencia de la diversidad humana; su campo de investiga- ción no está limitado ni en el espacio ni en el tiempo. Si encuen- tra su terreno favorito en los pueblos no industrializados del mundo actual, esto se debe a una tradición científica normal que la ha llevado a investigar esa diversidad fuera de nuestras propias culturas, inversamente a la sociología, que, debido a razones prácticas, ha centrado primero su objetivo en el mundo moder- no. Pero el hombre del presente industrial ofrece también mate- ria para un análisis de su diversificación en macro-unidades étni- cas, al igual que el hombre del pasado prehistórico ofrece una contribución valiosa al conocimiento de las formas auténtica- mente primitivas de la organización étnica. Entre las disciplinas etnológicas, la tecnología constítuye una rama especíalmente im- portante, pues es la única que muestra una total continuidad en el tiempo, la única que permite aprehender los primeros actos propiamente humanos y seguirlos de milenio en milenio hasta el umbral de los tiempos actuales. Cuando nos remontamos en el pasado, las distintas ramas de la información etnológica van mu- riendo más o menos rápidamente: las tradiciones orales se extin- guen con la última generación que las ha recibido, las tradiciones escritas pierden fuerza rápidamente, y el siglo XVII ha enmudeci- do ya para la gran mayoría de los pueblos; sólo los productos de las técnicas y del arte permiten, si las circunstancias han asegura- do su supervivencia, una larga andadura en el tiempo. Incluso el arte desaparece con bastante rapidez, por lo que, pasada la fron- tera de unos 50.000 años, únicamente las técnicas permiten re-

9

montar la corriente humana hasta sus orígenes, es decir, uno o dos millones de años. Por lo tanto, el testimonio de las técnicas es valioso, pues sobre él se apoya la posibilidad de no confundir lo que supone- mos que fueron los primeros pasos de la humanidad con lo que sabemos de ellos objetivamente. La filosofía ha distinguido dos humanidades sucesivas: la del hamo sapiens, que es la nuestra, y la del hamo faber, criatura teórica, cuya única característica hu- mana habría sido la de poseer herramientas. El hamo faber. tér- mino cómodo pero sin fundamento paleontológico, engloba en realidad toda la larga serie de los antrópidos de los que surgió el hamo sapiens ': los más viejos (cuentan con más de un millón de años), los australántropos, poseian ya nuestra estación vertical y tallaban útiles muy primitivos. A partir de este momento, que, salvadas todas las proporciones, no debe de hallarse muy alejado del punto de partida, los progresos del cerebro en volumen y en organización tienen como corolario una doble serie de cráneos y de útiles cada vez más variados y perfeccionados. Desde estos comienzos hasta unos 50.000 años antes de nuestra era, la made- ja va devanándose sin interrupción, pero su hilo es fino, ya que se limita al inventario de algunos tipos de útiles de piedra labra- da: prueba suficiente del progreso, sólo sirve de asidero en lo referente a una mínima parte de los rasgos culturales que desa- rrollaron los hombres anteriores a nosotros. Entre los años 50.000 y 30.000 antes de nuestra era, los testimonios se diversifi- can, y desde hace unos 30.000 años, con las primeras etapas del hamo sapiens, se entra en la humanidad actual, que forma un todo hasta los tiempos presentes. Aunque todavía muy incom- pleto, nuestro conocimiento de la prehistoria, tanto del antiguo como del nuevo mundo asegura un campo tecnológico conside- rabie. Sus elementos se inscriben en la base de la evolución de técnicas y objetos que han seguido su curso hasta el momento presente. Conocida ahora casi en todo el mundo, la prehistoria del hamo sapiens pone de manifiesto que las culturas estaban ya muy diferenciadas en el plano técnico y que tanto Europa como las distintas partes de Asia, África, América y Australia conocían una diversidad étnica que se hace más evidente a medida que van aumentando nuestros conocimientos. El hecho de que ha- yan podido desarrollarse culturas regionales implica largos siglos

[ A. LEROI-GOURHAN, El gesto y la palabra. Vol. 1: Técnica y lenguaje, París,

Albin Michel, 1964.

/0

de permanencia en las mismas regiones, y la diversidad del equi- pamiento da fe de una lenta maduración que se halla en contra- dicción con las viejas ideas concebidas sobre el perpetuo noma- dismo de los pueblos primitivos. Es cierto que los grupos de cazadores de mamuts o de focas eran nómadas, pero lo eran en su propio territorio; las migraciones extraterritoriales desempe- ñaron un papel menos importante de lo que muchas veces se supone. En cambio, los objetos o la idea de su existencia circula- ron de grupo en grupo, a veces hasta los límites de los conti- nentes. Si se pudiera hacer desfilar cronológicamente en una pantalla los movimientos de los hombres, así como los de sus creaciones técnicas, se sentiría la tentación de pensar que eran la muestra de pueblos en marcha, de razas que se desplazaban con su material, se perseguían ardorosamente y se devoraban. Pero probablemen- te no fue así; veríamos en realidad algo tan fugaz como el juego de la luz sobre una fina capa de petróleo en la superficie del agua. El curso del tiempo desplazaría a los hombres al igual que el agua arrastra la mancha de petróleo deformándola, algo así como un tornasol imperceptible deslizándose sobre moléculas práctica- mente inmóviles. Fijémonos en la Europa occidental de estos diez últimos siglos: las grandes potencias han llevado a cabo gue- rras que a veces han desplazado temporalmente importantes cantidades de hombres; sin embargo, la distribución antropológi- ca apenas se ha visto modificada por ello; la Francia del siglo x, físicamente, es casi la misma que la Francia del xx, y Europa, si consideramos los esqueletos de sus millones de habitantes, ape- nas ha variado. Sin embargo, icuántas ráfagas la han agitado! ¿Son indicios de migraciones las techumbres de tejas, el código napoleónico, la bóveda ojival, la artesa mecánica o la bicicleta? Un 50 por ciento de la vida material del Japón es de inspiración china (y se trata de la parte más ostensible): la escritura, la lengua oficial y culta, el budismo, las industrias textiles y otros muchos aspectos. Ahora bien, los chinos no han conquistado nunca el Japón; no se podrá encontrar la menor huella de esqueletos chi- nos en las grandes islas del archipiélago. Hay dos tipos de movi- mientos, que, dada la ausencia de sincronismo, complican el cuadro de la etnología. Por un lado, tenemos los desplazamien- tos de los hombres, que, salvo excepciones, son muy lentos y se desconocen bastante; y, por otro, los desplazamientos culturales, sobre cuya rapidez y fantasía aparente no se debe exagerar. Es necesario añadir a dichos movimientos un tercero, no menos

11

importante; nos estamos refiriendo al movimiento de evolución propio de cada pueblo, movimiento muy vanable. en intensidad y dirección que hace girar en espiral a un grupo mlentra~que los otros progresan en línea recta, y en un momento determinado lo lanza bruscamente hacia adelante. Al movimiento de los hom- bres se une el problema de las razas; al movimiento general de los productos, el de las civilizaciones; y al movimiento interno, el de las culturas. Puede sentirse la tentación de buscar en los tres la unidad del desarrollo humano y de confundir a veces la raza, la civilización y la cultura. No aventuraré ahora una más de las muchas definiciones personales de los tres términos, a los que tan sólo aludiré a lo largo de estas páginas para dar algunas bre- ves opiniones de conjunto. De los tres movimientos, en un punto dado, resulta una entidad étnica más o menos duradera: segun su

importancia, aplico aquí

grupo humano, etnia y grupo de etnias, simples dl:"lslOnes de comodidad, susceptibles, por tanto, de numerosas intrusiones. No hay ninguna urgencia en desarrollar definiciones que cnstah-

cen una masa tan poco analizada como la de los seres huma-

nos.

Dejando a un lado en la presente obra los mo:"imientos hu- manos me ceñiré al doble movimiento, externo e interno, de las técnicas más materiales, aquellas con las que se fabrica, ~e produ- ce y se consume los elementos indispensables para la vida des~e el punto de vista físico. Estas técnicas han mteresad? a los etn~­ logos desde los orígenes de la etnología, han sido obJet? de clasi- ficaciones que, en el ámbito francés, ha puesto al día Marcel Mauss y I'Institut d'Ethnologie; constituyen una parte Impor- tantísima de ese admirable instrumento para el estudio que es el Musée de I'Homme. Los cuadros clasificatorios de las técnicas no han sido estable- cidos por tecnólogos, sino por etnólogos que tenían en sus men- tes más bien una distribución de los productos del grupo que estudiaban en cómodas divisiones que un análisis de la fabnca- ción. En otras palabras, estos investigadores se han fijado más bien en la forja que en el trabajo de los metales, en el cesto que en la cestería, en el vestido que en el trabajo de las fibras. Un cuadro basado en estos principios asegura totalmente las necesi- dades del análisis cultural y deja a un lado los problemas propia- mente tecnológicos. Este es el motivo por el q~e, aprovechand? (a pesar de mi formación teórica) mi gran aficIón por las activi- dades manuales, yo, sin método preconcebido, he mampulado el

los términos poco compro~etedores de

hacha, he tallado el sílex, he tirado con arco y he soplado en la cerbatana. Estos experimentos, que aún practico, han sido reali- zados de dos maneras: sobre el terreno, observando, imitando y escuchando al operante; y en el laboratorio, siguiendo las des- cripciones (algunas muy precisas) de los viajeros. La cantidad de documentos recopilados de esta manera es bastante escasa: unas 40.000 fichas por lo que respecta a todas las técnicas estudiadas en este libro. A pesar de esta relativa pobreza, el fichero resulta valioso por tratarse del primer esfuerzo más o menos extenso en este sentido y porque la separación, ficha por ficha, de un gran número de conjuntos técnicos ha permitido que los documentos se autoagrupasen, dejando así una mínima parte a la interpreta- ción personal. De este hecho ha resultado, desde 1935z una tec- nomorfología fundada en las materias primas. Son los cuadros de este primer intento los que han sido mejorados y reforzados en el primer volumen de la presente obra. Actualmente, sería inútil pretender adquirir un conocimien- to, ni siquiera superficial, de toda la humanidad. Ningún investi- gador podría describir la actividad de los hombres en todos los tiempos y en todos los países, pero las grandes clasificaciones se realizan aunque una ciencia no esté totalmente explorada. Los animales y las plantas fueron clasificados entre los siglos XVII y XIX (a pesar de que la mayoría de las especies eran todavía desco- nocidas) en cuadros, cuyas líneas generales quedaron como defi- nitivas. La ciencia del hombre se halla en el mismo caso. Esto se debe, tanto en zoología como en etnología, al carácter perma- nente de las tendencias; parece que todo sucede como si un pro- totipo ideal de pez o de sílex labrado se desarrollase siguiendo líneas preconcebidas: en el primer caso, del pez al anfibio, al reptil, al mamífero o al pájaro; en el segundo, de una masa amor- fa de sílex, a las láminas retocadas esmeradamente, al cuchillo de cobre o al sable de acero. Pero no debe sacarse una conclusión falsa: estas líneas reflejan simplemente un aspecto de la vida, el de la elección inevitable y limitada que el medio propone a la materia viva. Al tener que elegir entre el agua y el aire, entre la

natación, la reptación o la carrera, el ser vivo sigue un número

limitado de grandes líneas de evolución; en etnología, dado que el hombre no tiene otra manera de hacerse con la madera que cortándola desde un cierto ángulo con una presión determinada, las formas y los enastados de las herramientas se pueden clasifi-

2 Encyclopedíefrancaíse permanente, v, VII.

car,'El determinismo técnico es tan fuerte como el de la zoología:

al igual que Cuvier, al descubrir una mandíbula de zarigüeya en un bloque de yeso, pudo invitar a sus incrédulos colegas a seguir con él estudiando el esqueleto y predecirles cómo serían los hue- sos marsupiales, la etnología puede, en cierta manera, hacer previsiones, a partir de la forma de una hoja de herramienta, sobre la forma del mango y sobre el empleo de la herramienta completa. Pero no debe olvidarse que Cuvier se equivocó en ocasiones, ya que entre la tendencia determinante y el hecho material existe una diferencia fundamental: las tendencias generales pueden dar lugar a técnicas idénticas pero sin lazos de parentesco material, y los hechos, sea cual sea su proximidad geográfica, son individua-

les, únicos. Los esquimales de Alaska, los indios del Brasil y los negros de África simultáneamente tenían la costumbre de poner- se en el labio inferior adornos de madera o de hueso. Evidente- mente, puede hablarse de identidad técnica, pero, hasta el mo- mento presente, no se ha podido demostrar en ningún estudio el parentesco de estos tres grupos humanos. El arado malayo, el japonés y el del Tíbet representan tres formas similares y, sin duda, relacionadas durante la historia antigua de los tres pueblos; sin embargo, cada uno de ellos, según el tipo de suelo cultivado,

los detalles de su montaje, el modo de enganche o el sentido simbólico o social que lleva implícito, representa algo único, ca- tegóricamente individualizado. Todo parece indicar que existe a la vez una tendencia «arado» realizada en cada punto temporal y espacial por un hecho único, así como relaciones históricas cier- tas en escalas de tiempo y espacio muy importantes a veces. Al menor descuido, el especialista salta de uno a otro punto, y no se ajusta a la realidad. No es necesario insistir sobre el interés del aspecto histórico de nuestras investigaciones: una parte importante de la ciencia de los hombres descansa en lo que se ha podido trazar sobre la hístoria de los grandes movimientos de los pueblos. Volveremos a tratar este aspecto en numerosas ocasiones a lo largo del libro; pero es preciso, para comprender los tanteos de la etnología, tener presente que estamos lejos de conocer lo que aún sobrevive actualmente y que desconocemos casi todo de pueblos que no hace más de un siglo se encontraban todavía en el globo. En cuanto a los pueblos actuales más próximos, incluso los de Euro- pa, la enorme suma de materiales recopilados no es más que una po!dón lnlianificante de los hechos observables; si se pretende

14

llevar a cabo un esfuerzo de síntesis histórica, lo más que se

puede hacer es poner jalones con los hechos conocidos y llenar los vacíos con lo que nos dicten las tendencias. Por lo que respec- ta al mundo actual, se alcanza probablemente un grado de vero- similitud bastante próximo a la realidad; pero si nos adentramos en siglos pasados, las hipótesis van ganando terreno. Existen te- mas privilegiados: descubrimientos recientes como el tabaco, cuya hístoria se podría escribir con bastante claridad, o las armas de fuego. Sin embargo, hay que tener prudencia con estos temas:

si nos fijamos en que el tabaco llega de América a Europa, gana toda el Asia y África, se confunde a veces en sus modalidades de consumo con el cáñamo y el opio y regresa al continente ameri- cano tanto por el este (influencia sino-japonesa), por mediación de los pueblos de Siberia, como por el oeste, con nuestras expor- taciones, ante semejante embrollo de préstamos, inventos loca- les e influencias, podemos preguntarnos con qué precisión se po- drá restituir la técnica más antigua. Todo esto es plantear el problema del origen de las técnicas, que volveremos a tratar en la conclusión de este libro. El problema del origen se halla formulado implícitamente en el término «primitivo», que se aplica aún con demasiada fre- cuencia a los pueblos que no llevan una vida tan perfeccionada

como la

cionario define al «pueblo primitivo» como «el que surgió en el origen y conserva de éste un determinado carácter». Pensamos enseguida en el australiano, el esquimal, el aino, los siberianos o

los polinesios. Dichos pueblos no son más primitivos que noso- tros. Ahora que la arqueología comienza a dotar de un pasado a las culturas que carecen de escritura, se observa que en el trans- curso de los siglos y milenios estas culturas conocieron, por lo que respecta al terreno no técnico, una evolución tan compleja como la nuestra, y que, en el plano técnico, se produjeron cam- bios sensibles, pues la sociedad, aun aislada, iba acomodando constantemente su caudal técnico a las necesidades y a la evolu- ción del medio natural. Se puede usar la palabra «primitivo»,

pero con un sentido estrictamente económico, para referirse a los

grupos que viven únicamente de recursos de la naturaleza salva- je. En efecto, los cazadores y los pescadores-recolectores practi- can el mismo modo de explotación que los lejanos ancestros del hombre actual, quienes fueron en realidad los únicos primitivos auténticos. En cuanto a la palabra «pueblo», la arqueología sólo rarísimas veces es capaz de explicar las sociedades sin escritura.

nuestra, desde el punto de vista

material. U n buen dic-

15

La noción de pueblo se funda, por lo que se refiere a un período más o menos largo, en la relativa coincidencia de criterios geo- gráficos y políticos, lingüísticos e institucionales, que apenas de- jan rastros palpables. Así pues, sólo se puede hacer historia sobre testimoníos materiales, la mayoría de los cuales tienen que ver con las técnicas. Por lo demás, este tipo de historia sólo interesa- rá a una mínima parte de las manifestaciones culturales, aquella cuya conservación está asegurada por el azar de las causas de aniquilamiento físico-químicas. En el presente libro trataremos con bastante frecuencia el tema de los ainos de Hokkaido, lo cual permitirá juzgar sobre la importancia material de su cultura:

hace un siglo (los viajeros japoneses dan abundantes testimonios de ello), poseían viviendas de madera bastante amplias, atuendos tan voluminosos y complicados como los nuestros, utensilios y platos de madera muy importantes, así como barcas con varios remeros. Actualmente, apenas queda nada de sus testimonios materiales del siglo XvIII: algunas hachas de piedra o algunas hojas de sílex labrado, en pequeñas depresiones del suelo (débiles señales del emplazamiento de sus antiguas casas). Si se tiene en cuenta que desde hace al menos 30.000 años una gran parte del globo estuvo poblada por hombres que llevaban UBa vida mate- rial tan compleja como la de los ainos y que, sin embargo, no nos han dejado más que algunas piedras talladas y muy pocos esque- letos, la tecnología aparece como una tarea delicada, azarosa y sembrada de trampas. Insisto en la fragilidad de los testimonios con el fin de provo- car deliberadamente la desconfianza en el lector. Si en estas pági- nas no aparece la historia de las técnicas, es por razones muy claras. Siempre que sea posible, haré trechos en el camino; cuan- do surja un caso de origen seguro, un caso de innovación será acogido con mayor o menor entusiasmo según su rareza, y se ordenará el resto no de manera histórica sino lógica. En efecto, si bien los documentos se salen a menudo del mar- co de la historia, sin embargo no pueden sustraerse a la clasifica- ción. Resultan cómodos los cortes para estudiar la gran cantidad de artículos debidos a la actividad humana: entre la indumenta- ria y la caza podemos encontrar numerosas adherencias, como, por ejemplo, el vestido impermeable para la caza de la foca, o la caza de animales para aprovechar sus pieles como vestimentas; pero tal confusión no puede durar mucho tiempo. Desde hace unos cincuenta años, tanto en Europa como en América, se in- tentan separar las actividades humanas por apartados: vivienda,

indumentaria, agricultura. etc. El número de dichos apartados es casi invariable: cerca de veinte por lo que se refiere al aspecto puramente material. Estos cortes lógicos son naturales; se da un acuerdo universal sobre su valor, pero el orden de su sucesión es totalmente arbitrario: cada país, cada escuela tiene el suyo; cada trabajo de conjunto suscita una clasificación apta para estudiar su carácter. Ya que mi objetivo es describir las técnicas desde su lado más material, he adoptado un orden que difiere bastante de los que se suelen proponer. Tengo en cuenta, en primer lugar, los medios más elementa- les de los que disponen los hombres: la prension y las percusiones rñültiples mediante las cuales los hombres pueden romper, cortar o modelar; el fuego, que puede calentar, cocer, fundir, secar y deformar; el agua, que puede diluir, fundir, ablandar, lavar y que, en diferentes soluciones, dados sus efectos físicos o quími-

cos, sirve para curtir, conservar o cocer; el aire, por último, que

puede avivar una combustión, secar o limpiar. U na vez clasificados estos medios elementales, los pondre- mos en movimiento mediante fuerzas: de los músculos huma- nos, de los animales, del agua o dclaire. Fuerzas que no se derro- chan al azar, pues el movimiento se dirige o amplifica mediante palancas o transmisiones y se economiza mediante el equilibrio. Los transportes, síntesis de fuerzas, asegurarán la manera de lo- grar las materias primas y de difundir los productos. Dejando claro desde un principio que es la materia la que condiciona a todo tipo de técnicas y no los medios' o las fuerzas, me he separado totalmente de los datos adquiridos y he adopta- do una clasificación que comienza por las materias sólidas, para llegar de manera progresiva a los fluidos. Los sólidos que no cambian de estado han recibido el nombre de sólidos estables:

piedra, hueso, madera; los que adquieren una cierta maleabili- dad, mediante calentamiento, por ejemplo, son llamados sólidos semi-plásticos: es el caso de los metales; aquellos que, maleables en estado de tratamiento, se hacen duros al secarse o al cocer, son los plásticos: alfarería; barnices, gomas; y, finalmente, los que, en todos los momentos de su estado, son flexibles pero no maleables se denominan sólidos flexibles: pieles, hilos, tejidos y objetos de cestería. Los fluidos no dan lugar a subdivisiones, por lo que nos limitamos a señalar que el tipo es el agua y que englo- ban todas las materias que, en estado normal de tratamiento y de consumo, son líquidas o gaseosas. Los medios elementales, la fuerza y la materia tienen usos

generales; su utilización termina en los instrumentos de las técni- cas de adquisición y de consumo. De su combinación sale la flecha, el calzado o la vivienda; en gran medida, están indiferen- ciados en su empleo. Provistos de estas posibilidades de fabrica- ción, abordaremos los objetos tal como los ofrece la investiga-

ción.

Todo lo referente a los aspectos sociales, religiosos o estéticos de la vida rebasa los límites de la presente obra, por lo que el estudio se ceñirá, por un lado, a la adquisición de los artículos necesarios para la vida material: productos animales (caza, pesca

y cría), productos vegetales (cosecha y agricultura) y productos

minerales; y por otro, a su consumo a través de la alimentación, la indumentaria y la vivienda. A los técnicos les sorprenderá el carácter elemental de la no- menclatura. Habiendo acometido un inventario razonable de las técnicas, excepto de aquellas que derivan de la evolución indus- trial moderna, el observador se halla en la situación en la que se encontraba la tecnología en Europa a finales del XVIII. El voca-

bulario de la Grande Encyclopédie o el del Dictionnaire des Mé-

tiers pueden satisfacer, por lo tanto, gran parte de las necesida- des. Por esta razón, me he limitado a emplear sólo el mínimo de neologismos y de términos especializados. Otra preocupación, la de no sobrecargar el texto con nombres extraños, me ha llevado

a evitar (salvo cuando no existe correspondiente en nuestra len-

gua) los nombres indígenas, que el lector deseoso de conocerlos encontrará mediante la consulta de las monografias más accesi- bles. Los límites de la etnología son imprecisos y arbitrarios. A grandes rasgos, podemos considerarla como el estudio de todos los pueblos que no han sido absorbidos por la civilización indus- trial: el hecho de estudiar la farmacopea o la cirugía china estaría enmarcado dentro de la etnología médica: estudiar las mismas materias, pero en lo relativo a la Edad Medía europea, pertenece- ría a la historia médica: y estudiarlas en el mundo occidental del siglo XX es un hecho que pertenece a la medicina simplemente. Sin llegar a afirmar que para un médico chino estos términos tendrían que invertirse y que nos encontraríamos ante la etnolo- gía pura, se aprecia cuán flotante es la línea de separación. Al estudiar ciertas técnicas en Extremo-Oriente, por ejemplo la fun- dición, he decidido frecuentemente partir del estado industrial actual (fundición), pasar después al estado artesanal actual (etno- logía), conseguir mediante los textos formas desaparecidas desde

hace algunos siglos (historia), y terminar con excavaciones pre- históricas (arqueología). La distinción entre la historia (no políti- ca), la arqueología y la etnografia parece que ni siquiera tiene siempre la ventaja de la comodidad. Otra división corriente es la que se establece entre etnología y etnografía. El etnólogo estudiaría los pueblos en sentido general, mientras que el etnógrafo se interesaría sólo por la descripción de los mismos. En la práctica se dan tantas injerencias mutuas que cada etnólogo es también con mucho un etnógrafo y viceversa. Generalmente, los distintos países han confundido los términos y, en Francia incluso, los mejores autores han llamado etnografia a lo que se entiende hoy normalmente como etnología. Personal- mente, he procurado quedarme tan sólo con el término de etno- logía. Pero el uso de la palabra etnografia está muy arraigado y corresponde, para muchos, a datos seguros; por esta razón, me limito a precisar que el contenido arqueológico, histórico o etno- gráfico de este libro conduce sin líneas de demarcación hacia un estudio amplio de las formas de la actividad material del hom- bre, estudio que parece no poder admitir otro calificativo que el de etnológico. Los hechos que serán examinados a continuación se han to- mado de un gran número de pueblos y de las más diferentes épocas. En cada una de las divisiones técnicas se destaca algún grupo humano: la Europa medieval y el Oriente se distinguen por el ingenio en el empleo de las fuerzas mecánicas y de los órganos de transmisión; hay buenos ejemplos de metalurgia en Asia menor, África negra e Indonesia; la alfarería de China y Japón ofrece temas particularmente demostrativos. Cada técnica se fijará en un centro geográfico y una época que permitan a la vez estudiar al máximo la riqueza de los procedimientos y la difusión progresiva de los productos. Sin embargo, disto mucho de pretender la universalidad; he hablado, sobre todo, de los pue- blos que me son más familiares, es decir, aquellos que habitan en el contorno del océano Pacífico: indonesios, chinos, japoneses, ainos y siberianos, así como los esquimales e indios de la costa noroeste de América. Todos ellos ofrecen Una gama bastante rica, se escalonan en estadios de civilización lo bastante variados como para asegurar casi a cada apartado una importante contri- bución de hechos. Una parte considerable de los objetos que vamos a mencio- nar se halla en París, en los sótanos o en las vitrinas del Musée de I'Homme; así pues, el contacto visual podrá suplir las lagunas de

las ilustraciones. Un trabajo de este tipo supone una gran parte de compilación, pero yo sólo tengo práctica directa en lo relativo a Europa y el Extremo-Oriente templado y el ártico; por lo tanto, podríamos contar con una copiosa bibliografía, pero me he visto obligado a reducirla por varias razones: son escasos los autores que han tratado las técnicas desde el punto de vista tecnológico, autores que pienso citar: pero la gran mayoría de los restantes se ha limitado a nombrar, describir o a dar alguna información sobre los objetos en algún museo: por ello, dar una referencia para cada viajero en un libro de tipo general sería absurdo. A todo ello se añade el hecho de que las fuentes francesas son raras y que los títulos de obras alemanas, inglesas, chinas, danesas, españolas, holandesas, japonesas o rusas sólo tendrían, para la mayoría de los lectores, un interés de curiosidad tipográfica. Expreso aquí mi agradecimiento a aquellos que han estimula- do, guiado o secundado mi trabajo: me refiero a Marcel Mauss y a Jean Przyluski, cuyos afectuosos consejos me han servido a me- nudo de apoyo: al Centre national de la Recherche Scientifique, que ha asegurado la independencia material de mis trabajos: así como a los artesanos, cazadores y pescadores del Pacífico y de Francia, a quienes debo el poder haberlos emprendido con cierta seguridad en el terreno práctico.

NOTA.-8e encontrará la explicación de las figuras en el índice de las pági-

nas 295 309.

I

ESTRUCTURA TÉCNICA DE LAS SOCIEDADES HUMANAS

El conocimiento del hombre físico está estrechamente ligado a las ciencias naturales. Desde el punto de vista del paleontólogo, el hombre es un mamífero surgido de la lenta evolución de una serie de otros mamíferos que lo emparentan hace más de un millón de años no con los monos (que ya se hallaban diferencia- dos como tales), sino con una serie de primates ya bípedos, pero con el cerebro todavía primitivo '. Como mamífero, el hombre apenas plantea más problemas que el caballo o el rinoceronte, siempre y cuando admitamos que los fósiles colocados uno tras otro para constituir la línea genealógica no son necesariamente los antepasados directos los unos de los otros, sino un ensambla- je lógico de formas cada vez más antiguas. El estudio no conclu-

ye en la creación de un cuadro histérico, sino en una restitución,

cuya elevadísima verosimilitud equivale prácticamente a la ge- nealogía real, tornada inaccesible por la escasez de los documen- tos. El intelectual apenas puede contar con documentos que no sean los relativos a la actividad técnica, salvo para las formas más recientes, tan próximas a nosotros físicamente que el problema sigue en pie. Suponer que los antrópidos primitivos tenían una cierta cohesión social no se apoya de manera fundamental en ningún hecho indiscutible: se trata simplemente de un argumen- to puramente lógico fundado en la constatación de que muchos animales ofrecen un alto grado de cohesión social, en concreto los primates. Lo mismo cabe decir del resto de las institucio-

nes.

Así pues, el único testimonio (junto con algunos vestigios de

1 A. LEROI-GOURHAN, El gesto y la palabra. Vol. 1: Técnica y lenguaje, París,

Albin Michel, 1964.

21

esqueletos) del aspecto propiamente humano de la evolución es lo que queda de las actividades técnicas. ¿Camina dicho testimo- nio en la misma dirección que el de los restos óseos y conoce las mismas limitaciones? En otras palabras, ¿se puede estudiar un desarrollo paralelo y sincrónico de los hombres y de sus produc- tos, se puede hablar de una evolución continua de las técnicas, construir el marco cronológico de todo ello, hacer historia pro- piamente dicha trazando vías de difusión, estableciendo centros de innovación, e incluso, quizá, señalando grupos humanos, anónimos pero definidos? Si no se pide más a los objetos que a los esqueletos, se habrá logrado entonces el objetivo: se sabe (en lo referente a todas las culturas que precedieron al homo sapiens) gracias a los útiles de piedra tallada -que son prácticamente

nuestros únicos testimonios- que los útiles, en su conjunto,

siguieron una línea de evolución progresiva comparable a la que siguieron las formas humanas, desde los lejanos australantropos hasta los pitecántropos y el hombre de Neanderthal. Cada forma de útil, de un período a otro, se presenta como si hubiera tenido como ascendiente la forma que la precede. Así como no vemos que un tipo muy perfeccionado de Equido preceda a las formas ancestrales de los caballos, no vemos tampoco incoherencia en la sucesión de las obras humanas: los útiles se van encadenando en la escala del tipo en un orden que se muestra, a grandes rasgos, tanto lógico como cronológico. Sin embargo, no hay que perder de vista que la precisión histórica se halla lejos de estar plena- mente realizada; aún faltan los detalles, por lo que hay razones de sobra, dado que los útiles son millones de veces más numero- sos que los cráneos, para esperar una visión más detallada de los hechos. En menor grado, la tecnología prehistórica o histórica se encuentra en la misma situación que la paleontología. Si supone- mos, para un rasgo técnico cualquiera, series de variaciones dis- puestas cronológicamente, podremos imaginar tres modos de ex- plotación:

d i

e

a sene ' más antigua .

.

la sene mas reciente

~.

FORMAS

{ABCD

A'

B'

C'

D'

A" B" e"

A'" B'" C'" D'"

D"

En el primer modo no cabe ningún reproche: ABCD, origen de A/B/C'D', etc., supone el conocimiento completo de las for- mas Que le hallan entre dos límites del tiempo y en un punto

preciso; sólo en muy raras ocasiones, la tecnología puede aplicar ese modo de explotación a problemas lo bastante generales como para esclarecer de manera útil la historia humana. El segundo modo consiste en poner a A como origen de A',

A", A"', etc.; aunque parezca idéntico al primero, encierra una

fuente importante de errores: la diferencia de evolución entre A y A' es menor normalmente a la diferencia de variación entre A' y B', lo que da lugar, por ejemplo, al tercer modo erróneo: ? (proto- tipo supuesto) origen de A', de B", de C", etc. Estos tres métodos han sido explotados claramente por la paleontología, disciplina que puede arriesgarse a trazar árboles genealógicos; en lo referente a la etnología, ciertas teorías de con- junto han procedido con menos precisión a causa de la gran confusión de los documentos. Generalmente, nos vemos obliga- dos a suponer un hecho siberiano (A"') como vestigio de una

); he-

) como supervivencia de un

estado indoeuropeo antiguo (A), lo que confiere a la reconstruc- ción un carácter doblemente hipotético, ya que al margen de error de las variaciones mencionadas más arriba se añade la atri- bución arbitraria del hecho a una fase cronológica más o menos precisa. Esto no obstaculiza de ninguna manera al filósofo que da cuenta de los desplazamientos de formas entre el estadio ABCD

y el estadio A"'B"'C'''O'", pero sí paraliza al historiador, que

forma ancestral común a

varios pueblos asiáticos (A'B'C

chos bretón, ruso, iraní (A'''B'''C'''

debe dar cuenta de la posición de cada elemento en el tiempo y el espacio. No hay que dejarse engañar, por consiguiente, sobre el valor absoluto de los conocimientos históricos que poseemos acerca de las técnicas humanas. Nuestro caudal se compone de una masa enorme de documentos muy variados (la mayor parte de ellos muy recientes), que sólo representan la centésima parte de lo que nos haría falta para trazar nuestra historia a lo largo de estos cien últimos siglos. Por lo que respecta a la segunda mitad del XIX y al siglo XX, aún nos falta mucho. Del xv al XIX, las informaciones

son escasas y se deben en su mayoría a relatos de viajeros no

preparados para una tarea científica. Por lo que respecta a épocas anteriores, tenemos que basarnos en los estudios arqueológicos, fundados en versículos de la Biblia, fragmentos de autores grie- gos o latinos, alusiones chinas, excavaciones en las que se descu- bren esqueletos sin ataúdes o, por el contrario, una tumba sin esqueleto, algunos ladrillos, bronces y sílex. Y con estos materia-

les ingratos, el etnólogo reconstituye la historia. Tanto si aborda un plano filosófico muy general como si permanece en los lími- tes de un haz que compagine la raza, la industria material y las manifestaciones intelectuales o sociales, no se separará casi de la realidad pero no podrá ir muy lejos, pues las aproximaciones seguras se vuelven enseguida muy difíciles. Si trabaja sobre un punto preciso (la agricultura, por ejemplo) experimentará, por el contrario, una sorprendente facilidad para abordar progresiva- mente zonas cada vez más amplias, para pasar de un continente a otro; a un mínimo esfuerzo del etnólogo, se le ofrecerá la pers- pectiva dorada de una teoría de conjunto con migraciones e infil- traciones a larga distancia. Todo esto explica por qué no sabemos gran cosa de la historia de los pueblos, y por qué, en cambio, la ciencia es rica en visio- nes de conjunto sobre las técnicas y las instituciones. Dicha ri- queza va aumentando a medida que nos alejamos de las técnicas materiales y alcanza su cima en las teorías religiosas o en el fol- klore.

LA TENDENCIA Y EL HECHO

Este doble aspecto llevaría a observar en la actividad humana dos tipos de fenómenos de distinta naturaleza: fenómenos de tendencias, que se deben a la naturaleza misma de la evolución, y hechos, que se hallan ligados indisolublemente al medio en el que se producen. La tendencia tiene un carácter inevitable, previsible, rectilí- neo; empuja al sílex que se tiene en la mano a adquirir un man- go, y al bulto arrastrado sobre dos palos a dotarse de ruedas. Dado que el adorno es una tendencia, el hombre se unta con barro coloreado, siguiendo las líneas naturales de su cuerpo: no debe extrañar el encontrar en los extremos del globo los mismos dibujos por las piernas o alrededor de los pechos; se pone, inevi- tablemente, adornos alli donde los pueda colgar y se clava espi- nas o varillas de hueso en el lóbulo de las orejas, en los labios o en las narices, porque en estas partes se ven mejor y, además, todo ello se puede realizar sin demasiado dolor, derrame de san- gre o molestia anatómica. La presencia de piedras da origen a un muro, y la construcción del muro provoca la palanca o el aparejo. La rueda trae consigo la aparición de la manivela, la correa de transmisión y la desmultiplicación. En el terreno de las tenden-

cias son posibles todas las extensiones: cuando un vecino lleva a un pueblo el grado de perfeccionamiento que sigue en el orden lógico al estado en que se encuentra dicho pueblo, éste lo adopta sin esfuerzo, y e! etnólogo, sin telón histórico, no puede saber con seguridad si se trata de un invento local o de un préstamo reciente o milenario. El hecho. al contrario que la tendencia, es imprevisible y par- ticular. Es en igual medida el encuentro de la tendencia con mil coincidencias de! medio, es decir, la invención y el préstamo puro y simple de un pueblo a otro. Es único, inextensible, es un compromiso inestable que se crea entre las tendencias y el me- dio. La forja, por ejemplo, es un compromiso esencialmente plástico entre las virtualidades inutilizables en la práctica: el fue- go, el metal, la combustión, la fusión, el comercio, la moda, la religión y así, progresivamente, hasta e! infinito. La permanencia de la actividad metalúrgica es posible gracias a la realidad inde- pendiente del tiempo y del espacio de todos estos factores inma- teriales. La evolución es el tiempo que experimenta el equilibrio del compromiso expresado por el hecho «Forja». No existe una tendencia «Forja», sino un hecho que se pre- senta como universal en la medida en que se reúne un mínimo de tendencias simples para producir una industria metalúrgica. Entre los extremos del tiempo y del espacio, entre la forja de los egipcios y la de los malayos existen relaciones en la medida en que las tendencias se unen de manera idéntica: encontramos una diversidad creciente a medida que se van añadiendo rasgos se- cundarios; diversidad que desemboca en la forja sudanesa o de los tungusos, y, en definitiva, en la forja de cualquier artesano de cualquier pueblo. La tendencia y el hecho son las dos caras (una abstracta y la otra concreta) del mismo fenómeno de determinismo evolutivo, que será tratado de nuevo al final de este volumen. Ya que la evolución marca por igual al hombre físico y a los productos de su cerebro y de sus manos, es normal que el resultado de conjun- to se traduzca en el paralelismo de la curva de evolución física y la curva técnica del progreso'. La tendencia implica en sus resul- tados tanto el invento local como el préstamo realizado entre pueblos muy distantes (piénsese en los portugueses y holandeses que en el siglo XVI llevaron directamente desde Europa hasta el

2 A. LEROI-GOlrRIlA~. HI gesto .1' la pa/ahra. Vol. I: Técnica .l' lenguaje, París,

Albin Michel, 1964. Cf. figs. 64. 65. 66 Y77.

Japón algunos objetos que, en cuatro siglos, han llegado a ser propiamente japoneses), la tendencia autoriza, en el plano filosó- fico, una restitución del movimiento progresivo, pero no puede

ir más allá ni permitir una reconstrucción histórica exacta. Ésta

sólo puede surgir de la continuidad de los hechos en el espacio y en el tiempo. Mucho más prosaica y menos espectacular que la tecnología de las tendencias, la recopilación de los hechos (es indispensable reunir muchos para que sean continuos) puede por sí sola hacernos abordar el problema de los orígenes y trazar vías eventuales de difusión. Esto no significa, sin embargo, negar la realidad de todos los constructos históricos. Existen hechos innegables de filiación; el especialista puede descubrir fácilmente en una serie de armas o de útiles solamente las huellas seguras de las relaciones que unie- ron a un grupo de pueblos, pero toda reconstitución de este tipo implica algunos riesgos y únicamente adquiere un auténtico va- lor cuando otros especialistas, a partir de series muy distintas, han llegado a las mismas conclusiones.

Los GRADOS DEL HECHO

Sólo puede ejercerse un control sobre hechos que estén bien preparados y agrupados en haces lo más sustanciales posible. Es- tos haces esclarecen tanto mejor la historia de los pueblos cuanto más diferentes son los temas de que se componen (a falta de poder englobar la totalidad de la actividad del pueblo estudiado). Tomar como campo de estudio los utensilios agrícolas, la econo- mía agraria o la morfología rural supone ya contar con un instru- mento de investigación útil. Hacer esto con varios grupos me- diante los cuadros establecidos conjuntamente sobre las otras técnicas de fabricación y de adquisición proporciona una serie de imágenes multidimensionales, cuya confrontación, si bien no siempre permite establecer la historia de las relaciones de los distintos grupos, al menos sí delimita claramente los problemas históricos. Teniendo en cuenta que aún nos hallamos ante la imposibilidad de dar para cada pueblo un cuadro completo que permita hacer comparaciones infalibles, me inclino por este se- gundo método que no dificulta el desarrollo de la especialidad y que mantiene lejos las tentaciones demasiado agradables de crear frescos monumentales. El control, como ya hemos dicho, solamente puede ejercerse

sobre hechos bien dispuestos; así como un animal sólo puede ser conocido y clasificado con precisión cuando se le ha disecado y preparado en el laboratorio, el hecho únicamente puede adquirir su valor cuando sus detalles son visibles. Al no ser aplicable el método de los haces de hechos más que a pueblos bien conoci- dos, toda investigación comienza por el estudio de los hechos aislados. Se puede dar a estos hechos aislados el suficiente cuerpo para tratarlos individualmente como haces poniendo de relieve sus caracteres accesorios: comparar cepillos o limas provenientes de diferentes pueblos sólo resulta provechoso si se realiza para cada objeto una lista que parta del rasgo dominante (cepillo o lima) y se extienda a los caracteres más importantes (madera o metal a tratar, hoja de hierro o de piedra) y, después, a los deta- lles más particulares (fijación del mango, ligaduras, sentido sim- bólico del útil). Las piezas aisladas de una misma serie adquieren entonces un valor comparativo real, y se obtiene la mejor prueba cuando se constata que las series ya no van a cubrir el globo

terrestre por entero, sino que van a inscribirse sencillamente en

zonas bien delimitadas. Una vez que se ha llegado a tales resulta- dos, se constata que los hechos presentan grados de valores dis- tintos y que no son los caracteres del primer grado, generalmente ligados a la tendencia, los más interesantes, sino aquellos del segundo y tercer grado, propiamente ligados al pueblo o grupo de pueblos de los que ha salido el hecho estudiado. Para ilustrar el procedimiento, tomemos el ejemplo del pro- pulsor (figs. 1 a 9), simple plancha o varilla terminada en un gancho o en un ojillo cuya finalidad es alargar el brazo del lanza- dar' cuando arroja lanzas o arpones. Su hechura es uniforme y sencilla: todos los tipos tienen un extremo para la prensión, un extremo en el que se apoya el arma y un cuerpo más o menos alargado. Además, su mecanismo es invariable; porque nos ha- llamos en las mejores condiciones para observar por grados las características particulares de cada forma:

Primer grado. Instrumento destinado a aumentar la fuerza de propulsión de un arma arrojadiza. Se sujeta por un extremo con la mano derecha; el otro extremo se apoya en el arma que se va a lanzar (ABe).

Distribución. Europa en la Edad del Reno, la Australia y Me- lanesia actuales, la América ártica actual y la América precolom- bina.

~

~======"i!!J

*iue'2

1

In

2

~--~

~ ~======"i!!J *iue'2 1 In 2 ~--~ 3' , 3" / J 4- '"   5

3'

,

3"

/

J

4-

*iue'2 1 In 2 ~--~ 3' , 3" / J 4- '"   5 1  
*iue'2 1 In 2 ~--~ 3' , 3" / J 4- '"   5 1  

'"

 

5

1

1

 

6

, 3" / J 4- '"   5 1   6 7 ) f~ 8 9
7 ) f~ 8 9
7
)
f~
8
9

28

2.o grado / 3." grado / 4." grado / 5." grado

A) varilla cilíndrica terminada en un gancho: Europa en la Edad del

Reno, Melanesia y Perú:

los propulsores de la Edad del Reno, conocidos de manera incompleta, resultan inutilizables más allá del 2.° grado, apéndice de apoyo para la mano: Perú (l), apéndice de apoyo para la lanza, acanaladura: Melanesia (2);

B) plancha ovalada con gancho y pomo: Australia:

plancha ovalada muy ancha: Australia occidental (3), plancha ensanchada hacia el pomo: Australia septentrional

(3'),

plancha ensanchada hacia el gancho: Australia meridional

(3");

e) plancha sub-rectangular con ganchos y acanaladura: América:

sin huellas de dedos: México (4), con anillos para los dedos: Estados Unidos (4'),

con huellas de dedos: esquimales occidentales y centrales, costa noroeste;

plancha estrecha: esquimales occidentales, costa noroeste:

huellas simétricas: costa noroeste (5),

bordes paralelos: sur de Alaska (6), huellas profundas: norte y centro de Alaska(7);

plancha ancha: esquimales centrales y orientales (8); gancho sustituido por un ojillo: esquimales orientales (9).

Solamente se han realizado las subdivisiones hasta el quinto

grado para lo relativo al propulsor estrecho con huellas, con ob-

jeto de no alargar inútilmente este cuadro; esto basta para indicar

el mecanismo de individualización progresiva de los hechos. He

agrupado los materiales de este libro mediante su aplicación y con el mínimo de intervención personal. Aunque ya no deba

mencionar el procedimiento más que incidentalmente, éste sub- yacerá en todas las divisiones propuestas en la serie. Si seguimos

las etapas de la progresión, podremos constatar que, en el primer grado, el propulsor se muestra como un hecho prácticamente

universal, puesto que abarca Europa, Australia y América, y se

extiende desde la Edad del Reno hasta el siglo xx. Ateniéndonos

a esto, se podrían establecer muchas relaciones históricas.

Segundo grado (creo que es el primer estado utilizable). Se dibujan en él centros bien delimitados, tales como la Europa prehistórica, Australia y América. Mientras que el primer grado

29

sólo señala una tendencia realizada (la de aumentar la fuerza de propulsión de un arma mediante el alargamiento artificial del brazo humano), el segundo grado limita ya zonas geográficas. Si se quiere sacar desde ahora relaciones históricas entre los centros, es necesario acudir a un haz de hechos nuevos tomados de los grados siguientes.

El tercer grado es el de los grandes cortes dentro de los grupos étnicos. Las principales divisiones de las tribus australianas se materializan en las variaciones del propulsor al oeste, norte y sur de su habitat. Entre los esquimales, los dos tipos, propulsor de tope y propulsor con ojillo, marcan perfectamente la separación de los grupos orientales y los occidentales. Los propulsores de la América india, que desaparecieron antes o poco después del Des- cubrimiento, apenas son conocidos, por lo que no se pueden sacar enseñanzas muy detalladas más allá del tercer grado. Las buenas descripciones realizadas por los viajeros permiten, sin embargo, trabajar sobre series bastante interesantes en este gra- do, que ofrece ya un control importante a la hora de realizar constructos históricos.

El cuartogrado (siempre que la información sea suficiente, se pueden añadir otros). Permite la descripción detallada del hecho y su fijación en un grupo reducido; puede señalar el rastro de las relaciones tenues entre los hechos del tercer grado. Es muy raro que, a partir del cuarto grado, los hechos sobrepasen el marco de

la tribu o de la confederación de tribus: esto sólo.se suele produ- cir con los objetos de intercambio, como las ollas de piedra de los esquimales, las guarniciones de sables japoneses que se infiltra- ron como adornos por toda la costa septentrional del Pacífico hasta Alaska, las armas de fuego y, en general, todos aquellos objetos que sobrepasen las posibilidades de la fabricación local. Es inútil insistir sobre el peligro que supone para el porvenir de una teoría el empleo de los hechos en el primer grado; este

caso es

llar, con documentos tan frágiles, teorías monumentales sobre la población general del globo. Es menos raro ver islotes de hechos en los grados segundo y tercero, reunidos mediante puentes de hechos en el primer grado: es el artificio lo que permite soldar entre si a dos pueblos que gustaría ver relacionados histórica- mente. Observamos que el primer grado del hecho corresponde a su

bastante "raro, sólo algunos teóricos han podido desarro-

30

función: martillo, arpón y propulsor: esta enumeración implica la identificación del primer grado del hecho con la tendencia, ya que corresponde estnctamente a divisiones lógicas de la activi- dad humana. Podemos exponer las relaciones de conjunto en un cuadro:

TENDENCIA

I

l ." grado

I

2.° grado

I

HECHO

I

i

I.cr grado 2.° grado 3. cr grado 4.° grado

matar a un animal marino con

un ARPÓN

I

I

I

en todo el mundo

con punta de hueso y flotador de

vejiga

OCéan1o Pacífico,

esquimales de Alaska

Una vez hecha esta constatación, está justificada nuestra des- confianza con respecto al valor histórico del primer grado del hecho: lo que depende de la tendencia, es decir, los cortes que nuesta lógica realiza por comodidad en las actividades de los hombres, sólo se halla unido al medio, o sea a la sustancia histó- rica, por el único lazo que supone una palabra. Este primer grado tiene un poder total cuando se trata de ordenar los hechos por categorías; su valor arquitectónico es importantísimo. Lo em- plearemos en este libro, que no es más que una proyección lógica del ovillo desconcertante de los hechos observables en cada pun- to del tiempo y del espacio. Pero me abstengo de antemano de hacer ningún tipo de constructo histórico.

JERARQUÍA DE LAS TÉCNICAS

La insistencia con que se presenta el problema de los orígenes

a la consideración de los autores obliga a mantener la atención

despierta. Es cierto que hemos encontrado un vicio de construc- ción: el teórico pasa inconscientemente del suelo movedizo de los hechos al terreno en apariencia sólido de la construcción lógi- ca de las tendencias. Dentro del montón de hechos de toda clase de proveniencias, elige y ordena según el rigor que se haya pro-

puesto, rastrea la ruta de un atuendo a través de los siglos can la esperanza de conseguir un núcleo de formación. Si realiza el estudio de varios pueblos, aquel que haga uso de útiles de piedra

le parecerá el más cercano al origen que aquel otro que se sirva

31

del bronce, y aquel que emplee el hierro será, según él, más reciente que los demás. Observando en el mapa que los más rústicos se hallan circunscritos en las regiones desfavorecidas y lejanas, marcará límites, círculos concéntricos, cuyo centro será, para él, el origen. Si se ha aplicado tantas veces un ordenamiento de los hechos como éste, ¿no tendrá parte de verdad? Una vez más, debemos tomar de la paleontología los elementos de com- paración. Al margen de toda noción sobre la evolución de los animales extinguidos, la zoología había señalado un marco lógi- co que se extendía del invertebrado al pez, al batracio, al reptil y al ave para terminar en el mamífero y, con él, en el hombre. Sólo en un siglo, la paleontología ha dado a la zoología un caudal inmenso de seres clasificados, no ya lógicamente, sino histórica- mente; desde los estratos más profundos de la' era primaria al

suelo superficial. Ahora bien, la progresión histórica de estos se- res sigue con bastante fidelidad la clasificación lógica: los inverte- brados preceden a los peces, los batracios surgieron antes que los reptiles, las aves y los mamíferos aparecen tardíamente, y el últi- mo es el hombre. Cuando Cuvier, antes de 1812, formulaba el principio de la correlación «la forma del diente entraña la forma del cóndilo; la del omoplato entraña la de las uñas, así como la

», estaba

construyendo, basándose en la lógica pura, una ley de tendencia a la que, no obstante, los hechos aportaron innumerables confir- maciones. ¿No es comparable a esto lo que nosotros sabemos acerca del pasado de la humanidad? Indiscutiblemente, la piedra labrada precedió a la piedra pulida, el bronce siguió al cobre, y el hierro es un producto tardío, apenas prehistórico. Ciertamente, vemos cómo los peces han ido atravesando to- dos los períodos, desde el primario hasta la época presente, sin

variar lo más mínimo; pero también hemos visto cómo surgen invertebrados mucho tiempo después de la aparición de los mamíferos; la ya citada mandíbula de zarigüeya deberia ir acom- pañada de todos los caracteres anatómicos de los marsupiales; sin embargo, también conocemos vertebrados que no tienen cóndilo, el cual deberían tener dados sus dientes, y cuyo omopla- to no está en armonía con las uñas. El primer útil conocido es el guijarro labrado; los australianos que aún lo utilizan parecen pri- mos hermanos de esos peces que nos han dejado el testimonio de tiempos inmemoriales, pero conocemos pueblos que han tenido chozas y que, por indigencia, han vuelto al simple cobertizo; que han poseído metales y que, sin embargo, han regresado al hueso;

ecuación de una curva entraña todas sus propiedades

32

que han tenido cuchillos de piedra y los han sustituido por hojas de madera. Así pues, es necesario rendirse ante la evidencia: las probabilidades que tenemos de reconstruir la historia son írriso- ,;as, pues a pesar del aumento de los descubrimientos, la mayo- na de los testimonios de la vida de nuestros ancestros ha desa- parecido irremediablemente. Nos sobrarán materiales para con- firmar las líneas generales de las construcciones lógicas, podre- mos distinguir a grandes rasgos la sucesión de los estados técni- cos cadavez más perfeccionados, daremos una fecha probable de la apancion del hom bre; pero no podremos reconstruir con deta- lle el dehcado entramado de los movimientos que marcaron el período más largo de nuestra historia, entre el comienzo del cua- ternano y la edad de los metales. El interés de nuestra tarea reside, no obstante, en la investigación de esas líneas casi desdi- bujadas; en bastantes casos, en lo relativo a los tiempos más recientes (desde finales de la Edad de Piedra en Europa) podre- '

mos llegar a

Se puede conseguir mucho de un documento. incluso estudia- do de manera aislada, se puede leer en él las cosas más interesan- tes sobre su autor o sobre esas grandes verdades humanas que

aproximaciones alentadoras.

son las tendencias, Con algunos hechos colocados con tino en la escala del tiempo, se puede esclarecer bastante la historía; pero es necesano aguzar todo el ingenio para descubrir en torno a cada hecho testimonios accesorios que ayuden a probar cómo todos losdocumentos examinados pertenecen a la misma corriente his- tónca. Este tipo de testimonios se da casi siempre; se puede orde- nar su explotación una vez que se haya llegado a atribuirles su

de denomina- lógíca, ya que

toda ctencia se funda en este único instrumento, del cual dispone nuestra mente para dividir el universo; hay que emplearlo a fon- do para catalogar con precisión los hechos y, después, abando- narlo para siempre con objeto de agrupar los mismos hechos en cuadros de historia'. Los capítulos siguientes están dedicados a este trabajo preliminar. Probablemente, darán la impresión de que se limitan a exponer los elementos de una historia sin abor- dar el mejor; bastará en ese caso con ver la obra entera como la crítica de un gran libro, cuyo autor todavía no ha nacido. Así pues, ¿qué debemos entender por jerarquía de las técnicas? Hace

d~!,ominación y cualidades exactas. Este trabajo cron depende por entero de las ten dencías de la

3 Es el segundo aspecto de esta investigación el que hemos intentado ilustrar, fundamentalmente en «Arqueología del Pacífico norte».

JJ

mucho tiempo que investigadores como Lucien Febvre han sa- cudido al edificio anticuado de los pueblos que de cazadores pasaron a ser pastores y luego agricultores, en una progresión que es una hipótesis tan teórica que apenas encuentra confirma- ción en la realidad. Existen estados muy complejos: muy pocos grupos pueden ser considerados como esencialmente cazadores, pescadores, pastores o agricultores; ninguno vive exclusivamente en uno de estos estados simples. Por lo tanto, no es esa la divi- sión sobre la que hay que basarse. Es más bien sobre la cuestión de lo «primitivo y lo civilizado» sobre lo que conviene tratar de nuevo. Son conceptos tan cómo- dos, tan atractivos, que los especialistas los emplean constante- mente, aunque lamentándose de su inexactitud. Podríamos decir que la jerarquía es el doble contraste histórico y geográfico de los pueblos. Sería una especie de mapa temporal en el que se vería dentro de un mismo color a todos aquellos que labraban guija- rros desde el principio de los tiempos hasta el siglo XIX, a todos aquellos que guardaban manadas, etc. Una representación seme- jante tiene gran valor, pues pone en su lugar, en el tiempo y el espacio, cada documento; sería incluso el instrumento de trabajo ideal, comparable a la interrelación de la palezoología y la zoolo- gía actual. Pero está contagiada de dos vicios: no se puede seguir un tema técnico o sociológico desde sus principios hasta nuestros días sin caer en tremendas lagunas tanto en el tiempo como en el espacio; no siempre se sabe a qué unidad antropológica pertene- ce un documento antiguo, y muy frecuentemente se ignora la unidad política o social a la que se refiere. Sin embargo, es el método que permitiría afirmar que la agricultura precedió, siguió o fue coetánea de la recría; el método por el que se podría decir que un determinado pueblo actual se halla mucho mejor provis- to técnica, estética o socialmente que cualquier otro'. Se puede tener la convicción de que las verdaderas cuestiones históricas se plantean gracias a una paciente acumulación de hechos sobre los mapas; pero nosotros apenas estamos autorizados para resolver- lo, y si yo propongo aquí algunos términos, ello se debe a que son indispensables como Símbolos, como resúmenes que econo- mizan constantes definiciones. Podemos desconfiar de todas esas divisiones culturales admi- tidas y tratadas, sin embargo, desde hace un siglo. La humanidad

4 Este punto de vista ha sido desarrollado en Técnica y lenguaje, capítulo V, pág. 205.

34

tomada en cualquier momento de su evolución implica toda una serie de etapas. Aún existen pueblos que desconocen el arte de fundir el hierro, otros que sólo cuentan con la rueca para hilar, que carecen de arado o bestias de tiro. El error comienza en el momento en que se hacen pequeños paquetes con todos aquellos que poseen o no, determinado grupo de rasgos técnicos o religio- sos y en que se establecen relaciones; sin embargo, a todos los investigadores se les ha pasado por la mente que entre el austra- liano y el árabe hay una distancia que parece una progresión. Incluso abandonando la idea de progresión, que puede llevar a equívocos, queda (en el terreno estricto de las técnicas materiales que ahora nos ocupa) una jerarquía auténtica, en la que las divi- siones son variables, pero la enumeración permanece casi cons- tante. Podemos fijamos, por ejemplo, en la agricultura y consta- tar que los neocaledonios o los peruanos, con sus coas, palos para excavar el suelo, están peor equipados que los negros de África con la azada; que éstos tienen un material menos eficaz que los árabes o los chinos con el arado sin ruedas, y que los europeos están más avanzados que todos los pueblos menciona- dos gracias al arado con ruedas. Podemos proceder de igual ma- nera en lo relativo a los tejidos, la metalurgia, la alfarería, la caza

o la navegación; se dan contradicciones, verdaderos «salvajes»

que cuentan con mejores utensilios que nosotros para una tarea muy determinada, pero las variaciones generales de las listas son constantes. No hay técnicas sino conjuntos técnicos regidos por conocimientos mecánicos, físicos o químicos generales. Cuando se ha conseguido el principio de la rueda, se puede llegar también al carro, a la rueda de alfarero, al torno de hilar o al torno para madera; cuando se sabe coser, no sólo se puede tener un vestido de una forma determinada, sino también vasos de corteza cosida, tiendas cosidas o canoas cosidas; cuando se sabe conducir el aire comprimido, se puede tener la cerbatana, el encendedor de pis- tón, el fuelle con pistón o la jeringa. Vistos de este modo, a grandes rasgos, existen pueblos que no son ni específicamente cazadores ni pastores o agricultores pero que están más o menos equipados. Se trata de encontrar, pues, términos que no tengan un significado formalmente histórico o geográfico, que no tomen en manos de teóricos demasiado hábiles un color de evolución técnica. El procedimiento más simple sería hablar de estados téc- nicos A, B, C, D, dividiendo la lista de los pueblos en cuatro o cinco partes; pero es bastante incómodo y está envuelto de una falsa apariencia científica que nuestra jerarquía no puede permi-

35

tir. Así pues, yo propongo cinco términos de estados: muy rústi- co, rústico, semi-rústico, semi-industrial e industrial; bien aclara- do que dichos términos no designan estados determinados por la concordancia absoluta de sus detalles. Me guardaré incluso de dar una lista de los pueblos que se incluyen en estas divisiones, pues en los márgenes se pasa de un estado a otro sin discrimina- ción. Se podrá decir, por ejemplo, que los australianos son muy rústicos o que los esquimales son rústicos porque su imperfec- ción técnica no les permite trabajar los metales; en otros aspec- tos, serán calificados' de semi-rústicos porque en determinado campo hayan llegado lo bastante lejos como para merecer ese término. Los negros de África serán semi-rústicos porque cono- cen el trabajo de los metales aun sin tener equipos mecánicos importantes. Estas tres primeras divisiones indican los estados pre-industriales. China, India y el mundo islámico serán conside- rados como semi-industriales por analogía con la Europa medie- val, época en la 'que los conjuntos mecánicos sólo se servían de medios de acción material poco importantes. El término indus- trial, finalmente, se aplica a lo que llegó a ser el estado medieval de Europa desde el xvn al XIX. De esta manera, se dispone, sin esfuerzo, de un gran comodín del que no habrá que abusar pero que será útil para tornar en términos vagos lo que se conozca muy vagamente, guardando así a la etnología el tinte de rustici- dad del que todavía no se ha desprendido'.

s Estos términos (rústico,

semi-rustico

)

nunca me han convencido. Son

poco apropiados por dos razones: «rústico» connota un juicio de valor estético, mientras que «industrial» señala un estado socio-económico: por lo tanto, ni uno ni otro tienen relación directa con la tecnología. Si se considera toda la serie de mis trabajos y en particular El gesto y la palabra. se comprenderá por qué se impusieron inconscientemente en esta primera obra los dos valores parásitos de estética y de socio-economía: el nivel de tecnicidad es potencialmente equivalen- te en todos los hombres; así pues, sólo hay una «jerarquía» socio-económica. Insuficientemente estudiado en su época, este hecho justificaría un cuadro clasifi- catorio tecnológico y socio-económico simultáneamente, cuadro que no pode- mos desarrollar en las páginas presentes. Da por sentada la relación entre la disponibilidad técnica y la adquisición alimentaria (ef. El gesto y la palabra, vol. 1: Técnica ~' lenguaje, cap. V) y da por definidos los diferentes niveles de

intercambio de 'los productos fabricados (conyugal y familiar, en diferentes gra- dos: intra e interétnico) así como la naturaleza de las contrapartidas correspon- dientes a los objetos intercambiados. Ahora bien, en un mismo grupo pueden coexistir varios sistemas: desde el simple intercambio informal entre cónyuges hasta el artesanado remunerado. Por consiguiente, es preferible llevar más allá de la sistemática puramente tecnológica una clasificación de los fabricantes. Puesto que dicha clasificación no puede ser puramente tecnológica, antes que

36

hacer girar la definición sobre un juicio de valor (rusticidad) es mejor tomar como eje un término socioeconómico que implique, al menos, una parte de las consecuencias tecnológicas. Creo que el eje mencionado corresponde al artesana-

do, en un sentido amplio, es decir, a un estado social en el que algunos indivi-

duos dedican su tiempo a técnicas de fabricación (metalurgia en particular); este tiempo les es compensado por una contrapartida en especie o en metálico corres-

pondiente a la imposibilidad de adquisición alimentaria que resulta de su activi- dad de fabricación. La noción de artesanado hace intervenir a la sociedad global en el plano de las instituciones sociales y de las operaciones económicas simultá- neamente: los grados progresivos de complejidad social tienen como corolario (y como elemento del componente) la liberación gradual del tiempo de fabricación de los individuos especializados. Es exactamente llevar a la «jerarquías técnica al nivel del medio favorable (véase t. ll, caps. VIII y IX) y comprender que el «gru- po técnico» no puede ser separado del conjunto de la sociedad. A este respecto, se pueden considerar las siguientes divisiones:

- preartesanal: la sociedad no distingue, en el plano de la fabricación, a algunos de sus miembros y, al menos teóricamente, todos los individuos (por parejas) pueden asegurar la parte de fabricación que corresponde a sus necesida- des fundamentales. Dicho término se ajusta más que «muy rústico» a los caracte-

res que quise definir cuando escribí este capítulo por primera vez.

- proto-artesanal: sin dejar de asumir la parte mayor de su producción ali- mentaria, uno o algunos individuos fabrican objetos que forman parte de las necesidades fundamentales del grupo. Esto último asegura la compensación, ge- neralmente en especie. Protoartesanal podría sustituir a «rustico», pero a partir de este punto las dos terminologías sólo se recubren parcialmente.

- artesanal aislado: en este nivel los individuos se convierten en especialistas

de tiempo completo (lo cual no excluye algunas actividades de adquisición ali- mentaria pero hace que este nivel pase a un plano menor). Queda muy reducido el número de artesanos, los cuales se hallan incluidos individualmente en el gru-

po.

- artesanal agrupado: los artesanos forman cuerpos: están agrupados por

unidades de producción, en un sector ciudadano adecuado para ellos, o bien, en ciertos casos, en los pueblos, como sucede con los alfareros. Se distinguen de los proto-artesanos rurales, que pueden -por lo que respecta a la totalidad del pue- blo- dedicar una parte de su tiempo a la fabricación y el resto a los trabajos de producción alimentaria.

- industrial: los individuos se hallan agrupados jerárquicamente en el seno

de una empresa de medianas o grandes proporciones, cuyos medios de acción son externos con relación a los ejecutantes. Es evidente que estas categorías son permeables entre sí, en un doble sentido. En un grupo que ha llegado al tipo artesanal aislado o incluso industrial, algunos hechos de fabricación permanecen en el conjunto de los individuos diferenciados por sexos (la costura y la cestería, en la mayoría de los casos). Lo mismo sucede en los casos de transición entre los tipos como el de los artesanos aislados en una colectividad rural; pero que constituyen, en ciertos planos, un agrupamiento con otros artesanos aislados de las colectividades cercanas.

37

11

MEDIOS ELEMENTALES DE ACCIÓN SOBRE LA MATERIA

Antes de abordar las técnicas como conjuntos destinados a la fabricación, a la adquisición y al consumo, es necesario ordenar las acciones que pueden ser comunes entre sí, puesto que aga-

rrar, golpear, cocer, humedecer, ventilar o apalancar pueden apli-

carse a los procesos más variados. Estos «medios elementales» son significativos en sí mismos: por ejemplo, el hecho de tallar la madera con un cincel golpeado con un martillo corresponde a un determinado estado de evolución técnica, diferente de aquel otro en que, para hacer el mismo trabajo, se emplea la azuela. Los medios elementales son, en primer lugar, las prensiones con los distintos dispositivos que sustituyen la acción directa de la mano; después, las percusiones, que caracterizan la acción en el punto de encuentro del útil y la materia y, finalmente, los elementos que extienden y completan los efectos técnicos de la mano, a saber el fuego, el agua y el aire. Los útiles, en su parte activa, son estrechamente solidarios del gesto que los hace mo- verse: fuerza motriz y transmisión, que se estudiarán al final del capítulo.

LAS PRENSIONES

Las operaciones realizadas con la mano sin más desempeñan un papel preponderante en ciertas técnicas como la cestería; in- tervienen de manera notable en algunas formas de tejeduría o de hilatura, y forman parte de los trabajos en cadena más variados para agarrar, torcer, estirar, presentar la materia ¡¡, la acción del útil o sujetar los elementos de una ensambladura. Los diversos modos de acción de la mano en su papel prensar pueden clasifi-

carse en cuatro categorías de gestos: enganchar con los dedos, coger como si los dedos fuesen pinzas (prensión interdigital), agarrar, empuñar con la mano abierta (prensión dígito-palmar) y contener con las manos en forma de cuenco. Una de las carac- terísticas más sorprendentes de la evolución humana es la libera- ción, gracias al útil, la sustitución de los útiles naturales por úti- les artificiales amovibles y más eficaces. Desde los primeros testimonios de actividad técnica, las acciones de martillear, cor- tar o raspar se materializan mediante herramientas (1), pero no se sabe nada sobre los sustitutos eventuales de la mano en su función prensara: objetos como el palo agujereado (117) sugieren la existencia de objetos de prensión, pero no con anterioridad al Paleolítico superior, es decir, hace treinta mil años. Por lo tanto, prácticamente todos los ejemplos pertenecen a los tiempos histó-

ricos.

Los medios elementales de prensión corresponden a gestos exteriorizados, y, por esta razón, su clasificación será retomada en la división «fuerza motriz y transmisión» (pág. 79). Nos limi- taremos ahora a ordenar sus caracteres generales. Implican las acciones manuales propiamente dichas y los aparatos cada vez más apropiados que han venido a sustituir a los movimientos naturales de la mano para enganchar, coger a modo de pinzas, agarrar y contener. Podrá parecer arbitrario el hecho de ver en el anzuelo un sustituto del dedo con gancho o en el tornillo de Arquímedes un desarrollo de dos manos unidas en forma de cuenco. A veces, como en el caso de las fibras torcidas, por ejem- plo, se conocen todas las formas que se extienden desde la acción interdigital hasta la rueca; o en el caso de las maderas plegadas, que pueden citarse ejemplos, unos tras otros, desde el asta de lanza enderezada entre las manos y los dientes hasta las máqui- nas con torno para alabear las maderas gruesas (152 y 356), de suerte que si queremos afirmar que se trata de un cuadro lógico y no de una reconstrucción histórica, parece que esas categorías son defendibles. Podemos hablar, igualmente, de las distintas ca- tegorías de acciones: levantar un peso mediante una polea con un gancho podría ser incluido bajo el título de «asir» o bien bajo el de «enganchar». El principio que se sigue es el de considerar las polivalencias eventuales del dispositivo: el objetivo de una polea de pozo es mover los recipientes para sacar agua, figurará, por lo tanto, bajo el título de «contener»; el mismo dispositivo colocado en un granero tiene la finalidad de recibir en el gancho un nudo corredizo que hará subir sacos de grano, y será estudia-

40

do bajo la denominación «asir»; y llamaremos «enganchar» a la función realizada por una grúa de múltiples usos. Enganchar se refiere a las acciones que emplean, con diferen- tes fórmulas mecánicas, un órgano curvado en contacto directo con la mano (un gancho, por ejemplo) o un objeto prolongado de manera que quede distante de la mano (una gafa). Las acciones manuales sin oposiciones del pulgar pertenecen a esta categoría, así como los aparejos de levantamiento en los que el elemento activo es un gancho. Los anzuelos (1. Il, 770-788) y los diferentes órganos a los que van fijados pertenecen también a la misma ca- tegoría.

. La presión interdigital engloba operaciones como la cestería o el trenzado. La tejeduría ofrece todas las gradaciones del desarro- llo mecánico, desde los hilos levantados manualmente hasta los dispositivos con varias filas de lizos que sustituyen a los dedos en combinaciones cada vez más complejas. Las pinzas destinadas a coger cosas finas, como es el caso de las pinzas o las conchas para depilar, los palillos para comer de Extremo Oriente o las tenazas para manipular el fuego o las piedras calientes forman parte tam- bién de la categoría mencionada. Una parte importante la inte- gran los dispositivos de torcimiento: desde las fibras enrolladas entre los dedos o en el muslo hasta el huso, la rueca y los distin- tos torcedores de cordelería (434 y 449). Asir abarca las acciones dígito-palmares que intervienen en todas las técnicas cuando hay que inmovilizar o desplazar. Los objetos que pueden sustituir a la mano son muy numerosos y también ellos pertenecen a las técnicas más variadas. Se extien- den desde los guantes o los dediles de segador con hoz (1. Il, 831), hasta los órganos de animales de caza o de pesca como el halcón, el perro o el corvejón, o bien de animales de trabajo como el elefante. Comprenden igualmente dispositivos para asir como son las lazadas, los lazos y las trampas con sujeción o con peso (1. Il, 791-796). Las pinzas, los tornillos de presión y las trabas para inmovilizar constituyen otra serie de dispositivos de agarre al igual que la mayoría de los tornos, aparejos y grúas. Contener: Se aplica a una categoría de objetos cuya función es hacer posible el manejo de los cuerpos líquidos o de los cuer- pos parecidos a los fluidos, como es el caso de los granos. Con este título pueden estudiarse todos los recipientes de corteza, ho- jas, madera, barro o metal (véase fluidos, alimentación, en El medio y la técnica). También podemos incluir los aparatos para sacar agua, palas, cubetas de regadío (560), balancines de

41

pozos, ruedas elevadoras, así como la noria y el tornillo de Ar- químedes. Por último, podemos considerar como pertenecientes a esta misma clase los dispositivos para encerrar animales vivos:

trampas de recipiente, nasas, cercados y jaulas. Los dispositivos de prensión aún pueden subdividirse en dos categorías más, en función de la relación prensión-traslación. Po- demos incluir en la primera categoría los dispositivos en los que la acción es puramente prensora: tanto el cuerpo del instrumento como su punto de acción son fijos, y la traslación sólo interviene para poner la parte activa en contacto con el objeto, como suce- de, por ejemplo, en las trampas con resorte o en los tornillos de presión. La segunda categoría está integrada por aquellos disposi- tivos en los que la traslación es el hecho dominante: la parte activa es móvil y recorre un determinado trayecto, arrastrando al objeto durante el movimiento. Podemos citar como ejemplos la cuchara, las tenazas del herrero, los lizos del telar, los aparatos para sacar agua y los aparatos elevadores en general. En estos últimos, el hecho de que la traslación sea dominante se demues- tra por el carácter de la parte activa, que, según los casos, para un mismo dispositivo (una grúa, por ejemplo) puede ser un gancho, un cangilón o una cesta -depende de la naturaleza del objeto que debe ser trasladado.

LAS PERCUSIONES

Desde que se empezaron a tallar las primeras piedras, una de las mayores inquietudes ha sido la de fabricar; nuestra atención debe fijarse ante todo en los medios, muy limitados, que hacen posible toda fabricación. El hombre saca provecho de los ele- mentos: gracias al fuego, al agua o al aire, puede fundir los meta- les, disolver sustancias sólidas o desecar los líquidos, pero los elementos mencionados intervienen tan sólo en un plano secun- dario, muy por detrás de los actos violentos que consiguen d~r a la materia una forma utilizable. Fundir, martillar, tallar, pulir o dividir la materia, para recomponerla acto seguido, son los fines que absorben lo mejor de la inteligencia técnica. Únicamente existe un medio para todos estos fines: la percusión. Práctica- mente no hay ningún producto, ya se trate de un pañuelo, ya de una casa, de un hacha o de un carro, que no haya experimentado la acción de una herramienta que elimine materia para esculpir un mango o una viga, que triture fibras vegetales para obtener

42

hilo o que desplace las moléculas de un metal para modelarlo. El papel desempeñado por la percusión es preponderante, y más aun en la fabricación de herramientas que en otras cosas; y como todo tiene su ongen en una herramienta, hay que determinar en pnmer lugar la definición de las percusiones. La cantidad de fuerza que caracteriza a una percusión se pue- de aplicar de tres maneras: las dos primeras son testimonio de un estado técnico idéntico; Son las más naturales, las más «primiti- vas», SI es que cedemos a la tendencia lógica.

Aplicación

La percusión aplicada (lO) consiste en poner en contacto la herramienta con la materia aplicando directamente la fuerza de los músculos. Como ejemplos podemos citar el cuchillo, el cepi- llo, el rascador y la sierra.

Dirección

La percusión lanzada (11) es aquélla en la que la herramien- ta, que se sujeta con la mano, se lanza en dirección de la materia. El brazo (a menudo alargado por un mango) acompaña a la herraml~?taen una trayectoria más o menos larga y asegura la aceleración de la parte percutiente, que llega con gran fuerza al punto que se está golpeando. La percusión aplicada es bastante precisa, pues se golpea exactamente en el punto deseado, pero tiene unos efectos limita- dos debido a la poca fuerza que pueden desarrollar los músculos. Por el ~ontrario, la percusión lanzada es bastante imprecisa, ya que el útil entra en contacto tanto por arriba como por debajo del punto buscado; Sin embargo, la fuerza de percusión aumenta considerablemente durante la trayectoria. La tercera modalidad (12) es uno de los logros más importan- tes de la técnica; ha sido practicada por numerosos pueblos e Inventada probablemente en muchas ocasiones a lo largo de los años; Sin embargo, por muy elemental que parezca, su uso dista mucho de ser universal. Poco importa si este tipo de percusión nació de la idea de disociar el elemento percutiente de la fuerza de percusión o de dar a una herramienta aplicada sobre la materia la fuerza de una

43

44

10

"

" ,

\ \ \ \ , • 11 , -, " , , \
\
\
\
\ ,
11
,
-,
" ,
,
\

12

herramienta lanzada. Se unen en ella las ventajas propias a cada una de las dos clases de percusiones anteriores: la herramienta se aplica con precisión sobre la materia con una mano mientras que la otra manipula un percutor separado que aumenta el peso mediante la aceleración. Este último tipo es lo que denomina-

mos percusión aplicada con percutor.

Estos tres tipos de aplicación de la fuerza son de una gran importancia para la industria humana, dado que todos los obje- tos, y sobre todo los de madera, están hechos siguiendo alguno de los tipos mencionados. Los pueblos de Siberia oriental, los ainos y los esquimales conocen las herramientas aplicadas y las herramientas lanzadas, pero (sobre todo los ainos) utilizan más generalmente las primeras que las segundas. Muchos grupos afri- canos han llegado a tener gran habilidad en la percusión lanzada;

en el trabajo de la madera utilizan la azuela para la parte más

fácil y dejan el cuchillo en percusión aplicada para el acabado.

En Europa, la percusión lanzada se halla muy relegada; casi sólo se hace uso de ella para cortar materiales, en especial de carpinte-

ría (hacha, segur y azuela); la percusión aplicada, por su parte, se utiliza para cortar sustancias blandas (cuchillos de todas cla- ses) y para algunas técnicas delicadas como el cincelado o el tor- neado. La percusión aplicada con percutor, a pesar de la mezcla de los pueblos, conserva su superioridad técnica. Hay algunos pue- blos que no hacen uso de este tipo de percusión; los chukches, por ejemplo, que poseen cuchillos de piedra bastante grandes (22), sólo se sirven de ellos para romper los huesos, con el fin de extraer su médula; los esquimales, que tienen pequeños mazos (15) para clavar clavijas de madera, no los utilizan para mejorar sus percusiones. Salvo rarísimas excepciones, únicamente los pueblos a los que no tengo reparos en atribuir un estado de cul- tura artesanal hacen un uso normal de este tipo de percusión. Se trata de los grupos de civilización de gran difusión de nuestra antigüedad mediterránea, el Islam, la India, China y los territo- rios que se hallan bajo su influjo. En estas zonas, el percutor (martillo o mallo) va asociado de manera indisoluble al cincel, al buril y a la gubia. Quizá parezca inútil que nos tomemos tanto cuidado en estu- diar rasgos tan elementales como sujetar un cuchillo o usar un buril; pero no es tiempo perdido. Nadie, hasta el momento pre- sente, se habia preocupado explícitamente de estas cosas; la tec- nologia comparada está por hacerse, por lo que a veces hay que

45

pasar por verdades de La Palisse. Con un aparato científico más preciso, estas evidencias tendrían la fortuna de pasar como origi- nales; son útiles desde el momento en que aportan los medios por los que se puede separar claramente a los hombres en dos grupos: los que están «más acá» y los que se hallan «más allá» del martillo. Sin duda, el martillo es uno de los medios elementales más importantes de acción sobre la materia. Parece ser que los pa- leolíticos del período inferior desconocieron su uso salvo en el Paleolítico superior (entre los 15.000 y los 10.000 años antes de nuestra era), para hundir cuñas de asta de reno, probable- mente destinadas a resquebrajar, o bien a partir del Paleolítico medio (hace unos 100.000 años) para el retoque indirecto al co- locar el borde del instrumento cortante que se quiere avivar so- bre un yunque de hueso al golpearlo con otro instrumento ligero detrás del punto en el que debiera saltar la esquirla de sílex. La razón principal de esta carencia de las percusiones aplicadas con percutor se debe sin duda al hecho de que el sílex no puede soportar golpes violentos sin resquebrajarse. Por otra parte, tam- poco existen pruebas fidedignas de que en el Paleolítico se uti- lizase la percusión lanzada con herramientas cortantes con mango.

Forma

La aparición tardia (hacia el año 7000 antes de nuestra era) del hacha y de la azuela marca simultáneamente una transforma- ción técnica importante (el pulimento del filo) y una transforma- ción de la materia prima (sustitución de las rocas de estructura cristalina por rocas elásticas). Los lapones, los chukches y los esquimales ofrecen un buen ejemplo de cómo un pueblo puede aferrarse a un procedimiento técnico tradicional: cuando tienen un cincel de madera con hoja de hierro (útil aplicado con percu- tor), tienden primeramente a quitarle el mango y a poner la hoja de la herramienta con una inclinación de 45° -como si se trata- se de una hoja de piedra con un mango de fabricación propia (112)- con el fin de hacer una azuela (útil lanzado); estos pue- blos, sin embargo, tienen martillos, pero no los utilizan con los útiles aplicados. El percutores una laboriosa adquisición humana. A partir del guijarro con la forma que tiene cuando se le encuentra (13, Amé- rica tropical) encontramos algunos tipos en los que la masa se

46

tropical) encontramos algunos tipos en los que la masa se 46 1 7 2 1 14

17

encontramos algunos tipos en los que la masa se 46 1 7 2 1 14 1

21

14

18

algunos tipos en los que la masa se 46 1 7 2 1 14 1 8

22

26 27
26
27

16

en los que la masa se 46 1 7 2 1 14 1 8 2 2
 

19

 

;

!

.

,

 

23

C!D

 

¡

I :

 

,

24

9   ; ! . ,   23 C!D   ¡ I :   , 24

28

~

20
20

25

11

29'

?

30

47

confunde con el mango (14, África negra). Parece como si, pau- latinamente, la observación hubiera ido restando importancia al centro de gravedad colocado en el extremo de la herramienta: los esquimales (15 y 16) muestran dos etapas en el descubrimiento. El Perú precolombino (17) alarga el mango, lo que, con una masa comparativamente más pequeña, disminuye la presión del golpe. Los japoneses varían la forma y tamaño de la masa según pretendan conseguir la ligereza de una percusión amplia (18, mazo para ablandar los tejidos), el peso a corta distancia (19, mazo para aplanar las sandalias), la manejabilidad y la rapidez (26, mazo de tallista), la masa propiamente dicha (27, mazo para clavar estacas) o la masa concentrada en una reducida superficie percutiente (28, martillo de herrero). Los martillos de piedra pu- lida de los pueblos que aún los usan sólo sirven para clavar o triturar (21 y 22): los prehistóricos son muy similares (24 y 25), y casi podemos considerar como seguro que su uso no estaba muy extendido. El martillo de pala (nuestro martillo actual) se halla claramente distribuido alrededor del Mediterráneo; los modelos más antiguos corresponden a la antigüedad romana (29), y, por lo que respecta al continente africano, está ligado a la industria metalúrgica de influjo islámico (30). Acabamos de definir los caracteres de aplicación de las percu- siones; debemos señalar ahora que existen otros dos de los que depende el resultado material del golpe realizado con el útil: el ángulo de ataque y la superficie percutida. El útil puede abordar a la materia perpendicularmente a su superficie; es el caso de la percusión perpendicular, adecuada so- bre todo para los trabajos violentos en los que hay que cortar o romper. Si es aplicada (31), la percusión perpendicular conduce a la cuchilla y, en general, a todas las herramientas como son los punzones o los cuchillos que se utilizan introduciéndolos progre- sivamente, sin movimiento de sierra, en la madera, el cuero o los alimentos. Lanzada (32), se realiza con todas las hachas, cuchi- llas y martillos para picar, que están concebidos para penetrar con fuerza en la madera o la piedra. Y, por último, aplicada con

percutor, es la percusión característica de herramientas como la

cuña para rajar (33) o la puntilla para abatir al ganado mayor. Si el útil aborda a la materia desde un ángulo agudo, el resul- tado será muy distinto: la percusión oblicua produce una pérdida de sustancia y no una resquebrajadura; es el tipo de percusión característico de la escultura o del cincelado. Casi todos los obje- tos se modelan de esta manera. Si es aplicada (34), se usarán el

48

Casi todos los obje- tos se modelan de esta manera. Si es aplicada (34), se usarán

31

Casi todos los obje- tos se modelan de esta manera. Si es aplicada (34), se usarán

32

Casi todos los obje- tos se modelan de esta manera. Si es aplicada (34), se usarán
Casi todos los obje- tos se modelan de esta manera. Si es aplicada (34), se usarán
Casi todos los obje- tos se modelan de esta manera. Si es aplicada (34), se usarán

'/

~

35

Casi todos los obje- tos se modelan de esta manera. Si es aplicada (34), se usarán

cuchillo para esculpir, los útiles del grabador, el cepillo y la garlo- pa (nuestro cortaplumas actúa normalmente como útil de percu- sión oblicua). El mejor ejemplo de la percusión oblicua lanzada es la azuela (35) o la segur; es propia para desbastar la madera. Aplicada con percutor (36), se realiza en los trabajos modernos con piedra, carpintería o cincelado de metales. Entre la percu- sión oblicua y la percusión perpendicular existen relaciones com- parables a las que se dan entre la percusión aplicada y la percu- sión lanzada. La percusión oblicua es precisa y sus resultados son limitados, mientras que la percusión perpendicular es violenta y poco utili- zable en trabajos precisos. La percusión oblicua aplicada corres- ponde al máximo de suavidad y control del útil; la percusión perpendicular, por su parte, al máximo de fuerza y a la ausencia relativa de medida en los resultados. A las dos percusiones anteriores se añade la percusión circular. Su finalidad es perforar; se realiza mediante todos los instrumen- tos puntiagudos con movimiento de rotación. Desde el punto de vista mecánico, es la combinación de una presión perpendicular que se ejerce en la punta que perfora y de unas percusiones obli- cuas con movimiento helicoidal realizado por facetas cortantes que siguen a la punta en su progresión. El deseo de perforar sustancias duras y en particular las piedras ha estimulado muy tempranamente la inventiva del ser humano; y el enastado de las hachas, de las mazas o de las mazas de guerra ha empujado a la industria hacia este medio, que permite horadar los cuerpos más compactos. El trabajo del jade, corriente en todo el Pacífico, ha dado origen a varios descubrimientos capitales que estudiaremos más adelante (transformación de las fuerzas). Los principales ta- ladros son manuales (37): frotados con las palmas o agarrados con el puño; de cuerda (38), cuando el eje gira por efecto de una cuerda o una correa enrollada; de arco (39), si la cuerda está atada en los extremos de una varilla; de parahuso (40), cuando el palo horizontal gira mediante movimientos verticales y la rota- ción es asegurada por un volante. Todas las formas mencionadas (sobre todo, las dos últimas) son comunes al Mediterráneo, a Europa y al Pacífico; han llegado a conocer una difusión casi universal. En efecto, podemos considerarlas, con las reservas de control sobre las que ya hemos insistido, como dos de los gran- des inventos mecánicos anteriores a la gran industria y como herramientas que ejercían gran seducción entre los pueblos que las iban conociendo.

50

seducción entre los pueblos que las iban conociendo. 50 ~ 37 -- -" " G 3

~

37

-- -" "
-- -"
"

G

38

que las iban conociendo. 50 ~ 37 -- -" " G 3 8 1l ;¡, Ci

1l

;¡,

Ci

39

conociendo. 50 ~ 37 -- -" " G 3 8 1l ;¡, Ci 39 ~ 40

~

40

El hecho de distinguir una percusión aplicada de una percu- sión lanzada o aplicada con percutor proporciona un primer gra- do de diferenciación entre los útiles; y dar a cada una de estas tres modalidades la cualidad de perpendicular o de oblicua distri- buye todos los útiles en clases bien definidas. Así pues, sólo falta ya precisar el efecto producido para que el cuadro de la clasifica- ción quede completo. La parte percutiente del útil nos suminis- tra esta última caracterización. Si la parte percutiente es un filo, la percusión será lineal; si es una punta, será puntiforme; y si se trata de una masa bastante grande la percusión será difusa. La percusión lineal puede ser dividida a su vez en: lineal-longitudi- nal, si la posición del filo se halla en el eje de la herramienta; y lineal-transversal, si tiene una posición perpendicular al eje. Gracias a estos diez términos, disponemos de un medio para comprender perfectamente las propiedades de una herramienta; pero la aplicación de dichos términos exige imperíosamente que se tenga en cuenta ante todo lugar su manejo: un cuchillo (53),

51

PERCUSIONES lineal longitudinal transversal aplicada s, ;§i & lanzada l' <f aplicada con percutor
PERCUSIONES
lineal
longitudinal transversal
aplicada
s,
;§i
&
lanzada
l'
<f
aplicada
con
percutor
aplicada
lanzada
.~~/
57) ~'-
58
aplicada
con
percutor

52

puntiforme difusa 43 44 ~ 47 ~ 52 -1
puntiforme
difusa
43
44
~
47
~
52 -1

\'

~-~ ~{

~

55

52 puntiforme difusa 43 44 ~ 47 ~ 52 -1 \' ~-~ ~{ ~ 55 56

56

60

(Véase el índice de

figuras, pág. 296)

64

según el modo como esté agarrado, puede servir para una percu-

sión aplicada-perpendicular-lineal (cortar un alimento, 41), apli- cada-oblicua-lineal (raspar la madera, 53), aplicada-perpendicu- lar-puntiforrne (agujerear el Cuero) o lanzada-perpendicular-pun-

tiforme (apuñalar a un animal, 47), y, fácilmente, podríamos encontrar otras posiciones. Una herramienta como la segur (57) no se diferencia en absoluto del hacha por su forma, pero si en cuanto a su empleo: el hacha hiende, mientras que la segur corta oblicuamente. Dado que la característica dominante de las herra- mientas más sencillas es la multiplicidad de sus usos posibles, sólo en el momento en que se las observa puede regir su posición sistemática. Toda terminología debe conseguir que los materiales se ade- cuen a un trabajo de tipo general; a modo de pequeño adelanto sobre los capitulos siguientes, expongo a continuación algunas consideraciones que se desprenden de la clasificación anterior. Las percusiones lineales-aplicadas (41, 42, 53 y 54) se realizan generalmente en trabajos delicados de raspado, esculturas de só- lidos fibrosos o para el corte de sólidos flexibles; las percusiones lineales-lanzadas (45, 46,57 y 58) se dan casi todas con los traba- jos más burdos de la madera o de los sólidos plásticos (azada); las lineales-transversales (42, 46, 50, 54, 58 y 62) predominan alre- dedor del Pacifico, desde Oceania hasta América del Norte; las puntiformes-aplicadas son características de la costura (43) y el pulimento de todos los materiales (55); las puntiformes-lanzadas son propias para las armas de punta (47) y los aperos de labranza (59); todas las difusas, para el martilleo (en especial, de los meta- les) y el triturado de los granos (44, 48, 52 y 56). Una vez realizada la clasificación de las percusiones y obteni- dos los primeros resultados, me fue preciso estudiar los medios complementarios de caracterización de los útiles. Lo ideal sería tener, para cada objeto, una cifra que marcase su eficacia, un elemento de medida que permitiese elaborar una escala de los efectos del hacha, de la azuela, del sable o de la espada. En dicho estudio incluyo las condiciones necesarias de la percusión: equili- brio general del útil, peso absoluto y posibilidades de aceleración en una trayectoria más o menos larga. Apenas contamos con otro elemento que la herramienta mis- ma y las proporciones físicas de su usuario, pues, salvo rarísimas excepciones, ningún investigador ha tomado in situ las medidas simples que serían necesarias. Considerando como ley que el efecto determina aqui en gran parte a su causa y que una percu-

54

sión debe modelar a su útil, he tomado como elemento de cálcu- lo el peso relativo de una herramienta agarrada Con la mano en p~slclon honzontal y la longitud de la parte libre (65). La rela- cion entre la I?ngitud de la parte libre o astil (LA) y el peso relatlv~del astil (PA) permite determinar un indice de peso rela- tivo o indice de peso-longitud '. Este índice se obtiene mediante la siguiente ecuación:

PA

P%

LA ~ P% 'LA ~ índice de peso-longitud.

. Los. resultados obtenidos se pueden aplicar solamente a las herramientas que actúan en posición cercana a la horizontal y Casi exclusivamente con percusión lanzada, pero esos resultados permiten hacer extensible el método a las percusiones aplicadas cuando la herr~mlenta tiene una determinada longitud, y a las percusiones aplicadas con percutor (puesto que el efecto de la percusion depende del percutor), de manera que la mayoría de las herramientas puede someterse a esta formulación. Invirtiendo los términos de la ecuación se obtiene un índice

LAxlO

L%

PA

~ L%

PA

~ indice de

longilud-peso

de longitud-peso, cuyo empleo es valioso para hacer gráficos. Los detalles de las operaciones que se han de practicar con el objeto son sencillos. Se establece, dentro del grupo estudiado, la distan- era media que, empuñando con la mano el mango del útil, sepa- ra la falangina del índice de la base del quinto metacarpiano (apófisis unciforme del hueso en forma de gancho) (65). El pri- mer punto (A) sirve de pivote a una romana en la que la herra- mienta misma constituye el fiel; en el segundo punto (B) se cuel- ga un plaHllo:.el peso que se necesita para que el conjunto se mantenga h?nzontal es el peso relativo de la herramienta. La pnmera justificación de este procedimiento es su sencillez, pues se puede practicar en cualquier aldea perdida sin previa prepara- cien del que va a realizar el experimento. Los casos de error que comporta se ven compensados por la variabilidad misma de los utiles. En efecto, las apreciaciones rigurosas de la fuerza de la

1 Después de la primera edición, H. Balfet y R. Cresswell me aconsejaron que

exp;esara los pesos y.las '.ongitudes en kilos y en metros (y no en gramos y en milímetros), lo cual SImplifica las fórmulas.

55

A B

A B LA -- - ", I I I I I I I I I PA
A B LA -- - ", I I I I I I I I I PA
LA -- - ", I I I I I I I I I PA I
LA
--
-
",
I
I
I
I
I
I
I
I
I
PA
I

S6

65

I

I ,

,

I

herramienta sobre los distintos puntos de su trayectoria no tie- nen razón de ser cuando se trata de objetos en los que el peso y la longitud varían de un ejemplar a otro, en los que la fuerza está en función de los músculos más o menos robustos de un obrero. En resumen, este procedimiento proporciona unos resultados, los primeros que han permitido seriar útiles o armas de otra manera que por evaluación visual (66 a 80). La primera impresión sobre el conjunto de las propiedades de las herramientas refuerza nuestro propósito de no considerar a primera vista los documentos como testimonios de préstamos, influjos o relaciones, sino como la selección muy limitada entre algunas posibilidades técnicas que le quedan al obrero. Las he- rramientas y las armas de todo tipo y de todas las épocas se ordenan dentro de las divisiones que muestran los gráficos de índices ': predominio de la acción de las percusiones aplicadas (66) y de las percusiones puntiformes (67 a 70), posibilidades de empleo de las percusiones lineales y puntiformes (71 y 72), ac- ción sobre el peso, primeramente moderada (73 a 7S) y, paulati- namente, más violenta (76 a 80). Así pues, un gráfico de índices permite inducir a priori las proporciones y el uso del instrumen- to incluso sin verlo: la fórmula de 0-1-30-S00 sólo puede conve- nir a una herramienta con hoja ligera (0-30), corta (I-SOO), ina- decuada para las percusiones lanzadas; la fórmula IS-40-1-0 casi sólo puede aplicarse a una herramienta pesada. Mediante com- paraciones, podemos juzgar sobre el valor real de la herramienta:

un hacha de I-S-8-30, como las que hay en África occidental, es una herramienta mediocre si se la quiere utilizar para cortar ma- dera: su fórmula es la de un útil aplicado. Salvo algunas excep- ciones, las herramientas están adaptadas a su uso; un hacha no debe tener la fórmula de un cuchillo; sólo con mirarla de cerca podrá notarse que esta hacha sirve únicamente para la escultura, para el acabado de las superficies esculpidas, es decir, un trabajo que en otros lugares se confia al cuchillo o al cincel para madera. Se trata de un ejemplo bastante raro de libertad en la elección de los medios técnicos: en Siberia, tallan la madera con el cuchillo, mientras que el mismo trabajo se realiza en África negra con el hacha ligera. La ley de las tendencias exige para este trabajo una fórmula con curva ascendente (66 a 69), y observamos cómo una herramienta con características tan definidas como el hacha pier-

2 Estos gráficos se obtienen al poner en serie el peso relativo (P%) -c-índice

peso-Iongitud- y la longitud relativa (L %) -índice longitud-peso.

57

1

-¡

,

I

"7

I

,

,

,

I

,

"

, O
,
O

68

69

70

1

1

0-

66

67

0 O 71 72 73 74 75
0
O
71
72
73 74 75

58

7G

77

78

"

de sus caracteres mecánicos normales para plegarse a las exigen- cias de la técnica. Así es, pues, el juego de las tendencias, que en algunos casos abocan necesariamente en el hacha (puesto que cortar la madera puede hacerse mediante la colocación de una hoja pesada en el extremo de un mango bastante largo), y en otros desnaturalizan a una herramienta con objeto de obtener un hacha de lo que normalmente da origen a un cuchillo.

EL FUEGO

Pocos logros humanos han excitado tanto la imaginación como el del fuego. Su conquista significa el símbolo del combate espectacular que el hombre de las cavernas libró con los elemen- tos. En una serie singular de imágenes, los autores ven cómo el primitivo ancestro, grotescamente vestido con pieles de oso, re- coge las chispas de los árboles fulminados por los rayos, o cómo hurta en reñida lucha la llama de los volcanes terriblemente acti- vos en aquellos tiempos remotos. Siempre se puede imaginar el primer fuego, afirmar que el descubrimiento de un trozo de ve- nado cocido a causa de un incendio forestal dio origen al arte culinario; hay libertad de imaginar lo que se quiera, pues no se puede probar lo contrario. Lo más sensato es afirmar que no se sabe absolutamente nada de los orígenes del fuego doméstico. Resultaría vano buscar en algún poblado poco conocido un caso en el que el fuego se haya obtenido de un incendio o de un volcán; en realidad, ningún pueblo practica actualmente una ex- plotación tan azarosa. Junto con los útiles de piedra tallada, consideramos la pose- sión del fuego como una prueba esencial de la existencia hu- mana. Pero los rastros de fuego no se descubren con tanta frecuencia como las herramientas de piedra, toda vez que son raras las zo- nas en las que se han conservado dichos rastros. Ello no nos impide remontarnos más allá del homo sapiens, más allá del hombre de Neanderthal, en el cuaternario antiguo. Los sinántro- pos de la China del Norte, primos hermanos de los pitecántropos de Java, fueron encontrados en su hábitat, que se remonta a varias centenas de miles de años, rodeados de sus útiles y de capas de cenizas de sus hogares. Las circunstancias no permiten aún llevar más allá el origen del fuego, pero parece verosímil que

59

esto se logre algún día; los testimonios de útiles de piedra se remontan mucho más lejos en el tiempo. Si a partir aproximada- mente del año 100.000 antes de nuestra era son fáciles de encon- trar los hogares abandonados en las cavernas y viviendas al aire libre, en cambio no se sabe todavía nada sobre los procedimien- tos empleados por el hombre prehistórico para producir fuego. Aunque se puedan conseguir chispas mediante el frotamiento de dos sílex, resulta prácticamente imposible hacer fuego; las chis- pas utilizables se originan al frotar el sílex contra el hierro. Mu- cho antes de la Edad del Hierro se utilizaron pequeños bloques de piritas naturales como elemento encendedor (los conocemos desde el Neolítico evolucionado, hacia el año 2500 antes de nuestra era). Aunque algunas piritas hayan sido descubiertas en viviendas del Paleolítico superior (hacia el año 30.000), y hasta el Paleolítico medio (más de 50.000 años), son tan escasas que resulta difícil afirmar que las usaban como piedras para hacer fuego.

Su adquisición

Desde la protohistoria hasta nuestros días se han venido prac- ticando dos procedimientos: golpear piedras para hacer chispas y frotar la madera para conseguir la ignición. No hay razón para determinar la anterioridad de uno u otro método, ya que ambos dependen, sobre todo, del medio. Entre los más rústicos, los aus- tralianos frotaban la madera y los fueguinos golpeaban piedras, mientras que hace menos de cien años, en Suecia o en Rusia los campesinos todavía obtenían fuego mediante el frotamiento de la madera. No obstante, constatamos que los pueblos abandonan la madera cuando se les ofrece el encendedor de sílex: este es el caso de Europa y de Extremo Oriente. Quedan algunas supervi- vencias, debidas a motivos religiosos como la regeneración anual del fuego doméstico: en Suecia, durante el siglo XIX, se frotaba la madera para hacer fuego curativo, mientras que el pedernal ser- vía para los usos corrientes; en Japón, hoy en día, las cerillas sirven para el uso cotidiano, pero se enciende el mechero para hacer fuego en ciertas fiestas, y en algunos templos incluso, en el transcurso de las grandes ceremonias, el fuego se obtiene girando palitos de madera. Nuestra clasificación de los procedimientos para obtener fue- go pone de relieve la importancia de las percusiones sobre las que

hemos insistido más arriba; efectivamente, son los mismos movi- mientos los que rigen la fabricación de los objetos y la obtención del fuego. A estos instrumentos se pueden aplicar tres tipos de percusio- nes: la percusión oblicua-lanzada, la percusión oblicua- aplicada y la percusión circular, que, como se sabe, es una variante de la percusión oblicua-aplicada.

Percusión oblicua-lanzada. La forma más corriente en el pa- sado reciente corresponde al eslabón contra sílex (81 a 84). Como es lógico, se da principalmente entre los pueblos metalúr- gicos del Mundo Antiguo o entre aquellos en los que el fuego ha podido penetrar por contacto. Las chispas se proyectan en una sustancia fácilmente combustible. Esta sustancia puede provenir de plantas muy diferentes. En Europa se empleó la yesca, pero aún se utilizan entre los pueblos que han conservado el uso del encendedor las estopas más gruesas, huesos de frutas y hojas muy secas; los caingangos del Brasil, por ejemplo, utilizan como esto- pa hojas de palmito desecadas o hierbas. Hemos visto anteriormente que las piritas de hierro fueron usadas muy pronto, allí donde se podían encontrar. El encende- dor fueguino es ejemplo de ello; pero la zona más característica del encendedor de pirita es la de los esquimales, tan rica, sin embargo, en instrumentos de fuego de percusión circular. Los grupos que no hacen uso de estos últimos instrumentos son aquellos entre los que hay pirita o los que pueden procurársela mediante intercambio. Esta coexistencia de los dos procedimien- tos por todo el hábitat esquimal es tan curiosa como los hechos citados más arriba relativos a Suecia y Japón. Toda América produce el fuego mediante percusión circular; es posible que los esquimales hayan adquirido el encendedor a través de los pue- blos de Siberia; adquisición, con toda probabilidad, relativamen- te antigua, puesto que se ha transmitido desde Alaska hasta Groenlandia. En Asia (83 y 84) y en Europa (81 y 82), el percutor es una pieza de hierro; el más perfeccionado es el encendedor mongol (83), que se lleva colgado del cinturón y que está formado por un bolsito de cuero en el que se mete la piedra y la estopa. En Europa, durante el XVII, había encendedores con batería de pis- tola: es la máxima perfección del encendedor de sílex. El encendedor más curioso es el de Indonesia (85): se trata de un cilindro de madera en el que se mete un pistón, cuyo extremo

81

82

83

84

85

lleva la estopa. Dando un golpe violento en el pomo del instru- mento, se comprime el aire en el cilindro, y la elevación de la temperatura es suficiente para que la estopa llegue al estado de ignición; éste es el encendedor de aire de nuestros laboratorios de física. Entre los pueblos como los dayak de Borneo es tanto más enigmático cuanto que no encontramos huellas de él en los gru- pos de la antigua Asia que parecen tener el mismo tronco. Pode- mos considerar este encendedor como uno de los inventos más sorprendentes de los hombres que nosotros conceptuamos como «subdesarrollados».

Percusión oblicua aplicada. Pertenecen a ella los métodos co- nocidos también como aparatos para producir fuego por fricción o por aserradura (86 a 89). Las zonas donde se hallan más arrai- gados son Oceanía y, más especialmente, Melanesia y Australia (86 y 87). Lógicamente, este procedimiento parece el más «pri- mitivo» y a veces así se le ha tratado históricamente. Sin embar- go, la experiencia demuestra que es tan eficaz como los procedi- mientos mediante percusión circular y mucho más rápido que el del palo rodado entre las palmas (90). Y, aumentando nuestro escepticismo respecto a las afirmaciones apresuradas, es también el procedimiento más corriente que haya subsistido en Europa hasta nuestros días (88 y 89). El método australiano (87), consis- tente en serrar perpendicularmente a una ranura en la que el serrín incandescente cae sobre la estopa, es testimonio de que se

62

ha logrado la misma mejora que con los más perfectos aparatos de rotación (93): canal para la estopa. Finalmente, las dos formas más modernas: nuestro encende- dor de muelle y nuestras cerillas químicas pertenecen a la misma categoría mecánica que el palito de los melanesios. El encende- dor de lima rectilíneo (el encendedor de gas) y la cerilla funcio- nan mediante la más típica de las percusiones oblicuas- aplica- das. Después de varios siglos de utilización del encendido a través de golpes, hemos llegado a un procedimiento mecánico comparable al más «primitivo» de los existentes.

Percusión circular. Existen dos maneras de hacer girar un palo para que su extremo encienda la estopa. La primera consiste en hacer girar el palo entre las palmas; se practica sobre todo en África (90); desde el Sahara a El Cabo encontramos infinidad de ejemplos; y en América del Sur se hallan casi todos los demás que se conocen. De todos los métodos, éste es probablemente el que requiere mayor destreza. En Argentina encontramos una manera especial de girar el palo (91), que es arqueado y se maneja como un berbiquí. Los pueblos que hacen uso de este instrumento están mezclados, y poseemos poca información sobre esta forma de tanta importan- cia desde el punto de vista mecánico, ya que se basa en el princi- pio del berbiquí y de la manivela (véase más abajo: movimiento y equilibrio). La segunda manera tiene como elemento motor una correa enrollada en el palo; o bien se tira de dicha correa con la mano simplemente (92), o bien la correa está fija en un arco (93) o es un dispositivo de parahuso (40). Estos dispositivos con cuerda suelen coexistir con un taladro del mismo tipo y, frecuentemente, con el torno para madera. Una supervivencia de este tipo de dispositivos la podemos en- contrar en Suecia, en el palo con cuerda; método atestiguado también en Indonesia. En Asia central, el procedimiento da la sensación de ser anterior al encendedor; al menos, sobrevivió hasta finales del siglo III. Pero donde predominan los instrumen- tos para producir fuego mediante percusión circular es en la zona del Pacífico Norte y de América del Norte: es la zona asimismo de los taladros con cuerda, con arco y con parahuso (37 a 40). A partir de América central y hasta la tierra de los esquimales halla- mos los mismos procedimientos, que se extienden hasta el litoral siberiano del Pacífico. Existe, al parecer, una cierta relación de

63

87 64 --- ~~. 90 91 92 93 filiación entre el palo rodado con las
87 64 --- ~~. 90 91 92 93 filiación entre el palo rodado con las

87

87 64 --- ~~. 90 91 92 93 filiación entre el palo rodado con las palmas
87 64 --- ~~. 90 91 92 93 filiación entre el palo rodado con las palmas

64

--- ~~.
---
~~.

90

87 64 --- ~~. 90 91 92 93 filiación entre el palo rodado con las palmas
91
91

92

87 64 --- ~~. 90 91 92 93 filiación entre el palo rodado con las palmas

93

filiación entre el palo rodado con las palmas (al menos en la zona del Pacífico) y los dispositivos con cuerda, pues son los grupos más periféricos los que han conservado la varita girada a mano (Kamtchatka y Brasil), mientras que los restantes disponen de diversos aparatos con cuerda que muy bien pueden ser aquéllos perfeccionados.

Su conservación y consumo

A partir del momento en que las percusiones logran producir una partícula incandescente, el fuego ocupa, lógicamente, un lu- gar dentro de los medios técnicos elementales. Esta partícula que está ardiendo quema la estopa a la que se pone en contacto con una materia más compacta, como, por ejemplo, hojas o fibras secas, y progresivamente se van echando al fuego combustibles cada vez más sustanciales: ramillas, leños, astillas o carbón. Este

proceso es invariable y universal, salvo en lo referente a los líqui- dos inflamables, que sólo se emplean prácticamente en el mundo moderno. Los medios para activar el fuego son también limitados; de ellos trataremos más adelante (el aire): pero es necesario adelan- tar que consisten en el tiro natural (corriente de aire y chimenea) y tiro forzado (soplo, abanico, soplete y fuelle). Todos los pue- blos conocen ambas formas de tiro. En los apartados de la alimentación y la vivienda, trataremos sobre las distintas formas de aparatos de cocina, calefacción e iluminación, así como de los dispositivos mediante los que se limita la acción del fuego y los peligros de incendio. Estas medi- das de seguridad, muy elementales, consisten en interponer un cuerpo incombustible y mal conductor: simplemente el aire y la tierra, o bien un cacharro de barro o recipiente de piedra, o a veces métodos complicados, como es el caso del recipiente de metal o incluso de madera lleno de cenizas, el brasero con patas

aislantes o los hogares colgados o flotantes. La conservación del fuego, obtenido con dificultad mediante la frotación de madera, preocupa seriamente a los pueblos que no tienen otro medio para producirlo. Sin llegar hasta el castigo que recae sobre la torpeza de dejar que se apague el fuego sagra- do en la antigüedad romana o iraní, la consunción del fuego doméstico es considerada por doquier sin benevolencia hacia el culpable: resentimiento al que se asocian el carácter universal-

65

mente religioso del fuego y la dificultad de producirlo. No sabría- mos decir a cuál de estos dos motivos obedece .el cazador indio que, en vez de llevar un palo con arco relativamente práctico y poco molesto, se carga con un puchero donde se va consumien- do un tizón cuya conservación le obligará a estar continuamente atento. Las sociedades que tienen varios hogares prefieren no encender con sus propios métodos y coger un tizón del vecino; y esta operación es lo bastante frecuente para que haya en todas las partes del mundo ejemplos de recipientes ocasionales o especia- les (pucheros para tizones); recordemos a nuestros abuelos yendo a casa de una vecina a buscar fuego en el fondo de un cacharro. No es éste el momento de hablar sobre las aplicaciones del fuego (las percusiones y los medios elementales); más adelante, cuando tratemos de cada técnica en particular, detallaremos sus usos. Pero, como en el caso de las percusiones, conviene estable- cer ahora las divisiones más generales de su empleo, divisiones que no sirven más que de punto de partida para clasificaciones y cuyo empleo sólo está justificado por la diversidad de subdivisio- nes que incluyen. Cada conjunto técnico: fabricación, adquisi- ción y consumo ofrece numerosos ejemplos. El consumo posee las tres más importantes: calefacción, iluminación y cocina. La adquisición hace intervenir al fuego únicamente como un agente muy accesorio: hogueras de matojos para ojear al venado, antor- chas para atraer al pez, humo para alejar a los insectos del gana-

La fabrica-

ción, por el contrario, obtiene del fuego algunos de sus productos más importantes (metales y alfarería), y la mayor parte de las

do, hogueras para desbrozar los terrenos de cultivo

técnicas de fabricación lo utilizan en algún momento de su pro- ceso: piedras ablandadas mediante calentamiento, madera ala- beada al calor, sólidos flexibles reblandecidos en agua caliente y los múltiples usos del vapor de agua (excepto el vapor-fuerza motriz que no corresponde a nuestro estudio, sino a una etnolo- gía que está por crear, la de nuestra civilización industrial). El fuego, cuando no tiende a la carbonización o a la torrefac- ción, que es sólo una etapa, endurece o ablanda los cuerpos que le son presentados. Puede actuar por calentamiento directo. si la llama toca al cuerpo tratado; o indirecto, si se interpone un me- dio cualquiera, gaseoso, líquido o sólido. Existe, por lo tanto, como en lo relativo a las percusiones, una serie de combinacio- nes: se puede endurecer por medio de calentamiento directo (al- farería), por calentamiento indirecto con un sólido interpuesto (alfarería y cocina), por calentamiento indirecto con un líquido

66

interpuesto (coagulación de las albúminas) o por calentamiento indirecto con aire interpuesto (desecación). Utilizando los mis- mos medios, se pueden ablandar los metales (calentamiento di- recto), los plásticos y aglutinantes (sólido interpuesto), así como los ahmentos o la madera (aire interpuesto).

La anterior enumeración de aplicaciones no es de ninguna manera limitativa; más adelante estudiaremos los detalles. Pone de manifiesto la participación de los diferentes medios elementa- les con la exclusión de todos los demás en las técnicas: el doblar una rama en el fuego es una alianza entre las percusiones, el fuego, el agua y el aire, que actúan simultáneamente sobre la madera; pocos productos salen de la mano del hombre sin sufrir la acción dirigida de estos cuatro medios a los que la fuerza consciente aporta su dosis.

EL AGUA

El tercero de los medios elementales, el agua, no es un produc- to como el fuego. Las maneras de obtenerla se estudiarán en uno de los capítulos siguientes «<Fluidos»). Ahora sólo conviene exami- nar s~s usos más generales, determinar las grandes divisiones que permitan distribuirlos en nuestro cuadro lógico. De sus tres estados, el estado líquido es evidentemente el principal, El. hielo, del que se sirven los pueblos árticos para construir VIVIendas o para los transportes, desempeña sólo la función de refresco entre otros pueblos, lo suficientemente equi- pados para conservarlo durante casi todo el verano (Irán, China,

Japon

en el ámbito culinario, en el que su empleo en ollas cerradas es casi inconsciente; también suele emplearse en algunos tornos manuales de cedaceros o de obreros de sólidos flexibles. La multiplicidad de sus usos en estado líquido nos obliga a reahzar una primera división: el agua se emplea por sus efectos químicos cuando contiene un producto en disolución (este se- gundo caso implica siempre un efecto físico secundario). Además de esto, conviene considerar el agua como un soporte general- m~nte activo de todas las técnicas en que entra en juego la flota- eren: transportes, pesca y caza.

).

Tampoco el vapor tiene una importancia muy grande

67

Efectos fisicos

Puesto que no tiene ningún objeto el investigar con relación a cada técnica la gradación por la que el hombre haya podido pasar para ir descubriendo cada uno de los usos -investigación ilusoria en lo referente a las técnicas antiguas (casi todas lo son), e investigación arriesgada respecto de los inventos de hace unos cuantos siglos y que sólo ofrece seguridad en casos muy raros e instructivos-, tendremos en cuenta únicamente la comodidad de la descripción: el agua sirve para lavar, impregnar, disolver, refrescar y calentar; cada una de estas propiedades sencillas cons- tituye un título aparte, y la práctica enseña que no hay ninguna otra clasificación que aventaje a aquella que está basada en la realidad del uso. Si consideramos solamente las propiedades de humedad del agua, debemos realizar dos divisiones: impregnación y disolu- ción. La primera se aplica en todos los cuerpos que se pretende suavizar, inflar, hacer conductores o ablandar. La piedra blanda empapada para facilitar la elaboración de la herramienta, la ma- dera húmeda (que se dobla·mejor), la tierra mojada para edificar un tabique, la arcilla impregnada de agua para modelar un obje- to, la piel suavizada para estirarla, el junco empapado para tren- zarlo, los campos regados para facilitar el crecimiento de los vegetales, los alimentos introducidos en las salsas o la ropa plan- chada al vapor se pueden citar como ejemplos. La disolución se aplica a muchos menos usos. Excepto las disoluciones químicas, requieren su empleo fundamentalmente los aglutinantes y la ali- mentación. Los aglutinantes son todas aquellas sustancias que, en una disolución más o menos espesa, se pueden aplicar a los cuerpos con objeto de colorearlos, hacerlos impermeables o pe- garlos. Forman una parte importante de las técnicas, pues todas las pinturas, los tintes, los barnices, los esmaltes y las soluciones vitrificables de la cerámica, así como untos impermeables de los objetos de cestería, los enjalbegados de las viviendas, los morte- ros y cimientos, las masillas y las gomas se incluyen entre los aglutinantes. En materia de alimentación, las disoluciones de- sempeñan una importante función; más adelante veremos los detalles de la elaboración y empleo de las salsas y bebidas aroma- tizadas o fermentadas. Más limitados son los empleos del agua para refrescar; la razón, bastante simple, es que pocos pueblos tienen agua cuya temperatura sea muy inferior a la del medio ambiente. Excep-

68

tuando algunos usos alimentarios y la propiedad de la alfarería por evaporación. (tipo alcarrazas), se usa el agua para enfriar cuerpos. muy calientes, de manera que la metalurgia es casi el UnICO ejemplo (metales mojados o templados) junto con el afila- do de las herramientas cortantes en una piedra (en este último caso aún es preciso ver otras razones técnicas). TambIén son comparativamente limitados los usos del agua caliente. Se utiliza para la preparación de numerosas disolucio- nes y aglutinantes, para la escaldadura de los capullos de gusanos de seda, pero la mayoría de sus aplicaciones tienen relación con la alImentación. Es la manera más corriente de cocción indirec- ta: ya se metan los alimentos en el liquido, se hagan estofados mediante el vapor, se cuezan a fuego lento como en el horno polinesio (que es una «marmita noruega»), o se cuelguen por encima de un vaso del que sale vapor, como en algunas ollas para cocer cereales (especialmente, arroz). Es ci~rtoque, en.la práctica, las cosas no siempre se ajustan a tan cándidas subdivisiones: lavar un mineral es también en algu- na medida Impregnarlo, así como disolver los materiales ligeros que lo envuelven; hervir arroz es disolver una parte de sus com- ponentes químicos. Sin embargo, estos efectos son secundarios; conviene tenerlos en cuenta, pero dando a la acción principal, la que quiere realizar el ejecutante, el valor de una división clasifi- catona.

Efectos dinámicos

Desde el torrente o el canal de conducción forzada hasta los más pequeños remolinos de la cuba donde hierve una lejía, la comente de agua desplaza, empuja, arrastra cuerpos sólidos cuyo peso es proporcional a su violencia. Nuestra tarea mayor es determinar lo que hay de consciente en el uso que hace de dicha fuerza el grupo estudiado, lo que hay de empirismo o de cálculo en las aplicaciones. Para cada caso se debe realizar una investiga- ción laboriosa, y tan completa como pueda serlo: tan sólo una rueda con álabes, un tomo de alfarero o una flecha pueden ser el punto de partida de un estudio del que la literatura etnológica no ofrece todavía más que raros ejemplos'.

3 Cf. R. CRESSWELL, «Un pressoir a olives au Liban; essai de technologie

comparée», L 'Homme. t. V. 1, 1964, págs. 33-63.

Hay, por lo tanto, un primer estado de utilización del agua- fuerza, el de las máquinas hidráulicas, estado de utilización ra- zonado del que encontraremos los mejores ejemplos en las gran- des civilizaciones semiindustriales; en el capítulo de las «Fuer- zas» veremos cómo la transformación del movimiento rectilíneo de una corriente en el movimiento circular de una rueda ha supuesto una gran revolución en países como la India, China o en el continente europeo, hace aftoso Un segundo estado, en que el ejecutante posee una clara con- ciencia del proceso, es el del lavado de tierras o materiales gran- des. Operaciones como las siguientes suscitan una cierta refle- xión práctica: arrastrar la tierra y dejar el mineral mediante una corriente bien regulada, o diluir arcilla por medio de borboteo para que caiga la arenilla y quede una pasta homogénea.

Efectos quimicos

Salvo algunos casos, todas las sustancias del arsenal químico de nuestros pueblos tienen el agua como base. Se pueden citar algunos ejemplos como los polvos secantes y absorbentes de uso frecuente; el agua desempeña en estas sustancias el papel secun- dario, pero indispensable, de producto absorbido. Ya sea que las soluciones se presentan en estado líquido, como los zumos de frutas o de raíces, la sangre o los productos viscerales, ya que el usuario incorpore a las sustancias secas la «cantidad suficiente» de agua como para los baños curtidores, las bebidas fermentadas o las salsas, la preparación de soluciones es muy importante. En todos los pueblos se da una inclinación natural por la dosificación, inclinación que va mucho más allá de lo que a primera vista se podría suponer. Entre aquellos que se encuentran en un estado de civilización material muy avanza- da, como la China y el Japón clásicos, la alquimia y los tornos manuales no son inferiores a los nuestros de finales del XVlI; los hombres menos pertrechados buscan mezclas, ingredientes efica- ces y productos neutros que formen una masa: un veneno de flecha africano es una mixtura tal que supone un reto para un análisis posterior, si el químico no está prevenido sobre la canti- dad de sustancias que entran en su composición: strophantus, euphorbes, afzelia. veneno de serpientes, pigmentos, sangre hu- mana, hojas y madera de los árboles de divinidades propicias. Muchas de estas composiciones se basan en principios idénti-

70

cos a los de la alquimia: por uno o algunos productos material- mente activos, encontramos una cantidad igual o superior de productos que sólo tienen un sentido simbólico. La farmacopea china es muy rica e~ composiciones de este tipo: entre productos mdudablemente activos como el ginseng tónico o la Quisqua/is vermífuga y los papeles llenos de fórmulas mágicas quemados y disueltos para ser tomados, existe toda una gama de mixtura en la qu.e el polvo de hueso calcinado del tigre o del lagarto aportan propiedades puramente sugestivas. Resulta bastante difícil establecer divisiones de la gran canti- dad de hechos de este tipo; el estudio de esta rama corresponde al quinnco: ya se han estudiado con éxito los venenos y la farmaco- pea, pero todavía no hay ningún trabajo de conjunto, por lo que voy a limitarme a citar los principales campos que se deben ex- plorar.

para teñir

plele~y tejidos han SIdo estudiadas, al menos por lo que respecta

a China, por los tmtoreros de Lyon a principios de este siglo, pero aun queda mucho por hacer con relación a otros lugares.

Las soluciones curtientes son muy variadas, aunque generalmen-

te se basen en la maceración de una fruta o una corteza.

. Las su~tancias mordientes y colorantes empleadas

Las fermentaciones y las maceraciones son de práctica uni- versal. En numerosos casos se busca con ello la separación de las fibras textiles (aireamiento del cañamo, ortiga o esponjas vegeta-

les), en otros se prolonga la conservación de los productos ali- mentICIOS (fosas para salmones macerados por los habitantes de Kamtchatka, y descomposición lenta del pescado o de las carnes secas), a menudo acompañada de un aliño: las pastas de judias (soja) chinas, las abundantes preparaciones de hortalizas fermen- tadas, en el Japón, y las semillas de Parkia biglobosa del África negra. La fermentación de bebidas, destiladas o no, podría dar lugar a un voluminoso trabajo sobre los hallazgos indígenas.

EL AIRE

Es el último de los medios, elementales, y es mucho menos empleado que el fuego o el agua: salvo para avivar el fuego, sólo hay un escaso número de objetos adaptados a su explotación. Poco Se puede obtener con él con los medios de que disponen los hombres antes de la industrialización. Sin embargo, podemos encontrar los suficientes ejemplos como para realizar divisiones comparables a las del agua.

7J

Como simple soporte, el aire puede aplicarse a la cometa, estandartes y armas arrojadizas. El hecho de volar ha sido una obsesión, tanto para otras civilizaciones, como para la nuestra. Semejante deseo se ha materializado en el arte figurativo por una multitud de representaciones de hombres-voladores; y si no co-

nocemos intentos reales, experimentos vividos fuera incluso de

las literaturas de los grandes pueblos, esto se debe únicamente a la falta de fuentes. Existen tantas historias y leyendas de hombres vestidos como pájaros, que es lógico que aparezca periódicamen- te la figura de Ícaro entre todos los hombres. El presente libro se limita exclusivamente a las técnicas más materiales, por lo que no puedo profundizar en un caso como éste, lleno de tentativas necesariamente infructuosas, nacidas de concepciones religiosas, y vinculado desde el inicio del pensamiento inventivo a aparatos mágicos. Sólo trataremos de la cometa. objeto muy utilizado en todo el mundo del Pacífico; las formas indonesias, chinas y japo- nesas se encuentran entre las más perfectas; algunas cometas al- canzan más de cuatro metros cuadrados de superficie, se elevan a doscientos metros y se mantienen a esa distancia durante mu- chas horas; todas, excepto un caso, son juguetes, de adultos o de niños, ya menudo están impregnadas de ideas religiosas. El úni- co caso de utilización práctica es el de la cometa de las Nuevas Hébridas, empleada como medio de pesca con sedal (véase más adelante «La pesca»). Las banderas pueden ser comparadas a las cometas; aunque estén menos perfeccionadas, resulta curioso encontrar las mejo- res precisamente en los países mencionados para la cometa; In- dia, Indonesia y Extremo Oriente. Es digno de tener en cuenta el número y la diversidad de objetos que se baten contra el viento en esos lugares: bandas ondulantes, telas, auténticas banderas, mangas agujereadas en los dos extremos. Tienen un uso social o religioso, como el de nuestras banderas, y a menudo práctico, pues la mayoría de los espantapájaros. en Extremo Oriente, ahu- yentan a los pájaros gracias al movimiento que origina en ellos el viento; algunas cometas pequeñas sujetas en palos se mueven con rápidos deslizamientos, evocando claramente a la rapaz que se abate sobre su presa (véase más adelante «La agricultura»). Como fuerza de uso mundial, es necesario mencionar la na- vegación a vela (ver el apartado «La navegación»). La vela for- ma parte de todas las embarcaciones de alguna importancia. Es una característica fundamental de las teorías de migraciones cos- teras; como en lo relativo a casi todas las técnicas, Europa y el

72

grupo indonesio-cbino-japonés cuentan con las formas más inge- niosas. Europa ha sabido aplicar la vela al molino de viento. adaptación que exige la posesión previa de varios conjuntos me-

cánicos: movimiento circular continuo y engranajes.

Los instrumentos musicales de viento también pueden ser considerados como una aplicación de la fuerza del aire; su em- pleo es universal. Pero quizá sea la cerbatana la mejor aplica- cion: Junto con el encendedor de pistón (véase más arriba «El fuego»), se trata de un caso casi único de empleo del aire compri- mido. No se suele conocer bien la eficacia de la cerbatana entre los pueblos que la utilizan (América tropical e Indo-Oceanía). Para distancias de hasta treinta metros son armas bastante preci- sas y capaces de introducir una flechita de bambú más de un centímetro. Con flechitas envenenadas, resulta un arma muy pe- ligrosa para todos los animales, incluido el hombre. En el caso del aire podemos encontrar un paralelo con las disoluciones que se han citado en el tema del agua. A veces, en usos culinarios, por ejemplo, se preparan emulsiones para batir un líquido (preparación similar a la de los huevos al punto de nieve o los merengues), como el polvo de té verde chino o japo- nés batido en agua hirviendo y consumido cuando está esponjo- so. No obstante, es una acción poco frecuente, mientras que la mezcla de aire, vapor o partículas sólidas, es universal: el «humo» da lugar a gran cantidad de empleos (conservación de la alimen- tación, protección contra insectos, ahumado de las abejas, del venado o del enemigo) que vamos a detallar a continuación. La utilización del aire para secar es también universal y parti- cularmente interesante por los detalles de sus variedades. Pode- mos distinguir tres formas esenciales: secado al aire libre y sensi- blemente inmóvil, secado por medio de una corriente de aire natural o artificial, y secado por medio de aire caliente. Lo mismo cabe decir con relación a los procedimientos de refrigeración y aireación en los que la corriente de aire a menudo es regulable. La disposición de las aberturas de una vivienda y su orientación ofrecen un importante campo de observación. Es

bastante raro que el aire se utilice voluntariamente como medio

de calefacción; canalizar una corriente de aire caliente está por encima de los medios ordinarios de nuestros pueblos; sin embar- go, la vivienda nos muestra algunos casos. Queda por mencionar el más rico de los empleos del aire, aquel en que se le dirige hacia cl fuego para avivarlo. Los medios de tiro natural se extienden desde el fuego libre, orientado de

73

manera que pueda recibir al viento, a las chimeneas propiamente dichas, cuya utilización se halla circunscrita a Eurasia occidental. Generalmente, el fuego es instalado en el exterior y el tiro se forma mediante un dispositivo de paredes y aberturas regulables. En el interior de la vivienda es la propia habitación la que forma la chimenea, ya que el aire entra por la puerta y el humo sale por el tejado. El tiro forzado consiste en la producción artificial de una corriente de aire. Evidentemente, el más sencillo es soplar con la boca o agitar un abanico -que a menudo es el primer objeto que se encuentra- plano y ligero. Si se quiere conseguir una acción más fuerte o más precisa, se deben usar instrumentos especiales (sopletes o fuelles).

El soplete

94

El soplete (94 a 97) tiene como primera ventaja la de permitir soplar desde muy cerca; a esto se limita el uso doméstico del soplete de bambú en Extremo Oriente (97). Además, hace posi- ble concentrar en un punto muy pequeño toda la presión del soplo y, por consiguiente, lograr que el carbón adquiera una tem- peratura elevada. Éste es el uso típico del soplete de los pequeños herreros y, sobre todo, de los orfebres; estrechado en el orificio distal y generalmente arqueado lo encontramos entre todos los pueblos que trabajan la plata y el oro. Elfuelle (98 a 108) produ- ce una corriente de aire artificial, regular y potencial; también es primordialmente un objeto de herrero y de fundidor. Los tres grandes centros del trabajo con hierro, Europa medieval, África y Extremo Oriente, poseen cada uno un tipo de fuelle. África (98 a 100) tiene la forma más sencilla: dos odres abiertos por la parte de arriba. Se separan los bordes de la abertura levantándolos y, cuando el aire llena el odre, se cierran los bordes aplastándolos de forma que el aire salga por el otro extremo del odre; se unen ambos odres a conductos que trasladan la corriente de aire al fogón y, finalmente, se va manejando cada mano alternativa- mente para producir una corriente de aire ininterrumpida sobre la brasa (98). Encontramos una forma similar en la China occi- dental y en Siberia. La regularidad de la corriente es aún mayor si el aire se comprime en una caja de barro (99), y con una válvula rudimentaria y dos palos (100) se logra el máximo de perfeccionamiento del sistema.

74

75

Elfuel!e

Europa (101 a 103), al menos desde la influencia romana (102), posee un fuelle con válvula de cuero y con una bolsa tam- bién de cuero plegada entre dos placas de madera; las dimensio- nes han variado según las características del hogar: algunos fue- lles de fundición o de órganos (103) requerían los esfuerzos conjugados de varios hombres, así como en Japón (104) se han visto fuelles de altos hornos de seis y hasta ocho obreros. El Extremo Oriente, desde Siberia hasta Malasia", cuenta con excelentes fuelles de pistón circular (105 a 107) o cuadrangular (108). Estamos ante un ejemplo de la concordancia de adquisi- ciones técnicas: en Malasia se encuentran simultáneamente la cerbatana, el encendedor de pistón y el fuelle de pistón. La exis- tencia de este tipo de objetos hace posible la mejora del pistón (por decir el invento mismo o una de sus distintas variantes) en Indonesia o Asia meridional. La difusión de al menos dos de estos tres elementos (asociados a otros rasgos que posean entre ellos tales relaciones de proximidad) puede servir de punto de partida al trabajo de la etnología histórica en esa parte del mun- do. Es cierto que la presencia de tres aplicaciones del aire com- primido en las mismas regiones no tiene un carácter fortuito y que en el origen de las innovaciones se da una asociación de ideas. Resulta mucho más difícil afirmar a partir de qué hogar, en qué dirección y en qué orden han podido producirse los influ- jos. Por lo que respecta al fuelle de pistón, su vasta distribución geográfica y el hecho de que englobe la zona de influjo técnico de varias sociedades con escritura pone de manifiesto el retroceso de algunos siglos en su historia. Al encontrarse ligado a la metalur- gia, su importancia económica le ha proporcionado una fuerza de difusión bastante elevada, 10 cual no nos permite prejuzgar su origen exacto. El encendedor de pistón está totalmente despro- visto de fondo histórico; es poco probado que se tomase del gabi- nete de curiosidades, en el siglo XVIII, de los físicos europeos, donde lo conocían. Utilizado por algunos grupos metalúrgicos

del sureste asiático, supone un auténtico invento, pues si pode-

mos imaginar que los fuelles de pistón más o menos estancos van perfeccionándose poco a poco, el encendedor significa la perfec- ción conseguida de la noche a la mañana con objeto de obtener una compresión suficiente del aire concentrado para hacer in-

4 El tipo indonesio (105) ha pasado a Madagascar.

del aire concentrado para hacer in- 4 El tipo indonesio (105) ha pasado a Madagascar. lOS
del aire concentrado para hacer in- 4 El tipo indonesio (105) ha pasado a Madagascar. lOS
del aire concentrado para hacer in- 4 El tipo indonesio (105) ha pasado a Madagascar. lOS
del aire concentrado para hacer in- 4 El tipo indonesio (105) ha pasado a Madagascar. lOS
del aire concentrado para hacer in- 4 El tipo indonesio (105) ha pasado a Madagascar. lOS

lOS

del aire concentrado para hacer in- 4 El tipo indonesio (105) ha pasado a Madagascar. lOS

106

del aire concentrado para hacer in- 4 El tipo indonesio (105) ha pasado a Madagascar. lOS

107

•
•
•
•
•
•
•
•
•

•
•

~-08-V-

candescentes las partículas combustibles colocadas en el extremo del pistón. No sabemos nada sobre el lugar y la fecha de este in-

vento.

El caso de la cerbatana no es menos complejo, pero es distin- to. Lanzar un proyectil soplando en un tubo se puede realizar con mucha mayor espontaneidad que accionar un encendedor de pistón; esto tampoco supone la misma orientación económica que ha podido confundir al perfeccionamiento del fuelle. Inde- pendientemente de su utilización casi universal, como juguete o como objeto de deporte, la cerbatana se usa como arma en Asia sud oriental (concretamente los sakai de Malasia, pueblo forestal, que no posee ni metalurgia, ni agricultura fija). Del mismo modo, en América tropical (Guayana y Amazonas) se encuentra entre los nómadas del bosque. La cerbatana se ha adaptado muy bien al bosque: arma precisa para distancias cortas, se puede manejar sin grandes molestias y sin ningún ruido previo, ligera, sin rugosidades o apéndices que se puedan enganchar en las ra- mas. Pero, independientemente de que requiera el uso de un veneno instantáneo, su t1echita de un gramo y de 25 cm, es susceptible de desviarse con el mínimo soplo de aire. La materia prima y las dificultades de perforación de un tubo calibrado con suma exactitud y rectilíneo limitan más aún su materialización. Cuando nos percatamos de estos hechos y de la existencia even- tual de otras armas adaptadas igualmente al medio forestal, com- probamos que el problema es totalmente diferente al de los dos

temas anteriores.

La cerbatana es un objeto de fácil invención, pero que requie- re unas condiciones del medio tan especiales que su realización es limitada, al menos en su uso como arma de caza. El fuelle de pistón es un aparato complicado, el perfeccionamiento posible al que se ha llegado después de numerosas variantes locales. Está ligado al desarrollo de una técnica compleja: la metalurgia. El encendedor de pistón es un objeto único, de realización relativa- mente fácil, pero precisa una serie de condiciones de innovación excepcionales. A falta de documentos históricos suficientes, el problema de la coincidencia de los tres rasgos técnicos en la mis- ma región está aún por resolver. Estos medios elementales: las percusiones, el fuego, el agua y el aire constituyen el primer peldaño sistemático de las técnicas. Tras mencionar someramente los detalles de algunas aplicacio- nes, dichos detalles, expuestos ahora sólo por encima, aparecerán con más precisión a medida que se desarrollen los capítulos si-

78

guientes. Hemos considerado necesario afirmar, aunque sea evi-

dente, que una azuela no es un hacha con filo horizontal y enu- merar las acciones sencillas que encontramos a cada paso a lo largo del estudio de las técnicas. Existe un cierto número de términos que se suelen dejar a un lado a causa de su trivialidad. lo cual produce gran confusión en el vocabulario de las ciencias. Antes de iniciar las aplicaciones particulares, sólo nos queda de- finir unos cuantos actos generales, aquellos que se refieren a la fuerza que mueve las herramientas y a la transmisión del im- pulso.

LA FUERZA MOTRIZ Y LA TRANSMISION

Los tipos de fuerza que se realizan para poner en marcha las creaciones técnicas se pueden agrupar en siete apartados: lafuer-

za muscular humana, la fuerza muscular animal, el peso, el re- sorte, los movimientos de los fluidos, la expansión del gas y el

electro-magnelismo. Los dos pnmeros se refieren al impulso na- tur~lde los músculos humanos o animales, el tercero y el cuarto restituyen, en un dispositivo motor can peso o con resorte la fuer~aconsumida en poner el peso o el resorte en posición' de

a gestos diferidos. Los

movimientos del aire o del agua proporcionan una fuerza natu- ral exterior a la fuerza muscular: se dan en un nivel tecno- económico elevado. La fuerza motriz artificial obtenida del gas salvo en lo referente a las armas de fuego, corresponde a las cl~lhzacIOnes industriales. Sucede lo mismo con los motores electncos. Aunque en este libro no abordemos el tema de la tec- nologia industrial, debemos señalar lo siguiente: nada, a no ser pura~razones de comodidad, justifica una división categórica; el interés que ofrecen los fenómenos de adaptación mecánica de las fuerzas artificiales no es ni mayor ni menor que el de las lejanas innovaciones de la prehistoria. Por tomar un ejemplo sencillo como es.el del cuchillo para partir la carne, vemos que el paso del cuchillo tradicional al cuchillo circular de la máquina para cortar el Jamón, la adaptación de la manivela al movimiento de esta. máquina y, posteriormente, la electricidad, no Son menos significativos que todas las mejoras que hicieron del trozo de sílex un cuchillo especializado con hoja de acero fino.

aceren

Corresponden de alguna manera

Cualquiera que sea la fuerza motriz, origina modalidades de

transmisiónen. la parte activa. Esta transmisión puede ser rectilí- nea y directa, como en el caso de una hoja cortante sujeta con la mano o como los dedos al mover elementos blandos para hacer con ellos objetos de cestería. En otros casos, la fuerza puede ser modificada en su dirección y, de rectilínea, convertirse en circu- lar, como sucede con los instrumentos con arco (39 y 93). Puede ser desmultiplicada, como en la palanca. El cambio del movi- miento rectilíneo al circular o viceversa, así como la desmultipli- cación de la fuerza pueden combinarse en diferentes fórmulas como «circular desmultiplicada en circulan> en la rueca (141) o «circular desmultiplicada convertida en rectilínea» en la desgra- nadora de algodón (151). Disponemos así de un cuadro clasifica- torio combinable con las distintas formas de prensión y de percu- sión. A su vez, en este cuadro pueden incluirse las categorías de fuerzas motrices, lo cual permite, por ejemplo, distribuir los dife- rentes dispositivos para moler el grano en grupos progresivos:

muela recta manual (56 y 865)

muela con manivela (139 y 867)

muela con mangos (119)

muela con biela (140)

muela de agua o de viento, mue- la eléctrica

(transmisión rectilínea directa, fuer-

za humana), (transmisión circular directa, fuerza

humana),

(transmisión circular desmultiplica- da, fuerza humana o animal),

(transmisión

rectilínea convertida

en circular, fuerza humana), (transmisión circular desmultiplica-

da en circular, fuerza natual o ar-

tificial).

Este cuadro saldrá de nuevo al final del capítulo, pero antes

serán

desarrolladas

algunas

generalidades:

amplificación

del

peso, palanca, balancín y contrapeso, y movimientos circulares.

Amplificación del peso

Ya hemos visto (66 a 80) que el desplazamiento del centro de gravedad hacia el extremo distal aumenta el índice de peso; este aumento es tanto más notable cuanto mayor es el peso colocado en el extremo de una herramienta más corta. Así pues, el peso de la cabeza de la herramienta es esencial; siempre que es posible, se

80

utiliza como cabeza de herramienta una materia de densidad elevada (21 a 25, 28 a 30, 45, 46, 48, 49, 78,109,111 y 113),gene- ralmente la piedra, el bronce o el hierro. Pero hay numerosos

casos en que, como el ejecutante no tiene una cantidad suficiente

de piedra dura o de metal, su herramienta sería muy imperfecta si la cabeza no estuviera lastrada por un medio cualquiera. Gene- ralmente, este medio consiste en aumentar el volumen del man- go hacia el extremo distal; para la mayoria de los útiles de percu- sión lineal o puntiforme-lanzada existen dos series paralelas: una corresponde a los útiles de pueblos ricos en metales como Japón (109), Europa (111 y 113), Y la otra a las herramientas de pueblos que tienen poco metal, lo toman prestado, lo fabrican en peque- nas cantidades o no cuentan con los medios técnicos para forjar- lo en grandes masas. Estos pueblos pobres poseen herramientas muy características: hacha de los moi (32) en la que aún subsiste, aunque tengan ahora bastante hierro, una estructura de una épo- ca no muy lejana en la que les solía faltar el metal; azuela de los esquimales, en la que las valiosas hojillas de jade, de sílex o de hierro de mala calidad están lastradas por una montura de hueso (58); la azada esquimal, en la que la punta de marfil demasiado ligera se sujeta en un mango abombado (110), y la azuela lapona (112), en la que también aumentan el volumen del extremo. A veces, el orden es inverso: el útil precisa de una cabeza voluminosa y larga, que queda bastante ligera con objeto de que sea manejable. La búsqueda de una herramienta de esta forma unida a una determinada economía del metal, desemboca en útiles como la azada japonesa (114) o africana (115). Por otra parte, estos casos son complejos: la fragua japonesa permitiría forjar cabezas de azada de metal largas, planas y ligeras; actual- mente, en algunas se compaginan curiosamente las formas anti- guas con el deseo de una fabricación práctica. Pero la azada es una herramienta conservadora; basta can ver algunos tipos pro- vmcianos franceses para comprobarlo. En el Japón, al igual que el arado o la pala, ha conservado una composición que data de la Edad del Bronce. Este hecho obliga a poner mayor prudencia y atención a la hora de interpretar las formas. La tendencia no se da nunca más que a través del medio (en caso contrario, todas las herramientas que sirven para el mismo uso tendrían la misma forma en todas partes); el medio, que no sólo es innovación prác- tica, sino también recuerdo o rutina, ejerce siempre el mismo condicionamiento en las formas. Un caso que debemos tener muy presente es el de la azuela lapona (112), cuya hoja es un

cincel de madera al que, voluntariamente, se le ha quitado el mango y se ha vuelto a montar de manera diferente para que haga el mismo uso al que era destinado en Europa. Puede suceder que se quiera aumentar el peso de una herra- mienta de percusión aplicada, pero esto es bastante raro. Una máquina japonesa para pulir las piedras de talla (116) es un ejemplo de piedra abrasiva sujeta a un palo pesado, el cual está sostenido por una cuerda en su extremo libre; resulta fácil darle

un movimiento de vaivén, que es muy eficaz.

La palanca

Aumentar el peso es importante, sobre todo para las percu- siones lanzadas; amplificar la fuerza está en relación con otras muchas prácticas: es un medio de movimiento o de equilibrio, cuyo instrumento es la palanca. Al hablar de este tema, lo prime- ro que acude a la mente es la palanca y el punto de apoyo clási- cos, que levantan las más pesadas cargas; éste es, quizá, el uso más limitado. Podemos hablar de tres formas de palanca: en la primera, el punto de apoyo y el punto de acción se confunden prácticamente (117 a 122); en la segunda, la forma clásica, el punto de acción está delante del punto de apoyo (123 y 124); por último, en la tercera, el punto de acción se halla detrás del punto de apoyo (126).

Primera forma (punto de acción y punto de apoyo confundi- dos). En la cultura moderna, el prototipo es la llave inglesa. El enderezador de flechas de los esquimales y de la costa norte del Pacífico americana es una llave (117) con la que se enderezan en caliente los palos que sirven para hacer los astiles de flechas o de instrumentos arrojadizos ligeros. Las pinzas, bruselas, pinzas para depilar y las tijeras para esquilar (464) son de un empleo muy singular: para utilizarlas no se emplea la fuerza de la palan- ca sino que, por el contrario, hay que vencerla. La ventaja reside en la elasticidad que mantiene separadas las varillas del objeto. Las tenazas son corrientes en América: desde Méjico hasta Tierra de Fuego se emplean estos instrumentos para sacar el carbón, para retirar del fuego las piedras candentes que sirven para coci- nar alimentos, o para coger las frutas o las hortalizas cuando queman. Las bruselas están reservadas para técnicas delicadas

Las bruselas están reservadas para técnicas delicadas 116 109 111 113 1\0 ~'17 118 ~ 112

116

109
109
bruselas están reservadas para técnicas delicadas 116 109 111 113 1\0 ~'17 118 ~ 112 ------.¡U

111

bruselas están reservadas para técnicas delicadas 116 109 111 113 1\0 ~'17 118 ~ 112 ------.¡U

113

bruselas están reservadas para técnicas delicadas 116 109 111 113 1\0 ~'17 118 ~ 112 ------.¡U

1\0

~'17

118

~

112

bruselas están reservadas para técnicas delicadas 116 109 111 113 1\0 ~'17 118 ~ 112 ------.¡U
bruselas están reservadas para técnicas delicadas 116 109 111 113 1\0 ~'17 118 ~ 112 ------.¡U

------.¡U

114

bruselas están reservadas para técnicas delicadas 116 109 111 113 1\0 ~'17 118 ~ 112 ------.¡U
bruselas están reservadas para técnicas delicadas 116 109 111 113 1\0 ~'17 118 ~ 112 ------.¡U

120

como la orfebrería, lacado e incrustaciones; China y Japón las tienen muy parecidas a las nuestras, tan sólo difieren en el perfil (118). En sentido amplio, las pinzas para depilar son universales (empleamos el término siempre que un hecho está probado al menos en un punto de cada una de las cinco partes del mundo). La encontramos desde los comienzos de la Edad del Bronce en Sumeria, el Indo, Egipto y Europa occidental; en África, aunque se prefiere la navaja de afeitar, también se usa. En la actualidad, toda el Asia oriental lleva bolsas de aseo en las que las pinzas son un elemento esencial. América, donde la mayoría de los pueblos se quita los pelos mediante depilación, ofrece dos series muy variadas: en Guayana y Perú se sirven de simples conchas de mejillones o de otros bivalvos en los que la charnela desempeña el papel de resorte; las civilizaciones precolombinas poseían pin- zas, o bien circulares copiadas de las conchas, o bien alargadas como las nuestras. Las tijeras que subsisten en Europa para es- quilar a las ovejas y que se utilizaron mucho durante la Edad Media, aún son de uso corriente para la costura en China y, sobre todo, en Japón. Como otras aplicaciones de la primera forma de palanca po- demos citar las herramientas de percusión circular del tipo de la broca (310), corriente en Europa y Extremo Oriente. Los disposi- tivos de movimiento circular continuo (molinos y máquinas ele- vadoras), que vamos a citar a continuación, son corrientes en Eurasia y en la zona mediterránea: algunos molinos manuales de Extremo Oriente (119) o de la antigüedad clásica; el cabrestante (120) y el torno (121), comunes en las civilizaciones semi- industriales; y la rueda de álabe o de cangilones (122) de los molinos de agua o de las máquinas elevadoras (el agua actúa sobre el álabe o el cangilón como sobre el extremo de una palan- ca).

Segunda forma (punto de acción delante del punto de apo- yo). Instrumentos de percusión lanzada con dos manos: zapapi- co, mazo, hacha, segur, azada, etc. Hemos visto (66 a 80) que la busca de los índices de peso consiste en calcular el peso de una palanca, cuyo punto de apoyo es el índice (A) y el punto de acción la cabeza de la herramienta: se trata de una palanca en la que el brazo que actúa (A-B) es más corto que el brazo que se levanta, disposición buscada, ya que se trata de aumentar artifi- cialmente el peso. Con un hacha (123) (el astil es grande, por lo que pesa tanto que no puede ser levantado por el extremo del

127

85

mango), el movimiento se divide: al levantarla, la mano izquier- da está en 1, cerca del centro de gravedad, y la derecha en 3 (1 sirve de punto de apoyo); a medida que la herramienta va su- biendo, la mano izquierda se desliza de 1 a 2. La herramienta se levanta con muy poco peso y cae con toda la aceleración que permite la longitud del mango. Por lo tanto, el cálculo de los índices sólo resulta posible después de una observación directa:

entre el momento de alzarlo y el de bajarlo, un pico de desmon- tista pasa de O a más de 200 en el índice peso-longitud; este margen es suficiente para anular todos los resultados que se po- drían obtener de una serie de útiles en los que no habría que tener en cuenta esta particularidad de uso. En los transportes se utilizan algunas aplicaciones: portes (en Japón) de las cajas colgadas de una pértiga, reforzada a veces por un palo (ISO). Las layas (124) tienen como punto de apoyo el nivel del suelo en el que son hundidas; las palas tienen la mano que se pone más baja como pivote. El arado presenta alternativa- mente la segunda o la tercera forma (125); apoyándolo en la mancera C o elevándolo, se traslada el punto de apoyo de B a A.

Tercera forma (el punto de acción está detrás del punto de apoyo). Forma corriente de las prensas (126), trituradoras (44) y cuchillas (31); es también la forma de nuestro cuchillo de carni- cero y de la guillotina de impresor. En los transportes está repre- sentada por la carretilla europea, en la que el punto de apoyo es la rueda.

El balancín y el contrapeso

Si el punto de apoyo se encuentra en la vertical del centro de gravedad, el objeto estará en equilibrio. Este estado de inmovili- dad relativa se utiliza en las armas arrojadizas. Para que, al arro- jarla, una lanza no se desvíe, debe tener el centro de gravedad entre el primer y el segundo tercio de su longitud; es éste un principio aplicable a todas las armas arrojadizas largas y que. se mueven a una velocidad reducida. Una de las tres raras excepcio- nes es la flechita de cerbatana, la cual, dados su poco peso, su velocidad proporcionalmente mayor que la de otras armas y su corta distancia de acción, no posee ese equilibrio de las flechas propiamente dichas, las lanzas y arpones. Para asegurar un lan-

zamiento correcto de la lanza, se debe poner la mano en el cen- tro de gravedad (127)5 Si se varía el peso de uno de los brazos de la palanca mante- niendo el mismo fulcro, se consigue un movimiento basculante que puede ser utilizado. El pozo con cigüeñal (l2S), que se ex- tiende desde la Vendée hasta Japón se pone en funcionamiento cuando una ligera tracción en la cuerda hace subir el cubo lleno hacia el orificio del pozo. El fuelle birmano (107) no tiene con- trapeso, y el papel de su balancín es el de órgano de transmisión. El mazo para descascarillar el arroz funciona mediante el peso del hombre que se sube en el brazo corto, quien abandona esa posición cuando el mazo llega a la altura deseada y vuelve a caer en el mortero lleno de arroz. El balancín hidráulico (129), que se encuentra desde Ceilán hasta Japón, se aplica generalmente al mazo o pilón para descascarillar. En los pueblos de Malasia y Japón hallamos el siguiente ingenio: un hilillo de agua va llenando la cubeta del brazo pequeño de la palanca; cuando la cubeta está llena levanta el mazo y se vacía al llegar cerca de la vertical, deja caer el mazo en el mortero y vuelve a ponerse bajo el hilillo de agua. La máquina puede funcionar sin pararse, día y noche, para realizar la larga tarea de descascarillar y limpiar el arroz. Hemos visto que la rueda de álabes (paletas) o de cangilones es un ensamblaje de palancas de la primera forma (122): cada par opuesto de álabes o de cangilones es un balancín, pero mien- tras que el peso móvil del mazo para descascarillar o de la rueda de caída de agua (130) asegura el movimiento, el peso de los cangilones de la rueda elevadora es una resistencia que deben vencer los álabes intercalares para hacer girar el aparato (131). La carretilla china (223) difiere por completo de la nuestra:

la rueda está en el centro de gravedad, de manera que la carga se halla en equilibrio respecto del eje, como en la mayor parte de los vehículos con dos ruedas. Es lógico pensar que no existe nin- gún lazo entre la carretilla europea y la china, puesto que se han construido sobre principios distintos, y nos faltan testimonios históricos acerca de vehículos tan humildes; es sumamente inte- resante encontrar en la carretilla coreana (222) un intermediario casi ideal entre ambas formas. Si nos imaginamos ahora un balancín en el que el fiel no sea un eje rígido, sino flexible (una cuerda), bastará con aumentar el

5 En algunos casos estudiados más adelante (armas arrojadizas) se podrá ob- servar cómo el propulsor modifica estas disposiciones.

f~y 132 =.- =.' 133 134 135 88 peso de uno de sus extremos para

f~y

132 =.- =.' 133 134 135
132
=.-
=.'
133
134
135

88

peso de uno de sus extremos para que la cuerda se deslice sobre su fulcro. Estamos ante una cuerda para izar. Y si colocamos en el fulcro una rueda que suprima el frotamiento y el desgaste de la cuerda, obtenemos la polea (132). La polea puede prestar los mismos servicios que el balancín, pues se pueden adaptar de manera indistinta a los mismos aparatos; telares de pedales (527) o de polea, pozos con cigüeñal y pozos de roldana. La ventaja de la polea es la de permitir el uso de una cuerda muy larga, mien- tras que el cigüeñal, como máximo, puede alcanzar el doble de la longitud de cada uno de sus brazos. Por último, si lo que se pretende no es el movimiento, sino la estabilidad de un mecanismo que se halla suspendido, los brazos del balancín terminan debajo del fulcro, y el peso de cada lado mantiene en equilibrio al conjunto. Es el caso de la balanza para pesar, de la barra para llevar bultos (183) y de las albardas de los animales de carga (192).

Movimientos circulares

La transformación del movimiento rectilíneo, que poseen normalmente la fuerza del hombre, los animales, el agua o el aire, en movimiento circular, y, después, de manera accesoria, la

reconversión de este movimiento circular en un movimiento rec-

tilineo en el nivel de la parte activa representa una de las princi- pales vías del progreso mecánico. La correa de transmisión, la manivela, la biela, el pedal y los dispositivos de desmultiplica- ción nacieron mucho antes de la utilización de las fuerzas artifi- ciales para mejorar dispositivos de movimiento circular, en parti- cular aquellos que conducen al torcido de las fibras, a los instrumentos para taladrar o hacer fuego. En un nivel socio- económico más elevado, la reflexión técnica sobre los movimien- tos circulares condujo a las civilizaciones clásicas de Eurasia ha- cia las máquinas para subir agua, los molinos y los martillos pilones.

Movimiento circular alternativo. Por lo que respecta a mu- chas técnicas, el movimiento circular se ha realizado en dos eta- pas; las herramientas, animadas con un vaivén alternativo, se han ido perfeccionando llegando al movimiento circular conti-

nuo.

La más sencilla de estas herramientas es el punzón, que se

89

agarra con la mano (133) y gira alternativamente de izquierda a derecha para horadar. El palo que se frota entre las palmas, ya mencionado dos veces (37 y 90) se debe al deseo de aumentar la velocidad de rotación. La presión de las palmas, defectuosa, se ve mejorada por un aparato extraño del que conozco un ejemplo en

el Japón (286): se introduce la varilla en dos planchas que se

frotan entre sí con rapidez; se obtiene así la rotación alternativa del eje. El huso de los ainos (134) es un objeto similar; lo vere-

mos dentro de algunas líneas. Las otras aplicaciones implican el uso de la correa de trans- misión. La correa tirada simplemente con la mano (rotación con cuerda) figura entre los taladros de cuerda (38), el palo para el

fuego (92) y el torno para madera de Asia central y oriental (321

y 322). La correa con arco se halla atestiguada en el taladro (39),

el palo para el fuego (93) y el torno de arco que aún sobrevive entre nosotros (323). Cuando hablamos del taladro (40) y el fue- go mencionamos la correa del parahuso. La correa de pedal y resorte (136) movía, todavía en el siglo XIX, los tornos de madera franceses. Taladros y tornos para madera son las aplicaciones típicas del movimiento circular alternativo; ambas técnicas se adaptan bastante bien a él, pues no se ha hecho ningún esfuerzo para modificarlas. No hay que ver sistemáticamente en los apa- ratos de movimiento alternativo prototipos de aparatos de movi- miento continuo; coexisten casi en todas partes, aunque tarde o temprano el movimiento continuo acaba extendiéndose al con-

junto técnico.

Movimiento circular continuo. Tiene como órgano indispen- sable el volante o la manivela (generalmente ambos). En el huso -que es la forma más simple (137)-, el movimiento, que se consigue mediante el pulgar y el índice, está regularizado por un volante. En algunos casos, el impulso se da con la palma de la mano y el muslo (276). Está claro que, si se mecaniza esta última forma, se obtiene el huso aino: una plancha fija sustituye al mus- lo y un bloque móvil con empuñadura mejora la palma de la mano. A partir de una constatación tan sencilla podemos dedu- cir que el huso aino deriva del huso rodado con la palma; es probable pero menos sencillo de lo que parece. Existen, en efec- to, dos aparatos, huso aino (134) y taladro de pulidores de ágata japonés (286), que tienen la misma forma, se utilizan en las mis- mas zonas y que no tienen paralelos en otras partes, dos aparatos que se podrían considerar con razón como gemelos. El taladro se

90

halla menos «evolucionado» que el huso, ya que, por carecer de volante, sólo realiza el movimiento alternativo; sin embargo, lo utilizan los japoneses, que sin lugar a dudas cuentan con mejores útiles que los ainos. Los japoneses pudieron transmitir el huso a los ainos en una época en la que ellos poseían también el taladro sin volante y el huso con volante. Los amos pudieron tomar y conservar el huso; pero se ignora si tuvieron el taladro. Los japo- neses, al conocer la rueca, habrían dejado de utilizar el huso, habrían sustituido el taladro de plancha por el taladro de parahu- so (40), pero por milagro un grupo provinciano de pulidores de ágata habría permanecido fiel a la forma arcaica. Así pues, el huso y el taladro rodados serían dos rasgos antiguos que podría- mos encontrar allí donde se encuentran normalmente los parale- los entre el Japón y el resto del mundo: China, Indonesia, entre los montañeses de las terrazas tibetanas y en el Yunan. Ahora bien, la rueca y el taladro de parahuso se encuentran por do- quier; son dos rasgos característicos del antiguo lazo que une a los pueblos de estos diversos países; los japoneses también tienen rueca y taladro de parahuso, entre otros de los caracteres comu- nes con el Asia continental e Indonesia '. Por otra parte, en América del Norte hallamos un paralelo sin duda ideal: los taladros rodados entre la palma y el muslo (276). Esto nos impulsa a recordar la teoría del origen septentrio- nal de una parte de la civilización japonesa: los ainos y los puli- dores de ágatas conservarían en estado de supervivencia un testi- monio con parentescos lejanos. Nosotros no podemos ir más allá de la suposición. Podemos estudiar asimismo el parentesco del huso aino y de la rueca asiática (141), instrumentos ambos de hilado con movi- miento continuo y huso horizontal. Parentesco tan superficial y lejano que sin intermediarios no podríamos fijarlo. El torno de hilar es una de las máquinas más acabadas. Entre la rueca de Asia oriental y la nuestra sólo existen diferencias de detalle, y si se puede suscitar la cuestión de las relaciones anti- guas entre el Extremo Occidente y el Extremo Oriente, es preci- samente en relación con este caso. Las técnicas recurren a las aplicaciones mecánicas según una elección que depende de las tendencias. El taladro y el torno para madera pueden limitarse al

6 El único testimonio de difusión extremo-oriental tan amplia como la del

torno de hilar,

es la bobina rodada entre los dedos (442).

y emparentado desdeel punto de vistamecánico con el huso aína,

91

movimiento alternativo. El huso y el torno de hilar requieren un movimiento continuo y rápido; otras (molino y torno de alfare- ro) necesitan un movimiento regular y continuo, además de pe- so. El volante es el órgano esencial del molino y del torno de alfarero, lo mismo que la manivela es indispensable para el torno de hilar. Nos da la impresión de que el tipo ideal de cada una de estas máquinas busca un equilibrio entre dos órganos: existen tornos y molinos sin manivela y numerosas devanaderas sin vo- lante; los mejores son los molinos con volante muy pesado y manivela de poca importancia, así como el torno de hilar, que tienen un volante ligero y la manivela compuesta de un pedal. El torno de alfarero es un pesado volante de madera que pone en movimiento la pella de arcilla que va a ser moldeada (138). El molino manual, muy corriente en Asia oriental (139), es en Eu- ropa (nosotros lo hemos perdido en la zona de Bretaña en el si- glo pasado) un volante con manivela más o menos complica- da (140). Los tornos de hilar y devanaderas tienen, por el contrario, un volante ligero que desempeña la triple función de volante, sopor- te para la correa de transmisión y desmultiplicación. En ellas se busca la velocidad y no, como en el caso del molino o el torno, la fuerza del impulso adquirido: para torcer un hilo no se necesita vencer ninguna resistencia, mientras que hacer girar la pella de arcilla o machacar grano precisan de la acción de una masa im- portante. Por consiguiente, podemos ver cómo los tornos de hi- lar y devanaderas desarrollan los medios de aceleración mediante la manivela, el pedal y la desmultiplicación. De este modo, el movimiento circular continuo se divide en dos tendencias: una, a la masa; otra, a la velocidad; la primera tiene como resultado el torno y el molino y la segunda el torno de hilar y la devanadera. Realmente, no podemos ver en ello características étnicas, pues, en líneas generales, todos los pue- blos que poseen una de ellas tienen también la otra. Estas nunca se han planteado este tipo de cuestiones técnicas; el método que suele seguirse es el de señalar la existencia de un objeto y después la de otro objeto cada vez más parecido; pero apenas se ha hecho hincapié en que aquel que tiene el huso posee también el movi- miento circular alternativo, y aquel que tiene el torno de hilar posee asimismo el molino y el torno de alfarero. No se ha estu- diado lo suficiente la influencia recíproca entre los inventos; no solemos darnos cuenta de que sin el torno de hilar no habríamos tenido la locomotora. Sólo fue necesario añadir una caldera y

92

hilar no habríamos tenido la locomotora. Sólo fue necesario añadir una caldera y 92 138 fi
hilar no habríamos tenido la locomotora. Sólo fue necesario añadir una caldera y 92 138 fi

138

fi -

~-:I~"-

hilar no habríamos tenido la locomotora. Sólo fue necesario añadir una caldera y 92 138 fi

139

- 140
-
140
hilar no habríamos tenido la locomotora. Sólo fue necesario añadir una caldera y 92 138 fi

sustituir el brazo humano por el pistón, pues la biela ya estaba en el pedal, la manivela colocada en el torno de hilar al igual que en los primeros vehículos mecánicos y el cambio de velocidad se hallaba potencialmente en las bobinas. Poco queda por decir respecto del movimiento continuo por agua y por aire. Los molinos de viento, así como los molinos de agua y las ruedas de regadíos se hallan en los mismos pueblos que el torno de alfarero y el de hilar, lo cual hace pensar más aún en influencias recíprocas. En estos casos, la aplicación de la fuer- za es directa, continua y sin manivela, y la función del volante no es muy importante en la rueda que recibe el impulso. Dicho impulso se transmite mediante un engranaje a las muelas, que poseen las mismas características que las muelas manuales: velo- cidad reducida y peso del volante. El interés principal de estas máquinas radica en el engranaje que transmite el movimiento del árbol horizontal de la rueda motriz al árbol vertical de la muela o de la bomba. Acabamos de ver, pues, algunos de los inventos que se han realizado gracias al movimiento circular. Inventos que debemos tomar en el sentido más amplio, pues desconocemos el nombre de sus inventores e incluso de los pueblos donde se llevaron a cabo.

Conservación de la fuerza

En la última parte del tomo Il, cuando estudiemos los inven- tos, hablaremos de la existencia del invento individua!, puro e ideal, de la adquisición sacada de la nada, y de lo «nuevo»; mos- traremos que es mediante una cómoda abstracción como se nos aparece el progreso a modo de camino jalonado de inventos. Después de grandes esfuerzos, podríamos citar algunos casos re- lacionados con toda la historia de la humanidad y todas las ra- mas del pensamiento; muchos de ellos no resistirían un examen detenido. Lo que desorienta nuestros estudios es la continuidad, en sus innumerables formas; no obstante, debemos admitir que hay que buscar la realidad investigando en esta continuidad, a riesgo incluso de perder algunos puntos de apoyo. En la vasta porción del globo que comprende Europa, el Me- diterráneo, Oriente Próximo, Siberia, Asia central, la india, in- donesia y Extremo Oriente, donde vemos por doquier aparatos de movimiento circular, hallamos las mismas mejoras.

El pedal ofrece tres formas: la primera parece ser el perfeccio- namiento del torno horizontal con cuerda (321); en Europa (\ 36) y en China (\ 35) mejora al torno para madera. En una segunda forma, completa un balancín o una polea: dos o varios pedales (510) aseguran el movimiento de los lizos del telar en todo el continente eurasiático. Da la sensación de que esta apli- cación es extraña al movimiento circular, porque contribuye simplemente a hacer subir o bajar una parte del telar; pero, de hecho, aparece con mayor frecuencia en la zona de los aparatos de movimiento circular con pedal. La tercera forma se adapta a! movimiento circular continuo. Prolonga y completa la manivela, permitiendo hacer girar con el pie el torno de hilar o la devana- dera (\45). En el presente caso, el pedal va unido a una biela que se fija en la manivela: el movimiento rectilíneo del pie se hace oscilante en la biela para transformarse en la manivela en movi-

miento circular.

La manivela tiene en todas partes la misma forma (139 a 143). Las más sencillas están formadas únicamente de una pieza (\ 39). Las más complicadas permiten conjugar con la biela los esfuerzos de varios hombres, como el dispositivo de los grandes molinos japoneses (140), perfeccionamiento claro de la palanca (\ 19), puesto que los obreros no tienen que girar con la muela. Una forma muy interesante, que habría podido revolucionar la técnica de los taladros, es la del berbiquí (313). Casi no existen más ejemplos, excepto en Europa, antiguo Egipto y Oriente Pró- ximo, que el de Argentina, utilizado para producir fuego. Los pueblos mal equipados tienen importantes dificultades para construir un aparato en el que el eje sea perpendicular a! plano de ataque, pero cuyo vástago esté acodado; en Extremo Oriente se podrían haber superado fácilmente. Casi inevitablemente no suele prestarse atención a las lagunas técnicas, y en algunos ca- sos, sin embargo, son tan valiosas como los hechos. La escasez del berbiquí, cuyo movimiento circular es continuo, estriba, al menos parcialmente, en que puede hacer un agujero con una punta de movimiento alternativo. Este hecho parece tener rela- ción con la relativa escasez del tornillo en el mundo' en efecto con el taladro de movimiento alternativo, los desech~sde mate:

ria arrancados a la ida se echan a la vuelta, mientras que con el berbiquí de movimiento continuo, si la punta no es una broca con rosca de tornillo muy hueca, los desechos se interponen en- tre la punta y el fondo del agujero, o bien se desprenden con difi- cultad.

El volante, órgano esencial del huso para hilar (137), es cono- cido por un gran número de pueblos que ignoran cualquier otra aplicación mecánica de dicho objeto. Los australianos (144) po- seen una bobina que hace pensar en uno de los caminos que han podido conducir al volante. Se trata de un eje con dos tablillas en forma de cruz que sirven para detener el hilo embobinado en el eje a medida que se va torciendo. Sólo con una ligera modifica- ción de la técnica este tipo de bobina, destinada a recibir pasiva- mente el hilo torcido, se puede convertir, sin cambiar en nada su forma, en un huso con volante en cruz. El taladro parahuso tie- ne, como el huso (con el que se halla bastante emparentado) un volante horizontal más o menos voluminoso. Él torno de alfare- ro (138) normalmente no es más que un volante horizontal, en cuyo centro se hace girar el trozo de arcilla. El volante vertical, por lo que respecta a las sociedades estudiadas aquí, se limita casi exclusivamente a usos de hilandería: torno de hilar (141, 154, 435 Y436), huso aino (134) y máquinas para desgranar el algo- dón. Dentro de estas máquinas desgranadoras (145) hay una que ofrece toda una serie de curiosidades mecánicas: sus dos cilindros son independientes, sin transmisión ni engranaje, lo cual es raro. El cilindro superior gira cuando la mano mueve una mani- vela. El cilindro inferior se mueve mediante un pedal que actúa

sobre una manivela con contrapeso; es un caso rarísimo fuera de

algunas aplicaciones en la mecánica moderna. Este contrapeso es lo que forma el volante. Es difícil explicar la existencia de dicha máquina en un país que, como el Japón, posee el engranaje, la transmisión y el volante circular. Ni siquiera podemos acudir al clásico recurso de hablar de una supervivencia, pues el torno de hilar, que posee transmisión y volante, y la desgranadora del Pacífico asiático, que tiene engranaje. están ligadas indisoluble- mente al algodón. ¿Cómo admitir que una desgranadora de algo- dón distinta de la desgranadora clásica haya existido en el Japón antes de la introducción de dicha planta? Hay que atenerse sim- plemente a los hechos mecánicos. Quizá debió de haber. como un grado más de perfeccionamiento de la desgranadora manual (151), una desgranadora con engranaje impulsada por un pedal con volante circular; lo que hay en realidad es una máquina bastante ingeniosa, pero técnicamente inferior a su prototipo en un país en el que los demás aparatos de hilatura han recibido tan considerables mejoras. La correa de transmisión, según lo que ya hemos citado, pue- de admitir dos divisiones. Es una simple correa rectilínea que

. , 148
.
,
148
lo que ya hemos citado, pue- de admitir dos divisiones. Es una simple correa rectilínea que

149

lo que ya hemos citado, pue- de admitir dos divisiones. Es una simple correa rectilínea que

150

lo que ya hemos citado, pue- de admitir dos divisiones. Es una simple correa rectilínea que
lo que ya hemos citado, pue- de admitir dos divisiones. Es una simple correa rectilínea que
lo que ya hemos citado, pue- de admitir dos divisiones. Es una simple correa rectilínea que
lo que ya hemos citado, pue- de admitir dos divisiones. Es una simple correa rectilínea que

97

recibe la fuerza en cada extremo y que la transmite a un eje en los taladros de correa, de arco o de parahuso, o en los tomos de madera horizontales. Se unen los dos extremos de manera que formen un bucle sin fin en el torno de hilar y en ciertas instala- ciones hidráulicas. El engranaje supone un grado de perfecciona- miento propio de los pueblos muy bien equipados. La rueda hidráulica con correa (146) es un ejemplo comparable, por su sencillez, a la bobina australiana. En su uso normal, el engranaje debe transmitir a una rueda la fuerza que recibe directamente otra rueda. Las relaciones de diámetro entre las dos ruedas impo- nen la desmultiplicación. En hilatura, encontramos ruedas que se ponen en movimiento por simple fricción (147), lo cual no puede aplicarse más que a órganos ligeros (bobinas, por ejem- plo). Dichas transmisiones por fricción se emplean en encarreta- doras o en canilleras de Europa y Extremo Oriente; cuando acci- dentalmente la bobina encuentra una resistencia, patina, y así se evita que se rompa el hilo. Los engranajes pesados son bastante raros en Extremo Oriente (148 y 150), mientras que el mundo mediterráneo y Europa los utilizan mucho para los molinos e instalaciones hidráulicas (149). Por último, en todo el ámbito de torno de hilar oriental (de Indonesia al Japón) encontramos la desgranadora de algodón (151), cuyos cilindros tienen un engra- naje de tornillo. El tornillo es un objeto poco extendido, salvo en Europa; lo encontramos a lo largo de las costas del Pacífico asiá- tico en usos muy limitados y bastante recientes casi todos. Los esquimales orientales son los únicos primitivos que emplean el tornillo para fijar determinadas puntas de lanzas de marfil, aun- que probablemente lo tomaron de los colonos escandinavos que poblaron la costa sur de Groenlandia desde el siglo XI hasta

el XV.

El complemento de un engranaje es el trinquete. Se conoce su principio en los aparejos de tensión (121 y 152), en los que es

preciso evitar que un cilindro se vuelva hacia atrás; podemos ver

algunas aplicaciones (149) de este accesorio en los engranajes antiguos de Occidente. La desmultiplicación. tan corriente en nuestra mecánica de estos últimos siglos, fuera de Europa sólo está representada por el torno de hilar y la devanadera orientales (147, 153 Y 154); en la rueda grande suele estar casi siempre la manivela. El torno de hilar de Europa occidental es el único que posee un mecanismo de desmultiplicaciones combinadas (155 Y436). Las dos correas de transmisión del volante mueven dos ruedas de diámetros dife-

98

rentes. La más grande conduce a la aguja y la más pequeña a la bobina, de modo que el hilo torcido, al girar la bobina más depri- sa, se va enrollando. La tensión de las correas se regula mediante un tomillo; si están muy tensas impiden que las ruedas patinen, con lo que el hilo está poco torcido antes del encanillado; y si están flojas permiten que patinen durante unos momentos antes del encanillado, haciendo que el hilo se tuerza al máximo. Basta con inventar un dispositivo que haga pasar el hilo de una rueda a otra para obtener el cambio de velocidad. Todos estos aparatos van consumiendo la fuerza a medida que la van recibiendo; reservar la fuerza para consumirla en el

momento propicio, es decir, obtener el automatismo, es un pro-

blema ya resuelto por la mayoría de los pueblos, aun los dotados de los medios más sencillos. Un primer estado consiste en con- servar la fuerza sin soltarla. La fuerza de cada mazazo se conser- va gracias a la cuña con la que se parte un tarugo o la que se introduce entre las piezas de una prensa (156). Un segundo estado consiste en colgar un peso que restituya en un momento dado la fuerza que se ha empleado para levan- tarlo. Es la solución corriente de todas las trampas con peso (157) o con escotillón (158), de los relojes y dispositivos con pesas (asador y soporte con péndulo). El tercer método se basa en aprovechar la elasticidad de un resorte. Se utiliza sobre todo en las trampas. Por ejemplo, en las trampas de resortes sujetos por un extremo, corrientes en África, Oceanía (159) y el Pacífico Norte; y en trampas de ballesta, que hallamos en África (160), Siberia y Japón. El arco de caza o de guerra mantiene durante un momento la fuerza de la flecha; la ballesta puede estar tensa, como en la trampa de ballesta, tanto tiempo como se precise para realizar el acto de caza. El resorte sujeto en un extremo es universal. En la Guayana encontramos una trampa que se dispara automáticamente tan pronto como entra el pez. El fuelle de Borneo (106), el torno para madera (136), la caja cuya tapa se cierra automáticamente por efecto de una laminilla de bambú (Indonesia), los juguetes mecánicos de bambú (Japón y China), los candados con ojo (161) de Europa, Japón y África negra, así como las baterías de sílex o de mecha de las armas de fuego son algunas de las aplica- ciones entre las muchas que hay del resorte. Finalmente, las máquinas de agua, como el mazo hidráulico (129) o las presas de ruedas hidráulicas ofrecen otra posibilidad de acumulación de la fuerza motriz.

99

156 157 161 100 Este examen de las fuerzas y de la mecánica es muy
156 157 161 100 Este examen de las fuerzas y de la mecánica es muy

156

157
157
156 157 161 100 Este examen de las fuerzas y de la mecánica es muy incom-

161

100

Este examen de las fuerzas y de la mecánica es muy incom- pleto; debemos tener en cuenta que la etnología no ha realizado aún estudios en esta dirección. Los que estudien esta cuestión con más profundidad retocarán probablemente las divisiones que hemos propuesto a partir de ejemplos todavía poco numero- sos. Ya hemos visto que la cerbatana, el huso aino y la desgrana- dora de algodón japonesa no son solamente parientes técnicos del pistón, del taladro con tablilla o de la desgranadora de torni- llo, sino que plantean a su manera el problema de los orígenes. ¿Son vestigios o regresiones? ¿Se trata de préstamos perfecciona- dos o incomprendidos y bastardos? ¿Son inventos locales, fecha- bies y espontáneos o se puede ir determinando sus prototipos gradualmente? En definitiva, ¿es esencial preocuparnos por cues- tiones de fondo histórico? Excepto los textos que prueban un invento con fecha y lugar, no poseemos otro testimonio que la presencia de una técnica, a veces fechada con relativa precisión, en un punto geográfico determinado. Generalmente, el aparato

histórico se construye a partir de un razonamiento lógico; noso-

tros no somos más competentes en este terreno que los filósofos del XVIII que investigaban sobre el invento de la tejeduría o de la agricultura. Sucede simplemente que los datos arqueológicos son más abundantes, pero aún insuficientes. Antes de pretender re- solver el problema del origen de los dispositivos mecánicos, re- sulta imprescindible establecer un cuadro sistemático de ellos, como el que hemos intentado esbozar en estas páginas. No sola- mente asegura la posibilidad de ordenar el dato histórico, sino también el medio de realizar una crítica de las hipótesis mostran- do los lazos que, paralelamente a la evolución propiamente his- tórica, existen entre las aplicaciones de los mismos principios mecánicos en el seno del equipo técnico de una misma cultura. Así pues, más que de casos inventariados aisladamente, podemos tratar de conjuntos de herramientas o de máquinas. La etnología se ha dedicado en distintas ocasiones a buscar una definición de la herramienta, del instrumento o de la máqui- na. Tal distinción sólo interesa de manera accesoria a nuestro objetivo. Una definición tecnológica del instrumento sería poco interesante, ya que el término responde a una noción de uso

común: una herramienta, un arma o una máquina son los ins-

trumentos de una determinada técnica; el término resulta útil porque conserva simultáneamente un sentido amplio y preciso. Entre herramienta y arma, la distinción tampoco posee un valor tecnológico: un mismo cuchillo, utilizado con el mismo modo de

percusión, puede servir de herramienta o de arma según la natu- raleza del objeto al que se aplique. El hecho de cortar madera lo

convierte en una herramienta; si se utiliza para cortar pan, se

torna en un instrumento de mesa, a menos que se trate de un cuchillo de carnicero, en cuyo caso se considera como herra- mienta. Degollar a una oveja lo convierte igualmente en herra- mienta, mientras que será un arma si se utiliza para el mismo acto pero aplicado a un hombre, lo cual pone totalmente de manifiesto el carácter no tecnológico de las palabras considera- das y explica que en estas páginas nos atengamos al uso común. En cambio, la definición de la máquina requiere un examen tecnológico. Se piensa normalmente que la distinción entre la herramienta y la máquina se establece a partir de un cierto grado de complicación mecánica. Ello supone algunos órganos de

transmisión y de conversión de la fuerza, pero no necesariamen-

te de amplificación. En este sentido, los instrumentos que preci- san de la fuerza humana inmediata y de una transmisión rectilí- nea directa o rectilínea amplificada (cuchillo, 290-294; sierra, 304-308; arpón, 719-727 y mazo pisón, 859) no son máquinas. Sucede lo mismo con respecto a los instrumentos que necesitan la fuerza humana inmediata y transmisión circular directa (huso, 137, y taladro manual, 133). Por el contrario, los instrumentos de transmisión rectilínea transformada en circular (taladros de cuerda, de arco y de parahuso, 37-40; tornos, 135, 136, 320 y 321, Y la muela con biela, 140) y los de transmisión circular desmultiplicada convertida en circular o en rectilínea (triturador con cilindros, 148, y prensa con tornillo) son máquinas, tanto si la fuerza aplicada es la fuerza humana inmediata, como si es el agua o el aire (perforadora hidráulica, 312, mazo pisón de agua, 129; molino de viento, martillo pilón, etc.). Según estos datos, la máquina se muestra como un dispositi- vo que no sólo suele llevar incorporada una herramienta sino que, ante todo, necesita uno o varios gestos. La ballesta, que integra el gesto de tensar la cuerda y lo restituye en el momento de tirar, es una máquina, como el torno para madera o el torno de alfarero, que transforman el impulso humano en un movi- miento circular continuo o alternativo. El telar se torna en má- quina no a partir del momento en el que deja de ser un sencillo bastidor en el que los hilos se levantan manualmente, sino a partir del momento en que el levantamiento conjunto de los hilos se lleva a cabo mediante un dispositivo de prensión que sustituye a los gestos de los dedos del ejecutante.

III

LOS TRANSPORTES

Estudiamos los transportes en este lugar sólo por simple co- modidad; normalmente, se habla de ellos al final de las técnicas generales, después de la vivienda; pero nuestro plan (fabricación, adquisición y consumo) hace que los transportes sean más bien un instrumento de la adquisición. Por otro lado, la posición sis- temática sólo tiene aquí una importancia muy limitada; el bus- car alguna relación lógica o filosófica entre la fabricación, la ad- quisición y el consumo resultaría un esfuerzo vano. En la realidad no hay ningún orden determinado; volvemos a insistir, pues, en que los transportes figuran en este lugar únicamente porque hace falta seguir un orden y porque resulta cómodo decir «fabricamos una herramienta o un arma -y nos desplazamos- para adquirir un vegetal o un venado, que sirva para alimento, vestido o vivienda». Según nuestra opinión, las cuestiones del transporte sustitu- yen a las que se refieren a los movimientos puros, tratados por la antropología anatómica, la lingüística o la historia escrita. En efecto, podemos percibir las migraciones gracias a los objetos transportados de un punto a otro. A principios del presente siglo, podía representarse al mundo poblado de nómadas y de seden- tarios. Los nómadas habrían sido pastores o cazadores, y los se- dentarios agricultores sujetos a su gleba; los intercambios de ob- jetos entre civilizaciones alejadas habrían tenido como vehículos a los pastores nómadas sobre todo. Esta visión tan simplista ya no resulta apenas válida, pues ni siquiera sirve para explicar las posiciones respectivas de los escasos nómadas auténticos y de los verdaderos sedentarios, más escasos aún. En la realidad, todos los pueblos se benefician de una relativa estabilidad, aparente y (en una medida que a menudo es la política) ficticia. Algunos llevan una vida que les obliga a recorrer una extensión general-

mente bastante amplia pero, no obstante, circunscrita: nos referi- mos a los pastores y algunos cazadores-pescadores como los es- quimales, cuyo ciclo de nomadismo es anual; cada primavera o cada otoño los sitúa en el mismo marco que la primavera o el otoño anteriores '. Algunos agricultores siguen también dicho ci- clo anual: en la China antigua se trasladaban de las chozas ligeras construidas en terrenos de cultivos a las casas de invierno de los pueblos; otros grupos, a causa del agotamiento de su suelo, se ven empujados a abandonar durante algunas temporadas su há- bitat: así hacen los bobos de Alto Volta, que trasladan su poblado cuando las cosechas son insuficientes o cuando el ganado enfer- ma y las mujeres se vuelven estériles; y así hacen también los koniagui de Guinea, que (en ocasiones, incluso varias veces al año) llevan el poblado y las plantaciones que lo rodean a pastos fecundados por el estiércol de las manadas, y, a la inversa, sus animales se encargan de tener roturadas y abonadas las zonas de cultivos abandonados. En otros casos, un grupo se ve obligado a trasladarse como consecuencia de la guerra. Se debe tener muy en cuenta este aspecto de los movimientos, al que se alude con frecuencia. Con relación a los pastores mongoles, a los esquima- les, los koniagui y los gitanos, podemos hablar de nomadismo o de seminomadismo indiferentemente; este tipo de nomadismo es en realidad una variedad de establecerse en un lugar; resulta inte- resante porque el pueblo que lo practica posee un material ligero y fácilmente transportable, pero los transporta tan sólo por una zona muy circunscrita. Desde que se les conoce, se puede afirmar que los esquimales ocupan siempre el mismo lugar; ninguno, sólo por nomadismo, ha llegado más allá de cincuenta o cien kilómetros fuera de su hábitat. El estado nómada es estable, apa- cible y, aunque parezca paradójico, sedentario, en el sentido am- plio de la palabra. De manera distinta, también resulta interesan- te el caso de los movimientos provocados por el hambre, la curiosidad, el miedo o el incentivo del lucro. Con relación a esto, todos los pueblos son nómadas; el éxodo de 1940 es para noso- tros un ejemplo terriblemente evocador. En todas las investiga- ciones históricas encontramos desechos que evocan bastante bien el estallido: todo el Extremo Oriente está salpicado de ara- dos, ruecas, cerdos, aves de corral y armaduras con plaquitas articuladas que hacen pensar en una rica civilización situada en

I A. LEROI-GOURHAN. El gesto y la palabra. Vol. 1: Tecnica y lenguaje. Vol. 11: La memoria y los ritmos, París, Albín Michel, 1964-1965.

104

el centro-sur del Asia oriental que habría estallado bajo la pre- sión de algún invasor al que nuestra imaginación suele confundir fácilmente con un caballero mongol de las estepas del Asia cen- tral. Sobra estas teorías de los movimientos volveremos a hablar más tarde; por el momento quedémonos con lo esencial. Para representarse los movimientos aparentes de los objetos y de las instituciones, la mente acude primero a la imagen fácil de la invasión. Si tenemos asientos, techumbres de tejas o arados es probablemente porque la oleada de algún movimiento guerrero nos los ha traído; pero, cuando se trata de Europa, la Historia siempre está presente; a nadie se le ocurre afirmar que una inva- sión china nos ha legado la seda ni que una incursión de pieles rojas trajo a Occidente la patata y el pavo. Ante estos casos parti- culares, podemos imaginarnos perfectamente que algunos hom- bres, recorriendo enormes distancias, o cientos de comerciantes, pasando un objeto de mano en mano, pudieron dar a un pais una sola muestra de cualquier objeto de interés, que se hizo po- pular en algunos meses o en algunos años. Pero inmediatamente, con una singular obstinación, volve- mos a la imagen de los caballeros galopando en el horizonte. Atila y Gengis-Khan son responsables de esta inclinación de la mente. Una invasión puede arrasar a una civilización; pero es algo que hay que demostrar, pues lo mejor permanece siempre escondido; puede fecundar produciendo en el pais el efecto del rodillo que va curvando los tallos jóvenes (las hordas tártaras provocaron así la unificación de Rusia), pero nunca tiene como resultado directo el progreso. Y menos aún origina una circula- ción intensa de objetos útiles: los intercambios que hicieron posi- bles los «tártaros- de la Edad Media entre Europa y Oriente son considerables, pero no corresponden en absoluto a sus períodos de movimiento, sino, muy al contrario, a sus largos intervalos de paz entre dos épocas de agitación. Así pues, sin dar un valor demasiado riguroso a la distinción, nos inclinamos más bien a ver en los movimientos dos cosas muy diferentes: la primera, pacífica, que aporta lo mejor de las adquisiciones técnicas por la acción del comercio; y la segunda, guerrera y migratoria, más importante para la antropologia que para el tema que ahora nos ocupa. Toda la historia de la humani- dad está sembrada de hechos tan amplios; pero en el fondo no se trata más que de pueblos que se empujan, de comerciantes que truecan fusiles por pieles u oro, misiones que se extienden con el cristianismo, el budismo o el islam, armas, tejidos, instrumentos

105

de música, relojes o arneses. Cuando se presenta una feliz casua- lidad, nuestra ciencia desenreda un cabo del ovillo pero tiene que plantear hipótesis trabajosamente por lo que respecta al resto. Los objetos de transporte se hallan distribuidos en cuatro gru- pos: los que sirven para llevar encima, los que transportan me- diante arrastre, los que ruedan y, por último, los transportables en barco. Además de los cuatro grupos mencionados, hay que

contar con las vías de comunicación y sus instalaciones, carrete-

ras, puentes y señales. El término porteo (tanto referido a hom- bres como a animales) se aplica a la acción de transportar sin que el continente (saco, cuévano, albardas, etc.) toque el suelo. El arrastre, tanto para el hombre como para los animales, es la

acción de desplazar una carga cualquiera con la ayuda de un vehículo arrastrado por el suelo. El transporte rodado es el que se realiza mediante todos los vehículos que marchan sobre rodillos

o sobre ruedas.

EL PORTEO HUMANO

El modo más sencillo consiste en transportar los objetos lle- vándolos directamente (con una o dos manos para la misma carga o con dos manos para dos cargas que se equilibran). Si la distancia que hay que recorrer es bastante grande, la carga se cuelga de un portabultos (esquimales), se mete en un saco (Mela- nesia, Indonesia, China, Japón, Siberia, esquimales y América del Norte), se envuelve en un trozo de tela que se anuda (Japón),

o bien se pone en una cesta con asas (África blanca y del este), en

un odre, en una calabaza o en un cubo (162) (estos tres si se trata de fluidos), un recipiente de paja o corteza (163), o bien en una caja con suspensión flexible o rígida. Hay tal cantidad de este tipo de medios que los ejemplos citados sólo sirven de simple referencia; lo mismo cabe decir en cuanto a los casos siguientes. Su única finalidad es la de mostrar el carácter casi universal de la mayoría de dichos métodos de portes.

El porteo sobre la cabeza ofrece testimonios en Europa occi- dental (164), así como en África (165), Melanesia (166), en algu- nas zonas del Japón (167), Indonesia (168) y en América central (169). En la mayoría de los casos, entre el objeto que se va a trasladar y la cabeza se pone un trozo de tela enrollado en forma de corona o un rodete de paja.

106

se pone un trozo de tela enrollado en forma de corona o un rodete de paja.

162

se pone un trozo de tela enrollado en forma de corona o un rodete de paja.

163

se pone un trozo de tela enrollado en forma de corona o un rodete de paja.
-\, :¡II 171
-\,
:¡II
171
se pone un trozo de tela enrollado en forma de corona o un rodete de paja.

169

se pone un trozo de tela enrollado en forma de corona o un rodete de paja.

173

107

El porteo en el cuello sólo se hace con bolsas o cajas bastante ligeras que cuelgan por delante del pecho; los ejemplos abundan en todas las regiones del globo.

El porteo en la espalda permite transportar cargas pesadas a distancias más largas. Puede llevarse a cabo, como sucede en África del norte (170), sin otro medio que las manos, pero nor- malmente una cuerda sujeta la carga. Dicha cuerda puede ser colocada en la frente, como se hace en el Congo, Uganda, en toda la zona india de América, entre los cariacos de Siberia (171), los ainos (172) y en Malasia (173),

Lazo o banda sobre el pecho, con apoyo en las clavículas es característico del Pacífico asiático; Japón (174), Indochina, Indo- nesia, Sur de la India e islas Andaman (175), así como de Améri- ca: esquimales de la bahía de Hudson y en el Brasil. También se puede encontrar de manera esporádica en otros sitios, especial- mente en Kabilia (norte de Africa).

Un lazo en bandolera es universal, como el porte sujeto con un lazo al hombro.

Carga sujeta con dos cuerdas a los hombros es el medio ideal para grandes distancias. A veces, se limita a una sola cuerda, cuyos cabos se sujetan con las manos (176); pero el más corriente tiene auténticos tirantes (179), en particular en el caso del cuéva- no y la soguilla de mozo de cuerda, Ambos objetos son comunes a Europa y al Pacífico asiático, El cuévano, en Extremo Oriente,

es el accesorio normal de la cosecha; todos los grupos de Indone- sia, Malasia e Indochina (177) hacen uso de él. En China y Ja- pón, se utiliza para la recolección del té, hojas del moral y hier- bas, América, sobre todo en la costa del Pacífico, ofrece numerosos ejemplos hasta Tierra del Fuego. El cordel del mozo de cuerda (178) se utiliza desde Malasia hasta el Japón para transportar leños, gavillas y fardos,

El porteo sobre el hombro, sin ningún accesorio, es universal;

a menudo se utiliza un palo como palanca para que la carga

pueda estar más equilibrada y sujetarse mejor, y a veces también

se acude a una segunda palanca (180), caso este último de porte con palanca sobre los dos hombros.

a una segunda palanca (180), caso este último de porte con palanca sobre los dos hombros.

177

a una segunda palanca (180), caso este último de porte con palanca sobre los dos hombros.

ISO

a una segunda palanca (180), caso este último de porte con palanca sobre los dos hombros.
a una segunda palanca (180), caso este último de porte con palanca sobre los dos hombros.

175 17G

182
182
a una segunda palanca (180), caso este último de porte con palanca sobre los dos hombros.
a una segunda palanca (180), caso este último de porte con palanca sobre los dos hombros.

184

109

La carga en equilibrio sobre el hombro, aplicación del aparta- do de las fuerzas dedicado al balancín, tiene como centros princi- pales: Europa occidental y oriental (181), donde se emplea para el transporte de cubos; Extremo Oriente (desde Indonesia hasta Japón, aplicado a los transportes más variados) (182 a 184), y América central (Méjico y Panamá).

Distintas formas de llevar a un niño

En la presente enumeración conviene incluir al niño, que, dada su constitución, ha originado algunas modificaciones en los métodos de transporte humano: se puede llevar a un niño en brazos, según la costumbre europea, que es asimismo la de nu- rnerosos grupos indios de América, y que accidentalmente se practica en todas partes. Pero el llevarlo sobre la cadera (185) está más extendido; es un uso característico de las zonas cálidas del globo, allí donde, al no ir el niño enfajado, resulta más fácil ponerlo a caballo sobre la cadera. Llevar el niño en la espalda es bastante frecuente. Fuera de Europa, esta costumbre está extendida casi por todas partes. Se pueden encontrar testimonios en África al menos desde el Egipto del Imperio Medo (2000 antes de Cristo). Los pueblos que cono- cen el porteo de una carga sujeta con una banda a la frente, lo utilizan para llevar a los niños, por ejemplo, los ainos (186) y los botokudos del Brasil. El porteo en bandolera, empleado para sujetar al niño cuan- do se lleva en la cadera, es propio del sureste del Pacífico: Nuevas Hébridas, Malasia (187) Yel sur de la India. La cuna ligera ama- rrada al cuerpo, utilizada desde Noruega hasta Islandia (lapones, fineses, siberianos e indios de América del Norte), se transporta fundamentalmente en bandolera. Las mujeres ostiacas y laponas casi siempre llevan consigo a los niños durante sus trabajos o cuando salen fuera de casa. El porteo en la espalda en un manto no es muy frecuente; conocemos tres zonas donde se practica: África central (189), donde se envuelve al niño en el manto, que pasa en bandolera por el hombro derecho; en China y Japón, utilizan un cinturón o cordones (190), que se cruzan las porteadoras por el pecho; y entre los ainos (186) se da una variante con sujeción en la frente. Los esquimales colocan al niño en la espalda sujeto en su blusa tan especial, repartiendo la tracción entre los hombros y el pecho por encima de los senos.

llO

185

los hombros y el pecho por encima de los senos. llO 185 188 189 190 EL

188

los hombros y el pecho por encima de los senos. llO 185 188 189 190 EL

189

hombros y el pecho por encima de los senos. llO 185 188 189 190 EL PORTEO
hombros y el pecho por encima de los senos. llO 185 188 189 190 EL PORTEO

190

y el pecho por encima de los senos. llO 185 188 189 190 EL PORTEO ANIMAL

EL PORTEO ANIMAL

La utilización de los animales para el transporte plantea el problema de la domesticación, que expondremos en las páginas dedicadas a la cría de ganado'; por ahora nos contentamos con decir que los animales que se utilizan para el transporte son los équido, (caballo, burro y mula), los bóvidos (buey, búfalo, cebú y yak), los camélidos (camello, dromedario y llama), el reno, el elefante y el perro. Esta serie abarca la totalidad de los mamíferos

2 Segundo volumen: Técnica de adquisición. La erra.

III

domésticos. No sabríamos decir si el transporte corporal se prac- ticó primero que el arrastre; por lo que respecta al transporte rodado, en la mayoría de los casos parece seguir al arrastre, pro- bablemente el más primitivo. Todos los animales citados, excep- to la llama, quizá, se usan tanto para el porteo como para el arrastre; el transporte rodado suele utilizar a los équidos y los bóvidos, y muy raras veces a los otros animales. No podemos afirmar tajantemente que determinadas especies sean aptas para formas de transporte concretas; cada una puede servir para bestia de carga, para arrastrar o para tirar del carro. El que el perro sea el animal que se engancha al trineo y la llama sirva exclusiva- mente para transporte a lomo, se debe sólo al influjo del medio físico o social; trasplantados a Europa, el perro y la llama suelen ser bastante aptos para tirar de ligeros vehículos de ruedas.

El caballo

La historia del origen y difusión del caballo es uno de los ámbitos de la zoología y de la historia aparentemente mejor co- nocidos. En efecto, se han escrito miles de páginas sobre este tema; pero únicamente son precisas con relación a ciertas razas que, en el transcurso de los últimos siglos, interesaron a Europa por sus características, como el caballo de armas, el de carroza o el de carreras. Se han hecho numerosos y minuciosos estudios sobre los esqueletos de caballos inhumados en las tumbas guerre- ras, pero no hay aún ningún trabajo de conjunto. En cuanto a las técnicas de amaestramiento, de conducta y de arreos escasean todavía más los estudios; a excepción de un trabajo útil, pero muy incompleto', casi no existe una literatura que profundice en estos temas. Así pues, debemos quedarnos en un plano general. La constitución anatómica del caballo impone la forma de los dispositivos destinados al transporte, tracción y dirección. Así pues, sería normal encontrar ejemplos de convergencias que po- drían dar pie a la hipótesis de varios centros de innovación. En efecto, dichos centros existen al nivel del segundo grado: el mun- do turco-mongol, el árabe y el mundo de influencia europea, desde finales de la Antigüedad, han marcado corrientes de in- fluencia que todavía pueden apreciarse. Pero todo esto surgió a

3 Comandante LEFEBVRE DES NOETTES, L 'auelage. le cñeval de selle ti travers les dges, París, Picard, 1931.

112