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Redacción de

Tesis

Y

Trabajos Escolares

JonatánAnderson Benni H. Dunston MillicentPaole

UNIVERSIDAD LA TROBE

UNIVERSIDAD DE NUEVA INGLATERRA

INSTITUTO DE TECNOLOGIA DE AUSTRALIA OCCIDENTAL

Estilo escolar: Un caso práctico

La matrícula era como una partida de ajedrez. Los estudiantes precavidos realizaban sus movimientos temprano. Estaban a la cabeza de largas colas, pero no precisamente para conseguir los cursos mejores, sino para evitar quedarse empantanados en uno, el que corría a cargo del profesor Horst von Schliermann. Las probabilidades de verse forzado a entrar en la clase de las 3 en punto eran muy escasas, pero no por eso menos aterradoras para arrostrar el riesgo. Según decían los estudiantes, el profesor Schliermann tenía un trato especial con la administración". Podía escoger veinte alumnos nuevos para su clase, pero tenía que aceptar otros diez de la matrícula general. Este procedimiento desusado era un pacto. Se produjo de la siguiente manera: el profesor Schliermann sólo había enseñado antes cursos graduados; pero, hacía diez años, decidió que le gustaría enseñar una sección de inglés 105 para alumnos nuevos. En consecuencia se pliso a proclamar con acento alemán (no explicable del todo, porque ya era un norteamericano de tercera generación) al decano del departamento, que se haría cargo de veinte alumnos nuevos para convertirlos en estudiantes de categoría. El decano se enfrentó a un dilema. Por una parte, el digno, pero sensible Schliermann podría tomar como una repulsa descortés su negativa. Y pensaba además: ". Si presenta su dimisión, tendré que responder ante el presidente". De otras universidades

Tomado de W. Pauk, The research paper time and rechnique. Joturnal of Reading (1969), 13.15 -20.56 59. Con permiso especial del autor y editor

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buscaban con gran interés a Schliermann. Era la antorcha brillante de la universidad. Pero, por otra parte, una respuesta positiva representaría un golpe al espíritu y a la moral de los miembros del departamento de inglés, que no tenían más reme dio que hacerse cargo de su consabido grupo de treinta por clase; de aquí surgió el pacto. Desde el primer día de clase vi lo acertadamente que había elegido Schliermann. Los veinte eran genios. Más tarde me enteré de que todos ellos habían obtenido la calificación de A en la secundaria, y Je que todos se acercaban a un promedio de 800 puntos. Yo había obtenido en el examen verbal unos miserables 540, aunque me sentía orgulloso de mis 720 en ma- temáticas. Pero el caso era que se trataba de un curso de inglés, en que el talento verbal desempeña el principal papel. Al principio creí que se trataba de un rumor nada más, pero después de la primera prueba averigüé que era cierto. Los diez desventurados comparamos nuestras notas y vimos que estábamos entre los treinta y tantos y cuarenta y tantos. Pero nadie ponía en tela de juicio 'a honorabilidad del profesor Schliermann. Nuestros trabajos estaban llenos de anotac iones, símbolos y comentarios optimistas Sin embargo, en lo que no estábamos de acuerdo, era en su criterio para calificar: sus patrones no eran para pobres mortales como nosotros. Seis pasaron inmediatamente a otras secciones; los otros tres, después del segundo examen oral. Todo el mundo sabía que era posible ser trasladado. Los demás profesores aguantaron y cargaron con el peso adicional que se les vino encima; pero de esta manera se mantenía el buen espíritu, porque, administrativamente por lo menos, t odas las secciones comenzaron con sus treinta. Quizá se debiese al instinto ratonil innato en mí, o al ojo fulgurante de Schliermann, pero yo seguí como el invitado de bodas de Coleridge. El día siguiente al último para cambiar clases, me senté en el asiento de siempre. Los otros veinte alumnos, que generalmente charlaban por los codos hasta que el profesor Schliermann entraba por la puerta, estaban sumidos en un extraño silencio. Es que, verán ustedes, durante diez años

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jamás había permanecido en la clase de Schliermann ni uno que no fuera elegido. Esto lo sabían todos. A nuestros oídos llegaron los pasos rápidos y firmes de Schliermann que se iban acercando a la puerta abierta. Su ritmo era más veloz que otras veces. Vimos cómo la punta de su pie izquierdo trasponía el espacio vacío del umbral. Estaba entrando. La sangre me martilleaba las sienes. Apenas veía. El siguiente se iba derecho al atril, dejaba sus notas encima y decía buenas tardes a la clase. Quizá fuese á hacer lo mismo hoy, pero yo sabía que iba a ser distinto. Su mano derecha asomó por el vano de la puerta, y después apareció su cabeza. La tenía vuelta hacia mí. Sabía que Ir. iba a volver ya antes de que entrase. En las condiciones en que estaba yo, no sabría decir si tenía los labios entreabiertos o ligeramente apretados. Schliermann no saludó a los alumnos como era su costumbre. Se limitó a dar la clase, sólo que más gravemente que otros días. Yo no era capaz de concentrar la atención en lo que decía. Nadie era capaz. Parecía como si yo hubiese contaminado la atmósfera. Quisiera haberme conducido menos descaradamente. Pero el lunes la clase recobró su ritmo y ambiente normal. Yo estaba presente en ella, aunque sin ser aceptado allí. El número veinte estaba sentado en un cuadrado macizo. Yo, fuera del cuadrado, solo, como un apéndice. Pero esto no me impor taba, porque me sentía verdaderamente fascinado por el profesor Schliermann. Era un gran maestro. Yo tomaba un buen número de apuntes y estudiaba las tareas. En las discusiones, de cuando en cuando me olvidaba de mí mismo y tomaba la palabra. Trabajaba como un negro en las pruebas verbales y exámenes, pero siempre me parecía que quedaba un poco corto. No era que no fuese capaz de entender las ideas y los conceptos, sino que siempre me faltaba tiempo. Necesitaba más tiempo para pensar. Era más lento, mucho más lento que los demás. Pero no por eso me desanimaba, listaba aprendiendo mucho. Poco antes de las vacaciones del Día de Acción de Gracias, el profesor Schliermann las anunció. Se trataba del estudio de investigación con una extensión de cincuenta páginas, que

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representaba la tercera parte del grado final. Debí quedarme petrificado, porque no sabía escribir. Eso me constaba, y ahora el profesor Schliermann iba a tener una prueba definitiva de ello. Sin embargo, estaba contento. Era la oportunidad, la única oportunidad que se me presentaba de aumentar el promedio de 62.7, ganados con tantos sudores, hasta los 70 requeridos. Iba a ser la primera vez que podía tener ventaja sobre mis condis cípulos; iba a tener la ventaja del tiempo. Necesitaba tiempo. El tiempo es el gran nivelador, porque es verdaderamente democrático. Todos recibíamos cada mañana la misma cantidad de tiempo. No hay distinciones entre el genio y el "empellón” o "machetero”; entre el ahorrador y el pródigo. No se le quita ni un adarme al holgazán; no se le da nada de más al precavido. No debiera haber excitación alguna entre los alumnos, porque todos sabían de sobra lo que era el documento Schliermann. Pero también era verdad que no había que entregarlo hasta una semana después de las vacaciones de Navidad, para las cuales faltaba mucho . Pero, no obstante, hubo suspiros y susurros espontáneos. Apenas pude oír lo que el profesor estaba diciendo contra los plagios. Muy pocos prestaron atención a su punto se gundo sobre la elección de tema. No sé cómo logré enterarme de esto; "El primer tema que aborden ustedes debe reducirse tres o cuatro veces". ¿Qué quería decir con esto? Cuando salieron todos de la clase, me dirigí al profesor Schliermann, que estaba recogiendo las notas de su conferencia, y le pregunté qué significaba aquello de reducir el tema. Me contestó: "Sí, por ejemplo, elige usted el tema de la Guerra Civil, puede estar casi seguro de que no le va a salir bien, porque no hay posibilidad de cubrir un asunto tan extenso; iban a ser necesarias docenas de libros para exponer el tema, no un trabajo de cincuenta páginas. Tenga presente que el título de su trabajo es una promesa. Algo así como un contrato, en que usted se compromete a presentar algo concreto. Hasta una limi tación del asunto, ciñéndose únicamente, por ejemplo, a la «Batalla de Gettysburg», una sola de toda la guerra, resultaría todavía demasiado extensa; por tanto, si somete usted el tema a una tercera reducción, como la «Batalla de Cemetery Ridge»,

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se acercaría más a las proporciones convenientes, aunque todavía resultarla el asunto demasiado extenso; con una cuarta reducción, como la «Importancia táctica de Cemetery Ridge», se pondría más en el terreno de la realidad. Resultaría un tema para el cual podrían reunirse muchos datos y que cabría per fectamente en un trabajo así, aun tratado con profundidad". Me sentí tan interesado por la redacción de aquel examen escrito, que me dirigí inmediatamente a la biblioteca, impaciente y decidido a seleccionar un buen asunto en el cual pon por obra este método nuevo de reducir el trabajo. Me quedé cariacontecido al encontrar la cavernosa biblioteca tan desierta de alumnos. Pero , claro está, ya habría tiempo de sobra en las vacaciones de Acción de Gracias y Navidad; to davía no corría prisa. Me dirigí a la bibliotecaria asesora, quien se sonrió y pareció sentirse feliz de tener algo que hacer. Me enseñó dónde podía encontrar y utilizar los distintos libios especiales de consulta que podía necesitan Otra bibliotecaria que se nos unió expuso una idea bastante intrigante. Dijo: "Si un estudiante, en su primer año, escoge cuidadosamente un área de estudio y sigue durante los cuatro años de colegio investigando y escribiendo sobre el mismo tema, probablemente llegará a convertirse en un especialista destacado." listo me subyugó. En consecuencia, estuve pensando tres días en diecinueve áreas de estudio, tomé nota de ellas en una hoja de papel y reflexioné sobre las mismas durante las vacaciones de Acción de Gracias. Cuando volví a clase, había descartado catorce. De las cinco restantes decidí hablar detenidamente con el profesor Schliermann. Manifestó alegría al verme. En cosa de cinco minutos eliminamos dos. En cuanto a las tres que quedaban, me recomendó que hablase con los profesores especializados en los campos respectivos. Estas conversaciones fueron maravillosas. Conocí a tres nuevos profesores, de los cuales obtuve no sólo puntos de vista interesantes, sino títulos de libros importantes sobre el tema. Después de meditar sobre las sugerencias que me hicieron los tres, opté por la materia que me pareció mejor investigar y a la que iba a dedicar en adelante mi tiempo.

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Total que, decidido ya el tema y reducido según las normas aprendidas, regresé a la biblioteca

y empecé a leer y a recoger datos. Al terminar la primera semana, no había visto todavía a

nadie en la sala de lectura, lo cual volvió a sorprenderme. Pronto reuní unos cuantos libros y empecé a tomar notas en hojas de papel. La bibliotecaria asesora se acercó a mí y me preguntó

si no conocía las ver tajas de utilizar para mis natas cartulinas de 3 por 5 pulgadas (7.5 por

12.5 centímetros aproximadamente). Sin darme tiempo a contestar, añadió que, si no podía después clasificar mis apuntes, me iban a dar mucho que hacer y acaso no me vahean para nada. Las recomendaciones concretas que me hizo fueron las siguientes: primero, anotar sólo una idea o una pequeña porción de ideas afines en cada cartulina; segundo, encabezar cada una de ellas con un título expresivo del asunto; tercero, escribir las fichas sólo por una cara; cuarto, en cada una de ellas debería consignar el título y la página de la fuerte; quinto, entrecomillar todos los textos literales que copiase; sexto, casi todas las notas debían ir redactadas por cuenta propia; séptimo, cuando se le ocurra a uno alguna idea o punto de vista, debe anotarlo en la

parte pertinente de los apuntes, y encerrarla entre corchetes para dar a entender que es "texto mío”.

Al ver que no tenía ese tipo de ficha o cartulinas, se fue corriendo a su mesa, tiró del cajón de arriba y me puso delante varios paquetitos de cartulinas sujetos por sendas fajas d e goma. "Son fichas viejas, escritas ya por un lado me dijo, ya me suponía yo que algún día podrían servir para algo." Después de pasar más de una semana en la sala recogiendo datos, me pareció que estaba ya en condiciones de ponerme a escribir el primer borrador. Despejé de papeles una gran mesa, coloqué sobre ella una caja de zapatos llena de fichas y m; dediqué a clasificarlas. La bibliotecaria tenía razón. Con un título en la parte superior de cada ficha y consignando una sola idea en ella, se hace mucho más fácil dividirlas en grupos y categorías. Si hubiese consignado en una sola ficha dos notas, habría tenido que volver a escribirlas en sendas fichas. Me alegré de contar con un sistema práctico Aquello era como jugar a las

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cartas. Al formar montones con ellas, comprendí que la próxima vez tenía que procurar titular las fichas con encabezamientos más concretos todavía. No contaba aún con un guión escrito. Intenté preparar un plan de trabajo para mi estudio inmediatamente después de haber seleccionado el tema, pero 110 podía saber de antemano qué material iba a encontrar. Aunque no tenía guión alguno, no podía decirse que había reunido al azar el material para mis notas. Escogí el que, a mi parecer, tenía relación con mi tema concreto. En cuanto profundicé en él, comencé a intuir qué era lo que me iba a valer y qué era lo que debía descartar. Una vez clasificadas las fichas por categorías y subcategorías, inicié la segunda etapa que me había recomendado la bibliotecaria. Comencé a ordenar los montoncitos de fichas de la manera que me pareció más lógica para mi estudio. Pasé varias horas clasificando, pensando, volviendo a clasificar, pero, cuando me acosté por la noche, quedaba sobre mi mesa la existencia física de un guión de trabajo; indudablemente en bruto y grosso modo, pero mejor de lo que podría haber hecho con pluma y papel desde el principio. Con las diversas clasificaciones ante mí, empecé a escribir un guión detallado de trabajo para ver con mayor precisión qué era lo que podía hacer. Al barajar temas, subtemas y materiales de estudio, principié a advertir lagunas y puntos débiles en mis datos. El guión minucioso que había preparado me reveló claramente la parte en que no había equilibrio ni proporción en mi trabajo. Durante los días siguientes, mi tarea fue más limi tada, porque ya sabía que faltaban en mi escrito unos cuantos aspectos concretos, en los cuales debía concentrarme. Me vino muy bien además que en cada cartulina constase la referencia a la fuente, lo cual me permitía consultar de nuevo el libro en su página exacta. Al cabo de unos días de pasar mis horas libres en la biblioteca, estaba en condiciones de añadir nuevas cartulinas a mi fichero. Comprendí que, cuanto más completo fuese, mejor me iba a salir el primer borrador de mi trabajo. Es mucho más fácil reorganizar montones de fichas que párrafos ya escritos.

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Satisfecho con mi guión, comencé a escribir el primer original. Me quedé verdaderamente sorprendido al ver lo fácil que resultaba redactar un texto extenso cuando el material estaba ya en orden. De hecho, aquello me produjo auténtica satisfac ción. Ahora comprendía mejor lo que quería expresar Schliermann cuando decía: "Si no reúne usted material suficiente de primera clase, se va a ver en problemas para escribir un trabajo largo". Tardé cuatro días en terminar el documento, escribiendo sólo en mis tiempos libres. Cada día me concentraba en redactar una de las cuatro partes principales del trabajo. Cuan do lo terminé, procedí inmediatamente a su lectura y me pareció bien, tan bien que comprendí que iba a poder divertirme durante el periodo de las vacaciones de Navidad. Compensación maravillosa. El lunes anterior a nuestra partida para dichas vacaciones, el profesor Schliermann cumplió con su deber de maestro al advertir a sus alumnos que debían trabajar asiduamente en su tarea, porque tenían que entregarla el 10 de enero, cinco días después de nuestro regreso. Los estudiantes tamborileaban nerviosamente con los dedos en los pupitres y se oyó una o dos risitas inquietas, pero nadie dijo palabra. Yo estaba pensando que no había visto en la biblioteca ni a uno de los veinte elegidos; pero quién sabe, ya habían pasado por allí quizá otras veces. También se me ocurrió que a ellos les encantaba discutir y redactar trabajos creativos; era posible que un documento de investigación, el cual exigía un trabajo asiduo y pesado, resultase demasiado vulgar para sus mentes creadoras. ¡Bueno! Al ocurrírseme tales ideas, me sentí un poco avergonzado. Aunque no pasase el curso del profesor Schliermann, la satisfacción que me produjo el haber terminado completamente la tarea me proporcionó el clima interior que necesitaba para pasar unas Navidades felices. Disfruté de un magnífico descanso. Regresé al campus un viernes para evitar la circulación de fin de semana. Aquella noche, ufano de mí mismo, cogí mi estudio ya terminado y empecé a leerlo para saborear al máximo la satisfacción de mi tarea cumplida. Cuando terminé la pági na tres, se había desvanecido mi sonrisa, y al llegar a la página

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catorce, me sentí invadido por el pánico. El trabajo que tan lógicamente expuesto me pareció en cuanto lo terminé, ahora se me antojaba desarticulado, lleno de repeticiones, desorgani zado, y hasta algunos párrafos carecían casi totalmente de sentido. ¿Cómo podía ser esto? Me tranquilicé tras el primer susto, al recordar que todavía me quedaban siete días, mientras muchos otros estudiantes no habían siquiera comenzado su tarea, y la mayor p arte de ellos no iban a estar de vuelta con el campus antes del domingo. Apenas iban a contar con cinco días escasos. Mientras pensaba en la manera de abordar la tarea de arreglar mi estudio de in - vestigación, cal en la cuerna por primera vez de la verdad que encerraban las palabras desechadas automáticamente por mí como "prédicas de maestrillos”. "No debe presentarse ningún trabajo si antes no se ha revisado. Para que esta revisión sea eficaz, tienen ustedes que guardarlo algunos días o una semana, con objeto de olvidarlo un poco. De esta manera, cuando lo vuelvan a leer, podrán apreciar mejor sus, defectos. Una vez localizados, a corregir, a corregir, a corregir.” ¡Mi trabajo estaba lleno de faltas garrafales! Recordé entonces las etapas del proceso de revisión: en primer lugar, recorrer todo el escrito para cerciorarse de que los datos eran comprensibles y estaban matizados de detalles y ejemplos; en segundo lugar, comprobar si estaba claro el plan de organización de todo el estudio, y si había una ilación lógica de ideas; en tercer lugar, ver si el estilo era de atráete r uniforme v por último, examinar la corrección ortográfica y la mecánica de la puntuación. Vi que, esparcidos por el trabajo, había retazos de material interesante, aunque no siempre relevante. Algo de este material fuera de sitio, lo intercalé en la parte dedicada a la introducción, y el resto lo eliminé. Me costó mucho trabajo prescindir de estas perlas, peto oía repercutir en mis oídos este consejo: "Los buenos escritores no sacan a relucir todo lo que es interesante. Recuerden que el iceberg tiene siete octavas partes de su mole sumergidas, y sólo una octava parte ilota en la superficie. Esta parte sumergida la cultura y conocimientos del individuo- da su fuerza y poder al iceberg.”

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Después de desbrozar los materiales superfluos, me concentré en el plan del estudio y vi que también era un tanto oscuro. Partes del principio general que debería formularse al comienzo estaban en el cuerpo del trabajo Por eso, no tuve más remedio que afinar la parte inicial declarando cuál era el tema general, y luego lo subdividí en los cinco puntos principales que me proponía demostrar. Cuando terminé esta tarea, comprendí ver daderamente por primera vez qué era lo que estaba intentando hacer. ¡Me quedé de una pieza cuando vi que no estaba clara siquiera mi propia idea de lo rué me proponía llevar a cabo! Cuando me metí en la cama noche del domingo, ya tenía elaborado un planteamiento claro de lo que iba a demostrar y dejar sentado. El lunes se deslizó demasiado rápidamente. Se habían terminado las vacaciones. Entre los estudiantes habla un rebullicio de actividad, porque estaban tratando de imprimir un ritmo más rápido a su estudio. Había que entregar los trabajos, se nos echaban encima los exámenes finales, y la mayor parte de los planes para completar la Urea durante las vacaciones se habían venido abajo. Schliermann recordó a los alumnos que la fecha tope era el viernes. Esta vez no hubo un solo rumor, sino un silencio sepulcral. Yo también contribuí a ese silencio. No sólo tenía que escribir un examen de fin de curso, sino realizar un trabajo que me mereciese un 85 si quería alcanzar un promedio de 70. Quizá me había fiado demasiado del tiempo que se me concedía y de la técnica. Pero todavía tenía posibilidades. Estaba seguro de que la mayor parte de los veinte elegidos no habían comenzado siquiera. Durante mi tiempo de estudio, trabajé muy duro para dar más fuerza a la parte central del documento, ordenando sus partes más importantes de conformidad con la secuencia que expuse al principio del trabaje. Me aseguré de que cada una de ellas siguiese la formulación general, y de que empezase, como los párrafos, con una afirmación de tipo genérico, que podría llamarse "sentencia temática”. Después fui agrupando los materiales de prueba en torno a cada uno de los contextos

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principales. Me extrañó mucho que algunas de estas pruebas quedasen todavía demasiado diseminadas, aun después de haber organizado un plan de exposición al agrupar las fichas de 3 por 5 pulgadas. Al colocar los dalos respectivos en los debidos bloques o secciones de distribución, logré evitar las repeticiones. Volví a redactar cada parte principal, sobre todo los pasajes donde encontré cierta vaguedad. Como tenía más material del que habí a empleado en la redacción del trabajo, volví a rebuscar en mis fichas cuando hacía falta alguna prueba más para una idea determinada. El martes me dediqué a elaborar un resumen que no tuviese muchas repeticiones, sintetizando la tesis y sus aspectos principales de tal manera que quedase acreditado mi dominio del material. No tardó en llegar la noche del miércoles. Todavía no habla terminado la revisión, y después tenía que mecanografiar más de cincuenta páginas, y conste que yo no era un mecanógrafo rápido; pero aquella noche acabé con la redacción. Después de la clase de las nueve, tenía todo el jueves por delante para dar los últimos toques a mi trabajo. Primero, leí en voz alta el texto de la cruz a la fecha para estudiar su estilo. Leyendo en voz alta, pude localizar mejor algunas palabras vagas y redundantes, así como frases defectuosas. Cada vez que daba un tropezón en mi lectura, vi que se debía a alguna equivocación en la expresión por no seguir la pauta sintáctica que pro metía el comienzo del párrafo. Corregí todas las sentencias en que se cometía este error, de forma que pudiera leerse natural y fluidamente. Como era lógico, gasté mucho tiempo en con sultar el diccionario para buscar palabras que expresasen más exactamente mis ideas. Además me ocupé de las transiciones internas del texto, con objeto de dar una mayor coherencia a sentencias y párrafos. La rectificación detallada del escrito me llevó más tiempo del que había supuesto, por lo cual tuve que estar dándole a la máquina hasta bien entrada la noche. Y se acabó. ¡Había llegado el día D! En la clase de aquel día, cayó sobre el profesor una catarata de disculpas: los estudiantes que tanto habían presumido de sabihondos desbordaban

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su pánico en un frenesí de excusas. "La biblioteca estaba tan llena de gente, que no había una sola mesa donde escribir." "Otros dos alumnos estaban trabajando sobre el mismo tema que yo, por lo cual no pude consultar los libros que me hacían falta." "Alguie n arrancó del libro que me interesaba el artículo referente a mi estudio." (He aquí un ejemplo de lo que son ca paces de hacer los estudiantes, por otra parte buenos, cuando se ven en apuros.) "Voy a necesitar más tiempo, porque todas las mecanógrafas de la ciudad están ocupadas y no van a poder dedicarse a lo mío hasta después de este fin de semana.” Schliermann estaba sereno, pero extraordinariamente serio. Paseaba su mirada por toda el aula sin contestar lo más mínimo a aquel torrente de disculpas. Al cabo de unos momentos, levantó la mano para pedir silencio y procedió a dar su clase como si nada hubiera ocurrido. Aquella hora fue de un silencio profundo. Siempre estaba bien el profesor Schliermann, pero aquel día estuvo magnífico. Habló enérgica y severamente. La mayor parte de los alumnos miraban sombríamente hacia adelante apretando los dientes. Sólo unos cuantos tuvieron la pre - sencia del ánimo suficiente para tomar apuntes. Por algún mo tivo que no podría definir, las palabras del profesor parecían dirigidas a mí. Quería hacer de nosotros, no sólo maestros, sino hombres maduros. La mitad de los estudiantes aproximadamente entregó sus trabajos aquel día. Espoleados por el anuncio que hizo Schliermann de: “Se deducirán cinco puntos por día a todos los trabajos que se presenten tardíamente”, el resto de la clase entregó los suyos el lunes siguiente. Me sentí feliz de que el mío llegase a tiempo. Como sólo quedaba semana y media de clases, el profesor apretaba y condensaba más las conferencias. Por enton ces yo ya me había reconciliado conmigo mismo. Aunque todavía aspiraba a aprobar el curso, ya eso no me interesaba tanto. Era sencillamente feliz por haber tenido la oportunidad de aprender en la clase del profesor Schliermann. El lunes siguiente, último día de clase, penetró el profesor en el aula con nuestros trabajos de investigación. "Antes de devolvérselos dijo, quiero hacer unos comentarios generales y concretos a la vez sobre ellos. Ha habido unos cuantos tra -

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bajos excelentes, otros muy malos, y la mayor parte de ellos son mediocres. Los primeros son creativos e imaginativos en cuanto al uso de la técnica: pero los malos parecen haber sido confeccionados a base de tijeras y goma de pegar." Esta última observación me impresionó. Naturalmente, yo debería haber tenido en cuenta que el profesor Schliermann iba a advertir inmediatamente la forma artificial en que estaba armado mi trabajo: cómo tomé las notas en fichas; cómo las distri buí en montones; cómo las clasifiqué mecánicamente; cómo el guión vino al final, no al principio; cómo llené las lagunas embutiendo más material; cómo lo revisé todo mecánicamente, buscando nuevas todo e sto

palabras, leyendo el escrito en voz alta para descubrir dónde fallaba la fluidez

como si se tratase de un rompecabezas de piezas descabaladas. El resto de la clase tenía verdadero talento, eran gente auténticamente dotada. En cuatro o cinco días fueron capaces de expresar por escrito directamente sus ideas, como verdaderos artistas . Y como verdaderos artistas, supieron aprovechar su primera oportunidad, mientras que yo había tenido docenas de oportunidades para escribir y volver a escribir mi trabajo. El profesor Schliermann siguió hablando de las "tijeras y goma de pegar"; de repente cogió uno de los trabajos para ilustrar determinado concepto. Se me cortó el aliento. Vi en seguida que era el mío. No podía tenerme de pura vergüenza. Sentí deseos de andar, de echarme a correr fuera del aula. Pero caí en la cuenta de que yo sabía que aquél era mi trabajo, los demás no; con eso me serené. El profesor Schliermann fue leyendo párrafo tras párrafo. Saltaba a la parte primera en busca de un párrafo, y luego pasó al final en busca de otro. No salía de mi asombro, porque veía que el hombre no iba a terminar nunca; y de pronto advertí que todos los alumnos escuchaban con intensa atención y que, aunque había cierta excitación en la voz del profesor Schliermann, su tono era amable y bon dadoso. Cuando me dispuse a escuchar sus palabras, oí que decía: "Esto es lo que se llama preparación y competencia. ¿Se advierte la técnica? ¡SÍ! Pero se ha aplicado con el amor de un maestro, con cuidado y con tiempo.”