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Inventores increíblemente poco razonables; Sus vidas, amores y muertes

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Inventores increíblemente poco razonables; Sus vidas, amores y muertes

valutazioni:
4/5 (4 valutazioni)
Lunghezza:
292 pagine
4 ore
Pubblicato:
Mar 29, 2012
ISBN:
9781908474360
Formato:
Libro

Descrizione

En estas extraordinarias historias de treinta personas que nos dieron inventos históricos como la bombilla y el teléfono, el revólver y la dinamita, las vacunas y la anestesia, encontramos amistades y trapicheos, comedia y tragedia, euforia incontrolada y amarga decepción. Jeremy Coller explora el poder de la ambición y el miedo al fracaso, el optimismo que permite a las personas aprovechar nuevas oportunidades y los fallos en la naturaleza humana que pueden alejar del éxito incluso a los individuos más decididos.
Pubblicato:
Mar 29, 2012
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9781908474360
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Inventores increíblemente poco razonables; Sus vidas, amores y muertes - Jeremy Coller

Copyright

Inventores increíblemente poco razonables

Sus vidas, amores y muertes

Jeremy Coller

Este libro está dedicado

a Renée, Jodie y Jon

y a mis padres, Sylvia y John

Una innovación exitosa es una obra con muchos actores. A todos aquellos emprendedores que desconfían de capitalistas arriesgados les digo:

«Piensa en todos aquellos inventores que desconfían de los emprendedores.»

Agradecimientos

Tengo mucho que agradecer a la Universidad de Manchester donde estudié Ciencias de la Administración. Uno de los cursos era sobre innovación en la gestión y esto me inspiró a preguntarme: ¿quiénes eran esos hombres detrás de estos inventos comerciales?. Inventores increíblemente poco razonables se ha convertido en una realidad 30 años después. Fue un proceso fruto de la colaboración y en el transcurso del cual un gran número de personas con talento contribuyó desde sus áreas de especialidad y con sus consejos. El desinteresado consejo de Richard Rivlin ha sido inestimable y, como uno de los primeros lectores de los borradores iniciales, me animó a perseguir mi idea. Hugh Merrill ha sido entusiasta y paciente al mantenernos a todos centrados y por el buen camino. Chris McDermott, como siempre, ha sido un crítico de confianza y constructivo. Christine Farrow-Noble fue una investigadora tenaz. Charles Chamberlain dedicó largas horas a la búsqueda a nivel mundial de fotografías y dibujos. Christine Chamberlain, con la que trabajé codo con codo, fue concienzuda y creativa durante los cuatro años que me llevó convertir mi idea original en un libro. Ha sido un placer trabajar con ella. Philip Blackwell me animó y me presentó a mi editor, Infinite Ideas. Ha sido fantástico trabajar con ellos.

Mis dos hijos, Jodie y Jon, que están reinventando la vida de nuevo y me proporcionan constantes retos e inspiración y el ánimo de mi mujer Renée y su apoyo han sido verdaderamente las bases sobre las que se asientan cualquier éxito que haya alcanzado.

Introducción

«No vale la pena intentarlo», dijo Alicia.

«No se puede creer en cosas imposibles.»

Cuando digo que he creado un libro sobre la vida de inventores la gente me pregunta por qué. Mi campo son las finanzas, nada que ver con el primer teléfono o la primera máquina de coser. ¿O sí? Los inventos e innovaciones ocurren en todas las disciplinas y pensé que quizás algunas características conectarían a aquellos que innovan, sin importar el producto.

En el curso sobre Ciencias de la Administración en la Universidad de Manchester, uno de nuestras asignaturas trataba sobre historia industrial e inventos comerciales que han llegado a nosotros a través de hombres brillantes como Arkwright y Stephenson pero faltaba algo. Sentía curiosidad por las personas. Quería conocer qué fue lo que les motivó. El libro que he escrito es el libro que hubiera querido leer entonces y que ha tardado treinta años en materializarse.

Los treinta inventores de este libro son tan diferentes los unos de los otros como todo ser humano lo es de su vecino. Sin embargo, a pesar de sus diferencias, tenían algo en común: la habilidad de «mirar más allá» y la motivación y decisión de hacer algo al respecto. ¿Hay otras características que la gente con personalidades inventivas tienen en común? ¿Hay patrones en la vida que favorecen y preservan la imaginación y pasión que con frecuencia se pierden en el día a día?

La mayoría de estos inventores e innovadores vivieron vidas poco convencionales y pensaron de forma poco común. Debido a que Jonas Salk, que desarrolló la vacuna de la polio, no fue aceptado en el selecto grupo de investigadores médicos, tuvo la oportunidad de realizar sus investigaciones de forma poco convencional. Thomas Edison llevó la disconformidad al extremo, convirtiendo lo «diferente» en una forma de arte. Ninguno de estos individuos sobre los que va a leer malgastó su tiempo filtrando el presente a través del pasado. Estaban hambrientos por el futuro.

También estaban que se salían. Con una visión en mente persiguieron sus ideas con una resolución que rozaba con frecuencia la obsesión. Familias ignoradas, cenas sin comer, recibos sin pagar. Algunos, como los hermanos Lumière y Marc Brunel, encontraron un equilibrio pero para la mayoría la combinación de un sueño absorbente, las ansias por llegar el primero y la falta de capital adecuado creó una tremenda presión.

Una idea brillante alimentada con pasión no es suficiente. Los obstáculos para que una invención tenga éxito son muchos: escasez de fondos, tiempos desafortunados, intereses creados, limitaciones técnicas, tejemanejes y, en repetida ocasiones, disputas por las patentes. El sistema funciona a favor de unos y en contra de otros. George Selden retuvo la industria automovilística con una patente falsa, mientras Elisha Gray perdió frente Alexander Graham Bell por unas horas, debido a la mala suerte o a los chanchullos en la Oficina de Patentes.

Ni la fama ni la fortuna de la invención acompañan a la persona que da luz a un concepto revolucionario o pasa horas en el laboratorio perfeccionando un proceso. Está demostrado que muchas de las personas de este libro no fueron los primeros en concebir la idea pero fueron los primeros en presentar la invención y son sus nombres los que están escritos en los libros de historia.

Dos cosas son necesarias para que los inventores hagan millones: su «gran idea» debe funcionar, y ellos mismos deben ser el medio a través del cual el mundo disfruta de sus beneficios. En la práctica, muchos inventores no estuvieron, y no están, preparados para llevar una gran idea al mercado. Son demasiado retraídos, demasiado idealistas sobre cómo deben ser hechas las cosas o demasiado perfeccionistas sobre el fruto de su trabajo. Hay un gran número de ejemplos en este libro de colaboraciones exitosas, siendo el mejor ejemplo de ello el desarrollo de la fotocopiadora Xerox por Chester Carlson y Joe Wilson. Por el contrario, William Shockley que trabajó en el transistor en los Laboratorios Bell se consumió en su necesidad de ser el único con su nombre en la patente para, finalmente, atascarse, mientras otros a su alrededor (muchos trabajando en colaboración sin problemas) desarrollaron Silicon Valley e hicieron millones.

Estas historias son un cuadro para entender cómo los puntos fuertes y las debilidades del ser humano determinan el resultado. Todos nosotros tenemos sueños y ambiciones. Al contemplar estos ejemplos extremos puede encontrar claves sobre cómo otros tuvieron éxito (o fracasaron) al intentar convertir sus sueños en realidad y el precio que tuvieron que pagar por ello. Si miramos al pasado quizás podamos aprender más sobre nosotros mismos, pensar en profundidad sobre qué queremos de la vida y determinar qué precio estamos dispuestos a pagar para conseguirlo.

Esa gran idea

KING CAMP GILLETTE

Nacido el 5 de enero de 1855 en Fond du Lac, Wisconsin

Fallecido el 9 de julio de 1932 en Los Ángeles, California

Inventa algo que sea útil y que, una vez usado, requiera que el consumidor vuelva a por más.

William Painter a King Gillette

AFINALES DEL SIGLO XIX, King Camp Gillette trabajaba para Crown Cork & Seal como vendedor de tapones de botellas pero no era lo que le gustaba hacer. En su lugar, estaba entregado en cuerpo y alma al concepto de «paraíso terrenal», la utopía socialista personificada en su libro The Human Drift (1894). Gillette estaba decidido a hacerse rico, lo que suponía una anomalía dado que creía que la competencia económica, la riqueza y el privilegio eran la fuente de todos los males. Se dijo a posteriori que cada lado de la personalidad de King Gillette «parecía haber flotado en compartimentos separados y herméticos».

Un manitas por naturaleza, Gillette poseía otras patentes pero, según sus propias palabras: «estas daban dinero a otros, pero rara vez a mí». En la década de los noventa del siglo XIX, King Gillette buscó la forma de conseguir fama y fortuna a través de un invento importante. Rememorando su exitosa experiencia con los tapones de botella de corcho, William Painter, jefe de Gillette, le aconsejó que creara algo que fuera útil y que, una vez usado, fuera depuesto y requiriera que el consumidor volviera a por más. Painter estaba en posición de saberlo (en un año, los tapones desechables de botellas le habían hecho ganar más de 350.000 dólares).

Una mañana de verano de 1895, mientras un Gillette de cuarenta años se afeitaba con una navaja tan desafilada que requería una visita al barbero o al afilador, le vino la idea. Pensó que era hora de dejar de afilar con el cuero y reemplazar ese modelo por una cuchilla desechable. La cuchilla de afeitar, compuesta por hojas de acero forjado que tenían que ser afiladas, habían estado en el mercado durante una década. La base de la nueva idea de Gillette era una hoja fina que pudiera ser usada dos o tres veces y reemplazada posteriormente. Lo que el vendedor que había en Gillette realmente inventó era un producto cebo, la idea de tirar la hoja de afeitar para asegurarse la venta continua y prolongada de cuchillas. Y en el creciente mercado de las cuchillas, Gillette tenía la posibilidad de crear un producto de marca y establecerse en lo alto antes que nadie.

«Cuando me planté con la hoja de afeitar en la mano, posé mis ojos en ella como un pájaro se posa en su nido y supe que la cuchilla Gillette había nacido», escribió posteriormente. Sin dudarlo, se sentó y escribió a su mujer: «Somos ricos».

Su concepto, una hoja de metal barata y finísima, afilada por bordes opuestos, sujeta con abrazaderas y unida a un mango, no provocó un entusiasmo inmediato. Casi todo el mundo le dijo que su idea era técnicamente imposible. «¿Cómo va lo de la hoja de afeitar?», le preguntaban sus amigos sarcásticamente. El único apoyo para King Gillette fue su mentor William Painter, que, después de ver un modelo, le escribió diciendo «sea lo que sea lo que hagas, no dejes que nadie te lo quite».

Durante los ocho años siguientes, Gillette tuvo que encontrar un ingeniero que llevara a cabo el diseño aparentemente imposible y patrocinadores dispuestos a aportar fondos. El químico William Nickerson, que estudió en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y fue un inventor de éxito, diseñó la maquinaria que podía producir cuchillas de alta calidad a bajo coste en masa. Tres exitosos hombres de negocios, el inversor de Boston Henry Sachs, el embotellador de refrescos Edward J. Stewart y el fabricante de zapatos y promotor industrial Jacob Heilborn, decidieron respaldar el proyecto. A corto plazo, la inyección de capital fue un gran alivio. A largo plazo, marcó el comienzo de la pérdida del control de Gillette sobre su patente y su futuro.

En 1901 se formó la compañía con King Gillette como presidente. Aún poseía la patente pero en 1902 otorgó esos derechos a Gillette Safety Razor Company. Bloques de quinientas acciones se ofrecieron a 250 dólares e incluso a ese precio fue difícil encontrar accionistas. Aquellos que invirtieron disfrutaron de un espectacular rendimiento. Un comprador afortunado vio aumentar en cuatro años sus 250 dólares hasta 62.500 dólares.

Gillette podría haber sido el presidente de una nueva compañía que se formó en torno a su invención pero fue relegado por los inversores. Para ganarse la vida, se marchó a Inglaterra como vendedor de la empresa Crown Cork, un alejamiento peligroso de las actividades de la compañía. Mientras acomodaba a su familia en el extranjero, los dibujos originales y el prototipo de la primera cuchilla se perdieron. King Gillette se encontraba en Inglaterra cuando fue alertado de los planes de vender los derechos de la cuchilla en el extranjero. Se embarcó apresuradamente en un barco y volvió a Boston donde consiguió persuadir a los otros para que reconsideraran su decisión. Gillette, tras acordar un razonable salario de 18.000 dólares anuales, renunció a su trabajo en Crown Cork. Sus preocupaciones financieras más inmediatas se acabaron.

King Gillette, cansado de las políticas de la compañía que giraban a su alrededor, aceptó en 1910 la oferta de John Joyce, dueño de una fábrica de cerveza, de 900.000 dólares por la mayoría de sus acciones. Un incentivo adicional de 12.000 dólares al año por un periodo de cinco años junto con las acciones que todavía conservaba hizo de King Camp Gillette un hombre verdaderamente rico por primera vez en su vida. Libre al fin de las luchas internas y de las responsabilidades corporativas, King Gillette se mudó con su mujer y su hijo Kingie a California donde invirtió en el mercado inmobiliario, incluyendo los mil cien acres de Gillette Ranch y una mansión de 125.000 dólares y veinte habitaciones que regaló a su hijo y a su nuera. También compró alrededor de quinientos acres cerca de Palm Springs y parcelas en el centro de Los Ángeles valoradas en más de 2 millones de dólares. «El rey de la cuchilla» tenía tres coches Pierce Arrow que conducían sus dos chóferes. Mientras tanto viajaba como embajador de buena voluntad de la empresa Gillette Company.

En un golpe de genialidad en marketing, cada cuchilla fue empaquetada en un papel verde con una foto de King Gillette. Siendo la persona más conocida del mundo, Gillette recibió con entusiasmo su papel de embajador de la compañía. En una visita a Egipto, Gillette se vio rodeado por docenas de hombres que le señalaban mientras simulaban estar afeitándose. El dictador italiano Benito Mussolini fue un entregado consumidor de Gillette, al igual que Mahatma Gandhi. Cuando el aviador pionero, el comandante W.T. Black, aterrizó en el desierto de Libia en 1922 se encontró cara a cara con un hombre de una tribu nómada que llevaba una cuchilla Gillette colgando de su oreja derecha. No es de extrañar que los gitanos españoles en sus colecciones de retratos de líderes mundiales señalaran a Gillette como «el rey de América».

En 1917, por primera vez en su historia, la compañía Gillette vendió más de un millón de maquinillas de afeitar. La venta de cuchillas se disparó hasta cerca de diez millones de docenas. El 15 de noviembre de 1921, cuando la primera patente expiró a los diecisiete años, la compañía contraatacó presentando la «nueva y mejorada» cuchilla, consiguiendo convertir en un éxito comercial lo que podría haber sido un desastre.

Mientras King Gillette disfrutaba de su mejor momento en California, lejos de las obligaciones empresariales, las cosas en Boston no iban bien. A comienzos de 1929, cuando King Gillette decidió vender sus acciones para así poder pagar los préstamos masivos de sus bienes inmuebles, fue disuadido por la junta directiva ya que temían que el público perdiera confianza en las acciones de la empresa.

Fue una decisión fatídica. En 1929, salió a la luz un escándalo financiero y la compañía, que parecía indestructible, se tambaleó. En octubre de 1929, King Gillette, aún en posesión de sus acciones, fue golpeado por la crisis financiera. Su imperio se desmoronó a una velocidad vertiginosa y, una a una, se vendieron sus propiedades muy por debajo del precio que había pagado. Gillette murió en la pobreza en 1931.

En treinta años, King Gillette había pasado de pobre a rico y había vuelto a empobrecer gracias a un espectacular invento. Perseveró aun cuando la gente le decía que no podía y su nombre y su cara se habían convertido en sinónimo del producto. Pero King Gillette, con sus ideas utópicas, no era un hombre de negocios y perdió rápidamente el control de su destino. El consejo de William Painter, «No dejes que te lo quiten», había sido más crítico de lo que nuestro inventor pensó.

En 1932 llegó una carta a la central de Gillette en Boston dándoles a conocer que la viuda del inventor estaba viviendo con unos escasos 100 dólares mensuales y pidiendo que la compañía, con ganancias de más de 100 millones de dólares, la ayudara económicamente. Un abogado de la compañía realizó un borrador en el que declinaba cualquier responsabilidad pero otros pensaron en el impacto que causaría en la imagen pública y le asignaron una paga de 200 dólares mensuales a la mujer de Gillette.

Una gran oportunidad

CHESTER CARLSON

Nacido el 8 de febrero de 1906 en Seattle, Washington

Fallecido el 19 de septiembre de 1968 en la ciudad de Nueva York

Chester Carlson aparece en el centro de la foto

Inventar era mi única oportunidad de comenzar con nada y acabar con una fortuna.

Chester Carlson

ESTA ES LA HISTORIA DE UN INVENTO que se adelantó a una necesidad. Se podría decir que cuando los asesores de los años cincuenta se equivocaron al no detectar un mercado para la recién creada fotocopiadora de oficina Xerox, las grandes compañías escucharon. Una y otra vez, compañías como IBM y 3M rechazaron tomar parte en el proyecto Xerox. Las cosas ya iban bien tal y como estaban, muchas gracias. Los oficinistas ya se deleitaban con la rápida capacidad del mimeógrafo de A.B. Dick. ¿Qué más necesitaban?

El hecho de que todavía no existieran palabras para hablar sobre hacer fotocopias a un botón de distancia era un gran impedimento. Los asesores dieron las respuestas equivocadas porque hicieron las preguntas incorrectas. ¿Gastaría más de 2.000 dólares en una fotocopiadora? En teoría, parecería mucho dinero y la respuesta sería no; en la práctica, el factor comodidad pesaría más que el coste.

Afortunadamente, Chester Carlson y otros pocos, incluido Joe Wilson cuya compañía Haloid desarrolló la fotocopiadora, decidieron ignorar el consejo de los asesores. Su decisión fue validada posteriormente con los billones de dólares que obtuvieron de beneficio.

La inventiva de Chester Carlson y su tenacidad viene de una infancia marcada por la pobreza y el aislamiento. En 1910, un Chester de cuatro años, hijo único, vivía con su familia en una tienda de campaña en el asfixiante desierto de Arizona. Su padre, un barbero itinerante, invirtió los pocos ahorros que tenían en una parcela en México y la familia se mudó al sur, a una cabaña de adobe con dos habitaciones en una ingrata tierra. Chester era uno de los dos niños que había en el improvisado colegio.

Al abandonar su funesto hogar al comienzo de la Revolución Mexicana en 1911, los Carlson zarparon la costa hasta Los Ángeles. En la indigencia, la familia se asentó en un pequeño cuarto detrás de la casa donde Ellen Carlson trabajó como ama de llaves. Después de mudarse nuevamente a un cobijo en las montañas cerca de San Bernardino, Chester se matriculó como el único estudiante en una escuela que únicamente disponía de una clase. Durante el recreo, caminaba solo en el polvoriento patio. A los ocho años ya realizaba cualquier trabajillo que encontrara. Para cuando Carlson comenzó el instituto, éste ya se había convertido en la principal fuente de ingresos de la familia.

Carlson reconoció después que la soledad de su infancia le dio mucho tiempo para tener pensamientos creativos y le permitió ser autosuficiente y sentirse cómodo en su sola compañía. Los largos años en los que cargaba con la responsabilidad de su familia, esperando una oportunidad en la vida, le infundieron paciencia. Todas esas cualidades jugaron un papel importante posteriormente.

A los diecisiete años, cuando su madre murió, Chester y su padre se mudaron a un gallinero abandonado. Chester había renunciado a la idea de continuar en la escuela hasta que su tío le aconsejó que continuara su educación a toda costa y le animó a aprovechar un asequible programa de cuatro años de estudio y trabajo en el Riverside Junior College en California.

Haciendo malabares con el tiempo y los fondos, Chester consiguió graduarse en la universidad CalTech en 1930. Su primer trabajo en el departamento de patentes de los Laboratorios Bell y, posteriormente, su trabajo en un firma de abogados de patentes en Nueva York no sólo le dieron las herramientas necesarias para escribir patentes fuertes para sus posteriores inventos, sino que también reforzó su convicción de que había una necesidad real de nuevos métodos de hacer copias en oficinas concurridas. Su

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